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Teresa Muñoz Guillén: “El virus que paralizó nuestras vidas: su intrusión y sus efectos: Una mirada desde la Psicología.”

Martes, 27 de septiembre de 2022
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Teresa Muñoz Guillén ofreció en el 41 Congreso de Teología de la Asociación Teológica Juan XXIII, que se está celebrando en Madrid dedicado a la pandemia, sus consecuencias y la pospandemia, una análisis desde el impacto psicológico

“La pandemia —y todo lo que ello comporta— ha supuesto una invasión de algo que ha venido de fuera a ocupar nuestro modo de vida individual, personal y social, en una suerte de mundos superpuestos”

“Los efectos colaterales del confinamiento para la salud mental de las personas, sumados a la incertidumbre vital y social que no deja de hacer mella en el ánimo de la gente, incrementaron las consultas por problemas de ansiedad y depresión”

Cuando la Humanidad que tiene al planeta Tierra como casa común parecía estar en un momento álgido de desarrollo y conquistas a todos los niveles: social, cultural, económico… de modo repentino, sin avisar, surge un elemento que, si bien no cabe considerarlo nuevo, puesto que en ámbitos científicos ya había sido observado e identificado, sí lo ha sido la forma intrusiva, voraz y letal con la que se instaló entre nosotros, haciéndonos vivir una realidad distópica. Se trata de un microorganismo que ha sido nominado como Coronavirus SARS-Cov-2 (acrónimo en inglés de Síndrome Agudo Respiratorio Severo)  y a la enfermedad que causa la OMS la ha denominado oficialmente Covid 19 (COrona VIrus Desease del año 2019). Con esta compleja nomenclatura ha entrado en nuestras vidas un virus que ha trastocado el “orden establecido”, ha hecho que se impusieran medidas restrictivas, tanto que incluso estas medidas establecieron frontera con derechos ampliamente reconocidos y defendidos, tales como, por ej. el derecho de las personas a circular libremente, a relacionarse estrechamente con los suyos y, en definitiva, a participar en la vida social en interacciones mutuas. En unas semanas, el mundo se modificó, y bajo el miedo a la muerte que preside el trasfondo de la situación, observamos una serie de fenómenos que nos obligan a pensar lo que parecía imposible.

El enorme poder científico y tecnológico tiene un efecto perverso: el de que creíamos que lo podíamos todo, y en este punto la Naturaleza nos impacta con un golpe de realidad y nos pone en nuestro sitio, haciéndonos tomar conciencia de nuestros límites.

Un ejercicio de humildad para la humanidad. Una catástrofe mundial que nos desafía a todos. El dolor, la incertidumbre, el temor y la conciencia de los propios límites que despertó la pandemia, hacen resonar el llamado a repensar nuestros estilos de vida, nuestras relaciones, la organización de nuestras sociedades y sobre todo el sentido que le hemos dado a nuestra existencia. Si todo está conectado, es difícil pensar que este desastre mundial no tenga relación con nuestro modo de enfrentar la realidad.

No planteo que hubiera un mundo feliz anterior a la llegada del virus. Enemistades, odios, agresiones al medio ambiente, injusticias, abusos, hambrunas, guerras y otras muchas catástrofes y calamidades nos han acompañado y siguen presentes desde el principio de los tiempos. Entonces ¿por qué este invisible agente ha causado y producido la reacción global de peligro que, de un día para otro, ha hecho que diéramos un giro a nuestro modo de vida? Tomo prestadas unas reflexiones de nuestro veterano filósofo D. Emilio Lledó cuando a sus lúcidos más de 90 años dice: “De repente, mi cabeza se ha llenado de recuerdos de guerra. Yo era un niño, pero me vinieron imágenes muy vivas. La misma inseguridad. Los hábitos de miedo: no salir a la calle, protegerse, ponerse a cubierto. Pero aquel era un miedo concreto, sabíamos quiÉn era el enemigo. Sin embargo, Este es un miedo abstracto, difuso, extraño. Por eso estamos tan desconcertados y éste es el gran problema. El desconcierto no ayuda a pensar bien, cuando lo que más necesitamos en este momento es justo lo contrario: la razón contra el caos”.

Caos. De alguna manera esta ha sido la vivencia que el virus nos ha hecho sentir. Lo más elemental de nuestra vida cotidiana: salir a trabajar, visitar a los nuestros, abrazarnos, tocarnos, tiene que ser radicalmente alterado, porque todos y cada uno de nosotros nos convertimos en potencialmente peligrosos para los demás, porque en lugar del afecto que queremos compartir con los otros, lo que podíamos transmitirles es enfermedad, tal vez la muerte, el caos. El coronavirus ataca el corazón de los humanos en la base más esencial de su ser: la vida con el otro.

Es decir, la inversión absoluta de nuestros valores tomó posiciones no sólo en nuestra cotidianeidad, sino también en nuestro mundo afectivo y mental. De alguna manera — en este caso intrusiva— un elemento extraño, ajeno, toma el rumbo de nuestra vida. Evento cataclísmico, imprevisible e inverosímil.

No es que un cambio de vida sea en sí mismo perjudicial o negativo, es algo que se hace continuamente. Las personas cambiamos nuestras condiciones de vida en razón de proyectos de mejora o incluso del propio discurrir de la vida en el proceso de maduración que debe darse en toda persona. Hablamos en estos casos de cambios conocidos, planificados e incluso deseados. Pero este virus ha introducido un cambio que ha hecho que de pronto nos hayamos descubierto frágiles, vulnerables y desasistidos. A la vulnerabilidad se le suma una gran cuota de incertidumbre. En términos generales diremos que la mente tiene poca capacidad para manejar la incertidumbre y poder darle un significado. Nuestra posibilidad de pensar quedó suspendida. Nuestros parámetros de control fueron trastocados. El virus ha puesto de rodillas al poderío humano: se detuvo el comercio, los juegos olímpicos, los aeropuertos, etc. dejó al descubierto nuestras falsas seguridades, nos creíamos a salvo en nuestras sociedades hiper-protegidas pero se dio un aumento a nivel mundial de trastornos de corte psicológico.

Disponemos de un enorme poder científico y un no menos inmenso desarrollo tecnológico con el que podemos controlar e incluso modificar coordenadas de realidad para ajustarlas a nuestras necesidades y deseos. Se han traspasado barreras que hasta no hace demasiado tiempo parecían infranqueables y se ha hecho posible lo que se consideraba imposible en otros tiempos.

En la cúspide de las sociedades de bienestar, el desconcierto y la confusión que ha traído la pandemia del virus, invadió nuestra capacidad de pensar y más aún, de mentalizar.

Mentalizar no es lo mismo que pensar, mentalización o (función reflexiva) se refiere a una actividad mental, muchas veces intuitiva que permite reconocer el estado emocional propio y ajeno, posibilitando así la autorregulación emocional, es decir, percibir e interpretar la conducta tomando conciencia de un hecho para afrontarlo adecuadamente. Se basa en el supuesto de que nuestros estados mentales influyen en nuestra conducta y en la de los otros. (Bateman y Fonagy, 2006). En un sentido amplio, alude a una capacidad esencial para la regulación emocional y el establecimiento de relaciones interpersonales satisfactorias. Nos permite tener una representación de nosotros mismos, es decir, nos permite sentirnos dueños de nuestras conductas y pensamientos, y de regular nuestras emociones y sentimientos. La mentalización dirigida hacia el otro, capta su estado emocional, y despierta una reacción afectiva acorde al mismo, es lo que llamamos empatía.

Emociones y sentimientos en la pandemia

Quiero señalar que emociones y sentimientos no son lo mismo, son procesos distintos, si bien estrechamente interconectados. Las emociones son percepciones que se acompañan de sensaciones corporales, están ligadas al cuerpo y por tanto sus manifestaciones son visibles (miedo → taquicardia, respiración entrecortada; vergüenza → sonrojo…) son estímulos del ambiente, que de manera innata generan una reacción corporal (gestos, tono de voz, ritmo cardíaco…..) Suceden de forma automática, sin necesidad de pensar. Su objetivo es regular el proceso vital, mantener la homeostasis a fin de evitar los peligros. Las emociones detectan las amenazas del exterior, forman parte de nuestro equipamiento biológico. “Las emociones proporcionan un medio natural para que el cerebro y la mente evalúen el ambiente interior y el que rodea al organismo, y para que respondan en consecuencia y de manera adaptativa” (A. Damasio).

Según Damasio las emociones más universales son: felicidad, tristeza, ira, miedo y asco. Cuando el cuerpo se adapta a los perfiles de una de estas emociones son sentimos felices, tristes, airados, temerosos o asqueados. Es decir, aunque las emociones puedan ser desagradables tienen una función adaptativa, que nos han servido para sobrevivir y evolucionar como especie.

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Leonardo Boff: “Hacia una Iglesia samaritana y cuidadora de la Naturaleza.”

Sábado, 24 de septiembre de 2022
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Intervención del teólogo brasileño en el 41 Congreso de Teología de la asociación Juan XXIII.

“Todo parece indicar que el vírus es un contra-ataque de la Madre Tierra a raiz de la secular agresión que los poderosos le hicieran devastando enteros ecosistemas en función de la acumulación de bienes materiales”

“La Madre Tierra nos quiere decir: paren este tipo de relación violenta contra mí que les doy cotidianamente todo lo que necesitan para vivir. En caso contrario, vendrán otros virus más dañinos y eventualmente el Gran Virus (The Next Big One) contra el cual las vacunas serán ineficaces y gran parte de la biosfera podrá verse peligrosamente afectada”

“Con el viraje hacia el paradigma del frater, del hermano y de la hermana, se abre una ventana de salvación”

“Hoy día el mayor problema de la humanidad no es ni el económico, ni el político, ni el cultural, ni el religioso, sino la falta de solidaridad con otros seres humanos que están a nuestro lado”

Antes de abordar el tema –Hacia una Iglesia samaritana y cuidadora de la Naturaleza– pretendo hacer dos observaciones:

– La primera: ¿qué mensaje la Madre Tierra nos quiere comunicar con la intrusión del Coronavírus?

– La segunda: la confrontación de dos paradigmas civilizatorios: del dominus y del frater: ¿cuál es su significado para la actual crisis generalizada?

Vamos a la primera observación: más allá de las vacunas y de todas las precauciones contra la diseminación del vírus, hay que preguntarse: ¿de donde viene el vírus? Todo parece indicar que el vírus es un contra-ataque de la Madre Tierra a raiz de la secular agresión que los poderosos le hicieran devastando enteros ecosistemas en función de la acumulación de bienes materiales. En otras palabras, es una respuesta al antropoceno y al necroceno. Tocamos los limites ecológicos de la Tierra al punto de que necesitamos más de un planeta y medio para atender al consumo y especialmente al consumismo suntuoso de una pequeña porción de la humanidad.

La Madre Tierra nos quiere decir: paren este tipo de relación violenta contra mí que les doy cotidianamente todo lo que necesitan para vivir. En caso contrario, vendrán otros virus más dañinos y eventualmente el Gran Virus (The Next Big One) contra el cual las vacunas serán ineficaces y gran parte de la biosfera podrá verse peligrosamente afectada. O vendrán otros eventos extremos como grandes catastrofes ecologico-sociales.

Todo está indicando que tal mensaje no está siendo oído por los jefes de Estado, los directores de las grandes corporaciones multinacionales y por la población en general. Si lo escucharan, tendrían que cambiar su modo de producción, las ganancias absurdas y perder sus privilegios.

Hay que reconocer que la Covid-19 cayó como un meteoro rasante sobre el capitalismo neoliberal desmantelando sus mantras: el lucro,  la acumulación privada, la competencia, el individualismo, el consumismo, el Estado reducido al mínimo y la privatización de la cosa pública y de los bienes comunes.

Mientras, planteo inequívocamente la disyuntiva: ¿vale más el lucro o la vida? ¿Debemos salvar la economía o salvar vidas humana? Si hubiéramos seguido tales mantras todos estaríamos en peligro.

Lo que nos ha salvado fue lo que le falta al capitalismo: la solidaridad, la cooperación, la interdependencia entre todos, la generosidad y el cuidado mutuo de la vida de unos y otros y de la naturaleza.

Segunda observación: El presente caos sanitario, ecológico, social, politico y espiritual es la consecuencia derivada del paradigma que ha dominado  en los últimos tres siglos de nuestra historia, ahora globalizada. Los padres fundadores de la Modernidad del siglo XVII entendían el ser humano como el dominus, el maître et possesseur de la naturaleza y no como parte de ella. Para ellos la Tierra carece de propósito y la naturaleza no tiene valor en sí misma, sino que está solo ordenada al ser humano que puede disponer de ella a su antojo. Este paradigma ha modificado la faz de la Tierra, trajo innegables beneficios, pero en su afán de dominar todo, ha creado el principio de autodetrucción de sí mismos y de la naturaleza con armas químicas, biológicas y nucleares.

El fin del mundo ya no es cosa de Dios, sino del proprio ser humano que se ha enseñoreado de la propia muerte. Llegamos a tal punto que el Secretario General de la ONU, António Guterrez dijo recientemene en un encuentro en Berlín sobre el calientamento global que crece de forma no prevista: “Solo tenemos esta elección: la acción colectiva o el suicidio colectivo”.

De cara al paradigma del dominus el Papa Francisco en la encíclica Fratelli tutti propone otro paradigma: el del frater el hermano y la hermana, él de la fraternidad universal y de la amistad social (n.6; 128). Desplaza el centro: de una civilización técnico-industrial, antropocéntrica e individualista a una civilización de la solidaridad, de la preservación y del cuidado de toda la vida.

Sabemos, por datos de la ciencia, que todos los seres vivos tienen en común el mismo código genético de base, los 20 aminoacidos y las mismas cuatro bases nitrogenadas, desde la célula más primitiva de 3,8 mil millones de años, pasando por los dinosaurios, los caballos y legándonos a nosotros. Por eso somos de hecho, y no retórica o místicamente, hermanos y hermanas. Esto lo reafirma la Carta de la Tierra así  como las dos encíclicas ecológicas del Papa Francisco.

Estos dos paradigmas están hoy altamente confrontados. Si seguimos el paradigma del señor y dueño que usa el poder como dominación de todo, hasta de las últimas dimensiones de la materia y de la vida, vamos seguramente al encuentro de un armagedón ecológico, con el riesgo de exterminar la vida en la Tierra. Sería el justo castigo por las ofensas y heridas que hemos infligido a la Madre Tierra por siglos y siglos. Ella seguirá su curso alrededor del sol pero sin nosotros.

Con el viraje hacia el paradigma del frater, del hermano y de la hermana, se abre una ventana de salvación. Superaremos la visión apocalíptica de la amenaza del fin de la especie humana, por una visión de esperanza, de que podemos y debemos cambiar de rumbo y de ser de hecho hermanos y hermanas dentro de la misma Casa Común, la naturaleza incluída. Sería el bien vivir y convivir del ideal andino, en armonía entre los humanos y con toda la naturaleza.

Este es el contexto dentro del cual se debe situar la acción de la Iglesia que se propone ser samaritana y cuidadora de todo lo que existe y vive.

El Papa Francisco de Roma, inspirado por el otro Francisco, él de Asís, se dió cuenta de la gravedad de la situación dramática del sistema-Tierra y del sistema-vida, y formuló uma respuesta. En la Laudato Sì: cómo cuidar de la Casa Común invitó a todos a “una conversión ecológica global” (n. 5), además, “una pasión por el cuidado del mundo”…”una mística que nos anima, impele, fomenta y da sentido a la acción personal y comunitaria”(n. 216). En la Fratelli tutti fue todavia más radical: “estamos en el mismo barco, o nos salvamos todos o nadie se salvará”(n.32)

Creo que los elementos de las dos encíclicas ecológicas del Papa Francisco pueden servirnos de inspiración para realizar la misión de ser samaritanos y cuidadores de toda vida.

Pero lo primero es por dónde empezar. Aquí el Papa revela su actitud básica, repetida a menudo a los encuentros con los movimientos sociales sea en Santa Cruz de la Sierra en Bolivia, sea en  Roma:

 «No esperéis nada de arriba porque siempre viene más de lo mismo o todavía peor; empiecen por ustedes mismos», “desde abajo, desde cada uno de vosotros, a luchar por lo más concreto y local, hasta el último rincón de la patria y del mundo» (Fratelli n. 78). El Papa sugiere lo que hoy es la punta de la discusión ecológica mundial: trabajar la región, el biorregionalismo que permite la verdadera sostenibilidad, con una agroecología, una democracia popular y participativa que humaniza las comunidades y articula lo local con lo universal (Fratelli n. 147).

De la mano de la parábola del Buen Samaritano, hace un análisis riguroso de los diversos personajes que entran en escena y los aplica a la economía política, culminando con la pregunta: “¿con quién te identificas (con el herido del camino, con el sacerdote, con el levita o con el extranjero, el samaritano, despreciado por los judíos)? Esta pregunta es cruda, directa y decisiva. ¿A cuál de ellos te pareces?” (Fratelli n.64). El Buen Samaritano se convierte en modelo del amor social y político (n. 66).

Eso me hace recordar lo que decía simpre el gran obispo de los indigenas de Chiapas en México, tan mal comprendido por Roma, Monseñor Samuel Ruiz: “Esta es la pregunta que el Juez Supremo hará a cada uno en el termino de su vida: de que lado estuviste? ¿A quién has defendido? ¿Que personas has elegido?” En la contestación a estas preguntas se decide el destino humano.

Como nunca antes en la historia la Iglesia, sea local, sea universal, debe mostrarse samaritana porque son millones y millones caídos en los caminos, muriendo de hambre o de las enfermidades del hambre. Es cruel constatar que 1% de la humanidad tiene más riqueza que 4,6 mil millones de personas. Son inhumanos y sin piedad. En este campo, en todos los países las Iglesias se han mostrado samaritanas, especialmente, con los más vulnerables. Una ola inmensa de solidaridad se ha mostrado en los movimientos cristianos que han ofertado centenares de toneladas de productos agroecológicos y millones de platos de comida a los marginados en las periferias de las ciudades.

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41 Congreso de Teología: ‘Venimos de una pandemia: levántate y anda’

Miércoles, 7 de septiembre de 2022
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9F941AFB-FC9F-4563-88A9-2D23E51D5FE0Online. Del 9 al 11 de septiembre, organizado por la Asociación Teológica Juan XXIII

La Asociación Teológica Juan XXIII dedica el 41 Congreso de Teología al tema de la pandemia, sus consecuencias, la postpandemia y las necesarias respuestas para virar el curso de la humanidad en dirección a un mundo más justo, solidario y superador de las brechas de la desigualdad

Las personas que intervienen son figuras relevantes en sus campos: Víctor Codina, Mayte Muñoz, Victoria Camps, Jesús Peláez y Leonardo Boff

El Congreso quiere situarse del lado de las víctimas tal como lo expresa Santiago Agrelo, arzobispo emérito de Tánger: “A mí lo que me interesa de esta pandemia (y nosotros añadimos: de la guerra Rusia-Ucrania): son las víctimas”

El Congreso terminará con la lectura del Mensaje, que propondrá algunas líneas de acción a seguir en la respuesta a la pandemia y la postpandemia

Desde hace más de dos años venimos sufriendo una pandemia que ha mantenido confinada o en permanente alerta a la población mundial a través de diferentes olas, ha provocado más de doscientos millones de personas contagiadas, ha causado lamuerte de más de diez millones de seres humanos y ha tenido consecuencias económicas y sociales muy negativas para la humanidad, especialmente para las personas y colectivos más desfavorecidos y la naturaleza en su conjunto.

Pero no podemos quedarnos en las cifras frías. Detrás de ellas hay vidas humanas frustradas, proyectos truncados, experiencias de amor rotas, familias destruidas que han sufrido tan irreparables pérdidas con un final inmerecido para quienes dedicaron su vida a trabajar por un mundo más justo, eco-humano y fraterno-sororal. La covid-19 no ha afectado a todos por igual y con la misma intensidad. Ha sido, y sigue siéndolo hoy, mucho más agresiva con los continentes, los grupos humanos y las clases sociales más vulnerables de la población mundial.

“No podemos quedarnos en las cifras frías”

Lo que la covid-19 ha puesto de manifiesto es, por una parte, la vulnerabilidad del ser humanoy la fragilidad del mundo, y, por otra, el fracaso del modelo neoliberalque, durante la pandemia, ha intensificado las desigualdades y discriminaciones de todo tipo: de género, etnia, género, de clase, etcétera.

En palabras del prestigioso científico social Boaventura de Sousa Santos, “de manera cruel, el coronavirus abrió las venas del mundo, parafraseando la bella expresión de Eduardo Galeano. Nos permitió ver las entrañas de muchas monstruosidades que habitan nuestro día a día y nos seducen con los disfraces que, de tan comunes, asumimos como normalidad”. A su vez, ha sido posible “conocer resistencias comunitarias, iniciativas tan creativas como indignadas para aliviar el sufrimiento” (Boaventura de Sosua Santos, El futuro comienza ahora. De la pandemia a la utopía, Akal, Madrid, 2021, pp. 6).

“Lo que la covid-19 ha puesto de manifiesto es, por una parte, la vulnerabilidad del ser humano y la fragilidad del mundo, y, por otra, el fracaso del modelo neoliberal que, durante la pandemia, ha intensificado las desigualdades

“La pandemia -sigue afirmando Boaventura- mostró, con claridad antes nunca vista, lo peor del mundo en el que hemos vivido desde el siglo XVI: el impulso de la muerte que la dominación moderna desencadenó con impunidad en el mundo de humanos y no humanos no sometidos a ella. Pero… también mostró lo más exaltado de la humanidad: la solidaridad de tantos como arriesgaron su vida para salvar a los más vulnerables o los más afectados, que se consolaron y se cuidaron entre sí” (ibid., p. 8).

A esto cabe añadir la guerra Rusia-Ucrania, destructiva de miles de vida humanas, causante de desplazamientos de millones de seres humanos en condiciones precarias, con una amenaza nuclear, crisis energética y otras consecuencias imprevisibles para el conjunto de la humanidad.

Al tema de la pandemia, sus consecuencias, la postpandemia y las necesarias respuestas para virar el curso de la humanidad en dirección a un mundo más justo, solidario y superador de las brechas de la desigualdad vamos a dedicar el 41 Congreso de Teología a celebrar on line del 9 al 11 de septiembre de 2022.Lo inaugurará Víctor Codina, teólogo catalán que vivió cerca de cuarenta años en Bolivia, quien hablará de “Pandemia y resistencia” mostrando cómo la experiencia vivida estos dos años no debe llevarnos a una parálisis personal, social y religiosa, sino que requiere una respuesta liberadora desde la resistencia activa.

A continuación, Mayte Muñoz, psicóloga clínica y psicoanalista, hará un análisis sobre “El virus que paralizó nuestras vidas”, y Victoria Camps, catedrática emérita de la Universidad Autónoma de Barcelona, reflexionará sobre “El valor emergente del cuidado” como respuesta a las situaciones de precariedad provocadas por la pandemia y sus consecuencias en la postpandemia.

Posteriormente, tendrá lugar la reflexión teológica. Jesús Peláez, catedrático de la Universidad de Córdoba, se centrará en la actitud de Resistencia de Jesús de Nazaret ante los poderes, y Leonardo Boff, teólogo de la liberación de Brasil, lo hará con una reflexión, desde una perspectiva teológica, ética, ecológica y utópica, tituladaHacia una Iglesia samaritana y cuidadora de la naturaleza”.

El Congreso quiere situarse del lado de las víctimas tal como lo expresa Santiago Agrelo, arzobispo emérito de Tánger: “A mí lo que me interesa de esta pandemia (y nosotros añadimos: de la guerra Rusia-Ucrania): son las víctimas. De hecho, para la Iglesia, y me refiero a las comunidades cristianas dispersas por todo el mundo, va a ser un desafío porque tendremos que estar con las víctimas de la mayor pobreza que vendrá tras el virus”.

El Congreso quiere situarse del lado de las víctimas tal como lo expresa Santiago Agrelo, arzobispo emérito de Tánger: “A mí lo que me interesa de esta pandemia (y nosotros añadimos: de la guerra Rusia-Ucrania): son las víctimas”

El Congreso terminará con la lectura del Mensaje, que propondrá algunas líneas de acción a seguir en la respuesta a la pandemia y la postpandemia.

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Inscripciones

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Fuente Religión Digital 

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Los retos y efectos de la pandemia, a debate en el 41 Congreso de Teología

Lunes, 18 de julio de 2022
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83EF50E3-B214-4D4F-832C-67ED98485522Leonardo Boff y Juan José Tamayo

Desde hace más de dos años venimos sufriendo una pandemia mundial que ha provocado más de doscientos millones de personas contagiadas y la muerte de más de diez millones de seres humanos. Pero no podemos quedarnos en las cifras fría de ellas hay vidas humanas frustradas, proyectos truncados y experiencias de amor rotas, La covid-19 no ha afectado a todos por igual y con la misma intensidad. Lo que ha puesto de manifiesto es. por una parte, la vulnerabilidad del ser humano y la fragilidad del mundo, y, por otra, el fracaso del modelo neoliberal que ha reforzado las brechas de la desigualdad.

Este año celebramos el 41 Congreso centrado en la pandemia, sus consecuencias y las posibles respuestas. Lo inaugurará Vítor Codina, quien hablará de “Pandemia y resistencia” mostrando cómo la experiencia vivida estos dos años no puede llevarnos a una parálisis, sino que requiere una respuesta liberadora desde la resistencia activa.

Maite Muñoz hará un análisis sobre “El virus que paralizó nuestras vidas”, y Victoria Camps reflexionará sobre “El valor emergente del cuidado” como respuesta a las situaciones de precariedad provocadas por la pandemia y sus consecuencias en la postpandemia. A continuación, tendrá lugar la reflexión teológica. Jesús Peláez, se centrará en la “Resistencia de Jesús de Nazaret ante los poderes”, y Leonardo Boff lo hará con la conferencia “Hacia una Iglesia samaritana y cuidadora de la naturaleza” desde una perspectiva ética, ecológica y utópica.

El Congreso terminará con la lectura del Mensaje, que ofrecerá las líneas de acción a seguir. Las inscripciones se pueden realizar directamente en la web www.congresodeteologia.info

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PROGRAMA:

Del 9 al 11 de septiembre de 2022

Presentación

1.- Pandemia y resistencia

Víctor CodinaTeólogo de la liberación.

Viernes 9 de septiembre
Hora: 18:00 (hora de Madrid)

2.- El virus que paralizó nuestras vidas.

Mayte Muñoz. Psicóloga clínica y Psicoanalista.

Viernes 9 de septiembre
Hora: 18:30 (hora de Madrid)

3.- El valor emergente del cuidado.

Victoria Camps. Catedrática emérita. Universidad Autónoma de Barcelona.

Sábado 10 de septiembre
Hora: 12:00 (hora de Madrid)

4.- Jesús de Nazaret: resistencia frente al poder.

Jesús Peláez. Catedrático. Universidad de Córdoba.

Sábado 10 de septiembre
Hora: 18:00 (hora de Madrid)

5.- Hacia una iglesia samaritana y cuidadora de la naturaleza.

Leonardo Boff. Teólogo de la liberación. Brasil.

Domingo 11 de septiembre
Hora: 12:00 (hora de Madrid)

Mensaje del Congreso
Hora: 13:30 (hora de Madrid)

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¡INSCRÍBETE AHORA!

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Fuente  Congreso de Teología de la Asociación Teológica Juan XXIII

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Cuál es la situación de las mujeres y la población LGBT en las cárceles tras la pandemia

Martes, 5 de abril de 2022
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CARCEL3-600x300Denuncian que se incrementó la violencia y el abandono. Tampoco hay acceso a la salud.

BUENOS AIRES, Argentina. La “nueva normalidad” que deja a su paso la pandemia de coronavirus también deja mucho para analizar en los espacios de encierro. En las cárceles, el vendaval pandémico no hizo más que agravar problemáticas preexistentes. Y expuso con crudeza cómo esas prácticas sistemáticas afectan más a las minorías intramuros: mujeres y disidencias.

Son pocas en relación al total de la población presa -685 mujeres cis y 31 trans en el Servicio Penitenciario Federal, sobre un total de 10.491 personas presas a fines de febrero-. Pero muchas veces se llevan la peor parte en materia de vulneración de derechos.

Estigmatizadas como el resto de la población carcelaria pero aún más invisibilizadas, mujeres y disidencias de distintas cárceles lograron en los últimos meses dar cierta difusión a reclamos puntuales ante situaciones acuciantes. Lo hicieron mujeres cis y trans presas en el Complejo Penitenciario IV de Ezeiza, así como personas intersex detenidas en Los Hornos, provincia de Buenos Aires, o en la cárcel de Bouwer, en Córdoba. Falta de agua, insuficiencia de comida, no acceso a tratamientos y atención médica –incluso cuando había síntomas o diagnósticos confirmados de Covid- fueron algunos de los asuntos por los que alzaron la voz. La respuesta, en casos como el de Córdoba, llegó en forma de represión.

Situaciones que forman parte de un todo del que aún resta mucho por conocer.

También hay escasez de datos

Recién desde 2015 el Sistema Nacional de Estadística sobre Ejecución de la Pena (SNEEP) registra la población trans/travesti privada de su libertad.

El salto poblacional desde entonces fue marcado: de 33 personas ese año a 124 en 2020. El Servicio Penitenciario Bonaerense aloja al 77% de esta población. Y la Ley 23.737 –Ley de Drogas- representa la principal causa de encarcelamiento de mujeres trans/travesti, sobrerrepresentadas en las prisiones en comparación con otros grupos.

En 2017, un 43 por ciento de las mujeres (1.561) y el 70 por ciento del total de personas trans (89) estaban encarceladas por estos delitos, según consignó el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) en su informe de 2019: “Guerra contra el narcotráfico, guerra contra los pobres”.

De acuerdo al informe anual de la Procuración Penitenciaria de la Nación (PPN) presentado en 2020, la evolución de la población de mujeres cis y personas trans encarceladas registra un “claro aumento” desde hace décadas. De todos modos, sigue siendo muy minoritaria.

Según los datos de la Dirección Nacional de Política Criminal, dependiente del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación, hacia fines del 2019 había más de 4.500 mujeres cis y personas trans detenidas en Argentina: un 5% de la población penal total.

Este crecimiento se da a nivel global: entre 2000 y 2017 la población carcelaria femenina aumentó en un 53.3 por ciento, mientras que la de los hombres aumentó en un 19.7 por ciento, según datos citados en el informe “Mujeres Trans privadas de su libertad: la invisibilidad tras los muros, impulsado por la PPN, junto a organizaciones regionales.

La cárcel pesa y agobia a toda la población, pero sobre todo a la población femenina, a mujeres y diversidades”, remarca Josefina Ignacio, del Comité Nacional para la Prevención de la Tortura (CNPT)Porque la cárcel está construida, fue concebida, para varones. Desde lo edilicio, los tratamientos, la lógica carcelaria. Las mujeres se tuvieron que ir adaptando a eso. La cárcel tiene una lógica muy patriarcal, está gobernada por una institución absolutamente verticalista y eso hace que sea muy machista. La mujer trans o cis que llega a la cárcel en general ya ha sido vulnerada y en la mayoría de los casos ha sufrido violencia de género. Casi todas. Lo encontrás en cada uno de sus testimonios. Y lo siguen padeciendo ahí adentro”.

Menos salud

“Todo está atravesado en este momento por la pandemia. Las cárceles traen muchos problemas estructurales, de trato, desde siempre. Pero la pandemia lo puso más visible y profundizó muchas de estas cuestiones”, dice Verónica Manquel, Coordinadora del Equipo de Género y Diversidad de la Procuración Penitenciaria de la Nación (PPN).

Resalta también que un punto que preocupa especialmente tiene que ver con el acceso a la salud. “En 2020 y 2021 el problema del acceso a la salud fue cada vez más crítico. Y eso afectó de manera diferencial a los distintos colectivos. Sobre mujeres y población trans, el acceso a controles en general y en particular sobre salud sexual y reproductiva o no fueron puntos muy sensibles. Durante mucho tiempo en el SPF no contábamos con fallecimientos de mujeres y trans y en 2020 hubo casos, por temas no directamente vinculados con Covid sino por deficiencias, demoras en el acceso a la atención que terminaron en situaciones críticas”.

Para Manquel, “la pandemia se apoyó sobre sistemas sanitarios intracarcelarios que ya eran críticos y eso se sumó a que todos los sistemas de salud estaban en crisis a nivel nacional. Se cortó o fue más difícil acceder a intervenciones extramuros. Todo dependía de la atención intramuros y eso fue un problema”.

“Aun manifestando tener síntomas de Covid y volando de fiebre, no acceden a tomarte la temperatura e hisoparse”, contaba a fines de enero desde el Complejo Penitenciario IV de Ezeiza una detenida que optaba por el anonimato. La falta de garantías sanitarias descritas por Whatsapp incluían carencia de agua potable “desde Navidad” y “una plaga de ratas que no exterminan y su justificativo es que no tienen presupuesto para comprar veneno”. Recién en a mediados de febrero el panorama comenzaba a modificarse.

“Hay una dificultad con el acceso a la salud en todas las unidades, y más en las de mujeres, que necesitan cosas más específicas respecto a la salud: la cuestión ginecológica, obstétrica, con el Covid y la pandemia hubo mucha demanda de asistencia psicológica. Hubo intentos de suicidio. Para las personas encarceladas, sobre todo para las mujeres sin visitas de hijos, fue muy dura la pandemia. Estuvieron mucho más tiempo que nosotros sin contacto”, compara Ignacio, del CNPT.

Para Victoria Darraidou, Coordinadora del equipo Seguridad democrática y violencia institucional del CELS, “esta población padece problemas de salud con mayor incidencia que la población general. Entre las patologías más comunes se encuentra el VIH-sida. Los tratamientos y asistencia suelen verse interrumpidos o demorados durante el encierro. Por otra parte, en la mayoría de los casos se ven suspendidos los tratamientos hormonales ocasionando problemas para la salud física y psicológica de las personas. Además, las personas trans/travestis denuncian un trato desigual y discriminatorio por parte del personal médico penitenciario y una demora excesiva entre el pedido de asistencia médica y la concreción de la atención requerida”.

Más sujeción

Adriana Revol se define como “militante anticarcelaria” y habla desde Córdoba para denunciar la situación de las mujeres cis y trans presas en Bouwer, prisión que depende del gobierno provincial. Coincide en que “la pandemia ha venido a agudizar problemas existentes históricamente” y advierte que la asistencia médica “no es poca, es inexistente”.

La ola de calor de enero encontró a las presas de Bouwer casi sin agua. “Se las cortaban al mediodía y volvía a las 12 de la noche, cuando estaban encerradas bajo llave en las celdas, sin poder salir a bañarse. La comida no era suficiente, porque era para 10 personas -el cupo que tiene ese lugar de aislamiento- pero había 19. Pedían un paracetamol, ibuprofeno, para bajar la fiebre de las mujeres, porque ahí estaban las positivas de Covid. Pedían lo básico y no les daban. De asistencia médica, ni hablar. Esa fue la gota que rebalsó el vaso. ¿Cuál fue la respuesta del estado? La represión. Entran las fuerzas de seguridad especiales del Servicio Penitenciario con balas de goma”.

Revol cuenta que en el marco de esa represión “a algunas personas las llevaron a las camas de sujeción, donde las atan de pies y manos, a veces del torso. Las horas o días hasta que se curen, dicen ellos, porque esta receta la firma el médico. Córdoba es la única provincia donde existen. Estamos peleando contra esto, pero está avalado por el Poder Judicial, que sería el cómplice de la tortura. No existiría si el Poder Judicial no la avalara”.

Según la militante anticarcelaria, “esa medida de sujeción, como los psicofármacos y chalecos químicos, las sufren más las mujeres. Como somos locas, histéricas, sufrimos más ese tipo de represión”.

Fue el 9 de enero cuando las protestas dieron paso a las camas de sujeción. Un día antes, un grupo de detenidas había recibido el resultado positivo del test de coronavirus. Para aislarlas, las enviaron a un sector reducido, sin ventilación ni heladera, en días con temperaturas agobiantes. La cuarentena no incluía atención médica. Tras más de 24 horas en ese encierro dentro del encierro, quemaron un colchón a modo de reclamo. Los matafuegos no alcanzaron y las mangueras llegaron tarde. Una mujer tuvo que ser internada con quemaduras graves. Para las demás, llegó el castigo: sujeción o traslados.

Menos visitas

Otra forma de “torturas”, dice Revol, son los traslados. Porque, en el caso de las mujeres cis y trans y ante la menor cantidad de espacios de encierro disponibles para ellas, los traslados implican más lejanía. Y más lejanía implica menos visitas, en colectivos que ya de por sí son menos visitados que los masculinos.

“Está estudiado que hay menos visitas a mujeres. En muchos casos porque las cárceles de mujeres están alejadas de centros urbanos y eso hace más difícil el acceso. Muchas veces no cuentan –sobre todo en el caso del colectivo trans- con familiares que puedan acercarse. Ahí las organizaciones cumplen ese rol”, explica Manquel, de la PPN.

Ese tipo de redes las tendió en Bouwer el colectivo Solidaridad Anticarcelaria, del que participa Revol. Pero aclara que quienes ponen el cuerpo son “un grupo de pibas que llevan paquetes a mujeres trans que no reciben visitas, las más abandonadas”. Desde que comenzó la pandemia, les acercan medicamentos, ropa, calzado, yerba, galletas. “Vamos una o dos veces al mes. El gasto es muchísimo”, dice Revol, y acota que “el Servicio Penitenciario pone todos los obstáculos habidos y por haber. Sólo permite a cada una dejar cosas para tres personas, entonces tienen que viajar varias. Ellas y elles son quienes están poniendo el cuerpo, comprando, bancando horas y horas de espera”.

“La visita para las personas detenidas cumple una doble función, que no es solo el contacto y sostenimiento afectivo, sino también lo material. En las mujeres y trans, encima de que son poco visitadas en relación a los varones, la pandemia las dejó más aisladas aún. Eso recrudeció un montón la vida al anterior de la cárcel. En 2021 se retomaron las visitas de forma progresiva, pero siguen teniendo algunas dificultades. También porque el Covid sigue circulando y se aíslan muchos pabellones. Hay un rebrote importante de muchas cárceles, en particular de mujeres, como en el Complejo 4”, detalla Manquel.

Desde allí, una detenida describe que “el salón de visita no se encuentra en condiciones para recibir a nuestros familiares y amigos. Los trámites que exigen para comprobar vínculo son una burocracia casi imposible de completar y los cupos de amigos son solo tres”. El deterioro de las condiciones edilicias –como las del salón de visita- también empeoró en pandemia, cuentan las especialistas que volvieron a recorrer los pabellones en 2021.

“La mujer que llega a la cárcel es mucho más estigmatizada en la familia, en el barrio, que el varón que llega a la cárcel. No recibe visitas, no recibe alimentos, cosas de higiene personal. El encierro es mucho más gravoso para la mujer. Muchas eran jefas de familia, contenedoras del grupo familiar. De hijos, padres, familiares enfermos. Al ir a la cárcel eso se rompe y le pesa a la mujer”, describe Ignacio. La destrucción del vínculo materno-filial es señalada como una “pena añadida a la condena”, y extiende el castigo sobre hijos e hijas de mujeres presas.

El informe anual presentado en 2019 por el CNPT ante la Comisión Bicameral de la Defensoría del Pueblo advertía que “todas estas penas añadidas que sufren las mujeres encarceladas se acentúan en el caso de un colectivo emergente en las prisiones de la Argentina, como es el de las extranjeras, que representan un alto porcentaje en las cárceles federales, en su gran mayoría acusadas de violaciones a la ley de drogas. En la medida en que la legislación y las prácticas penitenciarias no contemplan las singularidades y problemas específicos, las mujeres cis y trans sufren en mayor grado violaciones de sus derechos fundamentales y se constituyen en uno de los grupos más vulnerados”.

Más discriminación

En septiembre de 2020, el tribunal Oral Federal de Posadas emitió un dictamen favorable para que pudiera acceder a la prisión domiciliaria una joven trans alojada en el CPF IV de Ezeiza, por encontrarse en una situación de desprotección en el marco de sus condiciones de detención.

Según difundió entonces la PPN, la joven de 19 años “sufría sistemáticamente actos discriminatorios y violencia psicológica en virtud de su identidad de género. Asimismo, el argumento transversal del pedido fue la falta de un espacio de alojamiento adecuado, ya que “el SPF no dispone de unidad que aloje personas mujeres transgénero menores de edad. En consecuencia, ante la falta de opciones respetuosas del derecho a la identidad de género de la detenida, la única vía a disposición, compatible con el respeto a la integridad personal y que permitirá el cese de las situaciones discriminatorias, será mediante el uso de la prisión domiciliaria”.

La falta de alternativas para el alojamiento de acuerdo a la identidad de género, y los episodios de discriminación y violencias que eso genera, forman parte de las problemáticas específicas de este colectivo en prisión. El criterio no es unificado: por lo general en la Argentina las mujeres trans son alojadas con mujeres cis, también hay pabellones específicos y poca claridad para situaciones como los procesos de transición que se dan intramuros.

Josefina Alfonsín, responsable del proyecto sobre LGTB+ en contexto de encierro de la PPN, está trabajando en un relevamiento diagnóstico mediante entrevistas con personas trans encarceladas. Se decidió encarar el proceso previo a la pandemia, pero luego el Covid-19 obligó a postergarlo y reconstruir los objetivos de ese mapeo, que hoy analiza también los efectos de la pandemia en este colectivo.

El análisis contempla cuestiones como las condiciones de vida previas a la detención, el momento en sí, las situaciones de selectividad penal y el impacto de la Ley de Identidad de Género en las comisarías. Uno de los aspectos que emerge, aunque el trabajo aún está en curso, tiene que ver con el “derecho a la consulta” en torno al lugar de alojamiento.

“Hay un consenso, ni desde el Poder Judicial ni desde el Servicio Penitenciario consultan sobre el lugar de alojamiento. Lo que termina pasando es que hay situaciones de discriminación tanto por personal penitenciario como por el resto de las detenidas”, plantea Alfonsín. Y sostiene que “deberían existir mayores espacios de alojamiento para personas de la diversidad y fortalecer el derecho a la consulta sobre su régimen de vida dentro de la prisión. Falta trabajar una línea de diversidad sexual en todo el Servicio Penitenciario Federal”.

Qué pasa con la población trans luego del encierro

Otro de los puntos del diagnóstico, vinculado a las condiciones de vida previas, también está exponiendo un universo común para gran parte de las personas trans detenidas. Falta de oportunidades laborales y desarraigo familiar forman parte de un combo que vuelve a repercutir en el después, tras el encierro. “Hay que pensar políticas postpenitenciarias para este colectivo –insta Alfonsín- y señala que las dificultades por los prejuicios existentes dentro del Poder Judicial niegan por ejemplo arrestos domiciliarios porque estas mujeres no tienen una casa. Sufren dificultades a medidas alternativas al encierro carcelario y faltan políticas para el momento de recuperar la libertad”, resume.

“Es muy común que no se respete el género autopercibido de las personas travestis y trans. Este acto de discriminación por lo general queda plasmado en las actas policiales y luego es arrastrado en los expedientes judiciales. Los malos tratos y hechos de torturas ejecutados por el personal penitenciario, que son moneda corriente en la población general, asumen una connotación sexualizada y más extendida cuando se trata de población trans/ travesti”, compara Darraidou, del CELS.

Nada de esto es exclusivo de Argentina. Y si bien, cada país de la región tiene sus particularidades al analizar la situación de las personas trans, “el patrón cultural de la criminalización está”, afirma Alfonsín. “Recién en estos últimos años se empezó a producir información sobre qué pasa con estas personas en las cárceles. En cada país va variando según las problemáticas locales, en El Salvador o México hay problemas con el crimen organizado, pero sí es una población altamente criminalizada. Y si analizás las condiciones de vida previas a ser capturadas por el sistema penal, también se encuentran con una realidad muy parecida a la Argentina. Acá la Ley de Identidad de Género es de vanguardia, pero dentro de los penales, si bien se avanzó un poquito en pensar alguna política penitenciaria desde otro enfoque, no resulta suficiente. Falta mucho”.

Fuente Agencia Presentes

General, Homofobia/ Transfobia. , , , , , , ,

Monseñor Lozano: “Las desigualdades matan”

Viernes, 11 de febrero de 2022
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desigualdades-matan_2419268077_15901489_660x371Informe Oxfam, cifras que espantan

El arzobispo de San Juan de Cuyo observó que “la pandemia puso en evidencia inobjetable una situación de inequidad preexistente”

Es la reflexión del arzobispo de San Juan de Cuyo tras leer el informe Oxfam, cuyo título es tan elocuente como preocupante: ‘Las desigualdades matan’

Un informe que el arzobispo de San Juan de Cuyo aconsejó a sus oyentes buscarlo en internet y leerlo detenidamente. Las cifras nos asoman a una fractura en la sociedad de difícil solución

Destacó que el informe de Oxfam señala que en el planeta muere una (1) persona cada cuatro (4) segundos a causa de la desigualdad y la pobreza

(Aica).- “Las desigualdades matan”, subrayó monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo y secretario general del Consejo Episcopal Latinoamericano (Celam), al señalar en su reflexión semanal que “la pandemia del Covid puso en evidencia inobjetable una situación de inequidad preexistente”.

“Cuando el médico nos encomienda realizarnos estudios, comparó el arzobispo, estamos pendientes de los informes. Incluso, si tienen cierta complejidad, la ansiedad y preocupación son crecientes. Una vez conocidos los resultados viene el tiempo del tratamiento a realizar, que será más prolongado y complejo según la gravedad de la situación”.

Y agregó:

“Hace unos cuantos años que venimos señalando que vivimos en una sociedad enferma, aun antes de la pandemia del Covid 19. Enferma de violencia, de inseguridad, de avaricia, de adicciones”

Monseñor Lozano hizo hincapié en “un estudio que nos muestra la gravedad de la situación social a nivel global” y precisó que la publicación la realizó Oxfam, una organización mundial que está conformada por distintas instancias en varios países. El título del informe es tan elocuente como preocupante: “Las desigualdades matan”.

Un informe que el arzobispo de San Juan de Cuyo aconsejó a sus oyentes buscarlo en internet y leerlo detenidamente.

“Todos reconocemos -explica monseñor Lozano- que la pandemia provocó una crisis económica de grandes proporciones. En América Latina implicó un retroceso cercano al 10% en promedio en la calidad de vida de la población. Este retroceso significó para unos postergar un viaje, una mudanza, un arreglo en la casa”.

“Para muchos -precisó-, implicó caer bajo la línea de la pobreza y necesitar asistencia alimentaria; deterioro de la salud; involución en el proceso educativo. Una desventaja que se agudiza”.

“La pandemia incrementó la pobreza en el 99% de la población mundial. Sin embargo, observó el prelado, no faltaron quienes se enriquecieron cuantiosa y escandalosamente: ¡las 10 personas más ricas del mundo duplicaron su riqueza! Sí, leíste muy bien: la multiplicaron por dos”.

Y añadió: “Para algunos inescrupulosos lo que es un desastre global económico, afectivo, laboral, sanitario, educativo, es oportunidad de hacer negocios y fortalecer la avaricia insaciable. Aparecieron unos “milmillonarios” que acapararon fortunas”.

Monseñor Lozano destacó que “es cierto que crecieron iniciativas solidarias en varios frentes”, pero lamentó que “los poderes económicos no cesan de aumentar su voracidad para crecer sea como sea”.

“La pobreza extrema se explica con su contraparte: la riqueza extrema. No se entiende una sin la otra”

“Los más empobrecidos fueron obligados a migrar en búsqueda de mejores condiciones laborales, exponiéndose a ser secuestrados cayendo en las redes de la Trata de Personas para la prostitución, el trabajo esclavo, el tráfico de órganos”.

Asimismo, el prelado destacó que “la inequidad también se plasmó en la imposibilidad de acceso a las vacunas y el cuidado de la salud en varios lugares del mundo”.

Destacó que “el informe de Oxfam señala que en el planeta muere una (1) persona cada cuatro (4) segundos a causa de la desigualdad y la pobreza”

La pandemia puso en evidencia inobjetable una situación de inequidad preexistente. Es un proceso que lleva décadas. Desde 1995 el 1% más rico del mundo acaparó 20 veces más riqueza que la mitad más pobre de la humanidad. Con estas cifras asistimos a una fractura en la sociedad de difícil solución”.

“Las desigualdades matan.” Es cierto, concluyó.

Fuente Aica

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“Yo soy yo a través de ti”: Ubuntu, una salida a nuestra barbarie

Lunes, 7 de febrero de 2022
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Ubuntu_2416568337_15890028_660x371“Creemos que la construcción del Arca de Noé ha empezado”

La pandemia ha mostrado una abismal desigualdad mundial y una cruel falta de solidaridad hacia las personas que no pueden mantener la distancia social ni dejar de trabajar

En este contexto ultrajante dos alternativas pueden salvarnos: la solidaridad y el internacionalismo. En esa perspectiva consideramos inspiradora una categoría fundamental, venida de África. Esta se expresa por la palabra Ubuntu, que significa: yo solo soy yo a través de ti

Fue relatada por un viajante europeo y blanco que se extasió con el hecho de que siendo más pobres que la mayoría, los africanos eran menos desiguales. Quiso saber el por qué e ideó un test

La pandemia ha mostrado una abismal desigualdad mundial y una cruel falta de solidaridad hacia las personas que no pueden mantener la distancia social ni dejar de trabajar porque entonces no tienen qué comer. Para ser concretos: no hemos abandonado aún el mundo de la barbarie: si ya la habíamos dejado, hemos vuelto ella. Nuestro mundo no se puede llamar civilizado cuando un ser humano no reconoce y acoge a otro ser humano, independientemente del dinero que lleva en el bolsillo o tiene depositado en el banco, o de su visión de mundo y su pertenencia religiosa.

La civilizaciónsurge cuando los seres humanos se entienden iguales y deciden convivir pacíficamente. Si esto es así, estamos todavía en la antesala de la civilización y navegamos en plena barbarie. Este escenario es dominante en el mundo de hoy, agravado aún más por el ataque de la Covid-19. Él adquirió su más siniestra expresión mediante la cultura del capital, competitiva, poco solidaria, individualista, materialista y sin ninguna compasión con la naturaleza. En este contexto ultrajante dos alternativas pueden salvarnos: la solidaridad y el internacionalismo.

La solidaridadpertenece a la esencia de lo humano, pues si no hubiera habido un mínimo de solidaridad y de compasión, ninguno de nosotros estaría aquí hablando de estas cosas. Fue necesario que nuestras madres solidariamente nos acogieran, abrazaran, alimentaran y amaran para que podamos existir.

Sabemos por la bioantropología que por la solidaridad nuestros antepasados antropoides se volvieron humanos, y con esto, civilizados, cuando empezaron a traer comida al grupo, la repartieron solidariamente entre ellos y practicaron la comensalidad. Esta acción continúa todavía hoy, cuando muchos grupos, especialmente los Sin Tierra, se han mostrado solidarios distribuyendo decenas de toneladas de alimentos del campo y muchos centenares de marmitas para saciar el hambre de miles de personas en las calles y periferias de nuestras ciudades.

“Parece obvio: si el problema es internacional, debería haber también una solución concertada internacionalmente. ¿Pero quién cuida de lo internacional?”

Cada país cuida de sí mismo como si no hubiese nada más allá de sus fronteras. Ocurre sin embargo que hemos inaugurado una fase nueva de la historia de la Tierra y de la Humanidad: la fase planetaria, la de la única Casa Común. Los virus no respetan las fronteras nacionales. La Covid-19 ha atacado a toda la Tierra y amenaza a todos los países sin excepción. Las soberanías se muestran obsoletas. ¿Qué hubiera sido de los mayores de Italia, gravemente infectados por la Covid-19, sin la solidaridad de Angela Merkel de Alemania que salvó a la gran mayoría? Pero eso fue una excepción para mostrar que es mediante la superación del nacionalismo envejecido en nombre del internacionalismo solidario como podremos encontrar un camino de salida a nuestra barbarie. En esa perspectiva consideramos inspiradora una categoría fundamental, venida de África. Mucho más pobre que nosotros, ella es más rica en solidaridad. Esta se expresa por la palabra Ubuntu, que significa: yo solo soy yo a través de ti.

Por lo tanto, el otro es esencial para que yo exista en cuanto humano y civilizado. Inspirado por Ubuntu, el recién-fallecido arzobispo anglicano, Desmond Tutu, encontró para Sudáfrica una clave para la reconciliación entre blancos y negros en la Comisión de la Verdad y de la Reconciliación.

Como ilustración de cómo el Ubuntu está enraizado en las culturas africanas, consideremos este pequeño testimonio:

Un viajante europeo y blanco se extasió con el hecho de que siendo más pobres que la mayoría, los africanos eran menos desiguales. Quiso saber el por qué. Ideó un test. Vio un grupo de chicos jugando futbol en un campo rodeado de árboles. Compró una hermosa cesta de variados frutos llenos de color y la puso en lo alto de una pequeña colina.

Llamó a los jóvenes y les dijo: “Allí arriba hay un cesta llena de sabrosos frutos. Vamos a hacer una apuesta, pónganse todos en fila y cuando dé la señal empiecen a correr. El primero que llegue arriba podrá coger la cesta y comer todo lo que quiera”.

Dio la señal de partida. Cosa curiosa: todos se dieron las manos y juntos corrieron hacia lo alto, donde estaba la cesta. Y empezaron a saborear solidariamente los frutos.El europeo, estupefacto, preguntó: ¿por qué hicieron eso? ¿no era que el primero que llegase podría comer todos los frutos él solo?

Todos gritaron al unísono: ¡Ubuntu! ¡Ubuntu! Y un chico algo más mayor le explicó: “¿Cómo uno de nosotros podría ser feliz solo si todos los demás estuvieran tristes?” Y añadió: “Mi señor, la palabra Ubuntu significa eso para nosotros: “yo solo puedo ser yo por medio del otro”. “Sin el otro no soy nada y estaría siempre solo”. “Soy quien soy porque soy a través de los otros. Por eso repartimos todo entre nosotros, colaboramos unos con otros y así nadie se queda fuera y triste. Eso hicimos con su propuesta. Comemos todos juntos porque todos ganamos la carrera y juntos disfrutamos los buenos frutos que nos trajo. ¿Entendió ahora?”

Este pequeño relato es lo contrario de la cultura capitalista. Esta imagina que alguien es tanto más feliz cuanto más puede acumular individualmente y disfrutarlo solo. A causa de esta actitud reina la barbarie, y hay tanto egoísmo, falta de generosidad y ausencia de colaboración entre las personas. La alegría (falsa) es de pocos, al lado de la tristeza (verdadera) de muchos. Para vivir bien en nuestra cultura, muchos tienen que vivir mal. Sin embargo, por todas partes en la humanidad, están fermentando grupos y movimientos que ensayan vivir esa nueva civilización de la solidaridad entre los humanos y también con la naturaleza. Creemos que la construcción del Arca de Noé ha empezado. Ella podrá salvarnos si el Universo y el Creador nos conceden el tiempo necesario. Fuera de la solidaridad y el sentido internacionalista pereceremos en nuestra barbarie.

*Leonardo Boff es eco-teólogo y ha escrito Covid-19, la Madre Tierra contraataca a la humanidad, Vozes 2020; Habitar la Tierra: ¿cuál es el camino para la fraternidad universal?, Vozes 2121.

Traducción de Mª José Gavito Milano

 

Fuente Religión Digital

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“O todos o ninguno “, por José I. González Faus

Lunes, 13 de diciembre de 2021
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Meister_des_Codex_Aureus_Epternacensis_001 El rico Epulón y el pobre Lázaro. 1040. Maestro del Codex Aureus. Iluminación sobre pergamino. Medidas: 30 cm x 22 cm. Museo Nacional Germánico. Nuremberg

De su blog Miradas cristianas:

Otro aviso de la pandemia

Cuando creíamos estar saliendo ya del oscuro túnel pandémico, es de temer que estemos otra vez como al principio. Los humanos solo podemos salvarnos a partir de una igualdad fundamental.

A la pandemia vírica le acompaña otra pandemia psíquica. Porque los países que nos creemos “desarrollados”, seremos más ricos pero no somos más fuertes.

Hay una palabra que siendo totalmente “laica” es, a la vez, profundamente teológica. Y es la palabra igualdad.

Dicho una vez más: primero y tercer mundo encarnan hoy la parábola jesuánica de Epulón y Lázaro

La última lección, inesperada aunque muy obvia, que nos está trayendo la covid con su variante ómicron es que los humanos solo podemos salvarnos a partir de una igualdad fundamental. La reacción de “nosotros primero”, que pudimos ver en Israel comprando las vacunas a precio más caro, o en los EEUU saqueando aviones que llevaban material sanitario a otro país y hacían escala en algún aeropuerto norteamericano, pareció muy eficaz de momento. Pero, a más largo plazo, ha resultado inútil: anteayer nos dijeron que esa variante había aparecido solo en Sudáfrica y hoy nos cuentan que ya se ha detectado en varios países europeos.

Añadamos que, mientras en Europa hay varios países que han cubierto el 70% de su vacunación, en África ningún país pasa del 7%. Desde este dato se entiende todo; y nace la sospecha de que nuestra cacareada “aldea global” pueda convertirse en un enorme recinto, donde cada país viene a ser como la celda de una prisión. Éramos aldea global a la hora de sacar provecho del otro; pero a la hora de ayudarlos a que tuvieran una seguridad como la nuestra, volvimos a ser un planeta dividido, donde hay países de primera, o de segunda o de tercera categoría.

Y el bichito nos avisa de que nuevas huidas hacia adelante acabarán trayéndonos nuevos desastres: o nos salvamos todos o seguiremos amenazados todos. Con las consecuencias psicológicas que estamos viendo que tiene esa amenaza para aquellos que no han sido víctimas de la covid19: que, a la pandemia vírica le acompaña otra pandemia psíquica. Porque los países que nos creemos “desarrollados”, seremos más ricos pero no somos más fuertes.

Estos datos confirman una verdad radicalmente cristiana: he dicho otras veces que hay una palabra que siendo totalmente “laica” es, a la vez, profundamente teológica. Y es la palabra igualdad. Los humanos somos todos hijos de un mismo Padre y, como hijos, somos todos hermanos en Cristo, e iguales en dignidad y derechos. Por eso los racismos han sido siempre gravemente pecaminosos: tanto si era el racismo de la etnia, o el de la nación o, como sucede ahora, “el racismo del dinero”.

La necesidad de una igualdad ante la pandemia (¡en beneficio propio!) nos lleva a la necesidad de una igualdad global, como la que proclaman inútilmente todas las Declaraciones de derechos. Nos hemos querido defender de ese incumplimiento con la excusa de una meritocracia sin matices: los que están arriba lo están gracias a sus méritos, y los que están abajo están ahí por su culpa.

Esta explicación, que puede valer para un mínimo tanto por cien de casos, la hemos hecho universal y única, olvidando que la gran mayoría de los que están arriba lo están por algún privilegio gratuito o por alguna injusticia patente o latente: ya san Juan Crisóstomo repetía que “quien es muy rico es un ladrón o hijo de ladrón”; y eso tiene más vigencia hoy que entonces. Bastaría con repasar todas las relaciones del Europa con África: desde la esclavitud (en el siglo XVIII) al colonialismo (en el XIX y XX) hasta ese mecanismo actual por el que, si en un país entra una ayuda al desarrollo de 40, sale de él un reembolso de deuda de 60. Los méritos pueden justificar unas desigualdades como de uno a cinco; pero no de uno a mil, como las que soporta nuestro mundo

Dicho una vez más: primero y tercer mundo encarnan hoy la parábola jesuánica de Epulón y Lázaro, en la que destaca el detalle de que se prescinde de si el rico lo era por sus méritos y el hambriento lo era por su culpa. Lo único que se nos dice es que uno banqueteaba y el otro sufría de hambre y heridas: inspirando a los perros una compasión que no llegaba hasta el Comilón (traducción literal de la palabra epulón).

Total: cuando creíamos estar saliendo ya del oscuro túnel pandémico, es de temer que estemos otra vez como al principio y que esa sea “la antigua normalidad” a la que queríamos regresar. Todo por los egoísmos y desigualdades en la salida. Como en aquella vieja parábola del teatro incendiado en el que, por querer salir todos el primero, acabaron pisoteándose unos a otros y no pudo salir casi nadie.

¿Aprenderemos la lección?

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El virus de la desigualdad y la pandemia de la pobreza.

Martes, 28 de septiembre de 2021
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Sororidad-solidaridad-pandemia_2286681328_15082674_660x371Suplemento del Cuaderno n. 219

Cristianisme i justicia

José María Vera, Director Ejecutivo, Oxfam Internacional

Varias veces he escuchado la afirmación de que la COVID-19 iguala a toda la humanidad, ya que infecta a ricos y pobres, en cualquier lugar del mundo. La realidad, sin embargo, es que el impacto de la pandemia, sea en caso de infección o por la crisis que conlleva, es profundamente desigual. País de origen y residencia, sexo, clase social, raza… definen las opciones de una persona para sobrevivir al virus y al tsunami económico que lo acompaña.

El coronavirus se abate sobre un mundo en que la desigualdad ha crecido en la mayoría de los países, asentada en un sistema económico que favorece el acaparamiento de la riqueza, la renta, las oportunidades y los recursos naturales por parte de unos pocos. De no enfrentar esta crisis descomunal de forma diferente a otras, asistiremos a un crecimiento agudo de la pobreza y a la profundización de la brecha que divide a la humanidad entre quienes tienen acceso a protección y quienes quedan a la intemperie.

Estos meses, Oxfam ha elaborado varios informes e investigaciones que combinan la prospectiva de lo que puede pasar con datos e historias reales de lo que ya ocurre en el mundo y en España.

Crisis sobre crisis para los más vulnerables del planeta

La pandemia se despliega en una doble ola, con un primer impacto directo en la salud y uno más amplio en la situación

económica provocada por las medidas para contener los contagios.

En España, hemos visto cómo se desbordaba nuestro sistema público de salud, aún bien dotado a pesar de los recortes. En Brasil, la gente muere en la calle a las puertas de hospitales colapsados; en Perú, hacen colas de horas para comprar oxígeno a precios desorbitados para evitar que familiares enfermos de COVID-19 se ahoguen; en Yemen, la mitad de los centros de salud no están operativos y algunos han sido destrozados por bombas vendidas por Occidente; en Zambia, apenas hay médicos, pero sí tasas para acceder a cualquier atención sanitaria que apenas nadie puede pagar.

Cuando la vida transcurre en medio de un conflicto, cuando se sufre una hambruna provocada por el cambio climático, una crisis como la del coronavirus multiplica los riesgos al caer sobre una población ya vulnerable y desprotegida. Infectarse en una favela o en un campo de desplazados es probable; contar con atención médica suficiente, casi imposible.

En el momento de escribir este texto, el virus ha estallado en América Latina y está creciendo en África e India. Lo peor es que algunos de estos países confinaron a su población relativamente pronto –con Brasil como dramática excepción–aunque por sus características sociales y económicas el encierro no fue completo. Ahora, cuando el virus aún está muy extendido, se ven forzados a ir recuperando la actividad económica por la amenaza del hambre. En Bangladesh, la organización BRAC calcula que la población vulnerable ha visto reducidos sus ingresos diarios en un 70% durante la pandemia. Con más de un 60% de trabajadores informales y sin apenas redes de protección social y laboral, un país como Perú no resiste encerrado más de tres meses. Lo mismo en Kenia y otros países africanos, donde la policía se ha empleado a palos contra quienes se saltaban el confinamiento.

En Oxfam se calcula que hasta 500 millones de personas podrían caer en la pobreza debido a la crisis económica provocada por el coronavirus. Una tragedia para familias que han luchado por su vida, sus ingresos y su dignidad. Una cifra que, en algunos países africanos, haría retroceder hasta tres décadas los avances en la lucha contra la pobreza.

Hemos propuesto un plan de rescate urgente para los 85 países con los sistemas sanitarios más frágiles, que doble su presupuesto y capacidad, también para enfrentar otras enfermedades. El acceso a la salud debe ser universal y no un lujo suntuario para unos pocos. También pedimos un programa amplio de protección social en medio de la devastación económica, que asegure alimento e ingreso mínimo a los millones de personas que tienen que elegir entre infectarse o morir de hambre. Para financiarlo, además de renovar los presupuestos de cooperación al desarrollo y acción humanitaria, exigimos que se cancele el servicio de toda la deuda exterior durante el 2020 –también la privada y la del FMI y el Banco Mundial– y poner en marcha mecanismos extraordinarios como la emisión de derechos especiales de giro por parte del FMI, lo que aportaría la liquidez necesaria a economías frágiles y haciendas públicas rotas por la pandemia. A medio plazo es imprescindible –si no ahora, ¿cuándo?–, una reforma de la fiscalidad internacional que acote la ingeniería tributaria, esa que permite a grandes empresas y fortunas engordar a través del filibusterismo fiscal. Nuevos impuestos a la riqueza, sugeridos hasta por el FMI o el Financial Times, son necesarios para contener la brecha fiscal e impedir recortes mayores en la protección de la población vulnerable. Recortes que provocarán millones de muertes, muchas más que el virus.

Finalmente, hemos propuesto que las vacunas contra el SARS-COV-2 sean de acceso universal y gratuito, que dependan del riesgo de cada persona y no del lugar en el que viva. La distribución, o acaparamiento, de las vacunas y los diversos tratamientos supondrá la principal lucha entre solidaridad y egoísmo que hemos visto en décadas.

En España el coronavirus acentúa la desigualdad

Con todas las diferencias de punto de partida en relación a otros países, España es un paladín de la desigualdad entre las naciones del entorno. La crisis del 2008 nos dejó como el cuarto país más desigual de la UE con una tasa de pobreza relativa en el entorno del 22%. Cifra que apenas se redujo levemente durante los últimos cuatro años de recuperación del PIB y de un mercado laboral marcado por la precariedad y los salarios miserables. En ocho años de crisis y de “recuperación”, las rentas del trabajo perdieron cinco puntos del PIB, lo cual refleja cambios profundos en la estructura de la riqueza y del empleo en España.

A este país llegó el coronavirus hace meses, desarbolando un sistema de salud fragilizado por los recortes y provocando una crisis económica aguda, como nunca se vio en décadas.

Con datos estimados de caída del PIB y del empleo, un reciente informe de Oxfam Intermón concluye que más de 700.000 personas serán arrojadas a la pobreza debido a la pandemia, con una tasa que se elevará hasta el 26% de la población si el umbral se mantuviera como antes de la crisis.

El PIB y la renta disponible se están desplomando en el país. Sin embargo, y al igual que en otras crisis, la merma no es igual para todos. El 10% de la población más pobre verá caer su renta en más de un 20%, mientras que el decil más rico apenas lo hará en un 2%, diez veces menos. Una brecha que se acentúa si nos fijamos en los milmillonarios españoles: se trata de 23 personas (18 de ellas son hombres), cuya fortuna creció en 19.200 millones de euros en los primeros 79 días de la pandemia.

Un análisis más detallado apunta, en primer lugar, al mercado laboral donde se observa que el 73% de las personas dadas de baja en la Seguridad Social durante la pandemia pertenece a los grupos de bajos ingresos, la mayoría con contratos temporales encadenados.

Si además se es inmigrante, la probabilidad de perder el empleo es un 145% mayor que la media, de ahí las colas ante comedores e iglesias, donde la población migrante es mayoritaria, como en el sector de los cuidados y en otros fuertemente precarizados. A muchos, la vida no les cambió tanto respecto a su América Latina o África natales. Empleos informales, ingresos al día y redes de protección frágiles. Súmese a esto la situación irregular de miles de ellos. A las dos semanas de encierro, la vulnerabilidad extrema les puso a las puertas del hambre.

Es necesario reconocer la contribución que las personas migrantes hacen a la sociedad, vista como imprescindible durante los meses más agudos de la pandemia: recolectores de alimentos, reponedores de supermercados, cuidados de personas mayores y limpieza de hospitales y residencias, trabajadores esenciales en sectores expuestos a la infección. Todos estos son quienes más pueden sufrir ahora el desempleo –hasta un 27% previsto–, la pobreza y la exclusión social.

La precariedad tiene también rostro de mujer: están sobrerrepresentadas en los sectores de mayor precariedad donde abunda la temporalidad y la parcialidad no deseada, y son además las responsables de los cuidados, también en el sector sanitario. De hecho, el 76% del personal sanitario infectado durante los meses más duros de la pandemia han sido mujeres, una proporción superior a la que ocupan en este sector; un terrible ejemplo de temporalidad y contratos encadenados. Asimismo, sucede en el empleo en residencias de mayores y el sistema de atención a la dependencia, sea en el sector privado o en las subcontratas de las Administraciones públicas, donde las mujeres apenas ganan para mantener a sus familias, que en muchos casos dependen solo de ellas.

El extremo de la precariedad se produce entre las empleadas del hogar. Una de cada tres vive por debajo del umbral de la pobreza, en situación de normalidad. La falta de contratos y la inhumanidad de muchos hogares llevó a las colas del hambre a muchas de estas mujeres a poco de comenzar el confinamiento. Máxima vulnerabilidad y mínima protección para quienes cuidan de nuestros mayores, y de nuestros hogares.

Fiscalidad frágil, protección social frágil. Las medidas puestas en marcha por el Gobierno han sido positivas, tanto en la protección del empleo como en la de rentas, y entre ellas destacan el Ingreso Mínimo Vital como algo necesario desde hace años e indispensable en tiempos de la COVID-19. El sistema de protección social español, más allá de pensiones y desempleo, es tan frágil como desigual entre territorios y segmentos de la población.

La pregunta absolutamente central es: «¿cuánto tiempo aguantará una Hacienda Pública mermada la financiación de las políticas sociales?». Cada sector económica, empresarial y social exige ayudas mientras las necesidades de protección social se amplían y los ingresos tributarios caen. Por más que la UE relaje los requisitos de déficit y deuda, y provea fondos de apoyo a sectores productivos, la brecha fiscal no aguantará.

De no abordar una reforma tributaria, será imposible no caer en recortes drásticos, mucho más profundos que los provocados por la crisis del 2008, que incluso supondrían que no se aplicaran las medidas de protección ya aprobadas, algo que ya ocurrió con las ayudas a la dependencia.

Oxfam Intermón propone medidas tributarias de corto plazo, así como una transformación profunda del sistema fiscal. Esta debe incorporar nuevos impuestos que cubran nichos de riqueza extractiva de baja o nula tributación, una lucha frontal contra el gran fraude que incluya medidas más agresivas contra el uso de paraísos fiscales y la reversión de reformas en impuestos como el de sociedades o el de patrimonio cuya laminación supuso una merma para la recaudación. No cabe otra opción.

Aún más: la crisis provocada por la COVID-19 está teniendo un impacto devastador sobre la población vulnerable. En España y en el mundo. Si se avanza por el camino actual, la brecha de la desigualdad se ensanchará y arrojará a millones de personas al hambre y a la pobreza. Miles de voces claman por una acción diferente y urgente, acorde con la magnitud del reto al que se enfrenta la humanidad.

José Mª Vera

Director Ejecutivo

Oxfam Internacional

Fuente Cristianisme i justicia

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Leonardo Boff: “El caos de la pandemia esconde un nuevo orden en la Tierra”

Jueves, 16 de septiembre de 2021
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tumblr_opo0uvywvr1t07z8ao1_1280“Tenemos que consumar ese parto aunque sea doloroso”

“Vivimos innegablemente en una situación de caos completo, caos destructivo de millones de vidas humanas. Nadie puede decir cuándo terminará ni hacia dónde vamos”

“Nos plantea cuestiones fundamentales: ¿qué hemos hecho con la naturaleza para que ella nos castigue con un virus tan letal? ¿Dónde nos equivocamos? ¿Qué cambios debemos hace?”

“Sabemos que hay oculto dentro de el caos un orden más alto y mejor. Lo peor que podría sucedernos es la continuidad o volver al pasado que originó el caos”

“Sería el caos generativo. Tenemos que entender el contexto de donde vino el coronavirus. Es la consecuencia de haber tratado a la Tierra como una mera reserva inerte de recursos”

“En el caso brasilero, lo primero que tenemos que hacer es preservar la inmensa riqueza ecológica que heredamos. Superar la marginalización, el odio cobarde que tributamos a los pobres”

“Tenemos que liquidar el perverso legado de la Casa Grande traducido por el rentismo y por unos cuantos millonarios. Ellos son el sustentáculo del actual gobierno necrófilo, cuyo presidente se ha hecho aliado del virus”

“Este modelo deberá salir de las entrañas del actual caos y establecer las bases de un nuevo comienzo para la humanidad”

Raramente en la ya larga historia de la vida ha ocurrido una situación de caos planetario como en los días actuales. Estábamos acostumbrados a regularidades y a órdenes sistémicas aunque en los últimos decenios hemos experimentado también con creciente frecuencia irregularidades como tsunamis, huracanes, terremotos y eventos extremos de calor y de frío. Tales fenómenos han llevado a los científicos a pensar e intentar comprender cómo dentro del orden dado podían ocurrir situaciones caóticas.

 De ahí surgió toda una ciencia, la del caos, tan importante como las otras, hasta el punto de que algunos han llegado a decir que el siglo XX será recordado por la teoría de la relatividad de Einstein, por la mecánica cuántica de Heisenberg/Bohr y por la teoría del caos de Lorenz/Prigogine.

La esencia de la teoría del caos reside en que un cambio muy pequeño en las condiciones iniciales de una situación lleva a efectos imprevisibles. Se pone de ejemplo el “efecto mariposa”. Pequeñas modificaciones iniciales, aleatorias, como el aleteo de las alas de una mariposa en Brasil pueden provocar modificaciones atmosféricas hasta culminar en una tempestad en Nueva York. El presupuesto teórico es que todas las cosas están interligadas y van asumiendo elementos nuevos, creando complejidades en el curso de su existencia (en este caso, calor, humedad, vientos, energías terrestres y cósmicas) de forma que la situación final es totalmente diferente de la inicial.

El caos está en todas partes, en el universo, en la sociedad y en cada persona. Es decir, los órdenes no son lineales y estáticos. Son dinámicos, buscando siempre un equilibrio que los mantiene actuantes.

El universo se originó de un tremendo caos inicial (big bang). La evolución se hizo y se hace a lo largo de muchos milenios para poner orden en este caos.

Mas aquí surge una novedad: el caos nunca es sólo caótico, él guarda dentro de sí, en gestación, un nuevo orden. Lógicamente él tiene su momento destructivo, caótico, sin el cual el orden nuevo no podría irrumpir. El caos es generativo de este nuevo orden.

Quien analizó con detalle este fenómeno fue el gran científico ruso/belga Ilya Prigogine (1917-2003), premio Nobel de Química en 1977. Estudió particularmente las condiciones que permiten la aparición de la vida. Según este gran científico, siempre que exista un sistema abierto y siempre que haya una situación de caos (por tanto fuera del orden y lejos del equilibrio) y exista una no-linealidad, la conectividad entre las partes genera un nuevo orden, que sería la vida (cf. Order out of Chaos,1984).

Ese proceso conoce bifurcaciones y fluctuaciones. Por eso el orden nunca es dado a priori. Depende de varios factores que llevan en una u otra dirección, de aquí la inmensa biodiversidad.

Hacemos toda esta reflexión sumarísima para que nos ayude a entender mejor el actual caos pandémico. Vivimos innegablemente en una situación de caos completo, caos destructivo de millones de vidas humanas. Nadie puede decir cuándo terminará ni hacia dónde vamos. Él conoce múltiples variantes, es su triunfo sobre nuestras células. Es innegablemente caótico y está aterrorizando a toda la humanidad.

Nos plantea cuestiones fundamentales: ¿qué hemos hecho con la naturaleza para que ella nos castigue con un virus tan letal? ¿Dónde nos equivocamos? ¿Qué cambios debemos hacer en relación a la naturaleza para impedir que ella nos envíe una verdadera gama de otros virus?

Sabemos que hay oculto dentro de él un orden más alto y mejor. Lo peor que podría sucedernos es la continuidad o volver al pasado que originó el caos. Tenemos que usar nuestra fantasía creadora y sobre todo forjar, a través de una práctica histórica, un orden más amigo de la vida, tierno, fraterno y justo.

Sería el caos generativo. Tenemos que entender el contexto de donde vino el coronavirus. Él es una expresión del antropoceno, es decir, de la sistemática agresión del ser humano a la naturaleza y a Gaia, la Madre Tierra. Es la consecuencia de haber tratado a la Tierra como una mera reserva inerte de recursos a nuestra disposición y no como un superorganismo vivo que merece cuidado y respeto.

A partir de la revolución industrial la hemos explotado tanto que ella no consigue ya regenerarse y ofrecernos todos los bienes y servicios vitales. Tenemos que inaugurar una relación de sinergia y sostenibilidad para con la naturaleza, sintiéndonos parte de ella, responsables de su perpetuidad, y no sus dueños y señores. Si no realizamos esta conversión ecológica podremos conocer catástrofes inimaginables.

En el caso brasilero, lo primero que tenemos que hacer es preservar la inmensa riqueza ecológica que heredamos de la naturaleza, en términos de selvas húmedas, abundancia de agua, suelos fértiles y de una inmensa biodiversidad.

Después tenemos que superar la marginalización, el odio cobarde que tributamos a los pobres. El desprecio y las humillaciones hechas cruelmente contra las personas esclavizadas ha pasado a estos empobrecidos. Tal inhumanidad ha dejado marcas profundas en la población.

No en último lugar tenemos que liquidar el perverso legado de la Casa Grande traducido por el rentismo y por unos cuantos millonarios que controlan gran parte de nuestras finanzas. Hacen fortunas con la pandemia, sin empatía con los familiares que han perdido a más de medio millón de seres queridos. Ellos son el sustentáculo del actual gobierno necrófilo, cuyo presidente se ha hecho aliado del virus.

Estos puntos son el mayor obstáculopara la superación del caos instalado en Brasil.

Tenemos que formar un frente amplio de fuerzas progresistas y enemigas de la neocolonización del país para desentrañar el nuevo orden, oculto en el caos actual, pero que quiere nacer. Tenemos que consumar ese parto aunque sea doloroso. De lo contrario, continuaremos rehenes y víctimas de aquellos que siempre pensaron corporativamente sólo en sí mismos, de espaldas al pueblo, que devastaron la naturaleza con su agronegocio y refuerzan la irrupción del coronavirus entre nosotros.

Debemos inspirarnos en el universo, nacido del caos primordial, pero que, al evolucionar, fue creando órdenes nuevos y más complejos cada vez hasta generar la especie humana. Nuestra misión es garantizar la vida, la Madre Tierra y a nosotros mismos, crear la Casa Común dentro de la cual todos podamos vivir en justicia, paz y alegría. Este modelo deberá salir de las entrañas del actual caos y establecer las bases de un nuevo comienzo para la humanidad.

Leonardo Boff es ecoteólogo y escribió ‘Como habitar la Tierra: vias para la fraternidad universal a salir’ por Trotta 2121.

Traducción de Mª José Gavito Milano

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“¿Qué habremos aprendido en este tiempo de pandemia?”, por Consuelo Vélez

Jueves, 17 de junio de 2021
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Formas-de-ser-habitar-despues-pandemia-D

De su blog Fe y Vida:

“Ya es tiempo de preguntarnos”

“En los últimos meses las vacunas han aliviado, en buena parte, la situación y se respira un aire de ‘confianza’ para seguir adelante con las tareas emprendidas. No está ganada la batalla y no han faltado los que siguen negando que esta pandemia exista”

“Las posturas ante esta pandemia, como ante tantas otras realidades que vivimos, son tan distintas según las personas y sus circunstancias vitales”

“A nivel de conciencia social, la pandemia ha revelado la precariedad de nuestros países a muchos niveles, especialmente, calidad en los servicios de salud y cubrimiento de las necesidades básicas”

“Visto desde nuestra experiencia de fe, ¿habremos aprendido algo de esta pandemia? ¿hemos dado testimonio del valor de la fe cristiana ante las realidades que vivimos? ¿Esa conciencia social es fuerte entre los que nos decimos creyentes?”

“El documento de Puebla de hace más de cuarenta años sigue vigente: “Es un escándalo y una contradicción con el ser cristiano la inmensa brecha entre ricos y pobres, en naciones que se dicen creyentes”. Conviene reflexionar más a fondo sobre esto”

“Si nos detenemos y nos examinamos, saldremos una vez más, fortalecidos, “como el oro en el crisol” (1 Pe 1,7), a seguir viviendo con alegría y esperanza esta vida humana en la que Dios no nos deja de la mano”

Hace más de un año que estamos oyendo noticias sobre el coronavirus. En los últimos meses las vacunas han aliviado, en buena parte, la situación y se respira un aire de “confianza” para seguir adelante con las tareas emprendidas. No está ganada la batalla y seguimos afrontando los llamados “picos” de la pandemia en diversas partes del mundo, pero pareciera que un regreso a la “normalidad” comienza a ser más evidente. Para algunos, esa “normalidad” ya ha sido asumida en sus vidas porque o ya se contagiaron y no fue grave su enfermedad o han vivido sin prestar atención a la situación -casi jugando a la ruleta rusa, es decir, si les toca, lo asumirán y si no, siguen con su vida sin que les importe mucho lo que pasa a su alrededor, y no han faltado los que siguen negando que esta pandemia exista.

Mirando otro aspecto –las medidas tomadas por los gobiernos para controlar la pandemia-. algunos las han rechazado aduciendo que atentan contra su libertad. Otros, ante la necesidad “innegociable” de trabajar para comer, no han podido cumplir con las medidas propuestas y celebran cada apertura que se hace para sobrevivir, sin detenerse en ninguna otra reflexión. Esto último es entendible y doloroso. Ha sido la realidad, especialmente, de los países pobres porque en aquellos donde el Estado ha cubierto las necesidades básicas, no se ha sentido tanta angustia y, hasta algunos están contentos de recibir el sustento sin tener que trabajar.

En fin, las posturas ante esta pandemia, como ante tantas otras realidades que vivimos, son tan distintas según las personas y sus circunstancias vitales, que cabe la conocida expresión “hay de todo en la viña del Señor” y con esa realidad tenemos que contar a la hora de asumir lo que en cada momento histórico tenemos que vivir.

Pero visto desde nuestra experiencia de fe, ¿habremos aprendido algo de esta pandemia? ¿hemos dado testimonio del valor de la fe cristiana ante las realidades que vivimos? O simplemente ¿hemos aguantado -como todos- esta circunstancia, dejándonos llevar por lo que depara cada día, sin muchos cambios -más que los impuestos desde fuera- y deseando no hablar más de esto para seguir en la “normalidad” que traíamos desde siempre? Las respuestas no son unánimes, pero algunas líneas de reflexión podemos señalar.

A nivel de conciencia social, la pandemia ha revelado la precariedad de nuestros países a muchos niveles, especialmente, calidad en los servicios de salud y cubrimiento de las necesidades básicas. En Colombia esto se ha hecho tan evidente -ya se tenía conciencia de ello, pero en este tiempo se ha hecho inaplazable- y por eso estamos viviendo la urgencia de un cambio para que se garantice -en palabras de Francisco- las tres “T” -Tierra, Techo y Trabajo- para todos y todas.

Ahora bien, ¿esa conciencia social es fuerte entre los que nos decimos creyentes? Aquí hay mucho para reflexionar. Es verdad que algunos grupos de iglesia han apoyado explícitamente las movilizaciones y unen fe y vida, fe y justicia social, fe y derechos humanos. Pero mucho me temo que hay una gran porción de iglesia que siente tanto pavor de salir del “statu quo” establecido, que invocando actitudes profundamente cristianas -paz, reconciliación, fraternidad- no levantan su voz exigiendo un cambio, sino que, en cierta medida, se hacen cómplices de mantener las cosas como están, sin darle nombre a las causas de tanta injusticia. Las palabras del documento de Puebla de hace más de cuarenta años siguen vigentes: “Es un escándalo y una contradicción con el ser cristiano la inmensa brecha entre ricos y pobres, en naciones que se dicen creyentes”. Conviene reflexionar más a fondo sobre esto.

Mirando lo que corresponde a la oración y la vida sacramental, mucho me temo que no hemos reflexionado lo suficiente. Sobre la oración, incluso hoy, pasado más de un año, se sigue invocando a Dios “para que retire la pandemia” -hasta el papa Francisco se ha expresado así-. Por supuesto es legítimo acudir a Dios para que nos fortalezca en esta experiencia tan dura.

Pero “pedirle que quite la pandemia”, ¿no supone la imagen de un Dios al que se le reza hace más de un año y no ha querido ayudarnos? Pasa el tiempo y los creyentes no asumimos que el Dios cristiano es un Dios que respeta la “autonomía de las realidades terrestres” y su presencia entre nosotros no es para intervenir si rezamos o no, sino para sostenernos en la inmensa tarea de continuar su obra creadora, comprometiéndonos con todo lo que somos y podemos para hacer de este mundo una casa común donde “ninguno pase necesidad” (Hc 2, 45).

Finalmente, ya se ha hablado mucho de la vida sacramental y litúrgica y de la urgencia de recuperar lo esencial -la vida- para celebrarlo -cuando sea posible- en los templos. Algunos solo han vuelto a los templos, como quien le gana la batalla a un gobierno que los cerró -parece que injustamente, según interpretan- pero sin la certeza de que nada ni nadie nos separa del amor de Dios porque Él no solo está en el templo, sino en la vida concreta de cada día, en casa, en cuarentena, en la red, en el deseo de volver a abrazar y encontrarnos con los demás, en la muerte que ha visitado y sigue visitando a tantas familias, etc.

En conclusión, ya es tiempo de preguntarnos ¿qué nos va dejando esta experiencia? ¿qué cambios ha producido en nuestra vida, en nuestra pertenencia eclesial, en nuestra participación social, etc.? Si no hacemos estas preguntas, de nada habrá servido todo este tiempo. Pero si nos detenemos y nos examinamos, saldremos una vez más, fortalecidos, “como el oro en el crisol” (1 Pe 1,7), a seguir viviendo con alegría y esperanza esta vida humana en la que Dios no nos deja de la mano, pero cuenta con las nuestras para vivir esta situación y tantas otras que seguirán llegando.

(Foto portada tomada de Cider)

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Pedro Aranda Astudillo: Saludo tu dignidad, nuestra dignidad…

Viernes, 23 de abril de 2021
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1_saludoSaludar es dar salud, la salud es vivir en armonía. Desear salud a quién me dirija es abrir puertas para sintonizar… Un cálido saludo asemeja los sentimientos, cómo sentimos el compartir con los demás: de abrazos, de besos, de entrelazar las manos, de inclinarse en reverencia, dar “un buen día” a quién se me cruza en el camino. Dignificar la presencia del más próximo, también me dignifica.

La dignidad nos reviste de un “manto sagrado”, cada persona es un templo. Todas las sociedades, más allá de sus propias culturas, atestiguan que en cada persona habita la humanidad, todos comulgamos la misma sangre… No es filosofía, ni creencia. Vivimos la trasparencia de sernos semejantes con la riqueza infinita de diversidades, de complementarnos. Cada persona se nombra, su nombre es su pertenencia de sí mismo como debe ser en todo su obrar, es un “sujeto único” que camina por sí mismo. Se afirma por sí mismo y su firma lo consagra como individuo, es decir indivisible, lo contrario: un objeto, “una cosa”, puede dividirse y manipularse. Sujetarse, sustentarse, garantiza permanencia, de allí que también las instituciones deben ser sustentables

Los sistemas imperantes creadores de medios para optimizar las subsistencias, como también para el desarrollo de sus diversos poderes han logrado masificar las costumbres sociales siendo las personas “absorbidas” como “bienes de consumo”. La esclavitud ha sido uno de los agujeros negros de las civilizaciones.

Nuestra sociedad venía en una carrera desenfrenada, imparable por el desarrollo del consumo, de la explotación de los recursos de la tierra, de una robótica desplazante del trabajo humano. Nace en Wuhan, ciudad China, un coronavirus convertido en la corona mortal para nuestra humanidad. La vida, igualmente misteriosa, amenazada por las diversas violaciones humanas, por el caudal armamentista, crea su propio antígeno contra la soberbia humana. Sacrificó nuestra dignidad: ¿Puede haber algo más indigno que un muerto por el Covid sea aún un peligro para sus prójimos? ¿Nuestra dignidad, a rostro cubierto? ¿Nuestra dignidad, saludarnos a codazos? ¿Nuestra dignidad, marginada por cesantía? ¿Nuestra dignidad, emigrada por los miedos?

¿Siempre tendremos que aprender por tragedias? Se dice que de esta pandemia saldremos mejores o peores. Seremos mejores si nos grabamos la entrega sublime y absoluta del personal de la salud pública, líderes de la vida, mástiles de la dignidad. No menos heroicas son aquellas manos pródigas de solidaridad… “Muchos son los misterios, pero no hay nada más misterioso que el hombre” cantado en las tragedias griegas.

Hoy digamos: recreemos nuestra dignidad, valga decir nuestra responsabilidad al ponernos de pie frente a la cruenta pandemia. La responsabilidad es la raíz de la dignidad. Escuchar nuestro Co-Razón incansable de irrigarnos vida hermanado a la conciencia, voz suprema que ilumina al silencioso mundo científico para desvelar al Covid y socavarle su poder. Es la voz suprema que iza tu dignidad, nuestra dignidad.

Cual ínfimo virus invisible y transmisible, también como la vida misma: real, invisible e indefinible.

Pedro Aranda Astudillo

Fundador de la Corporación Gen.

Marzo 2021

Fuente Fe Adulta

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Isabel Gómez Acebo: La necesidad del tacto.

Sábado, 13 de marzo de 2021
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unnamedLeído en su blog:

Uno de los problemas que nos ha causado el confinamiento por la pandemia es la pérdida de muchas relaciones sociales que nos permitían el contacto físico entre las personas y no es una nimiedad. El tacto es el primer sentido con el que nace el ser humano, tan es así, que muchos estudios defienden colocar al bebé sobre el cuerpo de su madre, piel con piel, una actuación que adelanta su progreso y les permite desarrollar sus pulmones y corazón. Está siendo probado que el desarrollo físico y psíquico de estos bebés fue mejor que el del grupo de control pasado un año. En el lado opuesto, los recién nacidos que carecieron de afecto tienen toda una gama de deficiencias en su desarrollo y pueden generar propensión a la agresividad.

El Covid ha sido responsable de que muchas personas mueran, no sólo sin la compañía de sus seres queridos, sino rodeadas de guantes de látex y mascarillas para evitar el menor contacto. La referencia del tacto muchas veces nos lleva al sexo, pero no son menos importantes los besos, las caricias y los apretones de manos que nos hablan de presencia física envuelta en cariño. Y la hipersexualización de nuestra sociedad ha impedido desarrollar el tacto que requiere un simple afecto y con la campaña del Me Too, llevada al extremo, se han reducido los contactos inocentes por miedo a ser mal interpretados

Algo semejante a lo que ocurre hoy con la enfermedad sucedió en muchas civilizaciones con determinados grupos a los que se les prohibió la relación humana, el ejemplo que nos relata la Biblia son los leprosos que en el mundo judío debían estar apartados de la sociedad en la que vivían. A la casta india, los dalit, sin estar enfermos se les reconoce con el nombre de intocables y tiene muchas dificultades el gobierno actual para acabar con esa costumbre. El mayor castigo que pueden tener los prisioneros en todas las cárceles es el confinamiento en solitario

Los científicos han estudiado la necesidad que tienen los seres humanos de interactuar unos con otros de forma que hemos desarrollado un sistema neurológico designado a responder al menor gesto afectivo pues activa una fibra nerviosa que se aloja en la piel. Si esta fibra se aviva enciende en el cerebro la parte responsable del placer, soltando un cóctel de hormonas: la dopamina, serotonina y oxitocina que amortiguan la angustia y nos hace sentirnos mejor. Se han hecho estudios sobre 509 adultos en todo el mundo con el resultado de que la privación del tacto va unida a la soledad, depresión, estrés y desórdenes en la psique acompañados de baja inmunidad. Los adultos que han sido más abrazados tienen menor propensión a acatarrarse

Y si esto es cierto ¿por qué el olfato con los perfumes y el gusto con la comida se llevan el gato al agua? De un estudio sobre el tacto hay 100 sobre la vista y en el siglo XIX se consideraba el tacto como “una forma no civilizada de percepción”. La cultura victoriana ha dejado marca en el pueblo inglés algo que se puede ver en las cafeterías donde las personas se tocan menos en Inglaterra que en otros países, pero también el cristianismo tiene mucha culpa en este desarrollo negativo por su culpabilización del sexo

Todo este desarrollo nos hace llegar a la conclusión de que el 60% de las personas ¡Sólo! que fueron confinadas en sus casas por esta enfermedad manifiestan la necesidad del contacto físico como asegura un estudio. Una necesidad que aumenta en los países mediterráneos donde los abrazos y los besos son más frecuentes que en otros lugares. La otra cara de la moneda nos la dan los habitantes de culturas con menos contacto físico como pueden ser los coreanos

El contacto virtual de nuestro mundo aparta el cuerpo y sus necesidades, pero no las suprime. En China se están vendiendo muchos millones de sillones de masaje, camisas con sensores que dan la sensación de abrazos y aplicaciones por internet con una tecnología que simula la caricia. La realidad es que el Covid nos ha hecho ser conscientes de la necesidad que tenemos todos los seres humanos del contacto con nuestros contemporáneos. Yo sueño con la llegada de las vacunas que me permitan abrazar a mis hijos, nietos y amigos y eso que me educaron en una cultura anglosajona en la que era negativo mostrar los sentimientos

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José María Castillo: “Jesús soporta el error. Lo que no soporta es el sufrimiento”

Viernes, 5 de marzo de 2021
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amor-perfecto.max-750x450De su blog Teología sin censura:

“¿Cómo vivimos la fe en la pandemia?”

“Una de las cosas, que más patente ha dejado la pandemia, es que a una notable mayoría de la sociedad le interesa más la ‘diversión’ que la ‘creencia'”

“Qué quiero decir con esto? Que hemos deformado la fe. Sin embargo, en este asunto, hay que andarse con cuidado”

“El mayor elogio, que hizo Jesús, de la fe, no fue el de un creyente en el Dios verdadero, sino el de un militar romano, que tenía sus creencias, pero sufría porque un servidor suyo se le estaba muriendo (Mt 8, 5-13; Lc 7, 1-10)”

“Para Jesús es más importante la ‘humanidad’ que la ‘religiosidad’. Y esto es lo que a la teología y a los teólogos no nos entra en la cabeza”

Una de las cosas, que más patente ha dejado la pandemia, es que a una notable mayoría de la sociedad le interesa más la “diversión” que la “creencia”. Cuando la gente dice que, por causa del virus, nos quedamos sin Navidad, sin Reyes Magos, sin Cuaresma, sin Semana Santa, etc., etc., lo que menos le importa a la mayoría de la gente es recordar cómo nació Jesús, cómo murió en su Pasión y su Cruz, etc., etc. Lo que a la mayoría de los ciudadanos les importa es que nos quedamos sin el viaje, sin la playa, sin la juerga. O sea, lo que interesa es la “diversión”, no precisamente la “devoción”. Lo cual es perfectamente comprensible. Porque son miles y miles los ciudadanos que viven del turismo, los hoteles, las agencias de viajes… En un país, como es el caso de España, la economía se va al traste. Y con la economía, al traste nos vamos todos.

¿Qué quiero decir con esto? Que hemos deformado la fe. En efecto, para la gran mayoría de la gente, la fe es auténtica cuando se vive como la correcta relación con Dios. La que se traduce en la sumisión ortodoxa de los creyentes a lo que enseña y manda la autoridad jerárquica de la Iglesia. Esto es lo que enseñan los libros de teología y lo que explican los catecismos. Algo que se tomó tan en serio, que por esto se condenó a los herejes, se les torturó y hasta se les quemó vivos en la plaza pública. Que para eso se fundó la Inquisición.

Sin embargo, en este asunto, hay que andarse con cuidado. Porque, si nos atenemos a lo que relatan los Evangelios, la fe no es siempre la correcta relación con el Dios verdadero, sino la correcta relación con la salud humana.

El mayor elogio, que hizo Jesús, de la fe, no fue el de un creyente en el Dios verdadero, sino el de un militar romano, que tenía sus creencias, pero sufría porque un servidor suyo se le estaba muriendo (Mt 8, 5-13; Lc 7, 1-10). Y la “grandeza de la fe no se la atribuyó a un discípulo suyo, sino a una mujer cananea, que era una pagana, pero quería mucho a una hija suya que sufría (Mt 15, 21-28; Mc 7, 24-30). Como también resulta extraño que el único leproso curado, que mereció el elogio de su fe, no fue ninguno de los ortodoxos judíos, que se fueron al templo, sino un hereje samaritano, que tuvo la atención de agradecer su curación (Lc 17, 11-19).

Pero más elocuente que los evangelios sinópticos es el evangelio de Juan. Sobre todo, cuando afirma que Jesús se apropió el nombre de Dios que, cuando el mismo Dios le dijo a Moisés en la zarza ardiendo: “He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas contra los opresores, conozco sus sufrimientos. He bajado a librarlo de los egipcios y sacarlo de esta tierra… para llevarlo a una tierra que mana leche y miel” (Ex 3, 7-8). Y cuando Moisés le preguntó a Dios: “¿Cuál es tu nombre?” (Ex 3, 13), Dios le contestó: “Yo soy” (Ex 3, 14). Una respuesta desconcertante. Porque es una definición que tiene sujeto y verbo, pero no tiene predicado. El nombre de Dios no se puede “objetivar” en un concepto. Porque eso es reducir al Dios trascendente a un mero objeto inmanente. O sea, eso sería convertir al “Absolutamente-otro” en una “cosa”, el concepto que yo tengo en mi cabeza.

 Ahora bien, este misterioso nombre, “yo soy”, es el que se apropia Jesús en sus enfrentamientos con los líderes del judaísmo: “Si no creéis que yo soy, moriréis en vuestros pecados” (Jn 8, 24). Con ligeras variantes, el “yo soy” se le apropió Jesús constantemente. Hasta llegar a decir: “El Padre y yo somos uno” (Jn 10, 30). Jesús se identifica con Dios. Con el Dios que vio el sufrimiento de los oprimidos. Y vino a este mundo a liberarlos.

No cabe duda. Jesús soporta el error. Lo que no soporta es el sufrimiento. Y eso es lo que va a decidir nuestra suerte, en el juicio final: lo que hicimos o dejamos de hacer con los sufren (Mt 25, 31-46). Para Jesús es más importante la “humanidad” que la “religiosidad”. Y esto es lo que a la teología y a los teólogos no nos entra en la cabeza.

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Aprender en la pandemia

Viernes, 26 de febrero de 2021
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_114212396_gettyimages-1214557360Pedro Zabala
Logroño.

ECLESALIA, 15/02/21.- Estas reflexiones me han brotado después de participar en una tertulia virtual con un grupo de nuestra Comunidad de la Esperanza y de escuchar una videoconferencia del jesuíta Rodríguez Olaizola. No podemos evitarlo. Vivimos, oímos, vemos, hasta tocamos esta atmósfera provocada por ese bichito, procedente de China, que domina el planeta. Pandemias ha habido siempre, más o menos globales, que han asolado a la humanidad.

¿Qué ha ocurrido para que ésta alcance tal magnitud en nuestra conciencia? Primero: Está afectando a nuestro orgulloso Occidente. Segundo: La globalización económica, con el trasiego constante y rápido de mercancías y personas de unos países a otros. Y tercero: Las interconexiones mediáticas instantáneas, las tradicionales más las redes sociales, que han hecho del globo terráqueo una aldea global.

Frente a esta situación, se están dando dos respuestas opuestas, igualmente perniciosas en sus efectos. La primera, la de los negacionistas: la pandemia no existe, es un bulo creado por ciertos poderes ocultos para aumentar su dominio sobre nosotros. La segunda es la de quienes se han hundido en un pavor extremo, en el que piensan que no hay nada que hacer; por lo que o disfrutamos a lo loco cada minuto de la existencia que nos quede o nos encerramos en la depresión más amarga.

Claro que cabe un respuesta más humana y esperanzada. Ver la crisis como una oportunidad. Para ello, aprovechando el confinamiento de tantas horas en nuestras casas, hemos de empezar por frenar. Iniciar un proceso de pensamiento sobre nuestra propia existencia y el sentido de nuestra vida.

Hemos de reconocer que, a pesar de los avances tecnocientíficos, somos seres frágiles, extremadamente vulnerables. Y que la muerte, la mía y la de los míos, forma parte de la existencia humana. Tenemos fecha de caducidad, aunque ignoremos cuál sea.

Nuestra inmovilidad no ha de impedirnos ser peregrinos de nuestro interior. Ahondar dentro de nosotros con preguntas claves: ¿Somos personas líquidas, a merced de vaivenes exteriores o personas sólidas con anclajes firmes, pero flexibles? ¿Hemos desarrollado un pensamiento crítico, capaz de evolucionar, sin caer en gregarismos fáciles? ¿Estoy abierto a la escucha leal, aceptando que me lleven la contraria, para irme acercando a la verdad desde otras perspectivas?

Este análisis ¿me permite ver qué cambios debo realizar en mis actitudes vitales? ¿No debo empezarlos ya, en el hoy en que me encuentro? Sé que no parto de cero, mi vida tiene su historia, aunque seguro que debo cambiar el relato que hago de ella. Y desde ese ayer, con los pies anclados en el presente, es el momento de abrime a un mañana esperanzado.

Mi actitud debe ser de una humildad agradecida. A esos tús cuyos encuentros me han ído modelando. ¿No puedo resumir la lección de la pandemia en tres verbos: Buscar, Esperar, Agradecer?

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Juan Zapatero: Una cuaresma forzada y sin previo aviso.

Martes, 23 de febrero de 2021
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cuaresma_portada_01Ya desde la Edad Media el tema del Carnaval y de la Cuaresma comenzó a ser tratado por diversos autores como manifestaciones antagónicas y opuestas de una misma realidad. El Libro del Buen Amor, del Arcipreste de Hita, es sin ningún género de dudas el exponente más claro a nivel de literatura. En una sociedad cristiana a la fuerza es más que evidente que la Iglesia tenía la primera y última palabra respecto a sus fieles, súbditos la inmensa mayoría. Una sociedad (cristiandad), por otra parte, muy desigual, donde los deberes abundaban por doquier, siendo unos pocos, incluida una parte de la Iglesia (el clero alto concretamente), quienes gozaban de los derechos y privilegios que ellos mismos se daban; y todo ello, para más “inri”, en el nombre de Dios. El tiempo en los templos, iglesias y conventos con sus liturgias y celebraciones, además de los cumplimientos más que abarrotados de preceptos y normas, ocupaba la parte más importante de la vida de aquellas gentes. Una vida, por otra parte, dura y exigua ya no de derechos, que brillaban por su ausencia, sino sobre todo por la dureza de las condiciones que hacían de ella más un simulacro que una realidad.

Por ello precisamente, aquellas gentes buscaban cualquier tipo de resquicio, normalmente algunos días indicados, para poder alegrar sus cuerpos; ya que para sus almas tenían días más que en exceso, y no precisamente para alegrarlas, sino para recordarlas su conducta pecaminosa de manera constante y, por ende, el castigo del infierno que recibirían de manera segura si no cambiaban su manera de vivir. Durante cuarenta días, la Cuaresma, serían advertidos de los peligros gravísimos de una vida disoluta y desordenada; un castigo tan desproporcionado como era el infierno y, además, para toda la eternidad. Con lo que ello suponía: una vida dura aquí y con creces después, siendo imposible imaginar lo que podría llegar a suponer todo esto.

Era quizás el tiempo del Carnaval el que mejor ofrecía oportunidad y ocasión para el desenfreno en todos los campos, de manera especial el de la lujuria, tan reprimido con sentencias condenatorias y tremebundas por la Iglesia, antes de entrar en la temida Cuaresma, sobre todo por sus penitencias y privaciones; aunque, a decir verdad, resulta imposible imaginar de qué más se les podía privar a aquellas gentes. Con la llegada de la Pascua, una vez acabada la Cuaresma, se presentaba el tiempo nuevo que, para aquellas gentes, no consistía en otra cosa que continuar malviviendo humana y espiritualmente.

Pues bien. Una de las palabras más pronunciadas desde mediados del mes de marzo de 2020 hasta hoy es precisamente la palabra “cuarentena”, cuyos orígenes no son otros que la Cuaresma cristiana. Una “cuaresma” que llegó de manera forzada y sin previo aviso. Digo esto porque la Cuaresma cristiana ya viene establecida por el calendario litúrgico y, por tanto, los fieles saben cómo deben enfrentarse a ella o como vivirla. No así esta otra que nos pilló a todas y a todos por sorpresa. Una “cuaresma” precedida por un “carnaval” de muchos años, demasiados, abusando todos de todo (de la naturaleza, del cosmos, del medio ambiente y, lo que es muchísimo más grave, de las personas), pero, por qué no decirlo, unos más que otros. Porque me parce injusto que esta “cuaresma” la tengan que vivir todos los países del mundo de la misma manera, y también todas las personas, cuando el carnaval ha sido muy distinto; ¡vaya que si ha sido! Un “carnaval” de opulencias de los países ricos frente a una ausencia del más pequeño de los “carnavales” para los países pobres. Y ya no digamos a nivel personal: tres mil millones de personas malviviendo porque carecen de lo todo lo elemental para tener una vida ya no digna, sino con unos mínimos tintes de humanidad, frente a una decena de fortunas, y otras cuantas más que las acompañan, disfrutando de todo tipo y clase de placeres que les puedan venir en gusto y gana. En este caso, además, ya tendrán quienes, desde confesiones religiosas y diferentes iglesias, tranquilicen sus conciencias y los animen a que cumplan algunos ejercicios religiosos y de piedad, no muy costosos, por cierto, amén de contribuir con algunas limosnitas (mejor si son un poco suculentas) para que sean tenidos y admirados aquí como gente ferverosa y creyente en dios (en el suyo, claro) y después consigan la “vida eterna”. Una vida eterna ganada, como no podía ser de otra manera, con el cumplimiento de los ritos que les han ido prescribiendo los dirigentes de las “religiones” que practican y de las iglesias que frecuentan.

Y, ¿qué “pascua” saldrá de esta “cuaresma” vivida de manera tan desigual? No hay que ser muy agudos para adivinarlo. La riqueza y la opulencia, igual que la pobreza y la miseria, continuarán estando del mismo lado que hasta ahora. Los mismos continuarán haciendo la “pascua” a los mismos, condenándolos a vivir de manera ininterrumpida una “cuaresma” demasiado pesada y sin haber estado precedida, además, de ningún tipo de “carnaval”. Algunos, muchos para ser más exactos, me tildarán de pesimista por las palabras que digo; pero soy de aquellas personas que no cree en los propósitos a la fuerza (como los que muchas personas acostumbran a hacer a principio del nuevo año). Y me temo que la “cuaresma pandémica” ha sido a la fuerza y, además, sin haber avisado antes.

Juan Zapatero Ballesteros

Fuente Fe Adulta

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Faustino Vilabrille: Pandemia: pobreza insoportable.

Martes, 16 de febrero de 2021
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1602653401165Pobres de los Pobres!. Hasta donde nos ha llevado el Neoliberalismo!

Las consecuencias más graves y dolorosas de la pandemia son sin duda las humanas por morir por su causa y además tener que hacerlo de forma tan inhumana y dolorosa, en soledad, en ausencia de personas cercanas o familiares, por mucho que se haya esforzado el personal sanitario en llenar ese vacío, que sin duda hizo todo lo que pudo.

La pandemia nos ha convertido a todos en víctimas y verdugos: cada ciudadano o vecino con que me encuentro puede ser mi víctima si lo contagio o mi verdugo si me contagia, y además sin saberlo. Este virus es una plaga: ¿La teníamos merecida? Es posible, porque las injusticias, desigualdades, abusos, violencias, despilfarros, adulteraciones, que hemos cometido contra los seres humanos y contra la naturaleza son enormes. Hasta ahí nos ha llevado el Neoliberalismo. Así no podíamos seguir. Un ejemplo: estamos dejando morir de hambre a millones de personas en el Tercer Mundo, mientras que en el Primer Mundo tiramos a la basura millones de toneladas de comida.

Y otro ejemplo más: El cambio climático, del que somos culpables los países desarrollados, nos amenaza a todos, pero sobre todo amenaza los sistemas agrícolas, los medios más elementales de subsistencia y la seguridad vital básica de los países más pobres y vulnerables de África, Hispanoamérica, gran parte de la India y Bangladés, donde tienen  que vivir y morir prematuramente los 815 millones de personas que no llegan a disponer ni de 1,67 euros al día (Fuente:  Asociación Internacional de Fomento (AIF)-Banco Mundial).

Por tanto, las consecuencias de la pandemia no son solo humanas, son también las consecuencias económicas:

En tan solo 9 meses de pandemia, del 18 de marzo al 31 de diciembre de 2020, las 1000 personas más ricas del mundo aumentaron su riqueza en 3,23 Billones de euros. Su riqueza conjunta ya asciende  a 9,8 Billones, casi tanto como los gobiernos del G20 han movilizado para responder a la pandemia. Mientras los más ricos ya se recuperaron, los empobrecidos por la pandemia tardarán unos 10 años en hacerlo.

Desde el inicio de la pandemia, LA FORTUNA DE LOS 10 HOMBRES MÁS RICOS DEL MUNDO ha aumentado en medio Billón de dólares, una cifra que financiaría con creces una vacuna universal para la COVID-19 y que garantizaría que nadie cayese en la pobreza como resultado de la pandemia.

Por el contrario, el número de personas que viven en el mundo con menos de 4,5 euros al día aumentó en 700 millones de personas.

Por lo que se refiere a España, con la pandemia las personas más pobres de nuestro país perderán siete veces más renta que las más ricas, y unas 790.000 personas caerán en POBREZA SEVERA a causa del COVID-19, según informa Oxfam Intermón. Tener que vivir con menos de 16 euros al día alcanzará la cifra de 5,1 millones de españoles. Asimismo, la POBREZA RELATIVA, estimada en 24 euros al día, supone un  millón más de personas por debajo de la línea de pobreza, hasta alcanzar 10,9 millones de españoles.

Si nos acercamos a la población migrante, el índice de pobreza alcanzaría el 57%, frente al 22,9% de media del total de la población. Personas migrantes, jóvenes y mujeres son los colectivos más afectados por la desigualdad que ha provocado la pandemia. De las personas que trabajan a tiempo parcial, el 73 % son mujeres (Fuente: Oxfam Intermón).

Cómo discurrirán las cosas en el próximo futuro? Todo el mundo pone la esperanza en la vacuna, una proeza de la ciencia, que bienvenida sea, pero… El domingo pasado ya denunciábamos el “pillaje” en las vacunas y la desconfianza en las Multinacionales Farmacéuticas, que ahora se está confirmando, desde los grandes a los pequeños, pues aquellas no quieren cumplir sus contrataos con la UE y sí vender las vacunas a quien más las pague, como Israel o los Emiratos Árabes, y continuando por los VACUNADOS ENCHUFADOS, como los 300 militares y diversos políticos, hasta llegar al obispo de Mallorca, que se vacunó sin corresponderle (la jerarquía eclesiástica en su conjunto, salvo contadas excepciones,  debería sentir vergüenza de haber estado recibiendo prebendas y privilegios de los poderes públicos desde la dictadura e incluso hasta nuestros días como, por ejemplo, con las inmatriculaciones, e incluso pedir perdón al pueblo  por no haber sido mucho más coherente con el Evangelio.

Otra esperanza que se  maneja son las ingentes cantidades de recursos que aportará la Unión Europea a nuestras arcas públicas y cómo influirán estas ayudas en el crecimiento futuro del PIB, que en España en 2020 ha caído un 11 %, con lo que el PIB per cápita bajó de 26.430 euros a 23.430.

No obstante España es la economía número 15 en el ranking de los 196 de los que se conoce su PIB. El Problema de España no es la falta de riqueza, sino la desigualdad, que es mayor que en las economías europeas más avanzadas, con las que compartimos un proyecto político más o menos común, pues nuestro país ocupa el cuarto puesto en el ranking de los países más desiguales de toda la Unión Europea. Pero es que, además, somos el segundo Estado europeo —por detrás de Bulgaria— en el que la distancia entre ricos y pobres ha aumentado más.

Lo ha hecho, además, a costa del empobrecimiento de los más desfavorecidos económicamente. Lejos de la recuperación, en el año 2017 aumentaron en 16.500 el número de hogares en los que no entraba ningún ingreso. Alcanzaron, así, los 617.000. Sin embargo, los ultramillonarios aumentaron en un 4% que cada vez acapara más riqueza. “El 1% más rico tiene 24,42 de cada 100 euros de riqueza, mientras que el 50% más pobre se tiene que repartir 7 euros de cada 100”.

Detrás de la pandemia, ¿cómo quedarán estos datos? El dinero que promete la UE, ¿a quién irá a parar?

Tenemos que exigir una administración rigurosa, responsable, solidaria y comprometida de todas esas ayudas, sobre todo con los más empobrecidos y necesitados. ¿A qué nos suenan estas palabras? ¿Cuándo le haremos caso a Quién las practicó y enseño, que iba curando toda enfermedad y toda dolencia del pueblo, pidiendo tener hambre y sed de justicia?

NOTA.-Si en los países desarrollados pasa lo que pasa con la pandemia, ¿cuáles serán las consecuencias humanas, sociales, económicas y políticas de la misma en el Tercer Mundo? Si aquí hay trampas con las vacunas, qué no pasará allí?

Fuentes de información: Informes de Oxfam Intermón, BM, Datos Macro, ANALYTIKS, Eurostat, INE, Foro de Davos,

Feliz domingo a tod@s.-Faustino

Fuente Religión Digital

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Ollas populares y redes vecinales: así se organizan defensoras trans en México frente a la pandemia

Viernes, 5 de febrero de 2021
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Centro-comunitario-Vihda-Trans-en-Tampico1-1024x768Por Georgina González

Fotos: Gentileza de Tamaulipas Diversa Vihve Trans

Ana Karen López Quintana es defensora de derechos humanos y preside la organización Tamaulipas Diversa Vihve Trans, dedicada a defender los derechos de las poblaciones trans, les trabajadorxs sexuales y personas que viven con VIH en Tampico, Altamira y Madero, al sur del estado mexicano de Tamaulipas. La autogestión ha sido su mejor herramienta para hacer frente a la crisis alimentaria, económica y de salud que experimentan estas poblaciones durante la pandemia.

“La pandemia sigue afectando a las personas que están ejerciendo el trabajo sexual y a las que se dedican al show travesti, a meserear, fichar (trabajadora que gana comisiones por las bebidas alcohólicas consumidas dentro de un bar), que trabajan en casa (trabajdoras domésticas) o en restaurantes pues fueron despedidas y no tienen trabajo en estos momentos. Todas ellas, mayormente parte de la población LBT (lesbianas, bisexuales y trans), viven una situación muy crítica”, cuenta Ana Karen en entrevista con Presentes.

Ante la covid-19, Vihve Trans buscó soporte con los tres niveles de gobierno (federal, estatal y municipal). Sin embargo, luego de diez meses, el Estado permanece ausente frente al llamado de ayuda para que mujeres trans, trabajadorxs sexuales y personas que viven con VIH hagan frente a las desigualdades y violencias que experimentan durante la emergencia sanitaria.

“El Estado no nos ha brindado absolutamente nada, ni dinero, ni cubrebocas, ni gel antibacterial, ni guantes, ni condones. Todo ha sido ayuda de sociedad civil, sobre todo por el apoyo emergente de Fondo Semillas. Sin ese fondo hubiéramos colapsado y hubiera más personas afectadas y contagiadas por covid-19. Gracias a eso hemos podido acercarnos a la comunidad”, advierte Ana Karen.

De abril a mitad de enero de 2021 les integrantes de Vihve Trans han repartido 680 despensas (productos de canasta básica); 250 kits de limpieza personal; 450 cubrebocas lavables y 115 mil condones masculinos y 1500 femeninos. Además, se realizaron 600 pruebas rápidas de VIH, se brindó atención médica a 25 personas LGBT adultas mayores y a 45 niñes que viven con VIH. Este trabajo territorial aparece recogido en la investigación de la organización Front Line Defenders.

Sin empleo, sin hogar

Entrega-de-verduras-en-el-centro-comunitario-1024x768“Al principio todo fue un caos, hubo chicas que entraron en psicosis y no sabíamos ni para dónde hacernos”, recuerda Ana Karen. De golpe los hoteles, estéticas y otros espacios de trabajo cerraron.

Para apoyar y contrarrestar la falta de empleo, de techo y comida, Vihve Trans generó acciones como rifas en Facebook, a hacerse más visibles en redes sociales y a nivel local, a tocar puertas con otras organizaciones y funcionarios públicos.

Algunas mujeres trans y personas que ejercen el trabajo sexual se quedaron sin empleo y a su vez sin techo, algunas también fueron orilladas a abandonar los departamentos que rentaban como consecuencia del estigma. “Ya no querían rentarle a las chicas por la cuestión de que creen que iban a traer el virus de covid-19 y más clientes”, señala Ana Karen. 

“Hubo chicas que se refugiaron con amigas o buscaron pagar renta en otro lado entre dos personas. Y por necesidad, clandestinamente ejercen el trabajo sexual arriesgando su salud, algunas fueron afectadas con el covid-19”, agrega.

Se olvida una pandemia por otra

Ana Karen tuvo que buscar fondos económicos para poder incinerar a diez mujeres. Siete de ellas ejercían el trabajo sexual, 3 más no pero todas vivían con VIH y no contaban con tratamiento antirretroviral, eso las afectó fatalmente al momento de enfermar de covid-19.

“Durante esta pandemia no hemos tenido el abasto oportuno de medicamentos antirretrovirales y los estudios de rutina de VIH. El gobierno no está tan apegado a esto y es urgente que se brinden medicamentos y estudios médicos”, señala Ana Karen.

En México las autoridades de salud orientaron todos sus esfuerzos a la pandemia por covid-19 y dejaron de brindar detección, atención y seguimiento a la pandemia de VIH. 

Tan solo en Tamaulipas en 2019 las autoridades de salud detectaron 329 nuevos casos de VIH, en contraste, en 2020 se detectó un total de 24, 23 hasta marzo y un solo caso entre el 29 de junio y el 15 de noviembre, de acuerdo a datos del Centro Nacional para la Prevención y el Control del VIH y el sida.

Ana Karen enfatiza en la urgencia porque el Estado brinde atención médica integral a les trabajadorxs sexuales, personas trans y personas que viven con VIH. “No solo hay desabasto de medicamentos para VIH, también para hipertensión, diabetes. Además, el personal de salud no está sensibilizado, muchas personas trans tienen miedo de ir (al centro de salud) porque es común que no se respete ni su nombre ni su identidad”, añade.

Para poder cremar a sus diez compañeras Ana Karen pidió apoyo a funcionarios públicos locales y es que el país también enfrenta una crisis funeraria donde los servicios de cremación han duplicado sus precios. Al final, consiguió un descuento y con el apoyo solidario de la red de mujeres trans del sur de Tamaulipas logró solventar el gasto.

“Nos dolió mucho no poder llorarlas y hacer un velorio, debían ser cremadas. Muchas no eran de aquí, unas eran de Veracruz, de San Luis Potosí, de Nuevo León (estados colindantes a Tamaulipas), y es que sabes que del trabajo sexual migran constantemente, no están sus familias, al final sus cenizas fueron entregadas a las amigas que pudieron hacer aquí”.

“Tamaulipas es conservador y violento”

Vihda-Trans-junto-a-Tendremos-Alas-ACDefender los derechos humanos en Tamaulipas tiene sus riesgos. Y aunque Ana Karen se sabe “un roble que no se deja vencer ante ninguna tempestad”, tiene claro que el estado que la vio crecer “es conservador y violento con quienes levantan la voz”. 

“No tenemos avances en ley de identidad o matrimonio igualitario, sin embargo, por ahora estamos trabajando en un solo frente como movimiento de la diversidad sexual por el derecho a la salud integral libre de estigma y libre de discriminación”, explica Ana Karen.

Además, se busca reformar el Código Civil del estado que impone como requisito para contraer matrimonio la presentación de estudios clínicos prenupciales y que impide esta unión a la persona que sean diagnosticadas con VIH, a menos que interponga un amparo.

Tamaulipas también es uno de los estados que más ha padecido la violencia generada por la estrategia de seguridad llamada “guerra contra en narco” que llevó a las calles a los militares.

“Es difícil trabajar realmente en este contexto. La presencia de policías o militares no representa un beneficio para nosotras, al contrario, de ellos solos tenemos rechazo, discriminación y detenciones injustas”, advierte Ana Karen.

Según la Encuesta sobre Discriminación por motivos de Orientación Sexual e Identidd de Género (ENDOSIG 2019), 3 de cada 10 personas LGBT encuestadas experimentaron un trato discriminatorio por parte de la policía, siendo el más común los interrogatorios sin motivos aparentes.

Además, un informe de 2016 sobre las condiciones de los derechos humanos de las mujeres trans en México elaborado por el Transgender Law Center y la clínica de estudios LGBT de la Universidad de Derecho de Cornell, concluye que “las mujeres trans ya eran objeto de abusos policiales y militares, pero una vez que comenzó el aumento de la militarización bajo Calderón (ex presidente que instauró esa estrategia de seguridad pública en 2006), las mujeres trans sufrieron un aumento en las agresiones. Los militares cometen los mismos abusos que la policía al hacer que las mujeres trans sean objeto de detenciones arbitrarias, golpizas, extorsiones y robos”.

La resistencia trans

“Trabajar ha sido difícil, créeme que de repente pues sí me llega la desesperación, la angustia, lloro. Pero desahogar me hace bien, me he sentido respaldada por mi familia, por mi esposo y todo esto me ha empoderado aún más”, confiesa Ana Karen. Y agrega, “también veo fortalecidas a mis compañeras, algunas lloran cuando reciben los apoyos, dan las gracias y me han dado a entender que no se sienten solas y que están unidas y así nació la resistencia trans”

“La resistencia trans” es una red de personas LGBT, en su mayoría jóvenes, que trabajan como voluntarias para acercar los apoyos alimenticios, de prevención y pruebas de detección de VIH, sífilis y hepatitis en los municipios de Tampico, Altamira y Madero.

Pero la resistencia también se extendió al sur, en Veracruz, y de la mano de Tendremos Alas AC tejen puentes para gestionar apoyos a trabajadorxs sexuales, personas trans y personas que viven con VIH en Pánuco y Pueblo Viejo, a 45 minutos de Tampico.

Frente a la ausencia del Estado, la discriminación de la sociedad, la violencia institucional, el acoso policial, militar y del crimen organizado, la organización Vihve Trans reclama hoy más fuerte que nunca: “¡Nosotrans existiendo, resistiendo y persistiendo! (…) y con este empoderamiento comunitario vamos a fortalecernos aún más para tomar decisiones. Aquí estamos y queremos que nuestros derechos se garanticen y respeten”.

Fuente Agencia Presentes

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“¿Qué podemos hacer en pandemia? “, por Gabriel Mª Otalora

Viernes, 22 de enero de 2021
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Inmersos en la realidad de la covid-19, en plena fragilidad sanitaria y económica, vivimos en estado de shock. No estamos acostumbrados a estar en vilo después de tantos meses, contagios y muertos. El estupor es evidente en las autoridades y en las sociedades de todo el mundo, aprisionadas en un endiablado tablero con dos fichas imposibles de casar: si cierro la mano para reducir la incidencia de los contagios se destroza el tejido productivo. Si abro la mano, el coronavirus amenaza con convertir la pandemia en una sistemia que afecta de manera generalizada a todas las estructuras del sistema socio-productivo.

Intuimos que las estructuras con las que funcionamos no están siendo eficaces, más allá del esfuerzo sanitario operativo e investigador. Tampoco estamos satisfechos con la respuesta social, inmadura e infantil por parte de demasiadas personas que aceptan la más mínima molestia por el bien común. La tecnología, la logística, el dinero, los avances de todo tipo, no logran evitar la mezcla de desconcierto, estupor, miedo, desánimo y mucho dolor contenido en torno a la covid-19. Y cuando algunos negacionistas han alardeado de que no hay que hacerle mucho caso e “esto”, las consecuencias han sido severas; ahí está Brasil, Estados Unidos y Gran Bretaña. Todo esto junto es demasiado como para no preguntarnos los cristianos -en este caso- ¿qué podemos hacer cuando este virus desafía la fe cristiana?

 El nivel de solución que puede aportar la mayoría es casi testimonial en apariencia. Veamos algunas posibilidades de crecimiento interior y con el prójimo desde el dolor compartido para vivir este tiempo con otra mirada menos utilitarista y desesperanzada.

En primer lugar, podemos crecer en humildad. Es la principal actitud cristiana y está muy abandonada. La primera lección es comprender que no tenemos el control de toda la existencia. Esta pandemia pone al descubierto la limitación y la vulnerabilidad del ser humano. Somos seres necesitados de otros, no importa si las tecnologías nos cambian la vida. Todo se globaliza y se interrelaciona, se comunica y se conecta, de manera que un problema de reparto de las vacunas en África, puede repercutir en las sociedades que han podido ser vacunadas pronto. De nada sirve con este virus protegerse una parte del Planeta cuando estamos tan interconectados. Esto nos da la oportunidad para reflexionar sobre mi actitud y la soberbia insolidaria que amenaza una solución global.

En segundo lugar, esta reflexión nos debe llevar a orar mejor, a abrirnos a la escucha humilde. Dios no deja de comunicarse nunca, mucho menos en estas situaciones tan difíciles. Pedirle luz y fuerza para acertar en nuestra actitud con los que nos rodean y sobrellevar nuestra propia desazón confiadamente. “Sin mí, no podéis hacer nada”, recuerda Juan en su primera Carta.  Reflexionar con humildad delante de Dios cómo tantos dones tecnológicos (la inteligencia artificial, el mapeo del genoma, la ingeniería genética, las computadoras cuánticas…) no pueden controlar un virus microscópico. Estamos asustados y poco esperanzados, y eso no es muy cristiano.

Es un buen momento para reflexionar desde la fe sobre nuestro concepto de progreso, que no coincide con el de desarrollo; ¿de donde salen las materias primas y a qué coste humano para millones de personas? Nos hemos emborrachado de consumismo sin pensar en las consecuencias para una gran parte de la humanidad. El Papa no deja de advertir la injusticia de este sistema insolidario con una gran parte de la humanidad que además pone en peligro la sostenibilidad del Planeta. Dios nos habla también a través de la pandemia.

Priorizar la escala de valores es otra cosa que podemos hacer. Se nos pide que dejemos de lado nuestras libertades personales y nuestros deseos sociales por el bien de los demás. Si socializamos existe un riesgo real para nosotros y sobre todo sabemos del peligro de contagio  para la gente más anciana y vulnerable. Esto nos lleva a cuidar las relaciones con quienes puedan sentirse más solos y deprimidos; para eso tenemos las redes sociales, para que nadie se sienta en la cuneta. El aislamiento puede enseñarnos a actuar de positiva y constructiva en nuestras interacciones sociales en lugar de hacerlo de forma negativa y destructiva.

La siguiente lección es la aceptación como virtud, es decir, vivir esta realidad como lo contrario de la resignación. Aquello que no podemos cambiar, tengamos una actitud positiva, adecuada, para no hacernos daño con sentimientos negativos que acaban proyectándose en los demás.

Por último, es una oportunidad de oro para valorar lo que tenemos y lo que nos falta siendo conscientes de la gratuidad de Dios en todo. Tampoco somos especialmente agradecidos con lo que nos parece “normal”: tres comidas diarias, vivienda, vestido, familia, trabajo, salud, relaciones sociales, cultura, haber nacido en esta parte del mundo en lugar de en pleno Tercer Mundo… que cada cual haga su lista y vuelva a la actitud humilde y agradecida viviendo las cosas buenas del presente. Esto nos llevaría, en fin, a fomentar nuestra actitud y espíritu de servicio a los demás. Las crisis provocan una multiplicación en cadena de actos de solidaridad entre seres humanos y pueblos que fortalece lazos y destinos. Este necesario espíritu de servicio implica ofrecerse como un instrumento de ayuda de los demás, abiertos a cualquier necesidad cercana de escucha, de consuelo, de tiempo y de lo que haga falta da igual quien lo necesite.

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Sara Lumbreras y Lluis Oviedo: ¿Qué pasará con la religión después de la COVID?

Martes, 29 de diciembre de 2020
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20131031_011553_1103lipcolAdemás, la pandemia nos ha forzado a reevaluar algunos de nuestros comportamientos y los recursos disponibles para afrontarla. La pandemia podría transformar nuestra manera de entender la fe religiosa, y esta fe renovada podría ser un apoyo fundamental para superar la situación a la que nos enfrentamos.

La percepción de lo religioso depende intensamente del contexto social y las circunstancias personales. Ciertos momentos pueden dotar a la experiencia religiosa de una intensidad especial que sería impensable en otros momentos. Sabemos que nuestro entorno tiene un efecto que con frecuencia es determinante en nuestro modo de experimentar la trascendencia. No es lo mismo el ajetreo de la ciudad que trasladarse a una aldea o vivir en el campo abierto. El caso del desierto es aún más extremo, y la historia de las religiones ofrece una larga lista de lugares sagrados por su relación con el medio natural. La experiencia tampoco es la misma en tiempos serenos y relajados que la que se vive en momentos difíciles. Estas variaciones se incluyen en la lista de factores que inciden en la experiencia religiosa, que va mucho más allá de la presencia de ciertas estructuras mentales que favorecen la percepción de agentes sobrenaturales – como indican los psicólogos cognitivistas – o la conveniencia de algunos rasgos que alientan conductas prosociales, como sugieren los evolucionistas.

Por otro lado, el fenómeno religioso – siempre elusivo y difícil de objetivar – ha sido observado a partir de sus funciones o bien de su utilidad para las personas y las sociedades. El planteamiento funcionalista ha sido siempre, al menos desde el gran sociólogo Emile Durkheim, una fuente de buena información sobre lo religioso, un acceso a esa realidad que nos revelaba, si no qué es, al menos qué hace o qué proveen las creencias y prácticas religiosas. Ciertamente, la sociología de la religión ha desarrollado varias propuestas y teorías que hoy enriquecen un repertorio denso y plural. También en nuestro tiempo la cuestión de la religión se plantea – de forma legítima – en torno a sus funciones y utilidad. Hasta cierto punto la cuestión tradicional sobre la credibilidad de una fe religiosa, como la cristiana, se expresa de forma más indirecta y práctica en términos de utilidad o de prestaciones que sirvan a personas y grupos. Si un conjunto de creencias no supera dicho test – si aportan o no algo práctico, si resuelven o no determinados problemas, entonces se vuelve irrelevante. La cultura que nos envuelve es eminentemente pragmática. De acuerdo con ella, si la religión no presta ningún servicio positivo (o si resulta en más impactos negativos que positivos) entonces no debería mantener un lugar en nuestras sociedades.

La religión se ha asociado tradicionalmente, entre otras, a tres funciones diferentes: proporcionar significado (1); prestar recursos para hacer frente a la angustia y las dificultades vividas (2), y establecer normas morales junto a la motivación para cumplirlas (3). Sin embargo, la gran difusión de una mentalidad secular comprende la religión como un conjunto de creencias y prácticas que se han vuelto superfluas, de poca o nula utilidad en las sociedades avanzadas. ¿Sigue siendo útil la religión o podemos sustituir las funciones que prestaba por medios más eficientes y actuales?

La pandemia de Covid-19 ha reactivado esta discusión: no es claro hasta qué punto la religión, al menos sus expresiones más evolucionadas y universales, todavía tiene sentido y puede ayudar en estos tiempos difíciles. Sabemos que las crisis pueden tener repercusiones en la espiritualidad y la fe. Según algunos, el humanismo renacentista surgió de la crisis multidimensional provocada por la peste, que tuvo un impacto profundo no solo en la salud pública, sino que también reestructuró la dinámica social, desafió la economía y transformó las percepciones existentes sobre ciencia y religión. Durante los peores momentos de la epidemia, los enfermos eran abandonados a su suerte incluso por sus mismas familias, lo que llevó a un marcado individualismo en los supervivientes. A la vez, se hizo patente que tanto las iglesias como la medicina de aquellos momentos eran completamente impotentes ante la infección. La confianza en ambas instituciones se vio quebrada de tal manera que el teocentrismo medieval acabó desapareciendo, y comenzó a construirse una nueva ciencia basada en la experimentación. ¿Cambiará también la pandemia de Covid el papel de la religión? Examinemos esta cuestión para cada una de sus funciones.

La primera función de la religión es la de proporcionar significado, especialmente en tiempos difíciles. El sociólogo alemán Niklas Luhmann solía atribuir a la religión la función de determinar lo indeterminado; o gestionar riesgos inmanejables (Luhmann, Funktion der Religion, 1977). Donde otros sistemas sociales agotan sus recursos debido al exceso de complejidad y a la incertidumbre, la religión acude al rescate. Como regla general, cuando aumentan la incertidumbre y el riesgo, la función de la religión se vuelve más necesaria y más difícil de reemplazar por medios seculares. Luhmann siguió madurando su teoría social de la religión para señalar después su función de contribuir a superar o desactivar las paradojas que inevitablemente surgen del funcionamiento de los sistemas sociales. Se trata de un nivel más abstracto, pero probablemente la pandemia que vivimos también pone en evidencia algunas de esas paradojas – como es el caso de abundancia y precariedad, de seguridad e incertidumbre – y puede de nuevo volver la función de la religión más necesaria.

Los estudios de la socióloga Crystal Park aportan más luz a ese respecto. Su enfoque es más empírico, y señala que la religión se convierte en una fuente de significado más necesaria cuando los medios habituales que proveen sentido a muchos se ven desbordados por las circunstancias o por crisis personales o sociales que generan demasiada tensión o se vuelven más amenazantes. Está bastante claro que la fe religiosa sigue siendo una fuente potente de significado, pero no es ni mucho menos la única. La fe religiosa coexiste con otros sistemas de proyección de sentido, o sistemas de creencias y valores, como, por ejemplo, la dimensión familiar, la realización profesional, los grandes ideales que nos motivan, las mejores amistades, o las experiencias más exaltantes que podemos vivir y sentir. La cuestión no es tanto cuál sea la fuente de sentido mejor o más segura, pues no es necesario concebirlas en competencia, o en un esquema de ‘suma cero’, sino en qué medida la fe religiosa mantiene un cierto espacio y funcionalidad cuando el sentido de la vida se construye de forma plural y a menudo un tanto fragmentada, o bien parcelada según momentos o situaciones vitales. La cuestión es en qué medida la fe religiosa mantiene un cierto espacio y funcionalidad en el contexto actual, que probablemente implica una reorganización de los sistemas de sentido [1].

La segunda función de la religión, la del afrontamiento, está estrechamente relacionada con la primera. Desde hace algunas décadas se estudia desde varios puntos de vista la capacidad de la religión para afrontar situaciones difíciles. La función de afrontamiento (religious coping) se vuelve aún más valiosa en tiempos de amenaza y angustia, de crisis (a nivel personal o social) e, intuitivamente, en la enfermedad o la proximidad de la muerte. Existe una abundante literatura científica que establece firmemente el alcance y la efectividad del afrontamiento religioso, convirtiéndose ahora en un amplio programa de investigación, que se inspira sobre todo en los trabajos pioneros de Kenneth Pargament y su equipo[2].

La situación que vivimos en estos meses confiere un valor especial a los recursos de afrontamiento, que se necesitan con carácter de urgencia cuando hay que afrontar la enfermedad en primera persona o en un ser querido -una experiencia demasiado habitual para muchos en estos tiempos convulsos. Existe evidencia anecdótica de que, para muchos, la oración ha sido más frecuente e intensa durante los tiempos de confinamiento. Encontramos también ejemplos como el artículo de Tanya Luhrmann en The New York Times, con el título “Cuando Dios es tu terapeuta”[3], señalando el papel fundamental que desempeñan muchas iglesias en el cuidado de quienes padecen trastornos psicológicos. Incluso la famosa revista The Economistseñalaba hace pocos meses la importante función que las iglesias y otras entidades sociales pueden desempeñar para hacer frente a síntomas similares al trastorno de estrés postraumático asociados al Covid-19 y su tratamiento [4]. Lo cierto es que las estrategias de afrontamiento no son exclusivas y que esa exigencia psicológica ante situaciones de gran estrés, o del creciente número de casos de depresión, ansiedad y otras patologías causadas por la prolongada pandemia, han incrementado esta necesidad[5]. De nuevo, la religión no es ni mucho menos la única estrategia de afrontamiento disponible; las redes familiares y sociales proporcionan un apoyo insustituible. La relación con la naturaleza, el deporte, el arte o la lectura pueden también proporcionar un apoyo valioso.

La tercera función que atribuimos a la religión también es tradicional: las creencias y prácticas religiosas ayudan a alimentar una actitud más responsable hacia los demás en momentos en que tal actitud es particularmente necesaria, pero no todo el mundo parece estar convencido de dichos deberes sociales. También en este caso, una gran cantidad de investigaciones ha tratado de comprender hasta qué punto la religión está relacionada con el comportamiento prosocial[6]. Cierto consenso apunta sólo a algunas religiones, las denominadas ‘Post-Axiales’ (entre las que se inscriben el cristianismo, el judaísmo, el islam o el budismo). Estas religiones enfatizan los deberes morales hacia los demás junto a la devoción religiosa o espiritual. En otras palabras, el vínculo entre religión y deber social no puede asumirse en todos los casos, pero se observa bajo ciertas condiciones que incluyen a las principales religiones que existen en la actualidad. A menudo se observa una orientación de preferencia hacia el propio grupo o los miembros de la misma religión, lo que vuelve dicha inclinación un tanto parcial. De todos modos, cabe esperar que las personas religiosas se comporten de forma más responsable y respetuosa hacia los demás, sobre todo en tiempos de emergencia sanitaria en los que se invita a la población a extremar las precauciones para no contagiar a otros. Cabe esperar que aquellos más sensibles hacia los demás, motivados por creencias religiosas más exigentes en ese campo, puedan asumir conductas más convenientes para ellos y para el conjunto de la población. En otros términos, sería previsible que una población más religiosa – en el sentido de una religión prosocial – pudiera seguir mejor las consignas que pudieran limitar los contagios.

Todas las religiones post-axiales comparten las tres funciones descritas, lo que permite conjeturar una posible convergencia interreligiosa, una tendencia que permitiría superar algunos de los problemas acuciantes asociados al exclusivismo y el fanatismo religioso, que probablemente constituyen los dos principales argumentos actuales en contra de la religión. El exclusivismo constituye una barrera lógica a la creencia religiosa (“Si una religión es cierta, entonces no pueden serlo las otras. Por tanto, ninguna es cierta”).  El fanatismo religioso sería la consecuencia más desastrosa del exclusivismo y el impacto negativo por el que muchos juzgan a la religión en su conjunto.

Sin embargo, parece cada vez más claro que las principales religiones puedan encontrarse y compartir sus propuestas más profundas, o bien reconocerse mutuamente no tanto como instancias en competencia, sino como propuestas que colaboran a varios niveles para contribuir de manera positiva a las sociedades. Las religiones, según este principio, proporcionan significado, una estrategia de afrontamiento ante el dolor y también valores para guiar las decisiones personales para el bien común. Dichas prestaciones implican una cierta convergencia hacia objetivos comunes, o bien la asunción de prioridades en momentos difíciles que obligan a relativizar otros componentes y objetivos en cada forma religiosa: ahora, lo primero es hacer frente a la pandemia, y en eso estamos todos implicados.

Aunque la religión es mucho más que estas tres funciones, y el análisis en clave funcionalista es claramente parcial, evaluarlas debería ser el primer paso para valorar qué nos aporta la religión desde un punto de vista social, y clarificar si tiene sentido en un contexto que algunos sociólogos describen como ‘postsecular’. Si la religión contribuye de manera positiva a la realización de estas funciones, entonces su papel práctico en las sociedades debería reconocerse.

Necesitamos ir más allá de una visión simplista que identifica la religión con un sentimiento espiritual vago, cercano a lo estético y desprovisto de cualquier efecto práctico. Si la fe y la experiencia religiosa no tienen un impacto práctico en la vida de las personas, entonces es que no tienen demasiado sentido. Si, por el contrario, la fe nos resulta útil o sigue prestando funciones convenientes, seguirá teniendo un papel en nuestras sociedades. Ahora bien, parece bastante claro que la función de la religión en las sociedades avanzadas evoluciona con el tiempo y según circunstancias cambiantes. La pandemia ha introducido niveles de riesgo e incertidumbre, además de un incremento de trastornos mentales, que vuelve el recurso a la dimensión religiosa más necesario, su función más urgente. La situación actual invita a superar esquemas más reductivos en el tratamiento de lo religioso, y también a ir más allá de los modelos de secularización que se concibieron a partir de una cierta concurrencia entre las agencias religiosas y entidades políticas, educativas u otras. La idea de post-secularización implica más bien alcanzar un cierto nivel de integración constructiva y de colaboración entre esos sistemas sociales, cada uno con sus propias prestaciones y servicios. Como consecuencia, la percepción que precipita el actual estado de emergencia sanitaria invita a la fe religiosa a integrarse mejor en el conjunto social y con los demás sistemas o propuestas que tratan de afrontar la presente crisis, como es el sistema sanitario, el de la investigación científica, el de información, y el de gestión política. Además, dicha integración invita a las religiones a abandonar formas exclusivistas y a asumir un formato de convergencia y colaboración de cara al bien común. Este es un punto en el que insiste el Papa Francisco y su reciente encíclica Fratelli tutti, un punto que la pandemia ha evidenciado todavía más.

Es posible que la experiencia de la pandemia haya transformado nuestra manera de entender nuestro papel en el mundo. En un contexto de sociedad del cansancio, de estrés crónico generalizado, de valorar la economía y la productividad por encima de todo, la pandemia nos ha puesto de bruces con nuestra vulnerabilidad y la de nuestros seres queridos y, lo que es más importante, con las incongruencias entre los valores y la organización de la propia vida. Muchos han sentido de manera íntima e intensa la necesidad de sentido más allá del materialismo consumista en el que nuestras sociedades llevaban décadas funcionando de manera inconsciente y cada vez más insostenible. La confianza en las instituciones se ha visto gravemente erosionada y sigue deteriorándose, al igual que nuestro sistema económico. Cuando algo se destruye es necesario sustituirlo por algo que cumpla mejor las funciones faltantes. La pandemia está transformando nuestras sociedades, nuestra economía y nuestra ciencia. Si aprovechamos las oportunidades que vengan más allá de las tragedias que nos asolan ahora, podemos construir un mundo más sostenible y justo, una economía más humana y una ciencia más humilde, prudente y transparente. La religión puede contribuir a esta tarea aportando sentido, apoyando en los momentos difíciles y fomentando la cooperación desde un marco integrador. Esperamos que así sea.

Sara Lumbreras y Lluis Oviedo

Fronterasctr – Cátedra Ayala CTR

 [1]Park, Crystal L. “Making sense of the meaning literature: an integrative review of meaning making and its effects on adjustment to stressful life events.” Psychological bulletin 136.2 (2010): 257.

[2]The psychology of religion and coping: theory, research, practice. Kenneth I. Pargament. Guilford Press, New York, 1997.

[3]https://www.nytimes.com/2013/04/14/opinion/sunday/luhrmann-when-god-is-your-therapist.html

[4]https://www.economist.com/international/2020/08/29/worldwide-covid-19-is-causing-a-new-form-of-collective-trauma

[5]LixiaGuo,  MingzhouYu,WenyingJiang, HaiyanWang,Thepsychological and mental impact of coronavirus disease 2019 (COVID-19) on medical staff and general public – A systematic review and meta-analysis, Psychiatry Research291 (2020) 113190; https://doi.org/10.1016/j.psychres.2020.113190

[6]Para revisiones de la extensa bibliografía disponible: Preston, Jesse Lee, Ryan S. Ritter, and J. Ivan Hernandez (2010), Principles of Religious Prosociality: A Review and Reformulation, Social and Personality, Psychology Compass4/8: 574–590;Galen, Luke. W. (2012). Does religious belief promote prosociality? A critical examination. Psychological Bulletin, 138, 876 –906.

Sara Lumbreras es profesora de la Escuela Superior de Ingeniería (ICAI) e investigadora del Instituto de Investigación Tecnológica (IIT) de la Universidad Pontificia Comillas. Además es miembro del Consejo Asesor de la Cátedra Francisco José Ayala de Ciencia, Tecnología y Religión.

Lluis Oviedo es profesor de la Universidad Antonianum de Roma y colaborador de la Cátedra Francisco José Ayala de Ciencia, Tecnología y Religión.

Fuente Fe Adulta

Budismo, Cristianismo (Iglesias), General, Hinduísmo, Islam, Judaísmo , ,

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