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El virus de la desigualdad y la pandemia de la pobreza.

Martes, 28 de septiembre de 2021

Sororidad-solidaridad-pandemia_2286681328_15082674_660x371Suplemento del Cuaderno n. 219

Cristianisme i justicia

José María Vera, Director Ejecutivo, Oxfam Internacional

Varias veces he escuchado la afirmación de que la COVID-19 iguala a toda la humanidad, ya que infecta a ricos y pobres, en cualquier lugar del mundo. La realidad, sin embargo, es que el impacto de la pandemia, sea en caso de infección o por la crisis que conlleva, es profundamente desigual. País de origen y residencia, sexo, clase social, raza… definen las opciones de una persona para sobrevivir al virus y al tsunami económico que lo acompaña.

El coronavirus se abate sobre un mundo en que la desigualdad ha crecido en la mayoría de los países, asentada en un sistema económico que favorece el acaparamiento de la riqueza, la renta, las oportunidades y los recursos naturales por parte de unos pocos. De no enfrentar esta crisis descomunal de forma diferente a otras, asistiremos a un crecimiento agudo de la pobreza y a la profundización de la brecha que divide a la humanidad entre quienes tienen acceso a protección y quienes quedan a la intemperie.

Estos meses, Oxfam ha elaborado varios informes e investigaciones que combinan la prospectiva de lo que puede pasar con datos e historias reales de lo que ya ocurre en el mundo y en España.

Crisis sobre crisis para los más vulnerables del planeta

La pandemia se despliega en una doble ola, con un primer impacto directo en la salud y uno más amplio en la situación

económica provocada por las medidas para contener los contagios.

En España, hemos visto cómo se desbordaba nuestro sistema público de salud, aún bien dotado a pesar de los recortes. En Brasil, la gente muere en la calle a las puertas de hospitales colapsados; en Perú, hacen colas de horas para comprar oxígeno a precios desorbitados para evitar que familiares enfermos de COVID-19 se ahoguen; en Yemen, la mitad de los centros de salud no están operativos y algunos han sido destrozados por bombas vendidas por Occidente; en Zambia, apenas hay médicos, pero sí tasas para acceder a cualquier atención sanitaria que apenas nadie puede pagar.

Cuando la vida transcurre en medio de un conflicto, cuando se sufre una hambruna provocada por el cambio climático, una crisis como la del coronavirus multiplica los riesgos al caer sobre una población ya vulnerable y desprotegida. Infectarse en una favela o en un campo de desplazados es probable; contar con atención médica suficiente, casi imposible.

En el momento de escribir este texto, el virus ha estallado en América Latina y está creciendo en África e India. Lo peor es que algunos de estos países confinaron a su población relativamente pronto –con Brasil como dramática excepción–aunque por sus características sociales y económicas el encierro no fue completo. Ahora, cuando el virus aún está muy extendido, se ven forzados a ir recuperando la actividad económica por la amenaza del hambre. En Bangladesh, la organización BRAC calcula que la población vulnerable ha visto reducidos sus ingresos diarios en un 70% durante la pandemia. Con más de un 60% de trabajadores informales y sin apenas redes de protección social y laboral, un país como Perú no resiste encerrado más de tres meses. Lo mismo en Kenia y otros países africanos, donde la policía se ha empleado a palos contra quienes se saltaban el confinamiento.

En Oxfam se calcula que hasta 500 millones de personas podrían caer en la pobreza debido a la crisis económica provocada por el coronavirus. Una tragedia para familias que han luchado por su vida, sus ingresos y su dignidad. Una cifra que, en algunos países africanos, haría retroceder hasta tres décadas los avances en la lucha contra la pobreza.

Hemos propuesto un plan de rescate urgente para los 85 países con los sistemas sanitarios más frágiles, que doble su presupuesto y capacidad, también para enfrentar otras enfermedades. El acceso a la salud debe ser universal y no un lujo suntuario para unos pocos. También pedimos un programa amplio de protección social en medio de la devastación económica, que asegure alimento e ingreso mínimo a los millones de personas que tienen que elegir entre infectarse o morir de hambre. Para financiarlo, además de renovar los presupuestos de cooperación al desarrollo y acción humanitaria, exigimos que se cancele el servicio de toda la deuda exterior durante el 2020 –también la privada y la del FMI y el Banco Mundial– y poner en marcha mecanismos extraordinarios como la emisión de derechos especiales de giro por parte del FMI, lo que aportaría la liquidez necesaria a economías frágiles y haciendas públicas rotas por la pandemia. A medio plazo es imprescindible –si no ahora, ¿cuándo?–, una reforma de la fiscalidad internacional que acote la ingeniería tributaria, esa que permite a grandes empresas y fortunas engordar a través del filibusterismo fiscal. Nuevos impuestos a la riqueza, sugeridos hasta por el FMI o el Financial Times, son necesarios para contener la brecha fiscal e impedir recortes mayores en la protección de la población vulnerable. Recortes que provocarán millones de muertes, muchas más que el virus.

Finalmente, hemos propuesto que las vacunas contra el SARS-COV-2 sean de acceso universal y gratuito, que dependan del riesgo de cada persona y no del lugar en el que viva. La distribución, o acaparamiento, de las vacunas y los diversos tratamientos supondrá la principal lucha entre solidaridad y egoísmo que hemos visto en décadas.

En España el coronavirus acentúa la desigualdad

Con todas las diferencias de punto de partida en relación a otros países, España es un paladín de la desigualdad entre las naciones del entorno. La crisis del 2008 nos dejó como el cuarto país más desigual de la UE con una tasa de pobreza relativa en el entorno del 22%. Cifra que apenas se redujo levemente durante los últimos cuatro años de recuperación del PIB y de un mercado laboral marcado por la precariedad y los salarios miserables. En ocho años de crisis y de “recuperación”, las rentas del trabajo perdieron cinco puntos del PIB, lo cual refleja cambios profundos en la estructura de la riqueza y del empleo en España.

A este país llegó el coronavirus hace meses, desarbolando un sistema de salud fragilizado por los recortes y provocando una crisis económica aguda, como nunca se vio en décadas.

Con datos estimados de caída del PIB y del empleo, un reciente informe de Oxfam Intermón concluye que más de 700.000 personas serán arrojadas a la pobreza debido a la pandemia, con una tasa que se elevará hasta el 26% de la población si el umbral se mantuviera como antes de la crisis.

El PIB y la renta disponible se están desplomando en el país. Sin embargo, y al igual que en otras crisis, la merma no es igual para todos. El 10% de la población más pobre verá caer su renta en más de un 20%, mientras que el decil más rico apenas lo hará en un 2%, diez veces menos. Una brecha que se acentúa si nos fijamos en los milmillonarios españoles: se trata de 23 personas (18 de ellas son hombres), cuya fortuna creció en 19.200 millones de euros en los primeros 79 días de la pandemia.

Un análisis más detallado apunta, en primer lugar, al mercado laboral donde se observa que el 73% de las personas dadas de baja en la Seguridad Social durante la pandemia pertenece a los grupos de bajos ingresos, la mayoría con contratos temporales encadenados.

Si además se es inmigrante, la probabilidad de perder el empleo es un 145% mayor que la media, de ahí las colas ante comedores e iglesias, donde la población migrante es mayoritaria, como en el sector de los cuidados y en otros fuertemente precarizados. A muchos, la vida no les cambió tanto respecto a su América Latina o África natales. Empleos informales, ingresos al día y redes de protección frágiles. Súmese a esto la situación irregular de miles de ellos. A las dos semanas de encierro, la vulnerabilidad extrema les puso a las puertas del hambre.

Es necesario reconocer la contribución que las personas migrantes hacen a la sociedad, vista como imprescindible durante los meses más agudos de la pandemia: recolectores de alimentos, reponedores de supermercados, cuidados de personas mayores y limpieza de hospitales y residencias, trabajadores esenciales en sectores expuestos a la infección. Todos estos son quienes más pueden sufrir ahora el desempleo –hasta un 27% previsto–, la pobreza y la exclusión social.

La precariedad tiene también rostro de mujer: están sobrerrepresentadas en los sectores de mayor precariedad donde abunda la temporalidad y la parcialidad no deseada, y son además las responsables de los cuidados, también en el sector sanitario. De hecho, el 76% del personal sanitario infectado durante los meses más duros de la pandemia han sido mujeres, una proporción superior a la que ocupan en este sector; un terrible ejemplo de temporalidad y contratos encadenados. Asimismo, sucede en el empleo en residencias de mayores y el sistema de atención a la dependencia, sea en el sector privado o en las subcontratas de las Administraciones públicas, donde las mujeres apenas ganan para mantener a sus familias, que en muchos casos dependen solo de ellas.

El extremo de la precariedad se produce entre las empleadas del hogar. Una de cada tres vive por debajo del umbral de la pobreza, en situación de normalidad. La falta de contratos y la inhumanidad de muchos hogares llevó a las colas del hambre a muchas de estas mujeres a poco de comenzar el confinamiento. Máxima vulnerabilidad y mínima protección para quienes cuidan de nuestros mayores, y de nuestros hogares.

Fiscalidad frágil, protección social frágil. Las medidas puestas en marcha por el Gobierno han sido positivas, tanto en la protección del empleo como en la de rentas, y entre ellas destacan el Ingreso Mínimo Vital como algo necesario desde hace años e indispensable en tiempos de la COVID-19. El sistema de protección social español, más allá de pensiones y desempleo, es tan frágil como desigual entre territorios y segmentos de la población.

La pregunta absolutamente central es: «¿cuánto tiempo aguantará una Hacienda Pública mermada la financiación de las políticas sociales?». Cada sector económica, empresarial y social exige ayudas mientras las necesidades de protección social se amplían y los ingresos tributarios caen. Por más que la UE relaje los requisitos de déficit y deuda, y provea fondos de apoyo a sectores productivos, la brecha fiscal no aguantará.

De no abordar una reforma tributaria, será imposible no caer en recortes drásticos, mucho más profundos que los provocados por la crisis del 2008, que incluso supondrían que no se aplicaran las medidas de protección ya aprobadas, algo que ya ocurrió con las ayudas a la dependencia.

Oxfam Intermón propone medidas tributarias de corto plazo, así como una transformación profunda del sistema fiscal. Esta debe incorporar nuevos impuestos que cubran nichos de riqueza extractiva de baja o nula tributación, una lucha frontal contra el gran fraude que incluya medidas más agresivas contra el uso de paraísos fiscales y la reversión de reformas en impuestos como el de sociedades o el de patrimonio cuya laminación supuso una merma para la recaudación. No cabe otra opción.

Aún más: la crisis provocada por la COVID-19 está teniendo un impacto devastador sobre la población vulnerable. En España y en el mundo. Si se avanza por el camino actual, la brecha de la desigualdad se ensanchará y arrojará a millones de personas al hambre y a la pobreza. Miles de voces claman por una acción diferente y urgente, acorde con la magnitud del reto al que se enfrenta la humanidad.

José Mª Vera

Director Ejecutivo

Oxfam Internacional

Fuente Cristianisme i justicia

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Leonardo Boff: “El caos de la pandemia esconde un nuevo orden en la Tierra”

Jueves, 16 de septiembre de 2021

tumblr_opo0uvywvr1t07z8ao1_1280“Tenemos que consumar ese parto aunque sea doloroso”

“Vivimos innegablemente en una situación de caos completo, caos destructivo de millones de vidas humanas. Nadie puede decir cuándo terminará ni hacia dónde vamos”

“Nos plantea cuestiones fundamentales: ¿qué hemos hecho con la naturaleza para que ella nos castigue con un virus tan letal? ¿Dónde nos equivocamos? ¿Qué cambios debemos hace?”

“Sabemos que hay oculto dentro de el caos un orden más alto y mejor. Lo peor que podría sucedernos es la continuidad o volver al pasado que originó el caos”

“Sería el caos generativo. Tenemos que entender el contexto de donde vino el coronavirus. Es la consecuencia de haber tratado a la Tierra como una mera reserva inerte de recursos”

“En el caso brasilero, lo primero que tenemos que hacer es preservar la inmensa riqueza ecológica que heredamos. Superar la marginalización, el odio cobarde que tributamos a los pobres”

“Tenemos que liquidar el perverso legado de la Casa Grande traducido por el rentismo y por unos cuantos millonarios. Ellos son el sustentáculo del actual gobierno necrófilo, cuyo presidente se ha hecho aliado del virus”

“Este modelo deberá salir de las entrañas del actual caos y establecer las bases de un nuevo comienzo para la humanidad”

Raramente en la ya larga historia de la vida ha ocurrido una situación de caos planetario como en los días actuales. Estábamos acostumbrados a regularidades y a órdenes sistémicas aunque en los últimos decenios hemos experimentado también con creciente frecuencia irregularidades como tsunamis, huracanes, terremotos y eventos extremos de calor y de frío. Tales fenómenos han llevado a los científicos a pensar e intentar comprender cómo dentro del orden dado podían ocurrir situaciones caóticas.

 De ahí surgió toda una ciencia, la del caos, tan importante como las otras, hasta el punto de que algunos han llegado a decir que el siglo XX será recordado por la teoría de la relatividad de Einstein, por la mecánica cuántica de Heisenberg/Bohr y por la teoría del caos de Lorenz/Prigogine.

La esencia de la teoría del caos reside en que un cambio muy pequeño en las condiciones iniciales de una situación lleva a efectos imprevisibles. Se pone de ejemplo el “efecto mariposa”. Pequeñas modificaciones iniciales, aleatorias, como el aleteo de las alas de una mariposa en Brasil pueden provocar modificaciones atmosféricas hasta culminar en una tempestad en Nueva York. El presupuesto teórico es que todas las cosas están interligadas y van asumiendo elementos nuevos, creando complejidades en el curso de su existencia (en este caso, calor, humedad, vientos, energías terrestres y cósmicas) de forma que la situación final es totalmente diferente de la inicial.

El caos está en todas partes, en el universo, en la sociedad y en cada persona. Es decir, los órdenes no son lineales y estáticos. Son dinámicos, buscando siempre un equilibrio que los mantiene actuantes.

El universo se originó de un tremendo caos inicial (big bang). La evolución se hizo y se hace a lo largo de muchos milenios para poner orden en este caos.

Mas aquí surge una novedad: el caos nunca es sólo caótico, él guarda dentro de sí, en gestación, un nuevo orden. Lógicamente él tiene su momento destructivo, caótico, sin el cual el orden nuevo no podría irrumpir. El caos es generativo de este nuevo orden.

Quien analizó con detalle este fenómeno fue el gran científico ruso/belga Ilya Prigogine (1917-2003), premio Nobel de Química en 1977. Estudió particularmente las condiciones que permiten la aparición de la vida. Según este gran científico, siempre que exista un sistema abierto y siempre que haya una situación de caos (por tanto fuera del orden y lejos del equilibrio) y exista una no-linealidad, la conectividad entre las partes genera un nuevo orden, que sería la vida (cf. Order out of Chaos,1984).

Ese proceso conoce bifurcaciones y fluctuaciones. Por eso el orden nunca es dado a priori. Depende de varios factores que llevan en una u otra dirección, de aquí la inmensa biodiversidad.

Hacemos toda esta reflexión sumarísima para que nos ayude a entender mejor el actual caos pandémico. Vivimos innegablemente en una situación de caos completo, caos destructivo de millones de vidas humanas. Nadie puede decir cuándo terminará ni hacia dónde vamos. Él conoce múltiples variantes, es su triunfo sobre nuestras células. Es innegablemente caótico y está aterrorizando a toda la humanidad.

Nos plantea cuestiones fundamentales: ¿qué hemos hecho con la naturaleza para que ella nos castigue con un virus tan letal? ¿Dónde nos equivocamos? ¿Qué cambios debemos hacer en relación a la naturaleza para impedir que ella nos envíe una verdadera gama de otros virus?

Sabemos que hay oculto dentro de él un orden más alto y mejor. Lo peor que podría sucedernos es la continuidad o volver al pasado que originó el caos. Tenemos que usar nuestra fantasía creadora y sobre todo forjar, a través de una práctica histórica, un orden más amigo de la vida, tierno, fraterno y justo.

Sería el caos generativo. Tenemos que entender el contexto de donde vino el coronavirus. Él es una expresión del antropoceno, es decir, de la sistemática agresión del ser humano a la naturaleza y a Gaia, la Madre Tierra. Es la consecuencia de haber tratado a la Tierra como una mera reserva inerte de recursos a nuestra disposición y no como un superorganismo vivo que merece cuidado y respeto.

A partir de la revolución industrial la hemos explotado tanto que ella no consigue ya regenerarse y ofrecernos todos los bienes y servicios vitales. Tenemos que inaugurar una relación de sinergia y sostenibilidad para con la naturaleza, sintiéndonos parte de ella, responsables de su perpetuidad, y no sus dueños y señores. Si no realizamos esta conversión ecológica podremos conocer catástrofes inimaginables.

En el caso brasilero, lo primero que tenemos que hacer es preservar la inmensa riqueza ecológica que heredamos de la naturaleza, en términos de selvas húmedas, abundancia de agua, suelos fértiles y de una inmensa biodiversidad.

Después tenemos que superar la marginalización, el odio cobarde que tributamos a los pobres. El desprecio y las humillaciones hechas cruelmente contra las personas esclavizadas ha pasado a estos empobrecidos. Tal inhumanidad ha dejado marcas profundas en la población.

No en último lugar tenemos que liquidar el perverso legado de la Casa Grande traducido por el rentismo y por unos cuantos millonarios que controlan gran parte de nuestras finanzas. Hacen fortunas con la pandemia, sin empatía con los familiares que han perdido a más de medio millón de seres queridos. Ellos son el sustentáculo del actual gobierno necrófilo, cuyo presidente se ha hecho aliado del virus.

Estos puntos son el mayor obstáculopara la superación del caos instalado en Brasil.

Tenemos que formar un frente amplio de fuerzas progresistas y enemigas de la neocolonización del país para desentrañar el nuevo orden, oculto en el caos actual, pero que quiere nacer. Tenemos que consumar ese parto aunque sea doloroso. De lo contrario, continuaremos rehenes y víctimas de aquellos que siempre pensaron corporativamente sólo en sí mismos, de espaldas al pueblo, que devastaron la naturaleza con su agronegocio y refuerzan la irrupción del coronavirus entre nosotros.

Debemos inspirarnos en el universo, nacido del caos primordial, pero que, al evolucionar, fue creando órdenes nuevos y más complejos cada vez hasta generar la especie humana. Nuestra misión es garantizar la vida, la Madre Tierra y a nosotros mismos, crear la Casa Común dentro de la cual todos podamos vivir en justicia, paz y alegría. Este modelo deberá salir de las entrañas del actual caos y establecer las bases de un nuevo comienzo para la humanidad.

Leonardo Boff es ecoteólogo y escribió ‘Como habitar la Tierra: vias para la fraternidad universal a salir’ por Trotta 2121.

Traducción de Mª José Gavito Milano

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“¿Qué habremos aprendido en este tiempo de pandemia?”, por Consuelo Vélez

Jueves, 17 de junio de 2021

Formas-de-ser-habitar-despues-pandemia-D

De su blog Fe y Vida:

“Ya es tiempo de preguntarnos”

“En los últimos meses las vacunas han aliviado, en buena parte, la situación y se respira un aire de ‘confianza’ para seguir adelante con las tareas emprendidas. No está ganada la batalla y no han faltado los que siguen negando que esta pandemia exista”

“Las posturas ante esta pandemia, como ante tantas otras realidades que vivimos, son tan distintas según las personas y sus circunstancias vitales”

“A nivel de conciencia social, la pandemia ha revelado la precariedad de nuestros países a muchos niveles, especialmente, calidad en los servicios de salud y cubrimiento de las necesidades básicas”

“Visto desde nuestra experiencia de fe, ¿habremos aprendido algo de esta pandemia? ¿hemos dado testimonio del valor de la fe cristiana ante las realidades que vivimos? ¿Esa conciencia social es fuerte entre los que nos decimos creyentes?”

“El documento de Puebla de hace más de cuarenta años sigue vigente: “Es un escándalo y una contradicción con el ser cristiano la inmensa brecha entre ricos y pobres, en naciones que se dicen creyentes”. Conviene reflexionar más a fondo sobre esto”

“Si nos detenemos y nos examinamos, saldremos una vez más, fortalecidos, “como el oro en el crisol” (1 Pe 1,7), a seguir viviendo con alegría y esperanza esta vida humana en la que Dios no nos deja de la mano”

Hace más de un año que estamos oyendo noticias sobre el coronavirus. En los últimos meses las vacunas han aliviado, en buena parte, la situación y se respira un aire de “confianza” para seguir adelante con las tareas emprendidas. No está ganada la batalla y seguimos afrontando los llamados “picos” de la pandemia en diversas partes del mundo, pero pareciera que un regreso a la “normalidad” comienza a ser más evidente. Para algunos, esa “normalidad” ya ha sido asumida en sus vidas porque o ya se contagiaron y no fue grave su enfermedad o han vivido sin prestar atención a la situación -casi jugando a la ruleta rusa, es decir, si les toca, lo asumirán y si no, siguen con su vida sin que les importe mucho lo que pasa a su alrededor, y no han faltado los que siguen negando que esta pandemia exista.

Mirando otro aspecto –las medidas tomadas por los gobiernos para controlar la pandemia-. algunos las han rechazado aduciendo que atentan contra su libertad. Otros, ante la necesidad “innegociable” de trabajar para comer, no han podido cumplir con las medidas propuestas y celebran cada apertura que se hace para sobrevivir, sin detenerse en ninguna otra reflexión. Esto último es entendible y doloroso. Ha sido la realidad, especialmente, de los países pobres porque en aquellos donde el Estado ha cubierto las necesidades básicas, no se ha sentido tanta angustia y, hasta algunos están contentos de recibir el sustento sin tener que trabajar.

En fin, las posturas ante esta pandemia, como ante tantas otras realidades que vivimos, son tan distintas según las personas y sus circunstancias vitales, que cabe la conocida expresión “hay de todo en la viña del Señor” y con esa realidad tenemos que contar a la hora de asumir lo que en cada momento histórico tenemos que vivir.

Pero visto desde nuestra experiencia de fe, ¿habremos aprendido algo de esta pandemia? ¿hemos dado testimonio del valor de la fe cristiana ante las realidades que vivimos? O simplemente ¿hemos aguantado -como todos- esta circunstancia, dejándonos llevar por lo que depara cada día, sin muchos cambios -más que los impuestos desde fuera- y deseando no hablar más de esto para seguir en la “normalidad” que traíamos desde siempre? Las respuestas no son unánimes, pero algunas líneas de reflexión podemos señalar.

A nivel de conciencia social, la pandemia ha revelado la precariedad de nuestros países a muchos niveles, especialmente, calidad en los servicios de salud y cubrimiento de las necesidades básicas. En Colombia esto se ha hecho tan evidente -ya se tenía conciencia de ello, pero en este tiempo se ha hecho inaplazable- y por eso estamos viviendo la urgencia de un cambio para que se garantice -en palabras de Francisco- las tres “T” -Tierra, Techo y Trabajo- para todos y todas.

Ahora bien, ¿esa conciencia social es fuerte entre los que nos decimos creyentes? Aquí hay mucho para reflexionar. Es verdad que algunos grupos de iglesia han apoyado explícitamente las movilizaciones y unen fe y vida, fe y justicia social, fe y derechos humanos. Pero mucho me temo que hay una gran porción de iglesia que siente tanto pavor de salir del “statu quo” establecido, que invocando actitudes profundamente cristianas -paz, reconciliación, fraternidad- no levantan su voz exigiendo un cambio, sino que, en cierta medida, se hacen cómplices de mantener las cosas como están, sin darle nombre a las causas de tanta injusticia. Las palabras del documento de Puebla de hace más de cuarenta años siguen vigentes: “Es un escándalo y una contradicción con el ser cristiano la inmensa brecha entre ricos y pobres, en naciones que se dicen creyentes”. Conviene reflexionar más a fondo sobre esto.

Mirando lo que corresponde a la oración y la vida sacramental, mucho me temo que no hemos reflexionado lo suficiente. Sobre la oración, incluso hoy, pasado más de un año, se sigue invocando a Dios “para que retire la pandemia” -hasta el papa Francisco se ha expresado así-. Por supuesto es legítimo acudir a Dios para que nos fortalezca en esta experiencia tan dura.

Pero “pedirle que quite la pandemia”, ¿no supone la imagen de un Dios al que se le reza hace más de un año y no ha querido ayudarnos? Pasa el tiempo y los creyentes no asumimos que el Dios cristiano es un Dios que respeta la “autonomía de las realidades terrestres” y su presencia entre nosotros no es para intervenir si rezamos o no, sino para sostenernos en la inmensa tarea de continuar su obra creadora, comprometiéndonos con todo lo que somos y podemos para hacer de este mundo una casa común donde “ninguno pase necesidad” (Hc 2, 45).

Finalmente, ya se ha hablado mucho de la vida sacramental y litúrgica y de la urgencia de recuperar lo esencial -la vida- para celebrarlo -cuando sea posible- en los templos. Algunos solo han vuelto a los templos, como quien le gana la batalla a un gobierno que los cerró -parece que injustamente, según interpretan- pero sin la certeza de que nada ni nadie nos separa del amor de Dios porque Él no solo está en el templo, sino en la vida concreta de cada día, en casa, en cuarentena, en la red, en el deseo de volver a abrazar y encontrarnos con los demás, en la muerte que ha visitado y sigue visitando a tantas familias, etc.

En conclusión, ya es tiempo de preguntarnos ¿qué nos va dejando esta experiencia? ¿qué cambios ha producido en nuestra vida, en nuestra pertenencia eclesial, en nuestra participación social, etc.? Si no hacemos estas preguntas, de nada habrá servido todo este tiempo. Pero si nos detenemos y nos examinamos, saldremos una vez más, fortalecidos, “como el oro en el crisol” (1 Pe 1,7), a seguir viviendo con alegría y esperanza esta vida humana en la que Dios no nos deja de la mano, pero cuenta con las nuestras para vivir esta situación y tantas otras que seguirán llegando.

(Foto portada tomada de Cider)

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Pedro Aranda Astudillo: Saludo tu dignidad, nuestra dignidad…

Viernes, 23 de abril de 2021

1_saludoSaludar es dar salud, la salud es vivir en armonía. Desear salud a quién me dirija es abrir puertas para sintonizar… Un cálido saludo asemeja los sentimientos, cómo sentimos el compartir con los demás: de abrazos, de besos, de entrelazar las manos, de inclinarse en reverencia, dar “un buen día” a quién se me cruza en el camino. Dignificar la presencia del más próximo, también me dignifica.

La dignidad nos reviste de un “manto sagrado”, cada persona es un templo. Todas las sociedades, más allá de sus propias culturas, atestiguan que en cada persona habita la humanidad, todos comulgamos la misma sangre… No es filosofía, ni creencia. Vivimos la trasparencia de sernos semejantes con la riqueza infinita de diversidades, de complementarnos. Cada persona se nombra, su nombre es su pertenencia de sí mismo como debe ser en todo su obrar, es un “sujeto único” que camina por sí mismo. Se afirma por sí mismo y su firma lo consagra como individuo, es decir indivisible, lo contrario: un objeto, “una cosa”, puede dividirse y manipularse. Sujetarse, sustentarse, garantiza permanencia, de allí que también las instituciones deben ser sustentables

Los sistemas imperantes creadores de medios para optimizar las subsistencias, como también para el desarrollo de sus diversos poderes han logrado masificar las costumbres sociales siendo las personas “absorbidas” como “bienes de consumo”. La esclavitud ha sido uno de los agujeros negros de las civilizaciones.

Nuestra sociedad venía en una carrera desenfrenada, imparable por el desarrollo del consumo, de la explotación de los recursos de la tierra, de una robótica desplazante del trabajo humano. Nace en Wuhan, ciudad China, un coronavirus convertido en la corona mortal para nuestra humanidad. La vida, igualmente misteriosa, amenazada por las diversas violaciones humanas, por el caudal armamentista, crea su propio antígeno contra la soberbia humana. Sacrificó nuestra dignidad: ¿Puede haber algo más indigno que un muerto por el Covid sea aún un peligro para sus prójimos? ¿Nuestra dignidad, a rostro cubierto? ¿Nuestra dignidad, saludarnos a codazos? ¿Nuestra dignidad, marginada por cesantía? ¿Nuestra dignidad, emigrada por los miedos?

¿Siempre tendremos que aprender por tragedias? Se dice que de esta pandemia saldremos mejores o peores. Seremos mejores si nos grabamos la entrega sublime y absoluta del personal de la salud pública, líderes de la vida, mástiles de la dignidad. No menos heroicas son aquellas manos pródigas de solidaridad… “Muchos son los misterios, pero no hay nada más misterioso que el hombre” cantado en las tragedias griegas.

Hoy digamos: recreemos nuestra dignidad, valga decir nuestra responsabilidad al ponernos de pie frente a la cruenta pandemia. La responsabilidad es la raíz de la dignidad. Escuchar nuestro Co-Razón incansable de irrigarnos vida hermanado a la conciencia, voz suprema que ilumina al silencioso mundo científico para desvelar al Covid y socavarle su poder. Es la voz suprema que iza tu dignidad, nuestra dignidad.

Cual ínfimo virus invisible y transmisible, también como la vida misma: real, invisible e indefinible.

Pedro Aranda Astudillo

Fundador de la Corporación Gen.

Marzo 2021

Fuente Fe Adulta

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Isabel Gómez Acebo: La necesidad del tacto.

Sábado, 13 de marzo de 2021

unnamedLeído en su blog:

Uno de los problemas que nos ha causado el confinamiento por la pandemia es la pérdida de muchas relaciones sociales que nos permitían el contacto físico entre las personas y no es una nimiedad. El tacto es el primer sentido con el que nace el ser humano, tan es así, que muchos estudios defienden colocar al bebé sobre el cuerpo de su madre, piel con piel, una actuación que adelanta su progreso y les permite desarrollar sus pulmones y corazón. Está siendo probado que el desarrollo físico y psíquico de estos bebés fue mejor que el del grupo de control pasado un año. En el lado opuesto, los recién nacidos que carecieron de afecto tienen toda una gama de deficiencias en su desarrollo y pueden generar propensión a la agresividad.

El Covid ha sido responsable de que muchas personas mueran, no sólo sin la compañía de sus seres queridos, sino rodeadas de guantes de látex y mascarillas para evitar el menor contacto. La referencia del tacto muchas veces nos lleva al sexo, pero no son menos importantes los besos, las caricias y los apretones de manos que nos hablan de presencia física envuelta en cariño. Y la hipersexualización de nuestra sociedad ha impedido desarrollar el tacto que requiere un simple afecto y con la campaña del Me Too, llevada al extremo, se han reducido los contactos inocentes por miedo a ser mal interpretados

Algo semejante a lo que ocurre hoy con la enfermedad sucedió en muchas civilizaciones con determinados grupos a los que se les prohibió la relación humana, el ejemplo que nos relata la Biblia son los leprosos que en el mundo judío debían estar apartados de la sociedad en la que vivían. A la casta india, los dalit, sin estar enfermos se les reconoce con el nombre de intocables y tiene muchas dificultades el gobierno actual para acabar con esa costumbre. El mayor castigo que pueden tener los prisioneros en todas las cárceles es el confinamiento en solitario

Los científicos han estudiado la necesidad que tienen los seres humanos de interactuar unos con otros de forma que hemos desarrollado un sistema neurológico designado a responder al menor gesto afectivo pues activa una fibra nerviosa que se aloja en la piel. Si esta fibra se aviva enciende en el cerebro la parte responsable del placer, soltando un cóctel de hormonas: la dopamina, serotonina y oxitocina que amortiguan la angustia y nos hace sentirnos mejor. Se han hecho estudios sobre 509 adultos en todo el mundo con el resultado de que la privación del tacto va unida a la soledad, depresión, estrés y desórdenes en la psique acompañados de baja inmunidad. Los adultos que han sido más abrazados tienen menor propensión a acatarrarse

Y si esto es cierto ¿por qué el olfato con los perfumes y el gusto con la comida se llevan el gato al agua? De un estudio sobre el tacto hay 100 sobre la vista y en el siglo XIX se consideraba el tacto como “una forma no civilizada de percepción”. La cultura victoriana ha dejado marca en el pueblo inglés algo que se puede ver en las cafeterías donde las personas se tocan menos en Inglaterra que en otros países, pero también el cristianismo tiene mucha culpa en este desarrollo negativo por su culpabilización del sexo

Todo este desarrollo nos hace llegar a la conclusión de que el 60% de las personas ¡Sólo! que fueron confinadas en sus casas por esta enfermedad manifiestan la necesidad del contacto físico como asegura un estudio. Una necesidad que aumenta en los países mediterráneos donde los abrazos y los besos son más frecuentes que en otros lugares. La otra cara de la moneda nos la dan los habitantes de culturas con menos contacto físico como pueden ser los coreanos

El contacto virtual de nuestro mundo aparta el cuerpo y sus necesidades, pero no las suprime. En China se están vendiendo muchos millones de sillones de masaje, camisas con sensores que dan la sensación de abrazos y aplicaciones por internet con una tecnología que simula la caricia. La realidad es que el Covid nos ha hecho ser conscientes de la necesidad que tenemos todos los seres humanos del contacto con nuestros contemporáneos. Yo sueño con la llegada de las vacunas que me permitan abrazar a mis hijos, nietos y amigos y eso que me educaron en una cultura anglosajona en la que era negativo mostrar los sentimientos

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José María Castillo: “Jesús soporta el error. Lo que no soporta es el sufrimiento”

Viernes, 5 de marzo de 2021

amor-perfecto.max-750x450De su blog Teología sin censura:

“¿Cómo vivimos la fe en la pandemia?”

“Una de las cosas, que más patente ha dejado la pandemia, es que a una notable mayoría de la sociedad le interesa más la ‘diversión’ que la ‘creencia'”

“Qué quiero decir con esto? Que hemos deformado la fe. Sin embargo, en este asunto, hay que andarse con cuidado”

“El mayor elogio, que hizo Jesús, de la fe, no fue el de un creyente en el Dios verdadero, sino el de un militar romano, que tenía sus creencias, pero sufría porque un servidor suyo se le estaba muriendo (Mt 8, 5-13; Lc 7, 1-10)”

“Para Jesús es más importante la ‘humanidad’ que la ‘religiosidad’. Y esto es lo que a la teología y a los teólogos no nos entra en la cabeza”

Una de las cosas, que más patente ha dejado la pandemia, es que a una notable mayoría de la sociedad le interesa más la “diversión” que la “creencia”. Cuando la gente dice que, por causa del virus, nos quedamos sin Navidad, sin Reyes Magos, sin Cuaresma, sin Semana Santa, etc., etc., lo que menos le importa a la mayoría de la gente es recordar cómo nació Jesús, cómo murió en su Pasión y su Cruz, etc., etc. Lo que a la mayoría de los ciudadanos les importa es que nos quedamos sin el viaje, sin la playa, sin la juerga. O sea, lo que interesa es la “diversión”, no precisamente la “devoción”. Lo cual es perfectamente comprensible. Porque son miles y miles los ciudadanos que viven del turismo, los hoteles, las agencias de viajes… En un país, como es el caso de España, la economía se va al traste. Y con la economía, al traste nos vamos todos.

¿Qué quiero decir con esto? Que hemos deformado la fe. En efecto, para la gran mayoría de la gente, la fe es auténtica cuando se vive como la correcta relación con Dios. La que se traduce en la sumisión ortodoxa de los creyentes a lo que enseña y manda la autoridad jerárquica de la Iglesia. Esto es lo que enseñan los libros de teología y lo que explican los catecismos. Algo que se tomó tan en serio, que por esto se condenó a los herejes, se les torturó y hasta se les quemó vivos en la plaza pública. Que para eso se fundó la Inquisición.

Sin embargo, en este asunto, hay que andarse con cuidado. Porque, si nos atenemos a lo que relatan los Evangelios, la fe no es siempre la correcta relación con el Dios verdadero, sino la correcta relación con la salud humana.

El mayor elogio, que hizo Jesús, de la fe, no fue el de un creyente en el Dios verdadero, sino el de un militar romano, que tenía sus creencias, pero sufría porque un servidor suyo se le estaba muriendo (Mt 8, 5-13; Lc 7, 1-10). Y la “grandeza de la fe no se la atribuyó a un discípulo suyo, sino a una mujer cananea, que era una pagana, pero quería mucho a una hija suya que sufría (Mt 15, 21-28; Mc 7, 24-30). Como también resulta extraño que el único leproso curado, que mereció el elogio de su fe, no fue ninguno de los ortodoxos judíos, que se fueron al templo, sino un hereje samaritano, que tuvo la atención de agradecer su curación (Lc 17, 11-19).

Pero más elocuente que los evangelios sinópticos es el evangelio de Juan. Sobre todo, cuando afirma que Jesús se apropió el nombre de Dios que, cuando el mismo Dios le dijo a Moisés en la zarza ardiendo: “He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas contra los opresores, conozco sus sufrimientos. He bajado a librarlo de los egipcios y sacarlo de esta tierra… para llevarlo a una tierra que mana leche y miel” (Ex 3, 7-8). Y cuando Moisés le preguntó a Dios: “¿Cuál es tu nombre?” (Ex 3, 13), Dios le contestó: “Yo soy” (Ex 3, 14). Una respuesta desconcertante. Porque es una definición que tiene sujeto y verbo, pero no tiene predicado. El nombre de Dios no se puede “objetivar” en un concepto. Porque eso es reducir al Dios trascendente a un mero objeto inmanente. O sea, eso sería convertir al “Absolutamente-otro” en una “cosa”, el concepto que yo tengo en mi cabeza.

 Ahora bien, este misterioso nombre, “yo soy”, es el que se apropia Jesús en sus enfrentamientos con los líderes del judaísmo: “Si no creéis que yo soy, moriréis en vuestros pecados” (Jn 8, 24). Con ligeras variantes, el “yo soy” se le apropió Jesús constantemente. Hasta llegar a decir: “El Padre y yo somos uno” (Jn 10, 30). Jesús se identifica con Dios. Con el Dios que vio el sufrimiento de los oprimidos. Y vino a este mundo a liberarlos.

No cabe duda. Jesús soporta el error. Lo que no soporta es el sufrimiento. Y eso es lo que va a decidir nuestra suerte, en el juicio final: lo que hicimos o dejamos de hacer con los sufren (Mt 25, 31-46). Para Jesús es más importante la “humanidad” que la “religiosidad”. Y esto es lo que a la teología y a los teólogos no nos entra en la cabeza.

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Aprender en la pandemia

Viernes, 26 de febrero de 2021

_114212396_gettyimages-1214557360Pedro Zabala
Logroño.

ECLESALIA, 15/02/21.- Estas reflexiones me han brotado después de participar en una tertulia virtual con un grupo de nuestra Comunidad de la Esperanza y de escuchar una videoconferencia del jesuíta Rodríguez Olaizola. No podemos evitarlo. Vivimos, oímos, vemos, hasta tocamos esta atmósfera provocada por ese bichito, procedente de China, que domina el planeta. Pandemias ha habido siempre, más o menos globales, que han asolado a la humanidad.

¿Qué ha ocurrido para que ésta alcance tal magnitud en nuestra conciencia? Primero: Está afectando a nuestro orgulloso Occidente. Segundo: La globalización económica, con el trasiego constante y rápido de mercancías y personas de unos países a otros. Y tercero: Las interconexiones mediáticas instantáneas, las tradicionales más las redes sociales, que han hecho del globo terráqueo una aldea global.

Frente a esta situación, se están dando dos respuestas opuestas, igualmente perniciosas en sus efectos. La primera, la de los negacionistas: la pandemia no existe, es un bulo creado por ciertos poderes ocultos para aumentar su dominio sobre nosotros. La segunda es la de quienes se han hundido en un pavor extremo, en el que piensan que no hay nada que hacer; por lo que o disfrutamos a lo loco cada minuto de la existencia que nos quede o nos encerramos en la depresión más amarga.

Claro que cabe un respuesta más humana y esperanzada. Ver la crisis como una oportunidad. Para ello, aprovechando el confinamiento de tantas horas en nuestras casas, hemos de empezar por frenar. Iniciar un proceso de pensamiento sobre nuestra propia existencia y el sentido de nuestra vida.

Hemos de reconocer que, a pesar de los avances tecnocientíficos, somos seres frágiles, extremadamente vulnerables. Y que la muerte, la mía y la de los míos, forma parte de la existencia humana. Tenemos fecha de caducidad, aunque ignoremos cuál sea.

Nuestra inmovilidad no ha de impedirnos ser peregrinos de nuestro interior. Ahondar dentro de nosotros con preguntas claves: ¿Somos personas líquidas, a merced de vaivenes exteriores o personas sólidas con anclajes firmes, pero flexibles? ¿Hemos desarrollado un pensamiento crítico, capaz de evolucionar, sin caer en gregarismos fáciles? ¿Estoy abierto a la escucha leal, aceptando que me lleven la contraria, para irme acercando a la verdad desde otras perspectivas?

Este análisis ¿me permite ver qué cambios debo realizar en mis actitudes vitales? ¿No debo empezarlos ya, en el hoy en que me encuentro? Sé que no parto de cero, mi vida tiene su historia, aunque seguro que debo cambiar el relato que hago de ella. Y desde ese ayer, con los pies anclados en el presente, es el momento de abrime a un mañana esperanzado.

Mi actitud debe ser de una humildad agradecida. A esos tús cuyos encuentros me han ído modelando. ¿No puedo resumir la lección de la pandemia en tres verbos: Buscar, Esperar, Agradecer?

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Juan Zapatero: Una cuaresma forzada y sin previo aviso.

Martes, 23 de febrero de 2021

cuaresma_portada_01Ya desde la Edad Media el tema del Carnaval y de la Cuaresma comenzó a ser tratado por diversos autores como manifestaciones antagónicas y opuestas de una misma realidad. El Libro del Buen Amor, del Arcipreste de Hita, es sin ningún género de dudas el exponente más claro a nivel de literatura. En una sociedad cristiana a la fuerza es más que evidente que la Iglesia tenía la primera y última palabra respecto a sus fieles, súbditos la inmensa mayoría. Una sociedad (cristiandad), por otra parte, muy desigual, donde los deberes abundaban por doquier, siendo unos pocos, incluida una parte de la Iglesia (el clero alto concretamente), quienes gozaban de los derechos y privilegios que ellos mismos se daban; y todo ello, para más “inri”, en el nombre de Dios. El tiempo en los templos, iglesias y conventos con sus liturgias y celebraciones, además de los cumplimientos más que abarrotados de preceptos y normas, ocupaba la parte más importante de la vida de aquellas gentes. Una vida, por otra parte, dura y exigua ya no de derechos, que brillaban por su ausencia, sino sobre todo por la dureza de las condiciones que hacían de ella más un simulacro que una realidad.

Por ello precisamente, aquellas gentes buscaban cualquier tipo de resquicio, normalmente algunos días indicados, para poder alegrar sus cuerpos; ya que para sus almas tenían días más que en exceso, y no precisamente para alegrarlas, sino para recordarlas su conducta pecaminosa de manera constante y, por ende, el castigo del infierno que recibirían de manera segura si no cambiaban su manera de vivir. Durante cuarenta días, la Cuaresma, serían advertidos de los peligros gravísimos de una vida disoluta y desordenada; un castigo tan desproporcionado como era el infierno y, además, para toda la eternidad. Con lo que ello suponía: una vida dura aquí y con creces después, siendo imposible imaginar lo que podría llegar a suponer todo esto.

Era quizás el tiempo del Carnaval el que mejor ofrecía oportunidad y ocasión para el desenfreno en todos los campos, de manera especial el de la lujuria, tan reprimido con sentencias condenatorias y tremebundas por la Iglesia, antes de entrar en la temida Cuaresma, sobre todo por sus penitencias y privaciones; aunque, a decir verdad, resulta imposible imaginar de qué más se les podía privar a aquellas gentes. Con la llegada de la Pascua, una vez acabada la Cuaresma, se presentaba el tiempo nuevo que, para aquellas gentes, no consistía en otra cosa que continuar malviviendo humana y espiritualmente.

Pues bien. Una de las palabras más pronunciadas desde mediados del mes de marzo de 2020 hasta hoy es precisamente la palabra “cuarentena”, cuyos orígenes no son otros que la Cuaresma cristiana. Una “cuaresma” que llegó de manera forzada y sin previo aviso. Digo esto porque la Cuaresma cristiana ya viene establecida por el calendario litúrgico y, por tanto, los fieles saben cómo deben enfrentarse a ella o como vivirla. No así esta otra que nos pilló a todas y a todos por sorpresa. Una “cuaresma” precedida por un “carnaval” de muchos años, demasiados, abusando todos de todo (de la naturaleza, del cosmos, del medio ambiente y, lo que es muchísimo más grave, de las personas), pero, por qué no decirlo, unos más que otros. Porque me parce injusto que esta “cuaresma” la tengan que vivir todos los países del mundo de la misma manera, y también todas las personas, cuando el carnaval ha sido muy distinto; ¡vaya que si ha sido! Un “carnaval” de opulencias de los países ricos frente a una ausencia del más pequeño de los “carnavales” para los países pobres. Y ya no digamos a nivel personal: tres mil millones de personas malviviendo porque carecen de lo todo lo elemental para tener una vida ya no digna, sino con unos mínimos tintes de humanidad, frente a una decena de fortunas, y otras cuantas más que las acompañan, disfrutando de todo tipo y clase de placeres que les puedan venir en gusto y gana. En este caso, además, ya tendrán quienes, desde confesiones religiosas y diferentes iglesias, tranquilicen sus conciencias y los animen a que cumplan algunos ejercicios religiosos y de piedad, no muy costosos, por cierto, amén de contribuir con algunas limosnitas (mejor si son un poco suculentas) para que sean tenidos y admirados aquí como gente ferverosa y creyente en dios (en el suyo, claro) y después consigan la “vida eterna”. Una vida eterna ganada, como no podía ser de otra manera, con el cumplimiento de los ritos que les han ido prescribiendo los dirigentes de las “religiones” que practican y de las iglesias que frecuentan.

Y, ¿qué “pascua” saldrá de esta “cuaresma” vivida de manera tan desigual? No hay que ser muy agudos para adivinarlo. La riqueza y la opulencia, igual que la pobreza y la miseria, continuarán estando del mismo lado que hasta ahora. Los mismos continuarán haciendo la “pascua” a los mismos, condenándolos a vivir de manera ininterrumpida una “cuaresma” demasiado pesada y sin haber estado precedida, además, de ningún tipo de “carnaval”. Algunos, muchos para ser más exactos, me tildarán de pesimista por las palabras que digo; pero soy de aquellas personas que no cree en los propósitos a la fuerza (como los que muchas personas acostumbran a hacer a principio del nuevo año). Y me temo que la “cuaresma pandémica” ha sido a la fuerza y, además, sin haber avisado antes.

Juan Zapatero Ballesteros

Fuente Fe Adulta

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Faustino Vilabrille: Pandemia: pobreza insoportable.

Martes, 16 de febrero de 2021

1602653401165Pobres de los Pobres!. Hasta donde nos ha llevado el Neoliberalismo!

Las consecuencias más graves y dolorosas de la pandemia son sin duda las humanas por morir por su causa y además tener que hacerlo de forma tan inhumana y dolorosa, en soledad, en ausencia de personas cercanas o familiares, por mucho que se haya esforzado el personal sanitario en llenar ese vacío, que sin duda hizo todo lo que pudo.

La pandemia nos ha convertido a todos en víctimas y verdugos: cada ciudadano o vecino con que me encuentro puede ser mi víctima si lo contagio o mi verdugo si me contagia, y además sin saberlo. Este virus es una plaga: ¿La teníamos merecida? Es posible, porque las injusticias, desigualdades, abusos, violencias, despilfarros, adulteraciones, que hemos cometido contra los seres humanos y contra la naturaleza son enormes. Hasta ahí nos ha llevado el Neoliberalismo. Así no podíamos seguir. Un ejemplo: estamos dejando morir de hambre a millones de personas en el Tercer Mundo, mientras que en el Primer Mundo tiramos a la basura millones de toneladas de comida.

Y otro ejemplo más: El cambio climático, del que somos culpables los países desarrollados, nos amenaza a todos, pero sobre todo amenaza los sistemas agrícolas, los medios más elementales de subsistencia y la seguridad vital básica de los países más pobres y vulnerables de África, Hispanoamérica, gran parte de la India y Bangladés, donde tienen  que vivir y morir prematuramente los 815 millones de personas que no llegan a disponer ni de 1,67 euros al día (Fuente:  Asociación Internacional de Fomento (AIF)-Banco Mundial).

Por tanto, las consecuencias de la pandemia no son solo humanas, son también las consecuencias económicas:

En tan solo 9 meses de pandemia, del 18 de marzo al 31 de diciembre de 2020, las 1000 personas más ricas del mundo aumentaron su riqueza en 3,23 Billones de euros. Su riqueza conjunta ya asciende  a 9,8 Billones, casi tanto como los gobiernos del G20 han movilizado para responder a la pandemia. Mientras los más ricos ya se recuperaron, los empobrecidos por la pandemia tardarán unos 10 años en hacerlo.

Desde el inicio de la pandemia, LA FORTUNA DE LOS 10 HOMBRES MÁS RICOS DEL MUNDO ha aumentado en medio Billón de dólares, una cifra que financiaría con creces una vacuna universal para la COVID-19 y que garantizaría que nadie cayese en la pobreza como resultado de la pandemia.

Por el contrario, el número de personas que viven en el mundo con menos de 4,5 euros al día aumentó en 700 millones de personas.

Por lo que se refiere a España, con la pandemia las personas más pobres de nuestro país perderán siete veces más renta que las más ricas, y unas 790.000 personas caerán en POBREZA SEVERA a causa del COVID-19, según informa Oxfam Intermón. Tener que vivir con menos de 16 euros al día alcanzará la cifra de 5,1 millones de españoles. Asimismo, la POBREZA RELATIVA, estimada en 24 euros al día, supone un  millón más de personas por debajo de la línea de pobreza, hasta alcanzar 10,9 millones de españoles.

Si nos acercamos a la población migrante, el índice de pobreza alcanzaría el 57%, frente al 22,9% de media del total de la población. Personas migrantes, jóvenes y mujeres son los colectivos más afectados por la desigualdad que ha provocado la pandemia. De las personas que trabajan a tiempo parcial, el 73 % son mujeres (Fuente: Oxfam Intermón).

Cómo discurrirán las cosas en el próximo futuro? Todo el mundo pone la esperanza en la vacuna, una proeza de la ciencia, que bienvenida sea, pero… El domingo pasado ya denunciábamos el “pillaje” en las vacunas y la desconfianza en las Multinacionales Farmacéuticas, que ahora se está confirmando, desde los grandes a los pequeños, pues aquellas no quieren cumplir sus contrataos con la UE y sí vender las vacunas a quien más las pague, como Israel o los Emiratos Árabes, y continuando por los VACUNADOS ENCHUFADOS, como los 300 militares y diversos políticos, hasta llegar al obispo de Mallorca, que se vacunó sin corresponderle (la jerarquía eclesiástica en su conjunto, salvo contadas excepciones,  debería sentir vergüenza de haber estado recibiendo prebendas y privilegios de los poderes públicos desde la dictadura e incluso hasta nuestros días como, por ejemplo, con las inmatriculaciones, e incluso pedir perdón al pueblo  por no haber sido mucho más coherente con el Evangelio.

Otra esperanza que se  maneja son las ingentes cantidades de recursos que aportará la Unión Europea a nuestras arcas públicas y cómo influirán estas ayudas en el crecimiento futuro del PIB, que en España en 2020 ha caído un 11 %, con lo que el PIB per cápita bajó de 26.430 euros a 23.430.

No obstante España es la economía número 15 en el ranking de los 196 de los que se conoce su PIB. El Problema de España no es la falta de riqueza, sino la desigualdad, que es mayor que en las economías europeas más avanzadas, con las que compartimos un proyecto político más o menos común, pues nuestro país ocupa el cuarto puesto en el ranking de los países más desiguales de toda la Unión Europea. Pero es que, además, somos el segundo Estado europeo —por detrás de Bulgaria— en el que la distancia entre ricos y pobres ha aumentado más.

Lo ha hecho, además, a costa del empobrecimiento de los más desfavorecidos económicamente. Lejos de la recuperación, en el año 2017 aumentaron en 16.500 el número de hogares en los que no entraba ningún ingreso. Alcanzaron, así, los 617.000. Sin embargo, los ultramillonarios aumentaron en un 4% que cada vez acapara más riqueza. “El 1% más rico tiene 24,42 de cada 100 euros de riqueza, mientras que el 50% más pobre se tiene que repartir 7 euros de cada 100”.

Detrás de la pandemia, ¿cómo quedarán estos datos? El dinero que promete la UE, ¿a quién irá a parar?

Tenemos que exigir una administración rigurosa, responsable, solidaria y comprometida de todas esas ayudas, sobre todo con los más empobrecidos y necesitados. ¿A qué nos suenan estas palabras? ¿Cuándo le haremos caso a Quién las practicó y enseño, que iba curando toda enfermedad y toda dolencia del pueblo, pidiendo tener hambre y sed de justicia?

NOTA.-Si en los países desarrollados pasa lo que pasa con la pandemia, ¿cuáles serán las consecuencias humanas, sociales, económicas y políticas de la misma en el Tercer Mundo? Si aquí hay trampas con las vacunas, qué no pasará allí?

Fuentes de información: Informes de Oxfam Intermón, BM, Datos Macro, ANALYTIKS, Eurostat, INE, Foro de Davos,

Feliz domingo a tod@s.-Faustino

Fuente Religión Digital

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Ollas populares y redes vecinales: así se organizan defensoras trans en México frente a la pandemia

Viernes, 5 de febrero de 2021

Centro-comunitario-Vihda-Trans-en-Tampico1-1024x768Por Georgina González

Fotos: Gentileza de Tamaulipas Diversa Vihve Trans

Ana Karen López Quintana es defensora de derechos humanos y preside la organización Tamaulipas Diversa Vihve Trans, dedicada a defender los derechos de las poblaciones trans, les trabajadorxs sexuales y personas que viven con VIH en Tampico, Altamira y Madero, al sur del estado mexicano de Tamaulipas. La autogestión ha sido su mejor herramienta para hacer frente a la crisis alimentaria, económica y de salud que experimentan estas poblaciones durante la pandemia.

“La pandemia sigue afectando a las personas que están ejerciendo el trabajo sexual y a las que se dedican al show travesti, a meserear, fichar (trabajadora que gana comisiones por las bebidas alcohólicas consumidas dentro de un bar), que trabajan en casa (trabajdoras domésticas) o en restaurantes pues fueron despedidas y no tienen trabajo en estos momentos. Todas ellas, mayormente parte de la población LBT (lesbianas, bisexuales y trans), viven una situación muy crítica”, cuenta Ana Karen en entrevista con Presentes.

Ante la covid-19, Vihve Trans buscó soporte con los tres niveles de gobierno (federal, estatal y municipal). Sin embargo, luego de diez meses, el Estado permanece ausente frente al llamado de ayuda para que mujeres trans, trabajadorxs sexuales y personas que viven con VIH hagan frente a las desigualdades y violencias que experimentan durante la emergencia sanitaria.

“El Estado no nos ha brindado absolutamente nada, ni dinero, ni cubrebocas, ni gel antibacterial, ni guantes, ni condones. Todo ha sido ayuda de sociedad civil, sobre todo por el apoyo emergente de Fondo Semillas. Sin ese fondo hubiéramos colapsado y hubiera más personas afectadas y contagiadas por covid-19. Gracias a eso hemos podido acercarnos a la comunidad”, advierte Ana Karen.

De abril a mitad de enero de 2021 les integrantes de Vihve Trans han repartido 680 despensas (productos de canasta básica); 250 kits de limpieza personal; 450 cubrebocas lavables y 115 mil condones masculinos y 1500 femeninos. Además, se realizaron 600 pruebas rápidas de VIH, se brindó atención médica a 25 personas LGBT adultas mayores y a 45 niñes que viven con VIH. Este trabajo territorial aparece recogido en la investigación de la organización Front Line Defenders.

Sin empleo, sin hogar

Entrega-de-verduras-en-el-centro-comunitario-1024x768“Al principio todo fue un caos, hubo chicas que entraron en psicosis y no sabíamos ni para dónde hacernos”, recuerda Ana Karen. De golpe los hoteles, estéticas y otros espacios de trabajo cerraron.

Para apoyar y contrarrestar la falta de empleo, de techo y comida, Vihve Trans generó acciones como rifas en Facebook, a hacerse más visibles en redes sociales y a nivel local, a tocar puertas con otras organizaciones y funcionarios públicos.

Algunas mujeres trans y personas que ejercen el trabajo sexual se quedaron sin empleo y a su vez sin techo, algunas también fueron orilladas a abandonar los departamentos que rentaban como consecuencia del estigma. “Ya no querían rentarle a las chicas por la cuestión de que creen que iban a traer el virus de covid-19 y más clientes”, señala Ana Karen. 

“Hubo chicas que se refugiaron con amigas o buscaron pagar renta en otro lado entre dos personas. Y por necesidad, clandestinamente ejercen el trabajo sexual arriesgando su salud, algunas fueron afectadas con el covid-19”, agrega.

Se olvida una pandemia por otra

Ana Karen tuvo que buscar fondos económicos para poder incinerar a diez mujeres. Siete de ellas ejercían el trabajo sexual, 3 más no pero todas vivían con VIH y no contaban con tratamiento antirretroviral, eso las afectó fatalmente al momento de enfermar de covid-19.

“Durante esta pandemia no hemos tenido el abasto oportuno de medicamentos antirretrovirales y los estudios de rutina de VIH. El gobierno no está tan apegado a esto y es urgente que se brinden medicamentos y estudios médicos”, señala Ana Karen.

En México las autoridades de salud orientaron todos sus esfuerzos a la pandemia por covid-19 y dejaron de brindar detección, atención y seguimiento a la pandemia de VIH. 

Tan solo en Tamaulipas en 2019 las autoridades de salud detectaron 329 nuevos casos de VIH, en contraste, en 2020 se detectó un total de 24, 23 hasta marzo y un solo caso entre el 29 de junio y el 15 de noviembre, de acuerdo a datos del Centro Nacional para la Prevención y el Control del VIH y el sida.

Ana Karen enfatiza en la urgencia porque el Estado brinde atención médica integral a les trabajadorxs sexuales, personas trans y personas que viven con VIH. “No solo hay desabasto de medicamentos para VIH, también para hipertensión, diabetes. Además, el personal de salud no está sensibilizado, muchas personas trans tienen miedo de ir (al centro de salud) porque es común que no se respete ni su nombre ni su identidad”, añade.

Para poder cremar a sus diez compañeras Ana Karen pidió apoyo a funcionarios públicos locales y es que el país también enfrenta una crisis funeraria donde los servicios de cremación han duplicado sus precios. Al final, consiguió un descuento y con el apoyo solidario de la red de mujeres trans del sur de Tamaulipas logró solventar el gasto.

“Nos dolió mucho no poder llorarlas y hacer un velorio, debían ser cremadas. Muchas no eran de aquí, unas eran de Veracruz, de San Luis Potosí, de Nuevo León (estados colindantes a Tamaulipas), y es que sabes que del trabajo sexual migran constantemente, no están sus familias, al final sus cenizas fueron entregadas a las amigas que pudieron hacer aquí”.

“Tamaulipas es conservador y violento”

Vihda-Trans-junto-a-Tendremos-Alas-ACDefender los derechos humanos en Tamaulipas tiene sus riesgos. Y aunque Ana Karen se sabe “un roble que no se deja vencer ante ninguna tempestad”, tiene claro que el estado que la vio crecer “es conservador y violento con quienes levantan la voz”. 

“No tenemos avances en ley de identidad o matrimonio igualitario, sin embargo, por ahora estamos trabajando en un solo frente como movimiento de la diversidad sexual por el derecho a la salud integral libre de estigma y libre de discriminación”, explica Ana Karen.

Además, se busca reformar el Código Civil del estado que impone como requisito para contraer matrimonio la presentación de estudios clínicos prenupciales y que impide esta unión a la persona que sean diagnosticadas con VIH, a menos que interponga un amparo.

Tamaulipas también es uno de los estados que más ha padecido la violencia generada por la estrategia de seguridad llamada “guerra contra en narco” que llevó a las calles a los militares.

“Es difícil trabajar realmente en este contexto. La presencia de policías o militares no representa un beneficio para nosotras, al contrario, de ellos solos tenemos rechazo, discriminación y detenciones injustas”, advierte Ana Karen.

Según la Encuesta sobre Discriminación por motivos de Orientación Sexual e Identidd de Género (ENDOSIG 2019), 3 de cada 10 personas LGBT encuestadas experimentaron un trato discriminatorio por parte de la policía, siendo el más común los interrogatorios sin motivos aparentes.

Además, un informe de 2016 sobre las condiciones de los derechos humanos de las mujeres trans en México elaborado por el Transgender Law Center y la clínica de estudios LGBT de la Universidad de Derecho de Cornell, concluye que “las mujeres trans ya eran objeto de abusos policiales y militares, pero una vez que comenzó el aumento de la militarización bajo Calderón (ex presidente que instauró esa estrategia de seguridad pública en 2006), las mujeres trans sufrieron un aumento en las agresiones. Los militares cometen los mismos abusos que la policía al hacer que las mujeres trans sean objeto de detenciones arbitrarias, golpizas, extorsiones y robos”.

La resistencia trans

“Trabajar ha sido difícil, créeme que de repente pues sí me llega la desesperación, la angustia, lloro. Pero desahogar me hace bien, me he sentido respaldada por mi familia, por mi esposo y todo esto me ha empoderado aún más”, confiesa Ana Karen. Y agrega, “también veo fortalecidas a mis compañeras, algunas lloran cuando reciben los apoyos, dan las gracias y me han dado a entender que no se sienten solas y que están unidas y así nació la resistencia trans”

“La resistencia trans” es una red de personas LGBT, en su mayoría jóvenes, que trabajan como voluntarias para acercar los apoyos alimenticios, de prevención y pruebas de detección de VIH, sífilis y hepatitis en los municipios de Tampico, Altamira y Madero.

Pero la resistencia también se extendió al sur, en Veracruz, y de la mano de Tendremos Alas AC tejen puentes para gestionar apoyos a trabajadorxs sexuales, personas trans y personas que viven con VIH en Pánuco y Pueblo Viejo, a 45 minutos de Tampico.

Frente a la ausencia del Estado, la discriminación de la sociedad, la violencia institucional, el acoso policial, militar y del crimen organizado, la organización Vihve Trans reclama hoy más fuerte que nunca: “¡Nosotrans existiendo, resistiendo y persistiendo! (…) y con este empoderamiento comunitario vamos a fortalecernos aún más para tomar decisiones. Aquí estamos y queremos que nuestros derechos se garanticen y respeten”.

Fuente Agencia Presentes

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“¿Qué podemos hacer en pandemia? “, por Gabriel Mª Otalora

Viernes, 22 de enero de 2021

Inmersos en la realidad de la covid-19, en plena fragilidad sanitaria y económica, vivimos en estado de shock. No estamos acostumbrados a estar en vilo después de tantos meses, contagios y muertos. El estupor es evidente en las autoridades y en las sociedades de todo el mundo, aprisionadas en un endiablado tablero con dos fichas imposibles de casar: si cierro la mano para reducir la incidencia de los contagios se destroza el tejido productivo. Si abro la mano, el coronavirus amenaza con convertir la pandemia en una sistemia que afecta de manera generalizada a todas las estructuras del sistema socio-productivo.

Intuimos que las estructuras con las que funcionamos no están siendo eficaces, más allá del esfuerzo sanitario operativo e investigador. Tampoco estamos satisfechos con la respuesta social, inmadura e infantil por parte de demasiadas personas que aceptan la más mínima molestia por el bien común. La tecnología, la logística, el dinero, los avances de todo tipo, no logran evitar la mezcla de desconcierto, estupor, miedo, desánimo y mucho dolor contenido en torno a la covid-19. Y cuando algunos negacionistas han alardeado de que no hay que hacerle mucho caso e “esto”, las consecuencias han sido severas; ahí está Brasil, Estados Unidos y Gran Bretaña. Todo esto junto es demasiado como para no preguntarnos los cristianos -en este caso- ¿qué podemos hacer cuando este virus desafía la fe cristiana?

 El nivel de solución que puede aportar la mayoría es casi testimonial en apariencia. Veamos algunas posibilidades de crecimiento interior y con el prójimo desde el dolor compartido para vivir este tiempo con otra mirada menos utilitarista y desesperanzada.

En primer lugar, podemos crecer en humildad. Es la principal actitud cristiana y está muy abandonada. La primera lección es comprender que no tenemos el control de toda la existencia. Esta pandemia pone al descubierto la limitación y la vulnerabilidad del ser humano. Somos seres necesitados de otros, no importa si las tecnologías nos cambian la vida. Todo se globaliza y se interrelaciona, se comunica y se conecta, de manera que un problema de reparto de las vacunas en África, puede repercutir en las sociedades que han podido ser vacunadas pronto. De nada sirve con este virus protegerse una parte del Planeta cuando estamos tan interconectados. Esto nos da la oportunidad para reflexionar sobre mi actitud y la soberbia insolidaria que amenaza una solución global.

En segundo lugar, esta reflexión nos debe llevar a orar mejor, a abrirnos a la escucha humilde. Dios no deja de comunicarse nunca, mucho menos en estas situaciones tan difíciles. Pedirle luz y fuerza para acertar en nuestra actitud con los que nos rodean y sobrellevar nuestra propia desazón confiadamente. “Sin mí, no podéis hacer nada”, recuerda Juan en su primera Carta.  Reflexionar con humildad delante de Dios cómo tantos dones tecnológicos (la inteligencia artificial, el mapeo del genoma, la ingeniería genética, las computadoras cuánticas…) no pueden controlar un virus microscópico. Estamos asustados y poco esperanzados, y eso no es muy cristiano.

Es un buen momento para reflexionar desde la fe sobre nuestro concepto de progreso, que no coincide con el de desarrollo; ¿de donde salen las materias primas y a qué coste humano para millones de personas? Nos hemos emborrachado de consumismo sin pensar en las consecuencias para una gran parte de la humanidad. El Papa no deja de advertir la injusticia de este sistema insolidario con una gran parte de la humanidad que además pone en peligro la sostenibilidad del Planeta. Dios nos habla también a través de la pandemia.

Priorizar la escala de valores es otra cosa que podemos hacer. Se nos pide que dejemos de lado nuestras libertades personales y nuestros deseos sociales por el bien de los demás. Si socializamos existe un riesgo real para nosotros y sobre todo sabemos del peligro de contagio  para la gente más anciana y vulnerable. Esto nos lleva a cuidar las relaciones con quienes puedan sentirse más solos y deprimidos; para eso tenemos las redes sociales, para que nadie se sienta en la cuneta. El aislamiento puede enseñarnos a actuar de positiva y constructiva en nuestras interacciones sociales en lugar de hacerlo de forma negativa y destructiva.

La siguiente lección es la aceptación como virtud, es decir, vivir esta realidad como lo contrario de la resignación. Aquello que no podemos cambiar, tengamos una actitud positiva, adecuada, para no hacernos daño con sentimientos negativos que acaban proyectándose en los demás.

Por último, es una oportunidad de oro para valorar lo que tenemos y lo que nos falta siendo conscientes de la gratuidad de Dios en todo. Tampoco somos especialmente agradecidos con lo que nos parece “normal”: tres comidas diarias, vivienda, vestido, familia, trabajo, salud, relaciones sociales, cultura, haber nacido en esta parte del mundo en lugar de en pleno Tercer Mundo… que cada cual haga su lista y vuelva a la actitud humilde y agradecida viviendo las cosas buenas del presente. Esto nos llevaría, en fin, a fomentar nuestra actitud y espíritu de servicio a los demás. Las crisis provocan una multiplicación en cadena de actos de solidaridad entre seres humanos y pueblos que fortalece lazos y destinos. Este necesario espíritu de servicio implica ofrecerse como un instrumento de ayuda de los demás, abiertos a cualquier necesidad cercana de escucha, de consuelo, de tiempo y de lo que haga falta da igual quien lo necesite.

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Sara Lumbreras y Lluis Oviedo: ¿Qué pasará con la religión después de la COVID?

Martes, 29 de diciembre de 2020

20131031_011553_1103lipcolAdemás, la pandemia nos ha forzado a reevaluar algunos de nuestros comportamientos y los recursos disponibles para afrontarla. La pandemia podría transformar nuestra manera de entender la fe religiosa, y esta fe renovada podría ser un apoyo fundamental para superar la situación a la que nos enfrentamos.

La percepción de lo religioso depende intensamente del contexto social y las circunstancias personales. Ciertos momentos pueden dotar a la experiencia religiosa de una intensidad especial que sería impensable en otros momentos. Sabemos que nuestro entorno tiene un efecto que con frecuencia es determinante en nuestro modo de experimentar la trascendencia. No es lo mismo el ajetreo de la ciudad que trasladarse a una aldea o vivir en el campo abierto. El caso del desierto es aún más extremo, y la historia de las religiones ofrece una larga lista de lugares sagrados por su relación con el medio natural. La experiencia tampoco es la misma en tiempos serenos y relajados que la que se vive en momentos difíciles. Estas variaciones se incluyen en la lista de factores que inciden en la experiencia religiosa, que va mucho más allá de la presencia de ciertas estructuras mentales que favorecen la percepción de agentes sobrenaturales – como indican los psicólogos cognitivistas – o la conveniencia de algunos rasgos que alientan conductas prosociales, como sugieren los evolucionistas.

Por otro lado, el fenómeno religioso – siempre elusivo y difícil de objetivar – ha sido observado a partir de sus funciones o bien de su utilidad para las personas y las sociedades. El planteamiento funcionalista ha sido siempre, al menos desde el gran sociólogo Emile Durkheim, una fuente de buena información sobre lo religioso, un acceso a esa realidad que nos revelaba, si no qué es, al menos qué hace o qué proveen las creencias y prácticas religiosas. Ciertamente, la sociología de la religión ha desarrollado varias propuestas y teorías que hoy enriquecen un repertorio denso y plural. También en nuestro tiempo la cuestión de la religión se plantea – de forma legítima – en torno a sus funciones y utilidad. Hasta cierto punto la cuestión tradicional sobre la credibilidad de una fe religiosa, como la cristiana, se expresa de forma más indirecta y práctica en términos de utilidad o de prestaciones que sirvan a personas y grupos. Si un conjunto de creencias no supera dicho test – si aportan o no algo práctico, si resuelven o no determinados problemas, entonces se vuelve irrelevante. La cultura que nos envuelve es eminentemente pragmática. De acuerdo con ella, si la religión no presta ningún servicio positivo (o si resulta en más impactos negativos que positivos) entonces no debería mantener un lugar en nuestras sociedades.

La religión se ha asociado tradicionalmente, entre otras, a tres funciones diferentes: proporcionar significado (1); prestar recursos para hacer frente a la angustia y las dificultades vividas (2), y establecer normas morales junto a la motivación para cumplirlas (3). Sin embargo, la gran difusión de una mentalidad secular comprende la religión como un conjunto de creencias y prácticas que se han vuelto superfluas, de poca o nula utilidad en las sociedades avanzadas. ¿Sigue siendo útil la religión o podemos sustituir las funciones que prestaba por medios más eficientes y actuales?

La pandemia de Covid-19 ha reactivado esta discusión: no es claro hasta qué punto la religión, al menos sus expresiones más evolucionadas y universales, todavía tiene sentido y puede ayudar en estos tiempos difíciles. Sabemos que las crisis pueden tener repercusiones en la espiritualidad y la fe. Según algunos, el humanismo renacentista surgió de la crisis multidimensional provocada por la peste, que tuvo un impacto profundo no solo en la salud pública, sino que también reestructuró la dinámica social, desafió la economía y transformó las percepciones existentes sobre ciencia y religión. Durante los peores momentos de la epidemia, los enfermos eran abandonados a su suerte incluso por sus mismas familias, lo que llevó a un marcado individualismo en los supervivientes. A la vez, se hizo patente que tanto las iglesias como la medicina de aquellos momentos eran completamente impotentes ante la infección. La confianza en ambas instituciones se vio quebrada de tal manera que el teocentrismo medieval acabó desapareciendo, y comenzó a construirse una nueva ciencia basada en la experimentación. ¿Cambiará también la pandemia de Covid el papel de la religión? Examinemos esta cuestión para cada una de sus funciones.

La primera función de la religión es la de proporcionar significado, especialmente en tiempos difíciles. El sociólogo alemán Niklas Luhmann solía atribuir a la religión la función de determinar lo indeterminado; o gestionar riesgos inmanejables (Luhmann, Funktion der Religion, 1977). Donde otros sistemas sociales agotan sus recursos debido al exceso de complejidad y a la incertidumbre, la religión acude al rescate. Como regla general, cuando aumentan la incertidumbre y el riesgo, la función de la religión se vuelve más necesaria y más difícil de reemplazar por medios seculares. Luhmann siguió madurando su teoría social de la religión para señalar después su función de contribuir a superar o desactivar las paradojas que inevitablemente surgen del funcionamiento de los sistemas sociales. Se trata de un nivel más abstracto, pero probablemente la pandemia que vivimos también pone en evidencia algunas de esas paradojas – como es el caso de abundancia y precariedad, de seguridad e incertidumbre – y puede de nuevo volver la función de la religión más necesaria.

Los estudios de la socióloga Crystal Park aportan más luz a ese respecto. Su enfoque es más empírico, y señala que la religión se convierte en una fuente de significado más necesaria cuando los medios habituales que proveen sentido a muchos se ven desbordados por las circunstancias o por crisis personales o sociales que generan demasiada tensión o se vuelven más amenazantes. Está bastante claro que la fe religiosa sigue siendo una fuente potente de significado, pero no es ni mucho menos la única. La fe religiosa coexiste con otros sistemas de proyección de sentido, o sistemas de creencias y valores, como, por ejemplo, la dimensión familiar, la realización profesional, los grandes ideales que nos motivan, las mejores amistades, o las experiencias más exaltantes que podemos vivir y sentir. La cuestión no es tanto cuál sea la fuente de sentido mejor o más segura, pues no es necesario concebirlas en competencia, o en un esquema de ‘suma cero’, sino en qué medida la fe religiosa mantiene un cierto espacio y funcionalidad cuando el sentido de la vida se construye de forma plural y a menudo un tanto fragmentada, o bien parcelada según momentos o situaciones vitales. La cuestión es en qué medida la fe religiosa mantiene un cierto espacio y funcionalidad en el contexto actual, que probablemente implica una reorganización de los sistemas de sentido [1].

La segunda función de la religión, la del afrontamiento, está estrechamente relacionada con la primera. Desde hace algunas décadas se estudia desde varios puntos de vista la capacidad de la religión para afrontar situaciones difíciles. La función de afrontamiento (religious coping) se vuelve aún más valiosa en tiempos de amenaza y angustia, de crisis (a nivel personal o social) e, intuitivamente, en la enfermedad o la proximidad de la muerte. Existe una abundante literatura científica que establece firmemente el alcance y la efectividad del afrontamiento religioso, convirtiéndose ahora en un amplio programa de investigación, que se inspira sobre todo en los trabajos pioneros de Kenneth Pargament y su equipo[2].

La situación que vivimos en estos meses confiere un valor especial a los recursos de afrontamiento, que se necesitan con carácter de urgencia cuando hay que afrontar la enfermedad en primera persona o en un ser querido -una experiencia demasiado habitual para muchos en estos tiempos convulsos. Existe evidencia anecdótica de que, para muchos, la oración ha sido más frecuente e intensa durante los tiempos de confinamiento. Encontramos también ejemplos como el artículo de Tanya Luhrmann en The New York Times, con el título “Cuando Dios es tu terapeuta”[3], señalando el papel fundamental que desempeñan muchas iglesias en el cuidado de quienes padecen trastornos psicológicos. Incluso la famosa revista The Economistseñalaba hace pocos meses la importante función que las iglesias y otras entidades sociales pueden desempeñar para hacer frente a síntomas similares al trastorno de estrés postraumático asociados al Covid-19 y su tratamiento [4]. Lo cierto es que las estrategias de afrontamiento no son exclusivas y que esa exigencia psicológica ante situaciones de gran estrés, o del creciente número de casos de depresión, ansiedad y otras patologías causadas por la prolongada pandemia, han incrementado esta necesidad[5]. De nuevo, la religión no es ni mucho menos la única estrategia de afrontamiento disponible; las redes familiares y sociales proporcionan un apoyo insustituible. La relación con la naturaleza, el deporte, el arte o la lectura pueden también proporcionar un apoyo valioso.

La tercera función que atribuimos a la religión también es tradicional: las creencias y prácticas religiosas ayudan a alimentar una actitud más responsable hacia los demás en momentos en que tal actitud es particularmente necesaria, pero no todo el mundo parece estar convencido de dichos deberes sociales. También en este caso, una gran cantidad de investigaciones ha tratado de comprender hasta qué punto la religión está relacionada con el comportamiento prosocial[6]. Cierto consenso apunta sólo a algunas religiones, las denominadas ‘Post-Axiales’ (entre las que se inscriben el cristianismo, el judaísmo, el islam o el budismo). Estas religiones enfatizan los deberes morales hacia los demás junto a la devoción religiosa o espiritual. En otras palabras, el vínculo entre religión y deber social no puede asumirse en todos los casos, pero se observa bajo ciertas condiciones que incluyen a las principales religiones que existen en la actualidad. A menudo se observa una orientación de preferencia hacia el propio grupo o los miembros de la misma religión, lo que vuelve dicha inclinación un tanto parcial. De todos modos, cabe esperar que las personas religiosas se comporten de forma más responsable y respetuosa hacia los demás, sobre todo en tiempos de emergencia sanitaria en los que se invita a la población a extremar las precauciones para no contagiar a otros. Cabe esperar que aquellos más sensibles hacia los demás, motivados por creencias religiosas más exigentes en ese campo, puedan asumir conductas más convenientes para ellos y para el conjunto de la población. En otros términos, sería previsible que una población más religiosa – en el sentido de una religión prosocial – pudiera seguir mejor las consignas que pudieran limitar los contagios.

Todas las religiones post-axiales comparten las tres funciones descritas, lo que permite conjeturar una posible convergencia interreligiosa, una tendencia que permitiría superar algunos de los problemas acuciantes asociados al exclusivismo y el fanatismo religioso, que probablemente constituyen los dos principales argumentos actuales en contra de la religión. El exclusivismo constituye una barrera lógica a la creencia religiosa (“Si una religión es cierta, entonces no pueden serlo las otras. Por tanto, ninguna es cierta”).  El fanatismo religioso sería la consecuencia más desastrosa del exclusivismo y el impacto negativo por el que muchos juzgan a la religión en su conjunto.

Sin embargo, parece cada vez más claro que las principales religiones puedan encontrarse y compartir sus propuestas más profundas, o bien reconocerse mutuamente no tanto como instancias en competencia, sino como propuestas que colaboran a varios niveles para contribuir de manera positiva a las sociedades. Las religiones, según este principio, proporcionan significado, una estrategia de afrontamiento ante el dolor y también valores para guiar las decisiones personales para el bien común. Dichas prestaciones implican una cierta convergencia hacia objetivos comunes, o bien la asunción de prioridades en momentos difíciles que obligan a relativizar otros componentes y objetivos en cada forma religiosa: ahora, lo primero es hacer frente a la pandemia, y en eso estamos todos implicados.

Aunque la religión es mucho más que estas tres funciones, y el análisis en clave funcionalista es claramente parcial, evaluarlas debería ser el primer paso para valorar qué nos aporta la religión desde un punto de vista social, y clarificar si tiene sentido en un contexto que algunos sociólogos describen como ‘postsecular’. Si la religión contribuye de manera positiva a la realización de estas funciones, entonces su papel práctico en las sociedades debería reconocerse.

Necesitamos ir más allá de una visión simplista que identifica la religión con un sentimiento espiritual vago, cercano a lo estético y desprovisto de cualquier efecto práctico. Si la fe y la experiencia religiosa no tienen un impacto práctico en la vida de las personas, entonces es que no tienen demasiado sentido. Si, por el contrario, la fe nos resulta útil o sigue prestando funciones convenientes, seguirá teniendo un papel en nuestras sociedades. Ahora bien, parece bastante claro que la función de la religión en las sociedades avanzadas evoluciona con el tiempo y según circunstancias cambiantes. La pandemia ha introducido niveles de riesgo e incertidumbre, además de un incremento de trastornos mentales, que vuelve el recurso a la dimensión religiosa más necesario, su función más urgente. La situación actual invita a superar esquemas más reductivos en el tratamiento de lo religioso, y también a ir más allá de los modelos de secularización que se concibieron a partir de una cierta concurrencia entre las agencias religiosas y entidades políticas, educativas u otras. La idea de post-secularización implica más bien alcanzar un cierto nivel de integración constructiva y de colaboración entre esos sistemas sociales, cada uno con sus propias prestaciones y servicios. Como consecuencia, la percepción que precipita el actual estado de emergencia sanitaria invita a la fe religiosa a integrarse mejor en el conjunto social y con los demás sistemas o propuestas que tratan de afrontar la presente crisis, como es el sistema sanitario, el de la investigación científica, el de información, y el de gestión política. Además, dicha integración invita a las religiones a abandonar formas exclusivistas y a asumir un formato de convergencia y colaboración de cara al bien común. Este es un punto en el que insiste el Papa Francisco y su reciente encíclica Fratelli tutti, un punto que la pandemia ha evidenciado todavía más.

Es posible que la experiencia de la pandemia haya transformado nuestra manera de entender nuestro papel en el mundo. En un contexto de sociedad del cansancio, de estrés crónico generalizado, de valorar la economía y la productividad por encima de todo, la pandemia nos ha puesto de bruces con nuestra vulnerabilidad y la de nuestros seres queridos y, lo que es más importante, con las incongruencias entre los valores y la organización de la propia vida. Muchos han sentido de manera íntima e intensa la necesidad de sentido más allá del materialismo consumista en el que nuestras sociedades llevaban décadas funcionando de manera inconsciente y cada vez más insostenible. La confianza en las instituciones se ha visto gravemente erosionada y sigue deteriorándose, al igual que nuestro sistema económico. Cuando algo se destruye es necesario sustituirlo por algo que cumpla mejor las funciones faltantes. La pandemia está transformando nuestras sociedades, nuestra economía y nuestra ciencia. Si aprovechamos las oportunidades que vengan más allá de las tragedias que nos asolan ahora, podemos construir un mundo más sostenible y justo, una economía más humana y una ciencia más humilde, prudente y transparente. La religión puede contribuir a esta tarea aportando sentido, apoyando en los momentos difíciles y fomentando la cooperación desde un marco integrador. Esperamos que así sea.

Sara Lumbreras y Lluis Oviedo

Fronterasctr – Cátedra Ayala CTR

 [1]Park, Crystal L. “Making sense of the meaning literature: an integrative review of meaning making and its effects on adjustment to stressful life events.” Psychological bulletin 136.2 (2010): 257.

[2]The psychology of religion and coping: theory, research, practice. Kenneth I. Pargament. Guilford Press, New York, 1997.

[3]https://www.nytimes.com/2013/04/14/opinion/sunday/luhrmann-when-god-is-your-therapist.html

[4]https://www.economist.com/international/2020/08/29/worldwide-covid-19-is-causing-a-new-form-of-collective-trauma

[5]LixiaGuo,  MingzhouYu,WenyingJiang, HaiyanWang,Thepsychological and mental impact of coronavirus disease 2019 (COVID-19) on medical staff and general public – A systematic review and meta-analysis, Psychiatry Research291 (2020) 113190; https://doi.org/10.1016/j.psychres.2020.113190

[6]Para revisiones de la extensa bibliografía disponible: Preston, Jesse Lee, Ryan S. Ritter, and J. Ivan Hernandez (2010), Principles of Religious Prosociality: A Review and Reformulation, Social and Personality, Psychology Compass4/8: 574–590;Galen, Luke. W. (2012). Does religious belief promote prosociality? A critical examination. Psychological Bulletin, 138, 876 –906.

Sara Lumbreras es profesora de la Escuela Superior de Ingeniería (ICAI) e investigadora del Instituto de Investigación Tecnológica (IIT) de la Universidad Pontificia Comillas. Además es miembro del Consejo Asesor de la Cátedra Francisco José Ayala de Ciencia, Tecnología y Religión.

Lluis Oviedo es profesor de la Universidad Antonianum de Roma y colaborador de la Cátedra Francisco José Ayala de Ciencia, Tecnología y Religión.

Fuente Fe Adulta

Budismo, Cristianismo (Iglesias), General, Hinduísmo, Islam, Judaísmo , ,

El pionero imán gay Muhsin Hendricks, entrena a líderes religiosos musulmanes sobre género y sexualidad durante la pandemia

Martes, 29 de diciembre de 2020

image_1El imán gay Muhsin Hendricks

Un imán gay pionero está enseñando a los musulmanes sudafricanos sobre la sexualidad y la identidad de género en el Islam durante la pandemia del coronavirus.

El imán Muhsin Hendricks, de 53 años, fue uno de los primeros imanes del mundo en declarar públicamente su homosexualidad en 1998, según Reuters, y se ha propuesto iniciar conversaciones sobre temas LGBT + en el Islam.

En 2004 fundó The Inner Circle, una organización de derechos humanos con sede en Ciudad del Cabo que ayuda a “musulmanes queer a reconciliar el Islam con su sexualidad” y su identidad de género.

También dirige talleres para imanes en África, ayudándolos a desarrollar una comprensión inclusiva del género y la sexualidad dentro del Islam.

Explicó: “Implica un reexamen de lo que significa ser musulmán … Me concentro en la compasión, los valores, la fe más que en los rituales y sectas que nos dividen. Es necesario desaprender mucho [pero] es asombroso lo que se les ocurre a los imanes. Aportan investigación y contexto y lo combinan con el texto religioso, y están estos momentos de ‘¡ajá!’”.

Este trabajo es vital en África, donde la homosexualidad aún es ilegal en 32 de 54 países, y Sudáfrica es el único país del continente que permite el matrimonio entre personas del mismo sexo.

Pero cuando comenzó la pandemia de coronavirus, Hendricks temió que sus talleres tuvieran que detenerse. Dijo: “Es un gran desafío dar esperanza cuando las personas están experimentando soledad, pérdidas económicas y baja autoestima en la época de COVID. Pero tuvimos que lograrlo “.

Hendricks logró alterar los talleres, organizando sesiones en línea para imanes en otros países y reuniones socialmente distanciadas para aquellos en Sudáfrica.

La experiencia le ha enseñado, dijo, la importancia de continuar el diálogo sin dejar de estar seguro. Dijo: “Seamos seguros, lavemos las manos, usemos máscaras, pero no dejemos de participar. Si continuamos haciendo lo que tenemos que hacer, lo lograremos “.

A principios de este mes, Hendricks se unió a cientos de líderes religiosos de todo el mundo para firmar una declaración organizada por la Fundación Ozanne diciendo que las personas LGBT + “son una parte preciosa de la creación” y pidiendo una prohibición global de la terapia de conversión.

Más: imán gay, Islam, Muhsin Hendricks, Sudáfrica

Fuente Pink News

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Consuelo Vélez: Y llegamos a Navidad ¡con la pandemia a cuestas!

Jueves, 24 de diciembre de 2020

llegamos-Navidad-pandemia-cuestas_2295980381_15161048_660x371De su blog Fe y Vida:

“Asume la humanidad desde los más vulnerables y así continuará a lo largo de su vida”

“Ha sido un año para constatar la fragilidad, la limitación, la vulnerabilidad humana. Tal vez esta circunstancia nos ayude a entender la vulnerabilidad del Niño que nace”

“Jesús se hace ser humano con todas las consecuencias. No es una encarnación aparente o simbólica, es real y asume las circunstancias tal y como ellas son, buscando caminos para superarlas”

“Navidad nos introduce en esa lógica de Dios. Nos invita a mirar el mundo desde los más pobres, todos aquellos que viven en los pesebres de hoy porque no tienen trabajo, casa, educación, salud, alimento”

“Navidad es la esperanza renovada de que llegarán tiempos de pospandemia y nuestro mundo podrá ser distinto para entonces”

Este año hemos vivido en medio de la pandemia del covid-19, sin que lo hubiéramos esperado, ni imaginado. El mundo entero se ha visto afectado y se ha sentido impotente para detener el avance. Con mucho empeño se ha buscado una vacuna, pero ha sido un año para constatar la fragilidad, la limitación, la vulnerabilidad humana. Tal vez esta circunstancia nos ayude a entender la vulnerabilidad del Niño que nace, “en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón” (Lc 2, 7).

Pero esa vulnerabilidad no es lo más relevante de nuestras celebraciones de navidad. Por lo general, es un tiempo lleno de alegría, esperanza, festejos, regalos, que expanden el corazón y animan el espíritu. Todo esto es muy positivo y el ciclo litúrgico de adviento/navidad así lo expresa. Sin embargo, ese ambiente festivo puede impedirnos ver el nacimiento de Jesús como realmente fue. Su encarnación no llegó con festejos, ni fue esperada por las élites representativas de su tiempo. El evangelio de Lucas nos aproxima a lo que en realidad fue: Jesús nace en un lugar apartado y los que lo reconocen son los pastores del lugar: personas insignificantes en ese contexto, que no tienen mucho que ofrecerle, más que la sencillez de su vida (Lc 2, 8-18).

Esto marca la vida de Jesús y el lugar desde el que se sitúa para ejercer su misión. Asume la humanidad desde los más vulnerables y así continuará a lo largo de su vida. Incluso, cuando sus oponentes deciden asesinarlo lo hacen con el peor castigo -la cruz- que solo se infringía a los “malditos por Dios” (Dt 21,23; Gál 3,13).

Ahora bien, a los pastores se les anuncia la llegada del Niño, como “una gran alegría que lo será para todo el pueblo: hoy ha nacido, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor” (Lc 2, 10-11). Esa es la paradoja de nuestra fe: desde la vulnerabilidad confesamos el poder de Dios; desde la pobreza, reconocemos la riqueza divina: “Conocen la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por ustedes se hizo pobre, a fin de que se enriquezcan con su pobreza” (2 Cor 8, 9).

Tal vez este año lleno de incertidumbres, sufrimiento, pobreza, carencias, nos abra los ojos a la verdadera humanidad de Jesús y logremos entender mejor el misterio de su encarnación y la salvación que Él nos trae.  Jesús se hace ser humano con todas las consecuencias. No es una encarnación aparente o simbólica, es real y asume las circunstancias tal y como ellas son, buscando caminos para superarlas. En eso consiste la predicación de Jesús.

En un pueblo que excluía a muchos, inclusive en nombre de Dios, Él viene a anunciarles que Dios no quiere esa realidad y por eso invita a todos a sentarse en la mesa del Reino, comenzando por los últimos, por los que menos posibilidades tienen. Precisamente Él se hace uno de ellos para empezar “desde abajo”, haciendo efectiva la inclusión de los más pobres y marginados.

Navidad nos introduce en esa lógica de Dios. Nos invita a mirar el mundo desde los más pobres, todos aquellos que viven en los pesebres de hoy porque no tienen trabajo, casa, educación, salud, alimento, en otras palabras, los derechos fundamentales para una vida digna. Navidad nos confronta con la injusticia del mundo que deja a tantos en la insignificancia y en las márgenes. Navidad, desde la experiencia de la pandemia, nos hace mirar las consecuencias de las estructuras que sostienen nuestro mundo actual en las que unos pocos gozan de todos los beneficios y la mayoría solo puede comer las migajas que caen de las mesas de los dueños o mejor de los que se apoderaron de los bienes de la tierra, que en justicia deberían ser de todos.

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La pandemia ha dejado en evidencia esta injusta realidad de nuestro mundo. Demasiadas muertes porque los hospitales, por lo general, no tienen la infraestructura para contener casos como estos ya que solo se accede a buenos servicios si se paga grandes cantidades de dinero por una salud privada.

Demasiadas personas sin una casa digna para vivir la cuarentena y ha contrastado, por ejemplo, las grandes mansiones desde donde algunos artistas brindaron conciertos por internet, con aquellos barrios marginales, de calles llenas de gente, porque en la habitación en que vive toda una familia, es imposible estar encerrados, cuidándose del virus.

Tantas otras realidades quedaron evidentes en este año de pandemia y esto es lo que podemos traer en esta navidad para vivirla con la profundidad que el misterio de la encarnación supone. Si los reyes magos trajeron incienso, oro y mirra (Mt 2, 11-12), nosotros traemos un año lleno de dolor, muerte, enfermedad, temor, incertidumbre, pero también, lleno de solidaridad, de fortaleza, de esperanza, de apuesta por la vida. Ahora bien: ¿qué buena noticia nos trae el Niño que nace?

Navidad alienta la esperanza de que este mundo, tal y como ha manifestado ser en esta pandemia, tiene que cambiar para mejor. El Niño del pesebre ha venido para quedarse entre nosotros y acogerlo es construir un futuro que esté preparado para afrontar mejor la vulnerabilidad humana y, sobre todo, para garantizar -desde ahora- las condiciones necesarias para cuidar la vida en pandemia y sin ella, en tiempos difíciles y en tiempos fáciles. En otras palabras, Navidad es la esperanza renovada de que llegarán tiempos de pospandemia y nuestro mundo podrá ser distinto para entonces.

(Foto tomada de: https://periodicolaultima.com/2016/12/24/nino-jesus-en-el-pesebre/)

Biblia, Espiritualidad ,

Jesús Espeja: “¿Es posible una Navidad en tiempos de pandemia?”

Lunes, 21 de diciembre de 2020

32EA68FF-071D-4EE3-851E-AFBB74C373FCDe su blog La Iglesia se hace diálogo:

Celebrar estas fiestas desde nuestra experiencia de la fragilidad

“Esta dura y realista experiencia llega cuando, sin negar que hay muchos auténticos creyentes cristianos en la sociedad española, no solo la Iglesia es cada vez más echada fuera de la cultura, sino que entre los mismos bautizados son crecientes la indiferencia y el agnosticismo”

“Otros años en Navidad hemos celebrado la presencia de Dios en y con nosotros como ternura, relación de amor, abrazo de afecto y reconciliación entre todos. Este año podemos celebrarla en la experiencia de nuestra fragilidad”

En los desastres de la Pandemia experimentamos nuestra fragilidad. No solo es la incógnita de siempre ante la muerte. Es el miedo, la inseguridad, el dolor ante tanto sufrimiento, la impotencia para inmunizar al virus y para curar las heridas abiertas en nuestra organización social. El horizonte se oscurece y no es fácil mirar confiadamente al porvenir.

Aunque la celebración de Navidad había entrado ya en la lógica de la comercialización, y para muchos se había diluido su significado religioso, era oportunidad para despertar los sentimientos de amor y de amistad. Este año, por la pandemia, la situación ha cambiado. Apenas podremos tener reuniones e intercambios presenciales con familiares. Ni siquiera los más devotos podrán participar en celebraciones religiosas comunitarias como en otros años. Pero todos estamos viviendo una experiencia común: nuestra fragilidad, la certeza de que la vida terrena es perecedera y el empeño por superar esta tragedia. Esta dura y realista experiencia llega cuando, sin negar que hay muchos auténticos creyentes cristianos en la sociedad española, no solo la Iglesia es cada vez más echada fuera de la cultura, sino que entre los mismos bautizados son crecientes la indiferencia y el agnosticismo.

La pandemia no distingue pulmones de ricos y pobres.Todos los humanos somos una sola familia que hoy sufre la indefensión.   En 1947 A. Camus escribió “La Peste” una significativa novela que sigue teniendo actualidad. Al mismo tiempo que plantea con agudeza el tema del sufrimiento, sugiere la necesidad de cambiar nuestra forma de vida. Estamos viendo que la fuente de nuestro yo, lo que nos da consistencia, no es el dinero, ni el poder ni la buena salud u otras muletas que fallan cuando un virus microscópico nos invade ¿Por dónde tirar?

Es la hora en que todos nos sintamos solidarios, y explicitemos qué pensamos sobre el sentido y el destino de nuestra vida tan maltratada por desgracias y tan machacada por el sufrimiento. No faltan distintas respuestas. Entre ellas, y cuando ya parece que el cristianismo social se diluye, tiene actualidad y puede ser oferta para todos la fe o experiencia cristiana en la celebración de Navidad.

Distintas salidas

Seamos conscientes o no, todos llevamos dentro la tensión: experimentamos múltiples limitaciones, pero somos ilimitados en nuestros deseos; todos queremos más”, decía una canción de hace años más”. Muchos, tarados por el materialismo práctico, no quieren saber nada de esa tensión, y otros oprimidos por la miseria no tienen tiempo para pensar en ella. Pero en la sociedad de bienestar cada vez es más notoria la falta de sentido. Se va perdiendo confianza de que el progreso saciara plenamente ya en la tierra los deseos del ser humano. Algunos creen que la vida no tiene significación propia y se resignan la felicidad momentánea que les brinda el momento presente.

Pero la crisis de sentido es problema de nuestro tiempo. Por eso en los últimos años la búsqueda sentido u horizonte donde inscribir todos los proyectos ha pujado en muchas manifestaciones. En el fondo es el diálogo con ese misterio que nos envuelve, con el cual necesitamos reconciliarnos y que en las religiones se llama Dios. Según el contenido que se dé a esa palabra, tenemos distintas salidas al interrogante sobre el sentido de la vida humana con el aguijón del sufrimiento.

 No es posible aceptar la existencia de un Dios todopoderoso y bueno cuando no quita el sufrimientoque destruye a los seres humanos. Fue ya el argumento del filósofo griego Epicuro que todavía tiene vigencia en muchos. Claro que ese filósofo partía de una divinidad fabricada por él. Además aunque eliminemos la existencia de Dios no eliminamos el mal ni el sufrimiento.

En algunas corrientes religioso-filosóficas como solución al sufrimiento se ha propuesto la renuncia a todo deseo, pues el sufrimiento viene de no conseguir lo que se ansía. Muerto el perro se acabó la rabia. Pero el deseo es constitutivo del existencia humana y hay deseos muy laudables.

Una interpretación ya superada en la Biblia: el mal es castigo de Dios por nuestras fechorías. Pero el Libro de Job lo desmiente. Su autor es un creyente judío que trae a Job como figura universal del inocente que se ve maltratado y pregunta dónde está Dios que no interviene Job es “hombre íntegro que teme a Dios y se guarda del mal”; su conciencia le dice que es inocente. Sin saber por qué empiezan a llegarle desastres y desgracias hasta reducirlo a la miseria. Se acercaron sus amigos sabios y , al ver su deterioro en un primer momento, se quedan mudos: estuvieron siete días y siete noches sin dirigirle la palabra”; el sufrimiento del inocente recomienda silencio, ¿ quién es capaz de explicarlo? Pero Job grita cada vez con más fuerza: “Desaparezca el día en qué nací; no tengo paz ni calma ni descanso y me invade la turbación”. Se pone el tema sobre el tapete para el debate de los sabios que, siguiendo la tradición, exculpan a Dios y culpan Job; sus males deben ser castigo por su mala conducta o la de mala conducta de sus parientes. Pero desde su conciencia Job reacciona contra esa interpretación tradicional . Lo que dicen los sabios representantes de la tradición son “argumentos de polvo y réplicas de barro”, “palabras vacías”. Pero ¿cómo deshacer sus argumentos?

Job dice a sus amigos sabios que conoce bien sus explicaciones: “lo sé tan bien como vosotros, en nada me aventajáis”. Decide enfrentarse al Poderoso:”quiero defenderme; presento mi causa porque sé que tengo razón”. El Todopoderoso acepta el reto diciendo voy a interrogante y tu responderás”. Y en seguida vienen unas preguntas de la Sabiduría: “¿Dónde estabas tu cuando fundaba yo la tierra? ¿quién fijó sus medidas? ¿has penetrado hasta las fuentes del mar?¿has circulado por el fondo del abismo?” “¿el censor de Dios va a replicar aún?”. Y Job responde: “Yo te conocía solo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos; por eso retracto mis palabras”. En realidad Job no ha visto más que la incomprensibilidad de Dios. No llevan razón los sabios   que pretenden interpretar el sufrimiento como castigo de Dios ni Job que le hace responsable de los males   sufridos por el inocente.

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Fotografía Levante-EMV

En 1995 salió un interesante libro “¿Quién es creyente en España de hoy?” Y se constaba la variedad y la confusión que hoy son aún mayores. Hay bautizados que practican la religión, otros que no practican, bautizados y sin embargo en la indiferencia religiosa o en el agnosticismo .Sin embargo en muchos de estos bautizados practicantes o no sigue la visión descartada en el Libro de Job: el mal y el sufrimiento son efecto de nuestros pecados que merecen el castigo de Dios. Tenemos que soportarlos como sacrificio para reparar el honor de la divinidad ofendida; muriendo en la cruz, Jesús de Nazaret nos ha dado ejemplo. Esa interpretación no cuadra con el Evangelio: Dios es amor y nos ama también cuando somos pecadores.

Desde la fe o experiencia cristiana

El mal y el sufrimiento van anejos a nuestra condición de criaturas racionales. Como criaturas somos limitados. Como racionales abrigamos un deseo de infinitud sin dolor ni muerte. Al no poder satisfacer ya ese deseo, experimentamos no solo el dolor corporal sino el sufrimiento que es dolor del alma. Esa condición nos constituye. Pero estamos en proceso de realización, y en ese proceso sí es decisiva la presencia del Creador que también nos constituye. Mientras vamos de camino el mal y el sufrimiento pueden ser espacio para abrirnos a esa Presencia de amor en que habitamos y para crecer en más humanidad.

Los cristianos  hemos conocido Dios en el acontecimiento Jesucristo, en su vida, muerte y victoria sobre la muerte. Y la conducta humana de Jesús no se explica sin la intimidad con el “Abba”, presencia entrañable de amor. Jesús experimentó y se abrió incondicionalmente a esa Presencia: “no estoy solo porque el Padre esta conmigo”, “mi alimento es hacer su voluntad . Esa apertura en el amor, que le agradó y le sostuvo, supuso un éxodo del egocentrismo, el dolor de renunciar a muchas falsas seguridades y aceptación de situaciones conflictivas que implicaron sufrimiento. Los relatos evangélicos traen amplias catequesis sobre las tentaciones de Jesús y reflejan con toda claridad el dolor del Inocente condenado. En ese trance de oscuridad y de fracaso cabe preguntar:¿dónde estaba Dios? No estaba en el cielo contemplando el crimen como reparación de su honor ofendido. Tampoco estaba inactivo con los brazos cruzados ante la imposibilidad de hacer algo. Estaba dentro del Crucificado dándole fuerza y aliento para que el amor se manifestara con toda su intensidad y pureza en la entrega dolorosa y libre a favor de los demás. En la cumbre de la humillación y de la burla, Jesús confía en Dios y se da por amor. El cuarto evangelista concluye: “ahí tenéis al hombre”. La humanidad que a través del sufrimiento ha madurado en el amor.

Según la fe cristiana, la conducta Jesús de Nazaret revelaplenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación” que incluye dos vertientes. Primera, crecer en el amor; estamos hechos para el don; prueba de ello es que el amor, lo más válido y valorado de nuestra existencia humana, nos saca de nosotros mismos y nos lleva sin remedio al otro: y esta salida implica éxodo del “ego”, renuncia y sufrimiento donde el amor prueba su verdad y madura. Segunda, en nuestro sufrimiento con amor, Dios mismo en nosotros y con nosotros, promueve la plena realización de la humanidad.

La salvajada contra la raza judía en el corazón de Europa fue tan execrable mientras el Todopoderoso parecía estar al margen, que algunos se preguntaban “ si después de Auschwitz podemos seguir creyendo en Dios”. Pero el neurólogo Viktor Frankl, que sufrió las atrocidades en el campo de exterminio comenta: “Mis experiencias me permiten afirmar que en Auschwitz recuperó su fe más gente y la fortalecieron más personas -por supuesto a pesar de Auschwitz -que cuantos allí la perdieron. No vale decir cómo Dios permitió tantas atrocidades, sino cómo el ser humano es capaz de hacer tales crueldades que Dios presencia de amor sufre en la cerrazón de los verdugos y en el dolor de las víctimas”. Elie Wiesel narra la cruel represalia en el campo nazi de extermino: un niño colgado en la horca. “¿Dónde está Dios, preguntó alguien detrás de mí. Y en mi interior escuché una voz que respondía: pues aquí colgado en está horca”.

Dios no puede impedir el sufrimiento anejo a nuestra condición y sólo con nuestra colaboración, cuando nos dejamos transformar por su Presencia de amor, el sufrimiento pierde su aguijón. En esta perspectiva se comprende la experiencia de Etty Hillesun, una mística judía víctima de la barbarie nazi. Mientras está sufriendo las mayores vejaciones con otros judíos redacta un diario buscando la presencia de Dios en medio del sufrimiento. “dentro de mí hay un pozo sin fondo, y ahí dentro está Dios” “Sólo una cosa es para mí cada vez más evidente: que tú no puedes ayudarnos, que debemos ayudarte a ti, y así nos ayudaremos a nosotros mismos. Es lo único que tiene importancia en estos tiempos, Dios: salvar un fragmento de ti en nosotros. Tal vez así podamos hacer algo por resucitarte en los corazones desolados de la gente. Sí, mi Señor, parece ser que tú tampoco puedes cambiar mucho las circunstancias; al fin y al cabo, pertenecen a esta vida…Y con cada latido del corazón tengo más claro que tú no nos puedes ayudar, sino que debemos ayudarte nosotros a ti y que tenemos que defender hasta el final el lugar que ocupas en nuestro interior…”

Celebrar Navidad en la fragilidad

Otros años en Navidad hemos celebrado la presencia de Dios en y con nosotros como ternura, relación de amor, abrazo de afecto y reconciliación entre todos. Este año podemos celebrarla en la experiencia de nuestra fragilidad.

En el nacimiento de Jesucristo los cristianos percibimos la presencia de lo divino en lo humano. En estos aciagos tiempos de pandemia, debemos discernir la presencia benevolente de Dios en los anhelos de vida, en los gestos de solidaridad y en búsqueda de soluciones. Y ofrecer el significado de Navidad : “paz a los todos seres humanos porque Dios los ama”. La fuente de nuestro yo, lo que nos da consistencia es que somos incondicionalmente amados. Nos habita una Presencia de amor que siempre nos da fuerza para levantarnos de nuestras propias cenizas.

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En Chile, la pandemia metió en el closet a muchas personas LGBT+

Sábado, 19 de diciembre de 2020

750x336xsalir-del-closet-coming-out-e1417514202872.jpg.pagespeed.ic.Lvy0A2Gp3WPor Erika Montecinos*

Hay muchos desafíos para las comunidades LGBTIQ+ cuando se desatan emergencias y, sobre todo, en una crisis de salud pública como la que hemos vivenciado este 2020. Con esta columna quiero exponer mi perspectiva como mujer lesbiana y coordinadora de la Agrupación LésBIca Rompiendo El Silencio, en lo que han sido las crisis sociales y económicas que se han desatado en Chile, donde nuevamente las más invisibilizadas son las comunidades LGBTIQ+.

Hoy la pandemia nos obliga al encierro, las precauciones, las medidas, a no confiar en quienes tienes cerca y, si bien, para algunes puede ser una oportunidad para parar un poco ante la vorágine de la vida diaria de consumismo que llevábamos, para otres el encierro se convierte en un calvario. Le pasa a las mujeres cisgénero que obligadamente conviven con un agresor y deben asumir dobles, hasta triples tareas con el teletrabajo y les hijes de los cuales hacerse cargo.

Las recientes encuestas revelan lo que todes sabemos: un porcentaje muy bajo de esos maridos ayuda en las labores de la casa a su compañera en pandemia. Asimismo, las parejas del mismo sexo también cargan con problemáticas de violencia proveniente de los roles impuestos y cuya invisibilidad en este contexto les juega más en contra.

Pero también existe la realidad poco difundida de les jóvenes lesbianas, bisexuales, gays y trans que deben convivir o volver con su familias en pandemia. En este contexto, se ha denunciado aumento de violencia en el entorno, en que se suman algunos familiares que les agreden por su forma de sentir, vestir o expresarse. La familia que debería ser tu refugio en tiempos de crisis, se convierten para LGBTIQ+ en sus principales verdugos. Así, por ejemplo, se comienzan a conocer casos como el de una joven lesbiana amenazada de violación correctiva por su padrastro o de un joven gay cuya tía y primas con las cuales convive, se burlan de su expresión de género. Realidades que no se consideran en las políticas públicas o si se hacen, se realizan desde el total desconocimiento de las realidades propias de comunidades marginadas.

Frente a este abandono, el contexto actual se ha transformado en el regreso a un closet obligatorio y asfixiante. Las comunidades LGBTIQ+ necesitan contención y apoyo. El Estado de Chile aún no da cabida plena a las personas LGBTIQ+, las invisibiliza, no las muestra o, peor aún, cuesta mucho que impulse cambios legales para mejorar sus condiciones de vida. Al menos en Chile, el Senado ha tomado cartas en el asunto y ha promovido la instalación de una mesa en que se abordan estos temas en conjunto con la sociedad civil. En dicha mesa se construyó una agenda de género y diversidad sexual en contexto COVID, de la cual, pese a las buenas intenciones de la senadora Adriana Muñoz, no ha visto aún su impacto en el gobierno con alguna política pública. ¡Es más! La subsecretaria de derechos humanos no tenía idea de la existencia de esta agenda. Insólito.

Entonces, es necesario tener una mirada más amplia de aquellas políticas que se llevan a cabo. Países como Argentina han incorporado en sus servicios esa mirada; es decir, visibilizan y entienden que la disidencia sexual debe ser considerada con sus propias problemáticas y especificidades. Como Agrupación exigimos que las medidas propuestas tengan una mirada interseccional, eso quiere decir que se incluyan en las experiencias y realidades de las mujeres, la clase, la raza, la orientación sexual, la identidad y la expresión de género, porque todas ellas son diferentes y diversas manifestaciones de violencia que no están visibilizadas ni nombradas. Es momento de abrir #ElOtroCloset, conversar, visibilizar y tomar cartas en el asunto.

*Coordinadora Agrupación Lésbica Rompiendo el Silencio

Fuente Agencia Presentes

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Leonardo Boff: “La idea-fuerza de la cultura moderna era y sigue siendo el poder como dominación de la naturaleza, de otros pueblos, de todas las riquezas”

Viernes, 18 de diciembre de 2020

Huellas-barro_1221487877_11887785_660x371“De pronto nos dimos cuenta de que el virus no vino del aire y no puede ser pensado en forma aislada, sino dentro de su contexto: vino de la naturaleza”

“El proceso industrialista destruyó el hábitat de cientos y cientos de virus que se encontraban en los animales e incluso en los árboles”

“El cuidado implica una relación afectuosa con las personas y con la naturaleza; es amigo de la vida, protege y da paz a todos los que están alrededor” 

En los días actuales, especialmente durante el aislamiento social, debido a la presencia peligrosa del coronavirus, la humanidad despertó de su sueño profundo: empezó a oír los gritos de la Tierra y los gritos de los pobres y la necesidad de cuidarnos unos a otros y también a la naturaleza y a la Madre Tierra. De pronto nos dimos cuenta de que el virus no vino del aire y no puede ser pensado en forma aislada, sino dentro de su contexto: vino de la naturaleza. Es la respuesta de la Madre Tierra al antropoceno y el necroceno, es decir, a la destrucción sistemática de vidas, debida a la agresión del proceso industrialista, en una palabra, al capitalismo globalizado.

Este avanzó sobre la naturaleza, deforestando miles de hectáreas en el Amazonas, en el Congo y en otros lugares donde se encuentran las selvas y bosques húmedos. Esto destruyó el hábitat de cientos y cientos de virus que se encontraban en los animales e incluso en los árboles. Saltaron a otros animales y de estos a nosotros.

Como consecuencia de nuestra voracidad incontrolada, cada año desaparecen cerca de cien mil especies de seres vivos, después de millones de años de vida en la Tierra y todavía, según datos recientes, un millón de especies vivas corren el riesgo de desaparecer.

La idea-fuerza de la cultura moderna era y sigue siendo el poder como dominación de la naturaleza, de otros pueblos, de todas las riquezas naturales, de la vida e incluso de los confines de la materia. Esta dominación ha causado las amenazas que pesan actualmente sobre nuestro destino. Esta idea-fuerza tiene que ser superada. Bien dijo Albert Einstein: “la idea que creó la crisis no puede ser la misma que nos saque de la crisis; tenemos que cambiar”.

La alternativa será esta: en lugar del poder como dominación tenemos que poner la fraternidad y el cuidado necesario. Estas son las nuevas ideas-fuerza. Como hermanos y hermanas, todos somos interdependientes y debemos amarnos y cuidarnos unos a otros. El cuidado implica una relación afectuosa con las personas y con la naturaleza; es amigo de la vida, protege y da paz a todos los que están alrededor.

Si el poder como dominación significaba el puño cerrado para someter, ahora ofrecemos la mano extendida para entrelazarla con otras manos, para cuidar y abrazar afectuosamente. Esta mano cuidadosa traduce un gesto no agresivo hacia todo lo que existe y vive.

Por lo tanto, es urgente crear la cultura de la fraternidad sin fronteras y el cuidado necesario que une todo. Cuidar todas las cosas, desde nuestro cuerpo, nuestra psique, nuestro espíritu, a los demás y más cotidianamente la basura de nuestras casas, el agua, los bosques, los suelos, los animales, a unos y otros, empezando por los más vulnerables.

Sabemos que todo lo que amamos, lo cuidamos, y todo lo que cuidamos también lo amamos. El cuidado cura las heridas del pasado e impide las futuras. En este contexto urgente cobra sentido uno de los más bellos mitos de la cultura latina: el mito del cuidado.

“Cuidar desde nuestro cuerpo, nuestra psique, nuestro espíritu, a los demás y más cotidianamente la basura de nuestras casas, el agua, los bosques, los suelos, los animales”

Cierto día, caminando a la orilla de un río, Cuidado vio un trozo de barro. Fue el primero en tener la idea de tomar algo de ese barro y darle la forma de un ser humano. Mientras contemplaba, contento consigo mismo, lo que había hecho, apareció Júpiter, el dios supremo de los griegos y romanos. Cuidado le pidió que soplara espíritu en la figura que acababa de modelar. A lo que Júpiter accedió de buen grado. Pero cuando Cuidado quiso dar un nombre a la criatura que había diseñado, Júpiter se lo prohibió. Dijo que esta prerrogativa de imponer un nombre era misión suya. Cuidado insistía en que tenía este derecho al haber pensado primero y moldeado la criatura en forma de un ser humano.

Mientras Júpiter y Cuidado discutían acaloradamente, apareció de repente la diosa Tierra. También ella quería darle un nombre a la criatura, ya que, según ella, estaba hecha de arcilla, material del cuerpo de la Tierra. Se produjo una discusión general sin llegar a un consenso.

De común acuerdo, pidieron al antiguo Saturno, llamado también Cronos, fundador de la edad de oro y de la agricultura, que actuara como árbitro. Apareció en escena y tomó la siguiente decisión que a todos les pareció justa: “Tú, Júpiter, le has dado el espíritu; por lo tanto, recibirás este espíritu de vuelta cuando esta criatura muera”. “Tú, Tierra, le has dado el cuerpo; por lo tanto, recibirás también el cuerpo de vuelta cuando esa criatura muera”. “Como, tú, Cuidado, fuiste quien dio forma a esa criatura, ella permanecerá bajo tu cuidado mientras viva”. “Y como no hay consenso entre ustedes sobre el nombre, decido yo: esta criatura se llamará Hombre (ser humano), es decir, hecho de humus, que significa tierra fértil”.

Veamos la singularidad de este mito. El cuidado es anterior a cualquier otra cosa. Es anterior al espíritu y anterior a la Tierra. En otras palabras, la concepción del ser humano como compuesto de espíritu y cuerpo no es originaria. El mito es claro al afirmar que “fue Cuidado el que primero moldeó la arcilla en forma de un ser humano”.

El cuidado aparece como el conjunto de factores sin los cuales el ser humano no existiría. El cuidado constituye esa fuerza original de la que brota y se alimenta el ser humano. Sin cuidado, el ser humano seguiría siendo sólo un muñeco de arcilla o un espíritu desencarnado y sin raíz en nuestra realidad terrestre.

Cuidado, al moldear al ser humano, empeñó amor, dedicación, devoción, sentimiento y corazón. Tales cualidades pasaron a la figura que él proyectó, es decir, a nosotros, los seres humanos. Estas dimensiones entraron en nuestra constitución como un ser amoroso, sensible, afectuoso, dedicado, cordial, fraternal y lleno de sentimiento. Esto hace que el ser humano emerja realmente como humano.

Cuidado recibió de Saturno la misión de cuidar al ser humano durante toda su vida. De lo contrario, sin cuidado, no subsistiría ni viviría. Efectivamente, todos somos hijos e hijas del infinito cuidado de nuestras madres. Si no nos hubieran acogido con cariño y cuidado, no hubiéramos sabido cómo salir de la cuna a buscar nuestra comida. En poco tiempo habríamos muerto, porque no tenemos ningún órgano especializado que garantice nuestra supervivencia.

El cuidado, por lo tanto, pertenece a la esencia del ser humano. Pero no sólo eso. Es la esencia de todos los seres, especialmente de los seres vivos. Si no los cuidamos, se marchitan, poco a poco van enfermando y finalmente mueren. Lo mismo ocurre con la Madre Tierra y todo lo que existe en ella. Como bien dijo el Papa Francisco en su encíclica que tiene como subtítulo “Cuidando de la Casa Común”: “debemos alimentar la pasión por el cuidado del mundo”.

El cuidado es también una constante cosmológica. Bien dicen los cosmólogos y los astrofísicos: si las cuatro fuerzas que sostienen todo (la gravitatoria, la electromagnética, la nuclear débil y la nuclear fuerte) no se hubieran articulado con extremo cuidado, la expansión sería demasiado enrarecida y no habría densidad para originar el universo, nuestra Tierra y a nosotros mismos. O bien sería demasiado densa y todo explotaría en cadena y no existiría nada de lo que existe. Y ese cuidado preside el curso de las galaxias, las estrellas y todos los cuerpos celestes, la Luna, la Tierra y nosotros mismos.

Si vivimos la cultura y la ética del cuidado, asociado al espíritu de hermandad entre todos, también con los seres de la naturaleza, habremos colocado los fundamentos sobre los cuales se construirá un nuevo modo de relacionarnos y de vivir en la Casa Común, la Tierra. El cuidado es la gran medicina que nos puede salvar y la hermandad general nos permitirá la siempre deseada comensalidad y el amor y el afecto entre todos. Entonces continuaremos brillando y desarrollándonos en este bello planeta.

Esta consideración sobre el cuidado concierne a todos los que cuidan de la vida en su diversidad y del planeta, especialmente ahora, bajo la pandemia de la Covid-19: el cuerpo médico, los enfermeros y enfermeras y todo el personal que trabaja en los hospitales, pues el cuidado esencial cura las heridas pasadas, impide las futuras y garantiza nuestro futuro de nuestra civilización de hermanos y hermanas, juntos en la misma Casa Común.

Traducción de Mª José Gavito Milano

 Fuente Religión Digital

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Vacuna

Viernes, 11 de diciembre de 2020

vacunaSe nos cambia la cara. Oímos que es posible que para principios de año haya vacunas contra el Covid. Y nos alegramos. Nos viene el ánimo. Cambiamos de gesto.

Una vacuna es una preparación destinada a generar inmunidad adquirida contra una enfermedad estimulando la producción de anticuerpo. Necesitamos inmunizarnos contra ese virus. Es grande el esfuerzo de cientos de científicos que están realizando su invento para conseguir distintas vacunas que sirvan a toda la humanidad.

Es un gesto admirable y animador. Y es de alabar y agradecer que tantas personas dedicadas a la ciencia y a la investigación trabajen día y noche para ayudar a la humanidad. Seguramente que todos queremos ser los primeros en beneficiarnos de esa vacuna. Sería deseable que se empiece por los más vulnerables. Y no olvidemos que vulnerables son las personas del tercer mundo y de los países pobres, aunque no tengan recursos para pagar los costes. Ya hay comités para ver cómo se distribuye ese remedio. Espero que se haga con justicia y mirando siempre el bien común, especialmente de los más débiles. Para ello hará falta que primero nos pongamos toda la humanidad la vacuna de la fraternidad y el amor mutuo.

A lo largo de la historia se han ido inventando diversas vacunas a medida que han surgido las epidemias. Es de alegrarnos ante ese gesto de servicio. Y valorar cada vez más la ciencia y la investigación. Que no queden enfermedades expandidas en ciertas partes del mundo a las que no se les aplique la oportuna vacuna. Eso es una justa distribución.

Y ya que hablamos de epidemias, hay otros virus más fáciles de atacar y curar. Está el capitalismo, el consumismo, el espíritu bélico, la violencia, la miseria, el hambre… Una larga lista de enfermedades del espíritu que matan a las personas y podríamos vacunarnos contra ellas. Se ve que son más difíciles de curar, con lo fácil que sería si atacamos la cepa de esas enfermedades. Y de paso que valoremos más -en cantidad- esas profesiones relacionadas con la salud y las gratifiquemos más que ciertos deportes que se llevan millones sin prestar ni remotamente ese servicio a las personas.

Junto a las vacunas, será imprescindible el que pensemos y programemos una salida a una sociedad distinta, sin volver a caer en los mismos antivalores y situaciones pasadas. Necesitamos curar nuestras enfermedades, pero a la vez sanar las cepas de nuestro materialismo, capitalismo, individualismo. ¿Cuándo llegan estas vacunas?

Gerardo Villar

Fuente Religión Digital

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Consuelo Vélez: “Vivir la esperanza del adviento en tiempos de pandemia”

Lunes, 7 de diciembre de 2020

876450C3-AB8B-4321-B6D9-BB9915B2B820De su blog Fe y Vida:

Comenzamos el año litúrgico con el inicio de adviento. Serán cuatro semanas de preparación para la navidad, en un horizonte de alegría (a diferencia de cuaresma que también es tiempo de preparación, pero en un sentido más de conversión), porque esperamos el complimiento de una Buena Noticia: el Dios de los cielos se hace uno de los nuestros, asume nuestra condición humana y desde entonces no hay que buscarlo en las alturas, ni afuera de la historia sino en ella y en los seres humanos con los que se identifica definitivamente. En términos bíblicos: “lo que hiciste a uno de estos pequeños a mí me lo hiciste” (Mt 25, 40) o “nadie puede amar a Dios a quien no ve sino ama al hermano a quien ve” (1 Jn 4, 20).

En el primer domingo de adviento que acaba de pasar, el evangelista Marcos nos invitó a estar vigilantes porque “no sabemos cuándo vendrá el dueño de la casa” (13, 33-37). Esto es lo que nos ha sucedido con la pandemia. No sabíamos, ni imaginábamos que algo así pudiera cambiar nuestro estilo de vida, afectando nuestros planes y proyectos. Por supuesto hemos seguido adelante -con más o menos dificultad-, y esta experiencia nos está ayudando a entender nuestra limitación y vulnerabilidad y la necesidad de estar preparados para afrontar experiencias de este tipo. Ha sido necesario volver a las fuentes de nuestra fe: el Dios vivo, sosteniéndonos en todo momento, no encerrado en templos o liturgias, sino convocándonos siempre a la vida y a superar toda situación.

El segundo domingo de adviento nos presentará la figura de Juan el Bautista (Mc 1, 1-8) anunciando la diferencia entre su bautismo de agua y el que trae Jesús en el Espíritu. Nos convoca a salir de una religiosidad individualista para acoger la vida del Espíritu que siempre impulsa a la liberación de todas las esclavitudes y nos constituye en hijos e hijas de Dios. Podríamos conectarlo con el inicio de la misión de Jesús que Lucas (4, 18-19) describe como acción del espíritu quien lo envía a dar la buena noticia a los pobres de que sus situaciones de dolor van a transformarse. Con la pandemia a cuestas, este bautismo en el espíritu nos invita a cambiar tantas situaciones de pobreza que han hecho tan difícil el cuidado mínimo contra el coronavirus, por falta de agua, de vivienda, de trabajo, de recursos para “cuidar y cuidarse”.

El tercer domingo de adviento nos presentará de nuevo la figura de Juan el Bautista, pero esta vez lo hace el evangelista Juan (1, 6-8. 19-28), aclarando que Él no es el Mesías sino el que allana los caminos para su llegada. Hay que descubrir a este Jesús que viene y la lógica del reino que anuncia. Romperá con los moldes de lo establecido por la ley judía y propondrá otra manera de ser hijo e hija de Dios, basada en la misericordia y el servicio y no en el cumplimiento de la ley y el culto. Buena semana para pensar en todo lo que la pandemia trajo para nuestra vivencia de fe. Esta no se pude basar en ir al templo, ni en la celebración de los sacramentos ni en el cumplimiento del precepto dominical o en cualquier otra de las prácticas tan bien establecidas que teníamos. Nos ha hecho ver que antes que el culto es la vida y antes que el templo es la iglesia viva que somos cada uno de nosotros. Podrán delimitarse los aforos en los templos, con normas de bioseguridad y ayudarán, pero se hace necesario agrandar las fronteras de nuestra experiencia de fe para sentir que “no dejamos de asistir al templo” -por lo dicho antes- sino que podemos estrenar otras formas de ser iglesia que, tal vez, han llegado para quedarse.

El cuarto y último domingo de adviento Lucas (1, 26-38) nos presentará a María como protagonista del acontecimiento que esperamos. El diálogo que sostiene con el ángel es uno de los aspectos más significativos del texto. Esperar al Mesías y acogerlo supone la libre aceptación, pero, sobre todo, la pregunta reflexiva que indaga por cómo será aquello o cómo será posible dadas las circunstancias, es decir, la actitud madura de un seguimiento de Jesús que la hace a ella, no solo madre de Jesús sino la primera discípula y modelo para varones y mujeres en la iglesia.

Una lectura más atenta de cada uno de estos textos bíblicos nos dará muchas más luces para vivir este tiempo de adviento. Pero es importante que articulemos la fe con lo que estamos viviendo. Esperamos tiempos de pospandemia que nos hayan transformado a cada uno y hayan hecho mejor nuestro mundo. Sería una lástima y, sobre todo, una inconciencia, no haber crecido como personas, como sociedad y como iglesia en este tiempo difícil que nos ha tocado vivir y volver a lo de antes, sin ninguna diferencia. A semejanza de María sería bueno preguntarnos muchas veces ¿cómo podemos vivir con más conciencia para afrontar tantas cosas nuevas que pueden llegarnos? ¿Cómo sacar lo mejor de cada uno para responder a los desafíos presentes? ¿cómo estar dispuestos a aceptar las incertidumbres del camino desde una fe viva y activa? Que este adviento -tiempo de esperanza- nos llene de optimismo y fortaleza para asumir lo que va llegando y responder de la mejor forma posible.

(Foto tomada de: https://monitordolarvzla.com/esperanza-el-poema-que-emociona-al-mundo-en-medio-de-la-pandemia/)

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José María Castillo: “Una pantalla, que nos informa o nos entretiene, nos aísla”

Viernes, 27 de noviembre de 2020

Coronavirus_2226687375_14554800_667x375De su blog Teología sin Censura:

La soledad de los jóvenes

“De la misma manera que, de día en día, se acrecienta el número de personas contagiadas por el virus de la pandemia, en una proporción semejante aumenta también el número de personas que se sienten solas, abandonadas, aisladas en la vida”

“Es indudable que las condiciones en que nos ha puesto la pandemia nos aíslan y dificultan la comunicación en nuestra normal convivencia”

“El hombre que hacía hachas y martillos rudimentarios pasó a ser el hombre que hablaba y era capaz de expresar sus sentimientos mediante ritos y símbolos”

La Pontificia Universidad Comillas acaba de publicar un estudio interesante sobre un fenómeno nuevo, que se hace cada día más patente y también más preocupante. Se trata del hecho creciente de la soledad humana. De la misma manera que, de día en día, se acrecienta el número de personas contagiadas por el virus de la pandemia, en una proporción semejante aumenta también el número de personas que se sienten solas, abandonadas, aisladas en la vida.

Este es el hecho global. Pero los estudios realizados por la cátedra J. M. Martín Patino, de la mencionada Universidad Comillas (Madrid), nos informa y nos hace caer en la cuenta de una variante del fenómeno global indicado. Tal variante consiste en que uno de los grupos humanos en el que más se advierte la experiencia de la soledad es el de los jóvenes.

El porcentaje de personas jóvenes (menores de 35 años), que experimentan la mencionada soledad, aumenta de forma preocupante. Y conste – es mi impresión – que, a medida que se desciende en la edad, se intensifica y se acrecienta el aislamiento. Lo cual es un hecho tan patente, que se advierte en cualquier familia o cualquier casa donde abundan los niños que se aproximan o han llegado a la pubertad.

Esta última observación, que acabo de hacer, si es que efectivamente indica lo que realmente está ocurriendo, viene a ser un indicador que puntualiza o incluso quizá modifica, en algún aspecto fundamental, lo que realmente estamos viviendo, en uno de sus componentes más determinantes. Por supuesto, es indudable que las condiciones en que nos ha puesto la pandemia nos aíslan y dificultan la comunicación en nuestra normal convivencia. Esto es algo tan patente, que no necesita andar buscando ocultos argumentos para demostrarlo.

Más chocante es que la experiencia de soledad se acentúe en los jóvenes. ¿Tiene este hecho alguna explicación que se relacione o tenga que ver con la pandemia? Lo más obvio, que a cualquiera se le ocurre, es que si no conocemos todavía a fondo y plenamente la naturaleza y los efectos del virus, sería atrevido ponerse a dar explicaciones sobre la relación que puede tener este virus con las variantes que puede tener en la psicología de los pacientes.

Por eso (y no siendo especialista en estas cuestiones), me atrevo a proponer un hecho que podría tener sus consecuencias en todo este asunto. Cualquiera que entre en un local o espacio, en el que hay gente esperando (un autobús, una sala de espera…), lo más probable es que, en lugar de gente que habla y se comunica, lo que más abunda es gente aislada y concentrada, callada y mirando fijamente la pantalla de su teléfono móvil. Una pantalla, que nos informa o nos entretiene, nos aísla. Y además, insisto: cuanto más jóvenes, más absortos en lo que cada cual está mirando.

Que esto suceda, es comprensible. La tecnología, la publicidad, la fuerza de la economía traducida en propaganda y tantos otros intereses, bien manejados por la técnica, pueden con nosotros. Y el atractivo que ejercen sobre los más jóvenes es irresistible. Estamos hartos de verlo y de vivirlo.

Pues bien, estando así las cosas, ¿no tendríamos que ver con toda naturalidad el creciente aumento del aislamiento de las personas, sobre todo y tanto más entre los más jóvenes? Sin embargo, si todo esto se analiza detenidamente, pronto nos damos cuenta de que estamos ante un problema mucho más serio de lo que seguramente imaginamos.

¿A qué me refiero? Por los estudios que se han hecho en Paleontología, se sabe que el tamaño del cuerpo no varió desde el Homo ergaster hasta el Homo heidelbergensis, mientras que el tamaño del cerebro sí que experimentó un fuerte ascenso, pasando de un promedio de alrededor de 800 cm, en el Homo ergaster, hasta otro de algo más de 1.200 cm, en los ejemplares de la Sima de los Huesos. Como se ha dicho exactamente, se produjo un proceso de encefalización (prof. Ignacio Martínez Mendizábal). Fue un proceso de cientos de miles de años. Pero se produjo esta asombrosa transformación. En la que fue determinante el origen del lenguaje.

¿Qué significa esto y qué representó? Parece claro que se produjo un incremento: de la “inteligencia tecnológica”, se pasó a la “inteligencia social”: el hombre que hacía hachas y martillos rudimentarios pasó a ser el hombre que hablaba y era capaz de expresar sus sentimientos mediante ritos y símbolos. La consecuencia (del cambio indicado) fue asombrosa. Como explica el citado profesor Martínez Mendizábal, en la muestra de la Sima de los Huesos (en Atapuerca) hay pruebas de que aquellas personas, con sus grandes cerebros, cuidaban de las personas discapacitadas y se comunicaban mediante el lenguaje hablado. Así nació, creció y se fue perfeccionando la relación personal entre los miembros del grupo. Y llegaron a los orígenes de las relaciones, la comunicación y la gestión de los problemas sociales.

“Y llegaron a los orígenes de las relaciones, la comunicación y la gestión de los problemas sociales”

Efectivamente, la creciente soledad de los jóvenes actuales es un hecho, que indica el crecimiento de la “inteligencia tecnológica”. Un hecho que nos debe enorgullecer y que es fuente de esperanza para un futuro mejor. Pero, si la “inteligencia social” no crece y se perfecciona debidamente, terminaremos viviendo en un mundo en el que la técnica y sus máquinas increíbles dominarán y mandarán en nuestros sentimientos y anhelos más íntimos. Si es que el mundo soporta un planeta tan tecnificado, pero a costa de destrozar nuestra convivencia y nuestra humanidad.

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Recordatorio

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