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Navidad, Buena Noticia 2015-2016 ¡Que no os roben la fiesta!

viernes, 25 de diciembre de 2015
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12391435_529610237216173_3672702960567264176_n«Robamos»esta preciosa felicitación del blog de Xabier Pikaza:

Quiero anunciaros con Chanti la buena noticia: Ya veis, tres seres felices en su casa, Jesús con María y José, dos animales. Ha nacido en Belén, que es todos vosotros…

Y el deseo de que podáis superar la mala noticia: Nos pueden robar la Navidad, gentes que no creen en Dios ni Jesús, pero se aprovechan de la fiesta para vender y seguir oprimiendo, como si Jesús naciera de las tiendas ricas, de las colonias caras, de las armas eficaces y las guerras, en un mundo donde todo parece a la venta y se vuelve objeto de conquista

Con esta imagen queremos felicitaros la Navidad a todos los familiares y amigos, físicos y virtuales, todos reales, desde esa casa de San Morales donde Mabel se parece mucho a la Virgen María (algo asustada y muy feliz)… y donde el Niño es nuestra propia vida, que os ofrecemos, con un perrito que se asusta, y que se llama Zury…, y los pájaros que vienen con un signo de paz y un ramito de vida a la ventana…

Yo, el que voy tomando nota, me llamo Xabier, algunos ya me (nos) conocéis. Y así, con Mabel y con toda la casa, incluído el perrito y los pájaros, os deseo/deseamos una Navidad de Amor… Que no os la robe nada ni nadie, porque en vosotros también ha nacido y nace Dios.

Una buena noticia

Ciertamente, hay malas, como en la infancia de Jesús, con guerras y amenazas de Oriente y Occidente, a pesar de que Augusto (año 19 a.C.) tras vencer a los cántabros hispanos había decidido clausurar el Templo de la Guerra en Roma, pues decía que no habría ya más guerras.

Pero las hubo en aquel tiempo en que nació y vivió Jesús, con José y María. A pesar de ello, los tres abrieron un oasis de vida y esperanza en una casa de pueblo, como recuerda Mateo,con el perro en el suelo y el ave en la ventana

Así queremos que todos vosotros seáis un campo verde de paz. No necesitamos mucho, algo de amor (mucho, si se puede), un contexto sencillo, sin grandes regalos ni fiestas externa. En nuestra casa tenemos un perrito, unos pájaros, amor. Nos lo ha dado Jesús, os lo queremos ofrecer.

Todos los que estamos

Dicen que había nacido en una cueva-pesebre de pastores, con mulas y ovejas, y con ángeles del cielo en medio de la noche. pero ahora viven en una sencilla casa de pueblo, los tres con un perro amigo miedoso y fiel, con un ave de paz en la ventana.

El perro se llamaba Zury (blanco), aunque es negro por fuera, como tantos otros. Es un perro que piensa que su Dios le ha confiado la tarea de protegernos, aunque le dan algo de miedo los meneos de José con el niño, de manera que aparece asustado, aunque muy contento.

El pájaro de la ventana es, más bien, un «rebaño de pájaros» y se llaman Sifor, como tantos otros pájaros de la Biblia. Éste que veis tenía guardado desde el tiempo de Noé un ramito de olivo, para la Casa de la Paz, cuando llegara el niño, y había venido a traerla.

La madre era y es María, claro se ve. Estaba contenta loca de amor por el niño, y era feliz con José, pero a veces le daba la impresión de que era algo bruto con sus juegos, y tenía algo de miedo de que se le cayera al suelo. Por eso miraba y protegía…

Ciertamente, vendrán algunos otros… y nosotros iremos a la casa de otros, familiares, amigos… pero lo importante es lo que cabe en esta imagen-postal de Chanti, que os ofrecemos a todos.

José

En el centro de la escena está José. No pudo comprarle juguetes al niño, ni un tiovivo volador, pues no había dinero en la caja; los Magos no habían llegado… y los Pastores no pudieron dejarles casi nada. Por eso y, sobre todo, porque era un hombre feliz y bueno decidió educar al niño a su manera, con muchísimo cariño, con abrazos y voleas por el aire.

Era algo arriesgado. Le decían: ¡Vas a hacer daño al pequeño! Pero el pequeño, que se llamaba Jesús, estaba feliz de que su padre jugara con él de esa manera y le enseñara a reír, que tiempos peores vendrían más tarde…

Con esta imagen de Jesús os dejo, para que sigáis pensando, gozando y rezando, todo en uno, porque lo mejor que se le puede dar a Jesús (a todo niño) en Belén o en el mundo entero es muchísimo amor… y gestos de inmenso cariño, porque la medida del amor es no tener medida, y la medida de la paz empezar a cultivarla en la propia casa

Podían venir más, pero eran suficientes… los tres, todo el mundo, con perro y con pájaro

Los tres, la tierra entero en su casita de amor, una Navidad…un signo y principio de felicidad para todos los hombres y mujeres del mundo

Tuvo suerte Jesús, con su Madre y José, con el pájaro de la ventana y el perro esperándole en el suelo, para seguir jugando.

Os dejo con el letrero de San Agustín, que algo supo de Jesús… dicendo que la medida del amor es amar sin medida, como aprendió Jesús en casa de José y María.

(La imagen es de Chanti: Santiago González, Mendoza/Argentina, 1970
Sitio oficial: www.chanti.com.arhttp://mundochanti.blogspot.com/

Con un epílogo, García Márquez, Estas Navidades siniestras
http://elpais.com/diario/1980/12/24/opinion/346460406_850215.html

Hace 35 años, en la Navidad del 1980 publicó Gabo García Márquez en varios periódicos un trabajo entrañable sobre las Navidades Siniestras. Tenéis el link para leerlo, pero quiero ofreceros unas cuantas líneas:

Ya nadie se acuerda de Dios en Navidad. Hay tantos estruendos de cometas y fuegos de artificio, tantas guirnaldas de focos de colores, tantos pavos inocentes degollados y tantas angustias de dinero para quedar bien por encima de nuestros recursos reales que uno se pregunta si a alguien le queda un instante para darse cuenta de que semejante despelote es para celebrar el cumpleaños de un niño que nació hace 2.000 años en una caballeriza de miseria, a poca distancia de donde había nacido, unos mil años antes, el rey David.

954 millones de cristianos creen que ese niño era Dios encarnado, pero muchos lo celebran como si en realidad no lo creyeran. Lo celebran además muchos millones que no lo han creído nunca, pero les gusta la parranda, y muchos otros que estarían dispuestos a voltear el mundo al revés para que nadie lo siguiera creyendo.

((Éste es el riesgo de la Navidad…, que se nos puede convertir en fiesta para no creer en el Dios de Jesús… Una navidad donde parece que Jesús nace del Gran Comercio, en algún lugar escondido de las multinacionales de la ventas…, que lo mismo venden luces de color y renos voladores que armas reales que matan a la comerciando con con el hambre de millones de niños de la tierra)).

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«Qué es Dios para mí», por Bruno Álvarez

viernes, 11 de septiembre de 2015
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dios escondido Bruno Álvarez
Mendoza (Argentina).

ECLESALIA, 09/09/14.- A menudo, suelo preguntarme qué quieren decir las personas cuando utilizan la palabra “Dios”. Hablan de Él como si fuera una realidad evidente, algo que constatamos como si de un objeto se tratara, proyectando muchas veces sobre la divinidad una imagen pueril, y aprisionándola en todo tipo doctrinas que pretenden indicarnos en qué consiste el Ser de Dios.

La existencia de lo divino ha acontecido entre los hombres desde los albores de la humanidad. Aquellos primeros seres humanos que habitaron este planeta experimentaban una profunda admiración ante la realidad en la que se encontraban inmersos. Intuían el Misterio de la existencia y lo expresaban de diversas maneras. A pesar de  los miles de años que han trascurridos desde aquél entonces, los hombres modernos no hemos perdido la capacidad de admiración que apreciaban  los antiguos. La ciencia va revelando los enigmas de la existencia del mundo, en la medida que avanza en su investigación con métodos cada vez más rigurosos que nos permiten conocer el funcionamiento autónomo de nuestro universo, pero no puede desvelar el Misterio Inefable que habita detrás de lo incognoscible por el hombre y que habita en el fondo de nuestro ser . De ese Misterio pretendo hablar hoy, del cual  no sé nada, pero que experimento en mi vida diaria y al interpelarme sobre el sentido último de la existencia.

De esta realidad que llamamos Dios se han dicho muchas cosas: algunas personas lo ven como un Ser celestial que habita en el cielo, allá “arriba”; otros como un Dios que nos crea para servirle y brindarle adoración; hay quienes lo ven como un Ser Justiciero que recompensa a los buenos y castiga a los malos; están aquellos que piensan que interviene de vez en cuando en la historia con milagros y prodigios, reservado sólo para algunos privilegiados y elegidos; y hay quienes, como en el caso de Jesús de Nazaret,  lo percibe como el mejor compañero del hombre, que comparte nuestra existencia y acomete entre los hombres que desean hacer su voluntad y dejarse humanizar por Él. Yo por mi parte, soy  un poco más cauto para hablar de Dios: no sé qué es y no pretendo comprenderle. “Si comprendes, no es Dios” decía  San Agustín. Y me tomo en serio aquella frase de Wittgenstein que reza: “De todo lo que no se puede hablar, hay que callar”.

Es por ello, que pretendo interpretar a Dios siempre como Misterio, pero a su vez como una experiencia que aprendemos a conocer y amar cuando nos abrimos a esa realidad que nos impulsa a ejercer la justicia, la libertad, la compasión; a comprometernos por un mundo más equitativo e igualitario, a romper todas las cadenas que esclavizan al hombre y que soslayan la tarea más acuciante de la religión: la felicidad de los seres humanos en esta vida. Pues del “más allá” no tenemos ninguna certeza que exista, aunque  la mayoría de las veces la predicación religiosa se ocupe de la vida venidera descuidando en gran parte los asuntos mundanos que causan dolor y sufrimiento, inanición, desesperanza y desgana de enfrentar la dureza de la vida.

Decía que de Dios no podemos saber nada. La teología tradicional ha pretendido indicarnos la forma en la que Dios es y actúa. La visión del mundo impuesta por la modernidad cambió nuestro paradigma teológico y nuestra forma de comprender el misterio divino. Hay un hecho innegable: hemos creado a Dios nuestra imagen y semejanza, es decir, le hemos atiborrado de rasgos antropomórficos,  atribuyéndole todo tipo de atrocidades que cometemos  los humanos; basta leer la Biblia Hebrea o el Nuevo Testamento para comprender de qué hablo. El Dios judío Yavhé comporta valores morales inferiores a una persona considerada decente, instando a la matanza de niños inocentes, aprobando la guerra, ordenando el exterminio en masa, estableciendo directrices difíciles de cumplir para quienes quieran tener una relación apropiada con Él,  y un largo etc. Esta imagen sanguinaria de Dios del Antiguo Testamento, “uno de los libros más llenos de sangre de la literatura mundial” en palabras de Norbert Lohfink, uno de los exégetas más reconocidos del siglo XX, sigue imperando en la mente de muchos creyentes. Soy ateo de ese Dios. Pero el Nuevo Testamento no se queda atrás: se vislumbra a Dios como un Ser que sacrificó deliberadamente a su Hijo en la cruz para redimirnos de nuestros pecados y así poder perdonar las ofensas que habíamos cometido contra él. También soy ateo de ese Dios, claro está.

En los últimos años, y mediante la lectura de místicos y místicas de diversas corrientes religiosas, he descubierto con gozo una nueva forma de hablar de la divinidad: el apofatismo. Lo que quiere decir este término es que Dios es inefable, indecible. También se lo ha denominado teología negativa, esto es, que de Dios es más acertado decir lo que no es que lo que es. De Dios no podemos saber ni decir nada, pues escapa de nuestra limitada compresión de aquél Misterio que nos trasciende y nos habita. La única forma de  hablar de Dios es mediante los símbolos y las metáforas. El lenguaje literal sobre Dios no puede existir, pues no podemos captar lo infinito con nuestro ser finito. Ya Santo Tomás de Aquino decía que de Dios sólo podemos hablar por analogías.

Dicho todo esto, ¿qué es Dios para mí? Antes que nada Misterio; al cual accedemos mediante la experiencia contemplativa, creándonos una  reverencia y admiración irresistible aun en aquellos momentos en los que dudamos de su existencia.  Habrá que “pensar” menos a Dios y “sentirlo” más, convirtiéndose de este modo en criterio existencial para confrontar una vida lacerante que en ocasiones se nos presenta como un sinsentido.

Sin embargo, en aquellos momentos en los que pretendo desvelar la naturaleza insondable de Dios y encontrar un referente por cual pueda acceder a su misterio, no encuentro una manera más segura que acercarme a la fascinante figura de Jesús.  Cuando pienso en cómo es Dios, cómo actúa en los seres humanos y qué quiere para ellos, me basta con recurrir a la Buena Nueva del Evangelio de Jesús. Es en su lucha por la liberación de toda opresión que asedia al hombre, su amor para con el prójimo necesitado, su compasión ante los que sufren, su lucha por un mundo más fraterno y más justo en donde yo encuentro la inefabilidad divina. Intuyo, gracias al personaje histórico de Jesús, que a Dios lo puedo relacionar con la Justicia, la Libertad, la Compasión, el Amor, el Sentido y la Verdad.  Dios para mí es, a su vez, Presencia Ausente, o Ausencia Presente. Dios se manifiesta en la vida de Jesús y de todos aquellos que se comprometen por un mundo más justo y servicial. No obstante, nos da la impresión que “calla” frente a la cruz de Jesús y de todos los derrotados de la historia humana. Pero la experiencia de la resurrección que compartieron los apóstoles quiere indicarnos que el mal no tiene la última palabra. Detrás del sufrimiento y el dolor que provocan los humanos y los desastres naturales, se encuentra Dios suscitando la Vida. Es en esa Ausencia-Presencia donde trascurre nuestra existencia, entre la congoja de saberse finito y el coraje de existir sustentado por Dios (Paul Tilich).

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Tarde te amé…

viernes, 28 de agosto de 2015
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En la fiesta del converso Agustín de Hipona…

«Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está
inquieto hasta que descanse en ti»

San Agustín

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«¡Tarde te amé,

hermosura tan antigua y tan nueva,

tarde te amé!

Y ves que tú estabas dentro de mí y yo fuera,

Y por fuera te buscaba;

Y deforme como era,

Me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste.

Tú estabas conmigo mas yo no lo estaba contigo.

Me retenían lejos de ti aquellas cosas

Que, si no estuviesen en ti, no serían.

Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera:

Brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera;

Exhalaste tu perfume y respiré,

Y suspiro por ti;

Gusté de ti, y siento hambre y sed;

Me tocaste y me abrasé en tu paz.»

*

San Agustín

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Libertad Evangélica.

jueves, 19 de febrero de 2015
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Del blog Amigos de Thomas Merton.

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“Conozco muchas personas que en su corazón piensan hoy igual a como aparecen pensando los fariseos en los Evangelios. Viven con miedo permanente a violar algún mandamiento de Dios. Y cuando algo sale mal en sus vidas, ven allí el castigo de Dios. Tenemos muchos mandatos interiores enraizados en nuestro interior, y obramos según su dictamen. Recibimos esos mandatos en el transcurso de nuestra vida, a menudo con buenos propósitos (padres, maestros, autoridades), pero acaban convirtiéndose en normas absolutas que nos limitan y nos asustan, y además nos conducen a una seria falta de libertad interior. Jesús vino a predicar nuestra libertad del poder absoluto de las leyes. Todas las leyes están al servicio del hombre, y no al revés. Es importante por eso vivir según nuestro propio ser de hijos de Dios, llamados a la libertad. Así, buscando y viviendo lo esencial, podemos violar algún mandamiento, según aparece expresado en la famosa frase de Agustín: Ama y haz lo que quieras. El amor responde a nuestro ser y lo expresa plenamente. No necesitamos aferrarnos temerosamente a los mandamientos; necesitamos amar, como expresión de nuestra libertad interior”.

*

Anselm Grün

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«Los santos de Teresa», por Gema Juan OCD

sábado, 1 de noviembre de 2014
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todoslossantosDe su blog Juntos Andemos:

Teresa de Jesús tenía, entre los santos, algunas predilecciones. No es que tuviera una idea original sobre lo santo, ella bebía de las fuentes de la fe y entendía que la santidad es la vida en Cristo. De ahí que siempre recordara que había que poner los ojos en Él.

Se sentía unida a la gran nube de testigos pero, entre ellos, algunos le resultaban más próximos. Por eso, le hubiera gustado conocer lo que decía san Serafín de Sarov: que uno de los oficios del Espíritu Santo es trenzar, unir todo lo que es para Dios en el mundo, para darle un gracias inmenso, con las voces de todos los que ponen sus pequeños hilos para la trenza.

Le hubiera gustado, porque vivía consciente de esa comunión que liga a todos los seres humanos, los presentes y los que viven otra vida en Dios. Teresa experimentó algo que Elizabeth A. Johnson formula muy bien: que «existe una comunidad de compañeros íntimamente relacionados en la gracia, que se extiende a lo largo de todo el mundo y que va más allá de la muerte». Esa comunión –dice ella– crea un «parentesco de esperanza».

Con algunos «compañeros de gracia» experimentó ese vínculo en la tierra. Con su «santico», Juan de la Cruz. Con «aquella mi amiga santa», Maridíaz o con fray Pedro de Alcántara del que, aunque alababa su ascetismo, más le conmovía que «con todas esa santidad, era muy afable… y tenía muy lindo entendimiento».

Teresa aborrecía cualquier tipo de pantomima y amaba la autenticidad. Estando en Sevilla, no precisamente pasándolo bien, escribía que estaba contenta porque allí no había «memoria de esa farsa de santidad que había por allá [Castilla], que me deja vivir y andar sin miedo que esa torre de viento había de caer sobre mí».

De ahí que esos compañeros fueran tan valiosos por su veracidad, porque medían su vida con la de Jesús e iban por el camino que Él fue. Pero también porque veía cumplida su intuición: que la santidad y la amabilidad debían ir de la mano. Y esa intuición nacía de una profunda creencia: que la humanidad de Jesús revelaba la santidad del Padre.

Teresa –como Jesús– sabía que nada era despreciable. Entendía que lo que para unos es leve, para otros es muy costoso, y que vivir ligados, trenzando con el Espíritu, es mucho más constructivo. La teóloga Barbara Brown escribía que «por causa de todos los santos, por causa de unos y de otros, y por causa del Dios que nos une a todos podemos hacer mucho más de lo que cualquiera de nosotros ha podido soñar hacer en solitario».

Por eso, vivía fuertemente la unión con otros seguidores de Jesús que habían recorrido antes que ella el camino. Los recuerda por el «gran provecho y aliento [que] nos da su memoria».

Dejando aparte a san José –el hombre que vivió el amor en el anonimato, en pura fe, a la sombra del misterio y rodeado de silencio– que era «el» santo de Teresa, sus predilectos fueron los santos que habían sido grandes pecadores antes de conocer a Jesús, antes de convertirse; le alentaban mucho. Se veía entre ellos, aunque no como ellos.

Al mismo tiempo, admiraba y sentía muy cerca a los santos «que convirtieron muchas almas», porque decía que esa era la inclinación que había en ella: la de servir, la de mostrar lo bueno que es Dios y acompañar, a cuantos pudieran, a los ríos de vida y alegría que manan siempre de Él, que es la fuente de todo.

Teresa veía en los santos vidas imitables, es decir, descubría a través de ellos diferentes caminos para seguir a Jesús; los sentía como aliados en la fe y como una inspiración para vivir las Bienaventuranzas.

Por eso, decía que era contrario al Espíritu creer que es «soberbia tener grandes deseos y querer imitar a los santos». Es posible esa comunión de vida que da alas para todo lo bueno. Y le preocupaba esa dejadez humana que, a veces, es capaz de borrar el bien y perder el norte, porque apreciaba mucho «la labor que el espíritu de los santos pasados dejaron».

Descubría huellas imborrables en los apóstoles, en Agustín, en muchos fundadores y, sobre todo, en María Magdalena, que encabeza la lista de sus queridas «grandes amadoras», como había llamado a Catalina mártir.

Lo que cautivaba de todos ellos a Teresa era el profundo amor a Jesús. Un amor que había cambiado sus vidas, que había reflotado lo mejor de ellos y los había lanzado a una aventura apasionante. Y sentía que era posible apoyarse en esas huellas para crear otras nuevas y seguir iluminando la senda hacia un mundo mejor.

«Amigos fuertes de Dios», eso son los santos. Una comunidad viva donde Dios sigue realizando su obra de amor, a través de todas las épocas y en medio de todos los acontecimientos. Con ellos, Teresa sigue diciendo:

«Dejemos estas cosas que en sí no son, si no es las que nos allegan a este fin que no tiene fin, para más amarle y servirle, pues ha de vivir para siempre jamás, amén, amén. A Dios sean dadas gracias».

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«De Rouco a Osoro», por José María Castillo

sábado, 6 de septiembre de 2014
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rouco-osoro-arzobispo-madrid--644x362De su blog Teología sin Censura:

Mucho está dando que hablar el cambio de arzobispo en la archidiócesis de Madrid. Como suele ocurrir en estos casos, el cambio está dando pie a toda clase de comentarios. No pretendo, por supuesto, decir aquí si este cambio será para bien o para mal. Sólo quiero indicar algo que me parece importante y que, por lo que voy sabiendo, no se suele tener en cuenta. Al escribir esto, no es que yo intente ingenuamente aportar la solución definitiva a tantos devaneos mentales como – según creo – van y vienen por los mentideros eclesiásticos y los murmullos de sacristía. Mi pretensión, ahora mismo, no pasa de ser una modesta sugerencia. Por si viene a cuento. Nada más que eso.

Mi propuesta se limita (y se reduce) a recordar una cosa evidente. El cambio de un obispo por otro obispo no pasa de ser un cambio administrativo en la gestión y gobierno de una diócesis. Por más que se pondere lo mucho que vale el que se va o el que viene, a fin de cuentas, eso por sí solo, ni va a modificar la fe de los que tienen creencias religiosas, ni va a conseguir que sean buenas personas quienes ya son buena gente, ni tampoco hará que aumente el ateísmo y otros males que en los ambientes de Iglesia se detestan cordialmente. En principio – me sospecho -, lo más probable es que todo seguirá igual (o de forma muy parecida) a como han estado, en los últimos años, las cosas de la religión católica en Madrid y sus cercanías.

Entonces, ¿qué decir del cambio de Rouco por Osoro? A mí me parece que lo primero, que se debería tener en cuenta, es que estos dos hombres no son simplemente dos jerarcas religiosos. Lo son, por supuesto. Pero con decir eso, nos quedamos en la superficie, es decir, en la consideración más superficial del asunto. Porque, si es que la teología y, sobre todo el Evangelio, pintan algo en este cambio, a mí se me ocurre que lo primero, que se debería tener muy presente, es que, al tratarse de dos obispos, estamos hablando de dos “sucesores de los Apóstoles” de Jesús.

Ahora bien, según consta repetidamente en los evangelios, el primer requisito, que Jesús les exigía (y supongo que les debe seguir exigiendo) a sus “apóstoles”, es el “seguimiento” del propio Jesús y su Evangelio. Esto está tan claro en los evangelios, que el que no lo tenga claro, ni merece ser “apóstol”, ni por tanto “obispo”. Además, sabemos (también por los evangelios) que “seguir a Jesús” es renunciar a toda clase de dignidades, categorías, propiedades, seguridades… Es “dejarlo todo y seguirle” (Mt 19, 27 par; Mt 8, 18-22; Lc 9, 57-62). Para ir por la vida, como dijo el mismo Jesús, sin “oro, ni plata, ni calderilla, ni alforja…” (Mt 10, 9-10 par).

Y aquí me permito hacer una aclaración importante. La ordenación episcopal no es un “acto mágico”, que automáticamente convierte a un sacerdote en sucesor de los apóstoles. Es verdad que Lutero se pasó de la raya al admitir que la autoridad apostólica dependería totalmente de la fidelidad del obispo a la Palabra de Dios (Comentario a la carta a los Gálatas [1535], ed. Weimar, 40, 1, p. 181). Pero tan cierto como eso es que, desde San Agustín y San Gregorio Magno, hasta los más autorizados teólogos de la Edad Media, defendieron la doctrina que formuló atrevidamente San Anselmo: “Los obispos conservan su autoridad en cuanto concuerdan con Cristo; y lo mismo, la pierden si está en desacuerdo con él” (“Sicut enim episcopi servant sibi auctoritatem quandiu concordant Christo, ita ipsi sibi eam adimunt, cum discordant a Christo”. Epist. II, 162). Como acertadamente resume Y. Congar: “Hay que introducir – en el cargo episcopal – estos elementos éticos en la ontología misma del cargo recibido”.

Por otra parte, esto es tan determinante, que, si nos limitamos a ponderar la ideología del que se va o del que viene, la simpatía del primero o del segundo, los títulos que cada cual ostenta, las lenguas que domina, etc, etc., entonces lo que queda patente es que nos importa más el “jerarca” religioso que el “discípulo” de Jesús. O sea, nos interesa más la “Religión” que el “Evangelio.

Y en tal caso, si es eso lo que sucede, lo que queda en pie es que hemos organizado una Iglesia que tendrá mucho que ver con las jerarquías y organizaciones de este mundo, pero tiene poco que ver con el Evangelio de Jesús. Y si esto efectivamente es así, ¿a dónde vamos? Por muy buenos arzobispos que nos manden, no pasaremos de ser una antigualla del pasado que sólo puede interesar a gente que piensa poco y, desde luego, será siempre una buena pista de lanzamiento para los trepas más mediocres que se pasean entre oropeles de antaño. Y me temo que este tipo de individuos, si no producen indiferencia, lo que producen es risa, mucha risa.

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«La oposición al Papa Francisco», por Marco A. Velásquez

domingo, 24 de agosto de 2014
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Papa Francisco: “Me quedan dos o tres años de vida”

Leído en Reflexión y Liberación:

Por un lado están quienes – amparados en el poder de su dinero, de sus privilegios y comodidades – han actuado eficazmente para silenciar la Evangelii gaudium…….
(Marco A. Velásquez).

No hay duda que el papa encuentra una férrea oposición dentro de la Iglesia. Los hechos están a la vista. Mientras unos expresan de manera cada vez más abierta sus diferencias; otros lo hacen sentir de manera menos visible y explícita.

En un comienzo lo criticaron por la sencillez de sus atuendos, luego por su libertad litúrgica, más tarde por su crítica al sistema económico. Ahora les molesta que visite a sus amigos -más bien que tenga amigos, peor aun sin son judíos, musulmanes o pentecostales. No les gusta que ría, que juegue, que sorprenda, que improvise, que dialogue, que telefonee, en resumen, que actúe humanamente.

En un plano más reservado, el descontento se acompaña de la felonía del chisme, donde la indignación con el papa cunde por su crítica y denuncia sistemática contra la corrupción del clero. No le perdonan que exponga públicamente sus debilidades, aunque con ello el papa busque contener el proceso de degradación que experimenta la noble y necesaria función sacerdotal.

En un nivel más elevado, y de manera más orgánica, se estructura una oposición dogmática contra el magisterio del papa Francisco. Silenciosamente va tomando fuerza una corriente teológica que, sin pudor, va enmendando la plana a los anhelos reformistas del papa.

Por un lado están quienes -amparados en el poder de su dinero, de sus privilegios y comodidades- han actuado eficazmente para silenciar la Evangelii gaudium. Sorprende que una exhortación pontificia tan incisiva no sea suficientemente socializada en foros, seminarios, jornadas u homilías; menos aun en tiempos de globalización de las comunicaciones.

Por otro lado, están quienes, convencidos de defender el buen Nombre Dios, advierten públicamente contra todo gesto de apertura o supuesta laxitud moral que pueda desencadenar la misericordia papal. En esta categoría caben los temas relativos a la comunión y confesión de las personas separadas o divorciadas vueltas a casar, los temas de la moral sexual, la ordenación de los viri probati y de las mujeres, así como los nombramientos de obispos, entre otros.

La oposición al papa se articula bajo la misma estructura piramidal de la Iglesia y opera en forma directamente proporcional al poder eclesial. Donde hay más poder, hay mayor oposición. Consecuente con ello, los núcleos de oposición están radicados en la jerarquía, y más precisamente, en no pocos obispos.

Quienes se aglutinan tras la oposición del papa son los obispos que han comprendido su ministerio episcopal bajo una concepción administrativa de ejercicio de poder eclesial. Son quienes han renunciado a asumir la tarea episcopal como un encargo evangélico orientado eminentemente al servicio del Pueblo de Dios. Son los obispos que se han dejado guiar por sus propios miedos y prejuicios, más que por la guía fiable del Espíritu Santo. Son quienes no confían en su clero ni en sus fieles, y que consecuentemente dedican gran parte de su tiempo a controlar, reprimir y sancionar. Son quienes se dejan interpelar más por el Código de Derecho Canónico que por los Evangelios. Son quienes no han asimilado esa gracia divina de la misericordia y que por tanto “dicen una cosa y hacen otra. Atan cargas pesadas, imposibles de soportar, y las echan sobre los hombros de los demás, mientras que ellos mismos no quieren tocarlas ni siquiera con un dedo.” (Mt 23, 3b – 4). Son quienes, en definitiva, apagan el Espíritu y quienes han sumido a la Iglesia, de todos, en una crisis de grandes proporciones, habiendo tanto bien que compartir y tanto sufrimiento que contener.

Mientras ayer la Iglesia era remecida por vergonsosos escándalos provocados por algunos de sus ministros, en el presente aflora en la conciencia del Pueblo de Dios esa otra crisis, que persiste a través de la historia, es la crisis que provoca la tentación del ejercicio del poder en la Iglesia. Esta es la crisis que afecta de manera más incisiva al servicio apostólico del papa Francisco y que lo lleva insistentemente a pedir que el Pueblo de Dios lo sostenga con la oración.

El papa, como fiel hijo de san Ignacio de Loyola, con su testimonio actualiza esa Guerra del Reino descrita en los Ejercicios Espirituales. La escena de un campo de batalla donde se enfrentan la vida y la muerte, el bien y el mal, y donde los hombres se disponen a luchar bajo una de Las Dos Banderas, la de Jesucristo o la de Santanás, es una adecuada escenificación para graficar las tensiones que afectan a la Iglesia y al papa. (EE 135-149).

Tan fuerte es la tentación del poder que invade al ministerio episcopal, que San Agustín, como obispo bueno de Hipona, quiso advertir a sus contemporáneos y a sus sucesores de los peligros que encierran el ejercicio del episcopado, diciendo: “Desde que se me impuso sobre mis hombros esta carga, de tanta responsabilidad, me preocupa la cuestión del honor que ella implica. Lo más temible en este cargo es el peligro de complacernos más en su aspecto honorífico que en la utilidad que reporta a vuestra salvación. Mas, si por un lado me aterroriza lo que soy para vosotros, por otro me consuela lo que soy con vosotros. Soy obispo para vosotros, soy cristiano con vosotros. La condición de obispo connota una obligación, la de cristiano un don; la primera comporta un peligro, la segunda una salvación.” Sermón 340.

No está lejano el día en que el Pueblo de Dios comience a sustituir sus reverencias por exigencias de conversión a sus pastores, porque nada alienta más a vivir la alegría del Evangelio que el buen ejemplo de esos hombres que están llamados a guiar a los hijos e hijas de la Iglesia. Mientras tanto, ese mismo Pueblo seguirá sosteniendo fielmente al papa Francisco con su modesta y agradecida oración.

Marco Antonio Velásquez Uribe

www.reflexionyliberacion.cl

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Voy a tomarme un tiempo…

miércoles, 23 de abril de 2014
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Del blog de la Communion Béthanie:

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Voy a tomarme un tiempo
para dejar posar mi mirada
sobre las cosas de cada día
y verlas de otro modo,
aquellas que cada mañana,
me cruzo sin verlas.

Todas las cosas familiares
que bordeo a a lo largo del día,
del mes, del año…

Voy a tomarme un tiempo
para ver la extrañeza de los árboles,
los de mi jardín, los del parque vecino,
que el crepúsculo venido susurra de misterio…

Voy a tomarme un tiempo
para poner mi mirada
sobre los seres que amo
y mirar de otro modo a los míos,
las y los que me son más próximos
y que a veces no veo en absoluto,
a los que tampoco escucho,
tdetal modo la preocupación de mis asuntos, de mi trabajo,
parasitan mi corazón y mi cuerpo…

Sí, voy a tomarme un tiempo para descubrirlos
y dejarme sorprender
todavía y siempre por aquellos a los que quiero.

Sí, voy a tomarme un tiempo para encontrarte también,
a Ti Dios mío,
más allá de las palabras, de las fórmulas y las costumbres.

Sí, voy a ir a tu encuentro como al desierto
y Tú me sorprenderás, Dios mío.
Sí, voy a tomarme un tiempo
para encontrarte de otro modo.

*

San Agustín

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***

"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , , , , , , ,

«La raíz última de la crisis ecológica: la ruptura de la re-ligación universal», por Leonardo Boff, teólogo

domingo, 9 de marzo de 2014
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411933_10151063957139414_1996840363_oLeído en Koinonía

Las causas que han llevado a la crisis ecológica son muchas. Pero tenemos que llegar a la última: la ruptura permanente de la re-ligación básica, que el ser humano ha introducido, alimentado y perpetuado con el conjunto del universo y con su Creador.

Tocamos aquí una dimensión profundamente misteriosa y trágica de la historia humana y universal. La tradición judeocristiana llama a esa frustración fundamental pecado del mundo y la teología, siguiendo a san Agustín que inventó esta expresión, pecado original o caída original.

Lo original aquí no tiene nada que ver con los orígenes históricos de este anti-fenómeno, por lo tanto, con el ayer. Sino con lo que es originario en el ser humano, que afecta a su fundamento y sentido radical de ser, por lo tanto, con el ahora de su condición humana.

Este pecado tampoco puede ser reducido a una mera dimensión moral o a un acto fallido del ser humano. Se refiere a una actitud globalizadora, por lo tanto, a una subversión de todas sus relaciones. Se trata de una dimensión ontológica que concierne al ser humano, entendido como un nudo de relaciones. Ese nudo se encuentra distorsionado y viciado, perjudicando todos los tipos de relación.

Es importante enfatizar que el pecado original es una interpretación de una experiencia fundamental, una respuesta a un enigma desafiante. Por ejemplo, existe el esplendor de un cerezo en flor en Japón y simultáneamente un tsunami en Fukushima que arrasa todo. Existe una Madre Teresa de Calcuta que salva moribundos de las calles y un Hitler que envía seis millones de judíos a las cámaras de gas. ¿Por qué esta contradicción? Los filósofos y los teólogos han venido esforzándose para encontrar una respuesta. Y hasta hoy no la han encontrado.

Sin entrar en las muchas interpretaciones posibles, asumimos una que va ganado cada vez más el consenso de los pensadores religiosos: la imperfección como momento del proceso evolutivo. Dios no creó el universo terminado de una vez, un acontecimiento pasado, rotundamente perfecto. Desencadenó un proceso en abierto y perfectible que hará su camino hacia formas cada vez más complejas, sutiles y perfectas. Esperamos que un día llegará a su punto Omega.

La imperfección no es un defecto sino una marca de la evolución. No traduce el designio último de Dios sobre su creación, sino un momento dentro de un inmenso proceso. El paraíso terrestre no significa saudade de una edad de oro perdida, sino la promesa de un futuro que está por venir. La primera página de las Escrituras es, en verdad, la última. Viene al comienzo como una especie de maqueta del futuro, para que los lectores y lectoras se llenen de esperanza acerca del fin bueno de toda la creación.

San Pablo veía la condición decaída de la creación como un sometimiento “a la vanidad” (mataiótes), no por causa del ser humano, sino por causa de Dios mismo. El sentido exegético de “vanidad” apunta al proceso de maduración. La naturaleza aún no ha alcanzado su madurez. Por eso en la fase actual se encuentra lejos todavía de la meta a ser alcanzada. De ahí que “toda la creación hasta el presente gime y sufre dolores de parto” (Rm 8,22). El ser humano participa de este proceso de maduración gimiendo también (Rm 8,23). La creación entera espera ansiosa la plena maduración de los hijos e hijas de Dios. Pues entre ellos y el resto de la creación existe una profunda interdependencia y re-ligación. Cuando eso ocurra, la creación llegará también a su madurez, pues, como dice Pablo, “participará de la gloriosa libertad de los hijos e hijas de Dios” (cf Rm 8,20).

Entonces se realizará el designio terminal de Dios. Solamente entonces Dios podrá proferir la esperada palabra: “y vio que todo era bueno”. Ahora, estas palabras son profecías y promesas para el futuro, porque no todo es bueno. Bien dijo el filósofo Ernst Bloch, el del principio esperanza: «el génesis está al final y no al comienzo». El retraso del ser humano en madurar implica un atraso de la creación. Su avance implica un avance de la totalidad. Él puede ser un instrumento de liberación o una traba del proceso evolutivo.

Y aquí reside el drama: la evolución cuando llega al nivel humano alcanza el estadio de la conciencia y de la libertad. El ser humano fue creado creador. Puede intervenir en la naturaleza para el bien, cuidando de ella, o para el mal, devastándola. Comenzó, quien sabe si desde el surgimiento del homo habilis hace 2,7 millones de años, cuando creó los instrumentos con los cuales intervenía en la naturaleza sin respetar sus ritmos. Al principio podía ser solamente un acto. Pero la repetición creó una actitud de falta de cuidado. En vez de estar junto con las cosas, conviviendo, se puso por encima de ellas, dominando. Y ha ido en crescendo hasta nuestros días.

Con esto rompió con la solidaridad natural entre todos los seres. Contradijo el designio del Creador que quiso al ser humano como con-creador y que mediante su genio completase la creación imperfecta. Pero éste se puso en el lugar de Dios. Por la fuerza de la inteligencia y de la voluntad se sintió un pequeño “dios” y se comportó como si fuera de verdad Dios.

Esta es la gran ruptura con la naturaleza y con el Creador que subyace a la crisis ecológica. El problema está en el tipo de ser humano que se forjó en la historia, más una «fuerza geofísica de destrucción» (E. Wilson) que un factor de cuidado y preservación.

La cura reside en la re-ligación con todas las cosas. No necesariamente ha de ser más religioso, sino más humilde, sintiéndose parte de la naturaleza, más responsable de su sostenibilidad y más cuidadoso con todo lo que hace. Necesita volver a la Tierra de la cual se ha exiliado y sentirse su guardián y cuidador. Entonces el contrato natural será rehecho. Y si además se abre al Creador, saciará su sed infinita y obtendrá como fruto la paz.

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