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Aprendiendo a convertirse en una roca.

lunes, 30 de junio de 2025
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Mike O’Donnell,

La publicación de hoy es de Mike O’Donnell, miembro de Dignity/Washington y profesor de teología.

Las lecturas litúrgicas de hoy para la Solemnidad de los Santos Pedro y Pablo (29  de junio), se pueden encontrar aquí.

Cuando Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?«, los invitó a reflexionar sobre la atractiva percepción pública de su identidad. Los discípulos respondieron con lo que debieron ser los rumores más comunes: «Algunos dicen que Juan el Bautista; otros, que Elías; y otros, que Jeremías o uno de los profetas«. En otras palabras, la gente intentaba categorizar a Jesús, encajarlo en narrativas conocidas, darle sentido poniéndole etiquetas conocidas.

Pero entonces Jesús cambió el enfoque: «¿Y ustedes quién dicen que soy yo?«. Ya no se trataba de lo que otros decían. Ahora era personal. «Ustedes han caminado conmigo, han compartido comidas conmigo, han presenciado los milagros, ¿quién dicen que soy?«.

Es Simón Pedro quien habla, dejando de lado el ruido de la especulación y escuchando para decir la verdad: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo«.

Este momento siempre ha sido impactante en las Escrituras, pero al reflexionar sobre él recientemente, no pude evitar ver un paralelismo con la experiencia de la comunidad LGBTQ+. Al igual que Jesús, nosotros también nos debatimos constantemente entre dos cuestiones de identidad: ¿Quiénes dicen ser y quiénes somos realmente?

Ya sabemos lo que mucha gente dice. La sociedad, y desafortunadamente incluso nuestras iglesias y familias a veces, han intentado definirnos con etiquetas dañinas. Nos han llamado «confundidos«, «desordenados» e incluso «intrínsecamente malvados«. Estas palabras son profundamente hirientes. Y cuando se repiten una y otra vez, no se quedan solo en el exterior. Se arraigan en el alma, internalizándose hasta hacerse difíciles de eliminar.

A algunos nos ha costado creer que somos dignos de amor, no solo amor humano, sino amor divino. Otros han pasado años intentando reconciliar su fe con quienes saben que son. Hemos orado por claridad, por sanación, por la capacidad de ser aceptados.

Y así vuelvo a la pregunta de Jesús, no solo a los discípulos, sino a nosotros: «¿Quién dices que eres?«. Y más importante aún: «¿Quién dice Dios que eres?«.

Mi esperanza y oración es que cada persona LGBTQ+ tenga un Simón Pedro en su vida: alguien que pueda trascender el ruido cultural y decir la verdad sobre quién es. Alguien que no se base en viejos prejuicios ni doctrinas trilladas, sino que te vea con ojos de amor y perspicacia espiritual.

Pero si no tienes ese Simón Pedro ahora mismo, si nadie te ha dicho esa verdad últimamente, que sea así:

* ¿Confundido? Quizás tu camino ha sido confuso a veces. Quizás has luchado con tu identidad y tu fe. Pero no te confundas. Estás hecho de manera hermosa y maravillosa, creado a imagen y semejanza de Dios.

* ¿Desordenado? No veo desorden. Veo a alguien que lucha por la plenitud, la verdad y el amor; alguien profundamente ordenado hacia las relaciones, la comunidad y sí, incluso hacia Dios.

* ¿Intrínsecamente malo? ¡Para nada! Llevas dentro una bondad intrínseca que nadie te puede quitar. Eres un hijo amado de Dios.

Cuando Pedro hizo su declaración, Jesús respondió con una profunda afirmación. Lo bendijo y le dijo: «Esto no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre celestial». En otras palabras, esa verdad —la que trasciende el miedo, la confusión y el prejuicio— no proviene de la opinión humana, sino de la revelación divina.

Jesús entonces llamó a Pedro una roca y prometió que las puertas del infierno no prevalecerían.

Necesitamos ser esa clase de roca. Porque todavía hay voces que dicen hablar en nombre de Dios mientras difunden condenación. Puede que hablen en nombre de la religión, pero no debemos permitir que esas voces ahoguen la verdad. Debemos mantenernos firmes, arraigados en la dignidad, sabiendo que somos amados, llamados y bendecidos.

A quienes se sienten marginados por la iglesia o repudiados por sus seres queridos, sepan esto: la voz de Jesús sigue hablando hoy. La verdad de quién eres no se encuentra en las etiquetas que otros te asignan, sino en el amor que Dios ya ha derramado en ti. Así que, cuando el mundo se sienta abrumado por el rechazo o el odio, recuerda esta promesa: Tú eres la roca. Y las puertas del infierno no prevalecerán contra ti.

–Mike O’Donnell, 29 de junio de 2025

Fuente New Ways Ministry

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Nosotros… Nuestro… Solemnidad de san Pedro y san Pablo

domingo, 29 de junio de 2025
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Pedro y Pablo, dos columnas de la Iglesia, maestros inseparables de fe y de inspiración cristiana por su autoridad, son sinónimo de todo el colegio apostólico. A Simón Pedro, pescador de Betsaida (cf. Le 5,3; Jn 1,44), Jesús le llamó Kefas- Piedra y le dio el encargo de guiar y confirmar a los hermanos, a pesar de su frágil temperamento. Su característica distintiva es la confesión de la fe. Es uno de los primeros testigos del Jesús resucitado y, como testigo del Evangelio, toma conciencia de la necesidad de abrir la Iglesia a los gentiles (Hch 10-11).

Pablo de Tarso, perseguidor de la Iglesia y convertido en el camino de Damasco, es un hombre de espíritu vivaz y brillante formación, que recibió de los mejores maestros. Animado por una gran pasión por Cristo, recorrió con su dinamismo el Mediterráneo anunciando el Evangelio de la salvación.

Ambos recibieron en Roma la palma del martirio y la unidad en la caridad, convirtiéndose en ejemplo de diálogo entre institución y carisma.

***

A ti te entrego las llaves:
en tus manos pongo la creación entera,
también mi Reino, mis ilusiones,
y mi confianza y palabra de Padre.
Te hago portero de esperanzas y proyectos
para que te sientas libre y responsable.

Llaves para abrir las puertas cerradas,
los corazones duros e insolidarios
y todos los secretos fabricados.
Llaves para repartir los bienes de la tierra,
todo lo que puse y produce,
sin que te sientas ladrón de haciendas.

Llaves para mostrar todos los tesoros
de arcas, baúles y bibliotecas,
y poder sacar las cosas buenas.
Llaves para dar a conocer
los misterios de la ciencia
y desenredar conciencias.

Llaves para abrir lo que otros cierran
–bancos, fábricas, fronteras e Iglesias–,
quizá tu casa, tu patio, tu cuenta.
Llaves para entrar en cárceles,
quitar trabas, soltar cadenas,
anular grilletes, conocer mazmorras.

Llaves para perdonar barbaridades,
quitar miedos y culpabilidades
y andar erguido y sin genuflexiones.
Llaves para que nadie encuentre
las puertas de su camino cerradas
aunque sea noche oscura.

Llaves para desatar leyes,
mandatos, edictos y normas
de señores, jefes y prepotentes.
Llaves para liberar a los que sienten
que tienen las puertas cerradas
y la vida hecha y planificada.

Llaves para poder salir al mundo
a que te dé sol y brisa
y te quite la costra que llevas encima.
Llaves para que nadie se atrinchere
y busque refugio en tus rincones
cuando ha herido a los más pobres.

Llaves para que los insensatos
no pierdan el tiempo quejándose,
y puedan entrar aunque lleguen tarde.
Llaves para que siempre puedas,
a quien llega a tiempo o deshora,
enseñar tus entrañas y acogerle.

Llaves para abrir heridas
–en el cuerpo, en el alma, en las estructuras–
y así poder curarlas.
Llaves para cuidar y mostrar
la buena noticia, mi casa,
mis tesoros de Padre y Madre.

A ti te entrego las llaves;
pero mira los rostros setenta veces siete
antes de creerte juez, clérigo o jefe.

*

Florentino Ulibarri

***

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesárea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:

+ «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?»

Ellos contestaron:

«Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas».

Él les preguntó:

+ «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»

Simón Pedro tomó la palabra y dijo:

– «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».

Jesús le respondió:

+ «¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo.

Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.

Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».

*

Mateo 16, 13-19

***

 Y en la solemnidad de San Pedro y San Pablo, un texto que habla de Comunidad, de Palabra, de Compromiso… Del blog Amigos de Thomas Merton:

…”el Doctor de la paz y Maestro de la unidad no quiso que hiciéramos una oración individual y privada, de modo que cada cual rogara sólo por sí mismo. No decimos: «Padre mío, que estás en el cielo», ni: «Dame hoy mi pan de cada día», ni pedimos el perdón de las ofensas sólo para cada uno de nosotros, ni pedimos para cada uno en particular que no caigamos en tentación y que nos libre del mal. Nuestra oración es pública y común, y cuando oramos lo hacemos no por uno solo, sino por todo el pueblo, ya que todo el pueblo somos como uno solo.

El Dios de la paz y el Maestro de la concordia, que nos enseñó la unidad, quiso que orásemos cada uno por todos, del mismo modo que él incluyó a todos los hombres en su persona. Aquellos tres jóvenes encerrados en el horno de fuego observaron esta norma en su oración, pues oraron al unísono y en unidad de espíritu y de corazón; así lo atestigua la sagrada Escritura que, al enseñarnos cómo oraron ellos, nos los pone como ejemplo que debemos imitar en nuestra oración: Entonces -dice- los tres, a una sola voz, se pusieron a cantar, glorificando y bendiciendo a Dios. Oraban los tres a una sola voz, y eso que Cristo aún no les había enseñado a orar.

Por eso fue eficaz su oración, porque agradó al Señor aquella plegaria hecha en paz y sencillez de espíritu. Del mismo modo vemos que oraron también los apóstoles, junto con los discípulos, después de la ascensión del Señor. Todos ellos -dice la Escritura- perseveraban en la oración, con un mismo espíritu, en compañía de algunas mujeres y de María, la madre de Jesús, y de los hermanos de éste. Perseveraban unánimes en la oración, manifestando con esta asiduidad y concordia de su oración que Dios, que hace habitar unánimes en la casa, sólo admite en la casa divina y eterna a los que oran unidos en un mismo espíritu.”

*

San Cipriano

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«Sólo Jesús edifica la Iglesia». 29 de junio de 2025 S. Pedro y S. Pablo (C) Mateo 16, 13-19

domingo, 29 de junio de 2025
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El episodio tiene lugar en la región pagana de Cesarea de Filipo. Jesús se interesa por saber qué se dice entre la gente sobre su persona. Después de conocer las diversas opiniones que hay en el pueblo, se dirige directamente a sus discípulos: “Y vosotros, ¿ quién decís que soy yo?”.

Jesús no les pregunta qué es lo que piensan sobre el sermón de la montaña o sobre su actuación curadora en los pueblos de Galilea. Para seguir a Jesús, lo decisivo es la adhesión a su persona. Por eso, quiere saber qué es lo que captan en él.

Simón toma la palabra en nombre de todos y responde de manera solemne: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Jesús no es un profeta más entre otros. Es el último Enviado de Dios a su pueblo elegido. Más aún, es el Hijo del Dios vivo. Entonces Jesús, después de felicitarle porque esta confesión sólo puede provenir del Padre, le dice: “Ahora yo te digo: tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”.

Las palabras son muy precisas. La Iglesia no es de Pedro sino de Jesús. Quien edifica la Iglesia no es Pedro, sino Jesús. Pedro es sencillamente “la piedra” sobre la cual se asienta “la casa” que está construyendo Jesús. La imagen sugiere que la tarea de Pedro es dar estabilidad y consistencia a la Iglesia: cuidar que Jesús la pueda construir, sin que sus seguidores introduzcan desviaciones o reduccionismos.

El Papa Francisco sabe muy bien que su tarea no es “hacer las veces de Cristo”, sino cuidar que los cristianos de hoy se encuentren con Cristo. Esta es su mayor preocupación. Ya desde el comienzo de su su servicio de sucesor de Pedro decía así: “ La Iglesia ha de llevar a Jesús. Este es el centro de la Iglesia. Si alguna vez sucediera que la Iglesia no lleva a Jesús, sería una Iglesia muerta”.

Por eso, al hacer público su programa de una nueva etapa evangelizadora, Francisco propone dos grandes objetivos. En primer lugar, encontrarnos con Jesús, pues “él puede, con su novedad, renovar nuestra vida y nuestras comunidades… Jesucristo puede también romper los esquemas aburridos en los cuales pretendemos encerrarlo”.

En segundo lugar, considera decisivo “volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio” pues , siempre que lo intentamos, brotan nuevos caminos, métodos creativos, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual”. Sería lamentable que la invitación del Papa a impulsar la renovación de la Iglesia no llegara hasta los cristianos de nuestras comunidades.

José Antonio Pagola

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«Tú eres Pedro, y te daré las llaves del Reino de los cielos». Domingo 29 de junio de 2025. 13ª semana de tiempo ordinario. Pedro y Pablo, apóstoles

domingo, 29 de junio de 2025
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Leído en Koinonia:

Hechos 12,1-11: Era verdad: el Señor me ha librado de las manos de Herodes
Salmo responsorial: 33:El Señor me libró de todas mis ansias.
2Timoteo 4,6-8.17-18:
Ahora me aguarda la corona merecida
Mateo 16,13-19:
Tú eres Pedro, y te daré las llaves del Reino de los cielos

Hoy la Iglesia celebra en su liturgia la solemnidad de los santos Pedro y Pablo, columnas y apóstoles de la Iglesia.

En la primera lectura nos encontramos con el relato de la liberación de Pedro de la cárcel por obra de un ángel enviado por Dios. Eran tiempos de una persecución devastadora contra aquéllos que habían decidido seguir a Jesús, el Hijo de Dios; tanto así que este tiempo será recordado como la era de oro de la Iglesia, pues incontables mártires, niños y niñas, jóvenes y adultos, dieron testimonio con su sangre de la verdad de Cristo, al no aceptar la religión del imperio romano ni apostatar de su fe en el Señor Jesús.

En la segunda lectura nos encontramos con un pasaje de la despedida del apóstol Pablo a su discípulo amado Timoteo, en el cual le exhorta a dar un buen combate en la fe tal como lo ha hecho él, sin importarle las consecuencias que traiga consigo semejante actitud. Reconoce el apóstol que su fe está puesta en Cristo, quien lo fortalece en los momentos en que se encuentra prisionero en Roma, a la expectativa de lo que vayan a hacer con su vida. Espera la corona merecida y seguirá confiando hasta el final en el Señor, pues él lo seguirá librando de todo mal.

La fiesta de los Apóstoles Pedro y Pablo ofrece la ocasión para reflexionar, a partir del texto evangélico propuesto, sobre la confesión de fe como forma de construcción de la Iglesia.

El relato consta de una doble pregunta de Jesús a sus discípulos con su correspondiente respuesta (vv. 13-16) y de la bienaventuranza de Simón (vv. 17-19).

Las preguntas y respuestas sirven para la separación de dos categorías de personas, según la evaluación que hagan sobre Jesús. De una parte tenemos a la «gente», de la otra a «los discípulos». La gente o «los seres humanos» no captan el sentido auténtico de la actividad de Jesús. Su opinión lo coloca en continuidad con personajes del pasado: Juan el Bautista, Elías, Jeremías o uno de los profetas. Como Herodes en Mt 14,2 esta valoración puede estar entremezclada de elementos desfavorables.

Por el contrario los discípulos, de quienes Pedro es portavoz, han captado el verdadero significado de la actuación de Jesús. No solamente confiesan que es el Mesías esperado sino también que su mesianismo se origina en su filiación divina, condición que le posibilita transmitir la Vida de Dios, a diferencia de los ídolos muertos. El «Hijo de Dios vivo» se ha hecho presente en la vida de la humanidad, en una comunidad que lo reconoce el «Dios con nosotros» (cf Mt 1,23; 28,20).

Este reconocimiento recibe, a su vez, la proclamación de felicidad y dicha que hace Jesús respecto a sus seguidores de los que Pedro, gracias a su fe, se ha convertido en prototipo e imagen. Frente a la opinión de la gente, Pedro ha aceptado la revelación del Padre a los sencillos y humildes.

La originalidad de su confesión hace de Pedro y de sus compañeros, mensajeros de la fe en medio de un mundo hostil. Más allá de la historicidad sobre el nombre de su padre (aquí, hijo de Jonás, en Juan 21,15 hijo de Juan), en él se pueden detectar los rasgos de Jonás, el profeta que debió llevar la Palabra de Dios a la ciudad hostil y que, en ese intento, corrió el riesgo de ser sumergido en el mar (cf 14,30) y fue liberado de ese peligro mortal (cf 14,31).

En la Asamblea del desierto, Moisés recibió de Dios el don de la Ley (Dt 9,10; 10,4 etc.). Aquí el discípulo recibe el don de la fe en Jesús que lo convierte en elemento apto para la edificación de una nueva Asamblea, el Israel mesiánico, constituida en torno a Jesús como la Asamblea del desierto se constituía en torno a Moisés.

Se realiza entonces para la comunidad lo que se realizaba en el individuo sensato que ha colocado su cimiento sobre la roca de las palabras de Jesús (Mt 7,24-25). Los discípulos que adhieren a Jesús construyen una ciudad inconmovible, a la que no pueden derrotar las fuerzas de la Muerte o del Abismo.

Se crea de esta forma un espacio inexpugnable frente a las potencias del mal, en el que los discípulos no son sólo cimiento sino también administradores: A ellos se les han consignado las llaves y a ellos se les consigna la función judicial de tomar la decisión de aceptar o no la entrada a aquella ciudad: «Atar o desatar». Esta fórmula quiere significar una participación de la comunidad en la autoridad de Jesús.

La proclamación de la fe en Jesús por parte de Pedro, prototipo de los creyentes, es el cimiento inconmovible capaz de superar los embates de las fuerzas del Mal actuantes en la historia humana. Los que la proclaman pueden ofrecer asilo acogedor a quienes están amenazadas por aquellas fuerzas. Pueden también negar ese asilo a los que rechazan el designio salvífico. Leer más…

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29.6.25. Apártate, Satán. La dudosa, difícil y esperada conversión de Pedro (Mc 8, 27-35)

domingo, 29 de junio de 2025
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Del blog de Xabier Pikaza:

La iglesia celebra la conversión de Pablo el 25 de enero, y ciertamente Pablo se convirtió, aunque queda queda pendiente si se convirtió al cristianismo como religión distinta o a otro tipo de judaísmo

La conversión de Pedro, en cambio, resulta más dudosa y hay diversas versiones de ella, pues no queda clara la función de Pedro como primero de los Doce y obispo de Roma, al principio de la iglesia y en la actualidad. Algunos se atreven a decir que Pedro se convirtió a un  Jesús imaginario, para tener poder sobre otros, no para quererles y servirles (tema de fondo del final del evangelio de Juan)

| Xabier Pikaza

Me interesé por el tema leyendo un libro de R. M. Fowler, Let the reader understand (=Que el lector entienda, 1991). Fowler supone (y quizá demuestra) que Pedro estuvo con Jesús, pero sin convertirse, pues queda pendiente el final de Marcos (Mc 16, 1-8), con las mujeres encargadas de convertirle, pero quizá incapaces de lograrlo.

El tema fue tan importante en la iglesia antigua que tanto Mateo, como Lucas y Juan escriben sus evangelios para decir que Pedro al fin se convirtió (como ratifica finalmente 2 Pedro). Si tanto les importa demostrarlo es que quizá no lo tenían claro,  según el texto base de Mc 8, 27-35.

El estudio de esta cuestión nos permite evitar triunfalismo y para situar mejor los riesgos de  un anti-cristianismo no sólo de Pedro, sino de otros, en la historia y actualidad de la iglesia, como intenté mostrar en Comentario de Marcos, donde expongo (y justifico) algunas ideas que. Mi reflexión no es una crítica de Pedro, sino una admirada versión de su camino cristiano,

Texto

  • 27Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Filipo;
  • por el camino preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?» 28Ellos le contestaron: «Unos, Juan el Bautista; otros, Elías, y otros, uno de los profetas».
  • 29Él les preguntó: «Y vosotros, ¿Quién decís que soy?».
  • Tomando la palabra Pedro le dijo: «Tú eres el Mesías».
  • 30Y les conminó a que no hablaran a nadie acerca de esto. 31Y empezó a instruirlos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días». 32Se lo explicaba con toda claridad.
  • Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo.33Pero Jesús se volvió y, mirando a los discípulos, increpó a Pedro: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!».
  • 34Y llamando a la gente y a sus discípulos les dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga.35Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá;
  • pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará.

Mientras van de camino (en tê hodô: 8, 27) por la zona de Cesárea de Felipe, junto a las fuentes del Jordán, Jesús pregunta por su identidad a los discípulos. Algunos opinan que es el mismo Juan Bautista, que ha revivido, como pensaba Herodes con miedo. Es normal que le sigan identificando con el Bautista, como si fuera un continuador de su obra, y no alguien que tiene una tarea diferente y propia.

Otros identifican a Jesús con  Elías o con otro profeta, retomando un motivo comienzo del evangelio (Mc 1, 1-7).  Marcos sabe que Jesús no es simplemente un profeta final de conversión y juicio como Elías. Pero la figura de Elías, asociada a la acción de Juan Bautista, y a la esperanza de la gran transformación escatológica, le sigue acompañando hasta el Calvario, donde vuelve a plantearse el tema (cf. 15, 35). Según Marcos, Elías no es Jesús (ni Jesús le ha llamado desde la cruz, sino que ha llamado a Dios: cf. Mc 15, 33-34), pero el recuerdo de Elías le precede (cf. 9, 1-13) y en algún sentido le impulsa y acompaña. Por eso, los que dicen que Jesús es Elías (o un profeta como Elías) no le han conocido todavía plenamente, pero van por buen camino-

Pero  Pedro (=Kephas, ho Petros, con artículo: El Piedra). contesta  ¡Tú eres el Cristo! (8, 29), no un profeta de penitencia, sino un mesías político y social, dispuesto a tomar el mando sobre Israel y sobre las naciones.  En un aspecto, podemos afirmar que Pedro ha visto bien: ha sacado las consecuencias del camino anterior; ha entendido a Jesús como Cristo/Mesías y se muestra dispuesto a seguirle, pero e n una línea social (=militar) de poder, no en la que va tomando Jesús de “milagritos y sanaciones, con mucho  enfermo y loco por medio de Jesús.

Quien habla así es el “Pedro histórico” (del tiempo de la vida de Jesús, cuyo recuerdo se mantiene en las comunidades), pero es también el Pedro de la Iglesia quien, según Marcos, ha visto y confesado a Jesús como Cristo, pero no ha dado el paso para confesarle de verdad como Hijo de Hombre que entrega la vida por los hombres, como animador de un grupo de marginados, de-mentes y mujeres dudosas.

–Al oír eso, Jesús responde pidiendo a todos que se mantengan en silencio (Mc 8, 30). Ha preguntado para escucharles. Ahora les manda que callen, pues lo que Pedro ha dicho sólo puede entenderse haciendo el camino de subida a Jerusalén, para dar la vida por el Reino.   ¡Les manda que no hablen de él a nadie! (hina mêdeni legôsin peri autou; 8, 30). Este silencio que Jesús les pide puede compararse al que ha exigido a los “endemoniados”, que le llamaban “Santo de Dios” (Mc 1, 24), “hijo de Dios” (2, 12) o “hijo de Dios Altísimo (5, 7; cf. 1, 34), pues en sí mismos, desligados de la vida y obra de Jesús, esos títulos pueden tener un fondo “demoníaco”. En esa línea, Jesús pide a sus discípulos que no hablen de él a nadie, pues lo que pueden decir es falso, y va en contra del evangelio, de manera que en vez de ayudar a la causa de Dios la destruye.

Diciendo que Jesús es el Cristo, Pedro quiere decir que es más que Juan Bautista, más que los profetas antiguos, más que los simples exorcistas, con personas de duda identidad Pedro quiere un Cristo que triunfa, que tiene poder… no un Cristo que tiene que morir por amor a los hombres.   Según eso, Marcos nos sitúa ante un Pedro que, para estar de verdad con Jesús “debe” convertirse, aceptando al Cristo que muere por los demás. En el fondo, Pedro sólo quiere a un Cristo que le conceda poder sobre los otros,  un Cristo de dignidad,  poder y dinero…Por eso le critica el evangelio de Marcos, donde Jesús le dice a Pedro: Tú eres muy “piedra” pero poco cristiano.

Este Jesús de Marcos no se opone simplemente a Pedro, como persona, sino al proyecto mesiánico que Pedro ha representado y quiere seguir representando en en la primera Iglesia, un proyecto que choca con el camino de entrega de Jesús, pues en el principio de la Iglesia Pedro no ha reconocido ni acepta el sentido de de la muerte de Jesús, ni ha querido morir con él. Para decirlo con otras palabras, según Marcos Pedro fue un un “cristiano a medias”,alguien que en el fondo rechaza a Jesús, como irá mostrando el resto del evangelio.

Todo nos permite suponer que Pedro y otros discípulos habían visto a Jesús  como Cristo vencedor, un Cristo que no muere… Y así habían seguido pensando tras la muerte de Jesús. No quieren ser seguidores de un crucificado, candidatos a la derrota y crucifixión. Quieren una iglesia gloriosa, no de derrotados. Tanto Pedro como Jesús (ambos conforme a la visión de Marcos) están sacando las consecuencias de lo que Jesús y ellos han hecho hasta el momento. Pedro ha llamado a Jesús “Cristo”, y al hacerlo ha querido resituar su obra en el ámbito de las promesas y esperanzas mesiánicas de Israel.

Pedro dice a Jesús en este pasaje que ha llegado su hora y le pide que se ponga al servicio de un mesianismo triunfante israelita, que empiece ya su obra verdadera de dominio sobre el mundo. Eso es lo que dijo en el tiempo de la historia de Jesús, y lo que ha seguido diciendo en la primera Iglesia. Eso significa que, según Marcos, Pedro no se ha convertido todavía de un modo radical (en línea de evangelio, en línea de Pablo), sino que le ha seguido cerrando en la red de un mesianismo intra-israelita.

Tras la crucifixión de Jesús, Pedro toma el liderazgo del grupo y quiere confesar y presidie el proyecto de Jesús en la línea del mesianismo nacional, triunfante, de Israel; lo que él dice parece bueno, conforme a la esperanza de Israel y a las posibilidades de Jesús, en este contexto de su vida. (b) Pero el verdadero Jesús tiene otro plan y, por eso, pedirá a Pedro y a su gente que se callen, que no lo diga a nadie, pues lo que podrían decir en esa línea es falso.

Por eso, Jesús exige que no hablen a nadie sobre él (8, 30), que se olviden.Éste es uno de los textos más enigmáticos del evangelio. No que es Jesús pida que no hablen de sus milagros o de sus títulos de grandeza, como en casos anteriores  (cf. Mc 1, 44; 5, 43; 7, 36; 8, 26). Lo que pide aquí es más radical: ¡Exige a sus discípulos silencio: que no hablen de él (peri autou) en modo alguno, y se lo pide no solo a Pedro, sino a todos (autois)!

Se puede suponer que los del grupo de los Doce de Pedro  han empezado ya a hablar, como si fueran portavoces del proyecto de Jesús, como si supieran decir algo sobre su persona… como si fueran representantes  de una sociedad//iglesia de poder Pues bien, Jesús se lo prohíbe, de un modo terminante. Pueden seguir a su lado, pero sin hablar de él, sin comentar nada de lo que hace. Para que su mensaje siga adelante (y llegue de esa forma el reino), todo tiene que cambiar, todo tiene que ser diferentes, de manera que Jesús debe imponer silencio sobre su persona, hasta que le conozcan de verdad, hasta que “aprendan” a decir y a vivir conforme a su proyecto verdadero de Reino.

Ésta es la mayor descalificación que Jesús puede hacer de sus discípulos. Les ha escogido para que estuvieran con él, para expulsar demonios y para enviarlos a proclamar su Reino (cf. Mc 3, 13-19; 7, 7-13). Pues bien, ahora les manda guardar silencio, como si no fueran fiables, como si fueran incluso peores que los endemoniados, a quienes Jesús también imponía silencio (cf. 1, 9-11; 1, 25.34, etc.).

Este Jesús de Marcos impone silencio a Pedro, es decir, a la Iglesia que Pedro representaba en su momento, una Iglesia vinculada en el fondo al triunfo de Israel, más que al camino de Jesús, con su muerte y su pascua.

El Jesús de Marcos impone silencio a Pedro y a su grupo (que son los Doce), porque no han entendido su mesianismo. Pero (¡y ésta es la novedad!) sigue confiando en ellos: les lleva a su lado, con la esperanza de que un día cambiarán, de modo que puedan entenderle y hablar de verdad en su nombre, no sólo en clave israelita como hacían antes (cf. 6, 6b-13), sino en palabra abierta a todas las naciones (cf. 13, 19; 14, 9) [1].

El mandato de silencio que Jesús impone a Pedro y a los Doce ha de de entenderse desde la perspectiva anterior (antes de la crucifixión de Jesús, pero sobre todo después, al comienzo de la iglesia). Lo mejor que puede hacer este Pedro y esta iglesia d gentes como él es estar callados… no hablar de Jesús, pues hablan mal.

Jesús no quiere que otros le manipulen, ni siquiera sus discípulos, no quiere que Por eso, lo que ahora sigue, el conjunto del evangelio de Marcos es un “evangelio para Pedro” (no un evangelio de Pedro), un evangelio para que Pedro aprenda  y cambie,; un evangelio para que los partidarios de una iglesia como la de Pedro callen y se “conviertan” y pueden abandonar Jerusalén (con su tumba vacía) y seguir y encontrar de verdad a Jesús en Galilea, con las mujeres (Mc 16, 1-8.

En ese contexto, debemos recordar que Pedro y los Doce no fueron tan obtusos y negativos como aquí aparecen; ellos aceptaron a Jesús y le acompañaron, pero de un modo interesado, para obtener así el mando político sobre la iglesia y el mundo, tal como los interpreta Marcos, desde su opción eclesial.

Marcos desea “liberar” a Jesús (al verdadero Jesús) de la mala doctrina legal que le quieren seguir imponiendo Pedro y los Doce. Por eso polemiza con ellos y centra el verdadero mesianismo de Jesús en su camino de muerte, poniendo así de relieve que le mataron los mismos representantes del Israel jerárquico. Ciertamente, Marcos presenta una visión “sesgada” de la historia de Jesús y sus primeros seguidores, pero lo hace desde una perspectiva que (a su juicio, y a juicio de gran parte de la Iglesia posterior) recoge y expresa mejor la identidad de Jesús y la verdad de su proyecto de Reino.

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Fiesta de san Pedro y san Pablo

domingo, 29 de junio de 2025
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Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

 Una pareja extraña para una fiesta peculiar

Cuando Pablo tuvo un serio altercado con Pedro en Antioquía de Siria, acusándolo casi de estar traicionando a Jesús, no podía imaginar que la Iglesia terminaría celebrando su recuerdo el mismo día. (Para los interesados, el conflicto lo cuenta el mismo Pablo en la carta a los Gálatas 2,11-21). Pero estoy convencido de que le gustaría la idea: lo que pretende la Iglesia al unirlos en una celebración común no es cantar la gloria de ninguno de los dos sino celebrar la obra común que Dios llevó a cabo a través de ellos.

Pedro, el cabecilla

Entre los discípulos de Jesús, Pedro fue sin duda el más lanzado, con el peligro que eso conlleva. Era el cabecilla del grupo, el primero en hablar en cualquier circunstancia, sin miedo a reprender a Jesús cuando anuncia su pasión, sin miedo a llevarle la contraria cuando quiere lavarle los pies o cuando anuncia que todos los traicionarán. El ser tan lanzado lo sitúa también en el lugar más peligroso, y termina negando a Jesús. Pero, como él mismo termina confesando después de la resurrección: «A pesar de todo, tú sabes que te amo». No es raro que Jesús lo viese como el cabecilla natural del grupo después de su muerte.

Pablo, el hombre universal

Pero la expansión de la Iglesia primitiva es humanamente inconcebible sin la figura de Pablo. Todos hemos leído su conversión. Lo que muchos no conocen es la revelación que Dios le hizo y en la que él tanto insiste en sus cartas: que la buena noticia de Jesús no era sólo para los judíos sino también para todo el mundo; para judíos y paganos. Es cierto que a mediados del siglo I ya hay cristianos en Roma (a ellos les dirige Pablo su famosa carta), pero si el evangelio se extiende por lo que actualmente es Turquía, Grecia, quizá España, es gracias a la labor de Pablo, que recorrió miles de kilómetros y se expuso a toda clase de peligros por llevar la fe en Jesús «hasta los confines de la tierra».

El enfoque de las lecturas

La liturgia concede especial importancia a Pedro, dedicándole las lecturas primera y tercera (evangelio). A Pablo dedica la segunda. En ambos casos se destacan los aspectos de protección divina y misión.

PEDRO: PROTECCIÓN Y MISIÓN

1ª lectura: protección divina

Se expresa a través de un sorprendente milagro: Pedro, a pesar de estar encadenado y vigilado por cuatro piquetes de cuatro soldados cada uno, es liberado durante la noche por un ángel.

En aquellos días, el rey Herodes se puso a perseguir a algunos miembros de la Iglesia. Hizo pasar a cuchillo a Santiago, hermano de Juan. Al ver que esto agradaba a los judíos, decidió detener a Pedro. Era la semana de Pascua. Mandó prenderlo y meterlo en la cárcel, encargando de su custodia a cuatro piquetes de cuatro soldados cada uno; tenla intención de presentarlo al pueblo pasadas las fiestas de Pascua, Mientras Pedro estaba en la cárcel bien custodiado, la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él. La noche antes de que lo sacara Herodes, estaba Pedro durmiendo entre dos soldados, atado con cadenas. Los centinelas hacían guardia a la puerta de la cárcel. De repente, se presentó el ángel del Señor, y se iluminó la celda. Tocó a Pedro en el hombro, lo despertó y le dijo:
Date prisa, levántate.
Las cadenas se le cayeron de las manos, y el ángel añadió:
Ponte el cinturón y las sandalias.
Obedeció, y el ángel le dijo:
Échate el manto y sígueme.
Pedro salió detrás, creyendo que lo que hacía el ángel era una visión y no realidad. Atravesaron la primera y la segunda guardia, llegaron al portón de hierro que daba a la calle, y se abrió solo. Salieron, y al final de la calle se marchó el ángel. Pedro recapacitó y dijo:
Pues era verdad: el Señor ha enviado a su ángel para librarme de las manos de Herodes y de la expectación de los judíos.

Resulta imposible no pensar en la liberación de los israelitas de Egipto, cuando el ángel marcha delante de ellos también durante la noche. Esta es la tercera vez que meten a Pedro en la cárcel, y la segunda que lo saca un ángel. Algo que llama la atención, porque otros cristianos no gozan del mismo grado de protección divina: a Esteban lo apedrean, a Santiago lo degüellan, a Pablo lo persiguen a muerte y tienen que descolgarlo en una espuerta… Por otra parte, el mismo Pedro terminará crucificado según la tradición.

Esta primera lectura, que puede provocar una sonrisa escéptica en muchos cristianos actuales, tiene gran valor simbólico. Basta pensar en los últimos Papas, atados con todo tipo de cadenas: geográficas, culturales, económicas (desde el lejano caso Marcinkus hasta los recientes escándalos del IOR), tradiciones que tienen muy poco que ver con el evangelio, y vigilados por multitud de cardenales, obispos y teólogos (más atentos que las cuatro cohortes romanas de Pedro). Buen momento para pedirle a Dios que envíe un ángel a liberar a Francisco.

Evangelio: misión

La misión se cuenta con el famoso episodio de la confesión de Cesarea de Felipe, que parte de la gran pregunta: ¿quién es Jesús? El pasaje se divide en tres partes: 1) lo que piensa la gente; 2) lo que afirma Pedro; 3) la promesa de Jesús a Pedro.

Lo que piensa la gente

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:
― ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?»
Ellos contestaron:
― Unos que Juan Bautista, otros que Ellas, otros que Jeremías o uno de los profetas.

Jesús realiza una encuesta: quién dice la gente que es él. Un lector moderno con cierta cultura bíblica pensará que el resultado no puede ser más descorazonador. Para la gente, Jesús no es un personaje real, sino un muerto que ha vuelto a la vida, se trate de Juan Bautista, Elías, Jeremías o de otro profeta. De estas opiniones, la más «teológica» y con mayor fundamento sería la de Elías, ya que se esperaba su vuelta, de acuerdo con Malaquías 3,23: «Yo os enviaré al profeta Elías antes de que llegue el día del Señor, grande y terrible; reconciliará a padres con hijos, a hijos con padres, y así no vendré yo a exterminar la tierra».

Al lector moderno le puede resultar interesante que el pueblo vea a Jesús en la línea de los antiguos profetas, en lo que pueden influir muchos aspectos: su poder (como en los casos de Moisés, Elías y Eliseo), su actuación pública, muy crítica con la institución oficial, su lenguaje claro y directo, su lugar de actuación, no limitado al estrecho espacio del culto…

Sin embargo, cuando se conoce la época de Jesús, la visión anterior resulta inadecuada. En la mentalidad popular, el título de «profeta» tiene fuertes connotaciones políticas; significa que la gente ve a Jesús como un libertador. Flavio Josefo nos ha dejado testimonio de varios «profetas» surgidos por entonces. Su visión es muy negativa, pero interesante:

«Hombre engañadores e impostores, que bajo apariencia de inspiración divina realizaban innovaciones y cambios, induciendo a la multitud a actos de fanatismo religioso y la llevaban al desierto, como si allí Dios les hubiese mostrado los signos de la libertad inminente. Félix envió caballería e infantes contra estos, matando a gran cantidad. Mayor desgracia fue la que trajo sobre los judíos el falso profeta egipcio. Efectivamente, llegó al país un hombre charlatán, que, habiéndose ganado reputación de profeta, reunió a casi treinta mil de los seducidos por él; desde el desierto los llevó al monte de los Olivos, desde donde, según decía, podía penetrar a la fuerza en Jerusalén, vencer a la guarnición romana e imponerse como tirano sobre el pueblo» (Guerra de los Judíos II, 258-263).

Este mentalidad popular del profeta como libertador político es la que comparten los discípulos de Emaús; para ellos, Jesús era «un profeta poderoso en obras y en palabras… nosotros esperábamos que él fuera el libertador de Israel» (Lc 24,19-21).

Lo que afirma Pedro

Jesús quiere saber si sus discípulos comparten esta mentalidad o tienen una idea distinta:

Él les preguntó:
― Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
Simón Pedro tomó la palabra y dijo:
― Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.»

Es una pena que Pedro se lance inmediatamente a dar la respuesta, porque habría sido interesantísimo conocer las opiniones de los demás.

Según Mc 8,29, la respuesta de Pedro se limita a las palabras «Tú eres el Mesías». Mt añade «el Hijo de Dios vivo». ¿Aporta algo especial este añadido? Según algunos, Pedro confesaría no sólo la misión salvadora de Jesús (Mesías), sino también su filiación divina (Hijo de Dios). Sin embargo, esta teoría no es tan clara como parece. El rey de Israel -y por tanto el Mesías- era presentado desde antiguo como «Hijo de Dios» o «Hijo del Altísimo». En el fondo, parece que Mateo no añade nada nuevo. En cualquier caso, hay un dato indiscutible: confesar a Jesús como «Hijo de Dios» ya lo habían hecho los discípulos después de verlo caminar sobre las aguas (14,33). Por consiguiente, la novedad no reside aquí, sino en el título de Mesías. En su origen, el Mesías era el rey de Israel, al que se ungía derramando aceite sobre la cabeza. Con el paso del tiempo, especialmente en los siglos II y I a.C., la imagen del Mesías fue adquiriendo rasgos cada vez más sorprendentes, como se advierte en los Salmos 17 y 18 de Salomón (de origen fariseo, no forman parte de la Biblia). De él se esperaba la liberación política de Israel y la instauración de una sociedad de justicia, paz en entrega al Señor.

Por consiguiente, la confesión de Pedro reviste una importancia y novedad enormes. Además, es importante advertir que se sitúa inmediatamente después del episodio de fariseos y saduceos, representantes del judaísmo oficial, que no aceptan a Jesús. Pedro, contra la opinión oficial, ve en Jesús al salvador del pueblo elegido por Dios.

Las promesas de Jesús a Pedro

Jesús le respondió:

― ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.

Esta tercera parte es exclusiva de Mateo y es la fundamental para la fiesta de hoy. En los evangelios de Marcos y Lucas, el pasaje de la confesión de Pedro en Cesarea de Felipe termina con las palabras: «Prohibió terminantemente a los discípulos decirle a nadie que él era el Mesías». Sin embargo, Mateo introduce aquí unas palabras de Jesús a Pedro.

Comienzan con una bendición, que subraya la importancia del título de Mesías que Pedro acaba de conceder a Jesús. Humanamente hablando, Pedro es un hereje o un loco. Para Jesús, sus palabras son fruto de una revelación del Padre. Nos vienen a la memoria lo dicho en 11,25-30: «Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y aquel a quien el Padre se lo quiere revelar».

Basándose en este revelación, no en los méritos de Pedro, Jesús le comunica unas promesas: 1) sobre él edificará su Iglesia; 2) le dará las llaves del Reino de Dios; 3) como consecuencia de lo anterior, lo que él decida en la tierra será refrendado en el cielo.

Las afirmaciones más sorprendentes son la primera y la tercera. En el AT, la «roca» es Dios. En el NT, la imagen se aplica a Jesús. Que el mismo Jesús diga que la roca es Pedro supone algo inimaginable, que difícilmente podrían haber inventado los cristianos posteriores. (La escapatoria de quienes afirman que Jesús, al pronunciar las palabras «y sobre esta piedra edificaré mi iglesia» se refiere a él mismo, no a Pedro, es poco seria).

La segunda afirmación («te daré las llaves del Reino de Dios«) se entiende recordando la promesa de Is 22,22 al mayordomo de palacio Eliaquín: «Colgaré de su hombro la llave del palacio de David: lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá«. Se concede al personaje una autoridad absoluta en su campo de actividad. Curiosamente, el texto de Mateo cambia de imagen, y no habla luego de abrir y cerrar sino de atar y desatar. Pero la idea de fondo es la misma.

El texto contiene otra afirmación importantísima: la intención de Jesús de formar una nueva comunidad, que se mantendrá eternamente. Todo lo que se dice a Pedro está en función de esta idea.

¿Por qué pone de relieve Mateo este papel de Pedro? ¿Le guía una intención eclesiológica, para indicar cómo concibe Jesús a su comunidad? ¿O tienen una finalidad mucho más práctica? Ambas ideas no se excluyen, y la teología católica ha insistido básicamente en la primera: Jesús, consciente de que su comunidad necesita un responsable último, encomienda esta misión a Pedro y a sus sucesores.

Es posible que haya también de fondo una idea más práctica, relacionada con el papel de Pedro en la iglesia primitiva. Uno de los mayores conflictos que se plantearon desde el primer momento fue el de la aceptación o rechazo de los paganos en la comunidad, y las condiciones requeridas para ello. Los Hechos de los Apóstoles dan testimonio de estos problemas. En su solución desempeñó un papel capital Pedro, enfrentándose a la postura de otros grupos cristianos conservadores (Hechos 10-11; 15). En aquella época, en la que Pedro no era «el Papa«, ni gozaba de la «infalibilidad pontificia», las palabras de Mateo suponen un espaldarazo a su postura en favor de los paganos. «Lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo». Es Pedro el que ha recibido la máxima autoridad y el que tiene la decisión última.

PABLO: PROTECCIÓN Y MISIÓN

De Pablo se podrían haber elegido infinidad de textos, dada la abundancia de sus cartas y lo mucho que cuenta de él el libro de los Hechos. La liturgia ha elegido un breve pasaje, muy autobiográfico, de la segunda carta a Timoteo. A punto de morir, Pablo recuerda su intensa actividad apostólica y espera el premio prometido. Al mismo tiempo, es consciente de que siempre contó con la ayuda y la fuerza del Señor. Igual que a Pedro lo liberó milagrosamente, a él lo ha librado también de la boca del león, no milagrosamente, sino después de naufragios, azotes, apedreamientos, hambre y sed.

Querido hermano: Yo estoy a punto de ser sacrificado, y el momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida. El Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles. Él me libró de la boca del león. El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

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Fiesta Santos Pedro y Pablo

domingo, 29 de junio de 2025
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“En aquel tiempo llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo y preguntaba a sus discípulos: -¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?”

Mt 16, 13-20

Jesús pregunta a sus discípulos: “-¿Quién dice la gente es el Hijo del Hombre?”  Los discípulos lo reconocen como el Mesías y el Hijo del Dios vivo.

Las dificultades, los fracasos y las crisis nos ayudan a plantearnos la vida y las opciones de una manera seria y decidida. En realidad, nos llevan a esas dos preguntas fundamentales: ¿quién soy?, ¿qué hago aquí? Dos preguntas que no acabamos de cerrar nunca, que crecen y evolucionan con nosotras. Pueden pasar temporadas como dormidas pero despiertan de vez en cuando cuestionando nuestra identidad y nuestra misión.

Jesús, que fue plenamente humano, también se cuestionó, en más de una ocasión, su identidad y su misión. Se preguntaba quién era y qué hacía y por eso preguntaba a sus discípulos: “¿Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

Hoy en la fiesta de los santos Pedro y Pablo nos encontramos con un ejemplo de unidad en la diversidad. Ambos fueron apóstoles de Cristo que anunciaron la Buena Noticia de la Resurrección de Cristo, cada uno desde quien era.

Esta fiesta puede ser un impulso para preguntarnos quienes somos en esencia. También para mirar a nuestro alrededor y ver a las demás personas en la esencia que son. Y así formar una Iglesia y una humanidad en la verdad, que es Cristo.

Oremos

Danos, Trinidad Santa, la audacia de confrontarnos y cuestionar lo que somos y lo que hacemos para poder transitar nuestro camino desde la autenticidad. Amén.

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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Columnas que siendo tan diferentes sostienen el mismo templo.

domingo, 29 de junio de 2025
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SAN PEDRO Y SAN PABLO

Mt 16,13-19

Hay constancia de que, ya en el s IV, se celebraba una fiesta en honor de S. Pedro y S. Pablo. No es fácil descubrir las razones que llevaron a aquellos primeros cristianos a unir en una misma celebración litúrgica, dos figuras tan distintas. Está muy clara la complementariedad de las dos personalidades.

Pedro es la figura más destacada de las personalidades el NT. Su nombre aparece 182 veces. Aun así, sabemos poco de su vida. Muchas referencias de los evangelios son acomodaciones hechas después de que se le consideró cabeza.

Pablo es la persona mejor documentada. Es el único apóstol del que podemos hacer una biografía casi completa. Los Hechos nos cuentan las peripecias del apóstol con precisiones minuciosas. Aunque se presenta como hecho fundamental de su vida la misteriosa caída del caballo, la realidad fue mucho más prosaica.

Después de estar varios años “dando coces contra el aguijón”, un buen día cayó del burro (el caballo no se menciona). Su conversión no supuso ningún cambio de actitud; pasó de ser un fanático fariseo a ser un fanático cristiano. Predicó un Jesús idealizado, poco que ver con el Jesús que Pedro conocía muy bien.

Pedro no pierde ocasión de manifestar su oposición a lo que decía Jesús. Se niega a aceptar un Jesús que tiene que ir a la muerte. En la Cena se opone a que su “jefe” le lave los pies. Un poco más tarde, en el momento más difícil para Jesús, le niega tres veces, que quiere decir que le niega absolutamente, sin paliativos.

Pablo fue un fanático de su religión, aunque desde la perspectiva de la diáspora greco-romana, que tenía su peculiaridad. Por defender el judaísmo se convirtió en perseguidor de todos aquellos que seguían a Cristo, la mayor herejía surgida del judaísmo. También su formación personal fue completamente diferente.

Pedro era simplemente un pescador, sin ninguna preparación, pero testarudo y sincero. Pablo era un intelectual. Había pasado por la universidad, que entonces era el estudio de la Ley. Uno, con su sencillez y espontaneidad judía y el otro, con su agudeza intelectual gentil, construyen la misma y única Iglesia.

Esa dificultad que tuvieron Pedro y Pablo para seguir a Jesús, puede ser de mucha ayuda para nosotros hoy. Pedro, antes de la experiencia pascual, siguió a un Jesús acomodándolo a sus ideales e intereses de buen judío. Pablo, antes de la caída del caballo servía al Dios del AT que estaba a años luz del Dios de Jesús.

La dificultad que los dos experimentaron para aceptar la figura de Jesús, hace más creíble la sincera adhesión a su persona. No sirve de nada seguir a Jesús sin haberse identificado con él. Solo después de haber superado nuestros prejuicios, estaremos preparados para aceptar el verdadero mensaje de Jesús.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.

domingo, 29 de junio de 2025
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Mt 16,18 «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia«. Fragmento del Codex Sinaiticus.

Aunque es casi imposible, para leer la Palabra con una cierta novedad hay que escapar de las interpretaciones que hemos oído desde siempre porque, con frecuencia, se ajustan poco al evangelio. Una de ellas es la que dice que estamos asentados sobre la roca de Pedro y que la Iglesia siempre estará ahí. Discutible.

Lo que dice el texto que hemos leído es algo de esto: el llamado Simón, es su nombre, recibe el sobrenombre de Pedro (Petros): piedra arrojadiza, un canto del camino, un guijarro (roca, por su parte se dice lithos). Aunque adherido a Jesús, Pedro es  terco y cerril para entender los mecanismos del reino: así es Pedro. Y Jesús dice que SOBRE ESTA PIEDRA EDIFICARÉ MI IGLESIA.

Es decir, la Iglesia de Jesús se asienta sobre la debilidad de Pedro (y la nuestra). Y si no se hunde es porque Jesús la sostiene porque si no fuera así, hace ya tiempo que esto se hubiera acabado. Es un milagro que la Iglesia perdure cuando está basada sobre el frágil cimiento que somos nosotros. La fuerza de Jesús es la que sostiene a la comunidad cristiana. Sostenidos por él.

Esto tiene unas consecuencias decisivas para nuestra manera de entender la fe:

· Humildad: es preciso aceptar la debilidad de la Iglesia con humildad. El papa León ha pedido a los cristianos que seamos más humildes. Que, a estas alturas, andemos gloriándonos de que somos tantos y tales indica que nos cuesta entender lo básico del evangelio.

· Confianza: nuestra evidente debilidad remite a la confianza en Jesús que ha de traducirse en confianza en los hermanos. Sin esa doble confianza no puede persistir la fe de la Iglesia. Una fe asentada en la desconfianza es camino sin salida.

· Futuro: mirar hacia atrás es la manera de poner en peligro la pervivencia de la Iglesia. Y eso por la sencilla razón de que el evangelio mira al futuro, no al pasado. Una fe anclada en el pasado es un peligro para la Iglesia.

No creamos que una vivencia de la fe asentada en estas certezas se vuelve irrelevante. Todo lo contrario: la actividad social y de mediación del Papa León en estos primeros pasos de su pontificado nos hace ver que la Iglesia, si se apoya en los valores del evangelio, puede hacer una gran contribución a la mejora de la sociedad. El evangelio, no lo dudemos, es terapéutico.

Hace ya años que el teólogo protestante Dietrich Bonhoeffer profetizó: «Nuestra Iglesia, que durante estos años sólo ha luchado por su propia subsistencia, es incapaz de erigirse ahora en portadora de la Palabra que ha de reconciliar y redimir a los hombres y al mundo. Por esta razón las palabras antiguas han de marchitarse y enmudecer, y nuestra existencia de cristianos sólo tendrá, en la actualidad, dos aspectos: orar y hacer justicia entre los hombres». Pues bien, oremos y trabajemos por la justicia. Por esas sendas la comunidad cristiana se hace fuerte y tiene un horizonte ante ella.

Fidel Aizpurúa Donazar

29 de junio de 2025

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¿Quién es Jesús para mí?

domingo, 29 de junio de 2025
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Mateo 16, 13-19

¿Somos conscientes de que la respuesta debe ser tan viva que casi a diario sea nueva? ¿Nos aferramos a respuestas, o vivimos el dinamismo de la búsqueda, personal y comunitaria?

El evangelio de hoy puede dejarnos tres invitaciones:

La primera a seguir caminando conscientes de Quien camina con nosotros

Imaginarnos a Jesús caminando con sus discípulos es algo fácil porque se repite más de una vez en los evangelios. Jesús que se queda atrás, que les adelanta, que habla o va callado, pero que se interesa por lo que van hablando “por el camino” “¿De qué discutíais por el camino?” A los que iban peleándose por ser los primeros… (Mc 9, 33) o “¿De qué venís hablando?” A los desilusionados y atemorizados discípulos de Emaús (Lc 24, 13-35). Hoy, llegando a una región considerada extranjera, Jesús se vuelve a interesar, no solo por lo que hablan por el camino sino por lo que “escuchan” mientras van de camino. Y en este caso les hace una pregunta concreta, ¿qué escucháis y que decís de mí? Abriendo con ellos un dialogo serio y vital.

Y es que muchas veces, no hay que buscar espacios o tiempos especiales, distintos, solitarios… es en la vida ordinaria, en lo que vivimos y en nuestras relaciones con los demás donde nuestras palabras, nuestras conversaciones y certezas adquieren peso y hondura.

El texto nos invita a seguir caminando, a hacernos conscientes de lo que hablamos, como espejo de lo que vivimos, por el camino de la vida. Conscientes de que mientras vamos caminando, Jesús camina con nosotros. Podemos no reconocerle como los de Emaús, durante algún trecho del camino, pero si ponemos atención terminaremos por reconocerle en multitud de signos, personas y situaciones.

La segunda invitación, a tomarnos en serio la pregunta que nos hace Jesús

Una vez conscientes de su presencia a nuestro lado, sentimos que nos invita a escuchar y tomarnos en serio sus preguntas. Quizá de entrada nos descoloquen, no nos pregunta de qué hablamos o que nos pasa, como a los de Emaús, sino por Él mismo.

¿Qué hemos oído que se dice de Él? Y esta pregunta es relativamente fácil, basta con repetir lo que hemos oído, incluso lo que nos imaginamos viendo a la gente. Hoy se oyen quizá demasiadas afirmaciones gratuitas sobre lo que dice la gente de Jesús. ¿Cuál serían las nuestras?

Pero Jesús no nos deja tranquilos tras esta lista de opiniones de otros. Y formula la pregunta definitiva, y tú, y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

Intuimos que la fuerza de la pregunta ha cambiado. Ahora nos está pidiendo mirarnos por dentro, ¿qué hay en mí con respecto a Jesús? ¿Cuál es mi experiencia de caminar con Él a lo largo de mi vida? Tomarnos su pregunta en serio no es repetir una respuesta de catecismo, aquello que aprendimos, que es dogmáticamente correcto… Vislumbramos que Jesús va por otro sitio. Eso entienden sus discípulos, que sienten que la pregunta es personal, para cada uno, incluso para cada etapa de la propia vida. Que hay cosas en la vida que no se consensuan en grupo, que cada uno las descubre según su propia experiencia en la relación con Jesús. Por eso Pedro se lanza a hablar, a poner en palabras lo que él piensa de Jesús, su identidad profunda, su importancia… «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».

Hoy se nos invita a mirar a Jesús que camina a nuestro lado y a mirarnos por dentro, ¿cómo es mi experiencia de Jesús? En tantos años que camino con Él, ¿qué supone su vida, su presencia a mi lado, en mi vida? ¿Cómo contestaríamos a eso hoy? ¿Seremos capaces de mojarnos o seguiremos intentando escapar repitiendo lo que “otros dicen” por muy teólogos o profesores que sean, lo que dice mi grupo cristiano…? ¿Nos animamos a verbalizar lo que hoy es Jesús para nosotros?

Porque no nos sirve de nada repetir formulas hechas, si no tenemos sucesivas experiencias de encuentro personal con Jesús que transformen nuestra vida. ¿De qué sirve aprender de memoria quien es Jesús, si lo conocemos de oídas? ¿En qué espacios y tiempos gestamos la respuesta a esa pregunta? ¿Somos conscientes de que la respuesta debe ser tan viva que casi a diario sea nueva? ¿Nos aferramos a respuestas, o vivimos el dinamismo de la búsqueda, personal y comunitaria?

La tercera, a escuchar la reacción de Jesús, y abrirnos a la acción del Espíritu que cambia nuestra vida

La respuesta de Pedro, para un judío de su tiempo, es algo novedoso, una imagen distinta de Mesías a la que enseñaban en la sinagoga, a la que esperaba el pueblo, el mesías triunfante, poderoso… Una imagen nueva de Dios que cambia no solo sus ideas, sino su forma de vivir. Pedro se juega su vida, la pone en manos de Jesús en su respuesta. La reacción de Jesús puede sorprendernos. No le dice que bien piensas Pedro, cuánto sabes, que bien te expresas. No, le llama feliz, bienaventurado, porque su respuesta no es suya, es del Espíritu. Eso no es fruto de tu trabajo, te lo ha revelado mi Padre. Y por eso te daré un nombre nuevo y una misión nueva.

Las primeras comunidades han visto siempre en este texto la acción directa de Jesús que cambia a Pedro de nombre y le da una misión en su naciente Iglesia, la de guiar y sostener la fe de sus hermanos, la de perdonar y unir… la de las “llaves”. Y al mismo tiempo le asegura que “el poder del maligno”, pongámosle también otros nombres hoy, no le derrotará. Pero no olvidemos la sombra de la cruz que tanto rechazo le ha producido a Pedro al tener que entrelazarla con Jesús, mesías, Hijo de Dios. (Mt 16, 23-28, Mc 8, 33) Y es que todo es acción del Espíritu. Este cambio en Pedro y en nosotros.

¿Nos hemos abierto a esta acción del Espíritu? Sin ella no podremos conocer ni nombrar a Jesús, pero tampoco podemos reconocernos o sentirnos nombrarnos a nosotros mismos. No podremos descubrirnos como hijos y hermanos, como personas amadas y enviadas a construir el reino, a abrir y cerrar puertas a los demás… la pregunta y la contestación no es solo para Pedro. Hoy todos de alguna forma somos reconocidos, nombrados y enviados si nos abrimos a la acción del Espíritu y nos dejamos cambiar el nombre viejo, ese aprendido y defendido, por un nombre nuevo, desconocido, realizado por el Espíritu mientras vamos caminando con Jesús.

Que este domingo tengamos el coraje de abrirnos al Espíritu, abandonar la seguridad de respuestas “hechas” y expresar de verdad lo que pensamos y sentimos, lo que nos hace felices o desgraciados… y eso nos llevará, como a Pedro, a recibir un nombre y una misión nueva, a renovar y cambiar nuestra vida. Que puede empezar a ser más complicada o a tener más cercana la sombra de la cruz, pero que sin duda será más plena y feliz, como toda vida en el Espíritu. Y esto, no lo olvidemos, es un don de Dios.

Mª Guadalupe Labrador Encinas, fmmdp

Fuente Fe Adulta

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Lo que se halla en juego

domingo, 29 de junio de 2025
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Comentario al evangelio del domingo 29 junio 2025

Lc 9, 51-62

El carácter hiperbólico -tan del gusto oriental- de las respuestas que el evangelista pone en boca de Jesús tiene una finalidad manifiesta: subrayar la prioridad absoluta de lo que se halla en juego. Carece, por tanto, de sentido una lectura literalista que se apresura a sacar conclusiones que poco o nada tienen que ver con el sentido del texto.

¿Y qué es exactamente lo que se halla en juego, aquello que hace relegar a un segundo plano valores tan importantes con enterrar a los muertos o ni siquiera despedirse de la propia familia?

El propio Jesús parece que se refería a ello con una expresión polisémica, absolutamente nuclear y característica del evangelio: el “Reino de Dios”. Con tal expresión se alude, tanto a la urgencia de construir un “mundo nuevo”, caracterizado por la vivencia de la fraternidad -uno de los ejes de todo el mensaje de Jesús-, como a la comprensión de lo que realmente somos -el “tesoro escondido” del que habla en sus parábolas-.

Una (inapropiada) lectura literalista se enreda al entrar en comparaciones entre los valores que aparecen en el relato. Pero el mensaje no va por ahí. Lo prioritario -viene a decir- es que llegues a comprender lo que realmente eres… y todo lo demás “se te dará por añadidura”.

Ahora bien, esa tarea prioritaria requiere motivación firme y dedicación constante, consciente además de que se te podrán caer todos los apoyos: no te quedará ni “una piedra donde poder reclinar la cabeza”. El camino que conduce a la comprensión de lo que somos nos irá desnudando de todo aquello que habíamos ido colocando en un primer plano. Y es justamente esa experiencia de desnudez la que nos hará anclarnos en lo realmente, aquello que somos en profundidad, lo que nunca nació y nunca morirá. Esto es lo que se halle en juego, ya que, como dijera el mismo Jesús en otra ocasión, ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida(Mt 16,26).

Enrique Martínez Lozano

Fuente Fe Adulta

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Apacienta -apacienta- mis ovejas

domingo, 29 de junio de 2025
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Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01. TENEMOS VIVA MEMORIA DEL PRIMADO.

En nuestra vida hemos conocido el pontificado de varios papas y todavía tenemos reciente el recuerdo de la muerte del papa Francisco y la elección del papa León. Tales acontecimientos nos sitúan de modo más vivo ante la cuestión del Primado romano.

Vayamos un poco más allá del frívolo y periodístico tratamiento que hacemos de estas cosas: que si el papa viste así, calza de tal manera, si vive aquí o allá, si es progresista o conservador…

02. ¿EL PAPA UN JEFE DE ESTADO O UN PASTOR DEL REBAÑO DE JESUCRISTO?

Hemos escuchado en el evangelio el texto en el que Jesús elige a Pedro, -la fe de Pedro- como roca de la Iglesia.

Al final del evangelio de San Juan y a las preguntas de Jesús a Pedro sobre si le amaba. Pedro, ¿me amas? Jesús le responde a Pedro: apaciente mis ovejas. Y en otro momento Jesús le dice a Pedro: confirma a tus hermanos en la fe, (Lc 22,32).

Por los recorridos históricos el obispo de Roma ha pasado a ser un jefe de estado, pero la misión de Pedro, del papa, es la de ser un buen pastor que apacienta la Iglesia y nos anima y confirma en la fe.

Jesús no pensó en un jefe de estado, en un jefe de gobierno, sino en un Pastor que apacienta y anima la fe del pueblo de Dios.

03. PEDRO.

En la época del NT y en los primeros momentos la iglesia iba naciendo y creciendo remontándose a varias tradiciones vinculadas a un lugar geográfico concreto, y referidas a la autoridad de determinados apóstoles.

La autoridad de estos apóstoles servía para legitimar una visión teológica, un modo eclesial. Así las tradiciones más importantes invocaban la autoridad de Pablo, Pedro, Tomás, Juan, Santiago, etc… Durante algunos años estas diversas tradiciones convivieron y se fecundaron unas a otras, pero:

con el tiempo la tradición más directamente vinculada a Pedro asimiló o desplazó, al menos en occidente, a las demás tradiciones apostólicas, convirtiéndose en la tradición hegemónica, frente otras corrientes, consideradas como heterodoxas, y que por esta razón han tenido menos influencia en la historia posterior de la Iglesia

GUIJARRO, S., en: Pedro en la Iglesia Primitiva, p 17.

El obispo de Roma fue pronto primado de los obispos, el Papa de la cristiandad. A lo largo de la historia, el ministerio del Papa ha sido responsable directo de los cristianos de la diócesis de Roma, catalizador de la comunión de las Iglesia locales, impulsor de la unidad ecuménica,

03. PEDRO Y LA UNIDAD DE LA IGLESIA.

La función del Sucesor de Pedro es el servicio de la unidad en la fe, que algo de eso es lo que le dijo Jesús a Pedro: apacienta, ayuda a tus hermanos en la fe.

Pablo VI fue muy consciente de la misión del papa de mantener la unidad de la Iglesia y se lamentaba cuando decía que -sin embargo- el papado es motivo de diferencias y enfrentamientos.

El ministerio de Pedro ha desembocado en -fórmulas siempre humanas- el Romano Pontífice que es para «confirmar a los hermanos en la fe» y para ayudar a hacer y vivir en unidad.

Por otra parte, mantener la unidad no es tarea fácil. El papa Francisco supo y sufrió mucho por esto y marchó de este mundo sin haber podido desplegar la diversidad, sin ver el pluralismo cristiano-eclesial, sin adaptar la Iglesia a las nuevas situaciones y problemas de la historia.

04. UNA PALABRA ECUMÉNICA

El papa Francisco, siendo arzobispo de Buenos Aires, era el delegado de ecumenismo en la Conferencia Episcopal argentina. Ya papa, Francisco dijo: tendremos mucho que aprender sobre el primado de las Iglesias ortodoxas.

Hoy la sede de Roma no puede esperar, en la pacífica

posesión de su autocomprensión tradicional, que las demás Iglesias lleguen a reconocer el poder dogmáticamente legítimo del Obispo de Roma. La sede de Pedro habrá de hacer grandes esfuerzos para llegar a un acuerdo en esta cuestión.

En defensa de esta postura hay que decir que no se puede justificar todas y cada una de las potestades de las que los papas se han hecho poseedores a lo largo de los siglos, no se puede justificar que estas potestades formen parte clara y necesariamente de la esencia dogmática del ministerio de Pedro. (Rahner, K.).

05. SAN PABLO

El 29 de junio celebramos la fiesta de los santos Pedro y Pablo. Pero dicho esto, no es menos cierto que, al final, solamente es la fiesta de San Pedro. S Pablo queda en un segundo plano, si no olvidado.

Sin embargo S Pablo fue el que llevó el cristianismo adelante y quien extendió el cristianismo al mundo pagano tanto geográfica como culturalmente.

Posiblemente si no hubiese existido “un” S Pablo, el cristianismo habría terminado siendo una secta judía más.

San Pablo es el que abrió un cristianismo judío en su origen a un cristianismo universal, abierto, libre.

06. CURSUM CONSUMMAVI ET FIDEM SERVAVI (2TIMOTEO).

Hemos escuchado en la segunda lectura un hermoso párrafo de la 2 Timoteo.

Las cartas a Tito y 1 y 2 Timoteo (cartas pastorales) son más tardías que San Pablo. Cuando se escriben estas cartas Pedro y Pablo habían muerto martirizados en Roma el año 67. Estas cartas son de tradición paulina, datan de finales del siglo I y evocan -“recuerdan”- un Pablo anciano que ha terminado el curso de su vida, ha combatido bien, ha conservado la fe y confía en el Señor también al final de su vida.

Tal vez esta pueda ser la actitud de algunos (muchos o pocos) de nosotros. Hemos recorrido el camino de la vida, hemos trabajado y conservado la fe. Hemos crecido y vivido el evangelio en el tono vital del concilio Vaticano II.

Previsiblemente no veremos muchos cambios, novedades. Ni las esperamos tampoco. Seguiremos la eclesiología de San Juan: permaneced en lo que os enseñé desde el comienzo: permaneced en mi amor. Para nosotros la mirada está en el Señor, en el Reino de Dios.

Esto no es pesimismo, sino esperanza.

He librado un buen combate, he dado fin a mi carrera, he conservado la fe. Ahora me queda esperar la corona, el final en JesuCristo. (2 Tim 4,7).

ORACIÓN DE LO

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«Pidamos por la reforma y conversión del Papado para ser una Iglesia sinodal», por Consuelo Vélez

domingo, 29 de junio de 2025
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De su blog Fe y Vida:

Fiesta de San Pedro y San Pablo, Apóstoles 29-05-2025

El evangelio de hoy expresa lo que Pedro será en la Iglesia católica: garante de unidad, de sucesión apostólica, de continuidad de la fe

A Pablo por su dedicación total a la predicación, su testimonio constante, se le considerara al mismo nivel que Pedro

Actualmente es urgente una reforma del Papado, como ya lo había señalado el papa Francisco y el Documento final del Sínodo de la Sinodalidad, para que ese ministerio sea testimonio de servicio e inclusión, con menos señales de Iglesia imperial y más de Iglesia de Jesucristo

 

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:

+ «¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?».

Ellos le respondieron:

– «Unos dicen que es Juan el Bautista; otros Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas».

+ «Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?»

Tomando la palabra, Simón Pedro respondió:

– «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».

Y Jesús le dijo:

– «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella. Yo te dará las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo»

(Mateo 16, 13-19)

Este domingo coincide con la fiesta de San Pedro y San Pablo a los que la Iglesia considera fundamentales en el despliegue de la Iglesia, cada uno con características propias. El evangelio de hoy se refiere a Pedro y su confesión de fe. Seguramente este texto es post pascual, es decir, Pedro confiesa a Jesús como Cristo después de la experiencia de la resurrección. Pero esto no significa que su protagonismo no se refleje en todos los evangelios desde el inicio de su seguimiento de Jesús, al ser, muchas veces, vocero de los Doce y ocupar el primer lugar en diversas circunstancias. Además, este evangelio expresa lo que Pedro será en la Iglesia católica: garante de unidad, de sucesión apostólica, es decir, de continuidad de la misma fe.

Por su parte Pablo no formó parte de los Doce, sino que tiene la experiencia de Jesús unos 3 o 4 años después de los acontecimientos pascuales. Pero su dedicación total a la predicación, su testimonio constante, hizo que con el tiempo se le considerara al mismo nivel que Pedro.

De hecho, el libro de los Hechos de los Apóstoles dedica la primera parte a Pedro y la segunda parte a Pablo, y relata hechos similares de los dos, mostrando su importancia en el desarrollo de la Iglesia. Según los datos de este libro, se encontraron dos veces en Jerusalén y una en Antioquía, donde mostraron diferencias.

Se cree que Pedro fue asesinado en Roma por el año 64. De Pablo se dice lo mismo, aunque los datos no son muy precisos. Los primeros cristianos que conmemoraban a sus compañeros mártires, juntaron a Pedro y Pablo en la fiesta del 29 de junio, en el que se celebraba la inauguración del templo de Quirino, considerado fundador de Roma; para decir que Roma estaba fundada con la sangre de Pedro y Pablo. Lo interesante es que ellos son ejemplo de la unidad en la diversidad y así debería ser nuestra iglesia para que en verdad quepan “todos, todos, todos”, como decía el Papa Francisco y ha repetido el Papa León XIV.

Precisamente con la elección del nuevo Papa y las celebraciones litúrgicas a las que asistimos el mes pasado del inicio de este pontificado, hemos podido ver cómo se organiza la Iglesia católica y de qué manera el Papa es continuador de estos Apóstoles, piedras vivas, de la Iglesia. De todas maneras, está por realizarse una reforma del Papado, como ya lo había señalado el papa Francisco y el Documento final del Sínodo de la Sinodalidad, para que ese ministerio fundamental sea testimonio de servicio e inclusión, con más descentralización, más sinodalidad, más austeridad, reflejando más el ardor misionero de los primeros apóstoles y menos el poder y organización de una iglesia con las mismas características del Imperio. Pidamos por la reforma del Papado y de la organización eclesial para ser verdaderamente una iglesia sinodal.

(Foto tomada de: https://corazoneucaristicodejesus.blogspot.com/2011/06/pedro-y-pablo.html)

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“Jesús se hace pregunta“, por Joseba Kamiruaga Meza CMF

domingo, 29 de junio de 2025
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De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):

El episodio evangélico de la «confesión de Pedro» está situado por Mateo en los alrededores (literalmente «hacia las partes de») de Cesarea de Filipo, en el extremo norte de la tierra de Israel, en las laderas del monte Hermón, donde nace el Jordán, cerca de aquella ciudad que en su propio nombre lleva las huellas de sus orígenes romanos y de su nobleza imperial. Cesarea es la Imperial. Fue llamada Cesarea precisamente por Felipe, el tetrarca, en honor al emperador.

Y es precisamente allí donde tiene lugar la confesión que proclama a Jesús como Mesías. Es interesante observar que estamos muy lejos de Jerusalén, prácticamente en el vértice geográfico, pero también simbólico, opuesto al lugar donde se encuentra la «ciudad santa».

Es en esta zona excéntrica, periférica y paganizada donde resuena la confesión mesiánica de Pedro. De hecho, con esta statio en las cercanías de Cesarea de Filipo, el itinerario que llevó a Jesús a Genesaret (14,34), luego a las cercanías de Tiro y Sidón (15,21), luego a lo largo del mar de Galilea (15,29) y a la región de Magadán (15,39), llega a su última etapa. Inmediatamente después, el camino de Jesús tomará otra dirección, dirigiéndose hacia Jerusalén: «Desde entonces, Jesús comenzó a explicar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén» (Mt 16,21).

En Cesarea de Filipo, Jesús interroga a sus discípulos. Y los interroga en dos ocasiones. Primero de manera indirecta, luego directa o, podríamos decir, sin escapatoria. Tras una primera pregunta genérica sobre quién dice la gente que es el Hijo del hombre, una pregunta que no interpela personalmente y no involucra demasiado a sus discípulos, les hace una pregunta de la que no pueden escapar: «¿Quién decís que soy yo?». Es más, el texto contiene un matiz adversativo: «Pero vosotros, ¿quién decís que soy yo?».

Es decir, según Jesús, su condición de discípulos debería haberles llevado a un conocimiento diferente y más profundo de él, más allá de las habladurías y opiniones de la gente. No solo eso, en la primera pregunta, Jesús pregunta por la identidad del Hijo del hombre, quizás el título mesiánico más elevado (cf. Mt 9,6; 10,23; 16,27-28; 19,28; 24,27.30; 26,64; etc.), pero en la segunda pasa directamente al yo y la pregunta se vuelve personal, apremiante, incluso dolorosa.

Vosotros que habéis vivido conmigo, vosotros que habéis escuchado de cerca mis palabras, vosotros que habéis compartido conmigo un tramo de vida y de camino existencial, vosotros, ¿quién decís que soy yo? Jesús se hace pregunta por sus discípulos. Y Jesús nos alcanza como pregunta.

Él mismo es la pregunta que nos inquieta, que nos sacude, que no pide ser evadida con una respuesta ilusoriamente exhaustiva, sino que se repite cada día y en cada etapa de la vida. Incluso para el creyente, Jesús no es ante todo y únicamente una respuesta, o la respuesta, sino una pregunta, la pregunta.

Y precisamente este carácter interpelador de Jesús es vital, vivificante y dinamizador. Ciertamente, como una espina en la carne. Jesús es una pregunta a la que no es nada fácil responder. Como se desprende también de nuestro texto. Si a la primera pregunta de Jesús sigue una respuesta colectiva, de todos los discípulos: «Ellos dijeron» (Mt 16,14), a la segunda, que también está dirigida a todos ellos, responde solo uno, Pedro. Esta pregunta hace huir a muchos, deja mudos a muchos, opera una selección radical: esta pregunta pone a prueba a los discípulos que, antes de huir en el momento de la pasión, ya se desvanecen incapaces de decir nada. Excepto Pedro.

Pero antes de todo, los discípulos pasan revista a las identificaciones de Jesús que circulaban entonces entre la gente. El rasgo común de las diferentes identificaciones es el carácter profético atribuido a Jesús. En primer lugar, Juan el Bautista, a quien Jesús mismo reconocía como profeta, es más, como «más que un profeta» (Mt 11,9), como precursor del Mesías (Mt 11,10). Mateo señala que la multitud consideraba a Juan «un profeta» (Mt 14,5; 21,26). Ciertamente, al identificar a Jesús con el Bautista, se suponía que Juan había resucitado, ya que Herodes lo había condenado a muerte (Mt 14,3-12). Esta identificación era también la opinión de Herodes, que decía de Jesús: «Este es Juan el Bautista. Ha resucitado de entre los muertos y por eso tiene poder para hacer prodigios» (Mt 14,2).

En cuanto a Elías, la tradición bíblica lo consideraba precursor de la venida del Señor (Mal 3,23; Eclo 48,10) y Jesús lo identificó con el Bautista (Mt 11,14; 17,10-13). Solo en Mateo se encuentra la referencia a Jeremías. Este fue el profeta que vivió una verdadera pasión, sufriendo mucho a causa de la casta sacerdotal y padeciendo mucho en Jerusalén. Quizás, por tanto, en la referencia a Jeremías en relación con Jesús se esconde la alusión a la historia de contradicción y sufrimiento que esperará al Hijo del hombre en su camino, que encontrará en Jerusalén su etapa decisiva (cf. Mt 16,21).

Para otros, finalmente, Jesús es simplemente un profeta, un profeta como otro cualquiera. Pero todas estas palabras quedan en la superficie, y Jesús mismo no se conforma con ellas. Sobre todo, le interesa saber qué han comprendido de él sus discípulos.

A la segunda pregunta de Jesús, Pedro responde: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo». Pedro retoma la confesión de los discípulos que estaban en la barca: «Tú eres el Hijo de Dios» (Mt 14,33); antepone la confesión mesiánica: «Tú eres el Cristo», y añade el adjetivo «vivo». Pedro retoma del Primer Testamento la expresión que define al Dios de Israel como el «Dios vivo» (cf. Dt 5,26; Os 2,1) y, unificando la confesión mesiánica y el reconocimiento de la divinidad, compone un título único, típicamente cristiano, en el que emerge la centralidad de Jesús como manifestación de la plenitud de la vida que viene de Dios.

Pedro reconoce en Cristo a aquel que da vida a Dios en su existencia. Pedro, la piedra que se hundía en las aguas del mar de Galilea, agobiado por la poca fe y las dudas sobre quién era realmente Jesús («Si eres tú»: Mt 14,28), ahora se convierte en piedra viva (cf. 1 P 2,5) gracias a la fe, y a una fe que es por gracia, por revelación, como Jesús mismo le declarará (Mt 16,17). Del «Si eres tú» al «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo» se produce un paso que no se debe a una evolución de la inteligencia, sino al don de Dios.

De hecho, Jesús responde a Pedro proclamando su bienaventuranza como depositario de una revelación desde lo alto. Jesús reconoce que Pedro se ha convertido en receptáculo de la revelación de Dios. La confesión de Pedro está bajo el signo de la gratuidad, no del mérito. Y el hecho de que Jesús llame a Pedro con la expresión aramea que contiene el patronímico, «Simón, hijo de Jonás» (Mt 16,17), y luego utilice la fórmula hebrea «carne y sangre», indica que esta revelación se ha depositado sobre la debilidad humana de Pedro, sobre su humanidad frágil y pobre.

Como destinatario de la revelación divina, Pedro es uno de los pequeños objetos de la benevolencia y la complacencia divinas. La bienaventuranza dirigida a Pedro se hace eco de la alabanza dirigida por Jesús al Padre «porque has ocultado estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a los pequeños» (cf. Mt 11,25).

Esta proclamación dirigida a Pedro está en la base de la afirmación sobre la Iglesia (Mt 16,18). La Iglesia nace de la gracia y del don de Dios. Una gracia y un don que Pedro ha experimentado en primera persona. La firmeza de Pedro va acompañada de la conciencia de su fragilidad y debilidad, que ciertamente no le son quitadas, como se verá en el resto del relato evangélico: la última mención de Pedro en el primer Evangelio nos lo muestra entre lágrimas después de su triple negación (Mt 26,75).

Pedro, aquí gratificado -en sentido etimológico- con una bienaventuranza dirigida nominalmente a él, no volverá a ser mencionado por Mateo en los relatos de las apariciones del Resucitado. La figura de Pedro permanece con toda su ambivalencia, que lleva a Jesús a declararlo roca y piedra de escándalo, destinatario de la revelación del Padre y de Satanás (Mt 16,23).

La afirmación de que las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia expresa el hecho de que la Iglesia, obra de Cristo mismo y fundada sobre su resurrección, prolonga la vida de Jesús que, resucitado de entre los muertos, da esperanza a todos los hombres. La apertura al don de Dios permite a la Iglesia contrarrestar la acción de las fuerzas del mal, dando espacio al poder de Cristo mediante la fe. La Iglesia vive de la promesa de Cristo.

Por último, Jesús habla de las llaves del Reino entregadas a Pedro y de su poder de atar y desatar (Mt 16,19). Estas palabras designan a Jesús como aquel que determina los criterios de la acción eclesial. Las «llaves» designan la autoridad (cf. Is 22,22). Jesús es el Señor y las posee y las entrega a quien lo reconoce, confiándole así la autoridad para enseñar de acuerdo con su palabra.

Si los fariseos se llevaron la llave del conocimiento impidiendo la entrada al Reino a quienes querían entrar (cf. Lc 11,52), las llaves del Reino que Jesús entrega son esenciales para que todos los pueblos entren en el Reino: «Id y haced discípulos a todos los pueblos […] enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado» (Mt 28,19).

El poder de las llaves va acompañado del poder de atar y desatar, es decir, de prohibir o permitir, en el ámbito disciplinario y doctrinal. Y se convierte, en particular, en el ámbito eclesial, en el poder de perdonar los pecados, verdadero poder que narra la potencia de la resurrección.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Comentarios Evangélicos y Reflexiones para el Domingo de los Santos Pedro y Pablo, 29 de junio de 2025

1.- Jesús se hace pregunta.

2.- ¿Quién decís que soy yo?.

3.- El primado de la fe de Pedro.

4.- ¿Quién eres Señor?.

5.- La bienaventuranza de Pedro.

6.- Llaves que abren las hermosas puertas de Dios.

7.- Una pregunta que da vida.

8.- Confesión de fe.

 Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Nosotros… Nuestro…

sábado, 29 de junio de 2024
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En la solemnidad de San Pedro y San Pablo, un texto que habla de Comunidad, de Palabra, de Compromiso… Del blog Amigos de Thomas Merton:

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…”el Doctor de la paz y Maestro de la unidad no quiso que hiciéramos una oración individual y privada, de modo que cada cual rogara sólo por sí mismo. No decimos: «Padre mío, que estás en el cielo», ni: «Dame hoy mi pan de cada día», ni pedimos el perdón de las ofensas sólo para cada uno de nosotros, ni pedimos para cada uno en particular que no caigamos en tentación y que nos libre del mal. Nuestra oración es pública y común, y cuando oramos lo hacemos no por uno solo, sino por todo el pueblo, ya que todo el pueblo somos como uno solo.

El Dios de la paz y el Maestro de la concordia, que nos enseñó la unidad, quiso que orásemos cada uno por todos, del mismo modo que él incluyó a todos los hombres en su persona. Aquellos tres jóvenes encerrados en el horno de fuego observaron esta norma en su oración, pues oraron al unísono y en unidad de espíritu y de corazón; así lo atestigua la sagrada Escritura que, al enseñarnos cómo oraron ellos, nos los pone como ejemplo que debemos imitar en nuestra oración: Entonces -dice- los tres, a una sola voz, se pusieron a cantar, glorificando y bendiciendo a Dios. Oraban los tres a una sola voz, y eso que Cristo aún no les había enseñado a orar.

Por eso fue eficaz su oración, porque agradó al Señor aquella plegaria hecha en paz y sencillez de espíritu. Del mismo modo vemos que oraron también los apóstoles, junto con los discípulos, después de la ascensión del Señor. Todos ellos -dice la Escritura- perseveraban en la oración, con un mismo espíritu, en compañía de algunas mujeres y de María, la madre de Jesús, y de los hermanos de éste. Perseveraban unánimes en la oración, manifestando con esta asiduidad y concordia de su oración que Dios, que hace habitar unánimes en la casa, sólo admite en la casa divina y eterna a los que oran unidos en un mismo espíritu.”

*

San Cipriano

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Pedro y Pablo, dos columnas de la Iglesia, maestros inseparables de fe y de inspiración cristiana por su autoridad, son sinónimo de todo el colegio apostólico. A Simón Pedro, pescador de Betsaida (cf. Le 5,3; Jn 1,44), Jesús le llamó Kefas- Piedra y le dio el encargo de guiar y confirmar a los hermanos, a pesar de su frágil temperamento. Su característica distintiva es la confesión de la fe. Es uno de los primeros testigos del Jesús resucitado y, como testigo del Evangelio, toma conciencia de la necesidad de abrir la Iglesia a los gentiles (Hch 10-11).

Pablo de Tarso, perseguidor de la Iglesia y convertido en el camino de Damasco, es un hombre de espíritu vivaz y brillante formación, que recibió de los mejores maestros. Animado por una gran pasión por Cristo, recorrió con su dinamismo el Mediterráneo anunciando el Evangelio de la salvación.

Ambos recibieron en Roma la palma del martirio y la unidad en la caridad, convirtiéndose en ejemplo de diálogo entre institución y carisma.

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"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , , , ,

¿Quién gestiona las llaves petrinas del Reino? (Mt 16,13-20)

sábado, 16 de septiembre de 2023
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IMG_0405Del blog de Xabier Pikaza:

«Las llaves de la iglesia católica han sido a veces más fariseas que petrinas«

Según Mt 16, 19, Jesús dijo a Pedro «yo te daré» las llaves del Reino de los cielos…». Y así fue, según el evangelio de Mateo que se distingue  de otros textos del NT (Ef, Jn…) en los que Pedro no aparece como portador de las llaves del Reino.

Este pasaje (yo te daré las llaves del Reino) constituye un texto esencial de la revelación, no sólo para los católicos, sino  para los cristianos de otras iglesias. Por eso debemos estudiarlo con cuidado.

Así quiero destacarlo en esta postal,  leyéndolo al trasluz de otros dos textos importantes de Mateo que matizan su sentido conforme a una lectura integral/sinodal del evangelio.   

Texto base: Mateo 16,13-20

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» Ellos contestaron: «Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.» Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.»

Jesús le respondió: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.» Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.

1. Llaves del Reino, llaves de Pedro (Mt 16, 17-19).

A ti te daré las llaves del reino de los cielos. Todo lo que ates en la tierra habrá sido atado en el cielo, y lo que desates en la tierra habrá sido desatado en los cielos.

Éstas son las llaves con la que Pedro ha abierto el camino del Reino de Jesús para los gentiles, acogiendo el mensaje de Pablo y vinculando ese mensaje al de los judeo-cristianos. Estas llaves han servido para abrir el reino a los pobres, excluidos y gentiles. Pedro las utilizó una vez y para siempre, en el momento clave de la iglesia, como clavero supremo, abriendo con ellas (con la autoridad de Dios) el mismo Reino de Dios para los pobres y expulsados de la ley judía.

A estas llaves de Pedro se han opuesto, dentro de la misma iglesia, las contra-llaves de un tipo de escribas y fariseos «cristianos» que se han opuesto de hecho a la apertura de  Pedro y que han querido introducir dentro de la iglesia un tipo de ley anti-petrina, que ha tendido a convertir la iglesia de Jesús en una mala sinagoga de escribas-fariseos,  partidarios del mal judaísmo (no del bueno), un tema que aparece ya en la cartas de Pablo y, sobre todo, en la historia de un mal catolicismo que, diciéndose petrino, ha sido de hecho anti-petrino

Estas llaves auténticas de Pedro han pasado al conjunto de la Iglesia, que es comunidad de comunidades, de forma quea cada iglesia sea heredera de las llaves de Pedro, como ha puesto de relieve

Conforme a la palabra solemne de Mt 16, 19, Jesús ha dado a Pedro las llaves del Reino de los cielos. Pero después, otro pasaje del mismo concede a cada comunidadcristiana «las mismas llaves»: «todo lo que atéis en la tierra será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra será desatado en el cielo» (Mt 18, 18).

El mismo Mateo habla además de unas «llaves perversas», propias de los fariseos. Desde ese fondo podemos mirar de conjunto el tema de las llaves y la función de la autoridad de la iglesia en Mateo , integrando así a Pedro dentro de la comunidad, que debe superar siempre el riesgo «fariseo» del poder sacral.

(1) Las llaves de los escribas y fariseos (Mt 23, 13).

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque cerráis el reino de los cielos delante de los hombres. Pues vosotros no entráis, ni dejáis entrar a los que están entrando.

Ellos escribas-fariseos no han de entenderse aquí como representantes de una autoridad ajena a la iglesia (en la línea de un buen judaísmo rabínico posterior), sino como cristianos de línea farisea, cuya existencia e influjo ha destacado Hechos (cf. Hech. 15, 5).

Mateo no critica por tanto a unos «judíos/judíos», sino a unos escribas y fariseos de la iglesia, que han querido tomar el poder de las llaves, para utilizarlas de un modo legalista, cerrando el Reino de Dios a los otros (es decir, a los que no cumplen sus normas, a los pobres de Jesús, a los impuros).

Al actuar así, esos cristiano-fariseos no entran en el Reino (pues no aceptan la apertura petrina de Jesús a los pobres y excluídos, conforme a la historia auténtica Pedro), ni dejan entrar a los demás (pues les cierran el camino de la iglesia, que es portadora de ese Reino).

En esa línea se ha dicho, y se sigue diciendo (conforme al magisterio de Francisco) que  en ciertos momentos (a partir del X y especialmente del XVI d.C., las llaves de la iglesia católica han sido a veces más fariseas  (en el mal sentido de la palabra) que petrinas, han servido para cerrar más que para abrir.

Por eso, la reforma sinodal de la iglesia, que está defendiendo Francisco, ha de ser  plenamente petrina no anti-petrina, en la línea del Pedro integral de los evangelios y del mismo mensaje de Pablo, que critica ciertos rasgos del poder del Pedro pero que, en 1 Cor 15 le sitúa en el principio de la Iglesia.

 Se trata, por tanto, de recuperar al Pedro hermano,  al Pedro sinodal que recibe, según Mateo, las llaves del Reino, pero no para  encerrarse con ellas en una iglesia-fuerte, sino para garantizar con ellas la libertad y responsabilidad de cada una de las comunidades cristianas, como he puesto de relieve en mi comentario de Mateo.

(3) Las llaves de cada comunidad (18, 15-20).

 Conforme a lo anterior, cada comundad cristiana, en comunión con las demás comunidades, es heredera y portadora de las mismas llaves de Pedro,que han de ser asumidas y utilizadas en sentido salvador, de apertura mesiáncia, a cada iglesia.

En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra habrá sido atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra habrá sido desatado en el cielo. También os digo que, si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidan, les será hecha por mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.

Este pasaje omite la primera función de Pedro (ser «roca«), quizá suponiendo que ella no puede repetirse, sino que Jesús la ha concedido una vez y para aiempre a Pedro, en el principio de la Iglesia, pero atribuye la segunda funciòn (cerrar y abrir el Reino), vinculada a las llaves de Dios (atar y desatar, cerrar y abrir), a cada comunidad, que aparece así como presencia de Cristo (verdadera Piedra eclesial, auténtico Pedro).

De una forma que resulta lógica en la línea del judaísmo y cristianismo antiguo, pero que va en contra de una visión  posterior de algunas iglesias, el Jesús de Mateo no atribuye las llaves de Dios (atar–desatar) a un obispo,  patriarca o papa separado,  sino a cada una de las comunidades cristianas (donde estén dos o tres reunidos en mi nombre…).

Lo que hizo Pedro en su tiempo, de una vez por siempre, para el conjunto de la Iglesia (entendida en forma de comunidad sinodal de iglesias), pueden y deben hacerlo después los creyentes reunidos de cada iglesia particular, que así aparecen como herederos de su función constituyente o magisterial.

 En esta línea, los papas que se dicen  y  han de ser portadores del carisma de Pedro han de potenciar la autoridad  sinodal de cada Iglesia

(4). Anejo. No llaméis a nadie Padre (23, 6-10).

«Los escribas y los fariseos… buscan los primeros asientos en los banquetes y las primeras sillas en las sinagogas, las salutaciones en las plazas y el ser llamados por los hombres: Rabí, Rabí. «Pero vosotros, no seáis llamados Rabí; porque uno solo es vuestro Maestro, y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis a nadie vuestro Padre en la tierra, porque vuestro Padre que está en los cielos es uno solo. Ni os llaméis Guía, porque vuestro Guía es uno solo, el Cristo.

Cada una de las comunidades, formadas por hermanos-iguales (sin diferencia de varones y mujeres, clérigos y laícos, siervos y señores), ha recibido «las llaves de Pedro», esto es, su capacidad de discernimiento al servicio del Reino de Dios.

Posiblemente había en las comunidades de las que habla Mateo profetas, sabios y escribas (cf. Mt 23, 34); incluso podría haber ministros eclesiales en la línea de los obispos y presbíteros posteriores; pero el texto no habla de ellos, ni les concede una autoridad sobre los otros, pues la autoridad de la iglesia se identifica con el discernimiento y diálogo fraterno de la comunidad.

Desde este fondo puede entenderse la crítica de Mt 23, 1-12 contra aquellos que buscan las «prôtokathedrias» o primeras cátedras (de honor y enseñanza) en las iglesias, pues todos los creyentes son hermanos y ninguno debe elevarse como padre, maestro o director sobre los otros.

Más aún, en esa misma línea deben entenderse las afirmaciones programáticas donde (siguiendo en la línea de Mc 9, 35-38; 10, 13-13. 35-45) Mateo ha puesto de relieve la autoridad de los pobres y pequeños, que aparecen así como verdaderos «papas de la iglesia». «¿Quién es el mayor en el reino de los cielos? Jesús, llamando a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: En verdad os digo: si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 18, 1-3).

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Nosotros… Nuestro…

jueves, 29 de junio de 2023
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En la solemnidad de San Pedro y San Pablo, un texto que habla de Comunidad, de Palabra, de Compromiso… Del blog Amigos de Thomas Merton:

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…”el Doctor de la paz y Maestro de la unidad no quiso que hiciéramos una oración individual y privada, de modo que cada cual rogara sólo por sí mismo. No decimos: «Padre mío, que estás en el cielo», ni: «Dame hoy mi pan de cada día», ni pedimos el perdón de las ofensas sólo para cada uno de nosotros, ni pedimos para cada uno en particular que no caigamos en tentación y que nos libre del mal. Nuestra oración es pública y común, y cuando oramos lo hacemos no por uno solo, sino por todo el pueblo, ya que todo el pueblo somos como uno solo.

El Dios de la paz y el Maestro de la concordia, que nos enseñó la unidad, quiso que orásemos cada uno por todos, del mismo modo que él incluyó a todos los hombres en su persona. Aquellos tres jóvenes encerrados en el horno de fuego observaron esta norma en su oración, pues oraron al unísono y en unidad de espíritu y de corazón; así lo atestigua la sagrada Escritura que, al enseñarnos cómo oraron ellos, nos los pone como ejemplo que debemos imitar en nuestra oración: Entonces -dice- los tres, a una sola voz, se pusieron a cantar, glorificando y bendiciendo a Dios. Oraban los tres a una sola voz, y eso que Cristo aún no les había enseñado a orar.

Por eso fue eficaz su oración, porque agradó al Señor aquella plegaria hecha en paz y sencillez de espíritu. Del mismo modo vemos que oraron también los apóstoles, junto con los discípulos, después de la ascensión del Señor. Todos ellos -dice la Escritura- perseveraban en la oración, con un mismo espíritu, en compañía de algunas mujeres y de María, la madre de Jesús, y de los hermanos de éste. Perseveraban unánimes en la oración, manifestando con esta asiduidad y concordia de su oración que Dios, que hace habitar unánimes en la casa, sólo admite en la casa divina y eterna a los que oran unidos en un mismo espíritu.”

*

San Cipriano

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SAN PEDRO Y SAN PABLO***

"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , , , ,

«No estamos obligados a aceptarla»: El párroco homófobo de San Pedro (Albacete), Óscar Robledo, advierte a los homosexuales de que «no son queridos» por Dios.

viernes, 19 de agosto de 2022
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E093F562-E0B5-49A9-87D5-7332D4F1979DGente así debiera ser denunciada por la propia Fiscalía y expulsada del sacerdocio. Hay que tener muy poca vergüenza para afirmar que “No se juzga ni se acusa, ni se señala, ni se rechaza a la persona, pero su forma de vivir, esos criterios que se van desarrollando, nosotros no estamos obligados a aceptarla»,.. Él juzga, acusa señala y rechaza… Estos discursos son los que arman intelectualmente a los salvajes que atacan…

El párroco del municipio de San Pedro (Albacete) sostiene en plena misa que «estamos siendo adoctrinados. Hay muchas cosas que sabemos que, desde la ética cristiana, no pueden ser aceptadas»

El cura de San Pedro (Albacete), Óscar Robledo, ha utilizado el púlpito de su iglesia para asegurar que la sociedad está siendo «adoctrinada« y que los homosexuales no son algo «normal» ni «querido por Dios».

Según publica La Vanguardia, el párroco utilizó la homilía del 14 de agosto para defender esta tesis homófoba. «Estamos siendo adoctrinados. Hay muchas cosas que sabemos que, desde la ética cristiana, no pueden ser aceptadas», argumenta, para justo después poner un ejemplo: «Y nosotros poco a poco las vamos asumiendo como algo normal, como algo querido por Dios. Por ejemplo, la situación de parejas del mismo sexo».

El cura sostiene que la homosexualidad es algo que «hoy por hoy, se ha vuelto común«, pero eso no implica ser «normal» ni «querido por Dios». «Cada persona es libre en sus decisiones, pero eso no quiere decir que tenga que ser aceptada como algo normal, como lo correcto. No se juzga ni se acusa ni se señala ni se rechaza a la persona, pero no estamos obligados a aceptar su forma de vivir«, defiende.

El cura no solo está en contra de las parejas del mismo sexo, sino que insiste en que el lenguaje inclusivo es «excluyente«: «El detalle que a mí me parece contradictorio es que ese lenguaje rechaza a los otros. Ya no hay que decir todos y todas, sino todes. Entonces no es inclusivo, es excluyente«.

Pero el párroco fue mucho más allá y llegó a alertar sobre una supuesta corriente para normalizar y despenalizar la pederastia bajo el escudo de la ideología de género. «La académica canadiense (que defiende esa supuesta tesis) y otros muchos más que promueven estas ideas, las están tomando también para borrar la línea que hay entre el niño y el adulto, para llegar a decir que no existe niño ni existe adulto, sino que todos somos lo que somos. Por lo tanto, los que hoy son catalogados como pedófilos ya no son calificados como delito ni como una gravedad psicológica, sino que es una identificación sexual. Por lo tanto, el varón tiene derecho y el niño está en su deber de asumir una relación con el adulto».

Algunos vecinos puntualizaban que “A través de un texto bíblico, y la propia interpretación de Óscar Robledo, se lanzaron mensajes que animaban a la no aceptación de las relaciones entre personas del mismo sexo apelando a “su forma de vivir”. Del mismo modo, expresaban que el sacerdote “decidió que un lugar de culto religioso era un estupendo sitio para hablar sobre la “ideología de género”, criticando el lenguaje inclusivo como algo “excluyente”. Y añaden que estas acusaciones “quizás pretenden desviar la mirada de sus feligreses de todos los casos de abusos sexuales a menores que se están destapando en el seno de la Iglesia Católica, y de los muchos que seguirán saliendo a la luz, lamentablemente”.

Para terminar de arreglarlo y ante la repercusión montada, el párroco trataba de arreglar el desaguisado empeorándolo aún más y sin pedir perdón atendía a El Digital de Albacete para aclarar lo ocurrido durante la celebración que ofició el pasado domingo. Detallaba que durante su homilía estableció tres ideas, haciendo referencia en la primera de ellas “a las parejas del mismo sexo, pero no a las personas individuales sino al tipo de relación”.

Explicaba el sacerdote que “desde el Evangelio y las enseñanzas de la Iglesia esto no se permite ni se acepta como la forma habitual”, y añadía que durante su homilía “aclaré este aspecto diciendo que en ningún momento la Iglesia ni atacaba, ni acusaba, ni juzgaba a las personas que establecieran este tipo de relaciones, sino que por el contrario las acogía”. Además, remarcaba que con sus palabras “también invitaba a las personas a que si en su familia tenían esta realidad, de personas que establecen relaciones con otra persona de su mismo sexo, había que acogerlas y valorarlas”. Del mismo modo, aclaraba que “no señalé ni ideologías concretas, ni hice referencia a ningún grupo ni colectivo concreto”, y consideraba que “de alguna manera, se nos está vendiendo en la sociedad la idea de que esto es lo común”, algo que puntualizaba “desde el Evangelio tenemos que estar en disposición de saber que no es lo mandado por Dios”! “Desde el punto de vista del Evangelio y la Doctrina de la Iglesia no lo es”.

Con relación a las palabras relacionadas con la pedofilia aclaraba Óscar Robledo que “hacía referencia a una académica que en sus escritos trata de expresar que la línea que diferencia al varón y a la mujer no debería existir y basándome en otros aspectos indicaba que hay una intención también de borrar la línea entre el menor y el adulto”. Al respecto, consideraba que en el caso de producirse la eliminación de esta distinción entre menores y adultos “podemos estar ante la  posibilidad de caer en este riesgo”.

Nuevamente el cura de San Pedro remarcaba que tras esta reflexión “en ningún momento mencioné que la ideología de género o que un determinado grupo estaba promoviendo esto, no he acusado a nadie, ni a ninguna persona, ni a ningún grupo, simplemente he puesto de manifiesto que se nos están vendiendo estas opciones como lo habitual, pero desde el Evangelio no es así”.

Defendía el matrimonio como la unión entre un hombre y una mujer, pero dejaba claro que la Iglesia acoge a todas las personas con independencia de a quien escojan amar. Subrayaba que durante su homilía “ni siquiera utilicé el término homosexualidad, ni ataqué a personas concretas ni a colectivos de ningún tipo”, añadiendo que “hablé de la sociedad y de la cultura que nos rodea”.

Unas palabras que no eran bien acogidas por todos los vecinos de San Pedro. En declaraciones a la cadena SER, el alcalde de San Pedro, Daniel Sancha (PSOE), ha adelantado que el Ayuntamiento de la localidad albaceteña, de poco más de mil habitantes, ya ha comunicado al párroco «que no compartimos sus palabras y las condenamos de manera rotunda». «No vamos a permitir este tipo de discursos porque somos un pueblo comprometido y abierto con todos los colectivos», ha añadido el máximo responsable del Consistorio.

Además, varios colectivos en defensa de los derechos del colectivo homosexual, sindicatos, juventudes y partidos han firmado un comunicado conjunto en el que acusan al presbítero de San Pedro de «promulgar un discurso de odio contra la dignidad de las personas LGTBIQ+«.

https://twitter.com/jsp_albacete/status/1559990396582764545?s=21&t=HxEKforJb6LpfpAuzQ59jQ

“La estrategia del miedo y la mentira, una vez más, ha sido utilizada para sembrar odio o discordancia entre colectivos que conviven cada vez mejor en armonía, con respeto y aceptación de las diferencias individuales”. Además consideran que “no existe una orientación sexual más válida que otra, no existe una identidad más válida que otra, ni existe una expresión de género más válida que otra”. Por tanto, remarcan que “la dignidad de las personas prevalece frente a discursos que pretenden generar confusión o miedo a las minorías”.

Queremos manifestar y denunciar públicamente nuestro rechazo rotundo a las palabras de este párroco e invitarle a que se acerque y conozca nuestra realidad que, desde luego, dista mucho de los estereotipos y prejuicios que destilo en la liturgia del pasado domingo», han añadido, entendiendo las palabras del cura como «un ataque grave a la convivencia entre personas de diferentes orientaciones sexuales, identidades y expresiones de género, así como una forma malintencionada de asociar sexualidades concretas a la pederastia».

Igualmente instan “a las instituciones y entidades comprometidas con los valores democráticos de igualdad a que se pronuncien sobre un caso tan grave que afecta a la convivencia y a la dignidad de toda una comunidad y a sus familiares”.

Fuente La Sexta/El Español

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Apariciones entre interrogantes (III), por Salvador Santos.

martes, 19 de junio de 2018
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SAN PEDRO Y SAN PABLOLo que os transmití fue, ante todo, lo que yo había recibido:…

que se apareció a Pedro y más tarde a los Doce. Después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez: la mayor parte viven todavía, aunque algunos han muerto. Después se le apareció a Santiago, luego a los apóstoles todos. Por último se me apareció también a mí, como al nacido a destiempo”. (I Cor 15,5-8)

Tradición de selectos

En la relación de personajes presentada por Pablo destacan rasgos susceptibles de ser interpretados como originarios de una incipiente institución. La supresión de las mujeres se debe tal vez al intento de restarles protagonismo y, al tiempo, excluirlas de zonas de influencia. El resto de mencionados parecen escalonados en orden al reconocimiento de su autoridad.

Pablo, modestamente último

Pablo se introduce entre los destinatarios de las apariciones del Galileo. Se nombra, con educación, en último lugar. Pero lo hace en un aparte. Con una descripción adornada de confidencias que destacan por su exagerada humildad:

“Por último se me apareció también a mí, como al nacido a destiempo. Es que yo soy el menor de los apóstoles; yo, que no merezco el nombre de apóstol, porque perseguí a la Iglesia”. (I Cor 15,8-9).

Y no deja de echarse flores envueltas en una modestia algo indigesta:

“Sin embargo, por favor de Dios soy lo que soy y ese favor suyo no ha sido en balde; al contrario: he rendido más que todos ellos, no yo, es verdad, sino el favor de Dios que me acompaña” (I Cor 15,10).

Pedro, delante.

El primer lugar de la lista lo ocupa Pedro. Pablo lo coloca en esa posición por su reconocida autoridad. Utiliza para nombrarle su sobrenombre escrito siguiendo la pronunciación en arameo Cefas (Kēfā), el que le puso el Galileo; según Juan, nada más conocerle:

“Tú eres Simón, el hijo de Juan; a ti te llamarán Cefas (que significa ‘Piedra’)” (Jn 1,42).

Sin embargo, ¡en ninguno de los evangelios se afirma que el Galileo se apareció a Pedro de forma individual! ¡Ni en primer, ni en cualquier otro lugar! Resulta evidente que la tradición a la que Pablo alude ideó ese hecho. Y, desde luego, ese pensamiento no salió del mismo Pedro. Este, fuente principal de Marcos, tuvo la sinceridad por emblema. Le aportó al evangelista la información de lo sucedido con total veracidad. Lo hizo sin ensalzarse, antes bien, mostrando sin recato todas sus miserias. Marcos escribió siguiendo idéntica pauta. De ahí que el amigo cabeza dura saliera tan mal parado en ese evangelio.

Después, los Doce

Para Pablo, el Galileo se apareció a continuación a los Doce. Predomina el simbolismo del ‘Doce’ (‘Doce’ equivale a pueblo en la mentalidad judía). Sin embargo la realidad hablaba de Once. Judas se había auto-descartado. Los textos de Mateo y Lucas hablan de los Once al referirse a la aparición al grupo de los discípulos representantes del proyecto del Galileo (Mt 28,16; Lc 24,33). Incluso en el añadido al evangelio de Marcos se usa ese número: ‘Once’ (Mc 16,14). La tradición recogida por Pablo muestra, no obstante, su carácter oficial y su anclaje en la ideología judía al escribir: ‘Doce’.

Aparición a quinientos

También esa tradición se distancia de Mateo, Lucas y Juan al mencionar una aparición del Galileo que los evangelios no citan: “a quinientos hermanos a la vez”. Al margen de otras consideraciones respecto al simbolismo del número quinientos, esta referencia parece querer subrayar la extensión y veracidad de los testimonios de quienes vivieron tal experiencia. De ahí que detalle: “la mayor parte viven todavía, aunque algunos han muerto”.

¿Y quiénes son estos?

El siguiente registro de Pablo emerge por encima de los dos anteriores. Los personajes citados en este apunte sorprenden. Resultan para nosotros tan inesperados como extraños:

“Después se le apareció a Santiago, luego a los apóstoles todos” (v. 7),

¿Quién es Santiago? ¿Y quiénes, esos nuevos apóstoles? A los Doce ya los ha citado con anterioridad En los evangelios no hay ni rastro de estos desconocidos personajes. En cambio, los destinatarios de la carta debían conocerlos sobradamente. Porque Pablo comienza diciendo que lo que escribe ahora repite lo que les habló en su día. Y a ese mensaje llega a llamarle: evangelio:

“Os recuerdo ahora, hermanos, el evangelio que os prediqué…” (v.1).

Pistas en el original

El texto original nos abre algún camino a seguir. El verbo griego traducido por: “se apareció” o “se dejó ver” se usa en cuatro ocasiones y en el mismo tiempo verbal. Se encuentra unido a Cefas, los Quinientos, Santiago y Pablo como destinatarios de la acción de “aparecerse”. Los otros dos receptores, “los Doce” y “los apóstoles todos” están redactados sin verbo y asociados: el primero a Cefas y el segundo a Santiago mediante el mismo adverbio temporal con significación: “después”, “luego”, “a continuación”, “más tarde”. Dos grupos de similares características:

Pedro y los Doce;

Santiago y los apóstoles todos están descritos con idéntica estructura gramatical e iguales nexos de unión. La tradición de Pablo descubre dos colectivos que actúan como dos referentes en paralelo.

La expresión “Santiago y los apóstoles todos”, fórmula incluida en el evangelio anunciado por Pablo a Los Corintios, señala a un conjunto especialmente significado de responsables, cuya autoridad –según Pablo- debía ser reconocida más allá de la jurisdicción en la que actuaban. Este colectivo representa un primer indicio por el que asoma el origen de la tradición a la que alude Pablo. El hecho de que dicha tradición haya omitido a las mujeres como principales testigos orienta hacia algún organismo afín a la mentalidad y la ley judía que no admitía como válido el testimonio de las mujeres.

Santiago, descubierto

El primer paso para aclararlo reclama identificar al tal Santiago. Porque en consonancia con el paralelismo que guarda este grupo con el de ‘Pedro y los Doce’, Santiago figura como personaje principal encabezando al resto de nombrados. Si resulta obvio que no se habla aquí de uno de los hijos de Zebedeo, decapitado en el año 44, ¿quién es este Santiago? ¿Y quiénes, los otros responsables asociados a él y denominados con el nombre de apóstoles?

La carta a los Gálatas, escrita en torno al año 57, aporta un dato importante. Se trata de uno de los hermanos del Galileo:

“Después, tres años más tarde, subí a Jerusalén para conocer a Pedro y me quedé quince días con él. No vi a ningún otro apóstol, excepto a Santiago, el hermano del Señor” (Gál 1,19).

De hermano malpensado a apóstol de primera

Pablo llama ‘apóstol’ a un hermano del Galileo, uno de los del conjunto de familiares que viajaron para prenderle convencidos de que había perdido el juicio. Es más, Pablo afirma que, junto a Pedro y Juan, Santiago está reconocido como columna del colectivo de seguidores. E incluso, al mencionar a los tres, le concede el lugar preeminente:

“…Santiago, Pedro y Juan, los respetados como pilares, nos dieron la mano a mí y a Bernabé en señal de solidaridad…” (Gál 2,9).

Dirigente y responsables

Por lo que parece, Santiago goza de prestigio e influencia. En su círculo más próximo aparecen también una serie de personajes de cierto rango:

“Al día siguiente, Pablo, con nosotros, entró en casa de Santiago donde estaban también todos los responsables” (Hech 21,18).

Los datos brindados por Pablo dan a entender que este hermano del Galileo, Santiago, ocupaba una posición de alto rango. En una mirada superficial, resulta congruente que, a tal condición, le correspondiese una aparición directa y personal del resucitado. Aunque esa supuesta coherencia suscita extrañeza. ¡Los evangelistas ignoraron tan específica y singular aparición!

Un personaje rodeado de interrogantes

La presencia de Santiago genera algunos interrogantes: ¿Cómo pudo convertirse tras la ejecución de su hermano en uno de los pilares de su proyecto si antes lo tuvo por perturbado? ¿No confirmaba la crucifixión del Galileo que tenía razón y no se equivocaba en su juicio respecto a él? ¿Por qué, entonces, se le ocurrió después adherirse a su locura? ¿No tendría otros ocultos intereses? Y ¿qué papel jugó en el arranque del proyecto una vez ejecutado su hermano.

Rumiando qué hacer

Al comienzo del libro de los Hechos, Lucas aporta otros detalles para confirmar esta situación. El Galileo se aparece a los discípulos y permanece con ellos una totalidad concreta (cuarenta días) de tiempo, la duración que necesitan para madurar en sus convicciones y comenzar su andadura. En eso andaban sus cabezas sembradas de dudas. Lucas lo explica diciendo que el Galileo les habló de su proyecto:

“…dejándose ver de ellos durante cuarenta días, les habló acerca del reino de Dios” (Hech 1,3).

Una manera de decir que pasaron una cuarentena devanándose los sesos; recapacitando qué hacer respecto al proyecto del Galileo.

Y ellos, erre que erre

Pero el grupo de seguidores no solo seguía a distancia del proyecto, estaba situado en el polo opuesto. La propuesta del Galileo marcaba una ruta a seguir. El colectivo de discípulos deambulaba indeciso por la otra orilla. Dos itinerarios muy separados entre sí. El proyecto exige una praxis social. El grupo apuesta por la pasividad. Guarecido bajo la bóveda religiosa, se plantan al acecho de una intervención divina y una nueva aparición excelsa del ejecutado. Siguen pensando en sus posibles posiciones de poder. Ellos miran hacia arriba. El proyecto, atento al suelo, requiere hacer camino. Están acomodados en la inmovilidad religiosa:

“Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? (Hech 1,11)

A pesar del mucho esfuerzo realizado por el Galileo animándoles a tomar la iniciativa y abrirse paso con una manera de hacer acorde a su enseñanza, ellos no salían del sueño nacionalista y aguardaban todavía el momento portentoso en el que Israel conseguiría la hegemonía política:

Señor, ¿es en esta ocasión cuando vas a restaurar el reino para Israel?” (Hech 1,6).

Después de tanto tiempo con él, no se habían enterado. Lucas amplía con detalles el posicionamiento del colectivo. Los términos que utiliza desbordan expresividad:

“Entonces regresaron a Jerusalén desde el monte llamado de los Olivos, que está cercano a Jerusalén, a la distancia que se permite caminar un día de sábado. Cuando entraron, subieron a la sala de arriba donde se alojaban; eran: Pedro y Juan, Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago de Alfeo, Simón el Fanático y Judas el de Santiago. Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, con las mujeres” (Hech 1,12-14a).

No se sitúan como el Galileo fuera de la ciudad (“el monte de los Olivos”), sino en la misma sede político-religiosa (“Jerusalén”) donde dictaron sentencia de muerte contra él. No se han liberado. Continúan encadenados a las estrictas normas judías (“sábado”). Se han establecido en el lugar fijando allí su actitud de espera (“la sala de arriba”). Hasta se ha trastocado la lista de los Doce. No se nombra por parejas de hermanos, sino por orden de autoridad. Prevalece el rango; no, la hermandad (“Pedro y Juan, Santiago y Andrés…”). No se han adherido al proyecto del Galileo, están aferrados a la religión y sus formulismos cultuales (“la oración”).

Las mujeres aparecen al final de esta presentación de Lucas. La recensión denominada ‘occidental’ (Hechos se puede leer en dos recensiones, cosa que no ocurre con ningún otro libro del NT) afirma que ellas son las mujeres de los Once acompañadas de sus hijos.

¡Otra vez María y los hermanos!

El conjunto de seguidores se muestra estático. Unido a ellos, se nombra sorpresivamente a otro pequeño grupo nunca antes asociado a los discípulos y tampoco mencionado más tarde como tal colectivo. Una nueva aparición de la familia del Galileo:

“…además de María, la madre de Jesús, y sus hermanos” (Hech 1,14b)

Por Mc 6,3 y su paralelo Mt 13,55 conocemos los nombres de los cuatro hermanos: Santiago, José, Judas y Simón. La reaparición de los allegados causa sorpresa. A excepción de Santiago, de ese colectivo no quedará ni rastro en el libro de los Hechos. Se habló por primera vez de ellos por su intento de reconducir al Galileo al ordenamiento legal y religioso. En esta ocasión, confirman mantener su pronunciamiento en favor del orden establecido. Pero, ¿qué objetivo persiguen ahora? Si nunca se presentaron unidos al conjunto de seguidores, ¿qué propósito les ha movido a hacerlo cuando está ausente el Galileo? ¿Por qué se sitúan en primera línea en el momento crucial en que los seguidores están a punto de tomar decisiones respecto al camino a seguir? ¿Qué papel desean asumir?

A primera hora y en primera fila

Los congregados imaginaban próxima la irrupción del ideal y definitivo Israel. Se imponía estar preparados para su llegada. El pueblo restaurado abría nuevas posibilidades de acceder a posiciones aventajadas. Disponer de un espacio de influencia requería acudir a primera hora y colocarse en primera fila. No estaba fuera de lógica pensar que la condición de familiares podía favorecer al grupo de allegados. Quizás se le reconocerían ciertas prerrogativas por esa circunstancia. Ellos lo saben. Todos lo saben. Pedro es el primero en ser consciente de ello. De ahí que, en un contexto de predisposición unánime al reconocimiento de un nuevo Israel, Pedro tome la palabra:

“Uno de aquellos días Pedro se puso en pie en medio de los hermanos (había una multitud como de ciento veinte personas -múltiplo de 12 = Pueblo numeroso- reunidas con el mismo propósito) y dijo:” (Hech 1,15).

Pedro los descarta

Buscaban sustituir al traidor Judas para restaurar también el grupo de los Doce. A ellos les competía la máxima responsabilidad del nuevo Israel. Pedro trenzó una jugada redonda:

“Por tanto, uno de los hombres que nos acompañaron todo el tiempo mientras vivía con nosotros el Señor Jesús, a partir del bautismo de Juan hasta el día en que se lo llevaron a lo alto separándolo de nosotros, uno de esos tiene que ser con nosotros testigo de su resurrección” (Hech 1,21-22).

De un plumazo, descartó a los hermanos del Galileo. Los límites marcados por Pedro les excluían. El duro de mollera anduvo listo y amplió los márgenes al máximo. Desde la primera linde, la del Bautista, hasta el tope último: cuando lo perdieron de vista. ¿Por qué? Posiblemente no se fiaba de ninguno de ellos. Nunca habían acompañado al Galileo.

La elección recayó en un tal Matías, del que nunca más se habla en el NT. Sin embargo, pese a haber sido descartado por Pedro, Santiago aparece en la tradición recogida por Pablo como personaje influyente. ¿Qué otra u otras circunstancias propiciaron que conquistara esa condición de tan alto reconocimiento?

Atados y desunidos

El colectivo instalado en Jerusalén no acababa de soltar amarras. Mantenían los nudos atados bien firmes a la ideología y la religiosidad judía. Las rigideces de los miembros propensos a mantener este formato institucional generaron las primeras grietas. Los integrantes inmigrados de lengua griega no tardaron en sufrir el menosprecio. Los más vulnerables se llevaban la peor parte:

“Por aquellos mismos días, al crecer el número de los discípulos, se produjo una protesta de los de lengua griega contra los de lengua hebrea, a saber, que en el servicio asistencial de cada día desatendían a sus viudas” (Hech 6,1).

El desprecio a los más insignificantes mostraba la latente y profunda división interna, signo evidente de la absoluta contradicción entre las actuaciones del colectivo y el proyecto del Galileo. Leer más…

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Pascua 6. Tú eres la Piedra: Un amor que «ve» sobre la muerte

viernes, 24 de abril de 2015
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1230330345914_fDel blog de Xabier Pikaza:

La tradición cristina ha sabido (no se ha esforzado en ocultarlo), que los Doce abandonaron a Jesús, cuando éste fue juzgado y condenado, a pesar de que habían sellado con él su compromiso en una cena de solidaridad. Parece que Simón, llamado Pedro (el Piedra) le negó de un modo especial, no por simple miedo (que también pudo tenerlo), sino por discrepancias sobre el mesianismo, porque Jesús «se dejaba» juzgar y matar, en vez tomar el poder y defenderse (cf. Mc 14 y paralelos).

Jesús murió abandonado, sin que sacerdotes y soldados juzgaran necesario crucificar a Simón/Pedro y a los otros miembros de su grupo, como hicieron con otros «bandidos», reos comunes o miembros de la resistencia (entre los que cita el evangelio a dos «ladrones»). Entre sus seguidores sólo unas mujeres parecen haberle acompañado hasta el final (cf. Mc 15, 40-47 y paralelos), aunque no pudieran enterrarle según rito, pues no tenían poder para ello.

Lógicamente, la historia mesiánica de Pedro podía haber terminado así. Pero el amor de Pedro hacia Jesús (y sobre todo la de Jesús a Simón) fue mayor que las razones religiosas y sociales, que estaban de parte del Sumo Sacerdote (aliado en este caso a los romanos).

El amor superó a la lógica, y Simón descubrió la «verdad» de Jesús crucificado, y así pudo verle de manera más alta, pues el amor tiene ojos que no tiene la razón (Pascal). Y así le «vió», biotz begietan, como dice Blas de Otero en un verso famoso.

Desde ese fondo se entiende la confesión fundante de la iglesia cuando afirma que Simón “vio” a Jesús resucitado. Al situarse tras la muerte ante el conjunto de la vida de aquel a quien había amado y negado, Simón descubrió su verdad y le vio de forma nueva (cf. 1 Cor 15, 5 y Lucas 23, 34). Esta “experiencia” pascual de Simón no fue una alucinación estéril, como son la mayoría de las visiones de muertos, ni una aparición espectacular (de fantasmas espectaculares está llena la historia), sino el descubrimiento de una presencia personal, la revelación del Dios Abba-Padre que se manifiesta por un crucificado.

(Imagen 1: Una gran piedra sobre el lago/mar de Galilea o Chile. Aprender a «ver», ésa es la tarea. Las restantes son imágenes convencionales de Pedro en la Iglesia, conforme a una visión «católica»).

Un itinerario de pascua

He presentado ya varias figuras de la Pascua: María Magdalena; María, la madre de Jesús; las mujeres de la tumba vacía; Tomás…

Ha sido necesario el oficio pascual de la Magdalena, como señalaba Jn 20, 11-18, y tras ella han corrido, como diceevangelio de Juan, Pedro y el Discípulo amado, que forman su gran «triunvirato»: Un Hombre (Pedro), una Mujer (Madgalena), un Creyente sin Más (el Amado).

Pero al lado de ese “triunvirato”, con una mujer esencial, la Iglesia ha destacado, a partir de Gal 1-2 y de Hech 15, otro, formado por los grandes testigos de las líneas oficiales de la Iglesia antigua, tal como ha sido ratificada por el “Concilio de Jerusalén”: Santiago, hermano de Jesús (judeo-cristianos de Jerusalén), Pablo, apóstol de los gentiles, y Pedro, signo de la tradición de histórica de Jesús y de la unión de las Iglesia.

Hoy me detengo en Simón Pedro, a quien la tradición católica presenta como “fundador” de la Iglesia, edificada sobre la palabra del Jesús Pascual: Tu es Petrus, tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, como seguirá viendo quien lea. Buena pascua a todos, con Pedro, con Francisco Papa, con todas las iglesias que reconocen algún modo su magisterio pascual.

Un recuerdo antiguo

Probablemente, el recuerdo más antiguo de una visión pascual de Pedro está evocado en Mc 16, 7, un pasaje que ha sido transformado después en los lugares paralelos (Lc 24, 5-6 y Mt 28, 7):

Id, decid a sus discípulos y a Pedro:
El (Jesús) os precede a Galilea,
allí le veréis, como os dijo (Mc 16, 7).

Las mujeres (y de un modo especial María Magdalena) reciben el encargo de preparar a Pedro, disponiéndole para la experiencia pascual del encuentro con Jesús. Antes era Jesús quien les había ido preparado… ahora deja como delegadas de su obra, como mensajeras de su pascua, a unas mujeres. Son ellas las que deben poner a punto a Pedro, haciéndole que recuerde la palabra de Jesús, que asuma y continúe su camino.

Pedro IILos discípulos verán a Jesús en Galilea, conde les saldrá al encuentro Jesús, cuando vayan con las mujeres, dejando la tumba vacía, la ciudad de muerte que es Jerusalén. Deben reunirse otra vez en la tierra de Jesús, para iniciar desde allí el camino pascual. Dentro de ese comienzo, Pedro garantiza la continuidad evangélica, la unidad del grupo, su vinculación con la historia de Jesús. La experiencia pascual no puede culminar sin Pedro; por eso tienen que buscarle las mujeres, ofreciéndole el encargo de Jesús. Pero no podemos olvidar que para ver a Jesús el mismo Pedro ha tenido que escuchar y acoger la palabra que le han dicho las mujeres.

((Originariamente se llamaba Simón Baryona, hijo de Juan, como recuerdan Mt. 16, 17, que conserva el apellido Baryona en arameo, y Jn 21, 15, que lo traduce al griego. Pero, en un momento determinado, para indicar y constituir su nueva función de fundamento dentro de la comunidad mesiánica, Jesús le llama Piedra o Roca. Esto es lo que significa su nuevo apodo, Cefas, conservado en arameo por san Pablo (1 Cor 1, 12; 3, 22; 9, 5; 15, 5; Gal 1, 18; 2, 9. 11. 14) y por Jn. 1, 42.

Las comunidades helenistas traducen al griego ese apodo de Simón y por eso los cristianos le llamamos desde entonces Petros (Petrus, Piedra, Pedro). Tan importante resulta ese apodo que al final se convierte en el verdadero nombre propio de Simón Baryona, el primero de los apóstoles del Cristo: Pedro.

La tradición evangélica supone que el mismo Jesús le ha impuesto ese nombre, constituyéndole Cefas (Petros), haciéndole así piedra de su nueva comunidad escatológica (cf. Mc 3, 13; Lc 6, 14; Mt 16, 18). La iglesia ha conservado y expandido ese nombre y cristianos seguimos llamando a Simón de esta manera (Cefas, Petros, Piedra, Pedro), para mantener firme su experiencia y transmitirla dentro de la iglesia. De esa forma, el mismo nombre de se ha venido a convertir en testimonio de experiencia pascual: siempre que llamamos a Simón El Piedra, estamos recordando que Jesús cimiento humano del edificio pascual de su iglesia))

Aparición. Huellas.

La experiencia pascual de Pedro resulta enigmática. Está en el fondo de todo el NT y sin embargo no se ha conservado ningún texto directo sobre ella, ninguna tradición donde se cuente de forma precisa cómo ha sido. Leer más…

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