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¡Caminante de la vida, procura hacer tú lo mismo!

Domingo, 14 de julio de 2019

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El buen samaritano
(Lc 10, 30)

No es muy larga la distancia,
sí es peligroso el camino
que va de Jerusalén
hasta el verde paraíso
de Jericó, fértil vega,
novia del sacro Jordán
y manantial del Profeta.
Y, aunque próxima al Mar Muerto,
es rico vergel de vida:
“la ciudad de las palmeras
y las rosas encendidas.”

Yace en la cuneta un hombre,
medio muerto y malherido,
mas todos pasan de largo
eludiendo compromisos:
el sacerdote, el levita
y otros muchos peregrinos.
Pasa un buen samaritano,
caballero en su pollino,
y sin preguntar quién es
-aunque bien ve que es judío-
se aproxima sin desdén,
le hace una cura de urgencia
con su propio aceite y vino,
y lo lleva hasta el mesón
donde lo cuida con mimo.
“¡Cuídalo bien mesonero,
yo te pagaré con creces
cuanto hayas gastado en él,
cuando vuelva de camino!

¿El prójimo verdadero?
El que prestó sus auxilios,
el que olvidó que aquel hombre,
medio muerto y malherido
que yacía en la cuneta,
era un olvidado judío;
el que olvidó que era suyo
su propio aceite y su vino.

¡Caminante de la vida,
procura hacer tú lo mismo!

*

José Luis Martínez SM

***

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(El buen Samaritano gay)

En aquel tiempo, se presentó un maestro de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba:

“Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”

Él le dijo:

“¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?”

Él contestó:

“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo.”

Él le dijo:

– “Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida.”

Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús:

“¿Y quién es mi prójimo?”

Jesús dijo:

“Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo.

Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él, y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta.” ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?

Él contestó:

“El que practicó la misericordia con él.

Díjole Jesús:

– “Anda, haz tú lo mismo.”

*

Lucas 10, 25-37

***

A lo largo de la historia, cada vez que los hombres y las mujeres han sido capaces de responder a los acontecimientos del mundo tomándolos como ocasiones para madurar su propio corazón se ha abierto una fuente inagotable de generosidad y de vida nueva, entreabriendo una esperanza que superaba toda predicción humana. Si pensamos en las personas que nos han infundido esperanza, reforzando nuestro espíritu, descubrimos con frecuencia que no eran en absoluto profesionales del consejo, de la amonestación y de la moral, sino sólo personas capaces de expresar, con sus palabras y sus acciones, la condición humana de la que participaban, y que nos han incitado a hacer frente a los hechos reales de la vida.

Los predicadores que reducen lo inexplicable a problema, ofreciendo soluciones de servicios médicos de urgencias, nos deprimen porque evitan la piadosa solidaridad de donde proviene la curación. Ni Kierkeqaard, ni Sartre, ni Camus, ni siquiera Solzhenitsin han ofrecido nunca soluciones. Sin embargo, muchos de los que les leen encuentran energías para proseguir en la búsqueda. Quien no huye de nuestros dolores, sino que los toca piadosamente, nos cura y nos refuerza. A decir verdad, la paradoja consiste en el hecho de que el comienzo de la curación está en la solidaridad en ese dolor. En nuestra sociedad, orientada hacia las soluciones, cada vez es más importante darse cuenta de que pretender aliviar el dolor sin compartirlo es como pretender salvar a un niño de una casa en llamas sin correr el riesgo de quemarse.

*

H. J. Nouwen,
Viaggio spirituale per l’uomo contemporáneo,
Brescia 81999, p. 54

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"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , , ,

“No pasar de largo”. 15 Tiempo ordinario – C (Lucas 10,25-37)

Domingo, 14 de julio de 2019

15-TO-C-600x400«Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo». Esta es la herencia que Jesús ha dejado a la humanidad. Para comprender la revolución que quiere introducir en la historia, hemos de leer con atención su relato del «buen samaritano». En él se nos describe la actitud que hemos de promover, más allá de nuestras creencias y posiciones ideológicas o religiosas, para construir un mundo más humano.

En la cuneta de un camino solitario yace un ser humano, robado, agredido, despojado de todo, medio muerto, abandonado a su suerte. En este herido sin nombre y sin patria resume Jesús la situación de tantas víctimas inocentes maltratadas injustamente y abandonadas en las cunetas de tantos caminos de la historia.

En el horizonte aparecen dos viajeros; primero un sacerdote, luego un levita. Los dos pertenecen al mundo respetado de la religión oficial de Jerusalén. Los dos actúan de manera idéntica: «ven al herido, dan un rodeo y pasan de largo». Los dos cierran sus ojos y su corazón, aquel hombre no existe para ellos, pasan sin detenerse. Esta es la crítica radical de Jesús a toda religión incapaz de generar en sus miembros un corazón compasivo. ¿Qué sentido tiene una religión tan poco humana?

Por el camino viene un tercer personaje. No es sacerdote ni levita. Ni siquiera pertenece a la religión del Templo. Sin embargo, al llegar, ve al herido, se conmueve y se acerca. Luego, hace por aquel desconocido todo lo que puede para rescatarlo con vida y restaurar su dignidad. Esta es la dinámica que Jesús quiere introducir en el mundo.

Lo primero es no cerrar los ojos. Saber «mirar» de manera atenta y responsable al que sufre. Esta mirada nos puede liberar del egoísmo y la indiferencia que nos permiten vivir con la conciencia tranquila y la ilusión de inocencia en medio de tantas víctimas inocentes. Al mismo tiempo, «conmovernos» y dejar que su sufrimiento nos duela también a nosotros.

Pero lo decisivo es reaccionar y «acercarnos» al que sufre, no para preguntarnos si tengo o no alguna obligación de ayudarle, sino para descubrir que es un ser necesitado que nos necesita cerca. Nuestra actuación concreta nos revelará nuestra calidad humana.

Todo esto no es teoría. El samaritano del relato no se siente obligado a cumplir un determinado código religioso o moral. Sencillamente, responde a la situación del herido inventando toda clase de gestos prácticos orientados a aliviar su sufrimiento y a restaurar su vida y su dignidad. Jesús concluye con estas palabras. «Vete y haz tú lo mismo».

José Antonio Pagola

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“¿Quién es mi prójimo?”. Domingo 14 de julio de 2019. Domingo 15º Ordinario

Domingo, 14 de julio de 2019

40-ordinarioC15 cerezoLeído en Koinonia:

Deuteronomio 30, 10-14: El mandamiento está muy cerca de ti; cúmplelo.
Salmo responsorial: 68: Humildes, buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.
Colosenses 1, 15-20: Todo fue creado por él y para él.
Lucas 10, 25-37: ¿Quién es mi prójimo?

Primera lectura. La época del destierro fue para Israel una situación que confrontó el modelo de Alianza entre Dios y su pueblo, como principio de cambio y conversión. Esta conversión incluye la vuelta personal a Dios y el cumplimiento de todos su mandatos, “con todo corazón” como pide Dt 6,4.

Aunque el capítulo 30 está redactado en segunda persona del singular, es de sentido plural en la época del exilio: “cuando te sucedan estas cosas” (v. 1) ya les han sucedido. Todo el capítulo presupone la destrucción de Judá y Jerusalén el año 587 a.e.c..

La buena nueva para el pueblo se centra en el capítulo 30. Se presenta mostrando que el precepto no supera las fuerzas, ni está fuera del alcance (v. 11) aunque el pueblo esté en el exilio. No está en el cielo, ni más allá de los mares (vv. 12-13). La Palabra de Dios ya ha sido pronunciada y se encuentra en nuestra boca y en nuestro corazón. Si nos llenamos de su palabra, se realizará su voluntad en nosotros (v. 14). Tener cerca la Palabra es amar a nuestro prójimo.

Hoy necesitamos también estar abiertos a la palabra que se nos dirige en los signos de los tiempos y los lugares, como palabra reveladora de la acción de Dios en nuestra historia, con el compromiso de escucharla y vivirla en radicalidad y compromiso

El himno de Colosenses presenta poéticamente la primacía de Cristo, como hijo de Dios y como principio de toda la nueva humanidad que renace en él. Conecta la acción salvadora de Cristo con la obra de la creación, unidas a un mismo tronco, con las raíces profundas de la fe.

La nueva creación que surge con Cristo, en esta visión entusiástica de Pablo, se presenta en el modelo de nueva humanidad, por el mundo y la historia, donde hay que trabajar por ellas para cumplir el plan salvador de Dios en su Hijo. Es una confesión de amor, más que confesión de fe o de toelogía, por parte de Pablo.

Visión panorámica de esta parábola del evangelio de Lucas. Sólo él nos trnsmite esta parábola.

La mentalidad judía del tiempo de Jesús, absorbida por el legalismo, se había convertido en una conciencia fría, sin calor humano, a la que no le importaban las necesidades ni los derechos del ser humano. Solo se hacía lo que permitía la estructura legal y rechazaba lo que prohibía dicha estructura. El legalismo impuesto por la estructura religiosa era la norma oficial de la moral del pueblo. Se había llegado, por ejemplo, a establecer, desde la legalidad religiosa, que la ley del culto primaba sobre cualquier ley, así fuera la ley del amor al prójimo. Esto asombraba y preocupaba a Jesús pues no era posible que en nombre de Dios se establecieran normas que terminaran deshumanizando al pueblo.

Este era el contexto en que nació la parábola del buen samaritano: un hombre necesitado de ayuda, caído en el camino, más muerto que vivo, sin derechos, violentado en su dignidad de persona, es abandonado por los cumplidores de la ley (sacerdotes y levitas) y en cambio es socorrido por un ilegal samaritano (que no tenían buenas relaciones con los israelitas). Jesús hizo una propuesta de verdadera opción por los derechos de ese ser humano caído, condenado por las estructuras sociales, políticas, económicas y religiosas que aparecen excluyentes (estructuras que se encargan de no respetar los derechos de las personas y no les permitan vivir en libertad y en autonomía). Jesús quiere decirnos cómo la solidaridad es un valor que hay que anteponer no solo a la ley del culto, sino también a la misma necesidad personal, buscando el bienestar social y comunitario, la defensa de los derechos de tantos y tantas que viven en situaciones de falta de solidaridad y de reconocimiento de sus derechos, nos hace pensar en la opción por continuar el camino de compromiso y de trabajo en nuestras comunidades y organizaciones, desde el compromiso solidario con los hermanos y hermanas que están caídos en el camino, por el no reconocimiento de sus derechos.

La parábola es todo menos un juego de palabras bonitas, es algo más que una pieza literaria de la antigüedad. Es una constante interpelación para hoy.

Este texto, tan ampliamente conocido en la liturgia, se inicia con una pregunta de un maestro de la ley, o letrado, frente lo que hay que hacer para ganar la vida eterna. Jesús, a su vez, le devuelve la pregunta para que el letrado la busque en su especialidad, él tiene la respuesta en la ley… El letrado, citando de memoria Dt 6,5 y Lv 19,18, hace una apretada síntesis del sentido frente a los 613 preceptos y obligaciones que se alcanzaban a contar en la cuenta de los rabinos, para responder en dos que son fundamentales: Amar a Dios y al prójimo… Jesús aprueba la respuesta..

El letrado interroga nuevamente, pues en el Levítico el prójimo es el israelita y en el Deuteronomio se reserva el título de hermanos únicamente para los israelitas…Jesús, en lugar de discutir y entrar en callejones sin salidas, no busca plantear nuevas teorías e interpretaciones frente a la ley antigua y su práctica, sino que propone una parábola como ejemplo vivo de quién es el prójimo.

Podemos contemplar en la parábola los personajes y sacar de allí las consecuencias de enseñanza para el día de hoy: un hombre (v. 30) anónimo que es victima de los ladrones y cae medio muerto en el camino; un samaritano (v. 33) un medio pagano – o tal vez un pagano completo- cuyo trato y relación con los judíos era casi un insulto a sus tradiciones; un sacerdote (v. 31) y un levita (v. 32), la contraposición y la diferencia entre dos rangos de poder religioso, pues el levita era un clérigo de rango inferior que se ocupaba principalmente de los sacrificios, “testimonios” de un culto oficial y de los rituales a seguir en la religión establecida.

La relación entre cada uno de los personajes de la parábola es distinta: el sacerdote y el levita frente al hombre caído en el camino no se basa en el plan de la necesidad que tiene este último, sino en el de inutilidad que presentaría ante la ley y el desempeño del oficio, el prestarle cualquier atención al hombre caído, impediría a estos representantes del culto oficial poder ofrecer los sacrificios agradables a Dios. El samaritano, por el contrario, no encuentra ninguna barrera para prestar su servicio desinteresado al desconocido que está tendido y malherido, que necesita la ayuda de alguien que pase por ese camino. El samaritano únicamente siente compasión por la necesidad de ese hombre anónimo y se entrega con infinito amor a defender la vida que está amenazada y desposeída.

Prójimo, compañero, dice Jesús en esta parábola, debe ser para nosotros, en primer lugar el compatriota, pero no sólo él, sino todo ser humano que necesita de nuestra ayuda. El ejemplo del samaritano despreciado nos muestra que ningún ser humano está tan lejos de nosotros, para no estar preparados en todo tiempo y lugar, para arriesgar la vida por el hermano o la hermana, porque son nuestro prójimo. Leer más…

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No es saber quién es mi prójimo, sino hacerme prójimo. 14.07.19. Dom 15, t.ordinario. Lc 10, 25-37. Jesús Samaritano

Domingo, 14 de julio de 2019

un-judio-marginal-nueva-vision-del-jesus-historico-v---epubJ. P. Meier, Un judío marginal V. El libro de las parábolas

No se trata de saber quién es mi prójimo; eso lo sabemos, el mundo es pequeño, y más con FB, TV y demás “media”, sino de hacernos prójimos, cercanos en presencia y ayuda, unos a los otros.

No se trata ni siquiera de saber qué dice el Credo sobre el prójimo, eso lo sabe hasta el escriba (amar a “dios” y amar al prójimo). El tema es hacernos prójimos a los otros.

Hemos aprendido a subir a la luz y a bajar al fondo de los océanos; sabemos enriquecer uranio, pero lo queremos saber para nosotros, no que otros prójimos (como los iranios) lo sepan, no sea que utilicen mal el invento. Sabemos casi todo lo sabible, pero  no queremos hacernos prójimos.

Baste leer la prensa española o británica estos días, lo que dicen los de Voz/Vox y los  llamados Ciudadanos del mundo,  los Populares de pueblo o los Sociales de socio.

El tema de hacerse o no hacerse prójimos de todos, en especial de los caídos del camino, como en la parábola de hoy, de los heridos por mafias‒bandidos, o los encerrados/expulsados por grandes “estados”. El tema no es si Podemos, sino si queremos y lo hacemos, como le dijo Jesús al escriba‒político de turno, tras contarle la parábola del Samaritano: Vete y haz tú lo mismo.

Éste es quizá el tema (dos amores) y la parábola (sacerdote+levita+publicano, con ladrones y heridos de la vida…) quizá más importante de la historia, tal como se cuenta en Lc 10, 30‒37. Quien quiera conocerla bien, vaya al libro de J. P. Meier, Un Judío Marginal V, el tomo dedicado a las parábolas  (o al libro que escribimos J. A.Pagola y un servidor) y descubrirá cosas sorprendentes, que pueden resumirse así:

entrañable-diosINTRODUCCIÓN. DIEZ “TESIS PREVIAS”

  1. Jesús no contó esta parábola al pie de la letra, tal como está en Lc 10, pero ella ofrece quizá el mejor retrato de Jesús, el resumen más certero de su pensamiento y de su vida: No se trata de saber en teoría quién es mi (nuestro) prójimo, sino de hacerme (hacernos) prójimos de los demás, como aquel samaritano.
  2. Entones ¿Quién inventó esta parábola…? (Lc 10, 30‒37). Inventarla nadie; estaba ahí, estaba ahí, en el “aire”, como la estatua de Moisés en el mármol de Carrara, con todos sus elementos. Pero fue posiblemente Lucas quien la formuló de esta manera, como explicación y aplicación del texto anterior (Lc 10, 25‒29), que sí parece haber sido formulada por Jesús, uniendo en uno los dos “mandamientos”: amar a Dios y amar al prójimo.
  3. ¿Pero esta parábola no habla de Dios? No habla, no. De Dios habla el texto anterior, con los dos mandamientos: amar a Dios y amar al prójimo, y parece que la gente ya sabía (creía que sabía) lo que es amar a Dios. El tema es “quién es mi prójimo” para así poder amarle. Así pregunta el “escriba”, una especie de abogado de la iglesia.
  4. El evangelio de Lucas responde poniendo en la boca de Jesús la parábola del Buen Samaritano, que muy posiblemente no la dijo Jesús, pero que refleja a maravilla su enseñanza y movimiento mesiánico‒social, para acabar de forma paradójica, diciendo no importa la teoría (quién es mi prójimo), sino la práctica: cómo hacerte prójimo.
  5. Ciertamente, como prueba J. P. Meier, Jesús enseñó en parábolas (y los evangelios le atribuyen por lo menos unas 40), aunque de forma estricta sólo cuatro parecen seguramente suyas: Grano de mostaza, invitados al banquete, viñadores homicidas y talentos… (como indicaré un próximo día).
  6. La mayoría de las parábolas (¡las más famosas! Hijo pródigo, ovejas y cabras, diez novias…) han sido “inventados” por cristianos, en la línea de Jesús, pero eso que parece “pérdida” es quizá la mejor ganancia: Jesús fue un hombre que no sólo enseñó, sino que enseño a enseñar, contando parábolas, y así, en su línea, para precisar su mensaje y movimiento, la iglesia primitiva fue una exuberancia de parábolas, creadas, recreadas y contadas por gentes cuyo nombre ignoramos. Pablo, que sabía otras cosas interesantes, era un poco negado para contar parábolas, otros le ganaban. Lo mismo pasa con Juan, que era un místico, pero que apenas cuenta parábolas.
  7. Las parábolas de los evangelios sinópticos fueran formuladas por cristianos imaginativos y valientes, entre el 30 y 100 d.C. Pero después, la iglesia posterior en su conjunto ha dejado de contar parábolas, y ha escrito sobre cosas mucho menos importantes: Ha formulado una teología muy seria, ha creado una jerarquía muy vistosa, ha organizado el derecho canónico… pero de parábolas casi nada. Esa es la desgracia: La primera iglesia, cuya memoria recogen Marcos, Mateo y Lucas inventó muy pronto has casi 50 parábolas, que nos siguen sosteniendo hasta el día de hoy… Después prácticamente ninguna. ¡Así nos va!
  8. No, no puedo echar la culpa a la iglesia. Yo me dedico a cosas de estas cosas de Iglesia, y he escrito quizá hasta casi 50 libros de gorda teología, pero parábolas ninguna… ¡Me da mucha vergüenza! Tendría que haber sido al revés: ¡Unos cuatro libros de teología, pero 5 parábolas! Así nos va, hemos hecho una iglesia sin parábolas. Pienso que Jesús y sus “evangelistas” Lucas y Mateo (tejedores de parábolas) se avergonzarían de nosotros…

APUNTES PARA UN COMENTARIO A LA PARÁBOLA DEL BUEN SAMARITANO

Van Gogh-Buen Samaritano (1890)Y con esto dejo el pórtico del libro de J. P. Meier, y paso a al texto y parábola de hoy, Lc 10, 25‒37, que consta de dos partes, con el debate entre Jesús y el buen escriba sobre la buena ley (los mandamientos) y la parábola siguiente. Empiece el lector, si le parece, leyendo por sí mismo el texto.

 Empezará viendo que el “credo” cristiano incluye en principio dos mandamientos de amor (amar a Dios y amar al prójimo), ninguno de doctrina (un tipo de dogmas teológico), ni de prácticas sagradas (ir a mira o celebrar determinadas ceremonias). Este doble mandamiento recoge la experiencia más profunda de la teología israelita, que se funda en el Shema, que trata del amor a Dios, es decir, al principio de la vida (a partir de Dt 6, 4-9; cf. también Dt 11, 13-21 y Num 15, 37-41) y se amplía en la llamada al amor al prójimo, (tomada de Lev 19, 10). Así empieza el texto:

En aquel tiempo, se presentó un Maestro de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna? Él le dijo:¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?”Él contestó: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo. Él le dijo: Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida (Lc 10, 29‒29)

Dos mandamientos. Fe común para judíos y cristianos

 El Maestro de la ley, hombre del Libro, interpreta a Dios como alguien que tiene poder para mandar, es decir, para imponer unos preceptos a sus criaturas, en este caso a los judíos. Ciertamente, su pregunta es buena y veremos que Jesús la admite, pero está sesgada al suponer que en el principio se halla la entolê, es decir, aquello que Dios ha mandado cumplir a los hombres. El problema no está en que los mandatos sean numerosos (más tarde se recopilan 248 positivos y 365 negativos, en total 613), pues muchos de ellos resultan obvios para los que viven dentro de una sociedad organizada en esa base.

Por eso, situados en su propio contexto, los judíos del tiempo de Jesús y sus sucesores no se pueden tomar como legalistas en el sentido peyorativo del término. No son legalistas, pero piensan que su vida se encuentra fundada sobre leyes de Escritura/Tradición que se presentan como voluntad de Dios. De todas maneras, es importante discernir: saber dónde se encuentra el centro y clave de los mandamientos, como hace nuestro escriba. No los discute; quiere organizarlos de forma que puedan integrarse como un todo armonioso. Esta es la función de los escribas: traducir una Escritura histórica/narrativa en formas de código legal. Por eso, en el fondo de los mandamientos buscan el mandamiento, como si los 613 preceptos se pudieran condensar en una misma y única raíz. Pues bien, este escriba sabe, es un buen judío: sabe que todos los mandamientos se resumen en dos.

Es un amor en dos amores, dos artículos del “credo” cristiano

Este credo es un credo fácil y en principio pueden aceptarlo no sólo los cristianos, sino también los judíos, y otros creyentes (budistas, hindúes) e incluso no creyentes, siempre que ‘Dios’ sea símbolo de aquello que define y sustenta en plenitud a los humanos, sabiendo que ha llegado el ‘tiempo’ de la plenitud. Pero es un credo exigente, pues implica descubrir al prójimo y amarle (es ‘como yo’).

Teóricamente parece más fácil creer en la Trinidad y otros ‘dogmas’ cristianos, judíos o musulmanes, pues lo que ellos piden puede aceptarse básicamente, sin cambiar vida de los fieles. Pero, de hecho, este mandato de amor al prójimo, unido al del amor de Dios, es más exigente y define toda la vida y acción de los fieles. Este es un credo de racionalidad comunicativa y supone que los hombres pueden y deben comunicarse, pues se encuentran fundados en una Gracia antecedente de Amor que es Dios, a quien conciben como principio de toda unión de amor. Este es un credo de comunión inter-humana: el creyente encuentra a Dios como Amor en las raíces de su vida (en su corazón y en su mente), descubriendo que puede y debe amar a los demás como ‘otro yo’, aceptarles como diferentes.

El tema es entender el sentido del prójimo

             Hay una tendencia a entender el prójimo en línea de grupo nacional, familiar, social, distinguiendo así los de “cerca” (los nuestros) y los otros.

 Prójimo sería ante todo el cercano, aquel que forma parte de mi grupo social y religioso, del buen sistema. Con él me debo vincular, a él he de amar de modo peculiar, al menos mientras dura el tiempo de prueba y división de nuestra historia. De esa forma, el shema (escucha…) puede encerrar a quien lo afirma en los muros de un grupo (Israel), de manera que el amor a Dios confirme y ratifique la identidad de los elegidos de la alianza (los judíos). El amor se interpreta así en sentido restrictivo y se aplica conforme al talión: “Habéis oído que se ha dicho: amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo” (Mt 5, 43). Prójimo es el hermano israelita: es ‘como yo’, es de mi pueblo. Leer más…

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Carola Rackete, la buena samaritana. Domingo 15º. Tiempo ordinario. Ciclo C

Domingo, 14 de julio de 2019

Carola RacketeDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

La figura de esta joven capitana del Sea Watch 3, ordenada detener por Matteo Salvini, Ministro del Interior italiano, por recoger a emigrantes ilegales en el Mediterráneo (ya ha sido puesta en libertad) ha provocado reacciones opuestas. La mayoría la defiende y aplaude. Otros, incluso sintonizando con la tragedia humana de esas personas, piensan que la ley debe cumplirse. Algunos, que si es alemana, se los lleve a Alemania. Este caso viene como anillo al dedo para entender la parábola del buen samaritano. Cuando la leemos, nos parece perfecta, con un mensaje precioso. Cuando conocemos las circunstancias, advertimos la mala idea que tiene y las opiniones enfrentadas que pudo desatar.

1ª lectura ¿Es muy difícil saber cómo salvarse?

            La respuesta del Deuteronomio es clara: no hay que subir al Himalaya ni atravesar el Atlántico para saber lo que Dios quiere de nosotros. Lo que Dios quiere del israelita está escrito “en el código de esta ley”, que se limita a los capítulos 12-26 del Deuteronomio. No se trata de estudiar mucho sino de convertirse con todo el corazón y toda el alma, y de poner en práctica lo que allí se dice.

Moisés habló al pueblo, diciendo:

            ‒ Escucha la voz del Señor, tu Dios, guardando sus preceptos y mandatos, lo que está escrito en el código de esta ley; conviértete al Señor, tu Dios, con todo el corazón y con toda el alma. Porque el precepto que yo te mando hoy no es cosa que te exceda, ni inalcanzable; no está en el cielo, no vale decir: “¿Quién de nosotros subirá al cielo y nos lo traerá y nos lo proclamará para que lo cumplamos?” Ni está más allá del mar, no vale decir: “¿Quién de nosotros cruzará el mar y nos lo traerá y nos lo proclamará, para que lo cumplamos?” El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo.

            Pero al Deuteronomio le ocurrió un problema. Aunque el texto era intocable, y nadie estaba autorizado a quitar ni añadir nada, la interpretación de sus normas fue creciendo de forma incontrolada. En tiempos de Jesús, el judaísmo contaba 613 mandamientos (365 prohibiciones y 248 preceptos) capaces de volver loco a cualquier persona.

            Ante este cúmulo de mandamientos, es lógico que surgiese el deseo de sintetizar, o de saber qué era lo más importante. A propósito de los famosos rabinos Shammay y Hillel, que vivie­ron pocos años antes de Jesús, se cuenta la siguiente anécdota. Una vez llegó un pagano a Shammay, famoso por su intolerancia, y le dijo: “Me haré prosélito con la condición de que me enseñes toda la Torá mien­tras aguanto a pata coja”. Él lo echó, amenazándolo con una vara de medir que tenía en la mano. Entonces fue a Hillel, famoso por su tolerancia, que le dijo: “Lo que no te guste, no se lo hagas a tu prójimo. En esto consiste toda la Ley, lo demás es interpreta­ción”. También del Rabí Aquiba (+ hacia 135 d.C.) se recuerda un esfuer­zo parecido de sintetizar toda la Ley en una sola frase: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo; este es un gran princi­pio general en la Torá”.

            En los evangelios hay diversos intentos de simplificar la cuestión con una respuesta breve y drástica. El más famoso es la Regla de oro, con la que cierra el evangelio de Mateo el Sermón del Monte: “Tratad a los demás como queréis que os traten a vosotros. En esto consiste la ley y los profetas” (Mt 7,12). El tema reaparece en el episodio de hoy, cuando le preguntan a Jesús cuál es el mandamiento principal. El relato de Lucas introduce cambios muy significativos en el de Marcos.

El escriba bueno de Marcos

            Los escribas, equivalentes a los doctores de teología actuales, pero con mucho más poder, autoridad y prestigio, no quedan bien en los evangelios. Generalmente aparecen junto a los fariseos, como adversarios de Jesús. Menos en este caso de Marcos, donde un escriba pregunta a Jesús cuál es el mandamiento principal, y él le responde: amar a Dios y amar al prójimo. La reacción del escriba es alabar a Jesús, que le devuelve la alabanza.

El legista malintencionado de Lucas

            El protagonista del relato de Lucas no viene con buena intención, pretende poner en un aprieto a Jesús; y no plantea una cuestión teórica (“¿cuál es el mandamiento principal?”) sino muy personal: “¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”.

            Jesús no cae en la trampa. En vez de responder, pregunta: “¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?” Y el legista se ve obligado a reconocer que sabe perfectamente lo que debe hacer: amar a Dios y al prójimo. Jesús, con cierta ironía, le indica que su problema no consiste en saber lo que tiene que hacer, sino en hacerlo.

            Aquí podría haber terminado todo. Pero el legista, que tiene la sensación de haber quedado en ridículo, para justificarse plantea una cuestión filosófico-teológica: “¿Y quién es mi prójimo?” Afortunadamente, Jesús no era alemán. No le da una conferencia de Antropología ni le escribe un Manual de quinientas páginas intentando aclarar esa intrincada cuestión. Se limita a contar una parábola.

            ‒ Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto.

            Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo.

            Lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo

            Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él y, al verlo,

            le dio lástima,

            se le acercó,

            le vendó las heridas,

            echándoles aceite y vino,

            y, montándolo en su propia cabalgadura,

            lo llevó a una posada

                        y lo cuidó.

            Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo:

            ‒ Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta.

           La parábola ofrece dos modelos de conducta: la del sacerdote y el levita, que ante el pobre hombre asaltado y malherido por los bandidos dan un rodeo y pasan de largo, y la del samaritano que siente lástima, se acerca, echa aceite y vino en las heridas, las venda, lo monta en su cabalgadura, lo lleva a una posada, lo cuida y paga su estancia. Son siete acciones, basadas todas ellas en el sentimiento inicial de lástima.

            Al legista podría resultarle ofensivo que le cuenten un cuento. Pero Jesús no le da tiempo a protestar, pasa directamente al ataque, obligándole a reconocer que lo importante es comportarse como prójimo.

            ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos? 

            Él contestó: El que practicó la misericordia con él.

            Díjole Jesús: Anda, haz tú lo mismo.

            Lo importante no es discutir sino actuar.

La mala idea de la parábola

            A muchos les gustaría limitar la parábola al ejemplo del samaritano y dejarnos con buen sabor de boca. Pero Lucas, del que siempre alabamos su bondad, resulta en este caso muy hiriente. No le basta un protagonista, necesita tres. Y los elige con toda la intención: un sacerdote, un levita, un samaritano.

            El sacerdote y el levita, los personajes especialmente consagrados a Dios, hacen exactamente lo mismo: dan un rodeo y siguen su camino. ¿Por qué actúan de este modo? ¿Porque son malos y egoístas? No. Porque si el herido no está herido, sino muerto, basta tocarlo para quedar impuro.

            La ley es tajante: “El sacerdote no se contaminará con el cadáver de un pariente, a no ser de pariente próximo: madre, padre, hijo, hija, hermano o de su propia hermana soltera, no dada en matrimonio. Queda profanado” (Levítico 21,2-4). Si no pueden contaminarse con un pariente, mucho menos con un desconocido al borde de la carretera.

            Y lo que se deduce es trágico: es la ley de Dios la que impide practicar la misericordia y comportarse como prójimo del herido.

            Lucas podría haber buscado como tercer protagonista a un cura progre o a un diácono permanente sin obsesión por la ley. Elige al menos indicado: un samaritano. El personaje más odioso y despreciable para un judío, miembro de un pueblo que, según el libro de los Reyes, “no veneran al Señor ni proceden según sus mandatos y preceptos”. Irónicamente, un representante de este pueblo que no venera al Señor ni procede según sus mandatos y preceptos es quien actúa con misericordia y se comporta como prójimo.

            Dejo al lector decidir si esta parábola le recuerda la historia de Carola Rackete. Y recordar las palabras finales de Jesús: «Ve, y haz tú lo mismo».

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Domingo XV del Tiempo Ordinario. 14 julio, 2019

Domingo, 14 de julio de 2019

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“…, al llegar junto a él y verlo sintió lástima. Se acercó y le vendó las heridas, después de habérselas curado con aceite y vino; luego lo montó en su cabalgadura, lo llevó al mesón y cuidó de él.”

(Lc 10, 25-37).

Es llamativo pero las tres historias la del sacerdote, la del levita y la del samaritano empiezan casi de la misma manera: “al verlo”. La diferencia es que el samaritano al mismo tiempo que lo ve ya está llegando “junto a él” y los otros dos, antes de acercarse lo ven y se alejan definitivamente.

Cuando vemos las cosas “desde lejos” es más fácil “pasar de largo”. Cuando los acontecimientos nos tocan de cerca es más sencillo que nos impliquemos. Lo que nos convierte en “buenos samaritanos” es la capacidad de sentirnos “cerca” de las demás personas y de sus sufrimientos.

Y esa capacidad es una semilla divina, un rasgo que nos asemeja a Nuestro Buen Dios que quiso hacerse uno de nosotros.

Dios, para la fe cristiana, es el “próximo”, el Cercano. El que se ha mezclado en nuestra historia. En Jesús Dios se ha ENCARNADO y nos invita a acercarnos unos a otros.

Solo cuando “nos acercamos” empezamos a saber lo que tenemos que hacer. Desde lejos es imposible actuar y lo único que vemos con claridad son las dificultades.

Cuando nos quedamos a distancia nos sucede como al sacerdote o al levita: nos invade el miedo. Solo vemos problemas y peligros, y en consecuencia, huimos. Nos alejamos más y más. El miedo nos quita lo más divino que tenemos: el amor compasivo.

Pero cuando además de ver nos acercamos, nos asemejamos más y más a Dios Trinidad. Emerge la misericordia. “Verlo”, ver al hombre caído y conmoverse es nuestra esencia más profunda. Por eso, cuando nos mueve la misericordia hacemos milagros.

Os dejamos el ejemplo actual de Lucia Lantero.

Oración

Conéctanos, Trinidad Santa, con la misericordia que nos asemeja a ti. Permítenos “ver de cerca” para que se conmuevan nuestras entrañas. Amén.

 

*

Fuente:  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

***

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Sin prójimo no hay Dios que valga

Domingo, 14 de julio de 2019

buensamaritano1Lc 10,25-37

Hoy la primera lectura nos da la clave para entender el evangelio. La voluntad de Dios no viene de fuera, sino que es una exigencia de nuestro ser. Dios no crea al ser humano y luego le impone unas obligaciones. Dios no tiene “voluntad”, porque no tiene partes ni cualidades ni potencias. Es un “ser” simplicísimo. Lo que Dios espera es que despleguemos esas posibilidades (exigencias) que nacen de nuestro ser más profundo. ¡Cuanto fundamentalismo se evitaría si tuviéramos en cuenta esta simple verdad!

El jurista sabía la respuesta, luego no pregunta para aprender, sino para examinar. Jesús se lo hace ver, haciendo que él mismo responda. Lo que no estaba tan claro era quién era Dios y quién era el prójimo. Aquí sí que había y sigue habiendo mucho que aclarar… Jesús habla de superar la Ley como venida de un Dios que desde fuera y desde arriba nos exige normas de conducta que van en contra de nuestros intereses. Como la primera lectura de hoy, Jesús habla de una ley no escrita que llevamos todos dentro y que hay que descubrir.

Solo Lc narra esta maravillosa parábola del “buen samaritano”. Como todas, no necesita explicación. Lo único que exige es implicación. El oyente tiene que tomar partido después de oírla. Si no lo hace, la narración carece de sentido. Se nos invita a descubrir una manera nueva de ser humanos. No basta ser religioso y tener muy buenas relaciones con el Dios del templo, aunque sea sacerdote o levita, hay que hacerse prójimo. La parábola nos propone dejar de considerarse a sí mismo el ombligo del mundo y poner en el centro al otro.

Cuando pregunto, ¿quién es mi prójimo?, presupongo que puede haber alguien que no lo es y tendría que amar solo al que lo es. En algunos casos, en el AT, el prójimo tenía este sentido. La religión judía nació como un medio de aglutinar un pueblo en torno a un Dios, con unas obligaciones que le permitían asegurar una cohesión interna capaz de superar el egoísmo destructor. Para nada pensaban en un amor universal, sino en un amor a los pertenecientes al pueblo, con la finalidad de defenderse de los que no pertenecían a él.

La pregunta presupone que el ser o no ser prójimo depende del otro, o de las circunstancias. Este es el fundamento de la mentalidad legalista que excluye toda aproximación. La ayuda al miserable desde el estricto cumplimiento de la Ley no excluye el sentimiento de superioridad o desprecio. Cumplo lo mandado pero no me involucro en la situación del otro. Simplemente lo hago “por amor a dios”. Esta es la trampa donde hemos caído. Lo que hizo el Samaritano está a años luz de esta actitud. Se aproxima, lo cura, lo venda, lo lleva a la posada, etc.

El relato es típico de la literatura oriental, pero los personajes implicados en él, lo convierten en provocador. Los oficiales de la religión están demasiado preocupados por la legalidad y la pureza para preocuparse de los demás. Para el sacerdote y el levita, lo primero era la Ley. Para el samaritano, lo primero era el hombre. El hereje, el idólatra, el impuro, odiado precisamente por no ser religioso, no está sujeto a normas externas, lleva la ley en el corazón. La palabra empleada en griego para indicar que se conmueve, nos indica que el Samaritano se dejó llevar por su verdadero ser desde el interior y acabó imitando a Dios.

La parábola, no deja lugar a duda sobre lo que Jesús entendía por próximo. Prójimo es todo aquel con quien me encuentro en mi camino. Prójimo es aquel que me necesita. Estamos equivocados al pensar que el prójimo lo puedo determinar yo. Jesús nos dice que el prójimo se me impone, aunque yo puedo tomar la decisión de escamotear esa presencia e ignorarlo. Cuando me niego a verlo, estoy fallando, buscando excusas para escapar a esa imposición que me saca de mi programación, de mis planes, a veces tan religiosos ellos.

Estamos equivocados cuando pensamos que si me acerco a otra persona para ayudarla, estoy haciendo una cosa buena, pero que si no la ayudo, no pasa nada, porque yo soy libre de ayudarla o de no ayudarla. No vemos como una necesidad el ayudarla, sino como una posibilidad que se me ofrece y que yo puedo aprovechar. No, debemos sentir esa ayuda como una urgencia. Soy capaz de programar un prójimo para una hora determinada, pero rechazo instinti­vamente al que se me impone sin mi consentimiento.

Tanto en el AT como en el evangelio, se entiende a Dios como cosa, es decir como alguien que existe al margen de la creación. Hoy sabemos que Dios está en las cosas, no al margen de ellas, ni por encima de ellas. Si pudiéramos ver la creación desde Dios veríamos que no se diferencia en nada de ella. La creación es la manifestación de Dios. Vista desde la criatura, sí hay diferencia, pero no por lo que la creación es, sino por lo que no es; por sus limitaciones. Dios es infinito, la criatura no, ni por separado ni en conjunto. Si en todas las cosas está Dios, es claro que en cualquier ser humano se está manifestando su presencia.

Aclaremos esta idea con el ejemplo de la luz. La luz no se puede ver. Los espacios intersiderales son inmensos vacíos en absoluta oscuridad, aunque la luz los traviesa. Solo cuando los fotones encuentran a su paso algo material, puedo descubrir los reflejos de la luz en ese objeto. Esto pasa con Dios, no se le puede ver más que reflejado. Para cada uno de nosotros no hay más Dios que el que podemos ver en la creación. La conclusión es clara: No puedo pensar en un Dios al margen de la creación, porque sería un ídolo. Por lo tanto, no puede haber dos mandamientos. Amo a Dios solo en la medida que amo a sus criaturas.

Hay una frase, que empleamos siempre para justificar nuestro egoísmo, pero que es verdadera: “el amor bien entendido empieza por uno mismo”. Efectivamente, descubriendo la luz que se refleja en mi propio ser, estaré capacitado para verla en los demás. El Dios que descubro en mí es el mismo que debo descubrir en los demás. Si me doy cuenta de lo que soy en el Todo, veré al otro insertado en el Todo. Si creo que soy una mónada aislada, veré al otro algo distinto de mí, que me estorba, y no encontraré motivos para amarlo.

Cuando tenga claro esto, solucionaré el problema de mi egoísmo. Es falsa la creencia de que yo soy una individualidad aislada, que tengo existencia y consistencia propia. Yo, separado del creador y de las demás criaturas, no soy nada. Lo que constituye mi ser y lo que constituye el ser de los demás, es la misma Realidad: Dios que está fundamentando mi propio ser y el de los demás. Por tanto, no puedo ir en contra de los demás sin ir en contra mía. El día que descubra lo que no soy, habré dado un paso hacia el verdadero amor.

El prójimo está siempre ahí, a tu vera. Descubrirlo y aceptarlo depende solo de ti. Siempre que te aproximas a otro para ayudarle de cualquier forma, lo estás convirtiendo en próximo. Cada vez que haces a uno prójimo, te estás acercando a ti mismo y te estas acercando a Dios. Cada vez que superas tu egoísmo y pones al otro en el centro, te acercas a la plenitud de humanidad. Siempre que das un rodeo para pasar de largo ante el dolor ajeno, te estás alejando de ti mismo y de Dios. Una religiosidad que me permite vivir sin verme afectado por los problemas de los demás será siempre una religiosidad falsa.

 

Meditación

Prójimo es todo aquel que me necesita
si estoy dispuesto a ayudarlo, a ser más humano.
No debo pensar solamente en las necesidades materiales.
Si creo que puedo amar a Dios desentendiéndome de otro,
es que no he entendido nada del mensaje de Jesús.
Si no descubro a la persona que me necesita,
es que no me preocupo de lo que pasa en mi interior.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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¿Quién es mi prójimo?

Domingo, 14 de julio de 2019

5895B019-3A65-4BEE-B4DC-217BF500B905La religión dice “debes amar a tu prójimo”. Estoy seguro que la religión no conoce a mi prójimo (Peter Ustinov)

14 de julio 2019. DOMINGO XV DEL TO

Lc 10, 25-37

Él, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? (v29)

¿Cuántas veces nos hemos formulado nosotros semejante pregunta? ¿Tenemos conciencia de que si no hemos tenido respuesta es que somos dudosamente acreditados cristianos? Pues si así fuere, ahora mismo al Ministerio del Interior de Galilea, decirle que nos otorgue un nuevo DNI, como el de un tal Jesús de Nazareth, o el de Francisco de Asís, con o sin lobo. Y luego a hacerlo real en la vida diaria como le hicieron ellos.

El primero, cuando a la pregunta del legalista que le pregunta: “Y, ¿quién es mi prójimo?” Jesús le responde con la parábola de El Buen Samaritano:

“Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores, que, después de despojarle y golpearle, se fueron dejándole medio muerto”Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verlo tuvo compasión; y, acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándolo sobre su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y cuidó de él”. (Lc 10, 29-37

El segundo, cuando se fue con el lobo a predicar en la plaza del pueblo. Todos le escucharon y se arrepintieron. Pidieron al cura que les confesara y luego se fueron tranquilos a casa. El cura fue al arzobispado y pidió penitencia en el confesionario.

Y desde aquel día, arzobispo, cura y feligreses, colgaron escopetas y llevan comida al lobo de Gubbio y a Francisco al convento. Desde aquel fausto día, feligreses, cura, arzobispo y lobo del pueblo de Asís, pueden escuchar el eco de estas palabras, que el viento de Galilea trae hasta Italia: “Vete y haz tú lo mismo”, que Jesús le dijo a un doctor.

¿Oímos nosotros el eco, o es que padecemos hipoacusia?

Y al son de su triste queja / a la luna llora
Como cantó el grupo argentino Los Wawanco en El trovador y la luna

Y al son de su triste queja
a la luna llora

FRANCISCO DE ASÍS Y EL LOBO DE GUBBIO

Francisco salió:
al lobo buscó
en su madriguera.

Francisco, con su dulce voz,
alzando la mano,
al lobo furioso dijo: ?¡Paz, hermano
lobo! El animal
contempló al varón de tosco sayal;
dejó su aire arisco,
cerró las abiertas fauces agresivas,
y dijo: ?¡Está bien, hermano Francisco!

¡Que Dios melifique tu ser montaraz!
Está bien, hermano Francisco de Asís.
Ante el Señor, que todo ata y desata,
en fe de promesa tiéndeme la pata.
El lobo tendió la pata al hermano
de Asís, que a su vez le alargó la mano.
Fueron a la aldea. La gente veía
y lo que miraba casi no creía.
Tras el religioso iba el lobo fiero,
y, baja la testa, quieto le seguía
como un can de casa, o como un cordero.

Francisco llamó la gente a la plaza
y allí predicó.
Y dijo: ?He aquí una amable caza.
El hermano lobo se viene conmigo;
me juró no ser ya vuestro enemigo,
y no repetir su ataque sangriento.
Vosotros, en cambio, daréis su alimento
a la pobre bestia de Dios. ?¡Así sea!,
contestó la gente toda de la aldea.
Y luego, en señal
de contentamiento,
movió testa y cola el buen animal,
y entró con Francisco de Asís al convento.

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Sin rodeos ante el prójimo

Domingo, 14 de julio de 2019

img_4347_buon_samaritano_c0Lc 10, 25-37

14 de julio de 2019

El Evangelio de este domingo nos presenta la parábola del Buen Samaritano como eje central del mensaje. Es una parábola muy conocida y usada en cuestiones de moral social para enseñarnos cómo situarnos ante las personas que están en situación de necesidad. Muchos creyentes sentimos mucho respeto hacia esta parábola no solo por el compromiso con los que sufren, sino por su contenido provocador en cómo vivir coherentemente nuestra fe.

La parábola del Buen Samaritano está situada entre los pasajes que aluden al viaje de Jesús de Cafarnaún a Jerusalén. Es narrada a partir de un encuentro entre Jesús y un maestro de la ley. Este grupo de judíos eran eruditos en el conocimiento de la ley, pero la practicaban poco. El gesto de levantarse este maestro ya indica su posición de poder desde el status que la estructura religiosa judía le había concedido. El maestro de la ley pretende poner a prueba a Jesús. Su manera de acercarse a Jesús ya está condicionada por su objetivo de encontrar argumentos para denunciarle. Claramente se ve en ese diálogo que a Jesús no le interesa entrar en discusión. El maestro de la ley le pregunta qué hacer para alcanzar la vida eterna y Jesús responde remitiéndole a sus conocimientos, a su mundo judío, a encontrar respuesta en sus tradiciones y su universo religioso. El maestro no parece estar satisfecho con la contestación de Jesús porque nada ha dicho que pueda hacer sospechar. Por eso el maestro insiste: ¿Y quién es mi prójimo? Probablemente una respuesta teórica de Jesús hubiera sido motivo claro de enfrentamiento, sin embargo, prefiere una respuesta abierta y susceptible de interpretación. Su inteligente estrategia consiste en responder narrando una parábola. Sobre la cuestión del prójimo no se teoriza, es mucho más que un discurso explicativo, con el prójimo se actúa y no para alcanzar la vida eterna, sino para recuperar su dignidad. Jesús usaba con frecuencia el género literario de la parábola, una composición didáctica que impactaba en el oyente para posicionarse ante diferentes realidades necesitadas de liberación.

En esta parábola aparecen personajes o grupos de personas con sus respectivas actitudes que Jesús pone delante para cuestionarnos en lo que necesitamos mover para vivir más auténticamente nuestra fe.

Por un lado, el hombre herido que es asaltado por unos bandidos. La ruta que hacía este hombre era muy insegura, un camino desértico, solitario y buen refugio para salteadores. Solía haber muchos asaltantes en los bordes de estos caminos, muchos de ellos desesperados ante el empobrecimiento que estaba generando la carga de impuestos que debían pagar al Imperio. Incluso eran grupos organizados y manejados por otros.

El hombre malherido queda medio muerto y es visto por tres personajes que, sin duda, representan tres posiciones que podemos vivir ante la necesidad del prójimo. Estos personajes pasan por donde estaba este hombre y le ven, pero sólo uno reacciona implicándose en la situación. El sacerdote da un rodeo y pasa de largo. Los sacerdotes judíos lo eran por nacer en una familia sacerdotal y no por vocación. Debían vivir en un alto estado de pureza y no tocar a enfermos, sangrados o tener contacto con muertos, muy rigurosos y escrupulosos con estos ritos. Si hubiera tocado a este herido quedaría impuro y no podría celebrar la liturgia. Lo mismo ocurre con el levita. Un levita sería semejante a la figura de un sacristán: para organizar cantos, celebraciones litúrgicas, asistir a los sacerdotes y también lo eran por pertenecer a los descendientes de la tribu de Leví. También ve la situación, igualmente da un rodeo y pasa de largo.

La narración de la parábola se rompe cuando entra en escena un samaritano cuya actitud contrasta y pone en evidencia a los servidores del Templo. Jesús no inventa este personaje de manera casual, hay una clara intención de desmontar los elementos inútiles, perjudiciales y deshumanizadores de la ley. Los samaritanos eran muy mal vistos por los judíos porque creían en otros dioses o en ninguno y no pertenecían al Pueblo elegido. El samaritano no tiene ataduras a la ley, no se centra en su cumplimiento estricto, trasciende las normas paralizantes y es libre de lo más dogmático y cerrado. Su proceso de reacción es una clara referencia a lo que Jesús quiere que vivamos con respecto al prójimo. Primero siente com-pasión, es decir, padecer (sentir) con… Sus emociones se despiertan de una manera empática, se pone en el lugar del malherido y se hace hermano de su sufrimiento. Pero no es suficiente este primer paso. Con frecuencia nos quedamos en este universo emocional, que no está mal, pero raquítico para resolver lo que padecen nuestros hermanos y hermanas sufrientes. Esta com-pasión moviliza al samaritano para actuar. Dice el texto que con miseri-cordia, es decir, poniendo corazón en la miseria y necesidad, actuando de manera concreta y dando de sí mismo mucho más que un sentimiento. Esta es la ruta que Jesús vivió y que somos llamados a vivir todos sus seguidores y seguidoras. Sólo desde esa liberación del ritualismo, del deber hacer de una manera automática, de vivir sometidos a estrechas normas, se puede despertar nuestra capacidad de compromiso auténtico.

No olvidemos que el origen de esta situación parte de un maestro de la ley que busca respuestas para alcanzar la vida eterna, para salvarse. Jesús es radical en su propuesta a través de esta parábola. La salvación o plenitud humana pasa por reconocer mi dignidad y la dignidad de quien tengo al lado, no porque hacer el bien me vaya a “salvar” sino porque es mi hermano, mi hermana, y vamos a “salvarnos” juntos. Mirar al prójimo desde los aspectos más periféricos, sus roles, culturas, ideologías, nos va a conducir a una vida individualista, insolidaria, enfrentada y egocéntrica.

¿Cuáles son esos rodeos que damos en la vida para no hacernos cargo de nuestro prójimo? ¿Qué nos ata de tal manera que nos conformamos con tener la conciencia tranquila porque “sentimos” el dolor del otro? ¿Por qué no terminamos de asentarnos en una fe madura, adulta, comprometida y transformadora? Quizá este domingo sea una oportunidad para intentar liberarnos de aquello que nos paraliza y nos sigue manteniendo en nuestra zona de confort religiosa. Y claro que podemos conseguirlo si conectamos con lo esencial que somos y con quien nos hace SER permanentemente.

FELIZ DOMINGO

Rosario Ramos

Fuente Fe Adulta

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La sabiduría se verifica en la compasión

Domingo, 14 de julio de 2019

CompasiónDomingo XV del Tiempo Ordinario 

14 julio 2019

Lc 10, 25-37

            Parece claro que el mensaje de Jesús cautivaba por su sencillez, su insistencia en la práctica –no en las creencias– y por colocar, como eje de la misma, la compasión. Todo ello queda sintetizado en la expresión con que despide al doctor de la ley: “Anda, haz tú lo mismo”.

            El texto afirma que el letrado se acercó a Jesús para “ponerlo a prueba”, probablemente, desde una actitud de superioridad, que atribuiría a su propia condición de “teólogo oficial” del judaísmo.

        Desde la comprensión y el respeto, empezando por lo que fácilmente podía entender –los mandatos del amor a Dios y al prójimo estaban recogidos, respectivamente, en los Libros del Deuteronomio (6,5) y del Levítico (19,18)–, Jesús da la vuelta a su planteamiento y lo hace aterrizar.

          En cuanto al primer punto, la pregunta –viene a decir el Maestro de Nazaret– no es: “¿quién es mi prójimo?”, sino más bien esta otra: “¿de quién estoy dispuesto a hacerme prójimo?”; ¿realmente vivo una actitud de ayuda a quien lo necesita? La pregunta del doctor suena “teórica”; la que propone Jesús desnuda la intención y obliga a posicionarse.

          Y por lo que se refiere al segundo, al letrado que formula una cuestión teórica, buscando “heredar la vida eterna”, Jesús lo hace aterrizar en lo que es la ayuda compasiva y eficaz. Como si le dijera: no se vive el amor para “salvar la propia vida”, sino como fin en sí mismo, como expresión de lo que somos.

          La sabiduría afirma que lo que llamamos “realización” tiene dos alas, necesariamente unidas: la comprensión y la compasión. Y no se trata de dos realidades yuxtapuestas, sino de las dos caras de la misma realidad. Quien comprende lo que somos –desde la certeza de no separación con todos– no puede no vivir la compasión; y quien vive la compasión ya está comprendiendo lo que somos (aunque ni siquiera lo haya conceptualizado). Por el contrario, tanto la comprensión sin compasión como esta sin aquella no son sino maneras narcisistas que no buscan otra cosa que la autoafirmación del yo, un yo que presume de ser “sabio” o “compasivo”.

¿De quién estoy dispuesto/a a hacerme prójimo?

Fuente Boletín semanal

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¿Una Iglesia de curas o de buenos samaritanos?

Domingo, 14 de julio de 2019

índiceDel blog de Tomás Muro la Verdad es libre:

Introducción

El diálogo que Jesús sostiene con un maestro de la ley y que culmina con la espléndida parábola del Buen samaritano, tiene hondos contenidos para la vida humana y también para quienes pretendemos estructurar nuestra vida conforme a Jesucristo.

En los conflictos entre leyes y en los conflictos de conciencia, lo que debe prevalecer es el bien de las personas. El sacerdote tenía motivos muy serios para no mancharse de sangre. Lo mismo el levita. Por eso pasan de largo y dejan “tirado” a un hombre, porque tienen que cumplir con sus deberes religiosos. Su obligación religiosa se complicaba si atendían al herido. Solo un señor extranjero, medio pagano (samaritano), porque no valora ni el tiempo ni el dinero, ni la religión, siente lástima, se conmueve, interrumpe su viaje, analiza la situación y decide ayudar al que estaba abandonado en la carretera.

  1. ¿Qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?

El maestro de la ley pregunta a Jesús acerca de lo que hay que hacer para tener Vida, vida definitiva, que dirá San Juan.

Si pensamos un poco a fondo es también nuestra cuestión y nuestro problema. ¿Qué hay que hacer en este pueblo y en esta civilización nuestra para tener vida, para poder vivir? Lo que está en juego es la Vida. ¿Cómo vivir bien?

¿Qué hay que hacer en la vida familiar, social, cultural, política, en la vida eclesial  para que podamos vivir, para tener vida?

¿Qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?

Sentir lástima, compasión.

  1. La ley.

         Es lógico que los maestros de la ley recurran a ella, a los mandamientos para ganar la vida eterna.

         Una moral legalista, una religión formalista y exigente es un sistema de compra-venta. Está mandado hacer “tal cosa”. Yo la cumplo y la Iglesia y Dios me pagan lo que deben: me tienen que dar el cielo.

Pero Jesús va por otros derroteros.

Jesús siente lástima, compasión.

El sacerdote, el levita, cumplieron con la ley. Hicieron lo que tenían que hacer:

Según Jesús, no parece que el culto, los hombres del culto sean los que mejor nos pueden indicar cómo hemos de tratar a los que sufren, sino las personas que tienen corazón. Posiblemente Dios nos hable por medio de una gran liturgia pontifical, pero más bien parece que los que están tirados en las cunetas de la vida son quienes nos hablan de Dios.

         En la parábola del buen samaritano no aparece ni una sola palabra o gesto estrictamente religioso. No hay alusiones a la ley, al rito, al templo, al dogma, etc.

         Un samaritano pasaba por allá y sintió lástima, se acercó y le vendó las heridas, lo llevó al “hospital”, lo cuidó, pagó la factura del hospital (dos denarios), se comprometió a volver y puso todo lo suyo para ayudar al otro.

La ley hace lo que tiene que hacer. El sacerdote fue a decir misa y el levita a ayudarla. La ley no es específicamente cristiana.

Lo cristiano -y lo humano- está en la actitud del samaritano: sintió lástima.

  1. Sentir lástima.

Los samaritanos eran lo opuesto a la ley judía y, como pueblo, enfrentado al mundo judío.

Este hombre samaritano sintió lástima.

San Lucas resalta esta actitud de Jesús:

  • o Cuando Jesús se encuentra con la mujer viuda que acompaña a su hijo muerto: sintió lástima. (Lc 7,13)
  • o Cuando el hijo pródigo vuelve a casa, su padre: sintió lástima. (Lc 15,20).

Quizás dentro y fuera de la Iglesia, en los ámbitos educativos, políticos y eclesiásticos se nos ha olvidado ya lo que es sentir lástima y misericordia.

Vivimos de otros criterios, incluso valores. Pero se nos ha olvidado lo fundamental: el perdón, la misericordia, sentir lástima, compasión.

En la Iglesia hemos preferido y optado por la ultraortodoxia vehiculada a golpe de intransigencia y fanatismo. Los obispos están preocupados porque no hay curas que digan Misa en las parroquias, pero les preocupa poco si un cura o los laicos van a visitar (cuidar) de los enfermos, de los pobres. Para cuidar de los enfermos no hacen falta curas.

En el mundo profano predominan la riqueza, la corrupción, el poder, la nación, la tecnología, el racismo y el odio. Quizás somos un pueblo -unos pueblos- y unas gentes que no sabemos ya lo que es sentir lástima, bondad, misericordia, perdón, lo que es la ternura y la comprensión, no tenemos vida.

Para tener vida es importante estimar al ser humano, valorarlo, atender a razones, enseñar a ayudar, sentir lástima, perdonar, curar.

Sentir lástima es una actitud muy humana, humanista y cristiana. En algunas diócesis se cultiva y permanecemos en el fanatismo de la superortodoxia inquisitorial, de la ley, del ritualismo a ultranza.

  1. Cambios en la Iglesia.

Es triste leer cosas como las que recoge Ch Duquoc de la experiencia eclesial de L. Boff:

+ La experiencia subjetiva del poder doctrinal que yo he vivido durante veinte años puedo resumirla con estas palabras: es cruel y carece de piedad. El poder doctrinal no olvida nada, no perdona nada.[1]

+ El moralista B Häring, en un librito en el que recogía parte de sus memorias, decía que “prefería volver a ser juzgado por la Gestapo, que ser juzgado por la S Congregación para la Doctrina de la fe”.

+ La misma experiencia dura y triste que sufrió el P. Dupuis por parte de la S Congregación para la Doctrina de la fe, fue inmisericorde y poco limpia.[2]

Gracias a Dios que la Iglesia que propugna el papa Francisco recupera la lógica del buen samaritano, de lo viviente, del que sufre, de los refugiados, etc., y Francisco clausura un periodo en el que la religión, la moral y la política estaban enfermas de abstracción y dureza, más interesados en la condición téorica y fantasmal de la corrección dogmática que en el prójimo y el que sufre. La Iglesia de Francisco ha pasado de ser la santa Inquisición a ser un hospital de campaña donde se curan heridas.

La profundidad de Dios es que Él mismo es un buen samaritano que nos acompaña en la vida. La hondura de Dios es bondad, no rito, ley ni dogma.

Prójimo es el malherido y quien sintió lástima y practicó misericordia.

 Anda y haz  tú lo mismo.

[1] DUQUOC, CH. Creo en la Iglesia, Santander, Ed Sal Terrae, 2001, 22.

[2] G. O´Connell, No apaguéis el Espíritu. Conversaciones con Jacques Dupuis, Madrid, Ed PPC, 2019.

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“Teología samaritana”, por Juan Pablo Espinosa.

Jueves, 7 de septiembre de 2017

buensamaritano1La figura del buen samaritano del Evangelio de Lucas (Lc 10, 25-37) representa una de las claves más interesantes para comprender cuál ha de ser la acción del cristiano en relación con los sufrientes cualesquiera sean. El texto nos evoca una gramática de la compasión, de la cercanía y de la proximidad. Son los sentimientos del que sabe que el otro que ha caído necesita su presencia. Son varios autores que reconocen la urgencia de volver sobre la figura del samaritano para pensar y construir la Iglesia, la teología, la pastoral y también el lugar del cristiano en el espacio público (Bennássar 1988; Muñoz 1990; Muñoz 1994). A partir de ello, es que queremos reflexionar en torno a qué significa hacer una teología samaritana. Dicha teología responde a una “epistemología del Buen Samaritano”[1], la cual no es ingenua con la realidad, al contrario, se aproxima críticamente a ella. En palabras de Bennássar, “la realidad debe ser conocida, escuchada y responsablemente acogida, es decir, respondida. La realidad exige encarnación, realización. De la realidad sólo se puede hablar estando en ella, siendo parte de la misma”[2]. Entonces, si estamos pensando una teología samaritana, el principio básico de la misma debe comprenderse cómo una inteligencia de la fe que ha reconocido a Dios en el locus mismo de la realidad. Es, por tanto, una teología histórica y con sentido de historia que no comprende la realidad de manera ingenua.

La teología samaritana está cruzada por una responsabilidad ética, de justicia y de esperanza en la vida. Es una reflexión creyente que apuesta por la vida del que está a la orilla del camino. El teólogo chileno Ronaldo Muñoz sostiene que la Iglesia posee cinco dimensiones prácticas, entre ellas la Iglesia samaritana. En esta interpretación eclesial, Muñoz parte del hecho concreto de que el pueblo tiene necesidades, pero que a pesar de dicha carencia, el pueblo sabe recrear e imaginar situaciones que fundan una cultura de la solidaridad. En palabras de Muñoz, “en su conciencia popular y cristiana reflexionada con el Evangelio, la comunidad sabe que debe actuar así, que debe comportarse como ‘Iglesia samaritana’, que no puede seguir de largo – como el sacerdote y el levita de la parábola – junto al malherido botado a la orilla del camino”[3]. Con ello, la teología samaritana, la teología encarnada en la realidad histórica, no abandona el testimonio evangélico, al contrario, desde él proyecta su reflexión. No hay teología sin Evangelio. Ello fue recordado con fuerza en el Vaticano II cuando en Dei Verbum 22 se dice que la Sagrada Escritura es el alma de la teología.

En esta apuesta por la vida, reconocemos que la teología conlleva una responsabilidad como base de la lógica del don. En este sentido, J. Domingo Moratalla recuerda “la condición samaritana de la vida moral”[4]. La donación que el samaritano realiza, tanto de su tiempo como de su dinero, constituye el nacimiento de un orden nuevo en clave de sobreabundancia. Con ello, creemos que la teología debe continuamente estar repensando sus dinámicas del don, de la ética y la responsabilidad. La teo-logía creyente debe ir en sintonía con la experiencia de no dominar al otro, sino de permitirle ser. Es necesario dejar que el otro también experimente un lugar de importancia en el gran relato social y cultural. Domingo Moratalla recuerda que en la parábola “el samaritano se sintió tocado, tuvo compasión, fue capaz de reconocerse en un herido que podría haber sido él mismo. En la parábola se invita al lector a encontrar la salvación dejándose amar por la figura del samaritano, es decir, viviendo de un don que se da sin tener que ser devuelto”[5]. Con esto, creemos que la teología debe ser capaz de afectarse por tantos rostros, historias, relatos y experiencias que permiten configurar una nueva forma de discurso creyente. Este discurso no sólo se entiende como teoría, sino que también como praxis. Dicho discurso debe buscar el término medio, lo que se denomina el círculo hermenéutico, es decir, lograr un diálogo efectivo entre teoría y práctica, diálogo que permita una continua retroalimentación entre ambas.

La praxis y la responsabilidad del samaritano la entendemos como una ruptura, como una infracción a una teología que no se acerca al otro, la cual se representa en los gestos y movimientos del sacerdote y del levita que dan un rodeo y pasan de largo. Con Johann Baptist Metz apostamos por una teología impura, es decir, por una inteligencia de la fe que es capaz de hacer síntesis entre la Escritura, los principios dogmáticos y la experiencia concreta de la realidad sufriente. Hacer teología samaritana, teología encarnada, teología no ingenua, va de la mano por una ampliación de la visión y de la audición, de eso que se denomina una mística de los ojos abiertos. Mantenerse vigilante, con los ojos abiertos, con los oídos atentos como el discípulo (Cf. Is 50,4), debe constituir el fundamento de una auténtica teología cristiana, de una experiencia eclesial que recupera la experiencia del pasado y la manifiesta creativamente en el presente.

La lógica samaritana es capaz de caminar con otros y otras, con sentido de comunidad, responsabilidad y de búsqueda de nuevas opciones de vida. Es una teología esperanzada y humanizadora. Por ello, como sentencia Bennássar, “una teología desligada de la vida práctica y real contradice, de hecho, el sentido realista de la encarnación de nuestro Dios, pues un Jesús sin milagros, sin obras históricas de misericordia y justicia, no sería un mesías salvador ni un mensajero de una nueva humanidad. Un cristiano despreocupado del hombre real, desencarnado, desrealizado, es inmoral”[6]. Con ello, la teología samaritana debe recuperar continuamente el principio de la Encarnación, del Dios que en Jesús tuvo sentimientos de compasión, justicia y de celebración de la vida. La teología debe estar al servicio de la historia, del mundo, de la Iglesia. Hemos de reestructurar continuamente nuestros discursos creyentes y nuestras prácticas efectivas de misericordia.

Juan Pablo Espinosa Arce

Profesor de Religión y Filosofía (UC del Maule)

Magíster en Teología Fundamental (PUC)

 


[1] Bartomeu Bennássar, Pensar y vivir moralmente: la actitud samaritana del Pueblo de Dios, (Sal Terrae, Santander 1988), 24.

[2] Bartomeu Bennássar, Pensar y vivir moralmente, 24.

[3] Ronaldo Muñoz, Pueblo, comunidad, evangelio, (Rehue, Santiago de Chile 1990), 14.

[4] José Domingo Moratalla, Democracia y caridad. Horizontes éticos para la donación y la responsabilidad (Sal Terrae, Santander 2014), 26.

[5] José Domingo Moratalla, Democracia y caridad, 27.

[6] Bartomeu Bennássar, Pensar y vivir moralmente, 24-25.

Fuente Fe Adulta

Espiritualidad ,

¡Caminante de la vida, procura hacer tú lo mismo!

Domingo, 10 de julio de 2016

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El buen samaritano
(Lc 10, 30)

No es muy larga la distancia,
sí es peligroso el camino
que va de Jesrusalén
hasta el verde paraíso
de Jericó, fértil vega,
novia del sacro Jordán
y manantial del Profeta.
Y, aunque próxima al Mar Muerto,
es rico vergel de vida:
“la ciudad de las palmeras
y las rosas encendidas.”

Yace en la cuneta un hombre,
medio muerto y malherido,
mas todos pasan de largo
eludiendo compromisos:
el sacerdote, el levita
y otros muchos peregrinos.
Pasa un buen samaritano,
caballero en su pollino,
y sin preguntar quién es
-aunque bien ve que es judío-
se aproxima sin desdén,
le hace una cura de urgencia
con su propio aceite y vino,
y lo lleva hasta el mesón
donde lo cuida con mimo.
“¡Cuídalo bien mesonero,
yo te pagaré con creces
cuanto hayas gastado en él,
cuando vuelva de camino!

¿El prójimo verdadero?
El que prestó sus auxilios,
el que olvidó que aquel hombre,
medio muerto y malherido
que yacía en la cuneta,
era un olvidado judío;
el que olvidó que era suyo
su propio aceite y su vino.

¡Caminante de la vida,
procura hacer tú lo mismo!

*

José Luis Martínez SM

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buen-samaritano(El buen Samaritano gay)

En aquel tiempo, se presentó un maestro de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba:

“Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”

Él le dijo:

“¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?”

Él contestó:

“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo.”

Él le dijo:

– “Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida.”

Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús:

“¿Y quién es mi prójimo?”

Jesús dijo:

“Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo.

Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él, y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta.” ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?

Él contestó:

“El que practicó la misericordia con él.

Díjole Jesús:

– “Anda, haz tú lo mismo.”

*

Lucas 10, 25-37

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“Haz tú lo mismo”. 15 Tiempo ordinario – C (Lucas 10,25-37)

Domingo, 10 de julio de 2016

15-TO-300x294Para no salir malparado de una conversación con Jesús, un maestro de la ley termina preguntándole: «Y ¿quién es mi prójimo?». Es la pregunta de quien solo se preocupa de cumplir la ley. Le interesa saber a quién debe amar y a quién puede excluir de su amor. No piensa en los sufrimientos de la gente.

Jesús, que vive aliviando el sufrimiento de quienes encuentra en su camino, rompiendo si hace falta la ley del sábado o las normas de pureza, le responde con un relato que denuncia de manera provocativa todo legalismo religioso que ignore el amor al necesitado.

En el camino que baja de Jerusalén a Jericó, un hombre ha sido asaltado por unos bandidos. Agredido y despojado de todo, queda en la cuneta medio muerto, abandonado a su suerte. No sabemos quién es, solo que es un «hombre». Podría ser cualquiera de nosotros. Cualquier ser humano abatido por la violencia, la enfermedad, la desgracia o la desesperanza.

«Por casualidad» aparece por el camino un sacerdote. El texto indica que es por azar, como si nada tuviera que ver allí un hombre dedicado al culto. Lo suyo no es bajar hasta los heridos que están en las cunetas. Su lugar es el templo. Su ocupación, las celebraciones sagradas. Cuando llega a la altura del herido, «lo ve, da un rodeo y pasa de largo».

Su falta de compasión no es solo una reacción personal, pues también un levita del templo que pasa junto al herido «hace lo mismo». Es más bien una actitud y un peligro que acecha a quienes se dedican al mundo de lo sagrado: vivir lejos del mundo real donde la gente lucha, trabaja y sufre.

Cuando la religión no está centrada en un Dios, Amigo de la vida y Padre de los que sufren, el culto sagrado puede convertirse en una experiencia que distancia de la vida profana, preserva del contacto directo con el sufrimiento de las gentes y nos hace caminar sin reaccionar ante los heridos que vemos en las cunetas. Según Jesús, no son los hombres del culto los que mejor nos pueden indicar cómo hemos de tratar a los que sufren, sino las personas que tienen corazón.

Por el camino llega un samaritano. No viene del templo. No pertenece siquiera al pueblo elegido de Israel. Vive dedicado a algo tan poco sagrado como su pequeño negocio de comerciante. Pero, cuando ve al herido, no se pregunta si es prójimo o no. Se conmueve y hace por él todo lo que puede. Es a este a quien hemos de imitar. Así dice Jesús al legista: «Vete y haz tú lo mismo». ¿A quién imitaremos al encontrarnos en nuestro camino con las víctimas más golpeadas por la crisis económica de nuestros días?

José Antonio Pagola

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“¿Quién es mi prójimo?”. Domingo 10 de julio de 2016. Domingo 15º Ordinario

Domingo, 10 de julio de 2016

40-ordinarioC15 cerezoLeído en Koinonia:

Deuteronomio 30, 10-14: El mandamiento está muy cerca de ti; cúmplelo.
Salmo responsorial: 68: Humildes, buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.
Colosenses 1, 15-20: Todo fue creado por él y para él.
Lucas 10, 25-37: ¿Quién es mi prójimo?

Primera lectura. La época del destierro fue para Israel una situación que confrontó el modelo de Alianza entre Dios y su pueblo, como principio de cambio y conversión. Esta conversión incluye la vuelta personal a Dios y el cumplimiento de todos su mandatos, “con todo corazón” como pide Dt 6,4.

Aunque el capítulo 30 está redactado en segunda persona del singular, es de sentido plural en la época del exilio: “cuando te sucedan estas cosas” (v. 1) ya les han sucedido. Todo el capítulo presupone la destrucción de Judá y Jerusalén el año 587 a.e.c..

La buena nueva para el pueblo se centra en el capítulo 30. Se presenta mostrando que el precepto no supera las fuerzas, ni está fuera del alcance (v. 11) aunque el pueblo esté en el exilio. No está en el cielo, ni más allá de los mares (vv. 12-13). La Palabra de Dios ya ha sido pronunciada y se encuentra en nuestra boca y en nuestro corazón. Si nos llenamos de su palabra, se realizará su voluntad en nosotros (v. 14). Tener cerca la Palabra es amar a nuestro prójimo.

Hoy necesitamos también estar abiertos a la palabra que se nos dirige en los signos de los tiempos y los lugares, como palabra reveladora de la acción de Dios en nuestra historia, con el compromiso de escucharla y vivirla en radicalidad y compromiso

El himno de Colosenses presenta poéticamente la primacía de Cristo, como hijo de Dios y como principio de toda la nueva humanidad que renace en él. Conecta la acción salvadora de Cristo con la obra de la creación, unidas a un mismo tronco, con las raíces profundas de la fe.

La nueva creación que surge con Cristo, en esta visión entusiástica de Pablo, se presenta en el modelo de nueva humanidad, por el mundo y la historia, donde hay que trabajar por ellas para cumplir el plan salvador de Dios en su Hijo. Es una confesión de amor, más que confesión de fe o de toelogía, por parte de Pablo.

Visión panorámica de esta parábola del evangelio de Lucas. Sólo él nos trnsmite esta parábola.

La mentalidad judía del tiempo de Jesús, absorbida por el legalismo, se había convertido en una conciencia fría, sin calor humano, a la que no le importaban las necesidades ni los derechos del ser humano. Solo se hacía lo que permitía la estructura legal y rechazaba lo que prohibía dicha estructura. El legalismo impuesto por la estructura religiosa era la norma oficial de la moral del pueblo. Se había llegado, por ejemplo, a establecer, desde la legalidad religiosa, que la ley del culto primaba sobre cualquier ley, así fuera la ley del amor al prójimo. Esto asombraba y preocupaba a Jesús pues no era posible que en nombre de Dios se establecieran normas que terminaran deshumanizando al pueblo.

Este era el contexto en que nació la parábola del buen samaritano: un hombre necesitado de ayuda, caído en el camino, más muerto que vivo, sin derechos, violentado en su dignidad de persona, es abandonado por los cumplidores de la ley (sacerdotes y levitas) y en cambio es socorrido por un ilegal samaritano (que no tenían buenas relaciones con los israelitas). Jesús hizo una propuesta de verdadera opción por los derechos de ese ser humano caído, condenado por las estructuras sociales, políticas, económicas y religiosas que aparecen excluyentes (estructuras que se encargan de no respetar los derechos de las personas y no les permitan vivir en libertad y en autonomía). Jesús quiere decirnos cómo la solidaridad es un valor que hay que anteponer no solo a la ley del culto, sino también a la misma necesidad personal, buscando el bienestar social y comunitario, la defensa de los derechos de tantos y tantas que viven en situaciones de falta de solidaridad y de reconocimiento de sus derechos, nos hace pensar en la opción por continuar el camino de compromiso y de trabajo en nuestras comunidades y organizaciones, desde el compromiso solidario con los hermanos y hermanas que están caídos en el camino, por el no reconocimiento de sus derechos.

La parábola es todo menos un juego de palabras bonitas, es algo más que una pieza literaria de la antigüedad. Es una constante interpelación para hoy.

Este texto, tan ampliamente conocido en la liturgia, se inicia con una pregunta de un maestro de la ley, o letrado, frente lo que hay que hacer para ganar la vida eterna. Jesús, a su vez, le devuelve la pregunta para que el letrado la busque en su especialidad, él tiene la respuesta en la ley… El letrado, citando de memoria Dt 6,5 y Lv 19,18, hace una apretada síntesis del sentido frente a los 613 preceptos y obligaciones que se alcanzaban a contar en la cuenta de los rabinos, para responder en dos que son fundamentales: Amar a Dios y al prójimo… Jesús aprueba la respuesta..

El letrado interroga nuevamente, pues en el Levítico el prójimo es el israelita y en el Deuteronomio se reserva el título de hermanos únicamente para los israelitas…Jesús, en lugar de discutir y entrar en callejones sin salidas, no busca plantear nuevas teorías e interpretaciones frente a la ley antigua y su práctica, sino que propone una parábola como ejemplo vivo de quién es el prójimo.

Podemos contemplar en la parábola los personajes y sacar de allí las consecuencias de enseñanza para el día de hoy: un hombre (v. 30) anónimo que es victima de los ladrones y cae medio muerto en el camino; un samaritano (v. 33) un medio pagano – o tal vez un pagano completo- cuyo trato y relación con los judíos era casi un insulto a sus tradiciones; un sacerdote (v. 31) y un levita (v. 32), la contraposición y la diferencia entre dos rangos de poder religioso, pues el levita era un clérigo de rango inferior que se ocupaba principalmente de los sacrificios, “testimonios” de un culto oficial y de los rituales a seguir en la religión establecida.

La relación entre cada uno de los personajes de la parábola es distinta: el sacerdote y el levita frente al hombre caído en el camino no se basa en el plan de la necesidad que tiene este último, sino en el de inutilidad que presentaría ante la ley y el desempeño del oficio, el prestarle cualquier atención al hombre caído, impediría a estos representantes del culto oficial poder ofrecer los sacrificios agradables a Dios. El samaritano, por el contrario, no encuentra ninguna barrera para prestar su servicio desinteresado al desconocido que está tendido y malherido, que necesita la ayuda de alguien que pase por ese camino. El samaritano únicamente siente compasión por la necesidad de ese hombre anónimo y se entrega con infinito amor a defender la vida que está amenazada y desposeída.

Prójimo, compañero, dice Jesús en esta parábola, debe ser para nosotros, en primer lugar el compatriota, pero no sólo él, sino todo ser humano que necesita de nuestra ayuda. El ejemplo del samaritano despreciado nos muestra que ningún ser humano está tan lejos de nosotros, para no estar preparados en todo tiempo y lugar, para arriesgar la vida por el hermano o la hermana, porque son nuestro prójimo. Leer más…

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Dom 10.7.16. Europa ha puesto cepos para cazar samaritanos

Domingo, 10 de julio de 2016

img_4347_buon_samaritano_c0Del blog de Xabier Pikaza:

Dom 15, tiempo ordinario, ciclo C. Las dos postales anteriores han tratado del Dios emigrante, como cigüeñas de la imagen… pero con dos diferencias:

‒ El Dios Samaritano no vuelve cada año a los mismos campanarios, pues no tiene iglesia, ni se para vigilando desde la torre la vida de los parroquianos, como en San Morales, sino que baja a la calle y camina abriendo cada día nuevos surcos para aquellos que están derrotados a la vera del camino. En ese sentido, él vuelve siempre. Quizá no le vemos, pero está. Morirá un día Europa, él seguirá viviendo y haciendo vivir a los caídos del camino.

El Dios samaritano es siempre un Dios extraño, por ser el más cercano. No es el Dios del templo de Jerusalén, ni del oráculo sagrado de Roma, ni de la Moncloa, ni de una determinada emisora que se justifica a sí misma… Es siempre un Dios que viene de los otros, de los que pensamos malditos, y así nos sorprende cada día de nuevo, desde el fondo del evangelio.

13606479_612279835615879_2187902094625664756_nLos ministros de Europa (entre ellos el de España) están empeñados en cazar samaritanos, impidiendo que sigan haciendo su labor en los lugares fuertes de Europa y del mundo, en Ceuta y Lampedusa, en torno a las islas griegas… ¡Nunca se hubiera pensado…, una Europa de fondo cristiano impidiendo que existan y actúen los samaritanos…!

Pero Dios es Dios y el nueva samaritano quizá no camina ya a lomo de mula en un mundo sin fronteras… Ese Dios samaritano ha tenido que encontrar nuevas formas de acoger, de ayudar, de llevar… como las cigüeñas de la imagen.

Es el Dios de Jesús, Dios de la humanidad que sigue haciendo humanidad, como termina pidiendo la parábola: ¡haz tú lo mismo!. Eso nuestro Dios, hemos de ser nosotros el Dios samaritano. Buen domingo.

Un septenario del Dios samaritano

Texto. Lc 10, 25-37

Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?”

Jesús dijo: “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él, y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta.” ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?”

Él contestó: “El que practicó la misericordia con él.”Díjole Jesús: “Anda, haz tú lo mismo.”

Septenario

1. El Dios Samaritano (=de la Parábola del Buen Samaritano) ha sido objeto de un largo estudio en la tradición teológica de los Padres de la Iglesia, que identifican al Samaritano con Jesús, Hijo de Dios, revelación del Padre, que “desciendo” (se encarna) para realizar su obra salvadora (como han dicho los Padres de la iglesia, desde San Agustín).

A ese Dios-Jesús (Samaritano) le mataron los buenos, le acusaron algunos perfectos de la casa diciendo que era un samaritano (Jn 8, 52: ¡Eres un samaritano, tienes un demonio!) precisamente por actuar de Buen Samaritano. Queda así abierto el camino de la cristología e iglesia samaritana

2. Este Dios Samaritano (es decir, que terminará caminando con el samaritano, fuera del templo de Jerusalén) ha creado un mundo complejo y difícil de explicar, en el que se dice todo es bueno (Gen 1), pero donde nacen como setas los bandidos, tras cualquier tipo de lluvia: Bandidos con diverso tipo de pedigrí o de RH, bandidos políticos, religiosos o simplemente cuatreros y ladrones de caminos.

No se sabe por qué el Dios Samaritano permite eso, pero debe ser por algo (¿por libertad, por caridad, por despiste?). Él está allí, permitiendo que sigan existiendo los bandidos, en un mundo en el que resulta distinguir a los buenos bandidos de los malos, como quiso hacer el evangelio de Lucas, aunque parece que con poco éxito (historia de Dimas y Gestas, Lc 23, 43)

3. El Dios Samaritano parece que va poco al templo. No se le encuentra en el santuario de Jerusalén, donde andan por su casa sacerdotes y levitas. Se dice (decían los Padres de la Iglesia) que tampoco anda por las curias de Roma y Constantinopla, y ahora por la de Lambeth o la CEE de las Españas, ocupadas en cuestiones que tienen poco que ver con su tarea de Samaritano.

Ciertamente, éste Dios samaritano tiene algo que ver con los templos y a veces va también por allí, pero no se queda demasiado tiempo, tiene ocupaciones en la calle de la vida, entre Jerusalén y Jericó, que es el mundo entero.

4. El Dios Samaritano va por los caminos de la vida (cuesta arriba, cuesta abajo), o por llanuras sin fin, como andaba el Señor Don Quijote (esto lo dijo muy bien Unamuno). No hay estarta ni carrejo de la vida humana por donde no pase; no hay crimen que él no sepa y quiera curar con su aceite y su vino. Este Dios Samaritano tiene un programa de tolerancia cero, para todo aquello que destruya al ser humano (por pederastia o bandidaje de navaja en la faca, o de guante blanco en el Banco).

No, no es un pobretón, ni un ignorante. Tiene caballería, tiene aceite y vino, tiene algún dinero para las posadas, pues también en las posadas anda Dios, como sabía santa Teresa de Jesús, aunque se dice que dormía poco en ellas.

5. Dicen que a este Dios Samaritano le preguntaron por cuestiones candentes, relacionados, por ejemplo, con la “ordenación de la mujer” y respondió que no sabía, no entendía el tema. Dijo que esas eran cuestiones importantes, pero quizá más de salón y de poder que de camino. Respondió que él no entendía de esas cosas: no había venido a repartir herencias, como dice Lucas (Jesús respondió: “¿quién me ha puesto sobre vosotros como juez o partidor?” (Lucas 12:13-14). , ni a dirimir sacerdocios, como quería Caifás y Anán el Joven, pues a su juicio, al borde del camino, varones y mujeres eran iguales.

La cuestión candente de Dios son los caídos a la vera del Camino de Jerusalén a Jericó, que es ahora el camino de Senegal a Ceuta, de México a USA, de Siria a Austria… Resulta que hemos puesto policías en las fronteras no sólo para cazar ladrones, sino también para impedir que actúan loe samaritanos, para cerrar el paso de Dios.

6. El Dios Samaritano es un Dios Eficaz que, por alguna razón (Él sabrá) ha dejado que salgan al camino los bandidos, pero que siempre ha resuelto en el fondo los problemas. Sigue estando en la raíz de la vida, en los barrancos del camino, con su cabalgadura, en la que lleva una alcuza de aceite (elaion: remedio universal) y su bota de vino (oinon: que es también remedio universal), como sabe Lc 10, 34). Por eso, si quieres saber si hay Dios sal al camino de la vida, ponte en contacto con los hombres y mujeres… vete a buscar a los caídos del camino.

Sí, es un Dios eficaz… El Ministro del Interior de España ha puesto cepos más inteligentes para cazar a samaritanos (¡dicen que en nombre de Dios…!)… Ése es el problema de Europa, desde Grecia hasta la Gran Bretaña, desde España a Rumanía… Poner aparatos para que no pasen los caídos del camino, para que no actúen los samaritanos…

7. Finalmente, y repitiendo lo anterior, este Dios Samaritano es Dios de Cabalgadura (en ella carga a todos los heridos…); es Dios de aceite, que es suavidad, que es alimento, que es medicina; es Dios de vino, que es alegría y es canto (dice una leyenda apócrifa que hasta llegar a la posada acabaron la bota Dios y el Herido, y cantaron junto…). Es quizá un Dios de guitarra, que conoce los mesones del camino donde para la gente…

Este Dios samaritano es testarudo y sigue. Se hundirá el barco de Europa en los mares, morirá la luz de esta España ciega en los estrechos… Pero el Dios Samaritano seguirá empeñado en recorrer caminos, desde Gibraltar hasta Estambul, desde el DF de México hasta El Paso… para que los hombres y mujeres puedan caminar, soñar, emigrar, vivir.

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El teólogo listillo y el buen samaritano. Domingo 15º Tiempo ordinario. Ciclo C

Domingo, 10 de julio de 2016

buen samaritanoDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

¿Cuántas normas hay que cumplir para salvarse?

Hace años se hizo famoso un libro escrito por el jesuita Jorge Loring, Para salvarte, primera obra en lengua española que alcanzó un millón de ejemplares en vida de su autor. Todo empezó con unos breves apuntes para sus catequesis, pero terminaron convirtiéndose en un enorme volumen de 1084 páginas. Ante tal cúmulo de páginas, el lector puede sentirse como el antiguo israelita, retratado en el Deuteronomio, que considera imposible conocer la voluntad de Dios; o como el legista del evangelio que le pregunta a Jesús qué debe hacer para conseguir la vida eterna.

            La respuesta del Deuteronomio es clara: no hay que subir al Himalaya ni atravesar el Atlántico para saber lo que Dios quiere de nosotros. Lo que Dios quiere del israelita está escrito “en el código de esta ley”, que se limita a los capítulos 12-26 del Deuteronomio. No se trata de estudiar mucho sino de convertirse con todo el corazón y toda el alma, y de poner en práctica lo que allí se dice.

            Moisés habló al pueblo, diciendo:

            ‒ Escucha la voz del Señor, tu Dios, guardando sus preceptos y mandatos, lo que está escrito en el código de esta ley; conviértete al Señor, tu Dios, con todo el corazón y con toda el alma. Porque el precepto que yo te mando hoy no es cosa que te exceda, ni inalcanzable; no está en el cielo, no vale decir: “¿Quién de nosotros subirá al cielo y nos lo traerá y nos lo proclamará para que lo cumplamos?” Ni está más allá del mar, no vale decir: “¿Quién de nosotros cruzará el mar y nos lo traerá y nos lo proclamará, para que lo cumplamos?” El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo.

            Pero al Deuteronomio le ocurrió algo parecido al Para salvarte. Aunque el texto era intocable, y nadie estaba autorizado a quitar ni añadir nada, la interpretación de sus normas fue creciendo de forma incontrolable. En tiempos de Jesús, el judaísmo contaba 613 mandamientos (365 prohibiciones y 248 preceptos) capaces de volver loco a cualquier persona.

Los intentos de sintetizar

            Ante este cúmulo de mandamientos, es lógico que surgiese el deseo de sintetizar, o de saber qué era lo más importante. A propósito de los famosos rabinos Shammay y Hillel, que vivie­ron pocos años antes de Jesús, se cuenta la siguiente anécdota. Una vez llegó un pagano a Shammay, famoso por su intolerancia, y le dijo: “Me haré prosélito con la condición de que me enseñes toda la Torá mien­tras aguanto a pata coja”. Él lo echó, amenazándolo con una vara de medir que tenía en la mano. Entonces fue a Hillel, famoso por su tolerancia, que le dijo: “Lo que no te guste, no se lo hagas a tu prójimo. En esto consiste toda la Ley, lo demás es interpreta­ción”. También del Rabí Aquiba (+ hacia 135 d.C.) se recuerda un esfuer­zo parecido de sintetizar toda la Ley en una sola frase: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo; este es un gran princi­pio general en la Torá”.

            En los evangelios hay diversos intentos de simplificar la cuestión con una respuesta breve y drástica. El más famoso es la Regla de oro, con la que cierra el evangelio de Mateo el Sermón del Monte: “Tratad a los demás como queréis que os traten a vosotros. En esto consiste la ley y los profetas” (Mt 7,12). El tema reaparece en el episodio de hoy, cuando le preguntan a Jesús cuál es el mandamiento principal. El relato de Lucas introduce cambios muy significativos en el de Marcos.

El escriba bueno de Marcos

            Los escribas, equivalentes a los doctores de teología actuales, pero con mucho más poder, autoridad y prestigio, no quedan bien en los evangelios. Generalmente aparecen junto a los fariseos, como adversarios de Jesús. Menos en este caso de Marcos, donde un escriba pregunta a Jesús cuál es el mandamiento principal, y él le responde: amar a Dios y amar al prójimo. La reacción del escriba es alabar a Jesús, que le devuelve la alabanza.

El legista malintencionado de Lucas

            El protagonista del relato de Lucas no viene con buena intención, pretende poner en un aprieto a Jesús; y no plantea una cuestión teórica (“¿cuál es el mandamiento principal?”) sino muy personal: “¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”.

            Jesús no cae en la trampa. En vez de responder, pregunta: “¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?” Y el legista se ve obligado a reconocer que sabe perfectamente lo que debe hacer: amar a Dios y al prójimo. Jesús, con cierta ironía, le indica que su problema no consiste en saber lo que tiene que hacer, sino en hacerlo.

            Aquí podría haber terminado todo. Pero el legista, que tiene la sensación de haber quedado en ridículo, para justificarse plantea una cuestión filosófico-teológica: “¿Y quién es mi prójimo?” Afortunadamente, Jesús no era alemán. No le da una conferencia de Antropología ni le escribe un Manual de quinientas páginas intentando aclarar esa intrincada cuestión. Se limita a contar la parábola del buen samaritano, que ofrece dos modelos de conducta: la del sacerdote y el levita, que ante el pobre hombre asaltado y malherido por los bandidos dan un rodeo y pasan de largo, y la del samaritano que siente lástima, se acerca, echa aceite y vino en las heridas, las venda, lo monta en su cabalgadura, lo lleva a una posada, lo cuida y paga su estancia. Son siete acciones, basadas todas ellas en el sentimiento inicial de lástima.

            Al legista podría resultarle ofensivo que le cuenten un cuento. Pero Jesús no le da tiempo a protestar, pasa directamente al ataque, obligándole a reconocer que lo importante es comportarse como prójimo. Para terminar diciéndole: “Anda, haz tú lo mismo”. Lo importante no es discutir sino actuar.

La mala idea de la parábola

            A muchos les gustaría limitar la parábola al ejemplo del samaritano y dejarnos con buen sabor de boca. Pero Lucas, del que siempre alabamos su bondad, resulta en este caso muy hiriente. No le basta un protagonista, necesita tres. Y los elige con toda la intención: un sacerdote, un levita, un samaritano.

            El sacerdote y el levita, los personajes especialmente consagrados a Dios, hacen exactamente lo mismo: dan un rodeo y siguen su camino. ¿Por qué actúan de este modo? ¿Porque son malos y egoístas? No. Porque si el herido no está herido, sino muerto, basta tocarlo para quedar impuro.

            La ley es tajante: “El sacerdote no se contaminará con el cadáver de un pariente, a no ser de pariente próximo: madre, padre, hijo, hija, hermano o de su propia hermana soltera, no dada en matrimonio. Queda profanado” (Levítico 21,2-4). Si no pueden contaminarse con un pariente, mucho menos con un desconocido al borde de la carretera.

            Y lo que se deduce es trágico: es la ley de Dios la que impide practicar la misericordia y comportarse como prójimo del herido.

            Lucas podría haber buscado como tercer protagonista a un cura progre o a un diácono permanente sin obsesión por la ley. Elige al menos indicado: un samaritano. El personaje más odioso y despreciable para un judío, miembro de un pueblo que, según el libro de los Reyes, “no veneran al Señor ni proceden según sus mandatos y preceptos”. Irónicamente, un representante de este pueblo que no venera al Señor ni procede según sus mandatos y preceptos es quien actúa con misericordia y se comporta como prójimo.

            En aquel tiempo, se presentó un maestro de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba:

            ‒ Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?

            Él le dijo:

            ‒ ¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?

            Él contestó:

            ‒ «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo.» 

            Él le dijo:

            ‒ Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida.

            El maestro de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús:

            ‒ ¿Y quién es mi prójimo?

            Jesús dijo:

            ‒ Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto.

            Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo.

            Lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo

            Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él y, al verlo,

            le dio lástima,

            se le acercó,

            le vendó las heridas,

            echándoles aceite y vino,

            y, montándolo en su propia cabalgadura,

            lo llevó a una posada

                        y lo cuidó.

            Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo:

            ‒ Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta.

            ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos? 

            Él contestó:

            ‒ El que practicó la misericordia con él.

            Díjole Jesús:

            ‒ Anda, haz tú lo mismo.

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Domingo XV del Tiempo Ordinario. 10 julio, 2016

Domingo, 10 de julio de 2016

TO-D-XV

“[Jesús le preguntó]: «¿Quién de los tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los ladrones?». Y él contestó: «El que se compadeció de él». Jesús le dijo: «Anda y haz tú lo mismo»”.

Doce moradas para Dios

Lee despacio el evangelio de hoy, el conocido como “la parábola del buen samaritano” (Lc 10, 25-37)

Hoy se nos invita a conectar con nuestro anhelo más profundo: el anhelo de Dios. El anhelo de experimentar a Dios en nuestra vida concreta. Eso que el doctor de la ley llama “vida eterna”;  que Jesús resume simplemente como “vivir” (“Haz eso y vivirás”); que en otros lugares aparece como “Reino de Dios”, “vida abundante”, “vida en plenitud”… y una multitud de “sinónimos” a los que podemos añadir nuestra propia expresión, esa con la que cada uno, cada una, nombramos nuestras ansias de infinito.

Se nos dice que el doctor de la ley quiere poner a prueba a Jesús. Pero lo hace con una pregunta tan esencial que, más allá de esta intención primera, deja al descubierto el anhelo más profundo de su corazón: «Maestro, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?» O, lo que es lo mismo, ¿cómo puedo experimentar a Dios en mi existencia?

Jesús, lejos de quedarse en la “intención” de este hombre, acoge la pregunta en toda su hondura y la devuelve, formulada de tal modo que este estudioso ha de hacer balance de toda una vida dedicada al estudio. “¿Qué está escrito en la ley?”

La respuesta del escriba, que condensa lo esencial de la ley judía, parece salida de los labios de Jesús. «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo». De hecho, en los textos paralelos de Marcos y Mateo, es Jesús quien hace esta síntesis. Y, en el texto de Mateo, Jesús  equipara ambos mandatos: amar al prójimo como a sí mismo es equivalente a amar a Dios sobre todas las cosas (Cf. Mt 22, 37-39)

Y así, al pronunciar estas palabras sagradas en presencia de Jesús, algo en este hombre despierta y, como presintiendo esta profunda equivalencia, se pone en movimiento hacia el polo decisivo: “¿Y quién es mi prójimo?”. Y esta pregunta desencadena una revolución. Porque ante ese corazón, abierto ya de par en par, Jesús despliega, como una fuente que brota del desierto, esta parábola en la que, sin nombrar a Dios, se muestra cómo encontrarlo y experimentarlo de forma tangible en nuestra existencia: “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó

La parábola termina con una pregunta que es como la cuerda para sacar por fin del pozo el agua viva que sacie la sed de toda una existencia: “¿Quién de los tres fue prójimo del que cayó en manos de los bandidos… ?”  Es decir: no se trata de quién es mi prójimo, sino de cómo yo me hago prójimo.

Y el doctor de la ley encuentra el camino de la experiencia: “El que practicó la misericordia con él”. Podemos releer la parábola deteniéndonos en esos doce verbos, esas doce acciones concretas a favor de nuestros hermanos, contemplándolas como doce lugares de la presencia de Dios.

  1. ver al hermano
  2. tener compasión;
  3. acercarse;
  4. vendar las heridas;
  5. suavizarlas (echar aceite);
  6. montar en mi propia cabalgadura (¿mi propio coche?)
  7. llevar
  8. cuidar
  9. sacar mi dinero
  10. decir
  11. dar
  12. volver

El envío final de Jesús (Vete y haz tú lo mismo) nos invita hoy a hacernos prójimos de nuestras hermanas y hermanos. Y a hacerlo de forma concreta, con acciones concretas. Y nos promete que, así, Dios se convertirá en experiencia real:Haz esto y vivirás.

ORACIÓN:

Amo, Señor, ¡aumenta mi amor!

*

Fuente:  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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Nada nuevo bajo el sol

Domingo, 10 de julio de 2016

f300x0-8792_8810_0Patricia Paz
Buenos Aires (Argentina)

¡Sálvanos Señor, porque ya no hay gente buena,
Ha desaparecido la lealtad entre los hombres!
No hacen más que mentirse unos a otros,
Hablan con labios engañosos y doblez de corazón.
(Salmo 11, 2-3)

ECLESALIA, 08/07/16.- Podríamos decir, frente a estos versículos del salmo, lo mismo que el autor del Eclesiastés, “No hay nada nuevo bajo el sol”, no hemos cambiado demasiado, seguimos siendo desleales unos con otros, la mentira está a la orden del día. Decimos una cosa y hacemos otra. La política lleva la delantera pero la misma está avalada por una ciudadanía ávida de consumismo que se olvida del bien común. Cada cual protege su propia “parcela” aunque esto signifique profundizar las injusticias que podemos ver a lo largo y a lo ancho del mundo. Somos incapaces de cuidarnos mutuamente, cerramos nuestras puertas al hermano por miedo, por egoísmo, por avaricia. Valen más nuestras pobres posesiones materiales que el bienestar y la vida de tantos.

Muchos dirán que hemos avanzado enormemente en las últimas décadas, sacando a millones de la pobreza. Y en cierto modo es verdad, pero si aceptamos que estamos viviendo un tiempo de posibilidades nunca antes visto, los resultados son pobres. Hoy estamos en condiciones de dar de comer a toda la población mundial, y sin embargo hay muchos que tienen hambre. Tenemos millones de desplazados que no encuentran un lugar donde vivir. Se cierran las fronteras y hay muchas personas que viven como ilegales en las naciones más ricas y desarrolladas o en campos de refugiados donde se sobrevive en condiciones infrahumanas. Nos hemos convertido en una sociedad de consumo cuyo único incentivo es el tener. Lograr el desarrollo armónico de nuestras comunidades no parece estar en el radar de nuestra felicidad. Convivimos con la inequidad y la miseria como algo natural. Nos hemos desconectado de nuestra propia naturaleza humana y de la Creación en general. Sacrificamos en el altar del consumo el futuro de nuestros propios hijos y del planeta todo.

Muchos cristianos, y hablo de nosotros porque es lo que conozco, vivimos la vida por carriles paralelos que raramente se entrecruzan. Para este domingo el Evangelio nos propone la lectura del Buen Samaritano. En esto todavía estamos como el maestro de la ley, seguimos sin saber quién es nuestro prójimo, o mejor dicho lo sabemos perfectamente, pero nos hacemos los distraídos. El Evangelio con su simpleza es de una enorme claridad. No hay nada que agregar y la respuesta de Jesús es hoy de una vigencia increíble. Parece que en esto tampoco hemos cambiado demasiado. Jesús, que era un gran maestro, engloba en su respuesta varios problemas a la vez. La indiferencia del sacerdote y del levita, ambos relacionados con el culto y el templo, frente a la misericordia del extranjero nos debería de decir muchísimo hoy a nosotros. ¿Será posible que sigamos justificando el sufrimiento de tantos con argumentos económicos, políticos, religiosos?

No podemos decirnos cristianos y vivir en la indiferencia frente al hermano necesitado. No podemos seguir dejando que el miedo nos divida, nos enfrente, ni que la codicia nos anestesie frente a las necesidades de los más débiles. Nuestros carriles tienen que juntarse. Vivir el Evangelio es algo concreto, difícil, que nos obliga a mirar al prójimo como miraba Jesús. Y este prójimo no es el que nos queda cómodo, sino que es el que la vida nos pone por delante. Es alguien concreto que se encuentra tirado al costado del camino. Es quien me interpela haciendo que yo me pregunte si mi forma de vida no es en parte responsable por las injusticias, y la degradación de la naturaleza. Hoy podríamos repetir con el apóstol Santiago: “Muéstrame, si puedes, tu fe sin las obras. Yo, en cambio, por medio de las obras te mostraré mi fe” (Sant 2, 18b). Decir que amamos a Dios mientras le damos la espalda al hermano es una hipocresía. Al igual que el Samaritano, silenciosamente, nuestra vida tiene que ponerse al servicio del Reino, y entonces sí, sin necesidad de proclamarlo, mostraremos al mundo nuestro amor a Dios

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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“¡Cuídamelo!”

Miércoles, 14 de octubre de 2015

samaritanoHacia el 2016, “Año de la Misericordia”

Mari Paz López santos. Madrid

ECLESALIA, 28/09/15.- Hace unos meses asistí a un encuentro de laicos en donde se dedicó un buen espacio a la Lectio.

Se leyó en voz alta el pasaje del Buen Samaritano (Lc 10, 25-37) e inmediatamente pasamos, en silencio, a releerlo individualmente; una y otra vez como se indica en el proceso de rumia de la Palabra en la Lectio, dejándose alimentar por ella antes de adentrarse en los siguientes pasos: Meditatio, Oratio y Contemplatio.

En esa ocasión no llevé la Biblia que utilizo habitualmente y me prestaron una. La traducción de uno de los versículos de este pasaje me llevó a una comprensión nueva para mí, mucho más profunda, de lo que es la misericordia.

Aquel maestro de la ley quería debatir con Jesús, como casi siempre, con doble intención. “Maestro, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?” Jesús, que ya debía estar acostumbrado a la incitación al debate que tanto gustaba a los eruditos de la ley, le contesta escuetamente: “¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees?” Esto último debió sentarle poco bien al que preguntó pues, en cierto modo, cuestionaba  si se enteraba de lo que leía o no… y era un maestro de la ley.

Respondió rápidamente dejando claro que conocía la letra de la Ley con puntos y comas: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y al prójimo como a ti mismo”. Jesús le dijo: “Bien has respondido. Haz eso y vivirás”. No dijo nada de herencia ni de vida eterna. Dijo: “Vivirás”, desde el momento presente y para siempre; dando finalizado el debate, o al menos eso pensó.

Pero el maestro de la ley “queriendo justificarse” y requiriendo una atención de Jesús más a la altura de su categoría, preguntó: “Y quién es mi prójimo?”

Entonces Jesús le contó una historia del todo pedagógica, en forma de parábola, para que no hubiera peligro de olvido. El maestro de la ley debió de quedarse algo perplejo. Él era un erudito que sabía de leyes y no necesitaba “cuentitos” como el pueblo llano e ignorante.

La historia empieza de una forma que enseguida adentra en el tema y anima a escuchar atentamente para conocer el final. El letrado dejó su ego académico e intelectual  y puso oídos a las palabras que Jesús iba desgranando: “Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos bandidos que, después de despojarle y darle una paliza, se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote (alguien superior para los judíos) que, al verlo, dio un rodeo. De igual modo, un levita (servidor en el Templo) que pasaba por  aquel sitio lo vio y dio un rodeo. Pero un samaritano (es decir, un extranjero ajeno al pueblo de Israel y considerado enemigo) que iba de camino llegó junto a él y, al verlo, tuvo compasión. Se acercó, vendó sus heridas y echó en ellas aceite y vino; lo montó luego sobre su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y cuidó de él”.

Jesús debió hacer un punto y aparte para que el maestro de la ley fuera integrando por dentro la escena y los personajes. Continuó: “Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al posadero, diciendo: ‘Cuídamelo’, y si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva”.

Hagamos aquí una pequeña pausa, deteniéndonos en la palabra que hizo saltar por los aires el habitual significado del verbo “cuidar”, haciéndolo más amplio, extenso y profundo. En otras traducciones se lee: “cuídale…” o “cuida de él…. Pero “cuídamelo…”, es otra cosa.

Vamos a ver como siguió Jesús: “¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los bandidos?”. Respondió el otro: “El que practicó la misericordia con él”. Y Jesús, ahora sí dando por acabado el debate y la parábola le dijo: “Vete y haz tú lo mismo”, es decir, muévete, asume a tu prójimo como algo tuyo, como carne de tu carne y “cuídamelo”.

En las traducciones habituales (“cuídale” o “cuida de él”) la persona tuvo compasión y se solidarizó con el caído para que saliera de su delicada situación. Después transfiere a un tercero la responsabilidad del cuidado, al menos hasta su vuelta.

En este caso, la biblia pone en boca del samaritano un término que implica que le deja a alguien que reconoce como suyo. Ese pronombre personal, integrado en la palabra que expresa atención al otro, intensifica la comprensión del compromiso que asumió el samaritano. Le pide que lo cuide indicando que le afecta a él mismo. Este término se comprende cuando se habla de alguien de  la propia familia o de un amigo muy cercano. No es normal para quien se encuentra al borde del camino, maltratado y abandonado, porque no se siente como responsabilidad personal. Pero cuando entra en escena el pronombre ME es la Misericordia la que está actuando en primera persona.

Leer la Palabra (Lectio), meditarla (Meditatio), orarla (Oratio) y dejarnos hacer en la contemplación (Contemplatio) nos lleva, sin lugar a dudas, a ponernos en marcha en la acción (Actio) escuchando un susurro conocido: “Vete y haz tú lo mismo”.

Adentrémonos en el meollo de la auténtica Misericordia a lo largo del año 2016, que próximamente nombrará el Papa Francisco como Año de la Misericordia”. La humanidad está muy necesitada de este ungüento para curar heridas del alma y sanar las del cuerpo, tan dañado por la violencia en todas sus formas

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