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¿Por qué mataron a Jesús? ¿Por qué mueren como él millones de inocentes? (violencia, envidia, poder del sistema).

Viernes, 5 de noviembre de 2021

bajarcruzpobresDel blog de Xabier Pikaza:

En el contexto del día de los difuntos (2.11.1) quiero evocar la razón de la muerte de Jesús, situando en ese contexto la muerte de miles de personas, que mueren como él, por causa de la violencia del sistema, de la envidia y del deseo de poder de los poderosos.

Los responsables de la muerte de Jesús (Pilato y Caifas, sacerdotes e incluso Pedro con otros discípulos, Judas…) han sido unos hombres normales, pero representantes de un sistema de violencia que necesitan matar o dejar que unos mueran para que funcione el sistema [1].

Los que hicieron morir a Jesús no eran peores que los otros: ni Pilato era perverso, ni los sacerdotes eran corruptos (aunque defendían su sistema). Herodes y Pilato, sacerdotes y soldados, verdugos y enterradores, eran personajes normales que defendían los intereses de su ley. No le mataron porque fueran peores, sino porque formaban parte de aquel “sistema” y para seguir viviendo aquel sistema necesitaba matar a gente como Jesús. Las causas por las que murió Jesús son las mismas por las que siguen muriendo actualmente miles de personas cada día[2].

1.Le mató el sistema, murió por fidelidad a su mensaje

Por fidelidad a su proyecto mesiánico, Jesús tuvo que contar con la posibilidad de su muerte y aceptarla. Anunció y preparó la llegada del Reino de Dios, poniéndose al servicio de los pobres y excluidos, y de esa forma subió a Jerusalén, para anunciar y promover con su vida la llegada del Reino. El reino de Dios no llegó de manera externa, pero sus adversarios tuvieron miedo, y le condenaron a muerte.

Por anunciar y poner en marcha un proyecto de Reino de Dios, de humanidad solidaria y abierta a todos,  en contra de un tipo de templo de Jerusalén y por encima del Imperio de Roma (pero sin lucha militar, ni contra Jerusalén, ni contra Roma), Jesús se puso de hecho en conflicto con la doble autoridad “sagrada”, la del templo concreto (con su guardia paramilitar) y la de Roma (con sus legiones) y tuvo que dejarse condenar a muerte, pues, si quería ser fiel a sí mismo, no podía responder con violencia a los violentos, y si quería ser fiel al Reino de Dios no podía volverse atrás, esperando mejores tiempos, pues el kairos o tiempos de Dios ya había llegado (cf. Mc 1, 14-15; Gal 4, 4).

Así murió, por fidelidad a su proyecto de Reino (un proyecto totalmente humano, siendo plenamente “divino”, si se permite utilizar un lenguaje), pues no quiso volverse atrás, sino que vino a presentarlo de manera pública, desafiante y amorosa en el lugar más peligroso del mundo, que era entonces Jerusalén. Murió “asesinado” (se suele decir “ajusticiado”) por la justicia del sistema, que en el fondo le tenía miedo (cf. Mc 14, 1-2; Jn 11, 47-53). Murió “bajo Poncio Pilato”, como dicen los testimonios del Nuevo Testamento y los escritores antiguos, pero no le mató Pilato (que sería un hombre “malo” o corrupto), sino el sistema imperial que él representaba. Murió también, como sabe el Nuevo Testamento y ratifica Flavio Josefo (Ant 18, 63-64) por complicidad de los sumos sacerdotes del templo, no porque ellos fueran tampoco “malos o corruptos”, sino porque defendían su sistema sagrado.

Le mató el sistema, y así murió por los pecados de los hombres, es decir, de todos los hombres que forman parte del sistema, entendido ya de un modo “mundial”, pues Jerusalén y Roma son potencialmente “todo el mundo”. En ese sentido se dice que murió por nuestros pecados, como ratifica Pablo (1 Cor 15, 3-8), conforme a una sentencia que puede y debe entenderse de dos formas que son complementarios.

(a) Murió porque “los hombres le matamos”, es decir, le mataron los “jefes” del sistema, que ha cometido de esa forma el gran pecado (pecado original o universal), pecado “primero y final”, propio Adán, es decir, de la humanidad (cf. Rom 5): Ha venido el Hijo de Dios y le hemos matado.

(b) Murió porque él mismo se “entregó”, porque dio su vida por el Reino, es decir, por lo demás, como sabe Pablo y como expresan de forma ejemplar los textos eucarísticos (Mc 14, 22-24 par) y el gran “logion” de Mc 10, 45: «El Hijo del Hombre no venido a que le sirvan, sino a servir y dar su vida como “rescate” por muchos, es decir, por todos».

Por fidelidad al evangelio, en contra del sistema que domina sobre todos (todo y partes), proclamó Jesús la grandeza de Dios, que es amor infinito que vive y crea gratuitamente, amando a los más pobres. Externamente hablando, apenas cambió nada: siguió imponiéndose el sistema (en forma helenista o romana, política o sagrada), siguió habiendo disputa entre las partes del sistema (poderes políticos, económicos, nacionales…), continuó aplicándose una justicia que se expresa como equilibrio entre poderes violentos y parciales. Y sin embargo, él había sembrado una semilla de gracia por encima de la lucha universal del sistema, iniciando un tipo distinto de presencia creadora, una mutación gratuita de la vida humana, en línea de presencia de Dios y de superación del sistema de violencia.

Parecíamos condenados a una ley social y sacral que nos encierra en la cárcel de hierro del todo o en la lucha sin fin entre sus partes. Pues bien, superando ese nivel, Jesús nos ha dicho que podemos vivir como seres autónomos y libres, compartiendo una gracia de amor (un amor gratuito, una esperanza de vida) que es de Dios siendo humana. Nos ha dicho y ha mostrado que podemos “curarnos” de la enfermedad del miedo y la violencia y por eso ha subido a Jerusalén, el lugar adecuado y necesario, para pregonarlo.

Ésta es su mutación antropológica: el nuevo poder que Jesús nos ha ofrecido, de manera que ya no nacemos de la carne y de la sangre, sino del mismo Dios, como hijos suyos (cf Jn 1, 12-13). No somos esclavos de Dios (ni de un sistema superior), ni guerreros de una lucha sin fin entre partes enfrentadas (en talión del juicio), pues el mismo Dios nos hace infinitos en su gracia y por gracia podemos compartir nuestra vida, que es Vida de Dios[3].

Este es el experimento Jesús, que él ha ratificado con su muerte, en forma de “fracaso inmediato” (le han matado), pero que ha culminado en forma de “resurrección”: los cristianos han descubierto que este Jesús muerto (¡precisamente el Jesús al que han matado por creer lo que creía!) es revelación y presencia de Dios, es principio de una nueva humanidad, es decir, del Reino.

Hasta ahora, los hombres sólo conocían el poder del todo que se impone por arriba o de las partes que se combaten mutuamente en lucha sin fin, sostenido e impulsada por los varios “dioses” parciales de tribus, pueblos e imperios. Ahora ha surgido y se expande un tipo de no-poder, anunciado y esperado desde antiguo, la creatividad infinita de Dios y la gracia compartida de los hombres, la Presencia creadora del Padre, que anima y acoge a Jesús en su muerte (haciéndole semilla pascual de humanidad).

Ésta es la semilla que Jesús ha sembrado en toda clase de tierras (camino, pedregal, espinas, campo bueno…), pues puede germinar en todas ellas (cf. Mc 4), el grano de trigo que ha muerto (12, 14), para producir gran fruto. Es el germen de la nueva humanidad mesiánica que no vendrá sólo al final (en gesto impositivo), sino que ha venido ya en Jesús y se expande por sus discípulos, superando así la imposición de los poderes viejos que dominan sobre el mundo.

Jesús no se ha enfrentado de un modo militar a esos poderes: no ha querido disputarles ninguna parcela de dominio en clave de batalla. Pero ellos se han sentido amenazados y en nombre del sistema le han matado, y lo han hecho precisamente porque él no quería matar, superando con su vida y mensaje la violencia de los hombres de su entorno. Ésta es la paradoja: no buscaba el poder de nadie y sin embargo todos los poderes se han juntado y le han matado porque «no era de los suyos»: No pudieron soportar a un hombre que no quiso hacerles competencia, pero que les iba diciendo lo que eran, para que pudieran conocerse (y no quisieron).

 2.Murió por envidia de los sacerdotes (Mc 15, 10; Jn 11, 50).

 Estrictamente hablando, Jesús no ha venido a resolver los problemas de Roma (ni a combatir a los romanos), sino a cumplir las profecías de Israel, a implantar el Reino de Dios desde Jerusalén en todo el mundo. Pues bien, según los evangelios,  la “tragedia” no está en que Roma haya rechazado a Jesús (¡Jesús no vino a convertir directamente a Roma!), sino en que le haya rechazado Israel, pues Jesús vino a “convertir” a Israel, según las profecías (y después, convertido Israel, el Reino podría extenderse por ósmosis y testimonio creador, en línea de misión centrípeta y centrífuga, a todo el mundo).

En este contesto, ofreciendo una interpretación de conjunto de la historia humana (y de la muerte de Jesús), Marcos afirma (¡precisamente por boca de Pilato, el Romano) que los sacerdotes de Jerusalén tuvieron envidia de Jesús (Mc 15, 10), como se decía que Eva-Adán habían envidiado a Dios, como los ángeles guardianes habían envidiado a los hombres (1 En 6-36) y como los injustos envidiaron al justo (Sab 2).

En un pasaje anterior el mismo evangelio ha destacado el miedo: «Buscaban la manera de matarle, porque le tenían miedo (ephoboûnto gar auton) pues todo el pueblo estaba admirado de su doctrina» (Mc 11, 18). Quizá le temían directamente, porque les acusaba y anunciaba el fin del templo. Quizá temían que el pueblo, influído por Jesús, no les siguiera más.

En ese contexto sitúa Juan la reflexión de sacerdotes y fariseos, reunidos en sanedrín (tribunal de juicio): «Si le dejamos, todos creerán en él y vendrán los romanos y nos quitarán el lugar (=templo) y el ethnos (el pueblo)»(Jn 11, 48). Los sacerdotes tienen miedo de «perder su ley», es decir, su autoridad, de quedarse sin templo, sin sacrificios e ingresos económicos, es decir, sin pueblo. Así aparecen como signo de perversión sacral: no “sirven” para nada (nada aportan) y por eso se hacen «fin en sí»: necesitan fieles sometidos y lugares de influjo sagrado (como suponía en un contexto político el apólogo de Jotán: Jc 9, 7-20).

Desde ese fondo se entiende la intervención de Caifas, el sumo sacerdote, cargada de ironía y doble sentido, cuando expone su razón política:«Os conviene que muera un hombre por el pueblo y no que perezca todo el pueblo» (Jn 11, 50)[4].

Caifás defiende el interés de su grupo de sacerdotes-escribas dominantes, que él identifica, sin duda, con los intereses del pueblo judío, al que ellos controlan y dirigen desde el templo, en virtud del pacto de poder que han hecho con los romanos, conforme a la justicia/ley del templo. Los sacerdotes tienen que «defender» sus intereses, suponiendo que concuerdan o pueden compaginarse con los intereses de Pilato (conforme a un esquema de ley, dentro de un sistema de elipse que por ahora tiene dos polos: uno más sagrado, en Jerusalén; otro más político, en Roma). Lógicamente, ambos poderes se necesitan para mantener sus privilegios y para garantizar un tipo de paz (su paz) en Palestina. En este contexto, Marcos añade que «Pilato sabía que los sumos sacerdotes le habían entregado (a Jesús) por envidia» (Mc 15, 10, Mt 27, 18)[5].

De la envidia como principio satánico de todos los pecados y origen de la muerte trata Sab 2, 24; 6, 23. Pues bien, Marcos la presenta aquí en concreto como pecado supremo de los sacerdotes y causa de la muerte de Jesús, que salpica a Pilato y, en general, a todo el “sistema”, movido, según eso, por una “ley de envidia”.

Los sacerdotes no pueden robar a Jesús su prestigio, ni apoderarse de sus bienes, ni ocupar su puesto, pues no quieren ser como él (vivir en gratuidad). Pero tampoco pueden soportarle. Por eso le hacen morir, no para ocupar su puesto (no quieren ser como él), sino para impedir que Jesús tenga un puesto desde el que pueda acusarles con su vida y su palabra[6]. Esta es una envidia contagiosa y contaminante, que pone en marcha el proceso de Jesús y no termina hasta matarle, como muestra de forma ejemplar el relato de la muerte de Jesús en Mc 15. El mismo Pilato queda atrapado por ella y termina “asesinando” a Jesús según la justicia del sistema político supremo. ¡Todo el poder militar del mundo en pie de guerra para matar a un indefenso, a un no violento!

3.Murió por violencia de los poderosos: viñadores homicidas (Mc 12, 1-12 par)[7].

 Esta es una parábola que interpreta la muerte de Jesús en forma de asesinato terrorista, que no viene de parte de los pobres, sino de las autoridades.  La parábola supone (simbólicamente) que Dios ha dejado este mundo (esta viña) en manos de unos arrendatarios (sacerdotes, gobernantes civiles) que tienen la función de servir a los otros. Pero en vez de servirles se aprovechan. Pues bien, Dios les ha venido mandando desde antiguo mensajeros (profetas) para que se conviertan y pongan su autoridad al servicio de los pobres, de los excluidos etc. Pero ellos (las autoridades civiles y religiosas), en vez de recibir a los profetas y hacerles caso, les han matado, para aprovecharse de su autoridad y dominar sobre todo la tierra. Pues bien, al llegar la plenitud de los tiempos, Dios ha querido mandarles a su mismo Hijo, para que se conviertan y pongan su poder al servicio de los pobres, los enfermos, los excluidos del mundo.

Todavía le quedaba al amo un Hijo querido; lo envió al final a ellos (a los viñadores), diciendo: respetarán a mi hijo. Pero los viñadores se dijeron entre sí: «Este es el heredero. Vamos, matémosle y será nuestra la herencia». Y tomándole le mataron y le expulsaron fuera de la viña (Mc 12, 6-8).

  Pues bien, también en este caso, en vez de escuchar al enviado de Dios, los viñadores (las autoridades políticas y religiosas, y especialmente los sacerdotes de Jerusalén), para aprovecharse y ser dueños de la viña del mundo, han terminado (o van a terminar matando) al enviado, hijo de Dios, al representante de los pobres y excluidos de la vida. Así termina Jesús su parábola, preguntando: ¿Qué hará Dios si matan a su enviado?    ¿Cómo responderá? [8].

 Éste es el tema de fondo: Ha Jesús le han matado porque ha venido a pedir a los poderosos que pongan su poder, toda la Viña de Dios al servicio de los pobres. Pues bien, en vez de escucharle, en vez de poner al templo de Jerusalén y el imperio de Roma al servicio de los pobres y excluidos, ellos, los poderosos, han matado al “mensajero”, para quedarse con la herencia del mundo.

  Esta parábola cuenta así el asesinato central de la historia humana, eñ crimen definitivo. Hasta ahora los hombres no se habían definido. Habían comenzado a matar, pero no habían hecho de la muerte el fundamento de su vida, para conseguir así la herencia de Dios, haciéndose “dioses por violencia” (no por amor de Padre). Ahora lo hacen: han matado a Jesús para convertirse en dueños de la viña. Han matado a Jesús “hijo de Dios” para quedarse con la herencia de Dios, dominando así y matando a los pobres de la tierra, que son representantes de Dios. Es evidente que para conservar la viña que han conquistado matando, los viñadores tienen que estar dispuestos a seguir matando y matando sin fin, según ley de posesión violenta.

Pues bien, Marcos sabe que asesinato ha llegado hasta el mismo corazón de Dios, pues los renteros (hombres de ley impositiva) han matado a su «hijo querido» (signo de gracia). Ahora sabemos que verdadero señor de la parábola no era un arrendador codicioso, sino un Dios de gracia, pues ha entregado a su mismo Hijo en manos de los hombres. Así aparecen los poderes de la realidad. (1) Por un lado están los renteros, que se sitúan en el plano de la ley y actúan con violencia, para apoderarse de la viña y volverse propietarios violentos (dioses) de todo lo que existe. (2) Por otro lado se revela el Dios de gracia que envía a su Hijo desarmado, para que los hombres comprendan que no son arrendatarios de un Señor celoso, sino amigos del dueño de la viña. (

Entendida así, está parábola revela el mecanismo central de la historia. (1) Sabe, por un lado, que este mundo se edifica sobre cimientos de envidia y deseo posesivo, de violencia y muerte. Los renteros tienen envidia de Dios y precisamente por eso son renteros. No quieren compartir lo que son, ni lo que tienen y para defenderlo están dispuestos a matar al mismo Dios. (2) Pero ella sabe también que hay algo más grande que la envidia y violencia de los renteros: Está Dios que es Gracia amorosa, y el Hijo de Dios, que es Jesús y que muere para dar testimonio de esa gracia. En ese contexto se entiende la cita de un pasaje misterioso de la Escritura, que reinterpreta la historia humana, desde la experiencia de Jesús:

 «La piedra que rechazaron los arquitectos se ha convertido en piedra angular, ha sido Dios quien lo ha hecho y es algo admirable a nuestros ojos»(Mc 12, 10-11, con cita de Sal 118, 22-23).

 Dios no construye su “edificio” (humanidad) con métodos de talión, respondiendo a la violencia de los renteros con una violencia más alta, sino que se manifiesta en su verdad más honda, como gracia. Este es el Dios que construye en amor el edificio de la historia humana, respondiendo con su gracia a la violencia y ley del mundo. De esa forma el mismo Jesús, asesinado y expulsado de la viña aparece como pieza esencial de la nueva construcción, es decir, de un templo de humanidad, que no es templo de piedra de Jerusalén, ni el Edificio imperial de Roma. Para el evangelio no existen amos ni renteros, ni obligaciones que cumplir, ni deudas que pagar, sino un Padre Dios y unos hijos que pueden compartir y comparten gratuitamente los frutos de su viña (es decir, de su vida). Sólo así se entiende el hecho de que, por gracia de Dios, Aquel/Aquello que, según ley, no sirve para nada (Jesús asesinado, la piedra desechada) venga a presentarse como cimiento del nuevo edificio de la vida humana. En el lugar de máximo pecado de los hombres (que matan a Jesús) se ha desvelado la gracia de Dios Padre, es decir, la posibilidad de una vida que se funda en la “piedra” del «hijo querido», que ama hasta dar la vida, superando las imposiciones y las obligaciones de ley, bajo las que se encuentra la ley de los renteros.

 4. Murió con y por todos: La sangre de los asesinados (Lc 11, 47-51 par)

 Éste Jesús, Hijo querido, no está aislado, sino que su muerte aparece como culmen y compendio de todas las muertes:

«Ay de vosotros, que edificáis los sepulcros de los profetas, pues vuestros padres los habían matado. Así sois testigos (de ello) y aprobáis las obras de vuestros padres, porque ellos mataron y vosotros, por vuestra parte, edificáis» (Lc 11, 47-48; cf. Mt 23, 31-32).

Al construir los monumentos de los mártires, como queriendo distanciarse de sus padres asesinos (que mataron a los profetas), los hijos siguen aprobando su violencia y viviendo de ella. Este pasaje, leídos a la luz de Mc 12, 1-12, define a los hombres como constructores de sepulcros de profetas asesinados: primero matamos, destruimos a los otros, porque nos estorban, nos impiden triunfar y dominar sobre la tierra; pero luego les hacemos monumentos para mantener viva la memoria de nuestro triunfal asesinato. Sobre la sangre derramada de los enemigos (dioses u hombres) hemos elevado nuestra cultura[9].

Esta revelación vincula a los que matan y a los que dan culto a los muertos. Si unos (los malos) mataran y otros distintos (los buenos) hicieran sepulcros, no habría problema. Sin duda, nosotros seríamos de los buenos. Pero el evangelio dice que “matamos” y después (al mismo tiempo) queremos construir nuestro edificio (nuestra leyes) sobre el cimiento-piedra de los asesinados, en contra del Dios de Mc 12, 10-12, que construye sobre la «piedra asesinada», pero no para seguir asesinando, sino para superar por gracia todos los asesinatos Sobre ese muerto que es Jesús no podemos elevar ya un monumento pues su templo y monumento es la nueva humanidad reconciliada, sin violencia y juicio. Desde ese fondo se entiende el nuevo pasaje central del evangelio, puesto en boca de la Sabiduría de Dios, que dice:

Les enviaré profetas y apóstoles y a unos los matarán y a otros los perseguirán, de manera que a esta generación se le pedirá cuentas de la sangre de todos los profetas asesinados desde la creación del mundo, desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, que murió entre el altar y el templo. Si, en verdad os digo, se le pedirá cuentas a esta generación (Lc 11, 49 51;cf. Ap 18, 24).

Esta generación está formada por los que edifican los sepulcros de los profetas antiguos mientras matan a los actuales, haciéndose guardianes y testigos de un orden sacral (¡avalado por su dios!) para oprimir y expulsar con más firmeza a los hijos de Dios sobre la tierra. Éstos son los «renteros» de la parábola de Mc 12: los que piensan que la vida humana se establece en fórmulas de imposición, que llevan a la muerte de los profetas y del mismo «hijo querido». Desde este fondo se distinguen, desde evangelio, las dos actitudes básicas de los hombres. (1) La violencia de una ley sacral, representada por aquellos que, con pretexto de venerar a los mártires antiguos (edificando sus sepulcros), crean nuevos mártires. (2) La gracia de aquellos que se unen con los antiguos profetas asesinados y por eso mismo siguen siendo perseguidos. En nombre de estos últimos habla el evangelio, con un mensaje de martirio universal, interpretado ahora desde el Cristo, que aparece como representante de todos los mártires, unificador de todas las víctimas.

Pues bien, desde este fondo tenemos que decir que el Dios de Jesús «pide cuentas» de la sangre derramada, no sólo de la suya y de la de sus discípulos asesinados, sino también de la sangre de los profetas antiguos y de todos los judíos (y los hombres) sacrificados a lo largo de la historia. Pide cuentas, pero no para seguir matando, sino para dejar de matar. Por eso, la muerte de Jesús ha de entenderse como “última de todas las muertes”. Después de ellas, fundados en ella, los cristianos deben anunciar un mensaje de no-muerte universal. Éste es un descubrimiento desolador y consolador.

(1) Es un descubrimientodesolador, pues, por primera vez en la historia, descubrimos que (como seres humanos) somos responsables de todos los asesinatos de la tierra. Es como si las cabezas de las víctimas se hubieran unido en la cabeza de Jesús, como si al matarle matáramos al conjunto de la humanidad. Éste es el pecado original: no lo cometieron otros por nosotros; lo hemos cometido nosotros, como humanidad, en una línea de envidia, queriendo hacernos propietarios violentos de la tierra.

(2) Es undescubrimientoconsolador, pues sabemos ya que el amor del Abba Dios, revelado en Jesús, es más fuerte de que toda la violencia y que todos los asesinatos. Nosotros pertenecemos a la última generación, a la generación de los que “saben”: en la línea del asesinato de Jesús, podemos destruir la obra de Dios (la vida humana en el planeta); pero, en la línea de Jesús resucitado, podemos invertir el pecado de violencia, descubriendo a Dios como Perdón, como Abba de una nueva humanidad, que supera la muerte y se abre al futuro de la Vida, que es la Resurrección de los muertos, que ha empezado a realizarse ya en Jesús.

Nota final

Retomo en este trabajo una reflexión que he venido realizando desde hace algún tiempo, y que he presentado, sobre todo, en Antopología Bíblica, Sígueme, Salamanca 2006, recogida y sistematizada en Historia de Jesús, Verbo Divino, Estella 2012. El texto base ha sido publicado en gallego, en Revelación e solución da violencia,  Encrucillada 169. (2010) 5-20 y condensado  en Selecciones de teología, ISSN 0037-119X, 201  (2012), págs. 57-69

 NOTAS

[1] Los evangelios contienen relatos que parecen mitológicos, aunque llenos de hondura simbólica, como puede ser el exorcismo de Gerasa (Mc 5, 1-20). Pero cuando narran la condena de Jesús, ellos se sitúan en un plano histórico muy concreto: los que le mataron fueron hombres normales, que actuaron por impulsos humanos y cumplieron su deber, no unos ángeles perversos. Más aún, ellos han contado la muerte de Jesús de manera simple y honda, sin discursos moralistas. No le presentan como un héroe de epopeya o de tragedia, sino como alguien que asume y padece su muerte con gran humanidad; avanza decidido hacia ella, pero con miedo. En un nivel, todo es normal y todo se realiza conforme a la Escritura: varios profetas, algunos salmos, Sab 2, habían dicho ya que, enfrentados ante un conflicto semejante, los poderes de este mundo acabarían condenando al inocente. Pero, en otro nivel, todo es absolutamente nuevo: en la muerte de Jesús se encarna y manifiesta, de una vez y para siempre, la violencia irracional de la humanidad y el amor de Dios sobre ella.

[2] Cf. B. Sesboüé. Jesucristo. El único mediador, Sec. Trinitario, Salamanca, I, 1990, 49-97. En una línea convergente, a luz de 1 Hen 6-36, reinterpretado por autores cristianos, se ha dicho que Jesús ha muerto a consecuencia de un conflicto angélico: le habrían matado los demonios, agentes perversos del drama de la historia, como suponen algunos gnósticos; en esa línea se sitúa, por un momento, el mismo Pablo, cuando afirma que a Jesús le mataron los “poderes satánicos” de este mundo, que no conocieron a Cristo y que así, al matarle, se destruyeron a sí mismos (cf. 1 Cor 2, 8).  Cf. A. Orbe, Cristología gnóstica I-II, BAC, Madrid 1976. Para incluir la visión del Cristo gnóstico en el panorámica de las cristologías a lo largo de la historia, cf. J. Pelikan, Jesús a través de los siglos, Herder, Barcelona 1989.

[3] Los seguidores de Jesús no luchamos contra el todo (pretendiendo hacernos todo), ni tampoco contra unos poderes parciales (para arrebatarles una parcelita de poder). No aspiramos al imperio (contra el cesar), ni queremos construir un nuevo templo más piadoso (contra el de Jerusalén). Sobre templo y césar, podemos descubrirnos ya como personas (con valor infinito) y realizamos como seres libres, en creatividad de gracia, en vida compartida, todos los hombres y mujeres de la tierra.

[4] El evangelio ha entendido ese texto en sentido redentor: Jesús ha muerto de hecho para salvación de todos, incluidos judíos y gentiles. Caifás, en cambio, quiere que Jesús muera, para mantener así los intereses y la seguridad del sistema del templo. No importa la inocencia de Jesús, sino la estabilidad política del pueblo, al servicio de los sacerdotes.

[5] A pesar de las indicaciones de U. Sommer, Die Passionsgeschichte des Markusevangeliums, WUNT 58, Tübingen 1993, 169, el tema de la envidia de los sacerdotes como causa de la muerte de Jesús ha sido poco destacado por los comentadores, como han destacado A. C. Hagedorn y J. H. Neyrey, «”It Was Out of Envy That They Handed Jesus Over” (Mark 15:10): The Anatomy of Envy and the Gospel of Mark»: Journal for the Study of the New Testament 69 (1998): 15-56.

[6] Gen 2-3 supone que la envidia es el principio del pecado. En esa línea se había situado el libro de la Sabiduría: «Dios creó al hombre para la inmortalidad… por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo» (Sab 2, 24). También Jesús había sido creado para la inmortalidad, pero los sacerdotes, representantes del Diablo (envidia personificada), le han condenado a muerte.

[7] Cf. J. D. Crossan, «La Parabole of the Husbandmen»:JBL 90 (1971) 451-465; M. Hubaut, La parabole des vignerons homicides (CahRB 16), Paris 1976; M. S.-H. Lee, Jesus und die jüdische Autorität. Eine exegetische Untersuchung zu Mk 11, 27-12, 12 (FB 56), Würzburg 1986; B. Lindars, New Testament Apologetics, SCM, London 1973, 169-186; J. G. M. Mbâ Mundla, Jesus und die Führer Israels (NTAb 11), Münster 1984, 5-40; H. Weder, Metafore del Regno, Paideia, Bescia 1991, 182-199.

[8] Cf. R. Pesch, Marco, Paideia, Brescia 1982, II, 329-331. Éste es un tema que ha desarrollado de un modo especial y con maestría A. Torres Queiruga, en varias de sus obras, y en especial en Do «Terror de Isaac» ó «Abbá» de Xesús. Cómo ler criticamente a Biblia, Encrucillada 18 (1994) 325-342. Edición como libro en SEPT, Vigo, 1999 (Trad. cast., Verbo Divino, Estella 1999).

[9] Sobre el asesinato del padre o del chivo expiatorio como principio de las leyes han hablando, entre otro, S. Freud y R. Girard, como he mostrado en Violencia y religión en la historia de occidente, Tirant lo Blanch, Valencia 2005.

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