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Del “Dios objeto” a la “Fuente común”

Jueves, 23 de julio de 2020

aguaStefano Cartabia, Oblato,
Uruguay

ECLESALIA, 13/07/20.- Tal vez el “gran pecado” del cristianismo fue haber transformado a Dios en un objeto. Sin duda fue un proceso inconsciente y hasta necesario en su desarrollo y en el desarrollo de la conciencia humana. Estoy convencido que buena parte de la crisis actual de la iglesia católica y del cristianismo se deba a esta desviación.

Un objeto es algo que –por definición– está en frente a un sujeto que puede verlo, conocerlo, manipularlo.

No hay que entender “objeto” simple y solamente en su sentido material, como una “cosa”, sino en su sentido más amplio. En este sentido una imagen mental puede ser considerada un “objeto”. Es justamente en este sentido que el cristianismo ha reducido el Misterio: Dios como una imagen mental, algo que puede ser pensado y aislado independientemente del sujeto pensante. El objeto es otro del sujeto, hay separación entre sujeto y objeto.

Desde estas verdades tan simples se desencadenan unas cuantas y problemáticas consecuencias: Dios pasa a ser un Superente, separado, distante, externo, manipulable.

Y, desde esta concepción de Dios, siguen otras consecuencias y las formas de vivir el cristianismo que bien conocemos: la separación entre fe y vida, una liturgia aséptica y que poco o nada tiene que ver con la vida, una fe centrada en una moral heterónoma, un cristianismo centrado en la doctrina y siempre pendiente de la jerarquía, una vida de oración estéril y aburrida, el aniquilamiento de la alegría y la creatividad.

Reitero que esta deriva no se dio –así lo suponemos en clave general– por mala intención de alguien. Simplemente aconteció y, si aconteció, por algo aconteció. Sin duda tuvimos que pasar por esa etapa. Ahora estamos despertando y nos estamos dando cuenta del error, del límite de esta visión y estamos entrando en una nueva y fundamental etapa.

Lo que llamamos “Dios” no es un objeto y no puede serlo: por maravilloso, grandioso o infinito que sea el susodicho objeto. Comprender esto, hacer experiencia de esta verdad, es fundamental.

La mística es el camino de regreso a casa. El silencio nos conducirá a casa. Casa como lugar donde caen todas las ilusorias separaciones, donde ya no existe sujeto y objeto, donde vivimos la experiencia fundante de lo Uno.

En el silencio no hay objetos y se purifica nuestra terrible inercia de objetivar al Misterio.

Si logramos leer el evangelio libres de los condicionamientos mentales, doctrinales y culturales, lograremos percibir la auténtica experiencia de Jesús y entraremos en su experiencia y en su conciencia.

Entonces captaremos desde dentro sus palabras: “El Padre y yo somos una sola cosa” (Jn 10, 30): no hay objeto.

Para Jesús el “Padre” no es alguien o Algo que vive “afuera” e independientemente de él mismo. El “Padre” es la raíz de su propio ser, el Misterio de Amor en el cual Jesús se mueve, ama, actúa. El “Padre” es la Fuente común de la cual todos bebemos agua viva.

Obvio que el mismo Jesús tuvo que expresar esta experiencia no-dual en términos duales. No hay otro camino, porque el lenguaje es necesariamente dual. Por eso es fundamental ir más allá del lenguaje y sobre todo no absolutizarlo. La sabiduría consiste en captar la esencia no-dual que se esconde en su expresión dual.

¿Qué hay detrás de las palabras de Jesús “el Padre y yo somos una sola cosa”? Desde la experiencia mística en la cual el silencio nos introduce podemos comprender la frase de esta manera: la realidad es esencialmente Una y el fondo último de lo real es el Misterio de Amor que nos constituye y del cual somos expresión y revelación.

Jesús nos revela la esencia constitutiva de lo real: no solo él es Uno con el Misterio, sino todo vive de la profunda unidad con el Misterio. Todo se remite a la Fuente Una, brota desde ahí, fluye desde ahí y es revelación de la misma. Jesús descubre en él lo que somos todos y el secreto último de la vida.

Todo esto desemboca en el gran anuncio cristiano: Dios es relación, Dios es Trinidad. Cuando decimos que Dios es Trinidad estamos diciendo que la relación lo constituye y por eso vale la afirmación opuesta: la Relación es Dios. La estructura relacional del Universo expresa la esencia divina.

En palabra de Raimon Panikkar: la estructura cosmoteandrica (cosmos/Dios/hombre) de lo real. La realidad –es decir, lo que es– está constituida armónicamente por lo divino, lo humano, lo cósmico.

No hay nada separado de nada. Dios, hombre y cosmos no son tres “cosas” que existen o puedan existir separadamente sino que constituyen la única realidad expresándose en formas distintas. La realidad es Una y está constituida por esa tres dimensiones: en la vida real y concreta de todos los días estas dimensiones conviven en profunda simbiosis y armonía. Donde encontramos una también está la otra.

En la constitución cosmoteándrica de la realidad es importante subrayar un fundamental matiz: el Misterio último de lo real –la Fuente– no se agota en su dimensión (expresión, revelación, manifestación) humana y cósmica. En la dimensión cosmoteándrica de lo real, lo divino tiene una prioridad ontológica esencial: es lo que hace ser y subsistir la misma realidad. El cosmos y el ser humano constituyen la misma realidad en cuanto manifestación de la misma, pero cuando la manifestación se termina, lo divino obviamente, continua. Lo manifestado vuelve a lo inmanifiesto. La Fuente no se agota.

En cuanto existe manifestación no es posible separación alguna: cada manifestación es necesariamente cosmoteándrica. En cuanto se termina la manifestación, queda la esencia inmanifiesta de la misma: lo divino que en ella se revelaba.

La realidad Una está constituida –mejor dicho: va constituyéndose a cada instante– por la relación. Todo está en relación, todo es relación. Todo existe y se define por la relación. Y este Misterio relacional no es otra cosa que el Misterio divino, inefable, indecible. El Misterio último de la realidad es entonces la relacionalidad.

Pongamos un ejemplo: salgo a la calle a caminar. Me detengo delante de un árbol que me gusta y me llama la atención. El árbol, a través de los sentidos (especialmente la vista, el tacto, el oído) entra en mi campo de consciencia. Soy consciente del árbol, el árbol está ahí, puedo tener experiencia del árbol. Una primera observación: el árbol está ahí porque soy consciente de él. El árbol surge simultáneamente con mi consciencia de él. En términos de física cuántica podríamos hablar del “colapso de la función de onda”.

Abro un paréntesis: me parece fascinante y sugerente la comparación con la física cuántica: abre caminos de comunión y comprensión reciproca entre la experiencia del Misterio y la visión científica. Mística y física cuántica se pueden fecundar y alimentar recíprocamente.

Seguimos con nuestro hilo argumental. La ciencia todavía no tiene muy claro como interpretar el “colapso de la función de onda”, quedan muchos enigmas a resolver. Yo tampoco soy un experto. Pero creo que vale la pena abrir está puerta, con humildad y confianza.

¿Qué es el “colapso de la función de la onda”? En palabras sencillas podemos decir que la energía (átomos, luz…) está por todo lado y por ninguno en cada momento; en cuanto interviene la consciencia observadora de un sujeto, la energía colapsa en una forma concreta. En realidad los experimentos que atestiguan esta verdad se hicieron sobre los átomos y las partículas subatómicas. Por eso que las leyes de la física cuántica valen por la realidad micro y todavía no logramos validarlas para lo macro, donde aparentemente sigue vigente la física de Newton.

Vamos a nuestro tema. La observación produce un colapso de la energía que asume un “rostro” concreto; en nuestro caso un árbol. El árbol no existe independientemente de mi consciencia de él… mentalmente me lo puedo imaginar y puedo suponer que seguirá ahí después de que yo siga mi camino. Pero, en sentido estricto, solo existe y solo puedo tener experiencia de él en el momento que aparece en mi conciencia. Este primer y sencillo paso evidencia desde ya la relacionalidad de lo real, a partir de las cosas más sencillas y cotidianas.

Podemos dar un ulterior paso. Si miro detenidamente el árbol que tengo delante de mí, puedo darme cuenta que solo existe y está existiendo en relación: con mi conciencia de él como vimos, con la tierra, el aire, el sol, los demás árboles, los pájaros y los insectos, las demás personas… No existe el árbol por sí solo, aisladamente.

Parece esencial entonces el rol del observador. Si es verdad que el árbol aparece porque lo estoy observando es también verdad que yo mismo soy parte del sistema, yo también soy “un colapso de la función de onda.

¿Quién o Qué me está observando? Acá entra la experiencia mística, atestiguada por tantos y tantas a lo largo y ancho de la historia y del mundo.

El Misterio, la Fuente (podemos llamarlo “Dios” si nos ayuda en la comprensión) me está observando y esta observación – una mirada de amor en términos cristianos – me está creando aquí y ahora.

Un paso más, decisivo. Esta Mirada divina no es distinta de mi propio mirar. “El ojo con el cual veo a Dios es el mismo ojo con el cual el me ve”, dice el místico alemán Angelo Silesio.

Existo por esa mirada y miro a través de esa mirada. Mi mirar es el mirar de Dios y el mirar de Dios es mi mirar: ni uno ni dos.

Eso obviamente vale para mi y para cualquier otro ser humano: el observar de Dios a través de la mirada humana es el mismo mirar. Un mismo mirar que se funde en simbiosis única y original con el mirar de cada cual.

Es en este sentido que somos co-creadores. Observando la realidad la estamos co-creando.

El famoso árbol manifiesta una colapso de la función de onda no solo por mi mirar, sino por el mirar del otro, de los otros. En estas múltiples y distintas miradas está la única mirada, el Único Observador que, observándonos, nos crea simultáneamente a nosotros y al árbol.

La creación y la vida misma son este juego de miradas conscientes y miradas de amor. Mi existencia es la mirada de Dios y mi existir es visión de Dios. Soy visto y en esta mirada estoy siendo y estoy viendo.

A esta altura la pregunta esencial y fundamental es:

¿Cómo hacer experiencia “de” Dios?

Podemos identificar dos caminos, siempre reconocidos por las tradiciones espirituales y que van de la mano: el camino de purificación o purgativo y el camino unitivo.

El camino purgativo es el camino de purificación: observar la mente, desconfiar de los pensamientos, silenciar la mente. La mente está pensada como herramienta para manejar lo manifiesto y lo manifiesto es siempre dual, sujeto y objeto. Por eso la mente no tiene la capacidad de percepción de lo Uno. Purificar la mente es volverse más sencillos, más transparentes, más libres de los pensamientos, sentimientos, emociones. Es un camino de autoconocimiento psico-espiritual que transita por varias etapas y varias capas de profundidad. Un camino nunca acabado en realidad.

El camino unitivo: percibir la Vida Una. Crecer en la percepción que somos Uno con la Vida. Confiar en el proceso de la Vida.

Hablando en sentido estricto no hay una experiencia “de” Dios. El “de” convierte automáticamente a Dios en objeto.

Dios es el “ambiente vital” desde el cual vivimos toda experiencia. Dios es la posibilidad última de toda experiencia. Por eso, desde este radical perspectiva, no podemos hablar de experiencia de Dios. Le hacemos esta concesión al lenguaje para poder comunicarnos y entendernos, pero sería importante ser consciente de los limites del lenguaje mismo.

En realidad lo que vivimos es pura experiencia, puro conocer, sin un “yo” que experimenta y lo experimentado, sin un conocedor y lo conocido. Cuando nos establecemos en la pura experiencia (pura conciencia) todo se vuelve trasparente y sencillo. En la pura experiencia solo hay Dios y todo se transforma en experiencia de Dios. Mejor dicho: experiencia y “Dios” coinciden.

La mente se vuelve serena y pacifica, se abre “el tercer ojo”, la visión interior, y desarrollamos la intuición. Empezamos a ver la realidad así como es, sin los filtros mentales e interpretativos. Todo se vuelve diáfano y luminoso. Todo es transparencia del Misterio, todo es símbolo del Ser.

Resumiendo. Los caminos de purificación y unitivo van de la mano, son simultáneos. No son etapas cronológicas. A cada momento vivimos los dos, aunque según los momentos y las etapas puede que uno prevalezca sobre el otro.

Para experimentar el Misterio estamos llamados a silenciar la mente, a crecer en conciencia y en autoconocimiento. Reconociendo nuestros estados mentales y emocionales aprenderemos a ser libres. Desde esta libertad radical podremos asumir y vivir con serenidad y totalidad cada acontecimiento que la Vida nos ofrece.

Descubriremos cada vez más que somos esa misma Vida, somos parte del mismo Misterio que estamos buscando. No necesitaremos seguir buscando, porque nos daremos cuenta que no hay una experiencia de Dios afuera de nosotros mismos. Somos esta misma experiencia. Somos Uno con el Misterio, Uno con la Vida.

Esa conciencia será la Paz total y la alegría plena.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Sed sedienta

Jueves, 2 de mayo de 2019

Del blog Nova Bella:

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Más he aquí que ahora,

abrasado y anhelante,

vuelvo a tu fuente.

Nadie me lo prohíba:

que beba de ella y viva de ella.

*

San Agustín,
Confesiones

***

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La fuente

Lunes, 30 de abril de 2018

Del blog Nova Bella:

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Dentro de mí hay una fuente muy profunda. Y en esa fuente está Dios. A veces consigo llegar a ella; a menudo está cubierta de piedras y de arena: entonces Dios está sepultado. Es necesario, pues, desenterrarlo de nuevo. Me imagino que algunas personas rezan con los ojos dirigidos al cielo: buscan a Dios fuera de ellas. Hay otras personas que inclinan la cabeza profundamente, ocultándola entre sus manos. Creo que buscan a Dios dentro de sí.

*

Etty Hillesum

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***

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Buscando la fuente

Miércoles, 22 de julio de 2015

Del blog de la Communion Béthanie:

buscando la fuente

Así como el calor del verano es pesado,
Nuestra vida se vuelve más pesada
volviéndose más fecunda.
Dios mío, ayúdanos a llevar su peso
Como llevamos el peso de los días de verano.
Ayúdanos a llevar sus tendencias contradictorias,
Como se lleva una tormenta que no dura.
Ayúdanos a volver sin cesar a tu gracia
Como a la única fuente fresca

*

Madeleine Delbrêl

***

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“Fuente, Faz y Brisa: fe trinitaria sin escolástica trinidad”, por Juan Masiá, sj

Domingo, 31 de mayo de 2015

trinite-misericordieuse-486598_2De su blog Vivir y Pensar en la Frontera:

La Fuente, La Faz y la Brisa: tres concreciones de la vivencia de fe (por cierto, en femenino las tres!).

Fe trinitaria, sí, pero sin misteriosa trinidad.

Me preguntaban en Japón personas de otras religiones si los cristianos somos politeístas creyentes en tres dioses. Y alguien llegó a preguntar si eran cuatro, al añadir a “Maria-Sama” (Santa María) a la lista.

Nuestras sutilezas teológicas occidentales son culpables de estos equívocos.por haber hablado de “la Trinidad” como si fuera información objetiva sobre Dios.

“Trinidad” es un nombre abstracto, que no sirve para hablar de nuestra fe en el Dios Único, ni siquiera acentuando el tratamiento reverente con el nombre de Santísima Trinidad. Al contrario, el nombre de “Trinidad”, por muy bien que se explique, acaba sugiriendo tres divinidades.

En vez del nombre abstracto “Trinidad”, es preferible el adjetivo concreto: “trinitaria”, con el que calificamos la manera de creer.

Es trinitaria la manera de encontrarnos mediante la fe con el Dios Único, El Que Vive. Es trinitaria la estructura del Credo: Creo en el Dios Unico, al que llamamos Padre y Madrre. Creo en Jesús, Rostro y Símbolo de Dios que nos lo reveló. Creo en el Espíritu, Presencia y Energía de Dios en nosotros.

También es trinitario el cuestionario bautismal, en el que respondemos así a sus tres preguntas por la fe en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo:

1) Creo en Dios, Fuente de la Vida. Creemos en silencio, cuando contemplamos las maravillas de la Creación y de todo viviente.

2) Creo en su epifanía mediante Jesús, el Enviado/Revelador del rostro divino. Creemos al encontrarnos -en su vida, palabras y obras- con el misterio del Dios Único, manifestado en Cristo.

3) Creo en su Espíritu de Vida, presente en el interior de todo viviente. Creemos, porque su espíritu nos hace creer.

En esta manera triple o trinitaria de vivenciar la fe, nos encontramos con el Dios Único: la Fuente, la Faz y la Brisa, Vida de la vida.

No son simétricas las frases de la tercera parte del Credo: “Creo en el Espíritu, creo en la Iglesia, en el perdón, etc.”. Cuando se alinearon simétricamente en latín las frases “creo en el Espiritu, en la iglesia, en el perdón, en la resurreccion…” , se difuminó la subordinación de las afirmaciones sobre la iglesia, el perdón y la resurreción a la confesión de fe en el Espíritu, de la que forman parte.

Pero no son estas afirmaciones paralelas; creer en el Espíritu, creer en la iglesia, creer en el perdón, etc… Se trata de una única afirmación de fe en el Espíritu: “Creo en el Espíritu estando en la Iglesia, creo en el Espíritu que nos da el perdón, creo en el Espíritu que nos resucita”.

El Espíritu es el símbolo de la presencia continua en el mundo de la Fuente Creadora de la Vida. El Espíritu que animaba y empujaba a Jesús (Mc 1,12) es la clave para una cristología articulada desde el pneuma de Jesús, en vez de expresarla con las imágenes del entorno del logos.(Véase el magnífico libro de Roger Haight, Jesús símbolo de Dios, en Ed. Trotta),

El Espíritu nos hace creer, nos hace orar y poder dirigirnos a la Fuente de la Vida diciéndole: ¡Abba! Padre, Madre! (Rom 8, 15). Con razón dijo Jesús: “Os conviene que yo me vaya, porque entonces os enviaré mi Espíritu para que os acompañe siempre”. (Jn 16, 7).

“No apaguéis el Espíritu” , dice la Carta a la iglesia de Tesalónica (1 Thes 5,19), es decir, no extingáis la energía que hace creer, crear y resucitar. Cada vez que, a lo largo de la historia, las religiones apagan el fuego del Espíritu, hay que reavivar el brasero de la espiritualidad más allá de las religiones. Jesús trae fuego que no destruye, sino renueva: fuerza vivificadora y, a la vez, desenmascaradora y discernidora de los poderes de muerte que intentan sofocarlo.

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“La fuente (III)”, por Gema Juan OCD

Martes, 3 de marzo de 2015

16263558616_21fefdcd88_mDe su blog Juntos Andemos:

Con unos versos emocionantes, Juan de la Cruz comparte su experiencia de la fuente divina, de la «eterna fonte». En su Cantar del alma que se huelga de conocer a Dios por fe, dice: «Qué bien sé yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche».

Hablará de una fuente escondida, pero que sabe dónde hallar. Apenas da comienzo a su Cántico Espiritual, escribe: «No le vayas a buscar fuera de ti, porque te distraerás y cansarás y no le hallarás ni gozarás más cierto, ni más presto, ni más cerca que dentro de ti. Solo hay una cosa, que, aunque está dentro de ti, está escondido».

La «fuente viva de Dios» está dentro, en las entrañas del ser humano y nadie está privado de esta agua y de vivir en la abundancia de esta fuente interior. Y, sin embargo, la sequedad prende en muchos seres humanos y reseca las entrañas, quitando la alegría de vivir y la luz para entender y avanzar en todo lo bueno.

No es necesario llegar al final del trayecto para beber. Eso haría fácil perder la perspectiva, el horizonte del camino; en realidad, el mismo caminar hacia la fuente ya refresca la vida. Sin embargo, Juan sabe que es fácil «entretenerse», perder la pista, el hilo que lleva a lo profundo.

Por eso, el maestro de espíritu que hay dentro del fraile carmelita, hace cuanto puede por enseñar el camino a lo profundo. Dirá que «el que ha de hallar una cosa escondida, tan a lo escondido y hasta lo escondido donde ella está ha de entrar». Hay que ir a por ello, no se tropieza sin más con lo más auténtico del ser.

Enseguida explicará que para ir, hay que cerrar una puerta. Dirá: «Cerrando la puerta sobre ti, es a saber, tu voluntad a todas las cosas, [ora] a tu Padre en escondido; y así, quedando escondida con Él, entonces le sentirás en escondido, y le amarás y gozarás en escondido, y te deleitarás en escondido con Él».

Al fondo, hay algo que merece la pena: la posibilidad de vivir en la alegría –gozarás, te deleitarás…–, en medio de todas las quiebras que trae la vida. Por supuesto, Juan habla de la alegría que nace del amor, de saberse amado y de comprender que es posible corresponder.

No dice que haya que cerrar la puerta a todas las cosas, sino a la voluntad de ellas. Porque sabe que «carecer de las cosas… no desnuda el alma si tiene apetito de ellas». La libertad no viene por la carencia sino por la elección. Se trata de cerrar la puerta a «todo lo que no es Dios», a todo lo que no pasa por el filtro del evangelio.

Para cerrar la puerta y beber, lo único necesario es tener sed, porque el agua mana para todos sin excepción y sin medida, pero hay que ir a buscarla. Por eso Juan no solo dice que la fuente está escondida en lo profundo, sino que hay que caminar aunque sea a oscuras —«aunque es de noche», insiste.

Oscuramente se avanza, porque se trata de un camino de fe, donde solo la confianza alumbra. Porque es fácil irse «tras lo que más luce y llena nuestro ojo… siendo lo que peor nos está y lo que a cada paso nos hace dar de ojos». Hay que apagar –dirá– lo que «ofusca y embaraza», lo que embota la razón y retiene los pasos.

Y a oscuras, porque la inmensidad del manantial deslumbra, excede todo lo visible y es inabarcable para el espíritu humano. Dios es «excesiva luz».

Y es un misterio, pero no como un secreto cerrado sino como una fuente sin principio ni fin. Juan dirá que la «espesura de sabiduría y ciencia de Dios es tan profunda e inmensa, que, aunque más el alma sepa de ella, siempre puede entrar más adentro, por cuanto es inmensa y sus riquezas incomprehensibles». Siempre se puede ir más allá.

Dios es fuente eterna y llama incansablemente. Lo recuerda también el poema de La fonte: «Aquí se está llamando a las criaturas, y de esta agua se hartan, aunque a oscuras». Llama para «hartar». Para hacer rebosar al ser humano de bien. No le basta comunicarse un poco, Dios aspira a la totalidad con cada ser humano.

Por eso, cuando comente la estrofa que habla de la cristalina fuente, en Cántico, dirá que solo el amor guía en la búsqueda del agua y que ese amor hace la semejanza entre la fuente y el caminante, entre Dios y el ser humano. Y llegará a decir que «así, cada uno vive en el otro, y el uno es el otro y entrambos son uno por transformación de amor».

Hablando de esa transformación, escribirá en Llama: «Todo lo que se puede en este caso decir es menos de lo que hay; si se advierte que el alma está transformada en Dios, se entenderá en alguna manera cómo es verdad que está hecha fuente de aguas vivas, ardientes y fervientes en fuego de amor, que es Dios».

Eso es lo que espera al ser humano en las fuentes de la Gracia: espera a Dios mismo, para darse en plenitud, «como aguas de vida que hartan la sed del espíritu con el ímpetu que él desea».

Mientras tanto, el ser humano camina y Dios le da su Espíritu, que sostiene en el camino e ilumina los pasos porque «está escondido en las venas del alma, está como agua suave y deleitable, hartando la sed del espíritu en la sustancia del alma».

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“La fuente (II)”, por Gema Juan OCD

Lunes, 2 de marzo de 2015

16288610732_07cfdb37de_mLeído en su blog Juntos Andemos:

A medio camino entre los Padres de la Iglesia y Edith Stein, se encuentran Teresa de Jesús y Juan de la Cruz, y también ellos bebieron de la fuente inagotable divina, experimentaron a Dios como el manantial de donde todo procede y se sumergieron en él para dar vida.

Ante el misterio de Dios, la fuente madre que no solo da la vida sino que también acoge y recoge en sí a todos los seres humanos, Teresa se conmueve y exclama: «¡Oh Vida, que la dais todos! No me neguéis a mí esta agua dulcísima que prometéis a los que la quieren. Yo la quiero, Señor, y la pido, y vengo a Vos».

Tiene conciencia de que los seres humanos están íntimamente unidos en el camino de la vida y que un mismo fin de amor y plenitud aguarda a todos; por eso, escribía a sus hermanas: «Queramos que no, todos caminamos para esta fuente, aunque de diferentes maneras». El realismo teresiano apunta siempre a la esperanza.

A Teresa, el agua le sirve para explicar el camino de la vida, de la amistad con Dios, de la oración: se trata de hacer florecer el propio huerto y para ello hay que recorrer un camino. Es como ir del pozo a la fuente, aprender a regar y a dejarse empapar. Hay que aceptar el esfuerzo de buscar el agua, para terminar por descubrir que estaba ahí, antes de que todo comenzara, esperando para inundarlo todo.

Se le ocurren cuatro formas de regar el huerto. Es un modo simbólico de hablar. Lo que le interesa es ayudar a entender que merece la pena buscar la fuente. Para eso, hay que echar a andar, escarbar, desbrozar, hasta que Dios pueda «hartar todo este huerto de agua», porque la tierra puede recibirla.

Así es como Teresa empieza a hablar de los «siervos del amor». Esos servidores del amor son los que siguen «por este camino de oración al que tanto nos amó», a Jesús. Son buscadores, que terminarán por descubrir lo que Él mismo decía de su agua: que se convierte dentro «en un manantial que brota dando vida eterna».

«De los que comienzan a tener oración podemos decir son los que sacan el agua del pozo, que es muy a su trabajo», mientras que en «el segundo modo de sacar el agua», la cercanía de Dios se hace palpable, su presencia va transformando la vida y una alegría profunda empieza a abrirse paso.

Hay más. Llega un momento en que ya no parece que se busca el agua, sino que Otro se ocupa de que la tierra la tenga. Teresa dirá que Dios se convierte en el hortelano, que Él es el que trabaja para que crezca la amistad. Y dirá que «como es tal el hortelano, en fin criador del agua, dala sin medida». Dios es la fuente, el «criador del agua» y solo desea derramarse sobre la tierra de sus amigos.

Así, hasta llegar al centro, donde Él mismo se encuentra. Por eso, cuando hable de la cuarta forma de regar dirá que «se goza un bien, adonde junto se encierran todos los bienes». El agua desborda benéficamente, llueve desde lo profundo y se empieza a descubrir la infinita fuente de vida en la que Dios sumerge a quien le busca, el manantial que brota dentro.

Teresa tiene un conocimiento muy profundo de lo humano. Ha tocado sus límites y se ha visto en frustrantes recaídas, sintiendo cómo perdía el agua. Y ha visto que por no preparar la tierra para recibir el agua, algunos preciosos huertos se vuelven estériles. Pero también ha comprobado que de muchas maneras se puede avanzar y por eso cuenta su experiencia:

«Para lo que he tanto contado esto es… para que se vea la misericordia de Dios y… para que se entienda el gran bien que hace Dios a un alma que la dispone para tener oración… y cómo si en ella persevera, por pecados y tentaciones y caídas… tengo por cierto la saca el Señor a puerto de salvación».

Por un lado, todo es cosa de Dios que «como es tan bueno, no nos fuerza, antes da de muchas maneras a beber a los que le quieren seguir, para que ninguno vaya desconsolado ni muera de sed». Por otro lado, la grandeza de la fuente se revela en que de ella «salen arroyos, unos grandes y otros pequeños, y algunas veces charquitos para niños, que aquello les basta, y más, sería espantarlos ver mucha agua».

Dios no atropella, no impone su amor ni obliga a la amistad. Cuando su presencia desbordante anega, es porque la tierra está preparada para recibir. Y, en todo caso, sea cual sea la etapa de la vida y de la relación con Dios, el agua siempre está disponible porque «sin tasa es su misericordia» y da una seguridad para caminar en medio de las incertidumbres de la vida y de los vaivenes a que está sometida.

Teresa ha experimentado la sobreabundancia que mana de las fuentes de Dios, sabe que con esa agua se puede atravesar cualquier desierto y superar los obstáculos de la vida, por eso escribe: «¡Oh fuentes vivas de las llagas de mi Dios, cómo manaréis siempre con gran abundancia para nuestro mantenimiento y qué seguro irá por los peligros de esta miserable vida el que procurare sustentarse de este divino licor».

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“La fuente (I)”, por Gema Juan, OCD

Domingo, 1 de marzo de 2015

16287566941_f726464947_mLeído en su blog Juntos Andemos:

Desde antiguo, Dios ha sido presentido como una fuente infinita. El salmista oraba diciendo: «En ti está la fuente de la vida», y los Padres de la Iglesia hablaban de Dios Padre como «el ojo de la fuente». Dios, como el hontanar del misterio del mundo y de la vida. Como la sobreabundancia y el movimiento incesante, que quiere difundirse.

Muchos místicos han tenido querencia especial por este símbolo, que evoca el fluir de la Gracia, de la fuerza que empuja siempre hacia delante. Habrá remansos, pero lo propio de la fuente es manar incesantemente, regar y dar vida.

Desde la mística cristiana ha sido así. Posiblemente, porque es una mística de participación y correspondencia. Porque ir a la fuente, beber, sumergirse en las aguas de la Vida, significa sumarse al torrente en movimiento, ser parte en el fecundar las tierras próximas e impedir que se estanque el agua.

Edith Stein, que había sentido la necesidad de «acudir a las fuentes de la vida de la gracia», apuntará una llamada, casi imperiosa, desde el manantial: «Llevar a las tinieblas del tiempo la luz de la eternidad, sacar de las ruinas lo que está destinado a durar, y construir el nuevo Templo, y hacer que todos los lamentos callen».

En un texto fuerte, que resulta sumamente actual –Tiempos difíciles y formación– en el que se hacía eco de los abusos y peligros que estaban padeciendo las instituciones formativas en Alemania, Edith recalcará que «si creemos encontrar la fuerza en nosotros mismos solamente, nuestra riqueza interior puede agotarse rápidamente». Por eso es imprescindible acudir a la Fuente.

Los tiempos difíciles no han terminado. Los abusos y los peligros siguen existiendo, de manera importante por lo que se refiere a la formación y cultura desde las instituciones, pero también en otros muchos ámbitos. Edith tenía una visión realista, comprendía que en «muchas de las situaciones que percibimos como abusos, no podemos cambiar nada»; sucede así entonces como ahora. Pero, añadía: «No necesitamos desesperarnos, porque tenemos a disposición una cantidad inagotable de fuentes de vida espiritual»; fuentes que manan de la Fuente.

Desde la fe, es posible dar una respuesta cabal a las dificultades y comprometerse frente a los abusos de cualquier tipo. Así lo creía Edith, que decidió unir las herramientas de la pedagogía y la fe para ayudar, eficazmente, a la formación profunda de las personas. Veía que era un camino excelente para «liberar energías positivas».

Es posible trabajar por esa formación desde múltiples ámbitos, porque lo esencial –como la misma Edith explicaba– es abrir el espíritu y los corazones de los demás para que puedan recibir la riqueza que existe. El mundo tiene unas riquezas que nadie puede robar y es necesario dar «no solo lo que tenemos, sino lo que somos».

Ella siempre da un paso más. Era consciente de que los seres humanos «grandes o pequeños, necesitan algo más que bienes objetivos, necesitan calor y bondad humana». Necesitan humanidad auténtica y ahí el cristianismo tiene un reto y una inmensa posibilidad. Tiene también una misión, un deber de amor, porque Jesucristo hizo de lo humano el camino para vivir en Dios.

«Trazar nuevos caminos y animar a los hombres que han perdido el ánimo y han dejado que la amargura se les impusiese» —esa es la tarea, insistirá Edith. Infundir valentía y confianza, mostrarles que es posible recorrer el camino. Una misión que, en ocasiones, supera las fuerzas y depara fracasos.

Es imprescindible ir a la Fuente. En aquel hontanar se encuentra la fuerza del Espíritu, que da la sabiduría y el Cristo vivo, razón de la misión. Allí se descubre la comunión mayor y se hace la experiencia a la que invita Edith: «Si supiéramos con un saber vivo que nuestra ofrenda tiene un poder redentor en unión con la ofrenda del Salvador: entonces no podríamos desmoronarnos bajo el sufrimiento que aumentase sobre nosotros».

Con esa pasión, con esa autenticidad, con esa humanidad se puede realizar «el máximo trabajo formativo, las más eficaz de las ayudas: conducir hasta las fuentes de la vida de la Gracia».

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La fuente está en ti

Jueves, 26 de febrero de 2015

Del blog Pays de Zabulon:

Yogi-10

Todo lo que ves tiene sus raíces en el mundo invisible.
Las formas pueden cambiar, mientras que la esencia sigue siendo la misma.
Cada espectáculo maravilloso se desvanecerá, cada palabra dulce se difuminará,
pero no te desanimes,
la fuente de la que provienen es eterna, crece,
se extiende, dando una vida nueva y una nueva alegría.
¿ Por qué lloras?
La fuente está en ti,
y el mundo entero viene de ella.

Jalal al-Din Rumi

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Citado por Michael J. Bayly en su blog The Wild Reed (« Le roseau sauvage« )

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