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Thomas Merton y la Sagrada Escritura.

viernes, 12 de septiembre de 2025
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En este mes dedicado al estudio y reflexión de la Biblia, traemos este interesante post del Blog Amigos de Thomas Merton:

En la obra de Thomas Merton, la Sagrada Escritura no es simplemente un texto para estudiar o aplicar moralmente, sino una fuente viva de encuentro, conversión y contemplación. Aunque no dejó una teología bíblica sistemática, sus diarios, cartas y ensayos revelan una visión profundamente espiritual y existencial de la Escritura. Aquí te comparto algunas ideas clave que emergen de su pensamiento:

1. La Escritura como lugar de encuentro con Dios

Merton veía la Biblia como un espacio donde el alma se encuentra con el Misterio. No se trata de dominar el texto, sino de ser transformado por él. En Leer la Biblia, insiste en que la lectura debe ser orante, humilde y abierta a la acción del Espíritu.

2. Descubrimiento del Antiguo Testamento y los Profetas

En sus Diarios, Merton narra cómo el contacto con los Profetas lo sacudió interiormente. Isaías, Jeremías, Amós… le revelaron una voz ardiente, incómoda, profundamente humana y divina. Reconocía en ellos una crítica radical a la religiosidad vacía y una llamada a la justicia, que resonaba con su propia vocación contemplativa y profética.

3. Lectura contemplativa y monástica

Influido por la tradición benedictina, Merton promovía la lectio divina: leer, meditar, orar y contemplar. Para él, la Escritura no debía ser instrumentalizada ni reducida a ideas, sino saboreada lentamente, como semilla que germina en el silencio.

4. La Palabra como semilla de identidad y santidad

En Nuevas semillas de contemplación, Merton escribe: “Las semillas que en todo momento planta la voluntad de Dios en mi libertad son las semillas de mi identidad, de mi realidad, de mi felicidad, de mi santidad”. La Escritura, entonces, no solo informa: forma, revela, fecunda.

5. Universalidad y apertura interreligiosa

Aunque profundamente cristiano, Merton veía en la Escritura una sabiduría que dialoga con otras tradiciones. Su estudio de textos orientales lo llevó a valorar el lenguaje simbólico, poético y místico de la Biblia. Esta apertura no diluye la fe, sino que la profundiza y la hace más hospitalaria.


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Mensaje del 44 Congreso de Teología sobre «Un mundo en tinieblas. ¿Hay razones para la esperanza?»

viernes, 12 de septiembre de 2025
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MENSAJE DEL 44 CONGRESO DE TEOLOGÍA SOBRE «UN MUNDO EN TINIEBLAS. ¿HAY RAZONES PARA LA ESPERANZA?»

Celebrado en Madrid del 5 al 7 de septiembre de 2025

MADRID.

ECLESALIA, 09/09/25.- Del 5 al 7 de septiembre de 2025 hemos celebrado el 44 Congreso de Teología sobre «Un mundo en tinieblas. ¿Hay razones para la esperanza?», en el que han participado más de 250 personas de diferentes países y continentes. Nos han acompañado en la reflexión especialistas en ciencia política, ciencias de la información, teología de la liberación y teología ecofeminista, que han ofrecido rigurosos análisis y propuestas para salir del mundo en tinieblas en el que nos encontramos.

1.- Vivimos en un mundo en colapso provocado por una serie de megaproblemas y sistemas de dominación como son, entre otros, el colonialismo, el patriarcado, el necrocapitalismo, la depredación de la naturaleza, el armamentismo, la xenofobia, el racismo y la aporofobia, el triunfo de las distopías y la naturalización de la violencia en la vida cotidiana y en las relaciones internacionales.

2.- El descontento se ha apoderado de las democracias occidentales y está erosionando la idea de representación, la adhesión a valores liberadores y la convivencia cívica. Las democracias, antaño máquinas de bienestar, se han convertido en máquinas de malestar.

3.- Eso se aprecia en cada proceso electoral con el avance de los movimientos de extrema derecha, antidemocráticos y ultraconservadores, hasta conseguir gobernar en numerosos países. Son movimientos que niegan el valor del igualitarismo.

4.- Para revertir esta situación es necesario pensar, debatir e imaginar colectivamente el futuro al que queremos llegar, establecer alianzas para rehacer un nuevo “contrato social” y hacer realidad las oportunidades que nos ofrecen la transición ecológica, los avances tecnológicos puestos al servicio de la humanidad más desprotegida, las ventajas de una sociedad feminista donde todas las personas vivamos mejor y la diversidad que aporta la migración.

5.- Hoy se imponen las narrativas belicistas, que descalifican lenguajes y prácticas pacifistas y normalizan la violencia. Su modalidad más destructiva es el proyecto colonial y sionista de Israel contra el pueblo palestino, que viene de finales del siglo XIX y cuyo máximo atentado contra la vida es el actual genocidio con el asesinato de más de sesenta y cuatro mil personas gazatíes, el hambre como arma de guerra, el desplazamiento forzoso de todos los habitantes de la Franja de Gaza y, en definitiva, el exterminio.

6.- El genocidio se está produciendo con la inoperancia de la ONU y de otros organismos internacionales, la inacción cómplice de Europa, el apoyo incondicional de Estados Unidos y el silencio de la mayoría de los líderes religiosos mundiales con honrosas excepciones entre otras, las del papa Francisco que habló abiertamente de genocidio y de los patriarcas latinos y ortodoxos que acaban de condenar enérgicamente la invasión de la Ciudad de Gaza.

7.- Las mujeres, que hemos sido barridas de la dirección del mundo y somos consideradas incapaces de representar al Dios patriarcal, nos rebelamos contra las leyes discriminatorias, nos encontramos, en muchos lugares, actuando con rebeldía y practicando la ética del cuidado. Defendemos la interdependencia vital de todo lo que existe, más allá de las jerarquías patriarcales excluyentes y de los discursos teóricos muchas veces sin acciones concretas.

8.- Creemos que el cristianismo radical, entendido como ir a las fuentes antropológicas del ser, del vivir y del convivir y a las raíces evangélicas, puede y debe contribuir a salir del colapso en el que se encuentra el mundo. ¿Cómo? A través de la hospitalidad con las personas migrantes, refugiadas y desplazadas, el cuestionamiento de la globalización neoliberal excluyente, la condena del sexismo, la LGTBIQ+fobia y las masculinidades hegemónicas, el compromiso con el ecofeminismo, que implica la igualdad y la justicia de género y el reconocimiento de los derechos y la dignidad de la naturaleza, la no imposición de la concepción occidental del cristianismo al resto de las culturas, la alianza con los movimientos sociales y, en definitiva, la práctica del verso de José Martí: “con los pobres de la tierra mi suerte yo quiero”.

9.- Para salir de este mundo en tinieblas consideramos de especial importancia el pensamiento político, económico, ecológico revolucionario del Papa Francisco, crítico del neoliberalismo, al que considera injusto en su raíz, en alianza con los movimientos sociales populares y al servicio del bien común. Francisco ha pronunciado cuatro noes: no a una economía de exclusión que mata, no a la nueva idolatría del dinero, no a un dinero que gobierna en vez de servir y no a la inequidad que genera violencia. Ha puesto empeño en la reforma de la Iglesia a través de la Sinodalidad, si bien en la práctica sigue manteniéndose la estructura jerárquica y clerical y la discriminación de las mujeres.

10.- En un mundo donde se mezclan las tinieblas y las luces proponemos un cristianismo marcado por los pluralismos en diálogo, que defienda la justicia económica, ecológica y de género y aprenda a caminar por terrenos mezclados de flores y espinas, sin idealismos, pero sin renunciar a la utopía. Invitamos a caminar juntos desde las periferias al centro, construyendo puentes para la paz, una “paz desarmada y desarmante” (León XIV), basada en la justicia, la equidad y el respeto a la diferencia, en medio de una guerra en pedazos contra la naturaleza y la humanidad.

Madrid, 07 de septiembre de 2025.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedenciaPuedes aportar tu escrito enviándolo a eclesalia@gmail.com).

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“Rescatarlos del olvido (salmo 21)“, por Miguel Ángel Mesa

jueves, 11 de septiembre de 2025
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De su blog Otro mundo es posible:

En el oscuro océano de la desesperación,
de la sinrazón, de la indiferencia y de la miseria
que existe en nuestro mundo
se alza un grito desgarrador:
Dios mío, Dios de la vida,
¿por qué nos has abandonado?”.

Y en el cruel silencio del sufrimiento
no escuchamos ninguna respuesta,
y no parece haber nadie para echar una mano,
para acompañar durante el desconsuelo,
para crear alternativas
que siembren semillas de esperanza.

Las personas más vulnerables y desprotegidas
están tiradas, heridas, narcotizadas, mutiladas
en las cunetas de los caminos de nuestra tierra.

No tienen muchas veces ni apariencia humana.
Y quienes les han empujado a este lastimoso estado
se ríen y se burlan de ellos diciéndoles:
Si vuestro Dios es tan poderoso y tan bondadoso,
que venga ahora a salvaros,
si tanto os quiere, que os proteja”.

Y, aunque parezca increíble, muchas veces,
los hombres y las mujeres más despreciadas y excluidas
tienen su confianza depositada en ti,
siguen poniendo su esperanza en tus manos,
y así se sienten seguros como si estuvieran
todavía en el seno materno.

Cuando nos acercamos y escuchamos
sus experiencias, sus testimonios,
nos ayudan a recuperar la humanidad perdida,
la ternura y el compromiso,
iluminan de nuevo los sueños
de las futuras generaciones.

Solo contando sus vidas, sus luchas y esperanzas,
recordaremos sus nombres y sus rostros
para que no queden sepultados
bajo la amnesia y el polvo del olvido.

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Puertas Santas, Puertas de Armario y Puertas a Oz: El Padre Mychal Judge y la Peregrinación LGBTQ+

jueves, 11 de septiembre de 2025
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Cuando, no si, el Padre Mychal Judge, OFM, sea canonizado como santo católico, hoy será su festividad. Fue en este día, hace 24 años, que el franciscano gay, capellán del Departamento de Bomberos de la Ciudad de Nueva York, murió en el World Trade Center durante los atentados del 11-S. Aunque pudo haber huido a un lugar seguro con otros funcionarios de la ciudad cuando el peligro se volvió amenazante para quienes estaban en el terreno, decidió quedarse y atender a los heridos y moribundos, policías, bomberos, civiles, incluyendo a quienes se lanzaron a la muerte mientras las Torres Gemelas comenzaban a incinerarse y derrumbarse.

Pensé en el Padre Judge a principios de esta semana cuando reflexionaba sobre mi experiencia participando en la peregrinación LGBTQ+ con motivo del Año Jubilar en el Vaticano hace cinco días. La acción principal y esencial de la peregrinación es cruzar la Puerta Santa de cualquiera de las iglesias designadas. En nuestro caso, fue la Basílica de San Pedro.

Mientras me preparaba para la peregrinación, pensé que cruzar una puerta era un ritual peculiar. En el avión a Roma, vi El Mago de Oz para relajarme, y pensé en el ritual de la Puerta Santa cuando la casa de Dorothy desciende en Oz. Y, gracias a la magia del cine, cuando abre la puerta y entra en esta extraña nueva realidad, el color de la película cambia de sepia monocromo a deslumbrante color a todo color: ¡probablemente toda una proeza de efectos especiales para 1939!

Dorothy abre la puerta de Oz.

Nada tan espectacular exteriormente cuando crucé el umbral de la Santa Puerta de San Pedro, pero, como describí en una entrada anterior, la experiencia interior fue sin duda mucho más allá de cualquier cosa que incluso el cine moderno pudiera replicar.

Al reflexionar sobre mi experiencia de cruzar la Puerta Santa, me di cuenta de que en nuestras vidas todos cruzamos muchas puertas hacia nuevas realidades. A veces imaginamos nuestras vidas a través de la metáfora de un viaje, pero otra forma es pensarlo como la elección (o no) de cruzar las puertas que se nos presentan. Todos tenemos que tomar decisiones, algunas menores, otras importantes, en diversos momentos de nuestra vida, y cuando elegimos cruzar la puerta hacia una nueva etapa, solemos cerrarle la puerta al pasado; en el mejor de los casos, al abandonar viejas prácticas, actitudes y hábitos que han obstaculizado nuestro desarrollo posterior.

Las personas LGBTQ+, en particular, suelen tener una puerta especial que cruzar: la puerta del armario. Cuando uno da el paso de abrirla, cruzarla y cerrarla, es un momento de gracia. Cruzar la puerta del armario no suele ocurrir solo una vez en la vida. A menudo hay que repetirlo una y otra vez a medida que se adquiere más confianza en la propia identidad LGBTQ+. Cruzar la puerta del armario es realmente cruzar un portal sagrado. Cambia la vida, pasando de los monótonos tonos sepia de los escenarios de Kansas a la maravillosa explosión de vida, llena de color y resplandor, al otro lado del arcoíris.

Lo que me lleva de vuelta al Padre Mychal Judge. Nacido en 1933 y no habiendo aceptado plenamente su identidad gay hasta 45 o 40 años después, el camino del Padre Judge para abrir la puerta del armario y cerrarla tras él fue largo, aunque no inusualmente largo para alguien de su generación (y lo mismo para mucha gente hoy en día). En un diario que escribió, dedicado a su proceso de salir del armario, incluyó una de las frases más hermosas sobre la santidad de la autoaceptación y la revelación a los demás:

Sexualmente, estoy tan vivo como puedo. Los pensamientos, los impulsos, el deseo siempre están ahí… Y tú, Señor, siempre estás ahí y me recuerdas con tanta amabilidad que te invoque y me muestres tu presencia. Te amo”.

Poder decir «Estoy tan vivo como puedo» indica que el Padre Judge había cerrado con fuerza la puerta del armario del miedo y la vergüenza, y había entrado en un mundo donde podía ser plenamente él mismo. Y gran parte de esa nueva vida provino de su conciencia del amor de Dios y de su decisión de amarlo a cambio.

El santuario del Padre Mychal Judge, All Saints Pairsh, Syracuse, Nueva York, representa a los socorristas sacando su cuerpo de los escombros del World Trade Center.

Mychal Judge también cruzó otra puerta importante en su vida: la puerta del World Trade Center el 11-S. Fue, sin duda, su puerta más fatídica. Junto con todos los valientes socorristas, el Padre Judge eligió una puerta de servicio que estaba llena de peligros. ¿Por qué haría eso? En el epílogo de la biografía de Mychal Judge que escribí para la serie «Pueblo de Dios» de Liturgical Press, me aventuré a responder:

El padre Mychal Judge corrió hacia el infierno ardiente de un edificio en ruinas mientras otros salían corriendo. ¿Por qué se puso en una situación peligrosa cuando tenía la opción de permanecer en una zona segura?…

“Al correr a la Torre Norte del World Trade Center para ministrar a los que sufrían, Judge respondía de una manera que se había vuelto natural para él. Sus 68 años de vida, oración, comunidad y ministerio lo habían convertido en una persona que valoraba las relaciones por encima de sí mismo, el servicio por encima del prestigio, el Cristo sufriente por encima del poder y las riquezas.”

Cruzar esa puerta condujo a Mychal a una puerta muy importante: la Puerta del Cielo. La mayoría de nosotros probablemente no tengamos que pasar por una situación tan dramática como la que él vivió, pero oremos para que podamos elegir las puertas del servicio cuando y donde Dios las presente.

El Padre Judge compuso una oración que compartiría con otros y que creo que puede ayudar a responder a las invitaciones de Dios. El breve texto no solo contiene su esperanza de que Dios lo guíe a través de cualquier puerta que se le presente en la vida, sino que termina con un poco de su ingenio irlandés y práctico:

Señor, llévame donde quieras que vaya. Permíteme encontrarme con quien quieras que me encuentre. Dime qué quieres que diga y no me interpongas en tu camino”.

Es una oración para todos nosotros, mientras continuamos nuestra peregrinación, cruzando las puertas santas de la vida.

—Francis DeBernardo, Ministerio New Ways, 11 de septiembre de 2025

La biografía, Mychal Judge: ‘Take Me Where You Want Me to Go,’ (‘Llévame adonde quieras que vaya’), de Francis DeBernardo, está disponible a través del Ministerio New Ways o Liturgical Press.

Fuente New Ways Ministry

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Thomas Merton: Una voz profética frente a la guerra.

miércoles, 10 de septiembre de 2025
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Del blog Amigos de Thomas Merton:

Como acompañante espiritual y facilitador de retiros, he aprendido que el silencio no es evasión, sino compromiso. En estos tiempos marcados por conflictos visibles e invisibles, vuelvo a la figura de Thomas Merton, cuya vida monástica no lo apartó del mundo, sino que lo hizo más sensible a su dolor. Esta entrada nace del deseo de compartir cómo la contemplación puede convertirse en una voz profética frente a la guerra.

De la celda al clamor profético

La conciencia de Thomas Merton frente a la guerra no surgió de una ideología política, sino de una transformación espiritual que lo llevó a mirar el sufrimiento humano con ojos cada vez más compasivos. En los primeros años de su vida monástica, Merton se centró en la interioridad, la oración y la búsqueda de Dios en el silencio. Pero a medida que su contemplación se profundizaba, comenzó a sentir que ese silencio debía incluir una escucha activa del mundo.

Fue en la década de 1950, especialmente tras la Guerra de Corea y en medio de la carrera armamentista nuclear, cuando Merton empezó a escribir con mayor libertad sobre la amenaza de la violencia. En La raíz de la guerra es el miedo, publicado en 1962, Merton identifica el miedo como el motor oculto de la guerra moderna: miedo al otro, miedo a perder poder, miedo a la propia vulnerabilidad. Para él, la guerra no era simplemente un conflicto entre naciones, sino una manifestación del desorden interior que habita en el corazón humano.

La violencia no es una fuerza creativa. Es la expresión del miedo, del egoísmo y de la desesperación.”

En FE Y VIOLENCIA, Merton se pregunta si la fe cristiana puede seguir siendo fiel al Evangelio mientras justifica estructuras violentas. Su crítica no es ideológica, sino evangélica: el cristiano está llamado a amar al enemigo, no a eliminarlo. Esta tensión lo llevó a escribir con creciente urgencia sobre la guerra de Vietnam, el racismo en Estados Unidos y la injusticia global.

Durante estos años, Merton mantuvo correspondencia con activistas, monjes budistas, poetas y líderes sociales. Su amistad con Thích Nhất Hạnh, por ejemplo, lo llevó a descubrir una espiritualidad de la compasión activa. En sus cartas a jóvenes comprometidos con la paz, Merton no ofrecía estrategias políticas, sino una invitación a vivir desde la verdad interior, desde una paz que nace en el corazón y se traduce en acción no violenta.

En Conjeturas de un espectador culpable, Merton escribe como quien contempla el mundo desde una celda, pero con el corazón abierto a su dolor. Se reconoce como parte del problema, como alguien que no puede mirar el sufrimiento ajeno sin sentirse implicado. Su contemplación lo lleva a una forma de profecía silenciosa: no grita, pero tampoco calla.

“El silencio auténtico no es indiferencia. Es la raíz de una palabra verdadera.”

Este despertar lo llevó a tensiones con sus superiores monásticos, que temían que sus escritos sobre la guerra fueran demasiado políticos. Algunos textos fueron censurados o publicados póstumamente, como Paz en tiempos de oscuridad, donde Merton articula con claridad su visión de una paz que nace de la conversión interior y la solidaridad con los pobres y los heridos por la violencia.

La postura de Merton encuentra eco en las palabras de Jesús en el Sermón del Monte:

Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.”
(Mateo 5,9)

Para Merton, esta bienaventuranza no era una consigna piadosa, sino una vocación radical que exige conversión, humildad y valentía.

Merton no fue un activista convencional, pero su contemplación lo convirtió en una conciencia despierta. Su legado nos invita a mirar el mundo desde la compasión, a orar con los ojos abiertos, y a creer que el amor —no la violencia— es la única fuerza redentora. En medio de nuevas guerras y viejas heridas, su voz sigue resonando como un susurro firme: “La paz comienza en ti.”

Oración final

Señor de la paz,
enséñanos a escuchar el mundo desde el silencio,
a mirar al otro sin miedo,
y a responder con compasión donde haya violencia.
Que el testimonio de Thomas Merton
nos inspire a ser sembradores de paz
en medio de la noche del mundo.
Amén.

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“Fechorías filisteas”, por Dolores Aleixandre.

miércoles, 10 de septiembre de 2025
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De su blog Un grano de Mostaza:

Viejas historias se han vuelto actuales

 Parecería increíble pero a los 8 años yo sabía distinguir a los filisteos de los amalecitas y no porque fuera una niña prodigio,  sino porque para mi generación la Historia Sagrada era una asignatura troncal. Por eso  nos enteramos en seguida de que los filisteos eran malísimos en su conjunto, tanto como el lobo de Caperucita o el ogro de Pulgarcito.

Todavía estoy viendo a Goliat, aquel filisteo gigante que medía tres metros, con su  casco y su coraza de bronce, su jabalina a la espalda y su lanza con punta de hierro de siete kilos. Amenazaba a los israelitas con desplantes y gestos soberbios (me está recordando a alguien pero no caigo quién…), totalmente ajeno, pobrecillo, al guijarro lanzado con honda con que iba a derribarle aquel chaval esmirriado y descalzo del que se estaba burlando. (1Sm 17)

  La historia de Sansón era también apasionante y dramática: engañado de mala manera por la pérfida Dalila,  los filisteos le apresaron,  le sacaron los ojos y se divertían con él. Qué ajenos también ellos a que le había crecido pelo,  volvía a tener fuerza e iba a derribar su  templo agarrando sus columnas y gritando:  “¡Muera Sansón y todos los filisteos!”.   No contentos con eso, arrebataron a Israel el arca de la alianza, mataron a Jonatán, cortaron las cabezas de los caídos  y  colgaron como escarnio el cadáver de Saúl.

Eran historias terribles que venían de antiguas hostilidades, desde los tiempos remotos en que Isaac había cavado pozos en Guerar y los filisteos los cegaron por envidia.  Aquellos pozos  abiertos en tiempo de Abraham,  eran su condición básica de supervivencia y  la acción de cegarlos escondía un perverso propósito de destrucción y exterminio.

         Dos datos arqueológicos vuelven esas viejas historias estremecedoramente actuales: Guerar estaba en Gaza y los filisteos llegaron al país cuando ya había allí asentamientos de otros pueblos. Una nueva manera de cegar pozos está siendo disparar a quienes acuden a los puntos de distribución de agua y la sangre de los que mueren  sigue hoy clamando al cielo como la que derramó Abel a manos de su hermano.

 Vida Nueva, Agosto 2025

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Voces de la Peregrinación del Año Jubilar LGBTQ+, Parte 1

miércoles, 10 de septiembre de 2025
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En los últimos días, se han publicado varias noticias sobre la Peregrinación de la Esperanza LGBTQ+ para el Año Santo. Dado que muchos artículos repiten información similar, esta publicación ofrecerá fragmentos de las particularidades de cada uno, principalmente las reflexiones de cada peregrino. Mañana, otra publicación incluirá más opiniones.

Del National Catholic Reporter

(Para leer el artículo completo: haga clic aquí)

El padre jesuita James Martin, fundador de Outreach, comentó: “Todos los demás grupos parecían celebrar un jubileo. Durante el cónclave, hubo un jubileo para las bandas de música… Entonces, si las bandas de música pueden celebrar un jubileo, ¿por qué no los católicos LGBTQ? Sin duda, son parte integral de la Iglesia”.

Francis DeBernardo (fotos de Justin McClellan, National Catholic Reporter)

Francis DeBernardo, director ejecutivo del New Ways Ministry: “No solo las personas LGBTQ+ marchan y caminan para proclamar que son parte de la Iglesia, sino que las instituciones oficiales de la Iglesia les dan la bienvenida y les ayudan a compartir sus historias… El hecho de que [Leo] no haya restringido esta peregrinación, algo que creo que papas anteriores sí habrían hecho, es una señal de gran acogida…

“Lo que hizo el Papa Francisco fue enseñar a los líderes de la Iglesia cómo acoger a las personas LGBTQ+, y dio un buen ejemplo de esa acogida… Pero también enseñó a las personas LGBTQ+ a alzarse, sentirse orgullosas y a asumir la responsabilidad de la Iglesia, que por derecho les pertenece, y creo que lo que estamos viendo ahora en esta peregrinación es a las personas LGBTQ+ reclamando el lugar que les corresponde en la Iglesia”.

Ruby Almeida, miembro de la junta directiva de la Global Network of Rainbow Catholics-Red Global de Católicos Arcoíris, originaria de India y residente en el Reino Unido: “Hace unos 25 años, los desafíos y las resistencias eran reales para muchas personas que llegaban aquí como LGBT… Ahora es casi lo contrario. Nos dicen: ‘Pasen, son bienvenidos, únanse a nosotros, están en la mesa con nosotros’”.

Victoria Rodríguez, una mujer católica transgénero y madre de tres hijos de España, recuerda un momento de oración hace ocho años cuando se topó con la parábola de los talentos: “Dios me decía que me había dado el talento de mi identidad y que lo había enterrado por miedo. Me decía: ‘No lo entierres, vívelo. Yo te protegeré’”.

No tenemos que elegir. Podemos vivir nuestra sexualidad y nuestra espiritualidad. Dios nos hizo así, y Dios nos ama así”.

Ana Flavia Chávez

Ana Flavia Chávez Pedraza, católica transgénero peruana que coordina la pastoral con mujeres transgénero en Arequipa, Perú, expresó su esperanza de que Leo siga el ejemplo de Francisco y se reúna personalmente con católicas transgénero:

El encuentro con el P. James Martin mostró continuidad… Pero no puede haber pastor sin ovejas. Esperamos que el Santo Padre también se reúna con nosotros… Si no se nos escucha, si no tenemos esos momentos sinodales de encuentro, ni siquiera seremos los últimos, ni siquiera al margen, sino fuera de la Iglesia”.

Nancy Bouchier

Nancy Bouchier, historiadora jubilada de Canadá: “La sinodalidad lo es todo: es esta noción de comunidad con la que trabajamos, de unir a la comunidad LGBT. No hay nada más feliz que estar en comunidad. Doy gracias a Dios por haber vivido tanto tiempo para presenciar esto”.

De The Associated Press

(Para leer el artículo completo, haga clic aquí)

Justin del Rosario, de Estados Unidos, quien cruzó la Puerta Santa con un gran crucifijo de madera junto a su esposo, John Capozzi: “Fue una experiencia épica, como si pudiera tocar la mano de Dios”.

Justin del Rosario y John Capozzi en una peregrinación. (Foto AP/Andrew Medichini)

Marianne Duddy-Burke, directora ejecutiva de DignityUSA: “Estuve aquí hace 25 años, durante el último Año Santo, con un contingente de personas LGBTQ de Estados Unidos y fuimos detenidos por considerar que constituíamos una amenaza para los programas del Año Santo… [Ahora, para ser] Ser invitados a cruzar la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro, plenamente reconocidos como quienes somos y los dones que aportamos a la Iglesia, y que tenemos nuestra fe y nuestras identidades combinadas, es un día de gran celebración y esperanza”.

John Capozzi, de Washington D.C., quien participaba en la peregrinación con su esposo, del Rosario, se sentía alejado de la Iglesia, pero se sintió acogido por el Papa Francisco: “Tenía esa sensación de no ser bienvenido en la Iglesia. No por hacer nada, sino por ser quien era. Era el miedo a volver a entrar por el juicio”.

Rev. Fausto Focosi, de Italia: “Nuestros ojos han conocido las lágrimas del rechazo, del ocultamiento. Han conocido las lágrimas de la vergüenza. Y quizás a veces esas lágrimas aún brotan de nuestros ojos. Hoy, sin embargo, hay otras lágrimas, lágrimas nuevas. Lavan las viejas”.

—Francis DeBernardo, Ministerio Nuevos Caminos, 9 de septiembre de 2025

Fuente New Ways Ministry

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Volver a la Fuente, cada día. Para ser de Dios, simplemente. Y nada más. Seré humilde. Nada más. Y nada menos

martes, 9 de septiembre de 2025
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Del blog de Alfonso J. Olaz El Rincón del Peregrino:

Volver a la Fuente, cada día. Para ser de Dios, simplemente. Y nada más.

Seré humilde. Nada más. Y nada menos

Hermano, hermana,
que ansías volar y no puedes:
¡Déjate llevar por Él!
Y volarás, finalmente.

A la Fuente volveré, a la Fuente,
como ese pájaro humilde que se dejó hacer.

A la Montaña subiré, a la Montaña,
como el águila que grita por su Creador.

Al Amor llegaré, al Amor,
¡Si acepto que me cortes las alas
para ser, al fin, ave libre de tu Reino!

Al mar de tu Revolución de Amor me arrojaré,
para que este ego mío, por fin, muera,
y Tú te lo lleves, para siempre, en la corriente.

¿Mi vida? ¡Nada!
¿Tu Vida? ¡Todo!
¿Qué me queda, Dios mío, si Tú no estás?

Necesitamos testigos. Sencillos. De barro.
Hombres. Indignados.
En Revolución.

Que su único Señor sea el Dios de los pobres,
y su única vida, una vida dada.

Urgencia tenemos.
Hombres y mujeres que se atrevan a encontrarte.
Gente valiente, para ser libre.
Libres de todo, para amar a todos.
Para amar con ese Corazón de Jesús,
que anduvo curando, riendo, llorando, con su gente,
y que se dejó llevar, sin más, por el sueño del Padre.

Señor,
haz de mí lo que Tú quieras.
Que yo sé, y confío, que es lo mejor.
Haz que mi vida, que es tuya, te muestre,
para que los pobres de esta tierra hagan, por fin, la experiencia de tu Amor.

Del Evangelio, a la vida.
A las casas, a las calles.
De la vida, al Evangelio. A la raíz, a la Fuente.

Amén. Que así sea.
Seré humilde. Nada más. Y nada menos

Seré estrella, una más en la constelación de mis hermanos.
Esos que son tuyos.
Recordaré que soy polvo de estrella
y me haré fraternidad en este suelo hambriento de cielo.

Seré como el Sol, ese hermano mayor: fuego gratuito que calienta al justo y al injusto.
Seré fuerza que abriga, luz que no hace sombra.

Seré agua. Agua simple de pozo para la sed del camino.
Agua que lava la herida y enjuga el rostro del cansado.

Seré bosque. Techo para el que no tiene techo.
Raíz fuerte y silencio acogedor frente al viento de la desposesión.

Seré lavanda silvestre, bálsamo pequeño para la angustia que ahoga.
Con estas manos que Tú me diste, curaré la herida del desamor.

Y entonces, tal vez entonces, seré verdad desnuda.
Y no habrá ya mentira que se esconda.
Todo será transparencia,será Gracia, y el Mal,que todo lo pierde,
retrocederá ante el fuego del Amor.

Y así, Tú, mi Verdad,
te harás en mí hombre, Estrella, Sol, Agua, Bosque y Lavanda.
Te harás todo en todos.
Para amar. Sin fin.
Sin fronteras. Amén.

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“Vivir sin culpa”, de Enrique Martínez Lozano.

martes, 9 de septiembre de 2025
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A Ana, inocencia transparente, generadora de confianza.

«¿Quién es ese yo que, en nuestro interior, es un crítico severo, que es capaz de aterrorizarnos e impulsarnos a una actividad fútil y que, al final, nos juzga todavía más severamente por los errores a los que sus reproches nos condujeron?» (Thomas S. Eliot).

«La confianza es la base de la vida. Hay que tener un suelo por el que andar porque a veces la tierra física, la tierra psíquica, la tierra material se hunde bajo los árboles. Hay un suelo debajo del suelo, y este subsuelo es la confianza….
La confianza está siempre aquí, incluso cuando la pierdo no está muy lejos de mí. Cuando la pierdo sé que está en la habitación de al lado y que, tarde o temprano, la encontraré. Tener confianza en la vida es tener la intuición de que no se dañará a lo más querido y a aquello que no conseguimos ni nombrar. Hay que comprender que en lo profundo no estamos en peligro
La confianza es la madre de todas las raíces: si la tienes, darás con todo el resto» (Christian Bobin).

«El pecado es necesario, pero todo acabará bien, y todo acabará bien, y cualquier cosa, sea cual sea, acabará bien» (Juliana de Norwich).

CONTRAPORTADA

La culpa es una creencia errónea de efectos devastadores. De manera oculta e insidiosa envenena la existencia y sumerge a la persona en un pozo de apatía y en una dinámica perversa en la que ve saboteados sus mejores propósitos y bloqueada su confianza. La culpa encierra a la persona en una espiral de miedo que fácilmente trunca la confianza y agosta la alegría: la culpa cercena de raíz la alegría de vivir. Y con la culpa, el castigo: otra creencia generalizada que contamina y envenena, bloqueando la capacidad de amar.

Liberarse de ellas requiere, a la vez, un trabajo psicológico que traduce la culpabilidad en responsabilidad, y un trabajo espiritual que desvela su error radical. El resultado es la liberación del miedo y la recuperación de la confianza: el regreso a la inocencia.

Desenmascarar la mentira de aquellas creencias amplía el horizonte, ensancha el corazón, hace saltar las barreras del laberinto mental que constriñe y nos permite reconocernos como vida que fluye y juega en libertad. El miedo y el egocentrismo, sostenidos antes por la culpa y el castigo, dan paso a la confianza y al amor. Y una vez más constatamos, por experiencia propia, que solo la comprensión libera.

Editorial Desclée De Brouwer.

ÍNDICE

Introducción: Bajo el peso de la culpa

  1. La génesis: ¿cómo nace la culpa?

En la especie humana
Una creencia culpabilizadora: la doctrina del “pecado original”
En el individuo particular

  1. Los efectos: desolación y hundimiento

Autorreproche, miedo y castigo
Hundimiento
Adictos a la culpa, adictos al castigo

  1. La trampa: la culpa es una creencia errónea

Una convención cultural basada en creencias erróneas
El punto decisivo: ¿un yo libre y hacedor?
El testimonio de los sabios
Salir de la creencia errónea

  1. La comprensión: de la culpabilidad a la responsabilidad y al reconocimiento de lo que somos

Desde la psicología: de la culpabilidad a la responsabilidad
Desde la espiritualidad: la culpa no existe
¿No hay nada que hacer?
La comprensión: donde todo encaja

  1. El camino sabio o espiritual: confiar siempre

Resistencias a confiar
Invitación a confiar
Confiar es amar lo que es
Confiar es vivir diciendo “sí”
Confianza, aceptación y responsabilidad

INTRODUCCIÓN
BAJO EL PESO DE LA CULPA

La culpa es una creencia errónea, de efectos devastadores.

Pocas cosas han hecho (hacen) tanto daño a la humanidad como la creencia generalizada en la culpa y en el castigo como medio de expiación de aquella. Pareciera como si, de forma premeditada, se hubieran conjugado factores de tipo psicológico, sociocultural y religioso para abonar, sostener y reforzar ambas creencias que, asumidas acríticamente, cumplen la función de sustentar y nutrir un sistema social radicalmente centrado en el ego.

Como resultado, la vida humana, tanto en su dimensión personal como en su dimensión social, queda envenenada de raíz, mientras las personas se ven introducidas en un laberinto de angustia, que se plasma y se proyecta en forma de juicio, condena, reproche, enfrentamiento…: castigo. Solo la liberación de aquella doble creencia hace posible reconocer nuestra inocencia original y vivir en confianza y en amor, hacia sí mismo y hacia todos y todo lo demás. La culpa y el castigo buscan sostener el sistema egoico en el que la humanidad se halla atrapada. Desenmascarar la mentira de esas creencias libera del miedo y de la angustia, amplía el horizonte, ensancha el corazón, recupera la confianza, hace saltar las barreras del laberinto mental que constriñe y nos permite reconocernos como vida que fluye y juega en libertad, como amor que encuentra plenitud y gozo en el hecho mismo de amar. Una vez más constatamos, por experiencia propia, que solo la comprensión libera.

Pocas cosas producen efectos tan devastadores en la vida de las personas como el mal llamado “sentimiento” de culpa. Digo mal llamado porque, hablando con rigor, la culpa no es un sentimiento sino una creencia mental que acusa constantemente con mensajes del tipo: “eres malo, en ti hay algo inadecuado o incorrecto, no estás a la altura, no mereces, has actuado mal y debes ser castigado, eres culpable”…

Como ha escrito Richard Schwartz, “la vergüenza [o culpa visual] es la carga más primitiva, aterradora, tóxica y motivadora de todas. ¿Por qué la vergüenza es tan poderosa? Porque cuando nos sentimos avergonzados [culpabilizados], creemos, en algún nivel, que no valemos nada[1].

Detrás de cualquier peso que lastra la existencia de las personas es fácil encontrar siempre esa creencia culpabilizadora, que se experimenta en forma de sentimientos de pesadumbre, hundimiento y apatía, y que requiere, de un modo u otro, expiación y, por tanto, castigo.

Aunque con frecuencia resulte inconsciente al propio sujeto, me parece claro que, en la base de la depresión y del sufrimiento mental, habita siempre, aunque oculta, alguna creencia culposa.

Partimos, pues, de esta primera constatación: la culpa es una creencia errónea que conduce inexorablemente a la paralización y al hundimiento, al tiempo que instala a la persona en el autorreproche y la introduce en un peligroso bucle de escrúpulos. Y, sin embargo, a pesar de los efectos funestos que produce, solemos vivir culpándonos y culpando a los otros, repitiendo un programa o patrón mental, tempranamente aprendido y poderosamente grabado en nuestro psiquismo.

Analizaremos la génesis de esta creencia, los factores –educacionales, culturales y religiosos, así como la ignorancia espiritual– que la refuerzan, los efectos que produce y la trampa en la que se asienta, desde la comprensión de lo que somos, como camino para transitar el camino de la sabiduría –de la liberación–, que no es otro que el de la confianza radical que es expresión de la inocencia que somos.

Siempre que trato el tema de la culpa, me viene el recuerdo de una niña –convengamos en llamarla Silvia– que, con apenas siete años, se sentía, sin saberlo aún expresar, culpable de existir. No se me ocurre otro motivo que pese y agobie más a una persona que el sentimiento de que su existencia ha sido y sigue siendo un error.

Mis papás serían más felices si yo no hubiera nacido”, me compartía aquella niña, presa del llanto y sin entender el motivo de su agobio y pesadumbre. En los niños ocurre así: al no entender las causas de su sufrimiento, leen su malestar en clave de culpa. Y las consecuencias aparecen de inmediato, envenenando su existencia. En el caso de Silvia se manifestaban en un marcado auto-rechazo y un exagerado perfeccionismo, que corrían a la par con un sentimiento sordo de tristeza, así como de enfado y hostilidad latentes, siempre a punto de estallar [2].

De hecho, son síntomas característicos que nos permiten descubrir la culpabilidad inconsciente: una actitud hostil hacia sí mismo y hacia los otros –hacia el mundo– y una sobre-exigencia desmedida que nunca alcanza –ni puede alcanzar– su objetivo. Por una parte, el auto-rechazo es el castigo que la culpa conlleva: en la medida en que me atribuyo la causa de mi sufrimiento me estoy convirtiendo en mi propio enemigo, por lo que viviré hostilidad hacia mí. Por otra, la sobre-exigencia o el perfeccionismo aparecen como la única salida posible para “reparar” la culpa y demostrar que me gano el derecho a existir, lo cual explica que culpa y perfeccionismo sean las dos caras de la misma moneda. Finalmente, el enfado o incluso la hostilidad hacia todo no es sino expresión automática del estado interior de frustración y del sufrimiento escondido.

Dado que, con frecuencia, el llamado sentimiento de culpa se inoculó en algún momento que ya escapa a nuestro recuerdo, no es extraño que la propia persona no sea consciente del mismo. Se sienten sus síntomas, en forma de pesadumbre y hundimiento, agobio y falta de ganas de vivir, perfeccionismo y sobreexigencia, escrúpulos y duda exagerada, pero la raíz permanece oculta. En ese caso, tal vez sea útil preguntarse cómo descubrir si se alberga algún sentimiento de culpa. Y, sin duda, la respuesta vendrá dada por el hecho de detectar –o no– los síntomas mencionados: cuando se prolonga el malestar interior acompañado de la falta de amor incondicional hacia sí, cuando se percibe enfado o reproche hacia uno mismo, cuando se mantiene una exigencia desproporcionada o un perfeccionismo que se manifiesta hasta en detalles insignificantes, así como cuando se vive una exigencia –en formas, a veces, sutiles– hacia los demás y una tendencia a culpabilizarlos siempre que –nos parece– no responden a lo que consideramos adecuado o correcto, cuando detectamos un movimiento interno a castigarnos o castigar a los otros, sin duda nos hallamos ante un sentimiento de culpabilidad no resuelto o incluso ni siquiera reconocido.

En un correo reciente, una mujer me comentaba su sorpresa al descubrir que, oculta de mil maneras, la culpa, sin embargo, se hallaba presente en prácticamente todo lo que vivía: “A veces -escribía- he sido consciente del trasfondo de culpa que yo añadía en algunas situaciones. Sin embargo, en este momento, me estoy haciendo consciente de que la culpa empaña prácticamente toda mi forma de actuar y vivir, lo cual para mí ha sido revelador: toda mi vida me he avergonzado de haber sentido que no fui una niña feliz y he ocultado esa vergüenza, sin ser consciente de que ahí estaba la culpa; me he sentido indigna y  poco querida en mi familia, sin darme cuenta de que eso era culpa; he experimentado miedo a mostrarme, sobre todo, a mostrarme sensible y vulnerable; he vivido exigiéndome al máximo en todo, creyendo que así estaba dando lo mejor de mí…, y ahora atisbo que eso también tiene que ver con la culpa; he mantenido una gran exigencia hacia los que me rodean, en concreto hacia mi marido y mis dos hijos, sin ser consciente de que también está empañado por la culpa…”.

En ocasiones el sujeto percibe la culpa como un peso que lo asfixia y paraliza, asociándola incluso a un hecho concreto y bien delimitado. En otras, sin embargo, la culpabilidad adopta unos matices más imprecisos e incluso nebulosos, si bien no por ello menos angustiantes, en forma de sensación difusa que permea toda la existencia, a la que tiñe de tonos oscuros. Y en otras, finalmente, ni siquiera se ha hecho consciente el habitualmente llamado sentimiento de culpa; sin embargo, resultan patentes los síntomas, mencionados anteriormente, que lo delatan. Se trata de una mezcla de tristeza y pesadumbre que con frecuencia desemboca en la apatía y la depresión.

El sentimiento de culpa, reconocido o no, supone un peso que fácilmente lastra toda la existencia, a la que colorea de tonos grises e incluso tenebrosos. La tristeza, el abatimiento y el autocastigo, cualquiera que sea la forma que adopten, muestran hasta dónde llega su poder destructor.

No es extraño que, ante el malestar experimentado, se activen mecanismos de defensa que intenten paliar aquellas sensaciones desagradables. Entre ellos, suelen ser habituales la sobre-exigencia, el perfeccionismo, el activismo –incluso en forma de compromiso social o político–, la compensación, el aturdimiento, la huida en forma de adicciones, la rigidez, la exigencia hacia los demás, la culpabilización de los otros…

A través de esos mecanismos se busca, consciente o inconscientemente, aliviar el peso de una culpa que llega a resultar insoportable. Eso explica que la persona se embarque en un perfeccionismo extenuante y pueda vivir una desmesurada exigencia como reparación inconsciente de no sabe bien qué. O que se lance a un activismo exagerado que, a la vez que la distrae del malestar interior, pareciera otorgarle “méritos” que le garantizarían el reconocimiento de su valor ante sí misma y ante los demás; en concreto, en este campo, la pasión por el compromiso puede constituir un terreno especialmente adecuado para obtener aquel doble objetivo: expiación y reconocimiento. Lo cual explicaría la presencia de la rigidez, tanto en el perfeccionismo como en el activismo y, en concreto, en la forma de vivir el compromiso. La rigidez, en efecto, es un síntoma que delata dolor e inseguridad, signos ambos de culpabilidad oculta.

En una dirección diferente, pero con la misma finalidad, tal vez la persona entre en un camino de búsqueda de compensaciones de todo tipo, como placebos que pretenden calmar la ansiedad, o de comportamientos que distraigan e incluso aturdan como si buscara que el “ruido”, de cualquier tipo que fuese, silenciara aquella insistente y perturbadora voz interior que origina y mantiene tanto sufrimiento.

Si bien los mecanismos nombrados se centran en el propio sujeto, con frecuencia se activan otros que ponen el foco en los demás, en forma de exigencia desmedida o de culpabilización. Tales actitudes se explican fácilmente si se tiene en cuenta que una persona no puede vivir un “peso” interior no resuelto –y mientras sea inconsciente le será imposible resolverlo– sin proyectarlo, de un modo u otro, a quienes encuentre a su lado. Así, la autoexigencia generará exigencia desmedida hacia los demás y la (oculta) culpabilidad se proyectará culpabilizando a otros, aun sin ser conscientes de lo que se busca con ello, que no es otra cosa que aliviar la carga o el peso que se mantiene en uno mismo por la creencia, tan escondida como errónea, de ser inadecuado.

Ahora bien, a pesar de lo que prometen, los diferentes mecanismos que pueden llegar a activarse terminan complicando la vivencia de la persona, al dar lugar a actitudes y comportamientos igualmente desajustados y, por tanto, generadores de más confusión y más sufrimiento. Pero no se hallará salida de semejante laberinto sino por el único camino que conduce a la liberación: el reconocimiento de la propia verdad. O, con más precisión, la comprensión de lo que se vive y de la trampa en que se permanece atrapado.

Me parece evidente que, dado que la culpabilidad es una creencia errónea, la liberación de la misma solo puede venir de la mano de la comprensión, al poner luz en el engaño. Ahora bien, afirmar el lugar decisivo de la comprensión no niega la necesidad de un trabajo psicológico o incluso terapéutico, según los casos, para sanar aquella herida antigua en la que germinó la creencia culpabilizadora o para desanudar los bloqueos donde pudimos quedar atrapados.

Todo ello forma parte de la comprensión que necesitamos para liberarnos de una de las peores losas que, lastrando con el miedo toda la existencia de la persona, impide vivir con libertad, confianza y gozo. Y a ello quiere contribuir este escrito, ofreciendo pistas que permitan comprender el fenómeno de la culpa, desde su génesis hasta sus efectos, para desenmascarar su engaño y poner luz en la oscuridad que le sirve de coartada. Deseo de corazón que el desenmascaramiento de la doble creencia -en la culpa y en el castigo- permita abrirnos a la inocencia que somos, para reconocernos y vivir en ella.

________________________________________________________________________________________________

[1] R. SCHWARTZ, en el Prólogo al libro de Martha SWEEZY, Internal Family Systems Therapy for Shame and Guilt, Guilford Press, New York 2023, p. IX. En ese libro, la autora distingue entre culpa (siempre referida a una acción: “he hecho algo malo”) y vergüenza (como estado de ser: “soy malo”). Tal vez, en la práctica, la diferencia no sea tan importante: culpa y vergüenza, que otros definen como “culpa visual”, se dan entrelazadas y requieren el mismo tratamiento.

[2] He relatado con detenimiento el caso de Silvia en Psicología transpersonal para la vida cotidiana. Claves y recursos, Desclée De Brouwer, Bilbao 2020, pp. 72-74.

Biblioteca, Espiritualidad, General ,

María, pequeña María…

lunes, 8 de septiembre de 2025
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En la Festividad de la Natividad de María.

La fiesta del nacimiento de María se remonta al siglo V, momento en el que se edificó una iglesia en Jerusalén, en el lugar donde los apócrifos imaginaban que había estado la casa de Joaquín y Ana, padres de la madre de Jesús.

Las razones de la elección del día 8 de septiembre no nos son conocidas (la fijación de la solemnidad de la Inmaculada Concepción nueve meses antes, en el calendario litúrgico, es tardía).

La Iglesia oriental solemniza la natividad de María como inicio del ańo litúrgico; las primeras celebraciones en Occidente (a partir de Roma) aparecen en el siglo VII

“Cualquiera que sean nuestros estados de vida y de responsabilidades, estamos totalmente envueltos en la maternidad dulce de María, que cumple para nosotros los mismos hechos que toda madre prodiga a sus hijos: ama, vela, protege, intercede…

Como la pequeña Teresa de Lisieux, ama siempre más a María, y, siempre más también,  has de saber hacerla amar.

Qué, por ella, traigas a tus hermanos a Cristo Jesús.”

*

Juan XXIII

del blog de la Communion Béthanie:

***

MADRE DEL MUNDO NUEVO

Estamos otra vez en el Principio.
Dios quiere hablar y el aire se acrisola.
Como un niño, en la sangre, nace el mundo;
y del caos emerge la Esperanza, con sus flores salvadas de la muerte.
(Este ramo de olivo que crece en tus pisadas, paloma de Sus Ojos,
tendrá toda la Tierra penitente para echar las raíces…).

Aún no mugía el mar, ni tendía sus lonas el cielo por los montes,
y tú jugabas ya -la consentida- en la plaza infinita de Sus Manos:
primera siempre al mimo de Su Gozo…
Si estamos otra vez en el Principio, tendrás que amanecer: el Mundo Nuevo
necesita la puerta de tu seno para llegar incólume,
(Belén se apuesta siempre detrás de tus espaldas).

Mientras los hombres buscan sus tesoros piratas -¡los bajeles perdidos de sus rutas sin norte!-,
un día, inesperado, tú surges de las simas del Paranagua, viva,
como un tesoro tierno a la memoria,
antigua de ternura y de favores, coronada de espuma de sorpresas,
con el Niño en los brazos, ofrecido…
La Tierra está en mantillas, dormida en tu regazo.

La Europa verdadera, como un cruzado loco que vuelve escarmentado
de tantas aventuras,
espera tu venida junto a Chartres y en la umbría sagrada de Einsiedeln.
Los almendros latinos aún tienen primavera para acoger tus plantas.
Todavía hay pastores y un buey manso en la cumbre.
¡Todo el cuerpo de Europa se ha hecho gruta, en la herida,
para enmascarar la luz de tu presencia!

América sacude sus pañales, con un grito rebelde, contra el mar transitado,
pero en su boca niña balbucea, cantando, tu nombre, Guadalupe,
y late la manigua como un puerto que siente tu llegada:
-¡Vendrá Santa María, libre de carabelas!
Como una diosa estéril y fecunda, empapada en la lluvia de la Espera,
como una cruz cansada de martirio,
Asia cruje, sangrando por sus lotos…
¡Pero el bambú ya ensaya cañas de profecía detrás de las Comunas;
la Luna sabia sigue tus pies para calzarte,
y en la liturgia hindú llama a tu Hijo el arpa de Tagore y de los parias!

Mientras llegan los sueños en cayuco inestable,
y acosada por todos los pájaros secretos que hierven en la selva con la noche,
Africa arrulla, alborotadamente, sus veinte cunas nuevas.
Se quiebran sus tambores en parches de alegría
y las lanzas preguntan por la aurora:
¡porque el mar no termina en la mirada!
Y danzan sus miningas, con las anillas rotas,
enarbolando el sol entre las risas,
¡porque hay una Mujer sobre las chozas, detrás de las estrellas,
con el sol en los hombros, como un clote!
Con los sueños que llegan en cayuco inestable, arriba el Evangelio mecido por tus manos;
llegan tus manos fieles, con la Paz en la proa.

Neófitas de sal y de promesas, las Islas balbucientes acuden al marfil de tu garganta,
con un abrazo tenso de siglos de impaciencia, seguras del Encuentro.

¡Todos los meridianos se enhebran en la rosa de tu Nombre…!

Estamos otra vez en el Principio
y nace el mundo, nuevo, del seno de tu Gracia,
hermosamente grande y sin fronteras.
¡Que callen los profetas fatídicos! Cabemos
todos juntos, hermanos, en la mesa que el Padre ha abastecido.
¡Que calle todo miedo, para siempre!

Los átomos dispersos se engarzarán, sumisos, en tu manto;
y el cielo, descubierto en mil caminos,
se hará pista a tus viajes de ¡da y vuelta -de Dios hasta los hombres-,
¡nostalgia nuestra, Asunta!

…Dios llega al aeropuerto de la Historia;
a tiempo en todo Tiempo, el heredado pulso de tu sangre.

Los sellos del Concilio acuñan tu figura sobre la piel lavada de la Iglesia,
y llega una corona de voces alejadas, en pleamar dichosa,
al pie de tu Misterio…

Estamos otra vez en el Principio y ha empezado tu era:
¡por derecho de Madre tú patentas la luz amanecida!

*

Pedro Casaldáliga
“Llena de dios, y tan nuestra”. Antología mariana

***

Genealogía de Jesús, Mesías, Hijo de David, Hijo de Abrahán:

Abrahán engendró a Isaac; Isaac engendró a Jacob; Jacob engendró a Judá y a sus hermanos. Judá engendró, de Tamar, a Farés y a Zara; Farés engendró a Esrón; Esrón engendró a Aran; Aran engendró a Aminadab; Aminadab engendró a Naasón; Naasón engendró a Salmón. Salmón engendró, de Rajab, a Booz; Booz engendró, de Rut, a Obed; Obed engendró a Jesé; Jesé engendró al rey David. David, de la mujer de Urías, engendró a Salomón.

Salomón engendró a Roboán; Roboán engendró a Abías; Abías engendró a Asá; Asá engendró a Josafat; Josafat engendró a Jorán; Jorán engendró a Ozías; Ozías engendró a Joatán; Joatán engendró a Acaz; Acaz engendró a Ezequías; Ezequías engendró a Manases; Manases engendró a Amón; Amón engendró a Josías. Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, cuando la cautividad de Babilonia.

Después de la cautividad de Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel; Salatiel engendró a Zorobabel; Zorobabel engendró a Abiud; Abiud engendró a Eliaquín; Eliaquín engendró a Azor; Azor engendró a Sadoc; Sadoc engendró a Ajín; Ajín engendró a Eliud; Eliud engendró a Eleazar; Eleazar engendró a Matan; Matan engendró a Jacob. Y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Mesías.

De modo que hubo catorce generaciones desde Abraham hasta David, catorce desde David hasta la deportación de los israelitas a Babilonia y otras catorce desde la deportación a Babilonia hasta el nacimiento del Mesías.

El nacimiento de Jesús, el Mesías, fue así: su madre, María, estaba prometida a José y, antes de vivir juntos, resultó que había concebido por la acción del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió separarse de ella en secreto. Después de tomar esta decisión, el ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo:

José, hijo de David, no tengas reparo en recibir a María como esposa tuya, pues el hijo que espera viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.

Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había anunciado el Señor por el profeta: «La virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Emmanuel». (que significa: Dios con nosotros).

Cuando José despertó, hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado, y tomó a María por esposa.  Pero no hicieron vida conyugal hasta que ella dio a luz a su hijo, al que José puso por nombre Jesús.

*

Mateo 1,1-16.18-23

***

En estos momentos difíciles para el mundo, estas breves palabras de Monseñor Yves Ramousse, Vicario Apostólico de Phnom Penh, Camboya, (2001-2021) nos acompañan durante este verano:

«Mantengamos la esperanza. En algún lugar del mundo, siempre hay un loto floreciendo, un niño sonriendo, un corazón floreciendo… En algún lugar, siempre hay dos manos alzadas en oración, dos brazos abiertos para recibir… Todavía hay caminos hacia la paz y la reconciliación. Siempre hay una oportunidad para la amistad y el compartir. En esta cadena invisible que nos une a través de océanos y costas, cada uno de nosotros es un eslabón precioso… Cada uno de nosotros es, a su vez: el que da y el que recibe, el que consuela y el que se salva

***

***

Oración

A ti nos dirigimos, bienaventurada Virgen María, madre de Jesús y madre nuestra. ¿Podemos, con el corazón estremecido, ocuparnos del problema más grande, de vida o muerte, que pesa sobre la humanidad entera, sin encomendarnos a tu intercesión para que nos preserves?

Esta es tu obra, María. A ti nos encomendó Jesús bendito en el momento extremo de su sacrificio cruento. Estamos seguros de tu intervención.

El 8 de septiembre la santa Iglesia celebraba el aniversario de tu gozoso nacimiento, saludándolo como el comienzo de la salvación del mundo, y celeste augurio de incremento de paz.

Sí, esto es lo que te pedimos, madre nuestra dulcísima y reina del mundo. Lo que este necesita no son guerras victoriosas o pueblos de trotados, sino salud renovada y más robusta, paz fecunda y serena; esto necesita y esto pide a grandes voces: “salutis exordium et pacis incrementum. Amén. Amén.

*

“A María, reina del mundo”,

en Juan XXIII, 1964, p. 483

***

Pieta,
de Kim Ki-duk.

***

La aurora es un momento fabuloso: el que precede inmediatamente al salir el sol. Antes sólo eran tentativas. Un leve palidecer el cielo por oriente, apenas visible en la noche. Sigue un clarear creciente, lentamente al comienzo, luego más rápidamente, siempre más rápidamente. Finalmente un instante en el que el surgir de la luz es tan victorioso y ardiente, el esplendor tan cegador a los ojos habituados a la noche, que nos podríamos creer ante el mismo sol: apenas un instante después, como una llamarada, su luz arde en el hilo del horizonte. Y finalmente el sol. Hasta ese momento, nos podíamos haber engañado, pues ya se transparentaba en lo que sólo era la aurora. Lo mismo la Inmaculada concepción. Primero, a lo largo de los siglos precedentes, se trataba del alba de Cristo, de los comienzos de su pureza y santidad, ya maravillosos considerando que se realizaban en la naturaleza humana, pero aún oscuros respecto a El. María es el culmen de la aurora, el surgir del día. Pero su luz ilumina a todos. La Inmaculada concepción distingue a María de los demás humanos sólo para unirla más a Cristo, que pertenece a todos (…).

Tras el decreto que estableció la venida de Cristo, se da esta larga preparación que ya la realiza inicialmente y que llena toda la historia antigua de la humanidad. Ahora bien, toda esta preparación lleva a María, porque ella (…) es portadora de Cristo. La preparación es inmensa: es la única obra de Dios mismo en este mundo; se compromete con todo su amor: haciendo confluir, en virtud de su gracia, todo lo que en nuestros esfuerzos humanos hay de verdaderamente bueno: se plasma una naturaleza humana que será la suya.

Llega un día en que todo está preparado. En la Virgen todo se reúne para pasar de ella al Hijo (…). María es la figura absoluta y total, y lo es para siempre, porque, siendo Madre de Dios, es la que une el Hombre-Dios con la humanidad.

*

É. Mersch,
La teología del Cuerpo místico,
I
, Tournai 1944, 219-221.

***

La misión maternal de María hacia los hombres no oscurece ni disminuye de ninguna manera la única mediación de Cristo, sino más bien muestra su eficacia.

Porque todo el influjo salvífico de la bienaventurada Virgen en favor de los hombres nace del divino beneplácito y de la superabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, depende totalmente de ella y de la misma saca toda su virtud; y lejos de impedirla, fomenta la unión inmediata de los creyentes con Cristo.

La bienaventurada Virgen, predestinada, junto con la Encarnación del Verbo, desde toda la eternidad, cual Madre de Dios, por designio de la divina providencia,  fue en la tierra la esclarecida Madre del Divino Redentor y, de forma singular, la generosa colaboradora entre todas las criaturas y la humilde esclava del Señor.

Y esta maternidad de María perdura sin cesar en la economía de la gracia, desde el momento en que prestó fiel asentimiento en la Anunciación y lo mantuvo sin vacilación al pie de la cruz, hasta la consumación perfecta de todos los elegidos. Pues una vez recibida en los cielos, no dejó su oficio salvador, sino que continúa alcanzándonos por su múltiple intercesión los dones de la eterna salvación.

Con su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo, que peregrinan y se debaten entre peligros y angustias y luchan contra el pecado hasta que sean llevados a la patria feliz. Por eso, la bienaventurada Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de abogada, auxiliadora, socorro, mediadora.

La Iglesia no duda en atribuir a María ese oficio subordinado: lo experimenta continuamente y lo recomienda al corazón de los fieles para que, apoyados en esta protección maternal, se unan más íntimamente al Mediador y Salvador .

*

Del Concilio Vaticano II,
Lumen gentium, 60-62.

***.

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Lo que perdemos será redimido, incluso nuestras familias

lunes, 8 de septiembre de 2025
Comentarios desactivados en Lo que perdemos será redimido, incluso nuestras familias

La reflexión de hoy es de de Mark Guevarra, colaborador de Bondings 2.0.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el Vigésimo Tercer Domingo del Tiempo ordinario se pueden encontrar aquí.

La enseñanza de Jesús en el evangelio de hoy es “odiar a nuestro padre y a nuestra madre, a nuestra mujer y a nuestros hijos, a nuestros hermanos y hermanas, e incluso a nuestra propia vida” para ser su discípulo. Esta enseñanza nos toca profundamente. En nuestros tiempos, sería difícil odiar estas relaciones primarias. Y en la antigüedad, odiar al padre era rechazar el sistema patriarcal sobre el que se construyen las familias. Y así, entonces como ahora, esta desafiante enseñanza llega al corazón.

Para quienes hemos declarado ser LGBTQ+ y hemos experimentado el dolor del rechazo de amigos y familiares, el odio hacia nuestros seres queridos puede resultar más fácil. Y además del odio, algunos podemos sentir frustración, traición, dolor o incluso lástima. Entonces, ¿cómo nos dice la enseñanza de Jesús?

La clave de esta enseñanza se encuentra más adelante en el mismo evangelio, en Lucas 18:29-30. Jesús enseña: «De cierto os digo que nadie que haya dejado casa, mujer, hermanos, padres o hijos por el reino de Dios, recibirá mucho más en este mundo, y en el siglo venidero la vida eterna». Nos dice que lo que hemos perdido será redimido. Todo será restaurado, correcto, justo y bueno.

Perder a la familia, lo cual interpreto como un código, perder las estructuras humanas, familiares y cómodas, que brindan al egoísta una seguridad superficial, es difícil. Pero cuando nos alejamos de eso o nos vemos empujados a alejarnos de lo familiar, encontramos gracia. Y permitir que esa gracia nos penetre profundamente puede ser transformador. Me ha ayudado a ser, ver y vivir de manera diferente en el mundo.

Mi antiguo yo, encerrado en el armario, que vivía con ansiedad y miedo, ahora vive con más valentía y confianza. Mi antiguo yo, encerrado en el armario, que usaba máscaras para representar roles, ahora se siente más cómodo y vulnerable para quitárselas.

Pero incluso estos son sólo un paso en el camino de toda la vida para ser un seguidor de Jesucristo. La obra transformadora de la Gracia para refinar mi verdadero ser implica cultivar la compasión conmigo mismo y con los demás, profundizar la comunión con la tierra y con los más pequeños, fortalecer mi seguridad en Dios y en mi identidad divina, y rechazar los falsos ídolos que solo brindan alegría superficial y paz pasajera. Para mí, esto es lo que significa llevar la cruz: no deleitarme en mis emociones, sino reconocer la gracia abundante, incondicional y perdurable de Dios que ya corre por nuestras venas.

Es cierto que la vida después de declararme LGBTQ+ no es todo color de rosa. Aún llevo las cicatrices del miedo, la ansiedad y el rechazo. Además, está el miedo a llegar a fin de mes, las dificultades de las citas, el dolor de la decepción amorosa y el trabajo de autoaceptación y de enseñar a mi mente, corazón y cuerpo a apegarse más firmemente. Pero la buena noticia es que todo será y está siendo redimido.

Para mí, una señal de esta redención es la familia elegida, que me ama y me apoya incondicionalmente. Y junto con ella, está la gran familia queer que abarca el espacio y el tiempo. Nuestra gran y hermosa familia queer es un signo de esperanza. Me muestran que Dios sí devuelve lo que perdí y más. Su acogida, solidaridad, heridas compartidas y vidas audaces de alegría y esperanza son signos del reino de Dios en medio de mí.

Claro, no es una familia perfecta. Hay odio, discriminación e ignorancia, pero también es una obra en progreso con la gracia de Dios. Lo mismo ocurre con toda la iglesia.

Creo que este es el corazón del Año Jubilar de la Esperanza. Todos necesitamos seguir esperando que la gracia de Dios en nuestras vidas nos transforme, transforme nuestras relaciones, nuestros dolores y penas, nuestros rechazos y nuestras formas de ser habituales. Y esta transformación no puede ocurrir solo en nuestras mentes. De hecho, para que la transformación ocurra, necesita estar conectada con nuestros cuerpos. Jesús sabía que la Buena Nueva no solo podía tocar la mente, sino que necesitaba tocar el cuerpo para transformarnos. Creo que por eso la enseñanza actual sobre el odio es tan visceral.

En este Año de la Esperanza, se nos invita a cruzar las Puertas Santas del Jubileo. Es un acto corporal que lleva nuestros cuerpos, agobiados por las emociones, a la gracia y la misericordia de Dios. Sentir que las cargas se alivian físicamente permite que la gracia nos penetre profundamente. Ya sea que lo hagamos en la Basílica de San Pedro en Roma, en nuestras parroquias o incluso en un bosque, debemos poner nuestros cuerpos en contacto con la gracia interior de Dios.

—Mark Guevarra, 7 de septiembre de 2025

Fuente New Ways Ministry

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La madre siempre es memoria para los hijos

lunes, 8 de septiembre de 2025
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Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.- Natividad de María, madre de JesuCristo.

En el NT, en los evangelios, no hay ninguna alusión al nacimiento de María, madre de Jesús.

María aparece en algunos momentos decisivos: nacimiento de Jesús, las bodas de Caná, (Jn 2). María está presente al pie de la cruz en la muerte de Jesús, (Jn 19). Por lo demás, María queda siempre en un discreto y creyente segundo plano. Se nos dice que María guardaba en su corazón todo lo que veía y vivía en su hijo, Jesús, ¡y lo meditaba! María pensaba y oraba.

No es crear fantasías pensar que María le daría más de cuatro vueltas en su cabeza y en su corazón a las actitudes, gestos y palabras de Jesús: discutiendo con fariseos, con la gente del Templo, acogiendo a enfermos, conviviendo con gente de “mal vivir”. María no entendería ni palabra a la Palabra, por eso meditaba y pensaba las cosas y por eso María llegó a la fe en su hijo. No es extraño que María llegara a conocer, reconocer y creer en su hijo. Se podría decir que María vive discreta y silenciosamente el camino a la fe en su hijo.

Nos lo pensamos y meditamos.

02.- Una madre (una familia) con entereza. (2 Macabeos)

El contexto de la primera lectura (2 Mac) se sitúa hacia el año 100 a.C., es decir, prácticamente en vísperas de JesuCristo.

Israel, el pueblo, estaba llegando a una fe clara en la “vida más allá” de esta vida, poco a poco, ya va tomando cuerpo la fe en la resurrección.

Políticamente Israel se encuentra bajo el dominio seléucida y los Macabeos [1], es decir, los soldados israelitas luchan contra el dominio opresor.

La cuestión de fondo del segundo libro de los Macabeos es que los soldados en el campo de batalla, tienen otra vida en el más allá.

En este marco, esta madre “¿coraje?” sostiene la fe y la esperanza de sus siete hijos que no se postran ante Antíoco Epífanes, ni traicionan sus costumbres, su tradición, su ley. Los siete hijos y la madre mueren por su ideal con la esperanza puesta en el Dios de la vida.

03.- Tres grandes instituciones en crisis.

Si miramos y analizamos nuestra sociología actual, podemos darnos cuenta de que las tres grandes instituciones encargadas de transmitir la tradición, la cultura, la identidad de una fe y de un pueblo, etc., las tres se encuentran en una profunda crisis: la Iglesia, la Familia y la Escuela (mundo de la educación).

La familia.

La madre es como el punto de referencia e identidad, como la memoria y el cordón umbilical en la transmisión de la fe. Pero la familia, en gran medida, se ha venido abajo. No es momento de juzgar ni de culpabilizar nada ni a nadie, pero las cosas son como son y están como están.

La visión de la familia, de la sexualidad, de los hijos es muy distinta a otros tiempos y hacen que la vivencia de la familia sea muy diferente a la de otros tiempos ni lejanos.

Naturalmente que también hoy hay madres y familias que cuidan y transmiten criterios, valores, ideales. Pero la familia, sociológicamente hablando, está como está.

La Iglesia

La Iglesia también va como va. Gracias a Dios, que parece estar cambiando el rumbo de las cosas, aunque en nuestra diócesis sigamos en posiciones ultramontanas, por lo que este sistema eclesiástico transmite poco -más bien nada- de la esperanza de aquella madre de los siete hermanos macabeos y poco o nada de la esperanza de María.

Podríamos pensar que la ultra-ortodoxia no significa que esté en posesión ni de la fe ni de toda la verdad. Los cañonazos doctrinales, causan brechas e incendios, pero no transmiten evangelio ni paz. La “construcción de la ciudad” y el evangelio están en otros esquemas de diálogo, libertad, escucha, hermenéutica, etc.

La escuela

Una universidad que se limite a transmitir conocimientos y no aborde y dé respuesta a los problemas de su tiempo, es un almacén, un hangar de datos o un bachiller a lo bestia, pero no una Universitas.

Pensemos si nuestras ikastolas, colegios, universidades transmiten, lo que aquella madre de los macabeos transmitía a sus hijos: la propia cultura, la fe, aquella madre infundía ánimo y esperanza a sus hijos.

         Tal vez María nos evoque que la vida está compuesta por otros y más importantes elementos de los que habitualmente barajamos hoy en la vida.

04.- María presente en el nacimiento de la Iglesia.

         La madre es siempre la memoria de la familia.

         En la tradición de San Juan, la Iglesia nace al pie de la cruz. Allí están presentes María (la madre) y el Creyente – Discípulo Amado- [2] (hijo).

         Si la Iglesia es algo, es la memoria presente de JesuCristo en esa comunidad que está al pie de la cruz: la madre y todos los “discípulos amados”. La Iglesia no es, -no debe ser- una institución doctrinalmente vociferante, sino la comunidad que al pie de la cruz acoge con la madre (memoria del Hijo) su Espíritu: Jesús inclinando la cabeza, entregó su espíritu, (Jn 19,30), que no es entregar el alma a Dios, sino entregarnos su Espíritu a la Iglesia naciente.

María, la madre -como toda madre- es memoria, referencia hacia el Hijo.

María nos mantiene unidos en familia eclesial.

Ahí tenemos a nuestra madre.

[1] Macabeo significa soldado. El actual equipo de baloncesto de Tel Aviv se llama: Maccabi: soldados.

[2] Discípulos amados somos todos.

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Me voy al combate.

domingo, 7 de septiembre de 2025
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Me voy al combate

Sostenme,
Por favor,
con tu silencio
con Tu presencia,
Con tu ausencia.

Salgo a combatir.

Tú sabes,
El buen combate.
Contra mí mismo.
Contra mi dependencia,
Contra lo que me encadena,
Contra lo que me oprime.

Salgo a combatir.
Para estar libre y disponible.

Eres tú quien me has dado la fuera
Para ir al combate.

Tú  eres un amigo extraordinario.

No sé si esperas,
Pero me gustaría poder decir:
No volveré
Hasta que haya ganado.
No sé si voy a ganar.
No sé.

Eres tan fuerte, tú.
A pesar de tu juventud.
Eres tan fuerte,
¿Me esperarás
¿Me esperarás?
Tienes tantas otras cosas
Que vivir.

Sin embargo, lo haré.
Me voy al combate.

Es por ti,
Es por mí.

Es por mí.

Es por tu causa,
Porque eres un amigo exigente.

Y aunque estés ausente
Cuando vuelva,

Tu presencia tan tenue es un regalo precioso.

Z – 11 mayo 2016

Fuente Foto : Blake Griffin, jugador americano de basket-ball.

***

En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo:

“Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.

Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío.

Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla?

No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: “Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar.”

¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil?

Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz.

Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.”

*

Lucas 14, 25-33

***

Jerusalén es para mí el lugar más bello y más querido del mundo. En Jerusalén está la capilla del Calvario, en la basílica del Santo Sepulcro. Algunos de vosotros ya habéis estado en ella, otros iréis ciertamente, antes o después. Subiendo una serie de escalones, se llega a una capilla donde hay un pequeño altar reservado a los monjes griegos, y allí podemos detenernos a orar. Bajo el altar se ve un orificio que pretende recordar el lugar donde fue clavado el leño de la cruz de Jesús. Delante, una gran tabla pictórica bizantina: Jesús en la Cruz, la Virgen María, el evangelista Juan, María Magdalena. He pasado en esa pequeña capilla muchísimas horas de mi vida y no me he cansado nunca de permanecer mucho tiempo, en oración silenciosa, sin conseguir decir nada especial. Estaba allí, y sentía que estaba en el centro del mundo, comprendí que el mundo se manifestaba en su verdad sólo si era mirado desde arriba de la cruz y con la mirada de Jesús.


Foto Víctor  Kornushin

Todavía ahora continúo con esta oración fundamental que es la contemplación de la cruz como significado y clave de toda la historia humana. No hay persona, no hay acontecimiento humano que no tenga su punto de referencia en la escucha contemplativa del mensaje de la cruz. Por consiguiente, le pido a Jesús esta gracia para cada uno de vosotros: que podáis contemplar, cada vez más, la luz que se desprende de su cruz, para referir a ella todas las realidades de vuestra vida y todas las realidades de la historia.

*

Carlo María Martini,
Tú me sondeas y me conoces,
Editorial Verbo Divino 1995.

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“Ídolos privados”. 23 Tiempo ordinario – C (Lucas 14,25-33)

domingo, 7 de septiembre de 2025
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Hay algo que resulta escandaloso e insoportable a quien se acerca a Jesús desde el clima de autosuficiencia que se vive en la sociedad moderna. Jesús es radical a la hora de pedir una adhesión a su persona. Su discípulo ha de subordinarlo todo al seguimiento incondicional.

No se trata de un «consejo evangélico» para un grupo de cristianos selectos o una élite de esforzados seguidores. Es la condición indispensable de todo discípulo. Las palabras de Jesús son claras y rotundas. «El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío».

Todos sentimos en lo más hondo de nuestro ser el anhelo de libertad. Y, sin embargo, hay una experiencia que se sigue imponiendo generación tras generación: el ser humano parece condenado a ser «esclavo de ídolos». Incapaces de bastarnos a nosotros mismos, nos pasamos la vida buscando algo que responda a nuestras aspiraciones y deseos más fundamentales.

Cada uno buscamos un «dios» para vivir, algo que inconscientemente convertimos en lo esencial de nuestra vida: algo que nos domina y se adueña de nosotros. Buscamos ser libres y autónomos, pero, al parecer, no podemos vivir sin entregarnos a algún «ídolo», que determina nuestra vida entera.

Estos ídolos son muy diversos: dinero, éxito, poder, prestigio, sexo, tranquilidad, felicidad a toda costa… Cada uno sabe el nombre de su «dios privado», al que rinde secretamente su ser. Por eso, cuando en un gesto de «ingenua libertad» hacemos algo «porque nos da la gana», hemos de preguntarnos qué es lo que en aquel momento nos domina y a quién estamos obedeciendo en realidad.

La invitación de Jesús es provocativa. Solo hay un camino para crecer en libertad, y solo lo conocen quienes se atreven a seguir a Jesús incondicionalmente, colaborando con él en el proyecto del Padre: construir un mundo justo y digno para todos.

 

José Antonio Pagola

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“El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío”. Domingo 7 de septiembre de 2025. 23º Ordinario

domingo, 7 de septiembre de 2025
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Leído en Koinonia:

Sabiduría 9, 13-18: ¿Quién comprende lo que Dios quiere?  .
Salmo responsorial: 89: Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.
Filemón 9b-10. 12-17: Recíbelo, no como esclavo, sino como hermano querido.
Lucas 14, 25-33: El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.

Para ser cristiano, en realidad, la Iglesia, habitualmente, exige muy poco. Se bautiza a los niños recién nacidos y apenas se exige nada a sus padres; todo lo más, la asistencia a unas charlas preparatorias del acto del bautismo y un vago compromiso de educar en cristiano al niño según la ley de Dios y los mandamientos de la Iglesia. Sin embargo, esto no era así al principio. Para ser discípulo, Jesús ponía unas duras condiciones, que llevaban a quien quería serlo a pensárselo seriamente. Pocos seríamos cristianos, si para ello tuviéramos que cumplir las tres condiciones que, llegado el caso, Jesús exige a sus discípulos. Y decimos “llegado el caso”, porque estas tres formulaciones del evangelio de hoy que vamos a comentar son “formulaciones extremas”; representan la meta utópica que no debemos perder de vista, y debemos estar dispuestos a alcanzarla en el seguimiento de Jesús.

Por la primera (“si uno quiere venirse conmigo y no me prefiere a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a sí mismo, no puede ser discípulo mío”), el discípulo debe estar dispuesto a subordinarlo todo a la adhesión al maestro. Si en el propósito de instaurar el reinado de Dios, evangelio y familia entran en conflicto, de modo que ésta impida la implantación de aquél, la adhesión a Jesús tiene la preferencia. Jesús y su plan de crear una sociedad alternativa al sistema mundano están por encima de los lazos de familia.

Por la segunda (“quien no carga con su cruz y se viene detrás de mí, no puede ser discípulo mío”), no se trata de hacer sacrificios o mortificarse, como se decía antes, sino de aceptar y asumir que la adhesión a Jesús conlleva frecuentemente la persecución por parte de la sociedad, persecución que hay que aceptar y sobrellevar conscientemente como consecuencia del seguimiento. Por eso es necesario no precipitarse, no sea que prometamos hacer más de lo que podemos cumplir. El ejemplo de la construcción de la torre que exige hacer una buena planificación para calcular los materiales de que disponemos, o del rey que planea la batalla precipitadamente, sin sentarse a estudiar sus posibilidades frente al enemigo, es suficientemente ilustrativo.

La tercera condición (“todo aquel de ustedes que no renuncia a todo lo que tiene no puede ser discípulo mío”) nos parece excesiva. Por si fuera poco dar la preferencia absoluta al plan de Jesús y estar dispuesto a sufrir persecución por ello, Jesús exige algo que parece esta por encima de nuestras fuerzas: renunciar a todo lo que se tiene. Se trata, sin duda, de una formulación extrema, paradigmática, que hay que entender. El discípulo debe estar dispuesto incluso a renunciar a todo lo que tiene, si esto es obstáculo para poner fin a una sociedad injusta en la que unos acaparan en sus manos los bienes de la tierra que otros necesitan para sobrevivir. El otro tiene siempre la preferencia. Lo propio deja de ser de uno, cuando alguien lo necesita para vivir. Sólo desde el desprendimiento se puede hablar de justicia, sólo desde la pobreza se puede luchar contra ella. Sólo desde ahí se puede construir la nueva sociedad, el Reino de Dios, erradicando la injusticia de la tierra.

Para quienes quitamos con frecuencia aguijón al evangelio y nos gustaría que las palabras y actitudes de Jesús fuesen menos radicales, leer este texto resulta duro, pues el Maestro nazareno es tremendamente exigente.

No en vano el libro de la Sabiduría formula hoy a modo de interrogante la dificultad que tiene conocer el designio de Dios y comprender lo que Dios quiere. Será necesario para ello recibir de Dios sabiduría y Espíritu Santo desde el cielo para adecuar nuestra vida a la voluntad de Dios manifestada por Jesús. Necesitamos ir contra corriente y tener la capacidad de renuncia total que pide el evangelio y a la que debemos estar dispuestos, llegado el caso. Pero esto que en el evangelio se nos propone como exigencias radicales de Jesús hoy no es tanto el comienzo del camino, sino la meta a la que debemos aspirar, aquello a lo que debemos tender, si queremos seguir a Jesús. Tal vez no lleguemos nunca a vivir con esa radicalidad las exigencias de Jesús, pero no debemos renunciar a ello, por más que nos encontremos a años luz de esa utopía.

Si se hiciera realidad en la humanidad esta condición básica que Jesús pide para su seguimiento, se resolvería también el problema de la crisis ecológica, que en definitiva está producido por el maltrato, la explotación, la depredación a los que el sistema económico y de producción mundializado somete a la naturaleza, igual que a muchedumbres pobres asalariadas. El bien que persigue el Reino de Dios (ubi bonum, ibi Regnum) no es sólo para el mundo humano, sino para todo el mundo, para el planeta y toda la comunidad de la vida que en él ha surgido…

En su Carta a Filemón, Pablo nos brinda una consecuencia concreta del seguimiento, y las necesarias renuncias a los propios bienes. Por haber abrazado la propuesta del evangelio, Onésimo ha dejado de ser un esclavo para ser un hermano de Filemón. Mediando la caridad y la buena voluntad de éste, quizá también se convierta en colaborador del apóstol que se encuentra encarcelado. Este ejemplo ilustra también lo que indica el libro de la Sabiduría de acuerdo al dicho popular que reza: “Dios escribe derecho en renglones torcidos”. No es tarde para sentarnos a reflexionar sobre las cosas más importantes de nuestra vida… Sea para confirmar las opciones realizadas, sea para reconocer con humildad que nos hemos equivocado. Si meditamos las palabras del evangelio… ¿qué diría nuestro corazón? Leer más…

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7.9.25 Renunciar a todo. Ser Rey sin torre ni soldados (Lc 14, 28-33) DOM 23

domingo, 7 de septiembre de 2025
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Del blog de Xabier Pikaza:

Si un rey quiere declarar una guerra, si un rico quiere construir una torre han de empezar calculando los costes de la empresa, en clave de soldados y dinero. Pues bien, de un modo abrupto, rompiendo esa lógica, de tipo utilitario, Jesús afirma que, para ser discípulo suyo, en camino de Reino hay que renunciar a todos los bienes (cf. motivo de Lc 12, 33 y 18, 22). 

| X. Pikaza

Dinero y torre, ejército y guerra (Lc 14, 28-33)

 Éste es uno de los pasajes más significativos de la enseñanza de Jesús, centrado en el signo de la torre, que puede ser símbolo del templo de Jerusalén, y de un ejército como el de Roma o el del mismo rey Herodes el grande, vasallo de Roma, pero dueño también de un inmenso ejército.

Una torre se construye con dinero, y así acababa de ser reconstruida con la torre/templo de Jerusalén,  inmensa fortuna de Herodes eel Grande, el más famoso constructor de torres del oriente romano antiguo. Para construir una torre/templo como aquella hacía falta muchísimo dinero.

Un ejército para ganar guerras se forma con soldados, lo que exige también muchísimo dinero para alistarlos, formarlos, alimentarlos y dotarlos con armas pertinentes para ganar guerras. Jesús alude aquí, posiblemente al ejército de Herodes el Grande o quizá al del Rey/Emperador de Roma. No era fácil tener un ejército como el suyo, pero el emperador lo pagaba, lo entrenaba, lo tenía y ganaba así caso todas las guerras.

Pero Jesús no quiere construir una torre como la del templo de Jerusalén, ni tener un ejército como el Herodes o de Roma. Quiere algo mucho mayor, quiere el Reino de Dios… ¿Cómo lo conseguirá? ¿Cuánto dinero necesitará? Pues bien, cuando esperamos una respuesta hiperbólica. Millones de millones de dinero, cientos de miles de soldados…Jesús responde: ¡No necesito nada! No neceito tener, sino “no tener”. Tengo que desprenderme de todo y así, sin tener nada propio, para mí, sino dándole todo, podré abrir un camino de reino.

Lc 14, 25-33. Parábola de la torre,  ejercito y «reino»

En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: «Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.

Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío.

Así, ¿Quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: «Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar.»

¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz.

Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío

¿Quién de vosotros, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, y ver si tiene para acabarla? No sea que, habiendo puesto los cimientos y no pudiendo terminar, todos los que lo vean se pongan a burlarse de él, diciendo: Este comenzó a edificar y no pudo terminar. O ¿qué rey, si sale para combatir contra otro rey, no se sienta antes y delibera si con 10.000 puede salir al paso del que viene contra él con 20.000? Y si no, cuando está todavía lejos, envía una embajada para pedir condiciones de paz.

Pues, de igual manera, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío (Lc 14, 28-33) [1].

 Comentario textual

La cuestión de fondo está en el paso de las dos primeras comparaciones, que son como premisas, en línea de cálculo económico-militar, a la tercera, que es la conclusión.

El oyente o lector está esperando también en el tercer momento un tipo de “crescendo” en la línea de los anteriores (más dinero, más soldados…), pues seguir a Jesús es más costoso y arriesgado que edificar una torre o ganar una guerra, que son sin duda empresas de gran coste; más costoso debería ser por tanto el seguimiento de Jesús, de modo que cada uno tendría qua calcular muy bien los bienes o medios que tiene para decidirse a favor de Jesús (de su Reino). Pero, de un modo sorprendente, rompiendo la lógica anterior, la tercera frase afirma que el seguimiento de Jesús no implica monetaria ni socialmente ningún coste, sino todo lo contrario: Abandonarlo todo,dejar los bienes (los medios económico-militares) y los honores, pues sólo así se puede seguir a Jesús.

El primer contraste lo ofrece el dinero de la torre, que puede entenderse como castillo de defensa o como ciudad amurallada frente a todos los peligros (pyrgos, Gen 11, 4: la torre de Babel). Quien pretenda construirla ha de sentarse y calcular los gastos… En cierto sentido, todos nosotros seguimos siendo constructores de torres, como sabe el relato de Babel. Cada uno la suya, todos juntos la gran torre de la cultura mundial capitalista, que sólo se puede edificar con muchísimo dinero. ¿Tenemos suficiente para edificarla?

El segundo es de tipo militar, y está representado por un rey que para ganar una guerra y ensanchar su imperio ha de sentarse y calcular si tiene soldados y medios suficientes para culminarla. Entre esos “reyes” estaban entonces los tetrarcas como el de Galilea (Herodes, Antipas) o el emperador de Roma (Augusto, Tiberio), siempre dispuestos a ensanchar su territorio,  siempre con dinero y con soldados.

‒ Pero, en tercer lugar, tras decir “de ese manera (houtôs)”, Jesús rompe el esquema y dice: El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío. Los dos signos anteriores llevaban a pensar que  él iba a pedir un tercer gesto aún más activo que los anteriores. Una torre sólo pueden construirla hombres muy ricos.

Una guerra sólo pueden ganarla reyes o caudillos militares también ricos. Pues bien, en contra de eso, en este último caso, Jesús supera y rompe el plano de esas exigencias (dinero, soldados…), e invierte el proceso (la relación lógica entre causas y efectos), pidiendo a sus seguidores que renuncien a todos los bienes (a todo lo que tienen, con su mismo honor personal o de grupo) para así seguirle.

 Del plano de los ricos (hacedores de torres) y los reyes (promotores de guerras) Jesús nos lleva al plano de la vida concreta, de todos: El Reino de Dios no es cuestión de ricos o de reyes, ni de personas de honor, sino de los que son capaces de desprenderse de todo.

Este cambio de plano respecto de los modelos anteriores marca la novedad de su proyecto. Todos los principios precedentes cesan, tanto en un plano militar como económico. No se trata de construir una torre, ni de ganar una guerra, sino de vivir plenamente en gratuidad, superando un tipo de poder y de tener (construir torres y ganar batallas para descubrir la gratuidad de la vida, en línea de comunión humana, desde los más pobres, superando una carrera de méritos, honores o riquezas.

Jesús no pone ninguna condición (riqueza o poder, honor, conocimiento o nobleza…), sino una: Renunciar a todos las posesiones (pasin tois yparkhousin), a todas las cosas (propiedades), todos los honores que uno tiene y que le tienen. No hay que hacer ni poseer nada especial, sino vivir en gratuidad, recibiendo gratuitamente el Reino [2].

Enseñanza para la iglesia del siglo XXI. Renuncia a todas las torres

   Para proponer e iniciar su «guerra de paz», en forma de transformación gratuita de, la vida, Jesús utilizó  un lenguaje fuerte de espada que se planta en la tierra, de fuego que se enciende en amor, a diferencia de Mahoma, que rechazó el mensaje y proyecto de los cristianos, porque Jesús no había vencido a sus “adversarios”, ni había tomado Jerusalén por armas. Jesús empezó diciendo a los hombres y mujeres  especialmente a los más amenazados:

Renuncia a toda posesión, no construyas ninguna torre de defensa, no busques ningún ejército que te defienda, Acéptate como eres,  quiérete a ti mismo y quiere a los demás como te quieres, de forma que ellos vivan en ti y tú en ellos, desde el Dios que es amor (cf. Lev 19, 18; Mc 12, 28-32; Rom 13, 8-9 par). Vive, espera, ama, descubre en tu existencia la gracia del Dios-Amor, amando a los demás como te amas a ti mismo, para que vivas y viváis  en comunión, resucitando  unos en otros.

 De esa forma vincula Jesús los tres  amores (a Dios, a sí mismo y a los otros), insistiendo de un modo especial en los otros. Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Mc 12, 31 par, Rom 13, 8-9).Con este proyecto y compromiso subió a Jerusalén para ofrecer la «alternativa» de su gracia, es decir, su evangelio.

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“Anticampaña electoral”. Domingo 23 ciclo C

domingo, 7 de septiembre de 2025
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Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

El político que comenzase su campaña electoral prometiendo bajar los salarios, subir los impuestos y aumentar el paro, difícilmente despertaría mucho entusiasmo. Si encima añade: “El que me vote, irá a la cárcel”, es probable que se quedase completamente solo. Jesús llevo a cabo una campaña más loca aún. Para ser discípulo suyo exige posponer los amores más grandes (a la familia y a uno mismo), jugarse la fama y la vida, renunciar a todo. Es lógico pensar que Jesús, poniendo esas condiciones, se quedaría sin un solo seguidor. ¿Ocurrió así?

El problema

            El evangelio de hoy comienza hablando de la gran cantidad de gente que sigue a Jesús. La mayoría no son discípulos, sino simples interesados, en busca de un milagro o una enseñanza. Es lógico que alguno desease unirse más estrechamente al grupo de Jesús. Él, adelantándose a cualquier petición en este sentido, se dirige a todos e indica las condiciones.

Primera condición: renuncia a lo más querido

Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. 

            En el Antiguo Testamento, la tribu de Leví era el modelo de servicio radical a Dios. Las Bendiciones de Moisés comentan a propósito de ella:

Dijo a sus padres: No os hago caso;
a sus hermanos: No os reconozco;
a sus hijos: No os conozco.
Cumplieron tus mandatos
y guardaron tu alianza.

(Deuteronomio 33,9)

            Para los levitas, el cumplimiento de la voluntad de Dios está por encima del amor a padres, hermanos e hijos.

            En línea parecida, pero más radical, formula Jesús su exigencia: para seguirle hay que posponer a su padre y a su madre // a su mujer y a sus hijos // a sus hermanos y a sus hermanas. La familia de la que uno procede (padre y madre), la familia que uno ha creado (mujer e hijos), el entorno familiar (hermanos y hermanas) simbolizan todo el mundo afectivo; colocarlos en segundo plano significa una gran renuncia. Pero Jesús añade un séptimo elemento, el más duro, que no se menciona a propósito de los levitas: hay que posponerse incluso a sí mismo.

Segunda condición: arriesgar la fama y la vida

            Quien no lleve su cruz detrás de mi no puede ser discípulo mío.

            Esta exigencia ya ha aparecido en el evangelio de Lucas, formulada de manera más radical aún, pero que aclara el sentido: Quien quiera seguirme, niéguese a sí, cargue con su cruz cada día y venga conmigo (9,23).

            La imagen, durísima, equivaldría a decir hoy: “El que quiera seguirme, cargue con su silla eléctrica y venga conmigo”. Con la diferencia de que la silla eléctrica no es transportable, mientras que la cruz la llevaba cada condenado hasta el lugar donde iba a morir.

            El hecho de que se hable de cargar con la cruz cada día demuestra que es algo distinto de estar dispuesto a morir. La muerte en cruz era considerada por los romanos la más cruel e ignominiosa, prevista para graves delitos contra el estado y la sociedad. Por consiguiente, cargar con la cruz cada día expresa la disposición de soportar la deshonra, el odio y desprecio de la sociedad, e incluso la muerte.

Una pausa para reflexionar y desanimar

            Lo dicho basta para desanimar a gran parte del auditorio. Por si alguno no se ha enterado, Jesús propone dos comparaciones que invitan a no tomar decisiones precipitadas con respecto a su seguimiento. «Antes de querer convertirte en discípulo mío, párate a pensarlo. No sea que después fracases y hagas el ridículo.»

¿Quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla?  No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: «Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar.»

            ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz.

            Lo mismo vosotros.

Tercera condición: renuncia a los bienes materiales

            El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.

            A la renuncia a los grandes afectos, al arriesgar la fama y la vida, Jesús añade en tercer lugar la renuncia a los bienes materiales. Es lo que dice al rico: Vende cuanto tienes, repártelo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; después sígueme. Este personaje no fue capaz de hacerlo. En cambio, Pedro, Andrés, Santiago y Juan, “dejándolo todo, lo siguieron” (5,11). También Leví, “dejándolo todo, se levantó y lo siguió” (5,28).

Nada nuevo bajo el sol

            Las exigencias anteriores parecen terribles. Sin embargo, a quien ha leído con atención el evangelio de Lucas le resultan conocidas. Coinciden con otros casos en los que Jesús habla de las condiciones para seguirlo.

                957Mientras iban de camino, uno le dijo:

            ‒ Te seguiré adonde vayas.

                58Jesús le contestó:

            ‒ Los zorros tienen madrigueras, las aves tienen nidos, pero este Hombre no tiene donde recostar la cabeza.

                59A otro le dijo:

            ‒ Sígueme.

            Le contestó:

            ‒ Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre.

                60Le replicó:

            ‒ Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el reinado de Dios.

                61Otro le dijo:

            ‒ Te seguiré, Señor, pero primero déjame despedirme de mi familia.

                62Jesús le replicó:

            ‒ Uno que echa mano al arado y mira atrás no es apto para el reinado de Dios.

¿Exigencias para todos los cristianos?

            En el libro de los Hechos, cuando se cuenta la expansión de la Iglesia, el término “discípulos” no designa ya a un grupo relativamente pequeño que acompaña a Jesús a todas partes sino a los cristianos de Damasco, Jerusalén, Jope, Antioquía, etc. ¿Se aplican a ellos las exigencias anteriores? ¿Son válidas, por tanto, para todos los cristianos actuales?

            El caso que conocemos mejor es el de la tercera exigencia: la renuncia a los bienes materiales. Cuando Ananías y Safira, un matrimonio de Jerusalén, vendieron un campo, se quedaron con parte del dinero y pusieron el resto al servicio de la comunidad, pero fingiendo que lo entregaban todo. San Pedro les dice que no estaban obligados a entregar nada; lo malo era que intentaran engañar. Este ejemplo deja claro que para formar parte de la comunidad cristiana, para ser discípulo, no había que renunciar a todos los bienes materiales. De hecho, en las comunidades fundadas por Pablo, lo que él aconsejaba era compartir los bienes con los necesitados.

            Las dos primeras exigencias, que nos resultan tan duras, posiblemente tuvieron que vivirlas bastante a menudo la mayoría de los cristianos. En una época de frecuentes persecuciones, cuando los cristianos eran ridiculizados e insultados como criminales y enemigos del estado, hacerse discípulo de Jesús suponía en muchos casos la ruptura con los seres más queridos, la pérdida de la fama y la estima social, incluso la muerte. La situación no es muy distinta en bastantes comunidades actuales de África y Asia, prescindiendo del desprestigio que supone en muchos ambientes occidentales el hecho de confesarse cristiano.

El misterio

            Jesús no se quedó sin discípulos. Al contrario, cuanto más difíciles eran las circunstancias, más eran los que querían seguirle. Como escribió Tertuliano, que vivió entre los años 160-220: “La sangre de los mártires es semilla de cristianos”. Lo que desanima de seguir a Jesús no son sus grandes exigencias, sino la comodidad y vulgaridad de quienes lo seguimos.

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XXIII Domingo Ordinario. 7 septiembre, 2025

domingo, 7 de septiembre de 2025
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“Le seguía una gran multitud. Él se volvió y les dijo:…”

(Lc 14, 25-33)

Renunciar, no está de moda, ni mucho menos. Es una palabra que no resuena bien en nuestro interior y por tanto no la utilizamos en nuestras conversaciones. Parece que el hecho de renunciar a algo es similar a perder la libertad, esa que te permite hacer lo que quieres, sientes o piensas. Sin embargo cada día hacemos renuncias, aunque no pongamos atención en ellas o no las consideremos importantes. De hecho, por aquello de que todo el mundo lo hace, nos conformamos con seguir inercias que nos vacían o nos hieren profundamente. Lo diferente asusta, llama la atención, crea crítica y provoca nerviosismo….

Pero Jesús nos habla de renuncia en el Evangelio. No lo dice de pasada, se detiene, se vuelve a quienes le siguen, hacia quienes le queremos seguir, y, con claridad, explica lo que significa el seguimiento. Habla a mucha gente y no se deja seducir por los números, no pone “paños calientes” a la multitud. Invita a cambiar sus esquemas y a tomar una decisión, a re-enunciar, o re-elaborar, o re-pensar las relaciones, la  propia vida, las posesiones… para poder ser discípulo o discípula en verdad y autenticidad.

Llama la atención cómo este texto tan incisivo llega hasta nuestros días, a nuestra cultura, fresco como una lechuga; lo entendemos perfectamente, no hacen falta interpretaciones. Lo que sí hace falta es tomar esa decisión que te hace doblar la espalda para tomar la propia miseria, y con ella, ponerse en camino.

El primer paso es desearlo:

¿Quieres ser discípula de Jesús? ¿Reorientar tu vida, tus afectos, tus bienes tu todo hacia su Todo?

Oración

Para este camino una oración de la Madre Teresa de Calcuta:

Líbrame, Jesús mío,
del deseo de ser amada,
del deseo de ser alabada,
del deseo de ser honrada,
del deseo de ser venerada,
del deseo de ser preferida,
del deseo de ser consultada,
del deseo de ser aprobada,
del deseo de ser popular,
del temor a ser humillada,
del temor de ser despreciada,
del temor de sufrir rechazos,
del temor de ser calumniada,
del temor de ser olvidada,
del temor de ser ofendida,
del temor de ser ridiculizada,
del temor de ser acusada…

*

Fuente:  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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El mensaje no va dirigido a la razón.

domingo, 7 de septiembre de 2025
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DOMINGO 23 (C)

Lc 14,25-33

Ningún lenguaje sobre Dios podemos entenderlo al pie de la letra. Jesús nunca se predicó a sí mismo. Su oferta fue el Reino de Dios. En los relatos de hoy podemos apreciar, con toda claridad, que ya se ha dado el paso del Jesús que predica al Cristo predicado. Hoy estamos en condiciones de revertir este paso equivocado y atender al mensaje de Jesús.

1.- Posponer a la familia. Es un lenguaje que sigue considerando a Dios (a Jesús divinizado) como un Ser separado, sujeto de acciones y pasiones como los humanos. Dios no es un ser que ama a la manera humana, ni alguien a quien podemos amar como amamos a una madre. Son realidades distintas que no se oponen ni se interfieren.

Un auténtico amor a la familia me llevaría al amor de Dios. Y un verdadero amor a Dios me llevaría a amar más y mejor a mis familiares. La propuesta del evangelio, tal como está planteada, nos llevaría a la esquizofrenia absoluta. Debemos amar a la familia con toda el alma, con tal de que ese amor no sea la manifestación de un egoísmo amplificado.

2.- Cargar con la cruz. Hace referencia al trance más difícil y degradante del proceso de ajusticiamiento de una condenado a muerte de cruz. El reo tenía que transportar él mismo el travesaño de la cruz. Esta frase refleja el sentido que los primeros cristianos dieron a la cruz de Jesús. No es nada probable que pudiera ser dicha por Jesús.

La frase está haciendo referencia a lo que hizo Jesús, pero a la vez, es un símbolo de las dificultades que encontrará el que se decide a seguirle. Una vez emprendido el camino de Jesús todo lo que pueda impedirlo, hay que superarlo. Cuando se escribió este evangelio, la comunidad llevaba ya décadas afrontando la oposición del judaísmo y del imperio.

3.- Renunciar a todos sus bienes. El seguimiento de Jesús no puede consistir en una renuncia, es decir, en algo negativo. Se trata de una oferta de plenitud. Mientras sigamos pensando en renuncia, no hemos entendido el mensaje. No se trata de renunciar a nada, sino de elegir lo mejor. No es una exigencia de Dios, sino una exigencia de nuestro ser.

Recordemos que a los que entraban a formar parte de la primera comunidad cristiana se les exigía que pusieran lo que tenían a disposición de todos. No se tiraban por la borda los bienes. Solo se renunciaba a disponer de ellos al margen de la comunidad. El objetivo era que en la comunidad no hubiera pobres ni ricos, pero hecho con plena libertad.

Hoy sería imposible llevar a la práctica este desprendimiento. Pero podemos entender que la acumulación de riquezas se hace siempre a costa de otros seres humanos. Hoy tendríamos que descubrir que lo que yo poseo, puede ser causa de miseria para otros.

Sobre las dos parábolas. Si me pongo a construir o declaro la guerra a otro y no calculo bien mis fuerzas, está claro que el que va a salir perdiendo soy yo. No solo no conseguiré el objetivo, sino que perderé todo lo que he empleado en el intento. Los cristianos nos hemos conformado con rodar por la pista sin levantar el vuelo nunca.

Lo que propone Jesús es que no se puede nadar y guardar la ropa. Queremos ser cristianos, pero a la vez, queremos disfrutar de todo lo que nos proporciona la sociedad de consumo. No tenemos más remedio que elegir; si no lo hacemos, ya hemos elegido.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Pero si la sal se vuelve insípida.

domingo, 7 de septiembre de 2025
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Lc 14, 25-33

«Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos … e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío»

Jesús no se lanza a los caminos de Galilea para conseguir la raquítica salvación de media docena de perfectos, sino para cambiar el mundo. Aspira a una humanidad de Hijos que se realice amándose como hermanos, y eso no se logra con gente tibia, sino con personas comprometidas que tiren para adelante sin mirar lo que dejan atrás. No pide otra cosa que lo que él ya ha aceptado en grado superlativo, y esto da a su propuesta un valor especial.

Los primeros cristianos, unidos por la fe en Jesús resucitado y animados por el Espíritu, tienen conciencia clara de que su tarea misionera es fruto de la voluntad expresa de Jesús y la desarrollan con arrojo y valentía. Y es tal la fuerza con que lo hacen, que despiertan el recelo de las autoridades y llegan las persecuciones. Pero a pesar de ello forman comunidades fértiles que contagian su modo convincente de vivir; primero a los ciudadanos de Jerusalén, luego a los de Samaría y finalmente a todo el Oriente Medio.

Pedro y Pablo establecen las primeras comunidades cristianas en Roma. Cuando ambos reciben martirio sobre el año 67, esas comunidades se enfrentan al reto de continuar adelante sin su magisterio y en medio de atroces persecuciones que se desatan contra ellos. Pero es tal su determinación y compromiso, que los criterios de Jesús se van introduciendo en la sociedad romana empapando todos sus estratos sociales. Solemos pensar que la evangelización de Roma es fruto del edicto de Milán promulgado por Constantino, pero es justo al revés. Primero es la evangelización, y es Constantino quien la aprovecha para cohesionar la sociedad en torno a ella.

Por tanto, gracias a su compromiso con la misión, aquel puñado de seguidores de Jesús que la abraza tras su muerte, se multiplica de tal forma que al final del siglo tercero hay cristianos por todos los rincones del mundo; y no sólo dentro del Imperio, sino también en la Alta Mesopotamia, Edesa, Persia y Armenia. Y lo que esto significa es que la Palabra de Jesús, la sabiduría de Dios, es está extendiendo por todo el mundo tal como lo había pedido Jesús.

¿Pero cuáles son las causas de esta rápida conversión?…

Ante todo porque su espíritu misionero les mueve a proclamar el evangelio por todo el mundo, pero también, porque el modo de vida que ofrecen los cristianos, más interior y con una elevada moral, atrae a la gente honrada y piadosa. Así mismo, la aceptación de las clases bajas y los esclavos a los que devuelve la dignidad de personas humanas, juega un papel muy importante en este proceso. De esta forma, poco a poco el cristianismo se va convirtiendo en una alternativa a la forma de pensar y vivir de la sociedad grecorromana, las ideas básicas del cristianismo van influyendo cada vez más fuera de los círculos cristianos, y llega un momento en el que las actitudes cristianas son consideradas lo “correcto”, en detrimento de las costumbres paganas…

Y hoy nos enfrentamos a una situación similar a aquella: una sociedad imbuida de criterios mundanos que provoca injusticia, desigualdad y opresión, y una minoría de seguidores de Jesús viviendo en su seno. Pero hay varias diferencias con aquellos primeros cristianos. La primera, que ellos se veían a sí mismos como enviados por Jesús con su misma misión (proclamar el Reino), y en la actualidad la misión sólo es abrazada por una minoría de cristianos, ignorada por la mayoría y denostada por las “vanguardias”.

La segunda, que a pesar de ser minoría y vivir en un ambiente hostil fruto de una cultura radicalmente opuesta a la suya, aquellos cristianos no se dejaron absorber por la mayoría y fueron sal y fueron luz, mientras que nosotros nos hemos mimetizado de tal modo con la cultura dominante, que hemos hecho el milagro de compatibilizar el cristianismo con la sociedad de consumo. Parafraseando el evangelio, hemos hecho el milagro de hacer pasar el camello por el ojo de la aguja.

Ni somos sal ni somos luz, pero en general vivimos mucho más confortablemente que aquellos cristianos a los que debemos que Jesús haya llegado hasta nosotros. No van a tener la misma suerte nuestros nietos.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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