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Por ser fiel a sí mismo, lo mataron.

domingo, 13 de abril de 2025
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DOMINGO 6º RAMOS (C)

Lc 22,14-23,56

La liturgia de este domingo es desconcertante. Empieza celebrando la entrada “triunfal”, y termina con la muerte. Es difícil armonizar estos dos aspectos de la vida de Jesús. Podríamos decir que ni el triunfo fue triunfo, ni la muerte fue derrota. Los evangelistas plantean la subida a Jerusalén como resumen de su actividad. La muerte se considera como la meta de su vida.

Jesús fracasó estrepitosamente porque la salvación que él ofreció no coincidía con la que esperaban los judíos. Jesús pretendió llevarlos a la plenitud. Ellos solo querían defender sus intereses. Lo que Dios quiere de cada uno es también la exigencia más profunda de nuestro verdadero ser, pero nosotros solo queremos que Él se ponga al servicio de nuestro ego.

El fracaso humano de Jesús nos invita a reflexionar sobre el sentido de las limitaciones humanas. Si nuestro objetivo es evitar el dolor y buscar el máximo placer, nunca podremos aceptar el mensaje de Jesús. Él confió completamente en Dios, pero Dios no lo libró del dolor ni de la muerte. ¿Cómo podemos interpretar este aparente abandono de Jesús?

Es un disparate pensar que Dios exigió, planeó, quiso o permitió la muerte de Jesús. Peor aún si la consideramos condición para perdonar nuestros pecados. La muerte de Jesús no fue voluntad de Dios, sino fruto de la imbecilidad humana. La muerte de Jesús no fue un accidente; fue la consecuencia de su vida. Viviendo como vivió, era lógico que lo eliminaran.

Dios no está solamente en la resurrección, está también en la muerte. Es una lección que no acabamos de aprender. El dolor, el sacrificio, el esfuerzo lo seguimos asociando a castigo de Dios. Las celebraciones de Semana Santa nos tienen que llevar a la conclusión contraria. Dios está siempre en nosotros, pero necesitamos descubrirlo sobre todo en el dolor y la limitación.

Los primeros seguidores de Jesús, todos judíos, no tenían otro medio de explicar la muerte de Jesús. Nadie pudo prever lo que pasó en Jesús, porque rompió todos los moldes y lo que vivió y predicó no podía adivinarlo nadie trescientos o quinientos años antes de que sucediera. Aludir a la inspiración divina demuestra no tener idea de lo que significa la Escritura.

La pasión de Lucas tiene una clara tendencia catequética. Aunque utiliza la narración de Marcos, le da un toque de humanización muy significativo. Suaviza mucho la relación de los que están alrededor de Jesús con su persona. No todo es negativo. El mismo Jesús se relaciona con algunos con comprensión y como ayudándoles a entender lo que está pasando.

Lo importante no es la muerte física de Jesús ni los sufrimientos que padeció. Miles de personas, antes y después de Jesús, han padecido sufrimientos mucho mayores y más prolongados de los que sufrió él. Lo importante de Jesús en ese trance fue su actitud inquebrantable de vivir hasta sus últimas consecuencias lo que predicó.

Ni siquiera sabemos quién le mató, mucho menos podemos saber por qué lo mataron. Su muerte fue la consecuencia del rechazo por parte de los jefes religiosos. No debemos pensar en un rechazo gratuito y malévolo. Eran gente religiosa que pretendían ser fieles a la voluntad de Dios, que para ellos estaba definida de manera absoluta y exclusiva en la Ley.

Jesús debió tener razones muy poderosas para seguir diciendo lo que tenía que decir a pesar de que eso le acarrearía la muerte. Esa fidelidad a sí mismo es la clave de su muerte.

Seguramente la pasión fue el primer relato sobre Jesús que se redactó por escrito. A pesar de ello no podemos estar seguros de que lo que nos cuentan corresponda a sucesos reales. Los que más probabilidades tienen de ser inventados son los que cumplen a profecías del AT. Algunos han constatado más de 300. Veamos algunas fácilmente identificables:

Zacarías 9:9 “Mira que tu Rey viene hacia ti; él es justo y victorioso, es humilde y montado sobre un asno, sobre la cría de un asna”.

Salmo 41:10 Hasta mi amigo más íntimo, en quien yo confiaba, el que comió mi pan, se puso contra mí”.

Zacarías 11:12 “Yo les dije: «Si les parece bien, páguenme mi salario; y si no, déjenlo». Ellos pesaron mi salario: treinta siclos de plata.”

Zacarías 11:13 “Pero el Señor me dijo: Echa al Tesoro ese precio en que he sido valuado por ellos. Tomé los treinta siclos de plata y los eché en el Tesoro de la Casa del Señor”.

Isaías 53:7 “Al ser maltratado, se humillaba y ni siquiera abría su boca: como un cordero llevado al matadero, como una oveja muda ante el que la esquila, él no abría su boca”.

Isaías 53:4-5 “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados”.

Isaías 53:12 “Fue contado con los pecadores, habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores”.

Salmo 22:16 “Porque perros me han rodeado; Me ha cercado cuadrilla de malignos; Horadaron mis manos y mis pies”.

Salmo 22:6-8 “Mas yo soy gusano, y no hombre; Oprobio de los hombres, y despreciado del pueblo. 7. Todos los que me ven me escarnecen; Estiran la boca, menean la cabeza, diciendo: 8. Se encomendó al Señor; líbrele él; Sálvele, puesto que en él se complacía”.

Salmo 69:21 Me pusieron además hiel por comida, Y en mi sed me dieron a beber vinagre”.

Zacarías 12:10 “Y mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por hijo unigénito, afligiéndose por él como quien se aflige por el primogénito”.

Salmo 22:18 “Repartieron entre sí mis vestidos, Y sobre mi ropa echaron suertes”.

Salmo 34:20 “El guarda todos sus huesos; Ni uno de ellos será quebrantado”.

Isaías 53:9 “Lo enterraron con los malhechores, lo sepultaron con los malvados aunque no cometió ningún crimen ni hubo engaño en su boca”.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Una muerte anunciada.

domingo, 13 de abril de 2025
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Crucifixión 2Domingo de Ramos

Lc 22, 14-23

«Haced esto en memoria mía»

Jesús entra el domingo en Jerusalén acompañado de un grupo de galileos que le aclaman como el Mesías anunciado: «Hosanna al hijo de David»… Disuelta la comitiva, se dirige al templo, expulsa a los mercaderes y se enfrenta a unos sacerdotes de alto rango que le increpan: «¿Con qué autoridad haces estas cosas?»… Al atardecer se retira a la seguridad de Betania.

El lunes, desafiando a las autoridades, se dirige al templo y comienza a enseñarles desde la escalinata del pórtico de Salomón. Los judíos le escuchan entusiasmados y Jesús les urge a la conversión: «Todavía es tiempo»… Aparecen unos sacerdotes desafiantes y arremete contra ellos con la parábola de los viñadores homicidas: «Hará perecer a los labradores malvados y dará la viña a otros»… Sin darles tiempo a reaccionar, censura violentamente a escribas y fariseos: «¡Hipócritas!»…

Se conjuran para matarlo, pero temen a la multitud.

El martes vuelve al templo y se congrega en torno suyo gran número de personas. Unos fariseos, acompañados de unos herodianos, le ponen a prueba con una pregunta trampa sobre el tributo a los romanos: «Dad pues al César lo que es del Cesar»… Más tarde les toca el turno a los saduceos, y finalmente a los fariseos: «¿Quién es mi prójimo?»… «Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó»…

Los que buscan desprestigiarle caen en la cuenta de que es demasiado listo; que por ese camino no van a conseguir su propósito, y endurecen la apuesta.

Vuelve el miércoles. Su auditorio sigue creciendo, pero su enfrentamiento con las autoridades sube sustancialmente de tono. Unos fariseos (asistidos por guardias del templo) irrumpen en el grupo, abren un claro delante de Jesús y arrojan a una mujer aterrada. «Moisés nos manda apedrear a estas mujeres, ¿tú qué dices?»… Y Jesús se juega la vida –y la pierde– por salvar la de la mujer, porque los santos fariseos no pueden perdonar que nadie les llame pecadores públicamente. Sale al monte de los olivos seguido de mucha gente y les manda el mensaje definitivo: «A mí me lo hicisteis»…

El jueves Jesús sabe que su tiempo se ha acabado y organiza una cena de despedida con sus íntimos; incluidas, claro está, las mujeres: «Yo soy el maestro y el señor, y os he lavado los pies»… «Haced esto en memoria mía»… Al acabar la cena salen de la ciudad por la puerta de las Aguas y remontan el torrente Cedrón. En el cruce de caminos Jesús se detiene. El de la derecha lleva a Betania, a la seguridad de la casa de sus amigos. El que sale al frente, a Jericó, y de allí fuera de la jurisdicción de quienes quieren matarlo. Duda unos instantes y toma la senda que sube a Getsemaní; a su destino: «Pero no se haga mi voluntad sino la tuya»…

Judas lo entrega, los levitas y los criados lo prenden, y el sanedrín lo condena a muerte por blasfemo: «¿Eres tú el hijo del Altísimo?… ¡Ha blasfemado!»…

El viernes, los sacerdotes lo entregan a los romanos, pero no le acusan de blasfemo sino de sedicioso. Pilato trata tibiamente de salvarlo, pero fracasa: «Nosotros no tenemos más rey que el César»… Su suerte está echada; los romanos lo torturan y lo crucifican: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen»«¿Por qué me has abandonado?»… «En tus manos encomiendo mi espíritu»…

Los profetas mueren lapidados, pero los sacerdotes se empeñan en que sea crucificado para crucificar también su doctrina… pero fracasan «porque Dios estaba con él»

Miguel Ángel Munárriz Casajús 

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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Bendito eres, pero te crucifico.

domingo, 13 de abril de 2025
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descubrir-a-jesucristo_560x280COMENTARIO AL EVANGELIO Lc 19, 18-40

13 de abril de 2025 – Domingo de Ramos

Con el Domingo de Ramos comenzamos el tiempo de la Semana Santa. La lectura del Evangelio de este Domingo se centra en la Pasión de Jesús. Tendremos ocasión, a lo largo de toda la semana, de profundizar en las diferentes situaciones de este dramático final de su vida.

Ahora bien, también es interesante centrarnos en lo que tradicionalmente se celebra el Domingo de Ramos: la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Tomo como base la narración de este hecho que realiza Lucas y que leeremos en la procesión de los Ramos de este Domingo.

La situación de esta escena de la vida de Jesús es profundamente importante para comprender su coherencia, su dramático final y la inconsistencia de quienes le vitorean y, posteriormente, desean su crucifixión.

Dice el texto que Jesús entra en Jerusalén para celebrar la fiesta de Pascua montado en un pollino. Parece que Lucas quiere mostrar que se cumplen las Escrituras profetizadas por Zacarías. El profeta invita a Jerusalén a cantar de alegría y júbilo porque viene su rey, justo y victorioso, trayendo la salvación, pero humilde montado sobre un asno.

Volvamos a la escena. Jesús es recibido por todo el pueblo y sus seguidores. Ellos aclaman a su gran héroe que ha logrado imponerse con su mensaje a un judaísmo que ya no da respuesta a las expectativas de liberación de su Pueblo.

Enseguida entran en la escena los fariseos. Ellos no soportan tanta alabanza a quien ya consideran un traidor. Su cobardía los lleva a no enfrentarse a Jesús y utilizan a sus seguidores para cortar radicalmente este momento inaguantable para ellos. En vez de decirle a Jesús que es un impostor para su pueblo, dan un rodeo, desplazan el problema y le piden que mande callar a sus discípulos y les reprenda. La respuesta de Jesús ya nos está hablando de que la liberación y el nacimiento de una nueva visión de Dios y del ser humano está naciendo: “si éstos callan, gritarán las piedras”. Ya no hay vuelta atrás, Jesús es consciente de que su vida en esta historia como humano se termina, pero serán sus seguidor@s quienes, tomando la palabra impregnada por su Espíritu, continuarán intentando que la nueva humanidad, la nueva creación, sea posible.

Un pueblo que grita con fervor alabando a Jesús no tarda ni una semana en decidir que ya no es el Mesías y que es un traidor. El pueblo es manipulado nuevamente por los fariseos, por el judaísmo institucional que sabe tocar sus puntos débiles, sus necesidades, su falta de firmeza, para hacerles cambiar de opinión y mirar a “su Rey” como un impostor. Desgraciadamente, a veces, así funciona la mente humana. Esta situación no es nueva en nuestro mundo, ocurre a nivel social, político, también religioso y eclesial. Cuántas veces se traicionan a personas referentes porque, egoístamente, no dan lo que se necesita, porque se envidia la luz que emanan y el ego queda cegado, no por esa luz sino por la envidia, la rivalidad o, simplemente la moda.

Todos llevamos dentro a un Jesús que entra triunfante tras el éxito de situaciones que nos han empoderado y llevamos dentro a ese pueblo débil e ignorante que se deja manipular y convencer para alejarse de lo que realmente plenifica y eterniza nuestra vida.

Tras la respuesta a los fariseos, dice el texto de Lucas, que Al ver la ciudad, Jesús lloró por ella”. Ya asoma el Jesús sentible, humano, que avanza hacia su final lamentando la ceguera de la condición humana cuando no soporta la verdad y la luz.

En cualquier caso, unámonos a toda la Creación para vitorear a Jesús, que ha empoderado nuestra realidad humana, a través de la Divinidad, y que nos capacita para mirar de una manera nueva la muerte, la noche, el sufrimiento y el vacío. ¡Hosanna a la VIDA y a la LUZ!

Rosario Ramos

Fuente Fe Adulta

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La Cruz: Historia, creencia (interpretación) y simbolismo.

domingo, 13 de abril de 2025
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Cruz-640x427Comentario al evangelio del domingo 13 abril 2025
Domingo de Ramos

Jn 23, 1-49

Se ha pervertido tanto el significado de la cruz que resulta difícil proponer una lectura de la misma en clave positiva. De la cruz se ha dicho:

  • que fue consecuencia del pecado del ser humano;
  • que fue el castigo que dios infligió a su propio hijo para saldar la deuda del pecado;
  • que fue el modo como Jesús expió nuestro pecado y, de ese modo, nos redimió, salvó nuestras almas y nos abrió las puertas del cielo…

Tomado al pie de la letra, tal modo de presentarla daba como resultado la exaltación del dolorismo, la imagen de los seres humanos como esencialmente pecaminosos desde antes de su propio nacimiento y la idea de un dios sádico, vengativo y cruel. Hasta el punto de que uno no puede dejar de preguntarse cómo gran parte de la humanidad ha podido creer, durante siglos, en semejante caricatura de dios.

Dejando de lado toda esa interpretación, tal como se fue plasmando a lo largo de generaciones, en la enseñanza de la iglesia, transmitida a través de catecismos y predicaciones, cabe otra lectura del hecho de la cruz más ajustada, tanto en el plano histórico como en el simbólico.

Históricamente, destacan dos elementos: por un lado, la cruz fue la condena injustificable y cruel por parte del poder de turno contra un hombre inocente que, por diferentes motivos, les resultaba molesto y del que querían deshacerse a toda costa; por otro, pone de relieve la lucidez y coherencia de ese hombre (Jesús), viviendo la fidelidad a sí mismo por encima incluso del apego a su propia vida.

Simbólicamente, la cruz traslada un doble significado: por una parte, su propia forma -vertical y horizontal- simboliza la unidad de lo alto, lo profundo y lo ancho, del cielo y de la tierra, de todo lo real; en ese sentido, la cruz es abrazo que expresa la unidad radical de todo lo que es; por otra, el crucificado simboliza a la persona sabia que deja “clavado” su propio ego –se ha desidentificado de él– y vive en la verdad –serena, gozosa y entregada– de lo que es.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Ni en carro de combate ni con aranceles, Jesús entra humildemente en Jerusalén

domingo, 13 de abril de 2025
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F0EB4B8C-CAEB-4BB9-B0F0-405FF670006BDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.- Domingo de Ramos

Con el domingo de Ramos comenzamos la Semana Santa.

        La escucha de la entrada de Jesús en Jerusalén y de la Pasión y muerte del Señor son ya homilía suficiente.

        Nada más que un subrayado a la Palabra.

02.- Humildad de Jesús.

        La vida y la historia van cambiando y podríamos decir que en cada momento la Semana Santa adquiere características y matices diversos. Quizás en estos momentos llama fuertemente la atención el contraste de la entrada de Jesús en Jerusalén con el prepotente contexto político y bélico que estamos viviendo.

        Jesús entra humildemente en Jerusalén. Humildad es una palabra que proviene del latín: humus, que significa tierra donde nace y crece vida, el barro del Génesis de donde brota la vida. Los seres humanos somos poco más que barro…

        La humilde entrada de Jesús en un asno choca frontalmente con la actitud de líderes políticos y parte de los pueblos que se muestran prepotentes con grandezas patrióticas y entran en el templo de la historia en carros de combate, drones, misiles, aranceles y poder.

        ¿Rearmando Europa se constituirá en una comunidad más fraterna?

        ¿Y si cambiáramos la prepotencia por la humildad, las armas por la paz, el racismo por la igualdad?

        Soñemos con lo que anunciaba el profeta Isaías:

De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas.

No alzará la espada pueblo contra pueblo,

no se adiestrarán para la guerra.

(Isaías 2,2-5)

03.- “Hoy” estarás conmigo en el paraíso

        Lo último que hace Jesús es lo que ha hecho durante toda su vida: perdonar: hoy estarás conmigo en el paraíso.

        Es el “hoy” de San Lucas: “Hoy”:

        Hoy os ha nacido el salvador, (Lc 2)

        Hoy se cumple la Escritura. (Lc 4)

        Hoy ha entrado la salvación en tu casa, Zaqueo, (Lc 19).

        Hoy estarás conmigo en el paraíso.

        Hoy, no mañana, “hoy”, estamos ya perdonados y salvados.

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«Llega un rey de Paz», por Consuelo Vélez

domingo, 13 de abril de 2025
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De su blog Fe y Vida:

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Domingo de Ramos (13-04-2025)

(Nota aclaratoria: En la eucaristía de este día se lee toda la pasión del Señor Jesús (Lucas 22, 14-23,56) pero para este comentario nos detendremos en la entrada de Jesús a Jerusalén)

Para Lucas Jesús es “el profeta”, con lo cual todo se organiza para ir cumpliendo lo anunciado

Jesús realiza un “signo profético”, un signo contracultural al entrar en un asno. Este animal es signo de paz, al contrario del caballo que es signo de guerra

La entrada “triunfante” de Jesús a Jerusalén, pronto tomará el rumbo de la pasión que celebraremos en los días que siguen

De nuestra fidelidad, dependerá que sea Dios quien tenga la última palabra, como la tendrá con la resurrección de su Hijo después de su pasión

Después de haber dicho esto, Jesús siguió adelante, subiendo a Jerusalén. Cuando se acercó a Betfagé y Betania, al pie del monte llamado de los Olivos, envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: «

Vayan al pueblo que está enfrente y, al entrar, encontrarán un asno atado, que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo; y si alguien les pregunta: «¿Por qué lo desatan?», respondan: «El Señor lo necesita».

Los enviados partieron y encontraron todo como él les había dicho. Cuando desataron el asno, sus dueños les dijeron:

– «¿Por qué lo desatan?».

Y ellos respondieron:

– «El Señor lo necesita».

Luego llevaron el asno adonde estaba Jesús y, poniendo sobre él sus mantos, lo hicieron montar. Mientras él avanzaba, la gente extendía sus mantos sobre el camino. Cuando Jesús se acercaba a la pendiente del monte de los Olivos, todos los discípulos, llenos de alegría, comenzaron a alabar a Dios en alta voz, por todos los milagros que habían visto. Y decían:

– «¡Bendito sea el Rey que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!».

Algunos fariseos que se encontraban entre la multitud le dijeron:

– «Maestro, reprende a tus discípulos».

Pero él respondió:

«Les aseguro que, si ellos callan, gritarán las piedras”

(lc 19, 28-40).

En este comienzo de la Semana Mayor, se lee el relato de la pasión, condensando en este día, lo que va a sucederle a Jesús como consecuencia de su predicación. Precisamente, este relato nos sitúa, por una parte, en la llegada de Jesús a Jerusalén y, por otra, en el éxito que su misión iba teniendo entre los suyos, incluso para proclamarlo rey, con lo cual, es comprensible, que la persecución que también se estaba gestando, se acelere y prefieran llevarla a cabo para liberarse, de una vez por todas, de este personaje que va consiguiendo más seguidores.

Cabe anotar que todo el evangelio de Lucas se estructura con la subida de Jesús a Jerusalén, allí donde matan a los profetas (“no conviene que un profeta perezca fuera de Jerusalén” Lc 13, 33), y para Lucas Jesús es “el profeta”, con lo cual todo se organiza para ir cumpliendo lo anunciado.

Llama la atención que Jesús va a entrar en un asno, contrastando con esto la entrada de los reyes de los imperios, quienes entrarían en un “caballo”. El asno es señal de paz mientras que, el caballo, es señal de guerra. En otras palabras, Jesús realiza un “signo profético, un signo contracultural para lo que sería habitual en su tiempo y responde de esa manera al rey esperado por Israel: “Exulta sin freno, hija de Sion, grita de alegría, hija de Jerusalén. He aquí que viene a ti tu rey (…) Él suprimirá (…) los caballos de Jerusalén, será suprimido el arco de combate y él proclamará la paz a las naciones” (Zac 9, 9-10).

Por otra parte, el hecho de que Jesús mande a sus discípulos por el asno y les diga que si les preguntan porqué lo desatan, respondan que “el Señor lo necesita”, significa la autoridad con la que Jesús habla, autoridad que comienza a ser reconocida por muchos.

En el evangelio de Lucas a Jesús no lo saludan con ramos sino extendiendo sus mantos sobre el camino (los otros evangelistas si se refieren a ramos). Además, lo reciben llenos de alegría y alabando a Dios. De esa manera se manifiesta el reconocimiento que sus discípulos están haciendo de sus obras porque, en verdad, con sus actitudes y sus milagros, Jesús está haciendo presente la salvación esperada. Pero en esta misma entrada se presentan los fariseos -será la última vez que aparezcan en el evangelio de Lucas- diciéndole a Jesús que mande callar a sus discípulos. Jesús responde con la misma autoridad que había manifestado antes: “si ellos callan, gritarán las piedras”, es decir, el reconocimiento que están haciendo no es por la benevolencia de los suyos sino porque efectivamente la salvación va llegando con Él.

Sin embargo, esta entrada “triunfante” como muchas veces se dice, pronto tomará el rumbo de la pasión que celebraremos en los días que siguen. Efectivamente, el bien y la bondad dan frutos, pero las fuerzas del anti reino se empeñan en acallarlos y, en ocasiones, lo logran. Jesús tendrá que pasar por la cruz, pero no desistirá de su fidelidad. Recordemos que en el pasaje de las tentaciones el diablo le ofreció sus reinos para darle poder sobre ellos. Jesús no quiere ese reinado y, por eso, afronta la cruz, con la confianza puesta en el Rey del cielo, es decir, en el Dios bondad y bien para la humanidad.

Reconozcamos hoy, también nosotros, a este Rey de paz que se hace presente en muchos hechos de nuestra realidad, sabiendo que el mal siempre está acechando y, de nuestra fidelidad, dependerá que sea Dios quien tenga la última palabra, como la tendrá con la resurrección de su Hijo después de su pasión.

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“La medida del amor”, por Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 13 de abril de 2025
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unnamedDe su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana).

Comentario a la lectura evangélica (Lucas 22, 14-23, 56) de la Misa del Domingo de Ramos

La medida del Amor

Dios no es quien envía desgracias. No es un amo que castra e impide volar. No es un déspota que mantiene quieto y callado o castiga. No es quien esgrime la Ley y espera para ejecutar la lapidación.

No es el que detiene las guerras, después de que nosotros las hayamos empezado, pensando -con ternura- que sus criaturas pueden arreglárselas solas.

No es el Dios de Jesús. No es mi Dios.

Hace falta desierto y verdad, hambre de sentido y de Palabra para poder rendirse a la evidencia de Dios.

Un Dios que deja crecer a sus hijos, que todo lo ha hecho bien y hace llover sobre justos e injustos: un Dios que, como un Padre, otea el horizonte y acoge con dignidad al hijo que le quería muerto, y sale a explicar sus razones al otro hijo ofendido; un Dios que, el único justo, podría condenarme y no lo hace, pidiéndome que salga de la mediocridad del pecado, de la falsa libertad.

Estamos al final del desierto: ahora vemos el Gólgota en el horizonte.

El promontorio desde el que se eleva la ternura infinita de Dios.

El escenario del que pende la medida de su amor sin medida.

Comienza la gran semana, la más grande, la más importante, la más profunda.

La semana llena de asombro y de sangre, de amor y de emoción. Comienza la Semana Santa.

¡Hosanna!

Jesús entra triunfante en Jerusalén. El pueblo aplaude, agita en alto ramas arrancadas de las palmeras y los olivos, extiende sus mantos al paso del Rabí de Galilea. Pequeña gloria antes del desastre, frágil reconocimiento antes del delirio.

Jesús sabe, siente, conoce lo que está a punto de suceder.

El juicio del hombre es demasiado inestable, su fe demasiado vaga, su voluntad demasiado errante.

Pero, ¿a quién le importa?

Sonríe, ahora, el Nazareno y escucha las alabanzas que se le dirigen y que Él dirige al Padre.

Mesías impotente y manso, enérgico y tierno, cansado y resuelto.

No entra en Jerusalén montado en un caballo blanco, no tiene soldados a su lado que le escolten y protejan, ningún estandarte le precede, ninguna autoridad le recibe: entra en la ciudad montado en un burro desarmado, recordándonos, hartos de protagonismo, que el poder sólo es tal si no se toma demasiado en serio a sí mismo, que la gloria de los hombres es inútil y breve.

Que el poder es servir. Que el poder es amar liberando.

Ese poder es pacificar.

Y en este año airado, egoísta, penoso, atravesado por mil tensiones y violencias, ante el resurgir de las tinieblas y las sombras, Dios sigue señalando ese gesto suyo absurdo, burlón, ingenuo y asombroso como profecía de paz.

Hosanna, hijo de David, Hosanna nuestro increíble Dios, nuestro magnífico Rey.

Hosanna de tus hijos pobres e ilusos, heridos y mendigos,

Hosanna rey de los pobres, protector de los fracasados, ¡Hosanna!

Eleva a ti el grito de alabanza tu Iglesia, santa y pecadora, reconoce en ti la única razón de vivir, la única búsqueda, el único anuncio, Hosanna, maestro amado.

Hosanna, maestro nuestro.

La pasión

Lucas relata su pasión, dejando traslucir todo el bien que ha recibido de Cristo.

Ama al Dios de Jesús, ama al Señor que ha conocido a través de las vibrantes palabras de Pablo. Y relata las últimas horas de la batalla, relata el choque titánico entre el Dios rechazado y las tinieblas inminentes que sugieren (¿con razón?) a Jesús abandonar al hombre a su suerte. La batalla, la agonía se concentra, en Lucas, en la sangrante oración de Getsemaní.

¿Comprenderán los hombres? ¿O incluso ese gesto pasará desapercibido e inútil como tantos otros?

Una cosa es predicar y curar, y otra morir, desnudo, colgado de la cruz.

Jesús elige: consciente, dramática, dolorosamente.

Llegará hasta el final, se sumergirá en la voluntad de los hombres (de muerte), esperando que descubran la voluntad de Dios (de entrega).

Acepta morir el Nazareno, el Hijo de Dios, para que nadie pueda decir que lo que anuncia es fantasía o delirio. Acepta esa última prueba, querida por los hombres, ciertamente no por el Padre, para manifestar definitivamente el verdadero rostro del Padre, un Padre/Madre lleno de misericordia.

Un Dios en el que cree hasta el punto de preferir la muerte al rechazo.

Después, todo se convierte en un milagro.

La oreja del siervo es reimplantada, Pilato y Herodes se hacen amigos, Pedro llora su traición, Jesús es reconocido como «justo» por el procurador pagano, las mujeres son consoladas y estremecidas, el ladrón colgado en la cruz perdonado, y la multitud se va a casa golpeándose el pecho.

La muerte de Dios está llena de dulzura inesperada.

Amor amado

Así eres amado, hermano; así eres acogida, hermana.

Sé amado, ha repetido estos años de ministerio público. Meditando sobre la pasión, también nosotros quedamos asombrados, consternados. Asistimos al espectáculo de la muerte de Dios, del don total de sí mismo.

He aquí a Dios: cuelga de la cruz, muerto de amor.

Dios muere de amor.

Libre. Liberador.

Muere sin carga. Muere ligero. Transfigurado, por fin.

No para suscitar culpas (aunque la traición siga siendo horrible), sino para conmover el mar de hielo que habita en nosotros.

Estad ahí, hermanos, haced como dice Lucas: asistamos al espectáculo de la muerte de un Dios moribundo. Un espectáculo que excava conciencias, que abre corazones, que deja sin aliento.

Cuando acogemos el dolor y nos confiamos a él, cuando, a pesar de la violencia, nos hacemos capaces de perdón y de entrega, incluso nuestras vidas producen milagros inesperados, maravillas y conversiones, sin que nos demos cuenta.

Sintámonos amados.

Ahora sabemos cuánto. Sabemos cuál es la medida de este amor.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Humildad

jueves, 10 de abril de 2025
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el mal refruta la existencia de Dios-

«Tengamos bajos sentimientos de nosotros mismos, acordémonos de nuestros pecados, repasemos con frecuencia en nosotros mismos la doble historia de las gracias recibidas de Dios y de nuestras infidelidades, de nuestras ingratitudes, de nuestras faltas de correspondencia y de nuestros pecados. Hundámonos en conocimiento de nosotros mismos: hagamos con cuidado nuestros exámenes de conciencia y pidamos humildemente perdón. Que el recuerdo de nuestros pecados nos haga suaves tolerantes, indulgentes para los otros, llenos de esperanza en la conversi-on y en la santificación de toda alma, cualquiera que pueda ser… Seamos verdaderamente hermanos y hermanas del Corazón de Jesús imitando su humildad»

*

Carlos de Foucauld,
Consejo Evangélicos o Directorio

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"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , , , , ,

“¡Merecería la pena intentarlo!”, por Gerardo Villar

jueves, 10 de abril de 2025
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IMG_0584Puede ser que los hombres y mujeres de nuestras parroquias estén en un nivel inferior de conocimiento del evangelio. Eso requerirá empezar por comentar el evangelio muy llanamente y muy claramente. Tan importante como que participen en la eucaristía es que tengan una catequesis inicial para que puedan conocer el Mensaje de Jesús.

Muchas personas de nuestras parroquias tienen una formación de sus años de infancia y con ella viven su cristianismo. Desde esa base hemos de partir en el planteamiento de nuestras parroquias: conocer el evangelio.

En una parroquia pedí permiso al obispo y me dejó explicar en tres años –con una hoja que incluía con explicaciones– el evangelio por orden seguido. Y resultó muy interesante. Hubo su llamada de atención desde Roma, pero el obispo personalmente me defendió y justificó ante los cristianos la propuesta. Se hacía en las homilías y luego en grupos.

Tres cursos dan de sí para anunciar consciente y claramente el Evangelio.

Hacíamos una hojas sencillas que reforzaban esa catequesis y así podían anunciar a Jesús e ir descubriendo y viviendo su Mensaje.

¿Sería bueno pretender desde ahora una experiencia así? Aunque quizás haya que reducirla a dos años.

Recuerdo dos materiales que fueron -y creo que pueden ser- elementos interesantes: “Catecismo Alandar” y “Teología Popular” de J.M. Castillo. Ciertamente cambiando, acomodando, a la situación y a la ecología actual.

Repetimos cada año –cada tres años– las mismas lecturas pero no nos dan la síntesis del Evangelio. Porque además hay muchos pasaje buenos que no se leen y no queda el sentido de unidad.

Necesitamos tiempo y espacio. Una lectura de los evangelios, tal como lo hacemos en la liturgia actual, no es oportunidad para explicar y comentar en todos sus detalles y su contenido el texto de cualquiera de los evangelios.

Entiendo que algo parecido haría falta trabajar con los ritos, signos, gestos, ceremonias… para poder dar a conocer e interiorizar la Liturgia. Mucho quehacer hay en un plan pastoral de conversión y seguimiento.

Gerardo Villar

Fuente Fe Adulta

Espiritualidad ,

Me convertiré, Seré Evangelio viviente

miércoles, 9 de abril de 2025
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Del blog de Alfonso J Olaz El Rincón del Peregrino:

| Alfonso Olaz OFS

Caminante

¡Detente ya caminante!

Tus caminos desde antiguo,
ya son de los pasos perdidos,
no de los caminos de Jesus redimido

¡Detente ya hermano!
Aprisa, sube al monte de la luz
Aligera ya toda tu pesada carga
Arrollidate y da gracias a tu creador

Ahora ya, lleno de su fuerza,
con la hermana humildad
Y de la mano del hermano- Jesús,
sube con esperanza al monte de la Cruz, la de los dos

Hermano
¡Hasta ahora hiciste todo lo que quisiste!

Ahora, sé brújula del creador
y reorienta tus pasos fatigados:
por sus caminos, para ti blanqueados

Ya no tengas miedo
y abre tu corazón al hermano evangelio, al suyo

Déjate amar por él
Y conocerás al Amor
Para ser su amor
Que todo lo cuestiona

Serás un loco libre del amor
Del hermano cuerdo del evangelio
Testigo subversivo de El Salvador, de la incomodidad del mal
Para contar con tu vida
la vida de Jesús hermano

Con Él todo es posible
hasta Amar para encontrar La Vida
Con la tuya, ser ya la Suya
para siempre
Para Ser- Vida
Para ser Vida, para todos, para todos…

Del evangelio a la vida
De la vida al evangelio

joven-caminando-con-jesus

***

"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad ,

“Reimaginar una Iglesia de Jesús más allá del clericalismo”, por José Arregi

martes, 8 de abril de 2025
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rosto-de-jesus-na-multidaoDe su blog Umbrales de Luz:

Son muchos los hombres y las mujeres cuya biografía e identidad más profunda está ligada a esta Iglesia católico-romana, pero que hoy se sienten en ella fuera de lugar. Entre ellos me cuento. No nos reconocemos en su forma actual. Vivimos en exilio. No es, sin embargo, ella, nuestra Iglesia, la que ha cambiado, sino nosotros. ¿Y cómo podíamos vivir sin cambiar en un mundo que cambia, en una vida que es permanente transformación? Hoy, después de décadas postconciliares de esperanzas frustradas, somos muchos los que nos hallamos en una delicada encrucijada vital, personal y colectiva a la vez: romper lazos o transformarlos en una Iglesia reimaginada. Opte cada uno como su aliento vital le inspire. Yo opto por reimaginar la Iglesia católico-romana y reimaginarme en ella.

La reimaginación no es un ejercicio artificioso, irreal, superficial y ficticio. Con todas las incoherencias y ambigüedades, reimaginar la Iglesia y reimaginarnos en ella puede ser también un ejercicio exigente de fidelidad a nuestra identidad profunda más allá de muchas –no necesariamente todas– las formas que la han sustentado. Y un ejercicio de fidelidad profunda a la Iglesia más allá de todas las formas en la que ya no la reconocemos ni nos reconocemos.

Reimaginar la Iglesia es redescubrir más a fondo su realidad profunda, y la nuestra, en libertad crítica y creadora. Es un ejercicio vital (mental, cordial, práctico) de transfiguración de la Iglesia, de toda su teología, de su compromiso con la vida y con el mundo de hoy, de sus ideas, palabras y ritos. De liberación de la letra, para dejar que el espíritu vuelva a mover la mente, el corazón, la acción. De renovación de las instituciones y formas eclesiales, para que vuelvan a encender la emoción de la belleza, la llama creadora, el aliento vital del que todo nació.

  1. Reimaginar la Iglesia de Jesús

“Reimaginar la Iglesia de Jesús” no quiere decir volver a la imagen o a la figura impresa en ella por Jesús. En realidad, Jesús no concibió ni estableció ninguna imagen, ningún modelo de Iglesia. Jesús no “fundó” ninguna Iglesia propiamente dicha, mínimamente organizada. Nunca elaboró un código cerrado de normas, ni unos rituales específicos, ni unas creencias vinculantes. Nunca organizó una autoridad orgánica, ni estableció una estructura de poder, ni impuso unas relaciones de sumisión, menos aun una “sucesión apostólica” para el futuro. Ni siquiera pensó en ninguna Iglesia futura, pues se consideraba como el “profeta de los últimos tiempos” y estaba convencido de que la transformación radical del mundo, la liberación de todas las opresiones, era inminente, es más, ya estaba haciéndose presente en él, en sus palabras y accionas sanadoras.

Jesús lo llamaba “reino” o “reinado” de Dios: el fin de la dominación y de toda desigualdad injusta, el nacimiento de un nuevo mundo en este mundo. Un mundo de hermanos y hermanas libres. Ese es el mundo que Jesús imaginó, reimaginó y anunció, soñó y anticipó en su esperanza activa, libre y arriesgada. Ese fue el mensaje, la causa, la opción de Jesús. Y para anunciar e impulsar ese mundo reimaginado, reunió en torno a sí un grupo de discípulos y -hecho insólito- también discípulas, que hacían vida itinerante con su maestro. Y, muy probablemente, nombró un grupo especial de doce, que no poseían poder sobre los demás discípulos, sino que constituían un símbolo de la reunión de las doce tribus judías dispersas (de todos los pueblos divididos y dispersos, diríamos). Nadie debía estar por encima de nadie. “A nadie llaméis maestro, padre, señor. Todos vosotros sois hermanas, hermanos” (Mt 23,8-10). La liberación de los cautivos, la sanación de los heridos, la comensalía abierta, la fraternidad-sororidad universal: he ahí los elementos constitutivos del reino de Dios, sin relación esencial con ninguna institución (credo, culto, código y autoridad establecida).

Para muchos hombres y mujeres afligidas, Jesús fue consuelo, sanación, fuerza liberadora, aurora de un nuevo tiempo, promesa de liberación definitiva. Así se formó un movimiento en torno a su persona y su mensaje. Un movimiento fraterno-sororal de esperanza activa, transformadora. Para la élite judía sacerdotal y laica, así como para la autoridad romana, Jesús era un hereje y un peligro, y muy poco tiempo -entre uno y tres años- después de comenzar su itinerancia profética, fue condenado a muerte por el tribunal romano, a instancias del Sanedrín judío. No obstante, el movimiento de Jesús no se detuvo. “Los que lo habían amado lo siguieron amando”, dirá Flavio Josefo. Lo reconocieron viviente en su memoria, en el espíritu que les seguía animando, en la fracción del pan, en el corazón de la esperanza activa, liberadora, de todas las opresiones.

Con el paso del tiempo, aquel movimiento fue adoptando formas institucionales propias, cada vez más fijadas y rígidas. Hasta finales del s. I, siguió siendo una corriente intrajudía, en tensión creciente con el judaísmo sacerdotal primero y con el judaísmo rabínico tras la destrucción del templo en el año 70. Hacia finales del s. I, se constituyó en “religión” cristiana (“cristianismo”). El movimiento escatológico de liberación se fue convirtiendo en “culto religioso” o “religión”, un sistema religioso organizado. La Iglesia se fue “eclesiastizando” (E. Troeltsch), en torno a dos ejes fundamentales: la fijación de una “ortodoxia” y la organización de la autoridad. Al mismo tiempo, fue siguiendo un proceso de uniformización de acuerdo a la corriente eclesial “protocatólica romana” marcada por la tradición petrino-paulina, mientras la Iglesia judeo-cristiana iba desapareciendo y las Iglesias gnósticas eran duramente perseguidas.

En ese sentido, tenía razón Alfred Loisy (1857-1940): “Jesús anunció el reino de Dios y lo que vino fue la Iglesia”. Primero fue el reino de Dios, luego vino la Iglesia institucionalizada. Y a medida que se institucionalizaba, se fue apartando de la imaginación creadora de Jesús. La llama del reino nunca desapareció de la Iglesia, pero una y otra vez quedó amortiguada o ahogada por el peso de la institución.

Con siglos de retraso, es hora de reimaginar la Iglesia de Jesús. No para volver al pasado, sino para reavivar con la mayor libertad el fuego creador que ardió en el profeta Jesús y en el movimiento liberador que impulsó. Reimaginemos una Iglesia animada por la compasión liberadora, que promueva a la vez la “revolución de la ternura” y la revolución de todas las estructuras de opresión psíquica, social, sexual, política, laboral, económica. Una Iglesia inspirada por una memoria creativa y cohesionada en una comunión abierta, amplia, libre. Una Iglesia democrática, descentralizada, plural, siempre en camino. Una Iglesia que comparta las dudas y los interrogantes, los desgarros y amenazas de la humanidad planetaria en la comunidad de los vivientes. Una Iglesia que reciba del mundo de hoy la buena noticia de Jesús que les anuncia, despojada de toda pretensión de superioridad ad intra y ad extra. Una Iglesia guiada en sus palabras, opciones prácticas e instituciones por el clamor de los últimos, los migrantes forzados, los sin-casa ni pan, todos los marginados y olvidados. Una Iglesia itinerante, libre del significado literal de todo dogma y creencia, consciente de la relatividad y provisionalidad de todas las expresiones históricas, culturales, del pasado o del presente. Una Iglesia que haga sitio en su liturgia a textos, gestos, danzas y músicas inspiradas de ayer o de hoy, más allá de la Biblia, de la tradición y de las rúbricas canónicas. Una Iglesia fraterno-sororal, desacerdotalizada, desclericalizada, despatriarcalizada. Una Iglesia que sea “puesto de socorro”, “hogar de humanidad”, comunidad de respiro, de paz, de hambre y sed de justicia. Una Iglesia mística y liberadora.

Pero antes de proseguir este ejercicio de reimaginación de la Iglesia y de nuestro discipulado evangélico más profundo, querría dejar claro un criterio decisivo: aunque Jesús –hipótesis carente de toda verosimilitud histórica– hubiese fundado la Iglesia con un cuerpo bien organizado de dogmas y códigos, de sacramentos y ritos, y aunque hubiera instituido un orden sacerdotal clerical y masculino, y hubiera decretado que sus doce apóstoles fueran sucedidos por obispos y que éstos fueran presididos por un papa como sucesor de Pedro, aun en ese supuesto descabellado, hoy, 2000 años después, podríamos y deberíamos reimaginar la Iglesia de Jesús de otra manera muy distinta, siguiendo al espíritu que lo inspiró, más allá de toda letra y forma pasada o presente.

  1. Reimaginar la Iglesia sin clérigos ni laicos [1]

El capítulo precedente ha mostrado que la “primavera eclesial” tan esperada por muchos tras la elección del papa Francisco y tras algunos de sus primeros gestos, se ha visto frustrada, prisionera del modelo clerical de Iglesia y de la teología en su conjunto. Bien por presiones o imposiciones ajenas –contradicción inherente a todo sistema de poder personal “absoluto”– o bien por propia voluntad y convicción teológica, el papa Francisco, tras doce años de pontificado, ha dejado intacto el viejo, milenario, edificio clerical de la Iglesia católica romana, con el papa a la cabeza.

A saber: una Iglesia de clérigos y laicos, de pastores que mandan y de rebaño que obedece. Una Iglesia de escogidos (“clérigos”) e investidos directamente por “Dios” del poder sagrado exclusivo de enseñar, de hacer realmente presente a Jesús en el pan y el vino y en la comunidad, de perdonar los pecados en nombre de “Dios” y de transmitir su poder sagrado por la imposición de las manos. Una Iglesia piramidal de autoridades ordenadas de arriba abajo, presidida por la figura de un “padre”, un papa plenipotenciario, cimiento, piedra angular y clave de bóveda de la entera edificación clerical. Una Iglesia masculina que reproduce la subordinación de sexo y de género. Una Iglesia cuyos lenguajes e instituciones reflejan todavía hoy una cosmovisión dualista, una sociedad jerárquica, una antropología patriarcal. Una Iglesia en ruinas.

El modelo clerical de esta Iglesia forma parte de un mundo jerárquico de dominio y sumisión: lo material bajo espiritual, lo sagrado bajo lo profano, la naturaleza bajo el ser humano, la mujer bajo el hombre, el laico bajo el clérigo, el presbítero bajo el obispo, el obispo bajo el papa, el mundo bajo Dios. ¿Puede ser esta Iglesia hogar de humanidad, signo de la nueva tierra habitable de la comunidad de los vivientes?

No creo exagerado afirmar que el clericalismo es la raíz de los peores males de la Iglesia católico-romana y la razón fundamental de su insignificancia cultural en el mundo actual: patriarcalismo, autoritarismo, división entre clérigos y laicos, sacralismo, estancamiento dogmático y ritual… Y la primera víctima del clericalismo, me atrevería a decir, es el propio clero: excesiva dependencia de su rol, distorsión entre las necesidades psico-afectivas y las exigencias de la función, represión de la sexualidad, soledad, insignificancia y falta de reconocimiento, sensación de fracaso…

El pasado nunca es criterio determinante de lo que debe ser hoy, pero es bueno recordar que durante los dos primeros siglos no hubo clérigos en la Iglesia, y en consecuencia tampoco hubo “laicos”. Es en el s. III cuando ya se aplica el término “clero” a los obispos, sacerdotes y diáconos.

La derogación de este modelo clerical de la Iglesia fue poderosamente reclamada e impulsada en el movimiento reformador del s. XVI provocado por Lutero, y ya antes en los siglos XIII-XIV por Juan Wiclef (1324-1384) y por Jan Hus (1369-1415), y mucho antes incluso en el movimiento valdense inspirado por Pedro Valdo (1140-1218). Honramos su memoria y la de todos los hombres y mujeres (como Marguerite Porete) que les inspiraron y apoyaron. El Concilio Vaticano II ni siquiera remotamente planteó la posibilidad de superar la distinción entre “ministerios ordenados” (obispo, sacerdote, diácono) y ministerios o servicios ordinarios. Tampoco el papa Francisco, a pesar de sus reiteradas críticas del “clericalismo” (como talante), ha dado ningún paso para la derogación del modelo clerical de la Iglesia que preside.

La tarea es decisiva, sigue en pie y emplaza a todas las Iglesias: reimaginar una Iglesia sin clérigos y laicos, más allá de la distinción entre ministerios clericales (“sacramentales”, “ordenados” o “sagrados”) y laicales, más allá de la potestad exclusiva reservada a obispos y presbíteros para presidir la eucaristía, “absolver pecados” (¡qué expresión!). No basta con exigir un estilo clerical más amable, ni con nombrar laicos e incluso laicas para altas responsabilidades curiales o sinodales, ni con ordenar sacerdotes a viri probati (hombres casados de conducta virtuosa), ni con la derogación del celibato obligatorio, y ni siquiera con la ordenación de mujeres como sacerdotisas u obispas dándoles acceso al estado clerical. Es el estado clerical el que es preciso derogar. El Evangelio pone en labios de Jesús: “No ha de ser así entre vosotros” (Mt 20,26), y“Todos vosotros sois hermanas, hermanos” (Mt 23,8).

  1. Reimaginar una Iglesia de Jesús sin papado

Aquí ya no se trata de “reimaginar el papado” en la Iglesia católico-romana, sino de reimaginarla sin papado. El papado es la piedra angular y la clave de bóveda del constructo de la Iglesia clerical, y responde a su vez al viejo paradigma teológico, patriarcal y piramidal: Dios Padre en lo alto, el Hijo encarnado en el hombre Jesús, el apóstol Pedro investido de poder sobre los demás apóstoles, el papa sucesor de Pedro en la Iglesia y vicario de Cristo en la tierra. Un solo Dios, un solo Hijo encarnado, un solo papa que lo representa (en oportuna alianza con el rey de turno).

La institución católico-romana, con el papa al frente, es un enorme embrollo de buena voluntad, de creencias y prejuicios ancestrales, de lucha de intereses y de ambiciones contrapuestas de poder. Un inmenso círculo vicioso que apresa el Evangelio y oscurece el futuro: la teología legitima el sistema clerical, y el sistema clerical con un papa plenipotenciario defiende la teología. Al final del pontificado del papa Francisco, esta Iglesia católico-romana clerical sigue enteramente vigente, y así seguirá en el próximo pontificado y en todos los siguiente mientras no se rompa el círculo vicioso. En cualquier caso, no bastará con que un papa sea buena persona, ni con reformar las curias, ni con exponer a la luz del día el oscuro mundo de las finanzas (cosa en la que no se ha avanzado…), ni con escribir para otros encíclicas y exhortaciones económico-políticas y ecológicas de enorme urgencia, ni con organizar sínodos, ni con nombrar cardenales afines para mejor preparar el próximo cónclave.

En realidad, el edificio está agrietado por todos sus lados. No puedo menos de evocar aquella tarde silenciosa en la semiderruida ermita de San Damián, a las afueras de Asís, donde el joven Francisco escuchó la voz que brotaba de lo más profundo de su búsqueda personal y de los labios llagados de los hermanos leprosos: “Francisco, reconstruye mi Iglesia, ¿no ves que amenaza ruina?”. Al hermano pobre de Asís nunca se le pasó por la cabeza que alguien pudiera ni siquiera pensar en la derogación del papado, pero a muchas cristianas y cristianos de hoy nos parece una condición necesaria, aunque insuficiente, para reimaginar una Iglesia de Jesús que aporte aliento y levadura para la transformación del mundo.

En los dos últimos pontificados encontramos dos propuestas de reforma del papado: la Enciclica Ut unum sint de Juan Pablo II (1995) [2] y el documento El obispo de Roma del Dicasterio para la Unidad de los Cristianos (2023). El obispo de Roma se limita prácticamente a recoger las reacciones de las diferentes Iglesias cristianas a la Encíclica Ut unum sint et a extraer como conclusión la necesidad de la sinodalidad ad intra y ad extra de las diferentes Iglesias, pero una sinodalidad bajo el primado del papa. Son, pues, la misma propuesta, dos veces nacida muerta, ahogada en su propio cordón umbilical: la imposibilidad de reformar el papado definido por el primado.

En Ut unum sint, Juan Pablo II expresó la voluntad de buscar una nueva manera de ejercer el primado del obispo de Roma como ministerio de comunión de todas las Iglesias. La propuesta suscitó interés en todas las Iglesias, pero muy pronto quedó relegada al olvido. El ministerio del obispo de Roma, reconoce, “constituye una dificultad para la mayoría de los demás cristianos” (UUS, n. 88).

Todos los esfuerzos ecuménicos postconciliares han encallado una y otra vez debido a la reivindicación por parte de Roma de un primado entendido como poder jurisdiccional sobre las demás Iglesias. Inesperadamente, el propio Juan Pablo II, el papa conservador e inflexible, vino por fin a reconocerlo en la Encíclica. Y afirma: “Estoy convencido de tener al respecto una responsabilidad particular, sobre todo al constatar la aspiración ecuménica de la mayor parte de las Comunidades cristianas y al escuchar la petición que se me dirige de encontrar una forma de ejercicio del primado que, sin renunciar de ningún modo a lo esencial de su misión, se abra a una situación nueva” (UUS 95). Pero ¿en qué consiste, justamente, “lo esencial” del primado o de la misión del obispo de Roma? He ahí el nudo de la cuestión que la Encíclica deja intacto, pues afirma: “La Iglesia católica es consciente de haber conservado el ministerio del Sucesor del apóstol Pedro, el Obispo de Roma, que Dios ha constituido como principio y fundamento perpetuo y visible de unidad” (UUS, n. 88). Una afirmación a todas luces excesiva.

Ut unum sint propone volver a la relación entre las Iglesias de Oriente y Occidente durante el primer milenio, antes de la división de 1054, pero dando a entender que durante ese tiempo todas las Iglesias reconocían al obispo de Roma como garante último de la plena comunión. Cosa que no es verdad. De hecho, ninguna Iglesia del Oriente aceptaba que el obispo de Roma tuviera la última palabra en caso de discrepancia.

Por otro lado, Ut unum sint afirma taxativamente que “la función del Obispo de Roma responde a la voluntad de Cristo” (n. 95). Pero entre los exégetas hay un amplísimo consenso en que Jesús no confió a Pedro ningún “poder jurisdiccional” sobre las diversas comunidades, cuánto menos un poder heredable. Por lo demás, me permito señalar una vez más: aunque Jesús hubiera dado a Pedro un poder jurisdiccional sobre todas las Iglesias, poder heredable por sus “sucesores”, de ningún modo estaríamos obligados a secundar la norma 2000 años después. El “así fue” nunca significa “así debe seguir siendo”. De modo que ni histórica ni teológicamente se sostiene la declaración solemne de la Encíclica en el n. 81: “La autoridad docente tiene la responsabilidad de expresar el juicio definitivo” (UUS, n. 81).

Pasemos al largo documento de estudio El obispo de Roma de 2023 del Dicasterio para la Unidad de los Cristianos. Tras una prolija recopilación de las reacciones de las diversas Iglesias a la Encíclica Ut unum sint desde su publicación en 1995 hasta el año 2023, el documento se cierra con una proposición titulada “Hacia un ejercicio del primado en el siglo XXI”, aprobada por la asamblea plenaria del Dicasterio. La novedad consiste en que apela al principio de la sinodalidad, el camino en común, entre el obispo de Roma y todas las Iglesias o confesiones cristianas.

Pero la novedad acaba encallada en la roca del papado. En efecto, la mencionada proposición del Dicasterio cita el discurso pronunciado por el papa Francisco al grupo de trabajo mixto ortodoxo-católico San Ireneo, del 7b de octubre de 2021, en el que dijo: “Hemos llegado a comprender mejor que en la Iglesia primacía y sinodalidad no son dos principios contrapuestos que hay que mantener en equilibrio, sino dos realidades que se establecen y sostienen mutuamente al servicio de la comunión. Así como la primacía presupone el ejercicio de la sinodalidad, la sinodalidad implica el ejercicio de la  primacía” (n. 5). Perdura el círculo vicioso.

Habría que decir más bien: donde hay primado, donde un papa es elegido por unos cardenales elegidos por él y posee la última palabra no es posible una auténtica sinodalidad (“caminar juntos”) entre todas las Iglesia. Un papa investido de un poder superior otorgado directamente por un “Dios” de lo alto no solo no es “principio de la comunión de las Iglesias”, sino que es un obstáculo decisivo para la sinodalidad, el ecumenismo, la comunión de Iglesias hermanas y libres. Mientras no se derogue el papado junto con los dos dogmas del Vaticano I (1870) que lo sostienen (el primado de jurisdicción y la infalibilidad), un verdadero ecumenismo de todas las Iglesias seguirá siendo un sueño vano. No son las diferencias, por numerosas e importantes que sean, las que rompen o impiden la comunión, sino la intolerancia de las diferencias. Y no es la autoridad primacial de un papa la que garantizará la comunión, sino el respeto y el reconocimiento mutuo en la diversidad. El papado es hoy un atolladero. Por todo ello, la razón de que hoy podamos y debamos derogar el papado no es que Jesús no lo instituyera –que no lo instituyó–, sino que hoy no tiene sentido.

En el sistema canónico de la Iglesia católica romana, solo un papa podría dictar y sellar canónicamente la abolición del papado y de la teología que la sustenta. Y sería necesario que lo hiciera inteligentemente, y sin que hayamos de esperar otros 12 años. Es más que dudoso que quiera hacerlo. Pero aun cuando quisiera, ¿lo podría? Sabe que, si lo hiciera, sería acusado de herejía por muchos cardenales, obispos y teólogos, que reclamarían su destitución. Y se produciría un cisma. Esa amenaza o el miedo que la imagina o la propia convicción teológica impiden a este papa e impedirán al siguiente dar este paso. Todo ello pone de manifiesto que el papado es una institución constitutivamente contradictoria: hace que un hombre limitado se sienta investido de un poder absoluto que no puede ejercer ni puede dejar de querer ejercerlo, y todo ello por voluntad divina. Todo papa es rehén de su poder absoluto.

Es hora de deshacer ese artificio malsano. ¿Será eso una herejía? ¿Surgirá por ello un cisma? Y ¿qué importan todavía y a quién unas “herejías” doctrinales y unos “cismas” intracatólicos a estas alturas del siglo XXI, en estos tiempos tan críticos en los que el futuro de la comunidad humana planetaria se halla gravemente amenazado y en los que la capacidad inspiradora del cristianismo y de la memoria de Jesús se desmorona?

  1. Reinventar la teología para derogar el clericalismo

No será posible reimaginar y transformar realmente este modelo clerical de Iglesia mientras no se transforme radicalmente la teología que lo legitima, sostiene y nutre cada día, mientras no se reinvente otra teología más allá del paradigma premoderno: dogmático, “teísta”, antropocéntrico, eclesiocéntrico, patriarcal.

¿Pero tiene sentido decir “reinventar la teología”? Reinventar no significa crear de la nada. Nada ni nadie –ni un “Dios” omnipotente, si existiera– crea nada de la nada, pero todo es en eterna transformación, y a la mente y al corazón humanos les corresponde reconocer lo real nuevo y reimaginar sin cesar lo real posible, para hacerlo ser. El término reinventar proviene del latín invenire: “encontrar”, “descubrir”. Todo “invento” consiste en descubrir una nueva forma, posibilidad o aplicación en algo que tenemos a mano. Reinventar la teología es redescubrir el misterio fontal siempre nuevo de la realidad que se ha llamado y que todavía hoy podemos seguir llamando Dios, y recrear su imagen y el lenguaje para decirlo. Reinventar la teología –“palabra sobre Dios”– es, para quien todavía quiere servirse de este nombre, una forma de recrear la realidad y recrearse en ella. Vivimos una época crucial de la civilización, de la historia del hecho religioso y de la historia de “Dios”, una época que nos llama a reinventar el imaginario, el vocabulario y la gramática referida a la realidad primera y última, para decir, vivir e impulsar la renovación de todas las cosas.

Tanto las ciencias positivas (física, química, biología, neurociencias…) como las ciencias humanas (historia, psicología, sociología…) nos inducen a revisar las grandes categorías religiosas tradicionales: Dios, creación, conciencia, amor, libertad, pecado, perdón, salvación…

Cuando el desarrollo científico y tecnológico crecen de manera exponencial, cuando el cambio cultural y tecnológico se acelera y globaliza hasta límites inquietantes, cuando la información se multiplica y se difunde al instante en todos los rincones de la tierra, cuando el saber adopta cada vez más la forma del interrogante abierto, cuando el mundo afronta incertidumbres y retos globales jamás conocidos, turbulencias planetarias jamás imaginadas;

… cuando el telescopio James Webb nos sugiere no solo una imagen del universo en general –así como del espacio, el tiempo, la materia, el átomo…– muy diferente a lo que pensaban, no ya los grandes científicos y astrónomos de la antigüedad como Ptolomeo (s. I), sino también Copérnico (ss. XV-XVI), Galileo (ss. XVI-XVII) y Newton (ss. XVII-XVIII), e incluso Maxwell (s. XIX) y el mismísimo Einstein (ss. XIX-XX);

… cuando las diversas disciplinas de la historia y de la antropología documentan rigurosamente el origen cultural del sistema patriarcal; cuando la psicología, la biología, la zoología, la etnografía y un largo etcétera han echado por tierra nuestros viejos prejuicios y tabúes en torno a la sexualidad y las relaciones sexuales; cuando las mismas ciencias demuestran que la masculinidad y la feminidad son un continuo donde a menudo los límites físicos y psíquicos son imprecisos, que la complejidad físico-psíquico-cultural de la orientación sexual y de la identidad de género transcienden los esquemas binarios como “varón -mujer”, “heterosexual-homosexual”… y que diversas formas de orientación sexual y de identidad de género son realidades plenamente “naturales”, independientemente de que sean más o menos frecuentes; cuando la biología y las biotecnologías reproductivas han contradicho desde hace muchas décadas la presunta relación constitutiva entre relación sexual y reproducción, y nos anuncian la posibilidad teórica de reproducir nuestra especie no ya solo sin relaciones sexuales sino incluso sin óvulos ni espermatozoides;

… cuando la IA ya no tiene rival en juegos complejos como el ajedrez o el go, emula a los mejores especialistas en la traducción o elaboración de textos académicos, rivaliza con creadores artísticos, musicales…, y camina –a tientas todavía, pero con determinación– hacia el “despertar de la conciencia” y de sus capacidades; cuando en el horizonte se dibuja la posibilidad –más o menos próxima– de robots o de ciborgs transhumanos o posthumanos, y se suscitan con razón inquietudes e interrogantes nunca sospechados (¿quiénes saldrán ganando? ¿quiénes serán los perdedores? ¿no acabaremos perdiendo todos?);

… cuando vamos sabiendo que nada en el universo se repite, que todo se transforma desde lo infinitamente pequeño a lo infinitamente grande, que todo se renueva sin cesar, como el agua que mana, como el aire que sopla, como el aliento que nos sostiene, que todo renace en permanente paso y nacimiento, que todos los seres son siempre nuevos y que por ello cada ser es único, que no ha habido ni hay ni habrá en el universo/multiverso dos formas iguales, ni dos estrellas ni dos ojos ni dos hojas ni dos llamas ni dos piedras ni dos átomos ni partículas de átomos (no sabemos cómo seguir) exactamente iguales, que nada es exactamente igual a lo que ha sido hace solo un segundo o su trillonésima parte que llaman “attosegundo”;

… ante tantos y tan profundos cambios culturales, ante tantos y tan graves retos globales, salta a la vista la urgencia de una nueva teología, de una nueva Iglesia, de una nueva inspiración. Una teología estancada en una cosmovisión caduca y en un dogma inamovible, en la dicho y sabido, en lo formulado de una vez para siempre ya no se sostiene, pues ya no inspira ni alienta. La humanidad y toda la comunidad planetaria de vivientes necesita inspiración y aliento.

Si la Iglesia no quiere seguir convirtiéndose en un reducto socio-cultural marginal y cerrado de nuestra sociedad moderna, al menos occidental, si quiere anunciar hoy de manera eficiente lo que Jesús anunció, si quiere ofrecer a los hombres y mujeres de hoy y recibir de ellos el espíritu liberador y sanador del que Jesús estaba inspirado, si ya no es demasiado tarde y aunque lo fuera, debe reinventar, adoptar un paradigma hermenéutico, holístico, post-metafísico, dinámico y evolutivo, cosmocéntrico, ecológico, feminista…, en el que la liberación integral de la vida individual y común constituya el criterio decisivo para el pensamiento y la praxis. La necesidad de reinventar la teología es imperiosa.

  1. Del “Dios” ente al aliento universal sin intermediarios

No es posible reimaginar la figura clerical de la Iglesia católico-romana sin reimaginar la teología y la cristología que la sustentan, a saber: “Dios” como  supremo ente metafísico infinito y eterno, creador extrínseco de un cosmos temporal y finito, encarnado en el tiempo y en el espacio, en el planeta Tierra, en un varón judío hace 2000 años; y Jesús de Nazaret, nacido de madre virgen, como única encarnación y revelación plena de Dios en este cosmos en expansión acelerada, como único Cristo y Salvador pleno, único mediador entre Dios y el universo mundo, único salvador por su muerte sacrificial o expiatoria, únicamente representado de manera segura y plena por los obispos legítimamente ordenados, presididos por un papa dotado de la última palabra sobre Dios y el mundo, poseedor de la llave última del bien y de la verdad.

Una gran mayoría, creciente, de hombres y de mujeres de nuestra sociedad moderna –al menos europea– ha dejado de creer en este “Dios” ente supremo, sujeto espiritual omnisciente y omnipotente metafísico, extrínseco al cosmos, necesitado de intermediarios escogidos por él (sacerdote, obispo u papa, imán, ayatolá o mullá…) para representarlo en este nuestro mundo físico. Y si han dejado de creer en ese “Dios”, no es porque se hayan vuelto ciegos o insensibles al misterio abisal de la realidad, sino más bien porque sus ojos, su sensibilidad inteligente, su inteligencia sintiente, vislumbran y anhelan un misterio más grande que un ente espiritual supremo omnipotente, que piensa y siente, ama y odia, perdona y castiga, elige y rechaza a la manera humana. Siete mil años después de haberla imaginado y plasmado de mil maneras, esta entidad teísta se les ha vuelto extraña, no se reconocen en ella. Ya no pueden confiar en tal entidad como un niño en brazos de su madre, ni reposar en paz en medio de las angustias y amenazas de este momento histórico, ni hallar en ella aliento vital y energía transformadora.

No creen porque no pueden. En su cosmovisión de un universo/multiverso infinito y eterno no hay lugar para ninguna entidad espiritual eterna “fuera” del propio universo. Ya no puede concebir la existencia de algo puramente “espiritual” anterior y exterior a lo “material”. Los términos mismos como “espíritu” y “materia” se les han vuelto caducos y confusos. Ya no pueden pensar que exista algo “puramente espiritual” sin “materia” que la sustente y de la que emerja, ni que exista algo “puramente material” sin espíritu o energía o fuerza o potencialidad o información o conciencia que lo haga ser. ¿Materia, espíritu, energía, fuerza, potencialidad, información, conciencia y un etc. no serán tal vez otras tantas manifestaciones, formas, dimensiones o representaciones de una realidad eterna en eterno movimiento de transformación, de la que somos formas efímeras (o quién sabe si también en el fondo eternas), formas de una realidad que no podemos ni decir ni imaginar?

En el fondo, la teología tradicional religiosa, teísta, dualista, se ha quedado corta para una mayoría de hombres y mujeres de esta cultura postreligiosa y postsecular al mismo tiempo, cada vez más necesitada de conocimiento científico y de hondura mística. Y todo indica que este mismo proceso cultural se irá difundiendo en todos los continentes. De la conjunción de la ciencia, la política y la educación con una profunda espiritualidad mística depende la “salvación” de esta humanidad, en comunión con la comunidad de la vida. La vieja teología se ha vuelto o se volverá inservible.

¿Y la realidad primera y última, la realidad fontal que llamamos “Dios”? No es lo real eternamente igual e inmutable, sino el aliento y el corazón palpitante de todo lo real, su infinita potencialidad, la realidad primera y última en eterna transformación y renacimiento, en eterna relación creadora de todo con todo, en pascua y navidad sin comienzo ni fin. Es la presencia cálida y acogedora que se abre en la hondura de cada ser. Y es la voz que habla desde el corazón de cuanto es: “Mirad, voy a hacer algo nuevo, ya está brotando, ¿no lo notáis?” (Is 43,19). “He aquí que hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5). Y podemos abrir los ojos y los oídos, hacernos presentes a la presencia más real de todo lo real, y confiar en ella como un niño en brazos de su madre y decir con el salmo bíblico: “Mi alma descansa en paz en Dios”. Y sentir que renacemos y que podemos respirar a pesar de todo.

Dios es una forma de decir el latido profundo del universo o multiverso, el latido y el aliento de eso que llamamos materia en todas sus formas, desde lo infinitamente pequeño hasta lo infinitamente grande, la comunión creativa de todos los seres, la llama de la creación permanente, la posibilidad siempre nueva sin comienzo ni fin, la infinita posibilidad que lo anima todo, la eterna creatividad de la que todos los seres somos creaturas y a la vez creadores. Una forma de decir el todo, la plenitud a la que, silenciosa y vigorosamente, aspira cuanto es. Una forma de decir el mundo futuro de este mundo, la Tierra transformada a la que aspiramos, la paz en la justicia y la justicia en la paz, el amor o la ternura o la conciencia infinita de la que somos capaces todos los seres que somos, cada uno en su forma y medida.

La realización de la posibilidad infinita que llamamos Dios es algo futuro para nuestra percepción superficial, espacio-temporal, pero también es realidad eterna y presente en el fondo de cuanto es, más allá de nuestras distinciones espaciales entre aquí, ahí, allí, más allá de nuestros parámetros temporales divisorios entre pasado, presente, futuro. El misterio fontal y la energía creadora habita en nosotros, y en todos los seres del universo, en cada uno a su manera, y depende de nosotros y de todos los seres, de cada uno en su medida, que la fuente se abra y el agua viva mane, que la palabra se haga carne, que la posibilidad creadora se realice, que el mundo nuevo renazca. Así, la reimaginación de Dios se convierte en una forma de crear a Dios, como la reimaginación de la Iglesia se convierte en una manera de recrearla en una figura que nos parece más auténtica.

  1. Reimaginar a Jesús más allá del dogma y de la historia

No podremos reimaginar la Iglesia de Jesús sin reimaginar al propio Jesús, y no podremos reimaginar a Jesús mientras no lo liberemos no solo de los constructos dogmáticos, sino también de la mera facticidad histórica. El Jesús metafísico de los dogmas nos resulta ajeno, y el Jesús histórico de los datos “rigurosamente comprobados” (¿?) se nos queda corto. Las fórmulas dogmáticas –con su metafísica dualista– constituyen hoy un revestimiento superfluo; y la investigación histórico-crítica nos ofrece un esqueleto más o menos necesario, pero en buena medida incoherente y, en lo más profundo, siempre insuficiente. Necesitamos un Jesús que nos inspire. Ni el Jesús dogmático ni el Jesús histórico bastan hoy para inspirarnos: he ahí la cuestión de fondo. Apuntaré algunos hitos históricos que nos han traído hasta el punto en que nos hallamos. No es un punto final, sino una encrucijada para discernir la dirección, reimaginar a Jesús y seguir caminando como el espíritu nos inspire.

Así fue también al comienzo. Tras haber sido injustamente condenado y cruelmente colgado de una cruz, las discípulas y discípulos reconocieron a Jesús viviente entre ellos, no por un sepulcro milagrosamente vacío ni por apariciones paranormales, sino por los ojos del amor, la luz de la memoria y el rescoldo de la esperanza. Y lo expresaron con las imágenes y categorías que tenían a mano. Lo confesaron como el profeta mártir exaltado que próximamente habría de volver para la plena manifestación del reino de Dios. En el año 50, solo 20 años después de la muerte de Jesús, en la primera Carta a los Tesalonicenses (considerada comúnmente como el primer texto del Nuevo Testamento), Pablo utiliza el término “Cristo” (Mesías) como nombre propio para designarlo, y lo llama reiteradamente “Señor”. Sin embargo, “Cristo” y “Señor” no expresaban de ningún modo la divinidad metafísica que le atribuirá el Concilio de Nicea siglos más tarde.

Ningún cristiano había negado nunca que Jesús fuera un hombre dotado de un carisma, una misión y una cercanía especial a Dios en su calidad de profeta de los últimos tiempos, “llamado” y en este sentido “enviado” por Dios, como todos los profetas. Pero el Concilio de Nicea supuso un salto decisivo, tras un largo proceso de tres siglos que fue todo menos concorde y apacible entre las diversas Iglesias, obispos y sedes patriarcales. Las Iglesias judeo-cristianas fueron desapareciendo, las Iglesias gnósticas fueron duramente condenadas y marginadas, las Iglesias que pretendían fundarse en las tradiciones de Pedro y de Pablo, de lengua griega y ligadas a Roma, fueron imponiéndose. El esquema judío predominantemente dinámico (la persona humana llamada a realizar su vocación divina y “ascender” hacia Dios) fue quedando suplantado por el esquema griego predominantemente metafísico (personajes divinos preexistentes, dioses o semidioses, dotados de “esencia divina”, que descendían del cielo a la tierra); y categorías como “palabra” y “sabiduría” divinas de la literatura sapiencial judía, utilizadas por el Evangelio de Juan, fueron interpretadas de acuerdo al esquema metafísico griego.

Entonces, el emperador Constantino, interesado en asegurar la unidad de fe para garantizar la unidad del imperio, convocó un concilio en su palacio veraniego de Nicea (actual Turquía), e impuso un dogma vinculante para todas las diversas Iglesias cristianas: “Jesús, el Hijo de Dios preexistente es de la misma esencia (homoousios) del Padre”. Muchos pensaron que así se negaba la verdadera humanidad de Jesús. Los debates y las condenas mutuas arreciaron durante más de un siglo. Para resolver el litigio, en el año 451 se reunió un nuevo concilio en Calcedonia (también en Turquía), y en él se definió el segundo gran dogma cristológico: Jesús posee dos naturalezas (fyseis), una plenamente humana y otra plenamente divina, unidas en una sola “persona divina”. Un galimatías. Jesús se convirtió en una figura imposible de imaginar y entender. Nosotros ya no podemos comprender ni hablar ese lenguaje.

En el siglo XVIII, muchos sabios cristianos emprendieron una inmensa tarea exegética, teológica y existencial: la búsqueda del “verdadero Jesús histórico” como criterio y referente fundamental de la fe cristiana, más allá del “Jesús de la fe” que narran los evangelios y más allá del Jesús de los dogmas metafísicos. La investigación llevada a cabo, la literatura publicada y los conocimientos adquiridos son inmensos, pero el fruto resultante ha sido más bien paradójico y desalentador: exagerando algo, se puede decir con Albert Schweitzer (1875-1965) que cada investigador propone su propio Jesús. Y la gran pregunta de Bultmann sigue en pie: ¿de qué sirven las certezas históricas –aun si las hubiera– para el creyente que busca fundar su vida en Jesús y vivir su mensaje? Los datos históricos seguros acerca de Jesús, además de que son extraordinariamente exiguos, no nos fundan en nuestro ser profundo, nuestro ser crístico, nuestra confianza última, nuestra esperanza activa, nuestro compromiso solidario transformador.

Nos hallamos en una encrucijada cultural, teológica, eclesial. No es posible desandar la historia, pero tampoco es posible ignorar su contingencia radical. Toda imagen de Jesús, al igual que cada fórmula dogmática y cada dato histórico, es relativa y transitoria. La última palabra no está dicha, nunca lo estará. El espíritu sopla sin cesar en todas partes, transformando y abriendo nuevos caminos para seguir caminando juntos, empujados por el mismo espíritu universal y multiforme, y compartiendo en el camino el pan y la palabra, nuestros sueños y desalientos. En cada recodo y a cada paso, en cada voz y en cada rostro, se hace presente la gran compañía que nos sostiene, el horizonte de la compasión universal que nos atrae. Cada una, cada uno, lo reconoce y lo llama a su manera, y nos entendemos en todos los lenguajes.

Las cristianas y cristianos lo llamamos Jesús. Es para nosotros el icono de la persona humana inspirada e inspiradora, más allá de toda letra, creencia y norma histórica. No afirmamos que sea el más inspirado e inspirador de todos los seres humanos que fueron y serán; baremos y medidas hechas a nuestra imagen no nos importan. Miramos a Jesús y en él reconocemos nuestra mejor imagen, porque nuestra historia y nuestra lengua, nuestras raíces y nuestro ser profundo le están vinculados. Es nuestra tierra.

Su espíritu universal siempre nuevo nos inspira y nos llama en cada página evangélica –canónico o apócrifo, poco importa–, en cada poema y melodía bella, en cada gota de lluvia y soplo de brisa, en cada caminante cansado, en cada mesa rota, en cada herida y herido del camino, en cada grito de este mundo desgarrado.

No encerramos a Jesús en ninguna forma, porque es en todas las formas y libre a la vez de todas ellas. Lo reimaginamos sin cesar, pues cada una de las imágenes que nos hacemos de él no pasa de ser una formación neuronal, psíquica y cultural efímera, nuestra propia proyección pasajera. Lo reimaginamos sin cesar, porque su imagen es siempre nueva, como el aliento vital que infunde. Lo reimaginamos para restaurar nuestra propia imagen y abrirla al infinito que somos.

Reimaginamos a Jesús para reimaginar esta Iglesia como Iglesia de Jesús, libre de cánones, órdenes y poderes “sagrados”, libre de dogmas, instituciones y formas del pasado, libre de patriarcalismos, homofobias y transfobias, libre de toda división entre clérigos y laicos. Una Iglesia que refleje la libertad y la compasión sanadora de Jesús, la fraternidad-sororidad y la comensalía abierta que practicó, la revolución pacífica y la paz rebelde que encarnó. Una Iglesia compañera de camino de todos los hombres y mujeres, cada uno y cada una en su condición. Una Iglesia que aporte la luz y la sal de Jesús para hacer de este mundo la mesa común abierta que él soñó y sigue soñando con nosotros.

[1] Cf. José Arregi, «Cléricalisme ou Evangile ? Comprendre les enjeux. Vers une église sans clercs ni laïcs» (Assemblée Générale de NSAE, Paris 2-3 février 2019) https://www.pretresmaries.eu/pdf/fr/609-Vers-une-Eetn769;glise-sans-clercs-ni-laietn776;cs_1.pdf?PHPSESSID=3918e4b0cbac89c5668ed631bdf73352

[2] Cf. https://josearregi.com/es/otro-papado-para-el-siglo-xxi/

 

José Arregi, Aizarna, 6 de enero de 2025
www.josearregi.com

(Publicado en Robert Ageneau, José Arregi, Gilles Castelnau, Paul Fleuret y Jacques Musset, Réformer ou abolir la papauté. Un enjeu d’avenir pour l’Église catholique, Karthala, febrero  de 2025, pp. 111-132.

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A tus pies.

lunes, 7 de abril de 2025
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Aquí estoy, Señor, a tus pies,
asustada, y aturdida,
temblorosa y silenciosa,
estremecida y expectante,
sabiendo que he llegado acusada,
pero sintiendo que avivas, en mi corazón,
las cenizas del deseo y la esperanza
y despiertas, con tu mirada y roce
mis entrañas yermas.

Aquí estoy, Señor, a tus pies
rodeada por quienes ves
y sus corazones de piedra,
abrumada por mis hechos
y mi conciencia mal enseñada,
juzgada y condenada
sin poder decir una palabra.
Soy carne despreciada y chivo expiatorio
de quienes pueden y mandan

Aquí estoy, Señor, a tus pies
sin dignidad ni autoestima,
con los ojos desorientados
pero con el corazón palpitando,
con el anhelo encendido,
con el deseo disparado,
aguardando lo que más quiero – tu abrazo–,
luchando contra mis fantasmas y miedos,
desempolvando mi esperanza olvidada,
y nuestros encuentros y promesas enamoradas.

Aquí estoy, Señor, a tus pies,
medio cautiva, medio avergonzada,
necesitada, sin entender nada…
pero queriendo despojarme
de tanto peso e inercia,
rogándote que cures las heridas de mi alma
y orientes mis puertas y ventanas
hacia lo que no siempre quiero
y, sin embargo, es mi mayor certeza.

Aquí estoy, Señor, a tus pies.,
¡Tú sabes cómo!

*

Florentino Ulibarri
Fuente Fe Adulta

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De pie en el espacio del amor imprudente

lunes, 7 de abril de 2025
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IMG_0673La publicación de hoy es del P. Gregory Greiten, sacerdote de la Arquidiócesis de Milwaukee. Actualmente, es administrador de las parroquias de Santa Bernadette, Nuestra Señora de la Buena Esperanza y Santa Catalina de Alejandría, todas en Milwaukee. El P. Greg se declaró gay ante sus feligreses en una homilía de Adviento de 2017. Pueden leer relatos de esa experiencia aquí y aquí.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el Quinto Domingo de Cuaresma se pueden encontrar aquí.

Aún recuerdo vívidamente el profundo impacto que me causó conocer al obispo Kenneth Untener en el Tercer Simposio Nacional del New Ways Ministry sobre temas LGBTQ+ y catolicismo, allá por marzo de 1992. Como obispo de Saginaw, Michigan, habló con gran claridad y convicción sobre el pasaje evangélico de la mujer adúltera, que es la lectura litúrgica de hoy. Describió lo que llamó la «imprudente misericordia» de Jesús.

«Jesús nunca fue demasiado cuidadoso al medir su misericordia«, dijo el obispo Untener. «Fue criticado por su misericordia ‘imprudente’ hacia pecadores indignos«. Estas palabras resonaron profundamente en mí, especialmente mientras me encaminaba hacia la aceptación pública de mi auténtica identidad como sacerdote gay en la Iglesia Católica Romana.

El obispo Untener enfatizó el tema de la inclusión, pero también ofreció lo que creo que es la esencia del juicio de Dios: «Como teólogo, no digo esto a la ligera, pero he llegado a creer firmemente que, al morir, lo único que importará al final será cómo nos hayamos tratado unos a otros». Qué simple pero profundo. Qué desafiante pero liberador.

IMG_0671La historia de la mujer adúltera revela la increíble compasión, amor, aceptación y misericordia de Jesús por todas las personas. Curiosamente, como destacó el obispo Untener, esta historia falta en algunos manuscritos antiguos del Evangelio de Juan. ¿Podría ser que algunos de los primeros cristianos tuvieran un problema con la misericordia desmedida de Jesús? ¿Se escandalizaron tanto que omitieron este pasaje en sus manuscritos porque no podían creer que la misericordia de Dios pudiera ser tan abundante?

La escena representa el sentido de dominio de los fariseos en tres acciones claras: «La atraparon». «La trajeron». «La pusieron ante todos». La avergonzaron públicamente en el recinto del Templo, llenos de justa indignación, mientras exigían la opinión de Jesús. A sus ojos, su destino estaba sellado: la muerte por lapidación, según la ley.

Sin embargo, nadie menciona al adúltero involucrado. Como suele ocurrir en una sociedad machista, la mujer es condenada mientras el hombre queda impune. La multitud, enardecida por escribas y fariseos, no habría mostrado compasión por esta mujer, sino que reaccionó con justa indignación ante su fracaso. La juzgaron y la consideraron inferior. ¿Dónde estaba el hombre con el que cometió adulterio? Quizás era un fariseo o un escriba, tal vez un comerciante o un obrero, tal vez incluso de la clase sacerdotal. Nunca lo sabremos. Pero podemos ponernos en el lugar de ese adúltero inocente: escabulléndose, sin ser visto, sin ser acusado, sin ser juzgado como digno de la mortal lapidación.

IMG_0675Jesús se opone a tal arrogancia y fariseísmo. Él descubre sus conspiraciones y los hace retirarse confundidos con su desafío: «Que el inocente de ustedes sea el primero en tirarle la piedra». Ninguna sentencia de muerte proviene de Dios. Con admirable audacia, Jesús aplica la verdad, la justicia y la compasión a su juicio.

«Uno a uno», comienzan a marcharse hasta que Jesús y la mujer quedan solos. San Agustín describió bellamente este momento con una frase en latín: «Y quedaron dos: misera et misericordia: la llena de miseria y el lleno de misericordia».

La mujer asustada se presenta ante Jesús, quien pregunta: «¿Nadie te ha condenado?». Cuando ella responde que no, él responde con esas palabras esenciales que todos necesitamos escuchar hoy: «Yo tampoco te condeno». Estas son palabras verdaderamente liberadoras, que la liberan no solo de la dureza de sus acusadores, sino también de sus propios sentimientos de vergüenza, culpa, autodesprecio y desesperación.

A veces la gente se pregunta cómo Jesús pudo decir esto, pensando que lo opuesto de «condenar» es «perdonar«. Pero la palabra «condenar» proviene del latín y significa «maldecir«: considerar a alguien inútil, inservible, maldito. Lo opuesto no es «perdonar«, sino «salvar«: ayudar, sanar, considerar valioso. Lo opuesto a la condenación es la salvación: liberación del mal y la ruina.

Tanto Jesús como las autoridades coincidieron en que lo que hizo la mujer estaba mal, que era pecado. ¿La diferencia? Los fariseos la condenaron; Jesús no. En cambio, mostró misericordia y la encaminó hacia la restauración. Una cosa es condenar la conducta de una persona y otra condenar a la persona. Jesús nunca condenó a nadie, y a nosotros tampoco se nos permite condenar a nadie. Nunca. Podemos condenar las acciones, pero nunca a la persona.

Como sacerdote abiertamente gay, he experimentado en primera persona el rechazo, la condena y el odio hacia nuestra comunidad. Sé lo que significa sentirse fuera de la misericordia de Dios, creer que has hecho algo tan malo que Dios no podría perdonarte. Muchas personas LGBTQ+ llevan esta pesada carga: se castigan continuamente, incapaces de creer que son dignas de amor.

Pero el profeta Isaías nos recuerda en la primera lectura de hoy: «No recuerden los acontecimientos del pasado, ni las cosas antiguas; ¡miren que hago algo nuevo!». Dios sí está haciendo algo nuevo. El Señor nos trata como trató a aquella mujer, sin condenarnos jamás. A pesar de nuestros peores momentos, Dios nunca deja de amarnos. Esta es la verdad. Es un hecho.

Cada día, en todos los países del mundo, las personas LGBTQ+ enfrentan discriminación, violencia y trato desigual en casa, en el trabajo y en sus comunidades. Actualmente, presenciamos leyes que atacan a nuestra comunidad, especialmente a las personas transgénero. Sin embargo, ante tal condena, debemos recordar la misericordia implacable de Jesús.

En esta Cuaresma, los invito a sumergirse en esta historia: a ver la urgencia de Aquel que nos busca, que espera, que anhela encontrarnos y salvarnos. Dios está continuamente haciendo algo nuevo en nuestras vidas, invitándonos a la autenticidad y la plenitud. Toquen esa parte vulnerable y herida de su corazón. Descubran cualquier carga que los haya agobiado. Escucha atentamente a Jesús que te dice: «¿Nadie te ha condenado? Yo tampoco«.

Nuestra vida cristiana se trata de encontrarnos con Jesús a diario y saber que su amor es siempre nuevo. Él nos posee, y no nos condena, sino que nos invita a vivir de nuevo en su amor. El Miércoles de Ceniza nos retó a alejarnos de nuestros pecados y creer en el Evangelio. Esta historia de la mujer adúltera nos recuerda que, en nuestra base misma, somos perdonados por Dios. Jesús quiere que las personas conozcan la misericordia de Dios, porque es esta misericordia la que nos permite cambiar.

Como ministros y miembros del pueblo de Dios, debemos reflejar la misma misericordia temeraria que Jesús demostró en su vida. Ante la división y el odio en nuestro mundo, no podemos permanecer en silencio. No seremos condenados por el odio ajeno. No podemos ser relegados a la vergüenza y el autodesprecio. Viviremos y caminaremos en la increíble e imprudente misericordia de nuestro Salvador, que nos ama profundamente y renueva nuestras vidas respetando la dignidad de cada persona humana. Aceptémonos y amémonos como las personas que Dios nos creó para ser: plenamente vivos, plenamente amados y abrazados con fervor por la misericordia divina.

—Padre Gregory Greiten, 6 de abril de 2025

Fuente New Ways Ministry

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Jesús, el libre…

domingo, 6 de abril de 2025
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jesus

“Jesús fue verdaderamente libre. Su libertad estaba arraigada en su conciencia espiritual de que era el hijo amado de Dios, Sabía, en lo profundo de su ser, que pertenecía a Dios antes de nacer, que había sido enviado para proclamar el amor de Dios y que retornaría a Dios después de haber cumplido su misión. Esto le dio la libertad de hablar y obrar sin tener que complacer al mundo y el poder de responder al sufrimiento de las gentes con el amor de Dios, que sana.

Por eso dice el Evangelio : ‘Toda la multitud buscaba tocarlo, porque de él salía una virtud que sanaba a todos (Lucas 6, 19).”

*

Henri Nouwen

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Jesus y la adultera

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.

Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron:

“Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?”

Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo.

Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.

Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:

– “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.”

E inclinándose otra vez, siguió escribiendo.

Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos.

Y quedó sólo Jesús, con la mujer, en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó:

– “Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?

Ella contestó:

– “Ninguno, Señor.”

Jesús dijo:

“Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.”

*

Juan 8, 1-11

***

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Quizás no hemos comprendido que Jesús se ha revelado al más lejano, al más despreciado. Jesús no pide a la samaritana, a la adúltera o al ladrón que se confiesen. Pero cuando les mira con ternura infinita se rinden.

Pero, en el fondo, ¿qué es el pecado?, ¿en qué consiste el mal? Donde vemos una injusticia, un pecado, quizás Dios descubra sólo un sufrimiento, un grito de socorro que él escucha. ¿Es esto misericordia? ¿Es éste el motivo de su venida a nuestro mundo? Cuando Dios se hace hombre, todo el mal del mundo cae sobre sus espaldas. Y él de este mal sabe sacar sólo amor, amor que manifestará hasta su último aliento de vida, hasta la última gota de sangre, hasta experimentar el mayor sufrimiento humano: la muerte.

Pero luego resucita: el amor es más fuerte que la muerte. El sufrimiento padecido por todos los humanos, desde el del más pequeño, el más frágil, el todavía no nacido, el niño que nunca crecerá, hasta el del criminal o el del santo, él lo ha rescatado en su propia piel, lo ha transformado en puro amor para la eternidad. Basta que le sigamos por el mismo camino. Se trata de aceptar, de acoger el sufrimiento tratando de impedir que se transforme en mal. En el otro sólo debo ver el sufrimiento que hay que superar con el amor. Jesús asumió el sufrimiento de la Magdalena. Este sufrimiento que ella, por ligereza, o por venganza, o por miedo a sufrir, dejó transformar en pecado […].

El que se ha equivocado mucho contra Cristo pero percibe que él ha asumido todo su sufrimiento, se convierte en loco de amor por Dios y no ve la hora de hacer por los demás lo que Jesús ha hecho con él. Los verdaderos convertidos no pueden menos de asemejarse a Cristo, uniéndose en su lucha contra el mal, convirtiéndose en otros tantos crucificados clavados por el sufrimiento de los otros hasta hacerlo resucitar en amor. El mundo habla de arrepentimiento, de penitencia… es sólo el amor el que arde.

*

E.-M. Cinquin,
Tufti contro, meno Dios. L’utopia di Betania,
Turín 1984, 49-52, passim.

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“Amigo de la mujer”. 5 de Cuaresma – C ( Juan 8,1-11)

domingo, 6 de abril de 2025
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cristo_y_la_mujer_adultera_de_domenico_morelli_museo_del_pradoSorprende ver a Jesús rodeado de tantas mujeres: amigas entrañables como María Magdalena o las hermanas Marta y María de Betania. Seguidoras fieles como Salomé, madre de una familia de pescadores. Mujeres enfermas, prostitutas de aldea… De ningún profeta se dice algo parecido.

¿Qué encontraban en él las mujeres?, ¿por qué las atraía tanto? La respuesta que ofrecen los relatos evangélicos es clara. Jesús las mira con ojos diferentes. Las trata con una ternura desconocida, defiende su dignidad, las acoge como discípulas. Nadie las había tratado así.

La gente las veía como fuente de impureza ritual. Rompiendo tabúes y prejuicios, Jesús se acerca a ellas sin temor alguno, las acepta en su mesa y hasta se deja acariciar por una prostituta agradecida.

La sociedad las consideraba como ocasión y fuente de pecado; desde niños se les advertía a los varones para no caer en sus artes de seducción. Jesús, sin embargo, pone el acento en la responsabilidad de los varones: «Todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón».

Se entiende su reacción cuando le presentan a una mujer sorprendida en adulterio, con intención de lapidarla. Nadie habla del varón. Es lo que ocurría siempre en aquella sociedad machista. Se condena a la mujer porque ha deshonrado a la familia y se disculpa con facilidad al varón.

Jesús no soporta esta hipocresía social construida por el dominio de los varones. Con sencillez y valentía admirables, pone verdad, justicia y compasión: «El que esté sin pecado, que arroje la primera piedra». Los acusadores se retiran avergonzados. Saben que ellos son los más responsables de los adulterios que se cometen en aquella sociedad.

Jesús se dirige a aquella mujer humillada con ternura y respeto: «Tampoco yo te condeno». Vete, sigue caminando en tu vida y, «en adelante, no peques más». Jesús confía en ella, le desea lo mejor y le anima a no pecar. Pero de sus labios no saldrá condena alguna.

¿Quién nos enseñará a mirar hoy a la mujer con los ojos de Jesús?, ¿quién introducirá en la Iglesia y en la sociedad la verdad, la justicia y la defensa de la mujer al estilo de Jesús?

José Antonio Pagola

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“El que esté libre de pecado que le tire la primera piedra” Domingo 06 de marzo de 2025. 5º de Cuaresma

domingo, 6 de abril de 2025
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21-cuaresmaC5 cerezoLeído en Koinonia:

Isaías 43, 16-21: Mirad que realizo algo nuevo y apagaré la sed de mi pueblo.
Salmo responsorial: 125: El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.
Filipenses 3, 8-14: Por Cristo lo perdí todo, muriendo su misma muerte.
Juan 8, 1-11: El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.

El texto del discípulo de Isaías es característico de su teología. Se lo ha llamado con frecuencia el “profeta del nuevo éxodo” (35,6; 41,18ss) y el texto que comentamos lo muestra claramente. Con la fórmula clásica del “enviado” (“así dice…”) comienza la unidad; como ocurre con mucha frecuencia Dios es presentado por lo que “hace”. La misma concluye en el v.21 ya que en v.22 comienza un nuevo oráculo de estilo muy diferente, con lo que el texto de la liturgia presenta claramente una unidad “redonda”. El estilo es hímnico, como se nota en los paralelismos (semejante a 40,22s; Sal 104,2ss; 136,5ss).

Es interesante que presenta una larga introducción (vv.16-17) sobre el pasado haciendo memoria de los acontecimientos del éxodo (Ex 13-14), pero con una serie de tiempos verbales que debemos tener presentes ya que se los dos primeros son participios (que traza, que hace salir), los dos segundos son imperfectos (se echarán, no se levantarán) y recién los dos últimos son imperfectos, y claramente pasados (se apagaron, se extinguieron), por lo que el marco principal es el presente que pone al lector “en medio” de los acontecimientos, con lo que recuerda a Israel que su fe no radica en los acontecimientos del pasado sino en Dios que “hace” esas cosas.

Lo llamativo es que después de toda esta introducción nos viene a decir en v. 18: “no se acuerden de las cosas pasadas” (no debe leerse como pregunta, como hacen algunas Biblias); las cosas “pasadas” son las del éxodo, como vemos en 41,22; 42,9; 43,9; 49,9; 48,3. ¿Por qué no recordar lo que acaba de poner en la memoria? La memoria (“¡recuerda!”) es fundamental en Israel (Sal 78), y por eso es importante la historia. Ciertamente porque lo que viene “es nuevo”, ya no estamos ante un río que se seca para que un pueblo pase, sino ante un desierto que se llena de agua para que el pueblo beba; lo nuevo es el camino en el desierto (35,8-10; 40,3-4), y el agua y la vegetación en ese lugar (35,6-7; 41,18-19). Es interesante recordar que el desierto es -para el tiempo del éxodo- un lugar terrible (“enorme y temible”, Dt 1,19; 8,15), allí Dios dio agua de la roca, y alimento del cielo; lo que ahora va a realizar —y realiza— es notablemente superior que hace empalidecer lo “antiguo”. Los acontecimientos que narra nos recuerdan lo que nos dice que no debemos recordar, y ahora en imperfecto: es algo que “se está haciendo”. Entre la doble referencia al agua en el desierto, aparece una extraña imagen: los que glorifican a Dios son los animales del desierto, no el pueblo (aunque estos parecen ocupar su lugar, como es frecuente, por ejemplo en los sacrificios, y se confirma en el relato con la doble referencia “mi pueblo, mi elegido”). Es este pueblo el que contará las alabanzas de Yavé (ver 43,10; 44,8), y es presentado como el pueblo que “me modelé”, con lo que regresamos a las imágenes de creación, muy frecuentes en el discípulo de Isaías (ver 43,1.7).

Lo que quiere destacar el autor es que no hay que quedarse en los acontecimientos del pasado por más maravillosos que hayan sido; quedarse en los acontecimientos y no en Dios es una forma sutil de idolatría, lo que hay que recordar es a Dios que es quien las hizo, hace y hará. El éxodo es el acontecimiento arquetípico y por eso es modelo de acontecimientos nuevos, no es algo en lo que Dios se ha estancado en el pasado. La “sola memoria” puede ser peligrosa, no puede ser un permanecer “estancados”, no tiene valor si no va acompañada de la esperanza, si no prepara futuro.

En la carta a los Filipenses vemos que lo que ha cambiado a Pablo dando un nuevo enfoque a su vida es el “conocimiento de Cristo Jesús”. Es cierto que otro “conocimiento” puede ser inútil o hasta perverso, pero si de conocimiento de Cristo se trata, ese llegará a su plenitud al final de los tiempos donde “conoceré, como soy conocido (por Dios)”, 1 Cor 13,12. Todo es “a causa de Cristo” (v.7). La esperanza judía en el mesías era ciertamente futura, pero Pablo es consciente que ya ha conocido. Sin embargo, todas las esperanzas de Israel, que tan bien quedan expresadas en Rom 9,4-5 no han “conocido” y han quedado al margen. Esto es, para Pablo, un motivo de gran dolor, como lo manifiesta especialmente (9,3). Pero para Pablo, todo lo que preparaba la llegada de Cristo, ya no tiene sentido, como el pedagogo (Gal 3,24-25) no tiene sentido una vez que el niño ha llegado a la escuela a la cual él lo llevaba. Es importante notar como Pablo empieza a poner los cimientos para una marcada separación entre Israel y la Iglesia, todo lo anterior, en comparación con Cristo es nada menos que estiércol.

El lenguaje que Pablo destaca es económico “pérdida – ganancia” pero sobre todo deportivo. Pablo pretende (notar la semejanza con el lenguaje de 1 Cor 13 que acabamos de mencionar): “ganar a Cristo y ser encontrado por él”. Las imágenes deportivas no son extrañas a Pablo (1 Cor 9,24-27; 2 Cor 4,8-9), y le sirven a Pablo como un ejemplo más para destacar algo que ya ha comenzado pero aún no ha concluido. Sin embargo, Pablo no pretende que las imágenes sean suficientes, él no corre con sus propias fuerzas, no espera llegar con su “justicia”, no lo ha alcanzado sino que fue él mismo alcanzado por Cristo . Aunque más “al pasar” que en Gálatas y Romanos, queda planteado el tema de la fe y las obras. Pablo sabe que colabora con la obra de Dios, pero sabe que no son sus fuerzas las que le permiten alcanzar la meta (notar esto tan característico de Pablo: conocer – ser conocido, ganar – ser hallado, alcanzar – ser alcanzado). La justificación -la meta- sólo puede venir de la iniciativa de Dios, no por la ley sino por la fe.

Como no conocemos el contexto de este relato del evangelio de Juan, que es un relato añadido, no sabemos las razones por las cuales a Jesús quieren “ponerle una trampa”. Pero dada la semejanza con los acontecimientos del final de la vida de Jesús, según nos cuentan los Sinópticos, podemos pensar que el drama ya se ha desencadenado y se pretende por todos los medios encontrar argumentos para un juicio que ya está decidido. En ese sentido, el texto es semejante al de la moneda del impuesto al César. Tampoco es fácil saber exactamente cuál es la trampa, pero parece ser ponerlo en la disyuntiva entre ser fiel a la ley de Moisés, y consentir en que la adúltera sea apedreada, con lo que su insistencia en la misericordia se revela “hipócrita”, o insistir en la misericordia con lo que se manifiesta como infiel a lo mandado por Moisés.

A Jesús no van a buscarlo porque confíen en su buen criterio o porque reconozcan autoridad a su palabra, o porque él pueda decidir la suerte de la mujer. En realidad, en este drama ni Jesús ni la mujer son importantes. Ambos son rechazados por los escribas y fariseos. Jesús, porque buscan atraparlo, la mujer porque es una simple excusa para ese objetivo. Por eso, porque su palabra en realidad no importa es que el Señor se inclina para escribir en tierra. Manifiesta su desinterés por la cuestión, como ellos también la manifiestan.

Somos tan prontos a juzgar y condenar, nosotros los hombres. ¡Es tan fácil en este caso! Nada menos que una adúltera, descubierta en plena infidelidad. Hay que aplicarle el rigor de la ley: ¡debe ser apedreada! De paso, veremos cuánto de fiel a la ley es Jesús. La actitud del Señor no parece ser muy atenta; casi, hasta parece indiferente … Juzgar y condenar, en nuestras actitudes, muchas veces van de la mano, se le parecen. Los hombres ya condenaron, falta que hable Jesús, para condenarlo también a él.

¿Sexo? ¡Horror! Para tantos, todavía sigue siendo el más grave y horroroso de los pecados. Es cierto que muchas veces nos hemos ido al otro extremo, y no hablamos ya del tema, pero cuántas veces nos encontramos con actitudes o comentarios que parecen que el único pecado existente es el pecado sexual. La envidia, la ambición, la falta de solidaridad, la injusticia, la soberbia, y tantos otros, parecen no existir en la “lista”. El sexo es “el” pecado. Esa es, también, la actitud de los acusadores de la mujer: fue descubierta en pleno pecado, ¡debe ser apedreada! “-Muy bien, el que no tenga pecado, tire la primera piedra“. Y, casualmente, los primeros en retirarse son los ancianos, los que ya no tienen “ese” pecado. Muchos pecados hay, no uno, pero nosotros juzgamos, ¡y hasta condenamos!

Sería casi sin sentido hacer una lista de todos los pecados de nuestro presente; sería sin sentido porque sería interminable: basta con leer casi cada página de los diarios… ¿Quién considera pecado sus opciones políticas que miran sus intereses y no lo que mejor beneficie la causa de los pobres? ¿Quién considera pecado su falta de solidaridad con los marginados de su mismo barrio o región? ¿Quién considera pecado su “no te entrometas“, o su falta de compromiso político para que los pecados desaparezcan?… Y, en esa misma línea: ¿quién no considera un pecado atroz y gravísimo a una madre soltera, o todo lo relacionado con el sexo?, ¿quién no considera verdaderamente intolerable toda cercanía siquiera con prostitutas…?

Este, que hoy leemos, fue el texto comentado por monseñor Romero en su célebre última homilía: “No encuentro figura más hermosa de Jesús salvando la dignidad humana, que este Jesús que no tiene pecado, frente a frente con una mujer adúltera… Fortaleza pero ternura: la dignidad humana ante todo… A Jesús no le importaban (los) detalles legalistas… Él ama, ha venido precisamente para salvar a los pecadores… convertirla es mucho mejor que apedrearla, ordenarla y salvarla es mucho mejor que condenarla… Las fuentes (del) pecado social (están) en el corazón del hombre… nadie quiere echarse la culpa y todos son responsables… de la ola de crímenes y violencia… la salvación comienza arrancando del pecado a cada hombre.” “–No peques más”. Leer más…

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Dom 5 Cuaresma. No juzguéis… El juicio de la «adúltera». (Jn 8, 1-11)

domingo, 6 de abril de 2025
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la-mujer-adultera-la-misericordiDel blog de Xabier Pikaza:

El juicio de la adúltera  (Jn 8, 1-11).En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿Qué dices?»… (sigue)

Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.»

E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó sólo Jesús, con la mujer, en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?» Ella contestó: «Ninguno, Señor.» Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.»

Jesús dijo: «No juzguéis   (Lc 6,37s, Mt 7, 1).

INTRODUCCIÓN

 Los  acusadores afirman que ha sido sorprendida en flagrante (autophôrô) adulterio y eso basta. En línea de justicia israelita debe morir: ¡Moisés manda lapidarla! Pues bien, frente a Moisés se sitúa Jesús y por eso, como enfrentándose con él, los escribas de la ley mesiánica del viejo Israel le preguntan: tú, en cambio ¿qué dices? (Jn 8, 5).

La respuesta de Daniel en el caso de Susana era fácil: cumplir la ley, pero de un modo verdadero, mostrando que la mujer era inocente y los acusadores falsos. Bastaba con la ley: ella era signo de Dios, mesías de la tierra. El problema de Jesús es diferente: no puede probar la inocencia de la mujer, ni la mala fe o deseo lujurioso de los acusadores, sino que debe enfrentarse con algo mucho más importante ¡con la Ley de Moisés!

Pero él ha dicho no juzguéis

Ciertamente, si Jesús salva a la mujer deberá indicar la insuficiencia de la Ley, mostrando de un modo más alto la presencia y acción de Dios. (he desarrollado este motivo en varios trabajos, especialmente en Compañeros y amigos de Jesús, donde lo desarrollo con cierta extensión)

De esa forma, frente al puro mesianismo de la ley, propio de Daniel, funcionario del talión escatológico (¡Dios obrará al final del mismo modo, salvando a los buenos y condenando a los malos!), viene a revelarse Jesús como mesías de la gracia que ofrece vida al pecador (a la mujer), situando a los acusadores ante el espejo de su propia conciencia, para iniciar de esa manera una vida donde sea posible la reconciliación.

La respuesta y solución de Jesús no viene en línea de la ley. Por eso no investiga los hechos, como nosotros (nuevos legalistas) hubiéramos deseado: no le importan los cómplices del adulterio, ni el ausente marido, quizá también culpable. No busca atenuantes de tipo psicológico y social… Es muy posible que, en línea de ley, un buen juez hubiera podido mostrar la contradicción de los acusadores, la complicación del marido, la posible falta de madurez de la víctima. Pues bien, Jesús no se ha querido situar a ese nivel: no se ha comportado como juez, ni en relación a la mujer, ni en relación a los cómplices; no es un buen juicio lo que busca (frente al juicio malo de los acusadores) sino la gracia superior y la verdad de cada uno (que debe mirar hacia sí mismo y descubrir allí su deseo más hondo).

Conforme a la ley, la mujer es culpable, pero Jesús no resuelve el problema a ese nivel, ni tampoco a nivel de pura maduración psicológica: no llama al marido, no enfrenta a los esposos, no les ofrece una terapia afectiva, sino que nos conduce a todos más allá del ámbito de juicio, allí donde Mt 7, 1-3 decía: ¡no juzguéis y nos seréis juzgados! La actitud de juicio supone que nosotros (jueces) somos buenos, mientras los otros (juzgados) culpables: por eso nos alzamos contra ellos, convirtiéndoles en chivos expiatorios al servicio de nuestra propia seguridad.

Este mecanismo de descarga judicial se repite en el principio de muchas religiones:un grupo sagrado tiende a mantenerse divinizando su propia justicia y condenando o expulsando a los disidentes o distintos. Pues bien, Jesús ha destruido la base de ese mecanismo, avalado por la ley de Moisés, situando a cada uno de los jueces ante su propia responsabilidad y diciéndoles:¡mira hacia adentro! ¡atrévete a decir que te hallas limpio!

En nombre de su propia ley, los acusadores podrían haber respondido: ¡estamos limpios, nosotros somos buenos! Pero no lo hacen, sino que reconocen su propia suciedad, dejando que caiga la piedra de violencia de su mano, empezando por los más ancianos (en el sentido doble de senador/presbítero: hombre de edad y juez o magistrado). Todos se descubren pecadores.

Históricamente, esta escena resulta irreal, muy improbable. Los escribas y fariseos de la tradición evangélica se hubieran atrevido a presentarse como justos, condenando a Jesús, el inocente. Pero el texto es una parábola cristológica más que el recuerdo de un hecho pasado: Jn 8, 1-12 está contando (o representando) la verdad universal del ser humano, diciéndonos que el día en que todos nos consideremos pecadores podremos dialogar de forma abierta, perdonándonos mutuamente, desde la gracia más alta de Dios Padre.

LA VIDA ES MÁS QUE LEY. LA VERDAD ES MÁS QUE JUICIO

Todos los jueces se van. Con la mujer queda Jesús, el único inocente (y el pueblo que actúa como testigo de fondo de la escena). Teóricamente Jesús podría condenarla, pues él es inocente; pero su inocencia se define más bien como perdón: ¡tampoco yo te condeno, vete y no peques más! De esta forma se enfrentan y distinguen la ley de sangre y la gracia creadora de Jesús:

 – La ley descubre al pecador y tiene la respuesta , como saben los jueces: ¡Dios mismo manda lapidar a estas mujeres! Como representantes de un Dios violento se creen obligados a matar a sus culpables.

Frente a esa ley que se impone matando, eleva Jesús la experiencia más honda del perdón. No necesita ya libros, escribe su palabra sobre el polvo: Dios y su gracia superan todas las leyes y sentencias del mundo.

 NO JUZQUÉIS….

 No juzguéis y no seréis juzgados (Lc 6,37s; Mt 7,1s)

 La comunión de Jesús se destruye allí donde unos juzgan a otros, o donde la estructura de conjunto juzga y somete bajo su dictado a  todos. El juicio pertenece al orden racional de una vida que se construye y define a sí misma, pero Dios se sitúa en un plano de gratuidad superior, más allá de razones y juicios humanos:

 Lucas.«No juzguéis, para que no seáis juzgados, porque con el juicio con que juzgáis seréis juzgados, y con la medida con que midáis seréis medidos» (Cf. Mateo Mt 7,1s).

Lucas introduce la exigencia de no juzgar al final del sermón de la llanura (cf. Lc 6,17-49),después de las bienaventuranzas, los ayes (Lc 6,20-26) y el amor al enemigo (Lc 6,27-36). Mateola sitúa hacia el final del sermón de la montaña, sin incluir las aplicaciones de Lc 6,37b-38 (no condenar, perdonar, dar) ni las parábolas de la «razón teológica» (del ciego y del discípulo: cf. Lc 6,39s), formuladas posiblemente por el redactor del Evangelio para interpretar el motivo del no juicio en su Iglesia[1].

            La palabra base de Mt 7,1 y Lc 6,37a («No juzguéis, para no ser [y no seréis] juzgados») es una sentencia apodíctica o axioma, que define a Dios y modela el sentido de la Iglesia como experiencia de gratuidad originaria. No es sentencia de ley sino supra-ley, voz que nos llega de Dios, viniendo, al mismo tiempo, de la profundidad del ser humano arraigado en Dios. Tres son, a mi entender, sus notas principales[2]:

 –Esta es una afirmación universal y ha de entenderse desde la gracia de Dios y la invitación de amar al enemigo. Más allá de la ley, allí donde se descubre inmerso en Dios-Gracia, el hombre puede actuar igual que Dios, sin exigir ni pedir nada, sin juzgar por nada.

 – Esta palabra retoma el primer mandato: «No comerás…»; no te apoderes para ti de nada, tu vida es don y gracia (cf. Gn 2,17). El precepto dice que no podemos fundar nuestra vida en algo que tengamos o que hagamos. Hemos brotado y somos en un Dios que nos ha dado la vida como gracia y en ella nos mantiene, de forma que podamos vivir de un modo gratuito, unos para otros[3].

 – Ella define el riesgo vital, diciéndonos que si juzgamos, caemos en manos de nuestro propio juicio, no del de Dios: «No juzguéis para que no seáis juzgados». El juicio no viene de Dios sino de nosotros mismo. Por eso es esencial la segunda parte del dicho de Jesús: «No seréis juzgados». Dios no es garantía humana de buen juicio (contra lo que afirma Kant en su Crítica de la razón práctica) sino superación divina de todo juicio. Donde hay amor de Dios no hay juicio, no por indiferencia (un Dios que se desentienda) sino por gratuidad más alta.

  Esta palabra («No juzguéis») no puede probarse (si se probara, debería integrarse en un sistema legal expresado en forma de talión), sino que deriva de la experiencia original del Dios creador, que es «gracia universal de Vida». No puede probarse ni postularse, pero puede y debe razonarse a posteriori, como suponen Lc 6,38b y Mt 7,2: con el juicio con que juzguéis seréis juzgados.

La fe en el Dios creador nos sitúa ante el misterio de su gracia, más allá de todo juicio y castigo. Según eso, el juicio no forma parte originaria de la creación, no proviene de Dios, sino que surge y se despliega allí donde nosotros lo formulamos y aplicamos en forma de talión. Solo superando la trama de acción y sanción, impulso y respuesta, bien y mal, descubriendo nuestra vida como puro don, en inmersión de amor, podemos hablar de Dios y contemplar (descubrir/desplegar) la vida como gracia, por encima de todo juicio que pueda separarnos del amor de Dios.

Dios no es bien y mal, gracia y condena, juicio, sino solo bien, pura gracia. El juicio lo creamos nosotros y lo aplicamos a Dios, atreviéndonos a decir que forma parte de su esencia, para defender aquello que hacemos, en contra de Dios, que no es talión de bien/mal sino puro bien que crea; no da (se da) para recibir (obtener ganancias) sino por gratuidad amorosa, para que seamos nosotros[4].

El juicio cerrado en sí mismo se expresa en forma de lucha mutua y culmina en la muerte (condena) de los perdedores, según la ley del talión. Solo quien supera el nivel del juicio puede vivir en Dios, siendo Dios por gracia (viviendo para siempre). Esta revelación («No juzguéis») no forma parte de la ley sino de la creatividad originaria de Dios, de forma que no podemos decir «No juzguéis porque el juicio es de Dios» (cf. 1

 Jesús duce  “no juzguéis”… pero la sociedad civil no ha querido escucharle,  ni tampoco mucha iglesia cristiana de forma que toma el “juicio” (el poder judicial) como clave de la vida social, junto al poder legislativo y el ejecutivo. Tampoco la iglesia cristiana ha sabido qué hacer con este mandato de Jesús y ha buscado la manera de elaborar un minucioso “derecho judicial”, afirmando que ella posee, por, por siglos y siglos (al menos desde el XIII al XX el poder judicial supremo de la tierra, avalado por excomuniones, e incluso condenas a muerte e infierno.

   El tema no es nada fácil de resolver, como saben bien los canonistas “cristianos”.Por eso es bueno que este domingo se lea y debe meditarse el  tema del “juicio” de la adúltera.  No voy a repetir lo que dije hace dos días, pero he sentido  la necesidad de recordar en este contexto, el mensaje fundamental de Jesús en este contexto.,

Superar el juicio, vivir en gratuidad: eso es la Iglesia

 Por don de Dios vivimos, por amor de aquellos que nos han transmitido la vida. Si rechazamos la gracia y nos juzgamos, juzgando a los demás, en clave moralista, corremos el riesgo de destruirnos a nosotros mismos, destruyéndolos a ellos. Este es el centro de la eclesiología de Jesús.

 – La capacidad de juicio es un elemento esencial del hombre, que piensa, mide y organiza la vida por conocimiento (sabiduría) y trabajo, superando así el nivel de los animales, que no piensan ni juzgan, sino que son por instinto. Juzgar es discernir, planificar y organizar la vida, en un nivel de medios y de fines, dentro de una historia regida por la ley del talión.

 – Pero el hombre que cierra su vida en un nivel de juicio pierde su identidad, como saben Gn 2-3 y Mt 7,1-5 y paralelos, porque el ser humano está hecho (se hace) para trascenderse en el Dios creador de vida, que le ofrece un lugar y un camino en su vida divina (véase el discurso de Pablo en Atenas en Hch 17,22-31). Leer más…

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Dos conversiones distintas y parecidas. Domingo 5º de Cuaresma. Ciclo C.

domingo, 6 de abril de 2025
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hipocresia-proxenetismo_image006Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Los domingos anteriores han tratado el tema de la conversión con distintos enfoques: amenazando con un final trágico a los que no se conviertan, pero concediendo un año de plazo para evitar la desgracia (domingo 3º); acogiendo al hijo pródigo, que se convierte por puro egoísmo, pero que da una inmensa alegría al padre con su vuelta (domingo 4º). En este quinto domingo habla del mejor recurso para convertirse: el contacto con Jesús, como lo demuestran una adúltera y un fariseo radical y violento.

¿Qué hacemos con la adúltera?

El evangelio parte de un hecho concreto: una mujer sorprendida en adulterio. Se trata de un pecado condenado en todas las legislaciones antiguas y en el Decálogo. El problema que plantean a Jesús es qué hacer con la adúltera. Del tema ya se habían ocupado los legisladores antiguos. Recojo tres opiniones.

La ahogamos con el adúltero (Código de Hammurabi)

 Es la respuesta del famoso Código de Hammurabi, rey de Babilonia muerto hacia 1750 a.C. En el párrafo 129 dictamina: «Si la esposa de un hombre es sorprendida acostada con otro varón, que los aten y los tiren al agua [al río Éufrates]; si el marido perdona a su esposa la vida, el rey perdonará también la vida a su súbdito». Adviértase que la ley empieza por la mujer, pero los dos merecen la condena a muerte, aunque cabe la posibilidad de que el marido perdone.

La apedreamos (escribas y fariseos)

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.

Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron:

– Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?

Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo.

La lapidación es el procedimiento más frecuente en la Biblia para ejecutar a un culpable. Cosa lógica ya que en Israel no abunda el agua, como en Babilonia, y sí las piedras. Sin embargo, estos escribas y fariseos no habrían aprobado un examen de Biblia por dos motivos.

1) La Ley de Moisés, que usa a menudo el verbo «apedrear» para hablar de un castigo a muerte, nunca lo aplica al adulterio. El texto que podrían invocar sería este del Deuteronomio: «Si uno encuentra en un pueblo a una joven prometida a otro y se acuesta con ella, los sacarán a los dos a las puertas de la ciudad y los apedrearán hasta que mueran: a la muchacha porque dentro del pueblo no pidió socorro y al hombre por haber violado a la mujer de su prójimo» (Dt 22,23-24). Pero esta ley no habla de adulterio, sino de violación (aparentemente consentida) de una muchacha.

2) Si tienen tanto interés en cumplir la Ley de Moisés, al primero que deberían haber traído ante Jesús es al varón, ya que también a él lo han sorprendido en adulterio y por él comienza la ley («Si uno encuentra a una joven…y se acuesta con ella»). Hay un caso en el que solo se habla de apedrear a la muchacha, pero tampoco se trata de adulterio, sino de la que ha perdido la virginidad mientras vivía con sus padres. Cuando se casa, su marido lo advierte y lo denuncia; si la denuncia es verdadera, «sacarán a la joven a la puerta de la casa paterna y los hombres de la ciudad la apedrearán hasta que muera, por haber cometido en Israel la infamia de prostituir la casa de su padre» (Dt 22,20-21).

¿Cómo puede un escriba, con tantos años de estudios bíblicos, cometer estos errores elementales? ¿Por ignorancia? ¿Por el deseo de interpretar la ley de la forma más rigurosa posible? ¿Para poner a Jesús en un aprieto y poder acusarlo, como dice Juan? Efectivamente, si la perdona, no cumple la ley; si dice que la apedreen, demuestra que no tiene esa compasión de la que tanto presume.

La perdonamos (Jesús)

Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:

– El que no tiene pecado, que le tire la primera piedra.

E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer, en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó:

– Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?

Ella contestó:

– Ninguno, Señor.

Jesús dijo:

– Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más. 

Jesús no precipita su respuesta. Le piden una opinión (“¿qué dices tú?”) pero se calla la boca y escribe en el suelo. Ellos insisten. Buscan lana y salen tranquilados. «Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra». El principal pecado de escribas y fariseos no es la ignorancia, ni el rigorismo, sino la hipocresía.

Cuando se retiran, solo quedan Jesús y la mujer, ella de pie en el centro. Un imagen de gran impacto, digna de la mejor película. Por suerte para la mujer, Jesús no es un confesor a la vieja usanza. No le pregunta cuántas veces ha cometido adulterio, con quién, dónde, cuándo. Se limita a dos preguntas breves («¿dónde están?, ¿nadie te ha condenado?») y a la absolución final, con propósito de la enmienda: «Yo tampoco te condeno. Ve y en adelante no peques más».

A veces se habla de la actitud de Jesús con los pecadores de forma muy ligera, como si los abrazase y aceptase su forma de vida. Pero a la mujer no le dice: «No te preocupes, no tiene importancia; ya sabes a quién tienes que acudir la próxima vez». Lo que le dice es: «en adelante no peques más». Se lo dice por su bien, no porque corra peligro de ser apedreada. A este caso, cambiando de género, se puede aplicar el proverbio bíblico: «El adúltero es hombre sin juicio, el violador se arruina a sí mismo» (Proverbios 6,32). Eso es lo que Jesús no quiere, que la mujer se arruine a sí misma.

El buen ejemplo de los escribas y fariseos

A pesar de su hipocresía y mala idea, hay que reconocerles algo bueno: se van retirando poco a poco, empezando por los más viejos. Hoy día, somos muchos los que conocemos la opinión de Jesús pero seguimos considerándonos buenos y no vacilamos en apedrear (más con palabras y juicios condenatorios que con piedras) a quien hemos elegido como víctima.

La conversión del fariseo radical y violento (Filipenses 3,8-14))

La lectura de Pablo a los Filipenses no cuenta su conversión, pero hace un balance de su vida antes y después de ella. Antes se gloriaba de ser israelita de pura cepa, de la tribu de Benjamín (¡ocho apellidos vascos!), circuncidado a los ocho días, estrictísimo en la observancia de la Ley, perseguidor de los cristianos. De todo estaba enormemente orgulloso hasta que descubrió a Cristo. A partir de ese momento, su vida cambia. Todo lo anterior lo considera basura. Él estaba obsesionado con salvarse, pero la Ley de Moisés no puede salvarlo, solo la fe en Cristo. Por eso, lo único importante es conocerlo cada vez mejor, compartir sus sufrimientos, resucitar con él. Pablo ve su vida como una extraña carrera. Ya le ha concedido el primer premio, pero debe seguir corriendo hacia la meta, sin mirar atrás.

Hermanos: Todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo y todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo y ser hallado en él, no con una justicia mía, la de la ley, sino con la que viene de la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe.

Todo para conocerlo a él y la fuerza de su resurrección y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte, con la esperanza de llegar a la resurrección de entre los muertos. No es que ya lo haya conseguido o que ya sea perfecto: yo lo persigo, a ver si lo alcanzo como yo he sido alcanzado por Cristo.

Hermanos, yo no pienso haber conseguido el premio. Solo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, hacia el premio al cual me llama Dios desde arriba en Cristo Jesús.

La adúltera y el fariseo

A pesar de las diferencias, hay algo común en la conversión de estas dos personas: el contacto con Jesús. Lo cual supone una gran novedad con respecto al mensaje de los domingos anteriores. Ahora, lo que provoca la conversión no es el miedo, ni el hambre, sino la relación personal con el Señor. Relación a la que se llega por caminos muy diversos: en el caso de la adúltera, son sus enemigos quienes la llevan ante Jesús; en el caso de Pablo, es Jesús quien le sale al encuentro. Este encuentro personal con él es la única garantía de una conversión auténtica y duradera.

Historia de la salvación (IV). El éxodo antiguo y el nuevo (Isaías 43,16-21)

La primera lectura sigue recordando momentos capitales de la Historia de la salvación: Abrahán, Moisés, Josué. Hoy se contraponen el éxodo de Egipto, con la gran victoria sobre el ejército del faraón, y el nuevo éxodo de Babilonia, en el que Dios protegerá a su pueblo durante la marcha por el desierto. El peligro de los israelitas es seguir soñando con lo antiguo. Y el profeta le dice: «No penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo». Curiosamente, coincide con lo que dice Pablo en la segunda lectura: «Olvidándome de lo que queda atrás, me lanzo a lo que está por delante».

Esto dice el Señor, que abrió camino en el mar y una senda en las aguas impetuosas; que sacó a batalla carros y caballos, la tropa y los héroes: caían para no levantarse, se apagaron como mecha que se extingue.

«No recordéis lo de antaño no penséis en lo antiguo; mirad qué realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? Abriré un camino en el desierto corrientes en el yermo. Me glorificarán las bestias salvajes, chacales y avestruces, porque pondré agua en el desierto, corrientes en la estepa, para dar de beber a mi pueblo elegido, a este pueblo que me he formado para que proclame mi alabanza.

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V Domingo de Cuaresma. 06 abril, 2025

domingo, 6 de abril de 2025
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Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:
el que esté sin pecado, que tire la primera piedra”.
E inclinándose otra vez, siguió escribiendo”

(Jn 8, 1-11)

Dime, Maestro: ¿qué escribías en el suelo? Siempre que vuelve este texto me lo pregunto… y algunas veces hasta me lo he contestado: palabras de perdón, de reconciliación, de comprensión… Pero hoy que aparece el texto me lo vuelvo a preguntar: ¿qué escribías en el suelo?, ¿qué escribes hoy en el suelo?, ¿qué palabras tienes para quienes me acusan, me persiguen, me entregan?

Sí, lo hacen conmigo, pero sobre todo con otras tantas personas, especialmente mujeres, en demasiados lugares de nuestro mundo. Hoy, ahora, una mujer está siendo acusada, vejada, puesta en evidencia…como lo fue la mujer sorprendida en adulterio en el Templo. Y me pregunto: ¿tendrá la mujer de hoy quien la defienda, quien la dignifique, quien escriba en el suelo de su historia palabras de liberación y de perdón?

Y me brota del corazón un deseo: ¡Hazme palabra, Jesús! Una palabra que Tú escribas hoy en nuestro suelo. Una palabra de consuelo. Una palabra de ánimo. Una palabra de lucha. Una palabra de dignidad. Una palabra de confrontación. Una palabra de perdón.

Haznos a todos “palabra”, como aquellas palabras que un día escribiste en el suelo del Templo. Palabras silenciosas que hicieron caer las piedras, los juicios y las condenas. Palabras escondidas que ablandaron corazones endurecidos y convirtieron la condena de la ley en el encuentro con el amor misericordioso. Palabras que rozaron el corazón herido de una mujer y le devolvieron la dignidad y la luz que necesitaba para caminar. Palabras que cambian el rumbo de la historia y la adentran por los senderos del Reino.

Oración

“Gracias, Trinidad Santa,
por escribir en el suelo de nuestro hoy
las letras suaves de tu amor y tu ternura para con nosotras.”

 

*

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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Dios no juzga, Jesús no condena.

domingo, 6 de abril de 2025
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F713D2C2-CD60-4215-A3A7-1AB96050B308DOMINGO 5º DE CUARESMA (C)

Jn 8,1-11

El texto está en un contexto artificial. No se encuentra en ningún otro evangelista y ha sido añadido al evangelio de Juan. No aparece en los textos griegos más antiguos. Es un relato muy antiguo y su mensaje está de acuerdo con los evangelios, incluido el de Juan.

En el relato, se destaca el “fariseísmo” de los acusadores. El texto dice que le estaban tendiendo una trampa. En efecto, si Jesús consentía en apedrearla, perdería su fama de bondad e iría contra el poder civil, que había retirado al Sanedrín la facultad de ejecutar a nadie. Si decía que no, se declaraba en contra de la Ley, que lo prescribía expresamente.

Si los pescaron “in fraganti”, ¿dónde estaba el hombre? (La Ley mandaba apedrear a ambos). Se consideraba adulterio la relación de un hombre con una mujer casada, no con una soltera. Se trataba de un pecado contra la propiedad, porque la mujer se consideraba propiedad del marido. Llevamos dos milenios tergiversando los textos con naturalidad.

Aparentemente Jesús está dispuesto a que se cumpla la Ley, pero pone una simple condición: que tire la primera piedra el que no tenga pecado. El tirar la primera piedra era obligación o “privilegio” del testigo. Tirar la primera piedra era responsabilizarse de la ejecución. Aquellos hombres acusaban, pero no se hacían responsables de la muerte.

Jesús perdona a la mujer antes de que se lo pida; no exige ninguna condición. No es el arrepentimiento ni la penitencia lo que consigue el perdón. Es el amor incondicional, lo que debe llevar a la adúltera al cambio de vida. El “perdón” de Dios es lo primero. Cambiar de perspectiva será la consecuencia de haber tomado conciencia de que Dios es Amor.

Sigue habiendo “cristianos” que ponen el cumplimiento de la “Ley” por encima de las personas. La base y fundamento del mensaje de Jesús es precisamente que, para el valor primero es la persona de carne y hueso, no la institución ni la “Ley”. El Padre estará siempre con los brazos abiertos para el hermano menor y para el mayor.

La cercanía que manifestó Jesús hacia los pecadores, no podía ser comprendida por los jefes religiosos de su tiempo porque se habían hecho un Dios justiciero y distante. Para ellos el cumplimiento de la Ley era el valor supremo. Jesús nos dice que la persona es el valor supremo y no puede ser utilizada como medio para conseguir nada.

El miedo es la consecuencia de la inseguridad. Cuando buscamos seguridades, tenemos asegurado el miedo. El miedo paraliza nuestra vida espiritual. El descubrimiento del verdadero Dios tiene que ser siempre liberador. La mejor prueba de que nos relacionamos con un ídolo, y no con el verdadero Dios, es que nuestra religiosidad produce miedos.

La “buena noticia” consiste en que el amor de Dios es incondicional, no depende de nada ni de nadie. Dios no es un ser que ama sino el amor. Su esencia es amor y no puede dejar de amar sin destruirse. ¿Quién es el bueno y quién es el malo? ¿Puedo yo dar respuesta a esta pregunta? ¿Quién puede sentirse capacitado para acusar a otro? Solo el fariseísmo.

Jesús está ya identificado con el Padre y unifica los tres. Tanto el hermano menor (adúltera) como el mayor (fariseos) tienen que ser superados. Una vez más descubrimos que el menor está dispuesto a cambiar con más facilidad que el mayor.

Fray Marcos

 Fuente Fe Adulta

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