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Archivo para Domingo, 21 de febrero de 2016

Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle.

Domingo, 21 de febrero de 2016

 

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En aquel tiempo, Jesús cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos.

De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros se caían de sueño; y, espabilándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús:

“Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

No sabía lo que decía.

Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía:

“Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle.”

Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.

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Lucas 9, 28b-36

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“Escuchar sólo a Jesús”. 2 Cuaresma – C (Lucas 9,28-36)

Domingo, 21 de febrero de 2016

2-CUAR-600x678La escena es considerada tradicionalmente como «la transfiguración de Jesús». No es posible reconstruir con certeza la experiencia que dio origen a este sorprendente relato, solo sabemos que los evangelistas le dan gran importancia pues, según su relato, es una experiencia que deja entrever algo de la verdadera identidad de Jesús.

En un primer momento, el relato destaca la transformación de su rostro y, aunque vienen a conversar con él Moisés y Elías, tal vez como representantes de la ley y los profetas respectivamente, solo el rostro de Jesús permanece transfigurado y resplandeciente en el centro de la escena.

Al parecer, los discípulos no captan el contenido profundo de lo que están viviendo, pues Pedro dice a Jesús: «Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Coloca a Jesús en el mismo plano y al mismo nivel que a los dos grandes personajes bíblicos. A cada uno su tienda. Jesús no ocupa todavía un lugar central y absoluto en su corazón.

La voz de Dios le va a corregir, revelando la verdadera identidad de Jesús: «Este es mi Hijo, el escogido», el que tiene el rostro transfigurado. No ha de ser confundido con los de Moisés o Elías, que están apagados. «Escuchadle a él». A nadie más. Su Palabra es la única decisiva. Las demás nos han de llevar hasta él.

Es urgente recuperar en la Iglesia actual la importancia decisiva que tuvo en sus comienzos la experiencia de escuchar en el seno de las comunidades cristianas el relato de Jesús recogido en los evangelios. Estos cuatro escritos constituyen para los cristianos una obra única que no hemos de equiparar al resto de los libros bíblicos.

Hay algo que solo en ellos podemos encontrar: el impacto causado por Jesús a los primeros que se sintieron atraídos por él y le siguieron. Los evangelios no son libros didácticos que exponen doctrina académica sobre Jesús. Tampoco biografías redactadas para informar con detalle sobre su trayectoria histórica. Son «relatos de conversión» que invitan al cambio, al seguimiento a Jesús y a la identificación con su proyecto.

Por eso piden ser escuchados en actitud de conversión. Y en esa actitud han de ser leídos, predicados, meditados y guardados en el corazón de cada creyente y de cada comunidad. Una comunidad cristiana que sabe escuchar cada domingo el relato evangélico de Jesús en actitud de conversión, comienza a transformarse. No tiene la Iglesia un potencial más vigoroso de renovación que el que se encierra en estos cuatro pequeños libros.

José Antonio Pagola

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“Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió” .Domingo 21 de febrero de 2016. Domingo 2º de Cuaresma (C)

Domingo, 21 de febrero de 2016

18-cuaresmaC2 cerezoLeído en Koinonia:

Génesis 15, 5-12. 17-18: Dios hace alianza con Abrahán, el creyente.
Salmo responsorial: 26:  El Señor es mi luz y mi salvación.
Filipenses 3, 20-4, 1: Cristo nos transformará, según el modelo de su cuerpo glorioso.
Lucas 9, 28b-36: Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió.

Análisis

El texto de Gn 15 pertenece a una unidad que tiene dos partes muy marcadas: la primera vv.1-6 sobre la promesa de un hijo y descendencia, la segunda vv.7-21 sobre la promesa de la tierra. El texto que hoy presenta la liturgia presenta una cierta confusión ya que encontramos la conclusión de la primera parte, y parte de la segunda. Muchos estudiosos se han preguntado por la antigüedad del texto, hoy parece haber acuerdo que si bien mucho material es antiguo, tenemos también elementos tardíos (como por ejemplo semejanzas con el Segundo Isaías). Incluso los primeros defensores de la teoría de fuentes del Pentateuco afirmaban que descubrir las fuentes de este texto resultaba muy difícil sino imposible.

La primera parte (vv.1-6) nos muestra la promesa de Dios (v.1), la objeción de Abraham, (vv.2-3), la respuesta de Dios en forma de signo (vv.4-5: v.4, negación a la objeción, v.5, signo en el cielo) y aceptación de Abraham (v.6). Como vemos, la liturgia sólo incorpora el signo y la aceptación final. La escena es muy conocida, por ser uno de los momentos iniciales, primordiales, del Primer Testamento.

Es sabido que a los domingos de Cuaresma se les ha asignado «textos bíblicos fuertes», referentes a elementos o dimensiones capitales de la fe judeo-cristiana. Este de hoy es claro: nada menos que la Alianza de Dios con Abraham, la Alianza que dio origen a todo, porque a partir de ahí es que supuestamente se comenzaría a formar el pueblo de Israel –de la descendencia de Abraham– y de ahí saldría Jesús, y de ahí el cristianismo, la Iglesia, y de ahí todo el Occidente Cristiano. De hecho, sin ir más lejos, la Doctrina del Destino Manifiesto de los Estados Unidos de América considera a este país como el nuevo Israel para los tiempos de la modernidad democrática. Países, religiones –incluido el Islam– y culturas creen llevar dentro de su código genético cultural el ADN de Abraham, todas ellas se consideran, de alguna manera, elegidas por Dios, queridas por Él, por medio de este Patriarca privilegiado que hoy estaría marcando más de la mitad de la Humanidad (cristianos y musulmanes ya sumamos el 54% de la población actual).

Al hecho mismo de esta Alianza de Yavé con Abraham se apela en el Parlamento del Estado Isrelí para invocar el derecho de Israel a la tierra que ocupa, en medio de un conflicto de dimensiones prácticamente mundiales. Esos pocos versículos del capítulo 15 no son pues un fragmento piadoso sin importancia. Treinta y cinco siglos más tarde (según la tradición bíblica) del hecho que relata, sigue teniendo siendo considerado, pues, decisivo, cultural y políticamente.

¿Pero fue histórico un hecho tan importante? Más concretamente, ¿lo fue el personaje protagonista, Abraham? En muchas universidades –estamos queriendo hablar de hechos científicos, no de creencias religiosas– hace tiempo que se enseña que no, que no lo es, a la luz de las investigaciones arqueológicas más avanzadas. Obviamente, estamos ante una nueva edición del conflicto de la fe con la ciencia. En nuestra fe y en nuestras eucaristías podemos seguir hablando de todo esto, pero no podríamos hacerlo en el ámbito riguroso de la ciencia o de la universidad.

No vamos a resolverlo ahora, ni siquiera a abordarlo como sería conveniente. Solamente queremos dejar constancia de esta cuestión pendiente. Como el domingo pasado, recomendamos abordar el tema del «nuevo paradigma arqueológico-biblico». Véase la revista VOICES (eatwot.net/VOICES) y tómese su último número –en línea, gratuito–).

La carta de Pablo a los Filipenses tiene una serie de puntos que merecerían ser discutidos. Señalemos, sin embargo, que 3,1-4,1 parece ser una unidad (o quizá hasta 4,3 por la repetición de la invitación a estar alegres). En la mayor parte del cap. 3 Pablo alerta a la comunidad contra los “perros”, “obreros malos”, “falsos circuncisos”, todo lo que parece una ironía contra los grupos judaizantes, es decir quienes pretendían que los cristianos para ser verdaderamente salvados previamente debían aceptar la circuncisión. El tema es complicado: ¿quiénes eran? la cosa se discute, pero parecen ser grupos que pretenden que los cristianos venidos del mundo no judío se hagan a sí mismos primero judíos (circuncisión mediante) para poder gozar luego de los beneficios de la salvación. Puede ser para evitar conflictos: el judaísmo es una religión lícita, las novedades no son bien vistas por algunos griegos; puede ser por cerrazón ante la novedad de parte de los “judaizantes”; puede ser por una suerte de idolatría de la Ley, la circuncisión y la misma ley puestas casi al mismo nivel que Dios… la cuestión es que misioneros itinerantes han llegado a Filipos e insistido en que es necesario hacerse judíos por la circuncisión, y dejar de ser perros (= paganos). Pablo les dice que ellos son los incircuncisos, los perros, etc… A continuación presenta una especie de “curriculum” frente a los que lo cuestionaban: él tiene tantas o más razones para gloriarse de ser judío, pero no pone allí su seguridad, “todo eso lo tiene como estiércol” y sigue en camino para alcanzar a Cristo. Estemos donde estemos, avancemos (3,16).

El Evangelio de la Transfiguración según la versión de Lucas propone una serie de elementos que es interesante tener en cuenta. La diferencia con los textos de Mateo y Marcos hizo que muchos se pregunten si Lucas tuvo en su poder una fuente propia, aunque otros piensan que posiblemente las diferencias de deban propiamente a la redacción del evangelista.

Los elementos comunes son conocidos: Jesús ha anunciado que le espera el rechazo y la muerte. En los otros Sinópticos Pedro se ha escandalizado y Jesús lo compara con “Satanás” aunque esto es omitido por Lc. Jesús anuncia que quien quiera ser discípulo debe cargar la cruz (“cada día” añade Lc). Esto es muy duro, pero termina aclarando que “algunos de los que están… no probarán la muerte hasta que vean” (Mt aclara “al Hijo del hombre viniendo”) el Reino. Precisamente Jesús se aparta a algunos y les hará “ver”. Así sucede la Transfiguración.

Hay elementos que son propios de Lc y son interesantes: a diferencia de Mc/Mt los días son “ocho”, Jesús sube “al” monte (como si supiéramos cuál es) y sube “para orar” lo que es muy frecuente en Lc; lo que ocurre sucede “mientras oraba”, como una consecuencia de esta oración. Lc agrega como algo importante el contenido de la conversación entre Jesús, Moisés y Elías. Agrega el temor en medio de la nube, Jesús es además de “Hijo” presentado como “elegido”. Finalmente Lc omite toda relación entre Elías y el Bautista en el descenso del monte. Es interesante que este monte no sea el monte Sión, lugar donde Dios se encuentra con su pueblo: la cita “este es mi hijo” remite al Sal 2 que en v.6 dice que “ha instalado a su rey en Sión, su monte santo”.

Ante la presencia de Moisés y Elías interviene Pedro, pero “no sabe lo que decía”, probablemente Lc lee la clásica incomprensión propia de Mc pensando que es toda la Iglesia la que debe ser reunida por el Señor, o porque no se le puede dar a Dios una morada… La nube es un signo de la presencia divina y de su gloria (“vieron la gloria”, v.32), y por eso cuando los discípulos entran en la nube (sólo Lc señala expresamente que también ellos quedan cubiertos por la nube) “se llenaron de temor”; ellos no son simples espectadores, la nube es reunión de los discípulos en torno a la palabra de Dios, y unidos a su vez con los personajes del cielo en una suerte de “comunión de los santos”. Sin embargo, como en Getsemaní, el sueño los vence (22,45-46), no son testigos del diálogo, y sólo después de la resurrección comprenderán.

Escúchenlo” es la clave del relato: para estar en cercanía a Jesús no es necesario armar tiendas, sino escucharlo, vivir de su palabra. La peregrinación no ha terminado, estamos en camino aunque la transfiguración ilumine brevemente el escándalo de la cruz anunciada; la Iglesia en marcha a su éxodo en el cielo mira el monte, como Israel miraba el Sinaí en su éxodo.

De golpe, súbitamente todo termina y encontramos a “Jesús solo”. Sin prohibición de por medio, los discípulos guardan el secreto, seguramente porque no han comprendido y se mantienen en el misterio.

Comentario

¡Jesús es tan extraño…! Después de tirar abajo todas las expectativas propias de su tiempo, y remarcar que como Mesías lo van a matar, y así salvará a todos, -después de eso-, dice que sus seguidores deben caminar su mismo camino, deben pasar las mismas cruces, y hasta el mismo martirio, y esto ¡cada día!… ¿Quién lo entiende? Pero cuando todo parece, casi, una invitación al masoquismo, se nos manifiesta transfigurado… “¡esto es lo que les espera!”, nos señala, como en un relámpago en medio de la noche. Cruz y resurrección, van tan de la mano, que se hace imposible separarlas. La resurrección da un sentido nuevo y fructífero a una vida que quiere gastarse y entregarse, como el fruto da sentido al entierro del grano. Pero también, la muerte da un sentido nuevo a la resurrección, ¡¡¡el amor nunca se hace tan generoso como cuando da la vida!!!, y Jesús no será un Mesías “allá en las nubes”, sino uno que camina nuestros pasos, uno que pasó por la cruz y que se dirige a Jerusalén, tierra de Pascua, y tierra que es punto de partida de la misión.

La transfiguración es un anticipo; es un “eclipse al revés”: una luz en medio de la noche. Da un sentido completamente nuevo a la vida, ¡y a la muerte! Hace comprensible la maravillosa reflexión de Hélder Câmara: “El que no tiene una razón para vivir, no tiene una razón para morir”.

La Transfiguración es decirnos “esto es lo que les espera”, es decirnos que “dar la vida vale la pena”. Todo proceso de conversión y cambio tiene sentido porque tenemos una roca firme, tenemos uno que no cambia, y garantiza nuestra vida fecunda, un “resucitado que es el crucificado” (J. Sobrino). Por eso la importancia que tiene “escuchar” a Jesús. Es la voz del profeta de los tiempos finales, del profeta como Moisés, que nos enseña el camino de la vida, el camino del éxodo que es camino de Pascua. Leer más…

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Dom 21.2.16. Transfiguración. Dios no tiene rostro, su rostro son los hombres

Domingo, 21 de febrero de 2016

160110_177494Del blog de Xabier Pikaza:

Dom 2 cuaresma, Ciclo C. Lc 9, 28-36. Este evangelio (Lc 9, 28-36) recuerda el signo de Jesús en el monte (el Tabor de la vida), cara a cara, ante Dios y ante sus tres amigos, revelando así su rostro ante ellos. Quiere que le vean, que todos le veamos (con Moisés y Elías), descubriendo así el rostro del Dios invisible en el rostro de los hombres, para compartir con ellos vida y conversación.

El evangelio de Marcos insiste en el campo de color y fulgor de los vestidos de Jesús, como si no se atreviera a ponernos ante su figura.

Por el contrario, el evangelio de Lucas insiste en su rostro. Su misma cara cambia, se ilumina y aparece como revelación de Dios.

Jesús nos sube al monte y se transfigura (se desnuda y reviste de gloria), nos muestra su rostro, para que le veamos, le miremos, de forma que sepamos quién es, y podamos dialogar con él. Pues bien, ese rostro de Dios que se ilumina en Jesús sobre la montaña se despliega y encarna para los cristianos en el rostro de cada uno de los hombres que están necesitados.

De esa forma Jesús, identifica la estética (belleza del rostro) con la ética: Nos lleva a descubrir el rostro del otros, acogerle y dialogar con él. Así lo mostrará esta postal de domingo que tiene una introducción (los textos) y dos partes:

1- El relato, lectura de los textos. Jesús nos sube a su monte para que descubramos su rostro y podamos dialogar con él, en admiración, belleza y compromiso de seguimiento evangélico.

2. La llamada del rostro. Retomando el motivo del num. 500 de “Imágenes de la fe”, donde he presentado al Dios que no tiene rostro, porque se revela en el rostro del hombre, quiero mostrar que la “estética cristiana” se identifica con la ética: Descubrir a Dios en el rostro de los demás, dejarnos interpelar por cada uno de ellos (enfermo, encarcelado, extranjero), pues ellos son en Cristo (sobre el Tabor de la historia) la belleza y presencia suprema de Dios.

Buen domingo a todos, con la portada de Imágenes de la fe 500 (1. 2. 2016) y una imagen tomada de Cerezo Barredo.

INTRODUCCIÓN. UN TEXTO EN DOS FORMAS

Aquel Monte (según la tradición es el Tabor) era buen sitio, lugar alto de experiencia radical, para desnudarse ante Dios y descubrir los problemas de la humanidad, para sentirlos, para asumirlos y cambiar…

Textos:

Marcos 9, 2-4: Y seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, les subió a solas a un monte muy alto y fue transformado (metamorfosis) ante ellos. Y sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como ningún batanero del mundo podría blanquearlos. Y se les aparecieron Elías y Moisés, que conversaban con Jesús.

Lucas 9, 28b-30: (Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió). En aquel tiempo, Jesús cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió (se transfiguró), sus vestidos brillaban de blancos. De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su éxodo (camino de entrega), que iba a consumar en Jerusalén.

Marcos y Mateo hablan de trans-formación (metamorfosis de los vestidos de Jesús).
Lucas habla de trans-figuración (cambio de figura) del rostro de Jesús.

1. UN RELATO RICO EN SIMBOLISMO

1. Y seis días después…

Posiblemente alude al Día de Dios (sábado o domingo), pasados seis días de la escena anterior que en el evangelio de Marcos era la de Cesárea de Felipe, con la “confesión” de Pedro y la revelación de Jesús (el camino de dar la vida por el Reino). Ha pasado la semana de los días de la creación, llega el día séptimo de la meta-morfosis de la Iglesia.

Ha pasado el tiempo de los equilibrios de poder, los seis días de esta iglesia “gregoriana”, ajustada a los tiempos del mundo; es la hora del cambio en la montaña. Si ella no se transfigura radicalmente, si no sube al Monte de Dios y se renueva corre el riesgo de acabar y morir. Hoy es tiempo bueno, el sexto día

2. Tomando a solas a Pedro, Santiago y Juan les subió a un monte muy alto.

Estos tres (Pedro, Santiago, Juan) son signo de la Iglesia de Jesús, su grupo de intimidad, compendio de todos los creyentes. Ellos son en especial el signo de una Iglesia dominante, llamada a cambiar, descubriendo la señal de la presencia de Dios en Jesús.

Es como si les hiciera “ascender” con él (con el verbo anapherei, en griego), a un monte (horos, sin artículo, a cualquier monte). Desde la perspectiva de Cesárea de Filipo, donde ha estado Jesús, debería ser el Hermón, el monte más alto de la gran cordillera, entre Galilea, Fenicia y Siria. Pero, desde la perspectiva de Galilea (donde parece que el pasaje quiere situarnos), puede y debe tratarse, simbólicamente, del Monte Tabor, lugar de la gran batalla del libro de los Jueces 4, 1.

Jesús tiene que subir (hacer subir) a todos, para que seamos de otras forma. Que tomemos distancia para ser lo que somos, que nos alejemos de los problemas e intrigas inmediatas; que se sitúen ante el frío y el calor de Dios, a pleno campo, llevando con ellos los problemas del mundo, no para quedarse en el monte, sino para detenerse un momento, descubrir mejor el misterio, y ponerse al servicio de los pobres del mundo.

3. Y fue transfigurando ante ellos (cambió su rostro).

La palabra clave del relato de Marcos 9 y Mt 17 metemorphôze (fue transfigurado o metamorfoseado por Dios, en pasivo divino) ante ellos. Se trata de un término que es casi técnico en griego (e incluso en latín) y que evoca las transfiguraciones o cambios de figura que asumen (padecen) los dioses y seres divinos, tomando diversas formas para presentarse y actuar, como sabe Ovidio (Las Metamorfosis), escrita el año 7 d.C.

Pero esta no es una pura simbólica pagana en el sentido negativo, sino una experiencia universal. Toda la realidad es una “metamorfosis” incesante de aquello que existe, dentro del continuo sagrado de la realidad, donde dioses y hombres se vinculan (sin diferencia esencial). Jesús aparece así como fuente de metamorfosis, de gran mutación mesiánica, desde el monte de su revelación.

4. Oración, presencia: un rostro diferente

Así lo ha destacado el evangelio de Lc (9, 29). El posible cambio en los vestidos resulta secundario. Lo que importa es la oración, el encuentro en profundidad con Dios y con los otros… Éste es el cambio radical, que se expresa en los ojos, a través de la mirada. Leer más…

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La anticipación del triunfo de Jesús y de nuestro triunfo. 2ª domingo de Cuaresma. Ciclo C

Domingo, 21 de febrero de 2016

08-transfiguaracionDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

El domingo 1º de Cuaresma se dedica siempre a las tentaciones de Jesús, y el 2º a la transfiguración. El motivo es fácil de entender: la Cuaresma es etapa de preparación a la Pascua; no sólo a la Semana Santa, entendida como recuerdo de la muerte de Jesús, sino también a su resurrección. Este episodio, que anticipa su triunfo final nos ayuda a enfocar adecuadamente estas semanas.

El contexto: la promesa

Jesús ha anunciado que debe padecer mucho, ser rechazado, morir y resucitar. Y ha avisado que quienes quieran seguirle deberán negarse a sí mismos y cargar con la cruz. Pero tendrán su recompensa cuando él vuelva triunfante. Y añade: «Os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán antes de ver el reinado de Dios». ¿Se cumplirá esa extraña promesa?

El cumplimiento: la transfiguración

Ocho días después de estas palabras, Jesús tomó a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, aparecieron con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros se caían del sueño; y, espabilándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús: Maestro, que bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. No sabía lo que decía.

Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía: Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle.

Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.

El relato de Lucas, el que leemos este domingo, podemos dividirlo en dos partes: la subida a la montaña y la visión. Desde un punto de vista litera­rio es una teofanía, una manifestación de Dios, y los evangelistas utilizan los mismos elementos que empleaban los autores del Antiguo Testamento para describirlas. Por eso, antes de analizar cada una de las partes, conviene recordar algunos datos de la famosa teofanía del Sinaí, cuando Dios se revela a Moisés.

            La teofanía del Sinaí

Dios no se manifiesta en un espacio cualquiera, sino en un sitio especial, la montaña, a la que no tiene acceso todo el pueblo, sino sólo Moisés, al que a veces acompaña su hermano Aarón (Ex 19,24), o Aarón, Nadab y Abihú junto con los setenta dirigentes de Israel (Ex 24,1). La presen­cia de Dios se expresa mediante la imagen de una nube espesa, desde la que habla (Ex 19,9). Es también frecuente que se mencione en este contexto el fuego, el humo y el temblor de la montaña, como símbolo de la gloria y el poder de Dios que se acerca a la tierra. Estos elementos demuestran que los evangelistas no pretenden ofrecer un informe objetivo, “histórico”, de lo ocurrido, sino crear un clima semejante al de las teofanías del Antiguo Testa­mento.

            La subida a la montaña

Jesús sólo elige a tres discípu­los, Pedro, Santiago y Juan. Este dato no debemos interpretarlo solo como un privilegio; la idea principal es que va a ocurrir algo tan grande que no puede ser presen­ciado por todos.

Lucas introduce aquí un cambio pequeño pero importante. Marcos y Mateo dicen que subieron “a una montaña alta y apartada”; Lucas, que “subieron a la montaña para rezar”. La altura y aislamiento del monte no le interesa, lo importante es que Jesús reza en todas las ocasiones trascendentales de su vida.

            La visión

En ella hay cuatro elementos que la hacen avanzar hasta su plenitud. El primero es la transformación del rostro y las vestiduras de Jesús. El segundo, la aparición de Moisés y Elías. El tercero, la aparición de una nube luminosa que cubre a los presentes. El cuarto, la voz que se escucha desde el cielo.

  1. La transformación de Jesús la expresaba Marcos con estas pala­bras: «En su presencia se transfiguró y sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no es capaz de blanquearlos ningún batanero del mundo» (Mc 9,3). La fuerza recae en la blancura del vestido de Jesús. Lucas, en cambio, destaca que el cambio se produce mientras Jesús oraba, y se centra en el cambio de su rostro, no en el de sus vestidos: “Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos.” Lucas nos invita a contemplar un escena a cámara lenta, centrada en el primer plano del rostro de Jesús. Es un anticipo de las apariciones de Cristo resucitado, cuando su rostro es difícil de identificar para María Magdalena, los dos de Emaús y los discípulos en el lago .
  2. La aparición de Moisés y Elías. Moisés es el gran mediador entre Dios y su pueblo, el profeta con el que Dios hablaba cara a cara. Sin Moisés, humana­mente hablando, no habría existido el pueblo de Israel ni su religión. Elías es el profeta que salva a esa religión en su mayor momento de crisis, hacia el siglo IX a.C., cuando está a punto de sucumbir por el influjo de la religión cananea. Sin Elías habría caído por tierra toda la obra de Moisés. Por eso los judíos concedían especial importancia a estos dos personajes. El hecho de que se aparezcan ahora a los discípu­los (no a Jesús) es una manera de garantizarles la importancia del personaje al que están siguiendo. No es un hereje ni un loco, no está destruyendo la labor religiosa de siglos, se encuentra en la línea de los antiguos profetas, llevando su obra a plenitud.

En este contexto, las palabras de Pedro proponiendo hacer tres chozas suenan a simple despropósito. Pero son simple conse­cuencia de lo que dice antes: «qué bien se está aquí». Es preferible quedarse en lo alto del monte que cargar con la cruz y seguir a Jesús hasta la muerte.        3. Como en el Sinaí, el monte queda cubierto por una nube.

  1. Las palabras de Dios reproducen exactamente las que se escucharon en el momento del bautismo, cuando Dios presentaba a Jesús como su siervo. Pero aquí se añade un imperativo: “¡Escuchadle!” La orden se relaciona directamente con las anteriores palabras de Jesús, sobre su propio destino y sobre el seguimiento y la cruz de sus discípulos.

            Resumen

Este episodio no está contado en beneficio de Jesús, sino como experiencia positiva para los apóstoles. Después de haber escuchado a Jesús hablar de su pasión y muerte, de las duras condiciones que impone a sus seguidores, tienen tres experiencias complementarias: 1) ven a Jesús transfigurado de forma gloriosa; 2) se les aparecen Moisés y Elías; 3) escuchan la voz del cielo.

            Esto supone una enseñanza creciente: 1) al ver transformados su rostro y sus vesti­dos tienen la expe­riencia de que su destino final no es el fracaso, sino la gloria; 2) la aparición de Moisés y Elías confirma que Jesús es el culmen de la historia religiosa de Israel y de la revela­ción de Dios; 3) la voz del cielo les enseña que seguir a Jesús no es una locura, sino lo más conforme al plan de Dios.

            La anticipación de nuestro triunfo (Filipenses 3,17-4,1)

A la comunidad de Filipos, igual que a otras fundadas por Pablo, llegaron misioneros cristianos, pero de la línea radical, judaizante. Estaban convencidos de salvarse por observar una serie de normas alimentarias (“su Dios es el vientre”) y por la circuncisión (“se glorían de sus vergüenzas”); en consecuencia, aunque no lo reconozcan, para salvarse no es preciso que Jesús muera por nosotros, y “se comportan como enemigos de la cruz de Cristo”.

            Frente a esta postura, los filipenses, seguidores de Pablo, no aspiran a cosas terrenas sino que aguardan a un salvador, Jesús, que transformará nuestro cuerpo humilde a semejanza del suyo glorioso. Esta promesa de la transformación de nuestro cuerpo es la que ha movido a elegir esta lectura, en paralelo con la del evangelio: la transfiguración de Jesús no solo anticipa su gloria sino también la nuestra.

Seguid mi ejemplo, hermanos, y fijaos en los que andan según el modelo que tenéis en nosotros. Porque, como os decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos, hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo: su paradero la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas. Sólo aspiran a cosas terrenas.

Nosotros, por el contrario, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. El transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelos de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo. Así, pues, hermanos míos queridos y añorados, mi alegría y mi corona, manteneos así, en el Señor, queridos.

            La teofanía a Abrahán (Gn 15, 5-12. 17-18)

            En el libro del Génesis, Abrahán, presentado como un pastor seminómada, recibe las dos mayores promesas que puede desear: una descendencia numerosa y una tierra donde asentarse. El texto podemos dividirlo en tres partes: la primera promete una descendencia numerosa como las estrellas; la segunda, la tierra (sin concretar de qué tierra se trata, se supone la de Canaán); la tercera une los dos temas: la descendencia de Abrahán heredará la tierra (en este caso se le atribuye una extensión fabulosa).

            No consigo entender por qué se ha elegido esta lectura. Probablemente porque la sección central (2) hace referencia a una teofanía, y se la ha visto en paralelo con la transfiguración de Jesús. Pero cualquier parecido entre ambos relatos es pura coincidencia.

            1)

                        En aquellos días, Dios sacó afuera a Abrahán y le dijo:

                        – Mira al cielo; cuenta las estrellas, si puedes.

                        Y añadió:

                        – Así será tu descendencia.

                        Abrahán creyó al Señor, y se le contó en su haber.

            2)

            El Señor le dijo:

            – Yo soy el Señor, que te sacó de Ur de los Caldeos para darte en posesión esta tierra.

            El replicó:

            – Señor Dios, cómo sabré yo que voy a poseerla.

            Respondió el Señor:

            – Tráeme una ternera de tres años, una cabra de tres años, un carnero de tres años, una tórtola y un pichón.

            Abrahán los trajo y los cortó por el medio, colocando cada mitad frente a la otra, pero no descuartizó las aves. Los buitres bajaban a los cadáveres, y Abrahán los espantaba. Cuando iba a ponerse el sol, un sueño profundo invadió a Abrahán, y un terror intenso y oscuro cayó sobre él. El sol se puso, y vino la oscuridad; una humareda de horno y una antorcha ardiendo pasaban entre los miembros descuartizados.

3)

            Aquel día el Señor hizo alianza con Abrahán en estos términos: A tus descendientes les daré esta tierra, desde el río de Egipto al Gran Río Éufrates.

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“En el corazón de la Trinidad”. II Domingo de Cuaresma. 20 febrero, 2016

Domingo, 21 de febrero de 2016

cuaresmaIIdom2016

En el corazón de la Trinidad.

“Unos ocho días después de estas palabras, tomando consigo a Pedro, a Juan y a Santiago, subió al monte a orar
(Lc 9, 28)

Pongámonos en el lugar de los discípulos. Nos encontramos en el corazón del evangelio de Lucas: en el corazón del camino de nuestra vida. ¿De dónde venimos? ¿Qué ha sucedido hasta ahora? ¿Qué sucedió “hace ocho días?

Venimos de seguir a Jesús. De haber respondido un día a su invitación a ir con él. De recorrer con él, en la alegría de las Bienaventuranzas, los caminos de Galilea. De escuchar de sus labios la Buena Noticia de la cercanía de Dios, de verla hecha realidad en sus gestos. De haber sido enviadas, enviados por él a anunciar esta buena nueva y a curar por todas partes. De haber vuelto a su lado, felices, a contarle todo lo que hemos hecho. De haberle reconocido como el Señor de nuestra vida, “el Cristo de Dios”. Un camino de intimidad creciente, de alegría que se expande, de salvación que se extiende.

Pero “hace ocho días”, toda esta luz pareció oscurecerse de golpe. Palabras oscuras salieron de la boca del Maestro: palabras que anuncian rechazo por parte de los poderosos, persecución y muerte. Sufrimiento para él y sufrimiento para quienes queramos seguir con él. Como si la muerte de Juan el Bautista a manos de Herodes proyectara ahora su sombra sobre todos nosotros y sobre el camino que tenemos por delante.

En medio de esta zozobra, hoy sucede algo extraordinario. Jesús “nos toma consigo” y sube al monte a orar. Este verbo, “tomar”, es el que había empleado el ángel para quitar a José todas sus dudas: “No temas tomar a María, tu mujer…”. Más adelante, José “tomó a María, su mujer, y al niño y huyó a Egipto”. Y el Jueves Santo veremos a Jesús tomar en sus manos el pan que es su cuerpo, que es Él mismo. Hoy es Jesús quien nos toma consigo. “Nos toma”, porque allí donde va a conducirnos jamás podríamos llegar por nuestro propio pie. “Tomando consigo a Pedro, a Juan y a Santiago, subió al monte a orar”. El texto no dice “subieron”, sino “subió”: Es Jesús quien sube. Nosotros, nosotras vamos en sus brazos, vamos incorporadas a Él.

Y aquí, en el monte, sucede lo extraordinario: la oración de Jesús, llevándonos a nosotras dentro de sí. Y de pronto nos descubrimos sumergidas en el corazón mismo del misterio de Dios. Nos envuelve una nube, símbolo del Espíritu Santo, que también a María la había “envuelto con su sombra”). Y escuchamos la voz del Padre: “Este es mi Hijo amado. Escuchadle. Como si nos dijera: “Esta gloria, esta luz que envuelve a mi Hijo y a vosotras con Él, ES la verdad. Esta es la realidad. Escuchad sus palabras, esas que os desconciertan, y seguidle en su camino hacia la cruz (en el lenguaje bíblico, “escuchar” es sinónimo de “obedecer”. Id con Él. Y no tengáis miedo: atravesaréis con él, la persecución, el sufrimiento y la muerte. Todo se oscurecerá. Pero esa oscuridad no tendrá la última palabra.

Cristo Jesús, tómame contigo.
Padre Bueno, hazme escuchar tu voz.
Espíritu Santo, envuélveme en tu aliento.
Me entrego a Ti, oh Santa Trinidad.

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Enamorarme de ti

Domingo, 21 de febrero de 2016

harrelson, last_supper_cropped500pxDetalle de “La Última Cena” de la artista Becki Jayne Harrelson

Es casi anacrónico este silencio clavado en la alborada.
No está acorde con los tiempos tanta calma y tanto sosiego.
Mi alma amanece sorprendida, y te digo:
Quiero poner mi corazón a tu servicio.
Quiero enamorarme de ti”

Quiero poner mi corazón a tu servicio, Señor. Quiero enamorarme de ti.

Quiero enamorarme de ti, Señor. Derramar en ti todo este amor que aún no he dado, toda tu belleza que guardo en mí, avergonzada; tanta poesía y palabras ciegas que no saco, porque son breves, porque no llegan, porque me apuro toda.

Quiero decirte, ahora que vuelan las campanas entre esa bandada de golondrinas y no voy a oírme, que mi corazón vuela con ellas al ritmo seguro de tu voz segura.

Pero quiero decirte que la duda me sale por cualquier esquina, y a veces desayuno con ella, y que la enormidad de lo que sospecho eres atolondra mi consciencia.

¿Quién eres, Señor? ¿Qué eres? ¿Quién eres para ser capaz de hacerme vivir buscando?

A veces me desespero porque no encuentro las palabra, tan intensas, que narren mi desazón. El sentimiento, la emoción, supera cualquier significado, vas más allá de todo vocablo y hasta el silencio calla mientras espera sin hacer ruido. Es el límite que tú no tienes. Es el límite que yo poseo.

Quiero enamorarme de ti, Señor, y atravesar a tu lado, como la bruma, todo el tiempo del que dispongo, las noches y los días, las estaciones vivas y los sueños perdurables.

Quiero enamorarme de ti, Señor, comenzar el día contigo, manando con las demás criaturas a la nueva mañana. Y recorrer el reloj, jalonados mis pensamientos con tu recuerdo, hasta el ocaso en el que me sumerja con el sol en la espera y el desafío.

Quiero enamorarme de ti. Esto de vivir lleva mucho tiempo y a mí me da miedo equivocarme en el primer cruce, tomar el camino errado y no saber volver. Creo que contigo será más fácil reconocer la senda buena, si tú me agarras fuerte de la mano.

Esta noche me colocaré ante el cielo, desnuda de mí, y me quedaré muy quieta, con los ojos muy cerrados, con el corazón bien abierto. Quizás logre ver una estrella fugaz y pueda así pronunciar lentamente, casi balbuciendo, un deseo:

“Señor, quiero enamorarme de ti,  quiero poner mi corazón a tu servicio”

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“El silencio de nuestros obispos”, por José Mª Castillo

Domingo, 21 de febrero de 2016

visitaadlimina14gran2De su blog Teología sin Censura:

“¿Por qué se callan nuestros obispos ante tantas cosas que claman al cielo?”

“Tienen la lengua suelta contra mujeres u homosexuales”

En la situación tan decisiva y difícil, como la que estamos viviendo en España, llaman la atención, sorprenden y escandalizan muchas cosas, que no es el caso (ni pretendo) enumerar aquí. Pero hay una, en concreto, que no me puedo callar. Cuando se está decidiendo el futuro de nuestro país, lo que es tanto como hablar de la felicidad o la desgracia de tantas familias y de tantos ciudadanos, los obispos españoles dan la impresión de que no tienen prácticamente nada que decir.

Por supuesto, en determinados momentos, sabemos que la Conferencia Episcopal (o quizá algún que otro obispo) han dicho que quieren el bien de España, la paz entre los ciudadanos, la justicia social, la rectitud ética o quizá otros tópicos y lugres comunes por el estilo. Pero afrontar directamente y con claridad los problemas que más nos preocupan ahora mismo a los españoles, de eso ni media palabra. O por lo menos, decir algo que haya sido importante y útil, de eso – que sepamos – nada de nada.

¿En qué país viven nuestros obispos? ¿Es que no se enteran de lo que está ocurriendo? ¿No se han dado cuenta todavía de la descomposición ética que está viviendo España? ¿No tienen ni idea del sufrimiento, de la humillación, de la desesperación en que viven tantas familias, tantos enfermos, tantos niños, tantas personas sin trabajo ni esperanza de tenerlo, tantos trabajadores mal pagados, tantas personas que tienen que huir de España porque aquí no se puede vivir, tantos políticos que se han enriquecido escandalosamente, tanta desigualdad entre unos pocos multimillonarios y millones de criaturas que no tienen fuerzas para seguir callando y aguantando, etc, etc?

Ya sé que habría que recordar otras cosas de las que los jerarcas eclesiásticos, por lo visto, no tienen nada que decir. No pretendo (ni puedo) ser exhaustivo. En cualquier caso, lo que yo me pregunto es por qué se callan en estos asuntos tan graves, cuando sabemos que algunos de nuestros prelados tienen la lengua tan suelta para decir cosas muy desagradables (y hasta injustas) contra las mujeres, contra los homosexuales, contra las personas que tienen una mentalidad secular, laica o atea.

¿Por qué se callan nuestros obispos ante tantas cosas que claman al cielo? Me sospecho que, en muchos casos, callan porque tienen miedo. Miedo a perder privilegios legales, económicos y fiscales. Miedo a que les echen en cara con qué autoridad o credibilidad se ponen a decir lo que se tiene que hacer en la “ciudad secular” cuando ellos son los primeros que no ponen en práctica esas mismas cosas en la “Ciudad de Dios”? ¿Cómo va a exigir la Iglesia que se pongan en práctica los derechos humanos cuando la Iglesia no los reconoce ni los pone en práctica dentro de ella misma?

Es triste y duro tener que reconocerlo. La Iglesia se ha quedado atrás en la historia. Su mentalidad, su teología, sus leyes, sus rituales, su moralidad, todo eso y tantas otras cosas, dan la impresión que son cosas de tiempos pasados, muy pasados. Tan pasados y atrasados, que cuando de pronto aparece un papa – tal es el caso de Francisco – que se ha empeñado en ponerse al día, es precisamente dentro de la misma Iglesia donde este obispo de Roma encuentra una oposición más fuerte e intolerante. ¿Y así queremos los cristianos poder decirle a nuestra sociedad y a nuestro país alguna palabra que le sea útil?

Espiritualidad, General, Homofobia/ Transfobia. , , ,

Clérigos: ¿pocos o mal empleados?”, por Martín Gelabert Ballester, OP

Domingo, 21 de febrero de 2016

e537bbpadrechuchopEso de que son pocos los frailes, monjas y presbíteros es una cantinela que vengo oyendo desde hace cincuenta años. A veces pienso que sobran (me gustaría ser bien entendido), cuando veo la acumulación de clero en zonas determinadas o veo que hay presbíteros que se dedican a tares muy laudables, pero no directamente ministeriales. También pienso que sobran cuando veo que utilizan mucho tiempo en tareas que pueden y deben hacer los seglares. Los seglares o las monjas no son el recurso al que acudir para la catequesis, la formación, la animación de grupos, la visita a los enfermos, la atención a novios, el cuidado de la liturgia, y muchas cosas más. Son tareas que les corresponden directamente. En este sentido, una verdadera promoción del laicado, bien preparado, bien valorado y bien remunerado, solucionaría algunos problemas.

Necesitamos presbíteros y religiosos bien preparados, con una buena formación teológica, con ganas de ser pastores cercanos a las personas, con ilusión por buscar nuevos caminos, con capacidad de adaptación a nuevas necesidades, comprensivos con los alejados o los que se encuentran en situaciones irregulares. Pero sobre todo necesitamos comunidades cristianas adultas, capaces de vivir su fe cristiana y de organizarse por sí mismas. Esas comunidades, si están bien afincadas en Jesucristo, necesitarán de alguien que presida la Eucaristía. Como lo necesitarán, lo buscarán. Y si no lo encuentran, ellas mismas se plantearán quién de ellos puede prestar ese servicio a la comunidad. Y a ese le presentarán al Obispo y le rogarán que le imponga las manos. De hecho, eso es lo que teóricamente ocurre cuando el Obispo ordena un presbítero: se lo presenta el pueblo de Dios y, por eso, el pueblo de Dios es preguntado por la dignidad del candidato.

El presbítero no es un funcionario; es un animador de la fe y un coordinador de las distintas tareas eclesiales, aunque también haya en la parroquia otros animadores y coordinadores. Su labor no es administrativa aunque, a veces, tenga que firmar algún documento. El presbítero es el primer responsable de que las Eucaristías sean participadas, que es mucho más que “decir” y “oír” Misa. La Iglesia no necesita funcionarios, sino servidores del Pueblo de Dios; pastores cuya tarea principal es el anuncio de la buena noticia de Jesucristo y la implantación de su Reino. De este anuncio y de esta implantación se seguirá necesariamente una vida sacramental. Pero la inversa no es necesariamente verdad: de la sacramentalización no se sigue por arte de magia la evangelización. Por eso, sí, necesitamos presbíteros. Pero necesitamos comunidades cristianas convencidas, convincentes, misioneras, auténticas.

Cristianismo (Iglesias), Espiritualidad, General , , , ,

El “pare nostre” y la muerte de un joven cristiano

Domingo, 21 de febrero de 2016

elivolcarsirUn interesante artículo de José Moreno Losada en su blog Cree en la Universidad:

El “Pare Nostre” de un joven sirio cristiano

Se acaba de formar revuelo con la alusión ofensiva al Padre Nuestro en una expresión poética en un acto oficial catalán. La mejor respuesta a las ofensas sean personales o con respectos a nuestras creencias -incluido nuestro sagrado padrenuestro- es saber rezar el Padrenuestro con amor y sangre, si hace falta, como lo ha hecho Elías, un joven estudiante cristiano de Siria comprometido con la fe y la paz en su pueblo. En su muerte encontramos una llamada a trabajar por la Paz y el perdón en nuestro mundo, frente a toda ofensa.

La muerte de este joven cristiano en esa guerra cruel e injusta, nos recuerda la necesidad de avanzar y trabajar con urgencia en una cuestión universal como es el diálogo interreligioso y el respeto mutuo -también entre creyentes y no creyentes- , a lo cual nos está invitando denonadamente el papa Francisco, tanto en su actitud de cara al ecumenismo, así como ante el diálogo interreligioso.

La realidad cultural de nuestro mundo ha cambiado dada la transformación técnico-económica, política y social que estamos viviendo en el fenómeno de la globalización. La idea de nuestro mundo como aldea, hace que todos seamos vecinos de un modo absolutamente nuevo. En esta vecindad nueva hay muchos elementos a resolver de todo tipo, que en principio se plantean problemáticos: económicos, sociales, políticos, culturales. Y dentro de ellos no es ninguna cuestión baladí la realidad religiosa que se ve mezclada e inculturada en todas las demás dimensiones.

Ahí se plantea un reto de gran calado que la Iglesia católica, animada por el Papa Francisco, lo acoge como misión y compromiso, se trata de favorecer un verdadero y auténtico diálogo interreligioso. Por eso en estos días, en que sabemos que el mundo está convulso en cuestiones muy graves en las que entran la persecución religiosa de los cristianos en Oriente – en que una de las últimas víctimas es Elías, este joven conocido de estudiantes extremeños de la juventud estudiante católica-, pero que a la vez, en nuestra propia sociedad, surgen elementos de contradicción y de desafecto entre creyentes y no creyentes, como ha ocurrido con la referencia poco afortunada a la oración entrañable de los cristianos como es el padre nuestro, nos sentimos llamados a reflexionar sobre algo tan necesario como el diálogo interreligioso y las claves del mismo, para un mundo que pretende ser realmente abierto acogiendo la pluralidad como riqueza.

12744616_961750293912508_239036788819030377_nEl diálogo interreligioso exige dos cosas fundamentales: tener algo propio por comunicar, de la misma manera sostener que también los demás tengan algo bueno por enseñarnos; ambos aspectos deben estar unidos y dirigidos al mutuo entendimiento y enriquecimiento.
Si renunciamos a nuestras convicciones por una malentendida actitud de paz, los demás no podrán sacar nada bueno de su encuentro con nosotros. Pero, por otra parte, si no estamos convencidos de que también los seguidores de otras religiones puedan comunicarnos algo bueno, entonces asumiremos una actitud de autosuficiencia y pretenderemos actuar sólo como maestros, cerrando nuestra alma a las riquezas del encuentro.

Se trata ante todo de un “diálogo de vida”: compartir la vida comunidades de religiones diversas que pueden vivir en paz, una junto a la otra, cada uno practicando con coherencia su fe y testimoniándola a los demás, respetándose y solidarizándose en el bien. Esto es urgente en la actualidad, dada la constante movilidad humana.

El cristiano debe estar convencido de que tiene una gran verdad por anunciar a los demás y que éste es un deber preciso; pero también debe estar convencido de que podrá y deberá aprender mucho de los demás: por ejemplo para no caer en el activismo, en el ajetreo de la vida diaria, los monjes budistas dan testimonio del espíritu de oración; o las tendencias individualistas y antiecológicas reciben correctivo de la solidaridad y armonía con la naturaleza de las poblaciones animistas; es muy conocido el influjo ejercitado por Gandhi sobre los cristianos con la doctrina y la práctica de la no-violencia.

Pero también es posible el “diálogo formal”: personas de religiones diversas que se encuentran para afrontar juntos problemas comunes de carácter social, moral, político, etc; cada uno tomando inspiración de la propia religión y buscando encontrar soluciones aceptables para todos. Por ejemplo cómo afrontar problemas de la familia y la vida humana, de la instrucción, de la emigración, de la paz y de la libertad, particularmente la libertad religiosa.

El camino en el diálogo interreligioso está apenas iniciado, así como entre el mundo de la creencia y la increencia; hay mucho trecho por realizar. Dispuestos y deseosos de compartir las propias riquezas y de respetar y de recibir las riquezas de los demás, se podrá construir una mejor convivencia humana.

Estas claves sencillas para lo interreligioso pueden ser también luces para el encuentro entre las personas de nuestra sociedad y sus ideas y creencias. La falta de atención y respeto que hiere a unos y a otros, entre creyentes y no creyentes, no conduce a la verdadera armonía ni a la paz social que todos deseamos. La respuesta a los desencuentros ha de ir por el camino del verdadero diálogo en el que nos encontraremos y aprenderemos a pensar y a sentir, también desde el otro, sabiendo pasar desde la “contra” – diálogo- a ponernos en el lugar del otro –coloquio- , un diálogo coloquial que nos acerca lo que realmente somos, humanos.

José Moreno Losada.

Nota:

Elias-AbiadElías Abiad era… sigue siendo en las manos del Padre… un joven voluntario de Cáritas Siria asesinado en Alepo por los proyectiles que cayeron el pasado sábado 13 de febrero sobre el barrio de Sulaymaniyah. Elías había llegado a a Siria en septiembre del 2014.

Ha dado la noticia el Secretario General de Caritas Internationalis, Michel Roy, en un mensaje de condolencia a la familia de Elías, en el que subraya que el sacrificio del joven voluntario “nos recuerda la continua tragedia cotidiana de Siria, y la urgente necesidad de que cese el fuego y se llegue a la paz”.

Elías trabajaba en proyectos de asistencia de Cáritas Siria en Alepo desde septiembre de 2014. El domingo 14 de febrero, el obispo Georges Abou Khazen OFM, Vicario apostólico de Alepo para los católicos de rito latino, ha lanzado un llamamiento en el que recuerda también el sacrificio de Alias Abiad: “Os escribo desde Alepo” se lee en el texto, publicado por Ora Pro Siria “donde desde hace unos días, estamos bajo continuos bombardeos contra civiles que están causando muertos, heridos y destrucción por doquier. La noche pasada, en nuestros barrios han muerto cuatro personas y más de quince han resultado heridas, eso sin contar las casas y apartamentos dañados. Estos bombardeos” continúa el obispo franciscano “son realizados por los grupos denominados ‘oposición moderada’ y como tales son defendidos, protegidos y armados, pero en realidad solo se diferencian de los otros yihadistas en el nombre”.

Fuente Agencias

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