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¡Octogenario! Eucaristía vespertina.

Martes, 28 de julio de 2020

corpuschristiCelebrando la vida, celebrando la fe… Precioso relato  del blog de Ramón Hernández Esperanza radical:

Es este un hermoso día, rozando ya la mitad del verano, en el que los ciudadanos de muchos pueblos y ciudades se honran con la celebración de la Virgen del Carmen, patrona marinera en tantos lugares de habla hispana y bajo cuyo manto este bloguero se siente especialmente protegido por una razón que hoy desea compartir, muy complacido, con todos los lectores de este blog, sean habituales o circunstanciales.

La razón a que aludo queda claramente reflejada en el frontispicio elegido como anuncio del desayuno de hoy, pues, a media tarde, cumpliré ochenta años, una cifra redonda, connotativa de consumación y plenitud: lo primero, por alcanzar con ella la vida media estadística de los hombres en España, y lo segundo, por tratarse de una edad muy propicia para rendir cuentas o hacer balance.

Ni que decir tiene que, con tal motivo, me gustaría invitaros a todos, queridos amigos, a algo que sea significativo y deje huella, aunque, remedando a San Pedro al entrar en el templo (Hechos 3: 6), podría deciros parte de lo que él dijo al cojo que le pedía limosna: “no tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy: en el nombre de Jesús de Nazaret, levántate y anda”). Y ¿qué es lo que yo tengo realmente que pueda compartir con vosotros? Obviamente, no tengo dinero para sacar de apuros a quien esté en ellos y de poco me serviría  tener una botella de licor para brindar con todos vosotros por tantos dones recibidos a lo largo de tanto tiempo de vida. Lo que obviamente sí tengo ya hoy son ochenta años y esos sí que me gustaría compartirlos con todos vosotros en la medida de lo posible.

En los momentos en que no me pesa el fardo de los muchos años que llevo a la espalda y mirar atrás no me produce vértigo, me veo a mí mismo como el niño travieso que, por ejemplo, en los años cuarenta, siendo monaguillo, apenas podía con el atril y el pesado misal a la hora de trasladarlos del lado derecho del altar, del de la epístola, al izquierdo, el del evangelio, o como un renacuajo rebelde y zascandil en la escuela primaria, regentada entonces por buenas y sacrificadas monjitas, o, poco después, como el estudiante juguetón de teología que se divertía metiendo en apuros a algunos de los profesores. La verdad es que el tiempo me parece solo una circunstancia ineludible que, aunque vaya acercando poco a poco la meta final y menguando las escasas fuerzas humanas, no tiene ningún poder para cambiar una mentalidad que sigue siendo inquieta, juvenil  y todavía ilusionada con proyectos a largo plazo. Por todo ello, no deja de ser un serio “contratiempo” sentirse joven de espíritu e incluso de cuerpo y que, de repente, te pase por la mente, como una ráfaga de metralleta, la sima abisal de los ochenta años ya transcurridos.

Tras una larga vida laboral azarosa, con frenazos y acelerones, cuando ahora me asomo a los evangelios me identifico rápidamente con la oveja perdida, trabada en un zarzal, a la que rescata, pinchándose en las manos y en los brazos, el buen pastor. También me identifico con el hijo pródigo, alocado y despilfarrador, metido de hoz y coz en una pocilga para alimentarse de porquerías, cuyo padre no se contenta con esperarlo pacientemente, sino que sale en su busca y se mancha sus ricos vestidos para sacarlo de la pocilga. Ambas parábolas, me parece, son fuentes inagotables de humanidad, muy válidas para llegar solo  a intuir un poquito hasta dónde llega la bondad del Dios que nos regala el ser y la vida.

Pero, sobre todo, me veo como uno de los protagonistas de la parábola de los talentos (Mt 25:14-30), el siervo que, habiendo recibido solo un talento, ni siquiera puede responder lo que aquel mal siervo dijo: “Señor, te conocía que eres hombre duro, que siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; por lo cual, tuve miedo, y fui y escondí tu talento en la tierra; aquí tienes lo que es tuyo”,  porque lo que realmente ha sucedido en mi caso es que malgasté dicho talento y ahora ya ni siquiera puedo devolver el capital recibido. ¡Desoladora sensación de impotencia abisal ante una situación calamitosa sin excusa posible!

Enfrentado por ello a una deuda particular, proporcionalmente mayor que la deuda pública española, y sin apoyo alguno ni tiempo para renegociarla, queriendo saldarla un buen día, no me quedó más remedio que echar mano del ingenio. Si en nuestra sociedad hay personas mayores que, a cambio de la herencia de sus  pisos o viviendas, se granjean la asistencia de jóvenes durante sus últimos años, ¿por qué no podría yo intentar algo parecido? Y así, ni corto ni perezoso, me armé de coraje para proponerle al “hombre duro” de la parábola un canje, el de mi alma por la deuda contraída con él. Me sorprendió la firme convicción de que él aceptó de buen grado mi propuesta. El negocio no tiene nada de novedoso, pues dicen que son muchos los que venden su alma al diablo por auténticas bagatelas. Mi negocio, en cambio, fue muy rentable para mí al quitarme tamaño peso de la conciencia, si bien debió de ser ruinoso para el inversor que buscaba altas rentabilidades, pues no veo qué de bueno pueda sacar él de un alma huraña y, además, envejecida y gastada.

Tras ello o quizá como consecuencia de ello, yo mismo me asombro de enfrentarme cada mañana a una pantalla en blanco para dejar en ella algún sentimiento o pensamiento que pueda ser de alguna utilidad a sus lectores. Si fuera solo por mí, en vez de sentarme al ordenador, saldría corriendo como alma que lleva el diablo, valga la contradicción, pero debe de haber una mano por medio que me clava a la silla y me embarca en la ardua tarea de decir y gritar cada día que hay una providencia amorosa que nos guía en todos nuestros pasos y que nos recuerda a los cristianos la obligación ineludible de transmitir la fuerza de salvación que hay en la vida y obra de Jesús de Nazaret, al margen de cualquier interés particular o gremial, ideológico o social.

Y ahora sí que llega ya el momento de hablar de lo que realmente tengo para compartir con cuantos gentilmente se avienen a desayunar conmigo cada mañana en este blog.  Cuando hace unos años, informado por un amigo de sus publicaciones en RD, comencé a hacer comentarios en este medio, no tardé en proponer a sus lectores la formación de una “comunidad virtual” para reunirse mentalmente a las diez de la noche, hora española, con el único propósito de elevar la mirada al cielo y decir simplemente “gracias”, en una bonita, emotiva y rápida “oración de acción de gracias” por el día transcurrido. Tras comprometerme posteriormente a mantener el blog de “Esperanza radical”, invité al grupo anterior y a los nuevos lectores a dar un paso más: unirse mentalmente a la misma hora, convirtiendo aquella oración en una eucaristía virtual. Se trata de algo muy sencillo y emotivo, que nada tiene que ver con la misa católica, pero sí, y mucho, con la cena del Señor.

¿Cómo lo hago? Tras convertir imaginativamente el globo terráqueo en un altar, pongo sobre él sus siete mil quinientos millones de habitantes, simbolizados en otros tantos granos de trigo y de uva. En esa ofrenda de pan y vino se condensa el amor, la ternura, la solidaridad y el trabajo de toda la humanidad. Y sobre ella digo: “tomad y comed todos este pan de vida y bebed este cáliz de salvación. Son mi cuerpo y mi sangre compartidos, dice Jesús. La paz sea con todos”. Así de escueto y sencillo. Es muy hermoso sentirse comensal en la mesa del Señor, pero lo es mucho más sentirse comida por lo que ello implica, pues si lo primero es fácil y agradable, lo segundo requiere una acción penitencial de profunda conversión ascética: para ser pan los granos de trigo han de ser segados, trillados, molidos, fermentados y cocidos, y algo parecido ocurre con los de uva para transformarse en vino.

Amigos lectores, este es el regalo que hoy me complace haceros de todo corazón. Cada uno de los contenidos de este blog son prueba fehaciente de que deseo ser comida en vuestras propias eucaristías. A los ochenta años la vida se simplifica una barbaridad, pues desaparecen las vanidades y a los egos, en caso de seguir vivos, les quedan pocos resuellos. A tal edad, el paso del tiempo apremia y desaparecen por completo las ganas de seguir haciendo trampas en el propio “solitario”: la verdad reivindica su refulgencia, a la sinceridad le repugnan las rentabilidades fraudulentas, se acortan las posibilidades de seguir dando abrazos y el deseo de hacer el bien debe aprovechar ya las pocas oportunidades que se presenten. Queda ya poco tiempo para lo bueno, y ninguno para lo malo.

Celebro hoy alborozado que el Dios de mi fe, siempre padre, siempre bueno, siempre perdón y siempre mal negociante, debido a que su gracia redimensiona siempre su justicia, haya comprado mi destartalada alma y me obligue cada mañana a sentarme delante del ordenador para haceros llegar, a través de su pantalla, un abrazo de gozosa comunión en el espíritu de Jesús de Nazaret. Celebro también que hoy la Virgen del Carmen me haya invitado a sumergirme en las profundidades del mar de mis propios sentimientos para compartir con vosotros las bellezas y las alegrías que nuestra condición de cristianos nos depara.

Y, como durante el tiempo que he estado escribiendo lo que precede, en Madrid ha tenido lugar una hermosa celebración pública de Estado en homenaje a todas las víctimas del coronavirus, a los muertos y enfermos, los españoles y los de cualquier otro lugar del mundo, en este blog quiero, hoy de forma muy especial porque es algo que debemos hacer todos los días, derramar una lágrima y elevar una acción de gracias al cielo por la vida de todos y cada uno de ellos. Para nosotros, los cristianos, los seres queridos se van de nuestro lado, pero nunca de nuestros corazones, pues estamos convencidos de que la muerte no es el final de nada, sino el principio de todo. Amén.

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