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Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde… el Defensor, el Espíritu Santo… será quien os lo enseñe todo

domingo, 25 de mayo de 2025
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A nosotros van dirigidas estas palabras… Jesús nos envía un defensor que nos irá enseñando todo recordando lo que Él nos ha enseñado…

 

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“Hay que hacer la guerra más dura, que es la guerra contra uno mismo. Hay que llegar a desarmarse.

Yo he hecho esta guerra durante muchos años. Ha sido terrible. Pero ahora estoy desarmado.

Chile Ya no tengo miedo a nada, ya que el Amor destruye el temor.

Estoy desarmado de la voluntad de tener razón, de justificarme descalificando a los demás. No estoy en guardia, celosamente crispado sobre mis riquezas.

Acojo y comparto. No me aferro a mis ideas ni a mis proyectos.

Si me presentan otros mejores, o ni siquiera mejores sino buenos, los acepto sin pesar. He renunciado a hacer comparaciones. Lo que es bueno, verdadero, real, para mí siempre es lo mejor.

Por eso ya no tengo miedo. Cuando ya no se tiene nada, ya no se tiene temor.

Si nos desarmamos, si nos desposeemos, si nos abrimos al hombre-Dios que hace nuevas todas las cosas, nos da un tiempo nuevo en el que todo es posible.

¡Es la Paz!”

*

Atenágoras I (1886-1972),
patriarca de Constantinopla,

*

(en: OLIVIER CLÉMENT, Dialogues avec le Patriarche Athénagoras I, Éd. Fayard, Paris 1969, p.183. Traducido y ofrecido por Xavier Melloni, en Cetr.)

***

El Espíritu Santo os irá recordando todo lo que os he dicho

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

“El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él.

El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió.

Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho.

La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: “Me voy y vuelvo a vuestro lado.” Si me amárais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo.”

*

Juan 14, 23-29

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Sin el Espíritu Santo, es decir, si el Espíritu Santo no nos plasma interiormente y si nosotros no recurrimos a él de manera habitual, prácticamente, puede ocurrir que caminemos al paso de Jesucristo, pero no con su corazón. El Espíritu nos hace conformes en lo íntimo al Evangelio de Jesucristo y nos hace capaces de anunciarlo al exterior (con la vida). El viento del Señor, el Espíritu Santo, pasa sobre nosotros y debe imprimir a nuestros actos cierto dinamismo que le es propio, un estímulo al que nuestra voluntad no permanece extraña, sino que la trasciende. Dios nos dará el Espíritu Santo en la medida en que acojamos la Palabra allí donde la oigamos.

Debería haber en nosotros una sola realidad, una sola verdad, un Espíritu omnipotente que se apoderara de toda nuestra vida, para obrar en ella, según las circunstancias, como espíritu de caridad, espíritu de paciencia, espíritu de mansedumbre, aunque es el único Espíritu, el Espíritu de Dios. Todos nuestros actos deberían ser la continuación de una misma encarnación. Sería preciso que entregáramos todas nuestras acciones al Espíritu que hay en nosotros, de tal modo que se pueda reconocer su rostro en cada una de ellas.

El Espíritu no pide más que esto. No ha venido a nosotros para descansar; es infatigable, insaciable en el obrar; sólo una cosa se lo puede impedir: el hecho de que nosotros, con nuestra mala voluntad, no se lo permitamos, o bien no le otorguemos la suficiente confianza y no estemos convencidos hasta el fondo de que él tiene una sola cosa que hacer: obrar. Si le dejáramos hacer, el Espíritu se mostraría absolutamente incansable y se serviría de todo. Basta con nada para apagar un fuego diminuto, mientras que un fuego inflamador lo consume todo. Si fuéramos gente de fe, podríamos confiarle al Espíritu todas las acciones de nuestra ¡ornada, sean cuales sean, y las transformaría en vida-

*

Madeleine Delbrél,
Amor indivisible. Fragmentos de cartas,
Cásale Monferrato 1994, pp. 43-45, passim

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“No da lo mismo”. 6 Pascua – C (Juan 14,23-29)

domingo, 25 de mayo de 2025
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29_6-PAS-C_1187826-390x247El pluralismo es un hecho innegable. Se puede incluso afirmar que es uno de los rasgos más característicos de la sociedad moderna. Se ha fraccionado en mil pedazos aquel mundo monolítico de hace unos años. Hoy conviven entre nosotros toda clase de posicionamientos, ideas o valores.

Este pluralismo no es solo un dato. Es uno de los pocos dogmas de nuestra cultura. Hoy todo puede ser discutido. Todo menos el derecho de cada uno a pensar como le parezca y a ser respetado en lo que piensa. Ciertamente, este pluralismo nos puede estimular a la búsqueda responsable, al diálogo y a la confrontación de posturas. Pero nos puede llevar también a graves retrocesos.

De hecho, no pocos están cayendo en un relativismo total. Todo da lo mismo. Como dice el sociólogo francés G. Lipovetsky, «vivimos en la hora de los feelings». Ya no existe verdad ni mentira, belleza ni fealdad. Nada es bueno ni malo. Se vive de impresiones, y cada uno piensa lo que quiere y hace lo que le apetece.

En este clima de relativismo se está llegando a situaciones realmente decadentes. Se defienden las creencias más peregrinas sin el mínimo rigor. Se pretende resolver con cuatro tópicos las cuestiones más vitales del ser humano. Algo quiere decir A. Finkielkraut cuando afirma que «la barbarie se está apoderando de la cultura».

La pregunta es inevitable. ¿Se puede llamar «progreso» a todo esto? ¿Es bueno para la persona y para la humanidad poblar la mente de cualquier idea o llenar el corazón de cualquier creencia, renunciando a una búsqueda honesta de mayor verdad, bondad y sentido de la existencia?

El cristiano está llamado hoy a vivir su fe en actitud de búsqueda responsable y compartida. No da igual pensar cualquier cosa de la vida. Hemos de seguir buscando la verdad última del ser humano, que está muy lejos de quedar explicada satisfactoriamente a partir de teorías científicas, sistemas sicológicos o visiones ideológicas.

El cristiano está llamado también a vivir sanando esta cultura. No es lo mismo ganar dinero sin escrúpulo alguno que desempeñar honradamente un servicio público, ni es igual dar gritos a favor del terrorismo que defender los derechos de cada persona. No da lo mismo abortar que acoger la vida, ni es igual «hacer el amor» de cualquier manera que amar de verdad al otro. No es lo mismo ignorar a los necesitados o trabajar por sus derechos. Lo primero es malo y daña al ser humano. Lo segundo está cargado de esperanza y promesa.

También en medio del actual pluralismo siguen resonando las palabras de Jesús: «El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará».

José Antonio Pagola

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“El Espíritu Santo os irá recordando todo lo que os he dicho”. Domingo 25 de mayo de2025. 6º Domingo de Pascua

domingo, 25 de mayo de 2025
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31-pascuaC6 cerezoLeído en Koinonia:

Hechos de los apóstoles 15, 1-2. 22-29: Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables.
Salmo responsorial: 66:  Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.
Apocalipsis 21, 10-14. 22-23: Me enseñó la ciudad santa, que bajaba del cielo.
Juan 14, 23-29: El Espíritu Santo os irá recordando todo lo que os he dicho.

El libro de los Hechos nos presenta la controversia de los apóstoles con algunas personas del pueblo que decían que los no circuncidados no podían entrar en el reino de Dios. Los apóstoles descartaban el planteamiento judío de la circuncisión. Ésta se realizaba a los ocho días del nacimiento al niño varón, a quien sólo así se le aseguraban todas las bendiciones prometidas por ser un miembro en potencia del pueblo elegido y por participar de la Alianza con Dios. Todo varón no circuncidado según esta tradición debía ser expulsado del pueblo, de la tierra judía, por no haber sido fiel a la promesa de Dios (cf. Gn 17,9-12). El acto ritual de la circuncisión estaba cargado -y aún lo está- de significado cultural y religioso para el pueblo judío. Estaba ligado también al peso histórico-cultural de exclusión de las mujeres, las cuales no participaban de rito alguno para iniciarse en la vida del pueblo: a ellas no se les concebía como ciudadanas.

Es bien importante este episodio dentro de la elaboración literaria que Lucas hace del nacimiento de la primitiva Iglesia. Ésta fue capaz de intuir genialmente que aquel rito de la circuncisión discriminaba inevitablemente entre hombres y mujeres, y entre judíos y paganos. Los dirigentes principales de la Iglesia central (por así decir) ratificaron la intuición que los misioneros de vanguardia pusieron en marcha al evangelizar en la frontera con el mundo pagano. En aquel contexto cultural diferente, el signo de la circuncisión no sólo no era significativo, sino que implicaba una marginación de la mujer, y una imposición incomprensible para quienes s convertían desde el paganismo. Fue una lección de sentido histórico, de comprensión de la relatividad cultural, y de aceptación de los signos de los tiempos.

No deberíamos reflexionar hoy sobre este tema de un modo meramente arcaizante: «cómo hicieron ellos», sino preguntándonos qué otros signos, elementos, dimensiones… del cristianismo están hoy necesitados de una reformulación o reconversión, en esta la nueva frontera cultural que hoy atravesamos, probablemente mucho más profunda que la que se vivía en aquel momento que los Hechos de los Apóstolos nos relatan. Muchas cosas que hasta ahora significaban, se han vaciado de valor evocativo. En muchos casos, no sólo se han vaciado, sino que se han cargado de sentido contrario. Acabamos haciendo gestos que se quedan en simples ritos sin significado vivo, o repitiendo fórmulas que dicen cosas en las que ya no creemos –o en las que ya no podemos creer–.

Permítasenos evocar la publicación que el movimiento judío conservador de EEUU ha realizado el pasado mes de febrero (http://internacional.elpais.com/internacional/2016/03/02/actualidad/1456932458_958209.html) de una nueva edición del manual de oraciones, Sidur en hebreo, edición que ha puesto todas las oraciones en un lenguaje que no distingue entre hombres y mujeres, entre personas y/o parejas hetero y homosexuales. Hay que recordar que el idioma hebreo –y otros– tiene formas verbales diferentes para el hombre y la mujer. «Yo rezo», por ejemplo, no utiliza la misma palabra igual cuando lo dice un hombre o cuando lo dice una mujer. Lo cual quiere decir que cuando se reza juntos, normalmente la mujer ha tenido que quedar supeditada a rezar con expresiones masculinas. Este nuevo Sidur es un esfuerzo para acomodar símbolos religiosos tan importantes como los de un oracional, a la sensibilidad actual. Lo que en siglos y milenios anteriores parecía intocable, hoy ya no nos lo parece a muchas personas y comunidades; las más intuitivas y clarividentes están reivindicando la necesidad de dar pasos adelante, y deberíamos apoyarles.

También en otros idiomas persisten las diferencias discriminatorias de género, pero no tanto ya por las diferencias de las formas verbales y otras, cuanto por las desactualizaciones en términos culturales y epistemológicos: se trata de conjuntos completos de símbolos que ya no están culturalmente vigentes, fórmulas de fe que dicen cosas hoy realmente no creemos, creencias que ya todos sabemos que son mitos, pero que son repetidas ritualmente con toda seriedad como si de descripciones históricas se tratara, esperando que aparezcan por alguna parte los niños del cuento de Andersen que nos hagan caer en la cuenta a todos de que «el rey está desnudo». Por eso, es de profunda actualidad la lucidez de que hizo gala la Iglesia primitiva en torno a la práctica de la circuncisión.

El Apocalipsis nos presenta también una crítica a la tradición judía excluyente. Juan vio en sus revelaciones la nueva Jerusalén que bajaba del cielo y que era engalanada para su esposo, Cristo resucitado. Esta nueva Jerusalén es la Iglesia, triunfante e inmaculada, que ha sido fiel al Cordero y no se ha dejado llevar por las estructuras que muchas veces generan la muerte. Aquí yace la crítica del cristianismo al judaísmo que se dejó acaparar por el Templo, en el cual los varones, y entre éstos especialmente los cobijados por la Ley, eran los únicos que podían relacionarse con Dios; un Templo que era señal de exclusión hacia los sencillos del pueblo y los no judíos.

La Nueva Jerusalén que Juan describe en su libro no necesita templo, porque Dios mismo estará allí, manifestando su gloria y su poder en medio de los que han lavado sus ropas en la sangre del Cordero. Ya no habrá exclusión -ni puros ni impuros-, porque Dios lo será todo en todos, sin distinción alguna.

En el evangelio de Juan, Jesús, dentro del contexto de la Ultima Cena y del gran discurso de despedida, insiste en el vínculo fundamental que debe prevalecer siempre entre los discípulos y él: el amor. Judas Tadeo ha hecho una pregunta a Jesús: “¿por qué vas a mostrarte a nosotros y no a la gente del mundo”? Obviamente, Jesús, su mensaje, su proyecto del reino, son para el mundo; pero no olvidemos que para Juan la categoría “mundo” es todo aquello que se opone al plan o querer de Dios y, por tanto, rechaza abiertamente a Jesús; luego, el sentido que da Juan a la manifestación de Jesús es una experiencia exclusiva de un reducido número de personas que deben ir adquiriendo una formación tal que lleguen a asimilar a su Maestro y su propuesta, pero con el fin de ser luz para el “mundo”; y el primer medio que garantiza la continuidad de la persona y de la obra de Jesús encarnado en una comunidad al servicio del mundo, es el amor. Amor a Jesús y a su proyecto, porque aquí se habla necesariamente de Jesús y del reino como una realidad inseparable.

Ahora bien, Jesús sabe que no podrá estar por mucho tiempo acompañando a sus discípulos; pero también sabe que hay otra forma no necesariamente física de estar con ellos. Por eso los prepara para que aprendan a experimentarlo no ya como una realidad material, sino en otra dimensión en la cual podrán contar con la fuerza, la luz, el consuelo y la guía necesaria para mantenerse firmes y afrontar el diario caminar en fidelidad. Les promete pues, el Espíritu Santo, el alma y motor de la vida y de su propio proyecto, para que acompañe al discípulo y a la comunidad.

Finalmente, Jesús entrega a sus discípulos el don de la paz: “mi paz les dejo, les doy mi paz” (v. 27); testamento espiritual que el discípulo habrá de buscar y cultivar como un proyecto que permite hacer presente en el mundo la voluntad del Padre manifestada en Jesús. Es que en la Sagrada Escritura y en el proyecto de vida cristiana la paz no se reduce a una mera ausencia de armas y de violencia; la paz involucra a todas las dimensiones de la vida humana y se convierte en un compromiso permanente para los seguidores de Jesús. Leer más…

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25.5.25. Dom 6 Pascua. Con León XIV: Tres notas de la paz de Cristo

domingo, 25 de mayo de 2025
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pikaza_camino_paz-938c8Del blog de Xabier Pikaza:

La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde (Jn 14, 28-29)..

Con estas palabras del evangelio de este domingo  (25.5.25, 6 de Pascua) se presentó León XIV en el ventanal del Vaticano, el día de su elección como papa, deseando y ofreciendo la paz de Cristo a todos

En comunión con León XIV, presento a continuación tres notas importantes de la paz cristiana: (1) Viene de Cristo y es s hija del perdón. (2) Brota de las víctimas. (3) Es tarea de la Iglesia (no del Estado).

| Xabier Pikaza

La paz es hija del perdón. No como la da  el mundo, no como la venden los triunfadores

El sistema político/económico no conoce perdón, sino, a lo sumo, indulto o amnistía, para provecho propio. Pues bien, en contra de eso, como puso de relieve H. Arendt, la mayor aportación de Jesús al camino de la paz ha sido el fundarla en el perdón. Su paz no nace de la victoria de los fuertes, sino del perdón de los vencidos. Ciertamente, no va en contra de la justicia, pero la trasciende; no proviene de los que vencen y se imponen por ley sobre los otros, sino de aquellos que, siendo vencidos y estando derrotados, responden perdonando[1].

El riesgo de un perdón interesado. La paz cristiana brota del perdón, pero de un perdón gratuito, que se expresa en forma de proyecto de no-violencia activa, partiendo de las víctimas. Había en el judaísmo de tiempos de Jesús un tipo de perdón que tendía a estar controlado por sacerdotes y políticos, al servicio del sistema. Era el perdón del templo y se expresaba a través de sacrificios rituales, por medio de una especie de «máquina sacral», que culminaba el día de la Gran Expiación (Lev 16), celebrada por sacerdotes y regulada según Ley por los escribas, Por su parte, el perdón de Roma (parcere subiectis, debellare superbos: Virgilio, Eneida 855) estaba al servicio del sistema imperial y político, no de los necesitados. Jesús, en cambio, ha ofrecido su perdón mesiánico, que actúa a través de los que sufren y que busca una nueva humanidad, superando el orden del templo y el sistema del imperio. Para entender su alcance, quiero delimitarlo mejor:

 Puede haber un perdón arbitrario y caprichoso, propio de dictadores o autócratas, que muestran su magnanimidad indultando de un modo irracional (sin necesidad de justificaciones) a quienes ellos quieren y castigando también a quienes quieren (sin dar tampoco razones). Así descargan su violencia sobre algunos, para mostrarse soberanos, imponiendo su terror sobre posibles rebeldes o contrarios, y perdonan a otros para decir que son magnánimos y aparecer como benefactores, a través de un gesto arbitrario, que está muy alejado de la justicia racional (y del perdón cristiano). En contra de ese perdón interesado de los autócratas, que es una imposición de su dictadura y un capricho de su prepotencia, Jesús ofrece y promueve un perdón puramente gratuito que no va en contra de la justicia, sino que la desborda y fundamenta. Éste es un perdón que sólo pueden ofrecer las víctimas (los ofendidos y humillados), sin que sean capaces de ofrecerlo en su nombre (en contra de ellos) unos dictadores o sacerdotes pretendidamente superiores.

Puede haber un perdón o amnistía al servicio de una política partidista. Casi todos los vencedores del mundo han decretado amnistías, desde los asirios del siglo VIII a. C. hasta los romanos del tiempo de Jesús o los revolucionarios franceses de finales del XVIII. Suelen ser amnistías políticamente calculadas, para gloria de los soberanos o de los estados que las proclaman, al servicio de su propia estabilidad, como una forma de justificarse. No todos los implicados suelen estar de acuerdo con esas amnistías, ni en el plano legal, ni en el personal, pero se han ofrecido y pueden ofrecerse, sobre todo allí donde el poder resulta lo bastantes sólido como para permitir excepciones en el cumplimiento de la Ley, en circunstancias de fuerte cambio político, que se interpretan como principio de un nuevo régimen social. Este perdón puede ser provechoso, pero que corre el riesgo de situar la oportunidad política (su racionalidad partidista) por encima de la justicia legal[2].

Puede haber un perdón controlado por un tipo fr sacerdotes del templo particular, al servicio del propio sistema, para mantener el orden establecido, como sucedía en Jerusalén, en tiempo de Jesús. También éste es un perdón interesado, propio de los vencedores, al servicio del sistema; es el perdón de los templos y de las grandes instituciones religiosas, entendidas como instancias de control sobre los “pecadores”, como ha podido suceder en la religión algunas instituciones cristianas. Lo mismo que los anteriores, este perdón sigue estando al servicio del sistema, es decir, de la violencia de los poderosos. En contra de eso, Jesús ha ofrecido el perdón de un modo gratuito, no en contra, sino por encima de la Ley, pidiendo a los ofendidos que perdonen a sus ofensores (¡ellos son los únicos que pueden hacerlo desde Dios!), para abrir de esa manera un camino de reconciliación más alta, superando la violencia.

 El perdón sacral del Templo (lo mismo que la amnistía de los grandes imperios) estaba al servicio de los poderosos, que monopolizaban el orden del sistema. Jesús, en cambio, ha ofrecido su perdón (que estrictamente hablando no es suyo, sino de los pobres) de un modo mesiánico, superando el sistema del templo. No es que él perdone desde arriba, por excepción, sin necesidad de templo y sacrificios, a los expulsados y excluidos de la comunidad sagrada de Israel y del imperio, sino que son ellos, los expulsados y excluidos, los que pueden ofrecer perdón (como representantes de Dios). Ésta es la novedad del evangelio y ella supera todos los sistemas religiosos o sociales donde el perdón está al servicio del orden establecido. El sistema político o religioso no puede perdonar, sino que se limita a buscar su equilibrio o, a lo sumo, procurar una igualdad de ley. Los únicos que pueden perdonar son los ofendidos y/o robados, es decir, las víctimas, como Jesús.

Jesús, un perdón gratuito.Los profetas de Israel identificaban la justicia con la liberación de los oprimidos. Pues bien, siguiendo en esa línea (cf. Lc 4, 18-19, con citas de Isaías), Jesús ha radicalizado y universalizado la experiencia del perdón, ofreciéndolo en nombre de Dios y pidiendo a los hombres que se perdonen entre sí, ellos mismos, desde abajo (y no por obra del templo o del sistema político). Este perdón de los pobres y excluidos de la sociedad, que responden con amor no-violento a la violencia del sistema, es el punto de partida de la paz mesiánica.

El sistema político/religioso necesita un talión (¡a cada uno según su merecido!), controlando el perdón desde arriba. En contra de de eso, Jesús sitúa a los hombres y mujeres ante el don y tarea del perdón, haciéndoles capaces de superar una justicia legal que, cerrada en sí, puede acabar destruyendo a todos. Lo que algunos llaman actualmente justicia infinita (un tipo de Ley particular llevada hasta el extremo) nos deja simplemente en el nivel de la lucha de todos contra todos. En ese sentido podemos añadir, con Pablo, que la justicia de la Ley es insuficiente. Sólo la gracia que perdona a los pecadores es fundamento de paz[3].

Sólo el perdón rompe la espiral de la venganza (un talión que siempre se repite: ojo por ojo, diente por diente) y de esa forma libera al hombre del automatismo de la violencia y permite que su vida se despliegue por encima de una Ley, en la que nada se crea ni destruye, sino que se transforma, permaneciendo siempre idéntico. Sólo el perdón rompe el encerramiento de la pura Ley y nos sitúa en un nivel de gratuidad, donde los hombres pueden vivir y amarse por sí mismos (como valor supremo). El perdón es gracia y sólo así puede superar la violencia del pasado, haciendo que la vida se abra al futuro de la Vida, por encima de sus contradicciones y luchas de poder.

  1. Perdón gratuito, no expiación. Expiar es pagar por la culpa, de manera que quien ha quebrantado la Ley tiene que recibir su merecido y penar (ser castigado). Sin duda, parece conveniente un tipo de reparación para mantener el orden del sistema, como saben las religiones sacrificiales y los sistemas políticos en los que domina una Ley punitiva (como parece suceder en USA). Pero el Dios de Jesús no exige expiación o sometimiento, para afianzar de esa manera su poder, sino que él mismo expía por los pecados de los hombres, es decir, les ama de un modo gratuito. En ese contexto ha de entenderse la actitud de Jesús, que ha perdonado a los pecadores, sentándose a su mesa y dialogando con ellos (cf. Mc 2, 15-17 par; Mt 11, 29 par; Lc 15, 1).
  2. Perdón, antes de conversión o, mejor dicho, perdón de meta-noia (cambio de mente de vida, Mc 1, 14-15) . Sacerdotes y políticos perdonaban a los convertidos, que volvían al redil de la buena Ley. El proceso era claro: los manchados debían limpiar su impureza, los pecadores reparar el pecado, los culpables arrepentirse. La misma Ley que condenaba al pecador le ofrecía un camino de perdón, si se convertía y volvía al orden. Jesús, en cambio, ha empezando perdonando, de un modo gratuito, y sólo después ha pedido a los hombres que se perdonan. De esa forma ha invertido el camino de la Ley: no exige arrepentimiento y expiación para perdonar, sino que empieza perdonando, el arrepentimiento vendrá después.

 En este contexto diremos que el perdón tiene que venir de las víctimas. Jesús no ratifica el poder de perdón de los de arriba, sino que pide a los excluidos y pobres que perdonen, en gesto que no es sometimiento (¡encima de haber sido ofendidos deben perdonar a quienes les ofenden!), sino que viene a mostrarse como expresión de la mayor de todas las autoridades Ellos, los oprimidos, son sacerdotes y portadores de perdón, es decir, de un nuevo orden social que no se funda en el dominio de unos sobre otros, ni en la revancha de los sometidos, sino en la gracia creadora, desde abajo, a partir de los marginados y ofendidos. Los pobres son precisamente los que toman la iniciativa y, sin luchar externamente contra los sacerdotes y jerarcas, asumen la autoridad del perdón, sin necesidad de imponerse por la fuerza, ni de tomar el poder externo, sino iniciando una comunidad de iguales.

  1. Evangelio, textos del perdón. Están en el centro del Sermón de la Montaña y se vinculan a otras dos palabras esenciales de los evangelios (no juzgar, amar a los enemigos). Sólo se puede perdonar allí donde, superando la Ley del talión (el puro juicio legal), hombres y mujeres son capaces de amar de un modo activo, superando la esclavitud del pasado y abriendo un futuro de vida para los mismos enemigos, por encima de la ley. Jesús no ha trazado un programa político para sacerdotes o gobernantes, sino un camino de no-violencia creadora, a partir de las víctimas, trazando un proceso de trasformación humana, que puede influir en las mismas instituciones sociales y sacrales de la sociedad establecida.

Principio. Perdón quiero, no pura justicia: “No juzguéis y no seréis juzgados. No condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados” (Lc 6, 37; cf. Mt 7, 1). En un nivel político, la justicia social es buena y necesaria; pero ella tiene que imponerse con violencia, como sabe Pablo en Rom 13, 1-7, pues el juez necesita la ayuda de la espada y de la cárcel (y en algunos países de la silla eléctrica). Pues bien, superando ese plano de violencia legal (políticamente legítima), Jesús pide a sus fieles que se perdonen, que no acudan a la pura ley, ni a la espada. Al decir expresamente ¡no-juzguéis!, Jesús no ha pensado en unos objetivos particulares, ni ha propuesto unos casos en los que el perdón debe aplicarse, sino que abre un camino ilimitado de vida, que sólo puede recorrerse en amor, un proceso de no-violencia para voluntarios, no un ordenamiento obligatorio. Esta palabra aparece en el evangelio como revelación, una mutación antropológica radical. No puede probarse, pero se pueden probar sus consecuencias, pues allí donde los hombres no perdonan ellos mismos terminan cayendo bajo el poder del juicio («con el juicio con que juzguéis seréis juzgados»). El juicio se sitúa y nos sitúa ante el talión (ojo por ojo…) y así nos deja en manos de la Ley de la espada (quien a hierro mata a hierro muere: Mt 26, 52), como sabe Pablo (Rom 13, 4). Pues bien, por encima del juicio está el Dios de la gracia, que no defiende la vida con espada, sino que la crea en amor y perdón y así quiere que nosotros perdonemos (cf. Rom 13, 10).

  1. Sentido. Perdón orante. En el centro de la plegaria de Jesús se encuentra esta palabra: “Perdona nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores” (Mt 6, 12; Lc 11, 4). Los orantes piden a Dios que les perdone, mientras ellos se comprometen a perdonar, no sólo entre sí (unos a otros), sino incluso, y de un modo especial, a los deudores que están fuera de su comunidad. Como ya hemos dicho, los que aquí se comprometen a perdonar no son los ricos y fuertes (gobernadores, sacerdotes, terratenientes), sino los pobres enviados de Jesús (campesinos desposeídos) a quienes los ricos (gobernadores, terratenientes, comerciantes) han “robado” sus tierras, en el torbellino de cambios producidos en Palestina a comienzos del siglo I d. C. Jesús pide a los pobres que perdonen a sus opresores ricos; no sólo las ofensas, sino incluso las deudas, que no les hagan guerra, que no paren su violencia con otra violencia. Él se dirige de un modo especial a los campesinos que han perdido sus tierras y a los mendigos a quienes el orden social ha privado de todo, pues son ellos los que han de perdonar, no sólo las ofensas, sino también las deudas, como ha destacado Mateo en su versión del padrenuestro[4]. Ésta es la religión de Jesús, éste su culto. No hay otro mandamiento ni otro rito, sino sólo el amor mutuo expresado en el pan compartido y el perdón, a partir de los pobres (ofendidos, víctimas), a quienes Jesús pide que empiecen perdonando, no en nombre del Estado o de otro poder superior, sino del mismo Dios de las víctimas. Estrictamente hablando, mientras conservan sus bienes, los ricos no pueden perdonar, pues son ellos los que han hecho daño; por eso, tienen que empezar pidiendo perdón y devolviendo lo robado, como supone el relato de Zaqueo (cf. Lc 19, 1-10).
  2. Despliegue. Perdón amante. Ese perdón sólo es posible por amor, como gesto creador, desde los ofendidos, como dice Jesús: “Habéis oído que se ha dicho: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo… Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian; bendecid a los que os maldicen y orad por los que os calumnian” (Mt 5, 38; Lc 6, 27-28). El texto supone que vivimos en un mundo dominado por la enemistad y el odio, la maldición y la calumnia (Lc 6, 27-28), un mundo de violencia donde cada uno parece que quiere imponerse sobre los otros a golpe de opresión física (herida en la mejilla) o económica (quitar la capa, robar). Suele decirse que el mundo es así y en él estamos. Pues bien, sobre ese mundo, por encima de una justicia que se cierra en un círculo de “amigos interesados” (do ut des, doy para que me devuelvas), abre Jesús un camino de perdón y gratuidad, que empieza precisamente desde los pobres (ofendidos y víctimas). En el lugar donde ellos perdonan y aman empieza la paz[5].

La justicia legal mantiene lo que existe: acepta un orden y lo defiende, si hace falta, con violencia. Por el contrario, la gracia del perdón crea una vida distinta, por encima de la pura Ley, desde los expulsados de la sociedad (pobres, ofendidos, víctimas). El que perdona no niega la Ley civil (¡dad al César lo que es del César!), pero se sitúa por encima, de manera que ella no puede dominarle. No actúa de esa forma por desinterés (¡todo es igual!), para instaurar un tipo de vista distinta, en gratuidad. Jesús sabe que la pura Ley no puede convertir al hombre, haciéndole portador del Reino. Por eso no discute sobre Leyes concretas, como los rabinos y juristas de su tiempo, sino que se sitúa y nos sitúa en un plano de gracia y perdón (que puede unir a todos los hombres), antes de todas las Leyes (que les distinguen y separan).

 2. La paz brota de las víctimas. Ls paz del crucificado

  Hasta ahora, normalmente, la paz violenta del sistema ha sido expresión del triunfo de los poderosos, que han sacrificado al chivo expiatorio (han esclavizado a los indefensos o vencidos). Pues bien, en contra de eso, el perdón y paz de la que venimos tratando sólo puede entenderse y establecerse como un don, desde los sacrificados. Si la violencia ha empezado matando a las víctimas (del chivo), el camino de la paz tendrá que empezar allí donde esas víctimas vengan a ponerse en pie y perdonen, iniciando un camino de reconciliación, como quiso Jesús, dentro de la mejor tradición judía[6].

La paz sólo nace del perdón de las víctimas, sacrificados y expulsados, y no como amnistía de los poderosos y fuertes, que utilizan una estrategia de perdón para seguir imponiendo su poder y gobernando sobre los demás. Los poderosos como tales, no pueden nunca perdonar, porque no han sido ofendidos ni humillados y porque, además, tienen poder para imponer su ley. Como sabe el evangelio, sólo un Dios crucificado, expulsado de la buena sociedad y deshonrado, ha podido ofrecer el perdón y lo ha hecho, con los demás expulsados (víctimas), abriendo un camino de reconciliación que no es simple estrategia de dominio. Leer más…

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«Tres enseñanzas desconcertantes de Jesús.» Domingo 6º de Pascua. Ciclo C.

domingo, 25 de mayo de 2025
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Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Igual que el domingo anterior, la primera lectura (Hechos) habla de la iglesia primitiva; la segunda (Apocalipsis) de la iglesia futura; el evangelio (Juan) de nuestra situación presente.

Tres enseñanzas desconcertantes (Juan 14, 23-29)

             El cuarto evangelio disfruta desconcertando al lector, obligándole a pensar y a aceptar algo a lo que no está acostumbrado. Este pasaje contiene tres enseñanzas desconcertantes que, indirectamente, nos preparan para las próximas fiestas del Corpus, la Ascensión y Pentecostés.

          a) El sagrario es quien me ama (Corpus)

          Según la tradición bíblica, los israelitas guardaron en el arca de la alianza dos litros de maná como recuerdo del milagro. De forma parecida, la Iglesia primitiva guardó el pan consagrado en una caja especial, el sagrario (quizá lo hiciera en un primer momento para poder llevarlo a los cristianos presos, luego se perpetuó la práctica). Por eso, desde niños nos han educado en la presencia de Jesús en el sagrario. Algo que requiere fe pero que resulta fácil para el sentido de la vista. La primera enseñanza de Jesús requiere mucha más fe y no tiene la ayuda de la vista.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 

El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él.

El que no me ama  no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. 

Pensar que Dios Padre y Jesús habitan en nosotros nos resulta a la mayoría casi inimaginable. Un misterio demasiado grande, reservado a los místicos como san Agustín, santa Teresa, san Juan de la Cruz, etc. Y si difícil es ver a Dios dentro de nosotros, mucho más verlo dentro de algunas de las personas que nos rodean. Pero el evangelio nos recuerda que se trata de una realidad que no debemos pasar por alto. Entrar en una iglesia y mirar al sagrario es fácil; más difícil es mirar dentro de nosotros mismos para descubrir a Dios presente como prueba de su amor: “mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él”.

            Por otra parte, decir que Dios viene a nosotros y habita en nosotros supone un novedad capital con respecto al Antiguo Testamento. Dios no es ya un ser lejano, que impone miedo y respeto, un Dios grandioso e inaccesible. Tampoco viene a nosotros en una visita ocasional. Decide quedarse dentro de nosotros.

          b) Un profesor mejor que yo (Pentecostés)

            Los discípulos llamaban a Jesús “maestro”. No sólo por su autoridad, sino porque lo sabía todo. Como le dijo una vez Pedro: «Tú tienes palabra de vida eterna». Resulta casi herético decir que hay un maestro mejor que él. Sin embargo, lo hay. Al menos, enseña más cosas y, como buen profesor, recuerda otras que los alumnos tienden a olvidar.

Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho. 

            La enseñanza de ideas nuevas coincide con lo dicho por Jesús en otro pasaje de este mismo discurso: “Me quedan por deciros muchas cosas, pero no podéis con ellas por ahora. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad plena.” La historia de la Iglesia confirma que los avances y los cambios, imposibles de fundamentar a veces en las palabras de Jesús, se producen por la acción y la enseñanza del Espíritu.

            c) Paz y alegría en la despedida (Ascensión)

            Las despedidas, sobre todo si son definitivas, siempre son tristes. Al menos es lo que piensa la mayoría de la gente. Ante la despedida de Jesús, los discípulos podían sentir no sólo tristeza sin también angustia. ¿Quién los guiaría y defendería en adelante? Jesús les promete la paz y les da el motivo de alegría: “No penséis en vosotros mismos, pensad en mí, que voy a ir junto al Padre”.

La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: «Me voy y vuelvo a vuestro lado.» Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo.»

            Estas palabras anticipan la próxima fiesta de la Ascensión. Cuando se comparan con la famosa Oda de Fray Luis de León (“Y dejas, pastor santo…”) se advierte la gran diferencia. Las palabras de Jesús pretenden que no nos sintamos tristes y afligidos, pobres y ciegos, sino alegres por su triunfo.

1ª lectura: una enseñanza nueva del Espíritu (Hechos de los Apóstoles 15, 1-2. 22-29)

Uno de los motivos del éxito de la misión de Pablo y Bernabé entre los paganos fue el de no obligarles a circuncidarse. Esta conducta provocó la indignación de los judíos y también de un grupo cristiano de Jerusalén educado en el judaísmo más estricto. Para ellos, renunciar a la circuncisión equivalía a oponerse a la voluntad de Dios, que se la había ordenado a Abrahán. Algo tan grave como si entre nosotros dijese alguno ahora que no es preciso el bautismo para salvarse. Marchan de Jerusalén a Antioquía de Siria y predican que si los paganos no se circuncidan no pueden salvarse.

            Para Pablo y Bernabé, lo que está en juego no es la circuncisión sino otro tema: ¿nos salvamos nosotros a nosotros mismos cumpliendo las normas y leyes religiosas, o nos salva Jesús con su vida y muerte? El conflicto es tan grande que deciden acudir a la iglesia de Jerusalén.

 En aquellos días, unos que bajaron de Judea se pusieron a enseñar a los hermanos que, si no se circuncidaban conforme a la tradición de Moisés, no podían salvarse. Esto provocó un altercado y una violenta discusión con Pablo y Bernabé; y se decidió que Pablo, Bernabé y algunos más subieran a Jerusalén a consultar a los apóstoles y presbíteros sobre la controversia. 

        Tiene entonces lugar lo que se conoce como el “concilio de Jerusalén”, que es el tema de la primera lectura de hoy. Para no alargarla, se ha suprimido una parte esencial: los discursos de Pablo y Santiago (versículos 3-21).

          En la versión que ofrece Lucas en el libro de los Hechos, el concilio llega a un pacto que contente a todos: en el tema capital de la circuncisión, se da la razón a Pablo y Bernabé, no hay que obligar a los paganos a circuncidarse; al grupo integrista se lo contenta mandando a los paganos que observen cuatro normal fundamentales para los judíos: abstenerse de comer carne sacrificada a los ídolos, de comer sangre, de animales estrangulados y de la fornicación. 

Los apóstoles y los presbíteros con toda la Iglesia acordaron entonces elegir algunos de ellos y mandarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Eligieron a Judas Barrabás y a Silas, miembros eminentes entre los hermanos, y les entregaron esta carta:

       Los apóstoles y los presbíteros hermanos saludan a los hermanos de Antioquía, Siria y Cilicia convertidos del paganismo. Nos hemos enterado de que algunos de aquí, sin encargo nuestro, os han alarmado e inquietado con sus palabras. Hemos decidido, por unanimidad, elegir algunos y enviároslos con nuestros queridos Bernabé y Pablo, que han dedicado su vida a la causa de nuestro Señor Jesucristo. En vista de esto, mandamos a Silas y a Judas, que os referirán de palabra lo que sigue: Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables: que os abstengáis de carne sacrificada a los ídolos, de sangre, de animales estrangulados y de la fornicación. Haréis bien en apartaros de todo esto. Salud.

            El tema es de enorme actualidad, y la iglesia primitiva da un ejemplo espléndido al debatir una cuestión muy espinosa y dar una respuesta revolucionaria. Hoy día, cuestiones mucho menos importantes ni siquiera pueden insinuarse. Pero no nos limitemos a quejarnos. Pidámosle a Dios que nos ayude a cambiar.

 2ª lectura: la iglesia futura (Apocalipsis 21,10-14. 22-23)

       En la misma tónica de la semana pasada, con vistas a consolar y animar a los cristianos perseguidos, habla el autor de la Jerusalén futura, símbolo de la iglesia.

            El autor se inspira en textos proféticos de varios siglos antes. Por ejemplo, estos versos del c.54 de Isaías a propósito de la Jerusalén futura::

            Mira, yo mismo te coloco piedras de azabache, te cimento con zafiros,

           te pongo almenas de rubí, y puertas de esmeralda,

            y muralla de piedras preciosas.

         O esta visión de Zacarías: Por la multitud de hombres y ganados que habrá, Jerusalén será ciudad abierta; yo la rodearé como muralla de fuego y mi gloria estará en medio de ella oráculo del Señor (Zac 2,8-9).

            Basándose en textos parecidos dibuja su visión el autor del Apocalipsis.

           El ángel me transportó en éxtasis a un monte altísimo, y me enseñó la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo, enviada por Dios, trayendo la gloria de Dios. «Brillaba como una piedra preciosa, como Jaspe traslúcido. 

            Tenía una muralla grande y alta y doce puertas custodiadas por doce ángeles, con doce nombres grabados: los nombres de las tribus de Israel. A oriente tres puertas, al norte tres puertas, al occidente tres puertas. 

            La muralla tenía doce basamentos que llevaban doce nombres: los nombres de los apóstoles del Cordero. 

            Santuario no vi ninguno, porque es su santuario el Señor Dios todopoderoso y el Cordero.

            La ciudad no necesita sol ni luna que la alumbre, porque la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero.

La novedad del Apocalipsis consiste en que esa Jerusalén futura, aunque baja del cielo, está totalmente ligada al pasado del pueblo de Israel (las doce puertas llevan los nombres de las doce tribus) y al pasado de la iglesia (los basamentos llevan los nombres de los doce apóstoles). Pero hay una diferencia esencial con la antigua Jerusalén: no hay templo, porque su santuario es el mismo Dios, y no necesita sol ni luna, porque la ilumina la gloria de Dios.

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VI Domingo de Pascua. 22 de Mayo, 2022

domingo, 25 de mayo de 2025
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6-Do-Pascua

 

“Quien me ama guardará mi palabra,
y mi Padre lo amará,
y vendremos a él y haremos morada en él.”

(Jn 14, 23-29)

Llevamos ya un largo recorrido de Pascua, nos asomamos a la sexta semana y la cotidianidad de nuestras vidas le ha ido robando brillo al grito jubiloso del Domingo de Resurrección. Quizá por eso hoy el evangelio propuesto para la Eucaristía nos invita a “guardar la palabra”.

Se guardan aquellas cosas que se necesitan o que son queridas. Cuando hacemos limpieza en casa o en nuestra habitación volvemos a guardar cosas aparentemente inútiles de las que no podemos desprendernos. Normalmente cosas que nos hacen recordar, pequeños “sacramentos”(sacramento = realidad visible que evoca algo que no vemos). Y los recuerdos forman parte de nuestro almacén interior, son esos objetos que llenan los cajones de nuestra casa interior.

Hoy Jesús nos pide que guardemos su palabra, que le hagamos un sitio en nuestra casa, nos está diciendo: “Quiero que Tú seas mi casa, la casa de Dios Trinidad.

Enamorarnos

Cuando nos enamoramos no podemos pensar en nada más que en la persona amada, todo lo que vemos, oímos y sentimos lo relacionamos con esa persona. Y casi sin querer no hablamos de otra cosa. Enamorarse es dejarse habitar por otra persona.

Y Jesús al decirnos: “quien me ama guardará mi palabra”, nos está invitando a ENAMORARNOS, a dejarnos habitar por Dios, a vivir en Su Amor.

Nos llama a un compromiso, a dejar que el grito de Pascua ahonde en nosotras, enraíce, pase de la explosión de la alegría al compromiso continuado. Es decir, del enamoramiento primero al amor fiel.

El entusiasmo primero es bueno, ¡y necesario! pero no es suficiente. Seríamos como aquellas semillas que crecieron rápidamente, pero se secaron por falta de raíz (Mc 4, 5-6). Al entusiasmo primero hay que sumarle su buena dosis de compromiso, una pizquita de locura, dos cucharadas colmadas de generosidad y todo el amor que sea necesario. Todo junto, bien amasado, da como resultado el pan del Reino.

Porque si Jesús se hizo pan, nosotras también nos tendremos que dejar comer, partir y repartir. ¿Casa? ¿Pan? ¿Discípula?

Oración

“Trinidad Santa, amásanos con la levadura nueva de tus sueños,
haznos pan tierno que calma el hambre,
hogar cálido que descansa el alma
y discípulas fieles a tu Palabra.”

*

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

***

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Dios no es un ser que ama, sino el amor.

domingo, 25 de mayo de 2025
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DOMINGO 6º DE PASCUA (C)

Jn 14,23-29

Hoy podemos ver las dificultades que encontraron para expresar la experiencia interior. La Realidad que soy, es mi verdadero ser. El verdadero Dios no es un ser separado, sino el fundamento de mi ser. Cada frase que hemos leído tiene en el evangelio su contraria.

El que cumple mis palabras ese me ama. Y: el que me ama cumplirá mi palabra. Si alguno me ama le amará mi Padre y le amaré yo. ¿Está su amor condicionado a nuestro amor? Voy a prepararles sitio. Aquí dice que el Padre y él vendrán al interior de cada uno. Os conviene que me vaya, si no, el Espíritu no vendrá a vosotros, pero si me voy os lo enviaré.

Les había advertido: no he venido a traer paz. Ahora nos dice: “la paz os dejo, mi paz os doy”. Yo y el Padre somos uno. Ahora nos dice: El Padre es más que yo. Unos versículos antes les había dicho: No os dejaré huérfanos, volveré para estar con vosotros. Ahora Jesús dice que el Padre mandará el Espíritu en su lugar. Las diferencias son siempre aparentes.

Insisto, una cosa es el lenguaje y otra la realidad que queremos manifestar con él. Dios no tiene que venir de ninguna parte para estar en lo hondo de nuestro ser. Está ahí desde antes de existir nosotros. No existe «alguna parte» donde Dios pueda estar, fuera de mí y del resto de la creación. Dios es lo que hace posible mi existencia en cada instante.

El hecho de que no llegue a mí desde fuera ni a través de los sentidos, hace imposible toda reflexión racional. Todo intermediario, sea persona o institución, me alejan de Él más que acercarme. Desde Jesús, el lugar de la presencia de Dios es el hombre. Dentro de ti lo tienes que experimentar. Habrá que superar la idea de Dios como una entidad separada.

Os irá enseñando todo. Por cinco veces, en este discurso de despedida, hace Jesús referencia al Espíritu. No se trata de la tercera persona de la Trinidad, sino de la divinidad como fuerza (Ruaj), como Vida, como sabiduría que todo lo explica. Por eso dijo: «os conviene que yo me vaya, porque si no, el Espíritu no vendrá a vosotros

El Espíritu no añadirá nada nuevo. Solo aclarará lo que Jesús ya enseñó. Las enseñanzas de Jesús y las del Espíritu son las mismas, solo hay una diferencia. Con Jesús, la Verdad viene a ellos de fuera. El Espíritu las suscita dentro de cada uno como vivencia irrefutable. Esto explica tantas conclusiones equivocadas de los discípulos durante la vida de Jesús.

La paz de la que habla Jesús tiene su origen en el interior de cada uno. Es la armonía total, no solo dentro de cada persona, sino con los demás y con la creación entera. Sería el fruto primero de unas relaciones auténticas. Sería la consecuencia del amor que es Dios en nosotros, descubierto y vivido. La paz no se descubre directamente. Es fruto de la unidad.

El Padre es mayor que él porque es el origen. Todo lo que posee Jesús procede de Él. No habla de una entidad separada, sería una herejía. Para el evangelista, Jesús es un ser humano a pesar de su preexistencia: “Tomó la condición de esclavo, pasó por uno de tantos.” Dios se manifiesta en lo humano, pero Dios no es lo que se ve en Jesús.

Dios se revela y se vela en la humanidad de Jesús. La presencia de Dios en él, no es demostrable. Está en el hombre sin añadir nada, Dios es siempre un Dios escondido. «Toda religión que no afirme que Dios está oculto, no es verdadera» (Pascal).

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Al final, el Triunfo de Dios.

domingo, 25 de mayo de 2025
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manos-con-la-paloma-del-espc3adritu-santoJuan 14, 23-29

«No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo»»

El libro del Éxodo es el punto culminante de la epopeya de Israel, pero es también una excelente metáfora del transcurrir de nuestras vidas y la historia de la humanidad hacia su destino: “Desde la cómoda esclavitud de las pasiones, a través del desierto de la vida, acompañados por el Espíritu, hasta la casa del Padre”.

El pueblo de Israel se sintió acompañado del espíritu de Dios –el Ángel de Yahvé– hasta que se vio a salvo al otro lado del mar de las Cañas, pero cuando tuvo que enfrentarse a los rigores del desierto y vio pasar el tiempo sin llegar a la tierra prometida, se impacientó, se sintió abandonado y se rebeló contra Dios.

Las primeras comunidades cristianas comenzaron su andadura con el Espíritu a flor de piel, proclamaron el evangelio con fuerza arrolladora, se enfrentaron a enormes dificultades, fueron perseguidos y asesinados, y todo lo soportaron gracias a la fuerza de ese Espíritu que soplaba en ellos como un huracán. Pero pasó el tiempo y muchos empezaron a impacientarse y desesperanzarse. Y fue este ambiente de desesperanza el que movió a Juan a escribir el Apocalipsis para consuelo de aquellos cristianos agobiados por el sufrimiento y sin esperanza en que las cosas pudiesen mejorar.

Nosotros corremos el mismo riesgo que los Israelitas del desierto y los primeros cristianos. Hemos confiado en el proyecto de Jesús –el sueño de Dios– pero vemos pasar generación tras generación sin que se vislumbre siquiera el fin de las guerras, del dolor, del sufrimiento, de la injusticia, de la opresión… y nos vemos tentados a preguntarnos: ¿Dónde está la acción del Espíritu que debía empujarnos a trabajar por el Reino con aquella fuerza arrolladora de las primeras comunidades tan fértiles y contagiosas?… ¿Dónde está su fuerza para suplir nuestra debilidad y no desfallecer en nuestra lucha en favor de un mundo humanizado, civilizado, justo, libre y honesto a la que estamos llamados?

Y nos impacientamos, y nos agobiamos porque nos damos cuenta de que con nuestras fuerzas nunca llegaremos; que es una empresa muy superior a nosotros y no terminamos de ver que el espíritu de Dios nos esté acompañando… Y nuestra fe se tambalea y nos sentimos condenados a vivir en un mundo que se rige por sus propias leyes y camina errático hacia ninguna parte…

Y Juan nos echa una mano en el texto de hoy: «No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo»… Tened fe en el triunfo final de Dios; mirad con optimismo el destino de la humanidad; no caigáis en la desesperanza; confiad en que el Espíritu de Dios está con nosotros y que algún día dejaremos de vagar por el desierto y llegaremos también a la Patria…

Porque Dios ha apostado por la humanidad y Dios no puede fallar.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

 Fuente Fe Adulta

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Dejar que el amor nos habite.

domingo, 25 de mayo de 2025
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12261a-errores-practicar-espiritualidad_lCOMENTARIO EVANGELIO 25 DE MAYO

Juan 14,23-29

El evangelio de este domingo, del Tiempo de Pascua, empieza con una frase que determina todo el contenido de este evangelio y también el contenido de nuestras vidas:

Si alguien me ama, guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él

Para que podamos vivirlo nos envía dos ayudas que hacen posible que podamos realizar y experimentar esa vivencia:

-nos garantiza el amor del Padre, del Abba querido de quien procede ese amor y que actúa a través del Espíritu, Ruah.

-y nos regala su paz, el Shalom, que es mucho más que ausencia de guerra o violencia, es plenitud; es experiencia de vida en relación con la Vida en todo y en todxs.

Volvamos a la frase central que inicia el texto. Hay una única condición que lo envuelve y determina todo: el amor

¿De qué calidad de amor estamos hablando?

De un amor eterno, que no se materializa en un futuro, sino en el  presente en el que el creyente, la discípula, ya está habitada por la divinidad y lo sabe y lo vive.

La Ruah ha encontrado en nosotros su hogar, su morada. La vida de la discípula y el discípulo está llena de la vida, del aliento y de la fuerza del Espíritu.

La discípula y el discípulo nos convertimos así en morada de Jesús, en su espacio vital desde donde actúa, hoy. Nuestra vida está completamente permeada por la vida de Dios.

Entiendo que tal vez no es fácil asimilar, incluso creer esta buena noticia. Se me ocurre el sencillo y maravilloso ejemplo de un embarazo: la vida de la madre queda completamente unida e interconectada a la de la criatura. Por ambas corre la misma sangre, la misma vida. Y la fuerza de esa vida se nota, se siente, se materializa en una criatura nueva. No hay vuelta atrás. Sólo accidentalmente.

Así la vida de Dios en nosotras. Somos uno con la divinidad y con el cosmos, con todo lo que es vida. De alguna manera el cosmos es el “cuerpo” del Espíritu, y no menos cada una de las personas que nos dejamos inhabitar, que dejamos que el Amor nos habite.

Si se separa la criatura de la madre, la vida se detiene. El proceso se interrumpe. Por eso se nos insiste tanto en esa relación de amor, que se nutre a través de ese cordón umbilical: es la oración-relación de apertura a la Palabra, al Espíritu, para dejarnos guiar en la misión encomendada.

Dice Teilhard de Chardin “el Espíritu y nosotros no somos dos, somos seres espirituales viviendo una aventura humana”.

Sobran las palabras.  Contemplemos esas verdades que necesitamos vivenciar para dar vida al mundo.

Y, además, para que no dudemos ni flaqueemos, nos regala su Paz, su Shalom, que significa plenitud de vida y de gozo. Lo cual nos permite estar unidas a todo, dando vida, siendo vida y aliento en un mundo des-alentado. No minimicemos nuestro legado.

Es imprescindible, para vivir todo ese legado sin miedo y sin sentir una exigencia o peso, que lo acojamos como lo que es: un legado; somos morada, somos depositarias de la vida de Dios, y con ella extendemos su presencia, proyectamos su bondad y su justicia.

Como la mujer embarazada proyecta su propio ser en un ser nuevo, que no dependerá de ella, pero estará lleno de ella, y aún sin darse cuenta, usará ese legado, esa vida, en todo lo que es, dice, hace. No lo puede separar de su ADN.  Así las discípulas y discípulos. Somos presencia viva de la vida de Dios, seamos conscientes o no. Somos ministros y ministras de su presencia. ¡Interesante!

¡Feliz Tiempo Pascual! No nos lo perdamos. Y más con todo este movimiento eclesial de estas últimas semanas, nuestra vida de fe, de discipulado activo, no puede depender de un papa u otro, de una eclesiología u otra. Somos adultos y la experiencia de ser habitados por Dios, de ser su rostro hoy, es lo que da consistencia y sentido hondo y absoluto a nuestra existencia.

Magda Bennásar Oliver, sfcc

Fuente Fe Adulta

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El amor, nuestro maestro interior.

domingo, 25 de mayo de 2025
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IMG_1361Comentario al evangelio del domingo 25 mayo 2025

Jn 14, 23-29

En un comentario anterior traté de mostrar el amor como criterio de verdad. El amor constituye el test por antonomasia que nos permite verificar la verdad o no de lo que pensamos, decimos y hacemos.

Y lo es, no por un capricho arbitrario, sino porque solo cuando se vive en amor, se tiene la garantía de vivir en la verdad de lo que somos, no girando en torno al propio ego, en una imaginaria consciencia de separatividad, creada por la mente, sino anclados en la consciencia de unidad, sabedores de compartir el mismo y único fondo de lo real.

“Maestro interior” es otro de los nombres de lo que realmente somos, ese fondo único que se manifiesta a través de la intuición como guía certera de nuestra existencia. Sabemos que la intuición no yerra nunca. Sin embargo, podemos errar nosotros al tomar como intuición lo que fuera solo una idea, un deseo o un capricho de nuestra mente. Pues bien, junto con otros que nos permitan detectarlas con lucidez, a la hora de discernir la verdad de la intuición, encontramos un criterio en el amor. Eso que me parece ser una intuición, ¿nace del amor, es decir, de la consciencia de unidad o, por el contrario, persigo algún interés con ello?

La intuición -a diferencia del razonamiento- siempre nos sorprende, se halla dotada de un dinamismo que impulsa a la acción y tiene el signo de la gratuidad o desapropiación. Su objetivo no es alimentar el ego, sino trascenderlo. Si resumimos todos esos rasgos en un solo solo, podría decirse así: la intuición nace del amor, entendido como certeza de no-separación. De ahí que, cuanto más vivamos de manera consciente el amor que somos, con mayor claridad notaremos que somos conducidos por la certera luz interior.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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La comunidad eclesial vive la paz de la comunión en la fe, no del poder

domingo, 25 de mayo de 2025
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Cristo-paz_2441465857_16008210_660x371Del blog de Tomás Muro la verdad es libre:

01.- Nostalgia de paz.

    Este año recordamos y evocamos la paz en plena guerra Rusia / Ucrania y otras guerras larvadas en Oriente Medio, en África, Latinoamérica, etc.

    Por otra parte añoramos la paz también en la Iglesia por las viejas rupturas históricas, por el enfrentamiento entre diversos sectores en el seno de la misma Iglesia católica.

    También sentimos nostalgia de paz en nuestras propias familias, en lo más íntimo de nuestra propia persona.

02.- Y qué es la paz.

    La paz os dejo, mi paz os doy…

    La paz no es la mera ausencia de guerra. La guerra conduce a la paz. La guerra no conduce a la victoria o a la derrota, pero ni una ni otra son paz.

  El poder, todo poder (incluido el eclesiástico) puede generar opresión, orden público “manu militari”, pero eso tampoco es paz.

    La mera resignación y aceptación estoica de una situación tampoco es paz. Pensar: “es lo que hay o lo que toca”, no es paz.

    No es fácil definir lo que sea la paz. Podríamos aproximarnos al concepto de paz si la entendemos como la integración de las dimensiones del ser humano que nos hace vivir en armonía interior y también hacia el exterior.

    En hebreo (en el mundo bíblico) para hablar y desear la paz emplean la palabra Shalom. Esta expresión hebrea significa estar sano, íntegro. Y con esta expresión se quiere desear la armonía personal y comunitaria que viene de la bendición de Dios.

Con este término, Shalom, se desea la paz en todos los aspectos de la vida: la salud corporal, que la vida transcurra en paz, se trabaja en paz, se celebra en paz, se duerme en paz, se muere en paz.

La paz no es ni proviene meramente de las instituciones políticas y militares. ¿Enviando armas a Ucrania se construye la paz? Para vivir en paz hace falta algo más y mejor que misiles y tanques. Y hace falta algún pensamiento más noble y sano(shalom) que la nación, la economía y el poder.

La paz no proviene de la economía, ni de la tecnología. Por mucho que progresen la técnica y la economía, no podrá haber en el mundo justicia ni paz en tanto los hombres no reconozcan la gran dignidad que hay en ellos como criaturas e hijos de Dios (Juan XXIII / Mater et Magistra, 215).

    Toda la tecnología y el bienestar social, etc. no dan síntomas de sensibilidad de paz y pacificación ante las pateras, los refugiados, ante el problema de Rusia y Ucrania, ante el Islam. La respuesta no está siendo precisamente de paz, sino más bien bélica.

Ni tan siquiera la paz surgirá de la seguridad jurídico política de acuerdos y pactos que no cambian mentalidades y corazones. Las grandes instituciones: Bruselas, Estrasburgo, la onu, la otan, etc. pueden y tienen que llegar a acuerdos y pactos ecologistas, bélicos, quizás atómicos, étnicos, religiosos, etc., pero la paz brotará siempre de una conciencia más profunda, de un ethos, que hoy por hoy están muy ausente en nuestro mundo, al menos en nuestras sociedades occidentales y en nuestros planes de educación.

¿Tal vez las ideologías políticas, económicas y nacionales no son “sanas” en el sentido de shalom?

Pablo VI decía que la paz es necesaria para la madurez de la conciencia moderna, desde la evolución progresiva de los pueblos, desde la necesidad intrínseca de la civilización moderna (Jornada de la Paz, 1 de enero de 1975).

03.- La paz interior, personal.

    Conflictos, problemas, pecado profundo, crisis interiores los vamos a tener en la vida. Y ello nos va a quitar la paz interior con el peligro de que –según qué momento religioso nos pille- la cosa derive en angustia y escrúpulos patológicos.

     En el ámbito de la persona, la paz es la integración armónica de las diversas fuerzas y capacidades del ser humano. La paz personal, interior, proviene -en la medida de lo posible- de una sana integración de las diversas dimensiones humanas: las diversas áreas de nuestra psicología, la afectividad, la salud y la enfermedad, el pecado, la dimensión religiosa, etc.

     La falta de paz personal puede fomentar o derivar en miedo, angustia o en otras actitudes negativas: odios, venganzas, obsesiones.

    La persona cristiana adulta, -y adulta en la fe-, no pierde la confianza ni la paz cuando se encuentra con Dios en la profundidad de la vida. Cuando en su interior uno asume su propia debilidad, miseria o fracaso y lo pone en manos del Señor, eso produce una profunda paz, que el mundo no puede dar.

04.- Paz y comunión eclesial no es dominación

Para nosotros resuena: la paz os dejo, mi paz os doy.no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde.

En la Iglesia se habla mucho de comunión eclesial, pero se realiza poco esa comunión.

En un parlamento conviven y trabajan diversas ideologías que llegan, más o menos, a consensos y acuerdos. Eso es bueno, está bien y se llama democracia. Pero la democracia no es comunión.

En la comunidad eclesial nos une la comunión en la misma fe en el Señor resucitado. La comunión está en la fe en el Señor, no en las órdenes y disciplina. La comunión eclesial no se produce por el sometimiento y dominación de los obispos y el clero, sino porque todos creemos –fe- en el mismo Señor JesuCristo.

La comunión no viene por la uniformidad de los ritos, de la liturgia, o de las formulaciones teológicas, etc., que pueden ser –son- muy diversas y No impongamos cargas que no son necesarias.

La comunión eclesial viene de la fe en el Señor Jesús.

La paz os dejo mi paz os doy.

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“Jesús se ha ido pero nos promete su Espíritu», por Consuelo Vélez

domingo, 25 de mayo de 2025
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IMG_1374De su blog Fe y Vida:

VI Domingo de Pascua 25-05-2025

Quien quiere amar a Dios, ha de cumplir su palabra

El Espíritu Santo será el protagonista de la vida resucitada que nos trae Jesús

La paz que viene de Dios asume la realidad para transformarla

Jesús se va pero comienza el tiempo del Espíritu: tiempo de fe, de seguimiento

¿Qué tanto escuchamos al Espíritu para discernir la misión en estos tiempos?

Jesús le respondió:

«El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él. El que no me ama no es fiel a mis palabras. La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió. Yo les digo estas cosas mientras permanezco con ustedes. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho. Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquieten ni teman! Me han oído decir: «Me voy y volveré a ustedes». Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que yo. Les he dicho esto antes que suceda, para que cuando se cumpla, ustedes crean

(Juan 14, 23-29)

El evangelio de hoy pertenece al largo discurso de despedida que el evangelista Juan pone en boca de Jesús desde el capítulo 13 al 17. En estos versículos Jesús se refiere a varios aspectos. En primer lugar, la relación entre el amor y la fidelidad a su palabra. Las palabras que él nos ha comunicado son las mismas del Padre; por tanto, quien quiere amar a Dios, ha de cumplir su palabra. Pero, algo muy importante, continúa en segundo lugar. Se refiere al don del Espíritu Santo quien será el protagonista de la vida resucitada que nos trae Jesús. Él será quien recuerde todo lo dicho por Jesús, más aún, seguirá enseñando como Él lo ha hecho y traerá el don de la paz. Sobre la paz dice que no será como la que da el mundo, pero esto no significa que se refiere a una paz alejada de la realidad. Por el contrario, la paz que viene de Dios asume la realidad para transformarla. La vida cristiana no puede alejarse del mundo en que vivimos sino, por el contrario, se ha de trabajar para hacer de él, un lugar como Dios lo quiere: con los dones del Espíritu, con su presencia que todo lo transforma.

El discurso concluye con la llamada a no inquietarse porque Jesús se va ya que comienza el llamado “tiempo del Espíritu, tiempo de la fe, tiempo del creer, tiempo del seguimiento. Precisamente, todo esto, es lo que se espera de la vivencia del tiempo pascual, como fruto de la resurrección de Jesús. Y, nosotros somos ahora, los continuadores de la misma misión de Jesús, hasta su vuelta definitiva.

Convendría preguntarnos, qué tanto tomamos en serio la misión confiada, cómo nos dejamos guiar por el paráclito que el Señor nos ha dejado para seguir discerniendo la misión en estos tiempos, cómo somos testigos de la paz, de la confianza, del no temer ni inquietarnos ante las dificultades, no porque nos creamos invencibles sino por la seguridad de la presencia del mismo Espíritu de Jesús entre nosotros.

(Foto tomada de: https://elcaleno.info/jesus-promete-el-espiritu-santo–evangelio-por-padre-hector-de-los-rios.html)

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“Sabiéndonos amados – Comentario al Evangelio de San Juan 14, 23-29 -“, por Joseba Kamiruaga Mieza CMF.

domingo, 25 de mayo de 2025
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IMG_1360De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):

La ciudad de Dios no necesita la luz del sol o de la luna porque Dios la ilumina.

Así, Juan, ya anciano, desde la isla de Patmos, donde está exiliado, imagina la nueva Jerusalén, la que desciende del cielo, de Dios, adornada como una novia dispuesta a encontrarse con su esposo. Una ciudad construida sobre el testimonio de los doce cimientos, los Apóstoles, con doce puertas (el doce en Israel es la totalidad), tres por cada lado, para que cualquiera pueda entrar.

Y nosotros nos enfrentamos a nuestras comunidades cansadas, asustadas, perdidas, y pedimos al Espíritu que nos dé un movimiento, una sacudida, que nos sacuda en lo más profundo.

El Resucitado lo dijo claramente: no debemos temer, ni tener miedo, ni estar turbados.

Por el mundo que implosiona, por la violencia de quienes matan en nombre de Dios, por la violencia de quienes matan en nombre de los antiguos dioses, el poder y el dinero, por el clima de creciente deshumanización, de pelea y declive que respiramos todos los días.

No, no tenemos miedo.

Concilio

Pablo y Bernabé luchan, pero no lo consiguen, desconcertados y aturdidos por tener que luchar en casa, contra la opinión de hermanos en la fe. Algunos fariseos que se han hecho cristianos vienen expresamente a Antioquía para denigrar su trabajo, para decir a los neófitos que primero deben circuncidarse. No, claro, no esperan ser atacados por los (autodenominados) hermanos en la fe. ¿Y qué hacen?

Bajan a Jerusalén, donde los Apóstoles, discuten, explican, piden ayuda.

Ayuda que llega con toda la autoridad de quienes estaban allí para escuchar a Jesús.

Van a la fuente. Como deberíamos hacer nosotros también hoy.

Se escuchan las diferentes opiniones, se argumenta, se discute. Animadamente, pero con el único deseo de apoyar lo que Cristo habría hecho.

Un mensaje tranquiliza y anima a los recién llegados: las puertas del nuevo Jerusalén terrenal están abiertas de par en par. Si hoy estamos aquí es por esa elección profética y con visión de futuro.

De aquellos que tienen el corazón que arde por hablar de Dios. Para llevar a todos a conocer cuánto son amados. 

Morar

Jesús nos pide que guardemos su Palabra, que la realicemos, que la encarnemos en nuestras elecciones. Si la fe permanece como un acontecimiento que se saca a relucir una hora a la semana o en momentos de dificultad, no experimentamos el ser habitados por el Padre y el Hijo.

Jesús lo dice explícitamente: habitar la Palabra, frecuentarla, conocerla, rezarla, meditarla tiene el efecto de una inhabitación divina.

Dios nos habita. Experimentamos la presencia divina.

Crece en nosotros la conciencia creciente de estar orientados hacia Dios, la experiencia de sentir su presencia. La fe, entonces, no se reduce a una elección intelectual, a un esfuerzo de la voluntad, sino que evoluciona hasta convertirse en la dimensión perenne en la que habitamos.

Dios siempre, Dios en todas partes, Dios buscado, Dios amado.

Morar: quedarse, no huir, no alejarse.

Morar: habitar, conocer, comprender, frecuentar.

A esto estamos llamados para experimentar la gloria.

Conozcamos y meditemos la Palabra que nos permite acceder a Dios. 

Recordar

No lo entendemos todo, y faltaría más, ni siquiera la Iglesia posee a Dios por completo, pero Ella es poseída por Él.

Jesús lo dijo y lo dio todo, la Revelación ha concluido, no necesitamos videntes que nos expliquen cómo hacerlo. Pero aún no lo hemos entendido todo. O lo hemos olvidado. O hemos escondido la Palabra detrás de montones de palabras.

El Espíritu viene en nuestra ayuda y nos ilumina. Ilumina a la Iglesia en la comprensión de las palabras del Maestro. Ilumina nuestra conciencia y nos permite comprender qué tiene que ver la fe con nuestra vida y nuestras elecciones cotidianas.

Invocar al Espíritu antes de cada elección, antes de la oración, antes de la celebración de la Eucaristía nos permite acercarnos al Evangelio con la frescura que merece, con el asombro de quien siempre encuentra novedades en Él.

Pacificados

Para experimentar la gloria debemos hacer las paces en nosotros mismos.

La frontera entre el bien y el mal está en nuestro corazón, el enemigo está dentro de nosotros, no fuera, y la primera auténtica pacificación debe tener lugar en nuestro interior con nosotros mismos y nuestra violencia y nuestra ira, la parte oscura que los discípulos llaman pecado.

Los cristianos, a menudo, cuando hablan de paz… ¡piensan en el cementerio! Una visión incorrecta y parcial de la fe, donde el cristianismo es flojo y desganado, habla de paz el primero de noviembre, pensando en nuestros difuntos que descansan «en paz».

El primer don que Jesús, resucitado, hace, según su palabra, es el de la paz, apareciéndose a los temerosos discípulos. Un corazón pacificado es un corazón firme, inquebrantable, que ha encontrado su lugar en el mundo, que no se asusta ante las adversidades, no se desespera en el dolor, no se desanima en la fatiga.

Un corazón que se descubre amado.

El descubrimiento de Dios en la propia vida, el encuentro gozoso con Él, la percepción de su belleza, la conversión al Señor Jesús reconocido como Dios, suscitan en el corazón de las personas una alegría profunda, desconocida, diferente de cualquier otra alegría. Es la alegría de saberse conocido, amado, precioso.

Don de Cristo

He aquí, ésta es la paz: saberse en el corazón de un voluntad benéfica y salvífica, descubrirse dentro del misterio escondido del mundo. Creer en esto, adhesión al fe casi siempre atormentado y sufrido, no inmediato y ligero, dona la paz del corazón.

Yo soy amado, tú eres amado.

Somos amados.

Junto a Dios podemos cambiar el mundo.

Este es un profundo, firme e inquebrantable paz, muy diferente del que se vende como ausencia de guerra o, peor aún, como guerra que se considera necesaria para imponer la paz.

Es una paz que permite afrontar con serenidad incluso los miedos.

Miedo al futuro, a la enfermedad, al trabajo precario, a no saberse amado, miedo y temor.

La paz del corazón, don y conquista, llama que alimentar continuamente con la llama del Resucitado, ayuda a afrontar el miedo con confianza, a no tener el corazón turbado. Al final de estos maravillosos días de Pascua, invocamos al Consolador, donado por el Padre, para afrontar nuestro día a día con la certeza de la presencia del Señor, día tras día, paso a paso.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Comentarios Evangélicos y Reflexiones para el VI Domingo de Pascua, 25 de mayo de 2025

1.- La vida florece en todas sus formas

2.- Poner el corazón en Jesús.  

3.- Dejarse amar por Jesús para encarnar y vivir la Palabra.  

4.- Llamado a dejarme amar por Dios

5.- Amando se comprende la Palabra

6.- Hospedar a Dios.

7.- Sabiéndonos amados – Comentario al Evangelio de San Juan 14, 23-29 –.

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