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Domingo XVII del Tiempo Ordinario. 30 Julio, 2017

domingo, 30 de julio de 2017
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“El Reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas, que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra.”

(Mt 13, 44-52)

Y este domingo también tenemos varias parábolas. Jesús quiere darnos a conocer el Reino. Busca, incansable, numerosos ejemplos. Comparaciones. Muchas imágenes. Para que podamos comprenderlo.

Dos de las parábolas de hoy: la del tesoro y la de la perla, nos hablan del valor del Reino. Descubrir el Reino, descubrir el Rostro de Dios que Jesús vino a mostrarnos es una suerte. Una inmensa alegría.

Algo por lo que vale la pena vender todo lo demás. Quizá durante demasiado tiempo en la Iglesia le hemos dado mucho protagonismo a la renuncia. Al sacrificio. Pero el Reino de Dios, el mensaje de Jesús no es cuestión de renuncia. Es cuestión de elección.

Cuando elegimos algo en la vida es porque lo deseamos, porque nos gusta. Nos parece valioso. Elegimos una carrera, un oficio, un lugar donde vivir. Y también cosas más pequeñas: un móvil, un pantalón o un plato de comida.

Nuestra vida está llena de elecciones y cada elección implica un esfuerzo y también una renuncia.

Cada elección que hacemos, por pequeña que sea, nos hace ejercitar nuestra libertad. Nos obliga a decidir.

No conozco a nadie que haya comprado algo que le hiciera ilusión (un teléfono, un coche..) que salga triste de la tienda pensando que solo se ha podido comprar uno y ha tenido que dejar los demás.

Sin embargo mucha gente te mira con condescendencia cuando haces una opción de vida por el Reino, como es ser monja. Y te preguntan: “¿no te da pena no poder…?”

¡No!, no me da pena. He hecho una elección. He elegido aquello que pienso que puede llenar plenamente mi vida. ¡Cierto! dejo muchas cosas, muchas otras posibilidades , el concesionario se queda lleno de coches cuando compramos uno. Pero lo que he elegido me llena de alegría. Si tuviera que llevarme todos los coches del mercado sería absurdo y agobiante. Me quedo con uno y lo disfruto, lo cuido y se lo enseño a todo el mundo.

Y con el Reino de Dios es aun mejor porque no pierde valor al salir del concesionario no contamina y no se estropea. Tiene garantía indefinida.

Oración

Trinidad Santa, danos la alegría y el convencimiento de quien ha hecho una elección libre y decidida por tu Reino.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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El verdadero tesoro está ya en tu campo.

domingo, 30 de julio de 2017
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the-sower-webMt 13, 44-52

El evangelio de este domingo nos propone las tres últimas parábolas del capítulo 13 de Mt. comentaremos el tesoro y la perla, que tienen un mismo mensaje. Si descubrimos lo que más vale, daremos a nuestra voluntad un objeto claro, porque la voluntad no puede ser movida más que por el bien, y en el caso de dos bienes siempre será movida por el mayor. Lo que Dios es en mí, es el tesoro. No se trata de un conocimiento discursivo o racional, sino de una experiencia en lo más hondo de mi ser. Seguimos empeñados en descubrir a un Dios que está fuera, y que además nos da seguridades.

Menos mal que la comunidad de Mt no se atrevió a alegorizarlas. No lo tenía fácil. El mensaje es idéntico en las dos pero tiene matices significativos. Una diferencia es que en un caso, el encuentro es fortuito. Y en el otro, es consecuencia de una búsqueda. Otra es que en la primera se identifica el Reino con el tesoro, pero en la segunda se identifica con el comerciante que busca perlas. Puede ser una pista para descubrir que la comparación no es con uno ni con otro, sino que hay que buscarla en el conjunto del relato. Las dos opciones se hacen con un grado de incertidumbre. Los dos se arriesgan al dar el paso.

La parábola no juzga la moralidad de las acciones narradas; simplemente propone unos hechos para que nosotros nos traslademos a otro ámbito. En efecto, tanto el campesino, como el comerciante, obran de forma fraudulenta y por lo tanto injusta (aunque legal). Los dos se aprovechan de unos conocimientos privilegiados para engañar al vecino. No actúan por desprendimiento sino por egoísmo. “Renuncian” a unos bienes para conseguir más bienes. No es su objetivo vivir de otra manera, sino conseguir una vida material mejor. No da un ejemplo pero en el orden espiritual las cosas no funcionan así.

En estas dos parábolas vemos claro cómo no todo lo que dicen es aprovechable. Jesús en el evangelio advierte una y mil veces del peligro de las riquezas; no puede aquí invitarnos a conseguirlas en sumo grado. El mensaje es muy concreto. El punto de inflexión en las dos parábolas es el mismo: “vende todo lo que tiene y compra”. Sería sencillamente una locura. Si vende todo lo que tiene para comprar la perla, ¿qué comería al día siguiente? ¿Dónde viviría? Esa imposibilidad radical en el orden material, es precisamente lo que nos hace saltar a otro orden, en el que sí es posible. Ahí está la clave del mensaje.

Hay dos matices interesantes. El primero es el abismo que existe entre lo que tienen y lo que descubren. El segundo es la alegría que les produce el hallazgo. Yo la haría todavía más simple: Un campesino pobre, que solo tiene un pequeño campo, en el que cava cada vez más hondo, un día encuentra un tesoro. O un comerciante de perlas que un día descubre, entre las que tiene almacenadas, una de inmenso valor. Evitaríamos así poner el énfasis en la venta de lo que tiene, que solo pretende indicar el valor de lo encontrado. Todo lo contrario, se trata de un minucioso cálculo, que les lleva a la suprema ganancia.

No damos un paso en nuestra vida espiritual porque no hemos encontrado el tesoro entre los bienes que ya poseemos. Sin este descubrimiento, todo lo que hagamos por alcanzar una religiosidad auténtica, será pura programación y por lo tanto inútil. Nada vamos a conseguir si previamente no descubrimos el tesoro. Nuestra principal tarea será tomar conciencia de lo que somos. Si lo descubrimos, prácticamen­te está todo hecho. La parábola, al revés, no funciona. El vender todo lo que tienes, antes de descubrir el tesoro, que es lo que siempre se nos ha propuesto, no es garantía ninguna de éxito.

Un ancestral relato nos ayudará: cuando los dioses crearon al hombre, pusieron en él algo de su divinidad, pero el hombre hizo un mal uso de esa divinidad y decidieron quitársela. Se reunieron en gran asamblea para ver donde podían esconder ese tesoro. Uno dijo: pongámoslo en la cima de la montaña más alta. Pero otro dijo: No, que terminará escalándola y dará con él. Otro dijo: lo pondremos en lo más hondo del océano. Alguien respondió: No, que terminará bajando y la descubrirá. Por fin dijo uno: ¡Ya sé dónde lo esconderemos! La pondremos en su corazón. Allí nunca lo buscará.

Tenemos que aclarar que el tesoro no es Jesús, como deja entender Pablo, y sobre todos los santos padres. Jesús descubrió la divinidad dentro de él. Éste es el principal dogma cristiano. “Yo y el Padre somos uno”. Tampoco la Escritura puede considerarse el tesoro. En muchas homilías, he visto estas interpretaciones de las parábolas. La Escritura es el mapa, que nos puede conducir al tesoro, pero no es el tesoro. Tampoco podemos presentar a la Iglesia como tesoro o perla. En todo caso, sería el campo donde tengo que cavar (a veces muy hondo) para encontrar el tesoro.

Jesús no pide más perfección sino más confianza, más alegría, más felicidad. Es bueno todo lo que produce felicidad en ti y en los demás. Solamente es negativa la alegría que se consigue a costa de las lágrimas de los demás. Cualquier renuncia que produzca sufrimiento, en ti o en otro, no puede ser evangélica. Fijaos que he dicho sufrimiento, no esfuerzo. Sin esfuerzo no puede haber progreso en humanidad, pero ese esfuerzo tiene que sumirme en la alegría de ser más. Lo que el evangelio valora no es el hecho de renunciar. Lo que me tiene que hacer feliz es el conseguir mi plenitud.

El tesoro es el mismo Dios presente en cada uno de nosotros. Es la verdadera realidad que soy, y que son todas las demás criaturas. Lo que hay de Dios en mí es el fundamento de todos los valores. En cuanto las religiones olvidan esto, se convierten en ideologías esclavizantes. El tesoro, la perla no representan grandes valores sino una realidad que está más allá de toda valoración. El que encuentra la perla preciosa, no desprecia las demás. Dios no se contrapone a ningún valor, sino que potencia el valor de todo. Presentar a Dios, como contrario a otros valores, es la manera de hacerle ídolo.

Vivimos en una sociedad que funciona a base de engaños. Si fuésemos capaces de llamar a las cosas por su nombre, la sociedad quedaría colapsada. Si los políticos nos dijeran simplemente la verdad, ¿a quién votaríamos? Si los jefes religiosos dejaran de meter miedo con un dios justiciero, ¿cuántos seguirían creyendo? Si de la noche a la mañana todos nos convenciéramos de que ni el dinero, ni la salud, ni el poder, ni el sexo, ni la religión eran los valores supremos, nuestra sociedad quedaría paralizada.

Tener la referencia del valor supremo me permite valorar en su justa medida todo lo demás. No se trata de despreciar lo demás, sino de tener claro lo que vale de veras. El “tesoro” nunca será incompatible con todos los demás valores que nos ayudan a ser más humanos. Es una constante tentación de las religiones ponernos en el brete de tener que elegir entre el bien y el mal. Radicalmente equivocado. Lo que hay que tener muy claro es cuáles son las prioridades dentro de los valores, y qué valores son en realidad falsos.

Meditación

En tu propio campo tienes el único tesoro.
Si aún no te has dado cuenta,
es que lo has buscado en otro campo
o que no has ahondado lo suficiente.
Una vez descubierto lo que hay de Dios en ti,
todo lo demás es coser y cantar.
Si no experimentas al Dios vivo en el fondo de tu ser,
todos los esfuerzos por llegar, serán inútiles.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Vivir el Evangelio.

domingo, 30 de julio de 2017
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hidden-treasureEl mundo nada puede contra el hombre que canta en la miseria (Ernesto Sábato)

30 de julio. Domingo XVII del TO

Mt 13, 44-52

El reinado de Dios se parece a un tesoro escondido en un campo: lo descubre un hombre, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, vende todas sus posesiones para comprar aquel campo

Con la parábola del tesoro escondido, Jesús quiere mostrarnos que en el campo de la vida existen fortunas que no todo el mundo logra encontrar. Los buscadores de la tierra mítica “El Dorado” preguntaban siempre dónde se encontraba, y escuchaban siempre la misma vacua respuesta: “Más allá”, y nunca la alcanzaban. Para nosotros, Jesús es “El Dorado”, la perla de gran valor que encontró el comerciante.

A lo largo de la historia de la ética se ha puesto el constitutivo del valor moral en muy diversos aspectos: los epicúreos en el placer; los estoicos en la ataraxia; Aristóteles en la felicidad; Kant en el deber: Spencer en el altruismo; Sartre en la libertad. Para los cristianos encuentra su máxima expresión en la vivencia del mandamiento del amor: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, de Lc 10, 27.

Las tres parábolas recogidas hoy por el evangelista –del tesoro escondido, de la perla de gran valor y de la red– tienen que ver con valores externos a la persona. Sin duda son importantes, aunque los más trascendentales son los internos.  En su obra Dios, –un Dios interior, el exterior ajeno a nosotros nos sirve de muy poco– editorial Sirio 2013, Emilio Carrillo, recordando palabras del místico universal Ibn Mansur Al-Hallaj (857-922), lo manifiesta de este modo: “Tal como llena mi interior, Cristo Jesús es la prueba más evidente de Dios en nosotros, en cada uno; la manifestación más clara y potente de que Dios es yo y yo soy Dios cuando ceso de ser “yo”. Por esto hago mío lo expresado por Pablo de Tarso (Gálatas 2, 20): “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí”.  Ese Dios que está en mí y me hace Él y yo le hago. Y en este caso, me parece a mí, y más allá de lo que dice este autor, sin dejar de ser yo, sino por serlo.

Como hizo Jesús, nuestra vida debe estar presente en cualquier tarea humana y en cualquier lugar donde haya que dar testimonio o se forje el futuro de la sociedad en que vivimos. En Zacarías 14, 16 se lee: “Y sucederá que todo sobreviviente de las naciones que fueron contra Jerusalén subirán de año en año para adorar al Rey, Señor de los ejércitos, y para celebrar la fiesta de los Tabernáculos. Un anunciar y un vivir el Evangelio, que nos hace hombres nuevos, respondiendo a las aspiraciones más profundas de todo ser humano. A quienes lo hacen se les puede aplicar la parábola del hombre prudente que construyó su casa sobre roca. A pesar de las lluvias que cayeron y el azote de los vientos (Mt 7, 24-25).

El novelista argentino Ernesto Sábato (1911-2011) “El mundo nada puede contra el hombre que canta en la miseria”. Lucas abre su evangelio con un anuncio claro de alegría: “el dixit illis ángelus nolite timere ecce enim evangelizo vobis gaudium” (Lc 2, 10). Y Juan dice al final del suyo con un: “Os he dicho estas palabras para que mi alegría esté dentro de vosotros, y vuestra alegría sea completa” (Jn 15, 11).

Santa Teresita de Lisieux recogió el encargo de Jesús y lo aplicó de esta manera:

“¡Oh cuántas almas hay en la tierra
que andan en vano en busca de la dicha!
En cuanto a mí, mi caso es el contrario:
en mi interior yo encuentro la alegría.
Mi alegría no es algo pasajero,
pues que yo la poseo de por vida;
como rosa que se abre a la mañana,
me sonríe sin quiebra día a día”.

En el anteriormente citado libro Dios, el autor nos deja un original Padrenuestro en el que se resaltan las profundas razones que tenemos para “Vivir el Evangelio”.

PADRE NUESTRO

Padre Nuestro, Vacío-Amor, Eterno,
Esencia de todas las formas,
Expresión del Ser Evolutivo del todo.
Santificado sea tu Nombre.
Venga a nosotros la conciencia plena de lo que Somos:
Tú, en las formas humanas del libre albedrío.
Hágase en nosotros la Conciencia de Unicidad sin dualismos:
Aceptación y Amor de lo que Es, de lo que Acontece.
El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy:
El Amor a todos y a todo.
Y que en Amor aprendamos de nuestras experiencias
y aceptemos nuestro proceso y el de los otros.
Líbranos de confundir la Esencia Eterna
con las formas perecederas.
Amén.

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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El Reino de Dios es Dios…

domingo, 30 de julio de 2017
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cost_of_being_discipleEl Reino de Dios, es Dios actuando con misericordia y perdón.  Esta certeza es la que movió a Jesús a salir a los caminos, a encontrarse con los hombres y mujeres necesitados. El Reino de Dios no es un lugar de poder, es una experiencia que nos provoca a salir de nosotros/as mismos/as y buscar en los pliegues de la vida la salvación que el Abba nos ofrece y con la que nos invita a luchar a su lado contra el mal que acecha al ser humano y al mundo en el que vive.

Y les hablaba en parábolas

La lectura de este domingo forma parte de uno de los 5 discursos en los que Mateo recoge las enseñanzas de Jesús. En esta ocasión nos encontramos con tres parábolas cargadas de sugerencias y contrastes y que Jesús dirige especialmente a sus discípulas y discípulos.

Cuando estamos acostumbrados/as a elaborar grandes reflexiones sobre Dios y su relación con el ser humano nos puede sorprender que Jesús escoja pequeñas narraciones para expresar lo mismo. Ante ellas podeos quedarnos en lo anecdótico de la historia o hacer rebuscados análisis para sacar a la luz el mensaje que encierran. Pero el objetivo de Jesús era diferente, él quería sorprender, provocar las intuiciones y sentimientos que están en nuestro corazón.  Por eso sus historias se resisten a la racionalización y se abren a la propuesta y a la utopía.

El Reino de los cielos

El Reino de los Cielos es una expresión que, aunque no es muy frecuente en la Biblia, si era familiar a quienes escuchaban a Jesús que la entendían como una forma de nombrar a Dios.  Israel siempre ha preservado con mucho cuidado el nombre de Dios y mantiene la prohibición de utilizar el nombre de Yahvé.  Por eso se solían utilizar diversas expresiones para dirigirse a él. En este caso Jesús utiliza Reino de los cielos.

La realeza es un atributo divino que encontramos en los salmos con cierta frecuencia y que evoca el deseo de dejar a Dios ser Dios en medio de su pueblo. Cuando Jesús habla del “Reino de los cielos o del reino de Dios” está diciendo eso, pero con unos matices muy concretos que va a provocar en muchos de los que lo escuchaban escándalo y preocupación porque rompe con esas imágenes reduccionistas de Dios que ponen límites a la salvación pero que dan seguridad.

Para Jesús Dios mismo; está actuando en el hoy concreto de la historia y lo está haciendo con misericordia y perdón para todo ser humano. Por eso sus palabras, curaciones y sus controvertidas comidas buscaban visibilizar esa presencia gratuita y amorosa de Dios en medio de su pueblo.

Siempre fieles y gratuitas/os

En las parábolas del evangelio de este domingo Jesús al dirigirse a su grupo de seguidores y seguidoras quiere incidir en dos cosas:

1.- Encontrarse con Dios es una experiencia inigualable, capaz de cambiar nuestra vida y sobre todo de hacernos hombres y mujeres felices. Una felicidad que abre nuestro corazón a la gratuidad, a la sencillez y al compromiso porque la hemos encontrado, no por nuestro esfuerzo, sino porque como el tesoro o la perla estaba allí esperándonos como un regalo personal de un Dios apasionado por cada uno/a de nosotros/as.

2.- Sentirse sostenidas/os en las buenas manos de Dios, es confiar y arriesgarse a echar las redes más allá de lo conocido, aprender a discernir lo bueno de lo malo y a mantener viva la memoria de nuestra fe, actualizándola, recreándola para que no deje de ser significativa para cada nueva generación.

Carmen Soto, ss

Fuente Fe Adulta

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…sólo es para los valientes

sábado, 29 de julio de 2017
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Del blog Nova Bella:

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 Escucha:

Hay un camino. Comienza más allá de los enebros, pero si lo buscas durante el día no lo encontrarás. Espera la llegada de la tarde, y refúgiate en el pabellón con una jarra de té, una alfombra y unos cuantos libros. Así esperarás la llegada de la noche. Cuando el té se quede frío, desenrolla la alfombra y siéntate en el centro: sus dibujos te protegerán contra los malos espíritus. Los libros distraerán tu mente. Elige libros de poesía o de historias caballerescas, pero evita la filosofía o los tratados morales, que estropean la digestión y agrían el carácter. Déjate llevar por los senderos de las historias, degusta con delectación los nombres de los países inventados.

Contempla las flores imaginarias, enamórate de las damiselas de papel. Al mismo tiempo, espía la aparición de la primera estrella. Cuando oigas el grito del pájaro de la noche, ponte en pie y camina hasta el extremo del jardín.
Entonces lo verás. Presta atención, porque el camino se abre una vez nada más. Tómalo, no mires atrás. La vida sólo es para los valientes.

*

Andrés Ibáñez,
El perfume del cardamomo

cardamomo

***

 

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“Importancia de lo pequeño”. 23 de julio de 2017. 16 Tiempo ordinario (A). Mateo 13, 24-43.

domingo, 23 de julio de 2017
Comentarios desactivados en “Importancia de lo pequeño”. 23 de julio de 2017. 16 Tiempo ordinario (A). Mateo 13, 24-43.

amigosud-lds-laminas12514Al cristianismo le ha hecho mucho daño a lo largo de los siglos el triunfalismo, la sed de poder y el afán de imponerse a sus adversarios. Todavía hay cristianos que añoran un Iglesia poderosa que llene los templos, conquiste las calles e imponga su religión a la sociedad entera.

Hemos de volver a leer dos pequeñas parábolas en las que Jesús deja claro que la tarea de sus seguidores no es construir una religión poderosa, sino ponerse al servicio del proyecto humanizador del Padre (el reino de Dios), sembrando pequeñas “semillas” de Evangelio e introduciéndose en la sociedad como pequeño “fermento” de vida humana.

La primera parábola habla de un grano de mostaza que se siembra en la huerta. ¿Qué tiene de especial esta semilla? Que es la más pequeña de todas, pero, cuando crece, se convierte en un arbusto mayor que las hortalizas. El proyecto del Padre tiene unos comienzos muy humildes, pero su fuerza transformadora no la podemos ahora ni imaginar.

La actividad de Jesús en Galilea sembrando gestos de bondad y de justicia no es nada grandioso y espectacular: ni en Roma ni en el Templo de Jerusalén son conscientes de lo que está sucediendo. El trabajo que realizamos hoy sus seguidores es insignificante: los centros de poder lo ignoran.

Incluso, los mismos cristianos podemos pensar que es inútil trabajar por un mundo mejor: el ser humano vuelve una y otra vez a cometer los mismos horrores de siempre. No somos capaces de captar el lento crecimiento del reino de Dios.

La segunda parábola habla de una mujer que introduce un poco de levadura en una masa grande de harina. Sin que nadie sepa cómo, la levadura va trabajando silenciosamente la masa hasta fermentarla enteramente.

Así sucede con el proyecto humanizador de Dios. Una vez que es introducido en el mundo, va transformando calladamente la historia humana. Dios no actúa imponiéndose desde fuera. Humaniza el mundo atrayendo las conciencias de sus hijos hacia una vida más digna, justa y fraterna.

Hemos de confiar en Jesús. El reino de Dios siempre es algo humilde y pequeño en sus comienzos, pero Dios está ya trabajando entre nosotros promoviendo la solidaridad, el deseo de verdad y de justicia, el anhelo de un mundo más dichoso. Hemos de colaborar con él siguiendo a Jesús.

Una Iglesia menos poderosa, más desprovista de privilegios, más pobre y más cercana a los pobres, siempre será una Iglesia más libre para sembrar semillas de Evangelio, y más humilde para vivir en medio de la gente como fermento de una vida más digna y fraterna.

José Antonio Pagola

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“Dejadlos crecer juntos hasta la siega”. Domingo 23 de julio de 2017. 16º domingo de tiempo ordinario.

domingo, 23 de julio de 2017
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39-OrdinarioA16Leído en Koinonia:

Sabiduría 12,13.16-19: En el pecado, das lugar al arrepentimiento
Salmo responsorial: 85Tú, Señor, eres bueno y clemente.
Romanos 8,26-27: El Espíritu intercede con gemidos inefables
Mateo 13,24-43:  Dejadlos crecer juntos hasta la siega

Hoy, como en tiempos de Jesús y durante toda la historia de la humanidad, solemos dividir y “organizar” aparentemente la sociedad con criterios que consideramos muchas veces correctos: buenos y malos deben estar separados y puestos en los extremos opuestos.

Esta práctica de dividir entre buenos y malos, era aceptada por muchos grupos en el tiempo de Jesús por diversos criterios religiosos (fariseos y esenios), así como por los grupos económicos y políticos (herodianos, saduceos y celotes), pues todos ellos veían como opositores a quienes no pensaban, creían u opinaban según sus mismos criterios.

Jesús llama a la apertura de la mente y el corazón para acoger con esperanza (no pasivamente, con indiferencia) a quienes aparecen ante nuestra forma de vida como diferentes (que solemos catalogar como “malos”). Necesitamos tener apertura para acoger con un actitud de pluralismo asimilado la diferencia, que siempre va a estar presente en nuestra humanidad.

No hay que ignorar en la parábola de la cizaña la presencia del mal en la historia, como lo reconoce Jesús en la presencia del enemigo que siembra la cizaña en el campo. Quiere llamarnos la atención de que no hay que buscar con afán, y posiblemente confundir la semilla buena con la semilla mala. Muchas veces dividir la humanidad entre buenos muy buenos, y malos muy malos, ofreciendo el premio de la salvación para los primeros y la condenación para los segundos, puede ocasionarnos equivocaciones irreparables. Sólo a Dios le corresponde juzgar, con inmensa justicia y misericordia, a cada ser humano, como sólo Dios lo sabe hacer.

Por creernos muchas veces con el poder y la autoridad, nos atribuimos en nuestra conciencia actitudes que excluyen y separan a unos de otros; nuestra autosuficiencia egoísta separa en la práctica cotidiana a personas que por su situación socio-económica o ideológica, son marginados y excluidos por una sociedad dividida en el poder, olvidando que todos y todas somos hermanos y hermanas que compartimos una misma humanidad.

El Reino debe implicar para el seguidor de Jesús una acción transformadora en la vida cotidiana, que llegue hasta lo más profundo del actuar de cada ser humano, y el llamado permanente a la búsqueda y construcción de un mundo más humano, no sólo para unos pocos, sino para todos. Las estructuras basadas en la injusticia no crean el bien necesario para que el mundo avance, sino que generan más muerte y división en la humanidad, atacando con su fuerza destructora cualquier propuesta alternativa de construcción de una nueva humanidad.

No podemos olvidar que la buena noticia que Jesús vino a anunciar (el Reino) es una Buena Nueva para los pobres, en la que de ahora en adelante Jesús y sus discípulos lucharán por una sociedad igualitaria. Comprender el valor de lo pequeño, de lo pobre, como opción fundamental de Jesús y de quienes proseguimos su causa, debe ser una denuncia permanente contra tantas formas de opresión y marginación de estructuras injustas que deshumanizan a tantas personas y comunidades, en donde vive ocultamente el valor de la grandeza del Reino cuando se construye organización y se promueven los valores del Reino.

 Dicho esto, abordemos un segundo nivel, más crítico, en este comentario.

Esta parábola puede resultar alienante si se toma como una invitación a la inactividad, o a la suspensión de nuestra responsabilidad para dejarla en las manos de Dios: él sería quien a fin de cuentas, al final de la historia, incluso más allá de la historia, deberá poner las cosas y las personas en su lugar… Esta idea de un Dios «premiador de buenos y castigador de malos», que contabiliza nuestras acciones y por cada una de ellas nos dará un premio o un castigo, ha sido una idea central de la cosmovisión cristiana clásica. El miedo a la condenación eterna, pieza central de la bóveda de la cosmovisión cristiana clásica medieval y barroca, está en la misma línea. ¿Qué decir de todo ello hoy?

Es obvio que conforme pasa el tiempo estas convicciones fundamentales del pensamiento cristiano van pasando a segundo plano, dejan de estar presentes, no se comentan, incluso se evitan positivamente… Diríamos que ésa es una manifestación más del famoso «eclipse de lo sagrado» que se da en nuestra sociedad moderna. Si nuestros abuelos y sus generaciones anteriores vivieron en una sociedad que transparentaba la eternidad, la vida del más allá, con sus premios y castigos, hoy vivimos, por el contrario, en una sociedad –y con una epistemología- en la que nos es difícil imaginar y pensar el más allá de la muerte como el lugar de los premios y castigos de Dios, como una separación post mortem del trigo y de la cizaña.

No vamos a pretender aquí resolver el asunto, ni abordar el tema en profundidad. Sólo queremos llamar críticamente la atención sobre él haciendo algunas afirmaciones.

Sea la primera la de reconocer que ya no se puede seguir hablando de más allá de la muerte con la ingenuidad y la rotundidad con la que durante siglos se ha hablado: el tema merece una revisión profunda, y en todo caso no permite las afirmaciones clásicas con su escandalosa simplicidad.

Buena parte de las descripciones de los premios y castigos eternos hoy aparecen como antropomorfismos insostenibles, respecto a los que no sólo merece la pena no dar más pábulo, sino que es importante también reconocerlos explícitamente como tales, liberando de ese modo a la fe de la obligación de compartir semejantes creencias mitológicas.

Es necesario tomar conciencia de la urgencia de una revisión a fondo de la posición de la fe cristiana respecto al más allá. Habitualmente hemos dado por bueno y por supuesto el dato de la vida más allá de la muerte, como si fuera un artículo de fe obvio, indiscutible. Y en efecto, normalmente ha quedado enteramente fuera de las crisis renovadoras de la fe en las décadas pasadas. El Concilio Vaticano II y su renovación simplemente envió a la trastera el conjunto de imágenes medievales y barrocas que aún estaban en circulación, y propició una relectura de la escatología en la línea del personalismo y del existencialismo, que realmente supusieron una brisa de aire fresco. La teología de la liberación, por su parte, simplemente añadió una lectura histórico-escatológica de la realidad (caminamos hacia el Reino) y la perspectiva de la opción por los pobres (redescubiertos como los «jueces escatológicos universales», Mt 25,31ss), pero dejó intactas las afirmaciones centrales, sin llegar siquiera a plantearse su cuestionamiento (el libro exponente máximo de la escatología de la teología de la liberación es «Hablemos de la otra vida», de Leonardo BOFF, Sal Terrae, Santander, 1978, muchas veces reimpreso, y libremente disponible en la red).

Hoy, un nuevo paradigma de «revisión del sentido y la identidad misma de la religión», nos exige dejar de vivir de rentas, dejar de repetir incuestionadamente lo de siempre, y plantearnos de nuevo las preguntas más radicales: ¿existe realmente la vida más allá de la muerte? ¿Nos ha sido realmente «revelada»? ¿Cuándo, dónde, cómo? ¿Forma parte del contenido mismo de la fe cristiana? ¿Se puede ser cristiano aceptando la inseguridad y la oscuridad que la ciencia actual confiesa respecto a este tema?

Ciertamente, no son preguntas para el hombre y la mujer de la calle que prefieran seguir viviendo en una edición renovada de la «fe del carbonero». No son tampoco preguntas a difundir imprudentemente, ni trofeos para exhibirse como abanderado de la crítica y el esnobismo. Pero son preguntas que los responsables han de plantearse alguna vez en la intimidad de su fe, para que sondeando la dificultad del misterio, tomen la determinación de ser muy respetuosos en su lenguaje y no seguir viviendo de las rentas de afirmaciones que hoy son de hecho tan incuestionadas como increíbles, tan insostenibles como irresponsables.

El tema sólo lo hemos iniciado. Invitamos al lector a tirar del hijo y seguir profundizando, tanto desde el estudio de la teología como en su oración y su fe. Leer más…

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Dom 23.7.17. Mujer con levadura, sabiduría de Dios

domingo, 23 de julio de 2017
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levadura-mujerDel blog de Xabier Pikaza:

Dom 16 tiempo ordinario. Presenté ayer a María Magdalena (22.7.17), que es (con María de Nazaret) el signo más perfecto del Reino de Dios, según el evangelio de este domingo:

El Reino de los cielos se parece a una mujer que introduce su levadura en la masa de la vida, una mujer que perfume de resurrección, promesa de futuro, dentro de un mundo (de una Iglesia) que parece sin futura.

Pero la lectura del evangelio del domingo es mucho más extensa, y consta de tres partes, estructurada en en forma de sándwich o tríptico:

a. Principio: Mt 13, 24-30. Parábola de la cizaña que crece en medio del trigo
b. Intermedio: Mt 13, 31-35: Dos parábolas menores: Grano de mostaza y levadura, con una explicación (sabiduría oculta desde el principio del mundo)
a1. Final: Explicación de la parábola de la cizaña

El principio y final (parábola de la cizaña y explicación) forman un inmenso retablo apocalíptico que trata del sentido de la historia humana, con la creación buena de Dios (trigo) y con el riesgo de la vida que se pervierte (de la mala semilla de cizaña que nosotros mismos sembramos para mal en medio del trigo de Dios).

Las dos parábolas intermedias van unidas… y sirven para explicar el sentido oculto de la gran parábola, la fuerza de la siembra de Dios (grano de mostaza; levadura).

a) en el centro de la historia, Dios ha sembrado su Reino como un grano de mostaza, el más pequeño de todos, el más frágil… Pues bien, ese grano invisible se convertirá en árbol grande, plenitud del mismo dios en la historia humana.

19399260_815457485298112_1294603559265818618_nb) más que cosa de hombre, el reino es “cosa de mujer”, levadura en la masa… Parece que somos masa de perdición, condenada a la muerte… Pero hay una mujer (¡la mujer sabiduría!) que lleva en su mano la levadura y logra que todo fermente.

c) A estas parábolas menores sigue la palabra sobre el sentido de la sabiduría de Dios, comparada al grano de mostaza y a la levadura de mujer.

En la reflexión de hoye me ocuparé sólo de la levadura de mujer, que es fermento del reino… y de la sabiduría de Dios que es el sentido más hondo del evangelio. Dejo para el próximo día el tema del grano de mostaza.

Éste es el domingo de la mujer con levadura (=mujer que es levadura), mujer que es sal. Ella es la última reserva de la humanidad. Si la mujer pierde su levadura (deja de ser fermento) el mundo se secará de muerte, dice Jesús.

Imagen 1. Mujer con levadura, la sabiduría de la vida (conocimiento de mujer).
Imagen 2: Mateo con un libro de la Ley del AT (sabiduría de varón)

Buen domingo a todos, con levadura de mujer, que es levadura de Dios.

Levadura de mujer.

De nuevo se compara el Reino con algo familiar y sencillo. En lugar del glorioso Hijo de Hombre que aparecerá después, Jesús nos habla aquí de una mujer que introduce fermento en la masa del pan (zu,mh| h]n labou/sa gunh.), una masa que está dividida en tres partes, hasta que todo fermenta. El signo no es la siega y división del trigo y cizaña, sino el fermento poderoso que una mujer introduce en el trigo que ella misma amasa y divide en tres partes, cuidadosamente:

Mt 13 33 Les dijo otra parábola: El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la introduce en tres medidas de harina amasada, hasta que todo fermente.

Esta gran imagen, del Q (cf. Lc 13, 20-21), tiene dos rasgos inquietantes.

(a) La levadura, que es básica para algunos alimentos; para que la harina de trigo amasada con agua fermente y pueda hornearse produciendo pan sabroso hace falta levadura.
(b) Junto a la levadura, que se juzgaba impura, por su poder de transformación, está la mujer, que también se consideraba especialmente impura en el campo religioso, precisamente por su menstruación, y por el mismo proceso de la generación.

Levadura. A lo largo de la tradición bíblica, ella tiene un sentido ambivalente. Sin duda, ella es buena para fermentar el pan, pero, al mismo tiempo, se vincula con un tipo de impureza (desintegración) que la vuelve peligrosa. Por eso, los panes para la ofrenda de Dios son ázimos, sin levadura, como el de pascua, que no podía mezclarse con la levadura (masa fermentada del año anterior), de manera que cada año, tras la pascua, debía comenzar con nueva levadura (cf. Gen 19, 3; Ex 12, 8-20; 23, 15; Lev 2, 4; 8, 26; Dt 16, 3 Jos 5, 11 etc.). En ese último sentido emplea Pablo este símbolo, pidiendo a los creyentes que dejen «la vieja levadura de la malicia y maldad, para celebrar los panes ázimos, de la sinceridad y la verdad» (1 Cor 5, 9).

Pues bien, conforme a esa parábola (probablemente de Jesús; cf. también EvTom 96), el pan del Reino de Dios (=de los cielos) no es ázimo (separado y sin fermentación peligrosa), sino que se compara precisamente con la levadura, peligrosa por su poder de transformación, pues fermenta la masa. Ésta es una de las imágenes más atrevidas de Q (y en especial de Mateo), pues separa el Reino de Dios del contexto sagrado del templo (donde se come pan sin levadura) y de la fiesta de pascua (también sin levadura), para situar el camino del Reino en el espacio y movimiento de la masa ambigua y concreta de la vida, que aparecía en la parábola de la cizaña, que puede compararse con la levadura mala (frente a la buena del Reino). Pues bien, en contra de lo que sucede en la cizaña, la levadura aparece ahora como buena y necesaria, pues transforma la masa de trigo.

‒ La mujer. El Reino de Dios se relaciona con una levadura que pertenece al campo de trabajo y experiencia de las mujeres que amasan el pan y aparecen por su biología (ritmos de menstruación) más vinculadas a la visión judía de la levadura, como campo que se juzga más propenso a la impureza. Pues bien, Jesús compara el reino con una levadura de mujer que puede fermentar la masa del pan, no para un servicio litúrgico (con panes sin fermentar), sino para la vida normal (como en las multiplicaciones), de pan con levadura. Leer más…

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Parábolas para tiempo de crisis (2ª parte). Domingo 16. Ciclo A

domingo, 23 de julio de 2017
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granos-de-mostazaGranos de mostaza

Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Mateo resume la crisis que atravesó su comunidad a finales del siglo I en cinco preguntas a las que responde con siete parábolas. El domingo pasado vimos la primera, ¿por qué no aceptan todos el mensaje de Jesús?, a la que respondía la parábola del sembrador. En este domingo se plantean otras dos preguntas, a las que se responde en tres parábolas. La primera de ellas (el trigo y la cizaña) debió considerarla Mateo difícil de entender, y por eso ofrece su explicación. Sin embargo, no lo hace de inmediato. Cuenta tres parábolas seguidas y más tarde, cuando los discípulos llegan a la casa, interrogan a Jesús y éste aclara su sentido. En cambio, las parábolas tercera (grano de mostaza) y cuarta (levadura) carecen de explicación en el evangelio. Por motivos de claridad expongo primero la parábola del trigo y la cizaña, con su explicación, y luego las otras dos.

¿Qué actitud adoptar con quienes no viven el mensaje?

En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente:
― El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo:
― Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?
Él les dijo:
― Un enemigo lo ha hecho.
Los criados le preguntaron:
― ¿Quieres que vayamos a recogerla?
Pero él les respondió:
― No, que, al arrancar la cizaña, podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y, cuando llegue la siega, diré a los segadores: Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero.

La parábola puede leerse desde diversas perspectivas, según pensemos que la finca es el pueblo de Israel, la comunidad cristia­na, o el mundo entero. Ya que esta parábola sólo la cuenta Mateo, vamos a verla primero desde el punto de vista de su comunidad, seriamente enfrentada con los judíos.

1ª hipótesis: La finca es el pueblo de Israel

En ella, el Señor ha plantado buena semilla (los cristianos). Pero el enemigo ha plantado también cizaña (los fariseos y demás enemigos de la comunidad). La tentación de cualquiera de los dos grupos es decidir por su cuenta y riesgo quién es trigo y quién cizaña. Pablo, por ejemplo, antes de convertirse, pidió permiso a las autoridades de Jerusalén para perseguir a los cristianos. Pero también la comunidad cristiana puede correr el riesgo de intentar acabar con los que no forman parte de ella o no los tratan como consideran justo. Así ocurrió cuando una aldea de Samaria no acogió a Jesús y los discípulos: Juan y Santiago le propusieron hacer bajar un rayo del cielo que acabase con todos (Lc 9,51-56). Con esta parábola, Mateo hace una exhortación a la calma, a dejar a Dios la decisión en el momento final.

2ª hipótesis: La finca es la comunidad cristiana

La parábola también podría entenderse dentro de la comunidad cristiana (sola ésta sería la finca), donde hay gente que respon­de al evangelio (trigo) y gente que no parece vivir de acuerdo con él (cizaña). El mensaje es el mismo en este caso. Aunque las cosas parezcan claras, es fácil que al arrancar la cizaña se lleven por delante el trigo. Porque cualquier de nosotros, por muy preparado que se considere teológica y moralmente, puede equivocarse. No son raros los casos de personas condenadas por la Iglesia que terminaron no sólo rehabilitadas sino también canonizadas.

3ª hipótesis: la finca es el mundo

Finalmente, la parábola se puede interpretar en un contexto más general, donde la finca es el mundo, la buena semilla los ciuda­danos del Reino y la cizaña los secuaces del Malo. En esta línea se orienta la explicación de los versículos 36-43.

Los discípulos se le acercaron a decirle:
― Acláranos la parábola de la cizaña en el campo.
Él les contestó:
― El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será al fin del tiempo: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y arrancarán de su reino a todos los corruptores y malvados y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.

En cualquiera de estas tres hipótesis (todas válidas), Jesús advierte contra el peligro de que paguen justos por pecadores. Es preferible tener paciencia y dejar la justicia a Dios, el único que puede emitir un veredicto exacto, sin temor a equivocarse.

La actitud de Dios, modelo de moderación en indulgencia

La primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría, se mueve en esta línea de bondad y tolerancia, poniéndonos a Dios como modelo. Un Dios al que el poder impulsa, no a castigar sino a perdonar, que gobierna con moderación e indulgencia, y que siempre da un voto de confianza al pecador, esperando que se convierta.

Fuera de ti, no hay otro Dios al cuidado de todo, ante quien tengas que justificar tu sentencia. Tu poder es el principio de la justicia, y tu soberanía universal te hace perdonar a todos. Tú demuestras tu fuerza a los que dudan de tu poder total, y reprimes la audacia de los que no lo conocen. Tú, poderoso soberano, juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia, porque puedes hacer cuanto quieres. Obrando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano, y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento.

¿Tiene algún futuro esto tan pequeño?

Tras la explicación, volvemos al otro tema tratado por las parábolas de hoy. La comunidad de Mateo es pequeña. Las otras comunidades también. Han pasado ya cincuenta años de la muerte de Jesús, y aunque el cristianismo se va extendiendo por el Imperio Romano, representan una minoría. ¿Qué futuro tiene este grupo tan pequeño? ¿Qué futuro tiene la iglesia actual, que carece del influjo y el poder que tenía hace unos años? Mateo responde con dos parábolas: la del grano de mostaza y la de la levadura. Ambos coinciden en ser algo pequeño, pero más importante de lo que puede parecer a primera vista.

El grano de mostaza

El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas, y vienen los pájaros a anidar en sus ramas.

Esta parábola sólo se comprende a fondo cuando se conoce una parábola del profeta Ezequiel que utiliza Jesús como modelo. A comienzos del siglo VI a.C., cuando el pueblo de Israel se encontraba deportado en Babilonia, para expresar que su suerte cambiaría y sería espléndida, Ezequiel cuenta lo siguiente:

Cogeré una guía del cogollo del cedro alto y encumbra­do;
del vástago cimero arrancaré un esqueje
y lo plantaré en un monte elevado y señero,
lo plantaré en el monte encumbrado de Israel.
Echará ramas, se pondrá frondoso
y llegará a ser un cedro magnífico;
anidarán en él todos los pájaros,
a la sombra de su ramaje anidarán todas las aves. (Ez 17,22-23).

Jesús acepta la imagen del árbol y la idea de que sirve para acoger a todas las aves del cielo. Pero introduce un cambio radical: no elige como modelo el cedro alto y encumbrado, sino el modesto arbusto de mostaza, que, cuando crece, «sale por encima de las hortalizas». Es un ataque lleno de humor e ironía al triunfalismo. Lo importante no es que el árbol sea grandioso, sino que pueda cumplir su función de acoger a los pájaros. Para la comunidad de Mateo era una excelente lección, y también debe serlo para nuestras tentaciones de triunfalismo eclesial.

La levadura

Les dijo otra parábola:
El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, y basta para que todo fermente.

Algo parecido ocurre con la parábola de la levadura. Se usa en poca cantidad, pero cumple su función, hace que fermente la masa. La tentación de la comunidad cristiana es querer ocupar mucho espacio, ser masa, llamar la atención por su volumen, por el número de miembros. Jesús dice que lo importante es la función de fermentar la masa.

Resumiendo lo leído hasta ahora, Mateo ofrece una explicación de la realidad (sembra­dor) y una llamada a la sereni­dad (trigo y cizaña) y a confiar en algo que tiene unos comienzos tan modestos (mostaza y levadura). El próximo domingo, otras tres parábolas completarán esta enseñanza.

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Domingo XVI del Tiempo Ordinario. 23 Julio, 2017

domingo, 23 de julio de 2017
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d-16

“Dejadlos crecer juntos hasta la siega, y cuando llegue la siega diré a los segadores: Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero.”

(Mt 13, 24-43)

Este domingo el evangelio nos vuelve a traer parábolas y semillas.

Jesús quiere hablar de realidades que no se ven. Nos quiere hablar del Reino de Dios y de Dios mismo. Para ello utiliza imágenes de la vida cotidiana. Recurre a ejemplos que sabe que quienes le están escuchando comprenden completamente.

Las gentes sencillas que se acercaban a escuchar a Jesús sabían perfectamente cómo era el trigo y cómo era la cizaña. Conocían las semillas. Veían plantas de mostaza y sabían, porque lo veían cada día, que un poco de levadura era capaz de levantar mucha masa.

A muchas de nosotras todos estos ejemplos nos pillan lejos. Seguramente más de una no ha visto nunca un campo de trigo y no sabe cómo es la cizaña. Tampoco conocemos las plantas de mostaza. Y como el pan ya no se hace en casa quizá hay gente que nunca ha visto subir una masa.

Si Jesús nos hablara hoy tendría que ponernos otros ejemplos. Nos tendría que hablar de Internet, de teléfonos táctiles o de whatsapps.

No sé qué ejemplo nos pondría para hacernos comprender que a veces es necesario dejar crecer aquello que no está bien. La cizaña es una mala hierba, muy parecida al trigo pero tóxica.

En la parábola se nos dice que no arranquemos la cizaña. ¿Por qué? Porque podríamos dañar el trigo.

Nuestras vidas están llenas de pequeñas (o grandes) sombras que desearíamos arrancar. Pero Jesús nos dice que no. Que las dejemos crecer junto con nuestras luces.

Nuestro afán por tener una imagen prefecta puede acabar con aquello que teníamos de bueno y valioso.

En una sociedad donde se nos invita continuamente a eliminar cualquier defecto: arruga, grano, cana… Jesús nos dice: dejad que crezcan.

No sé si le podremos hacer mucho caso. ¿Nos atreveremos a dejar crecer nuestros defectos? ¿Tendremos paciencia para esperar al tiempo oportuno para arrancarlos?

Oración

Haznos valiente y arriesgadas para dejar crecer Tu trigo y la cizaña que se nos ha colado.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

***

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Acepta que hay cizaña en tu campo.

domingo, 23 de julio de 2017
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1602347Mt 13, 24-43

La parábola de la cizaña es una de las siete que Mt narra en el capítulo 13. Como decíamos el domingo pasado, se trata de un contexto artificial. Como todas las parábolas es un relato anodino e inofensivo por sí mismo, pero que, descubriendo la intención del que la relata, puede llevarnos a una reflexión muy seria sobre la manera que tenemos de catalogar a las personas como buenos y malos. Mal entendida, puede dar pábulo a un maniqueísmo nefasto, que tergiversa el mensaje de Jesús. Bien y mal se encuentran inextricablemente unidos en cada uno de nosotros.

Empecemos por notar que el sembrador siembra buena semilla. La cizaña tiene un origen distinto. Este lenguaje debemos explicarlo. Según aquella mentalidad, hay un enemigo del hombre empeñado en que no alcance su plenitud. Pero la hipótesis del maniqueísmo es innecesaria. Durante milenios el hombre trató de buscar una respuesta coherente al interrogante que plantea la existencia del mal. Hoy sabemos que no tiene que venir ningún maligno a sembrar mala semilla. La limitación que nos acompaña como criaturas, da razón suficiente para explicar los fallos de toda vida humana.

La vida arrastra tres mil ochocientos millones de años de evolución que ha ido siempre en la dirección de asegurar la supervivencia del individuo y de su especie. A ese objetivo estaba orientado cualquier otro logro. Al aparecer la especie humana, descubre que hay un objetivo más valioso que el de la simple supervivencia. Al intentar caminar hacia esa nueva plenitud de ser que se le abre en el horizonte, el hombre tropieza con esa enorme inercia que le empuja al objetivo puramente egoísta. En cuanto se relaja un poco, aparece la fuerza que le arrastra en la dirección equivocada.

El objetivo de subsistencia individual y el nuevo horizonte de unidad que se le abre al ser humano no son contradictorios. En el noventa por ciento deben coincidir. Pero esa pequeña proporción que les diferencia no es fácil de apreciar. Como en el caso de la cizaña y el trigo, solo cuando llega la hora de dar fruto queda patente lo que los distingue. Es inútil todo intento de dilucidar teóricamente lo que es bueno o lo que es malo. La mayoría de las veces el hombre solo descubre lo bueno o lo malo después de innumerables errores en su intento por acertar en su caminar hacia la meta.

En el ser humano, el bien biológico individualista sería siempre bueno mientras no vaya contra el bien de los demás. Todo el esfuerzo que haga el ser humano por vivir mejor de lo que vive en una época determinada, sería estupendo si toda mejora alcanzara a todos los hombres, y no se consiguiera el bien de unos pocos a costa del mal de muchos. En el mundo que nos ha tocado vivir, podemos descubrir esa contradicción. El hombre, buscando su plenitud como individuo, arruina su plenitud como ser humano.

El punto de inflexión en la lógica del relato lo encontramos en las palabras del dueño del campo. “dejadlos crecer juntos hasta la siega”. Lo lógico sería que se ordenara arrancar la cizaña en cuanto se descubriera en el sembrado, para que no disminuyera la cosecha. Pero resulta que, contra toda lógica, el amo ordena a los criados que no arranquen la cizaña, sino que la dejen crecer con el trigo. Este quiebro, es el que debe hacernos pensar. No es que el dueño del campo se haya vuelto loco, es que el que relata la parábola quiere hacernos ver que otra visión de la realidad es posible.

No les deja crecer juntos porque el señor se siente generoso y perdona la vida a los malos. La única razón que el dueño aduce es “que podríais arrancar también el trigo”; precisamente por la dificultad de distinguirlos a simple vista. La primera lectura nos advierte que Dios obra con moderación porque todo lo puede. Jesús da un paso más y nos dice que Dios no tiene nada que perdonar. Nuestra posibilidad de fallar no le inquieta, en cambio a nosotros nos desconcierta. Dios no puede premiar ni castigar “a posteriori”, porque se ha dado a cada uno antes de que lleguemos a la existencia.

La respuesta del amo está fuera de toda lógica. Esto es lo que debería hacernos pensar. El trigo y la cizaña tienen que convivir a pesar de que son plantas antagónicas y lo que produce una, será siempre a costa de la otra. La cizaña perjudica al trigo, pero la realidad es que son inseparables. Aplicado al ser humano, la cosa se complica hasta el infinito, porque en cada uno de nosotros coexisten juntos cizaña y trigo. Nunca conseguiremos eliminar del todo nuestra cizaña. Solo tomando conciencia de esto, superaremos el puritanismo y podremos aceptar al otro con su cizaña.

Esta mezcla inextricable no es un defecto de fabricación, como se ha hecho creer con mucha frecuencia; por el contrario, se trata de nuestra misma naturaleza. Dejaríamos de ser humanos si anularan nuestra posibilidad de fallar. No solo es absurdo el considerar a uno bueno y a otro malo, sino que el solo pensar que una persona se pueda considerar perfecta, es descabellado. Querer arrancar la cizaña es una tentación, que demuestra la falta de confianza en uno mismo.

También hoy Jesús, a petición de sus discípulos, explica la parábola. Una vez más, no se trata de una explicación de Jesús, sino de un añadido de la primera comunidad, que convirtió las parábolas en alegorías para poder utilizarla como instrumento moralizante. En la explicación que el evangelio da de esta parábola, se ve con toda claridad la diferencia entre parábola y alegoría. Podemos apreciar cómo se desvía el acento desde la necesidad de convivir con el diferente a la insistencia en que los malos serán quemados, con la intención de que el miedo a ser chamuscados nos haga mejores

Si a través de veinte siglos, la Iglesia hubiera hecho caso de esta parábola, ¡cuántos atropellos se hubieran evitado! Tanto en la doctrina como en moral, se ha perseguido al que discrepaba de la oficialidad, solo por el afán de conservar la pureza legal, que tanto preocupa a los dirigentes. Se ha excomulgado, se ha desterrado, se ha quemado en la hoguera a miles de cristianos que eran bellísimas personas, aunque no coincidieran en todo con los cánones oficiales. Es patético, que a algunos de los que han sido sacrificados sin piedad, después se les haya declarado santos.

Aún tenemos pendiente un cambio en nuestra actitud ante el diferente. Hemos sido educados en el exclusivismo. Se nos ha enseñado a despreciar al diferente. Jesús sabía muy bien lo que decía a un pueblo judío que se creía elegido y superior a todos los demás. A pesar de la claridad del mensaje, muy pronto olvidaron los cristianos las enseñanzas de Jesús y reprodujeron el exclusivismo judío. Una sola frase resume esta actitud totalmente antievangélica: “fuera de la Iglesia no hay salvación”. Esta máxima (mínima) ha sido defendida todavía por el último Catecismo de la Iglesia Católica.

Meditación

Por mucho que nos empeñemos en impedirlo,
la cizaña y el trigo van a seguir creciendo juntos.
Si descubres los fallos en los que tropiezas cada día,
estarás en condiciones de aceptar a los demás con los suyos.
El objetivo del cristiano no es alcanzar la perfección,
sino aceptar al otro a pesar de sus fallos.

 

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Dejadlos crecer juntos.

domingo, 23 de julio de 2017
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inaweofgodscreationLa tolerancia es la mejor religión (Víctor Hugo)

23 julio. Domingo XVI del TO

Mt 13, 24-43

Dejad que crezcan juntos hasta la siega

En la película Lo and Behold (2017) del director alemán Werner Herzog se dice que “Cada molécula tiene su propio sonido. Y estos sonidos están diseñados específicamente para que cuando la molécula está bien formada, se creen armonías. Si algo no encaja, formará una disonancia. De hecho es difícil lograr una disonancia”. Las diferencias se van diluyendo con el tiempo y, al final, nos percatamos de que en toda la existencia hay una armonía.

La primera lectura y el Evangelio de hoy con la parábola de la cizaña, son una llamada de atención sobre la tentación en que caemos con frecuencia de meternos a jueces de los demás, excluyéndolos del reino de los cielos. La pregunta es obvia, excepto para quienes piensan que se les ha dado todo poder sobre la tierra: ¿Quién soy yo para juzgarlos?

En sus novelas, Jesús Sánchez Adalid (1962, jurista y teólogo, manifiesta una penetrante reflexión acerca de las relaciones humanas, la libertad individual, el amor, el poder y la búsqueda de la verdad; lo que le ha convertido en un símbolo de encuentro y armonía entre los pueblos, religiones y razas. En Y de repente Teresa (Ediciones B, S. A. 2014) analiza el inhumano proceder de la Inquisición en pleno siglo XVI. De uno de sus más ilustres personajes, Don Rodrigo de Castro (1523-1600) dice que es “un implacable, ambicioso y cauto, que se ha consagrado concienzudamente a realizar pesquisas sobre aquellas mujeres que tienen éxtasis, visiones, y misteriosas revelaciones, por si fueran “alumbradas”; es decir, adeptas a secta mística que tanto preocupa el Santo Oficio, por ser considerada herética y relacionada con el protestantismo”.

Concha Redondo, mística y teóloga, nacida en Madrid en 1931, en su obra poética Mis experiencias (Séneca Editorial 2014). Una mujer de la que se dice que el Espíritu le posibilita la comunicación inmediata y directa con la Divinidad que todos atesoramos, incluso los que crecen a nuestro lado diferentes. Uno de sus poemas, Vida, se cierra con estos versos:

“Despertar …
Madurar…
Nacer cada día…
Nacer cada día más humano”.

Mensaje de tolerancia plenamente evangélico –“Dejad que crezcan juntos…” (Mt 13, 30)- como así mismo lo propone Pedro Olalde en una de sus obras: “En el campo del mundo, en nosotros, Jesús siembra buena semilla para que germine y de fruto abundante. Quiere que seamos personas felices, desarrolladas y creadoras de vida para otros”.

De Ismael, hijo de Abraham y su esclava Agar, se dice en Gn 16, 12: “Será un potro salvaje: él contra todos y todos contra él; vivirá separado de sus hermanos”. Aplicado a Jesús, tendríamos que decir todo lo contrario de “separado”. Con frecuencia olvidamos lo que la historia de la vida nos cuenta. La endogamia empobrece, y el mestizaje todo lo enriquece.

En El Canto del pájaro Anthony de Mello, nos cuenta la bella y tolerante historia, en la que aprendió a hacerse amigo de los de “dientes de león” que, como una plaga, habían invadido su jardín.

Ya, otro poeta y novelista, Víctor Hugo, había dicho que “La tolerancia es la mejor religión.

 DIENTES DE LEÓN

Un hombre que sentía orgulloso del césped de su jardín, se encontró un buen día con que en dicho césped crecía una gran cantidad de “dientes de león”. Y aunque trató por todos los medios de librarse de ellos, no pudo impedir que se convirtieran en una auténtica plaga.

Al fin escribió al Ministerio de Agricultura, refiriendo todos los intentos que había hecho, y concluía la carta preguntando:

-“¿Qué puedo hacer?”.
– Al poco tiempo llegó la respuesta:
-“Le sugerimos que aprenda a amarlos”.

También yo tenía un césped del que estaba muy orgulloso, y también sufrí una plaga de “dientes de león” que traté de combatir con todos los medios a mi alcance.  De modo que el aprender a amarlos no fue nada fácil. Comencé por hablarles todos los días cordial y amistosamente. Pero ellos sólo respondían con su hosco silencio. Aún le dolía la batalla que había librado contra ellos. Probablemente recelaban de mis motivos.

Pero no tuve que aguardar mucho tiempo a que volviesen a sonreír y a recuperar su sosiego. Incluso respondían ya a lo que yo les decía. Pronto fuimos amigos.

Por supuesto que mi césped quedó arruinado, pero ¡qué delicioso se hizo mi jardín…!

Anthony de Mello

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Se parece a…

domingo, 23 de julio de 2017
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the-passion-fox-netflix-644x362Mt 13, 24-43

Las “cosas de Dios” nos parece que deben ser tan elevadas que cuando alguien las explica de manera asequible apenas nos las creemos y solemos “pedir una explicación”. Esto también les sucedió a los discípulos incluso con el Señor; por eso, cuando Jesús les hablaba en parábolas, le pedían que les aclarara lo que les había contado. La simplicidad cuesta mucho. Demasiado. Asociamos la complejidad a Dios, cuando es todo lo contrario. Por eso a los seguidores del Maestro les resultaba asombroso que no necesitaran ser doctos y “entendidos” en la materia para comprender un mínimo del estilo con el que el Señor había planteado su forma de implementar el Reino.

Que el mismo Jesús utilizara imágenes de la cotidianeidad para hacernos ver cómo es el reino de los cielos es maravilloso. Con ello quiere decir que la Creación es tan rica y significativa que tiene capacidad para remitir a lo divino; transmite así, que lo natural, lo común, encierra verdades hondas. Además, de este modo el mensaje resulta accesible a la mayoría; y entre todos, no solo podemos hacernos una idea, de verdad, de cómo está funcionando ya el Reino, sino saber dónde buscarlo y dónde mirar para encontrarlo.

Tres comparaciones propone el Señor en el evangelio de hoy:

En la primera identifica el Reino con su persona –se parece a un hombre que sembró buena semilla–. Y explica que la semilla son ya los ciudadanos de ese reino, es decir, los que viven con Él y en Él. Pero junto al trigo crece la cizaña. Una compañía nada agradable que a veces ahoga al mejor de los frutos. Una imagen de las mezclas tan potentes que se dan en la vida. Sin embargo, solo a Dios le corresponde recoger la cosecha y separarlos. Porque Él siempre estará atento para que no se pierda ningún tallo, ramita, u hojarasca, por pequeña que sea, que contenga algo aprovechable y salvable. Recolectar así es laborioso, pero se gana mucho (y sobre todo, ganamos todos).

En la segunda, el Reino es como un minúsculo grano de mostaza, de un tamaño parecido a la punta de un alfiler, que la persona siembra en su huerto. El Señor se hace semilla; y no entra en nuestra vida como un huracán, sino como una brisa suave; tampoco como una tormenta, sino como una suave lluvia. Apenas se percibe su presencia, pero va penetrando y haciendo su obra.

En la tercera, compara el Reino de los cielos con la levadura. Un ingrediente muy apreciado por los cocineros pues hace crecer de forma asombrosa la harina que utilizamos para elaborar, por ejemplo, lo bizcochos y el pan. Lo curioso es que con una medida casi ridícula es suficiente para que salgan unas raciones generosas. No hay proporción entre cada uno de los ingredientes. Con un poco de levadura bien repartida la masa “se crece”.

Tres parábolas que nos ayudan a grabarnos a fuego algunas ideas importantes: que el Reino no es otro que Jesús, su persona, pero que en esta vida está amenazado; que no nos corresponde a nosotros cosechar (siempre nos llevaríamos a alguien por delante); y que su apariencia es pequeña y penetra en la realidad de una forma apenas perceptible, en lo oculto, entremezclado con la realidad, y allí, dentro, queda activo y activado, creciendo a su ritmo de una manera misteriosa.

María Dolores López Guzmán

Fuente Fe Adulta

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«Los díscolos no captaron la parábola», por Juan Masiá Clavel sj

domingo, 23 de julio de 2017
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el_sembradorDe su blog Vivir y Pensar en la Frontera:

Si el recién fallecido Cardenal Meissner (q.e.p.d.) pudiera enviar desde su eterno descanso en la vida eterna un e-mail a sus díscolos compañeros del dislate anti-Francisco, tal vez el mensaje rezaría de esta guisa:

“Hermanos, no habíamos comprendido la parábola del sembrador:; el que tenga oidos para escuchar que entienda. El Papa Francisco habla en la Amoris laetitia como Jesús en el Evangelio y nos confronta con el símbolo de la escucha que discierne y la misericordia que sana. Pero nosotros no nos dejamos impactar por el símbolo y nos obsesionamos con la alegoría, que no escucha ni sana, sino racionaliza, moraliza y anatematiza, derecho canónico en mano, disparando misiles de sí o no, blanco o negro”

Este domingo 15 del Tiempo ordinario toca escuchar la perícopa de Mt 13, 1-23 (Salió el sembrador a sembrar su semilla… Mejor leer solo del 1 al 9).

Aprendamos de Jesús que nos lanza un símbolo para sacudir nuestra somnolencia y estimularnos con el enigma: quien pueda escuchar que entienda.

Como cuando el maestro de meditación Zen confronta al discipulo con un koan pradójico para romper su lógica y hacerle pensar sin pensar

Como el oráculo délfico que “ni dice, ni oculta, sino sugiere dejando perplejidad (ainissomai, en griego).

Como cuando Unamuno quería tanto a sus lectores que les sembaraba inquietudes practicando la “obra de misericordia suprema, despertar al dormido”

La parábola tal como la contó Jesús termina en el versículo 9: ¡Quien tenga oidos, que escuche! Todo lo que viene a continuación desde el v.18 al 23 es un ejemplo de cómo la predicación primitiva convirtió la parábola en alegoría, atribuyendo significaciones para descifrar contraseñas: que si el terreno rocoso significa…, que si las raíces significan…, que si las zarzas significan,,,esto y lo otro, etc…

Con razón recomendaba Francisco en Evangelii gaudium que no prediquemos la homilía así: “La predicación puramente moralista o adoctrinadora y también la que se convierte en una clase de exégesis, reducen la comunicación entre corazones que se da en la homilía…” (EG, n. 142).

Ante los escrúpulos del ex-prefecto Müller, recuerda el cardenal Schönborn que lo importante es “escuchar”: “El clero debe escuchar como tal vez no lo hemos hecho antes, y escuchar a todo el mundo, a las personas en relaciones regulares y en las llamadas relaciones irregulares”

Habrá que aplicar a las “teologías de funcionario eclesiástico” lo que decía Paul Ricoeur de las filosofías faltas de hermenéutica; “no se acaba de dejar morir a los ídolos y apenas se tiene oidos para escuchar a los símbolos”. Hoy diríamos a los “escribas o escribanos de curia”: “no se acaba de dejar morir el derecho canónico y apenas se tiene oidos para escuchar la gratuidad del Evangelio y nutrirse de lo sacramental”.

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“El cristianismo de María Magdalena” por Juan José Tamayo, teólogo.

sábado, 22 de julio de 2017
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mary-magdalene-6e5a131d0dc85e1439fe556313b910251421f22f-s6-c30El Papa Francisco elevó la Memoria de María Magdalena, convirtiéndola en fiesta, que se celebrará todos los años el 22 de Julio. Por eso, para este día, recomendamos la lectura de los artículos, muchos, que hemos dedicado a la figura de la Apostolorum Apostola, y refrescamos este que leímos en la página web de Redes Cristianas

En su obra La Ciudad de las Damas, de principios del siglo XV, la escritora francesa Christine de Pisan constataba la disparidad entre la imagen negativa de los varones sobre las mujeres y el conocimiento que tenía de sí misma y de otras mujeres. Los varones afirmaban que el comportamiento femenino estaba colmado de todo vicio; juicio que en opinión de Christine demostraba bajeza de espíritu y falta de honradez. Ella, por el contrario, tras hablar con muchas mujeres de su tiempo que le relataron sus pensamientos más íntimos y estudiar la vida de prestigiosas mujeres del pasado, les reconoce el don de la palabra y una inteligencia especial para el estudio del derecho, la filosofía y el gobierno.

La situación de entonces se repite hoy en la mayoría de las religiones, que se configuran patriarcalmente y nunca se han llevado bien con las mujeres. Estas no suelen ser consideradas sujetos religiosos ni morales, por eso se las pone bajo la guía de un varón que las lleve por la senda de la virtud. Se les niega el derecho a la libertad dando por supuesto que hacen mal uso de ella. Se les veta a la hora de asumir responsabilidades directivas por entender que son irresponsables por naturaleza. Son excluidas del espacio sagrado por impuras. Se las silencia por creer que son lenguaraces y dicen inconveniencias. Son objeto de todo tipo de violencia: moral, religiosa, simbólica, cultural, física, etc.

Sin embargo, las religiones difícilmente hubieran podido nacer y pervivir sin ellas. Sin las mujeres es posible que no hubiera surgido el cristianismo y quizá no se hubiera expandido como lo hizo. Ellas acompañaron a su fundador Jesús de Nazaret desde el comienzo en Galilea hasta el final en el Gólgota. Recorrieron con él ciudades y aldeas anunciando el Evangelio (=Buena Noticia), le ayudaron con sus bienes y formaron parte de su movimiento.

La teóloga feminista Elisabeth Schüssler Fiorenza ha demostrado en su libro En memoria de ella que las primeras seguidoras de Jesús eran mujeres galileas liberadas de toda dependencia patriarcal, con autonomía económica, que se identificaban como mujeres en solidaridad con otras mujeres y se reunían para celebrar comidas en común, vivir experiencias de curaciones y reflexionar en grupo.

El movimiento de Jesús era un colectivo igualitario de seguidores y seguidoras, sin discriminaciones por razones de género. No identificaba a las mujeres con la maternidad. Se oponía a las leyes judías que las discriminaban, como el libelo de repudio y la lapidación, y cuestionaba el modelo de familia patriarcal. En él se compaginaban armónicamente la opción por los pobres y la emancipación de las estructuras patriarcales. Las mujeres eran amigas de Jesús, personas de confianza y discípulas que estuvieron con él hasta el trance más dramático de la crucifixión, cuando los seguidores varones lo abandonaron.

En el movimiento de Jesús las mujeres recuperaron la dignidad, la ciudadanía, la autoridad moral y la libertad que les negaban tanto el Imperio Romano como la religión judía. Eran reconocidas como sujetos religiosos y morales sin necesidad de la mediación o dependencia patriarcal. Un ejemplo es María Magdalena, figura para el mito, la leyenda y la historia, e icono en la lucha por la emancipación de las mujeres.

A ella apelan tanto los movimientos feministas laicos como las teologías desde la perspectiva de género, que la consideran un eslabón fundamental en la construcción de una sociedad igualitaria y respetuosa de la diferencia. María Magdalena responde, creo, al perfil que Virginia Woolf traza de Ethel Smyth: “Pertenece a la raza de las pioneras, de las que van abriendo camino. Ha ido por delante, y talado árboles, y barrenado rocas, y construido puentes, y así ha ido abriendo camino para las que van llegando tras ella”.

Las mujeres fueron las primeras personas que vivieron la experiencia de la resurrección, mientras que los discípulos varones se mostraron incrédulos al principio. Es esta experiencia la que dio origen a la Iglesia cristiana. Razón de más para afirmar que sin ellas no existiría el cristianismo. No pocas de las dirigentes de las comunidades fundadas por Pablo de Tarso eran mujeres, conforme al principio que él mismo estableció en la Carta a los Gálatas: “ya no hay más judío ni griego, esclavo ni libre, varón o hembra”.

Sin embargo, pronto cambiaron las cosas. Pedro, los apóstoles y sus sucesores, el papa y los obispos, se apropiaron de las llaves del reino, se hicieron con el bastón de mando, que nada tenía que ver con el cayado del pastor para apacentar las ovejas, mientras que a las mujeres les impusieron el velo, el silencio y la clausura monacal o doméstica. Eso sucedió cuando las iglesias dejaron de ser comunidades domésticas y se convirtieron en instituciones políticas e Iglesia.

¿Cuándo se reparará tamaña injusticia para con las mujeres en el cristianismo? Habría que volver a los orígenes, más en sintonía con los movimientos de emancipación que con las Iglesias cristianas de hoy. Es necesario cuestionar la primacía –el primado- de Pedro, que implica la concentración del poder en una sola persona e impide el acceso de las mujeres a las responsabilidades directivas compartidas.

Hay que recuperar el discipulado de María Magdalena, “Apóstol de los Apóstoles, como la llama Elisabeth Schüssler en un artículo del mismo título pionero en las investigaciones feministas sobre el Testamento cristiano, en referencia al reconocimiento que se le daba en la Antigüedad cristiana. Es necesario revivir, refundar el cristianismo de María Magdalena, inclusivo de hombres y de mujeres, en continuidad con los profetas y las profetisas de Israel y con el profeta Jesús de Nazaret, pero no con la sucesión apostólica, de marcado acento jerárquico-patriarcal.

Un cristianismo olvidado entre las ruinas valladas de la ciudad de Magdala, lugar de nacimiento de María Magdalena, que visité hace tres años, a siete kilómetros de Cafarnaún, donde tuvo su residencia Jesús de Nazaret durante el tiempo que duró su actividad pública. En las excavaciones que se llevan a cabo en Magdala se descubrió en 2009 una importante sinagoga Ahí se encuentra la memoria subversiva del cristianismo originario liderado por Jesús y María Magdalena, que fue derrotado por el cristianismo oficial.

Pero de aquel cristianismo sepultado bajo esas ruinas emerge un cristianismo liberador vigoroso, desafiante, y empoderado a través de los movimientos igualitarios que surgen en los márgenes de las grandes iglesias cristianas, como surgió en los márgenes el primer movimiento de Jesús, de María Magdalena y de otras mujeres que le acompañaron durante los pocos meses que duró su actividad pública..

Es necesario heredar la autoridad moral y espiritual de María de Magdala como amiga, discípula, sucesora de Jesús y pionera de la igualdad. En definitiva, Jesús Nazaret, María Magdalena, Cristina de Pisan, Virginia Woolf, los movimientos feministas, las comunidades de base y la teología feminista de las religiones caminan en dirección similar. Por ahí han de ir las nuevas alianzas, creadas desde abajo y no desde el poder, en la lucha contra la violencia de género y la exclusión social de las mujeres.

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Juan José Tamayo es miembro del Comité Científico del Instituto Universitario de Estudios de Género de la Universidad Carlos III de Madrid y autor de Cincuenta intelectuales para una conciencia crítica (Fragmenta, Barcelona, 2013) y de Invitación a la utopía. Ensayo histórico para tiempos de crisis (Trotta, Madrid, 2012), que tiene un capítulo dedicado a la utopía feminista.

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«Teología de la opresión en el libro de Job», por Carlos Osma

jueves, 20 de julio de 2017
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womensDel blog Homoprotestantes:

Dice el libro de los Proverbios que “Ir tras la justicia conduce a la vida, pero ir tras la maldad conduce a la muerte1”, una afirmación que si se lee en dirección contraria, “la vida es el premio a la justicia y la muerte a la maldad” nos permite aproximarnos a la teología de la retribución, que durante siglos gozó de aceptación incondicional en el judaísmo, y que todavía se mantiene en el imaginario de muchos cristianos, o incluso en personas que se reconocen ateas o agnósticas. Algo difícil de entender si uno es sensible a lo que ocurre a su alrededor, pero lamentablemente, la teología se hace a menudo intentando no entrar en contacto con realidades que puedan desmentirla. Por eso se las expulsa antes de que puedan expresarse, antes de que puedan desenmascarar que nuestras verdades teológicas son simplemente puntos de vista parciales y a menudo al servicio de poderes nada divinos.

Las cosas no suelen ser como parecen, y la imagen que nos muestra el libro de Job de éste revolcándose en el suelo entre cenizas para intentar aliviar el picor que las escoriaciones le producían en el cuerpo, mientras sus tres amigos se sentaban alrededor y se arrojaban sobre la cabeza polvo para mostrar el dolor que decían sentir2; puede ser una de las escenas más hipócritas que encontramos en la Biblia. Siempre he dicho que las personas LGTBI+ no somos tan especiales, y que muchos seres humanos antes que nosotras han tenido que enfrenarse con la hipocresía religiosa de quienes dicen amar al ser humano pero no su pecado. Un pecado que previamente ellos han construido artificialmente en laboratorios teológicos al servicio de alguna ideología de la exclusión que pretende divinizar a un colectivo por encima del resto. En nuestro caso el de las personas heterosexuales, o concretamente el de los hombres heterosexuales que son fieles a los roles de género que el patriarcalismo impone.

Muchos teólogos ya han indicado que en el libro de Job “la conjunción de poesía y prosa parece delatar la existencia previa de dos obras independientes3”. Quizás esto explique también la diferencia de actitud entre el Job de la prosa, sumiso completamente a la voluntad divina, y el de la poesía, que no sólo se niega a asumir algún tipo de culpa por lo que le ocurre: “Me aferro a mi inocencia, no cederé libre de reproche hasta el último de mis días4”, se revuelve contra las acusaciones de sus religiosos amigos: “¿Hasta cuando me haréis mal, me aplastaréis a palabras5?”, e incluso dirige duras acusaciones contra Dios: “Contra mí atiza su ira, me considera su enemigo6”. Una actitud, esta última, que suele resultar poco ortodoxa en el cristianismo, sobre todo en aquellas y aquellos que parecen seguir a un Dios de piedra, pero que como nos recuerda Johan Baptits Metz, no es así en el judaísmo: “Cuando se cree en Dios, se le puede decir todo. Se puede estar furioso con Él, se le puede alabar, se le pueden exigir cosas. Sobre todo, se le puede exigir que sea justo7”. Y parece ser que es éste el drama al que se enfrenta Job, al de un Dios injusto, y a la incomprensión de la teología y la cosmovisión de su tiempo que defienden a capa y espada quienes se suponen son sus amigos.

¿Cuántas cristianas y cristianos LGTBI+ no hemos gritado alguna vez a Dios para decirle porqué nos ha hecho así? ¿Porqué nos ha convertido en sus enemigos sin que hayamos hecho nada para merecerlo? Cuantas veces, aferrados a la cosmovisión heteropatriarcal de la divinidad, no hemos creído que Dios era un fiscal que nos declaraba culpables de una manera tan injusta. Por eso el libro de Job habla tan directamente a nuestra experiencia, porque también nosotras hemos chocado con el Dios cruel que la teología de la opresión heteronormativa ha construido, esa que nos desnudaba y hacía enfermar nuestro cuerpo, que lo marcaba y exhibía para provocar a nuestro alrededor desprecio y vergüenza. Esa que nos hacía sentir culpables por ser, sentir o amar de una forma no normativa. Pero hoy, podemos humillarnos, como nos piden desde los púlpitos más homófobos a los que dicen ser más gayfriendly, o podemos como Job negarnos a asumir la culpa y gritar hasta que nuestros gritos derrumben la teología de la opresión en la que hemos sido educadas. Aún desnudos, enfermas y arrojados en un charco de cenizas, podemos mantener nuestra dignidad y decir que son ellos quienes cooperan con el Satán que nos ha traído hasta aquí.

En la época en la que fue escrito el libro de Job, la doctrina tradicional de la retribución, esa que encontramos en otros lugares de la Biblia y que viene a decir que a quienes les van bien las cosas es porque son fieles a la voluntad de Dios, y a quienes les van mal es porque no lo han sido; había entrado en crisis. Los amigos de Job son los defensores de esa teología y por eso, a pesar de lamentarse por la situación de su amigo, están convencidos de que se merece lo que le ocurre. Su buena acción, consiste en hacer descubrir a Job su error, que acepte su pecado y que pida perdón. No se habla de amor por ningún lado, pero parece que es el amor lo que les mueve para ir a socorrer a su amigo. Sin embargo tras rascar un poco, lo que el libro de Job nos dice es que Elifaz, Bildad, Sofar y Elihú más que estar preocupados por su amigo, lo están por su teología, y que más que defender la acción de Dios, están intentando aferrarse a una teología que hacía aguas delante suyo. Y así los encontramos, intentando hablar desde la teoría, desde la abstracción, desde las palabras y reflexiones de los sabios, pero sin que en ningún momento su discurso tenga en cuenta la experiencia de Job. Están delante suyo, pero no lo ven. O mejor dicho, no lo quieren ver, no sea que ese pecador, ese desecho de la naturaleza, pueda poner en jaque todo aquello en lo que hasta ahora habían creído. Se aferran a su mundo, y para eso, necesitan que Job reconozca que es un pecador.

También la teología de quienes pretenden culpabilizar a las personas LGTBI+ está tocada de muerte. Esa teología que diviniza el literalismo, la bibliolatría, que se vanagloria de ignorar las aportaciones de las ciencias o que pretende borrar la experiencia del ser humano de cualquier reflexión. Y aunque es evidente que no está amenazada únicamente por la experiencia de las personas LGTBI+, son ellas las que actualmente visibilizan con más claridad las carencias que esta teología posee para responder a la realidad del mundo en el que vivimos. Los fundamentalistas, literalistas, tradicionalistas e integristas, son nuestros cuatro amigos que dirigen sus condenas hacia nosotras esperando que nos rindamos, que pensemos con las categorías de su ideología de la opresión y nos declaremos culpables para así mantener indemne su mundo heteronormativo. Decía Bertrand Russell que “el poder es desnudo cuando los que están sometidos a él lo respetan únicamente porque es poder y no por otra razón8, pero en el libro de Job se dice de manera certera que ese poder que ha puesto nuestro cuerpo a la intemperie, puede dejar de ser un poder desnudo para nosotras. Ya no lo necesitamos, debe haber algún error en esa teología, en ese Dios que nos han enseñado. Es necesario desprendernos de ella y hablar con Dios directamente, como Moisés, como Abraham, o como Job; para que desde la experiencia con Dios de las travestis, los transexuales, gays, bisexuales, de las lesbianas, de las personas queer, de las desheredadas; podamos construir una teología nueva que sea más humana.

Es cierto que el libro de Job parece no dar una respuesta clara a las preguntas que propone, probablemente su valor reside en saber cuestionar una teología que genera sufrimiento sin la seguridad de poder ofrecer una alternativa. Podemos entender el libro de Job como un primer paso para la huida de un mundo opresivo, ese que se da por dignidad, por supervivencia, por respeto a una misma, sin saber exactamente cuál será el siguiente paso a seguir. Serán otros libros escritos posteriormente quienes sí darán respuestas a las preguntas que esta obra había dejado en el aire. Sin embargo las palabras de Dios en la última parte del libro dejan muy clara la seguridad de que quienes defendían la teología dominante de su época estaban equivocados :”Después de haber hablado Dios con Job, se dirigió a Elifaz, el Temaní, para decirle: Encendido estoy de ira contra ti y tus dos amigos por no haber dicho verdad sobre mí, al contrario que Job, mi siervo9”. Y es que de lo que no podemos dudar es de que a Dios le ofende profundamente los discursos de odio que las comunidades cristianas dirigen a las personas LGTBI+ con el agravante de mentir diciendo que las aman, cuando simplemente tienen miedo a sentirse perdidas en un mundo donde su teología no ofrece una respuesta global satisfactoria. Millones de cristianos y cristianas LGTBI+ pueden no saber que responder a las condenas de la ortodoxia, pero no deberían mantenerse calladas ni conformarse con la queja continua, sino que pueden “salir de sí mismas y convertir su trono de estiércol en una cátedra de sabiduría” desde donde expresar que hay una profunda contradicción entre la enseñanza y la praxis de Jesús y la de sus seguidores homófobos.

La tortura de Job terminó cuando intercedió por sus amigos10, por aquellos que con su discurso le habían hecho sentirse abandonado y solo. Dejando claro que no había voluntad de venganza, sino de mantener los brazos fraternos. Resuena en esta acción el evangelio de Jesús, la teología del amor, esa que finalmente logrará responder a las preguntas que Job dejó en el aire. Y es quizás esa teología la que puede ayudarnos a entender mejor a Dios, y saber que no es nuestro enemigo, que nunca lo ha sido. Que está de nuestro lado, de la justicia, y no de quienes han tratado de hacernos daño. Pero una teología que no quiere vencedores ni vencidos, sin negar las responsabilidades que cada cuál haya tenido por situarse en el lado de la injusticia o en el lado del prójimo discriminado. Si hay una salida a la discriminación que infringe la teología de la opresión de nuestros hermanos y hermanas fundamentalistas, esta debe ser para todas y todos. Una salida que esté basada en una teología del amor, del perdón y la reconciliación. Una teología profundamente evangélica enraizada en la empatía, en el situarse siempre del lado del ser humano discriminado incluso antes que en el de Dios. No vaya a ser que como muchas veces ocurre, ese Dios sea simplemente el garante de los privilegios de quienes ostentan el poder. En nuestro caso, el poder heteronormativo.

Carlos Osma
NOTAS:
 
1Pr 11, 19
2Job 2, 7-12
3 J. Trebolle, S. Pottecher. Job (Madrid; Editorial Trotta, 2011), p.113.
4Job 27,6
519,2
619,11
7J.B. Metz, E. Wiesel. Esperar a pesar de todo. (Madrid; Editorial Trotta, 1996), p.97.
8B. Russell. El Poder. Un nuevo análisis social. (Barcelona; Editorial RBA, 2010), p.91.
9Job 42,7.
1042,9

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“Sembrar”. 16 de julio de 2017. 15 Tiempo ordinario (A). Mateo 13,1-23.

domingo, 16 de julio de 2017
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le-semeurAl terminar el relato de la parábola del sembrador, Jesús hace esta llamada: “El que tenga oídos para oír, que oiga”. Se nos pide que prestemos mucha atención a la parábola. Pero, ¿en qué hemos de reflexionar? ¿En el sembrador? ¿En la semilla? ¿En los diferentes terrenos?

Tradicionalmente, los cristianos nos hemos fijado casi exclusivamente en los terrenos en que cae la semilla, para revisar cuál es nuestra actitud al escuchar el Evangelio. Sin embargo es importante prestar atención al sembrador y a su modo de sembrar.

Es lo primero que dice el relato: “Salió el sembrador a sembrar”. Lo hace con una confianza sorprendente. Siembra de manera abundante. La semilla cae y cae por todas partes, incluso donde parece difícil que la semilla pueda germinar. Así lo hacían los campesinos de Galilea, que sembraban incluso al borde de los caminos y en terrenos pedregosos.

A la gente no le es difícil identificar al sembrador. Así siembra Jesús su mensaje. Lo ven salir todas las mañanas a anunciar la Buena Noticia de Dios. Siembra su Palabra entre la gente sencilla que lo acoge, y también entre los escribas y fariseos que lo rechazan. Nunca se desalienta. Su siembra no será estéril.

Desbordados por una fuerte crisis religiosa, podemos pensar que el Evangelio ha perdido su fuerza original y que el mensaje de Jesús ya no tiene garra para atraer la atención del hombre o la mujer de hoy. Ciertamente, no es el momento de “cosechar” éxitos llamativos, sino de aprender a sembrar sin desalentarnos, con más humildad y verdad.

No es el Evangelio el que ha perdido fuerza humanizadora, somos nosotros los que lo estamos anunciando con una fe débil y vacilante. No es Jesús el que ha perdido poder de atracción. Somos nosotros los que lo desvirtuamos con nuestras incoherencias y contradicciones.

El Papa Francisco dice que, cuando un cristiano no vive una adhesión fuerte a Jesús, “pronto pierde el entusiasmo y deja de estar seguro de lo que transmite, le falta fuerza y pasión. Y una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie”.

Evangelizar no es propagar una doctrina, sino hacer presente en medio de la sociedad y en el corazón de las personas la fuerza humanizadora y salvadora de Jesús. Y esto no se puede hacer de cualquier manera. Lo más decisivo no es el número de predicadores, catequistas y enseñantes de religión, sino la calidad evangélica que podamos irradiar los cristianos. ¿Qué contagiamos? ¿Indiferencia o fe convencida? ¿Mediocridad o pasión por una vida más humana?

José Antonio Pagola

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“Salió el sembrador a sembrar”. Domingo 16 de julio de 2017. 15º domingo de tiempo ordinario.

domingo, 16 de julio de 2017
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38-OrdinarioA15Leído en Koinonia:

Isaías 55,10-11La lluvia hace germinar la tierra
Salmo responsorial: 64La semilla cayó en tierra buena y dio fruto.
Romanos 8,18-23La creación, expectante, está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios
Mateo 13,1-23Salió el sembrador a sembrar

El libro del profeta Isaías se divide en tres parte: la primera la podemos llamar el libro de la denuncia; la segunda el libro del anuncio y la tercera la consolación. El texto que hoy leemos pertenece a esta última sección del libro y nos da ya una pista para la interpretación del pasaje. Isaías III nos presenta una comparación que subraya el papel fundamental de la palabra de Dios para que se verifique la eficacia de su obra o acción. La palabra de Dios es entonces la lluvia que hace fecundos incluso los terrenos más áridos y duros. Se describe todo el ciclo completo del agua, desde su precipitación como gotas en las nubes, pasando por su acción benéfica en el terreno cultivado, hasta su retorno al cielo, lista para reemprender de nuevo su ciclo. De igual forma la palabra de Dios, que parte rauda de la boca de Dios, hace fértil el campo cultivado y realiza el cometido para el que fue enviada.

Esta comparación nos ayuda a comprender que la palabra que Dios nos comunica no gira en el vacío, sino que se dirige a los ‘terrenos cultivados’, o sea , a todas las personas que con devoción y cariño preparan su mente y sus afectos para que sea eficaz la palabra que ellos reciben de Dios por medio de los profetas. De este modo, la comparación resalta dos elementos muy importantes: la palabra se dirige a los ‘terrenos cultivados’ donde la semilla ya reposa y la palabra retorna a su fuente de origen.

El evangelio de Mateo complementa esta imagen tan poderosa y sugestiva con la ‘parábola del sembrador’. En esta parábola los elementos decisivos son la excelente calidad de la semilla y la disposición del terreno. El sembrador lanza una semilla de excelente calidad y lo hace con la generosidad y esperanza de quien ama su campo de cultivo. No ahorra esfuerzo ni semillas; las coloca incluso en lugares en donde no cabría esperar ningún resultado ya que su interés no es conservar sino esperar que esa semilla haga fructificar todos los sectores de su parcela. El otro elemento decisivo, el terreno, responde de diferente manera según la ‘calidad’ de la tierra. La buena disposición de cada pedazo de la parcela constituye el factor desicivo para el éxito de la empresa. La semilla es buena, pero el terreno responde de manera desigual.

La interpretación de la parábola que aparece en la sección siguiente del evangelio, nos da unas claves poderosas de comprensión. La disposición del terreno se refiere a la actitud de las personas. Algunas se dejan cultivar y ofrecen una tierra apta donde la semilla echa raíces profundas. Otras, en cambio, ofrecen terrenos donde la semilla se pierde por exceso de dureza, por descuido, superficialidad o negligencia. Tanto el grupo representado por los buenos terrenos, como el grupo representado por los terrenos no receptivos, forman parte de la misma parcela. Los dos están en la misma geografía, en la misma historia y en el mismo momento. No hay excusa válida para justificar la falta de acogida y de respuesta.

Esta parábola se refiere a una realidad de la comunidad cristiana sobre la que ya se había hecho una profunda recepción. En la comunidad, representada por la parcela, se encuentran terrenos, es decir personas, con diferentes actitudes y proyectos. No se puede saber de antemano qué respuesta va a dar cada quien. Lo único que se sabe es que el sembrador reparte con generosidad su fértil semilla. En el desarrollo del proceso de cultivo se sabe quién es apto y quién no. Pero no basándonos en criterios arbitrarios, sino en el fruto que cada quien muestra. La expresión ‘dar frutos’ tiene un valor muy preciso en la Biblia y se refiere siempre a la respuesta positiva del ser humano al proyecto de Dios. Pero no a cualquier proyecto presentado en nombre de Dios, sino a la propuesta de los profetas que Jesús de Nazaret ha llamado ‘reinado de Dios’. Es decir, una experiencia humana donde sea posible el amor solidario, la libertad para hacer el bien y la justicia responsable.

La parábola del sembrador nos pone en contacto con la profecía consoladora de Isaías. La palabra de Dios actúa en la historia humana en las personas que cultivan el terreno sorprendente del amor solidario, de la escucha atenta del hermano y del servicio generoso y desinteresado a los excluidos. La palabra de Dios se hace fecunda en las comunidades y personas que asumen una actitud responsable ante la historia y no permiten que la ‘buena nueva del Evangelio’ se convierta en consigna barata ni en cliché de espiritualizaciones alienadoras y superfluas, sino que procuran siempre que la palabra del profeta sea eficaz en la historia.

Pablo, en la Carta a los Romanos, nos propone esta misma reflexión: la creación, el terreno fértil que Dios ha dado al ser humano en la historia (Gn 2,4-25), aguarda con impaciencia la realización de la obra de Cristo en toda la humanidad. La propuesta de Jesús nos abre a la esperanza de un futuro en el que la Humanidad se reconoce en la justicia y en el amor solidario, y no en la muerte y la guerra. Leer más…

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Dom 16.7.07 Palabra sembrada en la tierra de Dios, historia humana

domingo, 16 de julio de 2017
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leon%20g110Del blog de Xabier Pikaza:

Dom 15. Tiempo ordinario. El evangelio de este domingo (Mt 13, 1-23), tomado básicamente de Mc 4, 1-20, presenta la historia de los hombres como siembra de Dios y consta de tres partes:

a. Parábola de la semilla y las tierras, que Jesús proclama ante la muchedumbre (Mt 13, 3b-9), presentando el camino del Reino como siembra del mismo Dios, que se arriesga a introducir su vida en la tierra de los hombres.

b. Una teoría detallada sobre la enseñanza de Jesús en parábolas (Mt 13, 10-17) y sobre la dureza de oídos y corazón de muchos que no quieren escuchar ni entender su palabra.

c. Una explicación posterior de esa parábola a sus discípulos (13, 18-23). Es una especie de interpretación teológica del tema, distinguiendo las tierras, es decir, la respuesta de los hombres a la siembra de Dios.

Estas tres partes, miradas de un modo unitario definen la esencia parabólica del evangelio, que no es un simple modo de hablar, ni un recurso literario, sino la verdad del Reino, entendido como siembra de vida en Cristo y como apertura del hombre a la Palabra, en clave de diálogo con Dios y de comunicación interhumana.

Presenté ayer el tema de la tierra, como experiencia y lugar de sacralidad, desde la perspectiva de mi propia vida. Hoy hablo más bien de la tierra como lugar de siembra de la Palabra de Dios, en la historia humana, según el evangelio Se conecta así esta postal con la de ayer, y con la que presentaré un próximo día sobre la Palabra.

En la reflexión que ahora sigue voy a prescindir del intermedio (Mt 13,10-17), que desarrollaré en mi comentario de Mateo, para detenerme sólo en la parte primera y en la última. Buen domingo a todos.

A. SALIÓ EL SEMBRADOR… PARÁBOLA (13, 3b-9)

El texto nos sitúa al principio de la historia bíblica, allí donde Gen 2-3 ofrecía al ser humano la posibilidad de “comer de todos los frutos de la tierra”. El mismo Dios había sembrado en el jardín muchos árboles, y el hombre debía cultivarlos, comiendo de sus frutos, aunque sin adueñarse del “conocimiento del bien y del mal”, como si fuera creación de su propiedad. Ahora se nos dice que la siembra de Dios por su Mesías es la Palabra, como iré indicando paso a paso, presentando primero la parábola (13, 3b-9), reflexionando y destacando luego su sentido dramático (13, 10-17), para fijarme finalmente en la interpretación de mismo Jesús (13, 18-23). Empieza la parábola;

13 3b Salió el sembrador a sembrar, 4 y, al sembrar, unas semillas cayeron al borde del camino; y vinieron los pájaros y las comieron. 5 Y otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y, como la tierra no era profunda, brotaron en seguida; 6 pero, en cuanto salió el sol, se quemaron y por falta de raíz se secaron. 7 Otras, en cambio, cayeron entre zarzas, y crecieron las zarzas y ahogaron la semilla. 8 Pero otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien; otras sesenta; otras treinta. 9 Quien tenga oídos oiga .

En sí, como he mostrado en ComMc 4, 1-9, la parábola (contada desde la orilla del mar) evoca las propiedades de la siembra y crecimiento de las plantas. El narrador supone que la semilla es buena (todos los granos iguales, con capacidad de prender, crecer y dar fruto), y que las condiciones atmosféricas son apropiadas, con agua de lluvia y sol de cielo como dones de Dios (cf. 5, 45). La diferencia depende de la tierra, que muchas culturas interpretan en línea femenina (con cielo masculino), pero que aquí aparece de manera universal, y así puede aplicarse a varones y mujeres, a individuos y grupos (Mateo alude básicamente al judaísmo).

Este motivo de la siembra, la tierra y la cosecha se encuentra vinculado desde antiguo a la visión de lo divino, al Dios Baal (o El) que siembra la semilla y riega con lluvia lo sembrado, y a la diosa Ashera de la tierra acogedora femenina. Pues bien, aquí la tierra pierde ese matiz universal materno de gran diosa para presentarse en perspectiva humana. En esa línea, la parábola nos pone en un contexto de agricultura responsable (siembra y cosecha), que ha determinado la historia humana desde el neolítico. Quedan atrás otros tiempos de recolectores y cazadores nómadas, o incluso de pastores trashumantes de ganado; en conjunto, la vida de los hombres más recientes aparece vinculada a la cosecha anual de cereales (trigo) .

El sembrador puede ser cada uno de los hombres y mujeres, y la tierra donde siembra su propia vida (los hombres siembran en sí mismos). Pero, en otro plano, el sembrador parece el mismo Dios que interpresa la creación como una siembra. En el contexto actual de Mateo (igual que en Marcos), el sembrador parece ya una figura mesiánica (la alegoría del trigo y la cizaña le identificará con el Hijo del Hombre). Pero sea quien fuere, el texto dice que su semilla “cae” (cayó: epesen) sobre tierras muy distintas, lo que plantea inmediatamente dos preguntas que quedan sin respuesta (12, 35):

‒ ¿Por qué hay diversas tierras, y algunas son malas para la semilla: el camino, el pedregal, el zarzal? ¿No hizo Dios todas las tierras buenas (Gen 1)? El problema no se resuelve simplemente diciendo que las tierras son los seres humanos que deben hacerse buenos, como en la forma actual de la parábola, sino que debemos preguntar: ¿por qué hizo Dios o permitió que hubiera tierras malas, hombres y mujeres que parecen incapaces de acoger la semilla?

‒ Si el sembrador es Dios ¿por qué actúa de esa forma, como si no conociera su oficio? ¿Por qué ha dejado que parte de su semilla cayera en la tierra dura del camino, en el zarzal o el pedregal? ¿Por qué no ha hecho primero que todos los terrenos (hombres y mujeres) fueran buenos? En esa línea, el texto parece estar suponiendo que Dios (o el mesías sembrador) no conoce bien su oficio, pues malgasta semilla en terrenos al parecer poco aptos. ¿O es que Dios quiere que todos los terrenos sean aptos? Leer más…

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Respuestas para una crisis. Domingo 15 del Tiempo Ordinario. Ciclo A

domingo, 16 de julio de 2017
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porta15ordADel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Una crisis con cinco interrogantes y siete parábolas

Al llegar a este momento del evangelio de Mateo (capítulo 13), el horizonte ha comenzado a oscurecerse. Lo que comenzó tan bien, con el seguimiento de cuatro discípulos, el entusiasmo de la gente ante el Sermón del Monte, los diez milagros posteriores, ha cambiado poco a poco de signo. Es cierto que en torno a Jesús se ha formado un pequeño grupo de gente sencilla, agobiada por el peso de la ley, que busca descanso en la persona y el mensaje de Jesús y se convierten en “mis hermanos, mis hermanas y mi madre”. Pero esto no impide que surjan dudas sobre él, incluso por parte de Juan Bautista; que gran parte de la gente no muestre el menor interés, como los habitantes de Corozaín y Betsaida; y, sobre todo, que el grupo religioso de más prestigio, los fariseos, se oponga radicalmente a él y a su doctrina, hasta el punto de pensar en matarlo.

Mateo está reflejando en su evangelio las circunstancias de su época, hacia el año 80, cuando los seguidores de Jesús viven en un ambiente hostil. Los rechazan, parece que no tienen futuro, se sienten desconcertados ante sus oponentes, no comprenden por qué muchos judíos no aceptan el mensaje de Jesús, al que ellos reconocen como Mesías. Las cosas no son tan maravillosas como pensaban al principio. ¿Cómo actuar ante todo esto? ¿Qué pensar? Mateo, basándose en el discurso en parábolas de Marcos, pone en boca de Jesús, a través de siete parábolas, las respuestas a cinco preguntas que siguen siendo válidas para nosotros:

¿Por qué no aceptan todos el mensaje de Jesús? ― Parábola del sembrador.

¿Qué actitud debemos adoptar con los que rechazan ese mensa­je? ― El trigo y la cizaña.

¿Tiene algún futuro este mensaje aceptado por tan pocas personas? ― El grano de mostaza y la levadura.

¿Vale la pena comprometerse con él? ― El tesoro y la piedra preciosa.

¿Qué ocurrirá a los que aceptan el mensaje, pero no viven de acuerdo con los ideales del Reino? ― La pesca.

Este domingo se lee la primera; el 16, las tres siguientes; el 17, las otras tres.

¿Por qué no aceptan todos el mensaje de Jesús?

La primera parábola, la del sembrador, responde al problema de por qué la palabra de Jesús no produce fruto en algunas personas. Parte de una experiencia conocida por un público campesino. Basta recordar dos detalles elementa­les: Galilea es una región muy montañosa, y en tiempos de Jesús no había tractores. El sembrador se veía enfrentado a una difícil tarea, y sabía de antemano que toda la simiente no daría fruto.

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas:

Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.

No recuerdo si esta parábola forma parte de “La vida de Brian”, pero es fácil imaginar la cara de desconcierto de los oyentes y los comentarios irónicos a los que se presta. Ni siquiera los discípulos se enteraron de lo que significaba e inmediatamente le preguntan a Jesús: ¿Por qué les hablas en parábolas?

Explicando lo oscuro con algo más oscuro

La pregunta sirve para introdu­cir el pasaje más difícil de todo el capítulo.

A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías: “Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure. ¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.

La liturgia permite suprimir la lectura de esta parte y aconsejo seguir su sugerencia, pasando directamente a la explicación de la parábola.

El sentido de la parábola

Vosotros oíd lo que significa la parábola del sembrador: Si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, sucumbe. Lo sembrado en zarzas significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno.

¿Por qué la palabra de Jesús no da fruto en todos sus oyentes? Se distinguen cuatro casos.

1) En unos, porque esa palabra no les dice nada, no va de acuerdo con sus necesi­dades o sus deseos. Para ellos no significa nada la formación de una comunidad de hombres libres, iguales, hermanos.

2) Otros lo aceptan con alegría, pero les falta coraje y capacidad de aguante para sopor­tar las persecu­cio­nes.

3) Otros dan más importancia a las necesidades prima­rias que a los objetivos a largo plazo. Dos situaciones extremas y opuestas, el agobio de la vida y la seducción de la riqueza, producen el mismo efecto, ahogar la palabra de Dios.

4) Finalmente, en otros la semilla da fruto. La parábola es optimista y realista. Opti­mis­ta, porque gran parte de la semilla se supone que cae en campo bueno. Realista, porque admite diversos grados de producción y de respuesta en la tierra buena: 100, 60, 30. En esto, como en tantas cosas, Jesús es mucho más comprensivo que nosotros, que sólo admitimos como válida la tierra que da el ciento por uno. Incluso el que da treinta es tierra buena (idea que podría aplicarse a todos los niveles: morales, dogmáticos, de compromiso cristiano…).

La parábola podría leerse también como una llamada a la respon­sabilidad y a estar vigilan­tes: incluso la tierra buena que está dando fruto debe recordar qué cosas dejan estéril la palabra de Dios: el pasotismo, la inconstancia cuando vienen las dificulta­des, el agobio de la vida, la seducción de la riqueza. Pero este sentido no es el fundamental de la parábola. La llamada a la responsabilidad y la vigilancia la trata Jesús con otras parábolas y en otros casos.

Invitación a la fe y al optimismo: 1ª lectura (Is 55,10-11)

La crisis ante la situación actual puede venir en muchos casos de que centramos todo en la acción humana. Cuando nosotros fallamos y, sobre todo, cuando fallan los demás, creemos que todo va mal. Sólo advertimos aspectos negativos. En cambio, la primera lectura, que usa también la metáfora de la semilla y el sembrador, nos anima a tener fe en la acción misteriosa de la palabra de Dios, fecunda como la lluvia, que no dejará de producir fruto.

Así dice el Señor:

«Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo.»

APÉNDICE: El pasaje más difícil

            Para explicar este pasaje cuento una parábola que me he inventado.

            Había una vez un profesor de Matemáticas. A los pocos días de clase, advirtió que sus alumnos se divi­dían en dos grupos. Unos se tomaba la asignatura con interés, pre­guntaban lo que no enten­dían, preparaban las evaluaciones. No eran unas eminen­cias matemá­ti­cas, pero seguían con aten­ción las clases. Los del otro grupo eran todo lo contra­rio: no aten­dían a la explicación, ni siquiera miraban a la pizarra, no estudiaban en privado y siempre estaban armando jaleo. Al cabo de unos meses, moles­to el profe­sor con esta actitud, anunció a todos: “A partir de mañana, la clase se divide en dos grupos. Al primero le dedicaré todo el tiempo que nece­siten, incluso echando horas extraordinarias. Al segundo, sólo le dedicaré el tiempo fijado, y le explicaré las mate­máticas en inglés”.

            Esta parabolilla ayuda a entender la respues­ta de Jesús. Comienza dividiendo a su auditorio en dos grupos: el de los discí­pu­los («voso­tros») y el de los que no quieren atender, «los otros». Los discípu­los pueden conocer los misterios del Reino; los otros, no. ¿Por qué? Porque los discípulos se han comprometi­do con Jesús, están produciendo fruto, y los otros no hacen nada. Y «al que produce se le dará hasta que le sobre, mientras al que no produce se le quitará hasta lo que tiene». Las palabras de Jesús son más duras de lo que parece a primera vista. No dice «al que produce se le dará, y al que no produce no se le dará». Dice: «al que no produce, se le quitará hasta lo que tiene» (le expli­carán las matemáticas en inglés). A continuación, desarrolla este tema, con una cita de Isaías. A la gente que no hace nada, que miran sin ver y escuchan sin oír ni entender, que le resbala todo, que pasa de todo, Jesús le habla en parábolas (en inglés) para que entiendan menos todavía y no se aclaren de ningún modo. «Por mucho que oigáis no entenderéis, por mucho que miréis no veréis, porque está embotada la mente de este pueblo«. A Dios le gustaría curar a esta gente (igual que al profesor le gustaría que sus discípulos malos aprobasen), pero ellos se niegan a convertirse (a estudiar); y la reacción de Jesús es durísima: si no quieren convertirse, haré lo posible para que no me entiendan. Por eso les hablo en parábolas. En cambio, a los que quieren entender y ver Jesús les dice: «Dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. Porque muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís vosotros, y no lo oyeron».

            Aunque el pasaje resulte claro, surge una pregunta espontánea: ¿Es justa la actitud de Jesús? ¿No conseguiría más de la gente hablándoles con claridad? Hay que tener en cuenta que nos encon­tramos en el c.13 del evangelio. Jesús ha hablado ya mucho, sobre todo en el Sermón del Monte. Lo ha hecho con absoluta claridad, y a propósi­to de los temas más diversos: la actitud ante la ley, ante el dinero, ante las obras de piedad, el prójimo. Ha seguido enseñan­do de forma sencilla mediante sus milagros y en las discusiones con los fariseos. Pero no piensa pasarse así toda la vida. Tiene que explicar temas más difíciles, sobre todo en relación con el misterio del Reino de Dios. Y no está dispuesto a perder el tiempo por culpa de unos alumnos holgaza­nes, que sólo quieren tomarle el pelo. Más aún, va a usar las parábolas para que los oyentes que no están dis­puestos a hacerle caso no entien­dan el mensaje que va a transmitir.

            Es importante tener en cuenta este contexto polémico para no sacar consecuencias equivocadas. Sería erróneo basarse en estas palabras del Evangelio para justificar una predicación oscura e ininteligible y echarle la culpa a los oyentes. O para criticar las dudas e interrogantes que puede sentir mucha gente con respecto a la formulación de ciertos dogmas o de determinados aspectos de la doctrina de la Iglesia. Estas palabras no se dirigen contra el que desea con sencillez y honradez que le expliquen determinadas cosas, sino contra el que se obstina en rechazar el evangelio y desprecia a Jesús y su mensaje tachándolo de ridículo, infantil o pasado de moda.

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