Comentarios desactivados en Estoy cansado… y digo adiós.
Estoy cansado, claro,
porque a estas alturas uno tiene que estar cansado.
De qué estoy cansado, no lo sé;
y de nada serviría saberlo,
porque el cansancio seguiría igual.
La herida duele porque duele,
no en función de la causa que la ha abierto.
Sí, estoy cansado
y un poco sonriente
de que el cansancio sea sólo esto:
ganas de dormir en el cuerpo,
deseo de no pensar en el alma
y por encima de todo una transparencia lúcida
del entendimiento retrospectivo…
¿Y la lujuria sin par de no tener ya esperanza?
Soy inteligente: esto es todo.
He visto mucho, y he entendido mucho de lo que he visto,
y hay un cierto placer, incluso, en el cansancio que eso da:
el de que, al fin, la cabeza siempre sirve para algo.
*
Fernando Pessoa
***
***
No, no es cansancio…
No, no es cansancio…
Es una cantidad de desilusión
Que se me entraña en la especie del pensar,
Es un domingo al revés
del sentimiento,
una vacación pasada en el abismo.
No, cansancio no es…
Es que yo esté existiendo
Y también el mundo,
Con todo lo que contiene,
Con todo lo que en él se desdobla
Y que es por fin lo mismo variado en copias iguales.
No. Cansancio, ¿por qué?
Es una sensación abstracta
De la vida concreta
– algo así como un grito
por dar,
algo así como una angustia
por sufrir,
por sufrir completamente o por sufrir como…
Sí: o por sufrir como…
Eso mismo: como…
¿Como qué?
Si lo supiera, no habría en mí este falso cansancio.
(Ay ciegos que cantáis en la calle,
¡qué formidable realejo
es la guitarra de uno, la bandurria de otro y la voz de ella!)
Porque oigo, veo.
Lo confieso: es cansancio.
*
Fernando Pessoa
***
Gustave Caillebotte – Jeune homme à sa fenêtre (1875)
Desde la ventana más alta de mi casa…
Desde la ventana más alta de mi casa,
con un pañuelo blanco digo adiós
a mis versos, que viajan hacia la humanidad.
Y no estoy alegre ni triste.
Ése es el destino de los versos.
Los escribí y debo enseñárselos a todos
porque no puedo hacer lo contrario,
como la flor no puede esconder el color,
ni el río ocultar que corre,
ni el árbol ocultar que da frutos.
He aquí que ya van lejos, como si fuesen en la diligencia,
y yo siento pena sin querer,
igual que un dolor en el cuerpo.
¿Quién sabe quién los leerá?
¿Quién sabe a qué manos irán?
Flor, me cogió el destino para los ojos.
Árbol, me arrancaron los frutos para las bocas.
Río, el destino de mi agua era no quedarse en mí.
Me resigno y me siento casi alegre,
casi tan alegre como quien se cansa de estar triste.
¡Idos, idos de mí!
Pasa el árbol y se queda disperso por la Naturaleza.
Se marchita la flor y su polvo dura siempre.
Corre el río y entra en el mar y su agua es siempre la
que fue suya.
Los seres humanos somos animales de costumbres. Las rutinas y los hábitos nos estructuran por dentro y se nos convierten en compañeros de camino. Por eso, cuando perdemos algo con lo que nos hemos familiarizado o que nos acompaña durante cierto tiempo, no nos resulta sencillo… por más que no implique ningún drama. Durante mi reciente estancia en México murió del todo mi ordenador.
No perdí ni un ápice de información y, además, no es que me pillara totalmente de sorpresa, pues mi portátil no era especialmente bueno y me venía acompañando durante tantos años que había superado cualquier obsolescencia programada y cumplido con creces su vida útil. Con todo, siempre se hace difícil dejar a un lado lo conocido y lanzarse a hacerse con el funcionamiento de otro aparato.
Estaba yo en medio de este minúsculo reajuste personal, cuando alguien me propuso que escribiera algo sobre nuestras dificultades para despedirnos de las realidades importantes. Imaginad lo ridícula que se sintió una servidora ante la inquietud de una persona por aprender a acoger el límite y a despedirse de la salud, de las personas queridas o de las propias capacidades la que me sacó de la absurda incomodidad de reaprender cuatro destrezas técnicas.
Y es que, por más que sepamos en teoría que la ancianidad es imparable y que con ella llega el tiempo de despedirnos de fuerzas, de habilidades… y hasta de los propios dientes,nadie está exento de tener que hacer su propio camino en esto de aprender a despedir con agradecimiento aquello que fue y a abrazar en confianza las circunstancias que nos vienen.
La presencia de Dios
Es fácil que recordemos esa frase que, al comienzo del libro de Job, se pone en boca de su protagonista. Ante la pérdida de bienes y de personas queridas, él dice eso de “el Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea el nombre del Señor” (Job 1,21). De lo que quizá no siempre caigamos en la cuenta es que, para que esas palabras iniciales adquieran verdadero sentido en Job, él va a tener que recorrer un proceso complejo y doloroso, lleno de quejas e intentos de explicación, que se prolonga a lo largo de más de cuarenta capítulos y que culmina con esa misteriosa confesión de que antes conocía a Dios solo de oídas y ahora le han visto sus ojos (Job 42,5).
Todo en la vida es regalo y no nos pertenece, pero saberlo no nos ahorra ni la dificultad de soltarlo ni el miedo que nos produce lo incierto. Poder llegar a experimentar de una manera distinta la presencia de Dios en cuanto nos sucede no se contradice con la queja y el lamento por la ausencia de aquello que fue y que nos va dejando. Aunque no sea tan aplicable a un ordenador como a cualquiera de todas esas “pequeñas grandes” cosas de nuestra existencia, quizá Job nos ofrezca una clave a la hora de aprender a decirles adiós.
***
Ianire Angulo Ordorika, ESSE
Profesora de la Facultad de Teología
de la Universidad Loyola.
Comentarios desactivados en Con María junto a la Cruz.
En el día que los católicos celebran a nuestra Señora de los Dolores, recordamos a tantos hermanos y hermanas que están sufriendo…
La devoción a la Virgen de los Dolores se remonta a los primeros años del segundo milenio, como desarrollo de la «compasión» con María iuxta crucem Jesu. Esta devoción fue formulada litúrgicamente en tierras germanas, concretamente en Colonia, el año 1423. Sixto IV insertó en el misal romano la memoria de Nuestra Señora de la Piedad. La atención hacia María «dolorosa»se fue desarrollando gradualmente en la forma de los Siete Dolores, representados en las siete espadas que traspasan el corazón de la madre de Cristo. La extensión a la Iglesia latina en 1727 fue favorecida por los Siervos de María, que la celebraban desde 1668. La colocación en el 15 de septiembre se remonta a Pío X (1903-1914). En el calendario litúrgico de 1969 se la denomina memoria de Nuestra Señora la Virgen de los Dolores.
***
Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena.
Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre:
+«Mujer, ahí tienes a tu hijo».
Luego, dijo al discípulo:
+ «Ahí tienes a tu madre».
Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio.
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Juan 19,25-27
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ORACIÓN
Santa María, mujer del dolor, madre de los vivientes, salve. Nueva Eva, Virgen junto a la cruz, donde se consuma el amor y brota la vida.
Madre de los discípulos, sé tú la imagen conductora en nuestro compromiso de servicio; enséñanos a permanecer contigo junto a las infinitas cruces donde todavía sigue siendo crucificado tu Hijo; enséñanos a vivir y a atestiguar el amor cristiano, acogiendo en cada hombre a un hermano; enséñanos a renunciar al opaco egoísmo para seguir a Cristo, única luz del hombre. Virgen de la pascua, gloria del Espíritu, acoge la oración de tus siervos.
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La meditación sobre los siete dolores de la bienaventurada Virgen podrá expresarse fácilmente en términos actuales, en cuanto los comparemos con los múltiples sufrimientos por los que está marcada la vida hoy…
Principalmente en virtud de nuestra identidad cristiana, aceptaremos ser nosotros mismos una existencia atravesada por la espada del dolor. Siguiendo a Jesús, tomaremos cada día nuestra cruz (Le 9,23; cf. Mc 8,34; Mt 16,24). Sensibles al drama de innumerables personas y grupos obligados a emigrar desde países pobres nada naciones más ricas, en busca de pan o de libertad, pondremos a salvo la vida de todo tipo de persecución y ofreceremos nuestra contribución activa a la acogida de los emigrantes […].
En presencia de cuantos, en medio de la incertidumbre del vivir, añoran el rostro del Señor o se encuentran angustiados por haberlo perdido, nuestras comunidades han de ser lugares que apoyen su trabajosa búsqueda. Han de convertirse en santuarios de consuelo para tantos padres y madres que, desolados, lloran la pérdida física o moral de sus hijos. Como copartícipes de un mismo itinerario de fe, acompañaremos a nuestros hermanos y hermanas por la vía de su calvario: con gestos de delicadeza, como Verónica, o llevando su peso, como el Cirineo.
*
H. M. Moons, Con María junto a la cruz,
Roma 1992, 19ss.
María como una inmigrante detenida por agentes de IC (Obra de Katie Jo Suddaby)
Las lecturas litúrgicas de hoy para la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz se pueden encontrar aquí.
Fue difícil crecer como persona queer y católica en Puerto Rico.
Cuando me di cuenta de que me atraían otros chicos, entré en una crisis espiritual. Debido a mi educación y a lo que me enseñaron en la iglesia, pensé que mi identidad queer era una cruz que debía cargar. Creía que mi deber era sufrir por mi identidad queer e intentar seguir a Jesús lo mejor que pudiera. Durante años, cargué con esa carga. Pero con el tiempo, aprendí que mi identidad queer no era la cruz. La cruz era algo completamente distinto.
A través de terapia, dirección espiritual y mucho baile en bares gay, me di cuenta de que mi identidad queer no era una cruz. Mi verdadera cruz era la intolerancia social que encontré en la sociedad y a lo largo de mi crianza. La cruz era la exclusión alimentada por una teología estrecha y una enseñanza rígida y obsoleta. La cruz también era el racismo que sentía, incluso en algunos espacios queer, como puertorriqueño moreno y queer. La cruz eran los intentos, sutiles y directos, de avergonzarme por ser quien era. Ese era el sufrimiento que cargaba. Esa es mi cruz.
También me di cuenta de que mi condición queer es un regalo de Jesús que me permitió cargar con las cruces de la intolerancia y la opresión. Mi condición queer me dio resiliencia, imaginación, creatividad, alegría y conexión con otras personas marginadas. Me brindó una manera de solidarizarme con quienes llevan cargas pesadas. Lejos de ser mi maldición, mi condición queer se convirtió en una fuente de vida, una lente a través de la cual pude ver a Jesús con mayor claridad.
La Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz de hoy trata sobre esta paradoja: el mismo instrumento de tortura y humillación —la cruz— se convierte en el signo de la victoria y el amor de Dios. Las lecturas litúrgicas de hoy nos invitan a reflexionar sobre ese misterio.
En la primera lectura del Libro de los Números, los israelitas se quejan en el desierto, y serpientes venenosas los abaten. Dios le ordena a Moisés que levante una serpiente de bronce para que quienes la miren vivan. Esa extraña y casi inquietante historia presagia la Cruz. En el pasaje de hoy del Evangelio de Juan, Jesús mismo explicita la conexión: «Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que cree en él tenga vida eterna». La misma causa de la muerte —la serpiente— se convierte, al ser levantada, en el medio de sanación. Y la misma causa de humillación de Jesús —la cruz— se convierte en la fuente de salvación.
Paradojas como estas no son ajenas a las personas queer. A muchos nos han dicho que nuestras identidades son una maldición, una vergüenza o un pecado, y muchos interiorizamos ese mensaje mortífero y lo creemos de todo corazón. Sin embargo, cuando aceptamos quienes somos como hijos amados de Dios, nuestras vidas se convierten en signos de gracia. Cuando nos aferramos a nuestra identidad queer y elevamos nuestra alegría queer, las mismas partes de nosotros mismos que otros rechazaron se convierten en los instrumentos de nuestra sanación y nuestro mayor regalo al mundo.
San Pablo capta este misterio maravillosamente en el pasaje de hoy de la Carta a los Filipenses: «Cristo Jesús, siendo en forma de Dios, se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, humillándose hasta la muerte, y muerte de cruz». La vida de Jesús es un ejemplo de cómo debemos abrazar la plenitud de nuestra humanidad, regocijarnos en quienes somos y, cuando nos enfrentamos a la muerte, permanecer firmes en nuestro amor para resurgir victoriosos.
Por eso puedo decir: Jesús es queer. No necesariamente en el sentido de atracción o identidad sexual, aunque quizás lo era en ese sentido (¿quién sabe?). Jesús era queer en el sentido de que sabe lo que es vivir de forma diferente, ser incomprendido, ser marginado, ser excluido por las autoridades religiosas de su época, y aun así mantenerse firme en su identidad. Jesús quebró las normas de poder, pureza y pertenencia al desafiar las suposiciones opresivas de la época.Nos mostró que el amor de Dios no se ajusta a las categorías humanas de respetabilidad o decencia. Proclamar a Jesús como queer es proclamar que Él comprende profundamente lo que significa vivir al margen y, lo más importante, convertir esa marginalidad en gracia y salvación.
En esto reside la esperanza de la Cruz. La Cruz no glorifica el sufrimiento por sí mismo. Lo nombra por lo que es: injusto, cruel, impuesto por una injusticia directa y sistémica. La Cruz nos muestra que el sufrimiento no es la última palabra. La Resurrección lo es. La Vida lo es. El Amor lo es. Exaltar la Cruz no es decir: «Sufrir es bueno». Es decir: «A través de nuestras vidas, Dios transformará incluso esto».
Para mí, esto significa que mi condición queer no es la causa de mi sufrimiento; más bien, mi condición queer es el don del Espíritu que me ayuda a soportar e incluso a transformar el sufrimiento causado por la exclusión, el racismo y la vergüenza. Mi condición queer me conecta con el misterio de la Cruz, donde el amor de Dios se encuentra con el dolor humano y abre nuevas posibilidades.
—Ish Ruiz, Escuela de Religión del Pacífico, 14 de septiembre de 2025
Celebrar la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz significa tomar conciencia en nuestra vida del amor de Dios Padre, que no ha dudado en enviarnos a Cristo Jesús: el Hijo que, despojado de su esplendor divino y hecho semejante a nosotros los hombres, dio su vida en la cruz por cada ser humano, creyente o incrédulo (cf. Flp 2,6-11). La cruz se vuelve el espejo en el que, reflejando nuestra imagen, podemos volver a encontrar el verdadero significado de la vida, las puertas de la esperanza, el lugar de la comunión renovada con Dios.
Estaríamos enajenados hasta el punto de permitirnos el lujo de buscar a Dios, en las horas cómodas del ocio, en templos lujosos, en liturgias pomposas y a menudo vacías, y de no verle, oírle y servirle allí dónde está, y nos espera, y exige nuestra presencia: en la humanidad, en el pobre, en el oprimido, en la víctima de la injusticia de la que somos, muy a menudo, cómplices?
Orar, es penetrar despacio, tranquilamente,
En el silencio de Dios,
Dejar a Dios darse y darme su silencio,
Para que pueda dejar mi corazón
latir al unísono del suyo,
dejar mi respiración entrar
En la respiración de Dios,
Dejarme penetrar por Su presencia,
Darme cuenta cada vez más
de que Dios está dentro de mí,
No, evidentemente, para evitar a mis hermanos
Sino para llevarles más,
Porque es verdaderamente imposible acercarse al crucificado
Sin acercarse a los crucificados del mundo entero.
*
Jean Vannier
***
En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:
Nadie ha subido al cielo, a no ser el que vino de allí, es decir, el Hijo del hombre.
Lo mismo que Moisés levantó la serpiente de bronce en el desierto, el Hijo del hombre tiene que ser levantado en alto, para que todo el que crea en él tenga vida eterna.
Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.
1Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo por medio de él.
*
Juan 3,13-17
***
Jesús conquista a los hombres por la cruz, que se convierte en el centro de atracción, de salvación para toda la humanidad.
Quien no se rinde a Cristo crucificado y no cree en él no puede obtener la salvación. El hombre es redimido en el signo bendito de la cruz de Cristo: en ese signo es bautizado, confirmado, absuelto.
El primer signo que la Iglesia traza sobre el recién nacido y el último con el que conforta y bendice al moribundo es siempre el santo signo de la cruz. No se trata de un gesto simbólico, sino de una gran realidad.
La vida cristiana nace de la cruz de su Señor, el cristiano es engendrado por el Crucificado, y sólo adhiriéndose a la cruz de su Señor, confiando en los méritos de su pasión, puede salvarse.
Ahora bien, la fe en Cristo crucificado debe hacernos dar otro paso. El cristiano, redimido por la cruz, debe convencerse de que su misma vida debe estar marcada – y no sólo de una manera simbólica- por la cruz del Señor, o sea, que debe llevar su impronta viva. Si Jesús ha llevado la cruz y en ella se inmoló, quien quiera ser discípulo suyo no puede elegir otro camino: es el único que conduce a la salvación porque es el único que nos configura con Cristo muerto y resucitado.
La consideración de la cruz nunca debe ser separada de la consideración de la resurrección, que es su consecuencia y su epílogo supremo. El cristiano no ha sido redimido por un muerto, sino por un Resucitado de la muerte en la cruz; por eso, el hecho de que Jesús llevara la cruz debe ser confortado siempre con el pensamiento del Cristo crucificado y por el del Cristo resucitado .
*
G. di S. M. Maddalena, Infinita divina, Roma 1980, pp. 342ss
***
La Iglesia católica Romana, muchos grupos protestantes y ortodoxos celebran la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz el 14 de septiembre, ya que ese día es el aniversario de la consagración de la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén en el año 335 de la era actual, tras haber sido descubierta la cruz por Santa Elena. También se dice que ese día se conmemora la recuperación de la Cruz por Heraclio en el 628 de manos de los persas, quienes la habían llevado a Ctesifonte tras tomar Jerusalén en 614. En la liturgia se tiene constancia de esta celebración desde el siglo IV. En la liturgia romana celebra este día como «fiesta del Señor«, segunda categoría litúrgica entre las fiestas de los santos, celebrándose en todas las iglesias. Si cae en domingo, tiene preferencia ante la celebración dominical. El color litúrgico del día es el rojo. Tradicionalmente, en esta fiesta se exponen las reliquias de la Santa Cruz, si existen en el templo, u otras cruces.
Comentarios desactivados en “El otro hijo”, 24 Tiempo ordinario – C (Lucas 15,1-32)
Sin duda, la parábola más cautivadora de Jesús es la del «padre bueno», mal llamada «parábola del hijo pródigo». Precisamente este «hijo menor» ha atraído casi siempre la atención de comentaristas y predicadores. Su vuelta al hogar y la acogida increíble del padre han conmovido a todas las generaciones cristianas.
Sin embargo, la parábola habla también del «hijo mayor», un hombre que permanece junto a su padre sin imitar la vida desordenada de su hermano lejos del hogar. Cuando le informan de la fiesta organizada por su padre para acoger al hijo perdido, queda desconcertado. El retorno del hermano no le produce alegría, como a su padre, sino rabia: «Se indigna y se niega a entrar» en la fiesta. Nunca se ha marchado de casa, pero ahora se siente como un extraño entre los suyos.
El padre sale a invitarlo con el mismo cariño con que ha acogido a su hermano. No le grita ni le da órdenes. Con amor humilde «trata de persuadirlo» para que entre en la fiesta de la acogida. Es entonces cuando el hijo explota, dejando al descubierto todo su resentimiento. Ha pasado toda su vida cumpliendo órdenes del padre, pero no ha aprendido a amar como ama él. Solo sabe exigir sus derechos y denigrar a su hermano.
Esta es la tragedia del hijo mayor. Nunca se ha marchado de casa, pero su corazón ha estado siempre lejos. Sabe cumplir mandamientos, pero no sabe amar. No entiende el amor de su padre a aquel hijo perdido. Él no acoge ni perdona, no quiere saber nada de su hermano. Jesús concluye su parábola sin satisfacer nuestra curiosidad: ¿entró en la fiesta o se quedó fuera?
Envueltos en la crisis religiosa de la sociedad moderna, nos hemos habituado a hablar de creyentes e increyentes, practicantes y alejados, matrimonios bendecidos por la Iglesia y parejas en situación irregular… Mientras nosotros seguimos clasificando a sus hijos e hijas, Dios nos sigue esperando a todos, pues no es propiedad solo de los buenos ni de los practicantes. Es Padre de todos.
El «hijo mayor» nos interpela a quienes creemos vivir junto a él. ¿Qué estamos haciendo los que no hemos abandonado la Iglesia? ¿Asegurar nuestra supervivencia religiosa observando lo mejor posible lo prescrito o ser testigos del amor grande de Dios a todos sus hijos e hijas? ¿Estamos construyendo comunidades abiertas que saben comprender, acoger y acompañar a quienes buscan a Dios entre dudas e interrogantes? ¿Levantamos barreras o tendemos puentes? ¿Les ofrecemos amistad o los miramos con recelo?
Comentarios desactivados en “Tiene que ser elevado el Hijo del hombre”. Domingo 14 de septiembre de 2025. Exaltación de la Santa Cruz 24ª semana de tiempo ordinario
Números 21,4b-9: Miraban a la serpiente de bronce y quedaban curados. Salmo responsorial: 77: No olvidéis las acciones del Señor. Filipenses 2,6-11: Se rebajó, por eso Dios lo levantó sobre todo. Juan 3,13-17: Tiene que ser elevado el Hijo del hombre.
En el diálogo entre Jesús y Nicodemo, en el fragmento del evangelio de Juan que hoy leemos, encontramos una alusión al relato de la serpiente de bronce elevada por Moisés en el desierto (Núm 21,8s) y que el evangelista retoma para compararlo con la manera como el Hijo del Hombre fue levantado en la cruz. La palabra “levantar” es usada en dos sentidos: la elevación en la cruz y la elevación a la diestra del Padre. La tradición cristiana la ha traducido por «exaltación”. Juan, en su teología, ve en la crucifixión el momento culminante de la vida de Jesús, la «hora” de su glorificación. La “exaltación” sería el tránsito de Jesús del mundo al Padre, la Pascua salvadora en la que Jesús es glorificado. Éste sería el sentido en el que celebramos hoy la exaltación de Jesús, más que de la cruz. La cruz no la exaltamos. La cruz un signo del gran amor de Jesús para con la humanidad. Sólo en ese sentido podría exaltarse la cruz. Por eso, el evangelio insiste en que Jesús no vino a juzgar, condenar o acabar el mundo, por el contrario, vino a dar testimonio de que el amor es el camino seguro que conduce a la resurrección.
Jesús no amó la cruz, sino que quiso evitarla. Lo cual no fue una «debilidad humana», sino su deber lógico. Porque tampoco podemos ya decir que «el Padre lo envió a la muerte y una muerte de cruz… En Jesús no hay nada de una visión ni masoquista (que ame o valore la cruz por sí misma), ni que la incorpore «al plan de Dios» por voluntad divina, ni una visión expiadora: Jesús sufriendo, muriendo en la cruz para ofrecer a Dios Padre ese sufrimiento violento en nombre de la humanidad, para así «aplacar» al «airado» Eterno Padre, que habría cancelado sus relaciones con la humanidad por causa de un supuesto pecado original cometido por una supuesta «primera pareja» de primates humanos…
Lamentablemente –tenemos que reconocerlo– la cruz es también, no sólo ese signo del amor consecuente y de la coherencia de Jesús con su misión, sino sobre todo el signo central de todo este relato mitológico de pecado original, masa humana condenada, envío desde el cielo de un Mesías redentor, expiación en la cruz, recuperación de la humanidad. Se puede decir, sin temor a exagerar, que durante demasiado tiempo ha fungido como el relato esencial cristiano. Ha sido el mensaje concentrado en que las Iglesias cristianas han hecho coincidir su doctrina, su visión, y su misión. Y es la visión más ampliamente difundida… en nombre de Jesús, que nunca supo de ello ni nunca quiso morir para expiar un pecado original.
Afortunadamente, ello ha sido algo tan extendido masivamente en las Iglesias y tan ingenuamente (mitológicamente) aceptado, que ni siquiera ha sido declarado oficialmente dogma… se dio por supuesto simplemente. De forma que, sencillamente, no es dogma; es –aunque pueda sorprendernos este su status– una tradición, tan antigua y venerable como superable y prescindible. Esto alivia a muchos cristianos que ya no pueden vivir en el mundo mitólógico (ni siquiera siendo conscientes de que se las han con símbolos…: muchas personas de la sociedad de hoy ya no toleran símbolos de determinado tipos mitológicos, ni siquiera sabiendo conscientemente que son mitos; su cultura actual no tolera ya mitologías a la hora de manejar/expresar el sentido de su vida humana: se ha convertido incluso en una cuestión de dignidad, de honor).
Son demasiadas cosas las que están implicadas en esta mitología de la cruz, que no sólo ya no puede ser «exaltada», sino que debe ser «deconstruida». Ya los hemos insinuado, pero merecerían un abordaje detenido, detallado y a fondo: pecado original como pecado mitológico primordial que causa la desgracia de la humanidad (mito común en muchas religiones); la massa damnata o humanidad condenada por el pecado original, de la que san Agustín hablaba y que marcó a la teología por más de un milenio; la interpretación de todos los males como castigo de Dios por «nuestro» pecado original (pérdida de los supuestos dones preternaturales, de la ciencia infusa, de la inmortalidad, del equilibrio psíquico-espiritual, condena a ganar el pan con el sudor de nuestra frente, condena de la mujer a dar a luz con dolor y a estar sometida al varón…); la interpretación de la muerte de Jesús como expiación para aplacar al Padre Eterno; la interpretación esencial del bautismo como instrumento para el perdón del pecado original; el valor expiatorio del dolor asumido (incluso provocado, la mortificación) voluntariamente; el amor a la cruz…
El cristianismo tiene ahí una responsabilidad colectiva por tanto sufrimiento psíquico infligido a tantas generaciones humanas, durante tanto tiempo, aunque haya sido involuntariamente, por un espejismo cultural, no por mala voluntad. No basta dejar de hablar de aquello que ya da vergüenza hablar. Es una obligación de responsabilidad colectiva «agarrar el toro por los cuernos», de frente, reconocidamente, sin callar nada vergonzantemente, y negar explícitamente lo hoy reconocemos que fue un error, y tratar de liberar a tantas personas que aún arrastran en su conciencia, y con frecuencia en las capas subconscientes de su psiqué, la desconfianza ante el mundo, ante la materia, ante la sexualidad, ante el placer y la felicidad. O una visión espiritual masoquista (como aquella de la Imitación de Cristo, de Kempis: «Tanto más santo te harás, cuanta más violencia te hicieres»). Leer más…
Comentarios desactivados en 14.9.25. No son los hombres para Dios, sino Dios para los hombres. Santa Cruz (Flp 2, 6-11) Dom 24 TO
Del blog de Xabier Pikaza:
Este motivo c (=no es el hombre para el templo, sino el templo para el hombre, Mc 2, 27) está en el fondo de la epístola (Flp 2, 6-11) y del evangelio de este domingo (Jn 3, 3, 13-17), que corresponde a la fiesta litúrgica de la “exaltación” de la Santa Cruz (14.9.25), la Cruz de Septiembre.
Con este motivo ofrezco un comentario de Flp 2, 6-11, que es quizá el texto más importante de la liturgia y teología cristiana. Éste es el evangelio en estado puro, evangelio de cruces en Gaza, Ucrania y medio mundo, todas ellas Santa Cruz de Dios en Cristo y en los hombres.
| Xabier Pikaza
TEXTO: FLP 2, 5-11
a) (Jesucristo), siendo de condición de Dios, no quiso conseguir por fuerza el ser igual a Dios.
(a) Se despojó de sí mismo, tomando condición de siervo. Hecho semejante a los hombres, y mostrándose en su forma de ser como los hombres, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz.
(b) Por eso Dios lo exaltó en forma suprema concediéndole aquel Nombre que excede a todo nombre, de tal forma que al nombre de Jesús toda rodilla se doble (en cielo, tierra y el abimo)
y toda lengua confiese Jesús Cristo, es el Señor (para gloria de Dios Padre) (Flp 2, 6-11) [1].
LECTURA. JESUCRISTO, REVELACIÓN DE DIOS
El himno consta de una introducción (A) y dos estrofas (B y C ) ordenadas según la forma tradicional de los textos judíos del tiempo: hay una primera parte de humillación y sufrimiento (b), superada por la intervención de Dios que invierte el sufrimiento y glorifica al humillado c). Hasta aquí todo es normal en el contexto en que se mueve el primitivo cristianismo.
La novedad está en la forma de entender e interpretar los elementos dentro del esquema. A nuestro juicio, sus aspectos más salientes son: identidad del sujeto, carácter voluntario de su gesto, hondura de su humillación, sentido universal y salvador de su glorificación.
1) El principio de interpretación del texto consiste en identificar el sujeto. ¿Quién es ese Jesucristo que, teniendo condición de Dios, se humilla, despojado de su gloria, hasta morir crucificado? Hay dos interpretaciones principales, una encarnacionista, la otra pascual.
2) La interpretación encarnacionista es más tardía, aunque después haya tenido carácter casi dominante: empieza con los padres latinos, posteriores a las grandes controversias cristológicas, domina en la escolástica y llega a nuestros días con matices muy variados.
Ella supone que el sujeto del himno, como punto de partida del gran drama redentor, ha sido el mismo Jesús en su carácter de Hijo eterno: Estaba en Dios, tenía realidad originariamente divina, esencia preexistente. Podía haber permanecido en su nivel divino, disfrutando para siempre con el Padre y permitiendo que los hombres destruyeran su existencia mortal en el pecado. Pues bien, en gesto salvador que nos desborda, el Hijo se ha encarnado: abandona su primera condición, deja su gloria y comparte la existencia con los hombres, entregándose por ellos hasta el mismo extremo de la muerte.
Sin duda, esa postura responde a la experiencia de la Iglesia que deriva del conjunto del NT y se precisa en los concilios de Nicea y Calcedonia. El problema está en saber si corresponde a la palabra y al mensaje de Flp 2, 6-11, tal como fue asumido por Pablo. Significativamente, los mejores defensores de esta perspectiva son aquellos eruditos que interpretan el texto en línea gnostizante.
Ellos recuperan el valor de encarnación de Flp 2, 6-11, pero lo entienden de manera mítica y no como lo asume el dogma de la Iglesia. Piensan que no puede tratarse de una encarnación del Hijo eterno en línea trinitaria, pues aún no se encontraba desvelado ese misterio. El que se encarna es una especie de ser mítico, entendido con rasgos de carácter cosmológico: el hombre original divino o el Dios original humano de la gnosis desciende a nuestro mundo, se introduce en la miseria de la tierra y, penetrando hasta el abismo de la muerte, hace posible que los hombres queden liberados de la muerte; de esa forma ha roto las barreras del cosmos que cerraban a los hombres como en cárcel, para conducirles al ámbito de gloria.
Esta es la postura que han seguido muchos protestantes alemanes, sobre todo a partir de E. Kasemann. Llegando hasta el final, y por encima de la diferencia de representaciones (Hijo eterno o figura gnóstica), coinciden defendiendo una exégesis dogmática, que mira el texto desde las doctrinas posteriores de la Iglesia, utilizando para ellos categorías gnósticas. Esa misma coincidencia puede indicar que es conveniente interpretar de otra manera este pasaje.
Preferimos, según eso, la interpretación pascual, como expresión de la entrega de Jesús hombre en el gesto de su vida, muerte y resurrección. Esta línea no resulta nueva. Está representada por los más antiguos padres griegos que, menos influidos por motivos de dogmática, han visto en este pasaje la hondura de la ofrenda de Jesús, su entrega como siervo por los hombres.
Ésta es una perspectiva que, fundándose en razones diferentes, empiezan a seguir algunos de los representantes más significativos de la exégesis católica: el sujeto de Flp 2, 6-11 es el mismo Jesucristo de la historia que, pudiendo haber desplegado su realidad en una esfera de poder-dominio, ha preferido entregarse por los otros como siervo, llegando de esa forma hasta la muerte11•
Esto nos permite precisar el tema. Este himno no expone la “historia” ser divino en su esencia suprahistórica y eterna (el Cristo-Logos divino de Nicea-Calcedonia), ni la en un posible individuo celestial de rasgos míticos (hijo divino de la gnosis) que un día ha descendido a iluminar la vida de los hombres cautivos.
Este himno trata de Jesús, mesías concreto de la historia. La vivencia y confesión de los cristianos ya conoce su grandeza: es delegado de Dios, representante de su reino y de su vida sobre el mundo. Por eso ellos plantean el problema: ¿Cómo puede morir si es la presencia de Dios sobre la tierra? ¿cómo puede sufrir si es que no tiene ningún tipo de pecado?
Estas eran las preguntas que ocupaban a la Iglesia. Ella no se hallaba dominada por cuestiones de carácter ontológico. No le preocupaba la posible esencia premundana de Jesús. Su problema más urgente era entender la hondura, la amplitud y contenido de la entrega de Jesús hasta la muerte. Con esto se ilumina el punto de partida: las notas que definen a Jesús en su existencia sobre el mundo.
Ciertamente es hombre; pero no es hombre cualquiera, dominado por la lucha y la violencia de la tierra. Jesús es es hombre de manera originaria: nace nuevamente del principio de lohumano, desde aquella raíz de la que vino Adán en el principio, es decir, del mismo Dios.
Por eso, el himno le atribuye, con palabras rítmicas solemnes, los valores primigenios de la creación: aquella forma o semejanza de Dios (en mophe theou hyparkhon, Flp 2, 6) que le permiten realizarse en ámbito de gloria. Jesús tiene morphe de Dios en el sentido de grandeza o dignidad: es eikon en el sentido en que lo indican 2 Cor 4, 4; Col 1, 15.
Como hombre originario y nuevo principio de lo humano (nuevo Adán), Jesús es el reflejo de Dios sobre la tierra (cf. Gén 1, 27); por eso pudo haberse agarrado a la grandeza de su propia condición, buscando un tipo de existencia que viniera a reflejarse de manera externa como gloria, en forma de ventaja personal, como dominio por encima de los otros. En esta perspectiva se ha venido a situar el autor de nuestro himno.
Sólo desde aquí se puede entender el carácter voluntario y fundante de su gesto: «no quiso aferrarse a (no quiso conseguir con fuerza) un tipo de ser igual a Dios… Se despojó de sí mismo, se humilló… ».
Dos formas de existencia se han abierto ante Jesús: por un lado puede aprovecharse de su gloria y disfrutar de su grandeza, convirtiendo así su «condición divina» en fuente de egoísmo y de dominio por encima de los otros; por otro lado puede realizar su vida en forma de servicio, compartiendo la existencia con los más necesitados, renunciando a su grandeza y ofreciéndose en las manos de un Dios que es pura gracia.
Pues bien, el himno canta de manera simbólica y solemne el misterio de esta gran elección de Jesucristo: como fundamento de hombre nuevo Jesús toma un camino de solidaridad (se asemeja a los pequeños) y servicio (se entrega como esclavo). De esa forma invierte la elección antigua del pecado de Adán que, pretendiendo hacerse grande, ha destruido la vida de los hombres14.
El himno alude al nuevo surgimiento humano. Según la tradición judeo-apocalíptica, la historia de los hombres se encontraba dominada por dos grandes elecciones [2].
1) Situado ante la base de la opción de Jesús, Satán vino a elevarse frente a Dios y, pretendiendo convertirse en ser divino por un gesto de altivez y de dominio, destruyó su propia vida, haciéndose principio de violencia y pecado para todos, incluso los hu manos. En ese sentido, Flp 2 debe entenderse desde el trasfondo de las tentaciones de Jesús, tal como han sido formuladas por Mt 4 y Lc c (cf. Mc 1, 12-13).
2) De manera semejante, Adán, que era expresión de Dios e imagen de su propia realidad sobre la tierra, quiso hacer de su grandeza signo de poder y de esa forma vino a convertirse en portador de violencia, esclavo de la muerte sobre el mundo (eso significa que este himno plantea ya el esquema básico de Rom 5, con la oposición entre Adán (el hombre dominado por Satán y Cristo, el hombre libre en amor y diálogo, ante Dios)
Ese es el trasfondo en que nos pone nuestro texto. No habla de ninguna realidad imaginaria, no comienza por llevarnos al espacio de la pura eternidad ni tampoco hacia los mitos. El himno nos conduce al mismo principio de la historia, allí donde los hombres se descubren condicionados por un tipo de poder que lleva a la violencia y muerte. Por eso, cuando dice que Jesús, teniendo «condición divina», pudo haber optado por un modo de existencia diferente, en gesto de con quista, de egoísmo y de dominio por encima de los otros, el himno nos sitúa ante las fuentes del pecado originario.
No es que hubiera una opción normal (Jesús que quiere vivir «como Dios», en actitud dominadora) y otra opción más elevada, que se expresa como abaja miento y entrega por los otros. Las opciones resultan contrapuestas: una es mala y otra buena. En el caso, cristianamente imposible, de que el Cristo hubiera interpretado el mesianismo en clave de grandeza egoísta y de dominio, pretendiendo ser como Dios «por fuerza», se hubiera convertido en nueva fuente de pecado, como Adán y el Diablo del principio.
En el centro del himno se expresa la experiencia de las tentaciones: el mismo Diablo es quien indica a Jesús lo que supone ser «de condición divina», «hijo de Dios», en actitud de riqueza material, en gesto de dominio sobre los pueblos, en gloria externa y en milagros (cf. Mt 4, 1-11 par). Estamos en el centro de la paradoja cristiana, en el círculo más hondo del misterio:
(a) Los que intentan convertirse en Dios (Adán, Satán) destruyen su existencia; el que renuncia a dominar como divino (Jesús) funda la existencia verdadera ¿Por qué? Porque en el fondo el Dios que aquellos (Adán, Diablo) pretendían no era Dios sino espejismo o proyección de sus propias apetencias de dominio.
(b) Por eso, Jesús, no queriendo ser divino como ellos, ha venido a desvelarse como verdadero ser Divino: muestra el señorío por el gesto de la entrega gratuita de su vida. Desde ese fondo, debemos precisar el tema, concretando así mejor la hondura de la entrega y abajamiento de Jesucristo.
Adán y el Diablo fueron «creadores» de estirpe: suscitaron con su opción un tipo de existencia. No partieron de algo previo; su elección fue la primera y engendró muerte y violencia para sus descendientes (o subordinados). Pues bien, Jesús ha realizado su opción sobre una tierra previamente condenada: ha expresado su entrega sobre un mundo donde estaba dominando la violencia. No ha empezado a crear desde la nada un hombre sin raíces de pecado precedente, como un Adán distinto que quiere suscitar otro linaje, independiente del antiguo. Jesús tampoco aparece como hombre bueno, pero aislado, frente al campo de violencia de los otros. Jesús ha realizado algo más duro, radical y salvador: Introduce su camino de servicio y gracia donde estaba la violencia de los otros; por eso no ha creado nueva estirpe de la nada sino que ha recreado la que estaba antes caída; de esa forma salva y reconstruye lo que Satán y el Diablo habían destruido.
Jesús no ha renunciado a una existencia de dominio con el fin de realizarse humanamente, como siervo de Dios y hombre de entrega, sobre un mundo resguardado donde todos se mantienen en un gesto de obediencia y gracia. En contra de eso, Jesús ha comenzado su camino en una tierra dominada por la ley de la violencia. Para hacerse siervo de Dios tiene que hacerse esclavo de los hombres, en gesto que conduce hasta la entrega dura de la vida.
Así lo ha destacado el texto: «hecho a semejanza de los hombres y mostrándose en la forma de ser como los hombres», Jesús ha introducido (encarnado) su humanidad “obediente” a Dios (en diálogo con Dios) en el camino de la antigua humanidad de Adán, que estaba condenada a la violencia.
Jesús empieza a realizar una manera distinta de vida humana, pero no sobre el vacío previo sino en el mismo centro de un camino dominado por la angustia de la muerte y por la lucha más violenta entre los hombres. No habita en un espacio inmunizado; no se guarda de las fuerzas de lo malo cerrándose en un tipo de refugio, desligado, aislado del entorno. Jesús ha decidido suscitar su humanidad (su reino) desde el fondo de este mundo do minado por lo malo. La entrega de Jesús se puede precisar por eso en dos rasgos.
(1) El primero es más bien un presupuesto: Jesús toma una forma de existencia humana que ya existía; por eso empieza a vivir como los otros, en el modo y forma limitada de los hijos de Adán sobre la tierra.
(2) El segundo aparece destacado de manera más expresa: Jesús no es hombre en general; se hace humano en condición de «siervo», vaciándose, humillándose, entregando su vida hasta la muerte. Sobre un mundo en que los hombres quieren imponerse por la fuerza, Jesús vive como siervo, es decir, como un esclavo al que maltratan y condenan a la muerte infame de la cruz.
Vistos de esa forma, el vaciarse (ekenosen; 2, 7) y humillarse (etapeinosen; 2, 8) no presentan dos momentos sucesivos, como serían encarnación y muerte. Ambos aluden al mismo gesto de la entrega de Jesús que, en vez de haber optado por una humanidad dominadora, como la de Adán (comer del árbol) y la de Satán en Mt 4 y Lc 4 (vencer por dinero, tomar el poder, hacerse un ídolo para ser adorado) ha realizado su vida como ofrenda humilde y pobre en amor por los demás, hasta la muerte, asumiendo la suerte de los derrotados de la historia humana.
Por una extraña coincidencia, las tres lecturas de este domingo hablan del perdón a los pecadores y de la alegría que Dios experimenta ante su conversión.
Moisés: intercesión
Según el libro del Éxodo, Moisés pasó cuarenta días en la cumbre del monte Sinaí hablando con Dios. Demasiado tiempo para el pueblo, que termina pensando que ha muerto. En busca de algo que le ofrezca garantía y seguridad, convence al sacerdote Aarón para que fabrique un becerro de oro. En el Antiguo Oriente, el toro era un símbolo muy adecuado para representar la fuerza y vitalidad de un dios, y por eso los israelitas proclaman: «Este es tu dios, Israel, el que te sacó de Egipto».
Sin embargo, construir imágenes de Dios es una forma de intentar manipularlo. A la imagen se la puede premiar o castigar; se la puede ungir con perfumes y ofrecer regalos si Dios me concede lo que quiero, o se la puede privar de todo si no me lo concede. Además, la imagen destruye el misterio de Dios reduciéndolo a un objeto visible.
¿Cómo reaccionará el Señor ante este pecado? El relato no carece de cierto humor. Dios se muestra indignado, pero no actúa. Al contrario, provoca a Moisés para que interceda por el pueblo. Como un padre que, indignado con su hijo, le dice a su esposa que piensa castigarlo para que ella interceda y le anime a perdonar.
Las palabras que dirige a Moisés: «se ha pervertidotu pueblo, el que tú sacaste de Egipto» recuerdan a las que tantas veces dice un marido a su mujer: «tu hijo…», como si no fuera también suyo. Como si Israel no fuera el pueblo de Dios y no hubiera sido él quien lo sacó de Egipto. El tono humorístico, dentro de la tragedia, alcanza su punto culminante cuando Dios le pide permiso a Moisés para terminar con el pueblo: «Déjame, mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un gran pueblo».
Pero Moisés no se deja tentar por la promesa de ese nuevo gran pueblo. “El que ahora guío ˗le responde a Dios˗ aunque sea pervertido y de dura cerviz, es tupueblo, el que tú sacaste de Egipto con gran poder y mano robusta. No me eches a mí la culpa y acuérdate de lo que prometiste a Abrahán, Isaac y Jacob”. Bastan estas pocas palabras para que el Señor se arrepienta de la amenaza.
Dos grandes enseñanzas en este breve relato: 1) lo fácil que es convencer a Dios para que perdone; 2) el responsable de la comunidad nunca debe rechazarla por más pervertida que pueda parecer; su postura debe ser la de Moisés, recordando lo bueno que hay en ella y defendiéndola.
En aquellos días, el Señor dijo a Moisés:
– «Anda, baja del monte, que se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto. Pronto se han desviado del camino que yo les había señalado. Se han hecho un novillo de metal, se postran ante él, le ofrecen sacrificios y proclaman:
«Éste es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto.»»
Y el Señor añadió a Moisés:
– «Veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz. Por eso, déjame: mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un gran pueblo.»
Entonces Moisés suplicó al Señor, su Dios:
– «¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo, que tú sacaste de Egipto con gran poder y mano robusta? Acuérdate de tus siervos, Abraham, Isaac y Jacob, a quienes juraste por ti mismo, diciendo:
«Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo, y toda esta tierra de que he hablado se la daré a vuestra descendencia para que la posea por siempre.»»
Y el Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo.
Los seglares piadosos y los teólogos: rechazo y crítica
«En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: Ése acoge a los pecadores y come con ellos.»
La lección de Moisés, intercediendo por los pecadores, no la han aprendido los teólogos de la época (los escribas) ni los seglares piadosos (fariseos). Son partidarios de una separación radical de buenos y malos que excluya cualquier contacto entre ellos. Y, dentro de los malos, los peores son los publicanos, explotadores al servicio de Roma, y los pecadores, gente que no va a la sinagoga el sábado, no ayuna, no reza tres veces al día, no paga el tributo al templo ni los diezmos, no observa las leyes de pureza, etc.
Pero lo interesante es que escribas y fariseos no se indignan con los pecadores sino con Jesús, porque los acoge y come con ellos.
Jesús: alegría y acogida
A la murmuración y la crítica de sus adversarios Jesús no responde con un ataque durísimo a su hipocresía sino contando tres parábolas (la oveja perdida, la moneda perdida y los dos hermanos), que insisten las tres en la alegría de Dios por la conversión de un solo pecador. La liturgia permite una lectura breve, limitándose a las de la oveja y la moneda.
‒ Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al Regar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: ¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido. Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.
Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas para decirles: ¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido. Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.
A pesar de las diferencias, las dos parábolas tienen una estructura y mensaje parecidos. Al protagonista masculino de la primera se añade el femenino de la segunda. Los dos pierden algo (una oveja, una moneda) y realizan un gran esfuerzo para encontrarla. Cuando lo consiguen, convocan a amigos/amigas y vecinos/vecinas para que les den la enhorabuena. Conclusión: la misma alegría habrá en el cielo o entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.
Lo que une a las parábolas con la moraleja es el tema de la alegría. La alegría del pastor, de la mujer, de los amigos y vecinos, amigas y vecinas, asemeja a la que hay en el cielo o entre los ángeles de Dios. Oveja, moneda y pecador se parecen por haberse perdido y ser encontrados.
Pero ese éxito requiere mucho esfuerzo, amor e interés. Entonces, el punto de vista se desplaza de la oveja y la dracma al hombre y la mujer, que, con su actitud, justifican que Jesús busque a publicanos y pecadores y coma con ellos para que se conviertan. Lo que no está justificado es la murmuración de los escribas y fariseos, que contrasta con la alegría del cielo.
La moraleja es algo distinta en las dos parábolas: la segunda omite la comparación con los noventa y nueve justos que no necesitan convertirse. De hecho, ¿hay noventa y nueve justos que no precisen convertirse? Si alguien presumiese de eso, Juan Bautista le respondería que era raza de víbora; Jesús, que si no se convertía, acabaría como los galileos asesinados por Pilato, o los dieciocho a los que mató la torre de Siloé. Por consiguiente, la contraposición entre el pecador que se convierte y los noventa y nueve justos que no necesitan convertirse debemos interpretarla en sentido irónico, con referencia a los escribas y fariseos que siempre presumen de justos.
Aunque la liturgia permite omitir la tercera parábola, es tan importante que recojo el texto con un breve comentario.
También les dijo:
‒ Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.” El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer.
Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.”
Se puso en camino a donde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. » Pero el padre dijo a sus criados: «Sacad en seguida el mejor traje y vestido; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.»
Y empezaron el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: «Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.» Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre: «Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.» El padre le dijo: «Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.»
La parábola de los dos hermanos (conocida con el título equivocado de “el hijo pródigo”) es la que más encaja con el problema inicial. El hermano menor representa a publicanos y pecadores, el mayor a escribas y fariseos. Quien lee la parábola sin prejuicios, se escandaliza de la conducta del padre, que malcría a su hijo menor mientras se muestra duro y exigente con el mayor. Este escándalo es el mismo que experimentaban los fariseos y escribas con Jesús. Y es el que él quiere que superen pensando en el amor y la alegría que siente Dios como padre que recupera un hijo perdido. El que no vea a Dios como padre, sino como legislador, obsesionado porque se cumplan sus leyes, nunca podrá comprender esta parábola ni la vida y el mensaje de Jesús.
La parábola nos ayuda al mismo tiempo a autoevaluarnos. A veces nos portamos con Dios como el hijo pequeño que se marcha de la casa y sólo vuelve cuando le interesa; otras, en circunstancias familiares difíciles, actuamos como el padre, perdonando y aceptando lo inaceptable; otras, como el hermano mayor, condenamos al que no se comportan adecuadamente y evitamos el contacto con él. Conviene repasar la propia historia desde estos tres puntos de vista y ver cuál predomina.
Dios: compasión
Los textos anteriores enseñan a través de relatos (Éxodo) y parábolas (evangelio), la segunda lectura cuenta la experiencia personal de Pablo. Él, fariseo de pura cepa, termina descubriéndose como «un blasfemo, un perseguidor y un violento». Ha maldecido a Jesús, ha metido en la cárcel a los cristianos, ha querido exterminarlos. «Pero Dios tuvo compasión de mí… Dios derrochó su gracia en mí… Jesús se compadeció de mí». La experiencia de Pablo, en mayor o menor grado, es la de cualquiera de nosotros. Y nuestra reacción debe ser también la suya de servicio y alabanza a Dios.
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo 1, 12-17
Querido hermano:
Doy gracias a Cristo Jesús, nuestro Señor, que me hizo capaz, se fió de mí y me confió este ministerio. Eso que yo antes era un blasfemo, un perseguidor y un insolente. Pero Dios tuvo compasión de mí, porque yo no era creyente y no sabía lo que hacía. El Señor derrochó su gracia en mí, dándome la fe y el amor en Cristo Jesús. Podéis fiaros y aceptar sin reserva lo que os digo: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el primero. Y por eso se compadeció de mi: para que en mí, el primero, mostrara Cristo Jesús toda su paciencia, y pudiera ser modelo de todos los que creerán en él y tendrán vida eterna. Al Rey de los siglos, inmortal, invisible, único Dios, honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Comentarios desactivados en 14 de septiembre – Exaltación de la Santa Cruz
“Así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.”
(Jn 3,14-15).
Las pocas líneas del evangelio de hoy están llenas de un fuerte contenido teológico: se nos habla del Hijo del hombre levantado, del Hijo único de Dios enviado a salvar el mundo, de creer, de la vida eterna, de subir y bajar del cielo… Todo esto para comprender la cruz.
El recorrido que va desde la muerte por crucifixión de Jesús de Nazaret hasta celebrar hoy una fiesta llamada “exaltación de la Santa Cruz” es un largo camino de reflexión, experiencia e interpretación de los cristianos, sobre todo los primeros seguidores de Jesús.
El evangelio de hoy refleja la interpretación de la cruz que hicieron las comunidades joánicas. Según este texto, Jesús es el único que ha bajado del cielo al mundo enviado por Dios Padre, y ha vuelto a subir al cielo por un camino muy peculiar: por la cruz, que lo levanta de nuevo hacia el cielo, hacia el Padre.
El sentido de la cruz se entiende por la alusión a Moisés. El libro de los Números cuenta que Dios envió serpientes venenosas al pueblo de Israel como castigo por haber hablado contra él mismo y contra Moisés. Luego pidió a Moisés que hiciera una imagen de la serpiente y la colocara en alto. Quien era picado la miraba y así salvaba la vida.
El evangelio de Juan, por lo tanto, nos dice que mirar a Jesús crucificado es acoger la salvación que nos regala Dios. En otras palabras: creer que Jesús es el Hijo de Dios y que ha sido enviado para nuestro bien plenifica nuestra vida. Nos libera de nuestras desconfianzas, miedos y murmuraciones contra Dios y contra las demás.
Mirar a Jesús en la cruz es ver a Dios en el último lugar, el que nuestra existencia cristiana está llamada a atender y cuidar. Incluso a aceptar y hasta a buscar (para nosotras mismas, no para colocar en él a las demás, que es muy diferente). Es el lugar de quienes no son defendidas ni escuchadas, de quienes ven como el resto mira hacia otro lado, quienes acaban abandonadas porque nunca han dejado de buscar la coherencia.
Este lugar es el que elige Jesús para desde él llevarnos a la vida plena, porque es el lugar donde más se puede amar.
Oración
Jesús, ayúdanos a despojarnos como tú, a dejar pasar a las demás, a no aplastar con nuestro afán por ser atendidas. Llévanos al lugar donde se puede amar sin condiciones. Amén.
Comentarios desactivados en No debemos buscar a Dios, ni Él nos busca.
DOMINGO 24(C)
Lc 15
Hoy nos dice el evangelio que los “pecadores” se acercaban a Jesús, porque los aceptaba tal como eran. Los fariseos y letrados se acercaban también, pero para espiarle y condenarle. No podían concebir que un representante de Dios pudiera mezclarse con los “malditos”. El Dios de Jesús está en contra del sentir excluyente de los fariseos.
Las parábolas no necesitan explicación alguna, pero exigen implicación. El problema está en que entendemos a Dios como pastor de un rebaño, como dueño de unas monedas o como padre defraudado que espera que el hijo cambie de postura ante Él.
Después de veinte siglos, seguimos teniendo la misma dificultad a la hora de cambiar nuestro concepto de Dios. Dios no nos tiene que buscar porque para Él nadie está perdido. Está siempre identificado con cada uno de nosotros y no puede cambiar esa actitud. Nosotros olvidamos esta realidad y vivimos como si nada tuviéramos con Él.
Sé que tengo la batalla perdida, pero no dejaré de pelear. Llevamos veinte siglos sin aceptar al Dios de Jesús y adorando al dios del AT y de los fariseos. El dios que premia a los buenos y castiga a los malos no es el Dios de Jesús. El Dios que esta esperando a que nosotros nos portemos bien para amarnos, no es el Dios de Jesús. Dios es solo amor.
Olvidamos algunos detalles de las parábolas. La oveja no tiene que hacer nada para que el pastor la encuentre, mucho menos la moneda. Pero el caso del hijo es todavía peor. ¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia y yo aquí me muero de hambre! Lo que le empuja a volver a la casa del padre es un interés rastrero y egoísta.
Seguimos creyendo que nuestras actitudes condicionan la acción de Dios y eso es una barbaridad. En Dios el amor es su esencia (capacidad de identificarnos con Él) y no puede dejar de amar un instante a una de sus criaturas. Si dejara de amar dejaría de ser Dios.
Es ridículo querer comprender a Dios poniendo como ejemplo la bondad de los seres humanos. Jesús no vino a salvar, sino a decirnos que estamos salvados. Un lenguaje sobre Dios que suponga expectativas sobre lo que Dios puede darme o no darme, no tiene sentido. Dios es don absoluto y total desde antes que empezara a existir.
Si somos capaces de entrar en esta comprensión de Dios, cambiará también nuestra idea de “buenos” y “malos”. La actitud de Dios no puede ser diferente para cada uno de nosotros, porque es anterior a lo que cada uno puede o no hacer. El Dios que premia a los buenos y castiga a los malos, es una aberración incompatible con el espíritu de Jesús.
Para nosotros la máxima expresión de misericordia es el perdón. Entender el perdón de Dios, tiene una dificultad casi insuperable, porque nos empeñamos en proyectar sobre Dios nuestra propia manera de perdonar. Nuestro perdón es una reacción a la ofensa que el otro me ha causado. En cambio, el perdón de Dios es anterior al pecado. Es amor.
Pensar que si Dios me ama igual cuando soy bueno que cuando fallo, no merece la pena esforzarse, es ridículo. Nada más contrario a la predicación de Jesús. La misericordia de Dios es gratuita, infinita y eterna, pero tengo que aceptarla. La actitud de Dios debe ser el motor de cambio en mí. Dios no va a cambiar porque yo cambie de actitud con Él.
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Lc 15, 1-32
«Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde»
El capítulo quince de Lucas expresa de forma sencilla, pero inequívoca, la esencia misma de la buena Noticia. A través de sus tres parábolas, Jesús nos dice que Dios no es el que nos juzga, el que nos aparta de sí por causa de los pecados y nos condena si hemos pecado. Dios es el que nos busca cuando estamos perdidos; el que sale cada tarde al camino a esperar nuestro regreso; el que nos restituye a nuestra condición de Hijos sin que medie ningún mérito para ello.
El protagonista indiscutible de la tercera parábola, la del “Hijo pródigo”, es el paterfamilias que da al traste con su dignidad y la mitad de su hacienda porque ha recuperado al sinvergüenza de su hijo que ha vuelto a casa lleno de miseria, pero hoy queremos extraer de este texto universal una enseñanza sobre la naturaleza del pecado.
En primer lugar, el pecado es error. El hijo pequeño se va porque piensa que va a estar mejor lejos de la casa de su padre, pero se equivoca y arruina su vida. Nuestra condición humana se ve atraída por lo que no le conviene y es propensa a engañarse acerca del bien y el mal. Nos apetece lo que no merece la pena; nos fascina lo que nos perjudica. Por eso, nuestra condición de pecadores significa, básicamente, que no sabemos distinguir; que nos sentimos atraídos por cosas que nos parecen buenas, pero que estropean nuestra vida y hacen daño a los demás. Una buena definición de pecado podía ser ésta: “Preferir el mal engañados por su apariencia de bien”.
Pero no cabe duda de que el pecado tiene también una componente de debilidad, de esclavitud, que, unida al error, nos arrastra a perder la dignidad e incluso la identidad; como le ocurre al hijo de la parábola. Pablo, en su carta a los romanos, se lamenta amargamente de ello: «Realmente, mi proceder no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco. Y, si hago lo que no quiero, en realidad ya no soy yo quien obra, sino el pecado que habita en mí» …
«Me esclaviza la ley del pecado», dice Pablo en esa misma carta. El evangelio no nos considera libres sin más, sino esclavos del pecado, y desde esa óptica, el papel de Dios no es el del juez que juzga a personas libres y responsables, sino el del padre que ayuda a sus hijos a que vean mejor y se liberen de sus cadenas.
Finalmente, también podemos concebir el pecado como una pesada carga de la que Dios nos quiere librar. Como decía Ruiz de Galarreta: «Habitualmente hablamos del pecado cometido, pero rara vez del pecado padecido». Jesús nos libera de esa carga proponiéndonos un modo de vida mucho más atractivo que el que nos ofrece el mundo; nos descubre un tesoro escondido que, cuando alguien lo encuentra (porque se ha fiado de él y lo ha buscado), renuncia a todo lo demás, porque todo lo demás deja de tener valor para él.
Miguel Ángel Munárriz Casajús
Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí
Trinidad del retablo de la Cartuja de Miraflores (Burgos)
El diálogo de Jesús con Nicodemo (Jn 3,13-17) constituye una enseñanza cíclica que va adentrando al lector hacia un núcleo: creer en el Hijo del Hombre. Jesús le propone a Nicodemo ver el reino de Dios. Capta su atención (y la nuestra como lectores) al invitarlo a “nacer de nuevo”. La pregunta de Nicodemo “¿puede un hombre entrar en el seno materno de nuevo?” ha sido causa de muchas interpretaciones: desde la pregunta por la reencarnación hasta diferentes formas de continuidad de la vida. Jesús hace referencia a un nacer del agua y del Espíritu. Y abre con ello una serie de polaridades (humano/espíritu o lo alto y lo terreno, cielo y tierra…) que cuestionan acerca de cómo vincular estos polos aparentemente inconexos. ¿Cómo ser humano y vivir del Espíritu? ¿Cómo vivir en la tierra siendo ciudadanos del cielo? ¿Cómo entrar en el reino?… Además se habla en términos temporales y espaciales: el que nace del Espíritu no sabe de dónde viene ni a donde va” (v.8). El texto plantea muchas preguntas a un maestro fariseo importante entre los judíos y así va generando cada vez más inquietud.
Las polaridades encontraran una posible relación en los versículos siguientes: Jesús es quien bajó del cielo y puede subir al cielo porque ha venido de allí (v.13). Dios amó al mundo y le dio a su hijo (v.16). Este subir y bajar, este envío, tiene una clara misión que podríamos llamar de integrar a los que creen en este vínculo, en esta distancia entre lo alto y lo terreno, entre el cielo y la tierra. Los creyentes han de dejarse guiar por el Espíritu para ser introducidos en esta relación entre el amor de Dios y la salvación del Hijo.
Desde este texto, la fiesta de la exaltación de la cruz que hoy celebramos solo puede comprenderse como una fiesta de la Trinidad que introduce a quienes creen en sus vínculos recíprocos. Mirar la cruz es mirar la salvación de una manera nueva: trayendo al centro la humanidad que asume y acepta todo lo que la vida le presenta, con sus dolores, rechazos y muerte. Podemos decir que entrar en el reino tiene que ver con nacer y obrar según el Espíritu, percibir la sabiduría del presente y creer en el Hijo del hombre. Mirar la cruz es contemplar a la Trinidad que introduce a su creación en sus vínculos de amor.
Comentarios desactivados en ¿Cumplidores, seguidores, buscadores o reconocedores?
Comentario al evangelio del domingo 14 septiembre 2025
Lc 15, 1-32
El hermano mayor de esta parábola es el prototipo del “cumplidor”. No ha desobedecido ni una sola de las normas de su padre, pero su corazón sigue tan endurecido como el primer día. Por eso estalla de resentimiento cuando cree que no ha recibido el reconocimiento que su comportamiento exigente habría merecido. El cumplidor -que se halla en diferentes grupos, religiosos o no- termina con facilidad en el resentimiento y la amargura, resultando una figura trágica: su exigencia perfeccionista no le ha hecho mejor persona; simplemente, ha engordado y envenenado su ego.
Con frecuencia, la religión cristiana ha promovido personas cumplidoras, por más que, según el evangelio, los “cumplidores” fariseos -imagen también prototípica de la observancia religiosa- fueron objeto de las mayores denuncias por parte de Jesús.
Además de cumplidores, el cristianismo -como toda religión teísta- ha promovido “seguidores”. No es extraño que se les llame “fieles”, y que se insista en la primacía de las creencias como el valor supremo. El problema es que, en la práctica, no se potenciaba que fueran fieles a sí mismos, sino a la autoridad religiosa. Con lo cual, la supuesta fidelidad se transformaba en sometimiento.
Las personas más libres no se conforman con ser seguidoras. Se consideran a sí mismas como buscadoras. A fin de cuentas, vienen a decir, los seguidores se mantienen aferrados a creencias, que no dejan de ser respuestas heredadas y, en ese sentido, verdades prestadas y, en definitiva, conocimientos de segunda mano.
Pero los buscadores no han estado bien vistos en Occidente. Se los tachaba, despectivamente, de “librepensadores” y despertaban recelos entre los fieles y, particularmente, para la autoridad religiosa. Sin embargo, todos los sabios han sido buscadores. Lo cual resulta lógico: cuando alguien tiene un anhelo espiritual genuino, es muy difícil aceptar la prisión de la religión.
Con todo, los buscadores se hallan constantemente acechados por una trampa: percibirse a sí mismos en clave de carencia, pensando que el objeto de su anhelo es algo que se halla fuera o en el futuro. Eso explica que las personas sabias, que empezaron su camino como buscadoras, antes o después, se vieron en la necesidad de abandonarlo, justo en el momento en que comprendieron que, en su profundidad, ya eran aquello que andaban buscando.
En ese momento, los buscadores se convierten en reconocedores, es decir, en seres despiertos, que han comprendido -se les ha revelado- que no hay nada que buscar. Han visto con claridad que la propia búsqueda alimenta y fortalece la idea errónea de carencia, ya que solo busca quien se siente incompleto. En eso consiste el despertar: en ver que quien busca, en realidad se está alejando de lo anhelado; en ver que no se trata de buscar o alcanzar nada, sino, sencillamente, en caer en la cuenta, en reconocer que ya somos lo buscado.
Comentarios desactivados en Exaltación de la Santa Cruz. Nicodemo significa: victoria del pueblo. Cristo ha vencido el pecado, la ley y la muerte
Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:
08.09.2025
01.- Tres celebraciones de la cruz de Xto
A lo largo del año celebramos tres fiestas de la cruz del Señor:
La fiesta más importante es el Viernes Santo: la pasión y muerte en cruz de JesuCristo.
El 3 de mayo recordamos el día en que Santa Elena encontró en Jerusalén la cruz en la que fue crucificado el Señor Jesús en el 326 d.C.
Hoy, 14 de septiembre, celebramos la exaltación de la santa cruz en la que evocamos la consagración de la basílica del santo sepulcro en Jerusalén. Los ortodoxos denominan a la misma basílica como de la “resurrección” (Anastasis).
02.- Nadie ha subido al cielo, (vv 13).
Nadie humano –excepto JesuCristo- garantiza la salvación. La justificación y el cielo vienen a nosotros. Nosotros no conquistamos el cielo, ni la felicidad. Es Dios quien se acerca a nosotros y nos salva.
Dios se acerca nosotros por JesuCristo y nos salva
La salvación es un don, una gracia, no una conquista humana.
Agradezcamos, que eso significa vivir en gracia, agradezcamos a Dios que nos salva.
03.- La serpiente.
Se trata de un lenguaje mitológico pero significativo: quien elevaba la mirada a la serpiente de Moisés, quedaba curado.
Si Adán y Eva (el ser humano) ante la serpiente del Paraíso hubieran elevado la mirada a Dios en vez de esconderse de Él, la historia de la humanidad habría sido otra.
Pero somos humanos y nuestra libertad es frágil. Pero Dios nos abandonará nunca porque quiere que nos salvemos.
04.- Cuando sea elevado sabréis que yo soy…
El evangelio de San Juan nos habla tres veces de que JesuCristo será elevado. Se trata de la cruz, (Jn 3,14: 8,28; 12,32). Y cuando sea elevado sabréis que Yo soy.
Sabemos, creemos, que el Yo soy de San Juan tiene una gran densidad cristiana (cristológica): Yo soy el agua, Yo soy el pan de vida, Yo soy la luz, Yo soy el buen pastor, Yo soy el camino, Yo soy la resurrección…
Este Yo soy es la definición de Dios ya en el AT: Yo soy el que soy le dice Dios a Moisés (Ex 3,14).
S Juan aplica este Yo soy a Jesús. Jesús es Dios.
Mirarán al que traspasaron (Zac 12,10 / Jn 19,37).
Mirar al crucificado es nuestra salvación. Mirar a JesuCristo en la cruz infunde una gran paz y serenidad.
Cuando ´Jesús sea elevado sabréis que Yo soy. En la cruz, -sobre todo en la cruz-, sabremos que Cristo es nuestro salvador.
Por Él estamos justificados.
Sus heridas nos han curado (1Ped 2,24; Is 53, 4-5).
05.- Judas: de la luz a la noche – Nicodemo: de la noche a la luz
Judas y Nicodemo son dos personajes antitéticos.
Judas, que estaba en o con la luz (JesuCristo), sale del cenáculo a las tinieblas, era de noche…
Nicodemo se acerca de noche a la luz y termina siendo discípulo de Jesús.
En el evangelio de Juan aparece seis veces la idea, la realidad de la noche (Jn 3,2; 9,4; 11,10; 13,30; 19,30; 21,3). La noche es la ausencia de Cristo, la ausencia de luz.
Nicodemo significa victoria del pueblo (nike: victoria / demos: pueblo), la victoria de la luz. Cuando en la noche de la vida personal, social, eclesial nos acercamos al crucificado, se hace la luz en nuestra existencia. Nicodemo sale de las tinieblas y llega a la luz.
(Podríamos preguntarnos si estamos en la luz o en la noche, si estamos más en Judas o en Nicodemo).
06.- La cruz es salvación
En el evangelio de S Juan la elevación en la cruz es la glorificación del Señor; por eso Jesús dice: «y yo cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32-33). El Dios de nuestra salvación es un Dios que nos ama hasta el final. Es un Dios que nos quiere y nos salva por medio de JesuCristo
Comentarios desactivados en “Transformar las cruces de nuestra historia presente”, por Consuelo Vélez
De su blog Fe y Vida:
Domingo XXIV de TO 14-09-2025 Exaltación de la Santa Cruz
El valor de la cruz no es por ella misma sino por el amor que surge de ella
Juan opone el mundo a Dios, pero no para desvalorizar lo humano sino como signo del pecado, del anti reino, del separase de Dios
La cruz es fruto de la fidelidad de Jesús a su misión
La cruz de Cristo nos ha dado la vida y nos invita a ser portadores de esta vida que él nos regala, trabajando por transformar todas las cruces de nuestro presente
En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:
+ «Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él»
(Jn 3, 13-17).
Hoy celebramos la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, recordando el significado que tiene la cruz para la vida cristiana. Como decía Pablo “nosotros predicamos a un Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los griegos” (1 Cor 1, 23). Es decir, el misterio de la cruz marcó la historia de Jesús, pero no debemos olvidar que esta es inseparable de su resurrección, porque “si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe” (1 Cor 15, 14). Por lo tanto, el valor de la cruz no es por ella misma sino por el amor que surge de ella.
Esto es lo que el evangelio de Juan que hoy consideramos nos muestra. Recordemos que este evangelio es más teológico que los sinópticos, de ahí que su lenguaje sea más conceptual. Juan opone el mundo a Dios, pero no para desvalorizar lo humano sino como signo del pecado, del anti reino, del separase de Dios. Precisamente a ese mundo, Dios le ofrece su Hijo, se lo entrega para que los que no creen, lleguen a creer. La oposición no es entre lo material y lo espiritual sino entre los que tienen fe y los que no la tienen. Dios espera, con su amor ilimitado, llegar a todos aquellos que no creen para darles la vida eterna.
Es muy importante comprender que la cruz es fruto de la fidelidad de Jesús a su misión y, por eso, él sigue anunciando el amor a los últimos, la misericordia con todos, la urgencia de transformar la realidad, comenzando con los más pobres, aunque eso le lleve al conflicto, la persecución y la muerte. Ante ese hecho, Jesús prefiere entregar su vida a renunciar a la coherencia con lo predica. Y, es en esto, en lo que el amor de Dios se manifiesta en plenitud.
El texto de hoy es la conclusión del diálogo de Jesús con Nicodemo donde este le ha preguntado cómo es posible nacer de nuevo y la respuesta de Jesús va por la línea de nacer no de la carne sino del espíritu. Jesús finaliza este diálogo retomando el texto donde Moisés levante la serpiente en el desierto, diciéndole que así será levantado el Hijo del Hombre para que todos tengan vida eterna. En efecto, la cruz de Cristo nos ha dado la vida y nos invita a ser portadores de esta vida que él nos regala, trabajando por transformar todas las cruces de nuestro presente.
(Foto tomada de: https://sopenabilbao.org/tiempo-de-cruces/)
Comentarios desactivados en “El don del Hijo elevado”, por Joseba Kamiruaga Mieza.
De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):
El Evangelio pide la purificación de la mirada y el redescubrimiento de la verdad, creyendo en el gran amor con que Dios ha amado al mundo y en el don de su Hijo para la salvación y no para la condenación del mundo mismo. Pero para creer esto es necesario percibir de manera muy personal que somos destinatarios de ese amor.
Ese «mundo» que Dios amó tanto como para dar a su Hijo único, debe entenderse ciertamente como la humanidad entera, pero en él cada uno de nosotros debe saber verse a sí mismo. Y debe poner su nombre en ese mundo: aunque llegara al mundo entero, si ese amor no me alcanza a mí, queda reducido a la impotencia y no me cambia ni me convierte.
Por lo tanto, es necesario saber verse a uno mismo, pero insertado en un «mundo», en la humanidad que es destinataria del amor de Dios, y verse a uno mismo en relación con Dios mismo y con su amor. Por lo tanto, ya no verse a uno mismo como el centro del mundo, sino en el mundo. Y bajo la mirada del Señor.
El pasaje evangélico de la liturgia de hoy se inserta en el discurso de Jesús con Nicodemo, diálogo en el que Jesús desconcierta a Nicodemo diciéndole que es necesario un renacimiento desde lo alto, es decir, desde el Espíritu Santo derramado desde lo alto. La reacción asombrada de Nicodemo – «¿Cómo puede suceder esto?» – encuentra en Jesús una respuesta que nos desconcierta: «Si no creéis cuando os hablo de cosas terrenas, ¿cómo creeréis cuando os hable de cosas celestiales?» (Jn 3,12).
Según el contexto, las «cosas terrenas» consisten precisamente en la dinámica del renacimiento espiritual que debe tener lugar en la vida, aquí en la tierra, en la humanidad de la persona que, gracias a la fe, se abre a la acción del Espíritu Santo.
Mientras que las cosas celestiales son la paradoja de una elevación que coincide con una condena a muerte y de un suplicio, la crucifixión, que es exaltación, glorificación. Esta incredulidad – «¿cómo creeréis si os hablo de cosas del cielo?» – parece hacerse eco de las palabras del profeta en Isaías 53,1: «¿Quién creerá en nuestro anuncio?», que siguen al anuncio de que «el siervo del Señor será exaltado» (Is 52,13).
En el corazón de la fe cristiana hay algo increíble. Y lo increíble se especifica inmediatamente después: la elevación del Hijo del hombre es el acontecimiento que realiza plenamente y cumple el don que el Padre ha hecho a la humanidad: el don del Hijo.
La elevación, en verdad, es también el abajamiento; la subida, la anabasis, es también la katabasis, el descenso, la kenosis. En el cristianismo se produce una remodelación de la verticalidad.
El pasaje evangélico habla del paradójico nacimiento desde lo alto como verdadera iniciación a la vida cristiana (cf. Jn 3,3), y el traductor latino utiliza a veces altum o altitud para traducir el griego báthos, profundo/profundidad.
La cruz como elevación significa que se asciende hacia el punto más bajo de la sociedad y de la religiosidad de la época: la muerte en la cruz es la muerte infame y vergonzosa de los malditos por Dios y de los bandidos de la sociedad.
Pero, sobre todo, detrás del simbolismo de subir y bajar («nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo»: Jn 3,13) está el acontecimiento del don que expresa el amor de Dios. Un amor que, como tal, no pretende en absoluto condenar, sino solo salvar, dar sentido y plenitud. Un amor gratuito, incondicional, pero que puede difundirse y manifestar sus energías en quienes le dan espacio acogiéndolo en sí mismos a través de la fe.
«Dios amó tanto al mundo que dio a su Hijo único». Jesús, como don de Dios, es sacramento y narración del amor de Dios y, en el itinerario de Dios al hombre, el amor del Padre (el Dador) se convierte en amor del Hijo (el Don que se entrega a sí mismo) y se convierte en amor en el hombre (el donatario).
El don que es Jesús es asimétrico, no busca reciprocidad: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo» (Jn 15,9); «Como yo os he amado, así os amad también vosotros unos a otros» (Jn 13,34).
El movimiento de la donación divina no se convierte en un círculo vicioso y cerrado en la bipolaridad infernal «yo-tú, tú-yo», siempre expuesta al riesgo de la violencia y la opresión, sino que permanece abierto a un tercero, cuya subjetividad tiende a hacer florecer y a servir a la vida. Este don se descentra con respecto al Donante y se resuelve en la vida del donatario. El amor que narra este don no es totalitario ni obligatorio, no exige gratitud, sino que respeta la libertad y la vida del hombre.
La salvación, no la condenación, es el fin del envío del Hijo por parte del Padre (cf. Jn 3,17). Esta es la intención paterna de Dios, el sentido de su amor que se expresa en el don del Hijo.
Y este actuar divino es normativo para la Iglesia. Ella también es enviada entre los hombres, no para juzgarlos, mucho menos para condenarlos, sino para ser signo de salvación y para anunciarles lo único salvífico y necesario: la misericordia de Dios. Ante personas que a menudo sienten la vida como una condena, la Iglesia tiene la tarea de anunciar la misericordia divina, de realizar una obra de liberación, de dar sentido, esperanza y vida.
Juan subraya que el don del Hijo tiene como fin dar vida, no muerte, a los hombres (cf. Jn 3,16). Jesús, como don para la vida de los hombres, vivió toda su existencia entregando su vida, y así generó vida, transmitió y suscitó vida. Y toda su vida terrenal fue este don que él renovó continuamente a los hombres para su vida. Y esto culminó en la muerte en la cruz, que Juan llama «exaltación» (3,14).
Como Moisés, obedeciendo el mandato misericordioso de Dios, levantó la serpiente en el desierto para que quien la mirara encontrara la vida y la curación, así la elevación del Hijo del hombre es el cumplimiento de la misericordia divina para la salvación de los creyentes (cf. 3,14-15; Nm 21,4-9). Si en la serpiente levantada el creyente era llevado a reconocer su propio pecado mirando a la cara al simulacro de quien lo había castigado con sus mordiscos, en Jesús levantado el creyente ve la misericordia de Dios que manifiesta un amor unilateral y universalmente salvífico.
Sin embargo, su existencia dedicada a los demás, su vida entregada, no evitó el rechazo que se le opuso. Si la salvación está destinada a todos, solo algunos acceden a la fe y al conocimiento del don de Dios en Jesús. Es decir, ese don puede ser desconocido y rechazado. Pero este rechazo no suprime la cualidad de don que es Jesús, y confirma que está al servicio de la libertad del donatario.
Aquí se revela que el don de Dios —gratuito pero no neutro— se convierte en una llamada a la fe. No es casualidad que la primera mención del amor de Dios en el cuarto evangelio (3,16) vaya acompañada de cinco referencias a la fe (o a la falta de fe) del hombre (3,15.16.18).
Y la distinción entre adhesión y no adhesión se convierte en discernimiento entre la luz y las tinieblas, entre las obras hechas «en Dios» (3,21) y las obras malignas (3,19: hechas en el Maligno). Esta distinción no se sitúa en el plano moral, sino que designa una toma de posición frente al enviado de Dios.
Entonces se comprende que la única obra esencial según el cuarto evangelio es la fe. El debate entre la fe y las obras es resuelto así por Juan: «Esta es la obra de Dios: creer en el que él ha enviado» (Jn 6,29). En este acto de fe está también la curación de nuestra mirada, nuestro paso de la ceguera a la luz.
Joseba Kamiruaga Mieza CMF
***
Comentarios Evangélicos y Reflexiones para el Domingo 14 de septiembre de 2025.
Me asfixio en la ciudad.
Demasiados engaños y apariencias,
demasiadas máscaras a veces inconscientes.
Aspiro a ser verdadero,
Yo también querría quitarme toda la ropa,
toda apariencia, toda máscara.
Yo también.
Encontrarme totalmente desnudo,
sin temor al ridículo,
Sí, totalmente desnudo,
Y vivir
una experiencia de revelación,
de explosión y de vida y de alegría.
¡ Estoy vivo, estoy vivo!
Todos los engaños no han podido alcanzarme.
¡ Estoy vivo,
desnudo pero vivo!
Comentarios desactivados en «Los telefoneantes andantes», por Joseba Kamiruaga Mieza CMF.
De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):
El que habla por teléfono móvil suele situarse en el centro exacto de la acera, como para ocupar el máximo espacio posible, y, mientras grita y desnuda su alma ante el mundo, avanza en zigzag, pero siempre, no se sabe cómo, tratando de mantenerse en el centro. O bien, siempre en zigzag, como un borracho o un loco o un loco borracho, serpentea por la misma acera, completamente absorto en sus mensajes o en los de sus dignos compinches, que incluso a las seis y media de la mañana o antes no le hacen faltar la dosis diaria necesaria de palabras y/o imágenes o ambas cosas a la vez.
Esos dos o tres de cada cuarenta mil que se obstinan en no querer poseer el simpático juguete, tendrían la tentación, muy fuerte, de tirar al suelo a la horda que avanza con una sola mano, porque la otra (mano) está ocupada por el aparato, la horda sin ojos, porque están hipnotizados por el aparato.
Pero, ¿cómo pueden seguir adelante estos tipos?, nos preguntamos, ¿acaso se guían por el olfato? ¿Como los perros? Estos caminantes-telefónicos, cuya proliferación es imparable, constituyen un auténtico problema.
En muchas ciudades civilizadas, su comportamiento es sancionable. Se les llama jaywalkers. Según el diccionario, jay walk significa cruzar una calle ilegalmente o de forma imprudente. Teniendo en cuenta que jay, a su vez, indica la llamada inexperienced person, es decir, la persona inexperta, torpe o desastrosa, una buena traducción de jay walk podría ser: cruzar como un tocapelotas.
¡Pero eso es vulgar! objetará sin duda alguien. Es cierto, pero es eficaz. De hecho, si alguien observara a un canino mientras orina, es decir, dicho de manera más coloquial, un perro que mea, se daría cuenta de que el chorro de líquido que sale de la uretra del canino en cuestión es muy irregular, asimétrico, salpicando aquí y allá, como suele ocurrir.
Es realmente un equivalente plástico del modo de andar de los que caminan hablando por teléfono. Por lo tanto, aunque quizás «cruzar con la cabeza en las nubes» o «descuidadamente» o «de manera irresponsable» hubieran sido expresiones más elegantes o agradables, la expresión vulgar da en el clavo.
Una de las manifestaciones más típicas del jaywalker o caminante imprudente es el texting, es decir, el idiota con el móvil en la mano escribe sus jodidos mensajes inútiles y, al mismo tiempo, pretende cruzar la calle, sin dignarse a mirarla, claro está. ¡Pero qué idiota! ¡Ni siquiera sabes caminar por la acera! ¡Con tu mierda de aparato en la mano! ¡Y los ojos pegados a él! ¡En esas cuatro letras, llenas de errores, que escribes!
En Nueva York, por ejemplo, enviar mensajes de texto está severamente castigado. Con multas muy elevadas. En China te ponen en la picota si cruzas con el semáforo en rojo o enviando mensajes. Sin metáforas, te obligan a llevar una camiseta de cartón verde con la inscripción «wo chengunuo buchuang hongdeng», equivalente a «juro que nunca más cruzaré con el semáforo en rojo».
En Nueva York, el 19 de enero de 2014, un peatón de 84 años, el señor Kang Chun Wong, jubilado chino emigrado a Cuba, fue incluso golpeado por la policía local, porque no cruzó por el paso de cebra.
Una exageración evidente y totalmente desproporcionada, sin embargo, si aquí algún imprudente que habla por teléfono fuera condenado, no, no por la paliza salvaje, sino por escribir cincuenta veces a su mejor amiga o amigo, a quien envía mensajes desde el amanecer, escribir cincuenta o incluso ciento cincuenta veces seguidas «No debo cruzar la calle por el paso de peatones mirando el móvil como un idiota», ya sería algo, al menos un primer paso hacia la civilización.
Pero no hay que hacerse ilusiones. La dictadura del móvil no retrocede. Todo el planeta está cubierto por la red móvil. El territorio (todo territorio) está dividido en áreas llamadas precisamente células. Cada célula, o unidad elemental de transmisión y recepción, tiene su propia estación de radio. El teléfono móvil, el llamado celular, se conecta a la celda; si uno se desplaza, se conecta a la celda contigua. La representación gráfica ideal de este estado de cosas es una red continua de celdas hexagonales, como una enorme colmena de recepción y transmisión de comunicaciones, que en su mayoría son inútiles, irrelevantes, fútiles.
Pero la verdadera cobertura móvil total, la que no deja desprotegida ninguna zona, ni siquiera marginal, desértica o inundable del mundo, la que nunca abandona sin cobertura a ningún miembro del género humano, la red infinita de mallas interrumpidas es, en realidad, la de la conexión. Siempre hay que estar activamente conectado, día y noche, invierno y verano, así como en primavera, otoño y estaciones intermedias aún sin nombre.
Y dicen que si estamos conectados estamos vivos… que existimos mientras estamos en cobertura… que somos alguien en tanto en cuanto estamos en red… que importamos cuando nos movemos y existimos pero en cobertura… Y a eso le llamamos civilización y progreso…
Comentarios desactivados en Voces de la peregrinación del Año Jubilar LGBTQ+, parte 3
La publicación de hoy es la última de tres que presentan pensamientos y reflexiones de quienes participaron en la Peregrinación de la Esperanza LGBTQ+ para el Año Santo el fin de semana pasado. Haga clic en la Parte 1 y la Parte 2 para leer las publicaciones anteriores.
De Religión Digital:
(Para leer el artículo completo, haga clic aquí)
Juanjo Peris
Juanjo Peris, sociólogo catalán de Barcelona y blogger del sitio web católico Cristianisme i Justicia, escribió una exhaustiva reflexión sobre los diversos eventos de la peregrinación. Comentando la vigilia de oración, escribió:
“En una iglesia que estaba abarrotada incluso minutos antes de que comenzara la vigilia, también se manifestó el deseo de hacer presentes a quienes no pudieron asistir por la denegación de sus visados. En el presbiterio, también abarrotado de gente, la presidencia [del servicio de oración] fue compartida por cinco personas: un sacerdote, laicos y personas consagradas. En el centro estaba una mujer, María Luisa Berzosa, madre sinodal. Fue emocionante poder experimentar la iglesia que soñamos, una iglesia más maternal, diversa e inclusiva que escucha y pone las historias de las personas en el centro”.
Al escribir sobre la homilía que el obispo Francesco Savino, vicepresidente de la Conferencia Episcopal Italiana, pronunció en la misa previa a la peregrinación, Peris informó:
“El obispo Savino dijo que había hablado con el papa León, a quien describió como un ‘maestro de la escucha’. Dijo que había hablado con él para explicarle que ‘iba a celebrar la Eucaristía con los hermanos y hermanas de la Tienda de Jonathan y otras asociaciones que los atienden’. El Papa, que lo escuchó con gran ternura y amabilidad, le dijo: ‘Vayan y celebren con esos hermanos y hermanas’”.
Reflexionando sobre toda la experiencia:
“La sensación es que hemos dado un gran paso adelante al poder peregrinar como personas LGBTQ+ durante el Jubileo, reuniéndonos en Roma en el corazón de las instituciones, escuchando a un obispo, con un cargo importante, decir con emoción ‘es hora de restaurar la dignidad’ y que el Papa aprobó que el obispo celebrara la misa ‘con estos hermanos y hermanas’. Pero al mismo tiempo, existe la sensación de que aún queda mucho por hacer, incluso Antes de la reparación, por la visibilidad y la plena inclusión.
Enlaces a reportajes en video (con entrevistas a peregrinos):
La peregrinación LGBTQ+ comienza su recorrido hacia la Basílica de San Pedro, cargando una cruz arcoíris.
De Bay Area Reporter:
(Para leer el artículo completo, haga clic aquí).
Marianne Duddy-Burke, directora ejecutiva de DignityUSA:
“Aceptar que esta [peregrinación], originalmente permitida por el Papa Francisco, se llevara a cabo fue un mensaje esperanzador poco después de la elección del Papa León. Su encuentro con el Padre James Martin y su mensaje al Padre James Martin son indicios adicionales de que habla en serio en su primer discurso. El Papa León quiere que nuestra iglesia sea un hogar para todos”.
Francis DeBernardo, director ejecutivo del Ministerio New Ways Ministry:
“Es un gran honor histórico formar parte de esta peregrinación. El hecho de que el Vaticano la acoja demuestra cuánto ha crecido la Iglesia en cuanto a la aceptación de las personas LGBTQ+”.
De Pink News:
(Para leer el artículo completo, haga clic aquí)
Francesca Borselli, una mujer lesbiana italiana que realizó la peregrinación con su pareja y su hija, comentó: “No quiero ser pesimista, no creo que haya un gran cambio hoy. La Iglesia se está adaptando a los nuevos tiempos, que no son muy rápidos, pero la Iglesia está caminando”.
De Progetto Gionata
(Para leer el artículo completo, haga clic aquí)
Tiziano Fani Braga
Tiziano Fani Braga, hombre gay italiano, miembro de La Tenda di Gionata, patrocinador de la peregrinación. Fue la idea original de Braga la que impulsó la planificación del evento:
“Durante estos días de peregrinación, he podido encontrarme con las miradas y sonrisas de personas de todo el mundo y compartir su entusiasmo. Ojos que a veces también ocultaban el miedo al futuro. Nos sentimos como el pueblo de Israel ante el Mar Rojo, que se abrió ante nosotros. Algo que parecía insuperable ahora se ha abierto, y podemos caminar. Sabemos que detrás de nosotros aún tenemos a nuestros detractores, pero estamos protegidos por el Señor…
“Lo más importante fue la comunión entre nosotros, y es lo que más nos importa. Las pirámides no se construyen desde la cima, sino desde los cimientos, y somos parte de esos cimientos, quizás incluso ocultos, pero quizás ya no. Cimientos con la dignidad de hijos de Dios, porque estamos bautizados.
Es desde aquí que debemos comenzar de nuevo: desde nuestras comunidades cercanas, desde nuestras familias, entre nuestros hermanos y hermanas en la fe, que este momento de comunión pueda irradiarse en nuestras realidades.
Para otras reflexiones de miembros de La Tenda di Gionata, haga clic aquí.
—Francis DeBernardo, Ministerio Nuevos Caminos, 12 de septiembre de 2025
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