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Encontrando a Cristo en un viaje compartido y en Gaza

lunes, 11 de agosto de 2025
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La publicación de hoy es de Michael Sennett, colaborador de Bondings 2.0.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el decimonoveno domingo del Tiempo Ordinario se pueden encontrar aquí.

Un viernes por la noche en Washington, D.C., tres teólogos gais y yo nos apretujamos en un Lyft. Aunque esto pudiera parecer el origen de una broma, no nos dirigíamos hacia un final feliz, sino hacia un encuentro pastoral. Asistíamos a la conferencia de Alcance 2024, celebrada en la Universidad de Georgetown, y las actividades de la noche habían terminado. Nuestra conductora (la llamaré Miriam) estaba alegre y el coche rebosaba de conversación.

De repente, Miriam mencionó que era una mujer transgénero y compartió con nosotros la alegría de su transición. Miriam también expresó su dolor, pues creía que Dios la había rechazado. Ninguno de nosotros había mencionado la conferencia ni nuestros orígenes, así que nos sorprendió el giro que había tomado nuestra conversación. Colectivamente, le aseguramos a Miriam el amor incondicional, duradero y liberador de Dios.

Ustedes también deben estar preparados, porque a la hora que menos esperan, vendrá el Hijo del Hombre”. Fiel al consejo del evangelio de hoy, Jesús apareció inesperadamente en nuestro viaje compartido. Sin embargo, nuestras lámparas estaban encendidas con el amor que ardía en nuestros corazones. A través de nuestra conversación con Miriam, saludamos a Dios al llegar. Momentos como este son recordatorios sagrados para los católicos LGBTQ+ de que el amor de Dios siempre brilla en la oscuridad.

La vigilancia de la que habla Jesús en el evangelio de hoy abarca más que esperar pasivamente su regreso; es una disposición activa para encontrarnos con Cristo en todos los lugares donde habita. Jesús está presente en toda la alegría y la bondad del mundo, y conoce bien el sufrimiento. Jesús sufre hoy en Palestina, donde su pueblo ha soportado décadas de ocupación ilegal, violencia sistémica y desplazamiento deliberado.

Estar vigilantes es rechazar el silencio. La primera lectura de hoy, del Libro de la Sabiduría, recuerda la liberación divina de los oprimidos en Egipto; hoy, los palestinos claman por esa misma libertad. Durante casi 80 años, desde el inicio de la Nakba en 1947, gran parte del mundo ha observado en silencio cómo los palestinos son continuamente exiliados de su tierra, despojados de su dignidad y humanidad.

El Papa León, al igual que su predecesor Francisco, reconoció las atrocidades que se cometían y abogó por el fin del sufrimiento. Los católicos queer están íntimamente familiarizados con el silencio. Debemos alzar las voces de nuestros hermanos palestinos que claman por justicia.

En Hebreos, leemos que la fe es «la realización de lo que se espera«. La comunidad católica LGBTQ+ a menudo forja esperanza en espacios a los que se nos dice que no pertenecemos, pero permanecemos atentos al amor de Dios por nosotros y trabajamos para transformar nuestra Iglesia con ese amor. La esperanza en el amor de Dios también sostiene a los palestinos, en medio de los incesantes intentos de borrarlos. Nuestras esperanzas no están separadas, sino que surgen del mismo Dios que promete vida en abundancia. Compartir la esperanza profundiza nuestra solidaridad mutua y nos llama a actuar para que la promesa divina de liberación se haga visible. Nuestra liberación depende de los demás. Ninguno de nosotros es libre hasta que todos lo seamos.

La vigilancia no es el miedo que nos mantiene despiertos. La vigilancia es amor. La disposición de mis colegas y yo durante nuestro viaje en Lyft nos permitió encontrarnos con Jesús en la tristeza de Miriam y ofrecerle la verdad del amor infinito de Dios. Estamos llamados a estar alerta ante el sufrimiento en Palestina, respondiendo con el amor de Dios en nuestra lucha por la justicia y la liberación.

Esta es la vigilancia que exige el Evangelio: negarse a dar la espalda, comprometerse a actuar y una esperanza inquebrantable. Esta esperanza inquebrantable y este amor firme nos sostienen, después de todo, paso a paso en el camino hacia la libertad.

No teman, pequeño rebaño, porque la lámpara del amor de Dios arde en cada uno de nuestros corazones, iluminando el camino hacia el reino de la justicia y la paz.

—Michael Sennett, 10 de agosto de 2025

Fuente New Ways Ministry

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“No vivir dormidos”. 19 Tiempo ordinario – C (Lucas 12,32-48)

domingo, 10 de agosto de 2025
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Uno de los riesgos que nos amenazan hoy es caer en una vida superficial, mecánica, rutinaria, masificada… No es fácil escapar. Con el pasar de los años, los proyectos, las metas y los ideales de mucha gente terminan apagándose. No pocos terminan levantándose cada día solo para «ir tirando».

¿Dónde encontrar un principio humanizador, desalienante, capaz de liberarnos de la superficialidad, la masificación, el aturdimiento o el vacío interior?

Es sorprendente la insistencia con que Jesús habla de la vigilancia. Se puede decir que entiende la fe como una actitud vigilante que nos libera del sinsentido que domina a muchos hombres y mujeres, que caminan por la vida sin meta ni objetivo alguno.

Acostumbrados a vivir la fe como una tradición familiar, una herencia o una costumbre más, no somos capaces de descubrir toda la fuerza que encierra para humanizarnos y dar un sentido nuevo a nuestras vidas. Por eso es triste observar cómo bastantes hombres y mujeres abandonan una fe vivida de manera inconsciente y poco responsable para adoptar una actitud increyente tan inconsciente y poco responsable como su postura anterior.

La llamada de Jesús a la vigilancia nos llama a despertar de la indiferencia, la pasividad o el descuido con que vivimos con frecuencia nuestra fe. Para vivirla de manera lúcida necesitamos conocerla con más profundidad, confrontarla con otras actitudes posibles ante la vida, agradecerla y tratar de vivirla con todas sus consecuencias.

Entonces la fe es luz que inspira nuestros criterios de actuación, fuerza que impulsa nuestro compromiso de construir una sociedad más humana, esperanza que anima todo nuestro vivir diario.

José Antonio Pagola

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“Estad preparados”. Domingo 10 de agosto de 2025. 19º domingo del Tiempo Ordinario

domingo, 10 de agosto de 2025
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Leído en Koinonia:

Sabiduría 18, 6-9: Con una misma acción castigabas a los enemigos y nos honrabas, llamándonos a ti.
Salmo responsorial: 32: Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.
Hebreos 11, 1-2. 8-19: 
Esperaba la ciudad cuyo arquitecto y constructor iba a ser Dios.
Lucas 12, 32-48
: Estad preparados.

Primera Lectura

Los israelitas, oprimidos en Egipto, experimentaron que el Señor era su salvador la noche en que murieron los primogénitos de los egipcios. Por eso aquella noche tuvo una significación trascendental para la historia de los hebreos. Les recordaba las promesas que Dios había hecho a sus padres; que desde entonces Israel fue un pueblo libre y consagrado al Señor. La primera cena del cordero pascual sirve de modelo a lo que había de ser centro de la vida religiosa y cultural.

La participación en un mismo sacrificio simbolizaba la unión solidaria de un pueblo en un destino común. La celebración pascual recuerda que Dios no cesa de elegir a su pueblo entre los justos y de castigar a los impíos.

Hoy, toda esta imagen de Dios, por más que la hayamos estado escuchando y venerando durante milenios, desde siempre, aparece como profundamente inadecuada, inaceptable. ¿Qué clase de Dios es ése que opta por un pueblo, lo elige, le regala una tierra que está ya ocupada por otros pueblos da poder a su pueblo elegido para que los expulse y los destruya? ¿Es verosímil esta imagen de Dios? ¿No es propia de los tiempos «tribales», donde cada tribu se imagina que tiene su Dios protector que la defenderá contra las demás? (Recomendamos leer al respecto, por ejemplo, de John Shelby SPONG, Un cristianismo nuevo para un mundo nuevo, Abya Yala, Quito, Ecuador, www.tiempoaxial.org; también se puede mirar en google y en youtube sobre este autor).

Segunda Lectura

La fe de Abraham y de los patriarcas sirve de ejemplo. Para estimular la perseverancia en la fe que lleva a la salvación, la carta a los Hebreos aduce una serie de testigos. Abraham, lo mismo que los hebreos del siglo I, conoció la emigración, la ruptura respecto al medio familiar y nacional y la inseguridad de las personas desplazadas. Pero en esas pruebas encontró Abraham motivo para ejercer un acto de fe en la promesa de Dios.

La fe enseña a no darnos por satisfechos con los bienes tangibles ni con esperanzas inmediatas. Abraham creyó por encima de la amenaza de la muerte. Sufrió la esterilidad de Sara y la falta de descendencia. Esta prueba fue para él la más angustiosa porque el patriarca se acercaba a la muerte sin haber recibido la prenda de la promesa. Aquí se hace realidad la última calidad de la fe: aceptar la muerte sabiendo que no podrá hacer fracasar el designio de Dios.

Más que el sufrimiento, es la muerte el signo por excelencia de la fe y de la entrega de uno mismo a Dios. Abraham creyó en un “más allá de la muerte”, creyó le sería concedida una posteridad incluso en un cuerpo ya apagado, porque le había sido prometida. Esta fe constituye lo esencial de la actitud de Cristo ante la cruz. También se entregó a su Padre y a la realización del designio divino, pero tuvo que medir el fracaso total de su empresa: para congregar a toda la humanidad, se encuentra aislado pero confiado en un por encima de la muerte que su resurrección iba a poner de manifiesto.

Evangelio

El evangelio de hoy nos presenta unas recomendaciones que tienen relación con la parábola del domingo anterior del rico necio. Los exegetas se diversifican en cuanto a la estructura que presente el texto y no determinan las unidades de las que se compone. La actitud de confianza con el que inicia el texto no debería de omitirse “no temas, rebañito mío, porque su Padre ha tenido a bien darles el reino”. Esta exhortación a la confianza, al estilo veterotestamentario y que gusta a Lucas, expresa la ternura y protección que Dios ofrece a su pueblo, pero expresa también la autocomprensión de las primeras comunidades: conscientes de su pequeñez e impotencia, vivían, sin embargo, la seguridad de la victoria. La bondad de Dios, en su amor desmedido, nos ha regalado el Reino. Desde aquí tenemos que entender las exhortaciones siguientes. Si el Reino es regalo, lo demás es superfluo (bienes materiales). Recordemos los sumarios de Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles.

Lucas invita a la vigilancia, consciente de la ausencia de su Señor, a una comunidad que espera su regreso, pero no de manera inminente como sucedía en las comunidades de Pablo (cf. 1Tes.4-5). La Iglesia de Lucas sabe que vive en los últimos días en los que el hombre acoge o rechaza de forma definitiva la salvación que se regala. Cristo ha venido, ha de venir; está fuera de la historia, pero actúa en ella. La historia presente, de hecho, es el tiempo de la iglesia, tiempo de vigilancia.

Fitzmyer, ilustra esta afinada concepción de la historia, aparecen varias recomendaciones en lo que puede considerarse como los “retazos de una hipotética parábola”. Lo importante será descubrir en cuál de esas recomendaciones centramos la llegada que hay que esperar de manera vigilante. La predicación histórica de Jesús tienen estas máximas sobre la vigilancia y la confianza. Ahora, en este texto se les reviste de carácter escatológico. El punto clave reside en la invitación “estén preparados”; o lo que es lo mismo, lo importante es el hoy. A la luz de una certeza sobre el futuro, queda determinado el presente. Esta es la comprensión de la historia de Lucas: “se ha cumplido hoy” (4,21), “está entre ustedes” (17,20-21) y “ha de venir” (17,20).

El Reino es, al mismo tiempo, presente y algo todavía por venir. De aquí la doble actitud que se exige al cristiano: desprendimiento y vigilancia. Es necesario desprenderse de los cuidados y de los bienes de este mundo, dando así testimonio de que se buscan las cosas del cielo.

La vigilancia cristiana es inculcada constantemente por Cristo (Mc 14,38; Mt 25,13). La vida del cristiano debe ser toda ella una preparación para el encuentro con el Señor. La muerte que provoca tanto miedo en el que no cree, para el cristiano es una meditación: marca el fin de la prueba, el nacimiento a la vida inmortal, el encuentro con Cristo que le conduce a la Casa del Padre.

La intervención de Pedro, demuestra que la exhortación de Jesús sobre el significado de actuar y perseverar en vigilancia es en primer lugar referido a aquellos que son “la cabeza” de la comunidad, o mejor dicho para los que “están al servicio” de la comunidad. La resurrección a la vida depende del modo como ejercitaron ese servicio. Leer más…

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10.8.25 No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha querido daros el reino. (Lc 12, 32)

domingo, 10 de agosto de 2025
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Del blog de Xabier Pikaza:

Dom 19 TO. Así empieza el evangelio de este domingo (Lc 12, 32, 48), centrado en dos ideas principales.

(a) No temas, pequeño rebaño; no tengas miedo, no pierdas el ánimo, ni desesperes. Vive con gozo, estás en manos de Dios.

(b) Porque  Dios tiene el gozo de concederos su reino. No tienes nada que hacer sino sólo acoger su regalo de amor que es la vida, compartiendo de esa forma la alegría de Dios, su felicidad, pues nada ni nadie os podrá destruir, ni quitaros el gozo de vivir en gozo y esperanza.

Así lo pondrán de relieve las reflexiones que sigue, que son un comentario de este pasaje de Lc 12,  leído desde la perspectiva de del anuncio del evangelio de Md 1, 15-15.

| Xabier Pikaza

No temas pequeño rebaño.  La alegría de ser pequeña iglesia

Éste es el evangelio  del amor de Dios hacia los hombres  que él ha creado, hacia la comunión de amor (iglesia) en la que él ha querido reunirnos. Así lo mostraré comentando este evangelio de Lc 12, desde la perspectiva de Mc 1,15 .

Después que Juan fue entregado… Eran y son tiempos malos. Han matado o silenciado a los profetas como Juan Bautista. Parece que no hay remedio.

Vino Jesús a Galilea. Han matado a Juan, pero Jesús viene a Galilea y comienza a proclamar su buena nueva. Jesús viene a Galilea y quiere que nosotros empecemos de nuevo desde Galilea.

Proclamando el evangelio de Dios.   Con Galilea pasamos del espacio del Bautista (desierto/río) al espacio del Reino de Dios, para acoger allí el mensaje de Jesús, abierto a todos los hombres. Jesús no se encierra  en una casa particular, susurrando al oído un secreto de iniciados; no se instala en una escuela, ofreciendo cursos de enseñanza especializada, no ofrece su palabra a la vera del templo sagrado (a los puros), ni a la orilla del río/desierto (con los especialistas de la penitencia). Viene a Galilea, ofreciendo su evangelio para todos; lo hace con claridad (que se entienda bien), en voz alta (que lo escuchen), como heraldo o pregonero de buenas noticias que deben extenderse por el pueblo.

En vez del  bautismo de Juan  para perdón viene a situarse la buena noticia del Reino de Dios (¡tú eres mi Hijo…!), como victoria sobre lo diabólico. De esa manera, la palabra de Dios a Jesús abre un camino universal de vida  en Galilea:

Se ha acercado (llega) el reino de Dios. Ésta es la experiencia original, el principio y motor del evangelio. La solución de los problemas que atenazan a los hombres no depende simplemente de ellos, de forma que no se encuentran condenados a buscar su salvación con obras propias, con un esfuerzo duro al servicio del cambio social o personal. Hay algo previo, el evangelio de Dios que existe y viene (está viniendo ya) para ofrecer su reino o señorío salvador para los hombres; hay en nuestra vida algo previo: Somos don, regalo de un Dios que nos dice: No temas, mi hijo (mi amigo), porque Dios ha querido daros el reino, su vida..

Se ha cumplido el tiempo.La llegada del Reino marca el cumplimiento del tiempo. Juan Bautista moraba todavía al otro lado, antes de que el tiempo terminara y se cumpliera. Por eso, dentro de la lógica de la profecía israelita, los oyentes de Juan debían mantenerse en actitud de conversión penitencial. Pero ahora, cuando llega el reino anunciado por Jesús, el tiempo (kairos) de los hombres se ha cumplido; ha llegado el tiempo de Dios en nuestra vid. Con Jesús pasamos al otro lado de la historia. Por eso, frente a las posibles pequeñas conversiones que sólo cambian por fuera lo que existe, dejando que en el fondo todo siga como estaba, Jesús nos ha ofrecido una mutación radical, es decir, el nuevo nacimiento. Dios nos hace ser, y de esa forma somos: herederos y testigos de su gracia. No nos limitamos a tener un tesoro, sino que somos tesoro y regalo de Dios.

Convertíos…Esta conversión no se expresa ya en forma de simple arrepentimiento y penitencia, sino de transformación (=mutación) de mente y vida, es decir, como meta-noia (μετανοεῖτε), cambio de ser, interior y exterior, no por obra humana, sino por presencia y acción de Dios. Los creyentes del evangelio no transforman su vida  por aquello que son (lo que ellos hacen) por sí mismos sino por lo que Dios hace en ellos. Superando el nivel previo de lucha mundo, de acción y reacción (de cumplimiento y paga o  sanción), viene a desplegarse ahora un extenso y gozoso continente de existencia filial en  gratuidad,  expresada como fe en el evangelio, es decir, como acogida de la buena noticia de Dios, es decir, de nuestra vida divina.

No es la conversión la que suscita el evangelio (¡no tenemos que ganar nada!), el evangelio el que nos convierte, nos transforma, haciéndonos capaces de acoger y construir la familia mesiánica o iglesia; somos el tesoro de Dios.

Creed en el evangelio. Frente a los principios antiguos de vida, que se expresan como lucha por la supervivencia, fuerte envidia y estrategia  de poder (como irá señalando el evangelio), Jesús pone a los hombres ante el principio de nuestra vida como don, tesoro de Dios. No se trata de creer en cualquier cosa, como ejercicio posible de autoengaño, sino de creer en el evangelio, buena nueva de Dios que ama a los hombres, que nos ama de tal forma que somos su tesoro, de tal forma que así podemos amarnos (agradecer nuestra vida en Dios),  de tal manera que podamos amar a nuestro prójimo como Dios nos ama y como nos amamos a nosotros mismos (cf. Lev 19, 18; Mc 12, 33) . De una vez y para siempre, en Galilea, ha venido a realizarse la gran mutación, el cambio que conduce de la antigua a la nueva historia.   Aceptar el don de Dios, reconocerse amado: esta es la verdad, es el poder del evangelio de Dios en nuestra vida.

 Los cuatro momentos que acabo de exponer, con Mc 1, 15 y Lc 12se implican mutuamente. Viene Dios, ofreciendo al hombre un nuevo ser) como evangelio; por eso nos transforma por sí mismo, es decir, desde el principio de su gracia; pero es tan intenso su poder de amor que logra transformarnos de forma humana, colaborando con él, haciendo que nosotros mismos nos hagamos seres nuevos.

El evangelio no es anuncio de un Dios que flota sobre el mundo, dejando que la historia de los hombres siga como estaba, sino fuerza superior e interna del Dios que penetra en nuestra vida. Hasta ahora, esa actuación/presencia  inmediata de Dios no podía realizarse. Los hombres tenían una posibilidad teórica de ser transformados, pero no estaban en disposición de dejarse transformar. Tenían capacidad, pero no había llegado el momento social y personal, cultural y espiritual de que esa capacidad de amor se se realizara. Ellos tenían necesidad de que  viniera alguien distinto de parte de Dios, que les transformara y que ellos se dejaran transformar, alguien que sembrara en ellos la semilla de Dios, en forma de palabra y camino de Reino. Ése ha sido Jesús.

 Jesús ha sembrado en los hombres la semilla de Dios(cf. Mc 4). No nos ha pedido nada. No nos ha exigido nada. Simplemente ha querido que escuchemos” su palabra, que creamos  en ella, que la aceptemos y nos dejemos transformar por su ofrecimiento y su llamada.

Jesús no aparece como un suplicante que implora a Dios agua para el campo, hijos para la familia, fortuna para la casa, vida para los enfermos… Es simplemente un hombre ha ido en busca de Dios, con los penitentes del Bautista y ha escuchado la voz ¡eres mi Hijo! descubriendo que Dios no pide penitencia (no quiere que nos sacrifiquemos ante él), sino que nos ofrece gracia.  No nos pide nada, sino que nos da todo lo que él tiene, para que seamos con él y como él.

-El Reino es Dios mismo Palabra/Amor que nos llama, dialoga con nosotros, siendo, al mismo tiempo, comunicación de vida, capacidad de amor entre nosotros  . El Reino es palabra compartida, no propaganda para comprar, publicidad para vender, sino  ofrecimiento gratuito de amor, que viene de Dios y que los hombres pueden compartir amorosamente.

-El Reino es curación, esto es, salud: Que hombres y mujeres puedan no sólo  conversar, sino vivir en plenitud, regalándonos vida unos a otros. En esa línea, el evangelio identifica el Reino de Dios con la Salud, que es capacidad de amar y ser amado, que hombres y mujeres aceptan la vida como don de Dios, en  transparencia, encontrando y compartiendo así el tesoro de la vida en Dios unos en otros.

-El Reino es el tesoro divino de nuestra vida humana, comunicación amorosa de unos con (en) otros. No se trata de creer unas verdades separadas, sino de vivir en fe, es decir, “creerse” (compartir palabra uno  en otros), comunicándonos vida unos en otros. Ésta es quizá la nota distintiva del Reino que Jesús anuncia; el Reino de Dios es la vida como don, regalo gratuito

 Todo lo hace Dios (es de Dios) y, sin embargo, los hombres y mujeres han de realizarlo todo, no esperando de un modo pasivo, que llegue sino procurando  que llegue, siendo ellos mismos profetas mesiánicos, en comunicación de amor. En ese sentido decimos que todo hombre/mujer es Mesías (Reino de Dios, gran tesoro), porque Dios actúa/es en cada uno (especialmente el más pobre) es Dios para los restantes hombres y mujeres [1].

El Reino es Dios en nuestra  vida (¡como vida!) de seres humanos, no de un modo abstracto, como idea, sino a partir de la realidad concreta de los pobres, desde la marginación de los campesinos y artesanos de Galilea, donde muchos podían pensar que Dios no existe (no actúa) porque la vida de hombres y mujeres está al borde de la quiebra.  En ese contexto ofrece Jesús su programa y camino de Reino:

-El Reino  es banquete compartido no puro alimento material. (Lc 14, 16-24; Mt 22, 1-14; cf. Ev. Tom 64). Según una tradición antigua, Dios había preparado su comida para todos y de un modo preferente para los “buenos judíos” (representantes de unas “clases” superiores, “elegidas”). Pero, siguiendo la inspiración y experiencia del Bautista, Jesús ha descubierto que los invitados preferentes han rechazado la llamada. Esos preferentes no han venido, ni quieren que otros vengan a compartir el banquete, porque lo quieren sólo para ellos, y así lo pierden

-El reino es comunión, es vida compartida, no cada uno por sí mismo, sino cada uno  con los otros, superando las fronteras de los “elegidos” de Israel, como muestra el pasaje de la mujer siro-fenicia que pide a Jesús para su hija las “migajas” de la mesa de los hijos del reino israelita (cf. Mc 7, 28). Avanzando  en esa línea, un nuevo pasaje afirma que vendrán personas de todas las naciones (de norte y sur, levante y poniente), para tomar parte en el banquete final, que no es comida para cuando el mundo acabe, sino para este mismo mundo, empezando por los antes excluidos (Mt 8, 11-12; Lc 13, 28).

 Notas

[1] Cf.  Hermanos de Jesús y servidores de los más pequeños (Mt 25,31-46), Sígueme, Salamanca 1984.

[2] Ésta es una experiencia que ha sido formulada de un modo especial tras la muerte de Jesús, en el principio de la Iglesia, pero ella puede y debe situarse también en el tiempo de su vida, pues él ha interpretado el Reino como banquete abierto a las naciones, empezando por los más pobres.  Cf. S. Vidal, Jesús Galileo, Sal Terrae, Santander 2006. Cf. G. Theissen y – A. Merz,  Jesús histórico,  Sígueme, Salamanca  2000, 300-301.

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Cuando menos lo penséis. Domingo 19 Ciclo C

domingo, 10 de agosto de 2025
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Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

Estad como los que esperan a su señor

El Nuevo Testamento termina con unas palabras de Jesús en el libro del Apocalipsis: “Sí, vengo pronto”. A las que responde el autor: “Amén. Ven, Señor Jesús”. Aunque la mayoría de los católicos no ha leído el Nuevo Testamento de punta a cabo, a muchos les suena la idea de “la segunda venida de Jesús o “la vuelta del Señor, sin que a nadie le quite el sueño. Esa vuelta no la ven como algo inmediato, ni siquiera a largo plazo.

A gran parte de los cristianos de finales del siglo I, cuando Lucas escribe su evangelio, le ocurría lo mismo. Desde niños, o desde que se convirtieron, les habían anunciado la pronta vuelta del Señor. Pero pasaron años, décadas, y no volvía. Escritos muy distintos del Nuevo Testamento recogen el desánimo y el escepticismo que se fue difundiendo en las comunidades. Hasta el punto de que el autor de la segunda carta a los Tesalonicenses se siente obligado a negar la inminencia de esa vuelta: «No perdáis fácilmente la cabeza ni os alarméis por profecías o discursos o cartas fingidamente nuestras, como si el día del Señor fuera inminente» (2 Tes 2,2).

            Lucas también está convencido de que el fin del mundo no es inminente. Antes habrá que extender el evangelio «hasta los confines de la tierra», como expone en los Hechos de los Apóstoles. Pero aprovecha la enseñanza de generaciones anteriores para exhortar a la vigilancia.

            [El sacerdote puede elegir este domingo entre una lectura breve y otra larga. Sin detenerme en justificar los motivos, aconsejo limitarse a la breve: Lucas 12,39-40.]

Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame.
Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo. Y, si llega entrada la noche o de madrugada y los encuentra así, dichosos ellos. 

Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, no le dejaría abrir un boquete. Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.

Si se lee el texto de forma rápida parece hablar de los mismos personajes: unos criados y su señor. Sin embargo, habla de dos señores distintos:

1) uno que vuelve de un banquete o una boda, y al que esperan sus criados;

2) otro, que no tiene criados, se entera de que esa noche va a venir un ladrón, y lo espera en vela.

Dos comparaciones anticuadas

Veinte siglos hacen que incluso las imágenes más expresivas se desvirtúen. La primera comparación trae a la memoria la serie Downton Abbey, con toda la servidumbre perfectamente uniformada y dispuesta a la entrada del palacio esperando la llegada del señor o la familia. Esto pasó a la historia. Imaginando una comparación actual diría: “Tened los chalecos antibalas puestos y las armas preparadas, igual que los agentes de seguridad que esperan que el Presidente salga de la recepción”. Demasiado llamativo y aplicable a poca gente. Pero lo más desconcertante es lo que hace el Presidente: en vez irse a descansar o a dormir, se dedica a servir la cena a sus guardias.

La segunda comparación, la del que espera la venida del ladrón, también parece anticuada. Esa función la cumplen las agencias de seguridad y la policía. Sin embargo, dados los numerosos fallos en este campo, es posible que el dueño de la casa se mantuviese en vela.

Los protagonistas 

En el primer caso, los protagonistas somos nosotros, presentados como criados que esperan a su señor, Jesús. En el segundo, el dueño de la casa también nos representa a nosotros, atentos a que no nos roben. Imagen bastante atrevida, porque el ladrón es “el Hijo del hombre”.

Dos consejos distintos

Ya que se trata de dos comparaciones distintas, los consejos también difieren: en el primer caso, debemos imitar a los criados que esperan a su señor; en el segundo, imitar al propietario que espera al ladrón, preparados para la llegada imprevista del Hijo del hombre. Hay también una notable diferencia en cuanto al tono: la primera comparación da por supuesto que el señor encontrará a los criados vigilando y los proclama dos veces bienaventurados. La segunda tiene un tono de amenaza y peligro.

De la vuelta del Señor al encuentro con el Señor

            A mediados del siglo XX, los Testigos de Jehová estaban convencidos de que el fin del mundo sería en 1984 (70 años después de 1914, el comienzo de la Primera Guerra Mundial). Supongo que ahora mantendrán otra fecha. Pero no debemos reírnos de ellos. La adaptación de antiguas profecías a nuevas realidades es frecuente en el Antiguo Testamento y también en la iglesia primitiva.

            En el caso concreto de la lectura de hoy, sin negar la vuelta del Señor, el acento se ha desplazado a algo más cercano e indiscutible: el encuentro personal con él después de la muerte. En esta perspectiva, la exhortación a la vigilancia sigue siendo totalmente válida.

            Pero vigilar no significa vivir angustiados, sino cumplir adecuadamente las propias obligaciones, como deja claro la continuación del evangelio (en la forma larga que puede omitirse).

La primera lectura (Sabiduría 18,6-9)

            La primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría, ofrece dos posibles puntos de contacto con el evangelio. El texto dice así.

            La noche de la liberación [de Egipto] se les anunció de antemano a nuestros padres, para que tuvieran ánimo, al conocer con certeza la promesa de que se fiaban. Tu pueblo esperaba ya la salvación de los inocentes y la perdición de los culpables, pues con una misma acción castigabas a los enemigos y nos honrabas, llamándonos a ti. Los hijos piadosos de un pueblo justo ofrecían sacrificios a escondidas y, de común acuerdo, se imponían esta ley sagrada: que todos los santos serían solidarios en los peligros y en los bienes; y empezaron a entonar los himnos tradicionales.

            Primer punto de contacto: vigilancia esperando la salvación.

            El libro de la Sabiduría piensa en la noche de la liberación de Egipto

            El evangelio, en la salvación que traerá la segunda venida de Jesús.

            En ambos casos se subraya la actitud vigilante de israelitas y cristianos.

            Segundo punto de contacto: solidaridad

            Al momento de salir de Egipto, los israelitas se comprometen a compartir los bienes: serían solidarios en los peligros y en los bienes.

            En la forma larga del evangelio, Jesús anima a los cristianos a ir más lejos: Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos talegas que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en el cielo.

Reflexión final

            Leer este evangelio en el primer domingo de agosto, cuando muchos acaban de empezar las vacaciones, no parece lo más adecuado. Sin embargo, precisamente al comienzo de las vacaciones es cuando más nos aconsejan una actitud de vigilancia: con respecto a la protección de la casa, las ruedas del coche, la revisión del motor, la protección de los rayos solares… Siendo realistas, también al comienzo de las vacaciones es cuando muchos se encuentran definitivamente con el Señor. La vigilancia no es solo para el otoño.

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Domingo XIX del Tiempo Ordinario. 10 agosto, 2025

domingo, 10 de agosto de 2025
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“Dichosos los criados a quienes el Señor, al llegar, los encuentre en vela; os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo.”

(Lc 12, 35-40)

Este domingo el Evangelio nos invita a esperar. Pero esta espera tiene que ser activa, expectante. No como quien espera el autobús, sino como quien espera la visita de alguien importante. Es una invitación a estar preparadas, para que no se nos escapen las cosas buenas.

La espera que nos enseña Jesús nada tiene que ver con “mirar al cielo(cfr. Hch 1, 11). Hacia donde hay que mirar es hacia los hermanos. La espera que nos enseña Jesús tiene que ver con el servicio.

Para relacionarnos con el Dios de Jesús es imprescindible atender a las hermanas, a las personas que nos rodean, sirviendo a quienes lo necesiten. La espiritualidad cristiana es una espiritualidad encarnada por eso el mejor termómetro de nuestra relación con Dios es nuestra vida cotidiana. De nada sirven muchas horas de oración ni haber asistido a misa todos los domingos de nuestra vida si nuestro amor a Dios no se traduce en amor al prójimo.

Pero tampoco vale lo contrario: de nada sirve ser voluntario en tres ONGs si al final llevo una vida vacía porque he desconectado con la Presencia viva de Dios que me habita.

Necesitamos de muchos ratos sentadas a los pies del Maestro para que nuestro “hacer” se depure de todo activismo, de todo afán de protagonismo, de toda apariencia. Pero necesitamos también levantarnos, abandonar el cómodo espacio de intimidad con Dios y volvernos hacia quienes puedan necesitarnos sirviendo.

Jesús, el gran orante, la noche que en que iba a ser entregado, “se levantó de la mesa, se quitó el manto, tomó una toalla y se la ciñó a la cintura. Después echó agua en una palangana y comenzó a lavar los pies…” (Jn 13, 4-5)

En el itinerario que nos ofrece Jesús, oración y servicio van juntas, no se pueden separar, se alimentan mutuamente y nos hacen crecer armónicamente. Tampoco nuestro cuerpo y nuestro espíritu son dos realidades separadas, si descuidamos nuestro cuerpo o nuestro espíritu nuestra vida se resiente, se enferma.

Oración

Trinidad Santa, ayúdanos a vivir con la cintura ceñida para el servicio
y la lámpara de la oración siempre encendida. ¡Amén!”

*

Fuente:  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

***

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¿De qué Dios nos habla el Evangelio?

domingo, 10 de agosto de 2025
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DOMINGO 19 (C)

Lc 12,32-48

Que el texto utilice el lenguaje escatológico nos ha despistado. El que nos hable de talegos y tesoros en el cielo o que Dios llegará como un ladrón, nos ha alejado del Dios de Jesús. Dios no tiene que venir de ninguna parte, menos como ladrón. Está llamando siempre, pero desde dentro. No puede pretender entrar en nosotros sino aflorar a nuestra conciencia.

No hay que confiar en un dios todopoderoso externo, sino en el hombre creado a su imagen y que tiene al mismo Dios como fundamento. No es pues, cuestión de actos de fe en Él, sino confianza absoluta en lo que de Dios hay en nosotros que nunca podrá rallarnos.

Hay que estar despiertos, no porque puede llegar el juicio cuando menos lo esperemos, sino porque la toma de conciencia de la realidad que somos exige plena atención a lo que realmente somos y no es fácil de descubrir. Ha sido Dios el primero que ha confiado en nosotros desde el momento en que ‘decidió’ darse él mismo sin limitación alguna.

A la institución no le interesa la idea de un Dios que da plena autonomía al ser humano, porque no admite intermediarios. Para ellos es mucho más útil la idea de un dios que premia y castiga, porque en nombre de ese dios pueden controlar a las personas. La mejor manera de conseguir sometimiento es el miedo. Eso lo sabe muy bien cualquier autoridad.

El Padre ha tenido a bien confiaros el Reino. Este es el punto de partida. Si el Reino-Dios es el tesoro encontrado, nada ni nadie puede apartarme de él. Todo lo que no sea esa realidad absoluta, que ya poseo, se convierte en calderilla. El Reino es el mismo Dios escondido en mí. Los demás valores deben estar subordinados al valor supremo que es el Reino-Dios.

Esa fe-confianza, falta de miedo, no es para un futuro en el más allá. No se trata de que Dios me dé algún día lo que ahora echo de menos. Esta es la gran trampa que utilizan los intermediarios. A ver si me explico con claridad: Dios es un continuo presente, es eternidad. Esa eternidad es la que tengo que descubrir en mí aquí y ahora en el presente.

La idea que tenemos de una vida futura desnaturaliza la vida presente hasta dejarla reducida a una incómoda sala de espera. La preocupación por un más allá nos impide vivir en plenitud el más acá. La vida presente tiene pleno sentido por sí misma, no es un medio para alcanzar algo. Todo lo que proyectamos para el futuro está ya aquí a nuestro alcance.

La esperanza cristiana no se basa en lo que Dios me dará, sino en que sea capaz de descubrir lo que Dios me está dando siempre. Para que llegue a mí lo que espero, Dios no tiene que hacer nada. Yo soy el que tiene mucho que hacer, pero en el sentido de tomar conciencia y vivir la verdadera realidad que soy. Para eso hay que estar despiertos.

Los seguidores de Jesús, todos judíos, fueron incapaces de librarse del Dios del AT. El Dios de los evangelios es una mezcla de ese Dios y de la increíble novedad del Dios Abba que descubrió. Lo preocupante es que después de dos mil años, nosotros nos sentimos más a gusto con aquel Dios justiciero y antropomórfico que con el Dios amor de Jesús.

El Dios de Jesús ni puede castigar por un pasado ni puede prometer nada para un futuro, porque ni tiene pasado ni tiene futuro. Dios es un eterno presente. No tiene ningún sentido preguntarnos si interviene en la historia, porque Él no tiene historia

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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El Estado del Bienestar.

domingo, 10 de agosto de 2025
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Lc 12, 32-48

«No acumuléis tesoros en la tierra…»

Da la impresión de que el recelo que siente Jesús por la riqueza está injustificado, porque la cultura de la riqueza nos ha proporcionado un bienestar inimaginable hace tan solo unos años. Al menos en apariencia, la felicidad es la tónica general entre los ciudadanos de las sociedades opulentas (como la nuestra), y esta felicidad es el fruto de nuestra apuesta por la riqueza que nos ha permitido alumbrar una nueva sociedad basada en la garantía de las libertades públicas, la educación universal, la sanidad para todos, la asistencia social para los más desfavorecidos, el subsidio digno de jubilación y el acceso generalizado tanto a la cultura, como a productos y servicios que hasta ese momento habían sido patrimonio exclusivo de los ricos.

Y es evidente que la mejora de las condiciones de vida de las personas supone un logro de enorme importancia para la humanidad, tanto, que cabe preguntarse si al menos una parte de ella (la más próspera) ya está alcanzando su destino y lo único que le queda por hacer como tal humanidad, es extender este modelo a todo el mundo. Al menos en apariencia, la plenitud con la que han soñado tantos filósofos de todos los tiempos está a la vuelta de la esquina. Hemos hecho lo más difícil y sólo nos queda seguir por este camino para consolidar lo conseguido.

Pero esto es un mero espejismo. Algo falla en nuestro modelo porque, a pesar de la prosperidad alcanzada, el avance de la medicina, el poder adquisitivo de bienes y servicios tanto necesarios como suntuarios, el acceso a la información y la cultura, y tantos otros beneficios que reporta la sociedad de consumo, resulta patente que los ciudadanos de los países desarrollados no gozan de la felicidad que disfrutaron sus abuelos y deben refugiarse en el trabajo compulsivo, el ocio compulsivo, el alcohol y las dogas para olvidar la falta de sentido de sus vidas y el vacío que ello conlleva. Este vacío empuja el hombre actual a sobrenadar la vida en vez de sumergirse de lleno en ella, es decir, a desperdiciar el don irrepetible de la vida.

Y nos viene a la memoria Sören Kierkegaard, quien afirma que cuando el hombre ignora lo eterno que hay en él, siente vacío, angustia y desesperación. Es evidente que el estado del bienestar ignora lo eterno que hay en nosotros, y el resultado es que no llena, ni mucho menos, la vida de los ciudadanos. Si fuésemos un simple animal más evolucionado que el resto, como se afirma en las tesis reduccionistas, los ciudadanos de los países ricos estaríamos viviendo en una especie de paraíso en la Tierra, y el vacío que sentimos es suficiente prueba para demostrar que somos mucho más que lo que dicen estas teorías.

Pero la crisis de sentido no sólo provoca la falta de realización personal de los ciudadanos, sino que ha generado, y sigue generando, tal cúmulo de desequilibrios en todos los ámbitos de nuestra existencia, que hacen necesario y urgente el cambio de paradigma. En este comentario nos vamos a limitar a los tres más representativos.

El primero es la insostenibilidad. Esto no puede durar. Por una parte, harían falta varios planetas como el nuestro para disponer de los recursos necesarios para su mantenimiento y absorber las emisiones, vertidos y residuos que generamos. Por otra, el calentamiento global –más patente cada año que pasa– nos hace temer que las predicciones de los científicos acaben siendo ciertas, y que nuestro planeta acabe por convertirse en inhabitable. De una forma u otra, nuestra civilización tiene los días contados.

El segundo es la desigualdad creciente entre unas regiones y otras; entre unos ciudadanos y otros, lo que provoca que mientras unos pueden derrochar sin medida, otros no tienen ni lo necesario para vivir; su mayor logro es sobrevivir cada día. Jamás esta brecha ha sido mayor y sigue creciendo. Para ilustrar esta situación diremos que Luxemburgo tiene una renta per cápita de 153.000 $. Los dos países más poblados de la tierra, China e India, tienen respectivamente, 13.000 $ y 2.500 $, y el más pobre, Burundi, tiene 193 $; es decir, casi ochocientas veces menos que los más ricos.

El tercero es la agresión brutal al medioambiente. Ya hemos mencionado la amenaza de que nuestro hábitat se convierte en inhabitable, pero mientras tanto, las condiciones de vida de los ciudadanos puede convertirse en un infierno.  Una de las conclusiones más inquietantes del último informe del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) –elaborado por científicos de prestigio, y no por ecologistas exaltados decía lo siguiente:

«La humanidad está condenada a padecer una escasez trágica de recursos esenciales para la vida debido a la pérdida de cosechas y la destrucción de los fondos marinos, y, como consecuencia, se van a producir migraciones masivas en busca de estos recursos y conflictos generalizados por obtenerlos».

Y de todo ello sacamos la conclusión de que quizá Jesús no andaba tan descaminado; que la riqueza nos endurece el corazón y nos incapacita para amar y compadecer; que nos impide entrar en el Reino y nos arroja en manos de una tiranía despiadada que nos impide vivir con sentido, nos esclaviza y nos deshumaniza… Tanto a cada uno de nosotros, como al conjunto de la humanidad.

«Bienaventurados los pobres», decía Jesús por boca de Lucas.

«Debemos caminar hacia la civilización de la austeridad compartida», decía Jon Sobrino, abriendo la única vía de salvación que le queda a este mundo.

 

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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No descuidéis la vida. Apuntes para el camino.

domingo, 10 de agosto de 2025
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Lc 12, 32-48

El relato evangélico que nos ocupa nos sumerge en una amplia enseñanza de Jesús a su discípulos/as que, quizá, en una primera lectura nos resulte difícil de entender. Pero, si vamos poco a poco escuchando, podemos descubrir algunos de los hilos que tejen el mensaje y encontrarnos, una vez más, con ese horizonte desafiante que es seguir a Jesús.

En esta sección del evangelio, Lucas, une diversas enseñanzas de Jesús con el propósito de ayudar a su comunidad a responderse algunas preguntas que iban surgiendo en su caminar creyente: ¿Cómo mantener viva la utopía del Reino? ¿Qué valores hemos de priorizar en la comunidad? ¿Cómo sostener la esperanza en un mundo a veces hostil y otras indiferente?

Confía y comparte

Lucas y su comunidad saben muy bien que ser discípulo/a de Jesús no consiste en aprender o aceptar una serie de verdades sino adoptar un estilo de vida. Un estilo de vida que, tampoco, se queda en meras prácticas ascéticas, sino que abarca todo lo que son y hacen desde lo más cotidiano hasta lo más excepcional.

Las palabras de Jesús que Lucas recuerda buscan sostener ese estilo y lo hacen invitando a estar atentos/as a no dejarse vencer por el miedo o el desánimo y a ser responsables de no dejar que se apague la esperanza.

Jesús comienza su enseñanza invitando a los discípulos/as a no tener miedo porque Dios-Abba está sosteniendo sus vidas en el camino de seguir encarnando la Buena Noticia del Reino como comunidad y como miembros de una sociedad que no siempre los acoge y los entiende.

Esa confianza en el Dios del Reino se refleja, de forma significativa, para Lucas, en el uso de los bienes. La llamada a desprenderse de lo que se tiene y a repartirlo con quien lo necesita es un imperativo del discipulado. No se trata de ser generoso/a con los pobres sino de vivirse liberado/o de las etiquetas de poder y estatus que suponen la riqueza.

Para la Lucas la gratuidad es un signo de pertenecía a la comunidad no un tema ascético. La llamada es a educar el corazón desde la gratuidad, a mirar al otro/a desde el vínculo que nace de sentirse hermano/a y compañero/a de camino.

Atentos/as y responsables

Seguir a Jesús supone, además, estar siempre atentos/as a la vida, cuidándola e impulsándola. No se trata simplemente de un mandato, aunque sea evangélico, sino de una invitación a hacerse corresponsable en la tarea del Reino.

En esta tarea la recompensa es la acogida mutua, la hospitalidad y la mesa compartida. La invitación es a reorganizar las partencias, a cambiar el honor por el servicio, el tu por el nosotros.  Permanecer ahí no es fácil porque es fácil dejarse arrastrar por el cansancio, el desencanto o el fracaso.

El desafío es permanecer alentados/as por la esperanza, no dejar que el tiempo haga rutinario el camino o vacío el deseo. El desafío es hacernos cargo de la Buena Noticia del Reino con gratuidad, responsabilidad y pasión.

Vivir el discipulado desde unos “mínimos aceptables” y no desde un horizonte de vida plena y plenificada empequeñecerá cualquier cosa que emprendamos, vaciará de aliento cualquier proyecto y sobre todo, pondrá freno a la Buena Noticia de Dios que es, en definitiva, la a misión que toda/o discípula/o de Jesús nos hemos comprometido.

Carme Soto Varela

Fuente Fe Adulta

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Buscadores/as del Tesoro.

domingo, 10 de agosto de 2025
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Comentario al evangelio del domingo 10 agosto 2025

Lc 12, 32-48

La del buscador es una parábola sobre la existencia humana que se ha repetido en diversas tradiciones sapienciales. En síntesis, viene a decir que “algo” en nosotros sabe que hemos perdido o ignorado un tesoro -el tesoro por excelencia, que contiene nuestra plenitud-, por lo que todo nuestro recorrido vital no es sino un viaje para descubrirlo o recordarlo. “Conoce quién eres”, “recuerda quién eres”, repiten una y otra vez aquellas tradiciones.

De entrada, la aventura humana empieza como una búsqueda, en cuyo origen es posible rastrear una doble motivación, lo cual nos alerta del riesgo que encierra. Por un lado, nace de la necesidad; por otro, del Anhelo.

Al percibirnos como seres sumamente necesitados, frágiles y carenciados, se pone en marcha en nosotros un impulso que nos lanza a buscar algo que nos complete y nos sacie. Porque la experiencia de carencia nos resulta insoportable.

Pero ese no es el único motor que nos pone en marcha. En otro nivel más profundo, se activa un Anhelo, que nace del “recuerdo” (inconsciente) antes mencionado, y que tiene un sabor diferente al de la necesidad.

La necesidad termina confundiéndonos, al hacernos creer que aquello que habría de completarnos se encuentra fuera y en el futuro. De ese modo, no solo erramos el camino, sino que incrementamos la ansiedad, al no encontrar nunca aquello que habría de saciarnos.

El Anhelo, por el contrario, es la voz de nuestra profundidad, que nos llama a casa. Lo que anhelamos no se halla fuera ni un futuro lejano; es más íntimo que nuestra propia intimidad: es lo que somos. Únicamente lo habíamos olvidado.

Por ese motivo, en el camino de búsqueda, acertamos al comprender que no hay nada que buscar; hay, más bien, que dejarse encontrar. Cesamos de ser buscadores; en cuanto lo comprendemos, somos, sencillamente, “reconocedores”.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Vivir es un continuo acto de confianza.

domingo, 10 de agosto de 2025
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Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.- Fe – confianza.

        Habitualmente la homilía (conversación) versa sobre el Evangelio y así tiene que ser. Pero todos los textos del Nuevo Testamento (de la Biblia) son Palabra, expresión de Dios. Por eso hoy la homilía ´la centro en el pasaje de la carta a los Hebreos que, aunque no es de la pluma de San Pablo, sí recoge su tradición, su modo de pensar.

El texto que hemos escuchado hoy, es un canto a la fe, y pertenece a la más genuina tradición de San Pablo: el justo vive por la fe, (Rom 1,17).

Esta actitud de creyente, de fe, aparece hoy siete veces en el texto que hemos escuchado

02.- La fe como confianza y la fe como contenido.

        La fe tiene como dos vertientes:

        +      la fe con la que creo (fides qua)

        +      la fe en la que creo (fides quae).

La fe con la que creo: mi confianza en Dios

        Inicialmente la fe es poner nuestra confianza en Dios, me fío de Dios, confío en Dios. Podemos decir que tengo confianza en Dios, soy amigo de Dios, Es la fe fiducial, de confianza: es aquello que dice la tradición de San Pablo: sé de quién me he fiado. (2Tim 1,12). Es la fe con la que creo.

        En este sentido, por ejemplo un protestante luterano o un ortodoxo creen en JesuCristo con la misma confianza que nosotros católicos, si no más.

La fe en la que creo

        La fe tiene un contenido: creo en Dios, en JesuCristo, podríamos poner el  Credo entero…

        En este sentido podemos tener algunas diferencias en la fe de un evangélico, un ortodoxo, un anglicano  y nosotros, católicos.

        Pero la fe no es meramente una doctrina, unos dogmas, una ideología. La fe es la confianza que yo pongo en Dios. Creer es confiar.

        Pensemos y recapacitemos un poco si confiamos en Dios o, más bien, le tenemos miedo. ¿A Dios hay que tenerle calmado? ¿Dios no es de fiar?

03.- Vivir es un acto de confianza continuo.

        Inicialmente vivir en la fe, –el justo vive por la fe-, es vivir serenamente en una actitud de confianza en la vida, en la familia, en las personas con las que convivimos, con las que trabajamos, confiar en las instituciones, confiar en Dios.

  • Es sensato y bueno que la pareja confíe uno en el otro, que los hijos confíen en sus padres, los hermanos entre sí.

Los padres confían sus hijos a un colegio, a unos maestros que, se supone, tienen algunos criterios sanos. Confiamos en el médico que nos atiende. Es más que razonable confiar en los amigos. Confiamos en el sacerdote. Es razonable confiar en quien conduce el autobús o el avión. Confiamos en que los alimentos, los medicamentos son y están buenos. Vivir es un continuo acto de confianza.

  • Por otra parte confiamos en el testimonio que se nos ha transmitido: testimonios y tradiciones familiares, históricas, políticas, festivas, culturales. Por principio no dudo, sino que acepto de buen grado, serenamente la sabiduría que me han transmitido mis padres, la tradición eclesial en la que he nacido y vivo, la tradición popular de mis raíces.

04.- No es lo mismo fe (confianza) que doctrina o dogma

Las afirmaciones religiosas dogmáticas son siempre limitadas, porque son humanas y hemos de confiar, creer no en la materialidad de las palabras sino en lo que estas quieren decir.

¿Dios creó el mundo en siete días? ¿El hombre es realmente de barro? ¿El Éxodo fue como el desembarco de Normandía? ¿JesuCristo se puso en pie como un robot la mañana de Pascua? ¿María fue asunta a los cielos en cuerpo y alma?

A veces buscamos seguridad “matemática” en las palabras dogmáticas, pero más bien hemos de confiar en lo que significan

        Porque no es lo mismo confianza que seguridad. La confianza -la fe- es una actitud en la vida que construye personas amablemente, con sentido. La confianza es una actitud interior, ¿una virtud? que descansa en Dios

05.- No temas, pequeño rebaño.

        La primera afirmación del evangelio de hoy es: no temáis. “No temas pequeño rebaño”. ¡Cuántas veces repite Jesús esta actitud!

        El fundamento de la religión es el miedo. La religión es el esfuerzo titánico (imposible, por otra parte) para controlar y dominar a Dios.     El fundamento del cristianismo es la confianza, el amor de Dios, la bondad. No temáis, no perdáis la calma, confiad… El cristiano confía, se fía de Dios, de JesuCristo.

        La persona religiosa cumple con lo que la religión le manda. El cristiano confía en el Dios y Padre de nuestro Señor JesuCristo.

        Cuando uno confía, se fía de JesuCristo, principalmente en las cuestiones y situaciones límite halla una paz profunda en su alma, descansa. Me pase lo que me pase, que no me pase sin Ti, Señor.

¿No habéis experimentado en vuestra alma esa honda paz interior?

        En la vida nos puede pasar de todo. Nos van a pasar muchas cosas y vivencias: problemas, crisis, infidelidades, pecado, sufrimientos, enfermedades, muerte. No temas, pequeño rebaño.

        Podríamos terminar la Palabra de hoy con aquella oración de Teilhard de Chardin: cuando tengas y sientas en tu interior angustia, tristezas, culpabilidad, miedos en la vida y en la muerte:

Adora y confía.

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“Mantener la fidelidad a la tarea encomendada”, por Consuelo Vélez

domingo, 10 de agosto de 2025
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De su blog Fe y Vida:

XIX Domingo del Tiempo Ordinario 10-08-2025

Jesús se dirige a sus discípulos llamándolos “pequeño rebaño” e invitándolos a no tener miedo porque el reino prometido por el Padre será una realidad

Por esa confiaza les recomienda vender sus bienes para que el corazón esté del lado del verdadero tesoro que nadie podrá arrebatarles. Ese tesoro es el reino que se comienza a vivir aquí esperando su plenitud en el más allá

Han de estar vigilantes para la llegada del Señor, llegada que expresa con los símbolos del reino: la mesa compartida, el servicio del mismo Jesús a los suyos

Pidamos saber vivir en la vigilancia activa, conscientes de la responsabilidad que llevamos entre manos para hacer fructificar el reino de Dios en nuestra vida y en el mundo en el que vivimos, manteniendo la fidelidad a la tarea encomendada.

Consuelo Vélez

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

+ «No temas, pequeño rebaño, porque el Padre ha tenido a bien darles el reino. Vendan sus bienes y denlos en limosna; háganse bolsas que no se estropeen, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque donde está su tesoro, allí estará también su corazón. Tengan ceñida su cintura y encendidas las lámparas. Ustedes están como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame. Bienaventurados aquellos criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; en verdad les digo que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y, acercándose, les irá sirviendo. Y, si llega a la segunda vigilia o a la tercera y los encuentra así, bienaventurados ellos. Comprendan que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, velaría y no le dejaría abrir un boquete en casa. Lo mismo ustedes, estén preparados, porque a la hora que menos piensen viene el Hijo del hombre».

Pedro le dijo:

– «Señor, ¿dices esta parábola por nosotros o por todos?».

Y el Señor dijo:

+ «¿Quién es el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para que reparta la ración de alimento a sus horas? Bienaventurado aquel criado a quien su señor, al llegar, lo encuentre portándose así. En verdad os digo que lo pondrá al frente de todos sus bienes. Pero si aquel criado dijere para sus adentros: “Mi señor tarda en llegar”, y empieza a pegarles a los criados y criadas, a comer y beber y emborracharse, vendrá el señor de ese criado el día que no espera y a la hora que no sabe y lo castigará con rigor, y le hará compartir la suerte de los que no son fieles. El criado que, conociendo la voluntad de su señor, no se prepara ni obra de acuerdo con su voluntad, recibirá muchos azotes; pero el que, sin conocerla, ha hecho algo digno de azotes, recibirá menos. Al que mucho se le dio, mucho se le reclamará; al que mucho se le confió, más aún se le pedirá».

(Lucas 12, 32-48)

El evangelio de hoy continúa con un tema similar al evangelio del domingo pasado donde se invitaba a no atesorar riquezas en la tierra. En esta ocasión, Jesús dirige el mensaje a sus discípulos a quienes llama “pequeño rebaño”, invitándolos a no tener miedo porque el reino prometido por el Padre será una realidad. Esta confianza hace posible las peticiones que les hace: “vender los bienes y darlos en limosna, es decir, entrar en la dinámica del compartir que supone el reino de Dios. De esa manera el corazón estará del lado del verdadero tesoro que nadie puede arrebatarles. Ese tesoro es el reino que se comienza a vivir aquí esperando su plenitud en el más allá.

Continúa el evangelio invitando a la vigilancia con las expresiones “tengan ceñida la cintura y encendidas las lámparas. La vigilancia tiene un motivo: la llegada del Señor el cual, al encontrarlos en vela, él mismo se sentará a la mesa y se pondrá a servirles. Notemos que los símbolos empleados son los del reino: la mesa compartida, el servicio del mismo Jesús a los suyos. Jesús refuerza esta invitación con el ejemplo del hombre que si supiera a qué horas viene el ladrón, no dejaría que entrará. De la misma manera, los discípulos han de mantener la vigilancia para el momento definitivo que no se sabe cuándo será, pero frente al cual se ha de estar preparados.

Ante estas recomendaciones, Pedro le pregunta si esa parábola la dice por ellos o por todos y Jesús responde con una pregunta en la que podríamos decir nos incluye también a nosotros: todos aquellos a los que Dios les confía la administración de la buena noticia han de vivir con la diligencia que corresponde. Pone de nuevo un ejemplo, en esta ocasión, del administrador que reparte la ración de alimento a tiempo, es decir, que cumpla con todas sus obligaciones para que cuando llegue el dueño, pueda recompensarlo. Pero si hace lo contrario, pensando que el dueño no va a llegar todavía, tendrá la suerte de los que no cumplen con su responsabilidad. Jesús utiliza un lenguaje que todos pueden entender, hablando de ser recompensado o castigado, pero hemos de tener en cuenta que nuestro Dios no es un Dios de premios y castigos, sino un Dios misericordia y amor incondicional que siempre estará ofreciéndonos la salvación. Por eso, la última frase del texto hemos de entenderla desde nuestra propia responsabilidad: somos nosotros mismos quienes con nuestras obras habremos aprovechado las muchas bendiciones dadas o las habremos derrochado. En este último caso, seremos nosotros los que decidamos apartarnos del Señor, no aceptando su amor gratuito y total.

Pidamos saber vivir en la vigilancia activa, conscientes de la responsabilidad que llevamos entre manos para hacer fructificar el reino de Dios en nuestra vida y en el mundo en el que vivimos, manteniendo la fidelidad a la tarea encomendada.

(Foto tomada de: https://www.chimbotenlinea.com/evangelio-dominical/10/08/2014/es-en-el-partir-y-compartir-el-pan-donde-se-descubre-al-discipulo-y)

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“Velemos – San Lucas 12, 32-48 – ”, por Joseba Kamiruaga Mieza

domingo, 10 de agosto de 2025
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De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):

¡No temáis, pequeño rebaño!

La palabra fuerte y tranquilizadora de Jesús nos alcanza en este momento conflictivo y violento, quejumbroso y banal, resignado y despreocupado, y nos ayuda a orientar la vida, a devolverle sentido, vigor y esperanza.

¡No temáis, pequeño rebaño!

Sí, somos un pequeño rebaño, somos pocos, pero elegimos tener un solo pastor, el pastor hermoso que sabe adónde llevarnos, que, a diferencia de los mercenarios, se interesa por nosotros por lo que somos, no por lo que producimos. 

¡No temáis, pequeño rebaño!

No tengamos miedo, aunque nos cueste (¡cuánto!) no perder la esperanza. Pero confiamos, tenemos fe, como el padre Abraham, como Sara, porque nos hemos descubierto amados, y hemos elegido amar.

La confianza nace de la experiencia: hemos conocido cuánto nos ama el Señor Jesús.

Sabemos que ha dado su vida por nosotros. Porque Dios ama con un amor libre y liberador, vital y vivificante, concreto y cotidiano.

No debemos temer porque al Padre le ha complacido regalarnos el Reino.

Nos ha sido regalado, donado, sin condiciones, gratuitamente.

Porque Dios es así: da. Y se da a sí mismo.

El Reino está donde Dios reina, donde mora su presencia de luz y paz.

Pero para darnos cuenta de su presencia, para no dejarnos abrumar por el miedo, para descubrir realmente que el Reino está entre nosotros, que ya está aquí, debemos vivir como personas libres y debemos velar.

Buenos administradores

Hagamos cuentas, con serenidad y seriedad.

Veamos qué vale la pena vivir, dónde estamos invirtiendo tiempo y energía, recursos y cualidades en nuestra vida. Si el Evangelio es solo un apéndice (sano y santo) dentro de nuestra vida cotidiana o si, por el contrario, ha cambiado nuestra forma de ver las cosas.

El tiempo que estamos viviendo es un tiempo intermedio, en espera de que vuelva el Señor de la gloria.

A nosotros, aquí y ahora, Dios nos confía la gestión del Reino, para hacerlo presente, para vivir como hijos de Dios. Nuestras comunidades se convierten entonces en sucursales del Reino, páginas publicitarias de la nueva humanidad porque está reconciliada, profecía de un mundo nuevo.

Aunque no seamos capaces, aunque no seamos dignos, aunque cojeemos.

Por eso hacemos sinodalidad: para preguntarnos con franqueza evangélica si la forma en que anunciamos es la mejor forma, hoy, de hablar de Dios. 

Estad preparados 

Estad preparados, advierte Jesús.

Listos para viajar, listos para cuestionar todo resultado, toda certeza, más aún si proviene de la fe y la religiosidad. Si hemos comprendido que nuestro corazón está hecho para el infinito y buscamos el infinito, estemos dispuestos a buscarlo infinitamente.

Es la actitud saludable del discípulo, la conciencia del «ya sí y todavía no».

Ya conozco a Dios, pero todavía no lo poseo.

Ya he vivido una experiencia afectiva maravillosa, pero sé que ningún amor llena mi corazón definitivamente.

Ya he descubierto, a la luz del Evangelio, cuánta gracia y luz interior llenan el corazón, pero aún vivo momentos de desánimo y oscuridad.

Ya he comprendido quién soy, pero aún no sé quién seré.

Una tensión sana, hermosa, que nos lleva a lo esencial, que nos separa de la pesadez de la cotidianidad, que nos devuelve al realismo. 

Estad preparados, nos pide el Maestro. Y nosotros velamos en la noche.

Esta noche de la Historia. Cada noche. Escudriñando el Oriente, esperando la aurora.

¡Cuánta fe nos pides, Señor! 

Nómadas

Como Israel, cuyas hazañas, enfatizadas y mitificadas, leemos, también nosotros estamos llamados a salir de la esclavitud, de toda esclavitud, para aprender, en el desierto, a confiar en Dios. Esclavos de la idea que tenemos de nosotros mismos, esclavos y preocupados por la imagen que debemos dar a los demás, esclavos de las falsas necesidades que nos suscita la publicidad, podemos redescubrir, a la luz de la Palabra, que o el hombre es buscador o no es, o el hombre es mendigo o no es. O el hombre está en camino interior o no es.

Que la vida, que toda vida, es una liberación interior progresiva.

¡Cuánta fe nos pides, Señor!

Abraham escucha su voz interior.

No es un joven presa de delirios místicos: es un hombre realizado, no abrumado por pasiones impetuosas. Es un hombre probado por la vida, desilusionado y que, sin embargo, siente una llamada irrefrenable hacia la interioridad. «Ve», siente en su corazón, «ve a ti mismo».

¡Loco Abraham, que dejará todas sus certezas y su papel social para seguir un instinto interior, para reencontrarse a sí mismo! Y este gesto suyo será inmensamente fecundo: él es el padre de todos los que buscan a Dios.

Ve a ti mismo, amigo, hermano, descúbrete viajero, en serio.

Aunque pienses que has vivido lo suficiente, o que has sufrido demasiado, o que has tomado tus decisiones.

Todos somos extraordinariamente libres, capaces de emprender nuevos caminos incluso cuando todo parece decidido, erróneo, inamovible.

Ve a ti mismo. 

La espera

La vida se convierte entonces en una espera inquieta (y feliz), la espera del regreso, la espera del encuentro con el amo que vuelve de la boda.

Espera: mi vida, tu vida es espera.

De un sentido, de superar tu dolor, de la clave para comprender tu vida, de una persona a quien amar, de un hijo a quien abrazar y besar, de un mundo mejor, de la luz infinita que ilumine tus miedos, de Dios.

Espera.

El hombre es el único ser vivo capaz de esperar, de velar, de insistir, de creer.

Por la noche, a menudo, en el largo y denso silencio de la noche, sentimos crecer nuestra fe, abandonarse nuestro corazón, comprendemos lo que es esencial para nosotros. Por la noche, como centinelas que esperan el amanecer, nos convertimos en creyentes, en discípulos.

Cuando las rodillas tiemblan, cuando el cansancio es grande, cuando nos parece que no podemos esperar, cuando la desesperación presiona la puerta del corazón, podemos mirar a los testigos, mirar a los padres de la fe, a los muchos, a los muchísimos que, como nosotros, creyeron en la noche y vieron la luz, al fin.

La fe es este misterioso ya y todavía no, este silencio ensordecedor, esta noche luminosa.

Velemos, pues.

Amados. Amando.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

***

Comentarios Evangélicos y Reflexiones para el Domingo 10 de agosto de 2025

 

1.- El servicio es la clave para entrar en el Reino.

2.- Y el amo se pone a servirnos a nosotros, pobres siervos.

3.- Preparaos para el encuentro con un Dios que se inclina hacia el hombre.

4.- Dios está al servicio de nuestra felicidad.

5.- La belleza de un Dios que se hace siervo.

6.- Donde está tu tesoro, allí está tu corazón.

7.- Velemos – San Lucas 12, 32-48 –.

 ***

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Sudar las cosas pequeñas

lunes, 14 de agosto de 2023
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IMG_0217La publicación de hoy es de la colaboradora invitada Laurel Potter. Laurel enseña teología en la Universidad de St. Thomas en St. Paul, MN. Laurel practica el culto e investiga en colaboración con comunidades eclesiales marginales de El Salvador, donde vivió y trabajó durante varios años.

La lectura litúrgica de hoy del Libro de 1 Reyes contiene una de mis hierofanías bíblicas favoritas, o manifestaciones divinas a los seres humanos: Dios se aparece al profeta Elías, no en un “viento fuerte y pesado”, ni en un terremoto, ni en un fuego. Más bien, un “pequeño sonido de susurro” obliga a Elías a ocultar su rostro en su manto e ir a saludar a Dios a la entrada de la cueva.

Me encanta esta historia porque afirma que lo sagrado puede moverse en los murmullos silenciosos debajo de la superficie. El Espíritu no siempre sopla lenguas de fuego o derriba muros. A veces, son la caricia de una brisa, la calma después de la catástrofe, un silencio que siempre estuvo ahí bajo todo el ruido. Esta manifestación de lo divino propone que hay poder en lo lento y lo pequeño. Me recuerda a las semillas que se abren bajo tierra, al desdoblamiento del pan que crece, al oleaje de un útero preñado. Fuerzas tranquilas que sostienen la vida.

Y, sin embargo, en la lectura del evangelio de hoy, también tenemos una de las expresiones bíblicas más impactantes del poder divino: Pedro y los discípulos están en el mar en una noche oscura y ventosa, temerosos de que su bote pueda volcar. Jesús camina hacia ellos sobre el agua e incluso invita a Pedro a dar unos pasos vacilantes. Aquí vemos el poder divino sobre la tormenta, una gran yuxtaposición a la experiencia de Elías. Casi parece una jactancia, como si Jesús estuviera mostrando lo poco que le afecta la tormenta. Me recuerda otras famosas expresiones bíblicas del poder divino: abrir el Mar Rojo, derribar los muros de Jericó o salvar a Daniel de los leones. Cosas de Dios a lo grande.

En la lucha actual por las vidas queer en nuestras sociedades y nuestra iglesia, necesitamos las grandes cosas de Dios. Me encantaría que un relámpago de otro mundo acabara con las llamadas leyes de «No digas gay» en Florida, o que los baños accesibles, públicos y neutrales al género brotaran del suelo con una ola del bastón de Moses. Necesitamos que Dios esté presente a través de nuestra organización política, nuestras capacitaciones en el lugar de trabajo y nuestras acciones públicas para cambiar mentes y corazones y proteger a nuestra gente queer más vulnerable.

IMG_0216Aún así, las cosas pequeñas también son parte de este mismo movimiento por la vida. Esa línea en el boletín de la iglesia sobre el grupo ministerial LGBTQ+ es importante para alguien que acaba de mudarse a una nueva ciudad y está tratando de entender la iglesia. Poner una calcomanía de Orgullo en su puerta y capacitarse para abrir espacios seguros en su campus, en su lugar de trabajo o en su iglesia es importante para el estudiante, compañero de trabajo o miembro de la congregación que no sabe en quién confiar. Los pronombres en su firma de correo electrónico o presentación personal son importantes para sus contactos que no quieren ser siempre los primeros en compartir los suyos. Es fácil burlarse de estos pequeños pasos como performativos o vacíos, y pueden darse sin un aprendizaje y un cambio continuos. Pero más aún, son pequeños indicios de un futuro extraño divino, signos de otro mundo posible.

Por supuesto, necesitamos mucho más que estas pequeñas señales de nuestro amor y, sin embargo, son afirmaciones necesarias de vida y pertenencia queer. Entonces, esta semana, estoy pensando en la santidad de una calcomanía en la puerta o una línea revisada en un lenguaje repetitivo. Me desafío a mí mismo a apreciar la variedad de formas en que reconocemos y anunciamos la presencia de Dios en nuestro mundo, tanto las grandes cosas de Dios como los pequeños susurros.

—Laurel Potter, 13 de agosto de 2023

Fuente New Ways Ministry

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“Antes de hundirnos”. 13 de agosto de 2023. 19 Tiempo ordinario (A). Mateo 14, 22-33.

domingo, 13 de agosto de 2023
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284110_247490881939361_1333783_nEs sorprendente la actualidad que cobra en estos tiempos de crisis religiosa el relato de la tempestad en el lago de Galilea. Mateo describe con rasgos certeros la situación: los discípulos de Jesús se encuentran solos, «lejos de tierra firme», en medio de la inseguridad del mar; la barca está «sacudida por las olas», desbordada por fuerzas adversas; «el viento es contrario», todo se vuelve en contra; es «noche cerrada», las tinieblas impiden ver el horizonte.

Así viven no pocos creyentes el momento actual. No hay seguridad ni certezas religiosas; todo se ha vuelto oscuro y dudoso. La religión está sometida a toda clase de acusaciones y sospechas. Se habla del cristianismo como una «religión terminal» que pertenece al pasado; se dice que estamos entrando en una «era poscristiana» (E. Poulat). En algunos nace el interrogante: ¿no será la religión un sueño irreal, un mito ingenuo llamado a desaparecer? Este es el grito de los discípulos al atisbar a Jesús en medio de la tempestad: «Es un fantasma».

La reacción de Jesús es inmediata: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo». Animado por estas palabras, Pedro hace a Jesús una petición inaudita: «Señor, si eres tú, mándame ir a ti andando sobre el agua». No sabe si Jesús es un fantasma o alguien real, pero quiere comprobar que se puede caminar hacia él andando, no sobre tierra firme, sino sobre el agua, no apoyándose en argumentos seguros, sino en la debilidad de la fe.

Así vive el creyente su adhesión a Cristo en momentos de crisis y oscuridad. No sabemos si Cristo es un fantasma o alguien vivo y real, resucitado por el Padre para nuestra salvación. No tenemos argumentos científicos para comprobarlo, pero sabemos por experiencia que se puede caminar por la vida sostenidos por la fe en él y en su palabra.

No es fácil vivir de esta fe desnuda. El relato evangélico nos dice que Pedro «sintió la fuerza del viento», «le entró miedo» y «empezó a hundirse». Es un proceso muy conocido: fijarnos solo en la fuerza del mal, dejarnos paralizar por el miedo y hundirnos en la desesperanza.

Pedro reacciona y, antes de hundirse del todo, grita: «Señor, sálvame». La fe es muchas veces un grito, una invocación, una llamada a Dios: «Señor, sálvame». Sin saber ni cómo ni por qué, es posible entonces percibir a Cristo como una mano tendida que sostiene nuestra fe y nos salva, al tiempo que nos dice: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudas?».

José Antonio Pagola

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“Mándame ir hacia ti andando sobre el agua”. Domingo 13 de agosto de 2023. 19º domingo de tiempo ordinario.

domingo, 13 de agosto de 2023
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42-OrdinarioA19Leído en Koinonia:

1Reyes 19,9a.11-13a: Ponte de pie en el monte ante el Señor.
Salmo responsorial: 84: Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.
Romanos 9,1-5: Quisiera ser un proscrito por el bien de mis hermanos.
Mateo 14,22-33: Mándame ir hacia ti andando sobre el agua.

Entre los primeros profetas de Israel surgen dos figuras que brillan con luz propia: Samuel y Elías. La tradición bíblica les concedió un lugar destacado no sólo por el momento crítico en el que actuaron, sino, sobre todo, por la radicalidad con la que asumieron la causa de Yavé. La teofanía del monte Horeb constituye el centro de lo que se ha llamado el “ciclo de Elías”, es decir, la colección de relatos que tienen como protagonista a este profeta (1R 17,1 – 2R 2,1-12).

En esa época había gran confusión y la fidelidad a Yavé y a sus leyes estaba en entredicho porque el rey había introducido cultos a dioses extranjeros (1R 16,31-32). Los nuevos dioses legitimaban la violencia, la intolerancia y la expropiación como medios para garantizar el poder. Elías levanta su voz en contra de estos atropellos y ve en la sequía que azota al país las consecuencias del castigo divino. Elías, entonces, en medio de persecuciones y amenazas comienza una campaña de purificación de la religión israelita. Sin embargo, sus iniciativas producen el efecto contrario y se agudiza la opresión, la violencia y la persecución.

Cansado y desanimado Elías se dirige al Horeb donde descubre que Dios no se manifiesta en los elementos telúricos –en la tormenta imponente o en el fuego abrazador–, sino en la brisa fresca y suave que le acaricia el rostro y lo invita a tomar otro camino para hacer realidad la voluntad del Señor.

Después de la masacre del monte Carmelo (1R 18,20-40), Elías, sin abandonar la denuncia de las injusticias (1R 21,1-29) y aberraciones (2R 1,1-18), opta por animar a un grupo de discípulos para que continúen su misión (2R 2,1-12). Elías descubrió así que por la vía de la violencia no se consigue nada, ni siquiera aunque sea a favor de causas justas. La fuerza de la espada puede imponer el parecer de un grupo de personas, pero no puede garantizar la paz, el respeto y la justicia.

El evangelio nos muestra otra tentación en la que pueden caer los seguidores de Jesús cuando no están seguros de los fundamentos de su propia fe. La escena de la «tormenta calmada» nos evoca la imagen de una comunidad cristiana, representada por la barca, que se adentra en medio de la noche en un mar tormentoso. La barca no está en peligro de hundirse, pero los tripulantes se abandonan a los sentimientos de pánico. Tal estado de ánimo los lleva a ver a Jesús que se acerca en medio de la tormenta, como un fantasma salido de la imaginación. Es tan grande el desconcierto que no atinan a reconocer en él al maestro que los ha orientado en el camino a Jerusalén. La voz de Jesús calma los temores, pero Pedro llevado por la temeridad se lanza a desafiar los elementos adversos. Pedro duda y se hunde, porque no cree que Jesús se pueda imponer a los «vientos contrarios», a las fuerzas adversas que se oponen a la misión de la comunidad.

Este episodio del evangelio nos muestra cómo la comunidad puede perder el horizonte cuando permite que sea el temor a los elementos adversos el que los motiva a tomar una decisión y no la fe en Jesús. La temeridad nos puede llevar a desafiar los elementos adversos, pero solamente la fe serena en el Señor nos da las fuerzas para no hundirnos en nuestros temores e inseguridades. Al igual que Elías, la comunidad descubre el auténtico rostro de Jesús en medio de la calma, cuando el impetuoso viento contrario cede y se aparece una brisa suave que empuja las velas hacia la otra orilla.

Nuestras comunidades están expuestas a la permanente acción de vientos contrarios que amenazan con destruirlas; sin embargo, el peligro mayor no está fuera, sino dentro de la comunidad. Las decisiones tomadas por miedo o pánico ante las fuerzas adversas nos pueden llevar a ver amenazadores fantasmas en los que deberíamos reconocer la presencia victoriosa del resucitado. Únicamente la serenidad de una fe puesta completamente en el Señor resucitado nos permite colocar nuestro pie desnudo sobre el mar impetuoso. El evangelio nos invita a enfrentar todas aquellas realidades que amenazan la barca animados por una fe segura y exigente que nos empuja como suave brisa hacia la orilla del Reino. Leer más…

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13.8.23. Dom 19 TO. Tras la JMJ: Echar lastre por la borda o hundirse en el agua (Mt 14, 22-33)

domingo, 13 de agosto de 2023
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IMG_0200Del blog de Xabier Pikaza: 

Este domingo, tras alimentar a los suyos con pan multiplicado y peces de mar, Jesús hace que Pedro y su gente monten en barca, mientras él sube a la montaña para orar.  Se desata la tormenta, brama el mar, Jesús parece un fantasma y Pedro va hundiéndose entre las olas.

Este es el tema, que expongo en secciones. (a) Una exégesis breve del texto, según Comentario Mt. (b) Una lista de lastres para aligerar. Que suba Jesús a la barca.

 (a) EXÉGESIS BREVE:  IGLESIA EMBRAVECIDA, PEDRO SE HUNDE (14, 22-33).

 Acabada la “alimentación” (JMJ, Lisboa) Jesús manda a sus discípulos  que vuelvan en barca al otro lado (cf. texto paralelo de Mc 6, 45-53):

14 22 Y de pronto obligó a sus discípulos para a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. 23 Y, después de despedir a la gente, subió a la montaña a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo.

24 Mientras tanto, la barca que se había alejado ya muchos estadios de la tierra, se hallaba sacudida (sufriendo mucho) por las olas, porque el viento era contrario. 24 Y a la cuarta vigilia de la noche se les acercó Jesús, andando sobre el agua. 26 Pero los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se aterrorizaron, diciendo que era un fantasma, y gritaron de miedo. 27 Pero Jesús les habló en seguida: ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!

28 Y Pedro, contestándole, le dijo: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua.» 29 Él le dijo: «Ven». Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; 30 pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: Señor, sálvame. 31 En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado? 32 En cuanto subieron a la barca, amainó el viento. 33 Los de la barca se postraron ante él, diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios [1].

       Éste es  un signo pascual: Los discípulos navegan por la noche sobre el lago, en medio de un mar movido por vientos contrarios, mientras Jesús ha quedado orando en la montaña (altura de Dios), para venir después tras ellos, caminando como un fantasma sobre el agua:

Una presencia en la noche (14, 22-23).Conforme a una tradición común al Nuevo Testamento (cf. Jn 17; Hebr 10), el Jesús pascual sigue orando (cf. 14, 23), sobre la montaña de su entrega y promesa mesiánica, intercediendo por los que han comido y de un modo especial por los discípulos en la noche. En ese contexto de misión eclesial arriesgada ha desplegado Mateo, partiendo del texto precedente de Mc 6, 45-52, su más alta visión de Jesús y de la Iglesia, pasando del desierto, donde amenazaba el hambre, al mar donde sigue dominando el miedo, con motivos que vienen del Éxodo (paso del Mar Rojo). En ese fondo, Jesús parece un fantasma   o aparición en la noche, sobre los terrores del mar. Así han imaginado a Jesús muchos cristianos, así le han presentado, sin duda, muchos adversarios de la iglesia.

Yo soy, palabra de Dios (14, 24-27).Los discípulos se asustan, como fuera de sí, y en ese contexto se entiende la respuesta de Jesús que dice, Yo Soy, asumiendo la más honda palabra y definición de Yahvé  Dios israelita (Ex 3, 14), a quien él representa. Éste es, sin duda, un “yo soy” pregnante, como en Mc 6, 50 (cf. 22, 32, como palabra de Dios). Este Yo soy da fuerza a sus discípulos para que sigan remando en la barca de la iglesia, en la que destaca la confianza y miedo de Pedro, que quiere caminar sobre las aguas. Esta presencia divina de Jesús, que es asistencia y acción pascual en el camino de la iglesia, hace que podamos llamarle Señor  (kyrie) adorarle con los primeros discípulos, sabiendo que él es Hijo de Dios, como terminará diciendo la escena.

‒ Atrevimiento y miedo de Pedro (14, 28-31).Mateo añade sobre Marcos, este motivo de Pedro que quiere caminar sobre las aguas. Esta «aventura» de Pedro que sale de la barca, para caminar como el Jesús glorioso, pero que se hunde en su miedo y grita, es una escena simbólica, que evoca la fe y terror de Pedro en la primera etapa de la misión cristiana, su deseo de arrojarse como Jesús y con Jesús en el duro mar del mundo (misión universal), y su falta de seguridad en algunos momentos decisivos. Conforme a este relato, Pedro ha pedido a Jesús que le mande caminar sobre las aguas, mostrando así su atrevimiento, y Jesús le ha respondido «ven»; pero Pedro tiene miedo y es incapaz de seguir, y así vacila, y corre el riesgo de perecer, pero Jesús le toma de la mano y le lleva de nuevo a la barca, con el resto de los discípulos.

‒ Una rica tradición. Esta imagen de Pedro caminando con recelo sobre el agua, con miedo de hundirse, pero ayudado por Jesús, forma parte de una intensa experiencia de la Iglesia antigua, que ha reconocido a Pedro, con los otros tres discípulos del principio (Mt 4, 18-22) como pescador de hombres, hombre experto en la tarea misionera vinculada con la “pesca milagrosa”, que tiene sin duda un sentido de apertura a la misión universal de la Iglesia, tal como han puesto de relieve, de formas distintas pero complementarias Lc 5, 1-11 y Jn 22

Realmente eres Hijo de Dios. Jesús les ha dicho “Yo soy”, no tengáis miedo (14, 37), él ha tomado a Pedro por la mano y le ha sostenido en medio de la tormenta del mar, de manera que cuando han subido ambos (Pedro y Jesús, estando ya los dos en la barca) pudo amainar y amainó el viento. Este es el momento de la confesión de los discípulos, que adoran a Jesús y dicen: «En verdad, tú eres Hijo de Dios» (theou huis ei) Éste es el principio de la confesión cristiana, proclamada ahora por todos (no sólo por Pedro, como en 16, 16), en este contexto pascual de epifanía en la gran tormenta del mar. Ésta es la confesión que el mismo Pedro retomará y proclamara en nombre de todos los discípulos en el entorno de Cesarea de Felipe, pasando del plano de una epifanía cósmica al paso del camino eclesial.

       En El mensaje del evangelio ha culminado de algún modo y se condensa en las escenas anteriores, vinculadas entre sí, desde el miedo de Herodes que confunde a Jesús con el Bautista a quien mató, hasta el gesto de los discípulos que le adoran como Señor pascual desde el mar airado.

(B) 13 LASTRES  PARA ALIGERAR LA BARCA, QUE PUEDA SUBIR ENTRAR JESÚS EN ELLA

               Jesús ora sobre la montaña (parece no ocuparse de los suyos) mientras la barca de la Iglesia corre el riesgohundirse  en el temporal del siglo XXI, a pesar de todo lo que Francisco ha dicho en Lisboa, como “calentón” o fervorín de un momento, para que estemos tranquilos, pensando que todo va bien, mientras la barca se hunde.   En ese contexto, Jesús aparece como un fantasma, caminando sobre el abismo de las aguas… y Pedro le dice que él también quiere caminar y así empieza, queriendo sostenerse en el mar, pero no puede, tiene tiene miedo, grita, grita. Jesús le agarra de la mano y le lleva de nuevo a la barca, para que se encuentre allí seguro, con el resto de la Iglesia. Esta «escapada» de Pedro que ha querido salir de la barca, para andar como el Jesús glorioso, pero que se hunde en su miedo y grita… ha sido estudiada con rigor por los exegetas de turno. La mayor parte piensa que se trata de una escena simbólica, que evoca el deseo de mando y el terror de Pedro que quiere andar solo… Pero Jesús le ha tomado de la mano y le ha llevado de nuevo a la barca de la Iglesia, con el resto de los discípulos, para retomar de esa manera la navegación del conjunto de la comunidad.

En las reflexiones que siguen he querido aplicar este pasaje a la situación del Papa, que también parece aventurarse a salir fuera de la barca, para estar a solas con Jesús sobre el mar airado, resolviendo los problemas de la Iglesia (a solas con Jesús), mientras el resto de los discípulos siguen reunidos en la Barca y se mantienen en ella con gran miedo (o la abandonan buscando a nado la orilla).

Ésta es una interpretación quizá un poco sesgada, pero sirve para destacar   los poderes de un Papa que tiene más poder que el que tuvo Jesús, un poder que tiene sus aspectos buenos pero que, en este momento, pueden convertirse en “lastre”, peso muerto que hay que arrojar por la borda, para que suba y entre Jesús, única autoridad de la Iglesia.

   Jesús puede caminar y camina entre el viejo y las olas, porque va sin lastres, ligero de equipaje, sin más autoridad que el amor, en libertad….

            Pedro ve a Jesús caminando sobre el agua  y quiere imitarle pero no puede, pues lleva en sus espaldas y en su tiara todo el peso de una iglesia hecha de pesos y cargas. Mientras no eche todo su lastre, y quede así desnudo, en amor y humanidad, como Jesús, no podrá caminar sobre las olas.  Un dicho castellano  afirma que sólo podemos caminar de verdad desnudos y con las manos en los bolsillos, bailando de amor…

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Jesús reza, los discípulos reman, Pedro se hunde. Domingo 19. Ciclo A.

domingo, 13 de agosto de 2023
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tempestad-calmadaDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj: 

¿Tienes la impresión de que la Iglesia, tu parroquia, tu comunidad religiosa, se va a pique? ¿Te apetece acercarte a Jesús, pero temes perder pie a mitad de camino? Estas experiencias las tuvieron los primeros cristianos. Mateo les dio respuesta en lo que hoy nos cuenta.

La tempestad calmada y el viento en contra

            Hay dos episodios en los evangelios bastante parecidos, aunque muy diferentes. Se parecen en el escenario (una barca en medio del lago de Galilea en circunstancias adversas) y en los protagonistas (Jesús y los discípulos). Se diferencian en que, en el primer caso, la barca está a punto de zozobrar y los discípulos corren peligro de muerte; en el segundo, sólo se enfrentan a un fuerte viento en contra que hace inútiles todos sus esfuerzos.

            Traducido a la experiencia de nuestros días, la tempestad calmada recuerda a numerosas comunidades cristianas, sobre todo de África y Oriente Medio, que se ven amenazadas de muerte y gritan a Jesús: «¡Señor, sálvanos, que perecemos!». El viento en contra hace pensar en tantas otras comunidades, especialmente de occidente, que luchan contra viento y marea, cada vez con menos fuerzas, y sin ver resultados tangibles.

            El primer episodio, la tempestad calmada, tiene un claro paralelo en el Salmo 107 (106), 23-32, donde los navegantes gritan a Dios en el peligro y él los salva; en el evangelio, los discípulos gritan a Jesús y es este quien los salva.

            El segundo episodio, el de la barca con viento en contra y Jesús caminando sobre el agua, no me recuerda ningún episodio del Antiguo Testamento. Sin embargo, está tan anclado en la primitiva tradición cristiana que no sólo lo cuentan Marcos y Mateo, sino incluso Juan, que generalmente va por sus caminos. Es muy curioso que Lucas omita esta escena: probablemente pensó que presentar a Jesús caminando sobre el agua y confundido con un fantasma iba a plantear a sus cristianos más problemas que beneficios.

El relato de Mateo 14,22-33

            Se inspira en el de Marcos, pero introduciendo cambios muy significativos. Podemos dividirlo en cuatro escenas.

Primera escena: Jesús se separa de los discípulos

Después que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo. Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario.

            Hablando en términos cinematográficos, es un montaje en paralelo. Inmediatamente después de la comida, Jesús obliga a sus discípulos a embarcarse, mientras él despide a la gente. Pero, cuando la despide, no va en busca de sus discípulos, sube «solo» a rezar. Mateo acentúa que Jesús desea verse libre de todos para ponerse en contacto con el Padre. Esa oración será muy larga, desde el anochecer hasta la cuarta vigilia (entre las 3 y las 6 de la noche). Sin embargo, no sabemos qué dice, cómo reza. Lo importante para Mateo no es conocer el misterio sino proponernos un ejemplo que imitar. Mientras, los discípulos navegan con grandes dificultades durante todas esas horas hasta quedar «a muchos estadios de tierra» (Juan dice que a unos 25-30 estadios, 5-6 km, lo que supone en mitad del lago). A nivel simbólico, se contraponen dos mundos: el de la intimidad con Dios (Jesús orando) y el de la dura realidad (los discípulos remando). Ha sido Jesús el que los ha abandonado a su destino.

Segunda escena: Jesús se acerca a los discípulos

De madrugada se les acercó Jesús, andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. Jesús les dijo en seguida:  

― ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!

            Mateo cuenta con asombrosa naturalidad y sencillez algo inaudito: el hecho de que Jesús se acerque caminando sobre el lago. En la cultura del Antiguo Oriente, donde el mar simboliza las fuerzas del caos (como el tsunami), caminar sobre el agua demuestra su poder sorprendente. Pero los discípulos no reaccionan con la misma naturalidad: se asustan, porque piensan que es un fantasma, tienen miedo, gritan. Es la única vez que se usa en el Nuevo Testamento el término “fantasma”, que en griego clásico se aplica a los espíritus que se aparecen, o a «las visiones fantasmagóricas de mis ensueños» (Esquilo, Los siete contra Tebas, 710). Es la única vez que Jesús provoca en sus discípulos un pánico que los hace gritar de miedo. Es la única vez que les dice «¡animaos!». Una escena peculiar sobre la que volveremos más adelante.

Tercera escena: Jesús y Pedro

             Pedro le contestó:

― Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua.

Él le dijo:

― Ven.

Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: 

― Señor, sálvame.

En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo:

― ¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?

            Quien conoce los relatos de Marcos y Juan advierte aquí una gran diferencia. En esos dos evangelios, Jesús sube a la barca y el viento se calma. En cambio, Mateo introduce una escena exclusivamente suya, que subraya la relación especial entre Jesús y Pedro. Igual que en otros pasajes de su evangelio, Mateo aporta rasgos de la personalidad de Pedro que justifican su importancia posterior dentro del grupo de los Doce. Pero no ofrece una imagen idealizada, sino real, con virtudes y defectos. Su decisión de ir hacia Jesús caminando sobre el agua lo pone por encima de los demás, igual que ocurrirá más adelante en Cesarea de Filipo. Pero Pedro muestra también su falta de fe y su temor. Incluso entonces, es salvado por la intervención de Jesús. Dentro de la sobriedad de Mateo, esta escena llama la atención por la abundancia de detalles expresivos, que adquieren su punto culminante en la imagen de Jesús alargando la mano y agarrando a Pedro.

Cuarta escena: confesión de los discípulos (32-33)

En cuanto subieron a la barca, amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él, diciendo: «Realmente eres hijo de Dios.»

Marcos termina su relato diciendo que los discípulos «no cabían en sí de estupor, pues no habían entendido lo de los panes, ya que tenían la mente obcecada» (Mc 6,51-52). Mateo introduce un cambio radical: los discípulos no se asombran, sino que se postran ante Jesús y confiesan: «realmente eres hijo de Dios». Esta actitud y estas palabras significan un gran avance. Anteriormente, en el relato de la tempestad calmada (Mt 8,23-27), los discípulos terminan preguntándose: «¿Quién será éste que hasta el viento y el agua le obedecen?». Desde entonces, el conocimiento más profundo de Jesús ha provocado un cambio en ellos. Ya no se preguntan quién es; confiesan abiertamente que es «hijo de Dios», y lo adoran. Este título se lo han aplicado ya el Padre durante el bautismo, el diablo en las tentaciones, y los endemoniados gadarenos (8,29). No podemos interpretarlo con toda la carga teológica que le dio más tarde el Concilio de Calcedonia (año 451). También el centurión que está junto a Jesús en la cruz reconoce que «este hombre era hijo de Dios». Lo que quiere expresar este título es la estrecha vinculación de Jesús con Dios, que lo sitúa a un nivel muy superior al de cualquier otro hombre. De aquí a confesar la filiación divina de Jesús sólo queda un paso.

Anticipando la gloria de Jesús resucitado.

            Este relato, tal como lo cuenta Mateo, ofrece tres datos curiosos: 1) el cuerpo de Jesús desafía las leyes físicas; 2) los discípulos no reconocen a Jesús, lo confunden con un fantasma; 3) Jesús, a pesar del poder que manifiesta, trata a los apóstoles con toda naturalidad.

            Estos tres detalles son típicos de los relatos de apariciones de Jesús resucitado: 1) su cuerpo aparece y desaparece, atraviesa muros, etc.; 2) ni la Magdalena, ni los dos de Emaús, ni los siete a los que se aparece en el lago, reconocen a Jesús; 3) Jesús resucitado nunca hace manifestaciones extraordinarias de poder, habla y actúa con toda naturalidad.

            Por consiguiente, lo que tenemos en Mateo (no en Marcos) es algo muy parecido a un relato de aparición de Jesús resucitado. ¿Qué sentido tiene en este momento del evangelio? Anticipar su gloria. Igual que el relato de la muerte de Juan Bautista, contado poco antes, anticipa su pasión, su maravilloso caminar sobre el agua anticipa su resurrección.

Sentido eclesial y personal

            Desde antiguo, se ha visto en la barca una imagen de la Iglesia, metida por Jesús en una difícil aventura y, aparentemente, abandonada por él en medio de la tormenta. Este sentido, que estaba ya en Marcos, lo completa Mateo con un aspecto más personal, al añadir la escena de Pedro: el discípulo que, confiando en Jesús, se lanza a una aventura humanamente imposible y siente que fracasa, pero es rescatado por el Señor. En la imagen de Pedro podían reconocerse muchos apóstoles y misioneros de la Iglesia primitiva, y podemos vernos también a nosotros mismos en algunos instantes de nuestra vida: cuando parece que todos nuestros esfuerzos son inútiles, cuando nos sentimos empujados y abandonados por Dios, cuando nosotros mismos, con algo de buena voluntad y un mucho de presunción, queremos caminar sobre el agua, emprender tareas que nos superan. Ellos vivenciaron que Jesús los agarraba de la mano y los salvaba. La misma confianza debemos tener nosotros.

La primera lectura

            Ha sido elegida porque en ella Dios se revela en la brisa suave, después del viento huracanado, el fuego y el terremoto. En el evangelio, después de la tormenta, cuando Jesús sube a la barca, el viento amaina. Este paralelismo no impide que la lectura resulte algo traída por los pelos.

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Domingo XIX del Tiempo Ordinario. 13 Agosto, 2023

domingo, 13 de agosto de 2023
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TO-D-XIX


“Jesús les dijo en seguida: -¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!

Pedro le contestó: -Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua.”

(Mt 14, 22-33)

Jesús siempre resuelve “marchándose a orar”. Ora ante las adversidades pero ora también después de los éxitos y los aplausos. El evangelio de hoy es la escena que sigue a la multiplicación de los panes y los peces.

Jesús se había marchado a un lugar apartado, pero la gente le había seguido. Al ver a la gente Jesús se conmueve, se olvida de su cansancio y preocupaciones. Se olvida también de su tristeza (se había retirado al enterarse de la muerte de Juan Bautista). Y se pone a curar y cuidar a la gente.

Ve la debilidad de la gente y no se desentiende. Les da de comer. Aquella multitud estaría encantada y agradecida. Pero Jesús no se deja “atrapar” por la euforia de la gente. Ahora que han comido despide a la gente y él se retira a orar.

Ni el cansancio, ni el éxito, ni las preocupaciones le despistan. Después de un día tenso, triste y de afanoso trabajo curando y atendiendo a la gente, pasa buena parte de la noche orando.

Lo bueno y lo malo, todo lo pasa por la oración. El encuentro con Abba es imprescindible. Vital. No hay excusas.

¿Qué sucedería con el cristianismo si los cristianos sintiéramos una necesidad de la oración como la que tenía Jesús? ¿Cómo sería nuestra vida si tuviéramos una relación con Dios como la que tenía Jesús?

Es una pena que hayamos opuesto acción y contemplación, como si fueran dos cosas diferentes. La oración y la acción son los dos pies que nos permiten caminar tras la huellas de Jesús.

Si la oración no te moviliza ante el dolor humano no es encuentro con Dios Trinidad. Y si las actividades sociales no te llevan directamente a los brazos del Dios tampoco harás presente el Reino, el Rostro de Dios.

No podemos andar sobre las aguas tempestuosas de nuestra historia sin haber hecho crecer nuestra confianza en la intimidad de la oración. Y no venceremos nuestros miedos si nuestra oración no se convierte en un lugar ancho y dilatado en el que quepan todos los sufrimientos y las alegrías humanas.

Oración

Trinidad Santa, ¡mándanos ir hacia ti! Desde nuestra oración y desde nuestra acción.

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Buscar seguridades externas es arruinar la fe-confianza.

domingo, 13 de agosto de 2023
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walkonwaterDOMINGO 19 (A)

Mt 14, 22-33

Este relato se parece más a los relatos de apariciones pascuales. Algunos exégetas sugieren que puede tratarse de un relato de Jesús resucitado, que han colocado más tarde en el contexto de la vida real. La primera lectura nos empuja a una interpretación espiritual. Tanto Elías como Pedro reciben una lección. Los dos habían hecho un Dios a su imagen y semejanza. La experiencia les dice que Dios no se puede meter en conceptos y que es siempre más de lo que creemos. Nunca se identifica con lo que pensamos de Él.

Además de Mt, lo narra Mc y Jn. Los tres lo sitúan después de la multiplicación de los panes. En Mc y Mt, Jesús manda a los discípulos embarcar y marchar a la otra orilla; pero el verbo griego deja entrever cierta imposición. En Jn, la iniciativa es de los discípulos. Los tres presentan a Jesús subiendo a la montaña para orar. En los tres relatos, Jesús camina sobre el agua. También coinciden en señalar el miedo de los discípulos; Mt y Mc dicen que gritaron. La respuesta de Jesús es la misma: Soy yo, no tengáis miedo.

El monte es el lugar de la divinidad. Como Moisés la segunda vez que sube al Sinaí, va solo. Nadie le sigue a la esfera de lo divino. La multitud solo piensa en comer. Los apóstoles piensan en medrar. Para superar esa tentación, Jesús se pone a orar. Orar es darse cuenta de lo que hay de Dios en él para poder vivirlo. Es muy interesante descubrir que Jesús necesita de la oración, desbaratando así la idea simplista que tenemos de que él era Dios sin más. Jesús tiene necesidad de momentos de auténtica contemplación.

Jesús sube a lo más alto. Los discípulos bajan hasta el nivel más bajo. Esperan encontrar allí las seguridades que Jesús les niega al no aceptar ser rey. En realidad, encuentran la oscuridad, la zozobra, el miedo. Las aguas turbulentas representan las fuerzas del mal. Son el signo del caos, de la destrucción, de la muerte. Jesús camina sobre todo esto. En el AT se dice que solo Dios puede caminar sobre el dorso del océano. Al caminar Jesús sobre las aguas, manifiesta que domina sobre las fuerzas del mal.

En el relato se aprecia la visión que de Jesús tenía aquella primera comunidad. Era verdadero hombre y como tal, tenía necesidad de la oración para descubrir lo que era y superar la tentación de quedarse en lo material. Al caminar sobre el mar, está demostrando que era también verdadero Dios. La confesión final es la confirmación de esta experiencia. Esta confesión apunta también a un relato pascual, porque solo después de la experiencia de resurrección, confesaron los apóstoles la divinidad de Jesús.

La barca es símbolo de la nueva comunidad. Las dificultades que atraviesan los apóstoles son consecuencia del alejamiento de Jesús. Esto se aprecia mejor en el evangelio de Jn, que deja muy claro que fueron ellos los que decidieron marcharse sin esperar a Jesús. Se alejan malhumorados porque Jesús no aceptó las aclamaciones de la gente. Pero Jesús no les abandona y va en su busca. Para ellos Jesús es un “fantasma”; está en las nubes y no pisa tierra. No responde a sus intereses y es incompatible con sus pretensiones. Su cercanía y muestra de cariño les hacen descubrir el verdadero Jesús.

El miedo es el primer efecto de toda teofanía. El ser humano no se encuentra a gusto en presencia de lo divino. Hay algo en esa presencia de Dios que le inquieta. La presencia del Dios auténtico no da seguridades, sino zozobra; seguramente porque el verdadero Dios no se deja manipular, es incontrolable y nos desborda. La respuesta de Jesús a los gritos es una clara alusión al episodio de Moisés ante la zarza. El “ego eimi” (yo soy) en boca de Jesús es una clara alusión a su divinidad. Juan lo utiliza con mucha frecuencia.

El episodio de Pedro merece una mención especial ya que tiene mucha miga. Pedro siente una curiosidad inmensa al descubrir que su amigo Jesús se presenta con poderes divinos, y quiere participar de ese mismo privilegio. “Mándame ir hacia ti, andando sobre el agua”; que es lo mismo que decir: haz que yo participe del poder divino como tú. Pero Pedro quiere lograrlo por arte de magia, no por una transformación personal. Jesús le invita a entrar en la esfera de lo divino y participar de ese verdadero ser: ¡ven!

En todas las épocas ha habido hombres que han descubierto esa presencia de Dios. Pedro representa aquí, a cada uno de los discípulos que no han comprendido las claves del seguimiento. Jesús no revindica para sí esa presencia divina, sino que da a entender que todos estamos invitados a esa participación. Pedro camina sobre el agua mientras está mirando a Jesús; se empieza a hundir cuando mira a las olas. No está preparado para acceder a la esfera de lo divino porque no es capaz de prescindir de las seguridades.

El verdadero Dios no puede llegar a nosotros desde fuera ni a través de los sentidos. No podemos verlo ni oírlo ni tocarlo, ni olerlo ni gustarle. Tampoco llegará a través de la especulación y los razonamientos. Dios no tiene más que un camino para llegar a nosotros: nuestro propio ser. Su acción no se puede “sentir”. Esa presencia de Dios, solo puede ser vivida. El budismo tiene una frase, a primera vista tremenda: “si te encuentras con el Buda, mátalo”. Podíamos decir si te encuentras con dios, mátalo. Ese dios es falso, es una creación tuya. Si lo buscas fuera de ti, estas persiguiendo un fantasma.

También hoy, el viento es contrario, las olas son inmensas, las cosas no salen bien y encima, es de noche y Jesús nos está presente. Todo apunta a la desesperanza. Pero resulta que Dios está donde menos lo esperamos: en medio de las dificultades, en medio del caos y de las olas, aunque nos cueste tanto reconocerlo. La gran tentación ha sido siempre que se manifestará de forma precisa. Seguimos esperando de Dios el milagro. Dios no está en el huracán, ni en el terremoto, ni en el fuego. Es apenas un susurro.

Hoy tenemos que afrontar la misma disyuntiva. O mantener a toda costa nuestro ídolo, o atrevernos a buscar el verdadero Dios. La tentación sigue siendo la misma, mantener el ídolo que hemos pulido y alicatado desde la prehistoria. La consecuencia es clara: nunca encontraremos al Dios verdadero. Esta es la causa de que se alejen de las instituciones los que mejor dispuestos están. Los que no aceptan los falsos dioses que nos empeñamos en venderles. Se encuentran muy a gusto con ese “dios” los que no quieren perder las falsas seguridades que les dan los ídolos fabricados a nuestra medida.

El ser humano ha buscado siempre el Dios todopoderoso que hace y deshace a capricho, que empleará esa omnipotencia en favor suyo, si cumplo determinadas condiciones. Si en la religión buscamos seguridades, estamos tergiversando la verdadera fe-confianza. Dios no puede darme ni prometerme nada que no sea Él mismo. Ni como Iglesia ni como individuos debemos poner nuestra meta en las seguridades externas. Las seguridades, que con tanto ahínco busca nuestro yo, son el mayor peligro para llegar a Dios.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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