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Soy pan que me parto y me reparto. Soy Vida que me derramo para todos

jueves, 9 de abril de 2020
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cena-del-corderoJn 13,1-15

La liturgia de este día se centra en el recuerdo de la cena: el lavatorio de los pies y las palabras y gestos que dieron lugar a la eucaristía. Ni los evangelistas, ni los exégetas se ponen de acuerdo si fue o no fue una cena pascual. No tiene mayor importancia, porque para nosotros lo esencial está en lo que va más allá del rito judío de la cena pascual. Esta Pascua no es ya la pascua de los judíos. Es curioso que los tres evangelistas, que narran la institución de la eucaristía, no hablen del lavatorio de los pies, y Juan, que narra el lavatorio de los pies, no dice nada de la institución de la eucaristía.

Tampoco sabemos el sentido exacto que quiso dar Jesús a aquellos gestos y palabras. La protesta de Pedro deja claro que, en aquel momento, los discípulos no entendieron nada. Sin embargo, el recuerdo de lo que Jesús hizo en la última cena se convirtió muy pronto en el sacramento de nuestra fe. Y no sin razón, porque en esos gestos, en esas palabras, está encerrado lo que fue Jesús durante su vida y todo lo que tenemos que llegar a ser nosotros como cristianos. Por eso, la liturgia de hoy es de las más densas de todo el año.

Debemos tomar conciencia de la importancia de los que celebramos, como la toma el evangelista Jn cuando hace esa grandiosa obertura: “Consciente Jesús de que había llegado su “hora”, la de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que estaban en el mundo, les demostró su amor en el más alto grado. Pero no es menos sorprendente el final del relato: “¿Entendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis el “Maestro” y el “Señor”; y decís bien, porque lo soy. Si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, sabed que también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros”.

Comenzamos por el lavatorio de los pies. No porque sea más importante que la eucaristía, sino porque espero que esta reflexión nos ayude a comprenderla mejor. En ese gesto, Cristo está tan presente como en la celebración de la eucaristía. Lavar los pies era un servicio que solo hacían los esclavos. Jesús quiere manifestar que él está entre ellos como el que sirve, no como señor. Lo importante no es el hecho físico, sino el simbolismo que encierra. La plenitud de Jesús como ser humano está en el servir a los demás. Fijaos que ese profundo simbolismo es lo que se quiere manifestar en el evangelio de Juan.

El más espiritual y místico de los evangelistas, el que más profundiza en el mensaje de Jesús, ni siquiera menciona la institución de la eucaristía. Sospecho que la eucaristía se había convertido ya en un rito mágico y formal, vacío de contenido, y Juan quiso recuperar para la última cena el carácter de recuerdo de Jesús como don, como entrega. Jesús denuncia la falsedad de la grandeza humana que se apoya en el poder o en el dominio de los demás, pero proclama que la verdadera plenitud humana está en parecerse a Dios, que se da siempre y a todos sin condiciones ni reservas.

Poco después del texto que hemos leído, dice Jesús: “Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros como yo os he amado”. Esta es la explicación definitiva que da Jesús a lo que acaba de hacer. Para el que quiere seguir a Jesús, todo queda reducido a esto: ¡Amaos! No dijo que debíamos amar a Dios, ni siquiera que debíamos amarle a él. Tenemos que amar a los demás, eso sí, como Dios ama, como Jesús amó. Una eucaristía celebrada como una devoción más, que comienza y termina en la iglesia, no es la eucaristía que celebró Jesús. Debemos hacer un verdadero esfuerzo por superar la tentación de seguir oyendo misa y comprometernos en la celebración de la eucaristía.

En este relato del lavatorio de los pies, no se dice nada que no se diga en el relato del pan partido y del vino derramado; pero en la eucaristía corremos el riesgo de quedarnos en una visión espiritualista y abstracta que no afecta a mi vida concreta. La presencia real de Cristo en el pan y en el vino, entendida de una manera estática y física, nos ha impedido durante siglos descubrir el aspecto vivencial del sacramento y dejarnos al margen de la verdadera intención de Jesús al compartir esos gestos con sus discípulos.

Tenemos que hacer un esfuerzo por descubrir el verdadero signifi­cado de la eucaristía a la luz del lavatorio de los pies. Jesús toma un pan y mientras lo parte y lo reparte les dice: esto soy yo. Recordemos que “cuerpo” en la antropología judía del tiempo de Jesús, quería decir persona, no carne. Como si dijera: meteos bien en la cabeza que yo estoy aquí para partirme, para dejarme comer, para dejarme masticar, para dejarme asimilar, para desaparecer dando mi propio ser a los demás. Yo soy sangre (vida) que se derrama por todos, es decir, que da Vida a todos, que saca de la tristeza y de la muerte a todo el que me bebe. Eso soy yo. Eso tenéis que ser vosotros.

Por haber insistido exclusivamente en la presencia real de Cristo en la eucaristía, nos acercamos al sacramento como a una realidad misteriosa, pero que no tiene valor de persuasión, no me lleva a ningún compromiso con los demás. La presencia real, por el contrario, debía potenciar el verdadero significado del gesto. Nos debía de recordar en todo momento lo que Jesús fue y lo que nosotros, como cristianos, debemos ser. El haber cambiado este sentido dinámico, por una adoración, ha empobrecido el sacramento hasta convertirlo en algo aséptico, que nada me exige y nada me motiva.

Lo que Jesús quiso decirnos en estos gestos es que él era un ser para los demás, que el objetivo de su existencia era darse; que había venido no para que le sirvieran, sino para servir, manifestando de esta manera que su meta, su fin, su plenitud humana, solo la alcanzaría cuando llegara a la donación total en la muerte asumida y aceptada. Solo un Jesús des-trozado puede ser asimilado e integrado en nuestro propio ser. Descubrir que destrozarnos, para que nos puedan comer, es también la meta para nosotros, es el primer objetivo de un seguidor de Jesús. Pero de esto hablaremos mañana, Viernes Santo.

Juan no menciona la eucaristía en el relato de la última cena, pero en el c. 6 encontramos la explicación de lo que es la eucaristía. “Yo soy el pan de Vida”. “Quien viene a mí, nunca pasará hambre; el que cree, nunca pasará sed”. Queda claro que comer el pan y beber literalmente la sangre, no es más que un signo (sacramento) de la adhesión a Jesús, que es lo importante. Se trata de identificarse con su manera de ser hombre al servicio de los demás hasta deshacerse por ellos. El mayor peligro que tenemos hoy los cristianos es acercarnos al sacramento como medio de unirnos a Dios, olvidándonos de los hombres.

Dice más adelante: “El Padre que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo el que me “come” vivirá por mí”. No hay una explicación más profunda de lo que significa este sacramento. Jesús tiene la misma Vida de Dios, y todo el que le siga tendrá también esa misma Vida definitiva, que no se verá alterada por la muerte biológica. Para hacer nuestra esa Vida, tenemos que aceptar la “muerte” a todo lo que hay en nosotros de caduco, de terreno, de transitorio, de individualismo, de egoísmo. Sin esa muerte, nunca podrá haber Vida. No se trata de renunciar a nada, sino de conseguirlo todo.

Nota: por motivos de salud pública, en medio de la pandemia por el virus Covid-19, están prohibidos los actos de culto en numerosos países. Por si alguien unirse a una celebración de la Semana Santa, facilitamos el enlace con el audio correspondiente al lavatorio de pies del Jueves Santo, que se grabó el año pasado en la casa de espiritualidad de las Javerianas de Galapagar: Pincha aquí para escuchar la Eucaristía.

 

Meditación

Jesús, al lavar los pies, hace una tarea de esclavo;
Manifiesta con ello su entrega sin límites.
En esa entrega está su plenitud humanidad divina.
Solo en el don total está nuestra plenitud.
La única gloria será servir al otro.
Si pretendemos potenciar nuestro ego, la cagamos.

Para profundizar

Hoy va de AMOR. ¡Para volverse loco!

Los mil significados de la palabra nos despistan

La misma religión nos ha metido

por callejones sin puerta de salida

Con el AMOR, Jesús apuntó al infinito

Y quedamos mirando al simple dedo

El primer cristianismo lo vio claro

Usó el término “ágape” con un significado novedoso

aplicable solo a Dios que nos identifica con Él.

El Amor del que hablamos es Dios mismo.

Ni hay sujeto que ame ni hay amado.

No hay nada fuera de Él. No hay relación.

En Él todo queda unificado, no confundido

Lo poco que entendemos nos asusta.

No queremos ni hablar de sumergirnos

en el agujero negro de la Luz y la Vida.

Merodeamos en el horizonte de sucesos

sin dejarnos caer en lo absoluto

que haría nuestra meta irreversible.

Si no mantengo el ego, no lo acepto.

La salvación que espero es potenciarlo.

Ahora veréis por qué falla el mensaje.

El evangelio está sin estrenar. No es aceptable.

Lo hemos manipulado hasta la nausea.

 Dios no es “caritas” sino “ágape”, UNIDAD absoluta,

que nos permite seguir siendo sin ego.

 Amar no es ir al otro sino al UNO.

 

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Jueves Santo.

jueves, 9 de abril de 2020
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Lachapelle1-1-758x474(Juan 13, 1-15)

La compasión solidaria de Jesús se hace gesto y signo sacramental en la Eucaristía. La Eucaristía es la máxima expresión del “darse” de Cristo y de su gratuidad incondicional. Por eso, como ha dicho el papa Francisco, “no es un premio para los perfectos, sino un generoso remedio y un alimento para los débiles (EG 47). Si en la Pascua judía el signo de la acción liberadora de Dios es la sangre y el sacrificio, en la Última Cena lo es el cuerpo partido y repartido de Jesús, accesible a todos y todas como alimento básico para la vida del mundo. Del mismo modo la Eucaristía no es algo “accidental” en la existencia de Jesús, sino que fue gestándose a lo largo de toda su vida y conduciéndole hacia la entrega total en sus palabras, en sus gestos y encuentros con la gente, especialmente con la más herida y vulnerada.

En el contexto cultural contemporáneo a Jesús el imaginario del banquete mesiánico (Is 25, 6-10) como el gran signo de la irrupción de la novedad de Dios en la historia tenía mucha fuerza entre los creyentes judíos. Por eso Jesús desde la experiencia inclusiva del amor compasivo del Abba, lo va a historizar y radicalizar tanto con sus parábolas (Mt 22,4) como con sus hechos: practicando una comensalidad abierta (Lc 15,2). Sus comidas con pecadores, publicanos y prostitutas inauguran un nuevo orden cuyo centro es el amor y la compasión más que la ley y las tradiciones excluyentes. Esta práctica de Jesús sitúa en condiciones de igualdad a todos los seres humanos en su accesibilidad Dios y a los bienes de la tierra. Por eso algunos teólogos y teólogas afirman que a Jesús le mataron por su forma de compartir la mesa y por con quienes eligió hacerlo. Las comidas de Jesús quiebran la imagen de un Dios sólo para selectos y revelan aun Dios cuyo ser y hacer es misericordia en acción, compasión solidaria, cercanía e identificación con los y las excluidas. Pero la Ultima Cena de Jesús no es tampoco una de tantas comidas de Jesús, sino que tiene un carácter de “memorial” de “testamento”. Jesús es consciente que en torno a él se va cerrando un cerco y busca la intimidad con sus discípulos para compartirles los secretos de su corazón y para ratificar su deseo de entrega, de seguir adelante en la misión que el Abba le ha encomendado. Por eso La Última Cena es un compendio de lo que ha sido la vida de Jesús. Su originalidad radica también en que Jesús es el “anfitrión” y se presenta a la vez como “el que sirve”, algo absolutamente inusual en la mentalidad judía donde quienes servían en las comidas eran las mujeres, y los esclavos. Al hacerlo Jesús ocupa su lugar.

Este mismo sentido es el que expresa el texto del Lavatorio. El testamento que Jesús nos deja a sus seguidores y seguidoras es el servicio. Este Jesús “agachado”, con jofaina y toalla en mano, rompe la dialéctica del amo y del esclavo y nos revela a un Dios identificado con los últimos, sirviendo desde abajo, sustentando, igualando, desde ese lugar, ahí, e inaugurando desde ahí la horizontalidad del Reino. Es tan provocador este gesto, en el que alguien ha dicho que «Jesús se mujerizó», y que en la imaginería religiosa apenas se recoge. El arte ha reproducido escenas de Jesús en las que aparece presidiendo la Eucaristía, sin embargo, hay muy pocas en las que Jesús aparece agachado y lavando los pies a sus discípulos, ocupando el último lugar. Esa actitud y ese gesto continúan escandalizándonos.

No hay nada más opuesto al servicio vivido al estilo de Jesús que el servilismo. El primero cuestiona toda forma de poder-dominación, de abuso y de desigualdad en las relaciones personales sociales y estructurales. Es un acto de libertad y de dignidad. El servilismo, por el contrario, idolatra el poder y a quien lo representa y constituye un acto de sumisión acrítica, por parte de quien lo realiza y de opresión por parte de quien lo permite. Sin embargo, a menudo los cristianos y cristianas lo confundimos. Celebrar el Jueves Santo es comprometernos a vivir eucarísticamente identificándonos con la persona de Jesús y su proyecto como servidores y servidoras de la fraternidad y la sororidad humana. “Haced esto en memoria mía”, es seguir actualizando la existencia al modo de Jesús, desde el servicio y contra toda forma de servilismo o poder dominación que genera violencia y exclusión. Por eso la Eucaristía no es un rito sino una dinámica existencial y celebrarla actualizar su memoria transformadora en nuestro mundo, por eso nunca es un tranquilizante, sino más bien un riesgo.

¿A qué riesgos nos invitan hoy nuestras Eucaristías? ¿Cómo hacer histórico hoy el lavatorio de Jesús en nuestros ambientes?

Pepa Torres Pérez

Fuente Fe Adulta

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¿Dónde quieres poner la mesa este año?

jueves, 9 de abril de 2020
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2209sanjuan9Jueves Santo 2020
Mari Paz López Santos
Madrid

ECLESALIA, 08/04/20.- ¿Dónde quieres poner la mesa para celebrar la Pascua este año? No queremos verte solo y ya conoces la situación de confinación a la que nos vemos sometidos.

Por toda respuesta echó a andar a lo alto de un monte.

“Al atardecer, se puso a la mesa” (Mt 26,20)  una gran piedra como ara de ofrenda y, alzando los brazos dijo:

Esta es la Mesa del Mundo, a la que está invitada toda la Humanidad. Sin distinción de culturas, razas, religiones, sexos o categorías sociales. El status social no cuenta para sentarse en esta mesa. El rico no tendrá sitio preferente, ni el pobre quedará esperando que le digan donde sentarse.

Los niños y niñas estarán en primera fila, para que no se aburran sin ver nada. Me habéis oído decir muchas veces: “Dejad que los niños se acerquen a mí”. Y cuando quieran marcharse a correr, dejadles, ya han tenido bastante encierro en las casas, sin ir al colegio, sin jugar en la calle.

Las personas mayores tendrán asientos especiales, y estarán rodeadas de sus hijos e hijas, nietos y nietas, liberadas del desconsuelo que han vivido sin poder ver a los que quieren y echando de menos a los que se fueron.

Las mujeres agredidas en el encierro por sus parejas, intentando proteger a sus hijos, disfrutarán de la libertad de verse cuidadas y atendidas.

Profesoras y profesores que han trabajado on line con los alumnos. Trabajadores y trabajadoras de tiendas de alimentación y supermercados, transportistas y camioneros, trabajadores de recogida de basura, conductores de autobuses urbanos, bomberos, policías, militares, guardias civiles, voluntarios de organizaciones humanitarias, personal de limpieza de hospitales, empleados de fábricas que han trabajado haciendo mascarillas y trajes de protección sanitarios, trabajadores de los tanatorios y lugares dedicados a resguardar y tratar con dignidad a quienes han muerto a causa de la pandemia.

Científicos trabajando a destajo para encontrar una vacuna que pueda parar tanta muerte. Enfermos, sus familias, vecinos que se han ayudado, todas y cada una de las personas que en el sufrimiento han mostrado solidaridad, han dado consuelo, han tenido empatía, han practicado el cuidado, la cercanía en la distancia con una llamada, un whatsapp, una sonrisa, han acompañado a quienes han vivido solos el tiempo de encierro. Los que han orado, unos por otros… Todos estáis llamados a compartir Mesa del Mundo.

En la Mesa del Mundo, como en la Cena de Pascua con los Doce, también se sientan quienes no acaban de entender la dimensión que tiene la Fraternidad Universal. Toman asiento creyendo que son lo que no son y deseando lo que les impide comprender que todos somos del mismo barro; que desde el día que llegaste al mundo formas parte de  la familia universal y que eres hijo e hija de Dios, le llames como le llames.

Los Doce habían discutido en otros momentos quien era el más importante. Se suscitaban envidias por los puestos que tendrían en el Reino. ¡Qué ingenuos!

Aquella noche, la traición se hizo presente: Judas por su ambición de poder y de dinero, y Pedro por el miedo a las consecuencias de dar testimonio.

Y todos celebraban la misma Cena y estaban sentados en la misma Mesa.

Se hizo un gran silencio y, pasados unos momentos, alguien empezó a aplaudir. Eran las ocho. Todos en pie batiendo las palmas y mirando alrededor… ¡No han venido! ¿Dónde están?

El personal sanitario de todos los hospitales del mundo que había combatido con todas sus fuerzas y su profesionalidad el ataque masivo del bicho invisible, se fue acercando y rodeando la Mesa del Mundo.

Sonrientes y agradecidos por los aplausos de los presentes, las sonrisas se mezclaban con las lágrimas. Poco a poco, los aplausos fueron dejando espacio a un gran silencio.

Entonces, “Jesús se levantó de la mesa, se quitó sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echó agua en una palangana y se puso a lavar los pies del personal sanitario y a secarlos con la toalla con que estaba ceñido”. (Jn 13, 4-5)

Al verlo, muchos de los presentes se acercaron a Jesús y se pusieron a lavar los pies a todos los que habían luchado con su trabajo y desvelo para arrebatar al virus la vida del mayor número de personas, en jornadas maratonianas en los hospitales y sin poder estar con sus familias.

Él mirando a todos dijo: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros; que, como yo os he amado, así os améis también entre vosotros”. (Jn 13, 34)

Ya era de noche, se puso en pie y alzando los ojos al cielo, dio gracias al Padre.

No estaba solo porque el Amor lleva a todos en el corazón, aunque nos quedemos en casa.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Hoy el lavatorio de los pies es la ayuda a los demás, el trabajo del personal sanitario, el consuelo a quienes sufren

jueves, 9 de abril de 2020
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icono-del-lavatorio-de-los-pies-40x60-cmDel blog de Tomás Muro La Verdad es Libre:

Meditación para el jueves santo

  1. Sabiendo Jesús que estaba llegando su hora.

         La “hora” llega con la nueva Pascua (no con la de los judíos), que Jesús se dispone a celebrar: pasar de este mundo a Dios Padre.

Se trata del nuevo Éxodo, de la libertad definitiva.

         En nuestra vida también hay muchas “horas”, momentos cruciales, pasos difíciles, la pandemia que estamos sufriendo es uno de los “valles oscuros” que nos ha tocado vivir en nuestra existencia.

         Para Jesús llegaba no tanto la “hora” de la muerte”, sino de la vida. Y esa “hora” es la fuente de la vida. Es fuente de una gran esperanza.

         Es bueno que científicos, médicos, políticos y todos los ciudadanos trabajemos por la vida, por curar o salir de esta pandemia, pero la hora llega, llegará.

         Detrás de los problemas de la ciencia, están los problemas de conciencia. Quiera Dios que salgamos con bien de esta pandemia, pero detrás de ella sigue en pie el problema de la muerte y del sentido de la vida.

         Que nuestra hora sea la de Jesús: la hora de vivir.

  1. Jesús se reúne con los suyos.

         Los “suyos somos todos”: en la misma mesa están Jesús, los discípulos, Pedro: hombre de poder, Judas: traidor, el Discípulo que se siente amado por Jesús.

         Probablemente en nuestra vida ha habido y hay  momentos de todos esos “personajes”. Como a Pedro, también a nosotros nos gusta el poder; tal vez hemos sido algo “Judas” en la vida, en todo caso, todos y siempre somos amados por JesuCristo.

         Nos encontremos como nos encontremos, Dios es amor. Jesús se reúne siempre con los suyos, que somos nosotros. En estos momentos de enfermedad podemos sentir la lejanía de Dios. Sin embargo Jesús no nos deja solos, está reunido con nosotros: No os dejaré huérfanos, (Jn 14,18). Dios permanece, sufriente, con nosotros.

Dios es amor, y el que permanece en amor permanece en Dios y Dios permanece en él. (Jn 4,8)

  1. Lavar los pies.

El relato evangélico tiene un cierto tono solemne. Es una de  esas “ironías” que emplea el evangelista san Juan. Enmarca con gran solemnidad un gesto tan pobre y cotidiano como lavar los pies de los suyos.

El lavatorio no tiene lugar al comienzo de la Cena. No es un rito de purificación judío ni religioso, sino que tiene lugar en el transcurso de la cena. El servicio es una actitud central y fundante de la Iglesia.

Extrañamente en la Última Cena del evangelio de san Juan no hay Eucaristía. El pan de vida lo ha resuelto en el cp 6, en la multiplicación de los panes: Yo soy el pan de Vida.

A lo largo del tiempo de su vida pública, Jesús había comido frecuentemente con pecadores y publicanos, que eran auténticas eucaristías, comidas, encuentros salvíficos.

En la última Cena del evangelio de San Juan, el centro lo ocupa Jesús servidor, esclavo, que lava los pies a los suyos y un Jesús que ama hasta el final: servicio y amor.

  1. Servicio y amor en la iglesia.

Estamos viviendo esta ingente crisis de salud y de vida.

Resulta reconfortante ver tantos gestos de cercanía, de ayuda, de servicio: familias y vecinos que se ayudan, el personal sanitario que se entrega vocacionalmente a salvar vidas, voluntariado, instituciones, etc. Ese es el lavatorio de los pies de nuestro momento: ese es el servicio de hoy

Este año no hay Misas, ni procesiones (la procesión va por dentro). La Iglesia es una comunidad que nace no del poder, ni de la pomposidad de los ritos y procesiones, sino del lavatorio de los pies, del servicio. Hace bien que el obispo de Roma, Francisco, desee y repita con frecuencia el deseo de una “iglesia pobre y para los pobres donde se viva el amor, incluso la ternura” (Francisco).

Esta es la Iglesia del Jueves Santo: Una iglesia de servicio y amor a los débiles, una Iglesia que se quita el manto de Señor, (la muceta pontifical o de poder) y celebra la Eucaristía con los que sufren física o moralmente, una iglesia que sirve y ama, una iglesia que no impone, sino que sirve.

Os he dado ejemplo: haced vosotros lo mismo

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«En el misterio pascual», por Gabriel Mª Otalora

jueves, 9 de abril de 2020
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MISTERIO-PASCUAL_2212888801_14408692_660x371De su blog Punto de encuentro:

 La semana litúrgica cristiana más importante del año condensa todo el misterio que entraña la Revelación. Casi resuena como un oxímoron pronunciar a la vez “misterio” y “revelación”, pero esto es precisamente lo que sigue siendo de permanente actualidad, siglo tras siglo, gracias a la experiencia de la fe que lo actualiza en cada tiempo.

Mensaje novedoso de entrega y éxito que conoce la persecución y la muerte, pero cree en la resurrección. Sus resultados renuevan la historia cada vez que el Mensaje cala en una sociedad concreta. Ahora que coincide el confinamiento por un virus que pone en jaque a la humanidad y descoloca litúrgicamente a nuestra Cuaresma y Semana Santa, es necesario reflexionar desde la oración sobre nuestra relación con Dios.

Pedid y se os dará, proclama el evangelio; insistid como el que necesita de su amigo a medianoche, hasta que baje a atenderle para que le deje en paz. Quizá es el momento de orar en torno al significado de la verdadera Providencia en estas situaciones tan dolorosas y de tanto desconcierto y tristeza. Ahora que la mayoría tenemos más tiempo a causa del confinamiento, estoy releyendo algunos libros que en su día me hicieron mucho bien espiritual. Y he encontrado una reflexión del jesuita Ladislao Boros que viene muy a cuento de la providencia en este tiempo Pascual.

Para Boros, lo esencial de la providencia divina consiste en la conversión del pensamiento y no tanto en que Dios intervenga milagrosamente en nuestra vida ante las amenazas de la existencia. La providencia es más bien una metamorfosis interior producida por la gracia en todas las vivencias humanas cuando nos fiamos de Dios. Todo puede convertirse en gracia, como dijo Teresa de Lisieux. Es lo que Pablo llama “confiar contra toda esperanza”. No somos cobayas, tenemos a quien seguir. La Semana Santa nos hace revivir la historia fiel del amor de Dios a cada uno de nosotros, por encima de las circunstancias que nos depara la existencia.

Boros se centra en lo primordial entre los momentos más esenciales de la experiencia de la Resurrección están la bondad, la afabilidad, el perdón y el afecto como última medida de la vida; lo esencial una vez despojada toda apariencia. Cualquier gesto de fe y de amor al prójimo es siempre un movimiento hacia Dios que acarrea un paso hacia nuestra plenitud.

Jesús de Nazaret es la senda; seguimos a alguien, no a una idea o a una ideología. Y con su ejemplo y Resurrección queda sentenciado un sí definitivo a toda buena intención del corazón humano, a todo perdón y mansedumbre, a toda bondad y esperanza.

No somos héroes, nuestras vidas son las que son. Pero Dios nos envuelve como al pez el agua de la pecera para insuflar fe en Él, vida solidaria y esperanza. En realidad nuestra paz está ligada a esa aceptación humilde llena de confianza en el Padre con la que Dios opera la metamorfosis interior a la que me refería anteriormente. Algo que a su vez nos capacita para dar esperanza a los demás. Que por algo hemos sido elegidos para el testimonio. Hemos sido llamados a la evangelización.

Si lo esencial se nos da solo como experiencia y el amor posee la consistencia suficiente como para ser lo único digno de fe, la Semana Santa, en especial el Triduo Pascual, es la celebración de la revelación del amor de Dios a cada uno de nosotros. Estamos invitados a cambiar de actitud y vivir conforme a la invitación de Cristo. La Cuaresma ha sido el tiempo de preparación en escucha activa y propicia para vivir ahora este tiempo fuerte pascual que se condensa en el Triduo.

Dios proveerá es más que una frase, es algo cierto que se hace realidad en quienes trabajan la metamorfosis a la que se refiere Ladislao Boros renunciando a lo que impide experimentar la salvación de Dios hoy y aquí; ahora mismo, dentro de mí. Pura Pascua.

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Cuando sanar es peligroso: Mataron a Jesús porque sanaba

jueves, 9 de abril de 2020
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Rembrandt+van+Rijn+-+The+Pilgrims+at+Emmaus+Del blog de Xabier Pikaza:

Una Semana Santa de la Salud

Jesús  profeta anunció a su gente (marginados y enfermos de Galilea) la llegada y presencia del Reino como salud y libertad.

Jesús  terapeuta sanó a los enfermos, y decía que no era él quien curaba, sino la fe de los enfermos, porque creer en Dios esa salud y libertad.

 Fue de esa manera un subversivo: Encendió  una llama de la fe en la oscuridad de muchos, que pudieron ponerse en contacto con la fuente divina de su Vida, renaciendo así en salud de amor, ellos mismos, superando unos poderes de opresión.

Actualmente (primavera 2020) hay miles y miles de profesionales de la salud que arriesgan cada día su vida para acompañar y curar a los enfermos del coronavirus. Muchísimos son como Jesús, a ellos mi homenaje de agradecimiento, mi solidaridad de personas. Pero el sistema sanitario en su conjunto, aún siendo muy bueno en un plano, parece estar al servicio de la pervivencia del poder político-social, más que de las personas (y en especial de las más pobres).  Nos hallamos pues, ante una encrucijada.

(a) Por una parte es muy bueno lo que están haciendo miles y miles de sanitarios en estos tiempos de coronavirus que nos sitúan de nuevo ante el riesgo y tarea de la vida.

(b) Pero muchos pensamos que hace falta un cambio intenso en la forma de entender las prioridades, poniendo el dinero  y la ciencia al servicio de las personas y no del capital y de las instituciones del sistema político-administrativo.

Desde ese fondo he querido reflexionar sobre la forma de acompañar y curar a los enfermos que tenía Jesús, al que mataron precisamente por la forma en que curaba, partiendo de la disputa de Mc 3, 20-35 sobre el sentido de las curaciones de Jesús.

(a) Muchos dicen que Jesús cura para el Diablo, es decir, para dominar mejor a la gente, para tener sometidos a todos. En esa línea, este sistema curaría también pra el Diablo, para tener a la gente más sometida, más dependiente, más «victimizada».

(b) Jesús contesta diciendo que él cura para Dios, es decir, para la libertad de los oprimidos y marginados… Ésta es quizá la disputa más importante del evangelio de Marcos, como he puesto de relieve en un comentario que he escrito sobre el tema.

Un sistema de salud muy bueno y problemático

Jesus healing the demoniac boyEvidentemente, hay que mantener un sistema de salud como el que tenemos y mejorarlo todavía más, en investigación, en dotación económica, en asistencia concreta. Pero, al mismo tiempo, puede servirnos de gran ayuda el testimonio de Jesús, que ante todo un terapeuta,un hombre que supo que Dios (el Reino de Dios) se hace presente en la salud y libertad de los hombres y mujeres.

Significativamente, para Jesús, lo contrario a la Vida no es la muerte, sino un tipo de enfermedad sin fe. Lo contrario a la vida es la opresión, la violencia, la mentira organizada.  En  contra de eso, él ofreció a los hombres un camino de verdad, de perdón, de confianza en la vida, entre los enfermos y excluidos, los «endemoniados» a quienes enseñó a creer en la vida y a vivir en libertad.

Nuestro sistema sanitario está al servicio del sistema  económico-social  más que al servicio de los hombres y mujeres como tales, empezando por los pobres. Así sucedía en tiempo de Jesús.  Pero él quiso curar y curó a los hombres para bien de ellos mismos, no para ningún sistema socio-religioso. Y por eso le mataron.

Por eso precisamente le mataron porque enseñó a vivir en dignidad a los oprimidos, en salud personal a los enfermos, porque se rebeló contra un mundo que necesita enfermos y pobres para tenerles sometidos. Por eso, las curaciones que él suscitaba eran peligrosas, porque eran gestos de afirmación y de vida de los pobres, excluidos y enfermos.

Jesús supo y dijo que el Reino de Dios no es tener más dinero en cuanto tal, ni más poder social… El Reino es la Salud para los Pobres y Enfermos… Salud significa dignidad, conciencia del propio valor, confianza creadora…

El reino de Dios (es decir, del hombre) es la salud

  Jesús identificó la llegada del Reino de Dios con la curación de los enfermos, no con el cumplimiento de unas leyes sacrales, ni con penitencias o sacrificios de templo, con un tipo de guerra santa y victoria sobre los enemigos de Dios (que serían en aquel entorno los romanos). Jesús descubrió y mostró con su vida la relación más honda que había entre curación de los enfermos y presencia de Dios.

71JIXJ6MVhLAsí vino a presentarse y actuar como “terapeuta” del Reino de Dios, vinculando la llegada (implantación) del Reino de Dios y la curación de los enfermos, no por un tipo de obras suyas, sino por la fe de los mismos enfermos, es decir, sino con la transformación integral de los enfermos, vinculando de manera inseparable lo que hoy solemos llamar el cuerpo y el alma, que no son dos substancias separadas, como pudo pensar Descartes, sino dos aspectos o momentos de la misma realidad humana.

Jesús no fue médico de cuerpo, en el sentido posterior de la palabra (como si el cuerpo fuera un tipo de máquina independiente del alma o mente humana); tampoco fue médico de almas, en la línea de un espiritualismo posterior que desprecia o deja a un lado el cuerpo. Fue médico o terapeuta de personas, en línea de fe, es decir, de confianza básica en la vida, un terapeuta lógicamente discutido, pues no estaba al servicio del templo de Jerusalén, ni de la ley establecida de los escribas, ni del poder de Roma o de las autoridades políticas de Galilea.

‒ Fue terapeuta discutido y algunos le tomaron como un mago ambiguo, capaz de promover un tipo de “salud” en algunos enfermos, o de impulsar un movimiento de pobres y excluidos sociales, pero en una línea “asocial”, contraria a los principio del orden social imperante de los sacerdotes y escribas (y de los mismos romanos). Por eso es normal que algunos le acusen diciendo que era un “mago” satánico, alguien que cura a los locos y enfermos con poderes dudosos y con resultados aún más dudosos, rompiendo en nombre de Dios el buen orden de la sociedad establecida.

‒ Otros, en cambio, le vieron como un hombre de Dios, profeta poderoso en obras o palabras,  dotado del Espíritu, para anunciar el reino de su vida y de su gracia sobre el mundo, en la línea de Elías y otros profetas antiguos a quienes la tradición de las Escrituras veneraba como santos, profetas y terapeutas. Éstos fueron y siguen siendo sus testigos, continuadores de su obra.

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X. Pikaza: «La religión de Jesús no es ayuno, sino celebración de bodas»

jueves, 27 de febrero de 2020
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Cena-Jesus_2153494632_13863870_667x375Del blog de Xabier Pikaza:

«Intimidad y comunión de mesas» 

«El mensaje y proyecto de Jesús no desemboca en un sistema de espiritualidad pura, separada de la vida, ni en un modelo de ley impositiva, sino en un proyecto y programa de bodas de amor»

«Los fariseos ayunan dentro de la lógica legal del judaísmo, para obedecer la ley de Dios que así lo ha mandado»

Fariseos y bautistas antiguos (y bastantes cristianos actuales) entienden la religión como renuncia, un modo de ayunar, y su signo más importante la prohibición, en dos campos fundamentales que son la comida y el sexo:

  • No comer (no gozar en la comida), ayunar por sacrificio, pues Dios nos pide grandes sacrificios para así ser perfectos.
  • No tener relaciones sexuales, optar por el celibato, y, de tenerlas, tenerlas bien reguladas, según norma, según ley (pues el matrimonio es de clase de tropa, de gente que no sabe moderarse).
 Pues bien, en contra de eso, la  religión de Jesús no es ayuno (como proponen algunos “virtuosos” de la religión), sino amor de bodas (intimidad) y comunión de mesa  (comidas),  como ha puesto de relieve Jesús en su doctrina más importante sobre el amor y el ayuno (cf. Mc 2, 18-20).

El evangelio oficial del miércoles de ceniza es el de Mt 6, 1-18, con normas importantes sobre la limosna, la oración y el ayuno… Pero he comentado varias veces ese texto en este blog, y así prefiero comentar hoy el de Mc 2,18-20 que es cristianamente hablando más significativo.

            Mc 2, 18 Y estaban los discípulos de Juan y los fariseos ayunando; y vinieron a decir a Jesús: ¿Por qué los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan y los tuyos no?19 Jesús les contestó: ¿Pueden acaso ayunar los hijos (=amigos) del novio mientras el novio está con ellos? Mientras tengan al novio con ellos, no pueden ayunar.20 Llegará un día en que el novio les será arrebatado. Entonces ayunarán.

«Iglesia de Jesús, experta en amores y comidas»

Temas de fondo

  1. Bautista y fariseos… Identifican la religión con el ayuno de tipo sexual y alimenticio, pues a Dios le placen los sacrificios de los hombres, que muestran así su sometimiento.
  2. Jesús identifica la religión con unas «bodas», esto es, con un camino de amor.El amor de bodas no es ayuno, sino don y aprendizaje en intimidad, en felicidad. Dios ha hecho a los hombres para que gocen en amor, no para que ayunen.
  3. Las bodas de amor son despliegue vida Comer juntos, que haya comida para todos, gozarse comiendo, aprender a disfrutar. Maestros de bodas, eso han de ser los discípulos y servidores de Jesús, una escuela y ejemplo de felicidad en el amor.
  4. Pero vendrá el ayuno cuando el novio sea arrebatado…  Ayunarán hombre y mujeres cuando no tengan «bodas», cuando se les vaya (arrebate) el amor… Pero tendrán que esforzarse para que llegue de nuevo el tiempo de bodas, de comida, de amor… (como seguiré indicando).
Explicación

Pregunta: ¿Por qué los discípulos de Jesús no ayunan? (2, 18). La formulación del texto nos sitúa en el tiempo de Marcos, cuando los fariseos constituyen ya un grupo organizado, con su propia religiosidad (lo mismo que los bautistas de Juan), separados del movimiento de Jesús, cosa que sólo parece haber sucedido en torno al año 70 d.C., cuando se van estabilizando las tendencias del nuevo judaísmo (evidentemente, aquí no aparecen ya celotas y sacerdotes, saduceos y apocalípticos, que han perdido su protagonismo tras el 70).

Nota erudita. Diferencias ante el ayuno  

  1. Fariseos. (a) Ayunan algunos días de penitencia, es decir, de expiación (Lev 16, 29-31) o duelo nacional y/o familiar. (b) Comen: Toman alimentos cultivados y sus comidas comunitarias, con pan y vino, son signo sagrado de Dios y esperanza de salvación. (c) Rechazan las comidas impuras (cerdo, sangre, animales ofrecidos a los ídolos…). De esa forma se separan de los no observantes (judíos impuros y todos los gentiles).
  2. Juan (y otros bautistas). (a) Ayunan siempre, no en tiempos especiales, oponiéndose al pecado del pueblo y de la humanidad, concebida como impura. Así pueden vincularse con los que pasan hambre, por razón de la injusticia social. (b) Comen sóloalimentos silvestres, en actitud de protesta contra-cultural (los alimentos cultivados/vendidos aparecen como patrimonio de los más ricos, al servicio del sistema) y quizá de retorno a una vida de naturaleza. En esa línea, compartir los alimentos injustos va para ellos en contra de la voluntad de Dios (c) Rechazan no sólo los alimentos impuros de la Escritura (cerdo, sangre…), sino los alimentos en sí buenos, pero culturalmente contaminados, como el pan y vino. Por eso, anuncian el juicio, no expresan el Reino. No podrían celebrar la eucaristía.
  3. Jesús (y los cristianos o mesiánicos). (a) No ayunan: Rechazan la visión penitencial de la existencia. Entienden y celebran las comidas como signo de Dios, pero han de ser comidas abiertas a los pobres, sin distinciones de pureza-impureza, como en las multiplicaciones (cf. Mc 6, 34-46; 8, 1-2 par). (b) Comen y beben, en medio de un mundo injusto, no para avalar la injusticia, sino para iniciar un camino de revelación de Dios (de Reino), compartiendo el pan y los peces (multiplicaciones) y el pan y el vino con los necesitados, por alegría y por solidaridad. En ese contexto ellos pueden afirmar que está presente el novio: el amor es más fuerte que la injusticia; la creación de Dios supera a la injusticia de los hombres (cf. Mc 2, 19). (3) No rechazan ningún alimento.En principio, comen de todo, superando así, como había hecho ya Juan, un tipo de leyes de pureza que ratificará (cf. Mc 7, 15-19). En esa línea, la Iglesia de Jesús superará pronto el régimen de comidas puras e impuras (cf. Hch 15), aunque quedará en el fondo, como indicaremos, el tema del ayuno por la ausencia del novio (cf. Mc 2, 20), que puede vincularse al ayuno por solidaridad con aquellos que sufren (o no pueden comer).

82568638_539057183626198_8333456269445186267_nEste comportamiento (y la comparación de Jesús con fariseos y bautistas) nos recuerda que el mensaje y proyecto de Jesús no desemboca en un sistema de espiritualidad pura, separada de la vida, ni en un modelo de ley impositiva, sino en un proyecto y programa de bodas de amor (con novio: símbolo de amor) y de comidas (es decir, de Reino).

Fariseos y bautista podrían aceptar el camino de Jesús, pero sólo a condición de que exigiera penitencia a los conversos (pecadores, publicanos…), creando así una una iglesia penitencial, centrada en el ayuno, pues ellos interpretan la religión como ejercicio programado de autodominio, en las márgenes del mundo (Bautista) o en el centro los pueblos habitados (fariseos). Ellos, bautistas y fariseos, son lo mejor que Israel ha ofrecido en clave nacional judía. Por eso, como representantes de la tradición legal, vienen y preguntan a Jesús: ¿por qué tus discípulos no ayunan?… (2, 18)[3].

En la línea de fariseos y bautistas, los discípulos de Jesús deberían ayunar, realizando así un gesto de ruptura frente a otros grupos de judíos ayunantes. (a) Los bautistas centran el camino de Dios en un «bautismo de conversión», en el que confiesan sus pecados; ellos tienen que reconocerse pecadores, por eso ayunan. (b) Por su parte, los fariseos ayunan dentro de la lógica legal del judaísmo, para obedecer la ley de Dios que así lo ha mandado; la mortificación constituye para unos y otros un aspecto esencial del camino de los hombres religiosos, que sólo así pueden evitar el contagio de un mundo destructor y someterse a la soberanía del Dios que impone su Ley para educarnos y mantenernos sumisos. Los cristianos, en cambio, no ayunan[4].

«Jesús ha definido su evangelio como amor activo»

Bautistas y fariseos son virtuosos de la ascesis, capaces de vencerse y dominar sus apetencias con esfuerzo, y así interpretan la vida y religión como heroísmo. Pero, a los ojos de Jesús su ayuno corre el riesgo de volverse elitista porque puede entender la salvación de Dios como resultado de la obra de los «buenos» y esforzados. Pero ¿qué pasa con los demás, con los millones de pobres del mundo que no logran comportarse como ascetas? Un tipo de ayuno corre el riesgo de silenciar (o de poner en un segundo plano) la gracia de Dios.

En contra de eso, Jesús ha definido su evangelio como amor activo, por encima de la ley-ayuno, como amor de bodas, amor de comidas…

Los amigos del novio no ayunan (2, 19). Siguiendo una técnica que es propia de las discusiones judías de aquel tiempo, este versículo se compone de una pregunta expresa (¿pueden ayunar los hijos/amigos del novio mientras el novio está con ellos?) y de una respuesta implícita (¡no pueden ayunar!). La respuesta era comprensible, y está recogida en diversos pasajes (posteriores) de la Misná. La mayor parte de los grupos judíos afirmaban que el gozo de las bodas está por encima de la ley del ayuno (e incluso de la recitación del Shema, para el novio), de manera que los ayunos quedaban dispensados en tiempo de bodas. Es normal que los oyentes respondan a Jesús: ¡No, los amigos del Novio no ayunan durante su fiesta! Hasta aquí todo es claro. La novedad de Jesús está en suponer que él ha venido como “novio” y que su tiempo mesiánico debe entenderse como fiesta de bodas, hasta que culmine el Reino de Dios.

Compartir-pan_2205089481_14334060_667x375Compartir el pan Mino Cerezo

Pues bien, para Jesús todo tiempo es tiempo de bodas y comida, no es sacrificio de ayuno ni ascesis sexual.  De esa manera, Jesús está invitando a sus amigos (discípulos, pobres, enfermos) al gozo supremo del Reino de Dios, como heraldo de las Bodas de Dios, y Novio universal; por eso, él no quiere iniciar a poseídos y leprosos, paralíticos y publicanos, en técnicas de ascesis, que les seguirían encerrando sobre el mundo viejo de la lucha y de la muerte.

La religión de Jesús no es ayuno, sino gozo. No es terapia de negación, sino tiempo de vino y ropa nueva, pues él viene como “novio”, invitando a los hombres y mujeres a la fiesta de las bodas (fiesta universal de Dios). Por eso, la “religión” no es resultado de un esfuerzo (según la ley de los ayunos), sino regalo gratuito de Dios. No son los hombres (¡los pobres, leprosos…!) los que tienen que dar algo a Dios ayunando, sino que es Dios el que “da” su reino a los hombres. Por eso, la Iglesia de Jesús no se funda en ayunos y ritos, ni se eleva sobre leyes represivas y separaciones (como quieren fariseos y bautistas), sino que brota y culmina como Boda mesiánica, donde el mismo Jesús es novio, amigo universal que ofrece a los hombres y mujeres su alegría. Por eso, lógicamente, sus hijos (= amigos) no ayunan (2, 19)[5].

Jesús no ha venido levantando un estandarte de leyes y vedas, sino con el vino y vestido de bodas, para que todos coman y beban y se casen (=celebren al amor). Él es el nymphios o novio de la humanidad, en palabra que quizá debe entenderse desde la experiencia primera del gozo de amor del paraíso, cuando Adán canta su gozo por Eva (cf. Gen 2, 23-24). Por eso, frente a la ley de ayuno que imponen a sus comunidades los bautistas y los fariseos, Jesús ha proclamado la gracia de las bodas, que definen el sentido de la iglesia.

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El Cristo vivo en la Eucaristía

jueves, 30 de enero de 2020
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Del blog de Henri Nouwen:

David Lachapelle

«Henri encontró su plenitud en la eucaristía. Le encantaba celebrar la eucaristía e incluir en ella a todo el mundo, y si en ocasiones daba la impresión de ser un tanto informal con respecto a las normas de la iglesia católica romana relativas a la intercomunión, ello se debía a que quería que cada uno de los presentes tuviera un encuentro personal con Jesucristo. A Henri le encantaba la eucaristía porque amaba a Jesús. Y creía apasionadamente en la presencia real de Jesús en el pan y el vino consagrados. Dado que la eucaristía revestía una importancia tan enorme para él, tuvo el talento natural de llenarla de sentido, de poner de relieve su relación con nuestras vidas. Solía dar la vuelta al altar y mezclarse entre los participantes entendiendo la mano a todas direcciones. Tal vez algunas personas les resultaran molestas estas actitudes, pero todas ellas eran manifestaciones del intenso deseo por parte de Henri de reunir a las personas en torno a Jesucristo….»

*

(Testimonio de Jean Vanier)

Located in Inventory 1, #77

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Celebrando una eucaristía en comunidad.

jueves, 30 de enero de 2020
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03-disposición1Poner los bancos en corro o círculo de forma que seamos y nos sintamos comunidad. Saludamos al Señor y nos saludamos unos a otros. Intentamos llenar los bancos de manera que sintamos que somos pueblo de Dios.

En alguna parroquia, la presidencia del presbítero no está fija, sino que ocupa distinto lugar.

Empecemos cantando todos a una y con entusiasmo. Si es preciso, unos avisos relativos a la celebración.

Unos apuntes para celebrar de una forma más viva y comunitaria la eucaristía.

Empezamos por el principio. Sería bueno el juntarnos antes de la Eucaristía, Para eso está el pórtico y charlar: saludos, noticias, necesidades, experiencias relacionadas con la comunidad

Y cantamos con entusiasmo. Puede ser con unas hojas delante o con un PowerPoint en la pantalla. Un canto, como todas, que esté elegido para ese día por el tema de la celebración,

Acogemos la bienvenida del presbítero y hacemos silencio para celebrar el perdón que Dios nos da. Gloria recitado o cantado por todos. Y un silencio para orar antes de que el cura lo haga colectivamente.

Buenos altavoces, lectores preparados, lectura lenta, sosegada, viva, con entonación. Y un poco de silencio. Canto del salmo y evangelio. Sin prisas, remarcando, con viveza y creatividad. Silencio. Y comentario de la Palabra. Será estupendo el que los fieles manifiesten la evocación de ese Mensaje, no para discutirlo, sino para hacernos eco de su contenido. Homilía corta, fresca y que recoja el sentido de las lecturas. Que se noten las horas de preparación. Silencio.

Podemos manifestar nuestra fe. Sería ideal responder cada uno a esta pregunta “en quién creo”. O por lo menos hacer preguntas colectivas y que todos respondamos.

La oración de los fieles, que sea eso, de los fieles. Y que todos nos impliquemos. No rezar por la paz en el mundo, sino para que seamos constructores de paz. Y así con las necesidades sentidas pero sabiendo que Dios ya las conoce y necesita nuestras manos.

Unas ofrendas vivas: de los dones que ofrecemos a la comunidad para los pobres. Que sean dones premeditados y que reflejen nuestra entrega generosa.

Ofrecemos al Padre los dones de la vida, las realidades de este momento con el pan y el vino, como ofrendas y compromisos. Bonito momento para expresar lo que podemos ofrecer a la comunidad y lo que necesitamos de ella: horas de visita, favores, servicios, acompañamientos.

Toda la celebración la hacemos en positivo: Señor, tú nos das, tú nos salvas, tú nos concedes como algo ya dado. No se trata de recordarle a Dios nuestras necesidades que ya las conoce sino tomar conciencia de las posibilidades de nuestra colaboración…

Y un canto que manifiesta nuestra actitud de entrega.

Caemos en la cuenta de que estamos reunidos con Jesús para vivir su entrega, sus comidas, sus mensajes, sus sanaciones. Y su entrega de muerte y resurrección.

Vamos a levantar, no tanto nuestro cuerpo, sino nuestro espíritu, entrega para vivir con Él, su actitud de servicio. Alabanza a Jesús y aclamación como en la entrada de Jerusalén,

Damos gracias por muchos motivos, por nuestra experiencia de vida y salvación y nos disponemos a celebrar con Él su Presencia Salvadora que se entrega por todos los hombres.

Nos sentimos unidos a toda la humanidad a todos los creyentes, presididos por el Papa y nuestro Obispo.

Y anunciamos que Jesús nos recuerda a todos los difuntos y confesamos nuestra fe en su plenitud y resurrección .Ya están con Dios. Por supuesto sin que el recuerdo cueste ningún dinero y sin que nosotros se lo recordemos a Dios, sino que confesamos que Él los tiene presentes consigo.

Todos a una brindamos por Cristo, toda alabanza al Padre con el Espíritu.

Un Padre nuestro –como si fuese el primero de nuestra vida–, escuchando las peticiones y las exigencias que vamos a vivir para hacer realidad esos deseos.

Constatamos que Jesús nos libera de todo mal, de todo pecado y de toda perturbación. Y acogemos la paz para nosotros y la distribuimos con todos los cristianos.

Y compartimos el Cuerpo y la Sangre de Jesús, de los que somos dignos porque la Palabra de Cristo nos ha dado esa dignidad. Comulgamos en las dos especies.

Y silencio, acogida, contemplación, compromiso. En acción de gracias. Pero no necesitamos estar un rato después de misa para dar gracias, porque eso ha sido toda la eucaristía. No comemos chucherías después del banquete.

Unos avisos que concreticen nuestro compromiso comunitario y un canto de acción de gracias. Comentarios y sería estupendo tomar un vino o alguna cosilla toda la comunidad unida. Y realizar la misión que Jesús nos ha pedido.

Gerardo Villar

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«Oír misa entera», por Gerardo Villar

jueves, 12 de septiembre de 2019
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CATHOLICVS-Santa-Misa-Fieles-Difuntos-Bedminster-All-Souls-Holy-Mass-1¿Existe comunidad de cristianos? Eso me lo pregunto al salir de una eucaristía de domingo. Participo en una misa de una capital de España. Unas cien personas pero ocupando por lo menos 90 bancos. Hay un precioso cartel en la entrada del templo: “se ruega pasen a los primeros bancos.”

Sí que hay una contestación más o menos a las oraciones. Pero me he fijado que nadie se ha saludado al entrar en el templo. Y cada uno ha acudido decididamente al lugar que ya tiene establecido por costumbre. Escuchamos la homilía sin que nadie intervenga más que el cura y pasamos a recitar a coro el credo. Unas bolsas recogen el dinero por todo el templo y prosigue la celebración sin más participación que algún canto propio de la misa. Y nos vamos a la calle.

Hay un aviso respecto de la eucaristía del próximo domingo y cada uno a su casa.

Hoy me toca a mí estar de feligrés. Pero me doy cuenta de que así son también mis celebraciones. Me recuerda el “cumplir”, “oír misa entera” ¿Somos comunidad? ¿Qué nos traemos entre manos todos juntos? Pienso que nada menos que el reino de Dios. Pero para eso, necesitamos dialogar, ver cómo estamos y nos sentimos, cómo están las personas de nuestra comunidad, especialmente los enfermos, que problemas hay, qué experiencias de fe hemos vivido esa semana, que interrogantes nos plantea la situación política y económica de la sociedad del mundo, qué ocurre en otras comunidades….

No hay tiempo porque a continuación hay otras eucaristías, una cada hora.

Cuando celebro, necesito ser consciente de cada palabra, de cada frase y saborearlo. Luchar contra la rutina. Por eso, me permito cambiar algunas palabras y algunas expresiones, para que sean un poco creación, no repetición.

He comprobado que las letras de las canciones no dicen casi nada porque las repetimos rutinariamente. Y a veces cantamos auténticos disparates. En cuantas procesiones se cantó el “sois todo piedra y mal que arrasa el corazón” en lugar de «sois todo piedra imán, que arrastra el corazón” Podríamos hacer una antología del disparate cantado. Ganaría el concurso la salve cantada en latín.

El credo lo recitamos sin ser conscientes de lo que decimos. Me gusta cuando se hace con preguntas y respuestas.

Las ofrendas. Se pasa el cestaño o la bolsa todos los días aunque solamente haya seis personas en misa. Por lo menos, podíamos pagar entre todos el bocadillo de la persona que pide a la entrada del templo.

Las plegarias, tenemos la suerte de que hay diversas fórmulas y esto nos ayuda a la atención personalizada. No recemos siempre la segunda fórmula porque ya la sabemos y es más corta.

En cuanto a las posturas: hay una generalidad que está de pie, y unas pocas personas que celebran de rodillas por “respeto”, que lo hacen muy convencidas.

En las misas normales, comulga la mayor parte. En los entierros y misas masificadas, funerales y bodas comulgan muy pocas personas. Yo suelo preguntar alguna vez “¿quién quiere manzanilla?”. Porque se supone que los que no comulgan están mal, no les va ese Alimento…

En casi todos los templos hay un pórtico. Es una pena que no lo usemos como lugar de encuentro, saludo y diálogo.

Es una misa “dicha” en cadena. Vamos a ir descubriendo en días sucesivos las posibilidades de una eucaristía celebrada en comunidad.

Gerardo Villar

Fuente Fe Adulta

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Hombres del compartir…

jueves, 29 de agosto de 2019
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Para los cristianos de los primeros siglos, el sacramento del altar y el del hermano constituían las dos caras del mismo misterio. Cristo ha reconstituido la unidad humana, rota por el orgullo del hombre, por su voluntad de apropiarse de la creación y, por consiguiente, de la muerte -del estado de muerte- que deriva de esta separación. Cristo no está separado de nada ni de nadie. Con la eucaristía entramos en esta inmensa unidad, somos miembros los unos de los otros, responsables los unos de los otros, y cada uno de nosotros lleva en sí toda la humanidad.

El «sacramento del pobre» no sustituye al del altar […], sino que se arraiga en él, deriva de él, lo expresa. El pan eucarístico no instaura sólo un vínculo entre el Resucitado y cada uno de nosotros, no fundamenta sólo la unidad visible de la Iglesia; nos introduce en la unidad -en el ser de toda la humanidad-. Compartido, hace de nosotros los hombres del compartir […]. En la Iglesia primitiva no había una moral social, sino más bien una concepción sacramental de la solidaridad humana. Partían de la idea del Cuerpo de Cristo en el que la vida trinitaria, vida en comunión, debe difundirse para irrigar de una manera misteriosa el género humano.

*

Olivier Clément,
La rívolta dello Spiríto,
Milán 1980, pp. 135ss).

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«¿Eucaristía o celibato? «, por José Mª Castillo

jueves, 4 de julio de 2019
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pasion-de-jesucristo-ultima-cena-500x196De su blog Teología sin censura:

Ante el hecho de tantos cristianos que se tienen que quedar sin Eucaristía cada semana, por falta de presbíteros, hay quienes sospechan, esperan o temen que el Papa pueda tomar una decisión inesperada

Esta posible decisión, a unos les da miedo, mientras que a otros les entusiasma

Estos días, en vísperas del Sínodo de la Amazonía, se habla y se sospecha que el Papa Francisco pueda tomar una decisión inesperada, decisiva, sorprendente. Ante el hecho de tantos cristianos, que se tienen que quedar sin Eucaristía cada semana, por falta de presbíteros, hay quienes sospechan, esperan o temen que el Papa pueda cortar por lo sano y, en consecuencia, pueda decidir que se ordene como presbíteros a hombres casados o a mujeres o vaya Vd a saber.

Esta posible decisión, a unos les da miedo, mientras que a otros les entusiasma. Unos se aferran a la tradición secular de la Iglesia en lo relativo al celibato sacerdotal. Otros recuerdan la vieja tradición de los “viri probati”. En unos hay malestar. En otros, esperanza…. Total, un lío y un lío importante.

 25enero

Dado que, en la Iglesia hemos llegado a esta situación, yo me pegunto: Pero ¿es que estamos locos? ¿hemos perdido el sentido de lo más elemental? ¿de veras, andamos así de extraviados en la Iglesia?

Me planteo estas preguntas por una razón muy elemental: ¿qué instituyó Jesús? ¿la Eucaristía? ¿o el celibato de los curas? Entonces, ¿qué es más importante? ¿ser fieles a Jesús? ¿o ser fieles a lo que se inventó en el concilio de Elvira, por un pequeño grupo de obispos que se reunieron (según parece) en el actual barrio del Zenete, en Granada?

Es duro lo que voy a decir. Pero no puedo callarme. Andamos tan desnortados, que vemos como algo lógico que se dude si darle la razón al Evangelio a dársela a los chamanes del Norte de Asia, que según parece (E. R. Dodds), dieron pie para que los estoicos del s. V (a. C.) pusieran en marcha el “puritanismo” de la cultura occidental.

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«Hermanas, levantaos», por Teresa Sánchez Carmona.

martes, 25 de junio de 2019
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C4Ns9lEXUAAZM-kTodo gran camino empieza con un paso. Y para darlo resulta imprescindible ponerse en pie. Tomar conciencia de uno mismo, de la presencia y la potencialidad. De la propia dignidad. El oído se abre, la mirada se aclara, el corazón comprende, el cuerpo se yergue, la vida se reinicia: talitá cumi.

Por desgracia, estamos lejos de que las mujeres reciban tal invitación dentro de la Iglesia. La misma que, curiosamente, sigue al Jesús que lloraba con Marta y María, que permitía a una mujer besar y lavar sus pies, que desveló a María de Magdala un amor mayor. Veintiún siglos después las mujeres siguen siendo elegidas: para arreglar las flores del altar, dirigir los cantos en misa, coordinar las catequesis o limpiar la casa del cura. Ah, sí, el Papa también ha elegido a cuatro mujeres como consultoras del Sínodo. Curiosa estoy de ver si les dan la voz cantante o de coristas.

¿Y por qué se permite y legitima marginar a la mujer, considerándola incapaz de realizar las mismas tareas que los hombres? Ellos dicen:

Jesús pudo haber elegido mujeres y no lo hizo. Si en pleno siglo XXI seguimos utilizando el masculino genérico para hablar de ambos sexos, ¿qué podemos esperar de quienes escribieron el Nuevo Testamento?, ¿no es evidente que la mujer ha sido sistemáticamente relegada al anonimato? Si ahora no reconocéis su dignidad, ¿pensáis que iban a hacerlo los primeros cristianos? Hablan de discípulos, claro. Testigos, por supuesto. ¿Mujeres? sin duda. Mujeres fuertes que, en un mundo de hombres, cambiaron la historia y aparecen en la Biblia. Lástima que no escaparan del filtro machista que reduce su papel y lo(a) sexualiza: Eva tentadora, Judith atractiva, María virgen, Magdalena prostituta.

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Hombres y mujeres cumplen diferentes roles en la Iglesia. Mi argumento preferido, por retrógrado. Algo así como “hombre sale a cazar, mujer cuida el fuego”. Por suerte, la misión es una: proclamar que la Buena Noticia es para todos. Uno el mandamiento: “Amaos los unos a los otros”. Pero muchos, sí, los dones del Espíritu. Esos cambian de persona a persona, pero no en razón de su sexo sino por el Misterio que nos habita: hijos de un mismo Dios. Hermanos/as. Sin distinción ni categorías.

Asumiendo que no hay conciencia ni interés por retribuir a la mujer el papel que le corresponde en la Iglesia, me pregunto: ¿por qué lo permiten ellas?

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Y aquí dirijo mi apelo a mis HERMANAS (mujeres de Dios, monjas, consagradas;  PERSONAS que creen en una comunidad igualitaria). A vosotras os pregunto: ¿por qué no presidís la Eucaristía este domingo? ¿De quién esperáis “el permiso”, de Dios o de los hombres? ¿Os prohibiría Jesús reuniros en su nombre, proclamar la Palabra, bendecir el Pan y repartirlo? ¿Hace falta revestir la consagración de algo más que de fe y entrega? ¿Hay un componente “mágico” que os impide a vosotras hacerlo?

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Quizá ha llegado el momento de abandonar esta espera pasiva, ponernos en pie y afirmarnos desde esa libertad que nace de dentro. Con la suave mansedumbre y la firme rebeldía que el propio Jesús manifestó ante quienes se creían señores, jueces y sabios. Como testigos que no pueden ni quieren permanecer encerrados por más tiempo: os invito a presidir la Eucaristía vosotras mismas. Y celebrar la Vida en comunión con quien quiera acompañaros. ¿Se atreverán a echaros de las iglesias? Y si lo hacen, ¿podrán impedir que celebréis al Dios de la Vida en las calles, las casas, los parques y jardines, a plena luz del día?

Ha llegado el tiempo de hacer algo nuevo. Nada hay más revolucionario que levantarse y proclamar que Dios está en medio de nosotras porque lo llevamos dentro. Que encarnarlo no es privilegio de unos pocos. Y que sólo por ÉL, con ÉL y en ÉL nos sentimos legitimadas a administrar los sacramentos. Para que la Palabra se haga cuerpo (también en el nuestro). Que así sea.

Teresa Sánchez Carmona

Fuente Fe Adulta

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La Eucaristía expresa la vida

lunes, 24 de junio de 2019
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Del blog de henri Nouwen:

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«El acontecimiento eucarístico revela las más profundas experiencias humanas, como la tristeza, la atención a los demás, la invitación, la intimidad y el compromiso. Resume la vida que estamos llamados a vivir en el Nombre de Dios. Sólo cuando reconocemos la riquísima red de conexiones entre la Eucaristía y nuestra vida en el mundo, puede aquélla ser «mundana», y nuestra vida «eucarística»».

«El mundo está lleno de historias, de rumores, de predicadores y de evangelizadores. Existen buenas razones para un cierto escepticismo. Quienes no acuden con nosotros a la Eucaristía no son mejores ni peores que nosotros. También ellos han oído la historia de Jesús y, por lo general, han sido bautizados; algunos incluso han frecuentado la iglesia durante más o menos tiempo. Pero luego, poco a poco, la historia de Jesús se ha convertido para ellos en una historia de tantas, la Iglesia en una pesada carga, y la Eucaristía en un simple rito».

«En la Eucaristía se nos pide que abandonemos la mesa y que vayamos con nuestros amigos a descubrir juntos que Jesús está realmente vivo y nos llama a todos a formar un nuevo pueblo: el pueblo de la resurrección».

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Henri Nouwen
Con el corazòn en ascuas

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“Corporis mysterium” . Desconcierto teológico

lunes, 24 de junio de 2019
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2Corpus_Christi_-_Toledo-Venta-de-AiresDel blog de Ramón Hernández Martín Esperanza Radical:

Frente a la celebración del Corpus esta semana, abordo el tema con inmensas precauciones, sabedor de que puedo incomodar, encabritar y hasta escandalizar a muchos. Pero al cirujano no le debe paralizar el hecho de tener que echar mano del bisturí, sobre todo cuando la vida está en juego. Tal es el caso o algo parecido. ¡Con lo bonito que sería dejar que las cosas fluyan mansamente y que te lleve la suave corriente!

 Eucaristía escorada

Diré groso modo, como base, que en el siglo XIII se produce un gran revuelo al abordar el tema de la “presencia real” de Cristo en la Eucaristía, con secuelas importantes para la vida de los creyentes. La preocupación por el tema de tal presencia, tan debatido entonces, lleva a la especulación teológica a servirse de la filosofía griega. Los términos “substancia” y “accidentes” son el eureka definitivo para la racionalización de un gran misterio: el pan y el vino, sin perder apariencia y consistencia, llevan en su misma entraña, en su substancia, el cuerpo y la sangre de Cristo. Cristo, por tanto, se hace realmente presente en ellos como “substancia”. ¡Aleluya! El poder de consagrar que otorga a los sacerdotes el sacramento del orden obra, por así decirlo, un gran milagro físico-metafísico. ¡Gran logro teológico!, y sin embargo….

No, el tema no ha quedado zanjado ni fijado para siempre. Es más, la Eucaristía resultante sale malparada de esa racionalización metafísica, pues su condición de “sacramento”, que convierte a Cristo en pan de vida y bebida de salvación, pierde fuelle al convertirse la Eucaristía en una especie de segunda encarnación y, por ello, en objeto de un trato “personal” que no encaja en el sacramento ni a machamartillo.

Adoración

Santa-EucaristiaLa insistencia en probar la presencia real hace que lo “sacramental” derive a “personal”. De ahí al acompañamiento y a la adoración de Cristo en las especies solo media un paso imperceptible. Y así, lo que únicamente debería servir para comida de salvación deriva en “presencia física” de un Dios digno de ser adorado y acompañado en su soledad. En ese contexto, la festividad del Corpus resulta tan lógica como desatinada.

Tal desajuste teológico y desbarajuste piadoso me obligan a gritar con fuerza que la Eucaristía queda desvirtuada al perder su enorme fuerza sacramental de transformación de nuestra conducta. Partir y compartir el pan de vida exige mucho más que genuflexiones. Además, nada hay en el pan y en el vino que invite a hincar la rodilla.

La conversión de la presencia real en “personal” polariza la piedad cristiana. Asombra el aplomo con que el cantor de la Eucaristía, Santo Tomás de Aquino, trata este sacramento, pero su teología, sólidamente sustentada en la transubstanciación, acentuó tanto la “presencia” que desnaturalizó un sacramento que fundamenta y expresa la Iglesia misma.

De poco han servido las advertencias del mismo Jesús en Jn 4,21-24: Créeme, mujer, que se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adorarán ustedes al Padre… se acerca la hora, y ha llegado ya, en que los verdaderos adoradores rendirán culto al Padre en espíritu y en verdad… Dios es espíritu, y quienes lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad”.

Partir el pan

Debemos rescatar el significado y la virtualidad de partir y compartir el cuerpo y la sangre del Señor, gesto ritual frente al cual palidece la incuestionable belleza de la celebración del “Corpus”. Que para ello los cristianos nos sirvamos de pan y vino desmonta de un plumazo cualquier atisbo de canibalismo entre nosotros. Se come pan y se bebe vino con la fuerza significativa de comunión efectiva con un Cristo que es vida y salvación. La tradición cristiana anterior lo expresaba mejor hablando de “simbolismo ontológico”, aunque fuera una expresión menos solemne e ingeniosa que la de “transubstanciación”.

Dicha tradición realzaba la virtualidad eucarística al identificar a cada comensal con un grano de trigo y otro de uva. Por ello, los cristianos somos en ella, al mismo tiempo, comida y comensales. La “comunión indigna” sobre la que advierte San Pablo en 1 Cor 11:27-32 denuncia el egoísmo de “no compartir”.  Partir (ascética) y compartir (caridad) es la clave del cristianismo.

Para convertirse en Eucaristía, el cristiano debe seguir el proceso a que son sometidos los granos de pan y uva: de siega, trilla, molienda, fermentación y cocción, en un caso; de vendimia, pisado y fermentación, en el otro. Se trata de comportamientos ascéticos muy exigentes. Resuena en ello el “niégate a ti mismo” evangélico (Mt 16:24).

Compartir el pan

“Compartir” mete en danza nuestra propia vida, pues debemos hacerlo no solo con lo que tenemos, sino también con lo que somos. Debemos poner nuestra carne en el asador del mandamiento del amor. Esa es la madre del cordero del cristianismo.

La razón estriba en que la auténtica “presencia personal” de Cristo no está en el pan de vida y en la bebida de salvación, sino en cada uno de los seres humanos sin excepción, a tenor de lo que dice el mismo Jesús en Mt 25:40: “… a mí me lo hicisteis”. De ahí que la única manera de acercarse a Cristo es alimentarlo, vestirlo, acompañarlo y adorarlo en todos y cada uno de los seres humanos. Un cristiano no debería hincar su rodilla más que ante otro ser humano y más cuanto más necesitado sea, pues Jesús se identifica con él.

Compartir_el_panDe atenernos a esta esplendorosa verdad, la de ver a Dios en cada ser humano, los cristianos cambiaríamos por completo, de forma radical, nuestros comportamientos depredadores y pondríamos en solfa los de todos los demás. Nadie ha podido jamás ni podrá en el futuro proclamar una verdad tan esplendorosa y trascendente, tan libre de demagogias y soflamas populistas. La presencia de nuestro Dios es tan fuerte que aflora invasora en el rostro doliente de todo ser humano, también en el de los agnósticos, ateos, descreídos y desesperados de la vida. Lo hace, además, de forma especial en el de los pobres y desvalidos para que podamos echarle una mano. Teniendo esa conciencia, jamás podremos negarnos a auxiliar a otro ser humano cualesquiera sean su situación y condición.

Frente a un imaginario dilema entre Eucaristía y el ser humano más depravado, el cristiano debe decantarse por el último. En la imposible hipótesis de tener que pisotear la Eucaristía o darle una bofetada a un pederasta asesino, el cristiano debería optar por lo primero, pues entre ambos hay la diferencia que media entre un alimento y quien lo come. El “sagrario” donde realmente habita Dios es el hombre. Repito que la extraordinaria virtualidad de la Eucaristía dimana de que, en ella, todos somos al mismo tiempo comida y comensales, de que participar en su celebración nos exige partirnos y compartirnos.

Fuente Religión Digital

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Hacia un idolatría de la Eucaristía.

domingo, 23 de junio de 2019
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[…] El mismo Cristo  debe asfixiarse en nuestros ostensorios de oro, en nuestros cálices incomparables, en nuestros copones incrustados de joyas, Él quiso sólo la paja del Pesebre o la madera de la cruz. El culto exagerado de la Eucaristía tiende a hacer de nuestras iglesias templos paganos.

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Louis Evely

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Condúceme de lo irreal a lo real, condúceme de las tinieblas a la luz, condúceme de la muerte a la inmortalidad.

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Brihadaranyaka Upanishad

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Una liturgia sin compromiso místico

Los faraones de Egipto han sido divinizados y los monumentos no dejan de representar su investidura divina. Cuando, más tarde, Alejandro el Grande conquistó Egipto, no creyó que pudiera asegurar su dominación sobre las colonias sin hacerse reconocer como Dios. Del mismo modo los emperadores romanos, para consolidar la unidad de su imperio, aceptaron, luego finalmente impusieron, esta divinización de Roma y de su persona.

Pero esta divinización del faraón provocaba también, casi necesariamente, la “faraonización” de dios. Había una simbiosis, una suerte de comunidad de vida en la que las reacciones eran recíprocas y, finalmente, la imagen de la divinidad se amoldaba a la del faraón divinizado.

¿Hasta qué punto esta situación ha sido reproducida a lo largo de los siglos, incluso en el pensamiento de Israel? ¿En qué medida nuestra liturgia no guarda vestigios de este intercambio ambiguo entre la realeza terrestre y la realeza divina? ¿Hasta qué punto incluso el concepto de la realeza divina no es simplemente una emanación de la realeza humana?

¿En qué medida, en Bizancio, la liturgia de Palacio y la liturgia de Santa Sofía no coincidían en una misma imagen, donde la realeza divina y la realeza humana se confundían de nuevo?

Y en qué medida nuestra liturgia no es todavía una supervivencia de las liturgias reales que no comprometen nunca el fondo del alma? ¿No podemos pensar, a veces, que en nuestra misma liturgia, se trata de rendir homenaje a un soberano, de procesiónar alrededor de su altar, de erigirle un santuario dedicado a él, y una vez hecho esto, queda con Dios, todo esto que puede realizarse y celebrar sin ninguna especie de compromiso místico?

Algo extremadamente peligroso

Es evidente que, si el hombre de la calle es tan a menudo completamente extraño a lo que pasa en nuestras iglesias, es porque no pasa allí ningún acontecimiento susceptible de tocarlo aunque sea un poco. El no se siente allí de ninguna manera alcanzado y concernido a lo más íntimo de él mismo.

Hay una religión aparente que  no asume compromiso profundo. Esto es extremadamente grave, y podemos preguntarnos hasta qué punto esto no es a causa de la Eucaristía que llegamos a una confusión tan radical sobre la esencia misma del mensaje de Jesús.

Una especie de materialismo religioso, el peor de todos; puede trágicamente establecerse alrededor de la Eucaristía; tenemos un catalizador de paladio, un pararrayos celeste, sobre la casa, podemos dormir tranquilo, Dios está allí en su cajita y lo tenemos constantemente a nuestra disposición.

¿Nos hemos cuestionado suficientemente sobre  el valor de nuestras comuniones? ¿sobre el valor de esos niños? ¿Qué producen? ¿Qué cambian?

En las comuniones sin compromiso, donde se cuenta con el opus operatum (un efecto producido infaliblemente por el hecho de que se recibe el sacramento), en las comuniones donde mecánicamente se debe ser santificado porque se abrió la boca o se tendió la mano para recibir la hostia: hay allí algo extremadamente peligroso porque no se ve en absoluto toda la exigencia que está en la base de una conversión verdadera, y que supone a un nuevo nacimiento; no vemosen absoluto la exigencia de la comunión que implica esta transformación radical donde se pasa del mí posesivo al mi oblativo. Incluso, ¿cuántos sacerdotes  que celebran la misa cada día todavía pueden, quizá, estar todavía allí?

Resituar la Eucaristía en la perspectiva evangélica

Debemos pues resituar la Eucaristía, hay que situarla allí dónde la vida de la Iglesia debe encontrar su unidad, hay que situarla en su sitio, es decir en la perspectiva evangélica que se nos impone en los últimos encuentros del Señor con sus discípulos.

La última consigna que resuena en todas las páginas delrelato joánico, es que os améis unos a otros como yo os he amado. Y esta consigna es también el criterio que hace reconocer a los discípulos de Jesús: ” en esto os reconocerán que sois mis discípulos, si os amais los unos a los otros.

Y para dar una lección a sus discípulos, Jesús les lavó los pies. “Esto es lo que es amar a tu prójimo: lo que he hecho es para que hagáis vosotros lo mismo los unos a los otros”.

Por extraño que pueda parecer, la Eucaristía parece haber desaparecido, ni siquiera se nombra en este lugar, ¿por qué? Debido a que está implícita en esta mandato (lavatorio de los pies). Está implícitamente contenida en el mandato y en la consigna final del Señor: “Amaos los unos a los otros”, ya que es exactamente la misma cosa.

“Os conviene que yo me vaya “

Recordemos las trágicas palabras de Jesús en el discurso después de la Última Cena: “Es bueno que yo me vaya porque, si no me voy, el Paráclito, el Espíritu Santo, no vendrá a a vosotros”. ¿Cómo no ver en estas palabras la confesión de un fracaso? Jesús nunca convirtió a nadie … ¡a nadie! Ni la muchedumbre, ni los sacerdotes, ni las autoridades, ni Herodes ni sus discípulos, ni incluso el discípulo amado que se dormirá como los otros enseguida en el Jardín de la Agonía: no ha convertido a nadie.

Y la llamada suprema que les dirige  a sus discípulos en el lavamiento de los pies se quedará sin eco: no comprenden que el reino de Dios está dentro de ellos mismos.

No comprenderán que es para hacer nacer este reino interior que Jesús se arrodilla delante de ellos para lavarles los pies, y no comprenden  que es para arrancar la piedra de nuestros corazones que Jesús muere sobre la cruz. Y la última pregunta que le harán a Jesús justo antes de la Ascensión será significativa de esta total  incomprensión.

¡La humanidad de Jesús debe pues desaparecer! Y es sólo en lo invisible, en el fuego del Pentecostes, como encontrarán a su Maestro como una presencia interior, no lo verán en lo sucesivo ya más delante de ellos sino dentro de ellos, y es en aquel momento cuando lo reconocerán. ¿Podemos desde entonces imaginar un solo instante que Nuestro Señor nos haya dado la Eucaristía para que refabriquemos con este sacramento un culto idolátrico, para que pudiéramos poseerlo allí, al alcance de nuestra mano, encerrándole en una caja para que nos pertenezca? ¿ Podemos concebir un materialismo igual por parte del Señor? ¿Cómo podemos imaginar que les hubiera robado su presencia visible a los Apóstoles para restituirnos en la hostia un foco de idolatría, como si pudiéramos disponer de Dios como el resultado de un objeto? Es absolutamente imposible, es exactamente lo contrario que sucede cuando Jesús nos da la Eucaristía.

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Maurice Zundel

La Rochette, 1963

(Fuente)

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En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar al gentío del reino de Dios y curó a los que lo necesitaban.

Caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle:

“Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado.”

Él les contestó:

“Dadles vosotros de comer.”

Ellos replicaron:

“No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío.”

Porque eran unos cinco mil hombres.

Jesús dijo a sus discípulos:

“Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.”

Lo hicieron así, y todos se echaron.

Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos.

*

Lucas 9, 11b-17

***

El milagro de la multiplicación de los panes tiene lugar allí donde en el pueblo de Dios se escucha la Escritura cuya exégesis mesiánica nos proporcionó Jesús, y, por consiguiente, allí donde se respeta la Escritura y se obedece su Palabra, que encuentra su expresión actual en la asamblea de la comunidad.

Eso significa: allí donde se vive la vida cotidiana bajo el lema de la voluntad de Dios […]. El milagro de la multiplicación de los panes tiene lugar allí donde se celebra el banquete mesiánico, al que Jesús quiso invitarnos precisamente a todos, a los justos y a los pecadores, a los sanos y a los enfermos, a los invitados de la primera hora y a los que se quedan mirando los toros desde la barrera, es decir, allí donde se ha hecho posible, a continuación, la integración y la unanimidad de aquellos que quieren ponerse al servicio ae la construcción del pueblo de Dios. Eso significa: allí donde al convivium, o sea, al banquete de la eucaristía, le corresponde de nuevo el convivir, o sea, la convivencia de los creyentes que precede y sigue a la eucaristía, y encuentra su síntesis festiva en la celebración de semana en semana, de una fiesta a la otra.

El milagro de la multiplicación de los panes tiene lugar allí donde se vuelve vital la fe en que el hombre no vive sólo de pan, sino que vive, en primer lugar, de la Palabra de Dios, de su promesa y de la voluntad de aquel que se ha creado un pueblo al que debe llevar a una tierra que mana leche y miel. Eso significa que el milagro tiene lugar asimismo allí donde los creyentes se atreven a dar pruebas de su propia fe y a ponerla a prueba.

*

R. Pesch,
Il miracolo della moltiplicazione dei pañi. C’é una soluzione per la fame nel mondo?,
Brescia 1997, pp. 182ss, passim.

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Traiciones al espíritu de Jesús: Los primeros cristianos no tenían templos ni celebraban sacrificios

sábado, 12 de enero de 2019
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0A9-440x320-1La Cena del Señor, la Fracción del Pan, no nace en el templo sino en la Sinagoga. La Sinagoga Cristiana toma la estructura de la Judía, pero la modifica y la completa.

Su local no es el Templo, ni la preside un sacerdote (ni un doctor); en ella no se celebran sacrificios sino que se lee la palabra y se hace oración. La modifica, porque la palabra del AT se ve sustituida por los hechos y dichos de Jesús, no narrados y explicados por sabios doctores sino por los Testigos de Jesús; y los participantes ponen en común lo que el Espíritu da a cada uno (profetas). La completa, porque termina con la Fracción del Pan, que no tiene precedente en el AT. En esa reunión no hay sacerdotes, ni aparece alguien que por oficio la presida, ni aparece por ninguna parte que se ofrezca un sacrificio, ni se nombre la palabra altar.

Nuestra pregunta tendrá que ser, necesariamente: ¿de dónde han salido la interpretación sacrificial de la Eucaristía, llamada “el santo sacrificio de la Misa”, con todos sus ritos, su clericalización y la mera “asistencia y participación” de los “laicos”?

Esteban, hace un virulento ataque contra el Templo: “no se pueden hacer casas en el Altísimo”. Los primeros seguidores de Jesús no tienen Templos, lugares de presencia de Dios y de adoración. Pero más tarde fueron surgiendo. ¿Era un retorno al Antiguo Testamento, una traición a Jesús? La magnificencia de los templos cristianos ¿tiene que ver con Jesús o más bien con el Templo de Jerusalén?

Aquí llegamos a la conjunción de varias líneas: el aumento del número, la progresiva crecimiento de la clase clerical, el cambio teológico de banquete a sacrificio, la posesión de riquezas y la concepción de los templos como esplendorosos monumentos a la gloria de Dios, que son un peligro mortal para la Cena del Señor.

Recordemos: Dios no necesita nada, solo que cuidemos de sus hijos. Todo el dinero que tenga la Iglesia es para los pobres. Sólo cuando nadie en el mundo padezca ninguna necesidad podremos dedicar dinero a la gloria de Dios.

El espíritu está en la asamblea, no en la cabeza aislada. En la Iglesia no hay poder sino misión. Hemos comprobado que, invariablemente, las decisiones importantes se tomaban en la asamblea, que aparecía siempre como órgano supremo a la hora de decidir, aun cuando estuvieran presentes los apóstoles y el mismo Pedro.

Esto sucedió desde el principio, con la elección de Matías, hasta el final, con el que llamamos “Concilio de Jerusalén”, a cuyas autoridades se someten Pedro y Pablo, con reticencias de los de Santiago.

¿Cómo se tomarían las decisiones importantes en el futuro? El modo asambleario fue declinando, dejando paso al modo monárquico. ¿Cuándo comenzó esta sustitución? ¿Se parece algo aquel modo asambleario original al modo actual de ejercerse la autoridad del Papa, de los obispos y de los Concilios?

La función de los Doce, y muy especialmente de Pedro: “Nosotros nos dedicaremos a la oración y a la Palabra”, dejando la administración a otras, elegidas por la comunidad. Los Doce, y más tarde los apóstoles, tienen la misión de la Palabra, para cumplir la cual les es necesaria la oración. Eso les da autoridad, pero nunca aparece esta autoridad como un poder ni lejanamente semejante a poderes civiles, ni menos aún militares o económicos. El caso de Pedro es llamativo:

toma iniciativas aceptadas por todos (elección de Matías (1,12);

propone a la comunidad y a ésta le parece bien (ibid.);

es enviado por la comunidad, junto con Juan, a la evangelización de Samaria (8,14);

toma por su cuenta y riesgo de decisión de entrar en casa de paganos y bautizarlos (10,34);

tiene que dar explicaciones a la comunidad de Jerusalén, cosa que hace con toda naturalidad (11, 1);

opina, con autoridad pero sin carácter de decisión definitiva, en el “Concilio de Jerusalén” (15,7);

recibe la reprimenda de Pablo (Gal. 2,11) “porque era digno de reprensión”.

Las formas de gobierno. Hemos comprobado que existen varias formas. La comunidad de Jerusalén parece regirse por un consejo de ancianos presididos por Santiago, “el hermano del Señor”. En otras comunidades aparecen sin más “los presbíteros”, que parecen ser también consejos de ancianos, unas veces espontáneos y otras nombrados por Pablo o algún otro apóstol. Finalmente aparecerán los epíscopos, que una veces son presidentes del consejo de ancianos y otras se presentan con autoridad más personal. De todas estas formas solamente ha subsistido en la Iglesia el episcopado, monárquico.

Tendremos que preguntarnos por qué declinaron las otras formas y también si no podrían existir hoy en la Iglesia sistemas de gobierno diferentes. Aparecen los diáconos, como encargados de temas económicos, como encargados de los aspectos físicos de la Fracción del Pan y como auxiliares de los epíscopos.

Tanto los epíscopos como los presbíteros, los diáconos, y profetas son casados; más aún los textos no aparecen tolerarlo sino exigirlo. 1Tim 3,2-5: Es, pues, necesario que el epíscopo sea irresprensible, casado una sola vez, sobrio, sensato, educado, hospitalario, apto para enseñar, ni bebedor ni violento, sino moderado, enemigo de pendencias, desprendido del dinero, que gobierne bien su propia casa y mantenga sumisos a sus hijos con toda dignidad; pues si alguno no es capaz de gobernar su propia casa, ¿cómo podrá cuidar de la Iglesia de Dios?

Incluso se habla de los apóstoles, y expresamente de Pedro, como “acompañados por una mujer cristiana” (1 Corintios 9,5). Solamente se habla de célibes refiriéndose a Pablo y Bernabé y no para ponerlos como modelos por su celibato sino precisamente para justificar su carácter excepcional… ¿De dónde ha salido el celibato sacerdotal obligatorio? Ha ido surgiendo más tarde en la Iglesia, puesto que no la encontramos en las primeras comunidades.

No hay más sacerdotes que los del Templo de Jerusalén. Las comunidades cristianas no tienen sacerdotes. ¿Cómo nacieron y qué significan? De todo esto se deduce algo muy claro. Todos estos modos de gobierno pueden ser convenientes o inconvenientes, eficaces o inútiles, pero nunca podrán decir que provienen de Jesús, y por tanto pueden modificarse. Pero lo que sí es de Jesús, y resplandece en las primeras comunidades, es que se sienten responsables de sí mismas, que no hay división ninguna entre los que mandan y los demás, que no hay clase clerical, que nadie se siente con poderes divinos. Las formas pueden cambiar, pero si no cabían con el Espíritu de Jesús son traición y llevan al fracaso.

Las mujeres. Son muy importantes: lo fueron en la vida de Jesús y más aún en la Resurrección; son parte mayoritaria de la primera comunidad de Jerusalén y probablemente también de otras. Son citadas con mucha frecuencia en Hechos como magníficas colaboradoras, y aparecen ostentando los cargos de apóstoles, diaconisas y profetas. Incluso aparecen breves citas en que da la impresión de que es la pareja, el matrimonio, el que es sujeto de la misión.

Esto fue desapareciendo en la Iglesia. No desapareció su importancia real, pero sí toda la participación en cargos de las iglesias. ¿Cuál es la causa de su exclusión a lo largo del tiempo, y cuáles son sus reales y posibles funciones en la Iglesia hoy? Sería largo de explicarlo pero es fácil hacer una afirmación: su exclusión no viene de Jesús.

Al rechazar el sacerdocio para las mujeres se suelen aducir dos argumentos: que Jesús en la última cena ordenó sacerdote a solo varones; y que en la tradición de la Iglesia no ha habido nunca mujeres-sacerdotes. La respuesta a estos argumentos es muy sencilla: en los Hechos de Apóstoles aparece claramente que en las primeras comunidades no hubo sacerdotes, muestra evidente de que Jesús no ordenó de sacerdotes a nadie; pero en todos los servicios a la Iglesia que aparecen en esas comunidades, apóstoles, profetas, diaconisas… aparecen mujeres.

Convertíos: cambiar. El vino nuevo rompe los odres viejos. Si el Antiguo Testamento era fidelidad al pie de la letra a lo antiguo, lo formulado, inmutable, lo de Jesús va a ser muy diferente, y así se muestra en Hechos.

Las primeras comunidades no tuvieron inconveniente en cambiar: abandonaron el Templo, la circuncisión, las restricciones alimentarías, la prohibición de tratar con paganos, el modo de autoridad, la función de las mujeres…

Y se atrevieron a cambiar dos cosas que pasan desapercibidas y son radicalmente importantes: Cambiaron de idioma. Abandonaron el sagrado hebreo de las escrituras y el arameo en que se expresó a Jesús. Hablaron a la gente, tradujeron a Jesús al idioma de todo el mundo. Y es que no tenían un idioma sagrado, ni fórmulas sacras o mágicas.

En el mismo sentido, cambiaron de cultura. No hace falta ser judío, ni en idioma ni en costumbres ni en cultura para seguir a Jesús. Ni hace falta ser occidental, ni romano, ni en idioma ni en costumbres ni en cultura.

Me atrevo a decir más: a aquellas comunidades no les hizo falta ser judíos ni en religión. A otras culturas actuales ¿les hace falta ser occidentales en religión? ¿Hay una identificación entre el cristianismo occidental (griego y romano y muchas cosas más) y el camino de Jesús, o eso es lo que nosotros, Occidente, nos hemos creído, con la misma razón/sinrazón que los judíos del tiempo de Jesús y de los Hechos llamaban “Palabra de Dios” a sus interpretaciones y costumbres?

Ni el sacerdocio ni el episcopado monárquico, ni la actitud del Papa como vicario infalible de Cristo, ni el sentido sacrificial de la Cena del Señor ni cinco de los siete sacramentos, ni la diferenciación entre clero y laicos, ni el celibato de los ministros ni la construcción de templos aparecen en los escritos que hemos comentado.

Esto parece indicar con claridad que no tienen su origen en Jesús sino que son introducidos más tarde en la Iglesia. Podrán ser aciertos o equivocaciones, dependerán del Espíritu de Jesús o serán traiciones a él, pero está claro que no pueden fundamentarse en la voluntad de Jesús ni afirmarse que fueron “fundados” por Él.

Pero esto podría ser marginal. Naturalmente las costumbres cambian, los tiempos piden modificaciones. No es lo mismo gobernar una comunidad de veinticinco personas que otra de cien mil ni se pueden reunir en el mismo local, no se pueden transferir modos de las iglesias primeras a las nuestras.

Por supuesto. Pero hay algo que no es marginal: la fidelidad al Espíritu de Jesús. Y aquí tenemos un problema: muchas de las diferencias entre los modos de las primeras iglesias y los de la Iglesia actual no son modificaciones pedidas por la adecuación del espíritu a nuestros tiempos sino más bien desviaciones al espíritu de Jesús.

Una Iglesia que se preocupa más de sus problemas y su propio status que del hambre y la injusticia del mundo, no vive el Espíritu de Jesús.

Una Iglesia que ha convertido la cena del señor en un espectáculo ostentoso, celebrado solo por clérigos y en locales espectacularmente costosos, no tiene nada que ver con la humilde celebración alrededor de la mesa de las primeras comunidades.

Una Iglesia gobernada autocráticamente por personas que se dicen ser representantes del poder Dios mismo no se parece nada a la iglesia asamblearia de sus principios.

Una Iglesia que excluye a las mujeres y exige el celibato de los sacerdotes, no consiste en el número de adeptos ni en su poder económico o en su prestigio social, sino en su capacidad de trasmitir el Espíritu de Jesús.

Conclusión primaria; está muy claro que la Iglesia hoy tiene problemas, pero debería también estarlo que la única vía de solución es repetir la experiencia de las primeras comunidades: obedecer al espíritu de Jesús, aunque hay que renunciar a tantas y tantas cosas que se nos han pegado tan profundamente que nos parece que son fundamentales. Pues no lo son, más bien son traiciones clamorosas al espíritu de Jesús: eso es lo que hace fracasar a la Iglesia.

+ José Ruiz de Galarreta, S.J.

Fuente Reflexión y Liberación

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Algo más que un rito

lunes, 19 de noviembre de 2018
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cristojesusMe duele. Veo que en muchas parroquias se repiten siempre los mismos ritos: misas sin predicación, celebraciones, rosarios a toda marcha…  Pero los que escuchan, no profundizan en lo oído. Incluso muchas veces casi ni se entiende lo que se dice. Se cumplen los ritos y ya está, Y está habiendo un problema serio. Muchos sacerdotes son mayores y ya ni siquiera se les entiende cuando hablan. En los pueblos pequeños se celebra a toda prisa para ir al pueblo siguiente a todo correr y entonces no hay explicación ni comentario de la Palabra.

Todo ello repercute en que cada día va descendiendo la catequesis de la homilía. Cada vez sabemos menos del evangelio. Ya muchas veces ni conocemos el texto. Hay una necesidad urgente en nuestra iglesia de proclamar, profundizar, ahondar en la Palabra.

Hay mucho riesgo de rutina. Necesitamos creatividad para ayudar a que llegue la palabra a las personas. Ya hay muchas abuelas que leen cada día el evangelio del día. Y es una labor estupenda que se hace en general con mucha seriedad. Pero podemos dar un paso más.

Tan importante como la eucaristía, en las parroquias, resulta la lectura del  Evangelio. ¿Podemos crear grupos con los abuelos, donde con letra grande vayamos acercándonos a la Buena Noticia? ¿Podemos  hacer algún programa de radio o tele local?   ¿Podemos pasar unas hojas por las casas? ¿Sería mucho disparate sustituir la misa algún domingo por media hora de lectura comentada, muy sencilla, pero bajando al fondo?

Y por supuesto, hay oportunidades que aprovechar a tope: entierros, bautizos si se dan, novenas, fiestas… Esto requiere una programación hecha concienzudamente y trabajada.

Podríamos pedir a los obispos que se seleccionen las lecturas de distinta manera y se lean dos lecturas con el mismo tema y que traigan un mensaje fácil, positivo, animador.

Siento que las celebraciones, son muy a menudo, rutinarias ¿No se podría dar lugar a la creatividad y decir las oraciones más vivas, más creativas? Ahí tenemos los distintos prefacios, que se prestan a una catequesis más expansiva y que dicen mucho más.  Aprovechar todos los textos posibles y evitar repetir todos los días las mismas fórmulas. Y la oración de los fieles que no sea para pedir “la paz”, sino que nos supongan implicación propia en esa petición: “que construyamos nosotros la paz…” Y así en todas las peticiones.

Que los cantos no sean de oficio sino que expresen el sentimiento de la comunidad, que vayan de acuerdo con la Palabra, que sean nuevos y con ganas.

Que se recuerde y se traiga al altar la realidad, los problemas y las alegrías de hoy. Que las celebremos y las contemplemos.

Y hay un elemento fundamental. A ver si lo conseguimos: somos una comunidad de seguidores de Jesús, que le hacemos presente. Por eso, que estemos cerca físicamente del altar y unidos. No, uno en cada banco y muy atrás.

Que al salir de la celebración, podamos decir con alegría “cuánto lo he vivido” y no aquello de “ya me he quitado un cuidado”.

Se van dando cada día más las celebraciones de la Palabra. Pero que no caigamos en los mismos errores. Que sean sencillas, cercanas, acomodadas y con toda la participación de los fieles.  Puede ser una oportunidad maravillosa de escuchar y acoger la Palabra y para expresarse los fieles.

Todo menos hacer unos ritos, siempre iguales, a toda marcha y sin prisa. “Podemos celebrar en paz”.

Gerardo Villar

Fuente Fe Adulta

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La Misa

lunes, 29 de octubre de 2018
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hombre-y-perro-que-recorren-en-la-puesta-del-sol-5528837Una puesta de sol en la serenidad de la llanura, produce resonancias distintas en el caminante y en el perro que le acompaña.

Juan Ramón Torres García,
Collado Mediano (Madrid).

ECLESALIA, 12/10/18.- Lo más corriente y cotidiano esconde realidades que ni nos imaginamos, y que resultan totalmente ajenas a nuestro limitado acervo conceptual y cultural.

A estas alturas de la civilización humana todavía no hemos desentrañado la realidad de lo que es la materia y nos resulta desconcertante su comportamiento en sus extremos inmensamente pequeños (comportamiento cuántico) y desmesuradamente grandes (comportamiento relativista). Comportamientos comprobados, que han valido el reconocimiento del premio Nobel a sus descubridores, y que nos resultan inimaginables. Además para muchas mentes como la mía, un tanto escasa en razonamiento físico-matemático, nos resultan incomprensibles.

Todo lo anterior viene a cuento para tratar de hablar sobre la misa, epicentro de la vida de la Iglesia, porque es el ámbito de encuentro –si el asistente puede y quiere- con la realidad de Dios Padre, Hijo y Espíritu. Los encuentros de los humanos con Dios son siempre a Su modo, y requieren por parte de la criatura, abrirse al modo, tiempo y realidad de Dios. Ese Dios esencialmente comunitario y vinculado a la humanidad irrevocablemente en Jesús.

De entrada nos resulta absolutamente incomprensible la presencia originadora de todas las cosas, manteniéndolas en el ser sin intervención que les quite autonomía. Cuando pensamos en Dios no podemos hacerlo sino a la manera humana, pero dentro de nuestras limitaciones hay modos diferentes. Cada persona tiene su modo. Para aclararnos podríamos establecer dos extremos: Pensar en Dios desde la percepción de la propia finitud e inconsistencia (contingencia en términos más precisos) o pensar en Dios como objeto de comprehensión, con la misma actitud con la que podemos abordar el estudio de cualquier otra realidad; desde una postura que da por supuesto que toda realidad se circunscribe al universo mental abarcable por la mente humana. Sólo desde la primera de las actitudes, sólo desde la fe, sólo desde la acción fecunda del Espíritu de Jesús en uno, es posible entrever lo que supone el encuentro de las personas con Jesús en la eucaristía.

El meollo de la “fracción del pan” no está en la presencia de Jesús sino en el encuentro con El. Dios, para quien el tiempo no es más que presente, es quien se ha acercado a los hombres. El es quien ha plantado su tienda entre nosotros y ha vinculado a la humanidad con su ser, de tal modo que quienes aceptan participar de esa realidad divina acceden a “otro mundo”, el reino de Dios.

La relación entre la humanidad y Dios viene modulada al modo humano, para que sea posible el encuentro, pero no es una relación entre iguales –porque no puede ser-.La humanidad como realidad colectiva que existe en personas concretas, es acogida en la realidad divina y es llamada a participar en la vida de Dios. Y la vida de Dios es un misterio de donación en el Hijo y de amor mutuo entre el Padre y el Hijo que es el Espíritu.

La participación de la humanidad –personas concretas- en la vida de Dios, sólo es posible desde el agradecimiento. Desde el aprecio al regalo que supone vincularse desde su pequeñez de criatura, al concierto amoroso de dar gloria al Padre. Y dársela como hijo, por su vinculación con Jesús, y como criatura consciente que le adora y da gracias en nombre suyo y en el de los pájaros y de la hierba… y de toda la creación. La acción de gracias del hijo se manifiesta y concreta en la transformación de la creación que mejora las condiciones de vida de los hombres de modo que les hace más conscientes, más respetuosos, más amorosos, con toda la creación. Se ocupa de la tarea de su Padre.

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Algunas notas que aportaría para la comprensión del encuentro en la eucaristía

  • El por qué Jesús quiso encomendar a la iglesia, su pequeño rebaño, la tarea de gestionar su legado: palabra, encuentro y acción, constructoras de reino de Dios, aunque no es evidente, se enmarca en el respeto profundo que Dios muestra con su creación, y lo en serio que se toma la libertad humana.
  • Que la Iglesia haya decidido vincular la celebración de la eucaristía con personas que hayan sido ordenadas (obispos y presbíteros) es algo que se fraguó en los inicios de la andadura eclesial y que hoy se mantiene. Un cambio en este modo de obrar siempre será de una naturaleza distinta, y menor, que la de tener acceso al encuentro eucarístico en la misa por parte de los creyentes en Jesús.
  • La fracción del pan y el darse Jesús en comida, su cuerpo y su sangre, es pura iniciativa divina, impensable por el hombre, y es independiente del sentimiento y raciocinio de los participantes en la eucaristía. La omnipresencia de Dios, cercana y amorosa, para hacerse más patente y clara a sus hermanos se vincula con el pan y el vino. Al modo que El comprende, y que nos asegura que es El a quien comemos y bebemos.
  • Para disfrutar del encuentro se requiere que los asistentes accedan desde dónde solo es posible el encuentro con Dios, desde la aceptación vital de la trascendencia de Dios y la acogida agradecida del regalo de Su amor.
  • Es la asistencia y participación de los hermanos en la única muerte y resurrección de Jesús, que se produjo en un rincón del imperio romano, y que en el presente de Dios se manifiesta en la celebración de cualquier misa. Es sobrecogedor percibir que en la misa –en cualquiera- estamos presentes en la Última Cena, en el escarnio y dolor de la Pasión y en la luz vencedora de la Resurrección.
  • Un modo más acorde con la realidad del encuentro eucarístico, es considerar que quien comulga accede sensiblemente por Jesús a la realidad de Dios, más que Jesús venga a quien le come.
  • Es un encuentro que se realiza desde la corporeidad, lo más básico en el hombre. Cuerpo llamado a la permanencia en la resurrección.
  • Es un encuentro al modo de Dios, real y vital, independientemente del sentimiento que embargue a la persona en esos momentos. Aunque el encuentro personal no está asegurado –sólo hay encuentro si la persona asistente quiere y está abierta-, la presencia especial y sensible, sí lo está. Jesús dio su palabra, y nos animó a que lo hiciéramos en memoria suya.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Así mi cuerpo os doy como alimento…

domingo, 19 de agosto de 2018
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“Corpus Christi”

Todo fue así: tu voz, tu dulce aliento
sobre un trozo de pan que bendijiste
que en humildad partiste y repartiste
haciendo despedida y testamento.

“Así mi cuerpo os doy como alimento…”
¡Qué prodigio de amor! Porque quisiste,
diste tu carne al pan y te nos diste,
Dios, en el trigo para el sacramento.

Y te quedaste aquí, patena viva;
virgen alondra que le nace al alba
de vuelo siempre y sin cesar cautiva.

Hostia de nieve, nube, nardo, fuente;
gota de luna que ilumina y salva.
Y todo ocurrió así, sencillamente.

***

Sencillamente, como el ave cuando
inaugura, de un vuelo, la mañana;
sencillamente, como la fontana
canta en la roca, agua de luz manando:

sencillamente, como cuando ando,
como cuando Tú andabas la besana,
cuando calmabas sed samaritana
cuando te nos morías perdonando.

Sencillamente. Hora de paz. ¡Qué leves
tus manos para el pan, para el amigo!
Cena de doce y Dios. Noche de Jueves.

Y era en Jerusalén la primavera.
Y era blanco milagro ya aquel trigo.
Sencillamente: “Éste es mi cuerpo“. Y era.

***

Que viene por la calle Dios, que viene
como de espuma o pluma o nieve ilesa;
tan azucenamente pisa y pesa
que sólo un soplo de aire le sostiene.

Otro milagro, ¿ves? Él, que no tiene
ni tamaño ni limites, no cesa
nunca de recrearnos la sorpresa
y ahora en un aro de aire se contiene.

Se le rinde el romero y se arrodilla;
se le dobla la palma onduleante;
las torres en tropel, campaneando.

Dobla también y rinde tu rodilla,
hombre, que viene Cristo caminante
-poco de pan, copo de pan- pasando.

*

“Corpus Christi”,
de Antonio Murciano (España, 1929) y Carlos Murciano (España, 1931)

***

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***

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:

“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.”

Disputaban los judíos entre sí:

– “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?

Entonces Jesús les dijo:

“Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que como este pan vivirá para siempre.”

*

Juan 6, 51-58

***

Decía Agustín: «Oh Dios, mi corazón está inquieto hasta que no repose en ti», pero cuando examino la tortuosa historia de nuestra salvación veo que no sólo nosotros deseamos ardientemente pertenecer a Dios, sino que Dios también anhela pertenecer a nosotros. Parece como si Dios nos estuviera diciendo a grandes voces: «Mi corazón estará inquieto hasta que no pueda reposar en vosotros, mis amadas criaturas» […]. Dios desea comunión: una unidad que sea vital y viva, una intimidad que proceda de ambas partes, un vínculo que sea verdaderamente mutuo […].

        Este intenso deseo que siente Dios de entrar en la más íntima relación con nosotros es lo que constituye el núcleo de la celebración y de la vida eucarística. Dios no sólo quiere entrar en la historia humana convirtiéndose en una persona que vive en una época y en un país específico, sino que quiere llegar a ser nuestro alimento y nuestra bebida diarios en todo tiempo y en todo lugar.

*

H. J. M. Nouwen,
La fuerza de su presencia,
Brescia 52000, pp. 61 ss).

***

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