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Thomas Müntzer, anhelo de igualdad.

sábado, 26 de julio de 2025
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El pasado 27 de mayo se cumplían 500 años de su ejecución y de la Revolución Campesina…

Yo, Thomas Müntzer, suplico a la Iglesia que no adore a un Dios mudo, sino a uno vivo y que habla: ninguno de los dioses es más despreciable para las naciones que este Dios vivo de los cristianos que no tienen parte de Él”.

*

((Müntzer, Thomas (1988). Matheson, Peter, ed. The Collected Works of Thomas Müntzer (en inglés). Edimburgo: T&T Clark. p. 378)

***

Mira, los señores y los potentados están en el origen de cada usura, de cada apropiación indebida y cada robo; ellos toman de todos lados: de los peces del agua, de las aves del aire, de los árboles de la tierra (Isaías 5:8). Y luego hacen divulgar entre los pobres el mandamiento de Dios: «No robar». Pero esto no vale para ellos. Reducen a miseria a todos los hombres, despellejan y despluman a campesinos y artesanos, y a cada ser vivo (Miqueas 3:2-4). Y para ellos, la más pequeña falta justifica el ahorcamiento.

*

(Thomas Müntzer, Refutación bien fundada, 1524.)

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 Llamando a los campesinos a la lucha, “allí tenían el arco iris, el vínculo, la señal de que Dios estaba de su parte; que ellos se limitasen a batirse con coraje y a demostrar arrojo

*

(Bloch, Ernst (2002) [​1921​]. Thomas Müntzer, teólogo de la revolución. Madrid: Antonio Machado Libros.) pp. 83-84.

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Omnia sunt communia”: “todas las cosas deben compartirse en común, y su distribución a cada uno debe ser hecha en base a su necesidad

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(Müntzer, Thomas (1988). Matheson, Peter, ed. The Collected Works of Thomas Müntzer (en inglés). Edimburgo: T&T Clark.

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Imagen Thomas Müntzer en el billete de 5 marcos de la RDA en la emisión de 1971 a 1990. Dominio Público. Wiki Commons.

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"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , ,

“Thomas Müntzer: 1525-2025”, por Michael Löwy

sábado, 26 de julio de 2025
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I.

Este año, los revolucionarios de todo el mundo celebran la memoria de Thomas Müntzer (1490-1525), ejecutado en Mühlhausen el 27 de mayo de 1525. Predicador anabaptista y uno de los líderes religiosos de la guerra de los campesinos en el Sacro Imperio Romano Germánico en el siglo XVI, fue un auténtico líder revolucionario.

Nacido en el seno de una familia de artesanos pobres, estudió teología y fue ordenado sacerdote, pero en 1519 se unió a Lutero. Poco después, en 1521, redactó el Manifiesto de Praga, que era un llamamiento a la revuelta contra «la ramera de Babilonia», como se denominaba a la Iglesia de Roma. Sin embargo, pronto criticó a Lutero por su connivencia con los poderosos. En 1524 pronunció el Sermón a los príncipes, en el que atacó con virulencia la autoridad de la Iglesia y del Imperio. Se unió al movimiento campesino anabaptista y predicó el restablecimiento de la Iglesia apostólica, por la fuerza si era necesario, para preparar lo antes posible el reino de Cristo. Thomas Müntzer y su grupo tomaron el poder en febrero de 1525 en Mühlhausen, Turingia, donde instauraron una especie de poder revolucionario radical e igualitario, aliado a la revuelta campesina.

Místico y milenarista, inspirado en la doctrina medieval de la «Tercera Edad» de Joaquín de Fiore, Müntzer era también un revolucionario que denunciaba el poder de los ricos y la complicidad de Lutero con los príncipes. Al igual que los anabaptistas, exigía a sus seguidores que practicaran el bautismo de adultos. En la tradición apocalíptica, anunciaba la inminencia del fin de los tiempos y del juicio final. En sus sermones de Wittenberg (1523) intentó levantar a los artesanos y campesinos contra los príncipes reinantes y los poderes eclesiásticos.

Decidido a unir su destino a la revuelta campesina, Thomas Müntzer se puso al frente en mayo de 1525 de un ejército de siete mil soldados campesinos que se preparaba para combatir a los príncipes en Frankenhausen. La batalla tuvo lugar el 15 de mayo: mal equipados e inexpertos, los campesinos fueron masacrados por los ejércitos principescos, compuestos por mercenarios profesionales fuertemente armados y provistos de cañones. Herido, Müntzer fue capturado en una casa de Frankenhausen, donde se había refugiado. Tras ser torturado, fue decapitado en Mühlhausen (Turingia) ante una multitud de representantes de la alta nobleza. Para que lo viera el buen pueblo, su cabeza empalada fue expuesta en las murallas de la ciudad.

Una inscripción mural en la ciudad de Heldrungen lo estigmatiza como archifanaticus patronus et capitane us seditiosorum rusticorum: un homenaje involuntario…

II.

Los socialistas alemanes, desde el siglo XIX, encontraron en la guerra de los campesinos del siglo XVI y en la figura de Thomas Müntzer una fuente de inspiración y un precedente histórico capital.

Este es el caso, en particular, de Friedrich Engels, que les dedicó uno de sus principales —si no el más importante— estudios históricos: el libro La guerra de los campesinos en Alemania (1850). Su interés, su fascinación incluso, proviene probablemente del hecho de que este levantamiento fue el único movimiento verdaderamente revolucionario en la historia alemana antes de 1848. El libro comienza, por cierto, con esta frase: «El pueblo alemán también tiene sus tradiciones revolucionarias» [1].

Analizando la Reforma protestante y la crisis religiosa de principios de siglo en Alemania en términos de lucha de clases, Engels distingue tres bandos que se enfrentan en un campo de batalla político-religioso: el bando conservador católico, compuesto por el poder del Imperio, los prelados y una parte de los príncipes, la nobleza rica y el patriciado de las ciudades; el partido de la Reforma luterana burguesa moderada, que agrupaba a los elementos poseedores de la oposición, la masa de la pequeña nobleza, la burguesía e incluso una parte de los príncipes, que esperaban enriquecerse con la confiscación de los bienes de la Iglesia. Por último, los campesinos y los plebeyos constituían un partido revolucionario, «cuyas reivindicaciones y doctrinas fueron expresadas con mayor claridad por Thomas Müntzer» [2].

Este análisis de los enfrentamientos religiosos a través del prisma de las clases sociales antagónicas es notable, aunque Engels parece, de forma reduccionista, considerar la religión solo como una «máscara» o «tapadera» detrás de la cual se esconden «los intereses, las necesidades y las reivindicaciones de las diferentes clases». En el caso de Müntzer, afirma que «ocultaba» sus convicciones revolucionarias bajo una «fraseología cristiana» o bajo una «máscara bíblica»; si se dirigía al pueblo «en el lenguaje del profetismo religioso» era porque era «el único que era capaz de entender en aquella época» [3].

Al mismo tiempo, no oculta su admiración por la figura del profeta milenarista, cuyas ideas describe como «cuasi comunistas» y «religiosas revolucionarias»:

Su doctrina política se correspondía exactamente con esta concepción religiosa revolucionaria y superaba tanto las relaciones sociales y políticas existentes como su teología superaba las concepciones religiosas de la época. […] Este programa, que era menos una síntesis de las reivindicaciones de los plebeyos de la época que una anticipación genial de las condiciones de emancipación de los elementos proletarios que germinaban entre esos plebeyos, exigía la instauración inmediata en la tierra del Reino de Dios, del reino milenario de los profetas, mediante el retorno de la Iglesia a sus orígenes y la supresión de todas las instituciones que contradecían a esta Iglesia, supuestamente primitiva, pero en realidad completamente nueva. Para Muntzer, el reino de Dios no era otra cosa que una sociedad en la que no habría diferencias de clase, ni propiedad privada, ni poder estatal extranjero, autónomo, opuesto a los miembros de la sociedad [4].

Lo que se sugiere en este sorprendente párrafo es no solo la función protestataria e incluso revolucionaria de un movimiento religioso, sino también su dimensión anticipadora, su función utópica. Estamos aquí en las antípodas de la teoría del «reflejo»: lejos de ser una simple «expresión» de las condiciones existentes, la doctrina político-religiosa de Müntzer aparece como una «anticipación genial» de las aspiraciones comunistas del futuro. En este texto se encuentra una nueva pista, que no es explorada por Engels, pero que más tarde será profundamente trabajada por Ernst Bloch, especialmente en su ensayo juvenil sobre Thomas Müntzer.

III.

Casi un siglo más tarde, en 1921, el joven Ernst Bloch publicará su Thomas Müntzer, theologien de la revolution, un homenaje entusiasta, por parte de un marxista libertario, al líder de los anabaptistas, y un análisis detallado de sus proclamas. En una introducción, revisa la bibliografía sobre Müntzer y menciona positivamente el libro de Engels sobre la guerra de los campesinos, aunque lo presenta únicamente como «un estudio económico y sociológico, con referencias laterales a los acontecimientos de 1848»: una descripción que no hace justicia a la riqueza de esta obra. También menciona, como un acercamiento simpático, el capítulo que le dedica Karl Kautsky en su libro sobre los precursores del socialismo. Sin embargo, a pesar de sus cualidades, Kautsky, por su apego a la filosofía de la Ilustración, manifiesta, en su opinión, una «total incapacidad para comprender los hechos religiosos» y, en particular, la mística apocalíptica del teólogo revolucionario [5].

En Ernst Bloch, por el contrario, esta dimensión apocalíptica del discurso de Müntzer se destaca con admiración:

Aquí no se luchaba por tiempos mejores, sino por el fin de todos los tiempos: en sentido estricto, en una propaganda apocalíptica de la acción. No para vencer las dificultades terrenales en una civilización eudemonista, sino para […] la irrupción del Reino [6].

Analizando el primer gran documento de Müntzer, el Llamamiento de Praga (1521) –Intimatio ThomaeMuntzeri […] contra Papistas–, que reproduce íntegramente, Bloch ve en este texto inaugural «suceder y confundirse, de manera casi inmediata, el odio a los señores, el odio a los sacerdotes, la reforma de la Iglesia y el misticismo mesiánico» [7].

Sin embargo, muy rápidamente, las prédicas de Müntzer se radicalizan. En una interpretación de tono anarquista, Bloch percibe su doctrina y la de los anabaptistas como una negación de la autoridad del Estado y de toda ley impuesta desde fuera, «adelantándose casi a Bakunin». Müntzer predicaba «una república mística y universal» e incluso «algo aún más profundo: una completa comunidad de bienes, el retorno a los orígenes cristianos, el rechazo de toda autoridad pública» [8].

Para ilustrar la radicalidad de Müntzer, Bloch cita largos pasajes de la Apología de Núremberg (1524), donde el teólogo anabaptista denuncia a los señores y príncipes (con abundantes citas de los profetas del Antiguo Testamento) con argumentos que tienen una sorprendente actualidad en 2025:

Se apropian de todas las criaturas; los peces en el agua, los pájaros en el aire, la vegetación en la tierra, todo debe pertenecerles, Isaías 5 […]. Ahora los vemos oprimir a todos los hombres, al pobre labrador, al pobre artesano, desollar y despojar a todo lo que vive, Miqueas 3 [9].

Para Bloch, el reformador Müntzer se sitúa en las antípodas de la divinización luterana del Estado y del «capitalismo como religión» de Calvino. Describe su llamamiento de 1525 a los mineros como una «declaración de guerra a las casas de Baal», e incluso como «el más apasionado, el más furioso manifiesto revolucionario de todos los tiempos». Por desgracia, sin gran resultado [10].

Poco después, en Frankenhausen, el «ejército revolucionario y mesiánico» de los campesinos, mal armados —sin artillería ni pólvora— y sin un estado mayor experimentado, inspirado pero no comandado por Müntzer, fue exterminado por los señores feudales.

Ernst Bloch percibe a Thomas Müntzer como un momento crucial de la historia subterránea de la revolución, que va desde los cátaros, los valdenses y los albigenses hasta Rousseau, Weitling y Tolstói: una inmensa tradición que quiere «acabar con el miedo, con el Estado, con todo poder inhumano» [11].

¿Quiénes serían hoy los herederos de Thomas Müntzer y de esta historia clandestina? Ernst Bloch evoca a Karl Liebknecht y, en la conclusión de su ensayo, hace un llamamiento a una alianza «entre el marxismo y el sueño de lo incondicionado […], en el mismo plano de campaña». El ensayo de Bloch fue escrito en un momento, 1921, en el que la revolución en Alemania aún parecía posible. De ahí la sorprendente conclusión del libro: «Erguido sobre los escombros de una civilización arruinada, se alza el espíritu de la utopía indestructible […]» [12].

IV.

¿Sigue siendo actual esta historia, cinco siglos después? ¿Sigue hablando a nuestro espíritu el personaje de Thomas Müntzer? Así lo creen los redactores de la revista Negatif y del Grupo Surrealista de París, que publicaron, el 1 de mayo de 2025, un magnífico panfleto en homenaje al 500 aniversario de la Guerra de los Campesinos. En él se cita el siguiente fragmento del libro de Ernst Bloch: «Espera que se escuche su voz, esta historia subterránea de la revolución».

Así se refieren los autores al predicador decapitado por los señores en mayo de 1525:

A la vanguardia de este movimiento, la figura del predicador Thomas Müntzer aparece como la voz más radical del momento. Thomas Müntzer […] la voz más alta que llamaba a la revuelta más amplia; él, el martillo vengador dispuesto a todas las luchas contra los hambrientos, los explotadores y los hipócritas religiosos de su tiempo; él, que hizo temblar a los poderosos; […] él, que no abandonó a los rebeldes cuando los ejércitos de los príncipes, fuertes por el apoyo ideológico del siniestro Lutero, se unieron para masacrar salvajemente a quienes se habían atrevido a levantarse contra su orden; él, Thomas Müntzer, que sucumbió en la batalla, nos sigue dando, quinientos años después de su muerte, el ejemplo de la inflexibilidad de nuestras exigencias milenarias, más radicales aún que cualquier milenarismo anticuado. En este 1 de mayo de 2025, gloria a ti, Thomas Müntzer, cuya sombra incendiaria seguirá desgarrando la noche de nuestra época, que no es menos oscura y oscurantista que la tuya.

El folleto se distribuyó durante las manifestaciones callejeras del 1 de mayo de 2025.

En su prefacio a la reedición de la traducción francesa de La guerra de los campesinos en Alemania, de Engels, Eric Vuillard observa: «Esta guerra de los campesinos no pertenece al pasado, no es […] una revuelta anticuada para los libros de historia. […] Esta historia no ha terminado» [13]. Esto es especialmente cierto en América Latina, que ha vivido numerosas «guerras campesinas», desde Túpac Amaru hasta Emiliano Zapata, y desde Augusto César Sandino hasta el EZLN de Chiapas. Es una lucha que continúa hoy en día, bajo la dirección de la gran confederación Vía Campesina, para imponer una verdadera reforma agraria y romper con la lógica ecocida del agronegocio capitalista.

Walter Benjamin estaba convencido de que la memoria de los antepasados martirizados es la fuente más poderosa de las revueltas de los oprimidos. Esto es válido, más que nunca, para los campesinos insurgentes de 1525 y su teólogo revolucionario, Thomas Müntzer.

[1] Friedrich Engels, La guerra de los campesinos en Alemania (1850), París, Ed. Sociales, trad. Emile Bottigelli, Prefacio de Eric Vuillard, Introducción de Racher Renault, p. 69.

[2] Ibid. p. 101.

[3]Ibid. p. 95.

[4]Ibid. p. 113.

[5]E. Bloch, Thomas Müntzer, theologien de la révolution (1921), París, Julliard, trad. Maurice de Gandillac, 1975, p. 21.

[6]E. Bloch, Thomas Müntzer, teologías de la revolución, p. 91.

[7]Ibid. pp. 32-33.

[8]Ibid. pp. 119, 137.

[9]Ibid. pp. 66-67

[10]Ibid. pp. 182-183, 96-98.

[11]Ibid. p. 305

[12]Ibid. pp. 154, 306

[13]Eric Vuillard, «Prefacio», en Engels, La guerra de los campesinos en Alemania, pp. 9-10.

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[Imagen de Christoph van Sichem, Dominio Público, via Wikimedia Commons]

[Artículo publicado el 24/06/2025 en Jacobinlat].

Fuente Cristianismo y Justicia

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“El Dios crucificado y los pueblos crucificados”, por Juan José Tamayo

jueves, 1 de mayo de 2025
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Aunque ya ha pasado la Semana Santa a que se refiere el autor, publicamos este artículo que leímos en su blog y 
que se hace realidad en lo cotidiano de nuestra vida y en el día a día del mundo sufriente:

«Existimos en cuanto seres humanos sufrientes e indignados por la injusticia«

En días tan señalados para las iglesias cristianas como los de Semana Santa me viene a la memoria la expresión “teología de la cruz” que el joven teólogo Martin Lutero utilizó en 1518 durante la disputa de Heidelberg

«La cruz de Cristo, como Jürgen Moltmann ha demostrado en su libro El Dios crucificado, constituye la base y la crítica de toda teología cristiana. Lástima que pronto la teología de la cruz se tornara conformista con el orden burgués y que, apoyándose en ella, Lutero justificase la violencia de los príncipes»

En días tan señalados para las iglesias cristianas como los de Semana Santa me viene a la memoria la expresión “teología de la cruz que el joven teólogo Martin Lutero utilizó en 1518 durante la disputa de Heidelberg. Lo hizo en polémica con la “teología de la gloria”, del cristianismo eclesiástico medieval, representada en la figura triunfante del Pantocrator de las iglesia románicas.

La cruz de Cristo, como Jürgen Moltmann ha demostrado en su libro El Dios crucificado, constituye la base y la crítica de toda teología cristiana. Lástima que pronto la teología de la cruz se tornara conformista con el orden burgués y que, apoyándose en ella, Lutero justificase la violencia de los príncipes contra la Guerra de los Campesinos y el asesinato de la figura más representativa del ala izquierda del protestantismo naciente, Thomas Müntzer, a quien Ernst Bloch llama “teólogo de la revolución” (Thomas Müntzer, teólogo de la revolución, traducción de Jorge Deike Robles, Ciencia Nueva, Madrid, 1968; Antonio Machado Libros, 2002).

Es quizá al revolucionario y heterodoxo Müntzer a quien el filósofo de la esperanza, Ernst Bloch, se refiriera cuando en el frontispicio de su libro El ateísmo en el cristianismo afirma que “lo mejor de la religión es que crea herejes”. Ciertamente no se refiere a Lutero, como algunas veces se ha dicho, a quien sitúa del lado del conservadurismo político y teológico, lo considera defensor de la moral señorial y recuerda que recomendaba a los campesinos obediencia pasiva y acatamiento de la injusticia.

El tema del Dios crucificado está presente en la primera de las novelas de la Trilogía de la noche titulada La noche, del escritor judío Elie Wiesel, Premio Nobel de la Paz en 1986 y superviviente de los campos de concentración de Auschwitz y Buchenwald, donde fueron asesinados su padre, su madre y su hermana menor. En dicha novela hace un relato patético y estremecedor del que fue testigo:

 “La SS colgó a dos hombres judíos y a un joven delante de todos los internados en el campo [de concentración]. Los hombres murieron rápidamente, la agonía del joven duró media hora. “¿Dónde está Dios? ¿Dónde está Dios?”, preguntó uno detrás de mí. Cuando después de largo tiempo el joven continuaba sufriendo, colgado del lazo, oí otra vez al hombre decir: “¿Dónde está Dios ahora?”. Y en mí mismo escuché la respuesta: “¿Dónde está? Aquí. Colgado del patíbulo.

“Dios clavado en la cruz, permite que lo echen del mundo […]. Dios es impotente y débil en el mundo, y solo así Dios está con nosotros y nos ayuda […]. Cristo no nos ayuda por su omnipotencia, sino por su debilidad y sus sufrimientos”.

En una de sus cartas desde el cautiverio, la dirigida el 16 de abril de 1944 a su amigo y posterior editor Eberhard Begthe, Dietrich Bonhoeffer, teólogo mártir del nazismo, vuelve sobre el tema ofreciendo otra imagen de Dios muy alejada de aquella que lo sitúa en el cielo disfrutando de una pacífica y eterna vejez: “Dios clavado en la cruz, permite que lo echen del mundo […]. Dios es impotente y débil en el mundo, y solo así Dios está con nosotros y nos ayuda […]. Cristo no nos ayuda por su omnipotencia, sino por su debilidad y sus sufrimientos”.

Adelantándose en varias décadas al teólogo alemán Jürgen Moltmann, Simone Weil habla de «Dios crucificado«. Nuestro parecido con Dios, afirma, no radica en la omnipotencia, sino en la dimensión pensante y finita de la existencia, en el carácter sufriente de la realidad humana: «Saber que, como ser pensante y finito, yo soy Dios crucificado. Parecerse a Dios, pero a Dios crucificado» [1]. Hay aquí un claro mentís al viejo atributo divino de la omnipotencia y a la concepción prometeica del ser humano, y una defensa de la debilidad y el carácter sufriente de Dios, en la misma dirección de Dietrich Bonhoeffer.

Simone Weil fundamenta el carácter divino del cristianismo en las palabras del Salmo 22, 2, pronunciadas por Jesús en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mc 15, 43). «La divinidad -afirma en un texto sugerente y de gran creatividad literaria- está dispuesta para nosotros en madera muerta, cortada geométricamente a escuadra, de la que cuelga un cadáver. El secreto de nuestro parentesco con Dios debe buscarse en nuestra mortalidad» [2]. Nada que ver con la apologética católica para quien eran los milagros la demostración irrefutable de la divinidad de Jesús de Nazaret.

En un texto de 1978 de gran profundidad teológica, el teólogo Ignacio Ellacuría, asesinado el 16 de noviembre de 1989 en San Salvador junto con cinco compañeros jesuitas y dos mujeres salvadoreñas colaboradoras en el servicio doméstico, historifica la idea del “Dios crucificado” y la traduce en la experiencia sufriente del “pueblo crucificado, que define como “aquella colectividad que, siendo la mayoría de la humanidad. Debe su situación de crucifixión a un ordenamiento social promovido y sostenido por una minoría, que ejerce su dominio”.

 Ellacuría considera al “pueblo históricamente crucificado” la continuación histórica del Siervo de Yahvé -del Segundo Isaías-, a quien los poderes de este mundo siguen despojando de todo y arrebatando todo, hasta la vida, sobre todo la vida. El “pueblo históricamente crucificado” se convierte así en la categoría mayor de su teo-política de la liberación y en el principal signo de los tiempos. Se refiere a todos los pueblos a quienes los poderosos siguen despojando de su dignidad y arrebatándolos la vida prematura e impunemente [3].

Albert Camus afirmaba no conocer a ninguna persona que hubiera dado la vida por defender el argumento ontológico de Anselmo de Canterbury. Quizá tampoco por creer en el Dios motor inmóvil de Aristóteles, ni en el Dios sustancia infinita, eterna y dotada de los atributos de la independencia, la omnisciencia y omnipresencia –todos terminados en CIA-, de Descartes. Yo tampono la daría. Como diagnosticara Nietzsche en Así hablaba Zaratustra y La gaya ciencia, ese Dios está muerto y bien muerto. El propio Camus reformula el principio cartesiano “pienso, luego existo” como “me indigno, luego existimos”, existimos en cuanto seres humanos sufrientes e indignados por la injusticia.

Hay otras imágenes más creíbles de Dios y más acordes con los acontecimientos que celebra el cristianismo estos días. Una es la propuesta metafórica del científico social portugués Boaventura de Sousa Santos: el Diosactivista de los derechos humanos, que es un Dios subalterno y se enfrenta con el Dios invocado por los opresores. Otra la imagen de José Saramago: “Dios es el gran silencio del universo y el ser humano la voz que ha sentido a ese silencio”. En estas imágenes sí se puede creer, como en la del “Dios crucificado”, identificado con los “pueblos crucificados”, a quienes hay que bajar de la cruz. En dicha tarea ha de traducirse el principio-misericordia de Jon Sobrino.

[1]    Simone Weil, La gravedad y la gracia, edición y traducción de Carlos Ortega, Trotta, Madrid, 2025, 5ª edición, 128.

[2]    Ibid., 128.

[3] Ignacio Ellacuría, “Cruz y resurrección. Presencia y a nuncio de una Iglesia nueva”: CRT-SERVIR (México), 1978, 49-82.

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«Retorno a Wittenberg», por Manuel Fraijó

martes, 9 de enero de 2018
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monumento-lutero-wittenberg-alemania«Lutero, carro y auriga de Israel»

«El Reformador captó como nadie los apasionados anhelos religiosos de su tiempo» 

(Manuel Fraijó, en El País).- Con cierta impaciencia debe estar contando Lutero las horas que faltan para que termine el año de su V centenario. Hay que imaginárselo contento, pero también algo exhausto a causa de tanta conmemoración.

Con no poco asombro habrá tomado nota de la visita de los Papas Benedicto XVI y Francisco a lugares emblemáticos del protestantismo; especial satisfacción le habrá producido escuchar sus himnos, una de sus mejores herencias, cantados en tantas iglesias católicas; y, como su corazón nunca dejó de ser del todo agustino, le habrá encantado la carta, tan serena y justa, que el prior general de los agustinos ha dirigido a la orden; y él, que tan agrios debates mantuvo con el cardenal Cayetano, habrá leído con asombro y honda satisfacción la excelente monografía que otro cardenal, Walter Kasper, le ha dedicado: Martín Lutero. Una perspectiva ecuménica; especial alegría debe haber sentido al leer el Acuerdo sobre la justificación, un documento ratificado oficialmente por ambas iglesias en el año 1999 que pone de manifiesto que el polémico concepto de justificación no es ya motivo de división; y, cómo no, se habrá interesado por otro documento, este del año 2017, titulado Del conflicto a la comunión. Conmemoración conjunta luterano-católico-romana de la Reforma en 2017. Es la primera vez que luteranos y católicos conmemoran juntos lo que ocurrió hace 500 años.

Con no poco agrado habrá tomado nota de la paulatina desaparición de la leyenda de las 95 tesis clavadas por él en la puerta de la iglesia de Wittenberg. En realidad, las envió el 31 de octubre de 1517 a Alberto de Brandemburgo y a algunos obispos.

Al no recibir respuesta, las envió a «hombres eruditos». Fueron ellos quienes las difundieron. Lutero lo lamentó, ya que «no van destinadas al gran público». Pidió disculpas al Papa, asegurándole que no las retiraba porque ya no estaba en su mano.

Pero tal vez la mayor sorpresa se la habrá dado quien le haya informado de que hace ya más de 60 años los católicos celebramos un concilio, el Vaticano II, en el que se aprobaron algunos temas por los que él tan denodadamente luchó: el sacerdocio general de todos los fieles; el uso de la lengua vernácula en la liturgia; la comunión bajo las dos especies; el protagonismo de los laicos en la Iglesia; la importancia de las comunidades locales; la Biblia como alma del cristianismo y de la teología.

No sin cierta melancolía, Lutero habrá recordado su insistencia en la celebración de un concilio que Roma solo convocó en 1545, cuando ya no era posible la concordia. El concilio de Trento llegó demasiado tarde.

Y algo atónito se habrá quedado al leer los elogios que un dominico, Y. Congar, le ha dedicado: «Lutero es uno de los mayores genios religiosos de la historia». Y sabiamente añade: «Lutero no es el Evangelio. Lo importante es ir hacia el Evangelio juntamente con él».

Por suerte, los insultos de ayer han hecho sitio a los elogios de hoy. Y bien que lo necesita el Reformador. En sus últimos años sufrió notables desengaños y decepciones. Tuvo que ver, por ejemplo, cómo algunos protestantes abusaban de la justificación por la fe para entregarse a la pereza.

Con todo, su principal fuente de preocupación fue la Reforma misma. En sus horas de reflexión y soledad debió recordar cómo en 1483, año de su nacimiento, toda Europa era católica; en 1546, fecha de su muerte, casi la mitad del continente se había separado de Roma. Algo que, como sabemos, no ocurrió sin feroces enfrentamientos y abundante derramamiento de sangre.

A Lutero le preocupaba el futuro de Alemania y Europa. Él sabía que no era el único responsable de lo ocurrido: fue decisivo el apoyo de los príncipes alemanes, cansados de las injerencias de Roma y de sus exigencias financieras. Pero sin la fuerza religiosa y visionaria del Reformador nada de lo que ocurrió hace 500 años habría sido posible.

Captó como nadie los apasionados anhelos religiosos de su tiempo. Lo que no supo fue encontrar un sucesor apropiado. Lutero, que se definía a sí mismo como «un sajón, un rústico y duro sajón», terminó enfrentándose con muchos de los que habrían podido sucederle. Th. Mann dirá que el Reformador fue «un bárbaro de Dios con bovina cerviz». De acuerdo, pero aquel bárbaro de Dios, hombre de pensamiento y oración, contemplaba con honda preocupación el resultado de su propia obra.

Y, probablemente, nada le atormentó tanto como su actuación en la rebelión de los campesinos. K. Marx la califica como «el hecho más radical de la historia alemana». Los campesinos se sublevaron contra la opresión a la que les sometían la Iglesia y los nobles. En un primer momento contaron con el decisivo apoyo de Lutero, pero cuando este constató que también los campesinos se lanzaban al pillaje, al asesinato y a la destrucción de conventos e iglesias, cambió de bando y animó a los señores a sofocar la rebelión a sangre y fuego; sus arengas son de tenor irreproducible.

Al frente de los campesinos iba Thomas Müntzer, llamado «místico con martillo» y «reformador sin iglesia«. A Müntzer no le bastaba la libertad interior que predicaba Lutero, quería libertades concretas, políticas y sociales. Fue ejecutado al fracasar la revuelta en la que perecieron unos 70.000 campesinos.

Algunos historiadores afirman que el fracaso de esta revolución adormeció por un par de siglos la actitud del pueblo alemán ante los desmanes del poder. Y analistas políticos bienintencionados sostienen que, si Lutero se hubiese aliado con los campesinos, habría corrido su misma suerte y nos habríamos quedado sin Lutero, sin Müntzer, y sin la Reforma. Parece una hipótesis plausible.

A partir de 1525, fecha de la derrota de los campesinos, Lutero entró en una crisis de la que ya nunca se repuso. Su prestigio declinó rápidamente. También su boda, celebrada en el mismo año 1525, sirvió de mofa para sus enemigos y de disgusto para sus amigos. Se había iniciado el declive del Reformador. El hombre que entre 1500 y 1530 publicó el 20% de los textos editados en Alemania se fue quedando sin inspiración. «Culpable» fue también el cuidado de sus seis hijos.

El final le llegó en la noche del 17 de febrero de 1546. Ocurrió en su pueblo, en Eisleben. Fue la muerte serena de un gran creyente cristiano. En realidad, Lutero deseaba ya el final: «He vivido mi vida, ya es hora de que me reencuentre con mis mayores».

Durante sus últimos años no podía andar, lo trasladaban en un pequeño carro. Su cadáver fue trasladado de Eisleben a Wittenberg donde se le tributaron impresionantes honras fúnebres. Melanchthon, su discípulo más fiel e inteligente, pronunció una emocionada oración fúnebre. La concluyó con estas palabras: «Se ha ido el carro y el auriga de Israel». Después de este agitado 2017, el «auriga» retornará a su silencio de Wittenberg en espera del próximo centenario.

Fuente Religión Digital

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Protestante Digital: Del fundamentalismo al resentimiento

jueves, 9 de julio de 2015
Comentarios desactivados en Protestante Digital: Del fundamentalismo al resentimiento

colau-bandera-gaiDel blog Homoprotestantes:

Esta semana la revista fundamentalista evangélica “Protestante Digital” nos ha regalado un editorial cuyo encabezado muestra la deriva de quienes se han quedado sin argumentos: “Del nacionalcatolicismo a la bandera arco iris”. Me gustaría hacer unas cuantas observaciones sobre dicho editorial.

Para empezar la bandera del arcoíris, bandera rainbow, o bandera de la libertad, fue utilizada públicamente por primera vez como símbolo del colectivo homosexual en San Francisco en el año 1978, como homenaje al activista homosexual Harvey Milk que había sido asesinado hacía unos días. Una bandera cuyos colores intentan reflejar la diversidad de todos los seres humanos, y el deseo de ser tratados con la misma dignidad. Sin embargo no es la primera vez que el símbolo del arcoíris se utiliza  para este fin, en la historia del protestantismo también la utilizó Thomas Müntzer en la revolución campesina del siglo XVI en Alemania para denunciar el trato injusto que sufrían campesinos y artesanos por parte de los gobernantes desorientados por malos sacerdotes: “Mira, los señores y los potentados están en el origen de cada usura, de cada apropiación indebida y de cada robo”. En la ciudad alemana de Stolberg se puede visitar la estatua de este reformador sosteniendo la bandera arcoíris entre sus manos.

Es cierto que hay sectores en la sociedad española que no están por dar los mismos derechos a todas y todos, por respetar la diversidad que existe en el país. Piensan que unas personas por amar, comportarse, vestirse, pensar u opinar de una determinada manera (cada sector determina esa manera), tienen más derechos que otras. Pero eso no es lo que dice nuestra Constitución ni lo que deben defender los representantes escogidos por toda la ciudadanía. La defensa de la igualdad y el respeto a la diversidad son pilares sobre los que nos hemos propuesto construir la sociedad. Por eso no hay contradicción alguna en que una bandera arcoíris ondee en los ayuntamientos de todo el país, mostrando el compromiso político con la justicia para todas y para todos.

El problema que tienen las cruces cristianas, o la ideología que defiende el fundamentalismo, es que nuestra sociedad ha tenido que padecer sus consecuencias. La cruz ha sido utilizada demasiadas veces para dividir, para humillar, menospreciar o incluso asesinar a personas. La sospecha e inquietud que producen las religiones que quieren ocupar el espacio público, no nacieron ayer, y no deberíamos sorprendernos de que esto ocurra. Además si en los últimos años el cristianismo oficial, sea del signo que sea, ha estado más por imponer una ideología de la discriminación, y por mantener ventajas fiscales y posibilidades de influencia política para su propio beneficio, no es difícil entender que exista el recelo a que sus símbolos representen a todos. Tampoco hay que olvidar que si el colectivo LGTBI en todo el mundo lucha por vivir y por sus derechos, el cristianismo no hace lo mismo. Les recuerdo por ejemplo a los fundamentalistas evangélicos, que han sido los telepredicadores americanos evangélicos quienes han puesto el caldo de cultivo del odio con el que son tratados los homosexuales en países como Uganda. Allí, no hay banderas arcoíris en los ayuntamientos, pero si mucho dolor y sufrimiento generado por el fundamentalismo.

Me sorprende también que el editorial enfrente discriminaciones, cuando creo que son todas las discriminaciones, todo lo que limite a los seres humanos, lo que debe ser rechazado en nombre del evangelio. La vida de un cristiano decapitado en Siria vale lo mismo que la de un homosexual lanzado desde una torre en el mismo país. Es una bajeza y una falta de sensibilidad priorizar una muerte a otra. Además, si estamos hablando de nuestro país, el editorial se olvida de que hay personas como el que aquí escribe que ha sido víctima de las dos discriminaciones, una por ser gay y otra por ser protestante. Y le podría explicar donde reside la diferencia: cuando era niño y me obligaban a asistir a clases de religión católica a pesar de ser protestante o me invitaban a quedarme en el pasillo mientras el resto de mis compañeros y compañeras se quedaban en el aula, yo podía explicarles a mis padres lo que me ocurría, podía compartir con otros cristianos la situación; y sobre todo, la ley estaba de parte de mi familia. Pero cuando en mi adolescencia me dí cuenta de que era homosexual, no tuve nada de eso. No conozco ningún evangélico en este país que se haya intentado quitar la vida por la discriminación que padece, pero no puedo decir lo mismo de las personas LGTBI que conozco. Aprovecho para decir, que el colectivo LGTBI es diverso, pero jamás he sentido ningún rechazo por ser protestante, de hecho la colaboración con entidades LGTBI siempre ha sido fácil. Sin embargo el fundamentalismo es incapaz incluso de reconocer que existen evangélicos LGTBI, de sentarse para hablar y escuchar sus experiencias antes de enviarlos al infierno para siempre.

Finalmente vuelvo al encabezado del editorial: “Del nacionalcatolicismo a la bandera arco iris”. Me parece una falta de respeto utilizar a cientos de miles de desaparecidos, asesinados, torturados y encarcelados por el franquismo en un artículo como éste, creo que no hacía falta, y que esto merecería una disculpa. Entre todas esas víctimas había miles de homosexuales que fueron internados en campos de concentración para vagos y maleantes. Y también había muchos protestantes, que se opusieron a un régimen que no respetaba las libertades. Por otra parte pienso que el encabezado deja ver que el fundamentalismo vive ajeno al mundo en el que vive al hacer dicha comparación. Las personas que levantan la bandera arcoíris creen que los fundamentalistas tienen que ver respetados sus derechos en este país, todo el mundo forma parte de la sociedad diversa en la que vivimos. Lo que no creen es que puedan mandar mensajes de odio, discriminar o incitar a la violencia hacia las personas LGTBI. Y sinceramente, en este editorial, más que evangelio y amor, se transmite impotencia y resentimiento.

Decía Thomas Müntzer que cuando las autoridades no cumplen su papel “la espada les será quitada”, y quizás es eso lo que les está ocurriendo a las iglesias cristianas que dicen predicar el evangelio, la reconciliación y la liberación; que como no lo hacen, son otras instituciones, otras personas las que se encargan de levantar la bandera del arcoíris que Dios nos regaló según el libro del Génesis como signo de una sociedad que no volverá a ser destruida. Y algunas personas, entre las que me cuento, piensan que encima de ese arcoíris vuelan los azulillos, y los sueños que soñaron se pueden hacer realidad. Así que en vez de entre papeles en blanco y negro, prefieren estar en algún lugar por encima del arcoíris desafiando sueños de justicia y liberación.

Carlos Osma

General, Homofobia/ Transfobia., Iglesia Metodista, Iglesias Evangélicas , , , , , , ,

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