Se siente tan bien ser mirado a los ojos por alguien que nos permite ser quienes podemos ser en ese momento. Alguien que nos acoge tal como somos. O tal como somos.
El amor verdadero llega a nuestras vidas el día que alguien, sin decir una palabra, nos mira a los ojos y nos dice que nos ama. Sin necesidad de decirlo. Sin necesidad de usar palabras. Sin necesidad de usar palabras, nos miran a los ojos y nos tranquilizan.
Porque las personas que nos aman de verdad nos dan la libertad de ser quienes somos. No exigen lo que no podemos. ¿Sabes por qué? Porque no les gustan las expectativas, pero sí aman la realidad. Quienes aman las expectativas corren el riesgo de no amar nunca a nadie.
Y para quienes descubren que el amor, esta hermandad, consiste en acoger a quienes tienen cualidades y defectos, ¡entonces se convierte en realidad! Soy amado no cuando solo presumo mis buenas cualidades; Me siento amado el día que alguien descubre mi mayor defecto, y aun así, me mira, sonríe y me dice: «¡TE QUIERO TANTO!«.
Escucha, si voy a entrar en tu vida, solo quiero hacerte sentir bien. Porque creo que estás harto de que te hagan daño.
Si voy a ser tu amigo, solo quiero ser una para ayudarte a mejorar. Si no, no me necesitas. Si no, no hago ninguna diferencia. Quiero estar en tu vida para ayudarte a mejorar. Si no, me arriesgo a quedar fuera de esta historia. Me arriesgo a ser completamente superflua. Ahora bien, si pudiera aportar algo diferente a tu historia, me gustaría estar ahí, si me lo permites.
Eso es, eso es lo que marca la diferencia: personas que siempre nos dan una segunda oportunidad. Porque ser amada cuando te lo mereces es fácil. Cuando todo lo haces bien, la otra persona te mira a los ojos y sonríe. Pero cuando todo lo haces mal, es cuando descubres si la otra persona te ama o no.
Porque en la vida, solo tienes derecho a decir «te amo» después de haber dicho «te perdono» innumerables veces. Sin perdón, nunca ha habido amor. Por eso, esas relaciones que terminan con el primer error, nunca te amaron. Si no pueden perdonar tu error. Si no pueden mirarte a los ojos y empezar de nuevo, entonces nunca te amaron.
Porque así es la vida, los seres humanos, llena de defectos. Llena de fracasos. Nadie es perfecto, y el amor se trata de encontrar esas imperfecciones, de descubrir que somos una pareja perfecta, por imperfectos que seamos. Juntos, combinamos nuestras fortalezas e imperfecciones.
Te doy mis cualidades, tú me das las tuyas, y así corregimos juntos nuestros defectos. Nos volvemos mejores.
Solo, a tu lado, no puedo ser ni la mitad de lo que soy.
Padre Fábio de Melo
(texto traducido del brasileño)
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Fábio de Melo es un sacerdote católico brasileño, miembro de la Congregación del Sagrado Corazón. Trabaja en la Diócesis de Taubaté (estado de São Paulo). Es conocido por sus numerosas actividades como predicador espiritual, presentador, presentador del programa «Dirección Espiritual», cantante (8 álbumes) y profesor de teología. Puedes seguirlo en Instagram o Youtube. Partidario del matrimonio igualitario durante varios años, recientemente fue cuestionado por una congresista que lo instó a revelar su homosexualidad (ver aquí) como figura pública con responsabilidad hacia quienes lo considerarían un «santo«.
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Fuente del texto y la imagen: Blog escritossobreaausencia.wordpress.com (16 de octubre de 2015), que transcribe una exhortación del Padre Fábio de Melo transmitida por YouTube en 2015.
Comentarios desactivados en “ A vueltas con los conceptos de diferencia y fecundidad: una reflexión sobre la homosexualidad”, por Joseba Kamiruaga Meza CMF.
El principal argumento que la doctrina de la Iglesia católica suele oponer al amor homosexual que también quiere expresarse en gestos corporales es la ausencia de diferencia de sexo, de la que se deriva, por otra parte, la ausencia de fecundidad procreativa; no es posible engendrar. La diferencia y la fecundidad son esenciales para el amor.
Aquí incluso podemos remontarnos a Dios mismo. El Dios que Jesús reveló es un Dios en el que hay diferentes personas y una comunión fecunda entre ellas. Todo amor que quiera estar en sintonía con este Dios no puede carecer de diferencia y fecundidad.
Ahora bien, la pregunta puede ser ésta: ¿es válida la idea de que entre dos personas del mismo sexo no existe diferencia sexual, no existe fecundidad, o podemos superarla de alguna manera?Mi hipótesis teológica iba precisamente en esta línea.
Yo considero que incluso la diferencia sexual también puede reconocerse entre personas del mismo sexo, sobre todo a nivel físico, que es el que parece más similar. La similitud física no excluye toda diferencia. Ya a nivel biológico, entre dos cuerpos masculinos o entre dos cuerpos femeninos hay diferencias precisamente en cuanto al sexo, a los caracteres sexuales secundarios: el tamaño, la forma, la postura, etc.
Todos distinguimos bien entre personas del mismo sexo. Luego, a nivel psicológico, tenemos modalidades cognitivas, afectivas, tipos de carácter y estructuras del inconsciente aún más marcadamente diferentes. También a nivel sociocultural, las personas provienen de diferentes núcleos familiares, de diferentes grupos sociales, de diferentes historias parentales. Todo esto hace que, incluso cuando me encuentro con una persona de mi mismo sexo, pueda reconocer una alteridad, una diferencia sexual.
Sin embargo, el elemento más decisivo se encuentra a nivel propiamente antropológico. La persona debe ser pensada como una unidad de espíritu y cuerpo. Si es así, cada uno de nosotros es una persona única.
La teología más tradicional sostiene que el alma-espíritu es insuflado por Dios en la persona que recibe la vida física de sus padres. Este dato de la tradición recuerda que cada uno de nosotros es único, que nadie es idéntico a otra persona desde el punto de vista espiritual.
Pero si entre el espíritu y el cuerpo hay unidad, entonces significa que también en el cuerpo se refleja esta unicidad, esta singularidad. Aquí estaría la razón antropológica que permite decir que también entre personas del mismo sexo se reconoce una diferencia sexual.
En cuanto a la fecundidad, es cierto que entre personas del mismo sexo, creo que este es el dato más evidente e incontrovertible, no hay fecundidad procreativa, no puede nacer un hijo. Entre dos personas de sexo diferente, sí, puede ocurrir accidentalmente que sean estériles, pero no estructuralmente como en el caso de dos personas del mismo sexo.
Sin embargo, la fecundidad, antes que procreativa, antes que generar un hijo, es ante todo, por ejemplo, fecundidad espiritual. Cuando dos personas se dan vida mutuamente son fecundas; el otro vive del amor que recibe, del cuidado, de la atención. Luego incluso se puede reconocer una fecundidad relacional. Cuando dos personas entran en comunión, comparten la vida, no solo la intercambian, sino que nace algo nuevo. Esa pareja que surge de ese amor es una novedad.
Incluso se puede decir que también se reconoce una fecundidad social. Cuando dos personas entran en comunión, contribuyen a la sociedad, entran en relación con los demás enriquecidos por su unión recíproca. Por ejemplo, ser acogido en una casa por dos personas que comparten la vida no es lo mismo que ser acogido por dos individuos distintos.
Sobre la base de estas razones, me parece que también es posible reconocer en una relación homosexual aspectos de diferencia y fecundidad, por lo que si es cierto que en una relación homosexual no están presentes todas las potencialidades de diferencia y fecundidad – me pregunto en qué relación están presentes todas esas potencialidades -, me permito decir que también están presentes y, por lo tanto, que el amor homosexual en ese sentido es un amor posible.
Comentarios desactivados en Hermanos, sedientos de escucha y Justicia..!
Del blog de Alfonso J.Olaz El Rincón del Peregrino:
| Alfonso Olaz OFS
Hermanos, sedientos de escucha y Justicia..!
Abrasados por nuestra brutal indiferencia de cada día
Quemados por nuestro salvaje egoísmo.
¿Qué esperas, alma mía,?
sino descansar
en los prados tranquilos
de la escucha y la acogida
Muchedumbres vagan
en la soledad sonora
del desierto de nuestra indiferencia.
Esperanzas rotas.
Cánticos apagados…
Son los clamores
de millones de hermanos y hermanas
que caminan bajo el peso
de una soledad que cada día hiere.
Que cada día mata.
Jóvenes que no encuentran respuesta a su soledad
y solo saben mal sufrir
con su inquietud.
Adultos que pagan a prostitutas para ser escuchados.
Ancianos que padecen el calvario
de morir cada día
por la ausencia de ser oídos.
¡Necesitamos,! Con la urgencia de una vida
¡Qué se nos escapa entre los dedos!
¡Testigos de la escucha! Almas que ofrezcan la sonrisa sin medida.
Que desgasten su tiempo en el otro.
Que partan el pan
y derramen el agua y la miel
de la fraternidad humana.
Sin juzgar. Mirando al otro
Cómo nos miramos a nosotros mismos.
Porque allí —solo allí—
Se revela la verdad del otro.
La palabra sagrada.
Quien no es testigo de la escucha…
Aún no se conoce.
Ni conoce a Jesús de Nazaret.
Y nada bueno puede hacer por el Reino.
Comentarios desactivados en “¿Demasiado tarde para Dios?”, por José Bautista
“Id también vosotros a mi viña.” (Mt 20,4) Cuando Dios llama, lo hace con delicadeza. Y lo hace a cualquier hora del día.
Introducción
Algunas voces no se apagan con el paso del tiempo. Más bien, se vuelven más nítidas. Así es el llamado de Dios: no conoce prisa, ni responde a calendarios. Llega cuando quiere, a quien quiere, y en el momento exacto en que el alma está lista para escuchar.
Esta reflexión brota desde dentro, no desde el análisis ni la teoría. Es el eco sereno de una experiencia personal: la de quien ha caminado largo trecho, ha amado, ha perdido, ha buscado… y en medio del silencio, ha sentido una voz que no se impone, pero que insiste con amor.
Y sin embargo, al tocar algunas puertas dentro de la Iglesia, uno descubre que hay límites que no están en el Evangelio: la edad. Algunos caminos se cierran con cautela, no por falta de fe, sino por estructuras que han sido pensadas para otros tiempos.
Este texto no nace como queja, sino como plegaria. Como una invitación a la escucha. Como un susurro que pide ser acogido en el discernimiento eclesial.
1. La voz de Dios no tiene edad
La Biblia está llena de historias donde la vocación llega en la madurez. Abrahán recibe la promesa cuando ya no espera hijos. Moisés es enviado a liberar a su pueblo cuando lleva años en el desierto. Pedro y Andrés no eran adolescentes cuando dejaron sus redes para seguir a Jesús.
En la historia de la Iglesia, lo mismo: San Ignacio de Loyola, herido en batalla y quebrado por dentro, escucha el llamado a los treinta. Camilo de Lelis encuentra a Dios después de una juventud errante. Santa Ángela de Mérici funda una comunidad siendo ya mayor. La vocación no es privilegio de la juventud. Es don de Dios.
El Concilio Vaticano II, en Optatam Totius, afirma que la formación debe adaptarse a las personas y a los tiempos. Y Pastores Dabo Vobis (Juan Pablo II) nos recuerda que la llamada requiere acompañamiento, en toda etapa de la vida.
2. Límites no siempre visibles
Con comprensión y respeto, es justo reconocer que muchas instituciones han establecido criterios de edad con buenas intenciones: asegurar la duración del servicio, facilitar la formación, prever la salud física o comunitaria.
Sin embargo, estos filtros prácticos, si no se acompañan de discernimiento espiritual profundo, pueden cerrarle el paso a llamadas verdaderas. La lógica administrativa, por comprensible que sea, nunca debe ahogar la lógica de la gracia.
Vita Consecrata (1996) nos invita a acoger las vocaciones con fe y apertura. Porque la Iglesia no es una empresa que contrata perfiles. Es madre, y las madres no preguntan la edad al corazón que llega buscando hogar.
3. Lo que he vivido
Podría citar experiencias de otros. Pero esta es una realidad que no me contaron: la he vivido. El llamado no vino temprano. Llegó en el cruce de caminos, en la oración silenciosa, en medio de heridas convertidas en luz.
Y con ese “sí” que brota del alma, he tocado puertas con esperanza. Algunas se han cerrado amablemente, pero con firmeza. No por mi fe, no por mi deseo, sino por la edad. Y lo entiendo. Pero también lo comparto, no para reprochar, sino para sembrar una pregunta: ¿y si Dios llama en la tarde?
4. Vocaciones adultas: un signo de nuestro tiempo
Según el Center for Applied Research in the Apostolate (CARA), más del 26 % de los seminaristas en EE.UU. comenzaron su camino vocacional después de los 30 años. Comunidades como los Benedictinos de Nursia y los Dominicos en Francia han acogido vocaciones adultas con creciente apertura.
Son hombres y mujeres que no vienen del entusiasmo juvenil, sino del desierto y del fuego. Vocaciones templadas por la vida, que han descubierto a Dios como destino inesperado. ¿No será esta una señal de los tiempos?
5. Objeciones comprensibles, respuestas posibles
¿Y si no se adaptan a la vida comunitaria? La formación está para discernir. Muchas veces, la madurez favorece la convivencia, la humildad y la escucha.
¿Y si su tiempo de servicio será breve? La fidelidad no se mide en años. Un alma encendida por un año puede encender a muchas otras para siempre.
¿Y si la vocación nace en medio de una crisis? Dios también habla desde el dolor. Lo importante es discernir, no descartar.
6. Francisco y el llamado que no envejece
El papa Francisco ha insistido en que “la vocación es un camino que dura toda la vida”. En mensajes vocacionales recientes, ha afirmado: “Todos estamos llamados. Nadie es demasiado joven ni demasiado mayor para Dios».
Y ha pedido a la Iglesia que no tenga miedo de los llamados que llegan tarde. Que no cierre el oído al Espíritu por temor o por costumbre. Que acoja como madre y como hogar.
7. Caminos posibles
– Itinerarios pastorales para vocaciones adultas. – Comunidades abiertas al discernimiento sin filtros cronológicos. – Espacios de consagración laical, oblaturas o terciariados. – Revisar con caridad los criterios de admisión, poniendo en el centro la verdad de la llamada.
Conclusión
Esta reflexión no quiere cambiar normas, ni proponer soluciones mágicas. Solo quiere abrir una ventana. Dejar que entre luz. Y que quienes acompañan vocaciones puedan, también, escuchar con nuevos oídos.
Dios sigue llamando. A veces, lo hace en la tarde. Y no porque llegue tarde, sino porque el corazón se abre entonces.
“No es tarde cuando Dios llama; es tarde cuando dejamos de escuchar.”
José Bautista*, filósofo y teólogo laico
Religión Digital
* José Bautista es filósofo y teólogo laico. Su reflexión nace del encuentro entre la experiencia personal y la mirada contemplativa sobre la vocación, el tiempo y el llamado de Dios. Desde la frontera entre lo vivido y lo soñado, escribe para dejar constancia de que la gracia nunca llega tarde.
Dedicado, en este día de la Virgen del Carmen, a todos los hombres y mujeres que, como lo hizo mi padre, y su padre y su abuelo… bregan en el Mar…
En el mar de la duda en que bogo ni aun sé lo que creo: ¡sin embargo, estas ansias me dicen que llevo algo divino aquí dentro!
*
Gustavo Adolfo Bécquer
***
En aquel tiempo, aún estaba Jesús hablando a la gente cuando llegaron su madre y sus hermanos. Se habían quedado fuera y trataban de hablar con él.
Alguien le dijo:
–¡Oye! Ahí fuera están tu madre y tus hermanos, que quieren hablar contigo.
Respondió Jesús al que se lo decía:
+ ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?
Y señalando con la mano a sus discípulos, dijo:
+Éstos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.
*
Mateo 12,46-50
***
El encuentro de María con Jesús en medio de su predicación es un momento importante de la revelación de la identidad del Maestro de Nazaret y de la de su madre, acompańada en este episodio por algunos parientes.
María aparece siempre en el evangelio en comunión con todos, y conduce a la comunión con el Hijo. Ahora bien, el paso desde la fraternidad-familiaridad puramente natural a la espiritual, que María vive ya (como Lucas ha demostrado en su evangelio de la infancia), se vuelve ahora evidente en las palabras del Hijo.
La pregunta retórica de Jesús, consciente de la presencia de su familia natural y de la necesidad de proclamar la novedad de su relación con él en otro ámbito, es por lo menos significativa. Se trata de poner de manifiesto el necesario paso que se ha dado ahora con la nueva familia que el mismo Jesús está formando con sus discípulos: ‘¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?’ (v. 48). Su respuesta, en una revelación que forma también parte constitutiva de la nueva fraternidad que acontece mediante la acogida de Jesús, de su Palabra, es claramente indicativa: ‘Éstos son mi madre y mis hermanos’ (v. 49). Se ensancha el círculo de los familiares de Jesús, porque supera las medidas del clan y de la familia natural. Y así se establece la nueva relación de consanguinidad que es la vida de la Palabra y, en concreto, el cumplimiento de la voluntad del Padre celestial.
María, la sierva, la discípula, la madre que se ofrece por completo a fin de que se cumpla la voluntad del Padre, es el ejemplo sumo de esta comunión familiar con Jesús, a través del vínculo de la Palabra escuchada y vivida, como con frecuencia subrayan los Padres de la Iglesia. También el cristiano engendra en sí mismo a Jesús mediante el cumplimiento de la Palabra. Corresponde muy bien a la espiritualidad del Carmelo, toda ella centrada en la escucha, meditación y contemplación de la Palabra, la visión de María que presenta a Jesús sus verdaderos hermanos e hijos suyos, instruidos por ella en el cumplimiento de la voluntad del Padre.
***
Salve
Estrella de los mares
De los mares iris
De eterna ventura
Salve
O fénix de hermosura
Madre del divino amor
De tu pueblo
A los pesares
Tu clemencia de consuelo
Fervoroso llegue al cielo
Hasta a ti hasta ti
Nuetro clamor
Salve
Salve
Estrella de los mares
Salve estrella de los mares
Si, fervoroso llegue al cielo
Hasta ti hasta ti
Nuestro clamor.
Salve salve
Estrella de los mares
Estrella de los mares
Salve;
Salve,
Salve salve
***
***
***
La devoción a la Virgen del Carmen hunde sus raíces en un lugar y en un tiempo bien precisos. El lugar es el monte Carmelo, cadena montańosa de Galilea, que se asoma al mar por un alto promontorio y por el otro lado da a la llanura de Esdrelón.
Karmel significa ‘jardín’ en hebreo. Es el monte santo, lugar de la oración y donde moró Elías, cantado en la Escritura por su belleza. En este monte – y más precisamente en uno de sus valles-, algunos de los cruzados venidos de Occidente dedicaron, a comienzos del siglo XIII, una iglesia a la Virgen María, poniendo bajo su protección la Regla de vida que les había dado Alberto, patriarca de Jerusalén y tomando el título de Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo.
Desde aquel momento, la figura de la Virgen, Madre y Hermana, acompańa a la historia del Carmelo, de sus santos y de sus santas. Se trata de una historia de favores de la Virgen y de santidad de los miembros de su orden. El Carmelo ha contemplado en María a la Virgen purísima, a la Madre espiritual, a la Estrella del mar. Ha recibido como don, para extenderlo a todos los devotos, el escapulario, signo de protección y de alianza, prenda de salvación eterna.
Se eligió la fecha del 16 de julio porque el 17 de julio del ańo 1274, el segundo Concilio de Lyon sancionó la permanencia de la orden (que debía ser suprimida). La conmemoración fue extendida a toda la Iglesia por Benedicto XIII en 1726.
Comentarios desactivados en «María Magdalena en diálogo con Jesús en el huerto», por Elena Gortázar Pérez-Armas
Del blog Tras las Huellas de Sophia:
| Elena Gortázar
A la luz de un texto de Xavier Pikaza reflexionamos sobre el evangelio de Juan 20,11-18, escrito en un lenguaje cargado de simbolismo especialmente proveniente de los gnósticos.
María de Magdala se presenta como la humanidad fracasada por amor, al final de todos los caminos, perdida en un jardín sin más flor que la muerte, llorando por la ausencia de su amado. Ella es al mismo tiempo la mujer del nuevo amor. No es simplemente una mujer caída, seducida, condenada al cautiverio, sino que representa a todas las personas que buscan sanación de amor sobre la tierra. Todos somos en esa perspectiva María Magdalena. Ella es nuestra voz y figura de Pascua. El texto nos la muestra como principio de nueva humanidad.
Mujer derrotada e impotente, sobre el huerto de una vida que se vuelve sepultura. María es, al mismo tiempo, una mujer que tiene y busca amor: signo de la humanidad que, ansiando a Cristo, quiere alcanzar la redención. No ha escapado como el resto de los discípulos varones, sino que ha permanecido ante la cruz, con otras mujeres (cf. Mc 14, 27; 15, 40. 47)
María es signo de una humanidad que busca amor, que quiere culminar su desposorio, es decir, su alianza. Se sitúa en el camino de diálogo afectivo con el mismo Dios, sobre una tierra convertida en jardín de muerte, nuestra tierra escenario de tragedias, dramas y conflictos sin término.
La Sabiduría y salvación de Dios parecen haberse escondido en un cadáver. Sobre el jardín del viejo mundo han enterrado a Jesús. María le busca apasionadamente, pues el amor verdadero resulta inseparable del cadáver, de la historia vivida, del ajusticiamiento del amigo muerto.
Una conversación prodigiosa donde influyen y culminan todos los motivos de la historia humana. Esta mujer no necesita una teoría de iluminación interior anclada a su espiritualidad: quiere un cadáver, busca el cuerpo de su amigo asesinado. De esa forma rompe los esquemas intimistas. No quiere un mundo edificado sobre el dolor y cadáveres que se ocultan. Necesita el cadáver: no quiere que lo oculten, que lo tapen, para que todo siga como estaba. Necesitamos ocultar los cadáveres, echar sobre ellos más tierra, una piedra más grande, para así “lavar” nuestras manos y quedar tranquilos, en la paz de los cementerios.
Magdalena necesita llorar por el amigo muerto, mantener el recuerdo de su cadáver. Éste es un amor que dura, un amor que mantiene el recuerdo, que no quiere olvidar a los amigos muertos ni los conflictos. Ella pretende algo más simple y más profundo: conservar el amor hacia su amigo muerto, mantener la memoria de su vida. Por eso necesita su cadáver, para llorar por él, para sentir el poder de la muerte y para continuar después su vida (el estilo de vida de Jesús). No quiere imponerse sobre nadie; le basta con amar, pero necesita el signo de su amado muerto, su cadáver.
Hoy nosotras las nuevas María Magdalena, lloramos sobre la tierra de Gaza por los hijos muertos, porque nos quieren arrancar de nuestro huerto, por los relatos distorsionados; por la memoria negada; por el robo de nuestras tierras y sus entrañas, también el robo de nuestros hijos/as convertidos en objeto comercial; por la denigración y violencia contra las mujeres y sus cadáveres; por el uso y abuso del poder contra el bien común y la democracia, por el cadáver de las fake-news; por la cara opresora de la globalización en el mundo entero, sin olvidar a África, Ucrania….etc.
Podemos decir que está loca María, loca de amor, loca a favor de la vida. Sólo allí donde alguien ama a Jesús se hace posible la experiencia de la pascua. Ciertamente, Jesús estaba vivo y verdadero en el interior de esta mujer. Ya se han encontrado de algún modo; el jardinero ha preguntado, ella le ha dicho su amor, en el jardín de la muerte, al lado de la tumba vacía, es de locos vivir la Buena Noticia en este huerto nuestro repleto de cadáveres.
El encuentro verdadero empieza cuando el jardinero, Señor del nuevo huerto de la Vida, toma la palabra y la llama por su propio nombre.
– Jesús dijo: ¡María! María buscaba el amigo en la muerte, es decir, al final de un camino que había empezado en el jardín del paraíso: no quedaba árbol de vida, sólo había un tronco seco de muerte. Buscaba allí el amor de un muerto, pero Jesús le ha respondido ofreciéndole la vida y el amor de Aquel que está vivo, llamándole por su nombre: María. De esta forma, en gesto de conversación personal, ha culminado la experiencia de la pascua. Sólo quien escucha a Jesús cuando le llama de un modo personal sabe de verdad que existe vida, que hay resurrección. La resurrección es en el fondo un encuentro personal de amor, descubrimiento de Jesús que se ha elevado de la muerte y que nos dice, llamándonos por nuestro nombre: ¡vive, estoy contigo, sé tú misma!
María ha empezado a vincularse con Jesús resucitado en desposorio místico, intimo. Ellos representan al ser humano entero: son la díada, pareja inicial que simboliza ya la salvación de la humanidad, en el nuevo paraíso de este mundo, sobre el huerto de la muerte convertido en manantial de vida.
Paradójicamente ha venido Jesús, se ha mostrado en persona, le ha dicho su amor… Es lógico que ella quiera mantener ese momento, mantenerse en gesto de intimidad por siempre. Pero Jesús responde: ¡No me toques! Noli me tangere, no me sigas tocando de esta forma. Parece que esta palabra significa: no me toques más, no me sigas agarrando. De esa manera señala que hay una unión en este mundo que no puede cerrarse en sí misma. Él está en otra dimensión, transitando hacia el Padre. Solo el amor hace posible el tránsito desde este mundo nuestro al Padre-
La experiencia pascual es un principio, una promesa que no puede separarse del camino de vida y de misión, es decir, de la tarea al servicio de los demás. La pascua no se puede interpretar como experiencia de escapismo, no es huida hacia un nivel interno, puramente espiritual, de la existencia. Jesús resucitado hace a María misionera de su pascua y de la gracia de Dios ante los hombres. Como a María el Jardinero nos envía a llevar a nuestras compañeras/os la Buena Noticia de que Jesús vive, que la nueva vida ha renacido. ¡Tomemos en serio nuestra misión!
Entre el Jesús que en un sentido le ha dejado (¡no me toques!) y los discípulos a los que debe buscar y evangelizar, en clave de pascua, se encuentra ahora María. Buscaba un cadáver en el huerto; Jesús le ha ofrecido una misión y un camino apasionante, también a nosotras.
Ahora comprendemos que pascua es el ascenso final de Jesús que ha recorrido su camino sobre el mundo y viene a culminarlo en el seno de Dios Padre. Pero, al mismo tiempo, culminando su camino de subida y plenitud recreadora, Jesús abre un camino de seguimiento para sus discípulos, partiendo del mensaje de María. Ella ha sido la primera: ha tocado a Jesús por un momento sobre el mundo como, en algún sentido, podemos tocarle o descubrirle todas las personas creyentes.
La pascua de Jesús responde a algunas de nuestras preguntas, abriéndonos al mismo tiempo al misterio más alto del Padre. Si sólo existe pascua dentro de la vida de este mundo es que no hay pascua. El triunfo de Jesús, que se ha expresado sobre el huerto como encuentro de amor con María, viene a abrirse luego como camino de ascenso hacia el Padre. Ella se había refugiado en el huerto de su propio llanto, quizás nosotras en el llanto de nuestra propia impotencia. Ahora debe dirigirse a los discípulos, (también a nosotras) hablarles, comenzando a realizar sobre la tierra la gran experiencia de la transformación que nos conduce hacia Dios Padre. Así nos convertimos en mensajeras de la Pascua.
REZANDO CON MARÍA MAGDALENA
Hoy nos reunimos con una intención especial centrada en dignificar a María Magdalena como mujeres cristianas que cada 22 de julio celebramos este día en su nombre y especialmente dedicamos esta oración a su MEMORIA.
María Magdalena, que tu gran amor a Jesús te llevó a dejarlo todo y seguirlo fielmente hasta el final de su vida. [1]
….
María Magdalena nos enseñas a mantener la fe en tiempos oscuros. En el lugar de la tumba te empeñas en encontrar a tu Amado.
….
María Magdalena cuando tu sentimiento de pérdida hacía aflorar las lágrimas y el llanto brotaba de la herida profunda de tu corazón roto, por el triunfo de la injusticia.
….
María Magdalena que tus labios repetían sin cesar “dime donde lo has puesto”, con la esperanza de poder restablecer su dignidad.
….
María Magdalena que al oír tu nombre “María” brotó de nuevo la vida en el fondo de tu ser.
….
María Magdalena, elegida para ser la primera testiga de la resurrección y llevar esa Buena Nueva, la gran noticia Pascual al resto del grupo.
….
María Magdalena, que fuiste guía y líder de las primeras comunidades del Camino de Jesús, transmisora de su Palabra pese a los conflictos que generaba tu rol misionero.
….
[1]Nota de autora. Debajo de cada frase dejamos espacio para la concreción personal.
Comentarios desactivados en Reflexiones de la hermana Jeannine sobre la alegría católica queer
Maxwell Kuzma, a la izquierda, con la Hna. Jeannine Gramick.
Maxwell Kuzma, un hombre católico transgénero que escribe ocasionalmente para Bondings 2.0 y National Catholic Reporter, y Emma Cieslik, una católica queer, mantienen una cuenta en Substack sobre temas católicos LGBTQ+ titulada “Love, Friendship, and the Sacred.” («Amor, Amistad y lo Sagrado«). Recientemente, invitaron a varias personas relacionadas con la comunidad católica LGBTQ+ a compartir sus reflexiones sobre “What does it mean to live in joy as a queer Catholic?” («¿Qué significa vivir con alegría como católico queer?«).
Una de las personas que respondieron fue la Hna. Jeannine Gramick, cofundadora del New Ways Ministry . Su respuesta fue la siguiente:
“Para mí, la mayor alegría católica en mi vida es saber que Dios me ama. Me da paz cuando me acosan las inseguridades y el miedo a lo que piensen los demás de mí. Siento un gran deleite al saber que Dios confía en mí y me da la libertad de vivir mi vida como mejor me parezca. Saber que Dios me ama es lo único que realmente importa.
Creo quela alegría católica queer es básicamente la misma. Es decir, la alegría católica queer es la simple convicción de que Dios ama a los católicos queer tal como son, por quienes son. Dios conoce el rechazo, la confusión y los momentos de desánimo que han enfrentado los católicos queer. Dios suaviza esos momentos de malestar y dice (como le dijo a Jesús en su bautismo por Juan en el río Jordán): «Tú eres mi amado, en quien tengo complacencia».
La alegría católica queer es saber que cometer errores es simplemente humano y nunca borrará el amor de Dios. La alegría católica queer es saber que Dios quiere que mi cuerpo y mi alma sean uno, descansando en su abrazo. Dios tiene fe en que los católicos queer vivirán sus vidas lo mejor que puedan. Y esto es parte de la alegría católica queer.
Así que, en lo más profundo, todas las personas somos iguales. LGBTQ+ o no. Católicas o no. Todos los seres humanos queremos ser amados. Como dice el salmista: Dios, que “sabe cuándo me siento y cuándo me levanto” (Salmo 139:2), nos ama infinitamente a cada uno de nosotros. Con los brazos de Dios abrazando tiernamente a los católicos queer, pueden sentir la alegría católica queer.”
Otros encuestados fueron Simon Kent Fung, creador y presentador de Dear Alana, un podcast galardonado sobre jóvenes LGBTQ+ y autolesiones; y Jessica Gerhardt, cantautora católica queer de Los Ángeles, cuya música combina folk e indie rock con un toque espiritual contemplativo. Muchos otros también participaron.
—Francis DeBernardo, New Ways Ministry, 8 de julio de 2025
Te deseo que te conviertas
en esa criatura frágil y luminosa
que, aun descendiendo de Jerusalén a Jericó,
no olvida que cada herida
puede convertirse en una rendija de luz.
Te deseo que seas un abrazo que cura,
una mirada que levanta,
una palabra que envuelve el corazón.
Te deseo que aceptes tus caídas
como el seno donde nace la compasión,
que no te avergüences de tus lágrimas,
porque son agua que riega
la semilla del amor.
Te deseo que te conviertas
en ese samaritano que hay dentro de ti,
ese ojo que sabe mirar,
esa mano que sabe tocar sin herir,
ese corazón que,
en lugar de preguntar quién es el prójimo,
elige convertirse en él.
Te deseo que sientas que el albergue
donde se cuida al otro
es también tu corazón,
que acoge a todos,
que es tu casa,
la que sabe a bienvenida, acogida y abrazo,
la que sabe a hogar, mesa y pan,
que el camino no es solo para caer
sino también para renacer juntos.
Te deseo que descubras
que lo que has regalado con tu historia,
con tus heridas, tus límites,
puede convertirse en un don para quienes encuentres,
porque nada se pierde
de lo que ha sido amado.
Te deseo, también,
que vivas tu fragilidad como fuerza,
tu límite como llamada,
tu camino como vocación.
Porque quizá el buen samaritano
no eres tú, ni yo
sino Dios mismo que,
caminando a nuestro lado,
nos enseña cada día a convertirnos
en amor en movimiento,
en camino,
hoy.
Comentarios desactivados en “El Dios amigo”, por Isabel Gómez Acebo
Leído en su blog:
El Dios amigo
Es un tema difícil y poco tratado porque hay una idea universalmente compartida de que no puede existir una relación de amistad auténtica cuando no hay el mismo nivel entre los sujetos. Ni que decir tiene que las diferencias entre Dios y los hombres no pueden ser mayores. A estas ideas había que sumar la trascendencia e inmutabilidad de Dios que nos daba la imagen de una divinidad alejada de su creación e incapaz de sentir. Los clásicos que han defendido esta postura son la Ética a Nicómaco de Aristóteles, el Banquete de Platón y sobre todo la Amicitia de Cicerón. Sus textos han servido de plantilla para todas las obras posteriores, en el ámbito de las ciencias sociales.
Tan es así, que la única obra que yo he encontrado sobre la amistad a nivel de Dios es de un autor medieval, Aelred de Rievaulx, que intenta compaginar las ideas de Cicerón con la Biblia. Su conclusión es muy bella pues considera que por el hecho de ser Dios amor, su amistad con los hombres queda implícita.
El primer escollo para vencer estas ideas estaba en un texto del Nuevo Testamento Flp 2,6-12 donde se afirma la idea de que Jesucristo no retuvo su condición divina, se despojó de sí mismo para hacerse semejante a los hombres. Desde ese momento se empeñó en afirmar que Dios buscaba la amistad con todos los hombres, cualesquiera fuera su condición y donde mejor aparecía esta amplia amistad es en la comensalía abierta ya que comer juntos es una actitud propia de amigos. La física moderna ha cambiado el paradigma negativo de la amistad entre desiguales colocando el mundo de las relaciones, antes consideradas secundarias y accidentales, como esenciales para la existencia de todo ser, incluido el divino. De forma que ya no escandaliza hablar del Dios amigo
Además en el Evangelio de Lucas escuchamos hablar a Jesús amigo en varios textos: «os digo esto amigos míos«. El texto más cercano que nos enfrenta a la necesidad de Jesús de contar con sus amigos es en la agonía del Huerto. No está hablando Jesús de la amistad como referencia intelectual sino real pues cuando la enfermedad de Lázaro, el texto habla del amor que Jesús siente por su amigo y en el momento que acude al sepulcro, Juan hace una referencia al discípulo que Jesús quería.
Pero donde mejor se refleja una amistad más amplia con todos los hombres es en el escándalo de la comensalía abierta de Jesús que nos presentan todos los evangelios, un Jesús que no hace ascos a comer con pecadores, publicanos o prostitutas cuando las relaciones de amistad solo eran posibles entre los que podían devolver los convites. En Jesús esta comida abierta no se da una solo vez sino muchas, tantas que se le ha llegado a llamar el Señor del banquete. Tampoco es un amigo cualquiera pues si nos adentramos en la medida de su amistad comprobamos que «nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos«
Decía Epicuro que la amistad hace su ronda alrededor del mundo y como un heraldo nos convoca a todos para que nos despertemos para colaborar en la mutua felicidad. Nosotros los cristianos no tenemos más que sustituir la palabra philia, amistad, por Jesús de Nazaret que es el que nos despierta y convoca a la construcción de esa difícil mutua felicidad. Y no lo hace desde un plano abstracto sino recorriendo primero el camino de amigo para que no nos equivoquemos de senda.
Dos ojos para mirar
y ver corazones, reversos y cunetas
tan llenos de vida y llamadas
que detienen nuestros negocios
a pesar de su importancia y urgencia.
Dos oídos, también, para escuchar
los gritos y susurros del Espíritu
y de todos los silenciados de la historia,
que claman con fuerza
medio muertos en las cunetas.
Para oler, una sola nariz
con dos ventanas siempre abiertas
que testimonian la presencia
de un acontecimiento real
aunque se quiera negar su evidencia.
Unos labios para besar,
una garganta para hablar,
una boca para masticar y saborear,
y ese rostro que nos recuerda
lo buena que es la suavidad.
Un corazón que, a veces, duele
de tanto entregarse y palpitar
intentando romper la soledad
y crear igualdad y fraternidad.
Y todo el cuerpo para rozarse más.
También, una cabalgadura para viajar,
algo de dinero y mucha paz;
aceite, agua y vino en la mochila
por si acaso y por seguridad
y compartir en caso de necesidad.
Buenas relaciones en todos los lugares
aunque uno sea samaritano y extranjero;
tener la confianza de los posaderos
mostrándose de fiar y generoso
al ejercer la solidaridad.
Y si te ponen de héroe y ejemplo
o hacen con tu historia un bello relato,
tú guarda silencio y paz
y sigue tus negocios y camino
haciéndote, día a día, más prójimo.
Comentarios desactivados en Amor. Encuentro. Inclusión. Pertenencia.
Margie Winters (derecha) con su pareja, Andrea Vettori (izquierda).
La reflexión de hoy corre a cargo de la bloguera invitada Margie Winters, facilitadora de retiros y directora espiritual, quien fue despedida de su ministerio como Directora de Educación Religiosa debido a su matrimonio con otra mujer. Su historia se presenta en Cornerstones: Sacred Stories of LGBTQ+ Employees in Catholic Institutions(Piedras Angulares: Historias Sagradas de Empleados LGBTQ+ en Instituciones Católicas).
Las lecturas litúrgicas de hoy correspondientes al Decimoquinto Domingo del Tiempo Ordinario se pueden encontrar aquí.
En la parábola del Buen Samaritano, Jesús invierte las expectativas: ¿un samaritano —un forastero, un enemigo— es el modelo de la Misericordia? Ese es el poder de las parábolas de Jesús: transformar nuestra comprensión, transformar nuestras expectativas y llamarnos a una nueva comprensión. Sus parábolas nos invitan a la oración, la reflexión y la acción, invitándonos a preguntarnos: ¿Quién soy yo en esta historia? ¿El samaritano, el sacerdote, el levita, el herido?
En las lecturas litúrgicas de hoy, esta parábola evangélica se complementa con las palabras de Moisés en el Deuteronomio, recordándonos que amar a Dios con todo el corazón y el alma no es nuevo; ya está en nosotros. ¡Solo necesitamos vivirlo! El intérprete de la ley del evangelio sigue esta misma ley, pero desafía a Jesús sobre cómo debe vivirla. ¿Quién es mi prójimo? ¿Con cuánta amplitud debo amar?
Jesús responde con una historia, sus personajes: un hombre herido (presumiblemente judío), un sacerdote, un levita y un samaritano. El hombre herido es desnudado, golpeado y abandonado a un lado del camino. El sacerdote y el levita lo ven y pasan junto a él, alejándose del hombre.
Detengámonos aquí. Tanto el sacerdote como el levita ven y pasan al otro lado del camino. Ambos ven, pero no se detienen. Se alejan tanto del encuentro, el amor y la compasión que caminan hacia el otro lado. No se dejan llevar por la difícil situación del hombre, impidiendo así que sus corazones se conecten y se abran a la compasión. ¿Con qué frecuencia hacemos lo mismo? ¿Evitamos el contacto visual, seguimos caminando, dejamos que la incomodidad o el miedo nos bloqueen?
¿Qué perdemos cuando no encontramos a alguien?
He estado allí. Esto me sucedía a menudo al caminar por las calles de Filadelfia y encontrarme con personas sin hogar. Su situación me hacía sentir impotente y avergonzada. Pero más tarde, trabajando con esta comunidad, aprendí que simplemente ver, detenerse y hablar con alguien puede restaurar la dignidad y la conexión, la mía y la suya. El encuentro me cambió, me abrió el corazón y profundizó la compasión.
Esto es lo que el Papa Francisco llamó la Cultura del Encuentro: un llamado a acercarnos, a dejar que las historias de los demás nos interpelen y nos transformen. A través de ella, «¡nuestros corazones comenzarán a crecer, crecer y crecer! Porque la cercanía multiplica nuestra capacidad de amar«, dijo el Papa Francisco. El difunto pontífice nos dio este ejemplo con frecuencia, consciente de su propia necesidad de una mayor comprensión y conversión. Lo ejemplificó en su relación con las mujeres trans de Torvaianica, Italia, quienes compartieron sus historias con él, visitaron regularmente sus audiencias generales (sentadas en asientos VIP) y algunas incluso le prepararon comidas. Su apertura a sus vidas y testimonio lo transformó a él y, a su vez, a la Iglesia, que ahora tiene un tono más suave e inclusivo hacia ellas. Quienes antes se sentían rechazados por la Iglesia encontraron acogida gracias a su apertura. «Entonces llegó el Papa Francisco y las puertas de la iglesia se abrieron para nosotros«, dijo una de ellas en una entrevista.
En estos tiempos en que se ha lanzado tanto odio y veneno contra las personas transgénero de nuestra comunidad, la Iglesia y las personas de fe deben acoger el llamado de Francisco al encuentro y al acompañamiento. El encuentro tiene el potencial de cambiarnos y transformar los sistemas, pero requiere compromiso y humildad para permitir que obre en nosotros.
¿Qué hay del hombre herido? ¿Cómo es ver esta parábola desde su perspectiva? Hace unos años, sufrí una profunda herida por parte de la Iglesia debido a mi relación con mi pareja, Andrea. Me sentí sola, aislada de la comunidad, angustiada y desesperanzada. Durante ese tiempo, muchas personas me acompañaron y marcaron mi vida de una manera muy positiva.
Una mujer con autoridad se acercó y simplemente me pidió visitarme, escuchar cómo estaba, comprender mis necesidades y expresar su dolor por lo que estaba pasando. Al escucharme atentamente, ambas reconocimos que sanar tomaría tiempo y que no podía hacerlo sola. Juntas, reunimos a algunas otras personas para formar un círculo compasivo que pudiera cuidar la herida con cariño. Estas mujeres me acompañaron, me escucharon sin juzgarme, se adentraron en mi dolor y permanecieron conmigo hasta que comencé a sanar y pude mirar hacia el futuro. Pero la sanación no fue solo mía. A través de esta experiencia, ellas también cambiaron. Al igual que yo fui restaurada, ellas también lo fueron. Al actuar con Misericordia, ellas también la recibieron.
Estos encuentros profundos y auténticos tienen el poder de sanar no solo a individuos, sino a comunidades enteras. Crean espacios de inclusión y pertenencia; espacios que solo pueden surgir cuando estamos dispuestos a entrar en la herida, asimilar la incomodidad, a atender lo que encontramos allí y a avanzar juntos hacia la sanación, tanto personal como comunitaria.
Y así llegamos al samaritano, despreciado por sus compañeros judíos. El samaritano «se acercó a él [el hombre herido] y sintió compasión al verlo». El samaritano, a diferencia del sacerdote y el levita, no solo vio al hombre herido, sino que permitió que su sufrimiento le perturbara el corazón, moviéndolo a la compasión. Su «sufrimiento con» el hombre, que presumiblemente era judío y su enemigo, lo impulsó a actuar en su favor. Se acercó, curó sus heridas, lo llevó a un lugar seguro y lo cuidó, y atendió sus necesidades inmediatas y a largo plazo. El samaritano prodigó amor, compasión, restauración… Misericordia… a este hombre.
Con qué frecuencia, en la comunidad LGBTQ+, nos encontramos en el papel del samaritano despreciado, brindando bondad y misericordia a quienes no desean recibirla de nosotros. Siempre debemos estar dispuestos a responder con la misma caridad que él a los necesitados. La Iglesia también debe estar abierta a reconocer la imagen de Dios en nosotros y en nuestras acciones amorosas, y acogernos plenamente.
Jesús, el Buen Samaritano, invita a todos a acercarse, a ver con compasión y a actuar con amor. A través del encuentro, nos asemejamos más a él —y nos convertimos más plenamente en nosotros mismos— en una comunidad marcada por el Amor. El Encuentro. La Inclusión. La Pertenencia.
—Margie Winters, 13 de julio de 2025
Para leer la historia de Margie sobre su despido del ministerio educativo, así como otras historias, positivas y negativas, sobre personas LGBTQ+ que trabajan en espacios católicos, consulte la última publicación de New Ways Ministry,Cornerstones: Sacred Stories of LGBTQ+ Employees in Catholic Institutions(Piedras Angulares: Historias Sagradas de Empleados LGBTQ+ en Instituciones Católicas).
El libro es una antología de 12 historias de fe, sacrificio, alegría y dolor de personas LGBTQ+ que han trabajado en parroquias y escuelas católicas. Para más información, haga clic aquí.
Comentarios desactivados en ¡Caminante de la vida, procura hacer tú lo mismo!
El buen samaritano (Lc 10, 30)
No es muy larga la distancia,
sí es peligroso el camino
que va de Jerusalén
hasta el verde paraíso
de Jericó, fértil vega,
novia del sacro Jordán
y manantial del Profeta.
Y, aunque próxima al Mar Muerto,
es rico vergel de vida: “la ciudad de las palmeras y las rosas encendidas.”
Yace en la cuneta un hombre,
medio muerto y malherido,
mas todos pasan de largo
eludiendo compromisos:
el sacerdote, el levita
y otros muchos peregrinos.
Pasa un buen samaritano,
caballero en su pollino,
y sin preguntar quién es
-aunque bien ve que es judío-
se aproxima sin desdén,
le hace una cura de urgencia
con su propio aceite y vino,
y lo lleva hasta el mesón
donde lo cuida con mimo.
–“¡Cuídalo bien mesonero, yo te pagaré con creces cuanto hayas gastado en él, cuando vuelva de camino!“
¿El prójimo verdadero?
El que prestó sus auxilios,
el que olvidó que aquel hombre,
medio muerto y malherido
que yacía en la cuneta,
era un olvidado judío;
el que olvidó que era suyo
su propio aceite y su vino.
¡Caminante de la vida,
procura hacer tú lo mismo!
*
José Luis Martínez SM
***
(El buen Samaritano gay)
En aquel tiempo, se presentó un maestro de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba:
– “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”
Él le dijo:
– “¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?”
Él contestó:
– “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo.”
Él le dijo:
– “Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida.”
Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús:
– “¿Y quién es mi prójimo?”
Jesús dijo:
– “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo.
Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él, y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta.” ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?“
Él contestó:
– “El que practicó la misericordia con él.“
Díjole Jesús:
– “Anda, haz tú lo mismo.”
*
Lucas 10, 25-37
***
A lo largo de la historia, cada vez que los hombres y las mujeres han sido capaces de responder a los acontecimientos del mundo tomándolos como ocasiones para madurar su propio corazón se ha abierto una fuente inagotable de generosidad y de vida nueva, entreabriendo una esperanza que superaba toda predicción humana. Si pensamos en las personas que nos han infundido esperanza, reforzando nuestro espíritu, descubrimos con frecuencia que no eran en absoluto profesionales del consejo, de la amonestación y de la moral, sino sólo personas capaces de expresar, con sus palabras y sus acciones, la condición humana de la que participaban, y que nos han incitado a hacer frente a los hechos reales de la vida.
Los predicadores que reducen lo inexplicable a problema, ofreciendo soluciones de servicios médicos de urgencias, nos deprimen porque evitan la piadosa solidaridad de donde proviene la curación. Ni Kierkeqaard, ni Sartre, ni Camus, ni siquiera Solzhenitsin han ofrecido nunca soluciones. Sin embargo, muchos de los que les leen encuentran energías para proseguir en la búsqueda. Quien no huye de nuestros dolores, sino que los toca piadosamente, nos cura y nos refuerza. A decir verdad, la paradoja consiste en el hecho de que el comienzo de la curación está en la solidaridad en ese dolor. En nuestra sociedad, orientada hacia las soluciones, cada vez es más importante darse cuenta de que pretender aliviar el dolor sin compartirlo es como pretender salvar a un niño de una casa en llamas sin correr el riesgo de quemarse.
*
H. J. Nouwen, Viaje espiritual para el hombre contemporáneo,,
Brescia 81999, p. 54
Comentarios desactivados en “Sin rodeos”. 15 Tiempo ordinario – C (Lucas 10,25-37)
No es necesario un análisis muy profundo para descubrir las actitudes de autodefensa, recelo y evasión que adoptamos ante las personas que pueden turbar nuestra tranquilidad. Cuántos rodeos para evitar a quienes nos resultan molestos o incómodos. Cómo apresuramos el paso para no dejarnos alcanzar por quienes nos agobian con sus problemas, penas y sinsabores.
Se diría que vivimos en actitud de guardia permanente ante quien puede amenazar nuestra felicidad. Y, cuando no encontramos otra manera mejor de justificar nuestra huida ante personas que nos necesitan, siempre podemos recurrir al hecho de que «estamos muy ocupados».
Qué actualidad cobra la «parábola del samaritano» en esta sociedad de hombres y mujeres que corren cada uno a sus ocupaciones, se agitan tras sus propios intereses y gritan cada uno sus propias reivindicaciones.
Según Jesús, solo hay una manera de «ser humano». Y no es la del sacerdote o el levita, que ven al necesitado y «dan un rodeo» para seguir su camino, sino la del samaritano, que camina por la vida con los ojos y el corazón bien abiertos para detenerse ante quien puede necesitar su ayuda.
Cuando escuchamos sinceramente las palabras de Jesús, sabemos que nos está llamando –a pasar de la hostilidad– a la hospitalidad. Sabemos que nos urge a vivir de otra manera, creando en nuestra vida un espacio más amplio para quienes nos necesitan. No podemos escondernos detrás de «nuestras ocupaciones» ni refugiarnos en hermosas teorías.
Quien ha comprendido la fraternidad cristiana sabe que todos somos «compañeros de viaje» que compartimos la misma condición de seres frágiles que nos necesitamos unos a otros. Quien vive atento al hermano necesitado que encuentra en su camino descubre un gusto nuevo a la vida. Según Jesús, «heredará vida eterna».
Comentarios desactivados en “¿Quién es mi prójimo?”. Domingo 13 de julio de 2025. Domingo 15º Ordinario
Leído en Koinonia:
Deuteronomio 30, 10-14: El mandamiento está muy cerca de ti; cúmplelo. Salmo responsorial: 68: Humildes, buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón. Colosenses 1, 15-20: Todo fue creado por él y para él. Lucas 10, 25-37: ¿Quién es mi prójimo?
Primera lectura. La época del destierro fue para Israel una situación que confrontó el modelo de Alianza entre Dios y su pueblo, como principio de cambio y conversión. Esta conversión incluye la vuelta personal a Dios y el cumplimiento de todos su mandatos, “con todo corazón” como pide Dt 6,4.
Aunque el capítulo 30 está redactado en segunda persona del singular, es de sentido plural en la época del exilio: “cuando te sucedan estas cosas” (v. 1) ya les han sucedido. Todo el capítulo presupone la destrucción de Judá y Jerusalén el año 587 a.e.c..
La buena nueva para el pueblo se centra en el capítulo 30. Se presenta mostrando que el precepto no supera las fuerzas, ni está fuera del alcance (v. 11) aunque el pueblo esté en el exilio. No está en el cielo, ni más allá de los mares (vv. 12-13). La Palabra de Dios ya ha sido pronunciada y se encuentra en nuestra boca y en nuestro corazón. Si nos llenamos de su palabra, se realizará su voluntad en nosotros (v. 14). Tener cerca la Palabra es amar a nuestro prójimo.
Hoy necesitamos también estar abiertos a la palabra que se nos dirige en los signos de los tiempos y los lugares, como palabra reveladora de la acción de Dios en nuestra historia, con el compromiso de escucharla y vivirla en radicalidad y compromiso
El himno de Colosenses presenta poéticamente la primacía de Cristo, como hijo de Dios y como principio de toda la nueva humanidad que renace en él. Conecta la acción salvadora de Cristo con la obra de la creación, unidas a un mismo tronco, con las raíces profundas de la fe.
La nueva creación que surge con Cristo, en esta visión entusiástica de Pablo, se presenta en el modelo de nueva humanidad, por el mundo y la historia, donde hay que trabajar por ellas para cumplir el plan salvador de Dios en su Hijo. Es una confesión de amor, más que confesión de fe o de toelogía, por parte de Pablo.
Visión panorámica de esta parábola del evangelio de Lucas. Sólo él nos trnsmite esta parábola.
La mentalidad judía del tiempo de Jesús, absorbida por el legalismo, se había convertido en una conciencia fría, sin calor humano, a la que no le importaban las necesidades ni los derechos del ser humano. Solo se hacía lo que permitía la estructura legal y rechazaba lo que prohibía dicha estructura. El legalismo impuesto por la estructura religiosa era la norma oficial de la moral del pueblo. Se había llegado, por ejemplo, a establecer, desde la legalidad religiosa, que la ley del culto primaba sobre cualquier ley, así fuera la ley del amor al prójimo. Esto asombraba y preocupaba a Jesús pues no era posible que en nombre de Dios se establecieran normas que terminaran deshumanizando al pueblo.
Este era el contexto en que nació la parábola del buen samaritano: un hombre necesitado de ayuda, caído en el camino, más muerto que vivo, sin derechos, violentado en su dignidad de persona, es abandonado por los cumplidores de la ley (sacerdotes y levitas) y en cambio es socorrido por un ilegal samaritano (que no tenían buenas relaciones con los israelitas). Jesús hizo una propuesta de verdadera opción por los derechos de ese ser humano caído, condenado por las estructuras sociales, políticas, económicas y religiosas que aparecen excluyentes (estructuras que se encargan de no respetar los derechos de las personas y no les permitan vivir en libertad y en autonomía). Jesús quiere decirnos cómo la solidaridad es un valor que hay que anteponer no solo a la ley del culto, sino también a la misma necesidad personal, buscando el bienestar social y comunitario, la defensa de los derechos de tantos y tantas que viven en situaciones de falta de solidaridad y de reconocimiento de sus derechos, nos hace pensar en la opción por continuar el camino de compromiso y de trabajo en nuestras comunidades y organizaciones, desde el compromiso solidario con los hermanos y hermanas que están caídos en el camino, por el no reconocimiento de sus derechos.
La parábola es todo menos un juego de palabras bonitas, es algo más que una pieza literaria de la antigüedad. Es una constante interpelación para hoy.
Este texto, tan ampliamente conocido en la liturgia, se inicia con una pregunta de un maestro de la ley, o letrado, frente lo que hay que hacer para ganar la vida eterna. Jesús, a su vez, le devuelve la pregunta para que el letrado la busque en su especialidad, él tiene la respuesta en la ley… El letrado, citando de memoria Dt 6,5 y Lv 19,18, hace una apretada síntesis del sentido frente a los 613 preceptos y obligaciones que se alcanzaban a contar en la cuenta de los rabinos, para responder en dos que son fundamentales: Amar a Dios y al prójimo… Jesús aprueba la respuesta..
El letrado interroga nuevamente, pues en el Levítico el prójimo es el israelita y en el Deuteronomio se reserva el título de hermanos únicamente para los israelitas…Jesús, en lugar de discutir y entrar en callejones sin salidas, no busca plantear nuevas teorías e interpretaciones frente a la ley antigua y su práctica, sino que propone una parábola como ejemplo vivo de quién es el prójimo.
Podemos contemplar en la parábola los personajes y sacar de allí las consecuencias de enseñanza para el día de hoy: un hombre (v. 30) anónimo que es victima de los ladrones y cae medio muerto en el camino; un samaritano (v. 33) un medio pagano – o tal vez un pagano completo- cuyo trato y relación con los judíos era casi un insulto a sus tradiciones; un sacerdote (v. 31) y un levita (v. 32), la contraposición y la diferencia entre dos rangos de poder religioso, pues el levita era un clérigo de rango inferior que se ocupaba principalmente de los sacrificios, “testimonios” de un culto oficial y de los rituales a seguir en la religión establecida.
La relación entre cada uno de los personajes de la parábola es distinta: el sacerdote y el levita frente al hombre caído en el camino no se basa en el plan de la necesidad que tiene este último, sino en el de inutilidad que presentaría ante la ley y el desempeño del oficio, el prestarle cualquier atención al hombre caído, impediría a estos representantes del culto oficial poder ofrecer los sacrificios agradables a Dios. El samaritano, por el contrario, no encuentra ninguna barrera para prestar su servicio desinteresado al desconocido que está tendido y malherido, que necesita la ayuda de alguien que pase por ese camino. El samaritano únicamente siente compasión por la necesidad de ese hombre anónimo y se entrega con infinito amor a defender la vida que está amenazada y desposeída.
Prójimo, compañero, dice Jesús en esta parábola, debe ser para nosotros, en primer lugar el compatriota, pero no sólo él, sino todo ser humano que necesita de nuestra ayuda. El ejemplo del samaritano despreciado nos muestra que ningún ser humano está tan lejos de nosotros, para no estar preparados en todo tiempo y lugar, para arriesgar la vida por el hermano o la hermana, porque son nuestro prójimo. Leer más…
Comentarios desactivados en 13.7.25. Dios Samaritano. Dom 15. TO (Lc 10, 25-37)
Del blog de Xabier Pikaza:
Muchos nombres tiene Dios, quizá el mejor es el de Samaritano, como intento mostrar en lo que sigue. Esta postal es larga, no hace falta que se sea todo. Basta quizá con el texto de Lucas. Mi reflexión retoma el motivo del pasado 30.6.25 (RD, FB) y consta de tres partes, además del texto de Lucas: Reflexión teológica, exégesis bíblica, conclusión meditativa.
| Xabier Pikaza
Texto Lucas 10, 25-37
Un maestro de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?» Él le dijo: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?» Él contestó: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo.»Él le dijo: «Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida.»
Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: «¿Y quién es mi prójimo?»
Jesús dijo: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo.
Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él, y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: «Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta.» ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?»
Él contestó: «El que practicó la misericordia con él.» Díjole Jesús: «Anda, haz tú lo mismo.»
REFLEXIÓN TEOLÓGICA
Hay dos mandamientos: Amor a Dios y al prójimo. Así lo ha puesto de relieve, de forma solemne, la tradición de Mc 12, 28-35 par, que constituye un elemento central del evangelio.
Preguntan a Jesús cuál es el mandamiento “primero”. Jesús responde diciendo que no hay uno, sino que dos: Amar a Dios con todo el corazón… (shema,Deuteronomio 6,5-8) y amar al prójimo como a ti mismo (código de la santidad: Lev 19, 18).
En principio estos dos mandamientos estaban separados, en dos códices distintos. Uno era el shema (amar a Dios con todo tu corazón), que parecía más propio los israelitas, aunque podía abrirse a otros pueblos que también han insistido en el amor a Dios… Otro era amar al prójimo como a timismo, formulado en un código de tipo “sacerdotal”, marcando el carácter corporativo de la santidad especial de israelitas, que se identificaban como grupo de de solidaridad colectiva.
Esta unión de los dos mandamientos parece un elemento clave de la experiencia y mensaje de Jesús, como lo ha puesto de relieve J. P. Meier, (Judío Marginal IV. Ley amor, VD, Estella 2010). Dentro de un grupo religioso de “prójimos sagrados” parece que el amor a Dios está incluido en su amor mutuo, pues ellos tienen en común el hecho de estar vinculados por Dios. Pero en el caso de Jesús esa unión de los dos amores no parece fundarse en el amor a Dios, porque Jesús no dice que tenemos que amar al prójimo por causa de Dios, sino porque porque el prójimo tiene valor en sí mismo (tema especialmente resaltado en la versión de Lucas).
El cristianismo, en general, ha tendido a insistir en el primer mandamiento, (amor a Dios) apareciendo así como religión teológica, no sólo en forma dogmática (insistencia en la divinidad de Jesús, casi deterioro de su humanidad), sino en forma sacramental (convirtiendo el bautismo y la eucaristía en experiencias y sacramentos de unión con Dios, más que de solidaridad interhumana y de amor al prójimo). En contra de eso, tradición evangélica ha insistido más en el amor de Jesús al prójimo (a los pobres, enfermos, excluidos) que el amor a Dios.
Sin duda, la visión de Dios como “abba” (padre) es un elemento central de la experiencia de Jesús, pero, en conjunto, el evangelio no está centrado en el amor a Dios (Jesús no crea una religión de amor a Dios), sino en el amor al prójimo: Jesús pone en marcha y organiza un movimiento de liberación y comunión interhumana, de perdón, , acogida y curación de enfermos, excluidos, pobres, más que de purificación sacerdotal, de culto y oración. Ciertamente, él ha sido un hombre piadoso, y el Padre-Nuestro recoge las claves de su oración, pero él no ha sido un maestro místico, sino un profeta de curación y transformación social, y por eso le han condenado a muerte.
Todo nos permite suponer que Jesús ha vinculado ambos mandatos, como indica Mc 12, 28-35, pero a lo largo de su misión y mensaje se ha preocupado más del amor al prójimo que a Dios. Ciertamente, Jesús no ha sido un “ateo” propagador del amor al prójimo sin Dios (como podría ser Feuerbach y quizá al final de su vida el mismo I. Kant), pero en su vida concreta y en su misión está más interesado por el amor al prójimo que por el amor a Dios, en la línea de Rom 13, 8-10, donde hay amor al prójimo, pero no amor expreso a Dios).
En contra de eso, el judaísmo y el islam parecen en principio, religiones del amor a Dios, de manera que el amor al prójimo tiende a verse como un derivado. Conforme a todo lo que vengo diciendo, el centro y sentido del cristianismo no es un amor separado a Dios, del que deriva todo, sino el amor al prójimo en el que lo humano y lo divina. De todas formas, desde tiempo muy antiguo (a menos desde el IV d.C.) el cristianismo ha experimentado un claro corrimiento hacia el amor a Dios, destacando incluso más la divinidad de Jesús que su humanidad. Ésta ha sido a mi juicio la tendencia central del cristianismo, desde el siglo IV-V d.C. hasta la actualidad, como lo muestran cuatro hechos importantes de la historia de la iglesia:
Principio dogmática. Los cuatro primeros concilios(Nicea 325; Constantinopla 381; Éfeso 431; Calcedonia 451) insistieron más en la divinidad de Jesús, que en su humanidad, de manera que, interpretados de un modo “trascendente” han creado un cristianismo de la divinidad de Jesús y del Espíritu Santo (iglesia) más que de la humanidad de Dios en/según Jesús, conforme al NT. Desde aquí se entiende la desazón actual de algunas iglesias, entendidas como instituciones para “honrar” a Dios (un Dios que no necesita honra), más que para “redimir” (liberar, fraternizar a los hombres).
Deriva histórica. Ni la reforma protestantes ni la católica del siglo XVI, al comienzo de la modernidad,han supuesto un retorno a los orígenes del evangelio (al principio del amor al prójimo: Rom 13), sino un intento de “purificar” la visión de la fe en Dios más que en los hombres (Lutero), desde una perspectiva de AMDG (a mayor gloria de Dio, Ignacio de Loyola) en vez de AMHG (a mayor gloria de los hombres, en contra del adagio proto-cristiano de Ireneo de Lyón, más fiel al evangelio cuando dice: Gloria dei vivens homo (la gloria de Dios es que el hombre vva). Desde ese fondo se ha podido formular y realizar la gran misión cristiana de la modernidad, tanto católica como protestante, empeñada en extender sobre el mundo un reino de la gloria del Dios, no un reino mesiánico de vida y plenitud de los hombres.
Este es el problema y tarea clave de la reforma/recreación cristiana del siglo XXI, cuyo centro no puede estar ya en el amor/servicio a un Dios separado, sino el amor/servicio a los hombres hermanos, porque el Dios cristiano no ha creado a los hombres en Cristo para que le sirvamos a él (a Dios) y así nos salvemos, sino que nos ha creado más bien para que nos amemos y sirvamos unos a los otros, como él nos ama, como Cristo nos ha amado, de manera que nos convirtamos (cf. meta-noia, Mc 1, 14-15) en amor, resucitemos unos en los otros, conforme al programa de Pablo en Rom 13, 8-10: Que superemos el deseo posesivo de ser dominando a los demás, insistiendo en el servicio mutuo de amor como revelación de Dios.
Así lo ha entendido y formulado todo el NT, cuyas tradiciones más importantes quiero aquí recordar, partiendo de Mc 12, 28-35, donde se plantea el tema de los dos amores (a Dios y al prójimo), como inseparables. El tema es cómo se vinculan, dónde se unifican, cual es el punto de partida y principio de los dos en Cristo, como seguiré indicando a partir del texto clave, Mc 12, 28-35), tal como ha sido interpretado por Lucas y Mateo:
– Lc 10, 25-37. Parábola del Buen Samaritano, amor al prójimo sin referencia explícita a Dios). El doble mandamiento de amar a Dios y al prójimo se centra y cumple, según esta parábola en el único mandamiento del amor al prójimo, sin un Dios explícito, ni judío, ni cristiano. Ésta es la mejor interpretación y comentario de los “dos amores” de Mc 12, centrados y cumplidos en el amor al prójimo. Este es para la tradición de Lucas el tema de fondo de los dogmas que van desde el evangelio a los concilios de Nicea (325) a Calcedonia (451), centrados en el amor al prójimo, con la superación de todas las guerras y individuales y sociales que arrojan a una inmensa multitud de heridos al borde del camino, mientras pasan a su lado, sin fijarse ni ayudarles, los levitas y sacerdotes de las religiones o sistemas sociales de la tierra.
– Mt, 25, 31-46. El evangelio de Mateo incluye sin cambio el motivo de los dos (cf. Mt 22, 35-46), pero añade al final de la misión de Jesús, como expansión, interpretación y comentario el texto del “juicio” (Mt, 25, 31-46), donde Dios está al fondo como Padre, pero el tema central no es amor a Dios, sino al prójimo, esto es a los necesitados, como hermanos/presencia del Hijo de Hombre que es Cristo: hambrientos, sedientos, extranjeros, desnudos, enfermos y encarcelados… Estos son los que vienen de todas las guerras de la historia humana, derrotados, heridos, condenados, desde los hambrientos hasta los encarcelados. Éste pasaje no habla directamente de amar a Dios, sino de amar a los prójimos necesitados de pan y acogida, de amor y cuidado, de visita y libertad.
– Sant 1, 25-26. La verdadera piedad o religión ante el Dios y Padre no consiste en amar a Dios, sino en cuidar a los huérfanos y a las viudas en su aflicción, y guardarse sin mancha del mundo (θρησκεία καθαρὰ καὶ ἀμίαντος παρὰ τῷ Θεῷ καὶ πατρὶ αὕτη ἐστίν, ἐπισκέπτεσθαι ὀρφανοὺς καὶ χήρας ἐν τῇ θλίψει αὐτῶν, ἄσπιλον ἑαυτὸν τηρεῖν ἀπὸ τοῦ κόσμου). La religión (θρησκεία limpia y pura) no es amar a Dios en sí, ni confesar la divinidad de Jesús, ni crear una iglesia de separados, sino visitar/cuidar a los necesitados (cristianos o no, judíos o gentiles), representados por dos tipos de personas marginadas (huérfanos y viudas, que son con los extranjeros los representantes de todos los necesitados del mundo). La religión no se identifica con un tipo de iglesia separada y/o poderosa, ni con un culto a Dios en sí, sino con el cuidado (ἐπισκέπτεσθαι, ayudar, acoger, a los necesitados del, que son ante, los huérfanos y viudas, conforme a una intensa tradición judía).[1].
Tradición del discípulo amado: Un mandamiento nuevo (Jn 13, 34-35). Amémonos amados (1 Jn 4). En una línea convergente se sitúa la tradición del discípulo amado, donde todo está lleno de amor de Dios, pero no se pide a los cristianos que amen a Dios (como en el shema, Dt 6, 5) sino se aman entre, que amen a los demás como Cristo les ha amado a ellos. Éste es el mandamiento nuevo (ἐντολὴν καινὴν: Jn 13, 34), que equivale al nuevo testamento o alianza de Jesús. La antigua alianza era amar a Dios, desde Israel (Dt 6, 5). La nueva alianza es amarse unos a otros con el amor de Cristo (ἵνα ἀγαπᾶτε ἀλλήλους, καθὼς ἠγάπησα ὑμᾶς). El mandamiento cristiano no es amar a Dios sobre todas las cosas, sino amarse los hombres entre sí, como como ama Cristo, siendo así amr, como Dios, como 1 Jn 4, 7-21, que empieza: “Amémonos amados, porque el amor viene de Dios… porque Dios es amor: (Ἀγαπητοί, ἀγαπῶμεν ἀλλήλους, ὅτι ἡ ἀγάπη ἐκ τοῦ Θεοῦ ἐστιν, ὅτι ὁ Θεὸς ἀγάπη ἐστίν). Desde ese fondo, Jesús pide a Pedro que le ame a èl, para así amar como él a sus “ovejas”, es decir a los cristianos.
LECTURA EXEGÉTICA
Jesús Samaritano. El evangelio de Juan recoge el insulto de algunos “judíos ortodoxos” (en la línea de los buenos escribas y sacerdotes) que acusan a Jesús de “samaritano” (Jn 8, 48). Jesús no aparece aquí como sacerdote ni levita, sino como un samaritano, es decir, como un hombre que se hace prójimo de los demás
El sacerdote y el levita no se hacen prójimos,quizá por su misma identidad sagrada: son funcionarios de un templo, representantes de una sanidad y sacralidad organizada en torno al santuario de Israel, con sus sacrificios. No se les puede echar nada en cara, van a lo suyo, tienen sus prioridades, para eso han sido “ordenados” Por el contrario, el samaritano no está “maleado” por ninguna religiosidad sagrada de tipo grupal, de manera que puede hacerse prójimo concreto del hombre que está necesitado
Pero el herido sigue al borde del camino, en patera o en frontera, en barrio marginal o en selva saqueada por los ricos. Esta parábola de Jesús nos sitúa ante esos heridos concretos, por encima de un tipo de razón clasista e impositiva que actúa por talión o ley y quiere que amemos sólo a los demás en cuanto sirven o valen para nuestros intereses. Este Jesús de la parábola (un Jesús samaritano) afirma de hecho que cada prójimo es presencia de Dios y fuente de identidad para el creyente (¡ves al herido, ves a Dios, decía San Juan Crisóstomo!). Éste es el Jesús que se ha hecho prójimo de enfermos, expulsados, condenados.
Hay un tipo de amor al prójimo que no es amor samaritano. Es un amor que vale para mantener los propios privilegios, nuestra estructural social, económica o religiosa, un amor que puede interpretarse como inversión económica (amar para que te amen, dar para que te den, como un en banco: cf. Mt 5, 43-48 par; Lc 14, 7-14). Éste es un amor que puede calcularse según ley, pero deja fuera de su círculo a los otros, los caídos a la vera del camino, como el que bajaba de Jerusalén a Jericó (cf. Lc 10, 30) y los hambrientos, exilados, enfermos y encarcelados de Mt 25, 31-46, que no caben en el buen sistema. Pero, en contra de eso, el samaritano de Jesús expresa la importancia y la exigencia del amor sobre el sistema.
En contra de una iglesia no samaritana.Hay un tipo de Iglesia que quiere cerrarse en su buen sistema de ley y de ortodoxia, diciendo a todos los que tienen que hacer, lo que tienen que ser, en la línea del levita y del sacerdote de Jerusalén. Es una Iglesia muy buena, pero deja poco lugar para “samaritanos auténticos”. Ciertamente, esa Iglesia admite y valora mucho a los “samaritanos controlados” dentro del buen sistema, pero tiene miedo de los samaritanos libres, que van por ahí, sin entrar después en su redil (con el samaritano de Jesús).
manchan a los sacerdotes (no les dejan celebrar con pureza…).
Aquí un Dios de templo y que el levita no ayuda.
Muchos dicen que lo que importa es conocer a Dios, que llevemos al mundo la experiencia de Dios… más que la pura curación física. Eso está muy bien, pero hay casos como éste en los que “el Dios de sacerdotes y levitas! (¡Dios de templo!) no ayuda nada, sino todo lo contrario. Hubiera sido mejor que levita y s acerdote no creyeran en Dios, ni tuvieran templo, sino que simplemente “se compadecieran”.
El domingo pasado, el envío de los setenta y dos discípulos nos hacía pensar en los miles de personas anónimas que difunden el evangelio en todas partes del mundo. Este domingo, la parábola del buen samaritano nos recuerda a tantísima gente que ha puesto en práctica su enseñanza.
¿Cuántas normas hay que cumplir para salvarse?
Hace años se hizo famoso un libro escrito por el jesuita Jorge Loring, Para salvarte, primera obra en lengua española que alcanzó un millón de ejemplares en vida de su autor. Todo empezó con unos breves apuntes para sus catequesis, pero terminaron convirtiéndose en un enorme volumen de 1084 páginas. Ante tal cúmulo de páginas, el lector puede sentirse como el antiguo israelita, retratado en el Deuteronomio, que considera imposible conocer la voluntad de Dios; o como el legista del evangelio que le pregunta a Jesús qué debe hacer para conseguir la vida eterna.
La respuesta del Deuteronomio es clara: no hay que subir al Himalaya ni atravesar el Atlántico para saber lo que Dios quiere de nosotros. Lo que Dios quiere del israelita está escrito “en el código de esta ley”, que se limita a los capítulos 12-26 del Deuteronomio. No se trata de estudiar mucho sino de convertirse con todo el corazón y toda el alma, y de poner en práctica lo que allí se dice.
Moisés habló al pueblo, diciendo:
‒ Escucha la voz del Señor, tu Dios, guardando sus preceptos y mandatos, lo que está escrito en el código de esta ley; conviértete al Señor, tu Dios, con todo el corazón y con toda el alma. Porque el precepto que yo te mando hoy no es cosa que te exceda, ni inalcanzable; no está en el cielo, no vale decir: “¿Quién de nosotros subirá al cielo y nos lo traerá y nos lo proclamará para que lo cumplamos?” Ni está más allá del mar, no vale decir: “¿Quién de nosotros cruzará el mar y nos lo traerá y nos lo proclamará, para que lo cumplamos?” El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo.
Pero al Deuteronomio le ocurrió algo parecido al Para salvarte. Aunque el texto era intocable, y nadie estaba autorizado a quitar ni añadir nada, la interpretación de sus normas fue creciendo de forma incontrolable. En tiempos de Jesús, el judaísmo contaba 613 mandamientos (365 prohibiciones y 248 preceptos) capaces de volver loco a cualquier persona.
Los intentos de sintetizar
Ante este cúmulo de mandamientos, es lógico que surgiese el deseo de sintetizar, de saber qué era lo más importante. A propósito de los famosos rabinos Shammay y Hillel, que vivieron pocos años antes de Jesús, se cuenta la siguiente anécdota. Una vez llegó un pagano a Shammay, famoso por su intolerancia, y le dijo: “Me haré prosélito con la condición de que me enseñes toda la Torá mientras aguanto a pata coja”. Él, que era sastre, lo echó, amenazándolo con una vara de medir que tenía en la mano. Entonces fue a Hillel, famoso por su tolerancia, que le respondió: “Lo que no te guste, no se lo hagas a tu prójimo. En esto consiste toda la Ley, lo demás es interpretación”. También del Rabí Aquiba (+ hacia 135 d.C.) se recuerda un esfuerzo parecido de sintetizar toda la Ley en una sola frase: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo; este es un gran principio general en la Torá”.
En los evangelios hay diversos intentos de simplificar la cuestión con una respuesta breve y drástica. El más famoso es la Regla de oro, con la que cierra el evangelio de Mateo el Sermón del Monte: “Tratad a los demás como queréis que os traten a vosotros. En esto consiste la ley y los profetas” (Mt 7,12). El tema reaparece en el episodio de hoy, cuando le preguntan a Jesús cuál es el mandamiento principal.
El legista malintencionado de Lucas
El protagonista del relato de Lucas no viene con buena intención, pretende poner en un aprieto a Jesús; y no plantea una cuestión teórica (“¿cuál es el mandamiento principal?”) sino muy personal: “¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”.
Jesús no cae en la trampa. En vez de responder, pregunta: “¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?” Y el legista se ve obligado a reconocer que sabe perfectamente lo que debe hacer: amar a Dios y al prójimo. Jesús, con cierta ironía, le indica que su problema no consiste en saber lo que tiene que hacer, sino en hacerlo.
Aquí podría haber terminado todo. Pero el legista, que tiene la sensación de haber quedado en ridículo, para justificarse plantea una cuestión filosófico-teológica: “¿Y quién es mi prójimo?” Afortunadamente, Jesús no era alemán. No le da una conferencia de Antropología ni le escribe un Manual de quinientas páginas para aclarar esa intrincada cuestión. Se limita a contar una parábola.
‒ Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto.
Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo.
Lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo.
Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él y, al verlo,
le dio lástima,
se le acercó,
le vendó las heridas,
echándoles aceite y vino,
y, montándolo en su propia cabalgadura,
lo llevó a una posada
y lo cuidó.
Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo:
‒ Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta.
La parábola ofrece dos modelos de conducta: la del sacerdote y del levita, que ante el pobre hombre asaltado y malherido por los bandidos dan un rodeo y pasan de larg; y la del samaritano que siente lástima, se acerca, echa aceite y vino en las heridas, las venda, lo monta en su cabalgadura, lo lleva a una posada, lo cuida y paga su estancia. Son siete acciones, basadas todas ellas en el sentimiento inicial de lástima.
Al legista podría resultarle ofensivo que le cuenten un cuento. Pero Jesús no le da tiempo a protestar, pasa directamente al ataque, obligándole a reconocer que lo importante es comportarse como prójimo.
¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?
Él contestó: El que practicó la misericordia con él.
Díjole Jesús: Anda, haz tú lo mismo.
Lo importante no es discutir sino actuar.
La mala idea de la parábola
A muchos les gustaría limitar la parábola al ejemplo del samaritano y dejarnos con buen sabor de boca. Pero Lucas, del que siempre alabamos su bondad, resulta en este caso muy hiriente. No le basta un protagonista, necesita tres. Y los elige con toda la intención: un sacerdote, un levita, un samaritano.
El sacerdote y el levita, los personajes especialmente consagrados a Dios, hacen exactamente lo mismo: dan un rodeo y siguen su camino. ¿Por qué actúan de este modo? ¿Porque son malos y egoístas? No. Porque si el herido no está herido, sino muerto, basta tocarlo para quedar impuro.
La ley es tajante: “El sacerdote no se contaminará con el cadáver de un pariente, a no ser de pariente próximo: madre, padre, hijo, hija, hermano o de su propia hermana soltera, no dada en matrimonio. Queda profanado” (Levítico 21,2-4). Si no pueden contaminarse con un pariente, mucho menos con un desconocido al borde del camino.
Y lo que se deduce es trágico: es la ley de Dios la que impide practicar la misericordia y comportarse como prójimo del herido.
Lucas podría haber buscado como tercer protagonista a un cura progre o a un diácono permanente sin obsesión por la ley. Elige al menos indicado: un samaritano. El personaje más odioso y despreciable para un judío, miembro de un pueblo que, según el libro de los Reyes, “no veneran al Señor ni proceden según sus mandatos y preceptos”. Irónicamente, un representante de este pueblo que no venera al Señor ni procede según sus mandatos y preceptos es quien actúa con misericordia y se comporta como prójimo.
Reflexión actual
Sin caer en la crítica injusta a obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, la parábola nos hace pensar en tantos samaritanos agnósticos, ateos, homosexuales, lesbianas, etc., que se entregan plenamente a personas necesitadas. «Ve, y haz tú lo mismo».
Comentarios desactivados en Domingo XV del Tiempo Ordinario.10 julio, 2022.
“…, al llegar junto a él y verlo sintió lástima. Se acercó y le vendó las heridas, después de habérselas curado con aceite y vino; luego lo montó en su cabalgadura, lo llevó al mesón y cuidó de él.”
Es llamativo pero las tres historias la del sacerdote, la del levita y la del samaritano empiezan casi de la misma manera: “al verlo”. La diferencia es que el samaritano al mismo tiempo que lo ve ya está llegando “junto a él” y los otros dos, antes de acercarse lo ven y se alejan definitivamente.
Cuando vemos las cosas “desde lejos” es más fácil “pasar de largo”. Cuando los acontecimientos nos tocan de cerca es más sencillo que nos impliquemos. Lo que nos convierte en “buenos samaritanos” es la capacidad de sentirnos “cerca” de las demás personas y de sus sufrimientos.
Y esa capacidad es una semilla divina, un rasgo que nos asemeja a Nuestro Buen Dios que quiso hacerse uno de nosotros.
Dios, para la fe cristiana, es el “próximo”, el Cercano. El que se ha mezclado en nuestra historia. En Jesús Dios se ha ENCARNADO y nos invita a acercarnos unos a otros.
Solo cuando “nos acercamos” empezamos a saber lo que tenemos que hacer. Desde lejos es imposible actuar y lo único que vemos con claridad son las dificultades.
Cuando nos quedamos a distancia nos sucede como al sacerdote o al levita: nos invade el miedo. Solo vemos problemas y peligros, y en consecuencia, huimos. Nos alejamos más y más. El miedo nos quita lo más divino que tenemos: el amor compasivo.
Pero cuando además de ver nos acercamos, nos asemejamos más y más a Dios Trinidad. Emerge la misericordia. “Verlo”, ver al hombre caído y conmoverse es nuestra esencia más profunda. Por eso, cuando nos mueve la misericordia hacemos milagros.
Comentarios desactivados en No aproximarte al que te necesita, es alejarte del verdadero Dios.
DOMINGO 15 (C)
Lc 10,25-37
Solo Lucas narra esta parábola del “buen samaritano”. Como todas, no necesita explicación. Lo único que exige es implicación. El oyente tiene que tomar partido después de oírla. Si no lo hace, la narración carece de sentido. Se nos invita a descubrir una manera nueva de ser religioso, siendo más humanos. La relación directa con Dios es imposible y engañosa.
La pregunta, ¿quién es mi prójimo?, presupone que puede haber alguien que no lo es y tendría que amar solo al que lo es. La pregunta presupone que el ser o no ser prójimo depende de alguna circunstancia externa. Esta es la trampa. Debo aproximarme a todo el que me necesita. Si no lo hago estoy fallando a Dios y a mi propio ser.
El relato es típico de la literatura oriental, pero los personajes implicados en él, lo convierten en provocador. Para el sacerdote y el levita, lo primero era Dios y la Ley. Para el samaritano, lo primero era el hombre. El hereje, el idólatra, el impuro, odiado precisamente por no ser religioso, no está sujeto a normas externas, lleva la ley en el corazón.
Desde que tenemos noticias, se ha entendido a Dios como un Ser separado con el que podemos relacionarnos directamente. Ese Dios impone su santa voluntad a las criaturas dando leyes y preceptos puntuales. La verdad es que Dios no tiene voluntad. Ese dios antropomórfico es solo una creación nuestra. El verdadero Dios no dio a nadie ley alguna.
Lo que llamamos voluntad de Dios es la misma realidad de las cosas que las constituye en tales. Desplegar esa esencia es lo que Dios espera de cada realidad. En el hombre se complica porque puede no desplegar su verdadero ser y en lugar de actuar como ser humano puede actuar como un ser inhumano y deteriorar su verdadera naturaleza.
La luz es impensable sin una materia sobre la que se reflejen los fotones. Los espacios intersiderales son inmensos vacíos en absoluta oscuridad, aunque los fotones los traviesan. Esto pasa con Dios, no se le puede ver más que reflejado en las criaturas. La conclusión es clara: No puedo pensar en un Dios al margen de la creación, porque sería un ídolo.
Solo descubriendo la luz que se refleja en mi propio ser, estaré capacitado para verla en los demás. El Dios que descubro en mí, es el mismo que debo descubrir en los demás. Si me doy cuenta de lo que soy en el Todo, veré al otro insertado en el Todo. Si creo que soy una mónada aislada, veré al otro como opuesto a mí y no encontraré motivos para amarlo.
Yo, separado del creador y de las demás criaturas, no soy nada. Lo que constituye mi ser y lo que constituye el ser de los demás, es la misma Realidad, Dios que está fundamentando mi propio ser y el de los demás. Por tanto, no puedo ir en contra de los demás sin ir en contra mía. El día que descubra lo que soy, habré dado un paso hacia el verdadero amor.
El prójimo está siempre ahí. Descubrirlo depende solo de ti. Cuando te aproximas a otro para ayudarle, lo conviertes en próximo. Al hacer a uno prójimo, te estás acercando a Dios. Cada vez que pones al otro en el centro, te acercas a la plenitud de humanidad.
Siempre que das un rodeo para pasar de largo ante el dolor ajeno, te estás alejando de ti mismo y de Dios. La religión que permite vivir ignorando a los demás será siempre falsa.
Comentarios desactivados en Sabiduría estéril, compasión activa.
Lc 10, 25-37
«Haz esto y tendrás la vida»
Es tan rematadamente sencilla la interpretación de esta parábola que apenas deja resquicio para añadir un comentario. Dos personas sagradas encuentran en el camino a un hombre malherido, se desentienden y siguen adelante. Un hereje samaritano, que también pasa por allí, lo ve, se conmueve, se acerca, le atiende… Y ya está.
El levita de la parábola conocía maravillosamente la ley, pero se quedaba en el conocimiento. El samaritano, un hereje inculto y despreciado, es puesto de ejemplo por Jesús porque lleva la Ley en el corazón, aunque no la conozca, o la conozca mal. Y ésta es una lección trascendental para muchos de nosotros, porque el texto de hoy nos dice que para el seguimiento de Jesús es indiferente lo que sepamos o dejemos de saber, lo que creamos o dejemos de creer; que lo importante es lo que hacemos; que lo importante son los frutos; que el conocimiento por el conocimiento nos puede apartar de lo esencial; el amor y la misericordia. Es más, que puede hacernos sentir superiores y alejarnos de los demás.
El letrado que interpela a Jesús plantea muy bien su pregunta: «¿Quién es mi prójimo?» ¿el extranjero, el samaritano, el publicano…? ¿Tengo que amar a esos pecadores, extranjeros, herejes?… y Jesús le vuelve la oración por pasiva: «No importa quién es el otro; importa cómo te portas tú«. Al final del pasaje lo despide con una exhortación: «Anda y haz tú lo mismo» «Haz esto y tendrás la vida».
Siempre el verbo hacer: dar de comer al hambriento y de beber al sediento, acoger al peregrino, visitar al enfermo o al encarcelado, perdonar, compartir, servir, hacerse esclavo… Por Jesús sabemos que todo conocimiento que no lleva al servicio es infecundo; que lo importante no es la teoría sino el comportamiento; que no es el entendimiento ni la razón lo que justifica nuestra vida, sino la compasión; el amor… Y es evidente que amar no tiene nada que ver con filosofar, con entender, sino con sentir, con conmoverse, con acercarse, con implicarse, con servir…
«El evangelio es la sabiduría de los sencillos» –decía Ruiz de Galarreta–. Si algo es de Jesús debe ser comprensible por todos sin excepción alguna, y si no lo es, no es de Jesús. Podrá ser algo valioso (o podrá no serlo), pero no de Jesús. Lo de Jesús es tan sencillo que San Ignacio de Loyola fue capaz de resumirlo en una expresión extremadamente sencilla: “En todo amar y servir”… Y ya está. Y asumido esto, el resto de consideraciones doctas que nosotros podamos hacer no dejan de ser simples notas a pie de página… por muy atinadas que sean.
Miguel Ángel Munárriz Casajús
Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí
Comentarios desactivados en ¿Nos compadecemos, o pasamos de largo?.
Lc 10, 25-37
El relato del evangelio comienza en un clima de desconfianza y desafío. Un maestro de la ley quiere poner a prueba a Jesús, porque mucha gente le llama “maestro”, sin haber sido reconocido oficialmente como tal. El estudio de la ley era duro y exigía mucha dedicación. A cambio, el título permitía ser un referente a la hora de interpretar la ley o discutir sobre ella. Cuando se llegaba a una casuística exagerada, el maestro de la ley tenía la última palabra.
Podemos suponer que quien tenía el título no querría que alguien que no lo tenía le hiciera la competencia. Había una solución: dejar a Jesús en ridículo públicamente. Por eso le pone a prueba con una pregunta fundamental: ¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?
No le hace cualquier pregunta relacionada con el trabajo, el bienestar o las costumbres, sino que apunta directamente a la salvación. Y ¿quién puede tener “la clave” de la salvación, sino quien conoce la respuesta de memoria, porque se la ha aprendido? (Nota: también ahora adolecemos del mismo mal…)
El maestro de la ley quiso justificarse, como hacemos cualquiera de nosotr@s a menudo. Porque amar a Dios tiene muchas escapatorias, muchos “atajos”. Podemos creer que le amamos, ofreciéndole ritos que Jesús denunció reiteradas veces. Recordemos: “Misericordia quiero, no sacrificios”.
Sin embargo, para amar al prójimo solo hay dos caminos:pasar de largo o compadecernos. No hay escapatoria posible.
Hoy es un buen día para recordar los rostros y los nombres de las personas que nos hemos ido encontrando por el camino de la vida, esas personas que nos necesitaban y, en lugar de ayudarles, hemos pasado de largo.
Es posible que, para tranquilizar nuestra conciencia, le hayamos pedido a Dios que hiciera nuestro trabajo. Es más cómodo orar e interceder por las necesidades ajenas que “curar las heridas y montar al prójimo en la cabalgadura en la que vamos sentados cómodamente”.
Hoy, hay millones de hombres, mujeres y niñ@s que están tan maltratad@s como el hombre que cayó en mano de bandidos. Much@s huyen de sus lugares de origen buscando la paz y el pan de cada día. Están entre nosotr@s. ¿Pasamos de largo o nos compadecemos?
La Palabra nos interpela con fuerza: Practicar la misericordia, es dirigir nuestro corazón, nuestra alma, nuestras fuerzas y nuestra mente hacia la miseria del prójimo. Ojalá nos sacudan las frases: “Haz esto y tendrás vida”, “Anda y haz tú lo mismo”.
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