Comentarios desactivados en “Un espacio sin dominación masculina”. Domingo 13 Tiempo ordinario – B (Marcos 5,21-43).
Una mujer avergonzada y temerosa se acerca a Jesús secretamente, con la confianza de quedar curada de una enfermedad que la humilla desde hace tiempo. Arruinada por los médicos, sola y sin futuro, viene a Jesús con una fe grande. Solo busca una vida más digna y más sana.
En el trasfondo del relato se adivina un grave problema. La mujer sufre pérdidas de sangre: una enfermedad que la obliga a vivir en un estado de impureza ritual y discriminación. Las leyes religiosas le obligan a evitar el contacto con Jesús y, sin embargo, es precisamente ese contacto el que la podría curar.
La curación se produce cuando aquella mujer, educada en unas categorías religiosas que la condenan a la discriminación, logra liberarse de la ley para confiar en Jesús. En aquel profeta, enviado de Dios, hay una fuerza capaz de salvarla. Ella «notó que su cuerpo estaba curado»; Jesús «notó la fuerza salvadora que había salido de él».
Este episodio, aparentemente insignificante, es un exponente más de lo que se recoge de manera constante en las fuentes evangélicas: la actuación salvadora de Jesús, comprometido siempre en liberar a la mujer de la exclusión social, de la opresión del varón en la familia patriarcal y de la dominación religiosa dentro del pueblo de Dios.
Sería anacrónico presentar a Jesús como un feminista de nuestros días, comprometido en la lucha por la igualdad de derechos entre mujer y varón. Su mensaje es más radical: la superioridad del varón y la sumisión de la mujer no vienen de Dios. Por eso entre sus seguidores han de desaparecer. Jesús concibe su movimiento como un espacio sin dominación masculina.
La relación entre varones y mujeres sigue enferma, incluso dentro de la Iglesia. Las mujeres no pueden notar con transparencia «la fuerza salvadora» que sale de Jesús. Es uno de nuestros grandes pecados. El camino de la curación es claro: suprimir las leyes, costumbres, estructuras y prácticas que generan discriminación de la mujer, para hacer de la Iglesia un espacio sin dominación masculina.
Comentarios desactivados en “Contigo hablo, niña, levántate”. Domingo 30 de junio de 2024. Domingo 13º ordinario.
Leído en Koinonia:
Sabiduría 1,13-15;2,23-24: La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo. Salmo responsorial: 29. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado. 2Corintios 8,7.9.13-15: Vuestra abundancia remedia la falta que tienen los hermanos pobres. Marcos 5,21-43: Contigo hablo, niña, levántate
Jairo viene de vuelta de la sinagoga. A pesar de ser jefe de esa institución no ha encontrado en ella la salvación para su hija; el judaísmo, representado por la institución más importante después del templo, no conduce a la vida; la hija de Jairo, imagen del pueblo, está abocada a una muerte irremediable. Por eso Jairo, tal vez desesperado y desilusionado con aquel viejo sistema, acude a Jesús, buscando vida para su hija. Y estando con él se entera de que su hija ha muerto: ¿Para qué molestar más al maestro?, le dicen. La gente piensa que se molesta al maestro pidiéndole que dé vida. No saben que “el ha venido para que tengan vida y vida abundante”, como dice el evangelista Juan. Jesús, en estas circunstancias extremas, no se arredra: “No temas, ten fe y basta…” Para quien cree –y Jairo ha comenzado ya a adherirse a Jesús, a creer en él, en la medida en que se ha distanciado de la sinagoga-, la muerte es un sueño del que se puede despertar. Los primeros cristianos lo entendieron así cuando comenzaron a llamar a la necrópolis (= ciudad de los muertos) cementerio (= dormitorio). No lo ve así la gente que, al enterarse de la muerte de la hija de Jairo, lloraba gritando sin parar –gesto de desesperanza total-, y que, cuando Jesús dice que la niña “no está muerta, sino dormida”, se reía de él considerando la situación irreversible. Ante tanta incredulidad no hay nada que hacer. Por eso, Jesús echa fuera a la gente –para quien no cree, la muerte es el final- y entra adonde está la niña con sus padres junto con tres de sus discípulos a quienes quiere mostrar especialmente la fuerza de vida que hay en él.
Curiosamente estos tres discípulos están presentes también en la transfiguración y en el Huerto y, en ambas escenas, se duermen. Este sueño es todo un símbolo. En la Transfiguración, Jesús habla con Moisés y Elías de su éxodo –esto es, de su paso de la muerte a la vida-; en el Huerto, Jesús pide a Dios fuerzas para aceptar el camino que le lleva a la muerte, como paso para la vida definitiva. Pedro, Santiago y Juan no tienen interés en aceptar este camino del maestro hacia la muerte, porque –al igual que los judíos- no creen que sea un paso hacia la vida definitiva. Tal vez, por esto, para que aprendan que Jesús es la imagen de un Dios que da vida, Jesús se los lleva consigo. Sorprende, no obstante, que, cuando Jesús devuelve la vida a la niña, insista vivamente a los discípulos para que no digan nada a nadie. Orden lógica, pues todavía no están capacitados para digerir y asimilar y proclamar este mensaje de vida.
Se asemeja a veces la sinagoga, de la que Jairo es jefe, a nuestra vieja iglesia y a algunos de sus jefes, que no son capaces de sanar los males del mundo por estar centrados en mantener unas estructuras que no dan vida. Al igual que Jairo, nuestra iglesia, si quiere seguir siendo la iglesia de Jesús, tendrá que salir al encuentro del maestro, rompiendo viejas estructuras que la mantienen cerrada al mundo. Y en ese encuentro con Jesús y su evangelio, oirá las mismas palabras que Jesús le dirigió a Jairo: “No temas, ten fe y basta”. Tal vez sea este el mal de nuestra iglesia: tiene demasiado miedo y poca fe, y este miedo a perder seguridades, prestigio y poder le impide lanzarse a la aventura de remediar los males de un mundo abocado a la muerte; tal vez tenga que adherirse más al mensaje de Jesús y a su estilo de vida pobre, libre, solidario y entregado a los que viven en las márgenes del mundo. Sólo así podrá devolver la vida a tanto muerto que hay vivo, a tantos que gritan llorando sin parar, lamentándose de que no es posible luchar contra este injusto sistema mundano que ha marginado a tanta gente, llevándola a las puertas de la muerte.
Pablo, en su carta a los corintios, invita a resolver el problema de la injusticia y la desigualdad con generosidad. Y para ello pone el ejemplo de Jesús que, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza” y hacer un mundo más igualitario donde “la abundancia de unos remedie la carencia de otros”, y brote la igualdad. Un verdadero milagro que está en nuestras manos realizar para devolver la vida a cuantos carecen de las mínimas condiciones de vida, para hacer de nuevo el milagro del maná por el que Dios impedía que unos acumulasen lo que era necesario para otros: “al que recogía mucho no le sobraba y al que recogía poco no le faltaba” (Ex 16,18). Un mundo de iguales, un mundo regido por un Dios que, como dice el libro de la Sabiduría, “no hizo la muerte ni goza destruyendo a los vivientes. Todo lo creó para que subsistiera.. Dios creó al ser humano para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser”…
Añadamos una «nota crítica» de precaución. Una lectura no crítica de la primera lectura evoca espontáneamente el tema del «pecado original» y deja claramente la idea de que la muerte sería consecuencia del pecado original, y que éste habría sido consecuencia de «la envidia del diablo» (Sb 2,24). Es todo un conjunto teológico y simbólico lo que es evocado aquí, como de paso, el pecado original. Es importante no caer en la facilidad de apoyarse acríticamente en ese supuesto, y hablar del mal o de la muerte, con toda naturalidad, como fruto del pecado o -peor aún- como introducida en el mundo por el diablo envidioso. Somos personas de hoy, y los oyentes de las homilías también lo son. Y aunque en alguna comunidad hubiera bastantes personas con una visión mítica atrasada, aun ellas merecen ser tratadas con dignidad, con una pedagogía crítica que le ayude a reconciliar su atrasada visión mítica con una religiosidad apta para los tiempos de hoy.
Todos, los predicadores de las homilías, y también los oyentes, tenemos la obligación de reivindicar un discurso «para hoy», que no repita -con frecuencia simplemente por pereza, o por miedo- las afirmaciones manidas afirmaciones míticas, y, más importante aún, que no las repita como si de afirmaciones reales (descriptivas de algo que realmente hubiera sucedido) se tratara. Se puede evocar el mundo simbólico del pasado para explicarlo y discernirlo, pero siempre con la obligación de dejar explícitamente claro que se trata de afirmaciones «simbólicas», que en otro tiempo fueron tomadas como literalmente reales (así fue, y hasta hace bien poco tiempo), pero que hoy sabemos que sólo son simbólicas, es decir, que tienen un valor para nuestra vida espiritual, pero que en su sentido literal no son históricas, o que incluso pueden ser contrarias a la verdad histórica.
En el caso que nos ocupa en concreto -aunque aquí no debamos justificarlo- la verdad original profunda es contraria a lo que tradicionalmente nos ha sido dicho: lo «original», lo que se dio en el principio, no fue un «pecado original», sino una «bendición original». [Matthew Fox es el teólogo que más emblemáticamente ha desarrollado esta afirmación, en su libro «La bendición original. Una nueva espiritualidad para el hombre del siglo XXI», Ediciones Obelisco, Barcelona – Buenos Aires 2002]. Leer más…
Comentarios desactivados en 29.6.24. Ni Pedro, ni Pablo, dos mujeres: Una se deja tocar por Jesús, otra le toca.
Del blog de Xabier Pikaza:
Hoy, día de Pedro y Pablo, debería ocuparme de ellos, como vengo haciendo otros años. Pero como mañana (30.6.24, dom.13 TO ciclo B) es el día de la hija del archisinagogo y de la hemorroísa prefiero tratar de ellas, pues según el evangelio de Marcos son más importantes que el mismo Pedro y Pablo.
Dos problemas tenía y tiene la vida para ellas: Uno es aceptar la vida, hacerse mujer (historia de hija del archisinagogo, a los doce años), otro es ser aceptada como mujer doce años después (historia de la hemorroísa).
| Xabier Pikaza
Iglesia, historia de mujeres
Con su especial habilidad ha vinculado Marcos la historia de estas dos mujeres, que debemos vincular a las del fin del evangelio(Mc 16). Pueden ser dos mujeres o una sola, curada por Jesús dos veces, un milagro o dos milagros en uno, una «historia» que no ha sido en general entendida ni aceptada por la iglesia, que deja a las niñas en su soledad de muerte, a los 12 años, y las sigue condenando a su cárcel propia a los 24, encerradas en un tipo de “hemorragia” de sangre.
Lea el texto quien quiera seguir. Siga leyendo, si quiere, mi extenso comentario de Marcos, o mis comentarios de RD donde expongo muchas veces este tema, cf. entradas “hemorroisa”, “archisinagogo”, “sangre”, “menstruación”…
El texto, un emparedado
El relato está estructurado en forma de “emparedado”:
(a) empieza con la hija del Archisinagogo (Mc 5, 22-24a) que viene donde Jesús, para pedirle que cure a su hija.
(b) sigue con la hemorroísa (Mc 5, 24b-34) que viene por sí misma y quiere tocar a Jesús para vivir como mujer, persona.
(a’) Vuelve a la hija del Archisinagogo (Mc5, 35-43). Los dos textos se unen y, leídos así, forman la carta magna de la libertad de la mujer cristiana.
Se trata, evidentemente, de una libertad que empieza por el cuerpo, pero que es libertad para la vida total, para ser ellas mismas, en relación con otros hombres y mujeres, dentro de la iglesia. En el lugar donde la Misná pone el código Nashim (De las Mujeres), centrado en rituales que consagran el sometimiento femenino, ha colocado Marcos esta escena que avala para siempre la libertad de la mujer creyente, siempre que la iglesia sea capaz de pasar al otro lado de la vida sigue siendo para ella la mujer, a los 12 y a los 24 años :
Marcos 5,21-43
En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al lago. Se acercó un jefe de la sinagoga (archi-sinagogo), que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia: «Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva.» Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente [que lo apretujaba.
Y ha había por allí una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años (¡ojo, esta mujer con 12 años de hemorragia… es simbólicamente la misma hija del archisinagogo….)
Muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamientos, y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido curaría. Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias, y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió en seguida, en medio de la gente, preguntando: «¿Quién me ha tocado el manto?»Los discípulos le contestaron: «Ves como te apretuja la gente y preguntas «¿Quién me ha tocado?»» Él seguía mirando alrededor, para ver quién había sido. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado, se le echó a los pies y le confesó todo. Él le dijo: «Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud.»
Todavía estaba hablando, cuando] llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: «Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?» Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: «No temas; basta que tengas fe.» No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. Entró y les dijo: «¿Qué estrépito y qué lloros son éstos? La niña no está muerta, está dormida.»
Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y dijo: «Talitha qumi»(que significa: «Contigo hablo, niña, levántate»). La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y se quedaron viendo visiones. Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.
Tema
Destacamos la unidad el texto con la niña que se muere, hija del Archisinagogo, a los doce años… y la mujer encerrada tras doce años, toda la vida, fuera de la iglesia de los hombres. Las dos mujeres (hemorroisa y niña que cumple doce años) están vinculadas por un mismo miedo a la vida y por un mismo deseo de superarlo y vivir mido. La hemorroisa vivía encerrada en su flujo constante e «impuro» de sangre menstrual, que duraba doce años (5, 25). Doce años de vida infantil ha recorrido la hija del Archisinagogo (5, 42). La hija del buen eclesiástico estado segura, se hallaba resguardada en el espacio de máxima pureza de Israel (casa de un jefe de sinagoga) y sin embargo, al descubrirse mujer, con el primer flujo de sangre que enciende su cuerpo, ella decide por dentro apagarse; no tiene sentido madurar en estas circunstancias.
Son muchas las niñas/mujeres que han sufrido y sufren al llegar a esa edad: pueden sentir el temor de su propia condición, su cuerpo deseoso de amor y maternidad, amenazado por la ley de unos varones (padres, hermanos, posibles esposos) que especulan sobre ellas, convirtiéndolas en rica y frágil mercancía; se saben objeto del deseo de unos hombres que no las respetan, ni escuchan, ni hablan. La niña del miedo Parece que esta niña no se atreve a recorrer la travesía de su feminidad amenazada: es víctima de su propia condición de mujer en un mundo de varones y se siente condenada a muerte por las leyes sacrales de su sociedad. Hasta ahora había sido feliz, niña en la casa, hija de padres piadosos (sinagogos), resguardada en el mejor ambiente. De pronto, al hacerse mujer, se descubre moneda de cambio, objeto de deseos, miedos, amenazas, represiones. Le bastan doce años de vida para sufrir en su cuerpo adolescente, que debía hallarse resguardado de todos los terrores, un terror que sienten de forma especial cierta mujeres marginadas: hemorroísas, leprosas…
Por su misma condición de niña haciéndose mujer empieza a vivir en condición de muerte. Sabemos que la sinagoga era lugar donde se escondía el poseso (Mc 1, 21-28), espacio donde el sábado valía más que la salud del hombre de la mano seca (3, 1-6). Para la sinagoga vive el Archisinagogo, símbolo de la institución sacral judía. Parece tenerlo todo y, sin embargo, no puede educar a su hija, acompañándola en la travesía de su maduración como mujer: mantiene con vida a su comunidad, pero tiene que matar (como nuevo Jefté) a su misma hija para conseguirlo.
La niña debería ser feliz, deseando madurar para casarse con otro Archisinagogo como su padre, repitiendo así la historia de su madre y las mujeres «limpias», envidiadas, de la buena comunión judía. Pero a los doce años, edad de sus sueños, renuncia. No acepta este tipo de vida: carece de medios para iniciar un camino diferente; no le queda más salida que la muerte, en gesto callado de autodestrucción que, por la palabra final de Jesús ((dadle de comer!: 5, 43), parece tener rasgos anoréxicos. Entramos en el centro de una crisis familiar. No sabemos nada de la madre (que aparece al final, en 5,40), aunque podemos imaginar que sufre con la hija, identificándose con ella.
El drama se expresa y culmina desde el padre, capaz de dirigir una sinagoga (ser jefe de una comunidad, archi-obispo) pero incapaz de ofrecer compañía, palabra y ayuda, a su hija. Por eso, el verdadero milagro de Jesús es la conversión del padre, que debe transformarse, a través del testimonio de la hemorroisa, a fin de acoger y educar a la hija para la vida y no para la muerta. Que la hija del judaísmo viva, (que el jefe de la sinagoga se abra a la fe, creadora de familia), eso lo que quiere el Jesús de Marcos
Sigue la escena. Breve análisis Un Archisinagogo busca a Jesús para pedirle que cure a su hija, thygatrion (5, 22-24b)). Sólo al final (5, 42) se dirá que ella tiene doce años, edad de maduración como mujer casadera… son los mismos años de enfermedad (menstruación irregular de la hemorroisa: 5, 25). Las dos están unidas por un mismo dolor, vinculado a su condición femenina, en el contexto social israelita. Esta debía ser (hacerse ya) mayor y sin embargo el texto la presenta por dos veces como niña, en palabra significativa (paidion, korasion: 5, 40-41) que acentúa eso que pudiéramos llamar su rasgo infantil, presexuado.
Es como si negara su maduración de mujer, intentando quedarse en la infancia. Precisamente porque eso es imposible ella se muere. Como testigo de una estructura social y religiosa que no puede ofrecer vida a su hija, el Archi-sinagogo busca a Jesús pidiendo que le imponga las manos, ofreciéndole algo que él, archi-obispo, jefe judío oficial, no puede darle (5, 23).
Jesús tiene que hacer de archi-padre padre sinagogo, representante de un judaísmo que parece endemoniado (poseído por un espíritu impuro: cf. 1, 21-28; 3, 1-6), recorriendo un largo camino de fe (Mc 5, 35-36). Tiene que hacer de padre, parece que tendría que correr y correr… Pero precisamente porque tiene muchísimo prisa por la niña se para….Está la niña muriendo (eskhatôs ekhei) y sin embargo él se detiene con la hemorroísa (5, 24b-34). Es un retraso mortal, la niña avanza hacia la muerte
Parada de Jesús. Sólo curando a la hemorroísa se puede curar a la niño
Paremos con Jesús, parecemos, La hemorroísa es una mujer encerrada en la cárcel de su sangre sin pausa…, en la cárcel de los miles de millones de varones de la historia que para viviré ellos expulsan, encierran, dominan a las mujeres, incluidos de un modo especial muchos hombres de Iglesia, de ayer y de hoy.
En los evangelios, los relatos de milagros son como contenedores bien cerrados, unos juntos a otros, sin que se mezcle su contenido. El pasaje de Marcos que leemos hoy recuerda, en cambio, a las muñecas rusas: un milagro dentro de otro. Jesús va a curar a una niña y se cuela por medio una enferma con flujo de sangre. Esa mezcla da gran dramatismo e interés al conjunto. Indico los dos relatos con distintos colores.
En aquel tiempo, cuando Jesús regresó en barca a la otra orilla, se reunió con él mucha gente, y se quedó junto al mar. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies rogándole con insistencia:
̶ Mi niña está en las últimas; ven, impón las manos sobre ella para que se cure y viva.
Jesús fue con él y lo seguía mucha gente, que lo apretujaba.
Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Había sufrido mucho a manos de los médicos y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando: «Con sólo tocarle el manto curaré». Inmediatamente, se secó la fuente de las hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió enseguida, en medio de la gente y preguntaba:
̶ ¿Quién me ha tocado el manto?
Los discípulos le contestaban:
̶ Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: ¿Quién me ha tocado?
Él seguía mirando alrededor para ver a la que había hecho esto. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que le había ocurrido, se le echó a los pies y le confesó toda la verdad. Él le dice:
̶ Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad.
Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle:
̶ Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?
Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga:
̶ No temas; basta que tengas fe.
No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegan a la casa del jefe de la sinagoga, y encuentra el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos y después de entrar les dijo:
̶ ¿Qué estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muerta, está dormida.
Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo:
̶ «Talitha qumi», que significa: «Contigo hablo, niña: ¡Levántate!».
La niña se levantó inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y quedaron fuera de sí llenos de estupor. Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.
La medicina tradicional: imposición de manos
El comienzo parece normal: un padre preocupado por su hija gravemente enferma. Lo que no es normal es su convencimiento de que Jesús puede curarla con sólo ponerle la mano encima. En nuestra cultura, el enfermo agradece que el médico no le hable a distancia; que lo ausculte y lo palpe, si es preciso. En la cultura antigua, el hombre santo y el curandero ejerce su poder mediante el contacto físico. En el evangelio de Lucas se dice que «toda la gente intentaba tocarlo, porque salía de él una fuerza que curaba a todos» (Lc 6,19). En efecto, Jesús cura a la suegra de Pedro tomándola de la mano; imponiendo las manos cura a diversos enfermos (Mc 6,5; Lc 4,40), a un sordomudo (Mc 7,32), a un ciego (Mc 8,23.25), a la mujer tullida (Lc 13,13); poniendo barro en los ojos del ciego de nacimiento le devuelve la vista (Jn 9,15); y a los discípulos les concede el poder de curar enfermos imponiendo las manos (Mc 16,18). Quien se haya fijado en las citas, habrá visto que casi todas son de Marcos y Lucas. Parece que a Mateo y Juan no les entusiasmaba el procedimiento, podría causar la impresión de un poder mágico.
Una nueva receta: tocar el manto
Si Jairo está convencido de que la imposición de manos de Jesús basta para salvar a su hija, la mujer con flujo de sangre va mucho más lejos: le bastaría tocar su manto. La idea del manto milagroso se encuentra también en otro relato posterior del mismo Marcos: «En cualquier aldea, ciudad, o campo adonde iba, colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejara tocar al menos la orla de su manto. Y los que lo tocaban se sanaban» (Mc 6,56 = Mt 14,36).
El relato acentúa la gravedad y persistencia de la enfermedad (¡doce años!), el fracaso de los médicos y el dineral gastado en buscarle solución. De repente, a la mujer le basta oír hablar de Jesús para depositar en él toda su confianza; ni siquiera en él, en su manto. ¿Fe o desesperación? Algunos de los primeros cristianos, amantes de aplicarse los relatos evangélicos, podrían identificarse fácilmente con la mujer. «Yo también estaba desesperado, oí hablar de Jesús, y todo cambió.»
La verdadera medicina: la fe
La mujer se cura al punto. Pero el relato toma un sesgo dramático. Jesús nota que una fuerza especial ha salido de él y quiere saber quién la ha provocado. Pregunta, rechaza la excusa de los discípulos, mira con atención a su alrededor, hasta que la mujer se presenta temblorosa y asustada. (Marcos describe a Jesús de forma tan humana, tan poco ortodoxa, que Mateo suprimió toda esa parte en su evangelio: Jesús no necesita indagar, sabe perfectamente lo que ha pasado.)
El lector termina poniéndose en contra de Jesús y a favor de la mujer. ¿Por qué le está haciendo pasar un rato tan malo? Es un recurso genial de Marcos, el mismo que utiliza en la curación de la hija de la mujer cananea: poner al lector en contra de Jesús y a favor del quien le suplica. ¿Para qué? Para que Jesús ofrezca al final la verdadera enseñanza.
Imaginemos que la mujer se cura y Jesús no pregunta nada. El lector se dice: «Llevaba razón la mujer. Bastaba con tocarle el manto.» Quizá añadiría: «En realidad, quien cura es Jesús, no el manto.» Pero todo el teatro montado por Jesús sirve para llegar a una conclusión muy distinta: «Hija, tu fe te ha curado.»Ni Jesús ni el manto, «tu fe». Esta afirmación podrá parecer atrevida, casi herética, a algunos teólogos. Pero, en este caso, Mateo y Lucas coincidieron con Marcos al pie de la letra: «Hija, tu fe te ha curado.»
Una medicina que, además de curar, resucita
La acción vuelve a su origen, pero de forma trágica: la niña ha muerto. No hay que molestar al Maestro. Pero Jesús le recomienda al padre la medicina usada por la hemorroisa: «No tengas miedo; tú ten fe, y basta». Siguen hasta la casa y se sumergen en un mundo de llantos y lamentos.
La gente es lista, no se deja engañar por Jesús
Cuando yo era joven, me indignaba leer que la gente se ríe de Jesús cuando dice que la niña no está muerta, sino dormida. Me parecía una tremenda falta de respeto. Pero estaba equivocado. La risa de la gente demuestra que Jesús no puede engañarlos. Él quiere pasar desapercibido, presentar lo que hace como algo normal, sin importancia; pero la gente sabe muy bien que la niña ha muerto, que Jesús ha realizado un gran milagro. El detalle final de darle a la niña de comer sirve para demostrar la realidad de la resurrección.
Resurrecciones en esta vida y fe en la vida futura
La resurrección de la hija de Jairo (contada por Marcos, Mateo y Lucas) trae a la memoria otros relatos parecidos, pero peculiares: la resurrección del hijo de la viuda de Naín, que sólo cuenta Lucas; y la resurrección de Lázaro, que sólo cuenta Juan. ¿Cómo es posible que estos dos hechos tan famosos no se encuentren en los cuatro evangelios? Es cierto que la tradición oral olvida a menudo cosas y detalles. Pero resulta extraño que un evangelista no los conozca. Como un biógrafo de Beethoven que no ha oído hablar de la 9ª Sinfonía.
A los evangelistas no les preocupaba, como a nosotros, el hecho histórico en cuanto tal, sino la realidad de lo que contaban. Lo importante no es que Jesús resucitase a Lázaro (que al cabo de los años volvería a morirse), sino que nos resucitará a todos a una vida sin fin. «Yo soy la resurrección y la vida» es también el gran mensaje de la resurrección de la hija de Jairo.
La victoria sobre Satanás (1ª lectura)
La 1ª lectura, tomada del libro de la Sabiduría, afirma que la muerte no es algo querido por Dios, sino que entró en el mundo por envidia del diablo. Aunque esto resulte discutible desde un punto de vista científico moderno, así lo interpretaban los judíos del siglo I. Con ello, la resurrección de la hija de Jairo adquiere un sentido nuevo. Marcos enfoca su evangelio como una lucha entre Jesús y Satanás. Y este es un ejemplo de su victoria sobre el que introdujo la muerte en el mundo por envidia.
No fue Dios quien hizo la muerte, ni se goza con el exterminio de los vivientes. Pues todo lo creó para que perdurase, y saludables son las criaturas del mundo; no hay en ellas veneno exterminador, ni el imperio del abismo reina sobre la tierra. Porque la justicia es inmortal, pero la injusticia atrae la muerte. Porque Dios creó al hombre para la incorrupción y lo hizo a imagen de su propio ser. Mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen.
Solidaridad en tiempos de migración (2 Corintios 8,7.9.13-15)
Aunque no tenga relación con el evangelio, el fragmento de Pablo es de enorme actualidad en una época en la que miles de personas (hermanos nuestros) se encuentran en grave necesidad de acogida, comida, vestido, trabajo…
Pablo anima a los corintios a ayudar económicamente a la comunidad madre de Jerusalén, que sufre la terrible hambruna del tiempo del emperador Claudio. Su mejor argumento es recordarles el ejemplo de generosidad de nuestro Señor Jesucristo.
Hermanos: sobresalís en todo: en fe, en elocuencia, en ciencia, en vuestra preocupación por todo y en vuestro amor para conmigo; sobresalid también en esta obra de caridad. Esto no es una orden; os hablo de la buena disposición de otros para poner a prueba la sinceridad de vuestro amor. Vosotros ya conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual siendo rico se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza. No se trata de que vosotros paséis estrecheces para que otros vivan holgadamente, se trata de que haya igualdad para todos. Por eso, ahora vuestra abundancia debe socorrer su pobreza, y un día su abundancia socorrerá vuestra pobreza. Y así reinará la igualdad, como dice la Escritura: Al que tenía mucho no le sobraba y al que tenía poco no le faltaba.
En el Evangelio de este domingo es necesario un punto de atención extra porque suceden muchas cosas. A Jesús y a sus discípulos les acaban de echar de un pueblo por curar a un hombre. Cruzan el lago y hay mucha gente esperándoles para encontrarse con ellos.
Si cerramos los ojos, podemos ver a Jesús a la orilla, sin mucha posibilidad de movimiento, con la gente queriéndose acercar y tocarle…, es entonces cuando se les acerca uno de los jefes de la sinagoga. Llama la atención que Marcos, décadas después de escribir el Evangelio, recordara el nombre de Jairo. Debió de ser alguien muy conocido. Este hombre importante se arrodilla a los pies de Jesús. Se trata de alguien que deja de lado su posición social y se acerca a Jesús con un corazón necesitado por su hija enferma.
Yendo de camino hacia la casa de Jairo, se nos habla de una mujer con hemorragias. Perdía su vida. Podemos imaginarnos a esta mujer, casi sin energía, haciéndose paso entre la multitud, impura según las costumbres judías por su mal, a empujones… Todo esto para poder llegar a tocar el manto de Jesús creyendo así poder curarse. El impulso que la mueve no es físico, ya no le quedan fuerzas, sino una fe muy profunda.
A veces creemos que a Jesús le seguía solo la gente humilde, pero hoy parece que no es así. Además de Jairo, se nos dice de la mujer que había tenido fortuna pero que se la había gastado en médicos deseando curarse de su enfermedad.
Tu fe te ha curado, escucha la mujer. No temas, solamente ten fe, escucha el jefe de la sinagoga cuando parece que su hija ha muerto. La fe nos cambia la vida. El miedo ahoga la fe, la oscurece, la pone en duda. Cuando nos dejamos llevar por el temor, descuidamos nuestra fe, aflojamos nuestra confianza en Dios y podemos perdernos en querer controlar y en organizarnos cada detalle de nuestra vida, sin dejarnos tocar, curar, mecer, por el amor de Dios.
Oración
Trinidad Santa, esculpe y fortalece nuestra fe. Haznos confiar a ti nuestros proyectos, nuestras dificultades, nuestra vida.
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DOMINGO 13º
Mc 5,21-42
Del final del c. 4 de Mc, pasamos al final del c. 5. En este capítulo, antes del relato que vamos a leer, Jesús cura a un endemoniado y permite que los espíritus inmundos se metan en una piara de cerdos que se precipita en el mar. Jesús vuelve a atravesar el lago en dirección a Galilea, y allí encuentra de nuevo a la multitud que le busca. El domingo pasado nos hablaba del “poder” de Jesús sobre la naturaleza. Continúa el evangelio con la manifestación de “poder” sobre los espíritus inmundos. Hoy damos dos pasos más: “Poder” sobre la enfermedad; Y “poder” sobre la muerte (la hija de Jairo). No cabe una síntesis más clara, ordenada y progresiva de la actividad salvadora de Jesús.
En el doble relato de hoy, descubrimos un mensaje muy profundo. Por una parte, la niña y su padre son imagen de los sometidos a la institución. Jairo es un cargo público, aunque no estrictamente religioso. La mujer enferma representa a los marginados y excluidos por una interpretación demasiado legalista de la Ley. Este simbolismo se hace más claro por el anonimato de las dos mujeres, y los doce años de enfermedad de la mujer y los doce años de vida de la niña. El número doce es símbolo de Israel.
Jairo (símbolo de la institución) no encuentra salida en la religión y busca la salvación en Jesús, que había sido ya rechazado por sus jefes. La decisión es tan difícil que espera hasta el último momento para ir en busca de Jesús. La mujer enferma también se había gastado toda su fortuna en buscar salvación. Tampoco le quedaba otra salida. La religión no sólo no le daba solución, sino que la excluía hasta límites inimaginables hoy. Uno viola formalmente la Ley acudiendo a un proscrito. La otra viola literalmente la Ley tocando a Jesús. En ambos casos, Jesús apela a la fe-confianza como motor de salvación.
Para descubrir la importancia del relato hay que tener en cuenta las leyes de pureza que afectaban a la mujer. El Levítico dice: «La mujer permanecerá impura cuando tenga su menstruación o hemorragias”. La mujer considerada impura y causante de impureza. Podemos imaginar la tara psicológica que dejaba en la mujer esta consideración de impura. La hemorroísa tenía prohibido tocar y ser tocada. Ella sabe que el acto que puede salvarle está prohibido por la Ley. Sin embargo, doce años de sufrimiento la empujan. Esta valentía no está exenta de temor, se acerca por detrás. Tocar a Jesús no solo manifiesta la confianza en él, sino en sí misma. Su valentía la devuelve la salud.
Con una aguda sensibilidad más que humana, percibe que le han tocado (todos le están apretujando). Cuando Jesús pregunta “¿Quién me ha tocado?”, está dando a entender que alguien ha llegado hasta él buscando una respuesta a su opresión. Aceptando ser tocado, más allá de la norma, entra en la dinámica que la mujer había iniciado. Se abre a la comunicación profunda y sanadora a través del cuerpo. Los dos están expresando lo mejor de sí mismos. El cuerpo “impuro” de la mujer es reconocido y aceptado como normal. Dejándose tocar Jesús se coloca por encima de los códigos sociales y religiosos. Una relación que abarca todos los aspectos del ser, el físico, el psíquico y el religioso. La mujer se salta la Ley, pero Jesús va más allá y reacciona como si la Ley no existiera.
El milagro se produce sin que intervenga la voluntad de Jesús. La fe-confianza de la mujer desencadena la curación. Este relato es una mina para tratar de descubrir qué es lo que sucedía de verdad cuando el evangelio habla de “milagros”. No significa una acción en contra de las leyes de la naturaleza. Todo lo contrario, es dejar libre la naturaleza para que pueda desarrollar su ‘ley’ sin las trabas que le pone la racionalidad. Porque esa armonía no es lo normal, llamamos milagro a los procesos que serían los más naturales. Un ser humano liberado de sus complejos, de sus miedos, de una religión opresora. Un ser humano que puede empezar a ser él mismo, a valorarse porque se siente apreciado.
Se reanuda el relato de la hija de Jairo con la llegada de los emisarios, que traen noticias de muerte. Jesús es portador de vida y le dice a Jairo: basta que tengas fe. La multitud se pone de parte de los emisarios de muerte y se pone a llorar; pero Jesús no hace ningún caso y sigue adelante. Cogió de la mano a la muchacha, pero a diferencia de la suegra de Pedro, no la levanta, sino que le dice: ¡levántate!, el mismo verbo Mc emplea para hablar de resurrección. En contra de lo que dice expresamente la Ley, toca a un muerto, y en vez de quedar él contaminado de muerte, da la vida al cadáver.
Una pista importante: a la niña se le llama con distintos nombres. Primero hijita, luego hija, luego niñas y por fin joven casadera. Todo un proceso de maduración psicológica que va mucho más allá de una simple resurrección. Los doce años eran el tiempo de pasar de niña a persona adulta. Psicológicamente es un momento crucial para el equilibrio psíquico. Seguramente la niña no tuvo el apoyo necesario para superar el trauma. Recuperó su vitalidad cuando encontró el marco adecuado para dar el difícil paso.
No nos engañemos, la importancia de estos relatos no está en el hecho de curar o de resucitar, sino en el simbolismo que encierran. Pensar que la obra de Jesús se puede encerrar en tres resurrecciones y en una docena de curaciones, es ridiculizar su figura. Objetivamente, los curados volverían a enfermar y entonces no estará allí Jesús para curarlos. Los resucitados volverán a morir sin remedio. Jesús no puso el objetivo de su misión en una solución de los problemas. La salvación que ofrece Jesús es para todos y en cualquier circunstancia. También para los enfermos, marginados, explotados. Si no tengo esto en cuenta, puedo pensar que la salvación de Jesús no es para mí.
En el AT queda claro que Dios no hizo la muerte. Jesús va más allá y nos dice que Dios no quiere nada negativo para el hombre. Las limitaciones son inherentes a nuestra condición de criaturas. La salvación está siempre en un plano superior y más pleno que toda limitación. Se puede dar en plenitud, a pesar de cualquier limitación, incluida la muerte. La salvación que propone Jesús libera siempre. No se trata de un premio para privilegiados sino de una oferta absoluta de Dios para todos. Esa fuerza, que Jesús era capaz de poner en marcha, está disponible para todos; lo único que tenemos que hacer es dejar que actúe. Nos puede salvar, de la misma manera que tiene poder para bloquear los procesos naturales y causar así un daño a su propio ser o/y a los demás.
En los dos casos, la multitud queda al margen de la salvación. Para Jesús, los entes de razón (multitud, pueblo, iglesia) no pueden ser objetos de salvación. Lo que le importa es la persona, porque es lo único real. Esto lo hemos olvidado y hemos cometido el disparate de sacrificar a la persona en aras de la institución. También hoy tendría que ser nuestra principal tarea el liberar a tantos seres humanos atrapadas en las interpretaciones aberrantes de Dios y de su Ley. La religión seguirá oprimiendo y esclavizando mientras seguimos dando más importancia a la institución que a la persona.
Otro pasaje para contemplar; para dejar volar la imaginación y disfrutar.
De regreso a Cafarnaúm, ocurrió uno de esos sucesos extraordinarios capaces de generar por sí solos una leyenda. Habían zarpado de la otra orilla del lago después del amanecer, y tras varias horas de lucha contra el viento del Oeste atracaron por fin en la pequeña rada que servía de puerto natural a esta población. Era una mañana fresca, pero despejada, como tantas otras en aquella época del año.
Al acercarse a la aldea vieron que un buen número de personas salían presurosas a su encuentro. Al parecer alguien había divisado la vela de la embarcación de Pedro y había hecho correr la noticia de su regreso. Pero habitualmente eran pocos los que salían para contemplar las maniobras de atraque o la descarga del pescado, y en este caso el grupo era numeroso y su forma de caminar hacia ellos nada tenía que ver con la de los curiosos que se acercan al puerto a pasar el rato. «Algo raro está ocurriendo», comentó Pedro.
Y tenía razón. Cuando se acercaron más, vieron que Jairo —hombre conocido por todos— se separaba del grupo y se arrojaba a los pies de Jesús balbuciendo palabras ininteligibles entre sollozos. Aquello era todavía más raro; algo muy grave tenía que estar ocurriendo para que Jairo, jefe de la sinagoga, desautorizase con su actitud a los doctores de Jerusalén que habían acusado a Jesús de pactar con Belcebú…
Pero no lograban entender sus palabras.
Jesús le cogió de los codos y lo levantó. Todos los concurrentes permanecían en silencio contemplando la angustiosa escena que se desarrollaba ante sus ojos, y todos, también, sentían una profunda lástima porque conocían la tragedia que azotaba a la familia de Jairo. Jesús nada dijo mientras aquel hombre trataba de recobrar el sosiego, pero cuando vio que los hipos y sollozos se calmaron un poco, le preguntó en aquel tono amable que siempre empleaba con los que sufrían: «¿Qué te ocurre, Jairo?» … «Mi hija de doce años está muy enferma. Ven e imponle las manos para que se cure y viva».
Jesús le cogió de un hombro en señal de consuelo, y le dijo: «Vamos».
Los ojos de aquel hombre estaban enrojecidos por el llanto, sus hombros caídos, y todos sus gestos mostraban a un ser derrotado por un sufrimiento vivísimo. Jairo era una persona bondadosa, apreciada por sus vecinos, por lo que su desgracia pronto se había difundido por toda Cafarnaúm.
Entraron en la ciudad a buen paso, pues intuían que el tiempo era un factor que podía marcar la diferencia entre la vida y la muerte. Delante del gentío marchaban Jairo y Jesús. Jairo volvía a llorar desconsolado, y Jesús le confortaba con palabras de ánimo. Por detrás se iban incorporando los vecinos que veían pasar tan triste cortejo, y el número de integrantes del grupo aumentaba sin cesar. Acuciado por la ansiedad, el paso que marcaba Jairo era cada vez más vivo, lo que provocaba carreras en la cola del grupo y apelotonamiento en su centro, pues las estrechas callejuelas por donde transitaban no estaban hechas para absorber semejante flujo de gente.
Frente a la casa del dignatario se abría una explanada de tierra compactada que servía para trillar las mieses y las legumbres. Cuando desembocó allí el gran grupo de gente —en el que ya se hallaba la práctica totalidad de los habitantes del pueblo— una mujer llorosa salió de la casa y se dirigió a Jairo, diciendo: «No molestes más al maestro; tu hija ha muerto».
Jairo se encogió como si hubiese sido alcanzado por un rayo y se echó las manos al rostro. Toda su figura reflejaba un duelo agudísimo. La gente estaba silenciosa; abrumada por la tragedia de aquel padre. De alguna forma, todos se sentían partícipes de ella y compartían su dolor. «No temas —le oyeron decir a Jesús—. Ten solo fe».
Le cogió del brazo y le empujó hacia la casa. Pedro, Santiago y Juan entraron también con ellos, pero todos los demás quedaron fuera.
La gente, preocupada y ansiosa, se arremolinaba en torno a cualquiera que pareciese poseer alguna noticia. Los hombres permanecían taciturnos mirando al suelo; las mujeres siseaban por lo bajo. Al cabo de unos minutos se abrió la puerta y apareció Jairo con la niña sana y sonriente. Le cogía de la mano con cariño, y sus lágrimas, aún abundantes, eran ahora de felicidad.
Jesús salió detrás de ellos y a él se dirigieron todas las miradas. Sabían que aquello había sido obra suya y le pedían con su mirada una explicación. Él, sonriente también, les dijo con sencillez: «Solo dormía».
Y discretamente se marchó por un costado de la casa.
Al comprobar el final feliz de este episodio, el gentío, entusiasmado, prorrumpió en un estruendoso clamor que se prolongó a lo largo de un buen rato. Luego buscaron a Jesús para encumbrarle, pero no le hallaron. Algunos dicen que se retiró al campo a orar y no regresó hasta el día siguiente. Profundo conocedor del alma humana, sabía que a su regreso la euforia del primer momento se habría aplacado y las cosas habrían vuelto a la normalidad.
Miguel Ángel Munárriz Casajús
Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí
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Marcos 5,21-43
Desde la situación en que estemos, nuestra fe nos pone en camino para ir a Jesús, un camino marcado por la confianza en Él, único Señor de la vida.
Escuchemos, como si fuera la primera vez que lo oímos, este relato cargado de imágenes y datos concretos, que facilita la visualización de lo que está narrando con frases claras y contundentes, que puede suscitar interés desde el inicio:
“Mi niña está en las últimas”, “Mucha gente que lo apretujaba” “Lo había gastado todo” “Se acercó asustada y temblorosa” “Se reían de él” “La niña no está muerta está dormida” “Con solo tocarle el borde del manto”…
Nos introduce, sin mucho esfuerzo en la vida de dos personajes muy distintos:
– Una mujer sin nombre, de la que solo sabemos que está enferma. No podemos pensar en alguien en peor situación en Israel entonces: mujer, con una enfermedad de mujeres que la hace impura, marginada de la vida familiar y social, arruinada y desahuciada de los médicos
– Jairo, un hombre, citado con su nombre y categoría social, afirmando su rectitud y valía, que no teme por su vida sino por la de su hija seriamente enferma.
Ambos, es lo que afirma el evangelio, son testigos de una fe grande en Jesús y desde esta fe y su propia realidad se ponen en movimiento: La mujer sola, en silencio, asustada y temblorosa se arriesga a saltarse las normas y acercarse a Jesús por detrás, convencida de que con el gesto de tocarle solo el manto en secreto, Él puede salvarla y la salvará de la enfermedad devolviéndole la vida.
Jairo se acerca de frente, acompañado, se presenta a Jesús, se postra ante Él, expresa su dolor y pide confiado su intervención. Escucha como Él le responde y se ponen en camino juntos acompañados, arropados, por mucha gente.
Caminos de fe muy distintos, tan ricos en matices que nos permiten sentirnos identificados con alguno de ellos en muchos momentos de nuestra vida. Pero ambos, caminos de fe seria y comprometida. Por eso el final es el mismo: Jesús les devuelve la paz, la salud, la vida, porque solo Él es el Salvador, el Señor, el Dios de la vida para todos. Esta es la afirmación, el mensaje central del evangelio.
Y ante esta afirmación lo que se nos plantea es la hondura de nuestra fe. ¿Creemos en Jesús? ¿Qué es lo que significa realmente para mí, en mi vida diaria, creer en Jesús? ¿Hasta donde llega mi confianza en Él? ¿Cómo es mi acercamiento a Jesús, en qué momento o situaciones lo hago?
En definitiva, ¿confío en Él cuando me siento como la mujer anónima, sola, que ve su vida sin salida, sumida en la enfermedad, en el fracaso, en situaciones de aislamiento o de muerte? ¿Y sigo confiando en Él cuando me siento como Jairo, con nombre y responsabilidad en la iglesia, en la comunidad parroquial, en la familia, con necesidad de clamar por otros, mi hija, mis proyectos, mis sueños… que parecen muertos aunque Jesús opina que solo están dormidos?
Jesús contrapone como en otras muchas ocasiones dos cosas importantes el miedo y la fe: “No tengas miedo, tan solo ten fe”.No tengas miedo a los que te van a echar si te ven acercarte a Jesús, por impura, por poco ortodoxa, por distinto, por mujer… No tengas miedo a los que te juzgan, critican y marginan. No tengas miedo a los que te dicen que dejes en paz al maestro que el proyecto ya está muerto, que no hay nada que hacer, que hay que aceptar resignadamente las “cosas como son en estos tiempos”…
Tan solo ten fe ante tu hija que parece muerta, ante tu obra de toda la vida que parece fracasada, ante los esfuerzos y entregas no reconocidos… Ten fe ante tu propia impotencia, vulnerabilidad y a veces desanimo…
Pero, ¿cómo sabemos que realmente tenemos fe? Si, como la mujer o como Jairo, estemos donde estemos, nos ponemos en camino para ir a Jesús. Un camino marcado por la confianza que no se sostiene en lo que pasa, o en cómo evolucionan las cosas, sino solo en la fe en Jesús. Como dice el profeta “Aunque la higuera no eche yemas y las vides no den fruto… aunque no haya vacas en el establo y se acaben las ovejas del redil… Con todo, yo me alegraré en el Señor y me gozaré en el Dios de mi salvación.” (Habacuc 3, 17)
Y al final, en estos como en todos los milagros, Jesús afirma “Tu fe te ha salvado” te ha curado, te ha dado la paz, te ha devuelto la vida. Esa fe que es un don de Dios, sin duda. Pero también una tarea nuestra cuidar y alimentar.
Pidamos al Señor este domingo que nos saque de nuestros miedos y aumente nuestra fe.
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Domingo XIII del Tiempo Ordinario
30 junio 2024
Mc 5, 21-43
En cuanto reducimos la vida a “algo” -un objeto o contenido de la consciencia-, empezamos a verla como una realidad impermanente y fugaz. La pensamos como la cara opuesta a la muerte, como si constituyeran dos polos absolutamente contradictorios que se eliminarían mutuamente. Con tal planteamiento, no es extraño terminar asumiendo, como absolutamente cierta, la idea de que la vida se halla constantemente amenazada.
Ahora bien, cuando comprendemos que la vida no es “algo”, sino -como la consciencia- lo único realmentereal, un proyecto inteligente y autodirigido en despliegue incesante, nuestra visión se modifica por completo.
Advertimos entonces que la muerte no es lo opuesto a la vida, sino al nacimiento. Que el nacer y el morir son sencillamente formas que la vida adopta. Y que la vida no corre nunca peligro ni está expuesta a ninguna amenaza. La vida es lo que es, en realidad -y hablando con rigor- lo único que realmente es.
Ahora bien, que la vida no esté amenazada no significa en absoluto que a nuestros yoes les vayan las cosas como pretenden, ni que se satisfagan sus expectativas. En cuanto formas impermanentes, los yoes se verán sometidos a altibajos y vaivenes de todo tipo -como cualquier otra forma-, padecerán cambios y pérdidas y terminarán en la muerte.
Hablamos con propiedad cuando decimos que somos Vida -el autor del cuarto evangelio lo pone en boca de Jesús en varias ocasiones-, pero el sujeto de tal expresión no es el yo particular que, envanecido, habría terminado absolutizándose. No; el sujeto que afirma ser vida solo puede ser el YO universal, ese “Yo” que todos los seres compartimos.
Y ahí nos topamos una vez más con nuestra paradoja: vistos desde un lado, somos el yo particular que se desenvuelve en el mundo de las formas: esa es nuestra personalidad; vistos desde el otro, somos vida, o mejor, la Vida es en nosotros: esa es nuestra identidad. ¿Con qué nos identificamos realmente? De ello dependerá todo lo demás.
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Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:
01.- La muerte en la existencia humana
Probablemente el gran problema de la vida sea la muerte.
Las lecturas de hoy nos emplazan ante el problema de la muerte: Dios no hizo la muerte ni goza destruyendo los vivientes (Sabiduría, 1ª lectura). la resucitación de la hija de Jairo, así como la sanación de aquella mujer que perdía la vida (hemo-reo) en el Evangelio. (En la antropología bíblica perder la sangre era perder el “alma”, la vida).
02.- La muerte y la vida presente en todas las culturas.
El problema de la muerte ha estado y está presente en todas las culturas y religiones, al menos hasta nuestros días. Y es que donde hay un ser humano, está el problema de la muerte.
El mundo animal no entierra.
Pero ya en Atapuerca y en muchas etapas de la evolución del ser humano, enterraban. Lo cual significa que ya desde esos comienzos de la hominización la muerte no es meramente un asunto biológico, sino humano. En un enterramiento, ya en Atapuerca, hay sentimientos, hay esperanza y por ello hay ritos, símbolos, algún tipo de celebración.
Los egipcios desplegaron una gran cultura-religión sobre la muerte: las grandes sepulturas en las pirámides, y en las pequeñas sepulturas con sus ritos, vasijas, alimentos-comidas funerarias, etc. En el mundo más oriental han cultivado la reencarnación, el karma, la transmigración de las almas, la cremación con carácter religioso.
Leía en Religión Digital que en los últimos doce meses (2023-2024) en Japón, el 70% de la población ha ofrecido comida, agua o bebidas para honrar o cuidar a sus antepasados. En Vietnam, el 86% de la población ha realizado este ritual en el último año.
La civilización incaica también tenía sus ritos y su tratamiento de la muerte. Occidente, nuestra cultura, la filosofía y cultura griegas vivió la muerte desde la inmortalidad del alma. Israel, el pensamiento bíblico terminaron –no sin esfuerzo- llegando a la fe en la resurrección.
Curiosamente hoy todo esto casi ha desaparecido de nuestra mentalidad, de nuestras costumbres.
La muerte ha pasado de manos de la tradición, de la religión, de la fe a la “mortuary business” (el negocio mortuorio).
La civilización actual elimina la muerte como problema muerte mejor no planteársela porque casi “no existe”, ni se sabe ya lo que es una buena muerte o, mejor: se entiende por buena muerte, una “buena eutanasia”.
Recientemente, en 2023, G. Lohfink (buen teólogo alemán fallecido este mes de junio de 2024) publicaba un libro con un título provocativo: “Al final ¿la nada? Sobre la resurrección y la vida eterna”, en el libro plantea el problam de la muerte y de la vida, de lo que nos cabe esperar.
Hoy eliminamos pronto y rápidamente la cuestión.
“Esperemos que se apruebe la eutanasia y se terminó la conversación”.
Sin embargo el ser humano siempre tiene -tenemos- nostalgia de vida y de vida plena. La muerte siempre aflora en nuestra existencia, en nuestras preocupaciones.
Eliminar la muerte del campo de visión del ser humano, no es humanizar la vida.
Una persona adulta tiene que habérselas -tenemos que habérnoslas- con la muerte y no como mero hecho biológico – médico.
03.- Una buena muerte.
En nuestra tradición cristiana siempre ha existido el deseo y la oración por una buena muerte.
Hoy también se habla del derecho a una muerte digna. Pero se dicen cosas muy distintas.
La sola eutanasia no es ayudar a una buena muerte
Los cuidados paliativos están muy bien, aliviar el dolor es algo muy noble. Paliar el dolor es ser buenos samaritanos en la vida y en la muerte.
Aante el problema de la muerte, para ayudar a “bien morir” -como decía la fe de nuestros mayores- lo más importante no es la sedación, sino un puñado de amor y otro de esperanza. Una buena muerte es morir con esperanza.
Demis Roussos lo cantaba espléndidamente:
Si tengo que morir querré que estés ahí.
Sé que tanto amor me ayudará a descender al más allá. Entonces diré adiós sin miedo y sin dolor En la soledad reviviré los años de felicidad. Para cruzar el umbral No deseo nada más
04.- Mi vida está en manos de Dios.
Claro que todo esto requiere un humus de fe y esperanza en nuestro Dios, que es Dios es de vida, que no quiere la muerte.
+ El hijo pródigo estaba muerto y volvió a la vida.
+ Jairo, el jefe de la sinagoga, confiaba en que Jesús devolvería la vida a su pequeña hija.
+ La mujer -hemorroísa [1]– que perdía la vida, creía que Jesús podía devolvérsela..
+ Jesús resucita al hijo de la viuda de Naím.
+ La familia de Lázaro, Marta y maría (la iglesia naciente) creían en que Jesús podía conferir vida a Lázaro.
+ El buen ladrón muriendo con Jesús en la cruz, le pide a Jesús que se acuerde de él cuando esté en la vida, en el Reino.
+Desde el principio existía la vida…
Quizás no podemos, no sabemos decir más: Dios ama la vida y nos quiere para la vida. Lo que sabemos del después de la muerte es desde la fe. Por eso nuestro humilde actitud ante estas cosas sea la de confiar.
Mi espiritualidad a este respecto es la de unos salmos -personas orantes- del AT que confían en el Señor.
Salmo 16,9-11
v 9. Yahvé es mi bien … Por eso descanso en paz y confiado.
v 10 Dios no abandonará mi vida en el sheol (lugar de los muertos), no dejarás a tu fiel amigo conocer la fosa. (corrupción / muerte).
v 11 Me enseñarás el camino de la vida. Me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha
Salmo 49
v 16Pero a mí (al salmista) Dios me salva: Dios rescatará mi vida, mi alma (me llevará consigo) de las garras del sheol (abismo) y me llevará consigo.
v 23 Yo siempre estaré contigo, tú agarrarás mi mano derecha.
v 24 Me guiarás según tus planes y me llevas a un destino glorioso y al final en la gloria me tomarás.
Salmo 73
v 23 Yo siempre estaré contigo, tú agarrarás mi mano derecha.
v 24 Me guiarás según tus designios y me llevarás a un destino feliz y al final en la gloria me tomarás.
Mejor declinamos una curiosidad a la que no podemos responder: “dónde” ocurrirá, “cómo” será, “dónde” acontecerá…
No lo sabemos. Lo que sucede después de la muerte solamente lo sabemos por la fe.
Solamente en Dios confía mi alma. Me basta con eso.
Comentarios desactivados en “La curación de la hemorroísa como preanuncio de una iglesia sin exclusión en razón del sexo”, por Consuelo Vélez
De su blog Fe y Vida:
Comentario al evangelio del domingo XIII del Tiempo Ordinario 30-06-2024
La hemorroisa pasa por encima de las normativas de su tiempo y toca el borde del manto de Jesús
Y su curación fue fruto de su acción, de su osadía, de su persistencia para buscar la salud; actitud que Jesús alaba
Si Jesús fue capaz de reconocer el poder de la mujer para la restitución de su dignidad, no menos tiene que hacer la institución eclesial frente a las peticiones de las mujeres
Cuando Jesús pasó otra vez en la barca al otro lado, se reunió una gran multitud alrededor de Él; y Él se quedó junto al mar.
Y vino uno de los oficiales de la sinagoga, llamado Jairo, y al verle se postró a sus pies. Y le rogaba con insistencia, diciendo: Mi hijita está al borde de la muerte; te ruego que vengas y pongas las manos sobre ella para que sane y viva.
Jesús fue con él; y una gran multitud le seguía y le oprimía. Y una mujer que había tenido flujo de sangre por doce años, y había sufrido mucho a manos de muchos médicos, y había gastado todo lo que tenía sin provecho alguno, sino que, al contrario, había empeorado; cuando oyó hablar de Jesús, se llegó a Él por detrás entre la multitud y tocó su manto. Porque decía: Si tan sólo toco sus ropas, sanaré. Al instante la fuente de su sangre se secó, y sintió en su cuerpo que estaba curada de su aflicción.
Y enseguida Jesús, dándose cuenta de que había salido poder de Él, volviéndose entre la gente, dijo:
+ ¿Quién ha tocado mi ropa?
Y sus discípulos le dijeron: Ves que la multitud te oprime, y dices: «¿Quién me ha tocado?»
Pero Él miraba a su alrededor para ver a la mujer que le había tocado.
Entonces la mujer, temerosa y temblando, dándose cuenta de lo que le había sucedido, vino y se postró delante de Él y le dijo toda la verdad.
Y Jesús le dijo:
+ Hija, tu fe te ha sanado; vete en paz y queda sana de tu aflicción.
Mientras estaba todavía hablando, vinieron de casa del oficial de la sinagoga, diciendo: Tu hija ha muerto, ¿para qué molestas aún al Maestro?
Pero Jesús, oyendo lo que se hablaba, dijo al oficial de la sinagoga:
+ No temas, cree solamente.
Y no permitió que nadie fuera con Él sino sólo Pedro, Jacobo y Juan, el hermano de Jacobo. Fueron a la casa del oficial de la sinagoga, y Jesús vio el alboroto, y a los que lloraban y se lamentaban mucho. Y entrando les dijo:
+ ¿Por qué hacen alboroto y lloran? La niña no ha muerto, sino que está dormida.
Y se burlaban de Él. Pero Él, echando fuera a todos, tomó consigo al padre y a la madre de la niña, y a los que estaban con Él, y entró donde estaba la niña. Y tomando a la niña por la mano, le dijo:
+ Talita Kum (que traducido significa: niña, a ti te digo, ¡levántate!).
Al instante la niña se levantó y comenzó a caminar, pues tenía doce años. Y al momento se quedaron completamente atónitos. Entonces les dio órdenes estrictas de que nadie se enterara de esto; y dijo que le dieran de comer a la niña (Marcos 5,21-43)
El evangelio de hoy tiene como protagonistas a una niña y a una mujer. La primera no tiene un papel activo, sino que es su padre el que pide para ella la curación. La segunda es protagonista de su propia curación. Si recordamos los evangelios que hemos comentado durante este año, a excepción de las mujeres a quienes Jesús se apareció en su resurrección, no hemos considerado otros pasajes en que las protagonistas sean mujeres. De ahí que el género femenino esté tan invisibilizado en la vida de fe. Los mismos escritores sagrados privilegiaron el protagonismo de los varones en la iglesia naciente y la predicación posterior ha contribuido a prestar más atención a dicho protagonismo que al de las mujeres. Pero el texto de hoy es supremamente significativo, especialmente, el texto de la hemorroisa. Ella se presenta como una mujer que transgrede las reglas de pureza de su tiempo. Por su condición de enferma con flujo de sangre no debería haber tocado a nadie y, menos a un varón. Pero ella pasa por encima de esas normativas y toca el borde del manto de Jesús. Y la curación es fruto de esa acción, de su osadía, de su persistencia para buscar la salud. Jesús no tiene más que palabras de alabanza hacia ella: “Hija, tu fe te ha sanado, vete en paz y queda sana de tu aflicción”.
Así hemos sido las mujeres en la historia. De una historia de siglos de subordinación, muchas mujeres han levantado su voz y, sin importar las consecuencias que sufrieron por tal osadía, abrieron las puertas para que hoy las mujeres tengamos derechos y sigamos pidiendo la eliminación de todo tipo de discriminación en razón del sexo. En la historia de la Iglesia la situación no ha sido muy distinta. La lectura literal de pasajes relativos a la mujer y su invisibilización, como dijimos antes, han llevado a una exclusión de las mujeres de las esferas de decisión y de los ministerios ordenados. Pero estas figuras bíblicas, como la hemorroísa que hoy recordamos, han contribuido a empoderar a las mujeres cristianas y ha exigir también, dentro de la iglesia, la superación de todas las exclusiones en razón del sexo. No esta siendo fácil la tarea y el sínodo de la sinodalidad que está llevando a cabo, lo está mostrando una vez más. Las peticiones hechas por las mujeres en la etapa de consulta han ido diluyéndose y, en la actualidad, solo queda en firme, la petición por el diaconado femenino. Sin embargo, frente a esta petición hay bastantes voces en contra. Pero nadie puede impedir que sigamos tirando del manto de la institución eclesial y, confiamos que, lleguen a entender que, si Jesús fue capaz de reconocer el poder de la mujer para la restitución de su dignidad, no menos tiene que hacer la institución eclesial frente a las peticiones de las mujeres. Deseamos que así suceda y seguimos en pie procurándolo.
Sobre la hija de Jairo, lo importante es reconocer la fe que se pone en acto también en este milagro, en ese caso por parte de un varón. Cuando ya la niña muere, la multitud le dice a Jairo que ya no moleste más al maestro. Pero el mismo Jesús es quien sale al paso, va hasta la casa y la revive. Una vez lo que está en juego es la fe que es capaz de conseguir lo imposible. Este milagro también podría ayudar para el empoderamiento de las mujeres. Ni la muerte de la niña, impide que Jesús le devuelva la vida. En nuestro caso, ni la negativa durante siglos a conferir a las mujeres el lugar igualitario con los varones, podrá impedir que algún día sea posible una iglesia de ministerios compartidos, de decisiones tomadas por todo el pueblo de Dios, de reconocimiento pleno de la dignidad fundamental de todo el pueblo de Dios y su sentido de la fe (sensus fidei) para tomar las decisiones necesarias para cada presente. Que el evangelio nos fortalezca para seguir pidiendo una reforma de la iglesia en el que una condición indispensable es el lugar de las mujeres en ella, con su plena participación en todas las instancias, en todos los ministerios.
(Foto tomada de: https://familiafranciscana.com/2018/06/24/la-hija-de-jairo-y-la-hemorroisa)
En la solemnidad de San Pedro y San Pablo, un texto que habla de Comunidad, de Palabra, de Compromiso… Del blog Amigos de Thomas Merton:
…”el Doctor de la paz y Maestro de la unidad no quiso que hiciéramos una oración individual y privada, de modo que cada cual rogara sólo por sí mismo. No decimos: «Padre mío, que estás en el cielo», ni: «Dame hoy mi pan de cada día», ni pedimos el perdón de las ofensas sólo para cada uno de nosotros, ni pedimos para cada uno en particular que no caigamos en tentación y que nos libre del mal. Nuestra oración es pública y común, y cuando oramos lo hacemos no por uno solo, sino por todo el pueblo, ya que todo el pueblo somos como uno solo.
El Dios de la paz y el Maestro de la concordia, que nos enseñó la unidad, quiso que orásemos cada uno por todos, del mismo modo que él incluyó a todos los hombres en su persona. Aquellos tres jóvenes encerrados en el horno de fuego observaron esta norma en su oración, pues oraron al unísono y en unidad de espíritu y de corazón; así lo atestigua la sagrada Escritura que, al enseñarnos cómo oraron ellos, nos los pone como ejemplo que debemos imitar en nuestra oración: Entonces -dice- los tres, a una sola voz, se pusieron a cantar, glorificando y bendiciendo a Dios. Oraban los tres a una sola voz, y eso que Cristo aún no les había enseñado a orar.
Por eso fue eficaz su oración, porque agradó al Señor aquella plegaria hecha en paz y sencillez de espíritu. Del mismo modo vemos que oraron también los apóstoles, junto con los discípulos, después de la ascensión del Señor. Todos ellos -dice la Escritura- perseveraban en la oración, con un mismo espíritu, en compañía de algunas mujeres y de María, la madre de Jesús, y de los hermanos de éste. Perseveraban unánimes en la oración, manifestando con esta asiduidad y concordia de su oración que Dios, que hace habitar unánimes en la casa, sólo admite en la casa divina y eterna a los que oran unidos en un mismo espíritu.”
*
San Cipriano
***
Pedro y Pablo, dos columnas de la Iglesia, maestros inseparables de fe y de inspiración cristiana por su autoridad, son sinónimo de todo el colegio apostólico. A Simón Pedro, pescador de Betsaida (cf. Le 5,3; Jn 1,44), Jesús le llamó Kefas- Piedra y le dio el encargo de guiar y confirmar a los hermanos, a pesar de su frágil temperamento. Su característica distintiva es la confesión de la fe. Es uno de los primeros testigos del Jesús resucitado y, como testigo del Evangelio, toma conciencia de la necesidad de abrir la Iglesia a los gentiles (Hch 10-11).
Pablo de Tarso, perseguidor de la Iglesia y convertido en el camino de Damasco, es un hombre de espíritu vivaz y brillante formación, que recibió de los mejores maestros. Animado por una gran pasión por Cristo, recorrió con su dinamismo el Mediterráneo anunciando el Evangelio de la salvación.
Ambos recibieron en Roma la palma del martirio y la unidad en la caridad, convirtiéndose en ejemplo de diálogo entre institución y carisma.
Comentarios desactivados en “El Pueblo elegido”, por Gabriel María Otalora
De su blog Punto de Encuentro:
| Gabriel Mª Otalora
La tendencia natural humana es a creer que el por alguien, ya sea pueblo o persona, presupone un halo se superioridad respecto al resto. A lo largo de la historia, diferentes grupos de todas las religiones mundiales, han tenido este sentimiento de superioridad mundana para diferenciarse de los demás, e incluso despreciar o perseguirles por ello. Le pasó al pueblo judío tal como lo cuenta el Antiguo Testamento, y ha seguido ocurriendo hasta hoy, entre nosotros. Ese puntito de superioridad que tan bien le viene a la soberbia: sentirnos elegidos por ser mejores, más queridos, superiores…
¿Qué significa ser elegido por Dios? En ambos Testamentos, ser elegido significa ser llamado por Dios para una misión en particular, para trabajar responsabilidades. No se trata de privilegios o estatus, sino de la obra que Dios nos pide. El hecho de que los judíos sean el pueblo escogido de Dios significa que se les ha pedido una responsabilidad bíblica. No se trata de que Dios les quiera más; Él quiere a todos por igual, no podría ser de otra manera tratándose de Dios-Amor. Conviene recordarlo y sobre todo, vivirlo.
Algunos ejemplos de figuras bíblicas disipan las dudas:Abraham fue llamado a abandonar su tierra natal y establecer a su familia en el lugar que Dios le revelaría. A Moisés se le confirió la enorme tarea de liderar la liberación de su pueblo.Ester fue la elegida para salvar a su gente del genocidio. Juan el Bautista fue llamado a ser el mensajero de la venida del Mesías. María fue elegida para ser la madre del Salvador.Jesús eligió a sus discípulos para continuar la misión emprendida…
Ellos y ellas se enfrentaron a la incertidumbre, al peligro y al sufrimiento. No se les pidió que pensaran en sus bienes o en su reputación, sino que valoren su misión por encima de ellos mismos, como afirma el apóstol Pablo. Ayer fue el pueblo judío y sus referentes, hoy somos todos los que nos decimos cristianos los enviados a dar testimonio de la Buena Noticia (evangelizar), cada cual con sus dificultades y limitaciones, cargando con su cruz en el seguimiento. Elegidos para transmitir con el ejemplo la Buena Noticia a todos los demás.
En genérico, evangelizar con el ejemplo es transformarnos en portadores de la Buena Noticia desde el agradecimiento por tener la fe: nos ha tocado la lotería a todos, pero unos cuantos conocemos la noticia, y estamos elegidos en libertad para vivirla de manera que los demás gocen y participen de ella.
El Deuteronomio niega expresamente que la elección divina haya sido motivada por la grandeza de Israel o su perfección moral. Entonces, ¿por qué fue elegido precisamente el pueblo judío? La respuesta es que no podemos saberlo, sencillamente porque Dios no lo ha explicado, como tampoco lo ha hecho en el caso de María, Juan el Bautista y todos los demás; tampoco nos ha explicado por qué yo nací en el Primer Mundo y muchos otros millones de personas, en el Tercer Mundo. No hemos venido a entender, sino a amar (Alexis Carrel).
Lo que sí sabemos es que nosotros hemos sido llamados después de los judíos. Me reitero en que sigue habiendo quienes mencionan explícitamente que el concepto de elegibilidad del pueblo judío implica “superioridad” judía. O católica en nuestro caso, por mucho que se endulce el asunto matizando que ello se refiere a la esencia espiritual y no a una supremacía tangible y supremacista. El punto central de la elección divina no es la superioridad y quizá demasiados seguidores de Jesús andemos faltos de humildad y sobrados de arrogancia.
En el Nuevo Testamento, el término «elegido» nunca se usa para describir a los judíos como una raza. Como dice el apóstol Pablo, a través del evangelio, los gentiles son herederos junto con Israel, miembros de un solo cuerpo, y comparten la promesa en Cristo Jesús.»(Efesios 3). Los judíos de bien recuerdan que el pueblo judío no es una raza en ningún sentido de la palabra. La razón es que la herencia judía es matriarcal: alguien es judío, sólo cuando nace de madre judía, independientemente de la identidad de su padre. Obviamente, la identificación racial no puede depender tan sólo de la madre de la persona. Además, cualquier gentil que así lo desee y que esté dispuesto al compromiso que ello requiere, podrá convertirse en un miembro del pueblo judío con iguales derechos
Fuimos elegidos para “ser una luz para las naciones”. Pero en la práctica, creo que demasiadas veces nos sentimos superiores en alguna manera. Lo cierto es que todo nos ha sido regalado, incluida la fe, nos han elegido para transmitir y compartirla con aquellos que no la tienen. Igualmente podemos decir de los bienes que tenemos. Menos suficiencia, mayor agradecimiento y mejor respuesta ante el honor divino de haber sido elegidos para completar su Plan.
Comentarios desactivados en ¡Paz a todos los hombres de mala voluntad!
Hoy es el día en el que celebramos el Día Internacional del Orgullo Gay, en recuerdo del levantamiento de la comunidad LGTBI frente a la opresión social y el acoso policial en The Stonewal Inn ubicado en el barrio neoyorquino de Greenwich Village. Se cita a estos disturbios como la primera ocasión, en la historia de Estados Unidos, en que la comunidad LGBTI luchó contra un sistema que perseguía a los homosexuales con el beneplácito del gobierno, y son generalmente reconocidos como el catalizador del movimiento moderno pro-derechos LGBTI en Estados Unidos y en todo el mundo.
Jesús nos invita a despojarnos del miedo, a levantar la cabeza, a dejar las opresiones y decir alto y claro a los que detentan el poder en las distintas iglesias: ¡Somos creyentes, somos cristianos, somos personas LGTBI, somos Hijos e Hijas de Dios! ¡Nada ni nadie nos va a parar!
Y, a pesar de los avances, no podemos olvidar a quienes han caído en el camino victimas de la homofobia, de la Transfobia… Por eso, gritamos fuerte con este texto que hemos recogido del blog de la Communion Béthanie:
¡ Paz a todos los hombres de mala voluntad!
Qué cese toda venganza y toda llamada al castigo.
Los crímenes sobrepasan toda medida,
hay demasiados mártires…
También, no midas sus sufrimientos al peso de tu justicia, Señor,
y no deja estos sufrimientos al cargo de los verdugos,
para hacerles pagar una factura terrible.
Qué todo sea pagado de otra manera.
Ponte a favor de los verdugos,
de los delatores,
de los traidores
y todo hombre de mala voluntad,
el coraje y la fuerza espiritual de los demás,
su humildad,
su dignidad,
su lucha interior constante y su indecible esperanza,
la sonrisa que estanca sus lágrimas,
Su amor,
sus corazones quebrantados que permanecen firmes y confiados a la misma muerte, sí,
hasta los momentos de la más extrema debilidad…
Qué todo esto sea depositado delante de Ti,
Oh, Señor,
para el perdón de los pecados,
como rescate para el triunfo de la justicia.
¡ Qué el bien sea contado, no el mal !
Y qué las víctimas se queden en la memoria de los que les persiguen,
no como una pesadilla,
no como de los espectros atados a sus pasos,
sino como apoyos en su propio esfuerzo
para reducir la furia de sus pasiones criminales.
No pedimos nada más.
Y cuando todo esto se acabe,
da a las víctimas el vivir,
Señor,
hombres entre los hombres,
y que la paz vuelva sobre nuestra pobre tierra,
paz para todos los hombres de buena voluntad
y para todos los demás.
Esta oración procede de los archivos de un campo de concentración en Alemania *
Comentarios desactivados en Beato Bernardo de Hoyos: El matrimonio místico entre personas del mismo sexo con Jesús
El Beato Bernardo Francisco de Hoyos y de Seña fue un sacerdote español del siglo XVIII perteneciente a la Compañía de Jesús.
Bernardo escribió vívidamente acerca de su experiencia mística que culmina con su matrimonio místico con Jesús.
Fue beatificado en 2010 y su fiesta se celebra el día 29 de noviembre.
Bernardo nace en Torrelobatón, Valladolid, él 21 de agosto de 1711 y fallece en Valladolid el 29 de noviembre de 1735.
Estudió en los colegios jesuitas de Medina del Campo y Villagarcía de Campos, y estando en este último fue admitido en el Noviciado, recomendado por el Padre Félix de Vargas, el 11 de julio de 1726, sin haber llegado a cumplir 15 años; emitió los votos simples perpetuos con 17. Después estudió Filosofía en el Colegio de san Pedro y san Pablo de Medina del Campo, hoy parroquia de Santiago el Real, pasando en septiembre de 1731 a estudiar Teología en el Colegio de San Ambrosio de Valladolid, actual Santuario Nacional de la Gran Promesa. Allí conoce el culto al Corazón de Jesús y tiene las experiencias místicas que le llevan a su difusión por toda España.
Pero su gran experiencia mística se produce cuando Bernardo tenía 18 años. Es entonces cuando tuvo una visión en la que se desposaba con Jesús en una ceremonia muy similar a una boda humana.
Describe su experiencia de la siguiente manera:
Siempre sosteniendo mi mano derecha, el Señor me hizo ocupar el trono vacío, entonces colocó en mi dedo un anillo de oro ….
“Que este anillo sea una prenda de nuestro amor.Tú eres mío, y yo soy tuyo.Puedes llamarte y firmar como Bernardo de Jesús. Por lo tanto, como le dije a mi esposa, Santa Teresa, tú eres Bernardo de Jesús y yo soy Jesús de Bernardo.Mi honor es tuyo, tu honor es mío.Considera la posibilidad de mi gloria como la de un cónyuge, yo consideraré la tuya como la de mi cónyuge.Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío. Lo que yo soy, por naturaleza, se comparte por la gracia.Tú y yo somos uno! “
La visión de Bernardo inspiró al artista y sacerdote William Hart McNichols para pintar un icono representando el matrimonio místico de Bernardo con Jesús.
“Me quedé profundamente impresionado con esta hermosa historia del matrimonio místico de Jesús con Bernardo, incluyendo todos los símbolos de una boda humana”, escribió McNichols.
Los relatos oficiales católicorromanos enfatizan cómo Bernardo se convirtió en “el primer apóstol del Sagrado Corazón de Jesús en España,” pero la Iglesia Católica Romana le resta importancia a la visión queer que lo inspiró.El matrimonio de Bernardo con Jesús justificadamente se puede interpretar como una historia del “Jesús gay”.
Bernardo pasó nueve años en el proceso de formación de los jesuitas y fue ordenado en enero de 1735.Su ministerio pastoral se vió interrumpido más tarde ese mismo año, cuando murió de tifus el 29 de noviembre de 1735.Algunos lo llaman un “santo niño”, ya que sólo vivió hasta los 24 años.Sus últimas palabras indican que sintió la presencia de su esposo Jesús al final: “¡Oh, qué bueno que es vivir en el Corazón de Jesús!”
Después de su muerte, la santidad de Bernardo continuó creciendo, pero la política de la Iglesia Católica Romana desaceleró su camino a la santificación hasta hace muy poco.Su ceremonia de beatificación se celebró en abril de 2010 en el noroeste de España en la provincia española de Valladolid, donde Bernardo pasó toda su vida.
Mientras que la Iglesia Católica Romana se niega a bendecir los matrimonios del mismo sexo, la vida y la visión de sus propios santos cuentan una historia muy diferente, aquella en la que Cristo-Esposo se une con gusto en matrimonio con otro hombre.
Esta entrada es parte de la Serie Santos GLBTI por Kittredge Cherry en el blog Jesus in Love [Jesús enamorado].Ese blog presenta en las fechas adecuadas durante todo el año tanto santas y santos como mártires, héroes, heroínas y personas consagradas de especial interés para las personas gays, lesbianas, bisexuales, transexuales e intersexuales (GLBTI) y sus aliadas y aliados.
Comentarios desactivados en “Una mirada transparente”, por Miguel Ángel Mesa
De su blog Otro mundo es posible:
«El alma transparente como el día.
La voz sin falsear y la mirada
profunda como el mar, pero serena»
(Valentín Arteaga).
Vivimos en la sociedad de la prisa, vamos corriendo a todos los sitios, no podemos detenernos, ni perder el tiempo. Ni siquiera podemos pararnos para mirar algo con detenimiento. Ya no disfrutamos de la tarde tranquila en un parque, de una tarde de lluvia, de una bella vista de nuestra ciudad, del mar violento o en calma, de un rostro hermoso…
Con la utilización de los nuevos medios de comunicación en las redes sociales, ya no tenemos que mirar a la gente a los ojos para comentarle los sucesos del día, nuestras alegrías, nuestras tristezas, las diferencias o la cercanía con nuestro interlocutor…
Sin embargo, la mirada física, lo que retenemos en nuestra retina, es lo que pasa a nuestro cerebro, lo que se almacena y procesa, lo que nos ayuda a conocer, pensar, reflexionar, crecer como personas. Pero también está la mirada interior, la que «es invisible a los ojos», la observación que pasa por la pupila del corazón, se deposita en el laboratorio oscuro de nuestro hondón personal, cuelga los negativos en las cuerdas del proceso de reflexión, apareciendo lentamente la verdadera fotografía con todos sus perfiles, la esencia de la imagen que solo refleja lo que anida por dentro.
Para que cada uno de nosotros crezcamos como personas, alcanzando nuestra verdadera talla espiritual y humana, tenemos que mirar con detenimiento, fijamente, demorándonos en los detalles, en los colores, en los rasgos, en las sonrisas o en la tristeza de la mirada que contemplamos.
La mirada contemplativa se detiene en lo concreto de cada día, de cada circunstancia, de cada persona con la que se encuentra… no se pierde, ni se dirige hacia las alturas de la evasión. No obstante, no se deja atrapar por el estrés de lo cotidiano, y sigue contemplando esa línea del horizonte que marca la esperanza de la vida.
Quien mira en profundidad los ríos que fluyen en su interior y todo lo que le rodea, no se queda en las ramas de la superficialidad, sino que ahonda en las causas y las posibles consecuencias de cada situación concreta. Solo dirigiendo la mirada y la actuación hacia las raíces del problema, se puede encontrar una solución al mismo.
Quien contempla con detenimiento y placer las más nimias cosas de cada día, en cada momento: la hoja de hierba, el pan sobre la mesa, la belleza de unos ojos encendidos, la mano que se nos tiende, el dolor de la enfermedad… sienten palpitar todo el universo muy dentro de sí.
Nuestra mirada no puede perder en ningún momento la objetividad, la visión de la realidad tal como es, pero se puede volver contemplativa cuando adquiere otras perspectivas y se sumerge de lleno en los colores de la luz, de la ternura, de la sombra, del auténtico espíritu que anida en cada imagen que vislumbra.
Porque hay que amar lo que se ve, lo que nuestros ojos y nuestro corazón perciben, pero sabiendo que no existe una plena objetividad, la plasmación total de la realidad en la retina. Cada persona, cada circunstancia, cada momento histórico, nos abren a nuevos paradigmas, a otras realidades. Solo debemos aprender a mirar con ojos transparentes…
«Felices a quienes el paso de los años les limpia las telarañas de los ojos y convierte su mirada en clara transparencia».
Comentarios desactivados en “Una visita de alto riesgo”, por Dolores Aleixandre
De su blog Un grano de mostaza:
Hay necesidades que se esconden como las raposillas del Cantar
Acompaño a una hermana polaca de paso en España, visitamos en Segovia la tumba de san Juan de la Cruz y leo en una vitrina una carta del santo dirigida a Doña Juana de Pedraza: “Nunca mejor estuvo que ahora, porque nunca estuvo tan humilde ni tan sujeta”.
La afirmación me descoloca por lo firme y lo rotunda y mi sistema defensivo se pone en pie de guerra: ¿Cómo es eso de “estar mejor” estando “sujeta”? ¿No procede de una teología medieval y dolorista ya superada? ¿No estamos creados para ser libres? Hasta ganas me dan de escuchar otra vez a Nino Bravo cantando aquello de “Libreeeee, como el sol cuando amanece yo soy libre…”
Menos mal que, seguramente por inspiración del santo, dedico un tiempo a dar vueltas a lo de “estar sujeta” y en otra carta suya leo esto: “Y sepan que no tendrán ni sentirán más necesidades que a las que quisieren sujetar el corazón”. Eso me lleva a reconocer a regañadientes que casi siempre soy yo misma la que se amarra y sujeta a esas necesidades y, presuponiendo que no me pasa a mí sola, invito a salir de sus madrigueras a algunas de esas necesidades que se esconden como las raposillas del Cantar para poder ponerles nombre:
– la necesidad de permanecer en un habitat diseñado y acondicionado por nosotros mismos – esta comunidad, este trabajo, este clima, este médico…-, que nos sujeta a un futuro de momias disecadas
– la necesidad de reconocimiento, palmaditas y medallas que nos sujeta a la barra de un caballito de verbena que sube y baja al compás de la música
– la necesidad de vivir recordando viejas glorias de un pasado en que éramos tantos y tan jóvenes y con tantas obras, que nos sujeta a un pedestal de estatua del Museo de Cera…
Saldrían muchas más, pero quizá baste esta sentencia final de la carta para dejarnos rendida el alma y con ganas de otra libertad: “El pobre de espíritu en las menguas está más constante y alegre (…) no queriendo sujetar nada para sí y perdiendo cuidados por poder arder más en amor.”
Si a alguien se le ocurre visitar la tumba del santo en Segovia, ya sabe a lo que se expone.
Comentarios desactivados en “ ¿Y si dejáramos entrar “aire fresco” a la Iglesia?”, por Consuelo Vélez
De su blog Fe y Vida:
«Si nos remontamos a los orígenes del cristianismo, según el testimonio del libro de Hechos de los Apóstoles, los primeros cristianos vivían unidos y tenían todo en común, nadie pasaba necesidad entre ellos porque los que tenían más, vendían sus bienes para compartir con los más necesitados. Partían el pan en sus casas, tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón. Alababan a Dios y gozaban de la simpatía de todo el pueblo y cada día se agregaban más personas a la comunidad»
«Algunos sueñan con aquellas parroquias donde había procesiones, adoraciones, mujeres con la cabeza cubierta, inciensos, novenas, velas, genuflexiones, incluso algunos siguen añorando la misa en “latín” (como si la misa fuera un espectáculo para asistir y no un acontecimiento para vivir y entender lo que se dice) y refuerzan esos modelos antiguos y se sienten orgullosos de practicarlos»
Muchas veces hemos dicho que el pontificado de Francisco ha significado un aire “fresco” para la Iglesia. Sin embargo, no parece que lo fuera para todos y, lamentablemente, menos para aquellos que se dicen más practicantes o más cercanos a la vida parroquial, diocesana o de determinados grupos apostólicos, especialmente, algunos que han surgido últimamente. ¿Por qué sucede esto?
Si nos remontamos a los orígenes del cristianismo, según el testimonio del libro de Hechos de los Apóstoles, los primeros cristianos vivían unidos y tenían todo en común, nadie pasaba necesidad entre ellos porque los que tenían más, vendían sus bienes para compartir con los más necesitados. Partían el pan en sus casas, tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón. Alababan a Dios y gozaban de la simpatía de todo el pueblo y cada día se agregaban más personas a la comunidad (2, 44-47).
Este breve relato era el ideal que perseguían estos primeros círculos de discipulado y, aunque sabemos que también había dificultades (por ejemplo, la historia de Ananías y Safira (Hc 5, 1-11) quienes vendieron su casa para poner sus bienes en común, pero decidieron engañar a la comunidad para quedarse con parte del dinero), muchos debieron vivir esa experiencia y, con tanta fuerza, que la iglesia fue creciendo, consolidándose y atrayendo a más y más personas. Siempre ese modelo de la primera comunidad nos sirve de referencia para tomar el pulso de nuestra vivencia eclesial y darnos cuenta de si la alegría y sencillez en torno a la buena noticia del reino de Dios anunciada por Jesús, sigue convocándonos o vamos cayendo en formalismos y actitudes rígidas que, en lugar de convocar, dispersan.
Y algo de eso nos está pasando. Ahora no somos pequeñas comunidades, sino grandes parroquias, países enteros confesando la fe cristiana, una iglesia con mucha organización y proyección universal, con una palabra de autoridad y un influjo todavía importante en el mundo, pero que comienza a convocar poco y a ver disminuir más y más sus filas. Todo grupo necesita “aire fresco” para no anquilosarse, no rutinizarse, no agotarse en sus propias formas y logros adquiridos. Sin embargo, llega un Papa que proyecta una imagen muy positiva a ese mundo más alejado de la fe cristiana, y encuentra, entre algunos cristianos, mucha oposición, desconfianza, crítica, desconcierto. Esto resulta bien contradictorio. Estos cristianos no se dan cuenta de que sus formas ya no están convocando y no entienden que es necesario actualizar la fe, hacerla significativa para cada tiempo presente.
Ante el hecho de ir perdiendo fieles y mayor presencia en las sociedades actuales, en lugar de tener esa actitud propositiva de preguntarse qué es necesario cambiar y cómo puede ser más significativo lo que vivimos para el mundo de hoy, muchos parroquianos se “aferran” a aquello que en otros tiempos dio su fruto pero que ya no dice demasiado. Entonces sueñan con aquellas parroquias donde había procesiones, adoraciones, mujeres con la cabeza cubierta, inciensos, novenas, velas, genuflexiones, incluso algunos siguen añorando la misa en “latín” (como si la misa fuera un espectáculo para asistir y no un acontecimiento para vivir y entender lo que se dice) y refuerzan esos modelos antiguos y se sienten orgullosos de practicarlos. Se creen que están siendo más fieles o piadosos y se sienten más seguros de estar cerca de Dios. Y, por parte de los párrocos, también cierto tipo de ceremonias les hace parecer más importantes, se hacen el centro de la celebración y da la impresión que de esa manera se sienten más apropiados de su ministerio. Por supuesto, hay gente que se siente atraída por esas formas externas y, entonces, parroquianos y clérigos las refuerzan. Pero esto no es suficiente para una vitalidad eclesial.
Otros se aferran a las normas morales, llámase aborto, eutanasia, matrimonio igualitario e, incluso, lo de la bendición a parejas del mismo sexo que causó tanto revuelo hace unos meses. Y organizan marchas, procesiones, protestas para atacar esas realidades que dicen están acabando con la fe.Pero, esas mismas personas que levantan la voz sobre estos temas, se muestran contrarios a la paz, al diálogo, a los programas sociales, a la defensa de los más vulnerables, a la justicia social. Se les ve en las marchas en contra de todo lo anterior. Y no faltan clérigos que desde el pulpito llaman a desacreditar todos los esfuerzos por la construcción de la paz. Por supuesto no han leído la Encíclica Fratelli tutti de Francisco (2020) que aboga por la dimensión de hermandad que hace posible el mundo soñado por Jesús en su anuncio del reino.
El evangelio no es para vivir una fe “intimista”, alejada del compromiso social. No es para vivir “el ojo por ojo, diente por diente”, sino para perdonar 70 veces 7 y estar dispuestos a “volver a empezar” todas las veces que sea necesario en pro de un mundo mejor
El evangelio no es para vivir una fe “intimista”, alejada del compromiso social. No es para vivir “el ojo por ojo, diente por diente”, sino para perdonar 70 veces 7 y estar dispuestos a “volver a empezar” todas las veces que sea necesario en pro de un mundo mejor. No es para aferrarse a las formas externas sino para dejar que el Espíritu “renueve la faz de la tierra” (Salmo 104, 30) y “haga nuevas todas las cosas” (Ap 21,5). El magisterio del papa Francisco -sus exhortaciones y encíclicas- traen un mensaje renovado, unas perspectivas mucho más integrales e integradoras, mucho más comprometidas con la vida -lo que en verdad le interesa a Dios- y no tanto con el “culto” que parece que es lo único que interesa a algunos círculos creyentes. En fin, sea lo que sea, el que ahora haya menos miembros en la Iglesia no es porque Dios no esté convocando, es porque nosotros no somos capaces de “refrescar” la vida, la fe, la esperanza, el amor. Si dejáramos entrar al espíritu de Jesús, con certeza, se renovaría la faz de la Iglesia y así muchos podrían ver una Iglesia que apuesta por la vida y, la vida de todos, “sin miedo a herirse, mancharse, equivocarse” (Evangelii Gaudium n. 44).
Ir a la otra orilla,
a la orilla marginada y olvidada,
a la orilla expoliada y sin historia,
a la orilla que sufre y llora la miseria.
Ir a la otra orilla,
a la orillan en la que se hacinan tantas personas,
a la orilla de la que salen las pateras,
a la orilla que reclama justicia y vida digna.
Ir a la otra orilla
con el corazón y las manos limpias,
con la mente despejada
y entrañas compasivas.
Ir a la otra orilla
siguiendo tu propuesta y tus huellas,
sin mirar de soslayo
y sin añorar lo dejado en las riberas.
Ir a la otra orilla
sin corazas ni barreras,
con la humildad dentro y fuera
y la esperanza florecida.
Ir a la otra orilla
aunque se levanten huracanes y tormentas,
las olas zarandeen la barca
y Tú sigas dormido en popa.
Ir a la otra orilla
y dejarse empapar por sus personas,
por sus historias y vidas
de dolor, alegría y lucha.
Ir a la otra orilla
a sentir y vivir la buena nueva,
a compartir nuestra riqueza
y a recuperar tu presencia.
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