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“La fuente (III)”, por Gema Juan OCD

Martes, 3 de marzo de 2015

16263558616_21fefdcd88_mDe su blog Juntos Andemos:

Con unos versos emocionantes, Juan de la Cruz comparte su experiencia de la fuente divina, de la «eterna fonte». En su Cantar del alma que se huelga de conocer a Dios por fe, dice: «Qué bien sé yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche».

Hablará de una fuente escondida, pero que sabe dónde hallar. Apenas da comienzo a su Cántico Espiritual, escribe: «No le vayas a buscar fuera de ti, porque te distraerás y cansarás y no le hallarás ni gozarás más cierto, ni más presto, ni más cerca que dentro de ti. Solo hay una cosa, que, aunque está dentro de ti, está escondido».

La «fuente viva de Dios» está dentro, en las entrañas del ser humano y nadie está privado de esta agua y de vivir en la abundancia de esta fuente interior. Y, sin embargo, la sequedad prende en muchos seres humanos y reseca las entrañas, quitando la alegría de vivir y la luz para entender y avanzar en todo lo bueno.

No es necesario llegar al final del trayecto para beber. Eso haría fácil perder la perspectiva, el horizonte del camino; en realidad, el mismo caminar hacia la fuente ya refresca la vida. Sin embargo, Juan sabe que es fácil «entretenerse», perder la pista, el hilo que lleva a lo profundo.

Por eso, el maestro de espíritu que hay dentro del fraile carmelita, hace cuanto puede por enseñar el camino a lo profundo. Dirá que «el que ha de hallar una cosa escondida, tan a lo escondido y hasta lo escondido donde ella está ha de entrar». Hay que ir a por ello, no se tropieza sin más con lo más auténtico del ser.

Enseguida explicará que para ir, hay que cerrar una puerta. Dirá: «Cerrando la puerta sobre ti, es a saber, tu voluntad a todas las cosas, [ora] a tu Padre en escondido; y así, quedando escondida con Él, entonces le sentirás en escondido, y le amarás y gozarás en escondido, y te deleitarás en escondido con Él».

Al fondo, hay algo que merece la pena: la posibilidad de vivir en la alegría –gozarás, te deleitarás…–, en medio de todas las quiebras que trae la vida. Por supuesto, Juan habla de la alegría que nace del amor, de saberse amado y de comprender que es posible corresponder.

No dice que haya que cerrar la puerta a todas las cosas, sino a la voluntad de ellas. Porque sabe que «carecer de las cosas… no desnuda el alma si tiene apetito de ellas». La libertad no viene por la carencia sino por la elección. Se trata de cerrar la puerta a «todo lo que no es Dios», a todo lo que no pasa por el filtro del evangelio.

Para cerrar la puerta y beber, lo único necesario es tener sed, porque el agua mana para todos sin excepción y sin medida, pero hay que ir a buscarla. Por eso Juan no solo dice que la fuente está escondida en lo profundo, sino que hay que caminar aunque sea a oscuras —«aunque es de noche», insiste.

Oscuramente se avanza, porque se trata de un camino de fe, donde solo la confianza alumbra. Porque es fácil irse «tras lo que más luce y llena nuestro ojo… siendo lo que peor nos está y lo que a cada paso nos hace dar de ojos». Hay que apagar –dirá– lo que «ofusca y embaraza», lo que embota la razón y retiene los pasos.

Y a oscuras, porque la inmensidad del manantial deslumbra, excede todo lo visible y es inabarcable para el espíritu humano. Dios es «excesiva luz».

Y es un misterio, pero no como un secreto cerrado sino como una fuente sin principio ni fin. Juan dirá que la «espesura de sabiduría y ciencia de Dios es tan profunda e inmensa, que, aunque más el alma sepa de ella, siempre puede entrar más adentro, por cuanto es inmensa y sus riquezas incomprehensibles». Siempre se puede ir más allá.

Dios es fuente eterna y llama incansablemente. Lo recuerda también el poema de La fonte: «Aquí se está llamando a las criaturas, y de esta agua se hartan, aunque a oscuras». Llama para «hartar». Para hacer rebosar al ser humano de bien. No le basta comunicarse un poco, Dios aspira a la totalidad con cada ser humano.

Por eso, cuando comente la estrofa que habla de la cristalina fuente, en Cántico, dirá que solo el amor guía en la búsqueda del agua y que ese amor hace la semejanza entre la fuente y el caminante, entre Dios y el ser humano. Y llegará a decir que «así, cada uno vive en el otro, y el uno es el otro y entrambos son uno por transformación de amor».

Hablando de esa transformación, escribirá en Llama: «Todo lo que se puede en este caso decir es menos de lo que hay; si se advierte que el alma está transformada en Dios, se entenderá en alguna manera cómo es verdad que está hecha fuente de aguas vivas, ardientes y fervientes en fuego de amor, que es Dios».

Eso es lo que espera al ser humano en las fuentes de la Gracia: espera a Dios mismo, para darse en plenitud, «como aguas de vida que hartan la sed del espíritu con el ímpetu que él desea».

Mientras tanto, el ser humano camina y Dios le da su Espíritu, que sostiene en el camino e ilumina los pasos porque «está escondido en las venas del alma, está como agua suave y deleitable, hartando la sed del espíritu en la sustancia del alma».

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