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Nex Benedict y todos los hijos transfigurados de Dios, ¡Rogad por nosotros!

Lunes, 26 de febrero de 2024
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IMG_1293Nick Fagnant

La reflexión de hoy es del colaborador invitado Nick Fagnant. Nick es un estudiante de doctorado que estudia “Teología y Educación” en la Escuela de Teología y Ministerio Clough de Boston College. Después de una carrera de enseñanza y ministerio en escuelas secundarias católicas, el enfoque del trabajo actual de Nick es la “educación ignaciana queering”. A Nick también le encanta pasar tiempo con su sobrino, luchar con su perro y leer increíbles historias de ciencia ficción.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el segundo domingo de Cuaresma se pueden encontrar aquí.

Hace apenas unos días conocimos información trágica sobre la paliza y muerte de una joven trans*. De la Human Rights Campaign:

Nex Benedict, un estudiante de secundaria no binario de 16 años, amaba la naturaleza y veía el programa de televisión The Walking Dead. Nex disfrutaba dibujando, leyendo y jugando Ark y Minecraft. Nex también tenía un gato, Zeus, al que amaban. La familia de Nex tiene parte de sus raíces en la nación Choctaw y estaba en un proceso para comprender más sobre la identidad de Nex, como muchos otros padres de jóvenes transgénero y no binarios. El 7 de febrero de 2024, Nex fue golpeado brutal salvajemente dentro de un baño en la escuela secundaria Owasso en Owasso, Oklahoma, donde Nex era estudiante. Nex fue llevado al hospital y dado de alta, para ser readmitido al día siguiente. El 8 de febrero de 2024, Nex sucumbió a las heridas sufridas y murió trágicamente”.

Tres niñas cisgénero golpearon a Nex en el baño de niñas, ya que la ley de Oklahoma exige que los estudiantes utilicen los baños escolares asociados con su sexo asignado al nacer. Si bien aún se investiga la causa de la muerte de Nex, la paliza propinada por las tres niñas no está en duda.

La muerte de Nex no es un caso singular. Especialmente durante el Mes de la Historia Afroamericana, recuerdo que las mujeres trans* negras corren un riesgo extremo de sufrir violencia, incluso si la violencia contra las mujeres trans* de color rara vez aparece en las noticias nacionales. En 2023, al menos 32 personas trans* o de género expansivo fueron asesinadas en los EE. UU., el 84 % de las cuales eran personas de color. Necesitamos recordar los nombres de personas trans* como London Price, que fue asesinada a tiros en Florida en octubre, y Sherlyn Marjorie, una querida artista drag, que fue asesinada por una ex pareja íntima. Necesitamos recordar a Tortuguita, una activista ambiental, que fue asesinada a tiros por un policía estatal durante una protesta, y a Zachee Imanitwitaho, una inmigrante ruandesa en Estados Unidos, que fue encontrada muerta en el estacionamiento de su lugar de trabajo. Necesitamos recordar a Unique Banks quien, junto con su madre, murió en un tiroteo masivo.

Y podemos seguir y seguir. Esta lista de nombres es trágica y abrumadora. Se lee como una letanía de santos. Estas personas trans* emprendieron un largo y confuso viaje para comprender sus identidades centrales, su yo mismo. Aunque les costó la vida, eligieron vivir auténticamente. En sus historias, quiero exaltarlos como los hijos amados y transfigurados de Dios que veo que son.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el Segundo Domingo de Cuaresma, un tiempo para confrontar nuestros fracasos, me ayudan a procesar estas muertes, así como el pecado personal y social más amplio que apunta deliberadamente a estos miembros específicos de nuestra familia LGBTQ+.

El Evangelio de Marcos contiene tres momentos en los que el cielo cambia y una voz anuncia a Jesús como el Hijo de Dios. Esto ocurre por primera vez en el bautismo de Jesús en el Jordán. Aquí, las nubes se abren, una paloma desciende y una voz del cielo afirma que Jesús es el Niño “amado” de Dios. Nex, como tantos niños trans*, necesitaba escuchar esa voz sagrada que les decía que ellos también son amados de Dios. Especialmente como miembros del Cuerpo de Cristo, ¿cómo podemos anunciar mejor a las personas trans* como hijos amados de Dios? ¿Como nuestros queridos hijos?

El segundo acontecimiento ocurre en la lectura de hoy, la historia de la Transfiguración. Jesús está flanqueado en el monte por Moisés (que simboliza la Ley) y Elías (que simboliza a los Profetas). Una vez más, el cielo se abre y el Padre declara a Jesús como el Hijo amado. Mientras tanto, Peter, James y John se sienten confundidos y aterrorizados. Incluso en la Transfiguración, los más cercanos a Jesús no comprenden la verdad de quién es él.

Saber que tu cuerpo sagrado está transfigurado mientras las personas más cercanas a ti no comprenden tu identidad central como “amado” de Dios debe ser increíblemente solitario. Los padres de Nex dijeron que “estaban en un proceso para comprender más sobre la identidad de Nex“. Aprender las verdades fundamentales sobre un ser querido requiere dejar de lado intencionalmente el miedo y las ideas preconcebidas para poder abrazar la humildad y viajar junto a él mientras se descubre y revela.

Durante el resto del Evangelio de Marcos, los discípulos continúan su proceso relacional para discernir la identidad central de Jesús. Al igual que los padres de Nex, no pueden ver la plenitud del hijo transfigurado de Dios a quien aman. ¿Qué vemos cuando nos enfrentamos a personas contemporáneas, sagradas, transfiguradas y encarnadas? ¿Cómo tomamos la iniciativa de aprender más sobre las identidades trans*?

IMG_3251  Nex Benedict

La tercera descripción que hace Marcos de una voz que revela la verdadera identidad de Jesús ocurre en la crucifixión, después de que Jesús fuera traicionado y abandonado por los apóstoles. Esta vez, nuestras expectativas se ven trastocadas: no es Dios Padre, sino un soldado romano quien reconoce a Jesús como el Hijo. Marcos nos presenta a este soldado como modelo y esperanza de nuestra propia conversión de corazón y cultura. A pesar de actuar a menudo como el soldado romano en complicidad con una cultura de muerte, ¿cómo creamos una cultura de vida que apoye la seguridad de los niños trans* y promueva su florecimiento?

Es hora de que honremos al amado Niño de Dios celebrando a otros miembros transfigurados y de género expansivo del Cuerpo de Cristo. Pero no podemos hacerlo solos. Necesitamos la ayuda de quienes nos han precedido:

Nex Benedict: ¡Ruega por nosotros!

London Price: ¡Ruega por nosotros!

Sherlyn Marjorie: ¡Ora por nosotros!

Tortuguita: ¡Ruega por nosotros!

Zachee Imanitwitaho: ¡Ruega por nosotros!

Unique Banks: ¡Ruega por nosotros!

Todos vosotros santos hermanos: ¡Rogad por nosotros!

Todos los amados y transfigurados Hijos de Dios que han sido asesinados por la confusión, el terror y el miedo de nuestro mundo: orad por nosotros, para que tengamos el coraje de trabajar por el día en que todos los Hijos trans*figurados de Dios estén seguros y sean celebrados. !

–Nick Fagnant, 25 de febrero de 2024

Fuente New Ways Ministry

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“Escuchar a Jesús”. 2º Cuaresma – B (Marcos 9,2-10)

Domingo, 25 de febrero de 2024
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IMG_2900Cada vez tenemos menos tiempo para escuchar. No sabemos acercarnos con calma y sin prejuicios al corazón del otro. No acertamos a acoger el mensaje que todo ser humano nos puede comunicar. Encerrados en nuestros propios problemas, pasamos junto a las personas, sin apenas detenernos a escuchar realmente a nadie. Se nos está olvidando el arte de escuchar.

Por eso tampoco resulta tan extraño que a los cristianos se nos haya olvidado, en buena parte, que ser creyente es vivir escuchando a Jesús. Sin embargo, solo desde esta escucha nace la verdadera fe cristiana.

Según el evangelista Marcos, cuando en la «montaña de la transfiguración» los discípulos se asustan al sentirse envueltos por las sombras de una nube, solo escuchan estas palabras: «¡Este es mi Hijo amado: escuchadle a él!».

La experiencia de escuchar a Jesús hasta el fondo puede ser dolorosa, pero es apasionante. No es el que nosotros habíamos imaginado desde nuestros esquemas y tópicos. Su misterio se nos escapa. Casi sin darnos cuenta nos va arrancando de seguridades que nos son muy queridas, para atraernos hacia una vida más auténtica.

Nos encontramos, por fin, con alguien que dice la verdad última. Alguien que sabe para qué vivir y por qué morir. Algo nos dice desde dentro que tiene razón. En su vida y en su mensaje hay verdad.

Si perseveramos en una escucha paciente y sincera, nuestra vida empieza a iluminarse con luz nueva. Comenzamos a verlo todo con más claridad. Vamos descubriendo cuál es la manera más humana de enfrentarnos a los problemas de la vida y al misterio de la muerte. Nos damos cuenta de los grandes errores que podemos cometer los humanos y de las grandes infidelidades de los cristianos.

Hemos de cuidar más en nuestras comunidades cristianas la escucha fiel a Jesús. Escucharle a él nos puede curar de cegueras seculares, nos puede liberar de desalientos y cobardías casi inevitables, puede infundir nuevo vigor a nuestra fe.

José Antonio Pagola

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“Éste es mi Hijo amado”. Domingo 25 de Febrero de 2024. Domingo segundo de Cuaresma

Domingo, 25 de febrero de 2024
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20-cuaresma B2 cerezoLeído en Koinonia:

Génesis 22,1-2.9-13.15-18: El sacrificio de Abrahán, nuestro padre en la fe.
Salmo responsorial: 115: Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida.
Romanos 8,31b-34: Dios no perdonó a su propio Hijo.
Marcos 9,2-10: Éste e mi Hijo amado.

Después del anuncio de la pasión y del llamado al seguimiento, Marcos introduce el relato de la transfiguración (Mc 9,2-8). Algo así como una “Pascua anticipada”, junto a una crucifixión igualmente “anticipada”. Después viene la discusión sobre la resurrección y el retorno de Elías (Mc 9,9-13) y la historia de la sanación del niño mudo (Mc 9,14-29). Según Xavier Pikaza, los tres relatos tejen un tríptico eclesial que vincula la experiencia de oración, la fe sanadora y el anuncio de la pasión y la resurrección. Así la experiencia pascual (transfiguración) está unida a la acción liberadora.

Veamos en primer lugar la fuerza simbólica del relato, y después “ataremos cabos” para resaltar el mensaje para nuestro HOY:

“Seis días” que evocan los “seis días” de la creación, o los “seis años” de trabajo antes del “año sabático”. Es pues, tiempo productivo, de siembra, de actividad, de preparación. En este ambiente sucede la transfiguración. Pudiéramos decir que la transfiguración pertenece a “otro tiempo”, que irrumpe en el “tiempo ordinario”, con el fin de producir un contraste, un desequilibrio, un llamado de atención, una corrección.

“Tres discípulos”: Pedro, Santiago y Juan, en representación de la comunidad discipular conducida por Jesús. La humanidad masculina en camino al encuentro transformador con la divinidad. Quizá por ello más necesitada de la corrección que va a desarrollarse en lo alto del monte.

“Vestidos resplandecientes” para resaltar la transformación, en donde el resplandor y la blancura expresan la profundidad y la integridad del cambio operado. Las primeras comunidades cristianas usaron vestidos blancos recién lavados para simbolizar la nueva vida que se proponían vivir. Los vestidos exteriores son expresión de los profundos cambios en el interior de las personas.

“Tres seres resplandecientes”: Jesús, Moisés y Elías, en representación de la “comunidad celestial” en comunión. También masculina. Quizá por ello, el encuentro de las dos comunidades sólo suman “seis”. La plenitud del “siete” tendrá lugar mediante la inclusión de la comunidad femenina.

“Tres tiendas”, simbolismo del éxodo y del Dios del éxodo, experiencia tribal originaria y fundacional de Israel. El tiempo de las tiendas es también tiempo de alianza tribal, de solidaridad, de igualdad. En la fiesta de las tiendas sukkot cada familia hacía una choza y habitaba en ella, recordando la salida de Egipto.

Tenemos un énfasis en el simbolismo trinitario: 3 seres celestiales (Jesús, Moisés, Elías), 3 discípulos (Pedro, Juan, Santiago), 3 chozas (éxodo); tres veces tres junto con la gloria de Dios. Tres significa comunidad, perfección, plenitud. Es la propuesta comunitaria de Dios para la humanidad a partir del mismo ser trinitario de Dios. Es el proyecto a construir una vez que se regrese a la llanura.

“Nube”, para los pueblos del desierto significa sombra, lluvia, vida, alegría, bendición. Por eso, siempre está relacionada con Dios. Es un signo visible de la presencia y la compañía gratificante de Dios. Así lo fue durante la travesía del pueblo por el desierto, Dios caminaba delante de él señalando el camino. La voz y la nube van junto al pueblo, cuando este decide construir el proyecto de Dios.

“Subir el monte alto”: evocando Horeb-Sión, lugar donde Moisés y Elías se vieron “cara-a-cara” con Dios. Epifanía que revela el proyecto de Dios y que da fuerza y sabiduría para llevarlo a cabo. Ascenso humanizador, en cuanto capacidad y decisión para realizar lo revelado por Dios.

“Descender del monte”: a la llanura, para el encuentro y la transformación humana y social. En el descenso, quienes experimentaron la resurrección, discuten sobre la “resurrección de los muertos”. El monte está relacionado con la resurrección y la llanura con la muerte. Evocación de los orígenes de Israel en las montañas tribales en contraste con las llanuras tributarias e idolátricas. Producir tal contraste es la tarea permanente de quienes “descienden del monte”. De ahí el imperativo a descender.

En el camino a Jerusalén era necesaria la transfiguración. Galilea había mostrado el “éxito” del reino de Dios. La comunidad discipular identificó allí la realización de los tiempos mesiánicos relacionados con los milagros de Jesús y con las multitudes necesitadas. La expectativa judía de un Mesías liberador de la opresión romana estaba siendo respondida. La comunidad discipular aún no salía de estos moldes mesiánicos. Cuando Jesús anuncia su pasión y crucifixión, hay alarma y desconcierto. No se entiende un mesianismo que pase por la cruz. Para “corregir” esta situación vivida por la comunidad post-pascual de Marcos, el relato introduce la transfiguración.

No sabemos cuál sea el contenido materialmente histórico de este relato teológico, ni es importante conocerlo; este relato, como todo el evangelio, no está escrito tanto “para que sepamos” un dato material de la vida de Jesús, sino “para que creamos”, para alimentar nuestra fe subrayando un aspecto de una verdad salvífica (no una verdad física). Para comunicarnos un mensaje espiritual (una verdad profunda), sin que importe la veracidad fáctica del hecho que sirve de símbolo-vehículo para la transmisión de ese mensaje (o sea, aunque como verdad superficial no fuera cierto tal hecho).

Lo que en el sentido profundo se trasmite en el texto es una vivencia fundamental para toda persona humana, que lo fue sin duda también para Jesús: la necesidad de transcender la superficie de las cosas para captar su sentido profundo. En un momento privilegiado de gracia, los discípulos pudieron acceder a una visión más honda de lo que significaba aquél Jesús humilde que les acompañaba “como uno de tantos”. Y eso les dio ánimos y les fortaleció para continuar la “subida a Jerusalén”.

La fe es la que opera esa “transfiguración”; por ella la vida real, tantas veces chata y sin relieve, rutinaria o hasta decepcionante, se “trasfigura”, mostrándonos sus riquezas de sentido, su trasfondo de dimensiones transcendentes, hasta hacernos experimentar incluso que “todo es gracia”, como dijo Bernanos. Ante esa visión transfigurada de la realidad, uno se extasía, sentimos el deseo de detener el tiempo para contemplar y saborear… Pero esos momentos privilegiados, transfigurados, son excepciones; a lo largo del camino hacia Jerusalén hay pocos montes Tabor…

La fe es la que debe suplir y hacer posible en el fondo del corazón la fuerza para subir al monte Tabor, incluso cuando podamos estar más cerca del otro monte, el Calvario… La fe nos puede dar “una visión contemplativa de la realidad”, una visión mayor, penetrante, transfiguradora, anticipadamente escatológica incluso. Este poema de Casaldáliga que les ofrecemos parece expresar algo semejante.

“Vi un cielo nuevo y una tierra nueva”

Entonces veré el sol con ojos nuevos
y la noche y su aldea reunida;
la garza blanca y sus ocultos huevos,
la piel del río y su secreta vida.

Veré el alma gemela de cada hombre
en la entera verdad de su querencia;
y cada cosa en su primero nombre
y cada nombre en su lograda esencia.

Confluyendo en la paz de Tu mirada,
veré, por fin, la cierta encrucijada
de todos los caminos de la Historia

el reverso de fiesta de la muerte.
Y saciaré mis ojos en Tu gloria,
para ya siempre más ver, verme y verte.

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25.2.24. Dom 2. Cuaresma: Transformación de la iglesia dormida (Mc 9,2-8)

Domingo, 25 de febrero de 2024
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IMG_3259Del blog de Xabier Pikaza:

Este domingo suele llamarse de “trans-figuración” o cambio de figura (apariencia externa) de Jesús y de la iglesia. Pero el evangelio  no dice “cambio de figura” (trans-figuración: que cambie externamente todo para que nada cambie), sino de forma de ser  (transformación, metamorfosis).  

 Son muchos los que, en contra del evangelio, sólo quieren unos cambios “cosméticos” de la figura/apariencia de la iglesia (dormidos allí arriba los tres: Pedro, Jacob, Juan), para que todo siga igual.

El evangelio quiere un cambio de morfé/forma de ser (meta-morfosis o trans-formación)  de la iglesia.

Marcos 9,2-10

En aquel tiempo, Jesús llevó a Pedro, a Jacob y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transformó (mete-morphôzê) delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.

Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús: “Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.” Estaban asustados, y no sabía lo que decía. Se formó una nube que los cubrió, y salió una voz de la nube: “Éste es mi Hijo amado; escuchadlo.” De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos.

Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: “No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.” Esto se les quedó grabado, y discutían qué querría decir aquello de “resucitar de entre los muertos”.

Comparar los textos

Esta es la fiesta de  la meta-morfosis, el cambio de ser de Jesús y de la iglesia, no un pequeño cambio externo, cosmético, de la iglesia, conforme al principio deLampedusa: Que parezca que cambia todo, para que nada cambie (Gatopardo). 

Esta Meta-morfosis de Jesús  tiene que ser cambio del triunvirato de la iglesia (Pedro, Jacob, Juan)nos invita a un cambio radical en la forma de ser (no sólo de la figura externa de la vida.

Marcos 9, 2 Y seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, les subió a solas a un monte muy alto y se trans-formó (fue transformado) ante ellos. 3 Y sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como ningún batanero del mundo podría blanquearlos. 4 Y se les aparecieron Elías y Moisés, que conversaban con Jesús.

La traducción latina/romana  de Marcos (y el texto de Lucas 9, 28b-30) dicen que fue un cambio de figura (trans-figuratus), un cambio de la apariencia del  rostro (eidos/figura de su rostro) cambió, se hizo distinto (heteron), sus vestidos brillaban etc.

 Anotaciones sobre el texto de Marcos

Y seis días después… Posiblemente alude al Día de Dios (sábado o domingo), pasados seis días de la escena anterior, la de Cesarea de Felipe, con la “confesión” de Pedro y la revelación de Jesús (dar la vida por el Reino). Ha pasado la semana de los días de la creación, llega el día séptimo de la gloria de Cristo.

Tomando a solas a Pedro, Santiago Zebedeo y Juan. El triunvirato oficial de la Iglesia. Estos tres son signo de la historia de Jesús, su grupo de intimidad; ellos son, al mismo tiempo, el testimonio de la iglesia entera.

  • Son los tres primeros del tiempo de Jesús, compendio de todas la iglesia posterior
  • Más tarde el triunvirato lo forman los tres del Concilio de Jerusalén: Pedro, Santiago/Jacob hermano de Jesús y Pablo (Gal 2, Hech 15). En los dos casos tenemos una iglesia “trinitaria” de tres varones.
  • Trinidad de mujeres... Tanto Mc 15-16  como en Mateo y Lucas en vez del triunvirato ponen un triunfeminato, formado por las tres “marías” (Magdalena, con M. de Cleofás  y Salome), a las que Jn 19 añade el discípulo amado.

Les subió a un monte muy alto… Simbólicamente es el monte de Galilea… En el fondo es el monte de la Cruz y de la pascua… Es como si Jesús les/nos hiciera ascender… para descubrir la verdad, para transformarnos.

Fue trans-formado ante ellos. La palabra clave del relato es metemorphôze (fue transformado o metamorfoseado, en pasivo divino) ante ellos. Esa palabra (meta-mofosis) tiene un sentido técnico en griego (e incluso en latín) y evoca las transformaciones que asumen (padecen) los dioses y seres divinos, tomando diversas formas para presentarse y actuar. En esa línea se sitúa la obra clásica de Ovidio (Las Metamorfosis), escrita el año 7 d.C., en la que se narran, partiendo de las obras clásicas de Homero y Hesíodo (del conjunto de la mitología de Grecia y Roma), los cambios o “transformaciones” de dioses y héroes, desde el principio hasta el tiempo de Julio César (pocos años antes de Cristo). Toda la realidad es, según eso, una “metamorfosis” incesante de todo lo que existe, dentro del continuo sagrado de la realidad, donde dioses y hombres se vinculan (sin diferencia esencial).

Y sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrante… Marcos no dice nada del cambio del rostro de Jesús (a diferencia de Lucas 9, 29, quien significativamente omite la palabra metamorfosis, por sus implicaciones de cambio externo, no radical de la vida), o de alguna de sus partes (como la mirada, cf. Ap 2, 18; 3, 18), sino que se fija sólo en sus vestidos, que se vuelven blancos, es decir, de color de cielo (cf. Ap 3, 18; 19, 14). De esa manera sigue la tradición del Antiguo Testamento, por ejemplo en Is 6, 1, donde se dice que el profeta vio a Dios, pero sólo se fija en su manto). También el joven de la pascua de Mc 16, 5 tendrá el vestido blanco.

Y se les aparecieron Elías y Moisés. En el monte de Jesús están los dos del AT: Moisés es la ley, Elías es la profecía… Falta el tercero que sería David o Salomón (sapienciales, salmos.., Esos dos conversaban con Jesús. Se les aparecieron a ellos (a los tres videntes), no a Jesús. La iglesia es una conversación de Jesús con Moisés y Elías . Sobre la interpretación de Moisés (la Ley) ha venido discutiendo Jesús con los escribas, desde Marcos 2, 7, pasando por 3, 22 y 7,1, hasta culminar en 14, 53.

Sobre la relación de Elías con Juan Bautista y con Jesús ha tejido Marcos su evangelio (desde 1, 2-3, pasando por 6, 15; 8, 29 y 9, 11, hasta 15, 35). Ellos representan la identidad de Israel, es decir, la Ley (Moisés) y la profecía (Elías), vinculadas en su raíz y señalando que el camino de Jesús, rechazado por otros como peligroso para la identidad y esperanza israelita, cumple en realidad esa esperanza.

Jesús asume y culmina de esa forma el camino y testimonio de Moisés y Elías. No se identifica con ninguno de ellos, no es Moisés ni es Elías, es alguien distinto, el Cristo, Hijo de Dios, pero cumple y culmina la función que ellos han iniciado, de forma que “conversa” con ellos. Mirados desde esa perspectiva así, Moisés y Elías realizan la misma función de Isaías y el Bautista en Mc 1,1-11: ofrecen testimonio, abren un camino de esperanza. Pero la palabra creadora y la revelación definitiva provienen directamente del Dios que engendra a Jesús diciéndole “tú eres mi Hijo” (1,9-11) o le declara como Hijo delante de sus discípulos (Éste es mi Hijo 9,7), cumpliendo y desbordando de esa forma las funciones de Moisés y Elías.

Esta es una escena de contraste. Las autoridades oficiales y sagradas de Jerusalén (escribas-sacerdotes-ancianos) van a condenar a Jesús en nombre de su Dios de poder (cf. Mc 8,31). Pues bien, ese mismo Dios avala a Jesús llamándole su Hijo, y así lo reconocen los representantes verdaderos de Israel (Moisés y Elías). Por eso, la Iglesia de Jesús que ha escrito y que acoge este pasaje viene a presentarse como auténtico Israel, heredera de todas las palabras de la ley y profecía (Moisés y Elías), frente a los judíos no cristianos que, en el fondo, habrían rechazado a sus padres verdaderos Pedro, Santiago y Juan descubren así a Jesús arriba, en la montaña de la gloria, culminando el camino de Moisés y Elías, con quienes él conversa (êsan synlalountes: estaban dialogando).

Posiblemente, en su origen, el texto evocaba una experiencia de resurrección: brilla sobre Jesús la gloria de Dios en la montaña de su pascua, en la que culmina todo el camino de Israel. Pero esa transformación pascual sólo tiene sentido (y sólo se realiza) en el camino que lleva a la entrega de la vida; por eso, Marcos ha querido situar esa escena en el momento clave del camino de Jesús, cuando él ha decidido tomar un camino de entrega de la vida a favor de los demás, poniéndose en manos del Dios de la Vida.

Meta-morfosis cristiana, no meta-morfosis o avatara de película  

Hay metamorfosis que no son más que cambios externos, una especie de mutaciones teatrales… en las que todo parece cambiar pero sin que cambie realmente nada conforme , una ley de la naturaleza, formulada por A. L. Lavoisier (1743-1794): “nada se crea, nada se destruye, todo se transforma”. Aquí se podría aplicar la formula de Lampedusa, en el Gatopardo: Parece que se cambia todo para que no se cambie nada.

Avataras de las religiones de oriente… En un plano, en parte, semejante al anerior se sitúan muchas experiencias y/o formulaciones de las religiones orientales (sobre todo del hinduismo, pero también del budismo), que hablan de las manifestaciones sagradas de la divinidad o del misterio (Visnú, Shiva, el Dharma, lo Búdico…) en algunos seres privilegiados como Krisna, Rama o Gautama Buda. En sentido estricto, el que se metamorfosea no es el hombres, sino lo divino, que toma forma (apariencia) humana, para así ayudar a los hombres y mujeres en el camino de su divinización o liberación.

J. Cameron, Avatar/avatara. Hacia el año 2009/2010 se estrenó la película de  J. Cameron, titulada precisamente Avatar, en la que se expone con símbolos de fondo pagano y bíblico (Eva…), oriental y occidental, la posible tragedia de una humanidad técnica que ha perdido su vinculación con la naturaleza sagrada (la interconexión/metamorfosis que todo lo vincula), por un deseo esquizofrénico de dominio técnico, enriquecimiento idolátrico y muerte. Avatar es un canto a la gran Metamorfosis, que se concreta en las vinculaciones (sinapsis) sagradas que vinculan a todos los vivientes, dentro del Todo sagrado (que es la Madre).

Novedad Cristiana. La gran transformación Mc 9, 2-9 (cf. Mt 17, 1-13).

  • La iglesia está representada por los tres varones (Pedro, Jacob, Juan/Pablo), pero faltan aquí las mujeres… Hay que introducirlas…
  • Los tres se duermen…Quieren que Jesús les conceda el poder sobre el monte, no quieren hacer con él el camino… Son, somos, la iglesia dormida, miedosa… del triunvirato masculino.
  • En Mc 16, 1-8, el ángel de la pascua dice a las tres mujeres del monte verdadero (las tres marías), que dejen la tumba, que vayan a Galilea y pongan en marcha a Pedro y a su compañía… Con toda intención, Maros sigue diciendo que ellas no han ido todavía, que tienen que ir, que tienen que ponernos en marcha, bajar del monte, dejar el sueño, caminar…

Metamorfosis/transformación de la iglesia. Reflexión

Ese cambio está inspirado, fundado en Jesús,  con Moisés y Elías a su lado, con Pedro/Papa, pero también con Jacob y Juan… y sobre todo con las tres mujeres en la base. O realizamos todo ese cambio o morimos como iglesia.

Al  emplear esa palabra (metemorphôtê), Marcos quiera situar la experiencia de Jesús en el trasfondo religioso de su tiempo, pero destacando la novedad esencial del evangelio… No cambiar la figura externa, cambiar la realidad total del ser humano y de la forma de vida, como indica la partícula meta (más allá, por encima), que aparece en la expresión meta-noia (que se suele traducir por con-versión, pero que significa cambio total de conocimiento, meta-gnosis, de ser). La radicalidad cristiana de esa experiencia, entendida como meta-noia (cambio de conocimiento) y meta-morfosis (cambio de forma de ser) expresa la novedad más honda del cristianismo y de la iglesia.

La misma palabra metamorfosis (aceptada por Mt 17, 2, desde un contexto más judío) ha suscitado el recelo de Lucas, que no se atreve a utilizarla ni en griego y que sólo habla de un cambio en el rostro y vestidos de Jesús. Lucas sigue la traducción de la Vulgata (transfiguratus est coram ipsis, Mc 9, 2), habla de la Trans-figuración y no de la Trans-formación (Meta-morfosis) de Jesús y de la iglesia…

La palabra transfiguración es buena, pues nos invita a trascender o cambiar la figuras externa de la vida. Pero no es suficiente; no basta con cambiar la figura externa, hay que cambiar la forma de ser, la  realidad misma de la vida de la iglesia.

Es muy posible que el traductor de la Vulgata, con el evangelio de Lucas  y la liturgia latina hayan tenido miedo de utilizar la palabra  trans-formatio (trans-formación, cambio de forma-morphê) y por eso han puesto  transfiguración: hay que cambiar la figura externa de la iglesia; no se puede cambiar su forma de ser. Entendida así,  la fiesta de hoy es fiesta de trans-formación, ni simple trans-figuración. Por eso, la meta-morfosis no es un cambio de forma externa o figura, sino un cambio esencial, una “mutación” radical.

Comparación con Pablo. Flp 2, 6-11. Servicio de amor hasta la muerte.

La experiencia cristiana de la metamorfosis de Jesús (y de aquellos que creen en él) nos sitúa, según Marcos, cerca de aquello que Pablo y su escuela han explorado al hablar de la transformación radical de la vida, que se expresa de un modo privilegiado en Jesús.

Así, por ejemplo, en el himno de Flp 2, 6-11 se dice que Jesús ha tomado la “morphê” o forma/esencia de siervo, para realizar su tarea (en una línea de verdadera encarnación, no de apariencia). Pues bien, según eso, Jesús ha realizado la obra de Dios (siendo aquel que vive en morphê Theou, forma/esencia de Dios) por haber asumido la morphê doulou, forma/vida de servidor, entregándose así por los demás. Éste es el argumento que está al fondo de 1 Cor 15, 35-58, donde se habla de la gran trans-formación de la vida humana, que se realiza en Cristo, una meta-morfosis que puede y debe compararse a la que se produce (en otro nivel) en las semillas de las plantas, que se siembran y mueren y así “resucitan”.

Transformación y metanoia…

 Esa trans-formación con “meta” (meta-morphê) ha de vincularse se con la meta-noia (trans-gnosis, trans-pensamiento) del mensaje original de Jesús (Mc 1,14-15) y del discurso de Pablo en Atenas (Hech 17, 30) donde Pablo presenta ante la cultura el sentido de la transformación del cristianismo.

En el fondo del relato de la metamorfosis de Jesús en Mc 9, 2-8 está la experiencia de la gran trasformación pascual de la humanidad y del cosmos entero (cf. Rom 8, 18-30), que es el centro de la fe cristiana. Esa meta-morfosis de Jesús (su avatar) es mucho más que lo que busca y dice Cameron. No es un retorno a un tipo de “madre” naturaleza antigua (Eva, Pandora), de la que venimos, sino creación pascual de aquello que aún no somos. En un sentido, Cameron tiene razón (corremos el riesgo de matar a la Madre naturaleza). Pero en otro se queda muy corto: la meta-morfosis de Jesús nos lleva a futuros aún no explorados, ni imaginados…, en línea de creación pascual, a través de un amor que es capaz de dar la vida por los demás.

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La anticipación del triunfo de Jesús. Domingo 2º de Cuaresma. Ciclo B

Domingo, 25 de febrero de 2024
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IMG_3225Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

El domingo 1º de Cuaresma se dedica siempre a las tentaciones de Jesús, y el 2º a la transfiguración. El motivo es fácil de entender: la Cuaresma es etapa de preparación a la Pascua; no sólo a la Semana Santa, entendida como recuerdo de la muerte de Jesús, sino también a su resurrección. Este episodio, que anticipa su triunfo final nos ayuda a enfocar adecuadamente estas semanas.

El contexto

Jesús ha anunciado que debe padecer mucho, ser rechazado, morir y resucitar. Pedro, que no quiere oír hablar de sufrimiento y muerte, lo lleva aparte y lo reprende, provocando la respuesta airada de Jesús: «Retírate, Satanás». Luego llama a toda la gente junto con los discípulos, y les dice algo más duro todavía: no sólo él sufrirá y morirá; los que quieran seguirle también tendrán que negarse a sí mismos y cargar con la cruz. Pero tendrán su recompensa cuando él vuelva triunfante. Y añade: «Algunos de los aquí presentes no morirán antes de ver llegar el reinado de Dios con poder». ¿Se cumplirá esa extraña promesa? ¿Hay que hacerle caso a uno que pone condiciones tan duras para seguirle?

El cumplimiento: la transfiguración

Seis después tiene lugar este extraño episodio.

En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo.

Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús: 

– «Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» 

Estaban asustados, y no sabía lo que decía. Se formó una nube que los cubrió, y salió una voz de la nube:

– «Éste es mi Hijo amado; escuchadlo.»

De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó:

– «No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»

Esto se les quedó grabado, y discutían qué querría decir aquello de «resucitar de entre los muertos».

El relato podemos dividirlo en tres partes: la subida a la montaña, la visión, la bajada. Desde el punto de vista litera­rio es una teofanía, una manifestación de Dios, y Marcos utiliza los mismos elementos que empleaban los autores del Antiguo Testamento para describirla.

            La subida a la montaña

Es significativo el hecho de que Jesús sólo elige a tres discípu­los, Pedro, Santiago y Juan. La exclusión de los otros nueve no debemos interpretarla sólo como un privilegio; la idea principal es que va a ocurrir algo tan importante que no puede ser presen­ciado por todos. Por otra parte, se dice que subieron «a una montaña alta». Mc usa el frecuente simbolismo de la montaña como morada o lugar de revelación de Dios. Entre los antiguos cananeos, el monte Safón era la morada del panteón divino. Para los griegos se trataba del Olimpo. Para los israelitas, el monte sagrado era el Sinaí. También el Carmelo tuvo un prestigio especial entre ellos, igual que el monte Sión en Jerusalén.

            La visión

En la visión hay cuatro elementos que la hacen avanzar hasta su plenitud.

1) La transformación de las vestiduras de Jesús, que se vuelven «de un blanco deslumbrador, como no es capaz de blanquearlos ningún batanero del mundo». Mc parece sugerir que del interior de Jesús brota una luz deslumbradora que transforma sus vestidos. Esa luz simboliza la gloria de Jesús, que los discípulos no habían percibido hasta ahora de forma tan sorprendente.

2) Elías y Moisés. Curiosamente, el primer plano lo ocupa Elías, considerado en el judaísmo el precursor del Mesías (Eclesiástico 48,10); el puesto secundario que ocupa Moisés resulta difícil de explicar. Moisés es el gran mediador entre Dios y su pueblo, el profeta con el que Dios hablaba cara a cara. Sin Moisés, humana­mente hablando, no habría existido el pueblo de Israel ni su religión. Elías es el profeta que salva a esa religión en su mayor momento de crisis, hacia el siglo IX a.C., cuando está a punto de sucumbir por el influjo de la religión cananea. Sin él, habría caído por tierra toda la obra de Moisés. Por eso los judíos concedían especial importancia a estos dos personajes. El hecho de que se aparezcan ahora a los discípu­los (no a Jesús), es una manera de confirmarles la importancia del personaje al que están siguiendo. No es un hereje ni un loco, no está destruyendo la labor religiosa de los siglos pasados, se encuentra en la línea de los antiguos profetas, llevando su obra a plenitud.

3) En este contexto, las palabras de Pedro proponiendo hacer tres tiendas suenan a simple despropósito. Mc lo justifica aduciendo que estaban espantados y no sabía lo que decía. Generalmente nos fijamos en las tres tiendas. Pero esto es simple conse­cuencia de lo anterior: «qué bien se está aquí». Pedro no quiere que Jesús sufra. Mejor quedarse en lo alto del monte con Jesús, Moisés y Elías que tener que seguirle con la cruz.

4) La nube y la voz. Como en el Sinaí, Dios se manifiesta en la nube y habla desde ella. Sus primeras palabras repiten exactamente las que se escucharon en el momento del bautismo de Jesús, cuando Dios presentaba a Jesús como su siervo. Pero aquí se añade un imperativo: «¡Escuchadlo!». La orden se relaciona con las anteriores palabras de Jesús, que han provocado tanto escán­dalo en Pedro, y con la dura alternativa entre vida y muerte que ha planteado a sus discípulos. Ese mensaje no puede ser eludido ni trivializado. «¡Escuchadlo!»

Este episodio está contado como experiencia positiva para los apóstoles y para todos nosotros. Después de haber escuchado a Jesús hablar de su pasión y muerte, de las duras condiciones que impone a sus seguidores, tienen tres experiencias complementarias: 1) ven a Jesús transfigurado de forma gloriosa; 2) se les aparecen Moisés y Elías; 3) escuchan la voz del cielo.

Lo cual supone una enseñanza creciente: 1) al ver transformados sus vesti­dos tienen la expe­riencia de que su destino final no es el fracaso, sino la gloria; 2) al aparecérseles Moisés y Elías se confirman en que Jesús es el culmen de la historia religiosa de Israel y de la revela­ción de Dios; 3) al escuchar la voz del cielo saben que seguir a Jesús no es una locura, sino lo más conforme al plan de Dios.

            El descenso de la montaña

La orden de Jesús de que no hablen de la visión hasta que él resucite (v.9) se inserta en la misma línea de la prohibición de decir que él es el Mesías (16,20). No es momento ahora de hablar del poder y la gloria, suscitando falsas ideas y esperanzas. Después de la resurrección, cuando para creer en Cristo sea preciso aceptar el escándalo de su pasión y cruz, se podrá hablar con toda libertad también de su gloria.

Dos padres, dos hijos, dos escándalos

            El domingo pasado recordamos un primer momento de la Historia de la Salvación: el diluvio y su relación con el bautismo. En este segundo domingo se recuerda el sacrificio de Abrahán (1ª lectura) y el sacrificio de Cristo (2ª). Las dos lecturas se relacionan por oposición. En la primera, Abrahán está dispuesto a sacrificar a su único hijo si Dios se lo pide, cosa que no ocurre. En la segunda, Dios entrega a su hijo para demostrarnos que está dispuesto a concedernos todo. Los dos textos extrañan, incluso escandalizan, a muchos cristianos.

Primer escándalo: el sacrificio de Abrahán (Génesis 22,1-2. 9-13.15-18)

En aquellos días, Dios puso a prueba a Abrahán,  llamándole: 

̶  ¡Abrahán!

Él respondió:

̶  Aquí me tienes.

Dios le dijo:

̶  Toma a tu hijo único, al que quieres, a Isaac, y vete al país de Moria y ofrécemelo allí en sacrificio, en uno de los montes que yo te indicaré.

Cuando llegaron al sitio que le había dicho Dios, Abrahán levantó allí el altar y apiló la leña, luego ató a su hijo Isaac y lo puso sobre el altar, encima de la leña. Entonces Abrahán tomó el cuchillo para degollar a su hijo; pero el ángel del Señor le gritó desde el cielo:

̶ ¡Abrahán! Abrahán!

Él contestó:

̶  Aquí me tienes.

El ángel le ordenó:

̶  No alargues la mano contra tu hijo ni le hagas nada. Ahora sé que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo tu único hijo.

Abrahán levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la maleza. Se acercó, tomó el carnero y lo ofreció en sacrificio en lugar de su hijo.

El ángel del Señor volvió a gritar a Abrahán desde el cielo:

̶  Juro por mí mismo -oráculo del Señor-: Por haber hecho esto, por no haberte reservado tu hijo único, te bendeciré, multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa. Tus descendientes conquistarán las puertas de las ciudades enemigas. Todos los pueblos del mundo se bendecirán con tu descendencia, porque me has obedecido.

La práctica de los sacrificios humanos está muy extendida en los más diversos pueblos y culturas, desde Escandinavia al Japón. Pero el Antiguo Testamento nos informa también de algo más terrible: el sacrificio del primogénito. En casos de extrema necesidad, el rey o el jefe militar ofrecía en sacrificio a los dioses lo más valioso que poseía: el hijo o la hija primogénito. No sabemos si esta práctica estaba difundida también a nivel privado. Si lo que dice el profeta Jeremías no es exageración, cabe pensar que sí.

En esa práctica, desde la óptica de aquellos siglos, hay algo muy valioso: se reconoce el derecho de Dios a lo más querido para cualquier persona. Pero en Israel intuyeron pronto que Dios no quiere esa forma de piedad. Había que compaginar dos cosas aparentemente contradictorias: Dios tiene derecho a la vida del primogénito, pero no quiere ejercer ese derecho.

El relato del sacrificio de Abrahán cumple perfectamente este objetivo: el patriarca reconoce el derecho de Dios, pero Dios no quiere que lo ponga en práctica. Cuando se conocen las circunstancias históricas y culturales, el relato no escandaliza, sino que alegra.

Segundo escándalo: el sacrificio de Jesús (Romanos 8, 31b-34)

Hermanos: Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? ¿Dios, el que justifica? ¿Quién condenará? ¿Será acaso Cristo, que murió, más aún resucitó y está a la derecha de Dios, y que intercede por nosotros?

Más difícil de explicar es este segundo escándalo. Porque nadie comprende que Dios sacrifique a su hijo para salvar a esa panda de indeseables que somos nosotros. Lo curioso es que los primeros autores cristianos (los evangelistas y los apóstoles en sus cartas) nunca se escandalizaban de este hecho. Se admiraban, pero no se escandalizaban. Por un motivo muy sencillo: no se quedaban en la muerte de Jesús, todo lo pensaban a partir de la resurrección. La historia había terminado maravillosamente bien. Y eso les capacitaba para ver de forma positiva incluso los aspectos más escandalosos. Las palabras de Pablo en esta lectura no pueden ser más duras: Dios «no perdonó a su propio Hijo». Sin embargo, Pablo no deduce de ahí que Dios es cruel, sino que está dispuesto a darnos todo con él.

Ya que la idea del juicio final se ha utilizado a menudo para angustiar a la gente, conviene advertir cómo lo enfoca Pablo. El fiscal es Dios; pero no el Dios justiciero, sino un juez corrupto que se pone de parte de los culpables. Y el juez es Jesús, que ha muerto y sigue intercediendo por nosotros. Es el caso más escandaloso de corrupción de la justicia. Afortunadamente para nosotros.

La mejor forma de ser agradecidos con este fiscal y este juez es vivir de acuerdo con sus palabras en el evangelio: “Este es mi Hijo amado, escuchadlo”.

 

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Segundo Domingo de Cuaresma. La Transfiguración. 25 de febrero, 2024

Domingo, 25 de febrero de 2024
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«Mientras bajaba de la montaña, Jesús les mandó que no explicaran a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre hubiera resucitado de entre los muertos. Ellos retuvieron estas palabras, pero discutían entre ellos qué quería decir eso de «resucitar de entre los muertos».
(Mc 9, 2-10)

En el camino de preparación hacia la Pascua, hoy leemos en el Evangelio el texto de la Transfiguración de Jesús. Se trata de un episodio que prepara a los apóstoles para lo que se acerca: la pasión, muerte y resurrección de su Maestro.

Desde que Jesús comenzó a predicar y a sanar, sus acciones y palabras han ido mostrando quién es. Los apóstoles han sido testigos de lo que ha dicho y hecho. Sin embargo, Jesús es muy cauteloso a la hora de revelar su identidad, porque sabe que puede ser fácilmente malinterpretada. Él es el Mesías, sí, pero no un Mesías poderoso y triunfador, sino uno que será rechazado y abandonado por todos, que sufrirá y hasta morirá violentamente, pero que después resucitará. Jesús trata de hacer comprender a sus discípulos esto tan chocante.

En este contexto, la Transfiguración es una confirmación por parte de Dios Padre de quién es Jesús verdaderamente. Nos encontramos en un ambiente de intimidad y propicio para la manifestación de Dios. Solo los tres apóstoles más cercanos suben con Jesús a una montaña; allí, la ropa de Jesús se vuelve resplandeciente, aparecen Moisés y Elías, los envuelve una nube y la propia voz del Padre confirma que aquél es su Hijo, y que todo se hará como él dice.

Tal experiencia tiene que dar fuerza y certeza a Pedro, Santiago y Juan para todo lo que seguirá, que no será fácil. En efecto, no acaban de entender que Jesús resucitará porque no se creen que morirá realmente. La verdadera transformación de Jesús no será esta transfiguración, que parece tan agradable, delante de tres de sus amigos. Sino que será la resurrección desde la muerte para liberar de ésta a toda la humanidad. O, en otras palabras: se transformará en Vida sin ningún rasguño de muerte para dar Vida plena a cada persona.

Como los apóstoles, sentimos la tentación de quedarnos en la montaña. De rehuir lo que pide una entrega de nosotras. Pero nosotros sabemos cómo sigue la historia. Recibimos de Dios fuerza y certeza de lo que somos y de lo que estamos llamados a ser. Entregamos lo que somos y en este desprendimiento encontramos la vida verdadera. La Vida con mayúsculas, la vida en Dios. Tenerlo presente nos da fuerza, serenidad, esperanza y coraje.

Oración

«Danos valor, Padre, para atrevernos a vivir recordando que tú llevas vida nueva a todas la cosas. Renuévanos para que seamos testigos de tu fidelidad hasta el final

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Deshumanizar a Jesús para divinizarlo, ha sido la gran trampa.

Domingo, 25 de febrero de 2024
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"Transfiguration" by Carl H. Bloch, Danish Painter, 1834-1890. Oil on Copper Plate. Public domain. Source: www.carlbloch.com.Transfiguration” by Carl H. Bloch, Danish Painter, 1834-1890. Oil on Copper Plate. Public domain. Source: www.carlbloch.com.

DOMINGO 2º DE CUARESMA (B)

Mc 9,1-9

En los tres ciclos litúrgicos leemos, el segundo domingo de cuaresma, el relato de la transfiguración. Hoy leemos el de Marcos que es el más breve, aunque hay muy pocas diferencias con los demás sinópticos. Lo difícil para nosotros es dar sentido a este relato. Marcos coloca este episodio entre el primer anuncio de la pasión y el segundo. Hay una intención clara de contrarrestar ese lenguaje duro de la cruz.

Es descabellado que Jesús se dedicara a hacer una puesta en escena. Mucho menos que tratara de dar un caramelo a los más íntimos para ayudarles a soportar el trago de la cruz (cosa que no consiguió). Con ello estaría fomentando lo que tanto critica Marcos en todo su evangelio: El poner como objetivo último la gloria; aceptar que lo verdaderamente importante es el triunfo personal, aunque sea a través de la cruz.

La estructura del relato a base de datos del AT, nos advierte de que no se trata de un hecho histórico, sino de teología. No quiere decir que Dios realice un espectáculo de luz y sonido. Son solo experiencias subjetivas que, en un momento determinado, atestiguan la presencia de lo divino en un ser humano. La presencia de lo divino es constante en toda la realidad creada, pero el hombre puede descubrir esa realidad y vivirla de una manera experimental en un momento determinado de su vida.

A Dios nunca podemos acceder por los sentidos. Si en esa experiencia se dan percepciones sensoriales, se trata de fenómenos paranormales. Dios está en cada ser acomodándose a lo que es como criatura, no violentando nada de ese ser. La llegada a la existencia de todo ser es la consecuencia de la presencia divina en él. Esto no quiere decir que la experiencia de Dios no sea real. Quiere decir que Dios no está nunca en el fenómeno, sino en la esencia. “Si te encuentras al Buda, mátalo”.

Jesús, como ser humano, tuvo que luchar en la vida por descubrir su ser. El relato de hoy quiere decir que habitaba en él lo divino. Seguramente se trate de un relato pascual que se consideró oportuno retrotraer a la vida de Jesús. En los relatos pascuales se insiste en que ese Jesús Vivo es el mismo que anduvo con ellos por las tierras de Galilea. En la trasfiguración, se dice lo mismo, pero desde el punto de vista contrario. El Jesús que vive con ellos es ya el Cristo glorificado.

El relato, quiere demostrar que lo que descubrieron de Jesús después de su muerte, ya estaba en él durante su vida, aunque no fueron capaces de apreciarlo. Jesús fue siempre lo que nos hace ver el relato, antes de la muerte y después de ella. Lo que hay de divino en Jesús está en su humanidad, no está añadido a ella. Este mensaje es muy importante a la hora de superar visiones demasiado maniqueas de Jesús.

Pedro, Santiago y Juan, los únicos a los que Jesús cambió el nombre. Eran buena gente, pero un poco duros de mollera. Necesitaron clases de apoyo para poder llegar al nivel de comprensión de los demás. Los tres acompañan a Jesús en el huerto. Los tres son testigos de la resurrección de la hija de Jairo. Pedro acaba de decir a Jesús, que de pasión y muerte, ni hablar. Santiago y Juan van a pedir a Jesús que quieren ser los primeros en su reino. Los tres demuestran que no entendieron el mensaje.

La montaña alta, la nube, la luz, la voz, el miedo, son todos elementos que aparecen en las teofanías del AT. El monte es una clara referencia al Sinaí. La nube fue signo de que Dios los acompañaba, sobre todo en el desierto. La nube trae agua, sombra, vida. Los vestidos blancos son signo de la divinidad. El hecho de que todos sean símbolos no disminuye en nada la profundidad del mensaje, al contrario, el lenguaje bíblico asegura la comprensión de los destinatarios, que eran todos judíos.

Moisés y Elías, además de ser los testigos de grandes teofanías, representan todo el AT, la Ley y los profetas. Significa que Jesús no se sacó su mensaje de la manga, sino que está en total acuerdo con el AT. Lo que se intenta es manifestar el traspaso del testigo a Jesús. Hasta ahora, La Ley y los profetas eran la clave para descubrir la voluntad de Dios. Ahora, la clave de acceso a Dios será Jesús.

¡Qué bien se está aquí! Para Pedro era mucho mejor lo que estaba viendo y disfrutando que la pasión y muerte que les había anunciado. Cuando les anuncia por primera vez la pasión, Pedro había dicho a Jesús: ¡Ni hablar! Ahora se encuentra a sus anchas. Manifiesta el mismo afán de gloria que a todos nos invade.

Vamos a hacer tres chozas. Pedro está en la “gloria”, y pretende retener el momento diciendo lo que piensa y manifestando su falta total de comprensión del mensaje de Jesús. Le ha costado subir, pero ahora no quieren bajar. Se habían acercado a Jesús con buena voluntad, pero sin descartar la posibilidad de medrar. Al poner al mismo nivel a los tres personajes, Pedro niega la originalidad de Jesús. No acepta que la Ley y los profetas están superados. La voz corrige la visión de Pedro.

¡Escuchadlo! En griego, “akouete autou” significa escuchadle a él solo. A Moisés y Elías los habéis escuchado hasta ahora. Llega el momento de escucharle a él. El AT es el mayor obstáculo para escuchar a Jesús. Hoy lo son los prejuicios que nos han inculcado sobre Jesús. Escuchar es la actitud del discípulo. En el Éxodo, escuchar a Dios es obedecerle. La Palabra que escuchamos nos arranca de nosotros mismos.

No contéis a nadie… Es la referencia más clara a la experiencia pascual. No tiene sentido hablar de lo que ellos ni estaban buscando ni habían descubierto. No sólo no contaron nada, sino que a ellos mismos se les olvidó. En el capítulo siguiente nos narra la petición de los primeros puestos por parte de Santiago y Juan. Pedro termina negándolo ante una criada. Hechos impensables después de una tal visión.

Lo importante no es que Jesús sea el Hijo amado, sino que cada uno de nosotros somos el hijo amado como si fuéramos únicos. Dios nos está comunicando en cada instante su misma Vida y habla en lo hondo de nuestro ser en todo momento. Esa voz es la que debemos escuchar. No tenemos que aceptar la cruz para alcanzar gloria. No llegamos a la vida a través de la muerte. En la muerte está ya la Vida.

Debemos escuchar a Jesús para poder comprender la Ley y los Profetas, no al revés. Seguimos apegados al AT. El mensaje de Jesús nos viene grande. Como Pedro, lo más que hemos hecho, es ponerlo al mismo nivel que la Ley y los Profetas. El interpretar a Jesús desde el AT nos ha jugado una mala pasada.

 

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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¿Quién soy yo?

Domingo, 25 de febrero de 2024
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transfiguracion011

Mt 17, 1-9

«Y su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz»

Es probable que el relato de la Transfiguración sea la forma que elige el evangelista para recordarnos que ése que está a punto de subir a Jerusalén, que va a ser prendido por las autoridades, escarnecido y crucificado, es “el Hijo, el amado, el predilecto”, y que, aunque parezca lo contrario, Dios estaba con él, y no con los sacerdotes que aparentemente logran vencerle; que es a él a quien hay que escucharle.

También hay quien afirma que en la Transfiguración se manifiesta la auténtica realidad de Jesús, y por consiguiente nuestra auténtica realidad libres de las ataduras de este mundo material. Y esta última interpretación nos plantea una pregunta crucial para nosotros: ¿Quiénes somos?…

Los seres humanos somos conscientes de nuestros actos, nuestros anhelos, deseos, ilusiones, frustraciones y esperanzas; de nuestros sentimientos, y emociones, de nuestros semejantes, de nuestro entorno y de muchas cosas más. Ahora bien, esa conciencia es lo más subjetivo que puede existir, y en ella no cabe el plural, no cabe el “nosotros”, y eso nos obliga a utilizar la primera persona del singular para reformular estas frases. En ese caso hubiésemos dicho que yo soy consciente de que yo existo, de que yo pienso, de que yo siento, de que yo anhelo, de que yo decido, de que yoactúo… Pero, ¿cuál es la índole de “ese yo” alrededor del cual gira todo mi ser?…

La primera consideración es que yo debe ser tratado siempre como sujeto, y no como objeto o predicado: yo pienso, yo siento, yo anhelo…  No es correcto hablar de “mi yo”, porque yo no puedo poseerme a mí mismo. Tampoco es correcto decir que “tengo un yo”, pues la cosa es justamente al contrario: yo tengo un cuerpo, un cerebro, una conciencia y unas facultades que conforman mi ser. Esto hace que no sea fácil hablar con rigor “del yo”, y que sea habitual en los autores consultados caer en la trampa de convertirlo en objeto para poder reflexionar sobre él. En la medida de lo posible vamos a intentar no caer en ella, y para tratar de lograrlo, los próximos párrafos se van a redactar en la primera persona del singular y poniendo el énfasis en el sujeto.

Yo soy yo. Ya lo era cuando acababa de ser concebido y lo seguiré siendo aunque me corten un brazo o pierda la razón. Antes tenía dos brazos y después sólo uno, pero eso no cambia mi identidad; antes tenía consciencia y después no, pero eso tampoco la cambia. Cuando era un bebé todos a mi alrededor admitían mi identidad, e incluso después de la muerte seguiré siendo yo en la memoria de mi gente.

Hemos dicho que yo tengo un cuerpo y un cerebro, pero también tengo un conjunto de conocimientos que se va acrecentando con el paso del tiempo. Pero mis conocimientos no son yo, sino algo de mi posesión. Por mucho que cambien, yo seguiré siendo el mismo, y si pierdo la razón perderé todo mi conocimiento, pero seguiré siendo yo. El mismo razonamiento se puede aplicar al conjunto de mi experiencia. Antes acumulaba pocas experiencias y después muchas más: pero sigo siendo yo.

Y tras este repaso a mis pertenencias ya sé lo que “tengo”, pero sigo sin saber lo que “soy”. Sé que no soy mi cerebro, ni mi cuerpo, ni mi experiencia de la vida, ni mis conocimientos (porque mientras ellos cambian, yo sigo siendo el mismo). No sé hasta qué punto soy los valores arraigados en mí, o mis capacidades (como mi capacidad de amar o de sentir felicidad), mi personalidad, mi conciencia o el conjunto de todo ello… pero en definitiva no sé lo que soy.

Ahora bien, al menos tengo una pista, pues si considero la parte material de mi ser (la cosa extensa) como una simple posesión, tendré que admitir que yo estoy hecho de sustancia inmaterial. Los eleáticos, con Parménides a la cabeza, defienden que “somos lo que pensamos”, pero esta interpretación se nos antoja reduccionista, porque no explica otros atributos como la libertad o el amor. Por eso, y aunque quizás en la práctica signifique lo mismo, prefiero considerarme de naturaleza espiritual; entendiendo el término espiritual como lo opuesto a lo material.

Los racionalistas del Barroco ponen en duda la existencia de toda realidad ajena a nuestra mente (estamos encerrados en nuestro mundo mental). A mí no se me ocurre negar la realidad de mi cuerpo ni del mundo exterior, porque me parece razonable que existan —porque mis vivencias son tan vívidas, complejas y coherentes, que resulta muy difícil sustraerse a ello—, pero me permito cuestionar si mi cuerpo forma parte de mi esencia o es una simple posesión que me permite vivir en este mundo material; es decir, si mi esencia no es puramente espiritual.

Esta concepción del yo coincide básicamente con el alma inmortal cristiana puesta por Dios en cada uno de nosotros. El cuerpo muere y el alma le sobrevive para toda la eternidad. Pero si estamos destinados a gozar de más vida tras la muerte, lo lógico es pensar que sobreviviremos íntegros, sin mutilaciones, aunque dejemos en esta orilla aquellas posesiones que no necesitamos en la “otra vida”.

Desde una óptica teológica y según la concepción de ser humano que acabamos de exponer, es posible que la forma más coherente de concebirnos sea como el soplo de Dios del que habla el cronista del Génesis. El cronista afirma que en nosotros “sopla” el viento de Dios, pero según esta concepción, sería oportuno interpretarlo como que “somos” soplo de Dios; que la arcilla es una simple morada transitoria que en ningún caso forma parte de nosotros.

Yo soy soplo de Dios, espíritu de Dios, con todo lo que ello implica; amor, compasión, tolerancia, libertad… en busca de felicidad. Lo demás son unas pertenencias que perderé cuando ya no las necesite.

Miguel Ángel Munárriz Casajús 

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo sobre este evangelio, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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Escuchadlo.

Domingo, 25 de febrero de 2024
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la transfiguracionDOMINGO 2º CUARESMA (B)

Mc 9,2-10

Como cada año, la liturgia del segundo domingo de Cuaresma nos acerca al relato de la Transfiguración de Jesús. En esta ocasión de la mano del evangelista Marcos y, por tanto, con sus toques redaccionales y sus claves teológicas. Por eso encontramos la prominencia de la figura escatológica de Elías (nombrado antes que Moisés en Mc 9,4, a diferencia de Mt 17,3 y Lc 9,30) o el hincapié en el secreto mesiánico.

Pero, si hay algo que se repite en cada relato, más allá de la comunidad que subyazca tras su redacción final, es la expresión situada en el centro del texto como núcleo de la narración. Una afirmación puesta en boca de Dios mismo: “Este es mi Hijo amado”, que finaliza con un rotundo imperativo: “¡Escuchadlo!.

La descripción de los discípulos muestra la complejidad del momento que viven. El evangelio nos dice que Pedro “no sabía que decir” porque todos estaban asustados (“aterrorizados” podría ser la traducción del término griego ἔκφοβοι). No hay que olvidar que este acontecimiento tiene lugar, según los evangelios, en pleno camino hacia Jerusalén, después de que Jesús les ha anunciado por primera vez que allí padecerá, será rechazado (por los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley) y acabará muriendo. Aún más, les ha asegurado que “si alguno quiere venir detrás de mí”, ha de renunciar a sí mismo, cargar con su cruz y seguirle (cf. Mc 8,34). Junto a ello también les ha anunciado su resurrección al tercer día, pero los discípulos, tal y como nos recuerda el final del evangelio de hoy, aún no están capacitados para entender eso.

Seguramente todos podemos sentirnos identificados con Pedro, Santiago y Juan. No resulta fácil el camino hacia Jerusalén al lado de Jesús. Humanamente huimos de la cruz, del dolor y el sufrimiento. Como a los discípulos, nos cuesta entender a fondo lo que esto significa. A quienes hoy le seguimos nos alienta la experiencia pascual, la certeza de que nuestro camino cuaresmal finaliza en una Pascua alegre y plena. Pero, aunque es esta experiencia la que nos posibilita reconocer que el Resucitado no es otro que el Crucificado y que sin Cruz no hay Vida, a nuestros ojos se les hace difícil distinguirlo, a nuestra mente entenderlo y a nuestros pies ahondar sobre unas huellas que atisbamos profundas por el peso de la cruz…

Es Dios mismo, cuya presencia es simbolizada en esa nube que nos recuerda que Él nunca nos abandona (cf. Ex 13,21-22), quien nos posibilita reconocer en Jesús, -ese Jesús, el que camina hacia Jerusalén- al Hijo Amado y nos impele a escucharlo (audire), como paso previo y necesario para poder obedecerle (ob-audire). Escucharle es lo que posibilitará que su Palabra nos saque de nuestros “sustos” y nos transforme para vivir como hijas e hijos amados en el Hijo Amado.

Dice Marcos que “esto se les quedó grabado” a los discípulos. Graba, Señor, tu Palabra en nuestros corazones para que también nosotros, permaneciendo junto a ti en el camino, te escuchemos.

Inma Eibe, ccv

Fuente Fe Adulta

 

 

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Sólo en casa se está bien.

Domingo, 25 de febrero de 2024
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IMG_3151Domingo II de Cuaresma

25 febrero 2024

Mc 9, 2-10

Tengo para mí que una persona únicamente puede decir “¡Qué bien se está aquí!” cuando, de manera consciente o inconsciente, se halla en conexión con lo que realmente somos.

En ocasiones, podemos decir que estamos bien, pero quizás queramos decir que no tenemos ningún malestar que nos agobie. Pero, ¿eso es estar bien? ¿Cómo decir que estoy bien cuando basta cualquier contratiempo para sentir que todo se derrumba?

Cuando el estar bien depende de circunstancias ajenas, eso es algo pasajero y, en cierto modo, superficial. Es un estar bien que se halla bajo la amenaza de lo efímero. Y resulta llamativo que, a pesar de ello, lo persigamos con todo nuestro afán. Sin embargo, mientras sea en esa dirección, habremos errado el camino porque buscamos el estar bien en un lugar equivocado, el lugar de las formas.

En ese lugar, estar bien es lo opuesto a estar mal. Y así como lo primero es ansiado con todas nuestras fuerzas, lo segundo es temido como la mayor amenaza. Nuestra mente cree trazar con exactitud la línea divisoria entre lo uno y lo otro. Y siempre que, según mis parámetros mentales, yo mismo o una persona querida “no está bien”, puedo entrar en pánico.

Sin embargo, más allá de ese «estar bien» siempre efímero y bajo amenaza, siempre perseguido y nunca totalmente atrapado, que buscamos aferrar pero se nos escurre entre los dedos, hay otro “estar bien” que no tiene opuesto ni es objeto de amenaza. Y únicamente lo experimentamos cuando vivimos en conexión con lo que somos en profundidad.

Hay un lugar en nosotros siempre disponible y siempre a salvo: es nuestra “casa”. En nuestra existencia habrá oleaje de todo tipo que nos envuelva emocionalmente, pero el fondo de lo que somos es siempre quietud, aun en las circunstancias más oscuras y dolorosas. Y aun en medio del dolor más oscuro, gracias al silencio de la mente, podremos escuchar la voz que clama en nuestro interior: “¡Qué bien se está aquí!”.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Transfigurado (Tabor), Desfigurado (Calvario), Resucitado

Domingo, 25 de febrero de 2024
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IMG_3208Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

1.- TEOFANÍAS. (TEO: DIOS / FANO: MOSTRAR)

El relato de la Transfiguración se sitúa en el ámbito de las Teofanías (manifestaciones de Dios) del Antiguo Testamento.

La transfiguración es un relato de revelación con semejanzas al del bautismo de Jesús en el trío Jordán en el que también se oye una voz que dice: “Este es mi hijo amado, escuchadle”.

Por otra parte el texto de Transfiguración es como un mosaico de símbolos y alusiones religiosas:

+ La montaña como lugar cercano a los cielos donde habita Dios).

+ La nube es el signo de la presencia y protección de Dios al pueblo. Cuando las tribus hebreas caminaban por el desierto, la nube de Dios les protegía del rigor del sol.

+ La luz: el rostro resplandeciente, los vestidos refulgentes es el ámbito de Dios.

+ Las “tiendas” hace alusión a la fiesta de las tiendas en las que los judíos se encontraban con Dios.

+ La voz: Este es mi Hijo, escuchadle.

2.- JESÚS SE TRANSFIGURÓ.

El relato de la Transfiguración no es un hecho espectacular, histórico, sino que es expresión de la experiencia del encuentro de aquellos tres discípulos con JesuCristo.

Jesús era hombre como cualquier otro. Humana e históricamente hablando Jesús era un judío del siglo I en el que no era fácil ver en él a Cristo como expresión, como hijo de Dios

¿No es éste el carpintero, el hijo de María, y hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿No viven sus hermanas aquí con nosotros? (Mc 6,3).

De hecho la mayor parte de los contemporáneos y conciudadanos de Jesús no vieron, no creyeron en Jesús como Cristo, sino como el hijo de María…

Los discípulos para intuir en Jesús a Dios, al hijo de Dios, tuvieron que dar pasos y procesos de fe.

El relato de la Transfiguración está ubicado inmediatamente después del acto de fe de Pedro. «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.»

La Transfiguración acontece únicamente en la fe, por tanto para quien es creyente.

Desde la experiencia de Jesús llegaron a creer en Cristo. Desde la materialidad de las palabras y acontecimientos de Jesús, llegaron a intuir y creer que aquel hombre, Jesús, era expresión de Dios: Este es mi Hijo amado, escuchadle.

03.- TRANSFIGURAR LA VIDA.

La vida es más amplia de lo que vemos o palpamos.

Jesús, -el encuentro con Jesús- les ayudó a ver la existencia humana abierta a toda la realidad, que es más amplia que la mera materialidad.

Como personas inteligentes (homo sapiens) y como creyentes, los seres humanos tenemos la capacidad, la noble capacidad de transfigurar la vida, las realidades de la vida. Los símbolos son “pequeñas o grandes” transfiguraciones.

Transfigurar es transcender las realidades de la vida.

El cristiano -y en gran medida el ser humano- vive las mismas realidades que todo el mundo, pero las vive de modo transfigurado desde la voz que resuena en el monte Tabor.

+ Un regalo: un libro, un DVD tiene más significado que la mera materialidad del regalo. Un regalo queda transfigurado y significa afecto, amistad, agradecimiento.

+ Los seres humanos comemos, pero las comidas humanas no son la mera ingestión de unos alimentos sino que quedan transfiguradas en encuentros, amistad, amor, fiesta, celebración.

+ La sexualidad humana no es mera genitalidad zoológica, sino que es encuentro, amistad, amor.

+ Es también el caso del arte, de la estética: en el fondo es una transfiguración del hierro, de la madera, de la piedra, del lenguaje, de los sonidos, que nos transportan un “paso más allá”.

+ Cuando escuchamos una misa de réquiem, quizás evocando la muerte de los seres queridos, nos transporta, nos transfigura, nos lleva a otras realidades que se llaman recuerdo, amor, esperanza, casa del Padre, cielo, etc.

+ Un atardecer, un encuentro, una oración pueden transfigurar nuestro ser, nuestra existencia hacia la verdad, la bondad o la belleza.

+ Nos llegará la noche, la noche de la transfiguración, que dijo Pablo VI en sus últimos momentos

Así pues, cuando alguien te enseñe las estrellas, no te quedes mirando el dedo: mira al cielo, al horizonte.

Transfiguremos la vida, los acontecimientos, las realidades de la vida

04.-  ¿NOS HEMOS VUELTO INTRANSCENDENTES?

Una sociedad, una etapa cultural que no transfigura, una ideología y una iglesia que no transciende las realidades de la vida, se vuelve intranscendente y superficial.

¿No será este el caso del momento que estamos viviendo? Quizás hoy en día no se da ya el ateísmo, sino la intranscendencia.

Vivir es transfigurar la existencia, transcenderla.

Antonio Machado, Pío Baroja, M Unamuno, Juan R Jiménez, Gabriel Celaya, Jorge Oteiza, Joan Manuel Serrat, Paco Ibáñez y tantos otros, no han sido personas (poetas, cantantes, escultores etc.) o no son personas especialmente religiosas, pero sí personas capaces de transformar, de transfigurar, de sugerir una Palabra de verdad, de bondad, de estética, de ideales, valores, caminos…

05.- EL TRANSFIGURADO VA A SER DESFIGURADO.

Jesús está subiendo a Jerusalén en vísperas de ser crucificado.

Del monte Tabor Jesús subirá a otro monte: al Calvario, al sufrimiento de la vida, pero al final está la Transfiguración de la Resurrección.

El Viernes santo leeremos los cantos del Isaías sobre el siervo de Dios: no tiene aspecto humano, humillado, desfigurado …

El mismo desfigurado es quien se ha transfigurado.

¿Cómo dar respuesta y salida a lo que se avecinaba, a la cruz del Calvario y a todos nuestros “calvarios”, a nuestra muerte?.

La única forma que tiene Jesús de romper la barrera de la crucifixión y de la muerte es hacer ver a los suyos que tras la barrera de la muerte está la vida. Antes de “desfigurarse”, Jesús se transfigura. El relato de la Transfiguración tiene una función pedagógica. Es un relato de resurrección; la vida es la transfiguración de la muerte.

Entonces una luz les embargó y vivían en paz: se está bien aquí, en la fe.

Este es mi Hijo amado, escuchadle.

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El reino va realizándose y podemos saborear sus frutos en muchos momentos

Domingo, 25 de febrero de 2024
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IMG_3224Comentario al evangelio del 2° domingo de cuaresma (25-02-2024)

A pesar del camino de cruz que, de hecho, van a tener que recorrer en su seguimiento, la promesa de la resurrección es una realidad y han podido saborearla en esta experiencia de la transfiguración

En nuestra vida cristiana también nos movemos entre el entender el camino de Jesús y el dudar de este

Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, Santiago y Juan y los lleva, a ellos solos, aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos, y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo. Se les aparecieron Elías y Moisés y conversaban con Jesús. Toma la palabra Pedro y dice a Jesús: “Rabbí, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”; -pues no sabía qué responder ya que estaban atemorizados-. Entonces se formó una nube que les cubrió con su sombra y vino una voz desde la nube: “Este es mi Hijo amado, escuchadle”. Y de pronto, mirando en derredor, ya no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos. Y cuando bajaban del monte les ordenó que a nadie contasen lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos observaron esta recomendación, discutiendo entre sí que era eso de “resucitar de entre los muertos” (Marcos 9, 2-10).

El domingo pasado comentábamos que el reino de Dios supone la conversión al nuevo horizonte del amor inconmensurable de Dios. Decíamos también que no es fácil entenderlo. Precisamente eso relata Marcos en el cap. 8 (antes del texto correspondiente al evangelio de hoy) cuando Jesús anuncia su pasión a los discípulos: “el Hijo del hombre debe sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos …”. Ellos no le entienden y Jesús los reprende: “sus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres” (Mc 8, 31-33). Tal vez por eso, en el texto de hoy, Jesús toma a sus discípulos más cercanos -los primeros que fueron llamados- y les va a revelar el sentido de su misión: Él es más grande que Moisés y Elías y la voz desde la nube lo confirma llamándole Hijo amado quien ha de ser escuchado. Por supuesto el pasaje, como todos los textos bíblicos, no ha de tomarse al pie de la letra sino entender su significado y el papel que juega en el evangelio. De este texto se dice que es un texto post pascual, es decir, cómo los evangelios se escriben después de la resurrección de Jesús, el escritor sagrado puede adelantar experiencias post pascuales que ayudan a entender al Jesús de la historia.

Lo que interesa descubrir es cómo en la vida de Jesús, de alguna manera los discípulos van descubriendo poco a poco que son llamados por alguien que es mayor que todos los profetas y que, a pesar del camino de cruz que, de hecho, van a tener que recorrer en su seguimiento, la promesa de la resurrección es una realidad y han podido saborearla en esta experiencia de la transfiguración. Pero el texto muestra que no acaban de entenderla. Quieren hacer tres tiendas para quedarse allí y discuten sobre qué significará el resucitar de entre los muertos. Jesús les dice que no cuenten a nadie lo que han visto respondiendo al objetivo de Marcos de ir manteniendo en secreto la revelación de Jesús como Mesías hasta que llegue el desenlace final.

En nuestra vida cristiana también nos movemos entre el entender el camino de Jesús y el dudar de este.  Tenemos momentos que podríamos llamar de “transfiguración” -todo parece claro, sencillo y reconfortante- y momentos de incertidumbre, duda y ganas de dejarlo todo. Así es el discipulado y se ha de caminar con ello. Pero este texto nos recuerda, una vez más, que seguimos a un Mesías crucificado pero que nos promete la resurrección. En otras palabras, el sí de Dios a la vida de Jesús sigue vigente para sus discípulos y nada de lo vivido queda perdido. El reino va realizándose y podemos saborear sus frutos en muchos momentos. Agradezcámoslo y que esas experiencias positivas nos fortalezcan para mantener la fidelidad al seguimiento hoy y hasta el final.

Consuelo Vélez

Fuente Un grano de mostaza.

(Foto tomada de: https://www.epifania.es/parroquia/retablo/la-transfiguracion/)

 

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La transfiguración de Jesús: ¡Qué historia tan rara!

Lunes, 6 de marzo de 2023
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BrianFlanaganBrian Flanagan

La publicación de hoy es del colaborador invitado Brian Flanagan. Brian es profesor asociado de teología en la Universidad Marymount en Arlington, Virginia, y presidente de la Sociedad Teológica Universitaria. Está completando una monografía sobre sínodos y sinodalidad que será publicada por Paulist Press, y es autor de Tropezando en la santidad: el pecado y la santidad en la iglesia. Flanagan es miembro de la junta asesora del Ministerio New Ways.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el segundo domingo de Cuaresma se pueden encontrar aquí.

El relato evangélico de hoy brilla con la luz de la Transfiguración de Jesús. Pero, ¿qué relevancia tiene esta historia para todos nosotros como discípulos de Cristo, aquí en la segunda semana de Cuaresma, y para nosotros como católicos LGBTQ+ y aliados, en particular?

La lectura más básica de la transfiguración de Jesús dice que estos textos revelan quién es Jesús, qué hizo Jesús y qué sigue haciendo por nosotros. En lugar de un gran anuncio o demostración para todos sus discípulos, Jesús trae a tres de sus mejores amigos apostólicos, Pedro, Santiago y Juan, para que se unan a él y experimenten su relación con Dios. En lugar de subir solo a la montaña, como suele hacer, Jesús los invita a unirse a él en la(s) nube(s). Y, como era de esperar, los discípulos primero están confundidos y luego aterrorizados. El pobre Pedro, como de costumbre, siente la necesidad de decir algo para llenar el silencio, y luego los tres se lanzan a la mesa hasta que su amigo los empuja suavemente a la conciencia y les dice, de manera inverosímil, que no tengan miedo.

Esta lectura básica sigue el patrón de una historia clásica de salida del armario LGBTQ+: Jesús se deja ver, realmente visto, como el Cristo, como el Hijo Amado de Dios, como nuestro Señor y Salvador. Y, como en una historia clásica de salida del armario, las reacciones de sus amigos van desde intentos incómodos de estar presentes, asombro, miedo y, eventualmente, una mayor comprensión de quién es Jesús. En ese sentido, esta historia, con sus imágenes del rostro de Jesús resplandeciendo “como el sol” y de sus vestiduras “blancas como la luz”, completa la trayectoria del imaginario de luz que se remonta a la Epifanía y a todas las historias en las que Jesús poco a poco va revelado al Hijo Amado de Dios y “la luz verdadera, que ilumina a todos, [que] venía al mundo”. (Juan 1, 6) La Transfiguración es un anticipo de la realidad de Cristo glorificado, lámpara que brilla en la oscuridad para consolar a sus discípulos, y a nosotros, mientras esperamos el amanecer pleno de su gloria (Cf. 2 Pedro 1 :19).

3FF4652F-C82B-4063-806E-6A6562F34930Este importante punto de partida puede consolarnos en nuestro mundo oscuro y aterrador. Como católicos LGBTQ+ y aliados, podemos sentir un consuelo especial al recordar a Jesús como el Santo que permanece cerca, que se encuentra con nosotros donde estamos con una palabra amable, un toque amoroso y un llamado a verlo como realmente es, a levantarse. levantarse y no tener miedo.

Un segundo aspecto de esta historia también tiene una relevancia particular para nosotros como católicos LGBTQ+ y aliados: la Transfiguración no se trata solo de revelar quién es Jesús, sino también de quiénes somos nosotros. Este momento no se trata solo de la presencia de Dios en la vida de Jesús, sino de la presencia potencial de Dios en nuestra propia humanidad.

Nuestros hermanos cristianos orientales a menudo han hecho un mejor trabajo al preservar la enseñanza de San Atanasio (y de muchos otros) de que “Dios se hizo humano para que los humanos pudieran convertirse en Dios”. Esta idea de theosis o divinización sugiere que lo que se revela en la vida de Jesús no es simplemente la misión e identidad particular de Jesús, sino también la capacidad del ser humano –y por extensión, de todos los seres humanos– de ser restaurado y elevado a imágenes de Dios. Cuando nos convertimos en hijos adoptivos de Dios, entramos en una relación con Dios La relación de Jesús con Dios. San Agustín escribe: “Si hemos sido hechos hijos [niños] de Dios, también hemos sido hechos dioses”.

Ese es un lenguaje impactante, y está destinado a serlo, porque es un lenguaje que intenta señalar la nueva idea de la relación entre Dios y la creación que ejemplifica la encarnación de Jesús. Es un lenguaje extraño. Lenguaje queer, incluso.

Uso “queer” aquí intencionalmente, basándome en la erudición de mi amigo Andy Buechel, y su libro That We Might Become God: The Queerness of Creedal Christianity (del cual se tomaron las citas de Atanasio y Agustín). Andy se basa en los significados de “queer” como extraño, como LGBTQ+, y como romper identidades fáciles y límites aparentemente fijos para desentrañar la última ruptura de límites de Dios que se convierte en humano y, por extensión, la ruptura de límites de los humanos que se vuelven divinos. a través de su participación en Cristo.

je2Desde esta perspectiva queer, la historia del cristianismo es la historia de un Dios que quiere estar cerca de nosotros, rompiendo las categorías de identidad en las que hemos buscado comodidad y conveniencia. ¿Qué podría ser más extraño, sugiere Buechel, que la idea de que Dios se hizo humano? ¿O la idea de la humanidad y la creación como un todo participando tan íntimamente en la vida de Dios?

Desde este ángulo, la Transfiguración no es solo una historia sobre Jesús revelando algo sobre sí mismo a sus amigos, sino que también es una historia sobre Jesús revelando algo sobre nosotros y sobre quiénes estamos llamados a ser. Creo que es por eso que escuchamos esta historia hacia el comienzo de nuestro viaje de Cuaresma, no solo para recordarnos lo que Jesús ha hecho por nosotros, sino también para recordarnos de lo que somos capaces y lo que nuestro Dios espera. de cada uno de nosotros para llegar a ser, según la gracia, hijos de Dios. Si nos aferramos a esa posibilidad, entonces esta no es solo una historia sobre el pasado de Jesús, sino también una historia sobre nuestro futuro.

Esa capacidad de vernos a nosotros mismos como capaces de santidad, capaces de ser la presencia real de Cristo en el mundo, es algo que a menudo se les niega a las personas LGBTQ+ y, sin embargo, aquí no solo podemos afirmar esa posibilidad, sino pensar en cómo nuestra experiencia nos ayuda. comprender mejor la Encarnación. La experiencia LGBTQ+ abre la categoría de queerness de tal manera que podemos comprender mejor la relación transgresora de límites de lo divino y lo humano en Cristo, y de nuestro propio potencial transgresor de límites como hijos adoptivos de Dios. Esta es una buena noticia para todos nosotros, y no solo para los católicos LGBTQ+: Dios llama a todos a siempre más allá de nuestros límites, y Dios en esta Cuaresma nos llama a dejar de lado todo lo que obstaculiza la presencia de Dios en nuestros corazones y vidas.

Cristo transfigurado está ya siempre tocándonos para sanarnos, para liberarnos de nuestro miedo y, en la plenitud del tiempo de Dios, para transfigurarnos en su amor. Vemos en el Evangelio de hoy la verdad profunda de la identidad de Jesús, y el llamado a escucharlo más que a nuestro propio miedo.

—Brian Flanagan, March 5, 2023

Fuente New Ways Ministry

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“El riesgo de instalarse”. 05 de marzo de 2023. 2. Cuaresma (A). Mateo 17, 1-9.

Domingo, 5 de marzo de 2023
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16_2-CUA_A_1665172Tarde o temprano, todos corremos el riesgo de instalarnos en la vida, buscando el refugio cómodo que nos permita vivir tranquilos, sin sobresaltos ni preocupaciones excesivas, renunciando a cualquier otra aspiración.

Logrado ya un cierto éxito profesional, encauzada la familia y asegurado, de alguna manera, el porvenir, es fácil dejarse atrapar por un conformismo cómodo que nos permita seguir caminando en la vida de la manera más confortable.

Es el momento de buscar una atmósfera agradable y acogedora. Vivir relajado en un ambiente feliz. Hacer del hogar un refugio entrañable, un rincón para leer y escuchar buena música. Saborear unas buenas vacaciones. Asegurar unos fines de semana agradables…

Pero, con frecuencia, es entonces cuando la persona descubre con más claridad que nunca que la felicidad no coincide con el bienestar. Falta en esa vida algo que nos deja vacíos e insatisfechos. Algo que no se puede comprar con dinero ni asegurar con una vida confortable. Falta sencillamente la alegría propia de quien sabe vibrar con los problemas y necesidades de los demás, sentirse solidario con los necesitados y vivir, de alguna manera, más cerca de los maltratados por la sociedad.

Pero hay además un modo de «instalarse» que puede ser falsamente reforzado con «tonos cristianos». Es la eterna tentación de Pedro que nos acecha siempre a los creyentes: «plantar tiendas en lo alto de la montaña». Es decir, buscar en la religión nuestro bienestar interior, eludiendo nuestra responsabilidad individual y colectiva en el logro de una convivencia más humana.

Y, sin embargo, el mensaje de Jesús es claro. Una experiencia religiosa no es verdaderamente cristiana si nos aísla de los hermanos, nos instala cómodamente en la vida y nos aleja del servicio a los más necesitados.

Si escuchamos a Jesús, nos sentiremos invitados a salir de nuestro conformismo, romper con un estilo de vida egoísta en el que estamos tal vez confortablemente instalados y empezar a vivir más atentos a la interpelación que nos llega desde los más desvalidos de nuestra sociedad.

José Antonio Pagola

 

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”Su rostro resplandecía como el sol”. Domingo 05 de marzo de 2023. Domingo 2º de Cuaresma.

Domingo, 5 de marzo de 2023
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15-CuaresmaA2Leído en Koinonia:

Gn 12,1-4ª: Vocación de Abrahán, padre del pueblo de Dios
Salmo responsorial 32: Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti
2Ti 1, 8b-10: Dios nos llama y nos ilumina
Mt 17,1-9: Su rostro resplandecía como el sol

Abraham y Sara pertenecían a un clan de pastores seminómadas, de los muchos que buscaban pastos para sus rebaños lejos de las ciudades-estado que, por los años 1800 a.C. se estaban organizando en Mesopotamia y a lo largo de las costas del Mediterráneo. Abraham fue uno de los muchos grupos que emigraban, lo mismo que hoy, «buscando la vida». En ese andar luchando por la vida descubrieron el llamado de Dios a dejarlo todo y fiarse de su promesa de vida. Dios promete a Abraham que será padre de un pueblo numeroso y que tendrá una tierra, la “tierra prometida”. Es lo que anhelan sus corazones, lo que necesitan para vivir una vida humana y digna. Hoy son muchas las “minorías abrahámicas” que siguen escuchando el llamado de Dios, que les invita a buscar nuevas formas de “vida prometida” para todos los hijos de Dios. Hoy también hay muchísimos desplazados por el sistema neoliberal globalizado, que crea marginación y expulsa a los más débiles de sus tierras. Y millones de desplazados por efecto de las guerras y los problemas políticos. Son los nuevos Abrahán y Sara, que se ven forzados a dejarlo todo en busca de la vida digna que la realidad les niega en su lugar de origen.

La Biblia pone el origen de Israel en esta mitológica «migración» desde Oriente Próximo, «justificándolo» en la voluntad de Dios de elegirse un pueblo… Así, en unos textos que son «Palabra de Dios» y que hablan de Dios… en realidad es el pueblo judío el que habla de sí mismo, y se da una identidad a sí mismo, que consiste en la voluntad del Dios altísimo de crearse un pueblo eligiendo a la persona de cuyas entrañas lo haría nacer. Además de padre «biológico» de Israel, a Abraham la Biblia le atribuye el ser «padre en la fe» de Israel, y por tanto de las tres religiones en que derivó la fe de Israel: el judaísmo, el cristianismo y el islam.

Como el problema de la historicidad de los «mitos» bíblicos de la creación, de la primera pareja humana, y del pecado original que abordábamos en el domingo pasado, También los Patriarcas y los orígenes de Israel hoy están sometidos a un nuevo abordaje. Es algo muy nuevo. Hoy en Biblia se habla de un «nuevo paradigma arqueológico», una generación de arqueólogos desprendida de las adherencias y condicionamientos teológicos clásicos, que cree hallar en el subsuelo israelita un nuevo libro que nos habla fehacientemente de los demás libros que componen la Biblia. Israel Finkelstein es el nombre abanderado de este nuevo paradigma bíblico. «La Biblia desenterrada» (editorial Siglo XXI, Madrid 2003, original: The Bible Unearthed. Archeology’s New Vision of Ancient and the Origin of its Sacred Texts). Han aparecido también investigaciones importantes sobre el papel que la creación de la Biblia tuvo respecto a la construcción de la identidad de Israel; así por ejemplo, el libro de Shlomon SAND, Comment le peuple juïf fut inventé (Fayard, Paris 2008, original en hebreo). La visión que actualmente se está imponiendo desde un plano científico respecto al mundo de los patriarcas bíblicos significa una verdadera revolución, un conjunto de descubrimientos muy importantes que transforman el contexto en el que deben ser interpretados. No se trata de una intuición vaga o una primer anticipo, sino de una corriente fundamentada que merece más respecto incluso que las simples «hipótesis» sobre las que hasta ahora estaba basada la ciencia bíblica. Es urgente para los biblistas, los predicadores y todos los agentes de pastoral asomarse cuanto antes a este nuevo panorama, para no ser sorprendidos cualquier día proponiendo interpretaciones que hoy, a estas alturas del desarrollo de las ciencias, no tienen razón de ser.

La segunda carta de Timoteo nos asegura que la Palabra de Dios no está encadenada. Ella hace su propio camino en medio de los muchos caminos del pueblo. Aunque hagamos muchas lecturas interesadas de ella, el Espíritu siempre encontrará las formas de echarla a volar, sobre todo en manos de los que buscan mejores situaciones de vida en dignidad y justicia, como Abrahán y Sara, o como los desplazados de hoy. Todos ellos, minorías abrahámicas o mayorías desplazadas, están pronunciando con su vida el rechazo a este sistema excluyente que ha perdido la brújula, y que podría encontrarla con la Buena Noticia de Jesucristo.

La escena de la transfiguración que nos relatan los evangelios es, obviamente, otro símbolo. No tiene sentido hablar de ella con un «realismo ingenuo», como si la entendiéramos literalmente y a juzgáramos rigurosamente histórica. Escribieron el relato con mucha libertad –o a partir de un relato oral recontado y reelaborado en su transmisión– y hoy nosotros lo podemos interpretar también «de un modo puramente simbólico». En efecto: esa transfiguración de Jesús que el evangelio de Mateo nos cuenta es un símbolo de esas otras muchas «experiencias de transfiguración» que todos experimentamos. La vida diaria tiende a hacerse gris, monótona, cansada, y a dejarnos desanimados, sin fuerzas para caminar. Pero he aquí que hay momentos especiales, con frecuencia inesperados, en que una luz prende en nuestro corazón, y los ojos mismos del corazón nos permiten ver mucho más lejos y mucho más hondo de lo que estábamos mirando hasta ese momento. La realidad es la misma, pero nos aparece transfigurada, con otra figura, mostrando su dimensión interior, esa en la que habíamos creído, pero que con el cansancio del caminar habíamos olvidado. Esas experiencias, verdaderamente místicas, nos permiten renovar nuestras energías, e incluso entusiasmarnos para continuar marchando luego, ya sin visiones, pero «como si viéramos al Invisible».

Todos necesitamos esas experiencias, como los discípulos de Jesús la necesitaron. Nosotros no podemos encontrarnos con Jesús en el Tabor de Galilea. Necesitamos buscar nuestro Tabor particular, las fuentes que nos dan fuerzas, las formas con las que nos arreglamos para lograr renovar nuestro compromiso primero, siendo la oración, sin duda, el más importante.

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5.3.23 Dom 2 Cuaresma, Transfiguración. Fiesta y oración de los iconos.

Domingo, 5 de marzo de 2023
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la transfiguracionDel blog de Xabier Pikaza:

La Transfiguración de Jesús (día 6.8) es una fiesta principal de la liturgia cristiana, que se celebra también este Dom 2 de Cuaresma, como anticipo y preparación de Pascua, según el texto de  Mt 17, 1-9.

He presentado ese evangelio muchas veces en RD, y he desarrollado su sentido en Comentarios a Mc y a Mt. Acuda allí quien desee plantear mejor el tema. Hoy quiero evocarlo desde la cuestión de los iconos, centrándome en la disputa y fiesta de iconó-dulos e icono-clastas  de Oriente.  

Este es un tema central no sólo de la historia y piedad de las iglesias de oriente, sino de la identidad del cristianismo, especialmente desde la separación de las iglesias (siglo X-XII d.C.), como he puesto de relieve en Patrística, págs. 373-379.

La Transfiguración de Jesús (Luz Tabórica) con la experiencia orante del ser humano,  “icono” de Dios, es un tema central del Cristianismo, que se expresa en el icono de su nombre, que (con el de Navidad  y el de la Trinidad, cf. imágenes 2-4)  forma parte del tesoro contemplativo de las iglesias.

No olvidemos que algunos  los conjuntos icónicos más importantes de la cristiandad,  desde el Bautisterio de Florencia y el Duomo de Monreale (Sicilia) hasta los Cristos catalanes, están en el centro de la cultura y religión de occidente (imágenes 6-8)

| X.Pikaza

Imagen de Dios, los iconos. Concilio de Nicea II [1].

  Por influjo del Islam, que se había extendido en gran parte de los territorios orientales, antes mayoritariamente cristianos, y por su misma dinámica de trascendencia, varios grupos del imperio bizantino tendieron hacia un tipo de an-iconismo, que se tradujo de manera política violenta en las guerras de los iconoclastas que se extienden a lo largo de más de un siglo (717‒843).

Estos iconoclastas se opusieron a las imágenes de Dios (y de los ángeles y santos), queriendo destruirlas, para que la religión fuera culto interior. En contra de eso, defendiendo la encarnación de Jesús y la piedad popular, otros grupos, dirigidos especialmente por monjes centraron su piedad y su culto en la oración con imágenes, tomadas como “iconos” o símbolos del misterio, no como ídolos.

Tema histórico

La disputa se resolvió de un modo teológico‒magisterial en el Concilio de Nicea II  (año 787), que justifica y defiende la oración de las imágenes, diciendo que no se dirige a ellas, sino a lo que ellas representan, Dios encarnado en Jesús, con sus ángeles y santos. El concilio condena todo culto a las imágenes en sí, como idolatría, pero afirmando que los iconos, pintados y venerados en contexto religioso, son un signo del misterio encarnado de Dios y de la resurrección y gloria de los santos, de forma que es bueno que ellos sean mediadores en la oración.

Porque de esta manera se mantiene la enseñanza de nuestros santos Padres, o sea, la tradición de la Iglesia Católica, que ha recibido el Evangelio de un confín a otro de la tierra; de esta manera seguimos a Pablo, que habló inspirado por Cristo [2 Cor 2,17], y seguimos al divino colegio de los Apóstoles  y a los santos Padres, manteniendo las tradiciones [2 Tes 2, 14] que hemos recibido…

Así, pues, quienes se atrevan a pensar o enseñar de otra manera; o bien a desechar, siguiendo a los sacrílegos herejes, las tradiciones de la Iglesia, e inventar novedades, o rechazar alguna de las cosas consagradas a la Iglesia: el Evangelio, o la figura de la cruz, o la pintura de una imagen, o una santa reliquia de un mártir; o bien a excogitar torcida y astutamente con miras a trastornar algo de las legítimas tradiciones de la Iglesia Católica; a emplear, además, en usos profanos los sagrados vasos o los santos monasterios; si son obispos o clérigos, ordenamos que sean depuestos; si monjes o laicos, que sean separados de la comunión (Denz 302-304; pág. 111-112; DH 600-603, pág. 282-283).

72E275B2-B560-4885-A85F-B8189DA8FDEBEsta misma doctrina fue retomada y profundizada en Concilio de Constantinopla IV (869‒870), donde los iconos se comparan de manera expresa con los libros de la Biblia. El aspecto más significativo de esa declaración fue la manera de comparar las palabras (hechas de sílabas) y las imágenes (hechas de pinturas y formas), como medio de conocimiento divino.

Decretamos que la sagrada imagen de nuestro Señor Jesucristo sea adorada con honor igual al del libro de los Santos Evangelios. Porque a la manera que por las sílabas o letras externas de los evangelios, alcanzan todos la salvación; así, por la operación de los colores trabajados en la imagen, sabios e ignorantes, todos gozarán del provecho de lo que está delante; porque lo mismo que el lenguaje en las sílabas, eso anuncia y recomienda la pintura en los colores.

Si alguno, pues, no adora la imagen de Cristo Salvador, no vea su forma en su segundo advenimiento. Asimismo honramos y adoramos también la imagen de la Inmaculada Madre suya, y las imágenes de los santos ángeles, tal como en sus oráculos nos los caracteriza la Escritura, además las de todos los Santos. Los que así no sientan, sean anatema» (Denz 337-338; p. 125-126; DH, 653-655; p. 304-305).

Esta equiparación o, al menos, comparación entre la Biblia (sílabas y palabras) y los iconos (colores e imágenes) constituye un campo importante de enfrentamiento y diálogo entre las diversas tradiciones cristianas. No todas admiten como “ecuménico” el Concilio de Constantinopla IV, ni aquellos que lo admiten lo hacen de igual forma, pero el tema de fondo sigue siendo esencial para establecer la diferencia y relación entre el cristianismo ortodoxo de oriente (más icónico), el reformado de occidente (más anicónico), y el catolicismo en el que pueden hallarse posturas distintas, aunque en general es partidario a las imágenes, en especial a las de Cristo y María, su madre.

Los cristianos reformados tienden a decir que, sólo la Biblia es palabra de Dios, de forma que los creyentes deben realizar su oración sólo por ella, sin ayuda o mediación de iconos que pueden convertirse en ocasión de idolatría.  Pues bien, sin negar la prioridad de la palabra de la Biblia, los cristianos ortodoxos del oriente han insistido e insisten en los iconos como signo y mediación de Cristo encarnado y reflejado en la gloria celeste de ángeles y santos.

Ciertamente, en un sentido, los iconos son figuras pintadas o esculpidas, pero ellos evocan (reflejan, como en un “espejo”) unos rasgos de Jesús de tal manera que centran los ojos y la mente de los fieles (=contemplantes) en la realidad celeste del resucitado y de los ángeles y santos ya divinizados en la gloria, como “rostro” (mirada y llamada) del misterio. La palabra de la Biblia despiera, convoca y recrea a los creyentes; pues bien, de un modo semejante, las imágenes santas, centradas siempre en unos ojos que miran, pueden y deben entenderse como llamada del misterio de Dios, encarnado en Cristo.

Los iconos son obra de pintor, producto de artista o artesano, pero, al mismo, pueden mostrarse ante el orante como signo de la realidad más honda del Dios encarnado en Cristo o revelado en los ángeles y/o santos. No son ídolos que nos cierran en sí mismos, sacándonos de nuestro interior orante y responsable, sino todo lo contrario, son iconos que despiertan en nosotros la llamada de la Biblia, y nos ponen en camino hacia el misterio de Dios revelado en Cristo, en sus ángeles y santos.

No todos los cristianos están de acuerdo con esta interpretación, ni oran “a través de los iconos” extendidos en un “iconostasio”, pero todos (si son respetuosos ante la tradición de las iglesias) pueden y deben sentir un agradecimiento ante la tradición de los iconos, que ha sido y sigue siendo un elemento clave de la experiencia de los cristianos de oriente.

Sin duda, algunos “iconódulos” (veneradores de iconos) pueden haber exagerado su culto (su dulía); pero muchos “iconoclastas” bizantinos antiguos (del siglo VII‒IX d.C.) y algunos modernos, exageran y van en contra de la tradición cristiana cuando condenan sin más como idolatría toda “oración de las imágenes”, faltando no sólo al respeto que se debe a las grandes experiencias religiosas sino a la verdad cristiana que late en la vida de aquellos que entienden y viven con más profundidad su cristianismo con la ayuda de imágenes,  como seguiré indicando [2].

  1. Interpretación actual. Una patrística ampliada

La oración de los iconos constituye una experiencia constante de fe y de piedad que se mantiene intacta, hasta el día de hoy (2023) en las iglesias de Oriente, desde el concilio de Nicea II (787), de manera que podemos afirmar que, en este sentido, ellas siguen viviendo en un tipo de “patrística ampliada”. Para nosotros, occidentales (católicos o protestantes) la patrística es algo que forma parte del pasado, de manera que para entenderla o revivirla, en general, debemos hacer un esfuerzo, retrocediendo más allá de la Escolástica, con la Reforma o Contra‒reforma y la Ilustración de tiempos posteriores. En contra de eso, en la mayor parte de la cristiandad ortodoxa, desde Grecia y Egipto hasta Bulgaria, Rumanía o Rusia, la Patrística sigue estando viva, y así ofrece una experiencia y palabra inmediata para los creyentes.

2426A598-58E0-4E5C-9D34-B9893383EE1E            Ésta es una experiencia central que podemos descubrir, de un modo muy intenso, en su manera de relacionarse con los iconos. En esa línea, si aceptamos la patrística, debemos aceptar (comprender, respetar) lo que ha significado la oración de la imágenes, no como opuesta a la lectura de la Biblia, con la eucaristía u la palabra del predicador, sino como experiencia personal, individual, de encuentro de fe con el Dios de la Palabra del Misterio que es el Hombre Jesús (Icono de Dios, 2 Cor 4, 4).  No todas las iglesias tenemos la misma experiencia del misterio de Cristo, pero todas podemos enriquecernos, en actitud de respeto y diálogo.

Uno de los que mejor se ha situado teológicamente ante el tema ha sido P. Eudokimov(1901-1970) que ha insistido en la presencia (=revelación) de la luz sagrada de Cristo resucitado en las imágenes santas, como dice comentando el Icono de la Trinidad de Rublov. Eudokimov no habla de los Padres antiguos y de los iconos como si eso fuera un tema del pasado, sino como si él mismo viviera y vive en el tiempo eclesial de la patrística, citando como contemporáneos a Clemente Alejandrino, Dionisio Areopagita, Juan Damasceno y G. Pálamas, siendo, al mismo tiempo, un hombre moderno (casi post‒moderno) del siglo XX:

  El icono es una doxología, que se desborda de gozo y canta por sus propios medios la gloria de Dios. La verdadera belleza no necesita pruebas. El icono no demuestra nada, pero muestra; evidencia luminosa, se presenta como argumento “kalokagático” (Bello y Bueno, es decir, Verdadero) de la existencia de Dios. San Pablo formula el fundamento cristológico del icono: “Cristo es la imagen –eikon- del Dios invisible”.

Quiere decir que la humanidad visible de Cristo es el icono de su divinidad invisible, que es “lo visible de lo invisible” (expresión de Dionisio el Areopagita, retomada por san Juan Damasceno, Tratado sobre los Iconos XI). El icono de Jesús aparece así como la imagen de Dios y del hombre al mismo tiempo, el icono de Cristo total: del Dios-Hombre. Esta función reveladora que posee la humanidad de Cristo llega a ser la verdad de todo ser humano; el hombre sólo es verdadero, sólo es real en la medida en que refleja lo celeste: es gracia maravillosa de toda criatura ser espejo de lo increado, “imagen de Dios”…

 Nosotros reflejamos como un espejo la gloria del Señor; un icono es ese espejo reluciente del mayor atributo de gloria: la luz. El arte sorprendente de Rublëv en su divina Trinidad traduce el resplandor tri-solar que ilumina el mundo. Según san Gregorio Pálamas, la luz del Tabor, la luz contemplada por los santos y la luz del siglo futuro son idénticas.Para Clemente de Alejandría (Strom. VI, 16), la luz del primer día preexiste a la creación, es “la verdadera luz del Logos iluminando las cosas aún escondidas y por la cual toda criatura ha accedido a la existencia”…

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La visión, aquí, expresa la fe en el mismo sentido que san Pablo cuando la llama “visión de lo invisible” (Heb 11, 1). El icono se dirige a los ojos del espíritu para que contemple “los cuerpos espirituales” (1 Cor 15, 44). El estilo eclesial filtra toda visión subjetiva, pues la Iglesia es la que ve el objeto de la fe, sus misterios. Si la arquitectura sagrada del Templo ordena el espacio, y el Memorial litúrgico ordena el tiempo, el icono experimenta lo invisible, la “forma interior” del ser; y esta interioridad surge, una vez más, de la iluminación del Tabor [3].

 Estas palabras son propias de un cristiano inmerso en la complejidad cultural y social del siglo XX (entre comunismo y capitalismo), con sus grandes revoluciones post‒cristianas; pero ellas brotan, al mismo tiempo, de la experiencia original de la iglesia antigua, no como reflexión sobre la patrística, sino como patrística actualizada. Leer más…

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“Por la renuncia al triunfo”. Domingo. 2º de Cuaresma. Ciclo A.

Domingo, 5 de marzo de 2023
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08-transfiguaracionDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Advertencia sobre las primeras lecturas de los domingos de Cuaresma

No han sido elegidas por su relación estricta con el evangelio, sino para recordar algunos momentos capitales de la historia de la salvación. En este ciclo A se trata de los siguientes: 1) pecado de Adán y Eva (domingo pasado); 2) vocación de Abrahán; 3) milagro de Moisés en el desierto; 4) unción de David como rey; 5) promesa de restauración del pueblo desterrado en Babilonia.

Durante la Semana Santa, nuestras calles verán pasar diversas imágenes de Jesucristo crucificado. La gente las mirará con mayor o menor respeto, pero nadie dirá: “Era un terrorista y un blasfemo. Hicieron bien en matarlo”. Si nuestra imagen de Jesús es positiva a pesar de su destino tan trágico se debe, en gran parte, al evangelio de hoy.

            El tema común a las tres lecturas de este domingo es “por la renuncia al triunfo”. En la primera, Abrahán debe renunciar a su patria y a su familia, experiencia muy dura que sólo conocen bien los que han tenido que emigrar. Pero obtendrá una nueva tierra y una familia numerosa como las estrellas del cielo. Incluso todas las familias del mundo se sentirán unidas a él y utilizarán su nombre para bendecirse.

En la segunda lectura, Timoteo deberá renunciar a una vida cómoda y tomar parte en el duro trabajo de proclamar el evangelio. Pero obtendrá la vida inmortal que nos consiguió Jesús a través de su muerte.

En el evangelio, si recordamos el episodio inmediatamente anterior (el primer anuncio de la pasión y resurrección) también queda claro el tema: Jesús, que renuncia a asegurarse la vida, obtiene la victoria simbolizada en la transfiguración. Así lo anuncia a los discípulos: «Os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin haber visto llegar a este Hombre como rey». Esta manifestación gloriosa de Jesús tendrá lugar seis días más tarde.

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús:

«Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»

Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.»

Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo:

«Levantaos, no temáis.»

Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó:

― «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»

El relato podemos dividirlo en tres partes: la subida a la montaña (v.1), la visión (vv.2-8), el descenso de la montaña (9-13). Desde un punto de vista litera­rio es una teofanía, una manifestación de Dios, y los evangelistas utilizan los mismos elementos que empleaban los autores del Antiguo Testamento para describirlas. Por eso, antes de analizar cada una de las partes, conviene recordar algunos datos de la famosa teofanía del Sinaí, cuando Dios se revela a Moisés.

            La teofanía del Sinaí

Dios no se manifiesta en un espacio cualquiera, sino en un sitio especial, la montaña, a la que no tiene acceso todo el pueblo, sino sólo Moisés, al que a veces acompaña su hermano Aarón (Ex 19,24), o Aarón, Nadab y Abihú junto con los setenta dirigentes de Israel (Ex 24,1). La presen­cia de Dios se expresa mediante la imagen de una nube espesa, desde la que habla (Ex 19,9). Es también frecuente que se mencione en este contexto el fuego, el humo y el temblor de la montaña, como símbolo de la gloria y el poder de Dios que se acerca a la tierra. Estos elementos demuestran que los evangelistas no pretenden ofrecer un informe objetivo, “histórico”, de lo ocurrido, sino crear un clima semejante al de las teofanías del Antiguo Testa­mento.

            La subida a la montaña

Jesús sólo elige a tres discípu­los, Pedro, Santiago y Juan. La exclusión de los otros pretende indicar que va a ocurrir algo tan importante que no puede ser presen­ciado por todos. Se dice que subieron «a una montaña alta y apartada». La tradición cristiana, que no se contenta con estas indicaciones generales, la ha identificado con el monte Tabor, que tiene poco de alto (575 m) y nada de aparta­do. Lo evangelistas quieren indicar otra cosa: usan el frecuente simbolismo de la montaña como morada o lugar de revelación de Dios. Entre los antiguos cananeos, el monte Safón era la morada del panteón divino. Para los griegos se trataba del Olimpo. Para los israelitas, el monte sagrado era el Sinaí (u Horeb). También el Carmelo tuvo un prestigio especial entre ellos, igual que el monte Sión en Jerusalén. Una montaña «alta y apartada» aleja horizontalmente de los hombres y acerca verticalmente a Dios. En ese contexto va a tener lugar la mani­festación gloriosa de Jesús.

            La visión

En ella hay cuatro elementos que la hacen avanzar hasta su plenitud: 1) la transformación del rostro y las vestiduras de Jesús; 2) la aparición de Moisés y Elías; 3) la aparición de una nube luminosa que cubre a los presentes; 4) la voz que se escucha desde el cielo.

  1. La transformación de Jesús la expresaba Marcos con estas pala­bras: «sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no es capaz de blanquearlos ningún batanero del mundo» (Mc 9,3). Mateo omite esta comparación final y añade un dato nuevo: «su rostro brillaba como el sol». La luz simboliza la gloria de Jesús, que los discípulos no habían percibido hasta ahora de forma tan sorprendente.
  2. «De pronto, se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él». Moisés es el gran mediador entre Dios y su pueblo, el profeta con el que Dios hablaba cara a cara. Sin Moisés, humana­mente hablando, no habría existido el pueblo de Israel ni su religión. Elías es el profeta que salva a esa religión en su mayor momento de crisis, hacia el siglo IX a.C., cuando está a punto de sucumbir por el influjo de la religión cananea. Sin Elías habría caído por tierra toda la obra de Moisés. El hecho de que se aparezcan ahora a los discípu­los (no a Jesús) es una manera de garantizarles la importancia del personaje al que están siguiendo. No es un hereje ni un loco, no está destruyendo la labor religiosa de siglos, se encuentra en la línea de los antiguos profetas, llevando su obra a plenitud.

En este contexto, las palabras de Pedro proponiendo hacer tres chozas suenan a despropósito. Pero son simple conse­cuencia de lo que dice antes: «qué bien se está aquí». Cuando el primer anuncio de la pasión, Pedro rechazó el sufrimiento y la muerte como forma de salvar. Ahora, en la misma línea, considera preferible quedarse en lo alto del monte con Jesús, Moisés y Elías que seguir a Jesús con la cruz.

  1. Como en el Sinaí, Dios se manifiesta en la nube y habla desde ella.
  2. Sus primeras palabras reproducen exactamente las que se escucharon en el momento del bautismo de Jesús, cuando Dios presentaba a Jesús como su siervo. Pero aquí se añade un imperativo: “¡Escuchadlo!”. La orden se relaciona directamente con las anteriores palabras de Jesús, que han provocado tanto escán­dalo en Pedro, y con la dura alternativa entre vida y muerte que ha planteado a sus discípulos. Ese mensaje no puede ser eludido ni trivializado. “¡Escuchadlo!”.

            El descenso de la montaña

Dos hechos cuenta Mateo en este momento: La orden de Jesús de que no hablen de la visión hasta que él resucite, y la pregunta de los discípulos sobre la vuelta de Elías.

El primero coincide con la prohibición de decir que él es el Mesías (Mt 16,20). No es momento ahora de hablar del poder y la gloria, suscitando falsas ideas y esperanzas. Después de la resurrección, cuando para creer en Cristo sea preciso aceptar el escándalo de su pasión y cruz, se podrá hablar con toda libertad también de su gloria.

            El segundo tema, sobre la vuelta de Elías, lo omite la liturgia.

Resumen

Este episodio no está contado en beneficio de Jesús, sino como experiencia positiva para los apóstoles y para todos nosotros. Después de haber escuchado a Jesús hablar de su pasión y muerte, de las duras condiciones que impone a sus seguidores, tenemos tres experiencias complementarias: 1) vemos a Jesús transfigurado de forma gloriosa; 2) contemplamos a Moisés y Elías; 3) escuchamos la voz del cielo.

Esto supone una enseñanza creciente: 1) al ver transformados su rostro y sus vesti­dos tenemos la expe­riencia de que su destino final no es el fracaso, sino la gloria; 2) la aparición de Moisés y Elías confirma que Jesús es el culmen de la historia religiosa de Israel y de la revela­ción de Dios; 3) la voz del cielo nos dice que seguir a Jesús no es una locura, sino lo más conforme al plan de Dios.

Tres ideas que ayudan a superar el escándalo de Jesucristo crucificado.

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Segundo Domingo de Cuaresma. 05 Marzo, 2023

Domingo, 5 de marzo de 2023
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«Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y tocándolos les dijo:
Levantaos, no temáis».

(Mt 17, 1-9)

El domingo pasado nos encontrábamos en el desierto, solas y al mismo tiempo acompañadas de nuestras luces y nuestras sombras, y veíamos que nuestra libertad es la que va marcando nuestro camino.

Hoy el paisaje ha cambiado completamente. Pasamos del desierto a la montaña, y de la soledad a la intimidad.

Jesús se encuentra en un momento crucial de su existencia. Descubre que su vida debe dar una respuesta cada vez más concreta. Hace ya un tiempo que ha comenzado a predicar, se ha acercado a la gente y ha tocado su dolor. La gente lo sigue, su fama se extiende.

Pero la muerte de Juan Bautista le hace ver claramente que su compromiso puede traerle problemas. Así que reúne a sus amigos, a los más íntimos y marchan juntos al monte. Se van un día de retiro y convivencia. Y ahí los cuatro amigos oran y comparten.

Ahí, en el monte, Jesús tiene una experiencia de Dios y sus amigos, que son testigos, se estremecen. Se asustan.

La experiencia de Dios nos transforma y quienes lo ven se llenan de espanto. Nos asusta a pesar de que sea bueno. Mateo nos dice que los discípulos cayeron de bruces.

Sin embargo quien tiene esa experiencia, en este caso Jesús, siente confirmados todos sus anhelos. Recibe la fuerza y la esperanza para continuar avanzando en medio de las dificultades y peligros.

Por eso Jesús baja del monte con el ánimo renovado, con nuevas fuerzas e ilusiones. La situación no ha cambiado, pero él ahora la ve desde otra perspectiva.

Oración

Recuérdanos, Trinidad Santa, esos momentos fuertes en los que tu luz nos ha iluminado y hemos sido capaces de continuar en medio de las dificultades. Amén.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Lo divino en Jesús y en nosotros es nuestra esencia.

Domingo, 5 de marzo de 2023
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Transfiguración-ft-imgDOMINGO 2º DE CUARESMA (A)

Mt 17,1-9

El domingo pasado, íbamos al desierto para encontrar a Dios. Hoy nos vamos a lo alto de la montaña para descubrir lo divino. Tirarse del alero del templo para ser recogido por los ángeles y manifestar ante la muchedumbre quién era, se nos presentó como una tentación. Pero hoy, una espectacular puesta en escena de luz y sonido se nos presenta como la cosa más divina del mundo. Desde la razón, es una contradicción, pero en el orden trascendente, una formulación puede ser verdad y la contraria también.

Aunque no sabemos cómo se fraguó este relato, debe ser muy antiguo, porque Marcos ya lo narra completamente elaborado. Una vez que descubrieron en la experiencia Pascual lo que Jesús era, trataron de encontrar la manera de comunicar esa vivencia que les había dado Vida. Para hacerlo creíble, lo adornaron con imágenes tomadas de la Escritura. Así disimulaban la ceguera que les había impedido descubrir quién era Jesús.

No podemos pensar en una puesta en escena por parte de Jesús; no es su estilo ni encaja con la manera de presentarse ante sus discípulos. Por lo tanto, debemos entender que no es la crónica de un suceso. Se trata de una teofanía, construida con los elementos y la estructura de las muchas manifestaciones de Dios relatadas en el AT. Con los conocimientos que hoy tengo, me inclino a pensar que se trata de un relato pascual, retrotraído a la época de su vida, después de haberse elaborado para darle mayor fuerza.

El relato está tejido con los elementos simbólicos, aportados por las numerosas teofanías que se narran en el AT. Nada en él es original; ni siquiera la voz de Dios es capaz de aportar algo nuevo, pues repite exactamente lo que dijo en el bautismo. Se trata de expresar la presencia divina en Jesús con un lenguaje que todo judío podía reconocer. Lo importante es lo que quiere comunicar, no los elementos que utiliza para la comunicación.

No es verosímil que esta escena se diera durante la vida de Jesús. Si los apóstoles hubieran tenido esta experiencia de lo que era Jesús, no le hubieran negado poco después. Tampoco fue un intento de preparar a los apóstoles para el escándalo de la cruz. Si fue ese el objetivo, el fracaso fue absoluto: “Todos le abandonaron y huyeron”. Hasta la experiencia pascual nadie descubrió lo que era Jesús. Todo lo que descubrieron después de su muerte estaba ya presente en él cuando andaban por los caminos de Palestina. Si se retrotrae a la vida terrena es con el fin de hacer ver que Jesús fue siempre un ser divino.

No podemos seguir pensando en un Jesús que lleva escondido el comodín de la divinidad, para sacarlo en los momentos de dificultad. En la oración del huerto quedó muy claro. Lo que hay de Dios en él está en su humanidad. Lo divino nunca podrá ser percibido por los sentidos. Es hora de que tomemos en serio la encarnación y dejemos de ridiculizar a Dios.

La única gloria de Dios está en su ser. Nada que venga del exterior puede afectarle ni para bien ni para mal. El aplicar a Dios nuestro modelo de grandeza es sencillamente empequeñecerle. La única gloria del hombre es manifestar que en él está ya ese mismo amor. Manifestar amor hasta la muerte, por amor, es la mayor gloria de Jesús y del hombre.

Jesús vivió constantemente trasfigurado, pero no se manifestaba externamente con espectaculares síntomas. Su humanidad y su divinidad se expresaban cada vez que se acercaba a un hombre para ayudarle a ser él. La única luz que transforma a Jesús es la del amor y solo cuando manifiesta ese amor ilumina. En lo humano se transparenta Dios.

Los relatos de teofanía que encontramos en el AT son intentos de transmitir experiencias personales de seres humanos concretos. Esa vivencia es siempre interior e indecible. La presencia de Dios es el punto de partida. Esa presencia es nuestro verdadero ser. La gloria no es una meta a la que hay que llegar, sino el punto de partida para llegar al don total.

Tomó consigo a tres: La experiencia interior es siempre personal no colectiva, por eso los presenta con sus nombres propios. Moisés también subió al Sinaí acompañado por Aron. El monte: Es el ámbito de lo divino. Si Dios está en el cielo, la montaña será el mejor lugar para que se manifieste. En la Biblia, el monte alto es el lugar donde siempre está Dios.

Rostro resplandeciente: la gloria de Dios se comunica a aquellos que están cerca de Él. A Moisés al bajar del monte, después de haber hablado con Dios, tuvieron que taparle el rostro porque su luminosidad hería los ojos) La luz: ha sido siempre símbolo de la presencia de la Gloria de Dios. La nube: Símbolo de la presencia protectora de Dios. A los israelitas los acompañaba por el desierto una nube que les protegía del calor del sol.

Moisés y Elías: Jesús conectado con el AT, la Ley y los Profetas en diálogo con Jesús. El evangelio es continuación del AT, pero superándolo. La voz: la palabra ha sido siempre la expresión de la voluntad de Dios. ¡Escuchadlo! Es la clave del relato. Solo a él, ni siquiera a Moisés y a Elías. El miedo aparece en todas las teofanías. Ante la presencia de lo divino, el hombre se siente empequeñecido. Sentían pánico incluso de morir por ver a Dios.

El relato propone a Jesús como la presencia de Dios entre los hombres de manera definitiva. Por eso hay que escucharlo. Su humanidad llevada a plenitud es reflejo de Dios. Escuchar al Hijo no es aceptar una doctrina que transmite por su palabra sino transformarse en él y vivir como él vivió, ser capaces de manifestar el amor a través del don total de sí.

Ni la plenitud de Jesús ni la de ningún ser humano están en un futuro propiciado por la acción externa de Dios. La plenitud está ya en él y se manifiesta en la entrega total. No está en la resurrección después de la muerte, ni en la gloria después del sufrimiento. La Vida y la gloria están allí donde hay amor. La vida de Jesús se presenta como un éxodo, pero el punto de llegada será el Padre, que era el punto de partida al empezar el camino.

A los cristianos nos queda aún un paso por dar. No se trata de aceptar el sufrimiento y la prueba como un medio para llegar a “la gloria”. Se trata de ver en la entrega, aunque sea con esfuerzo, la meta de todo ser humano. El amor es lo único que demuestra que somos hijos de Dios. Darse a los demás por una recompensa no tiene nada de cristiano.

Jesús nos descubre un Dios que se da totalmente. No es la esperanza en un premio sino la confianza lo que me debe animar. La transfiguración nos dice qué era Jesús realmente y lo que somos nosotros. ¡Sal de tu tierra! Abandona tu ego y adéntrate por los caminos del Espíritu. Vives exiliado en tierra extraña. Entra dentro de ti y encontrarás tu centro. No tienes que buscar nada distinto de ti mismo. Pide a Dios que te libre de todo dios.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Lo provisional y lo definitivo.

Domingo, 5 de marzo de 2023
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Mt 17, 1-9

«Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadle»

Jesús se retiraba con frecuencia a orar, y en ocasiones lo hacía en compañía de sus discípulos más cercanos. Pero hay tres momentos en que su oración tiene un carácter especial, y los evangelistas se hacen eco de ello narrando con detalle la escena. Son los momentos en que debe tomar las decisiones más importantes de su vida, y en todos ellos recurre a la oración en busca de lucidez para discernir y fortaleza para responder.

El primero es en el desierto de Judea tras el bautismo de Juan, y en él, Jesús debe decidir entre lanzarse a los caminos a predicar la buena Noticia, o volver a la tranquila existencia en su taller de Nazaret. El segundo es el que se narra en el evangelio de hoy, donde tiene que optar entre permanecer en Galilea o universalizar su mensaje llevando la buena Noticia al mismo corazón de Judea. Si permanece en Galilea como profeta rural, el alcance de su mensaje será muy limitado, pero al menos su vida no correrá peligro. En cambio, si sube a Jerusalén se expondrá a un grave riesgo, pues sabe que las autoridades le buscan para prenderle. El tercero ocurre en Getsemaní en el momento más angustioso de su vida.

Probablemente el relato de hoy se basa en uno de estos retiros de oración, pero Mateo interpreta lo que vieron los ojos físicos con los ojos de la fe. Y lo que nos dice es que en Jesús hay mucho más de lo que se ve; que quien va a subir a Jerusalén, va a ser prendido por las autoridades, torturado y muerto en cruz, es en realidad el Hijo amado; el predilecto; a quien debemos escuchar. Parece como si Mateo quisiese avisarnos de antemano: “No os equivoquéis; Dios está con ese hombre que aparentemente va a ser vencido por los sacerdotes; y no con quienes lo van a matar”.

Encontramos una teofanía similar en el relato del bautismo de Jesús antes de salir a los caminos de Galilea, y dada su similitud con la de hoy, podemos aventurar que su intención es la misma: “Cuando le veáis enfrentado a los santos y los sabios de Israel, o en compañía de pecadores, o saltándose la Ley, o abandonado por buena parte de sus seguidores, no debéis olvidar que se trata del Hijo amado, del predilecto…”

Pero es posible que Mateo nos esté lanzando un mensaje de mucho mayor calado; y ese mensaje sería que la “Realidad” no se limita a lo que vemos y entendemos, sino que hay un mundo que ni se ve ni es comprensible por la razón, pero es el que realmente importa.

En cada uno de nosotros hay una realidad provisional y otra definitiva, y los relatos de la Resurrección cobran su sentido al ser interpretados de este modo. Cuando Jesús es despojado de la realidad tangible, se manifiesta en él la realidad definitiva y los discípulos son capaces de captarla. Y es su testimonio el que nos abre a la esperanza de que nosotros también somos más que lo que vemos; que la muerte no es el fracaso definitivo, sino el tránsito de esta realidad efímera a la definitiva.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí

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