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“¡Un poquito de humildad teológica, por favor!”, por Carlos Osma

viernes, 6 de septiembre de 2024
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IMG_6919De su blog Homoprotestantes:

Me rindo, llevo varios días dándole una oportunidad a un libro y ya no puedo más. No es que esté mal escrito -todo lo contrario-, ni pésimamente traducido, que el tema no me interese, o que no esté aprendiendo muchísimas cosas -el autor es un pozo de sabiduría-. La razón es que no me gustan los teólogos trileros, sobre todo cuando ni siquiera ellos son conscientes de que no quieren que sepamos donde han puesto sus bolitas.

No soporto los libros de teología, los artículos de opinión, las grandes declaraciones dogmáticas de quienes pretenden hablar desde la Verdad -ahora algunes han sustituido este lugar de poder, por el de la centralidad que trata de alejarse de los extremismos-. No puedo, soy alérgica a quienes nos venden sus investigaciones, reflexiones, opiniones -muchas de ellas muy rigurosas- como si fueran el mismo Moisés entregándonos las tablas de la ley. ¡Un poquito de humildad teológica, por favor!, que llevamos milenios así y este comportamiento no os deja en buen lugar.

Mira que he tenido entre mis manos libros malos de teología, con los que no estaba para nada de acuerdo, o que hubiera preferido quemar en una hoguera el día de San Juan antes que regalárselo a mi peor enemigo. Y es que he leído libros sobre cosas absurdas, intrascendentes, o incluso peligrosas -durante un tiempo leí pseudoteología lgtbiqfóbica para saber a qué me enfrentaba-, pero en la mayoría de ocasiones sus autoras reconocen el pie del que cojean, a qué amo sirven, y qué dinerito les cobija. Sin embargo, cuando me encuentro con autores tan deshonestos como el del libro que hasta hoy me estaba leyendo, aunque trate de resistirme poniendo en valor todo lo que estoy aprendiendo, más pronto que tarde termino por perder la paciencia y lo abandono a su suerte en la estantería. ¡Qué desperdicio de tiempo y dinero! Y encima, a partir de ahora, tendré que ir quitándole el polvo de vez en cuando -esa será mi penitencia-.

Hay teólogas, articulistas, profesoras, que se mueven en la abstracción como pez en el agua, olvidando que las reflexiones abstractas tienen unas reglas que hay que cumplir para jugar limpio, no se pueden utilizar a nuestro antojo -y si lo hacemos, habrá que justificarlo-. Pretenden hacer teología desde arriba, como si fueran matemáticas puras, para luego bajar sus reflexiones hasta el común de los mortales como si trajesen un regalo del mismísimo Dios. Personalmente, soy de la opinión que el sentido de la reflexión teológica debe ser el opuesto, tiene que ir de abajo hacia arriba -o mejor de abajo al prójimo-. Además, creo que la teología no es la búsqueda de palabras nuevas para seguir diciendo lo que siempre se ha dicho, no es hacer razonamientos irrefutables para no moverse ni un milímetro de la centralidad, de la Verdad. No es tratar de explicar científicamente que la Biblia tenía razón, o que ciencia y teología no son enemigas irreconciliables. La teología evangélica solo es útil -en mi opinión- cuando se hace desde lo concreto, desde lo creado, para que esa creación sea liberada y llegue a la plenitud. Pero liberada no sobre el papel, sino sobre la piel, sobre el estómago, sobre el cerebro, sobre los genitales.

Y para hacer esta teología, mi experiencia me dice que la neutralidad y la centralidad no son buenas compañeras -aunque evidentemente es mucho más cómodo y placentero, no hay como levantarse y decirse a una misma: ¡Qué bien que no soy como esos ni como aquellas!-. Seré yo, o será mi mirada degenerada, pero me cuesta ver a Jesús jugando a ocupar el centro, y huyendo de los extremos. No he conocido nunca a una persona con una teología neutral y centrada -es decir, la teología del Imperio al que se debe- que haya sido crucificada, normalmente las he visto aguantando los clavos en silencio, esperando a que algún extremista se atreva a dar el golpe que haga que los clavos traspasen el cuerpo de un extremista de signo contrario y quede colgado de una cruz.

No, no aguanto los libros, los artículos, las enseñanzas y reflexiones teológicas de quienes pretenden hacernos creer que lo hacen desde el conocimiento, la neutralidad, y la más absoluta rigurosidad. ¿Por qué el autor del libro que hasta hoy trataba de leer me explica que es un reputado profesor de una universidad católica europea, y no es capaz de reconocer -por ejemplo- que es occidental, blanco, hombre cis, heterosexual, católico conservador, de clase medio-alta, y eso condiciona sus reflexiones? ¿Por qué lo tenemos que leer entre líneas? Me parece una actitud cobarde y soberbia. Y creo que tras sus Verdades -muchas de ellas interesantes y en mi opinión valiosas-, se esconde la voluntad de hacer de ellas mismas y sus condicionamientos la Verdad absoluta. Una Verdad que no pueda ser cuestionada por nadie. ¡Que se la quede para él!

Yo creo que la teología es otra cosa, es una reflexión limitada, condicionada, compartida, experimentada, práctica, liberadora. Es algo que no sabemos el porqué, nos surge de las entrañas, nos atraviesa, y nos transforma. Al hacer teología no hay que esconder quienes somos para llegar a la Verdad, sino mostrarnos tal y como somos para dar espacio a la Vida, la nuestra y la de las demás.

Carlos Osma

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Si quieres saber dónde conseguir el libro, haz un click aquí:

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“Una vida sencilla”, por Miguel Ángel Mesa

jueves, 5 de septiembre de 2024
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De su blog Otro Mundo es posible:

«La humildad y la sencillez son las llaves maestras para abrir todas las puertas del mundo» (Zoraima Sánchez).

La sencillez y la humildad son dos virtudes hermanas que caminan juntas. «La humildad es andar en verdad», decía nuestra Teresa de Jesús.

La verdadera humildad, por lo tanto, rompe con los esquemas tradicionales de asemejar esta virtud a la sumisión sin cuestionamiento, al desprecio personal ante otra persona. La persona humilde reconoce lo que está bien y lo que está mal y su palabra proclama la verdad, duela a quien le duela. Se siente agradecida por tantos dones como ha recibido, pero asume también el esfuerzo para mejorar personalmente, relacionándose más armoniosamente con los demás, trabajando por un mundo mejor.

Una persona humilde es, a la vez, un hombre o una mujer sencilla. No busca ni pretende dignidades, que le llamen don o doña, padre o madre, excelentísimo/a… Se sienten como en su casa cuando las relaciones son de familiaridad, amistad, cercanía, buen humor… Cuando alguien intenta ser sencillo, una de las primeras cosas de las que se desprende es de su afán por poseer. Hace suyas las hermosas palabras del salmo 130:

Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros, no pretendo grandezas que superan mi capacidad; sino que acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre.

La sencillez de vida, la humildad en el trato con los demás y en la relación con uno mismo, nos van conduciendo leve pero efectivamente por el sendero de la plena humanización. Poner todos nuestros deseos en tener, acumular y defender por cualquier medio lo que poseo, nos lleva a todo lo contario: al egoísmo, el aislamiento, la desconfianza hacia los demás, la deshumanización.

La sencillez en la relación con los demás, en la forma de vida, en la administración de los bienes, en el compartir con total normalidad todo lo que se tiene, sea el dinero, el tiempo, la casa, los conocimientos, la intimidad y los sueños… caracterizan, provocan y seducen a quien sea que se mueva en su órbita.

Porque en la sociedad que vivimos tan complicada, tecnificada, despersonalizada… hay que saber resituarse y simplificarse. Que las horas, el tiempo lo podamos administrar nosotros correctamente, sin que nos agobie la falta del mismo que sentimos siempre. Que la búsqueda del bienestar material no absorba todos nuestros recursos, nuestra mente, nuestros deseos. Que el anhelo y la necesidad de dedicarnos espacios a nosotros mismos, no nos haga olvidar el contacto diario con la familia, los amigos, la gente que más sufre.

Esta es la espiritualidad de una persona que intenta, día tras día, ser más humilde y sencilla. Viviendo el momento presente con atención, cuidando, acompañando, consolando, gozando en plenitud cada acontecimiento. Reconociendo que la sencillez no es ninguna pérdida, ni desinterés, todo lo contrario, es lo que confiere una gran dignidad a la persona. Los hombres y mujeres más sencillos muestran en su porte una cordialidad que invita al diálogo, a la confianza, a la imitación. Hay algo tan sencillo en su manera de ser y en su trato, que les trasciende…

«Felices quienes en su trato son sencillos de corazón, quienes no buscan relaciones con los poderosos, sino con la gente más humilde».

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“Sólo la Fe”, por Koldo Aldai

jueves, 5 de septiembre de 2024
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IMG_2935Las calles y asfaltos se hicieron al ancho de entre sus ruedas. La ciudad no se anda, no se camina, se rueda con su carrito. ¿Cómo es el mar sin su mirada, sin su banco bajo el tamarindo, sin su compañía…? ¿Cómo la vida sin su presencia que aún sólo balbuceando llenaba tanto…? Sólo la fe puede gestionar la ausencia física. ¿Cómo encarar el sillón vacío, la colcha plana, la nevera sin luz, la casa sin alma…? Sólo la fe podrá con todo ello; sólo la fe nos sostiene y alumbra.

¡Qué suerte tienes en creer..!, me decía con los ojos empapados un ser muy querido tras haber abandonado la caja de pino en la sepultura. Yo quisiera ser feriante para regalar esa fe sin corte, ni medida. Y sin embargo la fe no se regala, ni se rifa, ni se reparte en los casinos. No hay «suerte» alguna, la fe es oxígeno siempre presto a inundarte, es urgencia, imperativo.

El teclado tiene un resorte de seguridad que impide cultivar cualquier suerte de lamento. Aún con su pulso recién detenido, sólo cantaremos a la luz y a la esperanza.

Pinta esa fe del color que quieras, métela en el templo que te resulte más agradable, cultiva sus plegarias más significativas, diseña el altar más a tu gusto…, pero sostenla como puedas, no te vayas a encontrar una mañana de agosto huérfano y desnudo, no vayas a creer que nadas en la nada. Sostén la fe, o lo que es lo mismo, la certeza de que el amor siempre triunfará, siempre traspasará todas las barreras, incluso aquellas que no conocemos.

Ella no era ese cuerpo, sólo se sirvió de él para rodar sus ojos azules, inundados de compasión, a la vera de la bahía. Desde alguna gloria desconocida nos alcanza su mensaje…

«Cómo deciros que soy en gozo a este otro lado de la Vida. Yo ahora corro, salto vuelo. Os agradezco el maquillaje, mi vestido azul de verano, mis <joyas de mercadillo> dentro de la caja, el ánimo de presentar mi cuerpo saludable…, pero quisiera deciros que no soy eso, que no estoy allí, que ayer sólo enterrabais un vehículo deteriorado cargado de llagas.

Si yo pudiera deciros que no yo soy ese receptáculo tan marchito al que dabais cristiana sepultura en el cementerio de Polloe; que esa urna corporal, ya limitada a los huesos, sólo me albergó circunstancialmente.

Ahora soy alma libre, sin lastre de carne. La comunión perdurará. Seguiremos cantando, evolucionando y compartiendo a lo largo de los siglos hasta por fin tornar todo amor, todo bondad, todo compasión. Cómo deciros que no debéis penar por mí, que la esquela se volvía a equivocar, que la vida nunca se acaba, que los lazos de amor perduran por siempre.

No moro esa esa caja de pino tan bien labrada. Si yo pudiera deciros que nunca me encerrará un ataúd de madera, que nunca seré pasto del tiempo y los gusanos. Soy en la luz. Estoy agradecida para con ese cuerpo, pero no me identifiquéis con él.

No podría haber soñado nada más bello… Un día nos volveremos a reunir en la gloria de alguna de las infinitas estancias de Dios Padre-Madre. Nos volveremos a encontrar, volveremos a juntar nuestras copas, nuestros corazones y esperanzas. La muerte no existe, la vida palpitará por siempre…»

La fe nos invita a anclarnos en un amor que prescinde de las formas, que trasciende el tiempo, la geografía. No dudemos, ni por un instante, que los lazos de genuino amor perduran por la eternidad.

Eskerrik asko amatxo!

Hil betikoz bizi!

Koldo Aldai

Fuente Fe Adulta

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El trabajo de esperar.

miércoles, 4 de septiembre de 2024
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Del blog Amigos de Thomas Merton:

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El 10 de agosto de 1965 Thomas Merton escribe en su diario sobre la «necesidad de orar, necesidad de un alimento teológico sólido, de la Biblia, de la tradición monástica«. Luego también de la «necesidad de estar definido enteramente por la relación con Dios Padre y por la orientación hacia él«. Dice que no hay que estar distraído, sino «estar presente«, y lo que más llama mi atención, dice que «por encima de todo EL TRABAJO DE ESPERAR«.

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Thomas Merton

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Hombre nuevo.

martes, 3 de septiembre de 2024
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Dorothy Day y Dan Berrigan, SJ

“Típico del hombre nuevo movido por el espíritu es que su motor no es el odio sino la misericordia  y el amor, porque ve en todos a hijos de Dios y no a enemigos por destruir

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Ignacio Ellacuría

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“Antología poética de Pedro Casaldáliga: una teopoética de la liberación”, por Juan José Tamayo.

martes, 3 de septiembre de 2024
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IMG_6896Leído en su blog:

Recientemente se ha publicado su Antología poética (Editorial Monte Carmelo, Burgos, 576 páginas) en una magnífica edición a cargo de sus amigos y estrechos colaboradores José María Concepción y Eduardo Lallana, que se abre con una biografía escrita por Zofía Marzec y Benjamín Forcano, actualizada, renovada y completada por Eduardo Lallana

En ella se recogen todos los poemas en castellano de Casaldáliga y los escritos en catalán o portugués traducidos por él, ordenados cronológicamente desde 1955

El 8 de agosto se cumplió el cuarto aniversario del fallecimiento de Pedro Casaldáliga, uno de los símbolos más luminosos del cristianismo liberador. La conmoción por su muerte llegó a todos los rincones de la tierra. Las comunidades indígenas, con quienes echó raíces y convivió desde su llegada al Mato Grosso (Brasil) en 1968, le despidieron colocándole un sombrero de paja en la cabeza y un remo en las manos, símbolos utilizados en su ordenación episcopal, y un cirio pascual, símbolo de la luz y la esperanza.

Fue enterrado en el cementerio de la comunidad indígena carajá entre un peón y una prostituta mirando al río Araguaia. Allí reposan personas indígenas, trabajadoras y trabajadores explotados (peones), algunos asesinados a balazos por orden de los terratenientes, niñas y niños muertos por inanición antes de haber vivido. Él mismo dio instrucciones sobre el lugar y la forma de enterramiento: “Escuchen con oídos atentos. Voy a hablarles de algo muy serio. Es aquí que quiero que me entierren”. Y expresó poéticamente la modalidad de su tumba: “Para descansar/ solo quiero esta cruz de madera/ con lluvia y sol;/ estos palmos/ y la Resurrección”.

Recientemente se ha publicado su Antología poética (Editorial Monte Carmelo, Burgos, 576 páginas) en una magnífica edición a cargo de sus amigos y estrechos colaboradores José María Concepción y Eduardo Lallana, que se abre con una biografía escrita por Zofía Marzec y Benjamín Forcano, actualizada, renovada y completada por Eduardo Lallana. En ella se recogen todos los poemas en castellano de Casaldáliga y los escritos en catalán o portugués traducidos por él, ordenados cronológicamente desde 1955.

El libro es la mejor demostración de que Casaldáliga es un esteta de la palabra encarnada en la revolución. Juega con el lenguaje que en sus versos se torna canción. Muchos de sus poemas han sido “musicados” por prestigiosos cantautores. La palabra es su verdadero hogar, la poesía su gran pasión. A través de ella expresa la estética de la vida y desvela la belleza del mundo, pero también su miseria, las dichas de los seres humanos, pero también sus desdichas, las esperanzas de las personas y los colectivos empobrecidos, pero también su indignación y su protesta. Alivia los sufrimientos de las víctimas, pero sin recurrir a bálsamos engañosos como la promesa de otra vida mejor después de la muerte, sino con el ungüento de la com-pasión, la compañía y la solidaridad, que define como “la ternura de los pueblos”.

Ética y estética son inseparables en su poesía, que se convierte en palabra-en-esperanza, profecía-en-acción, alimento-para-el-camino, voz de las personas silenciadas, aliento revolucionario, grito contra las injusticias, palabra indignada contra la negación de la dignidad de las personas humilladas, lucha no violenta contra las causas que provocan la pobreza.

El lenguaje es la casa del ser”, afirma Martin Heidegger en su Carta sobre el humanismo. Afirmación que yo aplico a Pedro Casaldáliga, uno de los principales creadores de la teo-poética de la liberación, nuevo género literario de la teología latinoamericana, que se caracteriza por articular con un lenguaje creativo el bien decir y el bien actuar, la ética y la estética, la mística y la liberación, la utopía y la sabiduría, la poesía y la revolución, la creación literaria y la militancia sociopolítica, la oración y la lucha, el silencio y la palabra, el compromiso y la contemplación.

Como teo-poeta pensó el cristianismo liberadoramente, lo vivió esperanzadamente, se puso del lado de las teólogas y los teólogos de la liberación represaliados y dio razón evangélica de las razones de la gente oprimida, función que con frecuencia descuidamos quienes nos dedicamos al cultivo de la teología.

Su poesía provoca revoluciones 

Esta antología muestra y demuestra en cada página que Casaldáliga no es un versificador de Corte, ni contemporiza con el Sistema, ni legitima el orden establecido. Su poesía provoca revoluciones. Acompañó a las revoluciones latinoamericanas durante los últimos cincuenta años y cantó a sus libertadores: Augusto César Sandino, Carlos Fonseca Amador, Che Guevara, Fidel Castro; al sacerdote asturiano guerrillero Gaspar García Laviana; a los misioneros liberadores de la época de la conquista Bartolomé de Las Casas y Antonio Valdivieso; a los obispos mártires monseñor Romero, arzobispo de San Salvador, y Enrique Angelelli, obispo argentino de La Rioja; a los teólogos de la liberación Leonardo Boff y Gustavo Gutiérrez. A Gustavo le define como “exegeta de Marx,/ críticamente/ sabe afeitarle al viejo/ la dialéctica barba,/ respetándole el rostro/ de profeta del Lucro y de la Historia”.

Él mismo se define como subversivo en el poema “Canción de la hoz y el haz”: “Con un callo por anillo/ monseñor cortaba arroz./ ¿Monseñor ‘martillo y hoz’?/ Me llamarán subversivo./Y yo les diré lo soy./ Por mi Pueblo en lucha, vivo,/con mi Pueblo en marcha, voy./Tengo fe de guerrillero/ y amor de revolución./ Y entre Evangelio y canción/ sufro y digo lo que quiero.

Su “Oda a Reagan”, que me recuerda a la “Oda a Roosevelt”, de Rubén Darío, poema VIII del libro Cantos de vida y esperanza, de Rubén Darío, comienza con la excomunión del presidente de Estados Unidos: “Te excomulgan conmigo los poetas, los niños, los pobres de la tierra” y termina declarándole el último (grotesco) emperador: “Yo juro por la sangre de su Hijo/que otro emperador mató,/y juro por la sangre de América Latina/-preñada de auroras hoy-/que tú serás el último (grotesco) emperador”.

Osa interpelar a Dios como otrora lo hicieron Job y Jesús de Nazaret, y le pregunta por qué calla ante el sufrimiento de los inocentes y “por qué una vez más nos has abandonado”. Canta a la esperanza como virtud del camino, pero “teñida de luto”, como dijera Ernst Bloch. Dirige un poema a Juan Pablo II, a quien le recuerda que “la curia está en Belén y en el Calvario la basílica mayor”.

Dirige su mirada compasiva a personas que en el imaginario colectivo ya están condenadas, como Judas, a quien llama “hermano, compañero de miedos, de codicias, de traición” y de quien dice que “no fue mayor que el nuestro, tu pecado/ traficantes también de sangre humana”.

El mejor retrato poético de Pedro Casaldáliga es el que ofrece Leonardo Boff: Es un poeta del mismo temple que San Juan de la Cruz, que une su pasión por Dios con su pasión por el pueblo sufrido”. Precisamente al carmelita descalzo de Fontiveros le dedica Casaldáliga un poema en el que le define como “Juan de altos vuelos, rehén/en la más libre clausura./ Juan de la Cruz, noche oscura/y llama viva de amor”. Yo encuentro retratado a Casaldáliga en el verso del poeta cubano José Martí: “Con los pobres de la tierra mi suerte yo quiero echar”. Juan de la Cruz, José Martí, Pedro Casaldáliga: tres poetas al lado de las víctimas.

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Los santos están regresando. Es hora de canonizar al P. Mychal Judge, sostiene escritor

martes, 3 de septiembre de 2024
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IMG_6969Hno. Mychal Juge, OFM

Cada año, Antonio Pagliarulo hace una peregrinación a la Iglesia de San Francisco de Asís de Manhattan para visitar el santuario del P. Mychal Judge, OFM, un fraile católico gay que murió ayudando a los socorristas el 11 de septiembre de 2001.

Para Pagliarulo, el P. Mychal es un santo. No sólo demostró una inmensa valentía en el World Trade Center, sino que también era conocido por ayudar a las personas en recuperación y a los afectados por la crisis del SIDA. También era abiertamente gay, e incluso participó en el primer desfile del Día de San Patricio en la ciudad de Nueva York.

Pagliarulo explicó su devoción y deseo de que Judge sea canonizado en un ensayo para Out. Una encuesta de Pew Research encontró que el 64% de las personas en los EE. UU. se consideran “espirituales”. El autor continúa:

Vivimos en una época en la que los santos están regresando. Más allá de la canonización de [Carlos] Acutis, Hollywood nos regaló la película biográfica del Padre Pío en 2022. En 2024, Cabrini interpretó la vida de Santa Francisca Cabrini, la primera estadounidense canonizada. Decenas de miles de personas en todo Estados Unidos vieron las reliquias de San Judas en los últimos meses.

“Estos avances están dando un nuevo significado a una práctica espiritual antigua y universal. Cada año, millones de religiones diferentes visitan las tumbas de sus santos o los lugares de grandes milagros para pedir curación, protección, prosperidad, amor, fertilidad y más”.

En esta nueva realidad, los santos no tienen que estar conectados con la religión organizada. Muchas personas que se sienten excluidas de los espacios religiosos, incluida la comunidad queer, «todavía desean experiencias que les permitan obtener sabiduría más allá del plano mortal«.

IMG_6973Algunos santos son particularmente populares dentro de la comunidad queer. Pagliarulo nombra a Francisco de Asís y Juana de Arco por su desafío a las normas de género. Sin embargo, también ha habido un aumento en lo que Pagliarulo considera “santos seculares”. Entre ellos se incluyen muchas personas queer y aliados a quienes deberíamos “pedir alimento y ayuda espiritual”, incluso si no están conectados con la Iglesia Católica. El autor explica:

“Incluyen a pioneros sociales como Bayard Rustin y Cecilia Gentili; el diseñador de moda Alexander McQueen y el pintor Simeon Solomon; el primer artista drag de Estados Unidos, William Dorsey Swan; y la defensora trans y practicante espiritual Rachel Pollack. Está la innovadora comediante Moms Mabley y los músicos Tina Turner y Freddie Mercury, cada uno de ellos reconocido por su talento audaz y el apoyo de la comunidad queer”.

¿Por qué es importante que las personas queer tengan sus propios santos en quienes apoyarse? Pagliarulo sostiene:

“En primer lugar, vivieron vidas terrenales. Experimentaron todo el espectro de luchas, alegrías y miedos que componen la condición humana, incluida la identidad sexual y de género. Para cada necesidad existencial, hay un santo con quien identificarse.

“En segundo lugar, murieron. Los santos sufrieron y sucumbieron a todo tipo de enfermedades y dolores, y a menudo soportaron tremendos traumas y dudas sobre sí mismos. Algunos tuvieron finales espantosos si fueron martirizados por sus creencias o diferencias. Un santo comprende nuestro dolor y ofrece esperanza en su final”.

4420Para Pagliarulo, el P. Mychal Judge es un santo queer que debería ser reconocido como tal. Sin embargo, él no es el único. Muchas otras personas y aliados queer pueden contribuir a nuestro alimento espiritual. En lugar de alejar la santidad, es hora de que recuperemos la palabra «santo» permitiendo que incluya a todos aquellos que impactan positivamente a la comunidad queer.

Para leer más sobre la vida, muerte y legado del P. Mychal Judge, OFM, incluido el tema de su identidad gay, consulteMychal Judge: ‘Take Me Where You Want Me to Go, (Mychal Judge: ‘Llévame a donde quieras que vaya’), de Liturgical Press, escrito por El director ejecutivo del New Ways Ministry, Francis DeBernardo. Más información está disponible aquí.

—Sarah Cassidy (ella), Ministerio New Ways, 21 de agosto de 2024

Fuente New Ways Ministry

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Saber escucharte, saber liberarme

lunes, 2 de septiembre de 2024
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Ahora sí, Señor,
ahora ya sé escuchar tu voz,
a pesar de mis prejuicios
y torpes decisiones diarias,
y creo en ella, con paz y alegría,
y deseo que deje huella en mi vida.

¡Tanto tiempo con la mochila a tope,
cansado desde el primer paso,
sudando la gota gorda,
sin poder levantar la vista,
doblegado y triste…
pensando que seguía tus huellas!

Pero Tú me has despertado
del falso sueño de las responsabilidades.
Has descargado mi mochila
de inútiles seguridades y falsas necesidades,
y me has dicho con voz amiga:
camina ligero de equipaje.

Y luego, como susurrando:
Normas de obligado cumplimiento
y un culto externo y vacío
atan el cuerpo y el espíritu
y pesan demasiado para el camino.
¡Yo quiero corazones libres y limpios!

Ahora sí, Señor,
ahora ya sé escuchar tu voz amiga
y su eco en el horizonte,
y estoy aprendiendo a aligerarme,
a caminar erguido
y a gozar de tu compañía.

Ahora sí, Señor,
camine o descanse,
te siento a mi lado,
y no me pesa la vida
ni el seguir tus huellas,
¡y me gusta escucharte!

*

Florentino Ulibarri

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¿Puedo tener esperanza en algún cielo?

lunes, 2 de septiembre de 2024
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IMG_7142Susan Abraham

La reflexión de hoy es de la colaboradora invitada Susan Abraham, profesora de teología y culturas poscoloniales, vicepresidenta de asuntos académicos y decana de la facultad de Pacific School of Religion. Sus publicaciones y presentaciones entrelazan conocimientos teológicos prácticos a partir de la experiencia de trabajar como ministra juvenil para la Diócesis de Mumbai, India, con perspectivas teóricas de la teoría poscolonial, los estudios culturales y la teoría feminista.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el vigésimo segundo domingo del Tiempo Ordinario se pueden encontrar aquí.

Justo el otro día, un estudiante de mi clase dijo que le habían dicho, incluso cuando era un niño pequeño, que ser una persona Queer y amante del mismo género que era lo llevaría directamente al infierno. La angustia en el rostro de mi alumno fue evidente para todos nosotros, especialmente cuando dijo: ¿Puedo esperar algún cielo para mí y para mi amado?

Como dejan claro las lecturas litúrgicas de hoy, observar e implementar la ley es fundamental para la relación entre Dios y los seres humanos. Pero observar e implementar la ley también puede degenerar en mero legalismo y formalismo. En la tradición judía, la ley es la articulación de un pacto de fidelidad entre Dios e Israel. Implica un compromiso con las relaciones, la rendición de cuentas y la justicia. Vivir según el pacto significaba –y sigue significando– vivir una vida que alcanza su plenitud sólo estando en comunión con el prójimo y, por tanto, con Dios.

Una dimensión clave del pacto y de la ley es la justicia. En gran contraste con la comprensión contemporánea de la justicia como una forma de legalidad, la ley judía está orientada principalmente a la justicia, especialmente para el pueblo de Israel que, durante siglos, ha experimentado marginación y opresión. De manera similar al pacto establecido con Dios, el objetivo de la ley del pacto es la relación, especialmente con el prójimo. Por supuesto, las tradiciones del judaísmo y el cristianismo complican la idea de “prójimo”. Los cristianos tradicionales pueden tener dificultades para ver a las personas LGBTQ+ como sus vecinos. ¿Por qué es tan difícil para tantas personas ser “vecinos” de personas LGBTQ+?

Quizás este problema tenga que ver con una preocupación desmesurada por las cuestiones de identidad. De hecho, varias tradiciones religiosas trazan límites de identidad para excluir a los “forasteros” y a los internos disidentes como una forma de proteger intereses grupales a menudo legítimos. Pero en los contextos contemporáneos, la religión privatizada y las cuestiones de identidad colapsan y se vuelven indistinguibles. Para complicar el problema está el reconocimiento legal por parte del derecho secular de identidades marginadas basadas en la religión, la clase social, el género y la sexualidad. La identidad, especialmente la identidad recién afirmada, se convierte en una perspectiva crítica para muchos que fueron marginados por formaciones sociales y políticas previas de la sociedad. Sin embargo, hay una desventaja.

El enfoque en la identidad resta importancia al compromiso más pleno que las tradiciones religiosas exigen de sus seguidores. En muchas tradiciones, incluso entre los cristianos, el enfoque en prácticas como la vida comunitaria se deja de lado en favor de argumentos basados en la identidad sobre la pureza y la impureza, sobre la herejía y la verdad. Por el contrario, la vida pactada busca ignorar esos binarios en favor de actuar comunitariamente, en aras de una visión de plenitud.

En la segunda lectura litúrgica de hoy, de la Carta de Santiago, vemos otra poderosa exhortación a ser hacedores de la Palabra de Dios, en lugar de ser sólo oyentes. El mandato de transformar las palabras que escuchamos y leemos en acciones es un gran desafío. ¿Qué significa en la vida real la “relación con el prójimo”? Para las personas LGBTQ+, estos actos de buena vecindad son raros, dado que muchas tradiciones religiosas buscan frenar las sexualidades entre personas del mismo sexo o queer.

La sexualidad es un tema delicado en la mayoría de las religiones. La sexualidad humana, su potencial de generatividad y creatividad, y su potencial igualmente desafiante de explotación severa, crean una incómoda necesidad de controlarla. Precisamente porque la sexualidad humana está entrelazada con los procesos reproductivos humanos, está regulada a través de normas culturales y patriarcales.

IMG_7145Sin embargo, en la lectura de la carta de Santiago, el hecho mismo de que exista esta exhortación implica que cuestiones de identidad (inclusión y exclusión, pureza e impureza) estaban en juego en ese momento. Santiago afirma sin ambigüedades que las buenas obras hacia los marginados (en su caso, las viudas) son necesarias para comprender el corazón de la religión y la pertenencia a Dios. Está claro que la praxis de alianza seguida por los judíos había sido olvidada o ignorada.

De manera similar, en la época de Jesús, que habría sido anterior a las cartas escritas por Santiago, algunos líderes religiosos se concentraban en seguir la ley, aun cuando continuaban practicando la exclusión de aquellos que no eran iguales a ellos. La reprimenda de Jesús hacia ellos es dura y severa, condenando su práctica como centrada en lo humano y olvidadiza de Dios. ¡El mero legalismo no es religión!

Si miramos las lecturas de hoy en su conjunto, hay mucho que consolar a los cristianos LGBTQ+. Las prácticas legalistas de muchas iglesias cristianas que marginan a los cristianos LGBTQ+ rompen el pacto con Dios y rechazan a Jesús y sus raíces judías. El desafío del pacto es la rendición de cuentas, no en términos de identidad, sino en términos de la profundidad del compromiso que uno tiene hacia aquellos que están “fuera” de la ley de los seres humanos.

Vivir una práctica de alianza significa que “prójimo” no es sólo alguien próximo y próximo. También significa alguien necesitado: un extraño, una persona puesta en el camino, que puede estar muriendo por conexión y afirmación. Podemos consolarnos aquí cuando nos damos cuenta de que el Dios de Israel y de Jesús no está sujeto a leyes humanas, y que este Dios nos elige activamente incluso con nuestras propias necesidades de amor y cuidado. Por lo tanto, el cielo es la invitación a la plenitud del pacto para todos.

—Susan Abraham, 1 de septiembre de 2024

Fuente New Ways Ministry

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Agua ideal: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro…

domingo, 1 de septiembre de 2024
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Agua ideal

Agua redonda y cerrada,
el agua del pozo piensa.

El agua andante del río
es buena como una arteria.

La del mar… está muy lejos
para la sed de la tierra.

El torrente lleva el agua
sin saber por qué la lleva.

La fuente, en su boca clara,
la lleva como un poeta.

…Yo busco un agua sin cauces,
pero pensativa y buena.
Honda y cercana. Y sonora.
¡Señor, el agua perfecta!

Los dos bueyes hermanos
sorben pausadamente
la sangre del ocaso.

Los plátanos aplaudían
en silencio, con sus manos verdes
y aterciopeladas.

La torrentera embestía
las rocas como una vaca
de lengua turbia.

Y la tarde
se moría desangrada…

En la feria de tus viñas,
los cascabeles dorados
—de miel y de sol—, Septiembre.
Bajo el toldo de tu cielo,
¡dulce domingo del año!

*

Pedro Casaldáliga,
Palabra ungida (Poemas), 1955

***

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un grupo de fariseos con algunos escribas de Jerusalén, y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos. ( Los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes la manos restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y, al volver de la plaza, no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas. ) Según eso, los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús

– “¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores“?

Él contesto:

– “Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos.” Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres.”

Entonces llamó de nuevo a la gente y les dijo:

– “Escuchad y entended todos: Nada que entre de fuera puede hacer la hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro.”

*

Marcos 7, 1-8. 14-15. 21-23

***

*

La lucha espiritual es un movimiento esencial de la vida espiritual cristiana. Se trata de una lucha interior, no dirigida contra seres exteriores a uno mismo, sino contra las tentaciones, los pensamientos, las sugestiones y las dinámicas que llevan a la consumación del mal. Pablo, sirviéndose de imágenes bélicas y deportivas (la carrera, el boxeo), habla de la vida cristiana como de un esfuerzo, de una tensión interior por permanecer en la fidelidad a Cristo, que implica desenmascarar las dinámicas a través de las cuales se abre camino el pecado en el corazón del hombre, para poder combatirlo en el mismo momento en que surge. El lugar de esta batalla es, en efecto, el corazón. Vigilancia y atención son la «fatiga del corazón» (Barsanufio) que permite al creyente llevar a cabo su purificación: es del corazón, en efecto, de donde brotan las intenciones malvadas y es el corazón el que debe transformarse en morada de Cristo gracias a la fe.

        En este sentido, la «custodia del corazón» constituye la obra por excelencia del hombre espiritual, la única verdaderamente esencial. En esta lucha es menester ejercitarse: es preciso, en primer lugar, saber discernir nuestras propias tendencias pecaminosas, nuestras propias debilidades, las tendencias negativas que nos marcan de un modo particular; en consecuencia, Tiernos de llamarlas por su nombre, asumirlas y no removerlas y, por último, sumergirnos en la larga y fatigosa lucha dirigida a hacer reinar en nosotros la Palabra y la voluntad de Dios.

        El órgano de esta lucha es el corazón, entendido en sentido bíblico como órgano de la decisión y de la voluntad, no sólo de los sentimientos. La capacidad de lucha espiritual, el aprendizaje del arte de la lucha (Sal 144,1; 18,35), resulta esencial para la acogida de la Palabra de Dios en el corazón humano. Los expertos en la vida espiritual saben que esta lucha es más dura que todas las luchas externas, pero conocen asimismo el fruto de la pacificación, de la libertad, de la docilidad y de la caridad que produce.

*

E. Bianchi,
La palabra de la espiritualidad,
Milán 1999.

***

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“Una religión vacía de Dios”. 22 Tiempo Ordinario – B (Marcos 7,1-8.14-15.21-23)

domingo, 1 de septiembre de 2024
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IMG_7061Los cristianos de la primera y segunda generación recordaban a Jesús no tanto como un hombre religioso, sino como un profeta que denunciaba con audacia los peligros y trampas de toda religión. Lo suyo no era la observancia piadosa por encima de todo, sino la búsqueda apasionada de la voluntad de Dios.

Marcos, el evangelio más antiguo y directo, presenta a Jesús en conflicto con los sectores más piadosos de la sociedad judía. Entre sus críticas más radicales hay que destacar dos: el escándalo de una religión vacía de Dios y el pecado de sustituir su voluntad por «tradiciones humanas» al servicio de otros intereses.

Jesús cita al profeta Isaías: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos». Luego denuncia en términos claros dónde está la trampa: «Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres».

Este es el gran pecado. Una vez que hemos establecido nuestras normas y tradiciones, las colocamos en el lugar que solo ha de ocupar Dios. Las ponemos por encima incluso de su voluntad: no hay que pasar por alto la más mínima prescripción, aunque vaya contra el amor y haga daño a las personas.

En esa religión, lo que importa no es Dios, sino otro tipo de intereses. Se le honra a Dios con los labios, pero el corazón está lejos de él; se pronuncia un credo obligatorio, pero se cree en lo que conviene; se cumplen ritos, pero no hay obediencia a Dios, sino a los hombres.

Poco a poco olvidamos a Dios y luego olvidamos que lo hemos olvidado. Empequeñecemos el evangelio para no tener que convertirnos demasiado. Orientamos la voluntad de Dios hacia lo que nos interesa y olvidamos su exigencia absoluta de amor.

Este puede ser hoy nuestro pecado. Agarrarnos como por instinto a una religión desgastada y sin fuerza para transformar nuestras vidas. Seguir honrando a Dios solo con los labios. Resistirnos a la conversión y vivir olvidados del proyecto de Jesús: la construcción de un mundo nuevo según el corazón de Dios.

José Antonio Pagola

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“Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres”. Domingo 01 de septiembre de 2024. Domingo 22º ordinario

domingo, 1 de septiembre de 2024
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48-ordinarioB22 cerezoDe Koinonia:

Deuteronomio 4, 1-2. 6-8. No añadáis nada a lo que os mando…, así cumpliréis los preceptos del Señor.
Salmo responsorial: 14: Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?.
Santiago 1, 17-18. 21b-22.27: Llevad a la práctica la palabra.
Marcos 7, 1-8. 14-15. 21-23:Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres.

 Es antigua la tentación de considerar que lo esencial de una religión está en el cumplimiento de formalidades rituales, y no en la asunción de sus principios vitales. También esta tentación acompañó al «pueblo de Dios» de Israel -como a muchos otros «Pueblos de Dios»-, desde tiempos inmemoriales. Hoy, si alguna persona se atreve a cuestionar, aunque sea indirectamente, ciertos lastres históricos y a proponer alternativas coherentes con el evangelio, en poco tiempo es tachada de «desviarse de la auténtica doctrina». Sin embargo, como nos recuerda el Salmo, no son los muchos ornamentos ni el boato de las celebraciones lo que nos eleva a Dios, sino la justicia, la honestidad, la recta intención y el respeto. Anunciar la justicia y vivirla en el día a día constituye la exigencia fundamental de las Escrituras judeocristianas –y en esto coinciden con tantas otras Escrituras-. Los rituales, las prescripciones, las ceremonias… nos pueden ayudar a continuar por el camino de Dios, pero no pueden sustituirlo. Por esta razón, la exhortación que Moisés dirige a su pueblo se centra en la necesidad que tiene el pueblo de Dios de hacer una clara opción por el Dios de la libertad y de la justicia que los ha sacado de Egipto. De lo contrario, el sueño de la «tierra prometida» se puede convertir en una cruel pesadilla.

Los primeros cristianos experimentaron en carne propia la amenaza del formalismo y el ritualismo. Después de un tiempo de dedicación y fervor por la misión, los ánimos comenzaron a ceder y la comunidad se vio rápidamente atraída por las relaciones puramente funcionales y formales. De este modo se perdía la fraternidad que les daba identidad y coherencia.

La carta de Santiago nos pone en guardia contra una religión que no encarne los valores del Evangelio. La palabra escuchada en la Sagrada Escritura debe ser discernida según el Espíritu para vivirla dócilmente en la vida cotidiana. El cristianismo no es una formalidad social que cumplir, ni un ritual más en las prácticas piadosas de una cultura. El cristianismo se manifiesta como una opción vital que requiere del compromiso íntegro de la persona. La comunidad de creyentes es el espacio ideal para que la persona realice su opción y viva, en compañía de otros hermanos y hermanas, el llamado de Jesús.

Aunque el libro del Deuteronomio -que Jesús sigue muy de cerca- propone como religión una serie de principios éticos orientados a crear lazos de solidaridad, equidad y justicia; sin embargo, el judaísmo del primer siglo estaba más inclinado a valorar las formalidades. Lavarse o no lavarse la manos antes de ingerir alimentos había pasado de ser una norma elemental de higiene a convertirse en una norma que decidía quién era religioso y quién era un pecador. La tentación de canonizar los objetos, los rituales, los espacios y el tiempo le pueden hacer olvidar a la persona piadosa que la esencia de su relación con Dios no está en los protocolos culturales, sino en el respeto, la compasión y la misericordia.

Jesús nos invita a redescubrir la esencia del cristianismo en nuestra opción por construir la Utopía de Dios -lo que él llamaba en arameo «Malkuta Yavé», Reino de Dios- y por vivir de acuerdo con los principios del evangelio. Todas nuestras normas y protocolos están al servicio de una auténtica vivencia de sus enseñanzas. Nosotros no debemos renunciar a una vida auténtica y creativa para seguirlo a él. Todo lo contrario. Debemos recrear aquí ya ahora toda la novedad de su profecía y toda la radicalidad de su amor incondicional por los excluidos.

Conectado con todo este tema está aquel otro de «la letra y el espíritu»: la letra es el detalle de lo mandado, la prescripción, el rito, la acción concreta, la «verdad superficial» (Niels Bohr)… El espíritu es el sentido con el que ha sido concebida aquella práctica concreta, y la vivencia con la que debe ser vivida, la «verdad profunda» (Bohr). Por eso se dice que la letra (se entiende: la sola letra, o la letra sin espíritu, la verdad superficial) mata, mientras que el espíritu vivifica. La letra es medio, mientras que el espíritu es un fin. Éste puede darse aun sin aquélla, al margen o incluso «en contra» de ella: en efecto hay veces que, en circunstancias muy especiales, el espíritu de una ley o de una práctica ritual puede exigir hacer en aquella situación, «precisamente lo contrario» de lo que la letra prescribe. Esa flexibilidad, esa «libertad de espíritu» se exige a los cristianos, como a todo ser humano adulto y maduro.

Otro problema distinto –que no podemos abordar aquí, pero que sería bueno no dejar de mantenerlo dentro del horizonte- es que la religiosidad actual se está transformando. Por su propia naturaleza, las «religiones» (llamamos así aquí, técnicamente, a «la forma que ha revestido la espiritualidad del ser humano a partir de su sedentarización neolítica», a partir de la revolución agraria, hace sólo unos pocos miles de años -porque antes había espiritualidad, pero no «religiones»), han tenido en los ritos, en las prácticas rituales, minuciosamente prescritas, un medio importantísimo de expresión, y un modo a la vez de control social. La religión, en las sociedades agrarias, ha sido el mejor y más potente vehículo de identidad de la sociedad, y de control por parte del poder, y han sido los ritos su expresión más visible.

Hoy estamos llegando precisamente al fin de la edad agraria (el neolítico), después de la revolución industrial y tecnológica, la mundialización plural, y el progresivo advenimiento de la sociedad del conocimiento. Las «religiones agrarias» -en aquel sentido técnico preciso- ya no tienen cabida. (Sí lo tiene, insuperablemente, la espiritualidad, la religiosidad profunda, más allá de sus concreción en las diferentes «religiones»). El ser humano post-agrario ya no puede aceptar su identidad ni puede aceptar un control por los vehículos «religionales» basados en «creencias» (en sentido también técnico). Obviamente, la espiritualidad del ser humano va a continuar, es inamisible. Pero lo que han sido técnicamente «las religiones agrarias», está muriendo, va a desaparecer, y es bueno que desaparezca, porque la humanidad está en otra etapa de su historia. Los ritos, las prácticas religiosas prescritas… son, por eso, en alguna sociedades actuales avanzadas, realidades «residuales», que desaparecen vertiginosamente. Si la Iglesia no acepta afrontar sin miedo estos planteamientos, lo único que hace es retrasar el reconocimiento de una enfermedad que no deja de socavarle sus entrañas en los millones de fieles que silenciosamente se van autoexiliando cada año, no sólo en las sociedades llamadas «avanzadas», sino también ya en América Latina. Fue en el año 2008 que comenzamos a conocer «apostasías» voluntarias de cristianos en algunos países de América Latina, un fenómeno absolutamente nuevo en su historia, pero un fenómeno significativo -y creciente- en el momento actual de la historia globalizada del mundo. Leer más…

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Mc 7: Trece Pecados destruyen: Mal deseo y doce acciones malas (Dom 22 TO)

domingo, 1 de septiembre de 2024
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Del blog de Xabier Pikaza:

20 Y añadió: Lo que sale del ser humano eso es lo que mancha al ser humano. 21, pues de dentro, del corazón del hombre, las malas deliberaciones provienen: fornicaciones, robos, homicidios, 22 adulterios, codicias, perversidades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, soberbia e insensatez. 23 Todas estas maldades salen de dentro y manchan al ser humano.

Trece pecados  manchan al hombre:

Un principio. El pecado mortal es el mal pensamiento,  la mala deliberación o deseo pervertido. EL  pecado no empieza siendo algo exterior, una mala acción, sino el malpensamiento

Doce consecuencias (divididas en cuatro tríadas)

El principio básico de Jesús (toda comida es limpia, todo humano en cuanto tal es puro) le permite (y le invita a) elaborar un “catálogo” de aquellos vicios que provienen de un corazón que se pervierte. El mal no se halla fuera (en algunas comidas, o en algunos individuos o grupos humanos especialmente pervertidos), sino en el centro de la persona (varón o mujer), que puede hacerse mala a través de su deseo pervertido.

En ese contexto se entiende este catálogo, que proviene de una comunidad judeo-helenista, y que es semejante a otros que hallamos en la tradición de la moral pagana y judía (y cristiana) de su tiempo, desde la fornicación, robo y homicidio (signos clásicos del pecado) hasta la blasfemia, soberbia y necedad destructora de aquellos que rompen todo límite y medida de convivencia humana). La maldad de las acciones proviene del mal corazón, no del gesto externo, tomado de un modo ritual o biológico.

Este Jesús de Marcos nos reconduce a la hondura del ser humano, a la fuente de toda bondad cósmica y social, pero lo hace en la línea de Gen 1-3, afirmando que el mismo manantial de la limpieza humana que es el buen corazón puede mancharse, convirtiéndose en origen de los males, y lógicamente, para superarlos, ya no bastan los ritos, del tipo que sean, pues el rito en sí queda fuera, no dentro los hombres, y les acaba dividiendo. En la fuente y origen de toda limpieza, en contacto con el Dios creador, ha situado Marcos la experiencia interior del corazón; por eso, él busca un cambio o pureza interior.

Esa pureza, que Marcos busca y quiere promover, desde la experiencia (palabra y acción) de Jesús, sólo se puede expresar y desarrollar entre personas «liberadas» de presiones sacrales exteriores, en comunión de corazón (y de pan: tema de la “multiplicación”) entre todos los seres humanos. Los cristianos han superado así el sistema endo-gámico y endo-alimenticio de un tipo de judaísmo, enraizado en la reforma de Esdras-Nehemías, que está empezando a imponerse entre los escribas-fariseos de su tiempo. Al ofrecer y compartir el pan con todos, a campo abierto, la iglesia desborda los principios de una comensalía sacra, y de esa forma aquellos que había comenzado siendo comida compasiva (misericordia sobre Ley) acaba convirtiéndose en principio de una nueva comprensión de toda la vida  humana [1].

   Sólo el principio de la limpieza del corazón permite a los hombres y mujeres puedan comer juntos, conforme al banquete mesiánico anunciado ya en 6,30-44, de manera que enfermos y marginados (cf. 6,54-56), con gentiles no judío, pueden sumarse al gran movimiento mesiánico de Jesús. Éste es el camino que los discípulos de Jesús debían haber asumido en la noche de un mar con viento adverso (cf.6, 47-53). La tarea de unificar a los humanos desde el corazón y no a través de separaciones religiosas ritualistas ha venido a situarnos de esa forma en el centro mismo del evangelio. Es un programa hermoso, pero exige que todos y cada uno asuman el gran “riesgo” y tarea de cambiar el interior humano, para superar los males que brotan de un corazón pervertido (exothên).

Esos males, que brotan del interior y que manchan al hombres, son aquí trece y pueden dividirse en un principio que puede tomarse por sí mismo (malas deliberaciones) y en cuatro unidades de tres males cada una, de manera que podemos hablar de doce males concretos, que forman como un conjunto de perversidad que proviene de dentro, pero que se expresa en el conjunto de la vida, de un modo social. De esa forma, lo más interno se vuelve “más externo”. Marcos ofrece así un programa o esquema universal de males, que no sirven sólo para un tipo de judaísmo o cristianismo, sino para la humanidad en su conjunto, sin referencia expresamente “religiosa”. Ciertamente, el contexto cultural judío y helenista conoce tablas semejantes de “pecados” [2]. Pero, tal como está concebida y desarrollada, esta tabla de vicios es específica del Jesús de Marcos:

Principio: deliberaciones malas (dialogismoi kakoi, malos deseos; 7, 21b). Según este Jesús de Marcos, el origen de todo mal es un “pensamiento perverso”, en forma de cálculo negativo, como indica la misma formulación del texto, que presenta estas deliberaciones como fuente y compendio de los doce males que siguen. Ciertamente, en principio, las deliberaciones en sí mismas no son malas, pero el evangelio de Marcos tiende a interpretarlas de forma negativa. Ellas no evocan simplemente un modo de pensar, sino un pensar con malicia, como ha destacado Pablo (cf. Flp 2, 14; Rom 1,21). Marcos ha empleado ya esta palabra (dia-logismoi) en el texto del perdón del paralítico (2, 1-12), donde los escribas “deliberan” en contra del perdón de Jesús (2, 6-8), y volverá a emplearla cuando los discípulos de Jesús “deliberan” (8, 16) pensando que no tienen panes, y cuando sus adversarios deliberen/calculan (11, 31) sobre la forma de responderle.

Estas deliberaciones malas dejan al hombre en manos de su propio pensamiento calculador, al servicio de sí mismo (de sus intereses individuales o grupales). Conforme a  esta visión, en el principio del “pecado” no se encuentra, sin más, el mal deseo, sino el mal pensamiento, un “logos” o palabra que se retuerce sobre sí misma calculando aquello que le conviene, de un modo egoísta. Lo contrario a estos dia-logismoi es la Palabra de vida que Jesús siembra, una palabra que se acoge en fe y se abre en amor a los demás. La base de la vida humana no es calcular pensando de un modo egoísta, sino “creer” para amar.

Primera tríada: fornicaciones, robos, homicidios(7, 21c). Las dos últimas “perversiones” de esta terna resultan claras: del mal pensamiento brotan robos y homicidios, como saben casi todos los tratados de moral, antiguos y modernos. Más complejo resulta el sentido de la primera perversión (porneiai, fornicaciones), que puede referirse a la incontinencia sexual, pero también a la idolatría, en sentido bíblico. La fornicación original es el abandono de Dios, la adoración de los ídolos. Este segundo sentido parece aquí el más apropiado, pues del mal pensamiento proviene la fornicación-idolatría, que consiste en adorar a nuestros propios pensamientos/obras, en lugar de adorar a Dios. En esta línea se entienden los tres primeros males. Quizá podamos añadir que la idolatría aparece así como el primero de los males, es decir, como aquel que conduce al robo y al homicidio, tal como parece suponer Pablo en Rom 1, 18-32 [3].

Segunda tríada: adulterios, codicias, perversidades (7, 22a). Seguimos en la línea anterior, pasando del plano más externo (robo, homicidio) al más interno, que empieza expresándose en la destrucción de las relaciones personales más profundas (adulterio), para desembocar en la codicia o deseo de adquirir siempre más, de tenerlo todo, culminando en las perversidades (ponêriai) en conjunto. También estos tres males provienen del interior, pero son básicamente de tipo familiar y social, no en una línea de destrucción de la pureza religiosa en cuanto tal (en plano intimista y/o sacral), sino más bien, de destrucción de la vida en su conjunto (partiendo del adulterio o quiebra del amor).

Tercera tríada: fraude, libertinaje, ojo malo (envidia) (7, 22b). Fraude es el engaño (dolos), o, quizá mejor, la mentira, que viene a imponerse y dominar sobre la vida humana. Allí donde se empieza por los pensamientos malos (los cálculos egoístas) se desemboca en el engaño general (que es el fraude, dolor), expresado en el libertinaje (aselgeia), que actúa no sólo en el campo sexual, sino en todos los planos de la vida, en los que el hombre queda a merced de sus propios deseos, que llevan, finalmente, al ojo-malo (ophthalmos poneros), que traducimos como envidia, es decir, como deseo de ocupar el lugar del otro (es decir, de destruirle).

Cuarta triada: blasfemia, soberbia, insensatez (7, 22c). Estos son los males supremos y empiezan poniéndonos, de nuevo, frente a Dios. El hombre que se deja llevar por el poder de sus cavilaciones pervertidas termina enfrentándose con Dios y ocupando su lugar (blasfemia), en una línea que retoma la idolatría del principio. Los escribas acusaban a Jesús de blasfemia, por perdonar pecados. Aquí son ellos, en el fondo, los que vienen a quedar como blasfemos, queriendo ocupar el lugar de Dios (poniendo sus propias tradiciones en el lugar de la voluntad de Dios: 7, 8). De esa forma se muestra, estrictamente hablando, la soberbia (hyperêphania), que consiste en querer mostrarse (brillar) por encima de lo que es uno mismo, ocupando el lugar de Dios. Todo culmina en la insensatez (aphrosynê), que es lo contrario al buen pensamiento [4].

Conclusión. Los cristianos actuales (siglo XXI) hemos superado en general ese tema de la “pureza” de las comidas (los alimentos en cuanto tales), pero la cuestión de fondo continúa, pues hombres y mujeres se separan y dividen entre sí por la comida, en un plano económico y social, y ella sólo puede resolverse desde la pureza interior. Para que surja la comunidad mesiánica, desbordando el plano de la ritualidad social (comidas), los discípulos del Cristo han de llegar la raíz de la pureza (nivel del corazón), que les capacite para compartir bienes y alimentos, vida y futuro, en fraternidad. A ese nivel se unen interioridad (buen corazón) y exterioridad comunitaria (mesa compartida), creando iglesia universal.

Entendida así, esta discusión de Marcos 7 es un reflejo y compendio de todo el evangelio. Decenios de despliegue y diferencia eclesiales (del 30 al 70 d.C.) han desembocado en ese texto que Marcos ha puesto en boca de Jesús, haciéndole maestro de libertad y universalidad centrada en la comida. Éstos son los núcleos de su argumento:

  1. Interioridad. El mensaje de Jesús va más allá de las normas de presbíteros o ancianos (7, 5), y de esa forma supera (no necesita los) los sistemas de seguridad que ha establecido un tipo de judaísmo legal, especialmente en el plano de familia y mesa. Lógicamente, las leyes sagradas como tales pasan a segundo plano, y así lo muestra de forma sorprendente la palabra sobre el korbán (dones del templo) y los padres (7, 5-13). En su literalidad, esa palabra podrían aceptarla otros maestros judíos. Pero es nueva la fuerza que recibe y el trasfondo donde se sitúa, relativizando no sólo la liturgia del templo, sino también las tradiciones de fariseos y algunos escribas, poniendo a los hombres y mujeres ante su propia interioridad, libremente.
  2. Corazón. La interioridad mesiánica va unida a la libertad personal: no es lo externo (exôthen: 7, 15.18) lo que mancha al ser humano, sino aquello que brota de dentro (esôthen: 7, 21). Asumiendo la más honda tradición profética de Israel, como auténtico judío, Jesús ha situado a los hombres ante la verdad (o riesgo de mentira) de su propio corazón. Sólo partiendo de esa fuente puede edificarse la familia mesiánica, no entendida ya en clave de poder (imposición de los presbíteros) sino de reciprocidad de dones y servicios: Dios mismo aparece así como garante de la vida (ayuda) que se ha de ofrecer a los padres necesitados, a quienes los hijos deben acompañar y ayudar, por encima de toda ley social o religiosa (7, 9-13).
  3. Universalidad. Todos los principios de vinculación externa (comida o raza, poder o prestigio) acaban siendo parciales y separan a unos grupos de otros. Sólo la pureza de corazón vincula por igual a todos los humanos, en fraternidad de familia y mesa, es decir, de comunión humana. En este plano, la “religión” de Jesús viene a entenderse como “religión humana”, en el sentido estricto de la palabra; no aparece como práctica especial de un grupo aislado, sino como experiencia y (exigencia) de apertura humana y comunión, desde unos pensamientos abiertos al encuentro entre todos los seres humano. Éste es el nuevo shema (¡escuchad!) de Jesús, formulado en 7, 14.

NOTAS

[1] He presentado esas leyes en Dios judío, Dios cristiano, Verbo Divino, Estella Estella 1996, 279-285; 297-303. La importancia del tema se muestra en el «Concilio de Jerusalén«, cf. Hech 15, 28-29. Visión introductoria en J. Maier, Entre los dos Testamentos (BEB 89), Sígueme, Salamanca 1996, 255-265.

[2] Para un estudio comparativo concreto del catálogo de vicios de 7, 20-23, con paralelos judíos, helenistas y paulinos, cf. Taylor, Marcos 406-408; Pesch, Marco I, 592-595; Gnilka, Marcos I, 332-333; Berger, Gesetzauslegung; Sariola, Markus. Éste es un tema que se ha estudiado de un modo especial a lo largo del siglo XX: O. Zöckler, Die Tugendlehre des Christentums, Bertelsmann, Gütersloh, 1904; A. Vögtle, Die Tugend- und LasterkatalogeimNeuen Testament (NTAbh 16 4/5) Münster, 1936; S. Wibbing, Die Tugend- und Lasterkataloge im Neuen Testament, BZNW 25 Berlin 1959; E. Kamlah, Die Form der katalogischen Parânese im NT, WUNT 7, Mohr, Tübingen 1964; H. D. Wendland, Ethik des Neuen Testaments, GNT 4, Göttingen 197. Ha estudiado especialmente el trasfondo del tema J. Marcus, tanto en su comentario (Marcos 1-8), como en The Evil Inclination in the Epistle of James: CBQ44 (1982) 606-21 y en  The Evil Inclination in the Letters of Paul: IBS (1986), 8-21

[3] Así lo he puesto de relieve en Antropología Bíblica, Sígueme, Salamanca 2006, 356-367. He desarrollado el tema en  otros lugares, como Conocimiento de Dios y pecado de los hombres (Rom 1, 18-32): CulBib 33 (1976) 245-267; Conocimiento de Dios y juicio escatológico (Introducción a Rom I, 18-3,20), en Quaere Paulum. Hom. L. Turrado, Pontificia, Salamanca 1981, 119-148. Cf. también J.-N. Aletti, Comment Dieu est-il juste? Clefs pour interpreter 1’Epitre aux Romains, Cerf, Paris 1991.

[4] Éstos son los males que pueden compararse a los que ha desarrollado el Apocalipsis: «¡Fuera los perros y los hechiceros y los prostitutos y los asesinos y los idólatras y todos cuantos aman y practican la mentira!»(Ap 22, 15; cf. 21, 8), que he presentado con cierta extensión en mi comentario: Apocalipsis. Guía de Lectura del Nuevo Testamento, Verbo Divino, Estella 32010.

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1.9.24. religión de Santiago: Acoger a huérfanos y viudas, rechazar la injusticia. ¡Ay de vosotros, ricos! (Carta Santiago, Dom 22 TO).

domingo, 1 de septiembre de 2024
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IMG_7101Del blog de Xabier Pikaza:

Mis queridos hermanos:

La religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre es ésta: visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no  mancharse con la injusticia del mundo

(Santiago 1, 17-18. 21b-22.27)

Santiago, hermano del Señor

 Los Doce habían sido signo de universalidad judía, de manera que en principio no se habían planteado todavía los problemas de una ley particular. Parece que esperan la llegada del Reino de Dios para sentarse en doce tronos de gloria, gobernando sobre el mundo.

Por el contrario, los  parientes de Jesús, dirigidos por Myriam (su madre y gebira) y por Santiago/Jacobo (su hermano, no el Zebedeo),  insisten en Jesús pobre y no le piden a Dios tronos o cátedras para sentarse sobre ellos.

Las cosas se complicaron.  La iglesia de los Doce, recreada por Pablo, triunfó hasta el día de hoy. Por el contrario, la iglesia de Santiago y de los pobres fracasó (externamente), a pesar de que Pablo, que paso media vida discutiendo con Santiago/Jacobo , le estimaba muchísimo,

Fracasó en un sentido externo, pero continua viva su memoria… y debe actualizarse. Flavio Josefo, aristócrata historiador judío, que apenas habla del Cristianismo, sólo  cuenta la muerte/martirio de tres «cristianos»: Juan Bautista, Jesús y Santiago/Jacob.

El martirio/asesinato de Santiago,  del que seguiré hablando, es uno de los testimonio más impresionantes del judaísmo y cristianismo antiguo.

 Jesús y su hermano Santiago. Enfrentados y bien avenidos, con la madre en medio.

Todo nos permite suponer que Jesús no había ido a Jerusalén para «instalarse», creando en torno al templo una comunidad de santos, de manera que, en principio, las palabras donde él dice a los suyos (que salgan de Jerusalén, volviendo a Galilea, cf. Mc 16, 7-8) pueden recoger un verdadero recuerdo histórico. Tampoco Pedro y los Doce quisieron «instalarse» en Jerusalén para crear allí una iglesia duradera, sino que esperan la llegada del Reino, donde actuarían como “jueces” del nuevo Israel, sentándose sobre doce Tronos, con Jesús (cf. Lc 12, 30), quizá para salir luego con Jesús por las tierras de Israel y por todo el mundo, o para esperar en Jerusalén la llegada de los gentiles.

Santiago y los suyos, en cambio, se quedan en Jerusalén para establecer precisamente allí la comunidad de los israelitas puros y pobres  del fin de los tiempos (antes de que llegue el Reino de Dios), una agrupación de pobres, es decir, de santos, quizá los más profundos imitadores de Jesús de todos los tiempos, en una línea de justicia social y de honradez judía.

 Eso significa que los «cristianos de Santiago» no se han separado y absolutizado, como si fueran los únicos, sino que han debido aceptar la existencia de otras iglesias derivadas de Jesús. Por su parte, las otras iglesias admiten la prioridad de los judeo-cristianos de Santiago, que siguen siendo plenamente judíos, en sentido legal-nacional, manteniéndose, sin embargo, en comunión con otros grupos de cristianos de origen pagano).

El mismo Pablo admite el valor (y en algún sentido la prioridad) de esa iglesia judeo-cristiana especial, autónoma, que permanece en el interior del judaísmo sagrado y que sigue teniendo un valor ejemplar dentro del conjunto de las iglesias.

Sería importante conocer mejor las relaciones de Santiago con Jesús durante su infancia, sus formas de entender vida y la familia, con sus perspectivas sobre el mesianismo. Hablé del tema en miHistoria de Jesús,  pero quiero añadir que la «conversión» (experiencia pascual) de Santiago, a la que Pablo alude de modo solemne en 1 Cor 15, 7, no implica simplemente una reinterpretación y un cambio de Santiago (que ahora acepta a Jesús), sino  sino una profundización del evangelio como testimonio de amor y comunicación de vida desde los pobres.

  Jesús y Santiago una familia en crisis.

Santiago y otros hermanos de Jesús, unidos a su madre, no creyeron en su mensaje de Reino (en Galilea), ni le siguieron cuando subió a Jerusalén, muriendo allí, pero le aceptaron tras su muerte, precisamente por su muerte a favor de los demás.

En esa línea, debemos afirmar, de manera clara, que algún tiempo después de la muerte de Jesús se dio en la iglesia una «recuperación» de la familia de Jesús, un hecho que tiene un indudable fondo histórico y que ha causado problemas a otros grupos cristianos, como ha mostrado Mc 3, 31-35, que sigue rechazando el «cristianismo» de los familiares de Jesús, pues piensa que ellos se identifican en el fondo con los escribas de Jerusalén y entiende el mesianismo de Jesús como una variante más de las escuelas rabínicas que están surgiendo en su tiempo, en torno al año 70 dC.

La recuperación familiar de Jesús está vinculada de un modo especial con la figura de Santiago, el «hermano del Señor», a quien sus seguidores consideran pronto como líder o dirigente de una tendencia muy vinculada a las leyes y tradiciones de un judaísmo nacional. Pues bien, Mc 3, 31-35 ha juzgado (al menos implícitamente) que Santiago y los de su grupo (su madre y hermanos, los judeo-cristianos de Jerusalén) no eran verdaderos discípulos de Jesús, pues no habían entendido ni aceptado su ruptura y novedad, sino que seguían vinculados a los escribas de Jerusalén.

  1. La experiencia pascual significa para Santiago una recuperación de la familia, en el sentido antiguo del término, pues el mismo Pablo presenta a Santiago como «hermano del Señor» (cf. Gal 1, 19). Lo que en Jesús era secundario (la familia de la carne) puede haberse vuelto principal o, por lo menos, importante, al definir a Santiago como “hermano del Señor” (de Jesus glorificado). En esa perspectiva, la experiencia pascual de Santiago podría interpretarse como un intento de recuperación «legal» de Jesús, en la línea de lo que querían en Mc 3, 31-35 sus familiares, unidos a los «escribas que vienen de Jerusalén». Santiago y su grupo habrían querido introducir a Jesús otra vez en el buen judaísmo del templo y de las tradiciones de los escribas.
  2. Pero, en otro sentido, esa experiencia puede y debe tomarse también como una transformación mesiánica de Santiago y de sus familiares, que descubren tras la muerte de su hermano algo que antes no habían comprendido: La novedad de Jesús y su ruptura respecto a otras formas de posible judaísmo. Es difícil suponer que Pablo y el conjunto del Nuevo Testamento (a excepción quizá de Marcos) se hayan equivocado al valorar positivamente la aportación de Santiago y de su grupo, y en esa línea podemos presentarle como auténtico cristiano, aunque de un tipo distinto al de Pablo (quizá como nazoreo sagrado). La condena que Mc 3, 21-25 arroja contra Santiago y su grupo ha de entenderse como polémica intracristiana, no como rechazo absoluto.

Santiago y su grupo reinterpretaron bien a Jesús, pero quizá le hicieron demasiado legal

            Ciertamente, Jesús había sido un buen judío, pero no había centrado su vida en el cumplimiento riguroso (sagrado) de la ley, sino en la instauración del Reino de Dios, partiendo de los expulsados y los pobres de Galilea. Pues bien, pasado un tiempo, algunos familiares de Jesús (liderados por Santiago), a los que se sumaron quizá algunos galileos y jerosolimitanos, se juntaron en Jerusalén para crear una comunidad sagrada de pobres, cumpliendo de un modo radical la ley israelita. Su cristianismo no fue el primero, ni el triunfador (en la línea de los helenistas y Pablo), pero fue poderoso y tuvo gran autoridad en las iglesias, porque estaba vinculado a Jerusalén (ciudad de la Ley judía y de la Pascua de Jesús), porque fue ejemplar en su pobreza y porque estuvo dirigido por Santiago, hermano del Señor. Su cristianismo pudo ser molesto para otras iglesias, pero fue muy importante, porque recordó y sigue recordando un tipo de raíz israelita de la Iglesia.

Algunos investigadores piensan que, en sentido estricto, más que cristianos podemos llamarles «nazoreos», aunque el acusador de Pablo (preso en Jerusalén, según Hch 24, 5) utiliza ese nombre para hablar de los seguidores de Pablo, al que presentar como «cabecilla de la secta de los nazoreos». Sea como fuere, los cristianos de Jerusalén se presentan como congregación de «los pobres» (cf. Gal 2, 10; Rom 15, 26), con un obispo-inspector (Santiago) y un grupo de presbíteros a su cabeza, conforme al estilo de otras comunidades judías (como la de Qumrán)

  • Una iglesia de pobres. Función de Santiago. Estos judeo-cristianos eran autónomos, pero no estaban separados, no formaron una secta, sino que se mantuvieron en comunión con Pedro, e incluso con Pablo, como sabe Hechos 15 y Gal 2. Así aparecen como testigos de la variedad y riqueza de la herencia de Jesús. Su teología y organización era semejante a la de otros grupos proféticos y/o apocalípticos judíos que anunciaban la llegada de Dios en Jerusalén, pero ellos añadían que Dios se manifestaría por medio de Jesús, Mesías crucificado, que vendría lleno de gloria, para confirmar la esperanza judía y recibir después a todos los gentiles. Como testigos y garantes de ese mesianismo se alzaron en Jerusalén, en radicalidad ejemplar (en desprendimiento y comunicación de bienes, en honda pobreza), Santiago y los cristianos de su grupo, a lo largo de unos años centrales del cristianismo naciente (entre el 40 y el 60 dC).

Eran «los pobres» de Jesús y formaban una comunidad escatológica, la primera iglesia, organizada al estilo judío, como qahal o asamblea mesiánica, de tal forma que sus huellas resultan visibles en los evangelios de Mateo y Juan, lo mismo que en el Apocalipsis y, sobre todo, en la carta de Santiago, que el hermano de Jesús podría haber escrito a las Doce Tribus de la diáspora israelita (cf. Sant 1, 1). Ciertamente, Santiago y su grupo se comunicaban hacia dentro en arameo (o hebreo), pero nada impide que pudieran escribir en un griego culto (hablado también en Jerusalén) «a las doce tribus que están en la dispersión» (San 1, 1).

Sea como fuere, aún suponiendo que la carta de su nombre sea posterior, Santiago y los de su grupo formaron la primera comunidad cristiana bien instituida, la congregación de «los pobres» (cf. Gal 2, 10; Rom 15, 26), con un obispo-inspector (Santiago) a su cabeza y un grupo de presbíteros a su lado, conforme al estilo de organización de otras comunidades judías (como la de Qumrán). Esta iglesia de Santiago quiso mantener y mantuvo una autoridad de referencia o arbitraje sobre el resto de las iglesias, como suponen Pablo y Hechos.

  • ¿Una iglesia nazirea, más que nazorea? En ese contexto podríamos hablar de una iglesia nazirea de Santiago (aunque con rasgos nazoreos), en la línea de lo que hemos dicho en la Historia de Jesús, cap. 4, al referirnos a Juan Bautista (nazireo) y a Jesús (nazoreo). Como dije allí, los nazireos son «consagrados», del hebreo nedser, vinculados a la causa de Dios por un voto especial (cf. Num 6), de tipo ascético (renunciar a la bebida) y militar (luchar por causa de Yahvé). Una famosa cita de Hegesipo, recogida por Eusebio de Cesarea, presenta a Santiago, hermano de Jesús, como nazir o nazireo ascético:

                         Santiago, el hermano del Señor, es el sucesor, con los apóstoles, del gobierno de la iglesia. A éste, todos le llaman Justo ya desde el tiempo del Señor y hasta nosotros, porque muchos se llamaban Santiago.No obstante, sólo él fue santo desde el vientre de su madre; no bebió vino ni bebida fermentada; ni tocó carne; no pasó navaja alguna sobre su cabeza ni fue ungido con aceite; y tampoco usó del baño. Sólo él tenía permitido introducirse en el santuario, porque su atuendo no era de lana, sino de lino. Asimismo, únicamente él entraba en el templo, donde se hallaba arrodillado y rogando por el perdón de su pueblo, de manera que se encallecían sus rodillas como las de un camello, porque siempre estaba prosternado sobre sus rodillas humillándose ante Dios y rogando por el perdón de su pueblo.Por la exageración de su justicia le llamaban Justo y Oblías, que en griego significa protección del pueblo y justicia, del mismo modo que los profetas dan a entender acerca de él» (Historia Eclesiástica II, 23, 4-7).

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Las manos sucias y el corazón limpio. Domingo 22. Ciclo B.

domingo, 1 de septiembre de 2024
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IMG_6873Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Después de cinco domingos leyendo el evangelio de Juan, volvemos al de Marcos, base de este ciclo B. Durante un mes nos ha ocupado el tema de comer el pan de vida. Este domingo el problema no será comer el pan, sino comer con las manos sucias. Una pregunta malintencionada de los fariseos y de los doctores de la ley (los escribas) provoca: a) la respuesta airada de Jesús; b) una enseñanza algo misteriosa a la gente; c) la explicación posterior a los discípulos. El texto de la liturgia ha suprimido algunos versículos, empobreciendo la acusación de Jesús, y uniendo lo que dice a la gente con la explicación a los discípulos.

Evangelio de Marcos 7,1-8.14-15.21-23

En aquel tiempo, se reunieron junto a Jesús los fariseos y algunos escribas venidos de Jerusalén, se acercaron a Jesús, y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos. (Pues los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos, restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y al volver de la plaza no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones de lavar vasos, jarras y ollas). Y los fariseos y los escribas le preguntaron:

-¿Por qué no caminan tus discípulos según las tradiciones de los mayores, y comen el pan con manos impuras?

-Él les contestó:

-Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos». Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres.

Llamó Jesús de nuevo a la gente y les dijo:

-Escuchad y entended todos: nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro.

Antes de dar la palabra a los fariseos y escribas es interesante recordar lo que cuenta Marcos inmediatamente antes. Después de la multiplicación de los panes y los peces, Jesús ha cruzado a la región de Genesaret, recorriendo pueblos, aldeas y campos, acogido con enorme entusiasmo por gente sencilla, que busca y encuentra en él la curación de sus enfermedades.

La intervención de los fariseos y escribas

De repente, el idilio se rompe con la llegada desde Jerusalén de fariseos (seglares superpiadosos) y de algunos escribas (doctores de la ley de Moisés). No todos los escribas pertenecían al grupo fariseo, pero sí algunos de ellos, como aquí se advierte. Para ellos, lo importante es cumplir la voluntad de Dios, observando no solo los mandamientos, sino también las normas más pequeñas transmitidas por sus mayores. Lo esencial no es la misericordia, sino el cumplimiento estricto de lo que siempre se ha hecho.

Con esta mentalidad, cuando se acercan al lugar donde está Jesús, advierten, escandalizados, que algunos de los discípulos están comiendo con las manos sucias. El lector moderno, instintivamente, se pone de su parte. Le parece lógico, incluso necesario, que una persona se lave las manos antes de comer, y que se lave la vajilla después de usarla. Es cuestión elemental de higiene. Sin embargo, aunque en su origen quizá también fuese cuestión de higiene entre los judíos, los grupos más estrictos terminaron convirtiéndola en una cuestión religiosa. Lo que está en juego es la pureza ritual. Por eso, los fariseos no se quejan de que los discípulos coman con las manos sucias, sino con las manos impuras, saltándose con ello la tradición de los mayores. Aunque el Antiguo Testamento contiene numerosas normas, algunas de carácter higiénico, nunca menciona la obligación de lavarse las manos ni de lavar copas, jarros y bandejas; esto forma parte de «las tradiciones de los mayores», tan sagradas para los fariseos como las costumbres de la madre fundadora o del padre fundador para algunas congregaciones religiosas, o de cualquier minucia litúrgica para algunos ritualistas.

La respuesta airada de Jesús

La reacción de Jesús es durísima. Tras llamarlos hipócritas, les hace tres acusaciones: 1) su corazón está lejos de Dios; 2) enseñan como doctrina divina lo que son preceptos humanos; 3) dejan de observar los mandamientos de Dios para aferrarse a las tradiciones de los hombres.

Estas acusaciones resultan durísimas a cualquier persona, pero especialmente a un fariseo, que desea con todas sus fuerzas estar cerca de Dios, agradarle cumpliendo su voluntad.

El problema, según Jesús, es que el fariseo termina dando a esas tradiciones más importancia que a los mandamientos de Dios. Incluso las utiliza para dejar de hacer lo que Dios quiere y quedarse con la conciencia tranquila. Para demostrarlo, Jesús cita un ejemplo que la liturgia ha suprimido. Dios ordena honrar a los padres, es decir, sustentarlos en caso de necesidad. Imaginemos un fariseo con suficientes bienes materiales. Puede atender a sus padres económicamente. Pero su comunidad le dice que esos bienes los declare qorbán, consagrados al Señor. A partir de ese momento, no puede emplearlos en beneficio de sus padres, pero sí de su grupo. «Y así invalidáis el precepto de Dios en nombre de vuestra tradición. Y de ésas hacéis otras muchas».

Un lector critico podría acusar a Marcos de tratar un tema tan complejo de forma ligera y demagógica. Conociendo a los fariseos de aquel tiempo (bastante parecidos a los de ahora), la reacción de Jesús es comprensible y su acusación justificada. Sobre todo, para los primeros cristianos, que sufrían los continuos ataques de estos que presumían de religiosos.

Enseñanza a la gente

Como los fariseos y escribas no responden, aquí podría haber terminado todo. Sin embargo, Jesús aprovecha la ocasión para enseñar algo a la gente a propósito de la pureza e impureza:«Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace al hombre impuro

La explicación a los discípulos

No sabemos si Jesús se quedó contento de esta breve enseñanza. Lo que es seguro es que la gente no la entendió, y los discípulos tampoco. Por eso, cuando llegan a la casa (nuevo detalle suprimido por la liturgia), le preguntan qué ha querido decir. Y él responde que lo que entra por la boca no llega al corazón, sino al vientre, y termina en el retrete. Entra y sale sin contaminar a la persona. Lo que la contamina no es lo que entra en el vientre, sino lo que sale del corazón. Para aclararlo, enumera trece realidades que brotan del corazón.

Esta enseñanza de que el peligro no viene de fuera, sino de dentro, resultará a algunos muy discutible. ¿No vienen de fuera la pornografía, la droga, las invitaciones a la violencia terrorista? ¿No nos influyen de forma perniciosa el cine, la televisión, la literatura? Lo anterior es cierto. Pero Jesús no entra en estas cuestiones, se refiere al caso concreto de los alimentos. Por otra parte, su enseñanza tiene un valor más general y desvelan nuestra comodidad e hipocresía. El mal no viene de fuera, sale de dentro. Y con el mismo criterio debe enjuiciar cada uno de nosotros su realidad. Nuestro mayor enemigo somos nosotros mismos. No echemos la culpa a los demás.

Una frase capital suprimida en la liturgia

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Comentando que lo que entra por la boca no contamina, añade Marcos: «con esto declaraba puros todos los alimentos». Es algo revolucionario, porque la legislación del Levítico y del Deuteronomio enumera una serie de animales que no se pueden comer por ser impuros. Y todas las religiones obligan a observar una serie de normas dietéticas. En cambio, los cristianos podemos comer carne de cerdo, de liebre, de avestruz, gambas (camarones), cigalas, langostinos y cualquier alimento que nos apetezca, según nuestra costumbre y nuestra economía.

Primera lectura: Deuteronomio 4,1-2.6-8)

La importancia que concede Jesús a la ley de Dios frente a las tradiciones humanas ha animado a elegir este texto del Deuteronomio como paralelo al evangelio. Pienso que los responsables de la elección no han caído en la cuenta de un problema. Moisés ordena: «No añadiréis ni suprimiréis nada de las prescripciones que os doy». Y Jesús añadió y suprimió. Por ejemplo, a propósito de los alimentos puros e impuros, como acabo de indicar; tanto el Levítico como el Deuteronomio contienen una extensa lista de animales impuros, que no se pueden comer (Lv 11; Dt 14,3-21). Esta primera lectura no debe interpretarse como una aceptación radical y absoluta de la ley mosaica, porque Jesús se encargó de interpretarla y modificarla.

Habló Moisés al pueblo diciendo:

-Ahora, Israel, escucha los mandatos y decretos que yo os enseño para que, cumpliéndolos, viváis y entréis a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de vuestros padres, os va a dar.

No añadáis nada a lo que yo os mando ni suprimáis nada; observaréis los preceptos del Señor, vuestro Dios, que yo os mando hoy. Observadlos y cumplidlos, pues esa es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos, los cuales, cuando tengan noticia de todos estos mandatos, dirán: «Ciertamente es un pueblo sabio e inteligente esta gran nación» Porque ¿dónde hay una nación tan grande que tenga unos dioses tan cercanos como el Señor, nuestro Dios, siempre que lo invocamos? Y ¿dónde hay otra nación tan grande que tenga unos mandatos y decretos tan justos como toda esta ley que yo os propongo hoy?

2ª lectura: Santiago 1,17-18.21-27)

Los cristianos tenemos el mismo peligro que los fariseos de engañarnos, dando más valor a cosas menos importantes. El final de esta breve lectura ofrece un ejemplo muy interesante. ¿En qué consiste la religión verdadera, la que agrada a Dios? ¿En oír misa diaria, rezar el rosario, hacer media hora de lectura espiritual? Eso es bueno. Pero lo más importante es preocuparse por las personas más necesitadas; el autor, siguiendo una antigua tradición, las simboliza en los huérfanos y las viudas. Cuando recordamos la parábola del Juicio Final («porque tuve hambre…») se advierte que el autor de esta carta piensa igual que Jesús.

Mis queridos hermanos:

Todo buen regalo y todo don perfecto viene de arriba, procede del Padre de las luces, en el cual no hay alteración ni sombra de mutación.

Por propia iniciativa nos engendró con la palabra de la verdad, para que seamos como una primicia de sus criaturas.

Acoged con docilidad esa palabra, que ha sido injertada en vosotros y es capaz de salvar vuestras vidas. Poned en práctica la palabra y no os contentéis con oírla, engañándoos a vosotros mismos.

La religiosidad auténtica a intachable a los ojos de Dios Padres es esta: atender a huérfanos y viudas en su aflicción y mantenerse incontaminado del mundo.

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Domingo XXII del Tiempo Ordinario. 01 de septiembre de 2024

domingo, 1 de septiembre de 2024
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Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de las gentes.”

(Mc 7, 1-23)

Lo que critica y pone de manifiesto Jesús en este fragmento del evangelio es el drama de todos los tiempos en toda religión. ¿Qué viene de Dios y qué son inventos humanos?

En nombre de Dios todas la religiones han hecho (¡y hacen!) verdaderas barbaridades. ¿Por qué? Porque convertimos el estrecho punto de vista humano en voluntad de Dios. Es lo que nos relata el Génesis muy al principio (Gn 3, 1-20). La persona humana desea arrebatarle el puesto a Dios.

¿Pecado?

Dios al crearnos nos ofrece ser UNO con él. El pecado de la humanidad es no conformarse con ser “igual a Dios” y querer ser Dios en exclusiva.

Y ese pecado marca toda la historia humana y cada historia personal. Ese pecado es el que nos lleva a la violencia de la división.

Los fariseos del tiempo de Jesús eran los oficialmente buenos, los que cumplían con las tradiciones y preceptos. Pero, claro, si ellos al “cumplir” eran los buenos, a la fuerza todos los demás quedaban convertidos en “malos”.

Todo aquello que nos lleva a ocupar lugares exclusivos hunde sus raíces en el mal. Cualquier cosa que nos lleve a creer que somos mejores que las demás personas es un poderoso engaño.

Si queremos ser imagen de Dios tenemos que buscar todo aquello que armoniza y une. Todo aquello que dentro de nuestra Iglesia Católica divide y excluye es contrario a Dios Trinidad que es pura relación en la diversidad.

Todos aquellos dogmas, preceptos, cánones o normas que dividen entre buenos y malos son hechura humana. Dios no nos ha creado enfrentados ni para el enfrentamiento. Nos ha creado diversos y para la armonía.

Entonces, ¿no valen los preceptos y las normas? Solo valen si te llevan a amar más a quienes son más diferentes a ti.

La puerta del Reino de los Cielos no se abre a patadas, ni con violencia. Tampoco se abre gracias a los méritos acumulados, ni está cerrada para quienes nos caen mal. La única llave que abre el Reino es el Amor.

El amor sale de dentro, del corazón, y al salir nos cura de “los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfrenos, envidia, difamación, orgullo, frivolidad”.

Oremos

Trinidad Santa, no nos dejes caer en la tentación de creernos mejores que las demás. Haz crecer en nosotras el amor que sana, que cura. Amén.

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Ninguna norma puede ser inmutable porque siempre es construcción humana.

domingo, 1 de septiembre de 2024
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Mc 7,1-23

Concluido el capítulo 6º de Juan, retomamos el evangelio de Marcos. Después de la multiplicación de los panes, Jesús se encuentra en los alrededores del lago de Genesaret, en la parte más alejada de Jerusalén, donde eran mucho menos estrictos a la hora de vigilar el cumplimiento de las normas de pureza. Debemos dejar claro que no se trata de una trasgresión esporádica de los discípulos de Jesús, sino de un acostumbre aceptada por él. El problema lo suscitan los fariseos, llegados de Jerusalén, que venían precisamente a inspeccionar.

El texto contrapone la práctica de los discípulos con la enseñanza de los letrados y fariseos. Jesús se pone de parte de los discípulos, pero va mucho más lejos y nos advierte de que toda norma religiosa, escrita o no, tiene siempre un valor relativo porque es una propuesta de los hombres, por muy de acuerdo que esté con la salud humana. Cuando dice que nada que entra de fuera puede hacer al hombre impuro, está dejando muy claro que la voluntad de Dios no viene de fuera; solo se puede descubrir en el interior y está más allá de toda Ley.

La Ley y la tradición como norma, pero sin darle el valor absoluto que le daban los fariseos. Hoy sabemos que Dios no ha dado directamente ninguna norma. Dios no tiene una voluntad que pueda comunicarnos por medio del lenguaje, porque no tiene nada que decir ni nada que dar. La Escritura es una experiencia personal sancionada por la aceptación de un pueblo. Las experiencias del Éxodo las vivió el pueblo en el s. XIII a. de C., pero se pusieron por escrito a partir del VII. Los evangelios se escribieron 50 años después de morir Jesús.

Las normas que podemos meter en conceptos son preceptos humanos; no pueden tener valor absoluto. Un precepto, que fue adecuado para una época, puede perder su sentido en otra. Ningún mandamiento o norma pueden venir de Dios directamente. Esta es la razón por la que las normas morales tienen que estar cambiando siempre, porque el hombre va conociendo mejor su propio ser y la realidad en la que vive. El número de realidades que nos afectan está creciendo cada día. Las normas antiguas pueden no servir para resolver situaciones nuevas.

En todas las religiones las normas se dan en nombre de Dios. Esto tiene consecuencias desastrosas si se entienden literalmente. Todas las leyes son humanas. Cuando esas normas surgen de una experiencia auténtica y profunda de lo que debe ser un ser humano y nos ayudan a conseguir nuestra plenitud, podemos llamarlas divinas. La voluntad de Dios no es más que nuestro propio ser en cuanto perfeccionable. Eso que debo llegar a ser, y aun no soy, es la voluntad de Dios. Dios es un ser simple que no tiene partes. Todo lo que tiene lo es, todo lo que hace lo es. No existe nada fuera de Él y nada puede darnos que no sea Él.

El precepto de lavarse las manos antes de comer, no era más que una norma elemental de higiene, para que las enfermedades infecciosas no hicieran estragos entre aquella población que vivía en contacto con la tierra y los animales y además lo comía todo con las manos. Si la prohibición no se hacía en nombre de Dios, nadie hubiera hecho caso. Esto no deja de tener sentido. Si comer carne de cerdo producía la triquinosis, y por lo tanto la muerte, Dios no podía querer que comieras esa carne, y además si lo comías, te castigaba con la muerte.

Lo que critica Jesús, no es la Ley sino la interpretación que hacían de ella. En nombre de esa Ley, oprimían a la gente y le imponían verdaderas torturas con la promesa o la amenaza de que solo así, Dios estaría de su parte. Para ellos todas las normas tenían la misma importancia, porque su único valor era que estaban dadas por Dios. Esto es lo que Jesús no puede aceptar. Toda norma, tanto al ser formulada como al ser cumplida, tiene como fin el bien del hombre. No podemos poner por delante a Dios, porque a Dios nada podemos darle.

Las normas de la religión son normas en las que se recoge lo mejor de la experiencia humana, que buscan el bien del hombre. Los diez mandamientos intentan posibilitar la convivencia de una serie de tribus dispersas y con muy poca capacidad de hacer grupo. En aquella época, cada país, cada grupo, cada familia tenía su dios. Para hacer un pueblo unido, era imprescindible un dios único. De ahí los mandamientos de la primera tabla. Todos los de la segunda tabla van encaminados a hacer posible una convivencia, sin destruirse unos a otros.

La segunda enseñanza es consecuencia de esta: No hay una esfera sagrada en la que Dios se mueve, y otra profana de la que Dios está ausente. En la realidad creada no existe nada impuro ni nada que haya que purificar. Tampoco tiene sentido la distinción entre hombre puro y hombre impuro, a partir de situaciones ajenas a su voluntad. Por eso la pureza nunca puede ser consecuencia de prácticas rituales ni sacramentales. La única impureza que existe la pone el hombre cuando busca su propio interés a costa de los demás.

Las tradiciones son la riqueza de un pueblo. Hay que valorarlas y respetarlas. La tradición es la cristalización de las experiencias ancestrales de los que nos han precedido. Sin esa experiencia acumulada, ninguno de nosotros hubiéramos alcanzado el nivel de humanidad que tenemos. Sin embargo no podemos dar valor absoluto a ese bagaje, porque lo convertiremos en un lastre que nos impide avanzar hacia mayor humanidad. Es lo que han hecho todas las religiones al hacer de las normas mitos. En el instante en que nos impida ser más humanos, debemos abandonarla. “Dejáis a un lado la voluntad de Dios por aferraros a las tradiciones humanas”.

Todo el que dé leyes inmutables en nombre de Dios, os está engañando. La voluntad de Dios, o la encuentras dentro de ti, o no la encontrarás nunca. Lo que Dios quiere de ti, está inscrito en tu mismo ser, y en él tienes que descubrirla. Es muy difícil entrar dentro de uno mismo y descubrir las exigencias de mi verdadero ser. Por eso hacemos muy bien en aprovechar la experiencia de otros seres humanos que se distinguieron por su vivencia y nos han trasmitido lo que descubrieron. Gracias a esos pioneros del Espíritu, la humanidad va avanzando.

Todo lo que nos enseñó Jesús, fue manifestación de su ser más profundo. “Todo lo que he oído a mi Padre, os lo he dado a conocer”. Esa experiencia original hizo que muchas normas de su religión se tambaleasen. La Ley hay que cumplirla porque me lleva a la plenitud humana. Para los fariseos, el precepto hay que cumplirlo por ser precepto, no porque ayude a ser humano. En la medida que hoy seguimos en esta postura “farisaica”, nos apartamos del evangelio. Hemos hecho de las enseñanzas de Jesús otro mito inmutable. Así nos va. Dios no se mete a solucionarnos las cosas de este mundo. Somos nosotros los que debemos solucionarlas.

El obrar sigue al ser, decían los escolásticos. Lo que haya dentro de ti es lo que se manifestará en tus obras. Es lo que sale de dentro lo que determina la calidad de una persona. Yo diría: lo que hay dentro de ti, aunque no salga, porque lo que sale puede ser una pura programación. Lo que comas te puede sentar bien o hacerte daño, pero no afecta a tu actitud vital. La trampa está en aceptar las propuestas de Jesús como una programación externa y confiar más en la práctica de esas normas que en la actitud interna.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Jesús y la religión.

domingo, 1 de septiembre de 2024
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«Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí»

Llama la atención la respuesta violenta de Jesús a una pregunta en principio inocua, pero la explicación es muy sencilla: ni los fariseos, ni los letrados ni Jesús están hablando de higiene ni de preceptos, sino del propio concepto de religión. Tampoco se trata de una discusión rabínica, erudita e intranscendente sobre religión, sino que estamos en el núcleo mismo del permanente enfrentamiento de Jesús con los santos y los sabios de Israel.

El texto de Marcos nos plantea dos formas opuestas de entender la religión: la que pone la “Ley de Dios” por encima de las personas, y la de Jesús, centrada en las personas… Como decía Ruiz de Galarreta: “El texto de hoy nos está planteando la oposición entre la religión de Jesús y la que mató a Jesús”. Esta dicotomía en la forma de entender la religión se ha dado en todas las épocas y culturas de la historia, y por ello la religión ha dado lugar a lo mejor y a lo peor de la humanidad.

En el caso de los judíos, los escribas y los fariseos defendían una religión que había producido una sociedad de desiguales; de gente predilecta de Dios que recibía toda serie de dones, como riqueza, larga vida o amplia descendencia, y gente rechazada por Él (la mayoría), a quienes enviaba todo tipo de desgracias, como pobreza o enfermedad. Si alguien era ciego, cojo o leproso, lo era como castigo por sus pecados, añadiendo así el vilipendio a su desdicha… Y todo ello en nombre de Dios…

Algunos especialistas se inclinan a pensar que lo de Jesús no rompe con lo anterior, sino que es su culminación, pero Jesús se ve a sí mismo como vino nuevo que rompe los odres viejos, y de ahí su permanente enfrentamiento con las autoridades religiosas que desemboca en la cruz. Y es que, o eran ellas (las autoridades) las que prevalecían, o toda su doctrina y su forma de vida se iban al traste.

Pero como se muestra en los tres primeros capítulos de Marcos, Jesús no rehúye el enfrentamiento, sino que parece interesado en provocarlo para resaltar la novedad de su propuesta. En este sentido, es significativo el episodio del hombre de la mano paralizada (Mc 3,1), pues había sido manco desde su nacimiento y no había ninguna urgencia de curarle en sábado y en una sinagoga abarrotada de gente. Lo prudente hubiese sido esperar a la puesta del sol para evitar problemas, pero Jesús sí tenía una urgencia: la urgencia de recalcar que las personas están por encima de la Ley; que lo que Abbá espera de nosotros es el amor entre hermanos y no el cumplimiento indiscriminado de Sus leyes; unas leyes hechas para servir de guía a las personas.

«El sábado se ha hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado», había dicho; y esa máxima podía aplicarse a toda la Ley. Los fariseos no podían admitir esa libertad de Jesús para interpretar la Ley, y Marcos añade que a la salida se concertaron con los herodianos para matarle. Los fariseos despreciaban a los herodianos y no se trataban con ellos, pero era tal el odio que habían acumulado contra aquel hombre que estaba trastocándolo todo, que estaban dispuestos a cualquier cosa con tal de perderle.

Miguel Ángel Munárriz Casajús 

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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No añadáis nada a lo que os mando.

domingo, 1 de septiembre de 2024
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IMG_6880(Escena de Sperme sacré, documental de Ori Gruder)

DOMINGO XXII T.O.

(Mc 7, 1-8, 14-15.21-23)

Jesús defiende a los discípulos frente a la proliferación de preceptos humanos (tradiciones) que los fariseos y letrados añaden a la Ley. Jesús hace una interpretación más profunda y espiritual de la Ley, las tradiciones y la religión.

Las lecturas hablan de la grandeza y sabiduría de los mandatos del Señor frente a las tradiciones fariseas. Presentan la ley divina como palabra injertada en nuestro corazón (conciencia), que si la cumplimos nos salva, humaniza y libera. Si la aceptamos de corazón nos transforma y compromete. El que oye y aplica o pone en práctica la Palabra es como el que edifica sobre roca, sobre seguro. No teme la intemperie. La Palabra es nuestra luz y fortaleza. Nuestra inteligencia y Sabiduría. Transforma nuestra vida. Como la semilla. Como la levadura. Nos hace hombres y mujeres libres. Con la libertad de los hijos de Dios. Creados creadores, por amor y para amar y así completar, llevar a plenitud, todas nuestras potencialidades. Las que Dios nos da gratuitamente para que las desarrollemos en el servicio a los hermanos.

Y nos previenen de los riesgos que corremos si “Dejáis a un lado el mandamiento y os aferráis a la tradición de los hombres”. ¡Ay de nosotros si no discernimos entre ellas! La consecuencia, expresada por Isaías: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan es inútil, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos” Y así el culto a Dios está vacío. Porque la religiosidad auténtica e intachable a los ojos de Dios Padre es esta: atender a huérfanos y viudas. La religiosidad auténtica es la que nos humaniza.” Escucha los mandatos y decretos que yo os enseño para que, cumpliéndolos, viváis, seáis felices”. La fe y religiosidad o prácticas religiosas son la respuesta humana al Proyecto de Dios para la creación entera.

Hay que diferenciar entre una religiosidad de labios afuera o de dentro, en espíritu y verdad. La religiosidad se puede deformar por concepciones falsas, obsoletas, infantilismos o miedos. Necesitamos revisar nuestras prácticas religiosas para ajustarlas al nuevo paradigma de fe y religión actualizadas. Religiosidad madura y adulta versus religiosidad supersticiosa e infantil. Acrítica. La actitud religiosa como don del Espíritu se expresa en el testimonio de vida y el compromiso compartido, comunitario. Culto y vida tienen que estar integrados. Religiosidad, liberación, transformación y realización personal plena son su manifestación. La actitud religiosa como estilo de vida. Las lecturas de hoy insisten en que practicar la palabra de Dios es la religión verdadera. Porque la vida religiosa del creyente lleva al compromiso: honradez (honestidad) con Dios y solidaridad con los necesitados. Testimonio comprometido con los pobres materiales y espirituales.

Ley y las tradiciones, ambas vienen de fuera, por tanto, son periféricas al hombre, superficiales. No le hacen ni puro ni impuro, ni justo ni injusto. Lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Es la conciencia, la interioridad, la sala de máquinas donde se trabaja la honestidad, bondad y el compromiso como su expresión y culmen. Ahí, en la conciencia, dentro, en la interioridad está Dios, su Palabra, su misterio. En la conciencia es donde está incrustada la ley divina. Por eso la conciencia es la ley suprema. Es nuestra inteligencia y Sabiduría. La Palabra interiorizada es luz y fuerza. Es la huella de Dios. Por eso “No añadir nada a lo que os mando” Es suficiente. Porque es Palabra de vida eterna. Dichoso el que la escucha y pone en práctica.

 

Mª África de la Cruz

Fuente Fe Adulta

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La palabra y el corazón, la imagen y la realidad.

domingo, 1 de septiembre de 2024
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IMG_7060Domingo XXII del Tiempo Ordinario

01 septiembre 2024

Mc 7, 1-8.14-15.21-23

En un libro reciente (“Decidido. Una ciencia de la vida sin libre albedrío”), el biólogo y neurocientífico Robert Sapolsky afirma que, frente a la idea generalizada de que creer en un dios es esencial para la moralidad, “la creencia o no en el libre albedrío no tiene ningún efecto consistente sobre el comportamiento ético… Todo es más complejo” (p.331). Y ante la pregunta sobre por qué en todas las encuestas aparece que las personas religiosas manifiestan tener unos estándares éticos más elevados, escribe algo que estaría en línea con la denuncia de Jesús: una cosa es lo que se dice y otra lo que se hace. Lo que tales estudios demoscópicos demuestran es que “las personas religiosas se preocupan más por dar una buena impresión que los ateos” (p.338). Porque en esos grupos, de manera particular, se ha asumido la importancia de “mantener una buena reputación moral”, que busca, en realidad, “ser socialmente deseable”.

Todo lo humano es, efectivamente, más complejo de lo que parece a primera vista. Como acertadamente denuncia Jesús, el culto puede estar vacío y la doctrina puede no ser sino un conjunto de preceptos humanos, llegando al extremo de buscar mantener, por encima de todo, “la tradición”.

Frente a debates estériles y a formulismos vacíos, Jesús remite al “corazón”, es decir, al centro de la persona, a ese lugar de honestidad, integridad, amor y respeto que, pese a todo, sigue habitando en todo ser humano.

Solo ese lugar nos centra, nos sostiene, nos fortalece y nos moviliza para entregarnos a los demás. Es, a la vez y sin dicotomías, un lugar de humildad y de dignidad, de paz y de acción, de serenidad y de coraje, de aceptación y de compromiso.

Frente a tanta crispación -de un lado y de otro-, a tanto exabrupto y, sobre todo, a tanta injusticia estructural, necesitamos encontrar con urgencia ese lugar -el “corazón”, la “casa” compartida- donde nos sabemos uno, pasando así de una errónea y funesta consciencia de separatividad a la consciencia de unidad.


Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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