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«Pedro y Teresa de Jesús», por Gema Juan OCD.

domingo, 29 de junio de 2014
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14519936472_791ff59e5b_mLeído en su blog Juntos Andemos:

Teresa de Jesús tuvo algunos amigos especiales dentro de la Biblia. Creyentes grandes que le ayudaron a vivir la fe, que le dieron luz para seguir el evangelio y le sirvieron de inspiración. Uno de ellos es Pedro.

Él y Teresa comparten una experiencia fundamental que cambió sus vidas radicalmente. Tal vez por eso, Pedro acude muchas veces a la pluma de Teresa. Los dos llegan con una invitación que hoy sigue siendo necesaria en la vida de cada creyente y de la Iglesia.

Lo que transforma la vida de ambos es el encuentro con Jesús. Lo hace inmediatamente, porque algo cambia en ellos, pero no es un cambio total repentino, aunque Pedro deja sus redes al instante (en cuanto Jesús dice: «Venid conmigo») y Teresa entra en un convento a los veinte años y hace su profesión «con gran determinación y contento», como ella misma dice.

No basta dejar las redes ni «todas las cosas del mundo y lo que teníamos por El». Teresa dirá: «Los que quisiéremos ser vuestros hijos verdaderos y no renunciar la herencia, no nos conviene huir del padecer. Vuestras armas son cinco llagas». Teresa ha heredado y hecho propia la fe madurada por Pedro: el Jesús que llama y fascina es, también, el Siervo de Dios.

Pedro y Teresa tendrán que recorrer un largo camino que va de la autosuficiencia a la confianza. De una cierta presunción al abandono. Tendrán que dejar de creer que las propias fuerzas bastan para vivir el camino que abre Jesús y ceder el protagonismo, dejarse llevar por la corriente de amor que ha asaltado sus vidas.

Teresa recuerda las negaciones de Pedro como el gran paso de su vida: «Salió de aquella quiebra no confiando nada de sí, y de allí vino a ponerla [la confianza] en Dios». De ella misma, dirá: «Suplicaba al Señor me ayudase; mas debía faltar… no poner en todo la confianza en su Majestad y perderla de todo punto de mí».

Los dos entendieron que había que rendirse, abandonarse a algo mayor. No con afán destructivo, sino por el deseo que despierta el encuentro con Jesús y la necesidad de salir de la propia ceguera, al comprender que aleja del amor. «Rendida y confiada» creía Teresa que era posible avanzar en el seguimiento de Jesús. Y Pedro, después de su negación, firmaría las palabras de ella: «Considerando en el amor que me tenía, tornaba a animarme, que de su misericordia jamás desconfié; de mí, muchas veces». Por eso, ni Pedro ni ella desesperaron.

Teresa acude a Pedro para animar: «Pensaba muchas veces que no había perdido nada San Pedro en arrojarse en la mar, aunque después temió. Estas primeras determinaciones son gran cosa». Sabe que el miedo puede abortar un camino de alegría. Y muy gráficamente, dirá que no hay que ser como sapos ni «solo cazar lagartijas».

Andar con cuidado, sí. Buscar maestros, también. Pero es importante «tener gran confianza, porque conviene mucho no apocar los deseos… podremos llegar a lo que muchos santos». La figura de Pedro le suscita fortaleza y autenticidad, y añade: «¡Siempre la humildad delante, para entender que no han de venir estas fuerzas de las nuestras!».

Recordará que Pedro, cabeza de la Iglesia, era un sencillo pescador, sin otro abolengo. Le interesa recalcar que no hay que «hacer caso ninguno del linaje las que de veras quieren ser hijas de Dios». Le importa que se haga visible que la verdadera dignidad viene de la fraternidad, del Padre que une a todos los seres humanos.

Evocará, también, el episodio en que Jesús pide a Pedro ir mar adentro, hasta lograr una gran pesca. Lo hace porque comparte con él una experiencia muy importante: el estremecimiento ante la divinidad. La emoción por la presencia bondadosa y salvadora, junto al sentimiento de pequeñez, el reconocimiento de la propia realidad humana.

Pedro se postra, diciendo: «Aléjate de mí, porque soy un hombre pecador, Señor» y Teresa comenta sus palabras, diciendo: «Todo este cimiento de la oración va fundado en humildad». El sostén de todo es descubrir que Él es el Señor, ante quien solo cabe la confianza amorosa y el seguimiento.

Aunque el apóstol aparece en más ocasiones, entra en escena en un momento clave de las VII Moradas, cuando Teresa explica para qué tanta oración y por qué seguir un camino espiritual: para vivir y servir como Jesús. Lo que Pedro ha recibido –igual que Teresa–, toda la experiencia de fe y amor que ha vivido, tiene un fin: «Que nazcan siempre obras», obras de amor.

Vivir desde el encuentro con Jesús define al cristianismo. Teresa escribirá: «No está el negocio en guardarnos de los hombres… ni en tener hábito de religión o no… ni en lo que toca al cuerpo… sino en contentar a Dios» —que era lo que hacía Jesús. Es lo mismo que Pedro decía: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres». Después, los dos sentirán la urgencia de compartir y comunicar: «No podemos dejar de proclamar lo que hemos visto y oído».

Pedro y Teresa hablan de la necesidad constante a volver a Jesús, e invitan a una confianza en Él sin límites. Recuerdan que acoger el Espíritu deshace los miedos y lleva a la verdadera misión: la de dar a Jesús y ofrecer salud en su nombre. Y así, valen para los dos las palabras de Pedro: «No tengo plata ni oro; pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, echa a andar».

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Sagrado Corazón, la última de las grandes devociones católicas

viernes, 27 de junio de 2014
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JESÚS - SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS - SacredHeartofJesus-11Del blog de Xabier Pikaza:

Hoy (27.06.14) celebra la Iglesia Católica la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, la última de las “grandes imágenes”, que ha dominado la piedad de grandes sectores cristianos desde el siglo XVII hasta la actualidad.

Es una fiesta que no tiene relieve antiguo, pues no forma parte del despliegue de la liturgia, centrada en el ciclo pascual (y en el de Navidad), pero que se ha ido extendiendo en el mundo católico como expresión de la humanidad de Jesús y de su cercanía afectiva, en un momento en que él había perdido muchos signos de humanidad y se había convertido en signo alejado de la vida, en línea sacral.

Gracias al Sagrado Corazón de Jesús, entronizado en mil casa, colocado en la puerta de millones de hogares, se ha mantenido firme la experiencia y tarea de la humanidad de Jesús, la vinculación del Evangelio con la vida concreta, con el amor y la familia, con la Presencia Providente de Dios.

Los que tenemos ya cierta edad, en todo el mundo católico, sentimos como nuestra esta imagen y esta fiesta. Por eso nos parece esencial el recordarla.

Bendecire_1Esta fiesta, que ha sido central en la Iglesia católica hasta hace unos decenios, ha tenido y tiene una gran importancia, porque ha permitido vincular a los cristianos con el Jesús real, un Jesús hombre “querido”, al que se puede amar y rezar (a pesar de que muchas veces ha tomado formas afectadas, en el mal sentido de la palabra).

Con esta ocasión he querido situar esta devoción historia de la iglesia en los últimos siglos. Dejamos al Cristo Pantocrator de la Iglesia clásico de Oriente y Occidente, como Señor del mundo… y dejamos al Jesús Crucificado, que ha marcado la vida de la Iglesia occidental desde la edad media. Al lado de esas imágenes podemos recordar otras que han influido también en la piedad católica, desembocando en el Sagrado Corazón.

(Buen día del Sagrado Corazón a todos sus devotos).

A. DEVOCIONES A CRISTO, EN LA LÍNEA DEL CORAZÓN

1. Cristo Esposo del alma, contemplación de amor.

Esta visión ha sido más desarrollada por mujeres, pero también por varones, al menos desde la Edad Media. Tiene raíces bíblicas, pues el mismo Nuevo Testamento presenta a Jesús como esposo (en una tradición múltiple, presente en Mt y Lc, en Pablo y Juan), siguiendo una experiencia muy honda de los profetas del amor de Dios.
En esta línea, la verdadera experiencia carismática cristiana (monacal) tendría la forma de enamoramiento místico y mesiánico con Jesús, quien viene a presentarse como encarnación personal del amor de Dios, tal como lo han puesto de relieve varias santas medievales y, de un modo especial, los contemplativos del Carmelo (Teresa de Jesús, Juan de la Cruz). Conforme a esta visión, Jesús sería aquel que ha venido a enseñar a los hombres el amor más profundo, tal como está simbolizado por el Cantar de los Cantares.

16068127La vida cristiana sería básica mente una escuela de amor. En un sentido externo, la iglesia necesita ministros de tipo jerárquico e instituciones sociales bien organizadas, pero en el fondo, eso termina siendo secundario. Lo que define a los cristianos es la experiencia íntima de amor, vivida de forma personal, por cada creyente, varón o mujer. En esta línea, el religioso puede decir “ya no guardo ganado, que ya sólo en servir es mi ejercicio”. Los religiosos cristianos no tienen “nada que nacer”, ya no aparecen “en el ejido del mundo”, en el lugar de los negocios y tareas sociales… Simplemente son testigos del amor de Jesús (del amor de Dios).

Esta no es una línea exclusivamente cristiana, sino que puede encontrarse en ciertas formas de monacato hindú y budista y, sobre todo, en la experiencia mística de los grandes sufíes musulmanes, que ha desarrollado formas de contemplación cercanas a la vida religiosa cristiana. El celibato aparece así como expresión del enamoramiento supremo, que ha marcado la experiencia cristiana más honda.

Valor: Cristo, Esposo del alma. En esta línea, Cristo aparece como el Gran Amigo, como el Esposo del alma, es decir, como aquel que nos permite vivir en plenitud de amor. La vida religiosa tendría como tarea fundamental la de enseñar a amar, la de crear ESCUELAS DE AMOR, al servicio del despliegue total de la persona.
– Riesgo. Pueden olvidarse otros aspectos del Cristo, vinculados a la vida social en el mundo, a la paternidad-maternidad, a la obra social y a la misión universal de la iglesia, al servicio del Reino de Dios y de los más pobres..

Esta experiencia aparece también en otras religiosas (hinduismo, budismo), pero sólo el cristianismo ha podido desarrollarla de una de forma consecuente. En esta perspectiva se sitúa un tipo de vida religiosa, especialmente femenina, que ha encontrado en Jesús al esposo cercano, al amigo del alma, en amor crucificado y abierto a la resurrección. Esta experiencia sigue abierta en la actualidad y, siempre que no degenere en formalismos o ritualismos, puede convertirse en uno de los elementos más importantes de la misión cristiana en el futuro.

2471341612. Gran Capitán, Buen Caballero. Cristo Rey

Siguiendo modelos medievales de entrega, al servicio de la gran tarea de la conquista cristiana del mundo, partiendo de San Bernardo, se ha puesto de relieve la visión de un Cristo que dirige a los “buenos soldados” en la empresa de organizar y sacralizar el mundo bajo su reinado. Ciertamente, este Jesús no suele llevar espada (la espada la llevan San Miguel y San Jorge, Santiago y los reyes canonizados), pero capitanea, como portador de la Bandera de Dios, la gran lucha en la que se alistan sus soldados, desde los Monjes Militares del siglo XII-XIII, hasta los voluntarios de la Compañía de Jesús y de sus imitaciones y adaptaciones, desde el siglo XVI hasta la actualidad.

Los monjes soldados… han seguido al Cristo que quiere transformar el mundo con su entrega a favor de los pobres y oprimidos… Pero lo han en formas militares que a veces han chocado con el pacifismo básico del evangelio.

– La forma jesuítica de esta espiritualidad es la que mejor ha configurado gran parte de la tarea misionera de la iglesia en los siglos XVI-XX. Es claro que el Cristo Capitán de la Compañía de Jesús ya no actúa en forma militar, sino en forma de entrega de la vida al servicio del Reino y de la Iglesia. Pero parecen claras las connotaciones de llamada y servicio radical, en obediencia ciega.

Este Cristo, Capitán o Gran Rey, exige soldados que dejan familia y posesiones de este mundo para mejor seguirle. De esta forma, Cristo ya no es un mero profeta, anacoreta, monje, amigos… sino que viene a presentarse como Rey Universal.

Valor. Cristo aparece en ese modelo como un Rey a cuyo servicio quedan liberados los religiosos (o los consagrados), para realizar una tarea más fuerte de extensión del reino, como especialistas al servicio de la misión cristiana.
Riesgo. Interpretar la vida cristiana como algo que hay que hacer, como una tarea en la línea de la efectividad, como si hubiera que cambiar el mundo… Se puede perder el aspecto más contemplativo del Cristo.

En este contexto, el celibato propio de la vida religiosa se entiende como desprendimiento y liberación, al servicio una tarea mesiánica. De esta forma se han interpretado en la Edad Moderna los textos básicos de tipo profético de los evangelios: dejar padre y madre, envío al servicio del evangelio…

El buen soldado ha de estar disponible, negando incluso su vida afectiva privada, para entregarse a la obra de su Señor divino. Esta ha sido, quizá, la mayor aportación cristológica de la modernidad al tema y experiencia del celibato y, conforme a ella, los monjes han tendido a volverse “soldados” del evangelio, liberados para una obra fuerte de Jesús, al servicio de la misión cristiana.

3. Mesías compasivo, hombre para los demás: el servicio humanizador.

0jesus1Esta línea está vinculada a la anterior y puede tener su origen en los monjes hospitalarios y guerreros de la Edad Media. Pero después se ha desarrollado en una perspectiva diferente, de servicio caritativo, descubriendo y explorando otra faceta de la vida de Jesús: era compasivo, al servicio de los excluidos y oprimidos de su entorno; superó su familia cerrada, de tipo exclusivista, que intentaba encerrarle en una casa (cf. Mc 3, 31-35), pues su verdadera familia eran todos los que cumplen la voluntad de Dios, con el hambriento y sediento, el exilado, enfermo o encarcelado (cf. Mt 25, 31-45). En esta línea se actualizan diversos rasgos de Jesús:

En esta perspectiva del Cristo compasivo se inscriben muchas congregaciones religiosas de la modernidad (entre ellas las Hijas de la Caridad, de santa Luisa de Marillac); para ellas, el celibato significa ante todo ternura compasiva, empatía con los pobres, cercanía y solidaridad respecto de los rechazados de la sociedad. También Buda y otros grandes hombres religiosos han podido cultivar un tipo de compasión semejante, pero se ha desarrollado de un modo especial siguiendo al Cristo. En esta línea, el celibato es libertad y entrega al servicio de los demás.

A veces resulta difícil separar esta perspectiva de la anterior, pues los ministerios de la caridad religiosa se han vinculado con frecuencia con la unidad ministerial de la iglesia. Pero, en principio, son cosas distintas: este Mesías compasivo, liberado para el amor a los hambrientos y encarcelados, desborda los límites y leyes de una Iglesia organizada en torno a sí misma, y no tiene más norte ni signo que el servicio del Reino, es decir, el amor a la humanidad sedienta de amor y de servicio humano.

B. EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS. DE SANTA GERTRUDIS A PIO XII

Esta devoción (que en algún sentido recoge el impulso de las anteriores) aparece sobre todo en Francia, impulsada por Santa M. Margarita de Alacoque (1647-1690), y ha sido después promovida de un modo especial por los Jesuitas, y por cientos de congregaciones y grupos religiosos, a lo largo de los siglo XVIII-XX, marcando desde entonces la piedad católica.

Pero más que a Santa M. Margarita quiero aludir, en el principio de esta devoción a Gertrudis la Grande (1265-1301). Ella fue confiada desde niña al monasterio cisterciense de Helfta, en Turingia, donde recibió una educación intensa. A los veinticinco años, una intensa experiencia espiritual le llevó a iniciar una vida contemplación marcada por el entorno celebrativo (litúrgico) y por la importancia que toma en su vida el Sagrado Corazón de Jesús (de Dios). En este contexto litúrgico, tuvo una visión de la Trinidad en la que percibió sobre todo la función mediadora de Cristo y su comunión con el Padre.

1. Santa Gertrudis. Cristo Corazón y la Trinidad de Dios

Gertrudis la santa-teóloga del Dios-Trinidad, que se expresa y revela en el corazón de Jesús. Ésta es su novedad, ésta su experiencia clave: El descubrimiento de que toda la Trinidad se manifiesta en forma de corazón. Ésta es su visión de Jesús-corazón, unido a su Madre-Corazón, como humanidad amada, que eleva su plegaria a Dios:

“Estaba en pie, en presencia de la Trinidad, lleno de juventud y de gracia, como un príncipe florido. Sobre cada uno de sus miembros, él llevaba una flor de tal belleza y de tal resplandor que nada visible o material podrían dar idea de ello. Esto significa que la pequeñez de un hombre no puede ni siquiera acceder a la alabanza inaccesible de la muy excelente Trinidad; por eso, el Cristo Jesús, en su humanidad, en la que se dice que es menor que el Padre, asume nuestro pobre fervor y lo ennoblece en sí mismo, a fin de convertirlo en holocausto digno de la suprema e indivisible Trinidad.

Cuando se entonaban las vísperas, el Hijo de Dios, teniendo en sus manos su Corazón, lleno de benignidad y nobleza, lo presentó, bajo el símbolo de una cítara, a los ojos de la gloriosa Trinidad. Toda la devoción todas las palabras cantadas durante los coros de la fiesta resonaban allí suavemente. Aquellos que salmodiaban sin devoción particular, sino sólo por rutina, o, aún más, por satisfacción puramente humana, no producían más que un sordo murmullo, en los tonos bajos (de la cítara del Corazón de Jesús). Pero aquellos que se dedicaban a cantar devotamente la alabanza de la venerable Trinidad, parecían hacer que resonara en la cítara del Corazón de Jesús una melodía sublime, desde los tonos más suaves hasta las cuerdas más sonoras. Leer más…

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«La fuerza del Espíritu», por Carlos Ayala Ramírez

martes, 24 de junio de 2014
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3129380-vidrieras-composici-n-que-muestra-una-paloma-blanca-volando-sobre-un-arco-iris-y-un-brillante-sol-ilLeído en Adital:

Puede parecer un sinsentido hablar del Espíritu en la cultura predominante, en la cual, como ha señalado el papa Francisco, lo que prima es lo exterior, lo inmediato, lo visible, lo superficial, lo provisorio. En otras palabras, donde lo real cede el lugar a la apariencia. Pues bien, la liturgia de la Iglesia católica nos ha recordado recientemente —en la solemnidad de Pentecostés— la necesidad de capacitarnos en el Espíritu. Y esta necesidad se plantea no solo para los creyentes, sino para cada hombre y mujer que busca su plena humanización.

El teólogo José María Castillo cita al menos cuatro dificultades para hablar con cierta seriedad del don del Espíritu. La primera consiste en creer que el Espíritu de Dios está en el cielo, no en la tierra.Para muchos cristianos, el Espíritu Santo es la tercera persona de la Santísima Trinidad. Eso y nada más. El peligro es que se termina separando al Espíritu Santo de la historia. La segunda dificultad consiste en pensar que el Espíritu secontrapone a lamateria (al cuerpo, a lo sensible, lo espiritual a lo material); de ahí que algunos asumen que para ser espirituales tienen que renunciar a lo material, a lo sensible, a lo humano. La tercera es imaginar que el Espíritu actúa en la tierra, pero solo en el ámbito eclesiástico-jerárquico, es decir, que solo está en la Iglesia y que solo actúa a través de ella. Y la cuarta, reducir la presencia y acción del Espíritu a lo contemplativo y a lo extraordinario, eludiendo los desafíos de la realidad.

Ahora bien, Pentecostés es un tiempo litúrgico que pretende que florezca en nosotros la plenitud de la vida. «Cincuenta” es el número de la consumación. Ese día se redondea en nosotros todo lo que era anguloso y abultado. «Cincuenta” es también el número de la libertad. Los judíos decretaban el año jubilar, el cual consistía en la recuperación de las tierras propias cada cincuenta años. De este modo, cada jubileo significaba empezar un nuevo ciclo de oportunidades. Pentecostés, por tanto, recuerda y celebra la promesa de que hemos sido liberados verdaderamente por el Espíritu de Dios.

En el Antiguo Testamento, el Espíritu es fuerza de vida, capaz de resucitar aun a los muertos. Durante el exilio (uno de los tiempos de crisis del pueblo israelita), el profeta Ezequiel proclama: «¡Huesos secos, escuchen la palabra de Yahvé! Esto dice Yahvé a estos huesos: haré que entre en ustedes un espíritu, y vivirán”. En el Nuevo Testamento, se entiende por Espíritu la donación y la entrega de Dios a los seres humanos y la acción constante de Dios,presente en todos nosotros. Por tanto, cuando los cristianos hablamos del Espíritu, nos referimos a la acción de Dios en la historia, en el mundo, en la sociedad. Acción que lleva a más amor, más libertad, más justicia, más y mejor humanidad. El Espíritu no tiene, ni puede tener, limitación alguna. El Nuevo Testamento enseña que existe una relación profunda entre el Espíritu de Dios y el espíritu del ser humano. Y la caridad es el primer fruto del Espíritu, el carisma más excelso de todos.

En Jesús de Nazaret, el poder del Espíritu se advierte muy pronto en la fuerza profética de su palabra, aplicándose a sí mismo lo que dijo Isaías: «El Espíritu del Señor Yahvé está sobre mí. ¡Sí, Yahvé me ha ungido! Me ha enviado con un buen mensaje para los humildes, para sanar los corazones heridos, para anunciar a los desterrados su liberación, y a los presos su vuelta a la luz. Para publicar el año de la gracia de Yahvé, y el día del desquite de nuestro Dios, para consolar a los que lloran y darles una corona en vez de ceniza, el aceite de los días alegres en lugar de ropa de luto, cantos de felicidad en vez de duelo”.

En suma, la palabra «Espíritu”, en la mentalidad hebrea, significa viento, hálito, soplo de vida, fuerza interior que nos transforma desde dentro. Para la mentalidad cristiana, el seguimiento de Jesús es considerado como una vida según el Espíritu, una vida que tiene como fundamento e inspiración el modo de ser y actuar de Jesús de Nazaret. Hoy, necesitamos esta fuerza del Espíritu en las personas, los pueblos, las instituciones y la historia.

Es fundamental, por ejemplo, si consideramos la realidad de la fe católica, cuya mayor amenaza, según el documento de Aparecida, «es el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad”. Consideramos, por otra parte, la crítica que hace el teólogo José Antonio Pagola a la sociedad moderna, que, a su juicio, ha apostado por lo exterior. En este sentido, explica que «todo nos aprisiona para movernos con prisa, sin apenas detenernos en nada ni en nadie”, que «vivimos casi siempre en la corteza de la vida” y «se nos está olvidando lo que es saborear la vida desde dentro”. Para ser humana, dice, «a nuestra vida le falta una dimensión esencial: la interioridad”.

Esta fuerza es también indispensable para trabajar con empeño en lo que Jon Sobrino ha denominado una buena «ecología del espíritu”, que define con estos rasgos: recuperar la utopía frente al desencanto, aunque esa utopía sea tan sencilla como el que la vida sea posible; promover el espíritu de comunidad frente al individualismo aislacionista, que fácilmente degenera en egoísmo; impulsar la celebración frente a la pura diversión; cultivar la apertura al otro frente al etnocentrismo cruel; apoyar la creatividad frente al mimetismo; impulsar el compromiso frente a la mera tolerancia; apoyar la justicia frente a la pura beneficencia, o al menos que las actividades de beneficencia que se hagan tengan un horizonte que favorezca a la justicia; fomentar la solidaridad frente al independentismo de quien no necesita de nadie, aunque termine en soledad; promover el espíritu de verdad frente a la mentira, el encubrimiento y la propaganda; mantener la memoria histórica y el recuerdo frente al olvido que degenera en impunidad e ingratitud hacia las víctimas; y, por último, inspirar la fe frente al pragmatismo, bien sea la fe religiosa o la fe antropológica, es decir, no eludir la pregunta por el sentido de la vida.

Todo esto sin olvidar, como la ha apuntado recientemente Leonardo Boff, que una vida espiritual que se vuelve insensible a la pasión de los pobres es falsa y se hace sorda a las apelaciones del Espíritu. Y añade que «por más que los fieles en los grandes espectáculos televisivos carismáticos, católicos y evangélicos recen, canten, dancen y celebren, sin una atención al Espíritu ‘Padre de los pobres’, como se canta en el himno de la misa de Pentecostés, su oración solo produce autosatisfacción, pero no llega a Dios. En ella no está el Espíritu con sus dones”.

Tres símbolos representan al Espíritu en la Biblia: el viento, el fuego y el agua. No obstante, estos son ambivalentes: el viento es brisa o es tempestad; el fuego ilumina y calienta, pero también consume; el agua purifica y fecunda, pero también devasta. Son las paradojas del Espíritu que, según se sabe, expresan las inevitables tensiones de toda vida cristiana, la dificultad para delimitar los desconcertantes caminos del Espíritu y la impotencia en que nos encontramos cuando queremos abarcar a Dios con nuestras palabras. En todo caso, la fuerza del Espíritu es una fuerza humanizadora, liberadora y salvadora.

Carlos Ayala Ramírez

Director de Radio YSUCA

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«Estancados». 22 de junio de 2014. Cuerpo y Sangre de Cristo. Juan 6, 51-58.

domingo, 22 de junio de 2014
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34-CorpuschristiAEl Papa Francisco está repitiendo que los miedos, las dudas, la falta de audacia… pueden impedir de raíz impulsar la renovación que necesita hoy la Iglesia. En su Exhortación “La alegría del Evangelio” llega a decir que, si quedamos paralizados por el miedo, una vez más podemos quedarnos simplemente en “espectadores de un estancamiento infecundo de la Iglesia”.

Sus palabras hacen pensar. ¿Qué podemos percibir entre nosotros? ¿ Nos estamos movilizando para reavivar la fe de nuestras comunidades cristianas, o seguimos instalados en ese “estancamiento infecundo” del que habla Francisco? ¿Dónde podemos encontrar fuerzas para reaccionar?

Una de las grandes aportaciones del Concilio fue impulsar el paso desde la “misa”, entendida como una obligación individual para cumplir un precepto sagrado, hacia la “eucaristía” vivida como celebración gozosa de toda la comunidad para alimentar su fe, crecer en fraternidad y reavivar su esperanza en Cristo.

Sin duda, a lo largo de estos años, hemos dado pasos muy importantes. Quedan muy lejos aquellas misas celebradas en latín en las que el sacerdote “decía” la misa y el pueblo cristiano venía a “oír” la misa o “asistir” a la celebración. Pero, ¿no estamos celebrando la eucaristía de manera rutinaria y aburrida?

Hay un hecho innegable. La gente se está alejando de manera imparable de la práctica dominical porque no encuentra en nuestras celebraciones el clima, la palabra clara, el rito expresivo, la acogida estimulante que necesita para alimentar su fe débil y vacilante.

Sin duda, todos, pastores y creyentes, nos hemos de preguntar qué estamos haciendo para que la eucaristía sea, como quiere el Concilio, “centro y cumbre de toda la vida de la comunidad cristiana”. Pero, ¿basta la buena voluntad de las parroquias o la creatividad aislada de algunos, sin más criterios de renovación?

La Cena del Señor es demasiado importante para que dejemos que se siga “perdiendo”, como “espectadores de un estancamiento infecundo” ¿No es la eucaristía el centro de la vida cristiana”. ¿Cómo permanece tan callada e inmóvil la jerarquía? ¿Por qué los creyentes no manifestamos nuestra preocupación y nuestro dolor con más fuerza?

El problema es grave. ¿Hemos de seguir “estancados” en un modo de celebración eucarística, tan poco atractivo para los hombres y mujeres de hoy? ¿Es esta liturgia que venimos repitiendo desde hace siglos la que mejor puede ayudarnos a actualizar aquella cena memorable de Jesús donde se concentra de modo admirable el núcleo de nuestra fe?

José Antonio Pagola

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
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«Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida». Domingo 22 de junio de 2014. Cuerpo y Sangre de Cristo.

domingo, 22 de junio de 2014
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corpus-christi-2007-2Leído en Koinonia:

Deuteronomio 8,2-3.14b-16a: Te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres
Salmo responsorial: 147:
Glorifica al Señor, Jerusalén.
1Corintios 10,16-17:
El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo
Juan 6,51-58:
Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida

El Deuteronomio pone en boca de Moisés tres grandes y solemnes discursos ante el pueblo, antes de entrar en la tierra prometida. Algunos han catalogado el Deuteronomio como el «testamento de Moisés», refiriéndose a sus últimas palabras, llenas de unción y de una honda espiritualidad. Moisés hace memoria del pasado, para dar sentido al hoy de cada generación. La primera palabra de nuestro texto es «recuerda». Recordar, hacer memoria, conectar con el pasado glorioso, es parte de la historia de fe, o de la salvación. Dios no sólo ha irrumpido en un momento dado en la historia de este pueblo, sino que ha estado presente en todos los momentos alegres y tristes. Nunca le ha abandonado. Más aún las pruebas sufridas en el desierto, fueron necesarias para madurar, para confiar, para vivir exclusivamente de Yahvé, sin apoyos humanos. El desierto es símbolo de la fe pura. El hambre, necesidad básica y urgente se convirtió en prueba para medir la fe-confianza en el Dios que sacia plenamente. Más tarde en una sociedad próspera y consumista el pueblo se olvidó de Yahveh. Fue entonces cuando estos discursos de Moisés adquirieron plena actualidad. Se les recuerda que: «no sólo de pan vive el ser humano sino de cuanto sale de la boca de Dios«. Desde esta perspectiva el ayuno adquiere su sentido profundo. Recuérdese que Mateo retomará este verso para enfrentar las tentaciones de Jesús. En la fiesta de hoy proclamamos a Jesús, Pan de vida, ante las hambres de nuestros desiertos. El es el verdadero maná que Dios da a la humanidad. Todos los demás panes (el dinero, el sexo, el consumismo, la fama, el poder…) no logran saciar plenamente las ansias de hambre del corazón humano, más aún dejan un hambre mayor… Viene entonces Jesús con su palabra y sus gestos, con su propuesta de Reino y Alianza y hace posible un mundo lleno de posibilidades en donde todo se comparte y nadie pasa necesidad.

Pablo orienta a una comunidad de los peligros de división. Aprovecha el contexto comunitario de la Eucaristía para hacer algunas aplicaciones prácticas a este respecto. La palabra clave es: el Cáliz, el Pan… ¿no nos «une» a todos, en la sangre, en el cuerpo de Cristo?. El tema es: La unión de todos en el cuerpo y la sangre de Cristo. De este modo revela el grave compromiso de unidad (común – unión) entre todos. Beber el Cáliz, comer el Pan…expresan el hondo sentido de una fe comprometida por la unidad, la fraternidad, el amor, la solidaridad, la entrega, a los hermanos en Cristo. Si esto no está claro, nuestras Eucaristías están vacías de sentido, o son un mero rito religioso intimista, muy lejos de lo que lo que Pablo quiso inculcar a su comunidad. Acto seguido el Apóstol de los gentiles remacha el tema con la comparación «el Pan es uno… nosotros somos muchos»… para concluir que al comulgar «formamos un solo cuerpo». La unidad en la universalidad, es un tema de gran actualidad. Pero también «el cuerpo» expresa la dimensión sacramental de la Iglesia que en la diversidad de razas y culturas visibiliza al Cristo total.

El capítulo 6 del evangelio según San Juan está consagrado al llamado «discurso eucarístico». Los versos del 51-59 revelan una unidad en la expresión: «vivirá para siempre«, con la que comienza y termina nuestro texto. Jesús mediante una fórmula de auto revelación se declara: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo«. Los judíos no entendían. Sucede lo mismo en nuestros días. Sin fe es imposible entender este gran misterio. Aunque lo explique el mismo Jesús, sin fe es imposible captar el sentido que encierran estas palabras y su alcance en la vida. Partiendo entonces de la fe, podemos afirmar con propiedad que Jesús es el Pan de Vida. Es decir, es aquel que ha venido, no de este mundo limitado e insaciable, sino de arriba, de Dios, para saciar definitivamente las hambrunas enraizadas en el corazón humano. Las profundas insatisfacciones, que son muchas, el cansancio de la vida, el sin sentido, los anhelos del corazón… encuentran en este Pan de vida un remedio saludable. La terrible soledad se transforma en habitación de comunión de vida. El creyente ya no vive para sí, es un consagrado, un poseído por una presencia transformadora que le eterniza y da pleno sentido a su existencia. Un dato interesante de este Evangelio es la relación que hace de esta comida (única y sin precedentes), con el sacrificio de Jesús: se trata de comer su cuerpo, beber su sangre. Al comulgar el cuerpo y la sangre de Cristo el creyente no solo recibe, se identifica, se une a… sino que es capacitado para dar, ofrecer, entregar una vida digna… a semejanza de aquel a quien comulga.

  «Mi Cuerpo es Comida«

Mis manos, esas manos y Tus manos
hacemos este Gesto, compartida
la mesa y el destino, como hermanos.
Las vidas en Tu muerte y en Tu vida.

Unidos en el pan los muchos granos,
iremos aprendiendo a ser la unida
Ciudad de Dios, Ciudad de los humanos.
Comiéndote sabremos ser comida,

El vino de sus venas nos provoca.
El pan que ellos no tienen nos convoca
a ser Contigo el pan de cada día.

Llamados por la luz de Tu memoria,
marchamos hacia el Reino haciendo Historia,
fraterna y subversiva Eucaristía.

(Pedro CASALDÁLIGA)

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 058 de la serie «Un tal Jesús» (http://radialistas.net/category/un-tal-jesus/), de los hermanos LÓPEZ VIGIL, titulado «El gemido del viento». Leer más…

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Corpus Christi: Carne de Cristo, la Fiesta de Dios

domingo, 22 de junio de 2014
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Palloza en O CebreiroDel blog de Xabier Pikaza:

Se celebra (22, 06. 14) la fiesta del Cuerpo Mesiánico de Jesús, que es la Iglesia, simbolizada por la eucaristía, el pan bendecido y compartido, en recuerdo de su vida y de su muerte.

Así culmina el ciclo de la Pascua, en esta fiesta final de Jesús, culminación de su obra, herencia de su «cuerpo», la Fiesta de Dios, como se llama justamemente en otras lenguas:

Fête de Dieu, Fiesta de Dios,
Dios Fiesta de (para) los hombres,
que son un mismo Cuerpo, comen una carne.

‒ Cuerpo del Cristo son todos los hombres y mujeres, la humanidad entera, pues en ella se ha encarnado el Hijo de Dios. Que todos coman y que beban en amor solidario y concreto (físico) el pan de cada día, el vino de la fiesta de la vida, ésa es la verdad cristiana. Así lo entienden aquellos que en Caritas o en otros organismos ponen su vida al servicio del pan universal de cada día.

‒ Cuerpo del Cristo quiere ser en especial la Iglesia, comunión de aquellos que celebran expresamente su fiesta y comparten su pan y su vino eucarístico, recordando la Palabra: ¡el Verbo se hizo carne! Jn 1, 14. Hacerse carne compartida, superando un misticismo desencarnado o un miedoso egoísmo que evada o separa a unos de los otros: Ésa es la fiesta del Cuerpo Eucarístico del Cristo: ser en amor, dando gracias por vida compartida.

images‒ Ésa fue la fiesta de los primeros cristianos, en el comienzo de su historia, cuando le descubrieron y celebraron como Cuerpo Compartido, Dios mismo hecho Cuerpo, comunión real… Ésa fue la fiesta de la Estirpe de Jesús: Hermanos suyos, hijos de Dios, se supieron aquellos hombres, mujeres y niños que comían y bebían cada semana el pan y el vino solidario de todos, recordando la suerte del Crucificado que vive y les hace vivir, en un mundo adverso, mientras va cayendo día a día, año tras año la Estirpe del Cesar de Roma.

photo_fetedieu2‒ Ésta fue la gran Fiesta de Dios de la Edad Media (siglo XIII), cuando estaba muriendo un tipo de Iglesia tradicional porque los símbolos antiguos perdían su sentido y la eucaristía dejaba de ser fuente y principio de comunión real entre los hombres (estaba naciendo un descarnado materialismo social, hecho de puro dinero). Así en diversos lugares de la cristiandad, desde Bolsena en Italia hasta O Cebreiro Galicia surgieron movimientos “eucarísticos” santuarios y fiestas a favor del Cuerpo Real de Cristo, que es el Cuerpo Común de los creyentes. En ese contexto, el Papa Urbano IV instauró la fiesta del Corpus (1264). En las imágenes, dos visas del poblado medieval del Santuario del Cebreiro, el más importante templo Eucarístico de Hispania, donde los peregrinos paran un momento antes de seguir hacia el sol poniente (en busca de la Fiesta del Pan Compartido).

‒ Ahora (2014), pasados 750 de la instauración de la fiesta, acabado un ciclo cristiano y social, estamos llamados a reinventar la fiesta, por fidelidad a Cristo, por identidad de su Iglesia, por exigencia de esta nueva era de puro materialismo sin fin en que está culminando aquello que nació en el siglo XIII.

O somos capaces de actualizar la Fiesta de Dios, que es el Cuerpo Mesiánico, o corre el riesgo de perderse no sólo la Iglesia, sino la humanidad. Buen día a todos.

Un momento, una tarea

El Papa Urbano IV y luego el conjunto de la Cristiandad hicieron algo que ha durado más de siete siglos, pero el ciclo del viejo Corpus parece estar pasando. Vivimos en un momento histórico en el que la eucaristía real se encuentra amenazada, hipotecada, por varias razones:

(1) Por falta de de fe real, histórica, corporal. Son muchos los que, siguiendo el ejemplo del clérigo medieval del Cebreiro no “creen”, no creemos de verdad en el Cuerpo de Cristo, mientas avanza la nieve fría de la total indiferencia ante el hombre que muere. Recrear la fe en el Cristo-Cuerpo, eso es lo primero.

(2) Por falta de estructuras de Iglesia. Miles y miles de comunidades quedan sin eucaristía, sin poder celebrar la vida de Jesús, porque no hay ministros “que presidan” la fiesta de la vida, mortalmente hipotecada hipotecada por una visión restrictiva, legalista (quizá jerarquicista) de los ministerios. Hemos puesto el carro delante de los bueyes, un tipo de ministros clericales por encima del Cuerpo de Cristo. La Eucaristía del Cuerpo de Cristo es lo que de verdad importa; todo lo demás ha de ponerse a su servicio (cambiando, si hace falta, y hace falta, las normas canónicas de los ministerios). Aquí ha de meter mano el Papa Francisco, con un gesto más importante y duradero que el de su predecesor Urbano.

(3) En este contexto quiero ofrecer un breve esquema de la Eucaristía, que es Cuerpo mesiánico del Cristo, al servicio de la estirpe mesiánica de los hijos de Dios.

1. La Cena de Jesús. Un apunte histórico

Jesús no ha sido un profeta de ayunos, sino que ha sabido beber y ha bebido, compartiendo con los marginados de su pueblo, el pan y los peces, como han destacado los evangelios en los diversos relatos de las “multiplicaciones” (cf Mc 6,30-44; (, 1-10 par). En ese fondo se sitúa mejor su manera de asumir la muerte. Sintiéndose amenazado, Jesús quiso beber con sus amigos el vino de la fiesta final, compartiendo con ellos el pan de la vida. Así lo recuerda la liturgia cristiana, recreando lo que pudo ser (lo que fue en su verdad más honda) la última cena. Éstos son los datos básicos.

(a) Los defensores del sistema religioso y político le condenaron como socialmente peligroso. Los sanedritas pueden acusarle de blasfemo, diciendo que ha querido colocarse en el lugar más alto, como Dios para su pueblo (cf. Mc 14, 64); en realidad le han rechazado por a-social o antisocial: no encaja dentro del orden de su “templo” (cf. Mc 12, 10-11). Los romanos le condenan a muerte porque quiere hacerse Rey de los judíos (Mc 15, 12), ocupando así un lugar que estaba ya ocupado por el César, rey de Roma y portador de un “orden sagrado” sobre el mundo.

(b) Jesús ha muerto como representante mesiánico de Dios, amigo de los pobres y de todos los hombres. Profundizando en esa experiencia, los cristianos han comprendido que la última razón de su condena no ha sido la dureza de aquellos sus jueces y verdugos, sino el modo de actuar del mismo Jesús. Su forma de vida, su proyecto de reino, le ha convertido en un hombre peligroso. Por portarse como se ha portado, por defender lo que ha defendido, ha tenido que estar dispuesto a morir.

(c) Ciertamente, le han matado. Pero ha sido él quien ha dado la vida, la ha puesto en manos de Dios Padre. Pues bien, precisamente allí donde los poderes de este mundo le condenan como hombre peligroso, quitándole la vida, se eleva Jesús en la mesa de la despedida y ofrece a los suyos el pan y vino de su reino. Este recuerdo está en el fondo del relato litúrgico de la fundación de la eucaristía, que sirve para interpretar el sentido de la muerte de Jesús y de su presencia en la comida de la comunidad: «Y estando ellos comiendo, Jesús tomó pan, pronunció la bendición, lo partió, se lo dio y dijo: Tomad, esto es mi cuerpo. Tomó luego un cáliz, pronunció la acción de gracias, se lo dio y bebieron todo de él. Y les dijo: Ésta es la sangre de mi alianza que se derrama por muchos» (Mc 14, 24).

2. La estirpe de Jesús

Así aparece Jesús como iniciador de estirpe, fundador de la nueva familia de aquellos que comparten su cuerpo y su forma de vida (sangre). Un tipo de judaísmo rabínico era era en aquel tiempo un grupo de solidaridad de sangre (descendencia, vida) y de cuerpo (vinculado en torno al pan y la casa). Pues bien, el mismo Jesús que ha superado (ha roto) la estructura de familia antigua, fundada en el poder del los padres y de una genealogía clasista, fundamenta en su entrega la nueva familia de los hijos de Dios, vinculados en carne y sangre. Desde aquí queremos evocar los dos signos. Leer más…

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Dom 22. 06.14. Cuerpo de Cristo, el cuerpo-a-cuerpo de la Eucaristía.

domingo, 22 de junio de 2014
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images (2)Del blog de Xabier Pikaza:

Fiesta del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, que es la Eucaristía. Juan 6, 51-58. Nos hemos acostumbrado al gesto de Jesús que dice “esto es mi cuerpo”, dándonos su pan, para que lo compartamos, de manera apenas nos causa extrañeza, porque lo entendemos en forma puramente teológica, como palabra que el Hijo de Dios ha pronunciado, desde arriba, desde fuera de la trama de la vida.

Pues bien, esta palabra y el gesto de Jesús (al decir “éste es mi Cuerpo” y partir/compartir el pan) constituyen la esencia afectiva y social (de amor y justicia) del cristianismo, la verdad del evangelio. Ciertamente, respetamos el misterio y, en un nivel, podemos decir: Es así porque Dios así lo quiso. Pero en otro plano debemos añadir: Es así porque así es la vida, la unión de los hombres y mujeres para formar un cuerpo.

En este gesto y palabra de Jesús (partir el pan concreto, el de cada día, el de los pobres, y decir ¡es mi cuerpo!) se anuda todo el evangelio, centrado en la creación de un “cuerpo mesiánico” bien visible, que no es un tipo de fraternidad puramente espiritual, ni un club de ricos y sabios empeñados en lograr el dominio sobre el mundo… ni una institución dedicada al control sagrado del mundo, sino un cuerpo concreto, de personas siempre concretas.

Un cuerpo, donde todos se relacionan de un modo directo, mano a mano, beso a beso, respeto a respeto, en el nivel concreto de la vida y del pan, bendiciendo al Dios de quien lo recibimos… Eso es la Iglesia, eso es la eucaristía de la vida, tal como ha sido ratificada por Jesús, como sentido y permanencia de su vida.

Algunos cristianos posteriores han querido construir una institución «sabia», con libros importantes y buenas genealogías, pero han corrido el riesgo de perder el «cuerpo a cuerpo» de Jesús, que eso su Iglesia, un encuentro concreto de personas, mujeres y hombres, que se dan la vida y la comparten, formando de esa forma una comunión visible, simbolizada y expresada en el pan compartido, que es el signo supremo de Jesús “cuerpo”, un lugar donde son privilegiados los pobres y excluidos, en contra de los «cuervos» (fondos-cuervos) que viven a costa de los otros.

jesus comparte mesa- cerezoLa Iglesia aparece así cómo “cuerpo” real, es decir, como unión cercana de (entre) personas.Un cuerpo, eso es, algo visible y concreto, una forma de comunión entre hombres, mujeres y niños, abierta a todos, en torno al pan que comparten, en nombre de Jesús, recordando y expresando su entrega… sin poderes ni jerarquías de dominio, porque “el Cristo es cuerpo” (cf. 1 Cor 12, 27), un cuerpo donde, en este contexto radical, ni él mismo es Cabeza, pues todos miembros unos de (y con) los otros.

(El tema está tomado de mi libro: Fiesta del pan, fiesta del vino Mesa común y eucaristía, Verbo Divino, Estella 2005). Buen Corpus, amigos.

Texto. Juan 6,51-58

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.» Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»

Entonces Jesús les dijo: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.»

10416965_296579797185886_4815025130495230993_nNo voy a comentar el texto en forma exegética, ni compararlo a los textos de la fundación de la eucaristía en la Última Cena, según los sinópticos. Sólo quiero evocar el sentido del «cuerpo» ¿Quién y cómo puede decir: esto es mi cuerpo? ¿De qué forma se puede dar y compartir el cuerpo, la vida concreta formando así un “cuerpo” humano?

– El signo de Jesús es el pan compartido. No el alimento de las purificaciones y los ázimos rituales (que comen separados los buenos judíos), sino el pan de cada día, al que alude el Padrenuestro: la comida que se ofrece a los pobres, se comparte con los pecadores y se expande en forma universal. Este es su signo: todo lo que ha dicho, todo lo que ha hecho se condensa y expresa en forma de alimento que sustenta y vincula a los humanos. Sin justicia social y comunicación económica no existe de verdad eucaristía.

– El pan suscita y crea Cuerpo… Jesús no anuncia una verdad abstracta, separada de la vida, una pura ley social, un principio religioso… Al contrario, mesías de Dios, Jesús es cuerpo, esto es, vida expandida, sentida, compartida. El evangelio nos sitúa de esta forma en el nivel de la corporalidad cercana, que la mujer del vaso de alabastro (Mc 14, 3-9) expresaba en forma de perfume y que Jesús ofrece como pan (comida). Sin comunión personal (de cuerpo y sangre) no existe eucaristía, ni existe sociedad humana.

– El pan hecho Cuerpo expresa la vida mesiánica, que se da y acoge, se goza y comparte, en comida de solidaridad y de justicia, de comunión mutua y de fiesta. Una tradición del cristianismo ha entendido esa experiencia de dar y compartir el cuerpo en término de “liturgia sacrificial”, es decir de cuerpo en cruz, de expiación. Pero antes que eso, el pan compartido es regalo (que se da y disfruta), la unión de un cuerpo es un gozo de vivir y compartir en compañía.

ESTO ES MI CUERPO, PALABRA DE…

‒ Palabra amante y de madre… Al principio de la historia está el cuerpo que se admira y comparte, en gozosa compañía, como dijo Adán cuando descubrió a su lado a Eva: “Ésta es carne de mi carne, hueso de mis huesos…” (Gen 2, 24-25). Al principio está igualmente la madre que dice a hijo/a eres mi cuerpo… En el origen de la vida está la eucaristía de novio/novio y de madre/padre, que consiste en dar el cuerpo, a fin de que otro viva, en proceso de amor y de generación, que ha descubierto y cantado el libro del Apocalipsis cuanta el gozo de las bodas finales, cuando todos formarán un cuerpo de amor y de vida. (cf. Ap 12 y Ap 21-22).

‒ Palabra de identidad y comunión, individualidad y comunicación, la vida entera alimentada por el pan. La antropología de Jesús no es dualista, en el sentido posterior, que separaba el cuerpo (que se debe al rey) y alma (que es de Dios), según el drama hispano del siglo XVII. En esa línea de dualismo se sitúan algunos pasaje del evangelio como aquel que dice “no temáis a los que pueden matar el cuerpo, sino a quien puede mandar cuerpo y alma a la gehena” (cf. Mt 10, 28). Pero aquí, en esta fiesta del pan de Jesús, cuerpo no es aquello que se opone al alma, exterioridad de la persona, sino la persona y vida entera, la comunión mesiánica.

‒ Palabra de la vida…
 Cuerpo es el mismo ser humano en cuanto comunicación y crecimiento, exigencia de comida y posibilidad de muerte: fragilidad y grandeza de alguien que puede enfrentarse a los demás, en violencia homicida, para defender su identidad individual o social, pero que puede regalar también su vida a los demás, creando así un cuerpo más alto (comunión) con ellos. Leer más…

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«Un Corpus más coherente», por José Sánchez Luque.

domingo, 22 de junio de 2014
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solidaridad3El día del Corpus celebramos el día de Cáritas. Porque Jesús resucitado es un sol de misericordia y de ternura que ilumina y enciende nuestras calles, nuestros templos y nuestros corazones. Sería bueno que la procesión del Corpus pasara por los hospitales, asilos y cárceles, por los barrios de las periferias, por los sectores marginados. Allí está Jesús más presente y real. Desde allí nos invita a preocuparnos y ocuparnos más por las victimas de nuestra injusta sociedad.

Con palabras del célebre orador y obispo francés Bossuet, el Águila de Meaux; hemos de defender lo que él llamaba «la eminente dignidad de los pobres en la Iglesia».

En su discurso afirmaba:

«Jesús vino al mundo para cambiar todo el orden establecido y, por eso, si en el orden actual los ricos tienen todas las ventajas y ocupan los primeros puestos, en el reino de Jesucristo los pobres tienen la preeminencia porque son los primogénitos de la Iglesia. En ella solo se admiten a los ricos más que a condición de servir a los pobres».

«En su origen la Iglesia fue construida solo para los pobres y que Jesús no tiene necesidad de los ricos en su santa Iglesia».

San Juan Pablo II remachó estas afirmaciones del obispo francés proclamando que «en la fidelidad a los pobres se juega la Iglesia su fidelidad a Cristo» (LE. 8).

Lo que significa que una Iglesia que no defiende y que no lucha por la liberación del pobre está siendo infiel a Jesucristo. Nuestras celebraciones eucarísticas pueden estar totalmente viciadas si no nos llevan al amor y a la promoción de los más débiles.

El papa Francisco quiere una Iglesia pobre y para los pobres.

Seamos sinceros: hoy en nuestra Iglesia católica los que más cuentan son los ricos. A los pobres se les admite con la condición de que no molesten a los ricos. La distancia entre el Evangelio y el catolicismo actual, en todo lo referente al tema de ricos y pobres no es solo un escándalo (como puede ser la pederastia), sino una visión teológica que puede desfigurar nada menos que la identidad del Dios bíblico, revelado en Jesucristo.

Dios es el Dios de los pobres. Conocerle no es especular mucho sino «practicar la justicia» como dijo el profeta Jeremías y Jesús vivió plenamente.

Resulta muy triste, por no decir escandaloso, que la gran mayoría de los dirigentes de la Iglesia española, en este tiempo de crisis crónica y creciente, no hayan tenido una voz profética clara, contundente y repetida, ni un gesto solidario y global a favor de las víctimas, que suponga una fuerte sacudida de las conciencias de políticos y ciudadanos, causantes de la ruina de tantas personas. Denuncia que es perfectamente compatible con el respeto y la educación.

El catolicismo hispano solo se siente llamado a levantar la voz cuando está por medio el tema sexual. Tema complejo e importante. Pero no podemos dar a entender que la moral se reduce solo a lo sexual, mientras al dinero lo dejamos correr pecaminosamente sin molestarlo. Por eso, la Iglesia que cree de verdad en el Dios de Jesús no puede sentirse cómoda y muda en una situación como ésta. Seamos coherentes, abramos los oídos al clamor de los que sufren (EG 190).

Fuente Fe Adulta

 

José Sánchez Luque

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«Cada cual tiene su tiempo y después entra en silencio», por Leonardo Boff, teólogo y escritor.

viernes, 20 de junio de 2014
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relojLeído en la página web de Redes Cristianas

Hay un libro curioso del Primer Testamento, el Eclesiastés (en hebreo Cohélet), que no menciona la elección del pueblo de Dios, ni la alianza divina, ni siquiera la relación personal con Dios. Representa la fe judía inculturada en la visión griega de la vida. Posee una mirada aguda sobre la realidad tal como se presenta y alimenta la reverencia hacia todos los seres. Tiene un pasaje muy conocido que habla del tiempo: hay “un tiempo de nacer y un tiempo de morir; tiempo de arrancar y tiempo de plantar, tiempo de reír y tiempo de llorar, tiempo de amar y tiempo de odiar, tiempo de guerra y tiempo de paz” (Ecl 3,2-8).

Hay muchas formas de tiempo. Tenemos que liberarnos del tipo de tiempo dominante de los relojes. Todos somos rehenes de este tipo de tiempo mecánico. Se conocen distintos relojes. El primero fue el reloj de sol, hace ya 16 siglos. Se supone que fueron los asiáticos quienes inventaron por primera vez el reloj. En el año 725 de nuestra era, un monje budista inventó un reloj mecánico que a base de baldes de agua hacía una rotación completa en 24 horas. En Occidente se atribuye a otro monje, un benedictino, después Papa Silvestre II (950-1003), la invención del reloj mecánico actual.

Hoy nadie anda sin algún tipo de reloj mecánico que mide el tiempo a partir de las rotaciones de la Tierra alrededor del Sol. Pero esa visión mecánica del tiempo del reloj ha estrechado nuestra percepción de los muchos tiempos que existen, como refiere el Eclesiastés. Los cosmólogos modernos nos han despertado a los distintos tiempos. Todo en el proceso de la evolución posee su timing. Si no se respeta cierto timing, todo cambia y ni nosotros mismos estaríamos aquí para hablar del tiempo.

Así, por ejemplo, inmediatamente después de la primera singularidad, el big bang, la explosión inmensa aunque silenciosa pues había todavía no había espacio para acoger el estruendo, ocurrió la primera expresión del tiempo. Si la fuerza gravitacional, la que hace expandir y al mismo tiempo sujeta las energías y las partículas originarias (la más importante de las cuatro existentes) hubiese sido durante millonésimas de segundo más fuerte de lo fue, habría retraído todo hacia sí causando explosiones sobre explosiones y el universo habría sido imposible. Si hubiese sido, durante millonésimas de segundo, un poco más débil, los gases se habrían expandido de tal forma que no se habría producido su condensación y no habrían surgido las estrellas, ni todos los elementos que forman el universo, no existiría el Sol, ni la Tierra ni nuestra existencia humana.

Pero existió el tiempo necesario para el equilibrio entre la expansión y la contención que acabó abriendo un tiempo para todo lo que vino posteriormente. Hubo un tiempo exacto en el que se formaron las grandes estrellas rojas, dentro de las cuales se forjaron los ladrillitos que componen a todos los seres. Si ese tiempo exacto hubiera sido desperdiciado, nada más habría sucedido.

Hubo un tiempo exactísimo, un momento dado en el que debían surgir las galaxias. Si hubiese faltado aquel tiempo, no habrían surgido los cien mil millones de galaxias, los miles y miles de millones de estrellas, y luego los planetas como la Tierra. En un exactísimo momento de alta complejidad de su evolución, irrumpió la vida. Perdido ese tiempo, la vida no estaría aquí irradiando. Todo apuntaba hacia la irrupción de la vida más adelante. El célebre físico Freeman Dyson dice: «cuanto más examino el universo y estudio los detalles de su arquitectura, más evidencia encuentro de que el universo de alguna forma presentía que nosotros estábamos en camino».

Hay pues tiempos y tiempos, no solo el tiempo esclavizante y mecánico del reloj. La Iglesia guardó el sentido de la diversidad de los tiempos. Cada tiempo del año, Navidad, Cuaresma o Pascua tiene su color específico.

Generalmente vivimos los tiempos de las cuatro estaciones a través de las trasformaciones que ocurren en la naturaleza. En nuestra infancia, en tierras del interior, los tiempos estaban bien definidos: de enero a abril, tiempo de las uvas, de los higos, las sandías y los melones. Mayo, tiempo de plantar el trigo, y octubre-noviembre de su cosecha.

Nosotros los niños esperábamos con ansiedad dos tiempos sociales, en los cuales todo el pueblo se reunía para una gran confraternización: la fiesta de la “polenta e osei” (polenta y pajaritos). Como los bosques eran vírgenes abundaban todo tipo de pájaros que se cazaban especialmente para la fiesta. La otra era la “buchada”, comida con pan y vino en largas mesas, seguida de bizcocho y jalea de frutas.

Estos y otros tiempos conferían distintos sentidos a la vida. Había la espera del tiempo, su vivencia y su recuerdo.

Todo el universo tiene su tiempo que se concreta en dos movimientos que se dan también en nosotros: nuestros pulmones y nuestros corazones se expanden y se contraen. Lo mismo hace el universo mediante la gravedad: al mismo tiempo que se dilata se sujeta, manteniendo un equilibrio sutil que hace que todo funcione armoniosamente. Cuando pierde ese equilibrio es señal de que prepara un salto hacia delante y hacia arriba en dirección a un nuevo orden que también se expande y se contrae.

Cada uno de nosotros tiene su tiempo biológico, determinado no por el reloj mecánico, sino por el equilibrio de nuestras energías. Cuando llegan a su clímax, que puede ser a los 10, 15, 50, 90 años, se cierra nuestro ciclo y entramos en el silencio del misterio. Dicen que es ahí donde habita Dios que nos espera con los brazos abiertos, como un Padre y una Madre lleno de saudades.

Traducción de Mª José Gavito Milano

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«Confiar en Dios» .15 de junio de 2014. Santísima Trinidad (A.) Juan 3, 16-18.

domingo, 15 de junio de 2014
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32-TrinidadA cerezoEl esfuerzo realizado por los teólogos a lo largo de los siglos para exponer con conceptos humanos el misterio de la Trinidad apenas ayuda hoy a los cristianos a reavivar su confianza en Dios Padre, a reafirmar su adhesión a Jesús, el Hijo encarnado de Dios, y a acoger con fe viva la presencia del Espíritu de Dios en nosotros.

Por eso puede ser bueno hacer un esfuerzo por acercarnos al misterio de Dios con palabras sencillas y corazón humilde siguiendo de cerca el mensaje, los gestos y la vida entera de Jesús: misterio del Hijo de Dios encarnado.

El misterio del Padre es amor entrañable y perdón contínuo. Nadie está excluido de su amor, a nadie le niega su perdón. El Padre nos ama y nos busca a cada uno de sus hijos e hijas por caminos que sólo él conoce. Mira a todo ser humano con ternura infinita y profunda compasión. Por eso, Jesús lo invoca siempre con una palabra: “Padre”.

Nuestra primera actitud ante ese Padre ha de ser la confianza. El misterio último de la realidad, que los creyentes llamamos “Dios”, no nos ha de causar nunca miedo o angustia: Dios solo puede amarnos. Él entiende nuestra fe pequeña y vacilante. No hemos de sentirnos tristes por nuestra vida, casi siempre tan mediocre, ni desalentarnos al descubrir que hemos vivido durante años alejados de ese Padre. Podemos abandonarnos a él con sencillez. Nuestra poca fe basta.

También Jesús nos invita a la confianza. Estas son sus palabras: “No viváis con el corazón turbado. Creéis en Dios. Creed también en mí”. Jesús es el vivo retrato del Padre. En sus palabras estamos escuchando lo que nos dice el Padre. En sus gestos y su modo de actuar, entregado totalmente a hacer la vida más humana, se nos descubre cómo nos quiere Dios.

Por eso, en Jesús podemos encontrarnos en cualquier situación con un Dios concreto, amigo y cercano. Él pone paz en nuestra vida. Nos hace pasar del miedo a la confianza, del recelo a la fe sencilla en el misterio último de la vida que es solo Amor.

Acoger el Espíritu que alienta al Padre y a su Hijo Jesús, es acoger dentro de nosotros la presencia invisible, callada, pero real del misterio de Dios. Cuando nos hacemos conscientes de esta presencia contínua, comienza a despertarse en nosotros una confianza nueva en Dios.

Nuestra vida es frágil, llena de contradicciones e incertidumbre: creyentes y no creyentes, vivimos rodeados de misterio. Pero la presencia, también misteriosa del Espíritu en nosotros, aunque débil, es suficiente para sostener nuestra confianza en el Misterio último de la vida que es solo Amor.

José Antonio Pagola

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«Dios mandó a su Hijo para que el mundo se salve por él». Domingo 15 de junio de 2014. Santísima Trinidad.

domingo, 15 de junio de 2014
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24.the_trinity-blanchard-lowresLeído en Koinonia:

Éxodo 34,4b-6.8-9: Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso
Interleccional:
Daniel 3. A ti gloria y alabanza por los siglos.
2Corintios 13,11-13: La gracia de Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo
Juan 3,16-18: Dios mandó a su Hijo para que el mundo se salve por él

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

La Biblia nos revela en una palabra quien es Dios: Dios es amor (1 Jn 4,8). Amor personal (porque te ama a ti, como si sólo a ti amase) amor total (sin medida, porque la medida del amor es dar sin medida), amor sacrificado (oblativo, entregado y paciente), amor universal (inclusivo, no excluyente), amor preferencial (se inclina más hacia el débil). Las lecturas de hoy nos revelan el perfil, el rostro o la fisonomía de Dios. La lectura del Éxodo lo revela como un Dios «compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en clemencia y lealtad» Ex 34,6; y esto inmediatamente después del episodio de adoración al becerro de oro (Ex 32). Como queriendo contrastar la infidelidad del Pueblo y la fidelidad de Dios.

Pablo, en la segunda lectura nos desvela el misterio de un Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, mediante el saludo trinitario a la asamblea: «la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre, y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con ustedes» 2 Cor 13, 13.

Finalmente el evangelio de hoy, tomado de San Juan, es uno de esos textos cumbres de la literatura bíblica que revelan una luz especial: «tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo» (Jn 3,16).

Éstos serían como los versículos fundamentales para nuestra fiesta. En primer lugar el Dios de Israel y de Jesús, es un Dios inserto en la historia. El antiguo y nuevo Pueblo de Dios no llegaron a la experiencia de Dios, ni por la naturaleza (religiones naturalistas, tendentes a divinizar la creación), ni por la filosofía (la elucubración de los filósofos, que a través de las causas segundas, llegaron a una primera causa: Dios), sino por la historia. De ahí que el credo de Israel y el de la Iglesia se definan como credos históricos. Imposible proclamar a este Dios, dejando de lado los grandes acontecimientos salvíficos: que «nació de María, la virgen, que padeció bajo Poncio Pilatos, que fue crucificado, muerto y sepultado», etc., son datos históricos puntuales. Dejar de lado la historia, sería desencarnar la fe, privarla de su sacramentalidad histórica. Un Dios desentendido de la historia no sería el Dios de los cristianos. En segundo lugar, en esta historia llena de luces y de sombras, pero guiada de la mano de Yahveh, se va dando un avance; lo que los teólogos han llamado «la revelación progresiva». Cuando éramos niños tuvimos una experiencia de Dios que fue madurando poco a poco hasta hacernos adultos… Se trata de un principio de la pedagogía divina. El misterio de Dios uno y trino es fruto de esta experiencia de revelación progresiva en la historia. Revelación cumbre, expresión de maduración: Dios no es un ser aislado, desentendido de las realidades temporales, solitario. Es un Dios comunitario, familia, sociedad, fraternidad, etc. Por eso como dijimos al principio; la cumbre de toda la revelación bíblica es ésta: Dios es amor. Y el amor nunca es soledad, aislamiento, sino comunión, cercanía, diálogo, alianza.

La naturaleza misma de Dios es todo un proyecto de vida que revela la naturaleza misma del alma humana, creada a imagen y semejanza de Dios. De este modo podemos entender cómo la misma humanidad siente esa necesidad de alianza, aun en medio de la pluralidad. Vivimos en una casa común, somos una familia (humana), tenemos las mismas necesidades, los mismos problemas. Dios en esta hora de la historia habla a través de esos signos de un mundo en búsqueda.

En tercer lugar no hay que estar rompiéndose la cabeza para intentar comprender (desde nuestra lógica natural) un misterio que nos es dado por revelación, y que sólo puede ser aceptado plenamente por la fe. A Dios nadie lo ha visto jamás, sólo el Hijo que estaba en el seno del Padre, es quien nos lo ha dado a conocer (Jn 1,18). La fe ciertamente que pasa del oído a la mente, de la mente al corazón, y del corazón a la vida. No se trata de un proceso meramente racional. Pues la razón se entiende necesitada de la razonabilidad de la fe, al reconocerse humilde ante el misterio de Dios. En efecto Dios revela estas cosas a la gente sencilla, y las esconde a los sabios de este mundo. Esta es la lógica y la sabiduría de nuestro Dios, muy distinta y muy distante de la lógica natural, marcada por los egoísmos humanos. Dios entra más fácilmente en le corazón del niño que en el del adulto, en el corazón del humilde que en el del soberbio, en el corazón del débil que en el del fuerte.

Estamos ante el más grande misterio, que ni ojo vio, ni oído escuchó… Acerquémonos a Dios con Adoración (El Padre)… dispuestos a asumir su proyecto de fraternidad (El Hijo)… con toda la profundidad de nuestro ser (El Espíritu Santo). Leer más…

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Fiesta de la Santísima Trinidad. Ciclo A.

domingo, 15 de junio de 2014
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tumblr_mt9pkkTpKk1r2geqto1_1280Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj: 

El año litúrgico comienza con el Adviento y la Navidad, celebrando cómo Dios Padre envía a su Hijo al mundo. En los domingos siguientes recordamos la actividad y el mensaje de Jesús. Cuando sube al cielo nos envía su Espíritu, que es lo que celebramos el domingo pasado. Ya tenemos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Estamos preparados para celebrar a los tres en una sola fiesta, la de la Trinidad.

Esta fiesta surge bastante tarde, en 1334, y fue el Papa Juan XII quien la instituyó. Quizá se pretendía (como ocurrió con la del Corpus) contrarrestar a grupos heréticos que negaban la divinidad de Jesús o la del Espíritu Santo. Así se explica que el lenguaje usado en el Prefacio sea más propio de una clase de teología que de una celebración litúrgica. En cambio, las lecturas son breves y fáciles de entender, centrándose en el amor de Dios.

La única definición bíblica de Dios

La primera lectura, tomada del libro del Éxodo, ofrece la única definición (mejor, autodefinición) de Dios en el Antiguo Testamento y rebate la idea de que el Dios del Antiguo Testamento es un Dios terrible, amenazador, a diferencia del Dios del Nuevo Testamento propuesto por Jesús, que sería un Dios de amor y bondad. La liturgia, como de costumbre, ha mutilado el texto. Pero conviene conocerlo entero.

Moisés se encuentra en la cumbre del monte Sinaí. Poco antes, le ha pedido a Dios ver su gloria, a lo que el Señor responde: «Yo haré pasar ante ti toda mi riqueza, y pronunciaré ante ti el nombre de Yahvé» (Ex 33,19). Para un israelita, el nombre y la persona se identifican. Por eso, «pronunciar el nombre de Yahvé» equivale a darse a conocer por completo. Es lo que ocurre poco más tarde, cuando el Señor pasa ante Moisés proclamando:

«Yahvé, Yahvé, el Dios compasivo y clemente, paciente y misericordioso y fiel, que conserva la misericordia hasta la milésima generación, que perdona culpas, delitos y pecados, aunque no deja impune y castiga la culpa de los padres en los hijos, nietos y bisnietos» (Éxodo 34,6-7).

Así es como Dios se autodefine. Con cinco adjetivos que subrayan su compasión, clemencia, paciencia, misericordia, fidelidad. Nada de esto tiene que ver con el Dios del terror y del castigo. Y lo que sigue tira por tierra ese falso concepto de justicia divina que «premia a los buenos y castiga a los malos», como si en la balanza divina castigo y perdón estuviesen perfectamente equilibrados. Es cierto que Dios no tolera el mal. Pero su capacidad de perdonar es infinitamente superior a la de castigar. Así lo expresa la imagen de las generaciones. Mientras la misericordia se extiende a mil, el castigo sólo abarca a cuatro (padres, hijos, nietos, bisnietos). No hay que interpretar esto en sentido literal, como si Dios castigase arbitrariamente a los hijos por el pecado de los padres. Lo que subraya el texto es el contraste entre mil y cuatro, entre la inmensa capacidad de amar y la escasa capacidad de castigar. Esta idea la recogen otros pasajes del AT:

«Tú, Señor, Dios compasivo y piadoso,
paciente, misericordioso y fiel» (Salmo 86,15).

«El Señor es compasivo y clemente,
paciente y misericordioso;
no está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo.
No nos trata como merecen nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas;
como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre sus fieles;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos;
como un padres siente cariño por sus hijos,
siente el Señor cariño por sus fieles» (Salmo 103, 8-14).

«El Señor es clemente y compasivo,
paciente y misericordioso;
El Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas» (Salmo 145,8-9).

«Sé que eres un dios compasivo y clemente,
paciente y misericordioso,
que se arrepiente de las amenazas» (Jonás 4,2).

El amor de Dios al mundo

El evangelio insiste en este tema del amor de Dios llevándolo a sus últimas consecuencias. No se trata sólo de que Dios perdone o sea comprensivo con nuestras debilidades y fallos. Su amor es tan grande que nos entrega a su propio hijo para que nos salvemos y obtengamos la vida eterna.

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

Nuestra respuesta: el amor mutuo

En la carta de Pablo a los corintios Dios se convierte en modelo para los cristianos. La misma unión y acuerdo que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu debe darse entre nosotros, teniendo un mismo sentir, viviendo en paz, animándonos mutuamente, corrigiéndonos en lo necesario, siempre alegres.

Hermanos: Alegraos, enmendaos, animaos; tened un mismo sentir y vivid en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros. Saludaos mutuamente con el beso ritual. Os saludan todos los santos. La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con todos vosotros.

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Dom 15. 6. 14. Trinidad, un «dogma» que no es dogma.

domingo, 15 de junio de 2014
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330px-Itur3Del blog de Xabier Pikaza:

La Trinidad en cuanto tal no es un dogma de fe, pues no aparece como tal en la Biblia ni en los credos (Símbolo de los Apóstoles o en el Nicea-Constantinopla).

No hay un “dogma” que diga: Yo creo (o creemos) en la Trinidad… Y, sin embargo, la fe cristiana se expresa en tres “artículos” que dicen:

(1) Creo en Dios Padre, creador…;
(2) Creo en Jesucristo, Hijo de Dios, que nació, predicó, murió, resucitó…;
(3) Y Creo en el Espíritu Santo.

Y eso es la Trinidad: No un “dogma aparte”, sino una condensación de la fe, del NT y de la Iglesia,fe en Dios Padre, en Jesucristo, su Hijo, y en el Espíritu santo.

Sólo se cree expresamente en ellos (Padre Dios, Jesús, Espíritu Santo…), de manera que no hay que añadir «yo creo en la Trinidad» Pero ha sido bueno reunir esa fe, que es triple y que es única, de manera que se pueda afirmar, implicitamente, “yo creo en la Trinidad”, aunque ella, en sí misma, como he dicho, no es un dogma de la Iglesia (y así algunos tendemos a evitar esa «palabra» en nuestra experiencia creyente).

20110322142532-capitalSea como fuere, este «fe en los tres que no son tres» (no se suman ni restan) constituye, con la Encarnación, el centro del misterio cristiano:

— por ella sentimos y sabemos que Dios es fuente inagotable y comunión creadora de amor que anima y sostiene la historia de los hombres (Padre), que Dios «es» hombre (Jesús) y que la fuerza-amor de nuestra vida (Espíritu).
— No es un concepto, ni es objeto de una posible especulación (tres son uno, uno es tres), sino el descubrimiento y misterio, único y siempre nuevo de la riqueza de Dios, que para los cristianos se revela por Jesús, a quien ellos han visto y confesado como Hijo de Dios (Hombre verdadero) y Dador del Espíritu, es decir, promotor de nueva Humanidad.

Este misterio no es una verdad que ha de añadirse a otras posibles verdades de fe igualmente obligatorias y enigmáticas, sino que es una especie de recopilación de la fe, como un compendio de la fe cristiana y del credo: En el Nombre del Padre, del Hijo Jesús y del Espíritu Santo

No es un dogma independiente, a nadie se le obliga en la iglesia a confesar «yo creo en la Trinidad», pero a todos se le pide que descubran y digan, con amor gozoso: «yo creo y confío en Dios, creo en Jesús y le amo, recibo su Espíritu». Así he querida presentar este misterio en mi Enquiridion Trinitatis (Secretariado Trinitario, Salamanca 2005)

Imagen 1: Trinidad de Iturgoyen, tres puertas, un ábside…en pleno monte (Navarra)

Imagen 2: Capitel pre-románico de Leire, tres caras que evocan… (Navarra)

Principio Trinitario

Enchiridion-Trinitatis-i1n302629De esa forma plantearemos de ahora en adelante el tema de la Trinidad, como expresión y compendio de la vida de Dios y del amor que es comunión abierta a todos los hombres y mujeres en la historia. Su verdad es ante todo un don, regalo de amor que reciben de manera inmerecida los creyentes; pero ella puede entenderse también como principio de todo saber racional, de todo amor y pensamiento, tesoro que los cristianos ofrecen gozosos a los hombres y mujeres de la tierra, sin imponer ni pedir nada: ¡gratis han recibido, gratis quieren darlo, como portadores del Dios de la Gracia! (cf. Mt 10, 8).

Dicho esto, podemos dejar en un segundo plano las prevenciones de lenguaje y hablaremos de «creer» en la Trinidad, sabiendo que nos referimos al misterio del amor del Padre, del Hijo-Jesús y del Espíritu-evangélico.

Jesús no predicó la Trinidad, pero abrió el camino que conduce al Padre y nos legó su Espíritu. Tampoco argumentaron sobre ella los cristianos más antiguos (ni Pedro, ni Pablo, ni los evangelios, ni siquiera los llamados Padres apostólicos), pero todos hablaron sin cesar del Padre, del Hijo Jesús y del Espíritu. En ese sentido, la Trinidad como tal no es una doctrina del NT.

Sólo a finales del siglo II y a principios del III algunos teólogos audaces empezaron a hablar de una Trinidad o Tríada divina y descubrieron que ese nombre era cómodo para referirse al mismo tiempo al Padre, a Jesús y al Espíritu, de manera que empezaron a emplearlo con cierta generosidad. Pero los grandes credos no lo utilizaron, ni el llamada símbolo apostólico, ni el de Nicea-Constantinopla, que siguen siendo oficiales en la iglesia; todos ellos hablan sólo del Padre-Dios, del Hijo-Jesús y del Espíritu Santo.

Sea como fuere, ese nombre (Trinidad), sin ser en cuanto tal dogma de fe, ha entrado en el lenguaje de la iglesia y así lo emplearemos como signo unitario y «complejo», que nos permite penetrar de alguna forma en el misterio impenetrable de la unidad riquísima de Dios (cosa que otras religiones monoteístas, judaísmo e Islam, no se atreven a hacer). Entendida así, como expresión de la unidad viva de Dios, la Trinidad constituye el corazón y compendio de la experiencia cristiana: es el fundamento (dogma), siendo fuente de toda reflexión y todo amor, un camino abierto hacia el cumplimiento de toda la esperanza.

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Una trinidad múltiple

Siendo lo más específicamente cristiano, la Trinidad puede y debe presentarse como expresión y signo de una revelación y una búsqueda racional que está presente en casi todas las culturas y religiones.

1). Dentro de un politeísmo naturalista, donde la hierofanía o revelación básica de lo divino es el despliegue sagrado de la vida, ha surgido en muy diversos lugares una especie de Trinidad o tríada familiar, formada por el Dios Padre del cielo, la Diosa Madre de la tierra y el Dios Hijo, que nace de los dos y expresa en general la victoria de la vida sobre la muerte. Quizá donde más fuerza ha tomado este modelo es el oriente mediterráneo, con la tríada cananea (Ilu-Alla, Ashera, Baal) y la egipcia (Osiris, Isis, Horus), que tanto influjo ha tenido en las formulaciones filosóficas de platonismo y de la misma teología cristiana. Es evidente que estos dioses no son de verdad trascendentes ni son personas, en el sentido estricto del término, pero pueden ayudarnos a situar el tema trinitario.

2. Podemos aludir también a un triadismo funcional intradivino, representado de manera ejemplar por la Trimurti de algunas tradiciones hindúes. Así suele hablarse de Brahma, entendido como espíritu universal o fondo divino de toda realidad, especialmente de aquello que define la existencia humana (el Atmán), al que se añaden dos grandes signos divino o dioses, que reciben ya una forma más personalizada: Vishnú es la fuerza del amor y de la vida creadora; Shiva es el misterio de la muerte donde todo se disuelve para renacer de nuevo. Esos tres (Brahma, Visnú y Shiva) son formas del ser divino, pero estrictamente hablando no se pueden llamar personas, ni sumarse unos a otros, pues se interpenetran. Tampoco estos modelos pueden tomarse sin más como expresión de la Trinidad, pero nos ayudan a entenderla.

3. Suele hablarse igualmente de la Trinidad revelatoria, formada por los varios momentos de la manifestación de lo divino.

(1) Hay un Dios revelador, principio y fuente de todo lo que existe; ley divina en que se fundan todas las posibles realidades del cielo y de la tierra.

(2) Hay una Revelación divina, entendido como proceso de despliegue del mismo Dios que se vuelve luz (en ciertas formas de budismo) o palabra (en el judeocristianismo y el islam). Leer más…

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Trinidad 2: Fe y compromiso por la Vida (Dios para bilbaínos)

domingo, 15 de junio de 2014
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10376315_294065450770654_6391167332274990797_nLeído en el blog de Xabier Pikaza:

Presenté ayer las cuatro primeras tesis de un pequeño manifiesto sobre (a favor) de Dios, que proclamé hace años en Bilbao, en la línea de la famosa apuesta de Pascal.

La fe en Dios es gracia, no necesidad, ni demostración. Quien quiera necesidades o demostraciones vaya a otro lugar, busque otro camino, pues en ese campo, Dios sobra. Dios no es algo que echábamos de menos, sino Alguien a quien echamos de más, sorprendidos, gozosos.

En esta «apuesta de Dios» jugamos a la carta de Jesús, un buen «argumento», en la línea del compromiso por la vida. Quien quiera seguir con el tema, lea…

Desarrollé estas tesis hace algunos años en una Semana de Pensamiento Cristiano y Diálogo, organizada por la diócesis de Bilbao, cuando me llamaba la gente del obispo. Hace tiempo que no me llama; quizá tendría que llamarles yo, y decirles que me inviten… Pero lo que entonces dije sigue teniendo sentido, y así vuelvo a presentarlo.

Este trabajo (lo de ayer y lo de hoy) está publicado, pero ya no lo encuentro. Por eso, tiro de la «memoria» antigua de mi disco duro… Dejo las notas a pie de página, que son más pesadas, presento sólo el texto, de este «discurso sobre Dios para bilbaínos». Buen día a todos.

TESIS V

10258051_836954609666969_4561908327869219612_nCreer en Dios supone abrirse a la experiencia de un nosotros que intenta ser gratuito, transparente, dirigido a todas las mujeres y los hombres de la tierra. En esta perspectiva, Dios se puede definir como el nosotros fundamental y primigenio

Creer en Dios supone decidirse por la comunión interhumana, superando los dos riesgos del intimismo burgués y el colectivismo socializante. El intimismo quiebra los caminos de apertura y me confina en los límites pequeños de un grupito de iniciados, mientras todo el resto de los hombres queda condenado a luchar en un nivel de pura competencia. El colectivismo destaca lo genérico y por ello tiende a destruir los individuos, impidiéndoles ser libres dentro del encuentro. Frente a eso la fe de los cristianos se formula como apuesta y compromiso en favor del surgimiento de un nosotros, de una comunión en la que el yo y el tú se plenifiquen en ámbito de encuentro más extenso.

Ciertamente, los cristianos parten de la búsqueda humana del nosotros, como realidad que sobrepasa el ámbito genérico y desborda el simple encuentro dual entre personas. Como dice el Evangelio, es necesario superar un plano de familia natural para encontrarse abiertos a un nosotros de amor y compromiso libre entre personas. Se trata de un nosotros que no es simple suma de individuos previamente independientes y formados. Tampoco es un encuentro tangencial de seres que se tocan sólo en periferia. Entendemos por «nosotros» aquella realidad originariamente personal y personalizante que emerge allí donde los hombres viven en nivel de comunión gratuita, cercana, transparente.

Mirada desde un lado, esta comunión resulta lo más frágil: parece que no tiene sustantividad ni consistencia y siempre se halla a merced de los embates de la moda o los diversos movimientos populares y sociales de los tiempos. Pues bien, tomada más al fondo y desde el Evangelio, esta comunión resultas lo más fuerte: en ella se desvela la potencia decisiva de lo humano. El hombre no culmina desde sí y en relación al otro: es persona desde un ámbito de encuentro más extenso que le asume, le transmite su lenguaje y le introduce en su propio campo de existencia. Por eso hay algo nuevo en el encuentro entre personas: una comunión, una especie de nueva sustantividad, que fundamenta a cada uno de los individuos.

Pues bien, esta realidad de comunión sólo recibe su plena consistencia en la apertura a lo divino: no estamos simplemente dislocados, unos frente a otros; tampoco nos hallamos diluidos en un todo que acaba por quebrarnos. Somos en libertad, unos junto a otros, formando así un espacio de comunión personal donde es posible hacernos transparentes, superando los principios de la pura imposición y de la lucha entre los hombres. Digo que esta comunión sólo es posible en apertura a lo divino. Esto sucede por dos causas: a) En el fondo de la vida humana hay algo que no es tuyo ni tampoco es mío. Es nuestro, en comunión, puesto que el mismo Dios así lo garantiza, b) Esa comunión no es algo que nosotros descubrimos en el mundo o que inventamos en razón de nuestro esfuerzo. Dios mismo es comunión, antes de todos los caminos de los hombres.

Dios es comunión. Es más que un simple yo-absoluto (autoconsciente, encerrado en sí mismo), más que encuentro dual de Padre-Hijo (yo-tú). La Iglesia le presenta como espacio de amor que se comparte, como libertad y transparencia, gratuidad y comunión originaria. Por eso le ¡lamamos Espíritu Santo. Esta es nuestra quinta definición. Partiendo de ella podemos precisar algo mejor lo que supone este nosotros personal que está ligado a la afirmación del yo de los cristianos.

El nosotros de Dios tiene un aspecto fontal, originario: Padre e Hijo, como yo-tú, sólo pueden distinguirse y amarse en plenitud de cercanía partiendo de ese amor abierto que es su misma esencia primigenia. Pero, al mismo tiempo, ese nosotros de Dios tiene un carácter conclusivo: es algo así como la meta de Dios, lo que resulta del proceso de amor en donde el Padre y el Hijo se regalan mutuamente la existencia. Ese nosotros tiene para el cristiano un nombre: es el Espíritu
Santo. Leer más…

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Sobre Dios/Trinidad. Cuatro primeras tesis

domingo, 15 de junio de 2014
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imagesDel blog de Xabier Pikaza:

Se acerca la fiesta de Dios, que es «trinidad», es decir, despliegue de vida y comunión, principio de responsabilidad y de justicia.

Sobre el sentido de Dios, en en gesto de fe, quiero trazar algunas tesis. Empezaré hoy por las cuatro primeras.

Me han planteado unas preguntas. ¿Qué significa creer en Dios para un cristiano en este tiempo, a principios del siglo XXI? A fin de responderlas he esbozado un pequeño panorama destacando los momentos primordiales de la fe.

Responderé como cristiano, en línea creyente. Mi discurso no se mueve en un nivel teórico, en un plano de principios generales, sino como un hombre ha encontrado en Jesucristo la verdad y plenitud de su existencia; mi discurso es, por lo tanto, confesional, es discurso de creyente.

Hablaré como un cristiano que está determinado por su tiempo y por su espacio. No será necesario que presente mis credenciales y concrete el lugar en que me encuentro. Bastará con afirmar que mi trayectoria de intelectual y creyente está determinada por varios factores:

dolmen-5— la vida: el don de la tierra y familia en que he nacido, con su arraigo en una historia de fidelidad y libertad,

— la Merced donde he vivido más de 40 años, con su ideal concreto de liberación de cautivos y oprimidos,

— la universidad donde he enseñado más de 30 años, con su exigencia de radicalidad intelectual,

— mi nueva familia con Mabel, con una nueva visión de la familia, dentro de una Iglesia en trance de futuro

— la conflictividad social y religiosa de este principio del siglo XXI, con todo lo que ha significado de ruptura con el pasado, descubrimiento de la injusticia estructural del mundo, búsqueda de cauces de humanización y libertad.

Hablaré como intelectual sorprendido y comprometido por la vida. Quizá a primera vista pueda parecer que mi discurso sobrevuela por encima de los grandes temas de la filosofía.Pero en el fondo de las ocho tesis que planteo late aquello que a mi juicio es el gran reto no sólo de la fe, sino de toda la modernidad: el paso desde la seguridad cósmica a la búsqueda de una utopía-esperanza, a través del descubrimiento de la vida, la subjetividad, la alteridad, la comunión y la historia.

Quiero precisar lo que supone ser creyente. Lo diré por medio de ocho tesis o fórmulas significativas, provocadoras, capaces de hacernos pensar y repensar el gran problema de nuestra identidad como cristianos.

TESIS I

1497833_641812059191349_1362383720_o(Imagen, la Trinidad no es un juego de espejos…, tres o quince veces lo mismo).

Creer en Dios supone descubrir el mundo como realidad cargada de sentido y de misterio que, en vez de cerrarnos sobre sí, nos abre hacia un camino de realización personal, en libertad y trascendimiento.

Voy a explicar estas palabras. Los antiguos parecían inclinados a entender el mundo como radicalmente sagrado. Lo divino era la naturaleza, sin más añadiduras, como afirmará en tiempos del racionalismo el gran ESPINOZA.

Por eso, asumir la religión no es otra cosa que adentrarse vitalmente en el secreto de este cosmos: latir con su latido, nacer desde su vida, morir desde su muerte. En esta línea se han movido los más grandes filósofos y artistas de la antigua Grecia. En esta línea interpretaban el mundo los paganos de la antigua Euskadi, por poner sólo un ejemplo.

Con la irrupción del cristianismo el panorama cambia. El cosmos sigue siendo misterioso, pero no aparece ya como divino: es signo que interroga, luz que orienta y nos dirige a un Dios que ahora llamamos trascendente, un Dios que existe por sí mismo y no se confunde con ninguno de los rasgos de la vieja tierra. En esta perspectiva se movían los famosos argumentos de SANTO TOMÁS: aquellas vías o caminos que podían conducirnos desde el movimiento, la causalidad y el orden del mundo hasta el primer motor, la causa originaria, la gran mente que establece y guía el orden de las cosas.

Esta solución continúa siendo parcialmente valiosa: las cosas del mundo parecen abrirnos a Dios. Sin embargo, en los últimos tres siglos, a partir de GALILEO y NEWTON, de KANT y los modernos positivistas, es preciso andar con más cuidado: estudiado con métodos científicos, el mundo se nos cierra; se ha vuelto más complejo, más difícil y más rico en su interior, pero carece ya de profundidad en plano de misterio, no conduce a lo divino.

El cosmos de la ciencia se vuelve autosuficiente; cuanto más complicado lo encontramos y más capacitados nos hallamos para dominarlo con métodos de técnica, menos nos permite subir hacia el misterio radical de lo divino. Todo sucede en línea de este mundo como si Dios no existiera; ya no lo necesitamos en la física ni en la matemática, en la biología ni en sociología, en la psicología ni en la medicina.

Esto es evidente y, sin embargo, después de haber seguido los caminos de la ciencia, los antiguos problemas permanecen planteados. Hay algo en el hombre que desborda los niveles del progreso material y que no puede reducirse a métodos o leyes manejables por la técnica. El mundo sigue siendo lugar de una pregunta que se puede plantear, al menos en nivel ecológico, filosófico y religioso.

Hay un planteamiento ecológico del mundo. Hasta ahora parecía que el camino es evidente: necesitamos progreso y desarrollo; sólo así seremos hombres y podremos realizarnos. En vez del Dios del cielo habíamos optado por el Dios de la riqueza y plenitud en el futuro. Pues bien, en un proceso que resulta rapidísimo, en menos de un siglo, advertimos que ese desarrollo puede convertirse en destructivo: puede conducirnos a la bomba atómica, pone en riesgo elementos de nuestro equilibrio personal, poluciona la naturaleza. Leer más…

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Pentecostés 4. Espíritu Santo y Trinidad

domingo, 15 de junio de 2014
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booksDel blog de Xabier Pikaza:

He reflexionado por tres días sobre el Espíritu Santo, culminando en una reflexión teológica de cierta dificultad. Retomo ese motivo, para preparar la celebración de la fiesta de la Santísima Trinidad, del próximo domingo.

El tema de fondo es la personalidad del Espíritu Santo, que es quizá el más difícil y más hondo (y a la vez el más sencillo y luminoso) de la teología cristiana. Así lo expongo, retomando algunos rasgos de un libro dedicado hace algún tiempo a este problema.

1) El estudio del Espíritu se encuentra ligado al constitutivo esencial de las personas. Así lo ha visto una línea que comienza en Agustín, se explicita en Anselmo y por medio de Tomás de Aquino llega a nuestros Dios. En esta línea el Espíritu Santo no es persona sino un modo de culminación personal del ser que conociéndose se ama, culminando así su proceso de realización individual.

2) El Espíritu ha podido verse como amor dual. En una línea en la que avanza también san Agustín y que ha influido mucho en nuestro tiempo se concibe et espíritu a manera de amor de comunión o encuentro mutuo que liga a las personas. Sistematizando esta perspectiva algunos le definen como el nosotros personal que liga al Padre con el Hijo en el misterio divino.

3) Dando un paso más, algunos han interpretado el Espíritu a manera de “tercero”, como fruto que surge del amor dual del Padre y del Hijo, en el misterio trinitario.

4) Finalmente, partiendo de las líneas anteriores, muchos piensan que el Espíritu se debe interpretar como misterio escatológico, la fuerza de Dios que nos conduce, en una opción de libertad, hacia el futuro de la nueva sociedad reconciliada, como en otro tiempo decía el abad Joaquín de Fiore.

Constitutivo personal del Espíritu Santo.

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Esos son los modelos que quiero desarrollar en lo que sigue. He comenzado presentándolos juntos para que se vea la unidad del tema y también por otra causa: algunos, cuando escuchan que se habla del Espíritu como ámbito de amor piensan que estamos destruyendo su sentido más profundo, el valor de su persona. Pues bien, en contra de eso, debemos indicar que la persona o personalidad del Espíritu se encuentra velada en el misterio: podemos esbozar un poco su verdad, pero nunca llegaremos a entender totalmente su hondura. Tampoco debemos olvidar que, como dice la tradición, las personas de la trinidad no son unívocas: cada una es persona de una forma, como ingénito (Padre), como engendrado (Hijo), como procedido (Espíritu). Pues bien, sobre el sentido y presupuestos de esa procesión pneumatológica hablaremos brevemente en lo que sigue.

1) La primera perspectiva entiende la persona del Espíritu en la línea de la realización del ser que culmina su proceso amándose a sí mismo.

Más que persona (en el sentido moderno) el Espíritu es modo final de la personalización de un sujeto que, conociéndose, s¿ ama, es decir, descansa en sí mismo, ratificando y fijando así su propia realidad. En ese aspecto puede llamarse culminación de Dios: su proceso personal queda completado y clausurado, de manera que Dios es como aquel que se ha hecho plenamente, en proceso de conocimiento y amor.

Dios no es una línea siempre abierta que jamás llega al descanso, no es un círculo que vuelve sin cesar sobre sí mismo. Dios es línea o círculo cumplido y su descanso, esto es, la plena realización de su proceso es el Espíritu Santo. Por eso se le llama amor, porque en amor culmina el encuentro del ser (de Dios) consigo mismo. En esta perspectiva se pone de relieve el movimiento de la naturaleza divina que se sabe, dualizándose en Padre e Hijo, y se ama, trinitarizándose en Padre-Hijo (que aman) y Espíritu que es fuerza y realidad del mismo amor cumplido.
Los comentaristas suelen discutir sobre la forma en que Tomás de Aquino ha concebido este proceso final de espiración de amor en el que surge el Espíritu Santo. Pero la opción dominante es la de aquellos que suponen que este amor no es el amor duql de Padre e Hijo que se encuentran sino el mismo amor de esencia de la naturaleza divina que, sabiéndose (siendo Padre-Hijo) se ama a sí misma:

La virtud espirativa significa la esencia divina afectada por la relación de espiración activa en cuanto se encuentra en el Padre y el Hijo… De donde se sigue que el Padre y el Hijo son un sólo principio virtual del Espíritu Santo, en cuanto que una misma es la virtud espirativa y el acto de espiración de los dos… De donde podemos decir que son dos los que espiran y uno solo el espirador (cf. M. Cuervo, en Introducción a Santo Tomas, S.T II, BAC, Madrid 1953, 236).

Padre e Hijo, que se distinguen entre sí al conocer, ya no se distinguen al amar. Por eso aman los dos como uno solo, con el amor de la esencia divina que vuelve hacia sí misma y en ella descansa. De esta forma se completa el proceso personal del Dios que es divino, persona, siendo dueño de sí mismo, conociéndose y amándose. Situados ante esta solución, los autores ortodoxos han protestado enérgicamente.

Ellos suponen que esta unión de Padre e Hijo en el origen del Espíritu supone una vuelta hacia el dominio de la esencia: no son ya las personas que actúan como tales sino la misma esencia de Dios que al amarse suscita (espira) el amor pleno y final del Espíritu Santo (cf. V. Lossky, o. c. 56). Pero el problema resulta, a mi entender, aún más complejo: no se trata de ver si hay primacía en la esencia o las personas; se trata de entender y de fijar el modelo de persona que ha yen el fondo del esquema.

Pues bien, en este esquema, que sigue la línea de la teología de occidente tal como viene a culminar en Barth y Rahner (cf. temas 13, 16), a Dios se le concibe como persona única, absoluta, que se despliega y se realiza en tres momentos o personas relativas. Por eso, en este plano relativo era mejor no hablar más de personas: al encontrarse consigo mismo, en conocimiento-amor, Dios es divino; pertenecen a su propio despliegue personal el conocerse-amarse, que en términos simbólicos se llaman Padre-Hijo y Espíritu, pero es mejor no atribuirles el nombre de personas. De esta forma se resalta la unidad ternaria de Dios, la unicidad de su persona que puede interpretarse de una forma neomodalista.

2) La segunda perspectiva entiende la persona del Espíritu partiendo de la unión dual del Pudre e Hijo como personas distintas que se aman.

Recordemos las bases tradicionales, agustinianas de este esquema, que después Ricardo de san Víctor ha desarrollado de forma sistemática. Ahora queremos recordar que muchos investigadores piensan que el mismo Tomás de Aquino, defensor de esta postura en sus primeras obras (De Potentia; Super Sent.),la ha seguido defendiendo hasta el final de su vida. Entre ellos quiero destacar a F. Bourassa, autor de los análisis más hondos sobre el sentido y consecuencias del amor común (de comunión) en el misterio trinitario. Padre e Hijo ya no aman como esencia que se vuelve hacia sí misma, para completar su realización; se aman entre sí como personas diferentes que sólo manteniendo su propia diferencia pueden encontrarse y unirse una a la otra.

Este no es amor de esencia sino amor de personas que, ratificando su propia distinción, la sellan en gesto doble de entrega mutua. Los amantes son por tanto dos y su amor es recíproco y sólo puede mantenerse en la medida en que los dos son diferentes. Hay un doble acto de amor, pero el amor con que se aman es el mismo, porque uno y otro se entregan de manera total, sin reservarse nada. Por eso, en esta línea, el Espíritu santo se puede interpretar como el amor de comunión hecho persona: no es amor de uno o de otro, es de los dos y de esa forma es medio que les une; pero, al mismo tiempo es un amor, como persona comparativa que les vincula y unifica.

Hasta aquí la reflexión de los diversos autores parece concordante. Las dificultades comienzan cuando se pretende precisar lo que supone esa Persona-Amor qrre es el Espíritu Santo. Aquí empiezan a cruzarse y distanciarse los caminos, en una búsqueda eficaz pero difícil de eso que podíamos llamar constitutivo propio del Espíritu. Dos son a mi entender las tendencias principales, una de tipo ambital, otra más dual (de nostreidad divina):

La tendencia ambital es quizá la más común. Son muchos los que piensan que al Padre hay que entenderle como sujeto personal, porque engendra desde el fondo de sí mismo al Hijo Jesucristo. Tambíén el Hijo es persona, porque así le vemos en Jesús, como sujeto que actúa, acoge la llamada de Dios Padre y le responde. EL Espíritu, en cambio, aparece como persona ambital, campo de amor en que se encuentran Dios y Cristo: es la fuerza de Dios de la que Cristo nace (y resucita); es el amor que Cristo ofrece al Padre para que nosotros podamos realizamos. Leer más…

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Pentecostés 3. Para una teología del Espíritu Santo

miércoles, 11 de junio de 2014
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imagesDel blog de Xabier Pikaza

Ésta es la tercera reflexión sobre el Espíritu Santo, y he querido plantearla de un modo teórico, para aquellos que este día de Pentecostés tengan tiempo para entrar en temas de teología.

No hay quizá en la historia de la reflexión humana un tema más apasionante que el del Espíritu de Dios, tal como ha sido planteado por la gran teología. Tres son los presupuestos o bases de ese tema y así quiero exponerlos de forma introductoria, realizando un ejercicio teológico, desarrollado de un modo más preciso en mi Enquiridion Trinitaris (Sec. Trinitario,Salamanca 2005,págs. 497-510).

a) Me apoyo por un lado en la certeza de que existe y se actualiza sobre el mundo el rostro trascendente de aquel Dios que nos sostiene y acompaña.

b) Estoy convencido, como cristiano, de que esa revelación de Dios se expresa plenamente en el camino de Jesús, de manera que el Espíritu de Dios es la fuerza, misterio y presencia divina de Jesús.

c) La presencia y obra del Espíritu culmina haciendo que surja un humano agraciado, gratificante . Así queremos destacarlo en las tres notas que siguen.

Una reflexión sobre el Espíritu

(1) La experiencia cristiana del Espíritu remite a la transparencia (actuación) del Dios trascendente.

Cristiano no es aquel que se interroga sobre el fondo racional del cosmos, ni tampoco el que pretende trasformar todas las cosas a raíz de unos supuestos de futuro no alienado.

Cristiano es, ante todo, el que con gesto de profundo desasimiento y de sorpresa agradecida ha descubierto que toda su existencia se halla en manos de un poder gratificante que pertenece a Dios. Ya en el Antiguo Testamento, el Espíritu remite al misterio de la presencia trascendente y creadora de Dios.

El camino del misterio debemos andarlo de nuevo cada día, conscientes de que nunca se acaba de entender a Dios y nunca se responde plenamente a su presencia. En esa línea, volvemos a encontrarnos cerca de los profetas de Israel, preguntándonos por la actuación de Dios, por la urgencia de su juicio y los caminos de su fidelidad. Si algún día olvidamos que el Espíritu es «de Dios» (trascendente, imprevisible, creador), acabaremos identificándolo con el mecanismo de un cerebro electrónico o el engranaje de una transformación social. Ese día no sólo se habrá silenciado el Espíritu de Dios; se habrá anegado el humano.

(2) Según el cristianismo, el Espíritu se personaliza o por lo menos acaba concretándose por medio de Jesús y de iglesia.

Va tomando un rostro, ofrece un tipo de profundidad, muestra un camino de actuación. Se trata del Espíritu de la trascendencia (de Dios) sobre el fondo de la historia de Jesús; es la capacidad de superar el mundo (resurrección) en ese campo bien concreto del seguimiento de Jesús hasta la muerte; es, en fin, la presencia del encuentro transformante (amor Padre-Jesús) en el gesto cotidiano del compromiso del humano por el humano.

Habiendo recibido por Jesús un rostro (el rostro de su presencia), el Espíritu sigue siendo el irrepresentable, pues ninguna de las formas y caminos de este mundo logra reflejarle
.

(3) Finalmente, el Espíritu se expresa y realiza históricamente su misterio de vida y comunión por la Iglesia, es decir, en el despliegue de la humanidad.

Irrepresentable por sí mismo, el Espíritu de Dios se expresa en la vida y amor de los hombres. Allí donde un hombre se trasciende y trascendiéndose vive en comunión de amor con los demás está el Espíritu de Dios.

De manera especial el Espíritu debe hacerse transparente en el campo de la vida de la iglesia: en aquella comunión donde se expresa la herencia de Jesús, donde se proclama su palabra y se rememora su acción. En ese campo podemos hablar de la Iglesia como icono del Espíritu. Pero también se puede y debe hablar del rostro del Espíritu allí donde los hombres de diversas religiones o culturas proyectan y suscitan ámbitos de encuentro humano enriquecido, abriendo caminos de historia, es decir, de futuro.

El nervio de la confesión cristiana se identifica con la afirmación paradójicamente misteriosa, sólo aceptable en plano religioso, de que al mismo Dios eterno constituye, en la riqueza de su vida inmanente, la verdad y hondura de aquello que se actualiza entre nosotros por Jesús, en el Espíritu. En otras palabras, Dios mismo (y no una imagen disociable de su ser), es quien se expresa y quien actúa por Jesús y como Espíritu en el mundo.

Traducido en términos teológicos, estos significa que la inmanencia de Dios es su economía y viceversa. El problema se ha planteado y se plantea en el momento en que se quiere precisar esa afirmación.

Espíritu de Dios, la Vida humana, Dios en la historia

Un tipo de hermeneútica usual, menos cristiana, enraizada todavía en el dualismo platónico (o postplatónico) de eternidad y tiempo, inmutabilidad divina y cambio histórico, ha trazado entre la trinidad en sí y sus manifestaciones económicas un esquema de participación derivada, en el que se distinguen y separan dos niveles.

(1) Dios existiría primero separado, en plano eterno, sin cambios y sin tiempo, sin mezcla de historia. Leer más…

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«Vivir a Dios desde dentro». 8 de junio de 2014. Pentecostés (A). Juan 20, 19-23.

domingo, 8 de junio de 2014
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31-PentecostesA cerezoHace algunos años, el gran teólogo alemán, Karl Rahner, se atrevía a afirmar que el principal y más urgente problema de la Iglesia de nuestros tiempos es su “mediocridad espiritual”. Estas eran sus palabras: el verdadero problema de la Iglesia es “seguir tirando con una resignación y un tedio cada vez mayores por los caminos habituales de una mediocridad espiritual”.

El problema no ha hecho sino agravarse estas últimas décadas. De poco han servido los intentos de reforzar las instituciones, salvaguardar la liturgia o vigilar la ortodoxia. En el corazón de muchos cristianos se está apagando la experiencia interior de Dios.

La sociedad moderna ha apostado por “lo exterior”. Todo nos invita a vivir desde fuera. Todo nos presiona para movernos con prisa, sin apenas detenernos en nada ni en nadie. La paz ya no encuentra resquicios para penetrar hasta nuestro corazón. Vivimos casi siempre en la corteza de la vida. Se nos está olvidando lo que es saborear la vida desde dentro. Para ser humana, a nuestra vida le falta una dimensión esencial: la interioridad.

Es triste observar que tampoco en las comunidades cristianas sabemos cuidar y promover la vida interior. Muchos no saben lo que es el silencio del corazón, no se enseña a vivir la fe desde dentro. Privados de experiencia interior, sobrevivimos olvidando nuestra alma: escuchando palabras con los oídos y pronunciando oraciones con los labios, mientras nuestro corazón está ausente.

En la Iglesia se habla mucho de Dios, pero, ¿dónde y cuándo escuchamos los creyentes la presencia callada de Dios en lo más hondo del corazón? ¿Dónde y cuándo acogemos el Espíritu del Resucitado en nuestro interior? ¿ Cuándo vivimos en comunión con el Misterio de Dios desde dentro?

Acoger al Espíritu de Dios quiere decir dejar de hablar solo con un Dios al que casi siempre colocamos lejos y fuera de nosotros, y aprender a escucharlo en el silencio del corazón. Dejar de pensar a Dios solo con la cabeza, y aprender a percibirlo en los más íntimo de nuestro ser.

Esta experiencia interior de Dios, real y concreta, transforma nuestra fe. Uno se sorprende de cómo ha podido vivir sin descubrirla antes. Ahora sabe por qué es posible creer incluso en una cultura secularizada. Ahora conoce una alegría interior nueva y diferente. Me parece muy difícil mantener por mucho tiempo la fe en Dios en medio de la agitación y frivolidad de la vida moderna, sin conocer, aunque sea de manera humilde y sencilla, alguna experiencia interior del Misterio de Dios.

José Antonio Pagola

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Contribuye a difundir la experiencia interior de Dios. Pásalo.

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«Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo». Domingo 8 de junio de 2014. Pentecostés

domingo, 8 de junio de 2014
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resucitoLeído en Koinonia:

Hechos de los apóstoles 2,1-11: Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar
Salmo responsorial: 103: Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.
1Corintios 12,3b-7.12-13: Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo
Juan 20,19-23: Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo

El relato de Hechos que leemos en la primera lectura es una construcción del escritor lucano. Su finalidad es eminentemente teológica. No es un acontecimiento cronológico sino kairótico en la misma línea de la fiesta de la ascensión que celebramos y comentamos el domingo pasado. Lucas recoge la «fiesta de las semanas» del antiguo Israel. Esta fiesta se celebraba para conmemorar la llegada del pueblo al Sinaí. La entrega de las tablas de la Ley a Moisés en medio de truenos relámpagos y viento huracanado.

El redactor de Hechos toma los elementos simbólicos de resonancia cósmica para manifestar que es una intervención de Dios. Quiere significar la irrupción del Espíritu Santo en la historia humana. Es el comienzo de la etapa definitiva en la historia de la salvación. Es el comienzo de la predicación del evangelio por parte de la Iglesia apostólica. Estos elementos también recuerdan el anuncio profético del «Día del Señor». Este pasaje entrelaza elementos históricos y escatológicos. El Espíritu empuja a la Iglesia más allá de las fronteras geográficas y culturales. Por eso todos entienden el mensaje en su propia lengua. Allí se han dado cita todos los pueblos hasta entonces conocidos indicando la universalidad del mensaje evangélico. Otro elemento importante es el aspecto comunitario: los discípulos están reunidos en comunidad y el anuncio inaugura una nueva comunidad.

En la primera de Corintios Pablo enfatiza la acción del Espíritu en la vida de los creyentes y en la construcción de la Comunidad eclesial. Conciente de las divisiones que se vivían al interior de esta comunidad insiste en que los dones, los carismas, los ministerios y los servicios proceden de un mismo Espíritu. Por lo tanto todos los carismas, dones y ministerios están en función del crecimiento de la Iglesia. La acción del Espíritu cualifica la misión de la Iglesia en el mundo y no sólo para la santificación individual. El Espíritu articula interiormente la misión de Jesús y la misión de la Iglesia.

El cuarto evangelio presenta dos escenas contrastantes. En primer lugar, los discípulos encerrados en una casa, llenos de miedo y al anochecer. En segundo lugar, la presencia de Jesús que les comunica la paz, les muestra sus heridas como signo de su presencia real, se llenan de alegría y Jesús les comunica el Espíritu que los cualifica para la misión. El miedo, la oscuridad y el encerramiento de «la casa interior» se transforman ahora con la presencia de Jesús en paz, alegría y envío misionero. Son signos tangibles de la acción misteriosa y transformante del Espíritu en el interior del creyente y de la comunidad. Resurrección, ascensión, irrupción del Espíritu y misión eclesial aparecen aquí íntimamente articuladas. No son momentos aislados sino simultáneos, progresivos y dinamizadores en la comunidad creyente.

Jesús cumple sus promesas. Les ha prometido a sus discípulos que pronto regresará, que nos les dejará solos. Les ha dicho que el Espíritu Santo de Dios les asistirá para que entiendan todo lo que él les ha anunciado. Así lo hace. Ahora les comunica el Espíritu que todo lo crea y lo hace nuevo. Jesús sopla sobre ellos como Dios sopló para crear al ser humano. Ellos son las personas nuevas de la creación restaurada por la entrega amorosa de Jesús.

La violencia, la injusticia, la miseria y la corrupción en todos los ámbitos de la sociedad nos llenan de miedo, desaliento y desesperanza. No vemos salidas y preferimos encerrarnos en nosotros mismos, en nuestros asuntos individuales y olvidarnos del gran asunto de Jesús. Entonces es cuando él irrumpe en nuestro interior, traspasa las puertas del corazón e ilumina el entendimiento para que comprendamos que no nos ha abandonado. El sigue presente en la vida del creyente y en el seno de la comunidad. Sigue actuando a través de muchas personas y organizaciones que se comprometen a cabalidad para seguir luchando contra todas las formas de pecado que deshumanizan y alienan al ser humano. El Espíritu de Dios sigue actuando en la historia aunque aparentemente no lo percibamos. No es necesario hacer tanta bulla para decir que el Espíritu está actuando. Muchas veces no lo sentimos porque actúa en forma muy sencilla a través de gestos que pueden pasar desapercibidos.

¿Qué signos de la presencia dinamizadora del Espíritu de Dios podemos percibir en nuestra vida personal, familiar y comunitaria? ¿Conocemos personas que actúan bajo la acción del Espíritu? ¿Por qué? ¿Qué podemos hacer para descubrir y potenciar los dones y ministerios que el Espíritu sigue suscitando en personas y comunidades?

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Pentecostés 2. Una vigilia de meditación

domingo, 8 de junio de 2014
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MANDALADel blog de Xabier Pikaza:

Nos preparamos para celebrar la fiesta del amor de Dios ya culminado, la fiesta del su Espíritu, la Vida de Dios, que Jesús nos ha dado. San Juan de la Cruz vivió esta fiesta, y penetrando en ella dijo:

El rostro recliné sobre el Amado,
cesó todo y dejéme,
dejando mi cuidado entre azucenas olvidado.

Reclinó su rostro, se dejó llenar por el latido y el aliento del Amado, y supo que todo se había ya cumplido. Ésta es la fiesta de la Vida que se expresa y expande por Jesús, ya fiesta del gran gozo todo lo transforma y que vence a la muerte:

— Es la fiesta del que dice ¡Ya Señor,no sigas pero sigue, que no puedo, y necesito poder , pues se rompen los vasos de gozo de mi vida y sólo así soy yo mismo, en ti que me das la vida. Ésta es la fiesta del que sale de sí, porque le sacan (ek-stasis de amor), descubriendo y sintiendo así que vive en otro, en el Dios que le da vida.

Es la fiesta del que entra del todo (en-stasis) y descubre las más honda lámpara de fuego de su vida, el fuego que le arde y enamora, diciendo ¡Ahora sé por qué he vivido! Es la fiesta del que sabe y saborea sabiendo que Dios le ama y le regala su vida, con todos y cada uno de los hombres y mujeres, de los niños y mayores con quienes se sabe divino, pues el vino de Dios pasa por sus venas y las llena de gozo y de gracia.

Como introducción a esta fiesta quiero comentar con libertad los dos pasajes principales de la liturgia del domingo, el Día de Dios que es Espíritu de Cristo.

1. Textos.

(Juan 20,19-23:

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en su casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros.» Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envió yo.» Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»

Hechos de los Apóstoles 2,1-11

(a: El fuego y la palabra). Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería.

(b. La comunión de amor universal). Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos preguntaban: «¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua.»

Pentecostés de Jesús

Este es un día de gozo, de plenitud de amor. No es día de reflexión. A pesar de ello, para los que quieren reflexionar quiero indicar algunos rasgos del Pentecostés de Jesús, siguiendo las reflexiones de ayer. El Espíritu que ha actuado como palabra y presencia materna en el nacimiento de Jesús, sigue actuando en el conjunto de su vida, como presencia de amor, fuerza divina que le anima y unge, haciéndole Mesías, como indica de un modo privilegiado el texto sobre la expulsión de los demonios (Mt 12, 28; Lc 11, 20): si es que expulso a los demonios por medio del Espíritu de Dios es que el reino ha llevado a vosotros.

De esa forma se vinculan Espíritu y Mesías. Ambos expresan y realizan la misma acción salvadora de Dios: Jesús en cuanto humano concreto, el Espíritu en cuanto poder que suscita su vida (encarnación), que le unge para la tarea del reino (bautismo) y que le resucita, brotando de su entrega (Pascua y Pentecostés). Así aparecen ambos vinculados:

– Encarnación como repliegue de Dios en Jesús. Jesús ha surgido por obra del Espíritu, de manera que su encarnación debe entenderse como culminación del camino profético: allí donde la palabra profética llega a su culmen y se expresa (encarna) en una vida humana surge el Mesías a quien podemos llamar el humano del Espíritu. Esta es la nota esencial del Pentecostés del Antiguo Testamento.

– Pascua-Pentecostés como despliegue del Dios de Jesús, que se abre al conjunto de la humanidad. El Dios de Jesús se expande y se hace Dios de todos. Así podemos afirmar que el Espíritu es la verdad de su palabra y el poder de su mensaje; es la fuerza de amor y de vida que proviene de Jesús resucitado y que realiza (expande, continúa) su acción de reino sobre el mundo entero.

– Vida de Jesús, Pentecostés del evangelio. Como intermedio entre las dos perspectivas anteriores viene a situarse la vida pública de Jesús, que viene a presentarse como Mesías del Espíritu, desde el Bautismo (cf. Mc 1, 9-11), pasando por la misión liberadora (Lc 4, 18-19), hasta la consumación en la cruz, cuando entregó su vida en manos de Dios, para salvación de los humanos, por medio del Espíritu (cf. Hebr 9, 14)

Queremos insistir en ese último momento, en eso que pudiéramos llamar Pentecostés de la vida histórica o del evangelio. El portador y presencia del Espíritu en el mundo es el mismo Jesús de Nazaret en su tarea concreta de «ungido de Dios», de portador de humanidad, de salvación, en medio de la tierra. Esta es la verdad radical del mesianismo, el centro de las obras de Dios. Aquí culmina el camino anterior (el Espíritu se ha expresado del todo, suscitando a Jesús); aquí se centra y arraiga lo que sigue (realizada su obra por la pascua, Jesús ofrece el Espíritu a todos los humanos).

Encarnación de Dios, unción del Espíritu Santo

El Espíritu se hallaba antes vinculado al profetismo, al camino de búsqueda humana, a la maternidad mesiánica. Ahora, nacido Jesús, el Espíritu se expresa totalmente por su vida, de tal modo que en ella y por ella actúa Dios. Así se puede hablar de un misterio (revelación de Dios) y dos misterios: encarnación personal, efusión pneumatológica:

– Hay una encarnación personal de Dios en Jesús. El Logos o palabra de Dios, a quien llamamos Hijo eterno, se identifica con el mismo Jesús de Nazaret. Él es revelación de Dios, es el humano plenamente realizado. Sin esta encarnación personal carece de sentido todo lo que sigue. De ahora y para siempre, el Espíritu de Dios es espíritu de encarnación dentro de la historia humana.

– Hay una «unción» o efusión del Espíritu de Dios por medio de Jesús. Si sólo hubiera encarnación, la iglesia no sería más que una expansión del Cristo individual y los cristianos un momento de su «cuerpo», de manera que ellos acabarían perdiendo su identidad e independencia. Pues bien, en contra de eso, la encarnación (Jesús es el Hijo de Dios) va unida a la efusión del Espíritu, expresado por medio de su vida y de sus obras, como fuente de libertad y principio de comunión. Así decimos que el Espíritu «ungido» a Jesús para hacerle liberador de los humanos, para expresarse de esa forma a través de sus acciones (H. Mühlen).

Por eso llamamos a Jesús el Mesías del Espíritu, Mesías de la acción liberadora y del programa de comunión abierto para todos los humanos. En el centro de la experiencia cristiana y de la teología se sitúa así el misterio de las relaciones entre Jesús como Cristo individual (como humano concreto que es Hijo de Dios) y Cristo comunitario, ungido por el Espíritu para crear libertad y comunión abierta a todos los humanos.

De esa forma se vinculan desde el principio el aspecto personal-individual de Jesús, que es un humano concreto, y su aspecto personal-comunitario, abierto por el Espíritu a todos los humanos. En el primer caso podemos hablar de encarnación, por utilizar una terminología ordinaria de la iglesia. En el segundo caso podemos hablar de efusión o expansión del Cristo, por medio del Espíritu, ofreciendo comunión a todos los humanos.

El Cristo Jesús y el Cristo humanidad

No es que haya dos cristos separados, sino uno sólo que es, al mismo tiempo, el humano individual (encarnación de Dios en Jesús) y el humano completo de la comunidad o iglesia (apertura por medio del Espíritu). De esta forma se vinculan el despliegue humano de Jesús (como persona individual perfecta) y el camino de encuentro o comunión entre los humanos. Por medio de la unción mesiánica de Jesús, el Espíritu Santo viene a mostrarse como principio de comunión interhumana, fuente de vida y amor expandido y expresado como iglesia.

La misión del Espíritu santo en la naturaleza humana de Jesús es lo que la Escritura llama unción de Jesús con el Espíritu santo. Entre encarnación y unción no se puede hablar de una diferencia temporal sino lógica. Tal diferencia es, a nuestro parecer, fundamentalmente identica a la distinción entre encarnación e iglesia, en la medida en que la iglesia comienza verdaderamente por la unción de Jesús. (H. Mühlen, El Espíritu Santo en la Iglesia, Secretariado Trinitario, Salamanca. Trinitario, Salamanca 1974, 248)

Los dos misterios (del Hijo y del Espíritu) quedan de esa forma unificados. El problema consiste en precisar sus relaciones: la forma en que el Espíritu depende del Hijo, mostrando, al mismo tiempo, su personalidad; el problema está en descubrir que la unción (o efusión) del Espíritu depende de la encarnación pero no se identifica simplemente con ella.

Como podrá observarse, distinguimos y unimos la encarnación (Jesús es el Hijo eterno de Dios) y la unción (Jesús ha recibido el Espíritu, realizando su obra mesiánica al servicio de los demás, siendo así el Cristo). Si por un imposible hubiera encarnación sin unción de! Espíritu, Jesús encerraría en sí mismo la filiación divina, sería Hijo de Dios por aislado, sin expresar en el mundo el misterio del reino. En ese caso, la humanidad seguiría perdida, el «padre» divino de ese Jesús no sería el Dios cristiano. Pero encarnación y unción se unen en la historia salvadora: Jesús ha recibido el Espíritu de Dios para expandirlo, para abrir la comunión divina a todos los humanos, para hacer así posible el surgimiento de la historia mesiánica. En esta perspectiva pueden unirse dos misterios:

– El Espíritu de Dios en la Trinidad. Conforme a la visión cristiana, al interior del misterio trinitario, el Espíritu es la unión de amor que liga al Padre con el Hijo; así podemos definirle como comunión, historia de amor.

– Por la encarnación, ese mismo Espíritu (eterna comunión divina), viene a expresarse en el mundo como principio de unión (comunión histórica) entre y para los humanos; de esa forma vincula a Jesús con los cristianos (y a los cristianos entre sí).

Así podemos afirmar que el misterio cristiano tiene dos facetas o rasgos: es el misterio del Cristo, Hijo de Dios, y de la unión mesiánica de todos los humanos en el Cristo. Un Jesús, Hijo de Dios, sin Espíritu no sería Cristo, sino una especie de Señor que domina desde arriba la vida de los hombres y mujeres de la tierra.

Es el Espíritu el que unge a Jesús como Mesías, en camino de redención (de reconciliación) que se expande a todos los humanos. Por eso, desde ahora, para los cristianos, el Espíritu se identifica con la obra de Jesús, con su proyecto de reino, expresado como buena nueva de evangelio. De esa forma podemos afirmar que el Espíritu se encarna por medio de Jesús:

– El Espíritu de Dios ha suscitado y guiado a Jesús, haciéndole Cristo, Mesías. No basta le encarnación (decir que Jesús ha nacido por obra del Espíritu). Hay que dar un paso más y afirmar que el Espíritu se expresa por medio de la obra de Jesús, por medio del mensaje y entrega de su vida.

– Según eso, el Espíritu pertenece a la entraña de Jesús, al camino de su vida. A través de su entrega por los demás, en camino que culmina con la muerte, Jesús ido abriendo un camino de libertad y comunión interhumana, abierta a todos los perdidos de la tierra).

La Vida que Jesús expande con su vida, vida de Dios para toda la humanidad: eso es el Espíritu. El Amor que se expresa y confirma en su entrega en favor de los demás, ese es el amor divino. Eso significa que la encarnación del Espíritu en Jesús ha venido a explicitarse y expandirse en el misterio de la gracia abierta a todos los humanos.

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