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¿Finita la commedia o la vida tiene sentido?

domingo, 14 de noviembre de 2021
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índiceDel blog de Tomás Muro, La Verdad es Libre:

Domingo XXXIII per annum

  1. Nota previa sobre la apocalíptica / Apocalipsis

         La apocalíptica no es una narración histórica de cómo van a suceder las cosas  al final. La apocalíptica es un género literario que habla como la traca final de fuegos artificiales: saca la caja de los truenos, pero no para amenazarnos, sino para llamar la atención.

La apocalíptica no trata de infundir pánico, ni tampoco es un “parte de guerra” de lo que sucederá al final de los tiempos. El libro de Daniel, el cp. 13 de Marcos del que hemos escuchado un párrafo, son apocalípticos y la apocalíptica es una llamada a la esperanza, característica principal de toda esta literatura.

Estamos terminando el año litúrgico y las lecturas apocalípticas de hoy nos hablan de vivir en profundidad y serenidad cada día.

Lo que se nos dice es que “esto”, esta historia nuestra, termina bienporque terminamos en Dios.

1.- El final del mundo.

         El final del mundo en cuanto cronología y cosmología tiene poco interés humanista y cristiano. Que el fin del mundo acontezca mañana o dentro de un millón de años, no tiene mayor interés. La tierra, el sistema solar, el universo o los universos son finitos y tienden por evolución a un final. Esta es una cuestión científica, astronómica, evolutiva, quizás con influjo de la ecología: cambios climáticos, energía nuclear, etc.

         Toda intromisión de la fe en estas cuestiones no pasa de ser eso, una intromisión probablemente ilegítima.

         Lo decisivo es cómo terminamos nosotros, las personas, si bien también importan “los cielos nuevos y la tierra nueva”.

         En otro lenguaje, de lo que se trata es si la vida, la existencia humana y la historia tienen sentido

2.- ¿Finita la commedia?

         Lo decisivo no es que el mundo termine, sino que quien termina es el ser humano. ¿Cuál será nuestro final? La Opera “Pagliaci-Payasos” de Leoncavallo termina con un terrible e irónico: finita la comedia: la comedia ha terminado. Cuando morimos: ¿finita la commedia?

         El problema no es que la tierra concluya, sino ¿cómo termino yo? ¿Cómo terminamos los seres humanos? Y en ello va implícita la cuestión del sentido de la vida. ¿La vida tiene sentido? No sea que terminemos con aquella greguería un tanto cínica de Groucho Marx: Tras arduos esfuerzos, hemos conseguido llegar a las cotas más altas de la nada.

         Viktor Frankl (prisionero finalmente liberado de Auschwitz) escribía:

El hombre es un ser empeñado en la búsqueda de sentido, del logos, y, ayudar al hombre a encontrar ese sentido, es un deber de la psicoterapia y es el  deber de la logoterapia.[1]

(Hemos de tener en cuenta que, cuando V. Frankl habla de logos (logoterapia), entiende por logos: sentido de la vida).

El pensamiento científico, las ciencias descartan la  cuestión sobre el sentido, probablemente porque la respuesta no entra en sus parámetros y el sentido de la vida no es un asunto científico. Sin embargo la cuestión “está ahí”, en el corazón del ser humano. Aunque no tenga una respuesta científica, la cuestión del sentido de la vida y otras muchas cuestiones de la vida, están siempre presentes en la existencia humana.

El ser humano desea averiguar el porqué y el para qué de cuanto hace y cuanto le rodea, sin que la ciencia pueda hacer que desaparezca ese deseo…

Tal vez la gran cuestión del ser humano es ¿qué sentido tiene la vida?[2]

Decía V. Frank con gracia e ironía que: El médico difiere del veterinario en una sola cosa: en la clientela.[3] Los pacientes acudimos al médico cargados -además de los males físicos-, con la cuestión del sentido de la vida. Decía Jean Paul Sartre que: Todo lo que existe nace sin razón, se prolonga por debilidad, y muere por casualidad»

¿La vida es un juego del destino? La sola formulación de esta cuestión habla ya de la dignidad y de la inteligencia de la persona humana. De su respuesta dependerá todo el planteamiento de la existencia humana, el tono de las opciones morales, del estilo de vida, de la cualidad de las relaciones, de la serenidad en la vida, de la fe, del horizonte transcendente.

3.- ¿Proyectos o sentido?

El sentido de la existencia no son los objetivos y proyectos que podamos tener en la vida, que seguramente serán valiosos, sino que por sentido de la existencia hemos de entender algo muy radical; se trata de si existe algo por lo que merece la pena que yo sigo existiendo, algo a lo que me puedo entregar y por lo que vale la pena vivir.

Sentido de la vida y fin de la vida, designan lo mismo. ¿Esta vida nuestra tiene una finalización llena de sentido? Quien se pregunta o quien se deja interpelar por el sentido de la vida, se está preguntando por la meta de la vida; es decir, se pregunta para qué se vive.

4.- La esperanza: un paso más allá de la ciencia.

Ante el futuro absoluto y ante el sentido de la vida,  la razón se nos queda corta y no hay nada más duro para el ser humano que trabajar y vivir sin esperanza.

El animal puede seguir caminando a oscuras hacia el futuro infranqueable o hacia el abismo. El hombre se resiste a caminar si no presiente una puerta abierta al futuro, (Teilhard de Chardin)

El hombre es un animal que espera: somos esperantes. (Laín Entralgo). El corazón humano es un ser limitado con un ansia ilimitada. Vivir humanamente es esperar.

Es sano vivir en esperanza, porque pertenece a nuestra misma naturaleza esperar. El ser humano espera por naturaleza algo que no está en nuestra naturaleza.

5.- Mis palabras no pasarán.

¿Qué palabras son éstas?

La misma Palabra creadora que “estaba” en el comienzo: “en el principio estaba la Palabra”, atraviesa toda la historia de la humanidad y es la Palabra salvífica que pone punto y final a la historia, a la creación y a la humanidad.

Ante el abismo y caos de la nada, el cristiano confía en el ser.

No es lo mismo saber que esperar. Los conocimientos más valiosos no son los científicos, sino los humanos: el sentido de la vida no es un saber científico, pero sí humano.

No sabemos cómo será el final y las cuestiones finales, pero confiamos en que terminamos en Dios y con Dios.

         Nuestro final es Dios, el tiempo desemboca en la eternidad, el ser humano –la humanidad- termina en Dios.

Cuando ya no sabemos más, confiamos y esperamos en que:

mis palabras no pasarán.

[1] V. Frankl, La voluntad de sentido, Barcelona, Ed Herder, 1988, 10.

[2] J. García Rojo, J. El sentido de la vida, 239.

[3] V. Frankl, El hombre doliente, 23.

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Anna Seguí ocd : «No reconocer y aceptar la llamada vocacional de las mujeres al sacerdocio es un pecado contra el Espíritu Santo»

miércoles, 10 de noviembre de 2021
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Sueno-Iglesia_2390170977_15769557_660x371«Las rejas no fueron iniciativa de las monjas, sino una imposición de la jerarquía eclesiástica»

«El sí a Jesús, ser y hacer Iglesia, son realidades claras en mí, pero la controversia con el sistema eclesial también es patente y no pocas veces disidente, no soy una ortodoxa»

«Creo que estas dos realidades – Mujer y Evangelio – están profundamente conectadas, porque, si hay alguien que no abandonó nunca a Jesús fueron las mujeres. Ellas, desde el nacimiento hasta la cruz y resurrección, son las que intuyeron con más agudeza la novedad de vida que Él ofrecía»

«Para muestra de la fuerza de imposición y dominio por parte de la jerarquía sobre las mujeres, es la clausura de las monjas de vida monástica-contemplativa. Las rejas no fue iniciativa de las monjas, fue imposición de la jerarquía eclesiástica»

«No reconocer y aceptar la llamada vocacional de las mujeres al sacerdocio en favor de las gentes, es un pecado contra las inspiraciones del Espíritu Santo, que es quien llama y envía. Esto ya no tiene justificación ni espera»

Introducción

Hermanos y hermanas: En primer lugar, deciros un amplio gracias, por vuestra invitación y confianza puesta en mí. Creedme, he aceptado porque yo, esta confianza, la tengo también puesta en vosotros, me siento parte integrante del grupo, en comunión, comunicación y oración plena con todos.

 El tema que se me ha pedido, Mujer y Evangelio, me ha sido de mucho agrado, porque vivo de lleno una vida para el Evangelio, como el mejor modo de vivir y de ser mujer. Como puedo, y puedo poco, intento hacer de Jesús el centro de mi vida y todo lo vivo referido a Él. Su humanidad alienta la mía, su modo de “pasar haciendo el bien” (Hch 10,38) da sentido a mi hacer y proceder, su libertad, mi libertad, su amor, mi amor, su perdón, mi reconciliación y fiesta. Al fin, como dice Juan de la Cruz.  “Amada en el Amado transformada”.  Dios nos lleva en un proceso transformador hasta el fin.

No podré dejar de reflejar que, como mujer adherida a Jesús y de Iglesia, muchas cosas las vivo en conflicto. El sí a Jesús, ser y hacer Iglesia, son realidades claras en mí, pero la controversia con el sistema eclesial también es patente y no pocas veces disidente, no soy una ortodoxa. Pero miro a Jesús y me descansa ver que Él tampoco fue un ortodoxo, también mantuvo una actitud controvertida ante el poder del sanedrín y las autoridades judías, chocó frontalmente con lo establecido y le valió la muerte en cruz. Sigo a Jesús porque su vida me convence, porque abrió un camino de libertad, amor y confianza que me pone seguridad. Porque me ha sostenido en mis muertes y me ha resucitado. Por esto y mucho más, yo quiero ser testigo de Jesús, viviendo con Él y con los hermanos una vida para el Evangelio. Y con este preámbulo comienzo el tema.

 DegustarElAntiguoTestamento

 

Mujer y Evangelio 

Creo que estas dos realidades – Mujer y Evangelio – están profundamente conectadas, porque, si hay alguien que no abandonó nunca a Jesús fueron las mujeres. Ellas, desde el nacimiento hasta la cruz y resurrección, son las que intuyeron con más agudeza la novedad de vida que Él ofrecía. Junto a Jesús se sintieron acogidas, curadas, perdonadas, amadas, interpeladas, hasta hacerse seguidoras incondicionales de un hombre que no las condenaba ni las discriminaba, a su lado se hallaron amadas, respetadas y favorecidas por Él.

Pero no quiero incidir mucho en lo de “la mujer”, prefiero englobar el término humanidad, junto con seguidores y seguidoras de Jesús, como inclusión de todos y todas, porque en Jesús, todos y todas, recibimos la plena justicia del Reino. La exclusión no viene por Él, sino de los varones del sistema patriarcal que, más que atender al Evangelio, comienzan a mirar más los intereses de poder, dominio y control, que la posibilidad de expansión del Reino por medio de las mujeres.

Cuando comienza la institucionalización de la Iglesia, para los hombres pronto se hace intolerable que la mujer tenga la misma posibilidad de palabra, puesto y acción que ellos. Así, durante el siglo segundo, se inicia una nueva discriminación y exclusión. Hay una frase concreta en 1Co 14,34 que dice: “Las mujeres deben guardar silencio en las reuniones de la iglesia, porque no les está permitido hablar. Deben estar sometidas a sus esposos, como manda la ley de Dios. Si quieren saber algo, que se lo pregunten a ellos en casa, porque no está bien que una mujer hable en las reuniones de la iglesia”. Esto es determinante para ver lo pronto que la mujer queda excluida del sistema que se iba formando. Aunque los expertos dicen que esta frase no es de Pablo, sino una interpolación tardía de los “paulinistas”, para reforzar sus teorías patriarcales con la autoridad del apóstol. Pablo se valió de las mujeres para crear comunidades, lo hacía con amplia libertad, no las excluye. Aunque también fue cediendo a causa de los conflictos que empezaba a causar el protagonismo femenino.

Añado también que no debemos medir el seguimiento y los servicios en la comunidad eclesial desde el sexo, hombre o mujer, sino desde la disponibilidad a ejercer los diferentes carismas que el Espíritu Santo inspira en las personas, sea hombre o mujer, para el servicio. Lo importante es la atención a las gentes e implantar la verdad, bondad y belleza de una vida para el Evangelio. Lo decisivo es que todos puedan conocer a Jesús y la vida que nos ofrece. “Ya no tiene importancia el ser judío o griego, esclavo o libre, hombre o mujer; porque unidos a Cristo Jesús, todos sois uno solo” (Gal 3,28). Hombre y mujer somos humanidad de Cristo. Y llevamos siglos y milenios, sometidas las mujeres a esta discriminación mantenida por las leyes y jerarquía eclesiástica. Esto no es de Jesús, no del Evangelio, no es de Dios. Ser humanidad nueva, es fomentar la integración de todos, no ser excluyentes. La vida del Reino que Jesús ha venido a implantar es misericordia y justicia Dios.

Hemos de tener la valentía de eliminar toda forma de dominación sobre las demás personas. Sobre las mujeres en la Iglesia, esto es una tarea que la jerarquía eclesiástica debe afrontar con inmediatez. Y ya no lo vamos a callar. Es un pecado que todavía no han reconocido. Las mujeres deben, como los hombres, no solo ocupar puestos de responsabilidad, sino también acceder a la posibilidad de diaconado y presbiterado, ya que se ha demostrado que no hay razones teológicas para no ejercer este servicio, como uno más dentro de la Iglesia.

magdalena-jesus-640x480En la sociedad del tiempo de Jesús, la mujer era un ser relegado a la custodia de los padres y, una vez casada, quedaba sometida al marido. La vida pública no les estaba permitida y su sometimiento estaba reglado hasta en la forma de vestir. Era obligatorio el velo en la cabeza y la cara cubierta para no ser vista. A los doce años era considerada mayor y casadera. El marido podía tener otras mujeres y pedir el divorcio, ella era mujer de un solo marido y sin derecho a pedir divorcio. Si no tenía hijos, el marido podía divorciarse y tomar otra mujer. Según la Ley, todo judío tenía que subir a Jerusalén, para las mujeres no era necesario. Los evangelios relatan que Jesús subió a Jerusalén acompañado por las mujeres y discípulos varones juntos. Los niños aprendían a leer la Torá, las niñas no.

En el Templo había un lugar reservado solo para las mujeres y solo escuchaban la liturgia sin participación. Y para colmo, estaban etiquetadas de chismosas y mentirosas. Sin embargo, Jesús no hizo caso de estas normas y se dejó acompañar por las mujeres. Su relación con ellas fue de abierta naturalidad, dialogaba con ellas, las curaba, las perdonaba, entraba en sus casas a hospedarse. Recriminó a los hombres su actitud sobre al divorcio y dejó claro que el peor adulterio es la perversión del corazón. Todas estas cosas ponían a las autoridades judías y hombres de la ley en guardia contra Jesús por su atrevimiento y por cuestionar las tradiciones y leyes.

Es muy significativa la amistad de Jesús con María Magdalena. Su relación con ella refleja un particular afecto, delicadeza y finura de trato. Ella será la que inicie la vida nueva del Jesús resucitado. Mientras los discípulos huyeron tras el arresto por miedo a los judíos, las mujeres siguieron los acontecimientos de cerca, no le dejaron solo. El amor hace capaz a las mujeres de permanecer al pie de la cruz. El amor las tiene en vilo para ir temprano al sepulcro y hallarlo vacío. Surge el espanto, ¿qué han hecho con el cuerpo?, ¿dónde lo han puesto? A la entrada del sepulcro hay oscuridad, vacío y desconcierto. María llora, busca y espera. Cuando cree ver al hortelano le pregunta si se lo ha llevado él. Jesús la llama: “¡María!”, ella se llena de asombro, le reconoce y exclama: “¡Rabboni!, Maestro”.

A los pies del Resucitado lo quiere apresar, pero Jesús le dice: “Suéltame”, para poder ser el amor humano-divino, para que el amor dilate lo poco que has alcanzado y vislumbrado de mí. Las migajas que has saboreado quieren ser pan que abastece la necesidad. “Suéltame”, para que puedas contemplar a Dios y puedas así transformar el mundo conmigo. No huyas del mundo, no le temas, no me busques fuera de él. Yo vivo inmerso en él, yo amo este mundo, yo he venido por amor a redimirlo, hállame en él, lo harás cuando me halles en ti y en los hermanos, cuando aprendas a hallarme en todo.

Llamar Jesús por su nombre a una mujer es darle identidad, dignidad, reconocimiento. Y en la pronunciación del nombre, la humanidad entera queda llamada a reconocer a su Señor, cada uno adivina y oye su nombre porque, en el nombre de “María” está inscrito nuestro nombre, los nombres de toda la humanidad. Los hijos e hijas de Dios hemos sido llamados a hacer expansivo el mensaje de la salvación hasta los confines de la tierra. Ha nacido la misión. Hemos visto al Resucitado y hemos creído en Él. No se trata de un tocar y palpar físicamente. La vida de fe tiene ojos interiores, otra mirada, otra luz, otra manera de ver y entender. El Resucitado es la vida nueva que todo lo ilumina. Todo va a ser diferente, la humanidad irá de liberación en liberación, una libertad imparable que a todos pone alas.

La fe de la Iglesia nace del Jesús resucitado que se ha aparecido a sus discípulos. La fe en el Resucitado es afirmación de nuestra propia resurrección. Hemos resucitado con Él, la fosa ha quedado vacía para siempre, Jesús nos ha sacado de nuestros sepulcros de muerte, por delante es la luz del Resucitado. Ya nadie va a morir. Somos los hijos e hijas de la Luz y la vida, y Jesús nos ha sentado con Él junto al Padre, toso está cumplido. Estas verdades de fe son ya realidad aquí y ahora. El cielo ha comenzado en este suelo. Somos los libertados, nadie está por encima de nadie. Todos recibimos el hálito del Espíritu Santo, que nos llena de Dios mismo. Ha comenzado el tiempo de la comunidad y la fraternidad que nos iguala a todos.

Las mujeres a lo largo de la historia de la Iglesia

A vista de pájaro vemos que Jesús, además del grupo de los Doce, se deja acompañar por las mujeres. Tras la resurrección, comienza la misión y con los apóstoles, las mujeres son testigo principal del anuncio. En Hechos de los apóstoles vemos la presencia de mujeres como Prisca y Áquila, Lidia Trifena, Trifosa, Pérside. Febe y Junia, como diaconisas, al frente de comunidades. Se reunían en sus casas, rezaban y comían la cena del Señor. Pablo cita también a Lidia, Ninfa Evodia y Síntique. Consta que hubo entre ellas diaconisas y profetas.

A lo largo de la historia, las mujeres serán presencia principal en la transmisión de la fe a las generaciones nuevas, en el hogar con los hijos, amigos y vecinos. Practican las obras de caridad asistiendo a los necesitados. Sin embargo, dentro de la Iglesia, tanto las mujeres como el pueblo de Dios, quedaron relegados a una simple asistencia de cumplimientos sacramentales, ritos, catequesis, sin implicación en puestos de gobierno, porque todo fue pasando a manos del clero que, entre religiosos, curas y monjes, lo clerical creció como un gran ejército, quedando las mujeres y el laicado al margen de todo. Bajo un imperio cada vez más poderoso y controlador.

1 hxYO978sX2equgPFuVYYIwDurante la Edad Media fue impresionante la gran obra de las beguinas. Estas mujeres seglares fueron capaces de organizarse y adquirir una autonomía propia que se expandió por toda Europa, llegando a ser más de un millón. Esa autonomía era un reclamo para las jóvenes de su tiempo, porque les permitía una libertad de la que no gozaban en sus casas ni en la sociedad. Tanto los edificios como la labor humanitaria emprendida, fue todo iniciativa de ellas. Asistían a enfermos y a los pobres, enseñaban a leer y escribir a los niños. Su actividad era una auténtica caridad cristiana. Era también lugar de encuentro de algunos clérigos que se acogían a su formación intelectual y a la comunicación y acompañamiento de almas. Trabajaban para mantenerse, cultivaban la formación y la vida de oración. Las hubo muy cultas. Admirable fue la obra de Margarita Porete, con su libro El espejo de las almas simples, un auténtico libro de mística, que le valió ser llevada a la hoguera, condenada por las autoridades eclesiásticas.

Y como siempre ha sucedido a lo largo de la historia con toda obra emprendida por mujeres, pronto fue controlada por la jerarquía eclesial, que no miraba con buenos ojos aquella propagación y autonomía que tenían y que iba en aumento. Finalmente fueron sometidas por las autoridades que las dispersaron encerrándolas en conventos. En la vida monástica y contemplativa, muchas fueron las que destacaron en la promoción de las mujeres cultivando lo intelectual, lo artístico, la vida común, el trabajo. Gran ejemplo fue Hildegarda de Bigen, escritora de libros de medicina y de mística. Clara de Asís, destaca por ser la primera mujer que escribió una Regla para conservar la obra de su hermano y amigo Francisco de Asís. Los escritos de Santa Teresa de Jesús, primera mujer que fundó una orden de religiosos.

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“Milagros y exorcismos de Jesús en tela de juicio“,

lunes, 8 de noviembre de 2021
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jesus-heals-leperDel blog de Eduardo de Un oído en el Evangelio y otro en el Pueblo:

¿Jesús hizo milagros? ¿Jesús hizo exorcismos? ¿Qué significado tienen? ¿Y nuestra fe?

22.10.2021 | Eduardo de la Serna

Antes de comenzar mi reflexión sobre los llamados milagros y exorcismos de Jesús quiero decir algo sobre el título. Más de una vez me ha ocurrido de haber sido criticado, o haber tenido que dar explicaciones, por algo escrito solamente a raíz del título. Y – lo reconozco – con frecuencia, mi intención es que este sea provocador, es decir provocar la lectura; una especie de “anzuelo”.

En el lenguaje común, algo que está en “tela de juicio” es algo que está en duda, que se discute y – casi, casi – que se niega su realidad desde el comienzo. Pero, por lo que sé, el término proviene del ambiente judicial y se refiere a la “trama” de un juicio que, finalmente, espera una sentencia justa. Y es en este sentido que lo quiero pensar en estos párrafos que siguen.

Milagros

Lo que llamamos “milagros” en ocasiones traduce el término hebreo pl’ (Gen 18,14: “¿hay algo difícil, imposible, para Dios?”; algo “difícil” de evaluar, Dt 17,8; cf. Zac 8,6). El término, en ocasiones, se traduce al griego por adynatéô (alfa privativa, del verbo dynamai, poder: es decir: no poder, impotencia, imposible). En el Nuevo Testamento, el término castellano milagro suele traducir el griego “dynamis” que es de uso común: “lo que se puede / apto…”; la raíz remite a lo “ad-mirable”, lo asombroso. Alude a la reacción frente a algo que se “mira”. En este sentido hay una nota importante de diferencia: un signo de “poder” (en griego) remite a la fuerza que un hecho o acontecimiento tiene, mientras que referirlo como “milagroso” (en castellano) remite a la repercusión que tiene el hecho en el o los testigos. Hay que señalar, además, que, con frecuencia, como es razonable, no siempre el término “dynamis” se debe traducir por “milagro” (“poder”, sea este humano o divino, es también dynamis). Es bueno notar que, en ocasiones (pocas), se utiliza también el término thaumasía (muy frecuente en los Salmos [x51], solo 2 veces en Mateo, una en Marcos y una en Juan), lo admirable, maravilloso. Notemos, entonces, que mientras en castellano el acento está puesto en lo que los testigos observan de un hecho, en griego, el lenguaje de los Evangelios, el acento está puesto en el “poder”, sea de Dios, de Jesús, del Reino…

Sin duda muchos de los hechos-de-poder de Jesús causan asombro, pero – notablemente – muchos de estos no son calificados, simplemente se dice “abrió los ojos al ciego”, o “hizo andar al cojo”, pero no se lo califica de “milagro”; el término suele utilizarse en sumarios, no en narraciones.

En este sentido, es de notar una serie de elementos. [1] El así llamado “secreto mesiánico”, propio de Marcos: es decir, Jesús que manda, infructuosamente, por cierto, callar frente a un hecho-de-poder porque no quiere ser reconocido por los “milagros” sino en la cruz, “verdaderamente” (15,39). [2] También la intencionalidad teológica de los evangelistas al narrarlos, donde pretende “un plus” del hecho en sí: la humanidad “levantada”, la humanidad que “camina”, la humanidad que puede “ver” …  No es tanto, entonces, el hecho-de-poder lo que cuenta, en el relato evangélico, sino la vida, el discipulado, la fe… [3] Es sabido, también, que Juan no utiliza jamás el término dynamis (sí una vez thaumasía, para señalar – el ex ciego de nacimiento – lo “extraño” de que los “judíos” no sepan de donde es Jesús, 9,30); Juan utiliza el término signo (sêmeia), también conocido por los sinópticos pero en el sentido de aquellos que piden un “signo” a Jesús, o él que invita a reconocer los “signos de los tiempos”… los “milagros”, entonces, en el cuarto Evangelio “esconden” algo que debe ser descubierto, esconden la “gloria” de Jesús. [4] Finalmente notemos que el uso del par “signos y prodigios” (sêmeia kaì terata) tiene una connotación profética: es lo que se espera del profeta semejante a Moisés (Dt 34,11; cf. 18,18). Los signos y prodigios, entonces, son como lo fue la salida de Egipto (Dt 26,8) aunque también es algo que pueden llegar a hacer los “falsos profetas” (cf. Mt 24,24). Los “signos y prodigios” son frecuentes (además de en Deuteronomio [x6], donde son obras de Dios en las que Moisés interviene como mediador profético) en Hechos de los Apóstoles (x9) señalando la vocación profética de la comunidad cristiana; desde la venida del Espíritu Santo la Iglesia debe ser profética.

Señalemos, entonces, que Jesús, no pretende habitualmente, manifestar el poder del Reino, pero “no puede” permanecer indiferente ante el dolor y el sufrimiento; se conmueven sus entrañas y su compasión manifiesta visiblemente que Dios “no quiere” el sufrimiento del ciego, del cojo, de la viuda que acaba de perder a su único hijo… E incluso se “enoja” ante la fuerza de la enfermedad, como ante la persona con lepra. Pero, y esto parece lo importante, todos estos acontecimientos deben interpretarse como un signo de quién es Jesús, y de la presencia del Reino:

Vayan a informar a Juan de lo que han visto y oído: los ciegos recobran la vista, los cojos caminan, los que tienen lepra quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres reciben el Evangelio. (Lc 7,22)

Y no puede dejarse de lado que en esta lista de “signos”, de “milagros”, se incluye la evangelización a los pobres. Ciertamente se trata de manifestar el cumplimiento de textos de Isaías (26,19; 29,18-19; 35,5-6; 61,1), pero en la lista de signos, que manifiestan la presencia del Reino, no puede omitirse el anuncio del Evangelio a los pobres; precisamente los que no tienen “buenas noticias” en su vida cotidiana (como no tienen vista los ciegos, ni pureza los que tienen lepra…).

Señalemos, entonces, que los llamados “milagros” de Jesús son inseparables de su predicación del Reino, son constitutivos de esta y ni siquiera son lo más importante.

Exorcismos

Los llamados “exorcismos”, en cambio, remiten directamente al término griego (exorkistês) y sólo se encuentra una vez en toda la Biblia (Hch 19,13) referido a unos “exorcistas judíos ambulantes” que conjuran “en el nombre del Jesús que Pablo predica” … Flavio Josefo, en cambio, hace referencia a algunos exorcismos, también judíos:

El método del tratamiento de curación era del siguiente tenor: acercaba a la nariz del endemoniado el anillo, que tenía debajo del sello, una raíz del árbol que Salomón había indicado, y luego, al olerla el enfermo, le extraía por las fosas nasales el demonio, y nada más caer al suelo el poseso, Eleazar hacía jurar al demonio que ya no volvería a meterse en él, mencionando el nombre de Salomón y recitando los encantamientos que aquel había compuesto. (Ant. VIII,46-48)

Los exorcismos, entonces, se realizan por conjuros y rituales (y la notable referencia a Salomón), cosa que Jesús nunca realiza; él simplemente “expulsa” a los demonios luego de “conminarlos” (confrontarlos). [1] El término expulsar, quitar (ekballô) no necesariamente alude a los demonios (quitar una pelusa; o ser expulsado de un lugar) aunque es el término habitual; [2] conminar, ordenar (epitimáô) también se utiliza en otras ocasiones (Pedro conmina, reprende, a Jesús, el mendigo ciego Bartimeo es conminado a callar), se trata de una palabra confrontativa o de autoridad, como Jesús que manda callar, o conmina a la tempestad.

Lo importante, en nuestro caso, es que Jesús jamás realiza conjuros ni rituales, simplemente expulsa con su palabra, palabra que tiene autoridad. Y, nuevamente, esa palabra es signo del Reino de Dios (“si expulso demonios con el dedo de Dios es que el reino de Dios ha llegado a ustedes”, Lc 11,20). Se puede decir claramente, que Jesús no hace exorcismos, pero sí que expulsa demonios con la autoridad de su palabra; algo particularmente importante en Marcos y totalmente ausente en Juan. Es interesante (responde a la teología de Lucas, por cierto) que Jesús “reprende” a la fiebre que tiene “presa” a la suegra de Simón con una actitud que recuerda a Elías y Eliseo; es la palabra profética la que “expulsa” a la fiebre personificada que se había apoderado de la mujer.

No debe dejarse de lado, además, el sentido político que tienen – al menos en ocasiones – las expulsiones de demonios: no es inocente que el demonio que ha dominado a una persona en Gerasa, y que no puede ser dominado ni controlado, reciba el nombre de Legión, y que sea desplazado a una piara de cerdos (el jabalí era imagen de la IX legión, legio fretensis). Se ha afirmado, y coincidimos con ello, que los estados alterados de conciencia (EAC) son vistos como “demonios” en muchos ambientes pre-industriales, y que esto ocurre frecuentemente en los sectores más vulnerables de la comunidad, quienes experimentan críticamente la exclusión de la sociedad. El terapeuta le manifiesta con autoridad que hay otra sociedad en la que es incluido, restaurando, así, su psiquis dañada, alienada (se trata del reino, ciertamente, en el caso de Jesús).

Conclusión

En sociedades o comunidades con una fe débil, suele ser frecuente la necesidad de recurrir o pretender milagros o exorcismos para fortalecer a los alienados o a los necesitados;  la proliferación de estos suele ser, curiosamente, un alivio para muchos; un supuesto signo de la presencia de Dios para otros (y, con frecuencia, un buen ingreso económico para unos pocos). Pero, precisamente, mirando los evangelios, esto suele ser, claramente, expresión de una fe limitada y pobre y no una búsqueda firme y profunda de aquello que da hondura a nuestra vida (esa es la raíz hebrea del término fe, amén, la raíz, los cimientos, la firmeza).

No se trata de poner confianza en lo exterior, en lo extraordinario, precisamente, sino aprender a hundir las raíces de la vida en el Reinado de Dios, en un Dios que, como padre/madre nos invita a profundizar nuestra existencia en la palabra de Jesús, palabra profética, palabra con autoridad, palabra que nos envía y nos invita a salir de nosotros mismos hacia la cruz y los crucificados, los pobres para que tengan buenas noticias y así se pueda mostrar al mundo las maravillas de Dios que en signos y prodigios manifiesta que su p/maternidad se hace presente en la vida de las hermanas y los hermanos, ¡y vida en plenitud!

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“Mala conciencia”. 32 Tiempo Ordinario – B (Marcos 12,38-44)

domingo, 7 de noviembre de 2021
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53_32_TO_B_1480685En teoría, los pobres son para la Iglesia lo que fueron para Jesús: los preferidos, los primeros que han de atraer nuestra atención e interés. Pero es solo en teoría, pues de hecho no ocurre así. Y no es cuestión de ideas, sino de sensibilidad ante el sufrimiento de los débiles. En teoría, todo cristiano dirá que está de parte de los pobres. La cuestión es saber qué lugar ocupan realmente en la vida de la Iglesia y de los cristianos.

Es verdad –y hay que decirlo en voz alta– que en la Iglesia hay muchas, muchísimas personas, grupos, organismos, congregaciones, misioneros, voluntarios laicos, que no solo se preocupan de los pobres, sino que, impulsados por el mismo espíritu de Jesús, dedican su vida entera y hasta la arriesgan por defender la dignidad y los derechos de los más desvalidos, pero ¿cuál es nuestra actitud generalizada en las comunidades cristianas de los países ricos?

Mientras solo se trata de aportar alguna ayuda o de dar un donativo no hay problema especial. Las limosnas nos tranquilizan para seguir viviendo con buena conciencia. Los pobres empiezan a inquietarnos cuando nos obligan a plantearnos qué nivel de vida nos podemos permitir, sabiendo que cada día mueren de hambre en el mundo no menos de setenta mil personas.

Por lo general, entre nosotros no son tan visibles el hambre y la miseria. Lo más patente es la vida injustamente marginada y poco digna de los pobres. En la práctica, los pobres de nuestra sociedad carecen de los derechos que tenemos los demás; no merecen el respeto que merece toda persona normal; no representan nada importante para casi nadie. Encontrarnos con ellos nos desazona. Los pobres desenmascaran nuestros grandes discursos sobre el progreso y ponen al descubierto la mezquindad de nuestra caridad. No nos dejan vivir con buena conciencia.

El episodio evangélico en el que Jesús alaba a la viuda pobre nos deja avergonzados a quienes vivimos satisfechos en nuestro bienestar. Nosotros tal vez damos algo de lo que nos sobra, pero esta mujer que «pasa necesidad» sabe dar «todo lo que tiene para vivir». Cuántas veces son los pobres los que mejor nos enseñan a vivir de manera digna y con corazón grande y generoso.

José Antonio Pagola

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“Esa pobre viuda ha echado más que nadie”. Domingo 07 de noviembre de 2021. Domingo 32º ordinario

domingo, 7 de noviembre de 2021
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59-ordinarioB32 cerezoLeído en Koinonia:

1Reyes 17, 10-16: La viuda hizo un panecillo y lo llevó a Elías.
Salmo responsorial: 145: Alaba, alma mía, al Señor.
Hebreos 9, 24-28: Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de todos.
Marcos 12, 38-44: Esa pobre viuda ha echado más que nadie.

La primera lectura tomada de 1Re nos presenta el caso de una viuda que comparte lo poco y único que tiene con el profeta Elías. El pasaje está ambientado en una sequía que el mismo profeta había pedido a Yavé para Israel. Ante una situación tan extrema, todo el mundo evita gastar lo poco que tiene como una forma de mantenerse aferrado a la vida. Eso es lo que ha hecho esta viuda. Sin embargo se ve «obligada» por el profeta a compartir con él aquello que solamente le proporcionará unas horas más de vida. Este gesto de la viuda tiene un final feliz: no faltó harina en la tinaja ni aceite en la jarra. Significa esto que cuando se comparte con generosidad lo poco que se tiene, parece que se multiplicara, y esa es una de las características principales del pobre. Donde más disponibilidad hay para compartir, donde más desprendimiento uno encuentra es entre los pobres; con toda razón se puede decir que los pobres nos evangelizan. Con razón están ellos en primer lugar en el corazón de Dios, no sólo porque es Él lo único que a ellos les queda, sino porque entre ellos, los signos de la presencia de Dios son más visibles; son ellos por medio de los cuales Dios se hace ver con mayor claridad en el mundo; ellos son el sacramento de Dios en el mundo y el testimonio permanente de cuán lejos estamos del proyecto de solidaridad y de la igualdad querido por Dios.

Nos encontramos en el reino del Norte. El país está pasando por una de las etapas más difíciles de su historia: la dinastía de Omrí ha ido dejando el país en la miseria; el último de los monarcas de esa monarquía, Ahab, gobierna veintidós años (nunca un largo gobierno es benéfico para ninguna institución, más frecuentemente termina por arruinarla), y también él ha hecho su aporte al desastre nacional: se casó con una extranjera: Jezabel, hija de Et-Baal, rey de Sidón, y acabó por adorar y rendir culto a Baal (1Re 16,29-31). Es fácil entonces imaginar el ambiente del reino en todos sus ámbitos: político, económico, social y religioso. El autor bíblico lo simboliza en una sequía que el profeta hace venir sobre Israel. En esa situación de extrema urgencia, el profeta hará ver que sólo Yavé es la salvación para el pueblo, y que esa salvación de la que está urgido el pueblo Dios la realizará con y desde los desheredados, con los pobres. En el Segundo Testamento vamos a encontrar esta misma realidad: Dios actuado en medio de los pobres, y con los pobres llama a la construcción de un orden de cosas distinto en donde los pobres parece que fueran los únicos capaces de aportar.

El evangelio de hoy nos presenta dos perícopas: la primera, todavía en conexión con la del domingo anterior sobre la declaración del mandamiento más importante o, mejor, los dos mandamientos más importantes. Jesús previene a sus discípulos para que no repitan el modo de ser de los escribas que se las dan de mucho cuando en su interior no existe ni amor a Dios ni al prójimo, sólo amor a sí mismos.

La segunda perícopa está más en consonancia con la primera lectura del primer libro de los Reyes. El dar implica renuncia, desprenderse no de lo que abunda y sobra, sino desde la misma escasez.

A Jesús, que observa cómo los fieles van pasando a depositar su ofrenda para el tesoro del templo, no lo ha impresionado, como al común de los observadores, la cantidad que cada rico ha depositado en el cofre de las ofrendas; sus criterios y parámetros de juicio son completamente diferentes a los criterios mercantilistas y economicistas que se basan en la cantidad, en el binomio inversión ganancia (costo beneficio se diría hoy).

A partir de esta imagen Jesús instruye a sus discípulos y en definitiva alecciona hoy a las iglesias. Esa viuda que a duras penas sobrevive, objeto de la caridad y del recibir, se mete a pesar de todo en la fila para dar, no desde lo que le sobra, y sin intención alguna de aparentar, todo lo contrario lo haría con cierto disimulo para que nadie viera la «cantidad» que depositó. Aún si pensáramos que ella también deposita lo que tiene con el fin de ser retribuida, y lo más seguro es que así fue porque ya la falsa religión había alienado su conciencia, aún admitiendo eso, no deja ser un caso aleccionador que Jesús no deja pasar por alto. Mientras los demás teniendo ya suficiente para vivir desean tener mucho más, para lo cual realizan la inversión que sea, esta mujer echa lo único que tiene y seguro lo ha hecho con amor, con toda seguridad no se atreve a pedirle a Dios le multiplique esa mínima cantidad, tal vez su único «interés» es que Dios no le falte con aquello con lo cual sobrevive.

Desde la óptica de Jesús, esta pobre viuda, representación de lo más pobre entre los pobres, salió del templo justificada; fue quien recibió un mayor don a cambio de su desprendimiento: la gracia divina, mas desde la óptica de un donante rico, esta mujer tendría muy poca, casi ninguna recompensa.

El reino que Jesús proclama no puede regirse por los mismos criterios de personas como los dirigentes de Israel; el reino se construye desde los criterios de la calidad y disponibilidad para aportar desde una genuina generosidad, desde las propias carencias, no desde lo superfluo.

Se necesita discernir continuamente nuestro comportamiento y actitudes con aquellas personas que dan generosas ofrendas a nuestros centros religiosos comparado con aquellos que ofrecen poco o definitivamente no tienen nada qué ofrecer, ¿quiénes son los de mayor objeto de nuestra «consideración» y aprecio? Seamos sinceros en esto y reconozcamos con humildad que las más de las veces nos sentimos muy a gusto con aquellos que dan más, que tienen más y mejores medios; y el evangelio… ¿dónde está?

La viuda del evangelio que hoy escuchamos simboliza aquella porción del Israel empobrecido, que entró en la dinámica de Jesús, que está dispuesto a dar, a darse, a entregarse con lo que tiene a la causa del reino del Padre. Esos que dedican tiempo desinteresadamente en nuestras obras nos evangelizan con su generosidad, y especialmente ellas que no escatiman nada para que la obra del reino continúe su marcha, ¿captan esas personas nuestra atención como aquella viuda a Jesús, y nos dejamos interpelar realmente por ellas?

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7.11.21. DOM 32. Religión de Escribas, Religión de Viudas (Mc 12, 38-44)

domingo, 7 de noviembre de 2021
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20190110-Dios-o-el-dinero-mockup-final.1jpgDel blog de Xabier Pikaza:

Escribas son en general los expertos en escritura, los funcionarios de tipo político, social, cultural y religioso, que interpretan textos y aplican leyes, organizando así la vida económico-social. Empiezan siendo «administradores» buenos del capital humano (social, político, religioso)y terminan convirtiéndose en dueños, no sólo del capital, sino de las personas.

Según el evangelio de este domingo, esos escribas-funcionarios se han vuelto ministros, ejecutores y jueces de la religión, los que están en la cúpula del capital religiosos, como la primera y más importante de las «castas sociales», con poder/dominio social y espiritual sobre el conjunto de la población.

Viudas son, en principio, las mujeres desamparadas (sin capacidad económica, ni derecho social: Sin padre, marido o hijo o conjunto social que las defienda). En la Biblia, ellas forman un tipo de “subclase”, con los huérfanos y extranjeros (sin ley que les defienda). Por eso, cuando el evangelio habla de la viuda se está refiriendo a todos excluidos, descartados y pobres de la sociedad.

Este evangelio ejemplifica la religión en estos dos personajes: Un escriba y una viuda. Al aprovecharse de la viuda (del huérfano, extranjero, pobre etc.) para así hacer carrera religiosa), el escriba (funcionario religioso) se convierte en enemigo principal y destructor de la religión. Esta es la paradoja: Como todo grupo social, la religión necesita un tipo de funcionarios (escribas, sacerdotes, expertos…); pues bien, aquellos mismos que debían estar al servicio de  la religión de todos la acaban destruyendo la acaban destruyendo, al servicio de sí mismos.

Así dice en este evangelio. Pero, en contra del escriba (funcionario religioso), Jesús se fija en una viuda (de la “clase” más baja de los de huérfanos, extranjeros, pobres…) que aparece como representante de la los verdaderos religión, “salvadora” del mundo. Así lo indicare, comentado en tres partes este evangelio: presentación del tema, profundización y aplicación más teológica.

PRESENTACIÓN. LECTURA DE MC12, 38-44

Mc 12, 38 En su enseñanza decía también: Tened cuidado con los escribas, a quienes gusta pasear con largos vestidos y ser saludados en las plazas 39 Buscan las primeras cátedras en las sinagogas y los primeros asientos en los banquetes. 40 Estos, que devoran las casas de las viudas con el pretexto de largas oraciones, tendrán un juicio muy riguroso.

 41 Y estando sentado frente gazofilacio (=al lugar de las ofrendas), observaba cómo la gente iba echando dinero en el gazofilacio. Muchos ricos depositaban en cantidad. 42 Pero llegó una viuda pobre, que echó dos moneditas (leptá), que son dos cuartos. 43 Jesús llamó entonces a sus discípulos y les dijo: Os aseguro que esa viuda pobre ha echado en el gazofilacio más que todos los demás. 44 Pues todos han echado de lo que les sobraba; ella, en cambio, ha echado de su carencia, toda su vida.(cf. Dios y dinero)

Sentido básico

 Relato complejo y duro, esperanzado y exigente, que forma como cruz y cara de una misma enseñanza mesiánica. Hay un tipo de judaísmo (y cristianismo) está reflejado en los escribas, que viven a costa de su pretendida religión, oprimiendo a los demás. Y hay otro tipo de judaísmo y de religión o humanidad universal, que se expresa en la viuda que entrega lo que tiene, convirtiéndose en parábola viviente de Jesús. Consta de dos textos complementarios:

– Un texto critica a los escribas, que pretenden ser representantes del mesianismo de David (12, 38-40), pero que sólo buscan sus ventajas y poder de grupo. No ofrecen su vida, no se hacen pan como Jesús, sino al contrario: viven del aplauso de los otros y devoran la casa de las viudas.

– Otro alaba a una viuda (12, 41-44) que aparece como el signo más perfecto de Jesús a quien el texto anterior ha llamado señor de David. No es Señor porque tiene poder para imponer sino, al contrario, porque entrega todo lo que tiene.

1.- Diatriba contra los escribas (12, 38-40).

 Su signo distintivo es la búsqueda de prestigio, interpretado como poderío. Precisamente ellos, hombres del libro, han convertido su saber (leen la Escritura, interpretan la Ley) en fuente de dominio sobre los demás. Así aparecen como representantes de la imposición sagrada: ellos expresan la patología de lo religioso, que aparece cuando un grupo utiliza su autoridad cultural, religiosa, política, social en beneficio propio.

El poder de este escriba judío (judeo-cristiana) no es en principio de tipo militar (no brota de las armas), económico (tampoco proviene en principio del dinero) o administrativo. Los escriban poseen y cultivan un poderío religioso/administrativo, fundado en la pretendida sabiduría (conocen el Libro) y en la apariencia de religión, propia de aquellos que «oran» (dicen tener relación con Dios) para provecho propio. Por eso, al fin, sin querer fundarse en el dinero, los escribas terminan haciéndose ricos, a costa de los pobres (viudas, huérfano…). Estos son sus signos:

— Largos vestidos (stolais: Mc 12, 38). No son nada en sí, no se sienten seguros en sí mismos; por eso necesitan crear una apariencia. Viven de fachada, enmascarados dentrás de unas telas y adornos que les sirven para distinguirse de los otros e imponerles su dominio. En ellos critica Jesús la mentira de las vestiduras sagradas que la Ley israelita (y las costumbres rituales de muchas iglesias, incluidas las cristianas) han preceptuado para sacerdotes y ministros religiosos. Jesús la condena como expresión de poder falso (que estaría en la línea de las purezas nacionales de 7, 3-5).

— Saludos en las plazas (12, 38). La religión les convierte en funcionarios y ellos la pervierten, haciéndola principio de autoridad pública: utilizan el Libro para representar su teatro de prestigios. Quieren ser (hacerse honrar) sobre las bases de un conocimiento religioso que utilizan para así imponerse sobre los demás. Es evidente que no viven para crear comunidad sino al contrario, para elevarse sobre ella.

‒ Las primeras cátedras (prôtokakhedrias) en las sinagogas (12, 39). Pasamos de la calle a la casa, de la plaza al recinto donde se reunen los creyentes. También en ese espacio imponen su dominio los escribas, convirtiendo el lugar comunitario de estudio y plegaria en medio para imponerse sobre los demás. Así buscan las primeras cátedras para controlar o dirigir desde allí a los inferiores, imponiéndoles su ley.

— Los primeros asientos (prôtoklisias) en los banquetes (12, 39). Jesús invitaba a comer a los demás, en grupos fraternos, ofreciéndoles los panes y los peces de su propio grupo. En contra de eso, los escribas se aprovechan de su religión (su dominio del Libro) para comer a costa de los otros. No forman iglesia, no crean verdadera comunión, sino que emplean su pretendida superioridad para vivir a costa de los demás.

 Esta es la consecuencia: ¡Devoran las casas de las viudas con pretexto de largas oraciones! (12, 40). El teatro de apariencias (vestidos, saludos, privilegios en sinagogas y mesas) se ha vuelto principio de muerte. Quien empieza aparentando de aquel modo acaba destruyendo (matando) a los más pobres.

 Ésta es la iniquidad que Mc 3, 29 interpretaba como blasfemia contra el Espíritu Santo (impedir la curación de los posesos) y Mc 9,42-47 como escándalo contra los pequeños (aprovecharse de ellos). Estos escribas de los libros de Dios, profesionales de la religión, jerarcas de la iglesia judía (o cristiana), se han vuelto principio de opres´n y muerte.

El evangelio había vinculado la oración con la misión salvadora (1, 35-39), la expulsión de los demonios (9, 29) y el perdón interhumano (11, 25). En todos estos casos, el encuentro con Dios se explicitaba en forma de comunicación, creadora de familia. En contra de eso, los escribas judíos (y quizá los cristianos que Mc critica) utilizan la oración para su servicio, se aprovechan de Dios para imponerse a los demás: comen de las viudas. Han pervertido la religión, son cueva de bandidos (cf.11, 17). (tomado de Evangelio de Marcos)

2.- Parábola de la viuda (12, 41-44).

 Invirtiendo el tema anterior, la diatriba contra los escribas se vuelve enseñanza parabólica a favor de las viudas (de los pobres en  general). Jesús se sienta ante el gazofilacio o “banco” donde los creyentes depositan las ofrendas voluntarias, planteando nuevamente el tema del dinero, esto es, de la utilización pública del dinero. Leer más…

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Viudas buenas y teólogos malos. Domingo 32 ciclo B

domingo, 7 de noviembre de 2021
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maxresdefaultDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

El evangelio del domingo anterior nos dejó en el templo de Jerusalén. Por delante de Jesús han ido desfilando autoridades religiosas, fariseos, saduceos, y un escriba que le preguntó por el mandamiento principal y terminó recibiendo un gran elogio de Jesús. Al parecer, ya no queda nadie importante a quien presentar. Sin embargo, falta el personaje más desconcertante: una viuda que no se interesa por Jesús. La primera lectura, tomada de la historia del profeta Elías, ayuda a entender y valorar la actitud de esta viuda.

Una viuda generosa y con mucha fe (1 Reyes 17,10-16)

En aquellos días, el profeta Elías se puso en camino hacia Sarepta, y, al llegar a la puerta de la ciudad, encontró allí una viuda, que recogía leña. La llamo y le dijo: «Por favor, tráeme un poco de agua en un jarro para que beba.»

            Mientras iba a buscarla, le grito: «Por favor, tráeme también en la mano un trozo de pan.» Respondió ella: «Te juro por el Señor, tu Dios, que no tengo ni pan; me queda solo un puñado de harina en el cántaro y un poco de aceite en la alcuza. Ya ves que estaba recogiendo un poco de leña. Voy a hacer un pan para mí y para mi hijo; nos lo comeremos y luego moriremos.»

            Respondió Elías: «No temas. Anda, prepáralo como has dicho, pero primero hazme a mí un panecillo y tráemelo; para ti y para tu hijo lo harás después. Porque así dice el Señor, Dios de Israel: “La orza de harina no se vaciara, la alcuza de aceite no se agotara, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra. Ella se fue, hizo lo que le había dicho Elías, y comieron él, ella y su hijo. Ni la orza de harina se vació, ni la alcuza de aceite se agoto, como lo había dicho el Señor por medio de Elías.

            Se trata de un relato muy sencillo, que recuerda a las leyendas sobre San Francisco de Asís (las “Florecillas”). Lo importante no es su valor histórico sino su mensaje. Destaco algunos detalles.

  1. La pobreza de los protagonistas. En el mundo antiguo, las personas con mayor peligro de marginación y miseria eran las viudas y los huérfanos de padre, al carecer de un varón que las protegiese. En nuestro relato, esta situación se ve agravada por la sequía, hasta el punto de la mujer está segura de que ni ella ni su hijo podrán sobrevivir.
  2. La fe y la obediencia de la mujer. Muchas veces, comentando este texto, se habla de su generosidad, ya que está dispuesta a dar al profeta lo poco que le queda. Pero lo que el autor del relato subraya es su fe en lo que ha dicho el Señor a propósito de la harina y el aceite, y su obediencia a lo que le manda Elías.
  3. La categoría excepcional de Elías, al que Dios comunica su palabra y a través del cual realiza un gran milagro.

Teólogos presumidos y una viuda generosa (evangelio)

El relato tiene dos partes: la primera denuncia a los escribas; la segunda alaba a una viuda. Lo que las relaciona es la actitud tan contraria de los protagonistas: los escribas “devoran los bienes de las viudas”, la viuda echa en el arca “todo lo que tenía para vivir”.

            ¡Cuidado con los escribas!

            En aquel tiempo, entre lo que enseñaba Jesús a la gente, dijo: «¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas, con pretexto de largos rezos. Éstos recibirán una sentencia más rigurosa.»

Los escribas eran especialistas en cuestiones religiosas, dedicados desde niños al estudio de la Torá. Tenían gran autoridad y gozaban de enorme respeto entre los judíos. Pero Jesús no se fija en su ciencia, sino en su apariencia externa y sus pretensiones. La descripción que ofrece de ellos no puede ser más irónica, incluso cruel. Forma de vestir (amplios ropajes), presunción (les gustan las reverencias en la calle), vanidad (buscan los primeros puestos en la sinagoga y en los banquetes), codicia (devoran los bienes de las viudas), hipocresía (con pretexto de largos rezos). Todo esto es completamente contrario al estilo de vida de Jesús y a lo que él desea de sus discípulos. Por eso los amonesta severamente: «¡Cuidado con los escribas!».

No es preciso añadir que los discípulos le hicieron poco caso y terminaron vistiendo como los escribas, exigiendo reverencias y besos de anillos, ocupando primeros puestos, y devorando bienes de viudas, viudos y casados. Por desgracia, de este evangelio no se puede decir: «Cualquier parecido con la realidad actual es pura coincidencia», aunque debemos reconocer que la situación ha mejorado bastante.

            Elogio de la viuda

Estando Jesús sentado enfrente del arca de las ofrendas, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban en cantidad; se acercó una viuda pobre y echo dos leptas, que equivale a un cuadrante. Llamando a sus discípulos, les dijo: «Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.»

            En la 1ª lectura y en esta segunda parte del evangelio tenemos personajes parecidos: una viuda y un profeta (Elías-Jesús). Pero la relación entre ellos se presenta de manera muy distinta. Basta fijarse en los siguientes detalles:

            ¿De qué hablan la viuda y el profeta? Elías y la viuda mantienen un diálogo, mientras que Jesús no dirige ni una palabra a la viuda. Cuando ve lo que ha hecho, no la llama para dialogar con ella, sino que llama a sus discípulos para darles una enseñanza. (La imagen inicial resulta engañosa porque coloca frente a frente a Jesús y a la viuda).

            ¿Qué hace la viuda por el profeta? La viuda entrega todo lo que tiene a Elías y trabaja para él; la viuda del evangelio no hace nada por Jesús.

            ¿Qué hace el profeta por la viuda? Elías hace un gran milagro para resolver el problema económico de la viuda; Jesús no le da ni un céntimo.

            La enseñanza silenciosa de la viuda

            Los relatos anteriores de Marcos (que no se han leído en las misas del domingo) hablan de una serie de personas y grupos que se presentan ante Jesús para discutir con él las cuestiones más diversas: de dónde procede su autoridad, si hay pagar tributo al César, si hay resurrección de los muertos, cuál es el mandamiento principal, etc. Al final aparece esta viuda, que no se preocupa de cuestiones teóricas ni teológicas, ni siquiera se interesa por Jesús; sólo le preocupa saber que hay gente pobre a la que ella puede ayudar con lo poco que tiene.

            La viuda es un símbolo magnífico de tantas personas de hoy día que no tienen relación con Jesús, pero que se preocupan por la gente necesitada e intentan ayudarlas, sin considerarse ni ser cristianos. Pero es importante advertir que la preocupación de la viuda no es de boquilla, entrega todo lo que tiene.

            Jesús, que no llama a la viuda para dialogar con ella ni pedirle que pase a formar parte del grupo de sus discípulos, nos puede servir de ejemplo para la actitud que debemos adoptar ante esas personas. No hay que intentar convertirlas a toda costa.

            En los tiempos que corren, de tanta necesidad para tanta gente, el evangelio de este domingo nos da mucho que pensar y que rezar.

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Domingo XXXII del Tiempo Ordinario. 07 de Noviembre de 2021

domingo, 7 de noviembre de 2021
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“-¡Cuidado con los letrados! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos.”

(Mc 12, 38-44)

Y es así, todas tenemos el gen “letrado”. El evangelio no deja de prevenirnos acerca de lo que ocurre cuando nos dejamos llevar por él. Marcos es especialmente insistente y nos dice de una manera muy clara que ni siquiera el hecho de ser de los colaboradores más próximos a Jesús nos evita el peligro.

Nos advierte que los primeros discípulos, e incluso el mismísimo Pedro,tuvieron grandes dificultades para comprender a Jesús y seguir su camino.

Pero al mismo tiempo salpica todo su evangelio de pequeñas chispas de esperanza, cada vez que nos dice que los discípulos no entienden, o cuando nos cuenta un episodio como el de Santiago y Juan y su deseo de ser los primeros. También nos va mostrando otros personajes secundarios que son capaces, en su debilidad, de encarnar las verdaderas actitudes del discipulado.

Hace unas semanas teníamos a Bartimeo, hoy nos presenta a una viuda pobre. Pero su pobreza no le impide ser generosa.

Se acerca al Templo no con lo que tiene, sino “con TODO lo que tiene para vivir”. De hecho, para algunas personas, más que generosa puede resultar exagerada, inconsciente. Dejando en la ofrenda del Templo esas dos monedillas de escaso valor no enriquece al Templo y sin embargo ella se queda en una completa indigencia.

Ciertamente es una actitud que se escapa de toda lógica humana. No es una actitud razonada ni razonable. Nada tiene que ver con los esquemas mentales. Es una realidad, pertenece al ámbito del amor.

Esa viuda pobre hace un gesto de entrega total muy parecido al del propio Jesús. Quizá por eso Jesús se siente profundamente vinculado con esa mujer anónima. Por eso la observa y le cuenta a sus discípulos lo que ha hecho.

La entrega de Jesús, su muerte en cruz, es tan paradójica como la gestión de estas dos monedillas. Ante nuestra razón su muerte podría haberse evitado. Sin embargo, esa muerte es el más bello gesto de amor. El más sublime y gratuito.

Oración

Ayúdanos, Trinidad Santa, a entrar en la lógica del Amor que es entrega y generosidad sin límites, sin razón.

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Solo la actitud interna es expresión válida de una auténtica espiritualidad.

domingo, 7 de noviembre de 2021
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da3253a9f8751f3430b78afe36008fd4Mc 12, 41-44

Nos encontramos en los últimos versículos del c. 12. Jesús una vez más, enseña. A pesar de que el episodio que acabamos de leer se reduce a cuatro versículos, tiene una profundidad enorme. Es el mejor resumen que se puede hacer del evangelio. La simplicidad del relato esconde el más profundo mensaje de Jesús: Toda la parafernalia religiosa externa no tiene ningún valor espiritual; lo único que importa es el interior de cada persona. Muy probablemente fue en su origen una parábola que se convirtió en episodio real.

Este simple relato deja clara la crítica de Jesús a la religión de su tiempo. Señala la diferencia entre religión y religiosidad; entre cumplimiento y vivencia; entre rito y experiencia de Dios. Hoy seguimos dando más importancia a lo externo que a una actitud interior. A la religión sigue interesándole más que seamos fieles a doctrina, ritos y normas. Seguimos estando más pendientes de lo que hacemos o dejamos de hacer que de nuestra actitud vital.

Queda claro el talante de Jesús. Hoy le hubiéramos dicho a la viuda: no seas tonta; no des esas monedas a los sacerdotes; tienen más que tú. Utilízalas para comer. Pero Jesús, que acaba de criticar los trapicheos del templo, descubre la riqueza espiritual que manifiesta la viuda y reconoce que a ella sí le sirve ese modo de actuar, porque es reflejo de su actitud con Dios. Alejada de todo cálculo, se deja llevar por el sentimiento religioso más genuino.

Muchos ricos echaban cantidad. Las monedas se depositaban en una especie de embudos enormes en forma de bocina, colocados a lo largo del muro. La amplia boca de las bocinas de bronce permitía lanzar las monedas desde una distancia considerable. Los ricos podían oír con orgullo, el sonido de sus monedas al chocar con el metal. Lo que echó la viuda fueron dos monedas del más bajo valor. Hoy serían dos céntimos, cantidad ridícula.

Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie. El comienzo “en verdad os digo” indica que lo que sigue es muy importante. La idea de que Dios mira más el corazón que las apariencias no es nueva en la religiosidad judía; se encuentra en muchos comentarios del AT. Jesús profundiza en la idea y se la propone a los discípulos como ejemplo de actitud religiosa. Esta es la originalidad de la propuesta de Jesús.

Dio todo lo que tenía para vivir. Para captar toda la fuerza de esta frase final, debemos tener en cuenta que en griego “bios” significa no sólo vida, sino también, modo de vida, recursos, sustento; sería el conjunto de bienes imprescindibles para la subsistencia. Hoy nosotros podíamos emplear otros términos: “víveres” o “sustento”. Dio todo lo que constituía su posibilidad de vivir. Equivaldría a poner su vida en manos de Dios.

Jesús ya había llevado a cabo la “purificación del templo”. Sabemos su opinión sobre la manera como se gestionaba el culto y su crítica al expolio de los pobres en nombre de Dios, para que los jefes religiosos vivieran como reyes. De hecho, el templo era el centro económico de todo el país. Esa economía estaba basada en la obligación de ofrecer sacrificios y de dar al templo el diezmo de todo lo que cosechaban, además de proponer encarecidamente donativos voluntarios. El Dios liberador, convertido en el dios opresor.

En contra de los que solemos pensar, el evangelio nos está diciendo que el principal valor de la limosna no es socorrer una necesidad perentoria de otra persona, sino mostrar una verdadera actitud religiosa. La limosna de la viuda, a pesar de su insignificancia, demuestra una actitud de total confianza en Dios y de total disponibilidad. En nuestra relación con Dios no sirven de nada las apariencias. La sinceridad es la única base para que la religiosidad sea efectiva. No podemos engañar a Dios ni debemos engañarnos con acciones calculadas.

No se trata directamente de generosidad, sino de desprendimiento. Lo que el evangelio deja claro es que el egoísmo y el amor son dos platillos de la misma balanza; no puede subir uno si el otro no baja. Nuestro error consiste en creer que podemos ser generosos sin dejar de ser egoístas. Lo que Jesús descubre en la viuda pobre es que, al dar todo lo que tenía, el platillo del ego bajó a cero; con lo que, el platillo del amor había subido hasta el infinito. Si mi limosna no disminuye mi egoísmo, no tiene valor espiritual.

El evangelio de hoy, ni cuestiona ni entra a valorar la limosna desde el punto de vista del necesitado, porque lo que la viuda echó en el cepillo no iba a solucionar ninguna necesidad. Se trata de valorar la limosna desde el punto de vista del que la hace. Es una perspectiva que solemos olvidar y por eso nuestros donativos terminan valorándose según la repercusión bienhechora que tengan en los destinatarios de la limosna. Es un error.

La limosna de la que hoy se habla, no es la que salva al que la recibe, sino la que salva al que la da. La diferencia es tan sutil que corremos el riesgo de hablar hoy de tanta necesidad acuciante que podemos encontrar en nuestro mundo y por tanto, de la necesidad de hacer limosna para remediar esas necesidades extremas. Hoy no se trata de eso. Se trata de dilucidar dónde ponemos nuestra confianza. Podemos ponerla en la seguridad que dan las posesiones o en Dios que no nos va a dar ninguna seguridad.

La motivación de la limosna no debe ser remediar la necesidad de otro sino el manifestar el desapego de las cosas materiales y afianzar nuestra confianza en lo que vale de verdad. La cuantía de la limosna en sí no tiene ninguna importancia; solo tendrá valor espiritual si, el hacerla, supone privarme de algo. Dar de lo que nos sobra, puede aliviar la carencia de otro, pero no tener ningún valor religioso para mí. Mi limosna valdrá solo cuando me duela.

El que recibe una limosna puede estar necesitado de lo que recibe; en ese caso, la limosna ha cumplido un objetivo social. Ese objetivo no es lo esencial. El que recibe una limosna, puede aceptarla como una lotería sin descubrir la calidad humana del que se la ha dado. O puede darse cuenta de que la actitud del otro le está invitando a ser también él más humano. Si esto segundo no sucede, es que la limosna como acto religioso ha fallado para el que la recibe. Alcanzar este último objetivo depende de la manera de hacerla.

El que la da puede dar de lo que le sobra; o puede ser que se prive de algo que necesita. En el primer caso podía demostrar la renuncia al afán de acaparar y buscar en las riquezas la única seguridad que me tranquiliza. En el segundo, entramos en una dinámica religiosa. Un necesitado podría dar una limosna al que no la necesita. En ese caso, el objetivo religioso del que la da se cumple. Sin tener esto en cuenta, con frecuencia dejamos de dar una limosna, porque pensamos que no va a utilizarse para remediar una necesidad perentoria.

Solo cuando das lo último que te queda, demuestras que confías absolutamente. El primer céntimo no indica nada; el último lo expresa todo, decía S. Ambrosio: Dios no se fija tanto en lo que damos, cuanto en lo que reservamos para nosotros. Un famoso escritor actual dijo en una ocasión: solo se gana lo que se da; lo que se guarda se pierde. La viuda, al renunciar a la más pequeña seguridad, pone de manifiesto la verdadera pobreza.

 

Meditación

No importa que sea insignificante lo que des.
Su valor está en lo más íntimo de la persona.
Mi escala de valores debe cambiar.
Debo dejar de valorar lo que se ve,
para empezar a valorar en mí y en los demás
lo que me hace más humano y más cristiano.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Los ojos de Jesús.

domingo, 7 de noviembre de 2021
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Mc 12, 38-44

«¿Veis a aquella mujer?»

Otra escena para contemplar; para saborear.

Imaginemos el inmenso Templo abarrotado de gente. Los sacerdotes paseando en grupos de dos o tres embutidos en sus magníficas vestimentas. Los doctores de la Ley luciendo sus ostentosas túnicas a franjas. Los ricos saduceos echando con estruendo sus monedas de plata en el arca del tesoro. El mármol del Templo brillando esplendoroso bajo los rayos del sol. Sus cientos de columnas de cedro sosteniendo los pórticos interminables y proyectando su sombra sobre los suelos enlosados del mejor mosaico de la región… Todo lo que allí hay rezuma grandeza y esplendor.

Imaginemos que es media mañana. Jesús se halla desde primera hora en la escalinata del pórtico de Salomón predicando el Reino a los judíos, aunque en ese momento se ha permitido un breve descanso y está rodeado de sus discípulos. Tiene razones para estar seriamente preocupado, pues las cosas se le han puesto muy feas en Jerusalén y en cualquier momento puede aparecer un pelotón de guardias para prenderle.

Sus discípulos, galileos de pueblo, están embobados con tanto lujo, tanta magnificencia y tanto trajín, cuando Jesús les sorprende con esta pregunta. «¿Veis aquella mujer?»

Ellos buscan con la vista alguna mujer que destaque sobre las demás por su porte, su belleza, sus ricos atavíos, o que esté rodeada de un gran séquito de criados, o que tenga cualquier otro atributo capaz de llamar la atención de su amigo.

Alguien le dice: «Jesús, hay mucha gente. ¿A cuál te refieres?» … Y Jesús le responde: «A aquella que está ahora junto al arca del tesoro depositando una monedita; la que parece temerosa de que la expulsen de allí porque su dinero no vale nada».

Dirigen hacia allí su mirada y ven a una anciana (muy anciana y vestida con un humilde vestido negro) medio encorvada ante el arca. Hay cientos de personas en el templo, docenas de sacerdotes, gran cantidad de ricos ostentosos en quienes todos se fijan… y una pobre viuda que pasa desapercibida de todos… menos de Jesús. Si alguien se había fijado en ella, solo habría visto una vieja insignificante, pero Jesús mira siempre al corazón y ante esta mirada todas las apariencias se van al traste.

Van por un camino y se les acerca un leproso. Todos los que le rodean ven solo una fuente de contaminación e impureza… y se apartan. Jesús ve su amargura, su soledad… y se acerca. Entran en Jericó, encaramado a un sicómoro está Zaqueo, el jefe de los publicanos. Todos ven en él a un pecador público, al opresor amigo de los romanos… y se apartan, pero Jesús ve su marginación, el desprecio y humillación a las que le someten los tenidos por buenos… y se acerca.

¡Los ojos de Jesús!… Donde los demás vemos un sembrador que siembra, o un pastor que cuida de su rebaño, o un arbusto de mostaza, o una hogaza de pan crujiente, él ve a Dios; la mejor versión de Dios que nadie haya sido capaz de imaginar.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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La catedral de Ana.

domingo, 7 de noviembre de 2021
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viudaMc 12, 38-44

Ahí está ella, entre los enfermos sin techo de Nueva York. Es una mujer de mi comunidad, Hermanas Para la Comunidad Cristiana (SFCC en inglés). Ella va mucho más allá de la comunidad cristiana.

Ana después de muchos años en el proyecto Sure, we Can ha discernido su llamada a crear Hogar con los más abandonados de la sociedad. Su compromiso es y de hecho ya está construyendo casitas para los más vulnerables por enfermedad y sin techo, en el centro de Nueva York, para los no queridos en ningún sitio, ni en la calle. Y sin seguro médico, por supuesto.

Se siente llamada a servir a estas personas, y a ello dedica todo su ser. Si tiene que hablar con el alcalde lo hace, si con los políticos -para conseguir ayudas y permisos- ahí va. Si tiene que sembrar tomates y construir pequeños habitáculos con voluntarios… con ellos se arremanga. Es hermana de lxs sin techo, de lxs que sus familias ignoran por adictos… de lxs leprosos de hoy.

En el corazón financiero del mundo, el corazón de una mujer late a otro ritmo.

Me recuerda el impacto del Efecto Mariposa: “el aleteo de las alas de una mariposa en Brasil puede provocar modificaciones atmosféricas hasta culminar en una tempestad en Nueva York. El presupuesto teórico es que todas las cosas están inter-ligadas y van asumiendo elementos nuevos, creando complejidades en el curso de su evolución” (Boff).

Siempre, a lo largo de la historia, hay una mujer o un grupo de mujeres que, pasando desapercibidas: cambian, transforman, proyectan y construyen el futuro.

La llaman la Dorothy Day de hoy. Es vasca y habla poco. Cuando lo hace, sonríe. Son sus gestos los que encarnan el Evangelio. (Al final hay un enlace sobre su trabajo).

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Cuando leo el texto de hoy, emergen de mi interior las Anas en el mundo -son tantas las que lo dan todo, que se exponen a tope- y lo hacen porque confían en el fiel, y en la bondad intrínseca de los humanos.

En la primera lectura ya vemos cómo a una viuda -a una persona sin recursos de ningún tipo, en aquel tiempo- se le pide que comparta todo lo que le queda; y lo hace. Y, gracias a ese abandono descubre que la fidelidad de Dios se vuelca en ella. Es la fuerza de nuestras Anas, anónima en el Evangelio y en la realidad de hoy; su fuerza es su conexión con el Todo que saca lo mejor de ellas y las impulsa al riesgo absoluto por Amor al Absoluto.

La viuda, miembro débil de la sociedad, representa a la comunidad fiel, que en medio de una realidad eclesial corrompida, como ahora, y que horroriza a tantxs, ama a Dios como compañero de camino.

Jesús nos quiere dar una enseñanza, como se la dio a sus discípulos a quienes vemos, a través de la figura del joven rico, y otros, que no quieren abandonar su riqueza, su seguridad, y les/nos dice: no son los ricos, los ordenados, los importantes… los que valen a los ojos de Dios, sino los que ponen su confianza en Abba/Amma, y no en el dinero ni en el prestigio, refugio de personajes inmaduros afectivamente, que necesitan poseer, controlar, dominar para sentirse bien. De ahí la hecatombe de instituciones que se han hecho fuertes a fuerza de explotar, dominar, violar derechos y cuerpos.

Esta confianza equivale a la del discípulo, a la de la persona que tiene una relación personal de amistad y cariño, con el Maestro, y le acompaña y sigue su proyecto.

Por ello, la viuda que contemplamos echando todo su capital en las ofrendas del Templo, encarna la antítesis de los dirigentes infieles a Dios por su amor al dinero y al poder moral sobre otros. Y Jesús flipa cuando la ve, y cuando te ve, a ti que a tu manera también lo haces: “Anas” de hoy, compartiendo todo lo que tienen con sus hijos y refugiados, acercándose en el supermercado a las marroquíes para saludar y acoger y ofrecer, como vi ayer: el barullo que montó una abuela con un grupo de mujeres muy cubiertas de telas y mascarillas que se confunden con burkas… podían ser marroquíes, pakistaníes, afganas, sirias…sus risas me hicieron notar que eran muy jóvenes. Ellas cubiertas, ellos no, claro. Sutilezas de control que empobrecen y silencian a personas que podrían ser educadoras, sanitarias…en sus países, y tienen que vivir exiladas porque en los templos de las religiones y en los palacios hay personajes mezquinos, en nómina y eméritos.

La viuda es modelo de discípula. ¿Cómo es la discípula de hoy? Como nosotras la encarnemos. Con estudios, sí, pero sobre todo alguien apasionado por el Evangelio, que como nuestras Anas, no tenga miedo a la intemperie. En unos casos, real, de no-techo, como la de Nueva York, en otros casos, la mayoría, de no-reconocimiento, de no-apoyo, como siempre en la historia.

No pretendo adivinar el futuro, pero desde la tripa al cerebro veo clarísimo que la iglesia de Jesús: las comunidades cristianas en general, sólo resucitarán, cuando las Anas de hoy formen parte -con su aleteo de mariposa- de la tormenta que Jesús provoca cuando entra en la vida de la gente. Y sepan acompañar a los nuevos miembros de comunidades alternativas a las esclerotizadas por el patriarcado dominante.

Me gusta la catedral de Ana. Muy cerquita de las majestuosas catedrales católica y episcopaliana de Nueva York.

Creo que no es el único modelo de discípula. Pero cuando Jesús la ve echando todo lo que tiene para vivir, en el limosnero…el hombre se derrite. ¡Ya lo creo! También él está hasta arriba de clericalismo, de política sucia, de abusos de poder en nombre de una religión que no existe más que en la mente de sus organizadores. Y al ver a aquella mujer, ve en ella lo que no logra despertar en ellos. Por esto, tal vez, ellos no la reciben, porque se sienten amenazados por su discipulado radical y fiel.

Conozco otras que no se llaman Ana, pero que me hablan de Evangelio puro, como mi amiga a quien ETA mató al marido en el portal de su casa, y desde entonces se dedica a hablar de reconciliación en centros educativos de todo Vizcaya. O la otra amiga, que con Parkinson y el suicidio por depresión de la hija que cuidaba como a una recién nacida, se dedica a visitar o llamar a diario a personas mayores y solas, llevándoles, con su aleteo la cercanía del que es fiel. O la que acoge en su casa a su hija, nieto, yerno a quién la pandemia ha dejado vulnerables, con inseguridad de perder todo por lo que habían trabajado muchos años, como las Anas de La Palma, cuya lava se ha llevado sus propiedades, pero no su corazón.

También ellas son viudas. Y son mujeres. Y crean a su alrededor cercanía y bondad. No entran en las papeletas de futuros Vicarios episcopales, ni generales…están ahí, dando vida, como la mariposa aleteando. Y Jesús está orgulloso de ellas, y mira a los letrados de reojo con unas ganas de mandarles a la mismísima…mientras ellos ceden sus catedrales por dinero a una vulgaridad, y ellas, las Anas, la siguen limpiando.

¿A qué también tú conoces a varias “Anas”? Es más, tal vez seas una de ellas. Por ello a todas os damos las Gracias. Nos vemos en vuestras catedrales, vuestros hogares, auténticos lugares de comunidad cristiana, donde siempre hay acogida, bizcocho y cariño. ¡Menuda Eucaristía! Aunque sea online, como ha sido últimamente para muchxs y sigue uniendo a las Anas de diferentes países y continentes, porque ellas, no paran. Son incombustibles, por eso la Comunidad Cristiana sigue en las calles, en las pantallas, en los hogares.

Ahí nos vemos hermanxs. Aunque sea Nueva York o La Palma, o tu barrio o tu pantalla.

¡Feliz Domingo!

Magda Bennásar Oliver, sfcc

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Fuente Fe Adulta

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Poder o entrega

domingo, 7 de noviembre de 2021
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Domingo XXXII del Tiempo Ordinario

7 noviembre 2021

Mc 12, 38-44

Los letrados (escribas) y la viuda constituyen dos símbolos que encarnan maneras de vivir diametralmente opuestas.

 Los primeros se mueven por el poder, queriendo ofrecer una imagen ostentosa y persiguiendo reconocimiento, privilegios y dinero por cualquier medio. Jesús denuncia el “amplio ropaje” que suele utilizarse, en los ámbitos más dispares, como signo distintivo de superioridad. (Si se me permite un paréntesis: ¿qué sentido tiene que, todavía hoy, la jerarquía de la iglesia siga vistiendo capisayos que producen vergüenza ajena y que, para más inri, tienen su origen en los que vestían los poderosos del Imperio romano? Indudablemente, la resistencia a abandonarlos, parece indicar la necesidad, consciente o inconsciente, de manifestar una posición de poder).

 En un nivel más profundo, los “letrados” pueden verse como símbolo del ego (religioso), que se mueve en virtud de sus propias necesidades e intereses narcisistas.

 Por su parte, la imagen de la viuda, tal como es presentada en el relato, representa a la persona capaz de entregar y entregarse (“todo lo que tenía para vivir”), de manera generosa y desapropiada.

 El contraste que el relato pone de manifiesto refleja el que cada uno de nosotros vivimos en nuestro interior. En nosotros conviven, mejor o peor, y en diferentes “dosis”, tanto el “letrado” -el ego que gira constantemente en torno a sí mismo- como la “viuda” -la dimensión profunda que vive en la comprensión y se expresa en el amor que se entrega-.

 La psicología profunda nos enseña que “todos tenemos de todo” porque, más allá de la imagen que mostramos y en la que nos reconocemos, hay otra parte equivalente -la sombra- donde se albergan aspectos ocultos de signo contrario. La sombra no es mala. De hecho, en cuanto somos capaces de reconocerla y de abrazarla, la sombra nos humaniza, regalándonos, a partes iguales, humildad y compasión. Dejamos de “ver la mota en el ojo ajeno” -como diría el propio Jesús-, porque ya hemos visto la “viga” en el propio (Lc 7,41).

¿Reconozco al “letrado” y a la “viuda” que habitan en mí?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Lo que importa no es la cantidad, sino que la viuda dio todo lo que tenía para vivir

domingo, 7 de noviembre de 2021
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53225_n_19-08-12-0-15-50Del blog de Tomás Muro La Verdad es Libre:

1.- Sentir compasión por los débiles. generosidad.

Las dos lecturas de hoy están centradas en la figura de dos mujeres viudas pobres y débiles.

Las viudas, los huérfanos y extranjeros eran los pobres de solemnidad en tiempos de Jesús (¿y hoy?)

Es muy humano muy cristiano atender a los débiles: a las viudas, a los huérfanos y extranjeros: emigrantes, enfermos…

Sentir compasión por los débiles es algo muy noble, que nos hace bien a todos.

Por otra parte, estas dos mujeres muestran una gran generosidad. La generosidad es el arte de darse a sí mismo. Más que dar cosas, se trata en la virtud de «compartir-se» uno mismo con los demás.

El que da gana más que el que recibe

2.-  Ruptura entre el Evangelio y los escribas.

Las dos pobres viudas: la de Sarepta, que da la poca harina que tenía para ella y su hijo, y la viuda que echa en el templo veinte céntimos, -también todo lo que tenía para vivir-, suponen la ruptura definitiva entre el evangelio de Jesús y el fariseísmo con los escribas. Guardaos, cuidaos de los escribas, que eran los intérpretes de la ley y se sentían muy cercanos a los fariseos.

Los escribas y fariseos eran gente de poder que se consideraban no solamente con derecho, sino con obligación de ser inflexibles  y duros en el mantenimiento de los dogmas, normas, ritos y dignidades. Les gustaba verse reconocidos, estimados por el pueblo. (Más o menos como los cardenales y obispos que hoy se oponen a una interpretación benévola de la Iglesia que promueve el papa Francisco respecto de la doctrina, de la liturgia, de la pastoral de los divorciados, homosexuales, etc. La mentalidad del escriba es presuntuosa, dura e intransigente

Las pobres viudas dan en limosna lo que tenían para vivir. Jesús no mira la cantidad que dan, sino la totalidad: lo han dado todo lo que tenían para vivir. Es como la prefiguración de Jesús, que da su vida por la humanidad.

3.- Poderosos y sencillos en la iglesia.

     Los poderosos dicen cosas incluso hasta justas, pero no las hacen. La rigidez y estrechez de mente no tienen buen corazón. Los escribas, hombres de leyes defienden la ley, la norma, la doctrina fosilizada, pero el ser humano les importa poco.

     Los escribas y prepotentes aman los primeros puestos de las sinagogas, de los cabildos de las catedrales, de los obispados, de los parlamentos, etc. Gustan de pisar alfombras rojas de festivales de cine o de aeropuertos, o de pasarelas o de simposios. A nuestro “ego” le gusta figurar, que nos saluden, que reconozcan nuestra labor, que nos inviten, etc.

La religión, los entramados religiosos: puestos, cargos, vestimentas, honores y dignidades son el tranquilizante y la seguridad de los poderosos. El cristianismo, por contraposición, es humildad, generosidad y bondad.

Cuidado también con explotar la religión para obtener beneficios, cosa que se ha dado y se da en el hábitat eclesiástico.

     Quienes tienen alguna responsabilidad en la Iglesia han de ser servidores de la comunidad. Si olvidamos esto, somos un peligro; (y lo hacemos con frecuencia).

     El gesto de las dos viudas, nos descubre que el corazón del cristianismo es un abandono y confianza en Dios, una gratuidad plena, amor solidario, generosidad. Aquellas mujeres no tienen poder alguno, ni cargos, ni poseen “dignidad eclesiástica” alguna, lo único que tienen es un corazón bueno, pero esto sirve de poco en las instituciones de poder.

     El centro de la Iglesia no es el poder ni los poderosos, sino el pueblo creyente, la fe y el buen corazón de los sencillos y misericordiosos.

4.- Evocaciones.

     La Palabra de hoy tiene evocaciones, llamadas:

  • Respeto y reconocimiento hacia los humildes: viudas, huérfanos y emigrantes, pobres, enfermos, etc. No despreciemos nunca a los débiles, a los ignorantes, a los niños, no critiquemos nunca a un mendigo, a un drogadicto, a un “maldito” de la sociedad ni a ningún marginado por la Iglesia. Cuando nos encontramos con personas en esas situaciones, es cuando más respeto hay que tener hacia el ser humano. [1] Valoremos y amemos lo sencillo y al sencillo, al humilde. Apreciemos las pequeñas cosas de la vida cotidiana, los pequeños gestos de generosidad, las tareas sencillas de casa, de la vida cotidiana, el trabajo bien hecho, la ayuda.
  • La generosidad como actitud de vida.

La generosidad en la limosna, en la dedicación del tiempo y de las cualidades (los talentos), además de hacer bien, son un buen antídoto contra la neurosis ególatra y contra el fanatismo ultraortodoxo en los diversos campos: dogmático, litúrgico, legalista, político.

Lo que es indispensable para vivir es mucho, aunque sea poco. Es el caso de la viuda del evangelio de hoy. Es la persona la que valora el don. Demos lo que somos tenemos, no de lo que nos sobra.

Los textos de hoy evocan la multiplicación de los panes, que es una variante de la Eucaristía. Si “decimos Misa” es porque queremos celebrar la Eucaristía y celebrar la Eucaristía es amasar un pan para los demás.

[1] Cuando las cosas te van bien en la vida, te conocen muchos amigos; cuando las cosas y la vida te van mal, eres tú quien conoce quiénes son tus amigos. (En la cárcel y en la cama (enfermedad) te diré quién te ama).

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Con ella se estabiliza el eje

sábado, 6 de noviembre de 2021
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ECzNNAeWsAIkrVOCuando la mujer encorvada (Lucas 13, 11-13) se enderezó, no fue un milagro. Simplemente acogió la energía de liberación integral, sobre todo religiosa, que Jesús le aplicó con su tacto. La carga la mantenía doblada ¡placer patriarcal!

Ella, responde a su identidad que tiene arrinconada, porque así se lo han comunicado, en nombre de un dios que ha apoyado una continuidad de abusos que nos escalofrían y estremecen. Y no sabemos de la misa la media.

Desde nuestra página y blog apoyamos totalmente el Manifiesto del VII Encuentro Estatal de Redes Cristianas (https://eclesalia.wordpress.com/2021/10/25/maniviesto-del-vii-encuentro-estatal-de-redes-cristianas/); sólo un matiz a objetar queridxs hermanxas: el orden de las prioridades en vuestras declaraciones: en 6º lugar, al fin aparece, vuestro posicionamiento respecto al papel de la mujer.

Nosotras, desde una posición de libertad y de haber sido enderezadas, no una vez, sino casi a diario, porque casi todo está intoxicado de patriarcado, sugerimos que si la mujer enderezada tuviera el 50% compartido con el varón, de voz y voto en todo, el resto no sería necesario. Es decir:

-la situación del Planeta no habría llegado a este extremo gravísimo, casi irreversible, porque también en el resto de decisiones políticas, económicas…habría personas enderezadas por su conciencia de saber quiénes son. No sólo por el hecho de ser mujeres, sino personas integradas en su complejidad masculina y femenina, sin negar ningún aspecto, e integrando el equilibrio que equilibra.

Más que dedicarnos a enderezar, que también, intentamos trabajar para evitar el doblamiento del eje de la vida de personas. No podemos salir del mundo que tenemos pero podemos elegir si caminar con botas aplastando lo pequeño con nuestro paso urgente para apagar fuegos o ir descalzas, pisando tierra sagrada, y dejando la mínima huella ecológica posible. Y conservando el agua para la vida, no para apagar los fuegos patriarcales.

¿Qué hizo la encorvada el día después? Sólo puedo interpretar entre líneas, desde lo que hice yo.

Tenía 16 años, rebeldilla e inquieta. Me acababan de decir en lo más recóndito de mi ser que era hija de Dios, y me fue calando, hasta hoy. Ese descubrimiento me condujo a una relación, aprendida de labios de Jesús, con un Dios cercano, el Abba de quien Jesús habla y con quien habla.

El día después estás como llena de una vida que no sabes explicar pero que te va cambiando, y aunque vas dejando cosas, algunas personas… no te duele, porque el cambio supera a la pérdida.

Es en esa experiencia de amor, donde, día a día, el eje se va equilibrando. ¿Qué haría la encorvada ahora enderezada? Sin lugar a dudas, lo primero mirar a los ojos, al Maestro, a las personas. ¡Wow! Eso tiene que ser impresionante. De tanto mirar el suelo, al polvo y tragarlo, se le había olvidado la mirada que la mantendrá ya recta y segura de por vida.

Con ella me atrevo a decir, nos pueden quitar espacio, pero no libertad. Nos pueden ningunear pero no callar, nos pueden invisibilizar, silenciar, pero sólo en sus lugares, la mayoría usurpados e inmatriculados, de los que disponen en nombre de su dios.

He aprendido, a fuerza de desprecios, a sospechar que cuando hay arrogancia hay doble vida. Y no falla casi en ningún caso: el vecino religioso que se pasea abrazado de su querida, durante sus vacaciones anuales, hace 30 años que les veo. El todopoderoso director diocesano que te trata como a una sirvienta y hoy está acusado de abusos a niños y retirado del ministerio sacerdotal. El rígido que cuando, para pagarnos estudios, limpiábamos sus habitaciones, salían revistas porno al mover algún mueble. El gran párroco predicador de éxito que vivía con su pareja en una subvivienda construida con toda clase de lujo desde la sacristía… ¿sigo? La religiosa que tuvo que empujar con fuerza al cura que la quería abusar, porque decía que era la única de la comunidad que se le resistía, en África.

Modos de saludar de algunos ordenados, incluidos diáconos “pero vosotras, ¿quiénes sois?, ¿qué queréis?, ¿ya habéis ido al obispo?”, “no vais a quitarnos a la gente”

Todo empieza en nuestra experiencia. Si alguien valora tanto el poder y el dinero es porque no ha descubierto el valor de su vida y tiene que buscar afuera lo que no descubre dentro.

La tarea es descomunal, todo empieza en la experiencia. Si Hitler hubiera experimentado el Amor, la historia sería diferente. Si los obispos y cardenales, experimentaran el Amor, no se darían esos escándalos y abusos que con arrogancia nos han ocultado, y a las mujeres nos siguen tratando como a seres inferiores y no tienen idea del descalabro causado y que siguen causando.

El tema de la mujer no es un tema. Estamos hartas de que nos traten como a temas a debatir, como hasta donde pueden “ellos” dejarnos hacer. Es tan ridículo como habitual, y así seguimos. Como las mujeres maltratadas que tan pronto denuncian al maltratador como retiran la denuncia…cada vez que apoyamos el sistema injusto, de abuso y explotación en que se ha convertido la institución, es como retirar la denuncia.

“Dominar” es la tentación del débil. Deriva en un controlar y que no me controlen; decir y que no me digan…y no va con género. Repetimos esquemas, fuí dominada, reproduzco el esquema…o no.

Aquí entra Jesús “Mujer, quedas libre de tu enfermedad”, parafraseando diría, “que lo femenino sea liberado en ti, porque eres hijx de Abrahán” y así, poco a poco, el dolor se integra, la humillación se perdona, pero no se permite.

La encorvada hoy enderezada, camina tranquila con su Dios y con las comunidades que, lentamente van surgiendo del humus de la vida y del evangelio, con sencillez y realismo, el eje se recoloca.

Algo así como volver a nacer. Así es la experiencia de ser enderezada. Deseo esta experiencia a cada ser humano. Y si así ocurriera, todo, absolutamente todo sería diferente y las prioridades estarían en orden.

Magda Bennásar Oliver, sfcc

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¿Por qué mataron a Jesús? ¿Por qué mueren como él millones de inocentes? (violencia, envidia, poder del sistema).

viernes, 5 de noviembre de 2021
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bajarcruzpobresDel blog de Xabier Pikaza:

En el contexto del día de los difuntos (2.11.1) quiero evocar la razón de la muerte de Jesús, situando en ese contexto la muerte de miles de personas, que mueren como él, por causa de la violencia del sistema, de la envidia y del deseo de poder de los poderosos.

Los responsables de la muerte de Jesús (Pilato y Caifas, sacerdotes e incluso Pedro con otros discípulos, Judas…) han sido unos hombres normales, pero representantes de un sistema de violencia que necesitan matar o dejar que unos mueran para que funcione el sistema [1].

Los que hicieron morir a Jesús no eran peores que los otros: ni Pilato era perverso, ni los sacerdotes eran corruptos (aunque defendían su sistema). Herodes y Pilato, sacerdotes y soldados, verdugos y enterradores, eran personajes normales que defendían los intereses de su ley. No le mataron porque fueran peores, sino porque formaban parte de aquel “sistema” y para seguir viviendo aquel sistema necesitaba matar a gente como Jesús. Las causas por las que murió Jesús son las mismas por las que siguen muriendo actualmente miles de personas cada día[2].

1.Le mató el sistema, murió por fidelidad a su mensaje

Por fidelidad a su proyecto mesiánico, Jesús tuvo que contar con la posibilidad de su muerte y aceptarla. Anunció y preparó la llegada del Reino de Dios, poniéndose al servicio de los pobres y excluidos, y de esa forma subió a Jerusalén, para anunciar y promover con su vida la llegada del Reino. El reino de Dios no llegó de manera externa, pero sus adversarios tuvieron miedo, y le condenaron a muerte.

Por anunciar y poner en marcha un proyecto de Reino de Dios, de humanidad solidaria y abierta a todos,  en contra de un tipo de templo de Jerusalén y por encima del Imperio de Roma (pero sin lucha militar, ni contra Jerusalén, ni contra Roma), Jesús se puso de hecho en conflicto con la doble autoridad “sagrada”, la del templo concreto (con su guardia paramilitar) y la de Roma (con sus legiones) y tuvo que dejarse condenar a muerte, pues, si quería ser fiel a sí mismo, no podía responder con violencia a los violentos, y si quería ser fiel al Reino de Dios no podía volverse atrás, esperando mejores tiempos, pues el kairos o tiempos de Dios ya había llegado (cf. Mc 1, 14-15; Gal 4, 4).

Así murió, por fidelidad a su proyecto de Reino (un proyecto totalmente humano, siendo plenamente “divino”, si se permite utilizar un lenguaje), pues no quiso volverse atrás, sino que vino a presentarlo de manera pública, desafiante y amorosa en el lugar más peligroso del mundo, que era entonces Jerusalén. Murió “asesinado” (se suele decir “ajusticiado”) por la justicia del sistema, que en el fondo le tenía miedo (cf. Mc 14, 1-2; Jn 11, 47-53). Murió “bajo Poncio Pilato”, como dicen los testimonios del Nuevo Testamento y los escritores antiguos, pero no le mató Pilato (que sería un hombre “malo” o corrupto), sino el sistema imperial que él representaba. Murió también, como sabe el Nuevo Testamento y ratifica Flavio Josefo (Ant 18, 63-64) por complicidad de los sumos sacerdotes del templo, no porque ellos fueran tampoco “malos o corruptos”, sino porque defendían su sistema sagrado.

Le mató el sistema, y así murió por los pecados de los hombres, es decir, de todos los hombres que forman parte del sistema, entendido ya de un modo “mundial”, pues Jerusalén y Roma son potencialmente “todo el mundo”. En ese sentido se dice que murió por nuestros pecados, como ratifica Pablo (1 Cor 15, 3-8), conforme a una sentencia que puede y debe entenderse de dos formas que son complementarios.

(a) Murió porque “los hombres le matamos”, es decir, le mataron los “jefes” del sistema, que ha cometido de esa forma el gran pecado (pecado original o universal), pecado “primero y final”, propio Adán, es decir, de la humanidad (cf. Rom 5): Ha venido el Hijo de Dios y le hemos matado.

(b) Murió porque él mismo se “entregó”, porque dio su vida por el Reino, es decir, por lo demás, como sabe Pablo y como expresan de forma ejemplar los textos eucarísticos (Mc 14, 22-24 par) y el gran “logion” de Mc 10, 45: «El Hijo del Hombre no venido a que le sirvan, sino a servir y dar su vida como “rescate” por muchos, es decir, por todos».

Por fidelidad al evangelio, en contra del sistema que domina sobre todos (todo y partes), proclamó Jesús la grandeza de Dios, que es amor infinito que vive y crea gratuitamente, amando a los más pobres. Externamente hablando, apenas cambió nada: siguió imponiéndose el sistema (en forma helenista o romana, política o sagrada), siguió habiendo disputa entre las partes del sistema (poderes políticos, económicos, nacionales…), continuó aplicándose una justicia que se expresa como equilibrio entre poderes violentos y parciales. Y sin embargo, él había sembrado una semilla de gracia por encima de la lucha universal del sistema, iniciando un tipo distinto de presencia creadora, una mutación gratuita de la vida humana, en línea de presencia de Dios y de superación del sistema de violencia.

Parecíamos condenados a una ley social y sacral que nos encierra en la cárcel de hierro del todo o en la lucha sin fin entre sus partes. Pues bien, superando ese nivel, Jesús nos ha dicho que podemos vivir como seres autónomos y libres, compartiendo una gracia de amor (un amor gratuito, una esperanza de vida) que es de Dios siendo humana. Nos ha dicho y ha mostrado que podemos “curarnos” de la enfermedad del miedo y la violencia y por eso ha subido a Jerusalén, el lugar adecuado y necesario, para pregonarlo.

Ésta es su mutación antropológica: el nuevo poder que Jesús nos ha ofrecido, de manera que ya no nacemos de la carne y de la sangre, sino del mismo Dios, como hijos suyos (cf Jn 1, 12-13). No somos esclavos de Dios (ni de un sistema superior), ni guerreros de una lucha sin fin entre partes enfrentadas (en talión del juicio), pues el mismo Dios nos hace infinitos en su gracia y por gracia podemos compartir nuestra vida, que es Vida de Dios[3].

Este es el experimento Jesús, que él ha ratificado con su muerte, en forma de “fracaso inmediato” (le han matado), pero que ha culminado en forma de “resurrección”: los cristianos han descubierto que este Jesús muerto (¡precisamente el Jesús al que han matado por creer lo que creía!) es revelación y presencia de Dios, es principio de una nueva humanidad, es decir, del Reino.

Hasta ahora, los hombres sólo conocían el poder del todo que se impone por arriba o de las partes que se combaten mutuamente en lucha sin fin, sostenido e impulsada por los varios “dioses” parciales de tribus, pueblos e imperios. Ahora ha surgido y se expande un tipo de no-poder, anunciado y esperado desde antiguo, la creatividad infinita de Dios y la gracia compartida de los hombres, la Presencia creadora del Padre, que anima y acoge a Jesús en su muerte (haciéndole semilla pascual de humanidad).

Ésta es la semilla que Jesús ha sembrado en toda clase de tierras (camino, pedregal, espinas, campo bueno…), pues puede germinar en todas ellas (cf. Mc 4), el grano de trigo que ha muerto (12, 14), para producir gran fruto. Es el germen de la nueva humanidad mesiánica que no vendrá sólo al final (en gesto impositivo), sino que ha venido ya en Jesús y se expande por sus discípulos, superando así la imposición de los poderes viejos que dominan sobre el mundo.

Jesús no se ha enfrentado de un modo militar a esos poderes: no ha querido disputarles ninguna parcela de dominio en clave de batalla. Pero ellos se han sentido amenazados y en nombre del sistema le han matado, y lo han hecho precisamente porque él no quería matar, superando con su vida y mensaje la violencia de los hombres de su entorno. Ésta es la paradoja: no buscaba el poder de nadie y sin embargo todos los poderes se han juntado y le han matado porque «no era de los suyos»: No pudieron soportar a un hombre que no quiso hacerles competencia, pero que les iba diciendo lo que eran, para que pudieran conocerse (y no quisieron).

 2.Murió por envidia de los sacerdotes (Mc 15, 10; Jn 11, 50).

 Estrictamente hablando, Jesús no ha venido a resolver los problemas de Roma (ni a combatir a los romanos), sino a cumplir las profecías de Israel, a implantar el Reino de Dios desde Jerusalén en todo el mundo. Pues bien, según los evangelios,  la “tragedia” no está en que Roma haya rechazado a Jesús (¡Jesús no vino a convertir directamente a Roma!), sino en que le haya rechazado Israel, pues Jesús vino a “convertir” a Israel, según las profecías (y después, convertido Israel, el Reino podría extenderse por ósmosis y testimonio creador, en línea de misión centrípeta y centrífuga, a todo el mundo). Leer más…

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Gonzalo Haya: Lo que creo que creo (II).

miércoles, 3 de noviembre de 2021
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     rosto-de-jesus-na-multidao       Hace más de diez años publiqué un librito titulado Lo que creo que creo [Fe Adulta] en el que recogía diversos artículos que iban marcando mi revisión de la teología y de la espiritualidad, con más atención y tiempo tras la jubilación del trabajo.

Ahora, cumplidos los 90 años, la reunión con antiguos compañeros me da pie para ver adónde me ha llevado esta revisión. Seré más conciso y sólo apuntaré cómo interpreto las creencias fundamentales de mi religión cristiana, sin extenderme a justificarlos filosófica o teológicamente.

Dios. Creo en un Dios “transpersonal”, título confuso que viene a decir que lo considero con caracteres personales (conocimiento, amor, decisiones) pero no como individuo. Individual es un coche o una persona, porque son separados  e independientes de otro coche y de otra persona. Dios no es individual porque no es un ser separado de nosotros, sino el ser que nos constituye de tal manera que la separación significaría nuestro aniquilamiento.

Creo muy probable la teoría de la no-dualidad. Pertenecemos a la esfera divina, al amor; aunque nos encontramos en un estado diferente, sometidos al tiempo y el espacio; como el corpúsculo respecto a la onda, como el hielo respecto al agua, con características y leyes (constantes) distintas.

Creo en el Dios de Jesús, pero interpretado con la filosofía y cultura actual. Puedo considerar a Dios como Padre, porque es amor; pero evito considerarlo como individuo separado de mí y del universo. Entiendo mejor a Dios como espíritu, porque es inseparable del universo, al que transmite la vida y el ser.

Creo que este Dios Espíritu influye en el universo y en la historia humana (en la medida en que le dejamos influir), no de una manera directa pero sí ejerciendo una influencia en la conciencia como los padres o los amigos influyen en nosotros.

Jesús de Nazaret. Es un gran profeta con una intensa experiencia mística, hasta tal punto que podemos considerarlo como “el rostro humano de Dios”. Podemos decir también que es Dios, porque todos nosotros somos manifestaciones de Dios, aunque más o menos desfiguradas. Jesús nos transmitió una visión de Dios como padre (como amor), y de toda la humanidad como seres iguales y hermanos, y arriesgó su vida por difundir el Reino de Dios (el proyecto de Dios). Y yo quiero seguir a Jesús y su proyecto.

Espiritualidad. Es una vivencia inherente a todo ser humano, anterior a cualquier religión, y de mayor amplitud que cualquier religión, que solamente logra encauzarla y socializarla. La espiritualidad es propia del ser racional (inteligencia racional e “inteligencia sentiente”), y se manifiesta en el razonamiento lógico, en la conciencia ética, en la percepción de la belleza, y en la apertura a la trascendencia de algo infinito, inabarcable e indecible en nuestros limitados conceptos.

El cristianismo. Es una organización religiosa humana basada en el mensaje de Jesús, recogido (más o menos fielmente) en los evangelios y en los testimonios de sus inmediatos seguidores. Esta organización pretende adaptar y socializar la práctica del mensaje de Jesús en una sociedad universal, en tiempos  lugares y cultura muy distintas, como han hecho otras organizaciones con los mensajes de sus místicos fundadores. Lamentablemente, con el tiempo, estas organizaciones van perdiendo el carisma de su fundador y se van contaminando con los egoísmos propios de todo ser humano (nuestro instinto de conservación).

Dogmas, preceptos, y ritos. Toda institución social se basa en unas creencias, se disciplina con unas normas de convivencia, y expresa sus sentimientos con unos rituales comunes. La diversidad de los participantes, la complejidad de los razonamientos, y la variedad de situaciones, tienden a la dispersión; como reacción, para mantener la cohesión, la institución impone normas preceptos y ritos, cada vez más estrictos. Sin embargo la verdadera cohesión tiene que venir de la vivencia del carisma fundacional, no de la imposición autoritaria de normas cada vez más restrictivas de la libertad y de la autonomía humana. Y para volver al carisma fundacional, volvamos a los evangelios, a una lectura personal, sentida y vital.

Pecado. Es toda manifestación de nuestro egoísmo que trata de imponerse contra los intereses y necesidades de los demás. Puede ser grave o leve, ya sea por el daño objetivo que causa o por la intención de quien lo comete.

Infierno. Un castigo eterno es incompatible con un Dios amor. Jesús utilizó el lenguaje pedagógico de los profetas para un pueblo infantil con el objetivo de evitar, al menos por temor, el daño causado a los indefensos (¡la rueda de molino!) y para hacer ver la gravedad del delito. Además la resurrección inicialmente se concibió como premio o compensación a la fidelidad de los mártires y al sufrimiento de los marginados; por el contrario el castigo sería la no resurrección, la muerte completa.

Salvación. Es la plena identificación con la divinidad que somos. Algunos la han experimentado brevemente en un “encuentro tangencial con la eternidad”, todos la pregustamos de alguna manera en el amor, y la obtendremos plenamente cuando rebasemos el espacio y el tiempo; como “la muñeca de sal que se adentró en el mar”.

Conciencia. Es el Tribunal supremo de nuestras decisiones, la voz de Dios, la Presencia de Dios en nosotros; pero frecuentemente esa voz sufre las interferencias de nuestros egoísmos, que a veces llegan a sofocarla totalmente, o incluso a suplantarla. Para limpiar esas interferencias, la conciencia debe confrontar sus decisiones con algún referente ético (una persona o una comunidad; para un cristiano es Jesús de Nazaret) y con los Signos de los tiempos, expresión de una conciencia universal.

Estas reflexiones son, por ahora, la mejor explicación que tengo en la penumbra de mi fe en el-la-lo trascendente. Personalmente, como cristiano, me considero heredero del proyecto de Jesús, y me pregunto en qué medida he contribuido a la malversación de esta herencia, y qué puedo hacer para vivir y reavivar este proyecto.

Gonzalo Haya

gonzalohaya@telefonica.net

Fuente Atrio

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Martes 02 de Noviembre de 2021. Fieles Difuntos

martes, 2 de noviembre de 2021
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Job 19,1.23-27a

Yo sé que está vivo mi Redentor

Respondió Job a sus amigos:

“¡Ojalá se escribieran mis palabras, ojalá se grabaran en cobre, con cincel de hierro y en plomo se escribieran para siempre en la roca! Yo sé que está vivo mi Redentor, y que al final se alzará sobre el polvo: después que me arranquen la piel, ya sin carne, veré a Dios; yo mismo lo veré, y no otro, mis propios ojos lo verán.”

***

Salmo responsorial: 24

A ti, Señor, levanto mi alma.

Recuerda, Señor, que tu ternura
y tu misericordia son eternas;
acuérdate de mí con misericordia,
por tu bondad, Señor. R.

Ensancha mi corazón oprimido
y sácame de mis tribulaciones.
Mira mis trabajos y mis penas
y perdona todos mis pecados. R.

Guarda mi vida y líbrame,
no quede yo defraudado de haber acudido a ti.
La inocencia y la rectitud me protegerán,
porque espero en ti. R.

***

Filipenses 3,20-21

Transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso

Hermanos:

Nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo.

***

Marcos 15,33-39;16,1-6

Jesús, dando un fuerte grito, expiró

Al llegar el mediodía, toda la región quedó en tinieblas hasta media tarde. Y, a la media tarde, Jesús clamó con voz potente:

-“Eloí, Eloí, lamá sabaktaní“. (Que significa: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”)

Algunos de los presentes, al oírlo, decían:

-“Mira, está llamando a Elías.

Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber, diciendo:

-“Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo.”

Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo:

-“Realmente este hombre era Hijo de Dios.”

[Pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago, y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Y muy temprano, el primer día de la semana, al salir el sol, fueron al sepulcro. Y se decían unas a otras:

“¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?

Al mirar, vieron que la piedra estaba corrida, y eso que era muy grande. Entraron en el sepulcro y vieron a un joven sentado a la derecha, vestido de blanco. Y se asustaron. Él les dijo:

-“No os asustéis. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado. Mirad el sitio donde lo pusieron.”]

***

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“En las manos de Dios”. 2 de noviembre de 2021. Conmemoración de los difuntos. Marcos 5, 33-39; 16,1-6

martes, 2 de noviembre de 2021
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jesus-abrazo-2Los hombres de hoy no sabemos qué hacer con la muerte. A veces, lo único que se nos ocurre es ignorarla y no hablar de ella. Olvidar cuanto antes ese triste suceso, cumplir los trámites religiosos o civiles necesarios y volver de nuevo a nuestra vida cotidiana.

Pero tarde o temprano, la muerte va visitando nuestros hogares arrancándonos nuestros seres más queridos. ¿Cómo reaccionar entonces ante esa muerte que nos arrebata para siempre a nuestra madre? ¿Qué actitud adoptar ante el esposo querido que nos dice su último adiós? ¿Que hacer ante el vacío que van dejando en nuestra vida tantos amigos y amigas?

La muerte es una puerta que traspasa cada persona en solitario. Una vez cerrada la puerta, el muerto se nos oculta para siempre. No sabemos qué ha sido de él. Ese ser tan querido y cercano se nos pierde ahora en el misterio insondable de Dios. ¿Cómo relacionarnos con él?

Los seguidores de Jesús no nos limitamos a asistir pasivamente al hecho de la muerte. Confiando en Cristo resucitado, lo acompañamos con amor y con nuestra plegaria en ese misterioso encuentro con Dios. En la liturgia cristiana por los difuntos no hay desolación, rebelión o desesperanza. En su centro solo una oración de confianza: “En tus manos, Padre de bondad, confiamos la vida de nuestro ser querido”

¿Qué sentido pueden tener hoy entre nosotros esos funerales en los que nos reunimos personas de diferente sensibilidad ante el misterio de la muerte? ¿Qué podemos hacer juntos: creyentes, menos creyentes, poco creyentes y también increyentes?

A lo largo de estos años, hemos cambiado mucho por dentro. Nos hemos hecho más críticos, pero también más frágiles y vulnerables; somos más incrédulos, pero también más inseguros. No nos resulta fácil creer, pero es difícil no creer. Vivimos llenos de dudas e incertidumbres, pero no sabemos encontrar una esperanza.

A veces, suelo invitar a quienes asisten a un funeral a hacer algo que todos podemos hacer, cada uno desde su pequeña fe. Decirle desde dentro a nuestro ser querido unas palabras que expresen nuestro amor a él y nuestra invocación humilde a Dios:

“Te seguimos queriendo, pero ya no sabemos cómo encontrarnos contigo ni qué hacer por ti. Nuestra fe es débil y no sabemos rezar bien. Pero te confiamos al amor de Dios, te dejamos en sus manos. Ese amor de Dios es hoy para ti un lugar más seguro que todo lo que nosotros te podemos ofrecer. Disfruta de la vida plena. Dios te quiere como nosotros no te hemos sabido querer. Un día nos volveremos a ver“.

José Antonio Pagola

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“Transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso”. 2 de noviembre de 2021. Conmemoración todos los Difuntos

martes, 2 de noviembre de 2021
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CrossofLGBTQMartyrs800pxCruz “mártires gays

Leído en Koinonia:

Job 19,1.23-27a: Yo sé que está vivo mi Redentor.
Salmo responsorial: 24: A ti, Señor, levanto mi alma.
Filipenses 3,20-21: Transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso.
Marcos 15,33-39;16,1-6: Jesús, dando un fuerte grito, expiró

El tema de la «vida eterna» no es un tema tan claro e intocable como en el ámbito de la fe tradicional nos ha parecido. Buena parte de la reflexión teológica renovadora actual está pidiendo replantear nuestra tradicional visión al respecto, la que habíamos aceptado con ingenuidad cuando niños, y que mantenemos ahí como guardada en el frigorífico del subconsciente, y que no nos atrevemos a mirar de frente.

 A la luz de lo que hoy sabemos, no es fácil, en efecto, volver a profesar en plenitud de conciencia lo que tradicionalmente hemos creído: que somos un «compuesto de cuerpo y alma», que el alma la ha creado Dios directamente en el momento de nuestra concepción, y que como tal es inmortal; que la muerte consiste en la «separación de cuerpo y alma», y que en el momento de la muerte Dios nos hace un «juicio particular» en el que nos juzga y nos premia con el cielo o nos castiga con el infierno, con lo que ya sabemos tradicionalmente de estas dos imágenes. No resulta fácil hablar de estos temas, ni siquiera con nosotros mismos, en la soledad de nuestra conciencia frente a la esperada hermana muerte. Pero es conveniente hacerlo. La teología está asumiendo este desafío. Citamos sólo tres obras:

– Roger LENAERS, Otro cristianismo es posible, colección «Tiempo axial», Abya Yala (www.abyayala.org), Quito, Ecuador, 2007, con un capítulo expreso sobre el más allá, la vida eterna. El libro está puesto en internet y es muy recomendable como manual de texto para un grupo de formación que quiera actualizar su fe con valentía. Puede tomarse libremente, por capítulos (http://2006.atrio.org/?page_id=1616).

– También, John Shelby SPONG, Ethernal Life. A new vision, HarperCollins, 2010, 288 pp, publicado en español por la editorial Abya Yala de Quito, en su colección «Tiempo axial» (tiempoaxial.org).

– Hace ya unos 30 años Leonardo BOFF publicó su libro sobre escatología: «Hablemos de la otra vida» (Sal Terrae, que sigue reeditándolo actualmente; y está en la red, por cierto). Es una visión de los temas escatológicos desde una filosofía actualizada y desde una espiritualidad liberadora.

Los tres son muy recomendables, tanto para la lectura/estudio/oración personal, como para tomarlos como un manual de base para un cursillo de formación/actualización de nuestra fe en este ámbito de temas.

 • La fiesta de los fieles difuntos es continuación y complemento de la de ayer. Junto a todos los santos ya gloriosos, queremos celebrar la memoria de nuestros difuntos. Muchos de ellos formarán parte, sin duda, de ese «inmenso gentío» que celebrábamos ayer. Pero hoy no queremos rememorar su memoria en cuanto «santos» sino en cuanto difuntos.

Es un día para hacer presente ante el Señor y ante nuestro corazón la memoria de todos nuestros familiares y amigos o conocidos difuntos, que quizá durante la vida diaria no podemos estar recordando. El verso del poeta «¡Qué solos se quedan los muertos!», expresa también una simple limitación humana: no podemos vivir centrados exhaustivamente en un recuerdo, por más que seamos fieles a la memoria de nuestros seres queridos. Acabamos olvidando de alguna manera a nuestros difuntos, al menos en el curso de la vida ordinaria, para poder sobrevivir.

Por eso, este día es una ocasión propicia para cumplir con el deber de nuestro recuerdo agradecido. Es una obra de solidaridad el orar por los difuntos, es decir, de sentirnos en comunión con ellos, más allá de los límites del espacio, del tiempo y de la carne.

 • En algunos lugares, la celebración de este día puede ser buena ocasión para hacer una catequesis sobre el sentido de la «oración de petición respecto a los difuntos», para la que sugerimos esquemáticamente unos puntos:

-el juicio de Dios sobre cada uno de nosotros es sobre la base de nuestra responsabilidad personal, no en base a otras influencias (como si la eficacia de la oración de intercesión por los difuntos pudiera actuar ante Dios como “argolla, enchufe, recomendación, padrino, coima…”);

-Dios no necesita de nuestra oración para ser misericordioso con nuestros hermanos difuntos…; nuestra oración no añade nada al amor infinito de Dios, en cierto es innecesaria;

-no rezamos para cambiar a Dios, sino para cambiarnos a nosotros mismos;

-la «vida eterna» no es una prolongación de nuestra vida en este mundo; la «vida eterna», como todo el resto del lenguaje religioso, es una metáfora, que tiene contenido real, pero no un contenido “literal-descriptivo”. Leer más…

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2.11.21 Día de Ánimas. El purgatorio no es un dogma separado de Cristo, sino un elemento esencial su pascua

martes, 2 de noviembre de 2021
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imagesDel blog de Xabier Pikaza:

Es un tema del que se viene dialogando desde hace más de sesenta años y en esa línea quiero seguir reflexionando en este tiempo en que muchos parecen dudar de su existencia y, lo que peor, añaden que no importa lo que sea, corriendo así el riesgo de pasar por alto un elemento importante del kerigma y de la vida del cristiano.

No es un dogma puramente antropológico que pueda desligarse  del misterio pascual de Jesús, sino un momento radical de ese misterio,  tal como ha sido formulado por el el credo de los apóstoles, cuando dice que Jesús  “descendió a los infiernos” (al purgatorio), para compartir la suerte de los muertos, liberándolos de la destrucción eterna (un tema sobre el que ha reflexionado de un modo especial H.Urs von Balthasar, en su estudio sobre el Triduo Pascual, publicado en MS).

No es un dogma aislado,  que pueda separarse de los otros, sino un momento esencial de la encarnación redentora (pascual) de Cristo que “descendió a los infiernos” para acompañar y liberar a los que “esperaban” (=esperan) su santo advenimiento. Así lo entendió la iglesia antigua y lo sigue entendiendo la de Oriente, que no ha necesitado nunca ni necesita un dogma separado sobre el purgatorio (pues su tema queda integrado en la pascua-resurrección de Cristo).

Es un dogma vinculado a la culminación de la experiencia humana en Cristo, como indicarán las reflexiones que siguen.

Introducción

             El dogma de fondo no son las almas/ánimas que necesitan ser purgadas o sacadas de un tipo de cárcel penitencial, sino Cristo que se ha encarnado (=sigue encarnándose) en la historia de amor y dolor, de vida y muerte de los hombres. Ciertamente, la devoción cristiana ha representado con mucho amor (y a veces con cierto tenebrismo) la cuestión del purgatoria.

     Es bellísima la imagen de la Virgen sacando almas del purgatorio. Es importante la devoción a las almas del purgatorio con quien muchos se mantienen unidos en oración, la comunión eucarística con ellos, la apelación a la Indulgencia de Dios (no a las indulgencias con días particulares etc. etc.).

Pero eso son detalles secundarios. El dogma es Cristo (=Dios encarnado) que vive en los hombres, asumiendo su historia, una historia en marcha, en la que vivos y difuntos nos mantenemos (=estamos comprometidos) de modos distintos en la “marcha” de la vida.

   Eso significa que el camino de vida de los difuntos no ha terminado todavía, pues formamos todos un “cuerpo” en marcha, en comunión de gracia y amor, hasta la plena reconciliación (la plenitud del Reino, cuando el Dios de Cristo sea todo en todos (1 Cor 15, 28)

Un purificatorio

Según la teología tradicional, purgatorio (en sentido figurado) es el «purificatorio», que no se entiende como «tiempo» sino como proceso de transformación creyente (nos atrevemos a decir «cristiana») de aquellos que han muerto sin hallarse aún preparados para alcanzar la bienaventuranza de Dios (=que no han llegado aún a la meta de la vida en Dios, que es la parusía plena de Jesús, la resurrección de todos los muertos).

Lo que llamamos purgatorio no es algo que se aplica sólo a las almas separadas, ni tiene un sentido puramente medicinal, como el de las purgas que se empleaban antiguamente para curar a un tipo de enfermos de cuerpo. De un modo semejante,, los enfermos de alma, necesitarían una purificación espiritual, a fin de limpiarse por dentro, para así recibir el amor de Dios y responderle igualmente en amor, amando a los demás hombres y mujeres, llegando de esa forma al cielo.

Por eso, más que de purgatorio e incluso de purificatorio, habría que hablar de amatorio, es decir, de aprendizaje y experiencia de amor, pues quien no ha conseguido amar o recibir en gratuidad el amor de Dios en Dios no está preparado para responderle en amor. Es, por tanto, una escuela de amor, donde el símbolo del fuego no emplea en clave de castigo, sino de creatividad de amor.

De todas formas, la Iglesia Católica no ha logrado explicar plenamente el purgatorio/amatoria, de manera que, en general, las iglesias protestantes se oponen a su visión del tema, negando incluso la existencia del purgatorio. Pero muy posiblemente esa oposición protestante se dirige a un tipo de «mercado» del purgatorio (¡misas por los difuntos, en sentido casi comercial!) más que a la visión recta del tema.

              Sea como fuere, el purgatorio forma parte de la experiencia más honda de la vida humana: Los muertos siguen de algún modo viviendo, tienen una función muy importante en nuestra vida. No son simplemente “di-funtos” (de-functi: los que no tienen ya ninguna función que cumplir)… Sino que su función consiste en mantener nuestro pasado. Por ellos somos, ellos definen de alguna manera lo que podemos ser; y nosotros, los que aún vivimos, seguimos manteniendo en vida a los difuntos, esperando la utopía de la nueva humanidad, de la vida de todos los que han muerto.

  Estrictamente hablando, el símbolo del purgatorio no aparece en la Biblia, aunque se conocen y aceptan en ella las oraciones por los difuntos, como aparece no sólo en 2 Macabeos 12, 43-46 (que es el texto clásico sobre el tema), sino en el conjunto de la piedad israelita y cristiana. En esa misma línea se puede entender un pasaje de Pablo (1 Cor 15, 29), donde se habla de aquellos que se “bautizan” (es decir, se purifican) por los muertos.

Pero más que en unos textos aislados, la experiencia y teología del purgatorio ha de entenderse desde la visión completa de la fe cristiana, que es una fe en la vida, en la transformación y resurrección de los creyentes, es decir, de todos los hijos de Dios, por medio de Jesús. En ese sentido, creo que el purgatorio forma parte del proceso de muerte y resurrección de los hombres en Cristo, para integrarse en el camino de su salvación, para resucitar con él (desde Dios) a la vida eterna (que es Dios Todo en todos). Ese es el principio de purgatorio, la afirmación de que la «vida» de los creyentes no termina con la muerte, sino que se abre en y por ella al despliegue de la luz/amor de Dios   Una historia y realidad compleja

El purgatorio puede vincularse con las “pruebas de purificación” que aparecen en diversas religiones: ellas son como pasos que el novicio o candidato a la madurez debe superar, a fin de alcanzar la perfección y adquirir de esa manera el conocimiento perfecto del misterio y la integración en el grupo de los purificados.

a. Cárcel penitencial. El purgatorio tras la muerte se ha comparado con una cárcel temporal, donde los delincuentes expían por los pecados que han cometido y se purifican, con el fin de integrarse de nuevo en la sociedad, viviendo en ella en una situación de limpieza. Entendida así, la cárcel responde no sólo a la justicia del «talión» (cada uno debe “pagar” por lo que ha hecho), sino también a una exigencia de maduración personal.

Los hombres, especialmente aquellos que son reos de una determinada culpa, tienen que compensar por el mal que han realizado y alcanzar de esa manera la madurez personal que se necesita para vivir en situación de libertad; no es una cuestión de justicia exterior, sino de plenitud interna.

b. Purgatorio tras la muerte. Aparece básicamente como una interpretación teológica de la necesidad de purificación de aquellos que han muerto sin haber logrado una pacificación interior y una maduración personal.

Las religiones de la interioridad (hinduismo, budismo) tienden a interpretar esta necesidad de purificación a través de la doctrina de las reencarnaciones: los espíritus que no han llegado a estar pacificados y no han alcanzado su nivel de perfección, tienen que volver a introducirse en los ciclos de la vida, para así purificarse, hasta alcanzar el estado de inmersión total en lo divino (o en lo nirvana).

Por el contrario, los cristianos católicos han desarrollado la doctrina del purgatorio como medio de purificación individual (para cada hombre o mujer) y lo han concebido como un estado de vida intermedia entre este mundo y el cielo. Los que mueren en estado de imperfección no nacen de nuevo en la tierra, ni van directamente al “cielo” (ni son destruidos para siempre, como los posibles condenados del → infierno), sino que han de ser “purificados” tras la muerte, en un tipo de vida intermedia, que tiene precisamente esa función purgativa de limpieza.

c. Culto a las almas del purgatorio. Es de doble tipo, conforme a la doctrina de la “comunión de los santos”, que vincula a las tres “iglesias”: militante (de la tierra), purgante (del purgatorio) y triunfante (de los que han alcanzado el cielo, culminando de esa forma su camino de lucha).

La visión de esa iglesia purgante, cuyos miembros difuntos (almas del purgatorio) pueden orar por los vivos de la iglesia militante y recibir la ayuda que ellos les ofrezcan (especialmente a través del sacrificio de la misa) ha formado una parte esencial de la piedad católica de la Edad Media y Moderna.

Ese culto por las almas del purgatorio se ha realizado, según eso, en una doble dirección: los vivos han rogado por los muertos (para que culmine su purificación y salgan del purgatorio, triunfando en la vida superior del cielo); los difuntos del purgatorio han rogado por los vivos, protegiéndoles en los diversos peligros de la vida.

Disputa sobre el purgatorio. Un poco de protesta.

Está vinculada, sobre todo, con las formas externas de culto a las almas del purgatorio y, en especial, con las indulgencias. Fue una disputa que nació en torno al siglo XIII y culminó en el siglo XVI, con la crítica de los protestantes y las declaraciones del Concilio de Trento.

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