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El “cric-cric” de la hoguera.

Martes, 26 de noviembre de 2019

fuego-chimeneaCuando Moisés, el rescatado de las aguas, en plena huida de falsas seguridades y de las consecuencias de hacer justicia a su manera,  se adentra en su desierto, no vislumbra su futuro ¡es lo que tiene el desierto!

Tampoco nosotras si dejamos que el Dios del desierto sea nuestro compañero de camino.

Un evento, una experiencia en el silencio, puede indicarnos el camino a seguir. Y lo que nos parece “accidental” se convierte en determinante de una presencia en nosotras que nos acompaña y de alguna manera nos guía.

Moisés, agotado, sediento, llega a un espacio de agua y de amor, es el lenguaje bíblico del pozo, insinuante de “espacio nupcial”.

El niño rescatado de las aguas, es ahora un fugitivo, adulto y perdido.

Si quieres, intenta identificar estos “lugares teofánicos”  (donde Dios se manifiesta) en tu vida.

¡Cuántas veces, en mi oración, me encuentro “sedienta” en el brocal del pozo, esperando un posible encuentro que me habite, que me guíe…!

El itinerario de fe es siempre llevado “por el otro, por la Ruah”. Aceptar mi papel secundario es clave para vivir con gozo la travesía, aún a pesar de tantas y tantas dificultades, que obviamente experimentaremos si estamos en camino.

Lo del pozo es tentador. Y lo necesitamos, pero la vida sigue. Y en el caso de nuestro Moisés, después de boda y familia y tierras y ganado, algo está adormecido por dentro.

Un día cualquiera, en el desierto, y en plena tarea para su subsistencia, escucha un chisporrotear, un “cric-cric” de un fuego ardiendo: caben dos opciones, dejarlo chisporrotear y seguir su ineludible tarea o seguir el cric-cric y el resplandor por dentro; el gusanillo de la inquietud.

No estamos hechos para la instalación. Nuestras madres y padres en la fe, eran personas de desierto, de desinstalación y vida frugal. Y, por encima de todo, eran personas avezadas a “escuchar” a Dios en todo.

El chisporrotear de una hoguera se convierte en lugar de encuentro, en espacio sagrado, donde Dios y la persona se encuentran y dialogan.

El niño rescatado de las aguas es ahora un adulto hablando con el fuego. Un adulto, inquieto, asustado y deslumbrado por lo que está viviendo. Sigue en el desierto, ya habitual para él, y en medio de esta circunstancia, oye el fuego, enfrenta la llama ardiendo, se descalza de su ego que quisiera entender y, despacio, al calor de la llama va comprendiendo.

Del pozo a la llama. Una trayectoria. Ahora empieza otra. De la llama vuelta atrás, con otro brillo en los ojos y con una humildad adquirida en la arena del día a día seco y sin grandes horizontes. De pronto le devuelven al río del que fue rescatado para que sea “rescatador de otr@s”.

No hay mapas. No hay gps’s, no hay… ¡Hay: hogueras, ríos, arena, estrellas, y la seguridad de que estas cosas son de Dios!

Y lo que no quieres perderte, sin lo cual nada es posible, es el pozo. Ahí empieza el diálogo que culmina en la hoguera. Séfora le enamora, pero ella le prepara para la hoguera. No le impide la tarea, es más, le acompaña.

Si el texto no fuera patriarcal…igual resulta que es Séfora la convocada… pero eso no se sabrá. Lo que sí se sabe es que hoy la hoguera y el pozo y la tarea es para las y los que “escuchamos” el cric-cric del fuego que nos habla al corazón, y nos envía a rescatar los corazones secos y emperifollados que tratan de disimular su sed.

Hace unos días, tres mujeres y un hombre, se acercaban a la hoguera, y el regalo fue que todos l@s presentes sentimos el calor de la llama.

Quieren ser hermanas y hermanos Para la Comunidad Cristiana. ¡Qué menos!

Estas palabras, cargadas de desierto, para ellas y para todos y todas las que nos dejamos guiar por el chisporrotear de la hoguera, allá en el monte, donde Dios habita, y desde donde nos abraza, nos acoge, consagra y envía.

Feliz travesía: del pozo a la hoguera y de la hoguera al río que nos vio nacer. Ese bautismo que nos hace: sacerdotes, profetas y pastores.

Magda Bennásar Oliver, sfcc

Fuente Fe Adulta

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RUAH: del microcosmos al macrocosmos.

Miércoles, 6 de junio de 2018

ruahSin saber muy bien porqué, me encuentro, estos días, esperando pentecostés, como una niña esperando a los reyes. Digo que no sé muy bien, sólo lo sé un poco bien. Es decir, que sí que espero recibir algo esta celebración de la Ruah. Que sí que estoy expectante.

¿Qué más puedo esperar que no tenga?

Como una melodía, como un perfume, como el aire, permeas todo, estás en todo. Y… no invades ni controlas, ni vigilas ¡estás!

Estás desde lo más íntimo y recóndito de la persona a las galaxias, a las cataratas que rugen entonando su alabanza entre ríos, a la semillita que enterrada pasa desapercibida y está llena de vida de fruto de futuro.

¡Estás, Ruah! No tenemos que esperarte, ni invitarte. No tenemos que buscarte en nuestras noches o miedos… Sólo reconocer tu silencio, silencio preñado de vida. Sólo acoger tu palabra silenciosa y potente como la catarata y como la lluvia fina, el txirimiri que empapa la tierra, y que ayuda a la vida.

Sólo respirar tu “aire” que une el microcosmos que soy con el universo-macrocosmos del que participo. Mi respirar me une al respirar de todos los seres vivos. Posiblemente ha pasado por nuestros pulmones el aire que respiró Jesús, el aire que respiró María Magdalena… nada se pierde, todo vuelve, todo encaja. Todo es Vida.

Tu presencia Ruah me sobrecoge, espíritu de Dios, casi no me lo creo ¡estás! ¡Siempre estás! ¿Por qué vivo sin disfrutar más de ti? Me cansan las dificultades, y cuando las miro de frente, respirándote, cambia su impacto en mí.

Aunque prefiera la noche y atranque mis puertas ¡estás! Esperas el día, el año, mi “kairos” en que te deje que me cuentes, sentada en tus rodillas, lo que tengo de ti, ese aire de familia que me da identidad y fuerza.

La comunidad llama a esos parecidos “carismas o dones”. Yo sé que son tus regalos para andar mi camino hacia mi pascua y mi pentecostés. Para que sepa andarlos con las otras profetisas y ancianas, niños y familias. Respirando el mismo “aire”. Acogiendo los regalos de cada una de ellas, con respeto y veneración. Sin dejar que nadie imponga el suyo como mejor, sino que como en una orquesta, que cada una toque su instrumento escuchando a cada uno de los otros al ritmo de la conductora Ruah.

Mira el universo, me dices muchas veces, asómate al hermano bosque, a tu querido mar azul intenso que te devuelve el aliento. Eso es, su ser quien es, sin pretender ser otro origina esa belleza y creatividad indescriptible. El orden que tu aliento creador insufló al cosmos y al ser humano.

No sé dónde voy, ni dónde piso pero “estás”. Me lo dicen las estrellas a pesar de las nubes y críticas. Me lo dice la lluvia a pesar de sentir el barbecho.

Eres fuente de vida, aliento vital. Y estás, siempre estás. Nunca controlas. Empoderas, capacitas, animas, fecundas.

Joel 3,1-2

Así dice el Señor Dios:

Derramaré mi espíritu sobre toda carne: profetizarán vuestras hijas… también sobre mis siervas derramaré mi espíritu en aquellos días…

Me encantaría que compartiéramos dones y carismas. Si te animas, la Ruah es aire puro, fresco, y su presencia tiene el dinamismo del primer aliento.

Sería una bonita manera de empezar a profetizar. O seguir haciéndolo las muchas que ya lo hacéis y tanto bien aporta al universo. Gracias.

Magdalena Bennásar Oliver

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He venido a prender fuego en el mundo

Domingo, 14 de agosto de 2016

no he venidoLc 12,49-53

En estos momentos en los que las noticias nos bombardean con múltiples informaciones sobre rupturas, faltas de acuerdo y divisiones; sobre fronteras y diferencias, impacta leer el evangelio de este XX Domingo del Tiempo Ordinario. “¡No!” podemos pensar… lo que justamente necesitamos es lo contrario, ¿cómo va a venir Jesús a crear más división? ¿Cómo va a prender fuego en un mundo tan necesitado de paz y encuentro?

Este texto evangélico requiere, pues, una lectura más sosegada y profunda. ¿Qué puede significar? ¿Cómo puede iluminar hoy nuestra vida?

La imagen del fuego aparece en numerosas ocasiones a lo largo de toda la Biblia. En algunas ocasiones es símbolo de castigo y destrucción (Gn 19,24); otras veces es imagen de purificación (Is 1,25; Zac 13,9). El mismo Lucas nos ha dicho que Juan bautizaba con agua, pero que Jesús bautizaría con fuego (Lc 3,16), como símbolo de una nueva vida en el Espíritu.

A lo largo de la historia, muchas mujeres y varones de Dios, han utilizado también el fuego como símbolo. Teresa de Jesús expresa su experiencia mística utilizando este término: “Viale en las manos un dardo de oro largo, y al fin de el hierro me parecía tener un poco de fuego. […] Al sacarle, me parecía las llevaba consigo y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios(Libro de la Vida, cap. XXIX). Santos como Ignacio de Loyola o Antonio Mª Claret son considerados “hombres de fuego”. Este último animaba a cada uno de sus hijos a ser “un hombre que arde en caridad y que abrasa por donde pasa; que desea eficazmente y procura por todos los medios encender a todo el mundo en el fuego del divino amor” (Autobiografía, 494) y Joaquina de Vedruna, mujer apasionada por Jesús y su causa, decía a sus hijas: “Si sois fieles a la gracia, el mismo Señor os iluminará, porque en la intimidad de la oración, os manifestará su gran amor. Y si tenéis deseos de corresponderle, suplicaréis sin cesar que os encienda en el fuego de su mismo amor (Epistolario, 98).

Todos ellos entendieron y utilizaron el simbolismo del fuego para explicar metafóricamente la pasión irrefrenable que nace del amor de Dios. Todos ellos, siguiendo los pasos de Jesús, dedicaron su vida a propagar ese “fuego” que ardía en su corazón, que motivaba sus acciones y que les hacía desear que cada ser humano quedara contagiado por el mismo ardor.

Ese fuego, que arde en el corazón de Jesús y en todos los que le han seguido y le siguen con radicalidad, es la pasión por Dios y por su Reino. Es por tanto, la pasión por vivir como Jesús, compadeciéndose ante quienes han caído por el camino; ofreciendo ternura a quienes necesitan una palabra de ánimo; abriendo las puertas a quienes huyen de un peligro mortal; alargando los brazos para abrazar todas las necesidades y avivando la conciencia de que, al llamar a Dios “Abbá”, “Padre”, quedamos comprometidos a vivir como verdaderos hermanos.

Ese fuego es la llama del Espíritu, de la Ruah Santa, que aviva los corazones de todas las personas que se abren a su Presencia y se dejan transformar por ella.

Nos puede sorprender las palabras de Jesús: “¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división”. Pero el mismo Lucas, en el capítulo 2, ya había anunciado que Jesús sería fuente de división, “señal de contradicción” (Lc 2,34); y vemos, en muchos de los relatos vocacionales, en los que Jesús invita a su seguimiento, que hacerlo lleva intrínseco romper con la familia y el entorno (5,1-11; 18,18-30), algo extremadamente convulso en la cultura mediterránea del siglo I, en la que el “grupo familiar” y el “yo” no eran dos entidades separadas, sino dos aspectos de la misma condición[1]. Jesús invita a crear un nuevo grupo familiar, una nueva familia humana en torno a su Padre, y eso conlleva dificultades indiscutibles, propias de toda salida de nuestro círculo de confort, de lo conocido, de lo acostumbrado. En el fondo es lo que ya sabemos… si leer el Evangelio no nos deja inquietos tendríamos que preguntarnos qué lectura estamos haciendo del mismo.

Acojamos, por tanto, la invitación a dejarnos quemar por el fuego de Jesús, aquel que puede transformar nuestras propias vidas y nuestro mundo. ¿Qué fuego arde en tu corazón? ¿Qué pasión te embarga? ¿El encuentro con Jesús hace arder tu corazón, como les pasó a los discípulos de Emaús (Lc 24,32)? ¿Hacia dónde te moviliza? Que su fuego arda en nuestras entrañas: https://open.spotify.com/track/6pux1DvWRsVN9VqsfOND2r.

Inma Eibe


[1] MOXNES, Halvor, Poner a Jesús en su lugar. Una visión radical del grupo familiar y el Reino de Dios, EVD, Navarra 2005, 119

Fuente Fe Adulta

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Yo soy el viento

Sábado, 26 de septiembre de 2015

Del blog Pays de Zabulon:

le-vent

Yo soy.

Yo soy el viento que pasa.

Alternativamente,
Torbellino,
Tornado
O brisa ligera.

Es verdad,
Tu oyes mi voz
Pero no me ves,
Mis caminos te son desconocidos.

No sabes de donde vengo
Ni a dónde voy
No sabes por dónde paso
Ni por qué  yo paso o no.

Y sin embargo,
Si tu prestas atención…

Escucha y presta el oído.
Y si no oyes nada,
Escucha a pesar de todo,
Hijo mío.

Escucha de otro modo,
Escucha totalmente.

Si no oyes nada,
Es porque el murmullo de mi movimiento
Es tan bajo que ni siquiera lo percibes.

Yo soy el viento,
Un soplo,
Un soplo de aire.

Yo soy el aire.

El aire que se desplaza,
El aire que inhalas,
El aire que tú desplazas.

Yo soy el aire.
Yo soy el aliento,
Yo soy la Vida.

Atravieso todas las cosas,
toda célula,
toda nación,
toda relación.

Ruah.
Yo siempre estoy presente.
Pero me buscas en otros lugares.

Estoy aquí.

Yo soy.

*

Zabulon – 19/09/2015

***

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Dom 8.VI.14. Ruah de Dios, amor materno. Pentecostés 1.

Domingo, 8 de junio de 2014

imagesDel blog de Xabier Pikaza:

Pentecostés,Ciclo A. Hechos de los Apóstoles 2, 1-11. Nos acercamos a la fiesta de Pentecostés, culminación de las fiestas cristianas, tiempo que podemos decir y decimos.

Quiero contar durante tres días algunos rasgos del Espíritu de Dios, presencia creadora, amor materno… volviendo al principio de la Biblia Hebrea, para caminar hacia Jesús para reflexionar después con algunos teólogos rusos, que han insistido en la “maternidad” del Espíritu de Dios.

Ésta será la primera epifanía, el primer pentecostés, en la línea del Antiguo Testamento, que culmina en la venida de Jesús, el Cristo.

De Dios venimos, en Dios nacemos. Formamos parte de la Historia humana de su Espíritu. Felices los que lo sepan (lo sepamos), felices los que podamos vivir para que se exprese y expanda en el mundo el Espíritu de Dios.

Ruah, aliento de Dios o Espíritu

Al decir que Dios es Espíritu, estamos diciendo que Dios no es un “ser cerrado en sí”, sino apertura, ser para los otros. A Dios le llamamos Espíritu porque es fuerza creadora, aliento en que las cosas y humanos se sustentan. Siendo reales, las cosas son en Dios. Teniendo autonomía, el humano existe únicamente desde el ámbito de Espíritu divino.

En otras palabras, el Espíritu es el espacio abierto del amor y realidad que Dios suscita en torno suyo, Dios mismo como fuerza expansiva y como trasfondo de vida de los humanos, como seno maternal y fecundante en que podemos llegar a la existencia verdadera.

Por eso, el hombres nunca vive desde sí ni para sí; existe inmerso en el Espíritu divino y caminando hacia el futuro (el nuevo nacimiento) a que el Espíritu le abre.Ciertamente, el ser humano tiene ruah, aliento y vida propios. Pero su aliento es vacilante, su vida siempre corta, amenazada por la muerte, deficiente.

Por eso, el humano sólo es ruah de verdad, sólo existe de manera profunda, esperanzada y creadora si se deja penetrar y transformar por el Espíritu divino. Dios existe en la medida en que se expresa (se actualiza) como fuente de ser y realidad, en el Espíritu. El ser humano existe (tiene realidad) en cuanto está fundamentado (protegido y potenciado) en el Espíritu.

El Espíritu no es esencia cerrada, sino acción y presencia

La Escritura de Israel no se ocupa de la “naturaleza” divina en sí. Para el Antiguo Testamento, el Espíritu es Dios en cuanto actúa de manera eficaz sobre los seres, de manera que ruah es, una noción teológica; la noción del encuentro entre Dios y las criaturas, la dependencia indigente del humano y la omnipotencia bienhechora de Dios, la experiencia y fuerza de la gracia.

La ruah no es una entidad ni divina ni humana, sino un modo de ser y un modo de existir. ¿Se podría definir utilizando el término participación? Ese término nos parece equívoco, pues deja suponer un parentesco de esencia… Por eso preferimos el término dependencia relacional (o, mejor dicho, relación entitativa), … (D. Lys, Rûach: le Souffle dans l´AT, PUG, Paris 1962, 557-358). Esta dependencia relacional que constituye el contenido del Espíritu en el Antiguo Testamento tiene dos vertientes.

(a) Desde Dios, el Espíritu es la abertura libre y creadora por medio de la cual ha hecho surgir al humano con quien puede dialogar en forma personal.

(2) Desde el ser humano, el Espíritu es la acogida, hallarse sostenido en ese campo fecundante del amor divino y abierto hacia el encuentro con Dios y hacia la propia plenitud humana. Precisamos estos rasgos:

– Ruah es la acción (o la presencia) de Dios que vítaliza el ser del mundo y de una forma peculiar la historia de los humanos. No es propiedad ontológica del ser de lo divino a se (existente por sí mismo), sino expansión de amor con que ese Dios que actúa sin cesar haciendo que la vida nazca y que los humanos lleguen a alcanzar la salvación.

– Ruah es la misma hondura de vida de los seres humanos en el mundo. Ella sustenta el cosmos y la historia, pero se explicita en nosotros de forma vacilante, limitada, siempre débil. Ciertamente, la existencia de los humanos tiene en Dios su fundamento. Sin embargo, en las actuales condiciones de la historia es como un soplo que se pierde, una llamita que dejada en soledad viene a apagarse.

– Ruah es fuerza de esperanza, de manera que desborda las actuales condiciones de la vida. Nos hallamos en Dios y abiertos al futuro; nuestra verdadera realidad no se apoya en las propiedades que tenemos (aquello que ahora somos) sino, más bien, en el misterio vitalizante del Espíritu divino.

El Espíritu, un futuro. La esperanza del hombre

El verdadero ser del humano no ha nacido todavía, está escondido en esperanza. El humano es como un germen que se está gestando y puede (debe) nacer en plenitud. Sabemos, ciertamente, que Dios es como padre: dirige el mundo en su palabra y traza leyes de vida para los humanos. Pero, al mismo tiempo, Dios recibe y ofrece aspectos maternales, sobre todo allí donde le vemos como Espíritu de vida y fuente de realidad para los humanos.

Ciertamente, la aportación religiosa fundamental del pueblo israelita no ha estado en aplicar a Dios los símbolos del padre y/o de la madre sino en descubrirle como trascendente. Pero, al mismo tiempo, ese Dios trascendente se hace fuerza y principio de futuro, se hace maternidad a través de la profecía.

Este concepto de Dios traduce la experiencia original de una trascendencia que se expresa para los humanos como fuente de vida. Así lo han puesto de relieve los profetas de Israel, así lo ha recogido la iglesia cristiana al afirmar que el Espíritu habló por los profetas. Hablar significa aquí abrirse, abriendo un campo de futuro. Hablar significa comunicarse, en palabra que se vuelve principio de existencia para los humanos:

El Espíritu profético es aquel poder de Dios que abre a los hombres hacia el futuro de su plena realización, en la justicia y plenitud humana. Por eso, el mismo Dios del Antiguo Testamento recibe rasgos de Espíritu, dentro de esto que llamamos su primera epifanía. Conforme a la visión israelita, el Espíritu actúa en los humanos como fuerza de vida y esperanza, dirigiendo su vida hacia el surgimiento del mesías (hacia la nueva humanidad, el humano pleno).

El surgimiento de esa nueva humanidad (del Cristo) es obra de Dios y humanos. Es la obra del Espíritu de Dios que se ha autoexpresado en Jesús totalmente, expresándose así fuera de sí mismo (sin perderse). Es la obra de la humanidad que alcanza en Jesús aquella plenitud hacia la que estaba dirigida. Por eso afirmamos que esta primera epifanía (todo el AT) culmina allí donde Jesús ha nacido del Espíritu por medio de María.

El Espíritu, una maternidad. No hemos nacido del todo todavía

El Espíritu acaba apareciendo así como signo de la maternidad escatológica de Dios. Conforme a una imagen judía, popularizada en clave cristiana por Ap 12, podemos presentar al Dios de Israel como mujer en dolores de parto; es mujer fecundada por el Espíritu de Dios, llena de la palabra, enriquecida por la profecía. Es mujer de la esperanza que puede dar a luz, haciendo así que nazca el “hijo” de Dios, la nueva humanidad vencedora del mal (de la serpiente), ya reconciliada.

Para muchos cristianos, esta imagen de la mujer profética, llena de la palabra, fecundada por el Espíritu, que alumbra al Hijo de Dios, se ha expresado simbólicamente en ya María; en ella se concreta y visibiliza, se vincula y alcanza su plenitud, la maternidad del Dios del AT y de la humanidad que busca plenitud. De esa común maternidad de Dios y los humanos ha nacido Jesús, el Hijo de Dios Padre. Hasta entonces el Espíritu podía actuar sólo en parte y realizar su acción sin expresar su realidad del todo. Ahora ha actuado de forma definitiva, haciendo surgir la totalidad de Dios en medio de los humanos.

Utilizando un lenguaje dogmático posterior (propia de las iglesias cristianas), podemos decir que este Pentecostés del Antiguo Testamento va del Padre al Hijo (Jesús) por medio del Espíritu y se expresa o culmina de una forma paradigmática en el descenso del Espíritu sobre Israel (María), para el nacimiento del Hijo de Dios. En este contexto y dentro del nivel de simbolismo en el que estamos situados, resulta coherente que algunos textos (que la iglesia ha dejado al margen de su Escritura canónica) afirmen que Jesús es Hijo del Espíritu, como dice el Evangelio a los Hebreos (K. Aland, Synopsis quattuor evangeriorum, Stuttgart 1965, 27. Cf. E. Hennecke, NT Apocrypha I, London 1963, 163-164).

Teólogos rusos. Maternidad hipostática de Dios.

S. Boulgakov (Le Paraclet, Paris 1946, 215-217) decía que las funciones del Espíritu y María (vistas simbólicamente) se unifican: la obra del Espíritu de Dios que suscita al Cristo se realizan en concreto (humanamente), dentro de Israel, por medio de María. Esta María no ya (sólo) una mujer concreta, sino el signo (un signo muy importante) de la maternidad de Dios como Espíritu. Siguiendo en esa línea, podemos añadir que el seno materno de María (Israel, humanidad) constituye sobre la tierra la realización (la concreción) del ámbito materno del Espíritu divino.

Así se ha podido decir que el Espíritu santo es la maternidad hipostática de Dios, como seno fecundante de amor en el que Dios, siendo trascendente, suscita y expresa su vida. “El Espíritu santo no sustituye al Padre, pero crea el estado maternal como poder espiritual de concebir, de acrecentar el ser” (P. Eudokimov, La mujer y la salvacion del mundo, Barcelona 1970, 237; cf. 235-238, 160 s, 206 s, 216 s.).Resumiendo esta experiencia, podemos afirmar:

– Dios no es solamente el Padre original y trascendente que está lejos de los humanos y les manda cumplir sus mandamientos, sino que es (se expresa) como fuente de Espíritu, principio fundante de vida para los humanos. Si Dios fuera simplemente un Padre de ese tipo (alejado, legal) no podría hablarse de salvación. Dios y el ser humano se hallarían separados para siempre. Si, al contrario, no fuera más que el ámbito materno del Espíritu no habría distinción fundamental entre humano y lo divino, habría un panteísmo. Nuestra experiencia nos conduce a precisar los dos momentos: sin dejar de ser el Padre trascendente, Dios es campo maternal en que se hace (surge) nuestra vida.

– Jesús procede de Dios como efecto del Espíritu: nace de la obra, presencia fecundante de la ruah de Yahvé en la historia; al mismo tiempo le llamamos Hijo, la expresión del Padre que, siendo trascendente, se ha expresado (se autoaliena) de manera total en Jesús de Galilea. Así presentaremos al Espíritu como fuente y seno de vida de Dios que se expresa originando al Hijo. En esta misma perspectiva algunos textos cristológicos centrales, como los que pres entan el bautismo de Jesús y su resurrección (cf. Rom 1, 3-4) como obra del Espíritu.

Así culmina la primera epifanía del Espíritu, allí donde pasamos del habló por los profetas el se encarnó por obra del Espíritu santo. El Espíritu de Dios realiza su obra por la encarnación: allí donde el humano se expresa plenamente como humano, en apertura a Dios, en diálogo con todos humanos, descubrimos la presencia del espíritu.

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