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Entradas Etiquetadas ‘Amor al prójimo’

Amor. Encuentro. Inclusión. Pertenencia.

lunes, 14 de julio de 2025
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Margie Winters (derecha) con su pareja, Andrea Vettori (izquierda).

La reflexión de hoy corre a cargo de la bloguera invitada Margie Winters, facilitadora de retiros y directora espiritual, quien fue despedida de su ministerio como Directora de Educación Religiosa debido a su matrimonio con otra mujer. Su historia se presenta en Cornerstones: Sacred Stories of LGBTQ+ Employees in Catholic Institutions (Piedras Angulares: Historias Sagradas de Empleados LGBTQ+ en Instituciones Católicas).

Las lecturas litúrgicas de hoy correspondientes al Decimoquinto Domingo del Tiempo Ordinario  se pueden encontrar aquí.

En la parábola del Buen Samaritano, Jesús invierte las expectativas: ¿un samaritano —un forastero, un enemigo— es el modelo de la Misericordia? Ese es el poder de las parábolas de Jesús: transformar nuestra comprensión, transformar nuestras expectativas y llamarnos a una nueva comprensión. Sus parábolas nos invitan a la oración, la reflexión y la acción, invitándonos a preguntarnos: ¿Quién soy yo en esta historia? ¿El samaritano, el sacerdote, el levita, el herido?

En las lecturas litúrgicas de hoy, esta parábola evangélica se complementa con las palabras de Moisés en el Deuteronomio, recordándonos que amar a Dios con todo el corazón y el alma no es nuevo; ya está en nosotros. ¡Solo necesitamos vivirlo! El intérprete de la ley del evangelio sigue esta misma ley, pero desafía a Jesús sobre cómo debe vivirla. ¿Quién es mi prójimo? ¿Con cuánta amplitud debo amar?

Jesús responde con una historia, sus personajes: un hombre herido (presumiblemente judío), un sacerdote, un levita y un samaritano. El hombre herido es desnudado, golpeado y abandonado a un lado del camino. El sacerdote y el levita lo ven y pasan junto a él, alejándose del hombre.

Detengámonos aquí. Tanto el sacerdote como el levita ven y pasan al otro lado del camino. Ambos ven, pero no se detienen. Se alejan tanto del encuentro, el amor y la compasión que caminan hacia el otro lado. No se dejan llevar por la difícil situación del hombre, impidiendo así que sus corazones se conecten y se abran a la compasión. ¿Con qué frecuencia hacemos lo mismo? ¿Evitamos el contacto visual, seguimos caminando, dejamos que la incomodidad o el miedo nos bloqueen?

¿Qué perdemos cuando no encontramos a alguien?

He estado allí. Esto me sucedía a menudo al caminar por las calles de Filadelfia y encontrarme con personas sin hogar. Su situación me hacía sentir impotente y avergonzada. Pero más tarde, trabajando con esta comunidad, aprendí que simplemente ver, detenerse y hablar con alguien puede restaurar la dignidad y la conexión, la mía y la suya. El encuentro me cambió, me abrió el corazón y profundizó la compasión.

Esto es lo que el Papa Francisco llamó la Cultura del Encuentro: un llamado a acercarnos, a dejar que las historias de los demás nos interpelen y nos transformen. A través de ella, «¡nuestros corazones comenzarán a crecer, crecer y crecer! Porque la cercanía multiplica nuestra capacidad de amar«, dijo el Papa Francisco. El difunto pontífice nos dio este ejemplo con frecuencia, consciente de su propia necesidad de una mayor comprensión y conversión. Lo ejemplificó en su relación con las mujeres trans de Torvaianica, Italia, quienes compartieron sus historias con él, visitaron regularmente sus audiencias generales (sentadas en asientos VIP) y algunas incluso le prepararon comidas. Su apertura a sus vidas y testimonio lo transformó a él y, a su vez, a la Iglesia, que ahora tiene un tono más suave e inclusivo hacia ellas. Quienes antes se sentían rechazados por la Iglesia encontraron acogida gracias a su apertura. «Entonces llegó el Papa Francisco y las puertas de la iglesia se abrieron para nosotros«, dijo una de ellas en una entrevista.

En estos tiempos en que se ha lanzado tanto odio y veneno contra las personas transgénero de nuestra comunidad, la Iglesia y las personas de fe deben acoger el llamado de Francisco al encuentro y al acompañamiento. El encuentro tiene el potencial de cambiarnos y transformar los sistemas, pero requiere compromiso y humildad para permitir que obre en nosotros.

¿Qué hay del hombre herido? ¿Cómo es ver esta parábola desde su perspectiva? Hace unos años, sufrí una profunda herida por parte de la Iglesia debido a mi relación con mi pareja, Andrea. Me sentí sola, aislada de la comunidad, angustiada y desesperanzada. Durante ese tiempo, muchas personas me acompañaron y marcaron mi vida de una manera muy positiva.

Una mujer con autoridad se acercó y simplemente me pidió visitarme, escuchar cómo estaba, comprender mis necesidades y expresar su dolor por lo que estaba pasando. Al escucharme atentamente, ambas reconocimos que sanar tomaría tiempo y que no podía hacerlo sola. Juntas, reunimos a algunas otras personas para formar un círculo compasivo que pudiera cuidar la herida con cariño. Estas mujeres me acompañaron, me escucharon sin juzgarme, se adentraron en mi dolor y permanecieron conmigo hasta que comencé a sanar y pude mirar hacia el futuro. Pero la sanación no fue solo mía. A través de esta experiencia, ellas también cambiaron. Al igual que yo fui restaurada, ellas también lo fueron. Al actuar con Misericordia, ellas también la recibieron.

Estos encuentros profundos y auténticos tienen el poder de sanar no solo a individuos, sino a comunidades enteras. Crean espacios de inclusión y pertenencia; espacios que solo pueden surgir cuando estamos dispuestos a entrar en la herida, asimilar la incomodidad, a atender lo que encontramos allí y a avanzar juntos hacia la sanación, tanto personal como comunitaria.

Y así llegamos al samaritano, despreciado por sus compañeros judíos. El samaritano «se acercó a él [el hombre herido] y sintió compasión al verlo». El samaritano, a diferencia del sacerdote y el levita, no solo vio al hombre herido, sino que permitió que su sufrimiento le perturbara el corazón, moviéndolo a la compasión. Su «sufrimiento con» el hombre, que presumiblemente era judío y su enemigo, lo impulsó a actuar en su favor. Se acercó, curó sus heridas, lo llevó a un lugar seguro y lo cuidó, y atendió sus necesidades inmediatas y a largo plazo. El samaritano prodigó amor, compasión, restauración… Misericordia… a este hombre.

Con qué frecuencia, en la comunidad LGBTQ+, nos encontramos en el papel del samaritano despreciado, brindando bondad y misericordia a quienes no desean recibirla de nosotros. Siempre debemos estar dispuestos a responder con la misma caridad que él a los necesitados. La Iglesia también debe estar abierta a reconocer la imagen de Dios en nosotros y en nuestras acciones amorosas, y acogernos plenamente.

Jesús, el Buen Samaritano, invita a todos a acercarse, a ver con compasión y a actuar con amor. A través del encuentro, nos asemejamos más a él —y nos convertimos más plenamente en nosotros mismos— en una comunidad marcada por el Amor. El Encuentro. La Inclusión. La Pertenencia.

—Margie Winters, 13 de julio de 2025

Para leer la historia de Margie sobre su despido del ministerio educativo, así como otras historias, positivas y negativas, sobre personas LGBTQ+ que trabajan en espacios católicos, consulte la última publicación de New Ways Ministry, Cornerstones: Sacred Stories of LGBTQ+ Employees in Catholic Institutions (Piedras Angulares: Historias Sagradas de Empleados LGBTQ+ en Instituciones Católicas).

El libro es una antología de 12 historias de fe, sacrificio, alegría y dolor de personas LGBTQ+ que han trabajado en parroquias y escuelas católicas. Para más información, haga clic aquí.

Fuente New Ways Ministry

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“Sin rodeos”. 15 Tiempo ordinario – C (Lucas 10,25-37)

domingo, 13 de julio de 2025
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No es necesario un análisis muy profundo para descubrir las actitudes de autodefensa, recelo y evasión que adoptamos ante las personas que pueden turbar nuestra tranquilidad. Cuántos rodeos para evitar a quienes nos resultan molestos o incómodos. Cómo apresuramos el paso para no dejarnos alcanzar por quienes nos agobian con sus problemas, penas y sinsabores.

Se diría que vivimos en actitud de guardia permanente ante quien puede amenazar nuestra felicidad. Y, cuando no encontramos otra manera mejor de justificar nuestra huida ante personas que nos necesitan, siempre podemos recurrir al hecho de que «estamos muy ocupados».

Qué actualidad cobra la «parábola del samaritano» en esta sociedad de hombres y mujeres que corren cada uno a sus ocupaciones, se agitan tras sus propios intereses y gritan cada uno sus propias reivindicaciones.

Según Jesús, solo hay una manera de «ser humano». Y no es la del sacerdote o el levita, que ven al necesitado y «dan un rodeo» para seguir su camino, sino la del samaritano, que camina por la vida con los ojos y el corazón bien abiertos para detenerse ante quien puede necesitar su ayuda.

Cuando escuchamos sinceramente las palabras de Jesús, sabemos que nos está llamando –a pasar de la hostilidad– a la hospitalidad. Sabemos que nos urge a vivir de otra manera, creando en nuestra vida un espacio más amplio para quienes nos necesitan. No podemos escondernos detrás de «nuestras ocupaciones» ni refugiarnos en hermosas teorías.

Quien ha comprendido la fraternidad cristiana sabe que todos somos «compañeros de viaje» que compartimos la misma condición de seres frágiles que nos necesitamos unos a otros. Quien vive atento al hermano necesitado que encuentra en su camino descubre un gusto nuevo a la vida. Según Jesús, «heredará vida eterna».

José Antonio Pagola

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“¿Quién es mi prójimo?”. Domingo 13 de julio de 2025. Domingo 15º Ordinario

domingo, 13 de julio de 2025
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Leído en Koinonia:

Deuteronomio 30, 10-14: El mandamiento está muy cerca de ti; cúmplelo.
Salmo responsorial: 68: Humildes, buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.
Colosenses 1, 15-20: Todo fue creado por él y para él.
Lucas 10, 25-37: ¿Quién es mi prójimo?

Primera lectura. La época del destierro fue para Israel una situación que confrontó el modelo de Alianza entre Dios y su pueblo, como principio de cambio y conversión. Esta conversión incluye la vuelta personal a Dios y el cumplimiento de todos su mandatos, “con todo corazón” como pide Dt 6,4.

Aunque el capítulo 30 está redactado en segunda persona del singular, es de sentido plural en la época del exilio: “cuando te sucedan estas cosas” (v. 1) ya les han sucedido. Todo el capítulo presupone la destrucción de Judá y Jerusalén el año 587 a.e.c..

La buena nueva para el pueblo se centra en el capítulo 30. Se presenta mostrando que el precepto no supera las fuerzas, ni está fuera del alcance (v. 11) aunque el pueblo esté en el exilio. No está en el cielo, ni más allá de los mares (vv. 12-13). La Palabra de Dios ya ha sido pronunciada y se encuentra en nuestra boca y en nuestro corazón. Si nos llenamos de su palabra, se realizará su voluntad en nosotros (v. 14). Tener cerca la Palabra es amar a nuestro prójimo.

Hoy necesitamos también estar abiertos a la palabra que se nos dirige en los signos de los tiempos y los lugares, como palabra reveladora de la acción de Dios en nuestra historia, con el compromiso de escucharla y vivirla en radicalidad y compromiso

El himno de Colosenses presenta poéticamente la primacía de Cristo, como hijo de Dios y como principio de toda la nueva humanidad que renace en él. Conecta la acción salvadora de Cristo con la obra de la creación, unidas a un mismo tronco, con las raíces profundas de la fe.

La nueva creación que surge con Cristo, en esta visión entusiástica de Pablo, se presenta en el modelo de nueva humanidad, por el mundo y la historia, donde hay que trabajar por ellas para cumplir el plan salvador de Dios en su Hijo. Es una confesión de amor, más que confesión de fe o de toelogía, por parte de Pablo.

Visión panorámica de esta parábola del evangelio de Lucas. Sólo él nos trnsmite esta parábola.

La mentalidad judía del tiempo de Jesús, absorbida por el legalismo, se había convertido en una conciencia fría, sin calor humano, a la que no le importaban las necesidades ni los derechos del ser humano. Solo se hacía lo que permitía la estructura legal y rechazaba lo que prohibía dicha estructura. El legalismo impuesto por la estructura religiosa era la norma oficial de la moral del pueblo. Se había llegado, por ejemplo, a establecer, desde la legalidad religiosa, que la ley del culto primaba sobre cualquier ley, así fuera la ley del amor al prójimo. Esto asombraba y preocupaba a Jesús pues no era posible que en nombre de Dios se establecieran normas que terminaran deshumanizando al pueblo.

Este era el contexto en que nació la parábola del buen samaritano: un hombre necesitado de ayuda, caído en el camino, más muerto que vivo, sin derechos, violentado en su dignidad de persona, es abandonado por los cumplidores de la ley (sacerdotes y levitas) y en cambio es socorrido por un ilegal samaritano (que no tenían buenas relaciones con los israelitas). Jesús hizo una propuesta de verdadera opción por los derechos de ese ser humano caído, condenado por las estructuras sociales, políticas, económicas y religiosas que aparecen excluyentes (estructuras que se encargan de no respetar los derechos de las personas y no les permitan vivir en libertad y en autonomía). Jesús quiere decirnos cómo la solidaridad es un valor que hay que anteponer no solo a la ley del culto, sino también a la misma necesidad personal, buscando el bienestar social y comunitario, la defensa de los derechos de tantos y tantas que viven en situaciones de falta de solidaridad y de reconocimiento de sus derechos, nos hace pensar en la opción por continuar el camino de compromiso y de trabajo en nuestras comunidades y organizaciones, desde el compromiso solidario con los hermanos y hermanas que están caídos en el camino, por el no reconocimiento de sus derechos.

La parábola es todo menos un juego de palabras bonitas, es algo más que una pieza literaria de la antigüedad. Es una constante interpelación para hoy.

Este texto, tan ampliamente conocido en la liturgia, se inicia con una pregunta de un maestro de la ley, o letrado, frente lo que hay que hacer para ganar la vida eterna. Jesús, a su vez, le devuelve la pregunta para que el letrado la busque en su especialidad, él tiene la respuesta en la ley… El letrado, citando de memoria Dt 6,5 y Lv 19,18, hace una apretada síntesis del sentido frente a los 613 preceptos y obligaciones que se alcanzaban a contar en la cuenta de los rabinos, para responder en dos que son fundamentales: Amar a Dios y al prójimo… Jesús aprueba la respuesta..

El letrado interroga nuevamente, pues en el Levítico el prójimo es el israelita y en el Deuteronomio se reserva el título de hermanos únicamente para los israelitas…Jesús, en lugar de discutir y entrar en callejones sin salidas, no busca plantear nuevas teorías e interpretaciones frente a la ley antigua y su práctica, sino que propone una parábola como ejemplo vivo de quién es el prójimo.

Podemos contemplar en la parábola los personajes y sacar de allí las consecuencias de enseñanza para el día de hoy: un hombre (v. 30) anónimo que es victima de los ladrones y cae medio muerto en el camino; un samaritano (v. 33) un medio pagano – o tal vez un pagano completo- cuyo trato y relación con los judíos era casi un insulto a sus tradiciones; un sacerdote (v. 31) y un levita (v. 32), la contraposición y la diferencia entre dos rangos de poder religioso, pues el levita era un clérigo de rango inferior que se ocupaba principalmente de los sacrificios, “testimonios” de un culto oficial y de los rituales a seguir en la religión establecida.

La relación entre cada uno de los personajes de la parábola es distinta: el sacerdote y el levita frente al hombre caído en el camino no se basa en el plan de la necesidad que tiene este último, sino en el de inutilidad que presentaría ante la ley y el desempeño del oficio, el prestarle cualquier atención al hombre caído, impediría a estos representantes del culto oficial poder ofrecer los sacrificios agradables a Dios. El samaritano, por el contrario, no encuentra ninguna barrera para prestar su servicio desinteresado al desconocido que está tendido y malherido, que necesita la ayuda de alguien que pase por ese camino. El samaritano únicamente siente compasión por la necesidad de ese hombre anónimo y se entrega con infinito amor a defender la vida que está amenazada y desposeída.

Prójimo, compañero, dice Jesús en esta parábola, debe ser para nosotros, en primer lugar el compatriota, pero no sólo él, sino todo ser humano que necesita de nuestra ayuda. El ejemplo del samaritano despreciado nos muestra que ningún ser humano está tan lejos de nosotros, para no estar preparados en todo tiempo y lugar, para arriesgar la vida por el hermano o la hermana, porque son nuestro prójimo. Leer más…

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13.7.25. Dios Samaritano. Dom 15. TO (Lc 10, 25-37)

domingo, 13 de julio de 2025
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Del blog de Xabier Pikaza:

Muchos nombres tiene Dios, quizá el mejor es el de Samaritano, como intento mostrar en lo que sigue.  Esta postal es larga, no hace falta que se sea todo.  Basta quizá con el texto de Lucas. Mi reflexión retoma el motivo del pasado 30.6.25 (RD, FB) y consta de tres partes, además del texto de Lucas: Reflexión teológica, exégesis bíblica, conclusión meditativa.

| Xabier Pikaza

Texto Lucas 10, 25-37

Un maestro de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?» Él le dijo: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?» Él contestó: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo.»Él le dijo: «Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida.»

Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: «¿Y quién es mi prójimo?»

Jesús dijo: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo.

Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él, y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: «Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta.» ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?»

Él contestó: «El que practicó la misericordia con él.»  Díjole Jesús: «Anda, haz tú lo mismo.»

REFLEXIÓN TEOLÓGICA

Hay dos mandamientos: Amor a Dios y al prójimo. Así lo ha puesto de relieve, de forma solemne, la tradición  de Mc 12, 28-35 par, que constituye un elemento central del evangelio.

Preguntan a Jesús cuál es el mandamiento “primero”. Jesús responde diciendo que no hay uno, sino que dos: Amar a Dios con todo el corazón… (shema,Deuteronomio 6,5-8) y amar al prójimo como a ti mismo (código de la santidad: Lev 19, 18).

En principio estos dos mandamientos estaban separados, en dos códices distintos. Uno era el shema (amar a Dios con todo tu corazón), que parecía más propio los israelitas, aunque podía abrirse a otros pueblos que también han insistido en el amor a Dios… Otro era amar al prójimo como a timismo, formulado en un código de tipo “sacerdotal”, marcando el carácter corporativo  de la  santidad especial de israelitas, que se identificaban como grupo de de solidaridad colectiva.

Esta unión de los dos mandamientos parece un elemento clave de la experiencia y mensaje de Jesús, como lo ha puesto de relieve J. P. Meier, (Judío Marginal  IV. Ley amor, VD, Estella 2010). Dentro de un grupo religioso de “prójimos sagrados” parece que el amor a  Dios está incluido en su amor mutuo, pues ellos tienen en común el hecho de estar vinculados por Dios. Pero en el caso de Jesús esa unión de los dos amores no parece fundarse en el amor a Dios, porque Jesús no dice que tenemos que amar al  prójimo por causa de Dios, sino porque  porque el prójimo tiene valor en sí mismo (tema especialmente resaltado en la versión de Lucas).

El cristianismo, en general, ha tendido a insistir en el primer mandamiento, (amor a Dios) apareciendo así como religión teológica, no sólo en forma dogmática (insistencia en la divinidad de Jesús, casi deterioro de su humanidad), sino en forma sacramental (convirtiendo el bautismo y la eucaristía  en experiencias y sacramentos de unión con  Dios, más que de solidaridad interhumana y de amor al prójimo). En contra de eso, tradición evangélica ha insistido más en el amor de Jesús al prójimo (a los pobres, enfermos, excluidos) que el amor a Dios.

Sin duda, la visión de Dios como “abba” (padre) es un elemento central de la experiencia de Jesús, pero, en conjunto, el evangelio no está centrado en el amor a Dios (Jesús no crea una  religión de amor a Dios), sino en el amor al prójimo: Jesús pone en marcha y organiza un movimiento de liberación y comunión interhumana, de perdón, , acogida y curación de enfermos, excluidos, pobres, más que de purificación  sacerdotal, de culto  y oración.  Ciertamente, él ha sido un hombre piadoso, y   el Padre-Nuestro recoge las claves de su oración, pero él no ha sido un maestro místico, sino un profeta de curación y transformación social,  y por eso le han condenado a muerte.

Todo nos permite suponer que    Jesús ha vinculado ambos mandatos, como indica Mc 12, 28-35, pero a lo largo de su misión y mensaje se ha preocupado más del amor al prójimo que a Dios. Ciertamente, Jesús no ha sido un “ateo” propagador del amor al prójimo sin Dios (como podría ser Feuerbach y quizá al final de su vida el mismo I. Kant), pero en su vida concreta y en su misión está más interesado por el amor al prójimo que por el amor a Dios, en la línea de Rom 13, 8-10, donde hay amor al prójimo, pero no amor expreso a Dios).

   En contra de eso, el judaísmo y el islam parecen en principio, religiones del amor a Dios, de manera que el amor al prójimo tiende a verse como un derivado. Conforme a todo lo que vengo diciendo,  el centro y sentido del cristianismo no es un amor separado a Dios, del que deriva todo, sino el amor al prójimo en el que  lo humano y lo divina.  De todas formas, desde tiempo muy antiguo (a menos desde el IV d.C.) el cristianismo ha experimentado un claro corrimiento hacia el amor a Dios, destacando incluso más la divinidad de Jesús que su humanidad. Ésta ha sido a mi juicio la tendencia central del cristianismo,  desde el siglo IV-V d.C. hasta la actualidad, como lo muestran cuatro hechos importantes de la historia de la iglesia:

  1. Principio dogmática. Los cuatro primeros concilios(Nicea 325; Constantinopla 381; Éfeso 431; Calcedonia 451) insistieron más en la divinidad de Jesús, que en su humanidad, de manera que, interpretados de un modo “trascendente” han creado un cristianismo de la divinidad de Jesús y del Espíritu Santo (iglesia) más que de la humanidad de Dios en/según Jesús, conforme al NT. Desde aquí se entiende la desazón actual de algunas iglesias, entendidas como instituciones para “honrar” a Dios (un Dios que no necesita honra), más que para “redimir” (liberar, fraternizar a los hombres).
  2. Deriva histórica. Ni la reforma protestantes ni la católica del siglo XVI, al comienzo de la modernidad,han supuesto un retorno a los orígenes del evangelio (al principio del amor al prójimo: Rom 13), sino un intento de “purificar” la visión de la fe en Dios más que en los hombres (Lutero), desde una perspectiva de AMDG (a mayor gloria de Dio, Ignacio de Loyola) en vez de AMHG (a mayor gloria de los hombres, en contra del adagio proto-cristiano de Ireneo de Lyón, más fiel al evangelio cuando dice: Gloria dei vivens homo (la gloria de Dios es que el hombre vva). Desde ese fondo se ha podido formular y realizar la gran misión cristiana de la modernidad, tanto católica como protestante, empeñada en extender sobre el mundo un reino de la gloria del Dios, no un reino mesiánico de vida y plenitud de los hombres.

 Este es el problema y tarea clave de la reforma/recreación cristiana del siglo XXI, cuyo centro no puede estar ya en el amor/servicio a un Dios separado, sino el amor/servicio a los hombres hermanos, porque el Dios cristiano no ha creado a los hombres en Cristo para que le sirvamos a él (a Dios) y así nos salvemos, sino que nos ha creado más bien para que nos amemos y sirvamos unos a los otros, como él nos ama, como Cristo nos ha amado, de manera que nos convirtamos (cf. meta-noia, Mc 1, 14-15) en amor, resucitemos unos en los otros, conforme al programa de Pablo en Rom 13, 8-10: Que superemos el deseo posesivo de ser dominando a los demás, insistiendo en el servicio mutuo de amor como revelación de Dios.

      Así lo ha entendido y formulado todo el NT, cuyas tradiciones más importantes quiero aquí recordar, partiendo de Mc 12, 28-35, donde se plantea el tema de los dos amores (a Dios y al prójimo), como inseparables. El tema es cómo se vinculan, dónde se unifican, cual es el punto de partida y principio de los dos en Cristo, como seguiré indicando a partir del texto clave, Mc 12, 28-35), tal como ha sido interpretado por Lucas y Mateo:

– Lc 10, 25-37. Parábola del Buen Samaritano, amor al prójimo sin referencia explícita a Dios). El doble mandamiento de amar a Dios y al prójimo se centra y cumple, según esta parábola en el único mandamiento del amor al prójimo, sin un Dios explícito, ni judío, ni cristiano.  Ésta  es la mejor interpretación y comentario de los “dos amores” de Mc 12, centrados y cumplidos en el amor al prójimo.   Este es para la tradición de Lucas el tema de fondo de los dogmas que van desde el evangelio a los concilios  de Nicea (325) a Calcedonia (451), centrados en el amor al prójimo, con la superación de todas las guerras y individuales y sociales que arrojan a una inmensa multitud de heridos al borde del camino, mientras pasan a su lado, sin fijarse ni ayudarles, los levitas y sacerdotes de las religiones o sistemas sociales de la tierra.

–  Mt, 25, 31-46. El evangelio de Mateo incluye sin cambio el motivo de los dos (cf. Mt 22, 35-46), pero añade al final de la misión de Jesús, como expansión, interpretación y comentario el texto del “juicio” (Mt, 25, 31-46), donde Dios está al fondo como Padre, pero el tema central  no es amor a Dios, sino al prójimo, esto es a  los necesitados, como hermanos/presencia del Hijo de Hombre que es Cristo: hambrientos, sedientos, extranjeros, desnudos, enfermos y encarcelados… Estos son los que vienen de todas las guerras de la historia humana, derrotados, heridos, condenados, desde los hambrientos hasta los encarcelados. Éste pasaje no habla directamente de  amar a Dios, sino de amar a los prójimos necesitados de pan y acogida, de amor y cuidado, de visita y libertad.

– Sant 1, 25-26.  La verdadera piedad o religión ante el Dios y Padre no consiste en amar a Dios, sino en cuidar a los huérfanos y a las viudas en su aflicción, y guardarse sin mancha del mundo (θρησκεία καθαρὰ καὶ ἀμίαντος παρὰ τῷ Θεῷ καὶ πατρὶ αὕτη ἐστίν, ἐπισκέπτεσθαι ὀρφανοὺς καὶ χήρας ἐν τῇ θλίψει αὐτῶν, ἄσπιλον ἑαυτὸν τηρεῖν ἀπὸ τοῦ κόσμου). La  religión (θρησκεία  limpia y pura) no es amar a Dios en sí, ni confesar la divinidad de Jesús, ni crear una iglesia de separados, sino visitar/cuidar a los necesitados (cristianos o no, judíos o gentiles), representados por dos tipos de personas marginadas  (huérfanos y viudas, que son con los extranjeros los representantes de todos los necesitados del mundo). La religión no se identifica con un tipo de iglesia separada y/o poderosa, ni con un culto a Dios en sí, sino con el cuidado (ἐπισκέπτεσθαι, ayudar, acoger, a los necesitados del, que son ante, los huérfanos y viudas, conforme a una intensa tradición judía).[1].

Tradición del discípulo amado: Un mandamiento nuevo (Jn 13, 34-35). Amémonos amados (1 Jn 4). En una línea convergente se sitúa la tradición del discípulo amado, donde todo está lleno de amor de Dios, pero no se pide a los cristianos que amen a Dios (como en el shema, Dt 6, 5) sino se aman entre, que amen a los demás como Cristo les ha amado a ellos. Éste es el mandamiento nuevo (ἐντολὴν καινὴν: Jn 13, 34), que equivale al nuevo testamento o alianza de Jesús. La antigua alianza era  amar a Dios, desde Israel (Dt 6, 5). La nueva alianza es amarse unos a otros con el amor de Cristo (ἵνα ἀγαπᾶτε ἀλλήλους,  καθὼς ἠγάπησα ὑμᾶς). El mandamiento cristiano no es amar a Dios sobre todas las cosas, sino amarse los hombres entre sí, como como ama Cristo, siendo así amr, como Dios, como 1 Jn 4, 7-21, que empieza: “Amémonos amados, porque el amor viene de Dios… porque Dios  es amor: (Ἀγαπητοί, ἀγαπῶμεν ἀλλήλους, ὅτι ἡ ἀγάπη ἐκ τοῦ Θεοῦ ἐστιν, ὅτι ὁ Θεὸς ἀγάπη ἐστίν). Desde ese fondo, Jesús pide a Pedro que le ame a èl, para así amar como él a sus “ovejas”, es decir a los cristianos.

LECTURA EXEGÉTICA

  1. Jesús Samaritano. El evangelio de Juan recoge el insulto de algunos “judíos ortodoxos” (en la línea de los buenos escribas y sacerdotes) que acusan a Jesús de “samaritano” (Jn 8, 48). Jesús no aparece aquí como sacerdote ni levita, sino como un samaritano, es decir, como un hombre que se hace prójimo de los demás
  2. El sacerdote y el levita no se hacen prójimos,quizá por su misma identidad sagrada: son funcionarios de un templo, representantes de una sanidad y sacralidad organizada en torno al santuario de Israel, con sus sacrificios. No se les puede echar nada en cara, van a lo suyo, tienen sus prioridades, para eso han sido “ordenados” Por el contrario, el samaritano no está “maleado” por ninguna religiosidad sagrada de tipo grupal, de manera que puede hacerse prójimo concreto del hombre que está necesitado
  3. Pero el herido sigue al borde del camino, en patera o en frontera, en barrio marginal o en selva saqueada por los ricos. Esta parábola de Jesús nos sitúa ante esos heridos concretos, por encima de un tipo de razón clasista e impositiva que actúa por talión o ley y quiere que amemos sólo a los demás en cuanto sirven o valen para nuestros intereses. Este Jesús de la parábola (un Jesús samaritano) afirma de hecho que cada prójimo es presencia de Dios y fuente de identidad para el creyente (¡ves al herido, ves a Dios, decía San Juan Crisóstomo!). Éste es el Jesús que se ha hecho prójimo de enfermos, expulsados, condenados.
  4. Hay un tipo de amor al prójimo que no es amor samaritano. Es un amor que vale para mantener los propios privilegios, nuestra estructural social, económica o religiosa, un amor que puede interpretarse como inversión económica (amar para que te amen, dar para que te den, como un en banco: cf. Mt 5, 43-48 par; Lc 14, 7-14). Éste es un amor que puede calcularse según ley, pero deja fuera de su círculo a los otros, los caídos a la vera del camino, como el que bajaba de Jerusalén a Jericó (cf. Lc 10, 30) y los hambrientos, exilados, enfermos y encarcelados de Mt 25, 31-46, que no caben en el buen sistema. Pero, en contra de eso, el samaritano de Jesús expresa la importancia y la exigencia del amor sobre el sistema.
  5. En contra de una iglesia no samaritana.Hay un tipo de Iglesia que quiere cerrarse en su buen sistema de ley y de ortodoxia, diciendo a todos los que tienen que hacer, lo que tienen que ser, en la línea del levita y del sacerdote de Jerusalén. Es una Iglesia muy buena, pero deja poco lugar para “samaritanos auténticos”.  Ciertamente, esa Iglesia admite y valora mucho a los “samaritanos controlados” dentro del buen sistema, pero tiene miedo de los samaritanos libres, que van por ahí, sin entrar después en su redil (con el samaritano de Jesús).
  6. manchan a los sacerdotes (no les dejan celebrar con pureza…).

Aquí un Dios de templo y que el levita no ayuda.

Muchos dicen que lo que importa es conocer a Dios, que llevemos al mundo la experiencia de Dios… más que la pura curación física. Eso está muy bien, pero hay casos como éste en los que “el Dios de sacerdotes y levitas! (¡Dios de templo!) no ayuda nada, sino todo lo contrario. Hubiera sido mejor que levita y s acerdote no creyeran en Dios, ni tuvieran templo, sino que simplemente “se compadecieran”.

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“El teólogo listillo y el buen samaritano”. Domingo 15º. Tiempo ordinario.

domingo, 13 de julio de 2025
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Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

El domingo pasado, el envío de los setenta y dos discípulos nos hacía pensar en los miles de personas anónimas que difunden el evangelio en todas partes del mundo. Este domingo, la parábola del buen samaritano nos recuerda a tantísima gente que ha puesto en práctica su enseñanza.

¿Cuántas normas hay que cumplir para salvarse?

Hace años se hizo famoso un libro escrito por el jesuita Jorge Loring, Para salvarte, primera obra en lengua española que alcanzó un millón de ejemplares en vida de su autor. Todo empezó con unos breves apuntes para sus catequesis, pero terminaron convirtiéndose en un enorme volumen de 1084 páginas. Ante tal cúmulo de páginas, el lector puede sentirse como el antiguo israelita, retratado en el Deuteronomio, que considera imposible conocer la voluntad de Dios; o como el legista del evangelio que le pregunta a Jesús qué debe hacer para conseguir la vida eterna.

La respuesta del Deuteronomio es clara: no hay que subir al Himalaya ni atravesar el Atlántico para saber lo que Dios quiere de nosotros. Lo que Dios quiere del israelita está escrito “en el código de esta ley”, que se limita a los capítulos 12-26 del Deuteronomio. No se trata de estudiar mucho sino de convertirse con todo el corazón y toda el alma, y de poner en práctica lo que allí se dice.

Moisés habló al pueblo, diciendo:

            ‒ Escucha la voz del Señor, tu Dios, guardando sus preceptos y mandatos, lo que está escrito en el código de esta ley; conviértete al Señor, tu Dios, con todo el corazón y con toda el alma. Porque el precepto que yo te mando hoy no es cosa que te exceda, ni inalcanzable; no está en el cielo, no vale decir: “¿Quién de nosotros subirá al cielo y nos lo traerá y nos lo proclamará para que lo cumplamos?” Ni está más allá del mar, no vale decir: “¿Quién de nosotros cruzará el mar y nos lo traerá y nos lo proclamará, para que lo cumplamos?” El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo.

Pero al Deuteronomio le ocurrió algo parecido al Para salvarte. Aunque el texto era intocable, y nadie estaba autorizado a quitar ni añadir nada, la interpretación de sus normas fue creciendo de forma incontrolable. En tiempos de Jesús, el judaísmo contaba 613 mandamientos (365 prohibiciones y 248 preceptos) capaces de volver loco a cualquier persona.

Los intentos de sintetizar

Ante este cúmulo de mandamientos, es lógico que surgiese el deseo de sintetizar, de saber qué era lo más importante. A propósito de los famosos rabinos Shammay y Hillel, que vivie­ron pocos años antes de Jesús, se cuenta la siguiente anécdota. Una vez llegó un pagano a Shammay, famoso por su intolerancia, y le dijo: “Me haré prosélito con la condición de que me enseñes toda la Torá mien­tras aguanto a pata coja”. Él, que era sastre, lo echó, amenazándolo con una vara de medir que tenía en la mano. Entonces fue a Hillel, famoso por su tolerancia, que le respondió: “Lo que no te guste, no se lo hagas a tu prójimo. En esto consiste toda la Ley, lo demás es interpreta­ción”. También del Rabí Aquiba (+ hacia 135 d.C.) se recuerda un esfuer­zo parecido de sintetizar toda la Ley en una sola frase: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo; este es un gran princi­pio general en la Torá”.

En los evangelios hay diversos intentos de simplificar la cuestión con una respuesta breve y drástica. El más famoso es la Regla de oro, con la que cierra el evangelio de Mateo el Sermón del Monte: “Tratad a los demás como queréis que os traten a vosotros. En esto consiste la ley y los profetas” (Mt 7,12). El tema reaparece en el episodio de hoy, cuando le preguntan a Jesús cuál es el mandamiento principal.

El legista malintencionado de Lucas

El protagonista del relato de Lucas no viene con buena intención, pretende poner en un aprieto a Jesús; y no plantea una cuestión teórica (“¿cuál es el mandamiento principal?”) sino muy personal: “¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”.

Jesús no cae en la trampa. En vez de responder, pregunta: “¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?” Y el legista se ve obligado a reconocer que sabe perfectamente lo que debe hacer: amar a Dios y al prójimo. Jesús, con cierta ironía, le indica que su problema no consiste en saber lo que tiene que hacer, sino en hacerlo.

            Aquí podría haber terminado todo. Pero el legista, que tiene la sensación de haber quedado en ridículo, para justificarse plantea una cuestión filosófico-teológica: “¿Y quién es mi prójimo?Afortunadamente, Jesús no era alemán. No le da una conferencia de Antropología ni le escribe un Manual de quinientas páginas para aclarar esa intrincada cuestión. Se limita a contar una parábola.

            ‒ Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto.

            Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo.

            Lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo

            Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él y, al verlo,

le dio lástima,

se le acercó,

le vendó las heridas,

echándoles aceite y vino,

            y, montándolo en su propia cabalgadura,

lo llevó a una posada

                        y lo cuidó.

            Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo:

            ‒ Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta.

 

La parábola ofrece dos modelos de conducta: la del sacerdote y del levita, que ante el pobre hombre asaltado y malherido por los bandidos dan un rodeo y pasan de larg; y la del samaritano que siente lástima, se acerca, echa aceite y vino en las heridas, las venda, lo monta en su cabalgadura, lo lleva a una posada, lo cuida y paga su estancia. Son siete acciones, basadas todas ellas en el sentimiento inicial de lástima.

Al legista podría resultarle ofensivo que le cuenten un cuento. Pero Jesús no le da tiempo a protestar, pasa directamente al ataque, obligándole a reconocer que lo importante es comportarse como prójimo.

            ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos? 

            Él contestó: El que practicó la misericordia con él.

            Díjole Jesús:  Anda, haz tú lo mismo.

            Lo importante no es discutir sino actuar.

La mala idea de la parábola

 A muchos les gustaría limitar la parábola al ejemplo del samaritano y dejarnos con buen sabor de boca. Pero Lucas, del que siempre alabamos su bondad, resulta en este caso muy hiriente. No le basta un protagonista, necesita tres. Y los elige con toda la intención: un sacerdote, un levita, un samaritano.

El sacerdote y el levita, los personajes especialmente consagrados a Dios, hacen exactamente lo mismo: dan un rodeo y siguen su camino. ¿Por qué actúan de este modo? ¿Porque son malos y egoístas? No. Porque si el herido no está herido, sino muerto, basta tocarlo para quedar impuro.

La ley es tajante: “El sacerdote no se contaminará con el cadáver de un pariente, a no ser de pariente próximo: madre, padre, hijo, hija, hermano o de su propia hermana soltera, no dada en matrimonio. Queda profanado” (Levítico 21,2-4). Si no pueden contaminarse con un pariente, mucho menos con un desconocido al borde del camino.

Y lo que se deduce es trágico: es la ley de Dios la que impide practicar la misericordia y comportarse como prójimo del herido.

Lucas podría haber buscado como tercer protagonista a un cura progre o a un diácono permanente sin obsesión por la ley. Elige al menos indicado: un samaritano. El personaje más odioso y despreciable para un judío, miembro de un pueblo que, según el libro de los Reyes, “no veneran al Señor ni proceden según sus mandatos y preceptos”. Irónicamente, un representante de este pueblo que no venera al Señor ni procede según sus mandatos y preceptos es quien actúa con misericordia y se comporta como prójimo.

Reflexión actual

Sin caer en la crítica injusta a obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, la parábola nos hace pensar en tantos samaritanos agnósticos, ateos, homosexuales, lesbianas, etc., que se entregan plenamente a personas necesitadas. «Ve, y haz tú lo mismo».

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Domingo XV del Tiempo Ordinario.10 julio, 2022.

domingo, 13 de julio de 2025
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“…, al llegar junto a él y verlo sintió lástima. Se acercó y le vendó las heridas, después de habérselas curado con aceite y vino; luego lo montó en su cabalgadura, lo llevó al mesón y cuidó de él.”

(Lc 10, 25-37).

Es llamativo pero las tres historias la del sacerdote, la del levita y la del samaritano empiezan casi de la misma manera: al verlo. La diferencia es que el samaritano al mismo tiempo que lo ve ya está llegando “junto a él y los otros dos, antes de acercarse lo ven y se alejan definitivamente.

Cuando vemos las cosas “desde lejos es más fácil “pasar de largo”. Cuando los acontecimientos nos tocan de cerca es más sencillo que nos impliquemos. Lo que nos convierte en “buenos samaritanos es la capacidad de sentirnos “cerca” de las demás personas y de sus sufrimientos.

Y esa capacidad es una semilla divina, un rasgo que nos asemeja a Nuestro Buen Dios que quiso hacerse uno de nosotros.

Dios, para la fe cristiana, es el “próximo”, el Cercano. El que se ha mezclado en nuestra historia. En Jesús Dios se ha ENCARNADO y nos invita a acercarnos unos a otros.

Solo cuando “nos acercamos empezamos a saber lo que tenemos que hacer. Desde lejos es imposible actuar y lo único que vemos con claridad son las dificultades.

Cuando nos quedamos a distancia nos sucede como al sacerdote o al levita: nos invade el miedo. Solo vemos problemas y peligros, y en consecuencia, huimos. Nos alejamos más y más. El miedo nos quita lo más divino que tenemos: el amor compasivo.

Pero cuando además de ver nos acercamos, nos asemejamos más y más a Dios Trinidad. Emerge la misericordia. “Verlo”, ver al hombre caído y conmoverse es nuestra esencia más profunda. Por eso, cuando nos mueve la misericordia hacemos milagros.

Os dejamos el ejemplo actual de Lucia Lantero.

Oración

Conéctanos, Trinidad Santa, con la misericordia que nos asemeja a ti. Permítenos “ver de cerca” para que se conmuevan nuestras entrañas. Amén.

*

Fuente:  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

***

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No aproximarte al que te necesita, es alejarte del verdadero Dios.

domingo, 13 de julio de 2025
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DOMINGO 15 (C)

Lc 10,25-37

Solo Lucas narra esta parábola del buen samaritano”. Como todas, no necesita explicación. Lo único que exige es implicación. El oyente tiene que tomar partido después de oírla. Si no lo hace, la narración carece de sentido. Se nos invita a descubrir una manera nueva de ser religioso, siendo más humanos. La relación directa con Dios es imposible y engañosa.

La pregunta, ¿quién es mi prójimo?, presupone que puede haber alguien que no lo es y tendría que amar solo al que lo es. La pregunta presupone que el ser o no ser prójimo depende de alguna circunstancia externa. Esta es la trampa. Debo aproximarme a todo el que me necesita. Si no lo hago estoy fallando a Dios y a mi propio ser.

El relato es típico de la literatura oriental, pero los personajes implicados en él, lo convierten en provocador. Para el sacerdote y el levita, lo primero era Dios y la Ley. Para el samaritano, lo primero era el hombre. El hereje, el idólatra, el impuro, odiado precisamente por no ser religioso, no está sujeto a normas externas, lleva la ley en el corazón.

Desde que tenemos noticias, se ha entendido a Dios como un Ser separado con el que podemos relacionarnos directamente. Ese Dios impone su santa voluntad a las criaturas dando leyes y preceptos puntuales. La verdad es que Dios no tiene voluntad. Ese dios antropomórfico es solo una creación nuestra. El verdadero Dios no dio a nadie ley alguna.

Lo que llamamos voluntad de Dios es la misma realidad de las cosas que las constituye en tales. Desplegar esa esencia es lo que Dios espera de cada realidad. En el hombre se complica porque puede no desplegar su verdadero ser y en lugar de actuar como ser humano puede actuar como un ser inhumano y deteriorar su verdadera naturaleza.

La luz es impensable sin una materia sobre la que se reflejen los fotones. Los espacios intersiderales son inmensos vacíos en absoluta oscuridad, aunque los fotones los traviesan. Esto pasa con Dios, no se le puede ver más que reflejado en las criaturas. La conclusión es clara: No puedo pensar en un Dios al margen de la creación, porque sería un ídolo.

Solo descubriendo la luz que se refleja en mi propio ser, estaré capacitado para verla en los demás. El Dios que descubro en mí, es el mismo que debo descubrir en los demás. Si me doy cuenta de lo que soy en el Todo, veré al otro insertado en el Todo. Si creo que soy una mónada aislada, veré al otro como opuesto a mí y no encontraré motivos para amarlo.

Yo, separado del creador y de las demás criaturas, no soy nada. Lo que constituye mi ser y lo que constituye el ser de los demás, es la misma Realidad, Dios que está fundamentando mi propio ser y el de los demás. Por tanto, no puedo ir en contra de los demás sin ir en contra mía. El día que descubra lo que soy, habré dado un paso hacia el verdadero amor.

El prójimo está siempre ahí. Descubrirlo depende solo de ti. Cuando te aproximas a otro para ayudarle, lo conviertes en próximo. Al hacer a uno prójimo, te estás acercando a Dios. Cada vez que pones al otro en el centro, te acercas a la plenitud de humanidad.

Siempre que das un rodeo para pasar de largo ante el dolor ajeno, te estás alejando de ti mismo y de Dios. La religión que permite vivir ignorando a los demás será siempre falsa.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Sabiduría estéril, compasión activa.

domingo, 13 de julio de 2025
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Lc 10, 25-37

«Haz esto y tendrás la vida»

Es tan rematadamente sencilla la interpretación de esta parábola que apenas deja resquicio para añadir un comentario. Dos personas sagradas encuentran en el camino a un hombre malherido, se desentienden y siguen adelante. Un hereje samaritano, que también pasa por allí, lo ve, se conmueve, se acerca, le atiende… Y ya está.

El levita de la parábola conocía maravillosamente la ley, pero se quedaba en el conocimiento. El samaritano, un hereje inculto y despreciado, es puesto de ejemplo por Jesús porque lleva la Ley en el corazón, aunque no la conozca, o la conozca mal. Y ésta es una lección trascendental para muchos de nosotros, porque el texto de hoy nos dice que para el seguimiento de Jesús es indiferente lo que sepamos o dejemos de saber, lo que creamos o dejemos de creer; que lo importante es lo que hacemos; que lo importante son los frutos; que el conocimiento por el conocimiento nos puede apartar de lo esencial; el amor y la misericordia. Es más, que puede hacernos sentir superiores y alejarnos de los demás.

El letrado que interpela a Jesús plantea muy bien su pregunta: «¿Quién es mi prójimo?» ¿el extranjero, el samaritano, el publicano…? ¿Tengo que amar a esos pecadores, extranjeros, herejes?… y Jesús le vuelve la oración por pasiva: «No importa quién es el otro; importa cómo te portas tú«. Al final del pasaje lo despide con una exhortación: «Anda y haz tú lo mismo» «Haz esto y tendrás la vida».

Siempre el verbo hacer: dar de comer al hambriento y de beber al sediento, acoger al peregrino, visitar al enfermo o al encarcelado, perdonar, compartir, servir, hacerse esclavo… Por Jesús sabemos que todo conocimiento que no lleva al servicio es infecundo; que lo importante no es la teoría sino el comportamiento; que no es el entendimiento ni la razón lo que justifica nuestra vida, sino la compasión; el amor… Y es evidente que amar no tiene nada que ver con filosofar, con entender, sino con sentir, con conmoverse, con acercarse, con implicarse, con servir…

«El evangelio es la sabiduría de los sencillos» –decía Ruiz de Galarreta–. Si algo es de Jesús debe ser comprensible por todos sin excepción alguna, y si no lo es, no es de Jesús. Podrá ser algo valioso (o podrá no serlo), pero no de Jesús. Lo de Jesús es tan sencillo que San Ignacio de Loyola fue capaz de resumirlo en una expresión extremadamente sencilla: “En todo amar y servir” Y ya está. Y asumido esto, el resto de consideraciones doctas que nosotros podamos hacer no dejan de ser simples notas a pie de página… por muy atinadas que sean.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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¿Nos compadecemos, o pasamos de largo?.

domingo, 13 de julio de 2025
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Lc 10, 25-37

El relato del evangelio comienza en un clima de desconfianza y desafío. Un maestro de la ley quiere poner a prueba a Jesús, porque mucha gente le llama “maestro”, sin haber sido reconocido oficialmente como tal. El estudio de la ley era duro y exigía mucha dedicación. A cambio, el título permitía ser un referente a la hora de interpretar la ley o discutir sobre ella. Cuando se llegaba a una casuística exagerada, el maestro de la ley tenía la última palabra.

Podemos suponer que quien tenía el título no querría que alguien que no lo tenía le hiciera la competencia. Había una solución: dejar a Jesús en ridículo públicamente. Por eso le pone a prueba con una pregunta fundamental: ¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?

No le hace cualquier pregunta relacionada con el trabajo, el bienestar o las costumbres, sino que apunta directamente a la salvación. Y ¿quién puede tener “la clave” de la salvación, sino quien conoce la respuesta de memoria, porque se la ha aprendido? (Nota: también ahora adolecemos del mismo mal…)

El maestro de la ley quiso justificarse, como hacemos cualquiera de nosotr@s a menudo. Porque amar a Dios tiene muchas escapatorias, muchos “atajos”. Podemos creer que le amamos, ofreciéndole ritos que Jesús denunció reiteradas veces. Recordemos: “Misericordia quiero, no sacrificios”.

Sin embargo, para amar al prójimo solo hay dos caminos: pasar de largo o compadecernos. No hay escapatoria posible.

Hoy es un buen día para recordar los rostros y los nombres de las personas que nos hemos ido encontrando por el camino de la vida, esas personas que nos necesitaban y, en lugar de ayudarles, hemos pasado de largo.

Es posible que, para tranquilizar nuestra conciencia, le hayamos pedido a Dios que hiciera nuestro trabajo. Es más cómodo orar e interceder por las necesidades ajenas que “curar las heridas y montar al prójimo en la cabalgadura en la que vamos sentados cómodamente”.

Hoy, hay millones de hombres, mujeres y niñ@s que están tan maltratad@s como el hombre que cayó en mano de bandidos. Much@s huyen de sus lugares de origen buscando la paz y el pan de cada día. Están entre nosotr@s. ¿Pasamos de largo o nos compadecemos?

La Palabra nos interpela con fuerza: Practicar la misericordia, es dirigir nuestro corazón, nuestra alma, nuestras fuerzas y nuestra mente hacia la miseria del prójimo. Ojalá nos sacudan las frases: Haz esto y tendrás vida”, “Anda y haz tú lo mismo”.

Marifé Ramos

Fuente Fe Adulta

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El amor por encima de la creencia.

domingo, 13 de julio de 2025
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Comentario al evangelio del domingo 13 julio 2025

Lc 10, 25-37

Elegir a un hereje como protagonista de su parábola, contrastar su comportamiento humano frente a la indiferencia del sacerdote y el levita, y ponerlo de modelo para todo un escriba o doctor de la ley (“Anda y haz tú lo mismo”), pone de relieve la actitud provocativamente abierta, inclusiva y compasiva de Jesús. No importan tanto las creencias o la doctrina “ortodoxa” -viene a decir-, cuanto el amor hecho compasión y cuidado efectivo. Al leer un texto como este, ¡nos parece tan obvio e incontestable su mensaje!… Y, sin embargo, rápidamente nos enredamos en comportamientos marcados por el egocentrismo, el individualismo y la confrontación.

El amor es lo único que nos salva -nos construye interiormente- y lo único que salvará a la humanidad. Al vivirlo, no estamos, en primer lugar, adoptando una exigencia moral, sino dejando que se exprese lo que somos en profundidad. Somos amor. Y, sin embargo, su vivencia no es fruto del voluntarismo, sino de la comprensión experiencial y de la liberación de miedos que nos hacen vivir replegados o encerrados sobre nosotros mismos.

Vivir en amor empieza por escuchar el anhelo interior, que podemos tener olvidado, ignorado o bloqueado, implica ir liberándonos de los propios miedos y necesidades y continúa por dejarnos sentir habitados por los otros. En la medida en que voy abriendo mi corazón, notaré que se puebla de personas, a las que miro con respeto, valoración, admiración y afecto.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Dios es buen samaritano.

domingo, 13 de julio de 2025
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Del blog de Tomás Muro la Verdad es libre:

01.- Introducción:

El diálogo de Jesús con aquel letrado, maestro de la ley, culmina con la parábola del Buen samaritano de hondo contenido humano y cristiano.

El sacerdote tenía motivos legales para no mancharse de sangre. Lo mismo el levita. El sacerdote y el levita no tienen que atender enfermos ni heridos en la vida, han de atender el templo y el culto. Por eso pasan de largo y dejan “tirado” a un hombre malherido en el camino. El sacerdote y el levita tienen que cumplir con sus deberes religiosos. Su obligación legal se complicaba si atendían al herido.

Solo un hombre extranjero, medio pagano (samaritano) siente lástima, se conmueve, interrumpe su viaje y ayuda al que estaba abandonado en la carretera.

02.- ¿Qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?

El maestro de la ley pregunta “con trampa, para cazar” a Jesús acerca de lo que hay que hacer para tener Vida, vida definitiva.

Si pensamos un poco a fondo es también nuestra cuestión y nuestro problema. ¿Qué hemos de hacer para poder vivir? Lo que está en juego es la Vida. ¿Cómo vivir bien? ¿Qué hay que hacer en la vida personal, familiar, social, cultural, política para que podamos vivir, para tener vida?

¿Qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?

03.- La ley / amarás – sentir lástima.

        Es lógico que los maestros de la ley recurran a ella, a la ley, a los mandamientos. Pero Jesús -y “lo de Jesús”– va por otros derroteros.

El sacerdote y el levita, cumplieron -hasta cierto punto- con la ley. Hicieron lo que tenían que hacer: y por eso pasaron de largo.

        Y digo que el sacerdote y el levita hicieron lo que tenían que hacer, porque dejaron de lado las dos actitudes más importantes en la vida:

  1. La ley dice: Amarás…
  2. En la parábola de hoy dice que Jesús sintió lástima, compasión

Según Jesús, no parece que el templo ni el culto sientan compasión ni lástima. No es lo suyo.

Jesús se sitúa ante las personas, sobre todo ante los enfermos, los que sufren, los pecadores no con una actitud ritual, judicial, forense, sino que siente lástima, bondad… ´

Jesús siente compasión de la multitud (Mt 9,36), se compadece del leproso (Mc 1,41); Se compadece de la viuda de Naim a la muerte de su hijo (Lc 7,13). El padre del hijo pródigo, se conmovió al acoger a su hijo perdido, (Lc 15,20).

Jesús siente lástima y misericordia para con los que están tirados en la cuneta de la vida, que  son quienes nos hablan de Dios.

04.- Compasión y religión.

        El sacerdote y el levita eran personas religiosas. Sin embargo en la parábola del buen samaritano no aparece ni una sola palabra o gesto estrictamente religioso. No hay alusiones a la ley, al rito – liturgia, al templo, al dogma, etc.

        Un samaritano, -un extranjero mal visto por los judíos, pasaba por allá y sintió lástima, se acercó y le vendó las heridas a aquel hombre malherido, lo llevó al “hospital”, lo cuidó, pagó la factura del hospital (dos denarios) y se comprometió a volver para asumir los gastos.

La ley hace lo que tiene que hacer. El sacerdote venía o iba al templo, y el levita a sus ritos. Pero lo cristiano -y lo humano- está en la actitud del samaritano: sintió lástima.

La ortodoxia cristiana es sentir compasión, lástima.

05.- Sentir lástima.

Los samaritanos eran lo opuesto a la ley judía y enfrentados al pueblo judío.

Este hombre samaritano es quien sintió lástima. San Lucas es el evangelista de la misericordia y resalta esta actitud de Jesús.

Quizás dentro y fuera de la Iglesia, en los ámbitos familiares, educativos, políticos y eclesiásticos se nos ha olvidado ya lo que es sentir lástima y misericordia.

Vivimos de otros muchos criterios, incluso tenemos algunos valores, pero se nos ha olvidado lo fundamental: la misericordia, sentir lástima, compasión.

En la Iglesia hemos preferido y optado por la ultraortodoxia vehiculada a golpe de intransigencia y fanatismo, hemos optado por los ritos

Vivimos un esquema legalista, ritualista.Nos preocupa quién puede presidir la Eucaristía, si los laicos pueden o dejan de poder, si la mujer en la Iglesia presidirá algún dicasterio romano, etc…

Cuando el Obispo manda a un cura a una -varias parroquias- le manda para que diga misa, celebre funerales, etc., pero en el envío / misión de ese cura no entra si cuida enfermos, ancianos, si ayuda al que sufre…

Mientras nos ocupamos de todas esas cuestiones, Jesús siente compasión.

En el mundo profano predominan la riqueza, la corrupción, el poder, la nación, la tecnología, el racismo, el odio. Un pueblo -unos pueblos- y unas gentes que no sabemos ya lo que es sentir lástima, bondad, misericordia, perdón, lo que es la ternura y la comprensión, no tenemos vida.

La misma justicia no siente compasióny una justicia sin misericordia es venganza.

Solemos decir y criticar que Netanyahu, Putin, Trump, a los partidos racistas, etc. no tienen compasión, ni lástima, ¡y es verdad!, pero es verdad porque grandes mayorías del pueblo, de los electores, les han votado y los han puesto ahí para que gobiernen así: con bombardeos, drones, aranceles, muros en las fronteras, no acogiendo o expulsando a los emigrantes, etc…

Para tener vida es importante estimar al ser humano, valorarlo, atender a razones, enseñar a ayudar, sentir lástima, perdonar, curar.

Sentir lástima es una actitud muy humana, muy humanista y cristiana.

No sé si será muy exacto, pero parece  que, cuanto más progresa la humanidad en tecnología, más retrocede en bondad y misericordia.

06- Cambios en la Iglesia

La Iglesia que propugnaba el papa Francisco trató de recuperar para la iglesia la lógica del buen samaritano.

La Iglesia de Francisco trató de pasar de la santa Inquisición a ser un hospital de campaña donde se curan heridas.

Creo yo que el papa Francisco no fue un hombre especialmente progresista, ni que lo más importante del papa Francisco fuese todo aquello de los cambios en la Iglesia. Francisco fue un hombre bueno, que sentía compasión y misericordia.

¿Qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?

Sentir lástima, compasión.

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“Hacernos prójimos de los excluidos de la tierra ”, por Consuelo Vélez

domingo, 13 de julio de 2025
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De su blog Fe y Vida:

XV Domingo del tiempo ordinario 13-07-2025

La parábola del Buen Samaritano trae un mensaje más profundo que el solo invitar a tener compasión con los demás

El doctor de la ley quiere poner a prueba a Jesús pero él sabe involucrarlo en la pregunta para que sea él mismo quien de la respuesta

No es tanto saber quién es el prójimo sino saber hacerse prójimo y, no solo con los del propio círculo o que creemos cumplen los preceptos divinos, sino de aquellos que lo necesitan, especialmente los más pobres y excluidos por cualquier razón.

Y entonces, un doctor de la Ley se levantó y le preguntó para ponerlo a prueba:

– «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?».

Jesús le preguntó a su vez:

+ «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?».

Él le respondió:

-«Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo».

Le dijo Jesús: 

+ «Has respondido exactamente, obra así y alcanzarás la vida».

Pero el doctor de la Ley, para justificar su intervención, le hizo esta pregunta:

– «¿Y quién es mi prójimo?».

Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió:

+ «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo. También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino. Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió. Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño del albergue, diciéndole: «Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver»-

Jesús le preguntó: 

¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?».

El doctor le respondió:

“El que tuvo compasión de él». 

Y Jesús le dijo:

+ «Ve, y procede tú de la misma manera».

(Lucas 10, 25-37)

El evangelio de hoy nos ofrece la conocida parábola del buen samaritano. Es una parábola muy rica que trae un mensaje más profundo que el solo invitar a tener compasión con los demás. El contexto del relato nos permite ahondar, en por qué Jesús ofrece esta parábola. Veamos que el inicio es el diálogo entre un doctor de la ley, es decir, un fariseo que conoce bien las escrituras y es celoso de cumplirlas, y Jesús. El texto dice que el doctor de la ley quería poner a prueba a Jesús. No es la única vez que a Jesús lo quieren poner a prueba las autoridades religiosas de Israel. Recordemos el pasaje de la mujer adúltera en la que también a Jesús le preguntan que dice frente a la ley que manda apedrearlas. Una vez más en este texto, el maestro de la ley le pregunta qué tiene que hacer para heredar la vida eterna, como si él no lo supiera.

Jesús, muy astutamente -podríamos decir, le responde con otra pregunta ¿qué está escrito en la ley? Y él le responde correctamente y Jesús aprueba tal respuesta. Pero una vez más el maestro de la ley sigue interrogando a Jesús, con otra pregunta: ¿quién es mi prójimo? Ya que la respuesta que le había dado era la de amar a Dios y al prójimo. Jesús se da cuenta la intencionalidad del doctor de la ley más legal que existencial y pasa a responder con un género literario que atribuyen a Jesús -la parábola- que tiene la virtud de relatar una historia en la que sin darse cuenta se involucra al oyente y lo interpela.

Jesús comienza a contar la parábola del Buen Samaritano y cómo toda parábola pretende dar un mensaje central, extrapolando el ejemplo y los personajes con la intención de qué se note dicho mensaje. En este caso, justo los que pasan primero y ven al hombre caído en el camino son el sacerdote y el levita. Se esperaría que ellos lo hubieran socorrido. Pero no lo hacen, muy seguramente porque hubieran quedado manchados al tocar la sangre del herido y no habrían podido celebrar el culto en el templo. Según la ley, ellos hacen lo correcto. Pero Jesús presenta al tercer personaje, un samaritano, despreciado por los judíos y es él quien lo socorre y lo hace con una generosidad desbordante “hasta que quede curado”.

A la luz de este relato, Jesús le contesta la pregunta sobre ¿quién es mi prójimo? con otra pregunta: ¿Quién actúo como prójimo? Y el doctor de la ley responde “el que tuvo compasión de él”. Es decir, Jesús no le dio la respuesta sino le permitió que él mismo la formulara y, entonces, le invita a hacer lo mismo del hombre de la parábola si quiere ser prójimo. Notemos que aquí la palabra prójimo que para los judíos eran solo los mismos judíos, cumplidores de la ley, se ha extendido a un herido -portador de impureza ritual- y a un samaritano, despreciado por el pueblo judío.

La parábola mantiene totalmente la vigencia para nosotros. No es tanto saber quién es el prójimo sino saber hacerse prójimo y, no solo con los del propio círculo o que creemos cumplen los preceptos divinos, sino de aquellos que lo necesitan, sin importar su condición social, étnica, sexual, etc. La llamada es a hacernos prójimos de los excluidos de la tierra y, en ello, se juega, ayer como hoy, el heredar la vida eterna.

(Foto tomada de: https://www.jw.org/es/ense%C3%B1anzas-b%C3%ADblicas/preguntas/significa-buen-samaritano/)

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“En cambio – San Lucas 10, 25-37 -”, por Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 13 de julio de 2025
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De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa cristiana):

¿Cómo puedo ser feliz? ¿Cómo puedo tener en mí la vida de Dios, el Eterno?

«¿Cómo lees la Palabra?», pregunta Jesús al doctor de la Ley. Y a mí.

«Amarás», ha leído.

El amor declinado en futuro. El amor proyectado hacia adelante. El amor que se convierte en conciencia de ser amados por Dios, y la elección de corresponder, de amar a Dios con fuerza, con inteligencia, con pasión. Para estar llenos de ese amor divino y poder darlo a los demás.

Como un excedente, como el corazón que se desborda.

Ha leído bien, ha entendido, sabe.

Ahora basta con vivir en ese amor, día a día, un pequeño paso posible a la vez.

Ahora el teólogo está desconcertado. Sabe, pero no sabe cómo vivir lo que sabe.

Su fe está encerrada en su bella teoría.

Amar es esfuerzo, libertad, don, renuncia, concreción. Muchas cosas, quizás demasiadas.

Entonces intenta esquivar, permanecer en la mente, en sus pequeñas categorías.

Como si el amor pudiera comprimirse y organizarse.

¿Amar a qué prójimo?

¿Al judío que vive los preceptos, como dicen los rabinos fariseos, excluyendo a los superficiales?

¿O amar a todos los hermanos judíos como se atrevían a hacer los más abiertos?

Por supuesto, amar a los no judíos no era una opción contemplada.

Ahora sonríe el Maestro.

 Salteadores

En los veintisiete kilómetros que separan la capital de la ciudad de Jericó, con un desnivel de mil metros en el rocoso desierto de Judá, se viaja en caravana para no caer en manos de los salteadores.

Un imprudente viaja solo, es asaltado y herido, y abandonado moribundo al borde del camino.

Es un hombre que baja de Jerusalén. No sabemos nada de él ni sabremos nada.

De qué religión es, si es una persona honesta o un malhechor, si es una víctima o un verdugo.

 Por casualidad, pasan por allí primero un sacerdote y luego un levita.

 Por casualidad: el encuentro con el hermano necesitado es siempre fortuito, nos lo cruzamos mientras tomamos el tren o en la calle. Probablemente, los dos acaban de terminar el servicio en el Templo. Toda una semana dedicada a alabar a Dios y a pedir misericordia.

Misericordia que le niegan al desdichado.

Fingen no verlo, siguen adelante.

No se detienen porque pasan por casualidad. El desdichado no entra en sus planes, es un estorbo, una molestia.

Hipócritas

No seamos hipócritas: nosotros habríamos hecho lo mismo. Nosotros también.

¿Qué sabemos quién es ese hombre y qué le ha pasado? ¿Y si se trata de una disputa entre bandas? ¿Y si tiene sida? ¿Y si vuelven los bandidos? ¿Y si…?

Mejor llamar a los servicios de emergencia, que se encarguen los médicos y la policía, mejor no meterse. A lo mejor te clavan una navaja.

Tienen a Dios en el corazón, en los labios, hablan con sensatez, con prudencia.

No son malos, son buena gente. Solo tienen miedo. Es mejor hacer como si no vieran nada.

Jesús no los culpa ni los condena: son hijos de su tiempo.

Y de su Templo.

Y de su Dios, al que veneran y honran con incienso y holocaustos. En el Templo.

Porque fuera no existe más que el mundo, feo y malo, un nido de víboras.

Como hacemos nosotros con demasiada frecuencia.

En cambio

En cambio, un samaritano.

Está de viaje, no pasa por casualidad. Tiene un destino. Porque el viaje no se define por el punto de partida, sino por el lugar al que se desea llegar. Está en camino, está de camino, como los verdaderos discípulos.

Inquietos por gracia.

Un samaritano. ¡Vamos!

Todos esperaban que Jesús hiciera entrar en escena a un piadoso laico, un creyente adulto y motivado, no santurrón y formal, tal vez parecido a alguien presente entre la multitud.

Cualquiera, pero no un samaritano.

Llamar «samaritano» a un judío era un insulto y el odio entre los dos pueblos estaba arraigado.

Somos nosotros quienes lo hemos llamado «bueno». No sabemos nada de él, tal vez sea un delincuente, un incrédulo, un oportunista.

Pero es lo que hace lo que lo hace «bueno».

No va buscando a la persona a la que ayudar, es la vida la que se la pone continuamente en el camino. El samaritano ve a un hombre, no a un enemigo, no a alguien del otro equipo.

Un hombre que necesita ayuda. Y lo que necesita ante todo es compasión.

 Cum-patire, sufrir juntos. Sabe que podría ser él, desangrado, al borde del camino.

Se detiene, actúa, lo cuida y le pide al posadero, a quien paga, que haga lo mismo.

El sentimiento se convierte en acción. Una acción que le hace perder tiempo, dinero, que le hace correr riesgos.

No se erige en salvador de la patria, tiene su vida, continúa su viaje comprometiéndose, a su regreso, a detenerse para saldar las deudas que haya podido contraer. Acompaña y confía.

Pequeños pasos posibles

No puede resolver todos los problemas.

Es la objeción que nos repetimos continuamente: ¿cómo voy a detener la guerra si nadie me escucha?

Es cierto, pero yo puedo empeñarme en construir un metro cuadrado de paz a mi alrededor.

¿Qué quieres que haga mi protesta como ciudadano si a mi alrededor todos roban y se burlan de todo?

Es cierto, pero yo quiero dejarle a mi hijo un mundo mejor y me comporto con honestidad.

¿Tiene todavía sentido intentar acoger a nuestros jóvenes, ahora que el mundo occidental desprecia el cristianismo?

De acuerdo: yo, sin embargo, sigo hablando del rostro magnífico de Dios con la esperanza de que alguien se dé cuenta.

¿Cómo puedo defender una Iglesia cada vez más desmotivada y cansada, más preocupada por defender su fortaleza que por salir a hablar de Dios?

Es cierto: pero la Iglesia es lo que construyo junto con quienes quieren vivir seriamente el Evangelio.

La mía es solo una gota en el océano. Una sola.

Pero eso no es una buena razón para no dejarla caer al agua.

Si hemos descubierto que somos amados, si tenemos un camino por recorrer, marquemos la diferencia.

Es normal desanimarse, tener miedo, defenderse, hacer como si nada.

Es evangélico hacerse prójimo de quienes encontremos cada día.

Dando pequeños pasos posibles.

***

Comentarios Evangélicos y Reflexiones para el Domingo 13 de julio de 2025

 

1.- La humanidad es imposible sin compasión.

2.- Cuando las reglas oscurecen la ley de Dios.

3.- El buen samaritano y las obras de misericordia.

4.- Llamados a ser samaritanos.

5.- Una tierra habitada por prójimos.

6.- La vida en un verbo: «Amarás».

7.- Hacer misericordia.

8.- En cambio – San Lucas 10, 25-37 .

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Cercanía con quien pasa a mi lado

jueves, 13 de marzo de 2025
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Todos los mandamientos de Jesús se resumen en uno solo: en el de amar a Dios y al prójimo, en el que ver y amar a Jesús.

El amor no es mero sentimentalismo sino que se traduce en vida concreta, en el servicio a los hermanos, especialmente, a los que tenemos al lado, empezando por las pequeñas cosas, por los servicios más humildes.

Dice Charles de Foucauld: “Cuando se ama a alguien, se está realmente en él, se está en él con el amor, se vive en él con el amor, ya no se vive en sí, uno está ‘desapegado’ de sí, ‘fuera’ de sí”.

Y por este amor se abre paso en nosotros su luz, la luz de Jesús, según su promesa: “A quien me ama… me manifestaré”. El amor es fuente de luz: amando se comprende más a Dios que es amor.

Y esto hace que amemos aún más y profundicemos en la relación con los prójimos.

Esta luz, este conocimiento amoroso de Dios es, por tanto, el sello, la prueba del verdadero amor. Es una luz cálida que nos estimula a caminar por la senda de la vida de una manera cada vez más segura y eficaz. Aunque las sombras de la existencia nos hagan incierto el camino, esta Palabra del Evangelio nos recordará que la luz se enciende con el amor y que basta un gesto concreto de amor, por pequeño que sea (una oración, una sonrisa, una palabra) para darnos ese rayo que nos permite ir adelante).

*

Chiara Lubich,

fragmentos del Comentario a la Palabra de vida de mayo de 1999.

***

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Enfrentar la opresión anti-LGBTQ, la elección de ser un buen samaritano para los demás

lunes, 11 de julio de 2022
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0DB0A58D-55D5-47E7-96C2-99544F4AF564La reflexión de hoy es por el colaborador de Bondings 2.0 Michael Sennett, cuya breve biografía se puede encontrar haciendo clic aquí.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el domingo 15 del    Tiempo ordinario se pueden encontrar aquí.

En tiempos bíblicos, el buen samaritano no habría sido una persona popular. Los samaritanos en esta época fueron acusados de ser inmundos y generalmente fueron despreciados. Sin embargo, para una persona de una tribu supuestamente desfavorable, el samaritano asume un riesgo sustancial para ayudar a la víctima del robo, a diferencia del sacerdote y el levita que elige la seguridad. El samaritano reconoció una injusticia contra un ser humano y ofreció misericordia a cambio. Quizás su propia experiencia de rechazo es lo que lo llevó a cuidar al hombre herido y asegurarle refugio, similar a cómo las personas LGBTQ+, que frente a la opresión, han demostrado ser buenos samaritanos para los demás.

Muchos católicos queer han tenido experiencias negativas en la iglesia han sido frijoles y despojados de su dignidad. Como resultado de este mal trato, los católicos LGBTQ+ también han venido al rescate para aquellos que son empujados a los márgenes, incluso a veces atendiendo a las mismas personas que han contribuido a nuestro aislamiento.

En la primavera de 2021, me invitaron a participar en una conversación con el obispo Thomas Zinkula de Davenport, Iowa, y un comité encargado de desarrollar pautas de diocensas para responder a las personas transgénero. Una mujer trans y yo compartimos nuestras experiencias. A lo largo del diálogo, especialmente cuando el trans hablaba, me superé con la admiración. Aunque había soportado algunas de las peores situaciones posibles, todavía estaba comprometida con su factor. La mujer también discutió las frecuentes oportunidades que tenía para abogar por otras personas marginadas en su parroquia y diócesis, incluidos los sobrevivientes de abuso sexual y la comunidad discapacitada.

No solo había impedido que un chip creciera en su hombro, sino que tomó toda la energía negativa que le estaba aullando y la usó para alimentar su pasión por la justicia. Del mismo modo, mi experiencia como hombre transgénero ayuda en mi trabajo coordinando los programas de justicia social de mi parroquia: habiendo conocido el dolor de exclusión, quiero fomentar un mejor ambiente.

Más recientemente, después de haber participado en una serie de sesiones de escucha para el Sínodo en Ségelesa, me sorprendió las respuestas de las personas LGBTQ+. Después de recordar experiencias duras, muchos harían seguimiento con la forma en que cuidan a los demás en la comunidad. Al enterarse de las altas tasas de jóvenes queer uneuse, una persona se conmovió para comenzar un ministerio para ayudar con las necesidades de los adolescentes en los refugios. Sin embargo, lo que fue más inaugural, somos las interacciones entre las personas en estas sesiones del sínodo. Algunas personas a las que nos preocupa que la iglesia estaba cambiando demasiado rápido y la tradición se extinguiría. Los católicos queer ofrezon un oído escuchado y una comodidad genuina. Para cuando las sesiones y terminaron, la conexión humana prevaleció sobre el miedo. Fui testigo de la presencia de Cristo en esta solidaridad radical.

Como cristianos, debemos estar dispuestos a limpiar las heridas de nuestros vecinos, incluso a un gran costo personal. Las personas LGBTQ+ ejemplifican esto cuando responden con cuidado compasivo por los demás. Ya sea que los católicos queer estén abordando la injusticia sistémica o viajando con alguien a través de aguas con problemas, están prestando atención a las palabras de Jesús en el evangelio de hoy: «Ve y haz lo mismo«. Respondamos a todos el llamado de Dios para ser buenos samaritanos que definen la dignidad de la vida.

—Michael Sennett (él/él), 10 de julio de 2022

Fuente New Ways Ministry

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“Los heridos de las cunetas”. 15 Tiempo ordinario – C (Lucas 10,25-37)

domingo, 10 de julio de 2022
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15-TO-C-600x400La parábola del «buen samaritano» le salió a Jesús del corazón, pues caminaba por Galilea muy atento a los mendigos y enfermos que veía en las cunetas de los caminos. Quería enseñar a todos a caminar por la vida con «compasión», pero pensaba sobre todo en los dirigentes religiosos.

En la cuneta de un camino peligroso un hombre asaltado y robado ha sido abandonado «medio muerto». Afortunadamente, por el camino llega un sacerdote y luego un levita. Ambos pertenecen al mundo oficial del templo. Son personas religiosas. Sin duda se apiadarán de él.

No es así. Al ver al herido, los dos cierran sus ojos y su corazón. Para ellos es como si aquel hombre no existiera: «Dan un rodeo y pasan de largo», sin detenerse. Ocupados en su piedad y su culto a Dios, siguen su camino. Su preocupación no son los que sufren.

En el horizonte aparece un tercer viajero. No es sacerdote ni levita. No viene del templo ni pertenece siquiera al pueblo elegido. Es un despreciable «samaritano». Se puede esperar de él lo peor.

Sin embargo, al ver al herido «se le conmueven las entrañas». No pasa de largo. Se acerca a él y hace todo lo que puede: desinfecta sus heridas, las cura y las venda. Luego lo lleva en su cabalgadura hasta una posada. Allí lo cuida personalmente y procura que lo sigan atendiendo.

Es difícil imaginar una llamada más provocativa de Jesús a sus seguidores, y de manera directa a los dirigentes religiosos. No basta que en la Iglesia haya instituciones, organismos y personas que están junto a los que sufren. Es toda la Iglesia la que ha de aparecer públicamente como la institución más sensible y comprometida con los que sufren física y moralmente.

Si a la Iglesia no se le conmueven las entrañas ante los heridos de las cunetas, lo que haga y lo que diga será bastante irrelevante. Solo la compasión puede hacer hoy a la Iglesia de Jesús más humana y creíble.

José Antonio Pagola

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“¿Quién es mi prójimo?”. Domingo 10 de julio de 2022. Domingo 15º Ordinario

domingo, 10 de julio de 2022
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40-ordinarioC15 cerezoLeído en Koinonia:

Deuteronomio 30, 10-14: El mandamiento está muy cerca de ti; cúmplelo.
Salmo responsorial: 68: Humildes, buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.
Colosenses 1, 15-20: Todo fue creado por él y para él.
Lucas 10, 25-37: ¿Quién es mi prójimo?

Primera lectura. La época del destierro fue para Israel una situación que confrontó el modelo de Alianza entre Dios y su pueblo, como principio de cambio y conversión. Esta conversión incluye la vuelta personal a Dios y el cumplimiento de todos su mandatos, “con todo corazón” como pide Dt 6,4.

Aunque el capítulo 30 está redactado en segunda persona del singular, es de sentido plural en la época del exilio: “cuando te sucedan estas cosas” (v. 1) ya les han sucedido. Todo el capítulo presupone la destrucción de Judá y Jerusalén el año 587 a.e.c..

La buena nueva para el pueblo se centra en el capítulo 30. Se presenta mostrando que el precepto no supera las fuerzas, ni está fuera del alcance (v. 11) aunque el pueblo esté en el exilio. No está en el cielo, ni más allá de los mares (vv. 12-13). La Palabra de Dios ya ha sido pronunciada y se encuentra en nuestra boca y en nuestro corazón. Si nos llenamos de su palabra, se realizará su voluntad en nosotros (v. 14). Tener cerca la Palabra es amar a nuestro prójimo.

Hoy necesitamos también estar abiertos a la palabra que se nos dirige en los signos de los tiempos y los lugares, como palabra reveladora de la acción de Dios en nuestra historia, con el compromiso de escucharla y vivirla en radicalidad y compromiso

El himno de Colosenses presenta poéticamente la primacía de Cristo, como hijo de Dios y como principio de toda la nueva humanidad que renace en él. Conecta la acción salvadora de Cristo con la obra de la creación, unidas a un mismo tronco, con las raíces profundas de la fe.

La nueva creación que surge con Cristo, en esta visión entusiástica de Pablo, se presenta en el modelo de nueva humanidad, por el mundo y la historia, donde hay que trabajar por ellas para cumplir el plan salvador de Dios en su Hijo. Es una confesión de amor, más que confesión de fe o de toelogía, por parte de Pablo.

Visión panorámica de esta parábola del evangelio de Lucas. Sólo él nos trnsmite esta parábola.

La mentalidad judía del tiempo de Jesús, absorbida por el legalismo, se había convertido en una conciencia fría, sin calor humano, a la que no le importaban las necesidades ni los derechos del ser humano. Solo se hacía lo que permitía la estructura legal y rechazaba lo que prohibía dicha estructura. El legalismo impuesto por la estructura religiosa era la norma oficial de la moral del pueblo. Se había llegado, por ejemplo, a establecer, desde la legalidad religiosa, que la ley del culto primaba sobre cualquier ley, así fuera la ley del amor al prójimo. Esto asombraba y preocupaba a Jesús pues no era posible que en nombre de Dios se establecieran normas que terminaran deshumanizando al pueblo.

Este era el contexto en que nació la parábola del buen samaritano: un hombre necesitado de ayuda, caído en el camino, más muerto que vivo, sin derechos, violentado en su dignidad de persona, es abandonado por los cumplidores de la ley (sacerdotes y levitas) y en cambio es socorrido por un ilegal samaritano (que no tenían buenas relaciones con los israelitas). Jesús hizo una propuesta de verdadera opción por los derechos de ese ser humano caído, condenado por las estructuras sociales, políticas, económicas y religiosas que aparecen excluyentes (estructuras que se encargan de no respetar los derechos de las personas y no les permitan vivir en libertad y en autonomía). Jesús quiere decirnos cómo la solidaridad es un valor que hay que anteponer no solo a la ley del culto, sino también a la misma necesidad personal, buscando el bienestar social y comunitario, la defensa de los derechos de tantos y tantas que viven en situaciones de falta de solidaridad y de reconocimiento de sus derechos, nos hace pensar en la opción por continuar el camino de compromiso y de trabajo en nuestras comunidades y organizaciones, desde el compromiso solidario con los hermanos y hermanas que están caídos en el camino, por el no reconocimiento de sus derechos.

La parábola es todo menos un juego de palabras bonitas, es algo más que una pieza literaria de la antigüedad. Es una constante interpelación para hoy.

Este texto, tan ampliamente conocido en la liturgia, se inicia con una pregunta de un maestro de la ley, o letrado, frente lo que hay que hacer para ganar la vida eterna. Jesús, a su vez, le devuelve la pregunta para que el letrado la busque en su especialidad, él tiene la respuesta en la ley… El letrado, citando de memoria Dt 6,5 y Lv 19,18, hace una apretada síntesis del sentido frente a los 613 preceptos y obligaciones que se alcanzaban a contar en la cuenta de los rabinos, para responder en dos que son fundamentales: Amar a Dios y al prójimo… Jesús aprueba la respuesta..

El letrado interroga nuevamente, pues en el Levítico el prójimo es el israelita y en el Deuteronomio se reserva el título de hermanos únicamente para los israelitas…Jesús, en lugar de discutir y entrar en callejones sin salidas, no busca plantear nuevas teorías e interpretaciones frente a la ley antigua y su práctica, sino que propone una parábola como ejemplo vivo de quién es el prójimo.

Podemos contemplar en la parábola los personajes y sacar de allí las consecuencias de enseñanza para el día de hoy: un hombre (v. 30) anónimo que es victima de los ladrones y cae medio muerto en el camino; un samaritano (v. 33) un medio pagano – o tal vez un pagano completo- cuyo trato y relación con los judíos era casi un insulto a sus tradiciones; un sacerdote (v. 31) y un levita (v. 32), la contraposición y la diferencia entre dos rangos de poder religioso, pues el levita era un clérigo de rango inferior que se ocupaba principalmente de los sacrificios, “testimonios” de un culto oficial y de los rituales a seguir en la religión establecida.

La relación entre cada uno de los personajes de la parábola es distinta: el sacerdote y el levita frente al hombre caído en el camino no se basa en el plan de la necesidad que tiene este último, sino en el de inutilidad que presentaría ante la ley y el desempeño del oficio, el prestarle cualquier atención al hombre caído, impediría a estos representantes del culto oficial poder ofrecer los sacrificios agradables a Dios. El samaritano, por el contrario, no encuentra ninguna barrera para prestar su servicio desinteresado al desconocido que está tendido y malherido, que necesita la ayuda de alguien que pase por ese camino. El samaritano únicamente siente compasión por la necesidad de ese hombre anónimo y se entrega con infinito amor a defender la vida que está amenazada y desposeída.

Prójimo, compañero, dice Jesús en esta parábola, debe ser para nosotros, en primer lugar el compatriota, pero no sólo él, sino todo ser humano que necesita de nuestra ayuda. El ejemplo del samaritano despreciado nos muestra que ningún ser humano está tan lejos de nosotros, para no estar preparados en todo tiempo y lugar, para arriesgar la vida por el hermano o la hermana, porque son nuestro prójimo. Leer más…

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Dom 10.7.22. A muchos estorba el Dios samaritano (Lc 10, 25-37)

domingo, 10 de julio de 2022
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22398652203Del blog de Xabier Pikaza:

Los ministros de muchos países más ricos de Europa y del mundo prefieren que se mueran del todo los caídos, que se pudran para siempre en la valla de cientos de fronteras y caminos, para que no les (nos) estorben.   Por eso quieren poner cepos y  aparatos para que no pasen los caídos del camino, para que no actúen los samaritanos…

Pero sigue habiendo un Dios samaritano (un samaritano-Dios) que acoge, ayuda y cura a los caídos del borde, para que sigan viviendo, cruzando fronteras, abriendo senderos de humanidad, porque éste  es siempre un Dios extraño, por ser el más cercano.

Este Dios samaritano   no es el Señor del templo de Jerusalén, ni Señor Supremo del oráculo sagrado de Roma, ni pitoniso  de Delfos, o el del Kremlin y el Pentágonos… Ése es un Dios que viene del otro lado de la humanidad que aún siente, tiene misericordia y se hace nuestro próximo.

Buen fin de semana domingo, buen próximo domingo del Buen Samaritano.

Lc 10, 25-37

El  maestro de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: «¿Y quién es mi prójimo?» Jesús dijo: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él, y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: «Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta.» ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?» Él contestó: «El que practicó la misericordia con él.»Díjole Jesús: «Anda, haz tú lo mismo.»

Septenario del Dios Samaritano

 1. El Dios Samaritano (=de la Parábola del Buen Samaritano) ha sido objeto de un largo estudioen la tradición teológica de los Padres de la Iglesia, que identifican al Samaritano con Jesús, Hijo de Dios, revelación del Padre, que «desciendo» (se encarna) para realizar su obra salvadora (como se ha dicho desde San Agustín).

A ese Dios-Jesús (Samaritano) quieren matarle los “buenos”, como quisieron matar a Jesús acusándole de ser un samaritano (Jn 8, 52: ¡Eres un samaritano, tienes un demonio!). Por eso es bueno pensar hoy los próximos días en la “suerte” del Dios Samaritano, que no cesa de inquietarnos, a pesar de los muros y vallas que ponemos para que no pase y se avecine entre nosotros.

 2. Este Dios Samaritano (es decir, que terminará siempre prójimo, siempre, fuera de los templos del poder, ha creado un mundo complejo y difícil de explicar, en el que se dice todo es bueno (Gen 1), pero donde nacen como setas los bandidos, tras cualquier tipo de lluvia: Bandidos con diverso tipo de pedigrí o de RH, bandidos políticos, religiosos o simplemente cuatreros y ladrones de caminos.

No se sabe por qué el Dios Samaritano permite eso, pero debe ser por algo (¿por libertad, por caridad, para que nosotros asumamos su tarea?). Él está allí, permitiendo que sigan existiendo los bandidos, en un mundo en el que resulta distinguir a los buenos bandidos de los malos, como quiso hacer el evangelio de Lucas, aunque parece que con poco éxito (historia de Dimas y Gestas, Lc 23, 43).

3. El Dios Samaritano parece que va poco al templo. No se le encuentra en el santuario de Jerusalén, donde andan por su casa sacerdotes y levitas. Se dice (decían los Padres de la Iglesia) que tampoco anda por las curias de Roma y Constantinopla, y ahora por la de Lambeth o la CEE de las Españas, ocupadas en cuestiones que tienen poco que ver con su tarea de Samaritano.

Ciertamente, éste Dios samaritano tiene algo que ver con los templos y a veces va también por allí, pero no se queda demasiado tiempo, tiene ocupaciones en la calle de la vida, entre Jerusalén y Jericó, que es el mundo entero.

4. El Dios Samaritano va por los caminos de la vida(cuesta arriba, cuesta abajo), o por llanuras sin fin por las que vagan expulsados y enfermos del camino.  No hay “estarta” ni carrejo de la vida humana por donde no pase; no hay crimen que él no sepa y quiera curar con su aceite y su vino. Este Dios Samaritano tiene un programa de tolerancia cero, para todo aquello que destruya al ser humano (por pederastia o bandidaje de navaja en la faca, o de guante blanco en el Banco).

No, no es un pobretón, ni un ignorante. Tiene caballería, tiene aceite y vino, tiene algún dinero para las posadas, pues también en las posadas anda Dios, como sabía santa Teresa de Jesús, aunque se dice que dormía poco en ellas.

 5. Dicen que a este Dios Samaritano le preguntaron por cuestiones candentes, relacionados, por ejemplo, con la «ordenación de la mujer»y sentido de los feminismos y respondió que no sabía, no entendía el tema. Dijo que esas eran cuestiones importantes, pero quizá más de salón y de poder que de camino. Respondió que él no entendía de esas cosas: no había venido a repartir herencias, como dice Lucas (Jesús respondió: «¿quién me ha puesto sobre vosotros como juez o partidor?» (Lucas 12:13-14), ni a dirimir sacerdocios, como quería Caifás y Anán el Joven, pues a su juicio, al borde del camino, varones y mujeres eran iguales.

La cuestión que preocupa a este Dios samarigano  son los caídos a la vera del Camino de Jerusalén a Jericó, que es ahora el camino de Senegal a Ceuta, de México a USA, de Siria a Austria… Resulta que hemos puesto policías en las fronteras no sólo para cazar ladrones, sino también para impedir que actúan loe samaritanos, para cerrar el paso de Dios.

 6. El Dios Samaritano es un Dios Eficaz que, por alguna razón (Él sabrá) ha dejado que salgan al camino los bandidos, pero que siempre ha resuelto en el fondo los problemas. Sigue estando en la raíz de la vida, en los barrancos del camino, con su cabalgadura, en la que lleva una alcuza de aceite (elaion: remedio universal) y su bota de vino (oinon: que es también remedio universal), como sabe Lc 10, 34). Por eso, si quieres saber si hay Dios sal al camino de la vida, ponte en contacto con los hombres y mujeres… vete a buscar a los caídos del camino.

Sí, es un Dios eficaz… Dicen que ministros de varios países ricos  han puesto cepos más inteligentes para cazar a samaritanos (¡dicen que en nombre de Dios…!)… Ése es el problema de Europa, el problema de los países ricos de América, Asia etc. A ellos no les gustan los samaritanos del borde del camino, ni aquellos que les ayudan.

 7. Finalmente, y repitiendo lo anterior, este Dios Samaritano es Dios de Cabalgadura (en ella carga a todos los heridos…); es Dios de aceite, que es suavidad, que es alimento, que es medicina; es Dios de vino, que es alegría y es canto (dice una leyenda apócrifa que hasta llegar a la posada acabaron la bota Dios y el Herido, y cantaron junto…). Es quizá un Dios de guitarra, que conoce los mesones del camino donde para la gente…

Este Dios samaritano es testarudo y sigue. Se hundirán en los mares los barcos más ricos, morirá la luz de aquellos que no quieren alumbrar en el camino a los que vagan sin rumbo…… Pero el Dios Samaritano seguirá empeñado en recorrer caminos, abriendo senderes de vida, porque su amor es más fuerte que la maldad de todos perversos de la tierra.

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“Ucrania, Melilla y el buen samaritano”. Domingo 15º. Tiempo ordinario.

domingo, 10 de julio de 2022
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thumbs_b_c_26ca008b97275d7d46bb64060961c27bDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

El domingo pasado, el envío de los setenta y dos discípulos nos hacía pensar en los miles de personas anónimas que difunden el evangelio en todas partes del mundo. Este domingo, la parábola del buen samaritano nos recuerda a tantísima gente que ha puesto en práctica su enseñanza. Cuando comenzó la guerra de Ucrania, hubo conductores que recorrieron miles de kilómetros para salvar a mujeres y niños y ponerlos a salvo entre nosotros. En todos los países de la Unión Europea se ofreció casa, comida, vestidos, cariño. Esto no debe hacernos olvidar lo difícil, casi imposible, que resulta a veces comportarse como el buen samaritano. Pero el contexto actual ayuda a comprender mejor la parábola y la gran dosis de mala idea.

1ª lectura. Una receta rápida para salvarse (Deuteronomio 30,10-14)

¿Existe esa receta? ¿Es fácilmente asequible? La respuesta del Deuteronomio es clara: no hay que subir al Himalaya ni atravesar el Atlántico para saber lo que Dios quiere de nosotros. Está escrito “en el código de esta ley”, que se limita a los capítulos 12-26 del Deuteronomio. No se trata de estudiar mucho sino de convertirse con todo el corazón y toda el alma, y de poner en práctica lo que allí se dice.

Moisés habló al pueblo, diciendo:

            ‒ Escucha la voz del Señor, tu Dios, guardando sus preceptos y mandatos, lo que está escrito en el código de esta ley; conviértete al Señor, tu Dios, con todo el corazón y con toda el alma. Porque el precepto que yo te mando hoy no es cosa que te exceda, ni inalcanzable; no está en el cielo, no vale decir: “¿Quién de nosotros subirá al cielo y nos lo traerá y nos lo proclamará para que lo cumplamos?” Ni está más allá del mar, no vale decir: “¿Quién de nosotros cruzará el mar y nos lo traerá y nos lo proclamará, para que lo cumplamos?” El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo.

            Pero al Deuteronomio le ocurrió un problema. Aunque el texto era intocable, y nadie estaba autorizado a quitar ni añadir nada, la interpretación de sus normas fue creciendo de forma incontrolada. En tiempos de Jesús, el judaísmo contaba 613 mandamientos (365 prohibiciones y 248 preceptos) capaces de volver loco a cualquier persona.

            Ante este cúmulo de mandamientos, es lógico que surgiese el deseo de sintetizar, o de saber qué era lo más importante. A propósito de los famosos rabinos Shammay y Hillel, que vivie­ron pocos años antes de Jesús, se cuenta la siguiente anécdota. Una vez llegó un pagano a Shammay, famoso por su intolerancia, y le dijo: “Me haré prosélito con la condición de que me enseñes toda la Torá mien­tras aguanto a pata coja”. Él lo echó, amenazándolo con una vara de medir que tenía en la mano. Entonces fue a Hillel, famoso por su tolerancia, que le dijo: “Lo que no te guste, no se lo hagas a tu prójimo. En esto consiste toda la Ley, lo demás es interpreta­ción”. También del Rabí Aquiba (+ hacia 135 d.C.) se recuerda un esfuer­zo parecido de sintetizar toda la Ley en una sola frase: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo; este es un gran princi­pio general en la Torá”.

            En los evangelios hay diversos intentos de simplificar la cuestión con una respuesta breve y drástica. El más famoso es la Regla de oro, con la que cierra el evangelio de Mateo el Sermón del Monte: “Tratad a los demás como queréis que os traten a vosotros. En esto consiste la ley y los profetas” (Mt 7,12). El tema reaparece en el episodio de hoy, cuando le preguntan a Jesús cuál es el mandamiento principal. El relato de Lucas introduce cambios muy significativos en el de Marcos.

El escriba bueno de Marcos

            Los escribas, equivalentes a los doctores de teología actuales, pero con mucho más poder, autoridad y prestigio, no quedan bien en los evangelios. Generalmente aparecen junto a los fariseos, como adversarios de Jesús. Menos en este caso de Marcos, donde un escriba pregunta a Jesús cuál es el mandamiento principal, y él le responde: amar a Dios y amar al prójimo. La reacción del escriba es alabar a Jesús, que le devuelve la alabanza.

El escriba malintencionado de Lucas

            El protagonista del relato de Lucas no viene con buena intención, pretende poner en un aprieto a Jesús; y no plantea una cuestión teórica (“¿cuál es el mandamiento principal?”) sino muy personal: “¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”.

            Jesús no cae en la trampa. En vez de responder, pregunta: “¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?” Y el legista se ve obligado a reconocer que sabe perfectamente lo que debe hacer: amar a Dios y al prójimo. Jesús, con cierta ironía, le indica que su problema no consiste en saber lo que tiene que hacer, sino en hacerlo.

            Aquí podría haber terminado todo. Pero el legista, que tiene la sensación de haber quedado en ridículo, para justificarse plantea una cuestión filosófico-teológica: “¿Y quién es mi prójimo?” Afortunadamente, Jesús no era alemán. No le da una conferencia de Antropología ni le escribe un Manual de quinientas páginas intentando aclarar esa intrincada cuestión. Se limita a contar una parábola.

            ‒ Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto.

            Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo.

            Lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo

            Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él y, al verlo,

            le dio lástima,

            se le acercó,

            le vendó las heridas,

            echándoles aceite y vino,

            y, montándolo en su propia cabalgadura,

            lo llevó a una posada

                        y lo cuidó.

            Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo:

            ‒ Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta.

           La parábola ofrece dos modelos de conducta: 1) la del sacerdote y el levita, que ante el pobre hombre asaltado y malherido por los bandidos dan un rodeo y pasan de largo, y 2) la del samaritano que siente lástima, se acerca, echa aceite y vino en las heridas, las venda, lo monta en su cabalgadura, lo lleva a una posada, lo cuida y paga su estancia. Son siete acciones, basadas todas ellas en el sentimiento inicial de lástima.

            Al legista podría resultarle ofensivo que le cuenten un cuento. Pero Jesús no le da tiempo a protestar, pasa directamente al ataque, obligándole a reconocer que lo importante es comportarse como prójimo.

            ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos? 

            Él contestó: El que practicó la misericordia con él.

            Díjole Jesús: Anda, haz tú lo mismo.

Lo importante no es discutir sino actuar.

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La mala idea de la parábola

            A muchos les gustaría limitar la parábola al ejemplo del samaritano y dejarnos con buen sabor de boca. Pero Lucas, del que siempre alabamos su bondad, resulta en este caso muy hiriente. No le basta un protagonista, necesita tres. Y los elige con toda la intención: un sacerdote, un levita, un samaritano.

            El sacerdote y el levita, los personajes especialmente consagrados a Dios, hacen exactamente lo mismo: dan un rodeo y siguen su camino. ¿Por qué actúan de este modo? ¿Porque son malos y egoístas? No. Porque si el herido no está herido, sino muerto, basta tocarlo para quedar impuro.

            La ley es tajante: “El sacerdote no se contaminará con el cadáver de un pariente, a no ser de pariente próximo: madre, padre, hijo, hija, hermano o de su propia hermana soltera, no dada en matrimonio. Queda profanado” (Levítico 21,2-4). Si no pueden contaminarse con un pariente, mucho menos con un desconocido al borde de la carretera.

            Y lo que se deduce es trágico: es la ley de Dios la que impide practicar la misericordia y comportarse como prójimo del herido.

            Lucas podría haber buscado como tercer protagonista a un cura progre o a un diácono permanente sin obsesión por la ley. Elige al menos indicado: un samaritano. El personaje más odioso y despreciable para un judío, miembro de un pueblo que, según el libro de los Reyes, “no veneran al Señor ni proceden según sus mandatos y preceptos”. Irónicamente, un representante de este pueblo que no venera al Señor ni procede según sus mandatos y preceptos es quien actúa con misericordia y se comporta como prójimo.

Reflexión actual

Sin caer en la crítica injusta a obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, la parábola nos hace pensar en tantos samaritanos agnósticos, ateos, homosexuales, lesbianas, etc., que se entregan plenamente a personas necesitadas. Pero la realidad actual podría proporcionar una final muy distinto a la parábola.

«Al cabo del tiempo, el legista se presentó a Jesús y le dijo:

– Maestro, he intentado poner en práctica lo que me dijiste. Vi multitud de personas hambrientas, enfermas, desesperadas, intentando huir de la guerra y del hambre. Quise acercarme a ayudarlas, pero tropecé con vallas y muros custodiados por la policía y el ejército.

Jesús miró al cielo, suspiró y le dijo:

– Llegará un día en el que no habrá vallas ni muros. Mientras, busca en otras partes. Siempre encontrarás gente a la que ayudar.

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Domingo XV del Tiempo Ordinario.10 julio, 2022

domingo, 10 de julio de 2022
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“…, al llegar junto a él y verlo sintió lástima. Se acercó y le vendó las heridas, después de habérselas curado con aceite y vino; luego lo montó en su cabalgadura, lo llevó al mesón y cuidó de él.”

(Lc 10, 25-37).

Es llamativo pero las tres historias la del sacerdote, la del levita y la del samaritano empiezan casi de la misma manera: “al verlo”. La diferencia es que el samaritano al mismo tiempo que lo ve ya está llegando “junto a él” y los otros dos, antes de acercarse lo ven y se alejan definitivamente.

Cuando vemos las cosas “desde lejos” es más fácil “pasar de largo”. Cuando los acontecimientos nos tocan de cerca es más sencillo que nos impliquemos. Lo que nos convierte en “buenos samaritanos” es la capacidad de sentirnos “cerca” de las demás personas y de sus sufrimientos.

Y esa capacidad es una semilla divina, un rasgo que nos asemeja a Nuestro Buen Dios que quiso hacerse uno de nosotros.

Dios, para la fe cristiana, es el “próximo”, el Cercano. El que se ha mezclado en nuestra historia. En Jesús Dios se ha ENCARNADO y nos invita a acercarnos unos a otros.

Solo cuando “nos acercamos” empezamos a saber lo que tenemos que hacer. Desde lejos es imposible actuar y lo único que vemos con claridad son las dificultades.

Cuando nos quedamos a distancia nos sucede como al sacerdote o al levita: nos invade el miedo. Solo vemos problemas y peligros, y en consecuencia, huimos. Nos alejamos más y más. El miedo nos quita lo más divino que tenemos: el amor compasivo.

Pero cuando además de ver nos acercamos, nos asemejamos más y más a Dios Trinidad. Emerge la misericordia. “Verlo”, ver al hombre caído y conmoverse es nuestra esencia más profunda. Por eso, cuando nos mueve la misericordia hacemos milagros.

Os dejamos el ejemplo actual de Lucia Lantero.

Oración

Conéctanos, Trinidad Santa, con la misericordia que nos asemeja a ti. Permítenos “ver de cerca” para que se conmuevan nuestras entrañas. Amén.

 

*

Fuente:  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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