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La aparición más extraña en el sitio más inesperado. Domingo 3º de Pascua. Ciclo C.

domingo, 4 de mayo de 2025
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pedro-me-amas1Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

El cuarto evangelio tuvo dos ediciones. La primera terminaba en el c.20. Más tarde, no sabemos cuándo, se añadió un nuevo relato, el que leemos hoy (Jn 21,1-19). El hecho de que se añadiese a un evangelio ya terminado significa que su autor le daba especial importancia.

Un comienzo sorprendente

            Según el cuarto evangelio, cuando Jesús se aparece a los discípulos al atardecer del primer día de la semana, les dice: “Como el Padre me ha enviado, así os envío yo. Pero ellos no deben tener muy claro a dónde los envía ni cuándo deben partir. Vuelven a Galilea, a su oficio de pescadores; en todo caso, resulta interesante que Natanael, el de Caná, no se dirige a su pueblo; se queda con los otros. Pero no son once, solo siete. Pedro propone ir a pescar, y se advierte su capacidad de liderazgo: todos le siguen, se embarcan… y no pescan nada.

Algunos comentaristas han destacado las curiosas semejanzas entre los evangelios de Lucas y Juan. Aquí tendríamos una de ellas. En el momento de la vocación de los cuatro primeros discípulos, también han pasado toda la noche bregando sin pescar nada, y una orden de Jesús basta para que tengan una pesca abundantísima. Por otra parte, en la propuesta de Pedro: “Me voy a pescar”, resuenan las palabras de Jesús: “Yo os haré pescadores del hombres.

       En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: 

            Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos. Simón Pedro les dice: 

            – Me voy a pescar.

            Ellos contestan: 

            – Vamos también nosotros contigo.

            Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada.

Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. 

            Jesús les dice: 

            – Muchachos, ¿tenéis pescado?

            Ellos contestaron: 

            – No.

            Él les dice: 

            – Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.

            La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces.

            Dos reacciones: el impulsivo y el creyente

El relato de lo que sigue es tan escueto que parece invitar al lector a imaginar la escena y completar lo que falta.

Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: 

            – Es el Señor.

            Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice: 

            – Traed de los peces que acabáis de coger.

            Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red. 

            El contraste más marcado es entre el discípulo al que Jesús tanto quería y Pedro. El primero reconoce de inmediato a Jesús, pero se queda en la barca con los demás. Pedro, al que no se le pasado por la cabeza que se trate de Jesús, se lanza de inmediato al agua… pero no sabemos qué hace cuando llega a la orilla. Tampoco Jesús le dirige la palabra. Espera a que lleguen todos para decir que traigan los peces, y de nuevo es Pedro el que sube a la barca y arrastra la red hasta la orilla. Hay dos formas de protagonismo en este relato: el de la intuición y la fe, representado por el discípulo al que quería Jesús, y el de la acción impetuosa representado por Pedro.

            [La cantidad de 153 peces se ha prestado a numerosas teorías, pero ninguna ha conseguido imponerse. Según Plinio el Viejo, existían ciento cincuenta y tres variedades de peces. El evangelista habría querido decir que la pesca se extendió al mundo entero, abarcando a toda clase de personas.]

El misterio de la fe: seguridad sin certeza

Jesús les dice:

– Vamos, almorzad.

Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor.

          Durante la comida extraña nadie dice nada, ni siquiera Jesús. En ese silencio resalta uno de los mensaje más importantes del relato: Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor.” Lo saben, pero no pueden estar seguros, porque su aspecto es totalmente distinto. Es otro de los puntos de contacto entre Lucas y Juan. Los dos insisten en que Jesús resucitado es irreconocible a primera vista: María Magdalena lo confunde con el hortelano, los discípulos de Emaús hablan largo rato con él sin reconocerlo, los once piensan en un primer momento que es un fantasma.

            Frente a la apologética barata que nos enseñaban de pequeños, donde la resurrección de Jesús parecía tan demostrable como el teorema de Pitágoras, los evangelistas son mucho más profundos y honrados. Sabemos, pero no nos atrevemos a preguntar.

¿Un final eucarístico?

Jesús no dice nada, pero hace mucho. Los gestos de dar el pan y el pescado recuerda a la multiplicación de los panes y los peces, con su claro mensaje eucarístico. La escena también recuerda a la de los discípulos de Emaús, que no reconocen a Jesús, pero lo descubren al partir el pan, aunque aquí no se habla de reconocimiento. Lo esencial es que Jesús alimenta a sus apóstoles, dándoles de comer uno a uno.

Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. 

            Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos. 

Pedro de nuevo: humildad y misión

               La última parte, que se puede suprimir en la liturgia, vuelve a centrarse en Pedro. Va a recibir la imponente misión de sustituir a Jesús, de apacentar su rebaño. Hoy día, cuando se va a nombrar a un obispo, Roma pide un informe muy detallado sobre sus opiniones políticas, lo que piensa del aborto, del matrimonio homosexual, el sacerdocio de la mujer… Jesús también examina a Pedro. Pero solo de su amor. Tres veces lo ha negado, tres veces deberá responder con una triple confesión, culminando en esas palabras que todos podemos aplicarnos: “Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero”. A pesar de las traiciones y debilidades.

            Y Jesús le repite por tres veces la nueva misión: “pastorea mis ovejas. Cuando escuchamos esta frase pensamos de inmediato en la misión de Pedro, y no advertimos la novedad que encierra “mis ovejas”. La imagen del pueblo como un rebaño es típica del Antiguo Testamento, pero ese rebaño es “de Dios. Cuando Jesús habla de “mis ovejas” está atribuyéndose ese poder y autoridad, semejantes a los del Padre, de los que tanto habla el cuarto evangelio.

Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: 

            – Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?

Él le contestó: 

            – Sí, Señor, tú sabes que te quiero.

Jesús le dice: 

            – Apacienta mis corderos.

Por segunda vez le pregunta: 

            – Simón, hijo de Juan, ¿me amas?

Él le contesta: 

            – Sí, Señor, tú sabes que te quiero.

Él le dice: 

            – Pastorea mis ovejas. 

Por tercera vez le pregunta: 

            – Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?

Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó:
– Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.

Jesús le dice: 

            – Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras.» 

Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: 

            – Sígueme.

La alegría en la persecución (Hechos 5,27b-32.40b-41)

            [Nota previa muy importante: La traducción litúrgica ha suprimido algo esencial: los azotes a los apóstoles. El texto griego dice: “llamando a los apóstoles, los azotaron, les prohibieron hablar en nombre de Jesús y los soltaron”. En el leccionario, al faltar los azotes, no se comprende por qué se marchan “contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús].

          En la lectura podemos distinguir tres secciones: 1) el sumo sacerdote interroga a los apóstoles y los acusa de seguir hablando de Jesús, haciendo responsables a las autoridades judías de su muerte. 2) Pedro responde que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres, e insiste en que Dios resucitó a Jesús. 3) Final: los azotan, les prohíben nuevamente hablar de Jesús y ellos salen contentos de haber merecido ese ultraje.

            Dos detalles llaman la atención: a) la necesidad que tienen los apóstoles de hablar de Jesús, aunque se lo prohíban y los castiguen; así se explica la difusión del cristianismo en el ámbito del siglo I por las regiones más distintas. b) La alegría en medio de las persecuciones, que no tiene nada que ver con el masoquismo, sino como forma de revivir el destino de Jesús.

En aquellos días, el sumo sacerdote interrogó a los apóstoles y les dijo:

– «¿No os hablamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre.»

Pedro y los apóstoles replicaron:

– «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen.»

Prohibieron a los apóstoles hablar en nombre de Jesús y los soltaron. Los apóstoles salieron del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús.

Jesús exaltado (Apocalipsis 5,11-14)

            Este tema lo ha tratado Pedro ante el sumo sacerdote cuando dice: “La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador”.  El Apocalipsis desarrolla este aspecto hablando del Cristo glorioso del final de los tiempos.

         Yo, Juan, en la visión escuché la voz de muchos ángeles: eran millares y millones alrededor del trono y de los vivientes y de los ancianos, y decían con voz potente:

– «Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza.»

Y oí a todas las criaturas que hay en el cielo, en la tierra, bajo la tierra, en el mar -todo lo que hay en ellos, que decían:

– «Al que se sienta en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos.»

Y los cuatro vivientes respondían:

– «Amén

Y los ancianos se postraron rindiendo homenaje.

Reflexión final

            Las lecturas de este domingo son muy actuales. Además de la persecución sangrienta de Jesús a través de los cristianos, está el intento de silenciarlo, como pretendía el sumo sacerdote. Aunque a veces, el problema no es que nos prohíban hablar de Jesús, sino que no hablamos de él por miedo o por vergüenza.

            Otras veces nos resulta difícil, casi imposible, identificarlo en la persona que tenemos enfrente. O admitir ese triunfo suyo del que habla el Apocalipsis. Las lecturas nos invitan a reflexionar y rezar para vivir de acuerdo con la experiencia de Jesús resucitado.

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III Domingo de Pascua. 04 mayo, 2025

domingo, 4 de mayo de 2025
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3Do-Pascua

“Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla;

pero los discípulos no sabían que era Jesús…”

(Jn 21, 1-19)

 

El tiempo de Pascua es el tiempo de las sorpresas del Resucitado. Los discípulos y discípulas de la primera hora nos han legado su experiencia de encuentro con el Resucitado. En cada uno de esos encuentros hay un algo de sorpresa.

Siempre les cuesta descubrir quién es el personaje que irrumpe en la escena, da igual que se haya aparecido otras veces, es difícil de reconocer. El texto nos dice que erala tercera vez que Jesús se aparecía a sus discípulos, después de resucitar de entre los muertos.”

Parece que los discípulos se han quedado tan sobrepasados tras la muerte violenta de su maestro que no pueden reconocerle resucitado, pero recuerdan sus gestos. Porque ya en otras ocasiones les había invitado a echar las redes o había bendecido con ellos los alimentos.

La apariencia del Resucitado es distinta, desconocida, pero sus gestos son inconfundibles, en ellos sus discípulos reconocen al Crucificado. Lo que la lógica es incapaz de razonar lo descubre el amor en los gestos pequeños.

Un pequeño gesto es capaz de cambiar por completo la dirección de una vida. Cuenta el autor de un libro que se titula “La guerra no es santa: Relato del infierno Muyahidin”, cómo la ternura de un gesto le hizo conectar con la luz que después de toda la violencia vivida, aún quedaba en su corazón. Invitado en casa de un amigo se puso enfermo con una fiebre muy alta, entonces la madre de su amigo se acercó a su cama y le tomó la fiebre poniéndole la mano sobre su frente. Ese gesto le recordó lo que solía hacer su propia madre cuando él era pequeño y enfermaba.

Ese gesto le hizo descubrir la ternura en las personas que siempre había considerado enemigas, infieles y a las que deseaba eliminar. Había crecido en un país lleno de violencia y con la creencia de que matar “infieles” era la llave de entrada al Paraíso.

Él, que había crecido viendo semanalmente como los infieles eran castigados con la muerte de una manera pública, a modo de espectáculo y con ello se había ido oscureciendo su corazón, afirma que aquel gesto, unido a otros, hizo que el pequeño punto blanco que todavía quedaba en su corazón fuera ganando espacio.

Los gestos, nuestros gestos como los del Resucitado pueden transformar la realidad. Claro que no vale con cualquier gesto, son los gestos nacidos del amor, aquellos que brotan de lo más puro, de nuestra misma esencia. Gestos que no siempre son fáciles porque en nosotros también hay violencia y oscuridad.

Oración

Ayúdanos, Trinidad Santa, a vivir conectadas a nuestra propia esencia, ese lugar bondadoso e inviolable, del que nace el amor que nos hace semejantes a Ti.

*

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

***

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El relato es fantástico y simbólico.

domingo, 4 de mayo de 2025
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11E9CD87-F275-45F8-8BD6-FA4AE7257E6DDOMINGO 3º DE PASCUA (C)

Jn 21, 1-19

Se trata de una vivencia interior que, o se tiene, y entones no hay que explicar nada, o no se tiene y entonces no hay manera de explicarla. Esta simple constatación es la clave para afrontar los textos. No hay palabras para expresar la vivencia, por eso usan símbolos.

El objeto de estos textos no es explicar ni convencer, sino invitar a la misma experiencia que hizo posible la absoluta seguridad de que Jesús estaba vivo. Descubriremos la fuerza arrolladora de esa Vida y podremos intuir la profundidad del cambio operado en ellos. Las autoridades religiosas y romanas pretendieron borrarle de la memoria de los vivos.

En el relato que hoy leemos, nada es lo que parece. Todo es mucho más de lo que parece. Responde a un esquema teológico definido, que se repite en todas las apariciones. No pretenden decirnos lo qué pasó, sino transmitirnos la experiencia de una comunidad. En aquella cultura, la manera de transmitir ideas era a través de relatos elaborados ad hoc.

Se manifestó (ephanerôsen) significa “surgir de la oscuridad”. “Al amanecer”, cuando se está pasando de la noche al día, los discípulos pasan de una visión terrena de Jesús a través de los sentidos, a una experiencia interna que les permite descubrir en él lo que no se puede ver ni oír ni tocar. Sigue el esquema que se da en todas las apariciones.

Situación dada. Habían vuelto a su tarea habitual. Lo que les va a pasar, ni lo esperan ni lo buscan. Los discípulos están juntos, forman comunidad. No se hace alusión a los doce sino a los siete, signo de plenitud. Misión universal de la nueva comunidad. La noche significa la ausencia de Jesús. Sin él, la misión es estéril. Con él todo es posible.

Se hace presente. Toma la iniciativa, sin que ellos lo esperen. La primera luz de la mañana es señal de la presencia de Jesús. Continúa el lenguaje simbólico. Jesús es la luz que permite trabajar y dar fruto. No los acompaña; su acción se ejerce por medio de los discípulos. Cuando siguen sus instrucciones, encuen­tran pesca y le descubren a él mismo.

Saludo. Una conversación que pretende acentuar la cercanía. “Muchachos» (paidion) diminutivo de (pais) = niño. Es el “chiquillo de la tienda”. Al darles ese nombre, está exigiéndoles una disponibilidad total. Él tiene ya pan y pescado. Ellos tienen que seguir buscando y compartiendo el alimento. Jesús sigue en la comunidad, pero sin actuar.

Lo reconocen. Solo uno lo descubre, el que está más identificado con Jesús. Reconoce al Señor en la abundancia de peces, es decir, en el fruto de la misión. Solo el que tiene experiencia del amor sabe leer las señales. El éxito es señal de la presencia del Señor. El fracaso delataba la ausencia del mismo. Juan Comunica su intuición a Pedro.

No ven primero a Jesús, sino el fuego y la comida, las expresiones de su amor a ellos. El alimento que les da se distingue del que ellos logran por su indicación. Hay dos alimentos: uno es don gratuito aportado por Jesús, el otro lo deben conseguir con el esfuerzo.

La misión. Hoy se personaliza en Pedro. Con su pregunta, Jesús enfrenta a Pedro con su actitud. Solo él lo había negado, solo él tenía que rectificar. Jesús usa el verbo “agapaô” = amar, unidad. Pedro contesta con “phileô” =querer, amistad. Al preguntarle por 3ª vez, pone en relación este episodio con las tres negaciones. Espera una rectificación total.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Después de Jesús, nosotros la Iglesia.

domingo, 4 de mayo de 2025
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«Apacienta mis corderos… Apacienta mis ovejas».

Uno de los capítulos del “Curso de cultura religiosa” de José E. Ruiz de Galarreta estaba dedicado a la Iglesia, y abarcaba desde sus orígenes en el siglo primero hasta nuestros días. En él ofrecía una visión muy positiva de su coyuntura actual, y vamos a comenzar este comentario con un resumen telegráfico de su contenido.

Decía así:

Imbuidos del espíritu de Jesús, aquellos hombres y mujeres comprometidos con la misión se convierten en semilla poderosa que cae en buena tierra y da cosecha abundante. Surgen las primeras comunidades cristianas y sus miembros se reúnen en las casas para celebrar la Cena del Señor, en la que escuchan a los Testigos, leen las primeras recopilaciones de los hechos y dichos de Jesús y atienden las necesidades de los más necesitados. Su modo de vida es fértil y contagioso, y no dejan de crecer.

Las autoridades comienzan a recelar de su creciente influencia sobre el pueblo y llegan las persecuciones. Judíos y romanos los persiguen, los encarcelan, los torturan y los matan, pero el espíritu que los anima, el espíritu de Jesús, los mantiene firmes, y cuanto más los persiguen, más se reafirman en su fe… Y siguen creciendo.

Pero a partir del siglo II se abandona el estilo de Jesús. Primero se imponen las teologías filo-gnósticas en boga y luego las metafísicas platónica y aristotélica. Se relegan las parábolas. Abbá se convierte en la Primera Persona de la Santísima Trinidad y se olvida la buena Noticia. Se impone el celibato y se margina a las mujeres. Llegan las pompas señoriales de los obispos bizantinos y la monarquía absoluta del Papa. La Iglesia, antes perseguida, se convierte en perseguidora…

Y llegamos a nuestros días. Y cuando todo parecía perdido, surge una generación de gente que no está dispuesta a permitir que el Viento de Dios que empujó a la primera comunidad deje de soplar en la Iglesia actual.

Y el espíritu renace. Y hay signos evidentes de que la Iglesia, quizá por primera vez, es consciente de sus pecados y se esfuerza por salir de ellos. Y vemos que hay más la gente que se acerca a la Iglesia movida por la fe, y no por la costumbre. Que el sacerdocio deja de ser una situación de prestigio y comodidad, y se convierte en una opción de servicio. Que casi nadie piensa que fuera de la Iglesia no haya salvación o que la acción de Dios en el mundo se dé solamente dentro de la Iglesia.

Y vemos también que el Santo Sacrificio de la misa va dejando paso a la eucaristía y que la exégesis seria nos ayuda a entender mejor la Palabra. Que se recupera la humanidad de Jesús –tantos siglos sometida a un docetismo indiscutido– y se redescubre a Abbá, enmascarado por ese Padre Todopoderoso caracterizado, sobre todo, por el poder y la justicia. Y que por primera vez en muchos siglos, no es el clero, sino todos los cristianos, los que podemos decir “nosotros la Iglesia”.

La Iglesia se enfrenta esperanzada –terminaba diciendo José Enrique– al reto de responder a los desafíos de cada momento y cada cultura; de ser fiel simultáneamente a dos principios fundamentales: a lo recibido de los Testigos, y a los signos de los tiempos…

Y todo eso es cierto, y enormemente esperanzador, pero la visión preponderante entre cristianos y no cristianos es otra distinta basada también en hechos palpables. Porque es innegable que el bienestar que ha traído aparejada la cultura consumista ha hecho que el mundo haya dejado de ser un valle de lágrimas, que los fieles hayan dejado de refugiarse en el más allá y hayan olvidado su dimensión espiritual… Que hayan cerrado la puerta de acceso a su interior, abandonado la eucaristía (alimento básico de las primeras comunidades), dejado de escuchar la Palabra, sacado a Jesús de sus vidas y, al menos aparentemente, que se estén convirtiendo en grupos marginales en extinción que nada representan en la marcha del mundo. Como decía J. Antonio Estrada: «El progreso del más acá va a sustituir a la expectativa del más allá»…

Ante este panorama, quizá tengamos que acostumbrarnos a pensar en una Iglesia minoritaria, de gente activa y comprometida, que se mantenga fiel a los criterios de Jesús, aparque sus prejuicios y sus complejos seculares, deje de ir a remolque de los criterios del mundo (aunque con ello cause escándalo) y se sienta levadura destinada a fermentar toda la masa. Una Iglesia fértil abrazada con decisión a la misión de empapar la sociedad de los criterios de Jesús.

A muchos de sus seguidores nos gustaría que toda la humanidad le conociese y adoptase sus criterios, pero eso es una utopía. Lo que quizá no lo sea, es una humanidad plural empapada de los criterios de Jesús (aunque no lo sepa) y que camina hacia su destino; el Reino. Porque los criterios que definen el Reino son universales, y porque Jesús nos envió por el mundo a proclamarlos.

Y no se trata de predicar por las calles y plazas (eso no sirve de nada), sino de vivir el evangelio de forma coherente con la esperanza de que esa forma de vivir se contagie al resto de la sociedad. Ya ocurrió en el tiempo  de las primeras comunidades e incluso en la sociedad romana previa a Constantino… y puede volver a pasar.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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Tú sabes que te quiero.

domingo, 4 de mayo de 2025
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DOMINGO 3º Pascua (C)

Jn 21, 1-19

En el mundo globalizado en que vivimos, ¿qué sentido damos a la fe?, ¿qué prioridad otorgamos en nuestra existencia a confiar en lo Divino? ¿Qué significa hoy, celebrar la Pascua en una sociedad materialista, donde predominan la inmediatez, la increencia y la indiferencia religiosa? ¿Dónde están nuestros jóvenes y adultos después del paréntesis de la Semana Santa? ¿Y aquellos que recibieron una educación en la fe en el seno de una comunidad parroquial cristiana comprometida y, sin embargo, se han desvinculado o se han alejado de las celebraciones y muestran un total desinterés en transmitir la fe recibida? De lo que no tenemos duda es que Abbá Dios sigue llamando a toda persona por caminos insospechados, a través de otras mediaciones que, afortunadamente, trascienden todas nuestras expectativas.

Pero, por otra parte, ¿es la Iglesia católica coherente y creíble manteniendo una estructura patriarcal, misógina, donde priman las relaciones de poder, de privilegio de unos en detrimento de otras, las mujeres? Aunque ha habido avances significativos en comparación con la opacidad de otros pontificados, el legado de Francisco es complejo y un futuro incierto. La persistencia de esta desigualdad condiciona la capacidad de la Iglesia para conectar con una gran parte de la población. Sería de esperar una conversión, un cambio más inclusivo que reconozca plenamente el potencial y la dignidad de las mujeres. Superar las barreras, las divisiones seculares, los obstáculos derivados de una teología dogmática, de una interpretación literal de las Escrituras o una tradición desfasada y volver una y otra vez al Evangelio del Reino como el papa Francisco ha iniciado y puesto en práctica en su pontificado. Asimismo, esperamos en una renovación teológica, litúrgica y pastoral que responda a los desafíos que tiene planteado el mundo actual.

Este tiempo pascual nos invita a replantearnos nuestra fe, el encuentro con Cristo que acontece y se desarrolla en la vida cotidiana, en la brega diaria de nuestros quehaceres. Lo que significa que la resurrección debe vivirse en el presente que nos toca vivir. Por eso en las apariciones pascuales tienen gran importancia las comidas donde el pan se parte, se reparte y se comparte, todo se pone en común y se presta servicio a los más necesitados, a quienes se encuentran en dificultad. El Resucitado se hace también presente en el trabajo que, con espíritu de solidaridad, realizan los discípulos y discípulas de manera sencilla, sin declaraciones altisonantes, en el duro camino de la vida. El Señor “se aparece” en la historia humana para ayudarnos a hacer de nuestros pasos una historia de salvación.

La primera lectura de los Hechos de los Apóstoles (5,27b-32. 40b-41) nos muestra cómo en las primeras comunidades se ven en la necesidad de desobedecer formalmente una orden de autoridad, porque iba en contra de la radical exigencia del Evangelio. ¿Somos testigos cualificados: “testigos de esto somos nosotros/as y el Espíritu Santo”, frente a cualquier autoridad que nos pida ser serviles, complacientes con sus exigencias, cómplices de sus engaños?

Jesús se acerca, toma el pan y se lo da; y lo mismo el pescado”. ¿En qué mesas hacemos presente al Resucitado hoy? ¿Qué signos externos revelan la autenticidad de “mi resurrección” interior, el encuentro real en que Jesús me cuestiona si le quiero?

¿Qué claves nos pueden ayudar a vivir la resurrección como un camino de renovación, vivencial, apasionante?

– Acoger y agradecer las pequeñas cosas de cada día como un regalo: cada amanecer/atardecer, el aire que respiro, un plato de comida en la mesa, la casa en la que habito, el nacimiento de cada ser humano, la plantita o el árbol que rebrotan de nuevo…

– Vivir el presente, que me pone en contacto con la eternidad, me hace mirar más allá de las limitaciones vengan de donde vengan…

– Contemplar los acontecimientos, situaciones, noticias como oportunidad para ver la trama, la urdimbre de la vida, el misterio que nos envuelve, la mano misteriosa que nos guía en lo escondido…

– Dejar de rumiar los fallos del pasado, el bien que no hice, la culpa que me angustia, los pensamientos que me enredan…

– No inquietarme por la inseguridad del futuro: el trabajo, la salud, la familia, la situación del mundo; no hay miedo si confío en que estoy en manos de Dios.

– Mirar a todo hombre o mujer sin hacer distinciones por razón de apariencia, sexo, raza, estatus social… porque todos somos hermanos e incluso considerar a aquellos que provocan dolor en los más necesitados, en los inocentes… y pedir al Señor por ellos para que cambien de actitud…

– Alimentarme cada día de la Palabra de Dios que me nutre, me sostiene, me transforma, me impulsa a seguir sus pasos aun en las adversidades de la existencia.

– Encontrar espacios de contemplación y silencio que me ayuden a saborear el genuino diálogo de Dios en mí y yo en él.

– Caminar cada día teniendo en cuenta las bienaventuranzas de Jesús y la subversión de valores que conlleva para mi vida. Y si no tengo fuerza para cambiar, le pediré a Abbá Dios que no me suelte de su mano.

– Tener presente la muerte, no como el final del camino sino como el principio de la Vida, el ‘yo soy’ definitivo, la entrada de mi Ser en plenitud, es decir, el encuentro definitivo con Cristo en la otra orilla de la eternidad.

El encuentro final pasa por los encuentros de cada día en esta orilla de la vida. ¿Somos los/as cristianos/as signo auténtico de la presencia del Resucitado hoy?

¡Shalom!

 

Mª Luisa Paret

Fuente Fe Adulta

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El amor, criterio de verdad.

domingo, 4 de mayo de 2025
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People from different races,, holding hands,, isolated on white,, nonrecognizable people,, hands and arms onlyComentario al evangelio del domingo 4 mayo 2025

Jn 21, 1-19

En alguna tradición amerindia, se indicaba que “si no quieres errar, toma el camino de la compasión”. En realidad, todas las tradiciones espirituales han señalado el amor como criterio de verdad. El Buddha resumía su mensaje en estas palabras: «Hacer el bien, evitar el mal y purificar el corazón». Por su parte, Jesús de Nazaret, remitiéndose a su propia experiencia (“Amaos unos a otros como yo os he amado”), indica el mismo camino: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”.

Sin embargo, en la práctica, las religiones han solido utilizar otros criterios bien diferentes: el cumplimiento de las normas, la obediencia, la autoridad, el interés de la propia institución religiosa, el poder jerárquico, el beneficio…

En el ámbito espiritual ha ocurrido algo parecido. Parecía valorarse, por encima de todo, el supuesto nivel de “iluminación” de las personas, su conocimiento, su carisma, el número de seguidores o discípulos, las obras que llevaban a cabo…

La experiencia, sin embargo, nos muestra que cualquiera de esos criterios puede resultar engañoso y perjudicial, porque todos ellos se prestan con facilidad a ser utilizados e incluso retorcidos por el ego. Con las mejores palabras y las más sofisticadas justificaciones, el ego busca siempre su propio beneficio, apropiándose de todo aquello que pueda dotarlo de una sensación de ser “alguien” o de ser “más que” los demás.

De ahí que el criterio de verdad, aquel que desnuda o desenmascara cualquier autoengaño, solo puede ser el amor. Porque el amor, al tiempo que nos sitúa en la consciencia de unidad -amar es certeza de no separación-, requiere que el yo se haga a un lado, se quite de en medio. El amor es la fuerza que nos desegocentra y solo quien vive desegocentrado se halla en la verdad.

Tenía razón aquel monje del desierto cuando, al preguntarle un discípulo por una clave para no equivocarse en el camino espiritual, le contestó: “Estarás seguro de no engañarte en el camino espiritual cuando no juzgues nunca a nadie”.

Y acertaba también de pleno el anónimo autor de La nube del no saber, en el siglo XIV, cuando escribía: “Con respecto al orgullo, el conocimiento puede engañarnos con frecuencia, pero el afecto delicado y dulce no te engañará. El conocimiento tiende a fomentar el engreimiento, pero el amor construye. El conocimiento está lleno de trabajo, pero el amor es quietud”.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Una pregunta a los cardenales del cónclave: «Pedro, ¿me amas?»

domingo, 4 de mayo de 2025
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2912B0A5-FD2C-45D3-BF07-5B46182B8D00Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.- El evangelio de hoy tiene este año resonancias especiales.

        Salta a la vista la coloración eclesial del texto evangélico de hoy: el lago, la barca, la pesca, Pedro, el Discípulo Amado, “es el Señor”, apacentar el rebaño, las brasas, el pescado, la comida fraterna, la Eucaristía…

        Todavía estamos viviendo con intensidad y agradecimiento la vida, misión y muerte del papa Francisco; y estamos ya ante la elección del que haya de llevar las «sandalias del pescador» siendo obispo Roma.

           El evangelio  que hemos escuchado reviste, pues,  este año resonancias especiales y más vivas.

02.- Algunas connotaciones previas.

          Ya de por sí el evangelio de San Juan es tardío; data de finales del siglo I, cercanos ya al año 100, y este capítulo 21 es una especie de epílogo añadido posteriormente. Ello significa que aquella comunidad lleva ya unas décadas de vida eclesial y también de dificultades: como siempre y como toda comunidad cristiana en la historia.

        Algunas evocaciones del texto:

  • Están en el lago.

      Hace ocho días estaban en el cenáculo, encerrados y con miedo. Hoy están ya fuera, en el lago (el mar es siempre lugar de riesgos y peligros).

       El cristianismo y la Iglesia  han de vivir “a descampado”, “mar adentro”, no en ghettos ni encerrados, no “a buen recaudo”…

  • Tiberíades: mundo pagano

     Están en el lago “Tiberíades” (de Tiberio, emperador romano). Lo normal hubiese sido que el evangelio hablara del lago de Galilea o también de Genesaret, pero el evangelista quiere recalcar el aspecto de paganismo en el que se encuentran.

       El cristianismo vive siempre en “territorio” difícil, pagano…

  • Siete discípulos (no doce): Universalismo.

       Están siete discípulos, no doce. Los doce significa todo Israel, los siete es otra totalidad: la universalidad del mundo y de la misión.

        El mensaje de Jesús no es solamente para Israel, sino para toda la humanidad.

        El lugar del evangelio es el mundo, la sociedad, si se le quiere llamar paganismo, pues el paganismo. Ser cristiano es vivir abiertos, en la sociedad, en diálogo con el mundo, con la vida, con las gentes, la cultura, con las ciencias, con la política, etc. Es la Gaudium et Spes  del Vaticano II: la Iglesia en el mundo.

       La Iglesia naciente se ha abierto. La misión ha comenzado. “Iglesia en salida” que decía Francisco

03.- Símbolos joánicos: no pescaron nada.

        En esta escena están presentes los simbolismos clásicos de san Juan respecto de la Iglesia y de la misión: la barca, la pesca, la noche, etc.

         En san Juan la noche es la ausencia de Cristo, que es la luz. (Yo soy la luz del mundo, (Jn 8,12; 9,5).

           Y porque estaban de noche, sin Cristo, por eso no pescaron nada.

         No es precisamente el de Emaús el anochecer eclesiástico y clerical en nuestras viejas iglesias europeas.

           No pescaron nada porque estaban de noche y Cristo no estaba con ellos.

        Que no se nos olvide –que se nos está olvidando- que lo más importante y decisivo es Cristo: infinitamente más importante que las estructuras, los curas y las curias, las Unidades Pastorales, la jerarquía, más decisivo que todo eso, es Cristo.

      Una Iglesia en la que se da una búsqueda de puestos (Francisco le llamaba “carrerismo”), en la se discute quién manda aquí, o cuestiones menores como una absolución general o individual o si hace falta permiso para que los laicos distribuyáis la comunión, o que la misa así o asá, no es la comunidad de Jesús.

       Si esto sigue así, seguiremos sin pescar nada.

04.- vv 3-5. estaba ya amaneciendo … jesús se presentó … pero ellos no sabían que era Jesús. ¿Tenéis pescado? ¡no!

        El Señor había resucitado. Había amanecido, había luz., donde hay luz está Cristo o donde está Cristo, hay luz.

            Donde una persona y una comunidad buscan caminos para la luz, la Verdad, Cristo está ya o está muy cerca.

        No hay gente en las iglesias, no hay seminaristas ni vocaciones… A lo mejor es que Cristo no va en nuestra barca.

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05.- ¿Un papa progresista o conservador?

Pedro, ¿Me amas?

        En el momento en que redacto esta homilía está por delante el cónclave en el que los cardenales habrán de elegir al nuevo obispo de Roma.

        Se nos ha metido hasta la médula el esquema: progresista – conservador. Tal persona, cura, obispo o papa, tal institución o congregación religiosa es progresista o conservadora.

        Lo que JesuCristo le pregunta a Pedro no es de qué ideología o tendencia eres, sino que le pregunta por tres veces si le ama. Pedro, ¿me amas?

        El cristianismo y en el momento actual el primado de Roma se “ventila”· en el amor, no en la progresía o conservadurismo, sino en si los cristianos todos y el papa somos buena gente, buenas personas y amamos.

          Hemos conocido unos cuantos papas.

  • Juan XXIII no era un hombre especialmente progresista, era un hombre bueno: quería, amaba al Señor, amaba al pueblo de Dios y a la humanidad. Mantuvo durante toda su vida su bondad natural de origen “rural” y por eso fue un papa bueno. Se le recuerda, le recordamos como el “papa bueno”.
  • El mismo Pablo VI –un hombre muy diferente- de tono democrático, fue un hombre bueno, un místico bondadoso. Amaba profundamente a la Iglesia y a este mundo “fantástico y difícil” como dijo en varias ocasiones.
  • Francisco ha sido un hombre y un papa bueno, bondadoso podríamos decir que bueno con todo el mundo, especialmente con los más pobres, marginados, sencillos, humildes.

       Lo decisivo en la vida es ser buena gente. Ser cristiano: laico o papa es ser bueno, bondadoso, amar en la vida ¿Me amas?

    La progresía como el conservadurismo muchas veces terminan siendo un fanatismo fundamentalista con ansias de poder y sin amor.

     Seguramente que evocando las tres veces que Pedro le negó a Jesús, ahora le dice al Señor que le ama, que es su amigo: un juego de palabras entre ágape y filia: amor y amistad.

      Que el que haya de ser nuevo papa sea buena gente, bondadoso, que ame a la gente, sobre todo a los más débiles.

06.- Unas brasas les está preparando pan y pescado.

        Es la Eucaristía. Las Brasas.

      Este relato junto al lago es una Eucaristía. Cristo celebra la Eucaristía con los suyos. Cristo es el pan de Vida. Cristo es la Vida y el calor (las brasas) de la comunidad.

          Lo de las brasas tiene su retranca y su ternura: está resonando la noche de la pasión del Señor, cuando Pedro niega a Jesús tres veces: hacía frío, los soldados romanos hacen fuego ya había unas brasas, (Jn 18,18). Junto al lago resuena también el atardecer de Jesús con los dos de Emaús al calor de las brasas del hogar.

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“Que este tiempo pascual nos lleve a renovar nuestro amor a Jesús, “hasta el final” ”, por Consuelo Vélez

domingo, 4 de mayo de 2025
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De su blog Fe y Vida:

tiempo-pascual-lleve-renovar-Jesus_2774732500_17700365_660x371III Domingo de Pascua 04-05-2025

El texto comienza mostrando la desesperanza de los discípulos después de la muerte de Jesús, para luego llegar al encuentro personal con Él, personificado en el diálogo de Jesús con Pedro

Cuando la pesca los desborda por lo abundante que es, el discípulo amado lo reconoce: “es el Señor”. Inmediatamente Pedro se arroja al agua a su encuentro.

El contexto es una comida preparada por Jesús que recuerda la última cena, signo inequívoco de la presencia de Jesús entre ellos

Todo esto prepara el momento cumbre del texto: el diálogo con Pedro. Por tres veces Jesús le pregunta si lo ama, Pedro responde afirmativamente las tres veces

Es un texto prototipo de la llamada que Jesús sigue haciendo hoy a todas las personas que van comprendiendo su camino. No se está exento de la infidelidad, pero siempre con la posibilidad de renovar el amor.

Después de esto, Jesús se apareció otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Sucedió así: estaban junto Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dijo:

-«Voy a pescar».

Ellos le respondieron:

-«Vamos también nosotros».

Salieron y subieron a la barca. Pero esa noche no pescaron nada. Al amanecer, Jesús estaba en la orilla, aunque los discípulos no sabían que era él. Jesús les dijo:

+ «Muchachos, ¿tienen algo para comer?».

Ellos respondieron:

-«No».

Él les dijo:

+ «Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán».

Ellos la tiraron y se llenó tanto de peces que no podían arrastrarla. El discípulo al que Jesús amaba dio a Pedro:

– «¡Es el Señor!».

Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua.

Los otros discípulos fueron en la barca, arrastrando la red con los peces, porque estaban sólo a unos cien metros de la orilla. Al bajar a tierra vieron que había fuego preparado, un pescado sobre las brasas y pan. Jesús les dijo:

+ «Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar».

Simón Pedro subió a la barca y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: eran ciento cincuenta y tres y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió.

Jesús les dijo:

+ «Vengan a comer».

Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres?», porque sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio, e hizo lo mismo con el pescado.

Esta fue la tercera vez que Jesús resucitado se apareció a sus discípulos. Después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro:

+ «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?».

Él le respondió:

-«Sí, Señor, tú sabes que te quiero».

Jesús le dijo:

+ «Apacienta mis corderos».

Le volvió a decir por segunda vez:

+ «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?».

Él le respondió:

+ «Sí, Señor, saber que te quiero».

Jesús le dijo:

«Apacienta mis ovejas».

Le preguntó por tercera vez:

+ «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?».

Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo:

+ «Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero».

Jesús le dijo:

+ «Apacienta mis ovejas. Te aseguro que cuando eras joven tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras».

De esta manera, indicaba con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios. Y después de hablar así, le dijo:

+ «Sígueme»

(Juan 21, 1-19)

Continuamos con las apariciones de Jesús a sus discípulos después del acontecimiento de la Pascua, pero, en esta ocasión, el texto comienza mostrando la desesperanza de los discípulos después de la muerte de Jesús, para luego llegar al encuentro personal con Él, personificado en el diálogo de Jesús con Pedro.

En el primer momento, los discípulos que habían sido llamados a ser “pescadores de hombres”, parecen reconocer su fracaso y retoman su antiguo oficio, yendo a pescar. El texto nos informa que esa noche no pescaron nada. Es entonces cuando se aparece Jesús en la orilla y los invita a echar las redes de nuevo. Ellos no lo reconocen en el primer momento, pero cuando la pesca los desborda por lo abundante que es, el discípulo amado lo reconoce: es el Señor. Inmediatamente Pedro se arroja al agua a su encuentro.

Continua la segunda escena del texto, cuando Jesús ya tiene las brasas puestas con pan y les dice que lleven el pescado que acaban de pescar. El contexto es, entonces, una comida preparada por Jesús que recuerda la última cena, signo inequívoco de la presencia de Jesús entre ellos. Ninguno de los discípulos pregunta nada, pero todos saben que es Jesús en medio de ellos. Todo esto prepara el momento cumbre del texto: el diálogo con Pedro. Por tres veces Jesús le pregunta si lo ama, Pedro responde afirmativamente las tres veces -el número tres nos lleva a recordar las tres negaciones de Pedro, también calentándose junto a unas brasas-, como queriendo reparar lo acontecido antes. La tercera vez Pedro añade: tú lo sabes todo, como queriendo apoyarse no solo en su sincero deseo de responder afirmativamente, sino en el mismo Jesús que, sabiendo bien lo que Pedro ha hecho, sigue preguntándole con el mismo amor de la primera llamada. Jesús, por su parte, le pide, ante cada respuesta, que “apaciente sus ovejas. Finaliza el texto con las palabras de Jesús sobre la realidad de Pedro, primero joven que le sigue con entusiasmo, pero hace su voluntad muchas veces y, después, siendo viejo donde ya realmente habrá aprendido en qué consiste el seguimiento y su fidelidad lo llevará, como a Jesús, a donde no quiere. Nosotros ya sabremos que será al martirio. Todo se cierra con la invitación de Jesús: “sígueme”.

Esta fue la tercera vez, según este evangelio -aunque este último capítulo se considera un añadido posterior- que Jesús se apareció a los discípulos. Pero es un texto prototipo de la llamada que Jesús sigue haciendo hoy a todas las personas que van comprendiendo su camino, recordando que el seguimiento tiene como base la relación personal de amor entre cada persona y el mismo Jesús, pero siempre, con la misión de anunciar el evangelio a todos, de hacer presente el reino con los que los rodean. La eucaristía ha de ser signo de ese llamado de Jesús, en medio de la comunidad y para la comunidad. El seguimiento no está exento de la infidelidad, pero siempre con la posibilidad de renovar el amor. Que este tiempo pascual nos permita renovar el amor para un seguimiento más fiel, hasta el final.

(Foto tomada: https://combonipca.org/?p=3424)

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“Pedro, ¿me amas? ”, por Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 4 de mayo de 2025
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IMG_1039De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):

La “segunda conclusión” del Evangelio según Juan es extraordinaria porque no pretende contar hechos extraordinarios o sobrehumanos sobre Jesús resucitado, sino que sólo quiere hablarnos de su presencia discreta, inaprensible, fiel y paciente en medio de su comunidad.

En ella emergen las dos figuras de Pedro y el discípulo amado. A Pedro le toca seguir a Jesús, no imponer la mano sobre el discípulo amado por el Señor, que permanece misteriosamente presente en la Iglesia. Quien es vidente y ve con los ojos de Cristo reconocerá al Señor, mientras que Pedro sigue siendo uno que no ha podido reconocer al Resucitado sino por consejo del discípulo amado, que permanece.

Cuando un autor termina un libro y escribe la conclusión, expresando el propósito por el cual escribió, el libro puede ser publicado. Si sentimos la necesidad de añadir a esta conclusión otro capítulo de narraciones, en continuidad con los anteriores, entonces debe haber razones decisivas e importantes. Esto, como es sabido, es lo que ocurrió también con el cuarto evangelio, que concluyó con el capítulo 20 y luego fue ampliado con un nuevo capítulo, el texto litúrgico de hoy. ¿Por qué una recuperación corta pero rica en episodios?

Es difícil para nosotros responder con certeza, pero al menos podemos formular una hipótesis. El autor o los editores consideraron necesario conectar «al discípulo a quien Jesús amaba» (cf. Jn 13,23; 19,26; 20,2; 21,7.20.23) con Simón, el discípulo a quien desde su primer encuentro Jesús había dado el nombre de Pedro, roca sólida entre todos los demás (cf. Jn 1,42).

Esta manifestación del Resucitado tiene lugar en las orillas del Mar de Galilea, donde según los evangelios sinópticos tuvo lugar la llamada de las dos primeras parejas de hermanos: Pedro y Andrés, Santiago y Juan, pescadores unidos en una pequeña empresa (cf. Mc 1,16-20 y par.).

Después de la muerte y resurrección de Jesús, los discípulos regresaron a Galilea, a su vida ordinaria de trabajo, vida comunitaria, vida de fe y de espera. Y he aquí que un día cualquiera Pedro toma la iniciativa y dice a los demás: «Me voy a pescar». Los otros seis responden: “Nosotros también vamos contigo”. Esta historia quiere contarnos mucho más sobre lo que les pasó a aquellos pescadores. Aquí, de hecho, sólo quedan un puñado de discípulos: ni siquiera once, como los que quedaron, ¡y ni siquiera las mujeres! – representando a la comunidad de Jesús; está Pedro que toma la iniciativa de una pesca que no es pescar peces. Los otros seis están dispuestos a seguirle en su iniciativa.

“Pero aquella noche no pescaron nada”: una pesca infructuosa, trabajo y esfuerzo sin resultados. ¿Este resultado fallido indica algo? Puede ser que sí: es decir, Pedro puede reivindicar la iniciativa, pero sin la palabra, la orden, la indicación del Señor, la pesca quedará estéril, la misión sin fruto.

Pero al amanecer, allí en la playa aparece un hombre cuya identidad los discípulos desconocen. Por otra parte, faltan las condiciones para reconocerlo: todavía hay claroscuros y no está cerca, ni ha dicho nada para que los discípulos puedan reconocer su voz. Es él quien rompe el silencio y les lanza una pregunta: “Hijitos, ¿tenéis algo de comer?” Una pregunta escuchada muchas veces, de la boca de un mendigo en la calle o en la puerta de una casa. Sí, la pregunta de un mendigo que pide algo de comer para mantenerse. Los discípulos debieron oírlo a menudo en los caminos de Palestina, lo oyen ahora al amanecer y lo oirán siempre en todos los acontecimientos de la historia. Su respuesta es un rotundo “no”. No hay pesca, luego no hay comida.

Pero el hombre continúa: “Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis”. Así lo hacen aquellos discípulos pescadores, un tanto asombrados, y la red se llena de tal cantidad de peces, que es difícil arrastrarla hasta la orilla. Así pues, una pesca abundante y extraordinaria que sorprende a todos.

Pero en su asombro hay quien discierne algo más y distinto: es el discípulo a quien Jesús amaba, que había experimentado una intimidad única con Jesús, hasta el punto de apoyar la cabeza en su pecho en la Última Cena (cf. Jn 13,25).

El amor pasivo que había experimentado lo convirtió en un profeta, un hombre de mirada penetrante, un hombre capaz de ver con el corazón y no sólo con los ojos. Por eso, señalando con el dedo a Jesús, puede gritar: “¡Es el Señor!”. Esto le dice a Pedro, señalándole a aquel hombre en la playa y revelándole lo que él no había podido ver. Pedro no lo duda ni un instante y en su entusiasmo lleno de deseo de estar con el Resucitado se lanza inmediatamente al agua para nadar hacia él.

Es inútil callarlo: en el cuarto evangelio hay una auténtica “santa competición” entre el discípulo amado y Pedro, no una competición de ‘celos’, porque los dos discípulos son diferentes y sus respectivas relaciones con Jesús son diferentes.

En la Última Cena, Pedro se sitúa junto al discípulo amado, cerca de Jesús, y debe preguntarle a éste, que abraza a Jesús sobre su pecho, para descubrir quién es el traidor (cf. Jn 13,24-25). Y el discípulo amado, recibida la respuesta de Jesús, no dice nada a Pedro (cf. Jn 13,26). Luego, al alba de la resurrección, anunciados por María Magdalena, Pedro y el discípulo amado corren juntos al sepulcro, pero este último llega primero (cf. Jn 20,3-4). Deja entrar a Pedro en el sepulcro (cf. Jn 20,5-7), pero es él quien «vio y creyó» (Jn 20,8), mientras que Pedro está contado entre aquellos que «aún no habían comprendido la Escritura: que él debía resucitar de entre los muertos» (Jn 20,9).

El discípulo amado precede a Pedro en el discernimiento, en el conocimiento, en la fe, y sin embargo reconoce siempre que en el orden de la vida comunitaria Pedro es el primero por voluntad de Jesús.

Cuando los discípulos llevaron la red llena de peces a la orilla, vieron un fuego encendido con peces encima y un poco de pan, mientras Jesús les pidió que trajeran algunos de los peces que habían pescado. En todo caso, Jesús les ha preparado una comida: aun siendo resucitado, sigue siendo él quien sirve la mesa, quien prepara la comida y la distribuye.

Mientras tanto, Pedro se ocupa de descargar el pescado y todo ocurre sin que la red se rompa, porque sabe cómo manejarla y evitar que se produzcan desgarros. Es obra suya de unidad, de comunión: a él le toca conservar intacta, sin lágrimas, la túnica de Jesús tejida de arriba abajo (cf. Jn 19, 23-24). A él le corresponde velar para que la misión no cause laceraciones en la comunidad de creyentes.

Y aquí está el banquete: «Venid a comer», dice Jesús, y nadie responde, porque basta mirarlo, basta sentir su presencia, basta ver su estilo al partir el pan y ofrecer la comida para reconocerlo. No olvidemos tampoco que, cuando se escribió este capítulo, ya se hacía referencia a Jesús con el término ichthús, “pez”, un anagrama de cinco palabras: “Jesucristo Theoû Hyiós SoterJesucristo de Dios Hijo Salvador”.

Y aquí finalmente llegamos a la historia que es la verdadera razón para agregar este capítulo 21.

Después de terminar de comer, Jesús inicia un diálogo con Simón Pedro:

Simón, hijo de Juan, ¿me amas (verbo agapáo) más que estas cosas?

Él le respondió: «Sí, Señor; tú sabes que te amo (verbo philéo)».

Le dijo: «Sé el pastor de mis corderos».

Le volvió a decir la segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas (verbo agapáo)?»

Él le respondió: «Sí, Señor; tú sabes que te amo (verbo philéo)».

Le dijo: «Sé el pastor de mis corderos».

Le dijo por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?»

Pedro se entristeció porque le preguntó por tercera vez: “¿Me amas (verbo philéo)?” y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo (verbo philéo)».

Jesús le respondió: «Sé el pastor de mis corderos».

Hay que observar atentamente el juego de verbos griegos. La tercera vez Jesús ya no le pregunta a Pedro: “¿Me amas?” (verbo agapáo), sino, como Pedro ya le había respondido dos veces, le pregunta: “¿Me amas?” (verbo philéo). Para Jesús, basta el amor humano de Pedro, su capacidad de amar: llegará el día –le dice inmediatamente después– en que Pedro sabrá vivir el amor, el ágape hasta el final (Jn 13,1), hasta el don de su vida en el martirio, pero no ahora…

Pedro, por su parte, parece grande porque es humilde, porque no pretende decir: «Te amo», con ese ágape que viene sólo de Dios. Aquí está toda la grandeza de Pedro, que renuncia a ser protagonista de ese amor que sólo Dios puede dar.

El Pedro que había sido presuntuoso («¡Daré mi vida por ti!»: Jn 13,37), el Pedro que siempre estuvo tan seguro y entusiasta que quiso hacer más de lo que Jesús le pedía («Señor, lávame no solo los pies, sino también las manos y la cabeza»: Jn 13,9), es ahora el Pedro anciano, espiritualmente maduro, humilde porque fue humillado, sin pretensiones, porque comprendió que era una roca frágil, que se hundía al primer soplo del viento… Para él, la vida fue una lección, pero precisamente por eso puede ser pastor de corderos y ovejas perdidas.

Entonces Jesús podrá contarle todo. No le recuerda el pecado de la negación y el miedo, sino que le revela lo que le espera: «Sí, Pedro, eras joven, lleno de vida y entusiasmo, y en aquel entonces decidiste lo que querías e ibas adonde querías. Pero, cuando envejezcas, ya no serás completamente dueño de ti mismo. Te verás obligado a pedir ayuda, extenderás las manos y pedirás que otros te vistan, porque no podrás hacerlo solo, y serás llevado adonde no quieras ir».

Es ciertamente una profecía del martirio que le espera, de la forma de muerte que le sobrevendrá cuando sea crucificado y derrame su sangre para gloria de Dios; pero también de una forma de “muerte” cotidiana, en el ministerio que le compete, cuando a menudo tendrá que conformarse con decisiones que no querría. En la debilidad de la vejez, este “martirio blanco” también será posible, más aún, necesario…

Entonces, ¿cuál es la responsabilidad de Pedro? Seguir a Jesús. La última palabra de Jesús a Pedro es como la primera: «¡Sígueme!» (cf. Jn 1,42-43). Incluso en la diminución, en la pasividad, en el fracaso, en la entrega de las propias facultades a los demás, se puede seguir al Señor.

¿No es precisamente esto lo que vivió Jesús, hecho objeto, cosa, manipulado, a merced de otros que hacían con él lo que querían, como sucedió con Juan Bautista (cf. Mc 9,13; Mt 17,12)? Éste es el seguimiento de Jesús al que ninguno de nosotros puede escapar.

Pero el discípulo amado por Jesús aún permanece junto a Pedro. ¿Habrá aprendido también Pedro a amarlo? Aquí de repente Pedro se interesa por él y le pregunta a Jesús: «Señor, ¿qué será de él?». (Jn 21,21). Pero Jesús le respondió: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿qué te importa? Tú sígueme». (Jn 21,22). Respuesta dura pero clara: el discípulo amado es aquel que permanece, de quien Pedro debe aceptar otro fin, otro ministerio, otro testimonio. Él estará entre los corderos que Pedro pastorea, pero Pedro debe simplemente reconocerlo.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Comentarios Evangélicos y Reflexiones para el III Domingo de Pascua, 4 de mayo de 2025

 1.- Pedro, ¿me amas?

 2.- El Maestro de la Humanidad y el lenguaje humano de los afectos

 3.- Comentario al Evangelio de San Juan 21, 1-19.  

 4.- ¡Sígueme! 

 5.- Las tres preguntas de Jesús a Pedro

 6.- Al final todos seremos juzgados por el amor

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Santos Felipe y Santiago, apóstoles:

sábado, 3 de mayo de 2025
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‘Señor, muéstranos al Padre; eso nos basta‘
(Jn 14,8).

Felipe, originario de Betsaida, una comunidad helenizada, fue discípulo de Juan el Bautista y uno de los primeros discípulos de Jesús (Jn 1,43). Su nombre griego hace suponer su pertenencia a una comunidad helenística. También los recuerdos evangélicos nos hablan de sus relaciones con los paganos (Jn 12,20-30). El evangelio de Juan nos refiere otras tres intervenciones suyas (1,45; 6,5-7; 14,8). Según la tradición, Felipe evangelizó Turquía, donde murió mártir.

A Santiago, hijo de Alfeo (Me 3,18), llamado ‘el menor’ por la tradición, se le identifica como ‘hermano del Señor’ (Me 6,3) y es el autor de la Carta de Santiago. Fue testigo privilegiado de la resurrección de Jesús (1 Cor 15,7) y ocupó un puesto preeminente en la comunidad de Jerusalén. Tras la dispersión de los apóstoles, en los años 36-37, Santiago aparece como cabeza de la Iglesia madre (Hch 21,18-26). Murió mártir hacia el ańo 62.

***

Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os anuncié, que recibisteis y en el que habéis perseverado.

Es el Evangelio que os está salvando, si lo retenéis tal y como os lo anuncié; de no ser así, habríais creído en vano.

Porque yo os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; que fue sepultado y resucitó al tercer día según las Escrituras; que se apareció a Pedro y luego a los Doce.

Después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los que la mayor parte viven todavía, si bien algunos han muerto.

Luego se apareció a Santiago y, más tarde, a todos los apóstoles.

Y después de todos se me apareció a mí, como si de un hijo nacido a destiempo se tratara.

*

1 Corintios 15,1-8

***

El vocabulario empleado por Pablo al comienzo de esta página deja entrever la importancia fundamental de la tradición en los comienzos de la comunidad cristiana: ‘Yo os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí’.

A través de la tradición apostólica llegan a nosotros las noticias relativas al acontecimiento histórico-salvífico de la Pascua del Seńor; a través de la tradición apostólica podemos remontarnos los cristianos a los orígenes e insertarnos en el flujo salvífico de aquella gracia.

Encontramos aquí también una antiquísima profesión de fe que, con bastante probabilidad, se remonta a los primeros momentos de la vida de los cristianos: ‘Que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; que fue sepultado y resucitó al tercer día según las Escrituras; que se apareció a Pedro y luego a los Doce’ (vv. 3-5).

Si es verdad que la tradición apostólica nos transmite el mensaje que salva, también lo es que nuestra profesión de fe actualiza ese mismo mensaje y lo hace eficaz para la salvación.

El apóstol de los gentiles se preocupa también de citar a los primeros grandes testigos del Seńor resucitado: Pedro, en primer lugar, y, a continuación, Santiago y todos los demás apóstoles; al final se encuentra el mismo Pablo, último entre todos, aunque es un eslabón importante de esta misma tradición.

***

En aquel tiempo, Jesús le respondió a Tomás:

+ Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie puede llegar hasta el Padre, sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Desde ahora lo conocéis, pues ya lo habéis visto.

Entonces Felipe le dijo:

Señor, muéstranos al Padre; eso nos basta.

Jesús le contestó:

+ Llevo tanto tiempo con vosotros ¿y aún no me conoces, Felipe? El que me ve a mí, ve al Padre. ¿Cómo me pides que os muestre al Padre?

¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Lo que os digo no son palabras mías. Es el Padre, que vive en mí, el que está realizando su obra.

Debéis creerme cuando afirmo que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí; si no creéis en mis palabras, creed al menos en las obras que hago.

Os aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, e incluso otras mayores, porque yo me voy al Padre.

En efecto, cualquier cosa que pidáis en mi nombre, os la concederé, para que el Padre sea glorificado en el Hijo.

Os concederé todo lo que pidáis en mi nombre.

*

Juan 14,6-14

***

Si la primera lectura nos ha hablado de Santiago, ésta, en cambio, nos presenta un diálogo entre Felipe y Jesús, precedido de una autorrevelación que Jesús ofrece a Tomás. ‘Yo soy el camino, la verdad y la vida’ (v. 6); de este modo, a través del apóstol Tomás, Jesús nos indica a todos nosotros el camino que debemos recorrer para alcanzar la comunión con el Padre. Jesús es el único mediador entre el Padre y nosotros, y lo es desde siempre y para siempre.

También a Felipe le habla Jesús del Padre: éste es el punto de conexión entre las dos partes del fragmento evangélico.

Jesús confirma que, ya desde ahora y a través de su persona, podemos conocer a Dios; es más, podemos verle, y de este modo creer en la plena comunión que une a Jesús con Dios Padre. Y no sólo esto, sino que sus mismas palabras nos revelan la comunión que une a Jesús con el Padre y nuestra relación filial con el Padre. Escuchar y acoger la Palabra de Dios que llega a nosotros por medio del evangelio significa allanar el camino que nos conduce al Padre.

Además de sus palabras, también las obras de Jesús -de las que conservamos un vivo recuerdo en los relatos evangélicos-, acogidas en la fe, constituyen otros tantos caminos que se abren ante nosotros para comprender la verdadera identidad de Jesús, su relación con el Padre y nuestra relación con ambos.

***

Los dos apóstoles cuya fiesta celebramos hoy nos recuerdan dos aspectos fundamentales de nuestra experiencia de fe. Por un lado, Santiago nos conduce al carácter fundamental de la traditio apostólica. Ésta es importante y fundamental no tanto porque esté ligada a algunas personas, sino porque es de origen divino, dado que ha sido establecida por el mismo Jesús. También el objeto de la tradición apostólica hace a esta última preciosa e ineludible: estoy aludiendo sobre todo a la memoria de la pasión y muerte, resurrección y apariciones del Jesús resucitado a los Doce. De ahí que la tradición sea, al mismo tiempo, apostólica y pascual: en ella se inserta nuestra fe, aunque nos separen veinte siglos de historia.

El apóstol Felipe sugiere otra pista a nuestra meditación: él desea ver el rostro del Padre, y Jesús le responde que los rasgos de aquel rostro están ya presentes en él. Nuestra búsqueda del rostro de Dios, que en ocasiones se vuelve espasmódica y dolorosa, tampoco debería apartarse nunca de la pista que nos ofrecen los recuerdos evangélicos. Sólo una asidua y metódica frecuentación de los evangelios nos puede ofrecer un conocimiento suficiente y liberador de la personalidad de Jesús de Nazaret, de su misterio profundo, de su proyecto salvífico. Y de este modo, a través de esta pista, podremos entrever los rasgos de aquel rostro paterno al que toda la humanidad, de una manera más o menos explícita, tiende y anhela.

***

ORACIÓN

¡Muéstranos, Seńor, tu rostro y estaremos salvados! Señor, queremos acoger a través de tu rostro, que es un rostro paterno, materno, misericordioso, la salvación que brota de tu corazón. Concédenos, oh Dios, ser capaces de captar a través de tu rostro la ternura de tu corazón. Tu rostro busco, Seńor, muéstrame tu rostro.

Aunque en mi vida he buscado a otros en vez de a ti, aunque he deseado a otros en vez de a ti, oh Dios, hoy quiero reconocerte como mi único bien, como mi único deseo, como mi única meta.

Tu gloria, oh Dios, brilla en el rostro de Cristo. El de Jesús es un rostro humano, como el mío y como el de muchos hermanos y hermanas en la fe. Concédeme, oh Dios, reconocer tu presencia en la imagen tuya que has estampado en el rostro de mis hermanos y mis hermanas: los que caminan junto a mí, los que habitan cerca de mí, los que sufren en este valle de lágrimas.

***

¡Queremos ver a Jesús’ (Jn 12,21). Esta petición, hecha al apóstol Felipe por algunos griegos que habían acudido a Jerusalén para la peregrinación pascual, ha resonado también espiritualmente en nuestros oídos en este año jubilar. Como aquellos peregrinos de hace dos mil ańos, los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre conscientemente, piden a los creyentes de hoy no sólo ‘hablar’ de Cristo, sino en cierto modo hacérselo ‘ver’. ¿Y no es quizá cometido de la Iglesia reflejar la luz de Cristo en cada época de la historia y hacer resplandecer también su rostro ante las generaciones del nuevo milenio?

Nuestro testimonio sería, además, enormemente deficiente si nosotros no fuésemos los primeros contempladores de su rostro. El gran jubileo nos ha ayudado a serlo más profundamente. Al final del jubileo, a la vez que reemprendemos el ritmo ordinario, llevando en el ánimo las ricas experiencias vividas durante este período singular, la mirada se queda más que nunca fija en el rostro del Señor (Juan Pablo II, Novo millennio ineunte, n. 16).

***

Mientras estaba sentado en el Ermitage frente al cuadro, tratando de empaparme de lo que veía, muchos grupos de turistas pasaban por allí. Aunque no estaban ni un minuto ante el cuadro, la mayoría de los guías se lo describían como el cuadro que representaba a un padre compasivo, y la mayoría hacían referencia al hecho de que fue uno de los últimos cuadros que Rembrandt pintó después de llevar una vida de sufrimiento. Así pues, de esto es de lo que trata el cuadro. Es la expresión humana de la compasión divina.

En vez de llamarse El regreso del hijo pródigo, muy bien podría haberse llamado La bienvenida del padre misericordioso.  Se pone menos énfasis en el hijo que en el padre. La parábola es en realidad una ‘parábola del amor del Padre’ Al ver la forma como Rembrandt retrata al padre, surge en mi interior un sentimiento nuevo de ternura, misericordia y perdón. Pocas veces, si lo ha sido alguna vez, el amor compasivo de Dios ha sido expresado de forma tan conmovedora. Cada detalle de la figura del padre -la expresión de su cara, su postura, los colores de su ropa y, sobre todo, el gesto tranquilo de sus manos- habla del amor divino hacia la humanidad, un amor que existe desde el principio y para siempre.

Aquí se une todo: la historia de Rembrandt, la historia de la humanidad y la historia de Dios. Tiempo y eternidad se cruzan; la proximidad de la muerte y la vida eterna se tocan. Pecado y perdón se abrazan; lo divino y lo humano se hacen uno.

Lo que da al retrato del padre un poder tan irresistible es que lo más divino está captado en lo más humano.

*

H. J. M. Nouwen,

El regreso del hijo pródigo,

PPC, Madrid 51995, p. 101.

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“La Pascua y María de Magdala”, por Carmiña Navia Velasco

sábado, 3 de mayo de 2025
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magdalena-jesus-640x480Estamos en tiempos de Pascua, es decir en tiempos de resurrección y tenemos que contribuir a que a nuestro alrededor todo florezca como en la primavera… La Pascua y la primavera siempre han tenido mucho que ver. Pues bien, esta mujer de Magdala, discípula y compañera de caminos de Jesús de Nazaret es -lo descubrimos cada año en las lecturas- la primera testigo de la Resurrección, nos lo dicen los evangelios canónicos y algunos no canónicos. Sus cuidados y cercanía al Maestro la llevan a la tumba temprano en la mañana y en ella tiene su especial experiencia: Jesús de Nazaret ha resucitado, lo va a decir a todos, directamente encargada por él de hacerlo.

Muy pronto sin embargo se inician en la iglesia los intentos de ocultar esta realidad clara. Pablo en sus cartas habla de que Jesús resucitado se le aparece a Cefas, a los 12 y a él mismo y omite la aparición a las mujeres. Posteriormente a finales del

Siglo VI, Gregorio Magno en una homilía pascual de 591 señala a María Magdalena como una prostituta arrepentida. Vienen luego los siglos, las artes, las pinturas y sobre todo las homilías a repetir esta calumnia infame. En 1969, el Papa Pablo VI aclara que esta afirmación fue fruto de un error y que no hay en la Biblia seña alguna que apunte hacia la demostración de esta falsa teoría, que es necesario corregirla. En 2016 el Papa Francisco, establece que la memoria de María Magdalena el 22 de Julio tendrá la categoría de fiesta.

Sin embargo los varones eclesiales se niegan a reconocer en esta mujer la grandeza e importancia del papel que tiene en el seguimiento a Jesús. ¿Qué fantasma habita sus conciencias y sus imaginarios? El día 13 de Abril de 2025, el párroco de la Parroquia Santa María Reina en el barrio Meléndez de Cali, en lugar de señalar el valor de las mujeres que siguieron a Jesús hasta el calvario, según los evangelios, señaló lo siguiente: En la cruz estaban María la madre de Jesús, María la de Cleofás y dos chismosas. Esta aseveración -como es lógico- generó risa en los asistentes.

Me pregunto: ¿Qué hay detrás de esta afirmación de mal gusto? No creo que haya otra respuesta distinta a la incapacidad machista de asumir seriamente la importancia de una mujer que en su actitud demuestra grandeza, fidelidad, amor y valentía. Francisco, el Papa recientemente fallecido, en varias declaraciones dijo que en la iglesia había mucho machismo y que era necesario corregir eso. Él se ocupó de intentar esa corrección en el nivel de lo administrativo… pero lo que subyace realmente, lo que permanece a través de los siglos, es la Gino-fobia en el terreno de lo simbólico.

La celebración de la Pascua cristiana no puede eludir esa imponente figura que es María de Magdala, una mujer testigo por antonomasia de la resurrección. Desde un buen deseo se le ha llamado muchas veces “apóstol de los apóstoles”… pero esto no ha mermado la necesidad imperante de tanto varón eclesial para demeritarla, de ahí tantos intentos: prostituta, penitente arrepentida… y ahora “chismosa”. En el contexto de la iglesia: un mundo de varones (véase sino el Conclave), el miedo de los hombres hacia las mujeres se agranda, se agiganta.

La Pascua del 2025, una buena oportunidad para resucitar a la auténtica María de Magdala, seguidora y apoyo del Maestro Jesús.

Carmiña Navia Velasco, en Cali

Fines del mes de Abril del 2025

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Más humana…

viernes, 2 de mayo de 2025
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Más humana,
sin brillos ni adornos,
sin la hermosura que luce
en muchas iglesias,
museos,
coronas
y joyas que nos adornan…

Quiero la cruz como fue en tu historia
en aquel tiempo y circunstancia:
cruz dura y pesada,
cruz amarga
y de sangre manchada,
cruz fracasada…
Pero cruz de vida llena,
cargada de entrega,
perdón
y misericordia…

Más humana,
quiero tu cruz más humana,
para que sea sacramento
de amor y esperanza.

Más humana,
quiero tu cruz más humana,
para que sea signo de tu alianza
hoy que la palabra no asegura nada..

Más humana,
quiero tu cruz más humana,
para que nos muestre tus entrañas
compasivas y divinas.

Más humana,…
¡y que señale la Pascua!

*

Florentino Ulibarri
Fuente Fe Adulta

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El susurro del Resucitado

viernes, 2 de mayo de 2025
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La Resurrección no sucede en los altares de mármol, sino en los márgenes del mundo.
Allí donde las mujeres lloran la tumba vacía de sus hijos,
donde los migrantes cruzan fronteras con el nombre de Dios en los labios,
donde el pan escasea pero el consuelo se multiplica.

La Resurrección es un cuerpo herido que vuelve a levantarse.
Es el susurro del Resucitado en el oído de quienes han perdido toda esperanza:
«Estoy aquí. No tengas miedo

No es un espectáculo glorioso,
es una intimidad:
la mirada de María Magdalena que lo reconoce en medio de las lágrimas,
el pan compartido al anochecer,
la paz que se cuela en la sala cerrada donde reina el miedo.

Para quienes acompañan a los crucificados de nuestro tiempo,
la Resurrección no es doctrina,
es testimonio,
es volver a empezar sin certezas pero con fe.
Es seguir caminando juntas,
haciendo memoria del Resucitado en cada gesto de ternura
y en cada lucha por la dignidad.

La Resurrección sucede en la memoria corporal de quienes han amado hasta el final.
En las catequistas que cada domingo caminan con pasos cansados,
pero llevan en sus corazones la Palabra como pan partido.
En las madres migrantes que, entre la ausencia y la esperanza,
siguen bordando vida en tierra ajena.

Resucitar es permitir que algo en nosotras vuelva a respirar,

después del miedo,
después del duelo,
después del exilio,
después del silencio de Dios.

No hay Resurrección sin heridas.
El Cristo glorioso lleva aún sus llagas,
porque solo el que ha sufrido puede sostener a quienes sufren.
Y el que ha sido traspasado por amor,
no teme quedarse al borde del camino,
esperando a quien aún no cree.

Resucitar no es huir del mundo,
es encarnarse más hondo en él.
Es atreverse a creer que el amor no fue en vano,
que el grano de trigo dio fruto,
que la cruz no tuvo la última palabra.

Nosotras, mujeres de la intemperie,
construimos altares con piedras sueltas y cantos viejos.
Pero en ese lugar inestable,
resuena la voz del Huerto:
Ve y anuncia. Diles que estoy vivo”.

***

Yolanda Chávez

Fuente Fe Adulta

(Imagen tomada de Informacion oficial de Naciones Unidas)

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1º de Mayo: San José Obrero

jueves, 1 de mayo de 2025
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En la fiesta del 1º de Mayo, no podemos olvidarnos de que Jesús de Nazaret era un obrero, de estirpe de obreros, encallecidas sus manos con el trabajo diario, solidario con los que sufrían las injusticias y el desprecio, hermano de los “anawim“…

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Vivías del trabajo cotidiano,
fuiste un trabajador, un simple obrero;
¿tu fidelidad?: –“es José el carpintero”-,
un humilde currante, un artesano.

Trabajo en el que fuiste nuestro hermano;
un trabajo de honrado jornalero
que en todo cuanto hace pone esmero,
porque sabe que Dios usa su mano.

Patrono del trabajo y su salmista,
-manos callosas y dedo vendado-
enseña al hombre de hoy, tan derrotista,
a vivir su trabajo ilusionado,
más alegre, cristiano y optimista,
más solidario y más humanizado.

*

JESÚS ADOLESCENTE EN EL TALLER DE JOSÉ.-John Everett Millais

*

Y EL VERBO SE HIZO CLASE

En el vientre de María

Dios se hizo hombre.

Y en el taller de José

Dios se hizo también clase.

*

Pedro Casaldáliga,
“Fuego y ceniza al viento. Antología espiritual”,
Sal Terrae, 1984,

***

En aquel tiempo, Jesús fue a su pueblo y se puso a enseñarles en su sinagoga. La gente, admirada, decía:

¿De dónde le vienen a éste esa sabiduría y esos poderes milagrosos? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? ¿No están todas sus hermanas entre nosotros? ¿De dónde, pues, le viene todo esto?

Y los tenía desconcertados. Pero Jesús les dijo:

+ Un profeta sólo es despreciado en su pueblo y en su casa.

Y no hizo allí muchos milagros por su falta de fe.

*

Mateo 13,54-58

***

Dios creó al hombre no para vivir aisladamente, sino para formar sociedad. De la misma manera, Dios «ha querido santificar y salvar a los hombres no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo que le confesara en verdad y le sirviera santamente».

Desde el comienzo de la historia de la salvación, Dios ha elegido a los hombres no solamente en cuanto individuos, sino también en cuanto miembros de una determinada comunidad. A los que eligió Dios manifestando su propósito, denominó pueblo suyo (Ex 3,7-12), con el que además estableció un pacto en el monte Sinaí.

Esta índole comunitaria se perfecciona y se consuma en la obra de Jesucristo. El propio Verbo encarnado quiso participar de la vida social humana.

Asistió a las bodas de Caná, bajó a la casa de Zaqueo, comió con publicanos y pecadores. Reveló el amor del Padre y la excelsa vocación del hombre evocando las relaciones más comunes de la vida social y sirviéndose del lenguaje y de las imágenes de la vida diaria corriente.

Sometiéndose voluntariamente a las leyes de su patria, santificó los vínculos humanos, sobre todo los de la familia, fuente de la vida social. Eligió la vida propia de un trabajador de su tiempo y de su tierra […].

Sabemos que, con la oblación de su trabajo a Dios, los hombres se asocian a la propia obra redentora de Jesucristo, quien dio al trabajo una dignidad sobreeminente laborando con sus propias manos en Nazaret.

De aquí se deriva para todo hombre el deber de trabajar fielmente, así como también ei derecho al trabajo. Y es deber de la sociedad, por su parte, ayudar, según sus propias circunstancias, a los ciudadanos para que puedan encontrar la oportunidad de un trabajo suficiente.

Por último, la remuneración del trabajo debe ser tal que permita al hombre y a su familia una vida digna en el plano material, social, cultural y espiritual, teniendo presentes el puesto de trabajo y la productividad de cada uno, así como las condiciones de la empresa y el bien común.

*

Gaudium et spes, 32 y 67

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Giuseppe Pelliza da Volpedo: “El cuarto estado” (1901). Milán.

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“El Dios crucificado y los pueblos crucificados”, por Juan José Tamayo

jueves, 1 de mayo de 2025
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Aunque ya ha pasado la Semana Santa a que se refiere el autor, publicamos este artículo que leímos en su blog y 
que se hace realidad en lo cotidiano de nuestra vida y en el día a día del mundo sufriente:

«Existimos en cuanto seres humanos sufrientes e indignados por la injusticia«

En días tan señalados para las iglesias cristianas como los de Semana Santa me viene a la memoria la expresión “teología de la cruz” que el joven teólogo Martin Lutero utilizó en 1518 durante la disputa de Heidelberg

«La cruz de Cristo, como Jürgen Moltmann ha demostrado en su libro El Dios crucificado, constituye la base y la crítica de toda teología cristiana. Lástima que pronto la teología de la cruz se tornara conformista con el orden burgués y que, apoyándose en ella, Lutero justificase la violencia de los príncipes»

En días tan señalados para las iglesias cristianas como los de Semana Santa me viene a la memoria la expresión “teología de la cruz que el joven teólogo Martin Lutero utilizó en 1518 durante la disputa de Heidelberg. Lo hizo en polémica con la “teología de la gloria”, del cristianismo eclesiástico medieval, representada en la figura triunfante del Pantocrator de las iglesia románicas.

La cruz de Cristo, como Jürgen Moltmann ha demostrado en su libro El Dios crucificado, constituye la base y la crítica de toda teología cristiana. Lástima que pronto la teología de la cruz se tornara conformista con el orden burgués y que, apoyándose en ella, Lutero justificase la violencia de los príncipes contra la Guerra de los Campesinos y el asesinato de la figura más representativa del ala izquierda del protestantismo naciente, Thomas Müntzer, a quien Ernst Bloch llama “teólogo de la revolución” (Thomas Müntzer, teólogo de la revolución, traducción de Jorge Deike Robles, Ciencia Nueva, Madrid, 1968; Antonio Machado Libros, 2002).

Es quizá al revolucionario y heterodoxo Müntzer a quien el filósofo de la esperanza, Ernst Bloch, se refiriera cuando en el frontispicio de su libro El ateísmo en el cristianismo afirma que “lo mejor de la religión es que crea herejes”. Ciertamente no se refiere a Lutero, como algunas veces se ha dicho, a quien sitúa del lado del conservadurismo político y teológico, lo considera defensor de la moral señorial y recuerda que recomendaba a los campesinos obediencia pasiva y acatamiento de la injusticia.

El tema del Dios crucificado está presente en la primera de las novelas de la Trilogía de la noche titulada La noche, del escritor judío Elie Wiesel, Premio Nobel de la Paz en 1986 y superviviente de los campos de concentración de Auschwitz y Buchenwald, donde fueron asesinados su padre, su madre y su hermana menor. En dicha novela hace un relato patético y estremecedor del que fue testigo:

 “La SS colgó a dos hombres judíos y a un joven delante de todos los internados en el campo [de concentración]. Los hombres murieron rápidamente, la agonía del joven duró media hora. “¿Dónde está Dios? ¿Dónde está Dios?”, preguntó uno detrás de mí. Cuando después de largo tiempo el joven continuaba sufriendo, colgado del lazo, oí otra vez al hombre decir: “¿Dónde está Dios ahora?”. Y en mí mismo escuché la respuesta: “¿Dónde está? Aquí. Colgado del patíbulo.

“Dios clavado en la cruz, permite que lo echen del mundo […]. Dios es impotente y débil en el mundo, y solo así Dios está con nosotros y nos ayuda […]. Cristo no nos ayuda por su omnipotencia, sino por su debilidad y sus sufrimientos”.

En una de sus cartas desde el cautiverio, la dirigida el 16 de abril de 1944 a su amigo y posterior editor Eberhard Begthe, Dietrich Bonhoeffer, teólogo mártir del nazismo, vuelve sobre el tema ofreciendo otra imagen de Dios muy alejada de aquella que lo sitúa en el cielo disfrutando de una pacífica y eterna vejez: “Dios clavado en la cruz, permite que lo echen del mundo […]. Dios es impotente y débil en el mundo, y solo así Dios está con nosotros y nos ayuda […]. Cristo no nos ayuda por su omnipotencia, sino por su debilidad y sus sufrimientos”.

Adelantándose en varias décadas al teólogo alemán Jürgen Moltmann, Simone Weil habla de «Dios crucificado«. Nuestro parecido con Dios, afirma, no radica en la omnipotencia, sino en la dimensión pensante y finita de la existencia, en el carácter sufriente de la realidad humana: «Saber que, como ser pensante y finito, yo soy Dios crucificado. Parecerse a Dios, pero a Dios crucificado» [1]. Hay aquí un claro mentís al viejo atributo divino de la omnipotencia y a la concepción prometeica del ser humano, y una defensa de la debilidad y el carácter sufriente de Dios, en la misma dirección de Dietrich Bonhoeffer.

Simone Weil fundamenta el carácter divino del cristianismo en las palabras del Salmo 22, 2, pronunciadas por Jesús en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mc 15, 43). «La divinidad -afirma en un texto sugerente y de gran creatividad literaria- está dispuesta para nosotros en madera muerta, cortada geométricamente a escuadra, de la que cuelga un cadáver. El secreto de nuestro parentesco con Dios debe buscarse en nuestra mortalidad» [2]. Nada que ver con la apologética católica para quien eran los milagros la demostración irrefutable de la divinidad de Jesús de Nazaret.

En un texto de 1978 de gran profundidad teológica, el teólogo Ignacio Ellacuría, asesinado el 16 de noviembre de 1989 en San Salvador junto con cinco compañeros jesuitas y dos mujeres salvadoreñas colaboradoras en el servicio doméstico, historifica la idea del “Dios crucificado” y la traduce en la experiencia sufriente del “pueblo crucificado, que define como “aquella colectividad que, siendo la mayoría de la humanidad. Debe su situación de crucifixión a un ordenamiento social promovido y sostenido por una minoría, que ejerce su dominio”.

 Ellacuría considera al “pueblo históricamente crucificado” la continuación histórica del Siervo de Yahvé -del Segundo Isaías-, a quien los poderes de este mundo siguen despojando de todo y arrebatando todo, hasta la vida, sobre todo la vida. El “pueblo históricamente crucificado” se convierte así en la categoría mayor de su teo-política de la liberación y en el principal signo de los tiempos. Se refiere a todos los pueblos a quienes los poderosos siguen despojando de su dignidad y arrebatándolos la vida prematura e impunemente [3].

Albert Camus afirmaba no conocer a ninguna persona que hubiera dado la vida por defender el argumento ontológico de Anselmo de Canterbury. Quizá tampoco por creer en el Dios motor inmóvil de Aristóteles, ni en el Dios sustancia infinita, eterna y dotada de los atributos de la independencia, la omnisciencia y omnipresencia –todos terminados en CIA-, de Descartes. Yo tampono la daría. Como diagnosticara Nietzsche en Así hablaba Zaratustra y La gaya ciencia, ese Dios está muerto y bien muerto. El propio Camus reformula el principio cartesiano “pienso, luego existo” como “me indigno, luego existimos”, existimos en cuanto seres humanos sufrientes e indignados por la injusticia.

Hay otras imágenes más creíbles de Dios y más acordes con los acontecimientos que celebra el cristianismo estos días. Una es la propuesta metafórica del científico social portugués Boaventura de Sousa Santos: el Diosactivista de los derechos humanos, que es un Dios subalterno y se enfrenta con el Dios invocado por los opresores. Otra la imagen de José Saramago: “Dios es el gran silencio del universo y el ser humano la voz que ha sentido a ese silencio”. En estas imágenes sí se puede creer, como en la del “Dios crucificado”, identificado con los “pueblos crucificados”, a quienes hay que bajar de la cruz. En dicha tarea ha de traducirse el principio-misericordia de Jon Sobrino.

[1]    Simone Weil, La gravedad y la gracia, edición y traducción de Carlos Ortega, Trotta, Madrid, 2025, 5ª edición, 128.

[2]    Ibid., 128.

[3] Ignacio Ellacuría, “Cruz y resurrección. Presencia y a nuncio de una Iglesia nueva”: CRT-SERVIR (México), 1978, 49-82.

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“El cristianismo, o es radical o no es cristianismo“, por Prof. Dr. Antonio J. Mialdea

jueves, 1 de mayo de 2025
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«Cristianismo Radical (Madrid, Trotta, 2025) quiere ser una guía para comprender, de una vez por todas, qué es ser cristiano en un momento en que Evangelio y Religión, como recordaba nuestro querido y añorado Pepe Castillo, están más separados de lo que jamás habían estado»

«En su nuevo libro, Juanjo Tamayo nos propone un camino seguro para el retorno al evangelio teniendo siempre presentes las características particulares del espacio y el tiempo en que vivimos»

«Insiste en la propuesta de un pensamiento ecológico que comprenda que la Salvación es Salvación de todo el Cosmos y que tiene que comenzar por respetar la dignidad y los derechos del planeta que habitamos»

«Creo que se trata de un libro que llega en el momento oportuno y en una etapa de madurez de Juan José Tamayo. Uno de los libros más originales y creativos del profesor, cuya lectura abre nuevos horizontes para el cristianismo del futuro»

El famoso aforismo de Alfred Loisy, “Jesús predicó el Reino de Dios y vino la Iglesia”, es hoy de absoluta actualidad. Y por ello, la pertinencia y necesidad de un libro como el de Juanjo Tamayo es evidente.

Cristianismo Radical (Madrid, Trotta, 2025) quiere ser una guía para comprender, de una vez por todas, qué es ser cristiano en un momento en que Evangelio y Religión, como recordaba nuestro querido y añorado Pepe Castillo, están más separados de lo que jamás habían estado. Fue precisamente Alejandro Sierra, ex-editor de Trotta, quien propuso al teólogo de Amusco (Palencia) la escritura de un libro sobre el cristianismo “liberado de las interpretaciones mitológicas y manipulaciones históricas posteriores y recuperando las dimensiones éticas del mismo más allá de las propias dimensiones religiosas”, y precisamente a él, como Maestro de Editores, le dedica Tamayo estas páginas.

En el prólogo, Leonardo Boff deja clara la voz autorizada de Juanjo Tamayo dentro del espectro de la cultura española como filósofo y teólogo, no sólo porque está libre de los controles doctrinales, sino porque siempre se muestra abierto al diálogo reflexivo y maduro con otros saberes y otras confesiones religiosas. Dice el teólogo brasileño que este autor “considera el acontecimiento cristiano no como una cisterna de aguas estancadas, sino como una fuente de aguas vivas de la que fluyen continuamente nuevas formas para afrontar los desafíos que se presentan actualmente en nuestro mundo extremadamente complejo. Tamayo comparece como el promotor más activo de la teología de la liberación en el marco de la situación europea”.

Afirma Tamayo, parafraseando a Karl Rahner, quien dijo que los cristianos del siglo XXI serán místicos o no serán cristianos, que el cristianismo, igualmente, o es radical o no será tal; pero con el término ‘radical‘ no se refiere, en modo alguno, a fundamentalista, extremo o violento, sino que toma el término en su sentido originario: raíz. Por tanto, o esta tradición religiosa vuelve a su fuente originaria, que es la buena noticia de Jesús, o será una cosa bien distinta y, como decíamos antes, muy alejada de lo que hoy denominamos Iglesia Católica, que más bien se ha convertido, desde muchos sectores de la misma, en la aliada más fiel del poder político y económico, creando hasta una nueva forma de ser en la Iglesia, a la que Tamayo ha bautizado como Cristoneofascismo. Por eso, en este nuevo libro de este filósofo y teólogo, que hace ya el número noventa de su abundantísima bibliografía, nos propone un camino seguro para el retorno al evangelio teniendo siempre presentes las características particulares del espacio y el tiempo en que vivimos y que presentan, tanto en la actualidad como para el futuro, unos desafíos a los que tenemos que hacer frente sin dilación alguna.

Algunos de estos desafíos son los siguientes: erradicar la pobreza estructural y la creciente desigualdad reinante en nuestro mundo, la defensa de una verdadera Democracia participativa en la sociedad y particularmente en el interior de la propia Iglesia, la necesidad de un cristianismo contrahegemónico que se aleje definitivamente de la globalización neoliberal,  la defensa de un cristianismo feminista que deje de ser un oxímoron para la Iglesia católica y que elimine, de una vez por todas, el heteropatriarcado eclesial y que sobre todo, deje de decir idioteces como que la mujer no ha recibido el don del sacerdocio. Dios no es varón.

Insiste también en la propuesta de un pensamiento ecológico que comprenda que la Salvación es Salvación de todo el Cosmos y que tiene que comenzar por respetar la dignidad y los derechos del planeta que habitamos, la construcción de un cristianismo que critique severamente el crecimiento armamentístico y que se comprometa con una Paz duradera y que jamás legitime sistema de dominación alguno, la defensa de un espacio de diálogo intercultural de liberación junto a la legitimidad de las identidades étnicas en absoluta igualdad, el alejamiento del consumismo mercantilista que nos tiene esclavizados y que nos impide la comunicación con la dimensión espiritual que pertenece a nuestro ser más íntimo, un cristianismo que implemente la hermenéutica interreligiosa de la Liberación.

Esta tradición debe estar en la cabeza de la defensa de los Derechos Humanos y, por tanto, volver a ser un cristianismo evangélico y no dogmático y a la cabeza también del diálogo con la diferentes manifestaciones de increencia religiosa. Insiste también Tamayo en la necesidad de que sea hospitalario y samaritano, de la alteridad, que reconozca la pluralidad de los saberes y las diferentes formas de vivir. En definitiva, un cristianismo que proponga al ser humano de hoy la utopía firme de que otro mundo, mucho mejor que el que tenemos, es posible.

Tamayo afirma que tenemos que recuperar urgentemente los valores de Jesús el Galileo que son los que nos deben conducir a una plena humanidad en comunión con todo el cosmos. La radicalidad del Evangelio se encuentra en una buena noticia para los marginados y excluidos pero también en una mala noticia, como encontramos en el texto de Lucas, para aquellos que generan el sufrimiento, la injusticia y la insolidaridad. ¡Ay de vosotros…! dice Lucas, si ejercéis el poder para hacer crecer la desigualdad entre los seres humanos. Por cierto que la palabra ‘poder‘, con la que una buena parte del pueblo de Dios identifica hoy a la Iglesia, sólo se pronuncia en los evangelios (y cito aquí a Jesús Peláez, ex-Catedrático de Filología Griega de la Universidad de Córdoba) cuando Jesús realiza alguna curación y para ello emplea los sentidos (mira, toca, escucha…). El poder, así, tiene que ser un poder salvífico y no un poder represivo como el que ejerce buena parte de la jerarquía católica actual.

Creo, como señalaba al principio, que se trata de un libro que llega en el momento oportuno y en una etapa de madurez de Juan José Tamayo. Jesús sólo nos llama, como escribió Bonhoeffer, a la Vida y no a poner los ojos en un nuevo sistema religioso dogmático y rígido que cierra toda posibilidad de pensamiento y que no tenga en cuenta el devenir de la historia. San Pablo ya afirmaba que convenía que hubiera disensiones para que el diálogo en busca de la Verdad no deje nunca de respetar el Misterio.

Estamos, sin duda, ante uno de los libros más originales y creativos del profesor Tamayo. Su lectura abre nuevos horizontes para el cristianismo del futuro.

Fuente Religión Digital

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Afirmar nuestra condición de elegidos.

miércoles, 30 de abril de 2025
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Del blog de Henri Nouwen:

«Cuando echo una mirada, tanto a mi interior como a mi alrededor, me siento abrumado por oscuras voces que me dicen: «No eres nada especial; eres una persona más entre millones; tu vida no es más que una boca más que alimentar; tus necesidades, un problema más que resolver». Estas voces son cada vez más poderosas, especialmente en un tiempo histórico de tantas relaciones rotas.

Muchos niños no se sienten bienvenidos al mundo. Bajo sus sonrisas nerviosas, se esconde a menudo la pregunta: «¿Soy querido realmente?» Algunos jóvenes han oído a sus madres decirles: «No te esperaba, pero cuando comprobé mi embarazo, decidí tenerte… Fuiste una especie de accidente». Tales palabras y actitudes no contribuyen en absoluto a que la persona se sienta elegida. Nuestro mundo está lleno de personas que se preguntan si no habría sido mejor para ellos no haber nacido. Cuando no nos sentimos amados por los que nos han dado la vida, a menudo sufrimos a lo largo de toda ella alguna forma de auto-menosprecio, que nos puede llevar fácilmente a la depresión y hasta al suicidio.

A pesar de esta realidad penosísima, y contando con ella, tenemos que atrevernos a afirmar la verdad de que somos los elegidos de Dios, incluso aunque el mundo no nos haya escogido. Mientras permitamos a nuestros padres, hermanos, maestros, amigos y personas que nos quieren, decidir si hemos sido elegidos o no, estamos atrapados en las redes de un mundo que nos sofoca, que nos acepta o rechaza de acuerdo con sus criterios de efectividad y poder.

A menudo, esta afirmación representa una ardua tarea, un trabajo que dura toda la vida. Porque el mundo persiste en sus esfuerzos de empujarnos hacia las tinieblas de la duda, del auto menosprecio, o del autorrechazo, y a la depresión. Y eso porque somos personas inseguras, miedosas, que nos infravaloramos, y que, en consecuencia, podemos ser manipulados por los poderes que nos rodean.

La gran batalla espiritual empieza —y nunca termina—, por afirmar nuestra condición de elegidos. Mucho antes de que ningún ser humano nos oyera llorar o reír, fuimos oídos por nuestro Dios, que es todo oídos para nosotros. Mucho antes de que ninguna persona nos hablara en este mundo, se dirigió a nosotros la voz del amor eterno.

Nuestra condición de seres valiosísimos, únicos en nuestra individualidad, no se nos ha dado por aquéllos a los que hemos encontrado en el reloj del tiempo —el de nuestra breve existencia cronológica—, sino por el Uno que nos ha elegido con su amor eterno, un amor que existió desde toda la eternidad y durará para siempre».

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Henri Nouwen 
Tú eres mi amado

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Miserabilismo y sumisión: neomovimientos pelagianos

miércoles, 30 de abril de 2025
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IMG_0745Trump, el nuevo ‘mesías’ de los cristianos ultras

«Una Iglesia en la que las clases no comparten la mesa eucarística, acaba siendo una Iglesia clasista»

«La Nueva Era autoritaria ha extendido un nuevo fundamentalismo cristiano en el que conviven dos cosas: la retórica de la más extrema humillación y la reivindicación más supremacista de la cristiandad. Y se ha hecho a través de dos expresiones del pelagianismo: el poder de la miseria y la exaltación de la sumisión»

«La exaltación y exposición de la sumisión y la postración es una de las caras de este pelagianismo, que suele aparecer cuando crece la impotencia social. En el mundo ha crecido hasta niveles insoportables la impotencia de la gente común ante la desigualdad, la soledad, el militarismo, la tiranía, el populismo, etc.»

La Nueva Era autoritaria ha extendido un nuevo fundamentalismo cristiano en el que conviven dos cosas: la retórica de la más extrema humillación y la reivindicación más supremacista de la cristiandad. Y se ha hecho a través de dos expresiones del pelagianismo: el poder de la miseria y la exaltación de la sumisión. Mientras que la ascética del poder de la miseria ha surgido en clases precarias, entre la alta burguesía prospera la ascética de la sumisión.

La exaltación y exposición de la sumisión y la postración es una de las caras de este pelagianismo, que suele aparecer cuando crece la impotencia social. En el mundo ha crecido hasta niveles insoportables la impotencia de la gente común ante la desigualdad, la soledad, el militarismo, la tiranía, el populismo, etc. A la vez, por la alianza entre ultraderecha y religión ―y Trump es el máximo exponente actual como autocoronado rey divino― se ha quintuplicado desde la década de 1980 el ateísmo en todo el planeta. Y la gente demanda sinodalidad, superar el clericalismo, respeto a la libertad, personalización. La reacción del fundamentalismo religioso ha sido la ascética de la sumisión.

Necesitamos arrodillarnos y adorar solo a Dios, pero tras algunas prácticas de postración que han crecido en popularidad se puede estar colando una nostalgia del clericalismo, nostalgia del orden autoritario y exaltación de la humillación de la dignidad humana. Cuanto más pierde la alta burguesía la unión con el pueblo de Dios, más reivindica la ascética de la sumisión, y más desconfía de la sinodalidad. El problema es que la espiritualidad se ha despopularizado y una Iglesia en la que las clases no comparten la mesa eucarística, acaba siendo una Iglesia clasista. Y esa desvinculación es proporcional al auge y poder de los neomovimientos, y el abandono y desprestigio de la comunidad, pluralidad y sinodalidad parroquial y diocesana.

IMG_0746Trump reza en el Despacho Oval con sus consejeros 7 Margens

No es casualidad que esa ascética de la sumisión venga acompañada del hiperliderazgo del fundador líder perpetuo y el culto a su personalidad. Si el grado de postración de la gente es proporcional a la exaltación de su líder, hay que temer. La adoración de Dios nos libera de cualquier idolatría, y si, en vez de ello, produce idolatría del clero y su alzacuellos, la patria, la ideología, el poder, el orgullo identitario o el dinero, hay dentro una trampa que es necesario liberar.

El poder de la miseria

El pelagianismo también se expresa en los discursos del poder y la riqueza como camino de la esperanza: «si quiero, puedo», «si sueño, lo logro», «si encuentro mi talento, triunfo», «Cristo va a hacer que yo pueda todo», «tengo éxito, Dios está conmigo». Hace años en Kibera, el mayor suburbio pobre de África, me impresionó ver el nombre de una iglesia alzada en medio de toda aquella miseria: Los ganadores de Dios. No era irónico.

La ascética miserabilista busca llevar al sujeto lo más abajo posible, para luego levantarlo a lo más alto. Se insiste en la aniquilación de la persona: «no eres nada», «eres solo pecado», «eres malo», «el ser humano es una miseria», «eres un ser en manos del demonio». El mecanismo busca deprimir al sujeto haciéndole reconocer que es un miserable trozo de mal y nada, para luego, invocando la fuerza del Espíritu, prometerle el oro y el trono: «pero con Dios lo eres todo, lo lograrás todo, podrás todo, tendrás el poder de Dios».

Es el negativo de la Teología de la prosperidad, el reverso del mismo fenómeno. Si no tienes ya el éxito para proclamar la riqueza como signo de santidad, haz de tu miseria y precariedad la vía de salvación

No tener éxito y riqueza se debería, entonces, a que uno no se ha denigrado suficiente para recibir el poder de Dios. Es una ascética del poder de la miseria y la miseria del poder: cuanto más te hayas denostado, más probable es que recibas los poderes de ser como Dios. El sujeto se deja caer en un antiéxtasis de la miseria, se lanza ebriamente a la minusvaloración de sí mismo, hay una mortificación masoquista: el desprecio de sí mismo, produce un sucedáneo de consolación. Ya no es la economía ni la política la que te hace de menos, sino uno mismo como vía de santificación, y se impulsa a que uno radicalice esa denigración. El sistema social sale no solo indemne, sino reforzado. En este mecanismo de depresión y enaltecimiento, hay mucho de ebriedad dionisíaca en la que el ser humano acepta ser animalizado y despedazado, para poder hacerse luego con el mérito de la salvación. Es el negativo de la Teología de la prosperidad, el reverso del mismo fenómeno. Si no tienes ya el éxito para proclamar la riqueza como signo de santidad, haz de tu miseria y precariedad la vía de salvación.

IMG_0747Predicador Diana Polekhina

En el fondo es un recurso mágico: cuanto más sacrifiques la autoestima, automáticamente se llenará lo vaciado con poder divino. Es un pelagianismo inverso: no lograrás la salvación con las conquistas de tu poder, sino con el poder de denigrarte y someterte. Paradójicamente, se usa la miseria como poder.

Y lo que siempre acompaña esta hiperhumillación es la exaltación del poder del pastor. Cuanto más empobrece moralmente a la gente, más poder (y dinero) se pone en sus manos como mediador de Dios. Uno debe infamarse más y someterse más al poder no solo de dios, sino también del líder, el clérigo o el predicador.

En vez de llevar a la gente a la lucha social, convierte la miseria en culpa del individuo, que aprende la indefensión

En Estados Unidos se generalizó entre las poblaciones afroamericanas más deprimidas como sublimación de su miseria social, y luego se ha extendido como un modo de consuelo y legitimación de la más obscena desigualdad del mundo. Bajo capa de humildad, se quiere llevar a la gente al poder que psicológicamente compense tanta precariedad. En vez de llevar a la gente a la lucha social, convierte la miseria en culpa del individuo, que aprende la indefensión, se humilla todavía más, ha denostado todavía más lo que en él hay de creación divina regalada, innata, permanente, inquebrantable.

Jamás el miserabilismo ni la sumisión han traído justicia ni paz. En los tiempos que vivimos, es necesario estar vigilantes porque una nueva cultura autoritaria está en posesión de los mayores poderes del mundo, sean pantallas, modelos educativos o tentadoras espiritualidades al servicio del crudo poder. Y siento tras escribir esto que la única vía para curarnos y permanecer atentos es profundizar en la espiritualidad eucarística de la mesa común extendida y abierta en la plaza del pueblo.

Fuente Religión Digital

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A vosotros os llamo amigos

martes, 29 de abril de 2025
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Scene 07/53 Exterior Galilee Riverside; Jesus (DIOGO MORCALDO) is going to die and tells Peter (DARWIN SHAW) and the other disciples this not the end.

A vosotros que seguís con entusiasmo
sin saber muy bien hacia dónde vamos;
a vosotros que os pesan las normas y leyes
y habéis empezado a desprenderos de ellas;
a vosotros que no tenéis miedo a ser libres
y amáis de corazón a toda persona;
a vosotros os llamo amigos.

A vosotros que escucháis mis palabras
y les dais crédito aunque os suenen extrañas;
a vosotros que acogéis mi Espíritu y proyecto
y con esmero buscáis su crecimiento;
a vosotros que os habéis sacrificado
sin esperar recompensa ni reconocimiento;
a vosotros os llamo amigos.

A vosotros que os reunís en mi nombre
y evocáis mi presencia, vida y sueños;
a vosotros que a pesar de dudas y cansancio
dejáis la tranquilidad de la tierra conocida;
a vosotros que transitáis fronteras con temor
pero despiertos y en mi compañía;
a vosotros os llamo amigos.

A vosotros que no hacéis ascos a lo desconocido
y os adentráis hasta sus entrañas para conocerlo;
a vosotros que dais la cara, arrimáis el hombro
y echáis una mano a quienes aparecen en las aceras;
a vosotros con quienes se puede contar
para toda causa buena, justa y humana;
a vosotros os llamo amigos.

A vosotros que exploráis y cuidáis la realidad
e intentáis transmitirla mejorada;
a vosotros que no os dejáis pervertir
a pesar de vivir en orillas y fronteras;
a vosotros que habiendo salido de vuestra tierra
os negáis a ser extranjeros y a vivir explotados;
a vosotros os llamo amigos

A vosotros que a pesar de vuestra debilidad
no cejáis en vuestro anhelo de caminar;
a vosotros que os mantenéis firmes
y cultiváis experiencias de solidaridad;
a vosotros que no renunciáis a la utopía
y camináis siguiendo mis huellas hacia el Reino;
a vosotros os llamo amigos.

*

Florentino Ulibarri
Fe Adulta

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«Necesitamos buenas noticias», por Miguel Ángel Mesa

martes, 29 de abril de 2025
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De su blog Otro Mundo es posible:

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«Nunca las noticias son malas para los elegidos de Dios»
(Jean Paul Sartre).

No suelen abundar las buenas noticias a nuestro alrededor. Todos escuchamos cada día sucesos dolorosos, tristes, desgarradores. Los medios de comunicación se enfrentan para captar audiencia, anunciando y transmitiendo las noticias más dramáticas, violentas, desmotivadoras.

Nos podríamos preguntar: ¿es que no existen noticias positivas, buenas, solidarias, que nos inviten a humanizarnos y a sentirnos más cercanos a los demás, trabajando por un mundo mejor? Evidentemente que las hoy, muchas, pero tienen predominio en la parrilla de las televisiones y de las radios las noticias más luctuosas y deplorables porque, por desgracia, es lo que da audiencia y dinero.

Evangelio, euagelion en griego, «significa buena noticia, mensaje feliz». Jesús, cuando empezó su misión, «se fue a Galilea a predicar la buena noticia de Dios. Decía: “Se ha cumplido el tiempo. El Reino de Dios está cerca. Convertíos y creed en el evangelio”». Cuando los discípulos de Juan van a preguntarle si es el Mesías esperado por el pueblo de Israel, Jesús les responde: «Id a decir a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia el evangelio a los pobres».

La buena noticia, por lo tanto, es un mensaje feliz, de esperanza, en especial para quienes han sido privados de ilusión, de confianza, de ánimo. Pero que no se queda en la mera palabra, sino que baja a los lugares donde se enseñorea la desesperanza. Y, desde esa realidad, junto a los humildes y excluidos, la creatividad, la solidaridad, la conjunción de esfuerzos y la confianza empiezan a obrar milagros.

Hoy, que los ciegos vean, puede interpretarse como destapar la verdad ante tanta mentira como nos cuentan. Que los cojos anden, quizá se podría entender como liberarse de ataduras, muletas, que no nos dejan andar libres (consumismo, miedos…). Que los leprosos queden limpios, puede significar que las personas marginadas (emigrantes, personas con SIDA, homosexuales…) puedan ser aceptadas plenamente en la sociedad, sin censuras ni reproches. Que los muertos resuciten, puede asimilarse a apoyar a colectivos marginales (gente sin hogar, en pobreza extrema, gitanos, ancianos, desahuciados, parados…) ofreciendo oportunidades concretas, para salir de su situación de exclusión y olvido social.

Todas estas buenas noticias, y otras muchas más que se viven a nuestro alrededor, son mensajes entusiasmantes. No hace falta hablar de Dios a las personas a las que se las ayuda, porque el amor de Dios, el Espíritu de la vida, la Palabra de todo consuelo, están presentes en cada una de estas palabras, de estas acciones, de las sonrisas y los abrazos que abren nuevas expectativas ante la existencia, tantas veces cruel e inhumana.

Los hombres y mujeres que anuncian con sus vidas estas buenas noticias construyen sobre la roca firme de la amistad, del cariño, de la compasión y de la solidaridad. Aquí radica la esencia de la fraternidad universal y la regla fundamental para la convivencia: «Todo lo queráis que hagan por vosotros, hacedlo también vosotros por ellos». Ahí se encuentra también la voluntad de Dios: buscar sencilla, humana y esforzadamente la felicidad y la plenitud de los demás. Que es la mejor noticia, el mensaje más feliz que se pueda esperar.

«Felices quienes se esfuerzan por anunciar con sus palabras y, sobre todo con su vida, la buena noticia de la liberación, la paz y la solidaridad».

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