Inicio > Biblia, Espiritualidad > Jueves Santo: Tres meditaciones sobre el Evangelio de San Juan 13, 1-15, por Joseba Kamiruaga Mieza CMF.

Jueves Santo: Tres meditaciones sobre el Evangelio de San Juan 13, 1-15, por Joseba Kamiruaga Mieza CMF.

jueves, 17 de abril de 2025

image


De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):

La fracción del pan: haced esto en memoria mía 

Con la Liturgia de la Cena del Señor intentamos, sólo podemos intentar, entrar en el misterio pascual, el misterio de nuestra salvación que revivimos en estos tres días santos de la pasión, muerte y resurrección del Señor.

Es sobre todo la escucha de la Palabra lo que nos permite participar en este misterio: lo que hemos escuchado como Ley en el libro del Éxodo (Ex 12,1-14), la memoria eucarística que Pablo da a los cristianos de Corinto (1 Cor 11,23-32) y el Evangelio del lavatorio de los pies (Jn 13,1-15) nos dicen algunos aspectos de la Pascua del Señor, y nosotros en nuestra pobreza de año en año tratamos de escrutarlos, de conocerlos un poco más, para poder pasar del conocimiento al amor del Señor, del conocimiento a la realización cotidiana de lo que se nos revela.

El Misterio Pascual nos parece cada vez más inagotable y somos cada vez más conscientes de nuestra insuficiencia para acoger y transmitir esta Palabra del Señor. Voy a intentar detenerme en el pasaje de San Pablo sobre la institución de la Eucaristía por Jesús. Me detengo solo en unas pocas palabras, sin pretender comentar el pasaje completo. Pero éstas son aclaraciones, las que nos da el mensaje de San Pablo, que son urgentes y decisivas para la vida cristiana de cada uno de nosotros y de cada comunidad.

Ante todo, el Apóstol recuerda a los cristianos que la acción que realizan en el seno de sus comunidades, especialmente en el Día del Señor, es una acción que recibió directamente del Señor, y que les transmitió a ellos, los cristianos de Corinto, anunciando la Buena Noticia del Evangelio. ¡San Pablo recibió una acción, un gesto, unas palabras que vienen del mismo Señor! La Eucaristía no es algo que la Iglesia se ha dado a sí misma o que alguien ha reglamentado: es simplemente una acción recibida del Señor y que debe ser transmitida siempre a los creyentes en Él en la plenitud del misterio que contiene.

Por eso San Pablo precisa ante todo: “La noche en que Jesús fue entregado”, es decir, en la noche de la traición, en la noche del no reconocimiento, en la noche del abandono por parte de todos los discípulos. Si hay una hora de negación de vínculos en la comunidad del Señor, es precisamente esa: y precisamente en esa situación Jesús entrega el gesto y las palabras eucarísticas.

Éste es ya un mensaje en sí mismo: “la noche en que fue entregado”, y significativamente la Iglesia en la liturgia occidental nos hace repetirlo en todas las oraciones eucarísticas. “La noche en que fue traicionado”, o se podría decir: “la noche en que fue abandonado”, “la noche en que fue negado por Pedro”.

Éste es verdaderamente el contexto en el que Jesús da el don de la Eucaristía, da el don de la alianza, pero precisamente cuando la alianza es existencialmente rota, destrozada por todos aquellos que pertenecían a la comunidad del Señor. En esa noche Jesús realiza gestos y palabras: ésta es la Eucaristía, memorial esencial de la vida de toda Iglesia.

En la noche en la que se niega la alianza, Jesús celebra su alianza con los suyos. Debemos acoger en toda su verdad escandalosa este contexto del don de la Eucaristía, que sucedió aquella noche no porque fuera la última noche antes del arresto, sino porque fue la noche en la que Jesús sufrió exactamente aquello de lo que somos capaces como hombres: traicionar, negar, abandonar.

De todos los Evangelios se desprende claramente que Jesús quiere tener una cena, una comida de alianza con sus discípulos. Él quiso, planeó esta comida, incluso envió algunos discípulos a prepararla, y cuando llegó la hora declaró: «He deseado ardientemente comer esta cena con vosotros» (cf. Lc 22,14).

Es significativo que el cuarto evangelio ni siquiera nos diga si se trataba de una comida pascual, como especifican los evangelios sinópticos: lo importante, según San Juan, es que se trataba de una comida de alianza. Si miramos lo que realmente hay detrás de esa velada, no es tanto la Pascua en sí, sino la alianza.

Por eso, toda esa comida se resume en el ritual del pan y en el ritual del vino, en un paralelismo que genera un gran significado. El pan y el vino, elementos esenciales de la comida judía, adquieren en esta cena un significado que transciende su materialidad: Jesús quiso que aquella comida no fuera sólo para comer y beber, siempre en un contexto de oración y de liturgia, sino que sobre todo quiso, a través de ese pan y de ese vino, celebrar la alianza.

Por eso San Pablo recuerda que «Jesús tomó el pan, dio gracias y lo partió»: Jesús da gracias, es decir, dice una palabra de bendición a Dios, y en la alabanza, en la bendición, en la acción de gracias a Dios parte el pan. Esto es lo esencial, y es algo de la Eucaristía que no meditamos lo suficiente, quizá también porque en nuestras Eucaristías la fracción del pan no recibe ningún significado por parte de quienes las celebran. Y en cambio la fracción del pan es importante, es esencial. Jesús toma en sus manos el pan, es decir, un pan que recibe y acoge de Dios; reconoce que es un don que viene de Dios. Luego lo parte, lo divide, lo comparte. Aquí está la fracción del pan.

La comida es una acción humana –ciertamente sólo los humanos saben hacerlo, no los animales–, pero en esa comida el creyente recibe, agradece y comparte. Se recibe el pan para compartirlo, para “partirlo”, para luego distribuirlo a todos los que están alrededor de la mesa, para que todos compartan el mismo pan.

Así Jesús constituye la comunidad de la mesa, de aquellos que comparten el mismo pan, que por tanto participan de la comunión, son koinonoí y forman una koinonía, una comunión (este es el lenguaje de San Pablo). La mesa eucarística de Jesús no se define por ser justa o injusta: no había personas dignas aquella noche, en aquella comida eucarística.

Pero en ese mismo contexto Jesús dio el pan diciendo: “Es mi cuerpo por vosotros”. Al comer este pan, al alimentarnos todos del mismo alimento, vivimos la misma vida que es la vida de Jesús, vida de la que su cuerpo fue la manifestación más real posible. Todo esto hasta que seamos un solo cuerpo, el cuerpo de Cristo, el cuerpo del cual Cristo es la cabeza y del cual nosotros somos los miembros, indignos pero miembros. Éste es el verdadero y profundo dinamismo eucarístico, ante el cual nuestras preocupaciones sobre la presencia real no sólo son inadecuadas, sino engañosas y sobre todo muy poco inteligentes.

Precisamente repitiendo este gesto y estas palabras, como gesto y palabras de Jesús, desde aquella tarde de la traición hasta el día de su regreso en la gloria, entramos en esta dinámica espiritual en la que nos convertimos en cuerpo de Cristo y Cristo se hace vida en nosotros.

¡La Eucaristía es esto y no es otra cosa! Es estar en la mesa del Señor, en la que Él parte su cuerpo, es decir, nos da su vida. No podemos olvidar que aquella tarde Jesús partió el pan para los doce apóstoles que lo abandonaron, lo negaron, lo traicionaron; como durante su vida había partido el pan con sus amigos en Betania; como había partido el pan mientras comía en las casas de los pecadores; mientras partía el pan con la multitud que había venido a Él y entendía poco de lo que decía y hacía. La verdad es que Jesús partió el pan con todo tipo de invitados, ¡todos pecadores!

Pero San Pablo, tras recordar este primer rito eucarístico, en el que la Eucaristía es comunión en Cristo de los hombres llamados a salir del pecado, de la condición de pecadores, nos recuerda en paralelo el segundo rito: «Del mismo modo… tomó la copa, diciendo: “Esta copa es la nueva alianza en mi sangre. Haced esto, cuantas veces la bebáis, en memoria mía”».

Las palabras del cáliz profundizan aún más la vida comunitaria, la koinonía, indicada sobre todo por el pan partido, porque especifican que esta vida es vida en la alianza. Lo que atestigua la tradición de Jerusalén, según Marcos y Mateo: «Esta es mi sangre de la nueva alianza» (Mc 14,23; Mt 26,27), lo afirma claramente la tradición antioquena seguida por Lucas (Lc 22,25) y por Pablo: «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre».

He aquí el término calificativo: “nueva alianza”. El pacto entre Dios e Israel había sido roto: “¡Este pacto, mi pacto, lo habéis roto!” (cf. Jr 31,2) –, y por eso Dios había prometido una nueva (cf. Jr 31,31), que Jesús mismo inaugura: ese cáliz que Jesús tiene en sus manos es la nueva alianza en su sangre.

Ahora bien, para entrar en la alianza con Dios, es necesario formar parte de la nueva alianza, en el sentido de la alianza definitiva, la alianza sellada en la sangre de Jesús. Esa copa, gracias a la palabra eficaz de Jesús, contiene su sangre, y esa sangre es la nueva alianza, o, si se prefiere, la vida de Jesús es la nueva alianza.

Porque si el Siervo recibió la misión de ser «alianza para todos los pueblos» (cf. Is 42,6), Jesús tiene la misión de ser Él mismo la alianza nueva y definitiva, para siempre, que no podrá romperse jamás, una alianza eterna. Y así con esta segunda señal y con estas palabras vemos que lo que era una koinonía es también un pacto.

Podríamos decir, parafraseando el comentario de San Pablo a las palabras del pan: «Como hay una sola copa, participamos de la única vida que es Jesucristo, porque bebemos de una sola copa». 

La sangre es vida, y Jesús la gastó en un sacrificio existencial, no en un sacrificio ritual como los que tenían lugar en el Templo: en el sacrificio de Jesús no hay ningún rito, sino que está la ofrenda de su vida, de toda su existencia, a Dios y a los hermanos.

Ay de nosotros si en el cáliz viéramos sólo la sangre de la Pasión del Señor, sólo el acto preciso de su muerte: la sangre es toda la vida de Jesús, toda su vida humana que fue sacrificio existencial, vida de servicio, de cuidado, de «amor hasta el extremo» (cf. Jn 13,1) a los hermanos.

Jesús vivió así, leamos un poco mejor los Evangelios: a Él no le preocupaba mucho nuestro pecado, le preocupaba el sufrimiento que encontraba entre nosotros. Ésta es la verdad de Jesucristo, que debemos recordar nosotros que tantas veces hablamos en su nombre y somos capaces de ver más el pecado que el sufrimiento de los hombres.

No olvidemos cómo la Carta a los Hebreos reinterpretó el sacrificio de Cristo desde una perspectiva verdaderamente cristiana: «Al venir al mundo», es decir, al hacerse hombre, Jesús le dice a Dios, casi orando: «Sacrificios y ofrendas rituales no quisiste, holocaustos y ofrendas por el pecado no te agradaron, porque no te agradaron y fueron ineficaces. Entonces dije: He aquí que vengo… para hacer, oh Dios, tu voluntad» (cf. Hb 10,5-7; Sal 40,7-9).

Éste es el sacrificio existencial de Jesús: toda su vida, significada por la sangre que es la vida de todo hombre, fue entregada plena, totalmente a Dios y a los hombres.

Por eso la koinonía, que nos recuerda la fracción del pan, aparece en el signo del cáliz como alianza nueva y definitiva, “alianza eterna” – dirá también la Carta a los Hebreos (Hb 13,20) – que no falla nunca. San Pablo no especifica que esta sangre de la alianza es “derramada para remisión de los pecados” (Mt 26,27), “derramada por las multitudes” (Mc 14,24), “derramada por vosotros” (Lc 22,20), pero esto se entiende, porque donde hay alianza ya no hay pecado, los pecados son perdonados y se establece una comunión con Dios más fuerte que la separación del pecado.

La Eucaristía es pues esta comunión en alianza, en la que cada uno de nosotros permanece con su propia responsabilidad. El Señor se la ofreció a todos: a Judas que lo traicionó, a Pedro que lo negó, a aquellos discípulos insensatos y sin ninguna convicción valiente. Eran huéspedes de Jesús, igual que nosotros. Cada uno de nosotros puede preguntarse si no somos Judas, si no somos Pedro, si no somos uno de los discípulos que abandonaron a Jesús.

Lo que San Pablo nos pide es «reconocer el cuerpo de Cristo»: solo si reconocemos el cuerpo y la sangre de Cristo, es decir, su vida, no somos condenados; y sólo aquellos que no reconocen la vida de Cristo “comen y beben su propia condenación”, porque no ven el don que Dios les da.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

***

Lavaos los pies unos a otros en memoria mía 

Comenzamos a revivir las acciones y palabras de Jesús, escuchándolas, acogiéndolas en nuestro corazón y meditándolas, porque esto es lo único que podemos hacer aquí y ahora, juntos. Todos estamos dispuestos a beber de la fuente del misterio, porque sostenidos por esta agua que brota en nosotros (cf. Jn 4,14), podemos vivir precisamente viviendo este misterio en nuestra carne y en nuestra mente.

Cada uno de nosotros tiene su propio peso sobre los hombros y sobre el corazón: sí, con el corazón agobiado por el peso del duro trabajo de vivir, agobiado por nuestros pecados, que no son otra cosa que contradicciones al amor, agobiado por la conciencia de nuestra incapacidad cada vez mayor para ser coherentes con lo que hemos aprendido y seguimos conociendo del mismo Jesús. 

Veamos la escena que nos presenta el Evangelio de esta tarde: un hombre, Jesús, que intenta «amar hasta el extremo, hasta el fin» ( Jn 13,1); de los hombres que llevan años con él y no le entienden, porque cada uno sigue su camino; Pedro, el que debe presidir, falla al olvidar donde fue colocado por Jesús y al olvidar la relación tan llena de cosas compartidas con Él; entonces “uno de los Doce” que desea la muerte de Jesús, desea deshacerse de él; y los demás ni siquiera saben dónde están. Éstos son los protagonistas que se sitúan ante nosotros, como un espejo, para que podamos identificarnos en sus figuras.

Jesús tiene una sola palabra, la que acaba de decir a los judíos: «Por esto me ama el Padre, porque yo doy mi vida para recibirla de nuevo» (Jn 10,17). Para recibirla del Padre, en la fe, sin ninguna certeza. Ésta es la palabra clave para entender lo que hace ahora Jesús: de hecho, deja sus vestidos para recibirlos de nuevo, dando, a través de su despojamiento, el signo de lo que está sucediendo; Él da su vida, se despoja, se vacía para recibir esta vida del Padre.

Por eso, no al comienzo de la cena, no en el atrio de la casa, apenas entrado, sino durante la cena, Jesús hace una innovación en el ritual. Era costumbre que al comienzo de la cena, en el momento de la bienvenida, se recibiera al invitado con la ofrenda de agua para el lavado de los pies polvorientos y sucios: el invitado aceptaba la ofrenda, y los esclavos no judíos realizaban este servicio. En cualquier caso, nunca –dice el Midrash– un judío pidió a otro judío, ni siquiera a un esclavo, que le lavara los pies, porque ese gesto de extrema humillación sólo podía pedirse a esclavos no judíos.

Sin embargo ahora la cena está llegando a su fin, y es durante ella, como para darle una evidencia fuerte e imponente, que Jesús realiza ese rito. Pero lo hace al revés, en un rito de inversión, con plena conciencia de lo que debía hacer como gesto final para con sus discípulos: Jesús debía mostrarles hasta dónde es posible amar, «hasta el extremo», hasta dar la propia vida.

Según los Evangelios sinópticos, Jesús manifestó este amor dando a sus discípulos el pan y el vino como su cuerpo y su sangre (cf. Mc 14,22-25 y par.). Según Juan, que también conoce la institución de la Eucaristía, es mejor dejar de lado la Eucaristía y hablar del lavado de los pies. Los dos signos dicen lo mismo, dicen la misma verdad y, de hecho, van seguidos de dos órdenes, las dos únicas dadas por Jesús respecto a una acción significativa:

Haced esto en memoria mía” (Lc 22,19; 1Co 11,24) y “Debéis lavaros los pies los unos a los otros” (Jn 13,14).

Dos gestos relacionados con el cuerpo: cuerpo de Jesús entregado; y cuerpo del discípulo servido por Jesús.

En ambas acciones de Jesús hay un cuerpo que se entrega a los discípulos. Se produce así un rito de inversión: el Maestro se convierte en discípulo, el Señor se hace esclavo, el que preside se convierte en el que sirve.

Y para hacer esto, significativamente Jesús se quita la ropa, no sólo el manto. Le despojarán de sus vestiduras en la cruz (cf. Jn 19,23-24), pero aquí es Él quien se despoja de sus vestiduras. He aquí la acción, el preámbulo necesario al gesto del esclavo, al servicio: desvestirse. Despojarse de los propios vestidos, desvestirse, es entregarse en la propia desnudez al otro, y esto sucederá en el Gólgota, pero ahora es claramente un gesto de despojamiento, de empobrecimiento de sí, un desarme.

Se trata de una acción extraordinaria, que no obedece a los dos polos que tanto nos atraen a los hombres: el miedo y la arrogancia. Siempre oscilamos entre estas dos tentaciones: el miedo, que es siempre y radicalmente miedo al otro, y la arrogancia, que es la violencia más cotidiana hacia los demás. Normalmente estas son nuestras armaduras, y las usamos bien porque no creemos que sean ofensivas, sino sólo defensivas. Por eso nos falta el estilo, el estilo de Jesús, que es humildad y mansedumbre: «Venid a mí… aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,28-29).

Jesús, despojado como un esclavo, arrodillado a los pies de sus discípulos, sabe bien que este gesto había sido dirigido a Él por dos mujeres: una pecadora según Lucas (cf. Lc 7,36-50), y una discípula, María de Betania (cf. Jn 12,1-8).

Ambas le habían lavado y perfumado los pies, en un exceso de amor, durante una cena. Jesús parece haber aprendido la lección de ellas y por eso repite el gesto, pero pidiendo que este gesto «se lo haga uno al otro» (cf. Jn 13,14), pidiendo que sea un gesto de reciprocidad. Aquella tarde lo hizo sólo para dar – dice el Evangelio – «un ejemplo, para que como Él hizo, también nosotros hagamos, recíprocamente» (cf. Jn 13,15).

Aquella tarde Jesús no realizó un milagro como último acto, sino un acto que todos pueden realizar: basta con una palangana, un poco de agua, una toalla. Podemos realizar esta acción siempre y en todas partes: dar la vida, desarmarnos, no inspirar miedo ni tener miedo, no ser arrogantes y tener hacia los demás la actitud de quien lava los pies…

El amor cristiano se resume en esto: no está hecho de grandes sentimientos, no se nutre de eros ni de pasión, sino que es un trabajo sobre uno mismo antes de ser un trabajo hacia los demás. Yo te lavo los pies si, aun viendo tu pecado, sé no verlo y no tomarlo en cuenta. Yo te lavo los pies, si no me dejo tentar por la arrogancia, que no siempre es orgullo, sino que es mirarme a mí mismo, quizá a mi yo mínimo, pero no pensándolo superior al de los demás.

Desde el siglo IV la Iglesia quiere que quien preside –Papa, obispo, abad– lave los pies a sus hermanos. El Papa Francisco ha innovado yendo a lavar a los más pobres y desfavorecidos, en las cárceles y en los hospitales. ¿Será necesario también que tengamos la audacia de cambiar este rito y trasladarlo al mandato de Jesús de lavarnos los pies unos a otros? La comunidad tendrá que reflexionar y madurar hasta decidir… Pero sea como sea este rito, según el mandato de Jesús el lavado de los pies debe realizarse recíprocamente; así como debe suceder en la vida diaria, donde no es sólo el que preside quien lava los pies de los hermanos, sino que son ellos quienes deben lavarse los pies unos a otros.

Lavar los pies es un gesto escandaloso: escandalizó a Simón el fariseo (cf. Lc 7,39), escandalizó a Judas (cf. Jn 12,4-6), escandaliza a Pedro en nuestro pasaje (cf. Jn 13,6.8). Pero Jesús le dice a Pedro que si no se lava los pies, él, Jesús, no será su porción (cf. Jn 13,8; cf. Sal 16,5; 73,26; 142,6), porque es necesario lavar los pies, pero también es necesario dejarse lavar, y esto a veces es más difícil que realizar uno mismo esta acción.

Concluyo con un pensamiento que va a situaciones reales: pensemos en ello… En las casas hay hombres y mujeres que lavan los pies, o las partes íntimas del cuerpo, a personas enfermas que ya no pueden hacerlo por sí mismas. Hay padres que lavan a sus hijos discapacitados. Hay hombres y mujeres que en los hospitales se inclinan al servicio de los cuerpos de los enfermos, de los discapacitados, de los que sufren, de los abandonados…

Son situaciones que casi seguramente nos involucrarán también a nosotros, a nuestros cuerpos: será la aceptación del servicio a realizar o recibir, un servicio esclavo. Este servicio, también, realizado con amor y consciencia, será el cumplimiento del mandato: «Haced esto en memoria mía. Como yo los he hecho, hacedlo vosotros los unos con los otros».

Sólo queda una cosa por decir. En aquel lavado estaban los Doce y entre ellos uno de los Doce, Judas. Y otro de los Doce, Pedro. Y Jesús lavó los pies a Judas, a Pedro y a los otros, tan inconscientes y aturdidos… También en este clima, en este ambiente, debemos lavarnos los pies unos a otros. En verdad, en verdad os digo: el siervo no es mayor que su señor, ni el enviado es mayor que el que lo envió. Si sabéis estas cosas, felices seréis si las hacéis (Jn 13,16-17). Éstas son las últimas palabras de Jesús.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

***

El último día… será el primer día

En el atardecer de aquel día Jesús pronuncia palabras misteriosa, sublimes, sobre el pan y el vino.  Habla de un cuerpo roto, de una sangre derramada. De un hombre entregado. ¿Qué fue la vida de Jesús sino una entrega continua y apasionada?  Ni siquiera su cuerpo guardó para sí: «tomad y comed»; ni siquiera su sangre: «tomad y bebed».

Una noche de traición, que comienza con el abrazo de los amigos y termina encadenado. Es difícil imaginar una celebración del amor más realista que la Última Cena. No tiene nada de romántica, es una confrontación con la complejidad del amor, con sus conflictos y su victoria final. Es el momento de la crisis, cuando Jesús pasa por el fuego; el momento en que todo estalla y en el que todo parece acabar.

Jesús dice a sus discípulos con sencillez y libertad que ha llegado el final, que uno de ellos le ha traicionado, que Pedro le negará, que los demás huirán, en la noche, tragados por el miedo. Sin embargo… Jesús les lava los pies. ¿Quieres saber algo de ti y de mí? – Jesús dice a los discípulos y discípulas de todos los tiempos -, os doy una cita: se despoja del manto, se ciñe una toalla, se inclina y, abajo, comienza a lavar los pies a los suyos. Incluso se los lava a Judas, que le traiciona.

¿Quién es Dios? El que lava nuestros pies. Arrodillado ante nosotros. Sus manos sobre nuestros pies. Verdaderamente, como Pedro, tenemos ganas de decir: no, un Dios no puede hacer eso. Estás loco, Señor. Y Él: Soy como el esclavo que te espera, y cuando vuelves te lava los pies. San Pablo tiene razón: el cristianismo es escándalo y locura.

Estos son los días de la «venganza de Dios», cuando se venga de nuestras escapadas arrodillándose a nuestros pies; se venga de nuestra superficialidad entrando en lo más profundo de cada uno, como el pan. Ahora entendemos quién es Jesús: besa a los que le traicionan. No rompe a nadie, se rompe a sí mismo. No derrama la sangre de nadie, derrama su propia sangre. No sacrifica a nadie, se sacrifica a sí mismo. Jesús no huyó de la crisis, la afrontó. Tomó la traición, la falta de amor, la incomprensión de los suyos, y en lugar de juzgar, acusar, reprender, en lugar de enviarlos a casa, al lago, a las barcas, porque no entendían, no podían con todo, inventó algo nuevo para volver a educarles, para volver a ayudarles a entender, para levantarles, subirles hacia su sueño.

Podía haberlos dejado allí, empezar de nuevo en otra parte. En lugar de eso, subió la apuesta. La estrategia educativa de Jesús es «llevarlos arriba», más alto, ampliar horizontes, hacerles respirar un aire más puro: Tú me abandonas y yo me pongo en tus manos. Tú me entregas para que me maten y yo me entrego a ti. Cuando me haya ido aún podrás comer y beber de mí.

Inmensa vulnerabilidad del acto de amor. Hermoso es quien ama. Hermoso es quien ama hasta el extremo. Comienza la última noche, noche de oración sin respuestas, de amigos que en vez de despertar duermen, y encima eran los tres escogidos y favoritos. Noche del traidor llamado «amigo» y de la captura: entonces todos lo abandonaron y huyeron. Cada uno tomó un camino diferente. Lejos de aquel hombre peligroso, de aquel réprobo; olvidados quedaron los años del alegre y libre vagabundeo por el lago, y el pan en las cestas que nunca se acababa. Ya no hay ilusiones, es demasiado arriesgado estar con Él. De hecho, sólo hacen falta unas horas y ya todo se habrá acabado.

Pero, antes, en la colina, ocurre algo que me aturde: a un Dios que lavó los pies y no le bastó, que dio su cuerpo para comer y no le bastó, lo veremos colgado desnudo y deshonrado, y tendremos que apartar la mirada. Entonces volveremos la cabeza y miraremos de nuevo a la cruz y veremos a uno con los brazos abiertos que balbucea: «Te quiero».

Sangra y balbucea, o tal vez grita: «Te amo» Habrá muchas mujeres allí, mirando desde lejos. Sólo las mujeres se quedarán con Él, frágiles e indómitas, y no le negarán. Sólo entre las mujeres Jesús no tenía enemigos. Hablaba su idioma, el idioma del corazón y de las razones fuertes para vivir. Un pequeño rebaño temeroso y valiente: la Iglesia nace en esas mujeres que tienen hacia Jesús una mirada resplandeciente de amor y de dolor: «Nace de la contemplación del rostro del Dios crucificado».

La comunidad cristiana nace de haber visto que, sobre el cuerpo, el amor ha escrito su historia con el alfabeto de las heridas, indelebles ya para siempre, eternamente, como el amor. Una escena que imprimirá en ellos un grito, un arañazo, un tajo, como una gota de fuego que penetra y abrasa. Pero es gracias a este valor amoroso que el testimonio de la muerte de Jesús ha llegado hasta nosotros. Oscurecerá desde el mediodía hasta las tres de la tarde, sobre toda la tierra. Noche en pleno día.

Los sinópticos lo señalan cuidadosamente. Sobre ese hombre que colgará desnudo al viento, el cielo extenderá la modestia de la sombra. Será el momento en que todo se oscurecerá: la muerte, la burla, el naufragio final. Pero será de las tinieblas de donde nacerá la luz; nacerá el rostro de Dios vuelto del revés.

Esta anotación de los Evangelios, que podría parecer una de las páginas más oscuras de la Biblia, como un nuevo espesamiento de la angustia en el Gólgota, será en cambio una palabra llena de luz. Porque nos asegurará que se ha puesto un límite a la oscuridad, un freno al dolor, una frontera a las lágrimas. Entonces volverá el sol.

Se permite que el sufrimiento haga estragos en los días del hombre, pero tiene los límites ya marcados, durará un tiempo, horas o meses, pero aún así tendrá un final. Entonces el cielo volverá a despejarse. Esas tres horas de oscuridad sobre Jerusalén, sobre toda la tierra, cuando el mal será tan fuerte y no se verá nada, cuando las lágrimas velarán los ojos y apagarán hasta los rostros más queridos, ese tiempo duro también tendrá un límite, desde el mediodía hasta las tres será una parábola cronológica puesta por Dios como guardián de la esperanza. Lo que ocurrió en el Calvario ocurrirá también en la casa de nuestra creación, de nuestra historia, de nuestro mundo: volverá el sol.

Lo más bello de la tierra es siempre un acto de amor. Bello es quien te ama, bello es quien te ama hasta el extremo. La belleza suprema de la historia ocurrió fuera de Jerusalén, en la cruz, donde el Hijo del Dios inmenso se dejó contener en lo infinitamente pequeño, ese pedacito de madera y tierra que bastó para morir.

En esa cruz, dice el evangelista Juan, se revela la gloria de Dios: la belleza se ofrece a la contemplación cósmica, como el arte divino de amar, como la capacidad de amar hasta hacerse uno ante quien se vuelve el rostro ocultándolo. La imagen del crucificado no es la representación bella de la realidad, para atraer nuestra mirada, sino la representación de la realidad más bella. La piedra angular de nuestra fe cristiana es lo más bello del mundo: un acto de amor total. La cruz es siempre una pregunta abierta. Sabemos que no la comprendemos. Al final, sin embargo, lo que convence es la sencillez absoluta.

Immanuel Kant diría que «la cruz sin la Pascua es ciega, no tiene orientación ni lugar de aterrizaje; la Pascua sin la cruz está vacía, es un pensamiento amable, una alegoría de la eterna primavera, pero no tiene contenido, el peso de un cuerpo traicionado, desgarrado por el amor y el dolor».

El primer día de la semana, María Magdalena irá al sepulcro por la mañana, cuando aún estará oscuro. María saldrá de casa cuando estará oscuro en el cielo y oscuro en su corazón. En esa hora entre la noche y el día en que las cosas no se ven, pero el corazón lo compensa, María irá, sola, sin miedo. Todo estará cumplido, no irá a preparar el cuerpo de su amigo, no llevará mirra y áloes, no habrá motivo, Nicodemo ya habrá llevado treinta kilos de ellos, una cantidad excesiva, un exceso de afecto y gratitud.

María no llevará nada más que puro amor, como la novia del Cántico: a través de la noche buscará al amado de su corazón. No llevará nada en las manos, no llevará aromas, sólo tendrá lágrimas. María irá al sepulcro y no tendrá miedo, ella que es mujer, mientras que los hombres tendrán miedo, porque ella le pertenecía y su corazón estaba con Él, donde estaba Él estaba también su corazón. Por eso no tendrá miedo. No es casualidad que quienes van al sepulcro en esa madrugada sean los que han tenido la experiencia más fuerte del amor de Jesús: las mujeres.

Serán los primeros en comprender que un amor como el de Jesús no podrá ser anulado por la muerte. Que el tiempo del amor será más largo que el tiempo de la muerte. Le amarán incluso cuando está muerto y será también su amor el que obliga a Dios a imaginar y crear resurrecciones.

Y María verá que habrán quitado la piedra del sepulcro. El sepulcro estará abierto de par en par, vacío, resplandeciente en el frescor del alba. Y fuera será primavera. Estará abierta como se abre la cáscara de una semilla. Abierta por una fuerza que no descansará hasta alcanzar la última rama de la creación y derribar la piedra de la última tumba.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

***

Biblia, Espiritualidad , , , , ,

Comentarios cerrados.

Recordatorio

Cristianos Gays es un blog sin fines comerciales ni empresariales. Todos los contenidos tienen la finalidad de compartir, noticias, reflexiones y experiencias respecto a diversos temas que busquen la unión de Espiritualidad y Orientación o identidad sexual. Los administradores no se hacen responsables de las conclusiones extraídas personalmente por los usuarios a partir de los textos incluidos en cada una de las entradas de este blog.

Las imágenes, fotografías y artículos presentadas en este blog son propiedad de sus respectivos autores o titulares de derechos de autor y se reproducen solamente para efectos informativos, ilustrativos y sin fines de lucro. Por supuesto, a petición de los autores, se eliminará el contenido en cuestión inmediatamente o se añadirá un enlace. Este sitio no tiene fines comerciales ni empresariales, es gratuito y no genera ingresos de ningún tipo.

El propietario del blog no garantiza la solidez y la fiabilidad de su contenido. Este blog es un espacio de información y encuentro. La información puede contener errores e imprecisiones.

Los comentarios del blog estarán sujetos a moderación y aparecerán publicados una vez que los responsables del blog los haya aprobado, reservándose el derecho de suprimirlos en caso de incluir contenidos difamatorios, que contengan insultos, que se consideren racistas o discriminatorios, que resulten obscenos u ofensivos, en particular comentarios que puedan vulnerar derechos fundamentales y libertades públicas o que atenten contra el derecho al honor. Asimismo, se suprimirá aquellos comentarios que contengan “spam” o publicidad, así como cualquier comentario que no guarde relación con el tema de la entrada publicada. no se hace responsable de los contenidos, enlaces, comentarios, expresiones y opiniones vertidas por los usuarios del blog y publicados en el mismo, ni garantiza la veracidad de los mismos. El usuario es siempre el responsable de los comentarios publicados.

Cualquier usuario del blog puede ejercitar el derecho a rectificación o eliminación de un comentario hecho por él mismo, para lo cual basta con enviar la solicitud respectiva por correo electrónico al autor de este blog, quien accederá a sus deseos a la brevedad posible.

Este blog no tiene ningún control sobre el contenido de los sitios a los que se proporciona un vínculo. Su dueño no puede ser considerado responsable.