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En «Silencio», el Pisoteado rompió el silencio, por Juan Masiá, sj

jueves, 26 de enero de 2017
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silencio-de-scorseseDe su blog Vivir y Pensar en la Frontera:

Apariencia de renuncia, realidad de abrazo

«Ofrecí la espalda a los que me apaleaban» (Isaías, 50, 6)

(Juan Masiá, sj).- La novela de Shûsaku Endo, Silencio, se publicó en 1966, el año de mi llegada a Japón. En los debates sobre literatura y religión, se dividían las opiniones: de un lado, quienes ensalzaban al «Graham Greene japonés»; por otra parte, quienes sospechaban de la heterodoxia de la obra, presunta apología de actitudes apóstatas.

Mi escaso conocimiento de la lengua, con la que me debatía de la mañana a la noche durante el bienio de aprendizaje, no me permitía leerla, pero en la comunidad de estudiantes jesuitas discutíamos sobre la obra de Endo, apoyándonos (unos, para bien; otros, para mal) en recensiones publicadas en lenguas extranjeras.

Algunos misioneros y teólogos de la generación anterior juzgaban duramente a Endo, considerándolo peligroso para la fe de los japoneses bautizados de adultos. Otros, más abiertos, coincidían con los que acabábamos de vivir en Europa el entusiasmo por la apertura del Concilio Vaticano II. Los temas del silencio de Dios, la inculturación, la iglesia viajera en medio del mundo, el encuentro con las otras religiones y la opción por las víctimas oprimidas eran, para nosotros,algo obvio; en cambio, resultaban novedosos para una mayoría del público católico japonés.

Cuatro años después, mi primera lectura de Endo en japonés coincidió con mi traducción al japonés de San Manuel Bueno, de Unamuno, y espontáneamente surgió la idea de titularla El silencio de Dios.

En la década siguiente, tuve ocasión de comprobar con satisfacción que, entre el alumnado universitario no católico, estas dos lecturas suscitaban interés por la cuestión de fe, e incluso sirvieron para motivar la entrada en el catecumenado de algunos alumnos y alumnas. Para otros, en cambio, provocaban rechazo por parecerles «demasiado católicos» estos autores que, para el catolicismo «pre-conciliar», más bien olían a heterodoxia.

Gracias a Scorsese, la problemática de Endo vuelve a primer plano. Dejando para otras plumas la crítica de cine, voy a pensar sobre cuestionamientos teológicos a propósito de la obra de Endo, a la que dedicaré los post de este blog durante las próximas semanas.

De momento, solo dos reflexiones, sobre el Pisoteado y sobre los pisoteados.

1. En el climax del filme y de la novela, la voz del Pisoteado rompe el silencio: el crucificado invita a pisar a quien «para eso se ha abajado, para eso ha venido», rompe el silencio divino, para convertir el silencio del Padre en clamor del Hijo, puesto de parte de las víctimas de modo incondicional e irreversible, sumiso y comprometido. A partir de ese momento el tema deja de ser el silencio, para convertirse en la voz del Pisoteado.

El P. Adelino Ascenso, autor de una disertación doctoral sobre literatura y teología en la obra de Endo, escribe así sobre el momento crucial que convierte la apariencia superficial de apostasía en realidad profunda de encuentro con la misericordia del crucificado:

«Rodrigo se encontró implicado en un diálogo delicado cuando decidió pisar el emblemático icono del fumie como un acto de amor y compasión para con sus hermanos cristianos japoneses. Un diálogo tan arriesgado como ese es lo que necesita la teología cristiana… Rodrigo desafió y confrontó la imagen de Jesús que le había sido presentada hasta ahora y descubrió, oculto bajo la superficie, al auténtico Jesús, doliente con quienes sufren» (Transcultural Theodicy in the Fiction of Shûsaku Endo, P. U. G., Roma, 2009, p. 283)

2. Los pisoteados siguen exigiendo hoy que se rompa el silencio sobre ellos. Un ejemplo de pisoteados: los enterradores no cristianos de los mártires cristianos. Cuando se celebró, el 24 de noviembre de 2007, la beatificación de 188 mártires japoneses, se planteó la necesidad de revisar la memoria histórica cristiana en Japón, para no olvidar a otras víctimas del entorno de los mártires. Se trata de otras víctimas que suelen quedar olvidadadas y no reconocidas.

En las representaciones artísticas del martirio nos impresionaba ver a los crucificados, alanceados sobre sus cruces mientras bajo ellas ardía la hoguera, a la vez ejecución y pira crematoria. No se nos había ocurrido pensar que, además de los mártires, hubo otras víctimas. Ni habíamos caído en la cuenta de que los verdugos podían serlo.

¿Quiénes ejecutaban la sentencia? ¿Quiénes acarreaban la leña para la pira? ¿Quiénes se encargaban de la tarea enojosa de recoger los cadáveres? ¿Quiénes vigilaban en la prisión? A estas preguntas y a un largo etcétera que las sigue, responde el profesor Aoyama:

«Para esos trabajos enojosos había una mano de obra forzada, obligada a realizarlos, se les reclutaba en el barrio discriminado en que vivían quienes eran considerados hinin, es decir, no-humanos y no-ciudadanos por estar dedicados a trabajos considerasdos contaminantes (matanza de animales, curtir pieles, etc…)» (cf. Boletín de la Asociación cultural de estudios de la era cristiana de Nagoya, nn. 41 y 46)

Lo fuerte del caso es que los descendientes de esa casta discriminada siguen arrastrando hoy el peso de la discriminación. Han de ocultar el domicilio natal en el barrio discriminado (buraku) y el nombre de familia, si no quieren sufrir dicriminación a la hora de encontrar empleo o contraer matrimonio.

En medio de uno de esos barrios, en Kyoto, hay erigido un monumento conmemorativo a los mártires. Dicen los descendientes de quienes participaron obligatoriamente en la ejecución que, así como los mártires fueron víctimas por su fe (claro que no sólo por la fe, sino también por no someterse a la ideología política del estado), los antepasados de los discriminados de hoy también fueron víctimas, cuyos derechos humanos eran totalmente conculcados.

Olvidar esto mientras se celebraba una concentración masiva en Nagasaki para festejar la beatificación de los mártires habría sido una contradicción e incongruencia.

La iglesia de Japón, cuyos obispos publicaron un mensaje en defensa de los derechos humanos, en el 60 aniversario de la Declaración de Derechos, no puede cerrar los ojos a este problema, aunque, tanto dentro de la Iglesia como fuera de ella, haya quienes sigan diciendo que «entre nosotros no hay problema de discriminación».

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Evangelio y calor humano

lunes, 23 de enero de 2017
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Del blog Pays de Zabulon:

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«Que nuestra religión se fuera extendiendo entre ellos como un agua generosa que todo lo penetra es gracias al calor humano, hasta entonces desconocido que ella aportaba a esta pobre gente. Se debe a esto y sólo a esto: estos hombres han experimentado por primera vez en su vida el calor del corazón humano. Han encontrado a alguien que los traten como iguales, como a seres humanos. La bondad y la caridad de los padres ganaron así su corazón.»

Shûsaku Endô, Silencio.

El Evangelio es Buena Noticia, buena noticia de que eres amado por Dios, quienquiera que seas, cualesquiera que sean las circunstancias de tu existencia, cualquiera que sea tu destino. Dios te ha querido libre y feliz, y ha llegado el tiempo de la liberación de la humanidad, el tiempo de la salvación.

Basta ya de viejos temores, de ostracismos de cualquier género, de encerramientos y contrariedades que impiden al ser brotar libremente para la felicidad y la alegría de todos.

El Evangelio es Buena Noticia, noticia de salvación. Al igual de lo que dice Shûsaku Endô para los campesinos japoneses, esto ha sido verdad numerosas veces en la historia. El Evangelio penetró primero en el mundo de los esclavos, de los extranjeros, de los parias, en el mundo de los pobres, de los hambrientos, en el mundo de los explotados. Al mismo tiempo que aquí o allá, la Iglesia se institucionalizaba y reproducía en su seno las limitaciones y explotaciones que ella debía denunciar y combatir, hubo siempre unos locos enamorados por la liberación, trabajados en su interior por el Evangelio y que defendían la causa de los oprimidos, el rescate de los esclavos, la atención a los leprosos, la educación de los pobres, la igualdad entre los chicos y las chicas …

silence_andrew-garfield_shinya-tsukamoto-300x200Ha habido siempre profetas, hombres y mujeres que aportaban este calor humano, este respeto debido a cada uno y que se batían para hacerlo respetar, si esto no era con palabras, lo era con hechos.

Sí, el Evangelio es Buena noticia, buena noticia para todos. Me pregunto por qué este movimiento de liberación que describe Shûsaku Endô no ha concernido aún a las personas homosexuales. ¿Habrá cristianos, bastantes cristianos, para demostrar que el Evangelio les es anunciado a las personas tal como ellas son, les saludan, les consideran en su dignidad y restauran la belleza de su humanidad en su derecho a existir, a desarrollarse y a contribuir a la felicidad de todos?

Sueño con que el Evangelio aporte este calor humano a todos los que se sienten rechazados a causa de su homosensibilidad. Todos, incluidos los que están ya comprometios con Cristo, y a quienes se dejó creer que Cristo les rechazaba.

*

Z – 22/01/2017

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Fuente Fotografías: 1. Andrew Garfield y Yôsuke Kubozuka, 2. Andrew Garfield y Shinya Tsukamoto, en la película de Martin Scorsese Silencio basada en la novela de Shûsaku Endô.

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«El silencio me sostiene y me libera», por Enrique Martínez Lozano

miércoles, 18 de enero de 2017
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silencio-es-sinonimo-500x334Desde siempre sentí una atracción especial por el silencio, antes incluso de saber lo que era. Desde niño, sentía la necesidad de quedarme a solas; siendo joven, empecé a buscar espacios de silencio en monasterios cartujos y cistercienses. Y percibía que el silencio me “recomponía”, aquietándome por dentro y armonizando toda mi existencia.

Sin embargo, la innegable atracción se daba la mano con la dificultad que experimentaba. Buscaba el silencio, pero rara vez lograba acallar el oleaje mental y emocional. Había demasiado ruido –miedo y soledad– y demasiado ego en mi interior. Y me faltaba mucho para comprender que el silencio no tiene que ver tanto con lo exterior, cuanto con la mente y el yo. Me faltaba mucho trabajo interior –trabajo psicológico y práctica meditativa adecuada– para ir aprendiendo a aquietar la mente y silenciar el ego.

Hoy sigo experimentando dificultades y mi ego se sigue desbocando. Sin embargo, se me ha regalado una certeza impagable: que el silencio no es “algo” que vaya buscando porque me hace bien, sino que es otro nombre de la Realidad que me sostiene y, en último término, me constituye. Y ahora entiendo, finalmente, por qué me atraía con tanta intensidad: el Silencio es la “casa”, nuestra verdadera identidad. Lo contiene todo –también los ruidos, los pensamientos y las emociones con sus vaivenes–, pero no se reduce a nada de ello.

Tras ese regalo, vivo el Silencio, no como algo bienhechor, ni tampoco como una práctica beneficiosa, sino como un estado de consciencia que me permite reencontrarme conmigo mismo en profundidad y con todos los seres.

Ahora sé también que no hay nada que lo pueda romper. Y por eso vuelvo a él en medio de cualquier actividad e incluso de cualquier alteración. Volver a él es venir a casa y encontrarme con lo que soy, con lo que somos: Aquello que está siempre a salvo y no puede ser dañado. He descubierto así el Silencio como fuente de liberación.

Y no se trata de ningún esfuerzo por “construir” o “producir” ese silencio sanador. Es mucho más sencillo: se trata simplemente de dejarse atraer y aprender a descansar en él. El resto viene dado. No implica tanto esforzarse en poner atención cuanto descansar en la atención que somos.

Descansar, vivir en el Silencio significa poner consciencia en todo aquello que hago y vivo: en la tarea que estoy realizando, en la relación que mantengo, en la preocupación que aparece, en la inquietud que altera, en el dolor que desasosiega…, e incluso en la oscuridad que parece cegarme. Sea lo que sea, simplemente, pongo consciencia en aquello que está sucediendo –me introduzco en el estado de consciencia que es el Silencio– y permanezco en la Presencia que soy. Y compruebo, una y mil veces, que lo que brota de ese estado no tiene nada que ver con lo que aparece en el estado mental. El Silencio me unifica y me libera, me mantiene en casa, me otorga una capacidad cada vez más fácil de resituarme cuando mi ego ha tomado el mando y me regala el gozo de experimentar que soy uno con la Vida.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Fe Adulta

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Los jesuitas «bendicen» la película de Scorsese sobre su persecución en Japón

jueves, 12 de enero de 2017
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silence-poster«Silencio» es una excelente película que no deja a nadie indiferente, según la Compañía

Varios religiosos asesoraron el rodaje del filme, que se estrenó este 6 de enero

Novela Silencio de Shūsaku Endō ( PDF)

Un total de 93 jesuitas dieron su vida por la fe; de ellos tres han sido canonizados (Pablo Miki, Juan de Goto y Diego Kisai), 37 beatificados y los demás tienen introducida la causa de beatificación

(Jesuitas).- La película Silencio se estrenó en España el pasado 6 de enero. Basada en la novela histórica del escritor japonés católico Shūsaku Endō, es un proyecto personal de Scorsese que ha tardado veinte años en materializar. Se enmarca en los duros años de persecución del cristianismo que llegó a Japón de la mano de San Francisco Javier y dos compañeros jesuitas en 1549. Considerada por muchos jesuitas y laicos ignacianos que ya la han visto una excelente película, cargada de espiritualidad y profundidad, a pesar de su crudeza, no deja indiferente.

Jay Cocks, guionista que ha colaborado con Scorsese en La edad de la inocencia y Gangs of New York, firma la adaptación de la novela a la gran pantalla, protagonizada por Liam Neeson (La Lista de Schindler), Andrew Garfield (La red social, Hasta el último hombre) y Adam Driver (Star Wars Episodio VII: El despertar de la fuerza, ‘Girls’), Tadanobu Asano (Thor, Ichi the killer) y Ciarán Hinds (Camino a la perdición).

La apasionante historia de sacrificio y fe que narra traslada al espectador a la segunda mitad del siglo XVII. Dos jóvenes jesuitas viajan a Japón en busca de un misionero, su mentor, que tras ser perseguido y torturado, ha renunciado a su fe. Ellos mismos vivirán el suplicio y la violencia que los japoneses ejercen sobre los cristianos. Como telón de fondo planea el silencio de Dios ante el martirio que pesa sobre uno de los protagonistas, silencio al que alude el título de la novela y la película.

Jesuitas en el rodaje

silencio-de-scorsesePara preparar mejor a los actores y hacer creíbles a los personajes, Scorsese pidió ayuda a los jesuitas. El estadounidense James Martin SJ fue asesor del director durante todo el rodaje. El jesuita español Alberto Núñez fue consultor técnico del set y su misión fue preparar a los actores sobre los modos de proceder jesuita y supervisar las escenas de carácter religioso. Por su parte, dos jesuitas de los Estudios Kuancgchi de Taipei, el americano Jerry Martinson y el italiano Emilio Zanetti, también estuvieron en el set, e incluso este último aparece de extra. Asimismo el actor Andrew Garfield hizo Ejercicios Espirituales para interiorizar mejor la espiritualidad ignaciana.

La novela

silencio-endoEl escritor japonés Shūsaku Endō (1923-1996) publicó la novela Silencio en 1966 y fue reconocida ese mismo año con el premio Tanizaki, uno de los más prestigiosos galardones literarios japoneses. Es el trabajo más conocido de su autor y suele citarse como su obra maestra. Shūsaku Endō es uno de los grandes escritores japoneses del siglo XX, con la particularidad de ser cristiano católico, en un país en el que la población cristiana no llega al 1%. La religión es un tema presente en varias de sus obras.

El personaje central de la novela está basado en la figura histórica de Cristóvão Ferreira, un misionero jesuita portugués de principios del siglo XVII que durante la época de las persecuciones contra los cristianos, tras sufrir terribles torturas, se convirtió en un apóstata.

La publicación del libro causó una gran conmoción en Japón, donde nunca hasta entonces se había tratado de modo tan la brutal la persecución sufrida por los cristianos.

La Compañía de Jesús en Japón

El cristianismo llegó a Japón de la mano del jesuita San Francisco Javier en 1549. Las conversiones fueron abundantes en esos primeros dos años que Javier permaneció en Japón, antes de partir hacia su ansiada China, a cuyas puertas moriría. En pocas décadas nació una Iglesia floreciente cuya labor se tornó cuando el 25 de julio de 1587 el gobernador Hideyoshi decretó el exilio de los jesuitas. A partir de 1600 pasó a ser una Iglesia clandestina, perseguida y plagada de mártires pero que logró mantenerse, oculta, durante 250 años.

fotograma-de-silencioEn 1590 la Compañía contaba en Japón con 140 jesuitas entre japoneses y extranjeros, que estaban ilegalmente en suelo japonés. A partir de 1600 y con una situación política crítica se empezaron a ejecutar a varios cristianos de relieve. La situación empeoró con la llegada de la administración Tokugawa en Edo (actualmente Tokio) en 1603, cuando la persecución a los cristianos se hizo mucho más severa. En aquel tiempo los católicos de Japón eran unos 400.000 y en los comienzos del periodo fueron martirizados varias decenas de miles. Un total de 93 jesuitas dieron su vida por la fe; de ellos tres han sido canonizados (Pablo Miki, Juan de Goto y Diego Kisai), 37 beatificados y los demás tienen introducida la causa de beatificación.

Durante 250 años 50.000 «católicos ocultos» de Nagasaki y Goyo en el norte de Kyshu, mantuvieron la fe en la clandestinidad y la sostuvieron de generación a generación. Los padres bautizaban a sus hijos y los educaban en la fe, enseñándoles la doctrina cristiana y las oraciones en latín, sin sacerdotes que les administraran los sacramentos, y con una transmisión oral de la Biblia. La pervivencia de la fe durante estos siglos es un milagro de la fidelidad de la Iglesia japonesa.

fotograma-de-silenceHasta 1908 no regresan los jesuitas a Japón. Lo hicieron tres religiosos procedentes de EE.UU., Alemania y China. La provincia jesuita de Alemania Oriental desde 1933 y la de Toledo (España) desde 1934 comenzaron a colaborar con la misión enviando jesuitas y otras ayudas. Años más tarde se incorporará otra provincia española, la Bética (Andalucía y Canarias).

Dos jesuitas españoles misioneros en Japón han sido Padres Generales de la Compañía de Jesús, el P. Arrupe (1965-1985) y el P. Adolfo Nicolás SJ (2008-2016).

Hoy residen en Japón unos 200 jesuitas, el 30% de ellos nativos. La educación es uno de los pilares de su trabajo. Cuentan con casas de ejercicios, centros de pastoral, parroquias, colegios y la Universidad Sophia. En Nagasaki, la Compañía cuenta con el Museo de los Mártires. Centrado en la historia cristiana de Japón, presenta el testimonio de sus mártires. En la colina en la que se levanta y sus alrededores murieron unos 600 cristianos, de muchas nacionalidades; de ellos, 45 eran jesuitas. Hace unos años fue elevado a santuario diocesano.

https://www.youtube.com/watch?v=d_n7ARlwl7U

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Fuente Religión Digital

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«El preocupante silencio de los obispos», por José Mª Castillo

viernes, 16 de diciembre de 2016
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31197054985_1c19d538d2De su blog Teología sin Censura:

Es un hecho que hay asuntos importantes, que afectan a la vida nacional o a grandes sectores de la población, en los que los obispos no se callan. Baste pensar en asuntos que afectan a la moral pública, como puede ser el tema del aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo o los privilegios legales y fiscales que afectan a la Iglesia. Y no hay que insistir en el empeño responsable de nuestros Prelados por difundir la religiosidad y las creencias cristianas, cosas que tanto bien hacen a no pocos sectores de la sociedad. Sabemos de sobra que, en estos casos (y otros que se podrían señalar), hay obispos –o incluso la Conferencia Episcopal en pleno– que se pronuncian con decisión y, en algunos casos, con una energía que llama la atención.

Por supuesto, los obispos –como los demás ciudadanos– tienen perfecto derecho a manifestar en público sus ideas, sus convicciones y, en general, aquellas cosas con las que están o no están de acuerdo. Lo que resulta aún más comprensible, si tenemos en cuenta que los obispos, como dirigentes y además responsables en el gobierno de la Iglesia Católica, tienen por eso mismo el derecho y el deber de orientar a la sociedad en aquellas cuestiones que, desde las creencias cristianas, inciden en la vida de los individuos y de la sociedad en asuntos muy determinantes para la ciudadanía, como tales ciudadanos y, además, como personas que tienen el derecho y el deber de cumplir con sus obligaciones religiosas.

Pero ocurre que, en la situación tan amplia y tan problemática, que acabo de plantear, tienen una importancia decisiva, no sólo las cosas que se dicen, sino también las que no se dicen. Como bien sabemos, a veces sucede que un silencio resulta más elocuente que mil palabras. En este sentido –y desde este punto de vista– hablo aquí del preocupante silencio de los obispos.

No me refiero, ni puedo referirme, a todos los obispos. El episcopado español es lo bastante numeroso como para que en él haya hombres de las más diversas mentalidades y formas de vida, dentro de lo que permite la condición de “obispo de la Iglesia Católica”. Como también es verdad que, a veces, los medios de comunicación conceden más o menos importancia a una determinada noticia según la mentalidad o las conveniencias de quien difunde los hechos y las ideas ante la opinión pública.

Todo esto es así. Pero precisamente porque es así, por eso mismo resulta tan preocupante el hecho de que los obispos españoles no se pronuncien, como tendrían que hacerlo, en asuntos muy graves, que afectan a grandes sectores de la población, y en los que una palabra autorizada, como lo sigue siendo (para esos asuntos) la palabra del episcopado o el pronunciamiento de un determinado obispo en ciertos casos.

Basta poner algunos ejemplos, para hacerse una idea más concreta de la gravedad del asunto. Ahora mismo están en juego, en España, problemas tan graves como el futuro de las pensiones de ancianos, viudas y huérfanos. ¿Y no tienen nada que decir nuestros obispos, al menos en las rayas rojas de mínimos que los legisladores nunca deberían traspasar?

¿Tampoco tienen nada que decir cuando se trata de gestionar la economía de manera que la consecuencia es que cada año la distancia entre los más ricos y los más pobres resulta más asombrosa? ¿Ni se les ocurre nada para quejarse –al menos “quejarse”– de la cantidad de familias que tienen que vivir de la limosna, buscar algo de comida en los contenedores de basura o sencillamente acostarse sin cenar?

¿Ni existe un pronunciamiento religioso a favor de los refugiados que aquí no encuentran refugio, ni de los jóvenes que aquí no encuentran trabajo, ni futuro, ni esperanza de una vida digna? Por no hablar de la cantidad de años que los jerarcas de la Iglesia se han callado los abusos que no pocos clérigos han cometido contra menores. Y en esto –también hay que decirlo– lo más doloroso es que la imposición del silencio venía de Roma (eran otros tiempos). Porque lo que más importaba no eran los derechos de las víctimas, sino la “respetabilidad” de los clérigos.

Y a estas alturas, no faltan obispos que ponen el grito en el cielo cuando alguien se pone a defender los derechos de personas homosexuales, feministas, transexuales…. ¿No se les cae la cara de vergüenza a los sedicentes “hombres de Dios”, cuando desde tales posturas nos quieren hablar precisamente de Dios? ¿De qué Dios nos están hablando? ¿Del Dios de los palacios episcopales, las vestimentas doradas, los títulos y las reverencias que pretenden promover entre la gente una “mentalidad sumisa” para que no haya “desorden” y todo siga tal como está?

No sigo. Con lo dicho, basta para ponerse a pensar a fondo en el problema que tenemos que afrontar quienes, a pesar de todo, queremos seguir creyendo en el Evangelio. He sufrido “de la Iglesia y por la Iglesia” más de lo que algunos se imaginan. Porque quiero a esta Iglesia, que, a pesar de todo, me ha conservado la “memoria peligrosa” del Evangelio. Y por eso – precisamente por eso – no me callo. El día que perdamos el miedo a la libertad, sin duda alguna, empezaremos a trazar un camino con menos sufrimiento y más esperanza.

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Más silencio

miércoles, 28 de septiembre de 2016
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Del blog Nova Bella:

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Sólo cantaréis realmente

cuando bebáis del río del silencio

*

Yubran

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Más allá

lunes, 26 de septiembre de 2016
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Del blog Nova Bella:

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A Jon Sobrino le gusta decir que Dios es un Dios siempre más allá, inapresable, libre…Por eso la oración es hacernos conscientes de Dios, como esencia profunda de nuestro mismo ser, dejarnos alcanzar por El sin alejarnos de nosotros mismos, de ese presente roto, precario, inquieto…

*

Miguel Márquez,
Cómo descubrir a Dios

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Silencio y presencia

martes, 23 de agosto de 2016
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Del blog Pays de Zabulon:

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«El silencio no es la ausencia, sino más bien la presencia de todas las cosas. Cada espacio tiene su firma sonora, su vibración única, y si a veces el oído no lo oye, el cuerpo, él, lo siente inmediatamente. El oído humano, como la de todos los demás animales, evolucionó para captar los sonidos más débiles, los más tenues los cuales, en el medio natural, dan informaciones vitales para la supervivencia de la especie: alimento, peligros, refugios … En la naturaleza, cada sonido significa algo y se armoniza con un paisaje rico y complejo.

(…) El silencio apacigua y alimenta el alma, permite sobre todo ser plenamente consciente. «

*

Gordon Hempton,
bioespecialista en acústica
Télérama 3473-3474, agosto 2016

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Balbuciendo

martes, 2 de agosto de 2016
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Del blog Nova Bella:

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«Un no se qué que queda balbuciendo

Este elocuente tartamudeo es la expresión última del asombro místico:

al otro lado comienza

el vasto silencio de lo incomunicable”

*

Elisabeth B. Davis
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Merton habla del trabajo

jueves, 12 de mayo de 2016
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Del blog de Amigos de Thomas Merton:

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«El trabajo antinatural, frenético, angustiado, realizado bajo la presión de la avaricia, del miedo, o de cualquier otra pasión desordenada, no puede, hablando con propiedad, ser dedicado a Dios, porque Dios nunca quiere tal trabajo…»

«Guarda puros tus ojos, silenciosos tus oídos y serena tu mente. Respira el aire de Dios. Trabaja, si puedes, bajo su cielo. Pero si tienes que vivir en una ciudad y trabajar en medio de máquinas, tomar el metro y comer en lugares donde la radio aturde con noticias falsas, donde el alimento destruye tu salud y los sentimientos de quienes te rodean envenenan de hastío tu corazón, no te impacientes, acéptalo como manifestación del amor de Dios y como una semilla de soledad plantada en tu alma.

Si estas cosas te repugnan, continúa deseando el silencio sanador del recogimiento. Pero mientras tanto mantén el sentimiento de compasión hacia quienes han olvidado el concepto mismo de soledad. Tú, al menos, debes saber que existe y que es la fuente de la paz y la alegría. Aún puedes esperar tal alegría. Ellos ni siquiera pueden ya esperarla.»

«La santidad cristiana ya no puede ser considerada como una mera cuestión de actos de virtud individuales y aislados, sino que ha de ser vista también como parte del enorme esfuerzo de colaboración para la renovación espiritual y cultural de la sociedad, que produzca unas condiciones en las que todos los hombres puedan trabajar y disfrutar en paz del justo fruto de su trabajo.»

*
Thomas Merton
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«Silencio», de Shusaku Endo

martes, 10 de mayo de 2016
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silencio_shusaku-endoGabriel Mª Otalora
Bilbao (Vizcaya).

ECLESALIA, 02/05/16.- Me impactó el libro que con este mismo título, el escritor japonés Shusaku Endo (1923-1997) escribió en 1966 y que está publicado por Edhasa en apenas doscientas páginas. Ambientado en el Japón del siglo XVII, recoge el choque cultural y religioso entre los esfuerzos de los misioneros jesuitas con la mentalidad japonesa materialista. El nuevo trabajo del director Martin Scorsese rescata esta historia de la mano del actor protagonista Andrew Garfield en el papel del jesuita Rodrigues. La previsión era llegar en los cines a principios de 2016. A ver si llega pronto.

A las primeras generaciones de conversos japoneses les fue bien, pero pronto tuvieron que enfrentarse a diversas persecuciones locales; además de la rivalidad protestante (de ingleses y holandeses), Japón oficializó el budismo y los intereses despóticos de la nobleza local tampoco ayudaban a implantar la solidaridad y el amor fraterno. Y no menos importante, la difícil inculturización en una mentalidad oriental tan diferente en el contexto de las prácticas coloniales, en este caso portuguesas.

En la novela, dos jesuitas quieren llegar a Japón en plena prohibición de cualquier atisbo de cristianismo bajo pena de torturas y la muerte. Son enviados desde Portugal como la punta de lanza para consolar a los perseguidos y averiguar qué es de cierto que el provincial se ha convertido en un apóstata. En esta aventura, el padre Sebastián Rodrígues va experimentando su propia conversión llegando incluso a dudar de la bondad de Dios y de Jesús misericordioso cristiano cuando experimenta el silencio ante el dolor, sobre todo el de sus fieles.

Silence-previewNo es de extrañar que Graham Greene dijera que es una de las mejores novelas de nuestro tiempo. Endo en esta novela (premiada con los mejores galardones literarios de Japón), es el Greene japonés, sin duda. Novela elegante que mantiene el interés hasta la última página. Los “malos” tienen sus razones mientras que los buenos presuponemos que Dios va a actuar de una manera parecida a lo que nosotros creemos que tiene que ocurrir. Pero nuestras previsiones sobre lo que Dios debe hacer en un momento concreto no suelen coincidir con los suyos. Y los dilemas morales pueden llegar más lejos de lo que habíamos previsto. Por último, de la historia principal cuelga una historia paralela no menos espectacular; la del personaje Kichijoro y su relación con el jesuita Rodrigues.

Además de ser una aventura apasionante, este libro es una gran historia del amor cristiano que al rodarse para el cine, ha sido supervisada por algunos jesuitas a petición de Scorsese a fin de que todo resulte con la máxima veracidad posible. El libro al menos, queridos lectores, no se lo pueden perder ¡Que aproveche!

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Cuando es mejor callarse

sábado, 30 de abril de 2016
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Del blog de Henri Nouwen:

Jim Ferringer ferringerthe_contest_by_jocked-d34q2bt(Imagen Jim Ferringer)

«Las palabras son sumamente importantes. Cuando le decimos a alguien que es un ser horrible, inútil, despreciable, acaso estamos arruinando para siempre la relación con esa persona. Las palabras pueden seguir haciendo daño durante muchos años.

Resulta muy importante elegir sabiamente nuestras palabras. Cuando estamos encendidos de enojo y nos morimos de ganas de dirigir duras palabras a nuestros adversarios, es mejor que nos quedemos callados. Las palabras dichas en un momento de arrebato de ira dificultarán la reconciliación. Escoger la vida y no la muerte, la bendición y no la maldición. A menudo es mejor optar por quedarse callado y pensar con cuidado las palabras que abran el camino hacia el restañamiento de las heridas.»

*

Henri Nouwen

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Sábado Santo… en silencio ante el Señor.

sábado, 26 de marzo de 2016
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© Carmelo Blazquez 2013

(Fotografía de Carmelo Blazquez)

Durante el Sábado Santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y muerte hasta que con su resurrección se inauguren los gozos de la Pascua, cuya exuberancia inundará los cincuenta días pascuales.

Hombre en Soledad

 Contigo vengo, Dios, porque estás solo
en soledad de soledades prieta.
Conmigo vengo a Ti, porque estoy solo,
sintiendo por el pecho un mar de pena.
Qué tristeza me das, Dios, Dios, sin nadie
que te descanse, Dios, de tu grandeza,
que te descanse de ser Dios, sin nada
que te pueda inquietar o te comprenda.
Qué tristeza me doy, perdido en todo,
y todo mudo, tan lejano y cerca,
cada vez más presente ante mis ojos
en un mutismo que no se revela,
con el corazón loco por saberte,
preguntando en la noche que se adensa.
Con voz de espadas clamo por mi sangre,
rebusco con mis manos en la tierra
y escarbo en mi cerebro con mis ansias.
Y silencio, silencio, mudez tensa.
Dios, pobre mío, todo lo conoces.
Para Ti todo ha sido: nada esperas.
Hasta lo que me duele y no me encuentro
Tú lo conoces ya, porque en mí piensas.
Yo no conozco nada, Dios, y tengo
socavones de amor llenos de inquietas,
oscuras criaturas que me gritan
palabras, no sé dónde, que me queman,
preguntas que me tuercen y retuercen,
sábana viva chorreando estrellas.
Qué compasión me tengo, Dios, pequeño
llamando siempre a la inmutable puerta
con las palmas sangrando, a la intemperie
de mis luces y dudas y tormentas.
Qué compasión te tengo, Dios, tan solo,
siempre despierto, siempre Dios, alerta,
sin un pecho bastante, Dios, Dios mío,
que ofrezca su descanso a tu cabeza.
Cómo me dueles, Dios. Cómo me dueles,
herido por la angustia que te llena,
sin poder descansarte, sin caberte
en mis entrañas ni aun en mis ideas.
No puedo más Contigo, que me rompes
creciendo por mi dentro y por mi fuera,
cercándome, estrechándome, ahogándome,
dejando, sin saberlo, en mí tu huella.
Y soy hombre, Señor. Soy todo caspa
de angustiosa esperanza contrapuesta,
arcilla informe de reseco olvido,
quizá, capricho de tu indiferencia.
Señor, qué solo estás. Cómo estoy solo,
yo con mi carga insoportable a cuestas.
Tú, con todo y sin nada —(¡todo, nada! —
más que Tú, Dios perdido en tu grandeza,
muerto de sed de amor de algo supremo,
Dios, algo que te alegre y que te encienda.
Sin nada superior a Ti creado,
mi voz alzada al límite no llega
a rumor que resbale por tus sienes,
a brisa en tus oídos, que se secan
de no oír desde nunca una palabra
que antes de estar en hombre no supieras,
pobre Creador, Dios mío sin sosiego,
preso en tu creación, en diferencia.
A Ti vengo, Señor, porque estoy solo,
a veces aun sin mí. Pero no temas,
Señor que has puesto en mí necesidades
sin darme el modo de satisfacerlas.
Perplejo, recomido de inquietudes,
de Ti tengo dolor; de mí, conciencia
de ser como no quiero: ser inútil,
vana palabra, humana ventolera
con sabor de cenizas y de ortigas
clavándome alfileres en la lengua,
y un huracán de vida por la carne
que no ha encontrado carne que florezca.
Versos, versos, mas versos, siempre versos,
¿y para qué, Dios mío? Dentro queda
una fuente de llanto sofocado
minándome la hirviente calavera,
sin encontrar salida a la congoja
cada vez más patente. Y todo niebla.
Contigo vengo, Dios, porque estoy solo;
me huyes cada vez, más te me alejas.
¿No tienes qué decirme, Dios, qué darme?
¿No ves, Señor, no ves, Dios, cómo tiembla
este vaho que se alza de mi vida,
hierbecilla perdida que se hiela?
Encallece mi alma, Dios. Haz dura
la mano y la mirada: hazme de piedra.
Quítame el sentimiento que me escuece.
Borra, Señor, con sol, mi inteligencia.
Déjame en paz, en flor, en roca, en árbol,
en muda, resignada, dulce bestia
caminante con ritmo y sin sentido
por un mundo de instintos e inocencia,
o dame con la luz aquel sosiego
original del prado que apacientas

*

Ramón de Garciasol
Hombre en soledad,

***

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Sábado Santo: Descendió a los infiernos

sábado, 26 de marzo de 2016
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Del blog de Xabier Pikaza:

descenso-a-los-infiernos-Aletti Parece un día plano, sin más emoción que la muerte ya pasada, sin liturgia cristiana (hasta la gran vigilia de pascua, esta noche, puesto ya el sol, a la luna llena de la primavera).

Y sin embargo, en este preciso día, la confesión pascual del NT y la liturgia de la Iglesia incluye la certeza de que Jesús fue sepultado y bajó a los infiernos (es decir, al abismo de la muerte, que los antiguos llamaban Hades o Sheol), como indican de formas convergentes la tradición paulina (1 Cor, 15, 4) y los evangelios (cf. Mc 15, 42-47 par).

Pues bien, avanzando en esa línea, el Credo de los apóstoles añade que descendió a los infiernos (en griego: katelthonta eis ta katôtata; en latin: descendit ad inferos), conforme a una palabra clave de la tradición cristiana que dice:

«Padeció bajo el poder de Poncio Pilato.
Fue crucificado, muerto y sepultado.
Descendió a los infiernos.
Al tercer día resucitó de entre los muertos».

Voy a fijarme hoy en la ante-última frase, una palabra que a veces tendemos a olvidar, como si no formara parte del Credo, nosotros que apenas creemos en “un infierno eterno” (condena total) que vendría de Dios, pero que vamos creando multitud infierno de condena, de exclusión y muerte en ese mismo mundo.

El infierno al que bajó Jesús:
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– es, en primer lugar la muerte eterna que tiende a dominarlo todo, la destrucción sin salida, el frío cósmico…
– pero es, en segundo lugar, la muerte histórico que tiende a dominarlo todo, la muerte que viene del pecado, de la injusticia, de la indiferencia, de la prepotencia y violencia de algunos (de muchos)
– esa muerte aparece más clara en las tierras dominadas por ISIS o por los traficantes de la vida, pero también en Lesbos y Eidumene…, en los hambrientos, refugiados, trabajadores del hambre..
– esa muerte está en la gran política de Europa o de la Gran América, de aquellos poderes que no acogen, sino que expulsan de su tierra a los emigrantes del miedo, del hambre…
– es la muerte fabricantes de armas, de los violadores y asesinos…La muerte de las cárceles, de las casas sin pan, de los caminos sin salida, de los hospitales…

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El infierno está en todos los lugares donde tiende a dominar el odio y la prepotencia… el desinterés, la envidia… Pues bien, en ese contexto debemos añadir:

sin la bajada de Cristo a los infiernos de la historia humana no existe redención cristiana, no se puede hablar de muerte verdadera, ni de auténtica pascua; si no ayudamos a los condenados al infierno de nuestro mundo no podremos entender al Cristo.

A lo largo de toda su vida, y de un modo especial a través de su muerte en Cruz (con los expulsados y condenados de la humanidad), Jesús “descendió a los infiernos”. Al proclamar esa palabra, el credo venerable de la Iglesia expresa un misterio de muerte (de encarnación en la miseria y sufrimiento de los hombres) y de victoria sobre la muerte, que pertenece a la experiencia más honda del evangelio (Imagen: Icono de Jesús que baja con su cruz al «infierno» de Adán, para liberar a los cautivos de la opresión y de la muerte).

1. Muerte e infierno.

Porque asume nuestra vida en finitud, Jesús ha tenido que aceptar nuestro destino, expresando su misterio radical de Hijo de Dios en nuestra propia condición de seres para la muerte. Porque asume nuestra condición de pecado (violencia), ha tenido que penetrar en el abismo de la lucha interhumana, introduciendo el cielo del amor y gracia de Dios en el infierno de conflictividad de nuestra historia, donde envidia y violencia le han matado.

Algunos iconos de Oriente presentan la cuna de Jesús como sepulcro donde el mismo Dios comienza a morir ya cuando nace como humano. Pues bien, invirtiendo esa figura, el evangelio ha interpretado la muerte como nuevo nacimiento y cuna de la historia. Lógicamente, esa muerte puede presentarse como principio de discernimiento: para que se revelen los pensamientos interiores (dialogismoi) de muchos corazones (cf. Lc 2, 35).
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– La muerte de Jesús es el momento del máximo pecado, como muestran las palabras de los sacerdotes que pasan y pasan, en torno al patíbulo, diciendo:

«Tú, que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, ¡sálvate a ti mismo y baja de la cruz si eres el Hijo de Dios! Ha salvado a otros y a sí mismo no puede salvarse ¡Dice ser rey de Israel! Que baje de la cruz y creeremos en él. Había puesto su confianza en Dios; que Dios le salve ahora, si es que de verdad le quiere, pues se había presentado como Hijo de Dios «(Mt 27, 42-43).

Así ríen de Jesús los que le acusan y expulsan como chivo emisario de sus males. Ellos le entierran en el infierno de la violencia suprema, haciéndose (haciéndole) culpable «de toda la sangre de los justos derramada sobre la tierra, desde la sangre del justo Abel hasta la de Zacarías» (Mt 23, 35).

– Pero la muerte de Jesús aparece, al mismo tiempo, como principio de resurrección, fuente de gracia:

«Entonces se rasgó el velo del templo, tembló la tierra, las piedras se quebraron y se abrieron los sepulcros, de tal forma que volvieron a la vida muchos cuerpos de los justos muertos… Al ver lo sucedido, el centurión glorificaba a Dios diciendo: ¡Realmente; este hombre era inocente!. Y todas las gentes que habían acudido al espectáculo, al ver lo que pasaba, se volvieron a la ciudad golpeándose en el pecho (cf. Mt 27, 51-53; Lc 23, 47-48; Mc 15, 39: ¡Era Hijo de Dios!).

Del infierno de condena, desde el mismo subsuelo de la historia donde Jesús ha descendido brota la esperanza de la vida.

2. La gran muerte de Jesús. Bajó a los infiernos

Todos los humanos, lo sepan o lo ignoren, están unidos al Cristo que grita en la noche (¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?: Mc 15, 34) y al Señor de la aurora pascual que abre los sepulcros, ofreciendo esperanza a los humanos (cf. Mt 28, 1-3).

Desde ese fondo queremos evocar la palabra quizá más extraña y misteriosa del Credo: ¡bajó a los infiernos!, al lugar donde todos los humanos estábamos unidos, como rebaño para la muerte. Jesús ha penetrado en ese abismo, llegando así a lo que la iglesia llama «los infiernos», el sub-mundo donde mueren los difuntos.

En este contexto, infierno no significa la condena de aquellos que rechazan la salvación de Jesús (y pueden quedar sin Dios, sin ellos mismos, por los siglos de los siglos, tras la muerte de este mundo), sino el perecimiento universal de aquellos que mueren mueren en este mundo, aplastados por la finitud de la vida y la violencia de la historia, por los males sociales por el pecado de los otros.

Conforme a la visión tradicional del judaísmo y de la iglesia antigua, este infierno (sheol, hades, seno de Abrahán…) es el destino de muerte de todos los humanos, a no ser que Dios venga a liberarles por el Cristo. La muerte misma en cuanto destrucción: eso es el infierno. Pues bien, el credo afirma que Jesús «ha descendido» al lugar o estado de ese infierno, para liberar a los humanos de la muerte, ofreciéndoles su resurrección.

3. Bajó a los infiernos. Misterio de pascua.

Diciendo que bajó a los infiernos el credo destaca el abismo de dureza, destrucción y dolor donde Cristo culminó su solidaridad con los humanos. Quien no muere del todo no ha vivido plenamente todavía: no ha experimentado la impotencia poderosa, el total desvalimiento. Leer más…

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En silencio ardiente

martes, 22 de marzo de 2016
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Del blog Amigos de Thomas Merton:

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» Quédate quieto.

Escucha las piedras del muro,

en silencio tratan de decir

tu nombre.

Escucha

las piedras vivas.

¿Quién eres?

¿Quién

eres? ¿De quién

eres silencio?

¿Quién? (No hables)

eres?. Calla como estas

piedras. No

pienses qué eres,

menos aún

en lo que puedes ser un día.

Más bien,

sé lo que eres, pero ¿quién?

Sé el impensable

que no conoces.

O quédate quieto,

 mientras aún  estás vivo,

 y todas las cosas viven

a tu alrededor,

 están hablando (no las oigo)

a tu propio ser,

hablando por el desconocido

que está en ti y está en ellas.

‘Trataré, como ellas,

de ser mi propio silencio:

y esto es difícil. El mundo entero

arde en secreto. Las piedras arden,

incluso las piedras me queman.

¿Cómo puede un hombre estarse quieto o

escuchar todas las cosas ardiendo?

¿Cómo puede atreverse

a estar sentado con ellas

cuando todo su silencio está ardiendo?’

*

Thomas Merton.
En silencio. Las ínsulas extrañas.

***

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Amigas y amigos del blog:  que los ratos de silencio de que podamos disponer esta Semana Santa, iluminen como el fuego nuestro camino hacia la Pascua.. ¡y que ardan!.

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El silencio

jueves, 10 de marzo de 2016
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Del blog Nova Bella:

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«El silencio no es para el cristiano una mudez u opacidad; no es asilamiento ni tan siquiera vacío. Es la condición para que la Palabra de Dios resuene en el interior del hombre donde permanente pero calladamente habla; es la condición para que la luz interior brille, resplandezca y así ilumine la vida. El silencio es la condición que nos permite sintonizar con la música callada, la soledad sonora, la presencia de Dios.»

*
Jose María Avendaño,
La fe es sencilla

***

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Las tres pasiones de Thomas Merton.

martes, 23 de febrero de 2016
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Del blog Amigos de Thomas Merton:

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…»En la vida de Merton hubo claramente dos pasiones: la contemplación y la escritura o, por decirlo más categóricamente, el silencio y la palabra. Desde muy joven, Merton experimentó la pasión por callar y, más que eso, por silenciarse y escuchar; y desde muy joven, también, antes aún, la pasión por escribir y comunicar, por explorarse a sí mismo y al mundo por medio de la prosa, por arrancar a las palabras, frase a frase, su verdad.

Hay muchos autores en quienes la pasión mística y la literaria se cruzan. Ahí están Novalis, por ejemplo, o Tolstói, Stifter, Hesse, Kafka, Lindgren, mi querida Simone Weil o nuestro Unamuno… La lista es casi infinita, y en alguna ocasión he jugado a confeccionarla. Pero esta conjugación del arquetipo espiritual con el artístico, tan sanjuanista, esta confluencia de la experiencia estética con la extática es particularmente elocuente en el caso de Merton, como demuestra su patente actualidad y la continua reedición de sus libros. La pregunta es por qué.

Dice Evelyn Underhill que el silencio «no envuelve a sus iniciados en una calma aislada y sobrenatural, ni los aísla del dolor y el esfuerzo de la vida cotidiana», sino que «más bien les otorga una renovada vitalidad, administrando al espíritu humano no -como algunos suponen- un bálsamo sedante, sino el más poderoso de los estimulantes». Valga esto para casi todos los contemplativos, pero muy en especial para Merton, quien desarrolló en los últimos años de su vida, junto a la pasión por el silencio y la palabra -y claramente derivada de ellas-, una pasión por el gesto y la acción.

En efecto, Merton no fue ni mucho menos sólo un orante que, a fuerza de contarnos y de contarse su relación con el misterio, logró enseñarnos a valorar la esfera de lo religioso. Merton fue un entusiasta del diálogo, un pionero del encuentro intermonástico y un profeta de la meditación en el mundo contemporáneo. Quiso por ello encontrarse con todos los que en su tiempo compartían sus pasiones y podían aportarle algo.

Estudió a fondo, se carteó o se entrevistó con León Bloy, Paul Claudel, Peter Van der Meer, Rilke, Thoreau, Julien Green, Matsuo Basho, Raissa Maritain, Albert Camus, D. T. Suzuki, Pessoa… Y en los últimos años de su vida, y eso que había hecho voto de estabilidad monástica, viajó como el más impenitente de los viajeros, pasando buena parte de las noches, por no decir la mayoría, fuera de su celda y a miles de kilómetros de su monasterio.

Un monje viajero es una contradicción en sí misma, Merton lo fue. Tan contradictoria fue su fiebre viajera y su apología de la quietud como su defensa del silencio en medio de la más exuberante grafomanía. Pero Merton sintió la llamada, no simplemente el deseo, de verificar en la historia todo lo que había contemplado y escrito, todos sus hallazgos y búsquedas.

    En la parábola vital de este monje literato y peregrino veo, admirado, un itinerario ejemplar

Como Teresa de Jesús -y el suyo fue uno de los poquísimos casos en su siglo-, Merton fue un apasionado del silencio, de la palabra y de la acción, alcanzando en cada uno de estos ámbitos algo parecido a la plenitud. La pasión mística, poética y fundadora de la santa de Ávila la vivió Merton a su modo en el pasado siglo. Por eso su biografía es su mejor obra, por eso resulta evidente que su figura es un arquetipo.

Salvando todas las distancias, en el espejo de Merton no puedo por menos de ver un reflejo de mí mismo. Pero yo no soy un escritor tan insigne como él, aunque ya me gustaría; ni un místico tan profundo y agudo, lo que aún me gustaría más; tampoco un pontífice del diálogo, como él lo fue, o un apóstol de la meditación, sino sólo un aprendiz. Pero en la parábola vital de este monje literato y peregrino veo, admirado y agradecido, un itinerario ejemplar. Saber que él ya ha recorrido la senda a la que yo mismo he sido llamado, y que la ha transitado de forma tan cabal, hace que mi propio camino sea más llano y más ligera y llevadera mi aventura vital.»

*

Pablo D’Ors.
ABC Cultural, 19 de noviembre de 2015

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El instinto del cielo

sábado, 7 de noviembre de 2015
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Del blog À Corps… À Coeur:

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Que nos subamos a una barca para una minúscula vuelta al mundo, de un cuarto de hora, el domingo, o que nos quedemos allí veinte minutos, al final del muelle, sentados frente al mar, sentimos entonces en la mirada una especie de resquebrajadura. Por ahí, entra y sale la luz. ¿Por otra parte por qué obstinadamente volveríamos a sentarnos o a marcharnos de aquí, si nada se aferró a este silencio súbito?

Por supuesto, muchas gafas negras y vientres asmáticos … La comedia humana recita con gallos su monótona historia en las terrazas de los cafés y en los bancos del parque por todas partes. Pero el azul obstinado del cielo y del mar vigila este gran desastre, lanzando aquí y allí espuma, señales, pequeñas nubes blancas que llegan a salvar bastantes parcelas de belleza, en bastantes miradas desviadas un instante, para que este decorado se mantenga, por lo menos hasta el próximo verano .

¿Que hará de su vida aquel que no aprendió a permanecer solo consigo? ¿ Qué tipo de sonido devolverá, si la música despierta en él sólo un vago estremecimiento ? ¿Qué inteligencia, si no se le plantea ninguna pregunta? ¿Qué signo sabrá trazar, si no le gusta ni la lengua ni la tierra? ¿Qué palabra si no conoce nada del silencio? ¿Qué llave si no tiene ninguna puerta para abrir?

¿Será para siempre el esclavo de todo lo que se agita alrededor de él? ¿Una embriaguez de imágenes y de ruidos? ¿ La modorra de una verbena? ¿ Una lista de compras que hay que despachar? ¿Una laguna, un olvido? ¿Jugar al escondite? ¿ Una vuelta? ¿Un mal papel? ¿Hipos y espasmos? ¿Cólicos? ¿Abrazos? ¿Volteretas? ¿Que hará de su vida quien no espera ningún fragmento de inmortalidad?

¡Dejad pues pasar a aquellos que van a morir!

Giran como pueden el volante de su vida, cuando no son llevados acostados, con máscara y tubos, en pequeños camiones blancos con cruz azul. Tocan el claxon, se ponen nerviosos, se asfixian en una niebla espesa de gasolina. Corren sobre las aceras. Sueñan sólo con marchar más rápidamente. ¿Hacia qué, hacia quién? Se han hecho una vida que ni los perros querrían. No viven en ninguna parte. El mundo acaba de terminar sin que se dieran cuenta. ¿Dónde está su cielo? Las cosas, por supuesto, están en su sitio. Los relojes giran en el buen sentido. Incluso quedan algunos lugares donde todavía brota su agua, y áreas enteras de esta tierra donde la Historia no ha comenzado todavía. Pero aquí no queda nada más, excepto algunos fragmentos por encima de los humos, a veces en la cabeza un trapo azul, una mirada, una rostro cruzado, el compartir furtivo de este defecto y esta ausencia … Voz quizá, o tocar apenas, como un poco de tinta a destiempo vertida sobre el papel, o como una mano una última vez puesta sobre un hombro.

*

Jean Michel Maulpoix, en «El instinto del cielo«

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Silencio de Dios.

sábado, 7 de noviembre de 2015
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silencio-de-dios¿Nunca te has preguntado qué hay detrás del silencio de Dios?

A veces puede parecernos que hay lejanía, incluso ausencia. Esto puede provocarnos una desoladora sensación de desierto, de vacío. Cuántas veces le reprochamos que lo sentimos, que no sabemos dónde está, ni tan siquiera si está.

¿Por qué estás tan callado, Dios?

Entonces pensamos que la calidad de nuestra oración no es muy alta, que no le dedicamos el tiempo suficiente, así que, durante un tiempo, nos esforzamos por ser fieles a ese ratito de oración diaria o semanal, esos minutos arañados perezosamente. Como Dios sigue callado al cabo de unas semanas resulta prácticamente imposible mantener la fidelidad.

¿Por qué callas, Dios?

Entonces reflexionamos profundamente y sabemos que no siempre tiene que haber sentimiento en la oración, o en el día a día, y que, aunque nos preguntamos cómo es posible mantener una relación de amor o de amistad sin cierto calorcillo, nos respondemos que esto es así, que le pasa a todo el mundo y que no vamos a ser diferentes, que se puede vivir una relación sin que nada te emocione especialmente, sabiendo sencillamente que le quieres. Eso es madurez.

Y Dios sigue callado.

¿Qué hay detrás del silencio de Dios?

Hasta que un día, por ejemplo, escuchando el salmo 130 descubres que Dios es una madre embobada que calla atónita ante la grandeza de su criatura.

El silencio de Dios es puro asombro nacido del amor.

Fuente:  web de las Monjas Trinitarias de Suesa

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«Acusmáticos», por Dolores Aleixandre

sábado, 19 de septiembre de 2015
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0000944440_10De su blog Un grano de mostaza:

De Pitágoras yo solo sabía hasta hace poco lo del teorema que aprendí sin entusiasmo en mi infancia, junto con términos extraños como hipotenusa y catetos. Mi indiferencia ante el asunto, al parecer trascendental, de que el cuadrado de la primera sea igual a la suma de los cuadrados de los otros, me impidió una relación más estrecha con Pitágoras y lo he tenido arrinconado, junto al número Pi, en un rincón de mi memoria.

Vuelvo a encontrármelo, inesperadamente, en el excelente libro de Ramón Andrés “No sufrir compañía. Escritos místicos sobre el silencio”. Por lo visto, Pitágoras, antes de admitir a sus discípulos, les sometía a un periodo de silencio que podía durar cinco años y durante ese tiempo les conminaba a escuchar, solo escuchar: eran los llamados acusmáticos y después de este tiempo se suponía que ya estaban preparados para percibir otra dimensión de la realidad.

Me parece un programa fantástico de inicio de curso el vivirlo en plan acusmático, tratando de ejercitar esa clase de escucha que permite volver a contactar con las tarea cotidianas pero con un oído nuevo, dejando que las personas con las que tratamos sean como son y se expresen a su manera.

Junto con esos propósitos que solemos tener a principio de curso (aprender inglés, ir al gimnasio…), la acusmatía podría ser otra magnífica decisión.

Dolores Aleixandre

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