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Dom 20. XII. 15. Concilio de mujeres, con María, Gebîra cristiana

domingo, 20 de diciembre de 2015
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VisitaciónDomingo 4 Adviento. Lc 1, 39-45. Después de Juan Bautista (domingos anteriores), viene en Adviento María, la Madre de Jesús, con Isabel, su «prima», un Concilio de Mujeres.

Adviento es encuentro, promesa y concilio de mujeres, alabanza de Isabel a María, a la que llama: bendita de Dios (¡elegida!) y bienaventurada por ser la primera creyente de la Iglesia cristiana (¡siendo judía!)

En ese contexto se sitúa la palabra clave de la Iglesia que llama a María Gebîra, madre del Señor mesiánico ; su autoridad consiste en no tener otra autoridad que el servicio a la vida:

Dios es Gibbor, autoridad suprema, padre/madre creador que abre en el espacio infinito de su Vida un «espacio de vida» para todos los seres que existen. Por eso, Dios es Adviento.

url Maria es Gebîra, expresión humana de la autoridad de Dios Padre/Madre, porque ella abre en su historia personal un espacio y camino para el mismo Hijo de Dios entre los hombres.Por eso se le da la misma autoridad de Dios, él es Gibbor, ella es Gebîra… Es autoridad porque ha sido capaz de acoger el don de Dios y de ponerse al servicio de su obra

También la Iglesia actual ha de ser Gebîra, tiene que estar en tiempo de «parto», pues lleva en su vientre algo más grande que ella misma, y sólo podrá «dar a luz» a Dios en la historia de los hombres si renuncia a sus grandezas externas, hechas de dineros y privilegios, de honores y poderes que no son de Dios.

Por eso, quiero decir, que Adviento es el tiempo de las mujeres… esto es, de aquellos hombres y mujeres que tienen algo que ofrecer, algo que dar… poniéndose al servicio del amor de Dios que llevan en sus vientres, amor que les envuelve y trasciende, haciéndoles servidores de la vida. Así se anuncia el tema que sigue, que presentaremos comentando el texto de la liturgia del domingo

Dividimos la escena en dos partes:

a) Visitación. María quiere compartir su experiencia de mujer y madre con otra mujer, su “prima” Isabel, la madre del Bautista. Los hombres (al menos los de entonces) son apenas capaces de entender estas historia, están en otras cosas (incluso los obispos y papas). María se lo tiene que decir a otra mujer, para celebrar con ella su Concilio de Dios. Toda la historia de la esperanza humana, la humanidad entera se condensa en dos mujeres.

b) Madre de mi Señor, Gebîra cristiana. ¿Quién soy yo para que me visite “la Madre de mi Señor”. Desde la perspectiva del Antiguo Testamento, la única mujer importante (gebîra, señora: fuerte) es la madre del Rey, como seguiremos indicando. Pues bien, María es gebîra de un modo distinto, según el evangelio de Lucas.

Texto:Lucas 1, 39-45

En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.

En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!

¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.»

1. Visitación, tiempo de mujeres (Lc 1, 39-45)

La escena de la Visitación (Lc 1, 39-45) nos sitúa en un espacio intenso de mujeres. Es como si, al llegar el momento culminante de la revelación, los varones pasaran a segundo plano. Ciertamente, han realizado y en algún sentido siguen realizando funciones socialmente importantes: hacen guerras, traman negocios, sirven como sacerdotes en el templo, estudian y explican el sentido de la Ley como escribas, definen y encarnan la pureza del pueblo elegido como fariseos…

Esos y otros oficios de varones fueron otrora valiosos (y crueles); pero al llegar la plenitud de los tiempos (cf. Gal 4, 4; Mc 1, 14-15) acaban resultando secundarios, pues Dios no necesita sacerdotes ni guerreros, fariseos ni escribas como los antiguos. El cuidado de la vida y la misma vida del mesías de Dios, con el futuro salvador para los hombres, está en manos de mujeres.

Por eso, María, que ha recibido palabra de Dios y lleva al Hijo divino en su entraña, queriendo compartir su experiencia con Isabel, mujer pariente, futura madre del Bautista, conforme a lo que ha dicho el Ángel de la Anunciación (Lc 1, 36), corre a visitarla. Se encuentran frente a frente las mujeres, llevando en sus entrañas el secreto de Dios, el presente y futuro de la vida.

El Bautista crece en las entrañas de Isabel y recibe allí en misterio de gozo la certeza de que acaba (se cumple ya y culmina) toda vieja penitencia de la vida; por eso salta, bailando de alegría, en el mismo vientre de su madre (1, 44).

En nombre de ese hijo que baila y tomando la palabra de videntes y jerarcas de la Antigua Alianza, como encarnación del pueblo israelita que ha esperado por siglos el momento, Isabel canta la grandeza de la madre del Mesías:

a) Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre…

b) Bienaventurada tú, pues has creído,
porque se cumplirá lo que el Señor te ha prometido (Lc 1, 42-45).

Ésta es la bendición y bienaventuranza que dirigen a María los creyentes del Antiguo Testamento. Han esperado largos siglos, dirigidos, animados, por la voz de los profetas. Ahora pueden sentirse satisfechos. Ha llegado el cumplimiento y así lo testifica, en nombre de todos, Isabel, mujer israelita, madre profética.

Los varones (sacerdotes, escribas, fariseos…) permanecen silenciosos, han quedado mudos como el mismo padre Zacarías (1, 20). En el fondo, todos ellos tienen miedo del Mesías. Sólo esta mujer que ha engendrado en su vejez, asumiendo la voz del profeta que lleva en su entraña, puede entender y recibir a la madre mesiánica, proclamando sobre ella la gran voz del cumplimiento de los tiempos. Estamos en el centro de la oración más querida de los cristianos católicos (después del Padrenuestro), que es el Ave-María:

a) Bendita tú entre las mujeres. Esta es voz de bendición, es decir, de gracia creadora y abundancia. Bendecía Dios al ser humano con el fruto de los campos, los rebaños y los hijos; bendecía el sacerdote desde el templo con palabra de paz para su pueblo (cf. Núm 6, 22-27; Dt 28, 1-14). Ahora bendice la madre Isabel: como mujer emocionada, satisfecha, contempla a María y no le tiene envidia; recibe el don o gracia que proviene del Señor (del Hijo de María) y lo agradece; por eso, con palabra clara, culminando el Antiguo Testamento y tomando la palabra de los sacerdotes de su pueblo (mudos ya como lo muestra Zacarías: 1,20), ella bendice a la Madre mesiánica y al fruto de su seno que es el Cristo. María descubre que no se encuentra sola; hay una mujer que le acompaña.

b) Bienaventurada tú, porque has creído. El Ave-Maria no ha incluido esta palabra esencial: María (la bendita) se vuelve “bienaventurada”, es decir, heredera del Reino de Dios, porque “ha creído”. Ésta es su grandeza. La bendición se vuelve bienaventuranza o makarismo.

Condensado de antemano unas palabras de Jesús (cf. Lc 6, 20-21), María aparece como la primera bienaventurada de la historia porque ha creído en Dios en cuerpo y alma. Ella es por fe la verdadera amiga de Dios: ha confiado en la Palabra, la ha acogido en sus entrañas, la ha hecho vida en el misterio más profundo de su vida; por eso es bienaventurada, modelo de felicidad para todos los creyentes.

María se ha dejado llenar por la bendición y bienaventuranza de su prima. No tiene nada que añadir, no debe explicar o comentar cosa ninguna, pues todo es claro. Simplemente asiente: recibe agradecida la palabra de Isabel y le contesta dando gracias a Dios con el Magnificat (que aquí no comentamos).

2. María, Gebîra /Lc 1, 43): ¿Quién soy yo para que me visite la Madre de mi Señor?

Esta palabra nos sitúa la primera “confesión cristiana” de María, la Madre del Señor. Isabel, su “prima” (personificación del Antiguo Testamento, profecía) define a María como “la madre de mi Señor”, es decir de Dios hecho presente (Kyrios). Éste es el punto de partida de la experiencia cristiana de María, sabía Lutero (y como algunos grupos protestantes quizá no han logrado comprender del todo). Por eso es bueno reflexionar sobre el tema, y así lo haré, siguiendo lo que digo en el Gran Diccionario de la Biblia (Verbo Divino, Estella 2015),

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Las funciones del hombre y de la mujer son muy distintas dentro del contexto bíblico israelita. El hombre es fuerte (es valioso) como guerrero y dominador; la mujer, en cambio, como madre, pues como simple esposa ella se encuentra a merced del marido que puede expulsarla de casa por ley (cf. Dt 24, 1-4); sólo si es madre y se encuentra defendida por sus hijos, ella empieza a importar en la familia. Así aparece claro en las tradiciones de la monarquía: el varón es rey por sí mismo; la mujer, en cambio, no reina o importante por sí misma, ni siquiera como esposa, sino sólo como madre de unos hijos importantes.

(1) La mujer como gebîra.

Sólo la madre de un hijo rey puede llamarse reina, apareciendo como gebîra: grande o poderosa. Ese título implicaba dignidad y poderes especiales. Betsabé era gebîra bajó Salomón (su hijo), que le recibe con honor y la sienta a su derecha (1 Rey 2, 19; cf. 2 Rey 1l, 1 ss; 5, 21). Por eso, el libro de los Reyes no menciona a las esposas, sino a las madres de los reyes. Parece que la dignidad oficial de gebîra se recibía el momento de la entronización del hijo (cf. 2 Rey 23, 31.36; 24, 8.18), de tal forma que la reina madre (madre de un rey) la conservaba aún después de la muerte del hijo (cf. 1 Rey 15, 13). Leer más…

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«Tres ejemplos y un anuncio». Domingo 4º de Adviento. Ciclo C.

domingo, 20 de diciembre de 2015
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Maria+-+IsabelDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Cuando faltan pocos días para la Navidad, las lecturas nos ofrecen tres ejemplos excelentes para vivir el sentido de esta fiesta y un mensaje de esperanza.

En aquellos días, María se puso de camino y fue a prisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.»

El ejemplo de Isabel: alabanza, asombro, alegría

            Aunque en el relato del evangelio la iniciativa es de María, poniéndose en camino hacia un pueblecito de Judá, los verdaderos protagonistas son Isabel, la única que habla, y Juan, el hijo que lleva en su seno. A través de su reacción y sus palabras expresa el evangelista Lucas los sentimientos que debe tener cualquier cristiano ante la presencia de Jesús y María: alabanza (“¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!”), asombro (“¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?”), alegría (“la criatura saltó de gozo en mi vientre”). Estos tres sentimientos se los inspira, según Lucas, el Espíritu Santo; ya que generalmente no lo tenemos tan presente como debiéramos, es este un buen momento para pedirle que infunda también en nosotros eso mismos sentimientos.

El ejemplo de María: fe

            Las palabras de Isabel, que comienzan con una alabanza de María y de Jesús, terminan con otra alabanza de María: “¡Bendita tú que has creído!” Y esto debe hacernos pensar en la grandeza del misterio que celebramos. No es algo que se pueda entender con argumentos filosóficos ni demostrar científicamente. Es un misterio que exige fe. Y en ese camino misterioso, María se nos ofrece como modelo.

El ejemplo de Jesús: cumplir la voluntad de Dios (Hebreos 10,5-10)

Hermanos: Cuando Cristo entró en el mundo dijo: «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo; no aceptas holocaustos ni victimas expiatorias. Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: ‘Aquí estoy yo para hacer tu voluntad.» Primero dice: «No quieres ni aceptas sacrificios ni ofrendas, holocaustos ni víctimas expiatorias», que se ofrecen según la Ley. Después añade: «Aquí estoy yo para hacer tu voluntad.» Niega lo primero, para afirmar lo segundo. Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre.

            En la mentalidad del pueblo, y de gran parte del clero de Israel, lo más importante en la relación con Dios era ofrecerle sacrificios de animales y ofrendas. En el fondo latía la idea de que Dios necesita alimentarse como los hombres. Los profetas, y también algunos salmistas, llevaron a cabo una dura crítica a esta mentalidad: lo que Dios quiere no es que le ofrezcan un buey o un cordero, sino que se cumpla su voluntad. Esta idea la recoge el autor de la Carta a los Hebreos y la pone en boca de Jesús (“Aquí estoy para hacer tu voluntad”), completándola con otra idea: los sacrificios de animales no tenían gran valor, había que repetirlos continuamente. En cambio, cuando Jesús se ofrece a sí mismo, su sacrificio es de tal valor que no necesita repetirse. Los sacrificios de animales pretendían establecer la relación con Dios, sin conseguirlo plenamente. El sacrificio de Jesús establece esa relación plena al santificarnos.

            Al mismo tiempo, el ejemplo de Jesús nos enseña a poner el cumplimiento de la voluntad de Dios por encima de todo, de acuerdo con lo que repetimos a menudo: “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”.

Un anuncio

Así dice el Señor: «Pero tú, Belén de Efrata, pequeña entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel. Su origen es desde lo antiguo, de tiempo inmemorial. Los entrega hasta el tiempo en que la madre dé a luz, y el resto de sus hermanos retornará a los hijos de Israel. En pie, pastorea con la fuerza del Señor, por el nombre glorioso del Señor, su Dios. Habitarán tranquilos, porque se mostrará grande hasta los confines de la tierra, y éste será nuestra paz.

La primera lectura es un breve oráculo del libro de Miqueas, famoso porque lo cita el evangelio de Mateo cuando los magos de Oriente preguntan dónde debía nacer el Mesías. El texto se dirige a personas que han vivido la terrible experiencia de la derrota a manos de los babilonios, el incendio de Jerusalén y del templo, la deportación, la desaparición de la dinastía davídica. La culpa, pensaban muchos, había sido de los reyes, los pastores, que no se habían comportado dignamente y habían llevado a cabo una política funesta. En medio del desánimo y el escepticismo, el profeta anuncia la aparición de un nuevo jefe, maravilloso, que extenderá su grandeza hasta los confines del mundo y procurará la paz y la tranquilidad a su pueblo. Pero no será como los monarcas anteriores, será un nuevo David. Por eso no nacerá en Jerusalén, sino en Belén.

Complemento 1: sobre la visita de María a Isabel

Desde un punto de vista puramente histórico hay detalles extraños en este relato de Lucas. 1) María, embarazada, hace sola, sin la compañía de José, un viaje de tres o cuatro días desde Nazaret hasta un pueblo de la serranía de Judá cuyo nombre no se indica. Hoy día no sería muy raro; hace veinte siglos, mucho. 2) María no se queda hasta que nace el hijo de Isabel; se vuelve a Nazaret cuando su ayuda parece más necesaria.

Para comprender este relato hay que situarse en otra perspectiva. Durante el siglo I, los discípulos de Juan Bautista se habían extendido hasta la actual Turquía, y algunos de ellos se hicieron cristianos, según cuenta el libro de los Hechos. Pero muchos de ellos pensarían que el importante era Juan, que Jesús había ido a que lo bautizara. Y verían con cierto malestar cómo el grupo de los discípulos de Jesús aumentaba mientras el de ellos perdía importancia. En este contexto, la visita de María a Isabel adquiere un sentido especial: pretende que los discípulos de Juan tengan los mismos sentimientos que tuvieron Juan y su madre ante la presencia de Jesús: alabanza, asombro, inmensa alegría.

Complemento 2: sobre el oráculo de Miqueas

Aunque el texto es breve, el oráculo original era probablemente más breve todavía: se limitaba a anunciar un jefe de Israel nacido en Belén, que traería la paz y tranquilidad al pueblo. Esta promesa fue formulada en tiempos del exilio. Pero pasaban los años y no se cumplía. Entonces, para justificar el retraso, se añadieron unas extrañas palabras: “Los entrega hasta el tiempo en que la madre dé a luz, y el resto de sus hermanos vuelva a los hijos de Israel.” Antes de que aparezca el jefe es preciso tener un pueblo; hace falta que la madre (Judá o Jerusalén, concebidas como mujer) dé a luz muchos hijos y que los que habían sido deportados vuelvan a la tierra prometida. Cuando eso se cumpla, se realizará la promesa de un jefe ideal.

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¡BENDECID! (IV Adviento). 19 de diciembre, 2015. Ciclo C

domingo, 20 de diciembre de 2015
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(Lc 1, 39-45)

“¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!” (Lc 1, 42)

En esta era de las terapias me llama la atención que todavía no se hayan “re-inventado” la de bendecir y le hayan puesto un nombre en inglés. Aunque tal vez sí la han inventado y todavía no la conozco… Sea como sea el arte de bendecir da para muchos cursos, talleres y libros. Además su buenos efectos para la salud son constatables desde el principio.

Pero antes de seguir con la bendición echemos un vistazo al evangelio que nos regala este último domingo de adviento. Es un texto muy conocido, nos lo sabemos prácticamente de memoria: la visitación de María a su prima Isabel.

María, la mujer bendita de Nazaret, cuando recibe el encargo de ser la madre del Hijo de Dios, con una mezcla de asombro, temor y alegría, lo primero que hace es ponerse en camino, irse a compartir su experiencia con quien sabe que vive algo parecido.

María e Isabel son las dos grandes protagonistas del adviento. Las dos, rodeadas de fragilidad, una por su vejez y la otra por su juventud, no solo esperan, sino que sostienen la espera y hacen realidad la promesa.

Ayer leía en un misal de 1996 un pequeño comentario a lo que es el adviento. Hablaba de tres presonajes protagonistas del adviento: el pueblo, Isaías y Juan Bautista. El autor de dicho comentario olvidó por completo a las grandes estrellas: María e Isabel.

Isabel, que con sus años ha aprendido el hermoso arte de bendecir, es lo primero que hace cuando oye llegar a María: “-¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!”

El encuentro entre estas dos mujeres nos invita a bendecir, a ponerle voz y palabra a todo lo bueno que descubrimos. No nos engañemos pensando que el encuentro entre María e Isabel tenía solo cosas buenas, las palabras de Isabel podrían haber sido muy diferentes, algo así como: “- ¡menudo lío en el que te has metido, María! cómo vamos a explicarle a la familia, al pueblo y a José que estás embarazada cuando ni siquiera estás casada.”

Lo de bendecir no es solo, ni principlamente, para los momentos idílicos, es más como la medicina que nos ayuda a descubrir el lado luminoso de la realidad. Quien bendice hace eso: señala la luz, lo bueno, y de ella recibe la fuerza y la claridad.

¡Bendecid! sí, tomando como modelo a Isabel ejercitemos el arte de bendecir.

¡Bendecid! y nuestra vida se llenará de bendición.

¡Bendecid! y la luz le seguirá ganando terreno a las tinieblas.

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Re-Unir

viernes, 18 de diciembre de 2015
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Del blog de Henry Nouwen:

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 «En tu interior se ha producido una división entre la divinidad y la humanidad. Con tu centro dotado de forma divina, conoces la voluntad de Dios, el amor de Dios, el camino de Dios. Pero tu humanidad está separada de ésto. Tus numerosas necesidades humanas de afecto, atención y consuelo, se conservan separadas de tu espacio sagrado y divino.

Tu vocación es dejar que estas dos partes de ti mismo se vuelvan a unir. Debes pasar gradualmente de gritar hacia afuera, convocando a las personas que crees que pueden satisfacer tus necesidades, a gritar hacia adentro, hacia el sitio en que puedes dejarte sostener y guiar por Dios, que se ha encarnado en la humanidad de aquellos que te aman en comunidad.»

*
Henry Nouwen
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"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , , , , , ,

«Dios va con nosotros en la historia», por Carlos Ayala Ramírez

viernes, 18 de diciembre de 2015
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2014_12_adventoLeído en Adital:

Estamos, litúrgicamente hablando, en pleno tiempo de Adviento, aunque su sentido parece eclipsarse por la superficialidad navideña que caracteriza al mundo del consumo. No obstante, hay que volver a lo esencial. Como se sabe, «Adviento” no significa «espera”, como podría suponerse, sino «presencia” o, mejor dicho, «llegada”. Para la fe cristiana, en este tiempo litúrgico se anuncia que la presencia de Dios en el mundo ya ha comenzado.

El Adviento, por tanto, es memoria de la encarnación, uno de los principales fundamentos de la identidad cristiana que nos remite al gran misterio de Dios, que se hace uno de nosotros en Jesús de Nazaret. Por eso es que se afirma que Jesús es la encarnación y la humanización de Dios.

En la oración del Padre Nuestro afirmamos que Dios (el Dios de Jesús) es Padre-Madre de la humanidad. Es una Padre-Madre creador. El libro del Génesis se imagina a Dios creador con la metáfora del alfarero divino: «El Señor Dios hizo al hombre del polvo del suelo e insufló en su nariz el aliento de vida; y el hombre se convirtió en un ser vivo”.

Es un Padre-Madre protector y liberador. Son emblemáticas en este sentido las siguientes palabras del Éxodo: «He visto la opresión de mi pueblo […], he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos. Y he bajado a liberarlos”.

Es un Padre-Madre proveedor que dispensa un cuidado y una atención especialmente a los pobres y necesitados (en una sociedad desigual), a las viudas y los huérfanos (en una sociedad patriarcal), a los emigrantes (en una sociedad tribal). Es un modelo a seguir en su modo de ser.

Jesús exhortaba a vivir animados por el amor «para poder ser así hijos de vuestro Padre celestial; que hace salir su sol sobre los malos y los buenos, y manda la lluvia sobre los justo y los injustos”.

En definitiva, según estos pasajes bíblicos, se trata de un Dios que está entre nosotros, con nosotros y por nosotros; no contra ni al margen de nuestra vida. Eso es lo que anuncia este tiempo litúrgico.

Monseñor Romero, en una de sus homilías pronunciadas por estas fechas, dijo: «¡Qué consuelo da saber que Dios va con nosotros en la historia! Esto es, precisamente, el sentido de este tiempo de Adviento. Al mismo tiempo que se inicia el año litúrgico celebramos ese gran acontecimiento ‘del Dios con nosotros’, como lo anunció el profeta Isaías cuando dijo que una virgen concebiría y daría a luz a un niño que se llamaría así, Emmanuel, Dios con nosotros”.

En el pensamiento teológico pastoral de monseñor Romero se destacan aquellos aspectos que ponen de manifiesto los motivos por los que el Adviento representa una alegría plena y una fiesta solemne. La razón principal es la cercanía de un Dios justo y misericordioso. Veamos.

El Adviento nos revela un Dios encarnado. Frente a una imagen distorsionada que lo proyecta como un ser remoto, impersonal y abstracto —y que suele estar presente en muchas de las predicaciones y catequesis—, monseñor Romero presenta la imagen del Dios bíblico, cuyo carácter es ser «dinámico, un Dios que camina con su pueblo, un Dios que actúa y que inspira a los hombres en sus esfuerzos liberadores, un Dios que no mira con indiferencia el clamor de los que sufren, que como en Egipto escucha la esclavitud, el latigazo, la marginación, la humillación. Y está dispuesto en su momento a enviar un guía, un redentor”. Por ello, «ningún pueblo debe ser pesimista, aun en medio de las crisis que parecen más insolubles, como la de nuestro país. Dios está en medio de nosotros (…). Dios está cerca y es fuente de alegría”.

El Adviento nos revela un Dios que el pueblo siente en las vicisitudes de la historia. Dios envió a su propio Hijo para darnos una revelación más íntima. Y en Cristo, dice el obispo mártir, «tampoco vino en una forma estática, sino que vino a meterse en la historia, a salvar la historia, a poner el germen de salvación en las historias de todos los pueblos y sembrar su esperanza y su fe en el corazón de todas las razas. Ese Cristo es la plenitud de la revelación, es el signo de que Dios está en medio de nosotros amándonos, comprendiéndonos, haciendo suya toda la vivencia de los hombres en cualquier sentido, menos en el pecado, del cual, precisamente, trata de liberarnos para que seamos lo que tenemos que ser”. Se trata de un Dios que vive la historia participando en lo débil, en lo pequeño, en lo oprimido.

El Adviento nos revela un Dios que nos plantea desafíos. Para monseñor Romero, este tiempo litúrgico es propicio «para decir que aun en el mundo más podrido se puede vivir la alegría más íntima, y se puede ser testimonio de Cristo ante una sociedad corrompida”. En un mundo que necesita transformaciones, se pregunta: «¿Cómo no le vamos a pedir a los cristianos que encarnen la justicia del cristianismo, que la vivan en sus hogares y en su vida, que traten de ser agentes de cambio, que traten de ser hombres nuevos?”.

Y desde la letra y el espíritu de Medellín, recuerda: «De nada sirve cambiar estructuras si no tenemos hombres y mujeres nuevos que manejen esas estructuras […] Si se cambian las estructuras, si se hacen transformaciones […] pero vamos a ocuparlas con la misma mente egoísta, lo que tendremos serán nuevos ricos, nuevas situaciones de ultraje, nuevos atropellos”. Para monseñor, hace falta «personas renovadas que sepan ser fermento de sociedad nueva”.

El Adviento, pues, nos revela el misterio de la encarnación, que para los cristianos es la expresión máxima de la solidaridad humana de Dios. Dicho en palabras del beato Romero: «Dios está presente, no duerme, está activo, observa, ayuda y a su tiempo actúa oportunamente. O como lo planteaban los antiguos profetas – en sus bellas metáforas – al hablar de los cambios radicales que se producen con la llegada del Mesías esperado: «El desierto y la tierra reseca se regocijarán, el arenal de alegría florecerá […] Fortalezcan las manos débiles, afirmen las rodillas vacilantes. Digan a los cobardes: sean fuertes, no teman; ahí está su Dios, que trae el desquite, viene en persona, los desagraviará y los salvará. Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como ciervo el tullido, la lengua del mudo cantará” (Is. 35, 1-6). Esta es la realidad nueva que se genera cuando Dios se hace presente entre nosotros.

Carlos Ayala Ramírez

Director de Radio YSUCA

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«Misericordia quiero, y no sacrificios», por José Mª Castillo

jueves, 17 de diciembre de 2015
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1404523859De su blog Teología sin Censura:

El evangelio de Mateo menciona dos veces el texto del profeta Oseas (6, 6) que he puesto como título de esta reflexión. Lo recuerda cuando relata que Jesús comía con publicanos y pecadores (Mt 9, 13). Y lo repite al explicar por qué los discípulos, cuando tenían hambre, quebrantaban las normas religiosas sobre el descanso del sábado (Mt 12, 7). Si el evangelista Mateo repite dos veces la misma sentencia sobre el tema de la misericordia, sin duda alguna eso se debe a que el evangelista pensaba que aquí se dice algo muy importante. ¿En qué consiste esta importancia?

Como es lógico, Jesús afirma aquí que Dios quiere que los seres humanos tengamos entrañas de bondad y misericordia con los demás, aunque sean gente mala e incluso cuando la práctica de la bondad lleve consigo la violación de una ley religiosa. Esto – aunque resulte escandaloso para los más puritanos – es lo que dice el Evangelio. Pero no se trata sólo de esto. Lo que dice Jesús es mucho más fuerte. Porque establece una “antítesis” entre la “misericordia” y el “sacrificio” (Ulrich Luz). O sea, lo que Jesús viene a decir es que, si hay que elegir entre la “ética” y el “culto” (entre la “justicia” y la “religión”), lo primero es la ética, la honradez, la defensa de la justicia y los derechos de las personas. Si esto no se antepone a todo lo demás, Dios no quiere que tranquilicemos nuestras conciencias con misas, rezos, devociones y cosas por el estilo.

Es decisivo recordar esto ahora precisamente. Cuando celebramos el año de la misericordia. Y cuando vemos que la corrupción, la desvergüenza, las desigualdades y el atropello de los más indefensos clama al cielo. Yo no se por qué, pero el hecho es que, con demasiada frecuencia, la gente que acumula más dinero, más poder y más privilegios, es al mismo tiempo la gente que tiene las mejores relaciones con la Iglesia, la que defiende con uña y dientes los privilegios de la religión y las mejores relaciones posibles con el clero.

Termino recordando que, como está bien demostrado, los rituales religiosos (observados y cumplidos al detalle) suelen producir dos efectos: 1) tranquilizan la conciencia del observante que los cumple; 2) en la mayoría de los casos se convierten en costumbre, pero no modifican la conducta, sobre todo cuando se ve que esa conducta está mal vista por la religión. Por lo que cuentan los evangelios, Jesús andaba “con malas compañías” y no era un modelo de “observancia religiosa”. Y así, en Jesús se nos reveló Dios. Si esto nos resulta extraño y hasta nos escandaliza, seguramente es que nos parecemos más a los fariseos que a los verdadero seguidores de Jesús. Si no pensamos esto en serio, poca misericordia vamos a practicar.

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Tuyo es todo esto, y todo es para ti

lunes, 14 de diciembre de 2015
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En la Fiesta del poeta enmorado de lo Indecible, Juan de la Cruz, traemos esta preciosas palabras… Hasta su prosa es poesía. El ritmo y la cadencia lo acompañan en revestir de palabra lo indecible.

La obra de Juan es un tratado ecológico, una espiritualidad telúrica. La primera mitad del Cántico Espiritual es un canto de amor a la creación y de comunión con ella. Versos arrobadores que cantan el desposorio con la creación. La relación entrañable con el cosmos, con la madre tierra, muestra una espiritualidad telúrica admirable:

20140414-211525

 “Buscando mi amores…

¡Oh cristalina fuente…!

Mi Amado las montañas…

La música callada

 la soledad sonora

la cena que recrea y enamora”.

*

Cántico espiritual

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Míos son los cielos y mía es la tierra; mías son las gentes, los justos son míos y míos los pecadores; los ángeles son míos, y la Madre de Dios y todas las cosas son mías; y el mismo Dios es mío y para mí, porque Cristo es mío y todo para mí. Pues, ¿qué pides y buscas, alma mía? Tuyo es todo esto, y todo es para ti. No te pongas en menos ni repares en meajas que se caen de la mesa de tu Padre.”

*
Oración de alma enamorada

*

San Juan de la Cruz

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«Para este fin…», por Gema Juan, OCD

lunes, 14 de diciembre de 2015
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20286109224_097edede7f_mDe su blog Juntos Andemos:

Juan de la Cruz tenía una fe inmensa en el ser humano. Algo sorprendente, cuando se conoce su vida. Desde su infancia difícil, marcada por la pobreza, hasta su última enfermedad –«unas calenturillas», como la llamó él– y su muerte.

Porque Juan vivió una pobreza extrema que dejó huella en su cuerpo y en toda su persona, y que se llevó por delante, muy temprano, la vida de su padre y de uno de sus hermanos. Y la enfermedad final lo encuentra en medio de un «castigo» que le impusieron sus mismos hermanos, sin acabar de comprender quién era ese hombre menudo y curtido: un hombre fiel al proyecto iniciado por Teresa de Jesús, enamorado de Dios, leal a sus superiores y verdadero hermano de sus hermanos.

Con esos dos extremos y una vida nada sencilla, resulta impresionante cómo Juan mantiene su fe en los demás, en su inmensa posibilidad y en cómo, cualquiera que sea el punto en el que sus vidas se encuentran, la llamada al amor mayor sigue intacta, es real.

Quienes mantienen su fe en los demás, y no por pura ingenuidad, se convierten en personas profundamente accesibles y acogedoras, maestras de la vida. Eso le sucedió a Juan. Y por eso, en parte, su magisterio no se agota.

Se le puede ver diciendo: «No ignoro que hay algunos tan ciegos e insensibles que… como no andan en Dios, no echan de ver lo que les impide a Dios». Juan sabía, sobradamente, que la ceguera existe, que hay quien permanece como en letargo, sin sentir la ausencia del bien ni la presencia del mal. Y sin intuir la presencia del que es todo bueno, de Dios.

Pero aun así, seguía creyendo que todos, sin excepción, «para este fin de amor fuimos criados». De ahí su empeño en despertar y devolver la luz y mostrar un camino que haga más plena la vida y más humana la existencia.

A Juan le dolía que había quienes «trabajan y se fatigan mucho, y vuelven atrás, y ponen el fruto del aprovechar en lo que no aprovecha, sino antes estorba», cuando podrían seguir un camino de crecimiento sin fin. Estaba convencido de que no hay límite para la evolución humana, porque puede llegar a la cumbre de un monte donde habita Dios —una cumbre que está en lo profundo del ser. Y si Dios no tiene límite, tampoco se lo pone al ser humano.

Convencido de que el acceso a lo mejor de uno mismo es posible, Juan se empeña en dar luz para que cada persona «eche de ver el camino que lleva y el que le conviene llevar, si pretende llegar a la cumbre de este monte». Las dos cosas son necesarias: saber dónde se encuentra uno mismo y saber a dónde quiere ir; saber cómo camina y cómo necesita hacerlo, para avanzar.

Todo importa y todo es cauce para avanzar. Juan se toma muy en serio a las personas y cree que Dios ha puesto en cada una la potencialidad suficiente para lo bueno. Por eso, dice: «Un acto de virtud produce en el alma y cría juntamente suavidad, paz, consuelo, luz, limpieza y fortaleza». Es decir: un gesto de amor, un paso de reconciliación, una actitud abierta, cualquier movimiento de bondad, genera todas esas cosas. Y va aproximando al centro del ser.

Del mismo modo, el movimiento inverso, dejarse arrastrar por los impulsos más negativos hasta convertirlos en hábito, devuelven a uno mismo la peor imagen y causan infelicidad a los demás. A esos impulsos que desencajan las piezas interiores y que pueden hacerse costumbre, Juan los llama apetitos y de ellos dirá: «Un apetito desordenado causa tormento, fatiga, cansancio, ceguera y flaqueza».

De modo que cuando él habla de «inclinarse, no a lo más fácil, sino a lo más dificultoso», está animando a decir sí a lo mejor de uno mismo que, la mayoría de las veces, está ligado al impulso menos primario… «menos fácil».

Y cuando se presenta tan radical, diciendo: «Para venir del todo al todo, has de negarte del todo en todo», está diciendo: es necesario hacer costumbre –un ejercicio continuo– de decir sí a lo que produce la alegría profunda y no a lo que deshace el misterioso y precioso puzle que es el ser humano.

Después, dirá: «Cuanto más se fuere habituando el alma en dejarse sosegar, irá siempre creciendo en ella y sintiéndose más aquella amorosa noticia general de Dios». Cuanto más se «inclina» –sigue– más «paz, descanso, sabor y deleite sin trabajo» encuentra.

Juan cree que es posible «dejarse llevar de Dios», dejarse sosegar y sacar de la ceguera o la insensibilidad. Es posible para todos. Por eso, se empeña en hablar de la maravilla que se puede vivir cuando se deja a Dios obrar, y dice que le «parece al alma que todo el universo es un mar de amor en que ella está engolfada, no echando de ver término ni fin donde se acabe ese amor, sintiendo en sí el vivo punto y centro del amor».

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«Repartir con el que no tiene». 3 Adviento – C (Lucas 3,10-18)

domingo, 13 de diciembre de 2015
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03_adviento_C-251x300La palabra del Bautista desde el desierto tocó el corazón de las gentes. Su llamada a la conversión y al inicio de una vida más fiel a Dios despertó en muchos de ellos una pregunta concreta: ¿Qué debemos hacer? Es la pregunta que brota siempre en nosotros cuando escuchamos una llamada radical y no sabemos cómo concretar nuestra respuesta.

El Bautista no les propone ritos religiosos ni tampoco normas ni preceptos. No se trata propiamente de hacer cosas ni de asumir deberes, sino de ser de otra manera, vivir de forma más humana, desplegar algo que está ya en nuestro corazón: el deseo de una vida más justa, digna y fraterna.

Lo más decisivo y realista es abrir nuestro corazón a Dios mirando atentamente a las necesidades de los que sufren. El Bautista sabe resumirles su respuesta con una fórmula genial por su simplicidad y verdad: «El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo». Así de simple y claro.

¿Qué podemos decir ante estas palabras quienes vivimos en un mundo donde más de un tercio de la humanidad vive en la miseria luchando cada día por sobrevivir, mientras nosotros seguimos llenando nuestros armarios con toda clase de túnicas y tenemos nuestros frigoríficos repletos de comida?

Y ¿qué podemos decir los cristianos ante esta llamada tan sencilla y tan humana? ¿No hemos de empezar a abrir los ojos de nuestro corazón para tomar conciencia más viva de esa insensibilidad y esclavitud que nos mantiene sometidos a un bienestar que nos impide ser más humanos?

Mientras nosotros seguimos preocupados, y con razón, de muchos aspectos del momento actual del cristianismo, no nos damos cuenta de que vivimos «cautivos de una religión burguesa». El cristianismo, tal como nosotros lo vivimos, no parece tener fuerza para transformar la sociedad del bienestar. Al contrario, es esta la que está desvirtuando lo mejor de la religión de Jesús, vaciando nuestro seguimiento a Cristo de valores tan genuinos como la solidaridad, la defensa de los pobres, la compasión y la justicia.

Por eso, hemos valorar y agradecer mucho más el esfuerzo de tantas personas que se rebelan contra este «cautiverio», comprometiéndose en gestos concretos de solidaridad y cultivando un estilo de vida más sencillo, austero y humano.

José Antonio Pagola

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«¿Qué hacemos nosotros?». Domingo 13 de diciembre de 2015. 3º de Adviento

domingo, 13 de diciembre de 2015
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03-advientoC3De Koinonia:

Sofonías 3, 14-18a: El Señor se alegra con júbilo en ti.
Interleccional: Isaías 12, 2-3. 4bcd, 5-6: Gritad jubilosos: «Qué grande es en medio de ti el Santo de Israel
Filipenses 4, 4-7: El Señor está cerca.
Lucas 3, 10-18: ¿Qué hacemos nosotros?

El texto del profeta Sofonías nos habla de un tiempo poco antes del reinado de Josías. El país se hallaba sumido en la mayor miseria moral y hacía tiempo se dejaba sentir la amenaza de Asiria. Sofonías, testigo de los grandes pecados de Israel y del duro castigo con que Dios va a purificar a su pueblo, preanuncia la restauración y redención que Dios va a obrar. A los beneficiarios de ella los llama el “resto”. Con este “resto” creará Dios un pueblo nuevo.

Al final de su libro Sofonías vislumbra algunas luces de esperanza: el rey Josías se presenta como un gran reformador y Asiria parece aflojar por el momento su cerco. Es la ocasión para anunciar días mejores para Jerusalén e invitar a la alegría a través de una gran fiesta en la que todo serán danzas, alegría y regocijo.

Israel rebosa gozo porque el Señor ha cancelado todas sus deudas o el castigo de sus pecados (la cautividad). El Señor establece su trono en Sión. Con Rey tan poderoso y Padre tan misericordioso nada tiene que temer nunca más (v.14-15). Ahora ya no es Israel el que se goza en el Señor; es el mismo Señor quien se goza con su nuevo pueblo. Es como el “esposo” que se goza en la “esposa”. Muchas veces en los profetas la “Alianza” es presentada como “Desposorio”: “Yahvé, tu Dios, está en medio de ti; exulta de gozo por ti y se complace en ti; te ama y se alegra con júbilo; hace fiesta por ti” (v.16-17).

Los textos de la liturgia de hoy nos invitan a la alegría. Ese es el modo de esperar al Señor: la auténtica alegría del pueblo de Dios es Cristo, el Mesías largo tiempo esperado. A los filipenses Pablo les recomienda: “Alegraos siempre en el señor. Otra vez os digo, alegraos”.

El pasaje de Lucas nos habla del testimonio de Juan Bautista, el precursor. Su predicación impresiona al pueblo, la gente se acerca para preguntarle: “¿Qué debemos hacer?” (v.10), es una prueba de que han comprendido el mensaje, perciben que el bautismo de Juan exige un comportamiento. La respuesta llega enseguida: compartan lo que tengan: vestido, comida, etc. (vv. 10-11).

No se pregunta lo que hay que pensar, ni siquiera lo que hay que creer. El Evangelio pretende que el oyente de la Palabra de Dios se convierta, es decir, que su conducta y su comportamiento estén de acuerdo con la justicia que exige el Reino. La buena noticia entraña una exigencia nítida: los que tienen bienes o poder deben compartirlos con los que no tienen nada o son más débiles. Gracias a esta conversión, los pobres y menesterosos son iguales a los otros. En realidad, los pobres no preguntan, sino que están en “expectación”. El “¿qué debemos hacer?” lo deberían preguntar quienes tienen el dinero, la cultura, el poder… porque la exigencia básica, según la Biblia, es compartir.

La conversión es un cambio de conducta más que un cambio de ideas; es la transformación de una situación vieja en una situación nueva. Convertirse es actuar de manera evangélica. El evangelio nos invita a una “conversión al futuro” que se despliega en el Reino. No es mirar y volverse atrás. El futuro (que es Dios y su reinado) es la meta de la llamada a la conversión.

La tentación para no convertirse es quedarse en una búsqueda permanente o contentarse con preguntar sin escuchar respuestas verdaderas. Según el Bautista, la conversión exige “aventar la parva” (saber seleccionar o elegir), “reunir el trigo” (ir a lo más importante y no quedarse en las ramas) y “quemar la paja” (echar por la borda lo inservible o lo que nos inmoviliza); acoger la Buena Nueva de la venida del Señor requiere esa conversión. Con nuestros gestos discernimos lo que nos acerca de aquello que nos aleja de la llegada del Señor. Este día Dios discernirá entre el trigo y la paja que haya en nuestra conducta.

Este domingo se denominó tradicionalmente domingo “gaudete”, o de alegría. Por dos veces nos dice Pablo que estemos alegres, alegres por la venida del Señor, por la celebración próxima de la Navidad, por mantener la esperanza, por situarnos en proceso de conversión y por compartir con los hermanos la cena del Señor.

En la Biblia, la alegría acompaña todo cumplimiento de las promesas de Dios. Esta vez el gozo será particularmente profundo: “El Señor está cerca” (Flp 4,5). Toda petición a Dios debe estar apoyada en la acción de gracias (v. 6). La práctica de la justicia y la vivencia de la alegría nos llevarán a la paz auténtica, al Shalom (vida, integridad) de Dios.

¿Qué debemos hacer? Es la pregunta que muchos nos podemos formular hoy. La respuesta de Juan Bautista no es teoría vacía. Es a través de gestos y acciones concretas de justicia, respeto, solidaridad, y coherencia cristiana, como demostramos nuestra voluntad de paz, vamos construyendo un tejido social más digno de hijos de Dios, vamos conquistando los cambios radicales y profundos que nuestra vida y nuestra sociedad necesitan. Pero para eso, es necesario purificar el corazón, dejarnos invadir por el Espíritu de Dios, liberarnos de las ataduras del egoísmo y el acomodamiento, no temer al cambio y disponernos con alegría, con esperanza y entusiasmo a contribuir en la construcción de un futuro no remoto más humano, que sea verdadera expresión del Reino de Dios que Jesús nos trae, y así poder exclamar con alegría: ¡venga a nosotros tu Reino, Señor! Leer más…

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Dom 13.12.15. Juan Bautista, hombre de Adviento

domingo, 13 de diciembre de 2015
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san juan bautista el grecoDel blog de Xabier Pikaza:

Dom 3 Adviento. Lucas 3, 10-18.

La liturgia de este domingo sigue insistiendo en la figura y mensaje de Juan Bautista, y aprovecho la ocasión para ofrecer una visión de conjunto de su vida y obra, conforme al testimonio de las fuentes antiguas (Flavio Josefo, Q, Sinópticos), dejando a un lado la tradición del Cuarto Evangelio y de la literatura posterior.

El trabajo puede parecer algo erudito y está pensado para la discusión y estudio, pero pienso que algunos lectores del blog podrán encontrarlo valioso para entender mejor el sentido de Juan en el comienzo del mensaje y de la vida de Jesús, en este tiempo en el que siguen escuchándose anuncios de juicio.

En el centro del Adviento la Iglesia ha colocado al “precursor” de Jesús, como un vigía, una voz de aviso. Hubiera sido difícil encontrar un personaje más significativo, más actual.

He presentado parte de este material en otros lugares, y en parte en este mismo blog. He vuelto a fijarlo, de un modo más organizado en el Gran Diccionario de la Biblia, donde podrá encontrarlo quien lo busque. Pero he pensado que algunos lectores agradecerán la visión de conjunto que sigue. Mañana o pasado comentaré en concreto el evangelio del domingo, con la propuesta económica de Juan Bautista, conforme al evangelio de Lucas.

Marcos. Juan y su gente (Mc 1, 1-8).

gran-diccionario-de-la-bibliaDel origen de Juan Bautista no sabemos mucho, pues los datos sobre su familia y nacimiento que ofrece Lucas (Lc 1) son más teológicos que históricos, aunque al fondo puede haber algunos elementos fiables. Según ellos, Juan pertenecía a una familia levítica del entorno de Jerusalén y se educó en el “desierto”, como los esenios de Qumrán (aunque quizá no con ellos).

De todas formas, parece que, por su origen, era un sacerdote, preocupado por el pecado y la pureza, no un “hijo de David” como Jesús, pero abandonó su posible función laboral y/o cultual para hacerse profeta. No aceptó el dominio de la ciudad sagrada (Jerusalén) sobre el campo, ni admitió la autoridad del templo; por eso volvió a los principios de la historia de Israel, en el desierto, para anunciar el juicio .En esa se sitúa el texto básico Marcos:

Comienzo del evangelio de Jesús, el Cristo, Hijo de Dios. Según está escrito en el profeta Isaías, “mira, envío mi mensajero delante de ti, el que ha de preparar tu camino, voz del que grita en el desierto: (Preparad el camino al Señor, allanad sus senderos!” surgió en el desierto Juan el Bautista, predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Toda la región de Judea y todos los habitantes de Jerusalén acudían a él y, después de reconocer sus pecados, Juan los bautizaba en el río Jordán… Esto era lo que proclamaba: “Detrás de mí viene el que es Más Fuerte que yo. Yo no soy digno ni de postrarme ante él para desatar la correa de sus sandalias. Yo os bautizo con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo (Mc 1, 1.5.7-8).

Marcos mira a Juan desde una perspectiva cristiana y le interpreta como principio del evangelio. Eso significa que, a su juicio, el mensaje de Jesús no provenía de los sacerdotes levitas, encargados de mantener la sacralidad del templo; por eso, él no irá a Jerusalén para recibir instrucciones. Jesús tampoco se sitúa en la línea de los escribas oficiales, que frecuentan las escuelas más o menos oficiales y definen lo puro y lo manchado (cf. Mc 6, 1-6; Mc 7, 1-3), ni se apoya en las tradiciones de heroísmo nacional guerrero, simbolizadas por los antiguos macabeos o los nuevos celosos. Jesús quiso aprender con el mensaje y proyecto del Bautista.

Notas esenciales de Juan, según Marcos

El Juan Bautista de Marcos está al servicio de Jesús, pero muestra unos rasgos que son específicamente suyos (de Juan) y que le definen como uno de los profetas apocalípticos que abundaron en su tiempo. Éstos son sus rasgos básicos, que no han sido ni pueden ser cristianizados en la línea posterior de la Iglesia.

1. La alternativa del desierto.

Jesús iniciará su camino en Galilea (Mc 1, 14), para culminarlo en Jerusalén. Juan, en cambio, ha quedado en el desierto hasta el final (hasta que le prenda el rey Herodes Antipas; cf. Mc 1, 14), sin cruzar el Jordán ni entrar en la tierra prometida, en la situación de los israelitas anteriores a Josué. Desde ese fondo rechaza las estructuras sociales y las instituciones sacrales de los judíos instalados ya en la tierra. Su estilo de vida es signo de condena para los sacerdotes y los ricos. Por eso vuelve al principio de la historia israelita (trazada en los libros que van del Éxodo al Deuteronomio), reuniendo a unos discípulos en el desierto y preparar la llegada del juicio de Dios, que les permitirá entrar en la tierra prometida.

2. Un río de frontera.

Allí donde acaba el desierto discurre el Jordán y aquellos que lo crucen de verdad (como hicieron antaño Josué y los suyos; cf. Jos 1-4) recibirán la herencia de la tierra prometida. A la vera del río habita Juan, preparándose para pasar a la tierra y recibir el don de Dios (Mc 1, 5). En su entorno se forma una “iglesia” de entusiastas escatológicos, atentos al primer “movimiento” del agua (cf. Jn 5, 3-4) para atravesar el río y entrar en la tierra prometida. Juan no lo hará, pues le matarán antes de cruzarlo. Jesús lo cruzará para iniciar la tarea del Reino en Galilea.

3. Vestido de profeta.

Juan y sus discípulos se cubren con pelo de camello y cinturón de cuero (Mc 1, 6). Así recuerdan a Elías, profeta ejemplar (a quien seguirá recordando Jesús), anunciador del juicio de Dios sobre el Carmelo (cf. 1 Rey 18). Estas vestiduras son signo de austeridad profética y de vida de desierto (antes de entrar en la tierra cultivada). Pero el camello no es sólo señal de austeridad sino de impureza (cf. Lev 11, 4). Así cubierto, Juan protesta contra las normas de los «miembros puros» de Qumrán o del farisaísmo. Jesús seguirá en esa línea de protesta, pero en Galilea, acogiendo y ayudando de un modo especial a los impuros.

4. Comida: saltamontes y miel silvestre (Mc 1, 6).

Parece evocar un ideal de vuelta a la naturaleza, antes que los hebreos entraran en la tierra prometida (alimentos sin preparar, no sujetos a las leyes del mercado). Juan y sus discípulos forman, por su comida y vestido, una comunidad contra-cultural y anti-cultual (no compran en el mercado; no acuden al templo, ni acatan las normas de pureza de puro y/o de qumranitas). Ellos son unos “transgresores” (la miel silvestre era impura, por contener restos de mosquitos e insectos. En esa línea avanzará Jesús, pero no comiendo de desierto, sino compartiendo la comida con impuros y expulsados.

5. Conversión y bautismo.

El Más Fuerte. La vida penitencial, que culmina y se expresa en el bautismo, ofrece a los discípulos de Juan la mayor esperanza: pasarán el Jordán y entrarán, de manera liberada, en la tierra prometida. El texto acentúa la función de Juan (¡yo os bautizo…!: Mc 1, 8), el contexto destaca su personalidad: ha convocado un grupo de seguidores, llevándoles al desierto y bautizándoles en el río de las promesas, con la certeza de que viene el Más Fuerte, es decir, el mismo Dios (o su delegado final, en línea mesiánica).

6. El río y lo de más allá.

Juan es profeta del río. Permanece al otro lado, llega hasta el agua e introduce a los creyentes (convertidos) en sus aguas de juicio y esperanza. Pero no se atreve a forzar el río e ir más allá, porque sólo Dios puede “dividir de verdad las aguas”, a fin de que los liberados pasen al otro lado, con la colaboración del Más Fuerte. En el fondo de su gesto hallamos la “esperanza de Josué”: cuando las aguas se abrieron y los israelitas pasaron a la tierra prometida (cf. Jos 5. Esa esperanza de que las aguas del río se mueran está al fondo. Jn 5, 1-15). Sólo Dios o su delegado mesiánico puede “abrir el agua”, para que crucemos de la orilla del desierto a la tierra prometida. Pues bien, Jesús dirá que Dios ya ha llegado, y pasará el Jordán para realizar los signos del Reino en Galilea .

Juan eleva así protesta contra el judaísmo más oficial de su tiempo, esperando el signo de Dios para cruzar el Jordán e iniciar una vida nueva en la tierra prometida. Ciertamente, el Bautista aguarda el juicio de Dios, pero ése no es un juicio final/final de destrucción del mundo, sino un juicio histórico/escatológico.

Los discípulos de Juan no fueron penitentes puros, sino hombres y mujeres de esperanza, animados por la exigencia de conversión y la certeza de que Dios les abrirá las puertas de la tierra prometida. Así se situaron, a la orilla del Jordán, en la orilla del desierto de las promesas y los nuevos comienzos, dispuestos a escuchar la voz de Dios y ponerse en pie para cruzar el río y llegar a la orilla de la libertad. No necesitan programar lo que vendrá después: será Dios quien hablará, actuará el Más Fuerte. Entre los que esperaron que se abriera el río y llegara el Más Fuerte estuvo por un tiempo Jesús Galileo.

Juan y Bano, dos bautistas. Marcos y Flavio Josefo

Marcos y los restantes evangelios saben que Juan ha reunido a muchos hombres y mujeres de Judea y Jerusalén, que se convierten y bautizan (Mc 1, 4-5), y sabe también que ha tenido discípulos más íntimos, que le han seguido fielmente (cf. Mc 2, 18) y que han recogido y enterrado su cuerpo, decapitado por Herodes (6, 29). Es muy posible que conozcan otros detalles de la doctrina y la vida de Juan (cf. Mt 3, 1-12; Lc 3, 1-9; Jn 1, 19-28 etc.), pero sólo han destacado sus relaciones con Jesús y en ese contexto hemos podido hablar de las gentes del Bautista. Leer más…

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Dom 3 Adviento: Deberes de todos: Gente llana, hacienda/comercio, soldados (Continuación…)

domingo, 13 de diciembre de 2015
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La predicación de Sn. Juan el Bautista. 1634-1635. Rembrandt.Del blog de Xabier Pikaza:

Tercer Domingo de Adviento. Ciclo b. Sigo con el tema de ayer, que es el mensaje moral del Bautista, que aparece en la imagen alumbrando con su exigencia de justicia la gran cueva de la tierra.

Andan los políticos de propaganda, anunciando reinos nuevos, si ganan las elección, y diciendo a unos y otros que cumplamos los deberes; no estaría mal que escucharan al Bautista, lo mismo que todos, la gente de a pie, los publicanos de la hacienda y el comercio, los soldados.

Pues bien, en este contexto de espera de Navidad, la liturgia sigue recordando a Juan, que proclamaba los auténticos deberes de Adviento, al servicio de la igualdad y la justicia entre los hombres:

– Deberes para todos
‒ Deberes para la gente de la hacienda y el comercio
‒ Deberes para los soldados

Ayer he presentado en una postal larga la historia de Juan y sus relaciones con Jesús. Hoy me fijo sólo en la tabla de deberes, que él expone ante todos, según el evangelio de Lucas.

Estos deberes son universales, para los hombres y mujeres, pero él Juan los aplica de un modo especial a publicanos y soldados (gente de dinero y de poder: ricos y políticos), pues ellos deben convertirse primero y cumplir bien su función al servicio de la vida humana.

No hay una norma de Iglesia, una moral de sacerdotes… Ellos han de cumplir la moral de todos: el que tiene dos túnicas de una al que no tiene, y el que tenga comida que haga lo mismo

Al servicio de la casa, comida y vestido de todos han de estar publicanos y soldados (funcionarios del dinero y la política), y todos los demás, incluida la Iglesia.

Esto es lo que Juan, según el evangelio de Lucas, como una ley básica, es decir, natural o, mejor dicho, humana. Es lo que debe pedir (y sobre todo ofrecer) la Iglesia a todos, si es que quiere ofrecer su Navidad y ser significativa para el mundo . Buen Adviento a todos.

Texto. Lc 3, 10-18, una justicia para todos

Tiene dos partes. Una (a) recoge y actualiza el mensaje moral de los profetas. Otra (b) retoma el motivo apocalíptico. Aquí voy a centrarme sólo en la primera: Lc 3, 1-14

1) La gente le preguntaba: – ¿Qué tenemos que hacer? 11 Y les contestaba: 1 El que tenga dos túnicas, que le dé una al que no tiene ninguna, y el que tenga comida que haga lo mismo.

2) Vinieron también unos publicanos a bautizarse y le dijeron: –-Maestro, ¿qué tenemos que hacer? Él les respondió: –No exijáis nada fuera de lo fijado.

3) También los soldados le preguntaban: – ¿Y nosotros qué tenemos que hacer? Juan les contestó: –No uséis la violencia, no hagáis extorsión a nadie, y contentaos con vuestra paga.

Juan, los deberes humanos.

Lucas presenta en mensaje de Juan Bautista desde una perspectiva ética, que puede y debe aplicarse a todos los pueblos. Deja a un lado los aspectos exclusivamente judíos (confesionales) de su mensaje y lo condensa en una tabla ética de deberes sociales, que se aplican primero a todos los hombres y mujeres y luego a dos estamentos especial: los publicano-comerciantes y los soldados.

Es aquí donde, a mi juicio, debería situarse el mensaje de la Iglesia cuando habla a la sociedad civil (sin necesidad de apelar a Jesús)… Éste es un mensaje humano: Bástale al hombre una casa, bástale una túnica… Todo lo que sea más ha de ser para compartirlo.

Éste es un mensaje muy sencillo. No necesita reuniones episcopales, ni consejos de Europa, ni comisiones internacionales. Es un mensaje inmediato y cercano, de comunión humana, pacífica, sencilla, generosa.

Es un mensaje que cree en el hombre… No se trata de “matar” a publicanos y soldados, sino de descubrir que también ellos son humanos, iniciando la gran revolución de la igualdad y comunicación. Es aquí donde debería ofrecer su ejemplo la iglesia de Roma y la de Salamanca, , con todas las iglesias:

1) Norma Universal. Deberes de la gente. Igualdad básica:

“El que tenga dos túnicas, que le dé una al que no tiene ninguna,
y el que tenga comida que haga lo mismo”.

Los problemas de fondo son comida y vestido; y en ambos casos la exigencia de la “moral profética” es el compartir:

‒ El vestido” son las posesiones, empezando por la casa (el primer vestido), y siguiendo por la rompa…: quien “conserve” o tenga algo que le sobre (dos casas, dos euros) mientras otro no tiene nada… va en contra de la moral profética (que aquí tomamos como “moral natural”)… Esto se aplica a todos, como moral político, pero debe cumplirse de un modo especial en la Iglesia. No hay aquí mandatos sagrados de catecismos especiales, sino la norma primordial de la vida humana: Que todos los bienes son comunes, al servicio de los necesitados. Todo lo demás es ideología, venga de donde viniere, del cuartel, del banco o del mismo campanario.

‒ Quien almacene comida mientras otros hombres o mujeres pasa hambre… no puede ni siquiera acercarse a Jesús…, no puede pasar por Juan Bautista. Almacenar comida es tener los bancos llenos, al servicio de uno mismo, de mi propio grupos… Toda comida almacenada para algunos, mientras otros pasan hambre va en contra del mensaje del Bautista, de la ley originaria de la vida.

Ésta es la única moral, éste es el único mensaje profético para todos los hombres, sean o no cristianos: La finalidad de la vida no es amontonar casas, vestidos, dinero… sino compartir entre todos. La economía y la vida ha de ponerse al servicio de todas las personas.
No se trata por ahora de creer en Jesús, ni de aceptar la iglesias, dogmas o jerarquías especiales… La verdad profética de adviento consiste está en compartir la vida: El hombre sólo puede poseer aquello que necesita para vivir, de forma que debe dar aquello que le sobre a quien no tiene nada (o tiene menos). Ahí pueden ir algunos ejemplos:

— Pisos, casas e iglesias vacías… han de ser para aquellos que no tienen ningún piso, iglesia o casa…
‒ Los que tienen dos pisos han de dar uno a quien no tiene ninguno… haciendo así que la producción y el comercio se ponga al servicio de la igualdad (fraternidad) no del capital.
‒ Todo lo que a uno le sobra mientras otros pasan hambre no es suyo, es de los pobres

2) Norma para los publicanos, la gente de hacienda y negocios:
“No exijáis nada fuera de lo fijado”.

Publicanos son los que dirigen la economía, cobrando los impuestos para los servicios públicos… En sentido extenso, publicanos son hoy todos los que “manejan” dinero público (desde las multinacionales hasta los empleados de hacienda, gentes del BM, del FMI etc).

Juan supone que debe haber un orden económico, una norma buena, bien establecida (en griego: diatetagmenon), una taxis, un tipo de “sistema” que regula las relaciones económicas, al servicio de todos… Evidentemente, Juan sabe que lo establecido puede ser injusto, y en ese caso debe cambiarse, al servicio de la norma 1 (todo lo que sobra es para los pobres), pero piensa que en principio los gestores del dinero pueden cumplir un buen servicio (¡no los manda al infierno a la primera, como haríamos muchos de nosotros, cansados ya de tanto cinismo y manoseo!).

Juan Bautista les pide a los “gestores” del sistema que sólo “exijan” (sólo cobren) lo regulado por su servicio (suponiendo que cumplen la norma 1: Todo lo que sobra es para los pobres). Eso significa que ha de haber publicanos que organizan el sistema económico… Pero ellos no pueden hacerse dueños del sistema para servicio particular, sino para bien de todos.

Este Juan (conforme a la versión de Lucas) es un indignado, pero dentro del sistema, para cambiarlo al servicio del bien común. No aparece como un incendiario que quema las mieses por venganza; es un hombre del orden y el sistema, pero un orden y un sistema para bien de todos. Y aquí se vuelve a la norma primera: la economía ha de estar al servicio del reparto de túnicas y de comida (es decir, de humanidad).

3)Norma para los soldados.
No uséis la violencia, no hagáis extorsión a nadie,
y contentaos con vuestra paga.

Juan vive en un “imperium”, es decir, en una sociedad militarista, organizada y presidida por soldados (el emperador era el primer soldado). Donde él decía «soldados» deberíamos decir hoy «soldados y políticos, policías y agentes del orden», es decir, funcionarios de la administración política.

Muchos judíos de aquel tiempo querían que se aboliera el imperio, que no hubiera soldados. Juan, en cambio, los admite, pero quiere ponerlos al servicio de la comunión universal. Así reconoce la necesidad de unos “funcionarios» que pueden entenderse casi como “policía” al servicio del orden del imperio. No es antimilitarista, no es anarquista… No es tampoco un celota guerrillero. Admite a los soldados/funcionarios (con cierto poder), pero cree y dice que ellos deben cambiar y por eso les pide a los soldados tres cosas.

(a) No uséis la violencia. Juan nos sitúa ante unos soldados que no son ya portadores de violencia (no emplean la espada, van sin armas…), sino ministros de la paz, es decir, de un orden social que no puede imponerse matando, sino protegiendo y ayudando. Éstos soldados tendrían que ser “pacifistas activos”, dispuestos, en el fondo, a dejarse matar para proteger a los débiles. Unos soldados que no luchan contra otros soldados, sino que defienden a los pobres e indefensos.

(2) No hagáis extorsión a nadie.
El texto utiliza una palabra muy plástica “me sykophantêsete”, no ser “psicofantes”, no utilizar la propia ventaja para oprimir a los demás. Esto implica, en el fondo, no emplear el poder para servicio propio, no acusar a los demás y oprimirles, buscando así la ventaja propia. Esto que se dice así de los soldados debe aplicarse a todos los funcionarios públicos, a todos los que pueden emplear su autoridad o poder para “engordarse” a sí mismos: ¡No utilizar nunca el poder para ventaja propia!

(3) Contentaos con vuestra paga. El poder de las armas se ha asociado desde antiguo al robo y al enriquecimiento. Juan pide a los soldados que no utilicen su poder para enriquecerse. Lo mismo puede y debe decirse de todos los funcionarios públicos (desde los banqueros hasta empleados de la administración): ¡Hay una para que debe ser justa, un dinero público para bien de todos! Contentarse con ello, y en caso de duda acudir a la norma 1: Si tienes dos túnicas dale una a quien no tiene ninguna.

Conclusión y apéndice. Juan Bautista según F. Josefo y

Ésta es la moral natural de Juan Bautista… Éste es para Lucas el punto de partida para llegar al evangelio. Jesús es algo más (es gratuidad). Para llegar a Jesús hay que pasar por Juan Bautista.

De esa forma, el evangelio de Lucas se sitúa cerca del historiador Flavio Josefo que, por aquellos mismos años (hacia el 90 d. C.) presenta a Juan como a moralista, que pide la conversión interior para los hombres

Juan, de sobrenombre Bautista… era un hombre bueno que recomendaba incluso a los judíos que practicaran las virtudes y se comportaran justamente en las relaciones entre ellos y piadosamente con Dios y que, cumplidas esas condicione, acudieran a bautizarse…, dando por sentado que su alma estaba ya purificada de antemano con la práctica de la justicia. Y como el resto de las gentes se unieran a él (pues sentían un placer exultante al escuchar sus palabras), Herodes, por temor a que esa enorme capacidad de persuasión que el Bautista tenía sobre las personas le ocasionara algún levantamiento popular (puesto que las gentes daban la impresión de que harían cualquier cosa si él se lo pedía), optó por matarlo, anticipándose así a la posibilidad de que se produjera una rebelión… Entonces, Juan, tras ser trasladado a la fortaleza de Maqueronte, fue matado en ella» (Antigüedades, XVIII, 116-119; Trad. J. Vara, Akal, Madrid 2002).

Josefo ha querido presentarle como un moralista, parecido a los estoicos y cínicos de su entorno, un predicador de la virtud, en la línea de Lucas 3, 10-14. Pero aún así hay una diferencia básica. Josefo parece destacar más el aspecto interior y personal del mensaje de Juan. Lucas en cambio pone de relieve el aspecto social.

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Una buena noticia bastante extraña. Domingo 3º Adviento. Ciclo C.

domingo, 13 de diciembre de 2015
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evangelio-iii-domingo-de-adviento-ciclo-c-5-638Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Los textos del domingo pasado dejaban claro el tono alegre del Adviento. Y los de este domingo lo acentúan todavía más. “Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, Israel; alégrate de todo corazón, Jerusalén”, comienza la 1ª lectura. Su eco lo recoge el Salmo: “Gritad jubilosos, habitantes de Sión: Qué grande es en medio de ti el Santo de Israel”. La carta a los Filipenses mantiene la misma tónica: “Hermanos: Estad siempre alegres en el Señor; os repito, estad siempre alegres.” Y el evangelio termina hablando de la Buena Noticia; y las buenas noticias siempre producen alegría. Pero, ¿anuncia Juan realmente una Buena Noticia?

En aquel tiempo la gente preguntaba a Juan:

− ¿Entonces qué hacemos?

Él contestó:

− El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo. 

Vinieron también a bautizarse unos publicanos y le preguntaron:

− ¿Maestro, qué hacemos nosotros?

Él les contestó:

− No exijáis más de lo establecido.

Unos militares le preguntaron:

− ¿Qué hacemos nosotros?

Él les contestó:

− No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie, sino contentaos con la paga.

El pueblo estaba en expectación, y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dejo a todos:

− Yo os bautizo con agua; pero viene uno que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con el Espíritu Santo y fuego; tiene en la mano el bieldo para aventar su parva y reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga.

Añadiendo otras muchas cosas, exhortaba al pueblo y le anunciaba la Buena Noticia.

La Lotería de Navidad, las elecciones y Juan Bautista

Quedan pocos días para la Lotería de Navidad. La buena noticia es que toque, terminar teniendo más de lo que tenemos. En cambio, Juan anima a compartir lo que tenemos, a terminar teniendo menos. «El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo

Estamos en vísperas de elecciones. El candidato “bueno” es el que anuncia mejoras salariales, reducción de impuestos, estado de bienestar. ¿Qué candidato se atreve a exigir a los distintos colectivos más honradez y responsabilidad en el cumplimiento de sus obligaciones y a no pedir mejoras salariales? En cambio, Juan Bautista exige a los recaudadores de impuestos no exigir más de lo establecido y a los militares no extorsionar a nadie y contentarse con su paga.

Quien imagine que Juan va a perder las elecciones con ese programa, se equivoca. Al contrario, la gente se pregunta si no será el candidato ideal, el Mesías. Pero él lo niega. En esta campaña electoral, él se limita a pegar carteles, a bautizar con agua. El verdadero candidato, el Mesías, vendrá después y pondrá en práctica esa profunda reforma que anhela el pueblo: desaparición de los romanos y de los judíos perversos que los apoyan, libertad y bienestar para el pueblo oprimido. En el lenguaje duramente poético de Juan, Judá es una era, y el Mesías vendrá a separar la paja del grano, a guardar el grano y quemar la paja.

¿Es esto una buena noticia? Indudablemente. Así lo interpreta el pueblo. No importa si le exigen renuncias y compromisos, porque también le ofrecen un futuro esperanzador.

Nuestra respuesta a la Buena Noticia

                Mateo y Marcos, cuando presentan a Juan Bautista exhortando a convertirse no concretan qué implica eso en la práctica. Lucas aterriza en cosas muy concretas: compartir el vestido y la comida (hoy añadiríamos, el dinero), honradez y responsabilidad en nuestras tareas como ciudadanos. Es la mejor forma de vivir el Adviento. Pero las otras lecturas nos imponen otros tres compromisos: alegría mesura y oración.

                Alegría. Sofonías la justifica por el cambio de fortuna de Jerusalén: de ciudad conquistada y en manos de los enemigos, a ciudad libre, con Dios como rey. Ya que esta promesa dista mucho de la realidad actual de Israel, más vale no insistir en esta lectura. Más instructivo el punto de vista de Pablo. Escribe a una comunidad muy pobre, que va creciendo en ambiente hostil. Pero debe estar siempre alegre, confiando en la pronta vuelta del Señor.

                Mesura. “Que vuestra mesura la conozca todo el mundo”, pide Pablo a los Filipenses. En el contexto navideño, cabe la tentación de interpretar la mesura como una advertencia contra el consumismo. Sin embargo, el adjetivo que usa Pablo (evpieike.j) tiene un sentido distinto. Se refiere a la bondad, amabilidad, mansedumbre en el trato humano, que debe ser semejante a la forma amable y bondadosa en que Dios nos trata.

                Oración. “En toda ocasión, en la oración y súplica con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios.” En pocas palabras, Pablo traza un gran programa a los Filipenses. Una oración continua, “en toda ocasión”; una oración que es súplica pero también acción de gracias; una oración que no se avergüenza de pedir al Señor a propósito de todo lo que nos agobia o interesa.

Los textos de Sofonías y Pablo

Lectura de la profecía de Sofonías 3,14-18

Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, Israel; alégrate de todo corazón, Jerusalén. El Señor ha cancelado tu condena, ha expulsado a tus enemigos. El Señor será el rey de Israel, en medio de ti, y ya no temerás. Aquel día dirán de Jerusalén: «No temas, Sión, no desfallezcan tus manos. El Señor, tu Dios, en medio de ti, es un guerrero que salva. Él se goza y se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo como en día de fiesta.»

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 4,4-7

Hermanos: Estad siempre alegres en el Señor; os repito, estad siempre alegres. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. El Señor está cerca. Nada os preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y súplica con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios. Y la paz de Dios, que sobre pasa todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.

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¡ALEGRAOS! (III Adviento). 12 diciembre, 2015. Ciclo C

domingo, 13 de diciembre de 2015
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3-adviento

(Lc 3, 10-18)

“¿Qué hacemos nosotros?” (Lc 3,14)

El tercer domingo de adviento siempre nos repite lo mismo, como Pablo en la carta la los Filipenses: ¡Alegraos!

La primera lectura de la Eucaristía nos regala una de las imágenes más bellas de Dios. El profeta Sofonías nos muestra a un Dios radiante de alegría, en algunas traducciones dice que saltando y danzando en medio de su pueblo como en los días de fiesta.

Y un Dios así de contento ¿qué nos dice? ¡Que nos alegremos! Algo así como: “vosotros, cada uno de vosotros sois mi alegría y yo puedo ser la vuestra, ¡Alegraos conmigo!

Por eso la invitación del adviento es la alegría. Dios ha decidido venir a habitar enmedio de nosotros, porque es aquí, entre nosotros, siendo uno de los nuestros como quiere danzar y saltar de alegría.

Sin embargo, a simple vista, el evangelio que nos presenta la Iglesia en este donmigo no parece que hable de alegría… Nos encontramos de nuevo con Juan Bautista. A él acuden distitntos tipos de gentes y todos con la misma pregunta: “¿qué hacemos?” Y Juan tiene una respuesta para cada uno.

Con otras palabras les va invitando a compartir, a obrar con justicia, a no abusar de la autoridad, ni dejarse llevar por la codicia. Todo esto, ¿para qué? Precisamente para poder ser felices, para poder vivir con alegría la Buena Noticia.

Juan Bautista anuncia la venida del Mesías, del ungido de Dios, de Dios mismo y a Dios se le encuentra en el compartir, en la justicia, en la sencillez. No con estas palabras pero Juan les está diciendo: ¡alegraos! ,y para que puedan alegrarse de verdad les dice lo que tienen que hacer.

Muy bien, y nosotros, ¿qué hecemos? Es una buena pregunta. ¿Qué podemos hacer para vivir con alegría? ¿Te atreves a preguntarle a Dios qué debes hacer para ser feliz?

¡Alegraos! es la invitación, aceptarla y cómo aceptarla depende de cada uno.

¡Alegraos! tanto como Dios se alegra con nosotros.

¡Alegraos! para que la Buena Noticia sea creible.

Fuente: Monjas trinitarias de Suesa

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Eco y respuesta

sábado, 12 de diciembre de 2015
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Del blog de Amigos de Thomas Merton:

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«La contemplación es la respuesta a una llamada: una llamada de Aquel que no tiene voz y sin embargo habla en todo lo que existe y, por encima de todo, habla en las profundidades de nuestro propio ser, ya que nosotros somos Sus palabras. Pero somos palabras llamadas a responderle a Él, a contestarle a Él, a ser Su eco e incluso, de alguna manera, a contenerlo y significarlo.

La contemplación es este eco. Es una profunda resonancia en el centro más íntimo de nuestro espíritu, donde nuestra vida pierde su voz autónoma y resuena con la majestad y la misericordia de Dios vivo y escondido. Él se responde a sí mismo en nosotros y esta respuesta es la vida divina, la creatividad divina que resuena en todas las cosas. Nosotros nos convertimos en el eco y la respuesta de Dios. Es como si Dios, al crearnos, nos hubiera hecho una pregunta y, al despertarnos a la contemplación, respondiéramos a esa pregunta, de modo que el contemplativo es al mismo tiempo pregunta y respuesta.

Y todo se resume en una conciencia -no una proposición, sino una experiencia-, a saber: Yo Soy.»

*

Thomas Merton

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Para ser buen bailarín contigo

viernes, 11 de diciembre de 2015
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Si estuviéramos contentos de ti, Señor,
no podríamos resistir a esa necesidad de danzar que desborda
el mundo y llegaríamos a adivinar qué danza es la que te gusta
hacernos danzar, siguiendo los pasos de tu Providencia

Porque pienso que debes estar cansado
de gente que hable siempre de servirte
con aire de capitanes;
de conocerte con ínfulas de profesor;
de alcanzarte a través de reglas de deporte;
de amarte como se ama un viejo matrimonio.

Y un día que deseabas otra cosa
inventaste a San Francisco
e hiciste de él tu juglar.
Y a nosotros nos corresponde dejarnos inventar
para ser gente alegre que dance su vida contigo.

Para ser buen bailarín contigo
no es preciso saber adónde lleva el baile.
Hay que seguir, ser alegre,
ser ligero y, sobre todo, no mostrarse rígido.
No pedir explicaciones de los pasos que te gusta dar.
Hay que ser como una prolongación ágil y viva de ti mismo
y recibir de ti la transmisión del ritmo de la orquesta.
No hay por qué querer avanzar a toda costa
sino aceptar el dar la vuelta,
ir de lado, saber detenerse y deslizarse en vez de caminar.
Y esto no sería más que una serie de pasos estúpidos
si la música no formara una armonía.

Pero olvidamos la música de tu Espíritu
y hacemos de nuestra vida un ejercicio de gimnasia;
olvidamos que en tus brazos se danza,
que tu santa voluntad es de una inconcebible fantasía,
y que no hay monotonía ni aburrimiento
más que para las viejas almas
que hacen de inmóvil fondo
en el alegre baile de tu amor.

Señor, muéstranos el puesto
que, en este romance eterno iniciado entre tú y nosotros,
debe tener el baile singular de nuestra obediencia.
Revélanos la gran orquesta de tus designios,
donde lo que permites toca notas extrañas
en la serenidad de lo que quieres.

Enséñanos a vestirnos cada día con nuestra condición humana
como un vestido de baile, que nos hará amar de ti
todo detalle como indispensable joya.
Haznos vivir nuestra vida,
no como un juego de ajedrez en el que todo se calcula,
no como un partido en el que todo es difícil,
no como un teorema que nos rompe la cabeza,
sino como una fiesta sin fin donde se renueva el encuentro contigo,
como un baile, como una danza entre los brazos de tu gracia,
con la música universal del amor.

Señor, ven a invitarnos.
*

Madeleine Delbrel

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Preparad el camino del Señor

jueves, 10 de diciembre de 2015
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IMG_20151204_151816Carmen Herrero, Fraternidad Monástica de Jerusalén,
Estrasburgo (Francia).

ECLESALIA.- 02/12/15.- Un nacimiento se prepara, se espera con gozo exultante, pero unidos a estos sentimientos de alegría y jubilo, también se da cierta angustia, cierta preocupación con sus propios interrogantes. ¿Irá todo bien? ¿Cómo será el niño, la niña que va a nacer? Y, la madre, ¿cómo va a vivir este momento tan importante de su vida? Y, el padre, ¿cómo situarse antes este nacimiento, fruto del amor, entre un hombre y una mujer, para dar la vida a una tercera persona?… ¡Maravilla de maravillas! Ante todo nacimiento, los sentimientos son muy encontrado, las emociones, preocupaciones e interrogantes, son intensos; hasta el momento de oír llorar a la criatura y ver su cuerpecito; entonces y sólo entonces, el pensamiento y el corazón “descansan”. ¡Ha nacido!, todo ha ido bien, ¡felicitaciones! y júbilo. ¡Una nueva etapa comienza!

Este hecho tan humano como real y maravillo, hemos de trasladarlo al nacimiento de Jesús. En nuestra vida de cristianos, con el nacimiento de Jesús, ¿Comenzara una nueva etapa? O más bien seguiremos, como siempre, como si nada hubiese pasado, una Navidad más…

Es verdad que, Jesús histórico, no nace todos los años, como nació hace ya 2015 años en Belén; pero no es menos real y cierto su nacimiento místico, su nacimiento litúrgico; porque la liturgia no hace simplemente memoria de un recuerdo histórico; sino que la liturgia actualiza el verdadero hecho histórico, convirtiéndose en hecho real, místico, teológico.

¿Cómo acompañar y despertar al pueblo cristiano a comprender este maravilloso nacimiento que se realiza no solamente en la noche de Navidad, sino en toda eucaristía? Tal vez, la pastoral más importante y urgente como fecunda en este tiempo de Adviento, sea la de preparar a las comunidades cristianas a comprender el nacimiento de Cristo desde esta dimensión litúrgica, mística y teológica.

El nacimiento de Jesús, se ha adornado de tantas cosas superficiales y mundanas que no hacen sino distraernos del misterio. ¡Misterio del amor del Padre hacia sus hijos! “Cuando llegó la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley” (Gl 4,4). Recuperar”, “reavivar” el verdadero sentido de la Natividad, ¿no sería una manera de preparar el camino al Señor? Es decir, preparar nuestra “posada”, nuestro corazón, a acoger con gozo Aquel que viene, y que viene a salvarme, a darme la vida. Este niño que nace, Jesús, en el corazón de cada cristiano, y en el corazón del mundo, es un niño que quiere ser acogido, al mismo tiempo que acogernos. Dos movimientos interiores muy importantes para preparar el camino de su venida y celebrar la verdadera Navidad: la acogida a Dios que se encarna y el dejarme acoger por Dios encarnado. Esta sería una celebración de la Navidad real, profunda y cristiana, y no la que la publicidad nos presenta e impone. Ante la cual cedemos.

Acoger a Jesús exige que mi “aposento”, como diría Teresa de Jesús, esté preparado, sea acogedor, para recibir al Emmanuel. Esto nos exige una buena “limpia” del aposento, un poner orden en nuestra vida, un salir del egoísmo que tanto nos esclaviza, de la mentira, para caminar en verdad, porque Navidad y verdad van juntas. No esperemos que Cristo nazca en nuestro interior ni en la sociedad, sino no somos hombres y mujeres que intentan y quieren vivir en la verdad. Preparar el camino del Señor exige la conversión, vivir desde la verdad. Jesús no nace en medio de la mentirá. En medio de la pobreza y sencillez nacer Jesús; en la mentira, la injusticia y explotación no. Entonces, prepararemos nuestro “aposento”, nuestro corazón en este tiempo de adviento para acogerle y vivir la Navidad.

Si importantes es la acogida a Jesús, el dejarnos a coger por Jesús, lo es mucho más. Jesús no solamente se contenta con ser acogido, sino que quiere que también nosotros nos dejemos acoger por él. El se encarna para salvarnos, para llamarnos amigos, para hacernos uno con él, su más profundo deseo es que todos los hombres lleguen a conocer el Padre y se salven. Déjate, pues, acoger por Jesús en la realidad concrete de tu existencia, sea cual sea, Jesús viene a darte la vida, a que vivías en la verdad que es la que te hace libre y a dejarte sanar de todas tus heridas; él viene a sanarte, a darte su paz que tanto necesitas; que tanto necesitamos unos y otros y que el mundo reclama con urgencia.

Viviendo estas dos dimensiones podrás celebrar la Navidad, o mejor, la Navidad se hará en tu vida, porque te habrás encontrado con Jesús que es la verdadera Navidad y toda tu vida será una Navidad prolongada.

No consientas a que la publicidad, el consumismo, materialismo y preparativos inútiles a lo esencial, al misterio, te roben la verdadera Navidad, el gozo de que Jesús nace en tu “aposento”, en tu corazón

 (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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«En el marco del Desierto». 2 Adviento – C (Lucas 3,1-6)

domingo, 6 de diciembre de 2015
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02_adviento_CLucas tiene interés en precisar con detalle los nombres de los personajes que controlan en aquel momento las diferentes esferas del poder político y religioso. Ellos son quienes lo planifican y dirigen todo. Sin embargo, el acontecimiento decisivo de Jesucristo se prepara y acontece fuera de su ámbito de influencia y poder, sin que ellos se enteren ni decidan nada.

Así aparece siempre lo esencial en el mundo y en nuestras vidas. Así penetra en la historia humana la gracia y la salvación de Dios. Lo esencial no está en manos de los poderosos. Lucas dice escuetamente que «la Palabra de Dios vino sobre Juan en el desierto», no en la Roma imperial ni en el recinto sagrado del Templo de Jerusalén.

En ninguna parte se puede escuchar mejor que en el desierto la llamada de Dios a cambiar el mundo. El desierto es el territorio de la verdad. El lugar donde se vive de lo esencial. No hay sitio para lo superfluo. No se puede vivir acumulando cosas sin necesidad. No es posible el lujo ni la ostentación. Lo decisivo es buscar el camino acertado para orientar la vida.

Por eso, algunos profetas añoraban tanto el desierto, símbolo de una vida más sencilla y mejor enraizada en lo esencial, una vida todavía sin distorsionar por tantas infidelidades a Dios y tantas injusticias con el pueblo. En este marco del desierto, el Bautista anuncia el símbolo grandioso del «Bautismo», punto de partida de conversión, purificación, perdón e inicio de vida nueva.

¿Cómo responder hoy a esta llamada? El Bautista lo resume en una imagen tomada de Isaías: «Preparad el camino del Señor». Nuestras vidas están sembradas de obstáculos y resistencias que impiden o dificultan la llegada de Dios a nuestros corazones y comunidades, a nuestra Iglesia y a nuestro mundo. Dios está siempre cerca. Somos nosotros los que hemos de abrir caminos para acogerlo encarnado en Jesús.

Las imágenes de Isaías invitan a compromisos muy básicos y fundamentales: cuidar mejor lo esencial sin distraernos en lo secundario; rectificar lo que hemos ido deformando entre todos; enderezar caminos torcidos; afrontar la verdad real de nuestras vidas para recuperar un talante de conversión. Hemos de cuidar bien los bautizos de nuestros niños, pero lo que necesitamos todos es un «bautismo de conversión».

José Antonio Pagola

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«Todos verán la salvación de Dios». Domingo 6 de diciembre de 2015. 2º de Adviento

domingo, 6 de diciembre de 2015
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02advientoB2cerezoDe Koinonia:

Baruc 5, 1-9: Dios mostrará tu esplendor.
Salmo responsorial: 125, 1-2ab. 2cd-3. 4-5. 6: El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.
Filipenses 1, 4-6. 8-11:  Que lleguéis al día de Cristo limpios e irreprochables.
Lucas 3, 1-6: Todos verán la salvación de Dios.

Lc 3,1-6: Todos verán la salvación de Dios

El tiempo de adviento es tiempo de esperanza y de apertura al cambio: cambio de vestido y de nombre (Baruc), cambio de camino (Isaías). Cambiar, para que todos puedan ver la salvación de Dios.

En un bello poema Baruc canta con fe jubilosa la hora en que el Eterno va a cumplir las promesas mesiánicas, va a crear la nueva Jerusalén, va a dar su salvación. Jerusalén es presentada como una “Madre” enlutada por sus hijos expatriados. Dios regala a Sión, su esposa, la salvación como manto regio, le ciñe como diadema la “Gloria” del Eterno. La Madre desolada que vio partir a sus hijos, esclavos y encadenados, los va a ver retornar libres y festejados como un rey cuando va a tomar posesión de su trono. Le da un nombre nuevo simbólico: “Paz de Justicia-Gloria de Misericordia”; es decir, Ciudad-Paz por la salvación recibida de Dios. Ciudad-Gloria por el amor misericordioso que le tiene Dios.

Haciéndose eco de los profetas del destierro, Baruc dice una palabra consoladora a un pueblo que pasa dificultad: “El Señor se acuerda de ti” (5,5). Ya el segundo Isaías se había preguntado: “¿Puede una madre olvidarse de su criatura? (…) pues aunque ella se olvide, yo no me olvidaré” (Is 49,15). El Dios fiel no se olvida de Jerusalén, su esposa, que es invitada ahora a despojarse del luto y vestir “las galas perpetuas de la Gloria que Dios te da” (5,1). Es la salvación que Dios ofrece para los que ama, de los que se acuerda en su amor.

¿Dónde está nuestro profetismo cristiano? El profeta no es un adivino, ni alguien que pre-dice los acontecimientos futuros. El profeta se enfrenta a todo poderío personal y social, habla desde el “clamor de los pobres” y pretende siempre que haya justicia. Obviamente le preocupa el futuro del pueblo, la situación sangrante de los pobres. Los profetas surgen en los momentos de crisis y de cambios para avizorar una situación nueva, llena de libertad, de justicia, de solidaridad, de paz.

La misión del profeta cristiano es cuestionar los “sistemas” contrarios al Espíritu, defender a toda persona atropellada y a todo pueblo amenazado, alentar esperanzas en situaciones catastróficas y promover la conversión hacia actitudes solidarias. Tiene experiencia del pueblo (vive encarnado) y contacto con Dios (es un místico), y de ahí obtiene la fuerza para su misión. Por medio de los profetas, Dios guía a su pueblo “con su justicia y su misericordia” (Bar 5,9). El profeta “allana los caminos” a seguir.

En el evangelio, al llegar la plenitud de los tiempos, el mismo Dios anuncia la cercanía del Reino por medio de Juan y asegura con Isaías que “todos verán la salvación de Dios” (Lc 3,6). Para el Dios que llega con el don de la salvación debemos preparar el camino en el hoy de nuestra propia historia.

Juan Bautista, profeta precursor de Jesús, fue hijo de un “mudo” (pueblo en silencio) que renunció al “sacerdocio” (a los privilegios de la herencia), y de una “estéril” (fruto del Espíritu). Le “vino la palabra” estando apartado del poder y en el contacto con la bases, con el pueblo. La palabra siempre llega desde el desierto (donde sólo hay palabra) y se dirige a los instalados (entre quienes habitan los ídolos) para desenmascararlos. La palabra profética le costó la vida a Juan. Su deseo profético es profundo y universal: “todos verán la salvación de Dios”. La salvación viene en la historia (nuestra historia se hace historia de salvación), con una condición: la conversión (“preparad el camino del Señor”). ¿Qué debemos hacer para ser todos un poco profetas?

La invitación de Isaías, repetida por Juan Bautista y corroborada por Baruc, nos invita a entrar en el dinamismo de la conversión, a ponernos en camino, a cambiar. Cambiar desde dentro, creciendo en lo fundamental, en el amor para “aquilatar lo mejor” (Flp 1,10). Con la penetración y sensibilidad del amor escucharemos las exigencias del Señor que llega y saldremos a su encuentro “llenos de los frutos de justicia” (1,11).

Esa renovación desde dentro tiene su manifestación externa porque se “abajan los montes”, se llenan los valles, se endereza lo torcido y se iguala lo escabroso (Bar 5,7). Se liman asperezas, se suprimen desigualdades y se acortan distancias para que la salvación llegue a todos. La humanidad transformada es la humanidad reconciliada e igualada, integrada en familia de fe: “los hijos reunidos de Oriente a Occidente” (Bar 5,5). Convertirse entonces es ensanchar el corazón y dilatar la esperanza para hacerla a la medida del mundo, a la medida de Dios. Una humanidad más igualitaria y respetuosa de la dignidad de todos es el mejor camino para que Dios llegue trayendo su salvación. A cada uno corresponde examinar qué renuncias impone el enderezar lo torcido o abajar montes o rellenar valles. Nuestros caminos deben ser rectificados para que llegue Dios.

Adviento es el tiempo litúrgico dedicado por antonomasia a la esperanza. Y esperar es ser capaz de cambiar, y ser capaz de soñar con la Utopía, y de provocarla, aun en aquellas situaciones en las que parece imposible.

Dejémonos impregnar por la gracia de este acontecimiento que se nos aproxima, dejemos que estas celebraciones de la Eucaristía y de la liturgia de estos días nos ayuden a profundizar el misterio que estamos por celebrar.

Unidos en la esperanza caminamos juntos al encuentro con Dios. Pero al mismo tiempo, Él camina con nosotros señalando el camino porque “Dios guiará a Israel entre fiestas, a la luz de su Gloria, con su justicia y su misericordia” (Bar 5,9). Leer más…

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Dom 6. XII. 15. Adviento 2. Necesitamos volver al desierto

domingo, 6 de diciembre de 2015
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PangangaralJuanTagapagbautismoDel blog de Xabier Pikaza:

Dom 2 Adviento. Lucas 3, 1-6 Un texto clave:Mensaje de Juan, un camino de esperanza a través de la crisis, sin más solución que empezar de nuevo en el desierto:

En el año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes virrey de Galilea, y su hermano Felipe virrey de Iturea y Traconítide, y Lisanio virrey de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.
Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: «Una voz grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios.»

El evangelio de Juan ofrece la visión más positiva del mensaje de Bautista, en línea de esperanza. Pero esa esperanza exige que volvamos al desierto, para comenzar allí la nueva travesía. Quizá muchos no estamos dispuestos, apegados como estamos a las cosas que tenemos. Pero sin ese retorno al origen, sin un aprendizaje nuevo, puede suceder que nuestra cultura y vida actual se destruya (Imagen de G. Doré)

Juan, maestro de Jesús

Jesús buscó a Dios en la Escritura y en la historia de su pueblo, pero su iniciador y maestro directo fue Juan Bautista, el último en la línea de los sabios (cf. Mt 11, 1-19 par), un profeta que condenaba la violencia de los poderosos y el pecado de los sacerdotes, anunciando el juicio de Dios (cf. Mt 3, 7-12).

Sabía que este mundo tiene que acabar, porque está podrido, y, a pesar de ello, pedía a los hombres y mujeres que se convirtieran, ofreciéndoles un bautismo de perdón para la redención: “Ya está el hacha levantada sobre la raíz del árbol…” (Mt 3, 9-12; Lc 3, 1-9). De un modo especial recibía a los expulsados y excluidos de la sociedad sagrada de Israel y del Imperio. Su mensaje incluía tres notas principales.

(1) Este mundo está maduro ser destruido: por eso anunciaba Juan el Juicio que viene como Huracán y como Fuego que abrasa a los perversos, un juicio de condena que no procede de Dios, sino del pecado de los hombres, a quienes Dios ha confiado el mundo para que lo cuiden, pero ellos se han empeñado de destruirlo por un tipo de fuego (calentamiento, bomba).

(2) En ese contexto, Juan ofrecía una bautismo de esperanza, para escaparse «de la ira que se acerca» (cf. Mt 3, 7) y alcanzar así la salvación, en la tierra prometida, tras el río de las aguas divisorias. Era necesario un cambio urgente, rápido y completo, pues de lo contrario caería el hacha ya para destruir a los perversos…

(3) Una voz grita en el desierto: ¡Preparad…! Se trata, como he dicho, de volver al desierto, que es la austeridad, el contacto directo con la naturaleza y con la vida, ligeros de equipaje, sin más tarea que la de vivir, abriendo un espacio para todos… Sin esta vuelta al desierto, para comenzar de nuevo la experiencia humana, en fraternidad y justicia, corremos el riesgo de caer destruidos por nuestras propias contradicciones.

(4) El anuncio de Juan incluía la llegada de uno que es más fuerte, de alguien que viene en nombre de Dios (o Dios mismo) para realizar las promesas antiguas. Juan era sólo un mensajero, alguien que anuncia aquello que ha de llegar, si es que las cosas (los hombres) no cambian. Sabía que sin volver al desierto y recrear el camino de actual de la humanidad corremos el riesgo de ser destruídos.

En un sentido, Juan afirma que la historia de los hombres ha fracasado,

pero queda un resquicio de esperanza y en ese resquicio quiere mantenerse, para abrir la puerta a los que vengan, en el borde del desierto, ante el río que evoca el paso de la vida y el nuevo nacimiento en la tierra de Dios. Se han acabado las oportunidades de los poderosos del mundo, pero queda Dios y, en su nombre, Juan acoge y ofrece su promesa a los excluidos de la tierra, a los publicanos y las prostitutas… (cf. Mt 21. 32).

De esa forma se planta, como profeta de Dios para los pobres y para todos los que quieran convertirse, junto al río, vestido de piel de camello y comiendo alimentos silvestres (Mc 1, 6). Sólo así puede exigir la conversión y anunciar la salvación de Dios a los que han sido expulsados de las pretendidas salvaciones de la tierra.

Juan es un hombre del confín, en la frontera de los lugares y los tiempos, acusando a los culpables, pidiendo conversión a todos, desde el mismo desierto. Los que no quieran volver a ese principio, aquellos que se aferren a su vida muelle, a su egoísmo y su riqueza acabarán destruyéndose a sí mismos y destruyendo a los demás.

Vivió en un tiempo concreto

En el año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes virrey de Galilea, y su hermano Felipe virrey de Iturea y Traconítide, y Lisanio virrey de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.

El mensaje de Juan marca el comienzo de nuevo tiempo de la salvación. En medio de la historia de los grandes de la tierra (emperadores, reyes y sacerdotes) se escucha su palabra, en un tiempo bien concreto, marcado por ese famoso sincronismo, que nos sitúa en torno al año 28/29 d.C., según los cálculos, pues Tiberio empezó a gobernar el año 14 d.C. (el cómputo de años puede hacerse con algunas variantes).

En ese tiempo concreto, perdido al parecer en la hoya del Jordán, Juan comenzó a proclamar la palabra definitiva del Adviento, mientras emperadores, tetrarcas y sacerdotes andaban a lo suyo… Juan anunciaba un momento de cambio para ellos, invitándolos a venir al desierto de Dios, es decir, al lugar donde comienzan los caminos de la nueva humanidad.

Ésta es la pregunta, éste es el tema: ¿Quién está dispuesto a volver al desierto, para aprender, para cambiar, para empezar…?

Anunció el gran cambio. El fracaso puede convertirse en camino de nuevo nacimiento, desde el desierto:

Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías (cf. Is 40, 3-4):
Una voz grita en el desierto:
Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos;
elévense los valles, desciendan los montes y colinas;
que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale.
Y todos verán la salvación de Dios.»

Vivimos en un mundo de imposiciones, de caminos torcidos,
de montes y quebradas que impiden que Dios se manifieste en nuestra vida. Por eso retoma Juan el lenguaje del 2º Isaías y anuncia la llegada de un cambio cósmico: «elévense los valles, allánense los montes…», que el mundo entero se vuelva así camino de Dios.

Contemplar el mundo como espacio de revelación de Dios, ésta es la tarea del profeta, que mira y anuncia: ¡Está llegando!

Preparar el camino del Dios que viene implica:

1. Volver al desierto… Lo he dicho ya, debo repetirlo, éste es el mensaje clave de este día. No se trata de hacer ayuno por ayuno, sino de aprender a simplificar, centrándose en lo esencial (¡sólo con lo esencial se puede vivir en el desierto!), sin adornos falsos, sin complejos de superioridad, simplemente «a cuerpo», reyes y mendigos, todos…

Éste es el mayor favor que puede hacernos Dios a muchos: Llevarnos de nuevo al desierto, para simplificar, para dialogar, para compartir… Si no volvemos al desierto nosotros, los de países ricos, moriremos todos.

2. Elevar lo que está hundido (cuidad a los pobres, los aplastados, los humillados…, hacer que haya espacio para los expulsados), Éste motivo de la elevación de los que están aplastados y humillados forma parte de la experiencia original de los judíos, desde el canto de Ana (en 1 Sam 2) hasta el de María, la madre de Jesús (en Lc 1).

Si no elevamos a los pobres y excluidos moriremos todos… Les mataremos a ellos, nos destruiremos nosotros mismos.

3. Abajar lo que está exaltado (que nadie se imponga desde arriba…); que nadie puede destruir a los pequeños… Que bajen los de arriba, no por espíritu de venganza o resentimiento, sino sólo porque abajo (desde abajo) se pueden ver las cosas, empezando en el desierto, con todos, para todos…

Ésto es abajar: Volver al desierto, renunciar a un tipo de comodidades falsas, para ser nosotros mismos, abajarnos, para así vivir sencillamente como humanos…

El mensaje de Juan es el mismo de María en el Magnificat:
Derriba del tronos a los poderosos
Eleva a los oprimidos

4. Enderezar lo torcido: que no exista engaño sobre el mundo, que no nos ocultemos ni mintamos, que podamos vivir en transparencia… Que este mundo sea un espacio de diálogo y transparencia… Ese es el mensaje del Adviento de Juan.

¿Qué es lo torcido en mi vida, en nuestra vida? ¿Cómo podemos caminar el claridad, en una tierra que se abre para todos, abriendo así un camino para Dios en nuestra misma humanidad?

Dios viene porque es Dios… Pero nosotros somos su camino y debemos prepararnos para su venida. Dios viene porque quiere que los hombres y mujeres sean la señal más honda de su gracia… Viene porque quiere, digo… Pero nosotros podemos y debemos preparar su llegada.

A Juan le mataron por lo que decía y hacía:

Juan fue suave hasta el extremo con los pobres, pero fue implacable con el reyezuelo Herodes Antipas, que se valía de su autoridad para cambiar las leyes a su antojo, aunque contara con la bendición de juristas a sueldo. El rey le mandó matar, porque, como sabe F. Josefo (Ant XVIII, 116-119), era miedoso y no podía permitir que nadie le hablara de esa forma (cf. Mc 6, 16-19).

Antipas le mató, pero Jesús vino a buscarle y le escuchó, uniéndose así con los publicanos y las prostitutas, que buscaban a Dios en las riberas del Jordán.

El mismo Jesús, Hijo de Dios, necesitaba una escuela y la encontró, poniéndose a la escucha de Dios, con los pecadores que buscaban al Bautista. El Hijo de Dios necesitaba un maestro y fue a buscarlo, junto al río, porque a Dios se le escucha y encuentra a través de los auténticos maestros de la tierra. De esa forma le llegó el momento de la iluminación. Juan le había enseñado la más honda lección de la vida, la lección de Dios que está con los pecadores. Y, aprendida esa lección, mientras entraba en el río con esos pecadores, sus amigos, Dios mismo le habló en el corazón, mientras Juan le bautizaba: “Tú eres mi Hijo…”.

El mismo Dios de Juan, el Señor del Juicio, se le mostró y le dijo su palabra más profunda, la primera y más honda de todas las palabras: “Tú eres mi Hijo predilecto, yo te quiero” (cf. Mc 1, 11). Fueron palabras de Dios para él y para todos los hombres y mujeres de la tierra. Ésta es la verdad definitiva. Todo el resto del evangelio brota de aquí, llevando así la marca de Juan el Bautista, a quien Jesús buscó junto al río, a la vera del desierto, para iniciar después su mensaje en Galilea.

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