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La paradoja de la cruz y la “Queerness” (rareza) de Jesús

lunes, 15 de septiembre de 2025
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Ish Ruiz

La reflexión de hoy es de Ish Ruiz, profesor adjunto de Teología Decolonial Queer y Latinx en la Escuela de Religión del Pacífico, Berkeley, California. Es autor de LGBTQ+ Educators in Catholic Schools: Embracing Synodality, Inclusivity, and Justice, Educadores LGBTQ+ en Escuelas Católicas: Abrazando la Sinodalidad, la Inclusividad y la Justicia«) y coeditor de Cornerstones: Sacred Stories of LGBTQ+ Employees in Catholic Institutions  («Piedras Angulares: Historias Sagradas de Empleados LGBTQ+ en Instituciones Católicas«).

Las lecturas litúrgicas de hoy para la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz se pueden encontrar aquí.

Fue difícil crecer como persona queer y católica en Puerto Rico.

Cuando me di cuenta de que me atraían otros chicos, entré en una crisis espiritual. Debido a mi educación y a lo que me enseñaron en la iglesia, pensé que mi identidad queer era una cruz que debía cargar. Creía que mi deber era sufrir por mi identidad queer e intentar seguir a Jesús lo mejor que pudiera. Durante años, cargué con esa carga. Pero con el tiempo, aprendí que mi identidad queer no era la cruz. La cruz era algo completamente distinto.

A través de terapia, dirección espiritual y mucho baile en bares gay, me di cuenta de que mi identidad queer no era una cruz. Mi verdadera cruz era la intolerancia social que encontré en la sociedad y a lo largo de mi crianza. La cruz era la exclusión alimentada por una teología estrecha y una enseñanza rígida y obsoleta. La cruz también era el racismo que sentía, incluso en algunos espacios queer, como puertorriqueño moreno y queer. La cruz eran los intentos, sutiles y directos, de avergonzarme por ser quien era. Ese era el sufrimiento que cargaba. Esa es mi cruz.

También me di cuenta de que mi condición queer es un regalo de Jesús que me permitió cargar con las cruces de la intolerancia y la opresión. Mi condición queer me dio resiliencia, imaginación, creatividad, alegría y conexión con otras personas marginadas. Me brindó una manera de solidarizarme con quienes llevan cargas pesadas. Lejos de ser mi maldición, mi condición queer se convirtió en una fuente de vida, una lente a través de la cual pude ver a Jesús con mayor claridad.

La Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz de hoy trata sobre esta paradoja: el mismo instrumento de tortura y humillación —la cruz— se convierte en el signo de la victoria y el amor de Dios. Las lecturas litúrgicas de hoy nos invitan a reflexionar sobre ese misterio.

En la primera lectura del Libro de los Números, los israelitas se quejan en el desierto, y serpientes venenosas los abaten. Dios le ordena a Moisés que levante una serpiente de bronce para que quienes la miren vivan. Esa extraña y casi inquietante historia presagia la Cruz. En el pasaje de hoy del Evangelio de Juan, Jesús mismo explicita la conexión: «Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que cree en él tenga vida eterna». La misma causa de la muerte —la serpiente— se convierte, al ser levantada, en el medio de sanación. Y la misma causa de humillación de Jesús —la cruz— se convierte en la fuente de salvación.

Paradojas como estas no son ajenas a las personas queer. A muchos nos han dicho que nuestras identidades son una maldición, una vergüenza o un pecado, y muchos interiorizamos ese mensaje mortífero y lo creemos de todo corazón. Sin embargo, cuando aceptamos quienes somos como hijos amados de Dios, nuestras vidas se convierten en signos de gracia. Cuando nos aferramos a nuestra identidad queer y elevamos nuestra alegría queer, las mismas partes de nosotros mismos que otros rechazaron se convierten en los instrumentos de nuestra sanación y nuestro mayor regalo al mundo.

San Pablo capta este misterio maravillosamente en el pasaje de hoy de la Carta a los Filipenses: «Cristo Jesús, siendo en forma de Dios, se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, humillándose hasta la muerte, y muerte de cruz». La vida de Jesús es un ejemplo de cómo debemos abrazar la plenitud de nuestra humanidad, regocijarnos en quienes somos y, cuando nos enfrentamos a la muerte, permanecer firmes en nuestro amor para resurgir victoriosos.

Por eso puedo decir: Jesús es queer. No necesariamente en el sentido de atracción o identidad sexual, aunque quizás lo era en ese sentido (¿quién sabe?). Jesús era queer en el sentido de que sabe lo que es vivir de forma diferente, ser incomprendido, ser marginado, ser excluido por las autoridades religiosas de su época, y aun así mantenerse firme en su identidad. Jesús quebró las normas de poder, pureza y pertenencia al desafiar las suposiciones opresivas de la época. Nos mostró que el amor de Dios no se ajusta a las categorías humanas de respetabilidad o decencia. Proclamar a Jesús como queer es proclamar que Él comprende profundamente lo que significa vivir al margen y, lo más importante, convertir esa marginalidad en gracia y salvación.

En esto reside la esperanza de la Cruz. La Cruz no glorifica el sufrimiento por sí mismo. Lo nombra por lo que es: injusto, cruel, impuesto por una injusticia directa y sistémica. La Cruz nos muestra que el sufrimiento no es la última palabra. La Resurrección lo es. La Vida lo es. El Amor lo es. Exaltar la Cruz no es decir: «Sufrir es bueno». Es decir: «A través de nuestras vidas, Dios transformará incluso esto».

Para mí, esto significa que mi condición queer no es la causa de mi sufrimiento; más bien, mi condición queer es el don del Espíritu que me ayuda a soportar e incluso a transformar el sufrimiento causado por la exclusión, el racismo y la vergüenza. Mi condición queer me conecta con el misterio de la Cruz, donde el amor de Dios se encuentra con el dolor humano y abre nuevas posibilidades.

—Ish Ruiz, Escuela de Religión del Pacífico, 14 de septiembre de 2025

Fuente New Ways Ministry

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“Tiene que ser elevado el Hijo del hombre”. Domingo 14 de septiembre de 2025. Exaltación de la Santa Cruz 24ª semana de tiempo ordinario

domingo, 14 de septiembre de 2025
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Leído en Koinonia:

Números 21,4b-9: Miraban a la serpiente de bronce y quedaban curados.
Salmo responsorial: 77: No olvidéis las acciones del Señor.
Filipenses 2,6-11: Se rebajó, por eso Dios lo levantó sobre todo.
Juan 3,13-17: Tiene que ser elevado el Hijo del hombre.

En el diálogo entre Jesús y Nicodemo, en el fragmento del evangelio de Juan que hoy leemos, encontramos una alusión al relato de la serpiente de bronce elevada por Moisés en el desierto (Núm 21,8s) y que el evangelista retoma para compararlo con la manera como el Hijo del Hombre fue levantado en la cruz. La palabra “levantar” es usada en dos sentidos: la elevación en la cruz y la elevación a la diestra del Padre. La tradición cristiana la ha traducido por «exaltación”. Juan, en su teología, ve en la crucifixión el momento culminante de la vida de Jesús, la «hora” de su glorificación. La “exaltación” sería el tránsito de Jesús del mundo al Padre, la Pascua salvadora en la que Jesús es glorificado. Éste sería el sentido en el que celebramos hoy la exaltación de Jesús, más que de la cruz. La cruz no la exaltamos. La cruz un signo del gran amor de Jesús para con la humanidad. Sólo en ese sentido podría exaltarse la cruz. Por eso, el evangelio insiste en que Jesús no vino a juzgar, condenar o acabar el mundo, por el contrario, vino a dar testimonio de que el amor es el camino seguro que conduce a la resurrección.

Jesús no amó la cruz, sino que quiso evitarla. Lo cual no fue una «debilidad humana», sino su deber lógico. Porque tampoco podemos ya decir que «el Padre lo envió a la muerte y una muerte de cruz… En Jesús no hay nada de una visión ni masoquista (que ame o valore la cruz por sí misma), ni que la incorpore «al plan de Dios» por voluntad divina, ni una visión expiadora: Jesús sufriendo, muriendo en la cruz para ofrecer a Dios Padre ese sufrimiento violento en nombre de la humanidad, para así «aplacar» al «airado» Eterno Padre, que habría cancelado sus relaciones con la humanidad por causa de un supuesto pecado original cometido por una supuesta «primera pareja» de primates humanos…

Lamentablemente –tenemos que reconocerlo– la cruz es también, no sólo ese signo del amor consecuente y de la coherencia de Jesús con su misión, sino sobre todo el signo central de todo este relato mitológico de pecado original, masa humana condenada, envío desde el cielo de un Mesías redentor, expiación en la cruz, recuperación de la humanidad. Se puede decir, sin temor a exagerar, que durante demasiado tiempo ha fungido como el relato esencial cristiano. Ha sido el mensaje concentrado en que las Iglesias cristianas han hecho coincidir su doctrina, su visión, y su misión. Y es la visión más ampliamente difundida… en nombre de Jesús, que nunca supo de ello ni nunca quiso morir para expiar un pecado original.

Afortunadamente, ello ha sido algo tan extendido masivamente en las Iglesias y tan ingenuamente (mitológicamente) aceptado, que ni siquiera ha sido declarado oficialmente dogma… se dio por supuesto simplemente. De forma que, sencillamente, no es dogma; es –aunque pueda sorprendernos este su status– una tradición, tan antigua y venerable como superable y prescindible. Esto alivia a muchos cristianos que ya no pueden vivir en el mundo mitólógico (ni siquiera siendo conscientes de que se las han con símbolos…: muchas personas de la sociedad de hoy ya no toleran símbolos de determinado tipos mitológicos, ni siquiera sabiendo conscientemente que son mitos; su cultura actual no tolera ya mitologías a la hora de manejar/expresar el sentido de su vida humana: se ha convertido incluso en una cuestión de dignidad, de honor).

Son demasiadas cosas las que están implicadas en esta mitología de la cruz, que no sólo ya no puede ser «exaltada», sino que debe ser «deconstruida». Ya los hemos insinuado, pero merecerían un abordaje detenido, detallado y a fondo: pecado original como pecado mitológico primordial que causa la desgracia de la humanidad (mito común en muchas religiones); la massa damnata o humanidad condenada por el pecado original, de la que san Agustín hablaba y que marcó a la teología por más de un milenio; la interpretación de todos los males como castigo de Dios por «nuestro» pecado original (pérdida de los supuestos dones preternaturales, de la ciencia infusa, de la inmortalidad, del equilibrio psíquico-espiritual, condena a ganar el pan con el sudor de nuestra frente, condena de la mujer a dar a luz con dolor y a estar sometida al varón…); la interpretación de la muerte de Jesús como expiación para aplacar al Padre Eterno; la interpretación esencial del bautismo como instrumento para el perdón del pecado original; el valor expiatorio del dolor asumido (incluso provocado, la mortificación) voluntariamente; el amor a la cruz…

El cristianismo tiene ahí una responsabilidad colectiva por tanto sufrimiento psíquico infligido a tantas generaciones humanas, durante tanto tiempo, aunque haya sido involuntariamente, por un espejismo cultural, no por mala voluntad. No basta dejar de hablar de aquello que ya da vergüenza hablar. Es una obligación de responsabilidad colectiva «agarrar el toro por los cuernos», de frente, reconocidamente, sin callar nada vergonzantemente, y negar explícitamente lo hoy reconocemos que fue un error, y tratar de liberar a tantas personas que aún arrastran en su conciencia, y con frecuencia en las capas subconscientes de su psiqué, la desconfianza ante el mundo, ante la materia, ante la sexualidad, ante el placer y la felicidad. O una visión espiritual masoquista (como aquella de la Imitación de Cristo, de Kempis: «Tanto más santo te harás, cuanta más violencia te hicieres»). Leer más…

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14.9.25. No son los hombres para Dios, sino Dios para los hombres. Santa Cruz (Flp 2, 6-11) Dom 24 TO

domingo, 14 de septiembre de 2025
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Del blog de Xabier Pikaza:


Este motivo c (=no es el hombre para el templo, sino el templo para el hombre, Mc 2, 27) está en el fondo  de la epístola (Flp 2, 6-11)  y del evangelio de este domingo (Jn 3,  3, 13-17), que corresponde a la fiesta litúrgica de la “exaltación” de la Santa Cruz (14.9.25),  la Cruz de Septiembre.

Con este motivo ofrezco un comentario de Flp 2, 6-11, que es quizá el texto más importante de la liturgia y teología cristiana. Éste es el evangelio en estado puro, evangelio de cruces en Gaza, Ucrania y medio mundo, todas ellas Santa Cruz de Dios en Cristo y en los hombres.

| Xabier Pikaza

TEXTO:  FLP  2, 5-11

 a) (Jesucristo), siendo de condición de Dios, no quiso conseguir por fuerza el ser igual a Dios.

  • (a) Se despojó de sí mismo, tomando condición de siervo. Hecho semejante a los hombres, y mostrándose en su forma de ser como los hombres, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz.
  • (b) Por eso Dios lo exaltó en forma suprema concediéndole aquel Nombre que excede a todo nombre, de tal forma que al nombre de Jesús toda rodilla se doble (en cielo, tierra y el abimo)

y toda lengua confiese Jesús Cristo, es el Señor (para gloria de Dios Padre) (Flp 2, 6-11) [1].

LECTURA.  JESUCRISTO, REVELACIÓN DE DIOS

El himno consta de una introducción (A) y dos estrofas (B y C ) ordenadas según la forma tradicional de los textos judíos del tiempo: hay una primera parte de humillación y sufrimiento (b), superada por la intervención de Dios que invierte el sufrimiento y glorifica al humillado c). Hasta aquí todo es normal en el contexto en que se mueve el primitivo cristianismo.

La novedad está en la forma de entender e interpretar los elementos dentro del esquema. A nuestro juicio, sus aspectos más salientes son: identidad del sujeto, carácter voluntario de su gesto, hondura de su humillación, sentido universal y salvador de su glorificación.

 1) El principio de interpretación del texto consiste en identificar el sujeto. ¿Quién es ese Jesucristo que, teniendo condición de Dios, se humilla, despojado de su gloria, hasta morir crucificado? Hay dos interpretaciones principales, una encarnacionista, la otra pascual.

 2) La interpretación encarnacionista es más tardía, aunque después haya tenido carácter casi dominante: empieza con los padres latinos, posteriores a las grandes controversias cristológicas, domina en la escolástica y llega a nuestros días con matices muy variados.

Ella supone que el sujeto del himno, como punto de partida del gran drama redentor, ha sido el mismo Jesús en su carácter de Hijo eterno: Estaba en Dios, tenía realidad originariamente divina, esencia preexistente. Podía haber permanecido en su nivel divino, disfrutando para siempre con el Padre y permitiendo que los hombres destruyeran su existencia mortal en el pecado. Pues bien, en gesto salvador que nos desborda, el Hijo se ha encarnado: abandona su primera condición, deja su gloria y comparte la existencia con los hombres, entregándose por ellos hasta el mismo extremo de la muerte.

Sin duda, esa postura responde a la experiencia de la Iglesia que deriva del conjunto del NT y se precisa en los concilios de Nicea y Calcedonia. El problema está en saber si corresponde a la palabra y al mensaje de Flp 2, 6-11, tal como fue asumido por Pablo. Significativamente, los mejores defensores de esta perspectiva son aquellos eruditos que interpretan el texto en línea gnostizante.

Ellos recuperan el valor de encarnación de Flp 2, 6-11, pero lo entienden de manera mítica y no como lo asume el dogma de la Iglesia. Piensan que no puede tratarse de una encarnación del Hijo eterno en línea trinitaria, pues aún no se encontraba desvelado ese misterio. El que se encarna es una especie de ser mítico, entendido con rasgos de carácter cosmológico: el hombre original divino o el Dios original humano de la gnosis desciende a nuestro mundo, se introduce en la miseria de la tierra y, penetrando hasta el abismo de la muerte, hace posible que los hombres queden liberados de la muerte; de esa forma ha roto las barreras del cosmos que cerraban a los hombres como en cárcel, para conducirles al ámbito de gloria.

Esta es la postura que han seguido muchos protestantes alemanes, sobre todo a partir de E. Kasemann. Llegando hasta el final, y por encima de la diferencia de representaciones (Hijo eterno o figura gnóstica), coinciden defendiendo una exégesis dogmática, que mira el texto desde las doctrinas posteriores de la Iglesia, utilizando para ellos categorías gnósticas. Esa misma coincidencia puede indicar que es conveniente interpretar de otra manera este pasaje.

Preferimos, según eso, la interpretación pascual, como expresión de la entrega  de Jesús  hombre en el gesto de su vida, muerte y resurrección. Esta línea no resulta nueva. Está representada por los más antiguos padres griegos que, menos influidos por motivos de dogmática, han visto en este pasaje la hondura de la ofrenda de Jesús, su entrega como siervo por los hombres.

Ésta es una perspectiva que, fundándose en razones diferentes, em­piezan a seguir algunos de los representantes más significativos de la exégesis católica: el sujeto de Flp 2, 6-11 es el mismo Jesucristo de la historia que, pudiendo haber desplegado su realidad en una esfera de poder-dominio, ha preferido entregarse por los otros como siervo, llegando de esa forma hasta la muerte11•

Esto nos permite precisar el tema. Este himno no  expone la “historia” ser divino en su esencia suprahistórica y eterna (el Cristo-Logos divino de Nicea-Calcedonia), ni la en un posible individuo celestial de rasgos míticos (hijo divino de la gnosis) que un día ha descendido a iluminar la vida de los hombres cautivos.

Este  himno trata de Jesús, mesías concreto de la historia. La vivencia y confesión de los cristianos ya conoce su grandeza: es delegado de Dios, representante de su reino y de su vida sobre el mundo. Por eso ellos plantean el problema: ¿Cómo puede morir si es la presencia de Dios sobre la tierra? ¿cómo puede sufrir si es que no tiene ningún tipo de pecado?

Estas eran las preguntas que ocupaban a la Iglesia. Ella no se hallaba dominada por cuestiones de carácter ontológico. No le preocupaba la posible esencia premundana de Jesús. Su problema más urgente era entender la hondura, la amplitud y contenido de la entrega de Jesús hasta la muerte.  Con esto se ilumina el punto de partida: las notas que definen a Jesús en su existencia sobre el mundo.

Ciertamente es hombre; pero no es hombre cualquiera, dominado por la lucha y la violencia de la tierra. Jesús es es hombre de manera originaria: nace nuevamente del principio de lohumano, desde aquella raíz de la que vino Adán en el principio, es decir, del mismo Dios.

Por eso, el himno le atribuye, con palabras rítmicas solemnes, los valores primigenios de la creación: aquella forma o semejanza de Dios (en mophe theou hyparkhon, Flp 2, 6) que le permiten realizarse en ámbito de gloria. Jesús tiene morphe de Dios en el sentido de grandeza o dignidad: es eikon en el sentido en que lo indican 2 Cor 4, 4; Col 1, 15.

Como hombre originario y nuevo principio de lo humano (nuevo Adán), Jesús es el reflejo de Dios sobre la tierra (cf. Gén 1, 27); por eso pudo haberse agarrado a la grandeza de su propia condición, buscando un tipo de existencia que viniera a reflejarse de manera externa como gloria, en forma de ventaja personal, como dominio por encima de los otros. En esta perspectiva se ha venido a situar el autor de nuestro himno.

Sólo desde aquí se puede entender el carácter voluntario y fundante de su gesto: «no quiso aferrarse a (no quiso conseguir con fuerza) un tipo de ser igual a Dios… Se despojó de sí mismo, se humilló… ».

Dos formas de existencia se han abierto ante Jesús: por un lado puede aprovecharse de su gloria y disfrutar de su grandeza, convirtiendo así su «condición divina» en fuente de egoísmo y de dominio por encima de los otros; por otro lado puede realizar su vida en forma de servicio, compartiendo la existencia con los más nece­sitados, renunciando a su grandeza y ofreciéndose en las manos de un Dios que es pura gracia.

Pues bien, el himno canta de manera simbólica y solemne el misterio de esta gran elección de Jesucristo: como fun­damento de hombre nuevo Jesús toma un camino de solidaridad (se asemeja a los pequeños) y servicio (se entrega como esclavo). De esa forma invierte la elección antigua del pecado de Adán que, preten­diendo hacerse grande, ha destruido la vida de los hombres14.

El himno alude al nuevo surgimiento humano. Según la tradición judeo-apocalíptica, la historia de los hombres se encontraba dominada por dos grandes elecciones [2].

 1) Situado ante la base de la  opción de Jesús, Satán vino a elevarse frente a Dios y, pretendiendo convertirse en ser divino por un gesto de altivez y de dominio, destruyó su propia vida, haciéndose principio de violencia y pecado para todos, incluso los hu­ manos. En ese sentido, Flp 2 debe entenderse desde el trasfondo de las tentaciones de Jesús, tal como han sido formuladas por Mt 4 y Lc c (cf. Mc 1, 12-13).

2) De manera semejante, Adán, que era expresión de Dios e imagen de su propia realidad sobre la tierra, quiso hacer de su grandeza signo de poder y de esa forma vino a convertirse en portador de violencia, esclavo de la muerte sobre el mundo (eso significa que este himno plantea ya el esquema básico de Rom 5, con la oposición entre Adán (el hombre dominado por Satán y Cristo, el hombre libre en amor y diálogo, ante Dios)

 Ese es el trasfondo en que nos pone nuestro texto. No habla de ninguna realidad imaginaria, no comienza por llevarnos al espacio de la pura eternidad ni tampoco hacia los mitos. El himno nos conduce al mismo principio de la historia, allí donde los hombres se descubren condicionados por un tipo de poder que lleva a la violencia y muerte. Por eso, cuando dice que Jesús, teniendo «condición divina», pudo haber optado por un modo de existencia diferente, en gesto de con­ quista, de egoísmo y de dominio por encima de los otros, el himno nos sitúa ante las fuentes del pecado originario.

No es que hubiera una opción normal (Jesús que quiere vivir «como Dios», en actitud dominadora) y otra opción más elevada, que se expresa como abaja­ miento y entrega por los otros. Las opciones resultan contrapuestas: una es mala y otra buena. En el caso, cristianamente imposible, de que el Cristo hubiera interpretado el mesianismo en clave de grandeza egoísta y de dominio, pretendiendo ser como Dios «por fuerza», se hubiera convertido en nueva fuente de pecado, como Adán y el Diablo del principio.

En el centro del himno se expresa la experiencia de las tentaciones: el mismo Diablo es quien indica a Jesús lo que supone ser «de condición divina», «hijo de Dios», en actitud de riqueza material, en gesto de dominio sobre los pueblos, en gloria externa y en milagros (cf. Mt 4, 1-11 par). Estamos en el centro de la paradoja cristiana, en el círculo más hondo del misterio:

(a) Los que intentan convertirse en Dios (Adán, Satán) destruyen su existencia; el que renuncia a dominar como divino (Jesús) funda la existencia verdadera ¿Por qué? Porque en el fondo el Dios que aquellos (Adán, Diablo) pretendían no era Dios sino espe­jismo o proyección de sus propias apetencias de dominio.

(b) Por eso, Jesús, no queriendo ser divino como ellos, ha venido a desvelarse como verdadero ser Divino: muestra el señorío por el gesto de la entrega gratuita de su vida. Desde ese fondo, debemos precisar el tema, concretando así mejor la hondura de la entrega y abajamiento de Jesucristo.

Adán y el Diablo fueron «creadores» de estirpe: suscitaron con su opción un tipo de existencia. No partieron de algo previo; su elección fue la primera y engendró muerte y violencia para sus descendientes (o subordinados). Pues bien, Jesús ha realizado su opción sobre una tierra previamente condenada: ha expresado su entrega sobre un mundo donde estaba dominando la violencia. No ha empezado a crear desde la nada un hombre sin raíces de pecado precedente, como un Adán distinto que quiere suscitar otro linaje, independiente del antiguo. Jesús tampoco  aparece como hombre bueno, pero aislado, frente al campo de violencia de los otros. Jesús ha realizado algo más duro, radical y salvador: Introduce su camino de servicio y gracia donde estaba la violencia de los otros; por eso no ha creado nueva estirpe de la nada sino que ha recreado la que estaba antes caída; de esa forma salva y reconstruye lo que Satán y el Diablo habían destruido.

  Jesús no ha renunciado a una existencia de dominio con el fin de realizarse humanamente, como siervo de Dios y hombre de entrega, sobre un mundo resguardado donde todos se mantienen en un gesto de obediencia y gracia. En contra de eso, Jesús ha comenzado su camino en una tierra dominada por la ley de la violencia. Para hacerse siervo de Dios tiene que hacerse esclavo de los hombres, en gesto que conduce hasta la entrega dura de la vida.

Así lo ha destacado el texto: «hecho a semejanza de los hombres y mostrándose en la forma de ser como los hombres», Jesús ha introducido (encarnado) su humanidad “obediente” a Dios (en diálogo con Dios) en el camino de la antigua humanidad de Adán, que estaba condenada a la violencia.

Jesús empieza a realizar una manera distinta de vida humana, pero no sobre el vacío previo sino en el mismo centro de un camino dominado por la angustia de la muerte y por la lucha más violenta entre los hombres. No habita en un espacio inmunizado; no se guarda de las fuerzas de lo malo cerrándose en un tipo de refugio, desligado, aislado del entorno. Jesús ha decidido suscitar su humanidad (su reino) desde el fondo de este mundo do­ minado por lo malo. La entrega de Jesús se puede precisar por eso en dos rasgos.

 (1) El primero es más bien un presupuesto: Jesús toma  una forma de existencia humana que ya existía; por eso empieza a vivir como los otros, en el modo y forma limitada de los hijos de Adán sobre la tierra.

(2) El segundo aparece destacado de manera más expresa:  Jesús no es hombre en general; se hace humano en condición de «siervo», vaciándose, humillándose, entregando su vida hasta la muerte. Sobre un mundo en que los hombres quieren imponerse por la fuerza, Jesús vive como siervo, es decir, como un esclavo al que maltratan y condenan a la muerte infame de la cruz.

 Vistos de esa forma, el vaciarse (ekenosen; 2, 7) y humillarse (etapeinosen; 2, 8) no presentan dos momentos sucesivos, como serían encarnación y muerte. Ambos aluden al mismo gesto de la entrega de Jesús que, en vez de haber optado por una humanidad dominadora, como la de Adán (comer del árbol) y la de Satán en Mt 4 y Lc 4 (vencer por dinero, tomar el poder, hacerse un ídolo para ser adorado) ha realizado su vida como ofrenda humilde y pobre en amor por los demás, hasta la muerte, asumiendo la suerte de los derrotados de la historia humana.

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14 de septiembre – Exaltación de la Santa Cruz

domingo, 14 de septiembre de 2025
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“Así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.”
(Jn 3,14-15).

Las pocas líneas del evangelio de hoy están llenas de un fuerte contenido teológico: se nos habla del Hijo del hombre levantado, del Hijo único de Dios enviado a salvar el mundo, de creer, de la vida eterna, de subir y bajar del cielo… Todo esto para comprender la cruz.

El recorrido que va desde la muerte por crucifixión de Jesús de Nazaret hasta celebrar hoy una fiesta llamada “exaltación de la Santa Cruz” es un largo camino de reflexión, experiencia e interpretación de los cristianos, sobre todo los primeros seguidores de Jesús.

El evangelio de hoy refleja la interpretación de la cruz que hicieron las comunidades joánicas. Según este texto, Jesús es el único que ha bajado del cielo al mundo enviado por Dios Padre, y ha vuelto a subir al cielo por un camino muy peculiar: por la cruz, que lo levanta de nuevo hacia el cielo, hacia el Padre.

El sentido de la cruz se entiende por la alusión a Moisés. El libro de los Números cuenta que Dios envió serpientes venenosas al pueblo de Israel como castigo por haber hablado contra él mismo y contra Moisés. Luego pidió a Moisés que hiciera una imagen de la serpiente y la colocara en alto. Quien era picado la miraba y así salvaba la vida.

El evangelio de Juan, por lo tanto, nos dice que mirar a Jesús crucificado es acoger la salvación que nos regala Dios. En otras palabras: creer que Jesús es el Hijo de Dios y que ha sido enviado para nuestro bien plenifica nuestra vida. Nos libera de nuestras desconfianzas, miedos y murmuraciones contra Dios y contra las demás.

Mirar a Jesús en la cruz es ver a Dios en el último lugar, el que nuestra existencia cristiana está llamada a atender y cuidar. Incluso a aceptar y hasta a buscar (para nosotras mismas, no para colocar en él a las demás, que es muy diferente). Es el lugar de quienes no son defendidas ni escuchadas, de quienes ven como el resto mira hacia otro lado, quienes acaban abandonadas porque nunca han dejado de buscar la coherencia.

Este lugar es el que elige Jesús para desde él llevarnos a la vida plena, porque es el lugar donde más se puede amar.

Oración

Jesús, ayúdanos a despojarnos como tú, a dejar pasar a las demás, a no aplastar con nuestro afán por ser atendidas. Llévanos al lugar donde se puede amar sin condiciones. Amén.

*

Fuente:  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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Cruz y Trinidad

domingo, 14 de septiembre de 2025
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Trinidad del retablo de la Cartuja de Miraflores (Burgos)

El diálogo de Jesús con Nicodemo (Jn 3,13-17) constituye una enseñanza cíclica que va adentrando al lector hacia un núcleo: creer en el Hijo del Hombre. Jesús le propone a Nicodemo ver el reino de Dios. Capta su atención (y la nuestra como lectores) al invitarlo a “nacer de nuevo”. La pregunta de Nicodemo “¿puede un hombre entrar en el seno materno de nuevo?” ha sido causa de muchas interpretaciones: desde la pregunta por la reencarnación hasta diferentes formas de continuidad de la vida. Jesús hace referencia a un nacer del agua y del Espíritu. Y abre con ello una serie de polaridades (humano/espíritu o lo alto y lo terreno, cielo y tierra…) que cuestionan acerca de cómo vincular estos polos aparentemente inconexos. ¿Cómo ser humano y vivir del Espíritu? ¿Cómo vivir en la tierra siendo ciudadanos del cielo? ¿Cómo entrar en el reino?…   Además se habla en términos temporales y espaciales: el que nace del Espíritu no sabe de dónde viene ni a donde va” (v.8). El texto plantea muchas preguntas a un maestro fariseo importante entre los judíos y así va generando cada vez más inquietud.

Las polaridades encontraran una posible relación en los versículos siguientes: Jesús es quien bajó del cielo y puede subir al cielo porque ha venido de allí (v.13). Dios amó al mundo y le dio a su hijo (v.16). Este subir y bajar, este envío, tiene una clara misión que podríamos llamar de integrar a los que creen en este vínculo, en esta distancia entre lo alto y lo terreno, entre el cielo y la tierra. Los creyentes han de dejarse guiar por el Espíritu para ser introducidos en esta relación entre el amor de Dios y la salvación del Hijo.

Desde este texto, la fiesta de la exaltación de la cruz que hoy celebramos solo puede comprenderse como una fiesta de la Trinidad que introduce a quienes creen en sus vínculos recíprocos. Mirar la cruz es mirar la salvación de una manera nueva: trayendo al centro la humanidad que asume y acepta todo lo que la vida le presenta, con sus dolores, rechazos y muerte. Podemos decir que entrar en el reino tiene que ver con nacer y obrar según el Espíritu, percibir la sabiduría del presente y creer en el Hijo del hombre. Mirar la cruz es contemplar a la Trinidad que introduce a su creación en sus vínculos de amor.

Paula Depalma

Fuente Fe Adulta

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Exaltación de la Santa Cruz. Nicodemo significa: victoria del pueblo. Cristo ha vencido el pecado, la ley y la muerte

domingo, 14 de septiembre de 2025
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Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

08.09.2025

01.- Tres celebraciones de la cruz de Xto

A lo largo del año celebramos tres fiestas de la cruz del Señor:

  1. La fiesta más importante es el Viernes Santo: la pasión y muerte en cruz de JesuCristo.
  2. El 3 de mayo recordamos el día en que Santa Elena encontró en Jerusalén la cruz en la que fue crucificado el Señor Jesús en el 326 d.C.
  3. Hoy, 14 de septiembre, celebramos la exaltación de la santa cruz en la que evocamos la consagración de la basílica del santo sepulcro en Jerusalén. Los ortodoxos denominan a la misma basílica como de la “resurrección” (Anastasis).

02.- Nadie ha subido al cielo, (vv 13).

Nadie humano –excepto JesuCristo- garantiza la salvación. La justificación y el cielo vienen a nosotros. Nosotros no conquistamos el cielo, ni la felicidad. Es Dios quien se acerca a nosotros y nos salva.

Dios se acerca nosotros por JesuCristo y nos salva

La salvación es un don, una gracia, no una conquista humana.

Agradezcamos, que eso significa vivir en gracia, agradezcamos a Dios que nos salva.

03.- La serpiente.

Se trata de un lenguaje mitológico pero significativo: quien elevaba la mirada a la serpiente de Moisés, quedaba curado.

Si Adán y Eva (el ser humano) ante la serpiente del Paraíso hubieran elevado la mirada a Dios en vez de esconderse de Él, la historia de la humanidad habría sido otra.

Pero somos humanos y nuestra libertad es frágil. Pero Dios nos abandonará nunca porque quiere que nos salvemos.

04.- Cuando sea elevado sabréis que yo soy…

El evangelio de San Juan nos habla tres veces de que JesuCristo será elevado. Se trata de la cruz, (Jn 3,14: 8,28; 12,32). Y cuando sea elevado sabréis que Yo soy.

Sabemos, creemos, que el Yo soy de San Juan tiene una gran densidad cristiana (cristológica): Yo soy el agua, Yo soy el pan de vida, Yo soy la luz, Yo soy el buen pastor, Yo soy el camino, Yo soy la resurrección

Este Yo soy es la definición de Dios ya en el AT: Yo soy el que soy le dice Dios a Moisés (Ex 3,14).

S Juan aplica este Yo soy a Jesús. Jesús es Dios.

Mirarán al que traspasaron (Zac 12,10 / Jn 19,37).

Mirar al crucificado es nuestra salvación. Mirar a JesuCristo en la cruz infunde una gran paz y serenidad.

Cuando ´Jesús sea elevado sabréis que Yo soy. En la cruz, -sobre todo en la cruz-, sabremos que Cristo es nuestro salvador.

Por Él estamos justificados.

Sus heridas nos han curado (1Ped 2,24; Is 53, 4-5).

05.- Judas: de la luz a la noche – Nicodemo: de la noche a la luz

Judas y Nicodemo son dos personajes antitéticos.

Judas, que estaba en o con la luz (JesuCristo), sale del cenáculo a las tinieblas, era de noche…

Nicodemo se acerca de noche a la luz y termina siendo discípulo de Jesús.

En el evangelio de Juan aparece seis veces la idea, la realidad de la noche (Jn 3,2; 9,4; 11,10; 13,30; 19,30; 21,3). La noche es la ausencia de Cristo, la ausencia de luz.

Nicodemo significa victoria del pueblo (nike: victoria / demos: pueblo), la victoria de la luz. Cuando en la noche de la vida personal, social, eclesial nos acercamos al crucificado, se hace la luz en nuestra existencia. Nicodemo sale de las tinieblas y llega a la luz.

(Podríamos preguntarnos si estamos en la luz o en la noche, si estamos más en Judas o en Nicodemo).

06.- La cruz es salvación

En el evangelio de S Juan la elevación en la cruz es la glorificación del Señor; por eso Jesús dice: «y yo cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32-33). El Dios de nuestra salvación es un Dios que nos ama hasta el final. Es un Dios que nos quiere y nos salva por medio de JesuCristo

Miremos al que traspasaron

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“Transformar las cruces de nuestra historia presente”, por Consuelo Vélez

domingo, 14 de septiembre de 2025
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De su blog Fe y Vida:

Domingo XXIV de TO 14-09-2025 Exaltación de la Santa Cruz

El valor de la cruz no es por ella misma sino por el amor que surge de ella

Juan opone el mundo a Dios, pero no para desvalorizar lo humano sino como signo del pecado, del anti reino, del separase de Dios

La cruz es fruto de la fidelidad de Jesús a su misión

La cruz de Cristo nos ha dado la vida y nos invita a ser portadores de esta vida que él nos regala, trabajando por transformar todas las cruces de nuestro presente

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:

+ «Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él»

(Jn 3, 13-17).

Hoy celebramos la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, recordando el significado que tiene la cruz para la vida cristiana. Como decía Pablo “nosotros predicamos a un Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los griegos” (1 Cor 1, 23). Es decir, el misterio de la cruz marcó la historia de Jesús, pero no debemos olvidar que esta es inseparable de su resurrección, porque “si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe” (1 Cor 15, 14). Por lo tanto, el valor de la cruz no es por ella misma sino por el amor que surge de ella.

Esto es lo que el evangelio de Juan que hoy consideramos nos muestra. Recordemos que este evangelio es más teológico que los sinópticos, de ahí que su lenguaje sea más conceptual. Juan opone el mundo a Dios, pero no para desvalorizar lo humano sino como signo del pecado, del anti reino, del separase de Dios. Precisamente a ese mundo, Dios le ofrece su Hijo, se lo entrega para que los que no creen, lleguen a creer. La oposición no es entre lo material y lo espiritual sino entre los que tienen fe y los que no la tienen. Dios espera, con su amor ilimitado, llegar a todos aquellos que no creen para darles la vida eterna.

Es muy importante comprender que la cruz es fruto de la fidelidad de Jesús a su misión y, por eso, él sigue anunciando el amor a los últimos, la misericordia con todos, la urgencia de transformar la realidad, comenzando con los más pobres, aunque eso le lleve al conflicto, la persecución y la muerte. Ante ese hecho, Jesús prefiere entregar su vida a renunciar a la coherencia con lo predica. Y, es en esto, en lo que el amor de Dios se manifiesta en plenitud.

El texto de hoy es la conclusión del diálogo de Jesús con Nicodemo donde este le ha preguntado cómo es posible nacer de nuevo y la respuesta de Jesús va por la línea de nacer no de la carne sino del espíritu. Jesús finaliza este diálogo retomando el texto donde Moisés levante la serpiente en el desierto, diciéndole que así será levantado el Hijo del Hombre para que todos tengan vida eterna. En efecto, la cruz de Cristo nos ha dado la vida y nos invita a ser portadores de esta vida que él nos regala, trabajando por transformar todas las cruces de nuestro presente.

(Foto tomada de: https://sopenabilbao.org/tiempo-de-cruces/)

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“El don del Hijo elevado”, por Joseba Kamiruaga Mieza.

domingo, 14 de septiembre de 2025
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De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):

El Evangelio pide la purificación de la mirada y el redescubrimiento de la verdad, creyendo en el gran amor con que Dios ha amado al mundo y en el don de su Hijo para la salvación y no para la condenación del mundo mismo. Pero para creer esto es necesario percibir de manera muy personal que somos destinatarios de ese amor.

Ese «mundo» que Dios amó tanto como para dar a su Hijo único, debe entenderse ciertamente como la humanidad entera, pero en él cada uno de nosotros debe saber verse a sí mismo. Y debe poner su nombre en ese mundo: aunque llegara al mundo entero, si ese amor no me alcanza a mí, queda reducido a la impotencia y no me cambia ni me convierte.

Por lo tanto, es necesario saber verse a uno mismo, pero insertado en un «mundo», en la humanidad que es destinataria del amor de Dios, y verse a uno mismo en relación con Dios mismo y con su amor. Por lo tanto, ya no verse a uno mismo como el centro del mundo, sino en el mundo. Y bajo la mirada del Señor.

El pasaje evangélico de la liturgia de hoy se inserta en el discurso de Jesús con Nicodemo, diálogo en el que Jesús desconcierta a Nicodemo diciéndole que es necesario un renacimiento desde lo alto, es decir, desde el Espíritu Santo derramado desde lo alto. La reacción asombrada de Nicodemo – «¿Cómo puede suceder esto?» – encuentra en Jesús una respuesta que nos desconcierta: «Si no creéis cuando os hablo de cosas terrenas, ¿cómo creeréis cuando os hable de cosas celestiales?» (Jn 3,12).

Según el contexto, las «cosas terrenas» consisten precisamente en la dinámica del renacimiento espiritual que debe tener lugar en la vida, aquí en la tierra, en la humanidad de la persona que, gracias a la fe, se abre a la acción del Espíritu Santo.

Mientras que las cosas celestiales son la paradoja de una elevación que coincide con una condena a muerte y de un suplicio, la crucifixión, que es exaltación, glorificación. Esta incredulidad – «¿cómo creeréis si os hablo de cosas del cielo?» – parece hacerse eco de las palabras del profeta en Isaías 53,1: «¿Quién creerá en nuestro anuncio?», que siguen al anuncio de que «el siervo del Señor será exaltado» (Is 52,13).

En el corazón de la fe cristiana hay algo increíble. Y lo increíble se especifica inmediatamente después: la elevación del Hijo del hombre es el acontecimiento que realiza plenamente y cumple el don que el Padre ha hecho a la humanidad: el don del Hijo.

La elevación, en verdad, es también el abajamiento; la subida, la anabasis, es también la katabasis, el descenso, la kenosis. En el cristianismo se produce una remodelación de la verticalidad.

El pasaje evangélico habla del paradójico nacimiento desde lo alto como verdadera iniciación a la vida cristiana (cf. Jn 3,3), y el traductor latino utiliza a veces altum o altitud para traducir el griego báthos, profundo/profundidad.

La cruz como elevación significa que se asciende hacia el punto más bajo de la sociedad y de la religiosidad de la época: la muerte en la cruz es la muerte infame y vergonzosa de los malditos por Dios y de los bandidos de la sociedad.

Pero, sobre todo, detrás del simbolismo de subir y bajar («nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo»: Jn 3,13) está el acontecimiento del don que expresa el amor de Dios. Un amor que, como tal, no pretende en absoluto condenar, sino solo salvar, dar sentido y plenitud. Un amor gratuito, incondicional, pero que puede difundirse y manifestar sus energías en quienes le dan espacio acogiéndolo en sí mismos a través de la fe.

«Dios amó tanto al mundo que dio a su Hijo único». Jesús, como don de Dios, es sacramento y narración del amor de Dios y, en el itinerario de Dios al hombre, el amor del Padre (el Dador) se convierte en amor del Hijo (el Don que se entrega a sí mismo) y se convierte en amor en el hombre (el donatario).

El don que es Jesús es asimétrico, no busca reciprocidad: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo» (Jn 15,9); «Como yo os he amado, así os amad también vosotros unos a otros» (Jn 13,34).

El movimiento de la donación divina no se convierte en un círculo vicioso y cerrado en la bipolaridad infernal «yo-tú, tú-yo», siempre expuesta al riesgo de la violencia y la opresión, sino que permanece abierto a un tercero, cuya subjetividad tiende a hacer florecer y a servir a la vida. Este don se descentra con respecto al Donante y se resuelve en la vida del donatario. El amor que narra este don no es totalitario ni obligatorio, no exige gratitud, sino que respeta la libertad y la vida del hombre.

La salvación, no la condenación, es el fin del envío del Hijo por parte del Padre (cf. Jn 3,17). Esta es la intención paterna de Dios, el sentido de su amor que se expresa en el don del Hijo.

Y este actuar divino es normativo para la Iglesia. Ella también es enviada entre los hombres, no para juzgarlos, mucho menos para condenarlos, sino para ser signo de salvación y para anunciarles lo único salvífico y necesario: la misericordia de Dios. Ante personas que a menudo sienten la vida como una condena, la Iglesia tiene la tarea de anunciar la misericordia divina, de realizar una obra de liberación, de dar sentido, esperanza y vida.

Juan subraya que el don del Hijo tiene como fin dar vida, no muerte, a los hombres (cf. Jn 3,16). Jesús, como don para la vida de los hombres, vivió toda su existencia entregando su vida, y así generó vida, transmitió y suscitó vida. Y toda su vida terrenal fue este don que él renovó continuamente a los hombres para su vida. Y esto culminó en la muerte en la cruz, que Juan llama «exaltación» (3,14).

Como Moisés, obedeciendo el mandato misericordioso de Dios, levantó la serpiente en el desierto para que quien la mirara encontrara la vida y la curación, así la elevación del Hijo del hombre es el cumplimiento de la misericordia divina para la salvación de los creyentes (cf. 3,14-15; Nm 21,4-9). Si en la serpiente levantada el creyente era llevado a reconocer su propio pecado mirando a la cara al simulacro de quien lo había castigado con sus mordiscos, en Jesús levantado el creyente ve la misericordia de Dios que manifiesta un amor unilateral y universalmente salvífico.

Sin embargo, su existencia dedicada a los demás, su vida entregada, no evitó el rechazo que se le opuso. Si la salvación está destinada a todos, solo algunos acceden a la fe y al conocimiento del don de Dios en Jesús. Es decir, ese don puede ser desconocido y rechazado. Pero este rechazo no suprime la cualidad de don que es Jesús, y confirma que está al servicio de la libertad del donatario.

Aquí se revela que el don de Dios —gratuito pero no neutro— se convierte en una llamada a la fe. No es casualidad que la primera mención del amor de Dios en el cuarto evangelio (3,16) vaya acompañada de cinco referencias a la fe (o a la falta de fe) del hombre (3,15.16.18).

Y la distinción entre adhesión y no adhesión se convierte en discernimiento entre la luz y las tinieblas, entre las obras hechas «en Dios» (3,21) y las obras malignas (3,19: hechas en el Maligno). Esta distinción no se sitúa en el plano moral, sino que designa una toma de posición frente al enviado de Dios.

Entonces se comprende que la única obra esencial según el cuarto evangelio es la fe. El debate entre la fe y las obras es resuelto así por Juan: «Esta es la obra de Dios: creer en el que él ha enviado» (Jn 6,29). En este acto de fe está también la curación de nuestra mirada, nuestro paso de la ceguera a la luz.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Comentarios Evangélicos y Reflexiones para el Domingo 14 de septiembre de 2025.

1.- La escuela de la cruz.

2.- La cruz, punto de unión entre Dios y el mundo.

3.- La cruz, el amor que baja el cielo.

4.- La cruz: la epifanía de un amor más grande y hasta el extremo.

5.- El don del Hijo elevado.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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“Mirar con Fe al Crucificado”. 14 de septiembre de 2017. Exaltación de la Cruz (A ). Juan 3, 13-17

jueves, 14 de septiembre de 2017
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imageLa fiesta que hoy celebramos los cristianos es incomprensible y hasta disparatada para quien desconoce el significado de la fe cristiana en el Crucificado. ¿Qué sentido puede tener celebrar una fiesta que se llama “Exaltación de la Cruz” en una sociedad que busca apasionadamente el “confort” la comodidad y el máximo bienestar?

Más de uno se preguntará cómo es posible seguir todavía hoy exaltando la cruz. ¿No ha quedado ya superada para siempre esa manera morbosa de vivir exaltando el dolor y buscando el sufrimiento? ¿Hemos de seguir alimentando un cristianismo centrado en la agonía del Calvario y las llagas del Crucificado?

Son sin duda preguntas muy razonables que necesitan una respuesta clarificadora. Cuando los cristianos miramos al Crucificado no ensalzamos el dolor, la tortura y la muerte, sino el amor, la cercanía y la solidaridad de Dios que ha querido compartir nuestra vida y nuestra muerte hasta el extremo.

No es el sufrimiento el que salva sino el amor de Dios que se solidariza con la historia dolorosa del ser humano. No es la sangre la que, en realidad, limpia nuestro pecado sino el amor insondable de Dios que nos acoge como hijos. La crucifixión es el acontecimiento en el que mejor se nos revela su amor.

Descubrir la grandeza de la Cruz no es atribuir no sé qué misterioso poder o virtud al dolor, sino confesar la fuerza salvadora del amor de Dios cuando, encarnado en Jesús, sale a reconciliar el mundo consigo.

En esos brazos extendidos que ya no pueden abrazar a los niños y en esas manos que ya no pueden acariciar a los leprosos ni bendecir a los enfermos, los cristianos “contemplamos” a Dios con sus brazos abiertos para acoger, abrazar y sostener nuestras pobres vidas, rotas por tantos sufrimientos.

En ese rostro apagado por la muerte, en esos ojos que ya no pueden mirar con ternura a las prostitutas, en esa boca que ya no puede gritar su indignación por las víctimas de tantos abusos e injusticias, en esos labios que no pueden pronunciar su perdón a los pecadores, Dios nos está revelando como en ningún otro gesto su amor insondable a la Humanidad.

Por eso, ser fiel al Crucificado no es buscar cruces y sufrimientos, sino vivir como él en una actitud de entrega y solidaridad aceptando si es necesario la crucifixión y los males que nos pueden llegar como consecuencia. Esta fidelidad al Crucificado no es dolorista sino esperanzada. A una vida “crucificada”, vivida con el mismo espíritu de amor con que vivió Jesús, solo le espera resurrección.

José Antonio Pagola

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«Mirar con Fe al Crucificado». 14 de septiembre de 2014. Exaltación de la Cruz (A ). Juan 3, 13-17

domingo, 14 de septiembre de 2014
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imageLa fiesta que hoy celebramos los cristianos es incomprensible y hasta disparatada para quien desconoce el significado de la fe cristiana en el Crucificado. ¿Qué sentido puede tener celebrar una fiesta que se llama “Exaltación de la Cruz” en una sociedad que busca apasionadamente el “confort” la comodidad y el máximo bienestar?

Más de uno se preguntará cómo es posible seguir todavía hoy exaltando la cruz. ¿No ha quedado ya superada para siempre esa manera morbosa de vivir exaltando el dolor y buscando el sufrimiento? ¿Hemos de seguir alimentando un cristianismo centrado en la agonía del Calvario y las llagas del Crucificado?

Son sin duda preguntas muy razonables que necesitan una respuesta clarificadora. Cuando los cristianos miramos al Crucificado no ensalzamos el dolor, la tortura y la muerte, sino el amor, la cercanía y la solidaridad de Dios que ha querido compartir nuestra vida y nuestra muerte hasta el extremo.

No es el sufrimiento el que salva sino el amor de Dios que se solidariza con la historia dolorosa del ser humano. No es la sangre la que, en realidad, limpia nuestro pecado sino el amor insondable de Dios que nos acoge como hijos. La crucifixión es el acontecimiento en el que mejor se nos revela su amor.

Descubrir la grandeza de la Cruz no es atribuir no sé qué misterioso poder o virtud al dolor, sino confesar la fuerza salvadora del amor de Dios cuando, encarnado en Jesús, sale a reconciliar el mundo consigo.

En esos brazos extendidos que ya no pueden abrazar a los niños y en esas manos que ya no pueden acariciar a los leprosos ni bendecir a los enfermos, los cristianos “contemplamos” a Dios con sus brazos abiertos para acoger, abrazar y sostener nuestras pobres vidas, rotas por tantos sufrimientos.

En ese rostro apagado por la muerte, en esos ojos que ya no pueden mirar con ternura a las prostitutas, en esa boca que ya no puede gritar su indignación por las víctimas de tantos abusos e injusticias, en esos labios que no pueden pronunciar su perdón a los pecadores, Dios nos está revelando como en ningún otro gesto su amor insondable a la Humanidad.

Por eso, ser fiel al Crucificado no es buscar cruces y sufrimientos, sino vivir como él en una actitud de entrega y solidaridad aceptando si es necesario la crucifixión y los males que nos pueden llegar como consecuencia. Esta fidelidad al Crucificado no es dolorista sino esperanzada. A una vida “crucificada”, vivida con el mismo espíritu de amor con que vivió Jesús, solo le espera resurrección.

José Antonio Pagola

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Invita a mirar al Crucificado con fe. Pásalo.

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«Tiene que ser elevado el Hijo del hombre». Domingo 14 de septiembre de 2014 Exaltación de la Santa Cruz 24ª semana de tiempo ordinario

domingo, 14 de septiembre de 2014
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pascuaLeído en Koinonia:

Números 21,4b-9: Miraban a la serpiente de bronce y quedaban curados.
Salmo responsorial: 77: No olvidéis las acciones del Señor.
Filipenses 2,6-11: Se rebajó, por eso Dios lo levantó sobre todo.
Juan 3,13-17: Tiene que ser elevado el Hijo del hombre.

En el diálogo entre Jesús y Nicodemo, en el fragmento del evangelio de Juan que hoy leemos, encontramos una alusión al relato de la serpiente de bronce elevada por Moisés en el desierto (Núm 21,8s) y que el evangelista retoma para compararlo con la manera como el Hijo del Hombre fue levantado en la cruz. La palabra “levantar” es usada en dos sentidos: la elevación en la cruz y la elevación a la diestra del Padre. La tradición cristiana la ha traducido por «exaltación”. Juan, en su teología, ve en la crucifixión el momento culminante de la vida de Jesús, la «hora” de su glorificación. La “exaltación” sería el tránsito de Jesús del mundo al Padre, la Pascua salvadora en la que Jesús es glorificado. Éste sería el sentido en el que celebramos hoy la exaltación de Jesús, más que de la cruz. La cruz no la exaltamos. La cruz un signo del gran amor de Jesús para con la humanidad. Sólo en ese sentido podría exaltarse la cruz. Por eso, el evangelio insiste en que Jesús no vino a juzgar, condenar o acabar el mundo, por el contrario, vino a dar testimonio de que el amor es el camino seguro que conduce a la resurrección.

Jesús no amó la cruz, sino que quiso evitarla. Lo cual no fue una «debilidad humana», sino su deber lógico. Porque tampoco podemos ya decir que «el Padre lo envió a la muerte y una muerte de cruz… En Jesús no hay nada de una visión ni masoquista (que ame o valore la cruz por sí misma), ni que la incorpore «al plan de Dios» por voluntad divina, ni una visión expiadora: Jesús sufriendo, muriendo en la cruz para ofrecer a Dios Padre ese sufrimiento violento en nombre de la humanidad, para así «aplacar» al «airado» Eterno Padre, que habría cancelado sus relaciones con la humanidad por causa de un supuesto pecado original cometido por una supuesta «primera pareja» de primates humanos…

Lamentablemente –tenemos que reconocerlo– la cruz es también, no sólo ese signo del amor consecuente y de la coherencia de Jesús con su misión, sino sobre todo el signo central de todo este relato mitológico de pecado original, masa humana condenada, envío desde el cielo de un Mesías redentor, expiación en la cruz, recuperación de la humanidad. Se puede decir, sin temor a exagerar, que durante demasiado tiempo ha fungido como el relato esencial cristiano. Ha sido el mensaje concentrado en que las Iglesias cristianas han hecho coincidir su doctrina, su visión, y su misión. Y es la visión más ampliamente difundida… en nombre de Jesús, que nunca supo de ello ni nunca quiso morir para expiar un pecado original.

Afortunadamente, ello ha sido algo tan extendido masivamente en las Iglesias y tan ingenuamente (mitológicamente) aceptado, que ni siquiera ha sido declarado oficialmente dogma… se dio por supuesto simplemente. De forma que, sencillamente, no es dogma; es –aunque pueda sorprendernos este su status– una tradición, tan antigua y venerable como superable y prescindible. Esto alivia a muchos cristianos que ya no pueden vivir en el mundo mitólógico (ni siquiera siendo conscientes de que se las han con símbolos…: muchas personas de la sociedad de hoy ya no toleran símbolos de determinado tipos mitológicos, ni siquiera sabiendo conscientemente que son mitos; su cultura actual no tolera ya mitologías a la hora de manejar/expresar el sentido de su vida humana: se ha convertido incluso en una cuestión de dignidad, de honor).

Son demasiadas cosas las que están implicadas en esta mitología de la cruz, que no sólo ya no puede ser «exaltada», sino que debe ser «deconstruida». Ya los hemos insinuado, pero merecerían un abordaje detenido, detallado y a fondo: pecado original como pecado mitológico primordial que causa la desgracia de la humanidad (mito común en muchas religiones); la massa damnata o humanidad condenada por el pecado original, de la que san Agustín hablaba y que marcó a la teología por más de un milenio; la interpretación de todos los males como castigo de Dios por «nuestro» pecado original (pérdida de los supuestos dones preternaturales, de la ciencia infusa, de la inmortalidad, del equilibrio psíquico-espiritual, condena a ganar el pan con el sudor de nuestra frente, condena de la mujer a dar a luz con dolor y a estar sometida al varón…); la interpretación de la muerte de Jesús como expiación para aplacar al Padre Eterno; la interpretación esencial del bautismo como instrumento para el perdón del pecado original; el valor expiatorio del dolor asumido (incluso provocado, la mortificación) voluntariamente; el amor a la cruz…

El cristianismo tiene ahí una responsabilidad colectiva por tanto sufrimiento psíquico infligido a tantas generaciones humanas, durante tanto tiempo, aunque haya sido involuntariamente, por un espejismo cultural, no por mala voluntad. No basta dejar de hablar de aquello que ya da vergüenza hablar. Es una obligación de responsabilidad colectiva «agarrar el toro por los cuernos», de frente, reconocidamente, sin callar nada vergonzantemente, y negar explícitamente lo hoy reconocemos que fue un error, y tratar de liberar a tantas personas que aún arrastran en su conciencia, y con frecuencia en las capas subconscientes de su psiqué, la desconfianza ante el mundo, ante la materia, ante la sexualidad, ante el placer y la felicidad. O una visión espiritual masoquista (como aquella de la Imitación de Cristo, de Kempis: «Tanto más santo te harás, cuanta más violencia te hicieres»). Leer más…

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Dom 14. 9. 14. Exaltación de la Santa Cruz

domingo, 14 de septiembre de 2014
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SIC18692Leído en el blog de Xabier Pikaza:

Dom 14.9 14. Fiesta de la Santa Cruz. El signo de la cruz constituye quizá la mayor aportación del cristianismo a la simbología y a la experiencias de las religiones Ciertamente, un tipo de cruz se ha utilizado desde hace mucho tiempo, como símbolo solar (cruces aspadas, laburus) o como signo de todo el cosmos, especialmente en clave espacial (cuatro líneas abiertas a los cuatro puntos cardinales que se cruzan en un centro).

Sin embargo, ninguno de esos elementos constituye el rasgo específico de la cruz cristiana, que ha empezado siendo un signo de tortura y un patíbulo donde Jesús ha muerto, en contra de las expectativas y esperanzas de sus seguidores. La cruz es el signo supremo de la injusticia de la historia, de la prepotencia asesina de los poderosos, del sufrimiento y muerte de los vencidos.

Pero esa cruz, con un hombre muerto en ella, siendo en principio el escándalo supremo de la fe, se ha interpretado después, partiendo de la pascua, como símbolo mesiánico y como principio de seguimiento cristiano.

Es normal que los cristianos celebren su fiesta. Por si a alguno le sirven presento unas reflexiones de tipo más litúrgico tomado de mi Diccionario Bíblico, con el famoso signo de la Cruz de la Cartuja de Miraflores (Burgos) que comento al final del post. Buen día a todos.

Texto Juan 3,13-17

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: «Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.
Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen el él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.»

El escándalo de la cruz

ha sido formulado de manera clásica por Pablo: «Los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los gentiles, pero para los llamados, poder y sabiduría de Dios, porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres» (1 Cor 1, 22-25). Más aún, Pablo sabe que, conforme a la Ley de Israel, la cruz es una maldición: «Maldito es aquel que ha sido colgado de un madero» (Gal 3, 10, con cita de Dt. 27, 26).

Los evangelios han escenificado esa maldición de la cruz en unos relatos de fuerte dramatismo. Los espectadores que pasan ante el Calvario se mofan de Jesús crucificado y, de un modo especial, lo hacen los sacerdotes y escribas, indicando con sus burlas que Dios ha rechazado a Jesús. La cruz no es para ellos un signo de presencia, sino de abandono de Dios: «¡Ay, tú que destruías el templo y lo reedificabas en tres días! ¡Sálvate a ti mismo, bajando de la cruz!… Y de manera semejantes, los sumos sacerdotes, riéndose entre sí, con los escribas, decían:¡A otros salvó y a sí mismo no puede salvarse! ¡El Mesías! ¡El rey de Israel! ¡Que baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos! (Mc 15, 28-32). El mismo Jesús reconoce el escándalo y grita: «Eloí, Eloí, ¿lemá sabaktaní?, es decir: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 14, 34), ratificando con su fracaso y soledad el escándalo de una vida humana sometida a la injusticia y sufrimiento.

Un escándalo anunciado: era necesario.

Para aquellos que saben leer las Escrituras y la paradoja de la historia humana, la cruz se ha venido a presentar como signo supremo de solidaridad de Jesús con los pobres, llegando a ser de esa manea un símbolo mesiánico. Esto es lo que han descubierto y formulado los cristianos cuando han dicho que era necesario (dei): era necesario que el Hijo del hombre padeciera (Mc 8, 31 par), compartiendo así la suerte de los hombres y mujeres que buscan y fracasan, que sufren y no logran descubrir la verdad. Ellos, los dolientes de la tierra, los perdedores de la historia son ahora la comunidad de Jesús, forman su iglesia.

Esta no es una necesidad ontológica, vinculadas a los mitos del eterno retorno del sufrimiento, sino una “necesidad” histórica (o quizá mejor una fatalidad y un pecado), que la Escritura había ido descubriendo y mostrando en algunos de sus textos más paradigmáticos (el → siervo sufriente del Segundo Isaías, el justo perseguido de Sab 2). Este descubrimiento de la necesidad del sufrimiento constituye la primera norma interpretativa cristiana del Antiguo Testamento, el principio hermenéutico supremo de la iglesia (cf. Lc 24, 26.44; Hech 1, 16).

El Cristo crucificado.

Los investigadores no han llegado todavía a un acuerdo total sobre la manera en que Jesús entendió su tarea mesiánica; pero es evidente que el letrero de la cruz: «Jesús nazareno, rey de los judíos» (cf. Mc 15, 26 par) ha golpeado la conciencia de los cristianos, de manera que han descubierto la verdad de ese letrero. Lo que Pilato había hecho escribir en son de burla y condena lo toman ellos como signo de la verdad de Dios. En esa línea se sitúan las más solemnes confesiones de Pablo, que entiende a Jesús crucificado como presencia y revelación suprema de Dios (cf. 1 Cor 1, 13. 22; Flp 2, 8; 3, 18). Lo que era escándalo insalvable se convierte así en principio de fe. La cruz es la señal más alta de la presencia de Dios.

Tomar la cruz.

Desde aquí se puede dar un paso y afirmar que el camino de la cruz constituye el signo distintivo de los creyentes. Así lo dice Pablo, cuando afirma que sólo quiere conocer a Cristo y a Cristo crucificado (1 Cor 2, 2), para añadir después que él mismo quiere estar y está crucificado con Jesús (cf. Gal 2, 20; 3, 1). Desde aquí se entienden las palabras más novedosas de los sinópticos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará» (Mc 8, 34-35). Rehacer el camino de la cruz de Jesús desde su mensaje de Reino, en clave de pascua; esta es la novedad del cristianismo.
A partir de la experiencia cristiana primitiva, expresada por Pablo y los sinópticos, lo mismo que por el evangelio de Juan (cf. Jn 12, 32), la cruz ha venido a presentarse como signo de Dios y de la salvación de los hombres.

(1) Podemos presentar a Dios sin cruz, como una esfera,

encerrada en su quietud eterna, sin dolores ni problemas, sin cambios ni muerte en el mundo. Notas suyas serían la inmutabilidad, auto-contemplación y poderío: lo tiene todo y por tanto nada necesita. Frente a los restantes seres que ha creado, él se enclaustra inexorable en su propia perfección. Un Dios así, sin Cruz ni amor, es para muchos hombres y mujeres de este tiempo un enemigo. Pero el Dios de Jesucristo se introduce por la Cruz en nuestra historia y muere dentro de ella en favor de los humanos. Es un Dios de libertad, no es poder que goza obligando a que los otros le rindan reverencia, sino amor que se ofrece en gratuidad, abriendo así un espacio de vida compartida para los humanos.

(2) Los cristianos confiesan que Dios se expresa (se realiza humanamente) en la historia salvadora de la Cruz de Cristo.

Así entienden la Cruz como un momento integrante del proceso de amor, que brota del Padre, suscitando al Hijo como ser distinto de sí mismo y poniéndose en sus manos. El mismo Padre se regala (se pierde) dando su vida a Jesucristo: no clausura para sí riqueza alguna, no conserva egoístamente nada, sino que entrega a Jesús todo lo que tiene para que él pueda realizarse libremente. El Hijo Jesús, que ha recibido la vida del Padre, se la ofrece nuevamente, poniéndose en sus manos cuando entrega su vida por el reino (en favor de los humanos). Leer más…

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«Perdonar de corazón». Domingo 24. Ciclo A

domingo, 14 de septiembre de 2014
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HIJO PRÓDIGO5_thumb[1]Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Argumentos para perdonar (1ª lectura)

La primera lectura está tomada del libro del Eclesiástico, que es el único de todo el Antiguo Testamento cuyo autor conocemos: Jesús ben Sira (siglo II a.C.). Un hombre culto y estudioso, que dedicó gran parte de su vida a reflexionar sobre la recta relación con Dios y con el prójimo. En su obra trata infinidad de temas, generalmente de forma concisa y proverbial, que no se presta a una lectura precipitada. Eso ocurre con la de hoy a propósito del rencor y el perdón.

El punto de partida es desconcertante. La persona rencorosa y vengativa está generalmente convencida de llevar razón, de que su rencor y su odio están justificados. Ben Sira le obliga a olvidarse del enemigo y pensar en sí mismo: “Tú también eres pecador, te sientes pecador en muchos casos, y deseas que Dios te perdone”. Pero este perdón será imposible mientras no perdones la ofensa de tu prójimo, le guardes rencor, no tengas compasión de él. Porque «del vengativo se vengará el Señor».

Del vengativo se vengará el Señor y llevará estrecha cuenta de sus culpas. Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas. ¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor? No tiene compasión de su semejante, ¿y pide perdón de sus pecados? Si él, que es carne, conserva la ira, ¿quién expiará por sus pecados? 

Si lo anterior no basta para superar el odio y el deseo de venganza, Ben Sira añade dos sugerencias: 1) piensa en el momento de la muerte; ¿te gustaría llegar a él lleno de rencor o con la alegría de haber perdonado? 2) recuerda los mandamientos y la alianza con el Señor, que animan a no enojarse con el prójimo y a perdonarle. [En lenguaje cristiano: piensa en la enseñanza y el ejemplo de Jesús, que mandó amar a los enemigos y murió perdonando a los que lo mataban.]

Piensa en tu fin, y cesa en tu enojo; en la muerte y corrupción, y guarda los mandamientos.

Recuerda los mandamientos, y no te enojes con tu prójimo; la alianza del Señor, y perdona el error.

Pedro y Lamec

         Lo que dice Ben Sira de forma densa se puede enseñar de forma amena, a través de una historieta. Es lo que hace el evangelio de Mateo en una parábola exclusiva suya (no se encuentra en Marcos ni Lucas).

            El relato empieza con una pregunta de Pedro. Jesús ha dicho a los discípulos lo que deben hacer «cuando un hermano peca» (domingo pasado). Pedro plantea la cuestión de forma más personal: «Si mi hermano peca contra mí», «si mi hermano me ofende». ¿Qué se hace en este caso? Un patriarca anterior al diluvio, Lamec, tenía muy clara la respuesta:

«Por un cardenal mataré a un hombre,

a un joven por una cicatriz.

Si la venganza de Caín valía por siete,

la de Lamec valdrá por setenta y siete» (Génesis 4,23-24).

Pedro sabe que Jesús no es como Lamec. Pero imagina que el perdón tiene un límite, no se puede exagerar. Por eso, dándoselas de generoso, pregunta: «¿Cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?» Toma como modelo contrario a Caín: si él se vengó siete veces, yo perdono siete veces.

Jesús le indica que debe tomar como modelo contrario a Lamec: si él se vengó setenta y siete veces, perdona tú setenta y siete veces. (La traducción litúrgica, que es la más habitual, dice «setenta veces siete»; pero el texto griego se puede traducir también por setenta y siete, como referencia a Lamec). En cualquier hipótesis, el sentido es claro: no existe límite para el perdón, siempre hay que perdonar.

La parábola

Para justificarlo propone la parábola de los dos deudores. La historia está muy bien construida, con tres escenas: la primera y tercera se desarrollan en la corte, en presencia del rey; la segunda, en la calle.

1ª escena (en la corte): el rey y un deudor..

Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: «Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo.» El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda.

Se subraya: 1) La enormidad de la deuda; diez mil talentos equivaldrían a 60 millones de denarios, equivalente a 60 millones de jornales. 2) Las duras consecuencias para el deudor, al que venden con toda su familia y posesiones. 3) Su angustia y búsqueda de solución: ten paciencia. 4) La bondad del monarca, que, en vez de esperar con paciencia, le perdona toda la deuda.

2ª escena (en la calle): el deudor perdonado se convierte en acreedor

Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: «Págame lo que me debes.» El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: «Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré.» Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. 

Esta escena está construida en fuerte contraste con la anterior. 1) Los protagonistas son dos iguales, no un monarca y un súbdito. 2) La deuda, cien denarios, es ridícula en comparación con los 60 millones. 3) Mientras el rey se limita a exigir, el acreedor se comporta con extrema dureza: «agarrándolo, lo estrangulaba». 4) Cuando escucha la misma petición de paciencia que él ha hecho al rey, en vez de perdonar a su compañero lo mete en la cárcel.

3ª escena (en la corte): los compañeros, el rey y el primer deudor.

Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: «¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?» Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.

Dos detalles: 1) La conducta del deudor-acreedor escandaliza e indigna a sus compañeros, que lo denuncian al rey. Este detalle, que puede pasar desapercibido, es muy importante: a veces, cuando una persona se niega a perdonar, intentamos defenderla; sin embargo, sabiendo lo mucho que a esa persona le ha perdonado Dios, no es tan fácil justificar su postura. 2) La frase clave es: «¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?»

Con esto Jesús no sólo ofrece una justificación teológica del perdón, sino también el camino que lo facilita. Si consideramos la ofensa ajena como algo que se produce exclusivamente entre otro y yo, siempre encontraré motivos para no perdonar. Pero si inserto esa ofensa en el contexto más amplio de mis relaciones con Dios, de todo lo que le debemos y Él nos ha perdonado, el perdón del prójimo brota como algo natural y espontáneo. Si ni siquiera así se produce el perdón, habrá que recordar las severas palabras finales de la parábola, muy intere­santes porque indican también en qué consis­te perdonar setenta y siete veces: en perdonar de corazón.

La diferencia entre la 1ª lectura y el evangelio

          Ben Sira enfoca el perdón como un requisito esencial para ser perdonados por Dios. La parábola del evangelio nos recuerda lo mucho que Dios nos ha perdonado, que debe ser el motivo para perdonar a los demás.

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