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Bendecir la vida.

Viernes, 26 de marzo de 2021

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Anunciar la resurrección no es anunciar otra vida, sino mostrar que la vida puede ganar en intensidad y que todas las situaciones e muerte que atravesamos pueden transformarse en resurrección.

Un gran poeta francés, Paul Eluard, decía: “Hay otros mundos, pero están en este”. Así es como debemos pensar en la resurrección. Creo que debemos intentar participar un poco en esta realidad, esto es, intentar convertirnos en hombres de resurrección, testimoniando una moral de resurrección como una llamada a una vida más profunda, más intensa, que finalmente pueda deshacer el sentido mismo de la muerte. Pues estoy convencido de que el gran problema de los hombres de hoy es precisamente el problema de la muerte. Pienso que el lenguaje que debemos utilizar para dirigirnos a los hombres es ante todo el ejemplo que debemos dar, el lenguaje de la vida: con este lenguaje lograremos que comprendan lo que significa resurrección.

Nos hacen falta profetas quizás un poco locos. Sí, porque la resurrección es una locura, y hay que anunciarla a lo loco: si se anuncia de un modo “educado”, no puede funcionar. Debemos decir: “Cristo ha resucitado”, y todos nosotros hemos resucitado en él. Todos los hombres; no sólo los que pertenecen a la Iglesia, todos. Y entonces, si en lo más hondo de nosotros la angustia se transforma en confianza, podremos hacer lo que nadie se atreve a hacer hoy: bendecir la vida.

Hoy los cristianos son cada vez más minoritarios, casi en diáspora. ¿Qué relación tiene esta minoría con la humanidad entera? Esta minoría es un pueblo aparte para ser reyes, sacerdotes y profetas; para trabajar, servir, orar por la salvación universal y la transfiguración del universo, para convertirse en servidores pobres y pacíficos del Dios crucificado y resucitado.

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Olivier Clément,
cit. en En el drama de la incredulidad con Teresa de Lisieux,
Verbo Divino, Estella 1998.

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Hombres del compartir…

Jueves, 29 de agosto de 2019

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Para los cristianos de los primeros siglos, el sacramento del altar y el del hermano constituían las dos caras del mismo misterio. Cristo ha reconstituido la unidad humana, rota por el orgullo del hombre, por su voluntad de apropiarse de la creación y, por consiguiente, de la muerte -del estado de muerte- que deriva de esta separación. Cristo no está separado de nada ni de nadie. Con la eucaristía entramos en esta inmensa unidad, somos miembros los unos de los otros, responsables los unos de los otros, y cada uno de nosotros lleva en sí toda la humanidad.

El «sacramento del pobre» no sustituye al del altar […], sino que se arraiga en él, deriva de él, lo expresa. El pan eucarístico no instaura sólo un vínculo entre el Resucitado y cada uno de nosotros, no fundamenta sólo la unidad visible de la Iglesia; nos introduce en la unidad -en el ser de toda la humanidad-. Compartido, hace de nosotros los hombres del compartir […]. En la Iglesia primitiva no había una moral social, sino más bien una concepción sacramental de la solidaridad humana. Partían de la idea del Cuerpo de Cristo en el que la vida trinitaria, vida en comunión, debe difundirse para irrigar de una manera misteriosa el género humano.

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Olivier Clément,
La rívolta dello Spiríto,
Milán 1980, pp. 135ss).

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Basta escuchar a las piedras

Lunes, 29 de julio de 2019

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Dios existe. Basta con escuchar a las piedras, basta con escuchar, a lo largo de los milenios, a los innumerables glorificadores del Nombre impronunciable: los santos, los sabios, los profetas, los humildes creadores de amor y de belleza, esos que tejen incesantemente, en la trama carnal, un hilo de eternidad para impedir que la tela se desgarre. Esos a quienes Dios consuma con su ausencia. Esos que van al desierto y cuyo holocausto puro libera al mundo de la asfixia. Esos que se sientan en la mesa de los pecadores para encarnar al Infinito en el amor. Tenía que leer yo enseguida en Berdjaev: “El argumento principal en favor de Dios reside en el mismo hombre y en su vocación. El mundo ha conocido profetas, mártires, héroes, contemplativos, buscadores y siervos desinteresados de la verdad, creadores de auténtica belleza, bellos ellos mismos, hombres de una gran profundidad, poderosos en el espíritu. Y, sobre todo, los que han dado testimonio de que la única situación jerárquica elevada en este mundo es ser crucificados por la verdad. Todo esto no prueba, pero sí muestra…, todo esto permite descubrir a Dios”.

Dios existe. Él es “el centro en el que convergen las líneas. En él encuentra su incandescencia el ser del mundo. El es el espacio sin límites de nuestra libertad. Sin él, no seríamos más que partículas irrisorias del universo y de la historia. El es el arco, la flecha y el blanco, el comienzo, el medio y el fin, el centro y la circunferencia o, más bien, el no situado, el que está siempre más allá y, sin embargo, es nuestro lugar. Porque es el totalmente otro y el que es más que nosotros mismos”.

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Olivier Clément,
El otro sol,
Narcea, Madrid 1983

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