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«Un Dios cercano». Natividad del Señor – A (Lucas 2,1-14)

domingo, 25 de diciembre de 2016
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05-navidad-a-600x1022La Navidad es mucho más que todo ese ambiente superficial y manipulado que se respira estos días en nuestras calles. Una fiesta mucho más honda y gozosa que todos los artilugios de nuestra sociedad de consumo.

Los creyentes tenemos que recuperar de nuevo el corazón de esta fiesta y descubrir detrás de tanta superficialidad y aturdimiento el misterio que da origen a nuestra alegría. Tenemos que aprender a «celebrar» la Navidad. No todos saben lo que es celebrar. No todos saben lo que es abrir el corazón a la alegría.

Y, sin embargo, no entenderemos la Navidad si no sabemos hacer silencio en nuestro corazón, abrir nuestra alma al misterio de un Dios que se nos acerca, alegrarnos con la vida que se nos ofrece y saborear la fiesta de la llegada de un Dios Amigo.

En medio de nuestro vivir diario, a veces tan aburrido, apagado y triste, se nos invita a la alegría. «No puede haber tristeza cuando nace la vida» (León Magno). No se trata de una alegría insulsa y superficial. La alegría de quienes están alegres sin saber por qué. «Tenemos motivos para el júbilo radiante, para la alegría plena y para la fiesta solemne: Dios se ha hecho hombre y ha venido a habitar entre nosotros» (Leonardo Boff). Hay una alegría que solo la pueden disfrutar quienes se abren a la cercanía de Dios y se dejan atraer por su ternura.

Una alegría que nos libera de miedos, desconfianzas e inhibiciones ante Dios. ¿Cómo temer a un Dios que se nos acerca como niño? ¿Cómo rehuir a quien se nos ofrece como un pequeño frágil e indefenso? Dios no ha venido armado de poder para imponerse a los hombres. Se nos ha acercado en la ternura de un niño a quien podemos acoger o rechazar.

Dios no puede ser ya el Ser «omnipotente» y «poderoso» que nosotros sospechamos, encerrado en la seriedad y el misterio de un mundo inaccesible. Dios es este niño entregado cariñosamente a la humanidad, este pequeño que busca nuestra mirada para alegrarnos con su sonrisa.

El hecho de que Dios se haya hecho niño dice mucho más de cómo es Dios que todas nuestras cavilaciones y especulaciones sobre su misterio. Si supiéramos detenernos en silencio ante este niño y acoger desde el fondo de nuestro ser toda la cercanía y la ternura de Dios, quizá entenderíamos por qué el corazón de un creyente debe estar transido de una alegría diferente estos días de Navidad.

José Antonio Pagola

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«La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros.» Domingo 25 de diciembre de 2016. Natividad del Señor

domingo, 25 de diciembre de 2016
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08-navidada4-cerezoLeído en Koinonia:

Misa del día

Isaías 52,7-10: Verán los confines de la tierra la victoria de nuestro Dios.
Salmo responsorial: 97: Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios.
Hebreos 1,1-6: Dios nos ha hablado por el Hijo.
Juan 1,1-18: La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros.

Hoy celebramos la fiesta del nacimiento de Jesús de Nazaret, pero en realidad en esta fiesta hay muchos componentes, de muy diverso género, y no sería bueno tratarlos todos como dimensiones teológicas racionalmente interpretables. Hay también elementos culturales, sociales, históricos, afectivos… Esta mezcla hace desaconsejable echar mano sólo de la lupa teológica racional. Quizá es ésta una fiesta en la que hay que dejar a un lado esa perspectiva racional, y hacernos niños, y celebrar con la ingenuidad del niño/a que todos/as llevamos dentro.

Pero digamos en todo caso una palabra sobre cada lectura.

La lectura de Isaías es un canto de alabanza de la próxima liberación de Jerusalén. Dos imágenes enmarcan la lectura, por una parte la de los mensajeros que sobre los montes de Judá traen la noticia de la próxima liberación, y gritan: ¡Yahvé reina! La segunda imagen es la de los centinelas que prorrumpen en júbilo porque ven el retorno de Yahvé a Sión y exclaman alborozados cómo el Señor ha consolado a su pueblo y ha rescatado a Jerusalén. Y es que en el contexto en que se escribe el libro de Isaías, la mayoría del pueblo de Israel se encuentra exiliado en Babilonia, son esclavos de los asirios. Sin embargo, ven como muy positivo que Darío asuma el poder, y ponen sus esperanzas en que el será el «rescatador», que les permitirá retornar a su tierra. Esta realidad es inminente, por lo que el escritor canta ya la alegría del retorno a la tierra. Para nosotros hoy, esos pies del mensajero anuncian el nacimiento del Señor, y nosotros, como los centinelas, proclamamos alegres la presencia del Salvador que se hace vida en medio de nosotros.

El salmo responsorial corresponde a un himno de alabanza dirigido a Yahvé porque ha obrado maravillas y porque ha revelado la justicia a las naciones acordándose de la lealtad de Dios a Israel. El salmista invita a toda la creación (mar, ríos y montes) a aclamar a Yahvé que llega a juzgar el mundo con justicia y los pueblos con equidad. Esa felicidad la compartimos nosotros con el salmista cuando recibimos a Jesús que llega, que nace. Él es Dios mismo que se convierte en Buena Noticia, anuncio de salvación para todos los pueblos, que asume nuestra condición humana y por ello estamos alegres y cantamos llenos de júbilo y esperanza.

La carta a los hebreos refuerza aún más la alegría de esta celebración de la Natividad del Señor Jesús. Expresa que «muchas veces y de múltiples maneras habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas, pero en estos últimos tiempos nos habló por medio de su Hijo a quien instituyó heredero de todo». Hermanos, estamos en los últimos tiempos pues la revelación a llegado a su plenitud en Jesucristo. Él es imagen de Dios invisible, quien le ve a él ve al Padre; pues al asumir la condición humana y al nacer en un establo, como un hombre pobre; Dios se ha manifestado como solidario con todos los hombres de la tierra y por medio de Jesús ha mostrado el camino de la salvación.

La liturgia de hoy, la de la misa del día, como la más solemne –porque otra es la de la media noche–, proclama el prólogo del evangelio de Juan. Un texto bien solemne, y muy especial. Haríamos mal en leerlo como cualquier otro de los relatos evangélicos de la Navidad, en torno al nacimiento de Jesús, como los evangelios de la infancia. El texto de Juan pudo ser escrito treinta años más tarde, el último de entre los textos evangélicos hoy canónicos, en torno al año 100 d.C. Entenderlo como un relato «descriptivo» que nos trasmite información sobre «cómo sucedieron las cosas», información transmitida a Juan evangelista como por revelación directa, sería un error. Hoy la ciencia bíblica enfoca este texto con otra luz, conoce mejor su naturaleza y sabe que se trata de otra cosa.

En todo caso, es un texto clave, uno de los pocos textos de los que se puede decir que han sido sencillamente decisivos para la configuración concreta del desarrollo del cristianismo. Muchos opinan que fue Pablo el creador del cristianismo, más que los evangelios sinópticos por ejemplo. Otra opinión también común es la de que quien fundó el cristianismo fue en realidad Juan, al fundamentarlo con esta visión fantástica genial que nos entrega este texto, que catapultó la reflexión sobre Jesús a su máxima dimensión.

Más allá de lo que de este texto hubiera de ser retenido o no, la dimensión de encarnación que daría al cristianismo lo ha marcado, realmente. Encarnación, y su complemento, la divinización, son como una columna vertebral del cristianismo, y una de las marcas registradas de su espiritualidad y su compromiso histórico.

En la dimensión concreta de la historicidad, ya sabemos: no tenemos ninguna noticia histórica de la fecha del nacimiento de Jesús. El 25 de diciembre fue tomado de la fiesta romana del nacimiento del Sol, pues a partir de ese día –hoy sabemos que no exactamente– comienza a aumentar el tiempo de insolación (en el hemisferio norte, obviamente, y locontrario en el sur); el Sol en estos días superaba su período anterior invernal, de muerte y disminución. Si a Jesús se le llamaba «el Sol de Justicia», qué mejor fecha para datar su nacimiento que el día del re-nacimiento del Sol astronómico, que en el mundo romano era considerado divino. Leer más…

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Feliz Navidad 2016. 25 diciembre, 2016

domingo, 25 de diciembre de 2016
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La promesa fue cumplida, inevitable no creer y celebrarlo, y tender la mano. Siempre.

Os deseamos una Feliz Navidad.

Aquí os dejamos nuestra felicitación 😉

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Bendita tú eres, junto a todas las mujeres

domingo, 25 de diciembre de 2016
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Del blog de Juan Masiá sj, Vivir y Pensar en la Frontera:

4

Ave, María, de gracia repleta.
La Fuente de la Vida está contigo

Bendita tú eres, junto a todas las mujeres.

Bendita por ser mujer, bendita en tu ser mujer.

Bendita madre-virgen, virgen-madre

Bendita en latín y griego,
In mulieribus,
en gynaixí
,

(en, entre, en medio… y no fuera de ellas
entre las mujeres, sin infravalorar
a ninguna de ellas
).

Bendito tu vientre, Fuente Santa,
útero de misericordia engendra
la bendición encarnada.

Santa María, hija de Dios,
madre de la Palabra
y esposa de José
con el soplo del Espíritu
para que nazca el Enviado.

Santa María, virgen y madre.
Madre por ser virgen
y virgen por ser madre.

Santa María, creada para alumbrar
a la Vida de la vida.

Ruega por nosotras y nosotros
Ruega por nosotras maltratadas
Ruega por nosotros vulnerados
Ruega por nosotras agraciadas
Ruega por nosotros abrazados

Ruega por nos, ahora en el presente,
eternizando amor.
Ruega por nós, sanación y perdón,
alegría esperanzada.
Ruega por nós ahora
y en la hora del Amén,
para entrar en la Vida consumada.

Santa María del Amén, hágase, así sea.
Amén de hija y hermana,
Novia, esposa, madre y viuda.

Amén, así es
Amén, así sea
Amén, así será

José-María y María-José,
nombres propios de un enigma:
vírgenes madres y padres,
procreando y co-creando,
obra y gracia del Espíritu. Amén.

*

Juan Masiá

***

 

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Cristianos Gays os desea una Feliz Navidad

sábado, 24 de diciembre de 2016
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“Como nos ama
hacese a nuestra medida”

Santa Teresa de Jesús

Los Administradores y Moderadores de Cristianos Gays queremos desearos a todos una muy feliz Navidad.

Deseamos que el Niño Dios se encarne no solo en nuestros corazones, sino también en nuestras obras.

Que sepamos reconocer a este Dios que se hace carne en una madre soltera, criado por un padre que no es el suyo en lo humano. Al margen de lo establecido. Por eso felicitamos la Navidad con el Niño que nace en el hogar con dos madres. El hogar con dos padres. El hogar con una sola madre o con un solo padre. Porque hogar es donde hay amor, no un número y determinado tipo de personas. Y si hay amor, ahí nace Jesús.

Hoy contemplamos en el relato del Evangelio cómo la Palabra se hizo carne (Jn 1, 1-18). Nos suele resultar complicado pensar en Jesús tal y como nos lo presenta hoy Juan: preexistente, divino, revelador del Padre… Es un misterio que desborda pero que llena de gozo desmesurado. Dios se nos muestra de una forma inauditamente cercana porque el amor tiende a abajarse y a hacerse próximo. También mi amor debe tender a encarnarse en gestos hacia los demás que muestren cómo es Dios.

Gracias por los que entráis, leéis, compartís y nos regaláis vuestra amistad y oraciones.

Que el Niño Dios colme de bendiciones todos vuestros nobles deseos y esperanzas.

¡Feliz Navidad!

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¡Señor de la noche, Dios de luz, Visita mi establo oscuro!

sábado, 24 de diciembre de 2016
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Del blog de la Communion Béthanie:

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Para decir juntos nuestra fe.

¡Señor de la noche, Dios de luz,
Visita mi establo oscuro!
Prepara en mí una cuna
Para que la Navidad tenga lugar esta noche (…)

En tus tierna manos
deposito mi miedo de no ser …
Esta noche naceremos
de un mismo aliento;
Nacerás en mí
Para venir al mundo que me rodea,
Y yo naceré de ti,
Acogida como una reina
Acogido como un rey
Hasta en mis más sombríos rincones.

¡ Señor de la noche, Dios de luz,
Visita mi establo oscuro!
Prepara en mí una cuna
Para que Navidad se efectue esta noche (…)
Entonces, por fin, en mi desierto
habrá sitio para los otros,
Aquellos que te nombro ahora
En un silencio
Que implora tu compasión.

*

Lytta Basset

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«Pasarse», por Dolores Aleixandre

sábado, 24 de diciembre de 2016
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31542425551_2607cd1c06_oLeído en su blog Un grano de mostaza:

Según el Diccionario de la RAE: sobrar, superar, rebasar, aventajar, desbordar, abundar, extralimitarse, propasarse, desmadrarse, excederse; entre sus antónimos: contenerse, reprimirse, limitarse y quedarse corto.

El verbo ha entrado recientemente en el lenguaje coloquial (“te has pasao”, “pasarse tres pueblos…”) y hay que reconocerle el mérito de describir divinamente, y nunca mejor dicho, las costumbres de Dios según las cuenta la Biblia: el éxodo no fue un vadear arremangados el Mar de los Juncos buscando la orillita, sino un paseo triunfal sobre lo seco entre murallas de agua; llovió tanto maná que, como dicen los gallegos, “no daban acabado”; las codornices fueron otro diluvio inesperado; las murallas de Jericó se vinieron abajo solo con tocar las trompetas.

En los evangelios siguen desbordándose las cosas: la abundancia de peces casi hunde la barca en el lago; el vino que sobró en Caná bastaba para emborrachar a los paisanos de media Galilea; sobraron tantos panes y peces después del banquete en el descampado, que hicieron falta doce canastos para recogerlos; Nicodemo se presentó en el Calvario con 35 kilos de perfume para ungir el cadáver de Jesús.

Cuando nosotros, europeos comedidos y formales, queremos hablar de algo desmedido que nos desborda, echamos mano, todo lo más, a signos de admiración o a mayúsculas, pero lo de los orientales es otra cosa y “se pasan” mucho a la hora de contarlo. Si en vez de en Galilea Jesús hubiera nacido en Escandinavia o en Pomerania Occidental, su discurso hubiera sido probablemente más contenido y circunspecto y no hubiera usado imágenes tan disparatadas como las que de vez en cuando se le ocurrían. Pero era un judío de imaginación calenturienta y se le ocurrió un día aquello de la morera ultraobediente que,ante la orden de alguien con fe, se arrancaba ella sola y se plantaba en medio del mar (Lc 17,10).

Lo descabellado del ejemplo nos invita a hacernos preguntas: qué fe tan rara es esta de la que habla, qué poco se parece a aquello que decía el catecismo de “creer lo que no vemos”, qué falta de homologación con el lenguaje habitual de las encíclicas anteriores a Francisco.

A lo que de verdad recuerda es a ese estado de exaltación y arrebato que produce el enamoramiento: quien está viviendo esa experiencia de éxtasis, se siente empujado más allá del umbral de la lógica y no se detiene ante lo que parece imposible: saltar tapias, andar sobre telas de araña, escuchar en plena noche el canto de los pájaros. Son imágenes que emplea el Romeo de Shakespeare para describir la exaltación de su amor y solo el Evangelio supera su audacia: perdedores que ganan, caminantes descalzos pisando escorpiones, granitos de mostaza convertidos en árboles, céntimos que valen una fortuna, hijos encontrados y cubiertos de besos, últimos que resultan primeros, el paraíso prometido por un crucificado a otro que agoniza a su lado.

La noche de Belén fue “de eso”: de pasarse, de excederse y derrochar, de saltarse todos los límites, todas las medidas, todo lo convenido, todo lo adecuado: oscuridad inundada de resplandor, silencio estallando en himnos, pastores corriendo en busca del Pastor, una cuadra convertida en palacio del Rey. En palabras de Efrén de Nísibe, allá por el s. IV: el Grande se hacía pequeño, el Silencioso se volvía Palabra, el Señor se convertía en siervo, el Centinela se quedaba dormido sobre un pesebre.

Cuando decimos “felices Pascuas” estamos diciendo sencillamente eso: para alegría de la buena, la de quienes acompañan en su camino a Aquel que se pasó primero.

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Todo progenitor es adoptivo y toda criatura nace de Espíritu Santo

jueves, 22 de diciembre de 2016
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Dios es FamiliaDe su blog Vivir y  Pensar en la Frontera:

«La Navidad pone de manifiesto el sentido profundo de todo nacimiento humano”, decía Juan Pablo II (Evangelium vitae, 1995, n.1).

El Evangelio según Lucas cuenta la Anunciación a María, que sueña despierta el deseo y la incógnita de la nueva vida con la consiguiente ansiedad. Dice el mensajero celeste: “No te angusties ante el embarazo, María, congraciada con Dios que te ha favorecido. Darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, el Salvador” (Lc 1, 31).

El Evangelio según Mateo cuenta la Anunciación a José, que en medio de un sueño despierta a la incógnita y el deseo de acoger la nueva vida con la consiguiente ansiedad. Díce el mensajero angélico: “No tengas reparo, José, en llevarte contigo a María, porque la criatura que lleva en su seno viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, el Liberador” (Mt 1, 20-21. Tercer Domingo de Adviento).

El nombre lo escoge Dios, pero lo imponen la madre y el padre. Contra la costumbre patriarcal de que el padre imponga el nombre, el mensajero celeste encarga tanto a María, la madre (en Lucas) como a José, el padre (en Mateo), la imposición del nombre. Nada de prejuicios de género en nuestra relectura evangélica.

Madre y padre imponen el nombre a la nueva vida que han recibido como don, a la que acogen, adoptan, prometen y se comprometen a cuidar. Por eso todo padre y madre puede, en cierto sentido, llamarse “adoptivos”).

Toda criatura nace por Espíritu Santo. Todo padre y madre pueden llamarse con propiedad co-creadores de la nueva vida, nacida de varón y mujer con la bendición del Espíritu de Vida y acogida por quienes le ponen nombre
(como promesa de creación continua durante la crianza), tanto si nació de esa pareja por el proceso habitual, como si nació por medios de reproduccion asistida, o si fue adoptada en otras circunstancias (otra pareja, una maternidad subrogada, una adopción por parte de una pareja LGBTetc…)

Todo pareja progenitora puede llamarse adoptiva porque esa criatura vino al mundo por obra y gracia del soplo de vida infundido por el Espíritu en la evolución del proceso embrional que se completa una vez que tiene éxito el arraigo de la implantación del embrión en el seno materno (para el que se ha ido preparando hormonal e inmumnológicamente la madre. Entonces (y no en el mal llamado “instante de la concepción”) es cuando se puede decir con propiedad que está siendo sido concebida y va siendo recibida esa nueva vida. El proceso de acogida se hará consciente en los días siguientes, vivido en el propio cuerpo por la gestante (deseablemente por ambos progenitores, que esperan y acompañan el proceso de nacer, apoyados por el entorno social favorable).

Otro detalle importante del significado de “poner el nombre”: toda criatura que viene al mundo, cualesquiera que sean las circunstancia de su nacimiento tiene una dignidad personal inviolable y no puede ser objeto de discriminación. Cuando discriminamos, vulneramos la dignidad, suprimiendo el nombre y poniendo una etiqueta.

Cuando decimos; usted como español no puede entender esto, usted como célibe no puede hablar de este tema o usted como no heterosexual no tiene derecho a…, estamos etiquetando y discriminando. Dirá alguien: Pero ¿no es cierto que Fulano es español, o es célibe o es no heterosexual? No , esa persona es X (con su nombre propio) que nació en España, o que es célibe o que no es heterosexual u otras muchas cosas más. Pero primero es una persona con un nombre y una dignidad irrepetible.

Hemos meditado estas consideraciones al hilo del evangelio para el tercer domingo de Adviento, cuando estamos reunidos, para la Eucaristía mensual, en la comunidad CJ LGBT (LGBT Catholic Japan) de la diócesis de Tokyo. Oramos juntos por una mayor concienciación dentro de la iglesia para evitar toda clase de discriminaciones.

http://lgbtcj.blogspot.jp/2016/11/201612-lgbt.html

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La BBC incluye un beso entre dos hombres en su anuncio de felicitación navideña

viernes, 9 de diciembre de 2016
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Buena iniciativa la de BBC One, el primer canal de la radiotelevisión pública británica, que este año ha incluido a una pareja de hombres en su anuncio de felicitación navideña. La pareja aparece además dándose un beso bajo una rama de muérdago.

Podrá criticarse que de nuevo la publicidad opta por representar la realidad LGTB a través de una pareja gay, joven y atractiva, y que ya es hora de abrir el espectro a otros grupos menos representados. Una crítica legítima y cargada de razón. Aun así nos sigue pareciendo una buena noticia, muy especialmente en una época, la Navidad, en la que como muy bien sabemos la publicidad se orienta masivamente hacia el modelo tradicional de familia.

Os dejamos con el spot…

Fuente Dosmanzanas

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Desde la intemperie

jueves, 7 de enero de 2016
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homeless-streetsMagdalena Bennásar Oliver
Mallorca.

ECLESALIA, 21/12/15.- Me siento llamada por dentro a reflexionar sobre esa realidad: la intemperie. Me resisto, pienso que total la gente lee tantas cosas, escribes y nadie te dice ni que lo ha recibido apenas… como veis me resisto a “mi intemperie”. Intento disuadir la invitación, la voz interior que me vuelve a sugerir que comparta lo que de intemperie he vivido, vivo, resisto…y al fin, sucumbo. Casi pidiendo perdón porque estos días la gente va cargada, pero ya sabéis que el tiempo de Dios funciona con otros registros. Desearía estar en ellos para compartir lo que me regala.

Muchas de nosotras y nosotros tenemos intemperies pegadas a la piel y tal vez no las vemos o no sabemos cómo gestionarlas. Una de ellas, que comparto, es el duelo. El duelo te hace entrar dentro, y buscar entre los millones de recuerdos y experiencias vividos los compartidos con la persona que se ha ido. A veces consuela, otras duele tanto que cambio de canal.

El duelo te deja a la intemperie, sin cobijo, sin escape, sin zona de confort. El duelo te pone en camino, ¿hacia dónde? hacia el camino, que es lo que importa. La persona que se ha ido te pone en comunicación con una realidad profunda, la Vida, la realidad sin decoración, al vivo.

Las calles de nuestras ciudades y pueblos están sobrecargadas de luces, justo estos días, y sin embargo el Evangelio nos habla de camino oscuro, de una pareja que se tiene que ir a empadronar a su lugar de origen justo cuando ella está a punto de dar a luz… ¡intemperie!

Es otra forma de duelo, de pérdida, cuando tenemos que dejar lo familiar, lo conocido y querido, puede ser un destino que te cae y asumes, y te sientes a la intemperie, no conoces a nadie, no tienes casa, no tienes mucho suelto, pero hay una llamada más fuerte y más clara que lo oscuro del camino. Puede ser una necesidad de emigrar o de buscar refugio y quedarte bastante a la intemperie, dependiendo totalmente de la buena voluntad de las instituciones y de las personas concretas. Ellos y ellas “saben a intemperie”, sin necesidad de definir el término.

Y luego está la intemperie de la enfermedad. No buscada, no deseada por supuesto. Te llega, te asusta, te deja bastante descolocada, a la “intemperie” tanto si es terminal como si te debilitan tanto para debilitar a la enfermedad que te sientes tan a la intemperie que ni osas decirlo. No quieres preocupar a nadie pero, ahí estás, dialogando con el Dios de las intemperies a ver si te da alguna pista, algún consuelo.

Y la intemperie de los que adoptaron un hijo, o dos o tres, que los hay y les conozco. Nunca tranquilos, siempre negociando, siempre como a escondidas, como el hijo adoptado de una gran amiga, por Navidad se dedicó a vaciar los bolsos de todos los tíos y tías… ¡Qué intemperie! En silencio, de noche le llama, para quererle. Los dos están a la intemperie, ella no puede decir nada porque el marido, bueno sí, pero ya sabes…lo ve diferente. La intemperie de la soledad, acompañada a veces, o soledad a secas. La de tantos mayores que no dicen mucho pero su mirada expresa intemperie. Solitos, sonriendo o menos amables, pasando por su larga intemperie.

Trabajando en pastoral universitaria en un campus civil en Boston hace años, nos dijeron que no hablásemos a los jóvenes de “familia” en Navidad. Podía ser dramáticamente contraproducente. Ellos, esos jóvenes y niñas y niños de familias desestructuradas también viven la intemperie. Un fin de semana aquí, otro allá…

Y Jesús va y se le ocurre nacer a la intemperie, de unos padres desestructurados y en un lugar desconocido, inhóspito, exageradamente impropio. Pero sí, sí, eso dicen los textos, y de verdad creo que si no fuera cierto no lo dirían ya que no es la imagen de Dios que quisiéramos normalmente, sólo cuando, como El, nos sentimos a la intemperie.

Entonces sí, todo tiene más sentido. El evangelio empieza a tener más luz y relevancia y también más capacidad de movernos por dentro a confiar, a acoger, a acompañar a los y las que están a la intemperie, como nosotros y nosotras que lo estamos o lo hemos estado o lo estaremos cualquier día.

Y no me quiero olvidar de los y las que acompañáis, en esta etapa de vuestra vida, a personas que están a la intemperie. Reconocer tu propio cansancio, tus propios límites que te hacen sentir culpable sin serlo, pero se espera tanto de ti, sobre todo, de tantas mujeres cuidadoras de mayores y de personas enfermas. Recuerdo a otra amiga querida. Lleva meses cuidando muy de cerca por no molesta o invadir, a una hermana que está muy terminal, y hace dos semanas muere su hermano apoyo, de repente, a los 50 años, ¡qué dura intemperie! Qué poco oportuna esa noche oscura, pero qué fuerte la fe de esa mujer fuerte, que sí, claro, se siente a la intemperie, porque además, hay que seguir acompañando con ánimo a la que se está muriendo… ¡Uff! Necesitamos Navidad, y como sugieres Ignacio, meternos en la cueva, olerla, sentirla y coger al crío en brazos para así abrazar nuestra intemperie y la de los que nos rodean. De pronto se me hace más evidente el porqué de los textos de estos días. No los quisiera diferentes. Así cabemos todas y todos

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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«Un niño en brazos», por José Arregi

miércoles, 6 de enero de 2016
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2673-4-virgen-de-la-leche-da-vinci-el-arte-de-amamantarLeído en su blog:

Este año pusimos un Nacimiento especial, sobre un lecho de hojas granates y amarillas, de arce y de ginkgo. Es especial como el motivo por el que una comunidad de cristianos y cristianas amigas de Pamplona nos lo regaló hace unos meses. Y es especial por la hechura: una única pieza de escayola policromada, llena de movimiento y dulzura, donde José levanta en sus brazos a Jesús, estrechándolo tiernamente contra su mejilla; María posa las manos y reclina suavemente la cabeza sobre el hombro de José, el hombre bueno. Unas ovejas recuestan su cabeza sobre otras y se hacen carantoñas, mientras otra, más grande y muy negra, acerca atentamente su cabeza hacia el centro del Misterio. Un aire de bondad lo envuelve todo.

La Navidad es esa ternura que ilumina la historia humana, el cosmos sin medida del que somos parte. Es la confesión de que la bondad engendra y sostiene la vida. Es la fe en que todo está eternamente movido por un latido profundo, creador, más grande y poderoso que el universo, más tierno y pequeño que el corazón de un recién nacido. Es la promesa de que el bien prevalecerá. Y es el compromiso por hacer que así sea. Cada villancico navideño, cada figura de nuestros nacimientos te lo anuncia, como el ángel a María y a José: “No temas. Eres lleno, llena de gracia. La gracia es más fuerte que todos los daños, que todas tus contradicciones”. ¿Exagera la Navidad? De nosotros depende.

Es el sueño más antiguo de la humanidad, y nada lo plasma mejor que la imagen de una madre con su hijo/a en brazos, una imagen presente en todas las culturas desde hace muchos milenios. La hallamos, por ejemplo, en la cultura neolítica Vincha a lo largo del Danubio de hace 5.000 años. En la misma época, conocemos sellos sumerios de la Diosa Madre Innana o Isthar con el niño en el regazo, e imágenes babilonias de Semiramis, madre virgen, con su hijo Tamuz en brazos. En el museo Vaticano se ve la escultura romana de la Diosa Madre Isis con su hijo Horus, del año 600 antes de Jesús.

No es extraño que los cristianos, desde muy pronto, representaran a María con el Niño. Uno de los primeros ejemplos lo tenemos en las Catacumbas de Pristila de Roma, del s. II: María está sentada con Jesús mamando en su pecho, mientras un tercer personaje señala una estrella. Es el icono de la Vida, del cielo en la tierra, de Dios en la carne. La ternura sostiene, nutre, cuida la vida. La bondad hace que Dios nazca y crezca en la tierra. No una bondad pasiva y sumisa, pues no es bondad; tampoco una bondad perfecta, pues no existe. La bondad concreta y siempre inacabada, activa y subversiva.

La Navidad es la fe en el poder de esa bondad. Es una invitación gozosa y amable a asentir a la vida, a dejarse llevar por este aliento vital poderoso y bueno que todo lo mueve, que palpita eternamente en todo cuanto es, desde las partículas de las partículas atómicas hasta las galaxias sin número ni medida. ¿De dónde nace ese aliento vital? No nace de la nada. ¿Acaso es fruto de un puro azar frío y ciego? ¿Existe acaso el “puro azar”, el azar absoluto? Claro que el azar interviene en el origen y en el desarrollo de la vida, de cada uno de nosotros, pobres y preciosos vivientes. Pero decir “azar” es una forma de decir que ignoramos el por qué. Por lo demás, tampoco el llamado azar se produce de la nada, sino que acontece en un universo infinitamente complejo, abierto, relacionado. También el azar, como todo cuanto es, tiene lugar “en Dios”, es decir, en el latido vital encarnado en todos los seres del mundo. El azar tiene lugar en un universo animado por el amor de la vida.

Nadie conoce todas las causas que explican su propio nacimiento, el nacimiento de la vida o del universo. Y la Navidad no explica por qué la realidad es como es, con todas sus muertes y dramas. Pero la Navidad proclama que, a pesar de todo, siempre podemos decir: “Todo está bien”. Es decir: “Todo puede llegar a estar bien”. La Navidad nos dice: “Ama la vida y acógelo todo como es, para que llegue a estar bien”. Cuando alguien abraza a su hijo, a su hija, o lo sostiene en sus brazos, sabe que la ternura, el cariño, el cuidado existen. Anhela que existan, y se siente llamado a hacer que así sea, para que la vida nacida de sus entrañas viva y crezca y sea feliz. En sus manos está, como el hijo o la hija que alza en brazos. “Hágase”.

Creo en la Navidad y quiero hacerla. Creo en la bondad. Creo en Jesús que, aun sin ser perfecto, pasó la vida haciendo el bien. Hágase también en mí. Será poca cosa lo que podemos hacer, pero hagámoslo, y crecerá sin fin.

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¿Es posible otra Navidad? De la nostalgia a la esperanza», por Nacho González

martes, 5 de enero de 2016
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navidad-de-cerezoDel blog Un Mundo Mejor:

Ya ha llegado la navidad”, se suele decir frecuentemente en estos días. Pero dicha expresión suele tener una carga emocional que va desde la ilusión y alegría infantil, a la tristeza y recuerdo de la persona mayor. El tiempo de navidad si por algo se distingue es por su carga emocional, que algunos atribuyen al solsticio de invierno -el sol llega a su mayor altura- pero yo creo que es, en buena parte también, debido a lo que vivimos en la infancia y que hoy se potencia con los medios de comunicación. Por eso la navidad es un tiempo que puede ser interpretado en claves y niveles muy diversos.

Quiero compartir mi interpretación y vivencia de la navidad, pero no pretendo hacer una crítica al modo como se vive o celebra, ni mucho menos trato de enseñar nada. Simplemente me gustaría -indirectamente- que la persona que lea estás líneas sienta el deseo de preguntarse e interrogarse, si así lo desea…

De la nostalgia…

Hace bastantes años que vengo interrogándome, como persona y como sacerdote, sobre el modo de vivir y celebrar la Navidad. He intentado desde siempre introducir un soplo de novedad y no dejarme llevar por lo que todo el mundo hace tanto en mi vida personal, como en mi familia y en las parroquias en que he estado.

En mi juventud intuía que se estaba sobre dimensionando la fiesta de Navidad, hoy desde la experiencia que dan los años veo más claro si cabe que, efectivamente, la navidad es una realidad tan compleja y globalizada que acontece como un vendaval que lo arrasa todo y a todas y todos y del que es difícil liberarse. Hoy me pregunto ¿Qué queda de la Navidad que soñaba y plasmó en una representación viviente san Francisco? ¿Qué diría san Ignacio cuando en el Ejercicios espirituales, en su segunda semana, invita al ejercitante a “mirar, admirar y contemplar los textos evangélicos de la infancia de Jesús?

Tengo que reconocer que los relatos de los evangelistas, Lucas y Mateo, parecen estar pidiendo la representación plástica de los acontecimientos que ellos habían narrado con tanta viveza. Tal vez esto permitió que en el transcurso del tiempo fue tomando cuerpo y arraigo cultural en el occidente, que sin duda ha sido el epicentro de la “tempestad”.

A estos cuestiones tenemos que añadir el hecho de que en la sociedad actual “el medio es el mensaje”, como dice el filósofo McLuhan. Esto nos ayuda a comprender mejor cómo en la actualidad se ha potenciado la representación plástica, a que invitaban los evangelistas, hasta el punto de que hoy el mensaje evangélico ha desaparecido prácticamente, pues las imágenes festivas, familiares, alegres que proclaman e invitan diciendo: “Feliz navidad”; “Te deseo paz y amor”; “Mis mejores deseos para que reine el amor, la paz y la hermandad en cada hogar”; “Que la Navidad os colme de amor y felicidad”… Todo esto es algo puntual y pasajero pues muchas de estas expresiones están vacías de contenido y, sobre todo, de vida.

Como ejemplos del despojo de la navidad basta evocar las comidas de empresa, de amigos, de familiares; la lotería de navidad; los regalos de empresas y entidades; las compras compulsivas; las campañas como “ningún niño sin juguete”. Muchas parroquias también se dejan llevar por esa corriente, se hace la campaña del “kilo”, de las estrellitas; belenes solidarios con una patera, con el niño que murió en la playa de una isla griega… y que se yo qué cuantas actividades más. Hoy mismo acabo de oír, en una cadena de radio, en el momento en el que estoy escribiendo este relato, se estaba haciendo durante el fin de semana una campaña para recaudar fondos en pro de las “enfermedades raras”… Todo eso está muy bien, ¿quién puede estar en contra de esto?… Yo no estoy muy a su favor pero no lo digo. Hace años que no juego a la lotería, ni por compasión; no escribo tarjetas, ni mensajes navideños, ni adorno la casa de manera especial, ni hago regalos ni quiero que me los hagan por muy útiles que sean; no he ido a ningún cotillón… Como extra comparto la cena de nochebuena en familia y el fin de año ceno en casa de unos amigos.

Tengo que confesar que la Navidad para mí hoy es una ocasión de encontrar tiempo para los familiares y amigos, de reflexión y contemplación. Desde hace años vengo ofreciendo desinteresadamente una propuesta para celebrar el adviento y la navidad, de otra forma. Durante el año tengo mis gestos y compromisos de solidaridad y colaboro con campañas solidarias. No sufro ningún síndrome “post-navidad”, ni, al paso de las fiestas navideñas, siento nostalgia de no haber hecho esto ni lo de más allá.

… a la esperanza

Considero que los cristianos, para vivir y celebrar la Navidad hoy, tenemos que recuperar por una parte el sentido auténtico de la Navidad, tal y como maravillosamente lo expresa el teólogo alemán Karl Rahner: “Cuando decimos ‘es navidad’ estamos diciendo: ‘Dios ha dicho al mundo su última, más profunda y hermosa palabra en una Palabra hecha carne’ […] Y esta Palabra significa: os amo a ti, mundo, y a vosotros, seres humanos”. Y por otra la esperanza, que es la virtud que en medio de la dificultad, del dolor, de los problemas tiene la libertad de ver más allá, siempre más allá. La esperanza abre horizontes, es libre, no es esclava, siempre encuentra una salida para afrontar y arreglar cualquier situación por delicada que sea.

La Iglesia –sobre todo me refiero a los responsables- tiene que dar un cambio profundo en su manera de vivir, de celebrar la fe cristiana y de evangelizar. Tenemos que recuperar que el centro de la fe cristiana es la experiencia pascual (Recuerdo que antes en mi pueblo había más participación en la Vigilia de Navidad que en la Vigilia Pascual), que posibilita el encuentro personal con el Señor de la vida plena, que nos lleva a una nueva manera de vivir, de ser y de actuar.

Ante este desafío yo no me resigno a aguardar pasivamente a que los responsables y expertos nos faciliten el camino de dicha renovación. La esperanza me anima y motiva a ponerme en marcha y aportar mi granito humilde, sencillo y sincero. Creo que algo podemos hacer, es más creo, siento que lo tengo que hacer, y de hecho lo estoy haciendo ya, no solitariamente sino con otras personas y grupos. Lo que nos está guiando en nuestro itinerario son estas pautas: constatar, reflexionar, experimentar, intercambiar, discernir.

1. Constatamos la desaparición del soporte social de la cristiandad

Percibimos que, a pesar de lo que se llama la «vuelta de lo religioso», la sociedad, especialmente la occidental, progresivamente se ha ido alejando del “humanismo cristiano”, de esta visión del ser humano y del mundo que funcionaba como fundamento racional para todo y sobre la que «naturalmente» se injertaba la fe cristiana y sus manifestaciones, como por ejemplo la navidad. Hoy, en el contexto socio-cultural-religioso, no me está resultando fácil ni estoy plenamente seguro, como lo estaba antaño, de lo que constituye la identidad cristiana y por consiguiente de lo que puedo ofrecer a los demás, empezando por mi propia familia. Es más, siento que lo que para mí es la identidad cristiana parece que está desconectada de la realidad cotidiana de las personas y de la vida social y política.

2. Ponemos el centro de atención en el ser humano y el mundo

“El camino de la Iglesia es el hombre” (Juan Pablo II). Para vivir la Espiritualidad del Reino de Dios, la clave es poner el centro de atención en el ser humano y en el mundo. En la medida en que nos situamos en la esencia de las preocupaciones del ser humano, se pondrá en evidencia la “deshumanización”, la vida amenazada no solamente en la sociedad occidental sino también en toda la humanidad, las dificultades de las relaciones humanas, la organización, los sistemas…

Cuando decimos que hay que poner el ser humano en el centro no se trata de definir una concepción del ser humano, sino que es la persona que se pregunta: ¿por qué me levanto esta mañana?, ¿quién soy yo para mí?, ¿quién es el otro?, si yo tengo trabajo ¿cuál es su sentido? ¿por qué trabajo yo? ¿por qué ocurre esto y no lo otro?, ¿qué sentido tiene mi vida?… Todas estas cuestiones de la vida cotidiana son básicas en la vida y, en cierta media, preceden al ser creyente o no y es precisamente ahí donde se hace la experiencia de fe como sentido y valor del vivir.

3. Damos máximo valor a la palabra intercambiada, como ejercicio básico y fundamental

El ejercicio de la palabra intercambiada en las personas engendra una triple puesta al día: la puesta al día de mí mismo en aquello que es lo más personal (lo que no quiere decir lo más íntimo), de aquello gracias a lo cual valoro la existencia y me proporciona el querer vivir y, finalmente, la puesta al día de aquello que me une a las otras personas en lo que es esencial. Este intercambio es lo que me permite ir más allá de la visión parcial, de las clasificaciones y de las ideologías.

El itinerario de palabras intercambiadas implica a las mismas personas. No así en un «discurso sobre…», una mirada superficial donde las particularidades del «yo» deben ser evitadas y donde la implicación lleva a la obligación de un acuerdo sobre una visión común. Ni tampoco es el intercambio una confidencia íntima o un desahogo anecdótico. Sino una implicación que viene del hecho de que la realidad se dice a través de lo que “yo” digo y finalmente lo que “nosotros” intercambiamos sobre lo esencial que hace vivir.

4. Tomamos el Evangelio, como referente privilegiado de una nueva humanidad

Los evangelios me remiten a Jesús, que Él mismo me remite a las otras personas y al mismo tiempo nos reenvía al Padre y al Reino, que es por lo que vivió, murió Jesús…

Jesús vivió su experiencia espiritual en estas dos esferas: Por una parte su intimidad, la experiencia de sentirse Hijo de Dios, que se expresa en una relación y en una palabra “Abbá”, que es el vocablo que los niños emplean para dirigirse a sus padres y expresa confianza, entrega, ternura y absoluta cercanía. Por otra su misión: anunciar la inminencia del Reino.

Esta experiencia le transformó: dejó su familia y se puso a predicar por los caminos, a curar enfermos, a consolar a los afligidos, a perdonar… Pero por encima de todo, a provocar en las personas un encuentro amoroso e íntimo con el Abbá y a inaugurar una nueva humanidad de amor incondicional, de perdón ilimitado y de confianza absoluta en los designios del Padre.

Precisamente el evangelio es un relato, que me permite hacer mi propio relato de la vida. La palabra evangélica es pues una palabra entre «tú» y «yo», y no una doctrina o una explicación para iluminar la realidad, pues es evangélica en la medida en que yo “te” relato aquello que “yo” vivo a propósito del evangelio y que se convierte en Buena Noticia para “ti”, pues despierta, sugiere, invita, llama… a algo vivo y nuevo.

5. Discernimos los signos de los tiempos

Consideramos que discernir los signos de los tiempos es una obra común en la que se produce un descubrimiento: discernir los unos en los otros y entorno de nosotros personas, hechos, situaciones, relaciones, asociaciones… que manifiestan las ganas de vivir, el reconocimiento de la persona, la acogida al excluido, al discapacitado, a los sin nadie, iniciativas que abre un futuro más justo y fraterno…. Cuando estos signos o señales se manifiestan, vemos que, a menudo, se dan donde menos se les esperaba. Cada vez que se producen, son un acontecimiento que se nota a partir de su resplandor y de su contagio. Pero este resplandor aparece mezclado con todo tipo de acontecimientos de otro orden, producidos o ponderados por la opinión; lo que hace difícil reconocerlos. Lo que experimentamos que hace falta es dedicar tiempo, una mirada abierta, un corazón sin fronteras que palpite al aire de Espíritu y unas voluntades con coraje.

Nacho González

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La Navidad, “mucho ruido y pocas nueces”

lunes, 4 de enero de 2016
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4Miguel Esquirol Vives
Cochabamba (Bolivia).

ECLESALIA, 28/12/15.- Otra vez Navidad, pero hoy ha perdido el sentido profundo que alguna vez tuvo. Se ha quedado vacía por dentro y ha sido suplantada por el Papa Noel y la Coca cola.

La Navidad, sin embargo, nos descubre algo muy importante, la unión de lo humano y lo divino. Jesús no necesitó un templo para nacer, nace en un establo, sin sacerdotes, sólo con sus padres, en un parto como tantos otros y la compañía de unos miserables pastores, verdaderos ángeles para aquella pobre familia.

Pero las iglesias tradicionales, han cometido el más grave divorcio, el de separar lo que Dios había unido, lo humano y lo divino, lo sagrado y lo profano. Así se han fabricado personas sagradas, lugares sagrados y tiempos sagrados, como en la religión que encontró Jesús en su tiempo, dejando a todo lo demás como profano. Como consecuencia, un cristianismo separado de la realidad, la fe de la vida y con miedo al mundo, al cuerpo y al placer.

Y por eso la religión cada día interesa menos a mucha gente. Y como las religiones se habían considerado las únicas dueñas del espíritu y de su manifestación la espiritualidad, el pueblo en general considerado profano y el cristiano en particular se ha quedado ignorante de la dimensión más profunda de su ser, dimensión tan suya como su cuerpo, como es su espíritu.

Y así nos estamos quedando mutilados en nuestro ser. Con un vacío enorme que necesitamos llenar de alguna forma, a veces errónea, como cuando los jóvenes lo buscan en el ruido, la velocidad, el sexo y el alcohol desmedidos o en las drogas.

Y los adultos en el dinero y las cosas, de ahí el consumismo, el materialismo y la corrupción. O en el poder y de ahí la decadencia de la clase política que lo busca para servirse a sí misma o caer en el terrorismo o en el belicismo.

Otros siguen buscando su espiritualidad, pero sin nadie que los oriente, y sin embargo está tan cerca, por ejemplo, creando buen ambiente en la familia, en la amistad, en el trabajo, en sanos esparcimientos, gozando de la naturaleza y el arte, en la fiesta, en la alegría y el placer, en la política sincera, la educación o el estudio con ganas, la justicia, la honradez y la solidaridad.

La espiritualidad de Jesús no es la espiritualidad del sacrificio, la perfección, el pecado y la culpa, es la espiritualidad de la felicidad y la alegría para la gente. La predicaba con hechos, asistiendo a bodas, comidas festivas y banquetes que le servían como símbolo de ese otro mundo diferente que enseñaba, repartiendo vida, dando su lugar a las mujeres y demás excluidos y liberando a los oprimidos por la causa que fuera. No acudía a rezar al templo, pues para él todo era sagrado, el lago, los cerros y sobre todo la gente. Para Jesús tan sagrado era comer como rezar. Es la alegría del evangelio del papa Francisco

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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«Recuperar a Jesús». 2 domingo después de Navidad – C (Juan 1,1-18)

domingo, 3 de enero de 2016
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8_2-D_desp_de-Navidad-C-300x242Los creyentes tenemos múltiples y muy diversas imágenes de Dios. Desde niños nos vamos haciendo nuestra propia idea de él, condicionados, sobre todo, por lo que vamos escuchando a catequistas y predicadores, lo que se nos transmite en casa y en el colegio o lo que vivimos en las celebraciones y actos religiosos.

Todas estas imágenes que nos hacemos de Dios son imperfectas y deficientes, y hemos de purificarlas una y otra vez a lo largo de la vida. No lo hemos de olvidar nunca. El evangelio de Juan nos recuerda de manera rotunda una convicción que atraviesa toda la tradición bíblica: «A Dios no lo ha visto nadie jamás».

Los teólogos hablamos mucho de Dios, casi siempre demasiado; parece que lo sabemos todo de él: en realidad, ningún teólogo ha visto a Dios. Lo mismo sucede con los predicadores y dirigentes religiosos; hablan con seguridad casi absoluta; parece que en su interior no hay dudas de ningún género: en realidad, ninguno de ellos ha visto a Dios.

Entonces, ¿cómo purificar nuestras imágenes para no desfigurar de manera grave su misterio santo? El mismo evangelio de Juan nos recuerda la convicción que sustenta toda la fe cristiana en Dios. Solo Jesús, el Hijo único de Dios, es «quien lo ha dado a conocer». En ninguna parte nos descubre Dios su corazón y nos muestra su rostro como en Jesús.

Dios nos ha dicho cómo es encarnándose en Jesús. No se ha revelado en doctrinas y fórmulas teológicas sublimes sino en la vida entrañable de Jesús, en su comportamiento y su mensaje, en su entrega hasta la muerte y en su resurrección. Para aproximarnos a Dios hemos de acercarnos al hombre en el que él sale a nuestro encuentro.

Siempre que el cristianismo ignora a Jesús o lo olvida, corre el riesgo de alejarse del Dios verdadero y de sustituirlo por imágenes distorsionadas que desfiguran su rostro y nos impiden colaborar en su proyecto de construir un mundo nuevo más liberado, justo y fraterno. Por eso es tan urgente recuperar la humanidad de Jesús.

No basta con confesar a Jesucristo de manera teórica o doctrinal. Todos necesitamos conocer a Jesús desde un acercamiento más concreto y vital a los evangelios, sintonizar con su proyecto, dejarnos animar por su espíritu, entrar en su relación con el Padre, seguirlo de cerca día a día. Esta es la tarea apasionante de una comunidad que vive hoy purificando su fe. Quien conoce y sigue a Jesús va disfrutando cada vez más de la bondad insondable de Dios.

José Antonio Pagola

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Dom 3.1.16. La Palabra se hizo Carne

domingo, 3 de enero de 2016
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Oasis-smaller-672x372Del blog de Xabier Pikaza:

Dom 2. Después de Navidad. Ciclo C. Según el evangelio, que se lee y canta de forma solemne este domingo, los cristianos afirmamos que Dios es de tal forma divino que se ha hecho carne (vida humana) en la vida de Jesús. Más que eso no se puede decir, ni menos tampoco si se quiere mantener el cristianismo

— Un tema conciliar. En esa línea afirmará el concilio de Nicea que Jesús es Dios (de naturaleza divina) y el de Calcedonia que es perfecto Dios y perfecto hombre (de naturaleza divina y de naturaleza humana)…

— Un tema de experiencia. En la base de esas formulaciones conciliares está la experiencia y la vida de aquellos que dicen que han encontrado a Dios en Jesús (en su vida proyecto de Reino). Éste es el principio del cristianismo, que se puede y se debe articular en tres formulaciones:

(a) Dios “es” (se hace) historia. El mismo Jesús histórico, nacido, muerto y resucitado es la Carne de Dios. Por eso, los cristianos buscamos y vemos a Dios en la «carne de todos los hombres», es decir, en la vida compartida, en amor que es justicia, misericordia, ternura y esperanza.

(b) Dios es (se hace) comunión de “carne”, de tal forma que vemos y tocamos a Dios vemos, tocamos, ayudamos a los hombres y mujeres, en especial a los más necesitados. En esa línea, conforme al lenguaje más filosófico de los Concilios (Nicea y Calcedonia) hay que decir que toda la «naturaleza» humana es carne de Dios (revelación de su Ser).

(c) Creer es crear humanidad «de carne». Celebrar la encarnación de Dios en Jesús significa celebrar el valor divino de lo humano y comprometerse al servicio del hombre, de todos los hombres, y en especial de los excluidos de esta sociedad imperial de consumo, que son hermanos de Jesús, carne de su carne, sangre de su sangre, para emplear un lenguaje bíblico y eucarístico.

En la reflexión de hoy, dejo en penumbra ese último aspecto (tratado con frecuencia en este blog) para centrarme de un modo especial en la encarnación de Dios en Jesús, siguiendo el texto del evangelio de Juan 1, 1-8, que comentaré y presentaré desde una perspectiva de «pre-existencia» de Dios. Dios es en nosotros «primero» (nos pre-existe) para así poderse poner a nuestro servicio.

(Imagen: Caminando con los magos hacia el oasis de Jesús). Buen domingo a todos, buen camino.

El texto básico

[Palabra] En el principio era la Palabra y la Palabra era junto a Dios, y la Palabra era Dios. Esta era en principio junto (hacia) Dios.

[Palabra Creadora] Todas las cosas fueron hechas por ella, y sin ella no se ha hecho ninguna. Lo que fue hecho era (tenía) vida en ella y la vida era la luz de los hombres (Jn 1,1-4)

[Luz] Existía la Luz verdadera, que alumbra a todo ser humano, viniendo al mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella y el mundo no la conoció. Vino a los suyos y los suyos no le recibieron; a cuantos le recibieron les dio poder para hacerse hijos de Dios… (1, 9-12)

[Encarnación] Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros y hemos visto su gloria, gloria de Unigénito del Padre, lleno de gracia y verdad (1, 14)

[Revelación] A Dios nadie le ha visto jamás, el Dios unigénito, que estaba en el seno del Padre, ese nos lo ha revelado (1, 18)

He citado los versos principales del himno de Jn 1, 1-18, aquellos que destacan la mediación creadora de la Palabra y Luz de Dios. La Palabra es comunicación verbal (¿más masculina?), la Luz es apertura visual (¿más femenina?). Dios se muestra en ambas casos (por los dos caminos) como Padre, porque habla y porque alumbra, suscitando de esa forma la existencia de las cosas.

El himno culmina allí donde se dice que la Palabra/Luz se hace carne, es decir, vida humana, recibiendo así el nombre de Hijo. De esa forma se ilumina todo lo anterior y recibe un contenido cristiano: Dios se llama Padre, la Palabra/Luz su Unigénito. Después que ha dicho eso, el prólogo puede terminar, con el comentario de 1, 18:

– A Dios nadie la ha visto jamás. Esta frase puede interpretarse en un sentido israelita; han sido precisamente ellos, los judíos, los que han afirmado que nadie puede ver a Dios sin morir; ellos son los que después han añadido que el nombre de Yahvé es silencio, que no puede ni decirse; ellos son los que, conforme a 2 Cor 3-4, han querido poner un velo sobre los ojos para no profanar el misterio de Dios.

A Dios nadie le ha visto: su misterio sigue siendo inaccesible. Esta es la verdad final del más hondo judaísmo que, sin embargo, de forma admirable, siglo tras siglo, ha sabido sacar fuerzas de esa trascendencia divina, para confesar a Dios, a través de la fidelidad a la Ley y tradiciones. No creen los judíos en el Hijo de Dios que es Jesús, pero la confesión del misterio divino les ha hecho vivir en actitud de confesión intensa.

– El Dios (Hijo) Unigénito que estaba en el seno del Padre ése nos lo ha manifestado... Algunos manuscritos dicen “el Hijo Unigénito”, pero los más significativos mantienen esta lectura más difícil, llamando a Jesús Dios Unigénito (monoguenes de dios), que habita en el seno del Padre, como Luz y Palabra. Estrictamente hablando, la palabra que traducimos como seno del Padre (kolpos, pecho,seno) significa pecho y, en algún sentido, corazón. Es como si el Hijo existiera reclinado en el pecho del Padre, como el Discípulo Amado lo estuvo en el pecho de Jesús. Esa esa imagen puede llevarnos a tomar a Dios como “un seno de madre” donde habita y crece el Hijo/Dios unigénito. Esta afirmación paradójica del Dios materno, del Padre en cuyo seno (materno) ha surgido y se mantiene el Hijo, es el culmen de la confesión cristiana.

– Ése nos lo ha revelado. Habitando en el Seno del Padre, Jesús vive (ha vivido) al mismo tiempo entre los humanos, en una historia bien concreta de amor y entrega en favor de ellos. Sólo aquel que ha vivido en los pechos de Dios puede revelar su amor de Padre. Este es el secreto, este el misterio radical del evangelio, que todo el resto del libro de Jn ha querido describir.
No podemos resumir aquí el mensaje de Jn sobre el Padre, pues ese mensaje se expande en todo el evangelio, de manera que sólo leyéndolo entero podemos conocerlo. Para ello deberíamos escribir otro libro, un tratado completo sobre el amor del Padre y del Hijo según Juan. Pero con esto rompemos nuestro esquema. Baste, por tanto, lo ya dicho.

Evangelio de Juan. Una teología de la pre-existencia y de la encarnación Leer más…

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«Una historia en cinco etapas». Domingo 2º después de Navidad

domingo, 3 de enero de 2016
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imagesDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Presupuesto para entender el Prólogo

Las conquistas de Alejandro Magno, a finales del siglo IV a.C., supusieron una gran difusión de la cultura griega. En Judea, como en todas partes, los griegos ejercían un influjo enorme: cada vez se hablaba más su lengua, se imitaban sus costumbres, se construían edificios siguiendo su estilo, se abrían gimnasios, se enseñaba la doctrina de sus filósofos. Los judíos, al menos la clase alta, estaban encandilados con la sabiduría de Grecia. Sin embargo, algunos autores no compartían ese entusiasmo. Para ellos, la sabiduría griega era un producto reciente, obra del ingenio humano, y tenía su templo en un lugar pagano, Atenas. La verdadera sabiduría es eterna, procede de Dios, y reside en Jerusalén. Esto puede decirse con palabras vulgares, o poéticamente, presentando a la sabiduría como una mujer y contando su historia. Basándonos en diversos textos bíblicos podemos reconstruir esa historia de la Sabiduría.

La historia de la Sabiduría de Dios

1ª etapa: la Sabiduría junto a Dios desde el comienzo (Proverbios 8,22-36).

El Señor me estableció al principio de sus tareas,
al comienzo de sus obras antiquísimas.
En un tiempo remotísimo fui formada,
antes de comenzar la tierra.
Antes de los océanos fui engendrada,
antes de los manantiales de las aguas.
Todavía no estaban encajados los montes,
antes de las montañas fui engendrada.
No había hecho aún la tierra y la hierba
ni los primeros terrones del orbe.

2ª etapa: la Sabiduría y la creación

Cuando colocaba el cielo, allí estaba yo;
cuando trazaba la bóveda sobre la faz del océano;
cuando sujetaba las nubes en la altura
y fijaba las fuentes abismales.
Cuando ponía un límite al mar,
y las aguas no traspasaban su mandato;
cuando asentaba los cimientos de la tierra,
yo estaba junto a Él, como aprendiz, yo era su encanto cotidiano,
todo el tiempo jugaba en su presencia;
jugaba con la bola de la tierra
disfrutaba con los hombres.

Tercera etapa: la Sabiduría se instala en Jerusalén (Eclesiástico, 24).

Por todas partes busqué descanso
y una heredad donde habitar.
Entonces el creador del universo me ordenó,
el creador estableció mi morada:
Habita en Jacob, sea Israel tu heredad.
En la santa morada, en su presencia ofrecí culto
y en Sión me establecí;
en la ciudad escogida me hizo descansar,
en Jerusalén reside mi poder.
Eché raíces entre un pueblo glorioso,
en la porción del Señor, en su heredad.

Sin embargo, cabe la posibilidad de que algunos rechacen los consejos de la sabiduría. De hecho, muchos judíos no aceptaban este mensaje. Otro autor presenta a la Sabiduría como una mujer que se queja de no ser escuchada (Proverbios 1,22-25).

Os llamé, y rehusasteis;
extendí mi mano, y no hicisteis caso;
rechazasteis mis consejos,
no aceptasteis mi reprensión.

En resumen: la sabiduría de Dios está junto a él desde el principio, lo acompaña en el momento de la creación, disfruta con los hombres, se establece en Israel. Pero muchos no disfrutan con ella. Prefieren seguir otro camino, no le hacen caso.

La historia de la Palabra

El autor del Prólogo aplicó las ideas anteriores a Jesús, introduciendo algunos cambios. Ante todo, en vez de llamarlo sabiduría de Dios, prefirió llamarlo la Palabra.

Primera etapa: la Palabra junto a Dios

Al principio existía la Palabra,
y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios;
ella estaba al principio junto a Dios.

Hay una diferencia notable con el texto sobre la Sabiduría. La sabiduría es creada por Dios. La Palabra, no; existe con él desde el principio. Además, el autor del himno es muy sobrio, no se le ocurre decir que la Palabra jugaba en presencia de Dios.

Segunda etapa: la Palabra y la creación

Todo fue hecho mediante ella,
y sin ella no se hizo nada de lo hecho.
Lo que surgió en ella fue la vida,
y la vida era la luz de los hombres;
y la luz brilla en la tiniebla,
y la tiniebla no consiguió derrotarla.

Parece un trabalenguas, pero es muy sencillo: todo fue creado por la Palabra de Dios. El sol, la luna, las estrellas, las montañas, el mar…, el mármol, la madera, el cristal… Todo ha sido creado por la Palabra de Dios. Y ella, además de haber creado a los hombres, es también nuestra luz. La única novedad, muy importante, es que desde el principio se entabla una lucha entre la luz y la tiniebla; pero la tiniebla no logra imponerse, no puede derrotarla.

Tercera etapa: el mundo, creado por la Palabra, la ignora.

Hasta ahora todo ha ido bien. Dios y la Palabra pueden estar contentos. De pronto, advierten que la Palabra es ignorada por el mundo.

En el mundo estaba,
y aunque el mundo se hizo mediante ella,
el mundo no la conoció.

El mundo no se refiere aquí a los seres inanimados sino a las personas que ignoran a Dios, no lo adoran, o prescinden de él. En autor del Prólogo piensa en todos los pueblos paganos, que podrían haber conocido al Dios verdadero, pero que habían caído en diversas formas de idolatría.

Cuarta etapa: la Palabra decide instalarse en Israel; su pueblo la rechaza

¿Qué hará la Palabra cuando se vea ignorada por el mundo? Para un judío, la respuesta es clara: refugiarse en Israel, el pueblo elegido, igual que hacía la sabiduría: “Eché raíces entre un pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su heredad”. Eso mismo hace la Palabra, pero se encuentra con una desagradable sorpresa:

Vino a su casa,
y los suyos no la recibieron.

Quinta etapa: la Palabra decide hacerse carne y habitar entre nosotros.

La Palabra ha sufrido dos derrotas: el mundo la ignora, su pueblo la rechaza. ¿Qué haría cualquiera de nosotros en su lugar? Quedarse junto a Dios y olvidarse de todos. Afortunadamente, Dios no es así. La Palabra toma la decisión más asombrosa que se puede imaginar.

Y la Palabra se hizo carne
y puso su tienda entre nosotros
y contemplamos su gloria,
gloria de Hijo único del Padre,
pleno de gracia y de lealtad.
Pues de su plenitud todos hemos recibido
gracia tras gracia.

Del optimismo ingenuo al realismo mágico

La historia de la Sabiduría resulta demasiado optimista. El himno puede parecer muy pesimista. Sin embargo, no lo es. Aunque no sea todo el mundo ni todo Israel, hay un grupo, formado por judíos y paganos, dispuestos a acoger a Jesús, a creer en él. Y ésos, todos nosotros, reciben una enorme recompensa.

Pero a los que la recibieron
los hizo capaces de ser hijos de Dios.

Y este grupo contempla su gloria, y de su plenitud recibe gracia tras gracia.

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Es Navidad cuando…

domingo, 3 de enero de 2016
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abundanceMiguel Ángel Bouzas.
Madrid

ECLESALIA, 25/12/15.- Es Navidad cuando descubrimos que todo en la vida es gracia, que todo es don, que estamos llamados a salir de nosotros mismos para ir al encuentro del otro, para hacernos un regalo para los demás.

Es Navidad cuando escuchamos la buena noticia de la presencia de la bondad en los demás, en el mundo que nos rodea y nos dejamos seducir, llevando con alegría nuestro compromiso para acabar con la tristeza, la soledad, la injusticia, el dolor y tanto llanto.

Es Navidad cuando alejamos nuestro egoísmo y salimos a contemplar la realidad, nos llenamos de asombro al descubrir dónde está presente Dios, dónde se encarna, en qué belenes nace, sufre, está marginado. Y no nos quedamos de brazos cruzados.

Es Navidad cuando hacemos presentes a las estrellas que nos han guiado hasta donde hoy estamos, lo que ahora somos. Especialmente de todos los familiares, amigos y amigas que nos han acompañado en nuestras vidas. Ellos y ellas están presentes celebrando con nosotros esta Navidad.

Es Navidad cuando no nos dejamos llevar por la desilusión y sabemos descubrir y recrear nuevas estrellas, que nos impulsan a vivir con ilusión, con esperanzas renovadas, realistas, pero conducidos por el sueño de una sola humanidad fraterna, en medio de una creación donde la vida surja en plenitud.

Es Navidad si seguimos viviendo no de forma aislada, sino en comunidad, junto a otras personas que nos ayudan a crecer, a Francisco renovando la Iglesia, a tantas mujeres y hombres que se convierten en navidad cada día del año, al convertirse en don gratuito para los demás.

Es Navidad cuando cuidamos a quien nos necesita y nos dejamos cuidar cuando nuestros ánimos decaen. Siempre marchamos en camino hacia Belén, hacia Dios, hacia el misterio del Amor, la Belleza y la Bondad que anida en cada ser humano, en la Naturaleza y el Universo que nos embelesa, nos consuela y nos llena de paz y energía, para seguir construyendo un mundo nuevo

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Navidad. Trinidad creada del Dios increado.

sábado, 2 de enero de 2016
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31R3QeXDyBL._SX312_BO1,204,203,200_Navidad mística: Concebir a Dios, nacer de Dios (con Juan de la Cruz)

Navidad es la celebración del Dios que nace como hombre (de los hombres). Cada uno somos así «belén», somos Nacimiento de Dios. Encontramos a Dios, le concebimos, porque él ha querido hacerse encontradizo en nuestra vida, nacer y vivir en nosotros.

Éste es el sentido de la Navidad, como Trinidad creada del Dios increado.

Eso significa que los hombres «concebimos» a Dios y que Dios nace en nosotros (no simplemente porque le concebimos, como si fuera invento nuestro, que lo es), sino porque él es Dios , y nos da el poder de concebirle (es decir, de inventarle, es decir, de encontrarle, de invenio), en el sentido más profundo del término, inventándonos así y descubriéndonos a nosotros mismos.

Éste es un misterio de amor, que sólo en amor puede formularse, como sabe San Juan de la Cruz cuando dice: “Más vive el alma donde ama que en el cuerpo donde anima” (CB 8, 3).

Estas palabras constituyen la mejor definición de la Navidad, que es nacer y vivir en el amado: Dios en los hombres, los hombres en Dios, unos hombres en otros. El amante nace y habita en aquel a quien ama. Así nace Dios y así vive en nosotros.

Así vivimos nosotros en Dios: le concebimos, viviendo unos en otros, conforme a la palabra audaz y hermosa de San Juan de la Cruz, que ahora comentamos, siguiendo el texto de un libro dedicado al tema: Amor de Hombre, Dios enamorado . Animarse a nacer, nacer de nuevo, dar y recibir la vida, para compartirla: eso es Navidad

1. La Navidad es esta fiesta del Dios enamorado.
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Vivir es quererse, comunicándose el aliento. Por eso, vivir en Navidad es un milagro: ¿Cómo mantenernos y seguir (animando nuestro cuerpo), si sabemos que nuestra realidad más honda se halla fuera de nosotros? ¿Cómo vivirá en sí la amante si tiene su vida en el Amado? (CB 8):

Mas ¿cómo perseveras,
¡oh vida! no viviendo donde vives,
y haciendo por que mueras,
las flechas que recibes,
de lo que del Amado en ti concibes?

¿Cómo perseveras…? La vida es un milagro, lo más frágil, lo más fuerte: (1) El amor es frágil, siempre inmerecido, transitorio, temeroso de la muerte, que al fin siempre llega. (2) El amor es duradero, poderoso, vencedor sobre la muerte, fuente de resurrección , como irá mostrando el resto del poema. Para situarlo mejor empezaremos retomando las tres palabras centrales de este canto:

2. Los versos del canto

1. Vida: “Mas ¿cómo perseveras, oh vida, no viviendo donde vives…?”. Estos versos definen al amante, hombre o mujer (como hacían los poemas de amor del renacimiento), presentándole como alguien que habita fuera de sí mismo, de manera que su misma existencia (su perseverancia) es un milagro.

Por eso, la amante se admira y pregunta: No sabe cómo puede vivir dislocada, fuera de su sitio. Todo amante es vagabundo, un pobre que no tiene donde reclinar su cabeza, pues sólo vive en el Amado, como SJC ha supuesto en Noche 8 y como afirma, en otra perspectiva, Mt 8, 20.

2. Muerte: “Y haciendo porque mueras las flechas que recibes…”. Un antiguo mito griego representa al Amor como un niño o joven ciego (con ojos vendados) que empuña el arco y dispara sus flechas, de un modo que parece descuidado, pero siempre certero. Así pudo verlo SJC en la escalera principal de su Universidad de Salamanca.

Las flechas del amor evocan la guerra más honda en que los hombres y mujeres se buscan, se hieren y se curan, perdiendo y ganando su vida. La amante sabe que la flecha de amor tendría que haberle matado y, sin embargo, ella vive.

3. Concepción: “De lo que del Amado en ti concibes”. Las flechas provienen de un amado que está dentro y penetran en el mismo corazón de la amante (como supone el signo de la transverberación de Santa. Teresa: estatua de Bernini, en Roma). Esas flechas provienen de fuera, viniendo de dentro: de la misma idea interna de la amante que concibe y engendra en sí al Amado. El conocimiento de amor se define y presenta, según eso, como fecundidad y concepción amorosa: mente y corazón de quien ama son todo el universo.

3. Navidad, concebir a Dios

1604745_530649110445619_4424849191203987291_nLa Biblia identifica conocimiento personal y encuentro enamorado: así dice que Adán “conoció” a su mujer y que ella dio a luz un hijo (Gen 4, 1). En esa línea se sitúa nuestra amante, diciendo que las flechas del Amor arquero le han fecundado, de forma que alumbra con dolor, aunque de un modo insuficiente: concibe de la idea del Amado (dentro) más que del Amado en sí (fuera). Pero ¿qué es dentro y es fuera? ¿Dónde vive ella en verdad? En ese contexto ha formulado San Juan de la Cruz su más honda verdad antropológica:

El alma más vive donde ama que en el cuerpo donde anima,
porque en el cuerpo ella no tiene su vida,
antes ella la da (vida) al cuerpo,
y ella vive por amor en lo que ama.
Pero, demás de esta vida de amor,
por el cual vive en Dios el alma que le ama,
tiene el alma su vida radical y naturalmente
– como también todas las cosas criadas –
en Dios, según aquello de San Pablo, que dice:
en él vivimos, y nos movemos y somos…
Y como el alma ve que tiene su vida natural en Dios
por el ser que en Él tiene,
y también su vida espiritual por el amor con que le ama,
quéjase y lastímase que puede tanto
una vida tan frágil en cuerpo mortal, que la impida
vivir una vida tan fuerte, verdadera y sabrosa
como vive en Dios por naturaleza y amor.
(Cf. Hech 17, 28. Coment 8, 3).

La forma exterior de este pasaje es poética en sentido simbólica y distingue una vida corporal, con el alma animadora (que alienta en el cuerpo), y una más alta o de Dios, donde encontramos a su vez dos planos, uno natural (ser en Dios, por inmersión de esencia) y otro espiritual (comunicarse en Dios, por comunión de amor, de gracia).

4. Navidad. Las tres vidas del hombre

Desarrollando esas intuiciones anteriores, podemos distinguir tres vidas, distintas y vinculadas:

1.Vida corporal, el regalo de la Vida. El hombre es viviente del mundo: alma “animadora” de un cuerpo emparentado con plantas y animales, en fragilidad y riesgo. Sin embargo, “el alma vive más donde ama que en el cuerpo donde anima”: está más cerca de aquellos con quienes comparte su afecto, que del cuerpo al que mueve; más vive en los amigos (sobre todo en el Amado) que en sí misma, como sabía el Cantar y como sabe nuestra amante, que es capaz de regalar su vida a los amigos (al Amado), muriendo por ellos, pues en ellos vive, en esperanza de resurrección.
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2.Vida natural en Dios, inmersión divina. En este nivel, SJC comparte una teoría común del pensamiento teológico antiguo, presente incluso en muchos no cristianos (platónicos, estoicos…), que se trasluce en Hech 17, 28 («en Dios vivimos, nos movemos y somos») y en Jn 1, 4, citado por SJC («todo lo que fue hecho era Vida en Dios») . Esto significa que el hombre vive de una forma natural en Dios, pues Dios es Vida de todos los seres y, de un modo especial, de los hombres que se saben inmersos en su esencia .

3.Vida espiritual en Dios,
comunión de personas. En este nivel se despliega la vida más honda, en sentido dialogal o comunión de amor, como iremos indicando en lo que sigue. El hombre no está inmerso en lo divino por naturaleza (como en el plano anterior), sino que comparte en Dios (con Dios) la vida, en comunicación personal, de entrega, de regalo mutuo. En este nivel se sitúan las palabras centrales de SJC, que venimos comentando: “Más vive el alma donde ama que en el cuerpo donde anima, porque en el cuerpo ella no tiene su vida, antes ella la da al cuerpo, mientras que ella vive por amor en lo que ama”.

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«Navidad: cada vez que nace un niño es señal de que Dios todavía cree en el ser humano», por Leonardo Boff

miércoles, 30 de diciembre de 2015
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224638Leído en la página web de Redes Cristianas

Estamos en época de Navidad, pero el aura no es de Navidad, sino más bien de Viernes Santo. Tantas son las crisis, los ataques terroristas, las guerras que las potencias belicosas y militaristas (EE.UU., Francia, Inglaterra, Rusia y Alemania) conducen juntas contra el estado islámico, destruyendo prácticamente Siria, con una muerte espantosa de civiles y niños, como la misma prensa ha mostrado, la atmósfera contaminada de rencores y espíritu de venganza en la política brasileña, por no hablar de los niveles astronómicos de corrupción: todo esto apaga las luces de Navidad y ensombrece los pinos que deberían crear el ambiente de alegría y de inocencia infantil que todavía existe en toda persona humana.

Quién pueda ver la película Niños Invisibles, en siete escenas diferentes, dirigidas por directores de renombre como Spike Lee, Katia Lund, John Woo, entre otros, puede darse cuenta de las vidas destruidas de los niños en muchas partes del mundo, condenados a vivir de la basura y en la basura; y sin embargo, hay escenas conmovedoras de camaradería, de pequeñas alegrías en los ojos tristes, y de solidaridad entre ellos.

Y pensar que son millones en el mundo de hoy y que el propio niño Jesús, según las Escrituras, nació en un pesebre para animales, porque no había lugar para María, cercana al parto, en ninguna posada en Belén. Él se mezcló con el destino de todos estos niños maltratados por nuestra falta de sensibilidad.

Más tarde, ese mismo Jesús ya adulto dirá: “quien recibe a estos hermanos míos más pequeños, a mí me recibe”. La Navidad tiene lugar cuando se da esta acogida, como la que el Padre Lancelotti organiza en São Paulo para cientos de niños de la calle bajo un viaducto, que contó durante años con la presencia del presidente Lula.

En medio de todas estas desgracias en el mundo y en Brasil, me viene a la mente una pieza de madera con una inscripción pirograbada que un interno de un hospital psiquiátrico de Minas me dio durante una visita que hice allí para animar al personal. En ella está escrito: «Cuando nace un niño es señal de que Dios todavía cree en el ser humano».

¿Puede haber un acto de fe y esperanza mayor que este? En algunas culturas de África se dice que Dios está de manera especialmente presente en los que nosotros llamamos “locos”. Por eso son adoptados por todos y todos cuidan de ellos como si fueran un hermano o una hermana. Así se integran y viven en paz. Nuestra cultura los aísla y no los reconoce.

La Navidad de este año nos remite a esta humanidad ofendida y a todos los niños invisibles cuyos padecimientos son como los del niño Jesús, que ciertamente en el invierno de los campos de Belén temblaba en el pesebre. Según una antigua leyenda, se calentó con el aliento de dos caballos viejos que, en recompensa, adquirieron después completa vitalidad.

Vale la pena recordar el significado religioso de la Navidad: Dios no es un viejo barbudo con ojos penetrantes, ni un juez severo que juzga todas nuestras acciones. Es un niño. Y como niño no juzga a nadie. Sólo quiere vivir y ser querido. Del pesebre viene esta voz: «¡Oh, criatura humana, no temas a Dios! ¿No ves que su madre ha envuelto sus pequeños brazos? Él no amenaza a nadie. Más que ayuda, necesita ser ayudado y llevado en brazos».

Nadie mejor que Fernando Pessoa entendió el significado humano y la verdad del niño Jesús:

«Él es el Niño Eterno, el Dios que faltaba. Es tan humano que es natural. Es el Divino que sonríe y juega. Por eso sé con toda seguridad que él es el Niño Jesús verdadero. Es un niño tan humano que es divino. Nos llevamos tan bien los dos, en compañía de todo, que nunca pensamos el uno en el otro… Cuando me muera, Niño mío, déjame ser el niño, el más pequeño. Tómame en tus brazos y llévame a tu casa. Desnuda mi ser cansado y humano. Acuéstame en la cama. Cuéntame historias, si me despierto, para que me vuelva a dormir. Y dame tus sueños para que juegue, hasta que nazca cualquier día que tú sabes cuál es».

¿Se puede contener la emoción ante tanta belleza? Por esto, todavía, a pesar de los pesares, podemos celebrar discretamente la Navidad.

Termino con este otro mensaje que tiene significado y que me encanta: «Todo niño quiere ser hombre. Todo hombre quiere ser rey. Todo rey quiere ser “dios”. Sólo Dios quiso ser niño».

Abracémonos unos a otros como quien abraza al Divino Niño que se esconde en nosotros y que nunca nos abandonó. Y que la Navidad sea todavía una fiesta discretamente feliz.


*Leonardo Boff es teólogo y columnista del JB online.

Traducción de Mª José Gavito Milano

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«Espíritu de Navidad», por Leonardo Boff

martes, 29 de diciembre de 2015
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news_g2hyho08f3n5f4x«Dios es principalmente una criatura»

«Quiso nacer criatura frágil, con los bracitos enfajados»

(Leonardo Boff, en RyL).- Un joven de unos 20 a 22 años, de nombre José (viejo sólo para los apócrifos, escritos 300 años después de los evangelios), que vivía en Nazaret, en el norte de Palestina, tuvo que desplazarse al Sur, a Belén, a fin de registrarse en un censo.

Llevaba a su esposa María, ya embarazada de nueve meses. Llegando al lugar, María entró en dolores de parto. José buscó en las posadas de los alrededores y explicó su urgencia. Pero todos decían: «no hay sitio». No tuvo otra alternativa que buscar un rincón que fuera mínimamente seguro.

Encontró una gruta en la que los animales se protegían contra el frío de aquella época del año. Allí, en una gruta. María dio a luz a un niño, llamado primero Enmanuel y más tarde Jesús. Y he ahí que ocurrió algo sorprendente, algo realmente lleno de magia, un factor que siempre da encanto a la historia, que no se rige por los cánones fríos de la racionalidad, sino por lo imprevisto y lo imponderable. Por eso la historia tiene sabor…

He aquí que irrumpió una claridad inmensa, algo así como una estrella que planeó sobre aquella gruta. La vaquita que mugía bajito y el asno que rebuznaba se quedaron inmóviles. Fuera, las hojas que arrastraba el viento, se paralizaron. Las aguas del río, que corrían, se estancaron. Las ovejas que bebían, quedaron inertes. El pastor que había levantado el cayado hacia lo alto, quedó como petrificado. Un profundo silencio y una paz serenísima se apoderó de toda la naturaleza.

Fue en ese exacto momento en que vino a este mundo el divino Niño. Inmediatamente después, se oyeron voces del cielo, captadas por los que estaban atentos: «Gloria a Dios en las alturas, y paz en la tierra a todas las personas de buena voluntad».

El impacto de este acontecimiento fue tan grande que nunca más ha podido ser olvidado. Dos mil años después todavía es recordado y celebrado, de una u otra forma, en todo el mundo. Es la magia de la Navidad.

Ha sido secularizada por el Papá Noel, y ha entrado en el mercado con los regalos de Santa Claus. Pero nadie ha conseguido todavía destruir el espíritu de la Navidad. Se trata de un aura bienhechora que es preciso conservar, pues nos hace más humanos.

¿Cuál es ese espíritu?

Primero, que Dios es principalmente una Criatura, y no sobre todo Creador y Juez severo. Una Criatura no amenaza a nadie. Es sólo vida, inocencia y ternura. Más que ayudar a otros, necesita ser ayudada y acogida. Si imagináramos a Dios así, no tendríamos que temer. Llenémonos de confianza.

Segundo: el ser humano, por malo que sea, debe esconder un valor muy grande, si Dios ha querido ser uno de ellos. Bien me dijo un día un esquizoide: «Cada vez que nace una criatura, es la prueba de que Dios todavía cree en la humanidad». Dios creyó tanto, que quiso nacer criatura frágil, con los bracitos enfajados, para no amenazar a nadie.

Finalmente, la Criatura divina nos recuerda lo que somos en la profundidad de nuestro ser: una eterna criatura. Crecemos y envejecemos. Pero guardamos allá dentro la criatura que nunca dejamos de ser. La criatura representa la creencia de que es posible un mundo diferente, de inocencia, de mirada sin malicia y de pura alegría de vivir. ¿Podríamos vivir sin ese sueño?

¡Divino Infante: ¡realiza en nosotros este destino!
¡No dejes que muera en nosotros la esperanza!
¡No olvides que fuiste, como nosotros, un niño!
¡Nace de nuevo en nosotros como una Criatura!

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