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Archivo para Domingo, 29 de marzo de 2015

¿Quién es este que viene?

Domingo, 29 de marzo de 2015
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Domingo de Ramos*

¿Quién es este que viene,
recién atardecido,
cubierto por su sangre
como varón que pisa los racimos?

Éste es Cristo, el Señor,
convocado a la muerte,
glorificado en la resurrección.

¿Quién es este que vuelve,
glorioso y malherido,
y, a precio de su muerte,
compra la paz y libra a los cautivos?

Éste es Cristo, el Señor,
convocado a la muerte,
glorificado en la resurrección.

Se durmió con los muertos,
y reina entre los vivos;
no le venció la fosa,
porque el Señor sostuvo a su elegido.

Éste es Cristo, el Señor,
convocado a la muerte,
glorificado en la resurrección.

Anunciad a los pueblos
qué habéis visto y oído;
aclamad al que viene
como la paz, bajo un clamor de olivos. Amén.

***

El pueblo que fue cautivo
y que tu mano libera
no encuentra mayor palmera
ni abunda en mejor olivo.
Viene con aire festivo
para enramar tu victoria,
y no te ha visto en su historia,
Dios de Israel, más cercano:
Ni tu poder más a mano
ni más humilde tu gloria.

¡Gloria, alabanza y honor!
Gritad: “¡Hosanna!”, y haceos,
como los niños hebreos
al paso del Redentor.
¡Gloria y honor
al que viene en el nombre del Señor! Amén.

*

(Himnos de las Primeras Vísperas y de los Laudes de la Liturgia de las Horas del Domingo de Ramos, )

***

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“El gesto supremo”. Domingo de Ramos – B (Marcos 14,1–15,47)

Domingo, 29 de marzo de 2015
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808114-563x1024Jesús contó con la posibilidad de un final violento. No era un ingenuo. Sabía a qué se exponía si seguía insistiendo en el proyecto del reino de Dios. Era imposible buscar con tanta radicalidad una vida digna para los «pobres» y los «pecadores», sin provocar la reacción de aquellos a los que no interesaba cambio alguno.

Ciertamente, Jesús no es un suicida. No busca la crucifixión. Nunca quiso el sufrimiento ni para los demás ni para él. Toda su vida se había dedicado a combatirlo allí donde lo encontraba: en la enfermedad, en las injusticias, en el pecado o en la desesperanza. Por eso no corre ahora tras la muerte, pero tampoco se echa atrás.

Seguirá acogiendo a pecadores y excluidos aunque su actuación irrite en el templo. Si terminan condenándolo, morirá también él como un delincuente y excluido, pero su muerte confirmará lo que ha sido su vida entera: confianza total en un Dios que no excluye a nadie de su perdón.

Seguirá anunciando el amor de Dios a los últimos, identificándose con los más pobres y despreciados del imperio, por mucho que moleste en los ambientes cercanos al gobernador romano. Si un día lo ejecutan en el suplicio de la cruz, reservado para esclavos, morirá también él como un despreciable esclavo, pero su muerte sellará para siempre su fidelidad al Dios defensor de las víctimas.

Lleno del amor de Dios, seguirá ofreciendo «salvación» a quienes sufren el mal y la enfermedad: dará «acogida» a quienes son excluidos por la sociedad y la religión; regalará el «perdón» gratuito de Dios a pecadores y gentes perdidas, incapaces de volver a su amistad. Esta actitud salvadora que inspira su vida entera, inspirará también su muerte.

Por eso a los cristianos nos atrae tanto la cruz. Besamos el rostro del Crucificado, levantamos los ojos hacia él, escuchamos sus últimas palabras… porque en su crucifixión vemos el servicio último de Jesús al proyecto del Padre, y el gesto supremo de Dios entregando a su Hijo por amor a la humanidad entera.

Es indigno convertir la semana santa en folclore o reclamo turístico. Para los seguidores de Jesús celebrar la pasión y muerte del Señor es agradecimiento emocionado, adoración gozosa al amor «increíble» de Dios y llamada a vivir como Jesús solidarizándonos con los crucificados.

José Antonio Pagola

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“Pretendían prender a Jesús a traición y darle muerte”. Domingo 29 de marzo de 2015. Domingo de Ramos

Domingo, 29 de marzo de 2015
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24-ramosB cerezoLeído en Koinonia:

Isaías 50,4-7: No me tapé el rostro ante los ultrajes, sabiendo que no quedaría defraudado.
Salmo responsorial: 21: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Filipenses 2,6-11: Se rebajo, por eso Dios lo levantó sobre todo.
Marcos 14,1-15,47: Pretendían prender a Jesús a traición y darle muerte.

Un año más, pedimos disculpas a quienes buscarán un comentario bíblico-teológico «normal» para un domingo de Ramos; esperamos que podrán encontrarlo fácilmente en la red. Nosotros esta vez queremos volver a tratar de hacer un comentario pensando en aquellas personas que –como también nosotros ante el comentario que teníamos ya redactado– se sienten mal ante ese conjunto de conceptos bíblicos que se repiten y enlazan indefinidamente sin salir de un bucle teológico-litúrgico dentro el cual muchos de nosotros –que pensamos como personas seculares, de la calle, con las preocupaciones diarias de la vida– sentimos que casi nos asfixiamos.

En efecto, muchos de nuestros comentarios bíblicos al uso pareciera que se mueven en «otro mundo», un mundo propio de referencias teológicas intrasistémicas, que funcionan con una lógica diferente a la real, y que parecen estar de antemano inmunizados contra toda crítica, porque, en ese ambiente bíblico-litúrgico al que están destinados, en las homilías, todo debe ser escuchado y recibido sin discusión, sin espíritu crítico, «con mucha fe». Los que tenemos una fe más o menos crítica, una fe que no quiere dejar de ser de personas de hoy y de la calle, nos preguntamos: ¿es posible celebrar la semana santa de otra manera? ¿Así como buscamos «otra forma de creer», hay «otra forma de celebrar y acoger la semana santa»?

Veamos. Comencemos preguntándonos: ¿qué sienten, qué sentimos, ante la semana santa, muchas personas creyentes de hoy?

Muchos creyentes adultos (trabajadores, profesionales de las más variadas ramas, y también intelectuales, o simples personas cultas) se sienten mal cuando, en semana santa, por la especial significación de tales días, o por acompañar a la familia –y con el recuerdo de una infancia y juventud tal vez religiosa–, entran en una iglesia, captan el ambiente, y escuchan la predicación. Se sienten de pronto sumergidos de nuevo en aquel mundo de conceptos, símbolos, referencias bíblicas… que elaboran un mensaje sobre la base de una creencia central que fuera del templo uno nunca se encuentra en ningún otro dominio de la vida: la «Redención». Estamos en Semana Santa, y lo que celebramos –así perciben en el templo– es el gran misterio de todos los tiempos, lo más importante que ha ocurrido desde que el mundo es mundo: la «Redención»… El «hombre» fue creado por Dios (sólo en segundo término la mujer, según la Biblia), pero ésta, la mujer, convenció al varón para que comieran juntos una fruta prohibida por Dios. Aquello fue la debacle del plan de Dios, que se vino abajo, se interrumpió, y hubo de ser sustituido por un nuevo plan, el plan de la Redención, para redimir al ser humano que cayó en «desgracia de Dios» desde la comisión de aquel «pecado original», debido a la infinita ofensa que dicho «pecado» le infligió a Dios.

Ese nuevo plan, de Redención, exigió la «venida de Dios al mundo», mediante su encarnación en Jesús, para así «asumir nuestra representación jurídica ante Dios y pagar por nosotros a Dios una reparación adecuada» por semejante ofensa infinita. Y es por eso por lo que Jesús sufrió indecibles tormentos en su Pasión y Muerte, para «reparar» aquella ofensa y redimir así a la Humanidad, y consiguiéndole el perdón de Dios y rescatándola del poder del demonio bajo el que permanecía cautiva.

Ésta es la interpretación, la teología sobre la que se construyen y giran la mayor parte de las interpretaciones en curso durante la semana santa. Y éste es el ambiente ante el que muchos creyentes de hoy se sienten mal, muy mal. Sienten que se asfixian. Se ven trasladados a un mundo imaginario que nada tiene que ver ni con el mundo real de cada día, ni con el de la ciencia, el de la información, o el del sentido más profundo de su vida. Por este malestar, otros muchos cristianos no sólo se han marchado de la semana santa tradicional, sino que se han alejado de la Iglesia.

¿Hay otra forma de entender la Semana Santa, que no nos obligue a transitar por el mundo manido de esa teología en la que tantos ya no creemos?

¿«No creemos», hemos dicho? Ante todo hay que decir –para alivio de muchos– que efectivamente, se puede no creer en tal teología. No se trata de ningún «dogma de fe» (si lo fuera, tampoco ello la haría creíble). Se trata de una genial construcción interpretativa del misterio de Cristo, debida a la intuición medieval de san Anselmo de Canterbury, que desde su visión del derecho romano, construyó, «imaginó» una forma de explicarse a sí mismo el secreto sentido de la muerte de Jesús. Estaba condicionado por muchas creencias propias de la Edad Media, e hizo lo que pudo, y lo hizo admirablemente: elaboró una fantástica interpretación que cautivó las mentes de sus coetáneos tanto, que perduró hasta el siglo XXI. Habría que felicitar a san Anselmo, sin duda.

El Concilio Vaticano II es el primer momento eclesial que supone un cierto abandono de la hipótesis de la Redención, o, para decirlo de otra manera, de una interpretación de la significación de Jesús más allá de la Redención. Por supuesto que en los documentos conciliares aparece la materialidad del concepto, numerosas veces incluso, pero la estructura del pensamiento y de la espiritualidad conciliar van más allá de él. El significado de Jesús para la Iglesia posconciliar –no digamos para la Iglesia con espiritualidad de la liberación– deja de pasar por la redención, por el pecado original, por los terribles sufrimientos expiatorios de Jesús y por la genial «sustitución penal satisfactoria» ideada por Anselmo de Canterbury… Desaparecen estas referencias, y cuando sorpresivamente se oyen, suenan extrañas, incomprensibles, o incluso suscitan rechazo. Es el caso de la película de Mel Gibson, que fue rechazada por tantos espectadores creyentes, no por otra cosa que por la imagen del «Dios cruel y vengador» que daba por supuesta, imagen que, evidentemente, hoy no sólo ya no es creíble, sino que invita vehementemente al rechazo.

¿Cómo celebrar la semana santa cuando se es un cristiano que ya no comulga con esas creencias? Uno se siente profundamente cristiano, admirador de Jesús, discípulo suyo, seguidor de su Causa, luchador por su misma Utopía… pero se siente mal en ese otro ambiente asfixiante de las representaciones de la pasión al nuevo y viejo estilo de Mel Gibson, de los viacrucis, los pasos de las procesiones de semana santa, las meditaciones las siete palabras, las horas santas que retoman repetitivamente las mismas categorías teológicas del san Anselmo del siglo XI… estando como estamos en el siglo XXI…

Bajo la semana santa que oficialmente se celebra, no dejan de estar, allá, lejos, bien adentro de sus raíces ancestrales, las fiestas que los indígenas originarios ya hacían sus celebraciones sobre la base cierta del equinoccio astronómico. Se trata de una fiesta que ha evolucionado muy diferentemente en cada cultura, y muy creativamente al ser heredada de un pueblo a otro, y al contagiarse de una religión a otra. Una fiesta que fue heredada y recreada también por los israelitas nómadas como fiesta del cordero pascual, y después transformada por los israelitas sedentarios como fiesta de los panes ácimos, en recuerdo y como reactualización de la Pascua, piedra angular de la identidad israelita… Fiesta que los cristianos luego cristianizaron como la fiesta de la Resurrección de Cristo, y que sólo más tarde, con el devenir de los siglos, en la oscura Edad Media, quedó opacada bajo la interpretación jurídica de la redención…

¿Por qué quedarse, pues, prendidos de una interpretación medieval, cautivos de una teología y una interpretación que no es nuestra, que ya no nos dice nada, y que podríamos abandonar porque ya cumplió su papel? ¿Por qué no sentirse parte de esta procesión tan humana y tan festiva de interpretaciones y hermenéuticas, de mitos y «grandes relatos» incesantemente renovados y recreados, y aportar nosotros también a esta trabajada historia nuestra propia parte, lo que nos corresponde hoy, con creatividad, responsabilidad y libertad? No podemos dejar de pensar que «Otra semana santa es posible»… ¡y urgente! Y también legítima, por lo menos.

No vamos a desarrollar aquí nosotros una nueva interpretación de estas fiestas. Bástenos ahora cumplir una pretensión doble: aliviar a los que se sentían culpables por desear que «otra semana santa fuera posible», por una parte, y, por otra, de invitar a todos a la creatividad, libre, consciente, responsable y gozosa. No en todas partes o en cualquier contexto será posible, pero sí lo será en muchas comunidades concretas. Si no lo es en la mía, podría serlo en alguna otra comunidad más libre y creativa que tal vez no esté muy lejos de la mía… ¿por qué no preguntar, por qué no buscarla?

Aunque los señalaremos concretamente en los próximos días, recordamos que los temas de la Pasión de Jesús están recogidos ampliamente en la serie «Un tal Jesús», principalmente en los episodios 106 a 126. Los audios y los guiones de estos episodios pueden recogerse libremente de http://radialistas.net/category/un-tal-jesus/ Por su carácter dramatizado, y por la mentalidad crítica con la que ya pudo ser escrita hace treinta años, la serie «Un tal Jesús» presenta, de un modo muy pedagógico, la visión de la vida de Jesús desde la perspectiva de la teología de la liberación. Leer más…

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“Domingo de Ramos 2015. Devolver el Reino a los “pobres”, una historia pendiente “

Domingo, 29 de marzo de 2015
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images129.3.15: Domingo de Ramos: La Entrada de Jesús en Jerusalén, día de la manifestación y promesa del Reino.

Entró para reinar, devolviendo el Reino a los pobres (es decir, al Pueblo de Dios, a los marginados y expulsados del reino de este mundo, conforme al mensaje de Isaías y de los grandes profetas…) pero le mataron, aquellos que tenían y defendían otro reino.

Por eso, importa recordar bien cómo habría reinado si le hubieran acogido o si le acogemos ahora, aunque, de hecho, él está reinando, aunque de otra forma, si aceptamos su propuesta y seguimos su camino .

Había preparado y prometido la llegada de Dios, que es la Humanidad Nueva, desde los expulsados, los pobres y enfermos, en Galilea, con palabras proféticas y gestos de sanación, y así vino a Jerusalén, como líder mesiánico, a la cabeza de un grupo de seguidores, que le llamaban maestro, guía y amigo.

Fue un día como hoy, primer “Domingo” cristiano, promesa de Pascua, hace unos dos mil años, y así entró en Jerusalén encabezando la gran procesión, manifestación definitiva de la historia humana

— Vino como “indignado” de Dios (igual que los profetas antiguos, desde Isaías hasta Juan Bautista), y así realizó su gesto de “limpieza” en el Templo, anunciando, provocando de aquel gran sistema. en contra de aquellos que tenían secuestrado a Dios y esclavizado al hombre. Estaba dispuesto a lograr la destrucción un tipo de “política” socio-religiosa al servicio de los poderosos de siempre.

— Vino como iluminado mesiánico, con la luz nueva de Dios y de la vida humana, en fraternidad liberada, a la cabeza de un grupo de peregrinos, en “marcha de Reino”, anunciando la llegada de estructuras sociales distintas, de justicia, ante las mismas “narices” del poder romano, acuartelado en la torre de Antonio (un triunviro imperial).

— Vino como amigo de sus amigos, cantando los cantos de Dios, es decir, los de la libertad humana… con un “hosanna” que significa “sálvanos, y nos salvaremos”. No traía guardaespaldas militares, ni gorilas policiales, ni poderes económicos. Pidió prestado un asno, y así vino, entre amigos de amigos, haciendo correr la voz de que llega la Humanidad Nueva de Dios.

— No quiso que el tema se decidiera por un tipo de mayoría, no organizó unas votaciones (legales o no, me da lo mismo),pues los grandes temas de la vida (nacimiento, amor y muerte) se arreglan por votaciones, sino con entrega gratuita al servicio de los demás. Además, bien se vio la respuesta oscura y asesina de las votaciones del Viernes Santo, amañadas por los sacerdotes, cuando la mayoría de los comprados por miedo y dinero votaron a favor de su muerte.

 

domingo-de-ramos— Vino con inmensa alegría, con el júbilo nuevo del Dios de Dios, cantando sobre un asno mientras bajaba por la Cuesta del Monte y del Huerto de los Olivos, por el lugar donde el mismo Dios había prometido que vendría, cantando con amigos a su lado, como poeta de esperanza, abriendo un camino de Reino en el que todos pudieran ser reyes, sin ninguno por encima de los otros, ni siquiera él mismo (¡mucho menos él mismo!)

Así vino Jesús a Jerusalén ante Pilato, que miraba desde la Torre de Antonio, y ante Caifás, que le esperaba en la Torre del Templo, y entró abiertamente, como Hijo de David, Mesías Rey, sin signos cósmicos externos como algunos le pedían (caída de astros o murallas), ni “argumentos” militares (ejércitos, armas), o económicos (miles y millones de dineros), sino ofreciendo a cuerpo su paz (humana, divina: es lo mismo), escuchando su “canto interior” (la voz de Dios) y el canto externo de su acompañantes que decían Hosana, Sálvanos oh Dios. De esa forma vino, montado en un asno, entre las palmas de olivo y los ramos (laureles) humildes de la tierra, como Hijo de Dios para el Reino.

Vino para reinar desde Jerusalén, y reina ya en el mundo entero, allí donde haya hombres y mujeres que escuchan su mismo canto y recorren su misma Procesión de Domingo de Ramos.

(Buen a todos. Las páginas que siguen y desarrollan este argumento están tomadas de X. Pikaza, Historia de Jesús, Verbo Divino, Estella 2013).

COMO HABRÍA REINADO JESÚS

1. Jesús no habría actuado como rey político o militar, en el sentido usual del término.

No habría tomado el poder, ni se habría convertido en emperador o regente político. Ciertamente, él se presentaba (y se habría presentado más abiertamente) como “virrey”, delegado y representante de un Dios-Rey, pero no en forma patriarcalista e impositiva, sino como amigo y hermana de los hombres, es decir, como Mesías (cf. Mc 3, 31-35). En esa línea podemos añadir que él habría venido a presentarse como signo y representante del Hijo del Hombre, es decir, de una humanidad reconciliada y fraterna.

Nos faltan modelos para imaginar este reinado de Jesús, pues nuestras categorías mentales y sociales se encuentran marcadas por dinámicas de poder militar, político o sagrado. Ciertamente, Juan ha trazado el perfil del reinado de Jesús, diciendo que ha venido a “dar testimonio de la verdad” (Jn 18, 37); pero la verdad de su Reino no sería como la verdad de los sabios platónicos que se imponían sobre militares y trabajadores (como quiere la República VI), sino verdad de amor compartido, desde los más pobres.

2. El Reino de Jesús implicaría un nuevo tipo de relaciones humanas.

No habría necesitado instituciones militares de dominio externo, ni estructuras económicas de poder. En un primer momento, Roma podría haber seguido funcionando con sus medios militares y administrativos, en un nivel externo, de manera que los seguidores y amigos del “Reino mesiánico” de Jesús podrían haberse establecido y extendido a través de una red de conexiones personales de tipo no-gubernamental, no-militar.

Jesús no habría promovido un levantamiento armado; por eso, los miembros de su Reino no necesitaban acudir a las armas. No habría destruido con violencia las redes de dominio económico, pero se habría situado en un nivel más hondo, creando unas formas de convivencia y colaboración inmediata, de manera que, poco a poco (o por una mutación rápida), el orden político romano se habría vuelto innecesario, una realidad que se va vaciando desde dentro y que pierde su utilidad. Leer más…

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Domingo de Ramos. Ciclo B

Domingo, 29 de marzo de 2015
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A8 DOMINGO DE RAMOS jpgDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Este domingo se lee el relato de la Pasión de Jesús en el evangelio de Marcos. Dada su extensión me limito a sugerir dos puntos de atención (Jesús y sus discípulos) y a ofrecer cuatro posibles lecturas de la pasión.

Dos puntos de atención

¿Quién es Jesús?

El relato del capítulo 15 supone un gran contraste con el de los dos anteriores, 13-14. En estos, Jesús se enfrenta a toda clase de adversarios en diversas disputas y los vence con facilidad. Ahora, los adversarios, derrotados a nivel intelectual, deciden vencerlo a nivel físico, matándolo (14,1). Lo que más se destaca en Jesús es su conocimiento y conciencia plena de lo que va a ocurrir: sabe que está cercana su sepultura (14,8), que será traicionado por uno de los suyos (14,18), que morirá sin remedio (14,21), que los discípulos se dispersarán (14,27), que está cerca quien lo entrega (14,42). Las palabras que pronuncia en esta sección están marcadas por esta conciencia del final y tienen una carga de tristeza. Como cualquiera que se acerca a la muerte, Jesús sabe que hay cosas que se pierden definitivamente: la cercanía de los amigos (“a mí no siempre me tendréis con vosotros”: 14,7), la copa de vino compartida (14,25). No falta un tono de esperanza: del vino volverá a gozar en el Reino de Dios (14,25), con los discípulos se reencontrará en Galilea (14,28). Pero predomina en sus palabras un tono de tristeza, incluso de amargura (14,37.48-49), con el que Marcos subraya ―una vez más― la humanidad profunda de Jesús.

Cuatro veces se debate en estos capítulos la identidad de Jesús: el sumo sacerdote le pregunta si es el Mesías (14,61), Pilato le pregunta si es el Rey de los judíos (15,2), los sumos sacerdotes y escribas ponen como condición para creer que es el Mesías que baje de la cruz (15,31-32), el centurión confiesa que es hijo de Dios (15,39). A la pregunta del sumo sacerdote responde Jesús en sentido afirmativo, pero centrando su respuesta no en el Mesías, sino en el Hijo del Hombre triunfante (14,62). A la pregunta de Pilato responde con una evasiva: “tú lo dices” (15,2). A la condición de los sumos sacerdotes y escribas no responde. Cuando el centurión lo confiesa hijo de Dios, Jesús ya ha muerto.

Los discípulos

Los datos son conocidos. Se entristecen al enterarse de que uno de ellos lo traicionará; pero, llegado el momento, todos huyen. Una vez más, Pedro desempeña un papel preponderante. Se considera superior a los otros, más fiel y firme (14,29), pero comenzará por quedarse dormido en el huerto (14,37) y terminará negando a Jesús (14,66-72). En este contexto de abandono total por parte de los discípulos adquiere gran fuerza la escena final del Calvario, cuando se habla de las mujeres que no sólo están al pie de la cruz, sino que acompañaron a Jesús durante su vida (15,40-41).

Cuatro lecturas posibles de los relatos de la pasión de Jesús.

La lectura de identificación personal y afectiva

El testimonio escrito más antiguo que poseemos en este sentido es el de san Pablo. A veces, cuando habla de la muerte de Jesús, lo hace con frialdad dogmática, recordando que murió por nuestros pecados. Pero en otra ocasión lo enfoca de manera muy personal y afectiva: “He quedado crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que vive Cristo en mí. Y mientras vivo en la carne vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” (Gal 2,19-20). En línea parecida, san Ignacio de Loyola, en la tercera semana de los Ejercicios espirituales, cuando se contempla la pasión, el ejercitante debe pedir “dolor con Cristo doloroso, quebranto con Cristo quebrantado, llanto, pena interna de tanta pena como el Señor pasó por mí”.

La lectura indignada

Es la que practicamos todas las mañanas al leer el periódico, cuando acompañamos la lectura de los titulares y de las noticias con toda suerte de imprecaciones, insultos y maldiciones. Los relatos de la pasión cuentan tal cantidad de atropellos, injusticias, traiciones, que se prestan a una lectura indignada. Sin embargo, los evangelios nunca invitan al lector a indignarse con la traición de Judas, a maldecir a las autoridades judías o romanas que condenan a Jesús, a insultar a quienes se burlan de él, a sentir como en el propio cuerpo los azotes, la corona de espina o los clavos, a llorar la muerte de Jesús. En ningún momento pretenden los evangelios excitar los sentimientos y, mucho menos, fomentar el sentimentalismo.

La lectura detallada

http://www.4shared.com/postDownload/YtfXHj0K/pasion_en_mc.html

Mi comentario, que puede bajarse de la dirección indicada más arriba, consiste en una lectura del texto, prestando gran atención a cuatro aspectos:

1) la división minuciosa de cada episodio, que a veces quizá parezca exagerada, como cuando distingo siete momentos en el relato de la oración del huerto; pero es la única forma de no pasar por alto detalles importantes.

2) los protagonistas, advirtiendo qué hacen o no hacen, qué dicen o no dicen, cómo reaccionan, por qué motivos se mueven, qué sienten.

3) la acción que se cuenta y sus presupuestos; a veces predominará lo informativo, ya que ciertos detalles a veces no se conocen bien, como la celebración de la Pascua en el mundo judío y en Qumrán o el proceso ante el Sanedrín.

4) el arte narrativo de Mc, que a menudo no se tiene en cuenta, pero que sirve también para captar su teología.

Este tipo de lectura, aunque aplique el mismo método a todas las escenas, pone de relieve lo típico de cada una de ellas y deja claro que el relato de la pasión está formado por episodios aparentemente cotidianos y por otros terriblemente dramáticos, como la oración del huerto. Lo importante es captar el espíritu y mensaje de cada episodio y el mensaje global de cada evangelio.

La lectura interactiva y orante

Sería la respuesta personal al comentario anterior, reflexionando cada cual sobre lo que el texto le sugiere y lo que le invita a pedir.

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“Se les escapó desnudo (Mc 14,52)”, por Dolores Aleixandre.

Domingo, 29 de marzo de 2015
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tumblr_n4795vxaML1s3px5po1_500De su blog Un grano de mostaza:

«Lo seguía también un muchacho envuelto en una sábana sobre la piel. Lo agarraron; pero él, soltando la sábana, se les escapó desnudo» (Mc 14,51-52). En este personaje misterioso del evangelio de Marcos y más allá de las preguntas que despierta (¿por qué aparece ahí? ¿qué tipo de seguidor representa? ¿qué significa ese lienzo de lino que le arrebatan? ¿está anticipando al otro joven que aparecerá después en el sepulcro?…), nos es posible contemplar una metáfora del propio Jesús que, despojado de todo, atraviesa desnudo y libre su Pasión.

Conocía los preceptos que acompañaban la celebración de la Pascua: «la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano…» (Ex 12,11) y se preparó para vivirla (“se dispuso” diría Ignacio) como aquel rey de la parábola que, antes de lanzarse a combatir, se sentó a calcular con qué fuerzas contaba (Cf. Lc 14,31).

¿Podemos saber algo sobre ello? “Saber” no es el verbo adecuado, como tampoco lo serían “constatar” o “comprobar”: el modo de aproximación sería una lectura contemplativa de las acciones y palabras de Jesús que preceden en Marcos al relato de la Pasión, disponiéndonos también nosotros a recibirlas, hospedarlas y ser alcanzados por ellas. Y esperar pacientemente, por si nos ofrecen algún indicio de cómo Jesús se iba disponiendo, cómo se iba simplificando, qué iba dejando atrás, qué convicciones y actitudes iba reforzando para que fueran el cinturón, las sandalias y el bastón que lo acompañarían en su viaje.

«Entró en Jerusalén y se dirigió al templo» (Mc 11,11)

La escena de la entrada de Jesús en Jerusalén tiene un final extraño: en el comienzo, la narración se demora ofreciendo todo tipo de detalles: envío de dos discípulos para buscar al borrico, resultado de su búsqueda, diálogo con los que preguntan el por qué de su acción y más tarde descripción de los gestos y aclamaciones de la comitiva que le acompaña. En cambio, la conclusión de esa entrada se resume en un solo verso: «Cuando entró en Jerusalén se dirigió al templo y observó todo a su alrededor pero, como ya era tarde, se fue a Betania con los doce» (Mc 10, 11).

Un viaje tan largo para un desenlace tan breve; tantos preparativos para una llegada que no suscita ninguna reacción; tanta solemnidad para entrar ahora en la ciudad a pie, sin cabalgadura, sin compañía y sin tumulto: un hombre solo haciendo un callado acto de presencia en el lugar que es para él «casa de oración» (Mc 11,17). Muy pronto se va a enfrentar con los que la han convertido en cueva de ladrones y va a pronunciar anuncios, enseñanzas y parábolas: ahora sólo importa su presencia de Hijo en ese espacio en que late la presencia de aquel a quien él llama Padre y que le ofrece tienda para hospedarse (Sal 15,1), recinto protector en el que guarecerse durante el peligro, escondite en el que abrigarse (Sal 27,5).

«Shema Yisrael: ´Adonay Elohenu Adonay ejad»: el Dios que es uno pide la respuesta de un corazón entero, único, no dividido y es eso lo que Jesús pone ante Él: ha dejado atrás cualquier pretensión de disponer de sí, cualquier previsión, estrategia o búsqueda propia. Está más allá de toda preocupación o inquietud: «Una sola cosa pido al Señor, eso voy buscando: habitar en su casa todos los días de mi vida…» (Sal 27,4). Había llegado para él el momento de descansar solo en Dios, de poner en Él solo la esperanza (Cf. Sal 62,6). Por eso aquella tarde no necesitaba ya hacer ni decir nada: le bastaba estar ahí, hacerse presente al Padre y contemplarlo todo con su mirada penetrante. Empezaba a anochecer. Ya era tiempo de emprender, silenciosamente, el retorno a Betania.

«Ha hecho una obra bella conmigo» (Mc 14,6)

Gracias a los evangelistas sabemos algo acerca de la extraña manera de Jesús de usar adverbios y adjetivos, tan poco coincidente con la nuestra: para él estaban dentro, cerca y arriba los que nosotros solemos considerar fuera, lejos y abajo y su criterio sobre lo más y lo menos, lo mucho o lo poco aparece con claridad en su juicio sobre el donativo de aquella viuda pobre: sus dos moneditas eran para él más que el mucho de los fariseos (Mc 13,43). Ella, junto a tantos otros pequeños, insignificantes y últimos, pertenecía a los que para el Reino son grandes, importantes y primeros.

Sabemos lo poco que le impresionaba la grandeza de las edificaciones del templo que tanto admiraban sus discípulos (Mc 13,1-2) y en la escena del joven que acudió a él llamándole «Maestro bueno”, conocemos su reacción ante otro adjetivo:

«- ¿Por qué me llamas bueno? Solo Dios es bueno» (Mc 10,18).

Y sobre lo bello ¿qué opinaba? Solo conservamos su apasionada defensa del gesto de la mujer que ungió su cabeza con perfume: «¡Dejadla! Ha hecho una obra bella conmigo» (kalós en griego es a la vez “bello” y “bueno”). Para él, la acción de la mujer no era sólo un ejemplo de generosidad o de bondad sino de belleza y así se va a recordar «allí donde se anuncie la buena noticia» (Mc 14,3-9).

El narrador se detiene en detalles sobre la calidad y el valor del frasco y del perfume, como si pretendiera conectar con lo que suele ser la reacción normal y espontánea ante lo valioso: guardarlo, retenerlo, administrarlo con cuidado y precaución. Por eso sorprende que el gesto de la mujer sea tan inadecuado e imprudente tratándose de un recipiente tan costoso y de un perfume tan exquisito: «lo rompió» y «lo derramó». La opinión de los asistentes a la cena (qué derroche, qué desperdicio, cuánto despilfarro, qué afrenta para los pobres…) descubre cuánto valoraban las posesiones caras y qué modo de manejarlas les parecía apropiado y satisfactorio. Pero la opinión de Jesús es otra: él encuentra bella la acción excesiva, desbordante y carente de medida de la mujer, tan parecida a su manera de amar. Por eso le brinda el juramento solemne de que su gesto, nacido de la gratuidad del amor, va a convertirse en una profecía viva de la que todos podrán aprender.

Como en tantas otras ocasiones, estaba dejando atrás la instintiva costumbre humana de retener y guardar y se adentraba en el ámbito de la gratuidad. Aquel frasco hecho mil pedazos sobre el suelo, se convertía en la parábola silenciosa que el Padre le narraba aquella noche y que convocaba su existencia al vaciamiento y a la entrega. Pero estaba también la promesa de que aquel perfume derramado y libre que él iba entregar cuando llegara su hora, iba a convertirse en la vida y la alegría del mundo. Y en su extrema y paradójica belleza.

«Al atardecer llegó con los doce» (Mc 14,17)

En el relato de Marcos sobre los preparativos de la cena pascual, hay un significativo desplazamiento de lenguaje. El texto comienza diciendo: «El primer día de los ázimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, le dicen los discípulos: ¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?… » (Mc 14,12). Sin embargo, cuando es Jesús quien da las instrucciones para el dueño de la casa, habla de «cenar con mis discípulos», desaparecen las alusiones a lo litúrgico y no hay ya ni una palabra sobre ázimos, cordero, hierbas amargas, oraciones o textos bíblicos: solo pan y vino, lo esencial en una comida familiar. Quiere cenar con los suyos y para eso necesitan encontrar una sala en la que haya espacio para estar juntos: ese es el único objetivo que permanece y que Lucas subraya aún con más fuerza « ¡Cuánto he deseado cenar con vosotros esta Pascua!» (Lc 22, 15). El «con vosotros» es más intenso que la conmemoración del pasado, lo ritual deja paso a los gestos elementales que se hacen entre amigos: compartir el pan, beber de la misma copa, disfrutar de la mutua intimidad, entrar en el ámbito de las confidencias.

Su relación con ellos venía de lejos: llevaban largo tiempo caminando, descansando y comiendo juntos, compartiendo alegrías y rechazos, hablando de las cosas del Reino. Él buscaba su compañía, excepto cuando se marchaba solo a orar: había en él una atracción poderosa hacia la soledad y a la vez una necesidad irresistible de contar con los suyos como amigos y confidentes. Al principio ellos creyeron merecerlo: al fin y al cabo lo habían dejado todo para seguirle y se sentían orgullosos de haber dado aquel paso; les parecía natural que el Maestro tomara partido por ellos, como cuando los acusaron de coger espigas en sábado y él los defendió (Mc 2,23-27); o cuando el mar en tempestad casi hundía su barca y él le ordenó enmudecer (Mc 4,35-41); o cuando volvieron exhaustos de recorrer las aldeas y se los llevó a un lugar solitario para que descansaran (Mc 6,30-31).

Sin embargo, las cosas que él decía y las conductas insólitas que esperaba de ellos les resultaban ajenas a su manera de pensar y de sentir, a sus deseos, ambiciones y discordias y una distancia en apariencia insalvable se iba creando entre ellos: le sentían a veces como un extraño venido de un país lejano que les hablaba en un lenguaje incomprensible.

Pero aunque ninguno de ellos se sentía capaz de salvar aquella distancia, Jesús encontraba siempre la manera de hacerlo. El día en que admiró la fe de los que descolgaron por el tejado al paralítico (Mc 2,5), estaba en el fondo reconociéndose a sí mismo: también él removía obstáculos con tal de no estar separado de los suyos y nada le impedía seguir contando con su presencia y con su compañía, como si los necesitara hasta para respirar. Ellos se comportaban tal y como eran, más ocupados en sus pequeñas rencillas de poder que en escucharle, más interesados en lo inmediato que en acoger sus palabras, torpes de corazón a la hora de entenderlas. Pero él se había ido inmunizando contra la decepción: los quería tal como eran sin poderlo remediar, los disculpaba, seguía confiando en ellos.

«Todos vais a tropezar, como está escrito: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño» (Mc 14,27), dijo durante la cena. No habló de culpa, ni de abandono, ni de traición: eran amigos frágiles que tropezaban y no se puede culpar a un rebaño desorientado cuando se dispersa y se pierde. Sabía que iban a abandonarle pronto y que, si no habían sido capaces de comprenderle cuando les hablaba de sufrimiento y de muerte, tampoco lo serían para afrontarlo a su lado, pero sobre sus hombros no pesaba carga alguna de reproches o de recriminaciones. Libre de toda exigencia de que correspondieran a su amor, estaba seguro de que, lo mismo que su abandono en el Padre le daría fuerza para enfrentar su hora, aquel extraño apego que sentía por los suyos sería más fuerte que su decepción por su torpeza. Y seguiría considerándolos amigos, también cuando uno de ellos llegara al huerto para entregarle con un beso.

«El Hijo del hombre se va» (Mc 14,20)

Hay muchas maneras de narrar las cosas. En lugar del enunciado: «mi final está próximo», «emprendo el camino hacia la muerte»…, o alguna otra expresión semejante, en el anuncio de Marcos se elude el término “muerte” o el verbo “morir” y aparece el verbo hypagō que sugiere un modo de caminar no escogido por propia iniciativa sino guiado, conducido, sometido, bajo presión de algo o de alguien. “Irse” no significa “morir”, aunque haya que pasar por ahí: es el modo de caminar de Jesús como «Hijo del hombre», es consecuencia de haber elegido una determinada forma de existir. Según el texto, él no « se entrega» sino que «es entregado». Han sido su manera de vivir, sus elecciones, sus palabras, sus gestos, sus compañías, las que han ido tejiendo la trama en la que ahora tropieza y queda apresado. Con frecuencia, para hablar de situaciones así empleamos frases como: “él se lo ha buscado”, “se veía venir…”, “ahora, que se atenga a las consecuencias…”. Y esas son precisamente las causas del hypagō: si no se hubiera señalado tanto, si hubiera sido un poco más prudente, si hubiera medido más sus palabras, si no hubiera frecuentado ciertas compañías, si no hubiera provocado a los poderosos, si…

Y además ¿no ha elegido entrar en lo más hondo de la condición humana?, ¿no se ha atrevido a descender a donde están los últimos?, ¿no ha abrazado su misma condición, comportándose como un hombre cualquiera? No puede quejarse ahora y por eso «se va» de esa manera: sometido a las leyes que rigen la vida de los que carecen de privilegios, arrastrado por las consecuencias de sus opciones, aplastado por los resultados de conductas que podía haber evitado.

«El Hijo del hombre se va…», sometido como tantos seres humanos al poder de la violencia y de la injusticia pero promete: «Cuando sea puesto en pie, iré delante de vosotros a Galilea» (Mc 14,28). El “Pastor herido” se pone a la cabeza de quienes avanzan tras él recorriendo su «camino nuevo y vivo» (Heb 10,20). Y lo hacen con la confianza de saberse precedidos por el que no retuvo ávidamente la elección de su propio destino y se dejó conducir por Otro, también por las cañadas oscuras de la humilde obediencia.

«Servir y dar la vida en rescate por todos» (Mc 10,45)

«Señor, eres nuestro padre, tu nombre de siempre es nuestro redentor» (Is 63,16). Posiblemente algún sábado en la sinagoga escucharía Jesús esta invocación profética que hablaba de Dios como go’el. Y aprendería también en las tradiciones de su pueblo que, cuando la vida de alguien estaba en juego, ahí tenía que estar su go’el como pariente más próximo para hacerse cargo de su rescate (Lv 25, 47); y que si era sometido a la esclavitud, se arruinaba o moría sin descendencia, su go’el debía acudir a liberarle, a pagar sus deudas e impedir que su nombre se perdiera para siempre (Cf. Lv 25,25; Rt 4,1-11). Había sido un paso de gigante para Israel atreverse a invocar al Altísimo como go’el , considerarle como su familiar más próximo, recordarle que era cosa suya sacarles de la opresión y arrancarlos de la muerte.

«El Hijo del hombre no ha venido a que le sirvan, sino a servir y a dar la vida en rescate por todos» (Mc 10,45), afirmó Jesús un día, como quien ha comprendido y asumido el sentido de su existencia: quería estar junto a sus hermanos cuando su vida estuviera en juego, cuando peligrara su libertad, cuando les amenazaran la ruina y el olvido. No había venido a establecer principios, a imponer normas o a corregir errores, sino a alcanzar a los que se sentían lejos de Dios, sanar sus heridas, contarles historias de pastores que buscan y de hijos que vuelven a casa. Estaba entre ellos para querer a cada uno tal como era y a ponerse a su lado para llevarle más allá de donde estaba, hacia esa vida buena y abundante de la que afirmaba poseer el secreto.

Por eso se compadeció de la situación de aquella mujer encorvada y la enderezó (Lc 13,10-17); por eso sintió el clamor de vergüenza de la mujer del flujo de sangre y su respuesta fue hacer fluir hacia ella la fuerza sanadora que había recibido del Padre (Mc 6,21-34); por eso supo ver en la sirofenicia una oveja perdida más allá de la casa de Israel y curó a su hija (Mt 15, 21-28); por eso se dejó atraer por la llamada silenciosa del hombrecillo que le observaba oculto detrás de las ramas de una higuera y le pidió hospedarse su casa (Lc 19,1-10).

Había elegido estar entre sus hermanos como uno de tantos, sirviendo en los lugares de abajo, allí donde estaba la gente más hundida por sentencias que los aplastaban: “está leproso”, “es una pecadora”, “es ciego de nacimiento”, “está muerta”, “ya huele mal”… Él hacía saltar por los aires aquellos yugos y los levantaba hacia la vida con la autoridad de su palabra: «queda limpio», «vete en paz», «recobra la vista», «está dormida», «¡sal fuera! ».

Realizó en medio de ellos los signos de su presencia de go’el y dominó el arte de acoger, amparar y ofrecer asilo entre sus brazos a las vidas heridas y a los cuerpos maltrechos de tantos hombres y mujeres: apiñados en torno a él, le escucharon proclamarlos «dichosos”, probaron el mejor de los vinos en una boda de pueblo, se sentaron en la hierba y comieron pan y peces hasta saciarse.

La noche en que iba a ser entregado, se quitó el manto, y con él toda pretensión de poder o de dominio. Se ciñó la toalla y, de rodillas, como el último de todos, fue lavando los pies de sus discípulos. Era esa su manera de disponerse a recibir el Nombre sobre todo nombre.

«Tomad, esto es mi cuerpo» (Mc 14,22)

Una vez contó la historia de un hombre que, para guardar su cosecha, derribó sus graneros y construyó otros mayores (Lc 12,18). Era una conducta incomprensible para él, que no sabía nada sobre acumular, guardar o retener y que tenía costumbres pródigas: dar, perder, dejar, vender, derramar, partir, entregar. Había nacido a la intemperie para que ninguna barrera le separara de nosotros y para hacer desaparecer cualquier miedo al tocar la carne frágil de un niño; murió fuera de los muros de la ciudad, sin protección ni defensas, porque nada hay tan vulnerable como el costado de un hombre crucificado. Sobre su cruz pusieron un titular malintencionado y equívoco que le arrebataba la verdad de su nombre y le imponía una identidad que nunca pretendió: ser «Rey de los judíos» (Jn 19,19).

Como si fueran dos páginas distantes del Evangelio pero que al doblarlas coinciden, la escena final de la vida de Jesús coincide con la de su nacimiento: en Belén lo contemplamos en un establo, un lugar abierto, sin puertas, cerrojos o alambradas. En el Calvario echan a suertes su túnica y vuelve a estar tan desnudo como en el pesebre. No era un extraño final para alguien que, a lo largo de toda su vida, había formado parte del colectivo de los que carecen de estrategias para proteger lo suyo: desde que salió de Nazaret, no supo ya lo que era disponer de casa propia ni de un lugar donde reclinar la cabeza. Pescaba, dormía y cruzaba el lago en una barca de amigos; comía y bebía donde le invitaban y, cuando fue él quien dio de comer a la gente, solo pudo ofrecerles como asiento la hierba de un descampado. Pidió prestados el borrico sobre el que entró en Jerusalén y la sala en la que se despidió con una cena de los que llamaba suyos, porque él sólo usaba los posesivos para decir «mi Padre» y «mis hermanos».

«Lo crucificaron y se repartieron su ropa, echando a suertes lo que le tocaba a cada uno» (Mc 15,24). La expresión griega es escueta: tís tí are, «quién cogía qué» sería su traducción elemental; o esta otra: “que cada cual coja lo que quiera”. Una trampa compleja y sombría, tejida con ocultos intereses, había caído sobre él atrapándolo como a un pájaro en la red de un cazador, pero él escapaba desnudo y su libertad despojada se convertía en la palabra definitiva de Dios al mundo. Ya no le quedaba nada, salvo su amor hasta el extremo y la túnica que ahora echaban a suertes. Le habían escuchado decir: «Mi vida es para vosotros: tomad, comed…» Ahora esas palabras cobraban un nuevo sentido: cada uno podía tomar de él lo que quisiera.

Y seguir haciendo lo mismo en memoria suya.

Dolores Aleixandre

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Disciplinas espirituales

Domingo, 29 de marzo de 2015
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Paulo Trollo

Imagen: Paulo Trollo

ECLESALIA, 20/03/15.- En el evangelio que abría el tiempo de Cuaresma, Jesús nos invita a practicar de corazón las disciplinas espirituales de la oración, el ayuno y la limosna. Suena un poco raro hablar de disciplinas en pleno siglo XXI, como si el tema fuera medieval. No falta quien se ríe de todo esto, incluso entre creyentes, pero son un camino presente en todas las tradiciones religiosas y necesario para el crecimiento integral del cristiano.

La palabra “disciplina” viene de la misma raíz que “discípulo”. En su sentido más etimológico podríamos definirla como una práctica sistemática propuesta por un maestro a un discípulo para alcanzar la perfección en algún aspecto de su vida. Hay disciplinas deportivas, artísticas, científicas… Desde la óptica cristiana, ser discípulo de Cristo es seguirle, escucharle, amarle y practicar las disciplinas que nos propone.

El problema es que las disciplinas clásicas están muy denostadas debido a que fueron convertidas en la Edad Media por la Iglesia en leyes y obligaciones impuestas a los fieles (¡y a los infieles!) a la fuerza. Disfrazadas como penitencias, se presentaban como imprescindibles para obtener el perdón de Dios. Pero podemos redescubrirlas desde la libertad y el amor. Así veremos que son un regalo para nosotros, no para ganarnos el amor de Dios (que nos ama incondicionalmente), sino para celebrar el amor de Dios. Para agradecer su amor, quiero ser más libre, más justo, más amoroso.

En esta perspectiva, las tres disciplinas espirituales de la Cuaresma, oración, ayuno y limosna, encuentran su relación con las tres dimensiones del amor: a Dios, al prójimo y a uno mismo.

La oración nos ayuda a amar a Dios. La práctica de la oración y de todas las disciplinas asociadas a ella, como el silencio, la soledad, la reflexión, la “consciencia plena”, la meditación bíblica, la escritura de un diario personal, la participación en la liturgia de la comunidad, la lectura de un libro teológico,… me preparan y me ayudan a ponerme a tiro de la acción de Dios en lo profundo de mi ser. Cuando oro, conozco y amo más a Dios, intuyo su paso en mi día a día, alimento mi vida interior, soy menos superficial, me fijo más en lo que se me regala, doy gracias por estar rodeado de belleza aún en medio de la más terrible situación, empatizo con los que sufren, recargo mis pilas para ayudarles, soy consciente de mi debilidad y pequeñez a la vez que de mi maravillosa dignidad de hijo o hija de Dios.

La limosna nos ayuda a crecer en el amor al prójimo. Esta no es simplemente rascarse el bolsillo para dar unas monedas al pobre que está a la puerta del supermercado. Dar limosna es hacer todo aquello que me lleva a salir al encuentro del otro en sus necesidades: ser más consciente de la injusticia y la violencia, servir a otros, visitar al enfermo, restañar heridas afectivas, encontrar tiempo para hablar con nuestra familia de algún asunto que venimos postergando, fijarme más en lo bueno que hay en los demás, regalar piropos y alabanzas, ser miembro o voluntario de una oenegé… Es decir, no quedarme con dar, sino dar-me.

Finalmente, el ayuno nos lleva a amarnos más a nosotros mismos. Hay muchos tipos de ayuno, desde el que busca fines terapéuticos hasta políticos (Gandhi) o solidarios (Manos Unidas). El reto del ayuno espiritual es que, para ser efectivo, necesitamos encontrar de qué tenemos que ayunar o abstenernos. Para muchos, el ayuno clásico de la comida seguirá siendo un gran medio, pero para otros el ayuno difícil y preciso será, por ejemplo, dejar de ver tanto la televisión, apagar algunos días el móvil, librarse de una adicción o afecto desordenado, controlar la lengua y no hablar mal de otros, recuperar tiempos de silencio… En definitiva, el ayuno y la abstinencia nos llevan al autocontrol y la autoestima y son sinónimos de desengancharse, desintoxicarse, desconectar, desapegarse, desprenderse… Es decir, hacer todo lo que me lleve a ser una persona más equilibrada, autónoma y libre… que tiene más tiempo para amar a Dios y al prójimo.

¿Quién dice que todo esto está trasnochado? Justo al contrario: donde desaparecen la fe y la espiritualidad, brotan miles de escuelas de autoayuda que siguen ofreciendo las mismas soluciones antiguas disfrazadas o maquilladas como novedades. Véase en cualquier librería cuánto ocupa hoy la sección de Religión y cuánto la de Autoayuda o “Nueva Era”

No se trata de estar mirándonos al ombligo. Justo lo contrario: si queremos cambiar las estructuras injustas, si queremos enfrentarnos al mal sistémico, si creemos que otro mundo es posible, tenemos que empezar por nosotros mismos. Ayunar, dar limosna y orar…, tres sencillas propuestas para ser mejores. Si, además, se practican sin darnos importancia, mejor. No es preciso ir publicando en Facebook o el WhatsApp cada pequeño paso adelante. De hecho, nos dice Jesús: “Vuestro padre, que ve en lo secreto, os recompensará…”

JUAN YZUEL SANZ, juan@ciberiglesia.net
ZARAGOZA.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Primer matrimonio de obispos en la Iglesia anglicana

Domingo, 29 de marzo de 2015
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el-matrimonio-white-obispos_270x250Alison White, segunda obispa

Su esposo, Frank White, es obispo adjunto en Newcastle

La Iglesia de Inglaterra, anglicana, tendrá su primer marido y mujer obispos después de nombrar a Alison White como obispa de Hull (noreste) este miércoles. White será la segunda obispa de la Iglesia de Inglaterra y será investida el 3 de julio en York, la diócesis que la que depende Hull.

“Es una aventura que nunca había imaginado emprender”, dijo White en un comunicado. Estoy casada con un obispo. ¡Puede parecer excesivo! Podría pensarse que con uno en la familia es más que suficiente“, agregó.

Su esposo, Frank White, es obispo adjunto en Newcastle, en el norte de Inglaterra. El arzobispo de York John Sentamu, quien hizo el anuncio, dijo que era “un día de júbilo”.

“Alison es una persona de bondad y sabiduría verdaderas, es fantástico que haya aceptado el llamado de Dios“, dijo.

La Iglesia de Inglaterra consagró a su primera mujer obispo, Libby Lane, en enero. El sínodo general de la Iglesia de Inglaterra dio el año pasado la aprobación final a una reforma histórica que permitió el nombramiento de obispas. Las mujeres pueden ser sacerdotes en en la Iglesia de Inglaterra desde 1992 y ahora representan un tercio del clero.

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El Congreso de los diputados español condena la persecución de cristianos en el mundo

Domingo, 29 de marzo de 2015
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perseguidosPP, PSOE y CiU han alcanzado un acuerdo en la Comisión de Exteriores del Congreso de los Diputados en la que condenan las persecuciones de cristianos en el mundo, especialmente en Siria e Irak.

Así, se insta al Gobierno a manifestar “públicamente” su apoyo a las iniciativas promovidas por parte de instituciones internacionales para condenar y detener las muertes y las persecuciones basadas en motivos religiosos que están sufriendo las comunidades cristianas y otras minorías religiosas que se producen en todo el mundo, y en especial, en algunos países de Oriente Medio.

Igualmente, se quiere mostrar ante las instituciones internacionales su denuncia y rechazo ante las persecuciones y crímenes de los que están siendo víctimas los cristianos y otras minorías religiosas, en Irak, Siria y Nigeria pero también en otros lugares del mundo.

El texto pactado sostiene que “sería conveniente” aprovechar la presencia de España en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas durante el período 2015-2016, para plantear la situación de las minorías religiosas ante este órgano.

A su vez, apuesta por liderar acciones para luchar contra estos crímenes con el fin de garantizar su derecho a la vida y a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, contemplados en la Declaración de los Derechos Humanos.

Igualmente, quiere que se apoye a las entidades y organizaciones internacionales que están realizando ayuda humanitaria a los desplazados con motivo de esta persecución y velar porque se promuevan ayudas para el desarrollo dirigidas a estos grupos desplazados.

El texto pactado solicita también apoyo a todas las iniciativas que, en el seno de las instituciones internacionales, se dirijan a promover el respeto mutuo entre comunidades étnicas y religiosas, promoviendo la tolerancia e iniciativas contra el odio y la radicalización violenta y extremista.

 

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