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La lámpara de Diógenes. “Gaudete” viviendo para…

Jueves, 5 de marzo de 2020

AYpdei10_400x400El lector me excusará de ofrecerle hoy una reflexión abstrusa, aunque solo aparentemente. De atreverse a seguirla y de renunciar al divertimento de una lectura fácil y placentera, seguro que le sacará buen provecho. El título nos pone en el umbral de la sabia reflexión del delirante y austero Diógenes tratando de poner en evidencia la locura, la artificiosidad, el rango social y el engaño de quienes no han descubierto que la honestidad es el alimento propio de la humanidad.

De dónde y a dónde

Desde que nuestro cerebro se desarrolló y adquirimos la capacidad de pensar en abstracto hace unos cuantos milenios, no hemos podido menos de cavilar sobre nuestro origen y destino y, más en concreto, sobre las razones por las que estamos aquí. Las archisabidas cuestiones de dónde venimos, a dónde vamos y por qué existimos de la forma en que lo hacemos se nos plantean a todos en las más diversas circunstancias, si no con frecuencia, sí al menos alguna vez a lo largo de nuestra vida. Pero justificar nuestra existencia, habida cuenta de cuanto la rodea, es tarea harto difícil.

A pesar de lo mucho que la humanidad ha llegado a saber sobre qué es y cómo funciona el Universo y sobre la materia-energía de que está compuesto, no puede decirse que sea mucho lo que sabemos sobre las grandes cuestiones que más nos conciernen. No obstante, todo lo que lenta y laboriosamente hemos ido descubriendo sobre el mundo y las leyes que rigen su imparable expansión, además de mejorar nuestra propia vida, sirve para calmar ansiedades y colmar curiosidades.

El epicentro

Aunque muchos de los avances científicos se produzcan por la necesidad imperiosa de protegerse y por el afán insaciable de apropiarse de los bienes de la naturaleza o de arrebatar a los demás seres humanos lo poco que poseen, lo cierto es que todo paso adelante nos enriquece colectivamente. Adquirimos así un poder al precio de cargar sobre nuestras espaldas la responsabilidad de conservar cuanto manipulamos. Pero los comportamientos depredadores activan las alarmas (Cumbre Climática que trata de sacar algo en claro esta misma mañana) y provocan afortunadamente la proliferación de asociaciones para defenderse de la agresiva naturaleza y de la propia sed de sangre.

Lo correcto es contemplar al hombre como clave de su propio acontecer. Tras haber logrado una alta calidad de vida para muchos, el hombre ha vencido la gravedad de la Tierra y explorado otros sistemas. Sus arriesgadas proezas aeronáuticas mejoran sus conocimientos y abren camino hacia otros mundos con la expectativa de fabricar un hábitat para cuando nuestro pequeño planeta se vuelva inhóspito por agotamiento de recursos o por algún cataclismo circunstancial.

Religión y moral

Pero en torno al hombre giran, además de las investigaciones y aventuras científicas y técnicas, la moral y la religión, las dimensiones vitales más determinantes de su conducta. En cuanto a la moral, el principio regulador apunta a la mejora de todas las vertientes de la vida, evitando peligros y daños y favoreciendo su desarrollo. De ahí que sean reprobables las continuas agresiones que nos infligimos a nosotros mismos, consumiendo sustancias peligrosas o acometiendo deportes de gran riesgo, y a los demás, esquilmando los recursos naturales y envenenando el medioambiente.

En lo referente a la religión, solo un iluso podría mantener hoy que gira en torno a Dios o que Dios es quien dicta las leyes y muestra el camino de salvación. Cuantos ídolos o dioses pululan en el firmamento cultural humano son hechura humana, muchas veces especulativa e interesada. Por lo general, responden a necesidades precisas o al deseo de perdurar en el tiempo en situación de placidez. La palabra “dios” ha sido posiblemente la más manipulada del diccionario a conveniencia de individuos sin escrúpulos o de grupos depredadores. El recurso a poner en boca de Dios lo que uno mismo quiere comunicar y a colocar las debilidades humanas al abrigo de un brazo protector sirve para arrancar servidumbres en quienes buscan resolver sin esfuerzo sus precariedades presentes y sus miedos.

El Maestro

Sin embargo, a lo largo de la historia han surgido muchos líderes que se han proclamado mensajeros del Altísimo. ¿Iluminados o farsantes? Seguro que lo han sido la mayoría, pero sería injusto meter a todos los “profetas” en ese saco. Afortunadamente, ha habido “maestros” capaces de abrir y desbrozar caminos de desarrollo, de bondad y de esperanza. A los farsantes los delatan su fanatismo y sus intereses depredadores, mientras que a los auténticos los aureolan su bondad y su heroísmo.

Sean cuales sean los contenidos reales de la personalidad histórica de Jesús de Nazaret, lo cierto es que sus seguidores lo han convertido en signo de contradicción: mientras a unos les ha servido para doblegar, zaherir y sacrificar a sus díscolos seguidores, otros han sufrido martirio por su causa al acoplar su vida a las consignas evangélicas. La línea divisoria entre unos y otros es la causa del hombre, por quien Jesús apostó fuerte, seguramente más que ningún otro conocido, al trazar el camino de las bienaventuranzas.

El problema

Surgidos de la materia por fuerzas creativas o carambolas químicas que escapan por completo a nuestro propio control, vivimos en un mundo que nos sobrepasa. Cierto que sabemos mucho sobre la materia y sus leyes e incluso sobre nuestra condición de pensantes autónomos, pero nos asombra descubrir a cada paso que el horizonte anhelado se aleja. Y, en el supuesto de lograr pronto sustanciales mejoras, nuestra capacidad de maniobra en el Universo seguirá siendo muy limitada. Seamos producto de una naturaleza caótica, como defienden muchos, o de una inteligencia superior, como dicen otros tantos, lo cierto es que no somos artífices de nuestro propio existir. En este contexto, nunca encontraremos mejor referencia reguladora de la conducta humana que nuestra propia vida.

Hacia esa vida debemos orientar nuestras conquistas gnoseológicas y técnicas, nuestro saber y dominio de los fenómenos naturales. Científicos y predicadores deben orientar sus esfuerzos en esa dirección. Lo que se extralimite terminará indigestándosenos o envenenándonos. El auténtico cristianismo da de lleno en el clavo al proclamar que el Dios desconocido e inalcanzable, el del enigmático “Soy el que soy”, se encarna en un ser humano y se exhibe en la biografía de cada cual haciéndose llamar “padre” y pidiendo trato de tal.

El hombre es, pues, la clave de todo quehacer. Debemos favorecer nuestra existencia y rechazar cuanto la obstaculiza. Debemos propugnar más y mejores valores y achicar la fuerza de sus correspondientes contravalores. La humanización requiere realzar el largo listado de las denuncias que el pobre-rico Diógenes hacía de cuantos ricos-pobres pululamos por doquier, encadenados por codicias insaciables (contrasta poderosamente la pobreza-riqueza de Diógenes, hombre honesto sin bienes ni necesidades, con nuestra riqueza-pobreza de hombres deshonestos atiborrados de bienes y necesidades).

Un hombre cualquiera, incluso el más depravado y deteriorado, es más importante que el dinero, la bandera, la patria, la democracia, el evangelio y hasta Dios mismo. Patria y Dios pierden su razón de ser sin el hombre. Es locura vituperable entregarse a una causa sagrada que dañe a un solo hombre. Tan esclarecedora luz debería ayudarnos a ver los zarzales en que con tanta frecuencia nos metemos. Por paradójico que resulte, a la divinidad anhelada solo se accede escalando la dura senda del servicio incondicional y omnímodo a los seres humanos.

Ramón Hernández Martín

Fuente Fe Adulta

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“Hacia una ética ecológica integral”

Lunes, 24 de febrero de 2020

emryk1gwsaektta-655x368-1Salvador Capote.
Miami (USA).

ECLESALIA, 13/01/20.- La cumbre mundial sobre el clima que tuvo lugar en Madrid en la primera mitad de diciembre de 2019 (COP25), que bien pudiera llamarse cumbre de la irresponsabilidad, terminó con decepcionantes desacuerdos entre las partes, ausencia casi total de compromisos concretos y evasión de responsabilidades por parte de los grandes países contaminantes.

En mi opinión, la causa profunda del fracaso de la cumbre de Madrid y de otros eventos similares, es que no se acaba de entender que la crisis ambiental y la crisis social no existen por separado sino que ambas afectan a la naturaleza y al hombre como ser social al mismo tiempo, que la humanidad se enfrenta a una crisis socioambiental en la que la preservación del medioambiente se entrelaza en forma compleja y cada vez con mayor amplitud en el transcurso del tiempo, con la necesidad de combatir la pobreza, de reducir las enormes desigualdades, tanto entre individuos y sectores sociales como entre naciones, y de reconocer y respetar la dignidad de los excluidos, entre otros candentes problemas sociales.

Sólo a título de ejemplo, mencionaré como se articula en esta problemática uno de los factores más importantes, el crecimiento demográfico. La población humana aumentó de 3 billones en 1960 a 7.7 billones en la actualidad (más del doble) y, según estimados de la ONU, alcanzará un pico de 10.9 billones alrededor del año 2100. Asociado a este crecimiento tenemos que considerar su impacto sobre los ecosistemas, el cual depende a su vez de múltiples factores, como los hábitos exagerados de consumo, la desigual distribución de la riqueza, las políticas que ignoran los derechos de la mujer a la educación, salud, independencia económica y planificación familiar, y el agotamiento de los recursos naturales debido al desmedido afán de lucro de los poseedores de capital que se inicia con la Revolución Industrial y se acentúa en esta era de la globalización, entre otros muchos.

Resulta imprescindible un enfoque integral de la crisis que tenga en cuenta, simultáneamente, sus aspectos medioambientales y sociales. Entre estos últimos, en nuestro tiempo, es de la mayor importancia todo lo relacionado con la diversidad cultural. Cualquier intento de rectificación de políticas ecológicas requiere, por tanto, de una aproximación integral, holística, que vincule la ecología con los fenómenos sociales. El camino a seguir es construir una ética ecológica que, inevitablemente, condenaría el orden económico que prevalece en el mundo actual, con su caos productivo, despilfarro, guerras de rapiña y las enormes desigualdades que genera. El enfoque axiológico debe presidir los programas de protección de la naturaleza. Preservar, por ejemplo, especies animales o vegetales en peligro de extinción mientras se olvida que millones de seres humanos sufren en el mundo una degradante miseria, o bloquear económica, comercial y financieramente poblaciones enteras para obligar a la aceptación de un poder hegemónico, como se ha impuesto a Cuba durante las últimas seis décadas es, por decir lo menos, una conducta hipócrita.

Sabemos que el avance hacia una ecología integral tropieza con dificultades que pudieran parecer insuperables. Entre ellas, el egoismo de los que ostentan el poder y la riqueza. ¿Qué misteriosa fuerza telúrica podría convencer a los que ni siquiera saben qué hacer con lo que poseen de la urgencia de limitar el derroche, de pasar a un modo de vida más simple y austero, de alcanzar la sostenibilidad?. Esta idea, por cierto, no es nueva. El escritor norteamericano Henry David Thoreau (1817-1862), desde su cabaña a orillas del lago Walden, en su obra Life in the Woods (1854) abogó por una vida más simple y austera (“¡Simplify, simplify…”) y tuvo una gran influencia póstuma en los mediambientalistas radicales de la década de 1960 y posteriores.

No puede haber solución a los problemas ecológicos si se niega la existencia de una crisis socioambiental, se ignoran consideraciones éticas y se fragmenta la realidad. El camino de la rectificación pasa por el desarrollo de una ética ecológica integral que abarque no sólo a nuestra especie sino a todos los seres vivos y al mundo inanimado que nos rodea. Por otra parte, para que tenga éxito, todo programa para combatir la pobreza a gran escala tiene que ir acompañado de programas paralelos de protección de la naturaleza, como bien explica el Papa Francisco en Laudato si, primera encíclica de un papa en el tema ecológico. Un primer paso de avance en esta rectificación sería el reconocimiento universal de que todo ser humano, sin exclusión alguna, tiene derecho a que se respete su dignidad como persona y a disfrutar racionalmente y en paz de los bienes que ofrece la madre naturaleza.

Lamentablemente, el tiempo que tenemos para rectificar se agota rápidamente y ésta no es posible sin cambios radicales en las estructuras de poder que existen en el mundo. La biodiversidad global declina aceleradamente; más de un millón de especies animales y vegetales desaparecerán del planeta en las próximas décadas. En octubre de 2018 el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático de la ONU advirtió que sólo nos quedaban aproximadamente once años (diez ahora) para realizar los grandes cambios sistémicos necesarios para salvarnos de la destrucción ecológica. La advertencia podría percibirse como demasiado apocalíptica, pero lo cierto es que estamos corriendo el riesgo de dejar a nuestros hijos y a nuestros nietos un mundo además de injusto y violento, degradado, contaminado y empobrecido.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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“Desafío global”, por Benjamín Forcano

Jueves, 14 de noviembre de 2019

hombre-y-tierra-seca-fondoSin un cambio de paradigma la nave Tierra-Humanidad se va a pique

Benjamín Forcano, teólogo,
Madrid.

ECLESALIA, 21/10/19.- “Habría que cambiar el orden asesino del mundo. Una banda internacional de especuladores, sin alma ni corazón, han creado un mundo de desigualdad, de miseria y de horror. Es urgente poner fin a su reinado criminal” (Jean Zieger).

Aunque tarde, parece que hemos llegado al momento de tomar conciencia de la necesidad de una ética planetaria. Lo está reclamando la crisis estructural y terminal que estamos atravesando. Estructural porque afecta a la totalidad y terminal porque el sistema no dispone ya de mecanismos internos para restañar sus contradicciones y superarlas.

La gravedad de la crisis se hace patente en una doble vertiente.

Socialmente, el proceso productivo está guiado por una lógica de apropiación de los bienes, que se caracteriza por el uso de una biotecnología para producir sin límites, el beneficio para pequeñas élites de países o clases sociales, el desfase entre el capital productivo (unos 35 trillones de dólares) y el capital especulativo (alrededor de 100 trillones), la acumulación de las riquezas por un lado y de la pobreza por otro, olvido de los desposeídos.

Ecológicamente, el sistema camina imparable hacia un consumo ilimitado. Poseído por una voracidad irracional, somete a una degradación constante a la naturaleza, la explota y rompe su equilibrio dinámico. Es justa, por tanto, la alarma de que esta situación no puede continuar si queremos sobrevivir. El neoliberalismo ha impuesto a la economía el rumbo de un crecimiento ilimitado, más información y más robotización, siempre con la mirada fija en el dominio total y en el lucro.

La situación es tal que se requiere un cambio de paradigma. O introducimos un cambio en nuestra mente, o la nave Tierra-Humanidad va a pique.

La dificultad está en que nosotros, eurocéntricos y modernos, arrastramos una mentalidad dualista, cartesiana-newtoniana, que contrapone el hombre a la tierra, haciendo de él un ser extraño y hostil que está sobre la tierra y contra ella, mirándola como un conjunto de recursos y materias primas que puede explotar indefinidamente.

En este sentido, se han venido abajo dos ilusiones: la de creer que La Tierra es inagotable y la de que nuestro progreso hacia el futuro es ilimitado. Llevamos así, cuatrocientos años y el modelo ha quebrado.

El saber ecológico quiere hacernos comprender que entre todos los seres hay una acción e interacción mutua, de modo que todos constituyen una comunidad cósmica, como un gran sistema homeostático.

La singularidad de la ciencia ecológica reside en la transversalidad, es decir, en afirmar que un conocimiento adecuado del universo no es posible sin relacionar todas nuestras experiencias y formas de saber, dando lugar a una captación holística de la realidad. Con razón, el econocido ecólogo brasileño Lutzeberger definía la ecología como “la ciencia de la sinfonía de la vida, la ciencia de la supervivencia”.

Ocurre, pues, que el objetivo perseguido se ha vuelto contra nosotros: de dominadores hemos pasado a ser dominados. La calidad de vida se ha degradado, dos tercios de la humanidad sufren subdesarrollo y pobreza, va a más la desintegración del equilibrio ambiental, aumenta el ejército de los trabajadores excluidos.

La ciencia y la técnica pueden liberar al hombre de muchas de sus necesidades, pero el hombre tiene hambre no solo de pan, y eso no queda garantizado con los meros recursos de la tecnología. El destino común exige, por tanto, un cambio de rumbo.

Tal cambio lo apunta la comprensión del nuevo papel del hombre en la evolución del cosmos: “La biología molecular aportó una contribución fantástica demostrando la universalidad del código genético: todos los seres vivos, desde la ameba más primitiva, pasando por los dinosaurios, por los primates y llegando hasta el homo sapiens/demens de hoy, emplean el mismo lenguaje genético, formulado fundamentalmente por cuatro letras básicas: la A (adenina), la C (citosina), la G (guanina), y la T (timina) para producirse y reproducirse” (L. Boff, Ecología de la tierra, grito de los pobres, Madrid, Trotta, 1996, p.24).

Todo esto nos lleva a aprender una nueva forma de comunicación con la totalidad de los seres y sus relaciones. Está emergiendo una nueva sensibilidad para con el planeta en cuanto totalidad.

Son muchas las culturas que han hablado, muchos los caminos que se han abierto y todos necesitamos ayudarnos para mejorar los desafíos de los más variados sistemas.

Sencillamente estamos descubriendo que por delante, por encima y por abajo de todos los hallazgos y laberintos se halla nuestra casa perdida, nuestro hogar común olvidado: La Tierra, la Comunidad humana y Cósmica.

Ya no admitimos que La Tierra sea una simple reserva físico-química de materias primas. Es un organismo extremadamente complejo y dinámico. Es la gran Madre que nos nutre y transporta. Desde esta nueva percepción , entendemos que la ciencia y la técnica ya no pueden estar contra la naturaleza sino con ella y a favor de ella. La Tierra y la Humanidad aparecen como una única entidad, un único ser complejo: no somos extranjeros en La Tierra, sino hijos de ella, somos La Tierra misma en su expresión de conciencia, de libertad y de amor.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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“El silencio de los corderos”, por Miguel Ángel Munárriz

Miércoles, 9 de octubre de 2019

286450601-cordero-pastor-baston-acariciarEstán en todas partes. Los vemos a montones en el patio de los colegios cuando vamos a recogerlos. Los vemos también gozando y alborotando en los columpios o en los parques de nuestras ciudades; o corriendo por las calles, o de la mano de sus padres, o sentados en su silleta porque todavía no saben andar. Convivimos con ellos porque son nuestros hijos o nuestros nietos, les decimos que les queremos, les damos todo lo que necesitan, disfrutamos con sus gracias, con sus ocurrencias, nos sentimos felices a su lado… pero estamos aniquilando su futuro con nuestro modo de vida…

Y no solo estamos hablando de que van a tener que soportar unos veranos asfixiantes, o que no se podrán bañar en las playas donde nosotros nos bañábamos porque habrán desaparecido —que también—, sino de cosas que van a condicionar radicalmente sus vidas.

Estamos hablando de que los informes solventes más optimistas afirman que van a padecer una escasez trágica de recursos esenciales para la vida debido a la pérdida de cosechas y la destrucción de los océanos, y que, como consecuencia de ello, se va a producir una situación caótica con migraciones masivas en busca de estos recursos y conflictos generalizados por obtenerlos. Estamos hablando de que van a estar sometidos a todas las enfermedades tropicales como la malaria o el dengue; o que la supervivencia dejará de ser algo que se da por supuesto; o que su esperanza de vida va a quedar seriamente mermada…

Y esto, querámoslo o no, es lo que les espera, pero nosotros hemos creado un espejismo que nos hace vivir ajenos a su futuro. Actuamos como si nada estuviese ocurriendo, sin renunciar a una vida de despilfarro que está acabando con su mundo. Sí, con su mundo, que será muy distinto al nuestro. Ellos son las víctimas, los que van a pagar a doblón nuestros excesos, pero no tienen voz ni tienen voto en este asunto.

Y es este panorama, ya irreversible, el que nos está llevando a muchos a denostar esta cultura cientifista que está engullendo cualquier vestigio de humanismo que pudiese quedar en nosotros. El que nos hace maldecir a todos los mentecatos que a lo largo de la historia nos han asegurado que a través de la ciencia íbamos a controlar la Naturaleza, vencer las enfermedades y lograr en esta vida la felicidad que la religión sitúa después de la muerte. A recelar —por decirlo suave— de aquellas personas influyentes que, haciendo gala de una irresponsabilidad supina, niegan la realidad y propician que nuestra agresión al mundo natural siga en aumento. A perder la fe en un mundo que muestra tal insensibilidad ante lo que está ocurriendo.

Todos hablamos de ecología; la ecología se ha convertido en el mejor eslogan político y comercial de la historia, pero es puro cinismo. Lo cierto es que todos, sin excepción, podríamos hacer mucho más por nuestro mundo… pero no estamos dispuestos a variar un ápice nuestros hábitos, y así esto no tiene remedio.

Cada vez es menor el número de personas que niegan el cambio climático, pero si Ud. es una de ellas, o si alberga dudas al respecto, me voy a permitir enunciar aquí un principio que está generalmente aceptado por aquellos que habitualmente toman decisiones importantes. Dice así: “En decisiones de mucha envergadura hay que dar más peso a los pronósticos negativos que a los positivos, pues las consecuencias catastróficas que acarrearía la confirmación de los primeros, son de un orden de magnitud muy superior a los inconvenientes que pudieran derivarse de sus contrarios”. Es decir, en caso de duda, actúe como si el cambio climático fuese una realidad tan cruda como nos la presentan los expertos más pesimistas.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

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“¿Otra “Misión, la Luna”? No. Ahora más que nunca en el pasado, “¡Misión, la Tierra!””, por Federico Mayor Zaragoza

Jueves, 8 de agosto de 2019

mundo-en-la-caraEstos días se celebra el 50 aniversario de la feliz culminación del viaje a la Luna. Los primeros pasos de un ser humano en el bellísimo satélite del planeta Tierra. No cabe duda de que desde un punto de vista científico representa un motivo de satisfacción por todos los conocimientos y técnicas que implica. Pero ahora, al revisar la historia de estos cincuenta años, debemos apresurarnos a corregir tantos y tantos aspectos que ensombrecen el éxito espacial alcanzado en 1969. Las inmensas inversiones que se requerirían para repetir la hazaña en 2024 no tienen la menor justificación social ni ética.

Al inicio de siglo y de milenio se prepararon una serie importante de pautas de conducta colectiva para que la comunidad científica tuviera sobre todo en cuenta, no el brillo de unos cuantos, sino el bienestar y la calidad de vida del conjunto de los seres humanos: la Declaración y Programa de Acción sobre una Cultura de Paz de 1999, la Carta de la Tierra y la Declaración de Derechos Fundamentales de la Unión Europea en el año 2000… ponían de manifiesto la necesidad apremiante de tener en cuenta antes que nada las cinco prioridades de las Naciones Unidas (alimentación, agua potable, servicios de salud de calidad, cuidado del medioambiente y educación).

Estas son las prioridades que ahora, mirando a los ojos de nuestros hijos y asumiendo nuestras responsabilidades intergeneracionales debemos tener en cuenta. Ahora, “Misión la Tierra”. Ahora un nuevo concepto de seguridad que permita atender la calidad de vida de tantas personas que hoy malviven en unas condiciones inhumanas, desprovistas de lo más elemental. No me canso de repetir que es una vergüenza insoportable desde un punto de vista ético que cada día se inviertan en armas y gastos militares más de 4000 millones de dólares al tiempo que mueren de hambre y extrema pobreza miles de personas, la mayoría niñas y niños de uno a cinco años de edad.

El gran dominio” (militar, financiero, energético, mediático), expresado a través de los grupos plutocráticos neoliberales, solicita más dinero para la defensa territorial… sin tener en cuenta a los habitantes de estos territorios tan bien protegidos. Miles de efectivos humanos y técnicos para la defensa, con una precariedad total de medios humanos y técnicos frente a incendios, inundaciones, tsunamis, terremotos y otras catástrofes naturales. En 2015, gracias a las Naciones Unidas –tan marginadas por el Partido Republicano de los Estados Unidos- y al Presidente Obama, hubo un destello de esperanza al suscribirse los Acuerdos de París sobre el Cambio Climático y aprobarse en la Asamblea General de las Naciones Unidas la Agenda 2030 “para transformar el mundo”.

El Presidente Trump advirtió, inmediatamente después de su nombramiento, que no pondría en práctica ninguna de las medidas suscritas por su antecesor.

Y silencio. Silencio de la Unión Europea, tan insolidaria; silencio de la mayoría de los países que conforman el sistema multilateral; silencio de las comunidades científica, académica, artística… Silencio. Delito cómplice de silencio.

No más inversiones en artilugios bélicos y espaciales. No más manos cerradas, armadas, alzadas. Ahora manos abiertas al abrazo, a la solidaridad, al incremento de los fondos para la investigación biomédica sobre cáncer y enfermedades neurodegenerativas… para hacer frente al ébola y otras pandemias… para un medio ambiente de calidad, “para una vida digna”.

Ha llegado el momento de la transición histórica de la fuerza a la palabra. No podemos seguir callados. Sí, ha llegado el momento de que sean “los pueblos”, liderados por las mujeres y los jóvenes más avisados, los que tomen la palabra y decidan actuar en consecuencia.

No. Otra “Misión, la Luna” o “Misión Marte”, NO. Ahora, “¡Misión, la Tierra!”.

Federico Mayor Zaragoza

18 Jul 2019

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Mayday, mayday; nos hundimos.

Martes, 7 de mayo de 2019

Knight-ThunbergParliamentGreta Thumberg

Me van a permitir que comience dándoles mi opinión, y es que el calentamiento global (el nunca suficientemente aludido cambio climático) se ha convertido ya en el mayor problema al que se ha enfrentado la humanidad en toda su historia. Y puede sorprenderles la contundencia de esta afirmación, pero todo apunta a que va a provocar incomparablemente más muertes que las dos grandes guerras, y que una vez desencadenado puede durar cientos o miles de años. La ONU nos habla de escasez dramática de los recursos necesarios para la vida, y Stephen Howking (y otros muchos) de extinción de la especie humana.

Un inciso, si llegados a este punto Ud. piensa que todo es un camelo de gente catastrofista, o que nos están engañando en aras de dios sabe qué, le recomiendo que lo deje aquí y a vivir que son dos días, pero si no, puede ser que le interese lo que viene a continuación.

He visto el discurso de Greta Thumberg (activista sueca de 16 años) en la XIV Conferencia sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas, y quiero comenzar mostrando mi identificación con sus palabras. Salvo excepciones, los líderes mundiales se están comportando como auténticos irresponsables ante este descomunal problema; como si no fuese con ellos. Y esto es aplicable a la extrema derecha, a la derecha, al centro, a la izquierda y a la extrema izquierda, es decir, a todo el arco político convertido en títere de los intereses económicos.

Pero creo que el discurso queda cojo si lo focalizamos solo en ellos. Los líderes mundiales pueden legislar para paliar el problema, pero somos nosotros, todos y cada uno de nosotros (Ud. y yo) los que lo estamos provocando; los que estamos derrochando energía, demandando un tren de vida insostenible y contaminando el planeta con nuestros desperdicios. Cuando echamos la culpa a los ricos debemos ser conscientes que todos nosotros nos estamos comportando como nuevos ricos cretinos e insolidarios; que todos nosotros estamos viviendo por encima de las posibilidades de una humanidad que habita un ecosistema limitado, frágil y vulnerable.

Alimentamos el problema cuando derrochamos calefacción, o aire acondicionado, o electricidad, o agua caliente; cuando usamos el coche para desplazarnos habiendo otras alternativas; cuando tenemos las puertas de nuestro comercio abiertas calentando las aceras en invierno y enfriándolas en verano; cuando mantenemos nuestro local o nuestra casa más caliente en invierno que en verano… Sería muy saludable que nos hiciésemos permanentemente esta reflexión: lo que yo derrocho debo multiplicarlo por cuatro mil millones para poder hacerme una idea del impacto de mis actos sobre la Naturaleza. Por supuesto, esa enorme cifra corresponde al número de personas con capacidad de herir a la Naturaleza y con el mismo derecho que yo para hacerlo.

¿Y qué se supone que podemos hacer?… Pues me temo que solo hay un camino para desactivar el mecanismo de relojería que va a hacer saltar todo por los aires, aunque afortunadamente podemos recorrerlo sin ayuda de los líderes. Las cumbres del clima no van a paliar jamás el problema, y la mejor prueba de ello es la cumbre de París cuya fórmula fue “más tecnología y más economía”; es decir, más de lo que nos ha llevado al desastre. La única solución es la austeridad generalizada. Podemos elegir una austeridad voluntaria desde ahora, o una austeridad caótica y trágica dentro de unos años. En una conferencia que dio en Pamplona Jon Sobrino SJ, nos decía: “Debemos caminar hacia la cultura de la austeridad compartida”. Y ya sabemos que esta fórmula choca contra todo principio económico, pero si alguien piensa que de ésta vamos a salir indemnes es que está loco.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Fuente Fe Adulta

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Judíos, cristianos y musulmanes, juntos contra el cambio climático

Domingo, 30 de julio de 2017

istock-480500124-1_560x280Resultado de una crisis humana

“Es una herejía pensar que nuestra cultura del malgasto es sostenible”

“Los representantes cristiano y judío no estuvieron de acuerdo en que el cambio climático sea un castigo divino, pero sí compartieron la responsabilidad que tienen, como líderes religiosos, de educar para erradicar prácticas nocivas”

Tres referentes de las religiones monoteístas se reunieron en Jerusalén para hablar sobre el deber de educar a sus fieles en lo referente a cambio climático e instaron a los gobiernos a instrumentar políticas que preserven el planeta.

El custodio en Tierra Santa, fray Francesco Patton, el cadí (juez) de la corte musulmana Sharía en Israel, Iyad Zahalka, y el rabino jefe del Comité Judío Americano, David Rosen, señalaron que el cambio climático no es resultado de una crisis natural, sino humana.

Los tres ponentes citaron fuentes de sus textos sagrados y tradiciones religiosas para apoyar el argumento de que cualquier actitud ética pasa por preservar el lugar donde viven los seres humanos, más allá de sus credos. También coincidieron en argumentar que la obligación de los fieles garantizar el bienestar de las futuras generaciones.

“El Papa Francisco se ha referido en diversas ocasiones en su encíclica Laudato si’ a la obligación que tenemos de cuidar a nuestros hermanos y hermanas, y nuestro hogar”, dijo el franciscano Patton.

El rabino Rosen citó el Deuteronomio y subrayó que “siempre hay que elegir la vida por encima de todo, preservar el lugar donde vivirás y donde vivirán tus hijos”.

En tanto, el cadí Zahalka interpretó el calentamiento global como un castigo divino por no haber cuidado de la tierra que dios nos dio. El Corán dice que los seres humanos hemos recibido la gran responsabilidad de cuidar del planeta y cuanto peor está la situación más claramente vemos que hemos sido negligentes con nuestro deber y que Dios nos está castigando”.

Los representantes cristiano y judío no estuvieron de acuerdo en que el cambio climático sea un castigo divino, pero sí compartieron la responsabilidad que tienen, como líderes religiosos, de educar para erradicar prácticas nocivas para el medio ambiente y de exigir a los gobiernos que “fuercen” a las personas a ponerlas en práctica.

“Es una labor de todos, y urgente, y es una herejía pensar que se puede vivir aislado y que nuestra cultura del malgasto es sostenible”, dijo el rabino, tajante. Y fray Patton concluyó: “Si no nos importa la naturaleza, a la naturaleza no le vamos a importar nosotros, como se está viendo”.

Fuente Agencias/Religión Digital

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“Amenazas a la Madre Tierra y cómo hacerles frente”, por Leonardo Boff

Jueves, 5 de mayo de 2016

flores_en_el_desierto33Leído en la página web de Redes Cristianas:

Hay cuatro amenazas que pesan sobre nuestra Casa Común y que exigen de nosotros especial cuidado.

La primera es la visión pobre de los tiempos modernos de la Tierra sin vida y sin propósito: objeto de la explotación despiadada con vistas al enriquecimiento. Tal visión, que ha traído beneficios innegables, ha acarreado también un desequilibrio en todos los ecosistemas que ha provocado la actual crisis ecológica generalizada. Con ese afán fueron eliminados pueblos enteros, como en América Latina, se devastó la selva atlántica y, en parte, el cerrado.

En enero de 2015, 18 científicos publicaron en la famosa revista Science un estudio sobre “Los limites planetarios: una guía para un desarrollo humano en un planeta en mutación”. Enumeraron 9 aspectos fundamentales para la continuidad de la vida. Entre ellos estaban el equilibrio de los climas, el mantenimiento de la biodiversidad, la preservación de la capa de ozono, el control de la acidificación de los océanos. Todos estos aspectos se encuentran en estado de erosión. Pero dos, que ellos llaman los “límites fundamentales”, son los más degradados: el cambio climático y la extinción de las especies. La quiebra de estas dos fronteras fundamentales puede llevar a nuestra civilización al colapso.

En este contexto, cuidar la Tierra significa que al paradigma de la conquista, que devasta la naturaleza, debemos oponer el paradigma del cuidado, que protege la naturaleza. Este cura las heridas pasadas y evita las futuras. El cuidado nos lleva a convivir amigablemente con todos los demás seres y a respetar los ritmos de la naturaleza. Debemos producir lo que necesitamos para vivir, pero con cuidado, dentro de los limites soportables de cada región y con la riqueza de cada ecosistema.

La segunda amenaza consiste en la máquina de muerte de las armas de destrucción masiva: armas químicas, biológicas y nucleares. Estas armas, que ya están montadas, pueden destruir toda la vida del planeta de 25 formas diferentes. Como la seguridad nunca es total tenemos que cuidar que no sean usadas en guerras y que los mecanismos de seguridad sean cada vez más estrictos.

A esta amenaza debemos oponer una cultura de paz, de respeto a los derechos de la vida, de la naturaleza y de la Madre Tierra, la distensión y el diálogo entre los pueblos. En vez del gana-pierde, vivir el gana-gana, buscando convergencias en las diversidades. Esto significa crear equilibrio y generar el cuidado.

La tercera amenaza es la falta de agua potable. De toda el agua que existe en la Tierra solo el 3% es agua dulce, el resto es salada. De este 3%, el 70% va a la agricultura, el 20% a la industria y solamente un 10% va al uso humano. Es un volumen irrisorio, lo que explica que más de mil millones de personas vivan con insuficiencia de agua potable.

Tenemos que cuidar el agua de la Tierra y cuidar los bosques y las selvas, pues son las protectoras naturales de todas las aguas. Cuidar del agua exige velar para que las nacientes estén rodeadas de árboles y todos los ríos tengan su vegetación de ribera, pues esta alimenta las nacientes. Sucede que más de la mitad de las selvas húmedas han sido deforestadas, alterando los climas, secando ríos o disminuyendo el agua de los acuíferos. Lo que mejor podemos hacer siempre es reforestar.

La cuarta gran amenaza está representada por el calentamiento creciente de la Tierra. Es propio de la geofísica del planeta que este conozca fases de frío y fases de calor que siempre se alternan. Pero este ritmo natural ha sido alterado por la excesiva intervención humana en todos los frentes de la naturaleza y de la Tierra. El dióxido de carbono, el metano y otros gases del proceso industrialista han creado una nube que rodea toda la Tierra y retiene el calor aquí abajo. Estamos cerca de los 2 grados centígrados. Con esta temperatura todavía se pueden administrar los ciclos de la vida.

La COP21 de Paris a finales del 2015 creó un consenso entre los 192 países con el fin de hacer todo lo posible para no llegar a los 2 grados centígrados, y tender a 1,5 grados centígrados, el nivel de la sociedad preindustrial. Si sobrepasamos este nivel, la especie humana estará peligrosamente amenazada.

No sin razón los científicos han creado una nueva palabra para calificar nuestro tiempo: el antropoceno. Este configuraría una nueva era geológica, en la cual la gran amenaza a la vida, el verdadero Satán de la Tierra, es el propio ser humano con su irresponsabilidad y falta de cuidado.

Otros lanzan la hipótesis según la cual la Madre Tierra no nos querría mas viviendo en su Casa y buscaría la manera de eliminarnos, ya fuera mediante un desastre ecológico de proporciones apocalípticas o por alguna superbacteria poderosísima e inatacable, permitiendo así que las otras especies ya no se sientan amenazadas por nosotros y puedan continuar con el proceso evolutivo.

Contra el calentamiento global debemos buscar fuentes alternativas de energía, como la solar y la eólica, pues la fósil, el petróleo, el motor de nuestra civilización industrial, produce en gran parte dióxido de carbono. Tenemos que poner en páctica las distintas erres (r) de la Carta de la Tierra: reducir, reusar y reciclar, reforestar, respetar y rechazar las llamadas al consumo. Todo lo que pueda contaminar el aire debe ser evitado para impedir el calentamiento global.

* Leonardo Boff es columnista del JB online y escribió Los derechos del corazón, Paulus 2016.

Traducción de MJ Gavito Milano

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