Vida (III)
«Y el sol entró por el balcón cerrado
y el coral de la vida abrió su rama
sobre mi corazón amortajado«.
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Federico García Lorca
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«Y el sol entró por el balcón cerrado
y el coral de la vida abrió su rama
sobre mi corazón amortajado«.
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Federico García Lorca
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La mañana nos obliga hoy a asomarnos al lado quizá más oscuro de la vida humana, al abismo infernal que, por mor de intereses y pasiones, los humanos se arrojan unos a otros. Dios no ha creado infiernos sencillamente porque no tiene poder para hacerlo, siendo como es él un Dios de ser, de positividad y de amor. Pero el hombre sí que lo tiene debido al error de perspectiva que puede cometer por su cortedad de miras al perseguir intereses a flor de piel y buscar el disfrute precipitado de cosas que le dañan.
Un infierno es, desde luego, el alcoholismo que anega en toxicidad las neuronas hasta hacerles creer que no hay vida fuera del encharcamiento en que se encuentran. Y también lo es la drogadicción por el paraíso alucinógeno que lleva aparejado, paraíso que suplanta todas las dimensiones y expectativas de la vida humana. Pero si estos infiernos, podría decirse, son individuales, incluso cuando uno ha sido arrastrado a ellos por otros, el horror que crean las armas es el más atroz de todos los infiernos porque su objetivo no es ya crear sucedáneos de vida individual, sino arrebatarla de forma indiscriminada, cruel y despiadada, por intereses tan mezquinos y parciales como el poder o la riqueza de unos pocos.
Esta prolija introducción se debe a que, un día como hoy de 1945, la humanidad, concentrada esencialmente toda ella en Hiroshima, recibió el pavoroso impacto de una bomba atómica, la primer arma de destrucción masiva que descargó toda su fuerza sobre la piel de ciudadanos normales, completamente ajenos a los intereses que se estaban jugando a otro nivel. La intensa radiactividad desplegada por esa bomba mató en pocos segundos a más de setenta mil personas y a decenas de miles más en los días y semanas siguientes. Creyendo que el castigo no había sido lo suficientemente duro, tres días después se lanzó otra bomba atómica sobre Nagasaki, con similar devastación. Cierto que se detuvo así una guerra que, de haberse continuado, habría producido quizá el doble o triple de víctimas, pero, además de que nunca se podrá justificar el sacrificio de una víctima inocente, hemos de reconocer que el lanzamiento de esas bombas causó un gran horror dentro de otro mayor, el de la guerra, de cualquier guerra, aunque sus únicos muertos fueran soldados obligados a combatir con quienes, de conocerse, probablemente podrían ser sus amigos.
El hecho nos lleva a la espantosa contemplación de la industria de la muerte que ha desarrollado la tecnología humana. Cierto que la autodefensa ha acelerado el desarrollo de tecnologías válidas para otros muchos usos que no sean el de matar, aunque, armándose de sentido común, valga el oxímoron, uno no entiende por qué la autodefensa agudiza más el ingenio que el hecho de no pasar hambre, hecho que, de suyo, mata a tantos diariamente de otra forma. Los cristianos deberíamos tener claro en este contexto que el “no matarás” incluye la fabricación de instrumentos de muerte. Se puede matar a un ser humano con una piedra o con un cuchillo de cocina, pero esos no son de suyo herramientas de muerte. Los fusiles, las granadas, los tanques y las bombas de toda clase, desde las caseras a las nucleares y bacteriológicas, son fabricados para matar, son instrumentos de muerte. ¡Qué ciega ha estado durante siglos nuestra Iglesia, esa que, habiendo sido creada como instrumento de vida, ha jugado descaradamente con la muerte por intereses que nada tenían que ver con la paz, cuando ella estaba obligada a predicar en todo tiempo y lugar la concordia y el amor!
Cierto que es muy encomiable y que nunca será reconocida del todo la inmensa labor de los cristianos en favor de la vida de los hombres en tantos lugares y tiempos como, por ejemplo, hace patente la actual pandemia, cuando un simple virus está llevando la delantera a una humanidad tan tecnificada y avanzada. Pero se trata de una encomiable labor de voluntariado que también se da en ámbitos muy alejados de la Iglesia, labor que brota del corazón compasivo de tantos seres humanos, aunque ni siquiera sean creyentes. Falta, pues, ver la alineación clara y precisa de nuestra Iglesia en favor de la vida no solo de los no nacidos, sino también de todos los nacidos. La Iglesia, como institución y agrupación humana, debería pasarse los días gritando la sinrazón de los hombres que hacen posible el hambre y, buscando la muerte violenta de muchos, cometen el horrendo pecado de fabricar armas mortíferas en vez de arados, azadones y mangueras de riego, pongamos por caso. Será mejor perder el tiempo debatiendo si las mujeres son “dignas de lo santo”, es decir, de ejercer los ministerios sagrados, o hilando fino sobre cómo, cuándo y con quién el ser humano puede desfogarse sexualmente. ¡Qué empecinamiento y qué cobardía!
El día nos pone en la mesa la presencia de un hombre en cuyo hieratismo parecían reflejarse todas las tristezas humanas. Eso fue lo que me pareció cuando un Miércoles de Ceniza, en Santa Sabina de Roma, tuve la ocasión de saludarlo y desearle “buena será”. Me refiero al santo varón, también santo canónico, que fue y sigue siendo en su magisterio, al papa Pablo VI, que murió un día como hoy de 1978. Mérito suyo sin ninguna duda fue la culminación de la magna obra emprendida por su predecesor, Juan XXIII, el Concilio Vaticano II, un concilio de siembra retardada cuyos principales frutos, es de desear, se verán en los años venideros. Un hombre inteligente y perspicaz, pero lastrado, a mi modesto entender, por una formación espiritual que le obligaba a mirar más a las alturas del cielo que a las cloacas de la tierra y que por ello, seguramente, nunca pudo entender la legítima y auténtica función de la sexualidad en la vida humana. Siendo yo todavía un recién nacido al pensamiento crítico, el mismo día en que fue publicada su “Humanae vitae” la leí de un atracón y me llevé un cabreo teológico monumental. ¡Bendito amigo san Pablo VI, ahora que vives en la claridad total, libra a la Iglesia que te honraste en presidir de la oscuridad que la sigue dominando!
Ahondando en la historia, hoy nos encontramos, además, con otro terrible episodio de muerte en España, en el que tiene mucho que ver la fe de los creyentes, de unos como justicieros diábolos y de otros como mártires devotos. En efecto, un día como hoy del año 953, doscientos monjes benedictinos del monasterio de san Pedro de Cardeña fueron ajusticiados por tropas musulmanas omeyas de Al-Ándalus en plena Reconquista española. Cuenta la leyenda que, en el aniversario de su muerte, el claustro del monasterio en el que fueron enterrados se empapaba de sangre. Parece ser que tan gran prodigio cesó de repente a finales del s. XV, cuando los árabes fueron definitivamente expulsados de la península ibérica. Sea o no cierto, lo terrible es la constatación de que han sido muchas las víctimas humanas cuya ejecución se ha atribuido a mandatos divinos en unos contextos en los que lo divino no era más que un instrumento mortífero en manos de los hombres.
Urge, pues, que los cristianos de nuestro tiempo llamemos al pan, pan, y que pongamos cada cosa en su sitio, discerniendo claramente lo que son sublimes mandatos divinos de los rastreros intereses humanos. No podemos de ningún modo jugar con mandatos tan claros como dar de comer al hambriento, vestir al desnudo, consolar al triste, albergar al peregrino y hacer, en suma, cuanto favorezca la vida de quienes viven a nuestro alrededor o en cualquier otra parte del mundo. La cosa es tan clara como que los cristianos estamos obligados a propugnar todo lo que favorece la vida humana y a luchar a brazo partido (aquí sí que deberíamos usar todas las armas disponibles) contra todo lo que la deteriora. ¡A buen entendedor, pocas palabras, pues no otra cosa significa que Jesús pasó por la vida haciendo el bien!
Ramón Hernández Martín
Fuente Fe Adulta
«Sé que no moriré,
pues estoy dentro de la vida
y tengo toda la vida
que brota dentro de mí.»
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Amar a alguien es decirle:
«Tú no morirás«
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Del blog Nova Bella:
«Vivimos como si fuéramos los únicos dueños.
Eso nos hace esclavos.”
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Franz Kafka
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Es triste tener que lamentar el dolor, pero
no basta con quejarse de él para eliminarlo.
Es el bien lo que debemos querer, cumplir, exaltar.
Es la bondad la que debe ser proclamada en presencia del mundo
para que irradie y penetre todos los elementos de la vida individual y social.
El individuo debe ser bueno, de una bondad que revela una conciencia pura
e inaccesible a la duplicidad, al cálculo, a la dureza del corazón.
Bueno, por una aplicación continua de la purificación interior, de la perfección verdadera;
bueno, por fidelidad a un firme propósito manifestado en todo pensamiento, en toda acción.
La humanidad también debe ser buena. Estas voces que suben del fondo de los siglos,
para enseñarnos todavía hoy con una nota de actualidad,
recuerdan a los hombres el deber que incumbe indistintamente a todos de ser buenos,
justos, rectos, generosos, desinteresados, prontos para comprender
y para excusar, dispuestos al perdón y a la magnanimidad.
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Juan XXIII
La documentación católica n°1367
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En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:
– “Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.”
Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle:
– “Atiéndela, que viene detrás gritando.”
Él les contestó:
– “Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.”
Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió:
– “Señor, socórreme.”
Él le contestó:
– “No está bien echar a los perros el pan de los hijos.”
Pero ella repuso:
– “Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.”
Jesús le respondió:
– “Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.”
En aquel momento quedó curada su hija.
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Mateo 15,21-28
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La mujer de la región de Tiro y Sidón ora forzada y empujada por la necesidad. No puede hacer otra cosa, porque su hija está «poseída«, expresión que, entre otras cosas, significa que la comprensión entre ella y su hija hace tiempo que se ha roto, que ha cesado desde mucho tiempo atrás la inteligencia mutua y que ya no es posible volver a reconocer el alma de la otro detrás de las manifestaciones externas de los gestos y las palabras; como bajo la influencia de un poder extraño, la persona de la otra escapa a la percepción. Eso es lo que la Biblia designa con la terrible palabra «demonismo» (Dämonie). Teniendo presente el tormento de semejante enfermedad, la mujer se dirige a Jesús y, bajo la presión e la necesidad, nada podré detenerla. Impulsada por los desvelos y la preocupación por su hija, no se deja apartar como una pesada, como pretenden los discípulos. Abraza cualquier Forma de humillación y se abandona a una forma de súplica que se podría calificar de perruna, si no se viese en ella precisamente la grandeza de su humanidad.
Así de poderosos pueden llegar a ser los lazos del amor en la súplica de unos por otros .
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E. Drewermann,
El mensaje de las mujeres: La ciencia del amor,
Herder Barcelona 1996, 134- 135.
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Desde que se lanzaron dos bombas atómicas primarias en las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, la humanidad ha creado para sí una pesadilla de la que no ha podido liberarse. Por el contrario, se ha transformado en una realidad que amenaza la vida sobre este planeta y la destrucción de gran parte del sistema-vida. Se han creado armas nucleares mucho más destructivas, químicas y biológicas que pueden acabar con nuestra civilización y afectan profundamente a la Tierra viva.
Aún peor, hemos diseñado la inteligencia artificial autónoma. Con su algoritmo que combina miles de millones de informaciones recogidas en todos los países, puede tomar decisiones sin que nosotros lo sepamos. Eventualmente puede, en una combinación enloquecida, como hemos señalado anteriormente, penetrar en los arsenales de armas nucleares o en otros de igual o mayor poder letal y lanzar una guerra total de destrucción de todo lo que existe, incluso de sí misma. Es el principio de autodestrucción. Es decir, está en manos del ser humano poner fin a la vida visible que conocemos (ella es solo el 5%, el 95% son vidas microscópicas invisibles).
Debemos enseñorearnos de la muerte. Ella puede ocurrir en cualquier momento. Se ha creado ya una expresión para nombrar esta fase nueva de la historia humana, una verdadera era geológica: el antropoceno, es decir, el ser humano como la gran amenaza al sistema-vida y al sistema-Tierra. El ser humano es el gran satán de la Tierra, que puede diezmar, como un anticristo, a sí mismo y a los otros, a sus semejantes, y liquidar los fundamentos que sostienen la vida.
La intensidad del proceso letal es tan grande que ya se habla de la era del necroceno, es decir, la era de la producción en masa de la muerte. Ya estamos dentro de la sexta extinción masiva. Ahora se ha acelerado irrevocablemente, dada la voluntad de dominación de la naturaleza y de sus mecanismos de agresión directa a la vida y a Gaia, la Tierra viva, en función de un crecimiento ilimitado, de una acumulación absurda de bienes materiales hasta el punto de crear la sobrecarga de la Tierra.
En otras palabras, hemos llegado a un punto en el que la Tierra no consigue reponer los bienes y servicios naturales que le fueron extraidos y comienza a mostrar un proceso avanzado de degeneración a través de tsunamis, tifones, descongelación de los casquetes polares y del permafrost, sequías prolongadas, tormentas de nieve aterradoras y la aparición de bacterias y virus difíciles de controlar. Algunos de ellos como el coronavirus actual pueden llevar a la muerte a millones de personas.
Tales eventos son reacciones y puede que represalias de la Tierra ante la guerra que realizamos contra ella en todos sus frentes. Esa muerte en masa ocurre en la naturaleza, millares de especies vivas desaparecen definitivamente cada año, y en las sociedades humanas, donde millones pasan hambre sed y toda suerte de enfermedades mortales.
Crece cada vez más la percepción general de que la situación de la humanidad no es sostenible. De continuar con esta lógica perversa se va a construir un camino que lleva a nuestra propia sepultura. Demos un ejemplo: en Brasil vivimos bajo la dictadura de la economía ultra neoliberal, con una política de extrema derecha, violenta y cruel para las grandes mayorías pobres
Perplejos, hemos visto las maldades que se han hecho, anulando los derechos de los trabajadores e internacionalizando riquezas nacionales que sostienen nuestra soberanía como pueblo.
Los que en 2016 dieron el golpe contra la presidenta Dilma Rousseff aceptaron la recolonización del país, convertido en vasallo del poder dominante, Estados Unidos, condenado a ser solo un exportador de commodities y un aliado menor y subordinado del proyecto imperial.
Lo que se está haciendo en Europa contra los refugiados, rechazando su presencia en Italia e Inglaterra y peor aún en Hungría y en la muy católica Polonia, alcanza niveles de inhumanidad de gran crueldad. Las medidas del presidente de Estados Unidos, Trump, arrancando a los hijos de sus padres inmigrantes y colocándolos en jaulas, denotan barbarie y ausencia de todo sentido humanitario.
Ya se ha dicho, “ningún ser humano es una isla… no preguntes por quién doblan las campanas. Doblan por ti, por mí, por toda la humanidad“. Si grandes son las tinieblas que abaten nuestros espíritus, aún mayores son nuestras ansias de luz. No dejemos que la demencia antes mencionada tenga la última palabra.
La palabra mayor y última que grita en nosotros y nos une a toda la humanidad es de solidaridad y compasión por las víctimas, es por paz y sensatez en las relaciones entre los pueblos. Las tragedias nos dan la dimensión de la inhumanidad de la que somos capaces, pero también dejan surgir lo verdaderamente humano que habita en nosotros, más allá de las diferencias de etnia, ideología y religión. Lo humano en nosotros hace que nos cuidemos juntos, nos solidaricemos juntos, lloremos juntos, nos enjuguemos las lágrimas juntos, recemos juntos, busquemos juntos la justicia social mundial, construyamos juntos la paz y renunciemos juntos a la venganza y a todo tipo de violencia y guerra.
La sabiduría de los pueblos y la voz de nuestros corazones lo confirman: no es un estado convertido en terrorista, como los Estados Unidos bajo el presidente estadounidense Bush, el que vencerá el terrorismo. Ni el odio a los inmigrantes latinos, difundido por Trump, el que traerá la paz. El dialogo incansable, la negociación abierta y el trato justo eliminan las bases de cualquier terrorismo y fundan la paz. Las tragedias que nos golpearon en lo más hondo de nuestros corazones, particularmente la pandemia viral que ha afectado a todo el planeta, nos invita a repensar los fundamentos de la convivencia humana en la nueva fase planetaria, y cómo cuidar la Casa Común, la Tierra, como pide el Papa Francisco en su encíclica sobre ecología integral “sobre el cuidado de la Casa Común” (2015).
El tiempo apremia. Y esta vez no hay un plan B que pueda salvarnos. Tenemos que salvarnos todos, pues formamos una comunidad de destino Tierra-Humanidad. Para eso necesitamos abolir la palabra enemigo. El miedo crea al enemigo. Exorcizamos miedo cuando hacemos del distante un próximo y del próximo, un hermano y una hermana. Alejamos el miedo y al enemigo cuando comenzamos a dialogar, a conocernos, a aceptarnos, a respetarnos, a amarnos, en una palabra, a cuidarnos.
Cuidar nuestras formas de convivir en paz, solidaridad y justicia; cuidar nuestro medio ambiente para que sea un ambiente completo, sin destruir los hábitats de los virus que provienen de animales o de los arborovirus que se sitúan en los bosques, un ambiente en el que sea posible el reconocimiento del valor intrínseco de cada ser; cuidar de nuestra querida y generosa Madre Tierra.
Si nos cuidamos como hermanos y hermanas, las causas del miedo desaparecen. Nadie necesita amenazar a nadie. Podemos caminar de noche por nuestras calles sin miedo a ser asaltados y robados. Este cuidado solo será efectivo si viene acompañado de la justicia necesaria para satisfacer las necesidades de los más vulnerables, si el Estado está presente con medidas sanitarias (lo importante que fue el SUS frente a la Covid-19), con escuelas, con seguridad y con espacios de convivencia, cultura y ocio.
Sólo así disfrutaremos de una paz posible de ser alcanzada cuando hay un mínimo de buena voluntad general y un sentido de solidaridad y benevolencia en las relaciones humanas. Ese es el deseo inquebrantable de la mayoría de los humanos. Esta es la lección que la intrusión de la Covid-19 en nosotros nos está dando y que tenemos que incorporar en nuestros hábitos en los tiempos pos-coronavirus.
Leonardo Boff
Fuente Religión Digital
Celebrando la vida, celebrando la fe… Precioso relato del blog de Ramón Hernández Esperanza radical:
Es este un hermoso día, rozando ya la mitad del verano, en el que los ciudadanos de muchos pueblos y ciudades se honran con la celebración de la Virgen del Carmen, patrona marinera en tantos lugares de habla hispana y bajo cuyo manto este bloguero se siente especialmente protegido por una razón que hoy desea compartir, muy complacido, con todos los lectores de este blog, sean habituales o circunstanciales.
La razón a que aludo queda claramente reflejada en el frontispicio elegido como anuncio del desayuno de hoy, pues, a media tarde, cumpliré ochenta años, una cifra redonda, connotativa de consumación y plenitud: lo primero, por alcanzar con ella la vida media estadística de los hombres en España, y lo segundo, por tratarse de una edad muy propicia para rendir cuentas o hacer balance.
Ni que decir tiene que, con tal motivo, me gustaría invitaros a todos, queridos amigos, a algo que sea significativo y deje huella, aunque, remedando a San Pedro al entrar en el templo (Hechos 3: 6), podría deciros parte de lo que él dijo al cojo que le pedía limosna: “no tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy: en el nombre de Jesús de Nazaret, levántate y anda”). Y ¿qué es lo que yo tengo realmente que pueda compartir con vosotros? Obviamente, no tengo dinero para sacar de apuros a quien esté en ellos y de poco me serviría tener una botella de licor para brindar con todos vosotros por tantos dones recibidos a lo largo de tanto tiempo de vida. Lo que obviamente sí tengo ya hoy son ochenta años y esos sí que me gustaría compartirlos con todos vosotros en la medida de lo posible.
En los momentos en que no me pesa el fardo de los muchos años que llevo a la espalda y mirar atrás no me produce vértigo, me veo a mí mismo como el niño travieso que, por ejemplo, en los años cuarenta, siendo monaguillo, apenas podía con el atril y el pesado misal a la hora de trasladarlos del lado derecho del altar, del de la epístola, al izquierdo, el del evangelio, o como un renacuajo rebelde y zascandil en la escuela primaria, regentada entonces por buenas y sacrificadas monjitas, o, poco después, como el estudiante juguetón de teología que se divertía metiendo en apuros a algunos de los profesores. La verdad es que el tiempo me parece solo una circunstancia ineludible que, aunque vaya acercando poco a poco la meta final y menguando las escasas fuerzas humanas, no tiene ningún poder para cambiar una mentalidad que sigue siendo inquieta, juvenil y todavía ilusionada con proyectos a largo plazo. Por todo ello, no deja de ser un serio «contratiempo» sentirse joven de espíritu e incluso de cuerpo y que, de repente, te pase por la mente, como una ráfaga de metralleta, la sima abisal de los ochenta años ya transcurridos.
Tras una larga vida laboral azarosa, con frenazos y acelerones, cuando ahora me asomo a los evangelios me identifico rápidamente con la oveja perdida, trabada en un zarzal, a la que rescata, pinchándose en las manos y en los brazos, el buen pastor. También me identifico con el hijo pródigo, alocado y despilfarrador, metido de hoz y coz en una pocilga para alimentarse de porquerías, cuyo padre no se contenta con esperarlo pacientemente, sino que sale en su busca y se mancha sus ricos vestidos para sacarlo de la pocilga. Ambas parábolas, me parece, son fuentes inagotables de humanidad, muy válidas para llegar solo a intuir un poquito hasta dónde llega la bondad del Dios que nos regala el ser y la vida.
Pero, sobre todo, me veo como uno de los protagonistas de la parábola de los talentos (Mt 25:14-30), el siervo que, habiendo recibido solo un talento, ni siquiera puede responder lo que aquel mal siervo dijo: “Señor, te conocía que eres hombre duro, que siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; por lo cual, tuve miedo, y fui y escondí tu talento en la tierra; aquí tienes lo que es tuyo”, porque lo que realmente ha sucedido en mi caso es que malgasté dicho talento y ahora ya ni siquiera puedo devolver el capital recibido. ¡Desoladora sensación de impotencia abisal ante una situación calamitosa sin excusa posible!
Enfrentado por ello a una deuda particular, proporcionalmente mayor que la deuda pública española, y sin apoyo alguno ni tiempo para renegociarla, queriendo saldarla un buen día, no me quedó más remedio que echar mano del ingenio. Si en nuestra sociedad hay personas mayores que, a cambio de la herencia de sus pisos o viviendas, se granjean la asistencia de jóvenes durante sus últimos años, ¿por qué no podría yo intentar algo parecido? Y así, ni corto ni perezoso, me armé de coraje para proponerle al “hombre duro” de la parábola un canje, el de mi alma por la deuda contraída con él. Me sorprendió la firme convicción de que él aceptó de buen grado mi propuesta. El negocio no tiene nada de novedoso, pues dicen que son muchos los que venden su alma al diablo por auténticas bagatelas. Mi negocio, en cambio, fue muy rentable para mí al quitarme tamaño peso de la conciencia, si bien debió de ser ruinoso para el inversor que buscaba altas rentabilidades, pues no veo qué de bueno pueda sacar él de un alma huraña y, además, envejecida y gastada.
Tras ello o quizá como consecuencia de ello, yo mismo me asombro de enfrentarme cada mañana a una pantalla en blanco para dejar en ella algún sentimiento o pensamiento que pueda ser de alguna utilidad a sus lectores. Si fuera solo por mí, en vez de sentarme al ordenador, saldría corriendo como alma que lleva el diablo, valga la contradicción, pero debe de haber una mano por medio que me clava a la silla y me embarca en la ardua tarea de decir y gritar cada día que hay una providencia amorosa que nos guía en todos nuestros pasos y que nos recuerda a los cristianos la obligación ineludible de transmitir la fuerza de salvación que hay en la vida y obra de Jesús de Nazaret, al margen de cualquier interés particular o gremial, ideológico o social.
Y ahora sí que llega ya el momento de hablar de lo que realmente tengo para compartir con cuantos gentilmente se avienen a desayunar conmigo cada mañana en este blog. Cuando hace unos años, informado por un amigo de sus publicaciones en RD, comencé a hacer comentarios en este medio, no tardé en proponer a sus lectores la formación de una “comunidad virtual” para reunirse mentalmente a las diez de la noche, hora española, con el único propósito de elevar la mirada al cielo y decir simplemente “gracias”, en una bonita, emotiva y rápida “oración de acción de gracias” por el día transcurrido. Tras comprometerme posteriormente a mantener el blog de “Esperanza radical”, invité al grupo anterior y a los nuevos lectores a dar un paso más: unirse mentalmente a la misma hora, convirtiendo aquella oración en una eucaristía virtual. Se trata de algo muy sencillo y emotivo, que nada tiene que ver con la misa católica, pero sí, y mucho, con la cena del Señor.
¿Cómo lo hago? Tras convertir imaginativamente el globo terráqueo en un altar, pongo sobre él sus siete mil quinientos millones de habitantes, simbolizados en otros tantos granos de trigo y de uva. En esa ofrenda de pan y vino se condensa el amor, la ternura, la solidaridad y el trabajo de toda la humanidad. Y sobre ella digo: “tomad y comed todos este pan de vida y bebed este cáliz de salvación. Son mi cuerpo y mi sangre compartidos, dice Jesús. La paz sea con todos”. Así de escueto y sencillo. Es muy hermoso sentirse comensal en la mesa del Señor, pero lo es mucho más sentirse comida por lo que ello implica, pues si lo primero es fácil y agradable, lo segundo requiere una acción penitencial de profunda conversión ascética: para ser pan los granos de trigo han de ser segados, trillados, molidos, fermentados y cocidos, y algo parecido ocurre con los de uva para transformarse en vino.
Amigos lectores, este es el regalo que hoy me complace haceros de todo corazón. Cada uno de los contenidos de este blog son prueba fehaciente de que deseo ser comida en vuestras propias eucaristías. A los ochenta años la vida se simplifica una barbaridad, pues desaparecen las vanidades y a los egos, en caso de seguir vivos, les quedan pocos resuellos. A tal edad, el paso del tiempo apremia y desaparecen por completo las ganas de seguir haciendo trampas en el propio “solitario”: la verdad reivindica su refulgencia, a la sinceridad le repugnan las rentabilidades fraudulentas, se acortan las posibilidades de seguir dando abrazos y el deseo de hacer el bien debe aprovechar ya las pocas oportunidades que se presenten. Queda ya poco tiempo para lo bueno, y ninguno para lo malo.
Celebro hoy alborozado que el Dios de mi fe, siempre padre, siempre bueno, siempre perdón y siempre mal negociante, debido a que su gracia redimensiona siempre su justicia, haya comprado mi destartalada alma y me obligue cada mañana a sentarme delante del ordenador para haceros llegar, a través de su pantalla, un abrazo de gozosa comunión en el espíritu de Jesús de Nazaret. Celebro también que hoy la Virgen del Carmen me haya invitado a sumergirme en las profundidades del mar de mis propios sentimientos para compartir con vosotros las bellezas y las alegrías que nuestra condición de cristianos nos depara.
Y, como durante el tiempo que he estado escribiendo lo que precede, en Madrid ha tenido lugar una hermosa celebración pública de Estado en homenaje a todas las víctimas del coronavirus, a los muertos y enfermos, los españoles y los de cualquier otro lugar del mundo, en este blog quiero, hoy de forma muy especial porque es algo que debemos hacer todos los días, derramar una lágrima y elevar una acción de gracias al cielo por la vida de todos y cada uno de ellos. Para nosotros, los cristianos, los seres queridos se van de nuestro lado, pero nunca de nuestros corazones, pues estamos convencidos de que la muerte no es el final de nada, sino el principio de todo. Amén.
Hay algo chocante al observar al doctor Mario Alonso Puig. Con su traje impecable. Su corbata. Su cara de niño aplicado. No le pega esa indumentaria cuando en sus charlas se pone a hablar de los inadaptados, de los rebeldes, de los que no van con la corriente. Los asistentes se fijan en él y, no, no es un hippy trasnochado, predica el esfuerzo, el Podemos, en realidad, pero el «podemos» empezar a mirarnos a nosotros mismos, individualmente, y ver de lo que somos capaces. Él es un ejemplo. Nunca dejó de formarse. Cirujano, llegó a trabajar en Harvard, pero también se instruyó en comunicación y divulgación. Es miembro de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia y, en su nueva faceta, profesor visitante de las más prestigiosas escuelas de negocio.
No es raro que, cada vez que se le escuche en los congresos de El Ser Creativo, los asistentes salgan con ganas de comerse el mundo. Pasó también en el ruedo de Las Ventas, en la South Summit de Spain StartUp, donde los mejores emprendedores de España salieron con las baterías más que cargadas. Otra cuestión es lo que dure ese sentimiento en un país en el que el pesimismo goza de buena salud. Para mantener ese cambio de mentalidad que necesitamos, más allá de verle en directo, están sus libros. El último de ellos, El Cociente Agallas, premio Espasa de Ensayo, incide en el mensaje principal de este, también, divulgador científico: «Si cambia tu mente, cambia tu vida… Reinventarse, tu Segunda Oportunidad», de 2010, va ya por la vigésima edición. Desde entonces, ese verbo se ha convertido en mantra de la nueva economía. La élite del país, sin embargo, está a la espera de reinventarse. O de que la reinventen otros. Pero Mario Alonso Puig no quiere hablar nunca de política. Puede tener razón. Puede que sea la excusa para que no intentemos cambiar de manera individual.
No es un iluso, no ignora las dificultades. Habla de sentirse confundido, de tener la sensación de que todo es demasiado duro, de que se ha llegado a un precipicio, pero también explica que en esos momentos, cuando nos sentimos sin esperanza, podemos tener las herramientas dentro de nosotros sin saberlo. Que cuando necesitamos esas agallas, descubrimos de lo que somos capaces. Y suele decir que lo contrario al coraje, al valor, no es la cobardía; es el conformismo.
¿He captado bien su mensaje si concluyo que podemos cambiar nuestra realidad con el estado de ánimo adecuado?
Lo que pretendo es que seamos más conscientes de que el estado de ánimo de un grupo, de una sociedad, afecta a los resultados que se obtienen, al nivel de eficiencia, pero también a la salud física y mental. El segundo mensaje es que, pese a las circunstancias más difíciles, a los eventos más desagradables, el estado de ánimo puede hacer mucho para gestionarlos mejor. Dedicarnos a buscar en las cosas que no nos gustan, en las circunstancias incómodas, ponernos la excusa de ser siempre víctimas, eso es lo que hace que una persona pierda todo su poder como tal, que sus recursos internos, su creatividad, su energía y su salud queden atrapados. Porque ser conscientes de nuestro ánimo tiene consecuencias no sólo en cómo funcionan nuestros procesos mentales, también físicamente, en nuestro cuerpo.
Lo dice en un país que es de los que menos confía en que el futuro depende de nosotros mismos. Es difícil cambiar ese estado de ánimo colectivo y, por otra parte, puede ser casi la única manera de que salgamos en condiciones de esto.
Tenemos enormes capacidades y lo hemos demostrado a lo largo de la Historia. Esa falta de confianza en nosotros mismos es absurda, es como si arrastráramos un sentimiento de inferioridad que para nada está justificado. Si creemos que no podemos, no conseguiremos llevar las cosas a cabo. En estos momentos de ambigüedad e incertidumbre es cuando tenemos que ser mucho más conscientes de que tenemos un potencial extraordinario, que no es ninguna utopía. Pero no puede aflorar si estamos fijándonos en las excusas y en las justificaciones para no hacer nada.
Cita a Ramón y Cajal, pero ¿no es tener que irse muy lejos?
No creo que falten modelos en los que fijarnos, pero no dedicamos tiempo suficiente a buscarlos. Además, me da igual que sean del siglo XIX o en el siglo III después de Cristo. Lo que me importa es saber que hay personas que, viviendo una serie de valores, han marcado diferencias, no necesito que el modelo sea contemporáneo. Se sigue leyendo a Platón porque tiene vigencia. Estamos hablando de principios y eso resiste el paso del tiempo, esas referencias no varían. Siempre es más fácil tomar una posición de víctima que de protagonista. A veces las excusas son tan fáciles que quedamos atrapados ahí, pero eso, finalmente, genera resentimiento, frustración, reduce la eficiencia y, además, empeora la salud. Sentirse víctima es un estado de ánimo muy tóxico y, en algún momento, hay que dar un puñetazo en la mesa y decirse «yo no nací para una vida mediocre, sino para una vida llena de orgullo y de ilusión». Lo que implica, en ocasiones, no dejarse llevar por la corriente que, ahora mismo, es de desesperanza, frustración, etc…
Decía Ortega y Gasset que yo soy yo y mis circunstancias, y claro que tienen impacto. Condicionan pero no determinan. Es verdad que hay circunstancias en las que se percibe más la ilusión y hay entornos que hacen lo opuesto, que ponen difícil que se pueda vivir con esa pasión. Pero siempre me gusta hablar de Helen Keller, una mujer que siendo muy pequeña, se quedó ciega, muda y sorda y fue la primera mujer que se graduó con honores en Harvard. Ella dijo que había algo peor que no poder ver y era no tener una visión. Porque cómo veas el futuro, determina el presente. Sabía que no podía hacer todo, pero sí algo. Decir «voy a hacer todo» no es realista, pero sí puedes hacer algo porque ahí es donde se juega todo. Imaginemos un mundo donde todos hacen un poco. Tenemos que concentrarnos en la diferencia que queremos marcar, porque es tentador irte a un foco que no funciona, y genera frustración. Así, jamás vas a hacer nada valioso. Esa actitud inmoviliza. No nos definen como humanos los fracasos que tuvimos. Con un entorno más difícil lo que ocurre es que el gesto de soberanía personal es mucho mayor, por eso hay que esforzarse en marcar esa diferencia. La oscuridad más intensa cambia cuando alguien enciende una humilde cerilla.
Pero hay personas que le ponen mucha pasión y determinación a actitudes equivocadas, ¿no? Estoy pensando ahora en los fanáticos. Tienen pasión, son activos y dispuestos a darlo todo por una visión.
Claro que hay visiones equivocadas. Son las que se intentan imponer al resto. Si eso es lo que pretendes, te conviertes en un dogmático. Cuando hablamos de visión es de firme propuesta para uno mismo, no de imponer una obligación. Algo que se propone una persona, qué hacer con su vida. El segundo error de las visiones equivocadas y fanáticas es considerar que están por encima del resto. A nivel humano, nadie está por encima del resto. Al final, estas visiones dañinas no quieren contribuir al bienestar, lo que pretenden es dominar, ganar estatus. No sirven como modelo.
Ahora nos encanta hablar a los neófitos de cómo podemos cambiar, de la plasticidad del cerebro, y resulta que usted cree que fue Ramón y Cajal el primero.
Es que a Ramón y Cajal se le sigue citando en artículos 500 veces por año, algo inédito en un Nobel de esa época. La neurociencia sigue considerando a Ramón y Cajal como referencia. Y cuando dijo lo de la plasticidad del cerebro nadie le entendió. Cajal fue el primer científico que habló de que las personas, a base de paciencia y persuasión, podemos moldear nuestros cerebro. Tenía una capacidad intuitiva sorprendente: pudo intuir la corriente nerviosa y, de hecho, dibuja las flechas siguiendo esa corriente. Intuyó la maleabilidad del cerebro.
Los españoles no hemos vuelto a tener un Nobel de ciencia. Se dice pronto. Severo Ochoa cuenta como de EEUU. Usted ha vivido en Boston, ¿qué tiene que pasar en España para que consigamos algún Nobel?
En España no se valora como allí la investigación. Se habla mucho de que es importante, pero no se valora. Los descubrimientos científicos son procesos muy largos, de 15 a 20 años, y nosotros, de entrada, descuidamos la educación. En investigación, además de deseos, hay que tener inversiones. No hay manera de que un científico salga adelante. Cajal tuvo un carácter con un coraje y determinación que a todos nos deja boquiabiertos, pero no podemos depender de que aparezcan individuos con esas cualidades. En España, los científicos tienen que pelear por cosas que son ridículas y, cuando deciden irse a EEUU, se van a terrenos más amables. A pesar de eso, conseguimos cosas sorprendentes con escasos medios.
Ha hablado de educación. Sé que hay que ser optimista, pero es difícil serlo con este asunto en España, cuando se cambian leyes y no el enfoque de cómo se enseña.
En la educación, hay que distinguir muy bien dos elementos. El performance y lo que es el potencial. El primero es lo que la persona hace y el potencial es lo que podría hacer o no está haciendo. Muchas veces nos fijamos sólo en cómo lo está haciendo y no en cómo lo podría hacer. En ese salto, ahí es donde el método tiene que mejorar. Hay que creer que hay personas que tienen dentro energías dormidas y sólo así vas a permitir que esos individuos hagan cosas que no han hecho todavía. Si no crees en el potencial de las personas, no vas a buscarlo. Si tú ves a un alumno y crees que es torpe, lo vas a tratar como tal pero, si lo ves como alguien con potencial, ganará ilusión, participará más y así es como empezará a aflorar ese potencial. Eso se puede aplicar al entorno social, educativo y empresarial. Los líderes son los que ayudan a las personas a conseguir su mejor versión. Se trata de hacerlas sentir que son capaces de encontrar soluciones y eso pide un cambio de mentalidad, porque siempre nos quedamos en una visión obtusa sobre los demás.
Un sistema educativo que incentive a hacer preguntas, que estimule un pensamiento crítico, que anime a los curiosos.
Por eso precisamente los estadounidenses están por encima. Cuando te sientes parte de un equipo a la hora de buscar una solución, tu capacidad funciona de manera diferente. No se trata de que seas alguien capaz sólo de almacenar información. Es, además, poder utilizarla de manera inteligente. El modelo al que vamos en los sistemas de educación es precisamente el que va a enseñar a encontrar respuestas entre mucha información. En las empresas ya lo han visto, con una figura de líder coach que es el encargado de generar las preguntas para que, entre todos, encuentren una respuesta conjunta. Así debería ser la educación. En empresas como Google, donde tuve la oportunidad de estar este verano, saben que se avanza con esa colaboración.
Usted abandonó la medicina para convertirse en un ensayista de éxito y en un líder motivacional. ¿Cómo fue la transición? ¿Qué culpa tuvieron sus enfermos?
No se me hubiera ocurrido trasladar esto fuera del entorno médico, pero fueron ellos, al notar un cambio en su manera de ver las cosas, en su salud, los que me dijeron que lo extendiera más allá de las paredes del hospital. Así fue como empecé a explorar si podía tener un impacto positivo fuera de allí. Y, llegó un momento en el que empecé a desarrollar tanto esa vía, que tomé una decisión, que desde luego no fue fácil, y di el salto. Estaré siempre agradecido por todo lo que aprendí de los enfermos. La primera conferencia, recuerdo, la di en el IESE de Madrid, donde había realizado un máster. Di la conferencia dedicada al talento directivo y era sobre los límites que nos imponemos. Tuvo éxito y hace cinco años fue cuando tuve que elegir.
¿Fue uno de esos niños que descubrió su talento natural pronto? ¿Se recuerda siempre queriendo ser médico?
No, mi vocación estaba relacionada con los animales. No era de familia, además, porque todos en casa eran abogados o economistas. Mi héroe era Félix Rodríguez de la Fuente pero, por circunstancias personales, a los 16 años pensé que quería dedicar mi vida a los demás.
NOMBRE: Mario Alonso Puig. ESTADO CIVIL: casado; TRES hijos. EDAD: 59 IDEA: «Decir ‘voy a hacer todo’ no es realista… Pero la oscuridad más intensa cambia cuando Se enciende una humilde cerilla», DEFIENDE EL GANADOR DEL PREMIO ESPASA DE ENSAYO 2013. LIBRO: ‘La buena Suerte’, de Alex Rovira y Fernando Trías de Bes. PELÍCULA: ‘Gladiator’, de Ridley Scott.
Berta González De Vega
Fuente EL MUNDO / CRÓNICA
Stefano Cartabia, Oblato,
Uruguay
ECLESALIA, 13/07/20.- Tal vez el “gran pecado” del cristianismo fue haber transformado a Dios en un objeto. Sin duda fue un proceso inconsciente y hasta necesario en su desarrollo y en el desarrollo de la conciencia humana. Estoy convencido que buena parte de la crisis actual de la iglesia católica y del cristianismo se deba a esta desviación.
Un objeto es algo que –por definición– está en frente a un sujeto que puede verlo, conocerlo, manipularlo.
No hay que entender “objeto” simple y solamente en su sentido material, como una “cosa”, sino en su sentido más amplio. En este sentido una imagen mental puede ser considerada un “objeto”. Es justamente en este sentido que el cristianismo ha reducido el Misterio: Dios como una imagen mental, algo que puede ser pensado y aislado independientemente del sujeto pensante. El objeto es otro del sujeto, hay separación entre sujeto y objeto.
Desde estas verdades tan simples se desencadenan unas cuantas y problemáticas consecuencias: Dios pasa a ser un Superente, separado, distante, externo, manipulable.
Y, desde esta concepción de Dios, siguen otras consecuencias y las formas de vivir el cristianismo que bien conocemos: la separación entre fe y vida, una liturgia aséptica y que poco o nada tiene que ver con la vida, una fe centrada en una moral heterónoma, un cristianismo centrado en la doctrina y siempre pendiente de la jerarquía, una vida de oración estéril y aburrida, el aniquilamiento de la alegría y la creatividad.
Reitero que esta deriva no se dio –así lo suponemos en clave general– por mala intención de alguien. Simplemente aconteció y, si aconteció, por algo aconteció. Sin duda tuvimos que pasar por esa etapa. Ahora estamos despertando y nos estamos dando cuenta del error, del límite de esta visión y estamos entrando en una nueva y fundamental etapa.
Lo que llamamos “Dios” no es un objeto y no puede serlo: por maravilloso, grandioso o infinito que sea el susodicho objeto. Comprender esto, hacer experiencia de esta verdad, es fundamental.
La mística es el camino de regreso a casa. El silencio nos conducirá a casa. Casa como lugar donde caen todas las ilusorias separaciones, donde ya no existe sujeto y objeto, donde vivimos la experiencia fundante de lo Uno.
En el silencio no hay objetos y se purifica nuestra terrible inercia de objetivar al Misterio.
Si logramos leer el evangelio libres de los condicionamientos mentales, doctrinales y culturales, lograremos percibir la auténtica experiencia de Jesús y entraremos en su experiencia y en su conciencia.
Entonces captaremos desde dentro sus palabras: “El Padre y yo somos una sola cosa” (Jn 10, 30): no hay objeto.
Para Jesús el “Padre” no es alguien o Algo que vive “afuera” e independientemente de él mismo. El “Padre” es la raíz de su propio ser, el Misterio de Amor en el cual Jesús se mueve, ama, actúa. El “Padre” es la Fuente común de la cual todos bebemos agua viva.
Obvio que el mismo Jesús tuvo que expresar esta experiencia no-dual en términos duales. No hay otro camino, porque el lenguaje es necesariamente dual. Por eso es fundamental ir más allá del lenguaje y sobre todo no absolutizarlo. La sabiduría consiste en captar la esencia no-dual que se esconde en su expresión dual.
¿Qué hay detrás de las palabras de Jesús “el Padre y yo somos una sola cosa”? Desde la experiencia mística en la cual el silencio nos introduce podemos comprender la frase de esta manera: la realidad es esencialmente Una y el fondo último de lo real es el Misterio de Amor que nos constituye y del cual somos expresión y revelación.
Jesús nos revela la esencia constitutiva de lo real: no solo él es Uno con el Misterio, sino todo vive de la profunda unidad con el Misterio. Todo se remite a la Fuente Una, brota desde ahí, fluye desde ahí y es revelación de la misma. Jesús descubre en él lo que somos todos y el secreto último de la vida.
Todo esto desemboca en el gran anuncio cristiano: Dios es relación, Dios es Trinidad. Cuando decimos que Dios es Trinidad estamos diciendo que la relación lo constituye y por eso vale la afirmación opuesta: la Relación es Dios. La estructura relacional del Universo expresa la esencia divina.
En palabra de Raimon Panikkar: la estructura cosmoteandrica (cosmos/Dios/hombre) de lo real. La realidad –es decir, lo que es– está constituida armónicamente por lo divino, lo humano, lo cósmico.
No hay nada separado de nada. Dios, hombre y cosmos no son tres “cosas” que existen o puedan existir separadamente sino que constituyen la única realidad expresándose en formas distintas. La realidad es Una y está constituida por esa tres dimensiones: en la vida real y concreta de todos los días estas dimensiones conviven en profunda simbiosis y armonía. Donde encontramos una también está la otra.
En la constitución cosmoteándrica de la realidad es importante subrayar un fundamental matiz: el Misterio último de lo real –la Fuente– no se agota en su dimensión (expresión, revelación, manifestación) humana y cósmica. En la dimensión cosmoteándrica de lo real, lo divino tiene una prioridad ontológica esencial: es lo que hace ser y subsistir la misma realidad. El cosmos y el ser humano constituyen la misma realidad en cuanto manifestación de la misma, pero cuando la manifestación se termina, lo divino obviamente, continua. Lo manifestado vuelve a lo inmanifiesto. La Fuente no se agota.
En cuanto existe manifestación no es posible separación alguna: cada manifestación es necesariamente cosmoteándrica. En cuanto se termina la manifestación, queda la esencia inmanifiesta de la misma: lo divino que en ella se revelaba.
La realidad Una está constituida –mejor dicho: va constituyéndose a cada instante– por la relación. Todo está en relación, todo es relación. Todo existe y se define por la relación. Y este Misterio relacional no es otra cosa que el Misterio divino, inefable, indecible. El Misterio último de la realidad es entonces la relacionalidad.
Pongamos un ejemplo: salgo a la calle a caminar. Me detengo delante de un árbol que me gusta y me llama la atención. El árbol, a través de los sentidos (especialmente la vista, el tacto, el oído) entra en mi campo de consciencia. Soy consciente del árbol, el árbol está ahí, puedo tener experiencia del árbol. Una primera observación: el árbol está ahí porque soy consciente de él. El árbol surge simultáneamente con mi consciencia de él. En términos de física cuántica podríamos hablar del “colapso de la función de onda”.
Abro un paréntesis: me parece fascinante y sugerente la comparación con la física cuántica: abre caminos de comunión y comprensión reciproca entre la experiencia del Misterio y la visión científica. Mística y física cuántica se pueden fecundar y alimentar recíprocamente.
Seguimos con nuestro hilo argumental. La ciencia todavía no tiene muy claro como interpretar el “colapso de la función de onda”, quedan muchos enigmas a resolver. Yo tampoco soy un experto. Pero creo que vale la pena abrir está puerta, con humildad y confianza.
¿Qué es el “colapso de la función de la onda”? En palabras sencillas podemos decir que la energía (átomos, luz…) está por todo lado y por ninguno en cada momento; en cuanto interviene la consciencia observadora de un sujeto, la energía colapsa en una forma concreta. En realidad los experimentos que atestiguan esta verdad se hicieron sobre los átomos y las partículas subatómicas. Por eso que las leyes de la física cuántica valen por la realidad micro y todavía no logramos validarlas para lo macro, donde aparentemente sigue vigente la física de Newton.
Vamos a nuestro tema. La observación produce un colapso de la energía que asume un “rostro” concreto; en nuestro caso un árbol. El árbol no existe independientemente de mi consciencia de él… mentalmente me lo puedo imaginar y puedo suponer que seguirá ahí después de que yo siga mi camino. Pero, en sentido estricto, solo existe y solo puedo tener experiencia de él en el momento que aparece en mi conciencia. Este primer y sencillo paso evidencia desde ya la relacionalidad de lo real, a partir de las cosas más sencillas y cotidianas.
Podemos dar un ulterior paso. Si miro detenidamente el árbol que tengo delante de mí, puedo darme cuenta que solo existe y está existiendo en relación: con mi conciencia de él como vimos, con la tierra, el aire, el sol, los demás árboles, los pájaros y los insectos, las demás personas… No existe el árbol por sí solo, aisladamente.
Parece esencial entonces el rol del observador. Si es verdad que el árbol aparece porque lo estoy observando es también verdad que yo mismo soy parte del sistema, yo también soy “un colapso de la función de onda.”
¿Quién o Qué me está observando? Acá entra la experiencia mística, atestiguada por tantos y tantas a lo largo y ancho de la historia y del mundo.
El Misterio, la Fuente (podemos llamarlo “Dios” si nos ayuda en la comprensión) me está observando y esta observación – una mirada de amor en términos cristianos – me está creando aquí y ahora.
Un paso más, decisivo. Esta Mirada divina no es distinta de mi propio mirar. “El ojo con el cual veo a Dios es el mismo ojo con el cual el me ve”, dice el místico alemán Angelo Silesio.
Existo por esa mirada y miro a través de esa mirada. Mi mirar es el mirar de Dios y el mirar de Dios es mi mirar: ni uno ni dos.
Eso obviamente vale para mi y para cualquier otro ser humano: el observar de Dios a través de la mirada humana es el mismo mirar. Un mismo mirar que se funde en simbiosis única y original con el mirar de cada cual.
Es en este sentido que somos co-creadores. Observando la realidad la estamos co-creando.
El famoso árbol manifiesta una colapso de la función de onda no solo por mi mirar, sino por el mirar del otro, de los otros. En estas múltiples y distintas miradas está la única mirada, el Único Observador que, observándonos, nos crea simultáneamente a nosotros y al árbol.
La creación y la vida misma son este juego de miradas conscientes y miradas de amor. Mi existencia es la mirada de Dios y mi existir es visión de Dios. Soy visto y en esta mirada estoy siendo y estoy viendo.
A esta altura la pregunta esencial y fundamental es:
¿Cómo hacer experiencia “de” Dios?
Podemos identificar dos caminos, siempre reconocidos por las tradiciones espirituales y que van de la mano: el camino de purificación o purgativo y el camino unitivo.
El camino purgativo es el camino de purificación: observar la mente, desconfiar de los pensamientos, silenciar la mente. La mente está pensada como herramienta para manejar lo manifiesto y lo manifiesto es siempre dual, sujeto y objeto. Por eso la mente no tiene la capacidad de percepción de lo Uno. Purificar la mente es volverse más sencillos, más transparentes, más libres de los pensamientos, sentimientos, emociones. Es un camino de autoconocimiento psico-espiritual que transita por varias etapas y varias capas de profundidad. Un camino nunca acabado en realidad.
El camino unitivo: percibir la Vida Una. Crecer en la percepción que somos Uno con la Vida. Confiar en el proceso de la Vida.
Hablando en sentido estricto no hay una experiencia “de” Dios. El “de” convierte automáticamente a Dios en objeto.
Dios es el “ambiente vital” desde el cual vivimos toda experiencia. Dios es la posibilidad última de toda experiencia. Por eso, desde este radical perspectiva, no podemos hablar de experiencia de Dios. Le hacemos esta concesión al lenguaje para poder comunicarnos y entendernos, pero sería importante ser consciente de los limites del lenguaje mismo.
En realidad lo que vivimos es pura experiencia, puro conocer, sin un “yo” que experimenta y lo experimentado, sin un conocedor y lo conocido. Cuando nos establecemos en la pura experiencia (pura conciencia) todo se vuelve trasparente y sencillo. En la pura experiencia solo hay Dios y todo se transforma en experiencia de Dios. Mejor dicho: experiencia y “Dios” coinciden.
La mente se vuelve serena y pacifica, se abre “el tercer ojo”, la visión interior, y desarrollamos la intuición. Empezamos a ver la realidad así como es, sin los filtros mentales e interpretativos. Todo se vuelve diáfano y luminoso. Todo es transparencia del Misterio, todo es símbolo del Ser.
Resumiendo. Los caminos de purificación y unitivo van de la mano, son simultáneos. No son etapas cronológicas. A cada momento vivimos los dos, aunque según los momentos y las etapas puede que uno prevalezca sobre el otro.
Para experimentar el Misterio estamos llamados a silenciar la mente, a crecer en conciencia y en autoconocimiento. Reconociendo nuestros estados mentales y emocionales aprenderemos a ser libres. Desde esta libertad radical podremos asumir y vivir con serenidad y totalidad cada acontecimiento que la Vida nos ofrece.
Descubriremos cada vez más que somos esa misma Vida, somos parte del mismo Misterio que estamos buscando. No necesitaremos seguir buscando, porque nos daremos cuenta que no hay una experiencia de Dios afuera de nosotros mismos. Somos esta misma experiencia. Somos Uno con el Misterio, Uno con la Vida.
Esa conciencia será la Paz total y la alegría plena.
(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).
No te he negado
Por causa de Tú causa me destrozo
como un navío, viejo de aventura,
pero arbolando ya el joven gozo
de quien corona fiel la singladura.
Fiel, fiel…, es un decir. El tiempo dura
y el puerto todavía es un esbozo
entre las brumas de esta Edad oscura
que anega el mar en sangre y en sollozo.
Siempre esperé Tú paz. No Te he negado,
aunque negué el amor de muchos modos
y zozobré teniéndote a mi lado.
No pagaré mis deudas; no me cobres.
Si no he sabido hallarte siempre en todos,
nunca dejé de amarte en los más pobres.
*
Pedro Casaldáliga,
El Tiempo y la Espera, Sal Terrae 1986
***
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:
“El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá paga de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.”
*
Mateo 10,37-42
***
Dios, que me entrega tesoros para que los guarde, me permite que los custodie y los administre bien Me agrada relacionarme con los demás. Mi intensa participación, me parece, irradia lo mejor y más sincero de mí; las personas se muestran sinceras conmigo, cada uno es una historia, y todos me cuentan su vida. Y mis ojos encantados no tienen que leer. […]. Soy un enfermo, no puedo hacer nada. Mas tarde enjugaré lágrimas y replegaré miedos, allá abajo. En el fondo, ya lo hago en esta cama. ¿Quizá sea por esto que tengo fiebre y mareos?. No quiero ser cronista de horrores. Ni tampoco de sucesos sensacionales.
Esta mañana le he dicho a Jopie: siempre llego a la misma conclusión, la vida es bella. Y creo en Dios. Quiero estar entre los «horrores» y decir igualmente que la vida es bella. Ahora, con fiebre y mareos, acostado en un rincón, no puedo hacer nada. Hace poco me he despertado con la garganta seca, he aferrado mi vaso y he agradecido los sorbos de agua; he pensado: si pudiese andar entre los millares de hombres amontonadas por ahí y pudiese ofrecerles un trago… Me digo: no es nada, tranquilo, no es nada, tranquilo.
Cuando una mujer o un niño hambriento se ponía a llorar detrás de nuestras mesas de grabación, me arrimaba, le abrazaba sobre mi pecho, le apretaba, le sonreía y suavemente le decía a quien se encontraba acurrucado y aturdido: no es nada, no es nada. Me quedaba allí y, si podía, hacía algo. A veces me sentaba cerca de alguien, le ponía el brazo encima del hombro, guardaba silencio y le miraba a la cara. Nada resultaba nuevo, ninguna de aquellas expresiones de dolor humano. Todo me parecía familiar; como si ya hubiera vivido cada casa. Algunos me decían: tienes nervios de acero para resistir. No creo que tenga nervios de acero; mas bien, nervios sensibles, capaces de «resistir». Tengo el coraje de mirar de frente al dolor. Al final de coda día me decía: ¡quiero tanto a los hombres!.
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E. Hillesum,
Diario 1941-1943,
Milán 5i 992, 232ss.
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“Cristo Redentor con mascarilla para alentar al mundo a protegerse contra el Covid-19” – Manu Silva (PRNewsfoto/Todos pela Saúde)
De su blog Teología sin Censura:
Insisto, una vez más, en la necesidad apremiante, que tenemos, de recuperar la centralidad del Evangelio en la organización de la Iglesia y en la vida de los cristianos
Si planteamos la religión como la planteo y la vivió Jesús (según el Evangelio), no cabe duda que cuando hablemos de la pandemia del virus, si es que tratamos el tema en serio y hasta el fondo, antes o después, tendremos que hablar también de religión
Una de las cosas más extrañas y elocuentes, que estoy viviendo con motivo de la pandemia, es que, cuando se habla de este asunto (en la tele, en la prensa, en las tertulias, donde sea…), salen a relucir, como es lógico, la medicina, la economía, la política, la ciencia, las leyes, las costumbres… O sea, se habla de todo. Menos de una cosa: la religión. A veces (raras veces) se hace mención de la generosidad del Papa, de algún obispo que ha hecho algo llamativo o quizá de algunas monjas que hacen lo que pueden en barrios o países pobres. Pero, de la religión como factor que puede ser importante en la solución de este enorme problema, a nadie se le ocurre ni mencionar tal cosa, por lo menos como posible ayuda para la solución de esta enorme amenaza que tanto nos preocupa y hasta nos abruma.
¿Qué le ha pasado a la religión? Me lo pregunto porque estoy seguro de que hay personas, quizá bastantes personas, que le rezan a Dios para que nos ayude a superar esta enorme desgracia. Pero de estos sentimientos religiosos, la mayoría de la gente ni se atreve a mencionar en público si reza o deja de rezar. Por eso, yo insisto en mi pregunta: ¿qué le está pasando a la religión?
El problema, que se nos plantea con esta pregunta, es – me parece a mí – algo más complicado de lo que algunos se imaginan. Porque es un hecho que, en las sociedades más industrializadas y más ricas, a medida que la tecnología y la economía se desarrollan, ocurre que las normas culturales y religiosas tradicionales se deterioran y hasta se debilitan, llegando a perder en gran medida la presencia púbica que tuvieron en tiempos pasados y cualquiera sabe si volverán (cf. Ronald Inglehart).
Por lo general, el hecho que acabo de apuntar se suele interpretar como un progreso. Por supuesto, un progreso que tiene un precio: a más ciencia, más tecnología y una economía más poderosa, la moral y las costumbres tradicionales se deterioran; y con semejante deterioro, la religión se va quedando también marginada. Esto, por lo menos a primera vista, parece un hecho incuestionable.
Sin embargo, tenemos que insistir en una pregunta elemental: ¿es todo esto realmente así? Quiero decir: ¿podemos asegurar tranquilamente que, a más ciencia y más tecnología, con el consiguiente deterioro de la religión, por eso mismo la sociedad se va desarrollando, la humanidad se está perfeccionando y las futuras generaciones alcanzarán metas y logros que no imaginamos?
Sinceramente, yo creo que ya tenemos argumentos abundantes, por lo menos, para sospechar (con fundamento) que los entusiastas defensores de los indiscutibles logros de la ciencia y del progreso, de las técnicas y de la economía, en realidad son unos desorientados, que no se han dado cuenta de la espantosa hecatombe en la que nos hemos metido, con nuestros prodigiosos avances en la más refinada tecnología y nuestra religión confinada en el desván de los recuerdos.
¿Por qué digo esto? Porque, si todo este problema se piensa a fondo, pronto se da uno cuenta de que ni todo, en la ciencia y la tecnología, es tan positivo como muchos se imaginan; ni todo, en la religión, está que hace agua. Baste pensar que la ciencia y la tecnología dependen de la economía. Y no de cualquier economía. Porque dependen del sistema económico establecido, que es el sistema que rige y manda en el mundo. Un sistema que, “de facto”, y sea cual sea la teoría que cada uno tenga, el hecho es que se trata de un sistema que produce el insaciable incremento del beneficio económico de unos pocos a costa de la dependencia y el empobrecimiento de todos los demás.
Por supuesto, yo no soy economista. Pero tampoco me chupo el dedo. Y de sobra sabemos que la economía mundial funciona de tal manera, que, a una velocidad creciente y alarmante, el capital mundial se va concentrado más y más, cada año, en menos y menos personas, que son las que rigen nuestras vidas, por más que ni se nos pase por la cabeza semejante atrocidad. Sobre todo, sabiendo, como bien sabemos, que más de la mitad de la población mundial no puede disponer de la atención médica indispensable, ni se puede alimentar para seguir viviendo.
Pero hay algo más, que nunca habíamos imaginado. Nuestro incontenible y flamante desarrollo científico y tecnológico produce tal y tanta contaminación atmosférica, que, como a nuestro flamante desarrollo no lo contengamos o le demos otra orientación, a nuestros nietos les dejaremos seguramente la espantosa herencia de tener que asistir a la destrucción total del planeta tierra.
Pero nos queda la segunda parte: la marginación y el deterioro de la religión. Me refiero, puesto que soy cristiano, a la religión que vivo, desde mi infancia. La religión que ha dado y da sentido a mi vida. Además, he dedicado mi trabajo, mis estudios y mi profesión al estudio y la enseñanza de esta religión, que intento vivir y transmitirla a los demás.
Dicho esto, lo primero que, a mi manera de ver, se debe tener en cuenta es que el cristianismo (como les ocurre a otras religiones), por una presunta fidelidad a sus orígenes, se ha quedado muy atrasado con respecto a la cultura y a los acontecimientos que estamos viviendo. Baste pensar, por poner un ejemplo, en lo que ocurre con la liturgia y en la celebración de los sacramentos. Mucha gente no sabe que esas ceremonias, tal como han llegado hasta nosotros, en su lenguaje, sus vestimentas, sus rituales y la justificación ideológica de su contenido, en muchos de los aspectos que los fieles perciben, son costumbres y tradiciones medievales. Por no hablar de los templos, catedrales, palacios y otras solemnidades, que le hicieron decir a san Bernardo, en un escrito dirigido al papa Eugenio III (s. XII), que, revestido de seda y oro, en su caballo blanco, parecía más el sucesor de Constantino que el de san Pedro. Y sabemos que la religión, que hoy tenemos, es el residuo anacrónico de aquellas vanidades.
Y lo peor del caso es la mentalidad – o sea, la teología – que justifica esas cosas. Una teología que, en no pocos tratados y cuestiones, ni afronta, ni responde, a los grandes temas que ahora interesan a la mayor parte de la sociedad. Por eso insisto, una vez más, en la necesidad apremiante, que tenemos, de recuperar la centralidad del Evangelio en la organización de la Iglesia y en la vida de los cristianos.
Por supuesto la Iglesia afirma y defiende que el Evangelio es eje y centro de la Iglesia. Pero nunca deberíamos olvidar lo que tantas veces ha dicho el papa Francisco: el Evangelio es, ante todo, una forma de vivir. Una vida en la que se destacan dos grandes problemas, que son las dos grandes preocupaciones que tuvo Jesús: la salud y la economía. Justamente, los dos grandes problemas que hoy tenemos que afrontar los humanos, sean cuales sean nuestras creencias y dada la mundialización de la pandemia que sufrimos.
Por esto se comprende la insistencia de los evangelios en los relatos de las curaciones de enfermos. Hasta 67 relatos sobre este asunto, que dejan patente hasta qué extremo a Jesús le interesaba y la preocupaba el tema de la salud y la vida. Y junto a la salud, la economía. Que es el tema de fondo, que plantea el Evangelio cuando Jesús llamaba a los discípulos y a la gente a “seguirle”. En efecto, según los evangelios, cuando Jesús llamaba a que alguien le “siguiera”, no ponía nada más que una condición: “dejarlo todo”. Llama la atención que esto justamente es el tema capital en el que los evangelios insisten hasta tales extremos, que no siempre es fácil explicar lo que Jesús pedía (incluso abandonar el entierro del propio padre: Mt 8, 18-22 par).
Sin duda alguna, da pena pensar cómo la teología cristiana ha desplazado el tema del “seguimiento de Jesús”. De forma que el tema-clave de la “cristología” (Joahn B. Metz) lo ha deformado interpretándolo como un tema de “espiritualidad”. Los discípulos de Jesús conocieron al Maestro, “siguiéndole”, viviendo con él y como él.
Si cuando hablamos de la pandemia del corona-virus, la religión no interesa, es evidente que a los hombres de la religión les resulta más cómodo y lucrativo celebrar ceremonias, ritos y liturgias, que enfrentarse a una política y una economía que se interesa más por el poder que por la salud para todos por igual y una economía que no tiene como proyecto el beneficio, sino la salud y el bienestar para todos.
Es evidente que, si planteamos la religión como la planteo y la vivió Jesús (según el Evangelio), no cabe duda que cuando hablemos de la pandemia del virus, si es que tratamos el tema en serio y hasta el fondo, antes o después, tendremos que hablar también de religión.
Del blog Amigos de Thomas Merton:
“El cristianismo no es tanto un mensaje que hay que creer cuanto una experiencia de fe que se transforma en mensaje y que, como mensaje anunciado, quiere ofrecer nuevos horizontes de vida a quienes se abren a él en su experiencia vital”
***
Del blog Nova Bella:
Todo cuanto sueño o pierdo
Qué pronto cae o muere en mi…
Es como una terraza que mira
hacia otra cosa más allá.
*
Fernando Pessoa
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Del blog Amigos de Thomas Merton:
«Lejos de matar al hombre que busca el fuego divino, el Dios Vivo se hará pasar a Sí mismo por la muerte para que el hombre tenga lo que le está destinado.
Si Cristo ha muerto y ha resucitado de entre los muertos y ha derramado sobre nosotros el fuego de Su Espíritu Santo, ¿por qué imaginamos que nuestro deseo de vida es un deseo prometeico, condenado al castigo?
¿Por qué actuamos como si nuestro deseo de «ver días buenos» fuera algo que Dios no deseara, si Él mismo nos dijo que los buscáramos?
¿Por qué nos reprochamos a nosotros mismos desear la victoria? ¿Por qué nos enorgullecemos de nuestras derrotas y nos gloriamos en la desesperación?
Porque creemos que nuestra vida es importante sólo para nosotros, y no sabemos que nuestra vida es más importante para el Dios Vivo que para nosotros mismos.
Porque pensamos que nuestra felicidad es para nosotros solos, y no nos damos cuenta de que es también Su felicidad.
Porque pensamos que nuestras penas son sólo para nosotros, y no creemos que son mucho más que eso: son Sus penas.
No hay nada que podamos robarle en absoluto, porque antes de que podamos pensar en robarlo, ya ha sido dado«.
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Thomas Merton
«Prometeo: una meditación»,
en Incursiones en lo Indecible.
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Debemos siempre estar muy seguros de hacer la distinción entra la Iglesia invisible, universal y espiritual (Ecclesia) y la organización religiosa sin ánimo de lucro que se reúne en un edificio coronado por un campanario. La diferencia es inestimable, y no tenemos derecho a cometer el error de confundir las dos. Comprende por favor que no cuestionamos el derecho de cualquier grupo religioso de reunirse en paz, de elegir a sus líderes, de recibir dinero, de tener criterios para llegar a ser miembro, de administrarse del modo que le parezca justo – hace tiempo que comprendemos que tal derecho es un derecho civil y no es en ningún caso inalienable, escrito o autorizado por el mismo Dios. Esto no significa que sea malo, pero esto no lo hace espiritual. La Ecclesia no es una organización o una invención humana, sino un organismo lleno de Vida, y que adorarlo “en Jerusalén o sobre esta montaña” es menos importante para Dios que adorarlo “en Espíritu y de verdad“.
¿Entonces dónde es la diferencia? ¿Dónde está el problema? Esto se convierte en un problema cuando el significado espiritual y escriturario es falsamente relacionado con las costumbres sociales, con una norma cultural, con una religión de tradiciones, con una organización o con un lugar para reunirse. Cuando la línea de demarcación si difumina entre, por una parte, la expectativa social, la tradición o las costumbres de la Religión Organizada y por otra parte, la verdadera vida espiritual, la misma esencia de la Ecclesia o del creyente individual, entonces tal sistema tiene la posibilidad de evolucionar en una forma peligrosa de abuso espiritual o de elitismo religioso.
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Chip Brogden
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En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:– “No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí.En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así, ¿os habría dicho que voy a prepararos sitio? Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino.”Tomás le dice:
–“Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?”
Jesús le responde:
–“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.”
Felipe le dice:
-“Señor, muéstranos al Padre y nos basta.”
Jesús le replica:
-“Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace sus obras. Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre.”
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Juan 14,1-12
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Hace algunos años, un hombre de Dios que me guiaba entonces me envió un mensaje que me asustó mucho: «Sea siempre fiel a Dios en la observación de sus promesas y no se preocupe de las burlas de los insulsos. Sepa que los santos siempre se han hecho la burla del mundo y de los mundanos y han sido pisoteados por el mundo y por sus máximas. El campo de la lucha entre Dios y Satanás es el alma humana, donde se desarrolla esta lucha en todos los momentos de la vida. Para vencer a enemigos tan poderosos, es preciso que el alma dé libre acceso al Señor y sea fortalecida por él con toda suerte de armas, que su luz la irradie para combatir contra las tinieblas del error, que se revista de Jesucristo, de su verdad y justicia, del escudo de la fe, de la Palabra de Dios. Para revestirnos de Jesucristo, es preciso que muramos a nosotros mismos. Estoy seguro de que nuestra Madre celestial le acompañará paso a paso».
Estaba yo confuso, mi mente daba vueltas, cavilaba en estos pensamientos sin llegar a ninguna conclusión. Pasó después otro trecho de vida y comprendí que morir a nosotros mismos es hacernos vivir a nosotros mismos. Caigo en la cuenta de que los momentos de vida plena son aquellos en que siento la tentación de hacer vivir en mí a Dios y su voluntad. Al final he comprendido que abandonarme a Dios no significa haber superado todos mis problemas, sino querer verdaderamente, con todo mi ser, que él pueda obrar en mí y pueda encontrar en mí una plena colaboración.
Al leer ahora de nuevo esta carta, cada palabra toma un valor diferente y, contrariamente a hace algunos años, me anima a continuar por este sendero.
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E. Olivero,
Amar con el corazón de Dios,
Turín 1993, pp. 72ss).
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Al final de la última cena, Jesús comienza a despedirse de los suyos: ya no estará mucho tiempo con ellos. Los discípulos quedan desconcertados y sobrecogidos. Aunque no les habla claramente, todos intuyen que pronto la muerte lo arrebatará de su lado. ¿Qué será de ellos sin él?
Jesús los ve abatidos. Es el momento de reafirmarlos en la fe, enseñándoles a creer en Dios de manera diferente: «Que no tiemble vuestro corazón. Creed en Dios y creed también en mí». Han de seguir confiando en Dios, pero en adelante han de creer también en él, pues es el mejor camino para creer en Dios.
Jesús les descubre luego un horizonte nuevo. Su muerte no ha de hacer naufragar su fe. En realidad, los deja para encaminarse hacia el misterio del Padre. Pero no los olvidará. Seguirá pensando en ellos. Les preparará un lugar en la casa del Padre y un día volverá para llevárselos consigo. ¡Por fin estarán de nuevo juntos para siempre!
A los discípulos se les hace difícil creer algo tan grandioso. En su corazón se despiertan toda clase de dudas e interrogantes. También a nosotros nos sucede algo parecido: ¿no es todo esto un bello sueño? ¿No es una ilusión engañosa? ¿Quién nos puede garantizar semejante destino? Tomás, con su sentido realista de siempre, solo le hace una pregunta: ¿cómo podemos saber el camino que conduce al misterio de Dios?
La respuesta de Jesús es un desafío inesperado: «Yo soy el camino, la verdad y la vida». No se conoce en la historia de las religiones una afirmación tan audaz. Jesús se ofrece como el camino que podemos recorrer para entrar en el misterio de un Dios Padre. Él nos puede descubrir el secreto último de la existencia. Él nos puede comunicar la vida plena que anhela el corazón humano.
Son hoy muchos los hombres y mujeres que se han quedado sin caminos hacia Dios. No son ateos. Nunca han rechazado a Dios de manera consciente. Ni ellos mismos saben si creen o no. Tal vez han dejado la Iglesia porque no han encontrado en ella un camino atractivo para buscar con gozo el misterio último de la vida que los creyentes llamamos «Dios».
Al abandonar la Iglesia, algunos han abandonado al mismo tiempo a Jesús. Desde estas modestas líneas yo os quiero decir algo que bastantes intuís. Jesús es más grande que la Iglesia. No confundáis a Cristo con los cristianos. No confundáis su evangelio con nuestros sermones. Aunque lo dejéis todo, no os quedéis sin Jesús. En él encontraréis el camino, la verdad y la vida que nosotros no os hemos sabido mostrar. Jesús os puede sorprender.
José Antonio Pagola
Hch 6,1-7: Eligieron a siete hombres llenos de espíritu
Salmo responsorial 32: Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti
1Pe 2,4-9: Ustedes son una raza elegida, un sacerdocio real
Jn 14,1-12: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida
En la comunidad lucana descrita en la primera lectura, los apóstoles tienen plena conciencia que no lo pueden hacer todo y que necesitan valerse de otros para atender a las necesidades urgentes de la comunidad pero sin desatender el ministerio de la Palabra. Pero ellos no imponen. Invitan a la comunidad a escoger sus propios servidores, animadores. Les presentan a siete personas que son «autorizados» por los apóstoles para satisfacer las necesidades de la comunidad. No son servidores de segunda. Son personas encargadas o enviadas a realizar ministerios diferentes. Pero todos estaban empeñados en la difusión de la Palabra y en el crecimiento numérico y cualificado de la comunidad.
Así mismo, el autor de la carta de Pedro quiere subrayar el papel de todos los miembros de la comunidad creyente en la construcción del templo vivo de Dios. Jesús es la piedra viva, el fundamento, la base para construir la casa de Dios. Sobre esa piedra se instalan las demás piedras, los seguidores de Jesús. De manera pues que no somos sólo espectadores de la construcción. Somos artífices y al mismo tiempo materia fundamental para alcanzar la construcción del gran edificio humano, levantado sobre la roca, Jesucristo, sostenido por la columna del Espíritu Santo y estructurado con la activa cooperación de cada uno de los bautizados. El sacerdocio, más que un honor, un privilegio, una casta… es un dinamismo desatado por el Espíritu para el servicio de la comunidad eclesial. Todos somos ministros, todos sacerdotes, todos servidores en una densa experiencia fraternal al servicio del Reinado de Dios.
El evangelio de Juan revela la situación crítica que vive la comunidad naciente provocada por el ambiente hostil y peligroso en que se va desarrollando. Jesús no sólo es la piedra fundamental, sino que Jesús es también camino, verdad y vida. Los discípulos están confundidos ante las Palabras de Jesús. En los anteriores versículos Jesús ha anunciado la traición de Judas y la negación de Pedro. Este episodio refleja la situación de crisis de los discípulos porque no entienden el camino de Jesús. Las palabras que Jesús pronuncia pretenden alentarles en la esperanza, fortalecerlos en medio de la angustia, devolverles el horizonte de vida.
Jesús es camino, es decir, es proyecto, horizonte de vida para muchos. Su muerte está llena de sentido porque en ella se manifiesta el amor de Dios por la Humanidad y les devuelve la razón de vivir en momentos de confusión y desesperación.
Jesús es verdad: la mentira, el engaño, la corrupción se apodera del corazón de la persona humana. La Palabra anunciada y testimoniada por Jesús, que es la Palabra del Padre, se convierte en criterio de verdad, en transparencia que devuelve la luz.
Es vida: frente a las fuerzas de la muerte que causan terror, Jesús da sentido a la vida, se revela como Señor de la vida y vencedor de la muerte. Y en él todos los que apuestan a favor de un proyecto de vida, de verdad y amor como horizonte que puede salvar a la Humanidad del caos, la injusticia, la corrupción, la exclusión y la maldad.
Quién cree en Jesús cree en el Padre y será transparencia del Resucitado. En el fondo eso es ser cristiano, que es una forma de ser en plenitud hijos/hijas de Dios. Pero la propuesta de Jesús no es un asunto meramente individual, intimista, espiritualista. El proyecto de su seguimiento es exigente y radical. También la persona cristiana, integrada al cuerpo comunitario, debe ser camino, verdad y vida. Estamos llamados a ser una alternativa de vida, junto con otras alternativas de vida -representadas por otras personas y comunidades inspiradas por otras religiones- en medio de un mundo desorientado que con frecuencia no encuentra el sentido de la existencia. Somos servidores de la Vida aún en medio de la muerte que siembra el egoísmo humano cuando desatiende la sabiduría que se manifiesta «por los muchos caminos de Dios». La desatención a esta sabiduría divina manifestada por tantos caminos, repercute en las crecientes injusticias sociales y guerras que pretenden justificarse con apelos a la defensa de la libertad y de la seguridad, o a la imposición de la democracia o de la «libertad de comercio»… pero que en el fondo esconden mezquinos intereses económicos y hegemónicos de las grandes potencias y plagan de hambre y de miseria a los pueblos pobres.
Nuestra misión, pues, como personas cristianas, es juntarnos con muchas otras personas y comunidades creyentes, practicantes de otras religiones, y ser alternativa de vida, de resistencia y esperanza para todos.
En una época como la que vivimos, marcada por la entrada en curso en un nuevo paradigma, el paradigma pluralista, hemos de leer y proclamar con cuidado tanto la expresión de Pedro de un «linaje escogido», como la expresión de Juan, que él pone en labios de Jesús: «Yo soy ‘el’ Camino»… Esta última sobre todo no deja de ser una expresión propia de un lenguaje confesional, un lenguaje de amor y de fe, cultual, y en ese contexto hay que entenderla. No hay que perder de vista que, en otro sentido, son muchos los caminos de Dios, «sus caminos, que no son nuestros caminos», y que nos pueden sorprender siempre con el descubrimiento de «nuevos caminos» de Dios. Recomendamos la lectura de la serie «Por los muchos caminos de Dios», de la Asociación Ecuménica de Teólogos del Tercer Mundo, en la colección «Tiempo axial» (http://latinoamericana.org/tiempoaxial). O el libro de José María VIGIL Teología del pluralismo religioso, disponible en la red (http://cursotpr.adg-n.es/?page_id=3). Leer más…
Obras de Jesús, de la Iglesia, del cristiano
Las obras (erga) de Jesús han sido claras a lo largo del evangelio de Juan, en una línea semejante a la Mt 11, 2-4 (cf. Lc 7, 18-23):los ciegos ven, los cojos andan, que los leprosos quedan limpios, los sordos oyen… los pobres reciben la buena noticia.
Estas obras se entienden en un sentido integral, no exclusivamente «biológico», en una línea que ha sido desarrollada a partir de los profetas (especialmente Isaías): Se trata de ver-conocer, de vivir-caminar, de compartir con todos la limpieza y verdad de la vida, de resucitar, de entender… En ese sentido, los milagros externos de Jesús sólo reciben sentido como signo y motivo de una transformación integral humana.
Juan evangelista ha reinterpretado esas «obras» en sentido de «señales» (sêmeia) signo intenso de una transformación total del hombre… A eso ha dedicado su evangelio, comentando el sentido profundo de las «obras» de Jesús: Curación del paralítico, del ciego, resurrección de marcos… para crear de esa manera iglesia.
La iglesia es según eso el lugar (la comunidad) donde se realizan las obras de Jesús y aún mayores...
Pues bien, Jesús termina el evangelio de este domingo (Jn 14, 1-12) diciendo que ellos seguirán haciendo la obras que él ha hecho y aún mayores. Pues bien, yo me atrevo a pensar humildemente que, en sentido general, la iglesia posterior no ha creído ni cree en esto que ha dicho aquí Jesús: ¡Ella no se cree capaz de hacer las obras que hacía Jesús y aún mayores! Ha renunciado a ellas, ha tirado la toalla como se dice vulgarmente. Voy a poner tres ejemplos, después de haber leído alguna docenas de comentarios del evangelio de Juan:
Por eso me produce miedo leer y comentar este evangelio, donde Jesús me dice a mí (que le llamo cristiano), precisamente a mí, no al cura de le esquina, ni a la monja del piso de arriba, ni a la diócesis de Petersburgo: Tú has de hacer las obras que yo hago, y aún mayores… Y yo le pregunto ¿pero cómo? Antes de seguir con el tema paso al texto:
Texto. Jn 14, 1-12
En la casa de mi Padre hay muchas estancias (moradas) ; si no fuera así, ¿os habría dicho que voy a prepararos sitio? Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino.»
Tomás le dice: «Señor, no sabemos adónde vas,¿cómo podemos saber el camino?» Jesús le responde: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.»
Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta.» Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: «Muéstranos al Padre»? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí?
Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace sus obras. Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: los que creéis en mí haréis las obras que yo hago y aún mayores. Porque yo me voy al Padre. (Jn 14, 1-12).
Reflexión general sobre el texto:
Quizá nunca se han dicho las cosas que aquí se están diciendo, condensadas, luminosas, palabras como rayos que rasgan la oscuridad e iluminan la noche de la vida. Éstos son algunos de los temas:
Las moradas del Padre. “En la casa de mi Padre hay muchas moradas o estancias…”. Todos los caminos llevan no a Roma, sino al Padre, a las Moradas del amor, que supo describir Santa Teresa. Del Padre/Madre venimos y al Padre/Madre vamos… Esa es la experiencia suprema de la vida.
Jesús, el Camino. Caminantes somos, y todos los caminos del mar y de la tierra condensan para los creyentes en el Cristo. Por eso, quien toma su camino, que es camino de Evangelio, está ya en manos del Padre.
Hay en este evangelio dos grandes maestros que preguntan Uno es Tomás, otroFelipe. Significativamente, ellos aparecen más tarde como autores de los dos evangelios apócrifos más significativos de la Iglesia. Pues bien, aquí no actúan como autores des evangelios, sino como discípulos del único Cristo
El “yo” de Jesús: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida… Éste es el Jesús pascual que se atreve a decir “yo”, como el Dios del Antiguo Testamento (¡Yo soy el que soy!), pero no un yo aislado en sí, sino abierto al Padre (un yo-camino) y dirigido a todos los que quieran acogerle (un yo-ensanchado, que se hace verdad y vida para todos).
El que me ve a mí ve al Padre… Ésta es la experiencia de los cristianos: ver a Jesús resucitado es ver a Dios. No hay un “más allá” de Jesús en un sentido de verdad o vida más alta. En Jesús, abierto al Padre, en Jesús que es Camino, está la verdad, está la vida.
El que cree en mí hará las “obras que yo hago”. Jesús no está cerrado, como maestro exclusivo, sino como maestro que ofrece y comparte, que enseña y promueve. Por eso, sus seguidores, que somos nosotros, podemos hacer no sólo sus obras, sino aún mayores… Y aquí me paro de nuevo, con ese rabino discutiendo con Jesús sobre sus obras.
Las obras de Jesús y aún mayores...
Éste es el tema del evangelio este 10 de Mayo del 2020, en tiempos de coronavirus. Jesús fue haciendo una obras, y al final, cuando se iba, nos dijo que el Padre quería hacer pos nosotros sus obras, y aún mayores… No sé si alguno de mis lectores cree que esto es verdad, que él, que nosotros, podemos hacer obras mayores que las Jesús, en línea de sanación, de conocimiento radical, de iluminación de los ojos del alma, de fortalecimiento de manos y piernas para anda, de resurrección o renacimiento vital…
Yo, X. Pikaza, sé hacer una obras grandes que Jesús no sabía o no quería hacer, escribir libros… Pero eso ¿es una obra de Jesús? ¿No será una obra equivocada, que no es de Jesús, sino de otros que precisamente le criticaban?
Y tu ¿qué obras de Jesús sabes hacer, y aún mayores, en este tiempo de des-escalada del coronavirus? ¿Decir misas, organizar colectas, hacer procesiones, abrir iglesias, repartir comuniones a niños…?Pienso que todas esas otras muchas pueden estar relacionadas con las de Jesús, pero a lo mejor no coinciden del todo con las que él hacía…
El caso sigue siendo hoy, domingo de coronavirus:¿Que obras de Jesús tiene que hacer hoy la iglesia, y aún mayores? ¿Qué obras podemos hacer tú y yo? Quizá alguno me (nos) ayude a responde a esta pregunta. Mientras tanto, a todos -¡Buen domingo! Feliz y santa desescalada de Coronavirus, con este Cristo Famoso de mi paisano I. Zuloaga, con los devotos «penitentes», con Ávila al fondo, como ciudad de penitencia.
Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:
Las tres lecturas de este domingo nos hablan de los orígenes de la Iglesia, de las persecuciones de la Iglesia, y de nuestra relación con Jesús.
Iglesia naciente
La primera lectura nos cuenta la institución de los diáconos y el aumento progresivo de la comunidad, subrayando el hecho de que se uniesen a ella incluso sacerdotes.
En aquellos días, al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea, diciendo que en el suministro diario no atendían a sus viudas. Los Doce convocaron al grupo de los discípulos y les dijeron:
-«No nos parece bien descuidar la palabra de Dios para ocuparnos de la administración. Por tanto, hermanos, escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, y los encargaremos de esta tarea: nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la palabra.»
La propuesta les pareció bien a todos y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo, a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás, prosélito de Antioquía. Se los presentaron a los apóstoles y ellos les impusieron las manos orando. La palabra de Dios iba cundiendo, y en Jerusalén crecía mucho el número de discípulos; incluso muchos sacerdotes aceptaban la fe.
La comunidad de Jerusalén estaba formada por judíos de lengua hebrea y judíos de lengua griega (probablemente originarios de países extranjeros, la Diáspora). Los problemas lingüísticos, tan típicos de nuestra época, se daban ya entonces. Los de lengua hebrea se consideraban superiores, los auténticos. Y eso repercute en la atención a las viudas. Lucas, que en otros pasajes del libro de los Hechos subraya tanto el amor mutuo y la igualdad, no puede ocultar en este caso que, desde el principio, se dieron problemas en la comunidad cristiana por motivos económicos.
Los diáconos son siete, número simbólico, de plenitud. Aunque parecen elegidos para una misión puramente material, permitiendo a los apóstoles dedicarse al apostolado y la oración, en realidad, los dos primeros, Esteban y Felipe, desempeñaron también una intensa labor apostólica. Esteban será, además, el primer mártir cristiano.
Dignidad de la Iglesia sufriente
La primera carta de Pedro recuerda las numerosas persecuciones y dificultades que atravesó la primitiva iglesia. Lo vimos el domingo pasado y lo veremos en los siguientes. Pero este domingo, aunque se menciona a quienes rechazan a Jesús y el evangelio, la fuerza recae en recordar a cristianos difamados e insultados la enorme dignidad que Dios les ha concedido.
Mientras los judíos, después de la caída de Jerusalén (año 70), se encuentran sin templo ni posibilidad de ofrecer sacrificios al Señor, los cristianos se convierten en un nuevo templo, en nuevos sacerdotes que ofrecen víctimas a Dios por medio de Jesucristo.
Al final, recogiendo diversas alusiones del Antiguo Testamento, traza una imagen espléndida de la comunidad cristiana: «Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa».
En nuestra época, cuando la Iglesia parece cada vez menos importante y se ve atacada y condenada en numerosos ambientes, estas palabras de la carta nos pueden servir de ánimo y consuelo.
Queridos hermanos: Acercándoos al Señor, la piedra viva desechada por los hombres, pero escogida y preciosa ante Dios, también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo. Dice la Escritura: «Yo coloco en Sión una piedra angular, escogida y preciosa; el que crea en ella no quedará defraudado.» Para vosotros, los creyentes, es de gran precio, pero para los incrédulos es la «piedra que desecharon los constructores: ésta se ha convertido en piedra angular», en piedra de tropezar y en roca de estrellarse. Y ellos tropiezan al no creer en la palabra: ése es su destino. Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa.
Iglesia creyente
El evangelio nos sitúa en la última cena, cuando Jesús se despide de sus discípulos. En el pasaje seleccionado podemos distinguir tres partes: el hotel, el camino hacia él, los huéspedes.
El hotel
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-«Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así, ¿os habría dicho que voy a prepararos sitio? Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino.»
En la primera parte, Jesús sabe el miedo que puede embargar a los discípulos cuando él desaparezca y queden solos. Y los anima a no temblar, insistiéndoles en que volverán a encontrarse y estarán definitivamente juntos en el gran hotel de Dios, repleto de estancias. Como diría san Pablo, hablando de lo que ocurrirá después de la muerte: «Y así estaremos siempre con el Señor». Esta primera parte, válida para todos los tiempos, adquiere especial significado en esto meses en los que la epidemia del coronavirus ha causado tantas muertes y miles de personas no han podido ni siquiera despedirse de su seres queridos. No están solos. Están con el Señor.
El camino.
Tomás le dice:
-«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?»
Jesús le responde:
-«Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.»
La objeción lógica de Tomás, realista como siempre, le permite a Jesús ofrecer una de las mejores definiciones de sí mismo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida.» ¿Cómo hablar de Jesús a quienes no lo conocen o lo conocen poco? La mejor fórmula no es la del Concilio de Calcedonia: «Dios de Dios, luz de luz…». Es preferible esta otra: camino, verdad y vida.
Sugiere que para llegar a Dios hay muchos caminos, pero para llegar a Dios como Padre el único camino es Jesús. El musulmán alaba a Dios como Fuerte (Alla hu akbar). El cristiano lo considera Padre.
Jesús es también la verdad en medio de las dudas y frente al escepticismo que mostrará más tarde Pilato. La pregunta correcta no es: «¿Qué es la verdad?», sino «¿Quién es la verdad?». La verdad no es un concepto ni un sistema filosófico, se encarna en la persona de Jesús.
Jesús es también la vida que todos anhelamos, la vida eterna, que empieza ya en este mundo y que consiste «en que te conozcan a ti, único dios verdadero, y a quien enviaste, Jesucristo».
Los huéspedes
Felipe le dice:
-«Señor, muéstranos al Padre y nos basta.»
Jesús le replica:
-«Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: «Muéstranos al Padre»? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace sus obras. Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre.»
Una nueva interrupción, esta vez de Felipe, desemboca en el pasaje más difícil y desconcertante. Ahora no hace falta recorrer ningún camino para llegar al Padre. Para verlo, basta con mirar a Jesús. Estas palabras, que a oídos de los judíos sonarían como pura blasfemia, nos invitan a creer en Jesús como se cree en Dios; a creer que, quien lo ve a él, ve al Padre; quien lo conoce a él, conoce al Padre; que él está en el Padre y el Padre en él. Y al final, el mayor desafío: creer que nosotros, si creemos en Jesús, haremos obras más grandes que las que él hizo. Parece imposible. El padre del niño epiléptico habría dicho: «Creo, Señor, pero me falta mucho. Compensa tú a lo que en mí hay de incrédulo».
La Iglesia debatirá durante siglos la relación entre Jesús y el Padre, y no llegará a una formulación definitiva hasta casi cuatrocientos años más tarde, en el concilio de Calcedonia (año 452). El evangelio de Juan anticipa la fe que hemos heredado y confesamos.
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