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Amor. Encuentro. Inclusión. Pertenencia.

lunes, 14 de julio de 2025
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Margie Winters (derecha) con su pareja, Andrea Vettori (izquierda).

La reflexión de hoy corre a cargo de la bloguera invitada Margie Winters, facilitadora de retiros y directora espiritual, quien fue despedida de su ministerio como Directora de Educación Religiosa debido a su matrimonio con otra mujer. Su historia se presenta en Cornerstones: Sacred Stories of LGBTQ+ Employees in Catholic Institutions (Piedras Angulares: Historias Sagradas de Empleados LGBTQ+ en Instituciones Católicas).

Las lecturas litúrgicas de hoy correspondientes al Decimoquinto Domingo del Tiempo Ordinario  se pueden encontrar aquí.

En la parábola del Buen Samaritano, Jesús invierte las expectativas: ¿un samaritano —un forastero, un enemigo— es el modelo de la Misericordia? Ese es el poder de las parábolas de Jesús: transformar nuestra comprensión, transformar nuestras expectativas y llamarnos a una nueva comprensión. Sus parábolas nos invitan a la oración, la reflexión y la acción, invitándonos a preguntarnos: ¿Quién soy yo en esta historia? ¿El samaritano, el sacerdote, el levita, el herido?

En las lecturas litúrgicas de hoy, esta parábola evangélica se complementa con las palabras de Moisés en el Deuteronomio, recordándonos que amar a Dios con todo el corazón y el alma no es nuevo; ya está en nosotros. ¡Solo necesitamos vivirlo! El intérprete de la ley del evangelio sigue esta misma ley, pero desafía a Jesús sobre cómo debe vivirla. ¿Quién es mi prójimo? ¿Con cuánta amplitud debo amar?

Jesús responde con una historia, sus personajes: un hombre herido (presumiblemente judío), un sacerdote, un levita y un samaritano. El hombre herido es desnudado, golpeado y abandonado a un lado del camino. El sacerdote y el levita lo ven y pasan junto a él, alejándose del hombre.

Detengámonos aquí. Tanto el sacerdote como el levita ven y pasan al otro lado del camino. Ambos ven, pero no se detienen. Se alejan tanto del encuentro, el amor y la compasión que caminan hacia el otro lado. No se dejan llevar por la difícil situación del hombre, impidiendo así que sus corazones se conecten y se abran a la compasión. ¿Con qué frecuencia hacemos lo mismo? ¿Evitamos el contacto visual, seguimos caminando, dejamos que la incomodidad o el miedo nos bloqueen?

¿Qué perdemos cuando no encontramos a alguien?

He estado allí. Esto me sucedía a menudo al caminar por las calles de Filadelfia y encontrarme con personas sin hogar. Su situación me hacía sentir impotente y avergonzada. Pero más tarde, trabajando con esta comunidad, aprendí que simplemente ver, detenerse y hablar con alguien puede restaurar la dignidad y la conexión, la mía y la suya. El encuentro me cambió, me abrió el corazón y profundizó la compasión.

Esto es lo que el Papa Francisco llamó la Cultura del Encuentro: un llamado a acercarnos, a dejar que las historias de los demás nos interpelen y nos transformen. A través de ella, «¡nuestros corazones comenzarán a crecer, crecer y crecer! Porque la cercanía multiplica nuestra capacidad de amar«, dijo el Papa Francisco. El difunto pontífice nos dio este ejemplo con frecuencia, consciente de su propia necesidad de una mayor comprensión y conversión. Lo ejemplificó en su relación con las mujeres trans de Torvaianica, Italia, quienes compartieron sus historias con él, visitaron regularmente sus audiencias generales (sentadas en asientos VIP) y algunas incluso le prepararon comidas. Su apertura a sus vidas y testimonio lo transformó a él y, a su vez, a la Iglesia, que ahora tiene un tono más suave e inclusivo hacia ellas. Quienes antes se sentían rechazados por la Iglesia encontraron acogida gracias a su apertura. «Entonces llegó el Papa Francisco y las puertas de la iglesia se abrieron para nosotros«, dijo una de ellas en una entrevista.

En estos tiempos en que se ha lanzado tanto odio y veneno contra las personas transgénero de nuestra comunidad, la Iglesia y las personas de fe deben acoger el llamado de Francisco al encuentro y al acompañamiento. El encuentro tiene el potencial de cambiarnos y transformar los sistemas, pero requiere compromiso y humildad para permitir que obre en nosotros.

¿Qué hay del hombre herido? ¿Cómo es ver esta parábola desde su perspectiva? Hace unos años, sufrí una profunda herida por parte de la Iglesia debido a mi relación con mi pareja, Andrea. Me sentí sola, aislada de la comunidad, angustiada y desesperanzada. Durante ese tiempo, muchas personas me acompañaron y marcaron mi vida de una manera muy positiva.

Una mujer con autoridad se acercó y simplemente me pidió visitarme, escuchar cómo estaba, comprender mis necesidades y expresar su dolor por lo que estaba pasando. Al escucharme atentamente, ambas reconocimos que sanar tomaría tiempo y que no podía hacerlo sola. Juntas, reunimos a algunas otras personas para formar un círculo compasivo que pudiera cuidar la herida con cariño. Estas mujeres me acompañaron, me escucharon sin juzgarme, se adentraron en mi dolor y permanecieron conmigo hasta que comencé a sanar y pude mirar hacia el futuro. Pero la sanación no fue solo mía. A través de esta experiencia, ellas también cambiaron. Al igual que yo fui restaurada, ellas también lo fueron. Al actuar con Misericordia, ellas también la recibieron.

Estos encuentros profundos y auténticos tienen el poder de sanar no solo a individuos, sino a comunidades enteras. Crean espacios de inclusión y pertenencia; espacios que solo pueden surgir cuando estamos dispuestos a entrar en la herida, asimilar la incomodidad, a atender lo que encontramos allí y a avanzar juntos hacia la sanación, tanto personal como comunitaria.

Y así llegamos al samaritano, despreciado por sus compañeros judíos. El samaritano «se acercó a él [el hombre herido] y sintió compasión al verlo». El samaritano, a diferencia del sacerdote y el levita, no solo vio al hombre herido, sino que permitió que su sufrimiento le perturbara el corazón, moviéndolo a la compasión. Su «sufrimiento con» el hombre, que presumiblemente era judío y su enemigo, lo impulsó a actuar en su favor. Se acercó, curó sus heridas, lo llevó a un lugar seguro y lo cuidó, y atendió sus necesidades inmediatas y a largo plazo. El samaritano prodigó amor, compasión, restauración… Misericordia… a este hombre.

Con qué frecuencia, en la comunidad LGBTQ+, nos encontramos en el papel del samaritano despreciado, brindando bondad y misericordia a quienes no desean recibirla de nosotros. Siempre debemos estar dispuestos a responder con la misma caridad que él a los necesitados. La Iglesia también debe estar abierta a reconocer la imagen de Dios en nosotros y en nuestras acciones amorosas, y acogernos plenamente.

Jesús, el Buen Samaritano, invita a todos a acercarse, a ver con compasión y a actuar con amor. A través del encuentro, nos asemejamos más a él —y nos convertimos más plenamente en nosotros mismos— en una comunidad marcada por el Amor. El Encuentro. La Inclusión. La Pertenencia.

—Margie Winters, 13 de julio de 2025

Para leer la historia de Margie sobre su despido del ministerio educativo, así como otras historias, positivas y negativas, sobre personas LGBTQ+ que trabajan en espacios católicos, consulte la última publicación de New Ways Ministry, Cornerstones: Sacred Stories of LGBTQ+ Employees in Catholic Institutions (Piedras Angulares: Historias Sagradas de Empleados LGBTQ+ en Instituciones Católicas).

El libro es una antología de 12 historias de fe, sacrificio, alegría y dolor de personas LGBTQ+ que han trabajado en parroquias y escuelas católicas. Para más información, haga clic aquí.

Fuente New Ways Ministry

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“Sin rodeos”. 15 Tiempo ordinario – C (Lucas 10,25-37)

domingo, 13 de julio de 2025
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No es necesario un análisis muy profundo para descubrir las actitudes de autodefensa, recelo y evasión que adoptamos ante las personas que pueden turbar nuestra tranquilidad. Cuántos rodeos para evitar a quienes nos resultan molestos o incómodos. Cómo apresuramos el paso para no dejarnos alcanzar por quienes nos agobian con sus problemas, penas y sinsabores.

Se diría que vivimos en actitud de guardia permanente ante quien puede amenazar nuestra felicidad. Y, cuando no encontramos otra manera mejor de justificar nuestra huida ante personas que nos necesitan, siempre podemos recurrir al hecho de que «estamos muy ocupados».

Qué actualidad cobra la «parábola del samaritano» en esta sociedad de hombres y mujeres que corren cada uno a sus ocupaciones, se agitan tras sus propios intereses y gritan cada uno sus propias reivindicaciones.

Según Jesús, solo hay una manera de «ser humano». Y no es la del sacerdote o el levita, que ven al necesitado y «dan un rodeo» para seguir su camino, sino la del samaritano, que camina por la vida con los ojos y el corazón bien abiertos para detenerse ante quien puede necesitar su ayuda.

Cuando escuchamos sinceramente las palabras de Jesús, sabemos que nos está llamando –a pasar de la hostilidad– a la hospitalidad. Sabemos que nos urge a vivir de otra manera, creando en nuestra vida un espacio más amplio para quienes nos necesitan. No podemos escondernos detrás de «nuestras ocupaciones» ni refugiarnos en hermosas teorías.

Quien ha comprendido la fraternidad cristiana sabe que todos somos «compañeros de viaje» que compartimos la misma condición de seres frágiles que nos necesitamos unos a otros. Quien vive atento al hermano necesitado que encuentra en su camino descubre un gusto nuevo a la vida. Según Jesús, «heredará vida eterna».

José Antonio Pagola

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“¿Quién es mi prójimo?”. Domingo 13 de julio de 2025. Domingo 15º Ordinario

domingo, 13 de julio de 2025
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Leído en Koinonia:

Deuteronomio 30, 10-14: El mandamiento está muy cerca de ti; cúmplelo.
Salmo responsorial: 68: Humildes, buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.
Colosenses 1, 15-20: Todo fue creado por él y para él.
Lucas 10, 25-37: ¿Quién es mi prójimo?

Primera lectura. La época del destierro fue para Israel una situación que confrontó el modelo de Alianza entre Dios y su pueblo, como principio de cambio y conversión. Esta conversión incluye la vuelta personal a Dios y el cumplimiento de todos su mandatos, “con todo corazón” como pide Dt 6,4.

Aunque el capítulo 30 está redactado en segunda persona del singular, es de sentido plural en la época del exilio: “cuando te sucedan estas cosas” (v. 1) ya les han sucedido. Todo el capítulo presupone la destrucción de Judá y Jerusalén el año 587 a.e.c..

La buena nueva para el pueblo se centra en el capítulo 30. Se presenta mostrando que el precepto no supera las fuerzas, ni está fuera del alcance (v. 11) aunque el pueblo esté en el exilio. No está en el cielo, ni más allá de los mares (vv. 12-13). La Palabra de Dios ya ha sido pronunciada y se encuentra en nuestra boca y en nuestro corazón. Si nos llenamos de su palabra, se realizará su voluntad en nosotros (v. 14). Tener cerca la Palabra es amar a nuestro prójimo.

Hoy necesitamos también estar abiertos a la palabra que se nos dirige en los signos de los tiempos y los lugares, como palabra reveladora de la acción de Dios en nuestra historia, con el compromiso de escucharla y vivirla en radicalidad y compromiso

El himno de Colosenses presenta poéticamente la primacía de Cristo, como hijo de Dios y como principio de toda la nueva humanidad que renace en él. Conecta la acción salvadora de Cristo con la obra de la creación, unidas a un mismo tronco, con las raíces profundas de la fe.

La nueva creación que surge con Cristo, en esta visión entusiástica de Pablo, se presenta en el modelo de nueva humanidad, por el mundo y la historia, donde hay que trabajar por ellas para cumplir el plan salvador de Dios en su Hijo. Es una confesión de amor, más que confesión de fe o de toelogía, por parte de Pablo.

Visión panorámica de esta parábola del evangelio de Lucas. Sólo él nos trnsmite esta parábola.

La mentalidad judía del tiempo de Jesús, absorbida por el legalismo, se había convertido en una conciencia fría, sin calor humano, a la que no le importaban las necesidades ni los derechos del ser humano. Solo se hacía lo que permitía la estructura legal y rechazaba lo que prohibía dicha estructura. El legalismo impuesto por la estructura religiosa era la norma oficial de la moral del pueblo. Se había llegado, por ejemplo, a establecer, desde la legalidad religiosa, que la ley del culto primaba sobre cualquier ley, así fuera la ley del amor al prójimo. Esto asombraba y preocupaba a Jesús pues no era posible que en nombre de Dios se establecieran normas que terminaran deshumanizando al pueblo.

Este era el contexto en que nació la parábola del buen samaritano: un hombre necesitado de ayuda, caído en el camino, más muerto que vivo, sin derechos, violentado en su dignidad de persona, es abandonado por los cumplidores de la ley (sacerdotes y levitas) y en cambio es socorrido por un ilegal samaritano (que no tenían buenas relaciones con los israelitas). Jesús hizo una propuesta de verdadera opción por los derechos de ese ser humano caído, condenado por las estructuras sociales, políticas, económicas y religiosas que aparecen excluyentes (estructuras que se encargan de no respetar los derechos de las personas y no les permitan vivir en libertad y en autonomía). Jesús quiere decirnos cómo la solidaridad es un valor que hay que anteponer no solo a la ley del culto, sino también a la misma necesidad personal, buscando el bienestar social y comunitario, la defensa de los derechos de tantos y tantas que viven en situaciones de falta de solidaridad y de reconocimiento de sus derechos, nos hace pensar en la opción por continuar el camino de compromiso y de trabajo en nuestras comunidades y organizaciones, desde el compromiso solidario con los hermanos y hermanas que están caídos en el camino, por el no reconocimiento de sus derechos.

La parábola es todo menos un juego de palabras bonitas, es algo más que una pieza literaria de la antigüedad. Es una constante interpelación para hoy.

Este texto, tan ampliamente conocido en la liturgia, se inicia con una pregunta de un maestro de la ley, o letrado, frente lo que hay que hacer para ganar la vida eterna. Jesús, a su vez, le devuelve la pregunta para que el letrado la busque en su especialidad, él tiene la respuesta en la ley… El letrado, citando de memoria Dt 6,5 y Lv 19,18, hace una apretada síntesis del sentido frente a los 613 preceptos y obligaciones que se alcanzaban a contar en la cuenta de los rabinos, para responder en dos que son fundamentales: Amar a Dios y al prójimo… Jesús aprueba la respuesta..

El letrado interroga nuevamente, pues en el Levítico el prójimo es el israelita y en el Deuteronomio se reserva el título de hermanos únicamente para los israelitas…Jesús, en lugar de discutir y entrar en callejones sin salidas, no busca plantear nuevas teorías e interpretaciones frente a la ley antigua y su práctica, sino que propone una parábola como ejemplo vivo de quién es el prójimo.

Podemos contemplar en la parábola los personajes y sacar de allí las consecuencias de enseñanza para el día de hoy: un hombre (v. 30) anónimo que es victima de los ladrones y cae medio muerto en el camino; un samaritano (v. 33) un medio pagano – o tal vez un pagano completo- cuyo trato y relación con los judíos era casi un insulto a sus tradiciones; un sacerdote (v. 31) y un levita (v. 32), la contraposición y la diferencia entre dos rangos de poder religioso, pues el levita era un clérigo de rango inferior que se ocupaba principalmente de los sacrificios, “testimonios” de un culto oficial y de los rituales a seguir en la religión establecida.

La relación entre cada uno de los personajes de la parábola es distinta: el sacerdote y el levita frente al hombre caído en el camino no se basa en el plan de la necesidad que tiene este último, sino en el de inutilidad que presentaría ante la ley y el desempeño del oficio, el prestarle cualquier atención al hombre caído, impediría a estos representantes del culto oficial poder ofrecer los sacrificios agradables a Dios. El samaritano, por el contrario, no encuentra ninguna barrera para prestar su servicio desinteresado al desconocido que está tendido y malherido, que necesita la ayuda de alguien que pase por ese camino. El samaritano únicamente siente compasión por la necesidad de ese hombre anónimo y se entrega con infinito amor a defender la vida que está amenazada y desposeída.

Prójimo, compañero, dice Jesús en esta parábola, debe ser para nosotros, en primer lugar el compatriota, pero no sólo él, sino todo ser humano que necesita de nuestra ayuda. El ejemplo del samaritano despreciado nos muestra que ningún ser humano está tan lejos de nosotros, para no estar preparados en todo tiempo y lugar, para arriesgar la vida por el hermano o la hermana, porque son nuestro prójimo. Leer más…

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13.7.25. Dios Samaritano. Dom 15. TO (Lc 10, 25-37)

domingo, 13 de julio de 2025
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Del blog de Xabier Pikaza:

Muchos nombres tiene Dios, quizá el mejor es el de Samaritano, como intento mostrar en lo que sigue.  Esta postal es larga, no hace falta que se sea todo.  Basta quizá con el texto de Lucas. Mi reflexión retoma el motivo del pasado 30.6.25 (RD, FB) y consta de tres partes, además del texto de Lucas: Reflexión teológica, exégesis bíblica, conclusión meditativa.

| Xabier Pikaza

Texto Lucas 10, 25-37

Un maestro de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?» Él le dijo: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?» Él contestó: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo.»Él le dijo: «Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida.»

Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: «¿Y quién es mi prójimo?»

Jesús dijo: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo.

Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él, y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: «Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta.» ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?»

Él contestó: «El que practicó la misericordia con él.»  Díjole Jesús: «Anda, haz tú lo mismo.»

REFLEXIÓN TEOLÓGICA

Hay dos mandamientos: Amor a Dios y al prójimo. Así lo ha puesto de relieve, de forma solemne, la tradición  de Mc 12, 28-35 par, que constituye un elemento central del evangelio.

Preguntan a Jesús cuál es el mandamiento “primero”. Jesús responde diciendo que no hay uno, sino que dos: Amar a Dios con todo el corazón… (shema,Deuteronomio 6,5-8) y amar al prójimo como a ti mismo (código de la santidad: Lev 19, 18).

En principio estos dos mandamientos estaban separados, en dos códices distintos. Uno era el shema (amar a Dios con todo tu corazón), que parecía más propio los israelitas, aunque podía abrirse a otros pueblos que también han insistido en el amor a Dios… Otro era amar al prójimo como a timismo, formulado en un código de tipo “sacerdotal”, marcando el carácter corporativo  de la  santidad especial de israelitas, que se identificaban como grupo de de solidaridad colectiva.

Esta unión de los dos mandamientos parece un elemento clave de la experiencia y mensaje de Jesús, como lo ha puesto de relieve J. P. Meier, (Judío Marginal  IV. Ley amor, VD, Estella 2010). Dentro de un grupo religioso de “prójimos sagrados” parece que el amor a  Dios está incluido en su amor mutuo, pues ellos tienen en común el hecho de estar vinculados por Dios. Pero en el caso de Jesús esa unión de los dos amores no parece fundarse en el amor a Dios, porque Jesús no dice que tenemos que amar al  prójimo por causa de Dios, sino porque  porque el prójimo tiene valor en sí mismo (tema especialmente resaltado en la versión de Lucas).

El cristianismo, en general, ha tendido a insistir en el primer mandamiento, (amor a Dios) apareciendo así como religión teológica, no sólo en forma dogmática (insistencia en la divinidad de Jesús, casi deterioro de su humanidad), sino en forma sacramental (convirtiendo el bautismo y la eucaristía  en experiencias y sacramentos de unión con  Dios, más que de solidaridad interhumana y de amor al prójimo). En contra de eso, tradición evangélica ha insistido más en el amor de Jesús al prójimo (a los pobres, enfermos, excluidos) que el amor a Dios.

Sin duda, la visión de Dios como “abba” (padre) es un elemento central de la experiencia de Jesús, pero, en conjunto, el evangelio no está centrado en el amor a Dios (Jesús no crea una  religión de amor a Dios), sino en el amor al prójimo: Jesús pone en marcha y organiza un movimiento de liberación y comunión interhumana, de perdón, , acogida y curación de enfermos, excluidos, pobres, más que de purificación  sacerdotal, de culto  y oración.  Ciertamente, él ha sido un hombre piadoso, y   el Padre-Nuestro recoge las claves de su oración, pero él no ha sido un maestro místico, sino un profeta de curación y transformación social,  y por eso le han condenado a muerte.

Todo nos permite suponer que    Jesús ha vinculado ambos mandatos, como indica Mc 12, 28-35, pero a lo largo de su misión y mensaje se ha preocupado más del amor al prójimo que a Dios. Ciertamente, Jesús no ha sido un “ateo” propagador del amor al prójimo sin Dios (como podría ser Feuerbach y quizá al final de su vida el mismo I. Kant), pero en su vida concreta y en su misión está más interesado por el amor al prójimo que por el amor a Dios, en la línea de Rom 13, 8-10, donde hay amor al prójimo, pero no amor expreso a Dios).

   En contra de eso, el judaísmo y el islam parecen en principio, religiones del amor a Dios, de manera que el amor al prójimo tiende a verse como un derivado. Conforme a todo lo que vengo diciendo,  el centro y sentido del cristianismo no es un amor separado a Dios, del que deriva todo, sino el amor al prójimo en el que  lo humano y lo divina.  De todas formas, desde tiempo muy antiguo (a menos desde el IV d.C.) el cristianismo ha experimentado un claro corrimiento hacia el amor a Dios, destacando incluso más la divinidad de Jesús que su humanidad. Ésta ha sido a mi juicio la tendencia central del cristianismo,  desde el siglo IV-V d.C. hasta la actualidad, como lo muestran cuatro hechos importantes de la historia de la iglesia:

  1. Principio dogmática. Los cuatro primeros concilios(Nicea 325; Constantinopla 381; Éfeso 431; Calcedonia 451) insistieron más en la divinidad de Jesús, que en su humanidad, de manera que, interpretados de un modo “trascendente” han creado un cristianismo de la divinidad de Jesús y del Espíritu Santo (iglesia) más que de la humanidad de Dios en/según Jesús, conforme al NT. Desde aquí se entiende la desazón actual de algunas iglesias, entendidas como instituciones para “honrar” a Dios (un Dios que no necesita honra), más que para “redimir” (liberar, fraternizar a los hombres).
  2. Deriva histórica. Ni la reforma protestantes ni la católica del siglo XVI, al comienzo de la modernidad,han supuesto un retorno a los orígenes del evangelio (al principio del amor al prójimo: Rom 13), sino un intento de “purificar” la visión de la fe en Dios más que en los hombres (Lutero), desde una perspectiva de AMDG (a mayor gloria de Dio, Ignacio de Loyola) en vez de AMHG (a mayor gloria de los hombres, en contra del adagio proto-cristiano de Ireneo de Lyón, más fiel al evangelio cuando dice: Gloria dei vivens homo (la gloria de Dios es que el hombre vva). Desde ese fondo se ha podido formular y realizar la gran misión cristiana de la modernidad, tanto católica como protestante, empeñada en extender sobre el mundo un reino de la gloria del Dios, no un reino mesiánico de vida y plenitud de los hombres.

 Este es el problema y tarea clave de la reforma/recreación cristiana del siglo XXI, cuyo centro no puede estar ya en el amor/servicio a un Dios separado, sino el amor/servicio a los hombres hermanos, porque el Dios cristiano no ha creado a los hombres en Cristo para que le sirvamos a él (a Dios) y así nos salvemos, sino que nos ha creado más bien para que nos amemos y sirvamos unos a los otros, como él nos ama, como Cristo nos ha amado, de manera que nos convirtamos (cf. meta-noia, Mc 1, 14-15) en amor, resucitemos unos en los otros, conforme al programa de Pablo en Rom 13, 8-10: Que superemos el deseo posesivo de ser dominando a los demás, insistiendo en el servicio mutuo de amor como revelación de Dios.

      Así lo ha entendido y formulado todo el NT, cuyas tradiciones más importantes quiero aquí recordar, partiendo de Mc 12, 28-35, donde se plantea el tema de los dos amores (a Dios y al prójimo), como inseparables. El tema es cómo se vinculan, dónde se unifican, cual es el punto de partida y principio de los dos en Cristo, como seguiré indicando a partir del texto clave, Mc 12, 28-35), tal como ha sido interpretado por Lucas y Mateo:

– Lc 10, 25-37. Parábola del Buen Samaritano, amor al prójimo sin referencia explícita a Dios). El doble mandamiento de amar a Dios y al prójimo se centra y cumple, según esta parábola en el único mandamiento del amor al prójimo, sin un Dios explícito, ni judío, ni cristiano.  Ésta  es la mejor interpretación y comentario de los “dos amores” de Mc 12, centrados y cumplidos en el amor al prójimo.   Este es para la tradición de Lucas el tema de fondo de los dogmas que van desde el evangelio a los concilios  de Nicea (325) a Calcedonia (451), centrados en el amor al prójimo, con la superación de todas las guerras y individuales y sociales que arrojan a una inmensa multitud de heridos al borde del camino, mientras pasan a su lado, sin fijarse ni ayudarles, los levitas y sacerdotes de las religiones o sistemas sociales de la tierra.

–  Mt, 25, 31-46. El evangelio de Mateo incluye sin cambio el motivo de los dos (cf. Mt 22, 35-46), pero añade al final de la misión de Jesús, como expansión, interpretación y comentario el texto del “juicio” (Mt, 25, 31-46), donde Dios está al fondo como Padre, pero el tema central  no es amor a Dios, sino al prójimo, esto es a  los necesitados, como hermanos/presencia del Hijo de Hombre que es Cristo: hambrientos, sedientos, extranjeros, desnudos, enfermos y encarcelados… Estos son los que vienen de todas las guerras de la historia humana, derrotados, heridos, condenados, desde los hambrientos hasta los encarcelados. Éste pasaje no habla directamente de  amar a Dios, sino de amar a los prójimos necesitados de pan y acogida, de amor y cuidado, de visita y libertad.

– Sant 1, 25-26.  La verdadera piedad o religión ante el Dios y Padre no consiste en amar a Dios, sino en cuidar a los huérfanos y a las viudas en su aflicción, y guardarse sin mancha del mundo (θρησκεία καθαρὰ καὶ ἀμίαντος παρὰ τῷ Θεῷ καὶ πατρὶ αὕτη ἐστίν, ἐπισκέπτεσθαι ὀρφανοὺς καὶ χήρας ἐν τῇ θλίψει αὐτῶν, ἄσπιλον ἑαυτὸν τηρεῖν ἀπὸ τοῦ κόσμου). La  religión (θρησκεία  limpia y pura) no es amar a Dios en sí, ni confesar la divinidad de Jesús, ni crear una iglesia de separados, sino visitar/cuidar a los necesitados (cristianos o no, judíos o gentiles), representados por dos tipos de personas marginadas  (huérfanos y viudas, que son con los extranjeros los representantes de todos los necesitados del mundo). La religión no se identifica con un tipo de iglesia separada y/o poderosa, ni con un culto a Dios en sí, sino con el cuidado (ἐπισκέπτεσθαι, ayudar, acoger, a los necesitados del, que son ante, los huérfanos y viudas, conforme a una intensa tradición judía).[1].

Tradición del discípulo amado: Un mandamiento nuevo (Jn 13, 34-35). Amémonos amados (1 Jn 4). En una línea convergente se sitúa la tradición del discípulo amado, donde todo está lleno de amor de Dios, pero no se pide a los cristianos que amen a Dios (como en el shema, Dt 6, 5) sino se aman entre, que amen a los demás como Cristo les ha amado a ellos. Éste es el mandamiento nuevo (ἐντολὴν καινὴν: Jn 13, 34), que equivale al nuevo testamento o alianza de Jesús. La antigua alianza era  amar a Dios, desde Israel (Dt 6, 5). La nueva alianza es amarse unos a otros con el amor de Cristo (ἵνα ἀγαπᾶτε ἀλλήλους,  καθὼς ἠγάπησα ὑμᾶς). El mandamiento cristiano no es amar a Dios sobre todas las cosas, sino amarse los hombres entre sí, como como ama Cristo, siendo así amr, como Dios, como 1 Jn 4, 7-21, que empieza: “Amémonos amados, porque el amor viene de Dios… porque Dios  es amor: (Ἀγαπητοί, ἀγαπῶμεν ἀλλήλους, ὅτι ἡ ἀγάπη ἐκ τοῦ Θεοῦ ἐστιν, ὅτι ὁ Θεὸς ἀγάπη ἐστίν). Desde ese fondo, Jesús pide a Pedro que le ame a èl, para así amar como él a sus “ovejas”, es decir a los cristianos.

LECTURA EXEGÉTICA

  1. Jesús Samaritano. El evangelio de Juan recoge el insulto de algunos “judíos ortodoxos” (en la línea de los buenos escribas y sacerdotes) que acusan a Jesús de “samaritano” (Jn 8, 48). Jesús no aparece aquí como sacerdote ni levita, sino como un samaritano, es decir, como un hombre que se hace prójimo de los demás
  2. El sacerdote y el levita no se hacen prójimos,quizá por su misma identidad sagrada: son funcionarios de un templo, representantes de una sanidad y sacralidad organizada en torno al santuario de Israel, con sus sacrificios. No se les puede echar nada en cara, van a lo suyo, tienen sus prioridades, para eso han sido “ordenados” Por el contrario, el samaritano no está “maleado” por ninguna religiosidad sagrada de tipo grupal, de manera que puede hacerse prójimo concreto del hombre que está necesitado
  3. Pero el herido sigue al borde del camino, en patera o en frontera, en barrio marginal o en selva saqueada por los ricos. Esta parábola de Jesús nos sitúa ante esos heridos concretos, por encima de un tipo de razón clasista e impositiva que actúa por talión o ley y quiere que amemos sólo a los demás en cuanto sirven o valen para nuestros intereses. Este Jesús de la parábola (un Jesús samaritano) afirma de hecho que cada prójimo es presencia de Dios y fuente de identidad para el creyente (¡ves al herido, ves a Dios, decía San Juan Crisóstomo!). Éste es el Jesús que se ha hecho prójimo de enfermos, expulsados, condenados.
  4. Hay un tipo de amor al prójimo que no es amor samaritano. Es un amor que vale para mantener los propios privilegios, nuestra estructural social, económica o religiosa, un amor que puede interpretarse como inversión económica (amar para que te amen, dar para que te den, como un en banco: cf. Mt 5, 43-48 par; Lc 14, 7-14). Éste es un amor que puede calcularse según ley, pero deja fuera de su círculo a los otros, los caídos a la vera del camino, como el que bajaba de Jerusalén a Jericó (cf. Lc 10, 30) y los hambrientos, exilados, enfermos y encarcelados de Mt 25, 31-46, que no caben en el buen sistema. Pero, en contra de eso, el samaritano de Jesús expresa la importancia y la exigencia del amor sobre el sistema.
  5. En contra de una iglesia no samaritana.Hay un tipo de Iglesia que quiere cerrarse en su buen sistema de ley y de ortodoxia, diciendo a todos los que tienen que hacer, lo que tienen que ser, en la línea del levita y del sacerdote de Jerusalén. Es una Iglesia muy buena, pero deja poco lugar para “samaritanos auténticos”.  Ciertamente, esa Iglesia admite y valora mucho a los “samaritanos controlados” dentro del buen sistema, pero tiene miedo de los samaritanos libres, que van por ahí, sin entrar después en su redil (con el samaritano de Jesús).
  6. manchan a los sacerdotes (no les dejan celebrar con pureza…).

Aquí un Dios de templo y que el levita no ayuda.

Muchos dicen que lo que importa es conocer a Dios, que llevemos al mundo la experiencia de Dios… más que la pura curación física. Eso está muy bien, pero hay casos como éste en los que “el Dios de sacerdotes y levitas! (¡Dios de templo!) no ayuda nada, sino todo lo contrario. Hubiera sido mejor que levita y s acerdote no creyeran en Dios, ni tuvieran templo, sino que simplemente “se compadecieran”.

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“El teólogo listillo y el buen samaritano”. Domingo 15º. Tiempo ordinario.

domingo, 13 de julio de 2025
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Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

El domingo pasado, el envío de los setenta y dos discípulos nos hacía pensar en los miles de personas anónimas que difunden el evangelio en todas partes del mundo. Este domingo, la parábola del buen samaritano nos recuerda a tantísima gente que ha puesto en práctica su enseñanza.

¿Cuántas normas hay que cumplir para salvarse?

Hace años se hizo famoso un libro escrito por el jesuita Jorge Loring, Para salvarte, primera obra en lengua española que alcanzó un millón de ejemplares en vida de su autor. Todo empezó con unos breves apuntes para sus catequesis, pero terminaron convirtiéndose en un enorme volumen de 1084 páginas. Ante tal cúmulo de páginas, el lector puede sentirse como el antiguo israelita, retratado en el Deuteronomio, que considera imposible conocer la voluntad de Dios; o como el legista del evangelio que le pregunta a Jesús qué debe hacer para conseguir la vida eterna.

La respuesta del Deuteronomio es clara: no hay que subir al Himalaya ni atravesar el Atlántico para saber lo que Dios quiere de nosotros. Lo que Dios quiere del israelita está escrito “en el código de esta ley”, que se limita a los capítulos 12-26 del Deuteronomio. No se trata de estudiar mucho sino de convertirse con todo el corazón y toda el alma, y de poner en práctica lo que allí se dice.

Moisés habló al pueblo, diciendo:

            ‒ Escucha la voz del Señor, tu Dios, guardando sus preceptos y mandatos, lo que está escrito en el código de esta ley; conviértete al Señor, tu Dios, con todo el corazón y con toda el alma. Porque el precepto que yo te mando hoy no es cosa que te exceda, ni inalcanzable; no está en el cielo, no vale decir: “¿Quién de nosotros subirá al cielo y nos lo traerá y nos lo proclamará para que lo cumplamos?” Ni está más allá del mar, no vale decir: “¿Quién de nosotros cruzará el mar y nos lo traerá y nos lo proclamará, para que lo cumplamos?” El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo.

Pero al Deuteronomio le ocurrió algo parecido al Para salvarte. Aunque el texto era intocable, y nadie estaba autorizado a quitar ni añadir nada, la interpretación de sus normas fue creciendo de forma incontrolable. En tiempos de Jesús, el judaísmo contaba 613 mandamientos (365 prohibiciones y 248 preceptos) capaces de volver loco a cualquier persona.

Los intentos de sintetizar

Ante este cúmulo de mandamientos, es lógico que surgiese el deseo de sintetizar, de saber qué era lo más importante. A propósito de los famosos rabinos Shammay y Hillel, que vivie­ron pocos años antes de Jesús, se cuenta la siguiente anécdota. Una vez llegó un pagano a Shammay, famoso por su intolerancia, y le dijo: “Me haré prosélito con la condición de que me enseñes toda la Torá mien­tras aguanto a pata coja”. Él, que era sastre, lo echó, amenazándolo con una vara de medir que tenía en la mano. Entonces fue a Hillel, famoso por su tolerancia, que le respondió: “Lo que no te guste, no se lo hagas a tu prójimo. En esto consiste toda la Ley, lo demás es interpreta­ción”. También del Rabí Aquiba (+ hacia 135 d.C.) se recuerda un esfuer­zo parecido de sintetizar toda la Ley en una sola frase: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo; este es un gran princi­pio general en la Torá”.

En los evangelios hay diversos intentos de simplificar la cuestión con una respuesta breve y drástica. El más famoso es la Regla de oro, con la que cierra el evangelio de Mateo el Sermón del Monte: “Tratad a los demás como queréis que os traten a vosotros. En esto consiste la ley y los profetas” (Mt 7,12). El tema reaparece en el episodio de hoy, cuando le preguntan a Jesús cuál es el mandamiento principal.

El legista malintencionado de Lucas

El protagonista del relato de Lucas no viene con buena intención, pretende poner en un aprieto a Jesús; y no plantea una cuestión teórica (“¿cuál es el mandamiento principal?”) sino muy personal: “¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”.

Jesús no cae en la trampa. En vez de responder, pregunta: “¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?” Y el legista se ve obligado a reconocer que sabe perfectamente lo que debe hacer: amar a Dios y al prójimo. Jesús, con cierta ironía, le indica que su problema no consiste en saber lo que tiene que hacer, sino en hacerlo.

            Aquí podría haber terminado todo. Pero el legista, que tiene la sensación de haber quedado en ridículo, para justificarse plantea una cuestión filosófico-teológica: “¿Y quién es mi prójimo?Afortunadamente, Jesús no era alemán. No le da una conferencia de Antropología ni le escribe un Manual de quinientas páginas para aclarar esa intrincada cuestión. Se limita a contar una parábola.

            ‒ Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto.

            Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo.

            Lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo

            Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él y, al verlo,

le dio lástima,

se le acercó,

le vendó las heridas,

echándoles aceite y vino,

            y, montándolo en su propia cabalgadura,

lo llevó a una posada

                        y lo cuidó.

            Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo:

            ‒ Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta.

 

La parábola ofrece dos modelos de conducta: la del sacerdote y del levita, que ante el pobre hombre asaltado y malherido por los bandidos dan un rodeo y pasan de larg; y la del samaritano que siente lástima, se acerca, echa aceite y vino en las heridas, las venda, lo monta en su cabalgadura, lo lleva a una posada, lo cuida y paga su estancia. Son siete acciones, basadas todas ellas en el sentimiento inicial de lástima.

Al legista podría resultarle ofensivo que le cuenten un cuento. Pero Jesús no le da tiempo a protestar, pasa directamente al ataque, obligándole a reconocer que lo importante es comportarse como prójimo.

            ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos? 

            Él contestó: El que practicó la misericordia con él.

            Díjole Jesús:  Anda, haz tú lo mismo.

            Lo importante no es discutir sino actuar.

La mala idea de la parábola

 A muchos les gustaría limitar la parábola al ejemplo del samaritano y dejarnos con buen sabor de boca. Pero Lucas, del que siempre alabamos su bondad, resulta en este caso muy hiriente. No le basta un protagonista, necesita tres. Y los elige con toda la intención: un sacerdote, un levita, un samaritano.

El sacerdote y el levita, los personajes especialmente consagrados a Dios, hacen exactamente lo mismo: dan un rodeo y siguen su camino. ¿Por qué actúan de este modo? ¿Porque son malos y egoístas? No. Porque si el herido no está herido, sino muerto, basta tocarlo para quedar impuro.

La ley es tajante: “El sacerdote no se contaminará con el cadáver de un pariente, a no ser de pariente próximo: madre, padre, hijo, hija, hermano o de su propia hermana soltera, no dada en matrimonio. Queda profanado” (Levítico 21,2-4). Si no pueden contaminarse con un pariente, mucho menos con un desconocido al borde del camino.

Y lo que se deduce es trágico: es la ley de Dios la que impide practicar la misericordia y comportarse como prójimo del herido.

Lucas podría haber buscado como tercer protagonista a un cura progre o a un diácono permanente sin obsesión por la ley. Elige al menos indicado: un samaritano. El personaje más odioso y despreciable para un judío, miembro de un pueblo que, según el libro de los Reyes, “no veneran al Señor ni proceden según sus mandatos y preceptos”. Irónicamente, un representante de este pueblo que no venera al Señor ni procede según sus mandatos y preceptos es quien actúa con misericordia y se comporta como prójimo.

Reflexión actual

Sin caer en la crítica injusta a obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, la parábola nos hace pensar en tantos samaritanos agnósticos, ateos, homosexuales, lesbianas, etc., que se entregan plenamente a personas necesitadas. «Ve, y haz tú lo mismo».

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Domingo XV del Tiempo Ordinario.10 julio, 2022.

domingo, 13 de julio de 2025
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“…, al llegar junto a él y verlo sintió lástima. Se acercó y le vendó las heridas, después de habérselas curado con aceite y vino; luego lo montó en su cabalgadura, lo llevó al mesón y cuidó de él.”

(Lc 10, 25-37).

Es llamativo pero las tres historias la del sacerdote, la del levita y la del samaritano empiezan casi de la misma manera: al verlo. La diferencia es que el samaritano al mismo tiempo que lo ve ya está llegando “junto a él y los otros dos, antes de acercarse lo ven y se alejan definitivamente.

Cuando vemos las cosas “desde lejos es más fácil “pasar de largo”. Cuando los acontecimientos nos tocan de cerca es más sencillo que nos impliquemos. Lo que nos convierte en “buenos samaritanos es la capacidad de sentirnos “cerca” de las demás personas y de sus sufrimientos.

Y esa capacidad es una semilla divina, un rasgo que nos asemeja a Nuestro Buen Dios que quiso hacerse uno de nosotros.

Dios, para la fe cristiana, es el “próximo”, el Cercano. El que se ha mezclado en nuestra historia. En Jesús Dios se ha ENCARNADO y nos invita a acercarnos unos a otros.

Solo cuando “nos acercamos empezamos a saber lo que tenemos que hacer. Desde lejos es imposible actuar y lo único que vemos con claridad son las dificultades.

Cuando nos quedamos a distancia nos sucede como al sacerdote o al levita: nos invade el miedo. Solo vemos problemas y peligros, y en consecuencia, huimos. Nos alejamos más y más. El miedo nos quita lo más divino que tenemos: el amor compasivo.

Pero cuando además de ver nos acercamos, nos asemejamos más y más a Dios Trinidad. Emerge la misericordia. “Verlo”, ver al hombre caído y conmoverse es nuestra esencia más profunda. Por eso, cuando nos mueve la misericordia hacemos milagros.

Os dejamos el ejemplo actual de Lucia Lantero.

Oración

Conéctanos, Trinidad Santa, con la misericordia que nos asemeja a ti. Permítenos “ver de cerca” para que se conmuevan nuestras entrañas. Amén.

*

Fuente:  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

***

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No aproximarte al que te necesita, es alejarte del verdadero Dios.

domingo, 13 de julio de 2025
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DOMINGO 15 (C)

Lc 10,25-37

Solo Lucas narra esta parábola del buen samaritano”. Como todas, no necesita explicación. Lo único que exige es implicación. El oyente tiene que tomar partido después de oírla. Si no lo hace, la narración carece de sentido. Se nos invita a descubrir una manera nueva de ser religioso, siendo más humanos. La relación directa con Dios es imposible y engañosa.

La pregunta, ¿quién es mi prójimo?, presupone que puede haber alguien que no lo es y tendría que amar solo al que lo es. La pregunta presupone que el ser o no ser prójimo depende de alguna circunstancia externa. Esta es la trampa. Debo aproximarme a todo el que me necesita. Si no lo hago estoy fallando a Dios y a mi propio ser.

El relato es típico de la literatura oriental, pero los personajes implicados en él, lo convierten en provocador. Para el sacerdote y el levita, lo primero era Dios y la Ley. Para el samaritano, lo primero era el hombre. El hereje, el idólatra, el impuro, odiado precisamente por no ser religioso, no está sujeto a normas externas, lleva la ley en el corazón.

Desde que tenemos noticias, se ha entendido a Dios como un Ser separado con el que podemos relacionarnos directamente. Ese Dios impone su santa voluntad a las criaturas dando leyes y preceptos puntuales. La verdad es que Dios no tiene voluntad. Ese dios antropomórfico es solo una creación nuestra. El verdadero Dios no dio a nadie ley alguna.

Lo que llamamos voluntad de Dios es la misma realidad de las cosas que las constituye en tales. Desplegar esa esencia es lo que Dios espera de cada realidad. En el hombre se complica porque puede no desplegar su verdadero ser y en lugar de actuar como ser humano puede actuar como un ser inhumano y deteriorar su verdadera naturaleza.

La luz es impensable sin una materia sobre la que se reflejen los fotones. Los espacios intersiderales son inmensos vacíos en absoluta oscuridad, aunque los fotones los traviesan. Esto pasa con Dios, no se le puede ver más que reflejado en las criaturas. La conclusión es clara: No puedo pensar en un Dios al margen de la creación, porque sería un ídolo.

Solo descubriendo la luz que se refleja en mi propio ser, estaré capacitado para verla en los demás. El Dios que descubro en mí, es el mismo que debo descubrir en los demás. Si me doy cuenta de lo que soy en el Todo, veré al otro insertado en el Todo. Si creo que soy una mónada aislada, veré al otro como opuesto a mí y no encontraré motivos para amarlo.

Yo, separado del creador y de las demás criaturas, no soy nada. Lo que constituye mi ser y lo que constituye el ser de los demás, es la misma Realidad, Dios que está fundamentando mi propio ser y el de los demás. Por tanto, no puedo ir en contra de los demás sin ir en contra mía. El día que descubra lo que soy, habré dado un paso hacia el verdadero amor.

El prójimo está siempre ahí. Descubrirlo depende solo de ti. Cuando te aproximas a otro para ayudarle, lo conviertes en próximo. Al hacer a uno prójimo, te estás acercando a Dios. Cada vez que pones al otro en el centro, te acercas a la plenitud de humanidad.

Siempre que das un rodeo para pasar de largo ante el dolor ajeno, te estás alejando de ti mismo y de Dios. La religión que permite vivir ignorando a los demás será siempre falsa.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Sabiduría estéril, compasión activa.

domingo, 13 de julio de 2025
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Lc 10, 25-37

«Haz esto y tendrás la vida»

Es tan rematadamente sencilla la interpretación de esta parábola que apenas deja resquicio para añadir un comentario. Dos personas sagradas encuentran en el camino a un hombre malherido, se desentienden y siguen adelante. Un hereje samaritano, que también pasa por allí, lo ve, se conmueve, se acerca, le atiende… Y ya está.

El levita de la parábola conocía maravillosamente la ley, pero se quedaba en el conocimiento. El samaritano, un hereje inculto y despreciado, es puesto de ejemplo por Jesús porque lleva la Ley en el corazón, aunque no la conozca, o la conozca mal. Y ésta es una lección trascendental para muchos de nosotros, porque el texto de hoy nos dice que para el seguimiento de Jesús es indiferente lo que sepamos o dejemos de saber, lo que creamos o dejemos de creer; que lo importante es lo que hacemos; que lo importante son los frutos; que el conocimiento por el conocimiento nos puede apartar de lo esencial; el amor y la misericordia. Es más, que puede hacernos sentir superiores y alejarnos de los demás.

El letrado que interpela a Jesús plantea muy bien su pregunta: «¿Quién es mi prójimo?» ¿el extranjero, el samaritano, el publicano…? ¿Tengo que amar a esos pecadores, extranjeros, herejes?… y Jesús le vuelve la oración por pasiva: «No importa quién es el otro; importa cómo te portas tú«. Al final del pasaje lo despide con una exhortación: «Anda y haz tú lo mismo» «Haz esto y tendrás la vida».

Siempre el verbo hacer: dar de comer al hambriento y de beber al sediento, acoger al peregrino, visitar al enfermo o al encarcelado, perdonar, compartir, servir, hacerse esclavo… Por Jesús sabemos que todo conocimiento que no lleva al servicio es infecundo; que lo importante no es la teoría sino el comportamiento; que no es el entendimiento ni la razón lo que justifica nuestra vida, sino la compasión; el amor… Y es evidente que amar no tiene nada que ver con filosofar, con entender, sino con sentir, con conmoverse, con acercarse, con implicarse, con servir…

«El evangelio es la sabiduría de los sencillos» –decía Ruiz de Galarreta–. Si algo es de Jesús debe ser comprensible por todos sin excepción alguna, y si no lo es, no es de Jesús. Podrá ser algo valioso (o podrá no serlo), pero no de Jesús. Lo de Jesús es tan sencillo que San Ignacio de Loyola fue capaz de resumirlo en una expresión extremadamente sencilla: “En todo amar y servir” Y ya está. Y asumido esto, el resto de consideraciones doctas que nosotros podamos hacer no dejan de ser simples notas a pie de página… por muy atinadas que sean.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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¿Nos compadecemos, o pasamos de largo?.

domingo, 13 de julio de 2025
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Lc 10, 25-37

El relato del evangelio comienza en un clima de desconfianza y desafío. Un maestro de la ley quiere poner a prueba a Jesús, porque mucha gente le llama “maestro”, sin haber sido reconocido oficialmente como tal. El estudio de la ley era duro y exigía mucha dedicación. A cambio, el título permitía ser un referente a la hora de interpretar la ley o discutir sobre ella. Cuando se llegaba a una casuística exagerada, el maestro de la ley tenía la última palabra.

Podemos suponer que quien tenía el título no querría que alguien que no lo tenía le hiciera la competencia. Había una solución: dejar a Jesús en ridículo públicamente. Por eso le pone a prueba con una pregunta fundamental: ¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?

No le hace cualquier pregunta relacionada con el trabajo, el bienestar o las costumbres, sino que apunta directamente a la salvación. Y ¿quién puede tener “la clave” de la salvación, sino quien conoce la respuesta de memoria, porque se la ha aprendido? (Nota: también ahora adolecemos del mismo mal…)

El maestro de la ley quiso justificarse, como hacemos cualquiera de nosotr@s a menudo. Porque amar a Dios tiene muchas escapatorias, muchos “atajos”. Podemos creer que le amamos, ofreciéndole ritos que Jesús denunció reiteradas veces. Recordemos: “Misericordia quiero, no sacrificios”.

Sin embargo, para amar al prójimo solo hay dos caminos: pasar de largo o compadecernos. No hay escapatoria posible.

Hoy es un buen día para recordar los rostros y los nombres de las personas que nos hemos ido encontrando por el camino de la vida, esas personas que nos necesitaban y, en lugar de ayudarles, hemos pasado de largo.

Es posible que, para tranquilizar nuestra conciencia, le hayamos pedido a Dios que hiciera nuestro trabajo. Es más cómodo orar e interceder por las necesidades ajenas que “curar las heridas y montar al prójimo en la cabalgadura en la que vamos sentados cómodamente”.

Hoy, hay millones de hombres, mujeres y niñ@s que están tan maltratad@s como el hombre que cayó en mano de bandidos. Much@s huyen de sus lugares de origen buscando la paz y el pan de cada día. Están entre nosotr@s. ¿Pasamos de largo o nos compadecemos?

La Palabra nos interpela con fuerza: Practicar la misericordia, es dirigir nuestro corazón, nuestra alma, nuestras fuerzas y nuestra mente hacia la miseria del prójimo. Ojalá nos sacudan las frases: Haz esto y tendrás vida”, “Anda y haz tú lo mismo”.

Marifé Ramos

Fuente Fe Adulta

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El amor por encima de la creencia.

domingo, 13 de julio de 2025
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Comentario al evangelio del domingo 13 julio 2025

Lc 10, 25-37

Elegir a un hereje como protagonista de su parábola, contrastar su comportamiento humano frente a la indiferencia del sacerdote y el levita, y ponerlo de modelo para todo un escriba o doctor de la ley (“Anda y haz tú lo mismo”), pone de relieve la actitud provocativamente abierta, inclusiva y compasiva de Jesús. No importan tanto las creencias o la doctrina “ortodoxa” -viene a decir-, cuanto el amor hecho compasión y cuidado efectivo. Al leer un texto como este, ¡nos parece tan obvio e incontestable su mensaje!… Y, sin embargo, rápidamente nos enredamos en comportamientos marcados por el egocentrismo, el individualismo y la confrontación.

El amor es lo único que nos salva -nos construye interiormente- y lo único que salvará a la humanidad. Al vivirlo, no estamos, en primer lugar, adoptando una exigencia moral, sino dejando que se exprese lo que somos en profundidad. Somos amor. Y, sin embargo, su vivencia no es fruto del voluntarismo, sino de la comprensión experiencial y de la liberación de miedos que nos hacen vivir replegados o encerrados sobre nosotros mismos.

Vivir en amor empieza por escuchar el anhelo interior, que podemos tener olvidado, ignorado o bloqueado, implica ir liberándonos de los propios miedos y necesidades y continúa por dejarnos sentir habitados por los otros. En la medida en que voy abriendo mi corazón, notaré que se puebla de personas, a las que miro con respeto, valoración, admiración y afecto.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Dios es buen samaritano.

domingo, 13 de julio de 2025
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Del blog de Tomás Muro la Verdad es libre:

01.- Introducción:

El diálogo de Jesús con aquel letrado, maestro de la ley, culmina con la parábola del Buen samaritano de hondo contenido humano y cristiano.

El sacerdote tenía motivos legales para no mancharse de sangre. Lo mismo el levita. El sacerdote y el levita no tienen que atender enfermos ni heridos en la vida, han de atender el templo y el culto. Por eso pasan de largo y dejan “tirado” a un hombre malherido en el camino. El sacerdote y el levita tienen que cumplir con sus deberes religiosos. Su obligación legal se complicaba si atendían al herido.

Solo un hombre extranjero, medio pagano (samaritano) siente lástima, se conmueve, interrumpe su viaje y ayuda al que estaba abandonado en la carretera.

02.- ¿Qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?

El maestro de la ley pregunta “con trampa, para cazar” a Jesús acerca de lo que hay que hacer para tener Vida, vida definitiva.

Si pensamos un poco a fondo es también nuestra cuestión y nuestro problema. ¿Qué hemos de hacer para poder vivir? Lo que está en juego es la Vida. ¿Cómo vivir bien? ¿Qué hay que hacer en la vida personal, familiar, social, cultural, política para que podamos vivir, para tener vida?

¿Qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?

03.- La ley / amarás – sentir lástima.

        Es lógico que los maestros de la ley recurran a ella, a la ley, a los mandamientos. Pero Jesús -y “lo de Jesús”– va por otros derroteros.

El sacerdote y el levita, cumplieron -hasta cierto punto- con la ley. Hicieron lo que tenían que hacer: y por eso pasaron de largo.

        Y digo que el sacerdote y el levita hicieron lo que tenían que hacer, porque dejaron de lado las dos actitudes más importantes en la vida:

  1. La ley dice: Amarás…
  2. En la parábola de hoy dice que Jesús sintió lástima, compasión

Según Jesús, no parece que el templo ni el culto sientan compasión ni lástima. No es lo suyo.

Jesús se sitúa ante las personas, sobre todo ante los enfermos, los que sufren, los pecadores no con una actitud ritual, judicial, forense, sino que siente lástima, bondad… ´

Jesús siente compasión de la multitud (Mt 9,36), se compadece del leproso (Mc 1,41); Se compadece de la viuda de Naim a la muerte de su hijo (Lc 7,13). El padre del hijo pródigo, se conmovió al acoger a su hijo perdido, (Lc 15,20).

Jesús siente lástima y misericordia para con los que están tirados en la cuneta de la vida, que  son quienes nos hablan de Dios.

04.- Compasión y religión.

        El sacerdote y el levita eran personas religiosas. Sin embargo en la parábola del buen samaritano no aparece ni una sola palabra o gesto estrictamente religioso. No hay alusiones a la ley, al rito – liturgia, al templo, al dogma, etc.

        Un samaritano, -un extranjero mal visto por los judíos, pasaba por allá y sintió lástima, se acercó y le vendó las heridas a aquel hombre malherido, lo llevó al “hospital”, lo cuidó, pagó la factura del hospital (dos denarios) y se comprometió a volver para asumir los gastos.

La ley hace lo que tiene que hacer. El sacerdote venía o iba al templo, y el levita a sus ritos. Pero lo cristiano -y lo humano- está en la actitud del samaritano: sintió lástima.

La ortodoxia cristiana es sentir compasión, lástima.

05.- Sentir lástima.

Los samaritanos eran lo opuesto a la ley judía y enfrentados al pueblo judío.

Este hombre samaritano es quien sintió lástima. San Lucas es el evangelista de la misericordia y resalta esta actitud de Jesús.

Quizás dentro y fuera de la Iglesia, en los ámbitos familiares, educativos, políticos y eclesiásticos se nos ha olvidado ya lo que es sentir lástima y misericordia.

Vivimos de otros muchos criterios, incluso tenemos algunos valores, pero se nos ha olvidado lo fundamental: la misericordia, sentir lástima, compasión.

En la Iglesia hemos preferido y optado por la ultraortodoxia vehiculada a golpe de intransigencia y fanatismo, hemos optado por los ritos

Vivimos un esquema legalista, ritualista.Nos preocupa quién puede presidir la Eucaristía, si los laicos pueden o dejan de poder, si la mujer en la Iglesia presidirá algún dicasterio romano, etc…

Cuando el Obispo manda a un cura a una -varias parroquias- le manda para que diga misa, celebre funerales, etc., pero en el envío / misión de ese cura no entra si cuida enfermos, ancianos, si ayuda al que sufre…

Mientras nos ocupamos de todas esas cuestiones, Jesús siente compasión.

En el mundo profano predominan la riqueza, la corrupción, el poder, la nación, la tecnología, el racismo, el odio. Un pueblo -unos pueblos- y unas gentes que no sabemos ya lo que es sentir lástima, bondad, misericordia, perdón, lo que es la ternura y la comprensión, no tenemos vida.

La misma justicia no siente compasióny una justicia sin misericordia es venganza.

Solemos decir y criticar que Netanyahu, Putin, Trump, a los partidos racistas, etc. no tienen compasión, ni lástima, ¡y es verdad!, pero es verdad porque grandes mayorías del pueblo, de los electores, les han votado y los han puesto ahí para que gobiernen así: con bombardeos, drones, aranceles, muros en las fronteras, no acogiendo o expulsando a los emigrantes, etc…

Para tener vida es importante estimar al ser humano, valorarlo, atender a razones, enseñar a ayudar, sentir lástima, perdonar, curar.

Sentir lástima es una actitud muy humana, muy humanista y cristiana.

No sé si será muy exacto, pero parece  que, cuanto más progresa la humanidad en tecnología, más retrocede en bondad y misericordia.

06- Cambios en la Iglesia

La Iglesia que propugnaba el papa Francisco trató de recuperar para la iglesia la lógica del buen samaritano.

La Iglesia de Francisco trató de pasar de la santa Inquisición a ser un hospital de campaña donde se curan heridas.

Creo yo que el papa Francisco no fue un hombre especialmente progresista, ni que lo más importante del papa Francisco fuese todo aquello de los cambios en la Iglesia. Francisco fue un hombre bueno, que sentía compasión y misericordia.

¿Qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?

Sentir lástima, compasión.

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“Hacernos prójimos de los excluidos de la tierra ”, por Consuelo Vélez

domingo, 13 de julio de 2025
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De su blog Fe y Vida:

XV Domingo del tiempo ordinario 13-07-2025

La parábola del Buen Samaritano trae un mensaje más profundo que el solo invitar a tener compasión con los demás

El doctor de la ley quiere poner a prueba a Jesús pero él sabe involucrarlo en la pregunta para que sea él mismo quien de la respuesta

No es tanto saber quién es el prójimo sino saber hacerse prójimo y, no solo con los del propio círculo o que creemos cumplen los preceptos divinos, sino de aquellos que lo necesitan, especialmente los más pobres y excluidos por cualquier razón.

Y entonces, un doctor de la Ley se levantó y le preguntó para ponerlo a prueba:

– «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?».

Jesús le preguntó a su vez:

+ «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?».

Él le respondió:

-«Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo».

Le dijo Jesús: 

+ «Has respondido exactamente, obra así y alcanzarás la vida».

Pero el doctor de la Ley, para justificar su intervención, le hizo esta pregunta:

– «¿Y quién es mi prójimo?».

Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió:

+ «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo. También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino. Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió. Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño del albergue, diciéndole: «Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver»-

Jesús le preguntó: 

¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?».

El doctor le respondió:

“El que tuvo compasión de él». 

Y Jesús le dijo:

+ «Ve, y procede tú de la misma manera».

(Lucas 10, 25-37)

El evangelio de hoy nos ofrece la conocida parábola del buen samaritano. Es una parábola muy rica que trae un mensaje más profundo que el solo invitar a tener compasión con los demás. El contexto del relato nos permite ahondar, en por qué Jesús ofrece esta parábola. Veamos que el inicio es el diálogo entre un doctor de la ley, es decir, un fariseo que conoce bien las escrituras y es celoso de cumplirlas, y Jesús. El texto dice que el doctor de la ley quería poner a prueba a Jesús. No es la única vez que a Jesús lo quieren poner a prueba las autoridades religiosas de Israel. Recordemos el pasaje de la mujer adúltera en la que también a Jesús le preguntan que dice frente a la ley que manda apedrearlas. Una vez más en este texto, el maestro de la ley le pregunta qué tiene que hacer para heredar la vida eterna, como si él no lo supiera.

Jesús, muy astutamente -podríamos decir, le responde con otra pregunta ¿qué está escrito en la ley? Y él le responde correctamente y Jesús aprueba tal respuesta. Pero una vez más el maestro de la ley sigue interrogando a Jesús, con otra pregunta: ¿quién es mi prójimo? Ya que la respuesta que le había dado era la de amar a Dios y al prójimo. Jesús se da cuenta la intencionalidad del doctor de la ley más legal que existencial y pasa a responder con un género literario que atribuyen a Jesús -la parábola- que tiene la virtud de relatar una historia en la que sin darse cuenta se involucra al oyente y lo interpela.

Jesús comienza a contar la parábola del Buen Samaritano y cómo toda parábola pretende dar un mensaje central, extrapolando el ejemplo y los personajes con la intención de qué se note dicho mensaje. En este caso, justo los que pasan primero y ven al hombre caído en el camino son el sacerdote y el levita. Se esperaría que ellos lo hubieran socorrido. Pero no lo hacen, muy seguramente porque hubieran quedado manchados al tocar la sangre del herido y no habrían podido celebrar el culto en el templo. Según la ley, ellos hacen lo correcto. Pero Jesús presenta al tercer personaje, un samaritano, despreciado por los judíos y es él quien lo socorre y lo hace con una generosidad desbordante “hasta que quede curado”.

A la luz de este relato, Jesús le contesta la pregunta sobre ¿quién es mi prójimo? con otra pregunta: ¿Quién actúo como prójimo? Y el doctor de la ley responde “el que tuvo compasión de él”. Es decir, Jesús no le dio la respuesta sino le permitió que él mismo la formulara y, entonces, le invita a hacer lo mismo del hombre de la parábola si quiere ser prójimo. Notemos que aquí la palabra prójimo que para los judíos eran solo los mismos judíos, cumplidores de la ley, se ha extendido a un herido -portador de impureza ritual- y a un samaritano, despreciado por el pueblo judío.

La parábola mantiene totalmente la vigencia para nosotros. No es tanto saber quién es el prójimo sino saber hacerse prójimo y, no solo con los del propio círculo o que creemos cumplen los preceptos divinos, sino de aquellos que lo necesitan, sin importar su condición social, étnica, sexual, etc. La llamada es a hacernos prójimos de los excluidos de la tierra y, en ello, se juega, ayer como hoy, el heredar la vida eterna.

(Foto tomada de: https://www.jw.org/es/ense%C3%B1anzas-b%C3%ADblicas/preguntas/significa-buen-samaritano/)

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“En cambio – San Lucas 10, 25-37 -”, por Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 13 de julio de 2025
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De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa cristiana):

¿Cómo puedo ser feliz? ¿Cómo puedo tener en mí la vida de Dios, el Eterno?

«¿Cómo lees la Palabra?», pregunta Jesús al doctor de la Ley. Y a mí.

«Amarás», ha leído.

El amor declinado en futuro. El amor proyectado hacia adelante. El amor que se convierte en conciencia de ser amados por Dios, y la elección de corresponder, de amar a Dios con fuerza, con inteligencia, con pasión. Para estar llenos de ese amor divino y poder darlo a los demás.

Como un excedente, como el corazón que se desborda.

Ha leído bien, ha entendido, sabe.

Ahora basta con vivir en ese amor, día a día, un pequeño paso posible a la vez.

Ahora el teólogo está desconcertado. Sabe, pero no sabe cómo vivir lo que sabe.

Su fe está encerrada en su bella teoría.

Amar es esfuerzo, libertad, don, renuncia, concreción. Muchas cosas, quizás demasiadas.

Entonces intenta esquivar, permanecer en la mente, en sus pequeñas categorías.

Como si el amor pudiera comprimirse y organizarse.

¿Amar a qué prójimo?

¿Al judío que vive los preceptos, como dicen los rabinos fariseos, excluyendo a los superficiales?

¿O amar a todos los hermanos judíos como se atrevían a hacer los más abiertos?

Por supuesto, amar a los no judíos no era una opción contemplada.

Ahora sonríe el Maestro.

 Salteadores

En los veintisiete kilómetros que separan la capital de la ciudad de Jericó, con un desnivel de mil metros en el rocoso desierto de Judá, se viaja en caravana para no caer en manos de los salteadores.

Un imprudente viaja solo, es asaltado y herido, y abandonado moribundo al borde del camino.

Es un hombre que baja de Jerusalén. No sabemos nada de él ni sabremos nada.

De qué religión es, si es una persona honesta o un malhechor, si es una víctima o un verdugo.

 Por casualidad, pasan por allí primero un sacerdote y luego un levita.

 Por casualidad: el encuentro con el hermano necesitado es siempre fortuito, nos lo cruzamos mientras tomamos el tren o en la calle. Probablemente, los dos acaban de terminar el servicio en el Templo. Toda una semana dedicada a alabar a Dios y a pedir misericordia.

Misericordia que le niegan al desdichado.

Fingen no verlo, siguen adelante.

No se detienen porque pasan por casualidad. El desdichado no entra en sus planes, es un estorbo, una molestia.

Hipócritas

No seamos hipócritas: nosotros habríamos hecho lo mismo. Nosotros también.

¿Qué sabemos quién es ese hombre y qué le ha pasado? ¿Y si se trata de una disputa entre bandas? ¿Y si tiene sida? ¿Y si vuelven los bandidos? ¿Y si…?

Mejor llamar a los servicios de emergencia, que se encarguen los médicos y la policía, mejor no meterse. A lo mejor te clavan una navaja.

Tienen a Dios en el corazón, en los labios, hablan con sensatez, con prudencia.

No son malos, son buena gente. Solo tienen miedo. Es mejor hacer como si no vieran nada.

Jesús no los culpa ni los condena: son hijos de su tiempo.

Y de su Templo.

Y de su Dios, al que veneran y honran con incienso y holocaustos. En el Templo.

Porque fuera no existe más que el mundo, feo y malo, un nido de víboras.

Como hacemos nosotros con demasiada frecuencia.

En cambio

En cambio, un samaritano.

Está de viaje, no pasa por casualidad. Tiene un destino. Porque el viaje no se define por el punto de partida, sino por el lugar al que se desea llegar. Está en camino, está de camino, como los verdaderos discípulos.

Inquietos por gracia.

Un samaritano. ¡Vamos!

Todos esperaban que Jesús hiciera entrar en escena a un piadoso laico, un creyente adulto y motivado, no santurrón y formal, tal vez parecido a alguien presente entre la multitud.

Cualquiera, pero no un samaritano.

Llamar «samaritano» a un judío era un insulto y el odio entre los dos pueblos estaba arraigado.

Somos nosotros quienes lo hemos llamado «bueno». No sabemos nada de él, tal vez sea un delincuente, un incrédulo, un oportunista.

Pero es lo que hace lo que lo hace «bueno».

No va buscando a la persona a la que ayudar, es la vida la que se la pone continuamente en el camino. El samaritano ve a un hombre, no a un enemigo, no a alguien del otro equipo.

Un hombre que necesita ayuda. Y lo que necesita ante todo es compasión.

 Cum-patire, sufrir juntos. Sabe que podría ser él, desangrado, al borde del camino.

Se detiene, actúa, lo cuida y le pide al posadero, a quien paga, que haga lo mismo.

El sentimiento se convierte en acción. Una acción que le hace perder tiempo, dinero, que le hace correr riesgos.

No se erige en salvador de la patria, tiene su vida, continúa su viaje comprometiéndose, a su regreso, a detenerse para saldar las deudas que haya podido contraer. Acompaña y confía.

Pequeños pasos posibles

No puede resolver todos los problemas.

Es la objeción que nos repetimos continuamente: ¿cómo voy a detener la guerra si nadie me escucha?

Es cierto, pero yo puedo empeñarme en construir un metro cuadrado de paz a mi alrededor.

¿Qué quieres que haga mi protesta como ciudadano si a mi alrededor todos roban y se burlan de todo?

Es cierto, pero yo quiero dejarle a mi hijo un mundo mejor y me comporto con honestidad.

¿Tiene todavía sentido intentar acoger a nuestros jóvenes, ahora que el mundo occidental desprecia el cristianismo?

De acuerdo: yo, sin embargo, sigo hablando del rostro magnífico de Dios con la esperanza de que alguien se dé cuenta.

¿Cómo puedo defender una Iglesia cada vez más desmotivada y cansada, más preocupada por defender su fortaleza que por salir a hablar de Dios?

Es cierto: pero la Iglesia es lo que construyo junto con quienes quieren vivir seriamente el Evangelio.

La mía es solo una gota en el océano. Una sola.

Pero eso no es una buena razón para no dejarla caer al agua.

Si hemos descubierto que somos amados, si tenemos un camino por recorrer, marquemos la diferencia.

Es normal desanimarse, tener miedo, defenderse, hacer como si nada.

Es evangélico hacerse prójimo de quienes encontremos cada día.

Dando pequeños pasos posibles.

***

Comentarios Evangélicos y Reflexiones para el Domingo 13 de julio de 2025

 

1.- La humanidad es imposible sin compasión.

2.- Cuando las reglas oscurecen la ley de Dios.

3.- El buen samaritano y las obras de misericordia.

4.- Llamados a ser samaritanos.

5.- Una tierra habitada por prójimos.

6.- La vida en un verbo: «Amarás».

7.- Hacer misericordia.

8.- En cambio – San Lucas 10, 25-37 .

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Debemos sembrar semillas LGBTQ+ en el Sínodo, incluso cuando la mayoría falla

lunes, 17 de julio de 2023
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IMG_0044La reflexión de hoy es del editor gerente de Bondings 2.0, Robert Shine.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el 15º Domingo del Tiempo Ordinario se pueden encontrar aquí.

La esperanza abundó en octubre de 2021 cuando el Papa Francisco lanzó el “Sínodo sobre la Sinodalidad”. Este proceso de varios años de caminar juntos como pueblo de Dios es visto por muchos como el evento eclesial más importante desde el Concilio Vaticano II en la década de 1960. Es muy probable que sea la marca definitoria del pontificado de Francisco.

Ya llevamos casi dos años en este viaje. Varias etapas han ido y venido —local, diocesana, nacional, continental—, frecuentemente marcadas por la escucha, la apertura, el diálogo y la reflexión. Los temas LGBTQ+ fueron prominentes en cada etapa, apareciendo en muchos informes nacionales y en seis de los ocho informes continentales. El documento de trabajo para la asamblea de este octubre incluye dos referencias a la inclusión LGBTQ+, y un documento anterior de la oficina del Sínodo reconoció cuán frecuente era el problema a nivel mundial. Y ahora, habrá una serie de líderes de iglesias LGBTQ positivos que participarán en la asamblea del Sínodo en Roma este octubre.

Lo confieso: este camino sinodal todavía me emociona mucho y tengo grandes esperanzas en él. A menudo me he preguntado cómo debe haber sido ser católico después del Vaticano II cuando había tanta energía por la reforma en la iglesia y la justicia en el mundo. Ha sido difícil de imaginar.

Crecí en una iglesia diferente donde Benedicto XVI era Papa y el abuso sexual del clero era lo que ocupaba los titulares. Si bien aún quedan muchos desafíos para la iglesia y el mundo, ahora entiendo un poco mejor cómo era esa energía en la era posterior al Vaticano II, cuando tantos profetas hablaron y comenzaron tantos grupos católicos de justicia.

Aún así, algunas personas hoy me advierten que maneje las expectativas. Estas advertencias no provienen de los críticos abiertos del Sínodo, sino de amigos y colegas comprometidos con el camino sinodal, pero que cuestionan esa esperanza inicial que una vez compartimos.

Todo esto estaba en mi mente cuando me senté con las lecturas de hoy que presentan la parábola del sembrador. Las lecturas no me entusiasmaron. No solo es una parábola que todos conocen, sino que incluso es una parábola que Jesús explica directamente. Muchas reflexiones sobre esta parábola se centran en los “héroes” de esta historia: las semillas que caen en tierra fértil y dan frutos en abundancia. Estas semillas, que Jesús explica, son las personas que escuchan la palabra de Dios y la entienden. Ellos son quienes debemos esforzarnos por ser con vidas interiores ricas y relaciones fructíferas con Dios. En resumen, todas las lecturas parecen bastante sencillas.

Sin embargo, la mayor parte de la parábola y la explicación de Jesús en realidad no se trata de los aparentes héroes, las semillas en tierra fértil. En cambio, se presta más atención a los fracasos: las semillas en un sendero que se convirtió en comida para pájaros, las semillas quemadas por el sol por carecer de raíces, las semillas estranguladas por las espinas. Las tres cuartas partes de las semillas arrojadas por el sembrador de la parábola simplemente murieron. Si las semillas son la palabra de Dios, esa es una tasa de fracaso bastante alta para recibir a Dios.

Cambiemos un poco la parábola presentando a las personas y aliados LGBTQ+ como sembradores. Las semillas son nuestras historias, nuestra fe, nuestras alegrías y esperanzas, nuestras penas y ansiedades, nuestra defensa y ministerio, siendo arrojadas por el paisaje, en este caso la Iglesia Católica. Si somos honestos, a menudo es cierto que nuestra tasa de fracaso es casi la misma que la de Dios. Trabajamos mucho, nos arriesgamos tanto, nos sacrificamos bastante y, sin embargo, las semillas que echamos fracasan: se topan con gente que no comprende, gente que nos acepta pero con limitaciones, gente que es aliada hasta que cuesta, gente dispuestos a ceder su privilegio para crear equidad para otros.

No quiero sugerir que el fracaso, ya sea en la palabra de Dios o en nuestro trabajo, deba ser el enfoque. El fracaso no es la comida para llevar aquí. La conclusión es que incluso cuando la tasa de fallas es alta, Dios todavía produce bienes en gran abundancia. La historia de la iglesia está repleta de historias de cómo las semillas de la palabra de Dios fueron plantadas en la rica tierra de pequeñas comunidades o incluso de una persona singular con una fe profunda, que luego tuvo un impacto enorme para cambiar el mundo.

Estos últimos dos años, las personas LGBTQ+ y sus aliados han estado sembrando semillas de inclusión a lo largo del proceso sinodal. Es probable que muchas de esas semillas, quizás la mayoría, fracasen. Pero solo se necesitan unas pocas semillas en la tierra adecuada para que Dios produzca un bien tremendo. No podemos saber qué conversación tuvimos, carta que escribimos, recurso que compartimos u oración que pronunciamos que será la semilla que echará raíces. Por eso debemos seguir sembrando ampliamente, predicando la inclusión a todo aquel que escuche y testimoniando la santidad de nuestras identidades y nuestro amor.

El viaje continúa hasta octubre de 2024 con más altibajos por venir. Pero cuando veo cuán poderoso ha sido el impacto de los católicos pro-LGBTQ+ en este proceso hasta ahora, ¿cómo no puedo tener esperanzas? No obtendremos todo lo que buscamos. Eso es seguro. Sin embargo, sí creo que habrá muchos buenos frutos de las semillas que arrojamos que están encontrando un suelo fértil.

Para ver la cobertura completa de Bondings 2.0 del Sínodo sobre la sinodalidad, haga clic aquí. Para ver todos los recursos del New Ways Ministry sobre el Sínodo, incluida una lista completa de los participantes de la asamblea de octubre de 2023 con registros LGBTQ+, haga clic aquí.

—Robert Shine (él/él), New Ways Ministry, 16 de julio de 2023

Fuente e New Ways Ministry

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“Aprender a sembrar como Jesús”. 15 Tiempo ordinario – A (Mateo 13,1-23)

domingo, 16 de julio de 2023
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le-semeurNo fue fácil para Jesús llevar adelante su proyecto. Enseguida se encontró con la crítica y el rechazo. Su palabra no tenía la acogida que cabía esperar. Entre sus seguidores más cercanos empezaba a despertarse el desaliento y la desconfianza. ¿Merecía la pena seguir trabajando junto a Jesús? ¿No era todo aquello una utopía imposible?

Jesús les dijo lo que pensaba. Les contó la parábola de un sembrador para hacerles ver el realismo con que trabajaba y la fe inquebrantable que le animaba. Las dos cosas. Hay, ciertamente, un trabajo infructuoso que se puede echar a perder, pero el proyecto final de Dios no fracasará. No hay que ceder al desaliento. Hay que seguir sembrando. Al final habrá cosecha abundante.

Los que le escuchaban la parábola sabían que estaba hablando de sí mismo. Así era Jesús. Sembraba su palabra en cualquier parte donde veía alguna esperanza de que pudiera germinar. Sembraba gestos de bondad y misericordia hasta en los ambientes más insospechados: entre gentes muy alejadas de la religión.

Jesús sembraba con el realismo y la confianza de un labrador de Galilea. Todos sabían que la siembra se echaría a perder en más de un lugar en aquellas tierras tan desiguales. Pero eso no desalentaba a nadie: ningún labrador dejaba por ello de sembrar. Lo importante era la cosecha final. Algo semejante ocurre con el reino de Dios. No faltan obstáculos y resistencias, pero la fuerza de Dios dará su fruto. Sería absurdo dejar de sembrar.

En la Iglesia de Jesús no necesitamos cosechadores. Lo nuestro no es cosechar éxitos, conquistar la calle, dominar la sociedad, llenar las iglesias, imponer nuestra fe religiosa. Lo que nos hace falta son sembradores. Seguidores y seguidoras de Jesús que siembren por donde pasan palabras de esperanza y gestos de compasión.

Esta es la conversión que hemos de promover hoy entre nosotros: ir pasando de la obsesión por «cosechar» a la paciente labor de «sembrar». Jesús nos dejó en herencia la parábola del sembrador, no la del cosechador.

José Antonio Pagola

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“Salió el sembrador a sembrar”. Domingo 16 de julio de 2023. 15º domingo de tiempo ordinario.

domingo, 16 de julio de 2023
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38-OrdinarioA15Leído en Koinonia:

Isaías 55,10-11: La lluvia hace germinar la tierra
Salmo responsorial: 64: La semilla cayó en tierra buena y dio fruto.
Romanos 8,18-23: La creación, expectante, está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios
Mateo 13,1-23: Salió el sembrador a sembrar

El libro del profeta Isaías se divide en tres parte: la primera la podemos llamar el libro de la denuncia; la segunda el libro del anuncio y la tercera la consolación. El texto que hoy leemos pertenece a esta última sección del libro y nos da ya una pista para la interpretación del pasaje. Isaías III nos presenta una comparación que subraya el papel fundamental de la palabra de Dios para que se verifique la eficacia de su obra o acción. La palabra de Dios es entonces la lluvia que hace fecundos incluso los terrenos más áridos y duros. Se describe todo el ciclo completo del agua, desde su precipitación como gotas en las nubes, pasando por su acción benéfica en el terreno cultivado, hasta su retorno al cielo, lista para reemprender de nuevo su ciclo. De igual forma la palabra de Dios, que parte rauda de la boca de Dios, hace fértil el campo cultivado y realiza el cometido para el que fue enviada.

Esta comparación nos ayuda a comprender que la palabra que Dios nos comunica no gira en el vacío, sino que se dirige a los ‘terrenos cultivados’, o sea , a todas las personas que con devoción y cariño preparan su mente y sus afectos para que sea eficaz la palabra que ellos reciben de Dios por medio de los profetas. De este modo, la comparación resalta dos elementos muy importantes: la palabra se dirige a los ‘terrenos cultivados’ donde la semilla ya reposa y la palabra retorna a su fuente de origen.

El evangelio de Mateo complementa esta imagen tan poderosa y sugestiva con la ‘parábola del sembrador’. En esta parábola los elementos decisivos son la excelente calidad de la semilla y la disposición del terreno. El sembrador lanza una semilla de excelente calidad y lo hace con la generosidad y esperanza de quien ama su campo de cultivo. No ahorra esfuerzo ni semillas; las coloca incluso en lugares en donde no cabría esperar ningún resultado ya que su interés no es conservar sino esperar que esa semilla haga fructificar todos los sectores de su parcela. El otro elemento decisivo, el terreno, responde de diferente manera según la ‘calidad’ de la tierra. La buena disposición de cada pedazo de la parcela constituye el factor desicivo para el éxito de la empresa. La semilla es buena, pero el terreno responde de manera desigual.

La interpretación de la parábola que aparece en la sección siguiente del evangelio, nos da unas claves poderosas de comprensión. La disposición del terreno se refiere a la actitud de las personas. Algunas se dejan cultivar y ofrecen una tierra apta donde la semilla echa raíces profundas. Otras, en cambio, ofrecen terrenos donde la semilla se pierde por exceso de dureza, por descuido, superficialidad o negligencia. Tanto el grupo representado por los buenos terrenos, como el grupo representado por los terrenos no receptivos, forman parte de la misma parcela. Los dos están en la misma geografía, en la misma historia y en el mismo momento. No hay excusa válida para justificar la falta de acogida y de respuesta.

Esta parábola se refiere a una realidad de la comunidad cristiana sobre la que ya se había hecho una profunda recepción. En la comunidad, representada por la parcela, se encuentran terrenos, es decir personas, con diferentes actitudes y proyectos. No se puede saber de antemano qué respuesta va a dar cada quien. Lo único que se sabe es que el sembrador reparte con generosidad su fértil semilla. En el desarrollo del proceso de cultivo se sabe quién es apto y quién no. Pero no basándonos en criterios arbitrarios, sino en el fruto que cada quien muestra. La expresión ‘dar frutos’ tiene un valor muy preciso en la Biblia y se refiere siempre a la respuesta positiva del ser humano al proyecto de Dios. Pero no a cualquier proyecto presentado en nombre de Dios, sino a la propuesta de los profetas que Jesús de Nazaret ha llamado ‘reinado de Dios’. Es decir, una experiencia humana donde sea posible el amor solidario, la libertad para hacer el bien y la justicia responsable.

La parábola del sembrador nos pone en contacto con la profecía consoladora de Isaías. La palabra de Dios actúa en la historia humana en las personas que cultivan el terreno sorprendente del amor solidario, de la escucha atenta del hermano y del servicio generoso y desinteresado a los excluidos. La palabra de Dios se hace fecunda en las comunidades y personas que asumen una actitud responsable ante la historia y no permiten que la ‘buena nueva del Evangelio’ se convierta en consigna barata ni en cliché de espiritualizaciones alienadoras y superfluas, sino que procuran siempre que la palabra del profeta sea eficaz en la historia.

Pablo, en la Carta a los Romanos, nos propone esta misma reflexión: la creación, el terreno fértil que Dios ha dado al ser humano en la historia (Gn 2,4-25), aguarda con impaciencia la realización de la obra de Cristo en toda la humanidad. La propuesta de Jesús nos abre a la esperanza de un futuro en el que la Humanidad se reconoce en la justicia y en el amor solidario, y no en la muerte y la guerra. Leer más…

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16.7.23 (Dom 15 TO). Salió Jesús a sembrar (Mt 13, 3-9).

domingo, 16 de julio de 2023
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360100675_2462437047266806_116720303679359830_nDel blog de Xabier Pikaza:

Salió a sembrar en toda tierra el Reino… y precisamente por hacerlo como hizo,  sembrando en toda tierra, sin limitarse a mantener según ley  oficial su rebaño en la buena tierra de los justos…  por sembrar donde decían que no  era lugar ni momento de siembra (entre pobres, excluidos, enfermos, desterrados, impuros…) le mataron, y su vida así sembrada fue semilla de Reino en toda tierra.

Ahora,  este año 2023, son muchos los que dicen que llevamos decenio sin haber sembrado. Vivimos de rentas caducadas y de rebusca mezquina, mientras la tierra se angosta sin agua de vida, sin semilla de palabra. Nos hemos especializado en ser pastores de un rebaño de rediles viejos, mientras son pocos los que salen a los campos de la siembra

Dicen que llevamos decenios sin siembra verdadera de evangelio, como si debiéramos limitarnos a enterrar muertos antiguos, en contra de Jesús que decía: «Dejad que los . Jesús nos dice hoy que tomemos el  zurrón de las semillas y sembremos, a fondo perdido, en esperanza de futuro, en toda tierra.

Evangelio  

Mt 13 3b Salió el sembrador a sembrar, 4 y, al sembrar, unas semillas cayeron al borde del camino; y vinieron los pájaros y las comieron. 5 Y otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y, como la tierra no era profunda, brotaron en seguida; 6 pero, en cuanto salió el sol, se quemaron y por falta de raíz se secaron. 7 Otras, en cambio, cayeron entre zarzas, y crecieron las zarzas y ahogaron la semilla. 8 Pero otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien; otras sesenta; otras treinta. 9 Quien tenga oídos oiga [1].

Sembradores de palabra

    Jesús nos ha hecho sembradores de Palabra. Éste es nuestro primer oficio en la iglesia. Hay un sembrador principal que es Dios; hay un director de sembradores que es Jesús… Con él estamos todos nosotros, sembradores de evangelio en las nuevas tierras de la vida, el año 2023. Vamos a sembrar, hermanos, a sembrarnos nosotros mismos como  palabra de evangelio.

‒ ¿Por qué hay diversas tierras, y algunas son malas para la semilla: el camino, el pedregal, el zarzal? ¿No hizo Dios todas las tierras buenas (Gen 1)? El problema no se resuelve simplemente diciendo que las tierras son los seres humanos que deben hacerse buenos, como en la forma actual de la parábola, sino que debemos preguntar: ¿por qué hizo Dios o permitió que hubiera tierras malas, hombres y mujeres que parecen incapaces de acoger la semilla?

‒ Si el sembrador es Dios ¿por qué actúa de esa forma, como si no conociera su oficio de sembrador que sólo siembra en buena tierras?¿Por qué ha dejado que parte de su semilla cayera en la tierra dura del camino, en el zarzal o el pedregal? ¿Por qué no ha hecho primero que todos los terrenos (hombres y mujeres) fueran buenos? En esa línea, el texto parece estar suponiendo que Dios (o el mesías sembrador) no conoce bien su oficio, pues malgasta semilla en terrenos al parecer poco aptos. ¿O es que Dios quiere que todos los terrenos sean aptos?

— La siembra del Dios-Mesías depende de que nosotros (sus sembradores) salgamos al campo de la vida y sembremos su palabra en toda tierra, de forma creadora. Eso sigue significando que la obra mesiánica se entiende en forma dramática y dialogal, condicionada no sólo para bien, sino también para mal, por la acogida-respuesta de los hombres, conforme a la división de las diversas tierras, que no parece paritaria, sino desigual (pues hay tres tipos de mala tierra, y sólo un tipo de buena):

‒ Camino duro y pájaros (13, 4). Sembrar en el camino, sin que la semilla pueda hundirse en la tierra, es dejarla a merced del viento o de los pájaros. Jesús ha de saberlo, y sabe (en forma de parábola) que los pájaros están ahí, formando una amenaza para la siembra, un riesgo para la obra de Dios. Sobrevuelan sobre el campo; pero sólo son peligrosos allí donde la tierra es dura y no absorbe la semilla, es decir, allí donde es como un camino pisado y repisado.

Éstos son los pájaros de Dios de Mt 6, 25-34 (señal de su providencia generosa), pero mirados desde otra perspectiva, esos pájaros son signo del peligro que corre la semilla cuando no penetra en la hondura de la vida humana, quedando así a merced de esos pájaros, que comen todo lo que encuentran. ¿No se podría decir, en esa línea, que las semillas del camino son bendición para los pájaros, pero no sirven para la cosecha?

Pedregal y sol que quema la semilla (13, 5-6). El sol es necesario para que madure la semilla, como saben bien los agricultores. Sin tierra con agua (¡aquí ausente!) y sin luz-calor de sol no hay cosecha. Pero allí donde la tierra carece de profundidad y no acoge en hondura la semilla, y no permite que las raíces de la planta penetren y se arraiguen, por ser pedregosa, en vez de tener profundidad y ofrecer un “humus” (lugar de alimentación y crecimiento para la semilla), calienta el sol y se convierte en fuego que calcina y quema la planta recién nacida. Dios mismo es semilla, pero si el hombre no tiene profundidad y no le acoge ni Dios puede germinar en su tierra.

‒ Campo de espinas que ahogan la semilla (13,7). Además de los pájaros del aire y del sol ardiente, que quema las pequeñas raíces de las plantas en tierra pedregosa, la siembra puede y en algún sentido debe crecer en un espacio de “competencia biológica”, en un contexto de enfrentamientos vitales donde actúan también otras plantas que estaban ya allí, que (en sentido externo) pueden ser más poderosas que la semilla sembrada.

Frente a la planta buena de Dios hay otras, que parecen más adaptadas y más fuertes y pueden ahogarla. También las espinas tienen derecho a crecer, también los cardos, todo tipo de variedades agrarias. Ciertamente, si quiere sobrevivir como especie “inteligente”, el hombre debe quitar espacio a las espinas y cardos, para que brote la buena semilla, pero si destruimos toda la inmensa variedad de especies vegetales que parece inútiles (con pesticidas…) corremos también el riesgo de destruir la vida humana.

‒ Semilla buena en tierra buena (13, 8). Aquí se expresa el “milagro” de la siembra: buena semilla en buena tierra. ¿Tierra buena “de Dios”, es decir, en estado natural, o tierra buena roturada y preparada, limpiada y regada cuidadosamente por los hombres? A pesar de todos los enemigos que pueden actuar y actúan, desde fuera y desde dentro de la tierra, el sembrador se arriesga, y prepara la tierra, y una parte de su semilla cae sobre un lugar adecuado, de manera que su obra resulta positiva, tiene éxito. Aquí también peguntamos: ¿Por qué es buena la tierra, en qué medida es obra suya y en qué medida es resultado del esfuerzo del labrador que la cuida y prepara?

Mirada desde sí misma, esta parábola no puede razonarse, está ahí, como visión originaria, , para que aprendamos a pensar, para que respondamos. En ese contexto debemos plantear la función del mesías sembrador y de nosotros sus colaboradores, su cuadrilla de siembra.  

    Así nos dice Jesús que salgamos a sembrar, este año 2023, en esta tierra que muchos parecen haber abandonado. Podría haber dicho Jesús: Salió el sembrador y una parte de su semilla cayó entre ruinas de campo abandonados, por olvido quizá de los sembradores antiguos…,quizá por cambio de los tiempos. 

Ampliación: Sobra la siembra en parábolas

 Volvamos a leer el texto. Austeramente describe Jesús lo que sucede a la semilla, empleando experiencias normales de la agricultura, de manera que sus oyentes puedan entenderlo. Todo es normal, prosa concreta, sin atisbo de enseñanza exclusivista de corte de reyes o palacio de nobles. Pero escuchada mejor esa parábola y otras resultan sorprendentes, una enseñanza más alta y paradójica, pensada para que la gente piense por sí misma.

Una educación de campo. Esta parábola del sembrador parece sencilla… Muchos mayores tenemos todavía en los ojos la imagen del abuelo en los campos duros de la tierra antiguo. Aquel abuelo nos decía: Un buen sembrador siembra sólo en buena tierra y no desperdicia los granos entre piedras, caminos y zarzas. Jesús, en cambio, parece empeñarse en sembrar sobre suelos que no pueden prepararse, pues no son apropiados para ello (camino, pedregal, zarzal).

    Un viejo amigo educador me decía: Esta nueva juventud no es «materia de religión» (no es campo donde pueda sembrarse el evangelio…); y sin embargo seguía buscando, imaginando, sembrando…. Para el futuro, me decía, quizá para sus nietos. Pero tenemos que seguir sembrando, y hacerlo de otra forma, como hizo Jesús, que rompió los métodos pedagógicos de los escribas y sacerdotes de su tiempo:

 Es evidente que necesitamos una sabiduría más alta. La parábola expresa la sabiduría de Dios, que dice su palabra por Jesús, sembrando semilla en toda tierra.

El buen científico, hombre de sistema, busca eficacia y calcula, piensa de antemano y escoge la tierra más fértil y adecuada. Nos diría quizá no no tenemos métodos; que hagamos ciencia, si queremos progresar, que dejemos la siembra de evangelio.

Pero nosotros estamos empeñados en sembrar como Jesús… Él sabía que los sembradores de evangelio necesitamos una lógica distinta, propia del Dios sabio, que introduce su semilla/palabra en toda tierra.

 Jesús no era sabio de puras razones, sino que iba enseñado (sembrando su palabra, sembrándose a sí mismo) en la universidad de la calle, para que todos pudieran pensar y sentido el color y  sentido de las cosas, no porque él las dijera desde arriba (que nos las decía así), sino porque al decir sus palabras se decía a sí mismo. No era un erudito en el sentido normal, repetidor de textos al servicio del sistema.

 Jesús aparece en el evangelio como sabio, pero haciendo a todos podamos ser sabios a su lado, pues ofrece y comparte su palabra con pobres, ignorantes, enfermos…. No busca imágenes herméticas, ni signos de sabiduría especializada. Al contrario, él mira donde todos miran: hacia el lago de los pescadores, hacia el campo de los sembradores, hacia el monte donde guardan su rebaño los pastores… y dice su palabra de iluminación, de comunión, de promesa.

Jesús enseña a sus oyentes a mirar y ver de otra manera. De esa forma se ha fijado en el padre que reparte la herencia entre sus hijos, en las muchachas que acompañan a la novia, en la mujer que amasa el pan o busca la moneda perdida en las esquinas de la casa. Él ha mirado también a los arrendatarios y obreros, con aquellos que hacen guardia por miedo a los ladrones, de tal manera que en un primer nivel sus parábolas parecen algo de tal forma simple que todos las entienden. Pero luego, al pensar mejor en ellas, descubrimos su extrañeza, de forma que debemos pensarlas y entenderlas por nosotros mismos.

Las parábolas emplean, de esa forma, un lenguaje de choque que los niños pueden entender y acoger mejor que los mayores, los “ignorantes” mejor que los letrados. No son alegorías, de manera que no pueden interpretarse detalle a detalle, sino que han de entenderse en su conjunto, evocando en ellas la imagen central, para destacar después su novedad, que es paradójica, pues rompe el nivel del razonamiento ordinario, la lógica diaria, para introducirnos en el espacio sorprendente de la gracia de Dios que se expresa en la vida humana. No pueden entenderse desde la lógica normal, sino que nos transportan a un nivel de realidad donde saber es sorprenderse, subiendo de plano, para entrar en la vida en Dios, como volveremos a poner de relieve en el capítulo final de este libro.

 Jesús no ha contado las parábolas para divertir a los curiosos, como un bufón de corte a quien se le permite decir cosas prohibidas a otros; no ha tejido sus poemas para distraer a los demás, sino para interpelarles, haciendo que ellos mismos se vuelvan creadores, sorprendidos, iluminados, incitados:

‒ Las parábolas sorprenden. Donde todo parecía normal introducen ellas un signo más alto de interrogación. ¿Se puede arrojar la semilla entre las zarzas? ¿Debe el padre recibir al hijo pródigo y darle una nueva herencia después que ha gastado la primera, a detrimento del hijo que ha quedado en casa? ¿Es justo el patrono que paga al jornalero de la hora undécima lo mismo que al primero? ¿Puede el comerciante gastar todo su dinero por comprar ado ante estas y otras parábolas sin hallar una respuesta, pues quieren saber sin comprometerse, de manera que acaban mirando y no ven. Por el contrario, aquellos que deciden entrar en su dinámica saben que ellas son verdaderas.

 No se pueden entender por pura ciencia, si no hay un compromiso personal que nos permita penetrar en ellas. Por eso, todas las hermenéuticas teóricas (propias de intérpretes que quieren ser neutrales) resultan incapaces de hacernos entender su contenido, pues Jesús, como poeta, sólo cuenta su secreto al que se deja interpelar y enriquecer por su palabra, penetrando en ella. Lógicamente, él no ha fundado una escuela de templo, para organizar los ritos de los sacerdotes y realizar mejor los sacrificios. Tampoco ha creado una academia rabínica, para interpretar mejor la Ley y las tradiciones, en la línea de los nuevos especialistas rabínicos, sino que ha sido más bien un sabio mesiánico, contador de parábolas, no para saber más, sino para ser y hacer, es decir, para madurar como seres humanos y ayudarse unos a otros.

 ‒ Las parábolas son sabias siendo paradójicas: no ofrecen enigmas en el sentido usual de la palabra, ni adivinanzas de iniciados, sino que exponen de forma sencilla, pero sorprendente, el lado más profundo de la realidad, situándonos en aquello que parece conocido (siembra o viña, pesca o tesoro del campo…), para introducirnos desde allí hacia lo desconocido y fundamental, que es la presencia gratuita y creadora de Dios, que invierte y transfigura todo, para abrirnos así un camino de Reino.

‒ Ellas hablan desde el lugar donde gracia de Dios y tarea de la vida se vinculan, haciendo pasar ante nosotros una serie de figuras paradójicas (samaritano, publicano, pródigo, mendigo…), para mostrarnos la extrañeza creadora del Reino. Ellas no pueden entenderse como inversión de la realidad actual (al modo hegeliano marxista), pues esa inversión sigue estando al servicio de un sistema de violencia. Superando ese nivel (tesis y antítesis, poder del sistema), las parábolas nos llevan el lugar de la sabiduría primera, donde se revela Dios y los humanos aprenden a entenderle, en gracia sorprendida.

  Jesús eleva su mensaje sobre (contra) la verdad oficial de su entorno (sospecha de ella), no para criticarla con envidia o destruirla con violencia, sino para llevar a sus oyentes al más hondo manantial de su saber, para mirar las cosas y personas desde la ribera de la gratuidad, con los ojos salvadores de Dios.

Precisamente allí donde parece que todo está resuelto, donde sacerdotes y jerarcas judíos o cristianos elaboran su sistema de seguridades, expulsando a los pobres o pequeños, ha proclamado Jesús su protesta creadora, en favor de ellos. Él no es un erudito al servicio del gran “todo” (la seguridad del sistema, el señorío de los poderosos), sino sabio que habita al interior de la vida de hombres y mujeres, poniéndose siempre al lado de los pobres. Desde ese fondo, sus parábolas son voz de aviso: denuncia para aquellos que buscan seguridades a costa de los otros; anuncio de salvación para los excluidos del sistema.

Notas

 [1] En general, cf. J. D. Crossan,The seed parables of Jesus, JBL 92 (1973) 244-266; Ch. Dietzfelbinger, Das Gleichnis vom ausgestreuten Samen, en E. Lohse. (ed.), Der Ruf Jesu und die Antwort der Gemeinde, FS Joachim Jeremias, Vandenhoeck, Göttingen 1970, 80-93; B. Estrada-Barbier, El Sembrador: perspectivas filológico-hermenéuticas de una parábola, Pontificia, Salamanca 1994;X. Léon-Dufour, La parábola del sembrador, en Estudios de Evangelio, Cristiandad, Madrid 1982.

[2] Sobre ese simbolismo sagrado, cf. M. Astour, La Triade de Déesses de Fertilité à Ugarit et en Grèce, Ugaritica 6 (1969) 9-23; L. Cencillo, Mito. Semántica y realidad, BAC, Madrid 1970; I. Cornelius, The Many Faces of the Goddess, BO, Freiburg/Schweiz 2004; W. Herrmann, Aštart, MIO 15 (1969) 6-52; J. Morgenstern, Some significant Antecedents of Christianity, Brill,Leiden 1966, 81-96.

[3] Entendido así, lo que parece desinterés de Dios, que crea tierras muy distintas, y del Mesías, que se atreve a sembrar en todas ellas, puede presentarse como signo de un interés más hondo, pues Dios ofrece su palabra a toda tierra, un tema que dentro del evangelio de Mateo puede interpretarse como expresión de universalidad: Dios puede sembrar también y encontrar buena respuesta en tierra de gentiles, de manera que todo colabora al fin al despliegue de su obra, como supone Pablo en Rom 8, 28… Pero el tema de fondo no es aquí la oposición entre judíos y gentiles (entre buenos y malos sin más, como veremos en la parábola de la cizaña: 13, 24-43), sino entre diversos tipos de tierra, que por ahora aparecen de forma simbólica, y pueden aplicarse a todos los seres humanos, dentro y fuera de Israel.

El tema es mi tierra, la siembra de Dios en mi vida. Mirada así, esta parábola puede interpretarse desde dos perspectivas:

 (a) Una, más emergentista, supone que todo está dado de algún modo en la primera tierra, y que el mesías de Dios actúa como buen partero, en línea mayéutica, para que nosotros descubramos lo está ya dentro de nuestra propia tierra, como ha puesto de relieve A. Torres, Repensar la revelación. Trotta, Madrid 2008.

(b) Otra, más creacionista, pone de relieve el poder de la semilla, que no es puramente nuestra, sino del mismo Dios, que se va haciendo semilla/palabra en la historia de la humanidad, y en nuestra propia historia… No todo está en la tierra, pues también es fundamental la palabra que viene de fuera y sorprende, transforma a los hombres. He desarrollado el tema en Antropología bíblica 2005..

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Respuestas para una crisis de la Iglesia. Domingo 15 del Tiempo Ordinario. Ciclo A

domingo, 16 de julio de 2023
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porta15ordADel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Ya que este año el domingo 15 coincide con la fiesta de la Virgen del Carmen, aprovecho el envío para felicitar a todas las que celebren su santo. Feliz día.

 

Crisis ayer, hoy y siempre

            Que la Iglesia actual (al menos en España) está en crisis no lo puede negar nadie. Baja el número de los que se confiesan cristianos, el número de bautismos y matrimonios, la práctica sacramental. Pero las crisis no son una novedad de la Iglesia actual. Se han dado siempre.

Una crisis con cinco interrogantes y siete parábolas: Mateo 13

            El evangelista Mateo tuvo que enfrentarse a una de ellas. Probablemente no fue la primera. Pero él intentó ver sus diversos aspectos y ofrecer respuestas válidas a partir de la palabra de Jesús.

            Al llegar a este momento de su evangelio (c. 13), el horizonte ha comenzado a oscurecerse. Lo que comenzó tan bien, con el seguimiento de cuatro discípulos, el entusiasmo de la gente ante el Sermón del Monte, los diez milagros posteriores, ha cambiado poco a poco de signo. Es cierto que en torno a Jesús se ha formado un pequeño grupo de gente sencilla, agobiada por el peso de la ley, que busca descanso en la persona y el mensaje de Jesús y se convierten en “mis hermanos, mis hermanas y mi madre”. Pero esto no impide que surjan dudas sobre él, incluso por parte de Juan Bautista; que gran parte de la gente no muestre el menor interés, como los habitantes de Corozaín y Betsaida; y, sobre todo, que el grupo religioso de más prestigio, los fariseos, se oponga radicalmente a él y a su doctrina, hasta el punto de pensar en matarlo.

            Mateo está reflejando en su evangelio las circunstancias de su época, hacia el año 80, cuando los seguidores de Jesús viven en un ambiente hostil. Los rechazan, parece que no tienen futuro, se sienten desconcertados ante sus oponentes, no comprenden por qué muchos judíos no aceptan el mensaje de Jesús, al que ellos reconocen como Mesías. Las cosas no son tan maravillosas como pensaban al principio. ¿Cómo actuar ante todo esto? ¿Qué pensar? Mateo, basándose en el discurso en parábolas de Marcos, pone en boca de Jesús, a través de siete parábolas, las respuestas a cinco preguntas que siguen siendo válidas para nosotros:

            ¿Por qué no aceptan todos el mensaje de Jesús? ― Parábola del sembrador.

            ¿Qué actitud debemos adoptar con los que rechazan ese mensa­je? ― El trigo y la cizaña.

            ¿Tiene algún futuro este mensaje aceptado por tan pocas personas? ― El grano de mostaza y la levadura.

            ¿Vale la pena comprometerse con él? ― El tesoro y la piedra preciosa.

¿Qué ocurrirá a los que aceptan el mensaje, pero no viven de acuerdo con los ideales del Reino? ― La pesca.

            Este domingo se lee la primera; el 16, las tres siguientes; el 17, las otras tres.

ADVERTENCIA PREVIA

            El fragmento elegido, bastante largo, consta de tres partes:

            1) Jesús cuenta la parábola del sembrador.

         2) Los discípulos le preguntan por qué habla en parábolas. Jesús responde de forma enigmática y desconcertante.

            3) Explica la parábola del sembrador.

          La liturgia “por motivos pastorales”, permite limitarse a leer la primera parte. Que se suprima la segunda me parece lógico, porque es de los pasajes más difíciles del evangelio. Pero carece de sentido suprimir la explicación de la parábola. Sin ella, no se entiende nada.

1) El problema de la siembra y del sembrador

            La parábola del sembrador responde al problema de por qué la palabra de Jesús no produce fruto en algunas personas. Parte de una experiencia conocida por un público campesino. Basta recordar dos detalles elementa­les: Galilea es una región muy montañosa, y en tiempos de Jesús no había tractores. El sembrador se veía enfrentado a una difícil tarea, y sabía de antemano que toda la simiente no daría fruto.

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas:

― Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga. 

            No recuerdo si esta parábola forma parte de “La vida de Brian”, pero es fácil imaginar la cara de desconcierto de los oyentes y los comentarios irónicos a los que se presta. Ni siquiera los discípulos se enteraron de lo que significaba e inmediatamente le preguntan a Jesús: ¿Por qué les hablas en parábolas?

2) Explicando lo oscuro con algo más oscuro [se puede y debe suprimir]

La pregunta sirve para introdu­cir el pasaje más difícil de todo el capítulo.

― A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías: «Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure. ¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.

La liturgia permite suprimir la lectura de esta parte y aconsejo seguir su sugerencia, pasando directamente a la explicación de la parábola. Por si a alguno le interesa, comento al final, en un Apéndice, este difícil pasaje.

3) El sentido de la parábola [se puede, pero no se debe, suprimir]

Vosotros oíd lo que significa la parábola del sembrador: Si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, sucumbe. Lo sembrado en zarzas significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril.  Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno.

            ¿Por qué la palabra de Jesús no da fruto en todos sus oyentes? Se distinguen cuatro casos.

        1) En unos, porque esa palabra no les dice nada, no va de acuerdo con sus necesi­dades o sus deseos. Para ellos no significa nada la formación de una comunidad de hombres libres, iguales, hermanos, hijos del mismo Padre.

         2) Otros lo aceptan con alegría, pero les falta coraje y capacidad de aguante para sopor­tar las persecu­cio­nes.

            3) Otros dan más importancia a las necesidades prima­rias (la comida, el vestido) que al objetivo a largo plazo (el Reino de Dios). Dos situaciones extremas y opuestas, el agobio de la vida y la seducción de la riqueza, producen el mismo efecto: ahogan la palabra de Dios.

           4) Finalmente, en otros la semilla da fruto. La parábola es optimista y realista. Opti­mis­ta, porque gran parte de la semilla se supone que cae en campo bueno. Realista, porque admite diversos grados de producción y de respuesta en la tierra buena: 100, 60, 30. En esto, como en tantas cosas, Jesús es mucho más comprensivo que nosotros, que sólo admitimos como válida la tierra que da el ciento por uno. Incluso el que da treinta es tierra buena (idea que podría aplicarse a todos los niveles: morales, dogmáticos, de compromiso cristiano…).

            Toque de atención y acción de gracias

            La parábola podría leerse también como una llamada a la respon­sabilidad y a estar vigilan­tes: incluso la tierra buena que está dando fruto debe recordar qué cosas dejan estéril la palabra de Dios: el pasotismo, la inconstancia cuando vienen las dificulta­des, el agobio de la vida, la seducción de la riqueza.

            Pero es más importante dar gracias porque el Señor ha sembrado en nosotros su palabra, la hemos acogido y, aunque solo sea un treinta por ciento, ha dado su fruto.

Invitación a la fe y al optimismo: Isaías 55,10-11 y Salmo 64

            La crisis ante la situación actual puede venir en muchos casos de que centramos todo en la acción humana. Cuando nosotros fallamos y, sobre todo, cuando fallan los demás, creemos que todo va mal. Sólo advertimos aspectos negativos. En cambio, la primera lectura, que usa también la metáfora de la semilla y el sembrador, nos anima a tener fe en la acción misteriosa de la palabra de Dios, fecunda como la lluvia, que no dejará de producir fruto.

Así dice el Señor: 

«Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo.»

            Este breve pasaje parece muy sencillo y teológico, casi al margen de la vida diaria. Sin embargo, es el punto final de los capítulos 40-55 del libro de Isaías, donde se anuncia la liberación de Babilonia y la vuelta a la patria. ¿Cómo será posible? A través de un rey humano, Ciro de Persia, y de la Palabra de Dios, que mueve la historia.

            También nosotros debemos estar convencidos de que la semilla plantada no dejará de dar fruto. Será como la palabra del Señor, que «no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad».

            La acción de Dios la subraya el salmo, usando también imágenes campesinas. El Señor no solo planta la semilla, también riega la tierra, iguala los terrones, envía la llovizna, bendice los brotes. Al final, «los valles se visten de mieses que aclaman y cantan». El futuro es más esperanzador de lo que a veces pensamos.

APÉNDICE: El pasaje más difícil

            Para explicar este pasaje cuento una parábola que me he inventado.

            Había una vez un profesor de Matemáticas. A los pocos días de clase, advirtió que sus alumnos se divi­dían en dos grupos. Unos se tomaba la asignatura con interés, pre­guntaban lo que no enten­dían, preparaban las evaluaciones. No eran unas eminen­cias matemá­ti­cas, pero seguían con aten­ción las clases. Los del otro grupo eran todo lo contra­rio: no aten­dían a la explicación, ni siquiera miraban a la pizarra, no estudiaban en privado y siempre estaban armando jaleo. Al cabo de unos meses, moles­to el profe­sor con esta actitud, anunció a todos: “A partir de mañana, la clase se divide en dos grupos. Al primero le dedicaré todo el tiempo que nece­siten, incluso echando horas extraordinarias. Al segundo, sólo le dedicaré el tiempo fijado, y le explicaré las mate­máticas en inglés”.

            Esta parabolilla ayuda a entender la respues­ta de Jesús. Comienza dividiendo a su auditorio en dos grupos: el de los discí­pu­los («voso­tros») y el de los que no quieren atender («los otros»). Los discípu­los pueden conocer los misterios del Reino; los otros, no. ¿Por qué? Porque los discípulos se han comprometi­do con Jesús, están produciendo fruto, y los otros no hacen nada. Y «al que produce se le dará hasta que le sobre, mientras al que no produce se le quitará hasta lo que tiene». Las palabras de Jesús son más duras de lo que parece a primera vista. No dice «al que produce se le dará, y al que no produce no se le dará«. Dice: «al que no produce, se le quitará hasta lo que tiene» (le expli­carán las matemáticas en inglés).

            A continuación, desarrolla este tema, con una cita de Isaías. A la gente que no hace nada, que miran sin ver y escuchan sin oír ni entender, que le resbala todo, que pasa de todo, Jesús le habla en parábolas (en inglés) para que entiendan menos todavía y no se aclaren de ningún modo. «Por mucho que oigáis no entenderéis, por mucho que miréis no veréis, porque está embotada la mente de este pueblo». A Dios le gustaría curar a esta gente (igual que al profesor le gustaría que sus discípulos malos aprobasen), pero ellos se niegan a convertirse (a estudiar); y la reacción de Jesús es durísima: si no quieren convertirse, haré lo posible para que no me entiendan. Por eso les hablo en parábolas. En cambio, a los que quieren entender y ver Jesús les dice: «Dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. Porque muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís vosotros, y no lo oyeron».

            Aunque el pasaje resulte claro, surge una pregunta espontánea: ¿Es justa la actitud de Jesús? ¿No conseguiría más de la gente hablándoles con claridad? Hay que tener en cuenta que nos encon­tramos en el c.13 del evangelio. Jesús ha hablado ya mucho, sobre todo en el Sermón del Monte. Lo ha hecho con absoluta claridad, y a propósi­to de los temas más diversos: la actitud ante la ley, ante el dinero, ante las obras de piedad, el prójimo. Ha seguido enseñan­do de forma sencilla mediante sus milagros y en las discusiones con los fariseos. Pero no piensa pasarse así toda la vida. Tiene que explicar temas más difíciles, sobre todo en relación con el misterio del Reino de Dios. Y no está dispuesto a perder el tiempo por culpa de unos alumnos holgaza­nes, que sólo quieren tomarle el pelo. Más aún, va a usar las parábolas para que los oyentes que no están dis­puestos a hacerle caso no entien­dan el mensaje que va a transmitir.

            Es importante tener en cuenta este contexto polémico para no sacar consecuencias equivocadas. Sería erróneo basarse en estas palabras del Evangelio para justificar una predicación oscura e ininteligible y echarle la culpa a los oyentes. O para criticar las dudas e interrogantes que puede sentir mucha gente con respecto a la formulación de ciertos dogmas o de determinados aspectos de la doctrina de la Iglesia. Estas palabras no se dirigen contra el que desea con sencillez y honradez que le expliquen determinadas cosas, sino contra el que se obstina en rechazar el evangelio y desprecia a Jesús y su mensaje tachándolo de ridículo, infantil o pasado de moda.

 

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Domingo XV del Tiempo Ordinario. Ciclo A

domingo, 16 de julio de 2023
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“Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente, que tuvo que subirse a una barca; se sentó y la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas.”
(Mt 13, 1-23)

Hoy domingo apetece salir de casa y acudir junto a Jesús al lago, sumarse a ese grupo de gente que se queda junto a la orilla para escuchar la Palabra. Coger la Biblia y volver a releer la parábola de la semilla como quien la escucha por primera vez, olvidando que nos la sabemos de memoria.

Sí, escucharla en profundidad y, cuando marche el gentío, acercarnos a Jesús para que nos explique qué significa la parábola. Pero también para alegrarnos al escucharle decir: “Dichosos vuestros ojos porque ven, y vuestros oídos porque oyen.

Dejemos que la fuerza de su Palabra moldee nuestro corazón, lo convierta en un corazón de aprendiz, de discípula, para que de verdad nuestros ojos vean y nuestros oídos oigan. Porque es precisamente en ese ver y en ese oír donde se encuentra nuestra felicidad.

Solo cuando somos capaces de ver y oír la Palabra nos convertimos en la tierra buena que acoge la semilla.

Por eso, hagamos el esfuerzo de dejarnos “educar” en su Evangelio. Sin prisas y sin pretensiones. Como la tierra que abraza la semilla y se deja traspasar por ella. Se deja traspasar por el tallo y las raíces. Se convierte en alimento y sustento. Pero permanece siempre a sus pies, humildemente.

Aprendamos de la humildad de la Tierra. No nos hagamos protagonistas. Cedamos todo el protagonismo a su Buena Noticia y disfrutemos de ella. Así seremos aprendices humildes. Alegres porque ven y oyen.

Oración

Trinidad Santa, haz caer sobre nuestra tierra la semilla generosa de tu Palabra para que seamos espacio de tu 

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

***

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En cada uno de nosotros hay zarzas, piedras y tierra dura.

domingo, 16 de julio de 2023
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hombre-pensandoDOMINGO 15 (A)

Mt 13,1-23

Mateo agrupa siete parábolas en un solo capítulo. No es probable que Jesús haya dicho estas parábolas juntas. Marcos y Lucas las colocan en distintos sitios. La parábola es un género literario muy apropiado para hablar de la trascendencia. A partir de conceptos simples, tomados de la vida cotidiana y que todo el mundo conoce, nos proyecta hacia una realidad que va más allá de lo material. La parábola, por estar pegada a la vida, mantiene el frescor de lo genuino y auténtico a través del tiempo.

El relato en sí no es significativo; poco importa cómo nace y da fruto la semilla. Pero ese relato, en sí anodino, da que pensar, cuestiona mi manera de ser, me dice que otro mundo es posible y espera de mí una respuesta vital. Esta propuesta solo se puede hacer con metáforas. En toda parábola existe un punto de inflexión que rompe la lógica del relato. En esa quiebra se encuentra el verdadero mensaje. En esta parábola, la ruptura se produce al final. En la Palestina de entonces el diez por uno era una excelente cosecha. Tu tierra puede llegar a producir el ciento por uno.

El objetivo de las parábolas es sustituir una manera de ver el mundo miope, por otra abierta a una nueva realidad llena de sentido. Obliga a mirar a lo más profundo de sí mismo y descubrir posibilidades insospechadas. La parábola es un método de enseñanza que permite no decir nada al que no está dispuesto a cambiar, y decir más de lo que se puede decir con palabras al que está dispuesto a escuchar. Quien la oye debe hacer realidad la utopía del relato y vivir de acuerdo con lo sugerido.

La explicación, que los tres evangelistas ponen a continuación, no aporta nada al relato. Las parábolas ni necesitan ni admiten explicación. Jesús no pudo caer en la trampa de intentar explicarlas. La alegorización de la parábola es fruto de la primera comunidad, que intenta extraer consecuencias morales. Para descubrir el sentido hay que dejarse empapar por las imágenes. La parábola exige una respuesta personal, no retórica sino vital; obliga a tomar postura ante la alternativa de vida que propone. Si no se toma la decisión de cambiar, ya se ha definido la postura.

Los exégetas apuntan a que, en un principio, los protagonistas de la parábola fueron el sembrador y la semilla. El sembrador como ejemplo de generosidad y la semilla como ejemplo de potencial ilimitado. El objetivo habría sido animar a predicar sin calcular la respuesta de antemano. Hay que sembrar a voleo, sin preocuparse de donde cae. La semilla debe llegar a todos. Pretende que se descubra la fuerza de la semilla en sí, aunque necesite unas mínimas condiciones para desarrollarse.

No debemos dar importancia a la cantidad de respuestas. La intensidad de una sola respuesta puede dar sentido a toda la siembra. La sinuosa y larga trayectoria de la existencia humana queda justificada con la aparición de un solo Francisco de Asís o de una Teresa de Calcuta. Por eso Jesús pudo decir: El Reino ya está aquí, yo lo hago presente. Descubramos que el Reino puede estar creciendo, aunque el número de los cristianos está disminuyendo. Su plena manifestación depende de uno solo.

Más tarde se dio más importancia a las condiciones de la tierra (actitud de los oyentes). Esta alegorización no sería original de Jesús sino un intento de acomodarla a la nueva situación de los cristianos, cambiando el sentido original y haciéndola más moralizante. Aún en un sentido alegórico, no debemos pensar en unas personas como tierra buena y otras, mala. Más bien debemos descubrir en cada uno de nosotros la tierra dura, las zarzas, las piedras que impiden a la semilla fructificar.

No debemos identificar la “semilla” con la Escritura. Lo que llamamos “Palabra de Dios” es ya un fruto maduro, porque es la manifestación de una presencia que ha fructificado en experiencia personal. La verdadera “semilla” es lo que hay de Dios en nosotros. Lo importante no es la palabra, sino lo que la palabra expresa. Esa semilla lleva miles de años dando fruto, y seguirá cumpliendo su encargo. El Reino de Dios está ya aquí, pero su manera de actuar es lenta y paciente.

Juan dice: En el principio ya existía La Palabra; y la palabra era Dios. En la Palabra había Vida. La semilla es el mismo Dios-Vida germinando en cada uno. Dios está en sus criaturas y se manifiesta en todas ellas, constituyendo la semilla de todo lo que es. Los cristianos no somos privilegiados por recibir la semilla. Dios se derrama en todos y por todos de la misma manera (a voleo). Dios no se nos da como producto elaborado, sino como semilla que cada uno tiene que dejar fructificar.

Caemos en la trampa de creer que dar fruto es hacer obras grandes. La tarea fundamental del ser humano no es hacer cosas, sino hacerse. “Dar fruto” sería dar sentido a mi existencia de modo que al final de ella, la creación entera estuviera un poco más cerca de la meta. La meta de la creación es la UNIDAD. Yo no tengo que dar sentido a la creación sino impedir que por mi culpa pierda el sentido que ya tiene. Mi tarea sería no entorpecer la marcha de la creación entera hacia su objetivo.

Porque se trata de alcanzar la unidad en el Espíritu, esa plenitud de ser no la puedo encontrar encerrándome en mí mismo sino descubriendo al otro y potenciando esa relación con el otro como persona. Y digo como persona, porque generalmente nos relacionamos con los demás como cosas, de las que nos podemos aprovechar. Cuando hago esto me deshumanizo. Descubriendo al otro y volcándome en él, despliego mis posibilidades de ser. Hemos llegado a la esencia de lo humano.

“El que tenga oídos que oiga”. Esa advertencia vale para nosotros hoy. En aquel tiempo, era la doctrina oficial la que impedía comprender el mensaje de Jesús. Hoy siguen siendo los prejuicios religiosos los que nos mantienen atados a las falsas seguridades que nos sigue ofreciendo una religión muy alejada de los orígenes. Aferrarnos a esas seguridades sigue impidiendo una respuesta al mensaje. El evangelio es fácil de oír, más difícil de escuchar y cada vez más complicado de vivir.

Descubrir cuál sería el fruto al que se refiere la parábola sería la clave de su comprensión. El fruto no es el éxito externo, sino el cambio de mentalidad del que escucha. Debemos situarnos en la vida con un sentido nuevo de pertenencia, una vez superada la tentación del individualismo. El fruto sería una nueva manera de relacionarse con Dios, consigo, con los demás y con la naturaleza. No se puede crecer en humanidad sin relaciones. Toda meditación tiene como fin la unidad.
Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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