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Archivo para Domingo, 21 de noviembre de 2021

“Soy rey… para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.”

Domingo, 21 de noviembre de 2021

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¿ME DEJÁIS SOLO?

¿Me dejáis solo?
¿Con la verdad?

¿Por qué no me ayudáis
a examinar la piedra fascinante
que me ha atraído siempre a la frontera?

Los caminos trillados
son caminos de todos.
Nosotros, por lo menos,
debemos arriesgar estas veredas
donde brota la flor del Tiempo Nuevo,
donde las aves dicen la Palabra
con el vigor antiguo,
por donde otros arriesgados buscan
la humana libertad…

Si el corazón es limpio
no ha de atraparnos nunca
la noche intransitable.
El viento y las estrellas
nos dictarán los pasos.

¿Por qué me dejáis solo,
con o sin la verdad?

*

Pedro Casaldáliga
El Tiempo y la Espera, 1986

***

En aquel tiempo, dijo Pilato a Jesús:

– “¿Eres tú el rey de los judíos?”

Jesús le contestó:

“¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?”

Pilato replicó:

– “¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?”

Jesús le contestó:

“Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.”

Pilato le dijo:

“Conque, ¿tú eres rey?”

Jesús le contestó:

“Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.”

*

Juan 18, 33b-37

***

Jesús, que está a punto de subir al patíbulo, sin que se intente un solo gesto, de la tierra o del cielo, para defenderle, este mismo Jesús afirma con una calma suprema: «Yo soy rey». Rey, es decir, no sólo libre (y está atado), sino también Señor (y están a punto de matarle).

Aquel instante exigía la fe más firme, porque era el de la oscuridad más profunda, era el momento en que daba la impresión de que del Dios-nombre ya no quedaba nada de Dios y, dentro de muy poco, tampoco quedaría nada del hombre. No era difícil creer en el poder de Jesús cuando mandaba sobre las enfermedades, sobre la tempestad, sobre la muerte. Ahora bien, para pensar como Rey y como Dios a uno que ha sido vencido, aplastado, reducido a nada, es preciso recurrir a una lógica que invierta cualquier pensamiento humano, es preciso dejar que se hunda nuestra propia inteligencia en las tinieblas más densas; en una palabra, renunciar a cualquier otra luz que no sea la de la confianza ciega, propia del amor […].

En aquel momento era menester el amor mismo de Dios para comprender que el despojo total podría constituir la ofrenda suprema del amor, para descubrir en la aniquilación de la cruz la manifestación más sublime de la omnipotencia de Dios.

Jesús manifiesta su propia realeza y su soberano señorío sirviéndose de la mala voluntad de los hombres para cumplir su voluntad de salvación, utilizando su odio para su obra de amor.

Le crucificaban para quitarle de en medio, y he aquí que lo vuelven a zambullir en la eternidad de donde había venido y que, con su retorno, volverá a abrirla a todos los hombres

*

I. Riviére,
A chaqué jour suffit sa joie,
París 1949, pp. 171 ss.

***

"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , ,

“Testigos de la Verdad”. Jesucristo, Rey del universo – B (Juan 18,32-37)

Domingo, 21 de noviembre de 2021

55_34_TO_B_1480687El juicio tiene lugar en el palacio donde reside el prefecto romano cuando acude a Jerusalén. Acaba de amanecer. Pilato ocupa la sede desde la que dicta sus sentencias. Jesús comparece maniatado, como un delincuente. Allí están, frente a frente, el representante del imperio más poderoso y el profeta del reino de Dios.

A Pilato le resulta increíble que aquel hombre intente desafiar a Roma: «Con que, ¿tú eres rey?». Jesús es muy claro: «Mi reino no es de este mundo». No pertenece a ningún sistema injusto de este mundo. No pretende ocupar ningún trono. No busca poder ni riqueza.

Pero no le oculta la verdad: «Soy rey». Ha venido a este mundo a introducir verdad. Si su reino fuera de este mundo tendría «guardias» que lucharían por él con armas. Pero sus seguidores no son «legionarios», sino «discípulos» que escuchan su mensaje y se dedican a poner verdad, justicia y amor en el mundo.

El reino de Jesús no es el de Pilato. El prefecto vive para extraer las riquezas de los pueblos y conducirlas a Roma. Jesús vive «para ser testigo de la verdad». Su vida es todo un desafío: «Todo el que es de la verdad escucha mi voz». Pilato no es de la verdad. No escucha la voz de Jesús. Dentro de unas horas intentará apagarla para siempre.

El seguidor de Jesús no es «guardián» de la verdad, sino «testigo». Su quehacer no es disputar, combatir y derrotar a los adversarios, sino vivir la verdad del evangelio y comunicar la experiencia de Jesús, que está cambiando su vida.

El cristiano tampoco es «propietario» de la verdad, sino testigo. No impone su doctrina, no controla la fe de los demás, no pretende tener razón en todo. Vive convirtiéndose a Jesús, contagia la atracción que siente por él, ayuda a mirar hacia el evangelio, pone en todas partes la verdad de Jesús. La Iglesia atraerá a la gente cuando vean que nuestro rostro se parece al de Jesús, y que nuestra vida recuerda a la suya.

José Antonio Pagola

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“Tú lo dices: soy rey.” Domingo 21 de noviembre de 2021. Domingo 34 del tiempo ordinario. Fiesta de Cristo Rey

Domingo, 21 de noviembre de 2021

61-ordinarioB34 cerezoLeído en Koinonia:

Daniel 7, 13-14: Su dominio es eterno y no pasa.
Salmo responsorial: 92: El Señor reina, vestido de majestad.
Apocalipsis 1, 5-8: El príncipe de los reyes de la tierra nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios.
Juan 18, 33b-37: Tú lo dices: soy rey.

Problemática pastoral concreta de la festividad de Cristo Rey

Vamos a comenzar removiendo obstáculos, porque hay problemas respecto a los posibles significados de esta fiesta. Veamos algunos:

a) El origen de esta fiesta y su contexto original. Esta fiesta fue establecida en un contexto anterior al Vaticano II, en 1925, por Pío XI, y con un espíritu muy cercano al de cristiandad, cuando el Vaticano expresaba claramente su deseo de que el cristianismo fuera la religión oficial, la religión de los Estados cristianos. Al confesar a Cristo como Rey universal se quería con ello vehicular el deseo de que también la Iglesia fuese testigo y participante ya aquí en la tierra de esa realeza: una realeza de Cristo reconocida, redundaba inevitablemente en una Iglesia respetada, favorecida por el Estado, con alto estatus en la sociedad, fuerte y organizada, que aunque no podía ya revestirse de poder político temporal, al menos podía participar de él por una relación estrecha y armoniosa con los poderes sociales. Durante mucho tiempo, el título de “Cristo Rey”, el “reinado social del Corazón de Jesús”… incluyeron esos aspectos de autoencumbramiento de la Iglesia, olvidando que la práctica de Jesús de Nazaret fue muy distinta, incluso totalmente contraria.

b) El concepto de Reino-monárquico. El Reino no es hoy día la forma más frecuente de organización sociopolítica. La mayor parte de los países son repúblicas, de diferentes rostros, y los reinos que persisten, ya no lo son en su forma clásica, sino en adaptaciones a la cultura política actual (por ejemplo las monarquías “parlamentarias”) que, al superarla, niegan en el fondo la esencia misma de lo que era un “reino”.

Aun siendo conscientes de la limitación inevitable que todo lenguaje teológico tiene por su misma naturaleza analógica, figurada, simbólica, apofática… cada vez más se viene insistiendo en que la palabra “reino” no sería la más adecuada para expresar la utopía bíblico-mesiánica del Reino de Dios, porque en esta altura de la historia la palabra «Reino» ya no expresa una forma de organización sociopolítica deseable para los humanos. Cada vez se evidencia más la dificultad de hablar de Dios (y de Cristo) como “rey”, y de su proyecto escatológico como un “reino”. ¿Estamos seguros de que un reino, una monarquía, podría ser una analogía del “Reino de Dios” realizado? La realización del reino de Dios, ¿no exigiría la superación de muchos aspectos de lo que es una monarquía, un “reino”? Acaso una comunidad, ¿puede ser comparada con un «reino», con una «monarquía»? ¿Y una familia?

Pablo Suess viene proponiendo la expresión “democracia participativa del RD” para corregir la evocación que el término clásico conlleva. Ya sabemos que no se puede simplemente sustituir una expresión por otra, pero es bueno aludir con frecuencia a esa insuficiencia de la expresión clásica, para hacer caer en la cuenta a los oyentes, y para liberar al contenido (el Reino mismo, el significado), de las limitaciones del significante (una palabra no completamente adecuada).

Para hablar del Reino puede ser mejor hablar del Proyecto, de la Utopía de Dios… que hacemos nuestra: queremos «construir la Democracia de Dios, cósmica, pluralista, inclusiva, y por eso, amorosa, encarnación viva del Dios de los mil rostros, colores, géneros, culturas, etnias, sentidos…».

c) Connotación de género en la palabra “Reino”.

Es útil saber que en el ámbito de la teología feminista angloparlante se rechaza también la expresión (God’s Kingdom), a causa de su machismo larvado (kingdom alude directamente a king, no a queen…). En castellano no tenemos ese problema en esta expresión, pero el saber que existe en otras lenguas invita a prevenirlo en su uso consciente.

Los grandes temas de la fiesta de hoy y de la semana

Hay varios grandes temas que podrían servir para orientar la reflexión de la homilía o la reflexión del círculo bíblico o la comunidad cristiana en torno a los textos de este domingo. Habrá que elegir entre ellos. Aquí sólo los apuntamos:

a) El Reino de Dios, como contenido del mensaje de Jesús. Jesús nunca se proclamó Rey: nada más lejos de Él. Lo que Jesús hizo fue ponerse al servicio total del Reino, de forma que éste fue el centro mismo de su predicación y de su vida, la Causa por la que dio la vida. Importa pues hacer honor a la identidad verdadera de Jesús: Él no fue rey, ni lo quiso ser nunca, por mucho que algunos cristianos crean que llamándolo así lo honran… La intención puede ser buena, pero el título que de hecho se le atribuye no podría ser de su agrado.

Jesús habló del Reino, fue su servidor y su mensajero, pero sus seguidores se olvidaron del Reino. y lo constituyeron a él como el Reino mismo, como el Rey… El mensaje fue sustituido por el mensajero. Jesús nos indicaba el Reino, como la Causa por la que estaba apasionado y por la que dio su vida, y un buen grupo de seguidores se olvidaron de esa causa, y se enamoraron de Jesús. Es preciso volver a Jesús, y su Causa…

Para hablar concretamente del Reino es bueno reparar en el texto del prefacio de esta fiesta, que da una «descripción» muy plástica de su contenido. Esa idea fue recogida en el conocido estribillo del Salmo 71 del compositor Manzano, que dice: «Tu Reino es Vida, tu Reino es Verdad, tu Reino es Justicia… es Paz… es Gracia… es amor, ¡venga a nosotros tu Reino, Señor». Bien glosada, y debidamente justificada esa perspectiva teológica, puede ser un buen guión para la homilía. Y no debería faltar ese canto en la celebración de hoy.

b) La relación entre cristocentrismo y reinocentrismo. Una cierta interpretación de esta fiesta –muy común por lo demás en el cristianismo en general– propicia un cristocentrismo exagerado, absoluto, que no hace justicia a la verdad de la revelación, al mensaje real de Jesús, a lo que Jesús realmente dijo, no a lo que después dijeron que había dicho. Importa pues pastoralmente discernir una «correcta jerarquía de valores», que la teología de la liberación fue la primera que dio en llamar “reinocentrismo”, con tal fuerza de persuasión, que no hay teología ni espiritualidad honesta que se puedan resistir.

c) El mesianismo de Jesús. La aclamación o la espera de Jesús como Rey se dio en el contexto del mesianismo: se esperaba un liberador. Hoy la postración es tal que ni siquiera se espera nada, pudiendo hacer de la aclamación de Jesús como Rey algo bien alejado de lo que el mesías supuso realmente para los que lo esperaron.

d) La dimensión escatológica: el final de los tiempos, nuestro ineludible caminar en la historia, el “juicio final”… El final del año litúrgico nos hace tematizar en nuestra reflexión el final mismo de la historia, y el final también de nuestras vidas personales. Pero ya en un contexto mental diferente, en el que sabemos que nuestra aventura humana no es la razón del cosmos, que el mundo no acabará el día que Dios decida acabar el ciclo de la humanidad y pasar a la vida eterna, y que no se trata de que estemos aquí para una prueba que se verificará en el día del juicio final, tras lo cual iríamos al cielo o al infierno… Leer más…

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21.11.21.Domingo de Cristo Rey. Pilato le preguntó: ¿Eres el rey de los judíos? Jesús respondió: Para eso he nacido y he venido al mundo; para ser testigo de la verdad (Jn 18, 33-37).

Domingo, 21 de noviembre de 2021

0BE201FB-A8FF-480B-9374-20D457608119Del blog de Xabier Pikaza:

El texto es algo más complejo, pero esas son sus palabras centrales: El Reino de Dios consiste en decir/hacer la verdad. No se trata de expresar una verdad que ya existía fuera, en un tipo de cielo independiente de la tierra, sino de hacerse (ser-vivir) en verdad.

1) Muchos pensaron (y siguen pensando) que Jesús debería ser como David, Alejando, César o Napoleón: conquistador guerrero, creador de dinastía eterna de reyes triunfadores. Pero se equivocaban. Ni esos fueron reyes de verdad, ni Jesús fue rey por armas o dinero, sino por ser testigo de la verdad y así le mataron, pero fue y sigue siendo rey verdadero.

2) Así le presenta el evangelio de Juan como Cristo-rey ante Pilato, representante del César Augusto de Roma. Fue y sigue siendo Rey en el sentido más alto, en un mundo como el nuestro (año 2021) donde (en nombre de Dios, de la paz, del orden mundial, del capital o del progreso) se siguen inventando e imponiendo reinos de muerte, imposición y mentira. Un día como hoy se sigue crucificando  a muchos hombres y mujeres simplemente porque son testigos de la verdad, como Jesús.  

Juan 18, 33b-37

En aquel tiempo, dijo Pilato a Jesús: “¿Eres tú el rey de los judíos?” Jesús le contestó: “¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?” Pilato replicó: “¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?” Jesús le contestó:

“Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.” Pilato le dijo: “Conque, ¿tú eres rey?” Jesús le contestó: “Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.”

Interpretación básica: soy rey. para eso he nacido y para eso he venido: para dar testimonio de la verdad ( jn 18, 37)

 Juan Bautista de Jerusalén había sido profeta del juicio de Dios, y así pensaba que este mundo debía pasar por el fuego (siendo destruido por el hacha y huracán), a fin de que surgiera después un mundo distinto, para un grupo pequeño de liberados (Mt 3, 1-10 par), el Reino de Dios. Augusto o Tiberio de Roma era entonces Rex, gran Basileus por imponer su dominio militar (imperium) sobre todo el mundo conocido.

 Jesús, en cambio, no anunció un como Bautista, ni conquistó un imperio con legiones como Augusto, sino que inició un programa de liberación por la verdad, anunciando y preparando así la llegada del Reino de Dios para todos los que buscan y aceptan la verdad (cf. Mc 1, 14-15).

La respuesta del Bautista era más fácil: Dios había fracasado con el mundo y debía destruirlo, para crear después uno distinto (con hombres limpios, ya purificados). La respuesta de César Augusto era más visible: Las legiones de su imperio se extendían por todos los caminos como testimonio de un imperio mundial, llamado a extenderse sobre el orbe de la tierra.

Jesús, en cambio, se atrevió a pregonar y anunciar la verdad (ser verdadero) ese un mundo que parecía condenado, para crear de esa manera el Reino de Dios que es la Verdad, desde los pobres y excluidos.

            De esa forma, en un mundo como aquel, obsesionado por pecados, faltas e impurezas, en un tiempo en que el templo de Jerusalén funcionaba como máquina de expiación y purificaciones, al servicio de la remisión de los pecados, dentro de un imperio obsesionado por perfeccionar su máquina militar, Jesús vino a presentarse como un hombre de Dios, había enviado para dar testimonio de la verdad, anunciando de esa forma la llegada de un Reino en el que todos los hombres y mujeres serían “reyes”, seres libres, abiertos a Dios, comunicándose entre sí, por amor y salud, en la la Verdad.

 Ciertamente, habló de la llegada del Reino, pero no en sentido de dominio económico, social o militar, sino de servicio mutuo, de establecimiento de la vedad por el amor. Por eso no vino anunciando una guerra apocalíptica, ni la destrucción de los perversos, sino sembrando humanidad, desde Galilea, ofreciendo a los enfermos, marginados y pobres la Palabra, pues otros se habían apropiado de ella, dejándoles sin nada, sin riqueza ni semilla humana. Quiso así que todos fueran reyes, en un Reino fundado en la verdad Dios y en la fraternidad entre los hombres.

No sabía de antemano la forma en que vendría ese Reino (ni qué día), pero estaba seguro de que había comenzado a revelarse, y que culminará muy pronto, desde Galilea, transformando a los artesanos y pobres, a los expulsados y enfermos de las aldeas de su tierra, que se convertirán en portadores de la Verdad de Dios.

No quiso ni pudo evocar sus detalles, pero estaba convencido de que el Reino estaba viniendo a través de campesinos, artesanos y pobres, a quienes él concibió como portadores de la verdad de Dios, para culminar así la obra de la creación (Gen 1). No fue a las ciudades mayores de Galilea (Séforis, Tiberíades) o de su entorno helenista (Tiro, Escitópolis, Gadara, Gerasa, Damasco), pues, aunque en ellas había muchos pobres, su núcleo dominante se hallaba pervertido, al servicio del poder.

Así inició su marcha entre las aldeas de Galilea, con la certeza de que Dios le enviaba a recoger y transformar a las “ovejas perdidas” (cf. Mt 10, 6), para iniciar con ellas un movimiento al servicio de la Verdad de Dios (que es el Reino), para Israel y para la humanidad entera.

 En esa línea debemos superar un gran malentendido, propio de aquellos que creen que el Reino de Dios vendría de repente, a través de algún tipo de estallido espectacular, como la descarga de un rayo que brilla en el horizonte y sacude la tierra de repente (cf. Mt 24, 27), sin que los hombres puedan hacer nada para impedirlo. Ciertamente, en un sentido, la llegada del Reino será como relámpago que alumbra y transforma de pronto el espacio y tiempo de los hombres. Pero en otro ha de entenderse como resultado de un proceso que habían puesto en marcha los profetas y que Jesús ha ratificado y acelerado con su vida, siendo testigo de la verdad de Dios.

Jesús no fue inventor de empresas productoras, ni organizó nuevos mercados laborales, como los que estaban imponiendo en aquel tiempo los magnates de Galilea, ni promotor de una alternativa política, pero hizo algo mucho más profundo y duradero: Inició desde (con) los pobres (enfermos, excluidos) de su entorno un camino de humanidad, es decir, de Reino de Dios, siendo así testigo de la verdad de Dios y de su vida entre los hombres.

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Domingo 34. Ciclo B. Fiesta de Cristo Rey

Domingo, 21 de noviembre de 2021

J026_PantocratorDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Como la Iglesia siempre va por sus caminos, el próximo domingo termina el año litúrgico, con más de un mes de anticipación al año civil. Los domingos posteriores los dedicaremos a preparar la Navidad (tiempo de Adviento) y a celebrarla. Pero ahora nos toca cerrar el año, y la Iglesia lo hace con la fiesta de Cristo Rey.

Motivo y sentido de la fiesta

No se trata de una fiesta muy antigua, la instituyó Pío XI en 1925. Por eso, cuando se buscan imágenes de Cristo Rey en Internet, aparece una serie de estampitas horribles, de pésimo gusto, en las que siempre lleva una corona en la cabeza. En cambio, el arte románico y el gótico, cuando representan a Jesús en majestad lo hacen como Maestro, con la mano derecha levantada en señal de enseñar, no como Rey.

            ¿Por qué quiso Pío XI subrayar este aspecto? Para comprenderlo hay que recordar la fecha de la institución de la fiesta: 1925. La Primera Guerra Mundial ha terminado hace siete años. Alemania, Francia, Italia, Rusia, Inglaterra, Austria, incluso los Estados Unidos, han tenido millones de muertos. La crisis económica y social posterior fue tan dura que provocó la caída del zar y la instauración del régimen comunista en Rusia en 1917; la aparición del fascismo en Italia, con la marcha sobre Roma de Mussolini en 1922, y la del nazismo, con el Putsch de Hitler en 1923. Mientras en los Estados Unidos se vive una época de euforia económica, que llevará a la catástrofe de 1929, en Europa la situación de paro, hambre y tensiones sociales es terrible.

            Ante esta situación, Pío XI no hace un simple análisis socio-político-económico. Se remonta a un nivel más alto, y piensa que la causa de todos los males, de la guerra y de todo lo que siguió, fue el “haber alejado a Cristo y su ley de la propia vida, de la familia y de la sociedad”; y que “no podría haber esperanza de paz duradera entre los pueblos mientras los individuos y las naciones negasen y rechazasen el imperio de Cristo Salvador”. Por eso, piensa que lo mejor que él puede hacer como Pontífice para renovar y reforzar la paz es “restaurar el Reino de Nuestro Señor”. Las palabras entre comillas las he tomado del comienzo de la encíclica Quas primas, con la que instituye la fiesta.

            La posible objeción es evidente: ¿se pueden resolver tantos problemas con la simple instauración de una fiesta en honor de Cristo Rey?, ¿conseguirá una fiesta cambiar los corazones de la gente? Los noventa años que han pasado desde entonces demuestran que no.

            Por eso, en 1970 se cambió el sentido de la fiesta. Pío XI la había colocado en el mes de octubre, el domingo anterior a Todos los Santos. En 1970 fue trasladada al último domingo del año litúrgico, como culminación de lo que se ha venido recordando a propósito de la persona y el mensaje de Jesús.

            Ahora, la celebración no pretende primariamente restaurar ni reforzar la paz entre las naciones sino felicitar a Cristo por su triunfo. Como si después de su vida de esfuerzo y dedicación a los demás hasta la muerte le concedieran el mayor premio.

Las lecturas

            La primera lectura, de Daniel, anuncia el triunfo del Hijo del Hombre, que recibe el poder y la gloria.

Yo seguía contemplando en las visiones de la noche: Y he aquí que en las nubes del cielo venía como un Hijo de hombre. Se dirigió hacia el anciano y fue llevado a su presencia. A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás.

            La segunda, del Apocalipsis, llama a Jesús “Príncipe de los reyes de la tierra”. Pero no se considera por encima de nosotros ni lejos de nosotros. “Nos ama y nos ha lavado con su sangre”, y nos hace compartir su dignidad convirtiéndonos en un “reino de sacerdotes”. Tras la desaparición de la monarquía judía, esta expresión significaba que el pueblo estaría regido por sacerdotes. El Apocalipsis lo enfoca de manera distinta: no exalta el poder de los sacerdotes, sino el carácter sacerdotal del pueblo de Dios.

Y de parte de Jesucristo, el Testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el Príncipe de los reyes de la tierra. Al que nos ama y nos ha lavado con su sangre de nuestros pecados y ha hecho de nosotros un Reino de Sacerdotes para su Dios y Padre, a él la gloria y el poder por los siglos. Amén. Mirad, que viene acompañado de nubes; todo ojo le verá, hasta los que le traspasaron, y por él harán duelo todas las razas de la tierra. Yo soy el Alfa y la Omega, dice el Señor Dios, Aquel que es, que era y que va a venir, el Todopoderoso.

            La tercera, del evangelio de Juan, ofrece una visión más crítica de la realeza. Es un auténtico interrogatorio, en el que Pilato formula cuatro preguntas; pero Jesús no es un acusado que se limita a responder. A la primera pregunta responde con otra pregunta casi insultante para un prefecto romano. A la segunda, “¿Qué has hecho?”, tampoco responde. Se remonta a la pregunta inicial de Pilato sobre si es el rey de los judíos, y se expresa de forma tan desconcertante, hablando de “un reino que no es de aquí”, que a Pilato no le quedan las ideas claras. Su pregunta final no es “¿Eres tú el rey de los judíos”, sino “¿Luego tú eres rey?”. La dimensión nacionalista desaparece; lo importante es la realeza misma de Jesús. Después de lo anterior, lo lógico sería que Jesús se limitase a responder: “Sí, soy rey”. En cambio, añade algo absolutamente nuevo: no ha venido a gobernar, ni a recibir honor y gloria, sino a dar testimonio de la verdad. Si recordamos que él es “el camino, la verdad y la vida”, Jesús ha venido a dar testimonio de sí mismo, a darse a conocer, a demostrar a la gente que “tanto amó Dios al mundo, que le dio a su hijo unigénito”. Un testimonio por el que lo acusarán de blasfemo y que, entre otros motivos, le costará la vida.

Entonces Pilato entró de nuevo al pretorio y llamó a Jesús y le dijo: “¿Eres tú el Rey de los judíos?” Respondió Jesús: “¿Dices eso por tu cuenta, o es que otros te lo han dicho de mí?”  Pilato respondió: “¿Es que yo soy judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?” Respondió Jesús: “Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí.” Entonces Pilato le dijo: “¿Luego tú eres Rey?” Respondió Jesús: “Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.”

Reflexión personal

 Generalmente esperamos de la homilía que nos ilumine y nos anime a ser mejores, a vivir de acuerdo con la enseñanza y el ejemplo de Jesús. Y esto es esencial si tenemos en cuenta las últimas palabras del evangelio: “Todo el que es de la verdad escucha mi voz”. Pero la fiesta de Cristo Rey nos invita también a felicitar, dar la enhorabuena a quien tanto ha hecho por nosotros.

Al mismo tiempo, el sentido primitivo de la fiesta encaja perfectamente con la situación que vivimos hoy de problemas sociales, políticos y económicos. No podemos ser ingenuos en las soluciones, pero tampoco podemos negarle la razón a Pío XI: si el mundo viviese de acuerdo con el evangelio, otro gallo nos cantaría.

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Jesucristo Rey del Universo. Último Domingo del Tiempo Ordinario. 21 de Noviembre de 2021

Domingo, 21 de noviembre de 2021

 

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“Tú lo dices: Soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.”

(Jn 18, 33-37)

Jesús es Rey. Hoy celebramos precisamente eso: Jesucristo Rey del Universo. Pero hay que reconocer que después de tantos reyes (¡y de tantos tiranos!) la imagen de rey no nos cae simpática. Tampoco los gobernantes nos ofrecen una imagen en la que apoyarnos.

Vivimos un cambio de época en el que las instituciones y los organismos de poder se encuentran en crisis, algo que sucede en la historia con una rítmica periodicidad.

El poder tiende a convertir a todos en lo mismo. Da exactamente igual si uno llega al poder por heredar un apellido o por aclamación popular, una vez en el poder se sucumbe al propio bienestar y al de los más cercanos. Pasa con los grandes poderes y pasa con los pequeños.

Tal vez por eso Jesús se apartó siempre del poder. Cuando las multitudes quieren proclamarlo rey él se aparta. Él había venido para servir. Parece que el único antídoto contra la tiranía es precisamente el servicio al estilo de Jesús.

Pero no nos engañemos, el servicio es desagradable. Ponerse a los pies de los demás facilita el ser pisoteado. Y también se corre el peligro de caer en el servilismo que denigra.

El camino que recorre Jesús es estrecho y poco claro. Caminar tras sus huellas es decidirse a dejarse confrontar continuamente.

El mismo Jesús se pasa medio evangelio “retirándose a orar”. Jesús se hizo ser humano y pasó por las mismas dudas y las mismas tentaciones que pasamos todas las personas.

Su reinado estaba al servicio de la verdad. Y la verdad suele ser siempre más amplia. Nuestros puntos de vista, nuestra claridad meridiana suelen palidecer cuando se descubre la verdad. La verdad no se deja poseer por una sola persona. Al contrario, se reparte. Todas tenemos algo de verdad. El problema es creer que esa pequeña verdad que tenemos es la verdad completa. Ese es el principio de la tiranía y del fanatismo.

Oración

¡Que venga tu reino, Trinidad Santa! Ábrenos la mente para que podamos reconocer que Tu Verdad es siempre más amplia de lo que alcanzamos a ver.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Tú has nacido para ser rey.

Domingo, 21 de noviembre de 2021

corona-hombre-6DOMINGO 34º (B) CRISTO REY

Jn 18,33-37

Es muy importante que tengamos una pequeña idea del momento y del motivo por el que se instituyó esta fiesta. Fue Pío XI en 1925, cuando la Iglesia estaba perdiendo su poder y su prestigio acosada por la modernidad. Con esta fiesta se intentó recuperar el terreno perdido ante un mundo secular, laicista y descreído. En la encíclica se dan las razones para instituir la fiesta: “recuperar el reinado de Cristo y de su Iglesia”. Para un Papa de aquella época, era inaceptable que las naciones hicieran sus leyes al margen de la Iglesia.

Ha sido para mí una gran alegría y esperanza el descubrir en una homilía sobre esta fiesta del papa Francisco, una visión mucho más de acuerdo con el evangelio. Pío XI habla de recuperar el poder de Cristo y de su Iglesia. El papa Francisco habla, una y otra vez, de Jesús y su Iglesia poniéndose al servicio de los más desfavorecidos. No se trata de un cambio de lenguaje sino de la superación de la idea de poder en el que la Iglesia ha vivido durante tantos siglos. El cambio debía ser aceptado y promovido por todos los cristianos.

El contexto del evangelio, que hemos leído, es el proceso ante Pilato, a continuación de las negaciones de Pedro, donde queda claro que Pedro ni fue rey de sí mismo ni fue sincero. Es muy poco probable que el diálogo sea histórico, pero nos está transmitiendo lo que una comunidad muy avanzada de finales del s. I pensaba sobre Jesús. Dos breves frases puestas en boca de Jesús nos pueden dar la pauta de reflexión: “mi Reino no es de este mundo” y “yo para eso he venido, para ser testigo de la verdad”.

¿Qué significa un Reino que no es de este mundo? Se trata de una expresión que no podemos “comprender” porque todos los conceptos que podemos utilizar son de este mundo. ¿En qué estamos pensando los cristianos cuando, después de estas palabras, nombramos a Cristo rey, no solo del mundo sino del universo? Con el evangelio en la mano es muy difícil justificar el poder absoluto que la Iglesia ha ejercido durante siglos.

Tal vez encontremos una pista en la otra frase: “he venido para ser testigo de la verdad”. Pero solo si no entendemos la verdad como verdad lógica (adecuación de una formulación racional a la realidad) sino entendiéndola como verdad ontológica, es decir, como la adecuación de un ser a lo que debe ser según su naturaleza. Jesús siendo auténtico, siendo verdad, es verdadero Rey. Pero lo que le pide su verdadero ser (Dios) es ponerse al servicio de todo aquel que le necesite, no imponer nada a los demás.

No se trata de morir por defender una doctrina. Se trata de morir por el hombre. Se trata de dar testimonio de lo que es el hombre en su verdadera realidad. El Hijo de hombre (único título que Jesús se aplica a sí mismo), nos da la clave para entender lo que pensaba de sí mismo. Se considera el hombre auténtico, el modelo de hombre, el hombre acabado, el hombre verdad. Su intención es que todos lleguen a identificarse con él. Jesús es la referencia para el que quiera manifestar la verdadera calidad humana.

Pilato saca afuera a Jesús, después de ser azotado, y dice a la multitud: Este es el hombre”. Jesús no solo es el modelo de hombre y exige a sus seguidores que respondan al modelo que vean en él. Jesús dice soy rey, no dice soy el rey. Indicando así que todo el que se identifique con él será también rey. Esa es la meta que Dios quiere para todos los seres humanos. Rey de poder solo puede haber uno. Reyes servidores debemos ser todos. No se trata de que un hombre reine sobre otro, sino de un Reino donde todos se sientan reyes.

Cuando los hebreos (nómadas) entran en contacto con la gente que vivía en ciudades, descubren las ventajas de aquella estructura social y piden a Dios un rey. Los profetas lo interpretaron como una traición (el único rey de Israel es Dios). El rey era el que cuidaba de una ciudad o un pequeño grupo de pueblos. Era responsable del orden; les defendía de los enemigos, se preocupaba de los alimentos, impartía justicia… El Mesías esperado siempre respondió a esta dinámica. Los seguidores de Jesús no aceptaron un cambio tan radical.

Solo en este contexto podemos entender la predicación de Jesús sobre el Reino de Dios. Sin embargo el contenido que él le da es más profundo. En tiempo de Jesús, el futuro Reino de Dios se entendía como una victoria del pueblo judío sobre los gentiles y una victoria de los buenos sobre los malos. Jesús predica un Reino de Dios del que nadie va a quedar excluido. El Reino que Jesús anuncia no tiene nada que ver con las expectativas de los judíos de la época. Por desgracia tampoco tiene nada que ver con las expectativas de los cristianos hoy.

Jesús, en el desierto, percibió el poder como una tentación: “Te daré todo el poder de estos reinos y su gloria”. En Jn, después de la multiplicación de los panes, la multitud quiere proclamarle rey, pero él se escapa a la montaña, él solo. Toda la predicación de Jesús gira entorno al “Reino”; pero no se trata de un reino suyo, sino de Dios. Jesús nunca se propuso como objeto de su predicación. Es un error confundir el Reino de Dios con el reino de Jesús. Mayor disparate es querer identificarlo con la Iglesia, que es lo que pretendió la fiesta.

La característica fundamental del Reino predicado por Jesús es que ya está aquí, aunque no se identifica con las realidades mundanas. No hay que esperar a un tiempo escatológico, sino que ha comenzado ya. “No se dirá, está aquí o está allá, porque mirad: el reino de Dios está entre vosotros”. No se trata de preparar un reino para Dios, se trata de un reino que es Dios. Cuando decimos “reina la paz”, no estamos diciendo que la paz tenga un reino. Se trata de hacer presente a Dios entre nosotros, siendo lo que tenemos que ser.

Cualquier connotación que el título tenga con el poder tergiversa el mensaje de Jesús. Una corona de oro en la cabeza y un cetro de brillantes en las manos, son mucho más denigrantes que la corona de espinas. Si no nos damos cuenta de esto, es que estamos proyectando sobre Jesús nuestros propios anhelos de poder. Ni el “Dios todopoderoso” ni el “Cristo del Gran Poder” tienen absolutamente nada que ver con el evangelio.

Jesús nos dijo: el que quiera ser primero, sea el último y el que quiera ser grande, sea el servidor. Ese afán de identificar a Jesús con el poder y la gloria es una manera de justificar nuestro afán de poder. Nuestro yo, sostenido por la razón, no ve más futuro que potenciarse al máximo. Como no nos gusta lo que dice Jesús, tratamos por todos los medios de hacerle decir lo que a nosotros nos interesa. Eso es lo que siempre hemos hecho con la Escritura.

Meditación

Jesús está hablando de la autenticidad de su ser.
Falso es todo aquello que aparenta ser lo que no es.
Ser Verdad es ser lo que somos, sin falsearlo.
El objetivo de tu vida es descubrir tu verdadero ser
y manifestarlo en todo momento.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Venga a nosotros tu Reino.

Domingo, 21 de noviembre de 2021

Lectio-Divina-verdad-1200x800Jn 18, 33-37

«¿Luego tú eres Rey?» … Respondió Jesús: «Sí, … para esto he nacido y para esto he venido al mundo»

Sí, Jesús es rey. Es rey de los que no acumulan tesoros en la Tierra, de los que no amparan la violencia, de los que lloran, de los que tienen hambre y sed de justicia, de los misericordiosos, de los limpios de corazón, de los que trabajan por la paz, de los perseguidos por causa de la justicia.

Es rey de los que se reconcilian con su hermano antes de ir a orar, de los que ofrecen la otra mejilla, de los que dan a quienes les piden, de los que perdonan setenta veces siete, de los que se sienten servidores de todos y esclavos de todos, de los que hacen el bien a los que les aborrecen, de los que bendicen a los que les maldicen y oran por quienes les atormentan, de los que no juzgan ni condenan, de los que hacen a los demás lo que quisieran que los otros hiciesen con ellos.

Pero su reino no es como los de este mundo. En su reino todo es al revés: desde dentro, por conversión; desde abajo, desde el servicio, no desde el poder. Para el mundo, el primero es el que más tiene; para el Reino, el primero es el que más sirve. Para el mundo, el más importante es el más dotado; para el Reino, el más importante es el más necesitado.

Porque el Reino que nos ofrece Jesús es el reinado de los criterios de Abbá en el mundo, y por esa razón el objeto primero de su mensaje fue el Reino: por eso, también, nos invitó a pedirle a Abbá que viniese a nosotros su Reino, porque ése es el mayor anhelo del cristiano; su mayor esperanza; su misión; el sentido de su vida… «Buscad primero el Reino y su justicia y lo demás se os dará por añadidura».

Para imaginar el Reino pensemos en una pizca de levadura que fermenta toda la masa, en un grano de mostaza que cuando germina y crece se convierte en un gran arbusto que todo lo invade. Porque el Reino no se impone, el Reino se siembra, y cuando cae en buena tierra da el ciento por uno. El Reino es cosecha. Es abundancia. Las primeras comunidades cristianas eran fértiles y crecían sin cesar. Como la mostaza. El Reino es como un tesoro escondido en un campo, que cuando alguien lo encuentra, vende cuanto tiene para comprarlo, y lo hace “lleno de alegría” —esa es la clave de todo—, y ya solo le interesa el tesoro que acaba de descubrir; lo demás deja de tener valor para él.

Nuestra mayor tentación es dudar de que vaya a llegar un momento de la historia en que el reinado de Dios acabe imponiéndose a tanto reyezuelo que rige nuestro destino, y así lo expresaba Ruiz de Galarreta: «El consumo desenfrenado parece más fuerte que la bondad, la generosidad y la austeridad. Pero Jesús creía en la pujanza de la semilla, en el poder de la levadura, en la fuerza imparable del Espíritu de Dios…»

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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¡¡¡Venga a nosotr@s tu Reino!!!

Domingo, 21 de noviembre de 2021

cd01e3397f71b6db586fbddd31f19e19-catholic-art-spiritualityJn 18, 33b-37

21 de noviembre de 2021

El evangelio de este domingo, con el que se cierra el año litúrgico, nos introduce en una escena muy compleja de la vida de Jesús. El contexto en que se desarrolla es el juicio político al que fue sometido denunciado por las autoridades judías. Como podemos observar, no estamos ante un diálogo distendido entre dos iguales; es un Procurador romano frente a un acusado que debe responder y dar razón de lo que le ha llevado a esta situación.

Pilato pregunta directamente si es el rey de los judíos. Es la acusación que le ha llevado a este juicio por las mismas autoridades judías al verse incapaces de deshacerse de él.  Han politizado el término Mesías y malinterpretado a Jesús como un rebelde frente al Imperio y un traidor de su Pueblo. Jesús, en un primer momento, responde con otra pregunta a la de Pilato porque parece que ha captado la poca seriedad del Procurador frente a las acusaciones de los judíos y la incomprensión de su respuesta.

Comienza Jesús aclarando el significado del término “rey”. Y este interrogatorio da un importante giro apareciendo el mensaje central de este texto. Jesús quiere dejar claro que es rey, pero no de un reino que se apoya en el poder, en la fuerza dominadora o que se defiende con armas. El reino de Jesús no se parece en nada al imperio romano ni a otros reinos políticos y/o religiosos.

La revelación esencial de este pasaje tiene que ver con la manifestación de la existencia de dos planos en la vida: el mundo espacio-temporal y el mundo espiritual que late en la misma naturaleza humana. Dice Jesús que su Reino no es de este mundo, es decir, no está sometido a las leyes de la materia, no puede ser comprendido desde los códigos que rigen la mente humana en su lado más racional o en su versión más apegada al ego. Su reino no necesita dogmas, esoterismos y rituales que contenten a un Dios fuera de la vida, de las personas, de la historia. No necesita “soldados” que impongan su verdad; no necesita servidores elegidos que van convirtiendo a quienes desintonizan con unos principios rígidos y fanáticos para complacer a un Dios que pondrá orden en este mundo.

No parece ser así su proyecto. Jesús es rey del mundo ya ordenado que forma parte de nuestra existencia en su espacio más profundo. Y, en la medida en que vivamos arraigados en este mundo interior, podremos reordenar el mundo visible para que el género humano ocupe su verdadero lugar desde su auténtica dignidad.

Jesús no viene a enfrentar a estos dos mundos sino a unificarlos, a darles coherencia y a integrarlos desde la Verdad. Aparece así, de nuevo, en un escrito joánico, la palabra verdad – alētheia- que Jesús considera como la razón de su ser y su misión. La verdad de la que habla Jesús no es un argumentario cargado de afirmaciones cerradas para tener razón. No se trata de poseer la verdad o estar en la verdad, de tener unos derechos sobre nadie o sobre nada.  Lejos está de este planteamiento. Jesús habla de la verdad como de una posición ante la vida, una opción de vida: vivir en la verdad es buscar la verdadera esencia que somos, nuestra posibilidad de plenitud, nuestras raíces más profundas, conectarnos a ese Reino que saca a la luz la bondad humana como imagen de la bondad Divina.

Termina esta escena con unas palabras de Jesús que parecen ser una llamada a conectar con esa verdad que se va revelando al escuchar su voz. Su voz es siempre la expresión de un ser que supera el poder a base de servicio, la ambición transformada en compartir la propia vida y la idolatría haciendo visible a un Dios que es liberación y luz en el núcleo más esencial de nuestro ser. Su voz es la voz de las Bienaventuranzas que podrían ser la verdadera revolución en este mundo. ¿No echamos de menos en algunos ámbitos sociales y eclesiales la limpieza de corazón, la honestidad, la justicia, la paz, la sanación, la lealtad, la solidaridad, la empatía, el perdón, la igualdad de derechos en el género humano y de sus géneros, así como el cuidado real de los más desfavorecidos de nuestro mundo?

En esta fiesta de Cristo Rey, quiero unirme a la oración cristiana más auténtica y expresar de corazón ¡¡¡VENGA A NOSOTR@S TU REINO!!!

¡¡FELIZ DOMINGO!!

Rosario Ramos

Fuente Fe Adulta

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La Verdad que hace libres

Domingo, 21 de noviembre de 2021

LibertadFiesta de «Cristo Rey»

21 noviembre 2021

Jn 18, 33-37

Es notable la insistencia del cuarto evangelio en la cuestión de la verdad. Jugando con el binomio verdad/mentira, reprocha a “los judíos” -recuérdese que, con tal expresión, este evangelio se refiere a los que no han creído en Jesús- ser “hijos del diablo, mentiroso y padre de la mentira” (Jn 8,44). Frente a ellos, Jesús es presentado como portador y mensajero de la verdad, hasta poner en su boca estas expresiones: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6) y “Todo el que es de la verdad, escucha mi voz” (Jn 18,37).

En el mismo relato del proceso, Pilato lanza la pregunta fundamental: “¿Qué es la verdad?” (Jn 18,38). Lástima que, apenas formulada, Pilato “salió fuera”, sin darle a Jesús la oportunidad de ofrecer su respuesta.

Con todo, algo tenemos claro: la verdad no es un concepto. Por lo cual, nadie puede pretender poseerla. La verdad es una con la realidad, es… lo que es. Y es también lo que somos. Esta es nuestra paradoja: no podemos apresarla, pero sin embargo la somos.

Estamos en la verdad, no cuando profesamos una creencia determinada, ni porque sostengamos un concepto concreto. Somos verdad y caemos en la cuenta de ello cuando reconocemos nuestra verdadera identidad. Eso es vivir en la verdad o, como dice el texto evangélico, “ser de la verdad”: vivir en la comprensión de lo que somos.

Al comprenderlo, por una parte, reconocemos la verdad de todos los seres, a la vez que nuestra unidad con ellos; por otra, logramos la libertad interior. Y advertimos el acierto de aquellas palabras que este evangelio pone también en boca de Jesús: “Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8,32).

Realmente, nada, fuera de la comprensión, puede garantizarnos la libertad. En la ignorancia de lo que somos -incluso aunque se presuma de lo contrario-, todo es confusión, oscuridad y esclavitud a miedos y necesidades. Al comprender lo que somos, nos reconocemos a salvo y nos liberamos de los miedos que nos tiranizaban. Ciertamente, solo la verdad nos hace libres.

¿Distingo cuando vivo en la verdad de cuando me muevo en la mentira?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Cuando el sistema eclesiástico ya no es eclesial, volvamos al que es: Yo soy Rey

Domingo, 21 de noviembre de 2021

icono_cristo_pantocratorDel blog de Tomás Muro La Verdad es Libre:

Yo soy rey. Unas notas para centrarnos en Cristo

1.- Muy del estilo del evangelio San Juan, el encuentro entre Jesús y Pilato, como todo el relato de la pasión según san Juan tiene un ritmo lento, hierático, majestuoso.

En términos teológicos e icónicos, San Juan es quien ha dado pie al pantocrator hierático de la Iglesia oriental. Cristo preside su vida y su muerte.

Nosotros, occidentales, estamos más habituados al Cristo sufriente de los sinópticos, que quedará reflejado en la imaginería y pintura descriptiva de Velázquez y tantos otros, así como en los pasos de Semana Santa, etc.

2.- Un solemne Yo soy sobre el que está construido todo el evangelio [1], recorre todo el evangelio de Juan,

Jn 6,35  Yo SOY el pan de VIDA.

Jn 8,12  Yo SOY las LUZ del mundo.

Jn 10,14 Yo SOY el BUEN PASTOR y conozco las mías.

Jn 11,25 Yo SOY la RESURRECCIÓN y la VIDA.

Jn 14,6  Yo SOY el CAMINO, la VERDAD y la VIDA.

Jn 18,5  YO SOY… y cayeron los soldados por tierra…

Jn 18,37 Yo SOY REY.

Yo Soy el que Soy es la frase que Dios da como respuesta cuando Moisés le pregunta por su nombre: “Yo soy el que soy”, (Ex 3,13-14). Ahora, ante Pilatos –y ante todos los hombres de poder- Jesús hace suya la misma expresión y el mismo tono vital: Yo soy Rey. Cristo es el que es: Cristo es Dios. (Si bien mi Reino no es como s de este mundo: Roma o Glasgow).

  1. 3.- Curiosamente en el evangelio de San Juan, Jesús no emplea nunca la expresión Reino de Dios / Reino de los cielos (solamente aparece una vez esta expresión y en boca de Nicodemo: ¿qué tiene que hacer un hombre viejo para entrar en el Reino, Jn 3,4?).

Jesús no habla del Reino sino que habla de vida: Yo soy el pan de vida, el agua de vida, la resurrección y la vida…

Sin embargo en San Juan, no hay Reino, pero hay Rey. (Emplea 18 veces la expresión “rey”: 17 las aplica a Jesús).

4.- Este modo de Juan de construir el evangelio, es porque le imprime una gran densidad cristológica: Yo soy: Yo soy rey. El evangelio de Juan es profundamente cristológico

    El Vaticano II hizo un gran esfuerzo  por reconducir el cristianismo hacia Cristo: a través de la Palabra, de la Liturgia y la Iglesia. El centro del cristianismo es Cristo, no la bisutería y avalorios eclesiásticos.

  1. Y el evangelio de Juan es profundamente cristológico porque aquellas comunidades joánicas sufrieron una profunda decepción eclesiástica y ello por dos motivos:
  2. Porque aquellos primeros cristianos fueron expulsados del mundo judío al que se sentían unidos por tradición cultural-religiosa.
  3. Porque habían comenzado a entrar en la iglesia doctrinas extrañas de corte griego (gnósticos), muy espiritualoides, pero poco cristianas.

Por estas razones, La tradición de San Juan se centra en Cristo e insistirá en el permaneced en lo que os enseñé desde el comienzo, permaneced en mi amor, etc. Permanezcamos pues en el Señor.

Quizás también nosotros podemos estar decepcionados del sistema eclesiástico.

    Escribe el dominico sudafricano Albert Nolan:

En la Iglesia hay también un sentimiento creciente de desaliento. El Concilio Vaticano II suscitó en muchos de nosotros un entusiasmo esperanzador en el futuro de la Iglesia. Parecía que estábamos empezando a alejarnos de una Iglesia autoritaria y jerárquica para entrar para entrar en la libertad radical de Jesús y el evangelio. Pero desde entonces, casi todos los logros del concilio han sido socavados y anulados lenta pero rigurosamente. [2]

Cuando vemos cómo van nuestras diócesis, cuando estamos viendo el enfrentamiento frontal al papa Francisco de muchos jerarcas Y estamentos eclesiásticos, cuando vemos cómo se ha dejado de lado el Vaticano II, es el momento de volver al que es, sobre todo de volver y permanecer en el Señor, en el Evangelio, y en el Vaticano II, en  Francisco.

    En las noches oscuras del alma, en las decepciones eclesiásticas, congregacionales o personales, la salida está en el que es. Permaneced, permaneced en mi amor. (Jn 15,9-11).

Dos breves conclusiones finales:

  1. Al finalizar este año litúrgico sintamos la paz profunda de que Cristo encuadra nuestra existencia. Él es y está al comienzo y al final de nuestra existencia. Estamos hechos para finalizar en Cristo. El tiempo termina en la eternidad, el hombre concluye en Dios.
  1. En estos tiempos de nihilismo (nihil significa nada), descansemos en el ser, en el que es. No estamos cimentados en el vacío, en la nada, sino en el ser, en el que es: Yo soy. Ello nos causará una profunda serenidad porque

mis palabras no pasarán

[1] El evangelista san Juan aplica a Jesús esta expresión: “Yo soy” en más de 50 ocasiones

[2] Albert Nolan, Esperanza en una época de desesperanza. Y otros textos esenciales. Santander, Ed Sal Terrae, 2010, 26

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