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Obispo que encubrió abusos durante décadas y su diócesis está en bancarrota, se acaba de casar a los 84 años

Sábado, 5 de agosto de 2023
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IMG_0160Pero otros somos los “objetivamente desordenados”, hay que reírse…

Un obispo jubilado de Albany, de 84 años, que ha sido acusado de abusos sexuales y ha intentado sin éxito ser apartado del sacerdocio, anunció quse casó por lo civil hace un mes.

Howard Hubbard fue obispo de Albany, en Estados Unidos, entre 1977 y 2014, cuando se jubiló. Pero, lejos de tener un retiro tranquilo, el escándalo de la pederastia eclesial ha marcado una de las páginas más negras de la historia eclesial estadounidense contemporánea.

El obispo emérito Howard Hubbard hizo el anuncio por sorpresa en un momento tumultuoso para la diócesis de Albany, que se declaró en bancarrota este año tras una oleada de demandas de personas que han denunciado haber sufrido abusos sexuales cuando eran niños, durante hace décadas.

Y es que el mismo prelado, que compareció en 2021 ante la Corte Suprema de Nueva York durante varios días, reconoció que, “para evitar el escándalo”, tapó durante décadas los abusos sexuales a menores de hasta 11 sacerdotes.

El voluminoso informe del tribunal ascendió hasta las casi 700 páginas con una larga serie de delitos, detallándose cómo enviaba a los curas culpables a terapias de “sanación” y, cuando consideraba que ya eran nuevamente “aptos”, los devolvía a la dinámica parroquial. Todo ello sin informar jamás a las comunidades de fieles. Aunque Hubbard, que admitió su culpabilidad a nivel de ocultamiento, siempre negó ser él mismo autor de abusos.

Mientras la Diócesis de Albany se ha tenido que declarar en bancarrota por los millonarios pagos de compensación a las víctimas, el propio obispo emérito solicitó formalmente al Vaticano ser secularizado. Un camino a veces largo y en el que, en marzo, se encontró con la primera negativa, pues la investigación eclesial y civil sobre él sigue su curso.

Y es aquí cuando ha llegado la sorpresa. Ayer, 1 de agosto, Hubbard anunció que, a sus 84 años, se había casado con una mujer en una ceremonia civil.

El otoño pasado, Hubbard dijo que quería ser laicizado, o volver al estado laical, porque ya no podía ejercer como sacerdote debido a una política de la Iglesia estadounidense que prohíbe el ministerio a los sacerdotes acusados. También le habría eximido de sus obligaciones de celibato.

Sin embargo, su petición al Vaticano fue rechazada en marzo y se le animó a esperar pacientemente mientras se resuelven las siete demandas civiles contra él, dijo Hubbard en una declaración preparada.

Considerando que no quiere esperar a que acabe el proceso de investigación y a que se resuelva o no su secularización (“podría tener 91 o 92 años cuando concluyan estos asuntos legales”, ha lamentado), ha explicado que “mientras tanto, me he enamorado de una mujer maravillosa que me ha ayudado y cuidado y que cree en mí”.

Un representante de Hubbard declinó facilitar más información. Hubbard pidió que los periodistas y otras personas respetaran su privacidad.  “Mi vida en el escenario público ha llegado a su fin”, sostuvo Hubbard.

En una carta a la diócesis, el actual obispo de Albany, Edward Scharfenberger, ha lamentado este hecho y ha aclarado que “la Iglesia no reconoce su matrimonio como válido”. “Sigue siendo un obispo jubilado de la Iglesia católica romana y, por lo tanto, no puede contraer matrimonio”, ha zanjado Scharfenberger en una carta a la diócesis.  Scharfenberger dijo que todavía estaba procesando la “inesperada noticia“.

La diócesis de Albany, al igual que otras en todo el estado, está lidiando con demandas que datan de cuando Nueva York suspendió temporalmente el estatuto de limitaciones para dar a las personas que denuncian que fueron víctimas de abuso sexual infantil la capacidad de perseguir acusaciones de décadas de antigüedad.

Fuente Vida Nueva/Agencias

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El prefecto de Doctrina de la Fe, Luis Ladaria, ordenó “evitar el escándalo público” y no denunciar en varios casos de abusos sexuales a menores

Lunes, 14 de febrero de 2022
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HqrrK0IFEl ‘sistema del silencio’ salpica al prefecto de Doctrina de la Fe

Salen a la luz varias cartas del cardenal español, reclamando actuar en silencio y desplazar al cura implicado. Una se refiere el depredador Bernard Preynat, que llegó a abusar de cuatro y cinco niños a la semana y cuyo caso acabó con la carrera eclesiástica del cardenal Barbarin. La otra, a un cura italiano que, tras ser enviado a su nuevo destino, llegó a violar a una decena de menores

Ladaria también ordenó en 2015 “restablecer el buen nombre y la fama” del numerario del Opus Dei condenado por abusos en el caso Gaztelueta. Siete años después, Roma sigue sin restablecer el buen nombre de la víctima, el hijo de Juan Cuatrecasas

Padre Toño, sacerdote, abusado en su niñez por sus ‘hermanos’, al III Capítulo de los Pasionistas: “Atrévanse a romper la cultura del silencio actual y asuman el reto de escuchar y acercarse a sus Víctimas”

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La Fiscalía española aún espera varios informes autonómicos de abusos en la Iglesia española

El cardenal español Luis Francisco Ladaria, actual prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ordenó de forma sistemática “evitar el escándalo público” en varios casos de abusos sexuales a menores, sin exigir la denuncia ante la Justicia y únicamente solicitando que el pederasta fuera apartado del trato con menores.

La denuncia, publicada hoy por el periodista Emliano Fittipaldi en ‘Domani’, pone de relieve la existencia, durante décadas, de un ‘sistema de silencio‘, cuyos ecos persisten aún hoy en determinadas esferas de la Iglesia católica.

En dos cartas publicadas por el semanario, una fechada en 2012,  la otra en 2015, se observa cómo las instrucciones de Ladaria (responsable de tratar estos casos en Doctrina de la Fe) eran las mismas: “evitar el escándalo público” y otorgar al clérigo “otro ministerio que no conlleve contacto con menores“.

El caso “Preynat”

Es el protocolo 49-630, en el que Ladaria indica por escrito cómo proceder con el cura francés Bernard Preynat, un auténtico depredador sexual, que llegó a abusar de cuatro y cinco niños por semana durante años, y que ha sido condenado por la justicia francesa a cinco años de prisión, en un caso que acabó costándole el cargo al cardenal de Lyon, Philippe Barbarin. El jesuita Ladaria no ordena ni sugiere denuncia alguna ante los tribunales civiles.

“Barbarin y Ladaria lo sabían”, explica en su crónica el periodista. De hecho, el entonces obispo de Lyon pregunta al Vaticano qué hacer. La respuesta, por escrito, no deja lugar a dudas:

Eminencia, esta congregación, después de haber estudiado cuidadosamente el caso del sacerdote de su diócesis que les ha presentado , Bernard Preynat, ha decidido confiarle la tarea de tomar las medidas disciplinarias adecuadas, evitando el escándalo público , en el entendido de que, en estas condiciones, no se le puede encomendar otro ministerio pastoral que incluya un posible contacto con menores . tomen las medidas adecuadas para la Pastoral de las Víctimas Le ruego acepte, Eminencia, la expresión de mis devotos sentimientos en Cristo“.

El ‘ogro’ encubierto que violó a diez niños más

No fue la única ocasión. En 2012 se dieron las mismas instrucciones en el caso del italiano don Gianni Trotta. “Evitar el escándalo, evitar que contacte con menores”, reza la carta. Y Don Trotta fue desplazado, sin informar a nadie, a Lucera un pueblo en la provincia de Foggia, donde se convirtió en entrenador de un equipo de fútbol. entre 2014 y 2015 violó a diez niños, y fue condenado a 20 años de cárcel. “Probablemente, si las autoridades religiosas y vaticanas hubieran denunciado lo que sabían, habrían evitado esta violencia”, exlica Fitipaldi.

La defensa del Opus Dei en el ‘caso Gaztelueta

Ladaria también ordenó, en 2015, “restablecer el buen nombre y la fama del acusado”, un numerario del Opus Dei acusado de abusos en el colegio Gaztelueta, “sin que proceda adoptar, ulteriormente, ninguna otra medida con relación a la citada persona”.  Dicho profesor fue condenado, primero, a once años de prisión, por la Audiencia Provincial de Bizkaia, y posteriormente a dos años por el Tribunal Supremo. Es, pues, un pederasta condenado en firme por la Justicia española, que ha demostrado que abusó de Juan Cuatrecasas jr. en el colegio Gaztelueta. Siete años después, el cardenal todavía no ha rectificado ni repuesto “el buen nombre y la fama” de la víctima.

Su padre, Juan Cuatrecasas, no se muerde la lengua. “Por fin se hace justicia con la pasividad, el encubrimiento y la complicidad de este personaje, que no solo ha mentido a todos los cristianos con estos graves delitos sino que a día de hoy sigue manteniendo que hay que reponer el ‘buen nombre’ de un pederasta condenado a dos años por abusos a un menor en un centro escolar saltándose a la torera sin rubor un auto de instrucción, una sentencia de la Audiencia Provincial de Vizcaya y otra del Tribunal Supremo”.

“Se hace justicia y ya todo el mundo sabe lo que hizo y ha seguido haciendo: hurdir una trama para seguir destrozando el nombre de una víctima de abusos sexuales, mi hijo. Ahora ya sabe todo el mundo quién es, el del buen nombre, mi hijo Juan Cuatrecasas Cuevas”, señala su padre. “Mal que le pese a la jerarquía negacionista. Todo el pueblo ya lo sabe. Se acabó la broma, la suya. Una broma macabra impropia de un prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe”.

Un prefecto que, por cierto, parece tener los días contados: fuentes vaticanas aseguran que, en breve, podría producirse su relevo. Su posible sucesor -como adelantó RD- no es otro que el cardenal maltés Charles J. Scicluna, uno de los principales apoyos del Papa Francisco en la lucha contra la pederastia. Y contra eses ‘sistema del silencio’ que, pese a todo, aún persiste entre los muros vaticanos.

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Fuente Periodista Digital

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Pederastia (y encubrimiento) en la Iglesia católica: Wojtyla, Ratzinger… ¿quién está libre de pecado?

Miércoles, 26 de enero de 2022
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abusos-Iglesia_2098300203_9807727_660x371¿Podría condenar un Papa a otro por su inacción ante los abusos?

Las acusaciones contra el Papa emérito destapan las dinámicas de ocultamiento de los abusos sexuales desde tiempos de Juan Pablo II y su política de protección de depredadores como Maciel, McCarrick o Figari, o encubridores como el cardenal de Boston, Bernard Law, o el mismísimo Benedicto XVI

Francisco está decidido a acabar con el flagelo de la pederastia, pero la dinámica del encubrimiento parece mucho más difícil de erradicar en una institución acostumbrada a lavar los trapos sucios en casa, y a acusar a las víctimas, y a los medios que destapan el horror de los abusos, de “falta de prudencia”

El mayor problema de la Iglesia en este tema es… que no se libra nadie. Nadie”. Con la voz temblorosa, un funcionario vaticano admite a RD que el informe elaborado por un equipo independiente de abogados y que ha destapado la implicación del Papa emérito, Benedicto XVI, en el encubrimiento de al menos cuatro casos de abusos sexuales a menores, no ha sido recibido con sorpresa en los muros de la Santa Sede.

Y es que el “largo camino hacia el abismo”, como ha definido la Iglesia alemana los resultados del informe –uno más, frente a la enésima negativa del episcopado español– que destapa medio millar de casos de abusos en las últimas décadas en la diócesis que dirigió Joseph Ratzinger antes de ser nombrado prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, es “una nueva muestra de que prácticamente todos los obispos que tuvieron responsabilidades pastorales hasta hace una década, de uno u otro modo, no hicieron lo suficiente para amparar a las víctimas, y sí para proteger al sacerdote o religioso implicado.

El ‘apóstol de la juventud’ que resultó un depredador

juan-pablo-ii-bendiciendo-a-marcial-maciel Juan Pablo II bendiciendo al siniestro depredador sexual Marcial Maciel

¿Nadie está libre de pecado? Muy pocos, sostienen fuentes vaticanas, que subrayan que el problema no viene tanto de la pederastia en sí, cuanto de la dinámica de encubrimiento que se suscitó en la institución durante décadas, y que tuvo en Juan Pablo II a su máximo exponente. Un Wojtyla que, durante años, no hizo caso a las denuncias de abusos contra algunos de los líderes de la restauración conservadora tras la apertura del Concilio Vaticano II y que amparó a pederastas tan famosos como el fundador de la Legión de Cristo, Marcial Maciel, al que llegó a llamar “apóstol de la juventud”.

Y es que, pese a que las acusaciones en su contra llegaron a Roma ya en 1988 (anteriormente, en 1954, siendo Papa Pío XII, ya habían aparecido denuncias, que finalmente cayeron en el olvido), Juan Pablo II no quiso abrir expediente alguno contra Maciel. Hoy, ambos han fallecido: el fundador de la Legión, como el mayor depredador de menores de la historia reciente de la Iglesia; el Papa polaco, como santo universal.

El caso de Maciel no fue el único. El líder del Sodalicio, Luis Figari, también campó a sus anchas durante años, como lo hizo Theodore McCarrick, uno de los cardenales más poderosos de Estados Unidos y al que Francisco arrebató la púrpura y hoy está siendo juzgado por tribunales norteamericanos.

Los Legionarios de Cristo tardaron más de tres décadas en reconocer los abusos de su fundador, protegido como en el caso de McCarrick por Juan Pablo II y su fiel secretario Estanislao Dzwisz, que hace pocos meses fue absuelto en una investigación sobre abusos en Polonia que amenazaba con implicar al propio Papa polaco.

La contrapartida, en ambos casos, era evidente: una fuerte financiación proveniente de México y Estados Unidos, y nuevas vocaciones sacerdotales para el proyecto de involución en la Iglesia católica. Roma cumplió, ninguno pisó la cárcel.

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El cardenal Law, refugiado en el Vaticano

Otros casos, como el de Fernando Karadima, uno de los formadores de buena parte del episcopado chileno, y abusador impune durante años, terminaron por juzgarse. La mayoría no corrieron con tanta suerte. Cuando en 2002 estalló el escándalo por la investigación del Boston Globe, que reveló miles de casos de pederastia y que llevó a la bancarrota a media iglesia católica de Estados Unidos, el cardenal de Boston, Bernard Law, dimitió de su cargo pero, en lugar de afrontar sus responsabilidades, viajó a Roma… y nunca regresó. La Santa Sede, primero con Juan Pablo II y después con Benedicto XVI, denegó las peticiones de extradición de la justicia norteamericana, y acabó muriendo entre los muros vaticanos.

De hecho, Law vivió a sus anchas hasta que el 14 de marzo de 2013, al día siguiente de ser elegido Papa, Francisco se lo encontró en la basílica de Santa María la Mayor, adonde había acudido a rendir pleitesía a la patrona de Roma. El cardenal tenía allí su residencia desde que Juan Pablo II lo nombrara, en 2004, arcipreste de uno de los templos más importantes (y más ricos) de la Ciudad Eterna. Al ver al cardenal Law, a Bergoglio se le desencajó la cara y se alejó inmediatamente de él.No quiero que siga frecuentando esta Basílica”, le espetó el argentino.

Fuentes vaticanas defienden que Francisco está decidido a acabar con el flagelo de la pederastia, pero la dinámica del encubrimiento parece mucho más difícil de erradicar en una institución acostumbrada a lavar los trapos sucios en casa, y a acusar a las víctimas, y a los medios que destapan el horror de los abusos, de “falta de prudencia”. No es una cosa del pasado, sino una afirmación del cardenal de Valencia, Antonio Cañizares, el viernes pasado, a cuenta del informe entregado por El País al Papa y al cardenal Omella.

¿Un Papa condenaría a otro Papa?

Pederastia2Con todo, nunca hasta la fecha una acusación, con pruebas, había llegado tan lejos. Ni más ni menos que contra Joseph Ratzinger, quien fuera Papa de 2005 hasta su renuncia, en 2013. Un Benedicto XVI que sí comenzó a investigar los abusos de Maciel, que abrió la puerta a los cambios en la legislación que Francisco está intentando culminar, pero que no supo, o no quiso, actuar con la dureza con la que ahora (por convicción o por la fuerza de los hechos) está haciéndolo el pontífice argentino.

La razón, tal vez, pudiera estar en lo ocurrido entre 1977 y 1982, cuando Ratzinger ejerció como arzobispo de Múnich. Según la investigación independiente, el hoy emérito sabía de la existencia de casos de abusos sexuales a jóvenes y menores cometidos por miembros de la Iglesia católica alemana cuando sucedían y tuvo, en al menos cuatro de ellos, una conducta reprochable. Entre ellos, el caso del sacerdote Peter H., quien en 1980 fue trasladado del obispado de Essen al de Múnich tras haber sido acusado de pedófilo y que en su nuevo destino siguió cometiendo abusos.

Aunque el secretario de Ratzinger ha negado las acusaciones, y el Papa emérito ha entregado una respuesta de 82 folios a los investigadores, éstos no dan credibilidad a la versión de Benedicto XVI. El Vaticano, que ha mostrado su “vergüenza” ante los datos presentados, se ha comprometido a dar una respuesta una vez lea el documento. Pero la siguiente pregunta se antoja imposible de responder: ¿qué hará Francisco si se demuestra, como parece, que su antecesor encubrió a curas pederastas?

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¿Se atreverá Bergoglio a condenar al Papa emérito? Una decisión así, apuntan en la Curia vaticana, sería muy difícil de tomar, pues pondría en cuestión la infalibilidad papal. “Y, sobre todo, porque parte de la Iglesia no entendería que un Papa condenara a otro”, nos cuentan. Y añaden: Si de verdad nadie se libra… ¿alguien podría sacar algún dossier similar sobre Bergoglio?”. La pregunta, otra vez, se queda sin respuesta

Fuente Religión Digital

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Ratzinger, una pieza más del sistema: ¿Debería reconocer su culpa y cerrarse las puertas de la historia y de los altares?

Martes, 25 de enero de 2022
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Del blog de José Manuel Vidal Rumores de Ángeles:

“¿Será capaz de llegar a ese extremo de entrega y de generosidad con la institución a la que tanto ama?”

 “Joseph Ratzinger fue una pieza, una pieza más en el sistema eclesiástico generalizado de inacción y encubrimiento implícito y explícito de los clérigos abusadores”

“¿Y qué hizo el joven arzobispo? Lo que tenía que hacer, lo que hacían todos sus colegas, lo que mandaban las leyes no escritas, la costumbre y la prudencia: desdeñar a las víctimas, mirar para otro lado, tapar a los pederastas (tras alguna llamada al orden) y cambiarlos de lugar”

Me alegro de tener un hermano en el episcopado que, a los ojos de la historia y de todos los otros obispos del mundo, ha preferido la prisión antes que denunciar a su hijo sacerdote”. Porque “un padre nunca denuncia a sus propios hijos”, concluía Castrillón, jefe de todos los curas del mundo

“Los cardenales lo eligieron, tras afirmar en la misa solemne previa al cónclave que los dos grandes peligros de la Iglesia eran el relativismo y la “suciedad” de la propia institución, que conocía mejor que nadie”

“Si asumiese su culpa, podría convertirse en un ejemplo vivo y práctico para todos los demás obispos encubridores del mundo. Si no lo hace, estaría dando munición a los que siguen resistiéndose a la tolerancia cero y al resarcimiento pleno de las víctimas, que preconiza el Papa Francisco”

Joseph Ratzinger fue una pieza, una pieza más en el sistema eclesiástico generalizado de inacción y encubrimiento implícito y explícito de los clérigos abusadores. Desde su más tierna infancia de seminarista y, después, en su juventud de cura, el prometedor teólogo alemán formó siempre parte del amplio funcionariado eclesiástico, que se rige por unas normas estrictas y que sólo permite discrepantes moderados. A los radicales, los escupe fuera y los estigmatiza, llamándoles herejes.

El joven Ratzinger se alineó, durante el Concilio, con el ala más liberal de la Iglesia, llamado como perito y asesor del progresista cardenal Frings, arzobispo de Colonia. En esa época estaba a partir un piñón con su amigo el también teólogo Hans Küng. Pero, mientras éste se mantuvo toda su vida fiel a los grandes principios conciliares, Ratzinger pronto comenzó a cambiar de dirección y, por una mezcla de miedo al futuro de la iglesia ante los tumultos del mayo del 68 y de convicción personal, cambió la chaqueta y se alineó con el sector más conservador.

El premio le llegó de inmediato. Pablo VI, el Papa del Concilio, estaba asustado del devenir eclesiástico y llegó a decir que “el humo de Satanás” había entrado en la Iglesia. Por eso, a la hora de buscar un arzobispo para Munich pensó inmediatamente en Ratzinger y le nombró primero arzobispo, el 24 de marzo de 1977, y sólo unos meses después, el 27 de junio, le concedió el máximo galardón eclesiástico de la púrpura cardenalicia. El otrora teólogo rebelde entraba en las filas prietas del sistema en cuerpo y alma.

En Munich, donde sólo estuvo cuatro años y 8 meses, tuvo que pasar de las musas teológicas al teatro pastoral directo. Y allí se encontró entre otros problemas, con el fenómeno de los curas abusadores. ¿Y qué hizo el joven arzobispo? Lo que tenía que hacer, lo que hacían todos sus colegas, lo que mandaban las leyes no escritas, la costumbre y la prudencia: desdeñar a las víctimas, mirar para otro lado, tapar a los pederastas (tras alguna llamada al orden) y cambiarlos de lugar. Porque la máxima vigente era que “los trapos sucios se levan en casa” y que “hay que evitar por todos los medios el escándalo de los inocentes” (no de las víctimas, sino de que la gente se entere) y proteger la buena fama de la institución por encima de todo y de todos.

La Iglesia siempre tuvo muy claro que tenía que transigir con los pecados sexuales de su clero, disculparlos y disimularlos, siempre que se mantuviesen en secreto y, por lo tanto, no provocasen escándalo público. A las víctimas se las culpabilizaba o, en caso de que amenazasen con hacer mucho ruido, se les tapaba la boca con dinero.

¿Y los curas victimarios? Se les reprendía, lógicamente, se les hacía prometer que iban a cambiar de vida y, a lo sumo, se les trasladaba de parroquia y, en casos muy sonados, se les mandaba a misiones (especialmente a Latinoamérica). Más o menos lo mismo que se solía hacer con los que mantenían relaciones sexuales consentidas pero siempre ocultas con mujeres o con hombres.

El funcionamiento del sistema lo explica perfectamente este caso. “Le felicito por no haber denunciado a un sacerdote [pederasta] a las autoridades civiles. Ha actuado usted bien”. Eso escribía en 2001 el cardenal colombiano Darío Castrillón Hoyos, entonces prefecto de la Congregación del Clero, en una carta dirigida al obispo de la diócesis francesa de Bayeux-Lysieux, monseñor Pican, en la que le felicitaba por haberse negado a entregar a los tribunales civiles a un cura acusado de abusos sexuales a menores y haber sido condenado por ello a tres meses de cárcel.

“Me alegro de tener un hermano en el episcopado que, a los ojos de la historia y de todos los otros obispos del mundo, ha preferido la prisión antes que denunciar a su hijo sacerdote”. Porque un padre nunca denuncia a sus propios hijos”, concluía Castrillón, jefe de todos los curas del mundo.

En su época de arzobispo de Munich, Ratzinger comulga a fondo con esta misma mentalidad. Como lo hicieron todos sus predecesores y sus sucesores. De hecho, la información del Informe sobre los Abusos de Múnich se centra principalmente en los obispos diocesanos que aún viven: el Papa emérito Benedicto XVI, el cardenal Friedrich Wetter y el actual arzobispo, el cardenal Reinhard Marx. Pero el estudio se remonta a 1945 y, por lo tanto, abarca también los mandatos de los cardenales Michael von Faulhaber, Joseph Wendel y Julius Döpfner.

Pues bien, todos ellos, tanto los vivos como los difuntos, tanto los más progresistas como los más conservadores, respetaron y cumplieron a rajatabla el sistema establecido: insensibilidad total hacia las víctimas y generosidad y gracia con los victimarios.

Las cosas comienzan a cambiar para Ratzinger, cuando, el 25 de noviembre de 1981, Juan Pablo II le nombra prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, es decir su mano derecha teológica, el hombre que le iba a permitir encontrar bases teológicas y doctrinales sólidas para imponer a la Iglesia mundial el llamado “modelo polaco”: cierre ideológico, involución doctrinal, congelación de los principios fundantes del Concilio Vaticano II, ostracismo para los prelados más abiertos, condena de los teólogos progresistas y conversión de la Iglesia en un poder fáctico, capaz de hacer frente al comunismo e incluso de derrumbar el Muro de Berlín.

Aunque dedicado a justificar el modelo wojtyliano, el cardenal Ratzinger comenzó a palidecer al abordar, en su nuevo puesto, sobre todo el dossier de los delicta graviora, que son, entre otros, los que cometen los clérigos, cuando abusan de menores, y que están reservados a la Congregación para la Doctrina de la Fe. Es tal la podredumbre con la que se encuentra que ya manda poner al día estos delitos y recrudecer las penas.

Era la época en que llegaban a Roma denuncias contra un gran depredador: Marcial Maciel, el fundador de los Legionarios de Cristo, protegido por Juan Pablo II, que llegó a llamarlo “apóstol de la juventud”. ¿Llegaba esa información incriminadora a Juan Pablo II o se quedaba en los despachos de los secretarios: el secretario personal Dziwisz y el Secretario de Estado, cardenal Sodano? ¿Lo sabía el entonces prefecto de Doctrina de la Fe, cardenal Ratzinger, pero no podía hacer nada?

De hecho, una vez que Ratzinger se convierte en Benedicto XVI y sucede al Papa Wojtyla, está ya convencido de que el sistema generalizado de encubrimiento es no sólo un pecado, sino un enorme perjuicio para la institución. Y, por eso, pronto se convierte en elbarrendero de Dios.

De hecho, el Papa alemán se presenta con este programa. Los cardenales lo eligieron, tras afirmar en la misa solemne previa al cónclave que los dos grandes peligros de la Iglesia eran el relativismo y la “suciedad” de la propia institución, que conocía mejor que nadie. Por sus manos de guardían de la ortodoxia pasaron durante décadas los casos más sangrantes y dolorosos del peor pecado que pueden cometer los eclesiásticos: el escándalo de los inocentes. Para ellos, el propio Cristo dice que “más les valiera atarse una piedra al cuello y arrojarse al fondo del mar” (Mt. 18,6).

El ‘policía‘ del Papa Wojtyla convertido en dueño de las llaves de Pedro se encontró con una barca en peor estado de lo que él mismo creía. La pederastia era un misil en plena línea de flotación de la credibilidad de la institución, que vive precisamente de eso: de generar confianza en la gente, que le entrega a sus hijos desde la más tierna infancia. Una confianza hecha añicos por curas sin escrúpulos, personificados en el icono de Marcial Maciel, el fundador de los Legionarios de Cristo, uno de los nuevos grupos restauracionistas mimados por Roma, porque le aportaban vocaciones y dinero fácil.

Benedicto apartó a Maciel de la dirección de los Legionarios, lo suspendió a divinis y le impuso una vida de retiro y penitencia, pero no lo procesó ni lo llevó ante los tribunales canónicos, como exigían las normas de la Iglesia. y puso a la congregación bajo supervisión vaticana, camino de la refundación.

La limpieza no era nada fácil y, en la Curia, le pusieron todo tipo de trabas y zancadillas. El sistema de encubrimiento y de complicidad con los abusadores estaba incrustado en el alma de la institución. Benedicto tuvo que echar a obispos y mandar inspectores a varias iglesias nacionales. Pero la tarea era tan ingente que, al final, Ratzinger se vio sin fuerzas para culminar la tarea y efectuó su gesto más revolucionario: la renuncia al pontificado.

Pero, como nadie puede enterrar su pasado en vida, la memoria de los años de Munich, en los que, como todos los demás, comulgaba con el sistema del encubrimiento, le persigue. Ante las acusaciones de encubrimiento (bien documentadas) sólo le cabe reconocer sus errores, pedir perdón y resarcir a las víctimas de todas las maneras todavía posibles. ¿Lo hará o se encastillará en la negación numantina de responsabilidades? Si asumiese su culpa, podría convertirse en un ejemplo vivo y práctico para todos los demás obispos encubridores del mundo. Si no lo hace, estaría dando munición a los que siguen resistiéndose a la tolerancia cero y al resarcimiento pleno de las víctimas, que preconiza el Papa Francisco.

Eso, sí, al confesar y pedir perdón por sus actitudes, el Papa emérito mancharía su figura en la Historia y se cerraría el paso a la gloria de la santidad (como casi todos los últimos Papas). Un sacrificio máximo por el bien de la Iglesia. ¿Será capaz de llegar a ese extremo de entrega y de generosidad con la institución a la que tanto ama? Si fue capaz de renunciar, también podría asumir este último gran servicio a la Iglesia.

Lo haga o no, la repercusión del caso en el próximo cónclave es evidente: Los cardenales sólo podrán elegir como próximo Papa al que esté limpio de polvo y paja en este ámbito. Con lo cual el espectro de los eventuales candidatos se circunscribe a los cardenales curiales (sin responsabilidad directa en la pastoral) o en los purpurados elegidos en los últimos años, en los que el sistema ya está virando hacia la tolerancia cero. El próximo Papa tendrá que ser un hombre de manos limpias. Sólo así la Iglesia recuperará su credibilidad tan dañada. Pero, para eso, Benedicto XVI tiene que sacrificarse.

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Ratzinger se retracta y admite que sí estuvo en la reunión para admitir a un cura pederasta en Múnich

El Papa emérito, acusado de encubrimiento en cuatro casos de abusos.

No obstante, el Papa emérito aseguró que en aquella sesión no se habló de que el sacerdote en cuestión desempeñara labores pastorales, sino solamente de “hacer posible que contara con alojamiento en Múnich durante su tratamiento terapéutico”

Todo se debe, según Ratzinger, a “un error sin mala intención“, y asegura su “vergüenza y dolor” tras haber leído el informe

Cuatro días después de que se publicara el informe sobre los abusos en la diócesis de Múnich, que lo involucra en al menos cuatro casos de encubrimiento, el papa emérito Benedicto XVI se ha retractado de declaraciones centrales para el informe sobre el encubrimiento de abusos sexuales en la Iglesia católica en Alemania que fue presentado la semana pasada.

Ahora, Joseph Ratzinger reconoce que sí estuvo presente en una reunión del obispado de Múnich y Freising en enero de 1980 en la que se trató el traslado de un sacerdote acusado de abusos a menores, según informó hoy la Agencia Católica de Noticias (KNA).

No obstante, Ratzinger, a la sazón arzobispo de Múnich, aseguró que en aquella sesión no se habló de que el sacerdote en cuestión desempeñara labores pastorales, sino solamente de “hacer posible que contara con alojamiento en Múnich durante su tratamiento terapéutico”.

El sacerdote, identificado por los medios alemanes como Peter H., volvió a cometer abusos en la archidiócesis de Múnich, lo que llevó a que fuera trasladado de nuevo.

Faltó a la verdad: lo dicen las actas

Según un demoledor informe elaborado por un despacho de abogados a petición de la Iglesia católica en Alemania y que vio la luz la semana pasada, esmuy probable” que Ratzinger estuviera al corriente de ese caso y de otros tres similares y no actuase al respecto.

Además, según el informe, Ratzinger faltó a la verdad al afirmar en su posicionamiento que no estaba presente en la reunión de enero de 1980, ya que según las actas intervino en ella y no figuraba como ausente.

De acuerdo con las declaraciones del papa emérito citadas por KNA, ello se debe a un error sin mala intención” que ocurrió durante el proceso de redacción de su posicionamiento frente a las alegaciones, un texto de 82 páginas.

El secretario privado de Ratzinger, Georg Gänswein, agregó que más adelante el papa emérito presentará una reacción más elaborada ante el informe, pero que por el momento la lectura del documento le llena de “vergüenza y dolor “.

“Que asuma su responsabilidad”

En los últimos días se han sucedido las críticas al comportamiento del papa emérito, que el pasado viernes fue tildado de “desastroso” por el presidente de la Conferencia Episcopal alemana, Georg Bätzing.

El obispo de Aquisgrán, Helmut Dieser, reclamó en su sermón de este domingo que Ratzinger asuma la responsabilidad que le corresponde. No puede ser que los responsables se escabullan con referencias a que no sabían nada o a que entonces había otra situación u otros procedimientos,” afirmó. “Porque ése es el motivo por el que entonces no se detuvo a los perpetradores y se siguió abusando de niños,” agregó, según declaraciones citadas por la cadena pública ARD.

Fuente Religión Digital

 

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“Siete requisitos ineludibles para cumplir la penitencia por los abusos del clero”, por José Manuel Vidal.

Miércoles, 22 de agosto de 2018
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 el-cardenal-jozef-tomko-pone-cenizas-en-la-frente-del-papa-francisco-en-la-basilica-de-santa-sabina-en-roma-ap-1Detenido un cura en Málaga por un caso de pornografía infantil

Antonio Aradillas: “La Iglesia está hoy mal de verdad”

¿Por qué salen ahora todas estas cosas?

El Papa ha mostrado su “compunción” y su “decisión de luchar con valentía” contra la cultura de abusos y encubrimientos en la Iglesia estadounidense. Los obispos de aquel país han pedido al Vaticano que realice una visitación apostólica para reparar la confianza de los fieles, “dañada por estos pecados y fracasos pasados”. Y ahora, Francisco podría satisfacer estas dos necesidades enviando a EEUU al arzobispo de Malta, monseñor Charles Scicluna, el investigador del pontífice cuyo informe en sus recientes visitas a Chile, país también azotado por escándalos de abusos entre el clero provocó un tsunami que acabó con la renuncia de todos los obispos chilenos.

Cada vez más obispos, sacerdotes y fieles están advirtiendo al Papa de que, en cuanto a los abusos, “no basta con pedir perdón”, como el arzobispo de Dublín, Diarmuid Martin, expresó en su homilía de este pasado domingo. Ahora, con la petición de los obispos de EEUU de que les mande a Scicluna, Francisco tiene la posibilidad de mostrar que va en serio.

Resarcir a las víctimas económicamente, aunque la Iglesia tenga que vender el Vaticano

Expulsar a los obispos encubridores y que no cumplieron su función ‘in vigilando’

¿Por qué el Papa Wojtyla nunca condenó a un depredador sexual como Marcial Maciel, condenado en 2006 pero cuyas denuncias habían llegado a Roma desde 1948?

(José Manuel Vidal).- Examen de conciencia, dolor de los pecados, propósito de la enmienda, decir los pecados al confesor y cumplir la penitencia. Son los cinco requisitos para una buena confesión. El Papa Francisco acaba de entonar un solemne y público ‘mea culpa’ por los clérigos abusadores y los obispos encubridores de la plaga de la pederastia. Pero las peticiones de perdón, aunque sean sentidas y obligadas, como en este caso, no son suficientes. Hay que pasar a los hechos. Hay que cumplir la penitencia.

Eso significa, a mi juicio y en primer lugar, acercarse de verdad a las víctimas. Para escucharlas, acogerlas y, sobre todo, resarcirlas de su dolor y de sus heridas. Con protección real y ayuda psicológica, evidentemente pagada por la institución. Y con todo tipo de ayudas que necesiten, especialmente las materiales. Que a esas vidas destruidas no les falte lo necesario para vivir y puedan salir adelante lo más dignamente posible. Y si eso significa que la institución tiene que arruinarse, que se arruine. Y si tiene que vender palacios, iglesias y hasta el propio Vaticano, que lo haga. Vale más la vida de un inocente que todas las riquezas eclesiásticas acumuladas durante tantos siglos.

La segunda medida tendría que ser la expulsión ipso facto de todos los obispos encubridores. Porque muchos de ellos ordenaron a esos abusadores y otros los encubrieron y no ejercieron uno de sus papeles primordiales: el de ‘inspector’. A la calle, por no ejercer su responsabilidad in vigilando, muchos o casi todos. Porque el ‘cáncer’ del encubrimiento era sistémico. La punta del iceberg ha aflorado en Estados Unidos, Chile, Irlanda…pero en las iglesias de todos los demás países del mundo se funcionaba de la misma manera.

El abuso era considerado un ‘pecadillo’, al cura se le cambiaba de parroquia o, en última instancia, se le mandaba a misiones y se le pedía que se arrepintiese y se confesase, para seguir pecando. Y nunca o casi nunca se consideraba el abuso un delito y, por lo tanto, no se remitía a los abusadores a la justicia civil. La situación ideal para los depredadores sexuales, que, revestidos del poder sagrado (la máxima expresión del poder), tenían acceso ilimitado a niños, niñas, mujeres y hombres (según sus apetencias) y, además, sabían que estaban protegidos por la ‘omertá’ eclesial.

macielsinteirJuan Pablo II y Marcial Maciel

No en vano el cardenal Castrillón, alto curial de la época de Juan Pablo II recientemente fallecido, decía que el obispo no podía denunciar a sus curas abusadores, porque es un padre para sus sacerdotes y un padre no denuncia a sus hijos, aunque sepa que son criminales.

Por eso, en tercer lugar, el Vaticano tendría que pedir perdón y revisar las responsabilidades de altos cargos curiales en la dinámica sistémica del encubrimiento. ¿Qué sabía Juan Pablo II de todo esto? ¿Su secretario personal, monseñor Dziwisz, y su Secretario de Estado, cardenal Sodano, le hacían llegar los casos de abusos que, ya entonces, proliferaban en la institución? ¿Por qué el Papa Wojtyla nunca condenó a un depredador sexual como Marcial Maciel y, al contrario, lo bendijo y lo presentó como modelo para la juventud? Depurar responsabilidades en una Curia que rigió los destinos de la Iglesia con mano de hierro hasta la llegada de Francisco al solio pontificio.

Es urgente, en cuarto lugar y como dice el propio Francisco, conseguir una “transformación eclesial y social” respecto a este tema. La eclesial, que es la que le corresponde a la institución, pasa por acabar, de una vez por todas, con el clericalismo, la otra gran plaga del catolicismo, que alimenta la dinámica del abuso sexual, de poder y de conciencia. Cristo no quiso una Iglesia clerical, pero es el tipo de Iglesia que se impuso y que sigue vigente. ¿Hasta cuándo? ¿Cuándo será real y efectiva la corresponsabilidad de lo laicos?

En quinto lugar y como consecuencia de una Iglesia laical y ‘pueblo de Dios’, habría que revisar todo el andamiaje de la doctrina moral, especialmente de la moral sexual. Reivindicar una sexualidad normalizada y bien entendida es una de las asignaturas pendientes de la institución. Hay que reconocer la importancia de la sexualidad en la vida de las personas y no reprimirla en sus propios cuadros: monjas y curas que, para ser castos, tienen que reprimir sus instintos y poner puertas al mar de la libido. Casi siempre sin éxito alguno y con derivas pecaminosas y delictivas.

clericalismoDe ahí que, en sexto lugar y mientras no se cambia el modelo clerical, la Iglesia debería instaurar, desde ya mismo, el celibato opcional para sus sacerdotes. El carisma del voto de castidad, para los religiosos. El carisma celibatario no puede imponerse para acceder al sacerdocio. El apóstol Pedro estaba casado y el celibato obligatorio es una ley eclesiástica que, así como se impuso, puede derogarse. Y ya tarda.

Y, por último, entre las medidas urgentes a tomar, ocupa un lugar primordial la inmediata equiparación de la mujer al hombre en la Iglesia. A todos los niveles. Incluso y como es lógico, en el acceso al altar y al sacerdocio. Si el laico es un ciudadano de segunda en la Iglesia, la mujer no llega a ciudadana de tercera.

Sólo así, con estos siete requisitos (y quizás alguno más) se pueden cumplir, a mi juicio, las cinco condiciones de una buena confesión, especialmente la última: cumplir realmente la penitencia del tsunami de los abusos sexuales, de poder y de conciencia.

Fuente Religión Digital

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El Vaticano aprueba el procedimiento para juzgar a los obispos que encubran a pederastas

Viernes, 12 de junio de 2015
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lucha-contra-los-abusos-en-la-iglesia_560x280Francisco y el G9 crean la figura de un “superfiscal” responsable de la lucha contra los abusos

Se creará un tribunal para actuar contra los prelados por “abuso de poder, omisiones o coberturas”

Hasta ahora no se podían poner denunciar los comportamientos de los obispos por este tipo de delitos, desde ocultación de casos de pederastia o gestión de las diócesis

Se acabó la impunidad de los obispos encubridores de abusos sexuales a menores. El papa Francisco ha aprobado el procedimiento para juzgar a los obispos que cometan delitos de abuso de poder, como las responsabilidades en los casos de pederastia, y que serán competencia de una nueva sección de la Congregación para la Doctrina de la Fe, informó hoy el Vaticano.

Así, se creará un tribunal para juzgar a los obispos que actúen con negligencia en casos de abuso sexual contra menores o que no den un seguimiento adecuado a las denuncias que les llegan, en el marco de una reforma de los tribunales vaticanos.

De este modo, Francisco ha instituido una sección especial dentro de la Congregación para la Doctrina de la Fe, confluyente con el departamento disciplinar actual de este organismo vaticano competente en la imputación de obispos que comenten abusos sexuales, que estará coordinada por un arzobispo con la función de secretario cuya identidad no se ha desvelado.

Esta nueva regulación prevé en concreto que todos los obispos del mundo que encubran casos de abusos sexuales a menores sean juzgados en tribunales vaticanos.

Las propuestas fueron autorizadas por el pontífice después de ser presentadas por el presidente de la Comisión para la Tutela de los Menores, el cardenal Sean O’Malley, y examinadas y aprobadas en estos días por el “C9”, el grupo de cardenales que está ayudando al papa en la reforma de la Curia.

El pontífice, según explicó el portavoz vaticano, Federico Lombardi, aprobó cinco propuestas en este sentido que marcan un procedimiento jurídico que hasta ahora no existía.

La primera es que en este tipo de delito será competencia de tres congregaciones, la de los Obispos, la de la Evangelización de los Pueblos y la de las Iglesias Orientales, que podrán recibir y examinar las denuncias que cualquiera presente contra los obispos por abuso de poder.

Será la Congregación para la Doctrina de la Fe la que se ocupará directamente de este delito en los obispos y se creará una nueva sección judicial en su interior dotada de personal fijo que trabajará ante el Tribunal Apostólico para estos casos.

El papa nombrará además un secretario para ayudar al prefecto (fiscal) respecto a estas nuevo procedimiento y quien será, de hecho, el responsable de esta nueva sección judicial, según explicó Lombardi. Una figura muy parecida a la de un “superfiscal” responsable de la lucha contra los abusos.

“Esta sección y el personal se ocuparán también para los procesos penales por abuso de menores y de adultos vulnerables por parte del clero, añadió el portavoz.

Este nuevo procedimiento será aprobado para los cinco próximos años, tras los que se valorará su eficacia.

Hasta ahora no se podían poner denunciar los comportamientos de los obispos por este tipo de delitos, desde ocultación de casos de pederastia o gestión de las diócesis, y por ello, en la última reunión del C9, O’Malley había expresado su preocupación por este tema y la necesidad de darle una respuesta.

O’Malley había pedido en aquella ocasión al papa y a la Comisión de cardenales que se está ocupando de la reforma de la Curia soluciones sobre “procedimientos” también del tipo jurídico y “competencias” para actuar cuando se crea existan casos de “abuso de poder, omisiones o coberturas” por parte de los responsables eclesiales ante delitos de abusos sexuales.

(Rd/Agencias)

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