Comentarios desactivados en “Antes de hundirnos”. 13 de agosto de 2023. 19 Tiempo ordinario (A). Mateo 14, 22-33.
Es sorprendente la actualidad que cobra en estos tiempos de crisis religiosa el relato de la tempestad en el lago de Galilea. Mateo describe con rasgos certeros la situación: los discípulos de Jesús se encuentran solos, «lejos de tierra firme», en medio de la inseguridad del mar; la barca está «sacudida por las olas», desbordada por fuerzas adversas; «el viento es contrario», todo se vuelve en contra; es «noche cerrada», las tinieblas impiden ver el horizonte.
Así viven no pocos creyentes el momento actual. No hay seguridad ni certezas religiosas; todo se ha vuelto oscuro y dudoso. La religión está sometida a toda clase de acusaciones y sospechas. Se habla del cristianismo como una «religión terminal» que pertenece al pasado; se dice que estamos entrando en una «era poscristiana» (E. Poulat). En algunos nace el interrogante: ¿no será la religión un sueño irreal, un mito ingenuo llamado a desaparecer? Este es el grito de los discípulos al atisbar a Jesús en medio de la tempestad: «Es un fantasma».
La reacción de Jesús es inmediata: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo». Animado por estas palabras, Pedro hace a Jesús una petición inaudita: «Señor, si eres tú, mándame ir a ti andando sobre el agua». No sabe si Jesús es un fantasma o alguien real, pero quiere comprobar que se puede caminar hacia él andando, no sobre tierra firme, sino sobre el agua, no apoyándose en argumentos seguros, sino en la debilidad de la fe.
Así vive el creyente su adhesión a Cristo en momentos de crisis y oscuridad. No sabemos si Cristo es un fantasma o alguien vivo y real, resucitado por el Padre para nuestra salvación. No tenemos argumentos científicos para comprobarlo, pero sabemos por experiencia que se puede caminar por la vida sostenidos por la fe en él y en su palabra.
No es fácil vivir de esta fe desnuda. El relato evangélico nos dice que Pedro «sintió la fuerza del viento», «le entró miedo» y «empezó a hundirse». Es un proceso muy conocido: fijarnos solo en la fuerza del mal, dejarnos paralizar por el miedo y hundirnos en la desesperanza.
Pedro reacciona y, antes de hundirse del todo, grita: «Señor, sálvame». La fe es muchas veces un grito, una invocación, una llamada a Dios: «Señor, sálvame». Sin saber ni cómo ni por qué, es posible entonces percibir a Cristo como una mano tendida que sostiene nuestra fe y nos salva, al tiempo que nos dice: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudas?».
Comentarios desactivados en “Mándame ir hacia ti andando sobre el agua”. Domingo 13 de agosto de 2023. 19º domingo de tiempo ordinario.
Leído en Koinonia:
1Reyes 19,9a.11-13a:Ponte de pie en el monte ante el Señor. Salmo responsorial: 84:Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación. Romanos 9,1-5: Quisiera ser un proscrito por el bien de mis hermanos. Mateo 14,22-33:Mándame ir hacia ti andando sobre el agua.
Entre los primeros profetas de Israel surgen dos figuras que brillan con luz propia: Samuel y Elías. La tradición bíblica les concedió un lugar destacado no sólo por el momento crítico en el que actuaron, sino, sobre todo, por la radicalidad con la que asumieron la causa de Yavé. La teofanía del monte Horeb constituye el centro de lo que se ha llamado el “ciclo de Elías”, es decir, la colección de relatos que tienen como protagonista a este profeta (1R 17,1 – 2R 2,1-12).
En esa época había gran confusión y la fidelidad a Yavé y a sus leyes estaba en entredicho porque el rey había introducido cultos a dioses extranjeros (1R 16,31-32). Los nuevos dioses legitimaban la violencia, la intolerancia y la expropiación como medios para garantizar el poder. Elías levanta su voz en contra de estos atropellos y ve en la sequía que azota al país las consecuencias del castigo divino. Elías, entonces, en medio de persecuciones y amenazas comienza una campaña de purificación de la religión israelita. Sin embargo, sus iniciativas producen el efecto contrario y se agudiza la opresión, la violencia y la persecución.
Cansado y desanimado Elías se dirige al Horeb donde descubre que Dios no se manifiesta en los elementos telúricos –en la tormenta imponente o en el fuego abrazador–, sino en la brisa fresca y suave que le acaricia el rostro y lo invita a tomar otro camino para hacer realidad la voluntad del Señor.
Después de la masacre del monte Carmelo (1R 18,20-40), Elías, sin abandonar la denuncia de las injusticias (1R 21,1-29) y aberraciones (2R 1,1-18), opta por animar a un grupo de discípulos para que continúen su misión (2R 2,1-12). Elías descubrió así que por la vía de la violencia no se consigue nada, ni siquiera aunque sea a favor de causas justas. La fuerza de la espada puede imponer el parecer de un grupo de personas, pero no puede garantizar la paz, el respeto y la justicia.
El evangelio nos muestra otra tentación en la que pueden caer los seguidores de Jesús cuando no están seguros de los fundamentos de su propia fe. La escena de la «tormenta calmada» nos evoca la imagen de una comunidad cristiana, representada por la barca, que se adentra en medio de la noche en un mar tormentoso. La barca no está en peligro de hundirse, pero los tripulantes se abandonan a los sentimientos de pánico. Tal estado de ánimo los lleva a ver a Jesús que se acerca en medio de la tormenta, como un fantasma salido de la imaginación. Es tan grande el desconcierto que no atinan a reconocer en él al maestro que los ha orientado en el camino a Jerusalén. La voz de Jesús calma los temores, pero Pedro llevado por la temeridad se lanza a desafiar los elementos adversos. Pedro duda y se hunde, porque no cree que Jesús se pueda imponer a los «vientos contrarios», a las fuerzas adversas que se oponen a la misión de la comunidad.
Este episodio del evangelio nos muestra cómo la comunidad puede perder el horizonte cuando permite que sea el temor a los elementos adversos el que los motiva a tomar una decisión y no la fe en Jesús. La temeridad nos puede llevar a desafiar los elementos adversos, pero solamente la fe serena en el Señor nos da las fuerzas para no hundirnos en nuestros temores e inseguridades. Al igual que Elías, la comunidad descubre el auténtico rostro de Jesús en medio de la calma, cuando el impetuoso viento contrario cede y se aparece una brisa suave que empuja las velas hacia la otra orilla.
Nuestras comunidades están expuestas a la permanente acción de vientos contrarios que amenazan con destruirlas; sin embargo, el peligro mayor no está fuera, sino dentro de la comunidad. Las decisiones tomadas por miedo o pánico ante las fuerzas adversas nos pueden llevar a ver amenazadores fantasmas en los que deberíamos reconocer la presencia victoriosa del resucitado. Únicamente la serenidad de una fe puesta completamente en el Señor resucitado nos permite colocar nuestro pie desnudo sobre el mar impetuoso. El evangelio nos invita a enfrentar todas aquellas realidades que amenazan la barca animados por una fe segura y exigente que nos empuja como suave brisa hacia la orilla del Reino. Leer más…
Comentarios desactivados en 13.8.23. Dom 19 TO. Tras la JMJ: Echar lastre por la borda o hundirse en el agua (Mt 14, 22-33)
Del blog de Xabier Pikaza:
Este domingo, tras alimentar a los suyos con pan multiplicado y peces de mar, Jesús hace que Pedro y su gente monten en barca, mientras él sube a la montaña para orar. Se desata la tormenta, brama el mar, Jesús parece un fantasma y Pedro va hundiéndose entre las olas.
Este es el tema, que expongo en secciones. (a) Una exégesis breve del texto, según Comentario Mt. (b) Una lista de lastres para aligerar. Que suba Jesús a la barca.
| X.Pikaza
El domingo pasado de JMJ era la Transfiguración de Jesús/Papa en la montaña, con el tema de fondo de la multiplicación de los panes (Mt 14, 13-22).
(a) EXÉGESIS BREVE: IGLESIA EMBRAVECIDA, PEDRO SE HUNDE (14, 22-33).
Acabada la “alimentación” (JMJ, Lisboa) Jesús manda a sus discípulos que vuelvan en barca al otro lado (cf. texto paralelo de Mc 6, 45-53):
14 22 Y de pronto obligó a sus discípulos para a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. 23 Y, después de despedir a la gente, subió a la montaña a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo.
24 Mientras tanto, la barca que se había alejado ya muchos estadios de la tierra, se hallaba sacudida (sufriendo mucho) por las olas, porque el viento era contrario. 24 Y a la cuarta vigilia de la noche se les acercó Jesús, andando sobre el agua. 26 Pero los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se aterrorizaron, diciendo que era un fantasma, y gritaron de miedo. 27 Pero Jesús les habló en seguida: ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!
28 Y Pedro, contestándole, le dijo: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua.» 29 Él le dijo: «Ven». Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; 30 pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: Señor, sálvame. 31 En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado? 32 En cuanto subieron a la barca, amainó el viento. 33 Los de la barca se postraron ante él, diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios [1].
Éste es un signo pascual: Los discípulos navegan por la noche sobre el lago, en medio de un mar movido por vientos contrarios, mientras Jesús ha quedado orando en la montaña (altura de Dios), para venir después tras ellos, caminando como un fantasma sobre el agua:
– Una presencia en la noche (14, 22-23).Conforme a una tradición común al Nuevo Testamento (cf. Jn 17; Hebr 10), el Jesús pascual sigue orando (cf. 14, 23), sobre la montaña de su entrega y promesa mesiánica, intercediendo por los que han comido y de un modo especial por los discípulos en la noche. En ese contexto de misión eclesial arriesgada ha desplegado Mateo, partiendo del texto precedente de Mc 6, 45-52, su más alta visión de Jesús y de la Iglesia, pasando del desierto, donde amenazaba el hambre, al mar donde sigue dominando el miedo, con motivos que vienen del Éxodo (paso del Mar Rojo). En ese fondo, Jesús parece un fantasma o aparición en la noche, sobre los terrores del mar. Así han imaginado a Jesús muchos cristianos, así le han presentado, sin duda, muchos adversarios de la iglesia.
‒ Yo soy, palabra de Dios (14, 24-27).Los discípulos se asustan, como fuera de sí, y en ese contexto se entiende la respuesta de Jesús que dice, Yo Soy, asumiendo la más honda palabra y definición de Yahvé Dios israelita (Ex 3, 14), a quien él representa. Éste es, sin duda, un “yo soy” pregnante, como en Mc 6, 50 (cf. 22, 32, como palabra de Dios). Este Yo soy da fuerza a sus discípulos para que sigan remando en la barca de la iglesia, en la que destaca la confianza y miedo de Pedro, que quiere caminar sobre las aguas. Esta presencia divina de Jesús, que es asistencia y acción pascual en el camino de la iglesia, hace que podamos llamarle Señor (kyrie) adorarle con los primeros discípulos, sabiendo que él es Hijo de Dios, como terminará diciendo la escena.
‒ Atrevimiento y miedo de Pedro (14, 28-31).Mateo añade sobre Marcos, este motivo de Pedro que quiere caminar sobre las aguas. Esta «aventura» de Pedro que sale de la barca, para caminar como el Jesús glorioso, pero que se hunde en su miedo y grita, es una escena simbólica, que evoca la fe y terror de Pedro en la primera etapa de la misión cristiana, su deseo de arrojarse como Jesús y con Jesús en el duro mar del mundo (misión universal), y su falta de seguridad en algunos momentos decisivos. Conforme a este relato, Pedro ha pedido a Jesús que le mande caminar sobre las aguas, mostrando así su atrevimiento, y Jesús le ha respondido «ven»; pero Pedro tiene miedo y es incapaz de seguir, y así vacila, y corre el riesgo de perecer, pero Jesús le toma de la mano y le lleva de nuevo a la barca, con el resto de los discípulos.
‒ Una rica tradición. Esta imagen de Pedro caminando con recelo sobre el agua, con miedo de hundirse, pero ayudado por Jesús, forma parte de una intensa experiencia de la Iglesia antigua, que ha reconocido a Pedro, con los otros tres discípulos del principio (Mt 4, 18-22) como pescador de hombres, hombre experto en la tarea misionera vinculada con la “pesca milagrosa”, que tiene sin duda un sentido de apertura a la misión universal de la Iglesia, tal como han puesto de relieve, de formas distintas pero complementarias Lc 5, 1-11 y Jn 22
‒ Realmente eres Hijo de Dios. Jesús les ha dicho “Yo soy”, no tengáis miedo (14, 37), él ha tomado a Pedro por la mano y le ha sostenido en medio de la tormenta del mar, de manera que cuando han subido ambos (Pedro y Jesús, estando ya los dos en la barca) pudo amainar y amainó el viento. Este es el momento de la confesión de los discípulos, que adoran a Jesús y dicen: «En verdad, tú eres Hijo de Dios» (theou huis ei) Éste es el principio de la confesión cristiana, proclamada ahora por todos (no sólo por Pedro, como en 16, 16), en este contexto pascual de epifanía en la gran tormenta del mar. Ésta es la confesión que el mismo Pedro retomará y proclamara en nombre de todos los discípulos en el entorno de Cesarea de Felipe, pasando del plano de una epifanía cósmica al paso del camino eclesial.
En El mensaje del evangelio ha culminado de algún modo y se condensa en las escenas anteriores, vinculadas entre sí, desde el miedo de Herodes que confunde a Jesús con el Bautista a quien mató, hasta el gesto de los discípulos que le adoran como Señor pascual desde el mar airado.
(B) 13 LASTRES PARA ALIGERAR LA BARCA, QUE PUEDA SUBIR ENTRAR JESÚS EN ELLA
Jesús ora sobre la montaña (parece no ocuparse de los suyos) mientras la barca de la Iglesia corre el riesgohundirse en el temporal del siglo XXI, a pesar de todo lo que Francisco ha dicho en Lisboa, como “calentón” o fervorín de un momento, para que estemos tranquilos, pensando que todo va bien, mientras la barca se hunde. En ese contexto, Jesús aparece como un fantasma, caminando sobre el abismo de las aguas… y Pedro le dice que él también quiere caminar y así empieza, queriendo sostenerse en el mar, pero no puede, tiene tiene miedo, grita, grita. Jesús le agarra de la mano y le lleva de nuevo a la barca, para que se encuentre allí seguro, con el resto de la Iglesia. Esta «escapada» de Pedro que ha querido salir de la barca, para andar como el Jesús glorioso, pero que se hunde en su miedo y grita… ha sido estudiada con rigor por los exegetas de turno. La mayor parte piensa que se trata de una escena simbólica, que evoca el deseo de mando y el terror de Pedro que quiere andar solo… Pero Jesús le ha tomado de la mano y le ha llevado de nuevo a la barca de la Iglesia, con el resto de los discípulos, para retomar de esa manera la navegación del conjunto de la comunidad.
En las reflexiones que siguen he querido aplicar este pasaje a la situación del Papa, que también parece aventurarse a salir fuera de la barca, para estar a solas con Jesús sobre el mar airado, resolviendo los problemas de la Iglesia (a solas con Jesús), mientras el resto de los discípulos siguen reunidos en la Barca y se mantienen en ella con gran miedo (o la abandonan buscando a nado la orilla).
Ésta es una interpretación quizá un poco sesgada, pero sirve para destacar los poderes de un Papa que tiene más poder que el que tuvo Jesús, un poder que tiene sus aspectos buenos pero que, en este momento, pueden convertirse en “lastre”, peso muerto que hay que arrojar por la borda, para que suba y entre Jesús, única autoridad de la Iglesia.
Jesús puede caminar y camina entre el viejo y las olas, porque va sin lastres, ligero de equipaje, sin más autoridad que el amor, en libertad….
Pedro ve a Jesús caminando sobre el agua y quiere imitarle pero no puede, pues lleva en sus espaldas y en su tiara todo el peso de una iglesia hecha de pesos y cargas. Mientras no eche todo su lastre, y quede así desnudo, en amor y humanidad, como Jesús, no podrá caminar sobre las olas. Un dicho castellano afirma que sólo podemos caminar de verdad desnudos y con las manos en los bolsillos, bailando de amor…
¿Tienes la impresión de que la Iglesia, tu parroquia, tu comunidad religiosa, se va a pique? ¿Te apetece acercarte a Jesús, pero temes perder pie a mitad de camino? Estas experiencias las tuvieron los primeros cristianos. Mateo les dio respuesta en lo que hoy nos cuenta.
La tempestad calmada y el viento en contra
Hay dos episodios en los evangelios bastante parecidos, aunque muy diferentes. Se parecen en el escenario (una barca en medio del lago de Galilea en circunstancias adversas) y en los protagonistas (Jesús y los discípulos). Se diferencian en que, en el primer caso, la barca está a punto de zozobrar y los discípulos corren peligro de muerte; en el segundo, sólo se enfrentan a un fuerte viento en contra que hace inútiles todos sus esfuerzos.
Traducido a la experiencia de nuestros días, la tempestad calmada recuerda a numerosas comunidades cristianas, sobre todo de África y Oriente Medio, que se ven amenazadas de muerte y gritan a Jesús: «¡Señor, sálvanos, que perecemos!». El viento en contra hace pensar en tantas otras comunidades, especialmente de occidente, que luchan contra viento y marea, cada vez con menos fuerzas, y sin ver resultados tangibles.
El primer episodio, la tempestad calmada, tiene un claro paralelo en el Salmo 107 (106), 23-32, donde los navegantes gritan a Dios en el peligro y él los salva; en el evangelio, los discípulos gritan a Jesús y es este quien los salva.
El segundo episodio, el de la barca con viento en contra y Jesús caminando sobre el agua, no me recuerda ningún episodio del Antiguo Testamento. Sin embargo, está tan anclado en la primitiva tradición cristiana que no sólo lo cuentan Marcos y Mateo, sino incluso Juan, que generalmente va por sus caminos. Es muy curioso que Lucas omita esta escena: probablemente pensó que presentar a Jesús caminando sobre el agua y confundido con un fantasma iba a plantear a sus cristianos más problemas que beneficios.
El relato de Mateo 14,22-33
Se inspira en el de Marcos, pero introduciendo cambios muy significativos. Podemos dividirlo en cuatro escenas.
Primera escena: Jesús se separa de los discípulos
Después que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo. Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario.
Hablando en términos cinematográficos, es un montaje en paralelo. Inmediatamente después de la comida, Jesús obliga a sus discípulos a embarcarse, mientras él despide a la gente. Pero, cuando la despide, no va en busca de sus discípulos, sube «solo» a rezar. Mateo acentúa que Jesús desea verse libre de todos para ponerse en contacto con el Padre. Esa oración será muy larga, desde el anochecer hasta la cuarta vigilia (entre las 3 y las 6 de la noche). Sin embargo, no sabemos qué dice, cómo reza. Lo importante para Mateo no es conocer el misterio sino proponernos un ejemplo que imitar. Mientras, los discípulos navegan con grandes dificultades durante todas esas horas hasta quedar «a muchos estadios de tierra» (Juan dice que a unos 25-30 estadios, 5-6 km, lo que supone en mitad del lago). A nivel simbólico, se contraponen dos mundos: el de la intimidad con Dios (Jesús orando) y el de la dura realidad (los discípulos remando). Ha sido Jesús el que los ha abandonado a su destino.
Segunda escena: Jesús se acerca a los discípulos
De madrugada se les acercó Jesús, andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. Jesús les dijo en seguida:
― ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!
Mateo cuenta con asombrosa naturalidad y sencillez algo inaudito: el hecho de que Jesús se acerque caminando sobre el lago. En la cultura del Antiguo Oriente, donde el mar simboliza las fuerzas del caos (como el tsunami), caminar sobre el agua demuestra su poder sorprendente. Pero los discípulos no reaccionan con la misma naturalidad: se asustan, porque piensan que es un fantasma, tienen miedo, gritan. Es la única vez que se usa en el Nuevo Testamento el término “fantasma”, que en griego clásico se aplica a los espíritus que se aparecen, o a «las visiones fantasmagóricas de mis ensueños» (Esquilo, Los siete contra Tebas, 710). Es la única vez que Jesús provoca en sus discípulos un pánico que los hace gritar de miedo. Es la única vez que les dice «¡animaos!». Una escena peculiar sobre la que volveremos más adelante.
Tercera escena: Jesús y Pedro
Pedro le contestó:
― Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua.
Él le dijo:
― Ven.
Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó:
― Señor, sálvame.
En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo:
― ¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?
Quien conoce los relatos de Marcos y Juan advierte aquí una gran diferencia. En esos dos evangelios, Jesús sube a la barca y el viento se calma. En cambio, Mateo introduce una escena exclusivamente suya, que subraya la relación especial entre Jesús y Pedro. Igual que en otros pasajes de su evangelio, Mateo aporta rasgos de la personalidad de Pedro que justifican su importancia posterior dentro del grupo de los Doce. Pero no ofrece una imagen idealizada, sino real, con virtudes y defectos. Su decisión de ir hacia Jesús caminando sobre el agua lo pone por encima de los demás, igual que ocurrirá más adelante en Cesarea de Filipo. Pero Pedro muestra también su falta de fe y su temor. Incluso entonces, es salvado por la intervención de Jesús. Dentro de la sobriedad de Mateo, esta escena llama la atención por la abundancia de detalles expresivos, que adquieren su punto culminante en la imagen de Jesús alargando la mano y agarrando a Pedro.
Cuarta escena: confesión de los discípulos (32-33)
En cuanto subieron a la barca, amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él, diciendo: «Realmente eres hijo de Dios.»
Marcos termina su relato diciendo que los discípulos «no cabían en sí de estupor, pues no habían entendido lo de los panes, ya que tenían la mente obcecada» (Mc 6,51-52). Mateo introduce un cambio radical: los discípulos no se asombran, sino que se postran ante Jesús y confiesan: «realmente eres hijo de Dios». Esta actitud y estas palabras significan un gran avance. Anteriormente, en el relato de la tempestad calmada (Mt 8,23-27), los discípulos terminan preguntándose: «¿Quién será éste que hasta el viento y el agua le obedecen?». Desde entonces, el conocimiento más profundo de Jesús ha provocado un cambio en ellos. Ya no se preguntan quién es; confiesan abiertamente que es «hijo de Dios», y lo adoran. Este título se lo han aplicado ya el Padre durante el bautismo, el diablo en las tentaciones, y los endemoniados gadarenos (8,29). No podemos interpretarlo con toda la carga teológica que le dio más tarde el Concilio de Calcedonia (año 451). También el centurión que está junto a Jesús en la cruz reconoce que «este hombre era hijo de Dios». Lo que quiere expresar este título es la estrecha vinculación de Jesús con Dios, que lo sitúa a un nivel muy superior al de cualquier otro hombre. De aquí a confesar la filiación divina de Jesús sólo queda un paso.
Anticipando la gloria de Jesús resucitado.
Este relato, tal como lo cuenta Mateo, ofrece tres datos curiosos: 1) el cuerpo de Jesús desafía las leyes físicas; 2) los discípulos no reconocen a Jesús, lo confunden con un fantasma; 3) Jesús, a pesar del poder que manifiesta, trata a los apóstoles con toda naturalidad.
Estos tres detalles son típicos de los relatos de apariciones de Jesús resucitado: 1) su cuerpo aparece y desaparece, atraviesa muros, etc.; 2) ni la Magdalena, ni los dos de Emaús, ni los siete a los que se aparece en el lago, reconocen a Jesús; 3) Jesús resucitado nunca hace manifestaciones extraordinarias de poder, habla y actúa con toda naturalidad.
Por consiguiente, lo que tenemos en Mateo (no en Marcos) es algo muy parecido a un relato de aparición de Jesús resucitado. ¿Qué sentido tiene en este momento del evangelio? Anticipar su gloria. Igual que el relato de la muerte de Juan Bautista, contado poco antes, anticipa su pasión, su maravilloso caminar sobre el agua anticipa su resurrección.
Sentido eclesial y personal
Desde antiguo, se ha visto en la barca una imagen de la Iglesia, metida por Jesús en una difícil aventura y, aparentemente, abandonada por él en medio de la tormenta. Este sentido, que estaba ya en Marcos, lo completa Mateo con un aspecto más personal, al añadir la escena de Pedro: el discípulo que, confiando en Jesús, se lanza a una aventura humanamente imposible y siente que fracasa, pero es rescatado por el Señor. En la imagen de Pedro podían reconocerse muchos apóstoles y misioneros de la Iglesia primitiva, y podemos vernos también a nosotros mismos en algunos instantes de nuestra vida: cuando parece que todos nuestros esfuerzos son inútiles, cuando nos sentimos empujados y abandonados por Dios, cuando nosotros mismos, con algo de buena voluntad y un mucho de presunción, queremos caminar sobre el agua, emprender tareas que nos superan. Ellos vivenciaron que Jesús los agarraba de la mano y los salvaba. La misma confianza debemos tener nosotros.
La primera lectura
Ha sido elegida porque en ella Dios se revela en la brisa suave, después del viento huracanado, el fuego y el terremoto. En el evangelio, después de la tormenta, cuando Jesús sube a la barca, el viento amaina. Este paralelismo no impide que la lectura resulte algo traída por los pelos.
Jesús siempre resuelve “marchándose a orar”. Ora ante las adversidades pero ora también después de los éxitos y los aplausos. El evangelio de hoy es la escena que sigue a la multiplicación de los panes y los peces.
Jesús se había marchado a un lugar apartado, pero la gente le había seguido. Al ver a la gente Jesús se conmueve, se olvida de su cansancio y preocupaciones. Se olvida también de su tristeza (se había retirado al enterarse de la muerte de Juan Bautista). Y se pone a curar y cuidar a la gente.
Ve la debilidad de la gente y no se desentiende. Les da de comer. Aquella multitud estaría encantada y agradecida. Pero Jesús no se deja “atrapar” por la euforia de la gente. Ahora que han comido despide a la gente y él se retira a orar.
Ni el cansancio, ni el éxito, ni las preocupaciones le despistan. Después de un día tenso, triste y de afanoso trabajo curando y atendiendo a la gente, pasa buena parte de la noche orando.
Lo bueno y lo malo, todo lo pasa por la oración. El encuentro con Abba es imprescindible. Vital. No hay excusas.
¿Qué sucedería con el cristianismo si los cristianos sintiéramos una necesidad de la oración como la que tenía Jesús? ¿Cómo sería nuestra vida si tuviéramos una relación con Dios como la que tenía Jesús?
Es una pena que hayamos opuesto acción y contemplación, como si fueran dos cosas diferentes. La oración y la acción son los dos pies que nos permiten caminar tras la huellas de Jesús.
Si la oración no te moviliza ante el dolor humano no es encuentro con Dios Trinidad. Y si las actividades sociales no te llevan directamente a los brazos del Dios tampoco harás presente el Reino, el Rostro de Dios.
No podemos andar sobre las aguas tempestuosas de nuestra historia sin haber hecho crecer nuestra confianza en la intimidad de la oración. Y no venceremos nuestros miedos si nuestra oración no se convierte en un lugar ancho y dilatado en el que quepan todos los sufrimientos y las alegrías humanas.
Oración
Trinidad Santa, ¡mándanos ir hacia ti! Desde nuestra oración y desde nuestra acción.
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DOMINGO 19 (A)
Mt 14, 22-33
Este relato se parece más a los relatos de apariciones pascuales. Algunos exégetas sugieren que puede tratarse de un relato de Jesús resucitado, que han colocado más tarde en el contexto de la vida real. La primera lectura nos empuja a una interpretación espiritual. Tanto Elías como Pedro reciben una lección. Los dos habían hecho un Dios a su imagen y semejanza. La experiencia les dice que Dios no se puede meter en conceptos y que es siempre más de lo que creemos. Nunca se identifica con lo que pensamos de Él.
Además de Mt, lo narra Mc y Jn. Los tres lo sitúan después de la multiplicación de los panes. En Mc y Mt, Jesús manda a los discípulos embarcar y marchar a la otra orilla; pero el verbo griego deja entrever cierta imposición. En Jn, la iniciativa es de los discípulos. Los tres presentan a Jesús subiendo a la montaña para orar. En los tres relatos, Jesús camina sobre el agua. También coinciden en señalar el miedo de los discípulos; Mt y Mc dicen que gritaron. La respuesta de Jesús es la misma: Soy yo, no tengáis miedo.
El monte es el lugar de la divinidad. Como Moisés la segunda vez que sube al Sinaí, va solo. Nadie le sigue a la esfera de lo divino. La multitud solo piensa en comer. Los apóstoles piensan en medrar. Para superar esa tentación, Jesús se pone a orar. Orar es darse cuenta de lo que hay de Dios en él para poder vivirlo. Es muy interesante descubrir que Jesús necesita de la oración, desbaratando así la idea simplista que tenemos de que él era Dios sin más. Jesús tiene necesidad de momentos de auténtica contemplación.
Jesús sube a lo más alto. Los discípulos bajan hasta el nivel más bajo. Esperan encontrar allí las seguridades que Jesús les niega al no aceptar ser rey. En realidad, encuentran la oscuridad, la zozobra, el miedo. Las aguas turbulentas representan las fuerzas del mal. Son el signo del caos, de la destrucción, de la muerte. Jesús camina sobre todo esto. En el AT se dice que solo Dios puede caminar sobre el dorso del océano. Al caminar Jesús sobre las aguas, manifiesta que domina sobre las fuerzas del mal.
En el relato se aprecia la visión que de Jesús tenía aquella primera comunidad. Era verdadero hombre y como tal, tenía necesidad de la oración para descubrir lo que era y superar la tentación de quedarse en lo material. Al caminar sobre el mar, está demostrando que era también verdadero Dios. La confesión final es la confirmación de esta experiencia. Esta confesión apunta también a un relato pascual, porque solo después de la experiencia de resurrección, confesaron los apóstoles la divinidad de Jesús.
La barca es símbolo de la nueva comunidad. Las dificultades que atraviesan los apóstoles son consecuencia del alejamiento de Jesús. Esto se aprecia mejor en el evangelio de Jn, que deja muy claro que fueron ellos los que decidieron marcharse sin esperar a Jesús. Se alejan malhumorados porque Jesús no aceptó las aclamaciones de la gente. Pero Jesús no les abandona y va en su busca. Para ellos Jesús es un “fantasma”; está en las nubes y no pisa tierra. No responde a sus intereses y es incompatible con sus pretensiones. Su cercanía y muestra de cariño les hacen descubrir el verdadero Jesús.
El miedo es el primer efecto de toda teofanía. El ser humano no se encuentra a gusto en presencia de lo divino. Hay algo en esa presencia de Dios que le inquieta. La presencia del Dios auténtico no da seguridades, sino zozobra; seguramente porque el verdadero Dios no se deja manipular, es incontrolable y nos desborda. La respuesta de Jesús a los gritos es una clara alusión al episodio de Moisés ante la zarza. El “ego eimi” (yo soy) en boca de Jesús es una clara alusión a su divinidad. Juan lo utiliza con mucha frecuencia.
El episodio de Pedro merece una mención especial ya que tiene mucha miga. Pedro siente una curiosidad inmensa al descubrir que su amigo Jesús se presenta con poderes divinos, y quiere participar de ese mismo privilegio. “Mándame ir hacia ti, andando sobre el agua”; que es lo mismo que decir: haz que yo participe del poder divino como tú. Pero Pedro quiere lograrlo por arte de magia, no por una transformación personal. Jesús le invita a entrar en la esfera de lo divino y participar de ese verdadero ser: ¡ven!
En todas las épocas ha habido hombres que han descubierto esa presencia de Dios. Pedro representa aquí, a cada uno de los discípulos que no han comprendido las claves del seguimiento. Jesús no revindica para sí esa presencia divina, sino que da a entender que todos estamos invitados a esa participación. Pedro camina sobre el agua mientras está mirando a Jesús; se empieza a hundir cuando mira a las olas. No está preparado para acceder a la esfera de lo divino porque no es capaz de prescindir de las seguridades.
El verdadero Dios no puede llegar a nosotros desde fuera ni a través de los sentidos. No podemos verlo ni oírlo ni tocarlo, ni olerlo ni gustarle. Tampoco llegará a través de la especulación y los razonamientos. Dios no tiene más que un camino para llegar a nosotros: nuestro propio ser. Su acción no se puede “sentir”. Esa presencia de Dios, solo puede ser vivida. El budismo tiene una frase, a primera vista tremenda: “si te encuentras con el Buda, mátalo”. Podíamos decir si te encuentras con dios, mátalo. Ese dios es falso, es una creación tuya. Si lo buscas fuera de ti, estas persiguiendo un fantasma.
También hoy, el viento es contrario, las olas son inmensas, las cosas no salen bien y encima, es de noche y Jesús nos está presente. Todo apunta a la desesperanza. Pero resulta que Dios está donde menos lo esperamos: en medio de las dificultades, en medio del caos y de las olas, aunque nos cueste tanto reconocerlo. La gran tentación ha sido siempre que se manifestará de forma precisa. Seguimos esperando de Dios el milagro. Dios no está en el huracán, ni en el terremoto, ni en el fuego. Es apenas un susurro.
Hoy tenemos que afrontar la misma disyuntiva. O mantener a toda costa nuestro ídolo, o atrevernos a buscar el verdadero Dios. La tentación sigue siendo la misma, mantener el ídolo que hemos pulido y alicatado desde la prehistoria. La consecuencia es clara: nunca encontraremos al Dios verdadero. Esta es la causa de que se alejen de las instituciones los que mejor dispuestos están. Los que no aceptan los falsos dioses que nos empeñamos en venderles. Se encuentran muy a gusto con ese “dios” los que no quieren perder las falsas seguridades que les dan los ídolos fabricados a nuestra medida.
El ser humano ha buscado siempre el Dios todopoderoso que hace y deshace a capricho, que empleará esa omnipotencia en favor suyo, si cumplo determinadas condiciones. Si en la religión buscamos seguridades, estamos tergiversando la verdadera fe-confianza. Dios no puede darme ni prometerme nada que no sea Él mismo. Ni como Iglesia ni como individuos debemos poner nuestra meta en las seguridades externas. Las seguridades, que con tanto ahínco busca nuestro yo, son el mayor peligro para llegar a Dios.
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Mt 14, 22-33
«¡Animo!, que soy yo; no temáis»
A algunos creyentes del siglo XXI, los milagros nos desconciertan e incluso nos contrarían. Nos parece que introducen en los evangelios elementos mágicos que les quitan credibilidad, y en muchas ocasiones preferiríamos que no estuvieran allí. Sin embargo, están ahí, y si los quitamos hacemos otros evangelios y, por tanto, otro Jesús.
El recelo que sentimos está justificado, porque sabemos que los evangelistas no dudan en violentar la historia para comunicar mejor su fe. Sabemos también que en su época los hechos milagrosos eran muy bien admitidos, y que con ellos se vestía la actividad de los personajes extraordinarios. Y nos preguntamos: ¿Habrán inventado los evangelistas estos relatos, o bien su fama de sanador se remonta al Jesús histórico?…
Hasta bien entrada la Ilustración los milagros afianzaban la fe de los creyentes, pues no osaban poner en duda su autenticidad. También contribuía a esta aceptación la cristología “descendente” habitual en esa época, pues si Jesús era “Dios encarnado”, no tenía nada de particular que efectuase hechos milagrosos.
Pero en el siglo XVIII —el siglo de las luces— los milagros fueron rechazados de plano por grandes filósofos de la ilustración como Spinoza, Hume y Voltaire, lo cual es un hecho lógico, porque desde una mentalidad ilustrada, los milagros repugnan a la razón humana; son meros vestigios de una época en que se atribuía lo desconocido a poderes ocultos o a la misma divinidad. En ese ambiente escéptico nació un “dogma” de gran aceptación que ha llegado hasta nosotros: “El hombre moderno no puede creer en los milagros”.
Quizá su formulación más conocida sea la de Rudolf Bultmann: «Es imposible utilizar la luz eléctrica y la radiofonía y servirse de los modernos avances médicos y quirúrgicos, y al mismo tiempo creer las palabras del Nuevo Testamento sobre los milagros» … Pero según una encuesta de opinión publicada en 1989 por el prestigioso instituto Gallup, el 82% de los americanos cree que “incluso hoy, los milagros son realizados por el poder de Dios”, y sólo el 6% rechaza por completo la idea de que todavía hoy Dios realiza milagros. Y claro, esto nos hace sospechar que una cosa es lo que se piensa en ambientes académicos o círculos intelectuales, y otra, lo que piensa la gente (¿los sabios y los sencillos?) …
En cualquier caso, y a la vista de los datos que hoy poseemos, parece lógico admitir que los evangelios narran hechos de Jesús que sus contemporáneos calificaron de milagros. Jesús arrastraba multitudes no sólo por su predicación, sino por sus curaciones, y a ellas debió buena parte de su fama. Parece, también, que esta misma fama creó en torno suyo una leyenda que multiplicó sus hechos milagrosos, y que los evangelistas recogieron por igual las tradiciones de hechos sucedidos y las leyendas que nacieron de estos hechos (como multiplicar los panes, andar sobre las aguas o calmar tempestades).
Pero lo más importante para nosotros es el significado de los milagros, y en este punto nos vamos a remitir una vez más a Ruiz de Galarreta: «Jesús cura ante todo porque es compasivo; porque le importa el sufrimiento de la gente. Sus acciones muestran su corazón, y a través de él vemos “los sentimientos de Dios”. Será un aspecto fundamental de nuestra fe: conocer el amor de Dios en el corazón de Jesús».
Miguel Ángel Munárriz Casajús
Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo sobre este evangelio, pinche aquí
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Mt 14, 22-33
Todos compartimos –más allá del tiempo y del espacio en el que nos hallemos- la misma bella y frágil naturaleza humana. Por eso, aunque las circunstancias que nos rodean son diferentes y ciertamente éstas pueden favorecernos o dificultar nuestro seguimiento a Jesús, a poco que ahondemos en nosotros mismos, reconoceremos que los verdaderos obstáculos para vivir centrados en Dios y comprometidos con su Reino no nos vienen de fuerasino que brotan de nuestro propio interior.
Los miedos acompañan nuestra vida cotidiana. Quien se pregunta honestamente ¿qué temo? reconoce sin duda una pequeña o gran lista de miedos que le habitan. Tenemos miedo al mañana y a veces al hoy. Miedo a lo desconocido. Miedo a lo diferente. Miedo a los otros e incluso miedo a nosotros mismos…
Ahora bien, lo relevante para un creyente no son los miedos. La cuestión es ser capaces de acogerlos, reconocer de dónde vienen y afrontarlos para que no paralicen nuestro seguimiento a Jesús y nuestra pasión por su causa.
En el evangelio de hoy Mateo describe con detalle la escena. Los discípulos acaban de vivir junto a Jesús uno de los acontecimientos más señalados en los evangelios: la multiplicación de los peces y los panes (cf. 14, 13-21). Han descubierto que organizarse desde las claves de Jesús (la compasión ante el sufrimiento de los demás; la acogida y atención a todos, incluidos quienes no cuentan en la sociedad; la solidaridad y el compartir; el trabajo en equipo…) favorece la vida, sacia el hambre y alegra el corazón de todos. Esta experiencia les ha fortalecido y animado después de un momento de duda en el que llegaron a solicitar a Jesús que despidiera a la gente, temerosos de encontrarse con una situación que desbordara sus posibilidades.
Quizás por eso, cuando el Maestro les envía por delante hacia la otra orilla, todos obedecen sin poner objeción. Pero la ausencia de Jesús se les hace insostenible. Mateo muestra con claridad que este tiempo de ausencia es muy significativo. Jesús les insta a “adelantarse” mientras despide a la gente, pero la realidad es que luego sube al monte para orar a solas y que al llegar la noche aún estaba allí. También indica que la barca ya estaba muy lejos de la orilla y que no es hasta el final de la noche cuando regresa junto a ellos.
Seguramente las primeras comunidades cristianas, al igual que nosotros hoy, se identificarían fácilmente con ese grupo de discípulos embarcados en medio de una tormenta que sacude con fuerza su barca. Vivir con Jesús ausente requiere confianza absoluta, esperanza firme y capacidad para descubrirle presente en su ausencia. En el envío que recibimos de Él a ir hacia la otra orilla es fácil que nuestra barca se tambalee por los oleajes de los miedos y que estos nos hagan ver fantasmas que nos impidan reconocerle resucitado y caminando a nuestro lado.
La palabra de Jesús resuena con autoridad en medio de la crisis: ¡Ánimo, soy yo, no temáis!Son sus palabras la que sacan a Pedro de la situación de parálisis en la que se halla. El texto no señala que las aguas se calmen en ningún momento. Lo que nos dice es que Pedro suplica poder ir hacia Él a pesar y en medio del fuerte oleaje y del viento contrario. La fe y el estar encaminado hacia el Señor (el texto nos indica que Pedro iba hacia Jesús) lo sostienen con tanta fuerza que le es posible caminar sobre las aguas. Sobre esas mismas aguas que poco antes habían tambaleado sus certezas y le habían hecho confundir a su Maestro con un fantasma.
Todavía hay algo más. Pedro comienza a hundirse de nuevo cuando vuelve a dudar y a dejarse llevar por los miedos. “Pero al ver la violencia del viento se asustó”… Mateo indica claramente el por qué: el miedo crece en intensidad cuando Pedro desvía su mirada, cuando deja de tener sus ojos fijos en Jesús y mira al viento contrario.
Hoy la Palabra nos da la oportunidad de reconocer nuestros propios miedos para acogerlos desde la confianza absoluta de que Jesús, el Señor, camina a nuestro lado hasta en las situaciones más límites y dolorosas. En el encuentro sereno con Él podemos experimentar que nos tiende su brazo para que no nos hundamos en nuestros temores y dificultades. Él nos dará la fuerza necesaria para arriesgarnos por aquellos caminos que nos parecen intransitables.
Sigamos adelante con los ojos fijos no en nosotros mismos, ni siquiera en nuestra pequeña o gran barca, sino en el Señor que conduce la Historia y nuestros pasos, en el Hijo de Diosque nos hace estar siempre de travesíacon el fin deanunciar su Buena Noticia y sanar a los enfermos (cf. 14, 34-36).
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Domingo XIX del Tiempo Ordinario
13 agosto 2023
Mt 14, 22-33
El miedo, en cuanto respuesta adaptativa que aparece en situaciones de peligro y que compartimos con los animales, es un mecanismo de defensa que nos permite afrontar la amenaza y protegernos. En este sentido, es una respuesta normal que facilita la adaptación y, en último término, la supervivencia.
Sin embargo, ese mecanismo instintivo se vuelve patológico cuando es desproporcionado y repetitivo. En tales casos, se activa con demasiada frecuencia. La persona vive instalada en el miedo habitual y lo siente de un modo exagerado, aun en presencia de estímulos carentes de peligrosidad. Aparecen así las diferentes fobias, las crisis de pánico, en definitiva, los miedos fantasmas y el miedo al miedo.
El miedo es una respuesta adaptativa. Sin embargo, cuando es desproporcionado, paraliza y genera sufrimiento incesante y con frecuencia agudo. El salto del miedo normal (positivo) al miedo patológico se produce a partir de experiencias más o menos traumáticas y de la elaboración mental de las mismas. Por decirlo brevemente: el miedo patológico es “creado” por la mente. A raíz de experiencias que se vivieron como amenazantes y no se resolvieron adecuadamente, la mente construye unas lecturas totalmente desajustadas, que ven peligros y amenazas por doquier. Son precisamente estas “creencias irracionales” las que explican los miedos excesivos y habituales, que generan tanto sufrimiento inútil.
Lo opuesto al miedo es la confianza. Cuando un niño crece en un clima de seguridad afectiva, desarrolla una confianza básica en la vida y en sí mismo, en la que puede hacer pie, manteniendo alejados los miedos irracionales. Cuando, por el contrario, careció de aquella seguridad básica, sobre todo en el inicio de su existencia, el miedo sustituye a la confianza, hasta el punto de colorear toda la personalidad. Es lo que expresó el filósofo Thomas Hobbes cuando escribió: “El día que yo nací, mi madre parió gemelos: yo y mi miedo”.
El miedo requiere un tratamiento psicológico específico, dependiendo de diferentes factores. Pero siempre es posible cultivar la confianza, con un doble trabajo: psicológico y espiritual. La comprensión profunda (espiritual) abre a la confianza en el Fondo de lo real (lo único realmente real); el trabajo psicológico potencia la confianza en sí mismo. En la medida en que crecemos en confianza, el miedo irracional disminuirá notablemente, permitiéndonos vivir de una manera más serena, descansada y plena.
Comentarios desactivados en ¿Dónde está Dios hoy? En los 19000 niños ucranianos deportados
Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:
Dos cuestiones nos ofrece la Palabra de hoy:
Dios no está en los grandes alardes religiosos, en los huracanes eclesiásticos, ni en la fuerza. Dios está en la vida sencilla, en la suave brisa, a veces en los acotecimientos trágicos
La barca, la Iglesia sufre tempestades y galernas siempre. También hoy. Quien importa que esté presente es Cristo. No tengáis miedo, soy yo…
01.- ¿Dios pasa por nuestra vida?
El profeta Elías ha huido de la reina Jezabel, porque ésta quería sustituir a Yahvé por Baal (dios pagano). Elías quiere ser fiel a Yahvé, a Dios, por eso marcha al monte Horeb (Sinaí), allí se esconde en una cueva a la espera de que Dios pase por su vida.
Elías esperaba que el Dios fuerte pasara quizás en el viento huracanado, pero allí no estaba Dios, tal vez Dios manifestara su ser en la violencia del terremoto, quizás en la fuerza destructiva del fuego, pero Dios tampoco estaba en la prepotencia.
Elías pensaba destruir a Jezabel y su poder con un Dios fuerte, un huracán, un terremoto, con el fuego destructor. Son elementos cósmicos y simbólicos de un Dios prepotente, altanero.
¿Dónde está Dios?
En el campo de concentración de Auschwitch en un cierto momento diezmaron a los allí prisioneros.
Los judíos del campo de concentración fueron obligados a presenciar la ejecución.
Entre los fusilados estaba un niño.
En voz baja, alguien entre los judíos asistentes preguntaba: Dios, ¿dónde está Dios?
Otro le respondió, ahí, en ese niño fusilado…
Dios está silenciosamente en la vida cotidiana: a veces en la suave brisa, a veces en el silencio, en ocasiones en la noche oscura, en la enfermedad, en los acontecimientos cotidianos y no pocas veces trágicos.
Muchas veces buscamos a Dios en los ritos hieráticos y solemnes del templo, en las grandes concentraciones de gente o en apariciones espectaculares.
Dios está en la brisa de todos los días.
Dios está en los 19.000 niños ucranianos deportados, en los miles y miles de niños y mayores que viven muriendo de hambre. Dios está en las personas que humildemente ayudan a los demás: comedores sociales, en los bancos de alimentos, en los barcos que tratan de recuperar a los que pasan en pateras, Dios está en la apertura de fronteras a los emigrantes. Dios está en los enfermos, en las depresiones, en los hospitales. Dios está en las tareas humildes de los padres de familia, en el trabajo de los obreros.
Dios está en la creación, en la naturaleza, sacramento de Dios…
02.- Tempestades en la vida.
Las tres veces que aparece el simbolismo de la barca y la tempestad en el lago (Mt 14,22-36; 16, 5-12; Mc 4,36) son relatos eclesiales, de dificultades en la Iglesia naciente y en todo momento histórico de la Iglesia, incluida la actual.
La barca es la Iglesia, el arca de Noé, donde se salva el ser humano de los naufragios de la vida
Las tempestades son los problemas, los hundimientos, las rupturas tanto personales como eclesiásticas, las búsquedas de poder, el fanatismo dogmático y moral que generan algunos obispos y cardenales.
Podemos evocar nuestras propias galernas y rupturas eclesiales. (Oriente: Constantinopla y Occidente: Roma en el 1054; la ruptura entre Roma y el naciente protestantismo en el siglo XVI).
No olvidemos la propia división y ausencia de sintonía (comunión) en nuestra propia diócesis
v 22: LES MANDÓ QUE SUBIERAN A LA BARCA.
Jesús invita a los suyos a “embarcarse” en la Iglesia como “lugar” de salvación. Lo repetía el papa Francisco: cómo me gustaría que la Iglesia fuese un hospital donde se curan las heridas de la vida.
Se abren muchas cuestiones que no es momento de tratar. ¿Realmente la Iglesia, nuestra diócesis es un hogar amable, salvífico en el que se cura y no se hurga cada vez más en las heridas?
¿Conseguirá la sinodalidad llegar a hacer de la Iglesia un “arca de Noé” salvífica?
La Iglesia es la barca, el arca de Noé donde se salvó la humanidad y, en cierto sentido, el universo.
v 25. DE NOCHE, JESÚS SE ACERCÓ.
Estos textos están escritos en el seno de unas comunidades que habían experimentado ya al Señor resucitado. No se trata de una tormenta oceanográfica en el lago, sino que con una cierta majestuosidad, Xto resucitado domina el abismo, la muerte, el caos.
Cuatro veces aparece la expresión: “caminar sobre las aguas” (vv 25.26.28.29). Con Cristo no somos engullidos por el abismo. La vida es caminar entre muchos vendavales y aguas abismales.
Si Cristo está en la barca o está con nosotros, no nos hundimos. La Iglesia saldrá a flote si le dejamos sitio a Cristo no a una línea ideológico-eclesiástica de turno. El único imprescindible en la barca es Cristo. Todo y todos los demás somos pobres gentes con más pretensiones de poder que de salvación.
Nos hará bien en las galernas y en las noches de la Iglesia mirar a Cristo, mirar al Reino de Cristo.
v 25. ANIMO, SOY YO, NO TENGÁIS MIEDO.
Muchas veces aparece esta expresión que manifiesta la actitud de Jesús: no tengáis miedo, no temas pequeño rebaño, confiad …
Cuando el miedo está tan extendido en la barca de Pedro: sea por amenazas morales, canónicas, sea por totalitarismos eclesiásticos, a lo mejor es que estamos lejos del Señor que nos dice: ánimo, soy yo, no temáis.
El “soy yo” evoca el Éxodo: Yo soy el que soy y recuerda toda la cristología del Evangelio de Juan: YO SOY el pan, la vid, el camino, la verdad, la vida… Que “el que es” se nos acerque, nos hace bien.
La confianza en el Señor nos confiere el coraje y la osadía, la audacia para confiar en lo que los temporales parecen destrozar.
v 31 JESÚS LE TENDIÓ LA MANO, LO AGARRÓ.
Jesús tiende siempre la mano, no deja nunca a nadie en la estacada.
Tanto en las borrascas personales como en las eclesiásticas no perdamos la fe: ¡hombres de poca fe! Confiemos: ¡Señor sálvame!
vv 32-33 SUBIERON A LA BARCA – ERES HIJO DE DIOS.
Subieron a la barca, a la Iglesia y allí vivieron con gozo y confesaron su fe: Verdaderamente eres Hijo de Dios.
Donde Cristo está presente, hay salvación, serenidad y ahí se puede vivir la confianza, la fe en Él.
Comentarios desactivados en La epifanía de Dios en nuestra pobreza
Del blog Amigos de Thomas Merton:
«Dios no es un «problema» y nosotros, que vivimos la vida contemplativa, hemos aprendido por experiencia que nadie puede conocer a Dios mientras esté intentando resolver «el problema de Dios». Tratar de resolver el problema de Dios es tratar de verse los ojos. Uno no puede verse los ojos porque son aquello con lo que ve, y Dios es la luz por la que vemos —por la que vemos, no un «objeto» claramente definido llamado Dios, sino todo lo demás en el Único invisible—.
Dios es entonces Aquel que ve y la Visión, pero Él no es visto en la tierra. En el cielo, Él es Aquel que ve, la Visión y el Visto. Dios se busca a Sí mismo en nosotros, y la aridez y aflicción de nuestro corazón es la aflicción de Dios que no es conocido en nosotros, que no puede encontrarse a Sí mismo en nosotros, porque no nos atrevemos a creer o confiar en la increíble verdad de que El puede vivir en nosotros, y puede morar en nuestro ser porque lo elige, porque lo prefiere.
En efecto, existimos solo para esto, para ser el lugar que El ha elegido para Su presencia, Su manifestación en el mundo, Su epifanía. Pero nosotros oscurecemos todo esto y lo hacemos vergonzoso porque no lo creemos, porque nos negamos a creerlo. No es que odiemos a Dios, sino mas bien que nos odiamos a nosotros mismos y hemos perdido la esperanza en nosotros mismos.
Si empezáramos a reconocer, humilde pero verdaderamente, el verdadero valor de nuestro yo, veríamos que este valor es el signo de Dios en nuestro ser, la firma de Dios sobre nuestro ser. Por suerte, el amor del prójimo se nos da como el camino para comprender esto, pues el amor de nuestro hermano, de nuestra hermana, de la persona amada, de nuestra esposa, de nuestro hijo, esta ahí para que veamos con la claridad de Dios mismo que somos buenos. Es el amor de quien me ama, de mis hermanos o de mi hijo, lo que ve a Dios en ml, lo que hace a Dios creíble para mi mismo en mi. Y es mi amor a la persona que amo, a mi hijo, a mi hermano, lo que me permite mostrarles que Dios esta en ellos. El amor es la epifanía de Dios en nuestra pobreza«.
Comentarios desactivados en Eunucos «en» el reino de Dios: ¿Nacidos en un cuerpo equivocado? Sobre un sermón de Mons. Munilla
Del blog de Xabier Pikaza:
Monseñor afirma que nadie nace en un cuerpo equivocado, porque Dios hace todas las cosas bien. En un sentido, esas palabras me parecen bien, pero en otro me atrevo a matizarlas, desde la perspectiva de Mt 19, 10 (cf. Jesús Martínez Gordo).
Está en el fondo el tema de los eunucos clericales, como pusieron de relieve U. Heinemann y E. Drewermann. Está el «misterio» y tarea de la diversidad de género y sexo del ser humano
| X. Pikaza
No quiero entrar en disputas teológico-papales (o anti-papales); me limito a ofrecer una sencilla exégesis sobre Jesús y los eunucos (cf. Mt 19,10). Digo con Mons. Munilla, que Dios no se equivoca, pero entiendo esa palabra de una forma quizá diiferente, en la línea de Jesús, a quien llamaron eunuco (de forma maliciosa).
El obispo de Orihuela-Alicante, José Ignacio Munilla, afirmó en una catequesis durante la Jornada Mundial de la Juventud que se celebra en Lisboa que «La ecología tiene que comenzar por el respeto hacia nosotros mismos, Dios nos ha creado bien, Dios no se equivoca, nadie nace en un cuerpo equivocado», dijo el prelado.
El obispo de Orihuela-Alicante advirtió que la ecología, si no es integral, «no es cristiana», es «ideología», y alertó de algunas «contradicciones flagrantes» del ecologismo que no es integral.
Por ejemplo, indicó el ecologismo «denuncia los transgénicos, pero «al mismo tiempo» defiende «el transgénero, que uno pueda cambiar de repente de ser hombre a ser mujer». «Es una contradicción que deja patente una ideología» .
Catequesis Bíblica. Punto de partida
Varios textos bíblicos afirman Dios lo hace todo bien, desde Sabiduría (Sab 8-9) hasta la palabra clave de Rom 8, 28: “Todo contribuya para bien de los creyentes”. En esa línea, cuando le preguntan a quién ha pecado para que un hombre nazca ciego, precisamente a la vera del templo, Jesús responde: “No se trata de quién ha pecado, sino de cómo ayudarle” (Jn 9, 2-3).
Jesús ha nacido en un mundo lleno de cojos-mancos-ciegos, posesos y enfermos de diverso tipo, y estoy convencido de que no se atrevería a decir las cosas que su Mons. Munilla afirma, en contra del Papa, en una esquina de Lisboa.
Pero, por equivocación, bien entendidas, las palabras de Munilla son “acertadas”: Cada uno ha de vivir para bien (con la acogida y ayuda de otros, en especial de cristianos, como parece ser Munilla) dentro del espectro de arco-iris donde el Dios de la providencia amorosa (difícil de entender, en clave humana) le ha colocado.
No sé cómo responder teóricamente al tema, aunque algo he leído el evangelio de Mateo, y allí se encuentra este texto famoso, donde “eunucos” de diverso tipo forman parte de la Providencia de Dios, siendo “bien nacidos”, así como siendo…y teniendo que ser bien acompañados por otros seres humanos.
Jesús dice a sus discípulos varones (duros varones, que se creen dueños de la sexualidad de otros, y en especial de la sexualidad de las mujeres y en general de todos los “distintos” a ellos) que han de ser fieles a la vida…
19 10 Sus discípulos le dijeron: Si ésta es la condición del hombre con la mujer, no conviene casarse. 11 Pero él les dijo: No todos entienden esta palabra, sino aquellos a quienes les ha sido dado. 12 Pues hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos que han sido hechos eunucos por los hombres, y hay eunucos que se han hecho eunucos a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender entienda (Mt 19 10)[1].
Primera explicación
Los fariseos (19, 3) le preguntaban si el hombre podía expulsar a su mujer por cualquier causa (aitia). Pues bien, la respuesta de Jesús (insistiendo en la fidelidad), suscita el nuevo comentario/pregunta de los discípulos varones, que dicen: Si la causa es esa (es decir, si el hombre no tiene razones para expulsar a su mujer a no ser por porneia) será mejor no casarse, no asumir ese riesgo de unión matrimonial.
El tema parece referirse varones que quieren mantener la “libertad” de hacer lo que quieran con sus mujeres… A ellos les pide Jesús fidelidad. Pedro responde como buen varón-macho que en caso de exigir fidelidad es mejor no casarse.
Ciertamente, hay otras formas de entender el texto, que podría referirse a viudos, que, tras la muerte de su mujer, no podrían ya casarse de nuevo, o a otros grupos de personas con dificultades matrimoniales… Pero, en principio, parece preferible la solución tradicional: Los discípulos sienten que la doctrina de Jesús sobre el matrimonio resulta dura para los varones egoístas (quieren mantener su derecho al divorcio), de manera que para ellos sería preferible no casarse. Así lo entiende el Jesús de Mateo, y desde ese fondo responde, aunque cambiando el matiz negativo del comentario de los discípulos, para establecer una doctrina y experiencia universal, introduciendo así una especie de “salto” en la línea del discurso:
− Respuesta general, un don divino: “No todos entienden esta palabra de fidelidad sino aquellos a quienes les ha sido dado (19, 11). Esta cuestión del matrimonio, tal como lo plantea Jesús, con la respuesta de los discípulos (¡mejor no casarse!) no puedan entenderla simplemente todos, sino aquellos a quienes Dios mismo les ofrece el don de la fidelidad personal, vinculada a la comprensión y experiencia del Reino, entroncada en la fidelidad de Dios.
Según eso, ni el matrimonio en la línea de Jesús (por el Reino) ni el posible celibato del que sigue hablando el texto (eunucos por el Reino) son estados naturales de vida (que se entienden y resuelven por sí mismos), sino que implican (despliegan) un descubrimiento y cultivo de la fidelidad de Dios, en la línea marcada por Gen 1-2. Éste no es por tanto un tema que pueda resolverse por ley o imposición jurídica o social, sino por gracia de Dios y comunión humana. Se trata, pues, de ascender de nivel, entendiendo y desarrollando de esa forma el don del Reino de Dios, como se decía en el contexto de las parábolas (cf. Mt 13, 10-17).
− Jesús y los eunucos: “Pues hay eunucos que nacieron así del seno materno, y otros que han sido hechos eunucos por los hombres…” (19, 12). Todo nos permite suponer que Jesús retoma el argumento de los discípulos (¡mejor no casarse!), para situarlo en el plano de la complejidad social y sexual de la vida. No se trata de entender a todos los eunucos de una misma forma, sino de distinguir y precisar los planos, valorando la diversidad de unas situaciones que parecen marcadas por la diversidad de formas de la vida humana.
En esa línea, Jesús se sitúa, y sitúa a sus discípulos, en el contexto de su propia experiencia, en un entorno formado, al menos en parte, por hombres (y mujeres) célibes que han dejado casa y familia, apareciendo así como un grupo ambiguo, criticados o, al menos, marcados por sus adversarios como “eunucos”, pues viven de un modo “anormal”, sin familia establecida, en contra de una tradición de matrimonio para la procreación, que comienza en Gen 1-2. Podemos suponer que Jesús, como Juan Bautista, su maestro, había renunciado a una familia propia (sus discípulos no eran familia, en sentido tradicional).
Jesús no es un mesías de matrimonios ejemplares, de gente bien-casada, dentro de un orden patriarcal, donde los varones regulan y dirigen la vida de sus legítimas mujeres (e hijos), expulsando a los menos convenientes. Al contrario, él es mesías de hombres y mujeres que se sienten llamados a vivir en libertad, como hijos de Dios, en medio de un mundo de niños que parecen abandonados, de pequeños que necesitan compañía y protección, de enfermos, expulsados sociales, marginados afectivos, eunucos…. Sin esta experiencia radical de protesta contra un mundo dominado por fuertes varones que se imponen sobre las mujeres, sin esa apertura a los pobres, pequeños y eunucos de diverso tipo no se entiende el evangelio[2].
Mt 19, 9-12 es un pasaje claramente añadido dentro del “corpus” de su evangelio, pero recoge una tradición de su comunidad que posiblemente proviene de Jesús. En su contexto actual, este pasaje supone que los discípulos reaccionan como “varones” patriarcales ante el principio de fidelidad humana que Jesús les ha propuesto (¡el varón no puede expulsar a la mujer!), a pesar de la posible atenuación que ese principio ha recibido con la sentencia sobre la “porneia”, es decir, sobre la destrucción del vínculo de comunión entre un hombre y una mujer en el matrimonio: ¡Si el matrimonio se aplica así, sería mejor no casarse!
Ése es un comentario realista y muy actual. Son millones y millones los hombres y mujeres que responderían y responden de la misma forma, evitando de hecho el matrimonio (¡formando algún tipo de pareja sin voluntad radical de permanencia!) o contrayendo un matrimonio “light”, como un contrato temporal, mientras dure, sin alianza personal definitiva entre dos personas (¡sería mejor no casarse!).
En este contexto ha introducido Mateo este “logion” o sentencia de Jesús sobre los eunucos, que en principio tenía otro contexto, y que así debe entenderse (al parecer) como respuesta de Jesús ante algunos que le/les acusan de “eunucos”, por vivir como viven y formar como forman una comunidad de varones y mujeres que han roto los vínculos matrimoniales del conjunto de la sociedad (cf. tema 8):
‒ Posible contexto histórico: acusan a Jesús y a los suyos de eunucos . Jesús ha iniciado un tipo de vida no convencional, un celibato entendido como protesta frente a unas condiciones familiares y sociales de tipo patriarcalista, en las que unos se imponen sobre otros. Él ha perdido a los suyos que “abandonen a su padre y a su madre”, que rompan con un tipo de vida familiar integrada en el sistema de los privilegiados. Su misma vida, y la vida de discípulos, aparece así como protesta contra el orden tradicional, como sabemos Mc 3, 20-21 donde se dice que sus mismos familiares les han acusado de loco, queriendo llevarle de nuevo a su casa.
En un contexto semejante puede situarse la acusación de aquellos que le tildan Jesús y tildan a sus discípulos de “eunucos” en un sentido extenso, tomándoles como “incapaces sexuales” (o quizá incluso como “desviados”), precisamente a causa del grupo específico que forman, de mujeres y varones, sin guardar el orden matrimonial estricto. En ese contexto se sitúa la gran paradoja de Jesús que, por un lado, ha sostenido la exigencia de fidelidad del matrimonio; pero que, por otro, ha compartido su vida y movimiento con gentes (varones y mujeres) de diversa situación y orientación sexual, corriendo así el riesgo de que sus adversarios le acusen.
‒ Jesús ha aceptado la acusación y ha respondido hablando de tipos distintos de eunucos, para presentarse al fin (probablemente) como “eunuco por el reino de los cielos”. No tiene reparo en aceptar la acusación de aquellos que le comparan (y comparan a sus discípulos) con pretendidos “desviados” sexuales. Este Jesús que así responde es el mismo que acepta la compañía de publicanos y prostitutas y de otro tipos de “pecadores” (cf. Mc 2, 15; Mt 21, 31). En ese sentido, debemos afirmar que él no aparece en el evangelio como un ejemplo de “rectitud patriarcalista”, sino como un hombre que conoce (comprende) los diversos tipos de desviación o, mejor dicho de marginación sexual.
‒ Jesús distingue tres tipos de eunucos, y lo hace con naturalidad.
(a) Hay “eunucos por naturaleza” (desde el vientre de la madre), personas con tendencias o posibilidades sexuales distintas, que algunos pueden tomar como, “desarregladas” o simplemente como pecaminosas, por su misma constitución, que abarca un abanico grande de personas, desde los hermafroditas e impotentes sexuales por alteración fisiológica, hasta los diversos tipos de homosexuales y transexaules físicos y/o psicológicos.
(b) Hay eunucos sociales, que han de entenderse en sentido literal: Aquellos que han sido castrados, para realizar servicios en templos y palacios, con lo que ello implicaba en un plano personal.
(c) Están, finalmente, aquellos que han asumido una conducta familiar y afectiva distinta, por libertad personal y/opor opción social, al servicio del Reino de Dios, asumiendo de esa forma una conducta que el entorno social y cultural condenaba.
‒ Jesús no proclama ningún juicio o rechazo social sobre los eunucos desde el vientre de la madre.No juzga a la naturaleza por “producir” tipos diversos de personas, con capacidades y conductas sexuales distintas. Tampoco ofrece un tipo de legislación socio-religiosa, como la Ley de Israel, considerando a esos eunucos (en general) como impuros, o impidiéndoles realizar servicios sacerdotales, sino que se limita a decir que hay eunucos, añadiendo que ellos forman parte de la sociedad y suponiendo ellos han de ser acogidos en el movimiento del Reino, tal como son, cada uno como. A los eunucos de diverso tipo no se les admite en el Reino obligándoles a dejar de ser eunucos, sino siéndolo en verdad, asumiendo el camino del reino cada uno desde su propia realidad, desde su propia identidad, siendo así acogidos por la comunidad.
Comentarios desactivados en Una iglesia sinodal debe abandonar las ideas colonizadoras de género y sexualidad, escribe un católico gay
Muchas de las conversaciones y esperanzas para la asamblea mundial del Sínodo sobre la Sinodalidad en Roma este octubre se han centrado en lo que se ganará a medida que la Iglesia Católica se convierta más en una institución sinodal. Pero un católico gay señala que si la iglesia quiere avanzar hacia la visión sinodal del Papa Francisco, también tendrá que dejar de lado algunas ideas arraigadas.
En el National Catholic Reporter, Donny Mioskowski Cámara identifica “tres suposiciones tácitas que impiden que la iglesia nos transmita fielmente el mensaje liberador y dador de vida de Dios a través de las enseñanzas y la vida de Jesús… el poder como dominación, la superioridad de la élite de Europa occidental cultura y las normas del heteropatriarcado”, la idea de que los hombres heterosexuales y cisgénero dominan una jerarquía social.
Cámara recurre a la teología de la liberación brasileña para trazar un contraste entre el poder que domina y el ejercicio del poder de Jesús como amor y servicio. Como católico filipino-estadounidense gay, es muy consciente de la opresión que los conquistadores españoles impusieron a sus antepasados, quienes “usaron una violencia tremenda para imponer una sociedad estructurada por la dominación en todos los niveles”.
Al igual que la visión de una iglesia sinodal donde una comunidad diversa de voces discierne en conjunto, la Filipinas prehispánica abarcaba numerosas culturas, estructuras sociales, idiomas y prácticas religiosas en todas las islas, señala Cámara. Para conquistar con éxito la región, los españoles necesitaban homogeneidad y, por lo tanto, impusieron su propia cultura de Europa occidental, incluido “un sistema de género y normas de prácticas sexuales que se conoce como heteropatriarcado”, que ahora está “profundamente arraigado en la cultura filipina contemporánea”.
Cámara describe a los babaylan, líderes espirituales que encarnaban tanto al hombre como a la mujer y vestían ropas de mujer. Bajo el dominio colonial, los babaylans fueron reprimidos e incluso asesinados. Se venció cualquier práctica de género o sexual fuera de las normas europeas, un legado que aún sustenta la experiencia de Cámara y otros católicos filipinos en la actualidad. Señala:
“Las prácticas sexuales heteronormativas no existían en las Filipinas precoloniales. Las personas tenían relaciones sexuales y emocionales con personas de todos los géneros, y las relaciones entre sexos diferentes no se consideraban superiores a las relaciones entre personas del mismo sexo. No existía el concepto de personas ‘heterosexuales’ y ‘gays’ o ‘cis’ y ‘trans'».
Pasar a una iglesia sinodal requiere nombrar estas tendencias destructivas para elegir “un símbolo de auténtica liberación y libertad, y no de la adhesión homogénea de todos a un sistema cerrado y centralista que tiende a descalificar a quienes se apartan de él”. En resumen, el modelo es el ejemplo de la vida y la enseñanza de Jesús arraigadas en el amor mutuo exactamente como son en lugar de cuán bien se adhieren a un estándar impuesto por aquellos que intentan dominar. Cámara escribe:
“Si la iglesia se incultura a sí misma de muchas maneras diversas, entonces ya no habrá una sola forma de hablar de lo Divino, una sola forma de orar juntos en comunidad, una sola forma de estructurar familias y una sola forma de vivir una vida sexual . Sin embargo, la verdadera unidad en toda esta diversidad será el amor”.
El Sínodo sobre sinodalidad en curso es, de hecho, una gran oportunidad para que la iglesia afloje su control sobre la dominación, el heteropatriarcado y el sesgo hacia las normas europeas blancas. Que las esperanzas y la visión de Cámara nos revitalicen hacia el llamado evangélico de liberación para todos los pueblos.
—Angela Howard McParland (ella/ella), New Ways Ministry, 1 de agosto de 2023
Comentarios desactivados en Clara de Asís, la Dama pobre…
Clara de Asís, mujer fuerte, fundadora de las Damas Pobres (Clarisas), espejo en el que Francisco de Asís se reflejaba como un igual… Que nos acompañe hoy en su fiesta y nos enseñe a vivir siendo más humanos, con una mirada compasiva abierta al hermano sufriente…
Clara nació en Asís el año 1193 (o 1194). Hija de noble familia, fue educada por su madre en la fe cristiana, pero al escuchar y ver a su conciudadano Francisco en la nueva vida evangélica que éste había emprendido comprendió que quería llevar la misma forma de seguimiento de Jesús. Con su hermana, que la seguirá quince días después de su huida del palacio, vive en el monasterio de San Damián, situado fuera de los muros de Asís, «según la forma del santo Evangelio», obteniendo de los papas el singular «privilegio de la pobreza». Fueron muchas las compañeras que la imitaron. Juntas constituyeron la primera comunidad de «Hermanas pobres», para las cuales, y ya en sus últimos años, escribió Clara -primera mujer que lo hizo en la historia de la Iglesia- una Regla. Esta fue aprobada por Inocencio IV en 1254, pocos días antes de la muerte de Clara. Se conserva el Proceso de su canonización, que tuvo lugar en 1255. Es un documento de excepcional valor para conocer la experiencia de la «plantita de Francisco».
*
***
Tanto para Clara como para Francisco, el primado se lo lleva el señorío de Dios sobre toda la vida y todas las cosas; la centralidad de toda la vida, la voluntad y la acción está constituida por Cristo; la dinámica de la vida de penitencia o de conversión sólo la da y sólo hemos de buscarla en el Espíritu Santo; pero esto es más que suficiente para definir la contemplación auténticamente cristiana […].
Clara no hace coincidir nunca contemplación y clausura, la contemplación como conocimiento amoroso de Cristo y un hecho material como la clausura. Tanto para Clara como para Francisco (es cierto, no obstante, que los acentos de Clara son femeninos), la contemplación es asiduidad con la palabra leída en las sagradas Escrituras, aunque también escuchada y recibida por los hermanos como comida y alimento de la fe y del alma; la contemplación es oración continua atendiendo al Señor y a todas las criaturas.
Es propio y específico de Clara haber dado a la contemplación una dimensión propiamente evangélica: no era para ella una actividad extraordinaria, reservada a una élite, a los privilegiados de la cultura, sino una actitud cotidiana en el ámbito de la humilde realidad de las cosas, de las labores cotidianas. La contemplación, para Clara, es vida en Cristo, es sacrificio vivo y espiritual ofrecido al Señor. Es significativo que la única referencia que hace Clara a la página del encuentro de Jesús con María y Marta [cf. Lc 10,38-42], que se había convertido en su tiempo en un lugar clásico para afirmar el primado de la vida contemplativa sobre la activa, determina lo único necesario de este culto de la vida a Dios [cf. Rom 12,1] y no entrevé ninguna oposición entre acción y contemplación.
La contemplación, por tanto, para Clara y Francisco, no es sólo conocer a Dios, sino también ver a los hombres y a las criaturas como los ve Dios. Clara llama a Inés «alegría de los ángeles »[Carta tercera 3, 11 ]y registra de un modo nuevo las cosas de Dios, las criaturas de las que siempre ve brotar una alabanza, una acción de gracias al Dios altísimo y creador
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E. Bianchi, La contenplazione in Francesco e Chiara d’Assisi,
Magnano 1995
Comentarios desactivados en «Preocupación por las víctimas en la sociedad y en la Iglesia «, por Leonardo Boff
Millones de personas en el mundo son víctimas de discriminación, desprecio y odio
Estamos viviendo a nivel mundial y nacional una extraña paradoja. Por una parte constatamos, como en ningún periodo histórico anterior, una creciente preocupación por las víctimas de crímenes cometidos personal o colectivamente. Por otro lado, verificamos una clamorosa indiferencia hacia las víctimas, ya sean de crímenes de feminicidio sobreviviente, o de conflictos de alta letalidad y hacia los millones de refugiados e inmigrantes
Esta preocupación por las víctimas adquirió resonancia mundial, cuando la Iglesia Católica (pero también otras iglesias), tras mucha vacilación despertó a la exigencia ética y moral de oír a las víctimas y compensar el daño psicológico y espiritual causado. Al principio no era así. Un decreto de autoridades del Vaticano exigía, bajo pena canónica, que los sacerdotes pederastas no fuesen denunciados a las autoridades civiles.
Fue necesario que interviniesen los papas, especialmente el Papa Francisco para dar centralidad a las víctimas de los abusos sexuales. Él se reunió con muchas de ellas. Varias veces pidió perdón en nombre de toda Iglesia por los crímenes cometidos
Estamos viviendo a nivel mundial y nacional una extraña paradoja. Por una parte constatamos, como en ningún periodo histórico anterior, una creciente preocupación por las víctimas de crímenes cometidos personal o colectivamente. Por otro lado, verificamos una clamorosa indiferencia hacia las víctimas, ya sean de crímenes de feminicidio sobreviviente, o de conflictos de alta letalidad y hacia los millones de refugiados e inmigrantes, que buscan huir de guerras o del hambre, principalmente en Europa y en Estados Unidos. Estos últimos especialmente son los más rechazados.
En 1985 la ONU publicó la “Declaración sobre los principios fundamentales de justicia para las víctimas de delitos y del abuso de poder”. Fue un paso decisivo en defensa de las víctimas siempre olvidadas por la justicia en regímenes autoritarios o en democracias de baja intensidad, controladas por los poderosos, principales causantes de víctimas.
Curiosamente en Brasil, la visión de los derechos humanos concernía prioritariamente a la defensa de los autores de los delitos, cuando su preocupación central fue siempre la protección de la dignidad de toda persona humana, de sus derechos en todas sus dimensiones.
Un cierto giro jurídico en Brasil
A pesar de haber en Brasil, por lo general, un déficit normativo acerca del incentivo a los derechos de las víctimas, cabe constatar que en el Derecho Penal Contemporáneo esta preocupación ha adquirido últimamente cierta importancia. Se introdujeron modificaciones en el Código del Proceso Penal determinando como requisito para la fijación de sentencia criminal por parte del juez, los daños por el crimen realizado. El juez impone indemnizaciones y la obligación al condenado de resarcir a la víctima.
En suma, hay que enfatizar cierto giro jurídico: antes la responsabilidad civil se centraba en el criminal, ahora se vuelve hacia la víctima y la compensación del daño sufrido por esta: “de una deuda de responsabilidad se ha pasado a una reparación de indemnización”.
‘Shame’, una exposición sobre las víctimas
Esta preocupación por las víctimas adquirió resonancia mundial, cuando la Iglesia Católica (pero también otras iglesias), tras mucha vacilación despertó a la exigencia ética y moral de oír a las víctimas y compensar el daño psicológico y espiritual causado. Al principio no era así. Un decreto de autoridades del Vaticano exigía, bajo pena canónica, que los sacerdotes pederastas no fuesen denunciados a las autoridades civiles.
«Todo quedaba ocultado dentro del mundo eclesial. Al pedófilo se le transfería a otra parroquia o diócesis, sin tener en cuenta que también allí continuaban los abusos»
Todo quedaba ocultado dentro del mundo eclesial. Al pedófilo se le transfería a otra parroquia o diócesis, sin tener en cuenta que también allí continuaban los abusos. Este vicio afectaba a sacerdotes, obispos y hasta cardenales. Se alegaba que el silencio (nada obsequioso) era para no desmoralizar a la institución Iglesia universal, y preservar su buen nombre como la guardiana de la moralidad y de los valores occidentales.
Esto nos remite al farisaísmo, tan combatido por el Jesús histórico, ya que los fariseos predicaban una cosa y vivían otra, dándose por piadosos (Lucas 11,45-46). Ese fariseísmo prevaleció un buen tiempo en el interior de la Iglesia Católica.
Versión moralista
La versión predominante de las autoridades vaticanas era moralista: la pedofilia se juzgaba como un pecado; bastaba confesarlo y todo quedaba resuelto. Pero encubierto. Doble error fatal: no era solo un pecado; era un crimen horrendo y vergonzoso. El tribunal adecuado para juzgar tal crimen no era el derecho canónico sino la justicia civil del Estado. Así que sacerdotes, obispos y hasta cardenales tuvieron que enfrentarse a tribunales civiles, reconocer el delito y someterse a la pena. Para otros, el propio Papa se anticipaba y mandaba a un cardenal pedófilo a un convento para que, recogido, se redimiese de sus crímenes.
El segundo error fatal: solo se tenía en cuenta al eclesiástico pederasta. Pocos pensaban en las víctimas. Inicialmente así era como se trataba el problema de la pedofilia, inclusive dentro de la Curia Romana.
Fue necesario que interviniesen los papas, especialmente el Papa Francisco para dar centralidad a las víctimas de los abusos sexuales. Él se reunió con muchas de ellas. Varias veces pidió perdón en nombre de toda Iglesia por los crímenes cometidos. Ha habido diócesis en Estados Unidos que casi fueron a la quiebra por las indemnizaciones que tuvieron que pagar a las víctimas, impuestas por los tribunales civiles.
Prácticamente en todos los países y diócesis se ha investigado a clérigos pedófilos, algunas de forma dramática como en el caso de Chile que ocasionó la renuncia de gran parte del episcopado. No menos dramática fue la investigación en Alemania, involucrando al Papa Benedicto XVI, en el tiempo en que era cardenal-arzobispo de Múnich. Tuvo que admitir delante de un tribunal civil haber sido indulgente con un sacerdote pederasta, transfiriéndolo simplemente a otra parroquia.
Escisión en la mente de las víctimas
Lo grave de los abusos sexuales por parte de personas del clero es la profunda escisión que crea en la mente de las víctimas. Por su naturaleza, un clérigo está rodeado de respeto por ser portador de lo sagrado y, eventualmente, es considerado como representante de Dios. Mediante el abuso criminal se rompe espiritualmente el camino de la víctima a Dios. ¿Cómo se puede pensar y amar a un Dios cuyo representante comete esos crímenes? Ese daño espiritual, además del psicológico, está poco señalado en los análisis que se han hecho y se hacen.
Acto de reconocimiento a víctimas abusos en la Iglesia católica en Navarra
Millones y millones de personas en todo el mundo son víctimas de discriminación, desprecio, odio y hasta de muerte por el color de su piel, por ser de otra creencia o de otra ideología política, de otra opción sexual o simplemente por ser pobres. Fueron los países europeos cristianizados los que hicieron más víctimas con la Inquisición, con guerras de 100 millones de muertos. Fueron ellos quienes comercializaban con personas arrancadas de África y las vendían como esclavas en las Américas y otras partes. Impusieron a sangre y fuego el colonialismo, el capitalismo depredador, el uso sistemático de la violencia para imponer en el mundo sus supuestos valores cristianos.
Desde el justo Abel hasta el último elegido, las víctimas tendrán el derecho de gritar hasta el juicio final contra las injusticias que les han sido impuestas. En el lenguaje de una víctima indígena del siglo XVI, refiriéndose a los brutales colonizadores: “ellos fueron el anticristo sobre la tierra, el tigre de los pueblos, el chupador del indio”. Habrá un día en que toda la verdad saldrá a la luz, a pesar de que en el tiempo presente, en las palabras de San Pablo “la verdad está aprisionada por la injusticia” (Romanos 1,18). Pero la verdad y no la violencia creadora de víctimas, escribirá la última palabra del libro de la historia.
*Leonardo Boff ha escrito Teología del cautiverio y de la liberación, Ed. San Pablo 1985.
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Camino de sinodalidad
A propósito de la festividad de san Benito
Juan Herrera, monje benedictino
Victoria, Entre Ríos (Argentina).
ECLESALIA, 17/07/23.- El pasado 11 de julio celebramos a san Benito y con él, la tradición benedictina. Podríamos meditar sobre muchos aspectos que nos ha legado, ya sea en su vida escrita, por Gregorio Magno, o en su obra de la Regla. Pero si nos fijamos en la liturgia del día, en los distintos textos que la Iglesia nos ofrece para celebrar, ¿a qué nos invita? Y a los monjes cenobitas, es decir, los que viven en comunidad, ¿qué invita a hacer presente en su Iglesia?
1. “Surgió entre ellos una disputa…” (Lc 22, 24- 27) ¿En serio?, ¿también entre monjes?
Empecemos por el Evangelio del día. Si nos preguntáramos qué es lo que surge de una comunidad de cristianos en torno al Señor, probablemente pensaríamos en cuestiones positivas, piadosas, llenas de bondad, porque, estando a su lado, ¿qué otra cosa podría surgir? Pero el texto de hoy nos habla de que surgió una disputa. “El sustantivo griego philoneikia no aparece más que aquí en todo el Nuevo Testamento”[1]. Por lo tanto, si solo aquí se encuentra este término, es porque quiere dársele importancia: en la comunidad de los discípulos un aspecto que surge es el de la disputa. Y todavía podemos ver un matiz mas: “el primer sentido de la palabra era deseo de victoria” [2]. El placer de la victoria, más allá del objeto logrado. En medio de las comunidades cristianas surgen disputas. Y en las monásticas también. Poder aceptarlo, asumirlo e incluso expresarlo, nos invita a ser humildes y ponernos en un camino de conversión. ¿Aceptamos la existencia de disputas? ¿Buscamos hacer algo, personal o comunitariamente, para cambiar o ya nos hemos resignado a que queden instaladas?
En este caso, ¿cuál era el contenido de la disputa? Lo primero que podemos pensar es “en quién es el más importante” entre los discípulos. En términos actuales, cómo es el ranking de posiciones o, en términos institucionales, cómo queda ordenada la estructura jerárquica. Pero en el texto, la disputa “se expresa en términos de «apariencia» (dokei = «parecía ser [el más importante]»), es decir, cómo tendría que aparecer a los ojos de los demás” [3]. El deseo de victoria versaba sobre una apariencia, ni siquiera sobre algo legítimo. Sobre una imagen, sobre el reconocimiento de otros, en definitiva, sobre una vanagloria que termina dejando preso a quien consiguiera la victoria. Lo cual deja en evidencia cuanta pobreza de corazón había en esos discípulos. Y si queremos dar un paso más en la comprensión, pensemos que el contexto en el que sucede es la última cena del Señor, es decir, la inminencia de su muerte, la transmisión de su mandamiento del amor en la vida entregada. Además, el hecho inmediatamente anterior a este relato es el del anuncio de la traición. Lo que está por suceder puede indicar que el tema de la traición puede tener distintas formas, y no estar en la cabeza de un discípulo solamente (Judas). Vemos que hay otras formas de traicionar al maestro que no necesariamente tienen que ver con lo material. Por eso, ¿cuáles son los contenidos de nuestras disputas? ¿por qué causas peleamos?
Es interesante el modo que tiene Jesús de responder a esa situación. Notemos que la respuesta de Jesús no resuelve la disputa en concreto: no sabemos quién era realmente el más grande o el más importante. Hay que entender que Jesús no dice que no haya personas importantes o grandes. No elimina la distinción de rango en la vida cristiana, sino que resalta el hecho de que la grandeza deberá ponerse al servicio de la bajeza. Jesús se centra en el modo en el que el más importante deberá actuar. Y Para eso, se pone él mismo como ejemplo: “yo estoy en medio de ustedes como quien sirve”. En todo caso, el mas importante o mayor en la comunidad es el que se da cuenta que Cristo es el mas importante o mayor y, como él, se pone a servir. Eso es seguimiento del discípulo. Pongamos entonces al Señor en el medio, contemplémoslo e imitemos su modo de vivir.
2. Una vida comunitaria celosa no es problema… el problema es que tenga malos celos
Además del evangelio del día, tuvimos propuesto en el oficio de lecturas un fragmento del prólogo junto con otro del penúltimo capítulo de la Regla, es decir, como una inclusión entre el comienzo y el final.
En el prólogo podríamos decir que encontramos el deseo del comienzo de la obra buena pidiendo a Dios que la perfeccione, llamándonos a servir con los dones que ha depositado en nosotros, escuchando su Palabra en la que encontramos al señor que nos invita y al que seguimos tomando por guía el Evangelio. El Opus Dei, la obra de Dios, es la vida en todos sus aspectos que se encuentra y relaciona con un Dios que nos busca y quiere hacer alianza con nosotros, así evitamos el peligro de reducirla solo a liturgia. En todo caso, la vida se continua en la liturgia y la liturgia en la vida [4].
Pero quisiera detenerme en el fragmento del capítulo 72[5]. Habitualmente lo llamamos “del buen celo que deben tener los monjes”. Podríamos decir sintéticamente que celo es una pasión que provoca el dolor por aquello que nos falta o el cuidado de lo que no queremos perder. Eso tiene un modo bueno o malo de vivirse. Podríamos decir que los discípulos en el Evangelio estaban en “el mal celo”. Son dos direcciones diferentes: el celo malo, aleja de Dios y lleva al infierno. El celo bueno, aleja del pecado y lleva a Dios. Vale la pena considerar nuestro grado de propia pasión, y en qué medida nuestra fe está marcada por las clases de celo que Benito describe. Así podremos dar gracias por el buen celo y ponerlo al servicio, y convertir aquel que vaya contra la propia vida y ajena. ¿Conocemos y reconocemos este celo –el bueno y el malo– en nosotros y en nuestras comunidades? ¿Cómo orientamos y expresamos estos celos? ¿podemos hablar de ellos en comunidad? ¿Cómo lo hacemos? Ciertamente, el celo es una fuerza que puede ser una ocasión de crecimiento o de riesgo en las comunidades[6]. Lo que no quiere Benito es extirpar la dinámica de vida, sino aceptar y ordenarla hacia la Vida que recibimos del Señor [7]. De este modo, el celo será una fuerza inicial que nos lleva a cuidar la vida propia y de los hermanos, con pasión.
3. Una profecía de fraternidad
Al hablar de la actualidad de la vida religiosa, Pascual Chávez dice que hay una crisis que se expresa como debilitamiento de la capacidad de vida. Y lo dice categóricamente: “Lo primero que quisiera reafirmar es que hoy la parte más débil de la Vida Consagrada, y la que tendría que ser la carta de presentación, es la comunidad” [8]. No solo por la posibilidad de que las comunidades puedan vivir (hacia dentro), sino también porque están llamadas a ser una “profecía de la fraternidad” (hacia afuera) [9].
Benito nos invita en la Regla a vivir y a hacer presente este buen celo en la Iglesia y en el mundo. De este modo podremos ser una profecía de fraternidad. El buen celo no es algo que sucede por suerte, o algo que surge simplemente como un sentimiento, sino un ejercicio de caridad que se expresa en obras de servicio a la vida. Y eso es interesante cuando hablamos de sinodalidad. Sinodalidad no es un tema de moda, ni un espiritualismo, sino un signo de los tiempos donde se revela Dios. La sinodalidad es un modo de vivir con otros: caminar es un verbo, una acción, y no un concepto abstracto. Tomemos entonces por guía el Evangelio, respondamos a sus palabras que hoy nos invitan a ser importantes viviendo en humilde abajamiento para el celoso servicio a nuestros hermanos y así, “nada absolutamente antepongan a Cristo, el cual nos lleve a todos a la vida eterna” (RB 72, 12) .
[1] Fitzmyer, J., El Evangelio según san Lucas. IV. Traducción y comentario. Capitulos 18,15- 24, 53, Madrid, Cristiandad, 2005, p. 359.
[2] Bovon, F., El Evangelio según san Lucas IV. Lc 19, 28- 24. 53, Salamanca, Sígueme, 2010, p. 304.
[4] “Hay, como nos lo recuerdan algunas de las palabras de despedida de la Misa, una continuidad entre la liturgia y la vida; rezamos como vivimos y tendríamos que tratar de vivir como rezamos. La Obra de Dios es más grande que la liturgia, como indica el empleo del término por parte de san Basilio. El “Oficio u Obra de Dios” es la totalidad de la vida ascética y espiritual. Incluye a ambos: lo que Dios hace en nosotros y lo que nosotros hacemos por Dios. En este sentido, el mismo espíritu debería impregnar todo lo que hacemos en cumplimiento de nuestra vocación. El mismo espíritu… La liturgia y la vida se complementan; cuando una de ellas intenta desplazar a la otra, el equilibrio y la moderación necesarios para un compromiso a lo largo de toda la vida se debilitarán rápidamente”, Casey, M., Monacato y liturgia,CuadMon 223 (2022), p. 533.
[5]“Así como hay un celo de amargura, malo, que separa de Dios y conduce al infierno, así también hay un celo bueno, que aparta de los vicios y conduce a Dios y a la vida eterna. Ejerciten, pues, los monjes este celo con la más acendrada caridad, es decir: anticípense a honrarse unos a otros; tolérense con suma paciencia sus flaquezas tanto físicas como morales; pongan todo su empeño en obedecerse los unos a los otros; nadie busque lo que juzgue útil para sí, sino más bien para los demás; practiquen una sincera caridad fraterna; teman a Dios con amor; amen a su abad con sincera y humilde dilección; y nada absolutamente antepongan a Cristo, el cual nos lleve a todos a la vida eterna”, RB 72, 1-12.
[6] “Como Benito seguramente podía haber apreciado, en los ámbitos cerrado de un monasterio, es casi imposible estar libre de esta clase de dolor. El agudo reconocimiento de lo bueno que me falta (pero quemi hermana posee fácilmente) puede proporcionar una motivación para un esfuerzo por una mayor santidad o bien dar lugar a una profunda depresión y a conductas destructivas”. Kandathil, R., Sobre el buen celo que deben tener los monjes: el capítulo 72 de la Regla de Benito, CuadMon 221 (2022), p. 178.
[7] “Benito reconoce el ardiente poder del celo y parece hacer el mismo llamado de Pablo a su propia audiencia de monjes para que dirijan su celo hacia el bien y lejos del mal. Benito no quiere erradicar o extinguir ese celo, simplemente quiere dirigirlo hacia el objetivo que da más vida: Cristo”, Ibid., p. 182.
[8] Y desarrolla: “Muchas cosas han cambiado en relación al pasado (la composición, la relación comunidad-obra, la inserción en el territorio, la presencia de los laicos…), pero no cabe duda que el cambio más importante es el paso de la insistencia en la “vida en común” a la de la “vida fraterna en comunidad” o “comunión de vida”. Esto significa mayor consideración de la persona singular en su originalidad, mayor espacio para que se exprese, búsqueda de relaciones de calidad, participación activa en la vida del grupo. La “vida en común” significa hacer las mismas cosas al mismo tiempo (reunirse, rezar, comer, trabajar…). “Todos juntos” era importante para la vida en común. La “comunión de vida” significa prestar más atención a la unión de las personas, a la fraternidad de las relaciones, a la ayuda y al apoyo mutuos, a la convergencia de intenciones y al compartir una misión. Esto corresponde al clima cultural y a la nueva conciencia de las personas que exigen reconocimiento, valorización y protagonismo”, en: “La parte más débil de la Vida Consagrada es la comunidad”. Entrevista a Pascual Chávez Ex rector mayor de los Salesianos, Somos CONFER, junio 2023 (n°38), p. 5.
[9] “No pensamos simplemente en trabajar juntos, sino en la profecía de la unidad en la diversidad. Esta brota de una visión de fe, nuestra comunión es expresión de la comunión trinitaria. Además, debe profundizarse siempre que el deseo de formar una verdadera familia entre los adultos necesita una nueva forma de concebir y realizar las relaciones personales: encontrar los cimientos sobre los que asentarse, los modos de renovarlas antes de que se desgasten definitivamente, para hacerlas satisfactorias para los individuos”, Ibid.
Comentarios desactivados en Bendice, Señor, el espíritu quebrantado de los que sufren.
Con Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), mártir en Auschwitz, recordemos a las víctimas de tantos genocidios que el ser humano ha sido y sigue siendo capaz de perpetrar… Y que, a pesar de no ver, de no entender, sigamos siendo instrumentos de Paz y de Misericordia…
Bendice, Señor
el espíritu quebrantado de los que sufren,
la pesada soledad de los hombres,
de aquél que no encuentra nunca reposo,
el sufrimiento que nunca se le confía a nadie…
Y bendice el cortejo de las gentes
que en la noche no se dejan amedrentar
por el espectro de los caminos desconocidos.
Bendice la miseria de los hombres que están muriendo ahora.
Dales, Señor, un buen fin.
Bendice los corazones, Señor, los corazones llenos de amargura.
Sobre todo, alivia a los enfermos,
concede el olvido a aquellos a quienes has privado
de su bien más querido.
No dejes que nadie en la tierra viva angustiado
Bendice a los alegres, Señor y protégeles,
A mí nunca me has librado, hasta ahora, de la tristeza.
Y a veces me pesa demasiado;
pero Tú me das fuerza
y así puedo cargar con ella.
Comentarios desactivados en Dejar a Roma y seguir a Jesús de Nazaret
José Rafael Ruz Villamil RUZ VILLAMIL,
Yucatán (México).
A propósito de Mt 9,9-13*
ECLESALIA, 21/07/23.- Siendo Roma aún república —nominalmente, al menos— Mitrídates, entonces rey de Pérgamo, decide legar, hacia el 133 a.C., su reino al Senado romano. Los senadores —con una hipocresía ejemplar en tanto que pregonan que el único tributo que pretende la República es el respeto— acaban utilizando una cierta infraestructura para el cobro de impuestos usada tanto ya en la antigua Grecia como en los reinos de Oriente: la institución de los publicanos; ésta consiste en el arrendamiento de un sector sociogeográfico para la exacción. Los arrendatarios de la cosa impositiva vienen a ser inversionistas que, provistos de recursos considerables o formando sociedades de capital, pujan por los sectores sujetos a cobro y responden ante el Estado obligándose a entregar una cantidad determinada de impuestos recaudados o, en su defecto, a cubrirla con su peculio.
La ganancia del negocio está en la diferencia del monto anual a entregar y la cantidad recaudada, misma que habrá de depender de la habilidad de los cobradores de impuestos para aumentarla. Lógicamente, no son los inversionistas quienes se hacen cargo personalmente del cobro de los tributos: para esto contratan empleados —que, por extensión, acaban siendo llamados también publicanos— con la consigna de extorsionar tanto cuanto puedan a los sujetos de impuesto; sobra decir que el trabajo de recaudador es odioso y odiado, por lo que, quienes se contratan como publicanos suelen ser, o gentes que no tienen otra posibilidad de ganarse la vida, o gentes tan codiciosas como los genuinos publicanos que, dejando de lado cualquier escrúpulo, buscan enriquecerse a toda costa (cf. T. Holland, Rubicón. Auge y caída de la República romana, Barcelona 2003)
“Como botín de la victoria y multa de la guerra” define Marco Tulio Cicerón (106-43 a. C.) el cobro de impuestos y tributos a los países y los pueblos conquistados por Roma. Además, la entonces superpotencia justifica, con la ideología de llevar la civilización, la explotación de los países que invade y ocupa, entre los cuales la Palestina del siglo I. Y no es poca cosa, no, lo que devora el fisco: el judío de entonces ha de desembolsar entre un 10% y un 50% del fruto de su trabajo para cubrir las tasas impositivas tanto directas —que gravan personas físicas, propiedad y producción—, como indirectas —que afectan transacciones comerciales y servicios amén de pagos aduanales, peaje e importación de mercaderías—: todo bien y servicio, ¡incluso la prostitución!, es sujeto de gravámenes, al que hay que añadir el tributum capiti o tributo personal para el César que, además de fastidiar todavía más los pocos ingresos, produce un agudo escozor religioso en cuanto que supone reconocer explícitamente su dominio sobre un pueblo que, por su profunda índole religiosa y monoteísta, sólo admite a Yahvé, su Dios, como único soberano y señor. Si a lo anterior se añade que para organizar la cuestión fiscal se decretan censos siempre acompañados de interrogatorios brutales, se entiende el hartazgo social que suele desembocar en revueltas, como la que encabezara Judas el Galileo, en 6 d. C., y que derivó en la resistencia zelota (cf. B. J. Malina, R. L. Rohrbaugh, Los evangelios sinópticos y la cultura mediterránea del siglo I, Estella 1996).
Y es que “el criterio de la dominación en la tierra de Israel, así como su fin primario, fue el percibir los impuestos y cobrar las tasas” (así E. W. Stegemann y W. Stegemann, Historia social del cristianismo primitivo, Estella 2001). Esta exacción estuvo, a partir del 47 a. C. y por decreto de Augusto, en manos judías en tanto que éste prohibió que se concediera la contrata de los impuestos de Judea a publicanos romanos; puede suponerse entonces que en la Palestina de tiempos de Jesús el cobro de impuestos quedaba en manos de pequeños empresarios o algunas sociedades de tales como la quizá encabezaría Zaqueo, jefe de una contrata de publicanos —architelones—; hay que decir que en las sociedades de publicanos estaría involucrada la así llamada aristocracia de Jerusalén. Por último y en relación específicamente con Galilea y sin tener información segura, considero que puede especularse que la recaudación de impuestos estaría en manos de Herodes Antipas en su calidad de tetrarca, aunque como reyezuelo vasallo que era y a pasar de tener un ejército propio, el grueso de lo obtenido tendría necesariamente que acabar en Roma.
Mateo —llamado Leví tanto por Marcos como por Lucas en los textos paralelos— es un publicano en el sentido de recaudador de impuestos, que, como como todos sus pares en la Palestina del primer tercio del siglo I, es judío, lo que significa que por encima de la dignidad y el orgullo anejos a su condición de tal se ha puesto al servicio de Roma asumiendo la exclusión social que esto supone: el mismo relato no permite pensar que ingresase a las filas de los recaudadores por no encontrar otro trabajo. Es probable más bien que —como puede suponerse en el caso de Zaqueo— haya renunciado a su plena identidad judía, simple y sencillamente por dinero, como puede deducirse de la segunda parte del texto en cuestión que relata una comida que está relacionada con su encuentro con Jesús de Nazaret. El texto de Mateo relata que esta comida fue en casa del Maestro, pero Marcos —y Lucas con él— ubican la fiesta en la casa del propio Mateo-Leví (cf. Mc 2,12-17 y Lc 5,27,32). Vale apuntar que el paralelo de Lucas describe la fiesta como un banquete —una sucesión de carnes y aves aderezadas sofisticadamente, vinos finos, y más— cosa que hablaría de la posición económica de Mateo-Leví conseguida por haberse vendido a Roma renunciando, repito, a su identidad judía. Pero, ¿qué pudo haber detrás de esta renuncia?
En el primer tercio del siglo I, ser judío en Palestina significaba ser un miembro más de un país conquistado y dominado por el Imperio romano donde, por un lado el gran Sanedrín de Jerusalén —junto con los saduceos y los ancianos aristócratas— estaban sometidos al procurador romano para conservar sus privilegios; correlativamente el Templo de Jerusalén estaba corrompido; su Galilea, insisto, gobernada por un rey vasallo que, puede tenerse por seguro, no dudaba en aumentar tributos por su manía de construir ciudades de corte helenista; los fariseos —en una gran mayoría— habían reducido la relación enriquecedora con el Yahvé de Israel a un cumplimiento cuasiburocrático de la Ley; los zelotas estaban empeñados en una guerra sin futuro; los esenios se habían autoexcluido envueltos en su pureza legal y en su perfección: visto así, no era un panorama estimulante y menos alentador. Así que venir a formar parte del establishment resultaba tentador y más si como recaudador podría acceder a un nivel de vida más que acomodado y, aún, con algunos lujos.
A menos que… a menos que surgiera una alternativa mejor: una alternativa que, tomando lo mejor del núcleo inspirador de la tradición contenida en las Escrituras, ofreciese en una praxis concreta una otra forma de ser judío, más todavía, una otra manera de ser humano, de ser persona digna. Y eso, justamente eso, Mateo-Leví lo encontró, qué duda cabe, en Jesús de Nazaret. Y no lo encontró como algo hecho, algo terminado, sino en una causa que debió haber sonado fascinante a sus oídos: el Reino de Dios. Que Dios reinara en vez y sobre el César, sobre Antipas, sobre Pilato, sobre el Sumo Sacerdote; que anulara todo poder opresor, en fin.
Tuvo quizá que haberlo pensado, sopesado, meditado; tal vez no sucedió como, hiperbólicamente, cuenta el relato, pero, a fin de cuentas, Mateo dejó a Roma y siguió a ese Jesús que no vino a buscar a los justos, sino a llamar a los pecadores.
*Cuando se iba de allí, al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo,sentado en el despacho de impuestos, y le dice: «Sígueme.» Él se levantó y le siguió.
Y sucedió que estando él a la mesa en la casa, vinieron muchos publicanos y pecadores, y estaban a la mesa con Jesús y sus discípulos. Al verlo los fariseos decían a los discípulos: «¿Por qué come vuestro maestro con los publicanos y pecadores?» Mas él, al oírlo, dijo: «No necesitan médico los que están fuertes sino los que están mal. Id, pues, a aprender qué significa Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores».
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En la Fiesta de Santo Domingo de Guzmán, recordemos a este hombre providencial, amante de la pobreza y de la libertad en el compromiso…
(imagen Saint Dominic of Guzman ora pro nobis by DCJBeeers)
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Nació en Caleruega (Burgos), en España, en 1172. Hacia 1196 se convirtió en canónigo del capítulo de la catedral de El Burgo de Osma (Soria). Acompañó al obispo Diego en una importante misión por el norte de Europa. Al pasar por el sur de Francia, vio claramente el daño que la herejía cátara estaba haciendo entre los fieles y maduró el designio de reunir a algunas personas que se dedicaran a la evangelización a través de la predicación pobre, estable y organizada del Evangelio.
Este proyecto, aprobado por vez primera por Inocencio III, fue reconocido definitivamente por Honorio III el 22 de diciembre de 1216. Este último llamó «Hermanos Predicadores» a sus miembros. Domingo diseminó de inmediato a los hermanos que le siguieron por las regiones más remotas de Europa. Solía decir: «No es bueno que el grano se amontone y se pudra».
Precisó en dos congregaciones generales los fundamentos y los elementos arquitectónicos de su familia religiosa: vida en común pobre y obediente, la oración litúrgica, el estudio asiduo de la Verdad ordenado a la predicación, entendida como contemplación en voz alta, participación en la misión propia de la Iglesia, sobre todo en las tierras todavía no evangelizadas.
Hombre genial, sabio, misericordioso, era «tierno como una madre y fuerte como el diamante»(Lacordaire). Murió en Bolonia el 6 de agosto de 1221. Gregorio IX lo canonizó el 3 de julio de 1234.
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“¿Cómo podré yo seguir estudiando en pieles muertas, en pergaminos, cuando hermanos míos en carne viva se mueren de hambre?”
“Con los pies descalzos salgamos a predicar”.
“Si alguien enseña a los frailes que faltar a las observancias es pecado, yo mismo iré sin demora por los claustros raspando todas las reglas con su cuchillo”.
“El trigo amontonado se pudre”.
“Tened caridad, conservad la humildad, poseed la pobreza voluntaria”.
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El primer modo de orar consistía en humillarse ante el altar como si Cristo, representado en él, estuviera allí real y personalmente, y no sólo a través del símbolo. Se comportaba así en conformidad al siguiente fragmento del libro de Judit: Te ha agradado siempre la oración de los mansos y humildes (Jdt 9,1 ó). Por la humildad obtuvo la cananea cuanto deseaba (Mt 15,21-28), y lo mismo el hijo pródigo (Le 15,11-32). También se inspiraba en estas palabras: Yo no soy digno de que entres en mi casa (Mt 8,8); Señor, ante ti me he humillado siempre (Sal 146,61). Y así, nuestro Padre, manteniendo el cuerpo erguido, inclinaba la cabeza y, mirando humildemente a Cristo, le reverenciaba con todo su ser, considerando su condición de siervo y la excelencia de Cristo. Enseñaba a hacerlo así a los frailes cuando pasaban delante del crucifijo, para que Cristo, humillado por nosotros hasta el extremo, nos viera humillados ante su majestad.
Mandaba también a los frailes que se humillaran de este modo ante el misterio de la Santísima Trinidad, cuando se cantara el Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. […]
Después de esto, santo Domingo, ante el altar de la iglesia o en la sala capitular, se volvía hacia el crucifijo, lo miraba con suma atención y se arrodillaba una y otra vez; hacía muchas genuflexiones, a veces, tras el rezo de completas y hasta la media noche, ora se levantaba, ora se arrodillaba, como hacía el apóstol Santiago, o el leproso del evangelio que decía, hincado de rodillas: Señor, si quieres, puedes curarme (Mt 8,2); o como Esteban, que, arrodillado, clamaba con fuerte voz: No les tengas en cuenta este pecado (Hcfi7,60). El padre santo Domingo tenía una gran confianza en l a misericordia de Dios, en favor suyo, en bien de todos los pecadores y en el amparo de los frailes jóvenes que enviaba a predicar. […] Enseñaba a los frailes a orar de esta misma manera, más con el ejemplo que con las palabras.
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I. Taurisano, Il nove modi di pregare di san Dominico, ASOP 1922, pp. 96ss.
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