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21.11.21.Domingo de Cristo Rey. Pilato le preguntó: ¿Eres el rey de los judíos? Jesús respondió: Para eso he nacido y he venido al mundo; para ser testigo de la verdad (Jn 18, 33-37).

domingo, 21 de noviembre de 2021
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0BE201FB-A8FF-480B-9374-20D457608119Del blog de Xabier Pikaza:

El texto es algo más complejo, pero esas son sus palabras centrales: El Reino de Dios consiste en decir/hacer la verdad. No se trata de expresar una verdad que ya existía fuera, en un tipo de cielo independiente de la tierra, sino de hacerse (ser-vivir) en verdad.

1) Muchos pensaron (y siguen pensando) que Jesús debería ser como David, Alejando, César o Napoleón: conquistador guerrero, creador de dinastía eterna de reyes triunfadores. Pero se equivocaban. Ni esos fueron reyes de verdad, ni Jesús fue rey por armas o dinero, sino por ser testigo de la verdad y así le mataron, pero fue y sigue siendo rey verdadero.

2) Así le presenta el evangelio de Juan como Cristo-rey ante Pilato, representante del César Augusto de Roma. Fue y sigue siendo Rey en el sentido más alto, en un mundo como el nuestro (año 2021) donde (en nombre de Dios, de la paz, del orden mundial, del capital o del progreso) se siguen inventando e imponiendo reinos de muerte, imposición y mentira. Un día como hoy se sigue crucificando  a muchos hombres y mujeres simplemente porque son testigos de la verdad, como Jesús.  

Juan 18, 33b-37

En aquel tiempo, dijo Pilato a Jesús: «¿Eres tú el rey de los judíos?» Jesús le contestó: «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?» Pilato replicó: «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?» Jesús le contestó:

«Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.» Pilato le dijo: «Conque, ¿tú eres rey?» Jesús le contestó: «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.»

Interpretación básica: soy rey. para eso he nacido y para eso he venido: para dar testimonio de la verdad ( jn 18, 37)

 Juan Bautista de Jerusalén había sido profeta del juicio de Dios, y así pensaba que este mundo debía pasar por el fuego (siendo destruido por el hacha y huracán), a fin de que surgiera después un mundo distinto, para un grupo pequeño de liberados (Mt 3, 1-10 par), el Reino de Dios. Augusto o Tiberio de Roma era entonces Rex, gran Basileus por imponer su dominio militar (imperium) sobre todo el mundo conocido.

 Jesús, en cambio, no anunció un como Bautista, ni conquistó un imperio con legiones como Augusto, sino que inició un programa de liberación por la verdad, anunciando y preparando así la llegada del Reino de Dios para todos los que buscan y aceptan la verdad (cf. Mc 1, 14-15).

La respuesta del Bautista era más fácil: Dios había fracasado con el mundo y debía destruirlo, para crear después uno distinto (con hombres limpios, ya purificados). La respuesta de César Augusto era más visible: Las legiones de su imperio se extendían por todos los caminos como testimonio de un imperio mundial, llamado a extenderse sobre el orbe de la tierra.

Jesús, en cambio, se atrevió a pregonar y anunciar la verdad (ser verdadero) ese un mundo que parecía condenado, para crear de esa manera el Reino de Dios que es la Verdad, desde los pobres y excluidos.

            De esa forma, en un mundo como aquel, obsesionado por pecados, faltas e impurezas, en un tiempo en que el templo de Jerusalén funcionaba como máquina de expiación y purificaciones, al servicio de la remisión de los pecados, dentro de un imperio obsesionado por perfeccionar su máquina militar, Jesús vino a presentarse como un hombre de Dios, había enviado para dar testimonio de la verdad, anunciando de esa forma la llegada de un Reino en el que todos los hombres y mujeres serían “reyes”, seres libres, abiertos a Dios, comunicándose entre sí, por amor y salud, en la la Verdad.

 Ciertamente, habló de la llegada del Reino, pero no en sentido de dominio económico, social o militar, sino de servicio mutuo, de establecimiento de la vedad por el amor. Por eso no vino anunciando una guerra apocalíptica, ni la destrucción de los perversos, sino sembrando humanidad, desde Galilea, ofreciendo a los enfermos, marginados y pobres la Palabra, pues otros se habían apropiado de ella, dejándoles sin nada, sin riqueza ni semilla humana. Quiso así que todos fueran reyes, en un Reino fundado en la verdad Dios y en la fraternidad entre los hombres.

No sabía de antemano la forma en que vendría ese Reino (ni qué día), pero estaba seguro de que había comenzado a revelarse, y que culminará muy pronto, desde Galilea, transformando a los artesanos y pobres, a los expulsados y enfermos de las aldeas de su tierra, que se convertirán en portadores de la Verdad de Dios.

No quiso ni pudo evocar sus detalles, pero estaba convencido de que el Reino estaba viniendo a través de campesinos, artesanos y pobres, a quienes él concibió como portadores de la verdad de Dios, para culminar así la obra de la creación (Gen 1). No fue a las ciudades mayores de Galilea (Séforis, Tiberíades) o de su entorno helenista (Tiro, Escitópolis, Gadara, Gerasa, Damasco), pues, aunque en ellas había muchos pobres, su núcleo dominante se hallaba pervertido, al servicio del poder.

Así inició su marcha entre las aldeas de Galilea, con la certeza de que Dios le enviaba a recoger y transformar a las “ovejas perdidas” (cf. Mt 10, 6), para iniciar con ellas un movimiento al servicio de la Verdad de Dios (que es el Reino), para Israel y para la humanidad entera.

 En esa línea debemos superar un gran malentendido, propio de aquellos que creen que el Reino de Dios vendría de repente, a través de algún tipo de estallido espectacular, como la descarga de un rayo que brilla en el horizonte y sacude la tierra de repente (cf. Mt 24, 27), sin que los hombres puedan hacer nada para impedirlo. Ciertamente, en un sentido, la llegada del Reino será como relámpago que alumbra y transforma de pronto el espacio y tiempo de los hombres. Pero en otro ha de entenderse como resultado de un proceso que habían puesto en marcha los profetas y que Jesús ha ratificado y acelerado con su vida, siendo testigo de la verdad de Dios.

Jesús no fue inventor de empresas productoras, ni organizó nuevos mercados laborales, como los que estaban imponiendo en aquel tiempo los magnates de Galilea, ni promotor de una alternativa política, pero hizo algo mucho más profundo y duradero: Inició desde (con) los pobres (enfermos, excluidos) de su entorno un camino de humanidad, es decir, de Reino de Dios, siendo así testigo de la verdad de Dios y de su vida entre los hombres.

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Domingo 34. Ciclo B. Fiesta de Cristo Rey

domingo, 21 de noviembre de 2021
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J026_PantocratorDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Como la Iglesia siempre va por sus caminos, el próximo domingo termina el año litúrgico, con más de un mes de anticipación al año civil. Los domingos posteriores los dedicaremos a preparar la Navidad (tiempo de Adviento) y a celebrarla. Pero ahora nos toca cerrar el año, y la Iglesia lo hace con la fiesta de Cristo Rey.

Motivo y sentido de la fiesta

No se trata de una fiesta muy antigua, la instituyó Pío XI en 1925. Por eso, cuando se buscan imágenes de Cristo Rey en Internet, aparece una serie de estampitas horribles, de pésimo gusto, en las que siempre lleva una corona en la cabeza. En cambio, el arte románico y el gótico, cuando representan a Jesús en majestad lo hacen como Maestro, con la mano derecha levantada en señal de enseñar, no como Rey.

            ¿Por qué quiso Pío XI subrayar este aspecto? Para comprenderlo hay que recordar la fecha de la institución de la fiesta: 1925. La Primera Guerra Mundial ha terminado hace siete años. Alemania, Francia, Italia, Rusia, Inglaterra, Austria, incluso los Estados Unidos, han tenido millones de muertos. La crisis económica y social posterior fue tan dura que provocó la caída del zar y la instauración del régimen comunista en Rusia en 1917; la aparición del fascismo en Italia, con la marcha sobre Roma de Mussolini en 1922, y la del nazismo, con el Putsch de Hitler en 1923. Mientras en los Estados Unidos se vive una época de euforia económica, que llevará a la catástrofe de 1929, en Europa la situación de paro, hambre y tensiones sociales es terrible.

            Ante esta situación, Pío XI no hace un simple análisis socio-político-económico. Se remonta a un nivel más alto, y piensa que la causa de todos los males, de la guerra y de todo lo que siguió, fue el “haber alejado a Cristo y su ley de la propia vida, de la familia y de la sociedad”; y que “no podría haber esperanza de paz duradera entre los pueblos mientras los individuos y las naciones negasen y rechazasen el imperio de Cristo Salvador”. Por eso, piensa que lo mejor que él puede hacer como Pontífice para renovar y reforzar la paz es “restaurar el Reino de Nuestro Señor”. Las palabras entre comillas las he tomado del comienzo de la encíclica Quas primas, con la que instituye la fiesta.

            La posible objeción es evidente: ¿se pueden resolver tantos problemas con la simple instauración de una fiesta en honor de Cristo Rey?, ¿conseguirá una fiesta cambiar los corazones de la gente? Los noventa años que han pasado desde entonces demuestran que no.

            Por eso, en 1970 se cambió el sentido de la fiesta. Pío XI la había colocado en el mes de octubre, el domingo anterior a Todos los Santos. En 1970 fue trasladada al último domingo del año litúrgico, como culminación de lo que se ha venido recordando a propósito de la persona y el mensaje de Jesús.

            Ahora, la celebración no pretende primariamente restaurar ni reforzar la paz entre las naciones sino felicitar a Cristo por su triunfo. Como si después de su vida de esfuerzo y dedicación a los demás hasta la muerte le concedieran el mayor premio.

Las lecturas

            La primera lectura, de Daniel, anuncia el triunfo del Hijo del Hombre, que recibe el poder y la gloria.

Yo seguía contemplando en las visiones de la noche: Y he aquí que en las nubes del cielo venía como un Hijo de hombre. Se dirigió hacia el anciano y fue llevado a su presencia. A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás.

            La segunda, del Apocalipsis, llama a Jesús “Príncipe de los reyes de la tierra”. Pero no se considera por encima de nosotros ni lejos de nosotros. “Nos ama y nos ha lavado con su sangre”, y nos hace compartir su dignidad convirtiéndonos en un “reino de sacerdotes”. Tras la desaparición de la monarquía judía, esta expresión significaba que el pueblo estaría regido por sacerdotes. El Apocalipsis lo enfoca de manera distinta: no exalta el poder de los sacerdotes, sino el carácter sacerdotal del pueblo de Dios.

Y de parte de Jesucristo, el Testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el Príncipe de los reyes de la tierra. Al que nos ama y nos ha lavado con su sangre de nuestros pecados y ha hecho de nosotros un Reino de Sacerdotes para su Dios y Padre, a él la gloria y el poder por los siglos. Amén. Mirad, que viene acompañado de nubes; todo ojo le verá, hasta los que le traspasaron, y por él harán duelo todas las razas de la tierra. Yo soy el Alfa y la Omega, dice el Señor Dios, Aquel que es, que era y que va a venir, el Todopoderoso.

            La tercera, del evangelio de Juan, ofrece una visión más crítica de la realeza. Es un auténtico interrogatorio, en el que Pilato formula cuatro preguntas; pero Jesús no es un acusado que se limita a responder. A la primera pregunta responde con otra pregunta casi insultante para un prefecto romano. A la segunda, “¿Qué has hecho?”, tampoco responde. Se remonta a la pregunta inicial de Pilato sobre si es el rey de los judíos, y se expresa de forma tan desconcertante, hablando de “un reino que no es de aquí”, que a Pilato no le quedan las ideas claras. Su pregunta final no es “¿Eres tú el rey de los judíos”, sino “¿Luego tú eres rey?”. La dimensión nacionalista desaparece; lo importante es la realeza misma de Jesús. Después de lo anterior, lo lógico sería que Jesús se limitase a responder: “Sí, soy rey”. En cambio, añade algo absolutamente nuevo: no ha venido a gobernar, ni a recibir honor y gloria, sino a dar testimonio de la verdad. Si recordamos que él es “el camino, la verdad y la vida”, Jesús ha venido a dar testimonio de sí mismo, a darse a conocer, a demostrar a la gente que “tanto amó Dios al mundo, que le dio a su hijo unigénito”. Un testimonio por el que lo acusarán de blasfemo y que, entre otros motivos, le costará la vida.

Entonces Pilato entró de nuevo al pretorio y llamó a Jesús y le dijo: “¿Eres tú el Rey de los judíos?” Respondió Jesús: “¿Dices eso por tu cuenta, o es que otros te lo han dicho de mí?”  Pilato respondió: “¿Es que yo soy judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?” Respondió Jesús: “Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí.” Entonces Pilato le dijo: “¿Luego tú eres Rey?” Respondió Jesús: “Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.”

Reflexión personal

 Generalmente esperamos de la homilía que nos ilumine y nos anime a ser mejores, a vivir de acuerdo con la enseñanza y el ejemplo de Jesús. Y esto es esencial si tenemos en cuenta las últimas palabras del evangelio: “Todo el que es de la verdad escucha mi voz”. Pero la fiesta de Cristo Rey nos invita también a felicitar, dar la enhorabuena a quien tanto ha hecho por nosotros.

Al mismo tiempo, el sentido primitivo de la fiesta encaja perfectamente con la situación que vivimos hoy de problemas sociales, políticos y económicos. No podemos ser ingenuos en las soluciones, pero tampoco podemos negarle la razón a Pío XI: si el mundo viviese de acuerdo con el evangelio, otro gallo nos cantaría.

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Jesucristo Rey del Universo. Último Domingo del Tiempo Ordinario. 21 de Noviembre de 2021

domingo, 21 de noviembre de 2021
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“Tú lo dices: Soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.”

(Jn 18, 33-37)

Jesús es Rey. Hoy celebramos precisamente eso: Jesucristo Rey del Universo. Pero hay que reconocer que después de tantos reyes (¡y de tantos tiranos!) la imagen de rey no nos cae simpática. Tampoco los gobernantes nos ofrecen una imagen en la que apoyarnos.

Vivimos un cambio de época en el que las instituciones y los organismos de poder se encuentran en crisis, algo que sucede en la historia con una rítmica periodicidad.

El poder tiende a convertir a todos en lo mismo. Da exactamente igual si uno llega al poder por heredar un apellido o por aclamación popular, una vez en el poder se sucumbe al propio bienestar y al de los más cercanos. Pasa con los grandes poderes y pasa con los pequeños.

Tal vez por eso Jesús se apartó siempre del poder. Cuando las multitudes quieren proclamarlo rey él se aparta. Él había venido para servir. Parece que el único antídoto contra la tiranía es precisamente el servicio al estilo de Jesús.

Pero no nos engañemos, el servicio es desagradable. Ponerse a los pies de los demás facilita el ser pisoteado. Y también se corre el peligro de caer en el servilismo que denigra.

El camino que recorre Jesús es estrecho y poco claro. Caminar tras sus huellas es decidirse a dejarse confrontar continuamente.

El mismo Jesús se pasa medio evangelio “retirándose a orar”. Jesús se hizo ser humano y pasó por las mismas dudas y las mismas tentaciones que pasamos todas las personas.

Su reinado estaba al servicio de la verdad. Y la verdad suele ser siempre más amplia. Nuestros puntos de vista, nuestra claridad meridiana suelen palidecer cuando se descubre la verdad. La verdad no se deja poseer por una sola persona. Al contrario, se reparte. Todas tenemos algo de verdad. El problema es creer que esa pequeña verdad que tenemos es la verdad completa. Ese es el principio de la tiranía y del fanatismo.

Oración

¡Que venga tu reino, Trinidad Santa! Ábrenos la mente para que podamos reconocer que Tu Verdad es siempre más amplia de lo que alcanzamos a ver.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Tú has nacido para ser rey.

domingo, 21 de noviembre de 2021
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corona-hombre-6DOMINGO 34º (B) CRISTO REY

Jn 18,33-37

Es muy importante que tengamos una pequeña idea del momento y del motivo por el que se instituyó esta fiesta. Fue Pío XI en 1925, cuando la Iglesia estaba perdiendo su poder y su prestigio acosada por la modernidad. Con esta fiesta se intentó recuperar el terreno perdido ante un mundo secular, laicista y descreído. En la encíclica se dan las razones para instituir la fiesta: “recuperar el reinado de Cristo y de su Iglesia”. Para un Papa de aquella época, era inaceptable que las naciones hicieran sus leyes al margen de la Iglesia.

Ha sido para mí una gran alegría y esperanza el descubrir en una homilía sobre esta fiesta del papa Francisco, una visión mucho más de acuerdo con el evangelio. Pío XI habla de recuperar el poder de Cristo y de su Iglesia. El papa Francisco habla, una y otra vez, de Jesús y su Iglesia poniéndose al servicio de los más desfavorecidos. No se trata de un cambio de lenguaje sino de la superación de la idea de poder en el que la Iglesia ha vivido durante tantos siglos. El cambio debía ser aceptado y promovido por todos los cristianos.

El contexto del evangelio, que hemos leído, es el proceso ante Pilato, a continuación de las negaciones de Pedro, donde queda claro que Pedro ni fue rey de sí mismo ni fue sincero. Es muy poco probable que el diálogo sea histórico, pero nos está transmitiendo lo que una comunidad muy avanzada de finales del s. I pensaba sobre Jesús. Dos breves frases puestas en boca de Jesús nos pueden dar la pauta de reflexión: “mi Reino no es de este mundo” y “yo para eso he venido, para ser testigo de la verdad”.

¿Qué significa un Reino que no es de este mundo? Se trata de una expresión que no podemos “comprender” porque todos los conceptos que podemos utilizar son de este mundo. ¿En qué estamos pensando los cristianos cuando, después de estas palabras, nombramos a Cristo rey, no solo del mundo sino del universo? Con el evangelio en la mano es muy difícil justificar el poder absoluto que la Iglesia ha ejercido durante siglos.

Tal vez encontremos una pista en la otra frase: “he venido para ser testigo de la verdad”. Pero solo si no entendemos la verdad como verdad lógica (adecuación de una formulación racional a la realidad) sino entendiéndola como verdad ontológica, es decir, como la adecuación de un ser a lo que debe ser según su naturaleza. Jesús siendo auténtico, siendo verdad, es verdadero Rey. Pero lo que le pide su verdadero ser (Dios) es ponerse al servicio de todo aquel que le necesite, no imponer nada a los demás.

No se trata de morir por defender una doctrina. Se trata de morir por el hombre. Se trata de dar testimonio de lo que es el hombre en su verdadera realidad. El Hijo de hombre (único título que Jesús se aplica a sí mismo), nos da la clave para entender lo que pensaba de sí mismo. Se considera el hombre auténtico, el modelo de hombre, el hombre acabado, el hombre verdad. Su intención es que todos lleguen a identificarse con él. Jesús es la referencia para el que quiera manifestar la verdadera calidad humana.

Pilato saca afuera a Jesús, después de ser azotado, y dice a la multitud: Este es el hombre”. Jesús no solo es el modelo de hombre y exige a sus seguidores que respondan al modelo que vean en él. Jesús dice soy rey, no dice soy el rey. Indicando así que todo el que se identifique con él será también rey. Esa es la meta que Dios quiere para todos los seres humanos. Rey de poder solo puede haber uno. Reyes servidores debemos ser todos. No se trata de que un hombre reine sobre otro, sino de un Reino donde todos se sientan reyes.

Cuando los hebreos (nómadas) entran en contacto con la gente que vivía en ciudades, descubren las ventajas de aquella estructura social y piden a Dios un rey. Los profetas lo interpretaron como una traición (el único rey de Israel es Dios). El rey era el que cuidaba de una ciudad o un pequeño grupo de pueblos. Era responsable del orden; les defendía de los enemigos, se preocupaba de los alimentos, impartía justicia… El Mesías esperado siempre respondió a esta dinámica. Los seguidores de Jesús no aceptaron un cambio tan radical.

Solo en este contexto podemos entender la predicación de Jesús sobre el Reino de Dios. Sin embargo el contenido que él le da es más profundo. En tiempo de Jesús, el futuro Reino de Dios se entendía como una victoria del pueblo judío sobre los gentiles y una victoria de los buenos sobre los malos. Jesús predica un Reino de Dios del que nadie va a quedar excluido. El Reino que Jesús anuncia no tiene nada que ver con las expectativas de los judíos de la época. Por desgracia tampoco tiene nada que ver con las expectativas de los cristianos hoy.

Jesús, en el desierto, percibió el poder como una tentación: “Te daré todo el poder de estos reinos y su gloria”. En Jn, después de la multiplicación de los panes, la multitud quiere proclamarle rey, pero él se escapa a la montaña, él solo. Toda la predicación de Jesús gira entorno al “Reino”; pero no se trata de un reino suyo, sino de Dios. Jesús nunca se propuso como objeto de su predicación. Es un error confundir el Reino de Dios con el reino de Jesús. Mayor disparate es querer identificarlo con la Iglesia, que es lo que pretendió la fiesta.

La característica fundamental del Reino predicado por Jesús es que ya está aquí, aunque no se identifica con las realidades mundanas. No hay que esperar a un tiempo escatológico, sino que ha comenzado ya. «No se dirá, está aquí o está allá, porque mirad: el reino de Dios está entre vosotros”. No se trata de preparar un reino para Dios, se trata de un reino que es Dios. Cuando decimos “reina la paz”, no estamos diciendo que la paz tenga un reino. Se trata de hacer presente a Dios entre nosotros, siendo lo que tenemos que ser.

Cualquier connotación que el título tenga con el poder tergiversa el mensaje de Jesús. Una corona de oro en la cabeza y un cetro de brillantes en las manos, son mucho más denigrantes que la corona de espinas. Si no nos damos cuenta de esto, es que estamos proyectando sobre Jesús nuestros propios anhelos de poder. Ni el “Dios todopoderoso” ni el “Cristo del Gran Poder” tienen absolutamente nada que ver con el evangelio.

Jesús nos dijo: el que quiera ser primero, sea el último y el que quiera ser grande, sea el servidor. Ese afán de identificar a Jesús con el poder y la gloria es una manera de justificar nuestro afán de poder. Nuestro yo, sostenido por la razón, no ve más futuro que potenciarse al máximo. Como no nos gusta lo que dice Jesús, tratamos por todos los medios de hacerle decir lo que a nosotros nos interesa. Eso es lo que siempre hemos hecho con la Escritura.

Meditación

Jesús está hablando de la autenticidad de su ser.
Falso es todo aquello que aparenta ser lo que no es.
Ser Verdad es ser lo que somos, sin falsearlo.
El objetivo de tu vida es descubrir tu verdadero ser
y manifestarlo en todo momento.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Venga a nosotros tu Reino.

domingo, 21 de noviembre de 2021
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Lectio-Divina-verdad-1200x800Jn 18, 33-37

«¿Luego tú eres Rey?» … Respondió Jesús: «Sí, … para esto he nacido y para esto he venido al mundo»

Sí, Jesús es rey. Es rey de los que no acumulan tesoros en la Tierra, de los que no amparan la violencia, de los que lloran, de los que tienen hambre y sed de justicia, de los misericordiosos, de los limpios de corazón, de los que trabajan por la paz, de los perseguidos por causa de la justicia.

Es rey de los que se reconcilian con su hermano antes de ir a orar, de los que ofrecen la otra mejilla, de los que dan a quienes les piden, de los que perdonan setenta veces siete, de los que se sienten servidores de todos y esclavos de todos, de los que hacen el bien a los que les aborrecen, de los que bendicen a los que les maldicen y oran por quienes les atormentan, de los que no juzgan ni condenan, de los que hacen a los demás lo que quisieran que los otros hiciesen con ellos.

Pero su reino no es como los de este mundo. En su reino todo es al revés: desde dentro, por conversión; desde abajo, desde el servicio, no desde el poder. Para el mundo, el primero es el que más tiene; para el Reino, el primero es el que más sirve. Para el mundo, el más importante es el más dotado; para el Reino, el más importante es el más necesitado.

Porque el Reino que nos ofrece Jesús es el reinado de los criterios de Abbá en el mundo, y por esa razón el objeto primero de su mensaje fue el Reino: por eso, también, nos invitó a pedirle a Abbá que viniese a nosotros su Reino, porque ése es el mayor anhelo del cristiano; su mayor esperanza; su misión; el sentido de su vida… «Buscad primero el Reino y su justicia y lo demás se os dará por añadidura».

Para imaginar el Reino pensemos en una pizca de levadura que fermenta toda la masa, en un grano de mostaza que cuando germina y crece se convierte en un gran arbusto que todo lo invade. Porque el Reino no se impone, el Reino se siembra, y cuando cae en buena tierra da el ciento por uno. El Reino es cosecha. Es abundancia. Las primeras comunidades cristianas eran fértiles y crecían sin cesar. Como la mostaza. El Reino es como un tesoro escondido en un campo, que cuando alguien lo encuentra, vende cuanto tiene para comprarlo, y lo hace “lleno de alegría” —esa es la clave de todo—, y ya solo le interesa el tesoro que acaba de descubrir; lo demás deja de tener valor para él.

Nuestra mayor tentación es dudar de que vaya a llegar un momento de la historia en que el reinado de Dios acabe imponiéndose a tanto reyezuelo que rige nuestro destino, y así lo expresaba Ruiz de Galarreta: «El consumo desenfrenado parece más fuerte que la bondad, la generosidad y la austeridad. Pero Jesús creía en la pujanza de la semilla, en el poder de la levadura, en la fuerza imparable del Espíritu de Dios…»

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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¡¡¡Venga a nosotr@s tu Reino!!!

domingo, 21 de noviembre de 2021
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cd01e3397f71b6db586fbddd31f19e19-catholic-art-spiritualityJn 18, 33b-37

21 de noviembre de 2021

El evangelio de este domingo, con el que se cierra el año litúrgico, nos introduce en una escena muy compleja de la vida de Jesús. El contexto en que se desarrolla es el juicio político al que fue sometido denunciado por las autoridades judías. Como podemos observar, no estamos ante un diálogo distendido entre dos iguales; es un Procurador romano frente a un acusado que debe responder y dar razón de lo que le ha llevado a esta situación.

Pilato pregunta directamente si es el rey de los judíos. Es la acusación que le ha llevado a este juicio por las mismas autoridades judías al verse incapaces de deshacerse de él.  Han politizado el término Mesías y malinterpretado a Jesús como un rebelde frente al Imperio y un traidor de su Pueblo. Jesús, en un primer momento, responde con otra pregunta a la de Pilato porque parece que ha captado la poca seriedad del Procurador frente a las acusaciones de los judíos y la incomprensión de su respuesta.

Comienza Jesús aclarando el significado del término “rey”. Y este interrogatorio da un importante giro apareciendo el mensaje central de este texto. Jesús quiere dejar claro que es rey, pero no de un reino que se apoya en el poder, en la fuerza dominadora o que se defiende con armas. El reino de Jesús no se parece en nada al imperio romano ni a otros reinos políticos y/o religiosos.

La revelación esencial de este pasaje tiene que ver con la manifestación de la existencia de dos planos en la vida: el mundo espacio-temporal y el mundo espiritual que late en la misma naturaleza humana. Dice Jesús que su Reino no es de este mundo, es decir, no está sometido a las leyes de la materia, no puede ser comprendido desde los códigos que rigen la mente humana en su lado más racional o en su versión más apegada al ego. Su reino no necesita dogmas, esoterismos y rituales que contenten a un Dios fuera de la vida, de las personas, de la historia. No necesita “soldados” que impongan su verdad; no necesita servidores elegidos que van convirtiendo a quienes desintonizan con unos principios rígidos y fanáticos para complacer a un Dios que pondrá orden en este mundo.

No parece ser así su proyecto. Jesús es rey del mundo ya ordenado que forma parte de nuestra existencia en su espacio más profundo. Y, en la medida en que vivamos arraigados en este mundo interior, podremos reordenar el mundo visible para que el género humano ocupe su verdadero lugar desde su auténtica dignidad.

Jesús no viene a enfrentar a estos dos mundos sino a unificarlos, a darles coherencia y a integrarlos desde la Verdad. Aparece así, de nuevo, en un escrito joánico, la palabra verdad – alētheia- que Jesús considera como la razón de su ser y su misión. La verdad de la que habla Jesús no es un argumentario cargado de afirmaciones cerradas para tener razón. No se trata de poseer la verdad o estar en la verdad, de tener unos derechos sobre nadie o sobre nada.  Lejos está de este planteamiento. Jesús habla de la verdad como de una posición ante la vida, una opción de vida: vivir en la verdad es buscar la verdadera esencia que somos, nuestra posibilidad de plenitud, nuestras raíces más profundas, conectarnos a ese Reino que saca a la luz la bondad humana como imagen de la bondad Divina.

Termina esta escena con unas palabras de Jesús que parecen ser una llamada a conectar con esa verdad que se va revelando al escuchar su voz. Su voz es siempre la expresión de un ser que supera el poder a base de servicio, la ambición transformada en compartir la propia vida y la idolatría haciendo visible a un Dios que es liberación y luz en el núcleo más esencial de nuestro ser. Su voz es la voz de las Bienaventuranzas que podrían ser la verdadera revolución en este mundo. ¿No echamos de menos en algunos ámbitos sociales y eclesiales la limpieza de corazón, la honestidad, la justicia, la paz, la sanación, la lealtad, la solidaridad, la empatía, el perdón, la igualdad de derechos en el género humano y de sus géneros, así como el cuidado real de los más desfavorecidos de nuestro mundo?

En esta fiesta de Cristo Rey, quiero unirme a la oración cristiana más auténtica y expresar de corazón ¡¡¡VENGA A NOSOTR@S TU REINO!!!

¡¡FELIZ DOMINGO!!

Rosario Ramos

Fuente Fe Adulta

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La Verdad que hace libres

domingo, 21 de noviembre de 2021
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LibertadFiesta de «Cristo Rey»

21 noviembre 2021

Jn 18, 33-37

Es notable la insistencia del cuarto evangelio en la cuestión de la verdad. Jugando con el binomio verdad/mentira, reprocha a “los judíos” -recuérdese que, con tal expresión, este evangelio se refiere a los que no han creído en Jesús- ser “hijos del diablo, mentiroso y padre de la mentira” (Jn 8,44). Frente a ellos, Jesús es presentado como portador y mensajero de la verdad, hasta poner en su boca estas expresiones: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6) y “Todo el que es de la verdad, escucha mi voz” (Jn 18,37).

En el mismo relato del proceso, Pilato lanza la pregunta fundamental: “¿Qué es la verdad?” (Jn 18,38). Lástima que, apenas formulada, Pilato “salió fuera”, sin darle a Jesús la oportunidad de ofrecer su respuesta.

Con todo, algo tenemos claro: la verdad no es un concepto. Por lo cual, nadie puede pretender poseerla. La verdad es una con la realidad, es… lo que es. Y es también lo que somos. Esta es nuestra paradoja: no podemos apresarla, pero sin embargo la somos.

Estamos en la verdad, no cuando profesamos una creencia determinada, ni porque sostengamos un concepto concreto. Somos verdad y caemos en la cuenta de ello cuando reconocemos nuestra verdadera identidad. Eso es vivir en la verdad o, como dice el texto evangélico, “ser de la verdad”: vivir en la comprensión de lo que somos.

Al comprenderlo, por una parte, reconocemos la verdad de todos los seres, a la vez que nuestra unidad con ellos; por otra, logramos la libertad interior. Y advertimos el acierto de aquellas palabras que este evangelio pone también en boca de Jesús: “Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8,32).

Realmente, nada, fuera de la comprensión, puede garantizarnos la libertad. En la ignorancia de lo que somos -incluso aunque se presuma de lo contrario-, todo es confusión, oscuridad y esclavitud a miedos y necesidades. Al comprender lo que somos, nos reconocemos a salvo y nos liberamos de los miedos que nos tiranizaban. Ciertamente, solo la verdad nos hace libres.

¿Distingo cuando vivo en la verdad de cuando me muevo en la mentira?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Cuando el sistema eclesiástico ya no es eclesial, volvamos al que es: Yo soy Rey

domingo, 21 de noviembre de 2021
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icono_cristo_pantocratorDel blog de Tomás Muro La Verdad es Libre:

Yo soy rey. Unas notas para centrarnos en Cristo

1.- Muy del estilo del evangelio San Juan, el encuentro entre Jesús y Pilato, como todo el relato de la pasión según san Juan tiene un ritmo lento, hierático, majestuoso.

En términos teológicos e icónicos, San Juan es quien ha dado pie al pantocrator hierático de la Iglesia oriental. Cristo preside su vida y su muerte.

Nosotros, occidentales, estamos más habituados al Cristo sufriente de los sinópticos, que quedará reflejado en la imaginería y pintura descriptiva de Velázquez y tantos otros, así como en los pasos de Semana Santa, etc.

2.- Un solemne Yo soy sobre el que está construido todo el evangelio [1], recorre todo el evangelio de Juan,

Jn 6,35  Yo SOY el pan de VIDA.

Jn 8,12  Yo SOY las LUZ del mundo.

Jn 10,14 Yo SOY el BUEN PASTOR y conozco las mías.

Jn 11,25 Yo SOY la RESURRECCIÓN y la VIDA.

Jn 14,6  Yo SOY el CAMINO, la VERDAD y la VIDA.

Jn 18,5  YO SOY… y cayeron los soldados por tierra…

Jn 18,37 Yo SOY REY.

Yo Soy el que Soy es la frase que Dios da como respuesta cuando Moisés le pregunta por su nombre: “Yo soy el que soy”, (Ex 3,13-14). Ahora, ante Pilatos –y ante todos los hombres de poder- Jesús hace suya la misma expresión y el mismo tono vital: Yo soy Rey. Cristo es el que es: Cristo es Dios. (Si bien mi Reino no es como s de este mundo: Roma o Glasgow).

  1. 3.- Curiosamente en el evangelio de San Juan, Jesús no emplea nunca la expresión Reino de Dios / Reino de los cielos (solamente aparece una vez esta expresión y en boca de Nicodemo: ¿qué tiene que hacer un hombre viejo para entrar en el Reino, Jn 3,4?).

Jesús no habla del Reino sino que habla de vida: Yo soy el pan de vida, el agua de vida, la resurrección y la vida…

Sin embargo en San Juan, no hay Reino, pero hay Rey. (Emplea 18 veces la expresión “rey”: 17 las aplica a Jesús).

4.- Este modo de Juan de construir el evangelio, es porque le imprime una gran densidad cristológica: Yo soy: Yo soy rey. El evangelio de Juan es profundamente cristológico

    El Vaticano II hizo un gran esfuerzo  por reconducir el cristianismo hacia Cristo: a través de la Palabra, de la Liturgia y la Iglesia. El centro del cristianismo es Cristo, no la bisutería y avalorios eclesiásticos.

  1. Y el evangelio de Juan es profundamente cristológico porque aquellas comunidades joánicas sufrieron una profunda decepción eclesiástica y ello por dos motivos:
  2. Porque aquellos primeros cristianos fueron expulsados del mundo judío al que se sentían unidos por tradición cultural-religiosa.
  3. Porque habían comenzado a entrar en la iglesia doctrinas extrañas de corte griego (gnósticos), muy espiritualoides, pero poco cristianas.

Por estas razones, La tradición de San Juan se centra en Cristo e insistirá en el permaneced en lo que os enseñé desde el comienzo, permaneced en mi amor, etc. Permanezcamos pues en el Señor.

Quizás también nosotros podemos estar decepcionados del sistema eclesiástico.

    Escribe el dominico sudafricano Albert Nolan:

En la Iglesia hay también un sentimiento creciente de desaliento. El Concilio Vaticano II suscitó en muchos de nosotros un entusiasmo esperanzador en el futuro de la Iglesia. Parecía que estábamos empezando a alejarnos de una Iglesia autoritaria y jerárquica para entrar para entrar en la libertad radical de Jesús y el evangelio. Pero desde entonces, casi todos los logros del concilio han sido socavados y anulados lenta pero rigurosamente. [2]

Cuando vemos cómo van nuestras diócesis, cuando estamos viendo el enfrentamiento frontal al papa Francisco de muchos jerarcas Y estamentos eclesiásticos, cuando vemos cómo se ha dejado de lado el Vaticano II, es el momento de volver al que es, sobre todo de volver y permanecer en el Señor, en el Evangelio, y en el Vaticano II, en  Francisco.

    En las noches oscuras del alma, en las decepciones eclesiásticas, congregacionales o personales, la salida está en el que es. Permaneced, permaneced en mi amor. (Jn 15,9-11).

Dos breves conclusiones finales:

  1. Al finalizar este año litúrgico sintamos la paz profunda de que Cristo encuadra nuestra existencia. Él es y está al comienzo y al final de nuestra existencia. Estamos hechos para finalizar en Cristo. El tiempo termina en la eternidad, el hombre concluye en Dios.
  1. En estos tiempos de nihilismo (nihil significa nada), descansemos en el ser, en el que es. No estamos cimentados en el vacío, en la nada, sino en el ser, en el que es: Yo soy. Ello nos causará una profunda serenidad porque

mis palabras no pasarán

[1] El evangelista san Juan aplica a Jesús esta expresión: “Yo soy” en más de 50 ocasiones

[2] Albert Nolan, Esperanza en una época de desesperanza. Y otros textos esenciales. Santander, Ed Sal Terrae, 2010, 26

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Enséñanos a orar. Origen, formas y meta de la oración (CITES, Ávila:19-21.10.21)

viernes, 19 de noviembre de 2021
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140b52a229a0199a0b5b0f77e425d131_XLDel blog de Xabier Pikaza:

Un día estaba Jesús orando en cierto lugar y cuando terminó uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos». Él les dijo: “Cuando oréis decir: Padre…” (Lc 11, 1-2).

Jesús respondió como quien era, diciendo simplemente: “Orad así, Padre…”. Yo no me atrevo a responder así, pero, con un poco de experiencia, algo más de letras (he sido profesor de espiritualidad en la Universidad de la CEE en Salamanca) y mucho deseo de seguir aprendiendo, os invito a compartir el pequeño curso on line o presencial que voy a ofrecer los próximos días 19-21 desde el CITES Ávila, una de las “ciudades de oración” más importantes de Castilla e incluso del mundo entero.

El CITES (Centro Internacional teresiano sanjuanistas) es uno de los centros más significativos para el estudio y experiencia de la espiritualidad en general y de la oración en particular.

Conforme al título, mi curso podría estar dedicado a la oración de Jesús (Padre-nuestro), pero he preferido quedarme en el “pórtico”, conforme al título del curso, al que os invito a inscribiros, de forma on line o presencial. Aquí ofrezco el motivo, esquema del curso y los temas que voy a desarrollar. Dios mediante, al fin del curso os ofreceré un material extenso de todo lo desarrollado.

ORIGEN, FORMAS Y META DE LA ORACIÓN

(Oración del cosmos y de la interioridad, oración profética y cristiana)

El curso ofrece “una historia” y sentido de la oración, porque pueden trazarse varias, según la perspectiva en que se sitúe cada orante. La mía es básicamente cristiana, en línea católica, es decir, universal: Quiero ofrecer una visión de conjunto del principio, caminos y meta de la oración, tal como se ha dado y se está dando en la historia de la humanidad, mirada desde un lugar privilegiado, que es Jesús de Nazaret.

            No puedo ofrecer una historia completa, ni explicar todos los caminos, ni trazar de un modo seguro “la” meta, como si hubiera una sola que es clara y segura para todos, sino ofrecer el esquema o esbozo, que vengo desarrollando desde el año 1973-1977, cuando era profesor de la Cátedra de Espiritualidad en la Univ. Pontifica de Salamanca. Éste será el esquema del curso que ofrezco en el CITES

Un principio. Del cosmos sagrado a la oración “ecológica”.

Oración y religión. Tres formas principales. La oración forma un elemento esencial de las religiones, que pueden dividirse en tres grupos: (1) Mundo sagrado, religiones cósmicas. (2) Interioridad habitada por lo divino, religiones “místicas”. (3) Historia de Dios, historia de los hombres, religiones proféticas.

Oración cósmica, mundo sagrado. Del Paganismo a la ecología.(Con Francisco de Asis y Juan de la Cruz),

Cuando se “despierta” a la conciencia de sí mismo, el hombre se descubre en un mundo “habitado” por divinidades o espíritus sagrados, de forma que siente la “necesidad” de invocarles, escucharlos, y dialogar con ellos, como indican los ritos y mitos primigenios. Por eso, la oración primera es “oración de mundo” (un tipo de comunicación cósmica), que no es pura magia, ni hechicería, ni espiritismo, sino un modo de ser, de sentir, de vivir en un mundo sagrado. En esa línea, toda oración tiene un elemento cósmico, vinculado al despliegue de la misma vida, a la identidad de la conciencia humana.

140b52a229a0199a0b5b0f77e425d131_XLDe la “identificación sagrada con el cosmos” hemos pasado a una visión ecológica “sagrada” del mundo, a través de un largo y fascinante proceso, que se entiende en clave de conocimiento y técnica, de trabajo y economía, pero también de oración. Desde ese fondo puede ofrecerse una primera visión de los ritos y mitos, de los sacrificios y los dioses, tal como se han dado y se siguen dando en las culturas primigenias y en la nueva cultura técnico-sagrada de la actualidad. En ese sentido podemos afirmar que formamos parte de una gran oración cósmica (el mundo ora en nosotros, nosotros en el mundo), como han dicho de forma insuperable los más grandes cristianos, como Francisco de Asís y Juan de la Cruz.

Religiones “místicas” o advaitaS (de la interioridad sagrada).

Religión como espiritualidad:

Descubrimiento y cultivo del valor sagrado del “alma” (ser profundo del hombre).

Más que revelación de un Dios personal y trascendente, la religión aparece como revelación y despliegue del carácter trascendente (divino, numinoso) de la vida humana. En esa línea, más que diálogo con Dios, la oración es un proceso de interiorización (esto es, de inmersión) en la hondura divina de la vida humana. Por eso se habla en esta línea de una experiencia de la “no dualidad” (advaita): Lo “divino” (numinoso, sagrado) no es algo ajeno, objetivo, sino la misma realidad de la conciencia (trasconciencia) del hombre.

  1. Caminos fundamentales: hinduismo, budismo, tao. Son muy distintas y, sin embargo, pueden fundirse y completarse, como han hecho y siguen haciendo en un proceso fascinante de descubrimiento y despliegue de la interioridad sagrada. (1). El hinduismo puede entenderse en clave de oración de identificación: “Eso, lo que veo y siendo, eso soy yo”, la realidad es mi interior”. (2) El budismo tiene un elemento fundamental de negación: Cuando no deseas eres; cuando superas tu voluntad te descubres integrado en un “nirvana” superior e iluminado; de esa forma, no siendo tú eres tú mismo. (3). Tao. Oración de integración. Puede vincularse con las dos formas anteriores (hinduismo, budismo), pero mantiene y desarrolla un elemento “cósmico” muy importante de inmersión en la “dualidad” fundante de todo lo que existe: cielo y tierra, individuo y sociedad, mundo y persona.

            Estas formas de oración de interioridad pueden expresarse a través de una técnica fundamental de “yoga”, como ejercicio de integración somática (respiración), mental (no pensamiento) y religiosa. Pueden variar los contenidos. Un tipo de “yoga” (equilibrio interior y exterior) es siempre el mismo. Resulta básico el estudio de la diferencia y convergencia entre una oración tipo “yoga” y una oración profética, de diálogo con Dios en la historia.

religiones proféticas. Revelación y comunión con Dios

a. Religión como revelación.

Oración como escucha y diálogo. En esta sección entran las religiones proféticas y (o) históricas, definidas por la manifestación personal de Dios que se revela y dialoga con los hombres. En ellas resulta fundamental la dualidad teológica o, mejor dicho, la relación de conocimiento y amor entre Dios y el hombre. Estas religiones pueden tener y tienen un elemento místico, como el de las religiones de la interioridad, pero se trata de una “mística profética” de fe y de comunión personal, dentro de un mundo creado por Dios.

Caminos fundamentales: judaísmo e islam. El punto de partida y base de este tipo de religión/oración profética es el Antiguo Testamento, es decir, judaísmo, cuyo testimonio fundamental son los Salmos, testimonio clave de espiritualidad de la historia de occidente: Libro de recuerdo, de compromiso personal y de esperanza de salvación. Junto a los salmos, como ejemplo posterior de “contaminación” (complementación) entre judaísmo y helenismo ha de entenderse y estudiarse la oración de la cábala. El islam puede interpretarse como recreación universalista (árabe) del judaísmo, y su oración básica es la sahada (confesión de fe) y las cinco plegarias de sometimiento a Dios (salat), en línea de sumisión y aceptaciónradical de la revelación divina. En esa línea avanza el sufismo, que es una experiencia suprema de inmersión de amor (o realidad) en Dios, que puede culminar en una forma de panenteísmo, esto es, de identificación con Allah que es el “ser” de todo lo que existe.

El futuro de la oración de una parte considerable de la humanidad depende de la actualización de judaísmo e islam. El judaísmo es una religión numéricamente pequeña, pero es la matriz no sólo del cristianismo y el islam, sino de gran parte del mundo moderno. El islam-islam es una religión compacta, que se expresa en forma  de oración de escucha y sometimiento al Dios del Corán. Del sentido  de esa escucha depende parte del futuro de la humanidad.

Religión de encarnación, cristianismo

689El cristianismo empieza siendo una “re-interpretación” o recreación del judaísmo. Por eso, el libro de cabecera de oración de los cristianos sigue siendo el de los Salmos, tanto en un plano litúrgico (Celebración de las horas, Eucaristía) como de oración privada. En el principio y centro de la espiritualidad los cristianos sigue estando “la oración de Jesús hombre” (como la fe de Jesús, carta a los Hebreos), que ha tendido a transformarse después en “oración dirigida a Jesús” (a partir de los concilios de Nices-Calcedonia, que le definen como Dios-hombre verdadero). Desde ese fondo ha de entenderse la oración como encuentro de amor con (en) Jesús, en la línea de la espiritualidad de Teresa de Jesús y Juan de la Cruz.

Oración y Espíritu Santo. Yo y el Padre somos uno. Esa es la experiencia originaria que deriva de la “encarnación” de Dios (Jn 1, 14: La Palabra/Dios se hizo carne), que culmina en la palabra de Jn 10,30-33: “Yo y el Padre somos Uno”. Como sabe toda la tradición cristiana desde Orígenes a Teresa de Lisieux “yo” de Jesús que dice (yo y el Padre somo uno) es el suyo, personal, pero con él (en él) de los cristianos, que pueden decir y dicen “yo y el Padre somos Uno”, recreando así como dualidad de amor el shema judío de Dt 6, 5-7: “Escucha, Israel, Yahvé, nuestro Dios es Uno”. (En esa línea ha de entenderse el “yo” del celebrante de la eucaristía cuando dice “esto es mi cuerpo”, afirmando así que el cuerpo de Jesús es el suyo y el de toda la comunidad).

            La reforma o actualización del cristianismo depende de su manera de actualizar la oración de Jesús (que nunca puede convertirse del todo en oración a Jesús), sino que ha de seguir siendo oración de amor con Jesús, diálogo con él, no para quedarse en el puro diálogo a dos, sino para caminar unidos abriendo (reabriendo) los caminos de Dios en la historia.

Una meta: De la oración de petición a la oración de encarnación

Punto de partida. No quiero abandonar ninguno de los caminos anteriores, de la oración de naturaleza, interioridad e historia. Pero pienso que todos ellos pueden y deben integrarse (sin imposiciones externas, sin sometimientos) en el camino de encarnación que se expresa y realiza en Jesucristo.

Oración y escucha de Dios y de los pobres: Oración comunión (de petición, amor y compromiso) con Jesús, en apertura a todos los hombres. En esa línea, el cristianismo ha de ser ante todo una “escuela compartida” de oración, que se aplica después en forma de amor activo (de comunión y liberación). El cristianismo es (ha de ser) una escuela compartida de “oración de reino”, que no busca y espera simplemente el cumplimiento futuro de la promesa, porque ella es ya en sí misma expresión y presencia resucitada del reino de Dios en los hombres.

Bibliografía orientativa:

                                    Este curso se inspira básicamente en algunos textos propios:  La oración cristiana, Verbo Divino, Estella, 2001; La Mujer en las religiones, Verbo Divino, Estella 1989;  Las Grandes Religiones. Historia y actualidad, Tempora, Madrid  2003; Gran Diccionario de la Biblia,  VD, Estella 2015; Diccionario de las tres religiones. Judaísmo, cristianismo, islam, VD, Estella 20111. Cf. también:

Ancilli, E. (ed.), Alia ricerca di Dio. Le tecniche della Preghiera. Teresianum, Roma 1978.

Bernard, Ch. A., La preghiera cristiana. Ateneo Salesiano, Roma 1967

Boccassino, R., La preghiera, I-III. Ancora, Milano 1967s.

Bouyer, L., (ed.), Histoire de la spiritualité chrétienne, I-III. Aubier, Paris 1967s.

Enomiya-Lasalle, H. M., El Zen, un camino hacia la propia identidad. Mensajero, Bilbao 1975; Vivir en la nueva conciencia. Paulinas, Madrid 1986.

Fabro, C., La preghiera nel pensiero moderno. Storia e Letteratura, Roma 1979

García de la Fuente, O., La búsqueda de Dios en el AT. Guadarrama, Madrid 1971

González, A., La oración en la Biblia. Cristiandad, Madrid 1968; La oración de la Biblia para el hombre de hoy. Marova, Madrid 1977

Guerra, A. (ed.), Oración cristiana para tiempos nuevos. Ed. Espiritualidad, Madrid 1976; Oración cristiana. Ed. Espiritualidad, Madrid 1984.

Gutiérrez, G., Beber en su propio pozo. En el itinerario espiritual de un pueblo. CEP, Lima 1983 (Sigúeme, Salamanca 1985).

Hamman, A., La oración, Herder, Barcelona 1967.

Heiler, F., La priére. Payot, Paris 1931.

Herraiz, M., La oración, pedagogía y proceso. Narcea, Madrid 1985.

Jeremías, J., Abba. El mensaje central del NT. Sigúeme, Salamanca 1981

Lacquet, L., Les Psaumes et le cœur de l’homme, Duculot, Gembloux 1979

Mello, T. de,  Sadhana. Un camino de oración. ST, Santander 1988

Merton, T., Acción y contemplación. Kairós, Barcelona 1982.

Moschner, F. M., La oración cristiana. Rialp, Madrid 1966.

Ruiz Salvador, F., Camino del espíritu. Ed. Espiritualidad, Madrid 1978.

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Alfaguara reedita la Biblia del Oso con la traducción de Casiodoro de Reina

jueves, 18 de noviembre de 2021
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Biblia-Oso_2394970506_15792551_667x656Fue la primera realizada desde las fuentes originales al castellano

Actualizada respecto a la de 1987, llegó a las librerías el pasado jueves 11 de noviembre. Editada e introducida por Andreu Jaume, cuenta con más de 3.500 páginas divididas en cuatro tomos y presentada en un estuche

Una de sus principales características es el índice, que difiere de la mayoría de las ediciones protestantes que seguían el orden establecido por Lutero

Para Andreu Jaume: «Leer la Biblia constituye un ejercicio cuyas implicaciones se pierden en el ámbito inagotable y poliédrico de la teología, la filología y la filosofía»

En palabras de Antonio Muñoz Molina, «la Biblia traducida en el siglo XVI por Casiodoro de Reina es una cima de la literatura en español»

El presente estuche reúne los cuatro libros de La Biblia del Oso, la traducción de las Sagradas Escrituras realizada por el humanista Casiodoro de Reina en el siglo XVI. Una obra que, además de ser el punto de referencia de la mayor de las religiones de occidente, está dotada de una belleza expresiva y literaria cuyo poder de fascinación ha vencido el paso del tiempo.

La editorial Alfaguara ha reeditado la Biblia del Oso con la traducción de Casiodoro de Reina, la primera realizada íntegramente desde las fuentes originales al castellano común.

Esta nueva publicación, actualizada respecto a la de 1987 y que llega a las librerías este jueves 11 de noviembre, cuenta con edición e introducción de Andreu Jaume y más de 3.500 páginas divididas en cuatro tomos y presentada en un estuche.

Estos cuatro tomos incluyen elAntiguo y el Nuevo Testamento, divididos en Libros históricos I, Libros históricos II, Libros proféticos y sapienciales y Nuevo Testamento, precisa Alfaguara en un comunicado. Así como los textos deuterocanónicos y los evangelios apócrifos.

Una de sus principales características es el índice, que difiere de la mayoría de las ediciones protestantes que seguían el orden establecido por Lutero.

En este caso, Casiodoro de Reina respetó el canon alejandrino de la Septuaginta que el Concilio de Trento convirtió en dogma, aunque posteriormente, en la revisión que Cipriano de Valera hizo del texto de Reina en 1602 este orden siguiese el de Lutero.

Para Andreu Jaume, «leer la Biblia constituye un ejercicio cuyas implicaciones se pierden en el ámbito inagotable y poliédrico de la teología, la filología y la filosofía, hasta el punto de que la traducción de los textos bíblicos en sí misma es una alegoría a la lectura, la lectura de todas las lecturas, por así decirlo».

En palabras de Antonio Muñoz Molina, «la Biblia traducida en el siglo XVI por Casiodoro de Reina es una cima de la literatura en español».

Además de su enorme valor y su influencia espiritual como libro sagrado de tres grandes religiones, la Biblia posee una inconmensurable importancia como texto histórico, cultural y literario. Compuesta en épocas diferentes por autores muy distintos, en sus páginas pueden hallarse no solo consuelo y enseñanza, sino también inspiración. La Biblia cuenta historias que -prescindiendo de las creencias de cada cual- a todos nos conciernen y que han influido de modo sustancial en multitud de escritores de todos los tiempos y en todas las lenguas.

La presente traducción, realizada en el siglo XVI por el humanista Casiodoro de Reina y editada y comentada por prestigiosos especialistas, es en sí misma un auténtico clásico de la literatura en castellano, y su bellísima prosa convierte la lectura en un verdadero placer.

Fuente Alfaguara

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Leonardo Boff: «El enfrentamiento de dos tipos de poder en la Iglesia»

martes, 16 de noviembre de 2021
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iglesia-carisma-y-poderDe su blog La fuerza de los pequeños:

En el 40 aniversario de la publicación de ‘Iglesia, carisma y poder’

«El Centro de Estudios Bíblicos (CEBI) de Sergipe organizó del 25 al 28 de octubre una serie de charlas sobre el libro ‘Iglesia: carisma y poder'»

«Este libro fue enjuiciado en 1984 por la Congregación para la Doctrina de la Fe, llevando a su autor, a mí en este caso, a un verdadero proceso judicial»

«Seguramente el punto central que la Congregación vio como ‘peligro’ fue la confrontación entre un modelo de Iglesia, sociedad jerarquizada de poder sagrado y otro modelo de Iglesia, comunidad fraterna de iguales con funciones diferentes»

«Frente a ese modelo, hoy en profunda crisis estructural, surgió otro modelo de Iglesia red-de-comunidades fraternas. adquirió densidad en la amplia red de comunidades eclesiales de base, extendidas actualmente por todo el universo cristiano y ecuménico»

El Centro de Estudios Bíblicos (CEBI) de Sergipe organizó del 25 al 28 de octubre una serie de charlas sobre el libro ‘Iglesia: carisma y poder’, que celebra 40 años desde su publicación en 1981. El CEBI es una organización nacional de grupos populares y ecuménicos que estudian la Biblia en profundidad, como inspiración de prácticas innovadoras dentro de la Iglesia y también libertarias en la sociedad. El propósito era mostrar la actualidad de los temas tratados en el libro, que articulan la Iglesia con la sociedad y los modelos de Iglesia vigentes.

Este libro fue enjuiciado en 1984 por la Congregación para la Doctrina de la Fe, llevando a su autor, a mí en este caso, a un verdadero proceso judicial. Este culminó en 1985 con una “notificación” y no un decreto condenatorio, prohibiendo la reedición del libro y la imposición al autor de un tiempo de “silencio obsequioso”. En ella no se hace ninguna condenación doctrinal, solo se dice como conclusión:

 “Esta Congregación se siente en la obligación de declarar que las opciones aquí analizadas de Fray Leonardo Boff son de tal naturaleza que ponen en peligro la sana doctrina de la fe, que esta Congregación tiene el deber de promover y tutelar”.

Obsérvese que no se trata de doctrinas (campo de los dogmas) sino de “opciones” (campo de la moral)que pueden significar un “peligro”. Evitado ese peligro, no hay por qué no seguir adelante con las opciones que eran y siguen siendo: la centralidad de los pobres y de su liberación, el poder como servicio y no como centralización, y la constitución legítima de comunidades eclesiales de base, como una reinvención de la Iglesia en los medios populares (eclesiogénesis).

Al leer todo el texto del Card. Joseph Ratzinger exponiendo los tales “peligros se nota un error delectura. Se leyó no Iglesia: carisma y poder, sino Iglesia: carisma o poder. Esta alternativa no se encuentra en ninguna página del libro, que afirma la legitimidad de un poder en la Iglesia junto con el carisma evidentemente el poder como servicio y no como acumulación em pocas manos.

Seguramente el punto central que la Congregación vio como “peligro” fue la confrontación entre un modelo de Iglesia, sociedad jerarquizada de poder sagrado y otro modelo de Iglesia, comunidad fraterna de iguales con funciones diferentes. El primer modelo, dominante, es el de la Iglesia-gran-institución compuesta de clérigos, portadores del poder sagrado, y de laicos y laicas sin ningún poder de decisión. Aquí surgen las desigualdades, especialmente cerrando las puertas del ministerio sacerdotal a las mujeres e imponiendo la ley del celibato obligatorio a todo el cuerpo clerical. El otro modelo es el de la Iglesia-red-de-comunidades, todos sujetos de poder sagrado, ejercido mediante funciones (carismas) diferentes.

Ambos modelos se remiten al pasado de la Iglesia; el primero especialmente al evangelio de San Mateo, que confiere gran importancia a Pedro (Mt 16,18;18,16) que originará la centralización, llamada “cefalización” (todo se concentra en la cabeza). El segundo se refiere a las cartas de San Pablo, que hablan de una Iglesia comunidad de hermanos y hermanas, dotada de muchos carismas (funciones y servicios), especialmente en sus Cartas a los Corintios, a los Romanos y a los Efesios. Para San Pablo el carisma pertenece a la cotidianidad y significa simplemente funciones o servicios, todos animados por el Espíritu Santo y por Cristo resucitado, cabeza en la Iglesia y en el cosmos, lo que implica una descentralización del poder, presente en todos y todas.

De manera resumida, el hecho histórico es el siguiente: Hasta el siglo IV la Iglesia era fundamentalmente una comunidad fraternal. Desde el momento en que el cristianismo fue declarado por el emperador Constantino (325) “religión lícita”, por Teodosio (391) “religión obligatoria” para todos, prohibiendo el paganismo, hasta culminar con el emperador Justiniano (529) transformando los preceptos cristianos en leyes civiles, se gestó entonces la Iglesia-gran-institución. De religión perseguida pasó a religión perseguidora de los paganos. Siendo “religión obligatoria”, todos tuvieron que asumir la fe cristiana, creando una Iglesia de masas, no por conversión sino por obligatoriedad bajo el miedo y la amenaza de muerte.

Con la decadencia del imperio romano, el obispo de Roma León Magno (440-461) asumió el poder y el título de Papa (abreviación de pater patrum, padre de los padres), reservado hasta entonces a los emperadores. Junto al estilo imperial se asumieron también los palacios, el báculo, la estola, el manto (muceta) símbolo del poder monárquico, la púrpura y otros símbolos imperiales y paganos que perduran hasta el día de hoy.

La Iglesia-gran-institución no pasó la prueba del poder. En ella se realizó lo que afirma Thomas Hobbes en el Leviatán (1615): Señalo, como tendencia general de todos los hombres, un perpetuo e impaciente deseo de poder y más poder que solo cesa con la muerte; la razón de eso reside en el hecho de que no se puede garantizar el poder sino buscando más poder todavía” (cap.X).

Los Papas empiezan a acumular poder hasta llegar al Papa Gregorio VII con su Dictatus Papae (la dictadura del Papa), que proclama al Papa como señor absoluto sobre la Iglesia y sobre los emperadores o reyes. Ya no bastaba ser sucesor de Pedro. El Papa Inocencio III(+1216) se anunció como vicario de Cristo y finalmente Inocencio IV(+1254) se estableció como representante de Dios. Todavía hoy se atribuye al Papa, según el derecho canónico, un poder que parece pertenecer solamente a Dios. El Papa es portador de un poder sagrado “supremo, ordinario, pleno, inmediato y universal” (canon 331). A esto se añadió en 1869 la infalibilidad en asuntos de fe y moral. A más no se podría llegar.

La consecuencia ha sido el surgimiento de una Iglesia-sociedad piramidal, monárquica, rígida y rigurosa, que en términos doctrinales de sus inquiridos, fue mi experiencia, no olvida nada, no perdona nada y exige todo. En este modelo de Iglesia se verifica lo que el psicoanalista C.G.Jung afirmaba: «Donde prevalece el poder no hay lugar para la ternura ni para el amor».

Los únicos Papas que rompieron con esta tradición, celosa de su poder sagrado y monárquico, fue el Papa bueno Juan XXIIIy explícitamente el Papa Francisco que, en sus primeras palabras, dijo gobernar la Iglesia en la caridad y no en el poder sagrado. Por eso pide a los pastores la “revolución de la ternura”.

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Frente a ese modelo, hoy en profunda crisis estructural, surgió otro modelo de Iglesia red-de-comunidades fraternas. En la historia de la Iglesia siempre ha existido, especialmente en las órdenes y congregaciones religiosas, aunque nunca consiguió ser hegemónico. Pero adquirió densidad en la amplia red de comunidades eclesiales de base, extendidas actualmente por todo el universo cristiano y ecuménico. En ellas el poder es servicio real, cotidiano y participado por todas las personas en la medida en que cada una tiene su lugar en la comunidad.

Hay muchos servicios y funciones (carismas): quien reza, quien enseña, quien organiza la liturgia, quien visita a los enfermos, quien trabaja con los jóvenes, todos en pie de igualdad, según dice San Pablo (1Cor 7,7;12,29). Hay una función (carisma) singular que es la de crear unidad y cohesión en la comunidad haciendo que todos los servicios (carismas) confluyan al bien común: es el servicio de presidir la comunidad. Como tal, preside también la eucaristía, no como función exclusiva, sino simultánea con las demás. Su función no es concentrar sino coordinar.

Este modelo traduce mejor el mensaje y el ejemplo del Jesús histórico que no quiso ningún poder y que estableció todo el poder como servicio y no como dominación (Mt 23,11). Este modelo se presenta como otra forma de organizar la herencia de Jesús, de gestar una Iglesia más conforme con su sueño de todos hermanos y hermanas (Mt 23,8).

Este modelo comunional se presenta más adecuado a la verdadera evangelización, que significa encarnar  mensaje cristiano en las diferentes culturas, asimilando sus modos de ser. La Iglesia sería como un inmenso tapete de colores, hecho con un tejido inmenso de comunidades cristianas, diferentes en sus cuerpos, pero todas unidas en el mismo testimonio de la vida nueva traída por Jesús muerto y resucitado. Caminaría junto con el proceso de mundialización que lentamente construye la Casa Común, el mundo necesario, dentro del cual están los varios mundos culturales (asiático, africano, latino, indígena etc).

Ahí estará la Iglesia-gran-institución, que seguramente pervivirá pero sin la hegemonía actual, y principalmente la red inmensa de comunidades cristianas diversas y unidas en el mismo testimonio del Resucitado y de su Espíritu, junto con otras iglesias y caminos espirituales al servicio unos de otros y de la única Casa Común que tenemos, la Madre Tierra.

*Leonardo Boff ha escrito Iglesia: carisma y poder, Record, Rio de Janeiro 2005; Eclesiogénesis: la reinvención de la Iglesia, Record, Rio de Janeiro 2008; Francisco de Asís y Francisco de Roma: una nueva primavera en la Iglesia, Mar de Ideias, Rio de Janeiro 2015.

Traducción de Mª José Gavito Milano

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«Las palabras de Jesús no pasarán». 33 Tiempo ordinario – B (Marcos 13,24-32)

domingo, 14 de noviembre de 2021
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54_33_TO_B_1480686Los signos de desesperanza no son siempre del todo visibles, pues la falta de esperanza puede disfrazarse de optimismo superficial, activismo ciego o secreto pasotismo.

Por otra parte, son bastantes los que no reconocen sentir miedo, aburrimiento, soledad o desesperanza porque, según el modelo social vigente, se supone que un hombre que triunfa en la vida no puede sentirse solo, aburrido o temeroso. Erich Fromm, con su habitual perspicacia, ha señalado que el hombre contemporáneo está tratando de librarse de algunas represiones como la sexual, pero se ve obligado a «reprimir tanto el miedo y la duda como la depresión, el aburrimiento y la falta de esperanza».

Otras veces nos defendemos de nuestro «vacío de esperanza» sumergiéndonos en la actividad. No soportamos estar sin hacer nada. Necesitamos estar ocupados en algo para no enfrentamos a nuestro futuro.

Pero la pregunta es inevitable: ¿qué nos espera después de tantos esfuerzos, luchas, ilusiones y sinsabores? ¿No tenemos otro objetivo sino producir cada vez más, disfrutar cada vez mejor lo producido y consumir más y más, hasta ser consumidos por nuestra propia caducidad?

El ser humano necesita una esperanza para vivir. Una esperanza que no sea «una envoltura para la resignación», como la de aquellos que se las arreglan para organizarse una vida lo bastante tolerable como para aguantar la aventura de cada día. Una esperanza que no debe confundirse tampoco con una espera pasiva, que solo es, con frecuencia, «una forma disfrazada de desesperanza e impotencia» (Erich Fromm).

El hombre necesita en su corazón una esperanza que se mantenga viva, aunque otras pequeñas esperanzas se vean malogradas e incluso completamente destruidas.

Los cristianos encontramos esta esperanza en Jesucristo y en sus palabras, que «no pasarán». No esperamos algo ilusorio. Nuestra esperanza se apoya en el hecho inconmovible de la resurrección de Jesús. Desde Cristo resucitado nos atrevemos a ver la vida presente en «estado de gestación», como germen de una vida que alcanzará su plenitud final en Dios.

José Antonio Pagola

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“Reunirá a los elegidos de los cuatro vientos.”. Domingo 14 de noviembre de 2021 Domingo 33º del tiempo ordinario

domingo, 14 de noviembre de 2021
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60-ordinarioB33 cerezoLeído en Koinonia:

Daniel 12, 1-3: Por aquel tiempo se salvará tu pueblo.
Salmo responsorial: 15: Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.
Hebreos 10, 11-14. 18: Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados.
Marcos 13, 24-32: Reunirá a los elegidos de los cuatro vientos.

Cercanos ya al final del año litúrgico, la liturgia de hoy nos presenta a través de la lectura del libro de Daniel y del evangelio, textos relativos al final de los tiempos. En efecto, el pasaje de Daniel anuncia la intervención de Dios a favor de sus fieles a través de Miguel, el ángel encargado de proteger a su pueblo. Estas palabras de Daniel hay que enmarcarlas en el marco amplio de todo el libro cuyo género y estilo corresponden a la corriente apocalíptica bastante popularizada a finales del período veterotestamentario. Todo el libro de Daniel es un llamado a la esperanza, característica principal de toda la literatura apocalíptica. No se trata tanto de una revelación especial de lo que sucederá al final de los tiempos, cuanto la utilización de imágenes que invitan a mantener viva la esperanza, a no sucumbir ante la idea de una dominación absoluta de un determinado imperio. El texto que leemos hoy es subversivo para la época, pues invita al rechazo del señorío absoluto de los opresores griegos de aquel entonces que a punta de violencia se hacían ver como dueños absolutos de las personas, del tiempo y de la historia.

Por su parte el evangelio nos presenta una mínima parte del «discurso escatológico» según san Marcos. Un poco antes de comenzar la narración de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, los tres sinópticos nos presentan palabras de Jesús cargadas de sabor escatológico.

El pasaje de hoy hay que leerlo a la luz de todo el capítulo 13. Es más, conviene que en casa o en el grupo lo leamos completo y, de ser posible, leamos también el discurso escatológico de Mateo y de Lucas, eso nos ayudará a ver mucho mejor las semejanzas y las diferencias entre los tres y, por otro lado, nos facilitará una mejor comprensión del sentido y finalidad que cada uno quiso darle a esta sección.

Tengamos en cuenta que en ningún momento hablan los evangelistas del «fin del mundo», en sentido estricto, esa es una interpretación equivocada que no ha traído los mejores resultados ni a la fe del creyente ni a su compromiso con el prójimo y con la historia. No es éste, con palabras sacadas de aquí y de allá, el «fundamento» bíblico o teológico de las «postrimerías del hombre» de que nos hablaba el «catecismo del padre Astete», o de los «novísimos» que nos enseñaba la teología… O, por lo menos, no se debe reducir a eso.

Jesús no predica el fin del mundo, ése no era su interés. Las imágenes de una conmoción cósmica descrita como estrellas que caen, sol y luna que se oscurecen, etc., son una forma veterotestamentaria de describir la caída de algún rey o de una nación opresora. Para los antiguos, el sol y la luna eran representaciones de divinidades paganas (cf. Dt 4,19-20; Jr 8,2; Ez 8,16), mientras que los demás astros y lo que ellos llamaban «potencias del cielo», representaban a los jefes que se sentían hijos de esas divinidades y en su nombre oprimían a los pueblos, sintiéndose ellos también como seres divinos (Is 14,12-14; 24,21; Dn 8,10). Pues bien, en línea con el Primer Testamento, Jesús no pretende describir la caída de un imperio o cosa por el estilo, para él lo más importante es anunciar los efectos liberadores de su evangelio; y es que el evangelio de Jesús debe propiciar, en efecto, el resquebrajamiento de todos los sistemas injustos que de uno u otro modo se van erigiendo como astros en el firmamento humano.

Jesús es consciente y sabe que la única forma de rescatar, redireccionar el rumbo de la historia por los horizontes queridos por el Padre y su justicia, es haciendo caer los sistemas que a lo largo de la historia intentan suplantar el proyecto de la justicia querido por Dios, con un proyecto propio, disfrazado de vida pero que en realidad es de muerte. Esta tarea la debe realizar el discípulo, el que ha aceptado a Jesús y su proyecto. Recordemos la intencionalidad teológica y catequética de Marcos: a Jesús, el Mesías (cuyo «secreto» se mantiene a lo largo de todo el evangelio), sólo se le puede conocer siguiéndolo; y bien, el seguimiento implica no sólo ir detrás de él, implica además, tomar el lugar de él, asumir su propuesta como propia y luchar hasta el final por su realización.

Discípulas y discípulos están entonces comprometidos en ese final de los sistemas injustos cuya desaparición causa no miedo, sino alegría, aquella alegría que sienten los oprimidos cuando son liberados. Ésa debiera de ser nuestra preocupación constante y el punto para discernir si en efecto nuestras tareas de evangelización y nuestro compromiso con la transformación de lo injusto en relaciones de justicia está causando de veras el efecto que debe tener el evangelio, o si simplemente estamos ahí a merced de las corrientes del momento esperando quizás que se cumpla lo que no ni siquiera pasó por la mente de Jesús.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 105, «Dos moneditas de cobre», de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil. El guión y su comentario pueden ser tomados de aquí: http://untaljesus.net/texesp.php?id=1500105 Puede ser escuchado aquí: http://untaljesus.net/audios/cap105b.mp3

El planteamiento ordinario del fin del mundo dentro de las religiones –al menos, ciertamente, dentro del judeocristianismo–, ha adolecido de nuestro típico antropocentrismo: el fin del mundo se equipara, exactamente, a lo que pasará al plan de la «historia de la salvación» (humana) por parte de Dios… Aunque lo consideramos como «el fin del mundo», en realidad es el final «de nuestro pequeño mundo», del pequeño mundo de nuestra religión, que cree que ella misma ocupa todo el escenario, toda la realidad… Así, consideramos que los dos grandes protagonistas de la realidad somos, exclusivamente, Dios y nosotros, y que el mundo va a acabar cuando Dios decida que acabe nuestra aventura humana en su/nuestra «historia de salvación. En esa perspectiva queda totalmente olvidado el mundo mismo, o sea, la realidad cósmica, el cosmos… Leer más…

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14.11. 21: Vendrá el Hijo del hombre: Apocalipsis y Reino; Karma y Yoga (Dom 33 TO)

domingo, 14 de noviembre de 2021
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 AF0FA0A9-53CE-4701-8D66-FE8AA7BBBF9BDel blog de Xabier Pikaza:

El ciclo litúrgico 2021 culmina este domingo y el próximo con el “anuncio” del Hijo del Hombre y su Reino.

El sol se apagará, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad… No pasará esta generación antes que todo eso se cumpla (Mc 13, 24-32).

Estas palabras son un compendio de la oración como apertura al futuro de Dios (¡venga tu Reino!) y de la acción humana como preparación marcada por el pan compartido (¡pan nuestro de cada día!) y el perdón (¡perdónanos como perdonamos!).

Al lado de ese Apocalipsis y Futuro cristiano, la tradición casi constante de Oriente (expresada por el hinduismo) presenta la vida como Karma (Samsara) y Yoga (liberación del tiempo).

En vez de presentar hoy la “cara” del Apocalipsis-Futuro cristiano, presentaré la “cruz” o “anverso” hindú: La vida como iluminación de la supra-vida, más allá del tiempo y de la acción humana. Así recojo el tema del próximo curso del Cites-Ávila (19-21.11).  Buen domingo a todos.

El hinduismo tiene un carácter monista: identifica toda realidad con el Uno. Por eso decimos que es pan-hénico (en griego: todo es uno) y tiene un rasgo místico (la religión se concibe como integración del ser humano en el misterio de la totalidad sagrada).De esa forma añadimos que es advaita: No hay verdadera “dualidad”; cada ser humano se descubre integrado en el “todo”; cada vida es así todas las vidas, siendo una misma (ella misma).

FC6DCA00-B9CC-450C-80E2-C0B611441B22 Rompiendo la barrera de su individualidad, llegando al manantial donde emerge su auténtico sí mismo (Atmán), el humano se descubre identificado en y con el todo (Brahman), tanto en clave diacrónica (en su alma desemboca el alma o vida de miles de vidas anteriores) como sincrónica (el individuo es el Todo abarcador universal, divino, no una parte entre otrs). Infinitas veces repetida, configurada en mil maneras, esta experiencia de identificación con la totalidad constituye el sustrato radical de la religiosidad hindú.

 La finalidad, la esencia más honda,  de la experiencia religiosa no consiste en esperar la revelación de una palabra que nos viene desde fuera, ni en dialogar con un sujeto divino transcendente, ni en comunicarse con otros seres humano, ni en esperar la llegada (apocalipsis) del Mesías, sino en liberar la vida interna del humano esclavizado, llevándola a un estado de transcendencia donde el alma se engolfa en el (lo)  absoluto. Los caminos que ha tomado esta mística pan-hénica, de unificación transcendente, sonvariados, diferentes las fórmulas que emplea, pero la meta es siempre semejante: hacer que el alma, sierva en un cosmos de sufrimiento repetido y constante dispersión o muerte, penetre en su morada original que es lo divino.  Especulación religiosa y mística intimista se han unido: En su profundidad el Atmán es lo Brahmán; tal es la confesión de fe hinduista. Ése es el camino de del Atmán en cada ser humano; ese es el despliegue o revelación (avatara) de Brahmán en cada individuo

Mi Atmán, que está en el interior de mi corazón, es más pequeño que un grano de arroz, que un grano de cebada,     que un grano de mostaza… Mi Atmán, que está en el interior de mi corazón, es más grande que la tierra, más grande que la atmósfera, más grande que el cielo, más grande que los mundos.

7CA5BAA0-2DAA-4A7F-83C5-529C0890CF3CMi Atmán, de quien son todas las actividades, todos los deseos  todos los colores, todos los sabores, que abarca todo, silencioso, indiferente… mi Atmán, que está en el interior de mi corazón, es Brahmán. Al dejar este mundo penetraré en é      (Chandogya-upanishad 3, 14).

              Lo divino puede recibir formas personales, como Shiva y Vishnú que son para muchísimos creyentes la expresión más alta y perfecta del misterio. Pero en el fondo de sí mismo, lo divino se despliega de manera impersonal, como gran Brahmán: Todo en que vivimos­ o nos introducimos cuando superamos el nivel de las conexiones exteriores que nos atan a un mundo de pura apariencia. Lo divino puede expandirse y multipli­carse también en múltiples figuras de dioses protectores y demonios, de personas o símbolos antiguos, que aparecen así como avataras, transparencia humana del misterio sagrado.

DIOS INTERIOR, LA RUEDA DE LA VIDA: SAMSARA, KARMA, DHARMA, MOKSA

            Las religiones monoteístas ponen a Dios en el principio de su búsqueda y experiencia, y esperan su venida, esto es, su revelación plena, que para los cristianos se identifica con la venida del Hijo del Hombre, esto es, de la nueva humanidad. Por eso piden a Dios diciendo “venga tu reino”. Para los hindúes, en cambio, la pregunta por Dios como tal resulta secundaria y su “venida al fin del tiempo” no se entiende como fin (meta) de la historia humana, sino como desvelamiento de su realidad.

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“Años terribles y palabras de consuelo”. Domingo 33. Ciclo B

domingo, 14 de noviembre de 2021
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no_man_knoweth_the_hourDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Las lecturas del penúltimo domingo del Tiempo Ordinario parecen trasladarnos siempre a un mundo de ciencia ficción, difícil de ser tomado en serio. Sin embargo, los tres evangelios sinópticos contienen este discurso de Jesús sobre el fin del mundo. Lo cual significa que, para los primeros cristianos, era algo esencial: un mensaje de esperanza y consuelo en medio de las persecuciones.

La 1ª lectura y el evangelio coinciden en ser la respuesta a momentos de crisis, mucho más profundas de las que nosotros a veces padecemos. Ambos textos pretenden consolar a los que atraviesan esta dura prueba.

Tres años terribles (169-167 a.C.)…

            Los años 169-167 a.C. fueron especialmente duros para los judíos. El 169, Antíoco Epífanes, rey de Siria, invadió Jerusalén, entró en el templo y robó todos los objetos de valor, después de verter mucha sangre. El 167, un oficial del fisco enviado por el rey mata a muchos israelitas, saquea la ciudad, derriba sus casas y la muralla, se lleva cautivos a las mujeres y los niños, y se apodera del ganado. Al mismo tiempo, Antíoco, obsesionado por imponer la cultura griega en todos sus territorios, prohíbe a los judíos ofrecer sacrificios en el templo, guardar los sábados y las fiestas, y circuncidar a los niños [como si a nosotros nos prohibieran celebrar la eucaristía y bautizar a los niños]; y manda contaminar el templo construyendo altares y capillas idolátricas, y sacrificando en él cerdos y animales inmundos.

            Estos acontecimientos provocaron dos reacciones muy distintas: una militar, la rebelión de los Macabeos; otra teológica, la esperanza apocalíptica, que encontramos reflejada en la 1ª lectura de hoy.

            Apocalipsis significa “revelación”, “desvelamiento de algo oculto”. La literatura apocalíptica pretende revelar un secreto escondido, que se refiere al fin del mundo: momento en que sucederá, señales que lo precederán, instauración definitiva del Reino de Dios. Es una literatura de tiempos de opresión, de lucha a muerte por la supervivencia, de búsqueda de consuelo y de unas ideas que den sentido a su vida. La única solución consiste en que Dios intervenga personalmente, ponga fin a este mundo malo presente y dé paso al mundo bueno futuro, el de su reinado.

… y la respuesta del libro de Daniel (1ª lectura)

            En aquel tiempo surgirá Miguel, el gran príncipe que defiende a los hijos de tu pueblo. Será aquél un tiempo de angustia como no habrá habido hasta entonces otro desde que existen las naciones. En aquel tiempo se salvará tu pueblo: todo los que se encuentren inscritos en el Libro. Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, unos para la vida eterna, otros para el oprobio, para el horno eterno. Los doctos brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a la multitud la justicia, como las estrellas, por toda la eternidad.

            Se anuncia al profeta que habrá un tiempo de angustia como no lo ha habido nunca; pero, al final, se salvará su pueblo, mientras que los malvados serán castigados. Todo esto no puede ocurrir en este mundo, el autor está convencido de que este mundo no tiene remedio. Ocurrirá en el mundo futuro, cuando unos resuciten para ser recompensados y otros para ser castigados. Entre los buenos el autor destaca a los doctos, a los que enseñaron a la multitud la justicia, que brillarán como las estrellas, por toda la eternidad. Con ello deja clara su opción política y religiosa: la solución no está en las armas, como piensan los Macabeos.

Una década fatal (60-70 d.C.)…

            No sabemos con seguridad cuándo se escribió el primer evangelio. Pero lo que ocurrió en la década de los 60 del siglo I ayuda a comprender lo que dice el texto de este domingo.

            El año 61 hubo un gran terremoto en Asia Menor que destruyó doce ciudades en una sola noche (lo cuenta Plinio en su Historia natural 2.86). El 63 hubo un terremoto en Pompeya y Herculano, distinto de la erupción del Vesubio el año 79. El 64 tuvo lugar el incendio de Roma, al parecer decidido por Nerón y del que culpó a los cristianos. El 66 se produce la rebelión de los judíos contra Roma; la guerra durará hasta el año 70 y terminará con el incendio del templo y de Jerusalén. El 68 hubo otro terremoto en Roma, poco antes de la muerte de Nerón. El 69, profunda crisis a la muerte de Nerón, con tres emperadores en un solo año (Otón, Vitelio y Vespasiano).        En la mentalidad apocalíptica, terremotos, incendios, guerras, disensiones son signos indiscutibles de que el fin del mundo es inminente.

            Por otra parte, la comunidad cristiana sufre toda clase de problemas. Unos son de orden externo, provocados por las persecuciones de judíos y paganos: se les acusa de rebeldes contra Roma, de infanticidio y de orgías durante sus celebraciones litúrgicas; se representa a Jesús como un crucificado con cabeza de asno. Otros problemas son de orden interno, provocados por la aparición de individuos y grupos que se apartan de las verdades aceptadas. La primera carta de Juan reconoce que “han venido muchos anticristos”, no uno solo (1 Jn 2,18), y que “salieron de entre nosotros”.

… y la respuesta del evangelio de Marcos

            En este ambiente tan difícil, el evangelio de Marcos también ofrece esperanza y consuelo mediante un largo discurso (capítulo 13). Todo comienza con un comentario ocasional de Jesús. Estando en el monte de los Olivos, donde se goza de una vista espléndida del templo, dice a los discípulos: «¿Veis esos grandes edificios? Pues se derrumbarán sin que quede piedra sobre piedra.»

            A ellos les falta tiempo para identificar la destrucción del templo con el fin del mundo. Entonces, Pedro, Santiago, Juan y Andrés le preguntan en privado: «¿Cuándo sucederá todo eso? ¿Y cuál es la señal de que todo está para acabarse?» Los dos temas que obsesionan a la apocalíptica: saber qué señales precederán al fin del mundo y en qué momento exacto tendrá lugar.            La lectura de este domingo ha seleccionado algunas frases del final del discurso, en las que reaparecen estas dos preguntas, pero en orden inverso: primero se habla de las señales, luego del tiempo. En medio, la gran novedad, algo por lo que no han preguntado los discípulos: la venida gloriosa del Señor.

Las señales del fin y la venida del Señor

            Mas por esos días, después de aquella tribulación, el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, las estrellas irán cayendo del cielo, y las fuerzas que están en los cielos serán sacudidas. Y entonces verán al Hijo del hombre que viene entre nubes con gran poder y gloria; entonces enviará a los ángeles y reunirá de los cuatro vientos a sus elegidos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo.

            Las señales no acontecen en la tierra, sino en el cielo: el sol se oscurece, la luna no ilumina, las estrellas caen del cielo. Pero lo que ocurre no provoca el pánico de la humanidad. Porque la desaparición del universo antiguo da lugar a la venida gloriosa del Señor y a la salvación de los elegidos. Indico algunos detalles de interés en estos versículos.

            1) A Dios no se lo menciona nunca. Todo se centra, como momento culminante, en la aparición gloriosa de Jesús.

            2) De acuerdo con algunos textos apocalípticos judíos, se pone de relieve la salvación de los elegidos. Esto demuestra el carácter opti­mista del discurso, que no pretende asustar, sino consolar y fomentar la esperanza, aunque no encubre los difíciles momentos por los que atravesará la Iglesia.

            3) A diferencia de otros textos apocalípticos, que conceden gran importancia a la descripción del mundo futuro, aquí no se hace la menor referencia a ese tema, como si pudiera descentrar la atención de la figura de Jesús.

            El momento del fin

“De la higuera aprended esta parábola: cuando ya sus ramas están tiernas y brotan hojas, sabéis que el verano está cerca. Así también vosotros, cuando veáis que sucede esto, sabed que Él está cerca, a las puertas. Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. Pero de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre.”           

            La parte final contiene tres afirmaciones distintas: 1) vosotros podéis saber cuándo se acerca el fin (parábola de la higuera); 2) el fin tendrá lugar en vuestra misma generación; 3) el día y la hora no lo sabe más que Dios Padre.

            La segunda es la más problemática. Si se refiere a la caída de Jerusalén no plantea problema, porque tuvo lugar el año 70. Pero, si se refiere al fin del mundo, no se realizó. A pesar de todo, es posible que así la interpretasen muchos cristianos, conven­cidos de que el fin del mundo era inmi­nente. Así pensó Pablo en los primeros años de su actividad apostólica.

            Pero al lector debe quedarle claro lo que se dice al final: nadie sabe el día ni la hora, y lo importante no es discutir o calcular, sino mantener una actitud vigilante [este tema, importantísimo, lo ha suprimido la liturgia de forma incomprensible].

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Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario. 14 de Noviembre de 2021

domingo, 14 de noviembre de 2021
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“Aprended lo que os enseña la higuera: cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, sabéis que la primavera está cerca”

(Mc 13, 24-32)

Estos textos de tono apocalíptico son más bien oscuros y difíciles de comprender. La mente se nos va a esas películas que nos muestran el fin del mundo sin regatear en imaginación. Grandes cataclismos, invasiones de extraterrestres, cualquier cosa puede valer para explicar que esta materia, que este mundo, tal cual lo conocemos, puede terminar.

El fin de lo conocido nos aboca a las grandes preguntas, nos enfrenta con el sentido de la vida.

Pero en realidad, que el mundo continúe o no, es más bien secundario. Sin embargo, nuestra condición finita nos inquieta. De la misma manera que un día recibimos el aliento y estrenamos la vida en este mundo, un día entregaremos un último aliento y dejaremos esta realidad.

Si coincide con el fin de este mundo o no, no tiene tanta importancia porque para quien muere termina.

Pienso que estos textos quieren ayudarnos a tomar conciencia de que la vida pasa. Esta vida que conocemos y respiramos cotidianamente terminará y eso en principio no es injusto ni cruel, solamente es parte de la vida.

Podríamos decir que no tenemos la vida en propiedad, solo en usufructo. Se nos da por un tiempo para que la disfrutemos y la cuidemos. Después tendremos que devolvérsela a su dueño y Él nos dará otra.

Aquí las palabras y las comparaciones se quedan cortas, pero nos ayudan. La higuera con sus ramas tiernas anuncia la primavera que significa el fin del invierno. Una realidad que pasa y da inicio a otra. Lo mismo cada uno de nosotros. Un día moriremos y ese mismo día empezará algo nuevo. La vida en plenitud.

Oración

Quítanos el miedo a la muerte, Trinidad Santa. Enséñanos a mirarla como parte de la vida. Que nos dejemos transformar en brotes tiernos de vida resucitada.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Dios no tiene pasado ni futuro, es un eterno presente.

domingo, 14 de noviembre de 2021
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For Lawrence 4DOMINGO 33º (B)

Mc 13,24-32

Estamos en el c. 13 de Marcos, dedicado todo él al discurso escatológico. Este capítulo hace de puente entre los relatos de la vida de Jesús y la Pasión. Los tres sinópticos proponen un discurso muy parecido, lo cual hace suponer que algo tiene que ver con el Jesús histórico. Pero las diferencias entre ellos son tan grandes, que presupone una elaboración de las primeras comunidades. Es imposible saber hasta que punto Jesús hizo suyas esas ideas. Tampoco debe sorprendernos que pensara como los demás.

Estamos ante una manera de hablar que no nos dice nada hoy. No se trata solo del lenguaje como en otras ocasiones. Aquí son las ideas las que están trasnochadas y no admiten ninguna traducción a un lenguaje actual. Tanto en el AT como en el NT, el pueblo de Dios está volcado sobre el porvenir. Israel se encuentra siempre en tensión hacia la salvación que ha de venir… y nunca llega. Desde Abrahán, a quien Dios dice: «sal de tu tierra», pasando por el éxodo hacia la tierra prometida; y terminando por el Mesías definitivo, Israel vivió siempre esperando de Dios la salvación que le faltaba.

La apocalíptica fue una actitud vital y un género literario. La palabra significa “desvelar”. Escudriñaba el futuro partiendo de la palabra de Dios. Nació en los ambientes sapienciales y desciende del profetismo. Desarrolla una visión pesimista del mundo, que no tiene arreglo; por eso, tiene que ser destruido y sustituido por otro de nueva creación. Invita, no a cambiar el mundo, sino a evitarlo. El futuro no tendrá ninguna relación con el presente. El objetivo era que la gente aguantara el chaparrón en tiempo de crisis.

Escatología procede de la palabra griega «esjatón», que significa “lo último”. Su origen es también la palabra de Dios, y su objetivo, descubrir lo que va a suceder al final de los tiempos, pero no por curiosidad, sino para acrecentar la confianza. El futuro está en manos de Dios y llegará como progresión del presente, que también está en manos de Dios, y es positivo a pesar de todo. Este mundo no será consumido sino consumado. Dios salvará un día definitiva­mente, pero esa salvación ya ha comenzado aquí y ahora.

En tiempo de Jesús se creía que esa intervención definitiva iba a ser inminente. En este ambiente se desarrolla la predica­ción de Juan Bautista y de Jesús. También en la primera comunidad cristiana se vivió esta espera de la llegada inmediata de la parusía. Solamente en los últimos escritos del NT, es ya patente un cambio de actitud. Al no llegar el fin, se empieza a vivir la tensión entre la espera del fin y la necesidad de preocuparse de la vida presente. Se sigue esperando el fin, pero la comunidad se prepara para la permanen­cia.

Hasta aquí hemos afrontado la salvación desde una visión mítica que ha durado miles y miles de años. Ahora vamos a situarnos en el nuevo paradigma en el que nos movemos hoy. Al superar la idea del dios intervencionista, se nos plantea un dilema. Por una parte sabemos que Dios no tiene pasado ni futuro sino que está en la eternidad. Por otro lado, el hombre no puede entender nada que no esté en el tiempo y el espacio. Meter a Dios en el tiempo es un disparate. Sacar al hombre del tiempo y el espacio, es tarea inútil.

Los novísimos (muerte, juicio, infierno y gloria) son viejísimos conceptos mitológicos que hoy no nos sirven para nada. Sabemos con absoluta certeza que no puede haber conciencia individual sin la base de un cerebro sano y activado. ¿Cómo podemos seguir aceptando una salvación para cuando no quede ni una sola neurona operativa? Piensa por tu cuenta, no sigas tragando el pienso que otros han preparado para ti, no sin antes haberte puesto orejeras para que la realidad no te espante. La realidad supera toda posible expectativa humana. Dios se ha dado, todo, a cada uno desde siempre.

Hoy sabemos que el tiempo y el espacio son productos de la mente. ¿Qué sentido puede tener el hablar de tiempo y espacio cuando ya no haya mente? Hablar de un cielo o infierno más allá de este mundo no tiene ningún sentido. Hablar de un “día del juicio”, cuando no haya tiempo ni espacio, es un contrasentido. Hablar de lo que Dios ha hecho en el pasado o de lo que va hacer en el futuro, es proyectar sobre él nuestros anhelos. Dios es un eterno presente. En el aquí y ahora debemos descubrir lo está siendo para nosotros siempre. En el aquí y ahora debemos hacer nuestra su salvación.

No esperes más a salir de una mitología que nos ha mantenido pasmados durante tanto tiempo. Salta de la pecera adonde has estado confinado y descubre el océano. Ni Dios tiene que cambiar nada ni Jesús tiene que volver al final de los tiempos a rematar su obra. Esperar que el bien triunfe sobre el mal, supone, no solo que existe el mal y el bien (maniqueísmo), sino que sabemos perfectamente lo que es bueno y lo que es malo y pretendemos, como en el caso de Adán y Eva, ser nosotros los que decidamos.

Todos los seres humanos que han vivido una experiencia cumbre han experimentado la verdadera salvación, que consiste en una conciencia clara de lo que son. Para alcanzar esa plenitud no se necesita ningún añadido a lo que ya es el hombre, ni quitarle nada de lo que tiene. Desde esta perspectiva no necesitaríamos un Ser supremo que nos quite lo que no nos gusta y nos dé todo aquello que creemos necesitar y no tenemos. Tú lo eres todo. Estás en la plenitud de ser y puedes vivir lo absoluto que hay en ti, aquí y ahora.

No tienes que esperar ninguna salvación que te venga de fuera, porque ahora mismo estás absolutamente salvado. La plenitud está ya en ti. Solo tienes que tomar conciencia de lo que eres y vivirlo. Todo está en ti en el momento presente. Nadie te puede añadir nada ni quitar nada de lo que te es esencial. En ningún momento futuro tendrás más posibilidades de ser tú mismo que en este precioso instante. Eres ya uno con todo en el instante presente y no hay ningún otro instante mejor que este.

Todo miedo y ansiedad debe desaparecer de tu vida, porque todas tus expectativas están ya cumplidas sin limitación posible. Si echas en falta algo es que aún estás en tu falso ser y pesa más lo accidental que lo esencial. Ningún tiempo pasado fue mejor y ningún tiempo futuro puede ser mejor que el ahora. Lo que te ha pasado, lo que te pasa y lo que te pasará es lo mejor que te puede pasar. Deja de dar valor a las circunstancias positivas y deja de temer las adversas. Descubre lo que eres y vívelo.

Todo el que te prometa una salvación para mañana o para después de tu muerte te está engañando. Si alguien te convence de que eres una mierda y tiene que venir alguien a sacarte de tus miserias, te está engañando. Aquí y ahora puedes descubrir en ti una absoluta plenitud y alcanzar la felicidad sin límites. No esperes a mañana porque mañanas estarás en las mismas condiciones que hoy. Muchos seres humanos lo han conseguido a través de la historia, ¿por qué no lo vas a conseguir tú?

Meditación

La realidad que todos vemos por igual
está diciendo cosas distintas a cada uno.
El ser humano tiene que aprender a ver
mucho más de lo que le entra por los ojos.
La verdadera realidad hay que descubrirla.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

 

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Norma de vida.

domingo, 14 de noviembre de 2021
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«Y entonces verán al Hijo del Hombre que viene entre nubes con gran poder y gloria»

Para la mentalidad de las primeras comunidades cristianas el final de los tiempos era algo inminente, y el texto de Marcos refleja esa mentalidad. Es difícil saber si Jesús participaba de ella —los especialistas no terminan de ponerse de acuerdo—, pero en caso de ser así, lo positivo sería que la imagen de Jesús sometido a error —como cualquiera de nosotros— nos mostraría al hombre verdadero en el que creemos, y no esa divinidad disfrazada de ser humano que tan a menudo nos tienta.

Refiriéndonos al texto, la imagen de la hecatombe universal que en él se narra no nos interesa nada, pues nadie cuenta con vivir esa experiencia. Lo que nos interesa es que cada uno de nosotros camina hacia el final de su propio tiempo; que nuestra vida es camino que se dirige paso a paso hacia la muerte, y que nada en la vida de un cristiano tiene sentido sino es mirando al final que le espera.

Por eso, una excelente metáfora de nuestra vida es la del caminante. Sabemos que mientras dura el camino estamos sujetos a error; que tenemos propensión a confundir lo que es mera apariencia con la verdad, y que ese error es lo que habitualmente nos mueve a elegir el mal y echar a perder nuestra vida. Como decía Sócrates, cuando optamos por el mal lo hacemos siempre por su apariencia de bien.

Por ejemplo, el suicida piensa que así se va a liberar de los agobios de esta vida; el terrorista, que está sirviendo a una causa justa; el vengativo, que así se sentirá mejor, y el que se emborracha, por la agradable sensación de beber y el estado de euforia que sigue a la borrachera. En el fondo de toda mala conducta, no subyace normalmente la maldad, ni la voluntad de ofender, ni siquiera la debilidad, sino el error.

Y así las cosas, lo que nos dice Marcos en el evangelio de hoy es que Jesús —al final de su vida— se proclama camino de verdad y nos urge con fuerza a optar por él; que la Palabra está ahí para mostrarnos el camino; para salvar nuestra vida del error y del desastre.

Pero lo hace en el un lenguaje escatológico que no va con nuestro estilo y nos obliga a recurrir a los especialistas para tratar de desentrañar el mensaje. Y lo que estos nos dicen es que Marcos se vale de unas imágenes soberbias para presentarnos a Jesús como el juez supremo del bien y el mal; como la norma de nuestra vida: «Y entonces verán al Hijo del Hombre que viene entre nubes con gran poder y gloria; y enviará a los ángeles…».

Un último apunte. El evangelio asocia siempre el final con un juicio, y lo hace usando una escenografía colosal que no debe confundirnos. Lo que significa ese juicio es que al final de todo resplandecerá la verdad; que al final, los seres humanos nos encontraremos con la revelación definitiva del bien y el mal, del acierto y el error. Que Jesús es la norma definitiva de vida, y que no aceptarlo es equivocarse.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí

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El futuro es ahora, el futuro es hoy.

domingo, 14 de noviembre de 2021
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be049393-b957-4c3c-b627-bff8f43ca607(MC 13,24-32)

El evangelio de este domingo tiene profundas resonancias apolíticas. Está integrado en una secuencia que algunas y algunos exégetas denominan el “pequeño apocalipsis de Marcos”.  El género apocalíptico se desarrolla en contexto de grandes crisis y dificultades y tiende a reflejar un fuerte dualismo: la lucha del bien contra el mal en contextos y tiempos límites en los que parece que la injusticia y la violencia están saliendo vencedoras y la vida es arrasada.

Desde un imaginario “catastrofista” el evangelio apunta a la esperanza y urge atención y responsabilidad con los signos más pequeños y cotidianos para señalar que el presente tiene futuro, porque Dios no abandona a la creación y la humanidad más herida, sino que esta incrustado en lo más profundo de ella como una potencia inédita que pide nuestra responsabilidad y atrevimiento, pero ¿qué puede decirnos este texto a los cristianos y cristianas de hoy?

En estas últimas semanas estamos viviendo la COP 26 en Glasgow y las movilizaciones mundiales exigiendo justica climática frente a la situación de alerta roja que sufre la vida en el planeta. También estamos viviendo las consecuencias del colapso denunciado desde hace décadas por los y las ecologistas y sus consecuencias en la crisis de los abastecimientos de materias primas, a la vez que el covid y la pandemia del hambre y las guerras siguen haciendo estragos en los sures del planeta.

Estamos inmersas en pleno corazón del Antropoceno, o como otros prefieren llamar del Capitalozeno, es decir una nueva era en la que la humanidad se ha convertido en una fuerza geológica autodestructiva, bajo el prisma del capitalismo. El cambio climático, la pérdida de biodiversidad y el agotamiento de los recursos naturales nos abocan a una situación catastrófica, a la vez que el margen del que disponemos para acometer cambios estructurales que mitiguen el colapso es cada vez más corto.

En el año 2020 más de 82 millones de personas se han visto obligadas a abandonar sus países de origen como consecuencia de la violencia política y armamentística, y de los   desastres ecológicos En España hay más de 30.00 personas solicitantes de asilo a la espera de encontrar una alternativa a la pesadilla que a día de hoy son sus vidas. En esta realidad apocalíptica somos urgidas y urgidos no a la esperanza ingenua, sino a la esperanza comprometida, a estar atentas y atentos a los pequeños signos que en medio de los escombros de esta civilización señalan que hay otras formas de vida y estilos de relación y organización de lo común más allá del individualismo y de la escisión con la naturaleza y su explotación. Personas y colectivos que nos recuerda que es posible tener vidas que merecen la alegría y la esperanza de ser vividas, vidas que inauguran una nueva era, un tiempo emergente que hay que forzar, al modo de Jesús de Nazaret, poniendo en el centro el cuidado, empezando por la humanidad y la creación más vulnerada.

“Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, decid que el verano esta acerca, pues cuando veáis vosotros suceder esto, sabed que Él está cerca, a la puerta”. Es tiempo de metanoias profundas desde lo más íntimos y personal a lo más estructural. Es tiempo como dice el papa Francisco de “un cambio de rumbo”. El futuro es ahora, el futuro es hoy.

Pepa Torres Pérez

Fuente Fe Adulta

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Todo es ahora, presente atemporal.

domingo, 14 de noviembre de 2021
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Patagonia.6Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario

14 noviembre 2021

Mc 13, 24-32

Más o menos afligidos por las circunstancias que nos tocan vivir, los humanos tenemos tendencia a idealizar el pasado -la imagen tradicional en nuestra cultura hablaba del “paraíso original”, del que habríamos sido arrojados por nuestro pecado- y a proyectar la felicidad en el futuro -en un “cielo” o “paraíso” que colmaría definitivamente todos nuestros deseos-.

 Tal lectura habla, prioritariamente, de nuestros deseos y se basa en una lectura secuencial del tiempo. Por ello mismo, presenta dos puntos radicalmente cuestionables: por un lado, parece olvidar que todas las formas se hallan sometidas a la ley de la impermanencia -dicho de otro modo: es imposible hablar de “plenitud” referida a cualquier forma-; por otro, la lectura secuencial del tiempo es una creación mental.

 A partir de esa doble constatación, emerge una nueva luz que ilumina nuestra comprensión. Lo realmente real trasciende las formas y solo existe el presente.

 Las formas evolucionan, cambian, se mueven…, pero sin dejar de ser impermanentes, por lo que se verán siempre sometidas a altibajos (no existe ningún “cielo” o “paraíso” para ellas, donde hallarían descanso).

 Lo que somos, más allá de la forma “personal” en la que nos experimentamos, es plenitud de presencia o presencia consciente, permanente y estable. Carece de sentido esperar un “futuro” perfecto. Lo que seremos ya lo somos. Por lo que se entiende el dicho de un místico, cuyo nombre he olvidado: “Si no estás en el cielo ahora, tampoco estarás en él cuando te mueras”.

 Y ahí se muestra, una vez más, nuestra paradoja: somos, a la vez, vulnerabilidad -en la forma impermanente- y plenitud.

¿Puedo percibir la plenitud que soy y, desde ella, aceptar la vulnerabilidad e impermanencia de mi persona?

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