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Ante la Cruz…

viernes, 18 de abril de 2025
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 ANTE LA CRUZ

Ante la cruz me llamas
en tu agonía.
Ante la cruz me llamas.
Y he aquí que tropiezo
con las palabras.

Porque si dices ante
¿no me pides, Señor,
sino que mire
frente a frente la cruz
y que la abrace?

Si te miro, Señor,
y Tú me miras,
es un horno de amor
lo que en ti veo,
y lo que veo en mí,
Señor, no es nada,
nada, nada, Señor,
sino silencio.

Un silencio vacío:
si Tú lo llenas
se habrá hecho la luz
en las tinieblas.

Y si en la cruz te abrazo
y Tú me abrazas,
el silencio, Señor,
es más palabra.

Ante la cruz, Señor,
aquí me tienes,
ante la cruz, Señor,
pues Tú lo quieres.

II

VÍA DOLOROSA

I

PARA DECIR LO QUE PASÓ AQUEL VIERNES…

…a Jesús, en cambio, lo hizo azotar
y lo entregó para que fuese crucificado.
(Mt.27,26)

Para decir lo que pasó aquel viernes
en los palacios de Jerusalén y en sus afueras
no bastan las palabras.
Por eso no hay
en las avenidas del relato
-Mateo, Marcos, Juan- sino una capa
de misericordia, un leve
y condensado recuerdo a los azotes.
Para decir lo que pasó aquel viernes
en los palacios de Jerusalén: la sangre,
los insultos, los golpes, la corona
de espinas,
los gritos, la locura, la ira desatada
contra el más bello y puro de los hombres,
contra el más inocente…
para decir lo que pasó aquel viernes
solo valen las lágrimas.

II

SIMÓN DE CIRENE SE ENCUENTRA CON LA CRUZ

Al salir encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón,
y le obligaron a que cargara con la cruz de Jesús.
(Mt. 27, 32)

Pesan los días y pesan los trabajos
y en las venas el cansancio es veneno
que apresura los pasos hacia el dulce
reposo del hogar;
los pasos hacia el dulce
abrazo del amor y del sueño.
Ni siquiera
hay espacio en el alma para el canto
de un pájaro. Tampoco para el sordo
rumor que empieza a arder
sobre el polvo en la plaza.
Viene Simón el de Cirene convertido
en pura sed, en pura
materia de fatiga.
Esa cruz
le sobreviene como un alud de asombro
y rebeldía.
Pero
entre la náusea de la sangre sabe
que siempre hay un dolor que añadir al dolor.
Entre la náusea de la sangre mira
y encuentra esa mirada como un pozo
encendido,
como un pozo
donde se funde el Galileo
con el dolor del mundo.
Apenas un instante y el abrazo
del corazón y la madera hasta la cima.
Vuelve Simón el de Cirene. Queda
una cruz en su piel.
Y una mirada.

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III

MUJER EN JERUSALÉN

Lo seguía muchísima gente, especialmente
mujeres que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él.
(Lc. 23, 27)

Mis ojos suben por las calles de Jerusalén
bajo una lluvia de dolor,
bajo una lluvia
que va a lavar el mundo.
Mis ojos suben arrimados
a la cal de las paredes
mientras todo el fragor del sufrimiento
se hace eco en mis párpados.
Puedo sentir tu sed,
la quemazón de tus rodillas rotas
sobre los filos de la tierra.
Toma mi corazón, toma mis lágrimas,
déjalas que ellas laven tus heridas
ahora que soy
mujer en Jerusalén y que te sigo.
Mis ojos se adelantan
por los empedrados de Jerusalén
para encontrar los tuyos.
Y no hay en ellos
rebeldía.
Bajo la cruz
Tú eras una antorcha
de mansedumbre. Derramabas
una piedad universal con cada aliento.

Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí
(Lc.23,28)

¿Y cómo no llorar, Señor?
Déjame, al menos,
si no llorar por Ti, llorar contigo.

III

GÓLGOTA

I

EL CORAZÓN DE LAS MUJERES

Muchas mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea
para asistirlo, contemplaban la escena desde lejos.
(Mt 27, 55)

Estirándose sobre la distancia,
el corazón de las mujeres
se hizo cruz en el Gólgota.
¡Oh corazón de las mujeres, cruciforme,
arca lúcida,
oscura estancia del amor y permanente
arcaduz del misterio!
¡Oh corazón de las mujeres,
prodigioso arroyo fiel que mana
desde el mar de Galilea hasta el Calvario!
¡Y más allá del Calvario, hasta los límites
verticales y alzados,
hasta la orilla de la fe donde se trueca
el destino del hombre!
Mujeres, con vosotras he visto
la salvación del mundo,
su rostro ensangrentado, la medida
de sus brazos abiertos,
la extensión de su abrazo,
que acerca hasta nosotros
la dádiva incansable de sus manos
abiertas y horadadas para siempre.
Y he visto su corazón de par en par,
su corazón como una cueva dulce,
su corazón, abrigo
para toda intemperie.
He visto con vosotras
los pies del redentor, nunca cansados
de venir hacia mí, también heridos
de mí, por mí, también clavados
para la eternidad.
¡Oh pies de Cristo
impresos
sobre la arena de mi corazón!
¡Oh Cristo que atrajiste
hasta Ti el corazón de estas mujeres,
déjame ahora
latir en su latido:
contemplarte.

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II

STABAT MATER

Estaba la madre al pie
de la cruz. La madre estaba.
Enhiesta y crucificada,
color de nardo la piel.
En el pecho el hueco aquel
que vacío parecía.
No me lo cierres, María
que quiero encerrarme en él,
que quiero encerrarme y ver
todo lo que tú veías.
Sé tú mi madre, María,
como lo quería Él.

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III

CIERRA EL CIELO LOS OJOS …

Desde el mediodía hasta las tres de la tarde
la tierra se cubrió de tinieblas.
(Mt. 27, 45)

Cierra el cielo los ojos:
cae
la noche a plomo sobre el mediodía
de aquel viernes de abril en el Calvario.
No puede el cielo ser tan impasible
cuando en la cruz está muriendo un hombre,
ya solo sufrimiento y sangre,
cuando muere
el amado de Dios.
¿O acaso vuelve el rostro el cielo
también
y es abandono
lo que creían sombra?
Pesa, pesa, pesa…
Pesa esta oscuridad
que hace crujir los hombros
mientras el ser se vence
inexorablemente hacia el abismo.
Esta tiniebla tiene
peso, longitud, altura,
y penetra en el alma
y duele y vela
la mirada de Dios en la distancia.
¿No hay otro modo, Señor, no hay otro modo
de morir, de vivir, que hacer a ciegas
esta larga jornada de camino?
Pues si ha de ser así, Señor, te pido
que al menos en la muerte no me falte
un bordón de plegaria: que no olvide
tu nombre dulce con el que llamarte.

IV

EL GRITO

Y Jesús, dando de nuevo un fuerte grito entregó su espíritu
(Mt.27, 50)

Un grito. Luego el silencio.
Y en silencio estoy aquí
mientras resucitas Tú
y resucitan los muertos.
¡Cristo, ten piedad de mí!

Con Cristo

*

Mercedes Marcos Sánchez,

Poeta ante la Cruz (Meditación en Mateo)

***

Hoy la Iglesia nos invita a un gesto que quizás para los gustos modernos resulte un tanto superado: la adoración y beso de la cruz. Pero se trata de un gesto excepcional. El rito prevé que se vaya desvelando lentamente la cruz, exclamando tres veces: “Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo”. Y el pueblo responde: “Venid a adorarlo”.

El motivo de esta triple aclamación está claro. No se puede descubrir de una vez la escena del Crucificado que la Iglesia proclama como la suprema revelación de Dios. Y cuando lentamente se desvela la cruz, mirando esta escena de sufrimiento y martirio con una actitud de adoración, podemos reconocer al Salvador en ella. Ver al Omnipotente en la escena de la debilidad, de la fragilidad, del desfallecimiento, de la derrota, es el misterio del Viernes Santo al que los fieles nos acercamos por medio de la adoración.

La respuesta “Venid a adorarlo” significa ir hacia él y besar. El beso de un hombre lo entregó a la muerte; cuando fue objeto de nuestra violencia es cuando fue salvada la humanidad, descubriendo el verdadero rostro de Dios, al que nos podemos volver para tener vida, ya que sólo vive quien está con el Señor. Besando a Cristo, se besan todas las heridas del mundo, las heridas de la humanidad, las recibidas y las inferidas, las que los otros nos han infligido y las que hemos hecho nosotros. Aun más: besando a Cristo besamos nuestras heridas, las que tenemos abiertas por no ser amados.

Pero hoy, experimentando que uno se ha puesto en nuestras manos y ha asumido el mal del mundo, nuestras heridas han sido amadas. En él podemos amar nuestras heridas transfiguradas. Este beso que la Iglesia nos invita a dar hoy es el beso del cambio de vida.

Cristo, desde la cruz, ha derramado la vida, y nosotros, besándolo, acogemos su beso, es decir, su expirar amor, que nos hace respirar, revivir. Sólo en el interior del amor de Dios se puede participar en el sufrimiento, en la cruz de Cristo, que, en el Espíritu Santo, nos hace gustar del poder de la resurrección y del sentido salvífico del dolor.

***

***

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Viernes Santo: tres meditaciones sobre el Evangelio de San Juan 18, 1—19,42.

viernes, 18 de abril de 2025
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imageDe su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):

Ecce Homo! 

En Jesucristo, Dios vivió la experiencia de la humanidad desde dentro, haciendo que la alteridad del hombre acontezca dentro de sí mismo. Hipólito de Roma escribe: «Sabemos que el Verbo se hizo hombre, de la misma materia que nosotros (¡hombre en cuanto hombres somos!)». Jesús de Nazaret interpretó, narró e hizo visible a Dios en el espacio humano: “Ecce homo! ¡Aquí está el hombre!” (Jn 19,5). Él dio sentidos humanos a Dios, permitiendo a Dios experimentar el mundo y la alteridad humana, y permitiendo al mundo y al hombre experimentar la alteridad de Dios.

La corporeidad es el lugar esencial de esta narración que hace de la humanidad de Jesús de Nazaret el sacramento primordial de Dios. El lenguaje de Jesús, y en particular la palabra, pero también los sentidos, las emociones, los gestos, los abrazos y las miradas, las palabras impregnadas de ternura y las invectivas proféticas, las instrucciones pacientes y las duras reprimendas a los discípulos, el cansancio y la fuerza, la debilidad y las lágrimas, la alegría y el júbilo, los silencios y los retiros en soledad, sus relaciones y sus encuentros, su libertad y su parresía,…, son destellos de la humanidad de Jesús que los Evangelios nos permiten vislumbrar a través de la ventana reveladora y opaca de la palabra escrita. Y son reflejos luminosos que permiten al hombre contemplar algo de la luz divina.

La alteridad y la trascendencia de Dios fueron “evangelizadas” por Jesús y traducidas al lenguaje y a la práctica humana. Es la práctica de la humanidad de Jesús quien narra a Dios y abre un camino para que el hombre se acerque a Él. «A Dios nadie le ha visto jamás; el Hijo Unigénito… lo ha declarado (exeghésato)» (Jn 1,18), revelado de una vez por todas, de manera definitiva.

Por eso el cristianismo exige que Jesús sea conocido a través de su vida narrada y testimoniada en los Evangelios por aquellos que estuvieron implicados en su historia, los discípulos, hechos «servidores de la Palabra» (Lc 1,2). Sólo a través de este conocimiento podremos también creer en Él hasta amarlo, hasta confesarlo como «Señor», «Hijo de Dios», «Salvador», y llegar así a la fe en Dios, al conocimiento del Dios vivo y verdadero.

Por eso creo que es un grave riesgo para los cristianos deificar a Jesús antes de conocer su existencia humana concreta. De hecho, si no conocemos la humanidad de Jesús, a través de los Evangelios, terminamos creyendo en él como una realidad imaginada y construida por nosotros.

En el hombre Jesús, la condición de Dios sufrió una kénosis, un vaciamiento: Él, que tenía la forma de Dios, se despojó de su igualdad con Dios (cf. Flp 2, 6-7), y esto sucedió de tal manera que en la vida de Jesús no se vio nada más que su humanidad, una humanidad en condición de siervo «hasta la muerte, y muerte de cruz» (Flp 2, 8). Su condición de Dios quedó, por así decirlo, “entre paréntesis”, y Jesús era hombre, un hombre como nosotros, sujeto a nuestra limitada condición mortal.

Sí, Jesús vivió su existencia terrena como un hombre pobre y frágil, exactamente como los hombres con los que entró en relación. El Hijo entró en la historia como hombre, plenamente hombre: un hombre capaz de hacer de su vida una obra maestra de amor.

En respuesta a esta humanización de Dios en Jesucristo, la fe es un acto humano. Es un acto de libertad humana, un acto vital de toda la persona, un acto que implica entrar en una relación y es un acto en progreso, que se produce y se desarrolla en el tiempo.

Es ante todo confianza, confianza en la vida, confianza en los demás. Confianza en lo humano que hay en cada ser humano y en lo cual consiste la imagen y semejanza de Dios. Humanidad que, como imagen de Dios en el hombre, es un don, y como semejanza, es responsabilidad del hombre.

En su práctica de humanidad, Jesús fue capaz de despertar, crear confianza y así generar vida y dar vida. En sus encuentros despertaba la subjetividad de las personas que conocía y valoraba su humanidad, su rostro y su nombre, es decir, las manifestaciones de su singularidad e irrepetibilidad. ¡Cuántas veces decía: «¡Tu fe-confianza te ha salvado!» (Mc 5,34 y par.; 10,52; Lc 7,50; 17,19; 18,42; cf. también Mt 8,13; 15,28)!

Hoy en día, la tarea que se les pide a los cristianos es abrazar la fe como camino de humanización y como camino de confianza y de sentido. Una tarea nueva y antigua al mismo tiempo: decir Dios a los seres humanos a través de una práctica de humanidad inspirada en la humanidad de Jesús de Nazaret.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

***

Jesús dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19,25-27)

Y Jesús dijo al discípulo: He ahí tu madre. Pero las palabras exactas del Evangelio son: «Mira: ¡es tu madre!» Y este verbo, este imperativo, se dirige a cada discípulo: «Mira, vuelve tus ojos, mantén tu mirada fija en María».

Es el último mandamiento que el Señor moribundo nos deja a cada uno de nosotros: “Si quieres ser discípulo, mira a María, aprende de Ella, de sus gestos, de sus palabras, de sus silencios; déjate educar y formar por Ella, como lo hace toda madre con sus hijos. Y repetir su escucha, su alabanza, su cuidado, su fuerza, su capacidad de seguir siendo madre cuando un hijo muere y le es dado otro hijo”.

El Viernes Santo nos invita a la contemplación de María, la Mujer, la Madre, la Señora del Dolor. Pero no es en el dolor de María donde fijamos nuestra atención, sino en el dolor del mundo, en el peso inmenso de las lágrimas que pesa sobre la tierra y en la esperanza que parece mortalmente herida.

El Calvario no es sólo una colina a las afueras de Jerusalén, sino el mundo entero es una colina de grandes y pequeñas cruces plantadas.

Pero cuando todo muere, cuando todo se vuelve negro en el Gólgota, Jesús habla palabras de vida. Él dice «Madre». Él dice «Hijo». Habla de generación y cariño y vida que vuelve a fluir.

En el Calvario, Jesús ora a un hombre y a una mujer para que reconectan el hilo roto de la vida. En el colmo del dolor, no son los hombres los que rezan a Dios, sino que es Dios quien reza al hombre y le dice: «Conquista los ojos de una madre, mira con los ojos de un hijo: ¡son ellos, ojos de madre y ojos de hijo, los únicos que ven verdaderamente!». Dios llama al hombre en el Calvario, para que el hombre convierta su modo de ver el mundo y el corazón con el que vive en el mundo. Porque cambia las manos con las que toma y da la vida y la muerte.

En el día del gran dolor nos aferramos a Dios. En cambio, en el Calvario, es Dios quien se aferra a nosotros, a esa parte sana y buena, a esa parte cariñosa y fuerte, a esa porción de confianza, sí, a lo más fuerte —el instinto, la energía, el amor—, a lo más fuerte que existe en la tierra: la relación madre-hijo. Para reconstruir desde allí un camino que vaya más allá de las infinitas cruces.

Leemos en la Biblia que Dios originalmente «creó al hombre a su imagen y semejanza«. Pero si buscamos la semejanza con Dios entre los hombres y su conducta, regresaremos con el corazón vacío. Tal vez deberíamos decir que Dios creó en el hombre sólo un esbozo de su imagen, apenas unas líneas, pronto interrumpidas, inmediatamente asediadas por el mysterium iniquitatis, el misterio de la iniquidad. Es algo que nos sobrepasa, que viene de antes de nosotros, pero que después nos encuentra y nos envuelve, porque el gran misterio de la iniquidad es que los malvados creen que hacen el bien. El terror cree que está destruyendo al gran Satanás, la fuente de la iniquidad de la historia. Éste es el gran misterio.

Pero retomemos ese esbozo de imagen, tomándolo del Calvario y buscando los rasgos de Dios en el misterio de la cruz. Y admiremos a la Madre si queremos crecer. Entonces creemos en nuestra contribución al mundo. Aportaremos una pequeña piedra a la construcción de algo. No queremos destruir ni derribar, sino construir y plantar. Queremos plantar olivos y viñas que den fruto mañana o dentro de cinco o diez años, incluso cuando los escombros parezcan cubrir todo a nuestro alrededor y sigan soplando vientos de hambre, de guerra,…, de dolor y de injusticia.

Debemos discernir los rasgos del rostro de Dios, incluido ciertamente el Dios justo, el Dios que nos libera del mal. Pero sobre todo el mysterium salutis debe oponerse al mysterium iniquitatis. La respuesta es Jesucristo.

Volvamos pues al Calvario, a Jesús, que nos confía una vocación. Al pie de la cruz se encuentra la primera célula de la Iglesia, María y Juan. Lo que se les dice a ellos se dice a toda la Iglesia. Jesús también nos dice: «He ahí a tu hijo». Nos lo dice cada uno de nosotros, señalando a quien camina junto a nosotros en la existencia: «He ahí a tu hijo».

A cada uno le repite: «Aquí está tu madre», indicando a toda aquella que un día nos ayudó a vivir, a innumerables madres en nuestra existencia, a toda aquella que todavía hoy nos sostiene en la vida.

Hijo y madre de toda criatura, éste es el hombre de Dios. Hijo y madre de toda vida, éste es el discípulo de Jesús. Y nuestra vocación es custodiar, proteger, cuidar, amar, “llevar a María” y a todos aquellos que fueron nuestra Madre “entre nuestras cosas queridas”. Como lo hizo Juan.

Todos tenemos una tarea suprema: proteger con nuestra vida la vida, especialmente allí donde la vida languidece y está a punto de extinguirse. Esto nos permite ser, allí donde vivimos, rescatadores de heridos, pero también sanadores, al menos sanadores del mal de vivir que es el odio. El odio desgasta por dentro y luego incluso corrompe el cuerpo. El odio que se lleva dentro siempre acaba aplastando.

Nuestra vocación es la maternidad. Es estar con María junto a las infinitas cruces de la tierra, donde Jesús está todavía crucificado en sus hermanos, para llevar consuelo y trabajar por la redención, y luchar contra el mal. “La creación todavía está en dolores de parto” (Rom 8,22).

El mundo es un grito inmenso, pero también un nacimiento inmenso.

Sin embargo la conciencia de ser portadores de energías que liberarán a la creación de la esclavitud de la iniquidad para introducirla en la libertad de los hijos de Dios, nos da la esperanza y la alegría prometida por Jesús y que nadie nos puede quitar.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

***

Todo está cumplido

En este día del Viernes Santo, los cristianos de toda la tierra escuchan la historia de la Pasión y muerte de Jesús, su Kýrios, el Señor. Son los cuatro Evangelios los que nos ofrecen esta larga narración, desproporcionadamente larga en comparación con la historia de la vida de Jesús.

Hoy escuchamos el testimonio del cuarto Evangelio (Jn 18,1-19,37), el testimonio del discípulo amado que siguió a Jesús desde su captura en Getsemaní hasta su crucifixión. Es un testimonio en el que el recuerdo de los acontecimientos ha pasado por una profunda meditación y contemplación, gracias a la fe en el Crucificado-Resucitado, gracias a una práctica litúrgica en la que el Resucitado se mostró siempre con los signos de esta Pasión: las llagas en las manos y el pecho traspasado (cf. Jn 20,20). Leer más…

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Getsemaní…

jueves, 17 de abril de 2025
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I
GETSEMANÍ
I
SOLEDAD EN GETSEMANÍ

Llegó Jesús con ellos a un huerto llamado Getsemaní y dijo a sus discípulos:
“Sentaos aquí, mientras yo voy más allá a orar”. Y llevándose a Pedro
y a los dos hijos del Zebedeo, comenzó a sentir tristeza y angustia.
(Mt. 26, 36-37)

En la piedra del miedo
se habían afilado las traiciones
y la noche de Jerusalén ya no escondía
la densidad del abandono.
El Maestro lo supo,
y no un presentimiento, una certeza
comenzó a golpearle contra la soledad.
Ahora la soledad no era
aquella extensión dulce donde encontrar al Padre,
ni era
el campo de batalla donde el Hijo
de Dios fuera tentado como Hijo
de Dios.
La soledad era una fuerza
incontenible: vaciaba de luz
todas las casas del espíritu, dolía
como el frío
cuando hiela la sangre.
La soledad mordiendo
el corazón del hombre,
la soledad poniendo al descubierto
al hombre, solo al hombre.
(La soledad es una calle larga
que lleva a la tristeza).
Quiso salir de la ciudad. Bajo la luna
la espalda de los que se volvían era un incendio
que le abrasaba la memoria.
Acaso
fueran piadosos los olivos con su óleo
de intimidad donde resuena
la palabra del Padre.
¡Oh paradoja del ascenso
donde los pies se hunden
en el lodo del hombre!
¡Oh paradoja del conocimiento
donde todo es maraña de raíces!
Getsemaní no es una zarza ardiendo,
es la espesura sin piedad
donde el hombre está solo,
desnudamente solo, sin asilo,
despojado del hombre,
despojado de Dios.
Getsemaní no es óleo, es agonía,
es otra vez un campo de batalla donde el Hijo
del Hombre ha de enfrentarse
con todos los demonios del hombre:
el tedio, la amargura, la angustia, los peldaños
que van a dar al morir.
Getsemaní no es óleo. Es agonía:
y en el centro del huerto queda solo
un verdadero hombre verdadero
abrazado al silencio de Dios, pero obediente.
Fiat, Señor, digo hoy contigo,
fiat, Señor, aunque me duela.

II

NO ERA EL SUEÑO, SEÑOR…

Bajo la luna llena encanecían los olivos.
La quietud era sólida y destilaba
un plomo ardiente que invadía los cuerpos.
El silencio
se había vuelto mineral
y en la sangre aún rompían las palabras
anunciadoras y terribles
que se habían mezclado con el vino.

Regresó y volvió a encontrarlos dormidos,
pues sus ojos estaban cargados
(Mt. 26, 43)

No era el sueño, Señor, era el espanto
lo que subía
río arriba del alma hasta los ojos:
era el espanto
de ver luchar a Dios y no hacer nada.

III

 EL BESO

Entonces todos los discípulos
lo abandonaron y huyeron.
(Mt. 26, 56)

En la piedra del miedo
se habían afilado las traiciones
y ahora
iban subiendo entre las luces,
ensayando
el más turbio, el más falso
de los besos.
¿Quién dijo que el amor era un abrazo?
Este beso no es beso, es un cuchillo
que asesina de lejos y empozoña
el corazón de muchos y lo cubre
de la callosidad del abandono.
En el puente del beso se ha cumplido
lo que dijeron los profetas, pero
Señor te pido ahora que me quites
esa suerte de puente y que me dejes
del lado del amor, en tus orillas.

IV

ORACIÓN PARA NO DORMIR

 Pedro lo siguió de lejos
(Mt., 26, 58)

Oh, Señor, en esta hora
en que también se confunde
la distancia con el miedo,
si Tú me ves que me aparto
de tu agonía y que duermo
para no ver al que sufre
ni ver mi interior desierto,
mírame, que yo te sigo,
aun como Pedro de lejos.
Mírame y en tu mirada
sostenme para que el fuego
de tanto amor me despierte
siempre que me venza el sueño.

*

Mercedes Marcos Sánchez,

Poeta ante la Cruz (Meditación en Mateo)

***

El día de Jueves Santo se celebra la memoria de la primera vez que Nuestro Señor tomó el pan y lo convirtió en su cuerpo, tomó el vino y lo transformó en su sangre. Esta verdad requiere de nosotros una gran humildad, que sólo puede ser un don suyo. Me refiero a esa humildad de mente por la que conocemos la verdad de que lo que antes era pan ahora es su cuerpo y lo que antes era vino ahora es su sangre. Por eso nos arrodillamos para honrar a Jesús en el Santísimo Sacramento. Sucesivamente, cuando se ora ante el altar de la Reserva, nos damos cuenta de cómo estamos unidos a él en el sufrimiento del huerto de Getsemaní, tan cercanos a él como María Magdalena cuando lo encontró en el huerto el primer domingo de pascua: este hecho es el que nos causa más extrañeza.

El día de Jueves Santo […] evocamos también cómo nuestro Señor, durante la última cena, se levantó y se puso a lavar los pies de sus apóstoles y, con este gesto, nos mostró algo de la divina bondad.

Jesús nos revela en qué consiste lo divino. Jesús lavó los pies de sus discípulos para mostrar las atenciones y la gran bondad que Dios tiene con nosotros. Es un pensamiento maravilloso que podría ocupar nuestra mente y nuestras plegarias.

Si esta bondad divina puede manifestársenos, ¿qué podremos hacer nosotros a cambio? ¿No deberíamos igualar esta dulce bondad suya, que rebosa amor por nosotros, y brindar la misma bondad y el mismo amor? Esto demostraría que el amor, la caridad cristiana, no es sólo una palabra fácil, sino algo que nos lleva a la acción y al servicio, especialmente al de los pobres y al de cuantos pasan necesidad.

*
Basil Hume,
El Misterio y lo absurdo,,
Cásale Monf. 1999, 107s

***

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«El lector de salmos», por Dolores Aleixandre

jueves, 17 de abril de 2025
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cda24_expo_musee_national_marc_chagall_chagall_politique_triptyque_resurrection-tt-width-653-height-999-fill-0-crop-0-bgcolor-eeeeeeCada judío nace con el libro de los salmos grabado en el corazón y sus palabras forman parte del tejido relacional que los vincula con su Dios. El judío Jesús pertenecía a ese pueblo de orantes que acudían a los salmos para expresar su alabanza, sus súplicas, sus temores, sus sufrimientos o sus alegrías.

Una breve frase al final del relato de la última cena, antes de salir hacia Getsemaní, es significativa: Cantaron el himno y salieron hacia el monte de los Olivos (Mt 26,30). Alude al salmo 136 con el que terminaba el ritual de la cena pascual y Jesús recitó (¿cantó?) aquella noche estas palabras: Me cercaban y me acorralaban, me rodeaban como avispas, empujaban para derribarme; (…) me envolvían redes de muerte, me alcanzaban los lazos del abismo….

Los escenarios que recreaban aquellas imágenes eran estremecedores y Jesús debió intuir oscuramente que también él iba a sentirse cercado, atacado por un enjambre peor que de avispas, atrapado entre redes, empujado y derribado por una muchedumbre hostil.

No es de extrañar que se identificara con la confesión del salmista: Caí en tristeza y angustia, pero que, al pronunciar la continuación del salmo, se contagiara también de la certidumbre de otras palabras: Alma mía, recobra tu calma, que el Señor fue bueno contigo, arrancó mi vida de la muerte, mis ojos de las lágrimas, mis pies de la caída…, el Señor fue mi auxilio…”.

También él se sentía habitado por una confianza que ni en los peores momentos iba a quebrarse, y aquella noche sintió que le alcanzaba la seguridad de una promesa: La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular”.

Al terminar la oración en el huerto, dijo a sus discípulos: “Está hecho. Llega la hora” y esa expresión está hecho” anticipa el está consumado de la cruz. Es el anuncio del término de una carrera, de la rendición después de un combate, de un ceder, soltar, abandonar la resistencia, entregarse sin condiciones como exhortaba un salmo: Rendíos y reconoced que yo soy Dios (Sal 46,11).

En la cruz va a ser el rendido y su gesto de inclinar la cabezaevoca una actitud de consentimiento absoluto al Padre, el final coherente de su apuesta arriesgada de confiar por encima de todo. No se había protegido antes y tampoco podía hacerlo ahora, porque no hay nada tan vulnerable como el costado de un hombre crucificado.

Un salmista había dicho: “Al atravesar el valle de las lágrimas, alumbrarán un manantial” (Sal 84,7). Jesús había atravesado ese valle, confiando en que su muerte alumbraría un manantial. Había perdido su vida vaciándola como un cántaro, pero la había ganado y moría convertido en fuente.

DAleixandreDolores Aleixandre

Jubilada feliz. Encajando el envejecer con cierto garbo (de momento). Convencida de la fuerza de la Palabra y de la bondad última de las personas. Adicta a la Biblia y a contársela a otros. Agradecida a la vida, al cariño de tantos amigos y al sentido del humor. Aficionada al cine, a la música polifónica y a Gomaespuma. Lectora desordenada y escritora de vuelo corto. Orgullosa de ser columnista de alandar. Tratando de callarme más, rezar más y vivir más atenta al latido del corazón de Dios en el corazón del mundo.

Fuente Alandar

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Jueves Santo: Tres meditaciones sobre el Evangelio de San Juan 13, 1-15, por Joseba Kamiruaga Mieza CMF.

jueves, 17 de abril de 2025
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De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):

La fracción del pan: haced esto en memoria mía 

Con la Liturgia de la Cena del Señor intentamos, sólo podemos intentar, entrar en el misterio pascual, el misterio de nuestra salvación que revivimos en estos tres días santos de la pasión, muerte y resurrección del Señor.

Es sobre todo la escucha de la Palabra lo que nos permite participar en este misterio: lo que hemos escuchado como Ley en el libro del Éxodo (Ex 12,1-14), la memoria eucarística que Pablo da a los cristianos de Corinto (1 Cor 11,23-32) y el Evangelio del lavatorio de los pies (Jn 13,1-15) nos dicen algunos aspectos de la Pascua del Señor, y nosotros en nuestra pobreza de año en año tratamos de escrutarlos, de conocerlos un poco más, para poder pasar del conocimiento al amor del Señor, del conocimiento a la realización cotidiana de lo que se nos revela.

El Misterio Pascual nos parece cada vez más inagotable y somos cada vez más conscientes de nuestra insuficiencia para acoger y transmitir esta Palabra del Señor. Voy a intentar detenerme en el pasaje de San Pablo sobre la institución de la Eucaristía por Jesús. Me detengo solo en unas pocas palabras, sin pretender comentar el pasaje completo. Pero éstas son aclaraciones, las que nos da el mensaje de San Pablo, que son urgentes y decisivas para la vida cristiana de cada uno de nosotros y de cada comunidad.

Ante todo, el Apóstol recuerda a los cristianos que la acción que realizan en el seno de sus comunidades, especialmente en el Día del Señor, es una acción que recibió directamente del Señor, y que les transmitió a ellos, los cristianos de Corinto, anunciando la Buena Noticia del Evangelio. ¡San Pablo recibió una acción, un gesto, unas palabras que vienen del mismo Señor! La Eucaristía no es algo que la Iglesia se ha dado a sí misma o que alguien ha reglamentado: es simplemente una acción recibida del Señor y que debe ser transmitida siempre a los creyentes en Él en la plenitud del misterio que contiene.

Por eso San Pablo precisa ante todo: “La noche en que Jesús fue entregado”, es decir, en la noche de la traición, en la noche del no reconocimiento, en la noche del abandono por parte de todos los discípulos. Si hay una hora de negación de vínculos en la comunidad del Señor, es precisamente esa: y precisamente en esa situación Jesús entrega el gesto y las palabras eucarísticas.

Éste es ya un mensaje en sí mismo: “la noche en que fue entregado”, y significativamente la Iglesia en la liturgia occidental nos hace repetirlo en todas las oraciones eucarísticas. “La noche en que fue traicionado”, o se podría decir: “la noche en que fue abandonado”, “la noche en que fue negado por Pedro”.

Éste es verdaderamente el contexto en el que Jesús da el don de la Eucaristía, da el don de la alianza, pero precisamente cuando la alianza es existencialmente rota, destrozada por todos aquellos que pertenecían a la comunidad del Señor. En esa noche Jesús realiza gestos y palabras: ésta es la Eucaristía, memorial esencial de la vida de toda Iglesia.

En la noche en la que se niega la alianza, Jesús celebra su alianza con los suyos. Debemos acoger en toda su verdad escandalosa este contexto del don de la Eucaristía, que sucedió aquella noche no porque fuera la última noche antes del arresto, sino porque fue la noche en la que Jesús sufrió exactamente aquello de lo que somos capaces como hombres: traicionar, negar, abandonar.

De todos los Evangelios se desprende claramente que Jesús quiere tener una cena, una comida de alianza con sus discípulos. Él quiso, planeó esta comida, incluso envió algunos discípulos a prepararla, y cuando llegó la hora declaró: «He deseado ardientemente comer esta cena con vosotros» (cf. Lc 22,14).

Es significativo que el cuarto evangelio ni siquiera nos diga si se trataba de una comida pascual, como especifican los evangelios sinópticos: lo importante, según San Juan, es que se trataba de una comida de alianza. Si miramos lo que realmente hay detrás de esa velada, no es tanto la Pascua en sí, sino la alianza.

Por eso, toda esa comida se resume en el ritual del pan y en el ritual del vino, en un paralelismo que genera un gran significado. El pan y el vino, elementos esenciales de la comida judía, adquieren en esta cena un significado que transciende su materialidad: Jesús quiso que aquella comida no fuera sólo para comer y beber, siempre en un contexto de oración y de liturgia, sino que sobre todo quiso, a través de ese pan y de ese vino, celebrar la alianza.

Por eso San Pablo recuerda que «Jesús tomó el pan, dio gracias y lo partió»: Jesús da gracias, es decir, dice una palabra de bendición a Dios, y en la alabanza, en la bendición, en la acción de gracias a Dios parte el pan. Esto es lo esencial, y es algo de la Eucaristía que no meditamos lo suficiente, quizá también porque en nuestras Eucaristías la fracción del pan no recibe ningún significado por parte de quienes las celebran. Y en cambio la fracción del pan es importante, es esencial. Jesús toma en sus manos el pan, es decir, un pan que recibe y acoge de Dios; reconoce que es un don que viene de Dios. Luego lo parte, lo divide, lo comparte. Aquí está la fracción del pan.

La comida es una acción humana –ciertamente sólo los humanos saben hacerlo, no los animales–, pero en esa comida el creyente recibe, agradece y comparte. Se recibe el pan para compartirlo, para “partirlo”, para luego distribuirlo a todos los que están alrededor de la mesa, para que todos compartan el mismo pan.

Así Jesús constituye la comunidad de la mesa, de aquellos que comparten el mismo pan, que por tanto participan de la comunión, son koinonoí y forman una koinonía, una comunión (este es el lenguaje de San Pablo). La mesa eucarística de Jesús no se define por ser justa o injusta: no había personas dignas aquella noche, en aquella comida eucarística.

Pero en ese mismo contexto Jesús dio el pan diciendo: “Es mi cuerpo por vosotros”. Al comer este pan, al alimentarnos todos del mismo alimento, vivimos la misma vida que es la vida de Jesús, vida de la que su cuerpo fue la manifestación más real posible. Todo esto hasta que seamos un solo cuerpo, el cuerpo de Cristo, el cuerpo del cual Cristo es la cabeza y del cual nosotros somos los miembros, indignos pero miembros. Éste es el verdadero y profundo dinamismo eucarístico, ante el cual nuestras preocupaciones sobre la presencia real no sólo son inadecuadas, sino engañosas y sobre todo muy poco inteligentes.

Precisamente repitiendo este gesto y estas palabras, como gesto y palabras de Jesús, desde aquella tarde de la traición hasta el día de su regreso en la gloria, entramos en esta dinámica espiritual en la que nos convertimos en cuerpo de Cristo y Cristo se hace vida en nosotros.

¡La Eucaristía es esto y no es otra cosa! Es estar en la mesa del Señor, en la que Él parte su cuerpo, es decir, nos da su vida. No podemos olvidar que aquella tarde Jesús partió el pan para los doce apóstoles que lo abandonaron, lo negaron, lo traicionaron; como durante su vida había partido el pan con sus amigos en Betania; como había partido el pan mientras comía en las casas de los pecadores; mientras partía el pan con la multitud que había venido a Él y entendía poco de lo que decía y hacía. La verdad es que Jesús partió el pan con todo tipo de invitados, ¡todos pecadores!

Pero San Pablo, tras recordar este primer rito eucarístico, en el que la Eucaristía es comunión en Cristo de los hombres llamados a salir del pecado, de la condición de pecadores, nos recuerda en paralelo el segundo rito: «Del mismo modo… tomó la copa, diciendo: “Esta copa es la nueva alianza en mi sangre. Haced esto, cuantas veces la bebáis, en memoria mía”».

Las palabras del cáliz profundizan aún más la vida comunitaria, la koinonía, indicada sobre todo por el pan partido, porque especifican que esta vida es vida en la alianza. Lo que atestigua la tradición de Jerusalén, según Marcos y Mateo: «Esta es mi sangre de la nueva alianza» (Mc 14,23; Mt 26,27), lo afirma claramente la tradición antioquena seguida por Lucas (Lc 22,25) y por Pablo: «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre».

He aquí el término calificativo: “nueva alianza”. El pacto entre Dios e Israel había sido roto: “¡Este pacto, mi pacto, lo habéis roto!” (cf. Jr 31,2) –, y por eso Dios había prometido una nueva (cf. Jr 31,31), que Jesús mismo inaugura: ese cáliz que Jesús tiene en sus manos es la nueva alianza en su sangre.

Ahora bien, para entrar en la alianza con Dios, es necesario formar parte de la nueva alianza, en el sentido de la alianza definitiva, la alianza sellada en la sangre de Jesús. Esa copa, gracias a la palabra eficaz de Jesús, contiene su sangre, y esa sangre es la nueva alianza, o, si se prefiere, la vida de Jesús es la nueva alianza.

Porque si el Siervo recibió la misión de ser «alianza para todos los pueblos» (cf. Is 42,6), Jesús tiene la misión de ser Él mismo la alianza nueva y definitiva, para siempre, que no podrá romperse jamás, una alianza eterna. Y así con esta segunda señal y con estas palabras vemos que lo que era una koinonía es también un pacto.

Podríamos decir, parafraseando el comentario de San Pablo a las palabras del pan: «Como hay una sola copa, participamos de la única vida que es Jesucristo, porque bebemos de una sola copa». 

La sangre es vida, y Jesús la gastó en un sacrificio existencial, no en un sacrificio ritual como los que tenían lugar en el Templo: en el sacrificio de Jesús no hay ningún rito, sino que está la ofrenda de su vida, de toda su existencia, a Dios y a los hermanos.

Ay de nosotros si en el cáliz viéramos sólo la sangre de la Pasión del Señor, sólo el acto preciso de su muerte: la sangre es toda la vida de Jesús, toda su vida humana que fue sacrificio existencial, vida de servicio, de cuidado, de «amor hasta el extremo» (cf. Jn 13,1) a los hermanos.

Jesús vivió así, leamos un poco mejor los Evangelios: a Él no le preocupaba mucho nuestro pecado, le preocupaba el sufrimiento que encontraba entre nosotros. Ésta es la verdad de Jesucristo, que debemos recordar nosotros que tantas veces hablamos en su nombre y somos capaces de ver más el pecado que el sufrimiento de los hombres.

No olvidemos cómo la Carta a los Hebreos reinterpretó el sacrificio de Cristo desde una perspectiva verdaderamente cristiana: «Al venir al mundo», es decir, al hacerse hombre, Jesús le dice a Dios, casi orando: «Sacrificios y ofrendas rituales no quisiste, holocaustos y ofrendas por el pecado no te agradaron, porque no te agradaron y fueron ineficaces. Entonces dije: He aquí que vengo… para hacer, oh Dios, tu voluntad» (cf. Hb 10,5-7; Sal 40,7-9).

Éste es el sacrificio existencial de Jesús: toda su vida, significada por la sangre que es la vida de todo hombre, fue entregada plena, totalmente a Dios y a los hombres.

Por eso la koinonía, que nos recuerda la fracción del pan, aparece en el signo del cáliz como alianza nueva y definitiva, “alianza eterna” – dirá también la Carta a los Hebreos (Hb 13,20) – que no falla nunca. San Pablo no especifica que esta sangre de la alianza es “derramada para remisión de los pecados” (Mt 26,27), “derramada por las multitudes” (Mc 14,24), “derramada por vosotros” (Lc 22,20), pero esto se entiende, porque donde hay alianza ya no hay pecado, los pecados son perdonados y se establece una comunión con Dios más fuerte que la separación del pecado.

La Eucaristía es pues esta comunión en alianza, en la que cada uno de nosotros permanece con su propia responsabilidad. El Señor se la ofreció a todos: a Judas que lo traicionó, a Pedro que lo negó, a aquellos discípulos insensatos y sin ninguna convicción valiente. Eran huéspedes de Jesús, igual que nosotros. Cada uno de nosotros puede preguntarse si no somos Judas, si no somos Pedro, si no somos uno de los discípulos que abandonaron a Jesús.

Lo que San Pablo nos pide es «reconocer el cuerpo de Cristo»: solo si reconocemos el cuerpo y la sangre de Cristo, es decir, su vida, no somos condenados; y sólo aquellos que no reconocen la vida de Cristo “comen y beben su propia condenación”, porque no ven el don que Dios les da.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

***

Lavaos los pies unos a otros en memoria mía 

Comenzamos a revivir las acciones y palabras de Jesús, escuchándolas, acogiéndolas en nuestro corazón y meditándolas, porque esto es lo único que podemos hacer aquí y ahora, juntos. Todos estamos dispuestos a beber de la fuente del misterio, porque sostenidos por esta agua que brota en nosotros (cf. Jn 4,14), podemos vivir precisamente viviendo este misterio en nuestra carne y en nuestra mente.

Cada uno de nosotros tiene su propio peso sobre los hombros y sobre el corazón: sí, con el corazón agobiado por el peso del duro trabajo de vivir, agobiado por nuestros pecados, que no son otra cosa que contradicciones al amor, agobiado por la conciencia de nuestra incapacidad cada vez mayor para ser coherentes con lo que hemos aprendido y seguimos conociendo del mismo Jesús.  Leer más…

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Jesús para ti, Jesús para el mundo .»Procesión» de imágenes de Semana Santa

jueves, 17 de abril de 2025
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rosto-de-jesus-na-multidaoDel blog de Xabier Pikaza:

Se llamaba Jesús, como Josué, primer conquistador israelita, pero la tradición cristiana ha resaltado su sentido mesiánico diciendo que Jesús significa “Dios salva” (Mt 1, 21),  añadiendo que es el Cristo, ungido de Dios o Mesías (cf. Mc 8, 29 par).

A partir de aquí, los  cristianos  le han dado otros títulos, han destacado otras  funciones y así he querido  hoy destacar algunas,  ofreciendo una nueva procesión personal de Semana Santa

1.JESÚS ES HIJO DE…

 Entre los hebreos un hombre se definía por su padre (en hebreo ben, en arameo bar, en árabe ibn) y así Jesús aparece como “hijo” de una serie de personajes que definen hasta hoy su identidad:

‒ Hijo de Abraham. Todos los judíos se consideraban hijos de Abraham, patriarca original de los semitas occidentales, también se consideran hijos de Abraham (por línea de Agar e Ismael) los árabes… Pablo le presenta así como Hijo de Abraham, heredero de las promesas en Gal 3‒4 y en Rom 4, lo mismo que Mt 1, 1.

‒ Hijo de David (Mc 10, 48; cf. 12, 37), heredero de las promesas mesiánicas, rey vencedor sobre los enemigos del pueblo… Pronto esa visión de Jesús como hijo de David toma matices distintos: Es sabio como Salomón, es misericordioso…

‒ Hijo de María(Mc 6, 3), denominación sorprendente de tipo metronímico, pues le vincula con la madre más que con el padre… Esa es la visión que está en el fondo de la historia de los magos en Mt 2, lo mismo que en los evangelios de la infancia (Lc 1‒2, Mt 1‒2).Esa visión ha marcado toda la tradición cristiana.

‒ Hijo de hombretítulo que aparece en diversos contextos de poder (Mc 2, 10.28), de entrega de la vida (Mc 8, 31; 9, 31; 10, 33) y de venida escatológica (cf. Mc 13, 26; 14, 62). Jesús es Hijo de hombre porque ha nacido de otros, integrándose en una experiencia y proceso de generación. Pero, al mismo tiempo, es Hijo de Dios: proviene de la humanidad, naciendo de Dios, conforme al testimonio unánime de los evangelios. Esta solidaridad receptiva le define, desde el principio de la iglesia como Aquel que depende de otros naciendo de Dios, como aquel que ofrece a los otros la vida del amor de Dios

‒ Hijo de Dioscomo pone de relieve Marcos en el comienzo de su evangelio (Mc 1, 1). Este título tiene una larga prehistoria, no sólo en el paganismo ambiental (donde cualquier taumaturgo o místico puede llamarse Hijo de Dios), sino en el judaísmo, donde el pueblo israelita y su rey reciben este nombre de hijos de Dios. Por su especial vinculación con Dios, en plano de conocimiento profundo y obediencia (cumplimiento de la voluntad divina), Jesús se llamó a sí mismo Hijo de Dios. No es Hijo de Dios quien puede y manda, imponiéndose sobre los demás, sino quien puede y ama, obedeciendo en gesto de entrega de la vida. Siguiendo en esa línea, la comunidad cristiana le ha concebido después como el Hijo de Dios por antonomasia (el Hijo), no sólo en su vida temporal (en vocación/bautismo o nacimiento), sino en la misma intimidad de lo divino (cf. Mt 11, 25-30 par, y en todo el evangelio de Juan.

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NOMBRES DE ACCIÓN, LAS OBRAS DE CRISTO

‒ Exorcista, vencedor. Los evangelios le presenta como aquel que ha luchado contra el Diablo (Mc 1, 12-13), expulsando a los demonios, como indica la controversia de Mc 3, 21-30. En esa línea aparece como el gran Vencedor, el más Fuerte (Christus Victor), que libera a los hombres de la opresión (posesión) de lo diabólico.

‒ Sanador, terapeuta Éste es quizá (con el de exorcista) el nombre más importante que le atribuye la tradición sinóptica… La verdadera libertad es la “salud”: Que los hombres, en especial los enfermos y excluidos vivan… Una tradición muy temprana, propia de los adversarios, le llamará muy pronto mago, hechicero…, hombre de fondo diabólico que cura en un sentido para oprimir mejor. Así le presentan los adversarios dentro del mismo judaísmo como en el mundo pagano, como ha puesto de relieve el filósofo Celso en el siglo II d.C. Cristo es el gran engañador.

‒ Maestro, rabino, rabbi… (cf. Mc 4, 18; 5, 35; 9, 17.38; 10, 17.20.35; 12, 14.19.32, etc.), título que se utiliza en varios niveles, desde dentro y desde fuera de la Iglesia, presentándole como alguien que tiene autoridad para enseñar y formar discípulos. Éste es el título más utilizado por la tradición cristiana primitiva… Jesús es el gran Maestro, el que enseña (el didáskalos…). No se impone como rey, sino que dirige e ilumina a los hombres por la verdad… En esa línea, en el juicio de Pilato, según el evangelio de Juan, él es rey porque “enseña”, porque dice la verdad.

‒ Profeta y siervo de DiosEs Profeta (Mc 6, 15; 8, 28), no se limita a enseñar como maestro, sino que proclama la palabra, en gesto de anuncio y denuncia, en una línea que puede compararse a la de Juan Bautista. Pues bien, Jesús se ha pensado y presentado a sí mismo como Profeta escatológico en quien viene a culminar la esperanza israelita. Así le han visto e invocado también tras la pascua los judeo-cristianos. Pero, al mismo tiempo, ellos le han llamado Siervo (Servidor) de Dios, porque ha realizado la tarea de Dios sobre el mundo, en la perspectiva del Siervo de Yahvé del Segundo Isaías. Muchos israelitas veneraban (e incluso esperaban) la figura de un misterioso Siervo de Dios que debía enseñarles la lección fundamental de la historia: aceptar y transformar el sufrimiento. Aprender a sufrir y sufrir por los demás: ésta es la máxima experiencia salvadora. De un modo consecuente, siendo profeta escatológico, Jesús aparece también como el Siervo sufriente de Dios. No ha realizado su tarea triunfando, imponiendo su vida sobre los demás, sino muriendo por ellos, en actitud expiatoria (cf. Hch 4, 30; Mt 12, 15-21).

‒ Compasivo, misericordioso, hombre para los demás. Así le presentan sobre todo los evangelios de Mateo y Lucas (Manso y humilde de corazón, cargó con nuestros dolores…). Así le presenta la iglesia retomando un texto de Oseas, cf. Mt 9, 10‒13; 11, 1‒6. Según eso, la presencia de Dios en el mundo es la misericordia… Puso la misericordia por encima de un tipo de culto sacral judío o de justicia romana y por eso le mataron.

‒ Pastor, pescador En la línea anterior, desde la perspectiva de su acción, la iglesia le presentará muy pronto como buen pastor, que guía a las ovejas (Jn 10)y también como pescador paradójico, con discípulos pescadores (Mc 1, 16-20). No pesca para matar a los peces, sino para salvar a los hombres…

‒ Mesías, el CristoEs quizá el nombre más discutido, aquel por el cual ha muerto, ha sido el Mesías o Cristo, como le llama Pedro (Mc 8, 29) y como supone la pregunta del sumo sacerdote (14, 61), con el sarcasmo de los sacerdotes (Mc 15, 32); para ellos, Jesús sería un pretendiente mesiánico (fracasado). Muchos judíos esperaban la llegada de un Mesías concebido sobre todo en términos políticos, instaurando y expresando sobre el mundo la verdad del Gobierno de Dios. Jesús estaba convencido de la verdad de esa visión (y en esa línea pudo presentarse como nazoreo), pero no quiso aceptar los aspectos militares vinculados con el mesianismo. Sabía que el Gobierno de Dios no se impone por las armas ni por otros medios de violencia. Por eso, evitó ese título a lo largo de su vida, aceptándolo sólo de manera abierta y clara al final de su camino, ante el tribunal que le condenaba a muerte. En esa línea, Rom 1, 2-3 afirma que Jesús fue “hijo de David” según la carne, es decir, en un plano histórico fracasado. Jesús no se ha limitado a proclamar la venida de un Reino futuro, independiente de su vida, sino que ha visto su misma vida integrada en ese reino.

3.NOMBRES DE PASIÓN Y MUERTE, EL CRISTO DE SEMANA SANTA

IMG_0842El Entregado, traicionado… (cf. Mc 9, 31 y 10, 33). Ésta es una de las tradiciones más importantes de los evangelios… Jesús no ha sido sólo crucificado (ajusticiado) por los hombres de la justicia de este mundo, sino que ha sido traicionado y entregado por aquellos en quienes había confiado…

El juzgado y condenado. Así le presenta no sólo la tradición sinóptica, sino el mismo Pablo en Gálatas. El hombre judío era el que estaba bajo la ley, el romano era el que estaba bajo la justicia… Pues bien, la mejor ley del mundo, la mejor justicia le han condenado. Así aparece Jesús como la piedra rechazada por los arquitectos de la historia (Mt 21, 42 par), conforme a una acerada tradición israelita (Sal 118, 22‒23). Así es Jesús, el hombre excluido, descartado para el templo del poder y sacralidad del mundo.

El Torturado, el Crucificado, hombre de dolores (Mc 16, 6, en la línea de Is 53, 3). Así le llama el joven de la pascua, añadiendo que Dios le ha resucitado. Al principio, la crucifixión era un escándalo, algo contrario a la fe, tanto en línea israelita como griega. Pero después, una vez que se ha visto a Jesús como hombre verdadero, Hijo de Dios, se puede afirmar también el valor salvador de la crucifixión, viendo en ella el testimonio más grande del amor de Dios: sólo así puede ser Mesías de Dios aquel que ofrecesu vida por todos, porque Dios es vida que se ofrece y se comparte.

Nazoreo-nazareno (Mc 14, 67; 16, 3). Así le presenta el título de la cruz… Jesús nazoreo, rey de los judíos (Jn 19, 19), que indica su procedencia y condición: su procedencia geográfica (de Nazaret de Galilea) o su origen mesiánico (forma parte del nezer o estirpe mesiánica de Jesé-David, como parece indicar Mt 2, 23 y Jn 19, 19). Es la raíz, es la semilla de la nueva humanidad

Paulinas. NOVEDAD DE JESUS (PIKAZA)

4.NOMBRES DE PASCUA, VICTORIA DE CRISTO

‒ Resucitado. Éste es el nombre y título puede verse en el en el fondo de toda la tradición sinóptica, desde Mc 16, 6, y de 8, 31; 9, 31; 1, 34; 14, 28. Es el título de la tradición de San Pablo, la primera conocida y desarrollada por el mensaje de la iglesia. Resucitado no es el que sale de la historia de los hombres, para habitar en un mundo distinto de cielo supracósmico, sino aquel que es semilla de nueva humanidad.

‒ Primogénito de entre los muertos, el Precursor… Primero de los que renacen de la muerte (cf. Ap 1, 5). En esa línea se le llama el “pródromos” o explorador (Hbr 6, 20), el que abre una vía de humanidad, camino de futuro, promesa de vida… en una historia siempre amenazada por la muerte. La tradición posterior insistirá en Juan Bautista como precursor de Jesús. Pero la carta a los Hebreos presenta al mismo Jesús como pro‒dromos (primer correror, precursor) de la nueva humanidad… En esa línea se sitúa el evangelio de Juan cuando dice que Jesús ofrecerá a los hombres su espíritu (paráclito) para que hagan (hagamos) sus obras y aún mayores (Jn 14, 12)

‒ SeñorGran parte de los exegetas de la primera mitad del siglo XX pensaban que Jesús sólo había sido venerado como Kyrios o Señor* divino en las comunidades helenistas, influidas por la cultura y religión griega. Para los primeros cristianos palestinos Jesús habría sido simplemente un profeta moralista y un predicador del reino futuro. Eso significaría que el cristianismo como religión sólo pudo nacer en un contexto de cultura griega. Pues bien, en contra de eso, debemos afirmar que el título y culto del Kyrios divino provienen de la comunidad palestina, que invocaba ya a Jesús en arameo como su Marán o Señor, pidiéndole que venga a culminar su obra. Lógicamente, ese mismo título, que pone de relieve la condición divina de Jesús (presente en las comunidades de los cristianos), sirve para definir su experiencia social: los que veneran a Jesús como Kyrios, deben oponerse al culto político imperial del «Kyrios» de Roma. Éste Jesús muerto y resucitado es el Nombre sobre todo nombre, para que al Nombre de Jesús… (Flp 2, 6‒11).

5.TÍTULOS PERSONALES: COMPAÑERO, NOVIO, AMIGO

‒ Novio y esposo del creyente, el gran amigo. Esta visión ha sido más desarrollada por mujeres, pero también por varones, al menos desde la Edad Media. Tiene raíces bíblicas, pues el Nuevo Testamento presenta a Jesús, al menos implícitamente, como esposo (cf. Mc 2, 19; Mt 25, 1-13; 2 Cor 11, 2; Ef 5, 22-33), siguiendo un mensaje de los profetas del amor de Dios (como Oseas y el Segundo y Tercer Isaías). En esta línea, la fe mesiánica más honda aparece como experiencia de enamoramiento y unión con Jesús, quien viene a presentarse como encarnación personal del amor de Dios. Éste es el Cristo de Teresa y Juan de la Cruz, de los enamorados de (en) Dios de todos los tiempos de la Iglesia. Éste es el Cristo místico, centro y sentido de la vida de millones de creyentes.

‒ Hermano universal, familia de DiosSegún la tradición, Jesús no se ha perpetuado en unos hijos que transmiten su memoria. Ciertamente, el Nuevo Testamento habla de sus hermanos (Santiago, Judas etc.) y afirma que dirigieron la iglesia de Jerusalén. Pero Jesús no ha trasmitido su memoria a través ellos, sino por medio de discípulos (seguidores, hermanos, varones y mujeres), que le han visto tras la muerte, reconociéndole como Señor (=Kyrios) y hermano de todos los que sufren (cf. Mt 25, 31-46). Jesús no ha dejado una familia, no ha fundado un califato, donde el poder va pasando por generaciones, de padres a hijos, como en las dinastías de reyes y sacerdotes del mundo, sino que extiende su familia como fraternidad universal, diciendo «haced discípulos a todos los pueblos» (cf. Mt 28, 16-20) y añadiendo «no llaméis a nadie Padre, pues sólo uno es vuestro Padre, el de los cielos y todos vosotros sois hermanos» (cf. Mt 23, 7-12). Así le presentó Karl Adam en un libro (Cristo, nuestro hermano) que deberá reformularse en nuestro tiempo.

 Hermano especial de los hambrientos y excluidos… No es hermano sólo espiritual, en línea genérica…, sino hermanos de los hambrientos, exilados, desnudos, enfermos y encarcelados de la tierra (Mt 25, 31‒47). Ciertamente, se puede cantar: “Porque Cristo nuestro hermano, nos ha redimido, Iglesia alégrate…”. Pero el canto se debe transformar en vida y obra: “Dar de comer a los hermanos más pobres, los hambrientos…”

‒ Novio, amigo, amor Así aparece en el evangelio y en la tradición del Discípulo Amado… Jesús es en primer lugar aquel “Amado” primigenio, que ha venido para dejarse amar (como afirma la tradición del Shema de Dt 6, 4‒6: Amarás, Dios es aquel que se deja amar). Viene desde el principio bajo la imagen del novio cercano (cf. bodas de Jn 2, 1‒11), aparece luego (¡al mismo tiempo!) como amigo de todos los amigos (Jn 15, 15), y termina apareciendo en Dios como amor de todos los amores (1 Jn 4, 7‒9). La tradición posterior ha interpretado la realidad como “ser”, construyendo una cristología más ontológica que mesiánica. Conforme al evangelio, el ser es amor, y Cristo el amor encarnado. Leer más…

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Palabras de María Dolorosa a su Hijo muerto en la cruz

miércoles, 16 de abril de 2025
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Del blog de Pedro Miguel Lamet:

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Dedicado todas las víctimas de la guerra de Ucrania,  Gaza, Israel, República Democrática del Congo, Sudán del sur, Yemen, Haití… y otros conflictos armados).

 

06.04.2022 | Pedro Miguel Lamet

PALABRAS DE MARÍA DOLOROSA
A SU HIJO MUERTO EN LA CRUZ

¿Qué te han hecho, Jesús, hijo del alma?
¿A dónde el odio y la envidia te han traído,
que tu cuerpo te sangra malherido
y una espada atraviesa mis entrañas?

¿Dónde fueron las risas de aquel niño
que jugaba en la puerta de mi casa?
¿Dónde partió mi joven carpintero,
dónde, muerto José, mi único amigo?

Te ha matado el poder, la fuerza bruta
que no sabe de luz, que solo mata.
Ya no puedo escuchar tu voz bendita
ni puedo acariciarte con mis nanas.

El tiempo se ha parado, todo es noche,
tus discípulos todos han huido.
No hay consuelo ni alivio. Pon tu calma
en medio del dolor, mira qué frío
llena al mundo de miedo y pesadumbre.

Todo pide que vuelvas con tu Pascua.
Resucita, Jesús, en tus hermanos
vuelve otra vez a tus campos y tu barca.
Siembra entre los hombres el alivio
de saber que la vida es tu Palabra.

Repártenos tu Pan, danos tu Vino,
confirma que el Amor todo lo salva.
¡Vuelve a mostrar de nuevo tu camino!
¡Ven, Jesús, resucita! ¡Maranatha!

*

Pedro Miguel Lamet

***

Dedico este poema a todas las madres, esposas, hijos e hijas de las víctimas de la injusta e inexplicable agresión bélica de la Rusia de Putin a Ucrania, cuando esta Semana Santa nuestro pueblo paseará de nuevo las imágenes de la Dolorosa por nuestras calles para enjugar todas las lágrimas.

Foto: “Nuestra Señora de los Dolores”. ©PMLamet

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Miércoles Santo: tres meditaciones sobre el Evangelio de San Mateo 26, 14-25, por Joseba Kamiruaga Mieza CMF.

miércoles, 16 de abril de 2025
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imageDe su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):

La hora de la oscuridad

Noche prieta. Oscuridad en el cielo en el corazón. Jesús conoce y no rehúye, con valentía heroica, la ternura del amante y los miedos más humanos.

Uno de vosotros me traicionará. Un amigo entre vosotros amigos, uno que yo elegí.

Pero lo llamará “amigo” hasta el final porque Jesús elimina el concepto mismo de enemigo del corazón del hombre.

Judas dijo: ¿Soy yo, Rabino? ¡Qué descaro!, diríamos. Y le pareció bien traicionar por treinta monedas, por la décima parte de un frasco de nardo, de ungüento funerario…

La respuesta está en tu pregunta. Te desenmascara. Porque mientras todos los demás llaman a Jesús “Señor”, sólo Judas lo llama “Rabí, Maestro”. Considerar a Jesús como maestro de vida y no como la vida misma es ya traicionarlo.

Jesús no vino a traer un nuevo sistema de pensamiento, una teoría mejor sobre el hombre, una moral más avanzada, sino a encender en nosotros el deseo de una vida aún abundante, mayor, plena, eterna. Para traer la vida de Dios a nosotros. Inagotable, ilimitada, siempre disponible para aprovechar.

Traicionar a una persona es una infamia, pero traicionar a alguien que te ama es una forma de suicidio.

Judas lo demostrará colgándose del árbol.

Debería haberse colgado del cuello de Jesús, creyendo en su amor.

Creer que el Señor de la luz entra en todas las tinieblas del hombre. Es su contraataque, desarmado y victorioso.

Nuestras infidelidades son las manos que tenemos para acogerlo.

Nuestras fragilidades son las fracturas sobre las que se produce la curación.

Nuestras traiciones son las grietas por donde la luz entra en nuestra oscuridad.

Todo tiene sus grietas, pero es por las grietas que entra la luz.

La luz de Dios.

Sus heridas son nuestra curación sanadora y salvadora.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Aprender la gratuidad 

La traición de Judas, un gran misterio del corazón de un hombre que aceptó la llamada de Jesús pero se opuso a ella hasta tal punto que decidió entregarlo a sus enemigos. Las teorías interpretativas sobre la traición de Judas no aprovechan porque en esto tampoco ayudan los Evangelios, muy esenciales en su narración y nada interesados en resolver nuestra curiosidad.

Hay quien afirma que Judas, con su traición, ha intentado como forzar la mano de Jesús para obligarle a manifestarse como el Mesías de Dios poderoso contra el mal, victorioso contra toda injusticia. Siempre tenemos la tentación de llevar a Dios por nuestro propio camino en lugar de confiar en Él para seguir el que nos ha establecido.

Es interesante en este pasaje del Evangelio que cada uno de los discípulos, ante el anuncio de la traición de alguien de entre ellos, se pregunta y pregunta a Jesús si, por casualidad, es él mismo el traidor. Me parece que esta sinceridad de los discípulos nos ayuda más que una actitud de juicio hacia Judas.

También nosotros debemos preguntarnos hoy si no seremos nosotros los que traicionemos a nuestro Maestro y Señor. También nosotros podemos preguntarnos si, como el Siervo de Dios de Isaías, estamos dispuestos a no retroceder, a mantener el oído atento y a perseverar en la confianza en Dios incluso cuando las cosas se ponen difíciles y la oposición es violenta.

Cabe hacerse la pregunta: ¿se puede poner precio al Amor? No. Y, sin embargo, comerciamos con el amor todas esas veces que en lugar de amar sólo nos ofrecemos al mejor postor.

Lo nuestro no es amor sino conveniencia. Usamos a Dios por conveniencia, usamos a los amigos por conveniencia, usamos a la gente que nos rodea por conveniencia. Somos incapaces de amar porque a nuestro lado no vemos personas a las que amar sino personas a las que utilizar. Este es el verdadero problema de Judas, y este es el grave problema de cada uno de nosotros.

Nunca podremos convertirnos de verdad hasta que no empecemos a ser libres. Amar gratuitamente. Para estar con la gente gratuitamente. Para rezar gratuitamente. No podremos hacer Pascua hasta que no nos quitemos de la cabeza la mentalidad comercial de Judas, que pone precio incluso a Jesús, y hasta que no asumamos en cambio la mentalidad de la gratuidad que suena así: «Señor creo en Ti y te amo aunque no respondas a ninguna de mis oraciones, porque el amor que te tengo no necesita pruebas ni resultados. Simplemente te amo». Cuando alcancemos esa gratuidad, quizá también nos sintamos realizados. Pero lo seremos como personas libres y no como traidores oportunistas.

Y no hay que referirse en primer lugar a Judas, sino a cada uno de nosotros, al traidor que habita en nosotros, al oportunista cuidadosamente escondido en nuestras elecciones y formas de pensar. Judas actúa un poco como espejo de cada uno de nosotros. En él sentimos malestar por esa parte de nosotros que se le parece pero que no queremos admitir que tenemos. Cuanto más duros somos con Judas, más seguimos queriendo escondernos.

Si admitiéramos que nosotros también somos un poco así, entonces recuperaríamos toda esa piedad que nunca le reservamos, y en lugar de pensar que hizo bien en suicidarse, intentaríamos salvarle la vida.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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El abismo del amor

La tierra entera resuena con un grito: un grito de nostalgia. Es la profunda melancolía del paraíso perdido, del Dios perdido, del amor y de la paz perdidos.

La tierra, con sus cardos y sus espinas, con sus prímulas y sus siemprevivas y sus estrellas y, de vez en cuando, su ternura, pero sólo de vez en cuando y furtivamente. Y su crueldad a menudo, demasiado a menudo, y sus lágrimas y sus sollozos. Y un día Dios no pudo soportarlo más. Dios ya no pudo contenerse más.

Y entonces tomó la descendencia de Adán y comenzó a gritar junto con sus hijos el mismo grito de nostalgia, arraigado en la angustia, arraigado en la sangre y en el amor, y se encarnó. Y subió a la cruz. Sólo para estar con nosotros y como nosotros. Sólo para que podamos estar con Él y como Él. Estar en la cruz es lo que Dios le debe en su amor al hombre que está en la cruz.

El amor conoce muchos deberes, pero el primero de estos deberes es estar con el amado. Sólo un Dios sube a la cruz y entra en la muerte porque cada uno de sus seres queridos entra en la muerte. Y cualquier otro gesto nos habría confirmado en una falsa idea de Dios. Solo la cruz disipa toda duda.

Cualquier hombre, cualquier rey, si pudiera, bajaría de la cruz. Sólo un Dios no baja de la cruz. La cruz es el abismo donde Dios se hace amante, la génesis perfecta de Dios entre los hombres. Esto dicen las primeras palabras dirigidas al mundo después de la muerte de Jesús: verdaderamente éste era el Hijo de Dios.

El acto de fe nace de la cruz: no, creer en la Pascua no es la verdadera fe: ¡es demasiado bella en Pascua! La verdadera fe está en el Viernes Santo cuando Dios no estaba allí, en silencio, ausente.  Cuando ningún eco responde al fuerte clamor.

La esencia del cristianismo es la contemplación del rostro de Dios crucificado. Estamos a las puertas santas del Triduo Pascual. Entramos en los días de nuestro destino, los días de la “venganza de Dios”: cuando Dios se venga de toda la distancia, de toda la indiferencia, de toda la separación, inventando la cruz que eleva la tierra, que abaja el cielo, que reúne los cuatro horizontes, la encrucijada de todos nuestros caminos dispersos.

Los brazos de Jesús, clavados y extendidos en un abrazo innegable, son las puertas del Edén abiertas para siempre; son un corazón dilatado hasta el punto de desgarrarse mucho antes de la estocada de la lanza; son la bienvenida a toda criatura, una alianza con todo lo viviente: la génesis del hombre en Dios.

Porque el amado nace de las heridas del corazón de quien le ama. El hombre nace del corazón traspasado de su Creador. Y comprende que la vida no es posesión ni robo, sino don de sí mismo; que Dios y la vida son don mutuo de sí mismo. Entonces la cruz es verdaderamente la gloria de Dios, la hora gloriosa de la vida.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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1.- Aprender la gratuidad: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/03/aprender-la-gratuidad.html

 2.- La hora de la oscuridad:  https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/03/la-hora-de-oscuridad.html

 3.- El abismo del amor: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/03/el-abismo-del-amor.html

 

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“Conspiración contra Jesús, el carpintero de Nazareth”, por Guillermo Jesús Kowalski

martes, 15 de abril de 2025
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Viacrucis con las víctimas


Del blog de Jesús Kowalski Poliedro y periferia:

La semana de la compasión de Dios

Es un Dios que se hizo carpintero, como uno de tantos, pobre y sin “contactos” o “enchufes” que lo pudieran sacar airoso de la situación…pero hizo falta un complot religioso-militar para “acabar” con Él, ya que su tiraje popular ponía en riesgo los sistemas de este mundo basados en el tener, el poder, la violencia, la vanidad del lujo…

Él sabe lo que es la pobreza desde que nació… Centra su atención en los que sufren, en los descartados, desprecia a los soberbios, como proclamó su madre en el Magnificat (Lc 1,46). Y a los que ayuda les pide que no lo anden divulgando (Mc 1,43), que Él no vino para montar un club de fans en las redes para alimentar su vanidad.

Más de una vez se pasaba por alto las normas rituales cuando lo que estaba en juego era el hambre o la salud de la persona. A nadie andaba “psicopateando” con eso de la “culpa” para manipular la conciencia de la gente. Hoy también busca liberarnos del egoísmo y la vanidad, no para caer en otras esclavitudes rituales e ideológicas, sino para “amar como Él nos ha amado

“Los dirigentes religiosos se dieron cuenta de que Jesús y ellos eran incompatibles…fueron lúcidos y consecuentes: o él o nosotros. Y tomaron la decisión lógica: hay que matarlo. Los sacerdotes exigían sumisión (hasta la muerte), mientras que Jesús daba la vida (para siempre).” (J.M.Castillo)

Jesús es la redención de la puerta de al lado. La salvación desde los pequeños, como el grano de mostaza, que se vuelve grande y estructural.

Jesús no llevó a cabo una de estas guerras moralistas actuales para demostrar que el adversario es peor. Él no vino a condenar, sino para salvar. El que lo sigue ya está cambiando el mundo para siempre, dejando una marca de eternidad en la historia.

Su nueva ética consistió en vivir la experiencia del mal en carne propia, solidarizándose con el doliente. Él decía con su vida: lo que a ti te pasa, a mí me pasa y vamos a hacer lo posible para solucionarlo, que para eso he venido al mundo, ése es el sentido de mi vida.

No le interesaba ser “bueno” cumpliendo con el “deber” o los reglamentos escritos por “los que mandan“. Conocía la trampa burguesa de los que “cumplen y mienten”. Era bastante criticado por esto. Más de una vez se pasaba por alto las normas rituales cuando lo que estaba en juego era el hambre o la salud de la persona. A nadie andaba “psicopateando” con eso de la “culpa” para manipular religiosamente las conciencias. Hoy también busca liberarnos del egoísmo y la vanidad no para caer en otras esclavitudes rituales e ideológicas, sino para “amar como Él nos ha amado” (Jn 13,34). No es un mandamiento más, sino uno “Nuevo“.

IMG_3738Sabía que el pecado era algo muy serio y no había que disimularlo en un mar de contravenciones ritualistas de control clerical. El pecado del mundo tiene que ver con usar los talentos de modo egoísta, para hacer daño, para someter y aprovecharse de los demás, para ser indiferentes al sufrimiento humano y la complicidad silenciosa con los sistemas injustos, máquinas reproductoras del mal.

A los “doctores de la ley” de ayer y de siempre no les gusta esta simplicidad, porque destruye su emperifollado chiringuito montado para “colar el mosquito y tragar el camello (Mt 23,24). Por eso “Jesús no se fiaba de ellos, porque sabía lo que había su corazón” (Jn 2,24) Podrían engañar a muchos y sostener su sistema con trampas e hipocresía, pero “Dios ve en lo secreto” (Mt 6,6) y “no hay nada oculto que no haya de ser manifestado; ni escondido, que no haya de salir a luz”. (Mc 4,22). La pandemia de pederastia de clérigos “célibes“, es una muestra de ese pus que sale a la superficie de un sistema farsante y soberbio, tan habituado a juzgar, condenar y discriminar a los demás.

A Jesús le interesaba las personas, ellas son lo real, no las ideas. Le interesaba y disfrutaba al darles de comer, curarlas, compartir la mesa, aliviar las cargas de la vida… Jesús es una vida para los demás, que Él llamó Reino de Dios y su Justicia.

Él no enseñó técnicas de introspección para gurúes, exóticas espiritualidades intimistas “fuga mundi” para unos pocos iluminados, sino la compasión para vecinos de la puerta de al lado. Puso todo de sí para darse de comer a los pobres y nos pidió que hagamos eso “en memoria de Él”…, en vez de “hacer tres carpas” para una embriaguez mística que nos aleje de la realidad. (Mc 9,5)

El centro de la vida de Jesús es la convivencia como fruto de la misericordia y el amor, no de la superioridad moral para justificar el dominio sobre los otros.  Él vino para convivir, no para “mandar” y que le hagan reverencias…por ser “más sagrado” que la plebe “profana”. Las reverencias deben ser para los que sufren, a quienes llama “bienaventurados” y son el Templo de la Nueva Alianza. El mérito no es competir y ganarle a los demás, sino hacer crecer los talentos para el bien común, que nunca será “bien” si no tiende a ser “común” y alcanza a los excluidos.

Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se anonadó así mismo, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de cruz”. (Filipenses 2 6)

Él es un Dios hecho carpintero, uno del montón, pobre y sin “contactos” o “enchufes” que lo pudieran sacar airoso de los problemas. No era como tantos otros delincuentes que hoy vemos entrar por una puerta y salir por la otra. Sin embargo, hizo falta un complot religioso-militar para “acabar” con Él, ya que su tiraje popular ponía en riesgo los sistemas de este mundo basados en el tener, el poder, la violencia y la vanidad del lujo protegido por un exagerado “derecho” de propiedad para pocos a costa de muchos.

Los dirigentes religiosos del judaísmo se dieron cuenta de que Jesús y ellos eran incompatibles. El peligro mayor estaba en la fe de los que tomaban a Jesús en serio. La fe, cuando es fe de verdad, representa una amenaza de muerte para el templo y para todo sistema religioso-político. Los hombres del Sanedrín fueron lúcidos y consecuentes: o él o nosotros. Y tomaron la decisión lógica: hay que matarlo. Los sacerdotes exigían sumisión (hasta la muerte), mientras que Jesús daba vida.” (“La religión de Jesús…”J.M.Castillo)

Al comenzar su vida pública en el desierto, Jesús había sido tentado por el príncipe del mal para usar sus mismas artimañas . Pero para Él, el fin no justifica los medios. No usa el método del demonio para hacer la voluntad de Dios. Es la historia que se repite todos los días. Y cada día tiene su aflicción y su juicio.

 La asimetría del poder económico, político o religioso generan las estructuras de pecado que condenan a Jesús. Ésta solo puede ser confrontada con la estructura de Gracia que Él inaugura y se llama Reino de Dios. Es un tejido de perdón y amor donde las asimetrías del sometimiento son allanadas y los dones e iniciativas individuales crecen para el servicio al Bien Común y no para las falsas meritocracias del postureo.

Jesús es la redención de la puerta de al lado. La salvación desde lo pequeño, como el grano de mostaza, que se vuelve grande y estructural. Su prédica no es bonachona y complaciente. Su propuesta de ser como niños para entrar en la lógica del Reino implica nacer de nuevo, una conversión profunda, una transformación que no está al alcance de lo humano pero que nos hace mucho mas humanos.

IMG_3737Jesús y el poder religioso.

Él pone el dedo en la llaga permanentemente. Su misericordia es conflictiva, “hace lío. Polemiza a rabiar con los escribas y fariseos que se creen “dueños de Dios”, llama “zorro” a Herodes, hecha a los mercaderes del templo a latigazos.

 Él sabe lo que es la pobreza desde que nació. No es como esos ricos buenorros con sentimiento de culpa que hacen un poco de beneficencia y volunturismo por el mundo para tranquilizar la conciencia y de paso posturearse aún más. Centra su atención en los que sufren, en los descartados, desprecia a los soberbios como proclama su madre en el Magnificat (Lc 1,46). Y a los que ayuda les pide que no lo anden divulgando (Mc 1,43), que Él no vino para montar un club de fans en las redes para alimentar su vanidad, como tantos predicadores del “éter“.

Ni se defiende en un juicio amañado cuya sentencia ya fue preparada de antemano. Incluso se muestra irreverente en el momento de ser juzgado ante Pilato: “ninguna autoridad tendrías sobre mi si no te fuese dada de arriba” (Jn 19)

Así como fue perseguido Jesús, sus seguidores de verdad, también lo son. Asistimos actualmente a una persecución fariseo- integrista del papa Francisco. Un fundamentalismo destructivo para la convivencia, la comunión eclesial y el servicio a la humanidad. El objetivo siempre es el mismo: callar a uno para que la ideología de este mundo siga beneficiándoles.

Una intransigencia pseudocatólica, cerrada al diálogo, que tiene más de Maurrás que de Francisco de Asís. Inspirados en los retrógrados Syllabus y Mirari vos más que en el esperanzador Gaudium et Spes. Reacios a comprender la evolución de la cultura y la ciencia, la democracia, las libertades, los derechos humanos, el nuevo papel de la Iglesia del Vaticano II y la Sinodalidad que vencen la soberbia del clericalismo y la autorreferencialidad eclesiástica.

El Nazareno continúa con su revolución de la compasión en las calles y en la voz de profetas como Francisco. Difícil encontrarlo en domesticadas imágenes en los templos de los mercaderes. Por eso están vacías las iglesias a no ser para el consumismo turístico que todo lo fagocita. Jesús es aclamado de día con ramos por un Pueblo sencillo que lo reconoce por su amor cercano que cura, alimenta y comparte. De noche, los conspiradores siguen planificando el sacrificio de los crucificados del mundo para perpetuar las estructuras del pecado.

Fuente Religión Digital

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Martes Santo: tres meditaciones sobre el Evangelio de San Juan 13, 21-33. 36-38, por Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 15 de abril de 2025
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IMG_0783De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):

Abismo de oscuridad

«En verdad, en verdad os digo que uno de vosotros me va a traicionar».

Cuando éramos pequeños e íbamos a la catequesis, nadie quería jugar a ser Judas.

Y quizás porque nadie quería avergonzarse por esta pregunta. Todos sabíamos quién era el culpable, pero a pesar de saberlo, teníamos miedo de que al final quedara claro para todos que todos y cada uno de nosotros éramos los culpables.

Creo que sólo así se puede justificar la excesiva curiosidad de los discípulos al querer descubrir su nombre. Y solo para saberlo, incluso están dispuestos a jugar la carta favorita y ganadora:

Uno de sus discípulos, a quien Jesús amaba, estaba reclinado a su lado. Simón Pedro le hizo señas para que preguntara de quién hablaba. Y él, reclinándose sobre el pecho de Jesús, le preguntó: «Señor, ¿quién es?». Jesús respondió: «Es aquel a quien le daré este bocado después de mojarlo».

Si nos detuviéramos en los gestos sencillos del relato, tendríamos que decir que Jesús señala al traidor con un gesto claro que es el de darle personalmente un bocado.

Sacramentalmente debemos decir que Jesús le ofrece claramente un gesto de intimidad, pero en lugar de ser salvación para él, esta intimidad se convierte en un abismo de oscuridad en él:

Y después de mojar el bocado, se lo dio a Judas Iscariote, hijo de Simón. Y después del bocado, Satanás entró en él. Entonces Jesús le dijo: «Lo que vas a hacer, hazlo pronto».

Con demasiada frecuencia nos sentimos seguros simplemente porque mantenemos una práctica cristiana que experimentamos más como un amuleto que como redención.

Pensamos que porque tomamos la Eucaristía todos los días o decimos oraciones, ciertamente nos mantendremos seguros y en el lado correcto.

El poder las tinieblas no tiene miedo de los sacramentos, especialmente cuando se toman sin que la persona decida seriamente convertirse.

Incluso los demonios creen que Jesús es el Hijo de Dios y que tiene toda la autoridad.

De hecho, paradójicamente, acercarnos a los sacramentos sin desear verdaderamente la conversión no sólo no nos mantiene a salvo sino que nos hace “comer y beber nuestra condenación”, como diría San Pablo. 

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Un beso traidor… que entra a forma parte del plan salvador de Dios

imageJudas se acercó a Jesús y le dijo: Hola, Maestro. Y él lo besó. Jesús le dijo: Amigo, ¿a qué has venido?” (Mateo 26,49-50).

En aquella noche oscura, en el Huerto de los Olivos, llamado en arameo Getsemaní (“lagar”), avanza Judas, el discípulo apodado “Iscariote”, quizá “hombre de Kariot”, un pueblo del sur de Tierra Santa, o –según las diversas hipótesis interpretativas formuladas por los estudiosos– una deformación del término latino sicarius, con el que los romanos marcaban a los rebeldes a su poder, o incluso ’ish-karja’, “hombre de mentira”, quizá un apodo negativo que se le dio posteriormente.

El famoso gesto del beso que realiza se ha convertido en emblema de la traición, y Jesús, según el Evangelio de Lucas, reacciona con tristeza: «Judas, ¿con un beso traicionas al Hijo del Hombre?» (22,48).

Mateo, por otra parte, sólo registra una reacción seca de Cristo: “¡Por eso estás aquí!”, en la práctica, “haz lo que has decidido hacer”. Pero esta frase, como un soplo, está introducida por un amargo “amigo”. El evangelista, sin embargo, referirá un desenlace inesperado de aquel gesto, pocas horas después de este breve diálogo entre el ex discípulo y su Maestro: Judas, en efecto, habiendo devuelto el precio de la traición a los remitentes, abrumado por el remordimiento, se ahorcará (27,5).

Tal vez había experimentado una decepción interna con su sueño de convertirse en un seguidor del Mesías político que lo liberaría del poder imperial opresor y por eso lo había traicionado, pero al final se encontró internamente perturbado.

Si la traición forma parte del plan de Dios, que incluía la muerte salvadora del Hijo, ¿qué responsabilidad podía recaer sobre aquel que iba a ser el instrumento de su implementación? ¿No es cierto que Jesús declaró que “ninguno [de los discípulos] se perdería sino el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese” (Juan 17,12)?

Por una parte, está la libertad efectiva de Dios que actúa en la historia y en el mundo. Por otra parte, está la libertad de la persona humana de Judas. Esta segunda libertad fue solicitada en Judas por el poder de las tinieblas, como el mismo Jesús reiteró: «¿No os he elegido yo a vosotros, los Doce? ¡Y uno de vosotros es un diablo!», leemos en el Evangelio de Juan (6,70), y el mismo evangelista señala que, después de la última cena con Jesús en el Cenáculo, «Satanás entró en Judas…; el diablo le había metido en el corazón traicionarlo» (13,2.27). Y añadirá que en la raíz de la traición estaba la codicia del dinero (12,4-6). La voluntad de Judas se ejercitó pues libremente, cediendo a la tentación diabólica.

¿Cómo se manifestó, en cambio, la libertad de Dios, expresada en la frase «para que se cumpliera la Escritura», usada por Jesús para situar el acontecimiento de la traición en otro plano superior?

Esta fórmula quiere simplemente indicar que también la libertad humana con sus locuras y vergüenzas puede insertarse en un plan divino superior.

Judas elige consciente y responsablemente la traición adhiriéndose al poder de las tinieblas, y Dios inserta este infame acto humano en su libre y eficaz plan de salvación redentora.

Dios, pues, no se sorprende por la elección del traidor. La respeta y no la bloquea, sino que la reintroduce en el plan de salvación que se realizará precisamente con la muerte de Jesús. 

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Luz y tinieblas

Dos símbolos primordiales caracterizan estos días: la luz y las tinieblas. Nos remontamos al inicio de la creación, pero en este caso no es sólo la acción de Dios la que separa el día y la luz de la oscuridad de la noche, sino la libertad del hombre.

El texto de Isaías del Segundo Canto del Siervo de Dios se manifiesta como un diálogo entre el Señor y el llamado, un diálogo con cierta dificultad, porque la “visión” de Dios no coincide exactamente con la del Siervo, que manifiesta a Dios sus desilusiones.

Por una parte, reconocemos lo que el Señor ha realizado, concediendo a su Siervo los dones necesarios para cumplir su misión: ha hecho de mi boca una espada afilada, me ha escondido a la sombra de su mano, me ha hecho una flecha aguda, me ha puesto en su aljaba. Pero el llamado encuentra dificultad en cumplir su mandato, porque la Palabra que está llamado a pronunciar parece no ser aceptada.

Ante esta dificultad, el Señor no lo consuela, sino que amplía el horizonte de su misión, llamándolo a ser luz para las naciones y heraldo de salvación para toda la tierra. Será lo que les sucederá a Pablo y Bernabé en Antioquía: como los judíos no acogieron el Evangelio, se dirigieron a los paganos quienes, llenos de alegría, acogieron a los apóstoles (cf. Hch 11).

En esta imagen luminosa encontramos las palabras de Jesús que, después de la elección de Judas, sabiendo que había cumplido la voluntad del Padre, dice: Ahora ha sido glorificado el Hijo del Hombre, y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios fue glorificado en él, Dios también le glorificará en sí mismo, y le glorificará enseguida.

Hay un gran misterio de luz en esta adhesión total del siervo de Dios a la voluntad del Señor: es esta adhesión la que se convierte en la condición para manifestar la gloria de Dios.

Pero también hay oscuridad y noche.

Es aquella sombra y tiniebla en la que Judas se sumerge con la elección de traicionar a Jesús, pero es también la de Pedro y los demás discípulos que, ante el anuncio de la traición, se miran.

Es todavía de noche para Pedro, quien ante el anuncio de la partida de Jesús, no es capaz de ver su frágil corazón que lo llevará, esa misma noche, a negar a Jesús.

Misterio de luz y de tinieblas, misterio de gloria y de traición.

La Pascua que se acerca pedirá a todos pasar de las tinieblas a la luz, porque el problema para cualquier discípulo no es ser tinieblas, sino dejarse guiar con confianza por Jesús, para ser conducido a la luz de la resurrección, donde no habrá noche, ni dolor, ni luto, ni llanto, sino paz y alegría con Dios.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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El canto de tu pueblo.

lunes, 14 de abril de 2025
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Hoy queremos cantarte,
uniéndonos a la creación entera,
un canto nacido del corazón,
en las plazas y lugares de encuentro
de aldeas, pueblos y ciudades.

Porque tu paso y presencia
traen la alegría a nuestras vidas
y la paz a todos los rincones de la tierra.

Estamos cansados de las canciones militares,
pomposas y llenas de arrogancia,
que quieren comprar nuestra voluntad
y anuncian victoria con un gusto amargo
de sangre inútilmente derramada.

¡Nosotros queremos entonar una canción nueva!

Las canciones religiosas
que resuenan en los templos e iglesias,
en otros tiempos tan llenas de fe y vida,
no atraen y dejan vacíos esos lugares de encuentro,
pues ya no conectan con nuestros sentimientos.

Tampoco las que las se oyen concursos y festivales
nos conmueven y enganchan;
sus notas, ritmo y letras
no sintonizan con nuestras necesidades,
pues nos ofrecen un mundo irreal
en el que no podemos ser protagonistas.

Llenando ondas y programas a todas las horas
se hacen presentes las canciones de amor
y, aunque sean artículo de consumo diario,
se marchitan en nuestros labios sus notas
que se negocian, venden y compran sin pudor.

En los nuevos templos, salas de fiestas y discotecas,
las noches de vísperas y fines de semana,
los disc-jockeys nos invitan con canciones
a ritmo trepidante y ensordecedor,
a olvidar fracasos, decepciones y penas.

Y las canciones populares de fiestas y romerías
parecen de otro tiempo y cultura,
pues aunque las cantemos y bailemos,
no nos proporcionan la vida y el gozo
del que hablan nuestros padres y abuelos.

¡Nosotros queremos entonar una canción nueva!

Déjanos entonarte nuestro canto,
el canto que nace de la vida nueva
que Tú nos das cada día y hora.
Déjanos cantar y bailar,
con ritmo alegre y fraterno,
el sentir de nuestra vida,
hecho canción y danza sin miedos
para jóvenes, ancianos y niños de pecho.

Unidos a la creación entera,
a los pequeños, débiles y pobres,
a emigrantes, refugiados y sin patria,
a creyentes, agnósticos, ateos e indiferentes,
queremos cantarte una canción nueva.

La canción de la fraternidad y la esperanza,
porque Tú nos amas,
y hemos visto y sentido tu paso
por nuestro pueblo, iglesia y casa,
y te has dignado pararte y llamar
a las puertas de nuestras entrañas.

*

Florentino Ulibarri
Fuente Fe Adulta

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Domingo de Ramos de 2025: Un Evangelio para un momento desgarrador

lunes, 14 de abril de 2025
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IMG_0773La publicación de hoy es de la Dra. Nicolete Burbach, colaboradora invitada y responsable de justicia social y ambiental en el Centro Jesuita de Londres, Reino Unido. Su investigación se centra en el uso de las enseñanzas del Papa Francisco para abordar las dificultades de la Iglesia en su encuentro con lo trans.

Las lecturas litúrgicas de hoy (Domingo de Ramos) se pueden encontrar haciendo clic aquí.

¿Qué decir de la lectura del Evangelio de hoy? Nos enfrentamos a todo el caos y la complejidad de una historia que abarca no solo la entrada triunfal de Cristo en Jerusalén, sino también los misterios de la última cena, la agonía en el huerto, el arresto y el juicio de Cristo, las traiciones de Pedro, la flagelación, la crucifixión y, finalmente, la muerte y sepultura de Cristo.

Al igual que los discípulos, me abruma la tarea de tener que dar sentido a todo esto. Pero hay algo extrañamente familiar en esta sensación. Un vistazo a las noticias pinta la imagen de un mundo en agonía, temblando en su propio Getsemaní ante lo que está por venir, o retorciéndose en las muchas cruces de nuestra época, o colgando muerto, en la oscuridad, con toda esperanza aparentemente perdida. Vivimos en un tiempo de incertidumbres, miedos y ansiedades. Un tiempo que exige explicación, y sin embargo, parece desafiarla constantemente.

Escribiendo como persona trans, soy consciente de cómo nuestra historia sigue de cerca el Evangelio en este aspecto: tuvimos nuestra propia entrada triunfal a principios de la década de 2010, creciendo lentamente en aceptación hasta el punto de que la vida trans se hizo posible como nunca antes. Y luego todo se vino abajo.

Aquí en el Reino Unido, los medios de comunicación se volvieron contra nosotros, las instituciones fueron capturadas por quienes nos ven como enemigos, y la opinión pública degeneró en hostilidad. La capitulación ideológica ante la extrema derecha y grupos aliados ha convertido la transfobia en la política de todos nuestros principales partidos, mientras que los tribunales se han convertido en un escenario para la discriminación punitiva de género y el acoso. En Estados Unidos, donde imagino que vive la mayoría de mis lectores, la transfobia fue una piedra angular de la reciente campaña presidencial de Donald Trump, y su victoria fue seguida rápidamente por una serie de crueles órdenes ejecutivas transfóbicas.

Como los discípulos en el Cenáculo, nos reunimos con nuestros seres queridos. En un gesto que esperábamos fuera cristiano, juramos que siempre estaríamos ahí el uno para el otro, pasara lo que pasara. Sin duda, fue como un discipulado, porque aún estamos aprendiendo el verdadero significado de esa promesa.

Ahora nuestras protecciones legales están siendo cuestionadas, si no despojadas activamente. Nuestros derechos al reconocimiento, a la atención médica —tanto de niños como de adultos— y a la privacidad están siendo pisoteados. Estas acciones a menudo se basan en consejos sesgados, a los que se les da un crédito que se nos niega repetidamente, sin tener en cuenta las injusticias que conllevan.

IMG_0775Esperamos que lleguen los soldados. Para los inmigrantes, con quienes no solo nos unen lazos de afecto y solidaridad, sino entre quienes muchos de nosotros nos contamos, los soldados ya han llegado. Se están llevando a la gente lejos.

Las autoridades nos están entregando para burla y flagelación, arrojando a las mujeres trans a cárceles para hombres para ser agredidas y violadas como las víctimas del primer siglo de la brutal «justicia» romana. Nos están torturando en campos de detención de inmigrantes. Se presentan descaradamente ante sus víctimas, exhibiendo su crueldad. Quienes deberían apoyarnos se han vuelto contra nosotros.

Morirá gente. Está muriendo. Cruces en las laderas, testimonio de la violencia del Estado. La oscuridad cubre la tierra. Los cuerpos son bajados y enterrados. Es todo lo que se puede hacer por ellos.

Existen diferencias vitales entre la situación de los discípulos y la nuestra. Aunque hoy podemos ver a Cristo en las personas crucificadas, no deben ser sacrificadas. Nuestra responsabilidad hacia ellas va más allá de ser un testigo mudo y pasivo, lamentando su destino al pie de la cruz, tras haber permanecido impasibles mientras se clavaban los clavos. Es deber de todo cristiano defender a las personas que son secuestradas de las calles, detenidas o privadas de los derechos y recursos que necesitan para vivir. Esto significa más que simplemente hablar de ello. Resiste arrestos y deportaciones. Identifica las organizaciones que se oponen a estas injusticias en tu zona y únete a ellas. Trabaja con humildad, en silencio, para no revelar nada que pueda perjudicar tu causa.

Pero recuerda también que esta lucha será larga. Y en este sentido, el Evangelio de hoy nos deja desolados. No ofrece una conclusión consoladora ni para su historia ni para la nuestra. Sin embargo, hay un pequeño indicio de lo que está por venir; un pequeño gesto de violencia, absorbido por el horror de la Crucifixión, que, sin embargo, habla más allá de sí mismo: el velo ante el Santo de los Santos, el centro del Templo, el eje del mundo, se rasga. Es como si las sombras detrás se precipitaran a inundar la tierra; pero esto también es una especie de iluminación: Dios está más cerca de nosotros en este momento que nunca en la historia del mundo. Él está allí, colgado en la Cruz.

IMG_0774Hoy recordamos la Pasión. Y en ella, recordamos la cercanía de Dios, no a pesar del terror y la oscuridad de nuestro tiempo, sino simplemente en él.

Este consuelo tiene sus límites. El Evangelio termina con el cuerpo frío y destrozado en el sepulcro. Del mismo modo, la mera cercanía de Dios no nos saca de esta oscuridad. Sin embargo, en la figura del velo rasgado, podemos vislumbrar la verdadera naturaleza de la Crucifixión. Del cuerpo rasgado de Cristo fluye la promesa de salvación; una que une al mundo entero en la justicia de Dios. Una promesa de que todo cuerpo azotado será levantado de la cruz, todo daño reparado, todo régimen brutal derrocado.

Si nuestro momento actual parece informe e incierto, es porque sus bordes están deshilachados, como un paño rasgado. Es porque está desgarrado y lacerado, como la epidermis abierta de un cuerpo traspasado. Es un momento desgarrado por la violencia.

Pero esta apertura da a algo más que violencia. Porque esos cuerpos, colgados en la cruz o destrozados en la tumba, un día resucitarán.

—Dra. Nicolete Burbach, Centro Jesuita de Londres, 13 de abril de 2025

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Fuente New Ways Ministry

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“Testigos de la esperanza en el Dios que no defrauda”, por Consuelo Vélez

lunes, 14 de abril de 2025
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IMG_0677De su blog Fe y Vida:

Este año viviremos la semana santa en el contexto del jubileo de la esperanza

Es bonito pensar que la Iglesia universal se pone en marcha y los frutos de este año jubilar se podrán traducir en esa “esperanza inquebrantable” por una iglesia más parecida al querer de Jesús y una sociedad más justa y buena para todos y todas

Que esta Semana Santa, sea tiempo propicio para proclamar con todas las fuerzas “que el Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos” no dejará frustrada nuestra esperanza. Por el contrario, ella será colmada, alcanzada, realizada

Este año viviremos la semana santa en el contexto del jubileo de la esperanza. Este jubileo convocado por el Papa Francisco en diciembre de 2024 está propiciando que diferentes colectivos hagan la peregrinación a Roma en señal de conversión y compromiso para ser “testigos de la esperanza” en este mundo nuestro que se debate entre tantos problemas.

El calendario del año en Roma está marcado por la peregrinación de estos colectivos: mundo de la comunicación (enero); fuerzas armadas, policía y cuerpos de seguridad, artistas y mundo de la cultura, diáconos (febrero); mundo del voluntariado, sacerdotes (misioneros de la misericordia) (marzo); enfermos y mundo de la sanidad, adolescentes, personas con discapacidad (abril); trabajadores, empresarios, bandas y música popular, iglesias orientales, cofradías, familias, niños, abuelos, mayores (mayo); movimientos, asociaciones y nuevas comunidades, santa sede, deportes, gobernantes, seminaristas, obispos, sacerdotes (junio); misioneros digitales e influencers católicos, jóvenes (julio); trabajadores por la justicia, catequistas (septiembre)*; migrantes, mundo misionero, vida consagrada, espiritualidad mariana, mundo educativo (octubre); pobres, coros y corales (noviembre); presos (diciembre). Todos aquellos que puedan unirse a estos grupos podrán vivir celebraciones específicas para cada colectivo y, sin duda, será una linda y fructífera experiencia.

Pero no todos los peregrinos de este jubileo necesitan ir a Roma. En cada iglesia local se han dispuesto ciertos templos a los que también se puede peregrinar para vivir la dinámica de conversión y cambio, fortaleciendo la esperanza. Es bonito pensar que la Iglesia universal se pone en marcha y los frutos de este año jubilar se podrán traducir en esa “esperanza inquebrantable por una iglesia más parecida al querer de Jesús y una sociedad más justa y buena para todos y todas.

Pero la esperanza no se fortalece simplemente porque Francisco haya convocado este año jubilar. Precisamente nuestra esperanza radica en el misterio pascual que volvemos a conmemora este mes. La resurrección de Jesús es la prenda que “en esperanza” nos mantiene comprometidos con nuestro presente.

¿Qué significa la esperanza?El misterio pascual abre el horizonte de esperanza más allá del ahora que vivimos. El evangelio de Mateo, por ejemplo, lee el conflicto de Jesús con las autoridades de su tiempo a la luz del texto de Isaías: el siervo de Yahvé “no gritará, no oirá nadie en las plazas su voz, la caña cascada no la quebrará, ni apagará la mecha humeante”, pero, precisamente en Él, las naciones pondrán su esperanza (12, 18-21). Es decir, aunque no parezca que haya sino debilidad, de ahí brota la fuerza de Dios porque él tiene la última palabra. Por su parte, el libro de los Hechos, al narrarnos los inicios del cristianismo, manifiesta cómo después de los acontecimientos de la muerte de Jesús, se afirma que “que Dios lo resucitó” y por eso “se ha alegrado mi corazón y se ha alborozado mi lengua, y hasta mi carne reposará en la esperanza” (Hc 2, 26).

El apóstol Pablo escribiendo a los Romanos afirma: “nos gloriamos hasta en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación engendra la pacencia; la paciencia, virtud probada, la virtud probada esperanza y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rom 5, 3-5). Y, así mismo, al despedirse en esta misma carta, les dice a los destinatarios: “el Dios de la esperanza les colme de todo gozo y paz en su fe, hasta rebosar de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo (Rom 15, 13). A los Tesalonicenses les dice: “tenemos presente ante nuestro Dios y Padre la obra de su fe, los trabajos de su caridad y la tenacidad de su esperanza en Jesucristo nuestro Señor (1 Tes 1, 3). Precisamente por esto les recomienda: “Hermanos no queremos que estén en la ignorancia respecto de los muertos, para que no se entristezcan como los demás, que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, de la misma manera Dios llevará consigo a quienes murieron en Jesús (1 Ts 4, 13-14). La carta a los Hebreos también exhorta a mantener la esperanza: “mantengamos firme la confesión de la esperanza, pues fiel es el autor de la promesa” (10,23).

Con esa esperanza firme a la que nos llaman los textos bíblicos, celebremos el misterio pascual de manera que se traduzca en nuestra vida y en nuestra realidad. En concreto, la esperanza nos fortalece para no decaer en el trabajo por la justicia social. Esto es lo que Dios quiere para la humanidad. También nos da la fuerza para trabajar por el cuidado y la preservación de la creación, garantizando así, la vida de nuestra “casa común”. La esperanza en el Dios de la promesa, el Dios de la paz, no nos deja resignarnos a no alcanzar la paz, a nivel global y a nivel local. Por el contrario, nos empuja a seguir apostando por el diálogo, no como una actitud ingenua sino como una decisión creyente de quienes no enfrentan los problemas con la violencia, sino que siguen buscando los caminos del diálogo, del entendimiento, de la concertación, de la paz. Y la esperanza también nos sostiene para seguir renovando a la Iglesia para que llegue a ser una Iglesia sinodal misionera en la que quepan todos y todas.

Y así, cada uno podría nombrar todas aquellas situaciones que sabe que han de cambiar y frente a las cuales la esperanza no nos deja quedarnos en la queja o en la indiferencia, sino que, apoyados en la resurrección de Jesús, nos fortalece para transformarlas. Que esta Semana Santa, sea tiempo propicio para proclamar con todas las fuerzas “que el Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos” no dejará frustrada nuestra esperanza. Por el contrario, ella será colmada, alcanzada, realizada.

(Foto tomada de: https://www.facebook.com/photo.php?fbid=544008528513620&id=100087134336582&set=a.114498151464662&locale=ga_IE)

* Nota de Cristianos Gays:

En Septiembre se realizará, también, la peregrinación jubilar organizada por el grupo italiano LGBTQ+ La Tenda di Gionata (La Tienda de Jonathan),  que se titulará: “Iglesia: hogar para todos, cristianos LGBT+ y otras fronteras existenciales”.

El grupo, en 2022, pidió a New Ways Ministry que publicara un libro de historias de padres italianos de lesbianas y gays. Puedes comprar su propia copia de este libro haciendo clic aquí. Para obtener información sobre todas las publicaciones de New Ways Ministry, haz clic aquí.

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Lunes Santo: Tres meditaciones sobre el Evangelio de San Juan 12, 1-11, por Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 14 de abril de 2025
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De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):

La unción de Betania: un derroche de afecto por Jesús

La Semana Santa comienza con un Evangelio extraordinario.

Una cena en casa con amigos, una mujer, manos y cabellos empapados de perfume, no hay palabras, las manos y su ternura hablan.

Llegará el tiempo de las llagas, pero por ahora sólo brotan caricias en el cuerpo de Jesús.

Ese perfume valía diez veces el precio de Judas.

La mujer paga diez veces el dinero de la traición, le dice a Jesús: ¡alguien te traicionará y te venderá, pero yo te amaré y te compraré diez veces más! 

Tiene en sus manos los pies de Jesús, del viajero, del caminante, los pies del itinerante que no tiene dónde reposar la cabeza y de quien ha recorrido todos los pueblos de Galilea.

María los abraza para decirle: no te vayas más, quédate aquí, conmigo, con nosotros. Y quiero que sepas que dondequiera que Tú vayas, yo iré, y tu Dios será el mío.

Y el corazón de Jesús recibe, de las caricias de aquellas manos que le ungen, un balsámico conforto y una grande y fuerza feliz.

Una caricia, cuando es verdadera, transforma a un hombre.

Y la unción de Betania, este conmovedor lavatorio de los pies, anticipa tres días el otro lavatorio, el de Jesús a sus discípulos y, quién sabe, quizá lo inspira.

Jesús aprende los gestos fuertes del amor de una mujer.

Aquí el hombre y Dios se encuentran: cuando ama, el hombre realiza gestos divinos. Cuando el hombre ama a Dios hace cosas muy humanas.

Y la casa se llenó de perfume.

¿De qué sirve un poco de perfume en nuestra historia?

El perfume no cambió el destino de Jesús, no cambiará el nuestro, pero cambia el aire, la atmósfera de la casa y del corazón.

Intentemos, en familia y en casa, como María, inventar una caricia nueva, una declaración de amor para decir, sin palabras: eres precioso para mí. Diez veces precioso. Eres invaluable… darte un precio sería despreciarte.

Una cosa que aprendemos de este Evangelio: ¡lo preciosa que es la vida! 

Quizás una vida vale poco, pero nada vale tanto como una vida.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF


***

El perfume de Betania: la sobreabundancia del amor

IMG_0781La escena central de la unción de Betania representa el Amor que se dona, que se derrama sobre la humanidad para la salvación. Un Amor reconocido y acogido.

El gesto de derramar el perfume es el mismo que aparece en otros gestos y palabras evangélicas como, por ejemplo, el vino en las bodas de Caná. Es lo superfluo necesario, es “ese plus” que puede no estar y que sin embargo indica la humanidad que se dona con autenticidad de amor, de afecto, de cariño, de simpatía, de disponibilidad, de derroche, hasta el límite, pero porque la persona vale más que todo, tiene un valor inestimable. Es por tanto el signo del valor de la persona y de la primacía del encuentro personal.

Es un gesto desinteresado y gratuito, total, en el que se da todo lo que se tiene. Jesús, en el pasaje del evangelista Marcos, explica: «Esta mujer hizo lo que pudo» (cf. Mc 14,8). Esto nos recuerda la ofrenda de la viuda que, aun no habiendo hecho nada desde el punto de vista de la eficiencia, hizo todo porque se expresó a sí misma de manera toral y radical (cf. Mc 12,44). Lo que realmente cuenta es la forma oblativa del gesto: no importa realmente cuál sea el gesto.

La escena de Betania, en la práctica, pinta al mismo tiempo dos retratos: el de Jesús y el del discípulo: el de Jesús que, dejándose clavar en la cruz, continúa donándose todo, amando hasta el derroche, y el de aquel que, encantado por Jesús y por su exceso de amor gratuito, se deja invadir e impregnar por Él, y se deja salvar, se deja amar, dando luego, a su vez, el «más», donándose todo de manera creativa, desinteresada, gratuita.

En contraste surge la figura del discípulo mediocre.

Betania es la “casa de la amistad”. Jesús volvía allí con frecuencia, porque «amaba a Marta, a María y a Lázaro» (Jn 11,5). Aquí estamos en la casa de Simón el leproso, pero el contexto es el mismo: “Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban sentados a la mesa con Él” (Jn 12,2).

En la escena, María está de pie, con una mano sobre el corazón y con la otra derramando ungüento; Ella está completamente vuelta hacia Jesús, con infinita ternura, atenta a cada gesto que pueda distraerla de lo que experimenta y lleva en el corazón.

El episodio evangélico está narrado según la versión de Marcos, que es también la de Mateo. Juan dice que estamos en Betania y esta mujer que entra es María de Betania. En Marcos y Mateo ella no tiene nombre, es una mujer misteriosa que se convierte en un símbolo muy fuerte. ¿De qué? De cómo los creyentes, aquellos que supieron creer, acogieron y reconocieron a Jesús.

Y así María de Betania o esta misteriosa mujer que entra en el banquete, nos dice algunas cosas más que importantes y sugerentes. Mientras tanto podemos notar que ella es una mujer hermosa. La mujer samaritana también es hermosa. Esta belleza expresa la belleza espiritual que hay dentro de ella.

Entra en este banquete, lleva en la mano «un frasco de alabastro lleno de perfume de nardo puro de gran precio» (Mc 14,3), lo parte y vierte su contenido sobre la cabeza de Jesús. ¿Por qué? El autor del relato de la escena subraya la ruptura del frasco, porque algo más se había roto en ella, se había roto su corazón.

La ruptura del frasco indica que en la mujer hay un transporte de amor que nada puede detener, que la empuja hacia ese profeta, ese maestro, cuyo misterio ha intuido.

Y en efecto, rompe su frasco y derrama el ungüento sobre la cabeza de Jesús.

Mientras Él está sentado, ella ata un paño a su cinturón y envuelve los de Jesús para decir que lo ungirá de la cabeza a los pies, que ungirá a Jesús todo. A ella no le importa lo que digan los demás, no le importa el despilfarro, el uso del dinero que, según algunos, podría usarse de manera mejor (cf. Mc 14,5). A ella no le importa nada de esto, a ella le importa Cristo primero y hace todo lo que puede hacer por Cristo.

El gesto de la mujer es un gesto eminentemente sacerdotal: es la unción como Sacerdote, Rey y Profeta, como Mesías esperado, y lo realiza una mujer. Muchos de los presentes se quedan impactados y se enfadan, poniendo como pretexto la excusa del despilfarro, pero en realidad la verdadera razón es que no pueden tolerar el hecho en sí, es decir, que una mujer, una mujer en ese contexto, un banquete, tenga la presunción de hacer semejante gesto hacia el invitado de honor. Pero Jesús la defiende y da gran importancia a su gesto: «Por todo el mundo se proclamará el Evangelio y se contará lo que ésta ha hecho, para memoria suya» (Mc 14,9).

María, por tanto, hace esto porque tiene el corazón roto y por eso derrama sobre Jesús lo que para ella es más precioso, que es el símbolo de sí misma. Con este gesto quiere expresar la donación total de sí misma al Señor.

En la terminología bíblica y patrística, de hecho, el “vaso roto” recuerda el “corazón contrito”, roto por el arrepentimiento y el amor – la terminología utilizada es la misma – y es esto lo que María experimenta: lo que da/derrama sobre Jesús es todo de sí misma. En la cultura de la época, el perfume (šemen, en hebreo) indica lo esencial (šem) de lo esencial (en). Aquí lo esencial de lo esencial ya no es el perfume sino el amor.

En la cruz, del Corazón roto de Jesús, lo esencial de lo esencial que brota de Él es su propia vida para la vida del mundo. Quien, como María, ha comprendido el gesto de amor extremo de Jesús y le responde, hace lo mismo, es decir, le da todo. Y expresa esta entrega total al Señor con un gesto simbólico: vierte perfume sobre Jesús. María vierte sobre el Maestro lo que para ella es más preciado: un perfume de nardo, pero lo que representa es mucho más preciado. Ese frasco roto, de hecho, habla de ella, de su corazón roto por la abundancia y la violencia del amor. Cuando el amor hace estallar el egoísmo y quiebra los límites, nada puede contenerlo.

Así, en el centro de la escena de Betania se subraya el tema del corazón roto, del que emerge lo esencial de lo esencial, es decir, la propia vida entera, el don de sí. Así mismo en la cruz hay un corazón roto, sobre todo de ahí viene lo esencial de lo esencial, de la vida misma de Dios, el amor de Dios por la salvación del mundo. Podemos observar entonces que el gesto de Jesús, la vida de Jesús, lo que hizo y cómo lo hizo y lo vivió, nos ayuda a comprender cómo podemos responder, cómo nos sentimos movidos a responder.

Mirar la figura de esta mujer nos ayuda a detener nuestro corazón en estos contenidos profundos y esenciales de nuestra vivencia de la fe. En nuestra oración personal, en la contemplación del misterio que se nos revela en la escena de Betania, invocamos al Espíritu Santo, para que nos conceda la capacidad de comprender más profundamente el misterio del Corazón roto de Jesús en la cruz y de dejarnos tocar por su amor y por la revelación que nos ofrece en el gesto de María de Betania.

Quien piensa que dar a Dios es robar al hombre, aún no ha sido alcanzado por el amor. Toda la historia nos atestigua que, cuando el amor a Dios se seca, el amor al hombre se convierte en un moralismo estéril y en una filantropía vacía.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

***

Donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón

Hemos entrado en la Semana Santa, en esta Semana Santa tan excepcional, y el primer regalo que nos ofrece la Escritura es este pasaje del Evangelio de Juan, cuando en Betania, seis días antes de Pascua, tiene lugar el banquete que quiere celebrar la resurrección de Lázaro. El regreso a la vida de este querido amigo de Jesús había conmocionado profundamente a los judíos y también a las hermanas de Lázaro.

De hecho, sabemos cómo después de cuatro días en el sepulcro los rabinos enseñaban que el cuerpo volvía definitivamente a ser polvo y Dios le quitaba ese aliento de vida que le había sido dado al principio.

Jesús, por tanto, es el dador de vida, el portador del aliento de vida que viene del Padre y la resurrección de Lázaro no es un milagro sino la presencia de Jesús entre ellos y entre nosotros, que consigue traer vida también allí donde la muerte ya se ha instalado. Y el verdadero signo es Jesús mismo, a quien en esta Semana Santa estamos invitados a descubrir a través de los Evangelios de la Pasión.

La casa de Betania, donde tiene lugar la cena, se debate entre la gratitud de las dos hermanas y los judíos por la nueva vida de Lázaro, pero también entre la envidia de aquellos, entre los fariseos y los Sumos Sacerdotes, que se sienten perturbados por el poder de la oración del Señor que se llama Hijo de Dios. Les perturba su manera de leer las Escrituras, que se entrelaza con la vida y la transforma. Están perturbados por el anuncio que hace del Reino de Dios y por su gran libertad. Leer más…

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¿Quién es este que viene?

domingo, 13 de abril de 2025
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Domingo de Ramos

Hubo demasiadas conciencias alumbradas,
hubo demasiados privilegios trastornados,
hubo demasiadas palabras mal recibidas,
hubo demasiada mala fe:
detrás de esta puerta
con los dinteles elevados, todo va a jugarse,
lo sabe.
Posiblemente tiene miedo,
da el paso.
Entra.

Es aquí dónde se le espera.
¡Es ahora
cuando se va a verificar el perdón dado
hasta el múltiplo de setenta y siete,
la vida dada como único signo de amor,
el cuerpo y la sangre dados hasta el desgarro,
el Espíritu dado como un soplo de vida!

Ha llegado la hora.
Es ahora cuando su verdad saldrá a la luz.
Lo sabe;
da el paso.
Entra.

La semana comienza.

*

Charles Singer

***

¿Quién es este que viene,
recién atardecido,
cubierto por su sangre
como varón que pisa los racimos?

Éste es Cristo, el Señor,
convocado a la muerte,
glorificado en la resurrección.

¿Quién es este que vuelve,
glorioso y malherido,
y, a precio de su muerte,
compra la paz y libra a los cautivos?

Éste es Cristo, el Señor,
convocado a la muerte,
glorificado en la resurrección.

Se durmió con los muertos,
y reina entre los vivos;
no le venció la fosa,
porque el Señor sostuvo a su elegido.

Éste es Cristo, el Señor,
convocado a la muerte,
glorificado en la resurrección.

Anunciad a los pueblos
qué habéis visto y oído;
aclamad al que viene
como la paz, bajo un clamor de olivos. Amén.

***

El pueblo que fue cautivo
y que tu mano libera
no encuentra mayor palmera
ni abunda en mejor olivo.
Viene con aire festivo
para enramar tu victoria,
y no te ha visto en su historia,
Dios de Israel, más cercano:
Ni tu poder más a mano
ni más humilde tu gloria.

¡Gloria, alabanza y honor!
Gritad: “¡Hosanna!”, y haceos,
como los niños hebreos
al paso del Redentor.
¡Gloria y honor
al que viene en el nombre del Señor! Amén.

*

(Himnos de las Primeras Vísperas y de los Laudes de la Liturgia de las Horas del Domingo de Ramos, )

***

Lecturas del Domingo de Ramos

Evangelio: Lucas 22,14-23,56

***

No conocíamos la medida del sufrimiento de Dios hasta que tomó cuerpo ante nuestros ojos en la pasión de Cristo. La pasión de Cristo no es más que la manifestación histórica y visible del sufrimiento del Padre por el hombre. Es la suprema manifestación de la debilidad de Dios: Cristo -dice san Pablo- fue crucificado por su debilidad (2 Cor 1 3,4). Los hombres han vencido a Dios, el Pecado ha vencido y se yergue triunfante ante la cruz de Cristo; la luz se ha cubierto de tinieblas… Pero sólo por un instante: Cristo fue crucificado por su debilidad, pero vive por la fuerza de Dios, añade el apóstol. ¡Vive, vive! El mismo lo repite ahora a su Iglesia: “Estuve muerto, pero ahora vivo para siempre y tengo poder sobre la muerte y los infiernos” (Ap 1,18) […].

Dios ha vencido sin dejar su debilidad, sino llevándola al extremo; no se ha dejado arrastrar al terreno del enemigo: “Injuriado, no respondía con injurias, sufría sin amenazar” (1 Pe 2,23). A la voluntad del hombre que pretendía aniquilarlo, no ha respondido con deseos de destrucción, sino con voluntad de salvarlo: “Yo soy el Viviente -dice el Señor-; no quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva” (cf. Ez 33,11). Dios manifiesta su omnipotencia con la misericordia y el perdón [parcendo et miserando), como reza la oración de la Iglesia. Al grito Crucifige!, respondió con este grito: “Padre, perdónalos” (Le 23,34).

No hay palabras en el mundo como estas breves palabras: “Padre, perdónalos”. Toda la potencia y santidad de Dios están ahí resumidas; son palabras indomables, que no pueden ser superadas por ningún crimen, porque fueron pronunciadas en el más grande de los crímenes, en el momento en que el mal ha hecho su esfuerzo supremo y ya no puede más porque ha perdido su aguijón.

*

R. Cantalamessa,
El misterio pascual, Valencia 1996).

***

***

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“Con los crucificados” Domingo de Ramos – C (Lucas 22,14-23,56). 10 de abril 2022

domingo, 13 de abril de 2025
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El mundo está lleno de iglesias cristianas presididas por la imagen del Crucificado, y está lleno también de personas que sufren, crucificadas por la desgracia, las injusticias y el olvido: enfermos privados de cuidado, mujeres maltratadas, ancianos ignorados, niños y niñas violados, emigrantes sin papeles ni futuro. Y gente, mucha gente hundida en el hambre y la miseria en el mundo entero.

Es difícil imaginar un símbolo más cargado de esperanza que esa cruz plantada por los cristianos en todas partes: «memoria» conmovedora de un Dios crucificado y recuerdo permanente de su identificación con todos los inocentes que sufren de manera injusta en nuestro mundo.

Esa cruz, levantada entre nuestras cruces, nos recuerda que Dios sufre con nosotros. A Dios le duele el hambre de los niños de Calcuta, sufre con los asesinados y torturados de Iraq, llora con las mujeres maltratadas día a día en su hogar. No sabemos explicarnos la raíz última de tanto mal. Y, aunque lo supiéramos, no nos serviría de mucho. Solo sabemos que Dios sufre con nosotros. No estamos solos.

Pero los símbolos más sublimes pueden quedar pervertidos si no recuperamos una y otra vez su verdadero contenido. ¿Qué significa la imagen del Crucificado, tan presente entre nosotros, si no vemos marcados en su rostro el sufrimiento, la soledad, la tortura y desolación de tantos hijos e hijas de Dios?

¿Qué sentido tiene llevar una cruz sobre nuestro pecho si no sabemos cargar con la más pequeña cruz de tantas personas que sufren junto a nosotros? ¿Qué significan nuestros besos al Crucificado si no despiertan en nosotros el cariño, la acogida y el acercamiento a quienes viven crucificados?

El Crucificado desenmascara como nadie nuestras mentiras y cobardías. Desde el silencio de la cruz, él es el juez más firme y manso del aburguesamiento de nuestra fe, de nuestra acomodación al bienestar y nuestra indiferencia ante los que sufren. Para adorar el misterio de un «Dios crucificado» no basta celebrar la Semana Santa; es necesario además acercarnos más a los crucificados, semana tras semana.

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José Antonio Pagola

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“He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros, antes de padecer”. Domingo 13 de abril de 2025. Domingo de Ramos

domingo, 13 de abril de 2025
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22-ramosC cerezoLeído en Koinonia:

Isaías 50, 4-7: No me tapé el rostro ante los ultrajes, sabiendo que no quedaría defraudado.
Salmo responsorial: 21: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?.
Filipenses 2, 6-11: Se rebajó, por eso Dios lo levantó sobre todo.
Lucas 22, 14-23. 56: He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros, antes de padecer.

El tema central de las lecturas del Domingo de Ramos, como bien puede verse, es el del Mesianismo. Éste tiene varias etapas en la Biblia. «Mesías» significa ungido, siervo, enviado, pero en sí, la idea más profunda de «Mesías» que el pueblo de Israel asumió es la espera de la aparición salvífica de un líder carismático descendiente de David que habría de instaurar definitivamente en la tierra «el derecho y la justicia».

En el Primer Testamento es Isaías el profeta quien más profetiza y anuncia la llegada del Mesías de Dios. Mesías que él entiende como el Siervo de Yavé que llega. El Mesías es para el profeta la gran realidad de Dios viviendo con nosotros, la realidad del gran restaurador que libera de la esclavitud, de la gran violencia (violencia estructural diríamos hoy), de la gran miseria (pobreza extrema y masiva diríamos actualmente) a la que ha sido condenado el pueblo de Dios (los muchos pueblos de Dios). El Mesías, en su calidad de Ungido de Yavé, no es sino su enviado, su representante, el encargado de promulgar sus designios.

La idea del Mesías y de los tiempos mesiánicos estaba fundada en la esperanza de que Dios cumpliera plenamente las promesas hechas al pueblo elegido, a la nación que se creía a sí misma la elegida por Dios. La llegada del «Mesías» es la instauración del reinado de Dios en la historia y en el tiempo, y es allí donde, según la concepción judía (según, pues, un pensamiento muy humano, no según una revelación divina), Israel se vengaría de los «paganos» (la mayor parte de ellos tan religiosos como los propios israelitas), de los no judíos.

La idea mesiánica del Primer Testamento está basada en la fuerza político-militar de un enviado del Dios de Israel para dominar a todas las naciones de la tierra y hacer que Israel se convierta en una nación fuerte y poderosa capaz de someter a todos los pueblos que no tienen a Yavé por Dios. Como se ve, un mesianismo muy humanamente comprensible…

El Mesianismo es una de las herencias que el Segundo Testamento recibe de la tradición veterotestamentaria. En tiempo del Nuevo Testamento, gobernado el mundo de entonces por Roma con toda su fuerza, riqueza y pretensiones, también hay grupos mayoritarios que esperan la llegada definitiva del Mesías que los liberará del domino explotador romano. Todos esperaban entonces la intervención de Dios en la historia a través de un líder que fuera capaz de derrocar el poder imperial y hacer de Jerusalén la gran capital de Israel.

En el ciclo C de la liturgia leemos el relato de la Pasión del Señor según Lucas. Consideremos las características teológicas que nos presenta este relato.

Lucas, como es sabido, es considerado como el evangelista de la misericordia, o lo que es lo mismo, como el evangelista que ha marcado toda la tradición que nos entrega, con el pensamiento del amor infinito de Dios que se ha manifestado en Jesucristo. Ninguno de los evangelistas ha percibido como él la sensibilidad del amor del Padre, que se deja sentir de manera especial entre los pobres, entre los que sufren, entre los marginados. No es difícil constatar en el evangelio de Lucas la preocupación de Jesús por los débiles, por las viudas, por los huérfanos, por los pecadores, por las mujeres.

Este mismo interés se manifiesta en la narración de los acontecimientos de la Pasión del Señor. En primer lugar, porque todo este relato está sustentado por un conocimiento del alma de Jesús, cuya intimidad nos es desvelada por el evangelista cuando nos deja ver su estrecha relación con el Abba misericordioso, en los momentos de oración (Lc 22,42); o cuando su Padre le da valor en medio del sufrimiento (Lc 22,43).

En segundo lugar, la cruz aparece en este relato de la Pasión como un verdadero sacramento del amor divino: la revelación de la misericordia en medio del sufrimiento. Lucas no pone la atención en los aspectos negativos y crueles de esta situación. En su narración se omiten recuerdos o referencias que aparecen en los otros evangelistas como la flagelación o la coronación de espinas que sirven para inculpar a los que llevaron a Jesús a la muerte. Lucas nos quiere hacer descubrir el amor del Padre hacia su Hijo y hacia todos los hombres, aún en esta situación de dolor. Jesús no aparece abandonado en el Calvario (no se cita a Zac 13,6 sobre la dispersión del rebaño): está acompañado de amigos y conocidos (Lc 23,49 en contraposición con Mt 27,55-56 y Mc 15,40-41). Y reemplaza el grito del Salmo 21 (22) que cita Mateo por la manifestación ilimitada de confianza del Salmo 30,6 (31,6): “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

A la luz de todo esto es comprensible el papel que desempeña en este relato de la Pasión la actitud del perdón, sólo explicable desde el misterio de la misericordia. En definitiva todo el mundo queda limpio y se insiste en hechos positivos, sólo explicables desde la virtud reconciliadora del sufrimiento de Jesús o desde su actitud de perdón: el caso de Pilato (Lc 23,4.13-15.20-22); el del agresor a quien Pedro cercenó una oreja y que es sanado por Jesús (Lc 22,51); el de Pedro (Lc 22,61); el de todos los judíos (Lc 23,34); el del malhechor bueno (Lc 23,39-43); el del centurión (Lc 23,47); el de la reconciliación entre Herodes y Pilato (Lc 23,6-12).

Jesús aparece claramente como el inocente, el justo perseguido. Aun en el proceso de los romanos, Pilato proclama la inocencia de Jesús. El centurión también reconoce su inocencia.

Sólo en Lucas Jesús se dirige con palabras consoladoras a las mujeres que de lejos los siguen. Realmente, Lucas ha sido llamado el evangelio de las mujeres y de la misericordia con los más pobres e ignorados, y las mujeres hacían parte de la clase marginada en Israel. Pero para Jesús, en todo el evangelio de Lucas, las mujeres hacen parte del discipulado y merecen un trato respetuoso. Ahora, camino del Calvario, la fidelidad de las mujeres a su maestro es reconocida por el Señor.

La Pasión y la muerte de Jesús son una verdadera revelación: la manifestación de la misericordia del Padre. Sólo quien ha comprendido una actitud tan conmovedora, como la que nos trae este evangelio en la parábola del padre misericordioso, podrá entender por qué el evangelista ha mirado así el misterio del sufrimiento y de la muerte de Jesús.

Lucas concibió el relato de la Pasión como una contemplación de Jesús. Por eso este relato es una invitación al lector-oyente a aproximarse al Señor, a seguirlo, a llevar con él la cruz de cada día (9,23). En la palabra que dirige en la cruz al malhechor arrepentido, ese ‘hoy’ nos remonta a Lc 4,21 cuando en la sinagoga de Nazaret, Jesús declara que “hoy se ha cumplido” el pasaje de Is 61,1-2 que acababa de leer. El tiempo se ha cumplido y él, que ha venido para anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos y para proclamar el año de gracia del Señor” ha cumplido su misión, porque va a morir colgado de la cruz pero seguirá viviendo en medio de nosotros.

Nota para lectores críticos

El evangelio de hoy es más largo que de ordinario: toda la Pasión de Jesús, por lo que muchas homilías hoy serán más breves. Por otra parte, la homilía debería enfocarse pues hacia el conjunto de la Pasión y su significado. También el viernes santo se leerá la Pasión, según san Juan. Y durante toda la semana, el trasfondo litúrgico-espiritual es ése: la pasión y muerte de Jesús. Es pues un momento apropiado para plantearse algunos criterios críticos respecto a la interpretación de la pasión de Jesús en su significado de conjunto.

Si somos cristianos, y si el cristianismo profesa la convicción de la significación salvadora de Jesús, necesitamos tener un «modelo soteriológico» («sotería» = salvación), o sea, una explicación de cómo Jesús salva a la humanidad y en qué consiste esa salvación. Es claro que esto es el corazón de la fe cristiana.

Pues bien, en la historia ha habido varios «modelos soteriológicos».

El modelo que nos ha llegado a nosotros es, fundamentalmente, el que elaboró san Anselmo de Cartebury en el siglo XI sobre la tradición jurídica del derecho romano. En este sentido. El ser humano ofendió a Dios con el pecado original, y con ello se rompieron las relaciones de Dios y la humanidad. Dios fue ofendido en su dignidad, y el ser humano, por su parte, quedó privado de la gracia de la relación con Dios y no tenía capacidad para superar esta situación, pues aunque había ofendido a Dios, no tenía capacidad para reparar una ofensa de carácter infinito. En su obra Cur Deus homo? (¿Por qué Dios se hizo hombre?) Anselmo elabora la teoría de la «satisfacción penal sustitutoria»: Jesús muere en sustitución de la humanidad pecadora culpable, para satisfacer con ello la dignidad ofendida de Dios, y restablecer así las relaciones de Dios con la humanidad.

Por una parte, hay que hacer notar que esta explicación, que nos ha llegado a todos nosotros en una tradición tan longeva, no deja de ser «una» explicación, la del siglo XI en concreto; es decir: no es «la» explicación, no es la única. Además, no está en el Nuevo Testamento: es una elaboración teológica, muy posterior, que asume las categorías y la lógica del derecho romano «recepcionado» en el mundo feudal europeo de la alta Edad Media: el derecho inapelable y absoluto de los señores, la servidumbre de los siervos, las obligaciones jurídicas relativas a la ofensa y a la satisfacción o reparación. Es la teología de la «redención», del redimir («re-d-emere»), re-comprar al esclavo para liberarlo de su antiguo dueño.

Esta teología, hoy ya insostenible, es, sin embargo, la que la mayor parte de los cristianos y cristianas, incluyendo a muchos agentes de pastoral tienen todavía en su conciencia, en su comprensión del cristianismo, o en su subconsciente al menos. Y es para muchos de ellos «la» explicación mayor del misterio cristiano, el misterio de la «redención».

Hay que recordar que los modelos soteriológicos, como todo el resto de la teología, no dejan de ser un lenguaje metafórico, y que la metáfora nunca debe ser tomada al pie de la letra, tanto sea en n sentido directo como en un sentido metafísico, sobre todo en el segundo término al que traslada el sentido (“meta-fora” = cambio, traslado de sentido). Las teologías y los modelos soteriológicos se apoyan sobre las lógicas y los símbolos de las culturas en las que son creados. Por eso, cuando la evolución cultural cambia de lógica y de símbolos, esos modelos soteriológicos, y en general, esas teologías, aparecen crecientemente desfasadas, se hacen incluso ininteligibles, y finalmente quedan obsoletas. La visión de Dios como «Señor» feudal irritado por una ofensa de la primera pareja humana… para cuyo aplacamiento habría sido necesaria la reparación de la ofensa por medio de la muerte cruel y cruenta de su Hijo, es una imagen de Dios hoy sencillamente insostenible, e inaceptable. La sola idea de que un mítico pecado de Adán y Eva hubiera torcido los planes de Dios, y hubiera sumido en las tinieblas del pecado y del alejamiento de Dios a toda la humanidad desde la primera pareja, durante miles y miles de años –hoy la ciencia nos dice que habrían sido millones de años-, hasta la aparición de Jesús, es absolutamente inaceptable para la mentalidad actual. La misma fórmula jurídica de la «satisfacción sustitutoria» resulta hoy día inviable desde los mínimos éticos de nuestra época. Un Dios así resulta increíble, provoca ateísmo, con razón.

Si este modelo nos parece hoy día sobrepasado, no debemos dejar de considerar que ha habido otros modelos todavía más inadecuados. En el primer milenio la teología dominante, en efecto, no fue la de la «satisfacción sustitutoria», sino la del «rescate»: por el pecado de Adán la humanidad había quedado «prisionera del demonio», literalmente bajo su poder (sic). Según san Ireneo de Lyon (+ 202) y Orígenes (+ 254) el Diablo tendría un «derecho» sobre la humanidad, debido al pecado de Adán. Jurídicamente, la humanidad estaba bajo su dominio, le pertenecía, y Dios «quiso actuar con justicia incluso frente al diablo» (Ireneo, Adversus Haereses, V, 1,1), al anular tal derecho sólo mediante el pago de un rescate adecuado. Para ello, entregó a su Hijo a la muerte, a fin de liberar a la humanidad del dominio «legítimo» del diablo. San Agustín lo dice aún más explícitamente: Dios decretó «vencer al Diablo no mediante el poder, sino mediante la justicia» (De Trinitate XIII, 17 y 18).

Este modelo del «rescate pagado al Diablo» para rescatar a la humanidad, aún resuena en las personas que tuvieron una formación cristiana. Pero hoy nos resulta no sólo inaceptable, sino inimaginable, y hasta grotesco: no podemos aceptar un Diablo, concebido como un contra-poder cuasi-divino, que está apostado frente a Dios y que retiene a la humanidad bajo su poder, durante milenios, hasta que es «justamente resarcido» por Dios, nada menos que con la muerte del Hijo de Dios, un Diablo que sólo así sería «derrotado por la victoria de Cristo»…

¿Qué queremos decir con todo esto? Muchas cosas:

-que las teologías son metafóricas, no narraciones históricas ni descripciones metafísicas;

-que las teologías son muchas, variadas, no sólo una… y que cuando adoptamos una de ellas no debemos nunca perder de vista que se trata sólo de «una» teología, no de «la» teología;

-que las teologías son contingentes, no necesarias;

-que son elaboraciones humanas, no revelaciones divinas bajadas en directo del cielo, y que están construidas con elementos culturales de la sociedad en la que han sido concebidas;

-que son también transitorias, no eternas, y que con el tiempo y los correspondientes cambios culturales pierden plausibilidad y hasta inteligibilidad y pueden acabar resultando inaceptables y hasta desechadas;

-que los agentes de pastoral que atienden al Pueblo de Dios han de estar atentos a no prolongar la vida de una teología sobrepasada, superada, que ya no habla de un modo adecuado a las personas de hoy;

-que pueden (y deben) tratar de encontrar nuevas imágenes, nuevos símbolos, nuevas respuestas interpretativas de parte de nuestra generación actual a las preguntas de siempre.

La Semana Santa no es el único momento en el que debemos referirnos a la significación de la salvación operada por Cristo, pues ésta es una referencia central de la fe cristiana; pero sí es una ocasión privilegiada para plantearnos la conveniencia de la revisión de nuestros esquemas teológicos al respecto. Leer más…

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Ramos. 13.4. 25 . Hija-Sion danzando gozosa, Rey de Paz en un asno

domingo, 13 de abril de 2025
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IMG_0756Del blog de Xabier Pikaza:

Danza con fuerza, Hija-Sion; grita aclamando, Hija-Jerusalén. Tu tu rey viene a ti; justo y amoroso, montado sobre un asno. Destruirá el carro de  combate de Efraim, el caballo de Jerusalén, el arco de guerra y anunciará la paz a las naciones de mar a mar, del torrente a las extremidades de la tierra (cf. Zac 9,9-10).

Hacia comienzos del III a. de C., asumiendo quizá temas y hasta textos anteriores, el autor a quien llamamos 2º Zac (Zac 9-14), redacta una obra profética centrada en el mesianismo escatológico: culminando su acción anterior e invirtiendo los medios de poder que triunfan en el mundo (violencia de los imperios).

El el mismo Dios va a desve­lar su misterio en Sión/Jerusalén. Desde ese fondo ha de entender­se cl último y, en algún sentido, el más paradójico y fuerte de todos los pasajes que tratan de la Hija-Sion, de la Nueva Jerusalén

Danza con fuerza, Hija-Sión; grita aclamando, Hija-Jerusalén; he aquí que tu rey viene a ti; justo y vencedor es él; humilde, montado sobre un asno, sobre un pollino, cría de borrica. Destruirá el carro de Efraim y el caballo de Jerusalén Y destruirá el arco de guerra y anunciará la paz a las naciones; y su dominio será de mar a mar, del torrente a las extremidades de la tierra, (Zac 9,9-10).

La traducción del texto es fácil, aunque el principio del verso 10 está en el TH en primera persona  (y yo destruiré …), como si fuera el mismo Dios y no el rey mesiánico el encargado de que­brar la fuerza guerrera de Efraín y Judá. Sea como fuere, el sentido de fondo parece el mismo y así conservamos la traducción visual, en tercera persona: el anunciador profético sigue invitando a la Hija-Sion al canto gozo, conforme a lo visto en Sof 3,14-18 y Zac 2,14-17, pero ahora los motivos para el gozo son algo distintos.

Comencemos por cl mismo gozo de la Hija-Sión. Ella tiene que ponerse a danzar en gesto de fiesta solemne; danza y grita aclamando, porque llega el monarca. Estamos en una liturgia de entronización: avanza el rey, se forma el cortejo y, mientras va llegando, se le acerca la Hija-Sion para recibirle con la alegría desbordante de su baile. Organizador de fiesta mesiánica es el profeta, danzante jubiloso el pueblo (Hija-Sión), majestuoso el rey que viene.

Sof 3,14-18a iniciaba una danza nupcial: Zac 2,14-17 invi­taba al baile religioso; sin negar del todo estos aspectos, Zac 9,9-10 nos lleva al centro de una gran ceremonia de coronación: al baile de un pueblo/muchacha que recibe con gozo emocionado y entu­siasta a su rey salvador. I:1 rey que llega y la mujer que sale a reci­birle danzando: este es el misterio final, el último acto de la historia.

Desaparecen o pasan a segundo plano los restantes ofi­cios y figuras de la tierra: sacerdotes, militares, potentados… Toda la humanidad se ha condensado en esta Hija-Sión, esta ciudad­-mujer, esta doncella que llena de juventud y esperanza se prepara para la danza triunfal de su rey. Ella no tiene más oficio que cantar y alegrarse; para eso se prepara. Ella podrá cantar porque tiene su rey En los dos casos anteriores el rey (o plenitud de poder) era un personaje divino.

Por eso, la Hija-Sión significaba la humanidad entera, varones y mujeres incluidos en esa figura femenina. Ahora, en cambio, la Hija-Sión, sin perder esa visión de totalidad, tiende a recibir y reali­zar una función particular porque el rey que viene es también figu­ra humana (humilde, montado en un asno…).

Ciertamente, el rey que viene es justo, en la línea cíe la justicia de Dios, pero es tam­bién justo con los israelitas (y humanos) justos de la historia. Este rey es vencedor, en cuanto trae la victoria de Dios; pero el término empleado en este caso es pasivo, como para indicar que no realiza la salvación por sí sino que la recibe de Dios. Es rey hunnilde como humildes eran aquellos que formaban e1 resto de Israel en Sof 3,12. Viene montado en un asno, como en asno montaban los primeros salvadores y reyes de la historia israelita (cf Gen 49,11; Jc 5,10; 10,4; 12,14).

Una muchacha que danza gozosa, un rey  de paz que avanza montado sobre un asno… Esta es la representación de la historia total. Los dos unidos forman el signo de la humanidad. Por eso hay que entenderlos uno desde el otro y con el otro.

La muchacha danzante sólo tiene sentido allí donde la vida no se entiende como guerra, allí donde el auténtico poder no es el caballo de -batalla ni el dinero sino el ser humano nuevo que avanza sobre un asno.

Por otra parte, la humildad amorosa del rey expresa algo que es mucho más que una virtud interna: no es el gesto interior e1 que aparece en pri­mer plano sino todo el signo externo del varón que ha renunciado a las armas, a la lucha por la conquista, a la soberbia del dinero.

El asno del que aquí se trata no es un signo momentáneo que se apli­ca desde fuera a un ~<rey o varón que normalmente cabalga en tren de guerra o se impone en actitud de duro mando. El asno es la expresión permanente de la voluntad de diálogo, de la paz muma, de la renuncia a la violencia.

Este rey y esta mujer se encuentran. Son uno para el otro, uno con el otro, de tal forma que sus signos pueden cíe algún modo intercambiarse: monta la muchacha en el asno, danza el rey… o danzan ambos y ambos montan en camino nuevo de paz universal.Sion era cuanto tal ha desaparecido. Aquí no hay ciudad externa, ni templo separado. Ellos dos, cl varón y la mujer, en diálogo danzan­te, son el signo de la nueva humanidad, son todo Sion, si es que pudiera utilizarse ese lenguaje.

Pero el texto sigue diciendo que destruirá (¿quién? Dios o el mismo rey, según se lea el TH) el carro de Efraim y el caballo de .Jerusalén (9~,10). Normalmente, en la vieja tradición hímnica y pro­fética de Israel carros y caballos suelen ir vinculados como expresión de poderío guerrero (cf Ex 15,1; Mi 5,9; Is 2,7). La novedad de nuestro texto está en el hecho de que separa ambos signos y atribu­ye los carros a Efraím y los caballos a Jerusalén, poniendo así sobre el mismo plano de violencia (y con la misma necesidad de conver­sión) a judíos y samaritanos. Ciertamente, la salvación está simboli­zada en la Hija-Sion y en su rey. Pero esta Hija-Sión no pertenece ya sin más a Jerusalén; ella se abre al nuevo pueblo de la paz edifi­cado por este rey humilde.

La paradoja (que el nuevo testamento ha captado en pro­fundidad: Mt 21,5) consiste en el hecho de que este rey sin armas simboliza (y en algún sentido realiza) la victoria de la nueva huma­nidad sobre los grandes pueblos armados. No se trata de pedir  que se desarmen los otros,, que empiecen renunciando a la violencia los pueblos enemigos. Este nuevo rey es signo cíe condena para los hermanos enfrentados, para judíos y samaritanos, en un tiempo (siglo III a. de C.) en que ambos se están enfrentando en visión de odio social y militar que será definitivo.

Sólo entonces, cuando judíos y samaritanos (Efraím y Jerusalén) depongan sus armas, cuando puedan darse la mano de la paz en torno al rey de no violencia, montado sobre un asno, podrá salir la Hija-Sión a bailar. Ambos, rey pacífico y muchacha danzante, forman como las dos caras de un mismo ideal mesiánico abierto hacia todos los pueblos, porque el texto sigue diciendo «destruirá el arco de guerra y anunciará la paz a las naciones».

E1 arco constituye, con los carros y caballos, el signo máximo de guerra (cf 1 Sam 2,4). Parece que los pueblos han vivi­do hasta cl momento dominados por un tipo de lógica militarista: arco y espada han definido y decidido siempre sus disputas. Pues bien, asumiendo una lógica nueva de paz escatológica, que pode­mos ver en textos como Is 2,2-4; 11,1-9, nuestro pasaje ha elabora­do un ideal de paz universal. Leer más…

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La Pasión según Lucas. Domingo de Ramos. Ciclo C.

domingo, 13 de abril de 2025
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Titian_-_Christ_and_the_Good_Thief_-_WGA22832Tiziano, Jesús y el buen ladrón

Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Resulta imposible comentar en pocas líneas el relato de la Pasión en el evangelio de Lucas. De los diversos episodios exclusivos suyos, considero de especial interés las tres palabras que pone en boca de Jesús en la cruz. Ninguno de los evangelios trae las siete famosas palabras de Cristo en la cruz. Mateo y Marcos, solo una; Juan, tres; Lucas, otras tres. Sumándolas tenemos siete. Las tres de Lucas pueden servir de reflexión y oración.

  1. Morir perdonando

            Jesús y los dos malhechores acaban de llegar al Calvario. Crucificar a tres personas es un trabajo más lento y cruel de lo que puede imaginarse, pero Lucas no entra en detalles. Se limita a indicar lo que decía Jesús en este momento: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.

            El tema de los enemigos y del perdón ha aparecido en este evangelio desde el comienzo. Zacarías, el padre de Juan Bautista, alaba a Dios porque ha suscitado a un descendiente de David “para que, libres de temor, arrancados de las manos de nuestros enemigos, le sirvamos con santidad y justicia toda nuestra vida”. Su esperanza no se cumplirá como él espera. A su hijo lo decapitará Herodes. Y Jesús no habla de verse libres de los enemigos. Lo que manda a sus discípulos es: “amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, rezad por los que os injurian”. Ahora, en el momento decisivo, Jesús va más adelante. No solo reza por los enemigos, sino que intenta comprenderlos y justificarlos: “no saben lo que hacen”.

  1. Nunca es tarde para convertirse

            Que Jesús fue crucificado entre dos malhechores lo dicen también Mateo y Marcos (aunque estos los llaman “ladrones”, que equivale a “terroristas”, cosa más lógica porque a los ladrones no los crucificaban, sino que los vendían como esclavos). Pero la mayor diferencia consiste en que en Mateo y Marcos los dos insultan a Jesús. Lucas cuenta algo muy distinto: mientras uno anima irónicamente a Jesús a salvarse y salvarlos, el otro lo defiende, reconoce su inocencia y le pide que se acuerde de él cuando llegue a su reino. Todos sabemos la respuesta de Jesús: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.

            Algún escéptico podría decir que Lucas ha inventado esta conversión tan inesperada del buen ladrón. Él respondería: “Si no fue así, pudo serlo”. Porque lo que intenta enseñarnos es que nunca es tarde para convertirse. En una parábola que comentamos hace tres domingos, el labrador pedía un año de plazo para la higuera estéril. Zaqueo tuvo el resto de su vida para demostrar su conversión. El buen ladrón solo dispone de unas horas antes de morir, aprovecha la ocasión de inmediato, y esas pocas palabras le sirven para salvarse. Al mismo tiempo, las palabras de Jesús suponen un consuelo para todos nosotros cuando se acerque la muerte: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.

  1. Morir en manos de Dios

            Lo último que dijo Jesús antes de morir también varía según los evangelios. Marcos y Mateo ponen en su boca el comienzo del Salmo 22: “¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué he has desamparado?”. Parece un grito de abandono, sin esperanza. Quien sigue leyendo el salmo advierte que el olvido de Dios y el sufrimiento dan paso a la victoria final. Aunque esto sea cierto, Lucas piensa que sus lectores no van a entenderlo y se pueden quedar con la sensación de que Jesús murió desesperado. Por eso, las últimas palabras que pone en su boca son: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. De este modo, el final de la vida terrena de Jesús empalma con el comienzo de actividad apostólica. En el bautismo escuchó la voz del cielo: “Tú eres mi hijo amado”. Ahora, en el momento del dolor y la muerte, cuando parece que Dios lo ha abandonado, Jesús lo sigue viendo como “Padre”, un padre bueno al que puede entregarse por completo.

 

El relato de la pasión es una historia de dolor, injusticia, sufrimiento físico y moral para Jesús. Pero Lucas ha querido que sus últimas palabras nos sirvan de enseñanza y consuelo para vivir y morir como él.

Un comentario completo al relato de la pasión puede verse en J. L. Sicre, El evangelio de Lucas. Una imagen distinta de Jesús (Verbo Divino 2021), págs. 449-510.

 

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13 Abril. Domingo de Ramos. Ciclo C

domingo, 13 de abril de 2025
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“Todos sus conocidos se mantenían a distancia, y lo mismo las mujeres que lo habían seguido desde Galilea y que estaban mirando.”

(Lc, 22,14-23,56)

El domingo de Ramos nos abre un gran pórtico que nos muestra, este año a través del Evangelio de Lucas, lo que vamos a celebrar a lo largo de esta Semana Santa.

¡Siéntate, corazón mío!

Como todos los que conocían a Jesús, y también las mujeres que lo habían seguido desde Galilea, que estaban allí presenciando todo (Lc 23,49), déjate tocar, déjate asombrar, déjate enamorar.

¡Siéntate, silénciate, contempla…!

Accede, corazón mío, a ese pórtico, ábrete a que sea el Espíritu mismo de Jesús quien te ayude a descubrir la fidelidad del Maestro en su entrega total, su confianza en el Padre. Es el corazón misericordioso que Jesús te ofrece lo que te hará misericordioso. Y esa misericordia entrañable te acercará a las hermanas/os que hoy siguen el camino de Jesús de Nazaret en medio de persecuciones, abusos, torturas, arrestos e incluso la muerte por ser fieles al Maestro. Recordamos los sentimientos de aquel cristiano, en tierras sirias, que en medio de la tortura dijo algo así a sus verdugos: queréis que renuncie a mi fe cristiana, pero no puedo, porque mi corazón es de Cristo, está marcado por el amor a Cristo Jesús.

Corazón mío, no hagas de estos días santos como aquella gente que había acudido al espectáculo” (Lc 23,48) sino déjate sorprender, para que con el amor que Dios Padre te entrega a través del Espíritu puedas tú también decir con la confianza y abandono de Jesús: Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23,46).

Lo que te preparas a celebrar no es la muerte, aunque ésta sea la de Jesucristo, sino el camino hacia la Pascua.

Oración

Tiempo de vida, tiempo de de luz, tiempo de amor.
Señor, Jesús, Maestro bueno,
dame un corazón que sepa
contemplar, acoger, perdonar, amar…
coge mi mano y conduce mis pasos
a escuchar tu invitación: ¡Sígueme!

*

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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