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Dom 13.8.17. Barca de Pedro, barca de María de Magdala. Un camino compartido

domingo, 13 de agosto de 2017
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magdalaDel blog de Xabier Pikaza:

Dom 19, ciclo A. Mt 14, 22-33. En la imagen aparece la barca de Magdala, símbolo de Jesús: Barca de Pedro, de María Magdalena, de todos los creyentes….

— Jesús se ha ido y reza sobre la montaña (parece que no se ocupa de los suyos, de Pedro y de los otros, que reman, remamos en la noche)
— mientras tanto, la barca de la Iglesia se hunde en el temporal del siglo XXI. Si Dios no lo remedia, la barca naufraga y los sueños del largo cristianismo acaban.

En ese contexto, Jesús aparece como un fantasma, caminando sobre el abismo de las aguas… y Pedro le dice que él también quiere acompañarle sobre el agua y así empieza a caminar, pero tiene miedo.

Pedro se arriesgó con Jesús, pero la primera en arriesgarse con él fue María de Magdala…Y así he querido que su barca presida este evangelio.

Pedro y Magdalena salen al mar, con ellos salimos nosotros para iniciar una nueva travesía. ¿Por qué no vamos con él, con Pedro, y con María de Magdalana? ¿Por qué no decimos todos a Jesús: vamos contigo?

Quiero que cada uno lea el texto y lo interprete por sí mismo, parando después y sacando sus conclusiones. Si alguien tiene tiempo, si quiere entrar en temas eclesiales, puede seguir leyendo lo que digo, los trece puntos del poder del Pedro, que son los de María de Magdala y todos los cristianos

Así quiero pasar de los poderes de Pedro (sin negarlos) a los poderes de la Iglesia, para asumir la tarea de Pedro, todos sus poderes, que son nuestros, en la barca sobre el mar airado.

Buen domingo a todos
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Introducción. Texto. Mateo 14,22-33

Después que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo. Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario.

De madrugada se les acercó Jesús, andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. Jesús les dijo en seguida: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!» Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua.» Él le dijo: «Ven.» Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: «Señor, sálvame.» En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?» En cuanto subieron a la barca, amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él, diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios.»

LOS TRECE PODERES DE PEDRO, QUE SON DE LA IGLESIA

Según este pasaje, imaginaos al Papa que quiere caminar con Jesús sobre las aguas. Éste es el Papa de trece poderes… que corre el riesgo de hundirse. Por eso quiero que vuelva con Jesús a la barca de la comunidad. Así lo haré citando y evocando esos poderes, en dos partes:

a. Presento uno por uno los trece poderes actuales del Papa
b. Indico después que esos poderes, siendo del Papa, son de la Iglesia

Eso significa que debemos lanzarnos al agua, como él, como Pedro, para asumir y transformar su travesía.

1. Poder político, diplomacia Vaticana

a. Retomando una historia que había comenzado el año 756, los pactos de Letrán (1929) crearon el Estado de la Ciudad del Vaticano, con fines espirituales (no económicos, ni militares), pero con gran peso político, pues ellos convierten al Papa en Jefe de Estado, reconocido por casi todos los gobiernos. De esa forma, el Papa se sitúa entre los césares del mundo a quienes dice su palabra desde una situación de autoridad, como hizo León III con Carlomagno. Más que las dimensiones geográficas o el peso económico-militar del Estado Vaticano importa la visión del Papa como Jefe de Estado en clave de autoridad política.

b. Con María de Magdala. Muchos pensamos que el primer mensaje de la Iglesia Católica hade situarse en otro plano, de manera que ella debería renunciar unilateralmente a su estructura política como Estado, para así expresar y realizar mejor su misión cristiana, pues las condiciones políticas y sociales son hoy radicalmente distintas de lo que eran el año 756 (cuando se crearon los Estados Pontificios). En esa línea deberían suprimirse las nunciaturas (embajadas) permanentes del Papa ante los estados, lo mismo que los obispados y capellanías castrenses, que ratifican el pacto de la iglesia con los poderes militares.

2. Magisterio supremo, una palabra viva

a. El Papa, ayudado por sínodos, congregaciones y comisiones, siguiendo, en última instancia, sus opciones, promulga documentos oficiales (encíclicas, cartas pastorales, exhortaciones apostólicas) para todos los católicos, viniendo a presentarse de esa forma como el único Magisterio real de la Iglesia, y lo hace creando un círculo de verdades que corren el riesgo de cerrarse, alimentándose a sí mismas, sin diálogo efectivo con el mundo exterior, ni con los principios bíblicos del Evangelio, como parece haber sucedido en el Catecismo de la Iglesia Católica (1992).

b. Con María, la maestra de la barca de Magdala. Ciertamente, es necesaria la unidad del Magisterio, pero no en su forma actual, piramidal, de arriba abajo, sino en clave de comunión (comunidad de comunidades, diálogo constante de cristianos…). Conforme a esa visión, el Papa no debería ser alguien que habla desde arriba (como Uno sobre todos), sino que ha de hallarse en la misma comunión, recogiendo y formulando así la múltiple voz de las iglesias. Es necesaria la unidad, pero no como voz del Uno, sino como concierto y comunión de voces, vinculadas en conversación y diálogo evangélico, como supone el conjunto del NT.

3. Poder misionero, nuevas iglesias

a. La acción misionera (evangelizadora) pertenece al conjunto de la Iglesias, y ha sido realizada en la Edad Moderna por los reinos cristianos, pero en los últimos siglos ha quedado centrada en la Curia Vaticana, que es la única que puede crear nuevas iglesias, prelaturas y obispados, organizando desde arriba el despliegue de todas las comunidades cristinas. Conforme a esa visión, las comunidades nacen desde el vértice superior de la iglesia única, aceptando su modelo de unidad, sin verdadera autonomía. De esa forma, el centro papal quiere mantener todo el control sobre las iglesias. Conforme a la visión actual, hubiera sido imposible la misión de Pablo, lo mismo que los grandes desarrollos misioneros de las comunidades celtas, por poner dos ejemplos.

b. Con María de Magdala, que llego como misionera hasta Francia, en una barca. Ciertamente es buena y necesaria la conciencia de unidad, pero a modo de comunión, no de imposición del Uno; nos hallamos además en un tiempo privilegiado de comunicaciones, de forma que es fácil mantener el contacto entre todas las iglesias, a modo de red, sin un único centro dirigente superior. Eso significa que las mismas iglesias particulares pueden y deben abrir caminos de evangelio, como sucedió al principio de la cristiandad. No es que agua del Vaticano (del Papa de Roma) se haya secado, pero ella debe manar de otra manera, no desde arriba, ni como centro dirigente que todo lo decide, sino como referencia de unidad (retomando así las tareas que el NT atribuye a Pedro). En esa línea, surgirán, sin duda, nuevas misiones eclesiales, que no estarán ya impulsadas directamente por el Papa, aunque pueden y deben ser discernidas y animadas por el conjunto de la Iglesia, en la que el Papa es signo de unidad.

4. Poder teológico, interpretación de la Escritura

a. En principio, la teología tiene una función autónoma: no es un comentario de las declaraciones del magisterio, sino una actividad propia de las comunidades, llamadas a repensar el evangelio, con libertad creadora, en contacto con las fuentes (Escritura, Tradición), desde el mismo pueblo cristiano, en comunicación entre todas las iglesias. En esa línea, la teología es tarea de todos los creyentes, sin distinción de clero y laicado. Pues bien, desde hace varios siglos, el Vaticano ha querido dirigir e incluso controlar toda la teología católica, en vez de alegrarse de que surjan experiencias y formulaciones nuevas de evangelio, desde la misma vida de las comunidades, como había sido al comienzo de la Iglesia. Para superar ese centralismo teológico es bueno retomar el impulso de la Reforma Luterana, que quiso devolver a los cristianos el acceso a la Palabra de Dios, aunque haya podido conducir a veces a un tipo de fragmentación que debería superarse.

b. María fue la primera que confesó a Jesús resucitado. Nos fiamos de su experiencia, nos fundamos en su teología. Es necesario que los cristianos (y de un modo especial las iglesias) recuperen su libertad teológica, desde el evangelio, en comunión con la Iglesia universal, recordando que los teólogos no son simples delegados del magisterio vaticano. Muchos afirman que, en este momento, para elaborar una teología de base cristiana, en libertad, es preferible situarse fuera de las instituciones oficiales, pues la curia romana significaría un estorbo (impedimento) más que una ayuda para el desarrollo del pensamiento cristiano, como sucedió cuando Juan Pablo II quiso silenciar la teología de la liberación (1984 y 1986). Pienso que esa acusación resulta exagerada. No se trata de situarse fuera, o de actuar como pura oposición, sino de estar dentro, pero de otra manera, en comunión creadora con todas las iglesias, aceptando un Magisterio Papal, pero no como imposición o límite, sino referencia de unidad en comunión de búsqueda evangélica.

5. Poder sacramental, comunión de mesa.

a. Los católicos saben que los sacramentos provienen de Jesús: son signos de su acción y presencia poderosa (liberadora, sanadora). Pero, de hecho, los sacramentos oficiales parecen estar ritualizados, en sentido negativo y muchos piensan que el Vaticano, que regula todas las ceremonias, está más atento a la letra externa que al despliegue de la vida mesiánica de Cristo. Con la ayuda de la Sagrada Congregación para los Ritos, el Papa define y organiza la liturgia católica romana, fijando las formas, gestos y palabras básicas de todas las celebraciones del mundo de una forman que algunos juzgan reactiva (la Curia Vaticana estaría limitando de hecho la libertad que el Vaticano II ofreció a las iglesias). Muchos hablan de un retroceso litúrgico, con celebraciones bellas, pero fosilizadas. Leer más…

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Remando contra viento y marea. Domingo 19. Ciclo A.

domingo, 13 de agosto de 2017
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cristo-camina-sobre-las-aguasDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj: 

Hay dos episodios en los evangelios bastante parecidos, aunque muy diferentes. Se parecen en el escenario (una barca en medio del lago de Galilea en circunstancias adversas) y en los protagonistas (Jesús y los discípulos). Se diferencian en que, en el primer caso, la barca está a punto de zozobrar y los discípulos corren peligro de muerte; en el segundo, sólo se enfrentan a un fuerte viento en contra que hace inútiles todos sus esfuerzos.

Traducido a la experiencia de nuestros días, la tempestad calmada recuerda a numerosas comunidades cristianas, sobre todo de África y Oriente Medio, que se ven amenazadas de muerte y gritan a Jesús: «¡Señor, sálvanos, que perecemos!» El viento en contra hace pensar en tantas otras comunidades, especialmente de occidente, que luchan contra viento y marea, cada vez con menos fuerzas, y sin ver resultados tangibles.

El primer episodio, la tempestad calmada, tiene un claro paralelo en el Salmo 107 (106), 23-32: en el Salmo, los navegantes gritan a Dios en el peligro y él los salva; en el evangelio, los discípulos gritan a Jesús y es éste quien los salva.

Pero el segundo episodio, el de la barca con viento en contra y Jesús caminando sobre el agua, no me recuerda ningún episodio del Antiguo Testamento (y tampoco le veo relación con la primera lectura de este domingo). Sin embargo, está tan anclado en la primitiva tradición cristiana que no sólo lo cuentan Marcos y Mateo, sino incluso Juan, que generalmente va por sus caminos. Es muy curioso que Lucas omita esta escena: probablemente pensó que presentar a Jesús caminando sobre el agua y confundido con un fantasma iba a plantear a sus cristianos más problemas que beneficios.

 El relato de Mateo

 Se inspira en el de Marcos, pero introduciendo cambios muy significativos. Podemos dividirlo en cuatro escenas.

 Primera escena: Jesús se separa de los discípulos

           Después que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo. Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario.

Hablando en términos cinematográficos, es un montaje en paralelo. Inmediatamente después de la comida, Jesús obliga a sus discípulos a embarcarse, mientras él despide a la gente. Luego se retira a rezar «a solas» y, al anochecer, «seguía allí solo». Mientras, los discípulos se encuentran «muy lejos de tierra» (Juan dice que a unos 25-30 estadios, 5-6 km, lo que supone en mitad del lago). Con esto se acentúa la distancia física de Jesús con respecto a los discípulos. A nivel simbólico, quedan contrapuestos dos mundos: el de la intimidad con Dios (Jesús orando) y el de la dura realidad (los discípulos remando). Ha sido Jesús el que los ha abandonado a su destino.

 Segunda escena: Jesús se acerca a los discípulos

            De madrugada se les acercó Jesús, andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. Jesús les dijo en seguida:  

            ― ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!

 A la distancia física se suma la distancia temporal. Jesús los despide por la tarde y no se dirige hacia ellos hasta el final de la noche. [La traducción litúrgica dice «de madrugada»; el texto griego, «a la cuarta vela», entre las 3 y las 6 a.m.; los romanos dividían la noche en cuatro velas, desde las 6 p.m. hasta las 6 a.m.].

Mateo cuenta con asombrosa naturalidad y sencillez algo inaudito: el hecho de que Jesús se acerque caminando sobre el lago. Los discípulos no reaccionan con la misma naturalidad: se asustan, porque piensan que es un fantasma, tienen miedo, gritan. Es la única vez que se usa en el Nuevo Testamento el término “fantasma”, que en griego clásico se aplica a los espíritus que se aparecen, o a «las visiones fantasmagóricas de mis ensueños» (Esquilo, Los siete contra Tebas, 710). Es la única vez que Jesús provoca en sus discípulos un pánico que los hace gritar de miedo. Es la única vez que les dice «¡animaos!». Una escena peculiar sobre la que volveremos más adelante.

 Tercera escena: Jesús y Pedro

            Pedro le contestó:

            ― Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua.

            Él le dijo:

            ― Ven.

            Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: 

            ― Señor, sálvame.

            En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo:

            ― ¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?

Quien conoce los relatos de Marcos y Juan advierte aquí una gran diferencia. En esos dos evangelios, Jesús sube a la barca y el viento se calma. Pero Mateo introduce una escena, exclusivamente suya, que subraya la relación especial entre Jesús y Pedro. Igual que en otros pasajes de su evangelio, Mateo aporta aquí rasgos de la personalidad de Pedro que justifican su importancia posterior dentro del grupo de los Doce. Pero no ofrece una imagen idealizada, sino real, con virtudes y defectos. Su decisión de ir hacia Jesús caminando sobre el agua lo pone por encima de los demás, igual que ocurrirá más adelante en Cesarea de Filipo. Pero Pedro muestra también su falta de fe y su temor. Incluso entonces, es salvado por la intervención de Jesús. Dentro de la sobriedad de Mateo, esta escena llama la atención por la abundancia de detalles expresivos, que adquieren su punto culminante en la imagen de Jesús alargando la mano y agarrando a Pedro.

 Cuarta escena: confesión de los discípulos (32-33)

 En cuanto subieron a la barca, amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él, diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios.»

 Marcos termina su relato diciendo que los discípulos «no cabían en sí de estupor, pues no habían entendido lo de los panes, ya que tenían la mente obcecada» (Mc 6,51-52). Mateo introduce un cambio radical: los discípulos no se asombran, sino que se postran ante Jesús y confiesan: «realmente eres Hijo de Dios». Esta actitud y estas palabras significan un gran avance. Anteriormente, en el relato de la tempestad calmada (Mt 8,23-27), los discípulos terminan preguntándose: «¿Quién será éste que hasta el viento y el agua le obedecen?» Desde entonces, el conocimiento más profundo de Jesús ha provocado un cambio en ellos. Ya no se preguntan quién es; confiesan abiertamente que es «hijo de Dios», y lo adoran. Este título no podemos interpretarlo con toda la carga teológica que le dio más tarde el Concilio de Calcedonia (año 451). También el centurión que está junto a Jesús en la cruz reconoce que «este hombre era hijo de Dios». Lo que quiere expresar este título es la estrecha vinculación de Jesús con Dios, que lo sitúa a un nivel muy superior al de cualquier otro hombre. De aquí a confesar la filiación divina de Jesús sólo queda un pequeño paso.

 Anticipando la gloria de Jesús resucitado.

 Este relato, tal como lo cuenta Mateo, ofrece tres datos curiosos: 1) el cuerpo de Jesús desafía las leyes físicas; 2) los discípulos no reconocen a Jesús, lo confunden con un fantasma; 3) Jesús, a pesar del poder que manifiesta, trata a los apóstoles con toda naturalidad.

Estos tres detalles son típicos de los relatos de apariciones de Jesús resucitado: 1) su cuerpo aparece y desaparece, atraviesa muros, etc.; 2) ni la Magdalena, ni los dos de Emaús, ni los siete a los que se aparece en el lago, reconocen a Jesús; 3) Jesús resucitado nunca hace manifestaciones extraordinarias de poder, habla y actúa con toda naturalidad.

Por consiguiente, lo que tenemos en Mateo (no en Marcos) es algo muy parecido a un relato de aparición de Jesús resucitado. ¿Qué sentido tiene en este momento del evangelio? Anticipar su gloria. Igual que el relato de la muerte de Juan Bautista, contado poco antes, anticipa su pasión, su maravilloso caminar sobre el agua anticipa su resurrección.

 Sentido eclesial y personal

 Desde antiguo, se ha visto en la barca una imagen de la Iglesia, metida por Jesús en una difícil aventura y, aparentemente, abandonada por él en medio de la tormenta. Este sentido, que estaba ya en Marcos, lo completa Mateo con un aspecto más personal, al añadir la escena de Pedro: el discípulo que, confiando en Jesús, se lanza a una aventura humanamente imposible y siente que fracasa, pero es rescatado por el Señor. En la imagen de Pedro podían reconocerse muchos apóstoles y misioneros de la Iglesia primitiva, y podemos vernos también a nosotros mismos en algunos instantes de nuestra vida: cuando parece que todos nuestros esfuerzos son inútiles, cuando nos sentimos empujados y abandonados por Dios, cuando nosotros mismos, con algo de buena voluntad y un mucho de presunción, queremos caminar sobre el agua, emprender tareas que nos superan. Ellos vivenciaron que Jesús los agarraba de la mano y los salvaba. La misma confianza debemos tener nosotros.

La primera lectura

            Ha sido elegida porque en ella Dios se revela en la brisa suave, después del viento huracanado, el fuego y el terremoto. En el evangelio, después de la tormenta, cuando Jesús sube a la barca, el viento amaina. Este paralelismo no impide que la lectura parezca traída por los pelos; es preferible no detenerse en ella.

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Domingo XIX del Tiempo Ordinario. 13 Agosto, 2017

domingo, 13 de agosto de 2017
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d-19

“Jesús les dijo en seguida: -¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!

Pedro le contestó: -Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua.”

(Mt 14, 22-33)

Jesús siempre resuelve “marchándose a orar”. Ora ante las adversidades pero ora también después de los éxitos y los aplausos. El evangelio de hoy es la escena que sigue a la multiplicación de los panes y los peces.

Jesús se había marchado a un lugar apartado, pero la gente le había seguido. Al ver a la gente Jesús se conmueve, se olvida de su cansancio y preocupaciones. Se olvida también de su tristeza (se había retirado al enterarse de la muerte de Juan Bautista). Y se pone a curar y cuidar a la gente.

Ve la debilidad de la gente y no se desentiende. Les da de comer. Aquella multitud estaría encantada y agradecida. Pero Jesús no se deja “atrapar” por la euforia de la gente. Ahora que han comido despide a la gente y él se retira a orar.

Ni el cansancio, ni el éxito, ni las preocupaciones le despistan. Después de un día tenso, triste y de afanoso trabajo curando y atendiendo a la gente, pasa buena parte de la noche orando.

Lo bueno y lo malo, todo lo pasa por la oración. El encuentro con Abba es imprescindible. Vital. No hay excusas.

¿Qué sucedería con el cristianismo si los cristianos sintiéramos una necesidad de la oración como la que tenía Jesús? ¿Cómo sería nuestra vida si tuviéramos una relación con Dios como la que tenía Jesús?

Es una pena que hayamos opuesto acción y contemplación, como si fueran dos cosas diferentes. La oración y la acción son los dos pies que nos permiten caminar tras la huellas de Jesús.

Si la oración no te moviliza ante el dolor humano no es encuentro con Dios Trinidad. Y si las actividades sociales no te llevan directamente a los brazos del Dios tampoco harás presente el Reino, el Rostro de Dios.

No podemos andar sobre las aguas tempestuosas de nuestra historia sin haber hecho crecer nuestra confianza en la intimidad de la oración. Y no venceremos nuestros miedos si nuestra oración no se convierte en un lugar ancho y dilatado en el que quepan todos los sufrimientos y las alegrías humanas.

Oración

Trinidad Santa, ¡mándanos ir hacia ti! Desde nuestra oración y desde nuestra acción.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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La fe no es aceptar unas verdades sino confiar.

domingo, 13 de agosto de 2017
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walkonwaterMt 14, 22-33

Este relato se parece más a los relatos de apariciones pascuales. Algunos exégetas sugieren que puede tratarse de un relato de Jesús resucitado, que han colocado más tarde en el contexto de la vida real. La primera lectura nos empuja a una interpretación espiritual. Tanto Elías como Pedro reciben una lección. Los dos habían hecho un Dios a su imagen y semejanza. La experiencia les enseña que Dios no se puede meter en conceptos y que es siempre más de lo que creemos. Nunca se identifica con lo que pensamos de Él.

Además de Mt, lo narra Mc y Jn. Los tres lo sitúan después de la multiplicación de los panes. Los tres presentan a Jesús subiendo a la montaña para orar. En los tres relatos, Jesús camina sobre el agua. También coinciden en señalar el miedo de los discípulos; Mt y Mc dicen que gritaron. La respuesta de Jesús es la misma: Soy yo, no tengáis miedo. En Mc y Mt, Jesús manda a los discípulos embarcar y marchar a la otra orilla; pero el verbo griego, deja entrever cierta imposición. En Jn, la iniciativa es de los discípulos.

En el AT, el monte es el lugar de la divinidad. Jesús, después de un día ajetreado, se eleva al ámbito de lo divino. Como Moisés la segunda vez que sube al Sinaí, va solo. Nadie le sigue en esa cercanía a la esfera de lo divino. La multitud solo piensa en comer. Los apóstoles piensan en medrar. Para superar la tentación, Jesús se pone a orar. Orar es darse cuenta de lo que hay de Dios en él para poder vivirlo. Es muy interesante descubrir que Jesús necesita de la oración, desbaratando así la idea simplista, que tenemos, de que él era Dios sin más. Jesús tiene necesidad de momentos de auténtica contemplación.

Jesús sube a lo más alto. Los discípulos bajan hasta el nivel más bajo. Esperan encontrar allí las seguridades que Jesús les niega al no aceptar ser rey. En realidad encuentran la oscuridad, la zozobra, el miedo. Las aguas turbulentas representan las fuerzas del mal. Son el signo del caos, de la destrucción, de la muerte. Jesús camina sobre todo esto. En el AT se dice expresamente que solo Dios puede caminar sobre el dorso del océano. Al caminar Jesús sobre las aguas, se está diciendo que domina sobre las fuerzas del mal.

En el relato se aprecia la visión que de Jesús tenía aquella primera comunidad. Era verdadero hombre y como tal, tenía necesidad de la oración para descubrir lo que era y superar la tentación de quedarse en lo material. Al caminar sobre el mar, está demostrando que era también verdadero Dios. La confesión final es la confirmación de esta experiencia. Esta confesión apunta también a un relato pascual, porque solo después de la experiencia de la resurrección, confesaron los apóstoles la divinidad de Jesús.

La barca es símbolo de la nueva comunidad. Las dificultades que atraviesan los apóstoles, son consecuencia del alejamiento de Jesús. Esto se aprecia mejor en el evangelio de Jn, que deja muy claro que fueron ellos los que decidieron marcharse sin esperar a Jesús. Se alejan malhumorados porque Jesús no aceptó las aclamaciones de la gente saciada. Pero Jesús no les abandona a ellos y va en su busca. Para ellos Jesús es un “fantasma”; está en las nubes y no pisa tierra. No responde a sus intereses y es incompatible con sus pretensiones. Su cercanía, sin embargo, les hace descubrir al verdadero Jesús.

El miedo es el primer efecto de toda teofanía. El ser humano no se encuentra a gusto en presencia de lo divino. Hay algo en esa presencia de Dios que le inquieta. La presencia del Dios auténtico no da seguridades, sino zozobra; seguramente porque el verdadero Dios no se deja manipular, es incontrolable y nos desborda. La respuesta de Jesús a los gritos es una clara alusión al episodio de Moisés ante la zarza. El “ego eimi” (yo soy) en boca de Jesús es una clara alusión a su divinidad. Jn lo utiliza con mucha frecuencia.

El episodio de Pedro, merece una mención especial ya que tiene mucha miga. Pedro siente una curiosidad inmensa al descubrir que su amigo Jesús se presenta con poderes divinos, y quiere participar de ese mismo privilegio. “Mándame ir hacia ti, andando sobre el agua”; que es lo mismo que decir: haz que yo partícipe del poder divino como tú. Pero Pedro quiere lograrlo por arte de magia, no por una transformación personal. Jesús le invita a entrar en la esfera de lo divino y participar de ese verdadero ser: ven.

Estamos hablando de la aspiración más profunda de todo ser humano consciente. En todas las épocas ha habido hombres que han descubierto esa presencia de Dios. Pedro representa aquí, a cada uno de los discípulos que aún no han comprendido las exigencias del seguimiento. Jesús no revindica para sí esa presencia divina, sino que da a entender que todos estamos invitados a esa participación. Pedro camina sobre el agua mientras está mirando a Jesús; se empieza a hundir cuando mira a las olas. No está preparado para acceder a la esfera de lo divino porque no es capaz de prescindir de las seguridades.

El verdadero Dios no puede llegar a nosotros desde fuera y a través de los sentidos. No podemos verlo, ni oírlo ni tocarlo, ni olerlo ni gustarlo. Tampoco llegará a través de la especulación y los razonamientos. Dios no tiene más que un camino para llegar a nosotros: nuestro propio ser. Su acción no se puede “sentir”. Esa presencia de Dios, solo puede ser vivida. El budismo tiene una frase, a primera vista tremenda: “si te encuentras con el Buda, mátalo”. Si te encuentras con dios, mátalo. Ese dios es falso, es una creación tuya; es un ídolo. Si lo buscas fuera de ti, estás persiguiendo un fantasma.

También hoy, el viento es contrario, las olas son inmensas, las cosas no salen bien y encima, es de noche y Jesús no está presente. Todo apunta a la desesperanza. Pero resulta que Dios está donde menos lo esperamos: en medio de las dificultades, en medio del caos y de las olas, aunque nos cueste tanto reconocerlo. La gran tentación ha sido siempre que se manifestará de forma portentosa. Seguimos esperando de Dios el milagro. Dios no está en el huracán, ni en el terremoto, ni en el fuego. Es apenas un susurro.

Hoy tenemos que afrontar la misma disyuntiva. O mantener a toda costa nuestro ídolo, o atrevernos a buscar el verdadero Dios. La tentación sigue siendo la misma, mantener el ídolo que hemos pulido y alicatado desde la prehistoria. La consecuencia es clara: nunca encontraremos al Dios verdadero. Esta es la causa de que se alejen de las instituciones los que mejor dispuestos están. Los que no aceptan los falsos dioses que nos empeñamos en venderles. Se encuentran, en cambio, muy a gusto con ese “dios” los que no quieren perder las falsas seguridades que les dan los ídolos fabricados a nuestra medida.

El ser humano ha buscado siempre el Dios todopoderoso que hace y deshace a capricho, que empleará esa omnipotencia en favor mío, si cumplo determinadas condiciones. Si en la religión buscamos seguridades, estamos tergiversando la verdadera fe-confianza. Dios no puede darme ni prometerme nada que no sea Él mismo. Ni como Iglesia ni como individuos debemos poner nuestra meta en las seguridades externas. Las seguridades, que con tanto ahínco busca nuestro yo, son el mayor peligro para llegar a Dios.

Meditación-contemplación

El ansia de lo divino es una constante en el ser humano.
La trampa es querer conseguirlo por un camino equivocado.
Lo divino forma parte de mí.
Es la parte sustancial y primigenia de mi ser.
Cuando descubro y vivo esa presencia,
despliego todas las posibilidades de ser que ya hay en mí.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Olas del mar y del viento.

domingo, 13 de agosto de 2017
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mateo-14-22-33Aunque haya religiones diferentes, debido a distintas culturas, lo importante es que todas coincidan en su objetivo principal: ser buena persona y ayudar a los demás (Dalai Lama)

13 de agosto. Domingo XIX del TO

Mateo 14, 22-33

“Al sentir el fuerte viento, tuvo miedo, entonces empezó a hundirse y gritó: ¡Señor, sálvame!”

El agua, la tempestad y la noche asustan. Son símbolos de inseguridad y angustia. Hay tempestades y noches oscuras en el alma. “Noche oscura del alma” es una metáfora utilizada para describir una fase en la vida espiritual de una persona, marcada por un sentido de soledad y desolación. Se hace referencia en tradiciones espirituales de todo el mundo, pero en particular en el cristianismo.

Para algunos místicos es un período de tristeza, angustia, confusión y miedo, que es necesario para alcanzar a Dios. Jesús también lo padeció cuando en la tarde de la Crucifixión gritó de esta manera: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mt 27, 46).

Para nuestro San Juan de la Cruz, que debía haber sobrevolado ya toda tormenta cuando escribió su Poema, canta en estos versos el gozo de haber llegado al alto estado de perfección, que es la unión con Dios:

“Quedéme, y olvidéme,
el rostro recliné sobre el amado;
cesó todo, y déjeme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado”.

Los discípulos, que por entonces no habían alcanzado esas alturas, tomaron a Jesús por un fantasma y se asustaron, particularmente Pedro, de modo que el propio Jesús tuvo que serenarles. Se serenó también el fuerte viento cuando él dejó de andar por las aguas y subió a la barca. Tal susto tenía el apóstol en el cuerpo, que por miedo a ahogarse exclamó, recordando quizás el salmo 69, 2: “Sálvame, Dios, que me llega el agua al cuello”.

Un relato simbólico en el que Jesús se les presenta cabalgando en las olas de la mar y del viento en una madrugada tormentosa, que nos quiere manifestar su fortaleza espiritual frente a nuestra debilidad innata.

En la ópera Peter Grimes, de Benjamin Britten, hay un momento en que los protagonistas reviven una escena parecida. El Coro de pescadores canta: “El viento contiene la marea”. El Reverend Horace Adams grita: “Oh, Dios, detiene la marea o yo compartiré tus temores. Son olas del dolor humano”. Y la maestra de escuela Ellen Orford, viuda enamorada de Peter, dice que “las olas centellean como el amor”, y le pregunta al protagonista: “¿Nos equivocamos cuando soñamos?”.

“Se levantó un viento huracanado, las olas rompían contra la barca que estaba a punto de anegarse. Él dormía en la popa sobre un cojín. Le despertaron y le dijeron: Maestro, ¿no te importa que naufraguemos? Se levantó, increpo al viento y ordenó al lago: ¡Calla, enmudece! El viento cesó y sobrevino una gran calma (Mc 4, 37-39). Yo pido también a Jesús marinero que me suba a su barca y me guie a destino.

SÚBETE A MI BARCA

Hay tormentas en el mar de mi existencia
y tú plácidamente duermes
mientras mi alma corre un grave riesgo
de zozobrar en estas procelosas aguas.

El timón y la quilla de mi vida
se han quebrado,
y me han dejado marchar a la deriva
vagando por el cielo sin sentido.

¡Señor de las Tormentas!
Súbete a mi desvencijada barca
y guíala a destino,
pues por ti me hice un día marinero.

(EVANGÉLICO CUARTETO. Ediciones Feadulta)

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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¡Ánimo! soy yo, no temáis.

domingo, 13 de agosto de 2017
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jesus-camina-sobre-las-aguas-4Mt 14, 22-33

Todos compartimos –más allá del tiempo y del espacio en el que nos hallemos- la misma bella y frágil naturaleza humana. Por eso, aunque las circunstancias que  nos rodean son diferentes y ciertamente éstas pueden favorecernos o dificultar nuestro seguimiento a Jesús, a poco que ahondemos en nosotros mismos, reconoceremos que los verdaderos obstáculos para vivir centrados en Dios y comprometidos con su Reino no nos vienen de fuera sino que brotan de nuestro propio interior.

Los miedos acompañan nuestra vida cotidiana. Quien se pregunta honestamente ¿qué temo? reconoce sin duda una pequeña o gran lista de miedos que le habitan. Tenemos miedo al mañana y a veces al hoy. Miedo a lo desconocido. Miedo a lo diferente. Miedo a los otros e incluso miedo a nosotros mismos…

Ahora bien, lo relevante para un creyente no son los miedos. La cuestión es ser capaces de acogerlos, reconocer de dónde vienen y afrontarlos para que no paralicen nuestro seguimiento a Jesús y nuestra pasión por su causa.

En el evangelio de hoy Mateo describe con detalle la escena. Los discípulos acaban de vivir junto a Jesús uno de los acontecimientos más señalados en los evangelios: la multiplicación de los peces y los panes (cf. 14, 13-21). Han descubierto que organizarse desde las claves de Jesús (la compasión ante el sufrimiento de los demás; la acogida y atención a todos, incluidos quienes no cuentan en la sociedad; la solidaridad y el compartir; el trabajo en equipo…) favorece la vida, sacia el hambre y alegra el corazón de todos. Esta experiencia les ha fortalecido y animado después de un momento de duda en el que llegaron a solicitar a Jesús que despidiera a la gente, temerosos de encontrarse con una situación que desbordara sus posibilidades.

Quizás por eso, cuando el Maestro les envía por delante hacia la otra orilla, todos obedecen sin poner objeción. Pero la ausencia de Jesús se les hace insostenible. Mateo muestra con claridad que este tiempo de ausencia es muy significativo. Jesús les insta a “adelantarse” mientras despide a la gente, pero la realidad es que luego sube al monte para orar a solas y que al llegar la noche aún estaba allí. También indica que la barca ya estaba muy lejos de la orilla y que no es hasta el final de la noche cuando regresa junto a ellos.

Seguramente las primeras comunidades cristianas, al igual que nosotros hoy, se identificarían fácilmente con ese grupo de discípulos embarcados en medio de una tormenta que sacude con fuerza su barca. Vivir con Jesús ausente requiere confianza absoluta, esperanza firme y capacidad para descubrirle presente en su ausencia. En el envío que recibimos de Él a ir hacia la otra orilla es fácil que nuestra barca se tambalee por los oleajes de los miedos y que estos nos hagan ver fantasmas que nos impidan reconocerle resucitado y caminando a nuestro lado.

La palabra de Jesús resuena con autoridad en medio de la crisis: ¡Ánimo, soy yo, no temáis! Son sus palabras la que sacan a Pedro de la situación de parálisis en la que se halla. El texto no señala que las aguas se calmen en ningún momento. Lo que nos dice es que Pedro suplica poder ir hacia Él a pesar y en medio del fuerte oleaje y del viento contrario. La fe y el estar encaminado hacia el Señor (el texto nos indica que Pedro iba hacia Jesús) lo sostienen con tanta fuerza que le es posible caminar sobre las aguas. Sobre esas mismas aguas que poco antes habían tambaleado sus certezas y le habían hecho confundir a su Maestro con un fantasma.

Todavía hay algo más. Pedro comienza a hundirse de nuevo cuando vuelve a dudar y a dejarse llevar por los miedos. “Pero al ver la violencia del viento se asustó”…  Mateo indica claramente el por qué: el miedo crece en intensidad cuando Pedro desvía su mirada, cuando deja de tener sus ojos fijos en Jesús y mira al viento contrario.

Hoy la Palabra nos da la oportunidad de reconocer nuestros propios miedos para acogerlos desde la confianza absoluta de que Jesús, el Señor, camina a nuestro lado hasta en las situaciones más límites y dolorosas. En el encuentro sereno con Él podemos experimentar que nos tiende su brazo para que no nos hundamos en nuestros temores y dificultades. Él nos dará la fuerza necesaria para arriesgarnos por aquellos caminos que nos parecen intransitables.

Sigamos adelante con los ojos fijos no en nosotros mismos, ni siquiera en nuestra pequeña o gran barca, sino en el Señor que conduce la Historia y nuestros pasos, en el Hijo de Dios que nos hace estar siempre de travesía con el fin de anunciar su Buena Noticia y sanar a los enfermos (cf. 14, 34-36).

 

Inma Eibe, ccv

Fuente Fe Adulta

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“El riesgo de instalarse”. 6 de agosto de 2017. Transfiguración del Señor. Mateo 17, 1-9.

domingo, 6 de agosto de 2017
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la transfiguracionTarde o temprano, todos corremos el riesgo de instalarnos en la vida, buscando el refugio cómodo que nos permita vivir tranquilos, sin sobresaltos ni preocupaciones excesivas, renunciando a cualquier otra aspiración.

Logrado ya un cierto éxito profesional, encauzada la familia y asegurado, de alguna manera, el porvenir, es fácil dejarse atrapar por un conformismo cómodo que nos permita seguir caminando en la vida de la manera más confortable.

Es el momento de buscar una atmósfera agradable y acogedora. Vivir relajado en un ambiente feliz. Hacer del hogar un refugio entrañable, un rincón para leer y escuchar buena música. Saborear unas buenas vacaciones. Asegurar unos fines de semana agradables…

Pero, con frecuencia, es entonces cuando la persona descubre con más claridad que nunca que la felicidad no coincide con el bienestar. Falta en esa vida algo que nos deja vacíos e insatisfechos. Algo que no se puede comprar con dinero ni asegurar con una vida confortable. Falta sencillamente la alegría propia de quien sabe vibrar con los problemas y necesidades de los demás, sentirse solidario con los necesitados y vivir, de alguna manera, más cerca de los maltratados por la sociedad.

Pero hay además un modo de «instalarse» que puede ser falsamente reforzado con «tonos cristianos». Es la eterna tentación de Pedro, que nos acecha siempre a los creyentes: «plantar tiendas en lo alto de la montaña». Es decir, buscar en la religión nuestro bienestar interior, eludiendo nuestra responsabilidad individual y colectiva en el logro de una convivencia más humana.

Y, sin embargo, el mensaje de Jesús es claro. Una experiencia religiosa no es verdaderamente cristiana si nos aísla de los hermanos, nos instala cómodamente en la vida y nos aleja del servicio a los más necesitados.

Si escuchamos a Jesús, nos sentiremos invitados a salir de nuestro conformismo, romper con un estilo de vida egoísta en el que estamos tal vez confortablemente instalados y empezar a vivir más atentos a la interpelación que nos llega desde los más desvalidos de nuestra sociedad.

José Antonio Pagola

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«Su rostro resplandecía como el sol». Domingo 6 de agosto de 2017. 18º Ordinario. Transfiguración del Señor

domingo, 6 de agosto de 2017
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15-CuaresmaA2De Koinonia:

Daniel 7,9-10.13-14: Su vestido era blanco como nieve.
Salmo responsorial: 96: El Señor reina, altísimo sobre la tierra.
2Pedro 1,16-19: Esta voz del cielo la oímos nosotros.
Mateo 17,1-9: Su rostro resplandecía como el sol.

La primera lectura del libro de Daniel nos recuerda que Israel como el mundo de aquel tiempo y lugar se encontraba en un proceso de helenización. La fuerza de la cultura griega invadía todo y se extendía con rapidez. Toda una nueva forma de entender la vida. Esto trajo una crisis profunda en todos los que vivían con pasión su fe. Con la llegada de Antíoco IV Epífanes, lo que en un primer momento no era más que una mayor promoción de la cultura griega, va a dar paso a una persecución abierta de los judíos que siguen fieles a su fe desde su cultura tradicional. A la irracionalidad de la intolerancia se suma la irracionalidad de la violencia. La «cultura superior» lleva consigo la prepotencia y termina por masacrar a personas sencillas, inocentes, que lo único que pretenden es vivir en paz (¿quiénes son los «bárbaros»?).

En este clima surge el libro de Daniel, retomando acontecimientos del pasado, animando a resistir también ahora. En su segunda parte cambia de género literario y ante la presión y la inestabilidad por lo absurdo de la fuerza… no puede expresarlo en lenguaje convencional y echa mano del género de «la apocalíptica». Todo el capítulo al que pertenece el texto de este día hace de bisagra entre las dos partes del libro.

La segunda lectura, la segunda carta de Pedro es una de las pocas lecturas litúrgicas pertenecientes al último escrito, cronológicamente hablando, del Nuevo Testamento. No sólo por este motivo sino sobre todo por su contenido, es claro que no fue obra del apóstol Pedro, «primer Papa», aunque a él se le haya atribuido desde antiguo. Su intención es animar a los cristianos de las generaciones posteriores a la primera a la permanencia y fidelidad, poniéndolos en guardia frente a posibles desviaciones. La certeza de la victoria total de Cristo se basa, entre otras cosas, en la Transfiguración, una especie de adelanto teológico de lo que Cristo es y representa para todos. Contrapone el autor esta realidad a mitos y leyendas poco de fiar. Y no es que la transfiguración haya de considerase un hecho histórico. Se trata, más bien, de una reflexión espiritual de lo que el Señor Jesús significa para los cristianos. Probablemente no hubo una voz perceptible por los testigos; lo importante es que Jesús es el Hijo de Dios y ha de volver a culminar su obra comenzada. Es importante esta mención de Jesucristo como fundamento de la vida presente del cristiano, de su fe, de su realidad histórica en conjunto y, a la vez, la tensión hacia el futuro, hacia la realización completa.

Los símbolos que utiliza el profeta Daniel se inspiran en la apocalíptica judía del siglo III a. C. La apocalíptica intentaba presentar las grandes opciones de Dios para el presente mediante símbolos litúrgicos, cósmicos y sobrenaturales. El blanco representa la máxima santidad, la presencia divina. Los tronos simbolizan la capacidad para gobernar la historia. El hijo del hombre, un ser humano capaz de hacer realidad la voluntad de Dios.

En el evangelio de Mateo el episodio de la Transfiguración, tiene una relación directa con el episodio del bautismo (Mt 3,13-17). En ambos descubrimos la experiencia filial como forma permanente de relación con Dios: “Éste es mi Hijo preferido; escúchenle”. La presencia de Moisés y Elías en la escena representan el encuentro con «la Ley y los Profetas». La voz que desciende del cielo muestra que nuestra relación filial con Dios determina todo nuestro ser. La escucha de Jesús se convierte de ahora en adelante en el gran imperativo cristiano. La experiencia de Jesús durante su bautismo (Mt 3,17) se convierte en el patrimonio de toda la comunidad cristiana, aunque habrá que esperar a la experiencia pascual para descubrir cómo ese camino de ascenso al Padre pasa por la cruz. La vida cristiana es una vida transfigurada, esto es, una vida que se vive en plenitud desde la conciencia de ser hijos de Dios. Debemos abandonar la iniciativa de Pedro de vivir una vida dividida, desarticulada, simbolizada por su deseo de levantar tres chozas e instalarse allí en la montaña. Leer más…

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Dom 6.8.17. Transfiguración de Jesús, con un general judío que también veía a Moisés y Elías

domingo, 6 de agosto de 2017
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imagesDel blog de Xabier Pikaza:

La iglesia celebra, aunque es domingo, la fiesta de la Transfiguración del Señor (San Salvador), una de las más significativas de la tradición cristiana, por su fondo histórico-simbólico y por la importancia que ha tenido y sigue teniendo, como icono esencial de la experiencia pascual y de la oración de la Iglesia (especialmente en la tradición ortodoxa).

Éste es el icono por excelencia, con la unión del Antiguo y del Nuevo Testamento (Jesús con Moisés y Elías), ésta es la visión orante en la montaña, la experiencia clave de la Resurrección de Jesús, y del camino que con él realizan los cristianos, en visión anticipada de la gloria, en tarea concreta de seguimiento, dando la vida con (como Jesús) al servicio de la vida de los otros.

Éste es el primer retablo del misterio cristiano, tal como lo han «escrito/pintado» desde antiguo iconógrafos, monjes y simples creyentes de oriente y occidente, el icono del camino que sube a (y baja de) la montaña (en unión con el otro gran icono de los Ángeles de la Trinidad: visión de Abraham, «escrita» por Rublev).

transfiguration1Su versión más antigua aparece en Mc 9, 2-8 y la más reciente en 2 Pedro 1, 16-18. Es un prodigio de concisión y riqueza evocadora, un canto de oración y pascua, de historia de Jesús y de esperanza escatológico. Este año la Iglesia utiliza el relato de Mateo (aunque no voy a insistir hoy en la diferencia entre los evangelios sinópticos).

Varias veces he comentado este pasaje en mi blog. Hoy quiero hacerlo de nuevo, en una línea antigua, recogiendo el ritmo y sentido del relato… e interpretándolo al fin desde la perspectiva de un oficial del ejército judío que seguía viendo en su oración a Moisés y Elías (como les había visto Jesús en la montaña), aunque su interpretación era distinta(aunque no opuesa a la cristiana), como seguirá viendo quien lea.

Buen domingo a todos los amigos. Las dos primeras imágenes recogen iconos de la tradición oriental de la Iglesia. El tercero está tomado de un famoso cuadro de Rafael Sanzio

Texto (Mt 17, 1-9)

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.

Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.»

Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis.» Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»


Introducción

Esta escena reproduce en un contexto de epifanía (manifestación sagrada) algunos de los elementos básicos de la historia humana y religiosa de Jesús. En un sentido nos recuerda el pasaje del bautismo, donde Dios mismo declara a Jesús como su Hijo (cf. Lc 3, 22). En otro sentido anticipa la experiencia cristiana de la pascua (éxodo) del mismo Jesús, desde un fondo de oración y de esperanza… Jesús es Mesías de Dios porque en su vida y su pascua es una revelación de Dios. Jesús Mesías judío, porque Moisés y Elías están a su lado y le ofrecen su testimonio. Jesús es Mesías cristianos, como sabe la tradición ortodoxa, que venera la gloria de Jesús en el Icono de la Transfiguración.

El relato es simple. Acompañado de tres discípulos, él asciendo a “la montaña” (se supone que está en Galilea) y allí se transfigura (metemorphôthê) y aparece a sus discípulos de un modo “celeste”, como persona divino, cubierto de vestidos blancos, y conversa con Elías y Moisés, personajes principales de la historia de Israel que, según la tradición, han subido al cielo y desde allí acompañan a los israelitas en su marcha hacia la plenitud mesiánica.

Pedro interpreta la experiencia de forma apocalíptica y pretende perpetuarla, construyendo allí tres tiendas, para quedarse sobre la montaña para siempre, rodeados de la gloria de Dios, como se decía y sentía en la fiesta de las tiendas o Tabernáculos de los judíos. Pero les cubre una nube, presencia de Dios, y se oye la Voz: “este es mi Hijo Elegido; escuchadle” (9, 7). Los discípulos se descubren de nuevo solos con Jesús, sobre la tierra, y guardan silencio hasta que sólo más tarde “entienden” lo que ha sucedido (en la pasacua).

latransfiguracionVarias perspectivas

La escena de la trasfiguración puede y debe entenderse desde diversas perspectivas, pues ella es un símbolo total del cristianismo, como han hecho y siguen haciendo los investigadores y creyentes:

Fondo histórico. La vida de Jesús. Esta escena mantiene el recuerdo de algún acontecimiento especial de la vida de Jesús, vinculado a una montaña de Galilea donde él solía subir para orar, acompañado de sus tres discípulos preferidos (Pedro, Santiago y Juan). Jesús pudo aparece de forma muy particular en la montaña y sus tres discípulos principales le descubrieron como Hijo de Dios, escuchando unas palabras de la Nube que tomaron como voz divina, revelación transformante del misterio que presente a Jesús diciendo: ¡ese es mi Hijo Elegido, escuchadle!

Ésta visión sigue conservando su valor, pero no puede aislarse de las otras. Los mismos discípulos de Jesús han “transfigurado” su recuerdo, han reinterpretado su experiencia anterior después de la Pascua y han visto que su “Jesús amigo” era Hijo de Dios. Dios mismo les hablaba y les habla a través de ese Jesús. La voz celeste no se dirige a Jesús, sino a sus discípulos, que deben escucharle. Esa voz de Dios parece situarnos en contexto post-pascual: más que el anuncio del Reino de Jesús que Jesús proclamaba importa ahora la presencia del mismo Je´sus como resucitado o juez divino del tiempo escatológico.

Perspectiva apocalíptica. Algunos investigadores piensan que la escena original no hablaría de una transfiguración histórica de Jesús, sino de una experiencia y esperanza escatológica: los cristianos han visto a Jesús tras su muerte sobre la Montaña el cielo, con Moisés y Elías, comprendiendo de esa forma que él debe venir, que viene pronto, para restaurar todas las cosas. Ésta escena sería un anticipo de la culminación final de los tiempos, como Pedro interpreta rectamente cuando quiere hacer allí tres tiendas, las tiendas o mansiones eternas de los cielos. Leer más…

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Dios Padre habla poco, pero no se limita a repetirse. Fiesta de la Transfiguración. Ciclo A

domingo, 6 de agosto de 2017
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transfiguracion-fondo1Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

En el Antiguo Testamento, Dios habla con mucha frecuencia, con las más diversas personas (incluso con la serpiente) y sobre toda clase de temas (desde la construcción de un arca que salve del diluvio hasta la táctica militar que debe emplear Josué). Sin embargo, en el evangelio de Mateo, Dios Padre solo habla en dos ocasiones: en el bautismo de Jesús y en la Transfiguración. En las dos dice lo mismo: «Este es mi hijo amado, mi predilecto». Pero en la Transfiguración añade una orden muy importante: «Escuchadle».

El relato de la Transfiguración

Podemos dividirlo en tres partes: la subida a la montaña, la visión, y el descenso de la montaña. Desde un punto de vista litera­rio, se trata de una teofanía, una manifestación de Dios, y los evangelistas utilizan los mismos elementos que empleaban los autores del Antiguo Testamento para describirlas. Por eso, antes de analizar cada una de las partes, recordaré brevemente algunos datos de la famosa teofanía del Sinaí, cuando Dios se revela a Moisés.

En primer lugar, Dios no se manifiesta en un espacio cualquiera, sino en un sitio especial, la montaña. A esa montaña no tiene acceso todo el pueblo, sino sólo Moisés, al que a veces puede acompañar su hermano Aarón (Ex 19,24), o Aarón, Nadab y Abihú junto con los setenta dirigentes de Israel (Ex 24,1). La presen­cia de Dios se expresa mediante la imagen de una nube espesa, desde la que habla. Es también frecuente que se mencione en este contexto el fuego, el humo y el temblor de la montaña, como símbolo de la gloria y el poder de Dios que se acerca a la tierra. Estos elementos demuestran que los evangelistas no pretenden ofrecer un informe objetivo, histórico, de lo ocurrido, sino crear un clima semejante al de las teofanías del Antiguo Testa­mento.

            La subida a la montaña

Es significativo el hecho de que Jesús sólo elige a tres discípu­los, Pedro, Santiago y Juan. Esta exclusión de los otros nueve no debemos interpretarla sólo como un privilegio; la idea principal es que va a ocurrir algo tan importante que no puede ser presen­ciado por todos. Por otra parte, se dice que subieron «a una montaña alta y apartada». La tradición cristiana, que no se contenta con estas indicaciones generales, la ha identificado con el monte Tabor, que no tiene mucho de alto y nada de aparta­do. Lo que los evangelistas quieren indicar es otra cosa. Están usando el frecuente simbolismo de la montaña como morada de Dios o lugar de revelación divina. Entre los antiguos cananeos, el monte Safón era la morada del panteón divino. Para los griegos se trataba del Olimpo. Para los israelitas, el monte sagrado era el Sinaí (u Horeb). También el Carmelo tuvo un prestigio especial entre ellos, igual que el monte Sión en Jerusalén. Una montaña «alta y apartada» aleja horizontalmente de los hombres y acerca verticalmente a Dios. En ese contexto va a tener lugar la mani­festación gloriosa de Jesús, sólo a tres de los discípulos.

            La visión

La presentación de Mateo, muy parecida a la de Mc, aunque con ciertos cambios significativos, es de una agilidad y rapidez asombrosas, que puede hacer que el lector no caiga en la cuenta de todos los detalles significativos. En la visión hay cuatro elementos que la hacen avanzar hasta su plenitud: 1) la transformación del rostro y las vestiduras de Jesús; 2) la aparición de Moisés y Elías; 3) la aparición de una nube luminosa que cubre a los presentes; 4) la voz que se escucha desde el cielo.

1) La transformación de Jesús la expresaba Marcos con estas pala­bras: «sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no es capaz de blanquearlos ningún batanero del mundo» (Mc 9,3). Mateo omite esta comparación final y añade un dato nuevo: «su rostro brillaba como el sol». No se trata de una luz que se proyecta sobre Jesús, sino de una luz deslumbradora y maravillosa que brota de su inte­rior, transformando su rostro y sus vestidos; simboliza la gloria de Jesús, que los discípulos no habían percibido hasta ahora de forma tan sorprendente.

2) «De pronto, se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él». Moisés es el gran mediador entre Dios y su pueblo, el profeta con el que Dios hablaba cara a cara; sin Moisés, humana­mente hablando, no habría existido el pueblo de Israel ni su religión. Elías es el profeta que salva a esa religión yahvis­ta en su mayor momento de crisis, hacia el siglo IX a.C., cuando está a punto de sucumbir por el influjo de la religión cananea; sin él, habría caído por tierra toda la obra de Moisés. Por eso los judíos concedían especial importancia a estos dos personajes. El hecho de que se aparezcan ahora a los discípu­los (no a Jesús), es una manera de confirmarles la importancia del personaje al que están siguiendo. No es un hereje ni un loco, no está destruyendo la labor religiosa de siglos, se encuentra en la línea de los antiguos profetas, llevando su obra a plenitud.

En este contexto, las palabras de Pedro proponiendo hacer tres chozas suenan a simple despropósito. Generalmente nos fijamos en las tres chozas. Pero esto es simple conse­cuencia de lo anterior: «qué bien se está aquí». En el contexto de las anteriores intervenciones de Pedro resulta coherente con su intención de que Jesús no sufra. Es mejor quedarse en lo alto del monte con Jesús, Moisés y Elías que tener que seguir a Jesús con la cruz.

3) «Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió, y dijo una voz desde la nube: Este es mi Hijo amado, mi predilecto. Escuchadlo». Como en el Sinaí, la presen­cia de Dios se expresa mediante la imagen de una nube espesa, desde la que Dios habla (Ex 19,9).

4) Sus primeras palabras reproducen exactamente las que se escucharon en el momento del bautismo de Jesús, cuando Dios presentaba a Jesús como su siervo. Pero aquí se añade un imperativo: ¡Escuchadlo! Esta orden se relaciona con el anuncio hecho por Jesús una semana antes a propósito de su pasión, muerte y resurrección. A Pedro le provocó un gran escándalo, pero Jesús no dio marcha atrás: «Quien quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz y me siga». Dios Padre confirma que ese mensaje no puede ser eludido ni trivializado. ¡Escuchadlo!

El descenso de la montaña

La orden de Jesús de que no hablen de la visión hasta que él resucite se inserta en la misma línea de la prohibición de decir que él es el Mesías. No es momento ahora de hablar del poder y la gloria, suscitando falsas ideas y esperanzas. Después de la resurrección, cuando para creer en Cristo sea preciso aceptar el escándalo de su pasión y cruz, se podrá hablar con toda libertad también de su gloria.

Resumen

Este episodio no está contado en beneficio de Jesús, sino como experiencia positiva para los apóstoles y para todos nosotros. Después de haber escuchado a Jesús hablar de su pasión y muerte, de las duras condiciones que impone a sus seguidores, tienen tres experiencias complementarias: 1) ven a Jesús transfigurado de forma gloriosa; 2) se les aparecen Moisés y Elías; 3) escuchan la voz del cielo.

Todo esto supone una enseñanza creciente: 1) al ver transformados su rostro y sus vesti­dos tienen la expe­riencia de que su destino final no es el fracaso, sino la gloria; 2) al aparecérseles Moisés y Elías se confirman en que Jesús es el culmen de la historia religiosa de Israel y de la revela­ción de Dios; 3) al escuchar la voz del cielo saben que seguir a Jesús no es una locura, sino lo más conforme al plan de Dios.

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Domingo XVIII de Tiempo Ordinario. 6 Agosto, 2017

domingo, 6 de agosto de 2017
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“Se transfiguró delante de ellos y su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.”

(Mt 17, 1-9)

El episodio de la transfiguración se encuentra en un momento “crítico” del evangelio. La hostilidad hacia Jesús crece, él es consciente. Y en medio de las dificultades se toma un tiempo para orar.

Pero también un tiempo para estar con su círculo más íntimo. Llama a tres de sus amigos y se va un día de “retiro”. De excursión. Se aleja de la ciudad, de las gentes. Suben a la montaña.

Caminan, respiran, cantan algún salmo. Se llenan de naturaleza. Se detienen en un lugar retirado y hablan en intimidad. Jesús abre su corazón. Se confía a sus amigos. Les habla de cómo ve y de cómo siente a Dios. Les explica lo que descubre en la Ley (Moisés) y en los Profetas (Elías). Y hablando de Dios y de su Palabra acaban orando juntos.

El corazón de sus amigos sintoniza con la voz del Padre y ellos mismos pueden ver y oir lo que siente y experimenta Jesús. Es un momento plenamente luminoso y ellos no quieren que termine.

Cuando entras de lleno en el corazón de la Trinidad no quieres salir, no quieres moverte de allí. Querríamos quedarnos para siempre. Pero Jesús nos invita a levantarnos y a regresar a nuestra cotidianidad.

La oración, el encuentro con Dios, en ocasiones es un espacio confortable, lleno de luz que nos deja frente a lo bueno y lo mejor que hay en nosotras mismas. Alguna vez la oración nos desvela nuestra identidad más profunda. Nos susurra que somos Hijas Amadas de Dios. Y nos respiramos como parte de ese corazón Trinitario.

Pero no podemos quedarnos en esa montaña tranquila. El verdadero encuentro con Dios nos lanza hacia nuestras hermanas y hermanos. Nos abre a la realidad de las demás. Y nos compromete con ella.

Oración

Permítenos, Buen Jesús, contemplar tu Rostro Transfigurado para que se nos conmuevan las entrañas y nos comprometamos con el sufrimiento de nuestras hermanas y hermanos.

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Acaparar el pan es quitar la vida a otro.

domingo, 6 de agosto de 2017
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41-OrdinarioA18Mt 14, 13-21

Seis veces se narra en los evangelios este episodio. Jesús da de comer a una multitud en despoblado. Es seguro que algo muy parecido pasó en realidad y probablemente más de una vez. Pero lo que pasó no tiene ninguna importancia, porque se trata de un relato simbólico. Lo importante es lo que nos quieren decir al contarnos esta historia. Las circunstancias de tiempo y lugar son datos teológicos, que nos tienen que acercar, no a un conocimiento discursivo y racional sino a una profunda vivencia religiosa.

Con los conocimientos exegéticos que hoy tenemos, no podemos seguir entendiendo este relato como multiplicación milagrosa de unos panes y peces. Es más, entendido como un milagro material, nos quedamos sin el verdadero mensaje del evangelio. Podíamos decir que es una parábola en acción. También hacen falta “oídos” y “ojos” bien abiertos para entenderla. El punto de inflexión del relato está en las palabras de Jesús: dadles vosotros de comer. Jesús sabía que eso era imposible. Parece ser que no entraba en los planes del grupo preocuparse de las necesidades materiales de los demás.

No podemos seguir hablando de un prodigio que Jesús lleva a cabo gracias a un poder divino. Si Dios pudo hacer un milagro para saciar el hambre de los que llevaban un día sin comer, con mucha más razón tendría que hacerlo para librar hoy de la muerte a millones de personas que están muriendo de hambre en el mundo. Tampoco podemos utilizar este relato como un argumento para demostrar la divinidad de Jesús. El sentido de la vida de Jesús salta hecha añicos cuando suponemos que era un ser humano, pero con el comodín de la divinidad guardado en la chistera y que podía utilizar a capricho.

En ninguno de los relatos se dice que los panes y los peces se multiplicaran. Realmente fue un verdadero “milagro”, que un grupo tan numeroso de personas compartiera todo lo que tienen hasta conseguir que nadie quedara con hambre. Hay que tener en cuenta que en aquel tiempo no se podía repostar por el camino, todo el que salía de casa para un tiempo, iba provisto de alimento para todo ese tiempo. Los apóstoles tenían cinco panes y dos peces; seguramente, después de haber comido ese día. Si el contacto con Jesús y el ejemplo de los apóstoles les empujo a poner cada uno lo que tenían al servicio de todos, estamos ante un ejemplo de respuesta a la generosidad que Jesús predicaba.

Con frecuencia, en la Biblia se hace referencia a los tiempos mesiánicos como banquete. El mismo Jesús se dejaba invitar por las personas importantes. Él mismo organizaba comidas con los marginados; esa era una de las maneras de manifestarles su aprecio y cercanía. La más importante ceremonia de nuestro culto cristiano está estructurada como una comida. Que todo un día de seguimiento haya terminado con una comida no nos debe extrañar. Lo verdaderamente importante es que en esa comida todo el que tenía algo que aportar, colaboró, y el que no tenía nada, se sintió acogido fraternalmente.

Si tenemos “ojos” y “oídos” abiertos, en el mismo relato podemos hallar las claves para una correcta interpretación. Los discípulos se dan cuenta del problema y actúan con toda lógica. Como tantas veces decimos o pensamos nosotros, se dijeron: es su problema, ellos tienen que solucionárselo. Jesús rompe con toda lógica y les propone una solución mucho menos sensata: “dadles vosotros de comer”. Él sabía que no tenían pan para tantas personas. Aquí empieza la necesidad de entenderlo de otra manera.

Recordar algunos datos nos ayudará a comprender el relato más ajustadamente. Junto al lago, los alimentos básicos de la gente eran el pan y los peces. Los libros de la Ley eran cinco; y dos el resto de la Escritura: Profetas y Escritos. El número siete (5+2) es símbolo de plenitud. También el número de los que comieron (cien grupos de cincuenta) es simbólico. Los doce cestos aluden a las doce tribus. Es el pan compartido el que debe alimentar al nuevo pueblo de Dios. La mirada al cielo, el recostarse en la hierba… Ya tenemos los elementos que nos permites interpretar el relato, más allá de la letra.

El verdadero sentido del texto está en otra parte. La dinámica normal de la vida nos dice que el “pan” indispensable para la vida, tenemos que conseguirlo con dinero; porque alguien lo acapara y no lo deja llegar a su destino más que cumpliendo unas condiciones que el que lo acaparó impone: el “precio”. Lo que hace Jesús es librar el pan de ese acaparamiento injusto. La mirada al cielo y la bendición son el reconocimiento de que Dios es el único dueño y que a Él hay que agradecer el don. Liberado del acaparamiento, el pan, imprescindible para la vida, llega a todos sin tener que pagar un precio por él.

Jesús, nos dice el relato, primero siente compasión de la gente, y después invita a compartir. Jesús no pidió a Dios que solucionara el problema, sino que se lo pidió a sus discípulos. Aunque en su esquema mental no encontraron solución, lo cierto es que, todo lo que tenían, lo pusieron a disposición de todos. Esta actitud desencadena el prodigio: La generosidad se contagia y produce el “milagro”. Cuando se deja de acaparar los bienes, llegan a todos. Cuando lo que se acapara son los bienes imprescindibles para la vida, lo que se está provocando es la muerte. Los hombres no deben actuar de manera egoísta.

Curiosamente hoy son la primera y la segunda lectura las que nos empujan hacia una interpretación espiritual del evangelio. Los interrogantes planteados en las dos primeras lecturas podrían se un buen punto de partida para la reflexión de este domingo. La primera nos advierte que la comida material, por sí misma, ni alimenta ni da hartura. Solo cuando se escucha a Dios, cuando se imita a Dios se alimenta la verdadera vida. En la segunda lectura nos indica Pablo, donde está lo verdaderamente importante para cualquier ser humano: el amor que Dios nos tiene y se manifestó en Jesús.

Después de un día con Jesús, el pueblo fue capaz de compartir lo poco que tenían: unos pedazos de pan duro, y peces resecos. Ese es el verdadero mensaje. Nosotros, después de años junto a Jesús, ¿qué somos capaces de compartir? No debemos hacer distinción entre el pan material y el alimento espiritual. Solo cuando compartimos el pan material, estamos alimentándonos del pan espiritual. En el relato no hay manera de separar el nivel espiritual y el material. La compasión y el compartir son la clave de toda identificación con Jesús. Es inútil insistir porque es el tema de todo el evangelio.

Cada vez que se comparte el pan, se comparte la vida y se hace presente a Dios que es Vida-Amor. No hay otra manera de identificarnos con Dios y de acercar a Dios a los demás. La eucaristía es memoria de esta actitud de Jesús que se partió y repartió. Al partirse y repartirse, hizo presente a Dios que es don total. El pan que verdaderamente alimenta no es el pan que se come, sino el pan que se da. El primer objetivo de compartir no es saciar la necesidad de otro, sino manifestar la Unidad entre todos.

Meditación

La clave del mensaje de Jesús es la compasión.
Si no veo a Dios en el que muere de hambre,
mi dios es un ídolo que yo me he fabricado.
Si no me aproximo al que me necesita,
me estoy alejando del Dios de Jesús.
Si no he descubierto a Dios como don dentro de mí,
nunca lo podré descubrir en los más pobres.

 

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Escuchadle.

domingo, 6 de agosto de 2017
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transfiguracion011Me gusta la forma en que estás siendo, no la palabra (Tony a Eillis en la ópera Hansel y Gretel)

6 de agosto. Transfiguración del Señor

Mt 17, 1-9.

“Este es mi Hijo querido, mi predilecto. Escuchadle” (Mt 17, 5)

La necesidad de escuchar a Jesús es una conclusión del mandato dado a sus Apóstoles –nosotros incluidos– en Mc 16, 15: “Y les dijo: Id por todo el mundo proclamando la buena noticia a toda la humanidad”.

El tema de la “escucha” es reincidente en La Biblia. Ya en el segundo libro del AT el Señor aconseja al pueblo de Israel que escuchen al profeta que les ha enviado: “Escúchalo, Israel, y ponlo por obra para que te vaya bien y crezcáis mucho” (Dt 6, 3). Y en 18, 15 insiste: “…a él le escucharéis”. A Isaías le advierte que advierta a su pueblo sobre los riesgos de su obcecación sus sentidos: “Anda y dile a ese pueblo: oíd con vuestros oídos; pero sin entender; mirad con vuestros ojos, pero sin comprender (Is 6, 9), porque “Mucho mirar y no sacabas nada, con los oídos abiertos no te enterabas” (Is 42, 20).

El Evangelio recalca esta dimensión auditiva puesto que, como dice Mc en 13, 17: “La fe entra por el oído, escuchando el mensaje del Mesías”. Y en 13, 14 recuerda las palabras recriminadoras de Isaías: “Por más que escuchéis no comprenderéis”. Luego pone énfasis en los oyentes –también aquí nosotros-, y nos dice: “Quien tenga oídos para oír que escuche (Mc 4, 23). “Y llamando a la gente les dijo: Escuchad y atended” (Mt 15, 10). Marcos insinúa la actitud con que debemos hacerlo: “La multitud escuchaba a Jesús con gusto” (Mc 12, 37). Y Juan en 14, 11, añade que amén por las palabras, por las obras: «Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos, creedlo por las obras”.

Jesús consideró a Dios Padre común y próximo a la vida humana a pesar de que, como dijo a María Magdalena el día de su Resurrección: “Subo a mi Padre y vuestro Padre, mi Dios y vuestro Dios” (Jn 20, 17). Y todo esto para, en palabras de San Hilario (Tratado sobre la Santísima Trinidad L.1, 37): “Yo tengo la conciencia de que es a ti, Dios Padre omnipotente, a quien debo ofrecer la obra principal de mi vida, de tal suerte que todas mis palabras y pensamientos hablen de ti”.

En la ópera Hansel y Gretel, del compositor alemán Engelbert Humperdinck (1854-1921), uno de los protagonistas canta de este modo la Canción del Hombre del Rocío, invitando a madrugar a los pájaros del bosque:

¡Levantaos, dormilones, despertad!
¡Ya resplandece el día!

Una sugerente advertencia de parte del Santo Doctor de la Iglesia, y de Hansel, invitándonos a sacudir nuestra pereza.

El estadounidense Ken Wilbert (Oklahoma 1948), bioquímico y especialista en el estudio de las religiones, hace un interesante estudio de las que él llama religiones exotéricas y las denominadas esotéricas. De las primeras dice que son míticas y literalistas en la interpretación de la Biblia, y dan particular importancia a los ritos y devociones de los creyentes. Por el contrario, en las esotéricas el culto se realiza en todo lugar, están vacías de ritos externos, y son cultivadas en el interior del corazón. La espiritualidad que nos propone Jesús está más plenamente en esta línea.

“Me gusta la forma en que estás siendo, no la palabra”, le dice Tony a Eillis en la ópera citada. Ya lo había escrito el apóstol Santiago veinte siglos antes en su Carta a las doce tribus de la dispersión: “Sed ejecutores del mensaje y no sólo oyentes que se hacen ilusiones. Pues si uno es oyente y no ejecutor se parece a aquel que se miraba la cara en el espejo: se observó, se marchó y pronto se olvidó de cómo era” (Sant 1, 22-24).

JESÚS SIEMPRE MAESTRO

Enseñabas siempre en Primavera.
Tú sembrabas y dejabas luego
que el Verano hiciera con su fuego
copiosas cosechas en la era.

La gente, sentada a tu vera,
oía con ansia tu doctrina.
Todo era amor, era flor de harina
brotada de tus divinos labios.

Eran perlas y consejos sabios
salidos de tu boca divina.

(EVANGÉLICO CUARTETO. Ediciones Feadulta.)

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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El sexto día: Una voz, una comunidad.

domingo, 6 de agosto de 2017
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a_proper25En este sexto día de nuestra vida, cuando reconocemos que hay algo inacabado en nosotr@s y en nuestro entorno, en la manera de vivir y convivir, se nos invita a “subir” al monte, con algunos de la comunidad. Mt 17,1-9

Subir y hacer distancia del ajetreo diario, subir para tomar perspectiva y acoger la experiencia que se nos ofrece.

El sexto día precede al sábado en el calendario Judío. Es la víspera del Sabbath en que se celebra el final de la Creación, el descanso celebrativo por haber completado la obra. Pero el sexto día es el que nos ocupa hoy, y en ese día que precede al Sabbath en el monte ocurre algo.

Seis días después de haber tratado Jesús de enemigo del reino a Pedro (Mt 16,23), porque no entendía el mesianismo por el que Jesús iba optando, paso a paso.

Seis días después de haberles dicho que cargar con la cruz no es aceptar lo que nos viene, sino que es asumir las consecuencias de seguirle a él, Jesús se los lleva a un monte alto y apartado. Indicando estos calificativos que la experiencia será de envergadura en el lugar de encuentro con Dios, y exclusiva, aunque no excluyente, ya que se da en comunidad.

Y en el monte ocurre que Jesús les demuestra la realidad y calidad de la vida que supera la muerte. Y lo hace proporcionándoles una experiencia durante la cual aparece una nube, símbolo de la presencia divina, desde la que se oye una voz: “Este es mi Hijo, el amado, en quien he puesto mi favor. Escuchadlo.”(Mt 17,5)

Estas palabras nos evocan la experiencia del Bautismo de Jesús. La diferencia fundamental es que en el Bautismo es Jesús quien las escucha, y en esta escena la escuchan los discípulos, y a través de ellos tod@s nosotr@s.

Ante una experiencia importante, sobre la que no tenemos control, siempre reaccionamos con miedo. Miedo que desaparece cuando Jesús “los toca” (v.7) como tocaba a enfermos y muertos, devolviéndoles salud y vida.

El miedo produce las diferentes enfermedades que Jesús irá sanando a lo largo del caminoceguera: dificultades serias para discernir el camino del discipulado; parálisis: incapacidad para movernos en su dirección; muerte: por inanición de alimento auténtico…

En el texto, en el momento en que aparece la voz la visión se diluye, indicando que la narración es una puesta en escena para resaltar la voz a través de la que se nos revela su identidad:

ESTE ES MI HIJO, EL AMADO, EN QUIEN HE PUESTO MI FAVOR. ESCUCHADLO.

Puedo afirmar, por experiencia propia y por observar a muchas personas en retiros, acompañamiento… que ante estas palabras se dan reacciones muy distintas.

La mayoría decimos, claro, Jesús es el Hijo. La dificultad empieza precisamente porque en este texto, a diferencia del texto del Bautismo donde se nos dice que Jesús escucha estas palabras, aquí es la comunidad creyente y fiel, aún con dudas y mediocridades, quien las escucha. Esta comunidad está representada por los tres discípulos que le acompañan en el monte alto.

Estas palabras nos dicen que es a él a quien hay que escuchar, indicando que se ha superado el Antiguo Testamento. Jesús es ahora el Maestro que nos comunica una nueva relación con Dios. Esa nueva relación es filial, personal, cercana, amorosa.

Estas palabras indican que cualquier imagen, experiencia o comunicación de un Dios que no encaja en este patrón no es el Dios de Jesús.

Jesús les ha comunicado su experiencia más íntima para que al compartirla, participaran de ella. La hicieran suya. Este Dios es tu Dios. Hoy tú eres el hijo y la hija amada a quien hay que escuchar.

El mundo necesita el evangelio, es la respuesta a todos los problemas sociales que empiezan en el ego y terminan en el ego. A la comunidad cristiana le falta “el primer anuncio”, nos decía  un obispo preocupado en alinear su diócesis para que todo empiece de nuevo, renovando las raíces: un encuentro personal y comunitario con Jesús Resucitado y su envío.

La pregunta que arranca de las entrañas es ¿tenemos algo que decir? Y tal vez la mayoría diríamos sí, y me incluyo. Pero tal vez no sabemos cómo, porque creemos que al ser una experiencia íntima y personal no es para compartirla más allá de decir que nos da vida. Y luego vienen los complejos de mucha gente que por no tener teología o estudios serios en Biblia, piensan que no tienen autoridad…

Dice Teilhard de Chardin que estamos debilitados por falta de soledad-silencio y por falta de naturaleza.

En el hemisferio norte nos llega este texto en plenas vacaciones para la mayoría, y creo que es una oportunidad para sacarle el jugo a las palabras de Teilhard y de Jesús:  subir al monte alto, buscar un rincón en la naturaleza donde acompañado por el silencio que habla a través del mar, o de los sonidos  del campo o del bosque, nos dejemos acompañar por esa Palabra, que tantas veces decimos que no entendemos, pero que hoy si queremos puede dar un vuelco a nuestra vida. Tú eres mi hija, mi hijo amado. Escuchadle, dice Jesús, sobre nuestra vida.

Tal vez pienses que a ti no te escuchan, que los hijos, que tu pareja, que la iglesia institución no va por ahí.

Te invito a escucharle primero a él, porque luego sí tendrás algo importante que decir. Tal vez simplemente, que el silencio te da vida. Que su Palabra te dignifica. Que sientes una fuerza renovada aunque sigues con tu duelo o enfermedad o soledad o miedos paralizantes.

Cuando le escuchamos  poco a poco va desapareciendo el miedo y con ello, la ceguera, la parálisis, la mudez, la anemia.

Y empieza el descenso. Sí, porque la experiencia se da entre la subida y el descenso. El descenso, volver a la vida cotidiana pero con la experiencia profunda de saberte hij@.

Tal vez ahora tengas algo que decir. ¡Te escuchamos!

Y empieza el día séptimo en que todo está completo. Tú estás complet@, y la comunidad se alegra. Y cambia tu entorno y tú tienes más energía porque eso de ir al monte con Jesús y la comunidad abre el apetito y devuelve el color a tus mejillas. Y te sientes más capaz de actuar desde dentro, sin cobardía. Tomar esa decisión un poco drástica con sabor a evangelio, compartir un poco más, comprometerte sin compararte…

Habrá día séptimo si asumimos el sexto.

Feliz tiempo de descanso. Feliz día séptimo en tu vida.

Magdalena Bennásar Oliver

www.espiritualidadintegradoracristiana.es

Fuente Fe Adulta

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«Siesta de Transfiguración y psicoanálisis en el Tabor», por Juan Masiá Clavel

domingo, 6 de agosto de 2017
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325_bDe su blog Vivir y Pensar en la Frontera:

Sueño y despertar de transfiguración en el monte Tabor,

En la reunión del equipo pastoral, preparando la homilía del 6 de agosto, nos hizo reir la catequista Herminia contando el cuento de las tres tiendas de campaña en lo alto del monte Tabor:

“¿Por qué tres solamente, si los personajes son seis en total, contando a los discípulos con los dos profetas y el Maestro? Es que Moisés y Elías son mayores, serios, estirados y encima roncan, necesitan estancia individual. En cambio, los discípulos se acurrucan en la misma tienda con Jesús, que reclina la cabeza en cualquier sitio, aun con menos de dos estrellas”.

Bromas aparte, el resto del equipo dudaba entre subir a montes de contemplación o bajar a rutas de compromiso.

Alicia, catequista de los pequeños, prefiere Lucas a Mateo y propone escenificar el sueño; “Pedro y sus compañeros estaban amodorrados por el sueño, pero se espabilaron y vieron su gloria” (Lc 9, 32). De fondo, el salmo: “contempladlo y quedaréis radiantes»; aunque no todo es luz resucitadora, sino mitad ilusión de luz y mitad pesadilla de tinieblas en este “éxodo de pasión” que comentan Moisés y Elías (Lc 9, 30).

Enrique, catequista de confirmandos, insistía en que no vale la misma interpretación en la misa de infancia y en la de mayores. Es que no acababa de convencerles mi propuesta de centrarse en nuestros propios sueños, como en el sueño de Pedro, Juan y Santiago.

Los tres discípulos –invitados a quedarse en silencio ante el Enigma para escuchar al Misterio de Vida, que eso es orar…-, simplemente cayeron en el sopor de sobremesa, aunándose los temores con el mesenterio productor de ensoñaciones.

Los tres se quedaron dormidos en la siesta del monte Tabor (Mc 9, 2-13; Mt 17, 1-20; Lc 9, 28-36; cf Jn 12, 22-33), como también se les pegaron las sábanas, un año antes, en la madrugada de Cafarnaúm (Mc 1, 35-38) y como caerían rendidos de sueño, un año después, a media noche en Getsemaní (Lc 22, 39-46; Mt 26, 36-46; Mc 14, 32-42).

Estamos cotejando estos textos en el equipo, pero me parece que nos condiciona demasiado la preocupación con que solemos preparar las homilías: polarizados en cómo explicar la historia, o cómo contar el cuento de la manera que lo cuenta con su intención cada evangelista o cómo aclarar significados convirtiéndo los símbolos en alegorías que racionalicen la fe.

Quizás para Pedro, Juan y Santiago –y para nosotros hoy también- haga falta ayuda consejera: que, en vez de interpretarlo, nos plantee qué vamos a hacer con el sueño.

Y si el psicoanalista es Jesús en persona, escucharé la palabra que me hiere y abraza al mismo tiempo: levántate!

Levántate significa: despierta. Levántate significa: ponte en pie y echa a andar. Levántate significa: resucita.

“Levantaos” es palabra clave en esta escena: Mt 17, 7:, Levantáos (Gr. Egérzete), no tengáis miedo; Mt 26, 46: Levantáos (Gr. egéireze), vamos.

Nada extraño que tengan pesadillas de miedo los discípulos que, por el camino, habían oido de labios de Jesús el anuncio de la Pasión. Se mezclan en el sueño los miedos de muerte y tinieblas con los anhelos de vida resplandeciente: ellos habían dicho en la crisis galilea: “Nosotros no te dejamos, tú tienes palabras que dan vida definitiva (Jn 6, 68). Pero al abrir los ojos no saben con qué carta quedarse, con el recuerdo del miedo o con la lucidez de la esperanza. Se quedan inmóviles, “aterrados, no sabían cómo reaccionar” (Mc 9, 6), “al verse envueltos por la nube tormentosa se asustaron” (Lc 9, 34) a pesar de que la voz escuchada en sueños les había animado así: “Escuchadlo, es mi Hijo, al que tanto quiero” (Mt 17, 5)

Y Jesús sigue invitando a despertar del ensueño, del engaño; y abrir los ojos a otro sueño mejor, despertar a la realidad, a la lucidez de la iluminación. Despertar y salir del miedo, resucitar a la lucidez de afrontar la realidad y asumrla. Para Jesús, despertar es resucitar y resucitar es nacer de nuevo por el Espíritu, cuya creeatividad hace siempre posibles renaceres de transfiguración.

Pues levantémonos – y levántese la Iglesia- resucitando del miedo a la lucidez tras la consulta de psicoanálisis gratuita con Jesús en el monte Tabor

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‘El amor de Magdalena’

sábado, 5 de agosto de 2017
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el-amor-de-magdalena-herderSermón anónimo del siglo XVII, en Herder

Palabras extraordinarias, luminosas y de una verdadera actualidad espiritual

(Herder).- El amor de Magdalena es un sermón extraordinario, luminoso, de una verdadera actualidad espiritual, que expresa un momento álgido de la mística francesa del siglo XVIII.

Con palabras muy cálidas y audaces, este texto presenta el amor de María Magdalena por Jesús y de Jesús por ella. María Magdalena encarna la sucesión de estadios del amor humano, lo cual es diferente de lo que representa María de Nazaret. La primera encarna el arquetipo de la amante (en su doble versión transgresora y sublime), mientras que la segunda ensalza el ideal de la virginidad y de la maternidad.

María es el nombre de la Madre-Hermana-Esposa, porque, en verdad, se trata de un único ser: la naturaleza humana hipostasiada en una persona. Por ello el autor de nuestro texto asocia hacia el final la figura de María Magdalena con la Iglesia, que es toda la humanidad convocada al encuentro con Dios, a la unión con Él.

A principios del siglo XX, el abad Joseph Bonnet descubrió el sermón El amor de Magdalena, escrito en el siglo XVII y de autor anónimo. Su difusión se dio gracias a Rilke, quien, en 1911, descubrió el texto por azar en la vitrina de un anticuario en París.

El poeta quedó fascinado por el contenido de su hallazgo y decidió traducirlo al alemán.

Para adquirir el libro, pincha aquí:

Para leer las primeras páginas, pincha aquí:

Fuente Religión Digital

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“La decisión más importante”. 30 de julio de 2017. 17 tiempo ordinario (A). Mateo 13, 44-52.

domingo, 30 de julio de 2017
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40. A 17El evangelio recoge dos breves parábolas de Jesús con un mismo mensaje. En ambos relatos, el protagonista descubre un tesoro enormemente valioso o una perla de valor incalculable. Y los dos reaccionan del mismo modo: venden con alegría y decisión lo que tienen, y se hacen con el tesoro o la perla. Según Jesús, así reaccionan los que descubren el reino de Dios.

Al parecer, Jesús teme que la gente le siga por intereses diversos, sin descubrir lo más atractivo e importante: ese proyecto apasionante del Padre, que consiste en conducir a la humanidad hacia un mundo más justo, fraterno y dichoso, encaminándolo así hacia su salvación definitiva en Dios.

¿Qué podemos decir hoy después de veinte siglos de cristianismo? ¿Por qué tantos cristianos buenos viven encerrados en su práctica religiosa con la sensación de no haber descubierto en ella ningún “tesoro”? ¿Dónde está la raíz última de esa falta de entusiasmo y alegría en no pocos ámbitos de nuestra Iglesia, incapaz de atraer hacia el núcleo del Evangelio a tantos hombres y mujeres que se van alejando de ella, sin renunciar por eso a Dios ni a Jesús?

Después del Concilio, Pablo VI hizo esta afirmación rotunda: ”Solo el reino de Dios es absoluto. Todo lo demás es relativo”. Años más tarde, Juan Pablo II lo reafirmó diciendo: “La Iglesia no es ella su propio fin, pues está orientada al reino de Dios del cual es germen, signo e instrumento”. El Papa Francisco nos viene repitiendo: “El proyecto de Jesús es instaurar el reino de Dios”.

Si ésta es la fe de la Iglesia, ¿por qué hay cristianos que ni siquiera han oído hablar de ese proyecto que Jesús llamaba “reino de Dios”? ¿Por qué no saben que la pasión que animó toda la vida de Jesús, la razón de ser y el objetivo de toda su actuación, fue anunciar y promover ese proyecto humanizador del Padre: buscar el reino de Dios y su justicia?

La Iglesia no puede renovarse desde su raíz si no descubre el “tesoro” del reino de Dios. No es lo mismo llamar a los cristianos a colaborar con Dios en su gran proyecto de hacer un mundo más humano, que vivir distraídos en prácticas y costumbres que nos hacen olvidar el verdadero núcleo del Evangelio.

El Papa Francisco nos está diciendo que “el reino de Dios nos reclama”. Este grito nos llega desde el corazón mismo del Evangelio. Lo hemos de escuchar. Seguramente, la decisión más importante que hemos de tomar hoy en la Iglesia y en nuestras comunidades cristianas es la de recuperar el proyecto del reino de Dios con alegría y entusiasmo.

José Antonio Pagola

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” Vende todo lo que tiene y compra el campo”. Domingo 30 de julio de 2017. 17º domingo de tiempo ordinario.

domingo, 30 de julio de 2017
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40-OrdinarioA17Leído en Koinonia:

1Reyes 3,5.7-12: Pediste discernimiento
Salmo responsorial: 118:  ¡Cuánto amo tu voluntad, Señor!
Romanos 8,28-30:  Nos predestinó a ser imagen de su Hijo
Mateo 13,44-52: Vende todo lo que tiene y compra el campo

 La palabra de Dios siempre nos va a proponer motivos y razones para acrecentar nuestra inseguridad frente a la vida y frente al seguimiento, de una causa que creemos muy importante para los que nos llamamos cristianos: el Reino, la Utopía.

Las lecturas de hoy son un llamado al cambio de actitudes relativas de nuestras prácticas, muchas veces tan egoístas, a los valores profundos y absolutos que propone Jesús desde la propuesta del proyecto del Reino.

Hay que tener muy claro que la presentación de Salomón que hace el primer libro de los Reyes, pretende mostrar (bastante románticamente) lo que para el escritor sagrado representaba y significaba este rey “maravilloso” en la teoría, pero que en la práctica y por lo que consiguió en la historia del pueblo, no pasó a ser sino un rey más, que se aprovechó de su poder para explotar, esclavizar y manipular la conciencia débil del pueblo, y construir su reinado de gloria en la magnificencia literaria que se construyó en torno a su figura y su reinado.

Hay que saber diferenciar entre la estructura del reino que representa Salomón (la de la monarquía con sus estructuras económicas, políticas, militares y religiosas para manejar los hilos del poder) y la propuesta del Reino que presenta y enseña Jesús con sus palabras, pero sobre todo con su práctica de justicia y de igualdad.

Descubrir el mensaje que se revela por Jesús y su reinado, abre los horizontes hacia una nueva humanidad. Una vez que se ha descubierto el valor absoluto que tiene el Reino, es necesario tomar una posición, y frente a este descubrimiento ningún precio es demasiado alto, pues el Reino se convierte en el único valor absoluto para quien lo descubre.

El proyecto del «Reino de los cielos», según la expresión de Mateo, se convierte para muchas personas en una alegre pero exigente sorpresa, que en el caminar normal de la vida se produjo por medio de un encuentro afortunado que impregnó de una gran riqueza la existencia. Ese Reino trajo una exigencia, que genera al mismo tiempo inseguridad, pues se descubre que es necesario venderlo todo, despojarse de muchos «bienes» que atan, e ir al encuentro de la absoluta posesión del Reino, como su mayor riqueza. Quien ha descubierto desde su práctica concreta en la vida, los valores del Reino… encontró su mejor tesoro, la mejor perla que podía estar buscando extraviadamente en otros rincones.

Las dos parábolas iniciales (del tesoro escondido y de la perla) parece que se contrapusieran a la llamada e invitación de Jesús a dejar bienes y riquezas para seguirlo. Sin embargo nos enseñan las parábolas, que el Reino es la mayor riqueza para el seguidor de Jesús: Luego de sentir la llamada de Jesús y de descubrir el Reino, el camino se debe seguir con alegría, porque se ha encontrado todo.

En estas dos parábolas, el Reino es la realidad que supera a nuestro egoísmo. Dejar las certezas inseguras del hoy, por la certeza mayor, abre los caminos para que venta a nosotros el reinado de Dios, el Buen Vivir, el mayor Bien (Ubi bonum, ibi Regnum), la transformación radical de nuestro mundo, con sus tantas y tantas estructuras injustas.

Para el seguidor de Jesús es necesario romper los esquemas de muchas estructuras que deshumanizan. Personas que esperan un cambio sin ponerse en búsqueda, pero se atan a su herencia legalista, que no les permite salir a encontrar nuevas posibilidades para su existencia o para la existencia de los demás. Estas parábolas se refieren a otras personas, que encuentran un sentido que creían perdido para sus vidas y se arriesgan al cambio y a la novedad, y se ponen en marcha hacia proyectos alternativos de hermandad solidaria entre los seres humanos.

Jesús concluye esta enseñanza preguntando si han entendido todo lo dicho por medio de la palabra, que había estado escondida, pero que ahora no deja de salir a la luz. Y presenta el modelo ideal del discípulo, capaz de entender el mensaje del Reino y sacar oportunamente lo viejo y lo nuevo del mensaje que ha recibido. La novedad del Reino viene por medio de la palabra, acumulada en la historia del propio pueblo por medio de sus valores, la cultura, el proyecto original en torno al cual se dio origen a Israel como pueblo, sus luchas y procesos en búsqueda de la justicia y su interpretación de la historia desde un Dios liberador, con su opción por los pobres. Esta oferta del Reino que propone Jesús es una realidad que quiere hombres y mujeres capaces de incorporar los propios valores del Reino a las nuevas realidades que Jesús puso en marcha a partir del anuncio y la práctica del Reino. Leer más…

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Dom 30.7.17. Un tesoro, una perla, una red. El escriba del Reino

domingo, 30 de julio de 2017
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imagesDel blog de Xabier Pikaza:

Dom 17, ciclo A.Mt 13, 44-52.Termina hoy el discurso de las comparaciones de Mateo con
dos parábolas breves (tesoro escondido.buena margarita: 13, 44–46) y una alegoría (una red: 13, 47-50).

A modo de conclusión, Jesús pregunta a sus discípulos si entienden su doctrina; ellos responden que sí, y Jesús les presenta la figura del escriba sabio, instruido en el reino de los cielos (13, 51-52), que sabe introducir enseñanzas nuevas, manteniendo y expandiendo las antiguas.

images1Dos son los temas de fondo, que definen hoy la identidad del evangelio, aplicado de un modo especial a nuestro tiempo, en línea de iglesia y sociedad civil:

a) Si no estamos dispuestos a venderlo todo, para comprar (=recibir) el nuevo campo de la vida (tesoro, margarita), corremos el riesgo de perdernos totalmente.

Si queremos conservar sin más lo que tenemos (este economía, este comercia, esta misma iglesia, en su forma actual, corremos el riesgo de perder aquello que tenemos y de perdernos nosotros mismos.

Sólo si estamos dispuesto a perder (vender todo) para así alcanzar (=dejar que llegue) el Reino (un tesoro, una perla…) terminamos destruyendo todo aquello que tenemos… porque sólo se gana aquello que se entrega y pierde por el Reino.

Como dicen en lenguaje coloquial: Si no vendemos (si no dejamos) todo aquello que nos ata en este mundo viejo (en plano económico, social y eclesial) no podemos conseguir la más alta margarita, el nuevo tesoro de la vida.

images2Estamos en las mallas de la red de Dios, a merced de su pesca creadora, que no mata los peces del mar para comerlos o emplearlos en la industria de los alimentos, sino que los libera da la antigua vida, para que así tengan vida nueva.

b) Para todo eso, debemos aprender una nueva sabiduría, que sea capaz de recrear lo antiguo de una forma nueva. Una nueva teología, una nueva doctrina es lo que necesitamos para responder al evangelio.

Sólo si aprendemos y decimos (=cumplimos) de manera nueva el evangelio podremos vivir, nos «salvaremos» de la muerte que amenaza no sólo a nuestra vida individual, sino a la misma vida del planeta tierra.

Buen domingo a todos.

1. Tesoro escondido (13, 44).

Otros habían buscado y buscarán un reino “manifiesto”, expresado en obras y gestos externos de transformación milagrosa, riqueza o dominio político. Jesús presenta, en cambio, la parábola de un reino escondido, como tesoro oculto, que ha de entenderse desde la perspectiva de conjunto de su evangelio. Probablemente, esta parábola proviene de Jesús, pero sólo Mateo la transmite, y así debemos entenderla desde su evangelio, que incluyen varios textos relacionados con la riqueza, desde parábolas (cf. talentos: Mt 25, 14-30) hasta relatos ejemplares (recaudadores de impuestos: 9, 9-13).

Quizá el más importante es Mt 6, 19-21, tomado del documento Q (Lc 12, 22-32): “No acumul-éis para vosotros tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen…”, pasaje que evocaba una transformación interior, un cambio radical en la manera de entender la vida, con sus prioridades y valores, en un momento en el que los hombres más ricos de Israel y Roma estaban tomando las propiedades de los pobres, convirtiendo la tierra de Dios (de todos) en objeto de mercado. También es importante el relato donde Jesús dice al hombre que quiere seguirle: “Vete, vende lo que tienes y tendrás un tesoro en los cielos, y ven y sígueme” (19, 21, tomado de Mc 10, 17-22).

En ese contexto, él aparece como un líder campesino, pero no con violencia armada, como algunos han propuesto (no fue jefe de una banda militar), sino de una forma profética, provocativa y muy intensa, queriendo transformar la vida económica, social y religiosa del pueblo. El Reino cielos es un tesoro superior, y sólo quien lo vende todo por él puede conseguirlo. En ese contexto, Jesús dice:

13 44 En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el cam-po; y uno, encontrándolo, lo esconde y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra aquel cam-po .

La riqueza del hombre es, por tanto, el mismo Reino, que supera por mucho todos los bienes de este mundo, pero que puede compararse con el “tesoro material” que un hombre de pocos escrúpulos encuentra en un campo ajeno. Se ha especulado en oriente, con cierta frecuencia, sobre tesoros escondidos, a causa de guerras, cambios de poder y ladrones, como hace El rollo de cobre de Qumrán, escrito al parecer poco antes de Jesús, con una descripción fantástica de grandes tesoros de reyes (o del templo de Jerusalén) escondidos en lugares marcados con precisión (de forma realista o imaginaria, discrepan los autores), que los investigadores siguen estudiando y queriendo descifrar todavía . Leer más…

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Parábolas para tiempo de crisis (final). Domingo 17 Ciclo A.

domingo, 30 de julio de 2017
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Jesus_Mafa_Hidden_Treasure_Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

 En los dos domingos anteriores, el discurso en parábolas ha respondido a tres preguntas que se hace la antigua comunidad cristiana y que nos seguimos planteando nosotros:

1) ¿Por qué no aceptan todos el mensaje de Jesús? (parábola del sembrador).

2) ¿Qué hacer con quienes no lo aceptan? (el trigo y la cizaña).

3) ¿Tiene futuro esta comunidad tan pequeña? (el grano de mostaza y la levadura)

Quedan todavía otras dos preguntas por plantear y responder.

¿VALE LA PENA?

La pregunta que puede seguir rondando en la cabeza de los segui­dores de Jesús es si todo esto vale la pena. A la pregunta responden dos parábolas muy breves, aparentemente idénticas en el desarrollo y con gran parecido en las imágenes. Por eso se las conoce como las parábolas del tesoro y la perla. Lo que ocurre en ambos casos es lo siguiente:

a) El protagonista descubre algo de enorme valor.

b) Con tal de conseguirlo, vende todo lo que tiene.

c) Compra el objeto deseado.

Sin embargo hay curiosas diferencias entre las dos parábolas, empezando por los protagonistas.

El suertudo y el concienzudo

El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo.

El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra.

El protagonista de la primera es un hombre con suerte. Mientras camina por el campo, encuentra un tesoro. Su primera reacción no es llevarlo a la oficina de objetos perdidos (que entonces no existe) ni poner un anuncio en el periódico (que tampoco existen). Ante todo, lo esconde. Repuesto de la sorpresa, se llena de alegría y decide apropiarse del tesoro, pero legalmente. La única solución es comprar el campo. Es grande y caro. No importa. Vende todo lo que tiene y lo compra.

perlaEl protagonista de la segunda parábola es muy distinto. No pierde el tiempo paseando por el campo. Es un comerciante concienzudo que va en busca de perlas de gran valor. Por desgracia, la traducción litúrgica ignora este aspecto: en vez de “El Reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas”, debería decir “a un comerciante en busca de perlas finas”. No la encuentra por casualidad, va tras ella con ahínco. Como buen comerciante, calculador y frío, no salta de alegría cuando la encuentra, igual que el protagonista de la primera parábola. Pero hace lo mismo: vende todo lo que tiene para comprarla.

La perla y el comerciante

Otra diferencia curiosa es que la primera parábola compara el Reino de los Cielos con un tesoro, pero la segunda no lo compara con una perla preciosa, sino con un comerciante. Este detalle ofrece una pista para interpretar las dos parábolas.

Ni bonos basura ni timo de la estampita

No olvidemos que estas parábolas se dirigen a un comunidad que sufre una crisis profunda y se pregunta si ser cristiano tiene valor. En términos modernos: ¿me han vendido bonos basura o me han dado el timo de la estampita? La respuesta pretende revivir la experiencia primitiva, cuando cada cual decidió seguir a Jesús. Unos entraron en contacto con la comunidad de forma puramente casual, y descubrieron en ella un tesoro por el que merecía la pena renunciar a todo. Otros descubrieron la comunidad no casualmente, sino tras años de inquietud religiosa y búsqueda intensa, como ocurrió a numerosos paganos en contacto previo con el judaísmo; también éstos debieron renunciar y vender para adquirir.

Las parábolas, aparte de infundir ilusión, animan también a un examen de conciencia. ¿Sigue siendo para mí la fe en Jesús y la comunidad cristiana un tesoro inapreciable o se ha convertido en un objeto inútil y polvoriento que conservo sólo por rutina?

Al mismo tiempo, nos enseñan algo muy importan­te: es el cristiano, con su actitud, quien revela a los demás el valor supremo del Reino. Si no se llena de alegría al descubrir­lo, si no renuncia a todo por conseguirlo, no hará perceptible su valor. Estas parábo­las parecen decir: «Cuando te pregunten si ser cristiano vale la pena, no sueltes un discurso; demuestra con tu actitud que vale la pena».

¿QUÉ OCURRIRÁ A QUIENES ACEPTAN EL REINO, PERO NO VIVEN DE ACUERDO CON SUS IDEALES?

A esta última pregunta responde la parábola de la red lanzada al mar.

El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.

copoNo queda claro si se habla de toda la humanidad, donde hay buenos y malos, o de la comunidad cristiana, donde puede ocurrir lo mismo. Ya que el tema del juicio universal se ha tratado a propósito del trigo y la cizaña, parece más probable que se refiera al problema interno de la comunidad cristiana. Interpretada de este modo, empalmaría muy bien con las dos anteriores. Hay gente dentro de la comunidad que no vive de acuerdo con los valores del evangelio, que no mantiene esa experiencia de haber descubierto un tesoro o una perla. ¿Qué ocurrirá con ellos? La respuesta es muy dura («a los malos los echarán al horno encendido») pero convie­ne completarla con la última parábola del evangelio de Mateo, la del Juicio final (Mt 25,31-46), donde queda claro cuáles son los peces buenos y cuáles los malos. Los buenos son quienes, sabiéndolo o no, dan de comer al hambriento, de beber al sediento, visten al desnudo, hospedan al que no tiene techo… Los que ayudan al necesitado, aunque ni siquiera intuyan que dentro de ellos está el mismo Jesús.

CONCLUSIÓN

¿Entendéis bien todo esto?»

Ellos le contestaron:
― Sí.

Él les dijo:

― Ya veis, un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo.

Mateo termina las siete parábolas comparando al predicador del evangelio con un un padre de familia. Parece un nuevo enigma, esta vez sin explicación. En sentido inmediato, el escriba que entiende del reinado de Dios es Jesús. Para exponer su mensaje ha usado cosas nuevas y viejas. Del baúl de sus recuerdos ha sacado cosas antiguas: alguna alusión al Antiguo Testamento, la técnica parabólica y el lenguaje imaginati­vo de los profetas. Pero la mayor parte consta de cosas nuevas, fruto de su experiencia y de su capacidad de observación: la vida del campesino, del ama de casa, del pescador, del comerciante, de la gente que lo rodea, le sirven para exponer con interés su mensaje. Por eso, la comparación final es también una invitación a los discípulos y a los predicadores del evangelio a ser creativos, a renovar su lenguaje, a no repetir meramente lo aprendido.

LA PRIMERA LECTURA

La primera lectura nos invita a pedir a Dios esta sabiduría, igual que Salomón se la pidió para gobernar a su pueblo.

En aquellos días, el Señor se apareció en sueños a Salomón y le dijo:
― Pídeme lo que quieras.
Respondió Salomón:
― Señor, Dios mío, tú has hecho que tu siervo suceda a David, mi padre, en el trono, aunque yo soy un muchacho y no sé desenvolverme. Tu siervo se encuentra en medio de tu pueblo, un pueblo inmenso, incontable, innumerable. Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien, pues, ¿quién sería capaz de gobernar a este pueblo tan numeroso?
Al Señor le agradó que Salomón hubiera pedido aquello, y Dios le dijo:
― Por haber pedido esto y no haber pedido para ti vida larga ni riquezas ni la vida de tus enemigos, sino que pediste discernimiento para escuchar y gobernar, te cumplo tu petición: te doy un corazón sabio e inteligente, como no lo ha habido antes ni lo habrá después de ti.

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