Comentarios desactivados en Lo que Sodoma significa para los católicos hoy.
La reflexión de hoy es de Ryan Di Corpo, periodista y editor, cuyos artículos han aparecido en The Washington Post, America, National Catholic Reporter, la revista U.S. Catholic y otros medios. Di Corpo fue editor jefe de Outreach, un ministerio para católicos LGBTQ+ respaldado por los jesuitas.
Las lecturas litúrgicas de hoy para el 17º Domingo del Tiempo Ordinario se pueden encontrar aquí.
Los católicos LGBTQ probablemente estén exhaustos por la primera lectura litúrgica de hoy, de Génesis 18, que sienta las bases para uno de los episodios más discutidos, debatidos, analizados y citados del Antiguo Testamento: la destrucción de Sodoma y Gomorra. (Sí, esta historia otra vez). La lectura de hoy nos muestra a Dios en una especie de misión de investigación con un anciano Abraham para determinar si los pecados de Sodoma y Gomorra merecen castigo. A instancias de Abraham, el Señor le promete que perdonará las ciudades si encuentra incluso diez inocentes.
En el capítulo siguiente, Lot, el sobrino de Abraham, un inmigrante (o gēr) en las ciudades, saluda a dos ángeles, a quienes alimenta con pan sin levadura en su casa. Pronto, Lot encuentra su morada rodeada por todos los hombres del pueblo, quienes exigen que saquen a sus invitados para que los hombres los conozcan (yādha‘), lo que a menudo se interpreta en un sentido sexual. En cambio, Lot ofrece a los hombres a sus dos hijas vírgenes, pero la multitud rechaza la sugerencia y se adelanta para derribar la puerta (Génesis 19:9). Los ángeles que se encontraban en el interior cegan a los hombres para detener su avance, mientras Lot huye con su familia a la ciudad de Zoar antes de que Dios devaste Sodoma y Gomorra.
Fuente de múltiples interpretaciones, la lectura más perdurable de la narrativa bíblica ha acusado a los residentes de esas ciudades condenadas de homosexualidad, lo cual, según la explicación más repetida, enfureció tanto a Dios que quemó la tierra con fuego y azufre. Esta interpretación popular (de dudosa veracidad histórica) dio origen al término «sodomía» y a su derivado despectivo «sodomita», ahora difundido en redes sociales por anónimos renegados con diccionarios. La historia es el tema de una pintura de mediados del siglo XIX, toda fuego y azufre, del artista inglés John Martin, quien tenía un don para las imágenes infernales. E inspiró una divertida camiseta que lució el historiador católico gay Alan Bray en 1979: “Sodoma Hoy, Gomorra, El Mundo”.
“La Destrucción de Sodoma y Gomorra” de John Martin (siglo XIX).
Bromas aparte, el relato bíblico de la ira de Dios que redujo estas antiguas ciudades a ruinas humeantes se ha citado durante mucho tiempo como prueba de que las relaciones entre personas del mismo sexo merecen una condena sin reservas y, en última instancia, incurren en el castigo divino, y de que la homosexualidad clama venganza al cielo. ¿Cómo llegamos a esta situación? ¿Y qué significa esta historia para todos los católicos de hoy?
En su reciente libro “Inferior a los Ángeles: Una Historia del Sexo y el Cristianismo”, el historiador inglés Diarmaid MacCulloch afirma que, a partir del siglo II a. C., las “relaciones desiguales entre personas del mismo sexo” en el mundo grecorromano (por ejemplo, entre un patricio y un esclavo) fueron cada vez más condenadas en los escritos judíos. Y líderes intelectuales (Filón de Alejandría, Josefo) en la época de Cristo señalaron los actos homosexuales como el pecado de Sodoma.
El eticista anglicano Derrick Sherwin Bailey, en su emblemático estudio de 1955, Homosexualidad y la Tradición Cristiana Occidental, señala que los pasajes bíblicos supuestamente relacionados con actos sexuales inadmisibles, como Levítico 18:22 y Romanos 1:26, no hacen referencia alguna a Sodoma. Muchos eruditos interpretan el relato bíblico no como una advertencia sobre las relaciones homosexuales, sino como una advertencia contra la inhospitalidad.
«Dios castigó a Sodoma por una inexcusable violación de la hospitalidad que se ofrecía tradicionalmente a los viajeros en el mundo antiguo», escribe MacCulloch. Y el experto en Antiguo Testamento Richard J. Clifford, S.J., expresidente de la Asociación Bíblica Católica, coincide y profundiza en esta perspectiva. En un ensayo de 2024 para Outreach, Clifford descarta con facilidad la idea de que el pecado de Sodoma fuera la homosexualidad y señala una perspectiva que se pasa por alto. «A los ojos de Lot, los hombres de Sodoma no pretendían específicamente violar a un homosexual, sino humillar a Lot, a quien despreciaban como inmigrante, y a sus dos invitados«, escribe Clifford. Clifford hace referencia específica a las amenazas de los hombres hacia Lot:
«¡Quítate del camino!«, respondieron. «¡Este hombre vino como extranjero y ahora quiere hacerse el juez! Te trataremos peor que a ellos» (Génesis 19:9).
Siel pecado de Sodoma es la falta de hospitalidad hacia los extraños, en particular hacia los extranjeros, entonces nuestra nación está invadida por sodomitas, pero no son personas LGBTQ+. Más bien, son las voces que condenan y deshumanizan a los migrantes como una amenaza existencial para el país, las autoridades civiles que buscan expulsar a los inmigrantes de sus comunidades y desposeerlos, los funcionarios gubernamentales que encadenan, se burlan, aterrorizan, abusan y descartan a sus vecinos con el pretexto de la seguridad nacional. Son los ricos que optan por pisotear a los pobres y enriquecerse, quienes se tapan los oídos ante el clamor de los desposeídos. «Este fue el pecado de tu hermana Sodoma: ella y sus hijas eran arrogantes, saturadas y despreocupadas; no ayudaron al pobre ni al necesitado» (Ezequiel 16:49).
En resumen, la historia de Sodoma y Gomorra no nos anima a actuar con prejuicios ni falta de caridad hacia nuestros hermanos LGBTQ+, quienes desde hace mucho tiempo han enfrentado el rechazo de los líderes de la iglesia. La historia nos recuerda que mostrar hospitalidad a los desconocidos, al «Otro«, es una obligación cristiana, no una opción. Es una señal pública de fe.
Comentarios desactivados en “Necesitamos orar”. 17 Tiempo ordinario – C (Lucas 11,1-13)
Quizá la tragedia más grave del hombre de hoy sea su incapacidad creciente para la oración. Se nos está olvidando lo que es orar. Las nuevas generaciones abandonan las prácticas de piedad y las fórmulas de oración que han alimentado la fe de sus padres. Hemos reducido el tiempo dedicado a la oración y a la reflexión interior. A veces la excluimos prácticamente de nuestra vida.
Pero no es esto lo más grave. Parece que las personas están perdiendo capacidad de silencio interior. Ya no son capaces de encontrarse con el fondo de su ser. Distraídas por mil sensaciones, embotadas interiormente, encadenadas a un ritmo de vida agobiante, están abandonando la actitud orante ante Dios.
Por otra parte, en una sociedad en la que se acepta como criterio primero y casi único la eficacia, el rendimiento o la utilidad inmediata, la oración queda devaluada como algo inútil. Fácilmente se afirma que lo importante es «la vida», como si la oración perteneciera al mundo de «la muerte».
Sin embargo necesitamos orar. No es posible vivir con vigor la fe cristiana ni la vocación humana infra alimentados interiormente. Tarde o temprano la persona experimenta la insatisfacción que produce en el corazón humano el vacío interior, la trivialidad de lo cotidiano, el aburrimiento de la vida o la incomunicación con el Misterio.
Necesitamos orar para encontrar silencio, serenidad y descanso que nos permitan sostener el ritmo de nuestro quehacer diario. Necesitamos orar para vivir en actitud lúcida y vigilante en medio de una sociedad superficial y deshumanizadora.
Necesitamos orar para enfrentarnos a nuestra propia verdad y ser capaces de una autocrítica personal sincera. Necesitamos orar para irnos liberando de lo que nos impide ser más humanos. Necesitamos orar para vivir ante Dios en actitud más festiva, agradecida y creadora.
Felices los que también en nuestros días son capaces de experimentar en lo profundo de su ser la verdad de las palabras de Jesús: «Quien pide está recibiendo, quien busca está hallando y al que llama se le está abriendo».
Comentarios desactivados en “Pedid y se os dará”. Domingo 27 de julio de 2025. 17º domingo del Tiempo Ordinario
Leído en Koinonia:
Génesis 18, 20-32: No se enfade mi Señor, si sigo hablando. Salmo responsorial: 137: Cuando te invoqué, Señor, me escuchaste. Colosenses 2, 12-14 Os dio vida en Cristo, perdonándoos todos los pecados. Lucas 11, 1-13: Pedid y se os dará.
Primera lectura
Este texto, continuación del que se leía el domingo pasado, nos muestra a Abraham, padre de la fe y antepasado de Israel, como gran intercesor antes los habitantes de estas ciudades. Muestra una actitud a imitar: apertura y ayuda a los demás. La negociación entre el intercesor y Dios, recuerda el estilo oriental (y muy latinoamericano, también) del regatear. Lo que se busca es acentuar la insistencia intercesora de Abraham y la magnitud del pecado de Sodoma y Gomorra. El texto es el mejor ejemplo de oración como diálogo audaz y comprometido con Dios, en el que vemos a Abraham hablar con el Señor y tratar de convencerlo a partir de su bondad y justicia, pero, al parecer, abusando de su confianza. El estilo y modo de proceder es, obvio, de una mentalidad semítica: poner en juego el honor de Dios, su reputación de justicia pero que muestran la confianza en Dios y la proximidad de los hombres a El. Por otra parte , este texto, puede ser modelo para el tema de la hospitalidad: Al narrar como estos “tres seres” escuchan a Abraham atentamente. Esta “atención” le permite entrar en el misterio. Uno se revela como el Señor (18,10.13.20) y los otros dos como sus ángeles (19,1). La narración, que al principio hablaba tres hombres, adquiere aquí un carácter teofánico y manifiesta el sentido profundo de la hospitalidad.
Segunda lectura
A partir de este texto los cristianos consideraban la pila bautismal como un sepulcro en el que somos sepultados con Cristo; por otra parte, es también como la madre que engendra a la vida; de ahí, el expresivo ritual de la inmersión. Pero el ritual que representa esta muerte y esta resurrección sólo tiene eficacia si corresponde a la fe en Dios que resucitó a Cristo de entre los muertos. Esta expresa, pues, la vinculación entre bautismo y fe. Pecado y muerte, fe y bautismo son correlativos. La inserción al misterio de Cristo acontece en el bautismo, pero se funda en la fe. Haber resucitado significa en realidad vivir en Cristo, como consecuencia de haber obtenido el perdón de los pecados como resultado de la muerte del Señor. Siendo coherente, Pablo dice que “el perdón del pecado es liberación de la ley y de su observancia, porque existe una correspondencia entre Ley, muerte y pecado (cf. Rom 7,7-9). La mejor expresión paulina al respecto se encuentra aquí como imagen. La Ley ha sido clavada en la cruz.
Evangelio
La oración forma parte de la vida del pueblo judío. Los piadosos volvían su espíritu a Dios varias veces al día. Jesús aprende, desde el pueblo y su tradición a orar. Como buen judío, aprendió a rezar en la familia y en la sinagoga. En su ministerio, su oración toma adquiere una particularidad: su acercamiento a Dios, “su Abbá”. Lucas lo describe en oración varias ocasiones (3,21; 5,16; 6,12; 9,29). Los exegetas reconocen en Lucas la transmisión más fiel de la oración del Padrenuestro y que es la más breve. Del arameo pasó al griego y así la incluyó Lucas en su narración.
PADRE, SANTIFICADO SEA TU NOMBRE: o sea que Dios sea conocido, dado a conocer, alabado, amado, bendecido, glorificado y agradecido por todas las gentes del mundo. Que el nombre del Señor, o sea el mismo Dios, reciba estimación, amor veneración, y piadosa adoración por todos y cada vez más. Hay que volver a notar el orden de la oración en el Padrenuestro. Primero que Dios sea reverenciado y amado.
VENGA TU REINO: es una oración misionera. Lo que buscan los misioneros es hacer que Dios reine en las gentes de las tierras que ellos están misionando desde sus culturas e idiosincrasia. Y es lo que debemos desear y pedir y buscar todos en todos los tiempos: que reine Dios. Que venga su Reino. Si primero buscamos el Reino de Dios, todo lo demás vendrá por añadidura. Es un deseo de que Dios reine en nuestra mente, en nuestro corazón, en nuestro hogar, en la sociedad, en la nación y en el mundo entero. Y en cuantas naciones y personas todavía no reina!
DANOS EL PAN DE CADA DÍA. Pedimos para cada día el pan, sin afanarnos por el futuro, porque Dios estará también en el futuro y El proveerá. Como el Maná del desierto, el pan de cada día es un don maravilloso de la bondad del Señor. Con esta petición del pan diario le estamos queriendo pedir que nos libre del desempleo o de la demasiada carestía, y de las inundaciones y sequías que acaban con los cultivos, y de las guerrillas que impiden a los campesinos recoger sus cosechas, empleo para el esposo que tiene que mantener una familia, ayudas económicas para esa madre abandonada; protección para el anciano echando a un lado por la sociedad. El corporal y el espiritual. Todos los días los necesitamos, por eso tenemos que pedirlo todos los días.
PERDONANOS NUESTROS PECADOS, COMO NOSOTROS PERDONAMOS A LOS QUE NOS OFENDEN. El perdón es un arte que se consigue con infinitos ejercicios. San Agustín enseña que a algunos no les escucha Dios la oración que le hacen, porque antes no han perdonado a los que los han ofendido, o no le han pedido perdón al Señor por sus pecados. Sin pedirle excusas por los disgustos que le hemos proporcionado, ¿cómo queremos que nos conceda las gracias que le estamos suplicando?. Es un recuerdo muy oportuno para que no se nos vaya a ocurrir nunca la mentirosa idea de creernos buenos. Dios pone una condición para perdonarnos: no podemos obtener perdón del cielo, si no perdonamos en la tierra. El día del Juicio no tendrás disculpas: te juzgarán como hayas juzgado. Te condenarán si no quisiste perdonar a los demás, y te absolverán si supiste perdonar siempre (San Cripriano): El Padre Celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan.
ÉL LES DARÁ EL ESPÍRITU SANTO. El objetivo final y el contenido de la oración cristiana es llegar a recibir el Espíritu que es capaz de renovar la faz de la tierra, incluidos nosotros. El Espíritu Santo es la fuerza que viene de lo alto con poder avasallador y aleja los vicios y nos trae muchos buenos pensamientos y deseos. El Espíritu Santo quiere ser nuestro Huésped, y es enviado por el Padre Celestial si se lo pedimos con fe y perseverancia. El Espíritu Santo es el que nos hace comprender las Sagrada Escrituras. El Espíritu Santo cuando viene nos ofrece: orar mejor, arrepentirnos de nuestros pecados y tener deseo de dedicarnos a agradar a Dios. Leer más…
Comentarios desactivados en 27.7.25. Dom 17 TO. Pedid y se os dará, buscad y hallareis, llamad y se os abrirá. Meditación oriental, oración cristiana (Lc 11, 1-13)
Del blog de Xabier Pikaza:
Este es con el Padres-Nuestro de Mt 6, la enseñanza de Jesús y el libro de los Salmos el capítulo más importante de la Biblia sobre la oración cristiana,
Cientos de miles de trabajos se han dedicado al tema, distinguiendo o comparando la meditación oriental, tipo Yoga, como iluminación interior (auto-conocimiento silencioso de la propia verdad) con la oración cristiana (comunicación o dialogo consigo mismo, con otros y con Dios).
| Xabier Pikaza
Introducción
El evangelio de hoy insiste en las tres palabas fundamentales de la oración bíblica,, cristiana que son:
– Pedid (αἰτεῖτε), esto es, abrirse en amor y confianza a la vida como don y aprendizaje, en diálogo con Dios.
– Buscad (ζητεῖτε) la propia identidad, el camino propio, en comunión con otro. Buscadores nos han hecho Dios y la vida; búsqueda apasionada, eso es la oración, con los salmos, con el evangelio
– Llamad (κρούετε), tocad a la puerta de Dios y de los hombres y mujeres con los que vivís, caminando juntos.. Hay cientos y miles de puertas cerradas en nuestra vida… Tenemos que llamar, llamarnos unos a otros y y abrir nuestr puerta, en comunión con otros. .
Lea cada uno el evangelio de este domingo y saque sus propias consecuencias, con eso basta, no hace hace falta más. Por si alguien tiene tiempo suficiente y quiere entretenerse ofrezco las reflexiones que siguen, conforme a mi estilo, partiendo de mi comentario sobre los evangelios y de mi diccionario de la Biblia. Buen domingo de verano europeo a todos
Texto
Lucas 11, 1-13
Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.» Él les dijo: «Cuando oréis decid: «Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación.»»
Y les dijo: «Si alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche para decirle: «Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle.»
Y, desde dentro, el otro le responde: «No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos.»
Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite. Pues así os digo a vosotros:
Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre.
¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra?¿O si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿Cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?»
Qué es orar
Orar es pedir y compartir: Pedir dando y dar compartiendo, bendecir el pan da cada día, dando gracias al Dios que nos los ofrece y a los hermanos con quienes lo trabajamos, recibimos y compartimos, en comunión de vid<. Por eso he querido unir en ests reflexión que ahora realizo a partir de Lc 11, 1-13 los dos temas centrales de la petición y el del pan compartido, trabajando y gozando, a fin de que podamos compartir la vida, haciéndonos comida (alimento vital) unos de otros y para otros [1]
El ser humano nace indigente,
y necesita de otros no sólo para pervivir y crecer biológicamente, sino también y, sobre todo, par renacer como humano, ser de palabra y voluntad. Por eso, imitando la fórmula de Hech 17, 28, podemos afirmar que, viviendo en Dios (naciendo de él), los hombres ncemos y vivimos de la palabra y amor de otros seres humanos (padres y educadores). Así nacen (nacemos) de niños) pidiendo con nuestro llanto y necesidad no sólo cuidado físico, sino una respuesta de educación (lenguaje y amor) de otros seres humanos, de forma que en ellos y por ellos vivimos, nos movemos y somos.
Un hombre o mujer que nace y es abandonado muere en unas horas. Un hombre o mujer que nace y es recibido biológicamente con comida y vestido, pero sin palabra/amor no madura como humano, no adquiere lenguaje, no puede relacionares, de forma que acaba muriendo.
Si otras personas (padres, educadores) no hubieran respondido a nuestra petición recién nacidos y no nos hubieran educado en la palabra no habríamos “crecido” (nacido) como humanos. No pedimos exigiendo por ley, sino porque somos solidarios unos de los otros, hermanos en Dios. Por eso, toda petición es un acto de fe o confianza en aquellos a quienes pedimos, empezando por Dios
Entre los elementos de la oración de Jesús, sobresale la petición como diálogo con Dios y experiencia de comunicación interpersonal. Dios abre en ella un espacio y camino de vida para el hombre, y los hombres, por su parte, pueden dialogar con Dios y así caminan y comparten vida unos en/con otros, en intimidad, de forma que pueden decir como Jesús y el Padre “nosotros, los hombres, somos uno (Jn 10, 30; 17, 21).
No vamos a solas hacia Jesús como si Él fuera la cumbre de una inmensa montaña separada de todo, sino que Dios camina con (hacia) nosotros, en gesto de solidaridad y comunión interpersonal. Siendo transcendente (más allá de este mundo) el Dios de Jesús no se encuentra lejos, fuera, al exterior de nuestra vida, sino dentro de ella, en nosotros, con nosotros, de tal manera que en él y por él vivimos, nos movemos y somos, como existencia en compañía, también nosotros, traduciendo la comunión con Dios en forma de comunión interhumana (amor al prójimo).
A través de la encarnación (Jn 1, 14)
Dios hace a los hombres capaces de irse hacerse sí mismos (en Dios y por Dios), pero habitando al mismo tiempo unos en otros, a través de un proceso de llamada y respuesta, de petición y respuesta, en una con.-versación que se expresa no sólo en este mundo (mientras vivimos biológicamente), sino también más allá de este mundo, superando por recuerdo personal o por resurrección las fronteras de la muerte.
Orar es no sólo dialogar con Dos, sino dialogar unos con otros (traduciendo el amor a Dios en forma de amor mutuo), en alianza/comunión de vida. Algunos aliados temporales se vinculan para realizar una obra (con un fin determinado), de manera que acabada la obra acaba la alianza. Los aliados de por vida se vinculan no sólo para obrar, sino para convivir y enriquecerse mutuamente (como en un matrimonio), siendo uno en el otro y sabiendo ambos que sólo así pueden realizar la tarea más honda (que puede ser especial la educación de los hijos).
En esta línea hablamos de alianza entre el hombre y Dios, no sólo para co-operaren la acción sino para con-vivir, ser y actuar unos en otros: Dios en los hombres, los hombres en Dios y unos hombres con otros. Dios no es sólo aliado estratégico, sino amigo personal, y así podemos fiarnos de él como él tiene fe en nosotros. Él nos ha dado libertad para ser y actuar en su mundo (tierra). Nosotros confiamos en él para realizar su tarea, sabiendo que el principio de todo conocimiento es la fe mutua (confiar en él y él en nosotros). De un modo semejante podemos hablar de una fe y conversación inter-humana: Los seres humanos vivimos en Cristo, unos en otros y con otros, como ha puesto de relieve San Pablo y su escuela teológica.
Creer no es aceptar cosas no vistas sino confiar unos en otros (hombres en Dios, unos hombres con otros). En el principio de todo conocimiento (y de toda colaboración con Dios) hay un gesto de confianza mutua, que es el sentido y fundamento de toda oración: Creer en Dios (vivir en alianza con él) es saberse en sus manos, y dejar que él realice su acción más alta en y con nosotros. Creer en Dios significa comprometernos a realizar con él su Reino, esto es, a ser en él “reino de vida” divina encarnada.
Este motivo fue analizado y discutido de manera intensa por pensadores hispanos del siglo XVI. Éstá fue quizá la mayor discusión de la teología católica y cristiana de los últimos siglos, animada por Domingo Báñez OP (1528-1604: sistema de la pre-moción) y Luis de Molina SJ (1535-1600: sistema del con-curso). Dejando a un ladootros matices, me atrevo a decir que más que un tipode pre-moción (lo que Dios hace en nosotros), lo que en el fondo se discute es el conocimiento mutuo, es decir, el hecho de convivir unos en otro, Dios en los hombres por encarnación y los hombres en Dios y entre sí por in-habitación. De forma lógica, las tradiciones bíblicas han interpretado la presencia e influjo de Dios como «palabra» de conocimiento, es decir, como diálogo personal en amor.
Las tradiciones bíblica saben que Dios y el hombre comparten la vida, se conocen y vinculan mutuamente, de manera que se puede hablar de un ser y obrar común (de Dios en el hombre, del hombre en Dios) que expresa y define (decide) nuestra identidad humana (en una perspectiva que bíblicamente puede interpretarse desde el discurso de Pablo en el Areópago de Atenas: Hch 17).
Lo que se discutía era una la mayor de las cuestiones religiosas y sociales de la historia cristiana: Qué quiere hacer Dios en (con) nosotros, y qué queremos y podemos y hacer nosotros en (con) Dios, no sólo en un nivel de intimidad personal sino de actuación física y biológica. Se trata de «hacer» o, mejor dicho, de hacernos humanos, de convivir unos hombres y mujeres en otros, en el interior de la acción de Dios, trazando así una historia que nos define y desborda, desde el presente y futuro de Dios, que ha de ser nuestro espacio de futuro.
No se trata sólo de conocer aquello que podemos hacer, sino de decidirnos y hacerlo (apostando por la vida de Dios, que es en el fondo la clave y raíz de nuestra vida) pues de ello depende nuestra forma de seguir habitando en este mundo enigmático, abierto a grandes posibilidades, todavía sin explorar, pero también a grandes riesgos conforme a la alternativa de vida o muerte que plantea Dt 30, 15. En ese sentido, la historia es un riesgo y tarea de Dios, como han descubierto sorprendidos los cristianos sabiendo que el Cristo de Dios ha sido crucificado por ser fiel al camino del Reino.
Hay un mundo externo, sin interioridad (al menos conocida), un mundo que parece pasivo frente de Dios, como si Dios lo fuera todo, por sí mismo, sin nadie real a su lado o frente a él. Pero Dios ha querido crear (implantar) en ese mundo seres libres, capaces de escucharle (acoger su voluntad) y responderle, de forma que el sentido y futuro de la creación depende de ellos (de nosotros).
El hombre es indigente y abundante,
ser que necesita de otros, ser que desborda de sí mismo hacia otros. Nace como niño que no puede sostenerse sobre el mundo, y así empieza mendigando con su propia pequeñez y llanto la respuesta de padres o educadores;por eso, un niño a solas, abandonado, que no pide y no recibe, es inviable, no puede realizarse como humano. Una persona que pretenda ser autónoma y renuncie a pedir la ayuda o presencia de otros se vuelve anti-persona. Así dice Jesús:
Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá;
porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra
y a quien llama se le abre (Mt 7, 7-8)
No pedimos humillados, temblorosos, como siervo que mendiga ante su amo. No pedimos tampoco desde arriba, como el amo que se impone al siervo. Ni pedimos exigiendo, con la ley en la mano. Pedimos porque somos solidarios, en un clima de confianza y mutua ayuda, pedimos porque amamos y sabemos que nos aman. Por eso, toda petición comienza siendo un acto de fe: al pedir a Dios su ayuda, le decimos que este mundo es suyo, confesamos su presencia creadora en nuestra vida y realizamos en el mundo la obra que él nos ha confiado
Dicen algunos que Dios tiene un plan preestablecido, de manera que nosotros no podemos cambiar sus intenciones. Si es así, ¿por qué pedir? Resultaría preferible conocer y aceptar su voluntad y no hacer ya peticiones. Esta observación tiene un momento de verdad: Dios no es aprendiz de creador, ser vacilante que no sabe qué hacer y que cambia a capricho su acción y voluntad conforme a lo que nosotros le pidamos. Pero después que eso ha quedado firme, debemos añadir: Dios es amigo que dialoga con los hombres, por el Cristo, de manera que comparte con nosotros la tarea de su reino. Eso significa que, en misterio superior, sin dejarse manejar desde fuera, pero en amor Dios nos habla y nos responde.
Dios no ha trazado nuestro itinerario (los caminos de su reino) de una forma solitaria, sin contar nadie (con nosotros). Al contrario, él ha creado el mundo para colaborar con los hombres, y de esa forma va trazando un camino que nosotros, a la vez, vamos trazando con él. La historia no está escrita, la vamos escribiendo en Dios y con Dios, en un camino dirigido hacia la plena salvación por Cristo. De esa forma, al pedirle que venga y nos ayude (en cada caso de la vida), estamos influyendo en su venida.
Misteriosamente, trascendiendo las posibles leyes necesarias del mundo, desde el fondo de su gratuidad, Dios nos atiende, alienta en nuestra vida, cumple nuestras peticiones… La manera de expresar y concretar esta oración es siempre misteriosa. En realidad, nunca sabemos pedir como conviene (cf. Rom 8, 26), pero al hacerlo, aunque lo hagamos como ante un espejo borroso (1 Cor 13, 12) vamos explorando en el camino que conduce a la morada del Dios en quien vivimos y somos. Por eso es necesario que el Espíritu venga en nuestra ayuda y que nosotros aprendamos, viviendo en el Espíritu. Por eso, él ha querido hacernos libres, de manera que su voluntad o acción viene a quedar «influenciada» por la nuestra. En esta perspectiva han de entenderse nuestras peticiones.
– Dios actúa en y por el hombre, y en un sentido lo hace todo (se hace siempre lo que él quiere, pues élsiembra en el amor y corazón del hombre una respuesta que el hombre viene a darle después libremente). Un creador limitado sería incapaz de suscitar vivientes que se vuelvan libres y que puedan responderle. Su actividad avanzaría en una sola dirección, del hacedor hacia su hechura, del constructor hacia la cosa construida; sólo Dios sería responsable de todo lo que existe. Pero si el creador es omnipotente (como Dios) él puede suscitar seres vivientes que asuman su libertad y se realicen como libres, de manera que acojan su llamada y le respondan libremente, de forma que Dios mismo haga aquello que quieren los hombres.
– El hombre influye en la acción de Dios, colaborando libremente con él, pues Dios le ha dado libertad para realizarse y libremente debe escucharle y responderle, colaborando con él (como hace Dios con Jesucristo). Si no fuera así no habría encarnación. Si Dios obligara a Jesús desde fuera, imponiéndole a la fuerza su voluntad, no se podría hablar de encarnación. El hombre no influye sobre Dios por su poder autónomo o grandeza, por sus obras entendidas en un plano legalista, sino por amor, en libertad, porque Dios ha decidido respetar en amor, dejando que las voces de Jesús (que son voces de historia) influyan en su propia voluntad eterna, que no es intemporal, sino que está encarnada en el tiempo.
Por eso, Dios quiere (=Dios debe) venir y suplicarnos,
pidiendo que le respondamos. Creándonos libres en amor, Dios omnipotente ha venido a convertirse en dependiente de nosotros, de forma que debe escuchar lo que pidamos, para respondernos. Toda la Escritura es testimonio de esa doble petición (de ese doble influjo). Los pedimos a Dios bienes de la tierra: pan, salud… Por su parte, Dios nos pide amor y debe atender cuando le amamos.
En un momento supremo de amor, cuando los hombres se vuelven transparentes a su gracia, el mismo Dios viene a mostrarse suplicante, como padre ante el hijo, como esposo ante la esposa… o viceversa. Nosotros, creaturas libres, podemos darle a Dios algo que el mismo Dios, siendo infinito, no tiene: Amor de creaturas, personas de la tierra. Si no nos escuchara y respondiera no sería Dios, ni nosotros seríamos creatura libre en sus manos.
Dicen algunos que Dios tiene un plan preestablecido, de manera que nosotros no podemos cambiar sus intenciones. Si es así, como he dicho ya ¿por qué pedir? Resultaría preferible conocer su voluntad, dejar que él haga y no hacer ya peticiones. Esta observación tiene un momento de verdad. Ciertamente, Dios no es aprendiz de creador, ser vacilante que no sabe qué hacer o qué pedir y que cambia a capricho su acción y voluntad conforme a lo que nosotros le pidamos. Pero, quedando eso firme, debemos añadir que Dios es amigo que dialoga con los hombres, por el Cristo, de manera que comparte con nosotros la tarea de su reino, despertando nuestra conciencia en amor, y dándonos aquello que pedimos.
El Dios de Cristo no tiene un plan cerrado de antemano, sino que va modulando su plan en diálogo de amor y vida con los hombres. Eso significa que Dios nos atiende, acompaña nuestra vida, nos espera, escucha y cumple nuestras peticiones… La manera de expresar y concretar esta oración es el secreto mayor de nuestra vida. En principio, no sabemos pedir como conviene (cf. Rom 8, 26), pues Dios aparece ante nosotros como en un espejo borroso (1 Cor 13, 12). Pero después, dejando que el Espíritu venga en nuestra ayuda, vamos descubriendo a Dios y aprendemos a pedir, viviendo en él y compartiendo su vida en la nuestra.
Dios nos necesita (Etty Hillesum,1914-1943).
Dios ha querido hacernos libres, haciéndose dependiente de nosotros. En esta perspectiva han de entenderse nuestras peticiones.
– Dios actúa y en un sentido lo hace todo, sembrando en el amor y corazón del hombre una respuesta que éste debe darle libremente. Un creador limitado sería incapaz de suscitar vivientes que se vuelvan libres y que puedan responderle.
– El hombre influye en la vida de Dios, pues Dios le ha dado espacio libre para realizarse y libremente debe respetarle y responderle. El hombre no influye en Dios por ley, sino por amor, en gratuidad, en oración.
En esa línea añadimos que Dios quiere venir y suplicarnos, pidiéndonos que respondamos a su petición con nuestras peticiones. Toda la Escritura es testimonio de ese cruce de peticiones. Los hombres comenzamos suplicando a Dios los bienes de la tierra: pan, salud… Por su parte, Dios nos pide y ofrece amor y fe. En un momento determinado, cuando los hombres se vuelven transparentes ante el gozo de Dios y ante su gracia, el mismo Dios viene a mostrarse suplicante, como padre que ante al hijo, como los esposos entre sí. Nosotros, creaturas libres, podemos darle a Dios algo que el mismo Dios, siendo infinito, no tiene: amor de creaturas, presencia personal sobre de la tierra.De esa formaayudamos a Dios, haciéndole presente (divino) en el mundo. Más que imponerse sobre nosotros, Dios nos pide amor, que colaboremos con él, como indica E. Hillesum, desde un campo de concentración nazi:
Te ayudaré, Dios mío, para que no me abandones,
pero no puedo asegurarte nada por anticipado.
Sólo una cosa es para mí cada vez más evidente:
Que tú no puedes ayudarnos, que debemos ayudarte a ti,
y así nos ayudaremos a nosotros mismos [2]
Así se expresa E. Hillesum, judía amiga de Jesús, condenada a morir en un Lager nazi, por la “justicia” de imperio de falsa tradición cristiana. Conforme al shemajudía (Dt 6, 6-9), en la línea del evangelio de Mateo, ella supo creer en Dios (aceptarle), apostando por él, con los pobres y condenados de la historia, a los que responde libremente con amor, como ha respondido a Israel y a Jesús.
Los hombres no podemos darnos totalmente la vida unos a otros
en sentido radical, pero podemos negarla, negándonos a nosotros mismos. No podemos salvarnos, es decir, culminar nuestro camino en Dios (por nosotros mismos), superando la violencia desencadenada actualmente sobre el mundo, pero podemos acompañar y ayudar a Dios para ´que él nos sostenga, para que transforme por dentro nuestros corazones, de manera que no luchemos unos contra otros, hasta matarnos todos, sino que compartamos la vida de Dios sobre la tierra.
El domingo pasado, el evangelio nos animaba a escuchar a Jesús, como María. Hoy nos anima a hablarle a Dios. Ante una persona importante es fácil quedarse sin palabras, no saber qué decir. Mucho más ante Dios. Quizá por eso, los discípulos no rezan. Pero les suscita curiosidad ver a Jesús rezando. ¿Qué dice? ¿Por qué no les enseña a hablarle a Dios? Este será el tema del evangelio, que recoge dos cuestiones muy distintas: la oración típica del cristiano y la importancia de ser insistentes y pesados en nuestra oración, hasta conseguir que Dios se harte y nos conceda… ¿Qué nos concederá Dios? Dada la importancia del tema, comentaré la primera lectura al final.
Aprendiendo a rezar (Lucas 11, 1-4)
Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo:
‒ Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.
Él les dijo:
‒ Cuando oréis decid:
“Padre,
santificado sea tu nombre,
venga tu reino,
danos cada día nuestro pan del mañana,
perdónanos nuestros pecados,
porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo,
y no nos dejes caer en la tentación.”
Nota a la traducción
En Lucas faltan dos peticiones que conocemos por Mateo: “hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”, y “líbranos del mal”.
La liturgia traduce “nuestro pan del mañana”; debería traducir, como en la misa, “nuestro pan de cada día”, ya que la fórmula griega es la misma en Mateo y Lucas. Pero existe una discusión muy antigua sobre si epiousion se debe interpretar del alimento cotidiano o como referencia a la eucaristía. Parece que la liturgia se ha inclinado en este caso por la interpretación eucarística.
Breve comentario al Padre nuestro
El “Padre nuestro” es la síntesis de todo lo que Jesús vivió y sintió a propósito de Dios, del mundo y de sus discípulos. En torno a estos temas giran las peticiones (sean siete como en Mateo o cinco como en Lucas).
Frente a un mundo que prescinde de Dios, lo ignora o incluso lo ofende, Jesús propone como primera petición, como ideal supremo del discípulo, el deseo de la gloria de Dios: “santificado sea tu Nombre”; dicho con palabras más claras: “proclámese que Tú eres santo”. Es la vuelta a la experiencia originaria de Isaías en el momento de su vocación, cuando escucha a los serafines proclamar: “Santo, santo, santo, el Señor, Dios del universo” (Is 6). La primera petición se orienta en esa línea profética que sitúa a Dios por encima de todo, exalta su majestad y desea que se proclame su gloria.
Ante un mundo donde con frecuencia predominan el odio, la violencia, la crueldad, que a menudo nos desencanta con sus injusticias, Jesús pide que se instaure el Reinado de Dios, el Reino de la justicia, el amor y la paz. Recoge en esta petición el tema clave de su mensaje (“está cerca el Reinado de Dios”), en el que tantos contemporáneos concentraban la suma felicidad y todas sus esperanzas.
Como tercer centro de interés aparece la comunidad. Ese pequeño grupo de seguidores de Jesús, que necesita día tras día el pan, el perdón, la ayuda de Dios para mantenerse firme. Peticiones que podemos hacer con sentido individual, pero que están concebidas por Jesús de forma comunitaria, y así es como adquieren toda su riqueza.
Cuando uno imagina a ese pequeño grupo en torno a Jesús recorriendo zonas poco pobladas y pobres, comprende sin dificultad esa petición al Padre de que le dé “el pan nuestro de cada día”.
Cuando se recuerdan los fallos de los discípulos, su incapacidad de comprender a Jesús, sus envidias y recelos, adquiere todo sentido la petición: “perdona nuestras ofensas”.
Y pensando en ese grupo que debió soportar el gran escándalo de la muerte y el rechazo del Mesías, la oposición de las autoridades religiosas, se entiende que pida “no caer en la tentación”.
El Padre nuestro nos enseña que la oración cristiana debe ser:
Amplia, porque no podemos limitarnos a nuestros problemas; el primer centro de interés debe ser el triunfo de Dios;
Profunda, porque al presentar nuestros problemas no podemos quedarnos en lo superficial y urgente: el pan es importante, pero también el perdón, la fuerza para vivir cristianamente, el vernos libres de toda esclavitud.
Íntima, en un ambiente confiado y filial, ya que nos dirigimos a Dios como “Padre”.
Comunitaria. “Padre nuestro«, danos, perdónanos, etc.
En disposición de perdón.
Necesidad de ser insistentes en la oración (Lucas 11,5-13)
Y les dijo:
‒ Si alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche para decirle: “Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle.” Y, desde dentro, el otro le responde: “No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos.” Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite.
Pues así os digo a vosotros:
Pedid y se os dará,
buscad y hallaréis,
llamad y se os abrirá;
porque quien pide recibe,
quien busca halla,
y al que llama se le abre.
¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra?
¿O si le pide un pez, le dará una serpiente?
¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión?
Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?
El ejemplo del amigo importuno
En las casas del tiempo de Jesús los niños no duermen en su habitación. De la entrada de la casa a la cocina no se va por un pasillo. No existe luz eléctrica ni linterna. Un solo espacio sirve de todo: cocina y comedor durante el día, dormitorio por la noche. Moverse en la oscuridad supone correr el riesgo de pisar a más de uno y tener que soportar sus quejas y maldiciones.
El “amigo” trae a la memoria un simpático proverbio bíblico: “El que saluda al vecino a voces y de madrugada es como si lo maldijera”. Este amigo no saluda, pide. Y consigue lo que quiere.
Este individuo merecería que le dirigiesen toda la rica gama de improperios que reserva la lengua castellana para personas como él. Sin embargo, Jesús lo pone como modelo. Igual que más tarde, también en el evangelio de Lucas, pondrá como modelo a una viuda que insiste para que un juez inicuo le haga justicia.
La bondad paternal de Dios y un regalo inesperado
En realidad, no haría falta ser tan insistentes, porque Dios, como padre, está siempre dispuesto a dar cosas buenas a sus hijos.
Aquí es donde Lucas introduce un detalle esencial. Las palabras tan conocidas “Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá…” se prestan a ser mal entendidas. Como si Dios estuviera dispuesto a dar cualquier cosa que se le pida, desde un puesto de trabajo hasta la salud, pasando por aprobar un examen. Esta interpretación ha provocada muchas crisis de fe y la conciencia diluida de que la oración no sirve para nada.
El evangelio de Mateo, que recoge las mismas palabras, termina diciendo que Dios “darácosas buenas a los que se las pidan”. La oración de Jesús en el huerto de los olivos demuestra que Dios tiene una idea muy distinta de nosotros, incluso de Jesús, de lo que es bueno y lo que más nos conviene.
Pero las palabras del evangelio de Mateo a Lucas le resultan poco claras y ofrece una versión distinta: “vuestro Padre celestial dará Espíritu Santo a los que se lo piden”. Para Lucas, tanto en el evangelio como en el libro de los Hechos, el Espíritu Santo es el gran motor de la vida de la iglesia. En medio de las dificultades, incluso en los momentos más duros de la vida, la oración insistente conseguirá que Dios nos dé la fuerza, la luz y la alegría de su Espíritu.
Un regateo inútil (Génesis 18, 20-32)
En la primera lectura Abrahán es como el amigo inoportuno de la parábola, aunque, en este caso, su insistencia no sirve de nada. Sodoma y Gomorra desaparecerán de la historia porque no se encontraron en ella ni siquiera diez personas buenas. Prescindiendo de lo que pueda haber de histórico a propósito de esas dos ciudades, el episodio está contado pensando en Jerusalén, que también ha sido devastada por los babilonios en el año 586 a.C. ¿Cómo es posible que Dios no la haya perdonado? El autor de este pasaje del Génesis lo tiene claro: la culpa no es de Dios, que está dispuesto a perdonar a todos si encuentra un número mínimo de inocentes. La culpa es de la ausencia total de inocentes.
En aquellos días, el Señor dijo:
‒ La acusación contra Sodoma y Gomorra es fuerte, y su pecado es grave; voy a bajar, a ver si realmente sus acciones responden a la acusación; y si no, lo sabré.
Los hombres se volvieron y se dirigieron a Sodoma, mientras el Señor seguía en compañía de Abrahán.
Entonces Abrahán se acercó y dijo a Dios:
‒ ¿Es que vas a destruir al inocente con el culpable? Si hay cincuenta inocentes en la ciudad, ¿los destruirás y no perdonarás al lugar por los cincuenta inocentes que hay en él? ¡Lejos de ti hacer tal cosa!, matar al inocente con el culpable, de modo que la suerte del inocente sea como la del culpable; ¡lejos de ti! El juez de todo el mundo, ¿no hará justicia?
El Señor contestó:
‒ Si encuentro en la ciudad de Sodoma cincuenta inocentes, perdonaré a toda la ciudad en atención a ellos.
Abrahán respondió:
‒ Me he atrevido a hablar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza. Si faltan cinco para el número de cincuenta inocentes, ¿destruirás, por cinco, toda la ciudad?
Respondió el Señor:
‒ No la destruiré, si es que encuentro allí cuarenta y cinco.
Abrahán insistió:
‒ Quizá no se encuentren más que cuarenta.
Le respondió:
‒ En atención a los cuarenta, no lo haré.
Abrahán siguió:
‒ Que no se enfade mi Señor, si sigo hablando. ¿Y si se encuentran treinta?
Él respondió:
‒ No lo haré, si encuentro allí treinta.
Insistió Abrahán:
‒ Me he atrevido a hablar a mi Señor. ¿Y si se encuentran sólo veinte?
Respondió el Señor:
‒ En atención a los veinte, no la destruiré.
Abrahán continuó:
‒ Que no se enfade mi Señor si hablo una vez más. ¿Y si se encuentran diez?
Contestó el Señor:
‒ En atención a los diez, no la destruiré.
El lector moderno no está de acuerdo con esta mentalidad. En las ciudades de Ucrania, de Siria, en Gaza, en Hiroshima y Nagasaki había sin duda más de diez justos. Dios no es el responsable de invasiones, bombardeos, destrucciones y deportaciones. De eso nos encargamos los hombres, que sabemos hacerlo muy bien. Pero Abrahán nos sirve de modelo. No se alegra al enterarse de que esas ciudades van a ser destruidas, intercede por ellas, intenta que no les sobrevenga la desgracia. Algo que muchas personas buenas siguen haciendo con procedimientos muy distintos y acudiendo a instancias de otro tipo. ¡Ojalá tengan más éxito que Abrahán!
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Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.»
Lo habitual en la vida de Jesús es orar, los textos hacen referencia a su oración muchas veces. En esta ocasión Jesús no está solo, cerca de él están sus discípulos, que oran con él. Jesús ora con frecuencia, y se deja ver orando. No se esconde el testimonio creíble del poder de la oración. Y despierta el deseo de Dios en los corazones que lo ven: «Enséñanos a orar».
Son ellos, sus discípulos, quienes toman la iniciativa, de donde sale la propuesta… Esto no deja de ser un reto para nosotras y para todas las personas que llevan en el corazón la Buena Noticia y desean contarla a quienes están a su lado. A veces, nos perdemos en fórmulas y teorías que no despiertan ningún deseo en quienes nos miran; y eso que los textos de nuestra tradición ya nos dicen que «la letra mata y el Espíritu da vida». (2 Cor. 3,6).
Estamos viviendo tiempos convulsos, violentos, agresivos. Duele vernos tan perdidas, tan rapaces…. Indigna verse tan manipulada por las noticias, donde nos presentan buenos buenísimos y malos malísimos, como en las películas de indios y vaqueros. Como si no existieran las personas que trabajan por la paz, que oran por la paz, que encuentran en la religión la consistencia de la vida. Como si no fueran muchos más quienes mueren fieles a Dios que quienes matan por un pseudodios. Y en este tsunami la gente busca, y busca con deseo de algo más profundo, y aparecen los guías espirituales, gurús, chamanes…
¿Y en la Iglesia? ¿Dónde están los maestros de oración que tanto estamos necesitando? Esos que despiertan el deseo de Dios, como lo hace Jesús.
El Papa escribe a las monjas: «Vivid (….) contribuyendo a que Cristo nazca y crezca en el corazón de las gentes sedientas, aunque a menudo de manera inconsciente, de Aquel que es camino, verdad y vida.» (cfr. Vultum Dei nº.37). El reto está en mostrarnos, en dejarnos ver orando, con hondura, sencillamente, sin fórmulas vacías, con espontaneidad y sobre todo, sobre todo, con profunda confianza. Y Cristo nacerá en los corazones sedientos, nacerá y crecerá con raíces hondas, libres, fuertes.
¿Cómo, dónde, cuándo? No tenemos respuestas, ni teorías, solo deseo, un profundo deseo de relacionarnos con Dios, Abba, como Jesús lo hace. Deseo de sumergirnos en la relación amorosa de la Trinidad. Para ello ya nos lo dice Jesús, ¡pidamos el Espíritu a nuestro Padre!
Oración
Enséñanos a orar, también a nosotras, como hiciste aquellos primeros discípulos.
Si Jesús hubiera dado una oración concreta a sus discípulos para que la repitieran, ¿se les habría olvidado con tanta facilidad? Solo dos evangelistas la narran y, además, de manera diferente. No, la oración no se enseña, nace de una actitud vital que tiene que ir más allá de cualquier deseo o preocupación por agradar a un dios que está más allá de las nubes.
¿Alguien se puede creer que lo que hacía Jesús cuando se retiraba a ‘orar’ era repetir oraciones prefabricadas? Los discípulos estaban intrigados por lo que Jesús hacía cuando se quedaba solo. La oración es algo vivo que tiene que salir de lo más hondo del ser.
Hubo un tiempo en que di mucha importancia al Padrenuestro, hasta me lo aprendí en arameo y lo recé muchas veces en la lengua que utilizó Jesús. Pero hoy no lo veo de la misma manera. No deja de ser un rezo más que hay que superar para llegar a contemplar.
Para comprender lo que acabo de decir, debemos distinguir entre rezar o pedir, meditar y contemplar. Nos han enseñado, incluso obligado a rezar, pero nadie se ha preocupado de que aprendamos a contemplar. Se trata de una forma de vida y a vivir no se puede aprender.
El Padrenuestro intenta trasmitirnos, en el lenguaje religioso de la época, toda la novedad de la experiencia de Jesús. Esto quiere decir que no se sacaron el Padrenuestro de la manga. Cada una de las expresiones que encontramos en él, se encuentra también en el AT.
Entendido literalmente, el Padrenuestro no tiene sentido. Ni Dios es padre en sentido literal; ni está en ningún lugar; ni podemos santificar su nombre, porque no lo tiene; ni tiene que venir su Reino de ninguna parte, porque está siempre en todos y en todo; Ni su voluntad tiene que cumplirse, porque no tiene voluntad alguna. Ni tiene nada que perdonar, mucho menos, puede tomar ejemplo de nosotros para hacerlo; ni podemos imaginar que sea Él el que nos induzca a pecar; ni puede librarnos del mal, porque eso depende solo de nosotros.
No pretendo enseñaros a orar, pero intentaré daros alguna pista. La oración de contemplación surge espontáneamente de lo hondo del ser. Lo difícil es alcanzar las condiciones que la mente necesita para que esto ocurra. Surge con la misma facilidad con que mana el agua de una fuente una vez que se le quitan los estorbos que le impedían salir.
La preparación comienza por el cuerpo. No es nada fácil conseguir que el cuerpo esté relajado, en armonía, sin interferencias de los sentidos ni de la mente racional que dispersan nuestra atención. Las técnicas orientales de relajación pueden ser muy útiles para preparar el terreno, siempre que no las confundamos con la verdadera contemplación.
Centrar toda nuestra atención en una llama, repetir un mantra con total atención, o simplemente observar con atención nuestra propia respiración nos puede llevar a una imprescindible concentración. Si soy capaz de concentrarme absolutamente en un solo objeto, será muy fácil dar el paso a no pensar en nada. Ahí comienza la contemplación.
Dejar de pensar no es quedar dormidos. Se trata de acallar nuestra capacidad de razonar. Nuestra imaginación está siempre saltando de un pensamiento a otro sin poder evitarlo. Meditar es poner en marcha una facultad que hemos olvidado, la intuición. Sería quedar absolutamente pasivos pero atentos a lo que pasa en lo más hondo de nuestro ser.
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Lc 11, 1-13
«Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo.»
Por Jesús sabemos que la voluntad de Dios es que vivamos compartiendo, perdonando, consolando, ayudando, sirviendo y trabajando por la justicia. Y lo sabemos porque él vivió así; porque pasó por la vida haciendo la voluntad del Padre. Como dijo su amigo Pedro: «Pasó haciendo el bien y ayudando a los oprimidos por el mal…», es decir, creando humanidad a su alrededor, y ésa debe de ser nuestra mejor guía y nuestra mejor oración.
Ahora bien, también sabemos que Jesús se retiraba con frecuencia a orar; que precisaba de la oración para afrontar la descomunal tarea que se había propuesto. Podemos imaginarle, allá en la soledad de la montaña, dirigiéndose a Abbá para compartir con Él sus anhelos, sus desvelos, sus fracasos y tentaciones; como lo hacen los hijos con su padre; porque Jesús había asumido íntimamente la condición de hijo y se confortaba de tanto desvelo y tantos sinsabores hablando con su Padre.
Así lo hizo en Getsemaní y salió confortado. Su Padre no le relevó de apurar el cáliz, pero Jesús se llenó de su Espíritu y afrontó la pasión con coraje inusitado. En la cruz se sintió abandonado y posiblemente fracasado «Dios mío, Dios mío…», pero tras esta oración afrontó la muerte dando una gran voz y saltando confiado en brazos de Abbá: «En tus manos encomiendo mi espíritu».
Un día, tiempo atrás, a orillas del lago, se alzó una voz entre la multitud que gritó: «Enséñanos a orar», y como siempre ocurría, la respuesta de Jesús sobrepasó toda expectativa, porque en ella nos hizo entrega de su Dios, Abbá, y partícipes de su propia relación con Él. Cuando oréis, nos dijo, no debéis dirigiros al Dios todopoderoso y eterno, sino a Abbá, vuestro padre, vuestra madre, porque no sois esclavos o asalariados, sino hijos amados. Y pedid lo importante; el Reino, el alimento, el perdón y la liberación de la esclavitud a que nos somete el mal.
«Así pues debéis orar vosotros: Padre nuestro, santificado tu nombre, venga tu Reino, hágase tu voluntad, danos el pan de cada día, perdónanos como nosotros perdonamos, y líbranos del mal».
Lo que se pide en el Padrenuestro es que “venga tu Reino”, que “se haga tu voluntad”, lo que equivale a una renuncia a todas las pequeñas peticiones que suelen poblar nuestras oraciones en favor de una aspiración de verdaderos hijos.
Como decía Ruiz de Galarreta: «El Padrenuestro es por tanto la oración de los hijos y constituye una profesión de fe, una confesión pública de nuestra relación con Dios y con los demás.Para rezar el Padrenuestro necesitamos elevarnos por encima de la mediocridad y hacer un acto consciente de que somos hijos constructores del Reino. Recitar el Padrenuestro es un fuerte desafío, y lo profesamos avalados por invitación de Jesús; porque nos dijo que orásemos así; por eso, sólo por eso nos atrevemos a decir…».
Miguel Ángel Munárriz Casajús
Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí
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“Señor, enséñanos a orar” Lc 11, 1b., le pidió a Jesús uno de los discípulos cuando Jesús hubo terminado de orar. Aunque se pueden dar algunas indicaciones como hizo Jesús con ellos, a orar se aprende solo. Ya nos decía Santa Teresa de Ávila: “Orar es tratar muchas veces, a solas, de amistad, con quien sabemos nos ama”. Y se hace en soledad porque el trato es personal, parte de cada individuo, y aunque aprendemos mucho unos de otros cuando compartimos, al final, la amistad entre Dios y yo, como cualquier amistad, depende de las dos personas. ¿Se puede tener una amistad con Dios?
“Cuando oréis decid: Padre…” 11,2b. Eso no es lo que Jesús aprendió de los maestros de la Ley de su tiempo. “Abba” es una de las palabras que los eruditos en Sagradas Escrituras nos dicen que estamos seguros que Jesús pronunció. Una novedad que no fue bien acogida porque, aunque en el AT se afirme que Dios es Padre, nunca se le invoca como tal.
La palabra aramea Abba, la usaban los hijos (no solo los niños sino también los adultos), con sus padres. Era una forma de tratar con respeto. Jesús es el primero que la usa para dirigirse a Dios. Expresa la nueva relación de amor y confianza en Dios. Por eso nos atrevemos a hablar de amistad porque está basada en el amor y la confianza.
Los discípulos invocan a Dios como Padre y entonces aprenden que lo que hace hijos-as es el amor universal. El hijo/a, en la cultura semítica demuestra que lo es, no por la existencia dada-recibida, sino en la identidad de conducta; el hijo-a demuestra serlo con su actividad igual a la del padre.
Seguro que Jesús no nos quiso proponer una oración más, como las tantas que rezaban Él y sus contemporáneos, sino más bien que la oración siempre ha de tener dos componentes fundamentales: Dios y su proyecto, el reino.
Muchos se han quedado en el rezar, el Padrenuestro y muchas otras oraciones hechas, y no han pasado a ese nivel de amor y confianza al que estamos llamados desde el principio de nuestra vida.
Lo mismo que para muchos es inconcebible una amistad con Dios, y siempre hablan de Él como si fuera una tercera persona, parece que se les ha quedado fijado que la relación con Dios es sobre todo para “pedir” porque Dios es Omnipotente y eso que aprendimos en el catecismo está grabado a fuego y, es imposible de borrar.
Claro, si alguien intenta convencernos de que Dios no es Dios porque lo puede todo, y ese no es su máximo atributo ¿qué nos queda de la imagen de la infancia de que Dios es omnipotente, omnipresente, lo ve y lo juzga todo y puede cambiar en un segundo el rumbo de la historia?
Llamar a Dios “Padre” es una manera de interpretar a “Dios creador” que al crear a la persona humana no se queda solo en la imagen, sino que termina en la de “hijo/a”.
“Venga tu reino” es la preocupación de Jesús, un reino donde no es esencial la relación con Dios sino un nuevo modelo de sociedad para un mundo roto por la división y la lucha entre hermanos, un reino que, aunque le pedimos que venga sabemos muy bien que está en nuestras manos ir haciéndolo realidad.
Pedimos perdón porque, aunque nos llamamos cristianos, su proyecto no es lo que nos desvela, lo que nos quita el sueño, sino más bien que yo y los míos estemos bien. Eso es lo que le pedimos insistentemente y la fe se nos tambalea cuando no nos salen las cosas como quisiéramos.
Así no es posible construir una verdadera amistad porque para lograr ese amor tan desinteresado como lo es el de la amistad, lo que preocupa al otro se tiene que convertir en mi preocupación y tarea.
Para acabar Jesús pone un ejemplo de alguien que necesita que un amigo le eche una mano para ayudar a otro. Por eso dice: “Pedid y se os dará, buscad y hallaréis llamad y se os abrirá”, es decir, manteneos en una actitud despierta, activa y encontraréis lo que necesitáis, quizá no tanto para vosotros como para los demás.
Pedir, buscar, llamar, es propio del amigo que tiene la confianza suficiente para hacerlo y sabe que tarde o temprano hallará lo que necesita.
Orar, tratar muchas veces a solas de amistad con quien sabemos nos ama, es el mejor tiempo “perdido”; nos habla de Dios y de nosotros, nos da luz para el camino, nos pone en nuestro lugar, nos regala el Espíritu, que hace posible que sigamos caminando con todo y a pesar de todo.
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Comentario al evangelio del domingo 27 julio 2025
Lc 11, 1-13
Existe un dicho oriental, según el cual, “cuando el alumno está preparado, el maestro aparece”, que podría retraducirse de esta manera: Quien vive apertura y docilidad a la vida, sabe leer lo que le ocurre como oportunidad de aprendizaje y crecimiento.
En realidad, aquel dicho equivale al aforismo que el evangelio pone en boca de Jesús: “Quien busca, encuentra”, que podría expresarse también de este otro modo: el Anhelo no defrauda.
Alguien podría pensar que la experiencia humana parece indicar justo lo contrario: la frustración constituye un elemento habitual en nuestra existencia, hasta el punto de que hay personas que terminan cayendo en la decepción, en la tristeza, en la resignación fatalista o incluso en el hundimiento. Se dan, sin duda, experiencias dolorosas, más o menos traumáticas, que, unidas a otros factores, pueden conducir a ese estado.
No niego la realidad de la frustración, pero tampoco equiparo el deseo con el Anhelo, ni lo que me gusta con lo que necesito.
El deseo nace del yo y busca, prioritariamente, el bien del propio yo (tiene la forma de una flecha curva, que vuelve sobre sí misma). Se halla íntimamente emparentado con la expectativa. Y la expectativa es la madre de la frustración. Por el contrario, el Anhelo -así, con mayúscula- no nace de la mente ni del yo -por más que, luego, nos hagamos conscientes de él-, sino de la misma vida que somos. Se trata de un dinamismo caracterizado por la desapropiación y la gratuidad (tiene forma de flecha recta), que nos impulsa desde dentro. No busca, de entrada, algún bien particular para el yo; tampoco busca que se satisfagan sus deseos. Solo busca favorecer que la vida fluya a través de nuestra persona. Por eso, en la medida en que nos encuentra motivados -preparados, buscando…, por utilizar los términos de los dichos anteriores-, disponibles, dóciles y rendidos a su empuje, nunca defrauda. Es cierto que implica la “muerte” del yo, pero regala la vida.
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Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:
01.- Invitación a la oración.
La primera lectura (Génesis – Abrahán) y el evangelio nos convocan a orar.
Jesús oraba siempre. A lo largo de su vida le podemos ver frecuentemente orando; confrontaba sus cosas, su vida, sus problemas y los ponía en manos de Dios Padre. Pasaba largas noches en oración.
Los discípulos -los cristianos de la iglesia naciente- sienten la necesidad de orar y le piden a Jesús que les enseñe a orar.
Existen muchos métodos de oración, incluso a veces adoptamos formas y sistemas de oración de otras culturas y religiones.
Si vamos al evangelio la oración es algo muy sencillo y ya está en el evangelio: métete en tu habitación, cierra la puerta y ponte en brazos de Dios Padre. Guarda silencio y escucha a Dios Padre: Padre nuestro…
Con gran respeto para otras religiones y formas de oración, nuestra oración es ponernos en brazos de Dios Padre.
02.- Orar en silencio, en paz, en Dios.
Orar es sentir necesidad de pensar las cosas, la vida, los problemas y ponerlos en Dios. Y tal vez ante Dios y con Dios nuestra mejor palabra sea el silencio. Nuestro silencio habla por sí mismo.
Más que hablar, orar es escuchar a Dios en el silencio y la profundidad de nuestra alma.
El creyente ora en las diversas circunstancias de la vida: en la enfermedad, en el sufrimiento, en el pecado, en los peligros, en el trabajo, en un nacimiento en la familia, ante la muerte, etc. Una persona creyente que ora, es muy consciente, ve y vive las realidades desde Dios y ante Dios.
Orar es algo muy sencillo y, al mismo tiempo, muy profundo.
Orar es demorarse en Dios.
Quien ora ha aprendido a vivir.
03.- La oración es ser consciente: “estar en sí”.
La oración es un “momento” consciente ante Dios y también en la asamblea eclesial.
Orar es “estar en sí”, ser consciente de la vida ante el Señor.
La oración supone un abrirse a la ultimidad de Dios. Orar es la actitud del ser humano que se abre a Dios y se pone en sus manos En la oración vemos y ponemos nuestra vida, nuestros criterios, nuestros caminos, nuestros problemas y nuestras esperanzas a la luz y el amor de Dios. Una persona creyente ora, es decir, ve esas realidades desde Dios y ante Dios.
La oración es un acto de confianza en Dios Padre.
En la oración abrimos nuestra vida y la ponemos en manos de Dios.
04.- ¿Confrontar la vida ante qué tipo de Dios? Padre.
Lo primero que Jesús nos dice a la hora de orar es que nos dirigimos a un Dios que es Padre: Padre nuestro…
Si he de presentarme ante un Dios del Derecho Canónico o ante el Dios del Santo Oficio o del juicio final de Miguel Ángel de la capilla Sixtina o ante el Dios que condena al infierno, “mejor es morirse”.
Ante un Dios judicial y justiciero uno no puede orar. Con un Dios que se parece a Hacienda o a la Inquisición, es mejor no hablar.
Hay personas que tienen siempre una actitud de prepotencia y juicio: en el orden clerical, familiar, laboral, en la vida normal, en el mundo episcopal y clerical: sistemáticamente su actitud es de juicio, de culpabilización. Es muy distinto orar, charlar y confrontar la vida con el padre del hijo pródigo, a tener que rendir cuentas a un Dios justiciero de cierta moral o del derecho canónico, o del mundo episcopal – clerical.
La experiencia que Jesús tiene de Dios y lo que nos ha dicho es que Dios es Padre. Padre nuestro: Padrenuestro…
Uno puede pedirle consejo, dejarse iluminar por su Padre. Con el Dios y Padre de Jesús se puede tratar y charlar, orar. Con el Dios de ciertos entramados e instituciones católicas, no es posible orar.
Con el Dios de Jesús “se puede hablar” porque la palabra que nos dirige es de bondad, de un padre bueno. Lo que Dios dice es siempre misericordia. El poder y la justicia de Dios son misericordia.
05. Conclusión. No somos extraños para Dios.
Tal vez, la lección más importante del evangelio de hoy acerca de la oración es que:
No somos extraños para Dios, somos hijos de Dios, familia de Dios.
El Dios de Jesús es Padre. Con el Dios de Jesús, Padre, se puede tratar: es bueno hablar y tratar.
Jesús nos dice: No eres un extraño para Dios: somos sus hijos. Dios es mi, -nuestra- familia. Por eso, cuando os dirijáis a Dios decidle:
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De su blog Fe y Vida:
XVII Domingo del Tiempo Ordinario – 27-07-2025
El evangelio de Lucas presenta varias veces a Jesús orando y en esta ocasión al terminar uno de sus discípulos le pido que les enseñe a orar.
Jesús nos enseña una manera de concebir a Dios y de dirigirnos a él: como «Padre/Madre«
Jesús nos enseña lo que hemos de pedir: el reino
La oración de petición es, por tanto, la fuerza y la confianza en el Padre del cielo que nos fortalece para realizar en este mundo, todo lo que necesitamos hacer, respondiendo así, a las necesidades de todos.
Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo:
– «Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos».
Él les dijo entonces:
+ «Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino, danos cada día nuestro pan cotidiano; perdona nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a aquellos que nos ofenden; y no nos dejes caer en la tentación».
Jesús agregó:
+ «Supongamos que algunos de ustedes tienen un amigo y recurre a él a medianoche, para decirle: «Amigo, préstame tres panes, porque uno de mis amigos llegó de viaje y no tengo nada que ofrecerle», y desde adentro él le responde: «No me fastidies; ahora la puerta está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme para dártelos».
Yo les aseguro que, aunque él no se levante para dárselos por ser su amigo, se levantará al menos a causa de su insistencia y le dará todo lo necesario.
También les aseguro: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre.
¿Hay entre ustedes algún padre que da a su hijo una piedra cuando le pide pan? ¿Y si le pide un pescado, le dará en su lugar una serpiente? ¿Y si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan»
(Lucas 11, 1-13).
El evangelio de Lucas presenta varias veces a Jesús orando y en esta ocasión al terminar uno de sus discípulos le pido que les enseñe a orar. Las palabras que dice Jesús son más o menos las que tenemos en el Padre Nuestro que hoy rezamos, de ahí que podemos reconocer en esa sencilla oración una conexión profunda con el Jesús de los evangelios, una manera apropiada de hacer nuestra propia oración.
Un aspecto a comentar de esta oración es la manera de llamar a Dios. Jesús se dirige a él como “Padre” pero recordemos que en otras ocasiones los evangelistas ponen en boca de Jesús la palabra “Abba”, una expresión mucho más cercana, prácticamente de la confianza que un niño tiene en su padre. Jesús entonces nos enseña una manera de concebir a Dios y de dirigirnos a él. Nuestro Dios es el padre misericordioso, el padre todo amor, el padre todo confianza. Tenemos que seguir trabajando por quitarnos las imágenes de Dios que no corresponden al Padre del que nos habla Jesús. Dios no es castigador o vigilante. Dios no tiene nada que ver con la exigencia legal, ni con la compra de sus favores. Dios, es amor y solo amor. O, como lo decimos ahora, Dios es Madre, con el amor entregado y generoso que han encarnado tantas mujeres de la tierra.
En esta oración Jesús añade lo que hemos de pedir: el reino, el pan de cada día, y perdonar a los que nos ofrenden como Dios perdona nuestras ofensas.
Jesús continúa diciendo una parábola para explicar mejor lo que quiere enseñarles. Se refiere al amigo que va a pedir prestados tres panes porque no tiene nada para darle al otro amigo que llegó a su casa y, como otras veces hemos comentado, el valor de la hospitalidad es muy importante para el pueblo judío. El relato continúa diciendo que es tarde y el amigo no parece dispuesto a ayudarlo. Pero, Jesús le asegura que, al final, el amigo le dará los panes, al menos para no ser importunado. Y hace la pregunta obvia, ya no con respecto al amigo, sino a la relación filial. ¿Podrá un padre negarle algo a su propio hijo? Y añade: seguramente le dará lo que le pide porque es su hijo. Por lo tanto, con más razón, el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a quien se lo pida.
Podríamos decir que la conclusión del pasaje es la invitación que Jesús hace a los suyos: “pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá”. Todo esto nos lleva a decir una palabra sobre la oración de petición. Es verdad que tenemos muchas necesidades y, atendiendo a las mismas palabras de Jesús, el Padre del cielo no dejará de ayudarnos. Pero hemos de prestar atención a lo que nos dice que pidamos: “venga tu reino”. El reino de Dios es de justicia y paz, es de fraternidad/sororidad. El reino es don de Dios y tarea nuestra. Por tanto, pedir el reino es comprometernos con hacerlo posible en el aquí y ahora y, de esa manera, todas aquellas realidades materiales que tanto necesitamos, podrán llegar a todas las personas.
La oración de petición es, por tanto, la fuerza y la confianza en el Padre del cielo que nos fortalece para realizar en este mundo, todo lo que necesitamos hacer, respondiendo así, a las necesidades de todos. Esta es la actitud adecuada para nuestras oraciones de petición. No hemos de desfigurar la imagen de nuestro Dios, haciéndolo parecer a un Dios mago o a un Dios que nos exige muchas oraciones para concedernos lo que necesitamos. La imagen del Dios de Jesús es al que le pedimos fuerzas para hacer todo como si solo dependiera de nosotros, confiados en que todo depende de Él.
(Foto tomada de: https://radiomaria.org.ar/programacion/jesus-maestro-de-oracion/)
Comentarios desactivados en “De las oraciones a la oración – San Lucas 11, 1-13 -”, por Joseba Kamiruaga Meza CMF
De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa cristiana):
Damos el salto cuando descubrimos que tenemos alma. Y al seguir a nuestra alma aprendemos a dialogar con Dios. Un Dios desconocido, al principio (y nos parece un poco tonto hablar con alguien que aún no sabes si existe), hasta que poco a poco descubrimos que ese diálogo nos lleva a otro lugar, a un mundo desconocido.
Nos acercamos a la fe por lo que hemos oído, y luego, paso a paso, experimentamos al Dios de Jesús y nos descubrimos amados y capaces de amar.
Nos descubrimos amados.
Es una mirada suave, sutil, libre, pura, la que descubrimos en nosotros mismos.
Eres engendrado a una nueva vida.
Tú sigues siendo el mismo y tu vida también, pero tu corazón y tu mirada cambian, se hacen profundos, ves más allá del horizonte.
Más allá del caos, los miedos, las angustias, los lugares comunes. Ves el diseño oculto a lo largo de los siglos.
Cuando, finalmente, dejamos de lado los muchos prejuicios, las cosas que creemos creer, nos abrimos a escuchar verdaderamente el mensaje evangélico. Y, después de haber seguido al Señor, después de habernos sentado también nosotros a escuchar su Palabra, llega un momento en el que pedimos, como hacen los discípulos: Maestro,enséñanos a orar.
No piden: enséñanos oraciones.
Esas ya las saben, como nosotros, fórmulas breves memorizadas. Pero lo que hace Jesús es otra cosa.
Algo nuevo. Intenso. Verdadero.
Un verdadero encuentro.
¡Por favor!
No sabemos rezar, no bromeemos.
Tratamos a Dios como a un poderoso al que hay que convencer. Para que nos haga felices, para que nos conceda alguna gracia, al fin y al cabo.
La oración, por desgracia, goza de muy mala fama entre los católicos.
Como algo inútil, que debe dejar espacio, en cambio, a la acción.
Detrás de esta idea hay siglos de invitaciones a la devoción, a la recitación de fórmulas que nacieron espléndidas y murieron distraídas, de rosarios rezados pensando en otra cosa.
La oración concebida como un agotamiento para convencer a Dios. Un agotamiento que lleva al agotamiento, el nuestro y el de Dios. El término mismo, «oración», se ha convertido en sinónimo de «recitación», de cantinela, de insistencia para convencer a alguien de nuestras buenas intenciones.
¡Por favor, hazme un favor!
Se ha convertido en el estribillo de nuestra petición, de nuestra oración cotidiana.
Antes de hablar de oración, debemos hacer el enorme esfuerzo de borrar todas estas ideas falsas y ponernos a escuchar.
Escuchar
Como María, la oración es, ante todo, sentarse a escuchar.
Escuchar a alguien a quien se ama, se estima, se admira.
Ese Jesús que rezaba como nadie había rezado jamás, que sorprendía y fascinaba a los Apóstoles cuando, en plena noche, se levantaba para hablar en su corazón con el Padre. Un estilo nuevo, diferente de la oración colectiva, en el templo, en la sinagoga. Una oración íntima que los apóstoles intuyen como origen de la serenidad y la fuerza del Señor, del Maestro.
Por eso le piden que les enseñe a rezar.
Y Jesús lo hace, entregándoles la oración por excelencia, el Padrenuestro, que en la versión de Lucas es aún más esencial. Y que ya nos dice lo que es la oración: diálogo con el Padre, para pedir, sí, pero también para actuar, para cambiar de actitud ante la vida.
La oración es confianza
Jesús nos revela el rostro del Padre: es a Él a quien dirigimos nuestra oración. No a un déspota caprichoso, ni a un poderoso al que hay que convencer. Nos hemos convertido en hijos, nos dice San Pablo, Dios nos trata como trata a su hijo amado. Un buen padre sabe lo que necesita su hijo, no le deja sufrir. Muchas de nuestras oraciones no son escuchadas porque se dirigen al destinatario equivocado: no se dirigen a un padre, sino a un padrastro o a un tutor antipático al que pedir algo que, en realidad, creemos que nos corresponde.
Tantas veces confieso algo que he descubierto en mi pobre vida: pedí y no me fue dado. Entonces, en esos momentos, me desanimé. Hoy, años después, sé que obtuve todo lo que necesitaba y que, a menudo, no era lo que pedía.
La oración es amistad y constancia
Como aquel que va a pedir pan en plena noche.
Cuando rezamos, nos dirigimos a un amigo. Y lo hacemos para pedirle algo con lo que alimentar a los huéspedes de nuestra vida, no para ganar la lotería.
Amistad recíproca, como leemos en la hermosa página del Génesis: la relación con Abraham se consolida y Dios decide hablarle de su proyecto de abandonar Sodoma a su maldad. Abraham siente un vuelco en el corazón: en Sodoma vive Lot, su sobrino, y comienza una dura negociación. Al final, Abraham se sale con la suya: si Dios encuentra en Sodoma tan solo diez justos, salvará toda la ciudad, dando la vuelta a la teoría de la solidaridad según la cual todos pagan por la culpa de uno. En este caso, todos serán salvados por los méritos de diez.
La oración es una conversación íntima, un intercambio de opiniones, un entendimiento mutuo.
No es una lista de la compra, ni un intento de corrupción, ni una letanía para dar suerte.
Concebimos la oración como una serie de fórmulas de buenos deseos, pero la oración es ante todo escuchar, escuchar a Dios, e interceder, interceder por el mundo, no por mis necesidades.
¿Por qué no?
¿Por qué no aprender a rezar?
La oración te necesita a ti, ante todo: tal como eres, devoto o ateo, santo o pecador. Pero un «tú» verdadero, no falso, no aparente. La oración necesita tiempo: cinco minutos, para empezar, el tiempo en el que no estás completamente atontado o distraído, apagando el móvil y aislándote. La oración necesita un lugar: tu habitación, el metro, la pausa para comer. La oración necesita una palabra que escuchar: mejor si es el Evangelio del día, para leerlo con calma y saborearlo. La oración necesita una palabra que decir: las personas con las que te encuentras, las cosas que te angustian, un «gracias» dicho a Dios. La oración necesita una palabra que vivir: ¿qué cambia ahora que retomas tu actividad cotidiana?
Venga el Espíritu prometido por el Señor, amigos, el Espíritu que nos permite ver con una mirada diferente incluso las cosas que nos parecen indispensables para nuestra felicidad, comprendiendo, finalmente, que lo que consideramos un obstáculo insuperable no es tan importante resolverlo y, tal vez, ni siquiera es un obstáculo.
Porque, en la oración, descubriremos que nada nos puede impedir decir con verdad: Padre.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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Comentarios Evangélicos y Reflexiones para el Domingo 27 de julio de 2025
Comentarios desactivados en Tesoros escondidos en las vidas LGBTQ+
Sor Luisa Derouen
La publicación de hoy es de la colaboradora invitada Sr. Luisa Derouen. La Hna. Luisa es una Hermana Dominica de la Paz que comenzó a ministrar entre la comunidad transgénero en 1999 y ha sido compañera espiritual formal e informal de unas 250 personas transgénero en todo el país. Ahora está semijubilada en St. Catharine Motherhouse en el centro de Kentucky.
Las lecturas litúrgicas de hoy para el Domingo 17 del Tiempo Ordinario se pueden encontrar aquí.
Desde que tengo memoria, la lectura del Evangelio de hoy, la parábola del tesoro en el campo, ha sido mi elección para proclamar el Evangelio en mi funeral. Ingresé a la comunidad religiosa de mis Hermanas Dominicas justo después de terminar la escuela secundaria en 1961. No ingresé a la vida religiosa por el ministerio o la comunidad. Entré porque había “encontrado” el tesoro que es Dios, y toda mi vida ha sido vender todo para poder alcanzar ese tesoro. Mi vida religiosa siempre ha sido un regalo atesorado y totalmente desatendido que nunca he dado por sentado, y que se vuelve más precioso a medida que me acerco a mi 62º año como hermana dominicana.
Las historias de escondites escondidos de objetos preciosos habrían sido muy familiares para aquellos que escucharon a Jesús describir el reino de Dios como un tesoro escondido. Habría tenido en mente un frasco de monedas o joyas. Palestina había sido invadida muchas veces a lo largo de los siglos debido a su posición entre Mesopotamia y Egipto, por lo que era común que la gente enterrara sus objetos de valor. El tesoro escondido era un tema favorito en su folclore, pero como solía ser el caso, Jesús no contó la historia con el obvio final feliz que la gente esperaba.
Estamos más acostumbrados a interpretar las imágenes del tesoro en el campo y la perla de gran precio como la exigencia que Jesús nos hace de que nos entreguemos por completo para reclamar el tesoro que es Dios. Sacrifícate primero, y luego serás recompensado. Pero sabemos que realmente no es así como funciona.
Lo más importante de esta parábola no es a qué renuncian los dos hipotéticos personajes, sino por qué lo hacen: por la sobrecogedora experiencia del esplendor de su descubrimiento. La experiencia de encontrar el tesoro y la perla los obligó a entregarse y venderlo todo.
Eso siempre me ha resonado profundamente porque cuando era un joven adolescente en la escuela pública, probé la bondad de Dios de una manera que ha estado operativa toda mi vida. Y desde entonces, en cuanto he podido, me he esforzado por pagar el precio del regalo exquisito del amor de Dios.
Me gustaría compartir dos breves comentarios sobre la lectura del evangelio de hoy con aquellos de ustedes que son el Cuerpo de Cristo LGBTQ+ en nuestra Iglesia hoy.
En primer lugar, si está leyendo esta reflexión sobre el Evangelio para el decimoséptimo domingo del tiempo ordinario, es probable que usted también haya encontrado el tesoro que es Dios, en formas que nunca podría haber planeado o preparado, y mucho menos ganado. Lamentablemente, muchos de ustedes pagan un alto precio por su respuesta fiel al tesoro que han encontrado: la elección de Dios de ustedes como Amado. A pesar de la forma en que a menudo te tratan en tu iglesia, permaneces fiel a Dios que mora en ti y te atrae a una relación cada vez más profunda.
La presencia de Dios es el tesoro escondido en el campo de tu propia vida. Su fidelidad a esa relación con Dios en la Iglesia Católica probablemente ha requerido de usted un alto precio que no es el deseo de Dios para usted. Continúas buscando y encontrando a Dios en una Iglesia que a menudo te malinterpreta o te rechaza rotundamente, pero continúas arando el campo y vendiendo todo por el tesoro que es Dios.
Segundo, el amor de Dios por ti y en ti significa que tú también eres un tesoro precioso. Eres la morada santa de Dios. Aunque nuestra Iglesia a menudo ha ignorado tu bondad y tus dones, permaneces fiel en formas desafiantes que muchos de nosotros nunca hemos experimentado.
Yo, y todos nosotros, necesitamos tus tesoros enterrados.
Comentarios desactivados en “Un tesoro oculto”. 17 Tiempo ordinario – A (Mateo 13,44-52)
No todos se entusiasmaban con el proyecto de Jesús. En bastantes surgían no pocas dudas e interrogantes. ¿Era razonable seguirle? ¿No era una locura? Son las preguntas de aquellos galileos y de todos los que se encuentran con Jesús en un nivel un poco profundo.
Jesús contó dos pequeñas parábolas para «seducir» a quienes permanecían indiferentes. Quería sembrar, en todos, un interrogante decisivo: ¿no habrá en la vida un «secreto» que todavía no hemos descubierto?
Todos entendieron la parábola de aquel labrador pobre que, mientras cavaba en una tierra que no era suya, encontró un tesoro escondido en alguna tinaja. No se lo pensó dos veces. Era la ocasión de su vida. No la podía desaprovechar. Vendió todo lo que tenía y, lleno de alegría, se hizo con el tesoro.
Lo mismo hizo un rico comerciante de perlas cuando descubrió una de valor incalculable. Nunca había visto algo semejante. Vendió todo lo que poseía y se hizo con la perla.
Las palabras de Jesús eran seductoras. ¿Será Dios así? ¿Será esto encontrarse con él? ¿Descubrir un «tesoro» más bello y atractivo, más sólido y verdadero que todo lo que nosotros estamos viviendo y disfrutando?
Jesús está comunicando su experiencia de Dios: lo que ha transformado por entero su vida. ¿Tendrá razón? ¿Será esto seguirle? ¿Encontrar lo esencial, tener la inmensa fortuna de hallar lo que el ser humano está anhelando desde siempre?
Entre nosotros, mucha gente está abandonando la religión sin haber saboreado a Dios. Les entiendo. Yo haría lo mismo. Si una persona no ha descubierto un poco la experiencia de Dios que vivía Jesús, la religión es un aburrimiento. No merece la pena.
Lo triste es encontrar a tantos cristianos cuyas vidas no están marcadas por la alegría, el asombro o la sorpresa de Dios. No lo han estado nunca. Viven encerrados en su religión, sin haber encontrado ningún «tesoro». Entre los seguidores de Jesús, cuidar la vida interior no es una cosa más. Es imprescindible para vivir abiertos a la sorpresa de Dios.
Comentarios desactivados en ” Vende todo lo que tiene y compra el campo”. Domingo 30 de julio de 2023. 17º domingo de tiempo ordinario.
Leído en Koinonia:
1Reyes 3,5.7-12: Pediste discernimiento Salmo responsorial: 118:¡Cuánto amo tu voluntad, Señor! Romanos 8,28-30: Nos predestinó a ser imagen de su Hijo Mateo 13,44-52: Vende todo lo que tiene y compra el campo
La palabra de Dios siempre nos va a proponer motivos y razones para acrecentar nuestra inseguridad frente a la vida y frente al seguimiento, de una causa que creemos muy importante para los que nos llamamos cristianos: el Reino, la Utopía.
Las lecturas de hoy son un llamado al cambio de actitudes relativas de nuestras prácticas, muchas veces tan egoístas, a los valores profundos y absolutos que propone Jesús desde la propuesta del proyecto del Reino.
Hay que tener muy claro que la presentación de Salomón que hace el primer libro de los Reyes, pretende mostrar (bastante románticamente) lo que para el escritor sagrado representaba y significaba este rey “maravilloso” en la teoría, pero que en la práctica y por lo que consiguió en la historia del pueblo, no pasó a ser sino un rey más, que se aprovechó de su poder para explotar, esclavizar y manipular la conciencia débil del pueblo, y construir su reinado de gloria en la magnificencia literaria que se construyó en torno a su figura y su reinado.
Hay que saber diferenciar entre la estructura del reino que representa Salomón (la de la monarquía con sus estructuras económicas, políticas, militares y religiosas para manejar los hilos del poder) y la propuesta del Reino que presenta y enseña Jesús con sus palabras, pero sobre todo con su práctica de justicia y de igualdad.
Descubrir el mensaje que se revela por Jesús y su reinado, abre los horizontes hacia una nueva humanidad. Una vez que se ha descubierto el valor absoluto que tiene el Reino, es necesario tomar una posición, y frente a este descubrimiento ningún precio es demasiado alto, pues el Reino se convierte en el único valor absoluto para quien lo descubre.
El proyecto del «Reino de los cielos», según la expresión de Mateo, se convierte para muchas personas en una alegre pero exigente sorpresa, que en el caminar normal de la vida se produjo por medio de un encuentro afortunado que impregnó de una gran riqueza la existencia. Ese Reino trajo una exigencia, que genera al mismo tiempo inseguridad, pues se descubre que es necesario venderlo todo, despojarse de muchos «bienes» que atan, e ir al encuentro de la absoluta posesión del Reino, como su mayor riqueza. Quien ha descubierto desde su práctica concreta en la vida, los valores del Reino… encontró su mejor tesoro, la mejor perla que podía estar buscando extraviadamente en otros rincones.
Las dos parábolas iniciales (del tesoro escondido y de la perla) parece que se contrapusieran a la llamada e invitación de Jesús a dejar bienes y riquezas para seguirlo. Sin embargo nos enseñan las parábolas, que el Reino es la mayor riqueza para el seguidor de Jesús: Luego de sentir la llamada de Jesús y de descubrir el Reino, el camino se debe seguir con alegría, porque se ha encontrado todo.
En estas dos parábolas, el Reino es la realidad que supera a nuestro egoísmo. Dejar las certezas inseguras del hoy, por la certeza mayor, abre los caminos para que venta a nosotros el reinado de Dios, el Buen Vivir, el mayor Bien (Ubi bonum, ibi Regnum), la transformación radical de nuestro mundo, con sus tantas y tantas estructuras injustas.
Para el seguidor de Jesús es necesario romper los esquemas de muchas estructuras que deshumanizan. Personas que esperan un cambio sin ponerse en búsqueda, pero se atan a su herencia legalista, que no les permite salir a encontrar nuevas posibilidades para su existencia o para la existencia de los demás. Estas parábolas se refieren a otras personas, que encuentran un sentido que creían perdido para sus vidas y se arriesgan al cambio y a la novedad, y se ponen en marcha hacia proyectos alternativos de hermandad solidaria entre los seres humanos.
Jesús concluye esta enseñanza preguntando si han entendido todo lo dicho por medio de la palabra, que había estado escondida, pero que ahora no deja de salir a la luz. Y presenta el modelo ideal del discípulo, capaz de entender el mensaje del Reino y sacar oportunamente lo viejo y lo nuevo del mensaje que ha recibido. La novedad del Reino viene por medio de la palabra, acumulada en la historia del propio pueblo por medio de sus valores, la cultura, el proyecto original en torno al cual se dio origen a Israel como pueblo, sus luchas y procesos en búsqueda de la justicia y su interpretación de la historia desde un Dios liberador, con su opción por los pobres. Esta oferta del Reino que propone Jesús es una realidad que quiere hombres y mujeres capaces de incorporar los propios valores del Reino a las nuevas realidades que Jesús puso en marcha a partir del anuncio y la práctica del Reino. Leer más…
Comentarios desactivados en 30.7.23. Dom 17 TO. Tesoro, perla, red… Invitación a las parábolas (Mt 13, 44-53).
Del blog de Xabier Pikaza:
Este evangelio ha recogido dos parábolas fulgurantes de Jesús (perla y tesoro (13, 44-46) con una alegoría escatológica (red barrerera:13, 46-50) y una reflexión sobre el buen escriba-maestro que vincula sabiamente lo antiguo con lo nuevo, 13,51-52), como he puesto de relieve en comentario a Mateo.
La postal que sigue es una «invitación a las parábolas»: Ir más allá de un evangelio manipulado, volver de un modo personal, agradecido, emocionado, al fulgor de las parábolas de Jesús.
| X.Pikaza
1. DOS PARÁBOLAS FULGURANTES. TESORO Y LA PERLA
¿Tenemos miedo a las parábolas? Nos asusta el tesoro, la perla ¿Qué hacemos? Preferimos la vulgar mediocridad. Nos da miedo el riesgo: No queremos vender todo para vivir de/con el tesoro. ¿No creemos en el reino y por eso camuflamos y las embellecemos falsamente las parábolas para no cumplirlas?. (Cf. Historia de Jesús, VD, Estella 2013).‒ En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo.‒ El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra (Mt 13,44-46).A los pobres de Galilea les hablaba Jesús de un inmenso tesoro escondido en el campo de su vida, de una perla preciosa, de más valor que todo lo que ellos podían imaginar. Hablaba Jesús a los pobres, que nada tenían, y les ofrece un tesoro una perla más preciosa.
Entendido así, el Reino de Dios no es pobreza, ni es sacrificio, sino la más alta riqueza, mayor que todos los tesoros de los reyes y que todas las perlas de los comerciantes. Hay algo mayor, un don, algo que todos pueden encontrar y adquirirlo. Ellos que no tienen nada pueden encontrar y encuentran (reciben por Jesús) el Tesoro del Reino, la Perla del Rey
Estas dos parábolas (tesoro, perla) nos sitúan ante la máxima riqueza; pero ellas exigen, el mismo tiempo, el mayor desprendimiento: hay que dejarlo (venderlo), jugárselo todo para alcanzar el tesoro, para obtener la perla. Estas parábolas no pueden entenderse en sentido moralista, pues rompen la lógica del mundo:
‒ ¿Es justo engañar al dueño del campo, no decirlo que tiene un tesoro y comprarla la tierra por un poco de dinero?
‒ ¿Es razonable venderlo todo para comprar la perla…? ¿De qué vivirá la familia del comerciante en perlas si se arruina al comprar la perla más valiosa.El evangelio no responde a esas ni a otras preguntas que hagamos, sino que nos invita a romper las redes de un pensamiento instrumental/interesado y egoísta, centrado en el negocio… para soñar en lo más alto, para pensar en lo más hondo, para comprometernos a descubrir y cultivar nuestro tesoro, la perla de la vida.2. EVANGELISTA, HOMBRE DE IGLESIA (MT 13, 47-50). UNA MORAL DE JUICIO
El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.
El Reino se parece a una red… Ésta no es ya una parábola, sino una alegoría, que nos sitúa ante un tipo de moral ordinaria de juicio, según la cual Dios condena a los flacos (los peces pequeños, expulsados de nuevo) y salva a los “gordos y ricos”, en una línea de justicia conmutativa… Dios recibe en su reino a los «peces gordos»…, Dios echa nuevamente al mar a los peces flacos y malos…
Ciertamente, en un sentido, esa moral de justicia es buena, responde a la división de los hombres (peces buenos, peces malos; obras buenas, obras malas…). Pero, en sí misma, esa alegoría no responde al mensaje de Jesús que viene a salvar precisamente a los pecadores y excluidos (a los flacos y pecadores) , como puso de relieve Pablo.
Esta alegoría de la pesca…. es una advertencia moral de la Iglesia posterior, no una parábola de Jesús, que ha venido a salvar precisamente a los “peces flacos”.
Ciertamente, esta alegoría tiene cierto valor… pues nos invita a descubrir lo que somos, para transformarnos y así convertirnos en peces buenos… Pero es una alegoría de prudencia “humana”, no de enseñanza salvadora de Jesús, que se expresa en las dos parábolas anteriores paradójicas y sorprendentes (del tesoro y de la perla).
Por otra parte, esa separación de peces gordos y flacos separación no se puede hacer en este mundo, como sabía la parábola de la cizaña (¡no cortéis en este mundo la cizaña…!). Además, las redes de Dios son distintas a las redes de este mundo… y Jesús ha muerto para salvar a todos.
3. APLICACIÓN FINAL, UNA “BUENA TEOLOGÍA”: EL BUEN ESCRIBA
¿Entendéis bien todo esto?» Ellos le contestaron: «Sí.» Él les dijo: «Ya veis, un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo. (Mt 13, 51-52)
Jesús pregunta a sus discípulos si entienden. Ellos le dicen que sí y luego se presenta como un «escriba sabio» que mezcla lo antiguo y lo nuevo… El mensaje de Israel y las palabras de Jesús... Ese escriba bueno y sabio que mezcla lo antiguo y lo nuevo está actuando en la elección de los textos anteriores, y en su vinculación.
– Mt 13, 44-46 es mensaje nuevo, es parábola de Jesús, es don de Dios que se ofrece a todos, como perla, como tesoro…
– Mt 13, 47-50 forma parte del discurso moral y apocalíptico del judaísmo del tiempo de Jesús, sino advertencia moral de la igleisa. En sentido estricto no es evangelio.
– Mt 13, 51-52. Es invitación al buen magisterio, que recoge e integra lo antigua con lo nuevo. Pero el buen maestro (el buen escriba) tiene que recuperar también eso e integrarlo en el mensaje de Jesús…
Mateo no quiere ser infiel a Jesús y a los pobres hombres mezquinos que somos, y por esotiene que vincular el fulgor de las parábolas de Jesús con un tipo de ley judía (que se expresa en la alegoría de la red), para que así el “buen judaísmo” (de los peces gordos, religiosos) pueda entrar en la novedad de las parábolas de Jesús. Leer más…
En los dos domingos anteriores, el discurso en parábolas ha respondido a tres preguntas que se hacía la antigua comunidad cristiana y que nos seguimos planteando nosotros:
1) ¿Por qué no aceptan todos el mensaje de Jesús? (parábola del sembrador).
2) ¿Qué hacer con quienes no lo aceptan? (el trigo y la cizaña).
3) ¿Tiene futuro esta comunidad tan pequeña? (el grano de mostaza y la levadura)
Quedan todavía otras dos preguntas por plantear y responder.
¿Vale la pena?
La pregunta que puede seguir rondando en la cabeza de los seguidores de Jesús es si todo esto vale la pena. A la pregunta responden dos parábolas muy breves, aparentemente idénticas en el desarrollo y con gran parecido en las imágenes. Por eso se las conoce como las parábolas del tesoro y la perla. Lo que ocurre en ambos casos es lo siguiente:
a) El protagonista descubre algo de enorme valor.
b) Con tal de conseguirlo, vende todo lo que tiene.
c) Compra el objeto deseado.
Sin embargo, hay curiosas diferencias entre las dos parábolas, empezando por los protagonistas.
El suertudo y el concienzudo
El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo.
El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra.
El protagonista de la primera es un hombre con suerte. Mientras camina por el campo, encuentra un tesoro. Su primera reacción no es llevarlo a la oficina de objetos perdidos (que entonces no existe) ni poner un anuncio en el periódico (que tampoco existe). Ante todo, lo esconde. Repuesto de la sorpresa, se llena de alegría y decide apropiarse del tesoro, pero legalmente. La única solución es comprar el campo. Es grande y caro. No importa. Vende todo lo que tiene y lo compra.
El protagonista de la segunda parábola es muy distinto. No pierde el tiempo paseando por el campo. Es un comerciante concienzudo que va en busca de perlas de gran valor. Por desgracia, la traducción litúrgica ignora este aspecto: en vez de “El Reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas”, debería decir “a un comerciante en busca de perlas finas”. No la encuentra por casualidad, va tras ella con ahínco. Como buen comerciante, calculador y frío, no salta de alegría cuando la encuentra, igual que el protagonista de la primera parábola. Pero hace lo mismo: vende todo lo que tiene para comprarla.
La perla y el comerciante
Otra diferencia curiosa es que la primera parábola compara el Reino de los Cielos con un tesoro, pero la segunda no lo compara con una perla preciosa, sino con un comerciante. Este detalle ofrece una pista para interpretar las dos parábolas.
Ni bonos basura ni timo de la estampita
No olvidemos que estas parábolas se dirigen a una comunidad que sufre una crisis profunda y se pregunta si ser cristiano tiene valor. En términos modernos: ¿me han vendido bonos basura o me han dado el timo de la estampita? La respuesta pretende revivir la experiencia primitiva, cuando cada cual decidió seguir a Jesús. Unos entraron en contacto con la comunidad de forma puramente casual, y descubrieron en ella un tesoro por el que merecía la pena renunciar a todo. Otros descubrieron la comunidad tras años de inquietud religiosa y búsqueda intensa, como ocurrió a numerosos paganos en contacto previo con el judaísmo; también éstos debieron renunciar y vender para adquirir.
Las parábolas, aparte de infundir ilusión, animan también a un examen de conciencia. ¿Sigue siendo para mí la fe en Jesús y la comunidad cristiana un tesoro inapreciable o se ha convertido en un objeto inútil y polvoriento que conservo sólo por rutina?
Al mismo tiempo, nos enseñan algo muy importante: es el cristiano, con su actitud, quien revela a los demás el valor supremo del Reino. Si no se llena de alegría al descubrirlo, si no renuncia a todo por conseguirlo, no hará perceptible su valor. Estas parábolas parecen decir: «Cuando te pregunten si ser cristiano vale la pena, no sueltes un discurso; demuestra con tu actitud que vale la pena».
¿Qué ocurrirá a quienes aceptan el reino, pero no viven de acuerdo con sus ideales?
A esta última pregunta responde la parábola de la red lanzada al mar.
El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.
No queda claro si se habla de toda la humanidad, donde hay buenos y malos, o de la comunidad cristiana, donde puede ocurrir lo mismo. Ya que el tema del juicio universal se ha tratado a propósito del trigo y la cizaña, parece más probable que se refiera al problema interno de la comunidad cristiana. Interpretada de este modo, empalmaría muy bien con las dos anteriores. Hay gente dentro de la comunidad que no vive de acuerdo con los valores del evangelio, que no mantiene esa experiencia de haber descubierto un tesoro o una perla. ¿Qué ocurrirá con ellos? La respuesta es muy dura («a los malos los echarán al horno encendido») pero conviene completarla con la última parábola del evangelio de Mateo, la del Juicio final (Mt 25,31-46), donde queda claro cuáles son los peces buenos y cuáles los malos. Los buenos son quienes, sabiéndolo o no, dan de comer al hambriento, de beber al sediento, visten al desnudo, hospedan al que no tiene techo… Los que ayudan al necesitado, aunque ni siquiera intuyan que dentro de ellos está el mismo Jesús.
Conclusión
¿Entendéis bien todo esto?»
Ellos le contestaron:
― Sí.
Él les dijo:
― Ya veis, un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo.
Mateo termina las siete parábolas comparando al predicador del evangelio con un padre de familia. Parece un nuevo enigma, esta vez sin explicación. En sentido inmediato, el escriba que entiende del reinado de Dios es Jesús. Para exponer su mensaje ha usado cosas nuevas y viejas. Del baúl de sus recuerdos ha sacado cosas antiguas: alguna alusión al Antiguo Testamento, la técnica parabólica y el lenguaje imaginativo de los profetas. Pero la mayor parte consta de cosas nuevas, fruto de su experiencia y de su capacidad de observación: la vida del campesino, del ama de casa, del pescador, del comerciante, de la gente que lo rodea, le sirven para exponer con interés su mensaje. Por eso, la comparación final es también una invitación a los discípulos y a los predicadores del evangelio a ser creativos, a renovar su lenguaje, a no repetir meramente lo aprendido.
La primera lectura
La primera lectura nos invita a pedir a Dios esta sabiduría, igual que Salomón se la pidió para gobernar a su pueblo.
En aquellos días, el Señor se apareció en sueños a Salomón y le dijo:
― Pídeme lo que quieras.
Respondió Salomón:
― Señor, Dios mío, tú has hecho que tu siervo suceda a David, mi padre, en el trono, aunque yo soy un muchacho y no sé desenvolverme. Tu siervo se encuentra en medio de tu pueblo, un pueblo inmenso, incontable, innumerable. Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien, pues, ¿quién sería capaz de gobernar a este pueblo tan numeroso?
Al Señor le agradó que Salomón hubiera pedido aquello, y Dios le dijo:
― Por haber pedido esto y no haber pedido para ti vida larga ni riquezas ni la vida de tus enemigos, sino que pediste discernimiento para escuchar y gobernar, te cumplo tu petición: te doy un corazón sabio e inteligente, como no lo ha habido antes ni lo habrá después de ti.
Reflexión final
El discurso en parábolas nos ha ocupado tres domingos. Su problemática es tan actual e interesante que ha merecido la pena. Dada la situación actual de la iglesia, quizá su mayor mensaje es el de esperanza y entusiasmo. Seguir a Jesús merece la pena y tiene futuro, con tal de renunciar a ser cedro del Líbano y contentarnos con ser árbol de mostaza. Aunque pequeña, como la levadura, la comunidad cristiana siempre podrá hacer el bien a los pájaros del cielo, aunque no se queden a anidar en sus ramas.
Comentarios desactivados en 30 de Julio. Tiempo Ordinario. Domingo XVII. Ciclo A
“El Reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas, que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra.”
Y este domingo también tenemos varias parábolas. Jesús quiere darnos a conocer el Reino. Busca, incansable, numerosos ejemplos. Comparaciones. Muchas imágenes. Para que podamos comprenderlo.
Dos de las parábolas de hoy: la del tesoro y la de la perla, nos hablan del valor del Reino. Descubrir el Reino, descubrir el Rostro de Dios que Jesús vino a mostrarnos es una suerte. Una inmensa alegría.
Algo por lo que vale la pena vender todo lo demás. Quizá durante demasiado tiempo en la Iglesia le hemos dado mucho protagonismo a la renuncia. Al sacrificio. Pero el Reino de Dios, el mensaje de Jesús no es cuestión de renuncia. Es cuestión de elección.
Cuando elegimos algo en la vida es porque lo deseamos, porque nos gusta. Nos parece valioso. Elegimos una carrera, un oficio, un lugar donde vivir. Y también cosas más pequeñas: un móvil, un pantalón o un plato de comida.
Nuestra vida está llena de elecciones y cada elección implica un esfuerzo y también una renuncia.
Cada elección que hacemos, por pequeña que sea, nos hace ejercitar nuestra libertad. Nos obliga a decidir.
No conozco a nadie que haya comprado algo que le hiciera ilusión (un teléfono, un coche…) que salga triste de la tienda pensando que solo se ha podido comprar uno y ha tenido que dejar los demás.
Sin embargo mucha gente te mira con condescendencia cuando haces una opción de vida por el Reino, como es ser monja. Y te preguntan: “¿no te da pena no poder…?”
¡No!, no me da pena. He hecho una elección. He elegido aquello que pienso que puede llenar plenamente mi vida. ¡Cierto! dejo muchas cosas, muchas otras posibilidades, el concesionario se queda lleno de coches cuando compramos uno. Pero lo que he elegido me llena de alegría. Si tuviera que llevarme todos los coches del mercado sería absurdo y agobiante. Me quedo con uno y lo disfruto, lo cuido y se lo enseño con alegría a todo el mundo.
Y con el Reino de Dios es aun mejor porque no pierde valor al salir del concesionario, no contamina y no se estropea. Tiene garantía indefinida.
Oración
Trinidad Santa, danos la alegría y el convencimiento de quien ha hecho una elección libre y decidida por tu Reino.
Comentarios desactivados en La incapacidad de descubrir la cizaña en nosotros impide que la aceptemos en los demás.
DOMINGO 16 (A)
Mt 13, 24-43
La parábola de la cizaña es una de las siete que Mateo narra en el capítulo 13. Como decíamos el domingo pasado, se trata de un contexto artificial. Como todas las parábolas se trata de un relato anodino e inofensivo por sí mismo, pero puede llevarnos a una reflexión muy seria sobre la manera que tenemos de catalogar a las personas como buenos y malos. Mal entendida, puede dar pábulo a un maniqueísmo nefasto, que tergiversa el mensaje de Jesús. Bien y mal se encuentran inextricablemente unidos en cada uno de nosotros.
El punto de inflexión en la lógica del relato lo encontramos en las palabras del dueño del campo: “dejadlos crecer juntos hasta la siega”. Lo lógico sería que se ordenara arrancar la cizaña en cuanto se descubriera en el sembrado, para que no disminuyera la cosecha. Pero resulta que, contra toda lógica, el amo ordena a los criados que no arranquen la cizaña, sino que la dejen crecer con el trigo. Este quiebro debe hacernos pensar. No es que el dueño se haya vuelto loco, es que quiere hacernos ver que otra actitud ante la realidad es posible.
El domingo pasado, una cosecha del ciento por uno era el quiebro que nos obligaba a saltar a otro plano. Esa desorbitada cosecha no se puede dar en el trigo, luego tenemos que dar un salto para entender lo que nos quiere decir. Ya no se trata de tierra y grano sino de fruto espiritual. En esta parábola, la falta de lógica está en no arrancar la cizaña. Si en el trigo se nos pide hacer lo contrario de lo que se debe, nos obliga a saltar a otro nivel en que eso sea posible. En el orden espiritual no solo no se debe arrancar la cizaña, sino que no se puede separar.
El dueño siembra buena semilla. La cizaña tiene un origen distinto. Según aquella mentalidad, hay un enemigo del hombre empeñado en que no alcance su plenitud. Pero la hipótesis del maniqueísmo es innecesaria. Durante milenios el hombre trató de buscar una respuesta coherente al interrogante que plantea la existencia del mal. Hoy sabemos que no tiene que venir ningún maligno a sembrar mala semilla. Las limitaciones, que inevitablemente nos acompañan como criaturas, dan razón suficiente para explicar los fallos de toda vida humana.
Casi cuatro mil millones de años de evolución han ido siempre en la dirección de asegurar la supervivencia del individuo y de su especie. A ese objetivo estaba orientado cualquier otro logro. El ser humano descubre que hay un objetivo más valioso que el de la simple supervivencia. Al intentar caminar hacia esa nueva plenitud de ser que se le abre en el horizonte, el hombre tropieza con esa enorme inercia que le empuja al objetivo puramente egoísta. En cuanto se relaja un poco, aparece la fuerza que le arrastra en la dirección equivocada.
El objetivo de subsistencia individual y el nuevo horizonte de unidad-amor que se le abren al ser humano no son contradictorios. En el noventa por ciento deben coincidir. Pero esa pequeña proporción que les diferencia no es fácil de apreciar. Como en el caso de la cizaña y el trigo, solo cuando llega la hora de dar fruto queda patente lo que los distingue. Es inútil todo intento de dilucidar teóricamente lo que es bueno o lo que es malo. La mayoría de las veces las personas solo descubren lo bueno o lo malo después de innumerables errores.
El trigo y la cizaña tienen que convivir a pesar de que son plantas antagónicas y lo que produce una, será siempre a costa de la otra. La cizaña perjudica al trigo, pero la realidad es que son inseparables. Aplicado al ser humano, la cosa se complica hasta el infinito, porque en cada uno de nosotros coexisten juntos cizaña y trigo. Nunca conseguiremos eliminar del todo nuestra cizaña. Solo aceptando esto, superaremos el puritanismo y lo aceptaremos tal como es.
Esta mezcla inextricable no es un defecto de fábrica, como se ha hecho creer con mucha frecuencia; por el contrario, se trata de nuestra misma naturaleza. Dejaríamos de ser humanos si se anularan todas nuestras limitaciones. No solo es absurdo el considerar a uno bueno y a otro malo, sino que el solo pensar que una persona se pueda considerar perfecta, es descabellado. Arrancar la cizaña en nosotros y en los demás ha sido una tentación inmemorial.
También hoy Jesús, a petición de sus discípulos, explica la parábola. No se trata de una explicación de Jesús, sino de un añadido de la primera comunidad, que convirtió la parábola en alegoría para utilizarla como instrumento moralizante. En la explicación que el evangelio da se ve con toda claridad la diferencia entre parábola y alegoría. Podemos apreciar cómo se desvía el acento desde la necesidad de convivir con el diferente a la insistencia en que los malos serán quemados, con la intención de que el miedo a ser quemados nos haga mejores.
Si a través de veinte siglos, la Iglesia hubiera hecho caso de esta parábola, ¡cuántos atropellos se hubieran evitado! En todos los tiempos se ha perseguido al que discrepa, solo por el afán de preservar el trigo. Se ha excomulgado, se ha desterrado, se ha quemado en la hoguera a miles de cristianos que eran bellísimas personas, aunque no coincidieran con la verdad oficial. Es patético que se haya declarado santos a algunos de los que han sido sacrificados.
Aún tenemos pendiente un cambio en nuestra actitud ante el diferente. Hemos sido educados en el exclusivismo. Jesús sabía muy bien lo que decía a un pueblo judío que se creía elegido y superior a los demás. A pesar de la claridad del mensaje, muy pronto olvidaron los cristianos las enseñanzas de Jesús y reprodujeron el exclusivismo judío. Una sola frase resume esta actitud totalmente antievangélica: “fuera de la Iglesia no hay salvación”. Esta máxima ha sido defendida todavía, por el último Catecismo de la Iglesia Católica.
La parábola no solo se aplica al orden moral sino a la doctrina y al culto. En las verdades también hay trigo y cizaña y tampoco se puede separar el error de la verdad. Dice un proverbio oriental: si te empeñas en cerrar la puerta a todos los errores, dejarás inevitablemente fuera la verdad. En el culto, el trigo sería un descubrimiento de Dios en nosotros y una verdadera relación con Él. Cizaña sería quedarnos en los ritos externos y no llegar a la vivencia. En la moral es mucho más sangrante la pretensión de exclusividad. Hemos predicado como voluntad de Dios lo que no son más que preceptos humanos.
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