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La paradoja de la cruz y la “Queerness” (rareza) de Jesús

lunes, 15 de septiembre de 2025

Ish Ruiz

La reflexión de hoy es de Ish Ruiz, profesor adjunto de Teología Decolonial Queer y Latinx en la Escuela de Religión del Pacífico, Berkeley, California. Es autor de LGBTQ+ Educators in Catholic Schools: Embracing Synodality, Inclusivity, and Justice, Educadores LGBTQ+ en Escuelas Católicas: Abrazando la Sinodalidad, la Inclusividad y la Justicia«) y coeditor de Cornerstones: Sacred Stories of LGBTQ+ Employees in Catholic Institutions  («Piedras Angulares: Historias Sagradas de Empleados LGBTQ+ en Instituciones Católicas«).

Las lecturas litúrgicas de hoy para la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz se pueden encontrar aquí.

Fue difícil crecer como persona queer y católica en Puerto Rico.

Cuando me di cuenta de que me atraían otros chicos, entré en una crisis espiritual. Debido a mi educación y a lo que me enseñaron en la iglesia, pensé que mi identidad queer era una cruz que debía cargar. Creía que mi deber era sufrir por mi identidad queer e intentar seguir a Jesús lo mejor que pudiera. Durante años, cargué con esa carga. Pero con el tiempo, aprendí que mi identidad queer no era la cruz. La cruz era algo completamente distinto.

A través de terapia, dirección espiritual y mucho baile en bares gay, me di cuenta de que mi identidad queer no era una cruz. Mi verdadera cruz era la intolerancia social que encontré en la sociedad y a lo largo de mi crianza. La cruz era la exclusión alimentada por una teología estrecha y una enseñanza rígida y obsoleta. La cruz también era el racismo que sentía, incluso en algunos espacios queer, como puertorriqueño moreno y queer. La cruz eran los intentos, sutiles y directos, de avergonzarme por ser quien era. Ese era el sufrimiento que cargaba. Esa es mi cruz.

También me di cuenta de que mi condición queer es un regalo de Jesús que me permitió cargar con las cruces de la intolerancia y la opresión. Mi condición queer me dio resiliencia, imaginación, creatividad, alegría y conexión con otras personas marginadas. Me brindó una manera de solidarizarme con quienes llevan cargas pesadas. Lejos de ser mi maldición, mi condición queer se convirtió en una fuente de vida, una lente a través de la cual pude ver a Jesús con mayor claridad.

La Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz de hoy trata sobre esta paradoja: el mismo instrumento de tortura y humillación —la cruz— se convierte en el signo de la victoria y el amor de Dios. Las lecturas litúrgicas de hoy nos invitan a reflexionar sobre ese misterio.

En la primera lectura del Libro de los Números, los israelitas se quejan en el desierto, y serpientes venenosas los abaten. Dios le ordena a Moisés que levante una serpiente de bronce para que quienes la miren vivan. Esa extraña y casi inquietante historia presagia la Cruz. En el pasaje de hoy del Evangelio de Juan, Jesús mismo explicita la conexión: «Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que cree en él tenga vida eterna». La misma causa de la muerte —la serpiente— se convierte, al ser levantada, en el medio de sanación. Y la misma causa de humillación de Jesús —la cruz— se convierte en la fuente de salvación.

Paradojas como estas no son ajenas a las personas queer. A muchos nos han dicho que nuestras identidades son una maldición, una vergüenza o un pecado, y muchos interiorizamos ese mensaje mortífero y lo creemos de todo corazón. Sin embargo, cuando aceptamos quienes somos como hijos amados de Dios, nuestras vidas se convierten en signos de gracia. Cuando nos aferramos a nuestra identidad queer y elevamos nuestra alegría queer, las mismas partes de nosotros mismos que otros rechazaron se convierten en los instrumentos de nuestra sanación y nuestro mayor regalo al mundo.

San Pablo capta este misterio maravillosamente en el pasaje de hoy de la Carta a los Filipenses: «Cristo Jesús, siendo en forma de Dios, se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, humillándose hasta la muerte, y muerte de cruz». La vida de Jesús es un ejemplo de cómo debemos abrazar la plenitud de nuestra humanidad, regocijarnos en quienes somos y, cuando nos enfrentamos a la muerte, permanecer firmes en nuestro amor para resurgir victoriosos.

Por eso puedo decir: Jesús es queer. No necesariamente en el sentido de atracción o identidad sexual, aunque quizás lo era en ese sentido (¿quién sabe?). Jesús era queer en el sentido de que sabe lo que es vivir de forma diferente, ser incomprendido, ser marginado, ser excluido por las autoridades religiosas de su época, y aun así mantenerse firme en su identidad. Jesús quebró las normas de poder, pureza y pertenencia al desafiar las suposiciones opresivas de la época. Nos mostró que el amor de Dios no se ajusta a las categorías humanas de respetabilidad o decencia. Proclamar a Jesús como queer es proclamar que Él comprende profundamente lo que significa vivir al margen y, lo más importante, convertir esa marginalidad en gracia y salvación.

En esto reside la esperanza de la Cruz. La Cruz no glorifica el sufrimiento por sí mismo. Lo nombra por lo que es: injusto, cruel, impuesto por una injusticia directa y sistémica. La Cruz nos muestra que el sufrimiento no es la última palabra. La Resurrección lo es. La Vida lo es. El Amor lo es. Exaltar la Cruz no es decir: «Sufrir es bueno». Es decir: «A través de nuestras vidas, Dios transformará incluso esto».

Para mí, esto significa que mi condición queer no es la causa de mi sufrimiento; más bien, mi condición queer es el don del Espíritu que me ayuda a soportar e incluso a transformar el sufrimiento causado por la exclusión, el racismo y la vergüenza. Mi condición queer me conecta con el misterio de la Cruz, donde el amor de Dios se encuentra con el dolor humano y abre nuevas posibilidades.

—Ish Ruiz, Escuela de Religión del Pacífico, 14 de septiembre de 2025

Fuente New Ways Ministry

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