La condición humana es siempre una condición situada en un espacio: en un espacio y en un tiempo, en un límite más allá del cual se advierte la ausencia y lo desconocido. La tensión que mueve o que «espera» el futuro está, por tanto, al menos en cierto sentido, fuera de su alcance. «Lo que es esperado, en sentido estricto, está sustraído al poder de aquel que espera. Nadie dice que espera lo que él mismo puede hacer o provocar». Precisamente a este respecto, santo Tomás decía que el objeto de la esperanza es siempre algo «arduo».
Por otra parte, no se puede decir que el objeto de la esperanza esté infundado del todo; en tal caso, deberíamos hablar de mera ilusión y, en última instancia, de desesperación. «La esperanza -decía Descartes- es una disposición del alma que la persuade de que vendrá lo que desea.» ¿En qué se basa esta persuasión? ¿En la simple probabilidad del objeto o en la magnanimidad de aquel que nos lo puede dar? Ahora bien, en ese caso, deberemos hablar más propiamente de deseo y de carencia: el deseo, como nos hace ver su derivación de sidus, es un «esperar desde las estrellas» y, al mismo tiempo, «una pérdida de la constelación que nos guiaba por el mar», un «dejar de ver», un «sentir y echar de menos la carencia» y un no ser capaz de «orientarse». La esperanza, en cambio, está sostenida en el fondo por la confianza: puede esperar también lo que parece, que tal vez es imposible, pero, mientras espera, apunta a una determinada certeza, a una confianza que ya es comunión con lo que ha de venir.
Esperando -como ha señalado G. Marcel- contribuyo a «preparar», dispongo el camino a lo que ha de venir y, en cierto modo, participo ya de ello. «No es que, hablando con propiedad, atribuya yo una eficacia causal al hecho de esperar o desesperar. La verdad es más bien que, al esperar, tengo conciencia de reforzar, y desesperando o simplemente dudando tengo conciencia de soltar, de aflojar, cierto vínculo que me une a lo que está en causa»
*
V. Melchiorre, Sulla speranza,
Brescia 2000, pp. 15-17
Llegar a ser prójimos es tender un puente sobre la brecha que separa a las personas. En la medida en que haya distancia entre nosotros y no podamos mirarnos a los ojos, se plantea todo tipo de ideas e imágenes falsas. Llamamos a los otros con nombres ofensivos, hacemos bromas sobre ellos, los cubrimos con nuestros prejuicios y evitamos el contacto directo. Pensamos en ellos como enemigos. Nos olvidamos de que ellos aman como nosotros amamos, que cuidan de sus hijos como nosotros cuidamos de los nuestros, se enferman y mueren como nosotros. Olvidamos que son nuestros hermanos y hermanas y los tratamos como objetos que podemos destruir cuando queramos. Sólo cuando tenemos el valor de cruzar el camino y mirarnos a los ojos podemos ver que somos hijos del mismo Dios y miembros de la misma familia humana.
Comentarios desactivados en Ni un cabello de vuestra cabeza perecerá…
“Hemos sido testigos silenciosos de acciones malvadas, conocemos una más del diablo, hemos aprendido el arte de la simulación y del discurso antiguo, la experiencia nos ha hecho desconfiar de los hombres y con frecuencia hemos quedado en deuda con ellos en lo que respecta a la verdad y a la palabra libre, conflictos insostenibles nos han vuelto dóciles o tal vez incluso cínicos: ¿podemos ser útiles todavía? No tenemos necesidad de genios, de cínicos, de despreciadores de hombres, de estrategas refinados, sino de hombres sinceros, sencillos, rectos.
¿Habrá quedado bastante grande nuestra fuerza de resistencia interior contra lo que se nos impone? ¿Habrá quedado la sinceridad para con nosotros mismos suficientemente implacable, de suerte que nos haga volver a encontrar el camino de la sinceridad y de la rectitud?”
*
D. Bonhoeffer, Resistencia y sumisión,
Ediciones Sígueme, Salamanca 1983.
***
En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo:
– “Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido.”
Ellos le preguntaron:
– “Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?”
Él contesto:
– “Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre, diciendo: “Yo soy”, o bien: “El momento está cerca; no vayáis tras ellos. Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida.“
Luego les dijo:
– “Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre. Habrá también espantos y grandes signos en el cielo.
Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Así tendréis ocasión de dar testimonio.
Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro.
Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa mía.
Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.“
*
Lucas 21, 5-19
***
Vemos, un mar turbado desde los abismos, navegantes que flotan muertos sobre las olas y otros sumergidos, las tablas de los barcos sueltas, las velas desgarradas, los mástiles destrozados, los remos sueltos de las manos de los remeros, los pilotos no sentados al timón, sino en el puente, con las manos entre las rodillas: gimen por su impotencia frente a los elementos, gritan, se lamentan, sollozan; no se divisa ni el cielo ni el mar, sino sólo las tinieblas profundas, impenetrables y turbias, hasta tal punto que ni siquiera se puede ver al vecino, y de todas partes caen monstruos marinos sobre los navegantes.
Pero ¿por qué intento describir lo que no se puede? Aunque busque cualquier imagen que exprese los males presentes, mi discurso queda superado por la realidad y retrocede. Sin embargo, aunque lo vea bien, no renuncio a la buena esperanza, pensando en el piloto de todo el universo, que no supera la borrasca con su arte, sino que deshace el huracán con un ademán. No lo hace de buenas a primeras o de inmediato, sino que acostumbra a actuar así: no aniquila los males al principio, sino cuando han crecido, cuando llegan al extremo, cuando los más ya desesperan: entonces realiza sus prodigios y sus maravillas, mostrando de este modo su poder y ejercitando en la paciencia a aquellos sobre quienes han caído los males.
No te abatas por tanto. Una sola cosa, oh Olimpia, hay que temer, una sola es la tentación verdadera: el pecado. Nunca he cesado de repetir este discurso a tus oídos: todo lo demás son fábulas, aunque se hable de insidias, de hostilidades, de engaños, de calumnias, de insultos, de acusaciones, de confiscaciones, de exilio, de espadas afiladas, de mar, de guerra en toda la tierra. Por muy glandes que sean estas tribulaciones, son temporales, limitadas; subsisten sólo en el cuerpo mortal y no perjudican al alma vigilante. Por eso, el bienaventurado Pablo, queriendo mostrarnos la mezquindad de lo que es útil y de lo que es doloroso en la vida presente, lo resume todo con una sola expresión diciendo: «Las realidades que se ven son transitorias». ¿Por qué, entonces, tienes miedo de lo que es transitorio y discurre como la corriente de un río? Así son, en efecto, las realidades presentes, sean favorables o molestas .
Habla con Dios. El te responderá,
o Su silencio te será una respuesta;
porque El está contigo; tu nunca estás solo.
Que en su quietud pueda tu corazón estremecerse
y escuchar lo que dice el Nombre divino.
Presientes cómo florecen los jardines celestiales;
oyes las profundas melodías del Ser,
el canto primordial de amor y de luz.
Porque Tu eres mi Dios, a Ti te llamo;
Tú nunca me abandonarás.
Tú eres el Refugio, el Bien Supremo.
¿Quién puede abarcar al Altísimo?
Y aunque el mundo se rompiera en pedazos,
Tu eres lo que me quedaría.
Yo no sé qué es el mundo, qué soy yo.
Sólo se que amo.
“¡Oh Tú, el más allá de todo! No hay palabra que te exprese ni espíritu que te comprenda. Todos los seres te celebran. El deseo universal, el gemido de todos, suspira por ti. Todo cuanto existe te ora, y hasta ti eleva un himno de silencio todo ser capaz de leer tu universo. Eres todos y no eres nadie. Ni eres un ser solo ni el conjunto de todos ellos. ¿Cómo puedo llamarte, si tienes todos los nombres? ¡Oh Tú, el único a quien no se puede nombrar!”
La postura del cristiano frente a la esperanza es compleja y operante. Nosotros no nos alienamos con las esperanzas terrenas y dirigimos nuestros ojos exclusivamente hacia la esperanza eterna, y ni siquiera nos zambullimos en el efímero olvido de la eternidad. No perdemos de vista el hecho de que el Creador ha confiado al hombre el derecho y el deber de dominar la naturaleza y completar la creación, pero tampoco olvidamos que nosotros somos sólo cocreadores y que nuestras esperanzas ahondan sus raíces en la grandeza y en la generosidad del Padre, que nos ha querido a su imagen y semejanza y nos ha hecho partícipes de su naturaleza divina.
Nuestra esperanza no es ingenua ni tiene miedo de hacer frente a los obstáculos. Tiene el coraje suficiente para mirarlos de cerca y se esfuerza por superarlos contando con sus propias fuerzas, sin olvidar, no obstante, que el Hijo de Dios se hizo hombre y ha comenzado ya la obra de liberación del hombre, y que a nosotros nos corresponde completarla con la ayuda de Dios. ¿Es acaso una audacia excesiva, un sueño irrealizable, una esperanza vana, pensar en «la esperanza de una comunidad mundial»? Pues sí, ciertamente, es una audacia, es un sueño. Una audacia y un sueño que, sin embargo, según la decisión y el realismo con los que seamos capaces de afrontar los obstáculos que se levanten en el camino, podrán transformarse de esperanza en realidad […].
Cuando esperar nos parezca absurdo o ridículo, acordémonos de que, en la evolución creadora, el hombre brotó de un pensamiento de amor del Padre, ha costado la sangre del Hijo de Dios y es objeto permanente de la acción santificadora del Espíritu Santo.
*
Helder Cámara, Conferencia pronunciada en Winnipeg el 13 de enero de 1970, en La documentación catholique del 1 de marzo de 1970, pp. 221 ss y 224.
«Les invito a ser creativos en favor de los migrantes, tenemos que apoyar iniciativas antisistema, hacer travesuras para transgredir los muros y las barreras. Luchemos contra lo que no puede ser normal y humano, lo que es ‘anti nosotros’”.
“Se trata de una cuestión compleja porque es sistémica, azuzada por el sistema capitalista y por una decadencia moral y espiritual”.
El Dios creador es libre. La criatura humana, plasmada según su imagen, también estará dotada de libertad. ¿Qué es lo que distingue, principalmente, al animal humano de los otros animales? Sobre todo, la conciencia de sí, la voz de la conciencia, el libre albedrío, la capacidad de tomar decisiones éticas. Mientras que los otros animales obran siguiendo su propio instinto, el animal humano está en su propia conciencia en presencia de Dios, elige. Dios dice cada día al hombre: «Ante ti están la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida y viviréis tú y tu descendencia» (Dt 30,19).
Sólo ejercitando su libertad se vuelve el hombre auténticamente humano. En un mundo que se va haciendo día a día más inhumano -un mundo aparentemente controlado por el psicoanálisis, por las estadísticas y por las máquinas-, es urgente reafirmar, por parte de los cristianos, el valor supremo de la libertad humana. No hay nada más decisivo en todo el universo que las elecciones ponderadas llevadas a cabo por personas dotadas de razón y de conciencia.
El ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, puede alabar a Dios también por este mundo, restituir a su Creador como ofrenda la creación en una acción de gracias; y, mediante este acto de oblación, el hombre llega a ser verdaderamente humano, una persona en su integridad.
*
K. Ware, Riconoscerete Cristo in voi,
Magnano 1994, pp. 30-32, passim.
Comentarios desactivados en Para Dios todos están vivos
PRESENCIAS
con amigos ausentes.
Me encuentro siempre
entre el instante y la muerte.
Me encuentro siempre
con un libro enfrente,
con un hombre doliente,
y un paisaje y la corriente,
y el sol rusiente,
y el sueño, por fin, clemente.
Y un pájaro, un niño, y un árbol, vivientes.
Y Dios persistentemente presente…
*
Pedro Casaldáliga Clamor elemental,
Editorial Sígueme, Salamanca 1971
***
En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron:
– “Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.”
Jesús les contestó:
– “En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección.
Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos.”
*
Lucas 20, 27-38
***
Entre las diferentes formas de la corporeidad existe un abismo imposible de colmar a veces: una piedra no se convierte en pájaro. Otras formas corpóreas, sin embargo, aunque presentan diferencias, están en una relación vital, constituyen las fases de un único desarrollo, como por ejemplo la semilla y la planta que de ella nace. En este caso, el abismo queda superado por el misterio del grano que germina. Sin embargo, para superarlo es necesario lo que Pablo llama «el morir». La semilla debe entrar en la tierra y morir en ella, es decir, perder su forma, a fin de que pueda nacer la nueva planta. Y he aquí el paso: lo mismo sucede en el hombre. También en el hombre está presente la corporeidad en dos formas: la terrena y la celestial; de ellas, la primera es semilla de la segunda. También ellas están separadas por la muerte. El cuerpo deberá ser depositado en la tierra y descomponerse; sólo entonces se convertirá en el cuerpo nuevo, celestial. Pero he aquí la diferencia: la planta «nace» verdaderamente «de la semilla», de sus virtualidades y funciones; no así, en cambio, el cuerpo celestial del terrestre. A través de su descomposición, la semilla vive de una manera directa en la nueva planta. El cuerpo humano será resucitado después de la muerte. Aquí domina otro poder, que no brota del interior de la estructura humana, sino de la libertad de Dios.
*
Romano Guardini, Le cose ultime,
Milán 1997, pp. 69ss.
Comentarios desactivados en Abrazar la cruz para alcanzar tu verdad.
Del blog de Henri Nouwen:
«Tu dolor es profundo y no te abandonará fácilmente. Es únicamente tuyo, porque está unido a algunas de tus previas experiencias de vida. Se te pide que hagas íntimamente tuyo ese dolor. Mientras tu parte herida permanezca extraña a tu ser de adulto, tu dolor te herirá a ti y a los demás. Sí, tienes que incorporar tu dolor a tu propia vida y hacer que dé fruto en tu corazón y en el de los demás. Es lo que quiere decir Jesús cuando te pide que cargues con tu cruz. Te anima a reconocer y abrazar tu sufrimiento único y a confiar en que tu camino de salvación está en eso. Cargar con tu cruz significa, en primer lugar, aceptar con buen ánimo tus heridas y dejar que ellas te revelen tu auténtica verdad».
Comentarios desactivados en El camino de la santidad es lucha, constancia y confianza.
Del blog Amigos de Thomas Merton:
«Es verdad que la santidad cristiana es la santidad de Cristo en nosotros, pero ello no significa que el Espíritu Santo vaya a hacer su obra en nosotros si nosotros nos mantenemos absolutamente pasivos e inertes. No hay vida espiritual sin lucha constante y sin conflicto interior. Un conflicto que es tanto más difícil de afrontar cuanto que es oculto, misterioso y a veces casi imposible de comprender».
«No nos convertimos una única vez en nuestra vida, sino muchas veces, y esta interminable serie de grandes y pequeñas conversiones, de revoluciones interiores, desemboca finalmente en nuestra transformación en Cristo».
«Paradójicamente, aunque el propio Cristo lleva a término la obra de nuestra santificación, cuanto más lo hace, tanto más costosa tiende a resultarnos. Cuanto más avanzamos, tanto más tiende Él a privarnos de nuestras fuerzas y a desposeernos de nuestros recursos humanos y naturales, de modo que al final nos vemos en la más absoluta pobreza y oscuridad».
«El tramo final en el camino hacia la santidad de Cristo consiste, pues, en abandonarse por entero, confiada y gozosamente, a la aparente locura de la cruz«
En la Iglesia de Lucas se hablaba de Jesús no sólo al hilo de los relatos históricos, sino que también se le anunciaba con la finalidad de que su recuerdo suscitara en los oyentes la fe en él. Para responder a cada una de estas finalidades -la memoria histórica y el anuncio ordenado a la fe-, Lucas compuso un evangelio en el que figurar la parte de historia que sirve para conectar fe con el acontecimiento-Cristo y la parte de teología que capta en la historia el mensaje que suscita la fe.
A pesar de ciertas alusiones a la historia (1,5; 2,1 ss; 3,lss), Lucas no es propiamente un historiador; tampoco puede decirse que sea propiamente un teólogo. Lucas es más bien un «hombre de Iglesia» que, al final de los tiempos apostólicos, pretende asegurar a la Iglesia «la solidez» (1,4) de la tradición evangélica, que él recibe y al mismo tiempo transmite. Lucas es un recolector de recuerdos evangélicos; también es ordenador de los mismos, a fin de que éstos asuman todo su propio valor: el de ser fuentes v fundadores de la fe de la Iglesia. En un tiempo en el que, por la evaporación en las brumas del tiempo de las raíces de las tradiciones originarias presentes en las Iglesias judeocristianas y étnicocristianas, la realidad físico-histórica de Jesús empezaba a ser objeto de discusión por ciertas teologías ambiguas configuradas en la primera carta de Juan (4,1-6) y que conducirán, a comienzos del siglo II, al docetismo -cuyos defensores están marcados a fuego por san Ignacio de Antioquía (siglos l-ll) como «sepultureros» de Cristo (A los esmirniotas, 5,2)-, y cuando la realidad mistérica de Jesús empezaba a ser diluida por las especulaciones judeo-helenísticas-cristianas vigorosamente combatidas por las cartas a los Colosenses (2,8-23) y a los Efesios (3,4-12), Lucas fijó el carácter real de Jesús componiendo un evangelio que salía garante de la realidad histórica de la verdad teológica de Jesús para todas las Iglesias.
La intención que guiaba a Lucas en la redacción de sus escritos era dar consistencia al pasado de Jesús en el presente de la Iglesia. Para conseguirlo Lucas estableció una serie de conexiones en las que intervienen de manera sinérgica la historia, la fidelidad a la tradición, la experiencia de fe, el anuncio de Jesús llevado a cabo mediante la Palabra y su puesta por escrito.
En un mundo que va perdiendo la capacidad de amar a medida que pierde la capacidad de conocer a Dios y hace del hombre centro supremo de su pensamiento y de su actividad, se diviniza a sí mismo, apaga la luz de la verdad, vulnera los motivos de la honestidad y de la alegría, nosotros proclamaremos la ley del amor que nos sublima, del amor que hace subir, del amor que se atreve a prefijar a su término la infinita Bondad.
Responderemos a Dios con la ofrenda de nuestro corazón, con nuestra consagración, con el cumplimiento del primer y soberano precepto, el de amarle con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente […].
En un mundo que ha desfigurado el amor de todas las maneras y lo ha hecho fuente de indescriptibles bajezas; que lo ha confundido con el placer y ha convertido el placer en emoción animal; que lo ha secularizado en la inocencia, lo ha escarnecido en su integridad, lo ha mercantilizado en su debilidad, lo ha exaltado para envilecerlo, lo ha exasperado para hacerlo cómplice de la pasión y del delito, nosotros proclamaremos la ley del amor que nos purifica. Lo respetaremos en los afectos sagrados de la familia cristiana; lo defenderemos en las crisis de la juventud […]; lo educaremos para la visión serena de la belleza que hay en las cosas, en la humana naturaleza, en el arte, en la poesía, en el ideal; lo elevaremos para la contemplación piadosa y filial de la toda bella, la inmaculada María.
En un mundo, por último, que se devora en el egoísmo individual y colectivo y crea de este modo los antagonismos, las enemistades, las envidias, las luchas de intereses, los conflictos de clase y las guerras; en una palabra, el odio, proclamaremos la ley del amor que se difunde y se entrega, que sabe ensanchar el corazón para amar a los otros, perdonar las ofensas, servir a las necesidades de los otros; para sacrificarse sin cálculos y sin encomios, hacerse pobre para los pobres, hermano entre los hermanos, para crear un mundo nuevo de concordia, de justicia y de paz
*
Giovanni Battista Montini, «La devoción al Sagrado Corazón»,
en Discursos del papa Montini,
Ciudad del Vaticano 1977, pp. 61 ss
Porque soy yo,
porque eres tú
—humano empeño singular
y ningún bosque nos impide
la florecida identidad—,
puedes amarme,
te puedo amar.
Porque somos nos-otros,
te doy, me das
—la voz y el eco mutuamente,
en compartida humanidad—.
´*
Pedro Casaldáliga
El Tiempo y la Espera, 1986
***
Zaqueo (Lc 19)
Estafador, usurero,
de raquítica estatura,
más que por fuera por dentro;
así era y así son
los soberbios con dinero.
Curioso él y atrevido,
se ha encaramado el primero
a un sicomoro sin higos,
y, escondido entre el ramaje,
quiere observar sin ser visto;
quiere ver bien al Maestro
cuando llegue de camino.
Zaqueo le quiere ver,
pero no quiere ser visto.
Parece querer jugar
con Jesús al escondite,
ignorando que es Jesús
el que le busca y persigue.
“¡Baja, por favor, Zaqueo!
-le dice al pasar Jesús- porque, hoy, hospedarme quiero en tu casa y con los tuyos, ¡vamos a hablar de dineros!“
¿Qué le diría a Zaqueo
aquella tarde Jesús
que, alegre, feliz, contento,
reconoció sus usuras
y devolvió los dineros?
En Jericó, en otro tiempo,
se quebraron las murallas
al son de trompas y cuernos,
mas, hoy, se han venido abajo,
-sin estrépito, sin truenos,-
las mil torres que cercaban
el corazón de Zaqueo.
Sin estrépito en el cerco,
sin las trompetas de plata
y sin los gritos del pueblo,
hoy cayeron las murallas
del corazón de Zaqueo.
¡Tus murallas han caído,
porque te miró el Maestro!
Ya no hay de qué avergonzarte,
ya eres de verdad pequeño,
ya te hiciste como un niño,
¡como los grandes del Reino!
*
José Luis Martínez SM
***
En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad.
Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí.
Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo:
– “Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.”
Él bajo en seguida y lo recibió muy contento.
Al ver esto, todos murmuraban, diciendo:
– “Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador.“
Pero Zaqueo se puso en pie y dijo al Señor:
– “Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más.”
Jesús le contestó:
– “Hoy ha sido la salvación de esta casa; también este es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.”
*
Lucas 19, 1-10
***
Hoy os hablaré de la pobreza. Debemos permanecer fieles, de manera simultánea, al pensamiento mismo de Cristo y a la solicitud concreta de nuestro amor por los que sufren las injusticias y la miseria. Por consiguiente, es a la luz de una comprensión cada vez más profunda del Evangelio, que debemos redescubrir cada día, como debe ir formándose poco a poco en el fondo de nuestro corazón, en nuestros reflejos, en nuestros juicios -en una palabra, en todo nuestro comportamiento-, el verdadero pobrecito de Jesús, tal como él lo desea, tal como él lo quiere. Una pobreza así está llena de alegría y de amor, y debemos esmerarnos en evitar oponer a esta pobreza, que es cosa delicada y divina, una falsificación humana que tal vez tuviera su apariencia, que tal vez pudiera hasta parecer a algunos más «materialmente» auténtica, pero correría el riesgo de resolverse en dureza, en juicios sumarios, en condenas, en desunión, en rupturas de la caridad. Seremos pobres porque el espíritu de Jesús estará en nosotros, porque sabemos que Dios es infinitamente sencillo y pobre de toda posesión y, sobre todo, porque queremos amar como él a los pobres y compartir su condición [….]
Recordad siempre que el amor consuma todo en Dios, que el amor condujo a Cristo a la tierra y que los hombres siempre tienen sed de amor. Si vuestra pobreza no es simplemente un rostro de amor, no es auténticamente divina. Las exigencias de la pobreza no pueden estar por encima de las exigencias de la caridad: desconfiad de las falsificaciones demasiado humanas de la pobreza. La tentación del pobre son la envidia, los celos, la aspereza del deseo, la condena de todos los que poseen más que él.
*
René Voillaume, Come loro,
Cinisello B. 1987, pp. 412ss).
Comentarios desactivados en La muerte está vencida
“ ¡Ver los cementerios como un lugar de vida! Es en la Eucaristía donde estamos más en comunión con nuestros difuntos. Sin embargo, los cementerios son una proclamación magnífica de la esperanza en la resurrección de la carne, bien más allá del postulado simple y arbitrario de una cierta supervivencia del alma. Allí están aquellos a los que los primeros cristianos llamaban ” los durmientes “. Y es a sus hermanos vivos para Dios, por quien los cristianos van a visitar el cementerio. Si se va a la tumba del Cristo, aunque esté vacía, precisamente es porque allí se produjo la resurrección de Cristo, la prenda de nuestra propia resurrección. Mantengamos nuestras tumbas pero no cultivemos la flor del tormento, de la culpabilización. Tenemos algo mejor que hacer: reguemos la flor de la Fe, entonces hagamos de nuestros cementerios bellos jardines de esperanza! “
*
Père Pierre Trevet
*
¡La Eucaristía! Es el regalo más bello que puede ofrecerse a los que “se fueron”. La Salvación ya ha sido dada de una vez para siempre por la muerte y la resurrección de Cristo, pero la actualización de la misa va a abrir el corazón del difunto y a alumbrarlo con una luz nueva. Si está en el “Purgatorio“, la misa es potencia de liberación. Si ya está en el Cielo, podrá utilizar este don con una “inteligencia” celeste para los de la tierra que lo necesitan más. Comprendamos que es también un regalo para los vivientes porque purificar y lavar nuestra historia pasada aporta bendición en el presente y en el futuro.
Comentarios desactivados en Todos santos, aquí y ahora.
La vida futura es el opio del pueblo, es una mistificación que hace esperar del futuro un cambio que no se habría producido o por lo menos no se ha preparado en el presente.
La verdadera fe cristiana no es la fe en una vida futura, sino en la vida eterna, y si es eterna, sólo se necesita un momento de reflexión para comprender que ya se ha iniciado. Vivimos ahora, o no viviremos nunca.
*
Luis Evely, “Ese hombre eres tú” (1957), p. 58
***
En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar, enseñándoles:
“Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.
Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra.
Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios.
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.”
*
Mateo 5,1-12a
***
La meditación del bautismo de Jesús (Lc 3,21 ss) supuso para mí un intento de hacerme consciente del amor de Dios. Jesús baja al Jordán, al agua cargada con la culpa de las muchas personas que iban al Jordán a que Juan las bautizara. Mientras baja, se abren sobre él los cielos y Dios le promete: «Tú eres mi hijo amado, en ti me he complacido». También esta frase –que somos hijos e hijas amados de Dios- la escuchamos hoy de una manera suficiente en los discursos espirituales, pero lo más frecuente es que estas palabras nos resbalen. Son justas, pero no provocan nada. Siempre será un don el hecho de que estas palabras alcancen nuestro corazón de modo que se sienta realmente amado, sanado y cambiado por el amor […].
Experimenté en la meditación la realidad de este amor cuando referí la frase: «Eres mi hijo amado», precisamente en mi miedo, en mi oscuridad, en mi rechazo, en mi mediocridad, en las mentiras de mi vida. Sólo cuando referí a mi vida concreta la palabra que me dice que soy un hijo amado, me tocó en lo más profundo de mi ser y me proporcionó paz interior. Todos los discursos sobre el amor de Dios nos resbalarán si no llegan a tocar las experiencias de nuestra vida de cada día.
Anselm Grün, Abitare nella casa dell’amore,
Brescia 2000, pp. 50ss, passim).
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