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Archivo para Domingo, 14 de septiembre de 2014

La Cruz Gloriosa

Domingo, 14 de septiembre de 2014

En la Fiesta de la Exaltación de la Cruz

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Estaríamos enajenados hasta el punto de permitirnos el lujo de buscar a Dios, en las horas cómodas del ocio, en templos lujosos, en liturgias pomposas y a menudo vacías, y de no verle, oírle y servirle allí dónde está, y nos espera, y exige nuestra presencia: en la humanidad, en el pobre, en el oprimido, en la víctima de la injusticia de la que somos, muy a menudo,  cómplices?

 

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Don Helder Camara, “Un pensamiento para cada día”, Médiaspaul, 2010

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Jesus in Love

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"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , , , , , , ,

“Mirar con Fe al Crucificado”. 14 de septiembre de 2014. Exaltación de la Cruz (A ). Juan 3, 13-17

Domingo, 14 de septiembre de 2014

imageLa fiesta que hoy celebramos los cristianos es incomprensible y hasta disparatada para quien desconoce el significado de la fe cristiana en el Crucificado. ¿Qué sentido puede tener celebrar una fiesta que se llama “Exaltación de la Cruz” en una sociedad que busca apasionadamente el “confort” la comodidad y el máximo bienestar?

Más de uno se preguntará cómo es posible seguir todavía hoy exaltando la cruz. ¿No ha quedado ya superada para siempre esa manera morbosa de vivir exaltando el dolor y buscando el sufrimiento? ¿Hemos de seguir alimentando un cristianismo centrado en la agonía del Calvario y las llagas del Crucificado?

Son sin duda preguntas muy razonables que necesitan una respuesta clarificadora. Cuando los cristianos miramos al Crucificado no ensalzamos el dolor, la tortura y la muerte, sino el amor, la cercanía y la solidaridad de Dios que ha querido compartir nuestra vida y nuestra muerte hasta el extremo.

No es el sufrimiento el que salva sino el amor de Dios que se solidariza con la historia dolorosa del ser humano. No es la sangre la que, en realidad, limpia nuestro pecado sino el amor insondable de Dios que nos acoge como hijos. La crucifixión es el acontecimiento en el que mejor se nos revela su amor.

Descubrir la grandeza de la Cruz no es atribuir no sé qué misterioso poder o virtud al dolor, sino confesar la fuerza salvadora del amor de Dios cuando, encarnado en Jesús, sale a reconciliar el mundo consigo.

En esos brazos extendidos que ya no pueden abrazar a los niños y en esas manos que ya no pueden acariciar a los leprosos ni bendecir a los enfermos, los cristianos “contemplamos” a Dios con sus brazos abiertos para acoger, abrazar y sostener nuestras pobres vidas, rotas por tantos sufrimientos.

En ese rostro apagado por la muerte, en esos ojos que ya no pueden mirar con ternura a las prostitutas, en esa boca que ya no puede gritar su indignación por las víctimas de tantos abusos e injusticias, en esos labios que no pueden pronunciar su perdón a los pecadores, Dios nos está revelando como en ningún otro gesto su amor insondable a la Humanidad.

Por eso, ser fiel al Crucificado no es buscar cruces y sufrimientos, sino vivir como él en una actitud de entrega y solidaridad aceptando si es necesario la crucifixión y los males que nos pueden llegar como consecuencia. Esta fidelidad al Crucificado no es dolorista sino esperanzada. A una vida “crucificada”, vivida con el mismo espíritu de amor con que vivió Jesús, solo le espera resurrección.

José Antonio Pagola

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Invita a mirar al Crucificado con fe. Pásalo.

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“Tiene que ser elevado el Hijo del hombre”. Domingo 14 de septiembre de 2014 Exaltación de la Santa Cruz 24ª semana de tiempo ordinario

Domingo, 14 de septiembre de 2014

pascuaLeído en Koinonia:

Números 21,4b-9: Miraban a la serpiente de bronce y quedaban curados.
Salmo responsorial: 77: No olvidéis las acciones del Señor.
Filipenses 2,6-11: Se rebajó, por eso Dios lo levantó sobre todo.
Juan 3,13-17: Tiene que ser elevado el Hijo del hombre.

En el diálogo entre Jesús y Nicodemo, en el fragmento del evangelio de Juan que hoy leemos, encontramos una alusión al relato de la serpiente de bronce elevada por Moisés en el desierto (Núm 21,8s) y que el evangelista retoma para compararlo con la manera como el Hijo del Hombre fue levantado en la cruz. La palabra “levantar” es usada en dos sentidos: la elevación en la cruz y la elevación a la diestra del Padre. La tradición cristiana la ha traducido por “exaltación”. Juan, en su teología, ve en la crucifixión el momento culminante de la vida de Jesús, la “hora” de su glorificación. La “exaltación” sería el tránsito de Jesús del mundo al Padre, la Pascua salvadora en la que Jesús es glorificado. Éste sería el sentido en el que celebramos hoy la exaltación de Jesús, más que de la cruz. La cruz no la exaltamos. La cruz un signo del gran amor de Jesús para con la humanidad. Sólo en ese sentido podría exaltarse la cruz. Por eso, el evangelio insiste en que Jesús no vino a juzgar, condenar o acabar el mundo, por el contrario, vino a dar testimonio de que el amor es el camino seguro que conduce a la resurrección.

Jesús no amó la cruz, sino que quiso evitarla. Lo cual no fue una «debilidad humana», sino su deber lógico. Porque tampoco podemos ya decir que «el Padre lo envió a la muerte y una muerte de cruz… En Jesús no hay nada de una visión ni masoquista (que ame o valore la cruz por sí misma), ni que la incorpore «al plan de Dios» por voluntad divina, ni una visión expiadora: Jesús sufriendo, muriendo en la cruz para ofrecer a Dios Padre ese sufrimiento violento en nombre de la humanidad, para así «aplacar» al «airado» Eterno Padre, que habría cancelado sus relaciones con la humanidad por causa de un supuesto pecado original cometido por una supuesta «primera pareja» de primates humanos…

Lamentablemente –tenemos que reconocerlo– la cruz es también, no sólo ese signo del amor consecuente y de la coherencia de Jesús con su misión, sino sobre todo el signo central de todo este relato mitológico de pecado original, masa humana condenada, envío desde el cielo de un Mesías redentor, expiación en la cruz, recuperación de la humanidad. Se puede decir, sin temor a exagerar, que durante demasiado tiempo ha fungido como el relato esencial cristiano. Ha sido el mensaje concentrado en que las Iglesias cristianas han hecho coincidir su doctrina, su visión, y su misión. Y es la visión más ampliamente difundida… en nombre de Jesús, que nunca supo de ello ni nunca quiso morir para expiar un pecado original.

Afortunadamente, ello ha sido algo tan extendido masivamente en las Iglesias y tan ingenuamente (mitológicamente) aceptado, que ni siquiera ha sido declarado oficialmente dogma… se dio por supuesto simplemente. De forma que, sencillamente, no es dogma; es –aunque pueda sorprendernos este su status– una tradición, tan antigua y venerable como superable y prescindible. Esto alivia a muchos cristianos que ya no pueden vivir en el mundo mitólógico (ni siquiera siendo conscientes de que se las han con símbolos…: muchas personas de la sociedad de hoy ya no toleran símbolos de determinado tipos mitológicos, ni siquiera sabiendo conscientemente que son mitos; su cultura actual no tolera ya mitologías a la hora de manejar/expresar el sentido de su vida humana: se ha convertido incluso en una cuestión de dignidad, de honor).

Son demasiadas cosas las que están implicadas en esta mitología de la cruz, que no sólo ya no puede ser «exaltada», sino que debe ser «deconstruida». Ya los hemos insinuado, pero merecerían un abordaje detenido, detallado y a fondo: pecado original como pecado mitológico primordial que causa la desgracia de la humanidad (mito común en muchas religiones); la massa damnata o humanidad condenada por el pecado original, de la que san Agustín hablaba y que marcó a la teología por más de un milenio; la interpretación de todos los males como castigo de Dios por «nuestro» pecado original (pérdida de los supuestos dones preternaturales, de la ciencia infusa, de la inmortalidad, del equilibrio psíquico-espiritual, condena a ganar el pan con el sudor de nuestra frente, condena de la mujer a dar a luz con dolor y a estar sometida al varón…); la interpretación de la muerte de Jesús como expiación para aplacar al Padre Eterno; la interpretación esencial del bautismo como instrumento para el perdón del pecado original; el valor expiatorio del dolor asumido (incluso provocado, la mortificación) voluntariamente; el amor a la cruz…

El cristianismo tiene ahí una responsabilidad colectiva por tanto sufrimiento psíquico infligido a tantas generaciones humanas, durante tanto tiempo, aunque haya sido involuntariamente, por un espejismo cultural, no por mala voluntad. No basta dejar de hablar de aquello que ya da vergüenza hablar. Es una obligación de responsabilidad colectiva «agarrar el toro por los cuernos», de frente, reconocidamente, sin callar nada vergonzantemente, y negar explícitamente lo hoy reconocemos que fue un error, y tratar de liberar a tantas personas que aún arrastran en su conciencia, y con frecuencia en las capas subconscientes de su psiqué, la desconfianza ante el mundo, ante la materia, ante la sexualidad, ante el placer y la felicidad. O una visión espiritual masoquista (como aquella de la Imitación de Cristo, de Kempis: «Tanto más santo te harás, cuanta más violencia te hicieres»). Leer más…

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Dom 14. 9. 14. Exaltación de la Santa Cruz

Domingo, 14 de septiembre de 2014

SIC18692Leído en el blog de Xabier Pikaza:

Dom 14.9 14. Fiesta de la Santa Cruz. El signo de la cruz constituye quizá la mayor aportación del cristianismo a la simbología y a la experiencias de las religiones Ciertamente, un tipo de cruz se ha utilizado desde hace mucho tiempo, como símbolo solar (cruces aspadas, laburus) o como signo de todo el cosmos, especialmente en clave espacial (cuatro líneas abiertas a los cuatro puntos cardinales que se cruzan en un centro).

Sin embargo, ninguno de esos elementos constituye el rasgo específico de la cruz cristiana, que ha empezado siendo un signo de tortura y un patíbulo donde Jesús ha muerto, en contra de las expectativas y esperanzas de sus seguidores. La cruz es el signo supremo de la injusticia de la historia, de la prepotencia asesina de los poderosos, del sufrimiento y muerte de los vencidos.

Pero esa cruz, con un hombre muerto en ella, siendo en principio el escándalo supremo de la fe, se ha interpretado después, partiendo de la pascua, como símbolo mesiánico y como principio de seguimiento cristiano.

Es normal que los cristianos celebren su fiesta. Por si a alguno le sirven presento unas reflexiones de tipo más litúrgico tomado de mi Diccionario Bíblico, con el famoso signo de la Cruz de la Cartuja de Miraflores (Burgos) que comento al final del post. Buen día a todos.

Texto Juan 3,13-17

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: “Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.
Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen el él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.”

El escándalo de la cruz

ha sido formulado de manera clásica por Pablo: «Los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los gentiles, pero para los llamados, poder y sabiduría de Dios, porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres» (1 Cor 1, 22-25). Más aún, Pablo sabe que, conforme a la Ley de Israel, la cruz es una maldición: «Maldito es aquel que ha sido colgado de un madero» (Gal 3, 10, con cita de Dt. 27, 26).

Los evangelios han escenificado esa maldición de la cruz en unos relatos de fuerte dramatismo. Los espectadores que pasan ante el Calvario se mofan de Jesús crucificado y, de un modo especial, lo hacen los sacerdotes y escribas, indicando con sus burlas que Dios ha rechazado a Jesús. La cruz no es para ellos un signo de presencia, sino de abandono de Dios: «¡Ay, tú que destruías el templo y lo reedificabas en tres días! ¡Sálvate a ti mismo, bajando de la cruz!… Y de manera semejantes, los sumos sacerdotes, riéndose entre sí, con los escribas, decían:¡A otros salvó y a sí mismo no puede salvarse! ¡El Mesías! ¡El rey de Israel! ¡Que baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos! (Mc 15, 28-32). El mismo Jesús reconoce el escándalo y grita: «Eloí, Eloí, ¿lemá sabaktaní?, es decir: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 14, 34), ratificando con su fracaso y soledad el escándalo de una vida humana sometida a la injusticia y sufrimiento.

Un escándalo anunciado: era necesario.

Para aquellos que saben leer las Escrituras y la paradoja de la historia humana, la cruz se ha venido a presentar como signo supremo de solidaridad de Jesús con los pobres, llegando a ser de esa manea un símbolo mesiánico. Esto es lo que han descubierto y formulado los cristianos cuando han dicho que era necesario (dei): era necesario que el Hijo del hombre padeciera (Mc 8, 31 par), compartiendo así la suerte de los hombres y mujeres que buscan y fracasan, que sufren y no logran descubrir la verdad. Ellos, los dolientes de la tierra, los perdedores de la historia son ahora la comunidad de Jesús, forman su iglesia.

Esta no es una necesidad ontológica, vinculadas a los mitos del eterno retorno del sufrimiento, sino una “necesidad” histórica (o quizá mejor una fatalidad y un pecado), que la Escritura había ido descubriendo y mostrando en algunos de sus textos más paradigmáticos (el → siervo sufriente del Segundo Isaías, el justo perseguido de Sab 2). Este descubrimiento de la necesidad del sufrimiento constituye la primera norma interpretativa cristiana del Antiguo Testamento, el principio hermenéutico supremo de la iglesia (cf. Lc 24, 26.44; Hech 1, 16).

El Cristo crucificado.

Los investigadores no han llegado todavía a un acuerdo total sobre la manera en que Jesús entendió su tarea mesiánica; pero es evidente que el letrero de la cruz: «Jesús nazareno, rey de los judíos» (cf. Mc 15, 26 par) ha golpeado la conciencia de los cristianos, de manera que han descubierto la verdad de ese letrero. Lo que Pilato había hecho escribir en son de burla y condena lo toman ellos como signo de la verdad de Dios. En esa línea se sitúan las más solemnes confesiones de Pablo, que entiende a Jesús crucificado como presencia y revelación suprema de Dios (cf. 1 Cor 1, 13. 22; Flp 2, 8; 3, 18). Lo que era escándalo insalvable se convierte así en principio de fe. La cruz es la señal más alta de la presencia de Dios.

Tomar la cruz.

Desde aquí se puede dar un paso y afirmar que el camino de la cruz constituye el signo distintivo de los creyentes. Así lo dice Pablo, cuando afirma que sólo quiere conocer a Cristo y a Cristo crucificado (1 Cor 2, 2), para añadir después que él mismo quiere estar y está crucificado con Jesús (cf. Gal 2, 20; 3, 1). Desde aquí se entienden las palabras más novedosas de los sinópticos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará» (Mc 8, 34-35). Rehacer el camino de la cruz de Jesús desde su mensaje de Reino, en clave de pascua; esta es la novedad del cristianismo.
A partir de la experiencia cristiana primitiva, expresada por Pablo y los sinópticos, lo mismo que por el evangelio de Juan (cf. Jn 12, 32), la cruz ha venido a presentarse como signo de Dios y de la salvación de los hombres.

(1) Podemos presentar a Dios sin cruz, como una esfera,

encerrada en su quietud eterna, sin dolores ni problemas, sin cambios ni muerte en el mundo. Notas suyas serían la inmutabilidad, auto-contemplación y poderío: lo tiene todo y por tanto nada necesita. Frente a los restantes seres que ha creado, él se enclaustra inexorable en su propia perfección. Un Dios así, sin Cruz ni amor, es para muchos hombres y mujeres de este tiempo un enemigo. Pero el Dios de Jesucristo se introduce por la Cruz en nuestra historia y muere dentro de ella en favor de los humanos. Es un Dios de libertad, no es poder que goza obligando a que los otros le rindan reverencia, sino amor que se ofrece en gratuidad, abriendo así un espacio de vida compartida para los humanos.

(2) Los cristianos confiesan que Dios se expresa (se realiza humanamente) en la historia salvadora de la Cruz de Cristo.

Así entienden la Cruz como un momento integrante del proceso de amor, que brota del Padre, suscitando al Hijo como ser distinto de sí mismo y poniéndose en sus manos. El mismo Padre se regala (se pierde) dando su vida a Jesucristo: no clausura para sí riqueza alguna, no conserva egoístamente nada, sino que entrega a Jesús todo lo que tiene para que él pueda realizarse libremente. El Hijo Jesús, que ha recibido la vida del Padre, se la ofrece nuevamente, poniéndose en sus manos cuando entrega su vida por el reino (en favor de los humanos). Leer más…

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“Perdonar de corazón”. Domingo 24. Ciclo A

Domingo, 14 de septiembre de 2014

HIJO PRÓDIGO5_thumb[1]Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Argumentos para perdonar (1ª lectura)

La primera lectura está tomada del libro del Eclesiástico, que es el único de todo el Antiguo Testamento cuyo autor conocemos: Jesús ben Sira (siglo II a.C.). Un hombre culto y estudioso, que dedicó gran parte de su vida a reflexionar sobre la recta relación con Dios y con el prójimo. En su obra trata infinidad de temas, generalmente de forma concisa y proverbial, que no se presta a una lectura precipitada. Eso ocurre con la de hoy a propósito del rencor y el perdón.

El punto de partida es desconcertante. La persona rencorosa y vengativa está generalmente convencida de llevar razón, de que su rencor y su odio están justificados. Ben Sira le obliga a olvidarse del enemigo y pensar en sí mismo: “Tú también eres pecador, te sientes pecador en muchos casos, y deseas que Dios te perdone”. Pero este perdón será imposible mientras no perdones la ofensa de tu prójimo, le guardes rencor, no tengas compasión de él. Porque «del vengativo se vengará el Señor».

Del vengativo se vengará el Señor y llevará estrecha cuenta de sus culpas. Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas. ¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor? No tiene compasión de su semejante, ¿y pide perdón de sus pecados? Si él, que es carne, conserva la ira, ¿quién expiará por sus pecados? 

Si lo anterior no basta para superar el odio y el deseo de venganza, Ben Sira añade dos sugerencias: 1) piensa en el momento de la muerte; ¿te gustaría llegar a él lleno de rencor o con la alegría de haber perdonado? 2) recuerda los mandamientos y la alianza con el Señor, que animan a no enojarse con el prójimo y a perdonarle. [En lenguaje cristiano: piensa en la enseñanza y el ejemplo de Jesús, que mandó amar a los enemigos y murió perdonando a los que lo mataban.]

Piensa en tu fin, y cesa en tu enojo; en la muerte y corrupción, y guarda los mandamientos.

Recuerda los mandamientos, y no te enojes con tu prójimo; la alianza del Señor, y perdona el error.

Pedro y Lamec

         Lo que dice Ben Sira de forma densa se puede enseñar de forma amena, a través de una historieta. Es lo que hace el evangelio de Mateo en una parábola exclusiva suya (no se encuentra en Marcos ni Lucas).

            El relato empieza con una pregunta de Pedro. Jesús ha dicho a los discípulos lo que deben hacer «cuando un hermano peca» (domingo pasado). Pedro plantea la cuestión de forma más personal: «Si mi hermano peca contra mí», «si mi hermano me ofende». ¿Qué se hace en este caso? Un patriarca anterior al diluvio, Lamec, tenía muy clara la respuesta:

«Por un cardenal mataré a un hombre,

a un joven por una cicatriz.

Si la venganza de Caín valía por siete,

la de Lamec valdrá por setenta y siete» (Génesis 4,23-24).

Pedro sabe que Jesús no es como Lamec. Pero imagina que el perdón tiene un límite, no se puede exagerar. Por eso, dándoselas de generoso, pregunta: «¿Cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?» Toma como modelo contrario a Caín: si él se vengó siete veces, yo perdono siete veces.

Jesús le indica que debe tomar como modelo contrario a Lamec: si él se vengó setenta y siete veces, perdona tú setenta y siete veces. (La traducción litúrgica, que es la más habitual, dice «setenta veces siete»; pero el texto griego se puede traducir también por setenta y siete, como referencia a Lamec). En cualquier hipótesis, el sentido es claro: no existe límite para el perdón, siempre hay que perdonar.

La parábola

Para justificarlo propone la parábola de los dos deudores. La historia está muy bien construida, con tres escenas: la primera y tercera se desarrollan en la corte, en presencia del rey; la segunda, en la calle.

1ª escena (en la corte): el rey y un deudor..

Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo.” El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda.

Se subraya: 1) La enormidad de la deuda; diez mil talentos equivaldrían a 60 millones de denarios, equivalente a 60 millones de jornales. 2) Las duras consecuencias para el deudor, al que venden con toda su familia y posesiones. 3) Su angustia y búsqueda de solución: ten paciencia. 4) La bondad del monarca, que, en vez de esperar con paciencia, le perdona toda la deuda.

2ª escena (en la calle): el deudor perdonado se convierte en acreedor

Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: “Págame lo que me debes.” El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré.” Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. 

Esta escena está construida en fuerte contraste con la anterior. 1) Los protagonistas son dos iguales, no un monarca y un súbdito. 2) La deuda, cien denarios, es ridícula en comparación con los 60 millones. 3) Mientras el rey se limita a exigir, el acreedor se comporta con extrema dureza: «agarrándolo, lo estrangulaba». 4) Cuando escucha la misma petición de paciencia que él ha hecho al rey, en vez de perdonar a su compañero lo mete en la cárcel.

3ª escena (en la corte): los compañeros, el rey y el primer deudor.

Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?” Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.

Dos detalles: 1) La conducta del deudor-acreedor escandaliza e indigna a sus compañeros, que lo denuncian al rey. Este detalle, que puede pasar desapercibido, es muy importante: a veces, cuando una persona se niega a perdonar, intentamos defenderla; sin embargo, sabiendo lo mucho que a esa persona le ha perdonado Dios, no es tan fácil justificar su postura. 2) La frase clave es: «¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”

Con esto Jesús no sólo ofrece una justificación teológica del perdón, sino también el camino que lo facilita. Si consideramos la ofensa ajena como algo que se produce exclusivamente entre otro y yo, siempre encontraré motivos para no perdonar. Pero si inserto esa ofensa en el contexto más amplio de mis relaciones con Dios, de todo lo que le debemos y Él nos ha perdonado, el perdón del prójimo brota como algo natural y espontáneo. Si ni siquiera así se produce el perdón, habrá que recordar las severas palabras finales de la parábola, muy intere­santes porque indican también en qué consis­te perdonar setenta y siete veces: en perdonar de corazón.

La diferencia entre la 1ª lectura y el evangelio

          Ben Sira enfoca el perdón como un requisito esencial para ser perdonados por Dios. La parábola del evangelio nos recuerda lo mucho que Dios nos ha perdonado, que debe ser el motivo para perdonar a los demás.

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La Eucaristía: Presencia real de Cristo en nuestras vidas.

Domingo, 14 de septiembre de 2014

jpegLeído en la web Evangelizadora de los Apóstoles

La Eucaristía un acto subversivo: Juan 6, 51-58

Celebrando: Una Eucaristía, un Bautismo y un Matrimonio en la dimensión de la Eclesiología

¡Cada Eucaristía una Pascua!

 Olga Lucia Álvarez Benjumea  ARCWP*

 ¿Cómo puede suceder esto? ¿Será posible, celebrar la Eucaristía, sin pan y sin vino?  ¿Cuál es el efecto del rito y los símbolos en una celebración? ¿Acaso no perderá la liturgia su sentido?  ¿Quién o quienes pueden dar sentido a la Liturgia Eucarística?

Un rito, con símbolos, estáticos, sin motivación, sin explicar, es una liturgia sin vida, y  lleva a que los fieles se duerman.

La Eucaristía, tiene el encanto de lo divino, del saber compartir, con todos los hermanos/as. Es través del rito y los símbolos, hacer presente lo invisible de la Esencia Divina, entre nosotros/as. Esto es posible, si hay una participación activa La Eucaristía además de ser agradecimiento, es un compromiso, en el que todas/os estamos invitados a realizar de manera concreta. La entrega y el compromiso no es solo de quien preside, nos atañe a todas/os.

Todo parte del conocer y vivenciar  nuestro Bautismo. Allí se inicia, el proceso de nuestro crecimiento en la fe y compromiso con la Iglesia Pueblo de Dios.

Es el momento del Ofertorio. ¿Qué vamos a ofrecer? Quien preside, presenta el cáliz y la patena, sin pan y sin vino. “Todos somos responsables de las injusticias, pobreza y violencia que se vive en el mundo. Si hemos venido a celebrar la Eucaristía, qué vamos a ofrecer, a la Esencia Divina, que le vamos a presentar?” El cáliz y la patena, se fue pasando de mano en mano, en silencio…hubo lágrimas.Cada uno de los participantes, fue sintiendo el desafío de su compromiso: “Ofrezco mis debilidades”, “mis temores”, “mis cobardías”, “mi silencio cómplice”, “mi falta de compromiso”, para que la Esencia Divina de la Vida; “me sane”, “me liberé”, “me de coraje”. “La ausencia de pan y vino, nos habla de pobreza, hambre, injusticias, corrupción, egoísmo,  marginación, falta de amor, paz y generosidad.”  Alguien dijo: “es hora a celebrar verdaderamente la Eucaristía y hacerla realidad, es hora de renovar nuestro compromiso bautismal y entregarnos en cuerpo y alma”. Somos cada uno de nosotros/as quienes nos debemos presentar al Cielo, sin intermediarios, que nos estropeen la relación con el Divino.No podemos  desconocer  la Iglesia Pueblo de Dios como comunidad cristiana adulta, como lo expresa  Vaticano II:

“En la Iglesia hay una admirable variedad, pero es uno solo el Pueblo de Dios, sin desigualdades de los fieles en Cristo y en la Iglesia…” L.G 32.

La parábola del Buen Samaritano así nos lo reafirma: no se necesitan sacerdotes, ni intermediarios, espacios sagrados ni instituciones; hombres y mujeres que encontremos en nuestro camino, ellas/os son el templo de Dios. (Lucas 10:30-37).  La Esencia Divina, esta presente en nosotros/as.”Hemos sido creados a su imagen y semejanza”.

A medida que se van escuchando estas intervenciones, sientes la presencia Divina y los pelos se nos ponen de punta. Es hora de hacer los cambios, y no esperar que los van a hacer por nosotros/as. Presentimos que al terminar la celebración, no vamos a salir iguales, en el fondo de nuestros interior, la Esencia Divina no ha estado sacudiendo.

La  Comunidad es invitada a participar en la Consagración extendiendo sus manos sobre el Pan y el Vino, diciendo las palabras de la consagración con la persona que preside la liturgia eucarística.

Cuando todas/os estamos participando, se activa la presencia de Dios, en cada uno de nosotras/os. Su Presencia fluye de manera extraordinaria en cada uno/a inundándonos de energía, coraje, amor y ternura, haciéndonos sentir que todos somos importantes, y todos/as nos necesitamos los unos/as de los otros/as, por eso delante de Dios y de la Comunidad, nos damos el abrazo de Reconciliación y de Paz. Somos hermanos/as, somos una sola familia! Sentimos que se eleva, la autoestima de los presentes. Sienten que ellos/as también tienen algo que decir, algo que compartir, algo que aportar, no son desconocidos/as, son familia reunida convocados/as por la Palabra de Dios, (Mateo 18:20):  “Allí donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, Yo estoy en medio de ellos”.

Cautivando la atención de los presentes, haciéndoles una motivación a participar activamente, rompiendo la timidez y mutismo, en que nos han sumergido, el clericalismo, nos atrevemos a celebrar la Eucaristía, ofreciendo el pan y el vino, símbolos de vida, de alegría, de abundancia, de salud, de energía. Cristo esta presente y nos invita: “hagan esto en memoria mía”: 1 Corintios 11:24.

Mujeres y hombres, con sentido religioso,en todos los tiempo, han buscado su relación con el Dios Creador, en todos los pueblos (indígenas y afros) los  hemos encontrado en sus ritos y símbolos, evocando su Presencia.

Es fascinante descubrir, el poder influyente del rito, sus símbolos y sus beneficios en la Comunidad. El símbolo es capaz de hacernos transcender, al Infinito. Es la unión entre el Cielo y la Tierra, es el acceso a la Esencia Divina. No pueden ser acartonados, o estáticos, exigen flexibilidad y movimiento. Son la presencia de Dios, hecha luz, a través de nuestra fe.

“Que la Iglesia sea el lugar de la misericordia y de la esperanza de Dios, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado, animado a vivir la vida buena del evangelio. Y para que el otro se sienta acogido, amado, perdonado, alentado, la Iglesia debe estar con las puertas abiertas, para que todos puedan entrar. Y nosotros tenemos que salir de aquellas puertas y anunciar el evangelio.”  

Papa Francisco

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“El bando del Crucificado”, por Gema Juan OCD

Domingo, 14 de septiembre de 2014

14910431410_7583182df7_mLeido en su blog Juntos Andemos:

En cierta ocasión, Teresa de Jesús escribía a un hermano carmelita: «No ha de faltar cruz en esta vida, aunque más hagamos, si somos del bando del Crucificado».

No es que ella no supiera que la vida trae cruces, dolores y dificultades para todos. Lo sabía bien, pero hablaba de otra cosa. De hecho, muy poco después de escribir esta carta, dirá en Moradas: «No penséis que está la cosa en si se muere mi padre o hermano, conformarme tanto con la voluntad de Dios que no lo sienta; y si hay trabajos y enfermedades, sufrirlos con contento. Bueno es, y a las veces consiste en discreción, porque no podemos más, y hacemos de la necesidad virtud».

El realismo de Teresa parece no tener límites, como no los tiene su conciencia de que lo que Jesús propone es algo diferente; cuenta con esa actitud sabia pero, además, invita a otra cosa. Ella entendió que seguir a un hombre que fue crucificado, significaba algo más que hacer de la necesidad virtud o resignarse, de la mejor manera, ante situaciones inevitables.

Puede sorprender que una mujer del s. XVI, imbuida de las ideas espirituales del momento, entendiera, tan de raíz, el sentido de la cruz de Cristo. Aunque, según propias palabras, no era muy letrada, es conocido su afán como lectora y que buscó la luz cuanto le fue posible para entender su fe y poder vivirla sinceramente. Pero lo que entendió sobre el Crucificado no lo aprendió en ningún libro, sino creyendo y orando, y llevando a la vida lo que iba intuyendo.

La teología actual sabe –mejor que la del tiempo de Teresa– que la cruz de Cristo alude, más aún que al dolor físico –sin duda, desmesurado– a la humillación que suponía la crucifixión: era una muerte vergonzosa y denigrante. Una muerte con la que Cristo cedió todos sus derechos y se degradó voluntariamente.

Teresa lo comprendió, y por eso hablaba de la cruz que puede aparecer en la vida por el hecho de elegir estar en el «bando del Crucificado». Por decidir seguirle y vivir tras su estela.

Solo desde ahí se puede entender –o mejor, vivir– ese ir «procurando perder de nuestro derecho», del que habla Teresa. Algo que a la mentalidad actual le resulta prácticamente inadmisible. Sin duda, hay gentes admirables, anónimas para muchos, que viven cediendo, es decir, renunciando de un modo u otro a sus legítimos derechos, en pro de los demás. Pero a nadie se le oculta lo difícil que resulta encajar esta idea en el pensamiento de hoy.

De hecho, a la gran comunidad de seguidores de Jesús se le hace muy difícil no encontrar argumentos y razones –¿excusas?– de todo tipo, para no perder o ceder sus derechos. Mientras que, desde la Encarnación hasta la cruz, el camino de Cristo es el de la desposesión de sí más absoluta en favor de los demás.

Tal vez por eso, Teresa decía con tanta fuerza: «Poned los ojos en el Crucificado y haráseos todo poco… ¿Pensáis que es poco un tal amigo al lado?». Teresa sabe que ese Cristo se hace compañero de vida, cuando se acoge su presencia: «No os faltará para siempre; ayudaros ha en todos vuestros trabajos; tenerle heis en todas partes».

El Crucificado va por delante. Por eso, es posible responder a su invitación –«Venid conmigo»– y decidirse a vivir como Él. Sin duda, supone un riesgo porque implica una profunda desinstalación. Lo intuyeron pronto los primeros discípulos, tambaleándose y queriendo convencer a Jesús de que no cediera su dignidad. Y lo intuye quien mira al Cristo vivo en sus palabras, en su interior y en quienes le siguen de verdad.

Para Teresa, ser del «bando del Crucificado» es ir entendiendo la vida de Jesús, asumir su estilo bienaventurado, que busca parecerse al Padre todo bueno, que pone su dignidad en el amor, hasta el punto de decir: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos».

Cuando Teresa pensaba en esa forma de dar la vida, animaba a cada una de sus hermanas a «ser la menor de todas… mirando cómo o por dónde las podéis hacer placer y servir». Por eso le molestaba tanto que se hiciera «caso de unas cositas que llaman agravios» y las cosas de «honra», la búsqueda de reconocimiento o ventajas. Porque, en definitiva –como había advertido san Pablo a los Corintios– era vaciar la cruz de Cristo, desfigurarla.

La comunidad de los que siguen a Jesús está llamada a ceder derechos y dignidades, a renunciar a sus ventajas, a no ofenderse cuando no es tratada con reverencia. Está llamada a reconocer, nuevamente, la cruz de Jesús. Será necesario recordar que Él pidió ser «cautos como serpientes e ingenuos como palomas», pero también que avisó de que un discípulo no es más que su maestro, si de verdad es discípulo. Y al Maestro, su vida le llevó a desposeerse y no salvarse a sí mismo, le llevó a la cruz.

A toda la comunidad que sigue a Jesús y a cada miembro de ella, se dirige Teresa: «Abrazaos con la cruz que vuestro Esposo llevó sobre sí y entended que esta ha de ser vuestra empresa; la que más pudiere padecer, que padezca más por El, y será la mejor librada». Padecer es servir como Cristo, no significa afligirse o castigarse sin razón. Es seguir al que dijo, cuando iba camino de Jerusalén: «Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve».

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Las víctimas iraquíes del genocidio más espeluznante del siglo

Domingo, 14 de septiembre de 2014

Obama se compromete ante los patriarcas orientales a liberar a las minorías religiosas del Estado Islámico

Un documental sobre las víctimas iraquíes del genocidio más espeluznante del siglo XXI

Publicado por: Diásporas Revista. Fecha de publicación: viernes, septiembre 12, 2014

Fusilamientos sumarísimos, secuestros, violaciones, conversiones forzosas… La irrupción en la escena geopolítica del Estado Islámico de Irak (ISIS) ha revelado para muchos la existencia de algunas de las minorías más perseguidas del planeta: asirios y yazidíes. Un equipo de reporteros españoles retrató este genocidio en 2005 mediante un documental tras vivir más de tres meses en antiguos monasterios, cuarteles de milicianos y remotas aldeas de todos los confines de Irak, Irán, Siria y Turquía. El trabajo audiovisual conserva plena actualidad y sigue respondiendo a la pregunta de quiénes son estos cristianos orientales que dicen descender de los asirios y que están a punto de ser barridos de la faz de Oriente Medio.

El documental fue realizado por un miembro del equipo de este suplemento informativo -Ferran Barber- y por el periodista navarro Íñigo Úriz Jaurrieta. Han transcurrido nueve años desde entonces y aunque no ha perdido su vigencia, varias personas que aparecen en el mismo han muerto asesinadas o han abandonado Oriente Medio con destino a Norteamérica, Australia y Europa Occidental.

Barcelona | Diásporas / Público

Por primera vez en la historia, cinco patriarcas orientales han sido recibidos por el presidente de los Estados Unidos de América, Barack Obama, para hablar de la persecución a la que están siendo sometidos los cristianos de Irak y Siria. La reunión se celebró ayer en la Casablanca. En el transcurso de la misma, los líderes religiosos mencionaron las historias de hombres asesinados, de mujeres secuestradas y vendidas como esclavas; de monasterios e iglesias incendiadas y de miles de familias aterrorizadas que, una vez más, como si estuvieran condenadas a repetir su historia en bucle, se han echado la casa a las espaldas y han dejado a toda prisa sus hogares con la esperanza de salvar sus vidas.

Lo cierto es que la diáspora de estos cristianos reviste dimensiones bíblicas. Tres cuartas partes de ellos se han visto obligados a dejar Irak desde la Primera Guerra del Golfo. Se estima que a día de hoy, tan sólo permanecen en el país alrededor de 450.000.

EEN BUSCA DE LOS ÚLTIMOS CRISTIANOSn realidad, la irrupción en escena de ISIS viene a ser tan sólo el último capítulo de una vieja historia de persecuciones. La suerte de estas gentes y el acoso que sufren desde hace siglos merece, en puridad, la calificación de genocidio, por su carácter premeditado y sistemático y por la voluntad expresa de sus asesinos de terminar con ellos como pueblo. Se les persigue por cristianos y lo que es mucho menos conocido, se les persigue por las reclamaciones políticas que realizan como asirios.

En otras palabras, lo que mucha gente ignora es que en pleno siglo XXI sobrevive una comunidad de cristianos en Mesopotamia que se obstina en defender la sorprendente idea de que ellos son los descendientes de los pobladores originarios de Asiria y Babilonia. Poseen su propia lengua –el siriaco o arameo-, sus escuelas, sus milicias, sus medios de comunicación, sus representantes políticos y ciertas aspiraciones legítimas y hasta la fecha desoídas de conseguir un territorio autónomo propio en el Kurdistán iraquí.

Alentados por el empeño de descubrir qué queda todavía de estos hombres y mujeres, los reporteros Ferran Barber e Íñigo Úriz Jaurrieta emprendieron una investigación periodística que les condujo a rastrear durante cien días aquellos rincones de Mesopotamia donde sobreviven y resisten estos modernos caldeo-asirios. El resultado de aquel periplo fue un libro y un trabajo audiovisual que hoy Diásporas incorpora a su edición en atención a su actualidad y a su valor documental e informativo.

LOS ÚLTIMOS ASIRIOS DE MESOPOTAMIA

¿Cuáles son las causas del éxodo masivo del pueblo asirio? La primera y más obvia son los atentados, los secuestros y las persecuciones. Claro que además de las bombas de los radicales islamistas adscritos al llamado “club del odio”, los asirios tienen que hacer frente en toda Mesopotamia a la hostilidad de parte de la sociedad. Imágenes superiores, por Íñigo Úriz Jaurrieta (todos los derechos reservados).

La investigación llevada a cabo por el reportero de Diásporas -Ferran Barber- y por Íñigo Úriz se concretó también en un híbrido de libro de viajes e investigación periodística, donde se recogen los testimonios de centenares de asirios y su percepción de lo que está ocurriendo. Y todo ello, en clave de relato o periodismo narrativo. Los interesados en la obra pueden contactar con María Ackerman en redaccion@diasporas.es

Fuente © Diásporas / Público 2014

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“Los del Estado Islámico degüellan, decapitan, crucifican hasta la muerte, entierran personas vivas…”

Domingo, 14 de septiembre de 2014

marisalep_560x280Los maristas azules de Alepo recuerdan que fue la comunidad internacional la que armó al Estado Islámico

“¿Cuál es la solución? ¿Cuál será el futuro, o antes de eso, hay un futuro?”

“Puestos ante la elección de convertirse o morir, o de huir, centenares de miles de personas han tomado el camino del éxodo”

Cardenal Koch: “Las bases ideológicas del EI no tienen nada que ver con la religión musulmana”

Tomasi denuncia las “trágicas formas de esclavitud moderna” simbolizadas en Boko Haram o Estado Islámico

(Nabil Antaki, maristas azules).- Quedarse o partir, tal es el dilema al que se enfrentan los sirios, sobre todo los de Alepo, ahora más que nunca. ¿Qué hacer? ¿Seguir resistiendo? ¿Quedarse a pesar de todo lo que está pasando, de todo lo que estamos sufriendo desde hace más de tres años? ¿Cuál es la solución? ¿Cuál será el futuro, o antes de eso, hay un futuro?

¿Abandonar definitivamente el país? ¿Ir a vivir a otra parte ese futuro y sobre todo el futuro de los niños? Pero ¿dónde? ¿Y cómo? ¿Ponerle una cruz al pasado ? ¿Dejar todo lo que se pasee y volver a empezar desde cero ? ¿La letanía de estas preguntas sin respuesta es larga y nos obsesiona todo el día. La gente que contemporizaba, que había dejado las preguntas y las respuestas en suspenso esperando ver más claro, sea porque esperaban una solución cercana de la crisis o simplemente porque les faltaba el valor para irse, actualmente abandonan Siria, cada vez más numerosos, sobre todo los cristianos, para tomar el camino del exilio definitivo hacia un país que no han escogido. «Poco importa dónde vaya, lo importante es que llegue y que pueda vivir en paz ».

La paciencia de la gente ha llegado al límite. Tras los tres años que dura el conflicto sirio, con sus 192.000 muertos, sus millones de desplazados y de refugiados, no ven aparecer en el horizonte ninguna solución. Y luego está el encadenamiento de acontecimiento capaz de hacer perder todas las ilusiones incluso a los más optimistas. En primer lugar el bloqueo de la ciudad durante varias semanas, seguido de un corte total de agua durante más de dos meses, todo ello salpicado de lluvia de obuses y de morteros que siguen haciendo su cosecha cotidiana de muertos y de heridos…

Pero lo peor es el miedo que se agarra a las entrañas, inspirado por esa banda de salvajes que ha tomado posesión de todo el este de Siria y del norte de Irak para hacer reinar allí un Estado de ley islámica que no tiene nada que ver con el islam. Es una banda compuesta en su mayoría de extranjeros, con los que nuestros compatriotas musulmanes no se identifican, que degüellan, decapitan (y no sólo periodistas americanos), crucifican hasta la muerte, lapidan a las mujeres supuestamente adúlteras, flagelan para castigar (a los que fuman, por ejemplo), entierran personas vivas, vende a las mujeres como esclavas... La lista de sus actos de barbarie y de crueldad es demasiado larga para reproducirla integralmente en esta carta.

Pero, sobre todo, el acontecimiento – catástrofe ha sido la suerte resesrvada a los cristianos de Mossoul y de Qaraqosh, así como a las otras minorías religiosas (irakianos, no obstante, igual que los musulmanes, como los yizadíes, por ejemplo). Esto es lo que ha motivado a los sirios la decisión de abandonar el país. Puestos ante la elección de convertirse o morir, o de huir, centenares de miles de personas han tomado el camino del éxodo, dejando la tierra de sus antepasados, sus raíces, su historia, y se han marchado sin poder llevar nada consigo, ni siquiera su alianza ni algo de dinero, expulsados y luego exterminados como lo fueron en 1915 los armenios a manos de los otomanos, en el primer genocidio del siglo XX.

Así es como también Alepo se ha despoblado de los cristianos. No deben quedar más que apenas la mitad (según los optimistas) o quizás un tercio. Hace tres años era la gente pudiente, las élites (médicos, hombres de negocios, universitarios…) quienes se habían ido, a la espera de tiempos mejores, antes de que lo provisional se haga definitivo. En cambio, desde hace poco, todo el mundo quiere irse: clases medias, jóvenes, menos jóvenes, pobres, personas sin recursos… todos se empujan en le portón. ¿Y qué podemos decir nosotros, tenemos algo que decir a todos estos candidatos al exilio? ¿Tenemos que animarlos o intentar disuadirlos?

¿Qué podemos decir a esas tres parejas jóvenes que se van al Líbano, que deben inscribirse en la oficina de Naciones Unidas para los refugiados para obtener un visado de emigración y que han venido a despedirse hace una semana? Tres años sin trabajo es duro para familias jóvenes, a los que todo sonreía cuando se embarcaron en la vida profesional y conyugal hace unos años.

¿Qué responder a las familias más desfavorecidas que ayudamos materialmente y que no pueden habitar en su pobre barrio, Midane, objetivo cotidiano de los obuses de los rebeldes? ¿Y a quienes han visto a sus vecinos matados o heridos y que tienen miedo por ellos mismos y por sus hijos? «Queremos irnos, ayudadnos a preparar los papeles, tenemos primos o hermanos en América Latina que podrán ayudarnos a obtener un visado».

¿Qué aconsejar, qué decir a estas personas que no pueden seguir esperando a que “los acontecimientos” terminen, que no pueden soportar más tiempo la privación de agua, de electricidad, de alimentos, de medicinas, de dinero; o los obuses, o los sufrimientos; que no quieren ver más a sus hijos crecer sin no conocer nada más que la guerra y que aspiran a un porvenir segur, estable, en paz…?

Qué responder a ese médico indignado por la cobardía de los occidentales. «Los dirigente occidentales han calificado de acto bárbaro la decapitación de un periodista mericano. ¡Hay que recordarles que esos salvajes, que cometen actos de barbarie en nuestro país, son los mismos que fueron animados, financiados y protegidos por ellos mismos y sus aliados, bajo el pretexto de llevar al pueblo sirio la democracia y la libertad, en el marco de un plan con el romántico nombre de “Primavera Árabe”, que había sucedido a las formulaciones precedentes de “Caos constructivo” y de “Nuevo medio oriente”! ¿Esos salvajes, llamados por los occidentales rebeldes o combatientes de la libertad cuando cometen sus crímenes en Siria, no se han transformado súbitamente en bárbaros y terroristas más que cuando algunos de sus efectivos han entrado en Irak? ».

Qué decir a esas decenas, a esos centenares de personas que encuentro en la residencia de los maristas, en la calle o en mi consulta, que me expresan su angustia y su pánico ante la oleada de Daech (EIIL): “¿Y si invaden Alepo? ¿Y si nos toca sufrir la misma suerte que los cristianos de Mosul, tener que elegir entre la conversión o la muerte, huir en columnas de refugiados sin poder llevar nada? ¡Mejor irse enseguida antes de que “ellos” lleguen! No queremos morir degollados, decapitados, enterrados vivos, crucificados por esos salvajes. ¡Y pensar que “ellos” están solo a unos quilómetros al este de Alepo y que acaban de tomar el control de toda la región al norte de la ciudad!

Y la gente yéndose. Nuestro chófer, su familia, sus hermanos y sus familias, que acaban de llegar a Alemania. Varios trabajadores del hospital, que han logrado un visado y se han ido a Europa. Nuestra empleada de la limpieza, que se prepara a ir a Venezuela. Otra familia que se ha marchado a Australia, otros, armenios sobre todo, a Estados Unidos o a Europa del Norte.

 El Vaticano y las instituciones caritativas de la Iglesia, por su parte, piden a los cristianos que no abandonen su tierra, la cuna del cristianismo. ¡¡¡Mientras que sus representantes sobre el terreno distribuyen la ayuda recibida con parsimonia para “responsabilizar” a la gente, para no convertirlos en “asistidos”!!! En unos meses, les quedará mucho dinero pero no habrá nadie a quien dárselo. Un amigo bien informado me ha dicho:Si dentro de unos meses el EIIL invadiera Alepo, no se vería más que una columna de apenas unos miles de refugiados cristianos en la senda del exilio.

Los Maristas Azules no tenemos certezas que ofrecer, ni respuestas a los temores y a las preguntas. Tampoco nos toca a nosotros desaprobar las decisiones tomadas. Tratamos de ser simplemente, con nuestra presencia activa, un resplandor de esperanza para aquellos a quienes no les queda esperanza… una fuerza para los que dudan… un consuelo para los que están atormentados.

Intentamos también aliviar los sufrimientos psíquicos y morales y, al menos, ofrecer a los que se quedan unas condiciones de vida aceptables para que la falta de todo no sea el motivo principal de su marcha. Leer más…

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Rouco se encastilla en el palacio episcopal

Domingo, 14 de septiembre de 2014

1373458714689RoucodetdnEsta es la iglesia que nos repugna…

Va a seguir viviendo en la misma planta que ocupaba hasta ahora

Osoro se irá temporalmente a una residencia de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados

En la diócesis madrileña la decisión de Rouco se considera de “mal gusto” y, en Roma, “como un gesto prepotente” del vicepapa español

(José M. Vidal).- No se resigna a perder su puesto ni su palacio de arzobispo de Madrid. El cardenal Antonio María Rouco Varela se encastilla y, en una decisión sin precedentes, que está suscitando sorpresa e indignación en el propio Vaticano, ha decidido seguir viviendo en el palacio episcopal de la calle San Justo de Madrid. En el mismo piso del palacio en el que ha vivido hasta ahora: la planta noble del edificio, ubicada en el segundo piso. Así se lo comunicó a sus vicarios en una reciente reunión que mantuvo recientemente con ellos.

Tal y como les explicó en ese encuentro, el cardenal ha decidido quedarse en su residencia habitual y acondicionar el primer piso (justo por debajo del suyo) como vivienda del nuevo titular de la archidiócesis, Carlos Osoro. Rouco continuaría, pues, ocupando la zona noble del palacio. El segundo piso es el más vistoso, tiene varias galerías y la escalera noble conduce directamente hasta él.

La única concesión que está dispuesto a hacer al nuevo arzobispo es no salir a la calle por la escalera central, para lo cual habilitó una salida a la calle de la Pasa (en la parte trasera del palacio) a través del apartamento de uno de los obispos auxiliares.

El primer piso, en el que, hasta ahora, sólo había salones, acaba de ser acondicionado como vivienda por orden de Rouco, para ponerla a disposición del nuevo arzobispo. A diferencia del segundo piso o planta noble, el primero tiene ventanas con enormes rejas a escasa distancia de la acera de la calle y no dispone de balcones ni de galerías. Hasta por fuera se nota perfectamente, con sólo verlo, que el ‘jefe’ es el que vive en la segunda planta.

Dicen en los ambientes clericales madrileños que Rouco quiere escenificar, con esta inesperada decisión, que sigue mandando (en segundo plano, pero sin retirarse del todo) en la archidiócesis. Colocándose, incluso físicamente, por encima del nuevo titular de Madrid y sin abandonar su residencia de siempre. Otros aseguran que siente que tiene derecho a seguir en su casa de siempre y a no moverse de ella. Por los servicios prestados.

En cualquier caso, la decisión de Rouco está levantando ampollas tanto en Madrid como en Roma. Entre otras cosas, porque se trata de algo inédito en la historia reciente de la Iglesia española. El único caso con cierto paralelismo es el del ya fallecido cardenal García Gasco, que siguió viviendo en el palacio episcopal de Valencia unos cuatro o cinco meses después del nombramiento de su sucesor en la sede levantina, precisamente monseñor Osoro. Pero, pasado ese tiempo, se trasladó a vivir a otra residencia.

rouco_vaderEn la diócesis madrileña la decisión de Rouco se considera de “mal gusto” y, en Roma, “como un gesto prepotente” del vicepapa español. De mal gusto, porque todos los obispos dimisionarios dejan la residencia episcopal, para no dar la impresión de tutelar a su sucesor y dejarle absoluta libertad y el campo libre. Muchos se van incluso a sus lugares de origen o a otras diócesis. Y, cuando quieren seguir viviendo en la sede que rigieron, piden permiso y cuentan con la anuencia del nuevo titular.

“Quedarse en el palacio, en su vivienda de siempre es un hecho inédito y sin precedentes, que demuestra cómo se las gasta el cardenal, que no se resigna a perder el poder y ceder el paso a su sucesor designado por Roma. Además, una vez tomada la decisión se la planteó a Don Carlos Osoro, sabiendo que éste, por respeto y por la vieja relación que los une, no podía negárselo”, cuentan dos de los vicarios que asistieron a la reunión donde Rouco oficializó la decisión.

En esa misma reunión, el todavía cardenal de Madrid también comunicó a sus vicarios que había pedido a Osoro poder seguir disponiendo de su coche, de su chófer, de una secretaria y de las dos monjas que lo cuidan. “Y Don Carlos, muy amablemente, accedió a todo; se ha portado muy bien conmigo“, les confió Rouco.

En Roma, por su parte, creen que el gesto de Rouco “le retrata” y “deja en evidencia su forma de ser y de ejercer el pontificado al estilo principesco, que tanto disgusta al Papa Francisco”. Las fuentes romanas aseguran que lo que esperan es que “de aquí a la toma de posesión de monseñor Osoro, el cardenal Rouco reflexione y no se encastille en el palacio episcopal, como hacían algunos prelados en la Edad Media”.

En efecto, en la Edad Media e incluso en el Renacimiento, solía suceder que un obispo, arropado por el cabildo, se encastillase y no dejase entrar en la sede al sucesor nombrado por el Papa. Así pasó, por ejemplo, en Santiago de Compostela con Berenguel de Landoria.

El segundo hijo de los condes de Rodez, una de las cortes más importantes de la época, es nombrado arzobispo de Compostela, el 15 de julio de 1317, a los 55 años. Once meses después del nombramiento, emprende camino hacia Santiago para hacerse cargo de su sede arzobispal. Pero el obispo y el cabildo compostelano se encastillan contra él.

Berenguel trató de entrar en el burgo cuatro veces, de las cuales 3 fue rechazado en emboscadas. Entonces urdió un plan de ataque, en su castillo de Padrón, aliándose con otros nobles. En 1318, entró victorioso en la ciudad, que le dedicó una torre de la catedral santiaguesa, la Berenguela, utilizada primero como torre vigía y después como campanario.

Como dice un vicario, “la vieja Iglesia de Rouco se encastilla, y, con este gesto, el cardenal echa tierra sobre sí mismo, porque lo lógico y lo habitual es que abandone el palacio e, incluso, la diócesis, como hizo, por ejemplo, el cardenal Amigo, que abandonó Sevilla y se trasladó a vivir a Madrid, y como hacen la mayoría de los prelados”.

Y añade el clérigo madrileño: Sin pretenderlo, Rouco le pone en bandeja a Osoro el gesto de abandonar el palacio, como hizo el Papa, e irse a vivir a otro lugar menos ostentoso, como el seminario o alguna residencia sacerdotal”

Con las Hermanitas de los Ancianos Desamparados

De hecho, fuentes valencianas, aseguran que el arzobispo electo de Madrid, Carlos Osoro, estaría pensando en tomar esa decisión. El nuevo prelado madrileño se despide de los valencianos el día 28 de septiembre y acompañará a su sucesor, el cardenal Cañizares, en su toma de posesión el día 4 de octubre. Desde el 28 de septiembre empezará a trasladar sus libros y sus efectos personales a Madrid.

Al menos de momento y provisionalmente, monseñor Osoro se instalará en la casa-residencia de ancianos de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados de la calle Lagasca, 17, muy cerca del parque del Retiro. Después de su toma de posesión, tendrá que decidir si fija su residencia oficial en el piso de abajo del palacio de Rouco o se se instala en el seminario o en otra residencia de la Iglesia madrileña. Y Rouco seguirá ocupando él solito el palacio episcopal.

Osoro también tendrá que decidir la suerte de los tres obispos auxiliares de Rouco. Según la praxis eclesial habitual, el Vaticano debería buscar acomodo rápido a los tres prelados. Fidel Herráez, el fiel servidor y mano derecha del cardenal Rouco durante décadas, es probable que vaya de arzobispo a Burgos.

César Franco podría ser nombrado obispo de Segovia. Pero lo más complicado es buscarle acomodo al ex secretario general del episcopado, monseñor Martínez Camino que, en los próximos meses, se dedicará a viajar y a dar ejercicios espirituales. Lo que todo el mundillo clerical madrileño tiene claro es que monseñor Osoro no se dejará tutelar y ocupará todo el espacio, sin necesidad de obispo auxiliares y, mucho menos, de la sombra de Rouco.

Fuente Religión Digital

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