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Domingo XV del Tiempo Ordinario. 15 Julio, 2017

domingo, 16 de julio de 2017
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“Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente, que tuvo que subirse a una barca; se sentó y la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas.”

(Mt 13, 1-23)

Hoy domingo apetece salir de casa y acudir junto a Jesús al lago, sumarse a ese grupo de gente que se queda junto a la orilla para escuchar la Palabra.

Coger la Biblia y volver a releer la parábola de la semilla como quien la escucha por primera vez, olvidando que nos la sabemos de memoria.

Sí, escucharla en profundidad y, cuando marche el gentío, acercarnos a Jesús para que nos explique qué significa la parábola. Pero también para alegrarnos al escucharle decir: “Dichosos vuestros ojos porque ven, y vuestros oídos porque oyen.”

Dejemos que la fuerza de su Palabra moldee nuestro corazón, lo convierta en un corazón de aprendiz, de discípula, para que de verdad nuestros ojos vean y nuestros oídos oigan. Porque es precisamente en ese ver y en ese oír donde se encuentra nuestra felicidad.

Solo cuando somos capaces de ver y oír la Palabra nos convertimos en la tierra buena que acoge la semilla.

Por eso, hagamos el esfuerzo de dejarnos “educar” en su Evangelio. Sin prisas y sin pretensiones. Como la tierra que abraza la semilla y se deja traspasar por ella. Se deja traspasar por el tallo y las raíces. Se convierte en alimento y sustento. Pero permanece siempre a sus pies, humildemente.

Aprendamos de la humildad de la Tierra. No nos hagamos protagonistas. Cedemos todo el protagonismo a su Buena Noticia y disfrutemos de ella. Así seremos aprendices humildes. Alegres porque ven y oyen.

Oración

Trinidad Santa, haz caer sobre nuestra tierra la semilla generosa de tu Palabra para que seamos espacio de tu Reino.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Dios es la semilla, que ya está en mí.

domingo, 16 de julio de 2017
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hombre-pensandoMt 13, 1-23

Mt agrupa siete parábolas en un solo capítulo, el 13, que hoy comenzamos a leer. No es probable que Jesús haya dicho todas estas parábolas de una sentada. Mc y Lc las colocan en distintas circunstancias. La parábola es un género literario muy apropiado para hablar de realidades trascendentes. Al partir del conceptos simples, tomados de la vida cotidiana y que todo el mundo conoce, trata de proyectar nuestra conciencia hacia una realidad que va más allá de lo material. La parábola por estar pegada a la vida misma, mantiene el frescor de lo genuino y auténtico a través del tiempo y las culturas.

El relato en sí no es significativo. A mí poco me importa cómo nace y da fruto la semilla. Pero ese relato, en sí anodino, da que pensar, cuestiona mi manera de ser, me dice que otro mundo es posible y espera de mí una respuesta vital. Esta propuesta solo se puede hacer con metáforas. En toda parábola existe un punto de inflexión que rompe la lógica del relato. En esa quiebra se encuentra el verdadero mensaje. En esta parábola, la ruptura se produce al final. En la Palestina de entonces, el diez por uno, se consideraba una excelente cosecha. Tu tierra puede llegar a producir el ciento por uno. ¡Una locura!

El objetivo de las parábolas es sustituir una manera de ver el mundo miope por otra abierta a una nueva realidad llena da sentido. Obliga a mirar a lo más profundo de sí mismo y a descubrir posibilidades insospechadas. La parábola es un método de enseñanza que permite no decir nada al que no está dispuesto a cambiar, y a decir más de lo que se puede decir con palabras, al que está dispuesto a escuchar. Quien la oye, debe hacer realidad la utopía del relato y empezar a vivir de acuerdo con lo sugerido.

La explicación, que los tres evangelistas ponen a continuación, no aporta nada al relato. Las parábolas no admiten explicación. Jesús no pudo caer en la trampa de intentar explicarlas. La alegorización de la parábola es fruto de la primera comunidad, que intenta extraer consecuencias morales. Para descubrir el sentido hay que dejarse empapar por las imágenes. La parábola exige una respuesta personal no retórica, sino vital; obliga a tomar postura ante la alternativa de vida que propone. Si no se toma una decisión, es que ya se ha definido la postura: continuar con la propia manera de ver y vivir la realidad.

Los exégetas apuntan a que, en un principio, los protagonistas de la parábola fueron el sembrador y la semilla. El objetivo habría sido animar a predicar sin calcular la respuesta de antemano. Hay que sembrar a voleo, sin preocuparse de donde cae. La semilla debe llegar a todos. En línea con la primera lectura, pretende que se descubra la fuerza de la semilla en sí, aunque necesite unas mínimas condiciones para desarrollarse.

No debemos dar importancia a la cantidad de respuestas. La intensidad de una sola respuesta puede dar sentido a toda la siembra. La sinuosa y larga trayectoria de la existencia humana queda justificada con la aparición de un solo Francisco de Asís o de una Teresa de Calcuta. Por eso Jesús pudo decir: El Reino ya está aquí, yo lo hago presente. Debemos comprender que el Reino puede estar creciendo cuando el número de los cristianos está disminuyendo. Su plena manifestación depende solo de uno.

Más tarde se dio a la parábola un cariz distinto, insistiendo en la disposición de los receptores, y dando toda la importancia a las condiciones de la tierra. Esta alegorización no sería original de Jesús sino un intento de acomodarla a la nueva situación de los cristianos, cambiando el sentido original y haciéndola más moralizante. Aún en un sentido alegórico, no debemos pensar en unas personas como tierra buena y otras, mala. Más bien debemos descubrir en cada uno de nosotros la tierra dura, las zarzas, las piedras que impiden a la semilla fructificar. En la misma parcela hay tierra buena, piedras y zarzas.

No debemos identificar la “semilla” con la Escritura. Lo que llamamos “Palabra de Dios”, es ya un fruto de la semilla. Es la manifestación de una presencia que ha fructificado en experiencia personal. La verdadera “semilla”, es lo que hay de Dios en nosotros. Lo importante no es la palabra, sino lo que la palabra expresa. Esa semilla lleva millones de años dando fruto, y seguirá cumpliendo su encargo. El Reino de Dios está ya aquí, pero su manera de actuar es paciente. La evolución ha sido posible gracias a infinitos fracasos.

Podemos recordar el prólogo de Jn. “En el principio ya existía La Palabra”; “y la palabra era Dios”; “En la Palabra había Vida”. La semilla es el mismo Dios-Vida germinando en cada uno de nosotros. Dios está en sus criaturas y se manifiesta en todas ellas como algo tan íntimo que constituye la semilla de todo lo que es. No debemos dar a entender que nosotros los cristianos somos los privilegiados que hemos recibido la semilla (Escritura). Dios se derrama en todos y por todos de la misma manera (a voleo)Dios no se nos da como producto elaboradosino como semilla, que cada uno tiene que dejar fructificar.

Generalmente caemos en la trampa de creer que dar fruto es hacer obras grandes. La tarea fundamental del ser humano no es hacer cosas, sino hacerse. “Dar fruto” sería dar sentido a mi existencia de modo que al final de ella, la creación entera estuviera un poco más cerca de la meta. La meta de la creación es la UNIDAD. Yo no tengo que dar sentido a la creación sino impedir que por mi culpa pierda el sentido que ya tiene. Mi tarea sería no entorpecer la marcha de la creación entera hacia la consecución de su objetivo final.

Porque se trata de alcanzar la unidad en el Espíritu, esa plenitud de ser no la puedo encontrar encerrándome en mí mismo sino descubriendo al otro y potenciando esa relación con el otro como persona. Y digo como persona, porque generalmente nos relacionamos con los demás como cosas, de las que nos podemos aprovechar. Cuando hago esto, me hago menos humano. Descubriendo al otro y volcándome en él, despliego mis mejores posibilidades de ser. Hemos llegado a lo que es la esencia de lo humano.

“El que tenga oídos que oiga”. Esa advertencia vale para nosotros hoy igual que para los que la oyeron de labios de Jesús. En aquel tiempo, era la doctrina oficial la que impedía comprender el mensaje de Jesús. Hoy siguen siendo los prejuicios religiosos, los que nos mantienen atados a falsas seguridades, que nos sigue ofreciendo una religión muy alejada de los orígenes. El aferrarnos a esas seguridades es lo que sigue impidiendo una respuesta al mensaje, adecuada a nuestra situación actual. El evangelio es fácil de oír, más difícil de escuchar y cada vez más complicado de vivir.

Descubrir cuál sería el fruto al que se refiere la parábola sería la clave de su comprensión. El fruto no es el éxito externo, sino el cambio de mentalidad del que escucha. Se trata de situarse en la vida con un sentido nuevo de pertenencia, una vez superada la tentación del individualismo egocéntrico. El fruto sería una nueva manera de relacionarse con Dios, consigo mismo, con los demás y con las cosas.

Meditación

 “Dios no da el Espíritu con medida” (Jn 3, 34)
Dios se da totalmente, absolutamente, siempre y a todos.
Experimenta esta verdad y cambiará tu vida.
Descubrir a Dios como amor dinámico,
es la base de toda experiencia religiosa.
Todo lo que Dios es, lo tienes a tu alcance.
Todo lo que tú eres y puedes ser, depende de ese don.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Salió el sembrador.

domingo, 16 de julio de 2017
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2329_semeadorSi el árbol se echa a perder, aunque sea en el peor de los suelos, es porque no clava sus raíces lo bastante hondo. Toda la tierra es suya (Friedrich Hebbel).

16 de agosto Domingo XV del TO

Mt 13, 1-23

Otras cayeron en terreno pedregoso con poca tierra. Al faltarles profundidad brotaron enseguida; pero al salir el sol se marchitaron, y como no tenían raíces se secaron

En la primera lectura se compara la lluvia, que hace germinar la tierra, con la palabra que sale de la boca de Dios, que cumplirá su deseo y llevará a cabo su encargo. Dice el profeta Isaías en 55, 10 que “Como bajan la lluvia y la nieve del cielo y no vuelven allá, sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, para que de semilla al sembrador y pan para comer”.

San Pablo en Romanos 8, 18-19 viene a decir que no sólo la humanidad, sino toda la creación está expectante aguardando la manifestación de los hijos de Dios. Porque todos los seres de la Tierra son semilla que debe crecer y desarrollarse hasta dar el ciento por uno.

Cuando en el Deuteronomio 30, 15 dice el Señor. “Mira: Hoy te pongo delante la vida y el bien”nos está haciendo creadores de nosotros mismos, capaces de asumir y de expandir la vida, y delegando en nosotros el poder de creación.

Habitualmente escuchamos con atención la palabra que se siembra mediante la lectura de los textos bíblicos y la predicación, pero también habitualmente esa escucha se la lleva pronto el viento de las preocupaciones y las tormentas de los afanes cotidianos de la existencia. Para evitar que esto suceda no estaría de más pensar en lo que esa escucha nos puede deparar en el futuro, como canta el protagonista de la zarzuela de Jacinto Guerrero La rosa del azafrán, en la Canción del Sembrador: “Sembrador que has puesto en la besana tu amor: la espiga del mañana será tu recompensa mejor”.

Cuando el cielo está en calma, estamos en el camino correcto, y como dice Xabier Pikaza en La familia en la Biblia, Editorial Verbo Divino 2014: “Si queremos que exista futuro, debemos aprender a querernos y crear (crearnos), de un modo personal, de manera que los niños nazcan y maduren en humanidad, de forma que ellos y nosotros podamos ser al fin lo que somos, simplemente humanos (es decir, divinos), seres libres en comunión con el universo.

Un tipo de ser que el Vaticano II definió en Gaudium et Spes de esta manera: “No hay nada verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón (el de Jesús). La comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos. La Iglesia, por ello, se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia… Tiene, pues, ante sí la Iglesia al mundo, esto es, la entera familia humana con el conjunto universal de las realidades entre las que esta vive; el mundo, teatro de la historia humana, con sus afanes, fracasos y victorias”.

La responsabilidad de crecer es nuestra. El dramaturgo alemán Friedrich Hebbel (1813-1863) lo dijo metafóricamente: “Si el árbol se echa a perder, aunque sea en el peor de los suelos, es porque no clava sus raíces lo bastante hondo. Toda la tierra es suya”.

EL LEÓN

 El Génesis te nombra como símbolo,
y vincula tu nombre al sol naciente.
Natura ha soportado tu realeza
por tu fuerza y tus garras sostenida.
Y pacientemente ha soportado
el ofensivo dolor de tus rugidos.

“El lobo y el cordero pastarán juntos,
el león como el buey comerá paja”,
escribió Isaías.

Qué diferente es la vida cotidiana,
¡¡de los libros!!

Quizás nos lo ha aclarado Alban Berg, hablando
de las manifestaciones de la naturaleza:
“¿Qué es la hierba?”,
me dijo un niño con las manos cargadas.
¿Qué podría contestarle, si tampoco yo lo sé?
Quizás sea la bandera de mi alma
tejida con sustancias de verdes esperanzas”.

O quizás tengamos que esperar eternamente
que el León de Judá abra el libro del Apocalipsis
y desate –no sabemos para qué- sus siete sellos.

(NATURALIA. Los sueños de las criaturas. Ediciones Feadulta)

 

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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La lógica de la abundancia.

domingo, 16 de julio de 2017
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semillas-cuaresmaaaMt 13, 1-23

Imagino que Jesús disfrutaría admirando la naturaleza y encontrando en ella una sabiduría especial. Y así propone esta parábola: no prestando atención al buen hacer de un sembrador sino usando el modelo de la naturaleza. De hecho, el protagonista de esta parábola, un sembrador que echa semillas por todos los sitios, debería estar más atento y ver dónde lanza la semilla, para no perder tiempo ni semillas; para no despilfarrar. De hecho, ningún sembrador sensato haría lo que narra esta parábola. Las personas cuidamos lo poco, lo nuestro, lo mío, y no queremos que nada se despilfarre.

Sin embargo, la lógica de la creación, y la naturaleza nos lo deja ver en sus modos de reproducción y evolución, funcionan desde la abundancia y el derroche sin medidas y sin escatimar. Las teorías evolutivas muestran cómo la naturaleza es dadivosa en su búsqueda de expansión y la aleatoriedad y la adaptación deciden la suerte de las algunas especies. Ello incluye la muerte y desaparición de muchas variedades y el surgimiento de algunas mejoradas. Las plantas, por ejemplo, desparraman sus semillas por todos los terrenos para que alguna eventualmente pueda germinar (al igual que el sembrador de la parábola).

Este texto parece invitarnos a salir de la lógica del individuo, de lo que necesito y de lo que hago para conseguir la máxima eficacia, y entrar en la lógica de la abundancia. Dios nos da sin medida. A todos. Nos dice muchas cosas. Mucho de ello morirá porque no echará raíces o porque las preocupaciones de la vida no lo dejan crecer.

Jesús lo dice todo, pero hace falta comprender, ver más que mirar, oír y entender. La lógica de la abundancia se descubre en la profundidad de sentido, en ahondar en los misterios. No lo entenderá quien se quede en la superficie sino quien entre en contacto con la hondura de la tierra. Hay un dicho que dice que, en la vida espiritual, lo que no crece, muere. No hay estatismo ni interés posible. Lo que no evoluciona, lo que no hunde sus raíces en la tierra labrada, lo que sigue a los pensamientos alocados y lo que preocupa, debilita la vida espiritual.

La lógica de la abundancia requiere el correlato de la profundidad, de dejar que aparezca el sentido de las cosas. Es lo contrario de la lógica de lo mío, de lo poco, de la pobreza espiritual. Es en la profundidad donde aparece la plenitud, los frutos del Reino en abundancia.

La lógica de la abundancia se adquiere paradójicamente con el desapego. No es consecuencia de cuidar lo poco que tenemos ni del esfuerzo.  “Es Dios quien concede conocer los misterios”. Jesús habla en parábolas para que los oyentes dejen a Dios actuar, dejen que sea él quien les revele los misterios. Sino, oyen pero no entienden, miran pero no ven.

Jesús ofrece abundancia de vida. Abundancia de sentido. Abundancia de lo esencial. “Y les sobrará”. Sin embargo, “al que tiene se le dará. Al no tiene se le quitará hasta lo que cree que tiene.” Bastante radicales resultan estas palabras de Jesús. Y bastante inentendibles. Solo se comprenden desde un Jesús que anuncia la profusión de vida a raudales.

Baste con contemplar a las plantas: las innumerables semillas caen por doquier, pero solo germinará alguna, aunque todas llevan en sí la promesa de fecundidad. Hasta en las plantas se muestra efusivamente la Sabiduría de Dios. Solo es preciso mirar y oír.

Paula Depalma

Fuente Fe Adulta

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Ivone Gebara: «La jerarquía piensa que el mensaje del Evangelio es un paquete cerrado para entregar a los fieles»

martes, 11 de julio de 2017
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na21fo01Ivone Gebara, referente de la teología feminista de la liberación

«El éxito de la Iglesia todavía está en una religiosidad que se entrega para el consumo de la gente» 

(Luis Miguel Modino, corresponsal en Brasil).- Ivone Gebara es una de las principales referencias de la Teología Feminista de las últimas décadas, no sólo en el ámbito brasileño como a nivel mundial. Ella misma se define como teóloga feminista de la liberación y es consciente que esta forma de posicionarse condiciona su forma de entender el cristianismo.

Su actitud crítica ha provocado rechazo en muchos ámbitos eclesiales, muchas veces venidos de personas que no indagan en los presupuestos que están en la base de la reflexión teológica de la religiosa brasileña, quien siempre ha dejado claro de que lado se sitúa, el de los colectivos marginados dentro de la sociedad y de la propia Iglesia.

En esta entrevista, Ivone Gebara muestra su pensamiento en relación al mundo femenino dentro de la Iglesia Católica, a la que acusa de dejarse influenciar más por modelos culturales que por el propio mensaje de Jesucristo, dando a entender que las tentativas de cambios que ha querido llevar a cabo el Papa Francisco en referencia a las mujeres son actitudes que, en su opinión, no van a provocar, por ahora, ninguna novedad importante.

¿Por qué es tan difícil asumir en la Iglesia Católica una visión de la teología desde lo femenino?

La Iglesia no tiene dificultad para asumir lo femenino a partir de su modelo, o sea, a partir de su visión de las relaciones humanas y del lugar que determinó que ocupase lo femenino. En esa visión existe una prioridad casi ontológica de los hombres en relación a las mujeres, dado que son ellos la primera imagen de Dios, aquella que puede representar a Cristo.

Esta teología es todavía la teología vigente y no fue creada necesariamente por la Iglesia, sino por la cultura greco-romana que marcó la formación de la teología cristiana. Los procesos culturales son muy lentos y envuelven una complejidad de comportamientos y mociones que no siempre son sumisas a nuestras racionalizaciones.

Creo que va a tardar todavía mucho tiempo para que se lleve a cabo un cambio antropológico igualitario en el mundo y en la Iglesia.

Desde su punto de vista, ¿cuáles fueron las causas de la tentativa de someter a la mujer dentro del cristianismo y después del catolicismo a lo largo de la historia?

Creo que copiamos los modelos de otras culturas e hicimos de eses modelos la voluntad de Dios y de Jesucristo. E infelizmente la mayoría de la enseñanza de la teología todavía ministradas en los Institutos y Facultades de Teología, y también en las parroquias, se hace a partir de una visión jerárquica del ser humano, no sólo del género, sino también de las razas y clases sociales.

La Iglesia no cambia independiente del mundo. La Iglesia como institución difícilmente asumiría una postura de justicia e igualdad de género diferente a la del mundo. Hasta va a combatir al mundo creyendo que obedece a la voluntad divina. No se pregunta si de hecho hay una voluntad divina tan desigual e injusta, si de hecho esa visión no supone mantener un modelo de poder ya ultra pasado con rasgos totalitarios muy marcados.

¿Someter a la mujer no es una actitud contraria a la novedad que Jesús quiso instaurar?

Jesús no fue feminista. El feminismo es un movimiento contemporáneo. Pero en la tradición de Jesús, en el Movimiento de Jesús, encontramos una dimensión ética igualitaria en la línea de los derechos de las personas que es inspiradora de las teologías feministas de nuestro tiempo. Pero es necesario tener los ojos y los oídos abiertos para percibir eso en los Evangelios.

La llegada del Papa Francisco trajo una nueva política eclesiástica en referencia a las mujeres. ¿Piensa que es suficiente con esas nuevas actitudes o es necesario ser más radical? ¿Qué opina de la propuesta de ordenar diaconisas?

No creo que el Papa Francisco haya traído una nueva política eclesiástica en relación a las mujeres. Ha traído muchas cosas importantes, pero no en relación a las mujeres. El proyecto del diaconado femenino todavía está al «baño María», y no creo que tenga oportunidad de salir del papel y de las reuniones en las que se discuten eternamente las mismas cosas.

El Papa rechaza la palabra feminismo, la expresión «relaciones de género», la expresión «hermenéutica feminista» de la Biblia, patriarcalismo y otras mediaciones importantes para la teología feminista de la liberación.

Él cree que se debe hacer una teología para las mujeres, lo que es una enorme ingenuidad en relación a lo que ya hicimos en medio siglo de actividad en diferentes partes del mundo. Creo que los cambios tienen que darse en las comunidades, en los barrios, en la vida cotidiana de las personas antes de aparecer como decretos del Papa o de algún obispo.

¿Una Iglesia donde las mujeres no están en un plano de igualdad con los hombres, puede entrar en diálogo con la sociedad actual?

Creo que hay una enorme dificultad para entrar en diálogo con los problemas del mundo actual. Y esto en parte porque la Iglesia jerárquica, aquella que detenta la autoridad sobre las comunidades católicas, piensa que el mensaje del Evangelio es un paquete cerrado que ellos tienen la función de entregar a los fieles.

No abren las puertas para pensar en la herencia de Jesús para el mundo de hoy a partir de una ética plural, pero al mismo tiempo centrada en el amor y el respeto a las personas. El éxito de la Iglesia, salvo raras excepciones, todavía está en el devocionismo de masas, en los milagros, en los santuarios, o sea, en aquello que se expresa como una religiosidad que se entrega para el consumo de la gente.

No creo que esto sea muy educativo, sobre todo en los tiempos actuales. Acompaña apenas las necesidades de un pueblo huérfano de líderes y de cuidado de unos para con los otros. Un pueblo donde el hambre de paz y de salud, lleva casi necesariamente a esperar de las fuerzas sobrehumanas lo que las fuerzas de la tierra podrían ofrecer.

Infelizmente el Papa continúa creando beatos, santos y santas, tal vez hasta medio forzado por las fuerzas conservadoras que le rodean. Pero no me parece un buen camino para el crecimiento de la responsabilidad colectiva en un mundo cruel como el nuestro.

Últimamente, usted ha abordado temas relacionados con la ecoteología. ¿El cristianismo debe enfrentar esa dimensión como un aspecto fundamental de reflexión?

He trabajado algunas cuestiones de ecoteología, pero en una línea filosófica ecofeminista, a partir de la cual insisto en la interdependencia de todas las cosas. Esto exige sin duda una lectura interesante de la Biblia y un hacer teológico diferente.

Pienso que la teología actual de nuestras Iglesias apenas arregla las cosas. En otras palabras, incluye un tema de moda en una estructura teológica del pasado como si la necesaria revisión de los conceptos no fuese una necesidad.

¿La Encíclica Laudato Si’ ha ayudado en esta visión teológica? ¿A partir de ella hay mas conciencia sobre la importancia de la reflexión sobre esos aspectos?

La Encíclica Laudato Si’ me parece un documento con informaciones importantes sobre las cuestiones relativas a la ecología y especialmente a las cuestiones climáticas, pero su teología es inadecuada.

En otros términos, su teología no recoge los apelos que la propia Encíclica afirma que son realizados por el mundo actual. Hay un desnivel y un choque de discursos en el interior del propio texto.

Tenemos mucho camino a recorrer y cada día es necesario dar los pasos posibles. Leer más…

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Evangelio de Juan, iglesia fundada en el Discípulo Amado

lunes, 10 de julio de 2017
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16730391_815494078627786_3326558179560114559_nDel blog de Xabier Pikaza:

Al principio no hubo una iglesia, sino varias, cada una con su autoridad fundacional (Santiago, Pedro, Pablo, Discípulo Amado). Pudo haber otras (entre ellas quizá una dirigida o animada por mujeres), pero no se conserva apenas su memoria.

Entre aquellas cuya memoria se mantiene, junto a la de Pablo (cuya memoria he recogido el 30.6.17, según la carta a los Efesios) y la de Pedro (cuya memoria he recogido también el 39.6.17, siguiendo el evangelio de Mateo), destaca la del Discípulo Amado, con el grupo de sus seguidores, amigos de Jesús.

El Discípulo amado fue, sin duda, un personaje histórico, a quien llamaron así (discípulo amado de Jesús, cf. Jn 21, 24), aunque él no quiso imponer su autoridad, sino la del Espíritu Santo, que Jesús había prometido y ofrecido (cf. Jn 14, 16; 15, 16; 16, 13).

Pues bien, hacia el final del siglo I dC, esos «amigos de Jesús», los creyentes de esta comunidad animada por el Discípulo Amado, corrieron el riesgo de perder su identidad, entre disputas internas y tensiones de tipo gnóstico (impulsadas por un espiritualismo que podría separarles del Jesús de la historia), y para evitarlo algunos de ellos (quizá una mayoría) se integraron en la Gran Iglesia, donde la memoria de Pedro, era garantía de fidelidad cristiana y unidad eclesial, pero sin olvidar ni negar la la autoridad fundadora del Discípulo Amado, que cumple así una función semejante a la de Pablo en Efesios y a la de Pedro en Mateo.

Discípulo amado, fundador y clave de su Iglesia

La comunidad del Discípulo amado mantenía también el recuerdo de otros discípulos de Jesús (Felipe, Tomás, Natanael, los Zebedeos…), y especialmente el de Pedro (cf. Jn 1, 40; 6, 68; 11, 6-9; 20, 1-17), como muestra Jn 21, un capítulo añadido quizá al final de la redacción del evangelio, para trazar las relaciones históricas e institucionales entre Pedro (Iglesia organizada y misionera) y el Discípulo amado (iglesia centrada en el amor mutuo de sus miembros).

Pues bien, este capítulo (Jn 21), escrito en forma de parábola, afirma que Pedro salió a pescar en la barca, con otros seis discípulos, como queriendo recordar que la misión fundadora de la iglesia, en su apertura a los pueblos, fue decisión y tarea de Pedro, que fue a pescar con otros seis (no de los Doce, ni con Pablo).

Pero al lado de Pedro, inseparable y necesaria, destaca la figura del Discípulo amado, como testigo de la verdad del evangelio y fundador de una Iglesia entendida en forma de comunión de «amigos» (Jn 15, 15).

En el centro de esa iglesia no está ya Pablo, ni Pedro, sino este Discípulo Amado que expresa la esencia del movimiento de Jesús. Ciertamente, este evangelio del Discípulo Amado reconoce la función de Pedro, que había sido ya anunciada en Jn 1, 42, cuando Jesús le decía: Tú eres Simón, hijo de Juan; tú te llamarás Cefas, que significa Pedro, quizá ya en el sentido de cimiento de la iglesia (como suponía Mt 16, 17-18).

Por eso, la comunidad del Discípulo Amado (que condensa su más honda experiencia en el Paráclito) debe dialogar con la iglesia institución, aceptando al fin (Jn 21) la autoridad y estructuras eclesiales representadas por Pedro (en una línea semejante a Mt 16, 16-19) .

Pero la autoridad y fundamento de esa Iglesia no es la de Pedro, sino la del Discípulo Amado, quien marca así la identidad del cristianismo. De esa forma aparecen unidos, Pedro y el Discípulo amado, como una especie de diarquía, autoridad doble. Mt 16, 16-19 y Lc 22, 31-32 habían entendido la función de Pedro como algo del pasado, que se había ya cumplido ya al principio de la iglesia. Pues bien, en contra de eso, el evangelio de Juan insiste en la permanencia de los signos del Discípulo Amado y de Pedro. Por eso, Jesús pide a Pedro que le ame intensamente, cuidando de esa forma a sus ovejas.

En esa línea, más que un individuo particular, cuya tarea no puede transmitirse a otros (misioneros, presbíteros u obispos, varones o mujeres), Pedro aparece aquí signo de todos aquellos que realizan tareas misioneras (de pesca) y pastorales (de cuidado) dentro de la iglesia, con la autoridad del amor que anima y cuida.

En ese contexto debemos añadir que el Discípulo amado debe aceptar el ministerio de Pedro.

Por su parte, Pedro ha de aceptar la autoridad del discípulo amado, que aparece al fin de Jn 21 como expresión suprema de la vida de la Iglesia: “Éste es el discípulo que da testimonio de todas estas cosas, aquel que las ha escrito y sabemos que su testimonio es verdadero” (Jn 21, 24).

Con estas palabras ratifica el redactor final del evangelio la autoridad del Discípulo Amado, presentándole como garante de la vida de la Iglesia.

Ese autor de Juan sabe que existen otras cosas vinculadas con Jesús, que pueden escribirse en otros libros, como puede ser el de Mateo (Jn 21, 15), pero éstas, las que han sido fijadas por escrito en este libro (cf, Jn 20, 30-31) son las más importantes. El Discípulo Amado aparece, según eso, como el más hondo fundamento de la Iglesia, aunque Pedro tengo a su lado una función de pescar y apacentar a las ovejas. Eso significa que, a diferencia de la Iglesia de Mateo, la autoridad suprema de de la Iglesia en el evangelio de Juan no es Pedro, sino el Discípulo Amado:

‒ El evangelio de Mateo no separa ni distingue las dos autoridades (Pedro y Discípulo Amado), sino que sólo conoce una, que es la de Jesús, tal como ha sido interpretada de un modo universal por Pedro. Tampoco tiende a separar o distinguir dos iglesias, una interna y otra externa (la del Discípulo amado y la de Pedro), pues a su juicio la misma iglesia externa es la interior y viceversa. Así quiere establecer desde Antioquia, hacia el 85 d.C., un programa y camino de expansión universal del evangelio, como seguiré indicando.

‒ El evangelio de Juan, escrito en un momento posterior (hacia el año 100/110), probablemente en Éfeso, acepta la autoridad misionera y organizativa de Pedro, pero añade que hay una más honda: La del Discípulo Amado. Quizá pudiera hablarse en ese contexto de una diarquía (Pedro y el Discípulo Amado), pero la autoridad más alta en ella es la del Discípulo Amado, que transmite la revelación de Jesús: «Que todos sean uno, como nosotros somos uno» (Jn 17, 21), no en unidad de imposición, sino en conocimiento interior y comunión dialogal de amor. Esta visión nos ayudará a interpretar mejor el evangelio de Mateo.

Conclusión. En la Iglesia de Pedro, un fundador mayor que Pedro

Ciertamente, según el evangelio de Juan, Pedro ha sido el promotor de una misión universal cristiana. Pero, aunque él dirija la faena de la “pesca” (misión) de la iglesia, él no conoce aún a Jesús, no le distingue en la mañana, cuando vuelven con la red llena de peces, a diferencia del Discípulo amado que debe decírselo (Jn 21, 6-7). Eso significa que, para realizar su función, Pedro ha de hacerse como el Discípulo Amado, amando así a Jesús (cf. Jn 21, 15-17).

Recordemos en este contexto que, según la tradición bíblica, hay pastores bandidos y mercenarios, que dicen guardar el rebaño, pero lo dominan a su antojo, para su provecho (como puede verse desde Ez 34 hasta las Visiones o Sueños de 1 Henoc 83-90; cf. Jn 10, 10. 12-13). Pues bien, en contra de esos pastores bandidos, Jn 10, 7-13. ha presentando a Jesús como pastor-amigo de hombres con quienes comparte su existencia. En esa línea, Jesús quiere que Pedro se vuelva también amigo, como el discípulo amado. No es que él deba cumplir «por amor» una tarea que en sí no es amor, sino que toda su tarea consiste en animar en amor a los creyentes, en la línea del Discípulo.

Entre los comentarios, cf. J. Beutler, Comentario de Juan, Verbo Divino, Estella 2016.

Además de comentarios cf. R. E. Brown, La comunidad del discípulo amado. Estudio de la eclesiología juánica, Sígueme, Salamanca 1987; A. Destro y M. Pesce, Cómo nació el cristianismo joánico: antropología y exégesis del Evangelio de Juan, Sal Terrae, Santander 2002; C. H. Dodd, La Tradición histórica en el cuarto Evangelio, Cristiandad, Madrid 1977; Interpretación del cuarto evangelio, Cristiandad, Madrid 1978; S. Vidal, Los escritos originales de la comunidad del Discípulo “amigo” de Jesús, Sígueme, Salamanca 1997; K. Wengst, Interpretación del evangelio de Juan, Sígueme, Salamanca 1988; K. Wengst, Interpretación del evangelio de Juan, Sígueme, Salamanca 1985.

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“Tres llamadas de Jesús”. 9 de julio de 2017. 14 Tiempo ordinario (A). Mateo 11, 25-30.

domingo, 9 de julio de 2017
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5264272224_11d846e3afEl evangelio de Mateo ha recogido tres llamadas de Jesús que hemos de escuchar con atención sus seguidores, pues pueden transformar el clima de desaliento, cansancio y aburrimiento que a veces se respira en alguno sectores de nuestras comunidades.

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados. Yo os aliviaré”. Es la primera llamada. Está dirigida a todos los que viven su religión como una carga pesada. No son pocos los cristianos que viven agobiados por su conciencia. No son grandes pecadores. Sencillamente, han sido educados para tener siempre presente su pecado y no conocen la alegría del perdón contínuo de Dios. Si se encuentran con Jesús, se sentirán aliviados.

Hay también cristianos cansados de vivir su religión como una tradición gastada. Si se encuentran con Jesús, aprenderán a vivir a gusto con Dios. Descubrirán una alegría interior que hoy no conocen. Seguirán a Jesús, no por obligación sino por atracción.

“Cargad con mi yugo porque es llevadero y mi carga ligera”. Es la segunda llamada. Jesús no agobia a nadie. Al contrario, libera lo mejor que hay en nosotros pues nos propone vivir haciendo la vida más humana, digna y sana. No es fácil encontrar un modo más apasionante de vivir.

Jesús libera de miedos y presiones, no los introduce; hace crecer nuestra libertad, no nuestras servidumbres; despierta en nosotros la confianza, nunca la tristeza; nos atrae hacia el amor, no hacia las leyes y preceptos. Nos invita a vivir haciendo el bien.

Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y encontraréis descanso”. Es la tercera llamada. Hemos de aprender de Jesús a vivir como él. Jesús no complica nuestra vida. La hace más clara y más sencilla, más humilde y más sana. Ofrece descanso. No propone nunca a sus seguidores algo que él no haya vivido. Nos invita a seguirlo por el mismo camino que él ha recorrido. Por eso puede entender nuestras dificultades y nuestros esfuerzos, puede perdonar nuestras torpezas y errores, animándonos siempre a levantarnos.

Hemos de centrar nuestros esfuerzos en promover un contacto más vital con Jesús en tantos hombres y mujeres necesitados de aliento, descanso y paz. Me entristece ver que es precisamente su modo de entender y de vivir la religión lo que conduce a no pocos, casi inevitablemente, a no conocer la experiencia de confiar en Jesús. Pienso en tantas personas que, dentro y fuera de la Iglesia, viven “perdidos”, sin saber a qué puerta llamar. Sé que Jesús podría ser para ellos la gran noticia.

José Antonio Pagola

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“Soy manso y humilde de corazón”. Domingo 9 de julio de 2017. Domingo 14º de tiempo ordinario

domingo, 9 de julio de 2017
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37-OrdinarioA14Leído en Koinonia:

Zacarías 9,9-10: Mira a tu rey que viene a ti modesto
Salmo responsorial: 144: Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey.
Romanos 8,9.11-13: Si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis
Mateo 11,25-30: Soy manso y humilde de corazón

La profecía de Zacarías era ‘una piedra en el zapato’ para los fanáticos que en la época de Jesús buscaban un mesías triunfante y nacionalista. Zacarías nos ofrece una reflexión que sintoniza mucho con las grandes aspiraciones de las comunidades que, después del exilio babilónico, intentaron reconstruir la identidad nacional a partir de elementos universales, pluralistas y comunitarios. La esperanza del pueblo de Dios no podía estar en un guerrero triunfador como David ni en un diplomático equilibrista como Salomón. El pueblo quería algo diferente y definitivo. Atrás quedaron los modelos militaristas, administrativos y centralistas de todos los reyes de Israel y Juda. El pueblo quería una persona que fuera capaz de encaminar la nación por los rumbos añorados de la justicia, la paz y la solidaridad. El profeta Zacarías asume esta propuesta y la lanza a todo el pueblo de Dios como una gran utopía.

Para Zacarías, el nuevo gobernante debía distinguirse por la humildad, la justicia y su carácter pacífico. La humildad entendida como la capacidad para andar en la verdad, no como sumisión y conformismo. La justicia como pilar de una organización social en la que se le da a cada persona de acuerdo con sus necesidades y no según sus ambiciones. El pacifismo como la actitud básica para solucionar los inevitables conflictos que se presentan en toda organización humana. Tres cualidades que configuran una nueva forma de ejercer el poder. Sin embargo, Israel se estrelló con la ambición de algunos grupos minoritarios y poderosos que impusieron una teocracia centralista, prepotente y uniformadora. Fueron suprimidas de manera sistemática, todas las disidencias posibles y se le negó así al pueblo de Dios la posibilidad de intentar una utopía universalista, solidaria y transformadora. Se centró todo el poder en unas pocas familias que controlaban el Templo, el gobierno y la tierra. Así, los pobres de Yahvé no tuvieron la posibilidad de dar vida a su proyecto por falta de posibilidades económicas, de apertura política y de libertad religiosa.

El evangelio de Mateo nos presenta a Jesús con las características mesiánicas de la profecía de Zacarías: una persona pacífica y humilde, apasionado por hacer realidad la Utopía de Dios. Por esta razón, Jesús no se identifica con los ideales acerca del Mesías, vigentes en su época. No hay en él el más mínimo asomo del militar aguerrido e irresistible que con un formidable despliegue eliminaría las pretensiones del imperio romano, ni del sacerdote excelso que con sus extraordinarias dotes santificadoras transformaría el Santuario de Jerusalén, ni del gobernante extraordinario que congregaría al pueblo de Israel disperso por el mundo. Jesús no comparte estos proyectos, como tampoco las extravagantes aspiraciones de los nacionalistas furibundos que veían en el imperio romano un peligro que no eran capaces de descubrir al interior de ellos mismos, la violencia incontenible.

Los ideales de Jesús estaban más cerca de las grandes tradiciones proféticas que aspiraban a que el pueblo de Dios fuera capaz de organizarse como modelo alternativo de sociedad. Por esta razón, valores como el pacifismo y la humildad eran urgentes y necesarios. El pacifismo obliga a asumir actitudes dinámicas de transformación social pero, al mismo tiempo, no se rinde a la imparable lógica de la violencia. La humildad, por su parte, exige reconocer en cada momento los propios límites de la existencia y las barreras intrínsecas de la historia. Humildad y pacifismo hacen de un proyecto tan grandioso e imponente como el reino de Dios, algo al alcance de los pobres y excluidos.

Jesús, sin embargo, sabía perfectamente que no bastaba con que el ‘rey’ o líder poseyera atributos excepcionales para que la situación cambiara. Para él, era necesario que una comunidad de hermanos y hermanas se comprometiera a vivir la alternativa, a demostrar al mundo que «otras maneras de organización eran posibles», que la lógica aparentemente inextinguible de la violencia podía ser controlada. Por esto, Jesús insiste en la necesidad de asumir el ‘suave yugo’ de la vida comunitaria y la ‘ligera carga’ de las opciones evangélicas. Pero, atención, esto no es para todo el mundo. Es necesario madurar la fe y crecer como personas antes de meterse en este proyecto. Porque para quien no ha crecido en la dinámica de la comunidad, sino que ve todo desde ‘afuera’, desde los valores sociales vigentes, los ideales de Jesús son una carga abominable y el ideal de la cruz una ideología insufrible. No podemos pedir a cualquiera que asuma la inmensa responsabilidad del pacifismo si toda su vida ha creído que la ‘ley del revólver’ es un destino inexorable. No podemos pedir mansedumbre a una persona a la que siempre le han enseñado que el control de los demás, las ambiciones de ascenso social y el arribismo son las herramientas para ‘progresar’ en la vida.

Jesús quiere una comunidad en la que los lazos de solidaridad, afecto y respeto hagan de un grupo humano una gran familia consagrada a la realización del Reino. Una comunidad en la que los sencillos, los pequeños, hallen un lugar de importancia y sean los gestores de una nueva manera de organizar las relaciones interhumanas. Porque, como dice Pablo, sólo el ser humano espiritual, o sea, el ser humano que se ha abierto a la acción del Espíritu de Dios, es capaz de vivir la vida en plenitud, es decir, en gozosa aceptación y armonía con la humanidad. Leer más…

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Dom 9.7.17. Venid a mí todos los que estáis agobiados y agotados

domingo, 9 de julio de 2017
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19424134_815509605292900_2255426038404935897_nDel blog de Xabier Pikaza:

Dom 14, tiempo ordinario. Este pasaje (Mt 11, 25-30) proviene del Q (cf. Lc 10, 21-22) y tiene profundas resonancias joánicas, de forma que a veces se le ha visto como un aerolito caído del horizonte o entorno del cuarto evangelio e introducido en la tradición sinóptica.

De todas formas, es un texto bien entroncado en la tradición de Mateo, que ha insistido en la revelación de Dios a los pequeños, por encima de la pretendida grandeza de las ciudades galileas y de los maestros rabínicos. Mateo la introduce tras el envío de los discípulos a Galilea (Mt 10) y tras la condena de las tres ciudades (Corozaín, Betsaida, Cafarnaum…: Mt 11, 20-24), que han querido elevarse sobre el cielo, rechazando a Jesús y a sus enviados.

Éste es un pasaje clave, que pone de relieve la gran inversión del evangelio y de una Iglesia que se ha querido hacer cosa de sabios y entendidos, de prudentes y nobles… Pues bien, en contra de eso, Jesús apela aquí a la iglesia de los pequeños:

19424384_815510725292788_5968584340736642847_nLos que no quieren hacerse grandes por encima de los otros, dominando de forma religiosa o social sobre los demás.

Los que saben dejarse amar y aman, cuerpo a cuerpo, vida a vida,, sabiendo que la verdad de Dios en Cristo se despliega de esa forma, como un camino de amor.

Feliz día a todos los que se sienten identificados con esta iglesia de Jesús, que es nuestra iglesia, por la que Jesús bendice a Dios, con la que se identifica.

Análisis. Las tres partes del texto

1. Alabanza (11, 25-26).

19399657_815510251959502_4596509088167251804_nProviene de la tradición pascual de la iglesia, que descubre y confiesa a Jesús, muerto ya y resucitado, como revelador del Padre. Pero, en su tenor original, evoca y actualiza la experiencia histórica de Jesús:

11 25 Yo te confieso, Padre, Señor de cielo y tierra, pues has ocultado esto a sabios y entendidos, y lo has revelado a los pequeños. 26 Sí, Padre, pues que esta ha sido tu voluntad .

Frente a los sabios y entendidos, representados por los galileos de 11, 20-24, se sitúan ahora los pequeños (nhpi,oi), que han acogido el evangelio. Así lo descubre Jesús, y da gracias al Padre por ello. Éste ha sido su descubrimiento mesiánico: La revelación de Dios en los pequeños, y no en las orgullosas ciudades de Galilea, ni en los sabios del judaísmo rabínico.

Leído de esa forma, ese pasaje nos sitúa ante un misterio: la manifestación de Dios rompe la dinámica religiosa de sabiduría y grandeza de las ciudades galileas (presumiblemente orgullosas por su conocimiento de la Escritura y por su forma de entender el judaísmo). En contra de ellas, eleva Jesús, por gracia de Dios, a los pequeños que escuchan su Palabra. Frente al círculo cerrado de los sabios y entendidos que se buscan a sí mismos y se creen suficientes, ratifica el Dios de Jesús el valor de los pequeños, en gesto de admiración exultante, revelándose por ellos como Padre.

En este principio se vinculan la hondura y universalidad, la profundidad y amplitud del evangelio de Mateo, que aparece así como portador de una revelación que no “cabe” en un pueblo de grandes y sabios. Este pasaje destaca así la autoridad de Dios Padre, a quien Jesús reconoce y alaba por su acción salvadora, en la línea del Éxodo, desvelando así su Nombre originario (cf. Ex 3, 14): Kyrios/Yahvé (¡Soy el que Soy!) del cielo y de la tierra, liberador sacral de los hebreos, siendo, al mismo tiempo, Padre que acoge y eleva a los pequeños. Éstas palabras (¡pues has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos…!) deben situarse en la historia de las comunidades cristianas de Galilea, que, en un momento de conflicto, entre el 40 y 70 dC, tendieron a desligarse del movimiento de Jesús, de forma que no pudo haber una “galilea cristiana”.

La manifestación del Dios de Jesús rompe la dinámica de sabiduría encarnada en las ciudades galileas, presumiblemente orgullosas por su conocimiento de las Escrituras, explicadas por los maestros fariseos que empezaban a misionar en la zona, oponiéndose a los discípulos de Jesús. Pues bien, frente a los “grandes fariseos” que operan en esas ciudades, rejudaizando Galilea de un modo rabínico, eleva Jesús a los pequeños que escuchan su Palabra, mostrando así que el Kyrios/Yahvé de la tradición judía es el Padre y defensor de los pobres, por encima de una sabiduría entendida como privilegio de una Ley propia de sabios y entendidos.

El Dios grande (justificación del orden establecido) no necesita ser Padre (en el sentido de Jesús), porque es más bien Señor, Justo Juez, responsable de un orden y justicia de talión, dando a cada uno lo suyo (de acuerdo a lo que sabe y tiene). Por el contrario, el Dios de los pequeños tiene que ser y es Padre. Fundándose en el Dios de su seguridad nacional y legal, los galileos han rechazado a Jesús, pero él alaba a Dios Padre a través de los pobres, a quienes recibe en amor, ofreciéndoles su más alto conocimiento .

2. Revelación filial (11, 27).

Ese Dios de los pequeños se define ahora como Padre de Jesús, a quien se revela en plenitud. No estamos ya ante Moisés, un hombre de gran importancia, pero que recibe y ofrece una Ley que no se identifica con él. A diferencia de eso, la verdad de Dios se identifica con el mismo Jesús, como indica esta parábola más honda del mutuo conocimiento entre Padre e Hijo. Jesús no es sabio en la línea de los maestros de las ciudades galileas, ni es prudente en la línea de los expertos rabinos, sino que es y actúa como Hijo de Dios y Revelador del Padre, manifestándose de un modo total a (y en) los pequeños.

En esa línea, el conocimiento que Jesús tiene y transmite se identifica con su ser de Hijo. No es el resultado de un estudio especial (como el de los nuevos sabios galileos), ni una comprensión mas minuciosa de la Ley, sino una experiencia de filiación, que él puede y quiere compartir con todos aquellos que le escuchan y acompañan, empezando por los pequeños. Ésta es su transformación, la más sencilla (¡volver al principio de la vida!), la más fuerte de todas. Leer más…

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Sabios y sencillos. Domingo 14 TO. Ciclo A

domingo, 9 de julio de 2017
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alexander_the_great_mosaicentrada-en-jerusalenEl contraste en Alejandro Magno y Jesús

Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Algunos obispos y cardenales descontentos con el Papa Francisco dicen de él, con cierto desprecio, que “no es un teólogo”. Les convendría saber lo que piensa Jesús de quienes presumen de teólogos y de sabios.

El contexto del evangelio

En los tres domingos anteriores (11-13) hemos leído unos fragmentos del discurso de Jesús a los apóstoles cuando los envía de misión (Mt 10). No se cuenta la vuelta de los discípulos ni el resultado de su actividad. En los capítulos siguientes (Mt 11-12) se cuentan episodios muy distintos que ayudan a definir la figura de Jesús y describen las distintas reacciones que provoca su persona y su actividad.

¿Es realmente el Mesías esperado? Juan Bautista duda, y envía a sus discípulos a preguntar si tienen que esperar a otro. Los de Corozaín y Betsaida no se dejan afectar por su predicación, se niegan a convertirse. Los fariseos lo acusan de infringir la ley y el sábado, deciden matarlo y dicen que está endemoniado.

Sin embargo, en medio de todos estos que desconfían, se desinteresan o se oponen a Jesús, hay un grupo que lo acepta por dos motivos muy distintos: por revelación de Dios, y porque, desde un punto de vista religioso, se sienten agobiados, cargados, y encuentran alivio en Jesús y su mensaje. Al final, este grupo aparecerá como la familia de Jesús, sus hermanos, sus hermanas y su madre.

Sabios y sencillos

En aquel tiempo, exclamó Jesús:

Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Si, Padre, así te ha parecido mejor.

Todo me lo, ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y encontraréis vuestro. descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.

En el pasaje de hoy, Jesús ve que la gente se divide ante él, y las cataloga en dos grupos. El de los «sabios y entendidos», que tienen una sabiduría humana, y por eso se escandalizan de Jesús o lo rechazan. Y el de la «gente sencilla», sin prejuicios, a la que Dios puede revelarle algo nuevo porque no creen saberlo todo. Esta gente acepta que Jesús es el Mesías aunque no imponga la religión a sangre y fuego; acepta que es el enviado de Dios aunque coma, beba y trate con gente de mala fama; se deja interpelar por su palabra y enmienda su conducta. Esto, como la futura confesión de Pedro, es un don de Dios. La capacidad de ver lo bueno, lo positivo, lo que construye. Los sabios y entendidos se quedan en disquisiciones, matices, análisis, y terminan sin aceptar a Jesús.

Para estas personas sencillas, la gran ventaja es que, a través de Jesús, van a conocer a Dios. Él se lo revelará, porque es el único que puede hacerlo. Pero esta revelación del Padre no es algo abstracto, teórico. Es un respiro para los rendidos y abrumados por el yugo de las leyes y normas que les imponen las autoridades religiosas.

Estos versículos contienen un dinamismo muy curioso: el Padre revela al Hijo, el Hijo revela al Padre, pero el gran beneficiado es el hombre que acoge esa revelación; se ve libre de una imagen legalista, dura, agobiante, de Dios y de la religión. Su piedad, al hacerse más divina, se hace más humana.

Un rey sencillo, pero de inmenso poder

La primera lectura, que parece un poco traída por los pelos, es sin embargo muy interesante. Habla del rey futuro, esperado, en una época en la que no hay rey en Judá y la monarquía parece un sueño. En la segunda parte del poemita se dicen de ese rey cosas maravillosas. Se le atribuyen acciones que textos proféticos anteriores atribuían al mismo Dios: destruir los ejércitos de Israel y dictar la paz a las naciones. Es una forma de decir que será un rey excepcional, cuasi divino. Pero la primera parte subraya que, al mismo tiempo, será un rey manso, humilde, montado en un borrico, como los antiguos patriarcas, no como Alejandro Magno en su caballo Bucéfalo. (Muchos autores piensan que el profeta se inspiró en el paso de Alejandro por Palestina, camino de Egipto, para ofrecer una imagen muy distinta del monarca que esperaba.)

Lectura de la profecía de Zacarías 9, 9-10

Así dice el Señor:

Alégrate, hija de Sión; canta, hija de Jerusalén;

mira a tu rey que viene a ti justo y victorioso;

modesto y cabalgando en un asno, en un pollino de borrica.

Destruirá los carros de Efraín, los caballos de Jerusalén,

romperá los arcos guerreros,

dictará la paz a las naciones;

dominará de mar a mar, del Gran Río al confín de la tierra.


 

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Domingo XIV. 09 Julio, 2017

domingo, 9 de julio de 2017
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domingo14

“Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a las sabias y entendidas y las has revelado a la gente sencilla.

(Mt 11, 25-30)

Los evangelios no nos dicen explícitamente en ningún momento que Jesús riera o sonriera. Pero si agudizamos la vista y el oído nos encontramos con la sonrisa de Jesús.

Por ejemplo, en este fragmento del evangelio. Jesús siente la alegría y la complacencia al descubrir que la gente sencilla comprende la manera de ser de Dios. La gente humilde se abre al Reino. Jesús lo sabe y alaba al Padre. ¿Cómo?, ¡con una sonrisa en los labios!

¿Quién no se alegra cuando le sucede algo bueno? Por eso el evangelio de hoy nos ofrece la imagen de Jesús sonriente, con el rostro iluminado, compartiendo alegría con las gentes sencillas que lo están escuchando.

Y es que nos puede suceder que a fuerza de ver imágenes de Jesús en las que aparece serio, incluso en algunas parece que enfadado, acabemos olvidando que Jesús también sonreía. Se alegraba. Bendecía. Y probablemente se echaría unas risas con sus amigas y amigos.

Además, es imposible pensar que un Dios que ha creado cosas tan hermosas y es Amor, no tenga en su rostro una amplia sonrisa.

Tampoco parece muy creíble que a Jesús se le hubiera acercado mucha gente si hubiera ido por la vida con cara de pocos amigos.

Al final del evangelio de hoy Jesús invita a quienes están cansadas y agobiadas a acudir a él. Jesús quiere ser nuestro descanso y nuestro alivio. Nos ofrece su humildad y su sonrisa como lugar de nuestro descanso.

Estés como estés. Cansada o aliviada. Te invito a hacer un sencillo ejercicio. Imagínate a lo largo del día de hoy que Jesús te acompaña con su sonrisa. Cuando te acuerdes de Dios, acuérdate también de su sonrisa. Seguro que a lo largo del día acabas sonriendo más de una vez. Incluso puede que provoques alguna sonrisa.

Oración

Trinidad Santa, sonrisa compañera. Haznos imagen y semejanza de tu alegría.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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La simplicidad de Dios nos asusta.

domingo, 9 de julio de 2017
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priestelsicariodedios5Mt 11, 25-30

En el evangelio de hoy hay tres párrafos bien definidas. El primero se refiere a Dios. El segundo, a la interdependencia total entre Jesús y Dios. El tercero, hace referencia a la relación entre nosotros y Jesús. Los tres manifiestan aspectos esenciales del mensaje de Jesús. Los dos primeras se encuentran también en Lc, pero en el contexto des éxito de los 72 y la intervención del Espíritu que llenó de alegría a Jesús. En la primera comunidad cristiana todos eran personas sencillas, que no podían gloriarse de nada y buscaban ser acogidas y guiadas. ¿Qué hubiera dicho Jesús de la Iglesia después de Constantino?

“Te doy gracias, Padre, porque…” Lo importante no es la acción de gracias en sí sino el motivo. Jesús no puede afirmar que Dios da a algunos lo que niega a otros. Lo que quiere decir es que, el Dios de Jesús no puede ser aceptado más que por la gente sencilla y sin prejuicios. Los engreídos, los soberbios, los sabios tienen capacidad para crearse su propio Dios. Los “sabios y entendidos” eran los especialistas de la Ley. Su pretendido conocimiento de Dios les daba derecho a sentirse seguros, poseedores de la verdad. No tenían nada que aprender. Pero eran los únicos que podían enseñar.

¿Quiénes eran los sencillos? “El “nepios” griego tiene muchos significados, pero todos van en la misma dirección: infantil, niño, menor de edad, incapaz de hablar; y también: tonto, infeliz, ingenuo, débil. En todos descubrimos la ausencia de cálculo, la falta de doblez o segundas intenciones. Para la élite religiosa, los sencillos eran unos malditos, porque no conocían la Ley, y por lo tanto no podían cumplirla. Los sencillos eran los “sin voz”, “la gente de la tierra” a quienes los rabinos despreciaban.

Estas cosas son las experiencias de Dios que Jesús vivió y que les quiere transmitir. No se trata de conocimiento sino de experiencia profunda. “Todo me lo ha entregado mi Padre…” Ese conocimiento de Dios no es fruto del esfuerzo humano, sino puro don; aunque no se niegue a nadie. El error de nuestra teología, fue creer que conocíamos a Jesús porque conocíamos a Dios; si Jesús era Dios, ya sabíamos lo que era Jesús. El texto nos dice que la única manera de conocer a Dios es aproximarnos a Jesús.

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré. La imagen de yugo se aplicaba a la Ley, que, tal como la imponían los fariseos, era ciertamente insoportable. El hombre desaparecía bajo el peso de más de 600 preceptos y 5.000 prescripciones. Para los fariseos, la Ley era lo único absoluto. Jesús dice lo contrario: “El sábado está hecho para el hombre, no el hombre para el sábado”. La principal tarea de Jesús es liberar al hombre de las ataduras religiosas.

Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera. Jesús libera de los yugos y las cargas que oprimen al hombre y le impiden ser Él. No propone una vida sin esfuerzo; Sería engañar al ser humano que tiene experiencia de las dificultades de la existencia. Sin esfuerzo no hay verdadera vida humana. No es el trabajo exigente lo que malogra una vida, sino los esfuerzos que no llevan a ninguna plenitud. Todo lo que hagamos a favor del hombre se convertirá en felicidad porque traerá plenitud y felicidad.

Jesús propone un “yugo” pero no de opresión que vaya contra el hombre, sino para desplegar todas sus posibilidades de ser más humano. Jesús quiere ayudar al ser humano a desplegar su ser sin opresiones. El yugo y la carga serían, como el peso de las alas para el ave. Claro que las alas tienen su peso, pero si se lo quitas, ¿con qué volará? El motor de un avión es una tremenda carga, pero gracias a ese peso el avión vuela. Nuestras limitaciones son las que nos permiten avanzar hacia la meta.

Lo que acabamos de leer es evangelio (buena noticia). No hemos hecho caso a este mensaje. En cuanto pasaron los primeros siglos de cristianismo, se olvidó totalmente este evangelio, y se recuperó “el sentido común”. Nunca más se ha reconocido que Dios se pueda revelar a la gente sencilla. Es tan sorprendente lo que nos acaba de decir Jesús, que nunca nos lo hemos creído. Dios no comparte con el hombre el conocimiento, sino su misma Vida. Los que no creen en la evolución pueden disfrutar de una buena salud.

Si Dios se revela a la gente sencilla, ¿Qué cauces encontramos en nuestra institución para que esa revelación sea escuchada? ¿No estamos haciendo el ridículo cuando seguimos siendo guiados por los “sabios y entendidos” que se escuchan más a sí mismos que a Dios? A todos los niveles estamos en manos de expertos. En religión la dependencia es absoluta, hasta el punto de prohibirnos pensar por nuestra cuenta. Recordad la frase del catecismo: “doctores tiene la Iglesia que os sabrán responder”.

Jesús no propone una religión menos exigente. Esto sería tergiversar el mensaje. Jesús no quiere saber nada de religiones. Propone una manera de vivir la cercanía de Dios, tal como él la vivió. Esa Vida profunda, es la que puede dar sentido a la existencia, tanto del listo como del tonto, tanto del sabio como del ignorante, tanto del rico como del pobre. Todo lo que nos lleve a plenitud, será ligero. Este camino de sencillez no es fácil.

Los cansados y agobiados eran los que intentaban cumplir la Ley, pero fracasaban en el intento. De esas conciencias atormentadas abusaban los eruditos para someterlos y oprimirlos. Nada ha cambiado desde entonces. Los entendidos de todos los tiempos siguen abusando de los que no lo son y tratando de convencerles de que tienen que hacerles caso en nombre de Dios. Pío IX dijo: “solo hay dos clases de cristianos, los que tienen el derecho de mandar y los que tienen la obligación de obedecer”. Hoy ningún jerarca repetiría esas palabras, pero en la práctica, todos actúan desde esa perspectiva.

Descubramos en qué medida separamos la fe de la vida, la experiencia del conocimiento, el amor del culto, la conciencia de la moralidad, etc. Los predicadores seguimos imponiendo pesados fardos sobre las espaldas de los fieles. Nuestro anuncio no es liberador. Seguimos confiando más en los conocimientos teológicos, en el cumplimiento de unas normas morales y en la práctica de unos ritos, que en la sencillez de sabernos en Dios. Seguimos proponiendo como meta la “Ley”, no la Vida.

La gran carencia de nuestra comunidad hoy es la falta de experiencia interior. Por eso nunca se podrá superar insistiendo en la doctrina, por medio de la condena a los que se atreven a discrepar de la doctrina oficial o con documentos que tratan de zanjar cuestiones discutibles. Lo que hay que enseñar a los cristianos es a vivir la experiencia del Dios de Jesús. Solo ahí encontraremos la liberación de toda opresión. Solo teniendo la misma vivencia de Jesús, descubriremos la libertad para ser nosotros mismos.

Meditación

Venid a mí todos, dice Jesús.
Él conoce a Dios y él nos lo puede revelar.
Debemos superar todo prejuicio
y aceptar ese Dios como el único que puede liberarnos.
Todo dios, que venga de otra parte
o que nos hayamos fabricado nosotros, será opresor.
Mientras más agobiados nos sintamos,
más necesitaremos al Dios de Jesús.

 

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Manso y humilde de corazón.

domingo, 9 de julio de 2017
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4893ee3cc57351cd95610f11a8672e3dLa mansedumbre y humildad de corazón, en modo alguno significan debilidad (Juan Pablo II)

9 julio XIV domingo del TO

Mt 11, 25-30

Acudid a mí, los que andáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré (v. 28)

El Salmo 25, 9 dice que Yahweh enseña a los mansos su camino. Y el 144 canta la clemencia y misericordia del Señor con todas las criaturas. Bondad divina que Jesús revela repetidamente en el Evangelio. En Mateo nos invita a paliar nuestro cansancio por las vicisitudes de la vida acudiendo a él llenos de confianza, y vincula a sus seguidores a su propia persona humana. Mantuvo con los necesitados un trato particularmente próximo y cordial.

Por contraposición, los rabinos eran maestros expertos en la ley judía y en la interpretación de la Torá, que imponían dicha ley a los suyos vetándoles el ejercicio de la libertad e impidiéndoles el desarrollo natural como personas. Juan lo expresó con fuerza en su Evangelio: “la verdad os hará libres” (Jn 8, 32). Una de las magníficas formulaciones del evangelista, como apunta Schökel, que todavía no ha perdido nada de su resplandor, y que es la fuerza de la vida que redime al ser humano.

Sólo dos personas en la Biblia fueron llamados mansos: Jesús y Moisés. Y ninguno de los dos era débil o cobarde; eran hombres de fuerte convicción en su vida e ideas. Se destaca en ella la mansedumbre como actitud mental que se tiene en primer lugar hacia Dios y luego hacia el prójimo. En Isaías 29 está escrito que “Los mansos aumentarán su regocijo en Jehová mismo”, y en el Salmo 25 se dice que “Jehová enseñará a los mansos su camino”.

“La mansedumbre y humildad de corazón, en modo alguno significan debilidad”. Lo dijo Juan Pablo II en una audiencia sobre la misión de Cristo.

Moisés “era con mucho el hombre más manso de todos los hombres que había sobre la superficie del suelo”, como relata Nm 12, 3. El Salmo 37, 11 dice que “Los mansos mismos poseerán la tierra, y verdaderamente hallarán su deleite exquisito en la abundancia de paz”. Y el 22, 26: Los mansos comerán y quedarán satisfechos”.

Jesús manifiesta constantemente en su vida pública la mansedumbre y humildad de corazón. San Pablo invita en Flp 2, 6-8 a los habitantes de la Macedónica, ciudad de Filipos, a tener los mismos sentimientos de Jesús y tomarlo como inspiración y modelo. Razones por las cuales San Pedro nos propone el seguimiento de sus huellas (1Pe 2, 21).

“Tener los mismos sentimientos”. Es lo que ha hecho madrileño Pedro Halffter (1971), internacionalmente reconocido como compositor y director de orquesta. El jueves de la semana pasada tuve la fortuna de poder asistir en el Auditorio Príncipe de Vergara al estreno de su obra Sigfrido sin palabras. Una condensación musical en la que, los espectadores hemos podido apreciar la enorme diversidad de colores y matices de la música wagneriana. Halffter “ha desnudado a Sigfrido y le ha dejado sin palabras, arropado solo por la orquesta”, como él mismo afirma en una reciente entrevista.

Mi mente volaba sobre violines, flautas y trompetas, permutando al héroe del Anillo del Nibelungo por Jesús y el Evangelio. Yo era ahora el revestido de los vientos, haciendo sonar mi personal orquesta, y haciendo que mi sonido anegara de vida la existencia de cuantos pudieran escucharme.

El poeta leonés Antonio Colinas, nacido en La Bañeza en 1946, nos presenta en su obra Libro de la mansedumbre (Ediciones Seruela 2016) una dimensión universal y profunda de tan cristiana virtud, en este fragmento de su poema Descenso a la mansedumbre:

¡Cómo revela el mar la mansedumbre!
Aquí en la playa, donde están los límites
verdaderos del ser, filósofa francesa
-los de la mar, la tierra, el cielo-
todo es infinito.
Mansa es el agua y mansas son las rocas,
Y hasta la noche que desciende es mansa.

 

HAY TORMENTAS EN MI MAR

Se levantan tempestades
en los caminos del mar.

(¡De mi mar y mi camino!)

Cansado estoy de remar.

……………………….

Señor del trueno y del viento:
¡No me dejes naufragar!

Apacigua mis tormentas
que tanto encrespan mi mar.

En tu andar de peregrino…
¡¡calma mi peregrinar!!

(SOLILOQUIOS. Ediciones Feadulta)

 

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Venid a mí.

domingo, 9 de julio de 2017
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jezus-ci-pomozeMt 11, 25-30

Sabemos bien que para Jesús la oración es esencial. En muchos momentos se aleja para orar en soledad, buscando tiempos explícitos de encuentro con su Abba (cf. Mt 14,13.23; 17,1; 26.36ss…). En otros nos invita a rezar (cf. 18,19-20; 24,20…); y hasta nos enseña cómo hacerlo (cf. 6,5ss; 9,38…).

Pero hoy es diferente, porque tras la breve y conocida expresión, “en aquel tiempo”, nos vemos sumergidos inmediatamente en la propia oración de Jesús. Y, como sucede cuando alguien nos introduce en un momento íntimo, podemos sentir cierto reparo prudente, pero al mismo tiempo agradecido hacia quien nos abre su vida en un instante tan privado.

Jesús se dirige directamente al Padre y lo hace dándole gracias y nombrándolo como el Señor de cielo y tierra. Las gracias se las da porque ha escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las ha revelado a la gente sencilla. Ante esta expresión nos surgen algunas preguntas: ¿qué son “estas cosas”?, ¿quiénes son los “sabios y entendidos”?, ¿a quiénes se refiere Jesús con “gente sencilla”?

Situar el texto en su contexto nos ayudará a comprenderlo mejor. Durante los primeros capítulos del evangelio Mateo se ha preocupado por dar a conocer las enseñanzas y acciones de Jesús. A partir del capítulo 11 (en el que se encuentra nuestro relato), el evangelista modifica la dirección de su mirada y pone la atención en la actitud que cada persona o cada grupo muestra ante Jesús. Así, Juan Bautista todavía duda y envía a sus mensajeros para preguntarle directamente (11,2-15); algunas personas no son capaces de atravesar las apariencias y le juzgan severamente (11,16-19) y las ciudades en las que ha realizado la mayoría de sus milagros no se convierten (11,20-24).

Los “sabios y entendidos” tampoco comprenden (11,25). En Mateo estos sabios y entendidos son, seguramente, los especialistas en la Ley, esos fariseos que le recriminan (12,2), que buscan cómo acabar con él (12,14), que lo relacionan con Belcebú, el príncipe de los demonios (12,24) y que le piden signos (12,38) sin acoger los que ya ha realizado. Aquellos que creían saberlo todo de Dios se muestran ciegos, incapaces de descubrirle en Jesús, atados como están por sus falsas imágenes de un dios que ha cargado al pueblo de preceptos y observancias. Un dios tan diferente del Dios de Jesús, el Dios que ama y que libera, que nos descarga de nuestros pesos y los toma consigo, que nos quiere felices.

Es la gente sencilla la que acoge “estas cosas”, es decir, la revelación de Dios en Jesús, su Buena Noticia. La gente sencilla es quien se sitúa “desarmada” ante Dios, quien es capaz de dejarse coger por él hasta el fondo, quien cree y confía, quien se abre a su Amor sin cuestionarlo y así se deja transformar radicalmente por él.

En la Iglesia hoy es también la gente sencilla la que sigue cuestionándonos y enseñándonos. ¡Qué cuidado hemos de poner para no cargarnos ni cargar a nadie con unos fardos pesados frutos de razonamientos intelectuales y no de la verdadera experiencia de encuentro con Jesús! Quienes tenemos la gran suerte de acompañar a otros en su camino de vida y fe somos testigos del peso que muchas personas siguen cargando. Pienso en jóvenes que se perciben bajo grandes fardos cuando no saben qué hacer con lo que sienten frente a las normas religiosas que han aprendido; o cuando se enfrentan a su identidad sexual sin saber cómo entender lo que les sucede a la luz de lo que se les ha dicho en nombre de Dios. Pienso en parejas que no se sienten incluidas dentro de la gran familia eclesial o en quienes se saben rechazados por cómo piensan. Para todos ellos son especialmente estas palabras y para nosotros la gran pregunta: ¿Cómo estamos viviendo, qué hacemos y qué decimos para que todos puedan encontrarse y tener verdadera experiencia del Dios que nos libera y consuela? ¿Es realmente nuestra vida cauce para esta Buena Noticia?

Al comienzo del tiempo de verano, en el que todos buscamos cómo descansar más y mejor, cómo apaciguar nuestro estrés y descargar nuestras preocupaciones, un evangelio así es el mejor regalo que se nos podría hacer“Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré”No puede haber mejor promesa para quienes vivimos en una sociedad en la que la inmediatez y el individualismo ejercen un poder inaudito. También en nosotros, quienes somos creyentes y pensamos que tenemos una escala de valores diferente, encontramos sus huellas.

“Venid” nos dice Jesús¡Aquí estamos! ¿Qué persona no siente que esta Palabra es para ella? ¿Quién no tiene algún cansancio o agobio que desea descargar? Pero, fijémonos en los otros imperativos: “cargad” “aprended”. ¡Vaya! ¡En vacaciones y más trabajo! Movimiento, carga y aprendizaje… desde luego Jesús es el maestro de los contrastes. Y el Maestro de Sabiduría. Porque sus palabras nos llevan, una vez más, a lo esencial. Lo que hoy necesitamos no es el mero descanso del trabajo; no es desconectar de la rutina; ni viajar ni consumir más… Lo que el ser humano sigue necesitando, hoy y siempre, es encontrar el Sentido, ordenar la vida hacia Dios.

Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón. Aprended de quien es dócil a la voluntad del Padre, de quien está abierto a su Palabra y a su encuentro, del misericordioso, del pronto al perdón… Aprended de quien se deja modelar por las manos del Padre haciendo de su Proyecto el sentido de su existencia.

“Cargad con mi yugo… porque es llevadero y mi carga ligera”. El seguimiento de Jesús, lo sabemos, es exigente y radical. Conlleva la entrega total de la vida. Pero, por eso mismo, es absolutamente liberador y reconstituyente. Escuchamos estas palabras: “cargad con mi yugo” y nos imaginamos escenas de esclavitud y sufrimiento. ¡Todo lo contrario! El seguimiento de Jesús alienta nuestra alegría y nuestra libertad, nos libera de todo lo que es relativo y que tantas veces se convierte en nuestra vida en una carga que no nos deja vivir en plenitud.

“Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré”. Si para todos es un don, cómo resonará esta promesa en los oídos de quienes, por sus circunstancias personales o sociales, se encuentran envueltos en conflictos y dificultades, angustiados por sobrevivir y luchar para que otras/os sobrevivan. A todos ellos, a los pueblos de Venezuela, México, Siria, Irak, Afganistán, la zona del Gran Sahel y la región del Chad, Congo, Somalia…, a tantas hermanas y hermanos que cruzan desiertos o mares huyendo…, a quienes sufren enfermedad, discriminación o violencia, a todos tenemos presentes en nuestra oración. Que al rezar con esta Palabra que hoy se nos regala no los olvidemos.

Inma Eibe, ccv

Fuente Fe Adulta

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«Sí, soy homosexual, y vivo mi llamada al sacerdocio desde la castidad acogida con alegría»

domingo, 9 de julio de 2017
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estu_560x280¿Qué significa eso de que «Sí, soy homosexual»… » pero no considero la homosexualidad una tendencia profundamente arraigada pues, afortunadamente, no domina toda mi vida.» ???

Alfonso Ruiz de Arcaute estudia Teología en la Facultad de Vitoria

Carta al Papa de Alfonso Ruiz de Arcaute, vetado por Elizalde para el sacerdocio

«La orientación sexual es la que es. La vida, la vocación y el compromiso también es el que es»

(Jesús Bastante).- Alfonso Ruiz de Arcaute vive en Vitoria, acaba de cumplir 50 años y preside la celebración de la palabra en su comunidad de Santa Teresa de Jesús. Con 14 años, sufrió abusos por parte de un religioso. Lejos de perder la fe, continúo participando en la vida parroquial. Desde hace unos años, siente con fuerza la llamada al sacerdocio.

Así se lo contó a su obispo, Juan Carlos Elizalde, a quien «le conté los abusos sufridos, la experiencia en la Orden de Predicadores, mi trabajo pastoral posterior, mi etapa de pareja con un chico hace ya bastantes años, y mi compromiso eclesial actual en la parroquia y en el estudio de la teología». De hecho, estudió hace años en San Esteban (de los dominicos en Salamanca), y ahora concluye Teología en la Facultad de Vitoria.

El obispo, sin embargo, «ve inviable el camino hacia el sacerdocio» por su tendencia homosexual, pese a que «llevo varios años viviendo desde la castidad acogida con alegría al poner en mi compromiso eclesial el centro de mi vida».

comunidad-de-santa-teresa-en-vitoriaUn aparente callejón sin salida (Elizalde sólo le ofrecía que, si lo tenía tan claro, buscara un obispo que le ordenase), para el que Alfonso propuso una solución: escribir una carta al Papa Francisco, contando su desgarradora -y esperanzadora- historia. El obispo se comprometió a entregar en mano a Bergoglio. Semanas después, se le ha solicitado que vuelva a enviarla, por otro conducto.

«Sí, yo soy homosexual y cada día doy gracias a Dios por haberme creado tal como soy, con todas mis virtudes y todos mis defectos, con mi personalidad entera. Pero no considero la homosexualidad una tendencia profundamente arraigada pues, afortunadamente, no domina toda mi vida», explica

Alfonso pide al Papa que acepte su vocación, pues «de esta forma se evitaría también la circunstancia tan injusta de que aquel que en su día abusó sexualmente de mí pueda seguir ejerciendo su sacerdocio mientras que yo, víctima de la situación, veo negado el acceso».

Ésta es su carta al Papa Francisco:

Padre Francisco: jamás imaginé que iba a encontrarme escribiendo una carta al Papa. Mi nombre es Alfonso, tengo cuarenta y nueve años y vivo en Vitoria-Gasteiz, una pequeña ciudad en el norte de España donde siempre he desarrollado mi vida como agente de pastoral en ambiente parroquial.

Desde pequeño he participado en diversos grupos. Desgraciadamente a partir de los 14 años sufrí abusos por parte de un religioso de la parroquia. Sin embargo esto no me alejó de la comunidad sino que seguí participando en la vida parroquial hasta que decidí probar la vida religiosa con veinte años.

Aquello no fructificó pero seguí colaborando cada vez más activamente en la vida parroquial. Ahora mi trabajo pastoral se desarrolla en la Comunidad Parroquial Santa Teresa de Jesús, donde desarrollo diversos ministerios, incluido la presidencia de la celebración de la Palabra. Además participo activamente en la animación y planificación de toda la vida parroquial en comunión con Tasio, nuestro párroco.

El trabajo pastoral y el contacto directo y continuado con la comunidad ha hecho que a lo largo de estos dos últimos años haya vuelto a surgir de manera muy fuerte la llamada al sacerdocio. La oración, la búsqueda junto a personas muy significativas en mi vida, tanto seglares, como religiosos o sacerdotes, y el impulso y ánimo de una comunidad que desea y alienta mi compromiso eclesial, me ha llevado a pedir a mi obispo la admisión al seminario con vistas a la ordenación sacerdotal.

Con mi edad y trayectoria vital, consideré oportuno que el obispo conociera toda mi vida y circunstancias, con mayor razón todavía al ser recién nombrado y llegado a la diócesis. Por eso, con toda sinceridad, le conté los abusos sufridos, la experiencia en la Orden de Predicadores, mi trabajo pastoral posterior, mi etapa de pareja con un chico hace ya bastantes años, y mi compromiso eclesial actual en la parroquia y en el estudio de la teología.

Desgraciadamente, basándose en la instrucción del año 2005 sobre la admisión a las Órdenes Sagradas de las personas homosexuales, mi obispo ve inviable el camino hacia el sacerdocio. Yo, desde la lectura atenta del documento me hago varias preguntas que hoy quiero compartir con usted, Padre Francisco, para buscar luz en la respuesta a la llamada que cada vez siento con mayor fuerza.

El citado documento prohíbe la acogida a las Órdenes a aquellos que practiquen la homosexualidad. Creo que es algo evidente, igual que a aquellos que practiquen la heterosexualidad pues al sacerdote se le pide una vida entregada desde el celibato. Personalmente llevo varios años viviendo desde la castidad acogida con alegría al poner en mi compromiso eclesial el centro de mi vida.

De igual manera se prohíbe la acogida a aquellas personas que presentan una tendencia homosexual profundamente arraigada. Sinceramente creo que quien presente una tendencia heterosexual profundamente arraigada tampoco debería ser acogido al sacerdocio. Sí, yo soy homosexual y cada día doy gracias a Dios por haberme creado tal como soy, con todas mis virtudes y todos mis defectos, con mi personalidad entera. Pero no considero la homosexualidad una tendencia profundamente arraigada pues, afortunadamente, no domina toda mi vida.

Finalmente, también prohíbe la acogida a aquellas personas que defienden la cultura gay. Si por defender la cultura gay se entiende defender a los que sufren porque se ven marginados, atacados incluso físicamente o rechazados social, eclesial o familiarmente, sí me pongo a su lado, como al lado de los marginados de cualquier condición.

Y por todo ello, Juan Carlos, nuestro obispo, considera que no puedo ser admitido al sacerdocio. Sin embargo, humildemente, creo que se centra en la letra de la ley y no en su espíritu: se ha de exigir una madurez afectiva suficiente. Creo que el no esconderme y ser siempre sincero me ha ayudado a alcanzar esta madurez. Me gustaría que mi obispo hubiera consultado con aquellas personas que me conocen, aquellas con quien comparto mi vida académica en la facultad de teología, aquellos con los que he compartido fe y vida en la Orden de Predicadores o con las que comparto ilusiones y decepciones, alegrías y tristezas, preocupaciones, labor pastoral y sobre todo oración y celebración de la fe en mi comunidad. Quizá puedan dar cuenta de mi madurez afectiva y de mi vocación sacerdotal.

De esta forma se evitaría también la circunstancia tan injusta de que aquel que en su día abusó sexualmente de mí pueda seguir ejerciendo su sacerdocio mientras que yo, víctima de la situación, veo negado el acceso.

Por eso me atrevo, Padre Francisco, a pedirle mirar con ojos de misericordia y desde el discernimiento personal y no únicamente desde la legislación, cambiante por otra parte, las vocaciones sacerdotales y la mía en concreto. La orientación sexual es la que es. La vida, la vocación y el compromiso también es el que es. Ojalá el sábado no siga cerrando los caminos del hombre.

Daniel Ricardo, un joven preuniversitario venezolano que habitualmente confronta su vida de fe conmigo me escribía el otro día: «tu caso me recuerda a Fray Martín de Porres. En el seminario no le querían porque era negrito y eran racistas y le costó mucho que le admitieran. Pero mira ahora, él es santo y hemos logrado acabar con el racismo». Esta frase ha sido uno de los mayores alientos para atreverme a escribirle.

Me he alargado mucho más de lo que era mi intención. Le agradezco profundamente el tiempo que me ha dedicado, pero le agradezco todavía mucho más el nuevo impulso e ilusión que está generando en nuestra Iglesia.

Desde el primer día que nos lo pidió en el balcón de San Pedro le he hecho caso y he rezado por usted y lo seguiré haciendo. Ahora, con emoción, le pido que rece también usted por mi.

En Jesús, nuestro hermano mayor, el Señor del sábado, un abrazo fraterno

N. de la R.: este escrito fue entregado en mano, hace unos meses, por el obispo de Vitoria, Juan Carlos Elizalde, al Papa Francisco. Hace unas semanas, se pidió al autor que lo hiciera llegar directamente al Pontífice.

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Fuente Religión Digital

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«La familia no es intocable», 13 Tiempo ordinario – A (Mateo 10,37-42)

domingo, 2 de julio de 2017
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post-manifiesto1-570x333Con frecuencia, los creyentes hemos defendido la «familia» en abstracto, sin detenernos a reflexionar sobre el contenido concreto de un proyecto familiar entendido y vivido desde el Evangelio. Y, sin embargo, no basta con defender el valor de la familia sin más, porque la familia puede plasmarse de maneras muy diversas en la realidad.

Hay familias abiertas al servicio de la sociedad y familias replegadas sobre sus propios intereses. Familias que educan en el egoísmo y familias que enseñan solidaridad. Familias liberadoras y familias opresoras.

Jesús ha defendido con firmeza la institución familiar y la estabilidad del matrimonio. Y ha criticado duramente a los hijos que se desentienden de sus padres. Pero la familia no es para Jesús algo absoluto e intocable. No es un ídolo. Hay algo que está por encima y es anterior: el reino de Dios y su justicia.

Lo decisivo no es la familia de carne, sino esa gran familia que hemos de construir entre todos sus hijos e hijas colaborando con Jesús en abrir caminos al reinado del Padre. Por eso, si la familia se convierte en obstáculo para seguir a Jesús en este proyecto, Jesús exigirá la ruptura y el abandono de esa relación familiar: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí. El que ama a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí».

Cuando la familia impide la solidaridad y fraternidad con los demás y no deja a sus miembros trabajar por la justicia querida por Dios entre los hombres, Jesús exige una libertad crítica, aunque ello traiga consigo conflictos y tensiones familiares.

¿Son nuestros hogares una escuela de valores evangélicos como la fraternidad, la búsqueda responsable de una sociedad más justa, la austeridad, el servicio, la oración, el perdón? ¿O son precisamente lugar de «desevangelización» y correa de transmisión de los egoísmos, injusticias, convencionalismos, alienaciones y superficialidad de nuestra sociedad?

¿Qué decir de la familia donde se orienta al hijo hacia un clasismo egoísta, una vida instalada y segura, un ideal del máximo lucro, olvidando todo lo demás? ¿Se está educando al hijo cuando lo estimulamos solo para la competencia y rivalidad, y no para el servicio y la solidaridad?

¿Es esta la familia que tenemos que defender los católicos? ¿Es esta la familia donde las nuevas generaciones pueden escuchar el Evangelio? ¿O es esta la familia que también hoy hemos de «abandonar», de alguna manera, para ser fieles al proyecto de vida querido por Jesús?

José Antonio Pagola

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«El que no coge su cruz no es digno de mí. El que os recibe a vosotros me recibe a mí.». Domingo 2 de julio de 2017 13º Ordinario

domingo, 2 de julio de 2017
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36-ordinarioa13Leído en Koinonia:

2Reyes 4, 8-11. 14-16a: Ese hombre de Dios es un santo, se quedará aquí.
Salmo responsorial: 88: Cantaré eternamente las misericordias del Señor.
Romanos 6,3-4.8-11: Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que andemos en una vida nueva.
Mateo 10,37-42: El que no coge su cruz no es digno de mí. El que os recibe a vosotros me recibe a mí.

Las exigencias de la cruz cambian para cada generación de creyentes. En la época de Jesús existía la amenaza inminente de la muerte ignominiosa, bien fuera por la cruz, la espada o la lapidación. Los cristianos eran vistos como una amenaza para el imperio y, con frecuencia, se les acusaba falsamente de sedición. Con el tiempo, la pena capital fue cambiando de modalidad y sus cuerpos fueron quemados en locales públicos, o arrojados a leones, osos, tigres, toros y toda clase de fieras. Todas estos intentos de bloquear, anular o eliminar la novedad del evangelio fueron vanos porque la fuerza del cristianismo radica en la cruz de Cristo.

Los cristianos de los primeros siglos no anunciaban religiones de salvación, ni sanaciones individuales ni ritos de purificación. Aunque ellos anunciaran la universalización de la obra salvadora, curaran enfermos y tuvieran el símbolo del bautismo como rito de iniciación, lo que los hacía diferentes era su radical denuncia de la injusticia. Anunciar a un Mesías crucificado era, y es, ir en contra de todos los parámetros sociales, de las buenas costumbre e, incluso, de los preceptos de la religión. Ellos anunciaban como redentor a uno que el sistema lo había proscrito, condenado y sentenciado al escarnio público. El anuncio de un Mesías Crucificado era, en realidad, una denuncia vehemente de un sistema de creencias, valores e instituciones que habían hecho de la violencia, la mentira y la opresión los valores indiscutibles de la organización social. ¿Cómo iban a ver con buenos ojos las autoridades de Jerusalén, los gendarmes del imperio y el pueblo alienado que un individuo apoyado por un pequeño grupo de hombres y mujeres cuestionara directamente sus valores y anunciara que otra sociedad era posible? Imposible para la gente, pero no para Dios.

Las comunidades cristianas desde el inicio tuvieron conciencia de la magnitud de la tarea a la que se enfrentaban. La experiencia del resucitado les llevó rápidamente a descubrir que debían superar los límites de las comunidades palestinas y lanzarse a la misión universal; debían dar prioridad a la construcción de las comunidades y dejar a un lado la tentación de construirse edificios; debían enfocarse sobre los grupos excluidos y marginados y dejar de lado los centros de poder; debían asimismo retomar las opciones fundamentales de Jesús y hacerlas vida en todos los rincones del imperio. Por eso, las exigencias para seguir a Jesús se fueron formulando con una claridad y precisión asombrosas en cada comunidad. Los contenidos fundamentales se fueron adecuando a cada contexto histórico y cultural pero sin atenuar las características esenciales del mensaje.

Por tanto, no debe sorprendernos que Mateo nos diga con tanta ‘dureza’ las exigencias del seguimiento de Jesús. El evangelista retoma las tradiciones del evangelio y las actualiza de acuerdo con el lenguaje y necesidades de su comunidad. Sus palabras hieren, como el antiséptico sobre la eterna llaga, pero tienen una virtud medicinal: nos liberan de nuestros propios prejuicios y apegos.

Cuando Mateo nos dice que quien ama más a sus parientes que a Jesús no es digno de él, nos revela un problema de su comunidad. El pueblo judeocristiano, tiene una estima desmesurada por los de su propia sangre. Un afecto que fácilmente se convierte en apego paralizante. El texto usa en griego la palabra filia para denominar este afecto. Pero el proyecto de Jesús pide más: pide un amor enfocado hacia el prójimo, un amor que supere los lazos de sangre, el parentesco y la raza. Un amor como el que Dios nos tiene y que en griego se llama ágape. El cristiano que no sea capaz de trascender los estrechos limites de la familia, de la raza o de la nación, no está habilitado para experimentar y dar el amor solidario que propone el evangelio. Y por esa misma razón, el amor a Jesús no se reduce a la pura dimensión íntima, individual y privada. Amar a Jesús es amar lo que él amó, su proyecto, su ideal, su Utopía, el «Reinado de Dios», como él acostumbró a llamarla, con las palabras tradicionales de los profetas. Amar a Jesús es amar a las personas que él amó: pobres, marginados, excluidos, enfermos, abatidos, endemoniados, extranjeros. El amor de Jesús era tan grande que llegó a amar incluso a aquellos que se declararon sus enemigos. Un amor que hoy nos puede parecer desorbitado, desnaturalizado, extremo, pero que para nuestra dicha y quebranto es el amor con el que Dios nos ama. Un amor sin el cual no podemos llamarnos discípulos de Jesús.

Pablo simboliza muy bien la radicalidad del amor cristiano mediante la comparación entre la muerte y la inmersión bautismal. Ser cristiano es morir a todos los apegos irracionales hacia la propia familia, raza o nación, incluso es morir hacia un apego desordenado hacia sí mismo. La novedad cristiana se manifiesta en esa transformación sustancial de las relaciones humanas, en la resurrección a una vida nueva llena de afectos, proyectos y estilos de vida completamente volcados hacia la humanidad sufriente y marginada. Con Cristo morimos a una humanidad caduca y sin esperanza para resucitar en una nueva humanidad libre y generosa en la que el límite es el cielo, donde no hay límite. Leer más…

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2.7.17. El fuego de Jesús. Quien ame a su padre o a su madre más que a mí…

domingo, 2 de julio de 2017
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19399260_815457485298112_1294603559265818618_nDel blog de Xabier Pikaza:

Este yo de Jesús (más que a mí) es el «yo» universal de los hambrientos y sedientos, de los exiliados/extranjeros y desnudos, de los enfermos y encarcelados… Quien ame sólo a sus padre y hermanos y olvide a los pobres del mundo… no es digno de Jesús, es decir, de su mensaje y camino de evangelio.

Así lo proclama el evangelio de este domingo, que recoge las dos últimas partes del final del sermón misionero (Mt 10, 1-42)… que incluye tres pasajes poderosos (10, 34-36; 10, 37-39; 10, 40-42) que destacan el carácter histórico y definitivo del envío eclesial de Jesús, , que identifica su camino con el camino de todos los pobres del mundo (cf. 25, 31-46).

Por eso quiero evocar los tres pasajes (y no sólo los dos últimos), como hace la liturgia de este domingo. Esos pasajes, que Mateo sitúa al final del discurso misionero, repiten y sitúan temas en parte conocidos, que provienen básicamente del Q, menos el tercero, propio de Mateo, aunque con elementos de Marcos.

Sigo recogiendo temas de mi comentario de Mateo, una lectura fuerte, para aquellos que quieran vivir el evangelio…

–En conjunto, un tipo de iglesia, ha querido más a su padre y a su madre (es decir, a sus propias instituciones) que a los pobres-hermanos de Jesús (es decir, se ha querido a sí misma más que a Jesús).

19424015_815486065295254_3382955844555456564_n— Una tipo de sociedad actual… se quiere a sí misma (quiere sus privilegios) por encima del «yo» de Jesús, que son los pobres, hambrientos, extranjeros, desnudos, enfermos… así nos va.

Por eso estamos en crisis… pero una crisis positiva, si redescubrimos el evangelio, como hemos de hacer, con temblor y gran gozo, este domingo. Buen día a todos.

1. No he venido a traer paz, sino espada (10, 34-35).

Superando la vieja familia sacral (que protege a los suyos) ha elevado Jesús su propuesta de comunidad abierta a todos, y de un modo especial a los carentes de familia. Ciertamente, reconoce el valor de la casa y la incluye en su proyecto misionero (Mt 10, 12-13; cf. Mc 6, 10); pero, al mismo tiempo, supera un tipo de «buena» casa-familia, que expulsa a los marginados. Por eso, su mensaje de concordia introduce una fuerte escisión en la estructura social precedente, incluso al interior de las familias (Lc 14, 16-24; cf. Lc 2, 35; Mc 13, 8).

10 34 No penséis que he venido a traer paz a la tierra; no he venido a traer paz, sino espada; 35 he venido a enfrentar al hombre con su padre, y a la hija con su madre, y a la nuera con su suegra. Y los enemigos del hombre serán los de su propia casa

Este pasaje proviene del Q (Lc 12, 51-53) y contiene una clara paradoja. Ciertamente, en un sentido profundo, Jesús ha venido a traer la paz mesiánica, y así lo han de anunciar sus mensajeros (cf. 10, 13). Pero esa paz sólo puede alcanzarse a través de una espada (ma,caira) que deshace y supera las conexiones antiguas Ciertamente, no será la espada de los soldados de Dios, que vencerán un día al imperio de Roma en el campo de batalla, como la del Dios de Josué (Js 5, 13-15) o la de los macabeos (2 Mac 15, 16-18), ni la espada de aquel que intentará “defender” a Jesús en el Huerto de los Olivos, porque a espada mueren los que empuñan la espada (Mt 26, 52).

Sólo el evangelio de Mateo ha insistido en esta espada del Cristo de Dios, que Hbr 4, 12 in-terpretará de manera interior, como cuchillo que penetra en la intimidad radical de la persona. Pues bien, aquí se trata de la espada que se introduce en el interior de la familia (un tipo de comunidad cerrada en sí), que Jesús ha venido a superar, aunque podía tener elementos buenos, pero que se hallaba vinculada a la expulsión de los pobres y al enfrentamiento con las otras naciones y familias.

La espada de Jesús divide y distingue con más fuerza que la espada del César, pero lo hace para crear una paz en la que todos pueden ser asumidos. Ésta es la espada de una lucha que no se despliega en un plano militar, ni se resuelve derrotando a Roma, pero que tampoco acepta su “justi-cia” (como supone la glosa de Rom 13, 4), sino que rompe y supera un tipo de familia clausurada en sí, para crear otra en la que quepan todos, empezando por los excluidos de la sociedad judía o romana.

Esas palabras (he venido a traer la espada) proclaman y definen la guerra de Jesús, que no es un combate entre naciones (semejantes unas a las otras), ni entre el mesianismo de Jesús y el judaísmo establecido (de tipo rabínico), sino entre una familia cerrada en sí (que condena a la otras), y una familia que se abre a todos, desde los privilegiados de Jesús, los pobres, pequeños y distintos…

La espada de Jesús se opone a un tipo de imposición particular, familiar y social, que hace imposible el surgimiento de la verdadera comunión de Dios y con todos los hombres. La espada de Jesús está al servicio de la gratuidad y del amor a todos, empezando por los excluidos y pequeños, para terminar incluyendo a los mismos enemigos (a los que en un primer momento parecía rechazar 25, 31-46). Mateo ha situado este proyecto de revolución familiar hacia el final del discurso misionero, tras haber resaltado la necesidad de “confesar al Hijo del Hombre”, representante de los pobres y expulsados (Mt, 10, 32-33), superando así un tipo de vinculación familiar que se cierra en sí misma. La espada de Jesús ha venido a romper (superar y recrear) tres tipos de vinculación fundamental, retomando en otro contexto un elemente clave de la crisis escatológica anunciada por Miq 7, 6:

‒ La espada de Jesús divide al hombre (anthropos) con su padre. Ésta es la más honda vinculación según ley (la establecida entre padre e hijo) y es la primera que debe ser superada, de forma que los seres humanos han de enfrentarse con su padre (kata tou patros) para ir más allá de una estructura patriarcal dominadora.

‒ Y a la hija con su madre. Esta ruptura es como la anterior, en línea femenina, pues la hija debe enfrentarse con su madre, para no repetir el mismo esquema de poder, rompiendo (superando y recreando, de un modo distinto) de relaciones entre madres e hijas, en línea de salvación universal.

‒ Y a la nuera con su suegra. Ésta es la tercera gran ruptura, dentro de una familia en la que, tras un casamiento regulado por ley, la madre (especialmente viuda) que sigue viviendo en la casa del hijo continúa siendo dueña de la casa (gebyra), en línea de poder .

Este pasaje, inspirado en Miq 7, 6 y que aparece en Lc 12, 51-3, pero sin citar la espada, y po-niendo en su lugar la división (diamerismo,n) expresa la ruptura escatológica que conduce a la crisis de familia, de manera que “los enemigos del hombre serán los de su propia casa” (palabras que significativamente Lc 12, 51-53 tampoco ha citado, para no insistir tanto en la división familiar de Jesús). Esta triple espada no tiene sólo una función destructora, sino también (y sobre todo) creadora, al servicio de la nueva familia universal del Reino, superando, al fin, todo talión y toda venganza:

‒ Es una ruptura dolorosa, destructora, la mayor que puede darse en este mundo, desde la perspectiva del judaísmo tradicional, donde la familia era el signo básico de Dios (en línea de Ley de genealogía). En esa perspectiva se había situado Miqueas y sigue situándose la comunidad cristiana (a partir de Jesús), sabiendo que la división de familias resulta más dolorosa y dura que la caída de naciones e imperios, que son, al fin, estructuras derivadas. Mientras siga habiendo familia seguirá habiendo humanidad, pero esa misma familia puede ser fuente de conflictos, de manera que resulte necesaria dentro de ella una ruptura y división más honda, para que pueda surgir la nueva comunidad de Reino, que promueve y busca Jesús.

‒ Ésta es una ruptura creadora, pues está al servicio del surgimiento de una comunión más alta de personas. No es ruptura de simple muerte, sino de nuevo nacimiento. Por experiencia de evangelio, es decir, para hacer posible el surgimiento de una comunión universal, que incluya a los enfermos y pobres (y a los mismos pecadores) los creyentes han de romper un tipo de unidad familiar impositiva de padre-hijo, madre-hija, suegra-nueva, a fin de que surja una familia distinta, de tipo mesiánico, abierta en forma universal, como seguiremos viendo en los textos centrales del Mateo, desde 12, 46-50 y 19, 27-30 hasta 25, 31-46 (reinterpretado en línea de perdón universal, desde el relato de la muerte y resurrección de Jesús). El cambio mesiánico iniciado por Jesús no comienza en un plano político o militar, sino en la misma familia. Leer más…

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Indignidad, acogida y recompensa. Domingo 13 TO. Ciclo A

domingo, 2 de julio de 2017
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vaso-de-aguaDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

El largo discurso dirigido a los apóstoles (resumido en los domingos 11-13) termina con una serie de frases de Jesús que son, al mismo tiempo, muy severas y muy consoladoras. Las severas se dirigen a los apóstoles; las consoladoras, a quienes los acogen.

¿Quién no es digno de Jesús?

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:

-«El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí;

el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí;

y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí.

El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará.

            La sección comienza con tres frases que terminan de la misma manera: “no es digno de mí”. Las dos primeras están muy relacionadas: no es digno de Jesús el que ama a su padre o a su madre más que a él, o el que ama a sus hijos o a su hija más que a él.

            Una leyenda cruel ayuda a explicar la postura de Jesús

            En el libro del Éxodo se cuenta que, mientras Moisés estaba en el monte Sinaí recibiendo del Señor las tablas de la Ley, los diez mandamientos, el pueblo, cansado de esperar, decidió fabricar un becerro de oro y adorarlo. Cuando Moisés baja del monte y contempla el espectáculo, rompe las tablas, se planta a la puerta del campamento y grita: «¡A mí los del Señor! Y se le juntaron todos los levitas.» Moisés les ordena: «Ciña cada uno la espada; pasad y repasad el campamento de puerta en puerta, matando, aunque sea al hermano, al compañero, al pariente». Los levitas cumplieron las órdenes de Moisés y este, al final, les dice: «¡Hoy os habéis consagrado al Señor a costa del hijo o del hermano, ganándoos hoy su bendición» (Éxodo 32,25-29).

            El historiador moderno duda que los levitas tuvieran espadas en el desierto y que llevaran a cabo esta matanza. Pero los antiguos no eran tan críticos. Aceptaban las cosas que se contaban, e incluso alaban a los levitas, ya que en un caso de grave conflicto entre los vínculos familiares y la fidelidad a Dios, optaron por lo segundo: «Dijeron a sus padres: ‘No os hago caso’; a sus hermanos: ‘No os reconozco’; a sus hijos: ‘No os conozco’. Cumplieron tus mandatos y guardaron tu alianza» (Deuteronomio 33,9).

            Se podría decir que Jesús exige a sus discípulos la misma actitud de los levitas. Pero hay dos diferencias importantísimas: 1) Jesús no ordena matar a los padres o a los hermanos en caso de conflicto. 2) Los levitas se comportaron así por fidelidad a los mandatos de Dios y a su alianza; los discípulos deben hacerlo por amor a Jesús. Al exigir este amor superior al de los seres más queridos, Jesús se está poniendo al nivel de Dios, al que hay que amar sobre todas las cosas. Los primeros cristianos, en momentos de persecución, se vieron a veces en la necesidad de optar entre el amor y la fidelidad a Jesús y el amor a la familia. La elección era dura, pero muchos la hicieron, convencidos de que recuperarían a sus padres e hijos en la vida futura. (La misma fe que confiesan la madre y sus siete hijos en el Segundo libro de los Macabeos, capítulo 7).

            La frase siguiente (“el que no coge su cruz…”) también se entiende mejor a la luz del texto del Deuteronomio. En él se dice que los levitas, por haber mostrado esa fidelidad a Dios, recibieron un gran premio y dignidad: “Enseñarán tus preceptos a Jacob y tu ley a Israel; ofrecerán incienso en tu presencia y holocaustos en tu altar.” Jesús no promete nada de esto a sus discípulos. Añade una nueva exigencia, mucho más dura: ya no se trata de posponer a los seres queridos sino de renunciar a la propia vida, con la seguridad de recobrarla en el futuro.

Acogida y recompensa

            El que os recibe a vosotros me recibe a mí,

y el que me recibe, recibe al que me ha enviado.

El que recibe a un profeta porque es profeta tendrá paga de profeta;

y el que recibe a un justo porque es justo tendrá paga de justo.

El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.»

            La última parte se dirige a las personas que acojan a los discípulos: recibirlos a ellos equivale a recibir a Jesús y recibir al Padre. Estas palabras los sitúan muy por encima de profetas y justos, los grandes personajes religiosos de la época. La primera lectura cuenta como un matrimonio de Sunám decidió acoger en su casa al profeta Eliseo cuando pasaba por el pueblo; le construyeron una habitación en el piso de arriba y le proporcionaron una cama, una silla, una mesa y un candil. Una gran inversión para aquel tiempo. Pero recibieron su recompensa con el nacimiento de un hijo.

            En comparación con Eliseo, los discípulos pueden parecer unos “pobrecillos” sin importancia. A nadie se le ocurrirá darles alojamiento permanente. Pero basta un vaso de agua fresca (algo muy de agradecer cuando no existen bares ni agua corriente en las casas) para que esas personas reciban su recompensa.

Resumen

            Si en la primera parte entreveíamos los grandes conflictos familiares provocados por las persecuciones, en este final intuimos lo que experimentaron muchas veces los misioneros cristianos: la acogida amable y sencilla de personas que no los conocían. De estos últimos versículos, solo uno tiene paralelo en el evangelio de Marcos. El resto es original de Mateo, que ha querido redactar un final consolador, para dejarnos al final de este duro discurso un buen sabor de boca.

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Domingo XIII. 1 Julio, 2017

domingo, 2 de julio de 2017
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domingo-13

“Quien encuentre su vida, la perderá, y quien pierda su vida por mí, la encontrará.”

(Mt 10, 37-42)

El evangelio de este domingo es un evangelio del “mundo al revés”. Jesús, que está hablándoles a sus discípulos, invierte el orden lógico, le da la vuelta a todo.

Perder resulta que significa ganar y encontrar perder. Lo que viene a decirnos que la lógica del Reino es siempre sorprendente. Nada convencional.

Por eso requiere de opciones que se “salen” de toda lógica humana, como puede ser el anteponer el amor a Jesús a cualquier otro vínculo por estrecho que sea. “Quien quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí.”

Y estas palabras, que de buenas a primeras pueden llegar a sonar un poco “rancias”, tienen un profundo sentido. Jesús no nos está diciendo que no amemos a nuestros padres o a nuestros hijos, no.

La propuesta de Jesús es que aprendamos a amar de manera diferente. Nos invita a amarnos, a amar a las demás personas, como él las ama. Como Dios las ama.

No se trata de renunciar al amor de nuestras familias, todo lo contrario. Se trata de amarlas más profundamente. Se trata de amar con un amor inclusivo. Como el de Dios Trinidad.

Un amor que siente como propias las alegrías y también los sufrimientos de las demás personas. Que se sabe poner en el lugar de la otra y desde ahí comprender. Servir y aliviar.

Es este amor el que hace que Dios cuando nos mira a cada una de nosotras vea la viva imagen de su Hijo querido Jesús.

Y solo ese amor será el que nos capacite para descubrir en las demás personas. En todas las demás personas. La imagen y semejanza de Dios.

Así podemos ofrecer un vaso de agua fresca o recibir a alguien como quien recibe la visita del Buen Jesús.

Oración

Gracias, por enseñarnos a amar como TÚ amas.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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