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“Milagros y exorcismos de Jesús en tela de juicio“,

Lunes, 8 de noviembre de 2021

jesus-heals-leperDel blog de Eduardo de Un oído en el Evangelio y otro en el Pueblo:

¿Jesús hizo milagros? ¿Jesús hizo exorcismos? ¿Qué significado tienen? ¿Y nuestra fe?

22.10.2021 | Eduardo de la Serna

Antes de comenzar mi reflexión sobre los llamados milagros y exorcismos de Jesús quiero decir algo sobre el título. Más de una vez me ha ocurrido de haber sido criticado, o haber tenido que dar explicaciones, por algo escrito solamente a raíz del título. Y – lo reconozco – con frecuencia, mi intención es que este sea provocador, es decir provocar la lectura; una especie de “anzuelo”.

En el lenguaje común, algo que está en “tela de juicio” es algo que está en duda, que se discute y – casi, casi – que se niega su realidad desde el comienzo. Pero, por lo que sé, el término proviene del ambiente judicial y se refiere a la “trama” de un juicio que, finalmente, espera una sentencia justa. Y es en este sentido que lo quiero pensar en estos párrafos que siguen.

Milagros

Lo que llamamos “milagros” en ocasiones traduce el término hebreo pl’ (Gen 18,14: “¿hay algo difícil, imposible, para Dios?”; algo “difícil” de evaluar, Dt 17,8; cf. Zac 8,6). El término, en ocasiones, se traduce al griego por adynatéô (alfa privativa, del verbo dynamai, poder: es decir: no poder, impotencia, imposible). En el Nuevo Testamento, el término castellano milagro suele traducir el griego “dynamis” que es de uso común: “lo que se puede / apto…”; la raíz remite a lo “ad-mirable”, lo asombroso. Alude a la reacción frente a algo que se “mira”. En este sentido hay una nota importante de diferencia: un signo de “poder” (en griego) remite a la fuerza que un hecho o acontecimiento tiene, mientras que referirlo como “milagroso” (en castellano) remite a la repercusión que tiene el hecho en el o los testigos. Hay que señalar, además, que, con frecuencia, como es razonable, no siempre el término “dynamis” se debe traducir por “milagro” (“poder”, sea este humano o divino, es también dynamis). Es bueno notar que, en ocasiones (pocas), se utiliza también el término thaumasía (muy frecuente en los Salmos [x51], solo 2 veces en Mateo, una en Marcos y una en Juan), lo admirable, maravilloso. Notemos, entonces, que mientras en castellano el acento está puesto en lo que los testigos observan de un hecho, en griego, el lenguaje de los Evangelios, el acento está puesto en el “poder”, sea de Dios, de Jesús, del Reino…

Sin duda muchos de los hechos-de-poder de Jesús causan asombro, pero – notablemente – muchos de estos no son calificados, simplemente se dice “abrió los ojos al ciego”, o “hizo andar al cojo”, pero no se lo califica de “milagro”; el término suele utilizarse en sumarios, no en narraciones.

En este sentido, es de notar una serie de elementos. [1] El así llamado “secreto mesiánico”, propio de Marcos: es decir, Jesús que manda, infructuosamente, por cierto, callar frente a un hecho-de-poder porque no quiere ser reconocido por los “milagros” sino en la cruz, “verdaderamente” (15,39). [2] También la intencionalidad teológica de los evangelistas al narrarlos, donde pretende “un plus” del hecho en sí: la humanidad “levantada”, la humanidad que “camina”, la humanidad que puede “ver” …  No es tanto, entonces, el hecho-de-poder lo que cuenta, en el relato evangélico, sino la vida, el discipulado, la fe… [3] Es sabido, también, que Juan no utiliza jamás el término dynamis (sí una vez thaumasía, para señalar – el ex ciego de nacimiento – lo “extraño” de que los “judíos” no sepan de donde es Jesús, 9,30); Juan utiliza el término signo (sêmeia), también conocido por los sinópticos pero en el sentido de aquellos que piden un “signo” a Jesús, o él que invita a reconocer los “signos de los tiempos”… los “milagros”, entonces, en el cuarto Evangelio “esconden” algo que debe ser descubierto, esconden la “gloria” de Jesús. [4] Finalmente notemos que el uso del par “signos y prodigios” (sêmeia kaì terata) tiene una connotación profética: es lo que se espera del profeta semejante a Moisés (Dt 34,11; cf. 18,18). Los signos y prodigios, entonces, son como lo fue la salida de Egipto (Dt 26,8) aunque también es algo que pueden llegar a hacer los “falsos profetas” (cf. Mt 24,24). Los “signos y prodigios” son frecuentes (además de en Deuteronomio [x6], donde son obras de Dios en las que Moisés interviene como mediador profético) en Hechos de los Apóstoles (x9) señalando la vocación profética de la comunidad cristiana; desde la venida del Espíritu Santo la Iglesia debe ser profética.

Señalemos, entonces, que Jesús, no pretende habitualmente, manifestar el poder del Reino, pero “no puede” permanecer indiferente ante el dolor y el sufrimiento; se conmueven sus entrañas y su compasión manifiesta visiblemente que Dios “no quiere” el sufrimiento del ciego, del cojo, de la viuda que acaba de perder a su único hijo… E incluso se “enoja” ante la fuerza de la enfermedad, como ante la persona con lepra. Pero, y esto parece lo importante, todos estos acontecimientos deben interpretarse como un signo de quién es Jesús, y de la presencia del Reino:

Vayan a informar a Juan de lo que han visto y oído: los ciegos recobran la vista, los cojos caminan, los que tienen lepra quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres reciben el Evangelio. (Lc 7,22)

Y no puede dejarse de lado que en esta lista de “signos”, de “milagros”, se incluye la evangelización a los pobres. Ciertamente se trata de manifestar el cumplimiento de textos de Isaías (26,19; 29,18-19; 35,5-6; 61,1), pero en la lista de signos, que manifiestan la presencia del Reino, no puede omitirse el anuncio del Evangelio a los pobres; precisamente los que no tienen “buenas noticias” en su vida cotidiana (como no tienen vista los ciegos, ni pureza los que tienen lepra…).

Señalemos, entonces, que los llamados “milagros” de Jesús son inseparables de su predicación del Reino, son constitutivos de esta y ni siquiera son lo más importante.

Exorcismos

Los llamados “exorcismos”, en cambio, remiten directamente al término griego (exorkistês) y sólo se encuentra una vez en toda la Biblia (Hch 19,13) referido a unos “exorcistas judíos ambulantes” que conjuran “en el nombre del Jesús que Pablo predica” … Flavio Josefo, en cambio, hace referencia a algunos exorcismos, también judíos:

El método del tratamiento de curación era del siguiente tenor: acercaba a la nariz del endemoniado el anillo, que tenía debajo del sello, una raíz del árbol que Salomón había indicado, y luego, al olerla el enfermo, le extraía por las fosas nasales el demonio, y nada más caer al suelo el poseso, Eleazar hacía jurar al demonio que ya no volvería a meterse en él, mencionando el nombre de Salomón y recitando los encantamientos que aquel había compuesto. (Ant. VIII,46-48)

Los exorcismos, entonces, se realizan por conjuros y rituales (y la notable referencia a Salomón), cosa que Jesús nunca realiza; él simplemente “expulsa” a los demonios luego de “conminarlos” (confrontarlos). [1] El término expulsar, quitar (ekballô) no necesariamente alude a los demonios (quitar una pelusa; o ser expulsado de un lugar) aunque es el término habitual; [2] conminar, ordenar (epitimáô) también se utiliza en otras ocasiones (Pedro conmina, reprende, a Jesús, el mendigo ciego Bartimeo es conminado a callar), se trata de una palabra confrontativa o de autoridad, como Jesús que manda callar, o conmina a la tempestad.

Lo importante, en nuestro caso, es que Jesús jamás realiza conjuros ni rituales, simplemente expulsa con su palabra, palabra que tiene autoridad. Y, nuevamente, esa palabra es signo del Reino de Dios (“si expulso demonios con el dedo de Dios es que el reino de Dios ha llegado a ustedes”, Lc 11,20). Se puede decir claramente, que Jesús no hace exorcismos, pero sí que expulsa demonios con la autoridad de su palabra; algo particularmente importante en Marcos y totalmente ausente en Juan. Es interesante (responde a la teología de Lucas, por cierto) que Jesús “reprende” a la fiebre que tiene “presa” a la suegra de Simón con una actitud que recuerda a Elías y Eliseo; es la palabra profética la que “expulsa” a la fiebre personificada que se había apoderado de la mujer.

No debe dejarse de lado, además, el sentido político que tienen – al menos en ocasiones – las expulsiones de demonios: no es inocente que el demonio que ha dominado a una persona en Gerasa, y que no puede ser dominado ni controlado, reciba el nombre de Legión, y que sea desplazado a una piara de cerdos (el jabalí era imagen de la IX legión, legio fretensis). Se ha afirmado, y coincidimos con ello, que los estados alterados de conciencia (EAC) son vistos como “demonios” en muchos ambientes pre-industriales, y que esto ocurre frecuentemente en los sectores más vulnerables de la comunidad, quienes experimentan críticamente la exclusión de la sociedad. El terapeuta le manifiesta con autoridad que hay otra sociedad en la que es incluido, restaurando, así, su psiquis dañada, alienada (se trata del reino, ciertamente, en el caso de Jesús).

Conclusión

En sociedades o comunidades con una fe débil, suele ser frecuente la necesidad de recurrir o pretender milagros o exorcismos para fortalecer a los alienados o a los necesitados;  la proliferación de estos suele ser, curiosamente, un alivio para muchos; un supuesto signo de la presencia de Dios para otros (y, con frecuencia, un buen ingreso económico para unos pocos). Pero, precisamente, mirando los evangelios, esto suele ser, claramente, expresión de una fe limitada y pobre y no una búsqueda firme y profunda de aquello que da hondura a nuestra vida (esa es la raíz hebrea del término fe, amén, la raíz, los cimientos, la firmeza).

No se trata de poner confianza en lo exterior, en lo extraordinario, precisamente, sino aprender a hundir las raíces de la vida en el Reinado de Dios, en un Dios que, como padre/madre nos invita a profundizar nuestra existencia en la palabra de Jesús, palabra profética, palabra con autoridad, palabra que nos envía y nos invita a salir de nosotros mismos hacia la cruz y los crucificados, los pobres para que tengan buenas noticias y así se pueda mostrar al mundo las maravillas de Dios que en signos y prodigios manifiesta que su p/maternidad se hace presente en la vida de las hermanas y los hermanos, ¡y vida en plenitud!

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