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La amistad perfecta

Lunes, 9 de octubre de 2017

Del blog Pays de Zabulon:

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La amistad perfecta es la de los hombres buenos y semejantes en virtud. Cada uno quiere el bien del otro por lo que es, por su bondad esencial. Son los amigos por excelencia, que se acercan no por  circunstancias accidentales, sino por su naturaleza profunda. Su amistad dura todo el tiempo que permanezcan virtuosos, y lo propio de la virtud en general es ser permanente. Añadamos que cada uno de ellos es (…) bueno en lo absoluto y útil para su amigo, bueno en lo absoluto y agradable para su amigo.

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Aristóteles,
Ética a Nicómaco, lib. VIII

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Foto : Yoonjae Jang, Jaemin Cho and Taewoong by Hyunjong Ryoo for Fucking Young

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Naturaleza

Sábado, 3 de junio de 2017

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“La naturaleza no hace nada en vano”.

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Aristóteles

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Ética del perdón

Viernes, 25 de noviembre de 2016

el-abrazo-1976-juan-genoves-custom2No hay perdón sin misericordia, ni misericordia sin perdón y que me perdone Nietzsche, porque para él todo esto de la misericordia y el perdón, léase compasión, le suena a debilidad y a algo enfermizo, hasta el punto de que la muerte de Dios sobrevino por un exceso de compasión, ahogándose en ella. Sin embargo, Jesús de Nazaret hizo de la misericordia y el perdón la coordenada central de su programa ético-religioso. El “ojo por ojo” de la sociedad judía lo cambia radicalmente por la misericordia samaritana y por el que hay que perdonar hasta setenta veces siete (Mt. 18,21). No es el perdón una palabra al uso, escribe el papa Francisco, más bien, es una palabra que “en algunos momentos parece evaporarse… y es triste constatar cómo la experiencia del perdón en nuestra cultura se desvanece cada vez más”.

Ante el inminente final del “Año de la misericordia” propuesto por el papa Francisco me atrevo a una reflexión de un tema un tanto espinoso y desacostumbrado ya sea individual, ya sea colectiva y socialmente. El “ojo por ojo” o el “homo hominis lupus” (el ser humano es un lobo para el ser humano) y la venganza está adherido en el ADN de la persona y desde esta perspectiva podemos decir con JP. Sartre que el “infierno son los otros”. Pero el imperativo ético tanto de la religiosidad como del ser antropológico de Jesús de Nazaret debe ser un factor imprescindible en nuestro día a día, en nuestra contingencia de un ser-ahí y de un ser-con de la ontología heideggeriana. Desde el punto de vista antropológico y personal es imprescindible convivir con la misericordia y el perdón, tanto el demandar perdón como el otorgarlo en situaciones de daños, sufrimientos o perjuicios que hacemos o recibimos. No es fácil esta experiencia, pues, como decía Ortega y Gasset atendiendo a la raíz de esta palabra en alemán, implica pensar con los pies, es decir, estar bien anclado en tierra, pues “el perdón es un acto propio de personas que han llegado a una auténtica madurez, pero… que tiene sus raíces en ciertas experiencias tempranas de la vida”, afirma el psicólogo suizo J. Paige, y además “la experiencia del perdón fortalece la convicción de que no estamos de más, de que podemos ser algo, de que no simplemente somos tolerados”.

Desde esta perspectiva de la madurez humana la capacidad de perdonar y de recibir perdón, ese hacerse cargo de la ofensa o el sufrimiento infligido o recibido, debe ampliarse a nuestro camino existencial, individual y social. Nuestro ámbito social y político está escaso de perdón, y por ende de reconciliación, pues con demasiada frecuencia se actúa desde un querer imponer la propia verdad (habría que recordar el verso machadiano: “¿Tu verdad? No, la verdad y ven conmigo a buscarla”) y hasta la propia justicia, y así del adversario político o grupal se pasa al enemigo en toda regla, al ojo por ojo, y aquí el perdón y la reconciliación se convierten en la enfermiza debilidad nietzscheana. La política española, al menos de ahora, está falta de alguna dosis de perdón y de reconciliación; la convivencia social necesita un buen tratamiento vitamínico a base de perdón. Otro tanto habría que señalar en instituciones eclesiales, donde la ausencia de misericordia y de perdón es manifiestamente llamativa al referirse, sobre todo, a homosexuales, lesbianas o a la ideología de género, que se ha comparado con el nazismo, el marxismo o el ISIS yihadista. En estos días el arzobispo de Oviedo, con motivo de la beatificación de cuatro “mártires asturianos” de la guerra civil, ha arremetido despiadadamente contra la ley de Memoria histórica, un intento legal de perdón y de reconciliación; hubiera sido más acorde con ese acto entonar un mea culpa, entre otras cosas, por las implicaciones de la jerarquía católica en el golpe de Estado del general Franco, que tanto sufrimiento causó a la sociedad española, y en el apoyo incondicional a la posterior dictadura franquista.

Habría que decir que el perdón es un factor muy saludable tanto en el ámbito personal como social. Suma más que resta. El perdón hace que se recomponga el hilo umbilical por cualquier desavenencia con el otro; no hay que olvidar que, conforme a la definición aristotélica, el ser humano es un ser relacional. Y es saludable y positivo por varias razones:

Genera diálogo, es decir, cuando la palabra va fluida del uno al otro y del otro al uno sin recovecos, como una “razón con entrañas” en expresión de María Zambrano, se allana fácilmente el terreno y se facilita el encuentro, la reconciliación. El diálogo potencia la cultura del corazón, que habla desde la igualdad, desde la simetría, y no desde el fanatismo del que está convencido sin fisuras de su verdad y de sus posiciones estancas. El perdón rompe con esa estructura de incomunicación.

Hace posible la reconciliación, una vez establecido el diálogo, que no es otra cosa que, según la etimología, volver a la asamblea, a la reunión, al encuentro con el otro. Al aceptar ese encuentro se establece una relación de projimidad, como señala P. Laín Entralgo, de reconocimiento mutuo entre el yo y el otro. El abrazo viene a ser la puesta en escena del perdón. Nelson Mandela se quejaba de que su gente le tachase de cobarde por tender la mano a sus verdugos, y llevó hasta el final su reconciliación sentando a su carcelero blanco en la tribuna de honor en su investidura como presidente de Sudáfrica.

Restablece o inicia la amistad, un valor muy estimable, hasta el punto de que “sin amigos nadie querría vivir, aun cuando tuviera todos los otros bienes”, escribe Aristóteles en Ética a Nicómaco. A partir del perdón se recupera la empatía perdida, si es alguien cercano; y si es lejano, se acortan las distancias, se hace prójimo a nuestra realidad histórica. Se comparte así un nuevo caminar juntos, donde yo me hago responsable del otro y el otro se responsabiliza de mí. La amistad hace posible la solidaridad humana ante el sufrimiento tan variado como injusto.

Refuerza la “Si Dios se detuviera en la justicia, escribe el papa Francisco en la Misericordiae vultus, dejaría de ser Dios, sería como todos los hombres que invocan respeto por la ley. La justicia por sí misma no basta, y la experiencia enseña que apelando solamente a ella se corre el riesgo de destruirla”. No es fácil para las víctimas, directas o indirectas, escoger entre justicia y perdón, o perdonar cuando uno no es la víctima directa. Es lo que plantea Dostoievski en Los hermanos Karamázov en el intenso diálogo entre los hermanos Iván y Aliosha. Iván no puede entender que el “sufrimiento de los niños” sea un factor necesario en la creación divina y que tengan que “contribuir con sus sufrimientos al logro de la armonía”. Por eso Iván remata su densa y larga exposición: “¡No quiero, en fin, que la madre abrace al verdugo que ha hecho despedazar a su hijo por los perros! ¡Que no se atreva a perdonarle! Si quiere, que perdone al torturador su infinito dolor de madre; pero no tiene ningún derecho a perdonar los sufrimientos de su hijo despedazado”. A mi modo de ver el perdón refuerza la justicia, porque el verdugo, aquí en un sentido amplio, al ser perdonado reconoce el sufrimiento causado y acepta plenamente que se haga justicia. A este respecto hay que resaltar el increíble testimonio de algunas víctimas directas o indirectas de ETA y de los GAL que han perdonado a sus verdugos y éstos se hacen cargo del dolor causado. Todo esto sin esperar, como en el diálogo de los hermanos Karamázov, a que “cuando cielo y tierra se unan en un solo grito”, la madre, el niño y el verdugo “que ha hecho despedazar a su hijo por los perros” proclamen los tres con lágrimas en los ojos: “Tienes razón, Señor”. En definitiva, “si Dios se detuviera en la justicia, dejaría de ser Dios”, otro tanto ocurriría en el ser humano, que dejaría de serlo, si no perdona. De nuevo Aristóteles viene en nuestra ayuda: “Cuando los seres humanos son amigos, ninguna necesidad hay de justicia; pero, incluso siendo justos, necesitan de la amistad, y parece que los justos son los más capaces de amistad”; amistad que tiene su manantial en el perdón.

Recompone y afianza la paz. Una paz que se hace trizas por la ofensa dada o recibida. El poeta bíblico nos dice que la “justicia y la paz se besan” (Sam 84,11); si la justicia se refuerza por el perdón, otro tanto ocurre con la paz, esa “brisa malva/de armonía/; un astro luminoso/ para la senda de la esperanza/; un pan compartido/ sin hambre/… una exigencia existencial/ de la finitud y de la contingencia/” (Palabras para este tiempo).Todo ello es posible porque el perdón genera diálogo y amistad y contribuye a que las relaciones humanas sean justas, igualitarias, el verdadero humus de la paz. Aliosha inquiere a su hermano Iván: “Me has preguntado hace un momento: ¿existe en todo el mundo un ser que pueda perdonar y tenga derecho a hacerlo? Pues bien, ese ser existe, y puede perdonarlo todo, puede perdonarlo todo a todos y por todo, porque Él mismo ha dado su sangre inocente por todos y por todo”. Jesús de Nazaret ha señalado el camino y ha dado ejemplo claro y meridiano y, por eso, hizo de la misericordia y el perdón la coordenada central de su programa ético-religioso, donde los que luchan por la paz, han sido misericordioso y han perdonado, son bienaventurados, dichosos, han encontrado la felicidad.

El perdón es, en definitiva, “una fuerza que resucita a una vida nueva e infunde el valor para mirar el futuro con esperanza” (Misericordiae vultus).

Antonio Gil de Zúñiga

Atrio

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Hace falta un amigo

Sábado, 2 de julio de 2016

Del blog Pays de Zabulon:

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” Hace falta un amigo “ dice Aristóteles. Esta necesidad está ligada a nuestra finitud. ¿Qué pasa cuando uno no tiene amigos? Se me planteó la  pregunta ayer por la noche después de la reunión. No tener un amigo es una de las tragedias de la existencia. El amigo es el que por su palabra, por su mirada o por su sola presencia y su sola existencia, te libera – e abre en confianza en lo que tú eres. Nadie más que el amigo puede hacer esto por tí. Es irreemplazable. Es por eso que Aristóteles dice que la philia [amistad] es la cosa más necesaria para llevar una vida plenamente humana. “

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Hadrien France-Lanord,
Abrirse en la amistad, Editions du Grand Est, 2010, p. 77.

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Ética de felicidad, virtud y amistad basada en el Nuevo Testamento

Sábado, 15 de noviembre de 2014

amigos_01Esta charla tuvo lugar el sábado 20 de septiembre de 2014 a las 20h en Barbieri 18. Corrió a cargo de Alberto, teólogo redentorista, que compartió su reflexión sobre cómo interpretar la ética basándose en el Nuevo Testamento en base a los conceptos fundamentales provinientes de Aristóteles de felicidad, virtud y amistad. Esta visión contrasta con la visión clásica de la teología moral basada en una moral católica basada en la “ley”.

A partir del Concilio de Trento (siglo XVI), la moral católica se configuró entorno al concepto de “ley”. El objeto de la Teología moral era aplicar la ley a casos concretos. Esta manera de hacer Teología moral se llama “casuismo” y marcó  a la Iglesia durante los siglos que pasaron entre los concilios de Trento y del Vaticano II. El Concilio Vaticano II hizo que este modo de hacer teología moral entrara en crisis. Los teólogos que impulsaron la renovación conciliar quisieron poner en el centro de su reflexión no la ley, sino la persona y su conciencia. Este este proceso de cambio está aún en marcha. Uno de sus últimos desarrollos es que, en las últimas décadas, teólogos y filósofos están proponiendo recuperar conceptos y enfoques que provenientes de Aristóteles, el gran iniciador de la ética en la tradición Occidental. Aristóteles apenas habla de leyes en sus tratados; su ética gira en torno a tres conceptos fundamentales: felicidad, virtud y amistad. Mi reflexión es cómo articular una ética basada en el Nuevo Testamento usando estas tres ideas.

Archivo adjunto al final de la página.

Para escuchar/descargar audio pulse Aquí.

Para ver vídeo pulse Aquí.

El esquema de la charla es el siguiente:

Ética cristiana: más allá de una moral de normas

De Trento al Vaticano II: La moral casuista

  • Minimalismo. Una ética centrada en el pecado enseña no a hacer el bien, sino a evitar el mal y a alejarse de toda ocasión de pecado. Favorece la mentalidad que busca hacer lo menos posible.
  • Fariseísmo. Si el criterio de la bondad moral es el cumplimiento de la ley, puedo considerarme “bueno” si formalmente hago lo prescrito.
  • Atrofia de la conciencia. Como cualquier otra capacidad humana, el discernimiento.
  • Culpabilidad. Por mucho que se intente, nadie es capaz de cumplir estrictamente todas las normas.
  • Individualismo. Debo velar en primer lugar por la salvación de mi alma. Lo que otros hagan es su problema.
  • Idolatría de la norma: una vez que tenemos la norma a la que obedecer, se puede retirar a Dios a un segundo plano. Los árboles de cada caso de conciencia impedían ver el bosque de la persona en su relación con Dios.

La Renovación de la moral en torno al Vaticano II: el giro personalista

“Aplíquese un cuidado especial en perfeccionar la teología moral, cuya exposición científica, más nutrida de la doctrina de la Sagrada Escritura, explique la grandeza de la vocación de los fieles en Cristo, y la obligación que tienen de producir su fruto para la vida del mundo en la caridad” (Optatam Totius, n. 16).

Un posible camino para avanzar: la ética de la virtud

  • Felicidad: El objeto de la ética es guiar a la persona hacia la felicidad. La felicidad no es algo que se tiene, es llegar a ser de una cierta manera. La vida humana tiene sentido si va hacia algún fin.
  • Virtud: Una virtud es un rasgo que caracteriza una personalidad lograda, un ser humano feliz.
  • Amistad: Nadie puede ser feliz solo. La amistad es el vínculo que une a la comunidad de las personas que buscan juntos la felicidad.

La felicidad, estilo Jesús

Cristo no vino a fundar una nueva religión, sino a hacer posible una nueva fraternidad entorno a él de la que nadie estaba excluido. Por medio de esta red tejida entorno a Jesús y por la acción del Espíritu, podemos conectar de una manera nueva con Dios. En eso consiste la fe cristiana: la propuesta concreta de una comunión universal en Dios (Hermano John de Taizé, Una multitud de amigos, Sal Terrae 2012)

Vamos encontrando la felicidad al cuando comprometemos junto a otros amigos/as en el proyecto de Jesús.

  • Que da un sentido y una dirección a nuestra vida.
  • Nos impulsa a salir de nosotros mismos. Encontramos la felicidad al compartir con otros.
  • Va transformando nuestra personalidad (la felicidad no es tener, sino una forma de ser).
  • La ética cristiana está al servicio de esta transformación.

De la página web de Crismhom.

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Amigo.

Viernes, 31 de enero de 2014

Del blog À Corps… à Coeur:

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No es un amigo el que es  amigo de todos,

ni hasta, añadiría, el que es amigo de una multitud.

¡ La amistad supone demasiada confianza,

sinceridad, intimidad – y tiempo!

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Aristóteles

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