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22.7.17 Jesús resucitó en el amor de María Magdalena

sábado, 22 de julio de 2017
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20245473_830913430419184_4861986997914248845_nDel blog de Xabier Pikaza:

Ciertamente, Jesús ha resucitado en Dios; pero, al mismo tiempo, de un modo inseparable, él ha resucitado en el amor de María Magdalena, cuyo recuerdo hace que él (Jesús) siga viviendo en la historia de los hombres y mujeres, de un modo real. En otras palabras:

Jesús resucitado se mantiene y despliega en el recuerdo de María y de todos los cristianos, a lo largo de la historia, manteniéndose en el Memoria (Zikkaron) que es Dios. Así lo exige el dogma:

— Jesús es verdadero Dios, siendo hombre verdadero (que vive y actúa en el amor de las mujeres y los hombres que le acogen, y que viven en él, con él y por él, tras su muerte).

En ese sentido, Jesús sólo ha podido resucitar como “hombre” (ser humano), allí donde otros hombres (varones y mujeres) le han acogido y viven por él (con él), de un modo más alto, en amor permanente, superando de esa forma el olvido sin fin de la muerte.

Icono 1: Magdalena con el pomo del perfume de la unción… (Mc 14, 3-9) Ese perfume de mujer que ama mantiene la memoria de Jesús (Y Jesús resucitado hace posible el amor permanente de María Magralena)
Icono 2: Magdalena testigo de Jesús resucitado. Le busca en la tumba, pero la tumba está abierta, y Jesús se muestre como jardinero de amor en el huerto.

20245622_830913757085818_5665205240435272618_n— Pero, al mismo tiempo, decimos que estos hombres y mujeres pascuales, empezando por María, viven en amor (en mutación mesiánica)porque el mismo Jesús-Mesías está presente en ellos, como Recuerdo de Dios. ¿Por qué buscar al Vivo entre los muertos? Hay que buscarle y encontrarle en sus amigos, en aquellos que viven de su Vida y por su Vida.

Esta resurrección total responde a la más honda realidad de la historia humana (que ha buscado a Dios en la Vida que vence a la muerte).
— Pero, según los cristianos, ella se ha expresado plenamente, de una vez y para siempre, empezando por María de Magdala, la amiga de Jesús Nazareo, en quien comienza la mutación pascual de la historia humana.

Por eso digo que él ha resucitado en el amor de María Magdalena.

Icono 3 (final): Magdalena apóstol de los apóstoles

Una historia de fe

Ésta es una resurrección real, en plano de fe. Ésta es una resurrección “real”, pero no en el nivel de la historia anterior, como un hecho que puede demostrarse de un modo “neutral”, por observación objetiva.No hay resurrección fuera de la fe…

Pero la fe no «inventa» la resurrección, sino que la descubre y acepta, con alborozo, gozoso, descubriendo a Jesús que está vivo y que descubriendo que los creyentes (aquellos que le aceptan y le aman) viven en él. Los que quieren demostrar la resurrección de Jesús fuera de la fe es que, en el fondo, no creen, en ella, sino que quieren «asegurar un tipo de religión», asegurarse a sí mismos, sin creer (es decir, sin acoger y desplegar la vida en amor, como Jesús, con Jesús, a quien han matado porque amaba y que, por eso, precisamente por eso, esta vivo en la historia de Dios y de los hombres).

La historia cristiana es la historia del Jesús resucitado, siendo la historia del Dios que es (se ha hecho) resurrección en Jesús. Pues bien, el testigo primero de esa fe-amor que «descubre» a un muerto como vivo y que cree en él (y vive desde él) ha sido María. Por eso, volver a María es una de las tareas básicas de la iglesia actual.

agia_lydiaEsta fe amorosa (ese amor creyente de María) no es menos realidad, sino «más realidad» y más historia. Sólo la fe tiene ojos para descubrir al resucitado. La fe tiene ojos, y los tiene el corazón de María, y el de aquellos que creemos aceptando su testimonio y aprendiendo a ver como ella (a dejar que la realidad de Jesús se nos revele, como a ella). Si la fe se probara como «dicen» que se prueban las cosas en física no sería fe, ni sería resurrección.

Si la resurrección se pudiera “probar” sin fe, sería un engaño. La única “prueba de la resurrección” es el amor creyente de aquellos que, como María Magdalena, asumen el camino de Jesús y se comprometen a caminar gozosamente con él (como él), porque creen en Dios (en la presencia de Reino). Pues bien, en la raíz y centro de ese Reino descubren los creyentes a Jesús, vencedor sobre la muerte.

1. María Magdalena y Jesús se amaban.

Algunos críticos modernos han pensado que la figura y amor de Magdalena ha desparecido de la tradición posterior de la iglesia. Pero eso no es cierto. Quien sepa leer los evangelios descubre que la figura y función de Magdalena resulta esencial, aunque los evangelios no responden sin más a nuestros problemas sobre Magdalena.

Celso, el más lúcido de los críticos anticristianos del siglo II, entiende bien los evangelios cuando dice que Magdalena (¡a quien él presenta como una mujer histérica!) fue la fundadora del cristianismo. Ciertamente, fue fundadora del cristianismo, pero no por ser histérica, sino por ser una mujer clarividente, capaz de interpretar desde el amor la historia de la vida y el misterio de la persona de Jesús. Esto es mucho más “escandaloso” y profundo que lo que algunos críticos afirman cuando dicen que ella fue amante e incluso esposa de Jesús.

Es claro que María amó a Jesús, pero también le amaron otros, como afirma con gran lucidez el primero de los historiadores judíos que cuentan su vida: «Aquellos que le amaron le siguieron amando tras la muerte” (F. JOSEFO Ant XVI, 3, 63). María amó sin duda a Jesús y le siguió amando tras la muerte, viéndole así vivo, desde su mismo amor, como supone Mc 16, 9 y Jn 20, 1-18. Pero hacerla novia o esposa de Jesús es fantasía.

Ciertamente, un evangelio apócrifo afirma que «el Señor amaba a María más que a todos los discípulos y que la besaba en la boca repetidas veces» (Ev. Felipe 55). Pero ese m mismo texto interpreta a María como Sofía, es decir, como expresión del aspecto femenino de Dios.

Ni el Señor que besa a María en la boca es el Jesús histórico; ni María es la persona real de la que hablan los evangelios canónicos. Ambos son figuras del amor eterno, expresión y signo de la → hierogamia original. Por eso, los que apelan a ese pasaje para poner de relieve los “amores carnales” de Jesús no saben entender los textos.

Las relaciones entre Jesús y María Magdalena fueron, sin duda, mucho más “carnales” que lo que supone este pasaje, pero nada nos lleva a suponer que han de entenderse en sentido matrimonial. El compromiso de amor de Jesús nos sitúa en otra línea.

Sea como fuere, la figura de María Magdalena fue muy importante en la iglesia, de manera que podemos vela como iniciadora “real” del movimiento cristiano, como mujer capaz de amar y de entender las implicaciones del amor de Jesús, y no como una simple figura de lo “femenino” que debe perder su feminidad y convertirse en varón para ser discípula de Jesús, como supone el otro pasaje básico de los evangelios de línea gnóstica que tratan de ella: «Simón Cefas les dice: Que Maria salga de entre nosotros, pues las hembras no son dignas de la vida. Jesús dice: He aquí, le inspiraré a ella para que se convierta en varón, para que ella misma se haga un espíritu viviente semejante a vosotros varones. Pues cada hembra que se convierte en varón, entrará en reino de los cielos» (Ev. Tomás 114; cf. Gen 3, 16). Leer más…

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«María de Magdala. Una genealogía apostólica»

martes, 13 de junio de 2017
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mary-magdalene-6e5a131d0dc85e1439fe556313b910251421f22f-s6-c30Del blog de Isabel Gomez Acebo:

«Ya no hay que ocultar la importancia que tuvieron algunas mujeres en el Nuevo Testamento»

«La cadena del kerigma pascual se formó con testimonios masculinos que trataban de legitimar el protagonismo de los varones»

(Isabel Gómez Acebo).- Recientemente la Fundación Princesa de Asturias ha otorgado el premio de Ciencias Sociales a la historiadora Karen Armstrong por su trabajo en descubrir el origen de las religiones y su decurso histórico con la ilusión de alcanzar el entendimiento entre ellas. De esta manera pretende acabar con los enfrentamientos cruentos entre cristianos, judíos, musulmanes así como entre las diferentes sectas islámicas.

Ha coincidido en el tiempo con la presentación de un libro (San Pablo) María de Magdala. Una genealogía apostólica escrito por dos autoras italianas Marinella Perroni y Cristina Simonelli que también indagan sobre los orígenes de nuestra fe.

Un momento oportuno porque está sobre la mesa el tema del protagonismo femenino en la Iglesia Católica lo que no es baladí ya que en muchas partes del planeta se concede a las mujeres roles de gobierno, impensables hace unas décadas. Nuestra Iglesia no puede quedar apartada de esta dinámica a expensas de perder, no sólo a las mujeres, sino también a los jóvenes que piensan de otra manera.

Pudiera parecer que estas dos autoras, en sus análisis, estuvieran arrimando el ascua a sus sardinas, algo que en la medida que se van leyendo las páginas del libro se descubre que no es cierto pues hacen un análisis riguroso de los textos y no plantean hipótesis que no tengan validez.

Se dividen el libro en dos partes, la primera elaborada por Marinella Perroni trata de los textos que mencionan a María Magdalena en el Nuevo Testamento y la segunda, a cargo de Cristina Simonelli, nos narra sus apariciones en los apócrifos. Las dos autoras nos descubren que el protagonismo de la mujer de Magdala sufre deformaciones con el paso del tiempo, por involución en Mateo y Lucas y por evolución en Juan. Tampoco Pablo en la epístola a los Corintios alude a María en las apariciones del Resucitado lo que se puede interpretar de forma que la cadena del kerigma pascual se formó con testimonios masculinos que trataban de legitimar el protagonismo de los varones.

En los textos apócrifos vemos que la memoria de María Magdalena permaneció viva en muchas comunidades que fueron tachadas de gnósticas lo que no contribuyó a su difusión. También pudo influir, en su declaración de heréticas, el protagonismo femenino e incluso las sospechas sexuales que siempre acompañan a las mujeres, tanto si se exulta el erotismo como si se repele.

Mi moraleja es clara. Si analizamos el libro a la luz del siglo XXI descubriremos que las tradiciones de las mujeres en el movimiento de Jesús sufrieron modificaciones incluso durante las primeras décadas de la Iglesia. Las comunidades cambiaban las tradiciones según sus intereses y la mayoría lo hacían quitando importancia a las mujeres para estar acordes con la sociedad del Imperio Romano.

Hoy ocurre lo contrario pues nuestro mundo occidental defiende el protagonismo femenino, aunque sea de boquilla. Ya no hay que ocultar la importancia que tuvieron algunas mujeres en el Nuevo Testamento y yo me pregunto si no estaríamos obligados a hacer una labor semejante a la de las comunidades joánicas para poner de relieve figuras femeninas con protagonismo eclesial como la de María Magdalena. Sería una forma de respetar la tradición añadiendo elementos que permitan la apertura a nuevos roles femeninos en la sociedad eclesial.

Para adquirir el libro, pincha aquí.

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Domingo de Pentecostés. Ciclo A.

domingo, 4 de junio de 2017
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Pentecostés El Greco0001Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Para el Greco, María Magdalena vale por ciento siete

En el famoso cuadro de Pentecostés pintado por El Greco, que ahora se conserva en el museo del Prado, hay un detalle que puede pasar desapercibido: junto a la Virgen se encuentra María Magdalena. Por consiguiente, el Espíritu Santo no baja solo sobre los Doce (representantes de los obispos) sino también sobre la Virgen (se le permite, por ser la madre de Jesús) e incluso sobre una seglar de pasado dudoso (a finales del siglo XVI María Magdalena no gozaba de tan buena fama como entre las feministas actuales). Ya que el Greco se inspira en el relato de los Hechos, donde se habla de una comunidad de ciento veinte personas, podemos concluir que la Magdalena representa a ciento siete. ¿Cómo se compagina esto con el relato del evangelio de Juan que leemos hoy, donde Jesús aparentemente sólo otorga el Espíritu a los Once? Una vez más nos encontramos con dos relatos distintos, según el mensaje que se quiera comunicar. Pero es preferible comenzar por la segunda lectura, de la carta a los Corintios, que ofrece el texto más antiguo de los tres (fue escrita hacia el año 51).

La importancia del Espíritu (1 Corintios 12, 3b-7.12-13)

En este pasaje Pablo habla de la acción del Espíritu en todos los cristianos. Gracias al Espíritu confesamos a Jesús como Señor (y por confesarlo se jugaban la vida, ya que los romanos consideraban que el Señor era el César). Gracias al Espíritu existen en la comunidad cristiana diversidad de ministerios y funciones (antes de que el clero los monopolizase casi todos). Y, gracias al Espíritu, en la comunidad cristiana no hay diferencias motivadas por la religión (judíos ni griegos) ni las clases sociales (esclavos ni libres). En la carta a los Gálatas dirá Pablo que también desaparecen las diferencias basadas en el género (varones y mujeres). En definitiva, todo lo que somos y tenemos los cristianos es fruto del Espíritu, porque es la forma en que Jesús resucitado sigue presente entre nosotros.

Hermanos: Nadie puede decir: «Jesús es Señor», si no es bajo la acción del Espíritu Santo. Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Porque, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.

Volvemos a las dos versiones del don del Espíritu: Hechos y Juan.

La versión de Lucas (Hechos de los apóstoles 2,1-11)

A nivel individual, el Espíritu se comunica en el bautismo. Pero Lucas, en los Hechos, desea inculcar que la venida del Espíritu no es sólo una experiencia personal y privada, sino de toda la comunidad. Por eso viene sobre todos los presentes, que, como ha dicho poco antes, era unas ciento veinte personas (cantidad simbólica: doce por cien). Al mismo tiempo, vincula estrechamente el don del Espíritu con el apostolado. El Espíritu no viene solo a cohesionar a la comunidad internamente, también la lanza hacia fuera para que proclame «las maravillas de Dios», como reconocen al final los judíos presentes.

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería.
Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos, preguntaban:
― ¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua.

La versión de Juan 20, 19-23

El evangelio de Juan, en línea parecida a la de Pablo, habla del Espíritu en relación con un ministerio concreto, que originariamente sólo compete a los Doce: admitir o no admitir a alguien en la comunidad cristiana (perdonar los pecados o retenerlos).

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
― Paz a vosotros.
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
― Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
― Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

Estas breves ideas dejan clara la importancia esencial del Espíritu en la vida de cada cristiano y de la Iglesia. El lenguaje posterior de la teología, con el deseo de profundizar en el misterio, ha contribuido a alejar al pueblo cristiano de esta experiencia fundamental. En cambio, la preciosa Secuencia de la misa ayuda a rescatarla.

El don de lenguas

«Y empezaron a hablar en diferentes lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse». El primer problema consiste en saber si se trata de lenguas habladas en otras partes del mundo, o de lenguas extrañas, misteriosas, que nadie conoce. En este relato es claro que se trata de lenguas habladas en otros sitios. Los judíos presentes dicen que «cada uno los oye hablar en su lengua nativa». Pero esta interpretación no es válida para los casos posteriores del centurión Cornelio y de los discípulos de Éfeso. Aunque algunos autores se niegan a distinguir dos fenómenos, parece que nos encontramos ante dos hechos distintos: hablar idiomas extranjeros y hablar «lenguas extrañas» (lo que Pablo llamará «las lenguas de los ángeles»).

El primero es fácil de racionalizar. Los primeros misioneros cristianos debieron enfrentarse al mismo problema que tantos otros misioneros a lo largo de la historia: aprender lenguas desconocidas para transmitir el mensaje de Jesús. Este hecho, siempre difícil, sobre todo cuando no existen gramáticas ni escuelas de idiomas, es algo que parece impresionar a Lucas y que desea recoger como un don especial del Espíritu, presentando como un milagro inicial lo que sería fruto de mucho esfuerzo.

El segundo es más complejo. Lo conocemos a través de la primera carta de Pablo a los Corintios. En aquella comunidad, que era la más exótica de las fundadas por él, algunos tenían este don, que consideraban superior a cualquier otro. En la base de este fenómeno podría estar la conciencia de que cualquier idioma es pobrísimo a la hora de hablar de Dios y de alabarlo. Faltan las palabras. Y se recurre a sonidos extraños, incomprensibles para los demás, que intentan expresar los sentimientos más hondos, en una línea de experiencia mística. Por eso hace falta alguien que traduzca el contenido, como ocurría en Corinto. (Creo que este fenómeno, curiosamente atestiguado en Grecia, podría ponerse en relación con la tradición del oráculo de Delfos, donde la Pitia habla un lenguaje ininteligible que es interpretado por el “profeta”).

Sin embargo, no es claro que esta interpretación tan teológica y profunda sea la única posible. En ciertos grupos carismáticos actuales hay personas que siguen «hablando en lenguas»; un observador imparcial me comunica que lo interpretan como pura emisión de sonidos extraños, sin ningún contenido. Esto se presta a convertirse en un auténtico galimatías, como indica Pablo a los Corintios. No sirve de nada a los presentes, y si viene algún no creyente, pensará que todos están locos.

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¿Vocación? ¡Discípula!

martes, 9 de mayo de 2017
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marc3ada-magdalenaMagdalena Bennasar

Bilbao.

ECLESALIA, 01/05/17.- Aunque sigas mirando al sepulcro que te tiene atrapada, yo te llamo. Te elijo de nuevo y te empodero para que prediques la Buena Nueva.

Tendrás muchas, muchísimas dificultades, hoy y dentro de veinte siglos, pero tú no te calles, sigue anunciando el Evangelio. Confío en ti como el primer día.

Y hoy, el primer día de la semana, de la nueva creación, te llamo por tu nombre, en el jardín, como cuando todo empezó, y sólo tú estabas ahí, sola, llorando, desfondada.

Así llamé a Abrán y Sara para que salieran del sistema patriarcal que les atrapaba. También a Moisés y Miriam, les pedí que salieran de su vida organizada y tranquila para que utilizaran sus dones y talentos recibidos para liderar a la comunidad en un largo y penoso proceso de maduración. Tuvieron, como vosotras, que encarar sus múltiples sombras, disfrazadas  de “necesidades de ser necesitados”… para ser capaces de seguir la Promesa, la Luz.

La llamada personal a profetisas y profetas para que desbancaran el “ego” de personajes que se creían defender los derechos del pueblo utilizando la excusa de la guerra, la opresión, la religión para hacerse más fuertes, como hoy. Tarea de profetas, sólo posible, desde una experiencia de amistad y relación amorosa con el Dios que llama y envía.

En todas y todos ellos ibas viniendo tú, la discípula amada, la de las manos de partera y de panadera, capaz de ayudar a nacer y de alimentar esas comunidades incipientes que también hoy se forman cuando sobre todo discípulas, en mi nombre, libres de instituciones, dineros, papeleos… acercan mi presencia a sus vidas, con el don de la predicación que les he regalado.

Porque fuiste tú, discípula amada, la que fuiste convocada en el sepulcro, para que presenciaras la Vida y se la comunicaras a los hermanos escondidos y atrapados en sus cuevas ensombrecidas de traición, negación, abandono y miedo, mucho miedo a perder poder, protagonismo, bienes…

Ibas viniendo tú en la discípula elegida para anunciar la Resurrección. Y a pesar de que la historia se ha esforzado en mantenerte entre partos y panaderías, yo, el Resucitado, te sigo llamando por tu nombre.

A través de la Ruah, te levanto de tu tumba y tristeza y te encomiendo, de nuevo, la tarea de decirles que estoy Vivo y que mi proyecto es de Vida y de Comunidad de Iguales en toda la Creación, respetando la tierra y respetando a los más desfavorecidos, pero sobre todo respetando mi llamada a que fueran las mujeres las primeras enviadas a anunciar la Vida, y desde ellas los demás, no al revés (hoy da miedo decirlo, y resulta que es Evangelio puro, que a fuerza de torcerlo nos parece casi pecado).

Tendrás que enfrentar tu propio ego que querrá defenderse cuando los egos de los que se sienten especiales sientan amenazado su poderío. Pero tú no desfallezcas. La Ruah del Resucitado te levantará llamándote por tu nombre, día tras día.

El nombre que quisieran borrar de las páginas sagradas. Pero está ahí, recién pronunciado de nuevo en el corazón de personas que están atentas. Y es ese susurro en el hondón del alma lo que les pone en camino.

Esa llamada se hace efectiva cuando al transmitirla levanta a otras personas de sus tumbas y también se ponen en camino (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Es el camino de la comunidad de iguales. Quienes lo intentamos sabemos que si dejamos que sea su voz quien nos dirige, convoca, empodera, tenemos la Vida y en ella la respuesta al mal de la humanidad.

¿Cómo me atrevo? Porque cuando te llaman por tu nombre te cambian el corazón egoísta en corazón y pies y labios de discípula.

Feliz Tiempo Pascual.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

 

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Apóstolas, pioneras del feminismo

miércoles, 3 de mayo de 2017
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mary-magdalene-6e5a131d0dc85e1439fe556313b910251421f22f-s6-c30(Frei Betto op).- En el Evangelio de Juan (20, 11-18) se describe cómo, muerto Jesús, María Magdalena permaneció llorando junto a su sepulcro, cuya piedra, que hacía las veces de puerta, había sido retirada. Al mirar al interior, no vio el cuerpo de Jesús. Vio dos ángeles. Le preguntaron por qué lloraba. Ella respondió: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto».

Al volverse, se topó con un hombre que también le preguntó por qué lloraba y qué buscaba. Supuso que se trataba del jardinero del cementerio: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo». El extraño la llamó por su nombre: «María». Magdalena reconoció a Jesús por el tono de su voz y exclamó: «¡Rabuni!» (que en hebreo significa Maestro).

La mujer no se contuvo y lo abrazó: «No me toques», le dijo Jesús, «porque aún no he subido a mi Padre; mas ve a mis hermanos y diles: ‘Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios’.» María Magdalena fue entonces al encuentro de los discípulos y les anunció: «¡He visto al Señor!»

Magdalena fue la primera que testimonió la Resurrección. Y la primera en anunciar a Jesús resucitado. Solo el machismo imperante en la Iglesia desde los primeros siglos explica por qué no se la considera una apóstola. Desde que Jesús la libró de «siete demonios» no dejó de seguirlo, en compañía de Juana, Susana «y otras muchas» (Lucas 8, 3).

Pero Magdalena no fue la primera que reconoció en Jesús al esperado Mesías. Ese mérito le corresponde a otra mujer, de quien también nos contó Juan (4, 1-30). No sabemos su nombre. Sabemos que vivía en Samaria y que tenía el extraño hábito de ir al pozo a buscar aguar por vuelta del mediodía.

En las regiones donde no hay agua corriente, es al amanecer que se acostumbra ir a buscar el agua. La actitud de la samaritana tiene una explicación obvia: no quería encontrarse con otras mujeres. Sabía que tenía mala fama, y prefería ir al pozo cuando no había nadie.

Cierto día, se encontró allí con un joven. Al verla bajar el cántaro al pozo, le pidió: «Dame de beber». Por el acento, la mujer se dio cuenta de que era un judío. Y reinaba una fuerte animosidad histórica entre judíos y samaritanos. «¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana?» Jesús, que se había detenido allí a descansar mientras los discípulos iban a comprar provisiones, le replicó: «Si conocieras quién es el que te dice ‘dame de beber’, tú le pedirías, y él te daría agua viva.«

Esa afirmación la intrigó: «Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde, pues, tienes el agua viva?» Jesús insistió: «Cualquiera que beba de esta agua volverá a tener sed; mas el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá.» Animada por la idea de librarse del trabajo de ir al pozo, la mujer lo instó: «Dame de esa agua para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla

Jesús cambió el rumbo de la conversación: «Ve, llama a tu marido, y ven acá.» «No tengo marido», dijo ella. Su fama ya había llegado a Galilea. «Bien has dicho: ‘No tengo marido’.» Y añadió: «Cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido. Esto has dicho con verdad.»

Resulta curioso que Jesús no pronunciara un sermón moralista: «¡Promiscua! ¿Cómo te atreves a querer mi agua viva si no eres capaz de ponerle freno a esa sucesividad conyugal?» ¡Y pensar que hoy en día hay cardenales, obispos y padres que, contradiciendo al papa Francisco, insisten en negarles los sacramentos a hombres y mujeres que se han vuelto a casar!

Además de no emitir ninguna censura, Jesús elogió a la samaritana por decir la verdad. Y al elucidar su duda sobre el lugar donde debía adorarse a Dios, si en Jerusalén o en Samaria, enfatizó que «los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad». Y, por primera vez, rompió el anonimato sobre su naturaleza divina y se le reveló como el esperado Mesías.

¡Pobres de los puritanos escrupulosos! ¡No soportan el hecho de que Jesús no se le haya revelado por primera vez a Pedro o a otro apóstol, sino a una mujer de vida irregular! ¿Por qué? Porque se dio cuenta de cuánta sed de amor (el agua viva) había en ella. Era una mujer voraz y veraz. Y solo Dios sería suficiente para colmar semejante sima en el corazón.

La samaritana tiró el cántaro y corrió a la ciudad para anunciar que había encontrado al Mesías. Fue ella, en realidad, la primera apóstola.

Resulta extraño que hasta el día de hoy a las mujeres se les considere fieles de segunda clase en la Iglesia Católica, impedidas de acceder al sacerdocio. Si Dios quiere, eso cambiará un día, como tantas otras piedras del tradicionalismo que ya han sido removidas.

Frei Betto es autor, entre otros libros, de Fome de Dios (Fontanar).

www.freibetto.org

Traducción de Esther Perez

Fuente Religión Digital

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Ni Dios, ni Cristo, ni resurrección

domingo, 16 de abril de 2017
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Pedro Y Juan ante la resurrecciónDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Una elección extraña

Las dos frases más repetidas por la iglesia en este domingo son: “Cristo ha resucitado” y “Dios ha resucitado a Jesús”. Resumen las afirmaciones más frecuentes del Nuevo Testamento sobre este tema.

Sin embargo, como evangelio para este domingo se ha elegido uno que no tiene como protagonistas ni a Dios, ni a Cristo, ni confiesa su resurrección. Los tres protagonistas que menciona son puramente humanos: María Magdalena, Simón Pedro y el discípulo amado. Ni siquiera hay un ángel. El relato del evangelio de Juan se centra en las reacciones de estos personajes, muy distintas.

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo:

― Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

María reacciona de forma precipitada: le basta ver que han quitado la losa del sepulcro para concluir que alguien se ha llevado el cadáver; la resurrección ni siquiera se le pasa por la cabeza.

Simón Pedro actúa como un inspector de policía diligente: corre al sepulcro y no se limita, como María, a ver la losa corrida; entra, advierte que las vendas están en el suelo y que el sudario, en cambio, está enrollado en sitio aparte. Algo muy extraño. Pero no saca ninguna conclusión.

El discípulo amado también corre, más incluso que Simón Pedro, pero luego lo espera pacientemente. Y ve lo mismo que Pedro, pero concluye que Jesús ha resucitado.

El evangelio de san Juan, que tanto nos hace sufrir a lo largo del año con sus enrevesados discursos, ofrece hoy un mensaje espléndido: ante la resurrección de Jesús podemos pensar que es un fraude (María), no saber qué pensar (Pedro) o dar el salto misterioso de la fe (discípulo amado).

Los relatos de los próximos días de Pascua nos ayudarán a alcanzar la tercera postura.

¿Por qué espera el discípulo amado a Pedro?

Es frecuente interpretar este hecho de la siguiente manera. El discípulo amado (sea Juan o quien fuere) fundó una comunidad cristiana bastante peculiar, que corría el peligro de considerarse superior a las demás iglesias y terminar separada de ellas. De hecho, el cuarto evangelio deja clara la enorme intuición religiosa del fundador, superior a la de Pedro: le basta ver para creer, igual que más adelante, cuando Jesús se aparezca en el lago de Galilea, inmediatamente sabe que “es el Señor”. Sin embargo, su intuición especial no lo sitúa por encima de Pedro, al que espera a la entrada de la tumba en señal de respeto. La comunidad del discípulo amado, imitando a su fundador, debe sentirse unida a la iglesia total, de la que Pedro es responsable.

Las otras dos lecturas: Beneficios y compromiso.

A diferencia del evangelio, las otras dos lecturas de este domingo (Hechos y Colosenses) afirman rotundamente la resurrección de Jesús. Aunque son muy distintas, hay algo que las une: 

a) las dos mencionan los beneficios de la resurrección de Jesús para nosotros: el perdón de los pecados (Hechos) y la gloria futura (Colosenses);

b) las dos afirman que la resurrección de Jesús implica un compromiso para los cristianos: predicar y dar testimonio, como los Apóstoles (Hechos), y aspirar a los bienes de arriba, donde está Cristo, no a los de la tierra (Colosenses).

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 10, 34a. 37-43

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:

― Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él. Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos. El testimonio de los profetas es unánime: que los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados. 

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3, 1-4

Hermanos: Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria. 

José Luís Sicre

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Domingo de Pascua

domingo, 16 de abril de 2017
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8461470921_30a1ef6ec4_zJn 20, 1-9

Jesús había alcanzado la VIDA antes de morir. Y él fue consciente de ello. Él era el agua viva, dice a la Samaritana, Él había nacido del Espíritu, como pidió a Nicodemo; él vive por el Padre; él es la resurrección y la Vida. Ya en ese momento, cuando habla con sus interlocutores, está en posesión de la verdadera Vida. Eso explica que le traiga sin cuidado lo que pueda pasar con su vida biológica. Lo que verdaderamente le interesa es esa VIDA (con mayúscula) que él alcanzó durante su vida (con minúscula).

No debemos entender la resurrección como la reanimación de un cadáver. Un instante después de la muerte, el cuerpo no es más que estiércol. Los sentimientos que nos unen al ser querido muerto, por muy profundos y humanos que sean, no son más que una relación psicológica. Esos despojos no mantienen ninguna relación con el ser que estuvo vivo. La muerte devuelve al cuerpo al universo de la materia de una manera irreversible. La posibilidad de reanimación es la misma que existe de hacer un ser humano partiendo de un montón de basura. Eso no tiene sentido ni para los hombres ni para Dios.

Jesús sigue vivo, pero de otra manera. Debo descubrir que yo estoy llamado a esa misma Vida. A la Samaritana le dice Jesús: el agua que yo le daré se convertirá en un surtidor que salta hasta la Vida eterna. A Nicodemo le dice: Hay que nacer de nuevo; lo que nace de la carne es carne, lo que nace del espíritu es Espíritu. El Padre vive y yo vivo por el Padre, del mismo modo el que me asimile, vivirá por mí. Yo soy la resurrección y la Vida, el que cree en mí aunque haya muerto vivirá, y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre. Jesús no habla para un más allá, sino en presente. ¿Creemos esto?

Jesús había conseguido, como hombre, la plenitud de Vida del mismo Dios. Porque había muerto a todo lo terreno, a su egoísmo, y se había entregado por entero a los demás, llega a la más alta cota de ser posible como hombre mortal. Este admirable logro fue posible, después de haber descubierto que esa era la meta de todo ser humano, que ese era el único camino para llegar a hacer presente lo divino. Esta toma de conciencia fue posible, porque había experimentado a Dios como Don. Una vez que se llega a la meta, es inútil seguir preocupándose del vehículo que hemos utilizado para alcanzarla.

La liturgia de Pascua no está diciéndonos que en cada uno de nosotros, hay zonas muertas que tenemos que resucitar. Nos está diciendo que debemos preocuparnos por la vida biológica, pero no hasta tal punto que olvidemos la verdadera Vida. Nos está diciendo que tenemos que estar muriendo todos los días y al mismo tiempo resucitando, es decir pasando de la muerte a la Vida. Si al celebrar la resurrección de Jesús no experimentamos en nosotros una nueva Vida, es que nuestra celebración ha sido simple folclore.

Meditación

Yo soy la resurrección y la Vida.
Resurrección y Vida expresan la misma realidad, no son cosas distintas.
En la medida en que haga mía la Vida,
estoy garantizando la resurrección.
………………

No te preocupes de lo que va a ser de ti en el más allá.
Además de ser inútil, te llevará a una total desazón.
Lo importante es vivir aquí y ahora esa nueva VIDA.
Todo lo demás ni está en tus manos ni debe importarte.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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La verdad no es un agujero en tierra.

domingo, 16 de abril de 2017
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532_10_462003dd0683c“La verdad no es un agujero en tierra. La verdad es lo infinito del amor recibido a veces en esta vida cuando ya no nos quedaba nada más. Un segundo basta para conocerlo y comprender –incluso si “comprender” no es la palabra– que este infinito tiene necesariamente un lugar que a su vez tiene que ser también él necesariamente infinito. Un agujero en la tierra no es lo bastante grande para contener todo eso”.

Lo escribe Christian Bobin, lo escribieron con su gesto antes que él estas mujeres que fueron al sepulcro en la madrugada del primer día de la semana. Lo mismo que todos los que pasaron el sábado encerrados en el cenáculo, se sentían engullidas por la muerte, fracasadas en todas sus expectativas, envueltas en la tiniebla del sin sentido. Y, junto a ellas, quizá también nosotros, abrumados por la ausencia de Dios, el exceso de dolor y la desesperanza, como si siguiéramos aún en el anochecer del viernes, volviendo con ánimo abatido de enterrar en el sepulcro proyectos, ilusiones y promesas.

Aferrados a la reacción más fácil: “la verdad es un agujero en tierra” y reaccionando «llorando y hacer duelo» (Mc 16,10) «cerrando las puertas por miedo…» (Jn 20,19). La piedra es demasiado grande para nuestras fuerzas, el orden internacional demasiado injusto, la violencia demasiado arraigada, la presencia creyente irrelevante, la Iglesia demasiado temerosa…

Vamos a prolongar el sábado, vamos a refugiarnos en una espiritualidad evadida y permanecer en una parálisis inerte. Volvamos a Emaús, lejos de los sepulcros y de los crucificados, escapemos no sólo de su dolor sino también de su memoria.

Pero hay en la mañana del «primer día de la semana» un camino alternativo:

“En la madrugada del primer día de la semana, fueron María la  Magdalena y la otra María a ver el sepulcro (…) De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: —Alegraos. Ellas se acercaron, se postraron ante él y le abrazaron los pies”(Mt 28,1.8)

Lo mismo que ellas, sigue habiendo hoy gente que echa a andar todavía a oscuras y se acerca a los lugares de muerte para intentar arrebatarle a la muerte algo de su victoria. Como intentaban borrar algo de su rastro aquellas mujeres a fuerza de perfumes.

Saben que no pueden mover la piedra pero eso no les detiene. Son conscientes de la fragilidad y la desproporción de lo que llevan entre las manos, pero esa lucidez no apaga el incendio de su compasión ni hace su amor menos obstinado.

Quizá no viven todo eso desde la plenitud de la fe, ni le ponen el nombre de esperanza a sus pasos vacilantes en la noche. Pero hacen ese camino abiertos al asombro, apoyados en el recuerdo de palabras que prometen vida, dispuestos a dejarse sorprender por una presencia oscuramente presentida.

Los evangelios de Pascua «están de su parte». Se lo dicen, nos lo dicen a todos, esas mujeres que irrumpen de nuevo en nuestros cenáculos anunciando: «¡Hemos visto al Señor!».

De ellas recibimos la buena noticia: Un agujero en la tierra no era lo bastante grande para contener tanto amor. El Viviente sale siempre al encuentro de los que le buscan, los inunda con su alegría, los envía a consolar a su pueblo, los invita a una nueva relación de hermanos y de hijos.

Él va siempre delante de nosotros. Galilea es la encrucijada de todos nuestros caminos.

Dolores Aleixandre

Fuente Fe Adulta

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Apostar por la vida

domingo, 16 de abril de 2017
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Resurrección2Hermanos, cuando uno es cogido por la fuerza de la Resurrección de Jesús, comienza a entender a Dios de una manera nueva, como un Padre que pone vida donde nosotros ponemos muerte; que genera vida donde nosotros la destruimos. Oremos.

Jesús, queremos apostar por la vida

• Que nuestra Iglesia sea la comunidad de hombres y mujeres comprometidos incondicionalmente y de manera radical en la defensa de la vida, y una vida digna, humana y justa para todos.

Jesús, queremos apostar por la vida

• Que nuestra alegría pascual nazca de ese deseo de una nueva creación, que siembre en nuestro corazón el gozo y la utopía de un futuro distinto y urgente.

Jesús, queremos apostar por la vida

• Que nuestra fe en el resucitado nos lleve a acoger a los pobres, el canto de los que aman la vida, la alegría de los que se entregan, el gozo de los que perdonan, la fe de los que no tienen miedo, la ternura de los que ofrecen misericordia, la utopía de los que trabajan por una sociedad más justa.

Jesús, queremos apostar por la vida

• Que todos nosotros nos pongamos tras las huellas del Resucitado, le reconozcamos en el que tenemos a nuestro lado y nos dejemos encontrar con El en los más desfavorecidos.

Jesús, queremos apostar por la vida

Padre, no permitas que pongamos nuestra fe, esperanza y amor en lo que sólo aparentemente es vida. Que tu Sí a la vida en tu hijo Jesús, nos haga sembradores de vida cada día. Gracias porque en la Resurrección de tu Hijo está la semilla de nuestra vida.

Vicky Irigaray

Fuente Fe Adulta

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Pedro Miguel Lamet: No sé cómo amarte

martes, 28 de marzo de 2017
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2c058894d1b8805740404bb977642130Del blog de Xabier Pikaza:

Pedro Miguel Lamet, No sé cómo amarte. Cartas de María Magdalena a Jesús de Nazaret, Mensajero, Bilbao 2016 (376 págs).

Mi primera respuesta fue de emoción apasionada, que iba creciendo a medida que P. M. Lamet recreaba la historia de María de Magdala, maltratada por su padre y por su entorno, sin más salida que dejar su casa y mantener la vida (su vida) con la moneda de opresión y compra-venta de su cuerpo, por simple y supremo afán de supervivencia, cumpliendo el primer mandamiento de Gen 1-2: vivid… (ella no pudo cumplir el segundo, y multiplicaos, porque mujeres de su condición no tienen hijos, pues no encuentran hombre ni amor para tenerlos).

Pero no encontré un «momento interior» para escribir una reseña de esta “novela”, porque me considero amigo de P. M. Lamet (y es difícil escribir de los amigos), y porque he vivido y vivo inmerso, desde hace muchos años, en la trama religiosa y literaria de María Magdalena, la mujer que el evangelio presenta como “amiga” de Jesús, en la línea del “discípulo amigo” (varón o mujer), a quien la tradición de Juan y después el conjunto de la Iglesia ha identificado al menos veladamente con uno de los “doce” apóstoles, varones enviados a predicar el evangelio.

No tenía distancia ante Pedro Miguel ni ante su tema… y he dejado que pasaran los meses antes de ponerme a comentarla, pero ahora, de pronto (8.2,17), día internacional de la mujer trabajadora, he sentido el impulso de volver a leerla, entrando en su trama interior de mujer amante. Ciertamente, el buen trabajo define a la mujer, pero más le define el buen amor, su capacidad de ser amada.

Así he dedicado a María de Magdala, con P. M. Lamet (y en el fondo con Jesús de Nazaret) las mejores horas de esta repentina primavera de Castilla, con los prunos en flor, con los jacintos amorosos y las yemas abiertas del lilar del patio.

Una de las promesas de esa primavera 2017 ha sido de nuevo el libro de P. M. Lamet sobre María Magdalena, y quiero presentarlo, como lectura gozosa del tiempo de Pascua que llega, tiempo propicio para iniciar el camino del amor.

Esta María Magdalena de P. M. Lamet empieza diciendo no sé cómo amarte…. pero a medida que vamos leyendo descubrimos que ella sabe y que nos enseña a amar, si es que así queremos, y nos enseña a descubrir y revivir la primavera, preparando, con las flores tempranas de la imagen, la Gran Flor de Pascua, que el Cristo del Amor, a quien amamos, sin saber nunca amarle del todo, desde este lado del río de la vida.

Gracias, Pedro Miguel, por el libro… gracias contigo a al editorial Mensajero, por haberlo publicado así, de forma profesional y amorosa, para que podamos descubrir una de las caras más brillantes de ese poliedro del Amor que es el Cristo de María Magdalena, el Cristo de millones y millones de personas que decimos con ella «no sé cómo amarte», y al decir, seguimos caminando, pues el mismo amor nos hace capaces no sólo de trabajar, sino también de vivir buscando en esperanza, atraídos por el mismo Amor.

María Magdalena, una mujer de la primera tradición de la Iglesia

Esa misma tradición de la Iglesia, a partir de Jn 19, 19, 25-27 (que recrea los datos de Mc 15, 40-41 par.) ha situado ante la cruz a las dos marías (la madre de Jesús y la Magdalena, dejando en la penumbra a la de Cleofás), y al Discípulo al que Jesús amaba (es decir, a su amigo/a). Toda la historia del mundo está resumida en esa imagen del Dios moribundo con su madre y el discípulo amigo, con Magdalena “amiga” como testigo.

Resultaría difícil, y quizá arriesgado en unos tiempos de sospecha como los nuestros, escribir una novela sobre el discípulo amigo varón, pues los datos que tenemos y el contexto judeo-helenista en el que se han transmitido, pueden abrirse a interpretaciones histórica y simbólicas, de tipo afectivo y/o religioso que hoy no comprenderíamos. Quizá no ha llegado todavía el momento de escribir una novela histórica sobre ese “discípulo amigo”, a pesar de que existen ya estudios exegéticos que ofrecen claves para trazar su posible argumento, entre ellos el espléndido trabajo de S. Vidal, Los escritos originales de la comunidad del discípulo amigo de Jesús El evangelio y las cartas de Juan, Sígueme, Salamanca 1997, reelaborado en Evangelio y cartas de Juan. Génesis de los textos joánicos, Mensajero, Bilbao 2013.

Pero ha llegado hace algún tiempo el momento de escribir la historia de María Magdalena, sea de forma novelada, como ha hecho entre nosotros D. Lamarre (=T. León), La comunidad de Magdala, Arcíbel, Sevilla 2007, sea de forma histórico-exegética, como han intentado, por ejemplo, C. Bernabé, María Magdalena. Tradiciones en el cristianismo primitivo, Verbo Divino, Estella 1994 y J. Shaberg, La resurrección de María Magdalena, Verbo Divino, Estella 2008. A diferencia de la falsa reconstrucción (estéril y plana) de D. Brown y de la mala película de Ron Howard (El código de Vinci, cf. juicio crítico incluso en elpais.com/diario/2006/06/06/opinion/1149544813_850215.html), la “historia” de María Magdalena nos sitúa ante una de las claves de la vida humana, desde la perspectiva de Jesús y de su entorno. Leer más…

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«Tres deportes apostólicos», por Dolores Aleixandre

martes, 13 de septiembre de 2016
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680841b2b4e7a82a1d19bf19f23f8f67A saber: saltar, nadar, correr. No se asusten quienes se consideren de condición artrítica, endeble o extenuada: aunque sean tres verbos asociados con el deporte (estamos en plenas olimpiadas…), su ejercicio está al alcance de todos. Tienen como sujeto a tres personajes evangélicos cuya fiesta hemos celebrado recientemente: Pedro, Pablo y María Magdalena. Es verdad que no representan las acciones más significativas de cada uno, pero sí dicen algo de algunos rasgos vitales compartidos por los tres: ímpetu, energía, prisa, vigor, prontitud, ardor y urgencia. Todo lo contrario de la lentitud, apatía, tibieza, indolencia o parsimonia que caracterizan tantas veces nuestra vida cristiana.

Lo de saltar y nadar fueron cosa solo de Pedro: saltó de la barca a las frías aguas del lago en la madrugada del primer día de la semana y se echó a nadar hacia la playa donde esperaba Jesús. Le recordamos también corriendo hacia el sepulcro en aquella misma mañana de entrenamiento intensivo para todos: María de Magdala corría también a toda prisa después de su encuentro con el Viviente para anunciar a los discípulos: “-¡He visto al Señor!” Años más tarde no había decaído el vigor atlético de los orígenes: Pablo se ve a sí mismo como un corredor sin aliento, lanzado detrás del Señor y sin otra meta que alcanzarle.

Pedro, Pablo y María de Magdala, en expresión de Galeano, “ardieron la vida con ganas” y de ahí mi propuesta: que se celebre conjuntamente el 29 de Junio la fiesta de los tres, añadiendo el nombre de ella a los de Pedro y Pablo. Intuyo que la idea puede sobresaltar a muchos, pero al menos no se pueden objetar incompatibilidades litúrgicas: el Papa Francisco ha convertido en “fiesta” del Calendario Romano lo que antes era “memoria obligatoria” de María Magdalena, reconociéndola como una figura de indiscutible relevancia en la historia del cristianismo. Y si este ascenso en el escalafón la equipara al resto de los apóstoles ¿qué inconveniente habría para una celebración conjunta?

Después de escribir esto me acomete el desánimo: he buscado el icono de Pedro y Pablo y los he visto tan pegados el uno al otro, con las cabezas tan unidas que parecen siameses, que preveo la dificultad de encontrar un hueco para nadie más, por muy “Apostola apostolorum” que sea ella.

El 22 de Julio le he dicho con mucho cariño a María Magdalena: “Siento decírtelo, bonita, pero me temo que te queda aún bastante tiempo de esperar sentada en esta fecha. A pesar de lo bien que supiste correr”.

Dolores Aleixandre, Vida Nueva, Julio 2016

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«Virginia Woolf y María Magdalena», por Juan José Tamayo

lunes, 22 de agosto de 2016
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Full title: The Magdalen Artist: Netherlandish Date made: about 1530 Source: http://www.nationalgalleryimages.co.uk/ Contact: picture.library@nationalgallery.co.uk Copyright © The National Gallery, London virginia_woolf__2A las filósofas, teólogas, escritoras y artistas feministas, mis maestras

            En su magnífico libro La resurrección de María Magdalena. Leyendas, Apócrifos y Testamento cristiano (EVD, Estella, 2008), la teóloga Jane Schaberg relaciona hermenéuticamente a María Magdalena y a Virginia Woolf. La peculiar mística escéptica y subversiva de la escritora británica le sirve de modelo interpretativo para reconstruir la emblemática figura de La Magdalena en clave feminista. ¿Es ésta una alianza espuria? Las diferencias entre ambas mujeres son ciertamente notables, pero también lo son las similitudes, constata Shaberg, al menos en el imaginario colectivo. Las dos son tenidas por “trastornadas” o “enfermas”: la una, “maniaco-depresiva, la otra, posesa; ambas están exorcizadas o autoexorcizadas y confiesan momentos de visión. Las dos resultan extrañas para el círculo patriarcal y ninguna de ellas es miembro del selecto grupo de los “Apóstoles”, o al menos han sido excluidas de dicho grupo por el poder patriarcal. Coinciden hasta en la vida póstuma: Woolf y la  Magdalena son figuras para el mito y la leyenda e iconos en la lucha por la emancipación.

            Desde una lectura feminista, Schaberg reconstruye las figuras de Woolf y Magdalena, hasta identificarse con ellas para crear, con su ayuda, una espiritualidad propia no excluyente conforme al ideal woolffiano: “En mi condición de mujer, no tengo patria. Como mujer no quiero patria. Como mujer, mi patria es el mundo entero”. Y Schaberg añade: “Como mujer, no tengo religión. No soy judía o cristiana o musulmana o pagana. Como mujer soy judía y cristiana, musulmana y pagana”. El deseo confesado de la teóloga feminista es haber “encontrado”  a una María Magdalena tan valiente y arrojada como Virginia Woolf o como Ethel Smyth, personaje de una de sus novelas que la escritora inglesa describe de esta guisa: “Pertenece a la raza de las pioneras, de las que van abriendo camino. Ha ido por delante, y talado árboles, y barrenado rocas, y construido puentes, y así ha ido abriendo camino para las que van llegando tras ella”.

            A través de una rigurosa investigación interdisciplinar de las fuentes cristianas canónicas de la Biblia hebrea y del Testamento cristiano, de los escritos gnósticos y de la arqueología, del arte y de las leyendas, Schabert imagina y recupera la figura de María Magdalena liberada de las imágenes negativas que sobre ella ha construido la ideología patriarcal desde los propios textos canónicos hasta la exégesis actual.

Schaber ve en los textos analizados indicios fragmentados de María Magdalena como continuadora del profetismo hebreo, iniciadora de la creencia cristiana en la resurrección, sucesora de Jesús de Nazaret y heredera de su autoridad espiritual. Los evangelios apócrifos de carácter gnóstico ofrecen elementos importantes para reconstruir la figura de María Magdalena, si bien de manera tentativa y provisional:

– Existe como personaje y como memoria en un mundo cuyos textos acusan un lenguaje androcéntrico y patriarcal.

– Se expresa con atrevimiento y osadía en un mundo real y simbólico dominado por varones, lo que le da un relieve especial.

– Es una persona preeminente entre los seguidores y las seguidoras de Jesús, ya que posee autoridad espiritual y ejerce un liderazgo en igualdad de condiciones con los discípulos varones.

– Es presentada como compañera íntima de Jesús.

– Entra en conflicto con algunos discípulos varones por la fiabilidad de su testimonio.

– Aparece como consoladora y maestra de los demás discípulos.

– Es elogiada por su inteligencia superior.

La teología feminista cristiana recurre a María Magdalena como fuente de autoridad para llevar a cabo las transformaciones necesarias en el terreno eclesiástico y como pionera de la igualdad para generar cambios culturales y sociales que eliminen en la sociedad las discriminaciones de todo tipo: étnicas, sociales, culturales, religiosas y de género. Discriminaciones estas últimas que o suelen pasar desapercibidas o no cuentan como prioridad para su superación.

El libro dibuja un sugerente cristianismo en torno a la figura de María Magdalena, vigente durante los dos primeros siglos en algunas iglesias y olvidado por la Iglesia patriarcal hasta hoy: un cristianismo inclusivo de hombres y mujeres bajo el signo de la continuidad profética más que bajo la sucesión apostólica; un cristianismo como posibilidad desconcertante, terriblemente vulnerable, que intentó alcanzar lo imposible y fracasó, pero que es necesario reinventar -quizás sin llamarse cristianismo- para contribuir a la lucha por la emancipación y la igualdad.

Juan José Tamayo

Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones. Universidad Carlos III de Madrid

Fuente Blog Las Horas

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«María Magdalena, pionera de la igualdad», por Juan José Tamayo

jueves, 11 de agosto de 2016
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mary-magdalene-6e5a131d0dc85e1439fe556313b910251421f22f-s6-c30A las mujeres y a las organizaciones feministas que luchan por la emancipación de las mujeres en una sociedad patriarcal, con mi solidaridad fraterno-sororal y en sintonía

Durante las últimas décadas se está produciendo un importante movimiento de recuperación de la figura de María Magdalena por parte de especialistas del Nuevo Testamento, preferentemente mujeres, que leen los textos fundantes de la fe cristiana en perspectiva de género, de historiadores e historiadoras de los orígenes del cristianismo, que llevan a cabo una reconstrucción no patriarcal de los primeros siglos de la religión cristiana, y de la teología feminista, que aplica a los textos la hermenéutica de la sospecha..

Papel fundamental han jugado en esta recuperación los evangelios llamados “apócrifos”, sobre todo los de carácter gnóstico, entre los que cabe citar el Evangelio de Tomás, el Evangelio de Felipe, El Evangelio de María (del que me ocupé en EL PAÍS-BABELIA, 13 de mayo de 2006) y Pistis Sofía, a quienes algunos investigadores conceden gran importancia por la información que proporcionan sobre las distintas tendencias del cristianismo naciente. Para un conocimiento de estos y otros textos gnósticos recomiendo la obra Textos gnósticos. Biblioteca de Nag Hammadi, 3 vols., Trotta, 1997-2000, editada por Antonio Piñero, catedrático de Filología del Nuevo Testamento en la Universidad Complutense de Madrid.

Resulta difícil una reconstrucción histórica de la figura de María Magdalena, por la falta de datos, ya que los evangelios, tanto los llamados canónicos como los apócrifos, ofrecen pocos datos sobre ella y constituyen un género literario muy peculiar. En este intento de reconstrucción vamos a empezar por una aproximación  el movimiento de Jesús, del que María Magdalena formó parte y fue una figura relevante.

Un movimiento igualitario de hombres y de mujeres

Las actuales investigaciones sociológicas, de historia social, de antropología cultural y de hermenéutica feminista sitúan el grupo de seguidores y seguidoras de Jesús en el horizonte de los movimientos de renovación del judaísmo del siglo I, junto con los esenios, terapeutas, penitenciales y otros. Lo ubican asimismo dentro de los movimientos que lucharon contra la explotación patriarcal en las distintas culturas: griega, romana, asiática y judía. En la historia de Israel hubo intensas luchas protagonizadas por mujeres que jugaron un papel político y cultural muy importante.

Las primeras seguidoras de Jesús eran mujeres galileas que se reunían para comidas comunes, eventos de oración y encuentros de reflexión religiosa con el sueño de liberar a ls mujeres en Israel Es precisamente esa corriente emancipatoria del dominio patriarcal la que posibilitó el nacimiento del movimiento de Jesús como movimiento igualitario de hombres y mujeres en el que éstas jugaron un papel central. Su presencia y protagonismo en dicho movimiento, reconoce la teóloga feminista Elisabeth Schüssler Fiorenza, son de la mayor importancia para la praxis de solidaridad desde abajo.

El movimiento de Jesús se torna así una corriente de protesta contra la teoría y la práctica patriarcales entonces vigentes. La actividad de las mujeres fue determinante para que el movimiento de Jesús continuara después de la ejecución de Jesús y se extendiera fuera del entorno judío. Ellas fueron las primeras en argumentar teológicamente a favor de la participación de los paganos en el banquete mesiánico.

Desde Galilea. Amigas y discípulas

Las diferentes tradiciones evangélicas coinciden en hablar de la existencia de un grupo numeroso de discípulas que acompañaron y siguieron a Jesús de Nazaret desde Galilea hasta el momento de su ejecución en el Gólgota. La mayoría de las veces se citan algunos nombres de mujeres dentro de un conjunto más amplio: María Magdalena, Juana (Lc 8,2-3). Es la misma tendencia seguida en el caso de los varones (Pedro, Santiago y Juan). Con ello se pretende mostrar el lugar destacado que unas y otros ocupaban en el grupo.

La mujer que aparece casi siempre citada en primer lugar entre las amigas de Jesús es María Magdalena, que toma el nombre de de su lugar de origen, Magdala, ciudad pesquera floreciente de la costa oriental del lago de Galilea, entre Cafarnaún y Tiberíades. Ella es discípula de primera hora, pertenece al grupo más cercano a Jesús, ocupa un lugar preeminente en él y hace el mismo camino que el Maestro hasta Jerusalén. En otras palabras, comparte su causa y su destino. Las mujeres que siguen a Jesús suelen ser citadas en los evangelios en referencia a un varón, por ejemplo, Juana, “la mujer de Cusa”; María Magdalena, no: una prueba más de su independencia de toda estructura patriarcal.

La fidelidad o infidelidad a una causa y a una persona se demuestran cuando vienen mal dadas, en la hora de la persecución y del sufrimiento. Cuando Jesús es condenado a muerte y ejecutado, los discípulos varones huyen por miedo a ser identificados como miembros de su movimiento y a correr la misma suerte que él.  Sólo las discípulas que le habían seguido desde Galilea le acompañan y están a su lado en la cruz (Mc 15,40; Mt 27,55-56; Lc 23,49.55). Dentro del grupo de mujeres que están junto a la cruz los sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas) citan a María Magdalena en primer lugar.  Sólo en el evangelio de Juan aparece en último lugar. María funge como discípula fiel no de un Mesías triunfante, sino de un Crucificado por subvertir el orden establecido tanto religioso como político.

Primera testigo de la resurrección

Las distintas tradiciones evangélicas coinciden en presentar a las mujeres como las primeras testigos de la resurrección. Cuando ellas visitan el sepulcro el primer día de la semana, un ángel les comunica que el Crucificado ha resucitado y les pide que vayan a comunicar la noticia a los discípulos (Mt 28, 2-8). Inmediatamente después es Jesús Resucitado quien les sale al encuentro y les hace la misma petición. Tradiciones divergentes coinciden en presentar a María Magdalena como la primera testigo de la Resurrección.

Parece tratarse de una tradición muy antigua. El «final de Marcos» (Mc 16, 9-20) -añadido tardío al evangelio- afirma que Jesús se apareció primero a María Magdalena (Mc 16, 9), quien comunica la noticia a los discípulos que habían compartido su vida con él (Mc 16, 10). La reacción de éstos ante el anuncio de María Magdalena es de incredulidad por creer que se trata de un desatino. El testimonio de las mujeres carecía de valor entonces. ¡Cuánto más en un asunto de tanta trascendencia!

El Evangelio de Juan también presenta la aparición de Jesús a María Magdalena como la primera. La principal discípula y seguidora de Jesús se convierte en la persona que se encuentra con el Resucitado antes que los propios discípulos varones. El primer dato a tener en cuenta en este relato es que, al hallar el sepulcro vacío, Pedro y Juan se retiran, mientras que María Magdalena, según un sermón francés del siglo XVIII descubierto por el poeta Rainer María Rilke en 1911, «busca por doquier a su único, al único objeto de su amor, al único e inalterable apoyo de su corazón exánime».

En ese encuentro hay una tonalidad íntima. Jesús llama a María por su nombre. Ella lo reconoce al instante y le llama «Rabbonní», que es la forma de dirigirse los discípulos más cercanos al maestro (Jn 20,16-17). El breve diálogo que se entabla entre ambos brota de la confianza que había caracterizado sus relaciones anteriores. Como observa Schillebeeckx, entre María y Jesús sigue dándose la misma «comunicación vital» que mantuvieran en vida. Más aún: María experimenta a Jesús como Viviente.

Pero ahí no termina todo. Por indicación de Jesús, María comunica a los discípulos su experiencia del Resucitado: «He visto al Señor» (Jn 20,18). Ella cumplió las tres condiciones para ser admitida en el grupo apostólico: haber seguido a Jesús desde Galilea (Lc 8, 2-3); haber visto a Jesús resucitado (Jn 20,18); haber sido enviada por él a anunciar la resurrección a sus hermanos (Jn 20,17). Los apóstoles aparecen en las tradiciones evangélicas como testigos secundarios de la resurrección. Acceden a ella a través de la experiencia y del testimonio de las mujeres. Su actitud inicial es reservada, recelosa, más aún, desconfiada.

Según Schillebeeckx, «parece que las experiencias de estas mujeres contribuyeron a que la causa de Jesús se pusiera en movimiento» 1. Opinión compartida y sólidamente fundamentada por la hermenéutica bíblica feminista. En concreto, el reconocimiento de María Magdalena como primera testigo del Resucitado explica su protagonismo en el cristianismo primitivo.

Sin embargo, en las cartas paulinas y otros escritos del Nuevo Testamento el testimonio de las mujeres sobre Jesús resucitado no aparece y María Magdalena es sustituida por Pedro. Ello se debe a la situación jurídica de entonces, unida a una Iglesia sometida al dominio masculino, que muy pronto comenzó a eliminar a las mujeres del protagonismo que tenían en el movimiento de Jesús.

El silenciamiento, por parte de Pablo y de otras tradiciones neotestamentarias, de la aparición de Jesús a María Magdalena y a otras mujeres supuso la exclusión de éstas de los ámbitos de responsabilidad comunitaria. Con la pronta instauración de estructuras patriarcales y de la teología androcéntrica en la vida y organización de la comunidad cristiana se interrumpieron las posibilidades y expectativas que se abrían con el reconocimiento de las mujeres como primeras testigos del Resucitado.

A pesar del silencio de Pablo y de otros escritos del Nuevo Testamento, las mujeres constituyen el eslabón indispensable de la transmisión del mensaje evangélico, más aún, el eslabón esencial para la fe en Cristo resucitado y el nacimiento de la comunidad cristiana. Sin el testimonio de las mujeres quizá no hubiera continuado el movimiento de Jesús y difícilmente hubiera surgido la Iglesia. ¿Quién podría narrar en las asambleas eucarísticas las experiencias de la muerte y de la resurrección de Jesús, sino las mujeres, principales testigos, y quizá las únicas? Ellas fueron testigos de cómo una víctima era rehabilitada y el Crucificado vencía a la muerte por la fuerza del Dios de la vida.

En los orígenes del cristianismo, en varias iglesias cristianas María de Magdala tuvo una importancia tan grande, si no mayor, que Pedro. Con el paso del tiempo fue perdiendo relevancia hasta ser suplantada por la tradición de la maternidad divina de María, que llegó a predominar sobre la figura misma de su hijo Jesús de Nazaret, el iniciador del cristianismo como movimiento igualitario de hombres y mujeres. La mariología desplazó a la cristología.

Evangelios gnósticos: Evangelio de TomásEvangelio de FelipeEvangelio de María y Pistis Sofía: Compañera del Salvador

En los Diálogos de Revelación de los evangelios apócrifos de carácter gnóstico, María Magdalena aparece como interlocutora preferente de Jesús resucitado, hermana de Jesús, discípula predilecta y compañera del Salvador. Tal cercanía del maestro provoca los celos de algunos apóstoles, especialmente de Pedro, quien, según Pistis Sophia, reacciona en estos términos: “Maestro, no podemos soportar a María Magdalena, porque nos quita todas las ocasiones de hablar contigo; en todo momento está preguntando y no nos deja intervenir”.

En dichos evangelios, a las que hoy se les está dando un importante valor, ya que nos permiten un conocimiento más riguroso del cristianismo primitivo y de sus diferentes tendencias, aparecen otras voces y otras interpretaciones, reprimidas por el patriarcado cristiano, que se impuso muy pronto a través de la ortodoxia androcéntrica.

Apóstol de apóstoles es el título que dio a María Magdalena Hipólito de Roma, quien no considera a las mujeres mentirosas, sino portadoras de la verdad y apóstoles de Cristo. Igualmente elogioso es el testimonio de San Jerónimo: “… y sobre todo, cómo María Magdalena recibió el epíteto ‘fortificada con torres’ por su fervor y la fuerza de su fe, y recibió el privilegio de ver a Cristo resucitado, incluso antes que los apóstoles” (Epist. CXXVII).

En el proceso de patriarcalización, clerizalización y jerarquización del cristianismo, María de Magdala fue relegada al olvido; más aún, fue presentada y representada como prostituta arrepentida, sirvienta de Jesús en agradecimiento por haber expulsado de ella los malos espíritus de los que estaba poseída, penitente con los vestidos desgarrados que llora por sus pecados pasados y por los que cometerían en el futuro las mujeres, mujer “de mala vida”. Otra fue la suerte de María de Nazaret, madre de Jesús, declarada Inmaculada, Madre de Dios, elevada a los altares, asunta al cielo en cuerpo y alma, piropeada con miles y miles de advocaciones, tratada casi con honores divinos. Toca ahora bajar a María de Nazaret del pedestal para devolverle su verdadera identidad: hermana nuestra y recuperar el protagonismo de María Magdalena como pionera de la igualdad.

Juan José Tamayo
Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones
Universidad Carlos III de Madrid


1 Edward Schillebeeckx, Jesús. La historia de un Viviente, Cristiandad, Madrid 1981, 318.

Fuente Fe Adulta

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Santa María Magdalena

martes, 26 de julio de 2016
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Magdalena

Advertencia: Esta pequeña reflexión fue escrita a mediados mayo, es decir, un poco antes de que nos sorprendiera la noticia el día 10 de junio de que por expreso deseo del Papa Francisco la celebración de Santa María Magdalena haya sido “elevada” a Fiesta. ¿Nos leyó el corazón?

***

¿Humildad? no, más bien hay que llamarlo “invisibilidad” o incluso “ocultamiento”. Las grandes mujeres de nuestra historia cristiana a penas encuentran hueco en nuestra liturgia. Hoy celebramos la “memoria obligatoria” de Santa María Magdalena, la Apóstol de los apóstoles (como se la reconoció en el siglo IX) y ni siquiera se celebra en la liturgia como “fiesta”, solo como “memoria obligatoria”.

Nuestra liturgia hace tiempo que necesita una buena reforma, una que nos muestre a la mujeres, a las que han sido grandes referentes, las modelos de nuestra fe “ocultadas” durante demasiado tiempo.

Hoy deberíamos celebrar la “Solemnidad” (que es más que ‘fiesta’) de Santa María Magdalena y hablar de esta mujer no como de una prostituta penitente (como se ha hecho) sino como lo que fue en verdad: una discípula fiel. La última en marchar al pie de la Cruz y la primera en regresar en la mañana de Resurrección.

Fue a ella y no a otra u otros a quien eligió el Resucitado para anunciar la Buena Noticia de su VIDA con mayúsculas. Fue una mujer la primera testigo de la Resurrección, la primera en reconocer a Jesús en su vida recién estrenada. Ella anunció, aunque la tomaron por loca. Ella anunció, aunque sabía que la palabra de una mujer no era tenida en cuenta.

Y fue ella quien con su desconcierto y con su llanto le robó el primer abrazo al resucitado. Aquella primera mañana de Pascua el duelo y la impotencia le devolvieron la identidad perdida: ¡María! Y al oír su nombre, con el timbre inconfundible de la voz del Maestro, el miedo y el desconsuelo desaparecieron para siempre.

Ella que había sabido acompañar a Jesús por los caminos (Lc 8, 1-3), dejándolo todo, arriesgándolo todo, es también la primera en inaugurar el nuevo camino que amanece en la mañana de Pascua.

No, María Magdalena no es la eterna penitente vestida de saco y cenizas. María Magdalena es la mujer fiel y feliz, arriesgada y con autoridad que emprende la hermosa labor de anunciar a todas las gentes. Ella, como los primeros apóstoles, también contó lo que había vivido con el Maestro y su experiencia, tan rica y tan válida como la de ellos ha sido y es instrumento del Reino.

Sin las mujeres en la Iglesia no habría “mañana de Pascua”, si acaso tarde porque ellos, los varones, no madrugaron para ir al sepulcro.

Ahora te invitamos a leer la noticia del 10 de junio.

Fuente:  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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22.7.16. Apostolorum Apostola, Santa María Magdalena

domingo, 24 de julio de 2016
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apostorum-apostolaComo no pudimos publicarlo el mismo día 22, fiesta de María Magdalena, lo traemos hoy para poderlo meditar en este domingo…

Del blog de Xabier Pikaza:

La Congregación del Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, por deseo expreso del Papa Francisco, ha elevado la memoria de santa María Magdalena a la categoría de fiesta en el Calendario Romano General (22 de julio), creando para ello, por deseo del mismo papa, un prefacio propio titulado Apostolorum Apostola (Apóstol de los apóstoles), donde se dice que ella ha sido la iniciadora de la misión cristiana, realizando una tarea superior (y anterior) a la de los mismos apóstoles. Cf. texto vaticano, en latín, con el antiguo y nuevo título de Magdalena como apóstol de los apóstoles, en
https://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2016/06/10/magdala.html:

En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, aclamarte siempre, Padre todopoderoso,de quien la misericordia no es menor que el poder, por Cristo, Señor nuestro.

El cual se apareció visiblemente en el huerto a María Magdalena, pues ella lo había amado en vida, lo había visto morir en la cruz, lo buscaba yacente en el sepulcro, y fue la primera en adorarlo resucitado de entre los muertos; y él la honró ante los apóstoles con el oficio del apostolado para que la buena noticia de la vida nueva llegase hasta los confines del mundo.

Por eso, Señor, nosotros, llenos de alegría, te aclamamos con los ángeles y con todos los santos, diciendo: Santo, Santo, Santo…

Este prefacio papal pone a María Magdalena por encima de presbíteros, obispos y apóstoles. Según el famoso adagio lex orandi lex credendi (la oración es el principio de fe de la Iglesia), este prefacio ha de tener grandes consecuencias en la visión de la mujer en la Iglesia y en los ministerios de la comunidad. En ese contexto, este día (22.7.16), quiero recordar la obra y figura de M. Magdalena.

(Imagen y 3. Icono tradicional de Magdalena como apóstol de los apóstoles, enseñado a Pedro con los Doce
Imagen 2: María Magdalena, patrona de los dominicos estudiantes; escalera principal del convento de S. Esteban, Salamanca).

La primera historia.

La llamaban Magdalena porque era de Magdala, ciudad de pescadores de la costa del mar de Galilea, entre Cafarnaúm y Tiberíades, con más de doscientos barcos y famosa por sus salazones. Ella formó parte del círculo más íntimo de los discípulos de Jesús, que caminaba con Doce varones, para simbolizar a las tribus de Israel, pero que tenía otros amigos, varones y mujeres, quizá más importantes que los Doce.

Todos los seguidores/itinerantes, varones y mujeres, eran íntimos de Jesús: con él andaban, comían y dormían en los campos y aldeas. Entre ellos se cuenta María de Magdala. El evangelio de Lucas (Lc 8, 2-3; cf. también Mc 15, 40-41) supone que ella, y otras mujeres, sostenían económicamente a Jesús y a su grupo. Pero ese dato es posterior y resulta, por lo menos, ambiguo pues en el grupo de itinerantes de Jesús no parece que hubiera patronos para sostener a unos «clientes» pobres. Magdalena no era una rica patrona sedentaria, sino discípula itinerante de Jesús y así subió con él a Jerusalén, compartiendo los discípulos todo lo que tenía.

La tradición posterior ha pensado que había sido prostituta y que los males de los que Jesús le había liberado eran males de prostitución. Pero los evangelios no dicen nada de eso, a no ser que la identifiquemos con la mujer de Lc 7, 37-39. De todas maneras, aunque hubiera sido prostituta, ello no sería deshonra en sentido cristiano, pues el mismo Jesús dijo a los sacerdotes y presbíteros de Jerusalén: «Las prostitutas os precederían en el Reino de los cielos”» (cf. Mt 21, 31-32).

En realidad, sólo se le llama prostituta desde el siglo II, para destacar la misericordia de Jesús con ella y para rebajar su autoridad. En esa línea se ha dicho también que estuvo endemoniada (Lc 8, 2-3), pero ese dato ha de tomarse en sentido simbólico: Magdalena sería un ejemplo de las mujeres curadas por Jesús. Pero la primera tradición no dice nada de eso.

PARA NO MULTIPLICAR LAS MARÍAS,

AppleMarkA partir del evangelio de Juan, la tradición ha supuesto que María Magdalena era la hermana de Lázaro y de Marta.

Pero María, la hermana de Lázaro y de Marta (cf. Lc 10, 39 y en Jn 11-12), pertenece a un contexto social y familiar diferente. Más sentido tendría identificar a Magdalena con la mujer de la unción (Mc 14, 3-9, pues las dos se vinculan a la muerte y pascua de Jesús, pero tampoco esto es probable.

Podemos afirmar que Magdalena estuvo en la Última Cena, aunque no sabemos cómo fue esa cena, pues los evangelios sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas) la han interpretado de un modo simbólico, para destacar la culminación del camino de Jesús y el fracaso de los Doce. De todas maneras, la importancia de Magdalena no está en su presencia o no presencia en la Cena, sino en el hecho de que ella (con otras mujeres), fue la única «cristiana» que vio morir a Jesús, aunque no pudo «enterrarle» (pues no tenía autoridad para ello; cf. Mc 15, 40. 47; 16, 1-8).

Ella ha sido la primera que ha descubierto, por experiencia de amor personal, que Jesús está vivo, que no se le puede buscar en el sepulcro. En ese sentido, su amor de mujer jugó un papel esencial en el nacimiento de la iglesia cristiana, como lo muestran los textos de la pasión de los cuatro evangelios y de un modo especial el final canónico de Marcos (Mc 16, 9) y Jn 20, 1-18. Así lo supone el comienzo del libro de los Hechos (Hech 1, 13-14), aunque después no hable más de ella.

Celso, el más lúcido de los críticos anticristianos del siglo II, entiende bien los evangelios cuando dice que Magdalena (¡a quien él presenta como una mujer histérica!) fue la fundadora del cristianismo.

Ciertamente, lo fue, pero no por ser histérica, sino por ser una mujer clarividente, capaz de interpretar desde el amor luminoso la historia de la vida y el misterio de la persona de Jesús. Esto es mucho más escandaloso y profundo que lo que algunos críticos afirman cuando dicen que ella fue amante e incluso esposa de Jesús. Ella estuvo en el comienzo de la experiencia pascual y fue iniciadora de la experiencia de la Iglesia.

Los sinópticos presentan a María entre las discípulas que habían seguido y servido a Jesús en Galilea, llegando con él hasta Jerusalén, donde permanecieron a su lado hasta la cruz, a diferencia de los discípulos varones que escapan (cf. Mc 15, 50-51; cf. Mt 27, 56.61; 28, 1). Ella aparece ante el sepulcro vacío y debe trasmitir el anuncio de pascua (Mc 15, 47; 16, 1). En esa línea avanza el final canónico de Marcos que dice expresamente que Jesús resucitado se apareció primero a ella (en contra de Pablo que dice que se apareció primero a Pedro: 1 Cor 15, 5). Ella es, según eso, la primera portadora del mensaje cristiano y resulta lógico que, en sentido simbólico, haya sido identificada con la mujer de la unción, de la que he tratado antes.

El evangelio de Juan ha mantenido la tradición de la presencia de María Magdalena en la tumba vacía (Jn 20, 1), pero después ha desarrollado de un modo ejemplar su experiencia pascual, presentándola como primer testigo de la resurrección, en clave de amor.

Ella ha estado ante la cruz de Jesús, aunque su papel queda eclipsado por la madre y el discípulo amado (Jn 19, 25-27) y después, en contra de la tradición sinóptica (cf. Mc 15, 47 par), no aparece como testigo de la sepultura (Jn 19, 38-42). Sin embargo, ella va al sepulcro el domingo de pascua (sin llevar perfumes para ungir a Jesús, en contra de Mc 16, 1).

Según el evangelio de Juan, Magdalena viene dos veces al sepulcro de Jesús.

Primero sola; ya no necesita de las compañeras que según la tradición iban con ella. Va sola pero actúa como representante de todos los discípulos, de manera que, cuando encuentra el sepulcro vacío (Jn 20, 1), vuelve a contárselo a Pedro y al discípulo amado, representantes oficiales de la comunidad. Después con dos discípulos, que descubren el sepulcro vacío y se marchan. Los otros discípulos se van, pero ella queda en el huerto del sepulcro, con la intención de recoger a un muerto (a un cadáver) y llevárselo a su casa (para vivir de esa manera, para siempre, con la muerte). Pero Jesús se le muestra como vivo, jardinero del nuevo jardín de la vida y que le llama por su nombre y le dice:

María…Vete a donde mis hermanos y diles: subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. Vino María Magdalena y anunció a los discípulos: he visto al Señor y me ha dicho estas cosas (Jn 20, 16-18).

Sin duda, en su forma actual, este relato es posterior, y responde a la teología del evangelio de Juan. Pero transmite un elemento clave del principio del cristianismo: la experiencia pascual (es decir, el origen de la Iglesia) es un recuerdo y encuentro de amor.

En un primer momento, María ha ido al sepulcro para honrar a un cadáver, como han a lo largo de los siglos las mujeres (y los hombres) amantes de la historia. Pero su búsqueda de un «cuerpo» se transforma en encuentro de una persona, de la persona amiga que le acoge (se deja tocar) para darle después una tarea: ¡vete! Mirada así, la experiencia pascual no es sentimentalismo ni pura evasión, sino el descubrimiento de una fraternidad viva: «Vete y diles a mis hermanos… Y María fue…». La buscadora de un muerto se convierte así en compañera y animadora de vivos, como fundadora de la Iglesia.

Desde tiempo antiguo (por lo menos desde Celso, siglo II d.C.), se ha criticado a la Iglesia diciendo que el cristianismo es una experiencia visionaria de un grupo de amigos (de amigas) de Jesús y que el testimonio que ellos han dado, diciendo que le han visto, es un testimonio sesgado, pues los amigos/as ven cosas que no son objetivas, desfigurando la realidad. En contra de eso, los testigos de la resurrección de Jesús (los fundadores de la Iglesia) debían haber sido personas «neutrales», políticos como Herodes o Pilato, economistas, filósofos… Leer más…

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Historia y Fiesta de María Magdalena

martes, 14 de junio de 2016
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mary-magdalene-6e5a131d0dc85e1439fe556313b910251421f22f-s6-c30Del blog de Xabier Pikaza:

RD, con otros portales y periódicos cristianos, han dicho ayer que el Papa Francisco ha elevado la Memoria de María Magdalena, convirtiéndola en fiesta, que se celebrará todos los años el 22 de Julio.

No se trata de un ascenso en el escalafón de los santos, ni de un reconocimiento a la figura y acción de la mujer en la nueva iglesia cristiana (como algunos interpretan), sino de una simple recuperación de su historia, tal como aparece en el Nuevo Testamento.

Más de ocho postales he escrito y publicado sobre ella en los últimos años, pero con esta ocasión quiero recuperar y publicar de nuevo, una reflexión de conjunto sobre su figura. Ayer mismo, al presentar el Evangelio del domingo he comentado el texto de la Confesión de la Pecadora de Lucas (7, 36-50) que suele atribuirse a María Magdalena, con el espléndido libro de Pedro Lamet sobre el relato de su vida. Hoy recojo, en forma escolar, lo que se sabe de ella, ofreciendo el texto publicado en el Gran Diccionario de la Biblia.

María Magdalena ha sido y seguirá siendo una de las figuras más enigmática y ricas de la historia cristiana, que ha proyectado sobre ellas algunas de su filias, pero también alguna de sus fobias:

Algunos la han visto como la pecadora convertida, una simple prostituta recuperada por Jesús… para ejemplo de sumisión y conversión de prostitutas, en el patio trasero de la sociedad y de la Iglesia.

Otros la han presentado, y con más razón, como una de las creadoras de la iglesia cristiana, marginada luego por la jerarquía católica exclusiva de varones. Ella habría sido incluso obispo (y casi Papa), con su hermana Marta, en algún lugar de la Provenza.

Algunos la han tomado y novelado (con pocas razones y menos buena literatura) como la amante de Jesús, y madre de su dinastia sagrada, que pervive aún en algún retoño franco-americano, y que puede convertirse en rectora de la nueva cristiandad liberadas al fin de trabas machistas.

Tengo amigos la han visto que la han visto y la ven como creadora de una comunidad especial de mujeres-obispos, que sigue viviendo en Magdalia, de donde se extenderá por el mundo…

— Otros, en fin, han pensado que ella ha sido una gran mujer… y que debemos recuperar de varias formas su figura enigmática y creadora, en este comienzo del tercer milenio cristiano. Entre ellos parece estar al Papa Francisco, que ha mandado celebrar su fiesta. Buen día a todos, seguiré hablando de ella.

MARIA MAGDALENA

María Magdalena (→ Marta, mujeres, sepulcro, iglesia 1). Ha jugado un papel importante en el principio de la iglesia, como testigo primero y más significativo de la muerte y sepultura de Jesús y del descubrimiento de su tumba vacía, con otras dos mujeres, una de las cuales (María la de Santiago y José) puede ser la madre de Jesús (como sabe Jn 19, 25; cf. Mc 15, 40. 47; 16, 1-8), apareciendo unida a otras mujeres, como transmisora del mensaje pascual para los discípulos. Está firmemente anclada en la tradición de la muerte, sepultura y anuncio pascual de Jesús. No conocemos su familia, sino sólo su nombre, que la presenta como natural de Magdala, ciudad de la ribera del lago de Galilea, al sur de Cafarnaún, lo que supone que es una mujer independiente, que no está definida por los rasgos familiares (no aparece ni como hija, ni como esposa, ni como madre de otra parte).
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(1) Sinópticos. Presentan a María entre las discípulas de Jesús, que le habían seguido y servido en Galilea, siguiéndole hasta Jerusalén, donde permanecen a su lado hasta la cruz, en contra de los discípulos varones (cf. Mc 15, 50-51; cf. Mt 27, 56.61; 28, 1). Ella aparece como testigo del → sepulcro vacío y debe trasmitir el anuncio de la → pascua (Mc 15, 47; 16, 1). El relato de la pasión y pascua de Lc 23-24 conserva las mismas tradiciones, pero añade una muy significativa, citando entre las mujeres que seguían a Jesús, de un modo especial, a «María Magdalena, de la que había echado siete demonios» (Lc 8, 2); de esa manera la convierte, al menos implícitamente en pecadora, es el sentido de «posesa».

Resulta difícil saber si estamos antes una tradición histórica o ante una interpretación del mismo Lucas, que ha querido poner de relieve el poder de sanción y de perdón de Jesús. El mismo evangelio de Lucas parece identificarla con la → pecadora que ha ungido los pies del Señor (cf. Lc 7, 36-49, cambiando totalmente el sentido de unción de Mc 14, 3-9 (la mujer de la unción ya no es profeta, sino pecadora perdonada).

Conforme a esta visión de Lucas, María Magdalena sería una prostituta convertida a la que Jesús acoge en su discipulado donde viene a realizar un papel importante en el momento crucial de la crucifixión y de la pascua. Más aún, por asociación lógica y «economía de nombres», algún lector podría suponer que esta pecadora María es la misma María hermana de → Marta de Lc 10, 38-42. El evangelio de Juan ha seguido ese camino insinuando (o haciendo posible) que la mujer de la unción (Jn 12, 1-8) pueda ser la misma María Magdalena, hermana de Lázaro y de Marta.

(2) El evangelio de Juan ha mantenido la tradición de la presencia de María Magdalena en la tumba vacío (Jn 20, 1), pero ha desarrollado de un modo ejemplar su experiencia pascual, presentándola como el primer testigo de la resurrección, en clave de amor. Ella ha estado ante la cruz de Jesús, aunque su papel queda eclipsado por la madre y el discípulo amado (Jn 19, 25-27) y después, en contra de la tradición sinóptica (cf. Mc 15, 47 par), ella no aparece como testigo de la sepultura (Jn 19, 38-42). Leer más…

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María Magdalena escribe cartas de amor a Jesús de Nazaret

domingo, 8 de mayo de 2016
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“No sé cómo amarte”, nueva novela de Pedro Miguel Lamet

«Quiere ser una novela de amor, de un amor insólito»

«María era, junto a Juan, el discípulo amado, la mujer más querida y privilegiada por Jesús, porque si no, no se explicaría que la eligiera para su primera aparición y para anunciar la resurrección a los discípulos»

Las relaciones de María Magdalena y Jesús de Nazaret, que han despertado tantas interpretaciones, es el tema que el escritor y periodista Pedro Miguel Lamet aborda en su nueva novela, No sé cómo amarte, que acaba de publicar Ediciones Mensajero.

Después de la crucifixión y muerte de Jesús, su famosa discípula envía a María, la madre del Maestro, 23 cartas, que nunca se atrevió a entregarle en vida y que contienen, en tono intimista y apasionado, tanto el relato biográfico de su peripecia humana como su experiencia y mirada femenina sobre los hechos evangélicos.
Nacida en Magdala e hija de un rico comerciante en salazón de pescado, que maltrataba a su madre, se ve obligada, todavía adolescente, a huir y atravesar duras y arriesgadas situaciones: desde un lupanar en Cesarea Marítima a ser vendida como esclava, favorita del rey de los Nabateos y famosa bailarina en Tiberíades, pasando por el amor de un centurión romano, la explotación de una banda de beduinos en el desierto y la amistad de un sabio griego y un médico judío. Fascinada por Jesús, que la cura de sus dolencias, se convierte en su más fiel seguidora hasta su muerte y resurrección.

La novela pretende retratar la psicología de una mujer buscadora, libre y compleja, ante la trágica experiencia de un amor tan espiritualmente grande como humanamente imposible, que la supera y la sublima. «Después de la saturación propiciada por él éxito de El Código da Vinci, de ínfima calidad literaria -declara el autor-, creo que faltaba una obra de ficción, que, basada en los textos evangélicos y en los datos históricos del contexto de la época, se adentrara en el íter psicológico y espiritual de la Magdalena. Quiere ser una novela de amor, de un amor insólito«.

«Intento reconstruir, como lo haría un pintor renacentista -añade Lamet-, el retrato de una mujer inteligente, insatisfecha y buscadora, aunque maltratada por la vida, que descubre un amor tan grande, que por una parte le explica el sentido de la vida y que al mismo tiempo se convierte en tragedia por el drama de Jesús y las exigencias de su misión».

El autor jesuita reconoce que se mueve entre dos aguas: la imagen tradicional de la «pecadora» y la que sostienen algunos biblistas actuales, para los que los famosos «siete demonios» eran meras enfermedades físicas o depresiones. «Ser mujer en aquel medio judío equivalía a ser nada, aún menos, bazofia pisoteada«. Sostiene que, según los evangelios, María era, junto a Juan, el discípulo amado, la mujer más querida y privilegiada por Jesús, porque si no, no se explicaría que la eligiera para su primera aparición y para anunciar la resurrección a los discípulos varones. «Hay otros muchos testimonios evangélicos sobre esta forma contracultural de tratar Jesús a las mujeres y en general a los pobres y marginados». En el relato aparecen también los roces obvios con Pedro y los otros rudos pescadores, y no faltan los celos de algunas mujeres del grupo. «De ahí a que las rocambolescas tesis de que el Maestro la prefiriera como papisa o sobre una estirpe de Jesús, como defiende una literatura de consumo, hay un abismo», declara el novelista.

Con esta nueva obra, Pedro Miguel Lamet quiere exponer además una visión trasversal del amor. «Al lado de Jesús esta mujer, bella y sensible, va aprendiendo que todo amor brota de un Amor total; que no hay diferencia, sino continuidad entre el amor humano y el amor divino, porque tienen una única fuente. Y que todo el amor está dentro de ella, aunque no obtenga toda la respuesta que desea, ya que el amor que siente, ese único amor, es humano y a la vez infinito, salta a la eternidad«.

Al mismo tiempo el escritor pretende, con sus hallazgos y respuestas, ofrecer una vía liberadora de ayuda, consuelo y crecimiento interior a cuantos, desde la soledad, el dolor y la marginación, se enfrentan hoy con los envites propios de un mundo cruel e injusto. El libro ha sido lanzado también en edición digital.

Fuente Religión Digital

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El hortelano que anuncia la vida.

lunes, 4 de abril de 2016
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marc3ada-magdalenaPrimero conocí (me refiero a descubrir con sorpresa) al hortelano de Miguel Hernández, el de la Elegía a Ramón Sijé, el hortelano apasionado, arrepentido, que deseaba escarbar la tierra con los dientes y extraer el cuerpo de su amigo.

Después descubrí al hortelano del evangelio de Juan, el fiel, el pacífico que espera el momento de poner voz de vida a la mañana angustiosa, el interpelado que deja a la mujer avanzar por sí misma en su camino de fe.

Más tarde mi pensamiento unió los dos hortelanos. No me resulta difícil ver al hortelano del poema llorar sobre la tierra ocupada por Jesús, lanzarse al suelo y escarbar con manos y dientes, desamordazar y besar el noble cuerpo.

¿Será Dios el hortelano? Dios anda siempre ocupado en oficios relacionados con la naturaleza: higueras, viñas, campos, mieses…

¿Será Dios el que rompe la tierra para resucitar a su Hijo? ¿Quién es el hortelano que pregunta a la mujer con voz contenida por el secreto: “¿a quién buscas?”. Esa pregunta que late rítmica y cabezona en los textos evangélicos, aunque no siempre aparezca escrita, esa pregunta que podría ser el subtítulo del Nuevo Testamento.

¿Será Dios el que regresa a la sombra de los almendros el cuerpo removido de Cristo?

Yo también quiero ser llorando el hortelano, busco esa pasión desbordada del plantador de Miguel Hernández, porque creo que, a veces, pierdo oportunidades, que la vida desatenta no me explica claramente que el tiempo corre sin mirar hacia atrás.

Quizás algún día pueda preguntar a los demás, como el otro hortelano, el del jardín vuelto edénico, “¿a quién buscas?”, porque, para entonces, ya habré yo desamordazado y besado mi propio encuentro con Cristo. Podré preguntar, y podré sentarme entre rosas de almendro, que tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero.

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Domingo de Pentecostés. Ciclo B

domingo, 24 de mayo de 2015
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250px-Pentecostés_(El_Greco,_1597)Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Para el Greco, María Magdalena vale por ciento siete

En el famoso cuadro de Pentecostés pintado por El Greco, que ahora se conserva en el museo del Prado, hay un detalle que puede pasar desapercibido: junto a la Virgen se encuentra María Magdalena. Por consiguiente, el Espíritu Santo no baja solo sobre los Doce (representantes de los obispos) sino también sobre la Virgen (se le permite, por ser la madre de Jesús) e incluso sobre una seglar de pasado dudoso (a finales del siglo XVI María Magdalena no gozaba de tan buena fama como entre las feministas actuales). Ya que el Greco se inspira en el relato de los Hechos, donde se habla de una comunidad de ciento veinte personas, podemos concluir que la Magdalena representa a ciento siete. ¿Cómo se compagina esto con el relato del evangelio de Juan que leemos hoy, donde Jesús aparentemente sólo otorga el Espíritu a los Once? Una vez más nos encontramos con dos relatos distintos, según el mensaje que se quiera comunicar. Pero es preferible comenzar por la segunda lectura, de la carta a los Corintios, que ofrece el texto más antiguo de los tres (fue escrita hacia el año 51).

La importancia del Espíritu (1 Corintios 12, 3b-7.12-13)

            En este pasaje Pablo habla de la acción del Espíritu en todos los cristianos. Gracias al Espíritu confesamos a Jesús como Señor (y por confesarlo se jugaban la vida, ya que los romanos consideraban que el Señor era el César). Gracias al Espíritu existen en la comunidad cristiana diversidad de ministerios y funciones (antes de que el clero los monopolizase casi todos). Y, gracias al Espíritu, en la comunidad cristiana no hay diferencias motivadas por la religión (judíos ni griegos) ni las clases sociales (esclavos ni libres). En la carta a los Gálatas dirá Pablo que también desaparecen las diferencias basadas en el género (varones y mujeres). En definitiva, todo lo que somos y tenemos los cristianos es fruto del Espíritu, porque es la forma en que Jesús resucitado sigue presente entre nosotros.

Hermanos:

Nadie puede decir: «Jesús es Señor», si no es bajo la acción del Espíritu Santo. Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Porque, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.

Volvemos a las dos versiones del don del Espíritu: Hechos y Juan.

La versión de Lucas (Hechos de los apóstoles 2,1-11)

            A nivel individual, el Espíritu se comunica en el bautismo. Pero Lucas, en los Hechos, desea inculcar que la venida del Espíritu no es sólo una experiencia personal y privada, sino de toda la comunidad. Por eso viene sobre todos los presentes, que, como ha dicho poco antes, era unas ciento veinte personas (cantidad simbólica: doce por cien). Al mismo tiempo, vincula estrechamente el don del Espíritu con el apostolado. El Espíritu no viene solo a cohesionar a la comunidad internamente, también la lanza hacia fuera para que proclame «las maravillas de Dios», como reconocen al final los judíos presentes.

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería.

Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos, preguntaban:

― ¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua.

La versión de Juan 20, 19-23

            El evangelio de Juan, en línea parecida a la de Pablo, habla del Espíritu en relación con un ministerio concreto, que originariamente sólo compete a los Doce: admitir o no admitir a alguien en la comunidad cristiana (perdonar los pecados o retenerlos).

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

― Paz a vosotros.

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

― Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.

Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:

― Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

            Estas breves ideas dejan clara la importancia esencial del Espíritu en la vida de cada cristiano y de la Iglesia. El lenguaje posterior de la teología, con el deseo de profundizar en el misterio, ha contribuido a alejar al pueblo cristiano de esta experiencia fundamental. En cambio, la preciosa Secuencia de la misa ayuda a rescatarla.

El don de lenguas

«Y empezaron a hablar en diferentes lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse». El primer problema consiste en saber si se trata de lenguas habladas en otras partes del mundo, o de lenguas extrañas, misteriosas, que nadie conoce. En este relato es claro que se trata de lenguas habladas en otros sitios. Los judíos presentes dicen que «cada uno los oye hablar en su lengua nativa». Pero esta interpretación no es válida para los casos posteriores del centurión Cornelio y de los discípulos de Éfeso. Aunque algunos autores se niegan a distinguir dos fenómenos, parece que nos encontramos ante dos hechos distintos: hablar idiomas extranjeros y hablar «lenguas extrañas» (lo que Pablo llamará «las lenguas de los ángeles»).

El primero es fácil de racionalizar. Los primeros misioneros cristianos debieron enfrentarse al mismo problema que tantos otros misioneros a lo largo de la historia: aprender lenguas desconocidas para transmitir el mensaje de Jesús. Este hecho, siempre difícil, sobre todo cuando no existen gramáticas ni escuelas de idiomas, es algo que parece impresionar a Lucas y que desea recoger como un don especial del Espíritu, presentando como un milagro inicial lo que sería fruto de mucho esfuerzo.

El segundo es más complejo. Lo conocemos a través de la primera carta de Pablo a los Corintios. En aquella comunidad, que era la más exótica de las fundadas por él, algunos tenían este don, que consideraban superior a cualquier otro. En la base de este fenómeno podría estar la conciencia de que cualquier idioma es pobrísimo a la hora de hablar de Dios y de alabarlo. Faltan las palabras. Y se recurre a sonidos extraños, incomprensibles para los demás, que intentan expresar los sentimientos más hondos, en una línea de experiencia mística. Por eso hace falta alguien que traduzca el contenido, como ocurría en Corinto. (Creo que este fenómeno, curiosamente atestiguado en Grecia, podría ponerse en relación con la tradición del oráculo de Delfos, donde la Pitia habla un lenguaje ininteligible que es interpretado por el “profeta”).

Sin embargo, no es claro que esta interpretación tan teológica y profunda sea la única posible. En ciertos grupos carismáticos actuales hay personas que siguen «hablando en lenguas»; un observador imparcial me comunica que lo interpretan como pura emisión de sonidos extraños, sin ningún contenido. Esto se presta a convertirse en un auténtico galimatías, como indica Pablo a los Corintios. No sirve de nada a los presentes, y si viene algún no creyente, pensará que todos están locos.

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Pascua 5. Tu es Petrus. Pedro, experiencia y tarea de resurrección

martes, 14 de abril de 2015
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PedroDel blog de Xabier Pikaza:

He presentado ya varias figuras de la Pascua: María Magdalena; María, la madre de Jesús; las mujeres de la tumba vacía; Tomás…

Ha sido necesario el ministerio de María Magdalena, como señalaba Jn 20, 11-18. Pues bien, tras ella han corrido, conforme al evangelio de Juan, Pedro y el Discípulo amado, que forman el gran «triunvirato» pascual de su evangelio: Un Hombre (Pedro), una Mujer (Madgalena), un Creyente sin Más (Discípulo amado).

Pero al lado de ese “triunvirato de Juan”, con una mujer esencial, la Iglesia ha destacado, a partir de Gal 1-2 y de Hech 15, otro triunvirato, formado por los tres grandes testigos de las tres líneas oficiales de la Iglesia antigua, tal como ha sido ratificada por el “Concilio de Jerusalén”: Santiago, hermano de Jesús (judeo-cristianos de Jerusalén), Pablo, apóstol de los gentiles, y Pedro, signo de la tradición de histórica de Jesús y de la unión de las Iglesia.

Hoy me detengo en Simón Pedro, a quien la tradición católica presenta como “fundador” de la Iglesia, edificada sobre la palabra del Jesús Pascual: Tu es Petrus, tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, como seguirá viendo quien lea. Buena pascua a todos, con Pedro, con Francisco Papa, con todas las iglesias que reconocen algún modo su magisterio pascual.

Un recuerdo antiguo

Probablemente, el recuerdo más antiguo de una visión pascual de Pedro está evocado en Mc 16, 7, un pasaje que ha sido transformado después en los lugares paralelos (Lc 24, 5-6 y Mt 28, 7). El mismo joven celeste de la pascua recoge esa palabra y encomienda a las mujeres:

Id, decid a sus discípulos y a Pedro:
El (Jesús) os precede a Galilea,
allí le veréis, como os dijo (Mc 16, 7).

Pedro IILas mujeres (y de un modo especial María Magdalena) reciben el encargo de preparar a Pedro, disponiéndole para la experiencia pascual del encuentro con Jesús. Antes era Jesús quien les había ido preparado… ahora deja como delegadas de su obra, como mensajeras de su pascua, a unas mujeres. Son ellas las que deben poner a punto a Pedro, haciéndole que recuerde la palabra de Jesús, que asuma y continúe su camino.

A partir de las mujeres, los discípulos sólo podrán ver a Jesús resucitado en Galilea; allí han de encontrarse de nuevo, impulsados por Jesús, Pedro y los otros apóstoles fugitivos, allí les saldrá al encuentro Jesús; allí tienen que ir las mujeres, dejando la tumba vacía, la ciudad de muerte que es Jerusalén. Deben reunirse todos en Galilea, para iniciar desde allí el camino pascual. Dentro de ese comienzo, Pedro garantiza la continuidad evangélica, la unidad del grupo, su vinculación con la historia de Jesús. La experiencia pascual no puede culminar sin Pedro; por eso tienen que buscarle las mujeres, ofreciéndole el encargo de Jesús. Pero no podemos olvidar que para ver a Jesús el mismo Pedro ha tenido que escuchar y acoger la palabra que le han dicho las mujeres.

((Originariamente se llamaba Simón Baryona, hijo de Juan, como recuerdan Mt. 16, 17, que conserva el apellido Baryona en arameo, y Jn 21, 15, que lo traduce al griego. Pero, en un momento determinado, para indicar y constituir su nueva función de fundamento dentro de la comunidad mesiánica, Jesús le llama Piedra o Roca. Esto es lo que significa su nuevo apodo, Cefas, conservado en arameo por san Pablo (1 Cor 1, 12; 3, 22; 9, 5; 15, 5; Gal 1, 18; 2, 9. 11. 14) y por Jn. 1, 42.

Las comunidades helenistas traducen al griego ese apodo de Simón y por eso los cristianos le llamamos desde entonces Petros (Petrus, Piedra, Pedro). Tan importante resulta ese apodo que al final se convierte en el verdadero nombre propio de Simón Baryona, el primero de los apóstoles del Cristo: Pedro.

La tradición evangélica supone que el mismo Jesús le ha impuesto ese nombre, constituyéndole Cefas (Petros), haciéndole así piedra de su nueva comunidad escatológica (cf. Mc 3, 13; Lc 6, 14; Mt 16, 18). La iglesia ha conservado y expandido ese nombre y cristianos seguimos llamando a Simón de esta manera (Cefas, Petros, Piedra, Pedro), para mantener firme su experiencia y transmitirla dentro de la iglesia. De esa forma, el mismo nombre de se ha venido a convertir en testimonio de experiencia pascual: siempre que llamamos a Simón El Piedra, estamos recordando que Jesús cimiento humano del edificio pascual de su iglesia))

Aparición. Huellas.

La experiencia pascual de Pedro resulta enigmática. Está en el fondo de todo el NT y sin embargo no se ha conservado ningún texto directo sobre ella, ninguna tradición donde se cuente de forma precisa cómo ha sido.

– La tradición más antigua conserva alusiones de esa aparición. Las fundamentales son 1 Cor 15, 5 y Lc 24, 34 (cf también Lc 22, 32). En esa misma línea de posibles alusiones debemos incluir la búsqueda inútil de Pedro cuando corre al sepulcro vacío con el discípulo amado (cf Lc 24, 12 y Jn 20, 1-10).

– No hay sin embargo ninguna escena pascual de tipo extenso donde se conserve o relate esa experiencia del encuentro de Jesús y Pedro. Es posible que en el fondo de pasajes como Mt 16, 13-20 hubiera un relato pascual, con Pedro como protagonista. Pero actualmente, la escena se incluye en contexto de historia de Jesús. Sólo un pasaje tardío y muy teologizado, como es Jn 21, presenta directamente Pedro “viendo” a Jesús en el lago y recibiendo el encargo de cuidar de sus ovejas; pero de ese texto tendremos que hablar más adelante (al ocuparnos de la pascua en Juan).

¿A qué se debe ese silencio? ¿Por qué no se transmite dentro del NT un hecho que ha sido fundamental para la historia posterior del cristianismo? Sea como fuere, debemos confesar que la experiencia pascual de Pedro se encuentra latente en el conjunto del NT. Así queremos presentarla en este momento de nuestro camino pascual. Todos los cristianos somos deudores de las mujeres, que son madres y amigas de la iglesia. Pues bien, debemos añadir que somos deudores de Pedro que, en otro sentido, también es el primero, como dice 1 Cor 15, 3-7: Cristo murió por nuestros pecados…, resucitó al tercer día… y se apareció a Cefas, después a los Doce…

En el comienzo de la iglesia oficial, tal como Pablo la concibe, se sitúa está aparición de Pedro concebida como fenómeno desencadenante, poniendo en marcha el resto de la vida de la iglesia. Están en el fondo las mujeres, pero todo nos permite suponer que ha sido Pedro el que ha reunido a los Doce (Once) iniciando con ellos el Gran Camino oficial de la iglesia. Por eso, su experiencia de pascua se presenta como fundamento de todas las restantes en la historia de la iglesia.

Lucas. Aparición de Pedro y nacimiento de la iglesia

Lucas sabe que están al fondo las mujeres (Lc 24, 1-12), pero apenas trata de ellas. Su historia pascual comienza con dos discípulos han ido de camino, dejando Jerusalén y abandonando así los ideales de la comunidad de Jesús, destrozada por la muerte del maestro. Pues bien, ellos han visto a Jesús como indicaremos al hablar del tema en Lucas (cf 24, 13-32).Vuelven a Jerusalén. Y así sigue la historia:

Y encontraron reunidos a los Once,
con sus compañeros que decían:
El Señor ha resucitado de verdad
y se ha aparecido a Simón
(Lc 24, 33-34).

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